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BITÁCORA DE UN SOCIÓLOGO FRACASADO

Archivo: Octubre 2009

22/10/2009 GMT 1

DEL CORAZÓN AL PECHO....

urbanopowell @ 02:00

DEL CORAZÓN AL PECHO...

Cuerpoalma*

No sé si el va del corazón al pecho, o al revés si acariciar esas dos florcitas es la llave para llegar al alma. O si alguién inventó esa dualidad que la mano de él borra.

*de Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar

CHIQUITO BOND*

Hoy nadie se acuerda de él en este pueblo. Hoy su nombre es una hilacha obsesiva que sólo mi memoria se atreve a retener.
Cuando entró al grado con su cuerpo cargado de espaldas, con su cabezota rapada, el delantal humilde y cortón sobre sus pantalones largos y un impreciso pulóver, las zapatillas con marcas de gramilla en las puntas, la mirada huidiza y los ademanes torpes, caímos en cuenta de varias cosas. La primera es que no las tenía todas consigo, que era ostensiblemente mayor que todos nosotros y si hubiera una duda: el uso de "los largos" eran para chicos que pasaban los doce, y allí nadie usaba sino esos oprobiosos
pantaloncitos cortos, que el delantal deshilachado disimulaba, pero los nueve años que la mayoría tenía no se podía disimular con nada.
Entró acompañado de la maestra y nos fue presentado como "el nuevo compañerito" cosa que produjo la primera hilaridad del grado y su primera humillación.
Unida a su torpeza de movimientos, llevaba como un baldón ser el último del grado, pero cuando tocaba la campana se transformaba. Corría hacia el patio donde nos trenzábamos en picados encarnizados y él siempre sobresalía gracias a esa zurda endemoniada que nadie podía parar. Tenía una gambeta que
cuidaba la pelota, la protegía de modo que nadie podía siquiera rozar al enfrentarlo y, ayudado por su físico más grande que el resto dejaba rivales en el camino como abejas caídas de un panal.
Nosotros éramos felices porque lo teníamos de compañero y hasta aceptábamos los desafíos con los grandotes de sexto grado, algo impensable antes de la inclusión de Chiquito.
En realidad, su exacto "estar en el mundo", la razón primordial y, diríamos, única de su existencia, estaba basada en esa aptitud. El había nacido para jugar al fútbol, no había otra cosa que lo entusiasmara más.
Pero había una situación que me resultaba favorable para seguir jugando con él por las tardes y era su condición de vecino mío. Una confusa situación familiar suya (orfandad o abandono, no sé) los había trasladado a la casa de su abuela, a él y a su hermana que se llamaba Rosita y era ceceosa.
Venían de Venado Tuerto, estuvieron sólo un año en el pueblo, viviendo en casa de doña Margarita, matrona autoritaria del barrio. Estos chicos eran sus nietos, de un matrimonio anterior, pues con su marido actual, don Agripino Bruno no había tenido hijos.
Don Agripino Bruno era "peronista y sanpedrino", como se definía con todo orgullo.
Pasado el año escolar desaparecieron del pueblo y supe de ellos muchos años después, cuando los vi en una situación tristísima.
Lo cierto es que asumo sobre mis espaldas el triste privilegio de rescatar su figura hecha de esquirlas quietas, ya que de su vida pasada después, nada sé, ni tengo alguien que pueda ayudarme a reconstruir esa -no sé por qué se me ocurre- vida llena de vicisitudes y miserias.
Pero yo no quiero que esa figura se borre, queda anónima su existencia como tantas otras que se tragó el olvido irremediable y cuando ya no quede nadie sobre la faz de la tierra que se acuerde de él, yo quiero recordarlo, aún en este hoy hecho de relámpagos y ruinas.
¿Porque fue mi compañero de grado? ¿Porque era el último de la clase pero el primero en el fútbol? No. Yo quiero sacarlo vivo por un minuto de mi memoria hecha de cañamazo oscuro, de calles desiertas con su garúa solitaria. Sólo porque el único recuerdo que tengo de él es su habilidad con la zurda, sus pelotazos en profundidad, su cabezazo impecable y esa zurda que se colgó en el ángulo cuando nosotros, del Barrio del Jazmín, ganamos el campeonato de la parroquia que había organizado el cura. Y se lo
ganamos al Barrio de las Ranas, archirrivales, en un sábado que hoy me sabe a gloria.
Todavía me acuerdo de los retazos de aquel partido memorable. Al equipo de siempre le agregamos al Chiquito, como un refuerzo legítimo, ya que él vivía en el barrio.
Recuerdo aquellos arquitos de caños que el cura había hecho construir para siete jugadores, en el patio de la casa parroquial. Los compañeros de esa hazaña (¡cómo olvidarlo!): el Juanca López, Ñangá Gómez, Toto Míguez, Chajá Correa, Tago Sánchez y Chiquito Bond.
El Chajá y Chiquito eran zurdos y nunca habían jugado juntos, pero ese día se daban los pases como si lo hubieran hecho desde su nacimiento, tan bien se entendían, que no necesitaron mirarse una sola vez para hacer esas paredes, para dejar defensores en el camino como fruta muerta, abandonada sobre el pastito ralo de la cancha.
La última vez que vi a Chiquito Bond hubiera deseado estar a mil kilómetros de allí. Hacía unos meses que yo vivía en Rosario. Un domingo fui a visitar a mi abuela Laura que estaba en el Hospital Centenario, convaleciente de una de sus múltiples operaciones a que la sometieron en su vida. Mientras cruzaba la calle Suipacha los vi: iban Chiquito Bond llevado de la mano por su hermana, ingresando al psiquiátrico. No me vieron, traté de ocultarme como pude, tras un árbol, él llevaba la mirada perdida, el paso un poco más torpe que el que yo le había conocido en la primaria.
Demudado reinicié mis pasos cuando ellos hubieron ingresado, porque yo preferí y prefiero esa imagen de Chiquito Bond cuando colgó la pelota en el ángulo de la canchita de la parroquia, ese día de gloria, en una parábola perfecta, que tiene mucho de reivindicación y de poema, con un zurdazo impecable.

*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar

Compra de Chatarra a España*

Este artículo fue escrito en junio del 2005. Solo algunas radios o agencias se hicieron eco, fue publicado por la Agencia argenpress.info y www.villacrespomibarrio.com.ar, los demás, incluyendo el progresismo pacato guardó silencio. Hoy varios indocumentados sobre la temática ferroviaria gritan y se asombran de la compras del Gobierno por esos tiempos.

EL ESTADO SIGUE RAPTADO*
Parte I

CONTINUA RAPTADO EL ESTADO NACIONAL Y, EL GOBIERNO EN NOMBRE DE ESE ESTADO CAUTIVO ESTA PAGANDO EL RESCATE, EN ESTA OPORTUNIDAD, A TRAVES DE COMPRAS DE MATERIAL FERROVIARIO EFECTUADAS EN EL EXTERIOR. SUS RAPTORES, O SEA, LOS CONCESIONARIOS DE LOS FERROCARRILES REALIZARON EL CONTROL DE GESTION DEL PAGO DE UNA PARTE DEL RESCATE

La colonización fabrica colonizados,
Del mismo modo que
Fabrica colonizadores
Albert Memmi
Retrato del colonizado

Juan Carlos Cena * infomonarefa@villacrespomibarrio.com.ar

Decía en el artículo anterior, sobre El Rapto del Estado, que “no era un cuento ficcionado, no, ni mucho menos. Es la realidad, que supera la mayoría de las veces a las más imaginativas de las ficciones”. Manifestaba además: que “cuando escribía sobre los ferrocarriles y los subsidios, a cada paso me encontraba con lo fantástico, de no creer; hasta que lo toqué, y me sorprendí cuando palpé su espesura, era la realidad que antes se me escurría por entre los dedos, estaba todo dentro de un malezal camuflado; fue así no más la cosa, era una cuestión de experiencia personal”… “Desbrozando ese yuyal, puedo reafirmar que el Estado ha sido secuestrado por las concesionarias ferroviarias”. ….y que el gobierno, subsidiador, administrador y cuidador de este Estado, está abonando ese rescate en cuotas, supongo, creo, que será hasta después de las elecciones.
Infiero que como están las cosas, a pesar de los tiempos eleccionarios, este gobierno proseguirá pagando el rescate-subsidio por un largo período. ¿Por qué? Porqué es toda una política implementada por este Gobierno sobre el Estado que administra, donde los factores de poder, en este caso los concesionarios ferroviarios, le imponen el respeto de sus rentabilidades a como de lugar. En consecuencia, este Estado sigue secuestrado, solo en apariencias, porque este Gobierno representa gustoso a esos intereses.

Ahora, como un hecho de comprobación, en un comunicado de prensa la Secretaria de Transporte de La Nación del 31/05/2005, nos confirma que el profesor Ricardo Jaime a cargo del área, “suscribió un convenio en materia ferroviaria con la Sociedad Mercantil Estatal Española Expansión Exterior S.A., en el marco del Plan de Reorganización, Recuperación y Modernización de la Red Ferroviaria Nacional Argentina”.
El convenio suscrito el día de la fecha establece la provisión por parte del gobierno nacional, de material rodante, de la sociedades estatales españolas RENFE (Red Nacional de Ferrocarriles Españoles) y FEVE (Ferrocarriles Españoles de Vía Estrecha).
El material a incorporar, que en una primera etapa proviene de RENFE y FEVE, es el siguiente:
-36 coches para pasajeros
-10 furgones
-10 unidades diesel
-3 locomotoras diesel eléctricas ya rehabilitadas
-3 locomotoras diesel eléctricas para ser rehabilitadas en Argentina
-10 coches y 3 unidades diesel para aprovechamiento de piezas y componentes
-lotes varios de repuestos para locomotoras, coches y furgones, con la documentación técnica y manuales respectivos.
-3 locomotoras diesel hidráulicas HENSCHE, para vía estrecha (ver foto)
-1 locomotora diesel eléctrica GECO (modernizada)
-1 unidad de tren FEVE serie 2400 “APOLO” (modernizada)

Por otro, varios medios de prensa especifican, en forma más amplia, que el acuerdo por la adquisición de trenes usados a España es por un valor de $ 1.100.000. En un plazo de 5 años y, que los vagones y locomotoras será reparados en Argentina. ¡Genial! Desde la colonia, los colonizadores nos venden chatarra que adquieren gustosos los funcionarios colonizados, todo, con la aprobación de “nuestros industriales nacionales”
El profesor de geografía Ricardo Raúl Jaime (colonizado), en nombre del gobierno acordó con la colonia española la adquisición de 96 trenes y un “paquete de 536 locomotoras” (léase bien: paquete, hay que desatarlo), y coches de pasajeros que implicarán una inversión superior a los $ 1.100.000 millones de pesos.

Este convenio firmado además por la titular de Expansión Exterior, Carmen Rodríguez, prevé la “provisión de equipos que actualmente están utilizando las compañías españolas RENFE y FEVE, los cuales será reparados y adaptados en distintos talleres de las empresas argentinas”.
Vale una aclaración. Los ferrocarriles españoles han cambiado su tecnología. Se achicó la trocha y se electrificaron sus líneas para ponerse en consonancia con toda Europa. En consecuencia, tienen un gran lote de material en estado de rezago, es decir, elementos descartables que tengan que ver con el nuevo diseño de trocha y tecnología, sean ejes, boguies, carrocerías, etc y, el fuera de uso de locomotoras diesel, ahora España, utiliza locomotoras eléctricas.
La misma noticia especifica, cuando aclara, por boca del profesor Jaime, que serán reparados y adaptados en distintos talleres de empresas argentinas. Debo leer en estas pocas líneas, que la reactivación de los talleres ferroviarios, anunciado por el propio presidente, es una falacia, no se los menciona, no los utilizarán, no ocurrirá la apertura anunciada. Y la otra lectura me lleva a inferir que los talleres ferroviarios privados que crecieron a la vera del Estado regado por subsidios y, facturando las reparaciones a precio vil cada trabajo, serán los beneficiados.
Recuerdo que cuando se adquirieron las primeras locomotoras diesel eléctricas en el país en tiempos del gobierno de Perón, viajaron al exterior técnicos ferroviarios para inspeccionar y recepcionar ese material nuevo, en las mismas fábricas, unidad por unidad.
Cuando se electrificó la línea suburbana del ferrocarril Urquiza que va desde la estación Federico Lacroze a Lemos, toda la obra de planificación, ejecución y trazado del tercer riel, la realizaron técnicos argentinos, donde el obrador eran los talleres Lynch, y cuyo jefe era el Ing. Alfredo Fernández.
Las primeras unidades que funcionaron fueron coches usados de los subterráneos de Nueva York que surcaban la 5ta Avenida. Una delegación de técnicos encabezados por el Ing. Alfredo Fernández, viajaron a recepcionar esos coches, en sus valijas llevaban ropa de trabajo y herramientas. Revisaron unidad por unidad antes de aceptarlas. Esa era el método, que hasta Álvaro Alzogaray, cuando fue ministro asignó una partida de dinero para la delegación cuando se compraron las locomotoras General Eléctric Universal. Sin más comentario
Pero este profesor de geografía y de matemáticas, creo, Ricardo Raúl Jaime, dijo que “el parque ferroviario se utilizará para reforzar los servicios urbanos y suburbanos de la región metropolitano y para apuntalar la rehabilitación de los trenes de pasajeros al interior” Sin inspeccionar nada ni llevar consigo un cuerpo técnico, sólo, la delegación de concesionarios. Además, dijo entre otras cosas, como si estuviera en campaña electoral y quisiera plebiscitar su gestión que “entre otros destinos, el Gobierno quiere reponer en los próximos meses los servicios a Tucumán, Bariloche, Posadas y Mendoza”
Difícil, solamente la tarea de reparar vías hasta octubre, mes del plebiscito, resultaría improbable, por no decir milagroso, y ni hablar de la puesta a punto del material tractivo y remolcado y de señalamiento, es decir, lo dicho es todo es un artificio de campaña.
Lo firmado arrancará este año con una inversión de casi 53$ millones destinada a la compra de coches motores triples, 36 coches de pasajeros de larga distancia, 10 furgones, 10 locomotoras. El primer envío, dicen, legará a estas tierras para dentro de 60 días, y la intención del gobierno es ponerlos en marcha antes de las elecciones de octubre. ¡Genial! Todo un tren electoral ¿Y después?
Para los próximos cuatros años, el material adquirido será:
2006: 100 coches de pasajeros, 25 locomotoras diesel eléctricas,
20 trenes diesel y 10 furgones.
2007: 150 coches de pasajeros, 35 locomotoras, 25 coches eléctricos, 20 trenes diesel y 10 furgones.
2008: 40 locomotoras, 25 coches eléctricos y 20 trenes diesel.
2009: 50 coches eléctricos, 20 trenes diesel y 10 locomotoras.
Al profesor Jaime lo acompañaron los raptores, o sea, los concesionarios de los trenes urbanos: Trenes de Buenos Aires, Metrovías y Metropolitano.
No todo será fácil entre los raptores de este Estado colonizado por los colonizadores nacionales. Porque cuando llegue la hora de repartir el botín, digo, el material adquirido por el Estado Nacional a España, se verán los tironeos de de estos Industriales Nacionales, eso por un lado, por el otro conseguir la mayor cantidad de contratos para las reparaciones y remodelaciones, que también se financiará con recursos del Estado, será otra pelea entre raptores. Toda una comedia de enredo, que para la Nación, será una tragedia.
Este Estado cautivo, compra, paga material que adquiere en el shoping de las chatarras, para que la usufructúen estos Industriales Nacionales y, además les da a ellos, el pingüe negocio de las reparaciones; pero por si esto fuera poco, les condona el pago de las multas por infracciones cometidas a los contratos vigentes.
La Agencia del 02/06/2005) dice: Argentina seduce a España y Portugal para los servicios ferroviarios
En consecuencia Argentina presentó distintos planes de licitación para servicios de trenes de carga y de pasajeros a empresas ferroviarias públicas de España y Portugal, las cuales se mostraron "muy interesadas" en participar de esos procesos.
Así lo confirmó a EFE el secretario argentino de Transporte, Ricardo Jaime, quien mantuvo reuniones con representantes de las españolas Renfe y Ferrocarriles de Vía Estrecha (FEVE) y Caminhos do Ferro Portugueses (CP).
"Hemos puesto sobre la mesa la posibilidad de la participación de estas empresas en procesos de licitación de algunos servicios. Nos manifestaron muchísimo interés, tanto para asociaciones con el Estado, como con empresas privadas argentinas", dijo Jaime a su regreso de España y Portugal.
Los proyectos presentados son para el Ferrocarril Belgrano Carga, una línea fundamental para el comercio dentro del Mercado Común del Sur (MERCOSUR), y para los trenes de pasajeros interurbanos Buenos Aires-Posadas, Buenos Aires-Tucumán y Buenos Aires-Córdoba.
En Madrid, Jaime concretó, además, un convenio para la compra de este año material rodante usado a la empresa pública española Expansión Exterior, que, a su vez, adquirirá las máquinas a Renfe y FEVE
"El coste del material está en el orden de los 11 millones de euros (13,5 millones de dólares) para el caso de Renfe, y una cifra algo inferior para el material entregado por FEVE", precisó el funcionario
La adquisición, prevista para este año, se da en el marco de un convenio global de compra de material ferroviario a España hasta 2009, por un total de 300 millones de euros (368 millones de dólares) y que será ratificado a finales de este mes, cuando, según lo previsto, la ministra española de Fomento, Magdalena Álvarez, visite Buenos Aires.

El Secretario de Estado de Transportes de Argentina, Ricardo Raúl Jaime, y su homóloga portuguesa, Ana Paula Vitorino, acordaron que Portugal participe tanto con material circulante como trabajos de construcción y manutención en la modernización de la red de transportes de la Argentina.
Portugal modernizó recientemente su transporte ferroviario, por lo que tiene material circulante disponible para vender. Ricardo Raúl Jaime afirmó que el Gobierno argentino está aplicando un plano de modernización y recuperación de los transportes ferroviarios con una inversión global de 4.500 millones de dólares (unos 5.650 de euros), para el que cuenta con ayudas internacionales.
Las compras de material forman parte del plan del Gobierno de Néstor Kirchner para recuperar y modernizar el sistema ferroviario argentino, diezmado en la década pasada.
Argentina tiene hoy una red ferroviaria de unos 7.000 kilómetros de extensión, frente a los 27.600 kilómetros ofrecidos en la década de los 90, con la privatización (concesión, aclaración del autor) de Ferrocarriles Argentinos.
En 1948, en su máximo esplendor, la empresa estatal administraba unos 47.000 kilómetros de vías férreas. Le hacen decir a EFE.
Pero el verdadero esplendor de los ferrocarriles en la Argentina, se dio con su nacionalización. Con esa toma de decisión y la dinámica propia que se origina de ese proceso, se estructura un Sistema Integrado de Transporte Ferroviario de Comunicación e Industria y, como consecuencia de ello, en el año 1950 se transportó el mayor volumen de cargas y de pasajeros –nunca superado- donde laboraban 220.000 trabajadores. Sin contar la producción coordinada de sus talleres, la capacitación integral de su personal, la apertura de las escuelas en los propios talleres, además, de todo el Beneficio Público que ofrecía ese nuevo complejo integrado de transporte ferroviario a la sociedad, cuestión no valorada por estas comarcas colonizadas, donde las veleidades de sus gobernantes colonizados, es la de pretender parecerse al colonizador.
Nuestros colonizados criollos, cipayos** ellos, es decir, los colonizadores nacionales, repiten en forma autista las maneras de comportamiento y explotación de los colonialistas de ultramar, hacia el interior de la colonia, es decir, nuestro país.
Las genuflexa adquisición del material ferroviario en las colonias de ultramar para favorecer a los concesionarios –nuestros industriales nacionales- es una actitud de vendepatria***.
El presidente Kirchner, ha repetido y repite, que hay que acordarse de Perón y Evita cuando se gobierna, pues, hagámoslo: En su libro Historia de una Traición, en el capítulo IV “Vendepatria y Cipayos” dice en el 5º párrafo: “Sin embargo no debemos culpar a los colonizadores, sino a los nativos que se dejaron sobornar por una paga que, como la de todas las traiciones, lleva el estigma de la infamia.

**Cipayo: Amanuenses que des la función pública sirve a los intereses del imperialismo.
***Vendepatria: Político o personaje influyente prefabricado que, desde el Gobierno entrega al país.
Bajada del mencionado libro.

Parte II

CONTINUA RAPTADO EL ESTADO NACIONAL, Y ESTE, EN FORMA INVARIABLE SIGUE PAGANDO EL RESCATE. EN ESTA OPORTUNIDAD, A TRAVES DE COMPRAS DE MATERIAL FERROVIARIO EFECTUADAS EN EL EXTERIOR. SUS RAPTORES, O SEA, LOS CONCESIONARIOS EN COMPLICIDAD CON FUNCIONARIOS DEL GOBIERNO REALIZARON EL CONTROL DE GESTION DEL PAGO DE UNA PARTE DEL RESCATE.

“El conservatismos engendra la selección de mediocres ¿Cómo puede fundar sus privilegios esta élite de usurpadores consciente de su mediocridad? Hay un solo medio: disminuir al colonizado para engrandecerse, negar la calidad de hombre…”Es sabido que la ideología de una clase dirigente se hace adoptar en gran medida por las clases dirigidas”
Albert Memmi
Retrato del colonizado

Juan Carlos Cena * infomonarefa@villacrespomibarrio.com.ar

El Gobierno argentino lanzó en febrero de 2004 un Plan Nacional de Inversiones Ferroviarias para mejorar los servicios de pasajeros, reactivar los ramales de carga y regresar con el tren a las principales ciudades del interior del país. Fueron todos enunciados falaces, ninguno se concretó.
Continuando su recorrido por el shopping del usado ferroviario, el secretario de Transporte de Argentina comprará material rodante de ocasión a la compañía Comboios de Portugal (CP), empresa estatal de ferrocarriles lusa, en el marco de un plan para modernizar el sistema ferroviario de este país latinoamericano.
El secretario argentino de Transporte, Ricardo Jaime, señalaba en la edición del semanario "Expresso" que su país pretende adquirir material ferroviario portugués que será incorporado a las líneas de trenes de pasajeros y de carga del país austral.
El profesor Ricardo Jaime explicó que el déficit argentino en ese área es preocupante, no sólo "para cubrir las necesidades actuales, sino también para la renovación de unidades que están en el fin de su vida útil".
Afirmó que hay 11 locomotoras portuguesas en condiciones de ser adquiridas por el Estado argentino, para destacar también que tratará de "llegar a un acuerdo semejante al alcanzado con las -locomotoras- adquiridas el pasado año".
El profesor Jaime llegará a Lisboa, ha mantenido en la capital portuguesa un encuentro con el presidente de CP, António Ramalho, dice la noticia.
En 2004, CP vendió al Estado argentino 17 locomotoras puestas en funcionamiento en los años 1976 y 1977 por un coste de 3,8 millones de euros, la mitad del precio de mercado.
CP ganó en los años noventa un concurso internacional para modernizar el sistema ferroviario argentino, que incluía, además, una concesión para explotar la línea ferroviaria Belgrano Norte, proyecto este último que nunca se llevó a realizar.
Veamos la comprobación en el andén de la estación Retiro correspondiente al ex Ferrocarril General Belgrano, una de las muestras de la realidad concesionarista: se realizó el acto de presentación de vagones autopropulsados para el servicio urbano de pasajeros. Tras un acuerdo firmado entre el Ministerio de Planificación Federal, Inversión Pública y Servicios de la Nación, y la empresa estatal portuguesa Caminhos de Ferro Portugueses EP, las nuevas formaciones, compuestas por treinta y cuatro coches, serán afectadas a la concesión de la línea Belgrano Norte, a cargo de la empresa Ferrovías, para su utilización en el proyecto Tren del Este, entre otros.
Debemos preguntarnos si son nuevos o de descartes, por fatiga y obsolescencia de material, como los coches de los subterráneos. Aunque no se sabe su valor verdadero, seguro que los pagamos como coches de última generación, con tecnología de punta incorporada.
Se trata de nuevas formaciones compuestas por 34 coches, que fueron adquiridas por el Estado nacional a la empresa estatal portuguesa Caminhos de Ferro Portugueses. Fuente: La Nación y Ámbito Financiero 17/5/05
Repito palabras del profesor dichas más arriba: “Las compras de material forman parte del plan del Gobierno de Néstor Kirchner para recuperar y modernizar el sistema ferroviario argentino, diezmado en la década pasada”
Toda una falacia, está demostrado que se continúa con el sistema de concesiones, que tiene que ver con ese sistema de desguace, saqueo y paralización del sistema ferroviario. Sistema perverso que genera un drenaje de recursos nacionales sin que reditúe ningún beneficio público.
Donde se demuestra que concesionarios y funcionarios, en complicidad, han raptado al Estado Nacional para beneficio propio. Hemos denunciado y demostrado hasta el cansancio en notas publicadas por el Movimiento Nacional por la Recuperación de los Ferrocarriles Argentinos (Mo.Na.Re.FA) publicadas por esta agencia Argenpress y otros medios, que el famoso PLANIFER (Plan de Inversiones Ferroviarias), escondido y modificado de acuerdo a las necesidades de los concesionarios.
Es un proyecto de inversiones que sólo beneficia a estos industriales nacionales, que no sólo mal administran los ferrocarriles de la Argentina, sino que lo han saqueado y, que los funcionarios del área –por supuesto con la aprobación del más allá- protegen y benefician.

Como podemos apreciar, esta es la política ferroviaria del gobierno implementada desde sus comienzos, que fue la de seguir favoreciendo a los concesionarios. El Gobierno compra con dinero del Estado Nacional, al que aportamos todos, material ferroviario para los concesionarios, como Ferrovías, cuyo mayor accionista es EMEPA, que se benefician con la inversión estatal con domicilio en Chascomús, donde son originarios los hermanos Alfonsín.
Lo mismo está ocurriendo son subterráneos de Buenos Aires. Ibarra ha viajado a la Metrópolis, de la misma manera que el profesor Ricardo Jaime, y se ha entrevistado con unos de los más conspicuos colonizadores, Felipe González, viejo colonizador, dizque pintado de socialista, para gestionar una millonada de dinero para ampliar los recorridos de este sistema de transporte urbano. Cuya obra la realizaría Benito Roggio, viejo succionador de la ubre del Estado, actual concesionario de subtes y del ferrocarril suburbano línea Urquiza, entre otras cosas.

Seguimos con los trenes. En casa, digo, en el orden nacional, se ha llegado a un acuerdo con el tren que administra TECHINT. Que va desde Rosario a Puerto Belgrano, atravesando el mapa cerealero. La empresa tendrá 17 años para saldar con obras multas por $ 63 millones, que le adeuda al Estado Nacional. Dice además el acuerdo, que la compañía tendrá que invertir el 9,5 por ciento de su facturación anual.
Pese haber concretado en las últimas semanas un récord de inversiones de casi US$ 2.500 millones en la adquisición de nuevas compañías siderúrgicas, el grupo Techint volvió a recibir el auxilio del Estado para encarrilar a su ferroviaria de cargas. Toda una burla nacional de estos industriales nacionales.
La renegociación contractual que cerraron los funcionarios de la UNIREN y los directivos de Ferroexpreso Pampeano (Fepsa-Techint) dejó a cargo del Estado la mayor parte de las inversiones en infraestructura y concedió a la empresa un plazo de 17 años para saldar con nuevas obras los $ 63 millones de multas e incumplimientos que arrastra desde 1991.
Al igual que con sus colegas Ferrosur y NCA, el esquema de renegociación acordado con Fepsa prevé atar las inversiones obligatorias de la compañía un porcentaje de la facturación, acotar el pago del canon y levantar todos los reclamos cruzados.
Ferroexpreso —cuyo control mayoritario está manos de Techint— fue el primer concesionario privado que se hizo cargo de los trenes de cargas que privatizó la administración menemista. Repito, atraviesa el corredor cerealero Rosario-Bahía Blanca y el 80% de sus ingresos proviene del transporte de granos y cereales.
Por el doble impacto de la devaluación y los altos precios agrícolas, su facturación se triplicó en los últimos años. En el 2001, había transportado 2,4 millones de toneladas con una facturación de $ 23,6 millones. En tanto, en el 2004 trasladó algo más de 3 millones de toneladas que le reportaron un ingreso superior a los $70 millones.
Pese a que estaba lista desde mediados del año pasado, la "carta de entendimiento" con Fepsa recién salió a la luz esta semana tras la resolución de los reclamos mutuos. Las bases de la renegociación —que se debatirán el 24 de junio en una audiencia pública en Bahía Blanca—plantean las siguientes modificaciones clave:
A partir de ahora, la empresa estará obligada a invertir el 9,5% de su facturación anual.
El Estado asumirá las principales inversiones en infraestructura y material rodante. Hasta el 2008, los desembolsos estatales treparán a $ 163,7 millones; frente a los $ 43,7 millones que debe aportar la empresa.
El nuevo valor del canon quedará fijado en el 3% de la facturación anual y el 70% de ese importe será reinvertido por el Estado en la misma red ferroviaria.
La compensación de los reclamos arrojó un saldo a favor del Estado de $ 63,8 millones que la empresa cancelará con inversiones adicionales en un lapso de 17 años.
El esqueleto de la renegociación se completa con dos cambios llamativos. Por un lado, la empresa aceptó levantar las demandas que tenía entabladas contra el Estado por los ramales inundados ($ 40 millones) y los peajes de la provincia de Buenos Aires ($ 11 millones). Y, por otro lado, quedó abierta la puerta para un incremento de los fletes, por la modificación del "límite superior tarifario" que podrá solicitar la empresa en cualquier momento de la concesión. Infiero que hasta octubre no ocurrirá ese aumento, es el mes del plesbiscito.
Es realmente patética la política de este gobierno con respecto al tema específico del transporte en general, y en especial el ferroviario. Se dilapidan recursos a granel.
Y como si fuera una burla De Vido prometió también reactivar los servicios ferroviarios de la Argentina y particularmente el de Tucumán. "El servicio de tren en general fue un genocidio en el país y por eso estamos trabajando fuertemente", expresó. Asimismo, mencionó que el Belgrano Cargas estará activo en un corto plazo, una vez que la Nación lo adjudique.
"No nos vamos a desentender y vamos a invertir en el servicio de carga como en el de pasajeros", afirmó De Vido a El Siglo, diario de San Miguel de Tucumán.
Como podemos apreciar, son tantos los dichos y declaraciones de los funcionarios, sobre los montos de las compras, el material adquirido y, donde sobre la hora aparecen de nuevo los chinos. Somos una colonieta donde cualquier chichipio o palurdo nos pasa por arriba.
El llamado a plebiscitar la gestión de gobierno por parte del mismo gobierno, se puede apreciar que es un deseo desatinado que emana de la verdadera naturaleza del representante de las Metrópolis, los funcionarios cipayos. Uno, con solo mirar la política de transporte en general y la de ferrocarriles en particular, puede estimar que todo es una mascarada.
Y si se profundiza la mirada puede se podrá observar que la brecha entre pobres y ricos se ha ampliado, la desocupación aumentó, a pesar de los malabares que realizan con los números por parte del INDEC, el aumento salarial es una farsa, la mortandad infantil sigue creciendo, la educación, la salud en general, y así, con las erráticas políticas.
Ni hablemos de la política salarial, de salud, desocupación, contratos basuras, trabajo en negro, y por otro lado, la petrolera, gasífera…devastación de los bosques, de la minería y así: se están llevando el país. Ah, me olvidaba, vienen por el acuífero…
Algunos dicen que por toda esta política que el gobierno implementa, sus dirigentes volvieron al neoliberalismo.
La respuesta la da Aníbal Troilo, cuando le preguntaron:

-Gordo, ¡volviste! Y este contestó:
-Como voy a volver, si yo nunca me fui…

*Miembro Fundador del Movimiento Nacional por la Recuperación de los Ferrocarriles Argentinos Mo.Na.Re.FA.
infomonarefa@villacrespomibarrio.com.ar

La casa de Pascual*

*Por Adrián Abonizio. abonizio@hotmail.com

Pascual Di Turzzi se entretiene con poco: desparrama abejas drogadas con un especie de formol que él detenta en su guarida por sobre las flores de plástico de la mesita de la entrada al comedor. Su abuela, perdida en ruinas de su memoria, capaz de confundir a un mueble con un elefante o de hablar con gente muerta mirándose al espejo, cree en la posibilidad de una primavera interna y cae rendida ante la evidencia. Corre hasta la cocina y riega las calas con un risita taquicárdica y enclenque. Pascual luego llama desde el otro teléfono que está arriba, en su alcoba y se hace pasar por el difunto Pepe y le reclama a Doña Asunta que así se llama la nona, el dinero inverosímil de una herencia mientras le dice que en el infierno donde está hace mucho, muchísimo calor. Pascual ya va para trece y ha dejado de jugar a la pelota con nosotros porque somos muy chicos para él, porque tiene novia y porque ha descubierto en esos juegos una maravilla superior a la de la cancha y los goles. Está creciendo como una ardilla flaca, dientudo y poderoso en su maldad de junco venenoso, sólo con su abuela demente y un tío mecánico que aparece en la noche para cenar, pedorrearse, cachetearlo por un casi nada y tirarse a mirar el noticiero. Triste es la vida de Pascual, y lo entendemos a pesar de que ya no quiere jugar con nosotros y prefiere hacerlo con su novia o su abuela. Le pone azúcar dentro del frasquito de la sal, pone un trozo de pan en la jabonera y hasta tiene un títere al que hace aparecer tras el cortinado y es con quien dialoga Doña Asunta, mientras enhebra el hilo con un fideo en vez de una aguja y acuna una gallina
llamándola con el nombre de su hijo que nunca más vendrá a casa porque se le ha ocurrido morirse volando enredado en los cables su avión fumigador y era el papá de Pascual. El pibe dembula por la casa y ya no sabe que hacer para huir. Dice tener encanutadas las joyas ancestrales de la familia y pretende
vivir como un pasha en Brasil. Ha intentado el tren, el colectivo y un taxi que lo traslade fronteras lejos, solo con sus cacharros, el bolsito y su novia baya que excreta una locura poderosa y superior en enjundia a la de él, porque ella es pobre, delgada y tiene la nariz afilada como una cortadera. Putos putitos, es su saludo y quien le ha contestado se ha comido un bife y el escándalo. Es una casa abandonada, alta, limpia pero ignorada de la ternura humana; si pareciera que no viviese nadie con sus tejados de grises sucios y su entrada galvanizada de rojo y el cucú de cemento a la puerta y la veleta arriba. Una casa de manicomio, crecida entre los tapiales, encorvada sobre las demás como si se las fuese a comer. A veces Pascual sintiéndose solo como un rey nos convoca a tomar la merienda y
saciarnos con toda clase de mercaderías que esconde el tío en una bodega bajo la escaleras. Luego nos presta revistas pornográficas mientras nos pide que evitemos que la abuela se vaya a la calle y él se encierra con la chiruza cabeza blanca de su noviecita en su pieza de lo alto y suele dejar la puerta semientornada para que sintamos como ella ronronea en un sonido desagradable que la confunde con un gato enfermo, con una monstrua descabellada, cualquier cosa menos con una mujercita en cama. Tocamos el piano y manchamos las paredes con ceritas de dibujar; pateamos al perro mordedor y chiquito que tienen y hablamos con Doña Asunta que cree que estamos en guerra y nos dice que le avisemos, que ella va a estar escondida en el placard por si llegan los alemanes. Dele, abuela, dele tranquila continúa Toledo que no ha parado de hojear la revista Seximanía. Yo opto por el discos de los Beatles, esos porrudos que se peinan como Moe y lucen en la tapa cada uno en su cuadradito en blanco y negro. Unas lámpara a caireles llena todo de una luz boreal de palacio y andamos hechos unos zonzos enganchándonos con los cortinados, saqueando las paneras; disfrutando una guerra de mandarinas en el patiecito interno mientras el perro ladra y es pateado hasta no asomar más su morro en el hueco entre la mesada y la
cocina. Es una casa sin amor. Lo sentimos. No lo podemos decir. Es una casa seca, de papel matelassé, una casa helada llena de cosas ricas y prodigios.
Una casa que nos pone nerviosos al punto tal de soñar con incendiarla, borrarla con un fósforo de nuestra juventud porque en ella, detectamos toda la maldad del universo entero y porque en ella Doña Asunta se hace encima, hay sexo menos para nosotros y se ha convertido en el mausoleo del mejor
número nueve que tuvimos en el Deportivo Zavalla, el Pascual Di Turzzi quien ha enloquecido definitivamente, abandonado las prácticas y lo hemos perdido en eso que tememos y se llama crecer, ser grandes y volverse idiota como todos los demás.

*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-20730-2009-10-21.html

*

Cachi ... Peña de soledad
Paisaje hermoso, en lengua Kakán ...
Ocasión de nombrar la verdad con belleza ...

Por ello: Ocasión de Poesía.
Horacio C. Rossi -en la terraza-

Familiares y amigos de Horacio C. Rossi (1953/2008) lo invitan a la presentación del libro POEMA DE CACHI, escrito en que nos habla de su último viaje (Septiembre 2007) al noroeste argentino visitando, precisamente, las Ruinas de Cachi.
La cantante Nilda Godoy le dará brillo a la presentación con su voz y músicos que la secundan.

Día: 29 de Octubre de 2008.
Hora: 20.15
Lugar: Cine Auditorio de ATE –San Luis 2854 * Santa Fe-

AUSPICIAN: ATE– El Arca del Sur– SADE– ASDE– LuzAzuL– Asociación Cultural El Puente – Programa “Soberanía y Cultura” (Radio Nacional)

*

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*

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18/10/2009 GMT 1

COMO EL CONEJO BLANCO DE ALICIA QUE CORRE Y NO SABE A DÓNDE VA...

urbanopowell @ 15:40

EXILIO*

Hormigas melodiosas transitan por su sangre,
Y todo, todo es nada: solamente un recuerdo
ARIEL FERRARO

Nunca te dije que me quedé por miedo
Por un brutal. Feroz, insustituible miedo.
Coloque en tu valija tu jean, una foto y mi gastado miedo
Partiste en plena noche. Como un bandido.
La muerte silabeaba con boca de zafiro.
Me dejaste libros, despedidas.
Y el miedo, animal, impío, sanguinario.
Prefería la muerte a la partida.
Pero quedó la herida. De muerte, herida.
Herida miedo. Estaba en todas partes, en todas, todas.
En tu silla vacía. En la guitarra.
En el perro llorando. Lastimeramente.
En la mesa con mantel de desvelo.
En los diez mandamientos de mi manos.
En mi boca cocida. En mis ojos atados.
En el mapa de tu cuerpo en mi lecho.

Quedaron sacos rotos.
Olor a patria. Sabor a viento claro.
Tierra natal. Muertos. Crujidos.
Disparos que ahuyentan las palomas.
Te has llevado mi pena, ay mi pena.
Y has dejado la tuya. La tuya mía, corazón.
Un pedazo mío tuyo te has llevado.
Un clavel. Un malvón. Un café.
Un pájaro de bruma. Un dragón .Una tijera.

Corto la espera, sentada en el umbral.
Como ayer, anteayer, mañana, nunca.

*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar

COMO EL CONEJO BLANCO DE ALICIA QUE CORRE Y NO SABE A DÓNDE VA...

Abuela en moto*

Se encontraron en la esquina del mercadito las dos abuelas. Las dos con bastón.

Mi madre con nieta del brazo.

Mi madre tiene la edad del Ratón Mickey. La abuela con la que conversa la supera en unos años.

-Mi hija sintetiza la charla cuando vuelven:

La abuela con la que hablo la nonna anda en moto.

Mi madre le hablaba de sus salidas a los médicos.

La abuela que vive enfrente de la fábrica de mosaicos no quería hablar de enfermedades quería contarle de su último logro a los 85:

-En la vida había viajado en barco. En avión. En trenes. Hasta en burro y hace poco tiempo de esto.

Pero nunca en moto.

Hasta que me escucho mi nieto más chico, el Rubén. Tiene una Harley que le dejo su tío materno, el pobre murió joven en un accidente y la moto quedo ahí medio desarmada. Él la arreglo. Va y viene con ese orgullo que se le nota en la cara. Vino a visitarme. Me escucho cuando le conté que en el viaje con el centro de jubilados fui la primera que se animo a subir al burro.

Pero nunca en moto...

-Deja el bastón en el porch y vamos. -Me dijo

-Me subí sin pensar en las consecuencias.

-Ese día fueron dos o tres vueltas por acá cerquita.

Cerraba los ojos para no marearme y me agarraba fuerte.

Tuve un poquito de miedo pero me gusto. Y al Rubén también le gusto llevarme.

Desde ese día. Todos los domingos si no llueve. Antes de la hora de la tristeza, él viene y salimos a pasear en moto.

-Hasta me compró una campera para el viento y un casco -Aclara abriendo bien grandes los ojos.

*De Eduardo Francisco Coiro. inventivasocial@hotmail.com

Pronóstico poético del tiempo*

Atardecer de octubre en Santa Rosa de Las Pampas

Brindamos los datos del tiempo que pasa lento cuando el día es triste y aún cuando no nos regala un motivo entre tantos para brindar.
El horizonte está más lejos esta tarde y el cielo inmenso desnudo de luna, con cenefas color rosa tímido de sol en despedida, dibuja un punto diminuto en suspensión que traga el aire atravesando el llanto a bocanadas.
La inclemencia del viento y del estiaje no llegará a ser tan vehemente como esta aspereza con que increpo los pasos perdidos, los brindis gastados y el tiempo que pierde toda su relatividad cuando ya lo dejamos ir, como el conejo blanco de Alicia que corre y no sabe a dónde va.
Y ni siquiera una galera a la mano…

*de Lucía A. Cinquepalmi. luciaguionbajo@gmail.com

CHIQUIN*

El campo era ese manchón verde que explotaba en los ojos. Era ese sembrado que se ampliaba en la distancia, cortado apenas por los alumbrados llenos de óxidos y pájaros, un camino que se perdía entre un maizal amarillo.
Y los árboles.
Manchones que se iban oscureciendo en el atardecer, a lo lejos. Y el cielo con esa franja sanguinolienta en el Sur, Pero todo plomo derretido el resto.
Algún sulky era tragado por aquella distancia.
El deseo y quejumbroso balar de alguna oveja o el llamado de una vaca que perdió su ternero puede darle broche triste a la tarde.
La pila íbase adueñando del campo. Un rocío invisible, sólo percibido en los pastos descendía del cielo aunque recién estábamos a principios de marzo.
La cocina bullía su esplendor más alto, esperando a los rezagados en alguna tarea indispensable y de último momento.
Nosotros nos sentábamos en el gran cajón verde, con su divisoria en el medio y que estaba siempre repleto de marlos. El más pequeño se sentaba en ese canasto circular que se usaba para acarrear tan albo combustible desde la troja al cajón y no se perdía nada de las historias que los mayores contaban. Uno rogaba que se olvidaran de los niños, porque de lo contrario el primero que se le ocurría una orden seca era el desparramo hacia todas las habitaciones, eran la rabia, el desencanto.
Cuando nos llamaban a cenar no se podía desobedecer so pena de quedarnos sin comida. Los mayores la emprendían con cuentos de aparecidos, de “Solapas” que se roban a los niños en las siestas, las “luces malas” que nos parecen ver bailotear ya mismo por el campo, por eso ni nos atrevemos a mirar las ventanas y ¿quién se anima a buscar agua hasta la bomba que está cerca del molino si es mandado en ese momento?
A veces las historias son de guerra, de la represión a que sometía a sus adversarios, el sistema del Duce. En este punto disienten, No todos piensan lo mismo.
El viejo Bucelli lo admira y esto enfurece a Chiquín, quien probó primero el aceite de ricino y luego el sabor más amargo del exilio. Ni las medallas ganadas en la guerra (a la que se volvió a pelear estando ya afincado en la pampa) le sirvieron luego de la Marcha sobre Roma. No obstante habla con orgullo de su Lombardía, de la guerra.
Chiquín es un socialista de los de antes, con una convicción de acero. De los suyos ya ni noticias le llegan.
No es por eso casual que se ponga triste los domingos y que vaya hasta el Boliche de Markicich y se pesque una bruta borrachera.
Ese boliche que está camino al cementerio, a la entrada del pueblo, desde donde nunca pasó Chiquín.
Para él “la América” , como le decía a este país donde vino a dar con sus huesos, eran esas 60 hectáreas de campo que Domingo Clérici arrendaba a don Victorio Vollenweider, y que él trabajaba como mensual, con sus perros, su pequeña pipa curva, vigilando el agua de los animales y el estado de los alambrados, de los postes, y el buen funcionamiento del molino.
A veces se ponía taciturno y al encender esa pipa curva, repleta de mal tabaco, se le encendían los ojos grises, cansados, con la cabeza quién sabe dónde, tal vez sobre el sol que a esa hora daba pleno en sus amadas campiñas italianas.
De a poco iba cabeceando, perdiendo el hilo de la conversación y con la lentitud de un niño se iba durmiendo. Como a un infante había que recordarlo.
Y entonces, daba un poco avergonzado las buenas noches y se dirigía a ese pequeño cuartito donde dormía entre armeses que olían a agrios sudores de caballos.
Allí tenía un rechinante camastro de hierro, un colchón relleno con chalas y algunas viejas frazadas. Su mundo estaba en un baúl no muy grande, que cubría con una bolsa de arpillera sin usar. Era además su mesa de noche. Encima estaba el cabo de vela, su pipa y una descolorida lata de té Tigre donde guardaba su tabaco marca Suiza, que le proveía la atenta displicencia de don Marcos junto a la ginebra copiosa y traicionera del domingo.
Los habitantes de esa chacra eran su familia. De lo suyos prefería no acordarse, salvo cuando la ginebra le aflojaba el pecho endurecido por tantas batallas y entonces solía insultar, y hasta llorar o maldecir esa suerte de inmigrante pobre que lo obligaba sin piedad a amarrarse a borrosos recuerdos, mientras a su alrededor giraban los crepúsculos más bellos del mundo sin que él pudiera darse cuenta.

*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar

La voz que decía toda la verdad en mi infancia*

A Mercedes Sosa

En mi casa de la infancia, una especie de chalecito de los planes de Eva Perón, se escuchaba música de todo tipo. Un poco de esto lo conté ya en el relato anterior sobre Billy Cobham. Obviamente no nombré todo el material musical existente en las estanterías ni la relación tan cercana que teníamos mi hermana y yo con el folklore y la música popular. Además de todo lo que nombré en el susodicho relato, que yo me acuerde, entre un montón de singles y LP's, que sería muy poco literario enumerar (por lo extenso y
aburrido), había un disco de Alfredo Zitarrosa :"Zitarrosa 74" se llamaba, uno de Raphael traído desde la antigua URSS en el último viaje de mi padre (una rareza saber que a los rusos, tan grises y circunspectos ellos, les chiflaba ese tipo bastante amanerado y de voz sensual que cantaba "..por el
camino que lleva a Belén , porompompon, porompompom.."), alguno de Horacio Guaraní, Víctor Heredia y fundamentalmente, por lo menos para mi, la "Cantata Sudamericana" de Mercedes Sosa.
Todavía me acuerdo que la primera canción empezaba con la voz de ella diciendo casi a "capella" "..Americana soy, americana soy" luego seguían unos acordes de una especie de clavicordio que seguramente eran unos arreglos de Ariel Ramírez.
Ese disco me fascinaba. Fue como el primer aviso que tuve de por donde quería ir con mi guitarra. Obviamente yo era una esponja que escuchaba de todo y todo me sorprendía. Algunas cosas me interesaban mas que otras, pero nada desechaba sin por lo menos haberlo escuchado una vez.
Digamos que tenía la oreja libre.
Como ya pueden intuir, el disco de Zitarrosa y el de Mercedes Sosa fueron los que mas huella dejaron. De don Alfredo me gustaban sus guitarras y fundamentalmente esa voz profundamente varonil y de dicción perfecta. La foto de la portada del disco me representaba exactamente lo que yo escuchaba: un tipo grandote, de impecable traje negro, con un poncho prolijamente doblado y colgando de un hombro, fumando un cigarrillo y el pelo engominado peinado hacia atrás pero con un pequeño mechón que parecía
negarse a la disciplina cayendo sobre un costado de la frente.
En cuanto al disco de "la negra" eran otras cosas las que me quedaron.
Varias y por distintas razones. Más que nada la forma de cantar. Como dije antes, ese comienzo de la primera canción no solo estaba perfectamente afinado, perfectamente dicho, no solo era el color y la fuerza de la voz.
Era la manera de afirmar y de demostrar lo que quería decir "Americana soy, americana soy.." cantaba ella y uno sentía a través del vinilo esa afirmación incontrastable y de una decisión inamovible. Y todo lo que cantaba era así o me sonaba así.
Yo creía en lo que ella me cantaba.
Me lo creía de verdad.
Más allá de las metáforas de las canciones, yo sentía que esa señora me hablaba directamente a mí. Puedo decir sin temor a equivocarme que la voz que decía toda la verdad en mi infancia, se llamaba Mercedes Sosa. Toda la otra música que oía entrañaba diferentes sensaciones.
Había cosas que no entendía pero que igual me movilizaban.Serrat por ejemplo. Había un disco
en casa, un single creo y ese acento tan catalán me divertía muchísimo aunque yo no entendiese del todo esa frase de "Pueblo Blanco": "Y las muchachas hacen bolillos, mirando ocultas tras los visillos." ¿qué quería decir? ¿Qué era "hacer bolillos"? ¿Y "visillos"?.
Así y todo me encantaba.
Pero "la verdad", sin lugar a dudas la cantaba "la negra". Ella fue la primera persona que me convenció de algo.

A mediados casi finales de los noventa, mas precisamente por el 96 yo había formado familia ya, tenía un hijo y nos habíamos mudado a Córdoba en busca de trabajo. Para mí, una persona que amaba el folklore, Córdoba era como la Meca. El lugar sagrado donde debías dar el examen final que te autorizaba a seguir intentando hacer algo con la música nativa. Más allá de esto yo me enamoré de la ciudad. Allí viví varios de los momentos más duros pero también guardo todavía amigos y recuerdos entrañables. Córdoba es distinta a todas las ciudades argentinas. Salir a caminar, solamente a caminar, por la zona de las peatonales o por la cañada, era algo que me hacía feliz a pesar de las muchas contras que había por esas épocas. Estamos hablando de pleno auge menemista. Con esto creo que sintetizo todo.
Por aquellos años yo ya había dejado atrás una etapa importantísima en mi vida, cómo fue haber participado en el génesis de una experiencia novedosa y reveladora (por lo menos para mi) que se llamó "El canto callejero" en Santa Fe. Durante esos años estuvieron muy presentes los nuevos músicos que
fusionaban y experimentaban con el folklore: Jacinto Piedra, Verónica Condolí, Peteco y algunos más. Entre todos ellos siempre sobrevolaba amplia y generosa la voz y la figura de Mercedes Sosa. Yo podía escuchar y tocar todo lo que quisiera: folklore puro y de fusión, pop, melódico, cualquier cosa, pero siempre volvía a buscar esa voz que me decía la verdad.
La "Negra" me seguía acompañando desde sus conciertos, desde sus nuevos discos o desde su figura pública...
Para mi fue entrañable; podía reconocer algún momento de mi niñez con una canción suya .Una estrofa escuchada por la radio me recordaba algún disfrute sereno en un recital en el estadio de la Universidad Tecnológica, cuando yo todavía creía que el Che seguía viviendo en los pibes que usaban boinas negras y borceguíes aún en pleno diciembre. O volver a envidiar sanamente algún arreglo novedoso en viejas zambas. Y aprender, fundamentalmente aprender.

Tuve por aquellos años mi primera experiencia cercana a la muerte. Me explico mejor: no quiero decir que estuviese a punto de morir o que alguien de la familia falleciese ni nada de eso. Con 15 años me toco vestir un muerto, amigo de mis padres , por razones que sería innecesario contar aquí, y la verdad es que no me afectó demasiado. Alguna vez me asaltaron y me pusieron un 38 en la cabeza y tampoco da mucho tiempo en pensar en nada.
Tuve como todo el mundo accidentes de coches y sinceramente el miedo viene mucho, pero mucho después. No, el desasosiego de la pérdida irreparable me acechaba en el lugar menos esperado: la noticia en una radio cordobesa de que Mercedes Sosa estaba grave y que se podía esperar lo peor.
Literalmente me sentí desarmado.
Utilicé mucho espacio de tiempo para poder entender lo que me había sucedido en esos días de mediados casi finales de los 90.
Una angustia íntima, una desolación sin aspavientos, seca, pura y a la vez serena me embargaron durante unos cuantos días. La conciencia reveladora de lo irremplazable.
Se me moría alguien que de verdad estuvo un montón de años al lado mío o lo que es lo mismo: al lado de mi vocación, de lo que yo quería ser como persona: un músico. Coherente conmigo y leal con mis gustos, sin miedos ni clichés, desprejuiciado y solidario. Allí estaba la posibilidad mas que cierta de no volver a escuchar a la voz que me llamaba desde niño al camino de la música.
Fueron días tristes. Andaba por las calles de Córdoba con un nudo apretándome el cuello. Por primera vez me sentí desconsolado. No me podía explicar como alguien a quien ni siquiera había tratado me afectaba tanto en su destino. Y justo allí encontré la respuesta. En esas horas de vagueo por
los bares de la "Docta", sentado a mirar discurrir el hilo de agua de la cañada, me di cuenta que se moría parte de mi historia. La negra había dibujado con su voz el trayecto que me había llevado a ser lo que era o lo que quería ser con mi música.

Hoy a la luz de lo acontecido, me doy cuenta que aquello que yo descubrí dolorosamente hace mas de 12 años lo ha sentido hoy mucha, muchísima gente.
Mi tristeza, mi angustia se había masificado. En estas ocasiones creo que la muerte nos da la real dimensión de lo que perdemos. Y no lo digo por aquella falsa creencia de que la muerte nos hace buenos a todos. No. Nada más lejos de mi sentimiento . Me remito si no ,como prueba irrefutable, a aquel año de 1997, donde yo anticipaba un luto que no se si alguna vez podré quitarme.

* "La voz que decía la verdad." A Mercedes Sosa

*de Florencio Romero Diaz staferomero@hotmail.com
-Logroño del 13 al 15 de Octubre de 2009

Fascismo de corbatas Armani*

*Sylvina Walger
18.10.2009

“Si Berlusconi gana, pediremos asilo político en Francia, porque Italia se convertirá en la Argentina”, contestaba a una encuesta en la RAI un ciudadano romano pocos días antes de que el Cavaliere se convirtiera por tercera vez en jefe del gobierno italiano.

El Berlusconi que llegó este año al poder es, según palabras de Darío Fo, “un enfermo de sexo, erotismo y de ganas de mandar”. Un hombre dañino que ha confundido lo público con lo privado, que no tolera ninguna crítica y que ha puesto en peligro la libertad de expresión en Italia.

Sus hazañas, de todo tipo, han dado la vuelta al planeta, al punto que la edición europea de Newsweek del 19 de octubre lo trae en tapa en una foto en la que dice “adiós”. Y en letras grandes pide: “Échenlo”. “Italia no puede permitirse las bufonadas de su playboy en jefe”, agrega el semanario en un artículo de tres páginas que comienza con la lista de escándalos protagonizados por Berlusconi en los últimos tiempos. “En lugar de comprometerse con las reformas económicas y sociales que su país necesita, Berlusconi, vuelto al pasado, mira por su espejo retrovisor obnubilado como está por la Justicia, la prensa, los conspiradores comunistas, las maquinaciones de sus rivales, sin olvidar las mujeres encolerizadas que lo persiguen”. Aunque no pertenece al grupo de las encolerizadas, Michelle Obama se encargó de hacerle notar su desprecio y en el último G-20 no le permitió el tradicional abrazo. Se limitó a extenderle secamente la mano.

Newsweek olvidó un detalle: la principal de sus obsesiones es la prensa anglosajona, a la que acusa de desprestigiarlo gratuitamente. Los italianos no hablan, sobre ellos pesa la censura.

“La prensa extranjera –insiste el Cavaliere– desprestigia al país, a mí y a la democracia. Hay un espíritu antiitaliano. Los periódicos deberían dar una imagen de Italia bella, fuerte y pura, no contaminada”.

Hasta ahora, Berlusconi vivía feliz –un decir– su extravagante pasar gracias a la inmunidad penal que le otorgaba la ley Alfano. Un absurdo e impune régimen del que se beneficiaban –hasta la semana pasada– las cuatro más altas personalidades políticas de la península. Pero como la justicia italiana tiene pocos puntos en común con la nuestra, la Corte Constitucional, apoyándose en un dictamen del Consejo de Europa que opinaba que esa ley resultaba un obstáculo para el combate contra la corrupción, pasó por alto los deseos de Silvio y lo despojó de sus privilegios, colocándolo en situación de riesgo.

“Está ahora no sólo aterrorizado por los magistrados sino también por su propio pasado”, cuenta Ezio Mauro, director del diario La Repubblica, del grupo L’Espresso, y uno de los encarnizados enemigos del Cavaliere. “Lo que prueba su inestabilidad como primer ministro”.

Su respuesta fue dar rienda suelta a su egolatría: “Viva Italia, Viva Berlusconi”, y procedió a sacar una de las cartas que aún guarda en la manga, su popularidad: 47 por ciento contra el 62 de hace algunos meses. No será fácil sacarlo.

Pese a que le acababan de arruinar el sueño de reformar la justicia italiana, a la que considera demasiado independiente (eso porque no conoce a Diana Conti). Recuperó fuerzas y procedió a autodenominarse “campeón mundial” de las persecuciones judiciales disponiéndose a afrontarlas (todavía no han comenzado). Después de su primera elección en 1994, Berlusconi afrontó 90 procesos y gastó 168 millones de euros en “gastos de justicia”, con esta última palabra el inconsciente suele jugarle malas pasadas y sustituye “justicia” por “jueces”. La mayoría de las acusaciones que pesan sobre él tienen que ver con evasión fiscal, corruptor, dueño de una cantidad de empresas en paraísos fiscales y alguien que utiliza a las instituciones para arreglar sus pendencias judiciales.

La Italia de hoy tiene poco de envidiable. Darío Fo equipara este período con uno de los más oscuros que ha vivido el país. Racista, xenófoba, homofóbica grave, Mussolini y Hitler tienen su lugar y la mayoría de los habitantes lamenta que Hitler no haya puesto el mismo ahínco para matar gitanos como el que puso para asesinar judíos. Según el escritor siciliano Andrea Camilleri, estas actitudes son la consecuencia de que Italia nunca ajustó las cuentas con el fascismo y éste está resurgiendo en formas nuevas.

El hecho de que Berlusconi haya sido votado por una buena parte de sus conciudadanos no se entiende sin tener muy en cuenta que durante siglos los italianos han resistido enfrentados a un Estado que únicamente se hacía sentir de manera negativa: en la recaudación de impuestos y el servicio militar.

En un mundo globalizado, donde el Estado ha perdido muchas de sus competencias, su crisis arrastra la del gobierno representativo, cada vez más pura ficción. Al parlamento lo ha sustituido el poder de unos partidos que, al ir apartándose de sus ya exiguas bases, y sobre todo de sus electores, dejan a la sociedad abandonada a sus expensas. La peculiar historia de Italia donde el Estado, salvo durante el fascismo, apenas hizo acto de presencia, tal vez explique que el poder lo ocupe un aventurero, hecho a sí mismo, con pretensiones donjuanescas.

El italiano ha sido un mal soldado, pero un bandido valiente. Acérrimo individualista, sólo se ha sentido vinculado con la familia y la localidad donde ha nacido. Tal vez esto aclare el episodio de las tropas italianas en Afganistán. Aunque hoy lo desmientan, lo cierto es que les pagaron a los talibanes para que no los ataquen. Cuando se fueron, “olvidaron” avisarles a sus reemplazantes franceses sobre la transacción efectuada. Resultado: ocho franceses muertos de un tirón.

Camilleri sostiene que sus votantes aman “al bufón delirante porque refleja lo peor de cada uno y suscita esa envidia que todo italiano siente hacia las motocicletas que no respetan ninguna regla, ningún código”. Camilleri sostiene que Berlusconi no cierra los diarios porque no puede y porque la televisión es más vista. Pero sí rige la censura y la autocensura.

Es ahora justamente cuando “las cosas se han puesto feas para el sistema de información”, explica Roberto Nadale de Reporteros Sin Fronteras, y que teme, como muchos, la amenazas que penden sobre la libertad de expresión, en momentos en que el parlamento se apresta a votar una ley que limitaría las publicaciones que den información sobre asuntos judiciales.

Más allá de la prohibición del documental producido por Zenatrop, la productora de Lars von Trier, Videocrazy. Una crítica feroz a los últimos 30 años de la televisión italiana mayoritariamente controlada por el inefable Silvio. Tanto es así que Mediaset –propiedad de Berlusconi, cuyo nacimiento y evolución están explicados en el documental– y la RAI se negaron a emitir –convengamos que la RAI nunca fue la BBC–.

Los medios del Cavaliere –que controla el 90% de la televisión– invitaron a los inversores publicitarios a boicotear a los diarios que molesten al jefe. También se los alentó a procesar por injurias a los periodistas a los que se califique de “crápulas”. También se invita a los italianos a no pagar el canon de la televisión pública.

Berlusconi, editor, empresario y presidente del gobierno, alienta a los inversionistas para que no contraten publicidad en los medios que duden de las declaraciones optimistas de la mayoría parlamentaria y del gobierno acerca de la crisis financiera, económica e industrial (debe andar Moreno por ahí).

Pero los dos episodios más serios son los juicios incoados al periódico de centro izquierda La Repubblica por un millón de euros. A su director, Ezio Mauro, lo acusó de “fraude fiscal” y a su propietario, de “extranjero”. El presidente del grupo Espresso, Carlo de Benedetti, es judío y tiene doble nacionalidad: es suizo e italiano.

En cuanto al cotidiano comunista L’Unita, fundado por Antonio Gramsci, le pide 3 millones de euros.

El presidente del gobierno se muestra así como el peor abogado de su causa. Ha optado, más que por explicar y poner en claro lo que ocurre, por deslegitimar e intimidar los títulos que no controla. Si por casualidad renunciara a su ofensiva judicial, se evitaría el ridículo de ubicar a Italia en competencia con Corea del Norte o Rusia en el capítulo “libertad de expresión”.

Sus propios medios son otra forma de intimidación. Il Giornale, un diario de su grupo, llevó adelante una campaña de calumnias contra Dino Boffo, director del periódico católico Avvenire. Una columna anónima lo difamó por homosexual y lo hizo renunciar (método Pagni o matonismo mediático según Ezio Mauro).

“No tengo la menor duda de que Berlusconi quiere reimplantar el fascismo en Italia”, aseguró en estos días José Saramago. “No es un fascismo de los años 30, hecho de gestos ridículos como levantar el brazo. Pero tiene otros gestos igualmente ridículos. No será un fascismo de camisas negras sino de corbatas de Armani”.

*Fuente: http://criticadigital.com/impresa/index.php?secc=nota&nid=32557

*

MUJER

cuenco

lágrima

pájaro

manos

risa

soledad

árbol

coraje

lumbre

hermana,

MADRE
te abrazo

*de Iris. iris_neuquen@yahoo.com.ar
18.10.09

*

Queridas amigas, apreciados amigos:

Este domingo 18 de octubre de 2009 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor brasilero Claudio Santoro. Las poesías que leeremos pertenecen a Clara Rebotaro (Argentina) y la música de fondo será de Tarpuy (Andes).
¡Les deseamos una feliz audición!

ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!! (Recomendamos usar http://24timezones.com/ para conocer las diferencias horarias).

REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!

Freundliche Grüße / Cordial saludo!

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com

Schießstattstr. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067

*

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*

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HUÉRFANOS DE PALABRAS LOS ADIOSES EMPUJAN...

urbanopowell @ 00:38

*

Deja que el viento
toque el ave.
dos libertades hermanas
vuelan juntas
en busca de astros quiméricos,
incontaminados,
lanzados a la eternidad.
Deja que el viento
acune el sueño
de quien busca amparo
en la paz eterna,
de quien es el faro
para nuestra vela
porque en ella el viento
anida y se queda.

*de Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar

HUÉRFANOS DE PALABRAS LOS ADIOSES EMPUJAN...

LUPANAR DE LAS TRISTEZAS*

He llegado al lupanar de las tristezas.
Un hombre flaco, golondrinas cansadas
en sus ojos.

Otro hombre duerme a la vera de sus penas.
En el hueco calloso de su mano.
Adormilado, un pájaro descansa.
¿Quién ha de atreverse a despertarlos?
¿Adónde los llevará la noche?

Resbala por mi piel el anatema.
Ingreso al laberinto impenetrable.
Sola.
Alud de oscuridad.
Mierda y silencio. Páramo.
El infierno del Dante es una Rosa azul.
Fango.
En las botas de hierro pesa el mundo.

Huérfanos de palabras los adioses empujan.
Al fondo, profundamente quieta, está la vieja la puerta.
Siempre abierta, aún en la más negra de las noches.
Una mano arrugada se enciende en cicatrices
y me llama.
Atravieso la puerta.

La claridad, magnífica, opaca el aguijón.
Allí, encuentro el jardín y el ladrillero.
Arquitecto de soles temerarios.
Trabaja con sus manos, con el fuego y el agua.
Piel de piedra, arraigada, que brota de la tierra.
Nubes se transforman en el aire
Lluvia mansa envuelve al hombre,
Mientras la humanidad, mutable, imperfecta
Lo acompaña.
Mientras tanto, las golondrinas descansan
En los ojos del hombre con figura de cristo.

*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar

LA CULTURA DEL MALESTAR

El presente de una desilusión*

Hemos perdido nuestro cuerpo. Ya no habla sino través de síntomas e inhibiciones. El cuerpo de nuestro hoy es el cuerpo enfermo: enfermo de miedo, de impotencia, de silencio, de soledad, de insignificancia.
La coerción externa, cada vez más intensa, abusiva y arbitraria, va configurando una telaraña que deja sin escapatoria alternativa a los seres humanos engañados en sostener el conjunto social como único engranaje posible de vivencia y convivencia.
La decadencia institucional con su consecuente deterioro manifiesto en la totalidad de los vínculos y relaciones, históricamente instituidos a través de diversos dispositivos: familia, escuela, policía, iglesia, salud, justicia, denuncia la emergencia de un espacio – tiempo que requiere de construcciones que sirvan a la libertad.
Estado e institución, como reguladores de las relaciones entre los hombres, han concluido en demostrar, por fin, que su política y las condiciones generadas son equívocas y nocivas.
Podría resultar redundante, entre profesionales y técnicos de esta disciplina, enunciar la sintomatología escenificada a partir de cada una de las instituciones mencionadas. Aparece en la clínica diaria, en las demandas escolares, en las derivaciones e internaciones hospitalarias, en las crisis de los vínculos y mandatos familiares, en la perversión de las interpretaciones judiciales, en la devoción mística, en los efectos de la represión policial, en el vagabundeo adolescente en masa sin preguntas para sus respuestas: trastornos de aprendizaje, problemas de conducta, fobia, anorexia, pánico, narcotización, abuso de psicofármacos, embarazos y abortos clandestinos, suicidio, autoagresión, canibalismo, violencia, sometimiento, abandono, angustia, ansiedad, renegación, fraude, somatizaciones, enfermedades y frustración relacionadas con la dependencia hacia los vínculos virtuales, sexualidad castigada, simbiosis, parasitismo, culpa.
El rol subversivo del psicólogo, pues de ese modo se lo estimó en las décadas del ’60 y del ’70 del siglo pasado, situación que derivó en la proscripción de la formación académica y del ejercicio profesional del mismo, sufrió inevitablemente el atravesamiento de la represión como mandato institucional.
En consecuencia, el psicólogo corrió también el riesgo de normatizarse según las exigencias del poder y, en muchos casos, el riesgo se transformó en realidad de hecho.
El proverbio “Si no puedes vencer a tu enemigo, únete a él” podría ser aplicable a este contexto, dado que, según mi perspectiva, la incorporación de licenciados psicólogos a innumerables corpus institucionales, se representó en la fagocitosis de los ‘agentes de salud’ como instrumentos – objetos del sistema para ejercer la normatización.
Gilles Deleuze enunció en 1972, en entrevista con Michel Foucault (Les intellectuels et le pouvoir’): “Todas las categorías profesionales van a ser convidadas a ejercer funciones policiales cada vez más precisas: profesores, psiquiatras, educadores en general, etc. Hay aquí algo que Usted anuncia desde hace tiempo y que se pensaba que nunca se produciría: el refuerzo de todas las estructuras de encierro”.
Foucault agrega: “Existe toda una serie de equívocos en relación a lo ‘oculto’, a lo ‘reprimido’, a lo ‘no dicho’, que permite ‘psicoanalizar’ a bajo precio lo que debe ser objeto de una lucha”.
En el ‘Curso del 14 de enero de 1976’ nuevamente Foucault describe: “Los avances de la medicina, la medicalización general del comportamiento, de las conductas, de los discursos, de los deseos, etc., tienen lugar en el frente en el que se encuentran los dos planos heterogéneos de la disciplina y de la soberanía.
(…) Y en esta medida, la utilización como llave crítica de la noción de represión se halla viciada, inutilizada desde el principio dada la doble relación jurídica y disciplinar que implica respecto a la soberanía y a la normalización”.
La concepción de higiene pública es una gran boca de lobo donde el psicólogo puede caer embaucado a riesgo de oscilar entre esta doble función liberadora o normalizadora.
Ya Sigmund Freud expresaba en 1927 que la cultura impone al ser humano preceptos imposibles de acatar, con el fin de regular las relaciones sociales, poniendo en juego la máxima cantidad de libido con fin inhibido (extrae de allí su energía). Y, en el caso de que no pueda compensarse la frustración que lo cultural provoca sobre lo instintual “habrá que atenerse a graves trastornos”.
El síntoma es, aquí, lo siniestro, aquello que habiendo debido permanecer oculto, se ha manifestado. Esta manifestación de lo oculto (lo reprimido) transforma lo familiar en espantoso. Lo egosintónico se hace egodistónico transmutando un rasgo de carácter en síntoma y/o viceversa.
La represión como mecanismo instaurador de lo cultural, aquello que nos diferenciaría de nuestros antecesores animales, es la herramienta de privación y frustración a través de la cual se vigila, se selecciona y se normatiza.
¿Sobre qué línea del margen de la represión nos hemos posicionado los técnicos de la salud?
¿De qué salud hablamos cuando hablamos de salud? ¿De qué lado del saber nos ubicamos?
Si el saber que adquirimos (en presente y en pretérito anterior), en tanto construcción del conocimiento que nos habilita a ejercer nuestro rol, transporta el mandato del poder instituido e instituyente, el riesgo de ocupar el lugar de herramienta normatizadora es harto elocuente.
Si nos proponemos revisar nuestro compromiso ético, en tanto discusión y planteo filosófico y antropológico que conduzca al ejercicio de la libertad (la libertad precede a la cultura, el espíritu libertario es ya reactivo), podría resultar, a simple vista, sencillamente facilitador. Pero ¿no corremos el riesgo de aparecer enarbolando la ortopedia de la impotencia, favoreciendo nuevos dispositivos de dependencia?
Reflexionando sobre el péndulo de ambos ‘aparentes’ extremos del ejercicio de la profesión – el destinatario y su servidor - creo interesante rescatar el siguiente comentario de S. Freud en ‘El porvenir de una ilusión’: “La certeza de que sólo habremos de contar con nuestras propias fuerzas nos enseña, por lo menos, a emplearlas con acierto”.

Referencias bibliográficas:
“El malestar en la cultura”
“El porvenir de una ilusión”
“Lo siniestro” - Sigmund Freud – Obras Completas – Edic. Biblioteca Nueva
“El discurso del poder” – Michel Foucault – Folios Ediciones
“Microfísica del poder” – Michel Foucault - Edic. La Piqueta

*de Lucía A. Cinquepalmi. luciaguionbajo@gmail.com
-Ponencia Congreso Nacional de Ejercicio Profesional - Julio 2004

ADIÓS AL PICHÓN QUINTANA*

para Clarita Quintana, cordial amiga

Soy escritor porque fracasé en el fútbol, o mejor dicho lo diré tomando un atajo de modestia: me dediqué a escribir cuando entendí que la carrera de crack me estaba vedada.
Hacia mis 18 años colisionaron en mí esas dos vocaciones, me decidí por la más laboriosa, más pacífica aunque sí desalentadoramente marginal, sin futuro promisorio. Escribir.
No sin cierta conmiseración comprensiva veo a la gente que se lanza en esta carrera en busca de estrellatos, con esperanza de triunfos y como estamos en la ley del capitalismo ello quiere verse traducida en dinero y fama televisiva. ¡Pobres, qué ingenuos! Por no decir qué necios. El éxito de la venta de un libro no garantiza la calidad del contenido del libro (Gelman , dixit) ni la calidad literaria de estos textos. Es de Perogrullo, pero pocos lo saben.
Lo cierto es que hasta ese momento mi vocación futbolera había sido excluyente, pero cuando me vine a estudiar, como además trabajaba para mantenerme, en los fines de semana no me quedaba otro espacio sino para el estudio, ni siquiera soñar con un mísero picadito.
En los años de la infancia, entre los partidos en la escuela, en la cortada del barrio El Jazmín y los demás barrios donde jugábamos los famosos “desafíos” o la misma cancha del Huracán, gloria y honor, donde jugábamos desde concluido el almuerzo hasta que la oscuridad de la noche creciente no nos dejaba ver la pelota, todo era fútbol en nuestras vidas.
Entonces, como todo era más lento y más lejano, disponíamos del tiempo de los sueños y del culto de los ídolos de aquellos campeonatos sin esponsors y de estos, del fútbol aguerrido e inocente de los pueblos.
Viajábamos en camiones, cuando algún hincha solícito que nunca faltaba ponía a nuestra disposición el vehículo, que no pasaba del chasis de un viejo Chevrolet o Ford o Diamond, como para recoger todo el polvo de los campos en esos caminos de tierra de entonces, y con la molestia del traqueteo, volvíamos o derrotados y silenciosos o gritando la victoria desde las últimas calles del pueblo.
¿Quiénes eran los hinchas fieles que siempre seguían al equipo en ese entonces? Retengo la imagen de unos pocos: el inefable Armando Mateucci, el Beco Gúbero, Perita Gabilondo, los hermanos Pesci, Cachete González, el Pampa Brog, el petiso Orsi, medio tartamudo y empleado de correos y Fermín Castillo, tartamudo entero y amigo de mi tío Berto Spagnolo, quien no se perdía partido ni entrevero con la hinchada contraria. También mi padre era de la partida, y el “Boca de Bronce” López, y Carlitos Benaglio y Cachito Jiménez y tantos otros que se me escapan por la memoria hilachienta.
Vendríamos contentos con alguna proeza del “Balazo” Renzi comentando alguna atajada memorable del Tin Morón o del Loco López o del Toti Sciarini, que tal vez con su arrojo nos podría haber dado un triunfo o una derrota, tan arriesgado y temeroso era. Todos líderes del arco y también mi amigo Roberto Pichi Vega, quien en los corners salía a tumbar delanteros contrarios antes que a buscar la pelota. O la endiablada cintura que tuvo Quinterito. O tal vez esa finura del aquel caballero de la cancha que fue el Negro Cornejo, o la violencia de shot del negro Remigio Gramajo o del mismísimo Ismael Durán que hacía temblar a los arqueros. Todo esto sin contar con el arte delicado del gran Juan Carlos Lallana, que pasó con su magia, resplandeció de gloria, nos dejó ciegos con su luz y se fue al fútbol profesional para vestir la azul y blanca y pasear el fútbol nuestro por otras canchas del mundo. Pero nosotros no olvidamos que primero vistió la casaca roja.
Entre los habilidosos jugadores de aquel tiempo, se encuentra el Pichón Quintana, quien nunca llegó a jugar en ningún campeonato porque se avergonzaba de que lo vieran vistiendo pantalones cortos. Una sola vez se los puso, para un amistoso y creo que fue en las inferiores, hasta que fingió una lesión y con un gesto actoral salió de la cancha para no volver a entrar nunca.
Pero llevaba el fútbol en la sangre y todas las tardes, venía con su bicicleta, su cuchara de albañil que dejaba sobre el asiento, se sacaba las alpargatas llenas de cal, se arremangaba los pantalones y se entreveraba en un picado en el que ya llevábamos varias horas, en nuestra gloriosa cancha. ¡Era total y absolutamente imposible quitarle la pelota cuando la tenía en los pies, si la mimaba como a una niña, cómo iba a dejarla!
Era un dribleador endiablado, tenía una forma extraña de proteger la pelota con el empeine y aunque era un poco mayor que nosotros, no era para nada brusco, al contrario, poseía un juego escondedor y elegante, el de los grandes, realmente.
El Pichón, el que se acaba de morir solterón, tal vez un poco misógino, silencioso, gran amigo, tal vez un poco solitario con su bicicleta y su eterna cuchara de albañil.
El Pichón, el del pelo crespo, el que amaba los colores rojos pero no pudo con su timidez y nunca pudo defenderlos.
Con pena escribo estos recuerdos, o mejor estas palabras donde digo que jamás pude sacarle una pelota de los pies, cuando nos mezclábamos en el desorden del picado, hace ya tanto, hace ya tiempo, hace tanto tiempo que el mismo tiempo “tiene un miedo ciempiés a los relojes” como supo decir Vallejo para siempre. Y yo para siempre quiero dejarlo al Pichón en estas páginas, puro, inalterable, nuestro, ahora que lo recuerdo al Pichón Quintana “tan niñín” que se nos fue.

*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar

Magia*

¿Cómo es que el tiempo pasa
y se lleva, arrasa,
el aroma de ese jazmín
la luz de aquella mañana?
¿Cómo es que el tiempo pasa
y se lleva, arrasa,
el canto de ese pájaro
la curiosa mirada al cielo?
¿Cómo es que el tiempo pasa
y yo te amo más y más
y más te deseo?
¿Cómo es, amor mío, cuál, acaso, tu magia?

*de Roberto Rodriguez Peyronel. rrpeyronel@yahoo.com.ar

Los shuar*

*Por Sandra Russo

Estaban los dos sentados en esos sillones con forma de huevo que diseñó el escandinavo Aalvar Alto, por los que tienen preferencia los hoteles de convenciones. Había tres sillones. Me senté en el restante. Los miré, me miraron. Los tres hicimos un gesto con la cabeza y murmuramos algo impreciso con una media sonrisa. Una ceremonia de cordialidad en una situación en la que no se comparten los idiomas.
Uno era un hombre un poco calvo y regordete, de rasgos mestizos y vestido de traje. El otro era un aborigen con camisa y pantalón, y plumas de colores muy fuertes en la cabeza. Nos quedamos en silencio un buen rato, mientras alrededor iba y venía mucha gente. En un momento el hombre calvo le dijo al
indio algo en español. Un español sudamericano que a mí se me hizo impreciso. Después de otro rato de silencio el hombre de traje finalmente hizo un poco de esfuerzo para asomarse desde su sillón huevo, y se dirigió a mí:
-Disculpe usted. ¿Usted es periodista?
-Sí. Argentina.
-¿Tendría la amabilidad de aceptarnos un regalo? -dijo, mirándonos alternadamente al indio y a mí.
-Claro -sonreí yo por impulso, dispuesta a esas comunicaciones espontáneas que surgen en esas convenciones. Entonces, el indio que estaba a mi derecha también se incorporó, y me dijo su nombre. No retuve ese nombre, pero sí la afirmación que hizo después:
-Soy jefe shuar.
El hombre calvo era alcalde de un pueblo amazónico ecuatoriano, cerca del cual había una comunidad shuar. Yo nunca había escuchado de ellos. Hace un mes, fueron los shuar los que friccionaron tan fuerte con el gobierno de Rafael Correa que hasta hubo un maestro shuar muerto. Los shuar y Correa
entraron en una polémica pública sobre la responsabilidad de esa muerte.
Hubo un reflejo rápido de ambas partes para evitar la ruptura. La Conaie, que nuclea a las comunidades del estado plurinacional que es Ecuador, necesita a este gobierno de un Estado unitario que de acuerdo con la Constitución rige a todos los ecuatorianos. Y Correa no habría llegado al poder sin esa fuerza, que representa a la organización social más grande del país. Los shuar son los más díscolos. Los más radicales.
El indio extendió hacia mí, entonces, un libro. Lo tengo aquí. Se llama (y obviamente copio letra por letra) Tarimiat Nunkanam Inkiunaiyamu. Es uno de los libros más maravillosos que he visto en mi vida. Tiene el tamaño de un manual, 500 páginas, señaladores numerados, ilustraciones, fotos, historias de vida, testimonios, análisis, opiniones y documentos sobre tres pueblos de la Cordillera del Cóndor, entre Perú y Ecuador. Los wampís, los awayun y los shuar son los pueblos que viven en esa zona. Los tres pueblos pertenecen a la familia lingüística del jíbaro.
El alcalde y el jefe shuar habían llevado al Foro Social Mundial algunos ejemplares de ese libro monumental, con CD y PDF. Pero no sabían qué hacer con él. Nadie parecía interesado en ellos. Fue así como me traje a casa el libraco, y ahora que los shuar protagonizaron el violento incidente en cuyo
esclarecimiento trabajan junto a funcionarios estatales, me di un baño de inmersión en una historia increíble.
Porque en esta semana, justo la del llamado Día de la Raza, la historia de los shuar pareció puesta en el camino. Una historia en el camino de la conciencia de este continente, tan raro incluso para los que nacimos en él.
Tan desconocido, tan ignorado, tan ausente de nuestras percepciones de la realidad.
Los shuar nunca fueron colonizados, hasta los '60 del siglo pasado. Pasaron quinientos años recorriendo la selva y la montaña, su lugar de origen hace unos 2500 años. Aferrados a su cultura, sabios en hierbas, cazadores, nómadas de esencia y espíritu. Los contactos con ellos siempre fueron en los alrededores de sus vastos territorios, pero hasta el siglo pasado nadie interfirió con sus vidas. Cuando llegaron las empresas mineras a la Amazonia, ahí sí aquel universo fue destrozado. Les arrebataron sus tierras,
las más biodiversas del planeta. Fueron confinados a reservas. Los curas salesianos arrancaron de sus comunidades a una generación entera de niños shuar. Desaprendieron su lengua y aprendieron español. Perdieron sus hábitos nómadas. Los curas los nombraron de otra manera. Esta generación de shuar, ya adulta, es la que hoy lidera la parte más radical y dura de las organizaciones aborígenes ecuatorianas. Domingo Ankuah, dirigente shuar a nivel nacional, cuenta en su biografía:
"Yo fui reclutado por los salesianos tal vez cuando tuve mis 4 o 5 años, que ellos determinan así. Lo primero que sé que ellos hicieron fue darme un nombre, o sea dos nombres, dos apellidos, porque mi padre cuando yo nací me dio un nombre pues era sólo nombre que los shuar teníamos. Pero cuando me
reclutaron, me dieron el nombre que todavía mantengo. Muy niño no conocía todo lo que sucedía en la vida, lo que hicieron los misioneros. Hice la primaria y estuve en el colegio de práctica agrícola de la misión salesiana hasta los 17 años".
Otro shuar dice en uno de los videos que acompañan el libro que ellos son "tan fuertes porque durante dos mil quinientos años no necesitamos dólar, y podemos seguir otros dos mil quinientos años sin un solo dólar". Sus mujeres viejas se quejan de que las mineras han alterado todo, y ya no crecen algunas de las plantas necesarias para su medicina. También se quejan de que sus mujeres jóvenes, criadas como Domingo Ankuah, ya no saben ni hacer ni cuidar sus huertas. No saben quiénes son. Hay conflictos familiares que no conocían desde que no pueden ser nómadas. El sedentarismo forzado los irrita en su faz más profunda. No viven de acuerdo con su naturaleza.
En una nota de análisis sobre el conflicto que enfrentó a los shuar y a Correa, el periodista Kintto Lucas -Premio Latinoamericano de Periodismo José Martí- indica esta semana que hubo errores estratégicos de ambas partes, gobierno y comunidades, y que lo lógico es una mutua autocrítica.
Porque el gobierno unitario contra el que choca la nacionalidad shuar es el gobierno que más respeto les ha tenido en la historia moderna de ese país.
Aunque el daño causado a los shuar sea ya irreparable. Sobre las contradicciones como ésta que bullen en los países más progresistas de la región, sobre cómo leer esta realidad de gobiernos populares que, sin embargo, salvo en Bolivia, no han avanzado lo suficiente o dudan en hacerlo, Lucas cita a Saramago en este párrafo:
"A esta ciudad le basta saber que la rosa de los vientos existe. Este no es el lugar donde los rumbos se abren, tampoco es el punto magnífico donde los rumbos convergen. Aquí, precisamente, cambian los rumbos".

*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-133629-2009-10-17.html

el borracho*

a un poeta desconocido

bebía mi tercer cerveza en un bar de malamuerte
cuando se acercó arrastrando los pies
- ¿me daría unas monedas señor? –
- ¿y para que son amigo? –
- bueno, le aseguro que no son para comprar un litro de leche –
- bien, y dígame ¿qué hace usted de su vida? –
- beber ¿y usted señor? –
- yo… soy poeta… creo –
- ah, no está muy seguro, yo estoy seguro de ser borracho –
- de acuerdo y ¿qué hace un borracho cuando está sobrio para hacer de éste mundo perverso y absurdo un lugar mejor? –
- mire señor, yo no se muy bien la diferencia entre estar sobrio o borracho, pero de algo estoy seguro, los sobrios destruyeron el mundo –
- tiene razón amigo, el poeta es usted, tome este billete, pero con una condición, no lo vaya a gastar en leche -.

Un abrazo impetuoso.
*de aldo luis novelli. aldonovelli@yahoo.com
/desde los bordes del desierto.-

http://www.otros-fluidos-virtuales.blogspot.com
La poesía es un oasis en medio del desierto. El poema es la sed.

NOTA SOBRIA: borracho
En muchas regiones rurales de España, aún hoy es habitual servir el vino en odres o botas de cuero, usados desde muy antiguo con este objeto. En el catalán del siglo XIV y en el castellano del siglo XV, estos odres se llamaron borracha, palabra que, según Corominas, se habría formado por el cruce de las voces catalanas botella (odre) y morratxa (redoma). A su vez, esta última palabra se derivaba del árabe mirassa, que también significaba 'redoma'. Más adelante, se llamó en español borracho al sujeto que, igual que la bota, estaba 'lleno de vino', o sea, embriagado.

LA LUZ DE LOS OSCUROS*

*Por Miriam Cairo. cairo367@hotmail.com

LECCION DE ARTE
(El profesor a la alumna)
¡Sí, sí, sí, manzanas rojas sobre paño verde es naturaleza muerta, pero testículos rojos sobre mano blanca es pornografía, caramba!

ADARGA
Estas palabras no pertenecen a la realidad cualquier parecido es pura coincidencia.

CORAZ0N DENTRO DE UNA JAULA
"El sexo", dice la constructora de ruinas, "es una verdadera operación de alquimia". Y se siente original por decir estas cosas. "Una transmutación", agrega, luego de una pausa anaranjada.
"El sexo absorbe las inquietudes ambientales y las repercusiones propias", observa la elíptica, "ya que no devuelve a los amantes tal como los absorbió, sino convertidos en puras esencias sobrehumanas". Si le preguntaran algo más al respecto, la ingeniera contestaría que no cree en todo lo que dice pero hace todo lo que cree.

LA FUGITIVA
Entre sus muchos hábitos cuenta con el de estar ausente cuando no está presente. Es una de sus principales excentricidades: cuando no está no está, y hasta resulta imposible evocarla.

POIESIS
Antes de meter la cabeza dentro del horno, ella tiene pensado desarrollar otras habilidades. Por ejemplo, interrumpir al narrador que describe el tremendo mundo de Jack, porque un destripador merece más poesía y menos blablablá. La belleza de un destripador radica en que está terriblemente
solo y a fuerza de puñal, comunica su obra. El narrador no alcanza a expresar el relámpago en el momento de peligro. Jack mata y huye, crea y se resguarda. No deja pistas porque no quiere ser descubierto. Ama hasta la muerte. Huye hasta el anonimato. Un destripador no cabe en el cubículo
estrecho de un nombre. Y puesto que el arte es así, el arte no es poco.
No tiene nada de solemne. Cuando se le ocurre abismarse de esa manera ella deja la cabeza fuera del horno.

LA LUZ DE LOS OSCUROS
Ella quería ser buena, buena, buena como un ama de casa buena y consultó un curandero sexual que le aconsejó mirar entre sueños las cosas de los seres pajaritos cubiertos de niebla. Lo intentó tiernamente sobre la hierba bajo la cual respiraba pero ella no se curó y volvió a amar a su amante, nuevamente con otra destreza. Una luz tupida como lava brotaba en relámpagos. "El gorrión rojo no tiene ningún parentesco con el ruiseñor verde pero cuánta magia", dijo la abnegada con la lengua pegada a una
estrella. La oscura de tentaciones y destrezas todavía no será buena, buena, buena porque no sabe cómo ganarse el prestigio del tedio.

OJO SOBRE NIEBLA
Es esencial que los restos del destripador sigan a la vista de los que leen para que los conviertan en algo enloquecido y absurdo, sobre todo porque si Jack y los restos de Jack estuvieran prohibidos al lector serían condenados a un cliché novelesco y caníbal.

TEXTOS ULTIMOS
Surgidos de un silencio comunicante, permanecen en el último lugar, intencionados con alguna palabra para llamar la atención del lector que verifica, en el diario, la soberana realidad circundante. En el dorso del mundo, los últimos proyectan su mínima sombra y crean una atmósfera respirable, un lugar donde inquietarse. Los mínimos y últimos ni por tamaño ni por ubicación ni por misterio dejan de tender los vasos comunicantes entre realidad e irrealidad, pues una toma de la otra siempre los mejores
detalles.

LOS ANIMALES PEQUEÑOS
La mirona, cada noche, alimenta con queso a los ratones. De este modo, evita
que los animales pequeños le roben el hambre.

*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-20669-2009-10-17.html

*

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16/10/2009 GMT 1

ESTE LOCAL CELESTIAL PERMANECERÁ CERRADO DURANTE TODO EL INFIERNO...

urbanopowell @ 18:43

Bonjour*

Vi a la madrenaciente

del efímerorgasmo

debatirse agobiada

a toda vida y muerte

del vientre alimentante

hacia la gestamuerte

del estremecimiento

hasta el parirexhausto

gestamante

gestagrito

gestamiedo

gestavida

Vi suspiraliviar

en el latído unísono

de secreciones todas

del vientre acompasado

relajado y vaciado

en esa vida toda

resbalando abrazada

boquiabierta chupante

reclamor de latidos

de sonidos ventrales

del afuera del mundo

desde el vísceroabrazo

hasta el llanto bestial

aliviante logrado

del polvonaciente

estremeciente

estremesimiente

estertor naciente

calmante

viviente

latiente

*de Lucía Cinquepalmi luciaguionbajo@gmail.com
–Mayo de 1998

ESTE LOCAL CELESTIAL PERMANECERÁ CERRADO DURANTE TODO EL INFIERNO...

ACEITE VERDE*

Primero era el fuerte olor del aceite verde, que se usaba para todas las lesiones. En especial para los dolores musculares que tanto podían provenir de un encontronazo como de un puntapié malintencionado.
Era entrar a fisgonear en los vestuarios y recibir ese olor penetrante, que percibiríamos en ese tiempo como muestra de virilidad, de hombría, de mayoría de edad y del incienso de la gloria.
Eso, digo, si hubiésemos tenido conciencia lingüística, ya que no creo que en el limitado vocabulario que manejábamos entonces figuraran estas palabras.
Lo que sí figuraba en nuestros corazoncitos ingenuos eran las ganas desesperadas de jugar, defendiendo los colores rojos del Club en lo posible, pero jugando siempre y de cualquier manera.
El problema se nos presentaba cuando carecíamos del balón correspondiente, algo que se subsanaba con cualquier objeto pateable que tuviéramos cerca o lo que nuestra creatividad de niños pobres nos dictara.
En ese tiempo, el más alto y el más lejano en mi recuerdo, las amistades y las simpatías se deponían allí: se jugaba "a la pelota" como decíamos nosotros y si lo hacíamos bien o muy bien, mucho mejor. Pero era la condición sine quanom. No había en ese tiempo baldón mayor que carecer de entusiasmo al menos. Por eso que nosotros entendíamos, apreciábamos como fútbol. Mi amigo Miguel me confiesa hoy, después de tanto tiempo, que a él el fútbol nunca le gustó y sin embargo llegó a jugar en la primera de
Huracán.
-Yo venía al club- me dice nostálgico- y todos ustedes estaban en la cancha, jugando ¿Qué otra cosa podía hacer para participar y estar con ustedes?
Hoy los chicos tienen muchísimas más opciones, apoyados por la más violenta y sensacional revolución tecnológica de todos los tiempos. No es necesario (ni es mi interés) explicar aquello que el lector sabe de sobra porque lo vive a diario.
De todos modos, si aquel tiempo que se perdió para siempre nos dio felicidad ¿Qué pecado hay en remarcarlo? ¿Por qué no relatar aquellas situaciones a la que nos llevaban la precariedad y los sueños de gloria.
Todo muy modesto, es cierto,
Ni equipo, ni vestimenta deportiva, ni calzado, ni siquiera una pelota. Sólo el deseo de patear. Algo esférico (una pelota de trapo, hecha con medias viejas y retazos de géneros) para patear aún descalzo, aún sin sentido de competencia, aún sin partido. Sólo darle con el pie a toda cosa que tuviera
alguna consistencia y fuera algo esférico.
Tal nuestras ansias y nuestra pasión que gastábamos por entonces.
Con todas estas prevenciones que fui desgranando hasta aquí, no era raro que fueran nuestras primeras pasiones futboleras se fueran manifestando, buscando los primeros ídolos, los referentes tempranos en aquella nuestra precaria e insignificante biografía de entonces.
Recuerdo la emoción que se produce en mi casa, cuando mi padre narra y difunde, ilustra la información, que ya era conocido por todos en el barrio.
Para el club del "globo", para el rojo huracanista venía a militar un jugador que había sido profesional. Se llamaba Silvano Ferreira y había formado la escuadra ñulista del 40, con Musimessi, Colman, Peruca e integró una famosa delantera con Gayol, Cantelli, Morosano y Pontoni.
Todos cracks del fútbol rosarino y nacional. El que había conocido glorias mayores, se vino humildemente a "jugar al campo", como se decía entonces. Se puso los pantaloncitos blancos, se calzó la casaca roja con el número once, blanco, en la espalda y se largó a jugar. Lo hacía pegado a la raya, corría poco, gambeteaba menos, pero tiraba unos centros milimétricos, a la cabeza del Negro Durán, quien como un mortero la mandaba a la red.
Silvano Ferreira fue el primero que vino en aquel tiempo y que había jugado en el fútbol de Primera A, un profesional competitivo, con su pinta de muchacho humilde, su voz grave y sus ademanes campechanos y corteses. Nos impresionaba como un excelente tipo, como lo que seguramente era.
Cuando llegó el fin del campeonato se hizo un gran baile popular como se le llamaba en aquel tiempo, con una orquesta de tango como correspondía a la época y otro que llamaban "característica", y que tocaba ritmos más movidos: bayón, pasodobles, mambo y esas cosas que enloquecían a los más jóvenes.
Se corrió la voz de que Silvano Ferreira sabía cantar tangos y que lo hacía muy bien.
Invitado por la comisión no tuvo más remedio que subir al escenario y aunque era muy tímido, no se lo notaba nervioso.
Lo presentó Manuel Quintana o "el Pelado" o "el Gallego" como todo el mundo le decía.
El puntero izquierdo, el morocho Silvano empezó bien, cantando un tango, pero a los pocos minutos se olvidó la letra.
Pero a nadie le importó, porque era en aquellos años en todos éramos ingenuos y por demás felices.
Tanto, como no volvimos luego a serlo nunca más.

*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar

*

Una exorbitancia:

la monogamia.

*

Algo en mí
incauta
esa aduana:

mi cólera.

*

Decime que soy un tarado
y oiré que soy un arado
(oiré lo que deba oír
dirás lo que debas decir).

*

Con mi madre
todo anda como mi madre.

a Pedro Almodóvar

*

En cada cual se articula improvisándose
la eficacia de un
desesperado.

a Tennessee Williams

*

Bienes

a mis

males.

*

“Este local celestial
permanecerá cerrado
durante todo el infierno.”

*

Los amorales
psicópatas
capitalistas

unidos

¿jamás serán vencidos?

*Textos de Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar

Maestra*

(Dedicado a Cristina Pepe)

Disecadora de palabras, desmenuza sus savias

y algo más.

Maestra del verbo, nutre su espíritu

trasmitiendo su saber.

Se desliza gozosa sobre los decires de Lorca

y los laberintos griegos no le niegan sus dioses.

Los poetas la eligieron,

los escritores susurran en su oído

las recetas de sus manjares,

que ella saborea y comparte

con los hambrientos de esa ambrosia

que es la literatura.

Muele muy fino la roca

hecha de frases o conjuntivos,

dejando que la arena

fluya lento entre sus dedos.

Siempre un polvillo,

dorado y volátil escapa al viento

y aquí estamos,

tus escuchas,

esperando.

*de Elsa Hufschmid. elsahuf@hotmail.com

ARMARIOS*

El primer mueble que se abría obedeciendo a mi voluntad fue la cómoda. Tenía que tirar tan sólo del tirador y la puerta saltaba, empujada por el muelle. Dentro se guardaba mi ropa. Entre mis camisas, calzoncillos, camisetas que deben de haber estado allí y de los cuales no recuerdo nada, había, no obstante, algo que no se ha perdido y que hacía que el acceso a este armario me resultase una y otra vez seductor y fantástico. Tenía que abrirme camino hasta el rincón más recóndito; entonces daba con mis calcetines que estaban amontonados allí, enrollados y plegados según antiquísima costumbre, de forma que cada uno de los pares presentaba el aspecto de una pequeña bolsa. Para mí no había mayor placer que el meter mi mano lo más profundo en su interior; no sólo por el calor de la lana. Era la "tradición" la que, enrollada en su interior, tomaba siempre en mi mano y que me abría de esta manera hacia la profundidad. Cuando la tenía abrazada con la mano, y me había asegurado en lo posible de la posesión de la masa suave i lanuda, entonces comenzaba la segunda parte del juego, que conducía a la revelación emocionante. Pues ahora me disponía a desenvolver "la tradición" de su bolsa de lana. La aproximaba cada vez más hacia mí, hasta que se obraba lo más sorprendente, que "la tradición" saliese por completo de su bolsa, en tanto que ésta dejaba de existir.

No me cansaba nunca de hacer la prueba de esta verdad enigmática: que forma y contenido, el velo y lo velado, "la tradición" y la bolsa, no eran sino una sola cosa. Y había algo más, un tercer fenómeno, aquel calcetín en el cual se convertían las dos. Si ahora pienso cuán insaciable fui para conseguir este milagro, me siento tentado a suponer que mis artificios no fueron sino la pequeña pareja hermanada de los cuentos que igualmente me invitaban al mundo de la fantasía y de la magia para acabar por devolverme de la misma infalible manera a la simple realidad que me acogía con el mismo consuelo que un calcetín.

Pasaron años. Mi confianza en la magia ya se había perdido y hacían falta estímulos más fuertes para recobrarla. Empecé a buscarlos en lo extraño, lo horrible y lo fantástico, y también esta vez era ante un armario donde trataba de saborearlos. El juego, no obstante, era más atrevido. Se había acabado la inocencia, y fue una prohibición la que lo creó. Y es que tenía prohibidos los folletos en los que me prometía resarcirme con creces del mundo perdido de los cuentos. Por cierto, no comprendía los títulos: "La Fermata" "El Mayorazgo" "Haimatochare" . Sin embargo, de todos los que no comprendía, debía responderme el nombre de Hoffmann, "el de los fantasmas" y la seria advertencia de no abrirlo jamás. Por fin logré llegar a ellos. Sucedía algunas veces por la mañana, cuando ya había vuelto del colegio, antes de que mi madre regresara del centro y mi padre de los negocios. En tales días me iba a la biblioteca sin perder el más mínimo tiempo. Era un extraño mueble; por su aspecto no se veía que albergara libros. Sus puertas, dentro de los bastidores de roble, tenían unos cuarterones que eran de cristal, es decir se componían de pequeños cristales emplomados, cada uno separado de los otros por unos rieles de plomo. Los vidrios eran de color rojo y verde y amarillo, y totalmente opacos. De esta manera, el vidrio no tenía sentido en esta puerta, y como si quisiera tomar venganza por el destino que le deparaba este uso impropio, brillaba con unos reflejos enojosos que no invitaban a nadie a acercarse. Pero, aunque me hubiese afectado entonces el ambiente malsano que rodeaba ese mueble, no hubiese sido un estímulo más para el golpe de mano que tenía proyectado a esta hora silenciosa, peligrosa y clara de la mañana. Abría bruscamente la puerta, palpaba el volumen que no había que buscar en la primera fila sino detrás, en la oscuridad, y hojeando febrilmente abría la página donde me había quedado; sin moverme, comenzaba a recorrer las páginas delante de la puerta abierta, aprovechando el tiempo hasta que vinieran mis padres. De lo que leía no comprendía nada. Sin embargo, los terrores de cada una de las voces fantasmales y de cada medianoche, de cada maldición, aumentaban y se extremaban por los temores del oído que esperaba en cualquier momento el ruido de la llave y el golpe sordo con el que, fuera, el bastón de mi padre caía en la bastonera. Un indicio de la posición privilegiada que los bienes espirituales mantenían en casa era que este armario fuera el único entre todos que quedara abierto. A los demás no había otro acceso que la cestita de las llaves que acompañaba en aquella época a cualquier ama de casa por todas las partes del hogar, la cual, no obstante, era echada de menos a cada paso. El ruido del montón de llaves al revolverlas precedía cualquier faena en la casa. Era el caos que se revelaba antes de que se nos presentase la imagen del orden sagrado detrás de las puertas de los armarios abiertos de par en par como el fondo de un relicario del altar. También a mí me exigía veneración e incluso sacrificio. Después de cada fiesta de Navidad y de cumpleaños había que decidir cuál de los regalos había que ofrendar al "nuevo armario" del que mi madre me guardaba las llaves. Todo lo que se encerraba permanecía nuevo por más tiempo. Yo, en cambio, no pensaba conservar lo nuevo, sino renovar lo antiguo. Renovar lo antiguo mediante su posesión era el objeto de la colección que se me amontonaba en los cajones. Cada piedra que encontraba, cada flor que cogía y cada mariposa capturada, todo lo que poseía era para mí una colección única. "Ordenar" hubiese significado destruir una obra llena de castañas con púas, papeles de estaño, cubos de madera, cactus y pfennigs de cobre que eran, respectivamente, manguales, un tesoro de plata, ataúdes, palos de tótem y escudos. De esta manera crecían y se transformaban los bienes de la infancia en los anaqueles, cajas y cajones. Lo que antaño pasaba de una casa de campo a formar parte del cuento -aquel último cuarto que está vedado a la ahijada de la Virgen María- en una casa de ciudad queda reducido al armario. El más sombrío entre los muebles de aquella época fue el aparador. Lo que era un comedor y su misterio sólo podía apreciarlo quien lograba explicarse la desproporción de la puerta con el aparador ancho y macizo cuyas cimas llegaban hasta el techo. Parecía tener unos derechos heredados sobre su espacio, lo mismo que sobre su tiempo, en el cual se erguía como testigo de una identidad que en épocas remotas podría haber unido los bienes inmuebles con los muebles. La limpiadora, que despoblaba todo por doquier, no podía con él. Sólo podía quitar y amontonar en un cuarto de al lado los enfriadores de plata, las soperas, los jarrones de Delft y mayólicas, las urnas de bronce y las copas de cristal que estaban en los nichos y debajo de las hornacinas, en sus terrazas y estrados, entre los portales y delante de sus revestimientos. La elevada altura donde ocupaban su trono anulaba todo uso práctico. Con razón el aparador se asemejaba en eso a los montes cubiertos de templos. Además, podía exhibir unos tesoros tales como los que a los ídolos les gusta rodearse. El día más oportuno para ello era cuando se daba alguna fiesta. Ya a mediodía se abría la montaña dejándome ver el tesoro de plata de la casa en sus galerías cubiertas de un terciopelo parecido a musgo verde gris. De todo lo que allí yacía no sólo se podía disponer diez, sino veinte y hasta treinta veces.
Y cuando veía estas largas, larguísimas filas de cucharitas de moca y posacubiertos, cuchillos para pelar fruta y desbulladores de ostras, se mezclaba el goce de ver tanta abundancia con el temor de que aquellos a quienes se esperaba se parecieran los unos a los otros como nuestros cubiertos.

*De Walter Benjamin. "Infancia en Berlín hacia 1900"
Alfaguara, Bs. As. Edición de 1990.

Como un suizo*

*Por Juan Forn

Los críticos suelen jactarse de que ellos jamás mezclan vida y obra de un artista, y quizás es ahí en donde empiezan los problemas de la crítica con Félix Vallotton, porque Vallotton pasó por la vida como un suizo. De hecho, ése fue su país de origen. Y no por nada Suiza inventó el secreto bancario:
aunque Vallotton se consideraba absolutamente francés (vivió en París desde los diecisiete años hasta su muerte, pidió y obtuvo la nacionalidad gala después de haber rechazado la Legión de Honor, fue de los primeros voluntarios en la Guerra del '14), hay algo enigmáticamente helvético en su vida, que hace que los críticos no logren entender su obra como un todo.
Para empezar, la crítica no logra entender por qué, siendo Vallotton un maestro absoluto del grabado, prefiriera ser pintor. Cuando Vallotton murió, en París, en 1925, dejó más de 1700 cuadros y apenas doscientos grabados, realizados todos ellos en dos breves períodos de su vida: cuando de joven
ilustraba a pedido para diarios y revistas anarquistas de toda Europa, y veinte años después, cuando volvió de la Guerra del '14 con una serie impresionante de grabados que tituló "Esto es la guerra". Sabemos que Vallotton pintó exactamente 1712 cuadros en su vida porque desde su juventud hasta su muerte llevó un minucioso inventario de su obra en un cuaderno de tapas de cuero (en cuya cubierta había hecho grabar en letras doradas la frase Registro de la Razón). De los grabados, en cambio, no dejó registro.
La gran mayoría de esos cuadros hoy está en manos privadas (y en muchos casos anónimas; es decir, imposibles de rastrear). No hay museo en el mundo que tenga más de dos cuadros de Vallotton, y por lo general pasan más tiempo en el depósito que exhibidos o prestados para una exhibición en otro museo.
Quizá fue debido a esa dispersión que pasaron más de ochenta años desde la muerte de Vallotton hasta la primera retrospectiva de su obra, que se hizo el año pasado, en la Kunsthaus de Zurich (y de ahí fue a Hamburgo, y de ahí a Bruselas, y ahora está en Amsterdam). Y sólo lograron reunir para esa retrospectiva noventa cuadros, de los mil setecientos que pintó Vallotton en su vida.
Además de recriminarle que abandonara el grabado, la crítica supo ser despiadada con la pintura de Vallotton. El lugar común es decir que pintó los peores desnudos de su época. Que sus paisajes son impecables pero inertes ("no se siente ni el viento"). Que sus escenas de interior (unificadas por él mismo con el título Intimités) parecen "pintadas por un policía": sin la menor alegría, como un forense que junta evidencia. Durante años, en los ateliers parisinos de enseñanza se precavía a los estudiantes
acerca de la llamada Ley Vallotton, según la cual cuanta menos ropa se les pone a las figuras de un cuadro, peor quedan.
Lo que no se mencionaba hasta la retrospectiva de Zurich es un corolario a esa supuesta ley: cuanto más cubría Vallotton las figuras de sus cuadros, más misterio lograba que transmitieran. A veces le alcanza con un viso y una media (uno de sus cuadros más poderosos muestra a una mujer en enagua sentada en una cama, poniéndose distraídamente una media negra); otras veces sólo deja entrever el perfil de una joven debajo de su sombrerito y las calvas de dos caballeros que se inclinan lascivamente sobre ella en el
reservado de un bar ("La casta Suzanne"), y hay veces en que el velo final de misterio lo pone el título: en un cuadro llamado "La mentira", se ve a una mujer sentada en las faldas de un hombre, besándolo o dejándose besar, imposible decirlo, tan imposible como develar cuál de los dos le está mintiendo al otro.
Por esos cuadros, Vallotton mereció la admiración de colegas tan disímiles como Klimt y el Aduanero Rousseau, Munch y un jovencito norteamericano llamado Edward Hopper (quien, después de ver una muestra de las Intimités en París, volvió a su país con el propósito de pintar los dramas secretos de
los habitantes de las grandes ciudades norteamericanas tal como Vallotton había retratado a europeos anónimos en la soledad de un bar o una pensión o de sus propias habitaciones). Pero la crítica francesa sigue sin perdonarle a Vallotton que prefiriese pintar en lugar de seguir haciendo sus fabulosos
grabados. La propia Fondation Vallotton sostiene en su catálogo que fue la esposa del artista (una portuguesa llamada Gabrielle Rodrigues-Henriques) quien lo convenció de abandonar el grabado, así como a sus amigos anarquistas y su vida bohemia, cuando se casaron, en el mismo año en que el
Museo de Bellas Artes de Lausanne compró el "Autorretrato de 1885" (que Vallotton había realizado como un ejercicio a la manera de Ingres, casi veinte años antes, cuando tenía veinte). Alcanza esa muestra para imaginarse bastante bien al matrimonio Vallotton.
Sólo los horrores de los campos de batalla durante la Guerra del '14 hicieron que el pintor volviera fugazmente al grabado. Pero en cuanto entregó a imprenta "Esto es la guerra", Vallotton retomó los pinceles y siguió pintando y viviendo como un suizo, hasta que en 1925 se murió, en un quirófano, bajo los efectos de la anestesia, un día después de cumplir los sesenta años. La viuda nombró albacea al hermano menor de su marido, Paul Vallotton, marchand y director de una galería de arte en Ginebra. Entre los
papeles de su hermano, Paul Vallotton encontró ocho obras de teatro y tres novelas. Primero esperó pacientemente que la viuda se muriera y después logró que dos de esas obras se representaran, al menos fugazmente (las críticas fueron lapidarias), y que una de las novelas se publicara. El libro se llama La vida asesina, empieza con un suicidio y sigue con el manuscrito que el suicida ha dejado sobre la mesa, al lado de su pistola humeante. El manuscrito cuenta, supuestamente, por qué decidió matarse el suicida, pero uno llega hasta la última página y siente que algo se perdió, que el misterio sigue sin develarse. Es un libro lleno de muerte pero contado con la languidez exánime de un Bartleby. Paul Vallotton decía que su hermano había puesto muchísimos de sus secretos en el protagonista de aquel libro. Y no agregó nunca nada más. Era casi tan suizo como su hermano.

*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-133525-2009-10-16.html

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15/10/2009 GMT 1

¿QUIÉN SEMBRÓ EN LA LUNA ESA HIERBA DE LUZ NEVADA?

urbanopowell @ 14:33

Tierra y libertad*

Se recomienda esta lectura con música celta, vino tinto en pequeña copa, tabaco
y luna menguante rojiza recién asomando en el horizonte del este de este lastimado sur

Vi a un hombre agachado en su dolor, entre el miedo y la queja, poniendo flores en su pequeño jardín. Amasaba una tierra comprada, prestada, como no confiando en lo que ese pedacito de heredad que el medio le había conferido en su derecho tuviera suficiente nutriente.
Tal vez dando por sentado que ya la había depredado y malgastado lo suficiente como para que haya perdido las condiciones de su fertilidad inmanente. La tierra, no el hombre.

Lo vi eludiendo los reclamos increpantes, refugiándose en la usina de su propia primavera tardía, sin caución de resguardo, apurando los tramos que rezagó en proclama de la inercia, ausentándose del pánico y la angustia, regando hojas y manos con lágrimas que manaban de la sonrisa inexplicable y de la tristeza harta de explicaciones.
Resbalaban esas lágrimas guiadas por sus arrugas. Ojalá hubieran sido sólo patas de gallo, a esta hora andaría pisando gallinas.
Eran surcos de la piel de un hombre que ha reído y llorado. Y se ha enojado más de lo recomendable. Eran los caminos ensayados y repetidos tantas veces y tantas más hasta hacer huella.

Lo vi explorar la tierra como si la mirara por primera vez, yendo y viniendo de la mezcla de arena, cal y pedregullo, erigiendo un palacio en la miseria de la vida efímera. Lleno de orgullo de estar despierto y no muerto, pero implorando alguna cábala o un rezo que acelerase el resultado y la consecuencia de este esfuerzo nuevo, en repudio del tiempo disipado.
Como despojado de la memoria ancestral o descubriendo un atavismo en ciernes que había silenciado indiferente.
Me pareció escuchar de entre sus comisuras un chasquido de pena. Pero noté que la sonrisa volvía a dibujarse dejando escapar el aliento cálido que ofrecía a los brotes, penetrándolos.
Se sentó a mirar su obra sin sentirse mirado, mientras secaba con la manga arrugada de la camisa esa humedad que, no se dio cuenta, lo haría brotar a él también.
Me detuve en el brillo de las gotas y me vi en los destellos, hecha pedacitos en un calidoscopio de colores difusos. Sólo un espejo más?

*de Lucía Cinquepalmi luciaguionbajo@gmail.com
-Octubre de 2009

¿QUIÉN SEMBRÓ EN LA LUNA ESA HIERBA DE LUZ NEVADA?

APUNTES PARA UNA HISTORIA
DEL PELADO MIGUEZ*

Al Gallo Serafini
A Josecito Fantasía

La leyenda lo quiere rosarino, crack venido a vestir la roja casaca para mostrar sus grandes dotes futbolísticas y lo prefiere –para dar motivo a su permanencia en el pueblo- enamorado de Ubis, la hija de don Manolo González, asturiano antifranquista, gran tomador de vino tinto y contador fabulero de historias.
Lo mío es posterior. Cuando nací era vecino nuestro y ya tenía cuatros hijos varones –el quinto vendría pronto-. El penúltimo –El Toto- se me adelantó un mes, cosa que él siempre me recuerda, y de hecho fue mi más fiel compañero y amigo desde antes de la primaria, que compartimos, así como todos los juegos y travesuras, hasta la misma camiseta, o sea la del “Jazmín” o la de “Huracán” o de cualquier partido de potrero. De su extrema habilidad con la pelota di cuenta en otros textos, no abundaré entonces aquí.
Cada vez que voy por el pueblo, una mesa del bar del Club nos ve solos o con otros, frente a un par de largos vasos de vino oscuro. Charlamos con lentitud de las cosas de otro tiempo. Conversar con él lleva su tiempo, porque habla poco y pausado y es tímido, una timidez que no elude la fina ironía y muy de vez en cuando el sarcasmo.
Pero volviendo a su padre, El pelado, diré que el origen de ese apodo nunca me fue revelado. Cuando mi padre vivía conjeturó que había llegado con la cabeza rapada. Recién salido de la conscripción y de allí el mote. Nunca podré confirmarlo, ni con sus hijos. Ni siquiera queda el nombre del apodador espontáneo, que nunca falta en los pueblos.
Sus hijos –que no heredaron el apodo, como también sucede con frecuencia en los lugares chicos-, fueron –de mayor a menor- llamados: Tatito, Nenucho, Nino, Toto y Pili. Como sucede con los apodos, les borró el nombre a todos ellos, tanto que hay que averiguar cómo se llaman civilmente hablando. Tuvo otra capacidad sobresaliente además de la futbolística: era un orador. Yo lo vi en las asambleas obreras con su dedo admonitorio, su rostro encendido, su voz que se iba opacando hasta la afonía cuando la vehemencia del tema lo requería, siempre jugándose entero. Como era un gran lector –no se le caía un libro o un diario debajo del brazo-, sabía de leyes y decretos y aumentos y explotaciones diversas y atropellos, que siempre combatió. De esas piezas oratorias, que yo oía sin entender, me quedaban las palabras nuevas, desconocidas para mí, que rumiaba en mi cabeza hasta que iba al diccionario.
Tal vez fue, junto a Marcos Díaz y a Ramón Fernández, -otros grandes oradores obreros- quienes más hicieron por mi futuro oficio de poeta, siempre enamorado de las palabras.
El Pelado fue un caudillo obrero, fue también un gran peronista.
Pero hoy me conformo con su otra pasión: la futbolística, esa vocación íntima pero a la vez tan pública. Esa pasión que lo convirtió en un gran docente, como me dijo la última vez que vi a mi amigo Cabezón Albanessi y nos pusimos a recordarlo.
Este amigo –que jugaba para los “raneros” de Federación- me refiere esta anécdota que tiene que ver con El Pelado.
Miguel Ángel Albanessi, es decir “El Cabezón” como cariñosamente lo llamamos todos por obvias razones, debutaba ese día. Jugaba con el número dos en la espalda y era, por lo que recuerdo, muy bueno en el puesto. Le tocó, debutante, cuidar nada menos que al Pelado, quien ese día jugaba con la número 9 a la espalda. Se pasó todo el partido dándole instrucciones de maestro. Como doblaba en edad a todos –compañeros y adversarios- y además era respetado, todo el mundo lo escuchaba.
-El Pelado –me dice mi amigo con una sonrisa- era un docente auténtico.
Y así era, Pero tan respetuosamente se dirigía, con tanta humildad, que la hinchada le perdonaba todo y como mucho decía:
-¡Y bueno! ¡Son cosas del Pelado!.
A otro lo habrían colgado de los arcos, pero a él no. Nunca le vi festejar un gol propio, lo hacía como una parte más del juego, no de la competencia. Para él “todo era experiencia” para rescatar y enriquecerse. Todos los adversarios lo respetaban por esta actitud.
Ese día ganamos con un gol del Pelado. Se tiró gambeteando detrás del área, hacia la izquierda –manejaba muy bien ambas piernas- y pegó un zurdazo a media altura cuando vio un hueco. Mi amigo quiso ganarse el puesto y le puso el cuerpo a la pelota, que ésta le rozó el costado y entró en la red. Como las costillas le ardían un poco empezó a frotárselas, y al Pelado no le pasó desapercibido.
Se acercó entre solícito y culposo:
-Pibe, disculpame si te hice mal…
-No es nada maestro, debió contestar mi amigo.
Ni siquiera ese gol, que definía un clásico, mereció el grito del Pelado. Se fue cabizbajo con la pelota bajo uno de sus brazos hacia el cetro de la cancha. Nosotros estallamos en un grito unánime.
Le habrá parecido una impudicia gritar un gol, a él interesaba jugar, hacer un filigrana con la pelota en sus pies. Nada lo ponía tan mal como que se “rifara” la pelota por el aire o jugar con la cabeza gacha, o correr como un loco, sin mirar antes al compañero.
-¡No pibe, no, así no! -se quejaba.
Hasta cuando un adversario hacía una buena jugada lo felicitaba. Era todo un caballero.
Con los únicos que era implacable era con los que maltrataban la pelota, ya que él pegaba como un mago, acariciándola como a una mujer querida.
En esta época hubiera sido un excelente director técnico, pero sabemos que antiguamente estos hombres que querían dejar una enseñanza, estaban lamentablemente limitados. Solamente en los picados donde jugábamos los más chicos podría darse el gusto de profesor de sapiencia.
Pasaba con su bicicleta y cuando veía un grupo de chicos en un baldío, indefectiblemente paraba. Miraba unos minutos y se metía en el entrevero. Pedía la pelota y daba algunas instrucciones. Luego se iba satisfecho.
No vaya a ser cosa que uno se confundiera y la emprendiera a los zapatazos, como si la pelota fuera un bofe –o peor- un pedazo de trapo o una sandía.

*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar

El heredero*

Vivía en un caserío a las afueras de Satrustegui y era conocido en todo el pueblo tanto por las piedras que levantaba como por aquella boina inmensa que se calaba. Todo el mundo le llamaban Pachi. Sus amigos, su novia, en el trabajo, en todas partes.

Pachi siempre fue Pachi, hasta que uno de los emigrantes a Cuba, algún antepasado muy lejano al que nadie conoció, hizo fortuna al otro lado del Atlántico y al morir sin descendencia, le legó toda su fortuna.

Desde que recibió la herencia dejó de ser Pachi y ahora es Don Francisco Iturriberrigota Goicoerrota Tochea Turrestarazu Durtubia y ya no levanta piedras, pero la boina sigue con él.

*de Joan Mateu. joan@cimat.es

Mirada*

Mire al espejo…

y comprendí mi vida

levanté al sol de su letargo

ordené color para mis ojos…

de su indolente silencio

fueron sueltas las palabras

cargadas de utopías

de secretos entredientes…

hasta el templo de la garganta

¿quien arrancó el sombrero
si el cuerpo no fue inventado?

¿Quién sembró en la luna
esa hierba de luz nevada?

El espejo me devolvió

el rompecabezas
desarmado

*De María Dolores Foschiatti marucaf@hotmail.com

ARRAIGO*

De qué sirve mi verde, si el abrazo no es fronda.
De qué sirven mis cenizas de amor
El sol, armado con lanzas de fuego,
Verdugo implacable del bosque profundo,
Despuebla
Mi pajonal de verde.
Arde rojo de sangre y ceniza.
La luna, piadosa, le acerca
La humedad plateada del amor.
De qué sirve la luna, en cenizas de ausencia
Si al irte te has llevado mi esplendor hecho verde.
¡Oh, dioses del averno, acallad mi boca!
¡Oh, sol! ¡Oh, pajonal!
¡Despobladme de verde las manos!
¡Lo merezco!
¡Cambiad mi sangre por arena!
Olvidé:
El verde deslizante de la lagartija entre las piedras.
El arco iris sonoro de los loros.
El verde denunciante de los árboles quietos.
Olvidé el picaflor, la ortiga, el cactus.
De qué sirve el solsticio que se anuncia
Si mi corazón no es una yema verde, verde espera
El sol
Desarmado, sin lanzas, ni fuego.
Compañero ardiente del bosque profundo,
Puebla
Mi pajonal de verde.
La ceniza se va y la sangre queda.
La luna, más luna que nunca,
Le acerca
La humedad plateada del arraigo.

*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar

Nuestro último café*

*Por Eduardo Pérsico. epersic@ciudad.com.ar

Hay bares tan opacos que ni siquiera muestran,
el brillo de unos ojos al decir sin reflejos
‘dejamos de querernos, los dos bien lo sabemos’.

En la misma mirada juntamos las palabras,
las tardes en el cuarto, los ardientes desnudos,
y sin la menor huella de la emoción que fuimos,
dejamos al costado los ‘te quiero’, del lado del silencio.

Sin ecos ni rencor, simplemente pasado,
salimos a la calle.
Y apenas nos dejamos una misma sonrisa,
cada cual por su lado.

Cuando llega el adiós por esas cosas,
no es bueno esperarlo en Buenos Aires.
Que en otoño y te extraño,
tiene este modo tan cruel con el olvido.

*Eduardo Pérsico, escritor, nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina.
(octubre 2009).

LA SABIDURIA DE FRANCO BASAGLIA

“El manicomio liberado”*

Fundador de la desmanicomialización en Italia y en el mundo, pronunció en 1979 en San Pablo, Brasil, una serie de conferencias –hoy recogidas en libro– en las que reflexiona sobre la locura, la sociedad y la emancipación.

Por Franco Basaglia *

Es difícil decir si la psiquiatría es por sí misma instrumento de liberación o de opresión. Tendencialmente la psiquiatría es siempre opresiva, es una manera de manifestarse el control social. Si partimos del origen de la psiquiatría, debemos recordar a Philippe Pinel, que a fines del siglo XVIII liberó a los locos de las prisiones; pero desgraciadamente, luego de haberlos liberado, los encerró en otra prisión que se llama manicomio. Empieza así el calvario del loco y el gran destino del psiquiatra. Luego de Pinel, en la historia de la psiquiatría aparecen nombres de grandes psiquiatras; pero del enfermo mental sólo existen denominaciones, etiquetas: histeria, esquizofrenia, manía, astenia. La historia de la psiquiatría es la historia de los psiquiatras y no la historia de los enfermos.
Desde el siglo XVIII, este tipo de relación ligó indisolublemente al enfermo con su médico, creando una condición de dependencia de la cual el enfermo no ha logrado liberarse. Diría que la psiquiatría nunca fue otra cosa que una mala copia de la medicina, una copia en la cual el enfermo aparece siempre totalmente dependiente del médico que lo atiende: lo importante es que el enfermo no se coloque nunca en una posición crítica en relación con el médico.
Cuando el pueblo, en el siglo XIX, comenzó a rebelarse en contra de la autoridad del Estado, se advirtió que quería participar en la gestión del poder y, sobre todo, que el pueblo no era un animal que podía ser dominado fácilmente. Así se pudo distinguir la existencia de dos clases: la de los trabajadores, que no quiere más ser dominada y quiere participar del poder, y la clase dominante, que no quiere ceder espacios. Fueron más de cien años de luchas, de sangre, de guerras civiles: la clase trabajadora conquistó un espacio relevante en nuestros países. Pienso que es fundamental que los médicos y los psiquiatras sepan estas cosas.
El médico que presta asistencia en una comunidad debe saber que en ella están presentes por lo menos dos clases, una que quiere dominar y la otra que no quiere dejarse dominar. Cuando un psiquiatra entra en un manicomio encuentra una sociedad bien definida: por un lado, los “locos pobres” (el sistema de los manicomios públicos en los países industrializados nació para el tratamiento a cargo del Estado de los “locos pobres”; así lo decían las disposiciones legales) y, por otro lado, los ricos, la clase dominante, que dispone los medios para el tratamiento de los pobres locos. Desde esta perspectiva, ¿cómo podemos pensar que la psiquiatría pueda ser liberadora? El psiquiatra estará siempre en una situación de privilegio, de dominio con respecto al enfermo. Desde este punto de vista, la psiquiatría es, desde su nacimiento, una técnica altamente represiva, que el Estado siempre usó para oprimir a los enfermos pobres, es decir: la clase trabajadora que no produce.
Sin embargo, desde la segunda mitad del siglo XX sucedió algo nuevo, que puso al alcance de la psiquiatría instrumentos de liberación. Luego de la Segunda Guerra Mundial el pueblo y algunos técnicos comenzaron a poner en discusión las instituciones del Estado. En los años ’60 hemos visto rebelarse, como en una gran llamarada, a la juventud del mundo entero. En ese levantamiento, nosotros, los técnicos de la represión psiquiátrica, estábamos presentes; dimos nuestro apoyo a esa rebelión. Más tarde, mientras la revuelta de 1968 se perdía en varias direcciones y era reformulada en una suerte de nueva opresión y restauración, hubo una serie de situaciones que unieron las luchas en las instituciones con las luchas de los trabajadores. Hubo ilusiones, pero también certezas. Hemos visto que cuando el movimiento obrero toma en sus manos luchas reivindicativas, de liberación, antiinstitucionales, esta ilusión se vuelve realidad. En Italia, luego de 1968 hubo grandes huelgas en las que los obreros reivindicaron el derecho a la salud, es decir que llevaron su lucha al nivel de las instituciones públicas. Paralelamente algunos técnicos demostraron que el manicomio era un lugar de opresión y de dolor, no de cuidado. Finalmente, en aquellos años y en los siguientes, las mujeres demostraron que la opresión del hombre y de la familia trataba de impedirles tener una subjetividad propia.
Todos estos movimientos han puesto en evidencia la voluntad de afirmación, no sólo como objetividad, sino como subjetividad. Esta es la fase que estamos viviendo, y es un desafío a aquello que somos, a la relación entre nuestra vida privada y nuestra vida como hombres políticos.
Cuando el enfermo pide al médico explicaciones sobre su tratamiento y el médico no sabe o no quiere responder, o cuando el médico pretende que el enfermo se quede en la cama, es evidente el carácter opresivo de la medicina. Cuando el médico, en cambio, acepta el reclamo, entonces la medicina y la psiquiatría se transforman en instrumentos de liberación.
Es en esta cuestión que tenemos que elegir nuestro camino: si preferimos quedarnos en la oscuridad o queremos estar presentes en nuestro tiempo y cambiar, en la práctica, nuestra vida.
Desmanicomio
Después de la Segunda Guerra Mundial, Italia era todavía, en lo económico y cultural, un país campesino. En la década de 1950 comenzó un proceso de cambio determinado por el desarrollo de la sociedad industrial y, consecuentemente, de una clase obrera cada vez más fuerte. En aquellos años iniciamos el trabajo en Gorizia, una pequeña ciudad en la frontera con Yugoslavia. Allí había un hospital con 500 camas dirigido de manera totalmente tradicional; era usual la práctica del electroshock y el shock insulínico; antes que nada, era un hospital dominado por la miseria, la misma que encontramos en todos los manicomios. En cuanto entramos, dijimos: no. Un no a la psiquiatría, pero sobre todo un no a la miseria.
Vimos que, desde el momento en que dábamos respuesta a la pobreza del internado, su posición cambiaba totalmente: dejaba de ser un loco para transformarse en un hombre con el cual podíamos entrar en relación.
Habíamos comprendido que un individuo enfermo no sólo necesita la cura de la enfermedad: necesita una relación humana con quien lo atiende, necesita respuestas reales para su ser, necesita dinero, una familia; necesita todo aquello que también nosotros, los que lo atendemos, necesitamos. Este fue nuestro descubrimiento. El enfermo no es solamente un enfermo, sino un hombre con todas sus necesidades. Por ejemplo, yo recuerdo que después de que abrimos los pabellones en Gorizia, en 1963-1964, todos esperábamos ver cosas terribles. No sucedió nada. Vimos que las personas se comportaban correctamente, pedían cosas muy justas: querían comida mejor, posibilidad de relaciones hombre-mujer, tiempo libre, libertad para salir. Son cosas que un psiquiatra ni siquiera imagina que el enfermo pueda pedir. Sería como si, en una sociedad fundada sobre el puritanismo, una hija le pidiera al padre salir de noche. Eso sería terrible para el padre, ¿no iba a poder saber cuándo su hija volvería a casa? Ocurre lo mismo con el enfermo mental, porque el psiquiatra siempre confundió la internación del enfermo con la propia libertad. Cuando el enfermo está internado, el médico está en libertad; cuando el interno está en libertad, el internado es el médico.
Entonces, cuando empezamos a organizar algo tendencialmente igualitario, vimos, por ejemplo, que un hombre se encontraba con una mujer y no sucedía nada violento. Se enamoraban. Naturalmente, luego podían tener una relación sexual, como sucede en las mejores familias y ¿por qué no habría de suceder en el manicomio liberado? Empezamos a divulgar la experiencia para demostrar que era posible dirigir el manicomio de otra manera. Y todo esto nos llevó también a una reflexión política: los internados pertenecían a las clases oprimidas y el hospital era un medio de control social.
En Gorizia organizamos una comunidad con el objetivo de curar y de mostrar que era posible una vida distinta. Lo sorprendente fue que mucha gente que venía a vernos percibía que la vida dentro de la comunidad era mejor que la vida afuera. Era que dentro de esa comunidad, el egoísmo que domina nuestras vidas era afrontado de otra manera: mi sufrimiento era el sufrimiento del otro. Con este tipo de lógica empezamos.
Después, muchos de los que habían trabajado en Gorizia fueron a dirigir otras instituciones psiquiátricas y así se generaron cuatro, cinco, seis experiencias diferentes. De todos modos, nosotros sabíamos que el manicomio, aun el dirigido de modo alternativo, era siempre una forma de control social, porque la gestión no podía sino estar en manos del médico, y la mano del médico es la mano del poder. Entonces, cuando, en 1971, empezamos a trabajar en Trieste, continuamos la experiencia de Gorizia, pero con el proyecto de eliminar el manicomio y sustituirlo por una organización mucho más ágil, para poder afrontar la enfermedad allí donde tenía origen. Empezamos con un manicomio que tenía 1200 personas y hoy, luego de ocho años de trabajo, no quedó casi nadie en esa estructura. Esas personas procuraron reinsertarse socialmente, con nosotros, con la sociedad, con la comunidad.
Podríamos decir que somos personas que transforman en oro lo que tocan, aunque en realidad nuestro trabajo fue muy simple. Como ya dije, en Gorizia descubrimos que la clase trabajadora, en caso de enfermedad, era destinada al manicomio. Entonces, pensamos que esta clase debía tener responsabilidades y poder en la gestión del problema de la salud y que esto podría cambiar las cosas. Por ejemplo, la discusión sobre cuándo se podía dar de alta a un paciente no era sólo entre nosotros, los médicos, sino también con las personas del barrio donde el enfermo iba a ir a vivir. De esta forma, el vecino del barrio se daba cuenta de que las necesidades del paciente no eran distintas a las suyas. Ante el problema de dar de alta a una persona pobre, que no tenía dinero ni casa, ni familia, muchos percibían que estaban o que podían llegar a estar en las mismas condiciones. Comenzaba así la identificación entre el sano y el enfermo, y el inicio de la integración del enfermo.
Entonces, día a día, año a año, paso a paso, desesperadamente, encontrábamos la manera de llevar al que estaba adentro, afuera, y al que estaba afuera, adentro. En la medida en que el número de los internados disminuía, íbamos creando en la ciudad los centros de salud mental. Teníamos una estructura externa muy ágil, en la cual la enfermedad se enfrentaba fuera del manicomio. Y veíamos que los problemas referidos a la peligrosidad de los enfermos comenzaba a disminuir: empezábamos a afrontar, no ya una “enfermedad”, sino una “crisis”.
Hoy nos es evidente que cada situación que nos llega es una crisis vital y no “una esquizofrenia”. En aquel momento, ya veíamos que aquella “esquizofrenia” era la expresión de una crisis, existencial, social, familiar, no importa cuál. Una cosa es considerar el problema como una crisis y otra cosa es considerarlo como un diagnóstico: el diagnóstico apunta a un objeto, y la crisis a una subjetividad; subjetividad que a su vez pone en crisis al médico.
He hablado de manera muy general del camino que hicimos para tratar de eliminar el hospital psiquiátrico y crear una situación tendencialmente terapéutica. No puedo decir más que “tendencialmente”, porque no puede ser plenamente terapéutica: yo trato de curar a una persona, pero no puedo tener la certeza de si la curo o no. Es lo mismo que cuando digo que amo a una mujer: es muy fácil decir esto, pero en algún sentido es falso, porque el hombre tiende a un tipo de relación y la mujer a otro; la relación que se crea entre los dos no es más que una crisis, es una crisis en la que hay vida, siempre que no haya dominación del hombre sobre la mujer o de la mujer sobre el hombre. En una situación que es tendencialmente de amor, se puede crear una relación muy libre.

* Extractado de La condena de ser loco y pobre. Alternativas al manicomio, de reciente aparición, que reúne conferencias pronunciadas en San Pablo, Brasil, en 1979.

-Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-133467-2009-10-15.html

Soñar no cuesta nada*

Soñé que me llevaban haciendo turismo a un castillo en Italia.
Desde lo alto se veía el mar azul.
Había algunos hombres y algunos invitados, entre otros mi padre.
Mi preocupación en el sueño era como iba a pagar eso, la magnífica belleza del lugar. También tenía cierta inquietud porque varios hombres me pretendían al mismo tiempo y temía a los problemas, peleas, disgustos que esa situación podría traer aparejado.

La preocupación económica era bastante obsesiva y opacaba el disfrute. Tanto así que cuando me desperté, quedé con el alivio de perder el mar azul y la deuda.

Moraleja
Si tienes un sueño tan vivo. Si adentro tuyo está ese paisaje simplemente hay que nadar en el placer, disfrutarlo, vos lo creaste.

*

Como el muro que cayó una vez, quizás caiga con este terremoto financiero en el bolsillo del Imperio (iba a decir corazón pero no tiene) esa idea de que todo se compra, se vende, se paga, ese dios del dinero.

Aprendí soñando que lo más bello no tiene precio. Todavía no hay en los mercados rodajas de crepúsculos, grandes ofertas en amaneceres.

Le di la razón a Epicuro en su creencia en la bondad de los placeres. Era una filosofía que destacaba la amistad, por lo tanto desechaba los placeres que podían hacer posible mal a uno mismo o a los otros.

Lo más que se pueda de placer sin daño.
Linda consigna para una pancarta.
Basta de silicios o coronas de espinas o cruces, otra vida es posible

Los sueños crean realidad o permiten soportarla.

Si varios hombres se pelean por vos debe ser un sueño.

Si es de verdad sos una artista.

El arte y los sueños se funden

*De Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar

La carrera*

*Por Adrián Abonizio. abonizio@hotmail.com

9.12 miré el reloj que me hablaba desde la pared de la cocina. Estará retrasado para la Carrera. La escarcha fuera había dejado babas de barba blanca en los marcos de la casilla; el gato ni se movía de al lado del horno abierto y encendido que dejaba mi madre por la noche, y en el almanaque repasé la figura del invierno en un señor arropado y gigante soplando hojas de hielo sobre el mundo esférico y azul. Me deslicé por el pasillo hacia el baño con sigilo de ladrón; sólo mi padre advertido y enseñorado desde la
escalera interior y mateando me silbó e hizo un gesto señalando la cocina.
¿A donde vas tan temprano siendo domingo? Murmuré algo de un partido importante. Y no llevás botines. Me señaló al verme desarmado de los aparejos de guerra. Me los llevan. Voy a pescar también, musité. Vas a pescar a dos boludos muertos, ¿sabés?. Vos vas a la Carrera. Y era verdad.
Era el día. Se habían citado en el puente Avellaneda el Kerosenero con su Rumy y Caballo Loco con su Pumita. Era el desafío para cruzar Rondeau con semáforo a suerte o verdad partiendo desde donde nacía el puente recién construido. ¿Eh? Inquirió. ¿Tengo o no tengo razón?. No voy a avisar a nadie, además me tengo que ir pero no quiero a la noche tener que ir a ningún velorio: si me entero que se hace vas a ir al tuyo. Huy que miedo, lo desafié. Ya había aprendido a burlarme con la soltura del que se sabe que jamás ligará cachetetazo alguno. Me miró con pena, sobrándome. En mi tiempo había cosas así, los muchachos nos probábamos a ver quien era el mejor o el más fuerte, pero a las piñas. No a la muerte. Ahora andá y ya sabés: lo que tenés ahorrado en el chanchito te voy a obligar a gastarlo en flores. Di un salto y salí huyendo, avergonzado, agrandado, convulsionado. Mi papá entendía los juegos de guerra, mi papá no los admitía pero entendía que la sangre llama a la sangre. Como se había enterado ni cavilé: él se enteraba de todo. Decía tener poderes de leer mi mente o escucharme hablar en sueños.
No lo sé. Subí a la bici el asiento helado se me incrustó entre las pelotas y los muslos como una herida , guantes de frisa, diario al pecho, campera de cuero guerrera y silbando hacia el campeonato de los finaditos. Iba a ver morir quizás. Iba a ser el primero en llorar o juntar los restos de los
adversarios. Iba a ser mi debut en la Muerte Grande, como le llamaban a esos desafíos de los mayores, pibes de quince que dirimían su coraje, alguna chinita compartida u ofensa, allí en el puente, moto contra moto y cruzar con rojo demostrando el valor. En el comienzo del puente ya había cinco o seis pibes. Estaba el Alto, un energúmeno hijo de peluqueros, fanático de la lucha y cazador de perros a gomerazos. Luego Cardetti, otro pequeño asesino que envenenaba ratones y los conservaba en formol para luego ponerlo en algunos sitios incomprensibles como el altar consagrado, por ejemplo. Estaba Luigitengo, con su jopito de cantor y su navajota nerviosa que no impidió esa marca en el cuello producto de una pelea contra tres y él desarmado.
Acusaba un niño tuerto y pajaritos muertos a manos de su rifle Maheli aire comprimido cinco y medio. Y Fino o Pinocho, hijo dilecto de las comisarías. Su papá era suboficial una vez nos llevó al baldío de Don Tomás y ajustició un gato barcino que tenía atado con un alambre para que viéramos la puntería. Y el Gordi, un aprendiz de secretario de valientes que quería lo integraran pero sus manos estaban vírgenes de sangre alguna. Yo era casi un desconocido pero me habían visto cascoteando vidrios de la escuela y eso me daba chapa de corsario. Uno tenía reloj, el que fumaba. Che, son las diez y media y estos que no vienen. De pronto, como salidos de un hoyo ruidoso aparecieron ambos por Avellaneda, juntos, sin separarse, cabeza a cabeza a dos por hora. Estaban serios. Llegaron hacia donde estábamos y fue Caballo Loco el que habló. El Kerosenero asentía. Lo pensamos bien y decidimos amigarnos. No vale la pena matarse por una mujer -recitó como en un tango y yo ya veía en él a la sombra de un adulto reculando, justificando su paso atrás y el de su compañero. No obstante me sonó sincero. Somos unos boludos si nos hacemos matar por ella, justificó. El grupo hizo crecer un murmullo de decepción. Eran las once: en el campanario el disco viejo se repetía en el badajo llamando a los fieles a misa. El Kerosenero estaba con el mentón bajo como avergonzado. Caballo Loco soportaba el traspié de una tormenta difusa, cierto halo de indignidad con su ancho pecho de tanque, dispuesto a dar pelea si alguno los cuestionaba. Por algo era el mayor, el más grande y peligroso. Demasiado que le avisamos, explicó el Kerosenero. Entonces, bajado de su chata gris, en mangas de camisa y pitillo en los labios, silbando de costado, lo vi aparecer a mi viejo, saludando como quien entra a un cumpleaños. Aquello era un velorio. ¿Ya está? ¿Ya corrieron? ¿Quien ganó, che? Me miró a mi. Este pendejo ni me dijo nada pero me enteré en el club y
vinimos con los muchachos a verlos, ahí llegan. Venían si, cuatro más del club en motos verdaderas, hombres poderosos que iban a jugar su partido en la cancha de Carrasco y alertados por mi viejo se habían llegado hacia allá.
La escena era estúpida y cortante. Che ¿y no se mataron?, continuó mi viejo que ya me empezaba a cansar. Yo sangre no veo, agregó otro. Hasta que finalmente, un flaco alto pero panzón a quien lo apodaban Limzul por que no se bañaba nunca vino hasta ambos y juntándolos habló: Son unos seres
erróneos, no hay nada que probar. A la vida se la prueba con la vida misma.
Sus compañeros, incluso mi padre lo miraron: esas frases estaban magnificadas en el domingo gris. Yo no tengo hijos, la vida me los quitó, pero si quieren hacerse hombres larguen eso. Señaló las motos. Y las navajas que tienen escondidas. Para ser hombre primero hay que hacerse respetar pero no ante ustedes. Ante el patrón. Ese es al que hay que darle. El tienen la culpa de todo, ¿comprenden? Hubo un silencio. El libreto era improvisado y sorprendió a todos. Vamos, muchachos, dijo al resto y nos dejó a todos
silenciosos, sin entender del todo su bronca y pensando que todo lo ignoraba sobre las pruebas de sangre para demostrar que uno era un hombre.
A la noche, cuando mi papá se sentó a comer me comentó por debajo para que no oyera nadie El Limzul es un anarquista. Ah, dije yo que no sabía lo que era pero me hice el que sí. Pero decile que llegó tarde. Y me serví, que yo recuerde, el inaugural vaso de vino con soda de mi existir.

*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-20631-2009-10-14.html

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13/10/2009 GMT 1

EDICIÓN OCTUBRE 2009

urbanopowell @ 18:29

*

A veces
de la tinta brotan sólo blancos y negros;

otras
un arcoiris resulta insuficiente
y se combinan
y caen
y germinan...

*de Ana Lía Gattás. analia_gattasz@speedy.com.ar

acorazada*

palabras
lloro que no digo
me traigo cada vez más
hacia dentro
recuerdos de la lluvia
de agostos del olvido
he callado con palabras
la tristeza el dolor
la renuncia a la piel
y a los sentidos
voy de fuera hacia dentro
viajando una semilla
que cosecho en palabras
de otro oscuro silencio
lo renuevo en un pacto
que he cerrado conmigo
en secreto y olvido
desconozco esperanzas
justicia lucha brillo
desentiendo mi sangre
de unos sueños que tuve
en piel en miedo en grito
han caído mis credos
de a poco sin sentido
miro desde estar quieta
recuerdo
que me he visto
correr pelear gritar
pasiones de otras voces
que ya callo
vuelvo inquieta a estar quieta
hago palabras
lloro que no digo

*de Lucía Cinquepalmi luciaguionbajo@gmail.com

CAMINOS*

*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar

Hasta donde la vista daba era un cielo cada vez más bajo, cada vez más débil y más desteñido como si Dios se hubiera ido cansando con su brocha pintada de celeste y se hubiera ido mutando en gris pálido o en blanco conforme se alejaba y se hacía todo horizonte hasta que el crepúsculo lo hiciera crepitar en rojos, violetas y amarillos. Era el instante en que aquel monte de coníferas inflamaran sus troncos con esa luz que le iría creciendo desde los pastos.
Si uno mira ahora desde el confín del pueblo, si está parado en la punta de ese camino sinuoso que la inventiva popular bautizó “Camino del Diablo” porque su fama de luces malas persiste en la memoria de los antiguos pobladores, digo si uno se para allí en el principio de ese camino es como dominar una franja que se expande todo lo que permite la mirada. Los pisaderos de barro para cocer ladrillos que rodean el pueblo con sus veredoncitos de pasto en los costados, allí por donde aquella barrita bullanguera pasaba con sus tramperas para pájaros, desde allí, desde ese lugar podemos dominar todo el movimiento de varios kilómetros a la redonda y admirar aquel vuelo libre, altísimo y sereno que ejercen las cigüeñas y que parecen impolutas sábanas suspendidas en el aire. También ensucian ese celeste claro algunos pocos teros que vuelan, muy bajo, haciendo círculos y observando hacia la tierra arada donde el sol muestra de distintos coloración veteada según la antigüedad del arado en su incursión roturadora.
El movimiento, como cabe suponer en tan bucólico paisaje, es mínimo.
Algunos tordos, como pesados carbones cruzan el aire hacia la nada, o vuela una bandada de bandurrias en formación marcial hacia las cañadas, tal vez uno gorriones rápidos, o un casal de tijeretas solitario, o aquel grupo de golondrinas en lo más alto, con evidente signos de haber perdido el rumbo.
Estamos a media tarde, entonces todo es casi quietud. Al atardecer, un insólito revuelo de aves acuáticas irán a buscar bañados que los juncos esconden.
Pasarán inmensas bandadas de patos, en formación perfecta, haciendo una ve con el vértice a vanguardia: siriríes crestones, maiceros zambullidores, a dormir entre esos yuyos húmedos. Pero todavía estamos aquí, observando como si fuéramos un Dios hierático y fatal, un Dios pequeño, omnisciente bajo la media tarde de mayo, de un mayo más que cordial.
Y vemos entonces algo que allá a lo lejos se acerca por el “Camino del Diablo”, mejor dicho viene transitándolo al parecer con toda tranquilidad, y no percibimos si es una persona que viene a pie, en bicicleta o, por la lentitud con que se mueve, está quieta, decidió pasar o descansar o si avanza y lo hace tan lentamente que no se puede percibir si avanza aunque sea unos metros, al menos, hacia donde estamos parados, observando.
Giramos el cuerpo hacia el pueblo y vemos que desde la ruta toman por las calles de acceso unos cuantos vehículos que vienen o bien del campo o de las localidades vecinas, ingresan con un estrépito de hierro y una implosión de polvillo, si viene del campo, que al traqueteo sobre el asfalto, se libera y expande hacia los costados, enrareciendo el aire estático.
Como hemos tardado un tanto el rostro vuelto hacia el pueblo y nos hemos distraído mirando cómo cada vehículo que cruza la ruta y se interna por esa calle de acceso espanta un grupo de palomas sedentarias que picotean el resto de una carga de maíz que se volcó en el costado cubierto de gramilla. Pasado el ruido del vehículo y el susto consiguiente, vuelvan a posarse como si nada hubiese sucedido y reinician su sistemático picoteo, grano a grano, ingresan por sus picos y pasan en instantes directamente al buche, que engrosa debajo de esas plumas suaves que lo cubren.
Al volver el rostro hacia el “Camino del Diablo”, ya vemos que el viandante es un solo individuo, camina cabizbajo tal vez, o tal vez lo haga suponer la lejanía, ese moverse lento, porque algo es seguro; no se le ve el rostro y desde aquí, la ropa más que ver sus colores, uno la imagina.
Ha transcurrido un largo rato desde que estamos aquí, a falta de algo importante que hacer, mirando. Sólo observar casi sin sacar conclusiones, porque como sabemos, la mente humana tiende a relacionar, deducir, asocian, y aunque uno no se lo proponga (como en este caso concreto). Saca al fin sus conclusiones
El hombre que seguimos observando caminar, que venimos viendo con una pasión y una curiosidad de entomólogo ha llegado ya cerca de la ruta donde termina el camino, el que una convención antigua y popular –por la razón que fuere- llama desde siempre, el “Camino del Diablo”. Se para allí, duda si seguir la calle donde viene y que cruzando la ruta ingresa al pueblo, o, si dobla hacia derecha o izquierda lleva hacia los pueblos vecinos.
El hombre ni nos saluda, simplemente no nos tiene en cuenta, está, como quien dice, en lo suyo. Como lo tenemos bien cerca –apenas nos separa de él la ruta, y el paso raudo de los vehículos que la transitan-podemos observarlo a nuestras anchas. Tiene encima el cansancio y el peso de todos los caminos, y, una rápida consulta entre nosotros, con la mirada solamente, da con la certeza de coincidir que nunca antes lo vimos. Tiene la mirada huidiza, viste con humildad, con cierto decoro y no parece haber hecho algún trabajo manual en su vida. Lleva un bolsito terciado al hombro, y cuando levanta la vista hacia nosotros que lo observamos sin ningún disimulo, mete los dedos en el bolsillo superior de la camisa, saca un atado de cigarrillos y una cajita de fósforos, enciende uno, aspira con verdadera fruición el humo que, desaprensivamente, echa al aire chato y casi nulo, parece dudar, al final tuerce hacia el oeste, hacia donde está el pueblo más cercano. Lo hace por la banquina tal vez porque puede ver los autos que vienen de frente, y así con ese paso cansino se aleja quedamente, como vino y nos deja impávidos, porque no sabemos ni de donde viene ni si tiene algún destino prefijado, o es un triste vagabundo sin objetivo aparente y lleva sobre sí la triste decisión de recoger el polvo de cada uno y todos los caminos.

ARVEJAS DE PRIMAVERA*

Estoy abriendo las vainas para sacar las arvejas. Mis manos se transparentan por detrás de la veladura verde tierna de las chauchas. Una por una las abro, y se encuentran las pelotitas húmedas, nuevas, esas arvejas de verdad, no las de lata, secas y vueltas a hidratar, arenosas y pasadas por la industria. No, estas arvejas vinieron en bolsa de red, estaban en la verdulería, en un rincón, y me las traje sin embase ni marca. Venidas de las quintas estas arvejas de la primavera.
Miro mis dedos transparentándose por detrás de las vainas esmeralda, y pudiesen ser los dedos de mi bisabuela allá en Euskadi, los de mi abuela, sentada en la silla de la cocina, con un repasador en el regazo y la paciencia de quien extrae tesoros uno por uno y forma el montón de cáscara por un lado, las perlas por el otro.
De niña le dije alguna vez a mi madre que para qué el trabajo, si no son tan caras las latas en el supermercado.
No era sólo la textura incomparable, el sabor más dulzón, la frescura de lo recién cosechado. Era el rito de la primavera.
Giuseppe Archimboldo era un pintor extraño, que hace medio milenio anticipaba el surrealismo, y armaba retratos de personajes con una mixtura de objetos o vegetales o animales. Extraños en verdad esos personajes acaso temibles. Pero recuerdo la personificación de las estaciones. Y en el personaje que representa o resume la primavera hay arvejas, espárragos, alcauciles.
Dice mi mamá cuando se va el invierno que hay que celebrar con la merluza en salsa verde, con el cordero al txilindrón, con esos platos que no sólo reconfortan con su sabor, sino que son ellos la propia celebración de lo nuevo que llega y lo viejo que se va.
Ritos, costumbres ancestrales, las manos de las mujeres de la familia que son unas solas en el tiempo, desgranando las arvejas mientras el siglo avanza y el tiempo devora los días y las estaciones.
Los días se regían por la luz, los meses por las lunas crecientes y menguantes, las estaciones por la irrupción de las fresas, de las papas nuevas, de los tomates maduros con olor a campo recién llovido.
Hizo falta que se perdieran lo ritos y las iniciaciones y los lutos para que los psicólogos nos digan que son necesarios.
Frente a la fría asepsia de los refrigeradores de supermercado, traigo de la verdulería mi bolsa de arvejas en sus vainas delicadas, estuches preciosos de cierre perfecto.
Y recupero las manos de mis antepasados, y celebro que hemos vivido un año más.

*de Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com

RUTINA*

El ronroneo de las ruedas
me acuna como mi Ama
cuando noches fantasmales
soplaban con fuerza el sueño.
Un día más, la rutina,
el tren que parte, gente apurada.
Siempre en el mismo asiento
como dueño de mi trono...
Después dejarse llevar
mirando por la ventana,
volando sobre el paisaje
que se esfuma a bocanadas.
Me quedan trozos de árbol
incrustados en la mirada,
una casa solitaria
o mil casas con fantasmas
vivos aún pero ausentes
ganados por la rutina
que parte al nacer el alba...

*de Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar

La sala de espera*

A veces la vida misma se transforma en una sala de espera, pero en ese caso ya sabemos qué estamos esperando y qué habrá de suceder, aunque no sepamos cómo ni cuándo.
En las salas de espera hay secretarias que no guardan secretos.
Hay revistas que no merecen ni revisarlas, porque su única posible destilación es la de los microbios de la saliva que cada uno de los enfermos, pacientes o impacientes, añeja en el ángulo inferior derecho de la hoja de dios. La del diablo nadie la mira y se sospecha que no acumula microbios debido a que no posamos nuestro dedo mayor en ella, aunque, es cierto, pueden llegar a traspasarse los mismos mediante la humedad conducente de haber hojeado la página de dios.
Hay caras a la espera de ser captadas por alguna incauta con el fin de desenfrenar por fin la lengua, esa lengua lenguaraz que no tiene permitido soltarse en la mesa del almuerzo ni en la tarde de mate con hijos ni marido.
Hay sonidos de teléfonos celulares que han olvidado la intimidad de las personas y suenan, por ejemplo, cuando uno está sacando el boleto del colectivo, o pagándole al tachero, o en medio del abrazo en la calle con un amigo que hace tiempo que no vemos, o en el momento álgido de la conversación en la que nos estamos animando a contarle a nuestra amiga la parte más conmovedora de la historia que nos llevó a reunirnos esa nochecita.
Y suenan, y suenan, independientemente de nuestra espera en la sala.
Hay personas que esperan al odontólogo y huelen a épico, mal que me pese lo delatador de mi edad en este recuerdo. Digamos, en el genérico, a desodorante bucal, como negando los efluvios que irrumpen desde interiores inasequibles.

Hay gente que espera al alergista disimulando la rascadura de sus escozores histéricos, insomnes y frustrados, hasta que se torna inevitable y en una compostura prefabricada e in disimulable extienden, casi en contorsión, su brazo derecho hasta el omóplato infinito izquierdo y en un vaivén del antebrazo va tornándose esa cara en un muestrario de viñetas animadas que pasan del ardor al placer al goce a la molestia al alivio a la incomodidad al pudor a la simulación pero un poquito más abajo qué placer es justo ahí donde me pica me están mirando todos qué vergüenza qué me importa después de todo para eso vengo estoy enfermo me rasco y que se vayan todos a la concha de su madre.
La gama de perfumes importados se entremezcla en el aire saturado de fracaso.
Algunos están ya rancios de no hallar oportunidad que valga la pena el gasto.
No hay salida al teatro, ni cena a luz tenue de las velas, ni sexo eventual y apasionado sino el reglado por la inevitable compañía de acceder al mismo lecho de la monogamia que nuestro capitalismo supo conseguir, y nosotros defender a costa de la depresión, la rutina y la tristeza.
Pobre ginecólogo lo que ha de ver y oler.
Y una los ve. Como ve todo.
Y también nos miran con esa cara de y a esta qué le pasará.
Si supieran…

Ir al ginecólogo es, en cada momento particular de la vida, un fotograma de los simbolismos que desplegamos en nuestro itinerario de mujer.
No hablaré por todas, sólo por mí.

A mis dieciocho, diecinueve, ni siquiera iba, a excepción de la aparición amenazante de un atraso.
Yo era una inconsciente y el ginecólogo, el mago.

Entre mis casi treinta y mis apenas pasados los treinta, las visitas eran las de futura mamá y el ginecólogo era Sócrates.

Desde la última mayéutica hasta los cuarenta y cinco, recuperé la inconsciencia y el ginecólogo pasó a ser un cartelito de bronce que aparecía en algunos departamentos re coquetos y distantes.

Ahora, que ni Sócrates me hace parir, atravieso esos portales de blindex y las molduras de madera que simulan el grasa y fracasado buen gusto burgués de nuevo rico, mezclado con aromas desodorantes que me hacen picar la nariz y una música funcional que da ganas de tirarse debajo del tren.
Ya no puede uno ni suicidarse a piacere. La pérdida del tren nos arrebató hasta esa mística tan morbosa y tan temida.

Mientras la secretaria chusmea a viva voce por teléfono y una esposa le dice por celular a su marido que vaya pelando las papas, si no es mucha molestia, porque el médico va atrasado, y el otro se rasca ya sin pudor, yo ya estoy allí, formando parte de la miscelánea inefable de un escenario decadente en busca de calidad de vida.
Entonces me veo. Me miro. Me huelo. Me ausento del entorno en mi viaje introspectivo de la sala de espera.

Qué fácil, y sin necesidad de alambiques, resultaba en la juventud, hasta tardía ella, recibir una mano cálida entre los muslos o dejarse recorrer con unos labios húmedos y susurrantes en la entrega absoluta de esa frescura vigente y turgente.
Los tabúes y el pudor eran cosa de otro siglo.
La risa a carcajadas y el pasearse sin recato de la cama al living, buscando algo de comer en la heladera y poniendo música era el tiempo presente continuo de un pasado pluscuamperfecto y un porvenir imperfecto que es este hoy lleno de cambios en degradé.

Me pregunté de qué se trataba ese deseo ligado al erotismo. Cómo había sucedido todo aquello en el otro entonces de la carne firme, sin desinencias, sin desgaste, sin cansancio, sin vergüenzas.
Pensé en las parejas que se aparean desde temprano y van equiparando y cotejando sus arrugas, sus pancitas y sus achaques al unísono de la vida en común, día tras día, despertar tras despertar.
“El problema de ustedes, me dijo un amigo machista hace poco, es que se empeñan en seguir teniendo orgasmos a esta edad”.
Qué turro, pensé. Pero ahora, entre esta colección de hilachas que encuentro frente a mí en esta sala, hacen resonancia esas palabras hostiles, provocadoras y mediocres, en expresión hiperrealista.
¿Por qué habría un hombre de desear a una mujer que empieza a recorrer el tramo de salida de la autopista, el descenso de su turgencia y el retiro discreto del desparpajo de ese arrebato impúdico de un cuerpo que se sabía fresco, sin remilgos?
El amor…, ah sí, el amor…
Pero el amor del otro no sabe nada de los fantasmas que rodean a una mujer que se desnuda y ya no tiene en su haber el perfecto cuerpo incólume que encaja en cualquier prenda de la moda pret à porter, cuando nos preguntábamos cómo le irá ese jean a mi cola y no, como ahora, enhorabuena los elastizados, que ayudan a defender algo de nuestra memoria.
Y cuando las musculosas tan frescas del verano de Voleibol, ahora dejarían entrever algo alicaídos los bíceps que ostentaba la juventud.
Y, sobre todo, ese entonces en que la muerte nos quedaba mucho más lejos.
El esfuerzo y puesta a prueba de gustar desequilibra la mayor parte del tiempo, con la soltura que se requiere para preguntarnos con franqueza si a nosotras nos gusta.
Pienso mientras pienso que, tal vez, este escrito tenga excesivo contenido de frivolidad y fruslería, pero aseguro que no es fácil para una mujer que se piense a sí misma, intentar ser objeto de tentación, más allá de las reales y contundentes declaraciones de amor, en una era de plástica insolencia sin arrugas ni pancita.
¿Por qué habría yo de seguir deseando orgasmos desencadenados por la pasión y el fervor que se encendía en un juego de espejos donde una se sentía tan deseable que era capaz de flagrar el encuentro sin fantasmas ni pudores?
Cuando el ginecólogo me vio y me dijo, estás bárbara Lú, ¿qué bicho te picó?, pensé que no podía cargarlo de tanto pensamiento y tanto rollo.
Caminé una cuadra, activé mi celular y le pedí un turno a mi psicóloga.

Tal vez ella me ayude a recorrer el camino de ya no ser una pendeja y me invite a un mundo de realidad donde no termine rascándome lo que no me pica ni deseando ser o parecer lo que imagino que otros esperan de mí.
Tuve ganas de reírme de mí, pero todavía no estaba lista.

*de Lucía Cinquepalmi luciaguionbajo@gmail.com

Las nuevas tecnologías*

Estaba haciendo cortinas y cristales como cada viernes cuando sonó el teléfono

- Diga…
- Buenos días, Le llamo de Telefónica para una información.
- Bueno, pero el señor no está en este momento.
- Está bien, pero ¿Tienen ustedes ordenador?
- Si, un ordenador con procesador AMD Sempron Dual Core 2100.
- ¿Qué memoria tiene?
- 2GB de RAM, 250GB de disco duro, una tarjeta gráfica NVIDIA GeForce 6150 de 831MB dedicada.
- ¿Podría decirme el sistema operativo?
- Es un Windows Vista Home Premium

- ¿Cree usted que estarían interesados en una línea ADSL?
- Depende ¿Qué ancho de banda?
- 15 Mbps
- Si, eso está muy bien, pero ¿cuántos megas reales llegan, porque con la caída de la línea…?
- Bueno, reales llegarán la mitad…
- ¿Y accediendo a través de Wi-fi?
- Eso hay que comprobarlo en cada caso.
- Bien, pues ya le comentaré al señor.

A la media hora llegó Plumkier a su casa y ella le dijo:

- Han llamado de telefónica ofreciendo no se qué.
- ¿Qué cosa?
- No sé señorito, ya sabe usted que una servidora no entiende nada de las nuevas tecnologías...

*de Joan Mateu. joan@cimat.es

ELLA ESTABA ROTA.*

*de Jesús Brilanti T. lugburtian@hotmail.com

Ella estaba rota en realidad y aparentaba que no lo sabía; yo estudiaba en la facultad de filosofía y ella en la de arquitectura. Supe de su estado fragmentario desde el primer día en que la vi andando cabizbaja por uno de los pasillos de la universidad; a partir de tal instante no pude olvidar su rostro cual reflejaba ante mis ojos la ruptura, por que uno suele darse cuenta a quien se la ha caído el alma en la acera y se le ha hecho pedazos, no quedando más que levantarlos e intentar volver a colocarlos lo más cerca de donde late la esencia que nos permite dormir y despertar al día siguiente; más sin embargo nada suele ser igual.
A la fémina rota le veía muy a menudo y cuando me percaté de tal constancia era por el hecho de verle a diario en la cafetería, ella ahí, siempre acompañada de una taza de café y un cigarrillo cual por lo regular era seguido por otros cuatro más. Siempre despertó en mí bastante curiosidad pero nunca pude acercarme lo suficiente, nunca pude explicarme porqué, la timidez nunca fue una característica mía, más sin embargo había algo que parecía una barrera, sentía que algo estaba roto y ello me detenía. Hay
cosas que uno jamás terminará de comprender, y una de ellas fue el hecho de que no pude contener esa extraña necesidad por verla, aunque fuese a la distancia, las once treinta de la mañana y ella estaba siempre en la misma mesa de la cafetería, dando pausados sorbos a su taza humeante mientras se
acorazaba en una nube de cigarrillos, por mi parte no me importaba faltar a mis clases para estar a esa hora, de la misma manera bebiendo café, abrumado por la distancia, aturdido por las pláticas banales de decenas de personajes que atiborraban aquel espacio de la universidad. A pesar el alboroto constante de las mesas, las sillas, los platos, los ceniceros y demás, parecía en cierto momento, que la vaciedad nos conectaba a ella y a mí. Ella se percataba de mi presencia, al parecer no le incomodaba, tal vez me veía
como a uno de tantos que estaba ahí sólo para escapar de las aulas. Con el pasar de los días no tuve más que admitir que era ella demasiado atrayente para mí, a pesar de su tristeza, a pesar de su soledad, a pesar de la ruptura que yo podía admirar en su persona; era la mujer que yo había perseguido en mis sueños, era a quien le había dedicado mis escritos antes de conocerla de manera tangible. Por casualidad supe su nombre, Luisa, y el mismo tuvo eco en mi cabeza durante bastante tiempo. Las cosas, sentí, se me estaban saliendo de control, no podía seguir atormentándome sin siquiera estar seguro si para ella yo existía, de tal manera un día planeé esperarla al final de sus clases, la esperé en la calle, me sudaban las manos, fumaba un cigarro e intentaba calmar mi ansiedad dando ligeros golpes con mi zapato izquierdo al suelo. Ella por fin salió, pero justo y había dado unos cuantos pasos cuando un tipo muy blanco, alto y bien parecido la interceptó, Luisa lo abrazó pero él la apartó de sí bruscamente, le dio un tirón del brazo, comenzaron a andar mientras el sujeto le gritaba, ella sólo asentía con la cabeza, creí a lo lejos verle llorar. Esta vez no tomé el metro para regresar a casa, caminé perdiéndome en la enormidad y soledad de la gran urbe repleta de almas que iban y venían.
No importándome lo ocurrido, al día siguiente estuve a la misma hora en la cafetería, pero la mujer rota nunca llegó. Esa tarde llegué a casa y comencé a sentir que algo se rompía también dentro de mi ser. Un día más, no perdí la fe, mismo lugar, mismo café y mismo cenicero sucio frente a mí; un poco tarde pero entró al fin Luisa a la cafetería, esta vez no se sentó en la misma mesa, buscó otra dándome la espalda, intuí que algo no estaba nada bien; guardé luto por espacio de veinte minutos, me incorporé de mi asiento y con todo ánimo me dirigí hasta su lugar para pedirle un cigarrillo, a lo que ella respondió a penas audible: -¡no tengo!-, dichas palabras no me dolieron, lo que me dañó fue ver su rostro golpeado que fungía enmarcando a resonancia extrema un ojo totalmente morado; se agachó, comprendí que era
ilógico y estúpido preguntar si estaba bien. Salí a paso lento del lugar aquel que a pesar de su algarabía se me antojaba salvajemente silente.
Aquel día volví a regresar andando a casa, el caminar se había vuelto una terapia para mí, mientras caminaba podía conversar conmigo mismo y pensé en tales circunstancias por que Luisa estaba rota, si acaso esa era la razón, maldije al mundo mientras me interrogaba sobre las circunstancias que uno
jamás podrá comprender, mientras, nunca escuché unos pasos tras de mí que apresuradamente me hacían compañía, volteé para encontrarme con el rostro gris por dentro y moreteado por fuera de la fémina rota. -¿Porqué me sigues siempre?- Me cuestionó, no supe que decir, seguí caminando, ella a mi lado y
junto a nosotros un silencio que traduje como un grito de auxilio por parte de ella. -¿Cómo le permites.?- No pude culminar mi interrogación pues me lo impidió, comenzó a llorar, nos sentamos a las afueras de una muda puerta, los transeúntes simplemente nos vadeaban sin darnos importancia, cada uno de ellos reflejaba tanta indiferencia al seguramente cargar sus propias maletas llenas con sus propios problemas. Luisa no podía parar el llanto, en medio del mismo me dijo que aquello sobre lo que fui testigo aquel día no era nada, me habló sobre José Adrián, su novio o verdugo, no sabía en realidad que era, pero me dijo que lo amaba a pesar de sus gritos, de sus golpes salvajes que comenzaban en su rostro, después en el estómago para doblarla, sofocarla y una vez en el suelo propinarle una tanda de patadas; obviamente no se limitaba a los golpes físicos pues también tenía que soportar los que le propinaba en el alma: sus infidelidades, humillaciones y reproches.
Cuando creyó ella descargar todo lo que tenía que expeler, limpió sus ojos, se puso de pie, me pido disculpas dando media vuelta; por un par de segundos lo dudé, pero sabía que ya no podía callar, prácticamente salté alcanzando su hombro, ella giró, le dije que yo la amaba, quería ayudarla. Ella
contestó que estaba rota, que yo nada podía hacer para unir los pedazos. Se marchó perdiéndose entre la gente, yo permanecí inmóvil hasta que la perdí de vista entre la multitud, el smog y mi rabia.
Esa noche no pude dormir, tenía que hacer algo o terminaría por romperme yo también. Al siguiente día no quise ir a la cafetería, me sentía muy mal, al salir de clases me dirigí firmemente hacia la puerta de salida, salí corriendo, ahí estaba Luisa y José Adrián, a media banqueta discutiendo, pasé por un lado de él, casi rocé su brazo con el mío, me llené de impotencia, apresuré mi paso, alcancé a escuchar como él subía su tono de voz, continué andando, deseaba alejarme lo más rápido de ahí, mi corazón latía tan fuerte que creí me ensordecería, los ojos se me inundaron de lágrimas, contuve el llanto, avancé tan sólo cinco cuadras cuando me sacó del trance el ulular de una ambulancia cual me encontró en sentido
contrario a mi andar, me detuve, pensé en Luisa, intuí que algo le había ocurrido, no vacilé, regresé corriendo lo mas rápido que pude, pensaba en ella, sólo en ella, me aproximé a unos metros sobre la entrada de la universidad y pude ver que hasta ahí había parado su curso la ambulancia, había un tumulto, la gente se amotinaba, aun no alcanzaba a ver que ocurría exactamente, me aproximé aun más, por fin vi un taxi sobre la acera, según la gente, había atropellado a una persona quitándole la vida, me acerqué, como pude me abrí paso entre los curiosos, mientras murmuraba el nombre de Luisa llegué al primer plano, un enorme charco de sangre relucía y marcaba una trayectoria que culminaba en la rejilla de una alcantarilla, el cadáver yacía expuesto boca arriba, y yo no podía dar crédito a lo que veía: era yo, ahí silente, tendido sobre el asfalto sin vida, a final de cuentas estaba roto como algún día lo predije; Luisa estaba junto al taxi y lloraba admirando mis restos, José Adrián dio un fuerte jalón a su cabello, y preguntó: -¿lo conoces?-. Ella simplemente lo negó, y a empujones él la retiro del lugar.
Me subieron a una camilla, yo ya no sentía absolutamente nada, mi sangre continuaba fugándose por la alcantarilla, mi alma le acompañó, sólo comprendí por último que ella, solamente ella, fue quien decidió romperse para el resto de su vida.

Cómo Colocar sus Cortinas*

¡Qué agua tan amable!
Que las rocas las convierte en peces,
Y los peces se hacen de agua
Para evaporarse y condensarse en el cielo.

La lluvia cae con ojitos de pez brillantes
Y corren los ríos,
Se llenan los lagos y lagunas
Con tanta roca convertida en pez
Que todo se llena de agua.

Saltan con ira cuando se les atrapa
En alguna presa o estanque,
Vuelan con júbilo
Cuando se lanzan por las montañas
Y, hoy en día,
Se les encuentra embotellados
En los aparadores de las tiendas.

¡Qué agua tan amable!
Que en otros tiempos se dedicaba a convertir
A las astillas de roca, en las primeras células.
Hizo lo propio con las plantas
Y la receta secreta para convertir
Rocas alargadas en gusanos
Se ha perdido en el tiempo.

Pero lo de hoy
Es convertir rocas en peces;
Y así se hace:
Cuando llueve,
Los edificios del Parlamento
Se mojan,
Las casas de lámina
También lo hacen;
Y la manera de cómo convertir
A los volcanes en algo más que peces
Sigue siendo un enigma constante.

¡Qué agua tan amable!
Que a pesar de todo
Nos sigue mojando,
Que se escapa por las tuberías
Y que es,
A su vez,
Agua y pez.

*de hugo ivan cruz-rosas. quetzal-hi@gmail.com

LUCIA CARMONA BARRE*

Por el callejón de las tristezas
con una pena antigua enredada en su pelo
en desvelos descalzos, avanza Lucía Carmona.
Entre sus brazos, un niño ausente
y una carga de pichanas frescas
Carga también un mundo de destierros

¡Ah! ¿Porqué partir?
Al irse se ha llevado el canto luminoso de la noche.
No se escucha el grito silencioso de la casa. Ha callado sus voces.
Un rocío oscuro y fantasmal languidece la flor de los naranjos.
Hunde su rostro en el manojo fresco
– el olor es más dulce que la vida –
¿Es el niño, la casa o la amarilla flor de la pichana?
Con ellas barrerá no solo el patio de su casa sino esa congoja que le aprieta el pecho
Barre su casa Lucía Carmona e insomne, va encendiendo
testimonios de estrellas en su noche
Habrá otros niños, otros naranjales
Y al lado de su sombra custodiando
Como lluvia de luz, allí estará la casa.

-Lucía Carmona-Poeta riojana-
Del Libro “La Voz del Cuyun”

*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar

La señora denfrente*

La señora denfrente era muy gorda. O ancha, no sé. O el cuerpo le había ido creciendo desparejo por los esfuerzos de agacharse, levantar cosas pesadas, y dormir poco. Saludaba siempre y hablaba mucho y muy fuerte, con una voz aguda muy sudada que le marcaba las líneas del cuello y se sumaba a la obligación de abandonar su italiano precario y sustituirlo por un argentino bonaerense más precario aún.
Por la noche, tarde, yo volvía de estudiar o de noviar y veía la luz siempre encendida de la cocina.
Algo me hacía saber que ella estaba despierta y, no, que necesitaba iluminación para dormir.
No era de esas mujeres que tengan miedo alguno.
A la mañana temprano, yo tomaba el tren de las seis y diez para ir al trabajo y a la facultad.
Para ganarle a las doce cuadras que me separaban de la estación, salía de casa apenitas pasadas las cinco y media.
La luz de la cocina de la señora denfrente ya estaba encendida.
Alguna vez decidí demorarme sólo para no perderme ese pedazo de vida que todavía quedaba vivo y la escuché: ma, pero vení acá gayinnitta remolona ¿o te tenco que dar de comer alla bocca?
¿Vos no te mestarás poniendo tristona, no?, le decía a la rosa de un color que nunca pude saber exactamente cuál era, porque sólo ella lo tenía y nunca más volví a verlo.
Tomaba la flor desde el cáliz como cuando uno acaricia un hijo desde debajo de las orejas para que sienta todas las cosquillas y el estremecimiento que sube recorriendo toda la belleza y el calor, y le fabrica una sonrisa.
Desde en frente parecía sentirse el aroma de sus ensaladas y salsas con albahaca y oliva o el dulce de frutas que dedicaba a ese hijo, un poco mayor que yo, que se había encontrado con la epidemia de polio justo en el momento en que su cuerpecito salía a levantar un pie para darle impulso al otro. Y caminar.
No pudo hasta muy entraditos sus años.
Pero pudo gracias a una madre, la señora denfrente, que le puso vida a sus huesos, su mielina y su deseo.
Él, Juan Carlos, empezó a andar y a animarse, sin miedo, hijo propio de esa mujer.
A la nochecita, a esa hora de los bichitos de luz y las escondidas, yo la había escuchado: mirá cuanqui, ¡que se no te decá de codderr te cjuro que ti agarro e ti colgo!

Con mi hermana, que salía a fumar a escondidas convencida de adulterar el olor a pucho con Siete Brujas o Charlie de Revlon, nos reíamos, más cerca de la ternura que de la burla.
La señora denfrente contaba con todos los elementos que se requieren para que uno pueda burlarse, pero con ella era imposible.
La primavera emanaba música y colores en esa casa, pero no música envasada sino esa que nace de los acordes de los paraísos y los ciruelos, las gallinas y los pájaros que iban a comer a su patio.
Colores de la vida misma.
Del verano salía una sombra fresca que restituía la dignidad de las siestas e invitaba a despertar las madrugadas con olor a frutillas maduras y caca de gallina que se mezclaba con el arte hiperrealista en ese escenario incomparable.
El invierno de esa esquina inconmensurable rompía la pereza de cuando mami me pedía: ¿vas a buscar un par de huevos a lo de Nélida?
Yo, que estaba desparramada entre mis fantasías acompasada por Génesis o Pink Floyd, devanándome entre la culpa y el deber, con Los Miserables o Crimen y Castigo, y atizando los leños de la estufa de nonno, salía rauda hacia la casa de la señora denfrente, para empaparme de esa energía que le daba a la vida su verdadero significado.

-Vení que ti mostro ¿viste lo pimpoyyitto nuevo que le salieron al conejitto? Con este frío, è incredibbile. La culecca se me quiere ir, pero yo no la decco, mirála poveretta, mà pero eyya è l’allegría desta casa, no la puedo deccar ir así nomás.

Yo miraba como distraída hacia la mandarina y ella me llenaba una bolsa al instante.
Alguna vez me he olvidado los huevos y tuve que volver a ir, con timidez y torpeza, porque mi trofeo era volver con ese olor impregnado y esa bolsa que guardaba el enigma de la fuerza de vivir, y no con los mandados mandados.
Juan Carlos, el cuanqui, era todavía muy tímido pero se acercaba a veces, creo, a disfrutar de mi sonrisa llena de lágrimas que nunca pude aprender a evitar.

Había un marido allí. Un hombre taciturno y abnegado.
Conformaban una de esas parejas a las que uno no puede atribuirles sensualidad alguna, pero se los veía fuertes en eso de llevar una casa y la familia adelante.
El señor, el marido de la señora denfrente, le había dicho a mi madre una tarde, siendo yo muy pequeña: Lucy es muy noble, no conozco otra persona así.
Lucy era yo, en ese entonces, y me llenó de desconcierto esa expresión que no comprendía. Como un día de la fiesta de la primavera que me eligieron reina por unanimidad, y tampoco comprendí qué quería decir.
Asimilé con los años que la decisión había sido por una nimiedad, algo sin demasiada importancia que era difícil definir.
Mi autoestima nunca fue mi fuerte.

Transcurrieron años.
Yo me fui de allí, como se van todos los que creen que, para crecer, deben partir, parir, plantar y seguir partiendo.
Me fui.
Volví a volver cada vez que algún aniversario, vacación o festividad me acercaba a la cocina de mi madre y a ese mundo pulpo del que había necesitado desprenderme.

Miré de nuevo el patio de mi madre. Había también allí mucha vida que yo había distraído buscando originales sensaciones.
Qué cosa esa que la comida siempre parece más rica en la casa de otros… y uno queda, ante los anfitriones, como un subalimentado que se desenfrena por una milanesa como si hiciera meses que no come…

¿Será ese el origen de la envidia? ¿O será su consecuencia?

Cuando volví con otros años de sensaciones más encima que adentro, fue urgente buscar el aroma de la casa de la señora denfrente, pero no olía.
No olía a nada.
Los paraísos y los ciruelos seguían tañendo un ritmo cadencioso que abrazaba una ausencia inexplicable.
Mi madre, ocultada detrás de un puñado inefable de prejuicios tuvo que contármelo: La dejó ese pelotudo del marido y está trabajando en una parrilla como cocinera. Viene a la casa solamente un ratito a la siesta.
Mi pregunta, también pacata y retrógrada: ¿a esta edad? obtuvo la respuesta acorde: y… se le cruzó una porquería de mierda, una atorranta que le está sacando toda la plata… ese viejo verde…
Aquel que había tenido alguna vez el parámetro para calificar la nobleza se transformaba repentinamente en un pusilánime.
Mi ánimo perezoso concluyó repentinamente que esa sensualidad inexistente que me había parecido percibir de niña, lo había llevado a ese marido detrás de unas caderas ardientes y un cuerpo que no estaba deformado de agacharse y hacer fuerza.
Tal vez tuve flojera de pensar que en realidad los maridos siempre se van con otra y necesité encontrar una mirada aldeana que contrarrestara todas las contradicciones de la monogamia inventada por un sistema.
O, tal vez, vaya uno a saber qué mierda pasó, la cuestión es que la tristeza y el abandono habían inundado esa inmensa esquina sin gallinas culecas, sin pimpollos acariciados, y repleta de mandarinas caídas a la buena o a la mala de algún dios.

Aún así transcurrido el mal tiempo, y gracias a que la jubilación en esta perversa sistematización de nuestro deseo, llega, no por júbilo sino por vejez y desgaste, el patio volvió a habitar la vida de la señora denfrente.
Me llamaba, al veme llegar con mi prole, de visita a los nonnos, para regalarme ropita tejida por ella con rezagos que heredaba de sobrantes del mismo perverso sistema. Me narraba las peripecias de una batita o una mañanita que tejía para una especie de asilo al que, también, iba a cocinar solidariamente cuatro veces por semana.
Las mandarinas y los conejitos resucitaron al compás de las rosas y los capullos de gusano, las gatas peludas y los bichos canasto.
Todo convivía en ese pequeño atolón que no había sido alcanzado por la perversión a pesar de su tanta presencia.

Me llamó mi madre un día, desde toda la distancia que yo había generado al partir de allí, para contarme que, además de los sudores omnipresentes de la señora denfrente, un color amarillo rancio y un olor penetrante se habían puesto a vivir en su ancho y extenso cuerpo, y la habían internado.
A la mañana siguiente, ya estaba muriéndose, sin más explicaciones y consuelos que la vida es así.
Había sido la única amiga de mi madre, esta madre, mujer, que había dejado a sus amigas hacía cincuenta años del otro lado del océano de la guerra y las mezquinas disputas de poder.

Los hijos de la señora denfrente, miserables, como la mayor parte del género humano, que es el único capaz de alambicar tanta miseria y desidia, debatieron sobre su cadáver fresco, pero nadie recordó regar las flores ni dar de comer a las gallinas y a los pájaros.
Yo, hace mucho que no ando por allí, pero practico cada mañana el saludo a la vida en su nombre y su recuerdo.

Ya hay un pájaro que come de mi mano y no me teme.
Tal vez he aprendido algo.

* de Lucía Cinquepalmi luciaguionbajo@gmail.com
- 16 de septiembre 2009.

INCERTEZA*

La persuasión avanza. Lentamente.
Hora a día. Día a gota. Gota a hora.
Carga una maleta pesada como el mundo.
Infecta los octubres con su dardo inmortal.
La angustia crece en hojas macilentas.
Se elevan y caen como mariposas muertas.
El patio de mi casa es una alfombra negra.
Por dentro tapian las ventanas lirios de luto.
La congoja es un vampiro ciego.
En un lago sin agua beben los peces su ceguera.
Una mujer pasa a mi lado con su vela blanca.
Un niño mira un perro.
Un hombre ojo carga el luto del monte.
Nadie parece verme.
¿Qué hacer?
¿Crucificar al hombre? ¿Matar la bestia?
¿Vaciar las ánforas?
¿Elegir el dulce tormento del amor?
¿El exilio de la lágrima?
¿El sutil beso de la rosa?
¿Acaso elegir el tormento, el exilio, lo impalpable de la rosa?
¿No es una forma absurda, ciega, cierta, segura de incerteza?

La persuasión avanza y cubre de polvo, el polvo

*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar

EN LA TIERRA DE LOS VIENTOS*

Esta es la tierra de los vientos. Nunca paran. Serpientes son, los condenados. Una ira. Las piedrecitas se te meten en los ojos, (esto en los días en que soplan suave, porque cuando son La Ira no podés salir.
Yo, qué quieren que les diga, no creo nada, nada de lo que dice la vieja sobre los vientos. La vieja es mi abuela, demasiado mala para estar viva y demasiado mala para morirse porque el diablo le teme. Por eso no se sabe desde cuando vive y ella se ocupa de confundirlo a uno cada vez más. Lo que sí tengo que admitir es que es la única que da una explicación para eso de los vientos, porque los otros del pueblo dicen que son cosas de Dios. Por eso, aunque no creo una palabra de su historia, la cuento. Ella dice que fue la primera puta de estas tierras, que llegó por accidente junto con un europeo aventurero en la época de los indios y que cuando se vieron cercados ella ayudó a despellejarlo vivo en señal de simpatía a los infieles. Eso le salvó la vida, y su habilidad para el amor. Dice que entonces no exitían estos vientos, que había una confusión de árboles, de plantas raras, de peligrosa maleza, lianas y enredaderas y hasta flores y frutos como la sangre, algunos buenos para comer y otros puro veneno; que la víbora era señora y el puma rey, que la araña, el alacrán y otros bichos sin nombre se te metían entre los dedos de los pies en las noches sin sueño. Pero asegura que la vida y la muerte eran como tenían que ser: "unas bestias incansables, qué joder, y para nada aburridas". Dice que eso se terminó por culpa de ella, que los vientos son culpa de ella, que no sale nunca de la casa porque sabe que los vientos la reclaman, pero que un día de éstos les dará la cara "para que esto de vivir tan aburrida se termine con una muerte como la gente". Cosas de la vieja. Creo que los ojos se le blanquearon tanto por no salir y no por las cataratas como dice el doctor. Ella es toda blanca. Menos el alma. "Los vientos son La Ira", dice, "son La Ira que me reclama".
Cuenta que en la época de los fortines, cuando los europeos vinieron a echar a los indios de estas tierras, comenzó el desastre: "los indios no aflojaban. Parecían la misma muerte, pero seguían, seguían...". "Yo hice de intermediaria porque sabía la lengua de los infieles y las de los europeos, y me mejor que eso, conocía el lenguaje de sus cuerpos"."Cuando me olí el fin de la cosa me pareció oportuno empujarlo". "Me acuerdo que se me ocurrió una noche de calor, mientras las transpiraciones de mi cuerpo y el del indio que me acompañaba se hicieron un río al que chupaba la tierra sedienta". "No sé cómo no me di cuenta del mensaje de las arañas y los alacranes...". "Al rato que pensé aquello, ya casi amaneciendo, fue como que enloquecieron". "Hasta entonces compartíamos el terreno sin problemas, acostumbrados a vernos". "Pero esta vez me los vi venir como un malón, todos al mismo tiempo, de golpe, y les adiviné las intenciones". "Les dejé de comida al indio dormido y corrí para el fortín"."No me costó trabajo decirles a los europeos cuántos infieles había, por dónde tenían que atacarlos, cómo...". "No fue difícil para ellos dar vuelta todo". "El calor nunca paró desde entonces, es como si ese tiempo no quisiera dividirse, la historia cambió las cosas, pero el calor se quedó, y después vinieron a acompañarlo los vientos...". "Pero entre el calor y los vientos la historia trajo las Compañías de Tierras y Colonias, me trajo un marido Administrador de Tierras y me hizo La Señora". "La tierra quedó rasa a pura tala y arado y ahí empezaron los vientos". "A lo mejor fue, como dicen algunos, porque no quedaban árboles para atajarlos... pero son La Ira".

La vieja se pasa el día contando la historia como entre dientes y cuando la termina, empieza de nuevo. Uno se pudre. De ella y de los vientos. Desde que se murió el viejo, desde que se quedó ciega y se encerró para siempre, la tiene con lo mismo. Yo no creo nada. Pero me canso.

Hace mucho calor, como siempre. Los vientos no paran. En el patio la tengo a la vieja, el último familiar que me quedaba... La tengo a la vieja,digo, estaqueada. Los vientos la suben y la bajan. Pero hay algo extraño, muy extraño... aunque yo estoy acostumbrado a esas cosas en esta tierra de locos ... y es que las arañas y los alacranes, que casi no quedaban, son como miles, prendidos en su cuerpo... ¿cómo es que los vientos no se los llevan volando?

*de Verónica M. Capellino. veroaleph@hotmail.com
-En "Cuentos del Litoral"- S.A.D.E –Sta. Fe- y Lux; 1988
y Revista "Puro Cuento" Nº 26. Enero-Feb. 1991

UNA TRISTE HISTORIA DE AMOR*

*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar

Lo que nunca sabremos es exactamente en qué momento comienza esta historia, porque como sabemos, los hechos a veces se producen por azar y no entran en los cálculos o no quedan registrados como a conciencia en la cabeza de la gente. Lo que sí sabemos, al día de hoy, es el final, pero mejor no adelantarse, porque para eso existe la cronología, aunque bien sabemos que la literatura tiene otros códigos y puede quedar adscripto a la mirada ya desvalorizadora que se llamó “realista”, y los críticos más duros insisten en llamar “la ilusión del realismo”.
Esta historia es una historia de amor, pero los más cáusticos, lo que están más cerca del positivismo llaman un “platonismo acorde a los tiempos”, o un “romanticismo rancio que no debe tenerse en cuenta”.
Cuando esta historia sucedió, -si es que sucedió alguna vez- mi abuelo estaba por cruzar el mar Tenebroso, el Atlántico inmenso en un barco que lo dejó en Buenos Aires, con quince años y sin saber una palabra del espléndido español (que él luego denominaría “la castilla”) con el nombre de un pariente lejano o amigo de su padre o apenas un paisano de la aldea europea desde donde se largó, con el coraje, coraje con que lo impulsaba el hambre, como tantos miles en su situación, o peor, porque eran ya padres de familia.
Quiero poner entonces la distancia necesaria como para no hacerme enteramente cargo de esta historia, pongamos provisoriamente “de amor”, ya que las sucesivas veces que yo fui oyendo el relato de los mayores, todos lo hacían –en mayor o menor grado- no exentos de ironía, que podía ser fina o grosera según correspondiera al temperamento de cada uno.
La historia que relato (que trato de relatar) sucedió en mi pueblo en los fines de la primera década del siglo XX y está protagonizado por un hombre muy bueno, italiano, no recuerdo de qué lugar, y certificar esa marca de origen se me vuelve difícil porque hoy tendría ciento veinte años, lo cual hace imposible encontrarle algún contemporáneo.
La primera historia que oí de don Juan Galli –de él se trata- refiere al más contundente romanticismo y lo hace inmigrante, chacarero arrendatario en principio, y luego asociado con sus dos hermanos tan solteros y atravesados en el habla “de Castilla” como el comprar una panadería, que a la postre lo dejará dueño único previo pago de la parte a sus hermanos quienes regresan a la Península para no volver.
Están los paseos entonces con esa niña cuasi púber o adolescente o demasiado joven y más delgada y pálida que lo acostumbrado, esos largos paseos por el Veredón del Ferrocarril: ella toda de blanco, con capellina del mismo color, breves botitas oscuras y una sombrilla celeste. Él tieso, envarado, de traje impecable, botín con polainas y un leve bombín en la testa de lacio pelo rubión y muy fino, un bastón de caña y los dedos de la mano libre encastrado en los bolsillos del breve chaleco azul. Iría recitándole a Páscoli o D´Annunzio en italiano.
En la esquina, él descendía, muy caballeresco, le tomaba las manos enguantadas a la señorita delgada y entonces ella saltaba sonriendo y ruborosa, hacia la calle cargada de un fino y fastidioso polvillo.
Esta leyenda, lo advertí, termina con la muerte de ella, muy joven, hecho que, antes de producirse, provoca la promesa de él de permanecer en soltería perpetua. Se dedicó a las lecturas silenciosas cuando el arduo trabajo de la panadería se lo permitía, y de grande -ya pasados largamente los setenta– emprendió el aprendizaje de la guitarra, no recuerdo si con maestro o provisto de un manual con lecciones, cuando algún vecino (molesto tal vez por sus prácticas con las cuerdas lloronas del amanecer) le inquiriera, indiscreto, por qué siendo tan mayor le daba por la música, él muy jovial y pedagógico, explicó que Sócrates tomó lecciones de flauta hasta su último día.
Recuerdo todavía, ya adolescente, trabajando en su panadería, alquilada a Alfredo Paggi, oía su guitarra monótona, ya que él ocupaba una de las habitaciones del fondo.
Era, un hombre tranquilo, minucioso, hablaba bastante bien el castellano y hacía un esfuerzo por pronunciar bien las palabras aprendidas no sólo en el trato cotidiano sino en los libros que consultaba constantemente y leía en idioma español, amén de los diarios o revistas italianas que se hacía traer.
Tenía –lo recuerdo –una transparente mirada cariñosa en esos pequeños ojos celestes.
La otra versión, que puede incluir todas estas conjeturas y aproximaciones y la salvedad hecha que sólo oí siempre por referencias de terceros esta historia, es que en la relación con esta señorita de quien nadie recuerda su nombre o apellido, no tuvo otra relación que el de clienta, en su tarea cotidiana de vender el pan y las facturas y los bizcochos, casa por casa, con esa alta jardinera que arrastraba un caballo moro que don Juan Galli manejaba con silbidos.
Y tal vez él le escribiera cartas de amor que no se animaría nunca a hacerle llegar, y que en ese tal vez podríamos conjeturar alguna serenata, con su desafinada guitarra, homenajeándola con un valsecito o un fox-trot melancólico, a ella y a su indiferencia de las persianas cerradas.
Dicen que ni una vez –ni una sola vez- la señorita se dignó mirar a ese gringo, que se deshacía en galanterías lejanas y que ella consideraba ridículas.
Y él, tan discreto, jamás habló de ella, o de su desolado amor sin compartir con ella y ese fracaso con ningún ser de este, para él, desolado planeta.
Y sin embargo, nunca perdió ese modo caballeresco y atento, casi ceremonioso con todos los que lo conocieron, tan buena persona, tan pintoresco.
A mi me queda la imagen de su jardinera cuando con su silbido distinto detenía el moro frente a mi casa y mi madre salía con la cesta para comprarle el pan del día y él antes de partir con otro silbido, (era el momento más esperado por mis cuatro años ansiosos) introducía la mano en un pequeño canasto y alcanzaba a mi niñez asombrada esa rica jesuita azucarada como auténtica y nunca tan bien preciada yapa.

HABRÍA DE ABRIR*

Habría de abrir
como quien no quiere
como quien detesta

Habría de abrir
con impremeditada delicadeza
lo que no atinaría a repudiar

Habría de abrir
sin abrirse.

*De Rolando Revagliatti revadans@yahoo.com.ar

PANDEMONIUM*

La noche
que la muerte
me arrastre
a su agujero infinito
de sarcasmo
yo pondré todo lo mío
en su garganta

Seré el libamen mismo
en una ceremonia solitaria
de pecados e incuria
y de ironía inútil

Vendrá todo el dolor
por mí
y por las dudas
las que no tuve
las que pude dudar especialmente
las que a veces
ni he sabido que dudaba

Me rodearán
manos esquivas de mis íncubos
que no han sabido
ni las dudas que he dudado

Un remolino
desprolijo y negligente
va a sumergirme
en el final desesperado
a bocanadas de ardor y de perdones
en el eco atormentado
de la nada
Y el fuego
equivocado
de todas mis pasiones
arderá en el recuerdo
de mi nombre en el aire

Por fin no escucharé
nunca más el latido
ni el viento ni tu voz
ni las tormentas
ni el llanto disfrazado
del que implora
ni el tiempo del reloj
en mi cabeza
ni el rezongo tedioso de la histeria
ni los gritos de amor
y otros quejidos

Habrá nadie para nadie
como siempre
Nada distinto de la vida distraída

*de Lucía Cinquepalmi luciaguionbajo@gmail.com

Los huesos al sol*

El hombre va caminando por aquel terreno pedregoso interminable. Un desierto sin arena, lleno de piedras y matojos que se extiende hasta más allá de donde alcanza la vista. Consulta una especie de plano detenidamente y busca a su alrededor. Está seguro que se encuentra en el lugar correcto.

Se dirige con paso decidido a su derecha donde se alza un pequeño promontorio de rocas, en un lugar algo desplazado de donde indica el plano, y ve el esqueleto recostado entre unas rocas que tienen una extraña forma de sillón sin patas. Le observa con las piernas cruzadas un brazo en la frente y el otro en el regazo.

Sin perder un instante empieza a cavar una fosa ignorando el tremendo calor y concentrándose únicamente en su cometido. En cuanto la acaba traslada el esqueleto al agujero y lo cubre con la misma tierra que ha sacado, disimulando cuidadosamente el lugar y su trabajo. Seguidamente se va al promontorio y se tiende entre las rocas, sentado en aquella especie de sillón sin patas, y mentalmente repasa la postura: piernas cruzadas un brazo en la frente y el otro en el regazo. Cierra los ojos lentamente y se abandona.

*de Joan Mateu. joan@cimat.es

Una obra de teatro en Saturno*

Allí voy. Dormido y soñante con esos sueños habituales que últimamente se parecen tanto a mis desencuentros con lo real. Me desperté cuando la hermosa azafata pelirroja decía Une Station Saturne, Station Saturn, Stationieren sie Saturn y en algún idioma más que llegábamos en 10 minutos a la estación. Me había dormido siguiendo sus desplazamientos de ida y vuelta por el pasillo. Su presencia fue como un hada que me llevó a aceptar el sueño y casi con seguridad la repetición de alguna pesadilla para luego despertarme con la sensación de que se parece demasiado a mi vida presente. Como dijo alguna vez Rosa Montero: En algún momento del viaje este se convierte en una pesadilla. Es tan evidente -y cierta- la metáfora del viaje con la vida misma.
Antes de tomar el tren hacia Carhue, pensé en la cantidad de años que necesitaría vivir para lograr la felicidad si los pasos los sigo dando por el camino más largo, cuesta arriba y más lento que una tortuga.
Me reí solo: no menos de 150 años y con buena salud para darme cuenta de los logros.
En eso estaba. En retomar mis pensamientos calamitosos de antes de subir al tren y en la azafata que tenia un aire a una pelirroja nacida en Carhue a la que conocí en el trabajo ( Como la deseaba 20 años atrás cuando la veía llegar a mi oficina para firmar papeles de rutina).
Hasta que vi a Julián Fernández parado en el pasillo, haciendo payasadas como siempre entre un grupo de mujeres y hombres que era bullicioso y jodón como una estudiantina pero grandes de edad: 40 años promedio dije con ojo de entrevistador. Julián repartía algo casi invisible entre sus dedos a cada uno de sus compañeros que se levantaba con bolsos. No pude resistir la tentación y me levante a saludarlo.
Con sus anteojos culo de botella, idéntico antes del tiempo pero con canas, él me hablo a los gritos antes que llegara a su lado:
Urbano, amigooo¡¡¡¡
Julián, nuncaaa Centeya, conteste yo con un código propio de aquella época en que trabajábamos juntos.
-Urbano, fue mi jefe en la constructora, dijo a los gritos para que todos se enteraran de quien era yo.
Enseguida recordé aquella imagen de pelearme con el gerente de área, casi llegar a las trompadas y renunciar.
Pero con Julián seguimos siendo amigos después de esa partida borrascosa. Al tiempo él también se fue y se dedico a la docencia y al teatro.
Me dijo lo mismo que acababa de descubrir: viajaba con su grupo de teatro y bajaban en Saturno para dar dos funciones seguidas, hoy sábado y el domingo.
Venite Powell, la primera función es en un par de horas, después tomas el tren siguiente y seguís viaje.
No resistí demasiado, le pregunte a la azafata si podía descender y seguir viaje con el mismo pasaje y me dijo que si, que era una política del ferrocarril que la gente pudiera descender en cualquier estación darse una vuelta, conocer y volver a subir a otro tren siempre y cuando sea del mismo día en que se inicio el viaje. No solo es bella, sino además dulce dije, y me entere por el cartel que lleva prendido en su chaqueta que se llama Analía. El amigo casi no me da tiempo de volver al asiento y llevarme mi pequeño bolso que llevo colgado del hombro. Al bajar había una recepción oficial con banda de música y discursos. Solo alcanzamos a decirnos con Julián que los hijos están bien y creciendo cuando nos vimos inmersos en apretones de manos, presentaciones y palabras de bienvenida. Sólo retuve dos nombres, el de Hércules el jefe de estación y el del Ingeniero Orlando Williams delegado municipal en la comuna de Saturno -dependen del partido de Guaminí-.
Me distraje. Vi una publicidad que colgaba de un tirante bajo el andén que me causo curiosidad:

¿Dolor de cabeza?

Venga del aire o del sol
Del vino o de la cerveza.
Cualquier dolor de cabeza
se corta con un geniol.
30 centavos.

-Este pueblo atrasa por lo menos 50 años, pensé y me reí bastante.
Ahora hablaba el ingeniero Williams, era el discurso de un anciano enérgico -70 a 75 años a mi cálculo-
Hablaba del ferrocarril con un orgullo y una pasión inaudita, como lo haría cada uno de los ferroviarios que no conoció la tragedia de los noventa. Ahí mire a mi alrededor y en el público del pueblo solo vi ancianos. El grupo de Teatro de Julián y yo éramos los mas jóvenes. En el público había un intervalo de 65 a 80 años, ni mucho más ni menos.
-¿Este es un pueblo de jubilados? -le dije a Julián.
-Algo así, después te cuento bien camino al teatro. -me contesto con tono enigmático.
No nos dejaron ir de la estación hasta que sirvieron una picada con salamines y quesos y se hizo un brindis con vino tinto.
Logramos salir. Le dije a Julián de ir caminando en escalera para conocer el pueblo y hablar algo.
-Dale, -me dijo, el teatro de la sociedad italiana queda a cuatro cuadras pero caminamos unas cuadras más, no te entusiasmes en ver demasiado, el pueblo tiene 10 manzanas por 10 de este lado de la vía y otro tanto del otro lado. Casi enfrente de la estación se observa un edificio imponente al que se le están haciendo refacciones.
-Es la universidad...
El cartel que leo en el frente no deja lugar a dudas:
"Universidad del viento de Saturno"
y abajo una leyenda en francés, alemán e inglés.
-UN DIEU LES ALLAITE(ÉLÈVE) ET LE VENT LES ENTASSE
-GOD RAISES THEM AND THE WIND ACCUMULATES THEM
-GOTT DIE ZUCHT UND DER WIND BELÄDT SIE.

-Que quiere decir?
-No se, dice Julián, debe referirse a que es una universidad abierta donde puede estudiar quien quiera sin requisitos de estudios cursados ni limite de edad.
-Ajá, digo, pero no dejo de ver muy raro a este lugar y recién hemos caminado unas pocas cuadras.
-Bueno, ahora explícame porque este pueblo no tiene niños en las calles y toda la gente que veo es anciana...
Lo voy a intentar dice Julián y toma aire como si la cuestión fuese compleja y difícil de entender para una persona común y corriente como yo.
-Viste al Ingeniero Williams?
-Si, un anciano de una energía y convicción envidiable.
-Pues él es el autor de la ley de ferrocarriles agrícolas y económicos de la provincia.
-Me estás jodiendo.
-No, es el mismo.
¿Pero cuantos años tiene?
-El 29 de agosto cumplió 136 años.
-No puede ser. Ese hombre no tiene 80 años.
-Oíste hablar de Vilcabamba en Ecuador?
-Si, una zona de las pocas que hay en el mundo dónde la gente vive más de 100 años.
-Bueno, en Saturno la gente no envejece.
-Pero si son todos viejos¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡
-Así llegaron amigo, llegaron viejos y así están: viejos y saludables.
-Sabes cuales son las dos instituciones más importantes del pueblo para las que ofreceremos la obra en un rato?
-Ya no me animo a imaginar nada más. -le dije resignado a que me relaten cualquier suceso extraordinario.
-Un geriátrico y un hospicio psiquiátrico.
-Tiene alguna lógica, la gente no envejece, pero tampoco rejuvenece como Brad Pitt en la película.
-Exacto.
-Y que obra van a representar. -pregunto adrede para recibir alguna respuesta aceptable para mi racionalidad.
-Una versión muy libre de Saverio el cruel.
Llegamos al cine teatro de la sociedad italiana. El amigo se va a unir al grupo y la obra empieza casi de inmediato, actúan con las mismas ropas con las que llegaron.
Los que organizan son los internos del psiquiátrico. Venden las entradas, lo llevan a uno al asiento numerado. Te dicen algún piropo: -Usted es tan lindo como mi nieto Agustín que vive en la capital.
-No quiero sacar cuentas, tengo 51 años, esa será la edad de su nieto?
Me sientan al lado de un viejito italiano, que enseguida empieza a hablarme, habla en un cocoliche, pero le entiendo que es nacido en un pueblo del Piamonte. Y que puedo llamarlo Don Alberto.
-Y de donde es...? -me pregunta.
-De Lomas de Zamora.
Bello pueblo, bello, yo he visto cantar a Gardel y a Corsini en el teatro Coliseo.
Y de memoria recita

Miro al passato, a i nostri bei vent’anni,
Quando, venendo a te, l’anima allegra,
Vergine ancor a tanti disinganni,
Per i sogni piú belli popolata,
Cercando un ragazza per un valzer
Trovammo quí la sposa
Madre dei nostri figli insuperata...

(Me dice que olvido al autor, que la poesía era más larga...)
-Pero usted era muy pequeño en aquella época, me atrevía a decir temerariamente.

-No crea, era un joven de más de 20 y muy fuerte, trabajaba de maquinista en el ferrocarril. Ese había ido con mi finada esposa Ornella. Cuando llegamos no había más entradas, la gente quedo afuera e io también. Pedíamos a los gritos a Gardel, y Gardel salió al balcón y canto para nosotros: "Cuesta abajo", "El día que me quieras", "Arrabal amargo" y otras que ya no recuerdo.

Empieza la obra, hacemos silencio. Sigo con un desconcierto que no para de crecer, pues no encuentro elementos para desmentir lo que esta ocurriendo.
El amigo es el mantequero de Arlt y toca timbre. Lo esperan un grupo de jóvenes aburridos que quieren divertirse con él. Una anciana -presumo que es una enferma del psiquiátrico- se levanta y comienza a cantar en italiano. Puede que cante en dialecto pues no se le entiende nada. El amigo la va a buscar y la sube al escenario. Ella canta una y otra vez la canción, que parece una canción infantil.
Sólo entiendo y retengo el estribillo:
¡Io sono Pinocchioooo!

Luego la obra prosigue y es por cierto una versión muy libre, he visto Saverio el cruel alguna vez, pero no podía imaginar al mantequero que no es ungido Coronel, sino Fiscal.
Y es un fiscal que se preocupa por pequeños hechos de corrupción. En el papel del Fiscal, mi amigo se ha puesto una peluca que lo acerca a Lennon y no a un miembro de la justicia. La acusada es una cajera de un supermercado y la acusan de haberse quedado con 25 centavos.
Se para otra paciente e interrumpe:

-No la castigue señor Psiquiatra. Ella no tiene nada que ver. Acá esta la moneda que le faltó.
(Y levanta el brazo y el foco de luz la muestra a ella con su moneda sostenida entre el pulgar y el índice).
-Estaba en el piso del comedor esta mañana y yo la encontré, ella es inocente¡¡¡, la voy a devolver ahora mismo.
-El amigo reacciona y la va a buscar, a ella y su moneda que prueba la inocencia de la acusada.
la moneda entra en la escena y el juicio se encamina a otro destino.
La obra continua. Estoy en una especie de limbo que no me permite prestarle demasiada atención.

Me parece que esta por finalizar, el mantequero fiscal esta por desencantarse.
Por descubrir la trama del engaño.

Ahí comienza a cantar otro anciano:
¡caprichoso garibaldino trulalaaaa!

No lo puedo creer. Es la canción que mi padre cantaba cuando quería referirse a mi tozudez.
Mientras tanto en el escenario, el amigo y su grupo decidieron que esa canción era el mejor cierre posible para su obra de teatro. Subieron al pequeño anciano cantor y cantaron todos mientras el público aplaudía. Creo que fue demasiado para mí. Me levante sin antes dejar de estrecharle la mano a Don Alberto. Antes de salir, me detuve en la boletería y deje mi tarjeta para que se la dieran a Julián, escribí rápido en el reverso:

-Amigo, esta experiencia merece un café y varios whiskys, llámame cuando estés de vuelta por Capital, invito yo y sin discusiones. Abrazo U. Powell.

Según el horario que tengo el tren debe llegar en pocos minutos, asi que camino casi corriendo hacia la estación. Me parece escuchar a lo lejos el ruido de la locomotora y su silbato de vapor.
Increíble este pueblo. -Me digo. Hermosa experiencia. Prometo que volveré y que me anotaré para cursar algo en la Universidad del Viento.
Mientras tanto seguiré envejeciendo como cualquier persona.

En el andén esta Hércules, el jefe de estación.
- 85 años verdaderos ni uno más, yo no me quito la edad como la gente del pueblo... -Me dice,
y cuenta que es hijo de franceses y que antes de llegar a Saturno como jefe de estación trabajó en la compañía general, lo dice en francés "Une Compagnie Générale de Chemins en Fer de la Province de Bons Airs" y luego traduce: "Compañía General de Caminos de Hierro de la Provincia de Buenos Aires".

Dígame Don Hércules, ¿Que quiere decir la leyenda en varios idiomas que hay en el frente de la universidad?

¿Eso?
-Si.
-Dios los cría y el viento los amontona. Ese, es su lema académico.

*de Urbano Powell. urbanopowell@yahoo.com.ar

Pequeño Larus no ilustrado*

Alero: lugarcito del techo acogedor de golondrinas.

Bandera: trapo de diversos colores, simulado emblema de patria.

Blasfemia: recurso infame del incapaz.

Bravura: postura que debe imperar ante la vida.

Critica: opinión rechazada por nuestro ego.

Cuerpo: caja de huesos y arterias guardadora de emociones.

Culpa: falta suave si es propia, terrible si es ajena.

Despecho: sentimiento hecho negro pozo al que nunca deseo caer.

Destrucción: acción del hombre contra el bosque propiciando desastre futuro

Dignidad: calidad de vida que dejo como única herencia.

Dolor: sensación en la piel cuando el amor te abrasa.

Esperanza: alimento diario del alma.

Espiga: amarilla calmadora del hambre.

Fatiga: estado que me producen los imbéciles.

Gotas: gemas con interior de rocío.

Humo: combustión de fabricas, ya casi olvidado.

Lejos: medida del espacio del enamorado.

Llanto: efusión salada que sazona las penas.

Lluvia: desagüe de las arcas del cielo.

Mujer: ser fabricado en roca con mezcla de seda y perfume.

Perdón: regalo muy difícil de hacer.

Rumbo: camino escabroso si el espíritu no halla paz.

Sed: hambre de agua.

Sol: alimento insoslayable de la vida.

*de Elsa Hufschmid elsahuf@hotmail.com

LA FORTALEZA*

(I)

La tierra del viento norte
tiene su fortaleza
una casa-fortín
de toscas almenas,
soldados de yeso,
puente de madera.
Es delirio de artesano
con mala siesta.
Tal como la soñó,
junto a la puerta verdadera
una falsa puerta de argamasa
abría goznes a utopías niñas
que salían a rodar
en bicicleta.
Se derrumba, también, la Fortaleza
de tanta mala siesta.
Pero la puerta
espera.

(II)

La estatua, dura como ninguna, apoyada en su lanza, atisbaba el microcosmos de la calle reverberante, polvorienta, un enigma seco que se estiraba hasta el horizonte candente de la siesta. El sol se ensañaba ahora con su cuerpo de piedra, lo horadaba con zarpazos de fuego. Hervía ahora en una calentura llena de vapores que formaban casi un aura en sus contornos “¡Y pensar que mi piel nunca conoció ese otro fuego, el del amor!”. Le dolía la cabeza pero no podía bajar la guardia, debía vigilar, desde el techo de la vieja casa, junto a los cañones también de piedra, debía vigilar.
La casa dormía su lenta siesta veraniega con despreocupada mansedumbre, aceptaba su aspecto tosco y sensual, como de hembra que muestra su humanidad maciza en un desnudo ingenuamente lujurioso. ¡Así fue siempre ella!, dos puertas al frente: una, verdadera, otra, falsa, pero para alcanzarlas, el portoncito de madera, y el arco con los pájaros de piedra que ocupaban eternamente su territorio mirados con intriga por los pájaros auténticos “Ah, pobres aves condenadas a no volar jamás!”; enseguida, el puentecito, el pequeño arroyo artificial, abajo, y los patos detenidos en su sueño de argamasa, peleando con el enano de jardín que estaba un poco más lejos, a quien siempre molestaron sus graznidos sordos, nostalgiosos de vida verdadera, hartos de no ser escuchados más que por otras estatuas, ávidos de respuesta en su antiguo soliloquio… Cada tanto el enano olvidaba sus empozados rencores para cuchichear con ellos y con los pájaros del portón, las claves secretas de una revolución libertadora, pero el hombre del techo no se descuidaba nunca, y las intrigas se destejían antes de un primer ensayo. Jamás dormía, ni siquiera reparaba en el avance de la carcoma, el despojo en el que se convertía con el paso de las estaciones. La única molestia era el sol de las siestas veraniegas, pero lo soportaba estoicamente, que para eso era un soldado. Vigilaría la puerta falsa hasta el fin de los tiempos, la vigilaría aún cuando de él no quedara más que una masa informe de piedra erosionada, y entonces, ya no quedarían, seguro, ni los pájaros, ni los malditos patos, ni el revolucionario enano tozudo, ya no habría peligro de que alguien transpusiera la puerta.
Mientras tanto, para los cautivos eran un consuelo las visitas de los niños del pueblo. La casa los excitaba, tan diferente a las de ellos, a todas las casas que habían visto. ¡Hasta tenía un nombre: “La Fortaleza”! Su misterio les erizaba la piel; intentaban abrir la puerta falsa con la seguridad que sólo un niño puede tener, de que detrás había algo más que pared. “¡Ábrete, sésamo!”-jugaban, y simulaban conversar con las estatuas, las acariciaban bajo la mirada del hombre del techo que, descubrieron, los seguía hacia todos los ángulos, “Qué raro, ¿no?”.
Quizá alguna de esas veces, desde sus alturas, él sintió la soledad amarga de su destino de verdugo. Pero ahora no había niños, ni siquiera un perro vagabundo, todo era calor en esa siesta demoledora, la más ardiente que recordara desde que estaba ahí, vigía celoso de la puerta prohibida. La cabeza le dolía más y más, se sentía débil. Entrecerró los párpados y se dejó llevar por el sopor que lo viajaba por dentro… Se fue al garete hasta la infancia que nunca tuvo y se soñó una madre, un vientre redondo y rumoroso, un cordón de vientrenauta, un rosado pezón tibio… una…

Cuando despertó la vio sentada en el puente con la mirada perdida en los patos pero con un cuerpo contundente, todo determinación. Y supo que era la elegida. Un calor diferente lo consumió. Venía desde adentro, emergía pintando con nuevos colores a su piel de estatua.
Todo fue el torbellino de un instante: ella que se supo observada, que se levantó sin prisa pero con firmeza, ella que fue hacia la puerta, los pájaros de piedra que batieron las alas, luego los patos graznando con cadencias nuevas, el enano loco y él, él mismo, el soldado herido, herido de amor, que la seguían, que transponían con ella la puerta falsa en busca de la otredad, de un cielo tal vez vacío, del otro lado de las cosas.

*de Verónica M. Capellino. veroaleph@hotmail.com

-"La Fortaleza", poema y cuento, en: “Así SEA”- Antología de poesía y cuentos. Edit. Lux y U.N.L-Fundación pre-textos. 1997

MANCHAS Y ARRUGAS*

Las manos unidas

sin culpa ninguna.

Una luz fugáz

casi imperceptible

entre tanta bruma.

Charla,café,un poema,

una buena música.

Se encontraron tarde

que es mejor que nunca.

Hablan de sus vidas

y sin darse cuenta,

se estrechan las manos

que pintó don tiempo

con manchas y arrugas.

Caminan sonrientes

libres de premura.

El compra claveles

y se los ofrece

junto a su ternura.

Se encontraron tarde...
que es mejor que nunca.

*de Matilde Lopez Camelo caminandosignosfm@hotmail.com

DESCANSO*

“Nada se compara a esa leyenda de semillas
que deja tu presencia”

VICENTE HUIDOBRO

Cansa el viento zonda, amor,
Tu ausencia mucho más.
Languidece la luna desteñida,
Jazmín del aire, en aire marchitado.
Tenuemente ilumina
El relincho cansado del caballo.

Cansa la sequía, amor,
Tu ausencia mucho más.
Magullados los cardos,
Siguen las huellas vacilantes
De los perros flacos.

Cansa la vigilia del carancho,
Tu ausencia mucho más.
Las penumbras vacilantes de la noche
Huyen, tras un lagarto azul.
Mi corazón muere de sed.

Cansa la soledad, amor.
Despojados, la rosa y el espejo
De presencias errantes,
Buscan la plenitud del aire.
Las semillas.
Del agua, del fuego y de la tierra.

Cansa el olvido, amor
Tu ausencia, mucho más.
El caldén, tan callado,
Con destino de poste,
Con sus vainas preñadas de agorera savia.
Camina lentamente sumándose
A mis pasos.
Enciende la lámpara y la luna.
Trayéndome el descanso
Profundo de tus ojos.

*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar

Viento de fuego*

Me hieren el frío y la indiferencia
en esta noche clara.
Los latidos de un hijo
asoman del vientre de una madre anónima
que revuelve la basura
en busca de alguna esperanza.
Camino por la lengua del destino
cerrándole los ojos
a cada luna que muere.

*de Patricia Ortiz lacajadepandora@gmail.com

"Al borde de la Palabra" www.arinfo.com.ar
-Los martes de 18 a 19 hs. Liliana Varela / Patricia Ortiz
http://albordedelapalabra.blogspot.com

Italia*

a mis viejos

nadie supo ser más libre
entre sus miedos
ni el ignorante y solitario miedo
a no sé qué
pudo anegar la marca de ser libre
ni todos los destierros
ni la ausencia
ni la muerte inminente
y la miseria
ni el noble sacrificio depredador de tiempo
a la espera de un después inalcanzable

vi escurrir cada sueño
entre sus manos
deshacerse en el instante mismo
del ya estaba listo
los vi esperar callar desesperar
pude verlos bordeando los ocasos
en cada corte repentino de la escala
así los vi vivir desde su tierra errante
sellando paso firme en el vacío
quedándose vacíos a cada rato
fabricando otro sueño
a cada sueño roto
esperando en silencio
el famoso tributo a cada esfuerzo
la vuelta de la vida que te paga
la redención de todos los pecados

vi iluminar sus rostros
en el momento mismo de cada alumbramiento
disolviéndome en abrazos más seguros
que el sol que me gobierna
yo deshice su dios y sus esquemas
yo desandé sus sueños y sus mitos
para crecer mis alas
y empezar de nuevo
me enojé con su amor y sus misterios
les negué más placeres que fracasos
y ellos lo saben
porque saben del miedo
y ahí siguen impasibles secos quietos
esperando un regocijo de alto vuelo
el júbilo y la risa a carcajadas
que todavía llevo
embutida en mis huecos

*de Lucía Cinquepalmi luciaguionbajo@gmail.com
-abril del 1998.

LA GLORIOSA DE BOEDO*

Mis ojos no aceptaban otro rostro.
El escenario elevaba su estampa hasta la línea de la luna.
Su magnificencia danzaba entre batucada sanguínea y trajes de brillo dispar.
Su voz se incorporaba a mi piel apunando emociones.
Y la escuchaba cantar... y la descubría bailar.
La adivinaba cerca y estaba tan lejos.
Contemplarla pronosticaba garúa en mis retinas.
Y en mi adentro se establecía el carnaval de su guapeza, su hermosura, su esplendor...
Como olvidar los modales de sus ojos, la silueta de su cabellera,
el perfil de su cuerpo, la elegancia de sus gestos, el tono de sus movimientos.
Que ganas de abrazarla hasta lo inagotable.
Que ganas de ofrendarle mi amor todas las mañanas en el altar de sabanas y bostezo.
Que ganas de extender mi mano y obtener la seda de sus dedos.
El carnaval dijo hasta pronto. Las comparsas iniciaron el exilio.
Los estandartes, las fantasías, la percusión, dejan en el cielo su mueca.
Las desinhibidas coreografías, los pasos discontinuos y las caminatas desalineadas
mudan su algarabía a otros suburbios.

Mi mirada quedo absorta enfocando el escenario, buscando su luminosidad,
su semblante único, sus rasgos incomparables, su rostro inmejorable.

Y allí permanezco, en la esquina indicada, esperando el colectivo de la alegría,
ese que ella conduce cada Febrero haciendolo rodar por Boedo y mis recuerdos....

*de Damian Bonavota. damianb@cuspide.com

LA ESPERANZA*

Era un refugio la esperanza.
Que el sol reverenciara la mañana,
que alguien me diera su sonrisa,
que entendiera el trino de los pájaros,
que flotara en la nube, que brincara
sobre buenos deseos y promesas.

El refugio era la esperanza…
Pero un pájaro murió sin dar su trino
y el sol enlutó su sentimiento;
por eso amaneció un poco tarde.
No hubo ni promesas ni reencuentros…
¡Qué desnuda quedé ante la vida
cuando enterré en el jardín mis esperanzas!

*de Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar

*

Inventren Próxima estación: CASBAS.

Colaboraciones a inventivasocial@yahoo.com.ar
http://inventren.blogspot.com/

*

LA JIRIBILLA.

-Revista de cultura cubana.-

http://www.lajiribilla.cu/

*
Queridas amigas, apreciados amigos:

Este domingo 11 de octubre de 2009 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor brasilero Almeida Prado. Las poesías que leeremos pertenecen a Juan Martín Giansanti (Uruguay) y la música de fondo será de Surazo (Andes). ¡Les deseamos una feliz audición!

ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at

(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!! (Recomendamos usar http://24timezones.com/ para conocer las diferencias horarias).

REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!

Freundliche Grüße / Cordial saludo!

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
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Schießstattstr. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067

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11/10/2009 GMT 1

ESTACIÓN SAN FERMÍN.

urbanopowell @ 13:32

INVENTREN...

NUDOS*

Raro letargo amor, raro letargo.
Remotas lejanías desnudas, llaman desde la piel dormida.
Amordazan, anudan.
Loco acróbata loco, mi corazón,
Intenta desasir lo imposible.

Los nudos. Allí están. Acechantes. Alertas.
Rama de mimbre, cadena, cordón umbilical.
La piel oscura de mi padre
y la penumbra- intacta- de mi madre.
Lágrimas de piedra, bebe sediento el clavel del aire.

Raro letargo amor, raro letargo.
El agua al alcance de la mano,
El árbol genuflexo, con los brazos cruzados.
A su sombra, descansa, rendida, la muñeca de trapo.
Cabalga la distancia, en sus trenzas de humo
En sus piernitas flacas, gime, anudada
Una pena de nácar.

Raro letargo amor, raro letargo.
Nudos de nácar, nudos, desnudos.

*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar

A cada tano le llega su San Fermín*

Mi madre y mi padre nacieron en Europa y se casaron en siete de julio, pero no en Pamplona.
El arroz se dispersó entre sus cabellos jóvenes y su risa vital en un pequeño pueblo de la zona sur del Gran Buenos Aires, cuando todavía el tren hacía vibrar las juntas de brea y el adoquinado y, al traqueteo de sus desniveles ladeaban hasta la adrenalina los carros del lechero.
Y el pan llegaba a la mañana con el olor de la levadura caliente servido por el semblante trasnochado del propio panadero que lo había amasado.
A la fecha no he podido descubrir por qué Gran ni por qué Buenos, y menos, Aires, pero serán de las tantas preguntas que acompasan mi desconcierto frente a la dinámica y la taxonomía de la realidad.
El cuerpo menudo de mi madre, que sostenía un rostro bello como pocas veces he visto, se envolvía de pañuelos para contrarrestar la intemperie de ese paraje hostil de mediados de siglo que reemplazaba los paseos en la pradera con sus amigas, por el acarreo de baldes y la huida ante la furia y la amenaza del gallo en celo en los fondos de aquella construcción incipiente, poblada de proyectos más que de paredes.
La gallardía de mi padre, recién llegado de su intermezzo entre la Italia del Adriático y ese mismo paraje desavenido, intermezzo recalado en un Sao Paulo con olor al mar de este sur, café intenso y garotas; pues, esa gallardía iba tornasolándose en un degradé lento, en el overol de la fábrica de plásticos y los kilómetros de bicicleta en espiral para abarcar en su totalidad los turnos alternados de esa misma fábrica.

Pero, eso sí, el día de reyes había regalos para todos los hijos de los operarios, y allá íbamos a recibir la bienaventuranza de un capitalismo laxante que se cobró la vida en vida de toda la vida.
El augurio de alimento y trabajo que vaticinaba aquel arroz del siete de julio de San Fermín no había fallado, era innegable, indiscutible.
Quién tiene el coraje y las agallas de ponerse a discutir con un tano y con una tana acerca de la importancia de tener un trabajo digno.
Discusión fútil.

Pasó mucho tiempo desde ese entonces, claro.
Pasó el medio siglo que casi llevo viviendo.

Y la vida me condujo inocentemente, tal vez, si es que hay algo inocente en cada paso que impulsamos, a este otro paraje de los confines de otros Inmensos Malos Aires, ya no sé darme cuenta si peores o no tanto.

Un lugar donde todo está por hacerse pero no veo a nadie haciendo.
Un tiempo en el que habría que deshacer pero no encuentro a nadie que tenga algo hecho.
Un mundo de quehacer que no sabe qué hacer.

Me distraje un momento con un gorrión chozno de Sarmiento, o eso dicen, alimentándose en el compost de mi huerta y bebiendo las escasas acumulaciones de la lluvia mínima en esta tierra yerma de sueños y de ímpetu.

Vi dos chiquilines bamboleándose en un subibaja inventado con un poste, esperando seguramente por otro destino, el poste, digo, no sé los niños, debajo de la llovizna de la mañana casi helada de este oeste.

Casi con un grosero pensamiento me pregunté si no sería todo más sencillo, si aquel San Fermín del ’56, mis padres se hubiesen dejado correr por un toro en Pamplona.

*de Lucía Cinquepalmi luciaguionbajo@gmail.com
–Septiembre casi fines del 2009.-

ESTACIÓN SAN FERMÍN

*

Ellos cada tanto huyen a una vida anónima.
Viajan en trenes comunes, con ropa sencilla y anteojos oscuros.
Ella oculta pudorosamente sus múltiples tatuajes.
Ahora cumplen el deseo de viajar en un tren de época recientemente reciclado.
Viajan en un tren tirado por una locomotora Garrat -fabricada originalmente por Beyer Peacock- que tiene 116 toneladas. La más pesada de la dotación original del Midland.

El tren corta la llanura pampeana rumbo a Carhue. A los dos les gusta hacer el amor en ese camarote estrecho que los obliga a dormir acurrucados. En ese tren cuyo traqueteo se convierte por momentos en un suave vaivén de barco.
Van al pequeño pueblo de San Fermín.
Donde se anuncia una corrida de toros, sin toro.
Muchachos y muchachas vestidos con sus ropas blancas correrán por las vías.
El toro será un gigante negro y humeante que ha sido caracterizado a partir de una locomotora North British recientemente puesta a nuevo.
En una de las fotos que les enviaron puede verse al toro que tiene una boca gigante de utilería que raspa los durmientes de madera y debe devorar a varios de los corredores en los casi 1000 metros que dura la carrera.

El tren llega a San Fermín envuelto en sus nubes de humo y atravesando una densa niebla.
Bajan. Ven partir presurosos a los recién llegados que son recibidos por parientes o amigos. A los solitarios que corren a ponerse en la fila de espera para tomar alguno de los pocos taxis disponibles en ese pequeño pueblo.

No tienen apuro. Caminan el andén. Se acercan a observar de cerca a una locomotora que no quiere partir. Ni hundirse en la densa niebla que no deja ver mucha más allá del final de la estación.
Es un amanecer. Ese es el primer tren del día que llega antes de que los rayos del sol se impongan a la niebla.
El tren se va. Los envuelve la soledad. Son una pareja de turistas que no tiene demasiado interés en salir de ese espacio mágico del andén de un pueblo perdido en la llanura.
Del tren queda apenas un sonido que se aleja irremediable.

Ellos siguen allí viendo las fotos que revisten las paredes del andén. Un pueblo viejo que se extinguió y volvió a refundarse con la vuelta del tren.
Están las fotos de las celebraciones previas del San Fermín hechas allí.
Caminan de la mano. Mano derecha de él a mano izquierda de ella.
Están, como cuando están juntos y paseando, bastante ajenos al mundo.

Hasta que la tensión en el brazo de ella los puso en guardia. Son esos peligros inminentes que se perciben en la piel antes que en la conciencia.
Esa voz les hablaba en inglés norteamericano.
La voz era de una gitana que se acercaba.

-Hola Brad Pitt.
-Hola Angelina Jolie.

Ahora ambos se sobresaltaron por igual.

-Quiero que se cuiden, hay mucha envidia alrededor de ustedes.
-hay gente mala que asedia la dicha.

Angelina giro bruscamente y le dio la espalda por completo a esa voz a la que no quería unir con el cuerpo que se acercaba.
Brad se quedo enfrentando con su mirada fija en los ojos de la gitana.
Su presencia era la actualización de una antigua pregunta: ¿Hasta que punto lo real esta construido por los malos sueños? ¿Cual es el día en que las pesadillas alcanzan a lo real presente?
Fueron instantes. Apenas instantes.

La gitana siguió hablándole a ella, como si él fuese apenas una sombra.

-No te vayas. No te escapes.
-Que no te voy a violar.

Angelina volvió a estremecerse.

-A vos ya te violaron hace rato… -Remató la gitana.

Porque no te cortas la lengua. -Grito Brad con furia, mientras vio la imagen de la espada de Aquiles en el aire. Su espada que buscaba la cabeza de la gitana.
Lo inundo el deseo de verla decapitada. De llevarse esa cabeza. Que jamás sería la de un santo como Fermín de Amiens.
Pero la gitana eludió el corte y salió corriendo hacia el umbral de la estación.
Después, se desvaneció en la niebla.

Ellos se miraron, por un momento se desconocieron. Descubrieron que fácil es ser desconocidos desde siempre y empezar a darse cuenta a un solo golpe del destino.

El no quiso decirle que ella habita en sus sueños desde niño, pero que la ha visto una y otra vez -Hasta ese día a prudencial distancia- en distintos lugares del mundo.

Angelina sintió el corte en su propia memoria de piel.
Se preguntó si aquel suceso tan encapsulado en olvidos, había ocurrido un séptimo día del séptimo mes.

De la gitana misma quedaron dudas.

Hasta que vieron ese goteo de sangre, que se espaciaba y desaparecía al atravesar el umbral de la estación.

*de Urbano Powell. urbanopowell@yahoo.com.ar

Rumbo a San Fermín*

Diez de la mañana sobre la pampa húmeda. El primer sol primaveral reverdece en las copas de los árboles, el trino de los pájaros adormece la visión del caminante, y la llanura es cortada por la mitad por una tenue línea irregular. Son los restos del antiguo ramal de trocha angosta del ex Ferrocarril Midland, desmantelado desde hace décadas, descomponiéndose en medio del paisaje como el atroz cadáver de un pordiosero sin nombre.

De pronto, sobre la monotonía del horizonte comienza a distinguirse una silueta que se acerca, sin prisa pero sin pausa. Al comienzo se asemeja a una aparición espectral, difusa, intangible. Pero a poco de avanzar, se concretiza, sólida, oscura, con una vaga oscilación que recuerda al rítmico sube y baja de los pistones de un motor de combustión. Sobre aquel paisaje desolado se materializa una zorra ferroviaria manual, impulsada por un par de siluetas, esforzadas y persistentes.

Poco a poco van delineándose las figuras: son un par de hombres, vestidos con deslucidos mamelucos grises, moviéndose con una monotonía tan decidida como sudorosa. De espaldas a la vía, con la vista fija en el ayer, Eduardo Coiro –alias “Educoiro”- mueve la palanca arriba y abajo, con un brillo alucinado en la mirada y un peso inimaginable sobre ambos brazos, ya casi acalambrados. De cara al futuro, dejando atrás un pasado que ya no volverá, Alberto Di Matteo –alias “Aldima”- reproduce el movimiento alternado de su compañero, resoplando mientras hombros y espalda se le contracturan, y deja vagar la imaginación como una sutil manera de que el impulso cobre mayor fuerza.

-¡Vamos, Di Matteo, no me afloje! -, exclama Coiro. -¡Hay que volver a fundar estos ramales ferroviarios, olvidados por la desidia de los prostitutos de siempre!

-No sé cómo vamos a llegar hasta el final -, replica Di Matteo, con un quejoso murmullo y la vista fija en la palanca. -¿Quién más va a sumarse en esta patriada?

-¡Eso no importa, compañero! ¡Hay que trazar un camino, crear con sentimiento, desplegar el sueño y la fantasía sobre este bendito país!-. Y de pronto, suelta la mano derecha, eleva la vista al cielo, y apunta hacia arriba con el dedo índice, cual si pontificara sobre una tribuna política: -¡Hagamos el esfuerzo, carajo! ¡Claro que vale la pena! ¡Nos cansaremos de triunfar!

Di Matteo también suelta su mano derecha, pero para tomar un marcador que lleva sobre el bolsillo superior izquierdo, y con él comenzar a garabatear las inspiradas frases de su amigo sobre la manga izquierda de su mameluco, que luego transcribirá oportunamente, elaborando inspirados textos que los movilicen a soñar a ambos –y a sus lectores- con estar dando los primeros pasos para el lanzamiento de una revolución cultural que rescate aquellas antiguas glorias de un país que quizá ya no exista, pero que bien vale la pena homenajear. Resopla agotado, guarda el marcador en el bolsillo, y continúa impulsando la zorra hacia delante, inclinando la cabeza.

Sólo entonces descubre el singular detalle, incrédulo por no haber reparado en ello antes. Lo que se extiende a espaldas de Coiro, en esa porción de llanura que aún no han recorrido pero que se les avecina a gran velocidad, son las carcomidas ruinas de lo que otrora fuese una vía: fragmentos de rieles oxidados, tacos de durmientes comidos por las termitas, pajonales por doquier… ¿Cómo es posible que se lancen hacia semejante incertidumbre, sin sucumbir en el intento? Sin embargo, al hundir la cabeza entre los hombros y espiar a través de sus piernas flexionadas, advierte que debajo del paso de la zorra, por detrás del impulso que van desgranando sobre la pampa húmeda, los rieles brillan con una intensidad inusual, como si los hubiesen acabado de fijar al suelo, aunque relucientes por el uso continuo.

-¡Refundemos un proyecto ferroviario, aunque sólo sea en el plano de nuestros sueños, con la mágica potencia de la literatura!-, vocifera Coiro por delante suyo, a espaldas del mañana.

Entonces Di Matteo fija la mirada sobre la oscilante palanca y cree estar viendo algo muy distinto al acero habitual con el que ignotos ingenieros europeos han construido estos vehículos. La barra parece estar conformada por un material extraño, parecido a una red, un tejido, un entramado de elementos misteriosos. Presta mayor atención, entrecerrando los párpados que le arden a causa de las densas gotas de sudor, y sorpresivamente cae en la cuenta de su propio delirio: aquello no es una red de filamentos metálicos, ni siquiera la fragmentación atómica de los elementos, sino un macizo conglomerado de frases, letras y palabras, unidas entre sí…

Inmediatamente, ambos escuchan un estridente silbato, imposible de confundir, proveniente del lugar que acaban de abandonar.

-¡ES EL (Inven) TREN!-, aúlla Coiro, agotado pero inmensamente feliz, espiando hacia atrás por sobre el hombro de su compañero. -¡LO HEMOS CONSEGUIDO, DI MATTEO! ¡EL (Inven) TREN VUELVE A CORRER CON INDUDABLE DIGNIDAD SOBRE ESTAS VÍAS!

Di Matteo vuelve la cabeza y contempla en pleno día el nítido faro de una locomotora diesel a unos trescientos metros de distancia, que se acerca a una velocidad mucho más intensa que la que ellos desarrollan manualmente, sin intención alguna de detenerse al alcanzarlos, en una suerte de criollo remedo de la horrible criatura generada por el Profesor Víctor Frankenstein.

-¡Va a pasarnos por arriba!-, exclama, con un último aliento.

-¡Por eso mismo, Di Matteo: ponga huevo y siga adelante! ¡Hay que llegar a San Fermín antes de que nos aplaste! ¡El (Inven) tren se ha convertido en una fuerza imposible de parar!!! ¡Síííííííííííi!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

“¿Quién me obligó a meter en este quilombo?”, piensa Di Matteo, bufando y sin dejar de agilizar esa barra manual que ya casi parece moverse sola, aunque todavía necesite del impulso humano para darle impulso.

Coiro comienza a reírse de felicidad, con genuina satisfacción. El cuerpo le estalla en una dolorosa contractura, el sudor se le adhiere sobre la piel, y el aire le quema los pulmones. Pero a pesar de todo, se siente tan contento como si volviese a tener siete u ocho años, y su padre le hubiese regalado un lujoso tren Lima, con decenas de vagones y tres modelos de locomotoras diferentes, acompañados por maquetas de estaciones y demás construcciones aledañas, todo ello dispuesto para establecer sobre una amplia mesa y dejarla allí, para jugar hasta muy tarde por las noches, o alegrar una borrascosa tarde de lluvia con el cautivante hechizo de un circuito ferroviario de juguete.

El sudor les chorrea a mares desde las frentes, descendiendo por los cuellos, creando enormes aureolas oscuras bajo las axilas, afincándose en las palmas, asidas con obstinada firmeza a la barra de la palanca, mientras la locomotora Werkspoor 4613 se les abalanza voraz, cada vez más cercana. Y aunque cada uno resopla por causas diferentes, aunque las motivaciones sean tan variadas para cada uno de los dos, algo los une en una misma empresa: el placer por inventar, por divertirse, por delirar juntos de manera creativa…

-¡No afloje, Di Matteo, no afloje!!!

-Sos un dictador, Coiro… Siempre decidís por tu cuenta…

Así es como la zorra parece adquirir una velocidad autónoma al impulso manual que ejercen sobre ella, aunque ello no impida que el parachoques a rayas rojas y blancas de la locomotora les dé un topetazo por detrás, sólo para impulsarlos unos metros más, hasta llegar a destino.

Irrumpen de manera tan vertiginosa en los terrenos aledaños a la Estación San Fermín, que hasta por un segundo les parece que allí no existía nada hasta ese preciso instante. La zorra se desmaterializa en forma inmediata, mientras ambos caen rodando sobre un andén muy pulcro, y a su alrededor se esparce una caótica lluvia de fragmentos de frases sin utilizar, ideas sin desarrollar y comentarios al margen. La locomotora a vapor ensordece el espacio con un silbido en extremo estridente, como el primer chillido emitido por un recién nacido, urgido de alimento, y avanza desbocada hacia el horizonte sobre unos rieles recién estrenados, dejando a su paso un ardiente halo de carbón quemado que les inunda la nariz.

Coiro incorpora a medias el tronco sobre el andén, mientras Di Matteo aún intenta recuperar el aliento del último impulso, con la mente agotada de tanto delinear frases dignas y coherentes, cuando contemplan azorados algo que jamás hubieran podido imaginar por cuenta propia.

Al otro extremo del andén ven surgir, como otra aparición fantasmal, la solitaria silueta de un ciclista, ataviado por colores absurdos y chillones, como es la costumbre, y un oblongo casco azul con antiparras, quien sin frenar siquiera al ingresar en la Estación, incorpora el torso, alza los brazos y mantiene el equilibrio en los últimos metros del recorrido, mientras exclama:

-¡Sí, señores!!! ¡Treinta y cuatro kilómetros después, he creado la Bicisenda Ferroviaria!!!

Se desliza a su lado como una díscola irrupción “sorianesca”, y desaparece en la primer curva, sin que ellos consigan llamarle la atención y preguntarle siquiera cuál es su nombre.

Ambos se ayudan mutuamente para incorporarse, sucios y maltrechos, y avanzan a los tropezones y en silencio, apoyados uno contra el otro, rodeándose los hombros en un fraternal abrazo, resoplando agitados, hasta salir de la Estación, como un par de ignorados espectros, sin cruzarse con nadie. Al llegar a la calle de tierra, divisan en la vereda de enfrente un boliche de campo. Y hacia allí van, aún con ciertas frases colgándoles del overol, a la espera de tomar algo que los reconforte.

Acodados en la barra, por detrás de la reja que los separa del dependiente a la manera de una pulpería, ambos piden una ginebra “dalmasettiana”. Como el hombre no tiene idea de qué le están hablando, se conforman con un breve vaso de caña. Y una vez servidos, mientras recuperan el aliento y observan el paisaje que los rodea con ojos curiosos, dignos de lingüísticos exploradores, se miran el uno al otro, con un extraño brillo de complicidad, como si se adivinasen el pensamiento.

-Che -, alcanzan a decirse, al mismo tiempo-: ¿Y si proponemos un “InvenTren” en zorra?

*De Aldima. licaldima@yahoo.com.ar

SAN FERMÍN*

No hay nada que hacer aquí, ni toros ni plazas atiborradas, ni caballos enjaezados ni toreros de brillo y coleta. Nada de nada aquí. Una estación, vías brillantes, la sombra inexistente de una zorra que se atisba por el rabillo del ojo.
Una zorra que avanza por los rieles si una está descuidada y mira un poco al costado, un poco al horizonte, un poco así mirando sin mirar con la típica expectación de quien atrapa fantasmas sobre fotografías desvanecidas.
No multitud, no agitación, no clamores. Sólo dos hombres sudorosos y un tren que eternamente los persigue en un sueño, acaso en una pesadilla, en la zona que es la zona, ese lugar alejado de la realidad y sin embargo tan allí, tan aquí, tan próximo.
San Fermín y la resonancia del nombre pero ni banderillas ni trajes de luces ni rosas rojas entre los dientes apretados. Ni una trenza moruna, ni un tablao ni un atestado lugar que huela a circo y a muerte roja sobre negro.
Solamente estos rieles relucientes que trazan las paralelas eternamente unidas en un horizonte imaginario. Sólo esta planicie, esta llanura, estos yuyos repetitivos estos fantasmas que sudan, que mueven la zorra a riesgo de tren y a riesgo de desaparecer finalmente aplastados por el peso, el tremendo peso del firmamento que vira al violeta.
Por qué San Fermín. Aquí, en medio de la América. Por qué el recuerdo borroso de santos católicos, de iglesias barrocas, de cuerpos torturados de santos de imaginería en madera policromada y ojos vítreos para traer todito el dolor intacto, casi real. Por qué aquí, en medio de la nada es decir en medio de la América, este tren que no existe y esta estación sin toros, hecha de fantasmas y de la única zorra que se apresura en ese viaje eterno de llegar a ninguna parte.
San Fermín. Reloj detenido de estación abandonada. Fantasmas.
No hay toros aquí, ni toreros. Hay, si, la sangre en los rieles, la sangre y la agonía del toro es decir la muerte del ferrocarril. Y el inmenso el inabarcable el marítimo clamor de las multitudes rugiendo frente a la ajena muerte.
Ha muerto el toro de hierros y vapores de ollares sudorosos. San Fermín, señores. El carro lo engancha y arrastrando se lo lleva. Otros se regocijarán en la ignominia de celebrar sangres y derrotas. Cierro los ojos para no ver. Para respetar la muerte de rieles y edificio de cenefas airosas.
Al cerrar los ojos perdura apenas, allí entre las luces de párpados clausurados, la imagen de la zorra y los fantasmas. Nada queda de más. No hay nada, nada que hacer aquí.

*de Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com

El Tren de mi infancia*

—Lo pensé bien—, decía —y hasta resulta económico, embarcamos la camioneta en Autotren, nosotros cuatro viajamos en un departamento, al otro día, en Concepción, la retiramos felices y descansados. Recorremos el sector y de vuelta hacemos lo mismo. Son hartas horas, manejando perderíamos un día entero, en cambio en el tren nos vamos como a las ocho de la noche, comemos y nos acostamos, nos vamos durmiendo tranquilos y llegamos radiantes. Los niños pueden caminar, jugar, moverse tendremos una habitación para nosotros solos. Creo que sería una bonita experiencia—. Manuel trataba por todos los medios de ser convincente. Su esposa le contestó:
—Tienes razón, pero, me asusta un poco, los descarrilamientos que han ocurrido ahora último, dicen que nunca le han hecho mantención a las vías y que el sistema está colapsado. Su marido arremetió:
—De lo ocurrido no han habido más que demoras, sé que dicen que el servicio está más lento, pero, iremos cómodos—. Tiene razón su esposo, para los niños sería una experiencia novedosa. Y quizá tan cautivadora como lo fue para ella...

Ese era un día especial, lo supo desde la mañana cuando su madre con inusitada jovialidad, se afanó desde temprano y los vistió. Los bañaría a la tarde les dijo, cuando les pusiera la ropa para el viaje. Este fue el inicio de la aventura, junto a su hermano mayor estuvieron todo el día viendo signos importantes. A la hora acostumbrada su papá llegó a almorzar y preguntaba insistentemente a su madre, ¿estaban listas las maletas?, ¿llevaba pijamas?, ¿también toallas?, a él no le gustaba que usaran las que ponían en el tren; ¿había cocido huevos para los niños? seguro que les daba hambre, ¿había preparado un frasquito con sal?, que no se le olvidara.

—¡Si hombre! no te preocupes, no es la primera vez que viajamos—. Era la respuesta invariable de su madre que hacía gala de su paciencia ante este verdadero inquisidor.
Después de la siesta cuando su padre regresó al trabajo, su madre les bañó y vistió con sus mejores ropas. Ella se sentía encantada con su suave vestido rosado, calcetines blancos y zapatos negros de charol con pulsera, era su tenida para las grandes ocasiones. Sobre la cama la esperaba su adorado abrigo rojo. Al pesote de su hermano le habían puesto un terno corto azul, calcetines blancos, zapatos de cuero color gris y un abrigo azul, para completar ambos atuendos, a ella le tenían una boina roja y a su hermano un jockey gris. Ya no cabía en sí de excitación. Su madre les sirvió onces y a ella le dio un mareamin, esas píldoras picantes que nunca le habían gustado.
—A tomarla calladita, así no se enferma del estómago.
—¿Por qué no le das a Iván?—, farfullo ella, mientras se la tragaba con algo de leche. — Porque él no se marea—. Fue la respuesta inmediata de su madre.
La niña reclamo: — ¡Claro todo lo malo me ocurre a mí!
Al poco rato el enojo se le pasa y con su hermano preguntan a con insistencia cuanto tiempo falta para irse a la estación.
—Más tarde—. Fue la respuesta que repetida por enésima vez por su madre, no hacía sino excitarlos más.

Anochecía cuando llegó su padre en un taxi, subió todas las maletas a la parrilla del mismo. Entretanto su madre comenzó con el discurso previsible.
—No olvides dar de comer al gato; la basura déjala fuera los martes y los jueves; lava los platos no los juntes en el fregadero, porque van a llegar hormigas; no hagas la cama recién levantado, ventilala sino se pondrá hedionda...
—¡Mujer por Dios!, sólo se van por una semana—. Contesto él poniendo una voz entre dramática y trágica. Impertérrita ella seguía con su letanía.
—Todas las mañanas, dale carne al perro y leche al gato; suspende la entrega de pan, nos vamos a llenar de pan duro y a mi no me gusta comerlo...

Minutos después estaban instalados en el auto, su padre daba las instrucciones:
—Llévenos a la Estación de Concepción—. El conductor contestó amable:
—Inmediatamente señor, ¿a que hora pasa el tren?
—A las 9:00 de la noche—. Dijo su padre.
—Es bastante temprano todavía—. Respondió el taxista.
Su madre que se había mantenido callada mucho rato refunfuño: —Si es que a éste, le gusta llegar una hora antes a todas partes.
— ¿La señora viaja sola?— Inquirió el chofer, mirándolos por el espejo retrovisor.
—Si, con los niños—, se apresuró a contestar su padre, mientras la sentaba sobre sus piernas y la colocaba al lado de la ventana, bajando un poco el vidrio de la ventana.

El viaje de Talcahuano a Concepción no demoraba más de veinticinco minutos, era bonito el paisaje, después de dejar el caserío se veía el camino todo bordeado de verde, plantas, árboles y cerros se apreciaban de mil tonos distintos, ese año había sido especialmente lluvioso y la vegetación lucía exuberante, al fin a la distancia se vieron las luces encendidas de Concepción.

— ¡Como ha crecido la ciudad— dijo en voz alta su madre.
—Así es señora, fíjese que están construyendo nuevas poblaciones, en las afueras de Concepción, dentro de algunos años no habrá campo entre Talcahuano y Conce, yo creo que ni se van a distinguir.
—Es posible—, contestó ella dubitativa— pero, yo creo que faltan muchos años para ello todavía.
—¡Pero, queridísima señora! eso mismo decían del puente y ya ve, tenemos recién inaugurado el puente nuevo.
—Claro, sin embargo, después de los últimos temporales sin ese puente no habría habido trafico hacia el sur. Bien ya veremos si dentro de unos pocos años, como usted dice, habrán casas y no más peladero entre Conce y Talcahuano.

Habían llegado a la estación, les recibió ese olor indescriptible a maquinas y metal. Su madre la tomaba férreamente de la mano a su hermano, en cambio, le dejaban solo. Mientras su padre averiguaba a que hora llegaría el tren, su madre protestaba,
—¡Este hombre Dios mío!, si hemos llegado casi una hora antes, de aquí a que llegue el tren y nos instalemos...
Su papá, acostumbrado a sus reclamos, aprovecha de entregarle a su madre unos cartoncitos pequeños de color ocre con letras en tinta verde. —¿Los revisaste?— le pregunta ella.
—¡Por supuesto! Salida: día cinco de octubre; tramo: Concepción a Santiago; hora: nueve de la noche, el tren viene desde Puerto Montt y según dice el Jefe de Estación a la hora.

Papá les avisó que les tenía una sorpresa, la esperarían juntos, el tiempo pasaba y sentados en la banca de madera frente al andén, los niños miraban donde y cual podría ser, papá estaba tan misterioso, él insistía, realmente estaba a punto de llegar. En ese momento ella lo vio, por el andén caminaba rengueando ligeramente: su Tata. Lisa se soltó de la mano de su madre y fue corriendo hacia él, su abuelo inclinándose la alzó en brazos.
—¡Tata! ¡Tatita! ¿Cuándo llegaste?
—Hace un rato me vine en el tren expreso y como ustedes no llegaban me fui al mercado a comer sopaipillas pasadas.
—¿Te vas a quedar con nosotros?—, preguntaba ella, sin recordar que se iban de viaje.

Se reunieron con los demás, ella había tomado posesión del abuelo, ya instalada en sus brazos y cercándole el cuello, él, como podía saludaba afectuosamente a su nieto, hijo y nuera.

—¿Como está papá? ¿Qué tal el viaje? ¿Y mi mamá?— Preguntaba serio su padre.
—Bien hombre sin ninguna novedad, Amelia con sus achaques de siempre, conoces como es ella.
Su madre atino a responder: —¡Suegro!, esta si que es sorpresa.
—¿Hola como está Ester?, lo que pasa es que Ivancito no estaba conforme con que ustedes viajaran solos así que la Amelia me mandó a que me pidiera el día a cuenta de vacaciones y viniera a buscarlos.
—¡Pero, Iván! ¿Cómo se te ocurre molestar a tu papá? yo no necesito que me cuiden.
—Mira fue idea de mi mamá, y además así aprovechó de descansar un día—. Contestó él entre divertido y feliz de tener quién cuidara a su familia durante el viaje.
—¡Uff! ¡Vaya descanso!, se va a pasar todo el día sentado, debe estar cuadrado.
—No Ester no crea, gran parte del viaje dormí y la otra aproveche de caminar por el tren, además el viaje fue muy bueno, no tuvimos que esperar en el cruce de San Rosendo y las vías están de maravillas.
—¿Cuanto demoró el viaje, papá?
— Salimos de Santiago a las siete en punto, pero, tú sabes como es este tren de moderno y se detiene tan poco, estas maquinas Diesel son una maravilla. Llegó aquí como a las seis de la tarde. Claro que en San Rosendo hicieron cambio de máquina por una de carbón.
En ese minuto la conversación fue interrumpida por la voz del altoparlante. “Señores pasajeros hace su arribo el tren proveniente de Puerto Montt con destino a Santiago. Increíble, pero esa última hora había pasado volando”.

—¡Ese es!— Dice papá, indicando una maquina gigantesca que se acerca bufando peligrosamente y despidiendo sus nubarrones de humo, su chirrido al frenar hace que todos se tapen los oídos y alejen de las vías. En cuanto la maquina se detuvo, los vendedores vestidos de blanco y con canastos en uno de sus brazos, se abalanzaron a las ventanas del tren ofreciendo sus productos, sándwich, dulces chilenos, tortas; mientras eso ocurría se bajaron algunos pasajeros. Su hermano se coló en el carro más cercano, ella también quería ir, su madre no se lo permitió.

—¿Cómo él puede ir?, pregunto amoscada.
—Él es hombre— le dijo su madre con su voz autoritaria que además de no admitir replica zanjaba culturalmente la cuestión.
Su padre en tanto, sin prestar importancia a este hecho buscaba entre los números pintados en cada vagón, el código del carro en que estaban los departamentos. Al fin lo encontró, era uno de los coches más cercanos a la maquina, el orden en esta ciudad móvil era máquina, vagones con carbón, carros con departamentos, coches dormitorios, coche comedor, coches de primera, coches de segunda y coches de tercera. Caminar hasta el coche comedor era lo más que se exigía descender en esta micro escala social a los pasajeros vip y la llegada a éste estaba socialmente vedada aún a los más osados de los clientes de tercera. Las mezclas sociales al igual que en todas las otras áreas de la sociedad no eran bien vistas.

Una vez instalados en el Departamento, papá le dijo:
—El Tata los acompañará durante el viaje, cuando les hagan las camas, tu dormirás con tu mamá aquí abajo y tu hermano dormirá arriba, el tata tiene reservada una cama en el coche dormitorio, en el carro de al lado. En la mañana vendrá a tomar desayuno con ustedes. Pórtate bien y sé una señorita, acuérdate de todo lo que te hemos enseñado.
En ese momento apareció la tromba de su hermano, ufanándose de haber recorrido todo el tren.
—¡Hay un baño en la cola de cada vagón!, los nuestros son lindos con artefactos de bronce y limpiecitos; los de tercera son feos y huelen ¡huacala! — dijo poniendo cara de asco—, siguió parloteando —además para pasar de un vagón a otro hay que abrir una puerta, salir a una mampara y ahí otra puerta y sales y entre carro y carro hay un mecanismo como los enganches de mi tren de juguete y hay que estirar la pierna y saltar de un vagón a otro. ¡Yo quiero que el tren se mueva para poder salir a cambiarme de carro! Mamá, ¡tengo hambre!, dame un huevo, o mejor un pan, ¡óptimo un huevito duro y un pan! ¿Qué te parece?
Era bien camote su hermano, tan acelerado para hablar y bueno para intrusear que resulta de veras agotador, pero, ellas no pueden sustraerse a su encanto. Su madre presurosa y sonriente busca los huevos entre los pertrechos traídos para la ocasión, el Tata ríe a voz a en cuello con este nieto tan acelerado y hambriento.
—Ester, ¿le dio onces a este niño?— Consulta haciéndose el serio.
—¿Usted qué cree suegrito? Si este niñito tiene la lombriz solitaria.
—Papá, dónde nos vamos a acostar—. Pregunta Lisa, que en esa pequeña habitación ve dos butacas enfrentadas donde caben sentados apenas dos adultos por lado.
—Mas tarde les van a hacer las camas—. Dijo él sin aclarar mayormente el tema. —Ahora tengo que bajar.
—¡Papi ven con nosotros a Santiago! Dijo Lisa con los ojos húmedos.
—No puedo mi amor, van con mamá y el abuelo. Ellos los van a cuidar.
—Ester cuídese y salude a mi mamá—. Dice, mientras le da un beso imperceptible en los labios.
— Adiós, mi suegro te llamará para avisarte cuando lleguemos.
— Si Ivancito, no te preocupes, yo los cuidaré.
Estaban sentados mirando hacia fuera del tren—. Díganle chao a papá con la mano— les indica el tata. —¡Chao papa!, ¡chao papa!—, gritaban los dos pequeños a voz en cuello.
La maquina comenzó a bufar otra vez y junto con sus resoplidos se mueve lento, primero como si le estuvieran dando empellones, luego adquiere velocidad y una destreza inusitada en el movimiento, se desliza suave y de vez en cuando lanza sus pitazos imponentes, su padre quedó lejos atrás, en el anden, haciendo un gesto de despedida con su mano, cada vez más pequeño, hasta que resulta imposible separarlo del paisaje. El tren avanzaba en la noche apenas distinguían las casas aledañas a las vías las que exhibían la pobreza de la ciudad.

Lisa todavía no entiende dónde van a dormir, la habitación le ha gustado está toda forrada con madera clara, las butacas tienen ese genero peludito llamado felpa y el piso es de madera reluciente. Al rato vino un mozo vestido formalmente con pajarita incluida y le preguntó a su madre si querían ir a cenar al coche comedor, ambos hermanos cruzaron una mirada traviesa ante esta propuesta.
—¡Si mamá! ¡Di que sí! ¡Di que sí!— gritaron al unísono. Como si hubieran estado confabulados, indiferente a sus peticiones su madre respondió al mozo, casi con altanería.
—¡No!, sírvanos aquí.
—Señora: eso tiene recargo—. Explicó el mozo.
—Bien, lo pagaremos, deseo estar tranquila— Fin de la posibilidad de salir a recorrer ese tren y disfrutar de la aventura. Ellos seguían imaginando la emoción de cambiarse de carro.
Fue divertida la cena, El mozo instaló una bandeja con patas que asió del costado del vagón y quedaron sentados frente a una cómoda mesa, comieron carne mechada con fideos, coca cola, y un pan. Los adultos tomaron café, a ellos no quisieron servirles.

Después empezó lo mejor, el mozo regresó a buscar los platos en una bandeja y llegó un auxiliar a hacer las camas, su madre trató de sacarlos del departamento, ellos se negaron rotundamente, observaron como desarmaba los asientos de las butacas, los extendía hacia adelanta, juntaba en el centro y dejaba una cama, paralela al costado del vagón, luego tendía las ropas. Esto que parece sencillo lo es si a uno no se le mueve el piso, el tren dentro de su suavidad adquirida con la velocidad constante que llevaba, de repente daba unos barquinazos, que según la posición del auxiliar y su pericia lo hacían dar rápidos saltitos, como de boxeador, para no perder el equilibrio. La segunda cama simplemente apareció bajando el costado que estaba hacia arriba, recogida sobre sus cabezas, adosada a lo largo del vagón, casi verticalmente, ya estaba con sus ropas listas para ser usada, al costado traía una pequeña baranda, seguramente para que los dormilones no se cayeran. Ellos que nunca habían visto camarotes estaban deseosos de subirse. Su madre les pregunto si querían hacer pipí, ambos contestaron que si, ella les había traído una pelela, protestaron querían ir al baño. Así que su madre les llevó, ella entró con su madre y su tata y hermano se fueron al del coche dormitorio. El baño era tan pequeño que apenas cabían las dos, tenía un precioso espejo con bordes dorados y un lavamanos de bronce con un mueble de madera clara igual que la de su habitación. El carro se movía tanto que costaba usar la taza, cuando Lisa miro hacia dentro vio algo que se movía, instintivamente se encogió.
—No te asustes, lo que pasa es que no tiene fondo.
—¿Y si me caigo?—, fue su pregunta.
—No te preocupes yo te voy a afirmar y no toques los bordes—. Después de toda esta faramalla apenas si pudo orinar algo, es más decidió que la pelela era una excelente solución y que los baños de los trenes no le gustaban.
De regreso en el departamento y metidos en sus camas conversaban acerca de la última experiencia, su hermano consulto:
—¿Mamá y todo cae para abajo?—, ella contestó: —Si hijo todo cae a las vías.
Iván insistió en el tema: —Y entonces… ¿Quién limpia?— nuevamente y con voz somnolienta: —Nadie, se seca con el sol.
—¡Puff que cochinada!— dijo finalmente el pequeño Iván.
La madre les acoto: —¡Ya basta!, ahora a dormir que mañana tenemos que madrugar—. A la par que apagaba la luz y encendía una pequeña lamparilla que iluminaba tenuemente la habitación.

Al otro día, Lisa despertó muy temprano, no había sentido nada del viaje nocturno.
Al poco rato los tres se hallaban vestidos, era temprano, pero, su madre no gustaba de ser vista en paños menores y prefirió ser la primera en usar el baño, así que antes de las siete ya estaban en pie, la madre los dejó a solas con el Abuelo y salió del departamento.

Ese era el momento, estaban a solas y podían hablar libremente:
—Tata queremos conocer el tren… ¡Llevanos! ¡Di que sí! ¡Di que sí!
—¡Umh!— él los miró, se hizo el interesante y dijo concluyente: —Tenemos que convencer a su madre.
Cuando Ester regresó, les sorprendió todavía cuchicheando. Ambos miraron al Tata esperanzados. El dijo como al descuido:
—Ester, ¿Qué le parece que tomemos el desayuno en el coche comedor? así en tanto hacen la habitación y aprovechamos que los niños conozcan...
—Suegro, ¡veo que ya lo convencieron!— Contesta, mirándolos y sonriendo— De acuerdo, vamos.
Iván y Lisa se miran triunfantes. Aunque arriesgado fue entretenido cambiar de vagón el ruido ensordecedor comenzaba al abrir la puerta de la mampara, se hacia estruendoso cuando se pasaba de un carro al otro y luego se amortiguaba nuevamente cuando cerraban tras de sí la puerta de la mampara del coche siguiente.
Mientras tomaban el desayuno su hermano divertía a todos imitando los sonidos del tren según los momentos del cambio de carro. Era divertido ver como todo en la mesa se movía. Cuando miraban hacía afuera veían pasar los postes con una velocidad sorprendente, lo que más los tenía expectantes era que les parecía que eran ellos en sus butacas los que estaban quietos y los postes avanzaban. Lisa se divertía pensando que a lo mejor era cierto ellos estaban quietos y el resto del mundo se movía, tardaría muchos años antes de entender porque se provocaba ese efecto, en ese momento le pareció casi mágico y se archivó en sus recuerdos junto con el vaivén, los barquinazos y las demás anécdotas del tren.

Después del desayuno su Tata los llevó a caminar por el tren recorrieron todos los carros, la mañana había avanzado y hacía calor, más que en la tarde anterior en Concepción. El abuelo miró hacia fuera en un momento dado, vio la hora y les dijo:
—Ahora a regresar al departamento ya vamos a llegar—. Hicieron el trayecto de regreso, al llegar notaron que ya estaban nuevamente las butacas armadas y todo dispuesto como el día anterior. Escucharon un murmullo, procedía de un pequeño ventilador adosado a una pared, no habían reparado en él antes. Al poco rato el calor molestaba.
—¿Ester, le abro la ventana?— ofrece gentil el Tata. Al asentir ella, los hombres subieron la ventana. El aire enfrió la temperatura de la habitación....

La desilusión fue grande, trató de no demostrarla, la habitación seguía pequeña, más chica ahora que ella se empinaba en su metro setenta, con las dos butacas enfrentadas, los maderos claros que forraban las paredes, estaban casi negros y rallados con el paso del tiempo, las elegantes felpas de las butacas, hacia rato habían muerto, en su reemplazo se apreciaban las modernas felpas sintéticas ya peladas con el uso, del fino color café con leche a un mostaza ramplón, su sensibilidad digna de anticuario se sentía avasallada con el trato poco adecuado entregado a esas, en su opinión, verdaderas joyas. Tomó aire se dio cuenta que sus hijos estaban fascinados con todo, trajinaban bajo las butacas, querían ver como se armaban las camas, verificaron el funcionamiento de todos los mecanismos existentes, enciende-apaga el ventilador, enciende-apaga la lámpara, abrir-cerrar la puerta, subir-bajar la ventana, sonrío, pese a la falta de mantención y la perdida de la belleza de antaño el tren seguía siendo una experiencia encantadora para los niños...

Estaban sentadas en una de las mesitas de afuera del pub, Lisa ha desarrollado talento histriónico para contar chascarros, Juanita escuchaba atentamente a su amiga y se reía de tanto en tanto con los pormenores de su viaje.
—En resumen, no nos descarrilamos, pero, el viaje demoró tanto que casi habríamos ido más rápido si hubiésemos caminado al lado del tren, ¡que terrible!, sabes que desperté como a las seis de la mañana y recién estábamos haciendo el cambio de maquinas en San Rosendo, un bullicio y ruidos, que ni te imaginas, claro que Manuel y los niños dormían como troncos, ellos la pasaron muy bien, sólo por eso el viaje valió la pena.

*de Loreto Silva. l_silva@vtr.net

-Cuento perteneciente al Libro “Chile: Punto de Quiebre y otros Relatos”, año 2000.
www.loretosilva.com

DESDE CUANDO FUI*

Desde cuando fui
el Recitador Escolar
implacablemente conmovedor
representante de mi sexto grado
ante una audiencia predispuesta
a los versos de inexorable tragedia gauchesca
de mi tío Gerónimo
retorno al escenario de ese éxito
-o fenómeno-
inesperado

Desde cuando fui
El Fotógrafo Cargado
con película sensible
y retrataba compañeras
de estudio, de trabajo
de mortalidad, de inmortalidad
conservo
además de los envases (Kodak, Fuyí)
de los rollitos
las entrañabilísimas
copias de contacto

Desde cuando fui
"el pueta" que Rina amaba
no ceso de retornar
al libro de edición bilingüe que ella me obsequió:
a ese otro "pueta" que Rina amaba:
Pavese

Desde cuando fui
o pude haber sido
El Cirujano Poetón
conservo
-entre otros instrumentos-
el bisturí
al que eran tan afectos
-y con quien eran afectuosos-
mis Fantasmas.

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*

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Este domingo 11 de octubre de 2009 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor brasilero Almeida Prado. Las poesías que leeremos pertenecen a Juan Martín Giansanti (Uruguay) y la música de fondo será de Surazo (Andes). ¡Les deseamos una feliz audición!

ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at

(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!! (Recomendamos usar http://24timezones.com/ para conocer las diferencias horarias).

REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!

Freundliche Grüße / Cordial saludo!

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com
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Tel. + Fax: 0043 662 825067

*

LA JIRIBILLA.

-Revista de cultura cubana.-

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06/10/2009 GMT 1

UN ABRAZO SEMILLA DE LAS LÁGRIMAS EN FLOR...

urbanopowell @ 17:25

DOMESTICAS*

Primero es como una luz que va entrando de a poco por la ventana cuya cortina está un poco corrida, no sabemos si ex profeso, o por una corriente de aire, o debido a la desidia de los días en que nadie puso la mano sobre ella.
Dije que primero es la luz, que se filtra subrepticia, lenta, la luz del sol, la pura luz que viene de esa lejanísima estrella deflagra bajo los fresnos, repta con su esplendor entre la gramilla y pinta de un rojo vivísimo la larga hilera de pimientos que mi madre cuida con extremado amor, como hizo toda la vida: con la humanidad, con los animales, aún los más humildes, y con sus pimientos que era su orgullo expuesto a todo jurado aún el más riguroso, aún el más severo.
Si ella entreabría la ventana, aunque sea un poco, la brisa de mayo ligeramente fría entraba y se iba adueñando de los objetos, y tal vez el polvillo de las calles aún sin asfaltar aprovechaban ese vehículo apto, generoso y gratuito para ir aposentándose de a poco en los rincones más lejanos y las muescas barrocas de algunos muebles, y aún en los pliegues de las cortinas, o las sillas vacías de la mañana.
Dije antes o escribí mejor, que la luz se iba filtrando de a poco, cuando el alba moría en su rosado y daba lugar a esa luz brillante que el sol suscribía sin ambages, pero si en cambio el día era gris, se aproximaba una amenaza de lluvia, o, amanecía lloviznoso, el cristal permanecía cerrado, porque el frío o la humedad no eran tesoros preciados por mi madre, que amaba el sol esplendoroso, el que le traía recuerdos de su italiana aldea en la montaña.
Precisamente, no se cansaba de ponderar esta bendita tierra donde todo verdor crecía de maravilla, mientra en su aldea natal todo había que pelearle palmo a palmo al terreno pedregoso. Sólo aquella claridad del sol montañés tenía siempre en su memoria y el discurso de su reiterado recuerdo en rémoras familiares donde mi abuela pensativa, dulcemente, adhería y asentía a su recuerdo niño, con alguno suyo, así poco más conciente, ya de adulta.
Cuando pienso en mi madre sé que voy a pérdida entera con el recuerdo, que de todas las pocas astillas que extraigo de la memoria debo construirme su imagen, plagada de gestos generosos y humildes, que retenía la elocuencia ostentosa, yo, como Pedroni podría decir que era "toda silencio, propensa al llanto y muy hermosa" y que yo la recuerdo siempre transitando ese espacio de verdes, donde orlaban esos inmensos pimientos rojos que ella cultivaba con recatado orgullo y cuando eran ponderados, se
le abría el rostro moreno en una gran sonrisa de satisfacción.
Cuando pienso en mi madre es cuando la veo cruzando ese gran patio de tierra que ella barría con generoso esmero, en una mano un plato camino al gallinero, llevando tal vez restos de comida o maíz, para arrojarlo a sus pollos. Hasta en los sueños aparece con su batón celeste, floreado de amarillas pintitas, y ella muy señorona con ese plato en la mano derecha, oronda cruzando el patio y mi sueño.
De todos modos armo ese recuerdo de ella con un amor inmenso, pero en verdad lleno de impotencia.
El día en que íbamos con mi hermano hacia la sala velatoria donde estaban sus restos, caminando por una calle cercana, nos alcanzó con su bicicleta "Cañita" Aquilano, cartero eterno del pueblo, con un telegrama que nos enviaban los empleados del Correo, Allí leí una frase que hasta ese momento era sólo eso: una frase. Pero que tuvo luego una feroz e implacable verdad.
-"Acompañamos vuestro dolor, ante tan irreparable pérdida", decía.
Allí supe que los lugares comunes, las frases de cortesía acompañado socialmente un dolor individual, tienen su sentido. Al menos para el que sufre, aunque casi nunca para el que la pronuncia. Es decir, las frases comunes en algún momento dejan de serlo y son fundamentales y drásticas. Pegan como un inmenso martillo en la cabeza, doblan de dolor ante el desamparo y la incertidumbre a que nos somete ese mismo -desconocido antes- desamparo.
De todos modos no quiero ser triste aquí. Quiero retener esa humilde humanidad suya, esa timidez que hacía lo posible por permanecer invisible, pero atenta y poderosa, imprescindible en su amor por los suyos, una fiera cuando debía defenderlos.
La prima Gladys me contaba una discusión que habían tenido con mi padre y ella, furiosa, le decía:
-Le permito todo, menos que se meta con mis muchachos.
Sus "muchachos", éramos mis hermano y yo.
Hace muchos años que nos dejó, y les digo la verdad, me gustaría verla caminar entre esos altos tomatales que eran su orgullo, o en el esplendor de sus rosas o amasando esos tallarines sobre la pequeña mesa llena de heridas y de recuerdos infantiles, de cuando -sin querer- volcaba el café con leche y ella, rápida, solícita limpiaba todo antes que la irascibilidad de mi padre lo advirtiera.
Ahora debo consolarme con ese ceibo que plantó y con ese rosal que resiste todas las intemperies.

Y, de vez en cuando, aparece en mi sueño donde cruza ese patio de tierra con un plato en la mano para siempre.

*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar

EL ABRAZO SEMILLA DE LAS LÁGRIMAS EN FLOR...

El juego de la confianza*

Mi hija lo juega en la escuela. Esta vez le resulto fácil enseñarme a jugar. Me dijo que dejara los brazos hacia adelante y se dejo caer de espaldas para que yo la sostuviera. Luego lo repitió una y otra vez dejandose caer alternativamente de frente o de espaldas.

El juego me hizo "caer una ficha" como suele decirse. Pude asociarlo con cosas de mi vida.
Me ayudo de alguna manera a pensar esa dificultad para entregar la confianza.
Jugar a dejarse caer y que te sostengan.

Supongo que no me ocurre a mi solo. Que los adultos nos olvidamos de jugar o no jugamos nunca a dejarnos caer en los brazos de alguien en quien confiamos que nos va a sostener.
Es el juego que sabe jugar mi gato cuando se da vuelta y vuelta en el piso esperando que con el zapato le recorran y acaricien suavemente el cuerpo. No teme que lo pisen.

Entonces a falta de confianza se suele "jugar" al control. Es la ilusión de controlar las cosas y los seres.
O es el oscuro temor de ser "objeto" en un juego inconsciente de otro.
Son mecanismos sútiles como hilos de araña.
-Nada peor que esos hilos invisibles de la araña humana.
Con alertas que avisen si el otro se mueve del lugar esperable.

Del lugar que le armamos desde nuestra propia rigidez.

*De Eduardo Francisco Coiro. inventivasocial@hotmail.com

¿A quién le pregunto?*

A veces me parece que anduve por la vida con una memoria vaporosa, una gasa para la red de cazarepifanías, agarrándose trocitos de sol oliendo a sol, o besando la roja ebullición de la Santa Rita en el cielo de mi patio. Mirando o imaginando que veía al quetzal tan buscado entre lo árboles altos del parque nacional.
Mojada la memoria en la lluvia que borda un encaje para la hoja verde.
Él se acordaría del resto, la precisión de las fechas y los itinerarios.. Ahora no puedo olvidar la llave salvo que quiera dormir a la intemperie.

¿Y si la intemperie fuera esto: no poder compartir los recuerdos ?

*de Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar

Horacio*

Este poema lo leímos ayer, 4 de octubre, en el homenaje de amigos y fliares a Horacio Rossi, en un café que esta frente a la que era su casa, previo paso por el cantero donde plantamos, el año pasado, un lapacho en su memoria. Dejamos poemas a su alrededor, platificados, para que cualquiera que pase pueda leerlos.
Hubo muchas personas acompañando el momento (es el día de su cumpleaños).
Aquí va el poema, con un abrazo

*Cacho Agú. cachoagu@yahoo.com.ar

Hermanos del camino*

Hermanos del camino:
la vida presta un turno feliz: aprovechemos.
Larga es la ausencia, luego. Y mucho más, después.
Estemos juntos aquí y ahora haciendo
aquí y ahora un siempre, un mañana, un por qué…

Es hermosa la ronda ante el fuego encendido,
dejando que el silencio nos llovizne su paz.
Traigamos a la mesa común cantos y penas,
brevas y espinas. Respetuosamente.

Los dioses se encargarán de consagrar…
Ellos están de acuerdo. Ellos sonríen.
Y esperan que aprendamos también a sonreír.
Que es el lenguaje mejor del cielo…

Si los dioses sonríen es de día.
Es de día porque hemos trabajado bien…

Con nuestro rito de mate en rueda hablemos
la palabras azul que dice: estamos listos
para el Amanecer…

Y compartamos la sangre enamorada
la lleganza
la luz
puntual e inexorable.

El abrazo semilla de las lágrimas en flor…

Somos toda la voz del mundo en silencio.

*Horacio C. Rossi, en la terraza

"Te escribo desde el amor y la congoja"*

*Por Víctor Heredia, (Músico)
Fuente: Especial para Clarín

Hola, Negrita. Sé que estarás allí, en algún lugar de nuestro cielo, inaugurando alguna estrella, con la secreta esperanza de poder seguir cuidando a tus polluelos desde allí, estos huérfanos de tu amor que ahora están más solos que nunca sin tu "serena presencia", como decía Charly: Comandanta. Porque eso es lo que fuiste para todos nosotros: guía, luz en la oscuridad, hermana, compañera.

Te escribo rápido desde el amor y la congoja para expresarte no mi pena ni mi angustia por la pérdida, eso ya te lo dije ayer cuando dormías, al oído.
Voy a contarte lo que todo un pueblo dijo en estos días cuando estabas dormida, luchando por tu vida y espero ser capaz de reflejar en esta carta.
Ese pueblo que estuvo hoy durante todo el día repitiendo tu nombre, ese pueblo tozudo y generoso, luchador incansable y vencedor de tanta crisis, ese pueblo que sabía quién eras, qué cosas defendías, ese que desfiló multitudinario ante tus despojos para agradecer tu vocación de cantora popular, de mujer valiente, de artista generosa. Sólo voy a repetir lo que ellos dijeron a cada beso, en cada flor que depositaron con unción ante tu féretro: ¡Querida! ¡Hermana! ¡Amiga! ¡Compañera! ¡Argentina! ¡Nuestra! Los vi emocionarse cuando entraban a despedirte, tal como lo estoy haciendo yo mismo ahora, con el corazón estrujado, sabiendo que mañana no voy a recibir tu consabido llamado para saber cómo están mis hijos, o dónde anda León para ver si podemos juntarnos a reírnos un poco en medio de tanta soledad que propone la vida. Pero no voy a decirte adiós de ninguna manera, voy a imaginar que cada vez que escuche tu voz, cantora, podré abrazarte como siempre, levantar el teléfono y decirte que estamos bien, que merced a la esperanza que indicaste podremos salir adelante, día a día. Los que te fueron a despedir hoy eran tus hermanos del alma, el pueblo al que cantaste con absoluta valentía.

¿Habrá algo más bello para nosotros que esa caricia proveniente de los que nombramos en lágrimas y dolorosos exilios? ¿Habrá alguna cosa que pueda torcer esas miradas llenas de amor, desconsuelo y ternura dirigidas a tu corazón guerrero? Alguna vez dudaste de haber llegado hasta esos corazones,
pero ya ves cuánto amor sembraste entre todos sin distinción de nacimiento.
Este campo repleto de caricias nacidas de tu pueblo es tuyo, "madraza", ésa es la cosecha que merece tu incansable lucha por los derechos y las libertades de este continente. Mi corazón que late al lado tuyo desde hace cuarenta y dos años recordará el ritmo de tu latido en los abrazos, en los besos, en las sonrisas de cada humilde, de cada hombre y mujer de esta tierra. Cuando cante habrá un pedazo tuyo en cada estrofa, una mirada tuya en cada palabra, ése será mi privilegio, el de pensar que estás a un costado del escenario apoyándome, señalando como siempre qué se debe decir, por quien luchar, para qué cantar. Gracias cantora, querida nuestra. Amorosa Mercedes.

*Fuente: http://www.clarin.com/diario/2009/10/05/sociedad/s-02012443.htm

Vidas de escritor*

*Por Rodrigo Fresán
Desde Barcelona

UNO Los escritores llevan, por lo menos, cuatro vidas: la vida privada, la vida pública, la vida de los libros que escriben y la vida de los libros que leen. Y las biografías de los escritores tienen la obligación de contarlas todas y de revelar la trama secreta que une esas cuatro vidas.

DOS Y, claro, esa extraña paradoja: las vidas de los escritores son nómadas y sedentarias al mismo tiempo. Por un lado, se escribe quieto, por lo general sentado (nunca me creí del todo esas fotos que muestran a Hemingway y a Nabokov haciéndolo de parado); pero hay mucho viaje y se mueven tantas
cosas dentro de esas cabezas. Existen, de acuerdo, numerosos ejemplos de escritores vitalistas e hiperkinéticos que necesitan, primero, hacerlo de este lado y recién después pasarlo en limpio en página o pantalla. Hemingway otra vez. Los Jacks London y Kerouac, por ejemplo: la práctica antes de la
teoría, la acción precediendo a la reflexión. Son escritores que, de algún modo, saben o intuyen que lo suyo no es una vida sino, desde el principio, una biografía. Y que, por lo tanto, debe resultar apasionante. Son los escritores cuyas felices existencias, por lo general, suelen terminar mal y
tristes.

TRES Conozco varios escritores que no soportan las biografías de los escritores. Prefieren, me explican, no saber nada de la non-fiction detrás de sus fictions: entender así al escritor como apenas un medio médium encargado de captar historias y difundirlas. A mí, en cambio, me gusta saberlo todo. Pero, también, me resultan mucho más interesantes las vidas de los escritores "quietos". Esos que no fueron a ninguna guerra, no sobrevivieron al hundimiento del "Titanic", no estuvieron enredados entre las sábanas de alguna hollywoodense diosa sexual, ni entraron y salieron de los peligrosos territorios de la política o lo político. Para decirlo de algún modo: me gusta mucho leer las biografías de escritores que se la pasan
escribiendo y leyendo. Me gusta ver y disfrutar de cómo el biógrafo se las arregla para contar una buena historia con todo eso que, tan sólo en apariencia, parece tan poco para contar y sin embargo...

CUATRO Dos (por cuatro) vidas de dos titanes de las letras protagonizan la presente rentrée literaria española. La primera de ellas es Gabriel García Márquez: Una vida, de Gerald Martin (Debate) -biografía no autorizada por el biografiado pero sí "tolerada"-, narra los muchos años de compañía del colombiano al que demasiada gente que nunca lo conoció no vacila en llamar "Gabo". Martín -quien dedicó muchos años a la empresa- sigue por medio mundo al escritor de El coronel no tiene quien le escriba (el índice onomástico de luminarias y oscuros es casi una novela en sí misma) y narra el proceso de cómo un creador de personajes acaba convirtiéndose en otro personaje sobre cuyo creador no tiene un control absoluto. Así, lo más interesante del libro de Martin no pasa por la certeza de los merecidos laureles, sino por las incertidumbres de esas malezas imposibles de mantener a raya para que no se metan y embrollen el trazado de un jardín perfecto limitado con las salvajes e indómitas selvas de Macondo.
La segunda de las biografías es El mundo es así: Biografía autorizada de V. S. Naipaul (en la flamante editorial Duomo, donde se traducirá el año que viene la deslumbrante Chee-ver: A Life, de Blake Bailey) y es uno de esos libros que da miedo y, sépanlo, el "autorizada" en el título no significa otra cosa que Naipaul recibió el manuscrito de French, lo leyó, y no le puso pero ni enmienda. Y lo que cuenta French es nada más y nada menos que las idas y vueltas de un monstruo (un monstruo genial, pero monstruo al fin y al principio) al que no le preocupa destrozar las vidas de los otros para alimentar su propia obra. En el prólogo, French rescata una declaración de Naipaul que lo dice todo: "La vida de los escritores es un tema legítimo de investigación, y la verdad no debería ocultarse. De hecho, es muy posible que el relato completo de la vida de un escritor acabe siendo una obra más literaria y reveladora -de un momento cultural o histórico- que los propios libros del escritor en cuestión".

CINCO Y el escritor que firma estas líneas pocas veces ha visto más escritores juntos que en los últimos meses. Tres acontecimientos han marcado literariamente este verano. A mediados de junio se festejaron los 40 años de la Editorial Tusquets, hace un par de semanas tuvo lugar el funeral de
Antonio López Lamadrid (de Tusquets) y la semana pasada Anagrama también festejó sus cuatro décadas imprimiendo. Muchos escritores y mucho editores riendo primero, llorando luego, riendo otra vez. Firmas de toda España y de todo el mundo descendiendo sobre la ciudad para festejar y lamentar
y -mirándolos a todos ellos- la sensación de estar viendo, apenas, uno o dos rostros de los cuatro o más rostros posibles. Y está bien que así sea. Sería tremendo que los escritores fueran por ahí con todas sus vidas al aire.

SEIS Y, como siempre, en todos y cada uno de ellos, la posibilidad de ser tentados por el abismo. Ahora estoy leyendo City Boy, la nueva memoir de Edmund White (una memoir es una forma caprichosa de la autobiografía que no es otra cosa que, por lo general, una manera de confundir y desautorizar a las biografías del futuro) y me interesaron especialmente las páginas dedicadas al genio perturbado de Harold Brodkey y el modo en que éste sucumbió al insoportable peso de lo que se decía y esperaba de él. Convencido de poseer un don único e insuperable, Brodkey -encandilado por la luz blanca de su propio talento, escribiendo sin cesar, publicando poco y, al mismo tiempo, intrigando en todas las fiestas y teléfonos, mezclando y balanceando mal sus cuatro vidas- acaba desconfiando de todos, asegurando
que Nabokov le rinde tributo y hace guiño en Lolita, afirmando que todos lo plagian (desde el mismo White hasta Sean Connery), y enojándose con un editor que tiene la "osadía" de ponerlo a él a la misma altura, y no por encima, de Shakespeare.
Así, pienso, lo que resulta más apasionante de las vidas de los escritores es la rara forma de peligrosidad que conllevan. Un oficio arriesgado, la locura del arte y todo eso. William Maxwell -editor de J. D. Salinger, John Cheever, John Updike, Vladimir Nabokov, Eudora Welty, Mavis Gallant, Isaac
Bashevis Singer y John O'Hara, además de excelente novelista y cuentista- lo escribió y describió con las letras justas: "Es demasiado pedir a personas que pasan demasiado tiempo en un mundo propio, como ocurre con todo escritor, que tengan una perfecta percepción de lo que sucede en éste".
De eso -de lo que se lee aquí para escribirlo después allá, de lo que se decide mirar allí para no tener que verlo acá- es que tratan las extraterrestres vidas de escritor, la terrenal vida de los escritores.

*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-132985-2009-10-06.html

Resonancias de octubre en Buenos Aires.*

*Opinión de Eduardo Pérsico. epersic@ciudad.com.ar

Por los años cuarenta a Buenos Aires le crecían palacios presuntuosos copiados de Europa, extensas avenidas y una costanera para extasiarnos frente al río más ancho del mundo. Y por venderse allí más libros y diarios que en ningún otro lugar de América Latina, la porteñidad se envanecía aunque sus calles eran ajenas a tantos arrabales de visitar en verdosos tranways de doble piso, y personajes quizá sugeridos por la literatura de Borges y otros escribas de menor renombre. Ya de tiempo atrás venía aquello de quebrar el paisaje volteando el caserón familiar y hemos visto por Esmeralda y Sarmiento, pleno centro, aguantar más de lo posible a uno de fachada gris y jardín interior que exhibía una enredadera testigo de que por allí también habría verdecido la llanura. Ciudad engreída de ser la más europea de América, aunque en verdad fuera un rejunte de suburbios sin prestigio si ningún tanguito no los pontificara, - tarea para algún guitarrero de patio- y cuánta pena por Villa del Parque, San Cristóbal o Versalles, sin registro poético por calzar nombres de infructuosa rima. Y ni mencionar sus costados hacia la provincia, si al sur la inundación y el resto límites con la pampa.

En esa época de Guerra Mundial pero allá lejos, los habituales a bares con billares y rincones de meditar esas cosas de la vida, que para eso están, veneraban esos hábitos como exclusivos mientras en silencio y sin consignas, sus mujeres desechaban las medias de muselina, acortaban su vestido cada tarde y pese a las sonseras vaticanas de púlpito dominguero, reiteraban sin alegatos feministas ‘con nosotras no se puede’. Eso que hoy indica la sensatez...

Igual, y como la perpetua inequidad hacía crujir la osamenta del mundo, en Buenos Aires crecían ansiosos actores por entrar en la comedia como fuera, y en retirada muchos aspirantes a nobleza por ir cada domingo al hipódromo. Esos ingenuos engrupidos de curtir el Deporte de los Reyes y que ensayaban su porteñidad saludando ‘que tal, che’ al mozo del bar, una contraseña denostada por Juan García, aragonés irreductible que apodara ‘mozaicos’ a los colegas gallegos que permitían aquel tuteo. Ciudad con sus ribetes y aunque muchos soñaran con París, los autos iban por izquierda estilo Londres, si de alquiler eran de color variado y los tranways rugían su reglamento de dueños ingleses. Pero en aquella lejanía sudamericana sobraban lectores de Roberto Arlt, cronista que hasta 1943 lineara trazos de las faunas subterráneas, del controversial Hugo Wast y el poeta Raúl González Tuñón, aquel de ‘todo pasó de moda como la moda, los angelitos de los cielorrasos, los mozos que tomaban la vida en joda y las lágrimas blancas de los payasos’.

Por ahí el hombre medio admiraría la efectividad de Alemania y sin ensalzar mucho a Hitler, no hubo reproche cuando la Luftwaffe sepultó a Guernica en la mierdosa guerra de los españoles, una impiedad que dejó lágrimas profundas en los conventillos de la periferia y ayudara a un quiebre conceptual. Pero más tarde ni Auschwitz o Hiroshima serían titulares de reclamar por la masacre, porque en mi Buenos Aires querido, comarca pacata, no se vociferaba en lugar público y ser gente de familia era irrenunciable. Una metálica realidad que demolió una muchachada fabriquera junto a unos muy pocos seguidores del melenudo socialista Alfredo Palacios que remaban su consigna en las bibliotecas, una mañana desparramaron su reclamo a pertenecer a puro grito. Ese imprevisto, - ‘contradicción social’ si no se entiende- de repente entró a caminar por calles y veredas y divisado desde lejos. No hubo millones de obreros manifestando ese día 17 de octubre de 1945, por supuesto, pero un gentío inusual se agrupó en los sitios menos esperables y sin consigna, bombo ni marcha partidaria inquietó a los sabios del análisis y la nada protocolar. Esos simbólicos padres y abuelos de la actual Sociedad Rural y de otros primates contrarios a convalidar hasta una ley de radiodifusión que estos días se discute en el Senado Nacional, que por ser antimonopólica y derogar a la dictada por el último proceso militar, es ya y al menos, civilizadora.

Aquel ’17 de octubre fue un sacudón en el cimiento social y como al otro día cualquier ama de casa comentaría, los de clase transitoria que veraneaban en la playa se sintieron preocupados de verdad. Esos que hoy se agrupan en barrios nombrados en inglés y demás tilinguerías, siguen sin entender cómo aquel gentío de frigorífico y talleres suburbanos, ellos y ningún otro, construyeron ese día a Perón en referente indiscutido de la liberación del obrero ante el patrón. Ese proceso psicológicamente liberador que desde el llano demanda generaciones de lucha, por su inusitada brevedad al peronismo le resultó suficiente para quedarse lícitamente dentro de la estructura social. Esa imprudencia laburante al creyente de sombrero y corbata obligatoria le pareció un ademán extraño, y el fondo revulsivo del ‘perón perón qué grande sos’ no lo inquietaría mientras no le encabritara la caballada ni las hectáreas de familia educada. Pero al Poder de verdad que nunca duerme, aquel ‘yo te daré te daré una cosa que empieza con p, Perón’, que aquel mediodía recogiera Leopoldo Marechal en su balcón de la calle Rivadavia, más el ‘perón perón qué grande sos’, lo inquietaría sin joda. Y aunque Spruille Braden en la embajada yanki hizo una movida que favoreció a Perón, ellos y los de siempre entraron a mezclar pícaros contra tantos marginales recién venidos y apurados en hacer la revolución. Sin duda el peronismo hizo cuánto pudo, ver estadísticas, ‘tan peligroso a la herencia sagrada de nuestros mayores, Argentina granero del mundo y como Dios es argentino la fiesta es de nosotros’. Y de a poco fueron participando vendedores de humo, burócratas, gente de mala leche y profetas de una dicha incierta, a entorpecer nuestra historia con otro juego más siniestro y sangriento. Y ese es casi otro asunto.

(octubre del 2009)

*Eduardo Pérsico, escritor, nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina.

*

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05/10/2009 GMT 1

UN ADIOS DE TEMPESTADES Y ARENAS QUE SE ALEJAN...

urbanopowell @ 18:26

*

Tratar de escribir un bello manojo de versos
(razones no me faltan)

Pero
Qué escribir
qué decir
Si fuiste toda raiz
voz y poema?
Y la palabra que anda.
No mido mi congoja.
Raramente aquí se siente algo distinto.
Hoy por ejemplo
los pájaros suenan distintos
Y la acacia pasó del blanco blanco nevado
al blanco grande e inmaculado.
Alzo mi copa nombrándote Latinoamérica.
Madre.
Hermana.
Pájara y acacia
tan blanca como tus gestos...

*de ricardo mastrizzo
04.10.09

*

Revolucionaria de voces y de aplausos
piel y sangre de roble
madera y fuego latinoamericano.

Y si te canto ahora que mi lágrima y los todos
somos causa, país y correntada?

Trovadora del pueblo universal,
del sueño libertario
pronuncio tu nombre soberano
letra a palmo
grito a verso
con M.
Con Mayúscula de Madre, de Música y Milagro
aromada y florecida en el Jardín Republicano.

A vos,
porque desde esta oscuridad goteada por la lluvia
sobre vuelan en la patria amontonadas
palabras de esperanza y rebeldía

Continental manera la tuya de acercarnos al canto
de vivirnos el alma de la mano
de latirnos el latido en los aplausos
de bajarnos la luna de tu pueblo
a bailarnos de pañuelos la jornada.

Y te canto
porque sabes de resucitarle cigarras al sol
porque tu hoja de vida es "gracias a la vida"
porque es himno pedirle Sólo a Dios
porque nos llama "María va"
mientras el otoño mendocino es alivio en la canción
mientras eres en el arte y por el hombre
corazón con razón.

Caminante de poncho y bombo alado
Pachamama, cóndor y calandria
cantemos la "Canción con todos" mientras duermes
así vidalan plegarias
serenatean las penas
y el silencio de tu copla serán ángel y bandera enarbolada...

*de Ana Lía Gattás. analia_gattasz@speedy.com.ar
03.10.09

UN ADIÓS DE TEMPESTADES Y ARENAS QUE SE ALEJAN...

VENGO LLENA DE ENEROS*

Amor. Amor. Vengo llena de eneros en mi piel.
Toda yo un jadeo de claveles rojos.
Un grito fundante de la lluvia.
Un torrente.
Un adiós de tempestades y arenas que se alejan.

Amor. Amor. Vengo llena de eneros en mi piel.
Toda yo un camafeo.
Duraznos robados en la siesta.
Mujer apareada en el estío.
...Y mi rostro entre tus frescas manos.

Amor. Amor. Vengo llena de eneros en la piel.
Toda yo una cadena de agua plata.
Una lámpara trémula.
Un abismo.
...Y mi pecho izquierdo fundido entre tu boca.

Amor. Pájaro malherido. Mariposa desnuda.
Hace frío.
Pero yo, todo un enero en tu intacta piel.

*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar

La voz de nuestra Rebeldía*

Venía de hacer unas pequeñas compras para el desayuno del domingo cuando leo en el televisor del bar de la esquina "Murió Mercedes Sosa". Pensé que la noticia ya estaba desgastada por lo tanto que se la anticipó, pero no. Un golpe sorpresivo de llanto quedó guardado entre los ojos y la garganta. Sé que en este caso es más y es otra cosa que la que puede provocar un artista querido que se va. Su canto, era un acto, su voz ponía la pasión defendiendo todas las buenas causas. Hay que contarlo, contar que unas voces nos calentaban el alma. A veces pensaba "si dios existe no debe pensar como nosotros", por el frío y las lluvias en días destinados a la lucha. Nos quedábamos al aire libre, amparados en todos y en las voces. No nos llovía por dentro, esas voces nos protegían de la abulia, el sin sentido, la banalidad Contarles a los jóvenes que tener o ganar mucho dinero hasta se veía mal. Creíamos en que algún día la justicia, el amor, la comida, los libros, llegarían a todos. Ese sueño se acunaba con poemas y cantos. Fueron muchas las voces, ella era la voz.

*De Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar

Cantora*

*Por Sonia Tessa

"Cuando tenga la tierra, la tendrán los que luchan, los maestros, los obreros, los hacheros", decía esa hermosa y profunda voz, y hacía llorar a muchos que habían vivido la dictadura en la Argentina como habían podido. En aquel recital estaban los que habían estado presos, los que habían vivido un largo exilio interno, los que querían volver a escucharla simplemente. Yo era una adolescente. La dictadura militar se iba de la Argentina, nosotros cantábamos en las plazas "Se van, se van y nunca volverán", y soñábamos con un país más justo. Entonces, en aquel clima irrepetible de la vuelta de la democracia, mis padres me llevaron a ver a Mercedes Sosa, en vivo. Creo que era en Rosario Central.
La Negra había sonado hasta entonces en magazines, en casetes, en discos, pero nunca en vivo. Su voz era parte de nuestra vida silenciada, era un cable a tierra en épocas donde el dolor formaba parte de la vida cotidiana.
Y esa noche, en los primeros 80, Mercedes se paró en el escenario y empezó a cantar. Su voz llenó los corazones de todas las personas que estábamos ahí.
"No te mueras nunca", le gritaban algunos espectadores. Era un momento esperado durante tantos años. Y ella no falló: cantó con toda su voz, hizo las canciones que la habían hecho famosa, las que habían estado prohibidas, las que todo el mundo esperaba de ella. Casi al final, se despachó con "Cuando tenga la tierra".
Siempre Mercedes Sosa fue coherente con sus ideas. Muchas veces escuché que la criticaban por cobrar bien sus recitales pese a ser comunista. Me daba tanto odio que a nadie se le ocurriera pedirle lo mismo a otros cantantes.
¿Por qué debía regalar su trabajo, que era mucho más de lo que la mayoría ofrece? ¿Por sus ideas políticas? La Negra era excepcional. Su voz, su repertorio, esa sensibilidad que se colaba en cada inflexión. El nervio que ella ponía en sus canciones es inexplicable, mágico. Y a la vez, sólo desde
su profunda convicción política, desde su sentido de justicia, podía encarnarlos de esa manera.
Y también fue vanguardia. Siendo "el folclore" no tuvo miedo de mezclarse con el tango, con el rock, con cualquier música que pudiera conmoverla. En cada disco encontraba algo más para dar. "Quién dijo que todo está perdido, yo vengo a ofrecer mi corazón", cantaba el tema de Fito Páez, que más que nunca tomaba la forma de una ofrenda generosa. Ayer, un mural en Córdoba y Teniente Agnetta, pintado espontáneamente por los integrantes de El Movimiento Rosario recordaba una canción de Ariel Ramírez al que sólo su voz pudo darle semejante expansión. "Que la revolución viene oliendo a jazmin", decía en Juana Azurduy.
En Cantora, su último disco doble que fue una despedida, hace "Canción para un niño en la calle", una versión remozada de aquel poema de Armando Tejada Gómez musicalizado por Angel Ritro. Y una vez más, Mercedes demostró lo que es ser una artista: lo hizo con Calle 13, el grupo de reggaeton de Puerto
Rico, que sumó algunos versos propios. Aquella vieja letra se hace presente en la nueva realidad latinoamericana. La emoción es incontenible. Cómo no conmoverse. Mi sobrino Camilo, que tiene 9 años, se la sabe de memoria. Y ayer decía: "¿Viste que se murió Mercedes Sosa? Qué triste". En su casa, los
discos de La Negra llegaban tan rápido como hubiera uno nuevo. Y en Cantora, ella no sólo convocó a Calle 13, sino que renovando su falta de prejuicios poco común, llamó a Shakira, a Caetano Veloso, a Jorge Drexler. Su palo ya no era el folclore. Hacía mucho que era universal. Porque cuando Mercedes
cantaba "Gracias a la vida", toda la profundidad de los versos de Violeta Parra se hacía más bella.
El año pasado, cantó en Tucumán, durante la cumbre del Mercosur. Le dedicó una versión de Insensatez al presidente de Brasil, Lula, que la aplaudió conmovido. Y ese encuentro entre dos personas que pudieron escribir su propio destino a puro talento y ganas fue, para mí, conmovedor. Es que
Mercedes era un ícono de la cultura popular. Pero no quiero abusar de palabras que durante estos días se repetirán por todos lados.
Al contrario, como todos los grandes artistas, Mercedes Sosa está en el corazón de cada uno como mejor pueda recordarla. Por suerte hay muchos discos para no perderla del todo. Yo me quedo con unos cuantos, no puedo elegir. Ella tuvo una presencia diferente en cada momento de la vida de los que tenemos 40. Cuando era muy chiquita escuchaba en su voz irrepetible estos versos: "Duerme, duerme negrito, que tu madre está en el campo negrito. Trabajando...". También me la cantaban para dormir, por supuesto.
Pero cuando la cantaba ella, al escucharla uno podía imaginarse a esa mujer trabajando en el campo... Y también recuerdo La Carta, porque entonces Gracias a la vida no me parecía tan combativa. Con los años, esa canción se develó en toda su sabiduría pero claro, fue con la voz de Mercedes dándole color a cada verso. Y también me vuelve su voz, hoy, con una canción poco conocida pero muy significativa que en uno de sus versos dice "marrón, marrón por las calles de la villa, por las calles de la villa se me astilla
esta canción".
Por su voz pasaron las canciones más maravillosas, supo darles un nuevo sentido a todas con su sensibilidad. Ella las mejoraba. Y cuando cantaba "Como un pájaro libre, de libre vuelo, como un pájaro libre, así te quiero", uno podía sentir ese llamado a la libertad. Es difícil entender que no habrá discos nuevos, que habrá que conformarse con escuchar una y otra vez los que ya hizo. Ya no volverá a sorprendernos pero tampoco la olvidaremos. Es parte de nosotros.

*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-20496-2009-10-05.html

SU BIOGRAFIA Y LA MARCA DE LA SOLEDAD
“Para mí cantar era una tristeza”*

*Por Karina Micheletto

En la completa biografía Mercedes Sosa, la negra, se lee un relato de Mercedes en primera persona, al que la cantante volvería muchas veces: “Sí, quiero decirlo con todas las letras, resignada ya a que esto nadie me lo pueda creer: yo, toda mi vida, odié cantar (...) Desde afuera comprendo que lo mío se vea como una suerte; para mí ha sido una desgracia. Unos años antes de llegar Matus ya empecé a ser conocida. Me daba cuenta que tenía el don de la voz, pero cantar me gustaba hasta el momento que debía hacerlo para la gente. Y me pasaban cosas muy conflictivas. Ibamos a los casamientos, a los cumpleaños, y mi papá quería que la gente se enterara de que yo cantaba bonito y enseguida a toda costa me hacía cantar. El de la vocación en realidad era él. No comprendía hasta qué punto me amargaba la vida porque después de cantar y de los aplausos ya los muchachos no se me acercaban más, me veían como a una distinta. Para mí cantar era una tristeza porque en vez de acercarme me alejaba, empezaba a quedarme sola. Eso fue una tortura cuando era jovencita, y después también”.
En las entrevistas en las que iba y venía con el hilo que sólo ella elegía para la conversación, imposible de guiar por el entrevistador, siempre aparecía la tristeza, el sacrificio, ésas eran las palabras que usaba. Y, también, la soledad. En el hilo indómito del recuerdo de Mercedes una y otra vez se cruzaban el dolor del exilio, la enfermedad, los meses en cama, el abandono de su primer esposo, Oscar Matus (con el que, siguió declarando hasta el final, no se arrepentía de haberse casado, porque él instaló en ella el compromiso del canto), la muerte de su segunda pareja, Pocho Mazzitelli, que la acompañó durante trece años. Recordaba, Mercedes, y lloraba. Cuando su hijo Fabián era chico y, sola en Buenos Aires, debía dejarlo encerrado en una pieza de pensión para irse a cantar, cuando tuvo que mandarlo a Tucumán con su familia, los abortos que reveló con dolor en la biografía de Rodolfo Braceli.
Mercedes tenía un círculo de afectos profundos en colegas de todo el mundo, eran muchos los que la querían como a una madre, como a una hermana. Pero la soledad y la tristeza fueron siempre una presencia concreta entre sus argumentos de conversación. En sus horas finales, habilitada la cuenta regresiva del circo mediático, quedaron las últimas muecas de los que se dieron cita ante las cámaras instaladas en la clínica, el respeto de los que prefirieron pegar la vuelta para evitarlas. Quedaron las manifestaciones de cariño de su velatorio, los mensajes de amor que inundaron su página web. Y, también, los que fueron borrados, barbaridades como “Ojalá te mueras de una vez, zurda de mierda”. Porque en este país existe gente que piensa así sinceramente –y sobradas pruebas han dado de ello–, es que Mercedes fue de los imprescindibles.

*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/subnotas/132929-42852-2009-10-05.html

DELICADEZA*

Hubo quien me dijo "¡qué hermoso poema te vay a escribir cuando te mueras!". Murió antes que yo, gracias a quien sea, dioses, hados, destino o casualidades. Un cubano me escribió, entonces, a modo de reparación "El poema que otro debió escribir a Mónica". No tiene demasiada importancia si el poema del cubano, que era muy bello, era realmente bello o no lo era. Lo importante es que alguien se tomó el trabajo de remendar el entramado desgarrado.
Algunos gestos previenen el fuego de los cielos, apaciguan las tempestades, calman el galope furioso de las yeguas nocturnas. Como en los legendarios tiempos de Sodoma y Gomorra, hay justos que salvan las almas y, por lo tanto, permiten la persistencia de nuestro efímero universo.

*de Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com

UNCA BERMEJA*

*de Juan Carlos Bustriazo Ortiz.

1

caéme la luna de las derrotas
rómpeme el aire las muchachas
que tengo en las pérfidas sienes
en la derecha costa mirla
bájase otoño de las nieblas
bájate niebla hasta mis muslos
regalaréte lengua ansiosa
hasta agoniarte y fallecérteme
hasta que mi amor póngate en yesca
rómpete taza sin ponzoña
estaráste en qué galladura
en qué preñez en que siga ardiendo
hasta quinientos o tres mil años
ay mi casada de tornasoles
mi algarroba de treinta sombras
entreilusionado no veréme
y en tus trémolos no seré padre
ay mi junca desriñonada
mi descaderada chilca augusta
ni mi partida muy serásme!

21 de otoño

2

en un caldén de agua llovida
anaranjado el quejón llámate
el que tócase el pecho malo
con un ala de rocío puro
nunca jamás habíalo visto
y eso que anduve en dos mil montes
habrá querido que así viéralo
para que oyera que llamábate
ay el quejón anaranjado
pidióme el juan para humanarse
para quejarse loco y pintado
inmóvil en sus regias plumas
he ahí que vino un chingolito
con su arpegio húmedo y verde
y el chingolo dijo tu gracia
desde un molle tirando a triste
y el que rumora "bicho-feo"
hermosamente cantó tu aura
ay en el monte ensangrentado
saquéme ojos porque comieran!

3

y quisimos soplar las aguas
donde el redondo barro písase
pero sonrióse como espejo
tan señora el agua acostada
las caderas azules negras
el ombligo negro claroso
quisimos buscar las gentes
habíanse hecho alas como humo
quisimos salvar los panes
los lingotes de hechura prieta
deshilacháronse sin un ay
en hilillos de barro verde
quisimos los artesonados
los piquillines espejuelones
entredichosos sonreíanse
barrosamente pasó una urraca
con un rosado gusanillo
no sé si un día volverá el sol
no sé si un día bajará ella

-Enviado para compartir por Lucía Cinquepalmi luciaguionbajo@gmail.com

*

Queridas amigas, apreciados amigos:

Este domingo 4 de octubre de 2009 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor mexicano Alejandro Padilla. Las poesías que leeremos pertenecen a Alfredo Pérez Alencart (Perú) y la música de fondo será de Wankamaru (Andes). ¡Les deseamos una feliz audición!

ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!! (Recomendamos usar http://24timezones.com/ para conocer las diferencias horarias).

REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!

Freundliche Grüße / Cordial saludo!

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com
Schießstattstr. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067

*

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01/10/2009 GMT 1

DE LUZ Y SOMBRA / ESPERANZA Y OLVIDO...

urbanopowell @ 03:14

Decisión*

Estoy al borde del precipicio de tus ojos

siento que balanceo el cuerpo.

Mis pies descalzos sufren las púas de las piedras,

mis manos sangran, apretadas, tensas.

Hay en mi pecho un golpeteo de tambor rojo.

Baña mi boca un sabor a flores, a vida, a miel.

Y me duele mirarte

y no quiero.

Pero el huracán me empuja.

Y me dejo caer blandamente.

*de Elsa Hufschmid elsahuf@yahoo.com.ar

DE LUZ Y SOMBRA / ESPERANZA Y OLVIDO...

Giro astral*

Astral,
exenta de vientos y sonidos
me vuelvo cuarto creciente,
satélite en tus tormentas.
Giro sensual en torno a tus eclipses,
te sostengo en el relieve de mi pelo
sin ahogar tu grito, aunque duela.
Sirena plenilúnica de pasiones
descubro ante vos mis dos rostros:
de luz y sombra / esperanza y olvido.

*de Patricia Ortiz lacajadepandora@gmail.com

1. Esperando al plomero*

Desde el instante en que cayó al inodoro el maldito soporte plástico de Glade, en el mismo momento en que Pedro activaba la cisterna, sincronismos si los hay, todo se volvió bruma en la vida cotidiana.
Todos aquellos actos que hasta allí habían sido íntimos y recelados, se transformaron en un aviso público, comentado en su antes, su durante y sus inexcusables después.
El excusado había dejado de serlo gracias a la conjunción de una torpeza y la utilización de materiales posmodernos, que, a diferencia de la fluidez y la perentoriedad de la tan mentada revolución blanda, se estancaba incólume, perenne e indestructible entre el hacer y el deshacer.
Yo había leído a Slavoj Zizek y su interpretación de lo sublime en el sentido doble de lo duradero y lo latente, sus paralelos entre el objeto a del psicoanálisis y la plusvalía del marxismo, pero nada decía de lo inalterable de un soporte plástico atrancado y sus consecuencias en los estados de ánimo.
También había leído a Jung y sus concepciones sobre el sincronismo y tampoco hablaba del Glade.

Al principio fue el estupor.
Era un diálogo silencioso entre los bellos ojos chocolate de Pedro y mi cara de idiota infortunada.

Le siguió el reproche inevitable: ‘¿Cómo podés ser tan pelotudo?’
Sus ojos encendidos mezclados con una risa que no se atrevía a romper fueron más poderosos que mi fastidio.

Empecé por buscar la sopapa, sabiendo de antemano que sería inútil, pero como toda mujer formada en el cientificismo debía atravesar los pasos previos ineludibles para comprobar o desterrar las hipótesis.
No funcionó.
Seguí por la búsqueda de unos alambres con la forma óptima para estos menesteres.
No existen.
Decidí frente a mí misma que era capaz de desarmar un inodoro, recibí instrucciones hilarantes por correo electrónico y mensajes de texto, entrecortados e indescifrables, inmanentes a este período posmoderno tan incompatible con el plástico indestructible.
Empecé a buscar las herramientas y encomendé a todos mis ex maridos a que se les tape el tanque de nafta con todo aquello que se encontraba depositado ahora en el retrete.
Lo doloroso de la partida de los maridos es que se llevan las herramientas, la máquina de cortar el pasto y las prestobarba que sirven para depilar los pulóveres cuando se hacen pelotitas.
Fue allí que entré en un episodio depresivo y melancólico que friccionaba con la pregunta reiterada de mis hijos, ¿Y Ma, llamaste al plomero?
Yo estaba paralizada en mi mundo de lamentos y reproches retroactivos, hacia mí misma, cómo puedo permitir que me extirpen mis costados masculinos y quedarme así, tan inerme, tan mujer, yo sola con toda esta mierda.
Después de casi tres días de vulnerabilidad extrema, vi por el ventanal que, por fin, llegaba el plomero.
Mi salvador, mi desahogo, mi solución, en su coche viejo, pero con el tanque, seguro, lleno de nafta para llegar a estos parajes.
Alguien que era capaz de revolver la mierda para enfrentar los problemas y encontrar una solución; que yo lo llamaba y obedecía al llamado; qué no preguntaría qué había pasado sino que estaría presto a hacerse cargo, por la módica suma de treinta y cinco pesos, mucho más barato que cuatro asados de domingo, cremas de afeitar y cajas de preservativos.
Al abrir la puerta le dije ¿Ves por qué las mujeres siempre se van con el plomero o el electricista?, porque los maridos no sirven para nada.
El pobre tipo me miró con desconcierto más que con ganas de una cana al aire, pero no me animé a decirle que ni marido tenía, ni herramientas, ni conocimiento y que, al final, era una estúpida mujer dependiente, que se ahogaba en un tocador.
La fantasía de arrojarme a los brazos del plomero como una amante furtiva que sólo requeriría que le mantengan los caños destapados se diluyó en un mensaje de texto que recibí matuvehoralibrevoyacasa.
Mi otro hijo no había tenido historia ni geografía y estaba llegando para almorzar.
Pensé en la relatividad de la palabra ‘libre’, nunca equitativa, compartida ni equiparable.
Libre, ¿para quién?
Quise decir, de pronto, ¿por qué no se van todos a cagar?
Pero en esta oportunidad, no venía al caso.

-28 de septiembre de 2009.-

2. Cambios*

Veo el inodoro despejado después del paso del plomero. Los pisos limpios, la luz tenue del pasillo encendida, la casa nueva.
Pequeña sí, pero nueva.
Nueva para mí y para todo el dolor que he dejado tirado y apilado en las otras.
Mi hijo estrena sus diecisiete años conciliando el sueño después de un intenso y eterno abrazo entre él y yo, que dijo todas las palabras postergadas por las dudas en tantos momentos azarosos.
Tuvo miedo.
Y yo también.
De no saber si las rencillas cotidianas y pequeñas superpuestas con las grandes decisiones, habrían formado, silenciosas, una hendidura que nos impediría afirmarnos uno en los brazos del otro.
Mientras yo intento escribir, él ya duerme, lo siento respirar y me serena.
La vida es esta sola, Juan, y nos equivoquemos o no nos equivoquemos se termina igual, pensé en decirle mientras me iba acercando a esa respiración que me detuvo en el intento y me obligó a darme cuenta de que quien estaba inquieta era yo.
Habían sido más feroces mis silencios para mí misma que todos los posibles mutismos prudentes entre él y yo.
Su abrazo me había devuelto el cuerpo y, a él, el sueño templado.
La casa resplandece. Todos duermen.
La gata no ha parido pero su pelo brilla de expectativa.
Los malvones, la madreselva y los fresnos han soportado el viento del sur y han sobrevivido a la sequía.
El vecino de en frente ya guardó su catango y hasta las siete y media de la mañana no volverá a atormentarme con sus ensayos de arranque.
Los perros ya se han rascado toda su sarna y encontraron su reposo en la salida de los calefactores.
Cosa que siempre pienso, si yo fuera perro, allí pasaría mis noches.
Nunca sé si despertaré mañana pero sí sé que he dicho lo que jamás podré volver a decir.
Y si no pude decirlo, lo regalé en el abrazo más bello que jamás he sentido.
Pues bien, si despierto, mañana será otro día.
Pero otro día de verdad.

*de Lucía Cinquepalmi luciaguionbajo@gmail.com

LA CLUECA*

Anita esperaba junto a su amiga,en aquélla muy sugestiva sala de espera.

***

Había nacido en un pueblo alejado del Gran Buenos Aires,con las ventajas y desventajas que ello supone.
Mientras esperaba su turno se sumergió en los recuerdos de su niñez. El más nítido y querido que rescataba era el referente a las "cluecas" Sí , a las cluecas. Era todo un rito "echar" una gallina. Previamente se había seleccionado entre gallineros vecinos, el mejor gallo. Mejor quería decir, el màs grande, el más fuerte, el más hermoso. Sumamente importante el gallo en cuestión. Su mamá le mostró la "galladura" en los huevos de las ponedoras, parecido a un ojito pegado a la yema. Sin ese ojito, no hubiese sido posible pollito alguno. De allí la placentera y útil función del gallo.
Algo que recordaba con placer, era el ahínco con que su mamá elegía la clueca... entre las buenas madres, decía, a las otras, ¡pobres!, un buen baño de agua fría y a otra cosa.
A la elegida le preparaba un nido con pasto limpio y seco. Los huevos eran tambien elegidos concienzudamente y después a esperar ventiundías.
¡Que larga le parecía aquella espera!

***

Entraba al gallinero detrás de su mamá y ella efectuaba una proeza a la que nunca se atrevió por temor al "picotazo", consistía en introducir la mano debajo de la gallina y retirar de a uno los huevos y ¡he aquí el milagro!: llevaba éstos a su oído y luego a el de Anita...¡Dios! que sensación inefable,
se escuchaba nítida y misteriosamente al pollito que deseaba nacer; pic pic, picaba desde el interior de su encierro...y cuando nacían, eran un puñadito de alegres colores.
Jamás había visto madre tan abnegada; escarbaba la tierra y cuando aparecía una pobre lombríz, no la tomaba para sí, llamaba de una manera muy peculiar a sus pollitos y les ofrecía el sacrificio de aquélla,en aras de alimento para sus buchecitos. Es así que Anita guardaba un tierno y especial recuerdo hacia las cluecas.

***

En pocos días cumpliría diez y siete años y hacía dos que estaba en la capital trabajando como doméstica. Quiso así ayudar a capear el temporal económico que se abatía sobre su familia.

***

La voz de la amiga la trajo a la realidad .--Ana, bajá.-¿hacia donde te fuiste?-.
Y...sí, se fugó hacia los recuerdos inocentes y felices de su cercana niñez.
La amiga se impacientó.
-¿Y,ché,entramos o no,o te vas a clavar con un críosola y tan joven?- porque...-¿él se fue, no?-
-Entrá, ésta señora sabe lo que hace-.
Anita sonrió y ante la perplejidad de la amiga, acariciándose la "panza" con inmensa ternura, respondió:

-No, no voy a entrar, el gallo ya no cuenta.
No voy a entrar...quiero "sentirlo" picar.

*de Matilde Lopez Camelo caminandosignosfm@hotmail.com

La lección del caimán*

*Por Adrián Abonizio. abonizio@hotmail.com

Juntábamos las lagartijitas en las vías, que era el lugar más factible para detectarlas. Entre el pedregullo de los durmientes; por allí corrían y si uno andaba atento, las descubría para luego tras una persecución caprichosa que incluía marchas y contramarchas, capturarlas en cuanto se quedasen
quietecitas, ajenas a la mano, que como la tapa de un sarcófago les caería desde arriba para quedarse mansitas, aterradas. Lo hacíamos por depredación y porque algunos las mantenían en sus peceras secas con arena. Duraban poco, es cierto, pero era normal que se muriesen: no se había inventado una casa
artificial para ellas: o era la libertad entre el trajín de las ruedas de hierro o la mano sucia de algún pibe para llevarla encarcelada donde inevitablemente morirían de hambre, o sed o furia contenida en sus cuerpecitos hermosos de plata y pintitas negras. Yo sabía que era más bello verlas moverse libres escandilando a los mismos ángeles que tenerlas allí, abatidas, con los ojos quietos de terror mirando la nada contra el vidrio.
Pero a la perfección había que envasarla, era la costumbre, durase lo que durase. No conocíamos ni nos habían enseñado otra cosa. No era matar, hacer el daño, era tratar de conservar algo de la plenitud fosfórica de sus cuerpitos alucinantes y por el tiempo que fuese espiar al cosmos viviente, admirativos y sin culpa alguna. Café claro, con grisados perfectos ventrales, azulinas otras, leves naranjas en el lomo las menos. Una mañana de sábado capturamos una más gordita que al rato frente a nosotros, ya presa
en la cajita de cartón, empezó a largar hijitos. Seguro los traía ya consigo enganchados en algún sitio y no los vimos. Una nidada alucinante. Eran tenues, casi transparentes, movedizos y del tamaño de un fideo chico. Nos quedamos maravillados. Transportamos la cuna de cartón hasta bajo el gran paraíso, sitio de descanso y reunión. Las contamos. Eran cuatro, perfectas, rosaditas, las patas enormes en proporción a sus cuerpitos. Sin hablarlo, la cosa cambiaba: una cosa era capturar un ser y otra muy distinta cinco, madre incluida con riesgo de muerte inmediata. Perecito dijo devolverla al lugar.
Otro que no, que se la iban a comer los gatos o los perros. Otros que éramos unos boludos. Y fue el primero que cuestionó la jerarquía cinegética que creíamos poseer y sobre ella reinar. Nos avergonzó, pero nos movimos rápido.
La llevamos a Diego, el de la veterinaria que pelaba perros. El nos desagradaba pero constituía la palabra pertinente en el asunto. Alto, cabeza de cepillo, granoso y el ambo verde. Fumaba como una chimenea, mientras acariciaba distraído un conejo blanco que tenía el morro lastimado. Nos dijo
que éramos unos pendejos y que quien nos mandaba a meter la mano donde no nos correspondía. Diego era loco, famoso por sus trompadas y ermitaño.
Llévenselas a sus mamis para que las hagan asadas, pelotudos, tiró. Como no se pudo resolver el enigma, un poco humillados y en pleno centro de Echesortu, sencillamente las dejamos en un umbral y tras tocar el timbre huimos por Tres de febrero. Llegó el mediodía abrasador y paramos en el pasillo de los Chenevier a tomar agua: por el vidrio roto asomaba la cabezota del caimán un lagarto overo más austadizo que feroz que tenían ellos en su patio y vigilaba, lento, las inmediaciones. Imaginamos su
dentadura entre nuestros huevos. Alguien lo gritó y nos corrió frío por la espalda. Nos volvimos acordar del cajón de zapatos. "Madre y cría", alguno emitió.. Y era la primera vez que le poníamos categoría social al crimen. En Canal 5 daban Espartaco y su búsqueda de libertad nos recordó el secuestro:
la fuimos a buscar al umbral entonces. Estaban tiesas, como congeladas, las cinco. Corrimos hasta lo de Chenevier, el veterinario del zoológico: en su bondad científica nos perdonaría y las habría de salvar. Era la siesta y nos atendió manoteando los lentes, en calzoncillos. Su hijo acariciaba al caimán que descubrimos tenía la pata enyesada. Están muertas, muchachos, Todas. No las deben sacar de sus casas que son las vías. ¿Ven a ese lagarto? Se lo decomisamos a unos tipos que lo usaban para magia con collar de ahorque, pobrecito. Lo estamos salvando de a poco. Al rato andábamos entre los rieles, el lugar del crimen. Nadie quería jugar ni nada. Con el atardecer encima, hartos de nuestra estupidez, asqueados del homicidio apedreamos el portón de Diego, como para hacer algo, como para salvarnos y convencernos
que nunca fuimos ni éramos espartanos, sino infantiles reyes idiotas que le bajaban el pulgar a las viditas que poblaban la arena caliente.

*Fuente:http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-20428-2009-09-30.html

*

Cansada de la impiedad de esa mujer, rompió los espejos.

Despechada*

Le costaba admitirlo porque nunca fue rencorosa, era cierto estaba
despechada. Después de la ruptura se le habían quedado los pechos en la boca y las manos de él.
Tenía que ver cómo hacer para que volvieran.
El alma sin ellos que la cobijaban quedaba demasiado expuesta.

*Textos de Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar

Hasta siempre*

Cuando Rosario despertó creyó que seguía adentro de ese sueño que la acompaña cada tanto desde niña. Abrió un ojo entre ruidos de alas de palomas que buscaban ventanas donde recibir el sol tibio, de una mañana de otoño. Era un sueño realmente tortuoso, ella bajaba escaleras estrechas y mal iluminadas, apenas guiada por una leve luz, quizá una candela que parecía estar unos escalones más abajo, pero que no dejaba de alejarse, se sentía siempre al despertar haciendo el recorrido por una torre de babel, pero no hacia un cielo libre, sino al fondo de la tierra, quizás a su más temido infierno. Es curioso, nunca en el sueño amagaba dar media vuelta y volver sobre sus pasos, dejar de bajar infinitos peldaños de cemento, casi a oscuras buscando una luz que se extinguía o se alejaba cuando ella más cerca creía estar. Quiso salir con alguna ironía, y solo recordó una frase atribuida a Jorge Luis Borges, que leyó hace un tiempo en el suplemento cultural de La Jornada, "todos somos no videntes, yo soy ciego", y pensó si no era justamente eso lo que ella vivía en ese sueño repetitivo, un andar a ciegas sin saber a ciencia cierta a donde iba ni para que....
Trato de olvidarse de la angustia que acompañaba su despertar después de cada vez que soñaba su descenso por las escaleras oscuras, volvió a la noche anterior, su deambular por el lobby del hotel, su indecisión expresada en cada paso... salir a cenar en una mesa de soledad entre miradas desconocidas, comer en el salón comedor del hotel en la misma situación.... pensó que seria más ella comiendo en su habitación, como lo haría cualquier mujer que ha quedado sola por las ocupaciones de su pareja, -a esta hora Daniel esta volando a Mendoza, pensó, quizás le sonríe a una azafata rubia con ojos de cielo casi mar y le pide la segunda medida de whisky. Mañana temprano organizara la agenda y luego me llamara al celular. Quizá ordene un ramo de rosas amarillas y rojas para que las reciba a primera mañana en la habitación, -para hacerme sentir su presencia después de una noche sin sentir su cuerpo cercano al mío....
Ella pensó en esta cierta dependencia en los negocios que Daniel tiene con los hoteles Hyatt que lo hacer viajar tanto por el mundo, con ella inclusive cada tanto.... recordó la luna de miel en el hotel Regency de Mérida, donde por suerte no hubo reuniones ni llamadas al celular, ni videoconferencias, ni nada de las cosas a las cuales había terminado por resignarse, tanto como a la ambición de dinero de su marido, en fin, son tres años de "matrimoño" como ella les dice a sus amigas, y en pocos años no quedan ilusiones y cada uno es como es.... alguna emoción le surge cuando aparecen las imágenes de las últimas vacaciones en el Hyatt de Casablanca, ese pueblo increíble, otra cultura... esa caminata que hicieron por callejuelas fue una aventura, Daniel la llevaba tomando fuerte su mano izquierda, con su mano derecha transpirada de emoción o de percepción de peligro, esa pregunta a los turistas franceses, la búsqueda del bar de "Rick" Bogard...
Cuando volvió al aquí y ahora, estaba casi en el mismo sitio y sintiéndose seguramente observada, expuesta, en su inseguridad. allí mismo busco al conserje y pidió una carta para cenar en su habitación , el conserje le dijo que hoy el principal chef del hotel esta sirviendo sus platos personalmente, que podría elegir tranquila en la habitación y luego de una módica espera de una hora recibir el menú.
En el ascensor, pensó si el chef sería ese hombre de uniforme blanco, casi como se visten los doctores de los hospitales, pero con ese inconfundible, hasta ridículo, gorro colorado.
Piso 12, habitación 1223, entró, una leve brisa modela fantasmas en la cortina de la ventana que mira al río. Decidió ponerse cómoda, una ducha caliente, salir goteando por la alfombra y secarse sobre la cama, ahora las medias cortas, el portaligas y esas bragas minúsculas que compro en el último viaje a Madrid, apenas una tira que deja ver sus glúteos firmes y salientes, los que las amigas mexicanas siempre le envidian... Laura, su amiga escritora le dijo una vez que le cambiaba su don por las palabras por tener un par de meses esa cola que hacia girar a los caminantes, y distraer a los conductores.... hasta sintió culpa en aquel choque, cuando el conductor del Seat se llevo puesto a un autobús detenido en el semáforo.
Ella se río, mucho, pero mucho con la ocurrencia de la Esquivel y le dijo que con gusto le cambiaba sus hermosas asentaderas por el talento de escribir un libro como "Íntimas Suculencias", su tratado filosófico de cocina, y pensó para adentro que la comida es lo único que te da placer al menos dos veces al día... (Que exagerada, esta Laura... como si fuera el culo de Jennifer López...)

luego se coloco su salida de cama sin molestos corpiños, su bata es casi un tul transparente bordado de infinitas alas de mariposa, y ella adentro casi como una crisálida con alas de noche plegadas.
Prendió el televisor de fondo, mientras miraba la carta empezó a reírse de los nombres de los platos del cocinero estrella el "chef Kabuki":

- Kanikama deconstructivo.
- Sake Confucio.
- Sushi a la Nietzsche.
- Chop - suei Socrático.
- Canelones a la Marx y Engels.
- Ñoquis gratinados con salsa Zizek.

y se detuvo a carcajadas en "Salmón Savater", quizá por que esa tarde había estado en la feria del libro de Buenos Aires y se había comprado "Los diez mandamientos en el siglo XXI". Bueno, el salmón Savater no es otra cosa que Salmón rosado de Chile, cocinado a la crema y servidos con champignon y papas noce, bueno vamos a probarlo, toco las teclas: 2, 4, 9... -puede enviarme a la suite un servicio de cena con servicio a cargo del chef...? , si, 45 minutos, Salmón Savater por favor, sin vino, solo hielo, agua mineral y ensalada de frutas de postre. -Hoy voy a tomarme el Cabernet Sauvignon que compre en la feria de vinos de Firenze.
Movió el control remoto por los canales de aire de Buenos Aires, se quedo con Susana Giménez, el programa de mayor audiencia esta hora, que bárbaro se dijo¡¡¡¡¡, todo es dinero aquí.... todos los participantes se acercan por premios en dinero o especie, un bingo, niños que llevan mascotas, incluso sapos y arañas.... ( Nueva risa que hace eco en la soledad de la habitación ) al pequeño participante se le ha escapado la tarántula del frasco y Susana Giménez escapa a la velocidad de una gacela seguida por las cámaras...
Ahora Susana llama a personas que han pagado por insertar su numero de teléfono en un enorme recipiente que desborda papelitos pequeños.... teclea, sonido de llamada...
-haayyyy.... Susana, sos divina, le pedí tanto a Dios que me llamaras....
-Como te llamas?
-Malena... , le pedí tanto a Dios por que lo necesito tanto....
-Bueno, detrás de que casillero están los 24.000 pesos...., el 23
-No querida estaban , en el 44, pero te llevas una cafetera y 1000 pesooos.
"No invoquéis mi nombre en vano", pensó Rosario siguiendo mentalmente la relectura de los mandamientos por Savater.

***

José, subía en el ascensor con el servicio exclusivo cena servida por el chef pedido por la habitación 1223, todavía se reía solo con las graciosos ademanes de los italianos, había tenido que compartir un par de rondas de vino para no ofenderlos y escuchar sus comentarios altisonantes y los ademanes que hacían sobre las maravillas que veían en las calles, mujeres argentinas, turistas brasileras.. El siciliano, estaba totalmente sacado, decía que no se iba sin "fatare una nigra"..
Ya estaba en el 12....

Rosario apago el televisor y volvió a escuchar a Luis Miguel, casi no escucha el timbre y presurosa cierra su bata por pudor y atiende la puerta con un seco y corto adelante señor...
es el mismo ? la ropa blanca el sombrero colorado que debe cuidar por su altura en cada marco de puerta, el gran Chef Kakuki es más bien alto, tiene incorporado torcer el cuerpo hacia adelante y agachar un poco la cabeza para que su gorro pintoresco de chef no caiga en cada umbral y demuestre sus pelos negros ya encanecidos.

El hombre, recibe sin duda el impacto, ha llevado el menú a una habitación de las más exclusivas del hotel, con doble ventanal, dos baños, un estar comedor separado de la cama matrimonial por una arcada, amoblada por finos muebles de roble de estilo antiguo.
La mujer que ve José es sin duda inquietante, no solo por su desnudez apenas cubierta por una especie de bata, una larga y vaporosa transparencia que cubre su cuerpo hasta la desnudez total de sus tobillos y pies menudos hundidos en la alfombra color rojo fucsia.
Esta mujer morena, de pómulos salientes y ojos pequeños, negros brillantes, quizá sea extranjera, aunque su tono de voz no es abierto, quizá sea nativa de algún punto de Centroamérica... pero no se animo a preguntar y menos a mirarla demasiado..., el servicio de chef llega en un carrito que incluye una pequeña hornalla a gas para regular la temperatura del plato al de servirse, una conservadora de bebidas, hielo, cubiertos, todo queda en la habitación hasta la mañana siguiente... es ideal para una cena íntima y sin apuros, sólo cortada por impulsos del deseo y la palabra.

Rosario, ve preparar la mesa a ese hombre fornido y callado. En una de sus momentáneas ausencias recuerda el poema de su amiga Laura

"Qué lejos estoy del suelo donde he nacido
inmensa nostalgia invade mi pensamiento,
y al verme tan sola y triste cual hoja al viento
quisiera llorar, quisiera morir de sentimiento"

así se siente ella, como una hoja al viento en este destemplado otoño argentino, con lluvias y cielos oscuros, cerrados...

José ha concluido las instrucciones, la mujer lo observa desde el fondo de su mirada penetrante, el sigue evitando recorrer su cuerpo con alguna mirada, algo pueda abrir grifos de deseo en este, su lugar de trabajo.
Cuando casi no queda nada por decir sino, "buenas noches, señora, que disfrute su plato", la mujer ha girado y mueve su silueta trasparente, casi de aire, hacia la ventana angosta que mira al río...
José. puede ver los movimientos de su cuerpo por debajo del tul, el contorno de sus piernas altas y flacas y su movimiento que parece el de una modelo en la pasarela, pero más lento, como la quietud de un enorme trasatlántico en la proximidad de amarrar al puerto.
La ventana este es más bien estrecha, casi un mirador individual, unos 70 u 80 centímetros por un metro y medio de alto, la mujer recuesta levemente su cuerpo sobre el umbral de madera lustrada, saca su cabeza al viento y lo llama:
-Por favor, puede contarme algo de este paisaje....
José se acerca recorriendo la figura de la mujer, la ve casi recortada contra un cielo inmenso de estrellas, imagina incluso que su cuerpo es apenas una ilusión absoluta, un producto de su imaginación como cuando en su niñez se tiraba en el pasto de la chacra de su abuelo e inventaba figuras uniendo estrella con estrella, claro que eran otras figuras, siempre volvía con el parte de sus figuras encontradas al regazo de la abuela Anita: vi dos leones con melenas, una jirafa enorme cuyo cuello cruzaba todo el cielo y la cabeza se perdía en el sur, detrás del monte oscuro... un hipopótamo blanco, una tropilla de alazanes....
La abuela no le creía demasiado pero siempre decía, -con esa imaginación vas a llegar lejos josecito....
José se acerco a la ventana quedando al lado, casi atrás de la mujer para no cortar su visión...., ¿cómo describir esto? Toda la orilla de la ciudad contra el río se podía ver desde allí, un río iluminado por una luna plena, las luces de los faroles de la costanera , mas lejos aun las curvas de San Isidro, apenas una intuición sobre el Delta, no importaban sus palabras textuales.. Ella le preguntaba una y otra cosa, como si quisiera que ese momento no termine más que él no se vaya de allí. Como un río llamado por las mareas, ella empezó a ondular su cuerpo, a soltar el movimiento de sus caderas siguiendo, transportándose con el "contigo en la distancia" de la voz de Luis Miguel que llevaba su magia por los aires, se confundía con las luces y los sonidos de una ciudad cada vez más ausente. Y ella movía sus caderas, lentamente, la fusión de la palabras y paisajes había acercado su cuerpos a un leve roce, apenas una caricia de los glúteos de Rosario en la zona erógena de José, recién allí él se permitió descender con la mirada desde el perfil del rostro de la morena y bajar por sus cabellos que como ramas de sauce descendían por su espalda... no pudo evitar ver su cuerpo, su cola apenas cubierta del tul traslucido y una delgada línea negra de encaje por ropa interior. José apenas podía atender las señales de peligro de la conciencia, una transgresión en su lugar de trabajo le podía costar el empleo y sus ingresos relativamente altos de Chef principal de un exclusivo hotel.
Rosario tampoco podía pensar, solo dejaba llevar su cuerpo y seguía escuchando la palabra de ese hombre que le hablaba con una voz pausada desde atrás de su pelo, casi como una voz interior...
José, dejo de mirar el cuerpo de Rosario y elevo la mirada, la noche clara de estrellas lo transporto a La cocha, San José de La Cocha para ser más precisos su pueblo Tucumano, las noches con el cielo estrellado cayendo sobre el mundo, y él de espaldas al pasto soñando despierto... La Chacra del abuelo y sus frutales, el otoño era primavera y los frutales estaban florecidos, los duraznos y manzanos reventaban en flores y derramaban aromas de celo, sus 16 años, su crecer de golpe cuando Papá se fue y no volvió...
Y aquella, la primera vez con Mariana, su amiga de la infancia de la Chacra de los Enrique, ella que se colgaba de las ramas bajas y lo apretaba con sus piernas en tijera por la cintura, él levantando su pollera a cuadros y embistiendo como un toro, entrando, llenándola de leche...
Cuando bajo la vista se dio cuenta que estaba definitivamente perdido, que sus brazos abrazaban a la hermosa desconocida, que su pene plenamente erecto jugaba al mismo vaivén de ese hermoso culo.... ya no era él, José, sino un macho entregado a su instinto... Rosario, se giro, le coloco sus manos en el cuello de él y se fusionaron en un largo beso hasta perder el aire y olvidarse de la ventana y el paisaje de una ciudad anónima muriendo en sus orillas.
El la alzo con sus manos sosteniéndola desde la cola, como a Mariana, aquella vez, ella cruzo sus piernas abrazando su espalda, cerrando con un candado de talones desnudos a la altura de su coxis. Así estuvieron , largo rato, perdiendo el aire, danzando a Luis Miguel... ella abandonando pisar el suelo, sin querer pisarlo nunca más. Él sintiendo que los pechos de ella le perforaban el pecho y le hacían sangrar hasta el corazón....

Hasta que llegaron al borde de la mesa y ella dejo caer lentamente su espalda, dejando sus pelos como centro de mesa. Allí estuvieron, él empezó a penetrarla, a golpear con fuerza y lejanamente oír gemidos y un -más...., más..., con el segundo orgasmo la llevo a la cama, en los aires, sin salirse de adentro de ella, allí siguieron como una eternidad, hasta que descubrió que el sueño los vencería.... -Me tengo que ir.... sos una hembra hermosa, dijo José, Y Rosario que ni siquiera dijo que se llamara Rosario ni tuvo tiempo de inventarse un nombre de fantasía para su aventura. Hubiera querido decirle: -me sentí plena, la mujer más deseada del mundo. Pero guardó silencio.
Se acomodaron las ropas sin quitarse la mirada, y después de un silencio que podría haber significado "hasta siempre", él cerro la puerta y se fue.

*de Urbano Powell. urbanopowell@yahoo.com.ar
-Texto del año 2004-

¿Qué hago ahora?
(o Dónde pongo lo hallado)*

*Silvio Rodríguez

Dónde pongo lo hallado
en las calles, los libros, las noche,
los rostros en que te he buscado.

Dónde pongo lo hallado
en la tierra, en tu nombre, en la Biblia,
en el día que al fin te he encontrado.

Qué le digo a la muerte tantas veces llamada
a mi lado que al cabo se ha vuelto mi hermana.
Qué le digo a la gloria vacía de estar solo
haciéndome el triste, haciéndome el lobo.

Qué le digo a los perros que se iban conmigo
en noches pérdidas de estar sin amigos.
Qué le digo a la luna que creí compañera
de noches y noches sin ser verdadera.

Qué hago ahora contigo.
Las palomas que van a dormir a los parques
ya no hablan conmigo.

Qué hago ahora contigo.
Ahora que eres la luna, los perros,
las noches, todos los amigos.

(1969)

-Enviado para compartir por Verónica Capellino veroaleph@hotmail.com

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"Del derecho y del reves de la memoria"
Octubre

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Citado por Primo Levi en “Los hundidos y los salvados”

Lunes 05/20:00
“Miseria: ¿en que sentidos? Una aproximacion al mundo metaforico animal en la obra de Victor Hugo”
David Fuks, psicologo, docente, escritor, editor.

Lunes 19/20:00
“Miserias y memoria. Una aproximacion a la zona gris humana”
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Creadora y responsable del ciclo: Ps. Laura Capella, psicoanalista
Lunes 20 hs.
Entrada libre y gratuita
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Auspician:
· Facultad de Psicologia, UNR
· Colegio de Psicologos de la Prov. de Santa Fe, 2da Circ. y su Foro en Defensa de los Derechos Humanos (FODEHUPSI)
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