NUESTROS NIÑOS SON NUESTRA HISTORIA...
PETICIÓN DE MANO*
Comenzando el tercer grado, Allan se aparece en la casa de Olivia, y le dice a la madre que está "aprovechando que está sola" para pedir su mano. La mamá, que simpatiza con el niño y sabe de su fascinación por su hija, le responde.
- Está bien, te doy permiso para que seas su novio. - reflexiona - pero no entiendo por qué Olivia no me lo dijo antes.
- Es que ella no lo sabe - responde Allan, muy serio.
- ¿Cómo?
- No lo olvide - explica él con esa carita de hombre recortado -, en preescolar, después de una reunión de padres, nos vio jugando y me dijo que antes de ser novio de Olivia tenía que pedirle permiso a usted.
Eso estoy haciendo.
*de Marié Rojas.
NUESTROS NIÑOS SON NUESTRA HISTORIA...
ALBRICIAS PARA EL KELO*
No sé si El Kelo se lo merece, pero he pensado algunas veces en escribirle un libro entero para él. El sonido de su nombre siempre hace estallar súbitamente la infancia, la del lienzo blanco, percudido, provisorio.
La infancia con el barrilete orgulloso, multicolor, bramando en lo alto del cielo más hermoso del planeta. Ojalá El Kelo leyera estas palabras que quieren ponerlo definitivamente cercado, límpido, casi en fuga desesperada contra la acechada muerte. Tal vez ese loco nunca llegue a enterarse que no le he perdonado la incumplida promesa del autito, pero siempre agradecí el equipo de fútbol estrenado en un partido que perdimos.
No hubo juguetes en mi infancia. Pero no faltó la honda asustadora de pájaros y un cuzco seguidor y fiel, todo de blanco. Y los inviernos eran duros, aunque la cocinita a leña quemaba su buen fuego, mientras asábamos apetecidas batatas en su ceniza acogedora y humilde.
Cuando El Kelo venía el pueblo era una fiesta. Su risa de grandes dientes que el agua de otros ríos y el tabaco fueron amarillentando, pugnaba por romper la modorra empecinada de mi pueblo. Me gustaba ver a mi padre con sus muchos hermanos hablando de cosechas, de fenecidas cacerías infantiles y del calibre y la potencia de las armas. Con bastante frecuencia me llevaban de caza, en aquel tiempo tan hermoso.
Yo, con mi bolsito recogedor de perdices muertas y mi afán de cazador incipiente pedía al Aurelio en mi entusiasmo alguna vez prestada la escopeta. ¿Y quién duda que fui un David Crocket en un horizonte de alfalfa?
Y en estampido sin rumbo más de una vez asusté la distracción de una liebre junto a las vías rodeadas de gorriones y de yuyos.
Al regresar El Kelo hablaba de sus viajes. Incitaba a la aventura. Esa vida azarosa, de grandes horizontes marinos, incendiados crepúsculos, derrotados azahares que obsequiaba a sus novias. Regalaba con generosidad a esas muchachas consecuentes, de ojos soñadores, empañados por una vida monótona y ajena, allí reinaban las agujas, la lana de invierno, la oscura magnolia que se riega en los veranos y aquellos altos peinados que hoy miramos en las fotografías con cierta nostalgia, tal vez porque así se peinaban nuestras tías.
Pero déjenme que les cuente ahora y si es posible aventando la nostalgia y los pesares, de la belleza de Teresa Laura, la menor de mis tías quien siempre me tuvo preferencia. Era muy hermosa, estaba llena de énfasis y estaba llena de vida y amó la declinada luz de los crepúsculos y el fervor amarillo del Otoño y la risa clara, inocente de sus hijos. Pero al cumplir cuarenta años nos dejaba. Como una moneda que se pierde en el barro su sonrisa dejó súbitamente de brillar.
Déjenme que cante ahora que sus huesos fueron comidos por la muerte, yo que nunca soporté lo irreversible, no me resigno ahora, qué quieren que les diga. Odio la muerte. Siempre amé la espiga.
Un poco mayor es mi tío Eduardo. Extremadamente tímido, el Ñato Isaías compartió tantas travesuras infantiles y tantos días de caza y tanto fútbol conmigo y con Aurelio.
Lo trajeron desde mil kilómetros, desnudo, envuelto apenas en una sábana neutra de hospital, con las uñas llenas de arena. Hacía veinte años que la familia nada sabía de él. Yo no lo vi, pero dicen que tenía el cabello quemado por el sol, el viento y la sal marina de aquella ciudad costera donde al parecer vivió.
Me dijeron además que su cara era de asombro, de placidez, otros dicen que de hastío. Yo no sé.
Pensaba escribirle al Kelo, porque siempre dicen que a él la muerte no lo encontrará dormido y mucho menos sin mujer y sin vino. Yo siempre pensé que el destino me lo pondría alguna vez enfrente. Y pensé que tal vez alguna tarde al doblar una esquina lo viera con su mameluco descolorido manejar orondo, alguno de esos autos increíbles, que yo siempre le conocí por fotografías y que tal vez podría oír su risotada quebrando como un cuchillo el tráfago del día.
Pero no. los años pasan y uno ya no sabe si volverá a verlo un día, si vive, si alguna vez se enterará que yo le escribo o si seguirá incansable transitando todos los caminos.
*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar
Simultáneo*
Mi hijo pequeño me da un grito desde su habitación:
-Papá, ¿qué significa simultáneo?
-Que sucede al mismo tiempo que otra cosa, hijo.
El silencio se hace de nuevo en la casa, y aunque intento continuar con lo que tenía entre manos, advierto que he quedado atrapado en la pregunta, o quizá en la respuesta. Todo el rato están sucediendo cosas simultáneas. Mientras yo escribo estas líneas, un perro ladra en la casa de al lado y alguien llora en la de más allá. Lo difícil es encontrar el hilo conductor de esos acontecimientos.
-Mientras tú tiras el pan -me dijo un día mi padre-, un niño se muere de hambre en África, o en la India.
En este caso, el problema no era encontrar el hilo conductor, sino desencontrarlo más bien. ¿Qué culpa tenía yo de que mis pérdidas de apetito coincidieran con aquellas defunciones masivas en el Tercer Mundo? La sincronía, en otras palabras, no implicaba causalidad, pero esa asociación quedó establecida en mi cabeza, a modo de un circuito eléctrico, y ya no podía tirar un trozo de queso sin matar a alguien al mismo tiempo. "Me acabo de cargar a un indio", pensaba tristemente mientras me deshacía del bocadillo de mortadela. Cometí entonces muchos crímenes a los que debo remordimientos incontables. Tendría que explicarle a mi hijo que dos hechos simultáneos no tenían por qué depender uno de otro, para que no sufriera. Así que a la hora de la cena le dije:
-Que dos cosas sucedan a la vez no quiere decir que estén relacionadas, hijo.
-¿Entonces por qué suceden a la vez?
Supe que cualquier respuesta que le diera sólo serviría para aumentar su confusión y la mía, sobre todo la mía, de forma que cambié de tema y, simultáneamente, me atraganté. El niño me lanzó una mirada irónica y yo decidí que mi padre llevaba razón, aunque ello supusiera cargar con la responsabilidad de todas aquellas muertes africanas.
No tenemos remedio.
*de Juan José Millás.
*Fuente: http://www.clubcultura.com/clubliteratura/clubescritores/millas/articuento172.htm
Aquella luz de abril*
*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar
Antes los crepúsculos rodaban como peñones violetas sobre todas las conciencias en los atardeceres íntimos, quietos y un poco desolados. Era cuando el mundo comenzaba y, no era entonces importante un poco o mucho de tristeza, porque siempre había un motivo cierto de alegría, y también el sueño de uno que se inscribía en otro más alto, más grande, que abarcaría todo el futuro, donde los niños volverían a nacer perfectos, diremos parafraseando a César Vallejo.
De todos modos, optimismo y juventud iban de la mano, aunque Borges supo decir no sin razón que a cierta edad temprana de la vida se sienta la vocación del sufrimiento, cuanto más gratuito y cuanto más pegado a los ideales, mejor.
No era entonces raro -no podía serlo que tras una ilusión no importa si lejana, no importa que irrealizable, lo bueno era que una circunstancia feliz nos ponía con la energía a mil. Podía ser -según la edad una promesa, la de un juguete, por ejemplo, que nunca teníamos, o una salida al cine a ver una película esperada, o un viaje, o, ya más grandes, una fiesta, un baile, lo posible ponerse de poder mirar unos ojos anhelados y que, en lo posible, esos ojos nos miraran. Aunque sea, un poco, nada más.
Todo esto nos serviría para esperar el sueño blando con una sonrisa que nuestra madre adivinaba en la profunda oscuridad.
También estaba aquella pasión excluyente de entonces, el fútbol.
Ya como meros espectadores, como hinchas o también como protagonistas de los picados de potrero o con los equipos: camisetas, pantaloncito y botines, se entiende.
También estaba aquello de cierta luz evanescente, que subía en los atardeceres del mismísimo pasto ya expuestos o expectantes de rocío, que vendría en poco tiempo a fecundar esas hojitas verdísimas, alegres de tanto sol, de tanta luz, la misma luz que encendía hasta las más oscuras conciencias y las haría despertar.
Era la luz sin embargo la que iba cambiando la ilusión de las cosas y a veces las trasportaba en mera ilusión de los sentidos, sobre todo en las siestas, cuando la luz densa de octubre filtraba ese polvillo que el poder de las flores diseminaba en el aire, y el polvillo que los vehículos esparcían sobre los seres, las plantas y las cosas mismas lograban un ámbito de inusitada rareza, algo que nosotros percibíamos aún sin observar demasiado.
Esa es la luz que llevo conmigo, la misma luz que envolvía a mi madre, a sus quehaceres humildes pero fundamentales para que toda la casa funcionara como una pequeña orquesta, pero en esa misma pequeñez oficiaba de orden para que el universo funcionara, los animales parieran y los pájaros cantaran en su
plena testarudez, con o sin sentido, con alegría obcecada, porque sí, porque obedecen a un orden que está por encima de la estupidez humana como esa pequeña florcita de malvón que no llega a rojo, pero se le aproxima cuasi pálido, no ostentoso, humilde, pero pleno en su esplendor que arrasa toda prevención, y alienta todo desatino, desde esas ollas viejas que ofician de macetas, y que mi madre dejó al pie del ceibo que sus manos plantaron y las dejó allí, con intenciones de seguir regándolas todas las mañanas, pero un día no pudo, y no por olvido voluntario, sino porque de improviso emprendió ese camino que le quitó de nuestro amor para siempre, aunque duela y no haya resignación posible y uno deba recordarla -como era- en un pasado que se torna irremediable a fuerza de ser inquirido.
Pero así son las cosas. Así deberemos aceptarlas.
Sin embargo, otro día, otra tarde se apea en mi recuerdo y no en octubre sino abril y media tarde. El perro ladra, un sulky se aproxima lentamente por esa cortada cubierta de gramilla donde nunca llega nadie, sólo tía Argía, muy de vez en cuando y lo hace en sus viajes al pueblo desde aquella chacra lejana, más lejana y sola en mi memoria.
El caballo se detiene al chasquido seco de su látigo que golpea el aire seco, duro, como una lámina estática de aceite.
Yo estoy feliz, y no sé por qué. Tal vez alguna víspera de un encuentro futbolístico, tal vez alguna expectativa de una salida al cine ya que rara vez me concedían ese esperado permiso.
No sé, no sé.
A veces vuelve esa tarde y vuelve esa luz que no eludía mariposas porque no era la época, pero sí los pájaros que en ese tiempo eran numerosos y esquivaban limpiamente los temibles gomerazos que dirigíamos a esa felicidad desprevenida que ostentaban un evidente desenfado, y, de vez en cuando uno
caía con el piquito en sangre, asesinado.
¿Pagaré alguna vez aquella punta de gorriones que se transformaban en almuerzos de mi gato?
Hoy, adulto, apelo a mi inconciencia de niño, para dar una razón, a tanto daño inútil, evitable. Pero muchas veces uno -más en ese tiempo actúa por mera imitación, lo cual no quita la culpa, tal vez la morigera.
Con esto quiero dejar constancia que un día de abril pudo ser confundido con el día de un octubre cualquiera, por la confusión de aquella luz que ponía vida, esplendor y alegría sobre las cosas.
O, a lo mejor, digo, la alegría en mí por alguna cosa que ya no recuerdo, seguramente fútil, o no, tal vez son importantes en ese tiempo y hoy ya he olvidado, como tantas cosas en la vida.
PSICOANALISIS DE UN HIJO DE PADRES DESAPARECIDOS
Niño exiliado*
"Nuestros niños son nuestra historia social", advierte el autor, al referirse al chico cuyos síntomas expresaban "el temor a estar eternamente condenado a elegir entre un dilema de hierro: traicionar la causa de sus padres para poder salvarse o tener que inmolarse como ellos y por ellos".
Por Juan Carlos Volnovich *
El espacio del síntoma, en el análisis de niños, es también escenario de una historia social que impone su presencia y torna estéril cualquier intento por silenciarla. Nuestros niños son nuestra historia. Cada generación se apropia de la historia al advenir a ella y encarna los mitos de las que la preceden. Nuestros niños, como historia nuestra, son testigos-testimonio de un proyecto genocida, de una empresa de exterminio y, en cada síntoma, en el más banal de los síntomas del menos neurótico de nuestros niños, habla el espanto y la tragedia que amenaza repetirse a cada paso. Nuestros niños y nosotros, en el más aséptico análisis individual, estamos marcados por los mismos horrores.
Me referiré a Andrés, un pibe que analicé cuando regresé del exilio, allí por 1985. Tengo presente su mirada celeste, tierna, escrutando mi lugar y mi persona. Frente a mí está ese pibe rubio de nueve años, obediente, educadito. Está turbado. Cuando nuestras miradas se entrecruzan, se ruboriza; con su inhibición y su vacilación me va dejando entrever que no está cómodo, que no sabe qué hacer. Pasa así un largo rato y la impaciencia -la suya, la mía- aumenta. Entonces, ¿qué vamos a hacer si ni él sabe decir ni yo preguntar?
Andrés tenía poco menos de dos años cuando lo encontraron acurrucado en la bañera, vestido. La puerta del departamento estallada, los estragos de la violencia militar por doquier y, desde entonces, la ausencia definitiva de los padres. Una vecina lo recogió y luego lo cuidaron compañeros de militancia de los padres y familiares; pocos meses después, su abuela lo recibió, cuando aún no había aprendido a hablar, en lo que llegó a ser un confortable exilio parisino. De allí regresó a los nueve años, en marzo de
1985, y aquí nos encontramos. Vivía entonces solo con su mamá (su abuela) y su único síntoma: una otitis crónica con perforación del tímpano, por lo que "hay que cuidarlo mucho y no dejarlo salir" en invierno "por el frío, ¿sabe?". En verano no puede ir a la pileta por aquello de meter la cabeza en el agua.
Extraña París, claro; se conmueve -y me conmueve- cuando habla de su perrito francés que no pudo traer.
-Si perdí a mi perrito, entonces, es que siempre voy a perder las cosas que quiero.
En nuestro segundo encuentro vacila, pero finalmente se decide:
-Te voy a hacer un dibujo -dice.
Es un hombre con la camiseta del seleccionado argentino, en medio de un camino absolutamente desolado.
-En París tengo un amigo. Federico se llama. Federico también es exiliado, pero él se quedó allí. El perrito está con Federico.
El "exiliado" resonó con la intensidad de un escalofrío. Funcionó como clave y contraseña. Entonces, me dispara un:
-Vos también estuviste exiliado, ¿no?
Entonces, el turbado soy yo, que no sé cómo hablar ni cómo callar. Pienso que llevo más de veinte años de oficio. Podría haber aprendido a ser más eficaz, me digo. Siento la misma precariedad de un novato; o peor. Y para colmo, allí está él, que me asedia con su mirada cándida y su palabra. Sé que ahora lo escribo como antes respondí en silencio. No obstante, para mi asombro, "exiliado" funcionaba.
Funcionó como clave articulante entre el perrito y Federico, ausentes, y yo, un desconocido presente a encontrar. Sólo que ese encuentro no estaba fundado en la competencia de mi práctica psicoanalítica
-testimonio de un saber-, sino que partía de un equívoco de creencias: Andrés pensaba que podía confiar en mí, que yo podía entenderlo, más que como psicoanalista, como exiliado. Y yo pensaba que no era mi saber competente sino la incomodidad de mi silencio la que había habilitado el lugar para que sus
dibujos y sus palabras comenzaran a fluir. Y fluyeron. Llegaron las sesiones, los juegos, los dibujos, las asociaciones y los sueños.
Si contenido hubo en las sesiones, eso que solemos llamar "material", porque lo produce el paciente; si intervenciones hubo, eso que solemos llamar "interpretaciones", porque las dice un analista, versaron sobre cómo la pérdida y el dolor llevan a sentimientos de vergüenza. Y la vergüenza es una dificultad muy grande. La vergüenza es difícil de decir y es difícil de callar. Pues bien, con esa vergüenza, con esa dificultad, estábamos.
A partir de aquí, Andrés se volvió animoso, como la democracia del '85, y empezó a coleccionar calcomanías. Le parecieron lógicas -ya que su papá desaparecido se llamaba Ricardo- aquellas con la banderita argentina como fondo de "R.A.".
Con ellas intenta ocupar (opacar) el vidrio de su ventana hasta que la habitación queda prácticamente a oscuras.
Junta, colecciona, acumula calcomanías y se lamenta por no conseguir "de las de antes", aquellas que se había perdido.
Puedo reconstruir, ahora, algo de lo que entonces le dije sobre su infancia perdida, como un tiempo lejano, inapropiable, opaco. Algo sobre el dolor resultante de esa opacidad y sus esfuerzos por recuperar, guardar, atesorar, coleccionar al fin, aquello donde él se reconoce. Aquello que lo representa y refleja.
-Sí, pero se me pierden -rezonga-. Nunca las encuentro. Si no las pego en el vidrio, se me pierden. Yo nunca encuentro lo que guardo. No sé dónde las pongo. Mi mamá dice que, si sigo así, algún día voy a perder la cabeza.
Entonces, a través de estas pistas -transparentes en su opacidad-, a partir de estos indicios, tan sabios como ingenuos, se inauguró el análisis; se hizo un espacio para que la palabra alusiva, en la que asoma y se esboza la trampa del texto inconsciente, ocupara el lugar del decir indeterminado de los síntomas.
Si la presencia del síntoma es la pérdida y el olvido: ¿qué silencio le hace estallar el oído? ¿Qué
no-recordado se repite como supuración por ese agujero en el tímpano? Pues, al escurrirse, intenta encontrar una salida, que es fallida, al no estar ligada a la verdad que la causa. Si la cura esperada es que el agujero se cierre para posibilitar la salida (impedida en invierno "por el frío ¿sabe?", y en el verano por el peligro de meter la cabeza en el agua) damos con la paradoja de que el agujero no lo deja salir.
Y se hace coherente, entonces, la culminación del proceso: cuando toda la ventana queda cubierta de calcomanías "R.A." cesa la supuración y cicatriza la herida.
Calcomanías
Por primera vez en muchos años, Andrés está cerrado; su oído, sano. Y, mientras dibuja aviones de despegue vertical y globos aerostáticos, comenta, como telón de fondo, el juicio a los militares que hicieron desaparecer a sus padres y que se escurren por el agujero, rajadura, de una ley fallida.
Cuando, en Semana Santa, Raúl Alfonsín lo convoca para ser testigo de su desmoronamiento, Andrés, al regreso de la manifestación en la Plaza, defraudado, dolido, despega las calcomanías; el vidrio de su ventana se hace transparencia y vacío.
Con el presidente que se le cae, caen las calcomanías y aparecen los miedos.
Tiene miedo a la ventana abierta y al balcón. Cierra todo: postigos y cortinas. Es invierno y no importa, pero, cuando llega diciembre y hace calor, Andrés prefiere soportarlo antes que abrir la ventana. Está
doblemente aterrado: por la ventana abierta y por la irracionalidad de "eso" que le pasa. Y algo más: el viento, el rugido del viento. Ese silbido que lo asusta y lo angustia, y que en un piso alto es inevitable.
Llega marzo, abril: primer aniversario de la Semana Santa Trágica y el presidente -"lamentable", me dice- habla por televisión. Cuando le digo que, seguramente, le duele haber visto a Alfonsín haciendo el ridículo, "cayéndose", y que él quisiera poder valorarlo más y también hacerse valer, volar y tener valor para salir al balcón sin temores, me cuenta un chiste:
-¿A que no sabés en qué se parecen Olmedo, Monzón y Alfonsín? En que cada vez que salen al balcón, hacen cagadas.
Por entonces, Andrés abre sin miedo la ventana y sale triunfante al balcón.
Hasta aquí, tres años han pasado desde nuestro primer encuentro. Años en que tal vez, más que pensar los contenidos, importa rescatar que hubo encuentro, que hubo un lugar en donde Andrés pudo decirse y yo, escucharlo. Un lugar en donde pudo decirse la historia.
Que sus padres desaparecidos, sin enterrar, retornarán mil veces y como rugido silbante, intentarán entrar por la ventana abierta, me parece una evidencia tan obvia que no vale la pena anticiparla.
Que el miedo de Andrés a la ventana abierta es el anhelo de saltar por la ventana, me parece una evidencia que, aun así, llamará a la polémica.
Pero afirmar que la angustia por el desmoronamiento de Raúl Alfonsín es un síntoma de excelente salud, miedo al fracaso del padre, temor a la caída que impida el propio fracaso y la propia caída es, tal vez, menos evidente y más audaz.
Es entonces cuando intentar fortalecer y valorar la posición del padre, aunque sea a costa de tenerle miedo al espacio vacío, ventana afuera, se nos impone como camino posible de la cura.
Porque la ventana cerrada protege de la violencia exterior que derribó la puerta años atrás y, también, del viento rumoroso. Pero el miedo al viento como objeto es mucho más, es miedo a ser objeto del viento. Es el temor a estar eternamente condenado a elegir entre un dilema de hierro: traicionar la causa de sus padres para poder salvarse o tener que inmolarse como ellos -y por ellos- para saldar su falla. Destino de sobreviviente después de la masacre, ir para donde lo lleve el viento engañado en su ilusión de volar o caer ante la ausencia de una referencia paterna que le impida zafar del vendaval.
Entonces, se ilumina. Tiene que hacer un dibujo conmemorativo del Primero de Mayo y sabe, claro está, de los mártires de Chicago. Pero no. Elige una escena porteña. Un gran cartel en medio de la calle: "HOMBRES TRABAJANDO" y, detrás, un policía blandiendo el bastón sobre la cabeza de un trabajador.
Se divierte en la sesión mientras lo dibuja y le sale "copante". No obstante, en la sesión siguiente, me cuenta que cambió de opinión y que no lo presentó. En su reemplazo hizo otro "menos político".
-Vos sabés. No me conviene que el profesor de dibujo, que es medio facho, se ensañe conmigo. Ni es bueno que yo me regale así nomás.
Si propongo este fragmento clínico es porque en la presencia elemental del síntoma de Andrés, en la supuración de su oído, en la fobia a la ventana, en el miedo al viento, todo se anuda, la trama confluye y torna inútil la pretensión abarcativa de comprender psicoanalíticamente -o sólo psicoanalíticamente- el síntoma y su destino.
El tímpano y la ventana soportan la angustia que a su vez condensa una historia individual y social que en el proceso terapéutico me incluye y torna interminable su análisis.
Sería esquemático y simplista establecer una continuidad entre el fantasma y lo social. Todo se superpone. En la historia de Andrés, las dos vertientes hacen coalescencia o telescopan las escenas. Y esta escena me incluye y me interpela.
Si propongo este fragmento es para buscar en su lectura, como quien lee un diccionario compacto y minúsculo -cuerpo infantil-, el trazo elocuente de nuestra historia de hoy: historia de un país, de una familia, de un niño.
Ese trazo histórico, ese latigazo encarnado, ese sujeto hecho síntoma es, claro, núcleo de verdad histórica. Testimonio mortífero. Marca de violencia.
Violencia que ocupa, prepotente, el lugar protector, habilitante, de la ley.
Violencia que lo dejó huérfano, que lo arrojó al exilio y que hace retorno en el cuerpo agujereado y supurante; en el miedo a la ventana abierta por la que, acaso, pueda caer o se cuele el viento.
Pero ¿qué violencia? ¿La del régimen que hizo desaparecer a sus padres o la de sus padres que, al desafiar al régimen, lo abandonaron? ¿Actualización contingente, a los doce años, de sus fantasías parricidas o sufrimiento por tenerlas vedadas? ¿Desajuste, esfuerzo de adaptación de un casi francesito en migración, desexilio, que vuelve a una patria a la que, se sabe, uno nunca vuelve, siempre va, porque ya es otra?
Han pasado casi veinticinco años desde nuestro primer encuentro, aquel de las miradas anhelantes y turbadas. Veinticinco años en los que, tal vez, más que pensar los contenidos pertrechados de mi doctrina (episteme con el que pudiera articular cierto discurso explicativo), importa rescatar que hubo
encuentro, que hubo un lugar en donde Andrés pudo jugarse y decirse y en donde yo pude escucharlo. Andrés terminó su análisis en 1989 y desde entonces nos hemos vuelto a ver, ocasionalmente. Una de ellas, cuando el decreto que indultó a los militares volvió a reactualizar el horror del desamparo.
* Extractado de un artículo incluido en Subjetividad y contexto-Matar la muerte, coordinado y prologado por Gregorio Kazi, que también incluye textos de Enrique Carpintero, Ivan Fina (coord.), Horacio C. Foladori, Gilou García Reinoso, Alfonso Lans, Daniel Navarro, Marcelo Percia, Alberto Sava (coord.) y William Siqueira Peres. El libro será presentado el próximo sábado de 11.15 a 12.45 en el Congreso de Salud Mental y Derechos Humanos de Madres de Plaza de Mayo.
-Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-135523-2009-11-19.html
Los lobos*
Me pregunto si alguna vez podremos
librarnos del asedio de los lobos,
cuando creemos que al fin se retiraron
vuelven y nos recuerdan / con sus aullidos,
que aún están allí, agazapados,
con su hambre de carroña,
con sus fauces atroces,
tratando de alcanzar, con un zarpazo,
los restos del festín.
Algunos se han cubierto la pelambre
con el cuero de algún cordero muerto
y simulan, no sin arduo trabajo,
una digna actitud de mansedumbre.
Pero no pueden con su naturaleza
y al verlos todos juntos mostrando ya sus garras,
gruñendo desconfiados de su propia jauría,
me invade nuevamente la profunda tristeza
de pensar que, además, podrían tener cría.
*de Celina Vautier. celka@arnet.com.ar
*
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