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BITÁCORA DE UN SOCIÓLOGO FRACASADO

Archivo: Diciembre 2008

29/12/2008 GMT 1

DIOS NOS VA A PROTEGER...

urbanopowell @ 00:51

DESMONTE*

Monte, coraza impenetrable. Barroca
fronda adusta
Corazón de espinillo, amor seco, miel de
lechiguanas.
Solamente accesible a la lluvia y
al sol.

Mi humanidad me alerta.
Mi sórdido animal, irreductible, avanza.
Mi pollera se engancha en los clavos del talar
que rechazan el hacha.
Frenan el ímpetu bravío.
Se detienen los pasos, el aire se detiene.
Los árboles, inmutables se deslizan,
las nubes acompañan.
Mi pollera cautiva, desafía los cuchillos
del monte.
El grito montaraz se diluye, estremecidamente
en la espesura:
¡Que su belleza no se manche con la sangre!
La sangre es resina que se escurre del cielo,
y no solo tu pollera se mancha,
sino la calma mansedumbre de la tarde.

Los árboles avanzan, mi pollera vuelve
en sigilosos pasos:
mi sórdido animal, redomón, descansa.

*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar

DIOS NOS VA A PROTEGER...

COSAS DE DIABLO*

La ciudad había sido invadida por una euforia inusual, se festejaba los cien años de su fundación y seguía exhibiendo una planificación excepcional .
En realidad fue el sueño de alguien que con un espíritu que volaba alto se colocó ante una gran hoja de papel y soñó diagramando, midiendo, creando pero siempre soñando. Y un día llevó su proyecto a alguien que también soñaba y sobre una llanura abierta a la espera plantó una ciudad diferente a todas las del mundo.
Por supuesto como todos los sueños diferentes despertó sus misterios que comenzaron a sobrevolarla desde sus comienzos. Entre cuchicheos se hablaba de una logia secreta, un cierto pacto con fuerzas extrañas que entraba por sus diagonales que recogían el viento limpiador de tormentas que soplaba del sur, también de ciertos pactos con fuerzas desconocidas que habían inspirado al planificador y de un mensaje secreto que yacía en una urna en la plaza central junto con una botella de champagne que debía abrirse cuando llegara el centésimo año.
Se comentó, se difundió, hasta se llegó a dejar testimonio escrito, pero todo en tono bajo como para no despertar a los demonios.
Cuando llegó el día tan ansiado todos encaminaron sus pasos hacia la plaza central, las grandes confiterías donaron una torta inmensa para agasajar a la concurrencia, los grupos folclóricos se dispusieron a hacer vibrar su música y la gente, incentivada durante años por la profecía, allá corrieron en busca de la respuesta final.
La hora señalada era a las 4 de la tarde por lo que a los que concurrieron muy temprano acicateados por su impaciencia, se les hizo muy larga la espera porque ya se sabe que esperar algo deseado distiende el tiempo de cada minuto convirtiéndolo en sensación de horas.
A las 3 de la tarde llegó la comitiva oficial, el Excelentísimo Gobernador acompañado de su séquito se hizo presente en el predio.
Una mujer mayor proclive a asimilar los miedos de los mitos se persignó y juntó sus manos en señal de rezo.
- Tranquila, Raquel, - le dijo por lo bajo su compañera que rondaba la misma edad, - Dios nos va a proteger.
- Amigos, - vociferó en tono solemne el Excelentísimo Gobernador, - cumplamos con el designio legado por el fundador de nuestra querida ciudad.
Un silencio cubrió el sector como un manto implacable, hasta los pájaros dejaron de trinar, todo se detuvo y una masa humana expectante siguió a las autoridades hasta el lugar donde estaba la misteriosa urna.
Muchos ojos fijaron su mirada en el sur como seguros de que por allí vendría a azote del maleficio.
Dos obreros con mucho cuidado levantaron la tapa de mármol blanco y dejaron ver la urna del pacto; fue la máxima autoridad la encargada de abrirla mientras el silencio total podía cortarse con un cuchillo. Las ancianitas rezaban mientras la tapa de hierro era levantada y dejaba a la vista de centenares de ojos azorados un espacio totalmente vacío.
Los que hacían de la lógica su credo diario dijeron que el diablo se había tomado el champagne después de destruir el documento de la profecía.

*de EMILSE ZORZUT. zurmy@yahoo.com.ar

Como el país...*

-¡Gordo, sos un pelotudo! ¿Cómo no te diste cuenta que estaba descargada?
Luis corría por el terraplén agarrándose las sangrantes costillas del lado derecho, mientras el Gordo Nacho, resoplando como un caballo, se esforzaba por no tropezar con su bamboleante barriga. La tarde se hacía noche sobre el platense Barrio Los Hornos, y el frío comenzaba a hacerse sentir, implacable, presagiando un crudo invierno.
Había sido una pésima idea; como todas las del Gordo. Luis nunca había sabido por qué le llevaba siempre el apunte. Los negocios que le había propuesto Nacho, su amigo de la más tierna infancia, la mayoría de las veces habían terminado en desastre. Desde los cambios de figuritas a las peleas callejeras por una trampa en la "escondida", como después los porros comprados cerca de la comisaría, o el debut con aquella puta que les contagió hasta lo que no existía, todo había tenido que ver con el Gordo. Habían sabido ganar también, pero la cantidad de bajezas y humillaciones superaban ampliamente las victorias; o al menos el simple hecho de conservar la dignidad.
Esta vez, podrían considerarse afortunados si se mantenían vivos.
"¿Por qué no nos desquitamos con este Gallego hijo de puta, que siempre nos caga con el precio de la birra, y le sacamos unos mangos?", le había dicho el Gordo un par de días antes. Luis estaba harto de escucharlo, pero también lo hastiaba la soberbia de Manolo, el dueño del maxikiosco de la 59 y 140, que los basureaba a más no poder. No eran dueños ni siquiera de gozar del mínimo placer de tomarse una cerveza en paz, sentados en el cordón de la vereda, con los pibes de la barra.
"¡A boludear a otro lado, drogones!", los echaba Manolo, escoba en mano, cada vez que podía. Y Luis, amargado por no encontrar laburo en ningún lado, rencoroso contra su padre por no haberse preocupado de que siguiera algún oficio, o con su madre por haber privilegiado al resto de sus mierdosos hermanos, sentía que cada provocación del Gallego era una puñalada en su propio orgullo. Varias veces lo había puteado de arriba abajo, y hasta una noche se había animado a lanzarle una pedrada, sin éxito. Pero la idea del Gordo, aunque descabellada, le había permitido imaginar, aunque sea por un rato, el método más efectivo de vengarse del Gallego de una buena vez. Pegarle donde más le doliera.
Nacho consiguió pronto un arma. Era un 32 bastante vapuleado, pero que amenazaba con abrir un agujero enorme en el cuerpo de quien tuviera la mala fortuna de cruzarse delante de su cañón. "Es fácil", le dijo el Gordo, "Esperamos a que no haya nadie, y cuando esté desprevenido, vos entrás, lo encañonás, le exigís toda la guita, y salimos corriendo. Yo me quedo afuera haciendo de campana".
"Te llevás la mejor parte", se quejó Luis.
"¡Bueno, fiera! El fierro lo consigo yo, ¿no? Además, la idea es mía. Y a los dos nos hace falta la guita", se atajó Nacho.
Luis protestó por lo bajo, pero estuvo de acuerdo. De un tiempo a esta parte, las cosas se venían poniendo cada vez más densas. No tenía un mango partido al medio, tampoco idea alguna para salir del bajón, y el gallego ya le tenía los huevos llenos. Era justo meterse a afanarle lo que el mismo Manolo les curraba cada vez que les pedía cinco pesos por cada birra.
Lo que no contaban era que el fierro no tenía balas. Luis, aunque anduviera por la calle desde muy pibe, nunca había tenido uno en la mano, y no tenía la menor idea sobre cómo se abría el tambor. Como lo había traído Nacho, se confió en que el Gordo lo hubiera revisado. Así como confiaron en que el Gallego no pudiera defenderse.
Ocurrió todo tan rápido, que ni siquiera tuvo tiempo de ponerse nervioso, hasta que ya fue muy tarde. La escopeta apareció detrás del mostrador como un espectro inesperado. Luis, que acababa de desenfundar y gritar dentro del reducido ámbito del local, ni siquiera se dio cuenta en dónde la tenía escondida. En esa fracción de segundo, mientras gatillaba como un acto reflejo –y en vano- el 32, tan asustado como parecía estarlo el Gallego, recordó haber escuchado días atrás que Manolo charlaba con los vecinos acerca de lo podrido que lo tenía el tema de la inseguridad, que lo que el país necesitaba era un gobierno fuerte que…
La detonación lo dejó sordo. Sólo después –nunca supo cómo fue posible semejante separación entre causa y efecto- sintió el tremendo golpe en el pecho, que afortunadamente lo agarró mal parado, cuando el cañón de la escopeta giró en arco y chocó contra uno de los barrotes de la reja del mostrador. Trastabilló de costado, se aferró del marco de la puerta, dejando caer el fierro, y saltó hacia la calle, manteniendo el equilibrio de milagro, mientras comenzaba a correr a los tumbos. El Gordo, incapaz de creer lo que ocurría delante suyo, lo siguió de cerca, y a los pocos pasos ya había tomado la delantera. Vaciló un segundo, se volvió, y aferró a Luis por el brazo izquierdo, ayudándolo a impulsarse. Ya habían entrado en el baldío, a unos 30 metros, cuando el Gallego salió a la vereda, doblando la escopeta para recargarla.
-¡Vuelvan acá, hijos de puta! ¿Quién mierda se creen que son, que me van a afanar?-, chilló, mientras introducía un nueva cartucho, cerraba la escopeta con un chasquido, y se echaba la culata al hombro para volver a disparar. En la cuadra, las cabezas que se asomaron a chusmear fueron muchas más que las que se agacharon para evitar el tiroteo.
Pero Luis y Nacho ya habían doblado la esquina, evitando el ángulo de tiro, y se refugiaban entre los pastizales, avanzando a los tropezones hacia las vías del antiguo ferrocarril. Se oían gritos dispersos; alguien clamaba por la policía, mientras otros querían saber hacia dónde se habían escapado, para así poder seguirlos y "reventarlos". Luis resoplaba; le dolía mucho el costado, aferrándoselo con su mano derecha, que notaba muy caliente y empapada, a causa de su propia sangre. "Qué mala idea, qué te parió Gordo…", mascullaba.
La estación estaba desierta. Los andenes eran una guarida de suciedad y basura desde hacía años. Oxidados rieles ya no transportaban ningún carguero, menos aún repletos vagones de pasajeros. Pero era el lugar justo para esconderse un rato, descansar, tomar aire, y seguir corriendo.
Luis se desplomó sobre uno de los bancos del andén, quejándose de dolor, sin aire suficiente para insultar al mal parido de su amigo. Nacho resoplaba como una locomotora, con el pecho agitado subiendo y bajando sin tregua. A la distancia, se dejaban oír algunos gritos, furiosos quizá. Se le ocurrió que a cada segundo sonaban más cerca, y quiso volver a correr. Pero al voltear hacia Luis, el semblante dolorido, la sangre derramándose sobre el sucio suelo del andén, no llegó a articular palabra alguna. Se puso muy pálido. La herida se veía muy fea. Demasiada sangre. Y eso que no le había dado de lleno. El tiro desviado lo había salvado de morir en el acto, aunque quizá no durara mucho tiempo más… La idea lo estremeció, obligándolo a arrodillarse junto a Luis.
-¿Cómo estás? -, alcanzó a decir.
-Para la mierda… -, masculló Luis, quien consiguió alzar a cabeza, más allá de la figura del Gordo.
La estación se estaba viniendo abajo. "Como el país", se le ocurrió de pronto, aunque nunca supo de dónde le llegó semejante idea. La humedad y le herrumbre habían hecho estragos sobre las paredes y los escasos herrajes que aún nadie se había llevado para fundir, tal vez de tan oxidados. Sintió un frío que le calaba hasta los huesos, y de alguna manera, por encima del miedo que comenzaba a ganarle la conciencia, intuyó que nada tenía que ver aquello con la temperatura ambiente.
-Me estoy muriendo, Gordo -, balbuceó, y la frase quedó suspendida entre ambos mientras su mano se relajaba sobre la herida, como si su cuerpo comprendiese que ya de nada valía seguir luchando.
-¡No, carajo! -, chilló Nacho, tomándolo por el brazo izquierdo y tironeando sin fuerzas de él. -¡No te vas a morir, mierda!…… ¡Ya te estoy llevando a donde puedan curarte!
Sin embargo, los dos sabían que no era cierto. Luis, porque se estaba muriendo. Nacho, porque no tenía idea sobre cómo hacer para poder ayudar pronto a su amigo. Con la buena voluntad no alcanza para extraer perdigones que se alojan en un pulmón.
Más gritos, cada vez más cerca.
-¡Vámonos! -, le dijo Nacho, pero ya casi para convencerse a sí mismo.
-Anda, Gordo -, murmuró Luis. –Y la puta que te parió……por esa idea de mierda……que tuviste…
Nacho vaciló. Un par de sombras se recortaron sobre el horizonte del terraplén, blandiendo unos palos; o quizá, más escopetas. Ya estaban cerca. Tenía que decidirse. Era cuestión de segundos. Era vivir o morir.
-¡Qué boludo, carajo! ¡Qué boludo que fui! -, sollozó, tomándole una mano, tembloroso.
-Andate, Gordo -, murmuró otra vez Luis, sin mirarlo, incapaz de luchar contra lo inevitable. –Salió todo remal…
Y se soltó del apretón. Su cabeza cayó sobre el banco polvoriento. Su respiración sonaba quebrada. La sangre goteaba cada vez más.
Nacho tembló una vez más, evitó mirar a su amigo por última vez, ahogó las lágrimas, y salió disparado hacia el descampado, dominado por una eterna culpa, bamboleando de nuevo la barriga. Luis se estremeció. Había quedado solo, asustado y muy mal herido. Oyó gritos cerca suyo, corriendo en su busca. Sentía, desamparado, que algo se le escapaba inevitable entre los dedos. Además de que aquello había resultado una idea de mierda.
Y por última vez volvió a pensar que, al igual que la estación, él también se estaba viniendo abajo.
"Como el país".

*De Aldima. licaldima@yahoo.com.ar

Las Navidades de Bongo*

*Por José Pablo Feinmann

Nunca pude decidir si Bongo era judío o católico. Tenía que decidirlo yo, porque él, si lo tenía decidido, difícil que pudiera comunicármelo. Además, seamos francos: ¿cómo iba a decidir Bongo que, al fin de cuentas, aunque fuera el Bongo, era un perro, si era judío o no, si era católico o no, si yo, que no era un perro (aunque tampoco ocupara entre los humanos un lugar tan excepcional como el que Bongo ocupaba entre los perros), aún no lo había resuelto y ya tenía nueve o diez años. Sucede que la cosa era compleja. Bongo y yo vivíamos en medio de una confusión aceptada por toda nuestra familia como normal. Bastará narrar una Navidad en Belgrano R, en nuestra casa de Echeverría y Estomba, para que se entienda qué busco tornar claro.
La cena de Navidad era hermosa, una noche de plenitud, de regalos, de visitas, de familiares que veíamos de tanto en tanto pero que hoy estaban aquí, con nosotros, una noche de amor y de paz y de cohetes, rompeportones y cañitas voladoras. Una noche de Misa de Gallo. Una noche de mucha comida. De
puertas abiertas. Abiertas para los vecinos. Todos abrían sus puertas. Si uno quería visitar a otro podía hacerlo casi sin golpearla. ¿Cómo iba a golpearla si estaba abierta de par en par? Hasta la Sra. Gerlach, que era la villana del barrio, la que vivía justo frente a nosotros, de la vereda paralela, también en Echeverría y Estomba, en un chalet que siempre me pregunté si era o no más lindo que el nuestro, abría esa noche, la de Nochebuena, sus puertas. Y eso que, lo juro, no era buena. La Sra. Gerlach jamás devolvió una pelota que hubiera caído en su jardín, que era muy grande y ella, de egoísta y de engrupida que era, lo tenía protegido por verjas altas, puntiagudas, de madera verde o marrón o bordó oscuro, porque siempre andaba pintándolas de nuevo, como si ningún color le gustara. ¿Qué color iba a gustarle a esa bruja si no habría cosa en el mundo que le gustara? En Nochebuena, no. Hasta ella exhibía a los demás sus puertas abiertas. Si uno miraba hacia adentro podía verlo al Sr. Gerlach sentado en un sillón y leyendo un diario, seguro que en alemán. A nadie, jamás, se le ocurrió decir que el Sr. Gerlach había sido nazi. ¿Qué era eso, cómo iba a ser nazi alguien tan agradable como el Sr. Gerlach? ¿O no era él, nunca ella, el que si estaba en la casa y no en el trabajo, nos devolvía cualquier pelota que cayera en su jardín, con una sonrisa y dándole con ganas, como si supiera, hasta las manos de alguno de nosotros? ¿Un nazi iba a ser eso? Vamos, ¿qué se piensan, que nos chupábamos el dedo?
Nuestra cena de Navidad la presidía -por supuesto- papá. Que se llamaba Abraham y era hijo de Boris Feinmann y Raquel Aranovich. "Yo nunca tuve un problema en este país por ser judío", decía papá. Una frase que, con el paso de los años, cada vez me resultó más extraña, increíble. Pero, ¿por qué no
creerle? No por el país sino por él. Se había recibido de médico en 1917 y siempre había sido un dandy y había ganado buena guita desde el inicio.
¿Quién se habría atrevido a decirle "judío de mierda" al doctor Feinmann?
Era tan suntuoso el viejo, tan seguro de sí y, sobre todo, se sentía tan argentino, tan merecedor de este país, tan dueño de él como, por ejemplo, cualquier cajetilla del Jockey Club, que debía imponer respeto hasta al cura Menvielle. Ahí estaba, entonces. En la cabecera de la mesa. A su derecha, mamá. Mamá era católica: Elena de Albuquerque. Siempre estaba muy linda en Navidad. Preparaba todo. La comida, el árbol (que lo hacíamos en un pino que había en el jardín), el lugar para poner los regalos, la lista de invitados, todo. Pero le era fácil: tenía dos sirvientas. Mi vieja siempre dijo "sirvientas". En los cincuenta todos decían "la sirvienta". Los judíos decían la "jikse". Seguro que lo escribí mal. Pero así suena, cualquiera lo sabe. Las sirvientas eran Rosario, siempre joven y linda, visitada por el calentón de mi hermano si ella le abría la puerta de su cuarto, e Isabel, una gallega gordota, medio torpe pero muy trabajadora. En esta Navidad se agrega una chica que olvidé de dónde venía. Era muy simpática y solía
disfrazarse de Papá Noel. (Santa Claus no existía en los '50. Papá Noel y se acabó.) Le decían Cachirula. Por la historieta Pelopincho y Cachirula, de Fola, que salía en el Billiken. El resto era el batallón semita. Un primo al que llamaban el petiso. Y sobre todo las dos hermanas de papá. Eran
infaltables. Eran maravillosas. Menores que el viejo, se llamaba Sonia la mayor, la más seria o, mejor dicho, la menos loca, y la otra era Rosa, que era un regalo de la vida. Sonia, inteligente, se ganaba la vida jugando al póquer. Y Rosa, que era fea, para qué negarlo, fea sin apelación posible, era una atorranta irresistible. No sé cuánto, no sé qué habré heredado de Rosa, pero si hubo algo de polenta en mi vida, de ganas de vivir, de atorrantear, de aceptar la locura como parte esencial de la existencia, o de la razón, eso vino de ella, de Rosa, la gloriosa tía puta de la familia. No había Navidad en que no trajera un tío nuevo. En esta que hoy evoco se lo trajo al tío Angel, un buen tipo, tranquilo, resignado, feliz por tenerla a Rosa. Cuando Rosa le mostró a su sobrinito, cuando le dijo: "Vení, Angel, éste es el Josecito, el hijito menor de Abraham", el Josecito dijo: "¡Cómo la quiero a la tía Rosa! Todas las Navidades me trae un tío nuevo". Rosa me pateó un tobillo y (sé que no me van a creer) aún recuerdo su frase dura, dicha entre dientes: "No seas pelotudo, nene. No me arruinés la Navidad".
Angel ni se mosqueó. Al contrario, ahí nomás me dio su regalo: ¡una gruesa de cañitas voladoras! En seguida estaban mi hermano y sus amigos sobre mí y me las sacaban y buscaban botellas para arrojarlas sobre la casa de la Sra. Gerlach. Algo que ocurrió después de la cena.
¿Qué busco decir? Que nuestra mesa de Navidad era tan judía como católica y hasta, si se descuidan, ganaban los judíos. Si no lo hacían es porque solían venir Doña Carmen y sus dos hijos, amigos de mi hermano, dos boludos en estado de coma. Uno, creo, terminó como abogado de De la Rúa. El otro hizo
el Liceo Militar. Una vez fuimos todos a verlo cómo saltaba vallas en una contienda entre milicos. Montaba un caballo marrón con manchas blancas, seguro más inteligente que él. Pero ahí estaban: engrosando la mesa navideña. Doña Carmen era la presidenta de la Acción Católica. No sé si necesito agregar algo más. Judío o católico, era papá el que decía su ya tradicional discurso. Nada del otro mundo, creo. O sí: todo del otro mundo.
Porque hablaba de Dios como si se lo hubiera cruzado esa tarde al bajar del colectivo 76, en Echeverría y avenida Forest. Y después de la amistad entre las razas, los pueblos y sus creencias. Mamá no decía nada. Bongo tampoco.
Estaba muy cómodo en un sillón, cerca de la mesa y miraba todo. No era de esos perros que abordan la mesa y andan mendigueando un cacho de comida. No, Bongo no solía comer mucho. Lo suyo era el sexo. No había perra o perrita en 20 cuadras a la redonda que desconociera sus artes de perro cogedor. Porque
eso era. Uno podía ir a Melián a caminar y ver los árboles en lo alto o al puente de Superí a cortar cañas y solía encontrárselo al Bongo atracándose a una perrita. Era un campeón. Yo era un pibe y no sabía casi nada de esas cosas. Pero por el modo en que aullaban las damas que el sexópata penetraba
era claro que ellas no estaban pasando un mal momento. El, mucho menos. Pero no era de expresarlo. Se concentraba en lo suyo. Serio, como si buscara, ante todo, complacer a la dama.
A medianoche, todas las damas iban a "misa de gallo". Mi mamá, católica; Doña Rosa, católica; las dos sirvientas, católicas; Cachirula, católica, y las dos maravillosas tías recontrajudías, la tía Sonia y la tía Rosa.
También íbamos Bongo y yo. Pero nos sentábamos atrás. Cerca de la pila bautismal. A mí no me gustaba verlo de cerca al pobre Jesús, tan estropeado, con todos esos clavos, la sangre, con esa cara de dolor, de derrota. No me gustaba. A Bongo, creo, tampoco. Después la gente salía y nosotros los dejábamos salir. Nos íbamos al final. A quien más quería Bongo era a papá.
Pero después a mí. Eramos buenos amigos. "Vamos, Bongo", dije sin mirarlo.
"Es tarde." Me di vuelta y lo vi, con su pata levantada, con enorme convicción, echándole una meada a la pila bautismal. No tuve, entonces, ninguna duda: era judío el Bongo. Como papá.

*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-117422-2008-12-28.html

Día de los Santos Inocentes*

*Por Adrián Abonizio abonizio@hotmail.com

-!Brindemos, sí, pero hagamos silencio por los Santos Inocentes que mandó a matar el terrible Herodes!, explotó poniéndose de pie la tía Eulalia. -Esta boluda siempre arruinando las fiestas, dijo por lo bajo Diácono. -Te escuché. réprobo, oí tu insultante frase, pero sigamos y oremos, terminó con un abatimiento teatral. -!Saquenle el chupi, reclamó alguno. Era la previa del remanente de los festejos con las sobras navideñas: Parva de trozos de pollo, hectolitros de sidra, pilas de turrones yacían tapadas sobre el
mantel de hule de la casa de la Nona, mientras eran las once de la mañána de aquel 28 de diciembre y la tía Eulogía otra vez se había mamado tempranamente -!Soy una catequista de ley, una esclava del Señor!, gemía amparándose en sus fueros celestiales cuando fue arriada hacia una de las reposeras para que se aireara y soltara la copa que tenía en su garra como si fuera el Santo Grial.
Yo ya había tomado la Comunión y se me mezclaban los sentidos: El 8 de diciembre a la vez que era el cumpleaños de mi madre, era algo de la Virgen, ascensión, natalicio o descenso, no recuerdo. Aún tenía la entrepierna paspada pues el trajecito gris que me habían dado era de sarguilla y ningún adulto supuso lo que significaba el calor, los hilos de agua cayendo hacia el culo mismo, la verguenza de estar disfrazado y en el fondo, sentirse un pelotudo. Con mis primos decidimos huir al campito a quemarnos en los pastizales corriendo una pelota, sacudirnos las hilachas de la entrada a la religión y la adultez temida.
Ibamos con la número tres bajo el brazo. Comentábamos con risas el estado mental de la tía Eulalia. Pasamos por una tapicería: Nos debían allí el pago por la limpieza del patio y con él pretendíamos hartarnos de Coca familiar, luego del partido. Entramos; bajo el resplandor solar del mediodía las
pelusitas bailaban entre los chorros de luz que penetraban por las chapas agujereadas. Había ese olor a lustrín y sudor. Entonces lo vimos: El flaco dependiente, el clavador de sillones, sucio como siempre estaba al fondo sumergido en su tarea tan concentradamente que ni nos oyó acercarnos. Uno a uno, extraía de un cajón de manzanas sendos gatitos que iba ahogando en el piletón. Alguien hizo un ruido o una mueca. Se volvió como una fiera sorprendida en pleno asesinato. -!Eh, para afuera, váyanse!...tenía la sonrisa amarronada y el pelo le cubría los ojos. Transpiraba, como en cámara lenta las gotitas de sudor caían sobre el agua del crimen.
Corrimos hasta la canchita y poco dijimos. El sol nos echó una bocanada de dragón y nos expulsó hacia la sombra de los paraísos en un rato. Era imposible jugar. No pudimos tomar la Coca, pedimos agua en un lavadero de remolques y regresamos por las calles de tierra. Al llegar a la puerta, donde la sombra de un gigantesco plátano amparaba del infierno, la tía Eulalia era mecida por una niña vecina, una mano en la Biblia, la otra peinándose los largos cabellos grisados -!Infantes míos! !Santitos inocentes! ¿Habráis visto el pecado de la carne entre las piernas de las negritas que traen esas caras de espanto?. En la galería había un espejo y allí nos miramos. Sofocados, la claridad impedía ver las siluetas. En esas
condiciones nuestras facciones danzaban imperceptiblemente al son de esos gusanitos trasladándose de un punto al otro, aquellos que uno ve en el cielo si se mira mucho y fijamente. La gata barcina, la de nuestra Nona, maulló detrás nuestro, como preguntando algo. Entonces recordamos la matanza de ese
día y nos echamos apesadumbrados bajo la escalera que era el único sitio donde la humedad impedía el calor.
Nos llamaron a comer. En los restos del pollo alguno creyó ver la silueta de un gatito. El ventilador hacía un ruido de motor de avión. Había música de los Wawancó. Comimos con repugnancia, envueltos en el giterío y la alegría salvaje de los mayores disputándose los restos del festín. Tía Eulalia callaba, rezando por lo bajo. Tío Diácono hizo un chiste acerca de su sexualidad dudosa y hasta hubo un instante de descuido para robarse una botella de sidra helada que pasó de mano en mano por debajo nuestro hasta que el Dany la sacó afuera y subió con ella a la terraza. Al rato lo seguimos pero ya se la había tomado toda. Moqueaba, no sé si por el alcohol, por él, por nosotros, por la tía, por la familia entera o el mundo y sus pesares. Nos dió a entender en su lengua de borrachín asoleado que todos éramos como aquellos gatitos, santos inocentes y predijo en el mismo tono que la tía Eulalia las terribles batallas que sobrevendrían. -...por los siglos de los siglos, a todos nos van a ahogar algún día...y eructó después.
Al Dany lo tiraron desde un Hércules al Río de la Plata, cerca del año 1978.
La tía Eulalia seguía insistiendo que un ángel se lo había llevado hasta que se murió de vieja. Pidió ser momificada como una santa y exhibida en la casa de la Nona. Los tíos no lo permitieron.

*Fuente: Rosario-12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-16623-2008-12-28.html

LA OTRA*

Camila se deslizaba por sus sueños, estaba expectante porque sabía que noche a noche la iban transportando hacia situaciones que nunca había imaginado. Pero una noche no fue igual que siempre; se había quedado sentada en la cama desafiando al sueño. Todo en ella era resolución, cambio, hambre de devorar la noche porque quería sentir despierta esas sensaciones que conseguía estando dormida.
Encendió la radio para ahuyentar las ganas de dormir, compenetrándose en la música que brotaba precisa, atenuante. Se fijó en el reloj, habían pasado dos horas desde que se había metido en la cama, pero nada. Por fin decidió acostarse y conciliar el sueño; era tarde y tenía que madrugar, no podía seguir pensando y haciendo cosas tan absurdas, se dijo, mientras bajaba el volumen de la radio.
La noche estaba pesada, la luna llena casi formada en su totalidad, era cubierta de a ratos por nubarrones que amenazaban lluvia y se filtraban por la celosía de la ventaba que estaba algo levantada, Camila la miraba desde su lugar.
De pronto sintió que no estaba sola, alguien se dirigía hacia la puerta del dormitorio. Bajó el volumen de la radio quedándose quieta; no sintió miedo, más bien una complicidad la embargó. Escuchó el ruido del picaporte, los pasos que se alejaban, se levantó, fue hacia la puerta que había quedado abierta y salió. Una brisa suave la envolvió.
Desde ese lugar vio que una persona se alejaba, observó que tenía el mismo pijama, cabello claro como el suyo, todo igual, solo faltaba verle la cara.
En esta ocasión tampoco sintió miedo, pero tampoco atinó a llamarla y volvió a entrar al dormitorio. Al descuido se encontró delante del espejo pero no se vio, entonces se miró las manos, recorrió todo su cuerpo pero este no se reflejaba.
Salió corriendo hacia fuera , quiso alcanzar a esa mujer, ella se llevaba su imagen. La radio seguía en la misma programación.
- Quiero soñar – gritó – y siguió corriendo detrás de esa mujer pero no la alcanzó. La otra iba despacio pero cada vez más lejana, lentamente se deslizaba hacia la boca de un supuesto túnel que se abría más adelante.
Camila siguió corriendo, cayéndose varias veces; el dolor que le causaba las heridas de las rodillas por momento se le hacía insoportable. La otra había desaparecido y el túnel se desdibujaba ante sus ojos.
Volvió a su cuarto y subió el volumen de la radio; el pronóstico del tiempo indicaba lluvia. Con dificultad se dirigió hasta el espejo y se vio en su totalidad.
- ¡Qué sueño tonto tuve – se dijo para sí y apagó la radio quedándose dormida.
Por la mañana cuando se levantó sintió un dolor muy fuerte en las rodillas y comprobó el desorden de pisadas con barro sobre la alfombra.

*de MARTA BEATRIZ MULTINI.

Convocatoria*

El trilingüe Magazín Cultural Latinoamericano XICóATL "Estrella Errante" (impreso y digital), que desde hace 17 años se edita en Salzburgo, Austria, convoca a ensayistas, narradores y poetas a colaborar con el trabajo de difusión cultural que llevamos a cabo.

Las colaboraciones deben tener una extensión máxima 4 páginas para ensayo y cuento. Para poesía se ruega enviar una selección de poemas de un máximo de 10 páginas. Los escritos deben acompañarse de un breve curriculum vitae (que contenga la dirección postal) y una foto digital del escritor a la dirección euroyage@utanet.at
Los textos seleccionados serán traducidos al alemán y publicados de manera digital e impresa.

Más informaciones sobre nuestra labor cultural sin ánimo de lucro en Europa encontrarán en nuestra página de internet www.euroyage.com
Cordial saludo,

*Dr. Luis Alfredo Duarte-Herrera
Director de YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com

Schiessstattstr. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel: ++43 662 825067

InventivaSocial
"Un invento argentino que se utiliza para escribir"
Plaza virtual de escritura

Para compartir escritos dirigirse a : inventivasocial(arroba)yahoo.com.ar
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16/12/2008 GMT 1

A CABALLO DEL VIENTO...

urbanopowell @ 01:48

*

No sé porque la luna se abalanza
sobre esta noche de silencios tensos.
Ignoro si fue ayer que los lamentos
dejaron paso al duende de la danza.

Puede que fuera en lontananza
que brillaran los colores mas intensos.
Puede que se quemen los inciensos
ocultando el hedor de la matanza...

Quizás será una lucha cruel a ultranza
o borbotones de sangre en el inmenso.
Puede que sea gris la lontananza

incluso que huya a caballo del viento;
pero jamás podrá tomar justa venganza,
ni sabrá si es verdad, ni si te miento.

*de Joan Mateu joan@cimat.es

A CABALLO DEL VIENTO...

Mi viejo y los ojos*

Esos ojos grises leían y leían los tomos gigantes de leyes.
Protocolos encuadernados de blanco, con fechas de cada año que se despedía.
Su vida era el trabajo, examinaba atentamente con una lupa las firmas, antes de certificarlas. Los domingos, cuando casi todos descansaban. Algún vecino tocaba el timbre. Y preguntaba: - ¿Esta el Doctor? Le tengo que hacer una consulta-. Entonces mi viejo salía con su portafolio de cuero, los anteojos y el libro de actas.
El quería que fuese escribana, pero yo de chica odiaba tanto los librotes, los certificados, los dominios y los" libre deudas". No me gustaban tantos papeles y lapiceras, quería ser distinta, no deseaba hacerme mala sangre como él.
Cuando murió, paso algo muy paradójico. Comencé a escribir.
De sus ojos me jacto de tenerlos parecidos. De su puño y letra me eduqué para amar mi trabajo.-

*de Azul. azulaki@hotmail.com

El indulto al capital*

*Guido Bilbao
15.12.2008

Fue en enero de 2001. Mi viejo llamó y dijo: “Guido, me voy al tacho, no hay manera, me fundo”. Luego de tres años de recesión, su pyme de servicios gráficos acumulaba deudas sin parar, no podía venderle nada a nadie y de los buenos tiempos sólo quedaba mi padrino, Varela, que fue el primer empleado de mi viejo y también el último.

Cuando era chico pasaba muchas veces que me levantaba a tomar agua a la madrugada y, medio sonámbulo, me lo encontraba ahí: sentado en la cocina, en calzoncillos, haciendo cuentas en un cuaderno. Tomando café y usando regla, papel, lápiz y goma, unas gomas fancys blancas y azules que siempre terminaban en mi cartuchera.

Otros días el garaje y el patio se transformaban en un depósito lleno de papeles hasta el techo. Que había que embalar y cargar a los fletes para entregar. En los camiones, con los remitos que siempre perdía, iba mi abuelo Turo y a veces yo con él.

Así, poco a poco, vi como mi viejo remodelaba la casa, en Floresta, compraba una quinta en Malvinas, cerca de Rodríguez, cuando no era la capital nacional de la efedrina ni se encontraban por ahí los cuerpos deshojados de narcos financistas de la campaña de la Presidenta. Rodríguez era La Serenísima y las meriendas gratis que daban los domingos, sólo si antes te hacías el tour de la fábrica.

Lo vi después construir de a poco un chalecito en Punta Mogotes. Siempre trabajando, hasta los domingos, salvo cuando íbamos a ver a Vélez. Pasaron en esos lugares los tiempos más felices.

El día que mi viejo me llamó y me dijo “me voy al tacho, no hay manera”, también me dijo algo más. Meses atrás se había reunido con un contador amigo que, luego de ver sus números, le dio un único consejo: “Convocatoria de acreedores, vendé todo y saludá desde Montevideo. No podés regalar el trabajo de toda tu vida. Pensá en tus hijos”.

Mi viejo dijo que pensó en nosotros, en mi vieja, en su padre, hijo de un vasco huérfano, que trabajó 40 años de mecánico y ahora estaba con aterosclerosis viviendo en un PH de Villa Luro que él le había podido comprar. Pensó y pensó y al final, me dijo, había decidido pagar lo que pudiera. Si las cosas le habían salido mal no era culpa de los demás. “Yo no voy a cambiar de vereda si me cruzo por la calle con un acreedor. Ya me las voy a arreglar.”

–No seas boludo –le dije yo–, si en este país son todos garcas–. Toda la vida lo había criticado por laburar tanto y estar siempre tan pendiente de la guita. Me sorprendía yo también, transformado en esos tantos que no paran de cometer los pecados que recriminan.

–Tu papá no es un garca –me dijo él, sin llanto. No se volvió a hablar del tema.

Después vino la caída de De la Rúa y resultó que todo se puso peor. Vendió la casa de Segurola donde había formado una familia, la mía. Con eso les pagó a los acreedores que pudo. Se fueron a vivir a las oficinas que están a la vuelta y que gracias a los arreglos producto de la venta del auto transformaron en una casa. Vendió “Mogotes” por la hipoteca y con eso le pagó al Bank Boston. La plata de la quinta, lo único que quedaba, la recibió mi padrino, Varela, como parte de su indemnización. Era menos de la mitad de lo que le correspondía, pero no dijo nada y se fue a su casa.

Mi viejo, con 62 años, se consiguió un trabajo como jefe de un taller de costura que hace corpiños para exportar a España y después de 40 años volvió a moverse en colectivo. Se levanta cada mañana con una alegría y una fuerza de la que no me siento capaz.

Cuando Cristina anunció el blanqueo de capitales sentí un enojo inusual porque por lo general las malas noticias sólo alimentan mi cinismo. No me sentía tan enojado desde los indultos de Menem. Es parecido, me digo, un indulto al capital.

Y como es muy temprano a la mañana y no desayuné todavía, quizá porque el sueño no se me pasa o porque tan temprano ya fumé, me dejo llevar por una imagen imposible que asalta mi cabeza acalorada: la veo a Cristina caminando por las calles de Floresta, atravesando la cancha de All Boys, con esos peinados tipo actriz centroamericana que usa y una capa blanca de raso ondeando al viento. Se cruza con un hombre lento y bamboleante que es mi padre y que camina hacia la parada de colectivos. La Presidenta lo mira con desprecio. Él no le dice nada. Cristina cruza la calle.

*Fuente: Crítica Digital
http://criticadigital.com/impresa/index.php?secc=nota&nid=17106

Pensamiento 869*

Que los gobernantes hagan tonterías es lo normal,
lo que molesta es que las digan.

*de Joan Mateu joan@cimat.es

"PESADILLA", DEL PERIODISTA Y ESCRITOR PINIE WALD, SE PUBLICO EN 1929 EN
BUENOS AIRES

La novela que revela el horror de la Semana Trágica cumple 80 años*

Hoy los estudiosos leen a "Pesadilla" como precursora clave de "Operación Masacre", de Walsh.

*Por Eduardo Pogoriles epogoriles@clarin.com

REPRESION. MIEMBROS DE LA LIGA PATRIOTICA EN ENERO DE 1919, LA SEMANA
TRÁGICA QUE WALD RECORDARIA EN 1929.

El escritor Macedonio Fernández decía que el mejor novelista del país debía ser el presidente de la Nación, por su capacidad para crear mitos desde el poder. Desmitificar esa tarea presidencial, reírse de sí mismo a pesar del horror, no olvidar la paranoia de los poderosos ni la indefensión de sus
víctimas, todo eso logró el periodista Pinie Wald (1886-1966) en su novela autobiográfica Pesadilla, que hoy está considerada como uno de los grandes relatos argentinos de la Semana Trágica de enero de 1919. En aquellos días, durante el gobierno radical de Hipólito Yrigoyen, Wald fue detenido y acusado de ser el supuesto presidente de una imaginaria "república soviética de la Argentina y Sudamérica", aunque sólo era un periodista de Avangard, un diario muy popular entre los obreros socialdemócratas. Torturado en el Departamento Central de Policía, Wald también fue testigo de un "pogrom" en el barrio de Once, donde grupos de civiles, policías y militares se dedicaron a aterrorizar a la población judía porteña, sospechada de ser "maximalista", o sea, simpatizante de la Revolución Rusa de 1917. Wald fue
liberado por las protestas del Partido Socialista, que lo defendió con un joven abogado, Federico Pinedo. Alfredo Palacios y Alberto Gerchunoff, entre otros, apoyaron al escritor.
La crónica de todos estos hechos es el tema de Pesadilla, publicada por Wald hace ochenta años -en enero de 1929- en idioma idish: Koschmar es su nombre original. Fue traducida al español en 1987 por Simja Sneh para Crónicas Judeoargentinas: los pioneros del idish, 1890-1944, una antología publicada
en la editorial Milá, de la AMIA.
Como dice el abogado Pinedo en la escena del juicio contra Wald, "el gobierno creó, en su imaginación, la imagen de un levantamiento maximalista, de una república soviética, y lanzó un grito de alarma (...) Del mismo modo en que se declaró a Wald "dictador maximalista" así se acusó a todos los judíos, junto con sus esposas y niños, de ser "maximalistas", y comenzó una caza salvaje dirigida contra ellos". Las 120 páginas de Pesadilla circularon durante diez años como un manuscrito en los ambientes obreros, hasta que Wald lo publicó "en el décimo aniversario de los Días de Enero", en la imprenta del Asilo Israelita Argentino, dedicándolo "a la memoria de los compañeros caídos".
Por momentos, Pesadilla es un relato que recuerda a Franz Kafka, une el horror y el grotesco, la risa amarga. En este sentido, el ensayista David Viñas ha escrito: "sótanos, malentedidos, pliegues y encrucijadas de Buenos Aires parecen recuperar , a través de la versión de un judío acosado en la
esquina trivial de Viamonte y Junín -o del Departamento de Policía- las calamidades de la Praga más sombría".
Para comprender mejor lo que vivió Wald entre el 7 y el 17 de enero de 1919, vale recordar que la Semana Trágica arrancó el 7 de enero cuando los huelguistas de la metalúrgica Vasena -en conflicto desde el 8 de diciembre- chocaron en Pompeya con rompehuelgas contratados por la empresa. La policía
intervino, hubo 4 muertos y 30 heridos. El día 9, el cortejo fúnebre fue baleado por policías en Chacarita y hubo al menos 12 muertos. Se declaró una huelga general y la ciudad quedó paralizada mientras grupos de civiles armados -simpatizantes de la Liga Patriótica de Manuel Carlés- apoyaban el
despliegue de policías y tropas del ejército convocados por Yrigoyen. Buenos Aires se transformó en zona militar, al mando del general Luis Dellepiane y el jefe de policía, Elpidio González. En los días siguientes hubo más enfrentamientos y represión, que culminaron en el "pogrom" .
Investigadores como Julio Godio, Edgardo Bilsky o Sandra McGee Deutsch -entre otros-se ocuparon del tema. Y hubo escritores que novelaron estos hechos, como Arturo Cancela, Andrés Rivera, David Viñas y Floreal Mazía. Recientemente, en 2007, se estrenó un filme documental de Herman Szwarcbart, Un pogrom en Buenos Aires. Aún hoy es difícil saber cuánta gente murió en esos días: el gobierno de Yrigoyen nunca dió cifras oficiales. El investigador Bilsky anota que los diarios de izquierda, como La Vanguardia y La Protesta, hablaron de 700 muertos, 4.000 heridos y miles de detenidos. En esos días, políticos socialistas como Mario Bravo, denunciaron la participación de cientos de militantes de la Unión Cívica Radical en la represión y en el "pogrom". La embajada de Estados Unidos habló de 1.356
muertos y 5.000 heridos, además de contabilizar 179 cadáveres de personas de religión judía en el Arsenal de Guerra. María Cecilia Di Mario cuenta en su libro De crónicas y escrituras en la Semana Trágica que, finalmente, los gremialistas de la F.O.R.A dirigida por Sebastián Marotta -con mayoría
socialista y sindicalista- negociaron con Yrigoyen el levantamiento de la huelga. Se logró la jornada de 8 horas y la libertad para los detenidos, pero nadie fue castigado por los asesinatos.
Hoy, el escritor Ricardo Feierstein, director de la editorial Milá, destaca que "literariamente, Wald sorprende con una prosa moderna, cinematográfica. Wald vivió persecuciones antisemitas en su Polonia natal y eso retornaba, ahora en Buenos Aires. Fue una personalidad muy querida en la comunidad, escribió mucho, impulsó el movimiento cultural en idish y orientó desde 1907 a los trabajadores socialdemócratas. Pero además creó la red escolar judía laica".
El escritor Pedro Orgambide, que reeditó Pesadilla en 1998 en la editorial Ameghino, la comparó con Operación masacre de Rodolfo Walsh y A sangre fría de Truman Capote. Atento a las nuevas generaciones de lectores, Orgambide decía en el prólogo: "Otras miradas podrán ver en él a un texto que sobrevivió a los malos tiempos de los prejuicios y la intolerancia". Lo cierto es que desde entonces el libro de Pinie Wald no volvió a reeditarse, aunque abunda en escenas realmente inolvidables.

*Fuente: Clarín:
http://www.clarin.com/diario/2008/12/15/sociedad/s-01822418.htm

Cosas menores*

Tal como me la contaron, así la cuento. Ni una palabra menos, ni una palabra más. Se llamaba Eusebio o Pandolfi o Schab o vaya a saber. Y esto carece de importancia porque con el tiempo todo el mundo lo identificó como el hombre del paquete.
En algún momento, hacía años, muchos, nadie podría precisar cuando, el tipo empezó a circular con un paquete. No muy grande, tal vez del tamaño de una caja de zapatos. Un paquete envuelto en papel de diario o pael madera y atado con piolín. Un paquete. Ese fue el arranque.
Al principio nadie reparó en el detalle, no había razón para hacerlo, pero después de meses, tal vez más que meses, aquel Eusebio o Pandolfi o Schab se convirtió inevitablemente en el hombre del paquete. Lo llevaba bajo el brazo o, cuando circulaba en bicicleta, apresado en el resorte del portaequipaje. Si dejaba la bicicleta volvía a meterse el paquete bajo el brazo. Jamás lo abandonaba.
Y así fue como se acostumbraron a verlo y a identificarlo, a reconocerlo y en cierto modo a aceptarlo: el tipo y su envoltorio, ligados, una misma cosa, inseparables, como la imagen mental de un camello es inseparable de sus jorobas o la de un elefante de su trompa.
Aquel fulano no poseía muchas cosas: un rincón techado para cobijarse, la bicicleta, suficiente habilidad como para procurarse el alimento diario, y el paquete. Más de cuatro -es lógico- se habrán preguntado qué ocultaría el misterioso bulto. Y hubo alguien que una mañana, justo en la esquina de la plaza que da al banco, concretamente le gritó:
-Che, fulano, ¿qué tenés en el paquete? ¿Llevás tu almita en pena escondida en el paquete?
No era una ocurrencia excesivamente original, pero de todos modos prosperó, y así como hasta ese momento se había aceptado con naturalidad la figura del tipo indivisible de su paquete, ahora también se impuso, alegremente, la costumbre de asegurar que llevaba su alma envuelta bajo el brazo. Cosas que
pasan, cosas menores, tibios adornos navideños para el largo tedio de los días.
Y siguío la vida y todo muy tranquilo y cada cual con sus asuntos. Hasta que un anochecer de frío o de calor, alguien, un grupito, seguramente reunido alrededor de una mesa de confitería, resolvió que acababa de sonar la hora de averiguar el contenido del famoso paquete.
No fue empresa difícil acorralar al tipo, despojarlo, romper el piolín, desgarrar el papel y develar el enigma. Adentro no había gran cosa: un zapato viejo, un frasco vacío, un cepillo sin pelos. Quizá algunos objetos inútiles más. ( Ahí están, desnudos, abandonados sobre la vereda, recibiendo la mezquina bendición del farol de la esquina.)
Y así, en una calle cualquiera, en un par de minutos, contra una pared de ladrillos, sucumbió el humilde mito provinciano y el hombre del paquete se quedó sin su paquete y quizá sin su alma.
Después, empujando la bicicleta, regresó a su porción de techo, ahora convertido en el señor nadie, o simplemente en Eusebio o Pandolfi o Schab, definitivamente despojado de su única riqueza, esa pequeña cuota de misterio conservada y alimentada durante años, y que le había permitido transitar tal
vez con un poco menos de pena por la pálida vida de los hombres, y tener un pálido nombre propio entre los pálidos nombres de los hombres.

*de Antonio Dal Masetto.

DEL QUITÁRNOSLO*

Para quitárnoslo
a veces tenemos "frío"

Lo tenemos
por afán del sentido
de quitárnoslo

Los sentidos
acuerdan un sentido.

*de Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar

Correo:

Un regalo de navidad...*

http://www.juliocortazar.com.ar/suvoz.htm
De nada, estoy seguro que les gustará.

*Udi. udi.cuatro.catorce@gmail.com

*

Queridas amigas, apreciados amigos:

El domingo 14 de diciembre del 2008 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música de los compositores colombianos Juan Sebastián Monsalve und Sebastián Quiroga. Las poesías que leeremos pertenecen a Elena Fassio (Argentina) y la música de fondo será de Wayanay (Andes). ¡Les deseamos una feliz audición!

ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!

REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!

Cordial saludo!

YAGE, Verein für lat. Kunst,Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com
Schießstattstr. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067

Convocatoria*

El trilingüe Magazín Cultural Latinoamericano XICóATL "Estrella Errante" (impreso y digital), que desde hace 17 años se edita en Salzburgo, Austria, convoca a ensayistas, narradores y poetas a colaborar con el trabajo de difusión cultural que llevamos a cabo.

Las colaboraciones deben tener una extensión máxima 4 páginas para ensayo y cuento. Para poesía se ruega enviar una selección de poemas de un máximo de 10 páginas. Los escritos deben acompañarse de un breve curriculum vitae (que contenga la dirección postal) y una foto digital del escritor a la dirección euroyage@utanet.at
Los textos seleccionados serán traducidos al alemán y publicados de manera digital e impresa.

Más informaciones sobre nuestra labor cultural sin ánimo de lucro en Europa encontrarán en nuestra página de internet www.euroyage.com
Cordial saludo,

*Dr. Luis Alfredo Duarte-Herrera
Director de YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com

Schiessstattstr. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel: ++43 662 825067

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03/12/2008 GMT 1

EDICIÓN DICIEMBRE 2008.

urbanopowell @ 15:25

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Hojas muertas*

Cuando amaneció, el bosque era un gran cementerio. Nadie sabía el motivo de tanta mortandad. Los árboles estaban caídos unos sobre otros en una informe montaña de cadáveres. Hablaban de una guerra nuclear, algunos de un ataque con pesticidas, otros simplemente se horrorizaban en silencio.

Sin embargo todo el mundo sabía que eso podía pasar porque año tras año, el bosque iba avisando. Cada otoño las hojas caían de los árboles dejándolos desnudos. Era el cementerio de las hojas muertas. Era el aviso. Sólo era cuestión de tiempo que también los árboles murieran.

*De Joan Mateu joan@cimat.es

Fábula del Árbol de Azúcar*

Dedicado a mi mascota (Tily) que,
pese a mis inagotables esfuerzos,
aún no comprende estas cosas de la vida.

Cuando desde abajo pedimos mejoras salariales,
Nos dicen que no hay dinero.

Cuando marchamos por una mejor educación,
Nos dicen que no hay dinero.

Cuando decimos que los servicios de salud pública
Pueden ser mejores para todos,
Nos dicen que se requiere de dinero,
Y no lo hay.

Si no hay dinero
¿Porqué reforzar con novedoso armamento al ejército?

Cuando las calles se inundan en tiempos de lluvia,
Nos dicen que es que no hay dinero para remediarlo.

Cuando el frío llega
Golpeando las paredes
De laminas de alumínio nos dicen:
¿Qué se le va a hacer, si no hay dinero?

Pero cuando los bancos ven aproximarse
Algún peligro,
El dinero aparece de todas partes
Y les cae del cielo
Como un verdadero milagro.

Si el Estado ve por el bien de todos,
Y si es verdad que no tiene
Un carácter de clase social,
¿Porqué para unos no hay dinero,
Y para otros la ayuda nunca falta?

*de Hugo Ivan Cruz-Rosas. quetzal.hi@gmail.com

El viejo capitán*

Día tras día a la misma hora.
Cuando el sol pasaba por su ventana del living de su departamento en el cuarto piso.
El hombre se sentaba a fumar su pipa mirando al este. La vista fija. Una estatua que apenas cobraba vida por debajo del movimiento del humo.
Para nosotros que lo veíamos cada tanto desde nuestra ventana del 8º piso era un viejo capitán de mar. Quizá por la pipa y la barba enrulada y blanca.
En invierno se colocaba una gorra gris de abrigo igual a la que usaba mi padre y que un día de 1996 decidió regalarme.
Un loro grande del color de los loros que cada tanto se paraba sobre el hombro derecho a tomar sol con su dueño. A su izquierda se veía una gran jaula con un canario amarillo que saltaba de un palillo al otro, de este a oeste.
El loro y el canario parecían ser sus únicas compañias.
No podíamos ver la figura completa de ese hombre al que sólo veíamos y conocíamos sentado de cabeza a la cintura, pero imaginábamos que tenia una pata de palo y como en las películas de los piratas podíamos oír un lejano eco del golpeteo de su pata de palo cuando se alejaba del timón por la cubierta de su fragata.
Era sólo eso. La imagen de un hombre viejo y sólo viendo por la ventana hacia donde unos kilómetros más allá el río de la plata inunda las costas del balneario de Quilmes en las sudestadas. Durante la hora u
hora y media en que el sol bañaba de luz y calor su ventana. Luego, en su camino al oeste el sol quedaba oculto por la altura del edificio -15 pisos- dejaba luz pero ya no rayitos en invierno ni latigazos en verano.

Una semana completa de invierno llovió y llovió y no tuvimos sol.
Cuando volvimos a buscarlo con la mirada atenta al ventanal del 4 piso, la persiana estaba baja.
Así uno y otro día y meses también, hasta que ya no esperamos encontrarlo en su puesto de lucha.
Se habrá muerto, -dijo mi hijo.
No se. Quizás volvió a navegar. Y está en su nave persiguiendo al horizonte.
Hasta descubrir con sus propios ojos el nacimiento del sol emergiendo desde el fondo del mar -dije yo, con mi habitual negación a la muerte.

Lo cierto, es que también desapareció el enorme bote colgado de gruesas cadenas que el hombre tenía a la altura de su ventana. Y que según supe tiempo después, le había traído más de un disgusto en las reuniones del consorcio de propietarios del edificio.

*de Eduardo Francisco Coiro. inventivasocial@hotmail.com

EL RÍO*

Hondo
lejano el cielo
es de añil
y zafiro,
aguamarina
y turquesa.
Y luego el verde,
verde pino
verde oliva.
Verde
verdoso
verduzco.
Sumergido,
ondulado el río,
se pierde
sube
baja
contonea.
Entre blanco
pedregullo,
de nácar
de marfil.
El río
musical
en la tarde.
Todo el mundo
lo sabe:
El río
nombra a Heráclito.
Lo nombra.

-De: Inventario en Otoño. Poemas

*de Ana María Broglio. anabroglio2@yahoo.com.ar

Te Extraño y No Supe Cómo Escribirlo*

No hay escaleras para subir,
Solo para bajar;
Si usted cree estar arriba:
Piénselo bien, medítelo;
Puede estar en un error.

Los padres sueñan con ver a sus hijos
Volar con alas de plomo,
Para poder repeler las balas.

Policías parecidos a robles
Devastan el concreto con sus raíces.

De pronto:
Un disparo:
Cae un cuerpo.

Al partir los cantos
Una persona murió,
No importa si cayó de este lado
O si cayó del otro:
Una persona muerta,
Es una persona muerta,
Por extraño que parezca.

No hay suficientes escaleras para subir:
¿Quién las construirá?

Seguramente arriba
También hay lodo,
Pasto, rocas, flores.
De esas extrañas maravillas
Que nacen y mueren
Cuando deben hacerlo.

Consigámonos un Dios pagano,
Con todo y su Demonio pagano;
Que nos prometa la muerte
Después de la vida
Y que su credo lleve por título
"Revolución para un Dios Pagano",
Y que se especialice
En el milagro de las escaleras.

*de hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com

El banquete*

Después de la gran hecatombe nuclear los Plumkier, aristócratas de cuna, se reúnen cada tercer viernes de mes alrededor de una mesa, tal como venían haciendo desde el principio de los siglos. Cubertería de plata, copas de cristal de Murano y vajilla de porcelana de Sèvres. Etiqueta y traje largo.
Una enorme bandeja de plata con un asado de carne en el centro de la mesa.

Intentan que las cosas sigan como siempre y que las tradiciones se mantengan. Únicamente hay tres cambios que no pueden obviar: No hay pan, la carne no es de ternera sino de animales más pequeños y se ha instaurado un rezo antes de comenzar las comidas:

"Te damos las gracias señor por los alimentos que vamos a tomar y te rogamos que no sean tan radioactivos como el mes pasado", recitan mientras se contemplan las terribles quemaduras, las pústulas y la perdida de dientes.

*de Joan Mateu. joan@cimat.es

A ciertas y precisas edades *

A ciertas y precisas edades
el mundo que laboramos y nos contiene
se desgrana, se desliza, se esfuma
y no hay manera, forma, gesto ...
Es un tejido hecho a mano
colorido
con trazos varios
con texturas diferentes
que se disuelve para quedar en la memoria:
tul transparente, vaporoso
poblado de gestos que importan.
Es lo que queda en el arcaico rescoldo
lo que humedece el aire del cada día
lo que sostiene cualquier hacer.
A ciertas y precisas edades ...

*de Oscar Angel Agu. cachoagu@yahoo.com.ar

VUELO DE LÁGRIMAS*

Salen en silencio
pequeños pájaros de mis ojos.
Abrí las compuertas de mi angustia
para que no mueran
mis últimos ensueños.
¡Cuánta resaca recogen mis manos!
Todas las mieses las planté a destiempo.
En nada brotará una flor,
los frutos se ahogarán
en su desaliento.
Sobre ese desierto sofocante
me tiendo en cruz.

*de Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar

CONDENA*

No me preguntes, no, no me preguntes
por qué mi voz se ha oscurecido.
No me preguntes por qué mi sombra no refleja mis horas
Y no hay mirada, solo cuencas vacías.
Y la piel se ha esfumado
y aferrada a los huesos, una jungla de desoladas lianas
y el latido del viento ¡Ah, el latido del viento que me agobia!
Juro que lo he intentado.
No he podido acallar, sin embargo,
su latido en mi sangre.
El viento empuja las antiguas velas,
e indefectiblemente
mi pobre corazón,
condenado a ser una barcaza abandonada,
zozobra, mas no se hunde.

Tanta agua y morir de sed.
Tanta luz estelar y morir de noche.
Tanto viento y morir de calma.

*de Amelia Arellano arellano.amelia@yahoo.com.ar

LA LOMBRIZ Y LA TUERCA*

Un caluroso día de verano, descansando un momento a la sombra de un frondoso lapacho que ocupa buena parte de mi jardín; veía a dos metros, donde ésta terminaba, en pleno sol; la lenta marcha de una lombriz que sorteaba uno tras otros los tallos de la hierba, manteniendo, eso sí, una imaginaria línea recta, un vector, que conduciría vaya a saber a qué sitio de las cercanías.
Era indudable que tenía un objetivo y un propósito, aunque ciertamente nunca podría yo conocerlo. No sería más que algunas pulgadas, ya que el sol fuerte debía perjudicarla; o tal vez protegida entre el césped los cálidos rayos no la afectarían tanto como yo estaba suponiendo. La marcha a su escala era
agobiante, lenta y penosa.
Al tiempo perdí interés y cuando dejaba ya de observarla, me llamó la atención un objeto semienterrado en el piso que estaba a centímetros delante, en el camino del pequeño animalito. Era una tuerca de hierro del color del óxido, del tamaño de un buen durazno, al menos.
¿Rodearía la mole; a su escala, gigantesca? ¿Retomaría la misma trayectoria por la imaginaria recta en que transitaba? ¿O la retomaría más adelante tras hacer un atajo después de rodearla parcialmente?
¡Nada de eso! Llegó frente al obstáculo, pareció medirlo, estudiarlo., e irguió su cuerpo como un largo pescuezo; mientras se apoyaba en el resto, se balanceó un momento, como afirmándose. se levantó más, y aún más, todo lo que increíblemente era posible para su tremendo esfuerzo, y apoyó su húmedo
y delicado cuerpo en la superficie hirviente del metal. y si bien yo no pude oírlo, debió escucharse como un chirrido, como una fritura, en aquel inmenso bosque de gramillas., y la lombriz cayó encogida, retorciéndose, víctima inocente de una naturaleza totalmente extraña para ella.
Apenas un desecho, un elemento despreciado, una tuerca insignificante que los hombres dispersan como basura sin cuidar mucho, y sin pensar lo más mínimo en los pequeños seres del jardín, en la pequeña vida que teje todos los instantes, tanto como nosotros mismos, las redes de la Creación.

*De Celso H Agretti. celsoagr@trcnet.com.ar
Avellaneda. Santa Fe.

AMANECER DEL TIGRE*

¿Qué duele más, el desamor, la muerte, la locura?
¿O la fuga del girasol y la retama?
¿Del ocaso, de la aurora, del trigal en llamas?
Como un tigre enjaulado, la oscuridad
se golpea una y otra vez contra garfios de penumbra rosada.
Ronca la boca de la noche como un pez moribundo
Amordazan el grito azul del cuervo.
Solo queda "la vaga sombra, la inextricabe sombra"
No ha sido un Polifemo devorador de hombres.
Sin embargo, los Dioses y una atávica herencia
Perforaron sus vertientes de luz, con una estaca ardiente
Una clepsidra sideral ilumina los espejos perpetuos.
Regresa "el oro de los tigres"y la memoria eterna,
el ocaso, la aurora, los trigales.
.."y no hay fin "..
Como un enemigo abochornado, vencido el crepúsculo huye
ante tanta tormenta de amarillo
que deshace el día en girasoles y retamas.

*de Amelia Arellano arellano.amelia@yahoo.com.ar

Sofía*

Para Marié

Ella no busca llegar a las estrellas
ni pide que se las alcancen, sabe
con solo levantar sus pies un poquito
sobre la vereda y estirar la mano bien alto,
lograra arrancar estrellas tiernamente
y crear su propio cielo sobre el suelo.
No le han dicho que estamos lejos
y nuestras manos son ínfimas.
Ni que al otro lado del tiempo alguien cae olvidada y en sus manos aprieta
estrellas muertas.
No le han dicho que queda tonto reírse una y otra vez.
Ni han roto la barrera de la ilusión, exterminando sus sueños.
Ella con sus manos llenas de estrellas de papel, crea el universo para todas
sus noches.

*De Freyja freyja_walkyrien@hotmail.com

VUELO*

Abre tus alas,
Cual pétalos de rosa,
Hija mía.
No temas a la fragilidad de la belleza,
Eres más fuerte de lo que el mundo piensa.

Déjalas remontarte en suave aleteo.
¿Será este trozo de firmamento
que admiramos
demasiado pequeño
para tantas ansias de vuelo?

Toma pues, el universo,
Que brota de mis manos,
El tiempo que gotea de un viejo reloj de arena,
La marcha apurada de los cuatro vientos,
El polvo de las más antiguas estrellas...

Y ve tan lejos como quieras,
Sin dudas ni remordimientos.
Parte ya, dulce viajera,
Llevas contigo
Mi beso.

*de Marié Rojas.

Tu voz de cuentos*

traza callecitas
en mi cuerpo
indaga sus templos dormidos allí
donde Cristos niños
soplaban pájaros de barro
que de súbito salían
volando
pone cigüeñas en los campanarios
y tocan a rebato las asediadas
campanas del sentido
como el agua busca su cauce
lo encuentra
lava toda opacidad
y crecen en lujuria enredaderas
de flores blancas que nos nacen
nos abrazan
Va tu voz de cuentos
por recónditas escaleras
trepa la piel en un aliento
tibio
va por ángeles hace tiempo
desterrados
los llama por sus nombres
los arropa
los angela a puertas
del paraíso perdido.

*de Verónica M. Capellino. veroaleph@hotmail.com

XVI*

Qué noche deshecha
cierne sombra
en tu pelo
qué pájaros
cantan en tu balcón
por las mañanas
qué rubor te ilusiona
con principes lejanos.

¿Y yo quién soy?
Tal vez ese gorrión
que sobrevuela tu labio
tan suave tu pupila
de mar
tu rodilla de arena.

*De Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar

*

No hay amor en el vacío
Ni hay corazón
que lata tan fuerte
en el abandono.
No hay razón para
El olvido
ni recuerdo
en las memorias
No hay nostalgia
de las paginas no escritas
Ni humanos tan comprensivos
Que entiendan el dolor.

*De Freyja freyja_walkyrien@hotmail.com

Pequeñeces*

Ella a veces me devuelve a la infancia.
Dice que será motociclista, violinista, aviadora.
Dice que tendrá una fábrica de chocolates y una calesita propia para andar
hasta que se aburra sin pagar boleto.
Dice que cuando crezca será así de alta, jugará basket y no irá a la
escuela.

Ella es todo proyecto en su cumpleaños número ochenta y siete.
Yo soy todo el silencio.

*de Diana Poblet. soydian@yahoo.com.ar

Los monstruos*

Surgen de lo más profundo del armario. Son unos gritos guturales, horripilantes y continuados que a veces se trasladan debajo de la cama.
Incomprensiblemente se detienen cuando entran mis padres o cuando se enciende la luz.

Tengo mucho miedo. Cada noche retraso todo lo que puedo la hora de ir a la cama, pero mis padres son inflexibles y cuando se acercan las diez ya empiezo a temblar. Tampoco me dejan tener la puerta abierta ni la luz encendida porque dicen que un niño de siete años ya es demasiado mayor para
creer en fantasmas, monstruos y estas cosas.

Lo peor de todo es que mi miedo va creciendo y, aterrorizado, me hago pis en la cama. Ayer volvió a ocurrir y mis padres entraron en la habitación muy enfadados. Mi madre me arrancó las sábanas mientras gritaba que un niño no debe inventarse cosas y mi padre me metió en la ducha con agua fría,
amenazándome con que si eso se volvía a repetir me encerraría en el armario una semana.

Ahora estoy en la cama mucho más tranquilo. Ya no me hago pis y no es que no tenga miedo a los sonidos y gritos del armario, es que tengo mucho más miedo a los gritos y amenazas de mis padres. Ellos están contentos porque dicen haber conseguido curar mi "cuentitis"

*De Joan Mateu joan@cimat.es

Viento tostado y garapiñado*

Estos son días en que se habla de festejos
Y libertad,
Pero bien cabría preguntarnos si la deuda externa,
Las valiosas recomendaciones
Que nos hace el Banco Mundial,
O los tratados de libre comercio
También venían en el mismo paquete
O si nos los han regalado por pura cordialidad.

Ahora se habla de los héroes que dieron su vida
Para heredarnos Tierra, Justicia y Libertad;
Y también de los revoltosos de hoy
Que no entienden que la Revolución
Solo es el nombre con que se pide
Una monografía en las papelerías,
Para la tarea escolar.

Hoy son esos tiempos
En que todos se enorgullecen
De los grandes rebeldes
Y se cuenta de cómo en su tiempo eran tachados
De locos irreverentes,
Peligrosos para la paz y el bienestar
Y se hace,
Por supuesto,
La aclaración de que en nada se parecen
A los inconformes de hoy.

Hoy son los tiempos de los ricos y de los pobres,
Antes también lo eran.

Son los días para salir a las calles celebrando
Que las cosas han cambiado,
Aunque andemos igual.

Son estos tiempos de festejo
Donde las balas del Pueblo son aplaudidas,
Y hasta salen en televisión,
Se les montan exposiciones
Y todos quieren salir en la foto con ellas.

Mientras tanto,
Nosotros miramos.

Hoy son estos tiempos de recuerdos
Que parecen presentes,
Y somos los mismos:
Somos los olvidados,
Los que de vez en cuando son encontrados,
Los mismos de entonces,
Los que recordamos el pasado
Y que a veces levantamos la voz a unos oídos sordos
Que se asustan si escuchan balazos.

Somos los mismos de ayer
Con otros nombres;
Y festejamos desde abajo,
En silencio,
Entre los libros,
Fatigados por el trabajo,
Con nuestros corazones latiendo,
Con nuestros presos,
Nuestros muertos.

Pero estamos en estos días de festejo
Y júbilo nacional,
Donde parece nuevamente
Que a nadie importamos.

*de hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com

En el año de 1910, durante la dictadura del Gral. Porfirio Díaz, se iniciaron los levantamientos armados en la llamada Revolución Mexicana. Cada 20 de noviembre es conmemorado el inicio de esta revolución, que nunca fue terminada.

HACERSE MAGOS*

Ese ahuecarse el corazón
Y hacerse magos...
Violín que desespera,
Hora no devela su escondite.

Hora juega a acunarse entre la hierba,
Dibuja caracoles, sombras,
Deja asomar la aurora y parte...
Dejando cenizas tras la escarcha de sus juegos.

Violín ha llegado tarde,
Ya no es tiempo de danzar junto a la hoguera,
Solo rescoldos, mudos.
Lo contemplan.

Toma una brizna de viento, canta,
Esparce una nueva melodía
De adiós y soledades.
A cien millas de distancia, hora muere.

*de Marié Rojas.

Convocatoria*

El trilingüe Magazín Cultural Latinoamericano XICóATL "Estrella Errante" (impreso y digital), que desde hace 17 años se edita en Salzburgo, Austria, convoca a ensayistas, narradores y poetas a colaborar con el trabajo de difusión cultural que llevamos a cabo.

Las colaboraciones deben tener una extensión máxima 4 páginas para ensayo y cuento. Para poesía se ruega enviar una selección de poemas de un máximo de 10 páginas. Los escritos deben acompañarse de un breve curriculum vitae (que contenga la dirección postal) y una foto digital del escritor a la dirección euroyage@utanet.at
Los textos seleccionados serán traducidos al alemán y publicados de manera digital e impresa.

Más informaciones sobre nuestra labor cultural sin ánimo de lucro en Europa encontrarán en nuestra página de internet www.euroyage.com
Cordial saludo,

*Dr. Luis Alfredo Duarte-Herrera
Director de YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com

Schiessstattstr. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel: ++43 662 825067

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