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BITÁCORA DE UN SOCIÓLOGO FRACASADO

Archivo: Agosto 2009

31/08/2009 GMT 1

COMO EL QUE AMA Y SE ACUERDA Y ESTÁ LEJOS...

urbanopowell @ 15:40

TRANSMUTACIÓN*

“Tu, que sabes tantas cosas, dime porque vuela el pájaro”
José Bergamín

!Maravilla! !Oh, maravilla!
Ven, mi amor, mi entristecido sol.Ven.

Mientras agosto se alejaba con su carro de tristezas,
Desafiante, enterré una diminuta semilla.
La aboné con palabras.
Le canté una canción de hojas azules.
La arrullé con trinos y rocío del alba.
También, le hablé de los niños con zapatillas rotas.
De la pobreza con techo de vinchucas.
De las pequeñas madres.
Con pantalones largos y niñez corta.
De los que se refugian al sur de un cielo hecho de chapas.
Le conté de mis penas bermejas, de la tuyas.
Le mostré el arco iris.
Y hoy, justo hoy, a las cuatro de la tarde.
Justo a las cuatro de la tarde.
¡De la semilla ha nacido un pájaro!

Oh, mi sol entristecido, mí amor, ven.
Ven, que de la semilla ha nacido un pájaro.

*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar

COMO EL QUE AMA Y SE ACUERDA Y ESTÁ LEJOS...

Alimento*

Siempre había tenido una memoria prodigiosa, tanto en el colegio como en la universidad lo que le ayudó muchísimo en su carrera de abogado ya que podía repetir con facilidad la practica totalidad de los artículos del Código Romano y mantener frescos los conocimientos sobre literatura, derecho, etimología, historia, filosofía, psicología y sociología.

De la misma forma recordaba los nombres de las personas conocidas, la fecha de cumpleaños y todos los detalles de su vida. Tenía muy presente su niñez, los primeros años de universidad y todos los pasajes familiares, de tal forma que todas las consultas de hechos pasados iban dirigidas a el.

Su éxito en la carrera era directamente proporcional a su peso. Había ido creciendo en conocimientos y en gordura paralelamente, llegando a pesar a la edad de 76 años más de 140 kilos, lo que ya le comenzaba a impedir moverse con facilidad.

Sorpresivamente llegó un momento que empezó a adelgazar y en un año había perdido 20 kilos. En el mismo periodo comentaba que había cosas que no recordaba, pero nadie le hacía caso ya que seguían consultándole con éxito. En dos años el retroceso del peso se hizo mucho más rápido ya que llegó a pesar 90 kilos. Ahí si que se preocupó, pero no por el peso, sino porque cuando decidió ir a un dietista no recordaba el nombre de la calle. Tampoco recordó para que quería ir…

En medio año más alcanzó los 40 kilos y dejó de reconocer a los familiares, a los amigos y cada vez que salía de casa se perdía, teniendo que ser la policía quien lo devolviera. Sus hijos lo llevaron a un endocrino que estudió su metabolismo para establecer el motivo del continuo adelgazamiento. Después de todo tipo de pruebas medicas negativas decidieron acudir a un psiquiatra para ver si era algo psicosomático.

Fue una buena decisión ya que al fin consiguieron establecer la causa. Al tratarse de una persona sensible, afectiva y eminentemente cerebral, el hombre se alimentaba de recuerdos y al irlos perdiendo adelgazaba. Por desgracia era una enfermedad irreversible.

*de Joan Mateu. joan@cimat.es

MIGUEL ESPECHE: PSICOLOGO Y PSICOTERAPEUTA

"El miedo no nos protege. Y les hace tanto daño a los padres como a los hijos"*

La sensación de que se ha perdido el lugar tradicional de la autoridad paterna suele vincularse a visiones atemorizantes y mortificantes que se transmiten en el ámbito familiar.

*Fabián Bosoer.fbosoer@clarin.com

Hay una sabiduría oculta en todos los padres, aunque ellos no la vean. Esta sabiduría sólo es accesible cuando el miedo no avanza sobre la vida familiar de la manera avasallante como lo está haciendo en estos tiempos, por múltiples razones. Si el miedo guarda el lugar que le corresponde, el amor y la inteligencia pueden expresarse de mejor manera. Así lo entiende Miguel Espeche, psicólogo y psicoterapeuta clínico, coordinador del Programa de Salud Mental Barrial del Hospital Pirovano y autor de "Criar sin miedo"
(Aguilar, 2009). Espeche invita -e incita- a los padres (madres incluidas) a recuperar "el goce de la función paterna".

¿Cuáles son las principales preocupaciones que plantean hoy los padres? ¿En qué se diferencian de las de otros tiempos?

Hay una idea reiterada: es la de que ésta es una época más difícil, más peligrosa, con más inseguridades. El principal miedo es la zozobra y la sensación de que los adultos no son eficaces: la sensación de no ser aptos y no contar con las herramientas para vérselas con lo que significa criar hijos tal y como están las cosas en nuestra sociedad.

Una sensación que, por otro lado, tiene distintos contenidos según la situación social de cada familia...

Diría que esa sensación atraviesa a todas las clases sociales. Es el interrogante de "¿Qué va a hacer mi hijo sin mí?", lo que implica dos cosas.
Una es "temo no haber sido bueno y no haberle ofrecido las herramientas previamente", y la otra, "temo que no haya aprendido y que el mundo lleno de amenazas que está allá afuera sea más fuerte" que ese chico que está andando en bicicleta o que se va a la Capital a estudiar, o que sale a bailar a la noche.

O sea, no solamente el miedo a lo conocido, sino también a lo desconocido...

Es que peor que el miedo en sí mismo es la rumiación de ese miedo y el traslado de ese temor a los chicos. Hay un montón de efectos en los chicos y en los jóvenes de ese temor que se trasmite en discurso de los padres. Uno de ellos, que me parece muy significativo, es que frente a esa sensación de angustia y de queja que tienen los padres, que consideran que su paternidad es sacrificial (porque hay una idea de que la paternidad es un sacrificio), los chicos oponen al llegar a la adolescencia el no querer crecer. Entonces pasan dos cosas: la primera es que tenemos adolescencias eternas y la otra es la vivencia de que hay que hacer todo lo que sea divertido hoy porque mañana se terminó la historia. "Mañana entrás a ser grande y ser grande es un embole". Nadie quiere ser "eso" que son los padres.

¿Cómo reaccionar frente a esa imagen tan desvalorizadora de la paternidad?

La propuesta sería "pongámosle onda a nuestra vida"; recreemos, por ejemplo, nuestra sexualidad, nuestra vitalidad, vayamos a la fuente de nuestro entusiasmo cotidiano, confrontemos los problemas que tengamos porque no somos un ejemplo anhelado por nuestros hijos si tenemos esta cara que tenemos, si estamos abrumados y quejosos. Y frente a los problemas, tomar conciencia de que precisamos dar respuestas que no sean sólo la queja y que tengan que ver con la integridad y la dignidad.

¿Asumir que el primer problema es el miedo es reconocer que éste está basado muchas veces en visiones que no se ajustan a la realidad?

No digo que el miedo siempre esté basado en elementos que no sean reales; es obvio que hay asaltos, hay abuso de sustancias, hay accidentes de tránsito.
Y eso genera temor en términos de advertencia de que hay un peligro. El asunto es frente a eso qué se hace. Hay evidentemente un montón de riesgos y lo que se propone para afrontar y atravesar esos riesgos a veces es solamente incrementar el miedo.

¿Por ejemplo?

Por ejemplo, abrumar a un joven con un discurso angustiado y angustiante en "la previa" a que va a salir a bailar, transmitiendo temor y poca confianza, genera una mezcla de angustia y aburrimiento y el chico lo percibe.

Veamos esa situación: salir a la noche... ¿cómo la cuentan los padres?, ¿cómo la ven los hijos?

El chico se va y da sus primeros pasos al boliche o a la casa de sus amigos, y se lleva en el corazón a un padre angustiado, temeroso, paranoico. El chico se va angustiado, y sabemos que un ansiolítico importante es el alcohol. Entendemos que hay riesgos pero veámoslos desde la potencia de nuestros hijos, de nuestra potencia como padres y de que tenemos elementos (el coraje, el buen criterio, la percepción), un montón de elementos para enfrentar el peligro. Estemos tranquilos nosotros, disfrutemos de la vida,
que eso también se transmite a los chicos y les da ganas de crecer; entonces no se descorazonan y su conducta mejora. Decía esto a un grupo de cerca de 300 padres, y una señora levanta la mano y me dice "muy bien, licenciado, todo lo que usted dice, pero yo creo que como madre me tengo que quedar toda
la noche, y de hecho me quedo toda la noche, despierta, esperando que vuelva mi hijo de 17 años de bailar. Yo me quedo despierta". Entonces yo me veo diciéndole: "señora, me parece bárbaro lo que usted dice"-ella estaba con el marido a su lado-, "pero dado que la noche es larga, ¿por qué no tiene relaciones con su marido mientras espera a su hijo y la pasa bien? Su hijo, al volver, la va a ver con cara distendida, de buen humor y va a decir 'está bueno ser padre'".

Criar y crecer sin miedos, ¿hasta dónde supone un andar por la vida negando o sustrayéndose de una realidad realmente problemática?

Estamos todos sometidos a la idea de que si no tenemos miedo puede pasarnos algo grave. Es uno de los temores más grandes que tenemos como padres.
Frente a esa sensación mortificante hay una vieja frase que es siempre útil tener presente: "lo que es bueno para los padres es bueno para los hijos".

Hay chicos que se quedan demasiado tiempo con los padres. Por contraparte, ¿no hay también una separación de universos culturales muy temprana, en el sentido de que los chicos se insertan en la sociedad mucho más rápido de lo que los padres tienen capacidad de reconocer?

Y es que a uno como padre lo primerea una cuestión muy compleja que, cuando pasan los años, nos damos cuenta de que es una cuestión de coyuntura. Los grandes temas siguen vigentes y uno llega a los cuarenta o cincuenta años y ya sabe que lo que le decían sus padres no siempre era tan desatinado. O sea, hay cuestiones de valores que atraviesan todas las coyunturas. Nos pasa, por ejemplo, con la separación de universos que se produce por la entrada del mundo cibernético de nuestros hijos. Cómo ellos lo manejen, más allá de cómo usen las teclas y de que conocen todo, los valores con los que ellos se relacionen con la tecnología están ligados a algo que los padres siguen teniendo capacidad de ofrecer. Es decir, los chicos tienen distintos estilos de abordaje del tema cibernético, no es unívoco. No es que al chico lo secuestró la computadora: se las verá con esa circunstancia e irá tallando ese vínculo con la computadora, por ponerla como ejemplo, de acuerdo con cómo haya sido educado, cómo sea querido, etc. Es decir, con un
montón de circunstancias que trascienden la coyuntura histórica, la escenografía en la cual se produce esto. Hay una escena que no se modifica.

¿Cuál es esa escena? ¿La familia reunida alrededor de la mesa?

No, no necesariamente. La escena es que los chicos anhelan a alguien con autoridad. Si no la tienen los padres -porque los padres se sienten niños o no la asumen- se la otorgarán al, como decíamos cuando yo era chico, cancherito de la esquina, al dealer, al capitán de su equipo de fútbol, a un maestro o al policía. Es imprescindible la autoridad, para pelearse contra ella o lo que sea, pero la función de la autoridad tiene que estar.

De hecho, se suele confundir la función de autoridad con ejemplos de autoritarismo.

Y estamos presos en esa cuestión, ¿no? Como ese concejal que aconsejó "moler a palos" a los chicos delincuentes o alborotadores. Y la contracara, aquella de que hay que moler a palos a todo aquello que se parezca a la autoridad, es una idea de guerra. Y como en toda guerra, nadie gana. Fijémonos qué idea
tenemos del lugar de los hijos: en la tribuna se dice "hijos nuestros" al que fue humillado por sucesivas derrotas por nuestro equipo. O sea, esa es la idea de paternidad que habita -entre otras, desde ya- entre nosotros.
Muchas veces, toda autoridad paterna es homologada a un dictador pertinaz. Pero si podemos recrear la idea, vemos que el diccionario habla de autoridad como "aquello que permite crecer". Lo ideal es encontrar dentro de los rasgos de la autoridad puntos de firmeza para que se legitime la firmeza de
los padres, no el flan que somos a veces. Cuando eso ocurre se produce un buen desarrollo evolutivo en los chicos y lo agradecen. Y esa es una escena, la búsqueda de ese tipo de autoridad por parte de los chicos, que atraviesa cualquier época y todas las circunstancias. De hecho, los abusos, todos los
desmanes que hacen muchos chicos (no todos, esto hay que decirlo, no todos los chicos lo hacen) son búsquedas de ese padre que le ponga un límite.

Copyright Clarín, 2009.

Señas particulares

Nacionalidad: argentino
Edad: 50 años
Actividad: psicólogo y psicoterapeuta
Coordinador del Programa de Salud Mental barrial del Hospital Pirovano.
Autor de "Criar sin miedo" (Aguilar, 2009)

Habilidades de respuesta frente a los peligros

Miguel Espeche, autor de "Criar sin miedo", coordina una red de cerca de 300 grupos de ayuda mutua entre padres a los que asisten unas 3000 personas por semana. Se trata de ofrecer a los padres un marco de referencia y contención, explica Espeche: "Sintamos el miedo, obviamente todos lo sentimos, pero como estación de inicio; después que vengan el coraje, el entusiasmo, la sabiduría, la perspicacia para ver cuáles son los peligros".

La tragedia de Cromañón aparece en las conversaciones: "Muchos padres se preguntaban '¿Cómo querés que no tenga miedo cuando mis hijos salen si puede pasar algo como Cromañón, en donde nadie hace lo que debe y de allí surge una catástrofe terrible?' Nadie podría refutar esa frase, pero quedarse a vivir en ella sería contraproducente. Yo apuntaría a una educación de la responsabilidad y a decirles a los chicos que es importante que tengan esa habilidad para vivir en el mundo y transitarlo con posibilidades mayores de no sucumbir frente a sus riesgos. Es una buena razón, no sólo moralista, para estar sobrios y no embotarse con alcohol o drogas. Nunca existe un 100% de posiblidades de evitar todo riesgo, pero chicos con habilidad de respuesta frente a los riesgos tienen mayores recursos para crecer y salir a
salvo de los peligros que se presentan. Ponerse sólo en víctimas del mundo y quedar presos del miedo es otro tipo de encierro, un lugar sin salida que también asfixia".

*Fuente: http://www.clarin.com/suplementos/zona/2009/08/30/z-01988553.htm

Raíces y alas*

A la abuela Irma.

Pensar que esto era, siglos atrás, un ejercicio literario. Sólo un breve escrito sin pretensiones.
Hasta que no quedo otra. Hasta que el mundo natural que nos contenía se volvió inestable. Imposible de estabilizar en sus equilibrios e intercambios básicos para que el nombre "naturaleza" sea lo que se entendió durante miles de años antes de que haya seres con alguna conciencia.
Y la ciencia ya venía en ese desesperado intento de recrear, de reparar, de generar la vida misma.
Y no quedo otra. Nada se hace antes de que su necesidad se imponga. Y ese punto llegó.
¿Mutantes? No, me gusta más Peregrinos. Somos Peregrinos como llamaba Conrad a esos seres para los que les faltaba una definición clara de identidad. Pero de una forma a otra, somos la vida escapando como escapaban los virus a todas las formas posibles de la extinción.
Metáforas. Somos también seres surgidos de la metáfora. Por eso la literatura y la genética se imbricaron, una al servicio de la otra.
Y fue la imaginación puesta al servicio del poder de creación que las religiones atribuyeron por los siglos de los siglos a la capacidad divina.
Y fue de alguna manera Hegel y la dialéctica un precursor.
A la larga sobrevivieron los que pueden creer. Y creer en sus propias creaciones. En la propiedad de materialización de los sueños narrados. Del saber acumulado en el sentido común, en frases añejas.
Dicen los que tienen recuerdos verdaderos, que Borges supo decir algo parecido a "la mitología es la verdad última de la historia".

*

Tengo la memoria del nogal que me albergo años y años desde la semilla que mi madre alada enterró en este bosque que no es un bosque como ustedes entienden, sino una zona protegida de creación de nuevas formas de vida. Soy y seré golondrina, después de desprenderme de la corteza de ese ser que será un recuerdo de madera y leña al tiempo de mi partida. Vivo en los aires. En la mitad del ciclo anual haremos nido en algún refugio de la ciudad de Bonita. En California. Luego Volveré a Buenos Aires a comienzos de la primavera del sur con mi pareja.
Gestaremos huevos semillas de la especie. Confiaremos en la fuerza de la vida. Aún en aquella surgida por medios artificiales. Como una última y desesperada utopía.
No hay en el esbozo de mi historia nada que pueda parecérseles a una verdad de su época.
Sólo cuento con el testimonio intangible de mi propia existencia y el recuerdo de un lejano origen literario. Cuando una abuela de más de 80 años dejo escrito casi sin darse cuenta, en una carta, el legado que me gestó:

"Dicen que a los hijos hay que darles raíces y alas. Raíces para que sepan de donde vienen y alas para que las desplieguen y vuelen a su propia vida en el momento justo"

*De Urbano Powell. urbanopowell@yahoo.com.ar

Nostalgia*

*de Rosario Castellanos

Ahora estoy de regreso.
Llevé lo que la ola, para romperse, lleva
-sal, espuma y estruendo-,
y toqué con mis manos una criatura viva;
el silencio.

Heme aquí suspirando
como el que ama y se acuerda y está lejos.

-Enviado para compartir por Verónica Capellino. veroaleph@hotmail.com

"La gloria eres tú" *

-a Gaby Ces-

Martes de otoño, 9 AM. Como cada mañana, Gloria se dirige hacia su trabajo en Capital a bordo de la “trochita angosta”, como le dicen cariñosamente los usuarios al tren suburbano que lidera “Fénix”; ésta es la locomotora melliza de “Sophostine” -también alimentada a GNC-, aquella que realiza los viajes de larga distancia a través de la llanura pampeana. Como cada mañana de otoño, enfundada en un sacón negro bien abrigado, porta entre sus manos un libro perteneciente a su voluminosa biblioteca; en este caso, de Michel Foucalt, “Vigilar y castigar”. Un poco de filosofía en este presente argentino, tan bastardeado por la banalidad de lo cotidiano, no viene nada mal.

Al llegar a Anasagasti, el vagón se estremece ante los estentóreos versos de una canción de Joan Manuel Serrat, entonados con más dedicación que armonía por un varón un tanto exacerbado. “Otro que canta pidiendo limosna”, piensa Gloria sin alzar la vista, y vuelve a concentrarse en Foucalt. La voz cantora se le acerca a través del vagón atestado y permanece a su lado, dejando por un momento de entonar –como puede- “De vez en cuando la vida”, para afirmar:

-¡Qué linda chica! Yo me quedo cerca suyo.

Gloria no despega los ojos de un determinado párrafo que ya ha leído varias veces, sin poder encontrar el sentido preciso entre frases tan complejas. Muy a su pesar, oye las voces que retumban por encima de su cabeza

-Ella no deja de leer, compenetrada en su librito -, parece relatar, en estilo futbolero, el cantor de Serrat. –Es una pena que no levante su carita en un ángulo apropiado para que me deje descubrir sus hermosos ojazos…

-Basta, José. Dejala tranquila -, le dice, entre divertida y fastidiada, una voz de mujer.

-¡Oia, está leyendo filosofía! -, exclama él. -¡Mirá, yo también!

Y de pronto, el campo visual de Gloria se ve invadido muy de cerca, casi chocando contra su nariz, por un libro en cuya tapa apenas consigue discernir el nombre de Jorge Bucay. Sorprendida, alza la vista, para encontrarse con la fugaz imagen de un muchacho alto y rubio, de cabello largo y lacio, vestido con una gruesa campera de cuero, debajo de la cual se aprecia a las claras un ambo de médico de color verde claro. La mujer a su lado también viste de médica, aunque parece más una amiga o compañera de trabajo que su pareja.

-Pero es una cagada -, se defiende él, escondiendo velozmente el libro en uno de los amplios bolsillos de la campera.

Gloria baja la vista de inmediato, avergonzada, sin saber de qué, en el momento en que suena su teléfono celular, y ella atiende.

-¡Hola!… Sí, soy yo, Gloria…

-Uy, mirá. Se llama Gloria. Qué nombre más hermoso…

-José: me parece que vos con tu novia ya no tenés nada que hacer -, le dice su amiga o compañera. -¿No pensaste que ya es hora de terminar?

-¿Qué novia? -, parece ofenderse él, aunque su tono continúe siendo burlón. –No te metas en esto.

-Si… Sí, entendí. Te llamo después -, dice Gloria, y apaga el celular.

-No me digas que te llamó tu novio -, dice él. –Decime que no, por favor, porque me muero de amor aquí mismo.

-Basta, José. Estás haciendo un papelón -, le dice la médica, entre divertida y admonitoria.

El vuelve a entonar a Serrat, sin preocuparse por afinar. Gloria vuelve en vano a mirar la releída página de Foucalt. Le resulta imposible volver a concentrarse, pero dejar a un lado el libro sería como darle autorización al pesado éste para que la siga cargoseando, y así ya no podría sacárselo de encima. Los clásicos versos de Serrat le aturden los oídos, pero se consuela sabiendo que pronto bajará. La amiga o compañera de José parece murmurarle algo para que se calle, pero también es inútil.

Al rato, ambos descienden. Ella suspira, fastidiada, aunque satisfecha por no tener que escucharlo más. Y mientras él se aleja por el pasillo, se vuelve y exclama, haciendo que ella se ruborice:

-¡Chau Gloria!

*

Miércoles de otoño, 9 AM. Gloria lee “Más rápido que la vista”, de Ray Bradbury. El vagón está más vacío que ayer, por esas raras cuestiones de la oscilación del pasaje. Y al arribar a Anasagasti, una voz la estremece desde la puerta, provocándole un sudor nervioso en las axilas.

-¡Gloria! ¡Dichosos los ojos que te ven!

Ella apenas alza la vista para verlo a… ¿se llamaba José? …dirigirse sonriente hacia allí, esta vez sin la presencia de su amiga o compañera médica, aunque con el mismo ambo verde claro, para sentarse en el asiento que Gloria tiene enfrente suyo, de espaldas a “Fénix”. Ella suspira y vuelve a sumergirse en el libro.

-¿Seguís con la filosofía? ¡Qué chica más lectora!-, comenta él, y se inclina hacia el pasillo con la cabeza hacia abajo pero la cara en alto, espiando la tapa del libro que ella sostiene entre las manos. -¡Ah, no: Bradbury! “Fahrenheit 451” es mejor. ¿no lo leíste?

Ella no lo mira, pero desea desmaterializarse de inmediato, como si en cualquier momento viniese a buscarla el Sr. Spock para alejarse a velocidad “warp” a bordo de la nave espacial Enterprise.

-Gloooooriaaa... -, se admira él, sin reparar en el silencio de ella. -¡Qué suerte la mía, volver a encontrarte arriba del tren. Tomás siempre el mismo, ¿no? Parece que sí. De seguro vas a trabajar a esta hora. ¿De qué laburás? Ya sé, no vas a contestarme. Bueno, no importa; yo te quiero igual.

Y de pronto, como si repitiese el bochornoso espectáculo del día anterior, se pone a cantar “Contigo”, de Joaquín Sabina.

Gloria resopla. “¡Otra vez!”, piensa, sin poder reprimir una sonrisa. La situación es bastante ridícula.

-¡Jáh! -, exclama él, palmeándose un muslo. -Te hice sonreír, ¿eh? ¿A que no te animás a dejar de leer y contestarme?

Entonces ella, ignorando por qué, desconociéndose a sí misma, calza el señalador entre las páginas, cierra el libro con un sonoro PLOP! y lo mira a los ojos, sin vacilar……ni abrir la boca.

José permanece inmóvil, comenzando a sonreír. Un extraño brillo aparece en su mirada, algo casi ajeno al personaje que viniera interpretando hasta entonces. Una mirada transparente, sincera, pura. La mirada de un adolescente ilusionado que se halla a punto de enamorarse, de corazón, hasta el tuétano.

-Sabía que no ibas a dejarme así -, murmura él, como si hablara consigo mismo, sosteniéndole esa profunda y silenciosa mirada que parece atravesarlo. –Sabía que alguna vez ibas a salir del frasco para darme bolilla… Y la verdad, …es que no puedo creer que esto me este ocurriendo a mí…

Gloria desvía de pronto la mirada, espía por la ventanilla, mira su reloj, y sin decir nada, se levanta y baja.

-¡Eh! -, la llama él por encima de su hombro, bastante perplejo, mientras ella camina por el pasillo del vagón hacia la puerta. -¿Te bajás antes hoy? ¿Qué pasó?

Pero ella no responde. Y cuando desciende en el andén, vuelve la mirada hacia la ventanilla del lugar donde estuviera sentada. José la contempla con aire risueño y soñador, saludándola con una mano, mientras sus labios esbozan: “Chau Gloria, nos vemos mañana”

*

Jueves de otoño, 9:15 AM. Gloria sigue leyendo el mismo libro de Bradbury, desconcertada al preguntarse si “Fahrenheit 451” –que no ha leído- será mejor o no. Las estaciones van pasando monocordes, la trama de los cuentos la cautiva y aleja de la realidad, y recién casi al llegar a destino repara en que José no ha subido en Anasagasti. Se sorprende a sí misma al preguntarse: “¿Le habrá pasado algo?”. Y descarta la pregunta, por absurda. “Vamos, es apenas una coincidencia que hayamos vuelto a viajar juntos”. Pero la duda persiste: “¿Se habrá aburrido porque no le di bolilla, y viaja en otro vagón? ¿Me habré comportado muy mal ayer? Bah, no puedo estar pensando en esto. Nada se pierde si él aparece o no”. Y termina la página, antes de bajarse del tren. Aunque la sensación de ausencia no desaparece…

*

Viernes de otoño, 9:10 AM. Al llegar a Anasagasti, Gloria levanta la vista del libro –“La tregua”, de Mario Benedetti- y contempla la puerta del vagón, casi con cierta ansiedad. La silueta de José se recorta en el extremo del pasillo, con los brazos en alto, mientras exclama:

-¡GLORIA!!!

La mitad del pasaje levanta la cabeza, curiosos ante semejante desborde de optimismo. José se acerca hacia donde está ella, aunque sin conseguir un asiento vacío. Por el camino se cruza con el guarda, embutido en su gastado uniforme azul, quien deja de picar los boletos y le pregunta:

-Che, cantor: ¿qué te pasó ayer, que no viniste?

-Nada, nada… -, minimiza él, con el ceño fruncido, haciendo un gesto con la mano que resta importancia a la situación. –Tuve que hacer un domicilio, atender una emergencia. Se tiró un viejo de un balcón y se hizo mierda… Cosas que pasan.

-Y bueno… -, agrega el guarda. –Saludos a tu viejo. Decile de mi parte que hay cosas peores que jubilarse como ferroviario.

-No creo… -, responde José, vagamente.

Y al verla otra vez, el rostro se le ilumina con una sonrisa, mientras extrae del bolsillo de su campera un chocolate “Milka”, en formato extra grande. Ella alza una mano temblorosa, a pesar de lo que su mente compleja y racional le grita dentro de su cabeza (“¿Qué hacés, inconsciente? ¡No te lo sacás más de encima!”), y murmura un pálido:

-Gracias…

Para luego bajar la vista, dudando si abrir el envoltorio del chocolate o no, si quedárselo para ella o regalarlo, si devolverlo o aceptar una deliciosa manera de invitarla a compartir algo juntos, mientras escucha a José desafinar con el bolero “La gloria eres tú”, en versión de Luis Miguel. Finalmente, ella abre el paquete y le extiende uno de sus extremos, para que él parta una barrita y deguste con ella del regalo.

-Ayudame a comerlo; de lo contrario, me vas a hacer engordar.

-Pero no, bombón. Si con tanta ropa encima, unos gramos de más ni se notan… -, y festeja su propio chiste, para luego agregar: -¡No podía ser de otra manera! Una chica tan hermosa tenía que lucir una belleza igual en la voz. ¡Me encanta! ¿Qué leés hoy?

Ella gira el libro para que él pueda ver la tapa.

-Benedetti… No leí nada de él.

-Deberías -, sentencia ella. (“¿Por qué le seguís hablando? ¡Basta!”)

Hace oídos sordos a su voz de la conciencia. Porque algo percibe en él; una ternura oculta debajo de esa máscara risueña y de puro desparpajo. No es el hombre que su madre o sus amigas hubiesen elegido para ella, pero… ¿quién está pensando en formalizar una relación? Apenas si le ha parecido simpático, aunque al principio no lo soportase. ¿Aceptaría salir con él? Probablemente no, pero… ¿quién sabe?

(“¡Gloria, dejá de pensar estupideces!”)

-Debería hacer tantas cosas… -, repone él. –Como dejar de laburar en Guardia y dedicarme a Clínica Médica de una buena vez. No estaría a las corridas todo el tiempo. ¿Sabés qué me tocó atender la otra noche, a las 3 de la mañana? A un tipo de unos 50 años que entró en una camilla, la ambulancia lo había recogido en un telo, con una botella de vodka metida a presión en el culo. ¿Podés creer? ¡Pero con la boca del envase hacia adentro, provocando el vacío! ¡Fue un quilombo sacársela!

Gloria se ríe, fascinada ante las peripecias que pueden depararle a una los viajes en tren. Circunstancias que quizás estén más allá de toda decisión voluntaria, que quizá simplemente ocurran, mientras una se deja llevar, sin pensar demasiado…

José espía a través de la ventanilla, y resopla. Se le nota de lejos que no tiene la menor gana de bajarse, que desearía seguir viajando a bordo de ese vagón hasta que el día se haga noche, y más aún también; pero no le queda otra, su trabajo lo espera.

-¿Nos encontramos mañana? -, invita, ansioso.

-Mañana es sábado: no trabajo -, aclara ella, terminando de masticar otra barrita de chocolate “Milka”.

-Quiero decir si tenés ganas de que nos encontremos en algún otro lugar, donde haya menos gente, para conocernos mejor…

La mirada tierna e ilusionada vuelve a asomarse entre sus párpados, iluminándole los ojos claros. A Gloria se le parte el corazón.

-No puedo… Pero podemos volver a encontrarnos el lunes, ¿no? En otro viaje en tren…

-¡Pero cómo no! ¡Aquí estaré, aunque esté pensando en vos todo el fin de semana! ¡Chau, hermosa!

Y antes de lanzarse hacia el andén a toda carrera, le estampa un beso en plena mejilla, cálido y sonoro. En absoluto desafinado…

*

Lunes de otoño, 9:20 AM. José trepa al vagón con un ambo color crema, inmaculadamente planchado, y el rostro más iluminado que nunca. Porta entre sus manos un flamante ramo de rosas, blancas y rojas, envueltas en papel celofán, con un precioso lazo rosado rodeando los tallos, rematado en un enorme moño con una tarjeta escrita a mano sobre uno de sus costados. Saluda al guarda, el mismo de siempre, quien exclama a su paso:

-¡José! ¿Te pusiste de novio?

Y él avanza por el pasillo, buscándola con la mirada y el corazón en un puño. Hasta que allí, en el otro extremo del vagón, más allá de unas mujeres de origen boliviano con bolsas de las compras repletas de macetitas con plantines para vender, consigue divisar su perfil. No parece estar leyendo, sino conversando con alguien. La obesa silueta de las mujeres le impide ver con quién viaja ella hasta que se acerca a su lado, y entonces…

…el alma se le derrumba a los pies.

Junto a Gloria se encuentra sentada una niñita de unos cinco o seis años de edad, de cabello castaño claro muy lacio, peinado con dos colitas, y vestida con un jardinerito color fucsia. Lleva entre sus manos una enorme rana de pañolenci verde, que cada vez que se mueve croa con la panza.

La sonrisa desaparece de sus labios; o mejor dicho, su verdadera sonrisa deja lugar a una grotesca mueca que con infinito esfuerzo quiere ser divertida, pero que sólo consigue transmitir un enorme patetismo y desazón. Permanece allí de pie, aún manteniendo en alto el ya desentonado ramo de rosas, incapaz de saber qué hacer.

De pronto, ella lanza una carcajada a raíz de un comentario que realiza la niña, y al girar la cabeza lo descubre, a un metro y medio apenas de donde se encuentran sentadas. Gloria lo mira detenidamente, suavizando su sonrisa, hasta que ésta desaparece de sus labios. Le guiña un ojo, contempla el ramo de flores, y permanece en silencio. Quizá, del mismo modo que él, sin saber qué hacer, un tanto aturdida ante semejante demostración de cariño, tal vez no correspondido. A su lado, la niña advierte que algo más que sus bromas atraen la atención de Gloria, por lo que la sujeta por uno de sus antebrazos, lo agita, y exclama:

-¡Mamá! ¡¿Me estás escuchando?!

Y José siente que el suelo se abre ante sus pies, mientras su alma, junto con sus ilusiones, caen a pique hacia las vías.

-¿Qué pasó, cantor? -, le dice el guarda, burlón, al pasar junto a él pidiendo los boletos. -¿Te dio por el romance ahora?

José ni siquiera registra el comentario. Le resulta imposible percibir algo más allá de esa imagen maternal que ve allí, en ese asiento ferroviario, sin comprender cómo ha sido posible que soñara despierto durante tantos días, aumentando el empatanamiento en su propia inmadurez.

Aferra el ramo con ambas manos, se apoya contra el borde del respaldo de uno de los asientos aledaños, y con la mirada perdida, sin un atisbo de simpatía o jocosidad en la voz, desafina como de costumbre el tango “Nostalgias”…

*de ALDIMA. licaldima@yahoo.com.ar
-Del Inventren 2004.

*

Si pudiera decirte
CUANTO TE QUIERO
Tendría que conquistar
El códice de los egipcios
Transitar el fondo del mar
Y localizar su sacramento
Desenvainar la espada
De los reyes y
Luego hincarla en una roca
Frotar la lámpara de Aladino
Y pedirle al genio
Que te susurre al oído
CUANTO TE QUIERO.-

*de Azul. azulaki@hotmail.com

*

Queridas amigas, apreciados amigos:

Este domingo 30 de agosto de 2009 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor brasilero Alberto Nepomuceno. Las poesías que leeremos pertenecen a Beatriz Marín Aguilar (Colombia) y la música de fondo será de Takillakta (Andes).
¡Les deseamos una feliz audición!

ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!
(Recomendamos usar http://24timezones.com/ para conocer las diferencias horarias).

REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!

Freundliche Grüße / Cordial saludo!

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.org

Schießstatt-Str. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel: ++43 662 825067

*

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26/08/2009 GMT 1

TIEMPOS DE ASOMBROS...

urbanopowell @ 23:00

CUALQUIER ESQUINA*

Se encontraron en una esquina. Cualquier esquina.
Ella venía con una alforja bordada. Verde trébol cuatro hojas.
En sus manos, lágrimas de mar, ceniza y un pájaro dormido.
El, solamente, una vara de sándalo.
En sus pies, sorbos de sombras y espinillos.

Antes de verse presintieron sus pasos.
Ella venía de páramos y valles.
El, de escarpadas cumbres. Aves incineradas.

Ella traía el oficio del agua y la sed.
Él, oficio de orfebre, de dolorosos soles.

Se buscan. Se abrazan. Heroicamente.
Rescatan símbolos, gritos y silencios.
Bautismo de luz, espina que no duele. Casta sed.
Pronuncian quedamente sus nombres.

La intemperie ha quedado atrás.

Una esquina cualquiera. Un hombre, una mujer.
Se saben los primeros. Ensayan vuelos
Se aturden de sándalo y de verde trébol.
Tiempos de asombros. De naceres. De vida.

*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar

TIEMPOS DE ASOMBROS...

EXILIO*

retorno al lugar, bajo el ojo del desierto
a exiliarme en su vieja superficie
junto a espejos náufragos
oxidados por jóvenes rostros
arrastrados por la vejez
a sus bordes.

excavo para encontrar mi máscara
en las múltiples cabezas del hastío
como esclavo
ansiando el alba de la libertad
arrebatada.

miro allí donde se miran los muertos
perpetuados cada vez más
como ficticias gárgolas
angelicales que rondan umbrales oscuros
del mismo polvo que un día
volverá para salvarlos.

*de Daniel Montoly© danielmontoly@yahoo.es

Mascarones*

Ese hombre doblo en la esquina.
Su mirada podía verse perdida, como viendo en otra parte, u en otra época.
Hablaba solo.
Gesticulaba con sus brazos levantados, daba ordenes a seres del aire.
-Sólo vemos mascarones de proa. Me pareció oír cuando pasó a mi lado.
Nada ni nadie puede decidir el rumbo. Algún destino consciente y compartido...
Cuanta soledad de alta mar o de desierto se ve a cada paso.
-Completé en imágenes a mi modo.

Mientras, lo escucho alejarse con pasos que parecen crujir sobre una cubierta de madera.

*de Urbano Powell. urbanopowell@yahoo.com.ar

ENTRE SOMBRAS*

Hoy es un día triste,
el sol se negó a mirarme
como si me castigara
por no cumplir sus designios.
La casa se llenó de sombras
hermanadas en un cerco,
verde si, pero cerrado,
clausurando las puertas.
Y sigue triste mi día
empapelado de invierno,
Ama, asegura el cerrojo,
hablaré sólo con sueños,
locos, alucinados, míos,
escondidos en mi adentro.

*de Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar

En el bar*

La morena que acaba de entrar en el bar se acerca al bigotudo sentado junto al ventanal y lo saluda con un beso fugaz. Es alta, desenvuelta, por lo menos quince años menor que él. A tres mesas de distancia analizo los detalles del encuentro. Entre la morena y el bigotudo comienza un diálogo trabajoso, lleno de silencios. No puedo oír lo que dicen, sólo deduzco información por los gestos. Llego a la siguiente conclusión: "Es una despedida, se encuentran por última vez, se citaron para despedirse". Una morena que viene a través de la noche, altiva, de boca cruel, que seguramente ama el sol y los deportes, un bigotudo tristón que la espera: una despedida.
Después de los primeros titubeos, Bigote se suelta. Pausado, la sonrisa vaga y las manos lentas. "Ahora -pienso- empieza el largo discurso, lo ha estado estudiando durante el día entero, echará mano de todos los argumentos, se pondrá erudito, profundo, brillante, dramático, finalmente ironizará un poco sobre esto y lo otro para disimular lo mal y lo débil que se siente esta noche."
La morena prende un cigarrillo. Bigote sigue hablando. "No servirá de nada -medito-, a ella no le importa todo ese palabrerío, sólo quiere llegar al final y sentirse libre de una buena vez."
El mozo trae café para ella y otro whisky para él. La morena coloca el azúcar y revuelve, se aburre, busca distracciones, está en otra cosa, quiere irse. Por lo menos eso es lo que interpreto a la distancia. Aunque podría tratarse de una fantasía mía. De cualquier manera, aparentemente, también Bigote registró la indiferencia de la mujer. Acaba de permitirse un breve arranque de enojo. Ella mira la calle.
Me digo: "Durante todo el tiempo él sabe que la única actitud válida sería la de dar la charla por terminada y marcharse como un caballero, pero no hará nada de eso, se quedará ahí, estirando y estirando la madeja, pidiendo más whisky, poniéndose insoportable, hasta que la cosa esté bien podrida y no quede nada en pie".
El enojo del bigotudo, real o fingido, pasa rápido. Tal vez, más que un enojo, fue un ruego de atención. Retoma el monólogo. En este momento -pienso- se siente capacitado para comprenderlo absolutamente todo. O por lo menos eso es lo que debe estar diciendo, aunque no ignore que es una mentira más, y que lo cierto, lo que va entendiendo cada vez con mayor claridad, mientras habla y habla y la morena fuma y fuma mirando la calle, es que tanto despliegue de inteligencia y generosidad nada podrá contra la valla que ahora los separa y no deja de crecer.
"Exactamente dentro de dos minutos, él le hará la gran pregunta y se quedará esperando que ella le conteste", me digo. En efecto, parecería que algo de eso ocurriera. Pero la morena no está dispuesta a hablar. Se detiene en cada palabra. Sólo avanza ante las insistencias de Bigote que la mira fijo. "Lo único que está haciendo, y lo sabe -reflexiono-, es ganar tiempo, retenerla un poco más, retrasar la muerte."
Bigote levanta el brazo y pide otro whisky. Ella desliza un comentario. Tal vez: "¿Vas a seguir tomando?" Y es probable que él haya contestado: "¿Por qué no?" Lo veo apurar la medida en un par de tragos y comprendo que el tipo perdió definitivamente la partida, que desde este momento buscará obstinadamente la forma de destruir lo poco que todavía se mantiene en pie, de que no quede un solo puente transitable a sus espaldas.
"Ahora comenzará a volverse sutilmente hostil e hiriente, la agredirá, y entonces ella aprovechará la oprtunidad para levantarse y él se verá obligado a pedirle perdón y la situación se volverá muy lamentable."
Bigote insiste, cada vez con menos elegancia. Frente a él, misteriosa y radiante, la morena que seguramente ama el sol y los deportes permanece tan inconmovible como un muro. "No quiero ver ese final", me digo. Pago, me levanto, paso cerca y les echo una última ojeada. Todavía pienso: "Ojalá no se caiga del todo, ojalá consiga terminar la cosa con cierta dignidad". Ojalá. Pero lo cierto es que no le tengo mucha fe.

*de Antonio Dal Masetto.
-Publicado en contratapa de Página/12, el 24-3-1992.

PLAN INTERRUMPIDO*

Solo, en la penumbra de la noche, el hombre agazapado esperaba a su presa; sigiloso cual tigre al asecho sus ojos escudriñaban el lugar, cuando de pronto un zumbido agudizó sus oídos, entonces, perplejo presintió lo peor. Un mosquito ávido de sangre encaró su rostro y un grito más que de dolor de rabia inundó la noche, quién se lo llevó envuelto en su intentona.

*de Marta Beatriz Multini.
-Mensajes al correo: zurmy@yahoo.com.ar

Mulcahy*

¿Quieren saber acerca de la pesadilla que me atormenta durante las noches? Sólo hoy, habiendo pasado algún tiempo desde aquel fatídico día, puedo ponerlo en palabras, aunque no sin cierto espanto…

En aquella época, yo era conductor de locomotoras. Transportaba mercaderías a lo largo de toda la provincia de Buenos Aires. Ni remotamente hubiera podido imaginar tres años antes que terminaría viviendo de eso. Pero, ante la falta de laburo, y coincidiendo con la repentina muerte de mi viejo a causa de un aneurisma cerebral, la necesidad me llevó a buscar una solución urgente para procurarme el sustento. El mundo que conocía hasta entonces desapareció de un plumazo, y mi vieja, entre mares de lágrimas y miradas de inconsolable tristeza, me instó a que saliera a buscar lo que fuera. La pensión que nos había dejado mi viejo no alcanzaría para nada, si queríamos seguir viviendo como hasta ese momento.
Busqué laburo en todos lados, de lo que pude, y nada; la recesión económica hacía estragos, liquidando sin tregua lo que aún quedaba de la clase media. Sin embargo, cuando ya estaba a punto de desesperar, el tío de un amigo me dio una mano: el “Expreso Trochita Pampeana”, flamante inauguración ferroviaria impulsada por los gobiernos provincial y nacional, necesitaba conductores de locomotora. Yo no tenía idea alguna acerca de la tarea a desempeñar, pero el tío de este amigo me palanqueó con las autoridades para que me instruyeran de apuro en las artes básicas de la conducción ferroviaria, y allí me lancé, atemorizado por la inexperiencia, pero con la adrenalina propia de intentar probar suerte con lo que fuera. En definitiva, había que comer.
Al principio fue como querer domar un mastodonte prehistórico, furiosas toneladas de metal dotadas de vida propia, y apenas un par de simples palanquitas como arnés metálico para dominar a la bramante fiera. Hasta que me fui acostumbrando, y con el tiempo, la doma de la bestia se transformó en algo rutinario, casi mecánico.
Primero conduje acompañado, sirviendo de chofer de reemplazo; hasta que una noche el Gordo Santos se descompuso, la carga tenía que llegar sí o sí a General Pico, La Pampa, y me largué solo al volante de “Fénix”, la locomotora alimentada a GNC, con el corazón en la boca, los músculos agarrotados y las axilas continuamente empapadas. Desde entonces, los dueños de la empresa me adjudicaron el manejo de “Fénix” a mí solo, ya que la descompostura del Gordo derivó en una hepatitis que lo mantuvo cuarenta días en cama y lo dejó no sólo sin el mote de “Gordo”, sino también sin laburo. Crueldades de la flexibilización neoliberal…
Creí que sería un trabajo temporario. Sin embargo, ya llevaba casi dos años de conducción cuando me tocó hacer aquel viaje a Mirapampa, en busca de un cargamento de trigo que jamás llegué a ver.
El horror me salió al paso en plena vía. Y mi vida cambió para siempre.

*

Recordaré las imágenes de aquella madrugada mientras viva.
Los primeros resplandores del amanecer brillaban en el horizonte a mis espaldas, y yo podía otearlos sin esfuerzo por encima de mi hombro. Hacia delante, aún titilaban trémulas las últimas estrellas. El mate yacía desde hacía horas, frío y lavado, sobre el tablero de instrumentos. En una pequeña radio portátil escuchaba un bonito programa de folclore. Y, de alguna manera, me sentía satisfecho. Los viajes me daban el espacio necesario para estar solo y pensar. Sobre todo, en lo que haría respecto de mi vida personal. Me andaba haciendo la falta la compañía estable de una mujer desde la ruptura con Marcela, tres meses atrás. Pero muchas otras veces, me descubrí también pensando en mi viejo, y las lágrimas brotaron sin poder evitarlo. El duelo que no había podido hacer a causa de la urgencia de la situación económica, finalmente podía concretarlo en aquella soledad, rodeado por mis propios fantasmas.
En eso estaba, recordando con nostalgia una reveladora conversación con mi viejo durante una cena, poco antes de su muerte, cuando alcancé a divisar, a punto de llegar a la Estación Mulcahy, sobre un perdido paso a nivel de una ruta provincial, la borrosa figura de un camión frigorífico atravesado sobre las vías, doscientos metros delante, con la trompa apuntando hacia mi izquierda.
Accioné los frenos de inmediato, mientras hacía sonar la sirena de “Fénix”, que emitió una brillante lluvia de chispas durante unos cuantos metros sobre los rieles, y me pregunté qué podría haber pasado para que aquel Mercedes Benz –si mi vista no me fallaba- quedara varado en diagonal sobre las vías, obstruyendo el paso, y en peligro de ser arrollado. “Fénix” emitió un resoplido vaporoso, deslizándose con suavidad antes de detenerse. Intuí que necesitaría algo de ayuda; la situación me resultaba harto sospechosa. Así que tomé una barreta de acero que el Gordo había dejado a bordo y usaba con fines diversos, apagué la radio, abrí la puerta de la locomotora y salté sobre el suelo pampeano
Lo primero que me alertó fue el silencio. A excepción del rumor sostenido del motor de “Fénix”, ninguno de los clásicos sonidos campestres, grillos, teros, ni el viento siquiera, se escuchaba alrededor. Avancé con cautela, mi mano firme sobre la barreta de acero. La puerta del conductor estaba abierta de par en par, el motor ronroneaba en punto muerto, las luces del tablero estaban encendidas.
-¡Hola! -, llamé al acercarme a la cabina. -¿Hay alguien ahí?
Nada. Vacilé un instante hasta que decidí treparme al estribo. El interior parecía haber sido abandonado pocos minutos antes. Me asomé un poco, estirando la cabeza por encima del borde del capot, para otear hacia el costado del camión que no podía contemplar a bordo de “Fénix”. Recién entonces vi el cuerpo, yaciendo de costado, de espaldas a mí, apenas iluminado por el resplandor del amanecer.
Bajé de un salto, rodeé con decisión la trompa del Mercedes, pero me acerqué con cierto temor. ¿Sería el chofer? ¿Qué lo habría hecho detener? ¿Y por qué yacía sobre el pasto ralo, cercano a las vías? Las dudas me acosaban mientras cubría los últimos dos metros, cuando reparé en el charco de sangre que se extendía como una raquítica raíz por delante de aquel cuerpo.
Un escalofrío me recorrió la espalda. En aquel último segundo tuve el impulso de dar media vuelta y escapar, cuanto más rápido mejor; que se encargase algún otro del problema. Pero la curiosidad, así como la necesidad de apartar el Mercedes de las vías para continuar camino a Mirapampa, fue más fuerte. Así que rodeé el cuerpo para verlo de frente.
Desde entonces, sentí como si me desplazase a tientas a través de un sueño. O mejor dicho, de una horrible pesadilla.
No sé cómo pude contener el vómito. Se trataba del chofer, no había duda. Pero donde debería haber estado su cara había un agujero. La piel de la frente, del borde de las orejas y del cuello se hundía sobre los huesos sanguinolientos de la calavera como si tuviese puesta una máscara de Carnaval, demasiado realista para ser un disfraz. La sangre se escurría a través de las cuencas de los ojos, debajo del tabique de la nariz y por entre la mandíbula entrecerrada, desprovista de barbilla. Algo…o alguien…le había arrancado los ojos, y probablemente la lengua, además de todos los músculos de la cara. El escalofrío me revolvió los intestinos.
Estaba a punto de lanzar un alarido y huir, cuando escuché los ruidos, apagados, imperceptibles, provenientes de la hermética caja del Mercedes.
Casi contra mi voluntad, intuyendo un nuevo terror, mi cuerpo avanzó hacia la puerta cerrada de la cabina y se desplazó vacilante a lo largo del costado derecho del camión. Mi mano se tensó con fuerza sobre la barreta, hasta que los nudillos me dolieron. ¿Qué había allí detrás? Sobre el lateral, una puerta entreabierta, invisible desde la imponente silueta de “Fénix”, proyectaba una trémula luz sobre al azul acero de las vías. El vapor de la refrigeración emanaba del interior con aire amenazante.
Otra vez los ruidos; ahora podía identificarlos, aunque quizá imbuido por la macabra escena reciente, imaginase más de lo debido. Lo que creía escuchar eran gruñidos… Como si algo…o alguien…estuviese atacando las medias reses allí colgadas, y su dentadura desgarrase, triturase, masticase, con plena ferocidad.
“¡Rajá de una vez, boludo!”, chilló una voz dentro de mi cabeza.
Y aunque el más absoluto sentido común me impulsaba a la fuga, mi mano libre se extendió temblorosa hacia la puerta entreabierta. Mis dedos se aferraron al borde y comenzaron a abrir aún más aquel lateral hacia fuera, mientras contenía la respiración y sentía palpitar todo mi cuerpo. Los goznes chirriaron, el escalofrío retornó, la pálida luz de la bombita me iluminó la cara, tuve la penosa sensación de haberme equivocado, y los gruñidos se detuvieron de inmediato.
Entonces, de pie en el umbral del portón de la caja frigorífica, brotó una figura imposible, recortada contra la mortecina luz, jadeando como una bestia. Fue la única vez que lo vi. Pero la impresión me atormenta hasta el día de hoy.
Tal vez, en algún tiempo, había sido un hombre. Sin embargo, poco quedaba de su condición humana. Vestido con harapos, su silueta encorvada, los hombros volcados hacia delante, la cabeza oteando salvaje la madrugada, aferraba el lateral del camión con una de sus garras, empapada de sangre –posiblemente la del chofer-, mientras en la otra sostenía parte de un costillar vacuno, roído por sus enormes colmillos. La cara parecía carcomida por la descomposición, casi sin nariz, los músculos tirantes y sin piel que los cubriese, la dentadura filosa y amenazante, los ojos brillando con un fulgor rojizo que les otorgaba una vida autónoma a la de la propia criatura. Lo que le quedaba de cabello oscilaba sobre su cabeza como una mata de ralos pastos secos.
El escalofrío fue tan violento que quedé paralizado. Mi sentido común no sintonizaba con lo que mis ojos contemplaban pero se negaban a aceptar. ¿Qué… era… ESO? La criatura gruñó, en alerta, y olfateó con ahínco a través de sus tumefactas fosas nasales. Quise escapar, pero el terror me detenía. Hasta que la criatura abrió sus fauces, lanzando un gruñido de advertencia, y saltó del camión.
Fue como si me hubiesen picaneado a 220 voltios. De pronto, recuperé el control total de mi cuerpo, como si un extraño reflejo inconsciente supiera acerca de los mecanismos indispensables para la supervivencia. La criatura dio un paso adelante, decidido a atacarme, quizá defendiendo aquella inesperada y generosa reserva de comida que había encontrado en medio de la nada. Yo retrocedí, mis músculos en palpitante tensión. Él levantó la garra sangrante con la que había sostenido el lateral de la caja frigorífica. Y le asesté un violento golpe en la cabeza con la barreta.
La criatura se sacudió por un instante, su cabeza se giró hacia la derecha con un ruido seco, como si le hubiese pegado al tronco de un árbol muerto, pero no se desplomó. Al contrario, volvió a girarla hacia mí como el efecto de un latigazo, y me miró con ojos brillantes y desencajados, mientras aullaba con un gemido que ningún animal hubiese podido emitir.
“¡Carajo, estoy muerto!”, pensé, sabiendo que nada podría hacer para evitar su ataque.
Entonces, desplazó de abajo hacia arriba la garra sangrante que tenía libre, sin dejar de aferrar los restos del costillar con la otra, me aferró por debajo de uno de los brazos, y con el mismo movimiento, me lanzó por los aires. No conseguí darme cuenta de nada hasta después. Su horrendo semblante desapareció de mi vista, la caja frigorífica del camión pasó a mi lado como una exhalación, el horizonte amanecido rotó delante de mis ojos, y mi cuerpo exangüe, agitando brazos y piernas, se desplomó a varios metros de distancia, golpeándome la espalda contra el suelo.
El dolor me atravesó sin piedad. Creí haberme roto la columna, imposibilitado de moverme. “Es mi fin”, certifiqué, inmóvil, la mejilla izquierda contra los ralos pastos de la pampa, los tenues resplandores del amanecer iluminándome las doloridas facciones. Cercano, continuaba oyendo el rumor del motor en punto muerto del Mercedes, y más allá, el de “Fénix”, haciéndome a la idea de que había descendido de ella muchas horas antes, tal vez muchos días.
Aguardé allí, entregado, a que la criatura se acercase. Me dolía horrores la cabeza y la espalda. Durante un período de tiempo que jamás logré precisar, supuse que mi vida terminaría y comenzaría algo diferente. De manera inexplicable, acudió a mi mente la idea de estar a punto de ser transformado, al estilo de los vampiros, en una criatura similar a la que me atacara, mediante alguna siniestra incisión. Sin embargo, nada sucedió durante un buen rato. El intenso dolor comenzaba a adormecerme; hasta que, por fin, con enorme alivio, me desmayé.

*

Cuando volví a abrir los ojos, el sol ya estaba alto, lastimándome la vista. Giré la cabeza hacia el cielo y volqué mi cuerpo de espaldas sobre la pampa. La punzada de dolor me hizo chillar, hasta que volví a quedar inmóvil, temeroso de volver a lastimarme. Creí que sería imposible ponerme de pie, y sentía la garganta reseca. Pero al menos estaba vivo. O eso creía.
Entonces, comencé a prestar atención a los sonidos que me llegaban del entorno. El rumor del motor de “Fénix”, inconfundible. Una brisa en los oídos. Otros motores. Voces, algunas alarmadas. Pasos que se acercaron. Y alguien que gritó:
-¡Acá hay otro!
Un rostro cetrino y redondo se agachó sobre mí, analizándome en detalle. Mis ojos lo estudiaron, algo confusos. Y el tipo, de unos cincuenta años, volvió a gritar, sin dejar de mirarme, para que otros lo escucharan:
-¡Y está vivo!
Otro tipo, un poco más joven, se acercó y entre los dos me ayudaron a incorporar. Tenía miedo de que me movieran, aterrado con la posibilidad de tener la columna fracturada, pero me dolía demasiado como para que la espina se hubiese seccionado. Ambos me sostuvieron de los brazos, cruzados por encima de sus hombros, y me trasladaron hasta la locomotora, sentándome en el estribo. Otros tipos corrieron para ver cómo me encontraba. Apenas conseguía verlos; eran todos camioneros, y hablaban entrecortados entre ellos. La cabeza me daba vueltas. Le pedí al tipo más joven que trepara a la cabina y me alcanzase una botella de agua mineral que tenía debajo del asiento. Varios tragos después, milagrosos y refrescantes, pregunté:
-¿Dónde está?
-¿Quién, pibe? -, preguntó el cincuentón de cara redonda.
-La cosa ésa que me atacó.
-¿Qué cosa? Acá hay dos muertos, tres camiones varados en la ruta, y un desastre de mercadería desparramada por el campo. ¿Me podés explicar qué carajo pasó?
-¡¿Cómo dos?! -, exclamé.
Me puse de pie, vacilante, y avancé dolorido algunos pasos, intentando distinguir algo en el resplandor de la mañana. Más allá del Mercedes, un Scania que transportaba verduras aparecía cruzado de la misma forma que el otro, sólo que no sobre las vías, y su chofer yacía destripado sobre el capot. Varios camioneros habían vomitado a su alrededor, entre las desperdigadas mollejas del Mercedes y los tomates del Scania.
-¿Vos viste lo que pasó, pibe? -, me preguntó el cincuentón, acercándose hasta mí. Tenía la cara sudorosa, y el miedo instalado en la mirada.
-Sí… -, murmuré, ignorando si lo que recordaba había sucedido realmente o no.
-¿Me podés explicar qué mierda …… los mató? -. En su voz vibraba una nota de auténtico terror, aunque posiblemente no hubiese tenido noticia alguna de la criatura. -Y vos, ¿cómo te salvaste?
Lo miré incrédulo, sin saber qué responder. Tampoco sabía qué había sido ese ser infernal que me había atacado. Pero si después del Mercedes, había matado al chofer del Scania, ¿por qué me había perdonado la vida? ¿Habría creído que con aquel golpe ya me había matado? No entendía nada.
-No sé… -, alcancé a balbucear.
El cuerpo me dolía de pies a cabeza, y nada tenía sentido. Apenas conseguía asimilar la idea de seguir vivo después de aquella locura. Y supuse que, con el tiempo, lograría reconstruir la escena y entender lo ocurrido.
Sin embargo, hasta el día de hoy desconozco qué fue lo que pasó. Pero sí me temo haber asistido al origen de un horror inenarrable.
Desde aquella mañana, siento que la pesadilla no ha hecho más que comenzar. Una feroz criatura demoníaca ronda por la pampa, errática y voraz, en busca de alimento.
Y quizá nada pueda detenerlo…

*de ALDIMA. licaldima@yahoo.com.ar

-Nota del autor: Russel Mulcahy. Director de cine. Australiano. Autor de películas de género fantástico como “Highlander” o “Razorback”.
-Del Inventren 2004.

“Argumento”*

Elevarme en un verso
tan trivial como cierto
tan sabio como etéreo,
es andar el camino
de mi propio destino

Elevarme en tus manos
tan claras como suaves
tan fuertes como audaces,
es darle un argumento
al verso que me nace.

*de Adriana Barcia. barciadriana@yahoo.com.ar

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EN ESTOS TIEMPOS DUROS DE LAS DUDAS REALES...

urbanopowell @ 02:48

La Historia*

Cuando era muy chiquita jugaba a las visitas,
era una gran empresa la tetera celeste
que los reyes dejaron en la noche de reyes,
las tazas igualitas y rouge entre los dientes,
con un hijo de goma se sentaba mi amiga
en la silla de enfrente y empezaba la historia…

Cuando la vida marca los siglos y las horas,
cuando la noche duele con rouge entre los dientes
y el amor se nos torna una empresa muy sórdida;
la gente “que es chiquita” nos parece de goma,
y duele no tener la tetera celeste;
cuando la noche se sienta en la silla de enfrente:
se termina la historia.

*de Adriana Barcia. barciadriana@yahoo.com.ar

EN ESTOS TIEMPOS DUROS DE LAS DUDAS REALES...

EN LA ZONA*

Uno tiene que ser fiel a una zona, repite aquel personaje de un cuento de Saer.
Imposible afirmar si aquello que un autor pone en boca de sus personajes es lo que piensa él realmente, es decir el autor. Pero tratándose de nuestro comprovinciano está tentado a creer que es así.
En ese caso a qué zona sería fiel yo, digamos, creo que tampoco hay secretos, que todo el que tropieza con un texto mío sabe de antemano adonde voy. A ese lugar minúsculo en los mapas “que no tiene río ni puerto”, como escribí alguna vez.
El lápiz, sin embargo muy elocuentemente muy obsesivamente diría, se dirige a remarcar ese perímetro que pueblan casas bajas y gente muy pacífica.
Y, como el lector supone, hay poco de interesante en estas vidas sencillas, por más que favorables
vientos de la historia económica beneficien a un grupo para que viva en un confort superior al de sus mayores.
Con o sin esa conciencia la gente, como en todas grandes ciudades, o como en cualquier otra parte hace lo que puede con su propia vida.
Sin embargo, cuando pienso en aquel lugar, aparece entre los nombres como el ruido de un galope obstinado. Es el ruido de ese caballo nocturno que rompía el hilo en las noches de invierno, cuando la luna se instalaba como un plato de acero brillante.
Y era mi madre, quien recorría la pequeña, la humilde casa con su lámpara en la mano y llegaba hasta mi habitación para arroparme, y entonces sí, uno se abandonaba al sueño más profundo. Y a veces, en las noches más crueles, cuando la helada atacaba sin piedad la indefensión de los limoneros, ella con una entrega solicita me calentaba la camiseta de frisa con la plancha a carbón, a pura brasa encendida.
No se por qué, la recuerdo en estos tiempos duros de las dudas reales, cuando arrecian los vientos más implacables y uno está siempre alejado de la posibilidad de que la muerte nos restaure la magnitud de cualquier desamparo.
En las chacras de entonces cabía todo el arduo, el implacable trabajo para hacer fructificar ese suelo fértil, pero que gracias a la escasa tecnología acumulaba deudas y magras entradas antes que bienestar merecido.
En esas chacras donde nunca viví, aunque todos mis mayores sí lo habían hecho, pero mi generación se criaba en los pueblos. En esos desolados pueblos de entonces que seguían –como hoy- dependiendo de la actividad rural.
De cualquier modo, en mi remotísimos tiempos infantiles todavía quedaban abuelos o tíos allí, pocos, muy pocos, pero quedaban.
Un pequeño campo que un hermano de mi abuela materna arrendaba no recuerdo a quién, que estaba junto al hondo Canal, y cuya humilde casa de ladrillos estaba asentada en barro, y la rodeaban unos copiosos paraísos, y creo entrever a un costado un selvático cañaveral o no, tal vez mi memoria me juegue una mala pasada. Como no había molino, se sacaba agua de un pozo, que un paciente caballito tiraba con una cadena. El gigantesco balde volcaba sobre los bebederos de lata y allí los caballos y las vacas abrevaban su sed.
Calle de por medio (esa larguísima calle que se hundía en hondos campos y que intercomunicaba las chacras entre sí) estaba la chacra que mi abuelo Isaías arrendaba a don Juan Burki.
En la chacrita de tío Roque, tal el nombre del gringuísimo hermano de mi abuela, pasé imborrables momentos.
Como aquella vez que sentaron mi pequeña humanidad sobre un carro cargado de pasto y el vaivén me fue lentamente bamboleando hasta casi caerme. Como el tío Roque iba a pie y llevaba al caballo de la brida a mis gritos paró y corrió a –literalmente- abarajarme pues el traqueteo me había ido inclinando en incómoda posición –de cabeza- muy cerca del suelo. No dije nada en mi casa, porque si no esas breves y espaciadas vacaciones que me permitían en la “chacra de tío Roque” me estarían vedadas. Y allí lo pasaba muy bien, allí jugábamos en los pocos ratos de ocio con “el primo Hugo”, un poco mayor que yo, pero hijo del tío, es decir primo de mi madre. Por las noches encendían una inmensa radio de madera que funcionaba con la electricidad que proporcionaba una batería a la que llamaban “el acumulador”. Una antena a lo alto y un pequeño molinillo que estaba sujeto al capricho del viento hacía el resto. Al parecer se necesitaba todo eso para que pocas horas al día se pudiera escuchar la radio, siempre con interrupciones y descargas. Nunca supe por qué se necesitaban tantos elementos para oír ese milagroso aparato que era como la máquina de soñar para grandes y chicos.
Si las tareas lo permitían íbamos con el “primo Hugo” a pescar al canal vecino. Ignoro qué pescábamos o que pretendíamos pescar con esas cañas inmensas y esos anzuelos siempre pobres en el agua que corría mezquina.
Pero lo que yo más apreciaba eran esas –paseos para mí- incursiones a caballo en busca de las pocas vacas que había y que teníamos que encerrar al atardecer para ordeñar al día siguiente.
Pero Hugo disfrutaba más jugando a la pelota, como es natural y que pretendía aprovecharme cundo yo iba, de lo contrario no tenía con quién hacerlo ya que sus hermanos eran muy mayores.
Para mí no era novedad, en el pueblo me pasaba horas y horas jugando con mis amigos a ese deporte excluyente de mi infancia.
No he vuelto a andar por esa zona, me dice mi hermano que ya no está más la casa, y ha prometido llevarme.
Iré a un lugar donde ni alambrado habrá de quedar, ni árboles, ni nada que me recuerde a esa chacrita.
Solo el canal y algún sembrado intenso de soja, que cruzan erráticos los pocos pájaros que se atreven sobre ese aburrimiento verdoso, cubriendo por doquier todos los campos.

*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar

Fuego mujer*

una mujer
junto a su fuego
tiene el orgullo de ser una entre las tantas

enciende fuego vivo
a sus costados

manda un soplo de aliento
al desaliento
y ella es mejor
que todos sus recuerdos

se desentiende
de miedo y pormenores
que la acechan a diario
en su morada

no le basta la luna
que le ofrece
todo el sol
guardado en tibia resolana

lo busca en su calor
el suyo propio
para alejar el frío
a sus costados

una mujer
en medio de su fuego
sabe quemar las penas
y el silencio

hace crujir los días y las noches
al paso del ardor
de sus recuerdos

le pierde el miedo
al fin de los entierros
lleno de espaldas y de pasos lentos

y el encierro final
es como el fuego
se funde y se transfunde
en las raíces
para guardar por fin
aquel misterio

*de Lucía Cinquepalmi lccnqplm@yahoo.com.ar
21 de noviembre de 2002

Explayar*

*Por Rodrigo Fresán
Desde Barcelona

UNO Aprovechando que -calor terrible- todos se han ido a la playa, bajo las persianas y me explayo: voy a escribir sobre la playa, ese sitio al que ya casi no voy, pero al que fui tantas veces durante tanto tiempo. ¿Y cómo se llaman los cultores de la playa? ¿Playeros? ¿Playistas? ¿Playados? ¿Playones? ¿Playazos? En cualquier caso, dando saltitos sobre la arena caliente, un rápido e inasible recorrido por las playas a las que sigo yendo: aquella propaganda de mi infancia en la que un bañista se ahogaba
desde la subjetiva del blanco y negro; Plinio El Viejo y Próspero el Antiguo; Faustine y Morel y los acantilados findemundistas de "El gran Serafín"; Hemingway pescando y Fitzgerald enterrándose; Tiburón y los cangrejos mutantes de Corman; Melody o la fuga al futuro y Pauline en la playa o la condena del presente y La Saraghina de 8 1/2 o la imposibilidad de escapar del pasado; los mares de Murdoch y Banville; Ulises y el Corto Maltés; Antoine Doinel y T. E. Lawrence corriendo hasta la orilla; Balbec y la sombra de las muchachas en flor; "Airscape" de Robyn Hitchcock y "Everyday is Like Sunday" de Morrisey y "Mr. Tambourine Man" de Bob Dylan y el más atormentado que tormentoso Pacific Ocean Blue de Dennis Wilson; el dolor definitivo del astronauta de El planeta de los simios, la resignada desesperación de Barton Fink oyendo reír a las gaviotas y la agonía veneciana de Gustav von Aschenbach y los blues submarinos de Steve Zissou; El señor de las moscas y las ganas de Viernes de llamarse Domingo; la epifanía final de "Adiós, hermano mío" y las playas terminales de J. G. Ballard, quien alguna vez dijo: "Si el Sol es el más importante de los canales de televisión, entonces la playa es su programa de mayor éxito".

DOS Y está claro que las poéticas mareas de las propias playas poco y nada tienen con la resaca de las playas de todos. La playa es, siempre, ese lugar que se idealiza en la distancia y que nos decepciona en la cercanía. La playa no es lo importante. Lo que vale es el viaje hacia la playa. Llegar a la playa equivale a enfrentarse a la frontera insalvable del océano y a las incomodidades de cremas y ampollas y picaduras varias. "Las playas más puras nunca son más puras que la arena que las constituye, y la arena es cualquier cosa menos pura. Está hecha de desechos: sobras de rocas, arrecifes, corales, huesos, conchas, valvas, caracoles, pescados, plancton", apunta Alan Pauls en La vida descalzo. A lo que me atrevo a agregar que la playa, también, está hecha -o desecha- de playeros y playistas y playados y playones y playazos. De ese tipo de animal que bebe un Sex on the Beach en las terrazas de luxe o se hace unos buches con un tinto de verano. Y muchos de ellos llegan hasta las playas de Barcelona y alrededores.

TRES "¡Vaya, vaya! No hay playa", cantaba, durante los calores de la Movida, una banda madrileña llamada The Refrescos. En Barcelona sí hay playa pero, también, hay mucho ¡vaya, vaya! La playa se ha convertido en un problema para los locales. No saben muy bien qué hacer con ella y apenas se consuelan
pensando en que, este verano, peor la están pasando en Palma de Mallorca: destino vacacional escogido por ETA para su "campaña de verano" y donde nigerianos y gitanos acaban de trenzarse a patadas por unas gafas de sol o algo así. Pero el consuelo dura poco y a Barcelona le preocupa el avance de la playa sobre la ciudad (se estudian medidas que prohíben el cada vez más numeroso tránsito en traje de baño o, incluso, desnudo), se escandalizan por los servicios de masaje sobre la arena (que concluyen, previo pago de un extra, con un "final feliz" ante los ojos de familias de buen ver que no pueden creer lo que están viendo) y se lucha contra el "latero" paquistaní (vendedor ambulante de bebidas en lata que les quita clientes a los chiringuitos) o el "descuidero" magrebí (carterista experto con toalla) o el "guiri" internacional (visitante desbocado). Los ayuntamientos de playas cercanas -golpeados en sus presupuestos por la crisis y comprobando que el turista de hotel no abunda, pero cada vez son más los turistas de mochila- han puesto en marcha un catálogo de multas altísimas que van de lo coherente
a lo delirante. Y es que no es fácil para un pueblo de 20.000 habitantes descubrir, de pronto, que tiene 100.000 visitantes en agosto. Así, al pedido de colaboración a la ciudadanía toda para acabar con las plagas urbanas de palomas y ratas y mosquitos tigre, se suma ahora la caza al turista -han aumentado también las restricciones a playas nudistas- que llega aquí para hacer todo eso que no puede hacer en casita, durante los largos meses de frío y gripe. Días atrás, un editorial de La Vanguardia advertía en que no era astuto perseguir a la bolsa de dormir de hoy que dentro de unos años podía llegar a volver como suite cinco estrellas. Y una graciosa columna del escritor Quim Monzó titulada "Please, Don't Come to Barcelona" arrancaba con un "Nunca en mi vida pensé que llegaría un día en el que sería turistófobo militante, pero vivir en Barcelona me ha llevado a ello". Y seguía: "Si usted no vive aquí, dé gracias a Dios por ello. Al Dios que sea, incluso si no cree en ninguno. Pero dé las gracias en voz baja, porque está muy mal visto quejarse". Y terminaba con un "¡Por favor, id a Croacia, a París, a Florencia, adonde sea!" luego de informar de la existencia de un comando urbano que pega carteles donde se lee "Warning: Tourist Area" y se explica: "No soy turista. Vivo aquí. Denme un respiro".

CUATRO Y -leo también- que la cosa se pone verdaderamente inquietante al salir las estrellas. Como en aquel cuento de Cortázar -donde, al subir la Luna, la inocente escuela de día se convertía en un perturbador territorio nocturno- la playa de Barcelona se transforma en Playa-Lobo. Un lugar en el que pasar la noche o en el que la noche te pasa por encima. Subculturas, mutantes, zombis y sonámbulos y cataratas de alcohol, sexo, tiros, líos y cosa golda. Tierra de nadie a la que todos tienen acceso. El sitio al que van a dar todas las fiestas sin ganas de final. Sólo hace falta un poco de audacia y ganas de emociones fuertes. Y hacerse a la idea de que nadie está a salvo ahí. Como Bob Dylan quien, días atrás, fue arrestado por caminar "with no direction home" por una playa de Long Branch, New Jersey, al
resultarle sospechoso y "like a complete unknown" a un oficial de policía que no supo reconocerlo.
Y es que, está claro, nadie se parece del todo a sí mismo en la playa, en ese lugar en el que todos nos parecemos. Así, salimos cantando "Vamos a la playa" y, una vez allí, nos morimos de ganas volver a casa para escuchar Bringing It All Back Home.
Por eso, yo me quedé en casa escribiendo todo esto -un ex playado explayándose, las contratapas son el protector solar que te separa de las quemaduras de las noticias- a la espera de que todos regresen y de que vuelva septiembre.

*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-130561-2009-08-25.html

Molas*

En el golfo de Urabá
navegando afluentes del Atrato
con su hombre van
las indígenas cunas
ruta al mercado
a vender (¿tiene precio lo bello?)
sus molas ingenuas – lujuriosas.
Caprichosas geometrías
reiteran en las telas
diseños que antiguamente
pintaban en sus pechos:
amarillas rojas negras
abstracciones
algún pájaro libando
anchos pezones
alguna flor de despeinados pétalos
duplicada en gráciles morenos
planetas gemelos.
Me lavaré como ellas la mirada
con infusión de hierbas y agüita del cielo
para mejor ver la ruta de los sueños
por encontrar la magia los colores
con los que pintaré tus ojos
en mis pechos.

*de Verónica Capellino. veroaleph@hotmail.com

El Padre*

Cuando pienso en mi padre me vienen a la memoria los regresos a casa, al terminar nuestra jornada de trabajo. Volvíamos de noche, él en bicicleta y yo trotando. Corría a la par, a veces me atrasaba un poco y luego lo alcanzaba. La bicicleta era de mujer, el asiento estaba demasiado bajo y mi padre, un poco echado hacia atrás, pedaleaba despacio por la calle de tierra. Estoy seguro de que no hablábamos. Si intentara recuperar algún diálogo con mi padre me resultaría imposible. Sólo frases sueltas. Esto de los regresos ocurría en Salto, el pueblo de la provincia de Buenos Aires donde fuimos a vivir cuando emigramos de Italia. Un hermano de mi padre estaba en la Argentina desde antes de la guerra y le había ofrecido una participación en su carnicería. Yo tenía doce años.
Recorrimos ese trayecto durante meses y meses. Con frío, con calor, con lluvia. Después de tantos años, la memoria rescata una única carrera nocturna que las resume a todas. Esa imagen siempre vuelve y se impone sobre los demás recuerdos. Aunque son muchas, nítidas y fuertes las imágenes que tengo de mi padre. En general de la época de mi niñez, en el pueblo italiano, antes del largo viaje en barco a través del océano. Podría intentar hacer una lista y creo que no acabaría nunca. Ahí está la figura de mi padre, oscura y quieta bajo una nevada, esperándome en el portón del colegio de monjas al que yo iba. Mi padre guiándome por un atajo, a través de una colina que dominaba el lago, hasta llegar a la desembocadura de un río donde nos deteníamos a pescar. Mi padre caminando cauteloso unos pasos delante de mí, en los bosques que comenzaban más allá de las últimas casas: bajo el brazo llevaba la escopeta belga de dos caños de la que estaba orgulloso. Mi padre cortando pasto desde el amanecer hasta el anochecer, en el campo de un terrateniente, parando unos segundos para sacarle filo a la guadaña, secarse el sudor de la frente y tomar un trago de agua. Mi padre vaciando la letrina con dos baldes colgados en los extremos de una larga vara de madera que se cruzaba sobre los hombros. Mi padre abonando los surcos de la huerta con el contenido de esos baldes. Mi padre hachando troncos, apretando los dientes y soltando un soplido ronco en cada golpe. Mi padre llegando a casa de noche, con un pino para el árbol de Navidad, seguramente arrancado de algún lugar prohibido. Mi padre emparchando la cámara de una bicicleta. Mi padre con el torso desnudo, afeitándose en el patio, frente a un espejo colgado de un clavo, explicándome por qué había dos zonas de la cara que necesitaban ser enjabonadas más que el resto. Mi padre fabricándome una flauta. Mi padre lavando una oveja en el arroyo para luego esquilarla. Mi padre realizando trabajos de albañilería, de carpintería. Mi padre sembrando, cosechando, pisando la uva para hacer vino, injertando frutales. Teníamos un ciruelo que daba frutos amarillos en una rama y rojos en otra. Un peral que daba peras de diferentes estaciones. Yo estaba asombrado con tantas habilidades. Aquel hombre sabía hacer de todo. Parecía que nada tuviera secretos para él.
Mi padre era un montañés callado y tímido. Pero podía irritarse y mucho. Una vez lo vi perseguir a un tipo por la calle hasta que el otro saltó por encima de una cerca que daba a un barranco y escapó. Se trataba de una disputa entre vecinos. No recuerdo la razón o nunca la supe. Tengo una imagen muy clara de esa violencia al aire libre. Todavía me parece oír el jadeo de los dos hombres corriendo. Me pregunto qué hubiese pasado si mi padre lo alcanzaba.
Con nosotros nunca se enojaba. Nos quería y nos respetaba. Pocas veces tuve oportunidad de aplicar tan adecuadamente la palabra respeto. De él, sin duda, heredé la inconsciencia y la tozudez. Estoy pensando en la actitud de mi padre durante la guerra. Trabajaba en una fábrica de gas y a veces su turno terminaba en la mitad de la noche. De nada servían los ruegos de mi madre y los consejos de sus compañeros. Volvía a casa sin esperar que amaneciera, desafiando el toque de queda y las balas, porque quería dormir en su cama, era su derecho, y no existían Hitler o Mussolini o guerra que se lo impidieran.
Partió para América en 1948. El día de la despedida reía, bromeaba, se lo veía de buen humor, pero a mí me pareció que lo hacía para darse ánimo y cubrir el desconcierto. Recuerdo el reencuentro en el puerto de Buenos Aires, pasados dos años de separación, su abrazo torpe y sin palabras. En el viaje en tren a través de la llanura invernal, rumbo al pueblo, tampoco habló demasiado. Iba sentado junto a mí y su brazo se mantuvo rodeándome los hombros todo el tiempo. De tanto en tanto sus dedos se comprimían para darme un apretón.
Después vino el trabajo a su lado, en la carnicería, donde aprendí la recorrida de los clientes antes de memorizar la primera media docena de palabras en castellano. Salía al reparto a la mañana y a la tarde y, cuando terminaba, ayudaba en el negocio. Siempre había algo que hacer. Limpiar la picadora de carne, la sierra eléctrica, lavar el piso, pelar ajos para los embutidos, darles agua a los animales. Empecé a jugar al fútbol en la sexta división del Club Compañia General. Estaba contento con los botines, el pantaloncito y la camiseta que me habían dado y podía llevarme a casa. Los partidos eran los sábados después de mediodía y a veces llegaba con un poco de retraso al trabajo. Entonces, durante toda la tarde, vivía en un clima de acusaciones silenciosas. Las acusaciones provenían de mi tío y mis dos primos. Mi padre no me decía nada. A lo sumo rumiaba una frase en voz baja cuando me veía aparecer corriendo. Se sentía obligado con su hermano mayor que lo había traído a América, y la deuda me incluía. Estoy seguro que esa dependencia lo amargaba. Pero no podía hacer nada y guardaba silencio. También en el reducido territorio de aquel negocio éramos extranjeros y había que ganarse el espacio y soportar las humillaciones cuando llegaban. Yo intuía que mi padre hubiese deseado un destino distinto para mí.
Una noche, cinco años después de la llegada al pueblo, emprendí otro viaje. Partí a descubrir la ciudad. A esta altura mi padre se había separado de mi tío y había instalado su propia carnicería. No le iba bien. Mi padre no era el mismo de antes. América lo había golpeado. Yo no estaba con él en el negocio nuevo. En los últimos tiempos había trabajado de cadete en una farmacia. Me fui sin que lo supiera. Mi madre y mi hermana me vieron dejar la casa porque se despertaron mientras yo preparaba la valija. No lograron retenerme y tampoco se animaron a llamar a mi padre. Ignoro cuánto pudo dolerle aquella huida. Nunca me la reprochó. Después, en los espaciados regresos al pueblo, me encontraba con pequeños cambios en la casa. Algunas comodidades en el baño, en la cocina. Me enteré que una vez, al comprar un calefón, mi padre comentó: "Para cuando venga Antonio". Por lo tanto pensaba en mí con cada mejora.
Cuando murió, yo estaba lejos. Una enfermera iba a aplicarle inyecciones día por medio. La última fue un sábado. La enfermera se despidió hasta el lunes. mi padre dijo "Vamos a ver si aguantamos hasta el lunes". No aguantó. Sé que en el final preguntó por mí. Llegué al pueblo el día posterior al entierro. Venía desde Brasil, viajando en trenes y en ómnibus. En la puerta encontré al marido de mi hermana que me dijo: "Papá murió".
Muchos años después de su muerte, mientras mirábamos unas fotos, oí a mi hermana murmurar: "Qué hermoso era papá". Nunca había pensado en eso. Eran fotos de sus veintisiete años, tenía a un chico de meses en brazos, estaba tostado por el sol y se le notaban los músculos bajo la camiseta clara. Se lo veía feliz. El chico era yo.
De tantas cosas relacionadas con mi padre me acuerdo especialmente de aquellos regresos a casa después del trabajo. Eran siempre noches grandes, cargadas de estrellas y de silencio. Así las veo. Avanzábamos a través de un decorado de casas mudas y luces fantasmales en las ventanas y en los patios. Yo me sentía extraviado en esa oscuridad y la sensación no me gustaba. Quería llegar rápido, para que pasara la noche, y luego el día, y otra noche y otro día, hasta que el cerco de las noches y los días se rompiera. ¿Y mi padre? ¿Qué pensaba? ¿Qué significaba para él ese tránsito entre la agitación de la jornada y la promesa del descanso? ¿En qué medida mi presencia le servía de compañia, de incentivo, de alivio? ¿Me vería como yo me veo ahora en el recuerdo? Lo que veo es un cachorro impaciente, agazapado en el fondo de sí mismo, esperando su oportunidad para dar un salto. Mi padre pedaleaba y yo trotaba a su lado. No teníamos otra referencia que el foco de la bicicleta alumbrando un óvalo de tierra, hipnótico, surgido como desde un sueño, renovándose en una calle que podría no tener fin. Esa luz mínima marcaba el camino y finalmente nos sacaba de la oscuridad. Nos guiaba a la mesa familiar preparada para la cena, a los rumores de las sillas arrastradas sobre el piso de ladrillos y de los cubiertos en los platos. Pero durante ese trayecto permanecíamos lejos de todo. Ahí estábamos solos y estábamos juntos. Nos movíamos en una zona de vacío entre un mundo que ya no existía, perdido del otro lado del océano, y este otro que se proyectaba en los días futuros y estaba hecho de necesidades e insatisfacciones y furias contenidas y esperanzas obstinadas.

*de Antonio Dal Masetto.
"El padre y otras historias", Editorial Sudamericana. Buenos Aires, edición del 2002.

"Siempreviva"*

(blues melódico)

Atemporal belleza, siempreviva,
sos eterna atracción que me seduce
mientras los años afirman con sus luces
las razones más crueles de mi pena...

Porque al pasar el tiempo
por tu cuerpo,
como un sensual aliado
te florece;
y no hay peor castigo
a mi conciencia
que ver tanta virtud desarrollada
e impotente aceptar que eres ajena.

Más la febril poesía me posee,
pasional y romántica se eleva
sobre un abismo
de imposibles certezas
dibuja un puente sostenido en la nada
para dejar su insolente propuesta
en el jardín de la flor censurada.

Siempreviva... pasión inconveniente
Siempreviva... ilusión atrevida
Siempreviva... razón la que sustenta
que me pueda sentir adolescente
para jugar a verte... Siempreviva.

*de Victor G. Turquet victurquet@yahoo.com.ar

Juegos*

Paso el fin de semana con mi hija. Es sábado, vamos a una plaza. hace rato que estoy sentado cerca de los juegos, fumando, observando, escuchando, con la cabeza más o menos en blanco. De vez en cuando, en la confusion de colores, corridas y gritos infantiles, detecto la figura de mi hija, y entonces, al descubrirla tan feliz, tan frágil y entregada, me asaltan los mismos contradictorios sentimientos de siempre: una mezcla de placer y angustia. Lucho contra esto, evito ponerme grave, conozco los mecanismos de mis impulsos, se lo que hay ahí de incontrolable y tramposo. Intento abandonarme a la lentitud de la hora, a la calma que me ofrece esta tarde de sol bajo los arboles. Mi hija se acerca corriendo, informa, pide permiso, despues vuelve a alejarse. La sigo con la mirada y advierto que, asi como yo la busco, tambien ella, sin interrumpir su juego, suele echar una ojeada para este lado. Esas miradas, rápidas, económicas, precisas, sirven para reafirmar cierto acuerdo tácito establecido entre los dos, para comprobar que todo sigue en orden. Va pasando el tiempo. La claridad comienza a menguar, hay un cambio en el aire y me inquieto como ante la presencia de una amenaza. Dentro de poco se prenderan los faroles y hará demasiado frío para quedarse. Recorro una vez más las hamacas, los toboganes, busco a mi hija con cierta impaciencia y la descubro inquieta, severa, incansable, absolutamente aplicada a esa actividad de los juegos, a la charla con alguna amiga ocasional. Recupero la paz e intento rescatar algunas de esas ideas que se me han estado insinuando y escapando durante toda la tarde. Pienso en las veces que a lo largo de dos años, en los atardeceres, en las noches, en las madrugadas, estuve asi, en esa posición, en esa actitud. Las veces que, por una u otra razón, alegre o desgraciado, harto, enfurecido, mis pasos derivaron hacia un banco de plaza. Igual que entonces, en esta jornada nueva, ahora con mi hija jugando ahí a pocos metros, vuelvo a disfrutar con esta entrega, con el silencio, con la evidencia de cierta vieja tenacidad.
Miro nuevamente alrededor, veo los bancos ocupados, y me digo que al margen de las historias, las mias, las ajenas, siempre he encontrado ahí la misma cosa. Los arboles que se tiñen y pierden sus hojas y vuelven a florecer cuando corresponde. Y también las parejas lentas buscándose y abrazándose en la sombra. Entonces creo saber que puedo liberarme, desentenderme de cuanto está ocurriendo más allá de esta isla. liberarme de las amenazas, de los miedos, de las desesperanzas. estos encuentros que se reiteran a mi alrededor parecen desmentir todo. Esas caras y esos cuerpos anónimos, confundidos en la invariable actitud de la ternura, insisten. Se oponen, insisten. igual que mi hija insiste en sus juegos. Ellos, sean quienes sean, vengan de donde vengan, se asocian para el viejo ritual común. siento que esa cita a través del tiempo es realmente más fuerte que todo. Y pensarlo es un hallazgo y un alivio. Tambien yo insisto. Esta afirmación mansa, sin estridencias, reencontrada en cada oportunidad, es una de las pocas que he visto perdurar. No ha habido muchas tan firmes, tan intocables, tan alejadas de las oscilaciones del mundo. Enciendo otro cigarrillo. En el centro de este templo abierto al cielo, entre la multitud de fieles sin cara, percibo, como seguramente lo percibí otras veces, que estoy participando de una ceremonia invencible. Busco una vez más a mi hija. ella me está dando la espalda, pero ante la insistencia de mi mirada gira la cabeza rápidamente, levanta la mano y esboza un saludo. En la fugasidad de ese gesto pretendo descubrir, no sólo la complicidad de siempre, sino también una aprobación a todas esas divagaciones mías.

*de Antonio Dal Masetto

*

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19/08/2009 GMT 1

DEBES AMAR LA HORA QUE NUNCA BRILLA...

urbanopowell @ 16:24

Velociraptor*

Los médicos son especialistas en recomendarte aquello que menos ganas tienes de hacer. El mío no es una excepción y después de prohibirme el café, el tabaco y el azúcar me recomendó caminar por lo menos una hora diaria.

En aras a la salud, subí al coche y me dirigí a unas montañas cercanas pensando que si debía caminar, al menos lo haría en un paraje agradable. Al tercer día de caminar por sendas y caminos del bosque me di cuenta de que me aburría soberanamente, por lo que decidí internarme entre los árboles y explorar nuevos lugares "nunca hollados por el hombre". Mi imaginación me ayudaba a mantenerme entretenido, por eso cuando descubrí aquella cueva me alegré tanto, ya que rompía la monotonía de los senderos. Me acerqué a ella y entré para explorarla.

Era profunda y se hacía algo más grande al cabo de unos cinco metros. De pronto, me pareció notar una presencia que deduje sería de algún animalejo ya que por aquellos andurriales no se acercaban mas que cazadores en temporada de jabalí. De pronto, aparecieron dos ojos a un par de metros de altura y un resoplido me erizó los cabellos. En milésimas de segundo di la vuelta y comencé a correr al mismo tiempo que algo enorme me perseguía.
Salí de la cueva y corrí alocadamente. Trastabille y caí el suelo entre piedras y raíces. Me di la vuelta inmediatamente y vi un animal prehistórico, que se dirigía a mi sobre sus dos enormes patas traseras, mostrando una dentadura imponente y con una especie de pantalla alrededor de su cuello. Era, sin duda un velociraptor, el más peligroso de los depredadores Período Cretácico.
Se acercó a mi, que estaba indemne en el suelo, y me olisqueó mientras yo esperaba la dentellada fatal. Emitía unos rugidos a través de aquella boca babeante, que me sobrecogían por lo que aun no entiendo como tuve fuerzas para agarrar una rama del suelo y arrojársela. La rama le pasó por el lado de la cabeza e intuí que esto le habría irritado aún más. Cerré los ojos dispuesto a morir y esperé.

Cuando abrí de nuevo los ojos vi al animal a medio metro de mi, con la rama en la boca y moviendo la cola. ¡La había ido a buscar y me la traía!. La tomé aterrorizado y volví a arrojarla. El velociraptor fue a buscarla y correteando me la volvió a traer. ¡Estaba jugando!
Repetimos el juego muchas más veces, hasta que se cansó y se fue a su cueva.

Ahora cada tarde voy a jugar con él lanzando el palo cada vez más lejos y esperando que me lo traiga de nuevo, pero he tenido que volver al médico que no comprende porque el caminar me ha producido un esguince en el codo.

*de Joan Mateu. joan@cimat.es

DEBES AMAR LA HORA QUE NUNCA BRILLA...

Un beso*

Un beso cubre mi lecho.

Un beso muy suave, cálido, esperado.

Me sumerjo en él, me cubre levemente.

Siento que mi sangre se aquieta,

mis párpados pesan, el sueño llega

muy lento y el beso sigue allí, en mi lecho.

Tiene un sabor especial, va cubriendo

mi cuerpo, mis manos,

mi respiración se sosiega y el beso, gozoso,

instala su precioso reino en mi corazón.

*de Elsa Hufschmid elsahuf@hotmail.com

LIBERACIÓN*

Abrí la puerta de la jaula
E impulsé mi alma
A buscar el espacio
Partiendo con mis dientes
Las anclas del infierno.
No quería dejarme y lloraba,
No entendía que mi cuerpo
Había perdido sus alas
Y que el abismo se abría
Con dimensiones extrañas.
Los adioses anidaban
En el hueco de mis manos
Mientras mis pasos despacio
Su partida liberaban...

*de EMILSE ZORZUT. zurmy@yahoo.com.ar

Carta en mano propia*

El azar quiso que nunca se conocieran en persona, aunque sus caminos casi secruzaron en Chivilcoy o en París, como recuerda Julio Cortázar en este texto en el que rinde homenaje a Felisberto.

Felisberto, tú sabés (no escribiré "tú sabías"; a los dos nos gustó siempre transgredir los tiempos verbales, justa manera de poner en crisis ese otro tiempo que nos hostiga con calendarios y relojes), tú sabés que los prólogos a las ediciones de obras completas o antológicas visten casi siempre el traje negro y la corbata de las disertaciones magistrales, y eso nos gusta poquísimo a los que preferimos leer cuentos o contar historias o caminar por la ciudad entre dos tragos de vino. Descuento que esta edición de tus obras contará con los aportes críticos necesarios; por mi parte prefiero decirles a quienes entren por estas páginas lo que Antón Webern le decía a un discípulo: "Cuando tenga que dar una conferencia, no diga nada teórico sino más bien que ama la música". Aquí para empezar no habrá ni sospecha de conferencia, pero a vos te divertirá el buen consejo de Webern por la doble razón de la palabra y la música, y sobre todo te gustará que sea un músico el que nos abra la puerta para ir a jugar un rato a nuestra manera rioplatense.

Esto de abrir la puerta no es un mero recuerdo infantil. En estos días en que andaba dándole la vuelta a la máquina de escribir como un perrito necesitado de árbol, encontré cosas tuyas y sobre vos que no conocía en los remotos tiempos en que por primera vez leí tus libros y escribí páginas que tanto te buscaban en el terreno de la admiración y del afecto. Y te imaginarás mi sorpresa (mezclada con algo que se parece al miedo y a la nostalgia frente a lo que nos separa) cuando llegué a un epistolario
recogido por Norah Gilardi, en el que aparecen las cartas que le escribiste a tu amigo Lorenzo Destoc mientras hacías una gira musical por la provincia de Buenos Aires. Como si nada, sin el menor respeto hacia un amigo como yo, fechás una carta en la ciudad de Chivilcoy, el 26 de diciembre de 1939. Así,
tranquilamente, como hubieras podido fecharla en cualquier otro lado, sin demostrar la menor preocupación por el hecho de que en ese año yo vivía en Chivilcoy, sin inquietarte por la sacudida que me darías treinta y ocho años más tarde en un departamento de la calle Saint-Honoré donde estoy
escribiéndote al filo de la medianoche.

No es broma, Felisberto. Yo vivía entonces en Chivilcoy, era un joven profesor en la escuela normal, vegeté allí desde el 39 hasta el 44 y podríamos habernos encontrado y conocido. De haber estado a fines de ese diciembre no hubiera faltado al concierto del Terceto Felisberto Hernández, como no faltaba a ningún concierto en esa aplastada ciudad pampeana por la simple razón de que casi nunca había concierto, casi nunca pasaba nada, casi nunca se podía sentir que la vida era algo más que enseñar instrucción cívica a los adolescentes o escribir interminablemente en un cuarto de la Pensión Varzilio. Pero habían empezado las vacaciones de verano y yo aprovechaba para volver a Buenos Aires donde me esperaban mis amigos, los cafés del centro, amores desdichados y el último número de Sur: Vos tocaste
con tu Terceto en eso que llamás a secas "el club" y que conocí muy bien, el Club Social de Chivilcoy detrás de cuyo amable nombre se escondían las salas donde el cacique político, sus amigos, los estancieros y los nuevos ricos se trenzaban en el poker y el billar. Cuando en tu carta le decís a Destoc que la discusión para que te aceptaran y te pagaran el concierto se libró junto a una mesa de billar, no me enseñás nada nuevo porque en ese club todas las cosas se libraban así. Muy de cuando en cuando, a regañadientes pero obligados a cuidar la fachada de las "actividades culturales", los dirigentes accedían a un concierto o a una velada presuntamente artística, que pagaban mal y sin ganas y que escuchaban apoyándose entredormidos en el hombro de sus nobles esposas.

Si te hablara de algunas cosas que vi y escuché en esos tiempos no te sorprenderían demasiado y en todo caso te divertirían, vos que les contabas tantos cuentos a tus amigos como un preludio para aflojar los dedos antes de refugiarte en tu cuarto de hotel y escribir tus cuentos, justamente ésos que hubiera sido imposible contar sin destruir su razón más profunda. En esos mismos salones donde tocaste con tu terceto yo escuché, entre otras abominaciones, a un señor que primero contempló al público con aire
cadavérico (probablemente tenía hambre) y luego exigió silencio absoluto y concentración estética pues se disponía a interpretar la... sinfonía inconclusa de Schubert. Yo me estaba frotando todavía los oídos cuando arrancó con un vulgar pot-pourri en el que se mezclaban el Ave María, la Serenata, y creo que un tema de Rosamunda; entonces me acordé de que en los cines andaban pasando una película sobre la vida del pobre Franz que se llamaba precisamente La sinfonía inconclusa, y que este desgraciado no hacía más que reproducir la música que había escuchado en ella. Inútil decirte que en el selecto público no hubo nadie a quien se le ocurriera pensar que una sinfonía no ha sido escrita para el piano.

En fin, Felisberto, ¿vos te das cuenta, te das realmente cuenta de que estuvimos tan cerca, que a tan pocos días de diferencia yo hubiera estado ahí y te hubiera escuchado? Por lo menos escuchado, a vos y al "mandolión" y al tercer músico, aunque no supiera nada de vos como escritor porque eso habría de suceder mucho después, en el cuarenta y siete cuando Nadie encendía las lámparas. Y sin embargo creo que nos hubiéramos reconocido en ese club donde todo nos habría proyectado el uno hacia el otro, yo te habría invitado a mi piecita para darte caña y mostrarte libros y quizá, vaya a saber, alguno de esos cuentos que escribía por entonces y que nunca publiqué. En todo caso hubiéramos hablado de música y escuchado los discos que yo pasaba en una victrola más que rasposa pero de donde salían, cosa inaudita en Chivilcoy, cuartetos de Mozart, partitas de Bach y también, claro, Gardel y Jelly Roll Morton y Bing Crosby. Sé que nos hubiéramos hecho amigos, y andá a imaginar lo que habría salido de ese encuentro, cómo habría incidido en nuestro futuro después de conocernos en Chivilcoy; pero claro, justamente entonces yo tenía que irme a Buenos Aires y a vos se te ocurría elegir ese hueco para dar tu concierto.

Fijate que las órbitas no solamente se rozaron ahí sino que siguieron muy cerca durante una punta de meses. Por tus cartas sé ahora que en junio del 40 estabas en Pehuajó, en julio llegaste a Bolívar de donde yo había emigrado el año anterior después de enseñar geografía en el colegio nacional, horresco referens. Andabas dando tumbos musicales por mi zona, Bragado, General Villegas, Las Flores, Tres Arroyos, pero no volviste a Chivilcoy, la batalla junto a la mesa de billar había sido demasiado para
vos. Todo eso asoma ahora en tus cartas como de un extraño portulano perdido, y también que en Bolívar paraste en el hotel La Vizcaína, donde yo había vivido dos años antes de mi pase a Chivilcoy, y no puedo dejar de pensar que a lo mejor te dieron la misma pieza flaca y fría en el piso alto, allí donde yo había leído a Rimbaud y a Keats para no morirme demasiado de tristeza provinciana. Y el nuevo propietario que se llamaba Musella, te acompañó sin duda hasta tu pieza, frotándose las manos con un gesto entre
monacal y servil que bien le conocí, y en el comedor te atendió el mozo Cesteros, un gallego maravilloso siempre dispuesto a escuchar los pedidos más complicados y traer después cualquier cosa con una naturalidad desarmante. Ah, Felisberto, qué cerca anduvimos en esos años, qué poco faltó para que un zaguán de hotel, una esquina con palomas o un billar de club social nos vieran darnos la mano y emprender esa primera conversación de la que hubiera salido, te imaginás, una amistad para la vida.

Porque fijate en esto que mucha gente no comprende o no quiere comprender ahora que se habla tanto de la escritura como única fuente válida de la crítica literaria y de la literatura misma. Es cierto que a mí no me hizo falta encontrarte en Chivilcoy para que años más tarde me deslumbraras en Buenos Aires con El acomodador y Menos Julia y tantos otros cuentos; es cierto que si hubieras sido un millonario guatemalteco o un coronel birmano tus relatos me hubieran parecido igualmente admirables. Pero me pregunto si muchos de los que en aquel entonces (y en éste, todavía) te ignoraron o te perdonaron la vida, no eran gentes incapaces de comprender por qué escribías lo que escribías y sobre todo por qué lo escribías así, con el sordo y persistente pedal de la primera persona, de la rememoración obstinada de
tantas lúgubres andanzas por pueblos y caminos, de tantos hoteles fríos y descascarados, de salas con públicos ausentes, de billares y clubes sociales y deudas permanentes. Ya sé que para admirarte basta leer tus textos, pero si además se los ha vivido paralelamente, si además se ha conocido la vida
de provincia, la miseria del fin de mes, el olor de las pensiones, el nivel de los diálogos, la tristeza de las vueltas a la plaza al atardecer, entonces se te conoce y se te admira de otra manera, se te vive y convive y de golpe es tan natural que hayas estado en mi hotel, que el gallego Cesteros te haya traído las papas fritas, que los socios del club te hayan discutido unas pocas monedas entre dos golpes de billar. Ya casi no me asombra lo que tanto me asombró al leer tus cartas de ese tiempo, ya me parece elemental que anduviéramos tan cerca. No solamente en ese momento y esos lugares; cerca por dentro y por paralelismos de vida, de los cuales el momentáneo acercamiento físico no fue más que una sigilosa avanzada, una manera de que a tantos años de una mesa de billar, a tantos años de tu muerte, yo recibiera fuera del tiempo el signo final de la hermandad en esta helada medianoche de París.

Porque además también viviste aquí, en el barrio latino, y como a mí te maravilló el metro y que las parejas jóvenes se besaran en la calle y que el pan fuera tan rico. Tus cartas me devuelven a mis primeros años de París, tan poco tiempo después que vos; también yo escribí cartas afligidas por la
falta de dinero, también yo esperé la llegada de esos cajoncitos en los que la familia nos mandaba yerba y café y latas de carne y de leche condensada, también yo despaché mis cartas por barco porque el correo aéreo costaba demasiado. Otra vez las órbitas tangenciales, el roce sigiloso sin que nos diéramos cuenta; pero qué querés, a mí me tocaría encontrarte en tus libros y a vos no encontrarme en nada; en este territorio en que habitamos eso no tuvo ni tiene importancia, como no la tiene el que ahora yo no lleve esta carta al correo. De cosas así vos sabías mucho, bien que lo mostrás en Las manos equivocadas y en tantos otros momentos de tus relatos que al fin y al cabo son cartas a un pasado o a un futuro en los que poco a poco van apareciendo los destinatarios que tanto te faltaron en la vida.

Y hablando de faltas, si por un lado me duele que no nos hayamos conocido, más me duele que no encontraras nunca a Macedonio y a José Lezama Lima, porque los dos hubieran respondido a ese signo paralelo que nos une por encima de cualquier cosa, Macedonio capaz de aprehender tu búsqueda de un yo
que nunca aceptaste asimilar a tu pensamiento o a tu cuerpo, que buscaste desesperadamente y que el Diario de un sinvergüenza acorrala y hostiga, y Lezama Lima entrando en la materia de la realidad con esas jabalinas de poesía que descosifican las cosas para hacerlas acceder a un terreno donde lo mental y lo sensual cesan de ser siniestros mediadores. Siempre sentí y siempre dije que en Lezama y en vos (y por qué no en Macedonio, y qué hermoso saberlos a todos latinoamericanos) estaban los eleatas de nuestro tiempo, los presocráticos que nada aceptan de las categorías lógicas porque la realidad no tiene nada de lógica, Felisberto, nadie lo supo mejor que vos a la hora de Menos Julia y de La casa inundada.

Bueno, se me acaba el papel y ya sabemos que el franqueo es caro, por lo menos el que paga el lector con su atención. Acaso hubiera sido preferible callar cosas que siempre supiste mejor que los demás, pero confesá que la historia de la sinfonía inconclusa te hizo reír, y que seguro te gustó saber que habíamos estado tan cerca allá en las pampas criollas. Esta carta te la debía aunque no sea ni de lejos las que te escriben otros más capaces. A mí me pasó lo que vos mismo dijiste tan bien: "Yo he deseado no mover más los recuerdos y he preferido que ellos durmieran, pero ellos han soñado". Ahora llega el otro sueño, el de las dos de la mañana. Déjame que me despida con palabras que no son mías pero que me hubiera gustado tanto escribirte. Te las escribió Paulina también de madrugada, como un resumen de lo que había
encontrado en vos: Las más sutiles relaciones de las cosas, la danza sin ojos de los más antiguos elementos; el fuego y el humo inaprehensible; la alta cúpula de la nube y el mensaje del azar en una simple hierba; todo lo maravilloso y oscuro del mundo estaba en ti.

Te querrá siempre.

*Julio Cortázar

(PRÓLOGO A LA EDICIÓN DE EL CUENCO DE PLATA DE "LAS HORTENSIAS Y OTROS
RELATOS", CON LA AUTORIZACIÓN EXPRESA DE BIBLIOTECA AYACUCHO, QUE LO PUBLICÓ POR PRIMERA VEZ EN ESPAÑOL EN SU EDICIÓN DE "NOVELAS Y CUENTOS", CARACAS, 1985.)

*Fuente: http://www.revistaenie.clarin.com/notas/2009/08/15/_-01978484.htm

Títulos de libros*

En el mundo de la escritura hay orfandades bien jodidas, y la orfandad de título es una de las más perras. El amigo Vicente acaba de terminar un libro de cuentos y ahora anda penando por las calles de la ciudad tratando de encontrar un título. Mi experiencia me dice que existen tres formas de encontrar un título. La primera es clásica, la que en general aplican todos. Se busca inspiración recorriendo el lomo de los libros de la biblioteca, abriendolos al azar, leyendo poesía, recetas de cocina, escuchando tangos, boleros, cualquier cosa.
Existe una segunda variante y es cuando interviene el ángel protector. Me pasó una sola vez, mientras estaba asomado a la ventana de mi departamento. Vislumbraba la posibilidad de llevar a buen término una novela y había empezado a angustiarme anticipadamente por el asunto del título. Ese día lo tenía al ángel protector revoloteando cerca. El vecino de enfrente estaba enojado y de tanto en tanto salía al balcón, sañalaba el mundo con dedo acusador y vociferaba: "Fuego a discreción". Entendí la señal y tuve mi título.
La tercera posibilidad es la mejor. En una oportunidad me tocó pasar por esa feliz experiencia. Es una historia un poco larga, intentaré abreviar. Resulta que voy caminando a casa bajando por la calle Paraguay cierta noche de un viernes de verano, es tarde, y cuando estoy llegando (sólo me falta cruzar Reconquista y caminar treinta metros), veo que El Tronío todavía está iluminado, así que no cruzo Reconquista y me arrimo y adentro hay dos personas, dos amigos que, después me entero, vienen sosteniendo una larguísima sobremesa, golpeo en los vidrios porque ya está cerrado, me abren, me siento y pedimos que destapen otra botella y al rato otra, hasta que el patrón insinúa que es buena hora para irse a dormir, "muchachos", entonces salimos, caminamos hasta la esquina y se suceden una serie de despedidas, uno se va y cuando me dispongo a cruzar Reconquista el amigo que no se fue sugiere que tomemos una última en el Verde, bien, el Verde está ahí nomás, así que vamos al Verde y nos quedamos hasta que cierra, mientras tanto el amigo habla por teléfono y lo oigo decir "ya salgo para allá, ya estoy yendo", y después otra vez estamos en la calle y yo en el borde de la vereda con una pierna en el aire, a punto de pisar el asfalto, pero el amigo me contiene y propone una copa en otro lado, doy media vuelta y partimos rumbo a San Martín y Córdoba, nos instalamos y charlamos largo sobre viajes y mujeres, con algunas interrupciones para que el amigo hable por teléfono, "ya voy, ya estoy llegando", regresamos a Paraguay y Reconquista cuando el sol está asomando, comenzamos a despedirnos y ahora parece que va en serio, pero el amigo piensa que no vendría mal desayunar en el Rubí que está a la vuelta, por lo tanto vamos al Rubí y desayunamos varias veces con Amargo Obrero, el amigo hace un par de llamados más, "ya estoy saliendo, ya estoy llegando", y la mañana del sábado avanza, y en algún momento estamos despidiéndonos de nuevo en la esquina de mi casa, entonces el amigo me dice que tiene que hacer algo, cerca ahí nomás, ¿por qué no lo acompaño?, su coche está estacionado en la otra cuadra, le digo que si me asegura que es cerca no hay problema, me lo asegura, compra un ramo de violetas en el kiosco de Paraguay y San Martín y partimos hacia el sur, paramos pasando Independencia, en San Telmo, no era tan cerca, nos metemos en un edificio, subimos al quinto piso, el amigo toca timbre, se oye una voz de mujer, soy yo dice el amigo, la puerta se entreabre, rápidamente el amigo estira el brazo y ofrece las violetas, la mujer las rechaza, de todos modos conseguimos entrar, empieza una discusión, la mujer está indignada, "pero yo te traje violetas", argumenta el amigo, "te las podés comer tus violetas", replica la mujer y lo dice de un modo realmente despectivo, entonces el amigo se pone las flores en la boca, las separa de los cabos de un mordisco y mastica y traga, me mira y con absoluta dignidad me dice "vamos", unos minutos después estamos en el coche rumbo al barrio, estacionamos en la cortada Tres Sargentos y nos metemos en el Bárbaro, siempre hay alguien a quien saludar y todo el tiempo se dicen muchas cosas muy interesantes, un conocido está cumpliendo años y se destapan botellas de champaña, y se hace de noche, y finalmente hay un grupito que decide cenar en El Tronio, y partimos, y yo me ubico deliberadamente en la retaguardia, me voy rezagando un poco y cuando llego a la esquina de Paraguay y Reconquista me mando y consigo cruzar la calle, corro, subo los tres pisos y mientras trato de acertar con la llave en la cerradura reflexiono en voz alta: "Siempre es difícil volver a casa", e inmediatamente me doy cuenta de que acabo de recibir la visita de un título bien sólido, y que ahora solamente falta encontrar un argumento y escribir el libro.

*de Antonio Dal Masetto.

Del infinito viaje a lo real*

La presidente Cristina Fernández de Kirchner no sabe si reir o llorar ante el fracaso del gobernador Scioli en su intento de detener el tren sin frenos que conduce Mirta Legrand.

-Ya esta a pocos kilometros de chocar con el final de rieles en Mirapampa-. ¡Habrase visto! Usar sin asumir como propio un método ideado por ese bandido del lejano oeste norteamericano especializado en asaltar trenes y bancos. El mismo Butch Cassidy que término sus días baleado en la Patagonia. En Argentina, que debe ser Un país en serio , no pueden pasar estas cosas y menos en su gestión.

Butch Cassidy. Calfucurá. Lucio Vitorio Mansilla. Caciques y capitanes de "Una excursión a los indios Ranqueles". Manuel Puig. Macedonio Fernández. Indios y Escritores resurrectos viajan hacia Mirapampa en tren. A caballo o en guanaco por los campos. Nadie en su sano juicio puede entender lo que pasa en esta ficción, que no es muy diferente a la ficción que algunos llaman "realidad". Pero Mirta Legrand, esta viva y tiene que encabezar sus almuerzos hasta la finalización de su ciclo. El rescate de la diva, es "Una cuestión de Estado".

En la soledad del Zeppelin presidencial, no la soledad del poder que es permanente aunque siempre se viaje acompañado y custodiado, se escucha buena música, y la letra de León Gieco parece un bálsamo:

Sólo el amor*

*León Gieco.

Debes amar
la arcilla que va en tus manos
debes amar su arena
hasta la locura
Y si no
no la emprendas
que será en vano.

Sólo el amor
alumbra lo que perdura
Sólo el amor
convierte en milagro el barro.

Debes amar
el tiempo de los intentos.
Debes amar
la hora que nunca brilla.
Y si no
no pretendas
tocar lo cierto.

Sólo el amor
engendra la maravilla.
Sólo el amor
consigue encender lo muerto.

Cierto e inapelable. Suena a señal del destino escuchar... Debes amar/ el tiempo de los intentos. Debes amar /la hora que nunca brilla. Puede que sea la mejor explicación: El amor inalterable encendió lo muerto, y rescató desde la arcilla misma del olvido a estos personajes. No ha sido una responsabilidad propia de la Presidente ni del Gobernador por impulsar ese proyecto descabellado de fundar una "Hollywood" de las Pampas. Tampoco fue esa ocurrencia de traer un director australiano que ahora esta filmando una película que es una pesadilla plena de inmortales y símbolos dolientes -aun hoy- de la historia Argentina. Por otra parte lo de Hollywood ya lo inventaron los hermanos Saá en San Luis y allí estan... pagando con plata de la gente para hacer bodrios. Pero esto, es otra cosa, se nos fue de las manos..., esos personajes tomaron más que una vida propia. Ahora interactuan con nuestra frágil realidad.
Y ante este problema del tren, ya no le importan lo que digan los diarios ni los periodistas con su vergonzante autocensura. "La presidente que no puede volar" le dedican un título con ironia. No importa, ellos no saben que ella vive en el aire. No ejerce el poder patinando por el palacio de Praga como hacia Václav Havel, pero sigue la marcha de los acontecimientos desde la gondola blindada del zeppelin, como una metafora o cómo carajo quieran decir de un gobierno sin partido ni Estado, que a duras penas sobrevuela con golpes de efecto los problemas crónicos cortando cintas y diciendo que las cosas marchan bien.

Pero ahora no le queda otra más que actuar por sí mismo, no puede mandar ni esperar nada de nadie más. Abajo del zeppelin, la locomotora y sus vagones siguen descontandole minutos al choque con la realidad. Y no es un choque parecido al de años atrás, con "el corralito" para los ahorros que no escaparon al exterior. Este choque, o caída, sera más difícil e intangible, es al abismo del desencanto. El encontronazo con un país que quedó dividido entre ricos muy ricos y pobres que son tan pobres como los pobres de Africa.
Aunque para esto, para administrar los golpes brutales de la realidad o del mercado, se invento la política. Para caer despacito, no de golpe catástrofe en ese monumento volador a la corrupción que es el avión de Jaime.
Y encima todo intento llegará tarde. El ferrocarril con capitales chino fue una quimera invisible a los ojos, quizá olvidable. Pero ese tren que maneja Mirta Legrand va a chocar fuerte, mientras el gobierno hace malabares para presentar sus números. La deuda externa era entonces una cuestión financiera, de bonos y canjes con quitas fantásticas. Nadie imaginaba la necesidad de un estallido que finalizara con el encantamiento de los datos del INDEC.

A pesar del médano artificial de arena, de la jaula de hierro contra descarrilamiento, de los bomberos, y la Gendarmeria, y.... y... el choque será muy fuerte.
La gente sabe que los políticos mienten. Que sus promesas tienen la misma vida que el diario del domingo pasado que hoy yace abierto en alguna despensa para envolver la media docena de huevos.
Y que cada cosa que dicen y difunden "por" la prensa es para negar el peso de los hechos.

Por eso, cuando decidió amarrar con el cable de acero del zeppelin al último vagón de la formación para disminuir lentamente su velocidad y asegurarse que el choque contra las defensas improvisadas de Mirapampa sea razonable, sin riesgo de vida para Mirta Legrand. Supo de antemano, que era la única opción: jugarse a sí misma. A su propio talento o instinto de político. Y hacer lo único que ve posible desde los aires: amortiguar el impacto. A Rusell Mulcahy lo enviaron con su equipo en un micro especial a Mirapampa. Él viaja pensando que podrá filmar un final de cine catastrofe, con vagones saltando por los aires, fuegos y gritos. No señor, esto es Argentina, tierra de Los Simuladores y de Tinelli que envia a un señor común para filmarlo con camara oculta mientras la Luciana Zalazar le muestra su culo MADE IN ARGENTINE, nada que ver con el de Kylie Minogue el mejor del mundo segun los ingleses. Los estudios de televisión trasmiten con imágenes de alta definición sólo la antigua y crónica miseria humana. Por eso esta era la coyuntura adecuada para que este viaje termine sin que nadie se entere del choque, de los indios resurrectos, del fracaso con "FILMS IN THE PAMPA'S", del patético almuerzo de reconciliación con Mirta Legrand, de nada, absolutamente de nada se enterara la gente ni se vera por televisión.

-El tren ya bajó su velocidad a 40 km por hora, sin esforzar los motores del zeppelin. Informa el capitán de la nave.

Esta vez no fallará nada, no ocurrira lo mismo que en el folletín del canje de la deuda y el pago al Fondo Monetario Internacional. El tren entrará a Mirapampa a 10 km por hora, la máquina se incrustara en las defensas de arena levantando alguna polvareda. A la altura de la puerta central del vagón de primera ya esta dispuesta una escalera de roble lustrado para que por allí descienda Legrand y sonría para unas camaras que no transmitiran a ninguna parte, se la verá algo demacrada por el viaje. No importa. todo este asunto quedará en el olvido. Los hechos seran guardados como secreto de Estado durante muchos años por la SIDE, la central de inteligencia que financió con sus fondos reservados la filmación, los viáticos, los gastos de alojamiento de los invitados especiales, etc. Nada de esto ha ocurrido como no son ni fueron corruptos sus funcionarios. Que prefieren? ¿Que vuelva Carloooo?. "El Carlo". ¿Duhalde? ¿Reutemann? ¿Cobos? Olvidense.
Este, es el mejor gobierno posible.

*

Mirapampa. Confín de la provincia de Buenos Aires y después del meridiano 5º visible en un alambrado de púas oxidado, la provincia de La Pampa. Aquí viven 50 personas. La escuela tiene 10 alumnos. Pero ahora, ante lo extraordinario, hay mucha, mucha gente. Esta el equipo de filmación de Mulcahy, y muchas medidas de seguridad ante la inminencia del choque del tren general nº 2136 contra la realidad. Todo esta dispuesto, bomberos, ambulancias...

Cerca del tanque de agua lindero a la estación los indios han dejado sus caballos y guanacos sueltos a pacer y beber agua. Larga ronda de mate, presidida por Calfucurá. Hoy le toca cebar a Nahuelquir. Suena un telefono celular. El cacique atiende. escucha largo rato. luego contesta breve y en voz muy baja. no se escucha nada. podría haber dicho. -Aquí estamos... o algo asi.
El general Lucio esta impaciente, "Los abismos entre el mundo real y el imaginario no son tan profundos", -dice y le pregunta a Calfucurá:
-Cuentenos cacique que pasa con el tren.
-Me dice Carrinamón que estan sentados con Cristo y Ancalao en el vagón de clase Única, estan bien, mejor que nosotros, che.... despues de la sacudida fuerte a la salida de Roosevelt donde se desprendieron los vagones de carga y encomiendas las cosas mejoraron. La Presidente con su zeppelin los estan frenando de a poco. La única que esta triste es "Pampita" su corcel se quedó con el vagón de Roosevelt, por una vez deberá bajarse del caballo...
-¿Que más? Pregunta Manuel Puig con su ansiedad de relato siempre a cuestas.
-Dice que Mirta Legrand les hace escuchar tangos y ahora esta cebando unos amargos para todo el vagón.
-Tiene miedo a la muerte y quiere congraciarse como buena crestiana con los que viajan de pobres por la vía. -dice Macedonio.

-No importa, ya llegan, nuestro viaje por el presente se termina, dice Pincén resignado.

Calfucura prepara las ramitas, las corta de menor a mayor.
-El que saque la más corta dirá las palabras de despedida Lucio, Macedonio, Manuel (por Puig), y Butch ustedes tambien por favor...
La visión del zeppelin acariciado en el humo negro del tren hace que la ceremonia sea breve. No quedan dudas, la ramita más pequeña la ha sacado un escritor. En este azar no hay trampas, Manuel Puig dira unas palabras.

Joan Mc Carthy deambula como testigo mudo entre gentes y almas. Él que es -apenas- un no visible, entre tantas cosas que no se ven, pero que estan allí tan sólidas como mercancias que van y vienen. Objetos del mundo. Breves obstaculos a la angustia.

El profesor reflexiona solito delante de un televisor que se ha quedado sin mirantes ante la cercanía de un acontecimiento del aquí y ahora, ¡Qué proyectivo es el mundo! mientras puede ver a Mariano Grondona que reitera la frase: Qué habremos hecho los hombres de campo para merecer tanto odio, conteniendo el mismo la expresión de odio en su rostro. Cara de poker, de santo en vitrina.

Pero este hecho es fascinante. Llega un tren. un tren que estaba muerto. Renace de pura y obstinada ficción. Oscura. Firme, como la vida.

Ya llega Sophostine. Locomotora entregada a su inercia. Arriba, el zeppelin presidencial. El cable de acero lo hace parecer un enorme objeto, un juguete volador, un globo de fantasía, tan ilusorio como el tren. La gente se corre, se aleja del borde del anden. un temor instintivo los aleja del ruido, del vapor quemante que desprende la vaporera. Solo los bomberos esperan en cercanias de esa jaula de hierro que rodea los últimos 50 metros de vía hasta las improvisadas murallas de arena.

La máquina se incrusta en el médano artificial de arena. Un sonido aterrador corre por el aire junto a una polvareda que ciega la visión del impacto a las gentes que gritan y se tapan las orejas, los ojos... no pueden ver este choque administrado, controlado con lo real. Los vagones saltan y rebotan en la jaula de acero que unos 30 centimetros arriba del techo les cierra el acceso al cielo y los devuelve pesadamente a golpear en los durmientes, fuera de los rieles pero sin volcar. El agua de los bomberos empieza a barrer humo y arena, a devolver un cuadro quieto posible de pintarse, de congelarse en imágenes quietas de fotos o veloces de peliculas. Sophostine ha quedado con su figura devorada por el gigante, apenas puede verse mientras la arena ahora mezclada con agua continua haciendo cascadas sobre el techo de esa cabina donde deberian estar los maquinistas. Bajo la lluvia de sus mangueras, los bomberos desenganchan los dos vagones y logran separarlos unos 15 metros del tender cargado de biodiesel.
Los pasajeros comienzan a descender, los cronistas estan atentos a la presencia de Mirta Legrand y Pampita. Los indios prefieren bajar por el lado contrario al anden, cruzar por las vías auxiliares y reunirse con los resurrectos que festejan agitando sus chuzas y haciendo girar boleadoras por el aire.

El personal del ferrocarril acomoda la escalera de roble y se asoma Mirta Legrand tirando besos y sonrisas... -No tengo un espejo para verme... pero no me importa, debo estar negrita del ollín de la locomotora, fea y desaliñada....pero sepan que Yo soy rubia por dentro . Y por esta vez sólo me importa vivir y haber llegado a salvo con estas personas....
Legrand hace agradecimientos, a la Presidente, al Gobernador, a los maquinistas Domingo Badano y Pito Carlomi... no menciona a los indios que viajaban en el tren. En la confusión la modelo Pampita logra fugarse sin hacer declaraciones, aunque Pancho Dotto y los cronistas del espectáculo ya la persiguen por el medio del campo en la provincia de La Pampa.

Joan se desprende de esta banalidad tan testimonial. ¿Cual será la edición política y acomodada a intereses de estos sucesos? ¿Cómo será titulado? ¿Estarán en 150 líneas dentro del suplemento de espectáculos del gran diario argentino? ¿O sera canibalizado? Reducido como todas las noticias a un relato para ciegos de esa sola imágen de punta del iceberg. De acontecimientos desprovistos de contextos, de estructuras, de pasado, de causas... "La diva de los almuerzos descendió de un tren en la localidad de Mirapampa, la llegada del tren con problemas mecánicos debió ser monitoreada por expertos en seguridad ferroviaria, socorristas de defensa civil, bomberos y personal de seguridad (.....)"
A él, a un antropologo no le interesa ver ni un minuto más las cosas que muchos verán sin ver.
Ñandues con su cabeza bien hundida en un hoyo. En esa oscuridad mental que no dejan de crear los televisores, los monseñores, los políticos...

El único hecho real, ese viaje de cientos de kilometros por el presente argentino de indios y personajes resurrectos, no puede ser ni visto ni pensado. No existió.

Habre su cuaderno al azar y se encuentra con su letra guardando palabras de Ezequiel Martinez Estrada "Nos hablaron de una patria construida por héroes que sonreían desde la inmutabilidad del bronce, pero bastaba levantar un poco la alfombra para ver las contradicciones, para descubrir un paisaje de lodo y de sangre".

Los resurrectos están a unos metros de la estación. Calfucurá señala hacia el sudoeste. Campo libre hasta un horizonte recortado en arboledas aisladas. Un mapa del hoy dirá que poco después del paralelo 36º esta la ciudad de Quemú Quemú. Ya cortan los débiles alambrados de púas para que los caballos golpeen con sus cascos tierra y pasto, no el cemento calle de ciudad.
Montado en un caballo negro, Manuel Puig esta a los gritos. Joan se apresura para registrar esas palabras, esos instantes tan esenciales cómo fugaces que la vida le da a cada cual pocas veces...

Manuel, vestido como un ranquel recita un párrafo del Martin Fierro...

Cuando él más se enfurecia,
Yo más me empiezo a calmar;
Mientras no logra matar
el Indio no se desfoga;
Al fin le corté una soga
Y lo empecé a aventajar....

Y sigue, con voz propia... ganar el presente a sangre y fuego, o a sangre e indiferencia no es ganar. Es cualquier cosa menos un triunfo. Puede ser otros los verbos: postergar, negar, ocultar, perdurar, atormentar... pero todo vuelve, las deudas de memoria siguen aquí, en todos lados como el aire, se llueven en las tormentas, se intuyen en cicatrices de barro reseco. La tierra ni su gente no sanaran en el olvido.
Respiraran y goteara la angustia. Brotara sangre de sus ataudes de papel, al otro lado de las vitrinas, en las librerías. En murallas de silencio o acero. Hagamos correr la voz por esas letras de antigua o renovada barbarie. Que se escuchen los ecos dormidos. El infinito viaje desde la literatura a lo real
estallando, revelando, no repitiendo muerte, no concluirá aquí. Si, la verdad es la libertad absoluta.
Se escucha en el aire. En trinos de aves. Ruiseñores no monseñores. Solo la verdad liberará a la humanidad de su sangre coagulada en bronce...

Calfucurá, da la orden de partir, un ruido de cascos se pierde en el aire. El calor deja ondulaciones al aire. Distorsiona con una visión de fantasmas el horizonte.

*de Urbano Powell. Urbanopowell@yahoo.com.ar
-Del final del Inventren 2004, con una leve actualización de personajes al presente.

"TANGO"*

Calígrafo de los cielos
revoltoso en los cielos y en las tierras
no somos todos como tú
yo por ejemplo no soy un cornudo expeditivo
[como tú
ni entre paréntesis como tú un diligente eventual
[embarazador
Enfurezco sin clase, impresionable, zonzo
ante las vulnerantes apariciones de mi adúltera
Con fea letra yo escribo que aún la amo.

"TANGO"*

Calígrafo dos céus
revoltado nos céus e nas terras
não somos todos como tu
eu por exemplo, não sou um cornudo expeditivo
[como tu
nem entre parênteses como tu um diligente eventual
[embaraçoso
Enfureço sem classe, impressionável, tonto
ante as vulneráveis apariçoes de minha adúltera
Com feia letra eu escrevo que ainda a amo.

*de Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar
-Traducción al portugués: Michele Fonteles

*

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12/08/2009 GMT 1

CUANDO SE ESCURRIÓ COMO ARENA ENTRE LOS DEDOS...

urbanopowell @ 16:33

*

Tenía una gran capacidad de asombro, gozaba recorrer los espejismos, ver los reflejos de los objetos en dispares dimensiones y tamaños.
Planeaba desenvolver con una gomera dúctil, un arco iris con plumas de acuarelas y deshilvanar cada color en colecciones de candelas.
Intentaba predecir qué profesión desempeñaba cada sujeto que cruzaba por su camino, ya sea por su vestimenta, su actitud o su caminar…
Quería describir cuales eran los mejores ingredientes para curar enfermedades.
Sabia, que uno de ellos, era el amor, otro, la confianza, también la paciencia y el sentido del humor. Por eso en sus momentos de paz, mimaba a los que estaban afligidos o extenuados por el peso del desconsuelo….

Pero lo que más le interesaba, desde muy pequeña, era encontrar el espacio en el que se inscriben los pensamientos, la memoria, la imaginación… y la creatividad.

Por lo cual, tomó una decisión: permaneció sentada en posición de loto.
Con los parpados cerrados, dirigió su mirada al entrecejo, Se había colocado un bindi colorado. Después de aquietar sus ambiciones, y de respirar rítmicamente. Comenzó a meditar.
En ese estado de silencio y quietud, encontró el enlace de la armonía.
En una luz resplandeciente y conmovedora, se dejó llevar por la sencillez del corazón, que persuadía al mecánico cerebro.
Ese espacio, que tanto buscaba, estaba en su interior, sin intención comenzó a dejarse transitar por el universo de la Poesía.-

*de Azul. azulaki@hotmail.com

CUANDO SE ESCURRIÓ COMO ARENA ENTRE LOS DEDOS...

Un día especial*

El lujoso yate a duras penas logró acercarse a la orilla. Un atlético rubio de escaso short blanco saltó a tierra y ató la soga de amarre al timbó más cercano. Desde arriba se desplegó una escalerilla por donde bajó una mujer envuelta en toallón muy colorido y con finas sandalias que se
hundieron totalmente en el barro gredoso.
Los chillidos histéricos se oyeron dentro de la isla.
- Cómo se te ocurre, mamá, con esos tacones, ¿no ves el barro?
Cuando se disponía a ayudar a la mujer, que hipaba nerviosa, aparece un islero, alto y flaco, que, sacándose la gorra saludó:
-Buen día... ¿qué le anda pasando?
-Nos quedamos sin combustible... ¿no tendría un bidón con nafta? Por favor, le pago lo que pida.
-No don, aquí uso remos, nomás.
-¿Y donde conseguiríamos?
-No sé. Sólo que espere al acopiador... en una de esas a él le suebra y le da.
-Falta mucho para que pase?
-No, mañana a la tardecita, nomás.
-Mañana!!! Se oyó desde el yate la voz femenina.
-Y sí. Pero endemientras, arrimensen al rancho. Es pobre, sabe, pero mi patrona les ceba unos mates si quieren.
-No, gracias, señor.
-Pero sí mamá. Abrigate y bajá, quizás podamos comer algo. ¿Queda lejos su casa?
-No, ahicito, detrás de los sauces.
Un enjambre de perros flacos y ladradores, recibieron al trío. De un costado salió una mujer, ancha sonrisa de pocos dientes; secándose las manos en la pollera y ahuyentando la jauría, saludo con voz suave.
-Juana, los señores tienen hambre, preparales algo.
Debajo del alero, un hoyo lleno de brasas y leños, sobre él, colgada de un aparejo una olla de hierro ennegrecido donde humeaba el aceite. Pendía de un alambre un manojo de amarillos aún vivos y destripados. La mujer los descolgó, salándolos sobre una tabla, y con certeros golpes de cuchilla los
trozó.
La señora del yate, frunciendo la nariz se sentó alejada del grupo, mientras el hijo conversaba con el islero sobre la posibilidad de una tormenta.
El aceite chirrió al recibir los pedazos húmedos, y un apetitoso olor invadió el lugar.
Mientras pasaba un trapo por la tabla que hacía de mesa, el islero invitó.
-Por favor, arrime señora. Esto se come calentito.
-No, gracias.
- Mamá, acercate y probá. Esto está muy bueno.
Los dorados trozos, ensartados en una varilla de sauce, de punta aguzada, fueron depositados en un plato de latón.
Desparramando los perros, que acudían al aroma, Juana alcanzo una silla con asiento y respaldo de junco, para que la señora integrara el grupo.
Esta tomó entre sus perfumados dedos una rodaja de pescado y tratando de disimular su aversión, hincó sus dientes y saboreó un bocado.
-Está muy rico- dijo, mientras masticaba otro.
-Cuidado con las espinas, señora, si se le dispara alguna a la garganta no se asuste, trague un pedazo de pan entero y ¡listo!, señaló el hombre mientras sacaba de un estante una botella con un mejunje que batió enérgicamente.
-Mire, don, pruebe el chimichurri, eso sí, si aguanta el picante.
Aceite, vinagre, ajo y perejil picados, ají molido, pimienta, sal y algunas hierbas aromáticas integraban el colorido chorro que inundó el pescado caliente.
-¡Ah, que pica esto! Pero está muy bueno.¡Que bien vendría un vaso de vino tinto!
-Cierto, pero no tengo. Hacemos la provista una vez al mes en el pueblo y éste anduvo muy malo... no pude ir.
-¿Frito más, viejo?
-Para mí no, gracias. Nunca pensé que comería tanto- dijo el muchacho.
-Yo tampoco. Agregó la señora-Muchas gracias.
-Bueno, dejá nomás Juana. Poné la pava.
En eso se escuchó una estridente bocina.
-Pero vea, apareció el acopiador.¿Qué se habrá olvidau?
Cuando llegaron a la orilla, una larga y ancha canoa con motor atracaba, y su corpulento dueño, saltando ágilmente a tierra, los recibió con un escueto
-Buen día. Te conseguí el remedio para la Juana, por eso me arrimé.
-Suerte, porque aquí el hombre se ha quedau sin nafta.
-Tá bien, ya le alcanzo un bidón que tengo de repuesto.
-Muy bien don. Páselo y dígame cuánto le debo.
-Nada mijo, sólo necesito el envase.
-No, faltaba más, quiero pagarle.
-Dele aquí a Juan, que precisa para la salud de su mujer. Adiós y suerte.
-Muchas gracias, que le vaya bien.
Mientras la señora subía al yate, saludando a la pareja de isleros, el joven apretaba la áspera mano de Juan, dejando en ellas un billete.
-Para un vino, y muy agradecido por todo lo que hizo por nosotros. Fue un gusto conocerlos.
-Bueno, que les vaya bien. Cuando guste, aquí estamos.
-Gracias. Chau.
Lentamente la lancha despegó de la costa, alejándose río arriba. Brazos en alto y anchas sonrisas fueron las últimas imágenes.
La isla volvía a su paz habitual, acompañada sólo de trinos y silbos de pájaros y del contoneo de los sauces, gozosos del vientito que soplaba del sur, aliviando el calor islero.

*de Elsa Hufschmid elsahuf@hotmail.com

Marcados*

*Por Rodrigo Fresán
Desde Barcelona

UNO Desde el vamos, somos marcados: rosa o celeste, nombre y apellido, igualito a ésta o parecido a aquél, Batman o Robin, Boca o River, él o ella, siglas de la derecha o de la izquierda, y así hasta el final. Nuestra vida –como la del american psycho Patrick Bateman– puede narrarse en una acumulación de marcas y de logotipos.
La elección de las marcas es lo que nos marca.

DOS Escribo todo esto mientras unos pésimos dobles marca Beatle conmemoran los cuarenta años del cruce de Abbey Road frente a miles de curiosos; una caravana de autitos marca Mini sale desde Bilbao hacia Birmingham para festejar el medio siglo del arranque del motor en cuestión; a menos de un año de su fallecimiento se anuncia la resurrección de la cámara Polaroid (igual diseño y tecnología pero con distinto nombre, por motivos de derechos); y alguien compra por Internet, en el site de la tienda on-line Celebrity Skin and Bodily Fluids, la materia orgánica (caca, pis, sudor, piel muerta) de alguna estrella más o menos viva que dejó su marca corporal en alguna parte sin sospechar (o sí) que pronto sería recogida y envasada y valuada por un comando marquero.
Y hace unos días tres amigos me regalaron por mi cumpleaños una lapicera Parker. Ya lo conté antes: la marca de las lapiceras fue mi primera conciencia “de marca”. Yo iba a un colegio/estatal/progre/de moda y dime con qué escribes y te diré cómo eres. Así, la Parker era la tinta azul de los de sangre azul, la Scheaffer la de los hijos de la intelligentzia y la 303 la de la clase trabajadora. En el ambiente de “los deportistas”, el sistema de castas venía dado y pateado por las zapatillas: Adidas, Flecha y Pampero. Eso sí, en el recreo éramos todos iguales. En el recreo, todos marcábamos la Z del Zorro.

TRES Voy a ver la película G. I. Joe. ¿Alguien puede decirme por qué voy a ver G. I. Joe? No jugué con esos soldaditos de pequeño, no me lleva allí adentro ninguna marca nostálgica en el ADN de mi infancia. No tengo, entonces, las coartadas que podría esgrimir ante el visionado de una hipotética Lego: The Movie (y otra marcación clasista acaso anterior al de las plumas estilográficas: Lego y Rasti y Mis Ladrillos). Pero entro igual al cine (Fanta sin burbujas en mano, lo más cool es la gaseosa sin gas, y no me acuerdo quién me comentó que Fanta proviene del alemán fantastich y que fue, en sus orígenes, una bebida de diseño nazi ante la imposibilidad, por entonces, de exportar refrescos de la Coca-Cola) y salgo diferente, como si me hubieran hundido hasta las cejas en el líquido virtual con que se elaboran hoy en día los efectos especiales. Me duele todo, me siento pegajoso, me zambullo en el metro de regreso a casa y leo, en un periódico que alguien dejó por ahí, un artículo sobre los videogames musicales que, parece, es lo que salva y salvará a las viejas bandas. Parece que hoy “meter” un tema en “Guitar Hero” o en “Rock Band” equivale a grandes beneficios sin mover un pelo. Importa más el juego que el disco. Y hasta los ya mencionados Beatles han sido digitalizados para que uno pueda cantar y tocar con ellos en el living de casa sacudiendo el flequillo y esparciendo toda esa caspa que nadie va a comprar.

CUATRO Más allá de las partituras ideológicas, está claro que los políticos pertenecen todos a una misma marca y silban la misma cantinela. Gente que no se detiene nunca a la hora de no hacer nada y disimula lanzando todo el tiempo “productos” al mercado para la desesperación del gran público más consumido que consumidor. La última entrega de la saga “Geyper-PP versus GI-PSOE” –mucho más estrepitosa que G. I. Joe– deja de lado el asunto de los regalitos sobornantes para optar por las escuchas telefónicas. El PP acusa al PSOE de entrometerse en sus móviles y fijos pero no aporta pruebas. El PSOE exige que presente evidencias o se retracte. Y así va pasando este tórrido agosto de la crisis en el que se practica lo que ya se conoce como “hedonismo austero”. Más cerveza con amigos en el bar de la esquina, menos vacaciones (muchos se revuelcan en la hierba de plazas cercanas o se entregan al cannabis que, se supo, daña la memoria, y para lo que hay que recordar, humean... ) y entrar a supermercados en busca de “marcas blancas”: alimentos que no tienen el pedigrí de las multinacionales pero que, sí, son más baratos. Son marcas caseras y locales que, a menudo, llevan el sello del establecimiento que las comercializa. Los imperios alimentarios se defienden argumentando que los controles de calidad son, también, más económicos y menos rigurosos y por ahí se filtra un informe donde se especifica que los trabajadores en las fábricas de marcas blancas cobran hasta un 30 por ciento menos que los que elaboran marcas doradas. Mientras tanto, no termino de enterarme si es cierto eso de que el Vaticano estudia que los hijos de los curas lleven el nombre –la marca– de sus padres que pecaron y cayeron en la tentación y todo eso. Y, de paso, asegurarse así que no se produzcan incómodos juicios patrimoniales a la Santa Sede. Cansado de todo esto, llego a casa y abro la nueva novela marca Pynchon.
Pynchon refresca mejor.

CINCO En una entrevista en La Vanguardia, el publicista Toni Segarra dice: “Al tiempo que desaparecen las audiencias masivas, se fragmentan también las grandes marcas. Creo que vamos a un mercado con miles de pequeñas marquitas cada una con su grupito de fieles... Las únicas nuevas grandes marcas son digitales: googles, wikis, yahoos. Google se ha adelantado al comprender que la publicidad va ser totalmente personalizada. Se elegirá la heladera en Google y no a partir de un anuncio en la tele. Y en Google tendrán información sobre sus anteriores búsquedas personales y así redirigirán las nuevas... No sé qué vivimos. Nadie lo sabe, pero lo bueno es que todo el mundo admite que no lo sabe... Y en cualquier caso, sea lo que sea, es emocionante vivirlo”.

SEIS Del polvo de nuestros padres venimos y al polvo de nuestros huesos volvemos y, si hay suerte, valdremos algo, dejaremos alguna marca que no podrá limpiar ni el mejor detergente.
Todo pasa y todo queda pero lo nuestro es marcar.
Otros, por supuesto, nos pondrán el precio.
Pero esa –pónganle la firma con la lapicera que prefieran– es otra historia, otro negocio, otra marca.

*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-129816-2009-08-12.html

*

Una ráfaga de viento helado cruza el andén desierto, llevándose consigo un caótico remolino de hojas secas. El golpeteo metálico de un cartel se deja oír, perturbador, a lo lejos. Apenas se vislumbran aisladas luces de alumbrado público; al notarlo, Don Tomás se estremece. Mala noche para quedarse solo, de guardia en la boletería.
¿Cuándo tendría el valor para decir que no? Ya es un hombre mayor, ¡qué joder! El reuma lo está matando desde hace rato, apenas si se puede mantener erguido en este gastado banquito de madera, y la vista le falla cada día más. ¿Por qué no designan a un muchacho en este puesto? Sus días de "hacer mérito" han pasado ya; cuando descubrió que, por más que se esforzara, le seguirían pagando este magro sueldito hasta el día en que se jubilase. Y ese día, aunque cercano en el calendario, parecía no llegar más.
Aunque, en noches destempladas y borrascosas como ésta, Don Tomás se amarga intuyendo que ese día …… quizá jamás llegue para él.
-Estupideces -, murmura, mientras vuelve a acomodar sus elementos de trabajo sobre el mostrador de la boletería: los sellos, los cartoncitos, los lápices… ¡Como si hiciera falta! Don Tomás es el empleado más eficiente de la estación, y eso lo saben hasta en el barrio que rodea la estación. Lo sabe Rosario, por supuesto, y eso es lo que más le importa.
Rosario… El rostro se le ilumina con una sonrisa. Ese ángel de mujer, siempre alegre, desbordante de ternura, que regularmente suele traerle alguna confitura amasada en la panadería de su hijo, sólo para que él no pase hambre en sus largas horas de vigilia dentro de la boletería. Desde la muerte de su esposa, Don Tomás ha quedado escorado, como los barcos moribundos, tumbado anímicamente sobre el costado de la responsabilidad. El trabajo es su único sostén, y evita que caiga en la depresión. Claro que eso tampoco justifica que tenga que padecer este frío y esta incomodidad, sólo por no quedarse a solas en una enorme casa vacía. Treinta años de convivencia no son moco de pavo, solía decir durante el velorio, cuando la ausencia le pesaba hondo en el corazón.
Hasta que aparece Rosario, un poco más joven que su difunta esposa, a presentarle sus respetos, acompañados por una tarta de ricota. ¡Con lo que le gustan a él esas cosas ricas! La alegría por el regalo fue tan intensa, que recién cuando limpió las últimas migas de la tarta reparó en que era la primera vez que sonreía con sinceridad desde el sepelio de su mujer. Todo gracias a Rosario.
Ella también es viuda, aunque su viudez no sea reciente. Pero Don Tomás está criado a la antigua: no puede pedirle nada extravagante. Lo mirarían mal; y tampoco está seguro, además, de que Rosario fuese tan amable con él sólo porque oculte aviesas intenciones. ¡Pero cómo se le ocurre! Actitudes como ésas son propias de las jovencitas, cuyas hormonas estallan sin asidero, más no de una señora digna y respetable como ella. Por lo tanto, Don Tomás se contenta -y hasta aguarda ansioso- con verla aparecer por el pasillo de la boletería trayendo un paquetito envuelto en papel madera entre las manos, símbolo de su desinteresada amistad. ¿Acaso piensa en otra cosa? Son -simple y afortunadamente- amigos, y él le está eternamente agradecido por el favor que le hace. Alguna vez intentó retribuírselo de alguna manera, pero ella dijo que por favor, que para qué, que no la ofendiese. El vínculo establecido entre ellos se ha ido consolidando así, ¿para qué estropearlo, entonces?
Sin embargo, hay noches –como ésta, quizá- en que Don Tomás suele sentirse solo, y desea quedarse en casa, al abrigo de la estufa, saboreando una humeante taza de té, en compañía de una tierna mujercita que lo atienda y quiera tan profundamente como él a ella. Y abrazarse en el sofá, mirar la programación televisiva nocturna, quedarse dormidos uno junto al otro, y despertar pasada la medianoche para darse cuenta que ya es momento de irse a la cama. ¡Quedarse dormidos delante del televisor, habrá que ser cabeza fresca!
Un crujido en el pasillo le hace emerger de sus ensoñaciones. Presta atención. Un sonido apagado se vuelve reconocible: pasos. Consulta el reloj, aunque de memoria sabe que ninguna formación se desplazaría sobre los rieles hasta bien entrada la madrugada. Apenas han transcurrido unos minutos desde la medianoche. ¿Quién será? Una filosa ráfaga de viento ulula entre los aleros de la estación desierta.
Una oscura silueta se recorta contra los barrotes de la ventanilla de la boletería, y con la escasa luz imperante en el ambiente, sumado a su creciente falla visual, Don Tomás supone que se trata de un fantasma. Ahoga un grito, hasta que el recién llegado se acerca aún más a los barrotes, lo mira a los ojos y dice:
-¡Vamos, hombre! ¡No se asuste! ¿Acaso no me reconoce?
Al contemplarlo una vez más, e identificar aquella voz tan conocida, Don Tomás se relaja y suspira:
-¡Jefe! ¡Qué susto me dio! ¡Por poco me mata!
-Vamos, Don Tomás. No me diga que lo agarré cometiendo algún delito. Esas reacciones de temor son propias de quienes son apresados con las manos en la masa…
-No señor, para nada -, se apura a contestar él, asociando la masa del delito con el recuerdo pastelero de Rosario, pero sin agregar nada más. –Sólo que usted se apareció así, de improviso… Y qué quiere que le diga, las noches como éstas me ponen nervioso. Ese chiflido del viento, …las hojas que corren de acá para allá…… ¡Brrr, me aterra!
-¡No le puedo creer! ¡Un hombre grande! ¡Ni que le hubieran estado contando historias de aparecidos hasta reciencito nomás…!
-Tampoco es para tanto, pero… Capaz que ya estoy viejo para andar haciendo estas guardias. Muy……susceptible…, como dicen los que saben.
-No me afloooooje, Don Tomáááás -, canturrea el Jefe de Estación, con tono admonitorio. – Usted bien sabe que la función que cumple figura en el reglamento.
-Pero, Jefe… ¿Soy el único que puede quedarse? ¿No tiene a alguien más que necesite unos pesos extra?
-Por el momento, no. La guardia hay que hacerla, le guste o no le guste -. Se mete las manos en los bolsillos, mira hacia un lado y el otro en una especie de tic nervioso, arrebujado dentro de su abrigo, y luego agrega: -¿Se enteró de lo que andan diciendo en la Terminal?
-Últimamente se dicen tantas cosas…
-Parece que el rumor viene de arriba: dicen que van a cerrar el ramal.
-¿Cuál? -, se asusta Don Tomás. -¡¿Éste?!
-¿Y cuál le parece que puede ser? ¿El tramo que une La Plata-Constitución? No, ése rinde muchos beneficios todavía ; es el nuestro, que sin tener reparaciones desde hace unos cuantos años, bien que les da pérdidas…
-Eso no puede ser -, se lamenta él. -Con la cantidad de gente que viaja todos los días al trabajo…
-Son cada vez menos, hombre. Y usted lo sabe mejor que yo. Entre la desocupación y los nuevos servicios de ómnibus diferenciales que cubren el mismo trayecto en menos tiempo, esto se viene a pique a ritmo parejo.
-Con todo respeto, Jefe, pero… ¿No le parece que exagera? ¡Cómo van a cerrar los ramales del ferrocarril! ¡Eso es una locura!
-Entonces dígale loco a nuestro flamante Presidente de la Nación, porque parece que la orden viene de allá arriba. De bien arriba.
Don Tomás enmudece. La jubilación es algo deseable, claro; pero nunca a este precio. ¿Qué pasará desde ahora con él? ¿Y con el ferrocarril en su conjunto? Si empiezan con este ramal, ¿con cuál se detendrán? ¿Dejarán al país incomunicado? ¿Quién ha sido el genio que despertara iluminado con semejante decisión? ¿Condenarán al servicio de transporte más seguro y económico del país a un olvido tan injusto como tenaz? Una sombra de muerte se posa sobre su corazón, y de pronto la ausencia de su finada esposa se le torna en extremo pesada para cargarla sobre sus hombros.
Siente que él, como tantas otras personas, pertenecen a este lugar. Cerrarlo será como ir matándolos poco a poco, dejando que todos ellos se vayan consumiendo muy lentamente en ese siniestro marasmo que significa el retiro voluntario. La idea de marchitarse encerrado en su casa le genera aún más escalofríos.
-¿Y para cuándo ……se supone ……que van a…? -, tartamudea, incapaz de formular la pregunta fatal.
-Pronto, aunque todavía no hay una fecha definida -. Hace una pausa, se mira los pies, y agrega, evitando el cruce de miradas con el boletero: -Habrá que ir buscándose otra cosa, para los que quieran seguir comiendo. O como en su caso, disponerse a descansar como jubilado.
-¡Eso jamás! -, exclama él, de pronto. El Jefe lo contempla, sin entender. Don Tomás agrega, con menor vehemencia: -Quiero decir, que me niego a ser un jubilado inservible. Mire lo que le digo: prefiero quedarme a vivir en esta estación, si es necesario. Aunque me tilden de loco.
-¡No diga pavadas, hombre! A todos nos llega el momento de declinar las fuerzas y abandonar lo que hasta ahora veníamos haciendo. Usted también dejará de existir como boletero, ya sea que cierren el ramal o no. Lo que haga con su vida fuera de esta estación, es asunto suyo Disfrútelo lo mejor posible, se lo aconsejo. Comida seguro que no le habrá de faltar: la panadería viene trabajando a pleno…
Don Tomás se niega a levantar el guante de la ironía. Pero muy dentro suyo, se siente desahuciado. El Jefe se estremece de frío otra vez, zapatea sobre el percudido suelo del pasillo, y saluda con un gesto de cabeza:
-Bueno, hasta mañana, entonces. Y no se duerma. Al menos, ya tiene algo en qué pensar hasta que llegue la primera formación.
Don Tomás lejos está de agradecerle semejante preocupación, mientras escucha alejarse los rítmicos pasos hacia la calle. Deprimido como está, se le ocurre imaginar cómo sería su vida si se cumpliera ese espontáneo y caprichoso deseo de quedarse a vivir allí, dentro de la boletería. Cómo sería que nada le hiciera falta, más que continuar con su rutina, y recibir cotidianamente la visita de Rosario con su milagrero y sabroso paquetito. Alejado del dolor de vivir en una casa vacía, sin hijos que lo vengan a visitar a uno los fines de semana, contemplando todas las mañanas la gloria ferroviaria de un país que parece estar extinguiéndose, y que, al igual que aquella estación, se iría desmoronando inevitablemente con el paso del tiempo……y la negligencia de sus gobernantes..
Pero quizás, ……él no. Quizás, de cierta extraña manera, sus deseos puedan llegar a cumplirse alguna vez…
Una ráfaga de viento helado penetra insolente a través de la ventanilla enrejada, arrastrando consigo vanos fragmentos de hojas muertas. Pero Don Tomás ya no se encuentra allí para estremecerse, ni para asustarse, ni para sentir nada. Don Tomás hace rato que ha partido.
La boletería, luego de aquella espectral visita, yace nuevamente vacía, como lo está desde que cerraron el ramal, hace ya más de diez años…

*De Aldima. licaldima@yahoo.com.ar
-Del Inventren 2003-

"Si no fuera yo"*

Si no fuera yo
el complaciente que soy
no coincidiría
frecuentemente
conmigo.

*

Se eu não fosse
o complacente que sou
não coincidiria
frequentemente
comigo.

*de Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar
-Traducción al portugués: Teresinka Pereira.

Que te parta un rayo*

*Alejandra Folgarait
12.08.2009

La felicidad, como la venganza, es un plato que se come frío. Difícil que alguien sea consciente de ser feliz aquí y ahora. Más bien, uno recuerda que fue feliz en tal o cual momento de su vida. La infancia, en general. El día en que nos recibimos, o nos casamos, o tuvimos un hijo, o nadamos en el Mediterráneo, en particular.

Uno extraña la felicidad cuando se escurrió como arena entre los dedos. Y espera, con una cierta inocencia, volver a sentir ese bálsamo emocional donde todo se conjura para hacernos sonreír al caminar por la calle. El amor, los amigos, la salud, el dinero, el trabajo y hasta el sol están de nuestra parte cuando somos felices. Dura poco, eso sí.

En esto pensaba cuando recibí la factura de la luz: 570 pesos ahora versus 49 pesos el bimestre pasado. Una barbaridad. El monto exorbitante me puso a pensar en cuánto debería ganar una persona para vivir en la Argentina con una calidad de vida aceptable, incluso mediocre, clase media urbana, sí. Pero, sobre todo, la factura me puso a pensar en lo efímero de la felicidad.

Recordé la película de Eric Rohmer sobre el rayo verde, ese fenómeno óptico en el que al ponerse el sol sobre una superficie plana, como el mar, se produce un destello amarillo verdoso. Se trata de un evento mágico, capaz de enamorar a dos personas que lo ven al mismo tiempo. Hubo un tiempo en que yo creí en el rayo verde, en la felicidad de la luz a la caída del sol.

Hasta que el sobre de Edesur se deslizó bajo mi puerta, los gastos básicos nunca me habían cambiado el estado de ánimo. Obviamente, porque podía pagarlos sin más molestia que ir a un banco. La felicidad, para mí, pasaba por otro lado, se escribía con mayúsculas, quedaba guardada en la memoria como un tesoro. Una foto podía encarnar la felicidad. Una factura, de ningún modo. Una cuenta a pagar no le iba a quitar ni agregar alegría a mi vida jamás, pensaba.

Después de todo, y a pesar de lo que se cree, el dinero no tiene mucho que ver con la felicidad. Según demuestran varios estudios científicos, hay países felices que no se caracterizan por la bonanza económica, como Colombia o México. Y otros, como Dinamarca, que son sistemáticamente felices hace treinta años. Los argentinos nos ubicamos entre los 6 y 7 puntos a la hora de señalar nuestra satisfacción con la vida, en una escala de 1 a 10. Nada mal, a decir verdad. Y toda una paradoja, teniendo en cuenta que nos pasamos la vida quejándonos.

Y aquí volvemos a la factura de la luz. No se trata tanto de la cantidad de plata –que es un escándalo, ciertamente– sino de la horrible sensación de que te meten la mano en el bolsillo y te roban el rayo verde. Súbitamente, te sentís una infeliz. Sin aviso, te obligan a practicar adjetivos como impagable, empobrecida, injusto. Y, cuando vas a protestar a la oficina comercial correspondiente, ponen cara de fatalidad, como si fuera un accidente de tránsito y no una decisión premeditada y con fecha de vencimiento.

Esa sensación de que te parta un rayo, tan clara durante la época del corralito, volvió a hacerse carne en la sociedad argentina de la mano de las tarifas de los servicios públicos. Que tienen poco de servicio y casi nada de público. Se han tornado, en cambio, lujos asiáticos, beneficios para pocos, capitalismo salvaje.

¿Cómo fue que la estufita a gas o el caloventor se transformaron en artículos suntuarios en la Argentina? ¿Es posible que se les pida a los habitantes de un país del sur, o de un departamento de tres ambientes para el caso, que paguen lo mismo por alumbrarse o calefaccionarse que uno que vive en una nación desarrollada o en un palacete? ¿Tendremos que hacer un máster ultra rápido en reclamos de consumidores, como hicimos hace unos años para abrir cajas de ahorros en los bancos para retirar nuestro sueldo? ¿Prenderemos velas al Defensor del Pueblo en vez de a san Cayetano de ahora en más?

Los argentinos somos muy creativos, sí, y seguro que le vamos a encontrar alguna vuelta al asunto. Nuestros parlamentarios se comprometieron a emitir alguna declaración al respecto. Los noticieros nos mantienen informados sobre la polémica. Los abogados aconsejan pagar primero y litigar después. Un ministro ordenó frenar los envíos de facturas desbocadas hasta tanto se auditen los consumos. Algunos consumidores enfurecidos piquetearán las calles.

Mientras se resuelve el entuerto en la ciudad de las luces o se olvida para siempre el tarifazo en las volutas de humo de un partido de fútbol, habremos perdido un cachito de la felicidad que no sabíamos que teníamos. La mínima felicidad de poder pagar la luz, el gas y el agua para vivir. Casi nada.

*Fuente: http://criticadigital.com/impresa/index.php?secc=nota&nid=29002

*

Inventren... Próxima estación: SATURNO.
Colaboraciones a inventivasocial@yahoo.com.ar

http://inventren.blogspot.com/

*

Queridas amigas, apreciados amigos:

En el próximo programa de Poesía y Música Latinoamericana, en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!) presentaremos:

El domingo 16 de agosto de 2009 música del compositor mexicano Armando Luna Ponce, poesías de Elena Fassio (Argentina) y música de fondo de Jorge "Lobito" Martínez (Paraguay).

¡Les deseamos una feliz audición!

ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!! (Recomendamos usar http://24timezones.com/ para conocer las diferencias horarias).

REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!

Freundliche Grüße / Cordial saludo!

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.

www.euroyage.org

Schießstatt-Str. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel: ++43 662 825067

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06/08/2009 GMT 1

ESE INVISIBLE A NUESTROS OJOS...

urbanopowell @ 02:43

*

tu mano acaricia

creando en contra del olvido

Escrita como un libro o una carta

soy piel de lecturas.

*De Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar

ESE INVISIBLE A NUESTROS OJOS...

Las lágrimas*

Bajo un cielo plomizo y cercano, que hace frío el día acercándolo a mi tristeza, camino hacia el promontorio encabezando la comitiva. Tanta gente me acompaña a despedirte y sin embargo únicamente me importa que nunca más te volveré a ver. Sé que estoy llorando por dentro, desgarrado y confuso, pero soy incapaz de hacerlo por fuera porque no recuerdo como hacerlo.

La vida me ha endurecido tanto que no me creía capaz de sentir tanta tristeza, pero tu muerte, amor mío, me ha llevado a reencontrarme con los sentimientos. Todos lloran a mi alrededor, hasta Dios solloza en tu entierro. Sé que estas gotas de lluvia no son más que sus lágrimas, las que vierte él por mi, que me he olvidado de llorar.

*de Joan Mateu. joan@cimat.es

Al poeta*

Está en mi recuerdo su figura
de andar desprolijo.
Conversando en voz alta con su ángel,
ese invisible a nuestros ojos
pero perceptible en sus poemas.
La eterna sonrisa semiescondida
bajo sus bigotes.
Su inquieta presencia en todos los ángulos
de las reuniones.
Irónico y sagaz, gustaba de la compañía
de los jóvenes devolviéndoles, en poesía,
las inquietudes que le transmitían.
Conocedor agudo del diario vivir
y sus connotaciones,
llevaba al papel su critica, sus desvelos,
y su forma de llorar en las rimas.
Los grandes poetas bajaban la cabeza
ante su verba, y nosotros, sus lectores,
volvemos una y mil veces a releer sus aromitos,
sus lapachos, sus calles ciudadanas con sus habitantes.
Su hermano río, el paisaje amigo.
Y el Horacio está aquí con su abrazo,
O allá, esperándonos.

-A HORACIO ROSSI-

*De Elsa Hufschmid. elsahuf@hotmail.com

Mi papá me llevaba adentro de la noche*

*Por Adrián Abonizio. abonizio@hotmail.com

Handirtz o algo así sonaba su apellido, pero para todos era "Trinco", dado su afán por voltearse hasta las moscas. Había sobrevivido a topetazos de duelos y allí estaba en plena callecita de Zeballos al fondo, donde el azul metileno de la noche devora todo y ya no quedan caras ni sombras ni voces ni nada. Sólo queda el boliche de Taco y su empedernida manera de girar luz de fanal al mundo de la luna oscura. Allí, al lado nomás tejido de por medio y tras una galería de chapones remendados con tejas y algunos maderones anda Trinco cuidando la caballada, libre del carruaje malevo que se le impone todo el día. Cuida los carros, da de comer a los caballos y se aposenta alguna yegua, dicen, para luego, perfumado como un sufí, tomarse unas ginebras en lo de Taco. Hoy el viento trae aromas de alfalfas recias que Trinco ha dejado fuera para que se oreen y junte, según él, más energía bajo la luna fría e insomne de este invierno de bajo cero y escarcha que parecen cuchillas blancas. Mi papá está debajo del alero charlando con él: comparten un pasado de pescas, diseño de anzuelos, y el mismo hambre de vivir desaforados que ambos arremolinan. Trinco vive solo, mi viejo se debe a la familia y disimula, con el freno en la boca lanzando breve espuma en su entusiasmo cuando no lo ve mi mamá y anda como todos, buscando algo en la semioscuridad, echando frases, bebiendo moderado, llevándome con un toquecito en mi cabeza afelpado con el gorro a ver el escenario de olores y golpeteo de los cuchillos sobre los maderones, remedo de un tiro al blanco que evita, dicen, asesinatos y favorece la puntería. Hay algunas hembras, no muchas, dos, pueden ser tres, que nunca terminan de irse y por una cosa u otra se van deteniendo con su compra entre los brazos, un vino para su hombre envuelto en papel de diario, un muestreo, un orejear del borde de una carta destinada hacia algún hombre de allí pero que nadie debe notar en este partido de truco ya que la señora es señora y a varias casas de por allí se encuentra su marido esperándola. Se oyen dos radios a la vez. Entra Trinco seguido de mi viejo que me depositó de un levitar sobre el mostrador con hule, patitas al aire. No sé que hacemos allí. Afuera está la chata de la marmolería donde trabaja mi padre y nos hemos desviado camino a nuestra aldea por esas calles de tierra. Mi padre, por lo visto, debía hablar con Trinco y ya lo ha hecho, pero como todos, siente el pegote del imán y da vueltas en torno a las baldosas levantadas, irregulares y yo no me explico como la gente puede caminar sobre esta base despareja. Como no se va definitivamente de esta ostra violácea, de este antro azul que hiede a pasto y cierra las persianas porque afuera la luna enorme ha crecido y nos terminará devorando. Extraño mi cama, tengo hambre; mi padre pasa, me toca la mandíbula y percibo su aroma a vinos recientes. Trinco separa a una hembra y la lleva al costado, hace señales leves que definitivamente apuntan a mi viejo. Ella asiente, ríe como en los almanaques y reconozco una boca plena y un mareo de entenderlo todo y a la vez, sentir alivio, pensar en mi madre que es mucho más hermosa, pero no abatirme de presentimiento, aunque ya sé que es una certeza de lo que hace mi padre en ese territorio. De pronto algo me eleva. Por detrás, el dueño, Taco, me eleva tras el mostrador y me sirve a escondidas un trago de naranja con algo amargo que rezuma alcohol. Asoman las manos velludas de mi padre se ha quitado el saco para tomarme al vuelo y devolverme en el hule y oler lo que estoy tomando. Aprueba. Vamos, le suplico. Vamos, papi. Y debe ser la quinta vez. Ella, la hembra de vestido con florcitas tristes y culo de almidón desaparece y Trinco detrás. Le hace una venia militar a mi padre, quien sonríe y le puedo distinguir el brillo acerado de su molar enchapado. Paga, me extiende un trozo de caramelos cortados en tira envueltos en un papel y dando un giro saluda a la audiencia y se va con su cachorro bajo el brazo. Lleva otras cosa y es la excusa para haber venido hasta acá. Un medio jamón y una redonda. Una de goma nuevecita con perfume ácido que me cierra la nariz. Es su llave para volver tarde. Es su alegría perpleja que lo hace sonreír cuando ya encendió la chata y con su mano derecha me pasa los dedos por mis hombros. Es un juego la vida, es bellísima la noche cuando uno quiere. Y habla para sí, para sus amigos, para su mundo de olor de caballos, caña brava, tabaco y el perfume de señora que no ha notado lleva impregnado entre los dedos que juegan con mi oreja y hacen ritmo sobre la panza flamante de la pelota que llevo agarrada bien en el pecho.
En el fondo estoy contento: mi papá me ha dejado entrar en la noche.

*Fuente: Rosario-12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-19639-2009-08-05.html

Estación Buchanan*

-Del Inventren 2003-

De pequeña estatura, peinado "á la garçón" y andar sinuoso, Cecilia, docente universitaria, suele trepar todas las mañanas al tren de las 10:25 que la deposita en los concurridos andenes de la Terminal de La Plata, rodeada por una casi zoológica variedad humana que también se dirige, impasible, hacia su trabajo. Salir de la estación y llegar hasta la Universidad no es más que dar un paso; pero hasta los gestos más anodinos se transforman para ella en una insoportable avalancha de tedio.
Los anteojos negros y los auriculares del walkman clavados en las orejas son una constante en su vida. Vive escuchando música: The Cure, Peter Gabriel, Prince & The Revolution… Los libros son otra constante, que gusta de mostrar llevando bajo el brazo como si de una vitrina se tratase, siempre indagando en la obra de autores norteamericanos contemporáneos: Raymond Carver, Paul Auster, Charles Bukowski… Lecturas y sonidos: elementos indispensables para aislarla del mundo. Un mundo que insiste en rodearla con sus sutiles tragedias cotidianas, muchas veces maquilladas como azarosas e inofensivas trivialidades. Un mundo que desde hace muchos años ha quedado para ella polarizado en blanco y negro, sin matices que lo singularicen. Todo lo que lo rodea debe ser catalogado rápidamente, a fin de mantenerlo a raya, bajo control.
Porque de lo contrario, se vería arrasada por la fantasía…
Tantas veces la han juzgado sus conocidos -¿qué significará tener un amigo?- por ser contradictoria, que ya ni repara en los comentarios de los demás. Ella vive su vida sin pedirle explicaciones a nadie, y menos aún tolera que se las exijan. Ya bastante ha tenido durante su infancia, con ese padre gendarme que martirizara a su madre y a sus hermanos con sus caprichos, durante esas infinitas horas que se extendían para ellos antes y después de cenar, padeciendo los crueles efectos que el whisky operaba sobre aquel hombre sufrido y despótico a la vez; borracheras que generaban discusiones cada vez más encarnizadas entre sus padres, y las consiguientes golpizas que recibía cualquiera que se cruzara en el curso de sus etílicos razonamientos.
Ella era muy jovencita, pero hay cosas que jamás se olvidan, marcándose a fuego para siempre. Desde entonces, necesita establecer sus propios códigos, tener muy en claro por qué hace ciertas cosas, saber cuáles son sus límites, y por sobre todo, no depender de nadie. Para nada.
Pero también existe ese costado oscuro, inasible, perturbador. Varias veces se preguntó si no estaría volviéndose loca, a partir de los delirios que se le ocurren, las imágenes que surgen sin previo aviso delante de sus ojos, escenas que casi siempre llevan implícito un contenido sexual……que la sepulta de vergüenza. Situaciones inconfesas, que sólo se proyectan dentro de su cabeza, sin llegar a articularse en relato alguno, pero que más de una vez la hicieron dudar. "¿Será cierto esto que me está pasando?"
Como aquella vez que se encontró mano a mano con el Sheriff.
Había subido en la estación, como de costumbre, eligiendo un asiento decente donde aposentarse y leer tranquila "Short Cuts", de Carver, hasta llegar a La Plata, con el clásico sonido de fondo de los Rolling Stones. Pero los asientos de este lado del vagón estaban ocupados o semidestruidos, por lo que continuó pasillo arriba, hasta alcanzar el próximo tramo de asientos. Sólo que en el descanso intermedio alguien se le cruzó de improviso.
Lo primero que vio fue la camisa de jean polvorienta, la plateada estrella sobre el pecho, el enorme escudo con la bandera del General Lee en el cinturón. Sólo un instante después reparó en aquel brillante par de revólveres Smith & Wesson, un cinturón cruzado sobre otro –repletos de balas-, los pantalones mucho más sucios que la camisa, y un oscuro par de botas tejanas gastado en extremo. Al alzar la vista, por debajo de un negro sombrero Stetson, se topó con una cara cincelada en piedra, adornada por un tupido bigote gris, y poseedora de una mirada dura e inescrutable. Retrocedió un paso ante la sorpresa, suponiendo que semejante personaje se había equivocado de tren y de fecha: el Carnaval ya había terminado hacía unos cuantos meses.
Pero el hombre del Far West la atravesó con la mirada, sosteniendo en alto sus manos abiertas, por encima de las culatas de los revólveres, como si se encontrara a mitad de una desierta calle de su pueblito natal en Arizona, abrasado por el sol del mediodía, y fuese a batirse a duelo en cualquier momento contra un forajido desconocido.
-Al fin nos encontramos, muchachita -, murmuró entre dientes. -Ya era tiempo de que arreglásemos cuentas, tu y yo.
Apenas lo escuchó por encima de los acordes de "You can´t always get what you want". Cecilia supuso que aquel fantoche se equivocaba de persona, o bien había aspirado alguna línea blanca de más. Hizo una mueca de disgusto, meneó la cabeza, e intentó hacerse a un lado, a fin de evitarlo y continuar avanzando a través del pasillo. Pero el Sheriff extendió una de sus curtidas manazas, la apoyó contra uno de sus tibios pechos, y la empujó nuevamente hacia atrás.
-¡EEEH!!! ¿Qué hace??? -, estalló ella, plantándose firme, dispuesta a defenderse y arañarlo, si fuese necesario. -¿Qué le pasa? ¿Se volvió loco?
-Nadie rehúsa prestar atención a los sabios consejos del Sheriff Roy Buchanan -, masticó él sus palabras, con el acento propio de aquellas viejas películas del Far West que ella viera por televisión durante su niñez. –Pero si ello ocurre, no vamos a poder evitar tener un enfrentamiento aquí mismo.
-¡Déjeme pasar, insolente, o llamo al Guarda!!! -, chilló ella, a viva voz.
El Sheriff emitió una risa seca y carente de humor.
-¿Ese gordito infeliz de gorra verde, lentes esféricos y silbato chillón? Acabo de liquidarlo con un solo tiro antes de llegar a la estación. Su cuerpo fofo cayó a las vías con un sonido pasmoso, como una bolsa repleta de grasa vacuna.
Cecilia, advirtiendo que por allí no podría seguir, y aún humillada por la mano que aquel desgraciado había depositado con gusto sobre ella, volvió furiosa sobre sus pasos, con los dientes apretados, los puños cerrados a los costados del cuerpo, deseosa de tener cualquier arma a mano para liquidarlo, del mismo modo en que él decía haber asesinado al Guarda del tren. Pero no llegó muy lejos. La misma manaza que la humillara segundos antes descargó todo su peso sobre uno de sus hombros reteniéndola en seco.
-¿Adónde crees que vas? -, proclamó a sus espaldas, autoritario. –Nadie me desaira de esta manera. Y menos aún una jovencita engreída como tú, a quien le vendrían muy bien unas palmadas en las nalgas. Eso te gustaría, ¿verdad? Te excitaría muchísmo…
Y volvió a emitir esa risa seca, deshumanizada, cruel, al tiempo que la presión que ejercía sobre el hombro la hacía girar sobre los talones, con una fuerza tal que le era imposible impedirlo. Cecilia se desesperó, quitándose los auriculares del walkman de un solo tirón. Los Rolling Stones continuaban musicalizando su vida, ahora también para el resto del pasaje, que la miraba con curiosidad, y hasta con cierto temor.
-¡Basta, animal! ¿Quién se piensa que es para andar toqueteándome? ¡Hijo de puta! ¡Déjeme en paz!
Varias cabezas se dieron vuelta a su alrededor. Ahogados murmullos eran secreteados con miradas de reojo en su dirección. A lo lejos, un muchacho con gorrito de lana y buzo de Los Redonditos de Ricota chicaneó:
-Calláte, loca…
-Eso: ya no hagas más escándalo -, le aconsejó el Sheriff. –Y vayamos a sentarnos en aquel asiento, para que puedas quitarte las ganas, y toquetearme a mí también…
Por libidinoso que resultara el comentario, la pétrea mirada del fantoche apenas se inmutó. Cecilia pensó seriamente si aquello que tenía plantado delante sería en realidad humano, o una feroz aparición infernal. Su desbordante furia dio lugar muy rápidamente al miedo, incisivo y letal. Se estremeció de pies a cabeza, y en un rapto de lucidez, agachó el torso para evitar un nuevo ataque de aquella manaza, giró sobre sí misma, y corrió hacia el fondo del vagón, contemplada en su insensata huída por la totalidad de un pasaje absorto por completo.
-¡Ven aquí! -, ordenó el Sheriff, desenfundando veloz uno de los Smith & Wesson, y corriendo detrás suyo.
Cecilia pasó como una exhalación al lado del muchacho con el buzo de los Redonditos, sin tocarlo. Éste alcanzó a decirle al pasar:
-No corrás tanto, nena, que los del loquero ya te van a alcanzar…
Fue lo último que dijo. Al volverse hacia el pasillo, se topó de frente con el Sheriff, quien le disparó un certero balazo en la frente. El cuerpo del muchacho cayó de espaldas sobre el descanso del vagón. El Sheriff saltó por encima de él, y continuó en persecución de Cecilia, quien no dejaba de voltear la mirada por encima de su hombro, a fin de no perderlo de vista. A pesar de su creciente terror, hubo un detalle que no le pasó desapercibido: el estruendo del disparo había sonado apagado, como si hubiera explotado una bomba de estruendo muy lejos de allí. El resto del pasaje la observaba correr sin comprender nada, murmurando frases sin sentido a su paso.
Muy pronto llegó al final del vagón. Más allá de la última puerta, se extendían las paralelas viales, alejándose del tren hacia el horizonte. Ya no había escapatoria. Tendría que saltar, arriesgándose a partirse el cráneo en varias partes, o acceder sin chistar a los soeces requerimientos del fantoche…
…como cuando era una niña y permanecía acostada a oscuras, cubierta por las mantas de su cama, mientras escuchaba vociferar a su padre discutiendo con su madre, temiendo que en cualquier desliz de su violencia incontenible la matase a golpes, para luego encaminarse hacia su dormitorio, tambaleante a causa del alcohol, aferrándose a las paredes, para continuar con su tarea asesina, cegado por la frustración…
Jadeaba agitada cuando se volvió, quitándose los anteojos de sol de un manotazo. Su cuerpo temblaba de pavor, estremecida por los recuerdos y la potencia de sus propias imágenes. Extendió hacia delante el dedo índice de la mano que no sostenía los anteojos, y señaló al Sheriff, quien se acercaba a paso rápido, con el cañón aún humeante de su revólver y una mirada tan deshumanizada que le provocaba ganas de orinar. Entonces, cuando ya casi lo tenía encima, gritó:
-¡No existís, hijo de puta! ¡VOS……NO……EXISTÍS…!
Los pasajeros a su alrededor se volvieron hacia ella, temerosos. Un hombre gordo y de tez morena, quien hasta entonces, recostado contra una ventanilla, leía los resultados deportivos en el Diario Popular, le espetó:
-¡EH! ¿Qué le pasa??? ¿A quién carajo le habla? ¿Por qué no se deja de gritar de una vez, loca de mierda? Queremos viajar en paz.
Cecilia lo miró sin comprender. Varios rostros se volvieron hacia ella, unos asustados, otros burlones, los menos ofendidos. De pronto, fue como si no pudiese comprender dónde se encontraba. Tenía un pavoroso blanco en la memoria, que abarcaba los últimos minutos, desde que ascendiera al tren. Miró hacia el frente, y como era de esperar, no vio más que el pasillo vacío del vagón, con varios rostros que dejaban de prestarle la efímera atención que habían requerido sus chillidos. Darse cuenta de aquello casi le provoca un desmayo.
Arribó a la Terminal platense rígida como una estatua, aferrándose el torso en un apretado abrazo, recostada de pie contra la última puerta del vagón, oyendo muy a lo lejos los últimos acordes provenientes de los auriculares de su walkman. Los demás pasajeros descendieron sin mirarla. Finalmente, consiguió reunir las fuerzas suficientes para desplazar su cuerpo agarrotado, mover un pie detrás del otro, y descender los escalones del vagón sin caerse, aún con los anteojos en la mano, las patillas dobladas por efecto de la presión de sus puños.
Deambuló hasta la Universidad sin reconocer nada en derredor. En el bar de la esquina entró al toilette a lavarse la cara. Parpadeó delante del espejo, se corrigió el maquillaje, contempló los anteojos estropeados y reconoció necesitar los servicios de algún óptico. No podría pasarse el resto del día sin los anteojos puestos, sin filtrar la claridad de la realidad. Por lo demás, lo arreglaría como siempre…
Abrió el bolso, hurgó dentro de él hasta extraer la tableta de Rivotril, se tomó un par de comprimidos con un breve sorbo de agua, y volvió a salir a la calle. A enfrentar al mundo, como todos los días. Con la ropa un poco desprolija, eso sí, pero nada más.
Total..., nada de lo que pudiera pasarle estaba fuera de control…

*de Aldima. licaldima@yahoo.com.ar

EL ESCRITOR ANDRES RIVERA, SUS LECTURAS Y SUS HISTORIAS

"Más vale emplear el tiempo en lecturas que aprender a usar la computadora"*

Sigue escribiendo a mano, con correcciones que a veces no puede descifrar luego. Andrés Rivera cuenta aquí su vida como lector, los inicios en la infancia escuchando los debates gremiales del padre, los primeros libros, los autores que lo han signado. Explica la relación de un escritor con su propia obra. Y habla de su próximo libro, que asegura será el último.

*Por Mario Wainfeld y Nora Veiras

-¿Cuándo empezó a leer Andrés Rivera?
-Obviamente, cuando ingresé a la escuela primaria. Pero, de hecho, antes leí aquello que escuchaba de mi padre y de sus compañeros. Mi padre fue dirigente sindical de los Obreros del Vestido y, en la pieza de inquilinato que alquilábamos, se realizaban reuniones de los trabajadores de ese gremio.
Mi madre preparaba sandwiches de milanesa y yo los escuchaba hablar. Con mucha vehemencia, con mucha pasión. Hombres que luego iban o retornaban a sus puestos de trabajo en los talleres con tres o cuatro horas de sueño. No eran "Gordos"...
-¿De qué años hablamos?
-Yo nací en el '28, piense en lo que se llamó la Década Infame. Año '33, yo debía tener cinco años, estaba al borde de ingresar a la escuela. Mi primera "lectura", entre comillas, fue aquello que decían esos hombres.
Excepcionalmente había alguna obrera, una compañera... una tía mía. Todos mis parientes eran inmigrantes judíos que llegaron a este país, yo diría que por equivocación... Vamos a hablar de racismo. Partieron de un puerto francés, de Cherburgo...
-¿De dónde venían sus padres?
-Mi familia materna, que era numerosa, vino del sur de Ucrania, de una pequeña ciudad que se llamaba Proskurov, que era un centro ferroviario, importante. Parecía que hubiera pasado Menem por ahí porque estaba desmantelado el servicio ferroviario pero ésa era una ciudad estratégica. Se hizo célebre, de un modo funesto, porque cuando estalló la guerra civil en Rusia, cuando fue derrocado el zarismo, aparecieron los ejércitos blancos (por eso mi última novela se llama Guardia blanca). Uno de ellos, al mando de alguien que se hacía llamar el general Simeón Petliura. Petliura había sido cajero de banco antes... pero con intrepidez que habría que reconocerle y algo de coraje se puso al frente de todos aquellos que estaban dispuestos a enfrentar al régimen soviético. Asaltaron la ciudad de Proskurov, que
tenía una nutrida población judía. Fue asaltada la vivienda donde vivían mis tíos y la que sería mi madre, por los asesinos de Petliura: cosacos o algo así, con los sables desenvainados. La que fue mi abuela, que no conocí, dijo una palabra en ruso que los espantó: "Tifus"... como la gripe que anda rondando por acá y que nos sirve para tanta publicidad... Pegaron media vuelta y se fueron. Así se salvó la familia de mi madre y por eso estoy hablando acá, soy argentino. Este caballero, Petliura, después de la derrota
de los blancos se refugió en París. ¿A dónde iba a ir? ¿Si iba Gardel, por qué no iba a ir él? Un judío, también oriundo de Proskurov, le siguió durante años los pasos. Su familia, mujer e hijos, había sido degollada en su totalidad. El consiguió salvarse. Un día, en París, se cruzó con el general y le preguntó si era Simeón Petliura. Este se sintió halagado de que alguien lo reconociera en París, sacó pecho (seguramente) y dijo que sí. Y este judío lo abatió de dos o tres disparos. Lo notable es que el tribunal
francés que lo juzgó lo absolvió. Probablemente recordaban lo que les pasó a los jurados franceses (y a la propia Francia) con el caso Dreyfus. Quiero decir Dreyfus era judío, ahí trabajó en la conciencia de los jurados el racismo.
-Volvamos a Cherburgo.
-En el viaje, cuando se asomó a Río de Janeiro, esa familia judía se sintió muy perturbada porque había muchos negros y ellos eran blancos. El racismo, otra vez. Por cierto, siguieron rumbo a Buenos Aires. Acá llegaron.
-¿Cómo, dónde vivían?
-Mi madre me contaba que el mundo porteño les resultaba increíble. El hígado te lo regalaban en las carnicerías y la carne se compraba a veinte centavos.
Debía haber algún Guillermo Moreno por ahí, suelto. (Risas.) Pero era muy difícil alquilar. Toda la familia se refugió en una sola habitación. Algunos aprendieron el oficio de lustradores de muebles. Un tío que amó entrañablemente a mis hijos y tuvo gran influencia sobre mí, Felipe, aprendió el oficio de tipógrafo que las computadoras han barrido a la oscuridad de la historia. Fue el primero que puso debajo de mi nariz Los siete locos y Los lanzallamas de (Roberto) Arlt y me dijo con una sonrisa
irónica "léelos". Y, antes que Arlt, a Los miserables de Víctor Hugo, en las ediciones de Tor que venían en dos columnas, un libro tan grueso como la guía telefónica. Allí están mis inicios, allí empiezo a leer. Entonces pude redactar los volantes que se elaboraban en esas reuniones (entre comillas) "clandestinas" que se hacían en la habitación en que vivía.
-¿Qué edad tenía usted, a esa altura?
-Estaba llegando a cuarto grado.
-Háblenos de la escuela, por favor.
-Esa escuela primaria, que se llamaba Marcos Paz. Paradoja: esa escuela estaba sostenida por la Policía. Yo era un alumno de "muy bien diez felicitado" porque las maestras (que eran todas sarmientinas) decían "niños, composición la vaca", yo ponía la "h" (que no suena), la "v" corta y la "b" larga donde correspondía. Nunca me confundía.
-¿Qué idioma hablaban sus padres, en la casa?
-Vivíamos en un barrio típicamente judío, Villa Crespo. Borges modificó la geografía o hablaba de otra Villa Crespo, donde estaban los cuchilleros...
Pero Villa Crespo era un barrio judío. Crecí en ese mundo. En mi casa hablaban en idish, yo lo entendía. Mi madre me contó que mi primer idioma no fue el castellano, fue el idish. Los cambios de domicilio, por razones económicas o de militancia, hicieron que me pusiera en contacto con chicos que hablaban castellano y arrumbé el idish.
-Menos mal...
-¿Por qué?
-Lo digo por el castellano, no por el idish...
-No soy creyente pero creo haber cometido un solo pecado, no aprender inglés. Había iniciado el estudio, en una de esas academias de barrio, y no lo seguí. Cuando miro series por televisión, algunas palabras reconozco antes de que salga la leyenda. Pero no sé. ¡Poder leer a William Faulkner en
el original, poder leer El sonido y la furia!... De eso fue capaz Juan Carlos Onetti, a quien conocí muy bien.
-No estudiar inglés, ¿fue una decisión ideológica?
-No, no, nada de ideológica, porque una cosa era la Inglaterra que influyó política económica y culturalmente sobre la Argentina hasta más allá de los años '30 (después fue Estados Unidos). Y no estoy hablando de imperialismo solamente, acá hay cosas que nos atañen. Pero ¿cómo no hablar inglés? Puede hablarlo en las Filipinas, en España, en Francia donde son tan exigentes con su idioma.
-Se encontró con Arlt, con Víctor Hugo... ¿qué pasó a partir de ahí con la lectura?
-Hasta hoy sigo siendo un lector voraz. Pero, después de una cantidad de libros (algunos muy malos) que escribí, tengo dos miradas para los libros.
Una, la del lector, la del mero lector, la del adicto a la lectura. La otra es el ojo crítico. Y miro las traducciones. Hemos tenido muy buenos traductores, Jorge Luis Borges, Julio Cortázar. Hubo alguien que la historia tapó, que venía de las filas del partido comunista, Floreal Mazía.
Excelente, a la altura de Borges y de Cortázar. Hay una historia que me contó Onetti, acerca de Borges traductor. Pero es muy larga. ¿Tenemos tiempo?
-Siiií...
-Borges, contaba Onetti, tradujo Las palmeras salvajes, una novela corta de Faulkner. Hasta donde recuerdo, es un largo viaje por el Mississippi... Son dos viajes paralelos: una mujer embarazada y un convicto que huye de la cárcel. Sobre el final el convicto y la mujer, a punto de parir, se encuentran. El hombre manifiesta su admiración por algo que hizo la mujer y lanza una exclamación. Borges lo traduce así: "¡Mujeres! -dijo el penado alto". Onetti decía que ahí intervino el pudor de Borges. El penado alto
dijo "Women. ¡Shit!" que puede entenderse de varias maneras. Era una exclamación que reflejaba la admiración por la mujer. Venía a ser, traducido, "mujeres, ¡carajo!". Borges suprimió el shit, por pudor.
-Es llamativa la anécdota porque, en un texto sobre las traducciones de Las mil y una noches, Borges recorre y cuestiona amablemente alguna en la que el autor (N. de la R.: Eduard Lane) suprimía púdicamente párrafos que chocaban con su criterio.
-Así es.
-Un lector voraz, a esta altura de la vida, ¿relee su propia obra?
-Borges dijo que da más placer leer a los otros que escribir. Yo debería haber terminado con Guardia blanca pero, cuando le daba los toques finales, no me pregunte por qué, me saltó una palabra judía, Kadish (la deletrea).
Designa la oración con la que los judíos despiden a sus muertos queridos. Y ahí estoy, en ese otro libro... y basta. Cuando me alcanza el tiempo, leer a los otros. Pero quiero terminar con éste, que supongo me va a llevar tiempo.
No porque no me dé placer. El escritor que dice que la escritura lo hace sufrir, miente. Usted puede escribir la mayor atrocidad que se le ocurra, la descripción más atroz de lo que puede ocurrir en una mesa de torturas, en un campo de concentración, etcétera... eso le da placer.
-Contar es maravilloso, la crónica es maravillosa. Hay un Kadish célebre en la literatura argentina, en el final de Réquiem para un viernes a la noche de Germán Rozenmacher.
-Lo conocí a Germán... no se puede ser original... Es verdad, no se puede ser original.
-¿Sigue escribiendo a mano o se resignó a la computadora?
-No, es uno de mis anacronismos. No tengo muchos pero no aprendí a usar la computadora. Me digo a mí mismo, para convencerme, que más vale emplear el tiempo que me queda en lecturas que aprender a usar la computadora. O el mouse (pronuncia tal cual), que le dicen, que me hace volver a mis lecturas del diario Crítica en el que aparecía Mickey Mouse... Cuando veo a mi esposa apretar el mouse y que aparecen tantas cosas en la pantalla es una maravilla... Pero hay tantas maravillas que no aprendí... No aprendí inglés.
-Si le pidiera que Andrés Rivera recomendara alguno de sus libros a un oyente o lector para producir la incitación que produjeron en usted los de Arlt o el de Víctor Hugo...
-Hay uno por el que me dieron el Premio Nacional de Literatura. Hoy escribiría otro texto, pero usted me pide que recomiende y yo digo La revolución es un sueño eterno. Yo sólo adapté el título de unas palabras de Bernardo de Monteagudo, uno de los pocos jacobinos de la Revolución de Mayo.
El, Moreno, Castelli... Monteagudo bajaba del norte, la tropa independentista estaba diezmada. Y consecuente con sus ideas, pues era un ateo (no había leído La Divina Comedia, claro) dijo "la muerte es un sueño eterno", que se contrapone a toda la mitología cristiana: purgatorio, paraíso, etcétera y etcétera. Es un sueño eterno, se terminó. Yo cambié "muerte" por "revolución", que también es un sueño eterno. Siempre ocurre lo mismo, hay tres cuatro, cinco... los que quieren cambiar el mundo son
minoría siempre. Que encuentran el momento en lanzar una consigna que pone en pie y moviliza a una buena parte de la población del país en donde se lanzó esa consigna. Lenin estaba leyendo plácidamente en Ginebra cuando se lanzó la consigna "paz" (porque el ejército zarista había sido diezmado, con
muerte de millones de hombres), "pan" (porque había hambre) y "tierra" (repartir las grandes posesiones de tierra de príncipes, duques, condes).
Esa fue la consigna. O la consigna de la Revolución Francesa, "Libertad, igualdad, fraternidad", que sigue siendo válida hoy para todos nosotros. Si vamos a hablar de igualdad en este país, vamos a estar de aquí a pasado mañana... No se puede hablar de igualdad...
-Castelli, el Manco Paz, se nota que son personajes que le agradan. El farmer Juan Manuel de Rosas no es su favorito.
-Pero tengo puntos en contacto con el farmer, Rosas en el exilio. Es un anciano, yo también. El farmer es un monólogo, yo también monologo conmigo mismo. Desde el piso 12, cerca de Dios (que no existe), hablo conmigo mismo.
Me pregunto cuánto me queda, cómo voy a escribir Kadish. Me levanto de la tibieza de la cama, tiro las frazadas, miro si sigue funcionando la estufa y anoto algo. Siempre tengo una libreta y una lapicera a mano. Después se acumulan esos papelitos y después... el lector juzgará. Escribo a mano, a veces no descifro lo que está por encima de la tachadura, lo que habla de las degradaciones de la vejez. Una vez que paso a máquina vuelvo a corregir.
Lo entrego y cuando sale impreso el libro, no digo más nada, no lo vuelvo a tocar.
-Me gustaría terminar con una pregunta referida a un hecho que nos contó.
¿Por qué, piensa Rivera, en Argentina post dictadura no hubo una historia como esa que nos contó del judío que buscó por años al general y lo mató?
-En El farmer, Rosas dice: "Se puede confiar en la cobardía incondicional de los argentinos". ¿Nos preguntamos por qué Carlos Menem recibió cuatro millones de votos? ¿Por qué este multimillonario colombiano Francisco de Narváez derrotó al doctor Kirchner? ¿Quién votó a Francisco de Narváez? ¿De dónde sale su fortuna? Son preguntas pertinentes, me las formulo, quienes las escuchan tienen que formulárselas también. ¿Cuál es nuestro grado de complicidad con el mundo que nos rodea? ¿Qué hemos hecho para cambiarlo? Por cierto, tenemos una pasión que es el fútbol: la noticia en la levé o en
radio que un jeque o rey de Arabia Saudita quiere contratar a Maradona... Y resulta que ahora después de los gobiernos del doctor Kirchner y de su esposa, las estadísticas hablan de que en la Argentina hay 14 millones de pobres, de hecho casi la mitad de su población. Yo, Andrés Rivera, soy un privilegiado: salgo de aquí y tomo un taxi, no todos pueden hacer lo mismo.
Tengo una jubilación de 800 pesos que ahora va a volver a subir y tengo el Premio Nacional que son tres mil pesos largos y anticipos por derechos de autor. Viene a sumar más de cinco mil pesos. No los voy a gastar comprándome jeans y otras cosas. Los únicos lujos que me doy son tomar un taxi, con cuidado, llegar a mi casa y prepararme la comida. Para mí, cuatro son una multitud, me harta ir a un restaurante. A veces, cuando vuelvo de Córdoba, debo ir porque no tengo nada en la heladera, salvo tabletas de chocolate.
Eso lo aprendí porque los soldados siberianos del Ejército Rojo en la lucha contra las tropas hitleristas comían chocolate porque era estimulante y les daba energía. Si es verdad o no, nunca se lo pregunté a mi médico... pero ahí están mis tabletas de chocolate.

* Este reportaje se realizó en el programa En algo nos parecemos que se transmite por Radio Nacional, AM870, los sábados de 10 a 12.

*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/dialogos/21-129302-2009-08-03.html

*

Queridas amigas, apreciados amigos:

En los próximos programas de Poesía y Música Latinoamericana, en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!) presentaremos:

El domingo 9 de agosto de 2009 música del compositor brasilero Albery Albuquerque Júnior, poesías de Francisco Azuela Espinoza (México) y música de fondo de Los Huasos Quincheros (Chile).

El domingo 16 de agosto de 2009 música del compositor mexicano Armando Luna Ponce, poesías de Elena Fassio (Argentina) y música de fondo de Jorge "Lobito" Martínez (Paraguay).

¡Les deseamos una feliz audición!

ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!! (Recomendamos usar http://24timezones.com/ para conocer las diferencias horarias).

REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!

Freundliche Grüße / Cordial saludo!

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.

www.euroyage.org

Schießstatt-Str. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel: ++43 662 825067

*

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01/08/2009 GMT 1

ES UN FUEGO DE DERRETIDAS MEMORIAS DESENLAZADAS...

urbanopowell @ 14:31

Irse*

En un espacio sin orillas

La cabeza da vueltas.

Es un fuego de derretidas memorias desenlazadas.

Volver a ver la tierra

Pasto seco

Que suena como seda

En un espejismo barato.

Perdida

Mientras la otra

En una fiesta, en una calle, o en una vida

Con aspecto de maniquí sin vidriera

Espera que vuelva.

Estoy faltándome a la cita.

*de Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar

ES UN FUEGO DE DERRETIDAS MEMORIAS DESENLAZADAS...

Tendría que cambiar*

El cordón de ilusiones era fino, como un hilo de pescar. Cuando se enredaba en patrias de silencios, las palabras se perdían en suspiros.
No podían encontrar la procedencia de la insatisfacción. Había, en esa madeja de sentimientos, unidades de contradicciones y dudas…
Requería de manos expertas que lograran desovillar la nobleza de los recuerdos, ellos, tironeaban hasta asfixiar…
El peso del compromiso vencía drásticamente la liviandad de sus anhelos.
La esfera de la crueldad, en su retorno constante, no le permitía desprenderse
Y alejarse de esos arquetipos.
Nublaban la llamativa claridad de sus ojos grises.
El pánico de sus enredos no le hacía bien, paralizaban su maniobrar.

Tendría que cambiar.
Era tiempo de cambiar. Convendría tomar distancia.
Con un cristal de independencia debería dejar que la vida se deslice suavemente por sus dedos impacientes…
El destino se encargaría de cambiar el injusto repiquetear de la melancolía.

*de Azul. azulaki@hotmail.com

Paradojas*

*Por Osvaldo Bayer
Desde Bonn, Alemania

No, ni Shakespeare ni Chejov ni Ibsen hubieran sido capaces de imaginar la comedia dramática que acaba de ocurrir en estas tierras europeas. Lo que se llama la fantasía de la realidad. Tal cual. Ribetes dramáticos, discusiones interminables, ejecutivos empresariales muy deprimidos al borde del suicidio, pero todo terminó con champaña y sonrisas. Somos todos democráticos, somos todos humanistas. Sólo queremos el bien del prójimo, de todos. Con gente así vamos a salvar el mundo.
En pocas palabras: el top manager Wendelin Wiedeking, de la empresa Porsche, dedicada a automóviles de lujo, quiso comprar a la Volkswagen -aquella que se hizo famosa con el "escarabajo", el auto para que todos los humildes pudieran tener cuatro ruedas-, pero resultó que la Volkswagen se compró a la Porsche. Ni más, ni menos. Y para consolar al ejecutivo Wiedeking, le dieron como indemnización por despido 50 millones de euros. Sí, 50 millones de euros.
Un hecho más que deja al desnudo el sistema que domina al mundo. Un sistema del egoísmo, de la avidez, de la injusticia. El débil se jode, como principio. Si es pobre, por algo será, como lema. Porque el mismo día en que los ejecutivos de las dos grandes empresas llegaron a ese "arreglo", los diarios traían la noticia de que la desocupación en Alemania había aumentado a 3.460.000 personas. Pero también hay que agregar más de un millón de lo que se llama "trabajo abreviado", o de horario reducido por
falta de tareas, con la consiguiente reducción de salario.
Pero volvamos al drama con final feliz. Lo que ganan los ejecutivos en el mundo capitalista. Volvamos a Wiedeking. En el debate sobre si lo echaban o no se supo que el top manager había ganado oficialmente 80 millones de euros durante el año 2008. Sí, algo absolutamente legal. ¿Por qué no?, se preguntarían los que manejan la riqueza. Fue un buen ejecutivo, responderían. Así salieron a la luz los altísimos sueldos de los que tienen la manija. Por ejemplo, el señor Piech, titular de Volkswagen, es multimillonario, con una fortuna de más de mil millones de euros. Para demostrar que lo recibido como despido por Wiedeking no es exagerado, ni injusto, sino algo que se "acostumbra" en ese medio, las secciones
económicas de los medios informativos del sistema trajeron las cifras de lo recibido por los ejecutivos de grandes empresas estadounidenses cuando fueron despedidos: Lee Raymond, jefe del consorcio petrolero Exxon, recibió como despido 350 millones de dólares; en 2007, Robert Nardelli, boss de la
empresa de construcciones Home Depot, una indemnización de 210 millones de dólares; Hank McKinnell, jefe del consorcio farmacéutico Pfizer, obtuvo para irse 200 millones de dólares; Robert Eaton, presidente de Chrysler, cuando esta empresa se fusionó con la Daimler Benz, recibió 130 millones de dólares por presentar su renuncia, etcétera. La lista podría llegar hasta el final de esta contratapa.
Esas sumas son ya una costumbre en el mundo de las altas finanzas empresarias, me señala un periodista especializado en información económica.
Es así, agrega, es la moraleja de la fábula, es algo que ya no se puede cambiar. Son demasiado poderosos, dominan todos los ámbitos.
Me suena como la aceptación un tanto resignada de la realidad de nuestro mundo. Pero que llama a abandonar toda resignación cuando en los diarios alemanes del mismo día podemos leer las grandes discusiones políticas acerca de que hay que aumentar de 67 años a 69 la edad para retirarse, ya que las
cajas de jubilación presentan déficit cada vez más grandes, porque el ser humano vive cada vez más. O, por ejemplo, el político demócrata cristiano Johannes Singhammer (sí, "demócrata" y "cristiano"), quien ante la protesta de que lo que reciben los jubilados alcanza cada vez menos para vivir, dijo: "Los jubilados tienen que dejar de hacer turismo en las vacaciones y darles ese dinero a los jóvenes". Claro, ahí está la cosa, hay que tomar los problemas desde sus raíces, los jubilados tienen la culpa. Por eso, el
también demócrata cristiano Philip Missfelder propuso, para ahorrar, que se les niegue financiar caderas artificiales a los jubilados de más de ochenta años de edad. O últimamente, cuando el presidente de la Asociación de Empresarios, Dieter Hundt, señaló sin temor a equivocarse que "la situación
económica exige una baja, en numerosos rubros, de sueldos y jornales".
Pero volvamos a los 50 millones de indemnización. Hay que reconocer que ese ejecutivo, Wendelin Wiedeking, supo hacer las cosas cuando era el jefe indiscutido de Porsche. Sí, de la fábrica Porsche. Donde se fabrica el Porsche, el auto de lujo preferido de los banqueros y ejecutivos de la New
Economy en Nueva York y ahora en Moscú. Top manager que supo aumentar las ganancias de su empresa dejando cesantes a 1800 obreros de un total de 9 mil. Demostró que se podía hacer más con menos fuerza de trabajo: ahorrar ahí. No en su sueldo y beneficios. Lo que se llama científicamente el
"sistema social de mercado". Social.
Pero esta comedia que parece inventada para divertir a la platea y dejar vacío el paraíso no para allí. En la misma semana en que se anunciaban los 50 millones para el "ejecutivo" Wiedeking, y sí que lo es, se producía algo en Alemania que transgredía todas las reglas de la ética y de la moral, como se decía antes. La ministra de Salud Pública de Alemania se había ido con su coche oficial con chofer a pasar sus vacaciones a Alicante, en España. La noticia ocupó la primera página de los diarios y el primer lugar en
noticiosos de radio y televisión. No podía ser. La ministra había usado en beneficio propio un vehículo propiedad del Estado. Además, un diputado indignado demostró que por lo menos se habían gastado 700 euros en combustible. Claro, la ministra es socialdemócrata, actualmente formando parte del gobierno, pero en un partido que se encuentra en caída continua y, dentro del gobierno, pretende representar a la "izquierda moderada". Páginas enteras, cálculos distintos de lo que ese viaje costó a la sociedad, repudio de toda la gente de bien. Acaba el presidente del partido de presentar la lista de sus colaboradores en el próximo gobierno, en elecciones muy cercanas. Y, por supuesto, la actual ministra ha sido excluida. Cometió un pecado que no tiene perdón.
Comparar los 50 millones dados al empresario -que no ocasionó ninguna protesta de ningún representante del gobierno- con los 700 euros de la ministra no tiene razón de ser. Pero con esta crítica a la ministra se ha demostrado que la ética debe estar presente siempre en la política. ¿Y por
qué se guarda silencio ante los despropósitos de los que tienen el verdadero poder, el económico? ¿Será tal vez porque de allí viene el dinero de apoyo?
Ya al pensar esto, el cronista se hace sospechoso de propagar ideas extranjerizantes. Mejor lo dejamos ahí.
Pero el gran circo no termina allí. Ya no va a ser creíble lo que escribiré ahora. Pero sí, les doy los datos a todos aquellos descreídos. La noticia que voy a dar ahora apareció en todos los diarios alemanes del 31 de julio.
Lo pueden constatar. Un basurero en la ciudad de Mannheim se llevó, de la basura que recogía, un viejo cochecito de bebé en desuso que había sido colocado junto a los desperdicios. La empresa lo despidió. Ahora el juez señaló que, si bien fue un robo, no es motivo para ser despedido y ordenó que se lo retome. El hecho nos hace pensar: llevarse un cochecito de bebé abandonado es un robo, porque ya pertenece a la empresa recolectora, sí.
Pero un ejecutivo que recibe 50 millones de euros como indemnización por renuncia no es ningún delito, es algo natural, comprendido en las leyes de economía de mercado. Es para pensarlo, me digo. El juez que hizo reincorporar el basurero despedido merece un aplauso, qué coraje civil. Sí, porque en la Justicia había dos hechos distintos: una dependiente de una confitería que fue sorprendida comiéndose un pedazo de torta que estaba a la venta fue despedida y la Justicia señaló que era pleno derecho de la empresa
de hacerlo. Con el nuevo veredicto del cochecito de bebé abandonado, tal vez la Justicia no sea tan severa con los que no tienen nada. (Ahora se está esperando otro fallo de la Justicia: se ha permitido revisión del fallo en primera instancia que aprobó el despido de una cajera del supermercado
Kaiser-Tengelmann por haberse quedado con el bono de dos botellas vacías por 1,30 euro.)
¿Increíble, no? Pero típico del primer mundo, en países donde el capitalismo "derrama" riqueza. Claro, a unos un poco más, a otros un poco menos. ¿Y en el tercer mundo? No hablemos. Cerremos el capítulo. Lo podemos ver con nuestros ojos todos los días.
Es como querer poner frente a frente dos fotografías: el Che Guevara es fusilado por querer hacer la revolución en los solitarios llanos de Bolivia y, enfrente, un almuerzo conjunto de los ejecutivos que cobraron esas indemnizaciones multimillonarias de las grandes empresas. No, querer hacer esa comparación levantaría la sospecha de que el cronista ha bebido algunos whiskies antes de sentarse a escribir. Pero, eso sí, lo que es imperdonable para el sistema que nos rige a todos es esta información también aparecida ayer en los diarios alemanes: "La venta de cerveza en Alemania ha disminuido, en el primer semestre de este año, en un 4,5 por ciento, a un total de 49,5 millones de hectolitros". Que los alemanes beban menos cerveza... ese sí que es un indicio de que las cosas no andan bien.

*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-129200-2009-08-01.html

Poema en azul eléctrico*

Una saluda a la magia
con asombro
todavía y siempre
aunque todo conspire
para que el otoño-la lluvia-
ciertas palabras- esos gestos
pasen sin pena ni gloria
entre el espanto ahí afuera
y el rayo que nos parte
acá adentro
en el obstinado sin pena ni gloria
de magias traicionadas por la cotidianía.
Entonces pongo el cuerpo
y por nada y por todo por tu voz
o un poema en ciernes
me desvelo con gracia y con gracia me importan nada
el trabajo de mañana
la precariedad de pasado mañana
las recomendaciones de curas y barberos

vestite de azul mi ternura mía
y llevame en los huesitos.

*de Verónica M. Capellino. veroaleph@hotmail.com

MARIPOSA*

*Por Miriam Cairo. cairo367@hotmail.com

CRISALIDA: Dícese de aquella criatura chispeante, devoradora del mundo, que siendo chic, autoabastecida y bien informada, puede salirse de los moldes y bailar reggaeton con las amigas para movilizar los conductos linfáticos del público masculino, a las tres de la mañana, en el boliche de rigor. A contrapelo de todo lo presumible, el misterioso ejemplar ha pasado ya la edad redimida del descubrimiento. Pero (aunque no se haya percatado) no ha descubierto nada.

La femínea pidió el cortado a la muchacha del bar con el delicadísimo toque de desatención que marca la diferencia entre unos y otros, y tan bien le queda a la cara. La avasallante sabe manejar los estímulos.
"Cómo te fue" habría sido la pregunta obligada, pero nadie preguntó. Sin embargo, la respuesta vino sola porque la ira, en estos seres superiores, de colores brillantes, se revuelve en las entrañas como una culebra.
El sentido común, después de haber escuchado las primeras, y únicas palabras sustanciales del relato, estaría deseoso de decir que semejante porrazo no habría sido el primero. Pero, antes de esta confesión, nunca lo habría imaginado porque coleópteros tan vibrantes tienen una apariencia que engaña.
(El sentido común siempre llega a conclusiones acertadas, después de los hechos consumados y de la verificación pertinente).
Sin embargo, lo asombroso del suceso, era el descrédito que la propia protagonista daba al asunto. Ella misma, con sus patitas de mariposa y su pechuga de vampiresa, no podía creer lo que le había ocurrido. A nadie más que a ella interesaban los pormenores, porque para quien oía el relato, todo el espectáculo estaba en la irritación, en la ofensa que experimentaba la heroína y no en la anécdota en sí misma. La rabia acumulada la hizo duplicar el detalle de desatención hacia la bella muchacha del bar que le trajo el café. Cuando lo apoyó sobre la mesa, la dominadora lo rechazó, vehemente, escupiendo con estilo exquisito un: "te dije cortado".
Los insultos, justos y necesarios, introdujeron el relato de lo ocurrido la noche anterior con el hombre que venía frecuentando por mail, por cafés, por teléfono, por amigos comunes. Obviamente se pasaron por alto los detalles de las risitas preliminares, las coincidencias discográficas, los comentarios
desdeñosos sobre el encargado del estacionamiento que tanto los hizo esperar. Ya ha sido dicho: ella se devora el mundo con sus seres despavoridos adentro.
Ingresar al territorio del hombre significó en ella un triunfo. De las cinco danzarinas con veleidades caribeñas, fue la única elegida. Bien segura estada de que la predilección se debía también a su manera de engullir el territorio, a los zapatos de Paruolo, a su última adquisición publicada en Facebook y que la ponía un paso más allá del resto de las mariposas en danza: como valor agregado, su perfil ostentaba una portentosa lancha.
Así que aquella noche, la reina de la colmena humana fue desnudada con la adoración correspondiente, fue besada con el ardor propicio, fue escarbada allá abajo con la dulzura merecida, fue llevada a la cama. Todo regado con ese piripipí de abeja zumbadora que siempre la ha hecho sobresalir de la manada de lobas satinadas con Lancome. Pero el murmullo constante de la abeja que tanto amenizara jardines y colmenas, en el lecho concupiscente se volvió silencio de mortaja, bella durmiente, crisálida en la cápsula.
El dichoso que la tenía entre las sábanas, siguió alimentando con esmero una charla apropiada para las circunstancias. Murmuraba elogios baratos de burdel regados con encantadoras palabras para que el cortejo fuera eficaz y los resultados justamente gratos y provechosos para los dos.
Ante la impávida inercia de la dueña de la lancha, el sorprendido, creyendo que la catarata de elogios y deseos no alcanzaban, tuvo la buena idea de mirar con fruición la caverna jugosa, rosada y luego le murmuró al oído, "qué linda conchita tenés".
Grosso error. ¿Cómo iba a elogiar algo que ella no conocía? ¿Algo que no podía comparar? ¿Algo que no se muestra más que en la cama y que casi nadie mira, o que en caso de hacerlo se guarda la opinión? La reina zumbadora siguió dentro de la crisálida exigiendo al verborrágico, con ese poder devorador de voluntades que la caracteriza, que hiciera silencio porque la desconcentraba.
Quedará a gusto de terceros imaginar o no la escena en la que el hacedor serruchó, serruchó abnegadamente para que la reina, sin ninguna señal visible que lo orientara, buscara dentro del capullo el orgasmo dificultoso, secreto, incomunicable, solemne.
El piripipí dormido quizás volviera a resurgir por la mañana, pero el amante devenido leñador no tenía ninguna intención de verificarlo. Menos aún, cuando después de la cópula sostenida por el silencio fúnebre, el incrédulo osó preguntar si la crisálida, en sus momentos de esplendor y bizarría ni siquiera había visto, por descuido, por casualidad, alguna escenita erótica (válgale dios, nunca iba a insinuar una de esas páginas en las que se triplican las equis) donde la mosquita pudiera husmear cómo es la almeja de
otras sirenitas encantadas. Ante semejante duda la reina de la colmena se asqueó. El punto final llegó con la aseveración enfática de la crisálida a la que ni se le ocurriría mirar a otra mujer. No le interesaba.
Y la muchacha del bar trajo en el momento justo el cortado correspondiente.

*Fuente: Rosario-12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-19587-2009-08-01.html

Refranes*

Más vale tu pájaro en la mano
que ni siquiera.

Més val el teu ocell en la mà
que ni tan sols.

***

Si quieres buena fama
te dé la luna en la cama.

Si vols bona fama dia i nit
que et pille la lluna al llit.

*de Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar
-Traducciones al catalán: Pere Bessó i González

*

A las mujeres, y a algunos hombres, también, les agrada su forma un tanto fálica. Hay que elegirle con buen tacto. Si es turgente mejor.
Comentan, muchos, que según quien la manosea se pone blanca, otras, mas colorada-pero- a la mayoría- le satisface mucho más cuando queda negra.
No debe ser ni demasiado dura, ni blanda, si se pone babosa, espantosa…
Se debe dejar en remojo, luego friccionarla y arrobarla con aceites y esencias orientales. Después de un tiempo de prudencia y en un momento de sutil degustación: Introducirla lentamente en la boca, (sin ser demasiado glotón para no atragantarse) y morderla despacito paladeando su néctar estimulante y muy picante.

¡Sr., Sra. no piense mal, estamos hablando de las berenjenas al escabeche!!

*de Azul. azulaki@hotmail.com

Por el mundo
Lévi-Strauss y la bulimia cultural*

*Por Héctor M. Guyot
De la Redacción de LA NACION

Prendí la televisión para matar el rato. Caía el domingo y no esperaba mucho más que tardíos programas bailanteros y gente alrededor de una mesa, trenzada en la discusión de siempre. Cuando su cara angulosa ocupó la pantalla, reprimí el acto reflejo de empezar el zapping. No porque se tratara de Claude Lévi-Strauss -en ese momento, yo estaba para cualquier cosa menos para un intelectual francés- sino porque concedidos unos segundos de gracia me resultó imposible abstraerme del hilo de su pensamiento.
Hablaba al aire libre, sentado en medio de un jardín, y sus ojos inteligentes y pequeños, algo mezquinos, destellaban detrás de las grandes gafas.
Le habían hecho la pregunta imposible sobre el futuro de la humanidad, y el viejo antropólogo desplegó su diagnóstico sombrío con indulgente paciencia y sin énfasis. Dijo que el hombre era el principal depredador del planeta, y que le debíamos el privilegio al humanismo clásico surgido en el Renacimiento, que lo concibe como ser pensante antes que como ser vivo. Eso lo coloca en posición de amo y señor, señaló, pero lo deja fuera de la Creación. "Somos consumidores bulímicos de la riqueza que acumulamos, tanto material como intelectual. No podemos absorber toda la producción intelectual que el ser humano ha producido desde sus orígenes", afirmó, palabras más, palabras menos, y con esto último el control remoto se me cayó de las manos: según un letrero que aparecía en pantalla, la entrevista había sido hecha en 1972. Se ha dicho: Lévi-Strauss bien puede ser tenido como uno de los precursores de la ecología. Y en el más amplio de los sentidos. En uno de sus libros más celebrados, Tristes trópicos, de 1955, escribió: "La humanidad se instala en la monocultura; se dispone a producir civilización
en masa, como cultiva la remolacha".
En la respuesta que me tenía en vilo, aquella que cerraba el documental que el canal Encuentro emitió el domingo, el creador de la antropología estructural deslizó una última observación: el problema era que se había roto el equilibrio entre comunicación y no comunicación que ha caracterizado a todas las épocas creativas. ¿Qué diría hoy el venerable maestro, que ya superó los 100 años de vida y le fue dado asistir a la revolución de Internet y a la globalización que galopa fuera de control?

*Fuente: © LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1155991

Adios Mechita*

En la antiquísima estufa arde un tronco enorme que sobresale un metro.
Parece una viga, otro desecho, alguno de los tantos objetos que una vez tuvieron otro uso. El calor es insuficiente para atenuar el frío que se filtra en la oficina de guardia del depósito de Mechita, donde una rueda de ferroviarios espera. Ahora, en esta tarde en que la llovizna no da tregua, esperan el inicio de los respectivos turnos, apenas una variante dentro de un largo tiempo en suspenso, de la espera mayor cargada de incertidumbre que comenzó cuando el gobierno nacional conminó a las provincias a hacerse cargo de la mitad del lastre de los ferrocarriles. El lastre, en los talleres de Mechita, son alrededor de mil familias para las cuales el futuro se convirtió en una instancia temible.
Aunque el gobernador Duhalde haya garantizado la continuidad de los servicios, la visión de que el barco se hunde no se modificó. "Está bien, tal vez el ferrocarril siga hasta fin de año, y después ¿qué?", dice Daniel Coppola, auxiliar de guardia y voz cantante en un grupo en el que domina la resignación. "Nosotros advertimos hace mucho que esto iba a pasar -agrega-, acá no se invierte un mango. Ni siquiera para gasoil. Cuando necesitamos una pieza vamos al depósito de chatarra y usamos lo que encontramos. Los trenes salen con los matafuegos descargados y el principal repuesto es el alambre.
todo se ata con alambre. Los trenes funcionan gracias a nosotros, pero ahora los ferroviarios están entregados. Sabemos que nadie se ocupa del ferrocarril, por eso nadie tiene demasiada confianza en soluciones".
Los demás corroboran el diagnósticodel escepticismo, con la bronca asordinada por la tristeza. no están hablando solo del peligro que corre su fuente de trabajo: el fin de los trenes impone la muerte de una tradición.
"Nosotros queremos al ferrocarril", interviene un maquinista que supera por poco los treinta y prefiere la reserva de su nombre. "Ser ferroviario es una herencia que todos llevamos con orgullo. Mi padre y mi abuelo eran ferroviarios. Claro que antes tenía otra dignidad. Cuando entré a Ferrocarriles mi abuelo dijo: -ahora este va a vivir bien-. Y mirá donde terminamos".
La otra tradición, la de la combatividad gremial, también la cree sepultada.
"En marzo hicimos la huelga más justa de los últimos treinta años, para defender a los que habían quedado en la calle. La que empezó con ese guarda que se negaba a salir por que le faltaban las lamparitas. Fuimos a hablar a todos lados y nadie nos dio pelota. La gente al ver que no había apoyo, se
entregó. Con el cierre de los ferrocarriles pasa lo mismo. Nos dejaron solos. La oposición no abrió la boca. Cómo no te vas a entregar".
Afuera, a lo largo de los cinco kilómetros de talleres y playas de maniobras, la quietud se altera cada tanto con la marcha lenta y estruendosa de alguna locomotora. Enseguida la escena recupera el silencio. Nadie anda por esa superficie de pastos excesivos en la que se alinean vagones de carga y de pasajeros, vagones que hacen pensar en un viaje inminente y vagones en ruinas, montones de hierros, una torre de agua que surte a buena parte del pueblo y hasta una curiosa y precaria grúa con la inscripción Thomas Smith & Sons.
En la guardia del depósito los horarios de trabajo rigen salidas y entradas.
La rueda se renueva, todavía hay leña para rato. Uno de los que entran es Edgardo Oriani, de 32 años, hijo y nieto de ferroviarios, guarda, es decir uno de los que el ministro Cavallo responsabilizó por la bancarrota de Ferrocarriles Argentinos. "Es verdad que muchos guardas cobran viajes y se quedan con la plata. Lo hacen por necesidad. También habría que pensar cuánto ganan y en qué condiciones se trabaja. Habría que pensar que cada vez que hay un problema en el tren la gente se las agarra con nosotros. Pero los grandes curros están arriba. Yo me acuerdo cuando se compraron trajes para guardas a mil quinientos dólares o cuando le dieron las máquinas a una empresa privada para pintarlas. Decían que era pintura de alta temperatura y en el primer lavado se cayó".

Mucho más que un tren
En Mechita viven alrededor de tres mil personas. Se fundó en 1908, como extensión del taller que instalaron los ingleses, actualmente el más importante de la línea Roca-Sarmiento. Ahí llegan, parten y se reparan los trenes del ramal que une la vecina Bragado -a 15 kilómetros- con Buenos Aires, Lincoln, General Villegas y varias ciudades de La Pampa, un movimiento de pasajeros y carga dos tercios menor que hace una década. En las distintas secciones de la planta ( vía y obra, tráfico, carpintería,
mecánica y administración ) trabaja la inmensa mayoría del pueblo. Los que no se dedican al comercio viven de Aceros Bragado, otra empresa al borde del abismo, de modo que las perspectivas laborales semejan una conspiración. En la estancia Manantiales, en el acceso a Mechita, funciona un tambo, pero
dicen que no alcanza para absorver tanta mano de obra amenazada. "no se trata de que cierra el ferrocarril sino de un pueblo que desaparece", es el lamento unánime.
Los ferroviarios solo piensan en irse. No saben concretamente adónde pero intuyen que cualquier destino es mejor que formar parte del remate. En los talleres muchos apostaron al retiro voluntario para asegurarse un dinero que les permita porbar suerte con un pequeño negocio en sociedad. Coppola es uno de ellos: no embolsará más de cinco mil pesos y su plan consiste en abrir una panadería. Su sueldo (tiene categoría 19 y 9 años de antigüedad) equivale a 290 pesos. El de un maquinista con diez años en la empresa llega a 320, aunque el básico de ninguno supera los 100. El monto fijo de 120 pesos -en los sobres figura en el rubro "bono especial" y al que los ferroviarios de Mechita denominan "el sánguche"- es lo que más infla el salario, aunque no remedia su patetismo.
Algunos calculan que la suma que percibirán por el retiro se verá reducida inmediatamente si se deciden a pagar deudas ("con lo que ganamos, le debemos a cada santo una vela" ) y otros optaron por permanecer en la planta, rezando para que Ferrocarriles sobreviva. "Yo no me puedo ir, tengo cuatro
pibes y con la plata del retiro no hago nada", cuenta Luis Lachimia, 35 años, empleado del taller desde hace 14. La alternativa de un traslado tampoco resulta atractiva "porque tenés que arrancar solo y después, al instalarte llevar a tu familia". Unos y otros admiten que el pueblo chico posee una ventaja cuando el hambre proyecta su sombra todos se conocen y entonces es más fácil obtener el crédito. Yerba o pan aún se fía.

Volver a empezar
La calle principal de Mechita se llama Presidente Quintana. Arboles protegidos a la cal, recien podados, bordean la ancha franja de tierra en la que muy esporádicamente el tránsito interrumpe la libre carrera de los perros. En Quintana está la entrada a los talleres, la Delegación Municipal, el Club Atlético y Cultural Ferrocarril Oeste y la demostración arquitectónica del origen del pueblo: las primeras casas que construyeron los ingleses, 108 colonias (así les dicen), una pegada a la otra, con ínfimas variantes dentro del homogéneo ladrillo a la vista y el techo a dos aguas revestido en chapa.
En la recorrida se registra una soledad que el cielo hinchado de tormentas parece reforzar. Isabel Parodi es una presencia solitaria en esa calle, se dirige hacia el trabajo, tareas de limpieza en la Delegación Municipal. Dice que esa tranquilidad habitual en el pueblo no se paga con nada, que los
chicos pueden andar por la calle sin ningún peligro. No obstante, reconoce que ahora a la calma la invadió el miedo. Claro, un miedo igualmente silencioso, que ella percibe en todas las conversaciones cuando sale de compras.
Hace unos años, ni el más violento arrebato de pesimismo, habría concebido una situación como la que atraviesa en este momento. Lo dice la misma Clara:
"Con lo que ganaba mi marido pudimos comprar una casa, modesta pero nuestra. En otra época a él lo mandaban cada tanto a Haedo o a Lincoln para conducir una máquina o para hacer balasto, que es desparramar las piedritas entre las vías, y por eso cobraba un viático y yo no tenía necesidad de trabajar. Ahora se terminó todo y tuve que salir a trabajar por hora en las casas porque con lo que él gana no alcanza".
Además de dejar sin ocupación al pueblo, el cierre del ferrocarril cortaría el circuito cotidiano con Bragado. Mechita cuenta con dos escuelas primarias y un instituto secundario pero muchos cursan en aquella ciudad. El tren local facilita una comunicación fluida que el transporte en colectivo no puede sustituir por una cuestión de horario. El primer tren sale a las siete de la mañana, el primer colectivo a las 9. Tanto los estudiantes como los que trabajan en Bragado ingresan a las 8.
Se supone que el delegado municipal es un referente político, el conducto entre el pueblo y la intendencia de bragado, entre la gente y el ámbito de las discusiones a mayor escala de donde deben provenir las soluciones. Sin embargo José Petrelli se encuentra tan perplejo como el resto de sus
vecinos, con la misma sensación de desamparo. Con 73 años y 50 en mechita -donde se casó, tuvo hijos, nietos y bisnietos- ahora parece vivir solo de recuerdos. "Usted no sabe lo que era esto. Un pueblo trabajador, divertido. Cada tren que llegaba era una concentración en la estación. verlo así amargado, acongojado, me da ganas de llorar. Mechita es mi vida y si se acaba el ferrocarril, el pueblo va a pasar a ser historia. La gente está muy preocupada pero creo que todavía no tomó conciencia real de lo que sucede. Será porque le esperanza es lo último que se pierde".
Petrelli a quien los vecinos llaman Pepe a secas, trabajó y se jubiló en el ferrocarril, en el que empezó "en el tiempo de los ingleses, cuando no había funcionarios que entraran para robar". Confiesa que de la gente recibe más pesares que reclamos y que la capacidad del pueblo de dar una respuesta organizada se desvanece tanto por la resignación de los trbajadores cuanto por la contaminación de intereses políticos en las negociaciones con los gremios. En Mechita existen seccionales de la Unión Ferroviaria, La Fraternidad y los señaleros. Para Petrelli resulta difícil conciliar medidas "porque algunos no se quieren enfrentar con el gobierno y eso es lo que más les importa". los representantes de La Fraternidad, por su parte, se quejan de que las últimas discusiones con intendencias involucradas en el problema fueron copadas por "gente que quiere hacer prevalecer sus contactos políticos para sacar provecho y no saben nada de ferrocarriles. Si hasta proponían usar un tipo de locomotora que hace rato que salió de circulación porque se probó que no sirve".
Con las últimas luces de la tarde, un grupo de pibes cruza una playa de maniobras de los talleres. Armados de gomeras, anuncian que van en busca de cuises. Un maquinista abandona la oficina de guardia del depósito y pasa a su lado. Ante el fotógrafo que intenta detener ese instante; al hombre se le
ocurre descifrar su destino. Señala a los pequeños cazadores y le dice al reportero:
-¿Ve?, así vamos a terminar nosotros.

*de Alejandro Caravario.
-Publicado en el diario Clarín, el 2 de agosto de 1992.

*

Queridas amigas, apreciados amigos:

En los próximos programas de Poesía y Música Latinoamericana, en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!) presentaremos:

El domingo 2 de agosto de 2009 música del compositor español Agustín Castilla-Àvila, poesías de Marcelo Marcolín (Argentina) y música de fondo de Wayanay (Andes).

El domingo 9 de agosto de 2009 música del compositor brasilero Albery Albuquerque Júnior, poesías de Francisco Azuela Espinoza (México) y música de fondo de Los Huasos Quincheros (Chile).

El domingo 16 de agosto de 2009 música del compositor mexicano Armando Luna Ponce, poesías de Elena Fassio (Argentina) y música de fondo de Jorge "Lobito" Martínez (Paraguay).

¡Les deseamos una feliz audición!

ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!! (Recomendamos usar http://24timezones.com/ para conocer las diferencias horarias).

REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!

Freundliche Grüße / Cordial saludo!

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.

www.euroyage.org

Schießstatt-Str. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel: ++43 662 825067

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