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BITÁCORA DE UN SOCIÓLOGO FRACASADO

Archivo: Noviembre 2009

28/11/2009 GMT 1

SÓLO UNA ANORMAL CURIOSIDAD...

urbanopowell @ 12:57

EPÍSTOLA BREVE*

Al Pequeño Príncipe

No hubo aves viajeras,
Ni geógrafos trasnochadas.
No conociste la ingenuidad de los reyes…

Hubiste de permanecer en tu asteroide
Contemplando orugas,
Tan lejos de los ángeles del camino.

Ignorante del cantar del pozo,
Del amor del zorro,
Del beso de la serpiente.

De cascabeles, risas, faroleros,
Cáscara vieja abandonada,
Cazadores y astronautas.

No conociste la nostalgia por tu rosa:
Todo porque el aviador huraño
Ignoró aquella tarde tu pedido.

*de Marié Rojas.
(2003)

SÓLO UNA ANORMAL CURIOSIDAD...

Escritor con alas*

A Julio Cortázar

Mi juego preferido: la rayuela
mi poema: una caja con palabras
mi mujer: la de siempre -compañera-
mi color: el marrón de su mirada

mis sueños: desterrar a gobernantes
mis frustraciones: muchas -demasiadas-
mis placeres: amigos guitarreando
mis deseos: sanarme con tus cuentos

mi historia: confusa -dura- valerosa
mi animal: una gata bien mimosa
mi dios: la vida -un pueblo unido- una caricia

mis camaradas: poetas de La Marcha
mis pesadillas: la codicia -el vicio- el terco olvido
mis carcajadas: tus Cronópios y tus Famas

-De Poemas de amor para una olla vacía, ediciones madera y verso, año 2008

*De Luis Reynaldo Vilchez lasopapaliteraria@yahoo.com.ar

LA NUTRIA Y EL GATO MONTÉS*

Orgullosa de su capacidad productiva, la joven nutria aseguró un día al gato montés que podía ella pescar muchos más peces de los que pescaba, y que si se conformaba con sacar sólo los que necesitaba para su consumo familiar, era porque al resto no sabría dónde guardarlos. Dijo que le daba lástima tener que desperdiciar tanta riqueza, pero que todavía le parecía mejor dejar vivos los peces, antes que tirarlos.
¡”Cuanto lamento –dijo- no poder guardar algo de lo que hoy podría economizar, para tenerlo cuando la vejez me impida seguir pescando..”
El gato, al que le gusta el pescado pero no quiere mojarse, la estaba escuchando y se le iluminaron los ojos: rápidamene le hizo una propuesta:
-¿Podría usted sacar del río los peces sin matarlos?
-Sí señor- dijo la nutria.
-Entonces hagamos un negocio. Yo conozco un muy buen vivero natural, escondido entre las rocas, y que no pueden ver otros pescadores. Me comprometo a llevar allá todos los peces que usted me entregue vivos y allá se reproducirán tanto que, cuando la vejez le impida trabajar, tendrán usted y sus críos peces a pedir de boca para el resto de sus vidas.
_¿De verdad se reproducirán tanto?
-Y cómo no – contestó el gato con entusiasmo Ni Cristo multiplicó tantos peces, creamé.
La nutria quedó embriagada por la ilusión de tener muchos peses de reserva, y creyendo en las promesas del gato, empezó a entregarle cada día el más lindo de los que sacaba. El astuto gato se lo llevaba monte adentro y se mandaba unos almuerzos que ni el rey.
Cada día venía el gato y la nutria le daba el mejor y así cada día, cada mes, y un año y otro y otro.
Cuando se vino vieja, la nutria, ya cansada de pescar, quiso ir a conocer el dichoso vivero de su socio el gato, y va al monte y lo encara al gao y le pregunta:
¿Dónde queda el vivero? Los quieo ir a ver ahora.
-Y ...ahora no porque qué se yo y qué se cuanto...
La nutria esperó y otro día va y le pregunta: ¿Y ahora?
No, ahora tampoco... porque esto y lo otro...
-¿Y mañana, tempranito?
-No, que lástima, porque mañana me va a doler una muela... pero ya otro día vamos y le muestro.
-¿Y pasado mañana?
_-Pasado mañana no puedo porque justo tengo otro compromiso y …
La nutria dejaba pasar unos días y le volvía a preguntar por el vivero.Y el gato siempre le salía con vueltas y pretextos, hasta que cuando no pudo inventar más excusas, desapareció.

Demasiado tarde la nutria se dio cuenta de que cuanto más fuerte es el interés, menos seguro está el capital.

*de Rubén Vedovaldi. rubenvedovaldi@netcoop.com.ar

Hacete el loco*

*Por Juan Forn.

En 1937, la revista Life preparaba un largo artículo sobre Einstein y encargó a Lotte Jacobi que fotografiara al genio en su nuevo hogar norteamericano. Como Einstein y tantos otros integrantes de la
intelligentzia alemana, la Jacobi había llegado al Nuevo Mundo huyendo del nazismo y sus primeros trabajos en Nueva York consistieron precisamente en fotografiar a esos expatriados. Pero cuando llevó las imágenes de aquella sesión informal a Life, la revista las rechazó, argumentando que las fotos
no mostraban a Einstein "suficientemente digno". Jacobi se encogió de hombros y se limitó a decir: "Mi estilo fotográfico es el estilo de la persona que retrato". Einstein adoró la anécdota y la repitió muchas veces a quienes lo visitaban en su casa y veían la foto en cuestión, enmarcada y colgada en la pared.
Las relaciones de Einstein con su país de adopción estuvieron marcadas por esta clase de equívocos desde su primer intento de visita, en 1919. Einstein enfrentaba por entonces un complicado divorcio de su primera esposa, la serbia Mileva Maric, a quien llegó a ofrecerle el dinero del Premio Nobel que aún no había ganado (lo recibiría recién dos años después) para que lo dejara en paz. Enterado de las estrecheces financieras del gran científico, un admirador llamado Max Warburg le propuso organizarle una gira de conferencias por Norteamérica, pero ninguna universidad mostró interés por pagar los honorarios solicitados, cosa que alivió a Einstein. "Es mejor así", le escribió a su admirador. "No soy orador, no me parecía una manera muy digna de ganar dinero."
Eso mismo le contó dos años después a Chaim Weizmann, el dirigente sionista que sería el primer presidente de Israel, cuando éste le pidió que lo acompañara a Nueva York a recaudar fondos. Es graciosa la manera en que Weizmann lo sumó a la causa del sionismo. Einstein le dijo en aquella entrevista que le parecía absurdo llevar a trabajar la tierra a un pueblo que se caracterizaba por su orientación hacia lo intelectual. Weizmann le contestó que lo ayudara entonces a juntar dinero para crear la primera universidad hebrea en Palestina. Einstein le dijo que ya había comprobado que nadie pagaría por escucharlo en América. Weizmann le contestó que no se trataba de pedir honorarios por hablar de la teoría de la relatividad, sino de recolectar donaciones voluntarias entre los judíos de América hablándoles de la patria que construirían en Palestina.
La llegada a Manhattan del Premio Nobel y el futuro presidente de Israel colapsó la ciudad. Multitudes de inmigrantes los esperaban en el puerto y siguieron cada uno de sus pasos en los días siguientes. Llamativamente, el grueso de esas multitudes estaba compuesto por inmigrantes de clase media y
baja. El establishment judío, en cambio, encabezado por Louis Brandeis (presidente de la Corte Suprema norteamericana), Felix Frankfurter (decano de Leyes de Harvard), Arthur Hays Sulzberger (dueño del New York Times), el financista Irving Lehman, el filántropo Daniel Guggenheim y el senador Jefferson Levy, le recomendó discretamente a Einstein que restringiese a lo científico sus alocuciones públicas y dejara a cargo de ellos la recaudación de fondos: "No se puede confiar el dinero para la creación de un Estado judío en Palestina a los judíos rusos. Weizmann es una buena persona, pero su gente no es confiable". Einstein les contestó públicamente: "Hasta hace una generación, los judíos alemanes no se consideraban miembros del pueblo hebreo. El antisemitismo ha revertido esa situación, nos guste o no nos guste, y considero repulsiva la indigna tendencia a adaptarse y conformar a los goyim que caracteriza a los judíos asimilados, tanto aquí como en Europa". Consecuencia: Harvard le retiró una invitación para dirigirse a su alumnado, el New York Times cubrió con mal disimulada ironía la gira y los fondos recaudados en la gira fueron cinco veces inferiores a los cuatro millones de dólares que esperaba Weizmann.
La única universidad que honró a Einstein como se merecía fue Princeton: le contrató un ciclo entero de conferencias, le dio un doctorado honoris causa y le ofreció publicar la traducción al inglés de esas conferencias con un royalty del 15 por ciento (cuando el derecho de autor histórico era del 10 por ciento). Así comenzó el vínculo que desembocaría, doce años después, en la instalación definitiva de Einstein en Long Island, como "joya de la corona" de Princeton. Pero su vida allá no fue fácil. Su sionismo, su pacifismo, su socialismo, su igualitarismo racial no eran vistos como virtudes "americanas", ni en los años de preguerra, ni durante, ni después.
Para el decano de Princeton, que tanto esfuerzo había hecho por contratarlo, las declaraciones políticas de Einstein eran una incomodidad permanente.
Incluso cuando hablaba de las causas que defendía. No más llegar a Princeton, Einstein despertó las iras del sionismo cuando declaró: "Si los judíos somos incapaces de encontrar una honesta vía de pactar y cooperar con los árabes, demostraremos que no hemos aprendido nada en veinte siglos de sufrimiento" (años después, cuando rechazó la presidencia de Israel, supo ser más discreto: le confesó en una carta a su hijastra Margot que "si aceptara, debería decir cosas que el pueblo israelí no quiere escuchar").
Es sabido que, desde que Estados Unidos entró en la guerra, un comité de la universidad filtraba el correo de Einstein e incluso rechazaba invitaciones a su nombre sin consultarlo. Cuando Einstein comprendió la situación, decidió poner en práctica el consejo que le había dado su amigo Charles
Chaplin y aprendió a camuflar sus ideas políticas a través de la fachada simpática de genio distraído (la melena revuelta, los suéters viejos, los zapatos sin medias). En 1949 le escribió al matemático Max Born: "Se me considera un objeto petrificado, un rol que no me disgusta del todo si sirve para que se acepten mis defectos como los acepto yo mismo".
El FBI no le respetó la intimidad ni siquiera en el lecho de muerte. En el frondoso legajo sobre su persona, abierto al público recientemente, hay un memorándum furioso de J. Edgar Hoover preguntando cómo era posible que la enfermera que cuidaba de Einstein en sus últimas horas (y escuchó sus
últimas palabras) no supiera alemán, idioma en el que se refugió el moribundo antes de expirar. La última intromisión a la intimidad de Einstein fue la disección de su cerebro para estudiar "el origen de su genio".
Dividido en 240 partes, almacenado en frascos de vidrio, analizado por todo tipo de genetistas durante los últimos cincuenta años, el cerebro de Einstein no logró ofrecer ninguna revelación particular a la ciencia norteamericana, demostrando cuán literalmente cierta era la frase que su dueño repitió un millón de veces sin que nadie lo tomara en serio: "No tengo talentos especiales; sólo una anormal curiosidad".

*Fuente http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-136004-2009-11-27.html

El artista y la Ciudad*

*Por Julio Pino Miyar. isla_59_1999@yahoo.com
26/11/009
http://juliopinomiyar.blogspot.com

De visita en La Habana conocí casi por azar a Irving Vera, un pintor de veintitantos años, egresado del Instituto Superior de Arte (ISA); el polémico recinto universitario en el que se vienen graduando las principales generaciones artísticas cubanas de los últimos treinta años. Mi permanencia en la Isla se prolongó, extemporáneamente, por más de un año y mi relación con el artista tuvo así ocasión de convertirse en una buena amistad. Mas, en esencia, ¿qué fue lo que me atrajo en particular del joven pintor, del arte conceptual -que él generacionalmente parece profesar- y de La Habana misma, para que aparezcan como razones colegiadas en el presente texto?
El maestro Ortega y Gasset vio en el flujo constante y renovado de las generaciones, protagonizadas por diferentes grupos e individualidades, señaladas por un determinado talento y entretejidas por una cronología común, un cambio de signo, de tal magnitud, que vendría a expresar por sí mismo, la naturaleza esencialmente dramática de la historia. En los últimos veinte años ha ocurrido en Cuba algo que repite esa naturaleza dramática de la historia a la que hacía referencia: ¿Una vida precaria concebida en el borde de un hipotético colapso económico, o de una invasión extranjera? ¿Una realidad social que persiste en seguir existiendo al margen de cómo son entendidas las instituciones y la economía en el viejo Occidente? ¿Un viaje al corazón de nuestra más prosaica intimidad?
La Habana, en su permanente particularidad, es el rostro crítico y más problematizado de la Isla; cada generación que la habita ha levantado allí su escenario, escenificando en él sus necesidades y placeres, dando apurado testimonio de sí, y, mientras se desvanecía, ha hecho girar, una vez más, la tuerca oxidada de la historia. Hay diversas maneras de interpretar una Ciudad en la que el arte y la literatura han rendido múltiples y en ocasiones, memorables aproximaciones. La Habana se nos presenta como un lugar en la geografía del mundo que para algunos se fue volviendo completamente ajeno (The Lost City); en su honda atemporalidad y en su todavía más laxa decrepitud urbanística. Siendo entonces percibida bajo la forma lúdica del deseo aumentado por el tiempo, la distancia y la hipérbole.
Sobre supuestos como estos La Habana se constituye en su abigarrada naturaleza; en su rara prestancia que le hace asomar su llamativa singularidad entre el resto de las ciudades del Continente. Entre todas las artes que la pueblan, el conceptualismo estético es acaso el que con más fuerza ha incidido en su geografía social, por tener la capacidad de ser no sólo una experiencia cultural prolongada en el tiempo de las generaciones que la han convertido en vehículo de expresión, sino porque ha logrado, en ocasiones, extenderse ampliamente por el espacio físico de la Ciudad.
La actividad del conceptualismo, junto a otras formas contemporáneas de expresión, pone de manifiesto la superación del hiato ideológico dejado en la década del 70’ del pasado siglo por la estética del llamado realismo socialista, y, con esto, la completa reinserción de la plástica nacional en el seno de la tradición artística de Occidente. Desde principios del siglo XIX, con la fundación en La Habana de la escuela de San Alejandro y el magisterio del pintor francés Juan Bautista Vermay, el arte cubano comenzó a tomar directamente de fuentes occidentales sus búsquedas teóricas y formales fundamentales. De esta misma manera, en el período de los años 80’, una irruptora generación de artistas -por lo general estudiantes del Instituto Superior de Arte- iniciaron la reapropiación de la experiencia cultural vivida por las Vanguardias artísticas, en la que el arte fue asumido no sólo como una experiencia formal en cuanto práctica, sino además, como una experiencia intelectual y lo que, en términos de Modernidad social, pueden significar tales experiencias: La apertura de un espacio autónomo en el que en su interior se organizaran sin cortapisas fuerzas expresivas, a las que se sumaban -como porciones inalienables de la naturaleza del arte-, el debate de ideas y la especulación teórica.
Existen acontecimientos que se vuelven curiosamente cíclicos y parecen anunciar el retorno de lo que en esencia somos. Pero por lo general, no es el individuo quien está destinado a realizar dicho retorno, porque éste se encuentra sometido, invariablemente, a las leyes en fuga del devenir. A pesar que la experiencia que se vivió en Cuba en el arte y el pensamiento de los años 80’, es socialmente irrepetible, hay sin embargo, un volver incansable sobre los mismos temas, la formulación de idénticas preguntas y ese desasosiego interior que aflora cuando los nudos que la historia ata no alcanzan a ser solucionados en el espacio y el tiempo finitos de una individualidad o de una sola generación.
¿Qué temas consustanciales, suprageneracionales, pude encontrar en mi joven interlocutor y amigo, el artista conceptual Irving Vera, que representaba sorpresivamente para mí el regreso esencial de lo mismo; de esa mismisidad que se presenta bajo el rostro crítico de lo otro? ¿Sentir en las Vanguardias un legado que no se agotaba en su dimensión estética, sino que ampliaba extraordinariamente el horizonte sociocultural de sus implicaciones? ¿Vagabundeos habaneros, existenciales colocados más allá de cualquier cuadriculación social? ¿Haber hecho quizás de la estupidez una argucia, una estratagema de la inteligencia enfilada frente a toda precondición ideológica?
En las creaciones que a última hora Irving me mostrara, pude notar un modo de componer sumamente simplificado, elementales collages, pero en los que había algo radical, subrepticio, que se burlaba, que se burlaba de mí, desprevenido lector del texto / imagen. ¿Acaso esa simplificación a ultranza, no conspiraba contra las buenas maneras, contra la propedéutica que reclama el principio de autoridad? ¿Había allí, en esas imágenes ambivalentes, neutras hasta la obscenidad, un signo de resistencia tal vez? Cuando el dramaturgo Alfred Jarry quiso burlar su alistamiento en el ejército francés, no elaboró un depurado programa por la paz, sencillamente se alistó, mas se comportó en la mesnada como un idiota… En mi juventud yo hablaba crípticamente de la imperiosa necesidad de elaborar una teoría capital de la idiotez, opuesta a todas las disciplinas y a todas las literaturas. Hay ciertos temas de mi joven amigo en los que el arte de la composición involuciona hasta asumir caracteres drásticamente embrionarios, y en las que las leyes del conjunto parecen oponerse a los elementos que forman cada detalle del trabajo visual. Algo similar a lo que ocurre en las creaciones infantiles, en las que señorea el carácter difuso de la ensoñación por encima de la convencional representación, y donde las leyes básicas de la composición son trastocadas, reconducidas hacia ese lugar aculturado que sólo sobrevive -en última instancia- en la región del vacío, o del mito y que el niño encarna en su refractaria vocación de desconstructor. Cuando John Lennon compuso la canción “Yellow submarine” no sólo remedaba las viejas tonadas infantiles inglesas, construía un tema en el que la estupidez del sentido lo era todo, a fuerza -verbigracia- de su exhaustiva repetición. Desde Picasso el arte moderno viene inquiriendo en esas tematizaciones imprecisas, hurgando con mefítico placer en el underground donde descansa lo jamás remitido por la tradición, en aras de una reelaboración del sentido o, incluso de una cancelación del sentido; la detonación de un máximo motivo de indeterminación en la región estereotipada de la razón.
En la actualidad se viene experimentando en el Instituto Superior de Arte una reacción a lustros de excesivo teoricismo, a partir de la necesidad que sienten los creadores, de un regreso a una poética del sentido; es decir, un replanteamiento formal que vuelva a implicar la belleza como factor primordial de sus composiciones. Estética y significado no tienen por qué andar juntos, pero, sobre todo, la moderna crisis del significado, y de su correlativo marco de representación, ha conllevado a una manera distinta de entender el problema milenario de la belleza. A tono con estas ideas, el poeta Arthur Rimbaud dejó dicho para la posteridad vanguardista que le sucediera, que había que escribir “poemas de amor con faltas de ortografía...” probablemente aludiendo a esa precondición existencial -insobornablemente humana- que prepara el camino de toda verdadera aventura artística. ¿Todavía me pregunto si ese desaliño reacio, que se manifiesta en algunas de las composiciones que aprecié de Irving y acaso, en otros pintores de su generación, no nos está proponiendo en el fondo una nueva intelección de las habituales relaciones entre forma y significado? lo cual, sin dejar de ser una petición formal, guarda estrechos vínculos con la existencia, con su secreta función inserta en el cuerpo dramático de la historia.
En un cine casi en ruinas de Centro Habana, una de las zonas más pobres y desarboladas de la Ciudad, me encontré una tarde con Irving y un grupo de amigos pintores que habían hecho de ese lugar su provisional y conspicuo domicilio. Yo, mientras tanto, me puse a pensar en aquella verdad iluminista de los maestros surrealistas, que comprendía la fealdad como una de las formas en que se nos presenta a ratos la belleza, y que, en aquella barriada maloliente, promiscua, de callecitas estrechas, deteriorados balcones enrejados y empinadas escaleras de mármol carcomido, la belleza y la luz tenían tan mágico modo de manifestarse, reordenando el entorno y apuntando hacia una forma en especial de sensibilidad. Pensé además en el valor de la amistad y en mis veinte años de exilio, -ese devastador exilio espiritual que ni siquiera pudo imaginar Joyce-, y que la vida era como un ritornelo y yo, fiel a él, había regresado por un momento al lugar que partí. De todas maneras, Irving no era el que yo hubiese sido de haberme quedado, simplemente era él y pertenecía a la Ciudad de un modo tan intenso con el que nunca podría rivalizar y mañana quizás andaría con el mismo talante por ciudades de América o Europa.
Hoy en día las interrogaciones y los significados se anudan sobre el espacio abierto de la Ciudad. Y no es solamente que el arte haya encontrado su mejor contextualización en la realidad urbana, es que La Habana ha alcanzado la dimensión única de Ciudad reeditada por los artistas, convirtiéndose en una máquina que se utiliza para emitir señales, no sólo sobre el espacio físico, sino también, en torno a la dimensión substancial de su historicidad. Lo que podrían llegar a hacer esos creadores por su país, pertenece todavía al imaginario político, mas de lo que no debe caber duda, es que el arte y la literatura son instrumentos de emancipación, y que todo verdadero proyecto cultural es, a estas alturas, democratizador.
Entre tanto, las generaciones se suceden desplegadas en su profuso e inevitable hacer, aunque La Habana ya no es la misma; alguna catástrofe de la que todos somos culpables sacudió allí todas las vidas, la de mis amigos pintores, la mía, que, de algún modo, prosigue merodeando por esas calles, creyendo en las cosas de siempre... No sólo es cierto que la existencia es el fundamento de la verdad, si no que, a veces -por suprema paradoja- a la existencia no le está permitido alcanzar otro significado que aquel que el artista le ofrece con su creación. Puesto a escoger entre su patria y el exilio, el artista eligió sin comprender, el camino de la infelicidad; puesto a escoger entre la felicidad y la obra de arte, el artista creyó, ilusoriamente, que su felicidad radicaba en su obra.

Lluvia*

Trazos de relámpagos entre nubes negras

retumbar de truenos.

Montada en el viento llega la tormenta.

Presurosa busco refugio en la casa.

Aseguro puertas, cierro el ventanal.

Ya la lluvia golpea con fuerza

ruge el viento arisco como animal salvaje.

El agua desborda los declives.

La tierra toda se abandona a sus caprichos.

Gozosa baña los árboles, penetra hasta sus raíces,

sabiéndose bienvenida.

Detrás de los vidrios la miro, envidiando

su fuerza, su desparpajo, su libertad.

Sabiéndose indispensable, juega,

se abandona blandamente al abrazo

de los pastos secos, del verde sembrado.

Sus ruidosos diques se alejan.

Ella corta sus juegos y los sigue sumisa.

Viajan hacia el norte.

Allá la esperan.

Con ansias, con sed, con bendiciones.

*de Elsa Hufschmid elsahuf@hotmail.com

*

Queridas amigas, apreciados amigos:

Este domingo 29 de noviembre de 2009 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música de los compositores argentinos José Luis Campana y Alicia Terzian, interpretada por el Grupo Encuentros (Argentina). Las poesías que leeremos pertenecen a Lina Zerón (México) y la música de fondo será de Tarpuy (Andes). ¡Les deseamos una feliz audición!

ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at

(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!! (Recomendamos usar http://24timezones.com/ para conocer las diferencias horarias).

REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!

Freundliche Grüße / Cordial saludo!

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com
Schießstattstr. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067

*

INVENTREN: Próxima estación: EDUARDO CASEY

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ESTACIÓN CASBAS.

urbanopowell @ 12:54

INVENTREN...

DE LA FUERZA DEL NOMBRE*

I

El Coiro me manda un enigmático y brevísimo correo donde dice: "¿Podés escribirme algo sobre Casbas?". El nombre no me suena de nada, por lo que abro el Firefox y busco en Internet. El primer enlace conduce hasta un pueblo de Huesca cuya existencia ni siquiera conocía (Huesca es la provincia limítrofe por el norte con Zaragoza, donde vivo), un pueblo pequeño hacia el este, cerca de Abiego y Bierge, nombres que sí reconozco. Y puesto que nunca antes he estado allí, me digo: "¿Por qué no?", pensando que lo que mi amigo argentino quiere es información de primera mano sobre este pueblecito, y nada más natural, por otra parte, que me pida el favor viviendo yo tan cerca del sitio en cuestión.

Así que al otro día meto unas cuantas cosas en una bolsa de deporte y me echo a la carretera. Camino durante un buen rato, hasta que un auto negro, un Renault 5 con más de veinte años, se detiene junto a mí. El conductor, casi un adolescente, me pregunta: "¿Te llevo?". Por supuesto, acepto. Él tampoco conoce el sitio. Su acento le delata: es gallego. Con una sonrisa franca, confirma mi sospecha. Dice que va al norte, a los Pirineos, sólo por ver la cordillera. Le han hablado de parajes extraordinariamente bellos, aunque no recuerda bien los nombres o los mezcla o los confunde. Para no resultar redundante, le menciono sólo cuatro lugares (también escribo en un papel los nombres y la forma de llegar hasta allí) que en mi recuerdo crecen más y más conforme se aleja el tiempo en que me fue dado visitarlos. El primero es el Forau d´Aigualluts, en el Valle de Benasque, una pequeña explanada rodeada de montañas donde, a veces, se tiene la sensación de que llueve hacia arriba. Es lo más lindo que yo vi nunca. El segundo, un pueblo llamado Aínsa. El tercero, aunque he de confesar que no me impresionó cuando estuve allí, es el Monasterio de San Juan de la Peña. No sé que es, pero hay algo desconcertante en la montaña donde está situado, algo feo y sin embargo inolvidable; tal vez -pienso confusamente- hago mal en recomendarle esa visita. Por último, escribo: Selva de Oza. "¿Qué es?", me pregunta. Es un valle hacia el oeste, por donde discurre el río llamado Aragón-Subordán. La vegetación tiene un color oscuro que produce sensaciones difíciles de describir, pero allí uno siente que está vivo, que de verdad pueden ocurrir cosas que te hagan sentir vivo, cosas maravillosas o atroces, pero en cualquier caso reales. El tipo asiente, acaso sin comprender del todo el sentido de mis palabras, y promete que irá a todos esos sitios. Luego se pone a hablar de su coche y, más tarde, de los grupos musicales que le gustan, cuyos nombres casi siempre me resultan extraños. No obstante, reconozco algunos, lo cual es motivo de alegría para ambos. Le recomiendo otros, que él no oyó jamás. “Te gustarán”, le digo.

Al llegar a Huesca, tomamos la carretera hacia Lleida. Unos kilómetros más adelante, nos despedimos con un apretón de manos. No tardaré en darme cuenta de que ni siquiera nos habíamos presentado. Somos dos extraños caminando en un túnel o en un insondable laberinto, que sólo por casualidad han compartido un brevísimo trecho del camino. Tal vez ninguno de los dos encuentre lo que busca, o como sucede tantas veces, lo encuentre y no lo reconozca.

Por la estrecha carretera que conduce a Casbas apenas hay tráfico. Atravieso una población y sigo adelante. Según el mapa, ya casi estoy. Es entonces cuando, de pronto, me asalta una extraña idea: ¿Y si no es esto lo que quería el Coiro?, pienso. ¿Qué interés puede tener para Inventiva un minúsculo pueblo aquí en mi tierra? Un sitio del que, por otra parte, ni siquiera yo tenía noticia hasta este momento. ¿Habrá algo que se me escape en todo este asunto? Perdido en esa confusión y en esa carretera solitaria, unas palabras aparecen en mi mente, fosforescentes como un letrero luminoso en medio de la noche: Próxima estación Casbas. Me doy cuenta de que he metido la pata (el Casbas sobre el que debería escribir es otro, y está en Argentina y no sé absolutamente nada de él. Mi maldito despiste crónico me impidió recordar hasta ahora que es una de las próximas estaciones del Inventrén) y lo peor es que está anocheciendo (es otoño y los días acortan). Por suerte, al fondo puedo ver las primeras casas. Advierto que estoy cansado. Espero encontrar un sitio donde me dejen dormir, porque hace un poco de frío y la manta que he traído es más bien fina. Pero no se ve un alma por las calles.

Al fin, distingo un vago destello al fondo de una calle lateral. Se trata de una puerta iluminada. De no haber anochecido ya, no la hubiese visto, tan tenue es el resplandor que de ella sale. Hacia allí me dirijo, con paso lento y el oído alerta. No es natural este silencio. Sobre la puerta hay un letrero de madera. La inscripción apenas puede leerse, pero se adivina que el lugar es una taberna. Cruzo el umbral y me encuentro en un cuchitril mal iluminado donde parece no haber nadie. Al oír mis pasos, un hombre sale por una puerta situada al fondo y, con un perfecto acento argentino, me saluda y pregunta si deseo tomar algo.

II

Una sensación de irrealidad me atenaza. No acierto a responder. Sólo le miro como se mira a un aparecido o como se podría mirar el propio reflejo en un espejo diseñado por Klein (el de la botella). Él repite la pregunta, más despacio, como si yo fuera extranjero y no comprendiese bien el idioma. No sé qué decir, qué hacer. Me siento como un actor de teatro esperando que el apuntador le sople el texto. Por fin, con cierto embarazo, me atrevo a pedir una cerveza. Mientras me sirve, el tipo explica que el pueblo está desierto porque hay un concierto en las piscinas municipales, un grupo de pop, uno de esos que venden muchos discos donde las diez o doce o quince canciones son, en realidad, la misma. Añade que incluso ha venido gente de los otros pueblos cercanos y hasta algún autobús de la ciudad. (Ese silencio ahí afuera, sin embargo, esa ausencia…). Al preguntarle dónde estoy, él me mira de arriba abajo y dice con naturalidad el nombre del pueblo. La siguiente pregunta no es fácil de hacer. Si el mundo sigue girando en su órbita normal y éste es, como parece, un hombre serio y cabal, se va a acordar de mis muertos y suerte tendré si no me saca del establecimiento a golpes; si por el contrario, el temor que me aprieta el corazón resulta ser fundado, yo me volveré loco. Aun así, no queda otro remedio: "Pero ¿Casbas de España o de Argentina?" digo en un susurro. Al principio, pienso que no me ha entendido, y tal vez sea lo mejor; acaso en el fondo conocer ese detalle no importe en realidad.

Pasado un instante, levanta la vista del barreño en el que en ese momento estaba lavando unos cubiertos y dice: "¿Acaso quieres tomarme el pelo?". Entonces me atropello, intento explicarle lo ocurrido, nombro el Inventrén y algunas otras estaciones, le cuento que soy poeta. "¡Poeta!" dice él. "¡Poeta!" repite. "No me lo creo. Nadie va por ahí en estos tiempos diciendo que es poeta. Usted es un aprovechado. Un sinvergüenza". Yo insisto. Mi sombra en el suelo gesticula como una marioneta de trapo, parece la sombra de otra persona, idéntica a mí pero con otro ritmo. Con amargura recuerdo que no he traído un solo libro; de haberlo hecho, mis argumentos quizá tuviesen más peso. Entonces, sin explicación, hay por su parte como una sorda aceptación, no ya de mis palabras o de lo que ellas pretenden comunicar, sino de la remota posibilidad de que sean ciertas. Mirándome de reojo, con desconfianza aún, se dirige hacia un extremo del mostrador, levanta un trapo oscuro que cubre un ordenador portátil y sentencia: "Ahora lo veremos". Abre el explorador, busca el Inventrén, busca mi nombre, encuentra resultados que le satisfacen, parece comprender que no le he mentido. La expresión de su rostro es otra ahora; luego me indica una mesa y sale del mostrador con una botella de vino en una mano y dos vasos en la otra. Nos sentamos, sirve el vino, enciende un cigarrillo y se larga a hablar convulsiva y nostálgicamente.

Así, me entero por fin de que nada extraño ha sucedido (si es que no es extraño encontrar de repente, en medio de un desierto, a un hombre que creemos habitante de otro desierto distante más de diez mil kilómetros). No hubo viajes astrales ni agujeros en el espacio. Estamos en Huesca. Con la voz plena de emoción, Manu (ese es el nombre de mi interlocutor) me habla de su niñez, de su adolescencia, se demora en detalles que tal vez hayan dormido ahí durante años, esperando esta noche y este vino; (afuera continúa el silencio, no hay ruido de pasos, ni de autos en marcha, ni siquiera el eco lejano del concierto. Si yo fuese otro, si fuese un tipo valiente, tal vez me asomaría un instante a la puerta, para mirar la luna, sólo eso: mirar la luna y saber que todo está bien). Mientras, la voz ronca de Manu me habla de la barra, de una novia que tuvo y perdió, “¡qué linda era!”, exclama. Luego hay un silencio necesario. Un movimiento lento, la mano de Manu buscando en su cartera y sacando de allí una foto cuarteada por el tiempo. La miro y hago un gesto de admiración. En efecto, la muchacha es guapa. (no sé si es entonces cuando comprendo que éste es cualquier lugar y cualquier momento, un retazo arrancado a mordiscos de la eternidad; tal vez por eso el obstinado silencio del exterior, la silueta en la pared de dos desconocidos conversando, dos latinoamericanos perdidos en cualquier parte, lejos y cerca de la vez, tenues fantasmas de sí mismos, sombras que se proyectan desde remotas noches olvidadas, que viajan en la nada hacia un tiempo inconcebible). Después escucho la descripción de un oscuro boliche que en su memoria se confunde con otros muchos que habría de conocer más tarde; me habla de su trabajo en el campo, del fatídico día en que se fue el último tren... Entonces algo parece romperse en el pausado hilo del relato. Clavo mis ojos en los suyos. Sujeto el vaso que viaja hacia sus labios. Lo insto a continuar, con el leve asomo de una sospecha insinuándose en mi entendimiento. Él me mira gravemente y retoma la narración: "...yo me fui en él. Aquel último tren que pasó por Casbas City, hace ya más de treinta años, se me llevó consigo. Luego anduve haciendo un poco de todo por todas partes. En Argentina, en Chile, en Colombia, en Bolivia y Ecuador, que es decir casi lo mismo, o de forma más breve, más certera, en Latinoamérica, que es mi patria... Nuestra patria" se corrige. Yo asiento. Luego continúa narrando las peripecias de una vida, una vida errante, como lo son todas. "Y, entonces, de pronto, llegué aquí" dice mientras vacía en los vasos lo que queda de la segunda botella. "De alguna manera, sentí que mi deriva había terminado. No es que la coincidencia del nombre y el cansancio acumulado me llevasen a tomar la decisión de quedarme. Esa decisión era anterior, fue ella quien guió mis pasos hacia estas tierras, ella quien me llevó de pueblo en pueblo hasta terminar en éste. Cuando llegué era de noche, como ahora. Dormí en unas ruinas a las afueras. No supe donde estaba hasta la mañana siguiente, pero durante el sueño supe que me quedaría aquí. No puedo explicarlo mejor. Lo sentí. Sólo eso. Y aquí estoy desde entonces".

No hablamos más. Ambos estábamos algo borrachos y era muy tarde. Dormí allí mismo, en una pequeña habitación que servía de almacén y donde había sitio de sobra. Al otro día, después de un abundante desayuno, Manu estrechó mi mano y nos despedimos como dos viejos amigos. Ambos sabíamos que había muy pocas posibilidades de volvernos a encontrar. Eché a andar por la carretera, en dirección al sur, no a ese Sur que nunca vi y que mi corazón incansablemente anhela, sino al otro, al de todos los días, al sur prosaico donde la vida sufre una combustión tan lenta que ni combustión parece.

*de Sergio Borao Llop. sergiobllop@yahoo.es
http://sbllop.blogia.com
http://www.aragonesasi.com/sergio

ESTACIÓN CASBAS...

CASBAS*

En una historia de Ray Bradbury, un hombre de joven no había abordado un tren. Por alguna razón que no recuerdo o quizás no conste en el relato, este hombre con el pasaje pago y el ticket en el bolsillo, había dejado pasar ese tren que se descarriló. Todos murieron.
En la historia de Ray Bradbury, el hombre vive una vida ordinaria trabajando, forma una familia, pero siempre está atento a ese tren fantasmal que finalmente vendrá a buscarlo. La muerte es, para él como para tantos, un expreso de medianoche.
Esto ocurre en un cuento, por lo tanto ocurre lo esperado y la muerte viene a buscarlo sobre vías de niebla; se ve el faro delantero iluminando oscuras arboledas, se escucha el imposible traqueteo, la imagen final es la del tren repleto de pasajeros que aparece en la noche para que se cumpla el destino aplazado del protagonista.
Aquí, lejos de Illinois, en la estación Casbas una mujer espera en el andén. La estación es ahora un museo, pero la mujer se obstina en ese andén sin trenes.
Me dirán que la mujer espera el amor que partió, que espera la muerte que ha de venir. No lo sabemos aun. Todavía hace falta mirarla un poco, descifrar las arrugas en la frente, descorrer algunos velos.
En un banco de madera y hierro la mujer se mece, se arrulla, se va desatando de la familia y la ciudad. Se desvanece de a poco esta mujer que ahora se que no espera un tren que venga a llevársela. Se desdibuja en tonos sepia, en rosados y mancha de agua sobre papel.
La mujer no espera la muerte, ni el amor. Ha venido a la estación sin trenes para saber que nadie la vendrá a buscar. Sola, solita, la mujer se va despidiendo de sí.

No necesita transporte para escapar hacia adentro.

*de Mónica Russomanno russomannomonica@hotmail.com

¿Partida o llegada?*

Entera y no partida

Al parecer era Casbas. Todo parece indicar que era Casbas.

Ese paraje de aquella primera huida sin destino.
Llegó a dedo, rehuyendo en algún que otro tramo un par de invitaciones a navegar por caminos de secreciones y promesas de amor eterno que habrían durado hasta la secreción.
No había habido violencia en las invitaciones, sólo sugerencias, tal vez por demás prepotentes, pero no excedieron la verborrea y la fanfarronería del conductor de camisa desabotonada y pelo en pecho, con el clásico vos te la perdés.

Los hombres suelen ser babosos por costumbre, casi por una inercia que no les permite detenerse en esa línea, para ellos confusa y difusa, que guarda la magia de un interrogante, más allá de lo efímero de una erección de las tantas.
Ella había pasado unos días en un country con un joven que, en apariencia sólo quería amarla, tan joven ella también, que ni le importó creerle. Sólo decidió acceder a sus encantos y su olor y una simpatía que desbordaba y la hacía renacer de una de esas tantas tristezas que lleva siempre a cuestas por las dudas, para cuando haga falta.
La irresponsabilidad de las vacaciones la invitaba a dormir sin límite.
El único límite de su sueño y su dormir era la recurrente necesidad del joven de disponer del cuerpo de ella a quien él había dicho, sólo querer amar.
La sofocaba la incontenible ansiedad del enardecido muchacho y ya, lo que desde él eran caricias, llegaban a ella como sopapos que violentaban su reposo y disociaban el placer del deseo.
Intentó disuadir la afrenta una medianoche, remoloneando entre el sueño y el cansancio y esas ganas de tener un ratito para pensar en sus cosas, pero la pasión de él se convirtió en un enojo y una fiereza, impropios de quien dice amar.
En medio de esa disociación se vio a sí misma, mientras todo lo que sucede en el acto del amor, seguía sucediendo, pero ella ya se había ausentado de la escena, ya sus ojos buscaban un escenario de aire libre que la sacara de allí para siempre. Fantaseaba la luz del sol y un camino abierto sin retorno.
Esa mañana se mantuvo despierta para escucharlo salir, asegurándose poder salir también ella de esa casa para no volver, y evitando tener que dar explicaciones a un ser por demás obstinado y dominante.
En medio de una fiebre intensa y el inseparable sopor que la acompaña, recorrió la casa, ya vacía, llena de rejas góticas y puertas pesadas, propias de seres que suponen que tienen mucho que cuidar.
Todo estaba cerrado, ningún juego de llaves a la mano, no era época de celulares, sí de la policía, pero no de teléfonos.
El pánico era lo único que inundaba la atmósfera del lugar, tan ajeno, tan extraño.
El parque era bellísimo pero su dimensión paradisíaca hacía que toda señal de vida humana quedara tan lejos que empezó a desesperarse paralizada por la fiebre y el terror del encierro.
Quería gritar, pero la voz de la que disponía era una hilacha ronca y aguda sin efecto de onda y se disolvía en esa inmensidad de no importarle a nadie.
Se quedó apoyada en la ventana más próxima a la civilización y al cabo de un rato, una nena en bicicleta pasó sin registrar su inútil voz.
Recordó sus paseos de niña, en bici por el barrio y se tranquilizó sabiendo que la nena volvería a andar por el mismo caminito sinuoso una y mil veces.
Recompuso la voz y la energía y se apostó en la ventana a aguardar la pasadita en la bici.
Había perdido la noción del tiempo y no sabía cuánto podía demorar la llegada del impaciente hormonal que tanto la amaba.
La niñita volvió andando sin siquiera girar su cabeza hacia la ventana, el único y mágico vínculo con el mundo que existía en ese momento.
Alcanzó a llamarla y algo oyó la nena, porque salió torpemente, a mucha velocidad, trastabillando sus rueditas.
Se desanimó pensando que esa imagen espectral de ojeras y color de pescado hervido de la fiebre había aterrado a la niñita.
La inquietud de la ciclista asustada al llegar a su casa había despertado la de su padre y éste se tomó la molestia de acercarse hasta esa ventana para ver qué sucedía.
Como pudo, le explicó al vecino que algo había sucedido con la llave y que la ayudaran a salir, necesitaba ver a un médico.
Evitó dar cualquier clase de explicación y pormenor para no acabar en una seccional haciendo denuncias y cosas así que, lejos de hallar soluciones, extienden al infinito los vínculos que uno desea cortar de cuajo.
El mismo señor la llevó hasta el centro de salud más próximo y cuando terminaron de aplicarle el antifebril inyectable, ya nadie supo más de ella en la sala.
Comenzó a hacer dedo, jugando a semblantear las fisonomías de conductores y conductoras, echando mano a la perimida psiquiatría lombrosiana, aceptando que los dueños del volante la trasladen cualquier tramo posible.
Tenía que alejarse del lugar y ni siquiera tenía idea de dónde iría a parar.
Ansiaba una ducha y una cama sin acompañante, pero era indispensable estar de pie y andar y seguir andando.
Llegó, en realidad no iba allí, pero llegó a un paraje de decía Casbas y una flecha, aquel paraje de esa primera huida sin destino.
Tal vez la asociación con Cabsha y la dulzura le hizo desear pedirle a la señora que se detuviera y se bajó de la camioneta.
Caminó hasta encontrar un bodegón de pueblo y después de dos cafés aguachentos y todas las miradas de los jugadores de tute sobre ella, se hizo amiga de la hija de la despensera que había ido a llevar la galleta para el almuerzo.
La hija de la despensera era rústica, ignorante y confiada y ella era básicamente una buena persona.
Le ofrecieron pasar una noche en una chacra de por ahí cerca, que sí era Casbas, y se transformó en lo mejor de las vacaciones.
Limpió, cocinó, adornó con flores, contó historias, sintió el aroma de la luna creciente, releyó su libro de cabecera: Robinson Crusoe, que apareció en un anaquel mezclado con la harina de garbanzos y el mijo, corrió con los perros, uno la mordió porque no sabía jugar, ella, no el perro, limpió culos de bebés que ya comían lo mismo que los adulos y ahí supo que la caca nunca es santa, es caca nomás.
Comió empanadas dulces como postre, desayunó con chorizo seco y mate, vio un peludo de cerca y aprendió a relativizar la sabiduría canchera de la porteñidad en medio de ese sortilegio del azar y los azahares que le había regalado la mejor oportunidad de su vida, impostergable.
Una mañana serena preguntó por la estación, para poder volver de donde ella era.
No había tren, desde antes del ochenta, le dijeron, y ella, que andaba desayunándose de democracia, según circulaba por la época, terminaba Malvinas, volvía la libertad, se veían grandes cantidades de tetas y músculos aceitosos y resbaladizos de machos en situación, volvían los partidos políticos, pero con otros nombres, y muchos condimentos de la democracia, pero no había tren.
Tuvieron que darle, encima, unos pesos al despedirse, porque con su contante y sonante no le alcanzaba ni para irse, menos para llegar.
Tenía que volver a su trabajo en la recepción de la empresa.
Por la confianza de esa gente pudo emprender el regreso.
Un poco antes de llegar a la empresa, al doblar la esquina, que según el borracho del chiste, ya estaba doblada cuando él llegó, visualizó la silueta de su amante pertinaz.
Caminó hasta el correo y envió un colacionado de renuncia.
Un par de horas después consiguió otro trabajo.
Eran otras épocas, claro.
Pero la violencia, la desdicha, el riesgo inútil, las decisiones, son innegociables.
Esa incógnita Casbas le abrió las puertas de un armario de aromas, colores y sinfonías que la urbanidad le había arrebatado en la turbulencia de llevarse la vida por delante, tragándose todo lo que se imponía a su paso.
Se sintió fuera de época, se preguntó si no se había equivocado de vida, trató de pensar en la libertad y sus diferentes rostros.
Pensó incluso que la idea de la libertad varía de acuerdo a los contextos.
Pero concluyó que la libertad nunca es cosa de otra época.

*de Magalí. yosehacerasado@hotmail.com

Desguace*

Nos sorprendía/ Amaneciendo
Era un astro rugiente y alado
Que respiraba/ Amaneciente.
Abiertos los furgones/ Él resoplaba:
Amanecían atados y bultos
Amores fatuos/ Que lo poblaron
Día tras día/ Amaneciendo.

Entonces penetrados/ Amanecientes
Boleto en mano y enamorados
Del destino y las raíces
Pero del viaje… Pero del viaje
¡Emborrachados!/ Amanecidos
Luciérnaga en luciérnaga
Tragándonos azul y aire y risas.

Tan de tren en tren como de día
En día si se pudiera/ Era pedirlo
Y concederse quizás: una vez
A Bahía por semana/ Está bien.
Amanecer un día en otros seis
Viajar enamorados/ Amaneciendo
Aunque al atardecer volvamos.

Nos sorprendía/ Atardeciendo
La bocanada final: Difusos
Caminos/ Distancias y lances
De amor como en el cine.
Pero bajando tres peldaños:
Descender de la gloria celestial
Después de la fiesta y del delirio.

Y el tren se quedó/ Es decir
Abandonamos el pueblo
Dejamos atrás siestas y felicidad
Irresponsable/ Del tren:
La muerte. O el latido
Embalsamado en la memoria.
Y nosotros: de regreso/ Amanecidos.

Tren local*

No te culpo de mi exilio.
Si ofreciste devolverme
Tantas tardes culebreando
Lado a lado tus fronteras
De desierto y de silencio.

Yo iba en sueños. No volvía
Mi razón emborrachada
De libros/ Ciencias o mujeres
Acomodadas a cubierto
Del sereno. ¡Imperdonable!

Me esperabas en tus rieles
A corazón abierto. Cancerbero
Acatarrado/ Soberbio trono:
No te merecí mientras te tuve
Después dijeron que te fuiste.

O quizás te encerraron.
¿Perdiste tu batalla campal
Se quebró en polvo tu iguana
Incapaz de trasnochar
Te hundiste/ Ya no humeaste?

No existe el vía Pringles
Ni siquiera el Lamadrid/ Sólo
Señales de abandono. Bocinazos:
Gris tu descendencia/ Gris
De conurbano sin paisajes.

El enviado del rey*

Plantado en la pampa nocturnal y fresca
Como un gran cigarro articulado. Andenes
A Grünbein (lugar de paso y de poesía)
Yendo o volviendo del humo encolumnado.

Allí debajo está el enviado a toda luz
Refulgiendo entre rastrojos/ Brillando
Contra el zinc de los espejos de cereal.
Es el enviado del rey: ¡Miren qué lujos!

¿O es la serpiente que aún somete Evas?
Mi médula espinal que muerde rebelada
O el infaltable profesor pontificando.
Representante del rey. Del más antiguo:

Condenado por sueños subversivos
Por seducir y convocar miles o millones
Salteador/ Raptor/ Iconoclasta
Revolucionaria hierba de la pampa.

Hasta que suelta un alarido. Se tensa
Como arbolito con Rauch sobre la chuza
Y lanza su malón. Sus pingos en carrera
Cambian tierras/ Reinados y pasajes.

De “Poemas del amor que vence a la muerte”, 2008-2009

*Poemas de Carlos Enrique Cartolano cecartolano@hotmail.com
http://latrampadearena.blogspot.com
http://diasporasur.wordpress.com

"Concédenos Buen Viaje"*

“Tarde o temprano, la tecnología llega a todos lados, che. ¡Qué lo parió!”, pensó el maquinista Leandro Benítez, al contemplar la reluciente locomotora alimentada a GNC que descansaba sobre los relucientes rieles del remozado y reciclado ramal de trocha angosta del ex Ferrocarril Midland, ahora denominado Trochita Pampeana, en un simpático gesto realizado por los municipios vecinos que se abocaron a la tarea de revivir el antiguo servicio que unía estos pueblos bonaerenses. No por casualidad, la flamante locomotora –quizá, de procedencia japonesa, pensó Benítez- lucía sobre uno de sus flancos el portentoso nombre de “FÉNIX”…

El servicio funcionaba a pleno desde hacía ya un mes, cuando se realizara su viaje inaugural, en medio de los estridentes vítores de la multitud vecinal congregada en las inmediaciones de la Estación. Benítez difícilmente pueda olvidar la felicidad estampada en los rostros de los vecinos que se acercaban llorosos a la vera de las vías para verlo pasar, saludando con las manos, pañuelos al aire y sombreros o gorritas, dándole una bienvenida más que calurosa al antiguo y estrenado servicio, deseosos de no tener que presenciar otra lenta y frustrante agonía…

Desde entonces, Benítez realizaba un par de viajes semanales a bordo de “FÉNIX”, transportando cargas diversas, y pasajeros sólo en ocasiones, instaurando un nuevo servicio solidario entre las localidades vecinas. Las autoridades celebraban con satisfacción esta nueva iniciativa, respaldada por el gobierno nacional. Cada uno de los actores del emprendimiento sacaba réditos, por lo que el negocio cerraba en su totalidad.

En uno de estos viajes, ocurrió el desgraciado hecho delictivo. La formación salió de la Estación Carhue puntualmente, como de costumbre, rumbo a la Estación Puente Alsina. Mientras Benítez calzaba la palanca en los comandos de la cabina y comenzaba a acelerar, echó un vistazo como siempre a la pequeña silueta de la Virgen de Nuestra Señora de Luján, nítida en su zócalo de la pared de la Estación, junto al panel que indicaba los horarios de salida y llegada de cada formación. Por sobre todo, Benítez gustaba de recordar la leyenda del minúsculo letrero de cerámica que existía debajo de la Virgen, y que el maquinista consideraba un rezo casi sagrado: “Concédenos Buen Viaje”, podía leerse aún desde la cabina de “FÉNIX”, estampado en blanco sobre negro.

No habían transcurrido diez minutos desde la partida cuando la puerta de la cabina se abrió de golpe, y Benítez se encontró frente a frente con la enorme boca de una pistola, abierta como una siniestra “O” entre sus ojos. La impresión inicial demoró un par de segundos en devolverlo a la realidad, durante los cuales no pudo dar crédito a lo que veía; ¿cómo era posible que hubiera subido alguien a bordo si……?

Sólo después consiguió divisar, por detrás de aquel ominoso cañón, el pasamontañas negro con visos rojos, verdes y amarillos que le cubría el rostro al recién llegado.

-¡No te movás porque te quemo, hijo de puta!!! ¡Y frená esta mierda ya mismo!!!!

Benítez movió la palanca, casi por instinto, disminuyendo la velocidad, aunque una parte de sí mismo le dijo que no, que continuara con su trabajo, que prosiguiera la marcha pasara lo que pasase. Sin embargo, el miedo pudo más que el deber, y finalmente aminoró la marcha hasta detenerse con una mínima inercia. Una mano lo aferró por la espalda de su camisa de trabajo y tiró hacia atrás, alejándolo de los comandos.

Ambos salieron al pasillo exterior de “FÉNIX”, mientras su poderoso motor regulaba en automático, y Benítez saltó a tierra, escrutado continuamente por su captor. Apenas con un gesto de la pistola, le indicó que caminase hacia el furgón.

-¡Y con las manos separadas del cuerpo! ¡No te hagás el loquito!!!

Este no parecía ser un vulgar “pibe chorro”, aunque la pinta pareciera delatarlo; menos aún el clásico punguista de estación. ¿Quién detiene una formación de carga en medio del campo, a menos que tenga un dato sabido de antemano? Recorrieron el trayecto sobre la tosca con paso veloz, hasta arribar a la puerta lateral del furgón, abierta de par en par. Allí los aguardaban otros dos delincuentes, uno con un cuello polar calzado hasta los ojos, que le ocultaba el rostro, y otro también con pasamontañas, pero de color azul.

Ambos habían reducido a un guardia de seguridad, que yacía boca abajo sin sentido sobre el piso del vehículo. Benítez desconocía la existencia del mismo al partir de San Fermín, y el hecho de descubrirlo fue una sorpresa tan intensa como la certeza de estar siendo encañonado por una pistola sobre la nuca y otras dos hacia su pecho. La razón de la existencia del guardia lo desconcertó tanto como a los ladrones, ya que jamás hubiese pensado que algo como eso pudiese ser transportado por fuera de un museo, a bordo de un vehículo del siglo XXI.

-¡Hablá, puto! -, gritó el del cuello polar. -¿Cómo mierda se abre esto?

Ninguno había esperado encontrarse con una reluciente caja fuerte británica del siglo XIX, negra como la noche, con delgadas líneas cromadas junto a los bordes de la puerta, y una enorme ruleta de combinaciones numéricas en su centro, junto a la manija de acero inoxidable, también cromada. En pequeñas letras plateadas, alcanzaba a leerse la distintiva marca del dueño original: “Wells Fargo”.

-¡No puede ser, loco!!! -, gritó el tercero. -¡Hacemos esta movida para ganarnos buena guita, y nos recontracagan!

-¡Secuestremos el tren cuando lleguemos a Puente Alsina, y pidamos rescate! -, chilló el que se encontraba a su espalda.

-¡Pero no, animal!!! ¡Nos van a fusilar cuando vean que no hay rehenes!

-¿Y éste, qué es? -, volvió a chillar, golpeándole a Benítez levemente el parietal derecho con el cañón de la pistola.

-A éste lo fusilan con nosotros -, masculló el del cuello polar, mientras Benítez sudaba a mares, para perder todo interés en apuntarlo y ponerse a analizar en cuclillas el oscuro bloque de metal -: ¿Están seguros que no podemos conseguir dinamita?

-¡No seas cabeza! ¿De dónde mierda sacamos dinamita?

-¡Hagamos mierda a éste!!! -, chilló el que tenía a sus espaldas, aferrándolo por el hombro y comprimiendo el cañón de la pistola contra la nuca de Benítez. Con la cabeza echada hacia delante, el maquinista contuvo la respiración, apretando los dientes, rogando por el arrepentimiento del impulsivo delincuente.

-Dejate de joder, boludo. Acá no se muere nadie -, masculló otra vez el del cuello polar, sin dejar de contemplar la caja fuerte, meneando la cabeza. Al cabo de un rato, que a Benítez le resultó eterno -mientras su propio sudor resbalaba hasta enjugar la amenazante boca de la pistola-, se puso de pie, enfundó la pistola en el cinturón a la altura del ombligo, y contempló el horizonte con una intensa mirada de frustración: -Vamonos.
-¿Cómo??? -, chilló el tercero, a su lado. -¿Qué decís???

-¿Te volviste loco, chabón??? -, gritó el que apuntaba a Benítez en la nuca. -¿Qué mierda te pasa?

-Que aunque me dé toda la bronca, hay que saber irse a tiempo, sin hacer cagadas -, murmuró el del cuello polar, sin mirar a nadie, saltando a tierra. Tomó a Benítez por la mandíbula, lo obligó a mirarlo, y le dijo: -Y vos, vas a seguir viaje haciendo de cuenta que acá no pasó nada. ¿Está claro?

Benítez asintió varias veces, incapaz de decir palabra alguna, en el instante previo a escuchar decir al delincuente que lo apuntaba por la espalda:

-¡La concha de tu madre, puto! -, antes que el golpe en la cabeza lo sumergiese en un insondable pozo sin fondo.

Al despertar, contemplando miles de bailarinas lucecitas delante de sus ojos, los delincuentes ya no estaban. Ignoraba cuánto tiempo había pasado, pero el guardia de seguridad aún no había vuelto en sí. Creyó por un segundo que estaba muerto, pero la urgencia por hallarse en el medio de la nada delante de una caja fuerte lo apartó de cualquier otro pensamiento.

Tomándose la nuca con una mano –palpando la escasa mancha de sangre que se extendiera por su cabello-, se incorporó tambaleante, apoyándose con la otra mano en el borde de la puerta del furgón, sin dejar de contemplar la hipnótica silueta del enorme cubo blindado. Y a pesar del miedo y el dolor, de un imperioso sentido del deber que le ordenaba trepar a "FÉNIX" y llegar cuanto antes a Casbas para denunciar el hecho ante el encargado de la Estación, un par de irreprimibles ideas lo asaltaron por sorpresa:

“¿ESTARÁ LLENA DE PLATA……O VACÍA?”

“¿¿¿Y SI ME LA LLEVO???”

De pronto, soñó que atravesaba la pampa a bordo de “FÉNIX” como si fuese un antiguo bandolero del Lejano Oeste, huyendo de la ley y los demás delincuentes, montado en su poderoso caballo de acero, dueño de la máquina y del botín. Sólo le haría falta la chica; rubia o morocha, le daba igual.

Pero la vana idea de independiente omnipotencia le duró muy poco…

……¿O no?……
Y el vago recuerdo de una frase escuchada hacía no mucho tiempo se le impuso en la cabeza, con un dolor mucho más punzante que el de la nuca:

“Hay que saber irse a tiempo”.

*de Aldima. licaldima@yahoo.com.ar

Correo:

FESTIVAL TREN PARA TODOS*

DOMINGO 29 DE NOVIEMBRE 18 horas

ESTACIÓN DE TRENES
SANTA ROSA - LA PAMPA

18:00 Hs TEATRO
Los Okupas del Andén (La Plata)
"Historias Anchas de Trocha Angosta"

18:45 Hs
Murgón Amalaya

19:00 Hs TEATRO
Patricios Unidos de Pie
"Nuestros Recuerdos"

20:00 Hs EN VIVO
MARÍA JOSÉ CARRIZO Y PABLO WEHT
y bailarines de tango (Entrelazados)

20:30 Hs EN VIVO
JUANI DE PIAN Y MARIO CEJAS

21:00 Hs EN VIVO
MARCELA EIJO Y FEDERICO CAMILETTI
y bailarines de folklore

22:00 Hs EN VIVO
TIERRA PLANA - ROCK
'Negro' Vilchez Diego Lucero Luciano Kollman Francisco Taramarca y 'Tajo'
Morettini

EXPOSICIÓN DE ARTES VISUALES

BAR ÁNGELES Y FRIDA

DARÍO 'TIKI' EYHERAMONHO
CAROLA FERRERO
RAQUEL PUMILLA
RICARDO VALERGA
DANIELA FURCH

Un verdadero paseo por la zona ferroviaria

POR LA RECUPERACIÓN DEL SISTEMA
FERROVIARIO ESTATAL Y FEDERAL

*Enviado para compartir por Lucía Cinquepalmi luciaguionbajo@gmail.com

*

Queridas amigas, apreciados amigos:

Este domingo 29 de noviembre de 2009 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música de los compositores argentinos José Luis Campana y Alicia Terzian, interpretada por el Grupo Encuentros (Argentina). Las poesías que leeremos pertenecen a Lina Zerón (México) y la música de fondo será de Tarpuy (Andes). ¡Les deseamos una feliz audición!

ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at

(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!! (Recomendamos usar http://24timezones.com/ para conocer las diferencias horarias).

REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!

Freundliche Grüße / Cordial saludo!

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com
Schießstattstr. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067

*

INVENTREN: Próxima estación: EDUARDO CASEY

Colaboraciones a inventivasocial@yahoo.com.ar
http://inventren.blogspot.com/

El tren continúa parando en las siguientes estaciones:

ANDANT.

CORONEL M. FREYRE.

ENRIQUE LAVALLE.

CORACEROS.

HENDERSON.

MARÍA LUCILA.

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19/11/2009 GMT 1

NUESTROS NIÑOS SON NUESTRA HISTORIA...

urbanopowell @ 18:26

PETICIÓN DE MANO*

Comenzando el tercer grado, Allan se aparece en la casa de Olivia, y le dice a la madre que está "aprovechando que está sola" para pedir su mano. La mamá, que simpatiza con el niño y sabe de su fascinación por su hija, le responde.

- Está bien, te doy permiso para que seas su novio. - reflexiona - pero no entiendo por qué Olivia no me lo dijo antes.
- Es que ella no lo sabe - responde Allan, muy serio.
- ¿Cómo?
- No lo olvide - explica él con esa carita de hombre recortado -, en preescolar, después de una reunión de padres, nos vio jugando y me dijo que antes de ser novio de Olivia tenía que pedirle permiso a usted.

Eso estoy haciendo.

*de Marié Rojas.

NUESTROS NIÑOS SON NUESTRA HISTORIA...

ALBRICIAS PARA EL KELO*

No sé si El Kelo se lo merece, pero he pensado algunas veces en escribirle un libro entero para él. El sonido de su nombre siempre hace estallar súbitamente la infancia, la del lienzo blanco, percudido, provisorio.
La infancia con el barrilete orgulloso, multicolor, bramando en lo alto del cielo más hermoso del planeta. Ojalá El Kelo leyera estas palabras que quieren ponerlo definitivamente cercado, límpido, casi en fuga desesperada contra la acechada muerte. Tal vez ese loco nunca llegue a enterarse que no le he perdonado la incumplida promesa del autito, pero siempre agradecí el equipo de fútbol estrenado en un partido que perdimos.
No hubo juguetes en mi infancia. Pero no faltó la honda asustadora de pájaros y un cuzco seguidor y fiel, todo de blanco. Y los inviernos eran duros, aunque la cocinita a leña quemaba su buen fuego, mientras asábamos apetecidas batatas en su ceniza acogedora y humilde.
Cuando El Kelo venía el pueblo era una fiesta. Su risa de grandes dientes que el agua de otros ríos y el tabaco fueron amarillentando, pugnaba por romper la modorra empecinada de mi pueblo. Me gustaba ver a mi padre con sus muchos hermanos hablando de cosechas, de fenecidas cacerías infantiles y del calibre y la potencia de las armas. Con bastante frecuencia me llevaban de caza, en aquel tiempo tan hermoso.
Yo, con mi bolsito recogedor de perdices muertas y mi afán de cazador incipiente pedía al Aurelio en mi entusiasmo alguna vez prestada la escopeta. ¿Y quién duda que fui un David Crocket en un horizonte de alfalfa?
Y en estampido sin rumbo más de una vez asusté la distracción de una liebre junto a las vías rodeadas de gorriones y de yuyos.
Al regresar El Kelo hablaba de sus viajes. Incitaba a la aventura. Esa vida azarosa, de grandes horizontes marinos, incendiados crepúsculos, derrotados azahares que obsequiaba a sus novias. Regalaba con generosidad a esas muchachas consecuentes, de ojos soñadores, empañados por una vida monótona y ajena, allí reinaban las agujas, la lana de invierno, la oscura magnolia que se riega en los veranos y aquellos altos peinados que hoy miramos en las fotografías con cierta nostalgia, tal vez porque así se peinaban nuestras tías.
Pero déjenme que les cuente ahora y si es posible aventando la nostalgia y los pesares, de la belleza de Teresa Laura, la menor de mis tías quien siempre me tuvo preferencia. Era muy hermosa, estaba llena de énfasis y estaba llena de vida y amó la declinada luz de los crepúsculos y el fervor amarillo del Otoño y la risa clara, inocente de sus hijos. Pero al cumplir cuarenta años nos dejaba. Como una moneda que se pierde en el barro su sonrisa dejó súbitamente de brillar.
Déjenme que cante ahora que sus huesos fueron comidos por la muerte, yo que nunca soporté lo irreversible, no me resigno ahora, qué quieren que les diga. Odio la muerte. Siempre amé la espiga.
Un poco mayor es mi tío Eduardo. Extremadamente tímido, el Ñato Isaías compartió tantas travesuras infantiles y tantos días de caza y tanto fútbol conmigo y con Aurelio.
Lo trajeron desde mil kilómetros, desnudo, envuelto apenas en una sábana neutra de hospital, con las uñas llenas de arena. Hacía veinte años que la familia nada sabía de él. Yo no lo vi, pero dicen que tenía el cabello quemado por el sol, el viento y la sal marina de aquella ciudad costera donde al parecer vivió.
Me dijeron además que su cara era de asombro, de placidez, otros dicen que de hastío. Yo no sé.
Pensaba escribirle al Kelo, porque siempre dicen que a él la muerte no lo encontrará dormido y mucho menos sin mujer y sin vino. Yo siempre pensé que el destino me lo pondría alguna vez enfrente. Y pensé que tal vez alguna tarde al doblar una esquina lo viera con su mameluco descolorido manejar orondo, alguno de esos autos increíbles, que yo siempre le conocí por fotografías y que tal vez podría oír su risotada quebrando como un cuchillo el tráfago del día.
Pero no. los años pasan y uno ya no sabe si volverá a verlo un día, si vive, si alguna vez se enterará que yo le escribo o si seguirá incansable transitando todos los caminos.

*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar

Simultáneo*

Mi hijo pequeño me da un grito desde su habitación:
-Papá, ¿qué significa simultáneo?
-Que sucede al mismo tiempo que otra cosa, hijo.
El silencio se hace de nuevo en la casa, y aunque intento continuar con lo que tenía entre manos, advierto que he quedado atrapado en la pregunta, o quizá en la respuesta. Todo el rato están sucediendo cosas simultáneas. Mientras yo escribo estas líneas, un perro ladra en la casa de al lado y alguien llora en la de más allá. Lo difícil es encontrar el hilo conductor de esos acontecimientos.
-Mientras tú tiras el pan -me dijo un día mi padre-, un niño se muere de hambre en África, o en la India.
En este caso, el problema no era encontrar el hilo conductor, sino desencontrarlo más bien. ¿Qué culpa tenía yo de que mis pérdidas de apetito coincidieran con aquellas defunciones masivas en el Tercer Mundo? La sincronía, en otras palabras, no implicaba causalidad, pero esa asociación quedó establecida en mi cabeza, a modo de un circuito eléctrico, y ya no podía tirar un trozo de queso sin matar a alguien al mismo tiempo. "Me acabo de cargar a un indio", pensaba tristemente mientras me deshacía del bocadillo de mortadela. Cometí entonces muchos crímenes a los que debo remordimientos incontables. Tendría que explicarle a mi hijo que dos hechos simultáneos no tenían por qué depender uno de otro, para que no sufriera. Así que a la hora de la cena le dije:
-Que dos cosas sucedan a la vez no quiere decir que estén relacionadas, hijo.
-¿Entonces por qué suceden a la vez?
Supe que cualquier respuesta que le diera sólo serviría para aumentar su confusión y la mía, sobre todo la mía, de forma que cambié de tema y, simultáneamente, me atraganté. El niño me lanzó una mirada irónica y yo decidí que mi padre llevaba razón, aunque ello supusiera cargar con la responsabilidad de todas aquellas muertes africanas.
No tenemos remedio.

*de Juan José Millás.

*Fuente: http://www.clubcultura.com/clubliteratura/clubescritores/millas/articuento172.htm

Aquella luz de abril*

*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar

Antes los crepúsculos rodaban como peñones violetas sobre todas las conciencias en los atardeceres íntimos, quietos y un poco desolados. Era cuando el mundo comenzaba y, no era entonces importante un poco o mucho de tristeza, porque siempre había un motivo cierto de alegría, y también el sueño de uno que se inscribía en otro más alto, más grande, que abarcaría todo el futuro, donde los niños volverían a nacer perfectos, diremos parafraseando a César Vallejo.
De todos modos, optimismo y juventud iban de la mano, aunque Borges supo decir no sin razón que a cierta edad temprana de la vida se sienta la vocación del sufrimiento, cuanto más gratuito y cuanto más pegado a los ideales, mejor.
No era entonces raro -no podía serlo que tras una ilusión no importa si lejana, no importa que irrealizable, lo bueno era que una circunstancia feliz nos ponía con la energía a mil. Podía ser -según la edad una promesa, la de un juguete, por ejemplo, que nunca teníamos, o una salida al cine a ver una película esperada, o un viaje, o, ya más grandes, una fiesta, un baile, lo posible ponerse de poder mirar unos ojos anhelados y que, en lo posible, esos ojos nos miraran. Aunque sea, un poco, nada más.
Todo esto nos serviría para esperar el sueño blando con una sonrisa que nuestra madre adivinaba en la profunda oscuridad.
También estaba aquella pasión excluyente de entonces, el fútbol.
Ya como meros espectadores, como hinchas o también como protagonistas de los picados de potrero o con los equipos: camisetas, pantaloncito y botines, se entiende.
También estaba aquello de cierta luz evanescente, que subía en los atardeceres del mismísimo pasto ya expuestos o expectantes de rocío, que vendría en poco tiempo a fecundar esas hojitas verdísimas, alegres de tanto sol, de tanta luz, la misma luz que encendía hasta las más oscuras conciencias y las haría despertar.
Era la luz sin embargo la que iba cambiando la ilusión de las cosas y a veces las trasportaba en mera ilusión de los sentidos, sobre todo en las siestas, cuando la luz densa de octubre filtraba ese polvillo que el poder de las flores diseminaba en el aire, y el polvillo que los vehículos esparcían sobre los seres, las plantas y las cosas mismas lograban un ámbito de inusitada rareza, algo que nosotros percibíamos aún sin observar demasiado.
Esa es la luz que llevo conmigo, la misma luz que envolvía a mi madre, a sus quehaceres humildes pero fundamentales para que toda la casa funcionara como una pequeña orquesta, pero en esa misma pequeñez oficiaba de orden para que el universo funcionara, los animales parieran y los pájaros cantaran en su
plena testarudez, con o sin sentido, con alegría obcecada, porque sí, porque obedecen a un orden que está por encima de la estupidez humana como esa pequeña florcita de malvón que no llega a rojo, pero se le aproxima cuasi pálido, no ostentoso, humilde, pero pleno en su esplendor que arrasa toda prevención, y alienta todo desatino, desde esas ollas viejas que ofician de macetas, y que mi madre dejó al pie del ceibo que sus manos plantaron y las dejó allí, con intenciones de seguir regándolas todas las mañanas, pero un día no pudo, y no por olvido voluntario, sino porque de improviso emprendió ese camino que le quitó de nuestro amor para siempre, aunque duela y no haya resignación posible y uno deba recordarla -como era- en un pasado que se torna irremediable a fuerza de ser inquirido.
Pero así son las cosas. Así deberemos aceptarlas.
Sin embargo, otro día, otra tarde se apea en mi recuerdo y no en octubre sino abril y media tarde. El perro ladra, un sulky se aproxima lentamente por esa cortada cubierta de gramilla donde nunca llega nadie, sólo tía Argía, muy de vez en cuando y lo hace en sus viajes al pueblo desde aquella chacra lejana, más lejana y sola en mi memoria.
El caballo se detiene al chasquido seco de su látigo que golpea el aire seco, duro, como una lámina estática de aceite.
Yo estoy feliz, y no sé por qué. Tal vez alguna víspera de un encuentro futbolístico, tal vez alguna expectativa de una salida al cine ya que rara vez me concedían ese esperado permiso.
No sé, no sé.
A veces vuelve esa tarde y vuelve esa luz que no eludía mariposas porque no era la época, pero sí los pájaros que en ese tiempo eran numerosos y esquivaban limpiamente los temibles gomerazos que dirigíamos a esa felicidad desprevenida que ostentaban un evidente desenfado, y, de vez en cuando uno
caía con el piquito en sangre, asesinado.
¿Pagaré alguna vez aquella punta de gorriones que se transformaban en almuerzos de mi gato?
Hoy, adulto, apelo a mi inconciencia de niño, para dar una razón, a tanto daño inútil, evitable. Pero muchas veces uno -más en ese tiempo actúa por mera imitación, lo cual no quita la culpa, tal vez la morigera.
Con esto quiero dejar constancia que un día de abril pudo ser confundido con el día de un octubre cualquiera, por la confusión de aquella luz que ponía vida, esplendor y alegría sobre las cosas.
O, a lo mejor, digo, la alegría en mí por alguna cosa que ya no recuerdo, seguramente fútil, o no, tal vez son importantes en ese tiempo y hoy ya he olvidado, como tantas cosas en la vida.

PSICOANALISIS DE UN HIJO DE PADRES DESAPARECIDOS
Niño exiliado*

"Nuestros niños son nuestra historia social", advierte el autor, al referirse al chico cuyos síntomas expresaban "el temor a estar eternamente condenado a elegir entre un dilema de hierro: traicionar la causa de sus padres para poder salvarse o tener que inmolarse como ellos y por ellos".

Por Juan Carlos Volnovich *

El espacio del síntoma, en el análisis de niños, es también escenario de una historia social que impone su presencia y torna estéril cualquier intento por silenciarla. Nuestros niños son nuestra historia. Cada generación se apropia de la historia al advenir a ella y encarna los mitos de las que la preceden. Nuestros niños, como historia nuestra, son testigos-testimonio de un proyecto genocida, de una empresa de exterminio y, en cada síntoma, en el más banal de los síntomas del menos neurótico de nuestros niños, habla el espanto y la tragedia que amenaza repetirse a cada paso. Nuestros niños y nosotros, en el más aséptico análisis individual, estamos marcados por los mismos horrores.
Me referiré a Andrés, un pibe que analicé cuando regresé del exilio, allí por 1985. Tengo presente su mirada celeste, tierna, escrutando mi lugar y mi persona. Frente a mí está ese pibe rubio de nueve años, obediente, educadito. Está turbado. Cuando nuestras miradas se entrecruzan, se ruboriza; con su inhibición y su vacilación me va dejando entrever que no está cómodo, que no sabe qué hacer. Pasa así un largo rato y la impaciencia -la suya, la mía- aumenta. Entonces, ¿qué vamos a hacer si ni él sabe decir ni yo preguntar?
Andrés tenía poco menos de dos años cuando lo encontraron acurrucado en la bañera, vestido. La puerta del departamento estallada, los estragos de la violencia militar por doquier y, desde entonces, la ausencia definitiva de los padres. Una vecina lo recogió y luego lo cuidaron compañeros de militancia de los padres y familiares; pocos meses después, su abuela lo recibió, cuando aún no había aprendido a hablar, en lo que llegó a ser un confortable exilio parisino. De allí regresó a los nueve años, en marzo de
1985, y aquí nos encontramos. Vivía entonces solo con su mamá (su abuela) y su único síntoma: una otitis crónica con perforación del tímpano, por lo que "hay que cuidarlo mucho y no dejarlo salir" en invierno "por el frío, ¿sabe?". En verano no puede ir a la pileta por aquello de meter la cabeza en el agua.
Extraña París, claro; se conmueve -y me conmueve- cuando habla de su perrito francés que no pudo traer.
-Si perdí a mi perrito, entonces, es que siempre voy a perder las cosas que quiero.
En nuestro segundo encuentro vacila, pero finalmente se decide:
-Te voy a hacer un dibujo -dice.
Es un hombre con la camiseta del seleccionado argentino, en medio de un camino absolutamente desolado.
-En París tengo un amigo. Federico se llama. Federico también es exiliado, pero él se quedó allí. El perrito está con Federico.
El "exiliado" resonó con la intensidad de un escalofrío. Funcionó como clave y contraseña. Entonces, me dispara un:
-Vos también estuviste exiliado, ¿no?
Entonces, el turbado soy yo, que no sé cómo hablar ni cómo callar. Pienso que llevo más de veinte años de oficio. Podría haber aprendido a ser más eficaz, me digo. Siento la misma precariedad de un novato; o peor. Y para colmo, allí está él, que me asedia con su mirada cándida y su palabra. Sé que ahora lo escribo como antes respondí en silencio. No obstante, para mi asombro, "exiliado" funcionaba.
Funcionó como clave articulante entre el perrito y Federico, ausentes, y yo, un desconocido presente a encontrar. Sólo que ese encuentro no estaba fundado en la competencia de mi práctica psicoanalítica
-testimonio de un saber-, sino que partía de un equívoco de creencias: Andrés pensaba que podía confiar en mí, que yo podía entenderlo, más que como psicoanalista, como exiliado. Y yo pensaba que no era mi saber competente sino la incomodidad de mi silencio la que había habilitado el lugar para que sus
dibujos y sus palabras comenzaran a fluir. Y fluyeron. Llegaron las sesiones, los juegos, los dibujos, las asociaciones y los sueños.
Si contenido hubo en las sesiones, eso que solemos llamar "material", porque lo produce el paciente; si intervenciones hubo, eso que solemos llamar "interpretaciones", porque las dice un analista, versaron sobre cómo la pérdida y el dolor llevan a sentimientos de vergüenza. Y la vergüenza es una dificultad muy grande. La vergüenza es difícil de decir y es difícil de callar. Pues bien, con esa vergüenza, con esa dificultad, estábamos.
A partir de aquí, Andrés se volvió animoso, como la democracia del '85, y empezó a coleccionar calcomanías. Le parecieron lógicas -ya que su papá desaparecido se llamaba Ricardo- aquellas con la banderita argentina como fondo de "R.A.".
Con ellas intenta ocupar (opacar) el vidrio de su ventana hasta que la habitación queda prácticamente a oscuras.
Junta, colecciona, acumula calcomanías y se lamenta por no conseguir "de las de antes", aquellas que se había perdido.
Puedo reconstruir, ahora, algo de lo que entonces le dije sobre su infancia perdida, como un tiempo lejano, inapropiable, opaco. Algo sobre el dolor resultante de esa opacidad y sus esfuerzos por recuperar, guardar, atesorar, coleccionar al fin, aquello donde él se reconoce. Aquello que lo representa y refleja.
-Sí, pero se me pierden -rezonga-. Nunca las encuentro. Si no las pego en el vidrio, se me pierden. Yo nunca encuentro lo que guardo. No sé dónde las pongo. Mi mamá dice que, si sigo así, algún día voy a perder la cabeza.
Entonces, a través de estas pistas -transparentes en su opacidad-, a partir de estos indicios, tan sabios como ingenuos, se inauguró el análisis; se hizo un espacio para que la palabra alusiva, en la que asoma y se esboza la trampa del texto inconsciente, ocupara el lugar del decir indeterminado de los síntomas.
Si la presencia del síntoma es la pérdida y el olvido: ¿qué silencio le hace estallar el oído? ¿Qué
no-recordado se repite como supuración por ese agujero en el tímpano? Pues, al escurrirse, intenta encontrar una salida, que es fallida, al no estar ligada a la verdad que la causa. Si la cura esperada es que el agujero se cierre para posibilitar la salida (impedida en invierno "por el frío ¿sabe?", y en el verano por el peligro de meter la cabeza en el agua) damos con la paradoja de que el agujero no lo deja salir.
Y se hace coherente, entonces, la culminación del proceso: cuando toda la ventana queda cubierta de calcomanías "R.A." cesa la supuración y cicatriza la herida.

Calcomanías
Por primera vez en muchos años, Andrés está cerrado; su oído, sano. Y, mientras dibuja aviones de despegue vertical y globos aerostáticos, comenta, como telón de fondo, el juicio a los militares que hicieron desaparecer a sus padres y que se escurren por el agujero, rajadura, de una ley fallida.
Cuando, en Semana Santa, Raúl Alfonsín lo convoca para ser testigo de su desmoronamiento, Andrés, al regreso de la manifestación en la Plaza, defraudado, dolido, despega las calcomanías; el vidrio de su ventana se hace transparencia y vacío.
Con el presidente que se le cae, caen las calcomanías y aparecen los miedos.
Tiene miedo a la ventana abierta y al balcón. Cierra todo: postigos y cortinas. Es invierno y no importa, pero, cuando llega diciembre y hace calor, Andrés prefiere soportarlo antes que abrir la ventana. Está
doblemente aterrado: por la ventana abierta y por la irracionalidad de "eso" que le pasa. Y algo más: el viento, el rugido del viento. Ese silbido que lo asusta y lo angustia, y que en un piso alto es inevitable.
Llega marzo, abril: primer aniversario de la Semana Santa Trágica y el presidente -"lamentable", me dice- habla por televisión. Cuando le digo que, seguramente, le duele haber visto a Alfonsín haciendo el ridículo, "cayéndose", y que él quisiera poder valorarlo más y también hacerse valer, volar y tener valor para salir al balcón sin temores, me cuenta un chiste:
-¿A que no sabés en qué se parecen Olmedo, Monzón y Alfonsín? En que cada vez que salen al balcón, hacen cagadas.
Por entonces, Andrés abre sin miedo la ventana y sale triunfante al balcón.
Hasta aquí, tres años han pasado desde nuestro primer encuentro. Años en que tal vez, más que pensar los contenidos, importa rescatar que hubo encuentro, que hubo un lugar en donde Andrés pudo decirse y yo, escucharlo. Un lugar en donde pudo decirse la historia.
Que sus padres desaparecidos, sin enterrar, retornarán mil veces y como rugido silbante, intentarán entrar por la ventana abierta, me parece una evidencia tan obvia que no vale la pena anticiparla.
Que el miedo de Andrés a la ventana abierta es el anhelo de saltar por la ventana, me parece una evidencia que, aun así, llamará a la polémica.
Pero afirmar que la angustia por el desmoronamiento de Raúl Alfonsín es un síntoma de excelente salud, miedo al fracaso del padre, temor a la caída que impida el propio fracaso y la propia caída es, tal vez, menos evidente y más audaz.
Es entonces cuando intentar fortalecer y valorar la posición del padre, aunque sea a costa de tenerle miedo al espacio vacío, ventana afuera, se nos impone como camino posible de la cura.
Porque la ventana cerrada protege de la violencia exterior que derribó la puerta años atrás y, también, del viento rumoroso. Pero el miedo al viento como objeto es mucho más, es miedo a ser objeto del viento. Es el temor a estar eternamente condenado a elegir entre un dilema de hierro: traicionar la causa de sus padres para poder salvarse o tener que inmolarse como ellos -y por ellos- para saldar su falla. Destino de sobreviviente después de la masacre, ir para donde lo lleve el viento engañado en su ilusión de volar o caer ante la ausencia de una referencia paterna que le impida zafar del vendaval.
Entonces, se ilumina. Tiene que hacer un dibujo conmemorativo del Primero de Mayo y sabe, claro está, de los mártires de Chicago. Pero no. Elige una escena porteña. Un gran cartel en medio de la calle: "HOMBRES TRABAJANDO" y, detrás, un policía blandiendo el bastón sobre la cabeza de un trabajador.
Se divierte en la sesión mientras lo dibuja y le sale "copante". No obstante, en la sesión siguiente, me cuenta que cambió de opinión y que no lo presentó. En su reemplazo hizo otro "menos político".
-Vos sabés. No me conviene que el profesor de dibujo, que es medio facho, se ensañe conmigo. Ni es bueno que yo me regale así nomás.
Si propongo este fragmento clínico es porque en la presencia elemental del síntoma de Andrés, en la supuración de su oído, en la fobia a la ventana, en el miedo al viento, todo se anuda, la trama confluye y torna inútil la pretensión abarcativa de comprender psicoanalíticamente -o sólo psicoanalíticamente- el síntoma y su destino.
El tímpano y la ventana soportan la angustia que a su vez condensa una historia individual y social que en el proceso terapéutico me incluye y torna interminable su análisis.
Sería esquemático y simplista establecer una continuidad entre el fantasma y lo social. Todo se superpone. En la historia de Andrés, las dos vertientes hacen coalescencia o telescopan las escenas. Y esta escena me incluye y me interpela.
Si propongo este fragmento es para buscar en su lectura, como quien lee un diccionario compacto y minúsculo -cuerpo infantil-, el trazo elocuente de nuestra historia de hoy: historia de un país, de una familia, de un niño.
Ese trazo histórico, ese latigazo encarnado, ese sujeto hecho síntoma es, claro, núcleo de verdad histórica. Testimonio mortífero. Marca de violencia.
Violencia que ocupa, prepotente, el lugar protector, habilitante, de la ley.
Violencia que lo dejó huérfano, que lo arrojó al exilio y que hace retorno en el cuerpo agujereado y supurante; en el miedo a la ventana abierta por la que, acaso, pueda caer o se cuele el viento.
Pero ¿qué violencia? ¿La del régimen que hizo desaparecer a sus padres o la de sus padres que, al desafiar al régimen, lo abandonaron? ¿Actualización contingente, a los doce años, de sus fantasías parricidas o sufrimiento por tenerlas vedadas? ¿Desajuste, esfuerzo de adaptación de un casi francesito en migración, desexilio, que vuelve a una patria a la que, se sabe, uno nunca vuelve, siempre va, porque ya es otra?
Han pasado casi veinticinco años desde nuestro primer encuentro, aquel de las miradas anhelantes y turbadas. Veinticinco años en los que, tal vez, más que pensar los contenidos pertrechados de mi doctrina (episteme con el que pudiera articular cierto discurso explicativo), importa rescatar que hubo
encuentro, que hubo un lugar en donde Andrés pudo jugarse y decirse y en donde yo pude escucharlo. Andrés terminó su análisis en 1989 y desde entonces nos hemos vuelto a ver, ocasionalmente. Una de ellas, cuando el decreto que indultó a los militares volvió a reactualizar el horror del desamparo.

* Extractado de un artículo incluido en Subjetividad y contexto-Matar la muerte, coordinado y prologado por Gregorio Kazi, que también incluye textos de Enrique Carpintero, Ivan Fina (coord.), Horacio C. Foladori, Gilou García Reinoso, Alfonso Lans, Daniel Navarro, Marcelo Percia, Alberto Sava (coord.) y William Siqueira Peres. El libro será presentado el próximo sábado de 11.15 a 12.45 en el Congreso de Salud Mental y Derechos Humanos de Madres de Plaza de Mayo.

-Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-135523-2009-11-19.html

Los lobos*

Me pregunto si alguna vez podremos
librarnos del asedio de los lobos,
cuando creemos que al fin se retiraron
vuelven y nos recuerdan / con sus aullidos,
que aún están allí, agazapados,
con su hambre de carroña,
con sus fauces atroces,
tratando de alcanzar, con un zarpazo,
los restos del festín.
Algunos se han cubierto la pelambre
con el cuero de algún cordero muerto
y simulan, no sin arduo trabajo,
una digna actitud de mansedumbre.
Pero no pueden con su naturaleza
y al verlos todos juntos mostrando ya sus garras,
gruñendo desconfiados de su propia jauría,
me invade nuevamente la profunda tristeza
de pensar que, además, podrían tener cría.

*de Celina Vautier. celka@arnet.com.ar

*

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15/11/2009 GMT 1

DESPERTÉ CON EL TIRÓN DE MIS RAÍCES...

urbanopowell @ 14:48

HISTORIAS

El arcón de las ausencias

deja asomar historias,

pequeñas y largas historias

inconclusas en el tiempo.

Contarlas no tiene objeto,

serían olvidos negados

por quienes nunca partieron

en busca de un unicornio blanco.

Y echarlas a volar al viento,

se confundirían con palomas

pero al volver no habría nido

que protegiera su insomnio.

Así que cierro mi arca

y acuno historias de olvido.

*de Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar

DESPERTÉ CON EL TIRÓN DE MIS RAÍCES...

El regreso*

Doctor Bautista Simón Illapantac, lee a través de la transparencia de la caja, en la tarjeta que encabeza el lote de doscientas. Los títulos, la profesión, con todo eso que le ha costado tanto regresa a su pueblo, vuelve a su hogar y a la curiosidad de verla a Alicia.

Kilómetros más kilómetros cambiando follaje por piedra, subiendo en diagonal de sur a norte hacia las estribaciones de los Andes, y después de transbordar en San Salvador para alcanzar el micro local, Uquía, clara hasta hacer daño a los ojos. Valle elevado y angosto de tierra pedregosa, calles estrechas que suben y bajan, casas blancas de techos ásperos, contiguas; otras casi suspendidas en la ladera del cerro –imponente Huaca-.

El colectivo empolvado frena suave en la esquina sin ochava del almacén de Pedro. Todo está igual, piensa. Su madre, esperándolo, lo desmiente; enjuta, con sus trenzas desteñidas en finos trazos blancos. Entonces se da cuenta que pasó una vida, una vida sin verla encanecer de a poco, ni descubrir cada nueva arruga en su rostro moreno. A su lado, una mujer que desconoce, la acompaña.

Se descuelga del micro y abraza a su mamacita en cuerpo y alma, llora de emoción al sentirla tan cerca, cuando desvía la vista, advierte que la desconocida es Alicia, la que prefirió quedarse en el pueblo. La atrae, reteniéndola con amor ido en un segundo tras haberlo defendido por años. Impacto brusco, desilusión, todo junto.

Flanqueado por las dos mujeres camina el trecho que lo separa de la casa y a medida que sube la cuesta, su mirada abarca más y más el caserío engalanado para el festejo. Saluda a los amigos, pregunta por sus hermanos, los cinco desperdigados a lo largo de la Quebrada, con distintas ocupaciones y en familia.

Entra al hogar orientado al Este, su maleta recala. Le salen al encuentro el mismo olor a humo de la infancia, idénticos colores, aunque menos brillantes, pero cuanto más pequeña y chata le parece la casa. Busca en el patio al árbol de ramaje tierno, las ramas nudosas del lapacho lo ignoran traspasándolo de frío en el mediodía caluroso. Se ve niño parado en el mismo lugar, con los ojos fijos en la copa del árbol, esperando que caiga una flor en el cuenco impaciente de sus manos… Si alguna conservada entre dos hojas de un cuaderno llegó con él a Buenos Aires.

Junto a los fieles asiste a la procesión que recorre Uquía, suben y bajan del cerro serpenteando por el camino polvoriento. Finalizada la ceremonia, la imagen vuelve a su pedestal en el altar mayor, la custodian las pinturas de los ángeles arcabuceros, expresión cándida y paradojal del arte indígena. Repica el campanil en la iglesia caleada para la ocasión y se dan la mano Viracocha y la Virgen, en paz regresan los píos a su continuidad.

Empecinado en los recuerdos sigue buscando los afectos, le confía a Alicia su desasosiego. Ella lo escucha con atención. Él se desnuda fragmentado, tratando de conciliar la realidad con sus vivencias de adolescente. Intuye que ha perdido su lugar sin esperanzas de recuperarlo.

El doctor Bautista Simón Illapantac, especialista en vías aéreas superiores no hace falta en el pueblo, donde sus habitantes se ríen del apunamiento y siguen mascando coca para evitarlo, tienen su propia medicina y otros códigos, distintas alegrías y preocupaciones ajenas.

Ya no encaja Bautista en esa dinámica primitiva, tan hermética y a la vez tan íntegra, que al compararla con sus once años de estudios terciarios siente que los conocimientos adquiridos lo han llevado como por un embudo, al que se entra pleno, a los borbotones y se sale retaceado y mezquino. Y lo perdido, lo perdido lo poseen las dos mujeres por el hecho tan simple de haber echado raíces en el pueblo que las vio nacer.

Lo que podría haber sido para siempre, sólo fue un extenso y merecido tiempo de vacaciones. Se va después de mirar largamente a su madre, se lleva su risa viéndola disfrutar con la fiesta de la diablada en Humahuaca. Hoy Uquía le hace daño.

De regreso a la Capital se detiene en Tilcara y en el Pucará, como un turista más, admira la fortaleza construída por los indios Omaguacas, con su jardín botánico de altura y la curiosa piedra campana que emite un sonido similar al tañido del bronce. Quién sabe cuándo volverá a transitar la Quebrada.

En el otro camino, el de la vida, perdió el tren de la totalidad. Por elección subió al que se bifurca y allá va el flamante doctor, por un carril su corazón, por el otro su acervo, conciliando sentires.

*de Ana Maria Diaz Velo anadiazvelo@hotmail.com

EL ÁRBOL*

Había decidido cortarlo, le traía demasiados recuerdos. Había crecido a su sombra, en su tronco tenía las iniciales de sus amores, que ascendían en la medida en que su cuerpo se estiraba: amor de infancia, amor de adolescencia, amor de adultez, aquel oculto amor imposible... No había por qué almacenar tantas remembranzas, era hora de borrar el pasado y vivir el presente.

Llegaron los de la poda y comenzó el lento proceso de derribarlo, el camión esperaba para llevarse los fragmentos. Escuchó el sonido de la sierra, impávido.

Mas cuando lo vio caer, algo le hizo correr a su encuentro, arrodillarse y contemplarlo, ajeno a partir de ahora del viento y la llovizna, de lunas y de soles...

Habló entonces, deshojando su último aliento vital, por milagro el árbol, mostrándole su pecho herido de iniciales:

“Yo te quise más que todos, pues te amé en silencio”.

*de Marié Rojas.

PROTOHISTORIA*

“Soñé que era un ala, desperté con el tirón de mis raíces.”
CLARIBEL ALEGRÍA - NICARAGUA

Cuanto daría por evadir la impiedad de esa noche.
Cuanto daría, cuanto.
Pajonal jadeante. Oscuridad.
Abrumadora soledad del médano.
Los pies descalzos han cruzado la gruta del deseo.
Un enero de polvo desolado muerde la prisa del verano.

Aullido martillo. Viento pujante.
Jano mira hacia el Este.
Desnudez fecundada.
Rosa abierta, desangrada y expuesta.
Morir / nacer / penumbra / luz.
Pájaros de papel buscan el crepúsculo sangrante
del día.
La muerte no tiene futuro.
Rompe el silencio la ternura enmarañada del primer llanto.

Han partido los huéspedes de sombra.
¿Adonde irán? ¿Dónde los llevarán los médanos?
¿Quién llevará la cruz y quién la espiga?
Detrás ha quedado el agua, el eclipse, el brote.
El cardal y una rama de sauce.
Un país desconocido aguarda
Cuánto daría por que vuelva esa noche.
Cuánto daría, cuánto.

*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar

CREPÚSCULO EN “COLONIA HANSEN”*

El viaje lo hicimos por caminos bien cuidados, flanqueados por trigales amarillos y grandes franjas de soja. De vez en cuando un monte y a los costados: yuyos y un cielo limpio alrededor.
Hacía años que no me internaba por ese trazado prolijo de caminos reales que conectaban varias colonias con el pueblo. Hubo varios recodos y cruces, tantos que si mi hermano no hubiera estado conduciendo con seguridad nos habríamos perdido.
Viajamos charlando con entusiasmo, en mi caso escuchando las anécdotas que contaba mi tío Pancho Isaías, gran merodeador de estos campos cuando el abuelo arrendaba el campo de don Carlos Burky, allá por el treinta.
Traté de armar, de ordenar ese rompecabezas del pasado familiar campesino, juntando las que contaba mi padre y estas versiones –nuevas para mí- del tío.
Una cosa era segura: la pobreza, las necesidades, la imaginación de ocho hermanos para inventar los juegos con un padre severísimo y apegado compulsivamente al trabajo como eran aquellos inmigrantes de principios del siglo veinte.
De vez en cuando un cuis cruzaba raudo delante del motor del auto y por la ventanilla veíamos dibujar el aire al vuelo de una bandada de golondrinas que buscaban orientarse en su ruta hacia el mar.
Mientras tanto el crepúsculo giraba lento e incuestionable y allá al fondo del campo un melón naranja languidecía gigantesco.
Antes de alcanzarlo, doblamos.
Mi hermano iba explicando quiénes eran los dueños de estos campos, mi tío constataba con sus recuerdos, que a veces coincidían con la actualidad y otras, no.
Después de un rato de andar, desembocamos en una calle ancha, muy ancha, flaqueada por eucaliptos centenarios, algunas pocas casas, de hondísimos patios que rodeaban cercos de tejidos romboidales, con perros, gallinas que picoteaban con entusiasmo el suelo, perros ladradores. A un costado del caserío una blanca capilla con su techo típico de dos aguas, pintado de un furioso colorado. Cruzando en diagonal, el edificio de la escuela y otra calle atravesando a ésta por donde ingresamos , no más de una docena de casas y en la esquina donde se juntan las dos anchas calles, el bar de mi amigo Emir y su venta de combustibles. Es el centro del pueblo, tiene teléfono, internet y es estafeta de correos. Me dice que quedan 39 productores que viven en la zona. La colonia está en un punto privilegiado, equidistante de cinco pueblos que la rodean.
Hay también un par de casas cerealeras con sus galpones de acopio, sus máquinas secadoras, sus balanzas para camiones y esas altísimas columnas de hierro que nunca supe para qué servían y mi ignorancia me inhibió de inquirir.
En la única manzana del pueblo está la escuela y el hueco de un antiguo almacén de ramos generales, y un densísimo montecito de higueras, plátanos, olmos, eucaliptos, todo cruzado por lianas de enredaderas salvajes. Allí se interna Salvo, el loco del pueblito, un manso hombrón que dialoga con los pájaros y se pasa horas metido en ese laberinto inextrincable.
Cuando uno camina por ese sitio, sale y se pone al lado. Si uno le habla, no contesta, aunque Emir dice que todo lo entiende. Y luego de caminar algunos metros de silenciosa compañía, desaparece con el mismo sigilo. Cuando los camiones cargan cereal en tiempos de cosecha, se acerca a mirar. Se pasa horas allí. Luego misteriosamente desaparece, escondiéndose entre los árboles.
Así actúa, entonces lo tomamos como parte del paisaje, con toda naturalidad, sin hacer comentarios estúpidos como hice cuando lo conocí. Se llama Salvador, pero todos le dicen Salvo. Tiene dos hermanos más y viven cada uno en una casa distinta, los tres solos, los tres vecinos.
Después de dar una vuelta a paso lento por el magro pueblito, nos llegamos hasta el bar de Emir Menza, quien con toda indolencia atendía a un par de parroquianos parcos vestidos con ropa de trabajo que evidenciaban su pertenencia al trabajo rural.
Después de los saludos y de recordar por enésima vez cuándo nos conocimos y cuándo nos hicimos amigos (eso forma parte del ritual) nos sacó una mesa al patio (es un decir, mejor dicho a la calle bajo unos coposos paraísos centenarios. Nos cortó unos salamines caseros, hizo otro tanto con un rico queso que se fabrica en la zona, puso una botella de un grueso tinto, una bandeja de pan cortado y se sentó con nosotros.
La sola visión de esos manjares nos puso de muy buen humor a todos.
La casa, una construcción antiquísima y que conoció mejores épocas tiene una cantidad impresionante de habitaciones de las cuales sólo ocupa algunas. En la esquina funciona el bar y una pequeña despensa, al lado tiene la cabina telefónica, su oficina y su computadora, tiene otra habitación que usa como depósito y el resto de la casa está vacía, ya que él vive en una casita enfrente, con su madre octogenaria, que le ayuda en el bar. A un costado tiene los depósitos de combustible. Todo lo rodea una vegetación envidiable.
La tarde mientras tanto retrocedía con el sol que allá lejos – aunque parecía que lo teníamos muy a mano- repartía haces violetas y amarillos que se filtraban tras de los trigales donde los “brasitas de fuego” iban a apagarse tirándose de cabeza, como carbones ardiendo.
La charla se hacía muy animada de a ratos. Miré el rostro de esos hombres que compartían ese momento tan único: mi tío con quien no coincidíamos hacía mucho en el pueblo ya que vive en Córdoba, mi amigo Guillermo que fumaba en silencio, entrecerrando los ojos para evitar su propio humo, mi hermano que no fuma, junto a su infaltable botella de agua mineral.
Ese día quise ser consciente de esa felicidad irrepetible, de ese gozo inmenso que me producía estar así, entre gente querida, que a las ocasiones las suelen pintar calvas y me dije para mí que iba a disfrutar al máximo de ese momento.
De pronto le pregunto a Emir por la antigüedad de la casa.
- Fue construida en 1897- contestó sin vacilar.
Al parecer por allí iba a pasar un tren y se lotearon cien terrenos, se construyeron las primeras casas, pero luego con el paso del tiempo ante la ausencia de ese factor de progreso, el pueblo no creció más que esas dos manzanas.
Recordé otras épocas más florecientes de la colonia. Cuando íbamos a jugar campeonatos de fútbol en mi niñez, o ya en la adolescencia íbamos a los bailes que se realizaban en la escuela o en el salón del club ya desaparecido como dije antes. Ni club ni salón, sólo recuerdo.
También tuvo su época de oro en la década del sesenta cuando un inquieto maestro, muy querido, de apellido Reixach organizaba las carreras de limitada santafesina, tenían un conjunto de teatro con sus ex alumnos y toda cuanta actividad podía realizar para elevar el espíritu lo tenía como un entusiasta propulsor.
Quisimos conocer la capilla, que uno de los hermanos del loco nos abrió diligentemente.
Con la promesa hecha a Emir de volver otro día a constatar sus dotes de eximio cocinero –ya un mito en la zona- fuimos subiendo de a uno al auto. Le di un abrazo fuerte a mi amigo, quien me hizo prometer que lo llamaría por teléfono “para hablar de política”, ya que además es un caudillo de la zona.
Era ya noche cerrada. No quedaban ni el loco ni el sol ni los pájaros amigos del loco.
Los árboles y las casas sólo existieron cuando los faros del auto los fueron iluminando fragmentariamente y el silencio era el testigo mudo del placer de cuatro hombres reconciliados tal vez con lo mejor de cada uno.

Invierno, 2001

*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar

Historias con nombre y apellido
La mujer que nunca pudo dejar de nadar*

*Leila Guerriero
LA NACION

El mantel llegaba hasta el piso y la oscuridad, bajo la mesa, era perfecta.
Allí, sobre las baldosas de la cocina, en la casa de Floresta de avenida Directorio, María Inés, María Cecilia y Germán, los tres hermanitos Mato, practicaban el fino arte de la navegación en fragata imaginaria. Luchaban para intentar el abordaje, desplegaban las velas, tomaban posesión del puente de mando. Durante esas contiendas una de las dos hermanas mellizas llevaba ventaja. Cuando el combate arreciaba, cuando las bombas se hacían insoportables, la hermana llamada María Inés se quitaba la prótesis de la pierna derecha y la usaba como cañón.
Los nadadores de aguas abiertas podrían dividirse en competitivos (aquellos que participan de maratones), no competitivos (los que se enfrentan de forma individual a "eventos clásicos": cruzar el Canal de la Mancha, atravesar el Estrecho de Gibraltar) y los otros, los que nadan en geografías hostiles donde casi no hay registro -por lo menos contemporáneo- de nados anteriores.
No existen en el mundo demasiados sitios como ésos, pero es probable que María Inés Mato, 43 años, nadadora de aguas abiertas -frías-, amputada de la pierna derecha a la altura de la rodilla, haya nadado, de esos sitios, en todos.

* * *

-Mi hermana tuvo el accidente enfrente de mi casa. Estábamos con papá y vino el colectivo. Fue muy traumático -dice Germán Mato, físico, desde la Comisión de Energía Atómica, en Bariloche, donde vive y trabaja desde hace más de 20 años-. Mis padres trataron de protegernos de las consecuencias
emocionales, intentando que no interrumpiéramos la rutina de ir a la escuela. Pero fuimos muy tranquilos. Quizás el problema de Inés hizo que no hubiera mucho margen para generar otros.

* * *

-Yo tenía cuatro años, y el colectivo era muy grande. Fue un problema de desadecuación de tamaños. Crucé cuando no tenía que cruzar. No me seccionó la pierna; me aplastó. Trataron de salvarla, pero estuve por entrar en una gangrena generalizada. Así que, al final, la cortaron.
Le pusieron prótesis y ella rompió dos, por usarlas como cañón, como espada, como garrote contra otros compañeros. La de ahora tiene ya 16 años y se llama Fellini.
-La tengo que cambiar. Siempre está la fantasía de hacértela: elegir una buena madera, tallarla.
Es fornida; lleva el pelo entrecano. Viste jeans, zapatillas, camisas simples, morral indígena. Conduce un auto con un embrague que se acciona desde el volante. Tiene una renguera leve en pierna derecha, apenas. En el colegio la exceptuaron de las clases de educación física y cree que eso, esa excepción, habla del extraño estado de las cosas.
Se hizo nadadora a los seis años, en un club de Belgrano que era también un instituto de rehabilitación. Descubrió que se movía bien en la ausente gravedad del agua y que lo suyo no era nadar rápido, pero sí mucho. Que no la aburría lo cíclico: el ir y venir cual hámster húmedo. Que le gustaba escuchar las cosas que usualmente no escuchaba fuera -el ladrido de los pulmones capturando el aire, el pistoneo del propio corazón- y la visión lateral, disminuida, la desfiguración grácil del mundo.
A los 12 conoció el mar: "El poder de la masa de agua y el ruido, y darse cuenta de que el agua no es totalmente agua porque tiene partículas sólidas". Terminó el secundario, siguió nadando en clubes y empezó a cursar Letras porque era gran lectora y "por absoluta imposibilidad de estudiar cualquier otra cosa". Ahora, su único sustento es el sueldo que gana como profesora de Semiología de la misma facultad donde estudió.
Hasta 1991 o 1992, fue nadadora de piscinas varias y, esporádicamente, del mar. Un día Gabriel Decunto, guardavidas de Mar del Plata, la vio nadar y le dijo: "Vos tendrías que cruzar el canal de la Mancha". Ella lo miró y pensó: "Está loco". Meses después la invitaron a correr una carrera por el río
Paraná.
-Yo nunca había nadado en el río. Y fue increíble lo que tuve con la corriente, con la opacidad del agua, con la textura aterciopelada, mucho más suave que el agua de mar, con el reflejo de los árboles, la caída de las hojas sobre el agua. Hice una promesa interna. Dije: "Esto es mío; yo tengo que hacer esto; tengo que procurarme una forma de estar acá todo el tiempo, de ir nadando a todas partes". Mucho después, tomé un café con David Viñas.
El había sido profesor mío y me expuso un panorama de lo que un estudiante de Letras podía hacer: ser profesor, periodista, crítico. Pero, en un momento, se detuvo y me dijo: "Vos, en realidad, ¿qué hacés?" Y mi respuesta espontánea fue: "Yo nado". Reconocerme como alguien que nada me hizo tomar decisiones. Viajó a Mar del Plata, buscó a Gabriel Decunto y le preguntó:
"¿Vos me decías en serio lo del Canal de la Mancha?", y él le dijo: "Claro", y le presentó a Claudio Plit.

* * *

Plit cruzó el Canal de la Mancha en dos ocasiones y fue campeón mundial de aguas abiertas cinco veces. Nació en Rosario, vive en Mar del Plata, practica yoga, es taoísta y lo primero que le preguntó a María Inés, cuando ella fue a pedirle que la entrenara para cruzar ese desierto de agua, fue para qué quería someterse a un entrenamiento de dos años, acumular volúmenes inverosímiles de nado en el encierro cementicio de una piscina y enfrentarse con ese demonio líquido que sólo había permitido que 70 de los 7000 que lo intentaron lograra atravesarlo. Ella le respondió: "Porque nadar me pone en un vínculo distinto con el tiempo. Y porque no me dan miedo las distancias".
El aceptó entrenarla; ella volvió a Buenos Aires, dejó la facultad, consiguió una beca y se mudó al Centro Nacional de Alto Rendimiento Deportivo (Cenard), donde nadó, durante dos años, todos los días, en una piscina descubierta que estaba a su única, total disposición.
-Nadar 12 kilómetros en una pileta fue lo peor. Estás encerrada; rebotás contra las paredes. Si no hacía algo para disociar esa situación, no lo iba a lograr. Y así fue como empecé con la meditación, las visualizaciones y las cartas: escribir cartas de invitación a gente que para mí era importante y
repetirlas durante esas tres horas de nado, como un mantra.
La primera carta está fechada el 29 de mayo de 1995 y dirigida al subcomandante Marcos: "Subcomandante, vamos a la Mancha [...]. Descansemos sólo lo necesario para continuar. Lo que va quedando atrás es sólo eso. El resto, el hilo mínimo que transforma la distancia en tiempo. Subcomandante, vamos, o venga usted aquí, para salir y cuanto antes alcanzar el continente". La segunda está fechada el 15 de junio de 1995 y dirigida a Federico Fellini: "La nave ya está yendo, Federico [...]. Y la nave va a buscarte, a buscarte a vos también, o sobre todo".
-Empecé a visualizar el Canal de la Mancha en las condiciones más terribles, porque te puede tocar nadar con sol, de noche, con tormenta. Siempre se ve la natación como un esfuerzo físico, cuando lo difícil es lo interno. Te podés aburrir, podés pensar "¿qué estoy haciendo acá?". Y lo arduo es tener
todos los sentidos puestos en el presente. Ver qué pide el agua y cómo respondés, porque el agua manda. Yo, además, me había preparado para encontrar el agua muy fría nadando en pleno invierno en Mar del Plata.
Entró al Canal de la Mancha por Shakespeare Beach, Dover, Inglaterra, a las 5.15 del 25 de agosto de 1997.
-Todavía era de noche y el barco guía llevaba las luces encendidas. Yo nadaba en esa aureola de luz, y era como un teatro que se desplazaba. Fue muy poético.
Los nadadores veloces cruzan en menos de 12 horas. Ella recorrió los 47 kilómetros en 12 horas y 48 minutos y, cuando terminó, supo lo que tenía que hacer: no volver a nadar nunca en su vida.

* * *

-Estábamos en Inglaterra, mirando el canal -dice su entrenador, Claudio Plit-. Ella había estado dos años gestionando dinero para hacer el cruce y, para alguien que quiere hacer deportes, toda esa gestión es muy desgastante.
Entonces, me dijo: "Dejo de nadar". Y discutimos mucho.
-El -dice María Inés- me dijo: "¿Qué te queda pendiente?". "Encontrar agua fría", le contesté. El agua del canal estaba a 15, 16 grados, y eso no es agua fría. "¿Y la encontraste?", me preguntó. "No". Entonces, me dijo: "Nunca te quedes con cosas pendientes en el agua". Y fue para seguir el rastro del agua fría en que María Inés volvió a nadar.

* * *

-Chicos, ¿quién me va a buscar una tiza?
Son las 11 y María Inés empieza a dictar su clase de los martes: Semiología, pleno CBC. El aula cementicia, pintada de blanco y verde, tiene una pizarra y 50 varones y mujeres, y banderas que dicen: "Abajo el golpe en Honduras".
Ella habla del sujeto y el objeto del discurso, de Umberto Eco, del análisis aplicado a la carta que Rodolfo Walsh escribió cuando su hija Vicky murió en un enfrentamiento con los militares. Todos la escuchan, pero no se sabe si saben lo que esta mujer hace, lo que esta mujer más es: una mujer que nada.

* * *

-Ella no nada con prótesis -dice Plit- porque no están hechas para nadar, pero para un nadador fondista, la patada no es fundamental. Genera mucha demanda energética y eso, en distancias largas, es un problema. María Inés era buena nadadora de pileta, pero no descollante. En lo que hay que sacarse
el sombrero es en el agua fría. Lo que ella hizo lo hicieron dos, tres tipos en el mundo, y con grasa o neoprene. Ella se mete sin nada.
-¿Qué hacés cuando nadás? -dice María Inés-. Buscar con las manos masas de aguas quietas. En el diálogo entre el nadador y el agua se producen zonas de agua que funcionan como puntos de apoyo. Lo que uno hace al nadar es escalar. Te apoyás en esa masa quieta con las manos, y trasladás tu cuerpo.
Lo central es la toma del agua. Tomar el agua, apoyarte en el agua, subir.
En 1999, ingresó en el libro Guinness de los records cuando nadó 34 kilómetros por el mar Báltico, durante 11 horas y, en parte, a través de una alfombra de aguas vivas. En 2000, nadó 50 kilómetros rodeando la isla de Manhattan durante 9h 50- y la contaminación del río Harlem le produjo vómitos violentos. Un día decidió que ya estaba bien de aquellas aguas amables, por tórridas, de 13 grados de promedio, y buscó su primer destino helado. Eligió el canal Beagle y supo que necesitaba un lugar de
entrenamiento. Miró el mapa, vio el lago Argentino, El Calafate, provincia de Santa Cruz, Parque Nacional Los Glaciares, y se dijo: "Ahí".
-Ya trabajaba en una meditación con cristales de cuarzo. Había elegido un cuarzo salvaje, con una forma muy parecida a la pared de un glaciar, que me acompañó hasta el final, en todos los cruces. Cuando fui por primera vez a El Calafate y expliqué lo que quería hacer, los guardaparques se asustaron.
La gente piensa que te vas a morir. Pero me dieron todo el apoyo. Me llevaban al lago; yo nadaba y, a medida que me iba habituando, decía: "Quiero agua más fría". Y me llevaban más adentro.
Finalmente, el 3 de marzo de 2001, a las 13.01, se internó en el canal Beagle, que sólo habían cruzado la norteamericana Lynne Cox y el mendocino Gustavo Oriozabala. Nadó con una temperatura ambiente de 3 grados bajo cero y aguas a 6°5. La guiaba un barco en el que iban Plit y Vicente Graziano, un flautista que tocó, durante la travesía, la banda de sonido de Cinema Paradiso y que la acompañó, después, en cada cruce. Aquella vez, cuando salió del agua, miró a Plit y le dijo: "No estaba frío. Al final, me voy a
tener que ir a nadar a la Antártida". En 2001, cruzó el estrecho de Gibraltar, en 2003 nadó durante 46 minutos en aguas a 4° a lo largo de la pared del glaciar Perito Moreno y empezó a pensar, muy seriamente, en cruzar el estrecho de San Carlos, que separa -o une- las islas Malvinas.
-Nadar en el glaciar era como ir a Río de Janeiro. Buscaba agua fría y no la encontraba. Hasta que en Bariloche un amigo me dijo: "¿Vos querés nadar en agua fría? Yo te voy a llevar". Me llevó al ventisquero Negro, donde nace el río Manso. Eso es más hielo que agua en estado líquido. Está a 0° 8. Y me tiré. Tres días después seguía con los dedos anestesiados. Dije: "Si puedo nadar acá, puedo nadar en la Antártida".

* * *

El cuerpo humano tiene una temperatura central y una temperatura periférica. María Inés logró, a través de técnicas de meditación y control respiratorio, aumentar o mantener estable su temperatura central aun si su temperatura periférica desciende a niveles drásticos. Cuando fue a ver al doctor Néstor Alberto Lentini, coordinador de tecnología y ciencia del Cenard, le dijo que quería nadar en la Antártida y le contó cómo pensaba hacerlo. Y el doctor Lentini no le creyó.
-Le dije: "Que vos tengas la sensación de que tu temperatura aumenta me parece bien, pero no te lo puedo creer si no lo puedo comprobar" -dice Lentini-. Para probarlo, ella hizo una sesión de concentración mental en su habitación y medimos y confirmamos que la temperatura suya había aumentado un grado.
María Inés Mato entró a las aguas de la Antártida desde la base Jubany, en febrero de 2006, a las siete de la mañana, y después de una noche de perros en la que no pudo aclimatarse, durmiendo en el camarote de un buque oceanográfico y con diez grados todo alrededor.
-La tierra fue más difícil que el agua -dice-. Nadé 20 minutos, pero podría haber seguido.
-A través de una cápsula que ella ingería -dice Lentini-, podíamos controlar la temperatura interna. La temperatura del agua estaba en 2°1 y la externa era de 10 grados bajo cero. La temperatura periférica de ella bajó a niveles de 35 grados, y la temperatura central subió un grado y se mantuvo estable.
Después de un determinado tiempo fuera del agua, empezó a recuperar su temperatura, sin síntomas de hipotermia.
El proyecto del doctor Lentini se llama termorregulación en aguas frías y abre un signo de interrogación a aquel viejo dogma marinero que dice que hombre al agua es hombre muerto.

* * *

Un día de 2007, María Inés estaba en el Parque Nacional Los Glaciares, entrenándose para nadar en las Malvinas, cuando soñó que su cristal de cuarzo se rompía. Despertó con una angustia vaga, pegajosa, de la que no pudo deshacerse. Al día siguiente, tanteando la mesa de luz, desconcertada, su mano chocó con algo y ese algo cayó al suelo y se hizo añicos.
-Era el cristal. Me dio una angustia horrible. Era como una señal. Me fui a ver a un gran amigo que vivía ahí y le dije: "Mirá lo que me pasó: se rompió el cristal". Y me dice: "¿Cuándo fue que decidiste tenerlo?". "Cuando empecé a nadar acá". "¿Y por qué lo elegiste?". "Porque tenía esta forma parecida
al lago Argentino". "¿Y vos viniste acá para ir dónde?". Y le digo "A las Malvinas". "Bueno", dice, y pone los trozos del cristal roto sobre la mesa: "Ya es tiempo". Los dos pedazos del cristal tenían la forma de las islas.

* * *

-Ella -dice Plit-empezó muy deportista y los últimos cruces no fueron tan físicos sino mentales. Es una nadadora intelectual y llenó esos cruces de arte. Por eso, entiendo que ahora ya no quiera nadar más. Porque su cuota deportiva la cumplió.

* * *

El viernes 21 de marzo de 2008, María Inés fue, por última vez, la nadadora: cruzó el estrecho de San Carlos, que separa la isla Gran Malvina de la isla Soledad. Ocho kilómetros cubiertos en tres horas con el agua a 9 grados.
-Fueron unas aguas tan raras. Como si fueran hojaldre, como capas de agua.
Yo pensaba: "¡Pucha! Tantas aguas recorridas y ésta viene a ser el agua más rara de todas". Pero fue maravilloso. Ahí dejé enterrados los trozos del cristal y cerré. Terminé con las aguas abiertas. Sigo nadando, cumpliendo aquella promesa que me hice de nadar en todos lados, pero al final no encontré el agua fría. Entonces, ya está, porque no hay aguas más frías que esas.

Más frías que las aguas que no existen: las aguas que soñó.

El personaje
MARIA INES MATO
Un ejemplo de superación

Quién es: nadadora de aguas abiertas. Profesora de Semiología en la Facultad de Letras de la Universidad de Buenos Aires. Coordinadora del área de Deportes de la misma facultad. Perdió parte de su pierna derecha en un accidente, a los cuatro años. Nació en Buenos Aires en 1965. Es soltera.
Qué hizo: cruzó el Canal de la Mancha en 1997. Gracias a ejercicios de meditación y respiración, pudo nadar sin protección térmica en aguas heladas como las del ventisquero Negro, cerca de Bariloche; el glaciar Perito Moreno, el Canal de Beagle, la Antártida y las islas Malvinas.

*Fuente: http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1199465&pid=7673346&toi=6267

Alicia y la maravilla*

Alicia vuela.

En azules unánimes.

Se rompen las estatuas, el tiempo circula,

vuelve al momento

en que con el pie en punta, los brazos alzados,

Alicia se despega.

Y en el mismo instante bifurcado

se junta

con la caricia de un suelo de conejos.

*De Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar

*

Inventren Próxima estación: CASBAS.

Colaboraciones a inventivasocial@yahoo.com.ar

http://inventren.blogspot.com/

*

Apreciadas amigas, queridos amigos,

Este domingo 15 de noviembre de 2009 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del grupo costarricense Editus. Las poesías que leeremos pertenecen a Pablo
Neruda (Chile) y la música de fondo será de Darío Robayo (Colombia).
¡Les deseamos una feliz audición!

ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!
(Recomendamos usar http://24timezones.com/ para conocer las diferencias horarias).

REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!

Freundliche Grüße / Cordial saludo!

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur
www.euroyage.org

Schießstatt-Str. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel: ++43 662 825067

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10/11/2009 GMT 1

SIN MOLESTAR AL VIENTO NI AL SILENCIO...

urbanopowell @ 02:03

SIN MOLESTAR AL VIENTO NI AL SILENCIO...

Poema de Cachi*

*De Horacio C. Rossi - en la terraza
(Oct.1953/mayo 2008)

Poema de Cachi … sin molestar al viento ni al silencio…
alta naturalidad de luna y sol
y frío (para mí: llego del llano, de los grandes ríos)…

y es así…

sonando esa lengua kakán de los hombres y mujeres llamados, según dicen, pulares, cuyos misterios todaviaún persisten…
lengua castellana de acá,

como la lengua venida de por allá, traslamar, y que una vez fue mía, la de allá, venida, y que ahora me hizo suyo, la de allá, llegada…

sonando esa lengua kakán, digo, sobre la vía del río entre los inmensurables cascotes…
en viaje presoñado, hacia poema…
pudiendo castiya, ansiando kakán para el poema…

(*)

Poema de Cachi… palabras que no quieren molestar al viento ni al silencio…
pisando las mismas calles que pisaron los hermanos mayores… los Dávalos, Leguizamón, Castilla…
me visto con sus nombres por dentro…

Y sigo anotando, ya de vuelta en casa, sin molestar, yo también, ojalá de silencio,
el de allá, el de acá, el de allá bajo viento, el de acá bajo ruído…

Algo quiero haber aprendido, y me miro los dentros para saber
… (ya falta menos)…
y me toco los días en Cachi, la casi nada que estuve ahí, mirando y ojalá, tan ojalá, si, algo viendo…

(*)

Viéndome, por ejemplo, frenado a propio miedo, todo entero yo, ante una tal Quebrada del Diablo, supongo, nombre que ni oí, y por supuesto que ni la bajé,
frente a los volcanes gemelos de cráter lateral, como en espejo, vieras Vos,
cerca La Poma de la Eulogia Tapia:

es como que me quise seguir estando acá, en esta casa casi todo el tiempo ajena, mundo de las zonceras, de la ciudad,
no quise confiarme al precipicio… en verdad…
desorientado, yo, conmigo,
como lo estarían allá los kilómetros decimales si existieran…

(*)

Sobre esa ruta usurpante del camino peatón de los chaskis correos trotadores
hacia y desde el Qosko Cuzco, portando quipo khipu, registros en código de barras legible en quichua keshua,

pero sonando en la prohibida y arrasada lengua kakán su corazón de aún hoy caminadores a paso digno de admirar…

(*)

y así hasta ahora, bajo todos los dominios que siguieron habiendo por lo que ahora son siglos de la era vaticana,
y que ellos siguieron sufriendo bajo las indignas de nombrar basuras que los siguieron explotando con bandera y moneda y guardia propias hasta cuándo…

“¡Señores Dueños de Casa: tengan firme su bandera, / que venimos desde Salta levantando polvadera!” decía la canción…
yo no comprentendía, claro, era niño, cómo podría haber otra bandera…
(mi mamá, maestra, me había dicho que había una sola…
parece que había muchas)…

(*)

Poema de Cachi… el tiempo es de mañana…
Cachi, sitio del último engorde de los arreos herrados, antes de tramontar rumbo al Sol, alto, o al Sol, poniente…
Cachi Adentro… con río de cascaditas… sitio de enseñar… algo pude aprender:

(*)

Aprender que no se gasta la piedra, bajo l´agua, yuyo a yuyo…
apenas, sí, se gastan las chapitas rotas de tierra asada, pinturadas, rojo y negro el marrón, con amarillos talvez, no las ví bien…

¿Rotas por qué, rotas para qué?…:

por y para que ya no tenga agua de nieve o de bicho… ¿quién?…
agua de tajo en la nube de hielo con nieve o en la tibia garganta del bicho… ¿quién?…

por romper el invasor las cosas del que ahí estaba, para que no tenga…
o por rompérselas el koya diaguita al que venía llegando, para que no tenga…

y no pueda guardar y deba se ir…
que, si no puede guardar agua, tomará hielo… tragará carne cruda y sangre y polvo… en fin…

(*)

Yo me mostré haber aprendido a lavar las reliquias monedísimas… admirarlas hasta sentirlas dentro…
y dejarlas poray… que todo eso es su casa….

Pasante, yo, nomás,
llevado por alguien del lugar, que acaso nació siervo,
y cantó, para otra turista y para mí, su copla a la Pacha Mama, tierra mamá, en los graneros secretos de los inka inca inga:

¡kusiya kusiya!... ¡animate, Mamá, Tierra!...

“tengo un vario sentimiento” cantó el guía... algo así… “madretierra”…

(*)

Agrego yo:
no sagrada, porque nada ni nadie, Señora, te hace serlo:
Vos ya sos lo que eso querría decir…
y no hay palabra, entonces… ni hace falta….:

tierra, madre, vida, amor, luz, no necesitan ninguna otra palabra,
no son menesterosas…:

¡kusiya animate, mamá!:
está pasando lo que tenía que pasar…
ciertas cosas están, pero pasando…
Vos sabés muy bien…
y pasarán…
porque pasa lo que tenía que pasar:

¡kusiya kusiya, pacha mama!...

(*)

y hay alegría en el hogar…
de rojos tapiales el hogar, color brasa del fuego:
esa arte del fuego que calienta las cosas de la vida, todas naturales:

las que parece que se mueven… las que parece que no… sin fin…
las pobrecitas que parecen gente… las que todaviaún no… las que ya no… sin fin…

(*)

y anduve, también, “la capital” del Koya Suyu, provincia incaria de todo por ahí, toporay quel crioyo diz, esa Casa Morada, en La Paya,
sitio que apenas si me parece o creo nomás visité – rollo de fotos que perdí…

diluyendo miedos y ahogos, esponja exprimida me llamo en el cuaderno…
pampeano, yo, del río Paraná,
caminando, ahí, yo, siempre, a (pajueranos o sea extranjeros a más de convencionales o sea inexistentes) tres mil metros decimales de altitud

sobre el nivel actual de la mar que alguna vez dejó por ahí su sal y sus reliquias…

solo, conmigo, en la mañana desabrochada, andariego, peregrino:
morral, cámara, prismáticos, turista...

(*)

p o e t a
(eso, tenía en común: de eso, había)
(por eso, me sentía recibido)
(y lo era, lo estaba, o no podría estar anotando ahora esto)…

(*)

Poeta venido, y llegado en buenhora
– fatiga
y a la vez descansancio –
dejando las reliquias en su sitio,
las huellas de ya haber estado por acá…

cuando era alguito, nomás, más nuevo el nevado que parece una montura perfecta para las dóciles llamas, generosas de entrega, allá atrás…

(*)

sitio lleno de niños ofrendados, de inexplicables ruídos sin derrumbes,
de avistamientos de no sé bien qué, muy bien escritos en las piedras caladas que hay

en el patio de la casa de arcada ojival:
arco de ojivas es siempre de casamayor o principal…

(*)

“No sé qué voy a decir de este viaje” anoté páginas antes de este borroneo en arreo…
y está bien… sigo así…
me voy enterando, al leer lo que escribo… lo que transcribo:

diz el cuaderno, a veer:

(*)

C a c h i …:
peña de la soledad – paisaje hermoso, en lengua kakán…
Ocasión de nombrar la verdad con belleza… por ello:
O c a s i ó n d e P o e s í a …

Originario, ya, Poema de Cachi… por cierto que sí…

Mera ocasión de “sal” para los inkcga,
como esta mi tierra Argentina fue mera ocasión de “plata” para los hambreados y ambiciosos de Europa, igual…

(*)

“líneas de argumentación para volantear a tejuela” anoté en Cachi, frente a la plaza, durante mi último almuerzo:
muslo de pollo, vino tinto de Cafayate, quesillo y miel de caña…
“estoy dado vuelta como un guante” anoté, etcétera…

(*)

Anoto a vuelatecla que, cuando el tiempo es de siesta, en Cachi,
el cielo arde,
hasta el fondo del silencio,
por sobre en cima de las cosas, todas ellas por siempre y para siempre vivas…

Cuando el tiempo es de tarde, en Cachi,
cambia color la luz, cambia la sombra,
cambia la noción de pensamiento, de sentimiento,
y tan sólo la hermosura y siempre el silencio permanecen igual…

Cuando el tiempo es de noche, en Cachi,
los turistas no nos queremos enterar qué tan afuera estamos de pertenecer a ese lugar,
y nos guardamos en los dormideros o salimos a pasear,
a comer algo poray, decimos, en sitios como también los hay en la ciudad,

o a que nos aplaste el cielo que no podemos concebir haberlo visto,
de tánto y cuánto que es…

Frecuentaré infinitamente estas nociones, hasta exponerlas cabalmente bien…
No me gusta anotar a vuelatecla – paro acá…

(*)

Anoto a bolígrafa birome, regalo de cumpleaños, invento argentino, no sé si alguna vez fue marca registrada (r.),

y digo que ahora en el Poema de Cachi yo anoto del convento novicial que ocupa ahora la casamayor (“Sala”) del señor feudal en el paraje Palermo

– quería que la gente tuviese muchos hijos, eso le gustaba –

y la escuela oficial puesta en algún galpón sobre la plaza atrio ondea su nombre de pequeña zorra, que callo con perdón de las reales zorrillas,
y en homenaje al querido poeta que se llamó acaso parecido nomás: no mas…

ondea su nombre para sobar el busto también lustrado a esclavo de los otros patrones…

y sigo viaje, repleto de asco y lástima…

(*)

comprentiendo que estamos cosechando esa siembra, con nuestra perplejidad de incomprensible, incesante duelo…

comprentiendo que tiene su justicia, la tierra, pacha,
y le pido perdón, otra vez, yo le pido perdón…

(*)

el poeta viajando por la ruta argentina 40, sin lágrima, mira, y vee…
está rojo el paisaje, atardecer…

atardecer que atardece también con ocaso para el mundo podrido, que se cae, nomás…
ya se cayó, ni por primera ni por última vez…

y que ojalá de abono digno de que ojalá algo bueno brote desde él…

(*)

ojalá que ojálah decimos, al modo de los moros, inmejorable…
y diosquiera decimos, que es lo mismo…
pero, yo, queriendo llamar a la madre, a la diosa…

que esta gente es la que sigue diciendo tener un dios que los tiene de dueños…
un tal diosmío con firma y sello y lloviznado con aspavientos…
que me importa y me aterra… pero no me interesa…

meros gestos huecos, vacíos de amor…
propios del mundo que se la pasa mostrando cómo ya se cayó…

(*)

Y así es cómo sigo viaje, alegremente, sigo viaje por el Poema de Cachi,
entre rojas arenas compactas, por ante volcanes acaso uno solo, gemelos mellizos siameses, quién sabe, no importa,
no le importa a la tierra,
a la piedra pomez de La Poma, en pirca jaspeada y en campo llamado negro, y claro, cómo, si no…

ni importa ni interesa la tánta lista de las tántas palabras:
todas sirven, nomás, para callarse uno, ahí… callarse… así….

(*)

El extranjero cuadernoso anotador, llevado en andas por un precio en moneda oficial, precio vil, através de las enormes valles del río Calchaki
(“los que vienen perdiendo”, que eso significa, si mal no recuerdo
– me miro al espejo, y lo confirmo),

valles que aquí nunca perdieron su índole de mujer, y por eso es que uno anda acunado, y nombra bien las cosas como a ellas les gusta que las llamen…

(*)

y el guía nos explica cómo se hace la chicha, en el burque ollón, ollaza, casi tinaja de hervir el mascado y macerado maíz
con el resto de l´agua que hará que alcance y baste y sobre para toda la vida…

y el churki (¿será nuestro aromito?) tiñe marrón…
la cebolla roja tiñe beige, diría mi mamá, si mal no comprentendí, copiando al voleo lo posible en el cuaderno de viaje, a paso de charla…
alzo semillas de aska, de leña dura, junto a las cataratitas de Cachi Adentro…

me destrabo… un poco… me distraigo…

las procesiones, hasta Salta ciudad, por allá, tras las impasables montañas:
desde Santa Victoria, 600 kilómetros, a pie…
130 kilos de balanza pesaba un peregrino: y llegó, a pocos pasos por vez…

y las danzas en trance de Luracatao, en fiestas ahora vestidas con nombres pajueranos… me faltó veer, tengo que volver…
tampoco estuve en Seclantás, la de la canción… y tampoco en Tastil…

y de bicarbonato para la coca, está la llista, che: ceniza de cortadera y papa hervida…

para yapar la coca…o sea: agregar, aditar, ¡mirá qué linda, mi lengua castellana!:
yapa y coca son voces quichas keshuas…

como el nacer críos yapa el jornal del deslomado en los cañaverales…
ya lo diz el diccionario: gratuitamente, sin motivo…

(*)

Me distraigo… me apaciguo… : quesillo y miel de caña… jarra de vino… tamal…
Repaso anotación: “turbina esmeril” anoté… por dentro de la “esponja exprimida”…

Ojálah transpire algo dignito, tánto aluvión…
en vayvén…

hace bien, regresar…

hace casi diez años pasé por allá atrás y seguí “al norte”, pal lao del Sol, alto…
y todos los ríos que mojan este Poema de Cachi se me están volviendo a secar hasta la próxima vez…
hasta que les sea el verano…
¡el “Padre Verano” del Manuel J. Castilla, por cierto!…
cuando deshiela arriba y además llueve en las valles…

120 milímetros decimales, decimos en la ciudad, ¡ah!, decimos, ¡miravós!, decimos:
yo nunca tuve un milímetro decimal, ni las 100 hectáreas que me tocaban cuando nací…

Yo tendría que estar hablando de Cachi, no de los milímetros ni de las hectáreas…
pero hablo de esto, porque estoy en Cachi,
o sea en la terraza de mi casa del bulevar en Santa Fe…

admirando el juego de estas acequias con su figura humana estrenando a cadenciosos turnos los cursos de las vías de agua siempre bebible
de esos ríos que fluyen hacia el Sol, que parecen subir, digamos…

(pimientos, habas…¡hippies!, en el camino a Cafayate!...)

hacia el norte, decimos: preocupados en que sea hacia el norte,
digamos que eventualmente también hacia el Sol, se podría decir, sí…

(*)

No tiene forma eso que Vos llamás Poema de Cachi, se me dirá…
Estoy nombrando cosas casi por primera vez, mirando y viendo qué hay, abarajando un aluvión…

Tirando másbién a desprolijo, tu Poema de Cachi, me dirán: le falta ritmo, rima, cadencia. Buen gusto…
Por cierto. Estoy total y absolutamente de acuerdo. ¡Y me río!

¡Cuidado!, ¡que voy a seguir!… :

(*)

Los hojaldres térreos del llamado anfiteatro junto al camino llamado del inkcga (inka o inca o inga) hacia las vinerías ahora de los doblemente pajueranos remotísimos…

en esta región o zona…

camino por donde se podría solazar el rey (por eso digo región)
como se solaza el Sol (por eso digo zona)… que solazarse es lo que hace el Sol…

en esta región o zona los hojaldres, digo, repito, mero eco todo yo, se explayan y cascotan, se pedrean y olean tiesos hacia allá,

que todo es ir allá, hacia allá,
allá, que no hay:
acá, es tan sólo poronde uno digamos que pasa,

(*)

admirando las arbolitas breas todas enteras verdes, sin hojas, todas hoja, hoja con forma de arbolita,
¡h o j á r b o l!...
que, si no tuviese la foto, no las ví, no había…

admirando…
las casas de adobe,
sin tiempo ni para qué, el tiempo ese, decime Vos…
adobe con cuál yuyo dentro…
tampu tambos, bien del tiempo de antes…

(*)

y me quedo callado… hasta que oigo la palabra:

“Ñ A U P A”: “hasta donde lo de atrás tiene fuerza hacia delante”. . .

(*)

Y paro, para agradecer:

¡Muchas Gracias, Santiago Casimiro!
¡Muchas Gracias, Katia Gibaja!
¡Muchas Gracias, Hugo Pérez!
¡Muchas Gracias, Zuleta!

(no me quiero olvidar de agradecer:
o no aprendí nada en la vida)

(*)

Los tampu “tambos”,
palabra hoy reducida a nombrar meros sitios de ordeñe vacuno, allá lejos, en la pampa húmeda litoral,
eran populosas poblaciones en el camino, centros de interminables incesantes caravanas, con todos los servicios todos los servicios todos los servicios todos…
incluídas las estatales “alegradoras” y las llamas de donosas vulvas sifilizantes…

y digo además que los tampu tambos tienen esas digamos que son ruínas porque se caen de esperar, como con guiño, al tiempo que no existe…

no existe, salvo hasta donde pueda llegar esa palabra ñaupa, que ahora sé por qué siempre me gusto tánto…
por qué la nombro, y me siento en casa…

(*)

Y ahora anoto a lápiz, mi preferido modo de escribir, lápiz sin esmalte, para que mis dedos escriban tocando directa madera…
Anoto a lápiz para seguir remando los día pasados en Cachi, pro poema… Poema de Cachi…

Sopando el pan casero en la cazuela de los datos religiosos, por ejemplo:
la procesion llamada del milagro, conjurante de terremotos, agradeciendo que no más,
enropada dentro la iglesiería pajuerana, de los que llegaron enlatados a brutear y más o menos siguen nomás así…

Pero estoy hablando de cosas sanas… así que sigo hablando para decir que:

(*)

Así, con ese ropaje, nadie nota
ni los yelmos de plata omawaka humahuaca…
ni los gorros tejidos en cono, otravez rellenos de vida hasta la punta…
ni los niños que aún tienen las aires de su última diurna luz en los pulmones,
como los de allá, en el nevado Yuyaiyaco, “memoria en l´agua”, que eso dice esa palabra ahí…

naides: muchos nadie, nadie de los naides

nota los pisones de piedra volcana, blandidos, en fiesta, por las serpientes brillantes túpaj amaru,
disfrazaditos hoy de malteados ningunos que ni reptan ni brillan,
pero siguen naciendo…

siguen naciendo…
la montonera, propriamente:
la del Cacho Peñaloza, la del Felipe Varela, la del Juan Calchaki,
siguen naciendo, estando, perdurando…

andando las inmensidades por esas vías que son apenitas una línea entre luces…
que las sombras son luces…
con puntuación guijarra, entre las tunas y las breas removibles a pie firme o a bastón, y uno entonces pasa, fácil…

la multitud de solos, la muchedumbre de únicos…

tatuados desde antes de nacer con la cóndor, la puma, la serpiente

y el duende, ese diablo farrero limpiador de penas del vivir, que eso es todo,
ni culpa ni pecado…
que esos ruidos pajueranos nos quedan siempre afuera

del tronar de los tambores achicados que usamos ahora, corazoneros, sombra de la latencia de la tierra…
y de los chiflos silbos pinchos chuzos de las flautantes quenas kenna… solas y sueltas o armando las jangadas del siku simple o múltiple…

(*)

y me nace la copla:
no es tropilla esa gente
ni tiene nadie al frente

no saben que lo saben, pero lo saben muy bien…

(*)

(a vuelatecla inserto que todos andamos como destetados prematuros, buscando amarre para nuestra deriva camalotal, buscando dueño…
quién se haga cargo, que no hay, quién nos contenga, que no hay, quién nos conduzca, que no hay, quién responda, que no hay…
y pagamos, caro, en vida, en salud, en alegría, en dinero, por ese servicio que ya sabemos que nadie nos presta:

no sabemos que lo sabemos, pero lo sabemos muy bien)…

(*)

retomando el verseo meramente hablador,
para decir que quién va a notar que están con las hachas doble faz labradas en delirio de tramas y texturas, bajo los huesos,

brindando con esos vasos kero, si es que anoté bien, brillosos de esmaltes invulnerables y ahora también de material plástico,
con ya anuales chorreaduras de cerveza o de coca cola (r.)
o de la chicha amarilla como un Sol mojado y repartido en las manos las bocas las tripas
de la gente gastando los pavimentos de la plaza del Cabildo de la Salta ciudad…

(*)

(ví la foto en el diario de Cachi,
por donde parte de toda esa gente pasó, de ida y vuelta, como a cada giro de la tierra en torno al Sol,

rogando por ante las banderas rojas del Gauchito Gil, aportando botellas con agua para la Difunta Correa, doña Deolinda, ¡kusiya, kusiya!)…

(*)

vistiendo las plumas largas pero opacas del jote o del kuntur cóndor, idóneos cómplices para pasar inadvertibles, también por adentro del cuerpo y de la vida…

acaso por defuera, las plumas, ya de plástico, más baratas y entonces mejor posibles de poder comprar al malvender los papeles y cartones,

y ondear bailando en alabanza de la señora y el señor del milagro…

(*)

los ningunos que siguen naciendo y estando …
y los turistas que, también, algún día dejarán de estar
y empezarán a ser…

(*)

comprar, digo, adquirir las plumas del cóndor y del jote y también,
para adorno de los yelmos de plata, y también como esas mantas poncho,
las pieles, con pezuñas y colas, del gato uturunku uturunco,

cuyas manchas son “Las Pléyades” de los pajueranos,
arriba del cielo que dejamos vacío cuando ellos llegaron,
y, fijate Vos:

se están muriendo de soledad, por no darse cuenta de que el vacío está lleno:
que hay que fijarse, precisamente, en eso:
en el vacío que hay entre las cosas, que es donde está lo que hay que veer…:

las estrellas son apenas las manchas de una piel… (dicho con guiño)…en fin…
supongo que ya irán aprendiendo…

(*)

YO vi la foto en el diario de Cachi, por eso anoto esto en el Poema de Cachi…

y, en serio, no se notan ni las plumas jaspeadas y ni las colas moteadas chorreándose al viento desde los yelmos de plata batida y labrada,
forrando los escudos de cuero duro y de madera curada y de piedra liviana…

los pajueranos ahora tan sólo quieren llegar a veer, al mirar, el uranio fosforescente, el oro a lavar de la montaña con cianuro,

que para ellos no es la sangre del Sol, asícomo la plata tampoco es nada de la Luna…

mientras chupan como esponjas en las carpas del campo o en los galpones para turistas el famoso “vino salteño, / macho sin dueño” de la famosa canción…

(*)

Todo lo cual yo anoto a lápiz, o sea:
carbón de madera dentro forro de madera rayando papel de madera,
según yo:

ejerciendo el don, poeta que soy…:
en el poeta yo siento que vive mi parte de acá…

todo mi resto es pajuerano, turista yo también,
criollo pronunciado crioyo como kolla se diz coya,
… ya falta menos…

como yo siempre soy el mismo, siempre digo lo mismo: ya falta menos…

(*)

A esta parte de los borroneos en aluvión la anoto reusando papeles de oficina,
hectáreas de bosques, bosques pronto tan inexistentes como las hectáreas…
y anoto para hablar y hablo para tratar de algo decir

de las piedras labradas que ornan las galerías y los patios de la casamayor o Sala de Cachi, hoy museo agradabilísimo y muy bien provisto y mostrado,

confirmante de que hubo gente por ahí de los más viejos y antiguos ñaupas de los ñaupas, hace rato,

y en las piedras las claras caladuras
con siempre alguna cruz, o el triángulo, simple, doble,

y la gente de grandes coronas, como hachas dobles, como en Talampaya, digamos, gentes radiantes, suspensas, seres de luz, enormes como sueños,

y cóndor y serpiente yarará y puma o uturunku…

Y el koya busconeando a su llama
(su permanente y compartida sífilis doméstica y endémica mataba al enlatado matón casi enseguida – justicia de la tierra)…

Y hay la wikuña vicuña espejada como en lago, o la del cielo en la tierra,
Y la llama cuadradota como señorona en su batón de jefa del hogar.

(*)

miro las fotos en mi casa del bulevar, describo…

salgo a la plaza de Cachi, rodeado de perros el Horacio, anoto en el cuaderno de viaje las piedras venidas de la roca volcana:

obsidiana, lajas, mármoles incluso travertino y alabastro, granito, yesos más blandos, esteatita piedra del sapo, arcillas, talcos, engrudos y ensaladas de piedra, de roca…

y hubo alguien que pulió esos costados indomables, y anotó a punzón, a filo, a masaje de arena o chorro de agua o besos de fuego:

una cara plumífera, sonriente, un ciclo espiral, un giro redondel, un círculo de luna en eclipse o anillo nomás, quién sabe,

y, si alguien sabe, no me lo va a decir:
yo soy de aquéllos, vengo de allá…
clarito…

(*)

Paseo las galerías del patio…
las obras de los masacrados ocupan la casa del masacrador…
de quien queda lo que en vida fue, dicho con nuestra castellana doble negación:

No Queda Nada

…y está bien, repito: tiene su justicia, la tierra… sin apuro… como toda obra de luz…

(*)

Y las tierras cristales muestran su lomo escrito, sus palabras reales, poesía verdadera, con la letra minúscula del planeta que somos:
nos falta, para estrella…

(*)

Jactancioso, engreído cascotito yo también,
me aferro, por muy quedarme allí,
a la casa de adobe y balaustrada que anda poray,

quietita,
junto al camino,
llena de historias de mundos,

lavada a soledad,
que acaso sea la lluvia más profunda, mejor honda…

y la lluvia natural de agua veraniega llegándole, entonces, de consuelo,
como un guiño en la espera
o un augurio de pronta liberación final…

habitable ruína en estilo italiano, con acento kakán…

lengua kakán que dio, sin duda, ese hablar como repechando lomas, rumbo al nevado…

nevado que, cuando se deja atrás, nunca se deja atrás, y, además,
ya hay otro ahí…

(*)

Y me alegra anotar en mi Poema de Cachi estas líneas claritas,
alegres como alegra veer el nevado al fondo de la pampa tras bajar de la Piedra del Molino rumbo a Payogasta,

esa cancha sin agua para que no la roben…
pero, debajo: uranio…

por eso son alegres y a la vez graves estas líneas claritas, horacitas…

viviente sangre bajo la greda cantan,
como los rostros de estas gentes,
como sus vidas percutidas
a viento duro, agua helada, pasto puna, maltrato cotidiano…

y los saludo:

“¡hoy ando saludador, / como estandart´e comparsa!”

(*)

Trascanto padentro y quieto como esa casa entrando a Cachi,
junto al río de los viandantes al paso, al tranco, al trote, al galope, que es la máxima velocidad para conocer el paisaje:
más rápido, ya es una mera mancha, nomás, y entonces uno sigue ajeno ignorante pajuerano enlatado etcétera…

(*)

Y para memorar todo esto es que anoto en mi Poema de Cachi
estas apenas si generalidades de un viaje de un día entero y dos mitades

que resumió el rezumo de mucho mío andado por esta tierra que me tocó habitar,
desarraigadamente, pagando tánto, todos los días, por casi nada,
creyendo hasta descreer,
desgarrándome los apegos hasta que sólo me quedaron huecos miedos vacíos…

hablo de la basura, de lo que ya no más…

rehablando de cosas sanas, digo que:

hoy vivo tan sólo por y para mis afectos,
haciendo habitable, en lo posible, al mundo,
que eso es la poesía,
en fin…

y ando lleno cada vez más y mejor de más y mejor luz…
una que es y que se está como la luz de los nevados…

muy por sobre en cima de mi cincuentona posibilidad de gozar sus cumbres,
empero cabal imagen de mi travesía,
como meta digamos que a alcanzar,
y también digamos que acaso y ojalá ya lograda, humanamente…

(*)

El verseo ayuda a contar:
cuando el lápiz frena: no seguir…
y hay que hablar
hasta poder decir…
entre luego y después, bien podrás veer
cómo poner…:

(*)

Uno de mis máximos momentos del viaje acaso fue en la Quebrada del Diablo o algo así,
cuando retrocedí, sentado, lo que se dice reculando, sobre pedregullo más que flojo y caedizo y resbaloso, hasta no veer más la curva con el precipicio,
y me quedé quietito, recobrándome, hasta que volvió el guía Santiago Casimiro…

y me dio su mano
hasta poder incorporarme yo
y continuar con nuestra compañera, turista también, nuestro regreso al auto…

resumo lo importante, dos puntos:

haber decidido, sabiendo que lo no visto hoy no vería más, no seguir descendiendo,
haber retrocedido, batiendo miedos resecos y podridos, hasta pasar un recodo que me quitó la visión del abismo y entonces retomar
no el control policial sino la armonía permisiva,
y enseguida la respiración y la limpieza de los pensamientos:

eso, por dentro…
por fuera, lo memorable fue:

aceptar la mano del señor amigo que nos llevó a pasear, todo tan lindo
“¡Vos sos cruzao con cabra!” le dije, y nos reímos…
Sin duelo alguno por lo que no conocí…

Y estaba el volcán doble con su doble caño de escopeta apoyado en la falda y apuntando al cielo que está lleno…
Escopeta negra, como este “Campo”(Negro) por tánta piedra pómez…

Y seguimos viaje hacia mejores fotos, desde pasando La Poma hacia acá…

(*)

Otro momento memorable, que ya dije y que ahora repito,
fue dejar en su sitio las reliquias que antes seguro me hubiese traído,
con todas las explicaciones y justificaciones que ahora ya no necesité…

(*)

Y otro momentazo más, tan igual de mejor,
fue haberle respetado a doña Eulogia Tapia su intimidad pastora, su día tal cual ella lo suele vivir, con sus cabras, en un cuadrado verde que vimos a lo lejos…

apenas si me traje la foto de su casa, mayora, merecida, con su arcada ojival:
espero me perdone…

(*)

Y fue justo en la Piedra del Molino donde Hugo Pérez me explicó que “puna” no es una mera altitud, sino la falta de lo que nosotro llamamos oxígeno en las aires…
hasta suele ambular, la “puna” y formarse acá o allá, fijate Vos:
esto es más alto que San Antonio de los Cobres, y acá se puede respirar lo más bien, pues los faldeos están hasta la punta verdes…

(*)

se estaba bien, allí, realmente, daban ganas de quedarse a vivir…
y por eso fue que tánta gente vivió, allí, por esos rumbos…

hasta que a la tierra se la apropiaron unos supuestos dueños…:

(*)

antes, ñaupa, la tierra era de todos, como fruto de la luz que sigue siendo…

(*)

(ya falta menos…:
no sé por qué a cada rato se me aparece eso, se me ocurre, lo dejo dicho, otra vez, así, aquí:
ya falta menos)…

(*)

como encantadas las aires del silencio, consuelo azul, dulzura y alegría, mishkyla…
me repito lo de la muuuucha gente que vivió por aquí, natural,

(*)

y llamo Poema de Cachi a todo esto, porque tiene la índole poética pues lo hago para tornar y devenir habitable (habitablecer) mi mundo que ,

al ser compartido con Vos, quizá algo contagie al recibidor y a l´aire entremedio,

fundando, de paso, los datos que trae en la memoria que haya todo por ahí,
esas fluencias entre los mundos, mejor si sin lenguaje,

fluyente como l´agua, “memoria en l´agua”: Y u y a i y a c o…:

(*)

y eso me lleva de nuevo a los niños dormidos allá arriba, y su doncella
de muy probablemente ya ejercida hembría, ya que lucía pezuñas sonajeras, muy probables reliquias de su rito de iniciación como mujer…

(*)

anoto y sigo,
extranjero ignorante tomando sol junto a la Piedra del Molino
o sobre el amurado caserío de La Paya (doble muro de piedra relleno de cascajo: marca registrada de su fabricacion inkcga)…

pendulo por mi viaje de vacaciones, días de feria, llevando en la yuspa yilka morral mi bolsita con hojas de coca y mi pancito redondo de patay que es harina de algarroba…
y deposito escribiendo sobre estas hojas, a lápiz, los paquetes abiertos llenos de mi estadía en Cachi, Poema de Cachi…

(*)

en crónica de bardo que cuenta alegremente lo general
y de poeta que dice verdades con belleza
y de vate regalando la profecía de que ya falta menos…

que ya falta menos
para dejar de estar y regresar a ser

. . .

de ahí, o como lo de ahí… propio y unánime…
con la mansedumbre que llega lejos, como el viento o el río…

como el camino que sigue natural aunque lo tuerzan recto…

y la tierra se deja cocer cacharro / que se rompe en cascote / que se polva en tierra…

y es lo que hay que aprender… aprender a sentir…
a sentirnos ahí…

en las esquirlas de cacharros halladas, alzadas, lavadas, admiradas y devueltas…
a las orillas del río en Cachi Adentro, por ejemplo…

(*)

como cuandonde me paré en mí, un poco mejor…
estuve entonces algo menos duplicado conmigo, menos descolocado inconexo mestizo criollo pajuerano…
y fui un poco mejor yo…

(*)

Estiro la masa del Poema de Cachi y la doblo al medio y la amaso de nuevo, paso la masa de mano en mano,
como en la inmemorial preparación del pan casero,
de mano en mano por las manos de los millones de gentes que siguen haciendo sentir hogareña esta larga bandeja entre estas altísimas sierras…

(*)

la diaguita espejancia del cielo…

del tiempo que, sin guiño, no se lo comprentiende…

(*)

digo que huele a casa vivida,
vivida con vidas trajinadas con naturalidad, con sus duelos y con sus risas…

y las penas haciendo valer las carcajadas,
carcajadas que hacen que las penas hayan valido:

cada cosa, a su precio real…

y la vida entre todos, por debajo y encima…
sin cada uno, no hay todos… y sin todos no hay vida…
en el Poema de Cachi ya me nacen las rimas…
la puerta no está abierta: no hay puerta… así es la vida…

Te muestro cómo rima el verseo, apenas si dejándolo andar…
me encanta eso, y espero que a Vos también…

(*)

Y lo dejo seguir, a mi Poema de Cachi, seguir nomás, trotando, entonces…
entonces que es ahora…
ahora que es todo el siempre que pueda llegar a haber….

Y lo dejo seguir trotando, como un chaski correo, o como cualquiera de ahí, de aquí, koya o mocobí, siempre trotando, y por eso nada quedaba lejos,
nada cansaba…: no tiene por qué cansar…

Y para eso, para que nada canse, es que anoto a parcelas, y que me leas sin dificultad…

(*)

Y lo dejo seguir trotando por los vastos andamios de luz que atraviesan las cosas avenando la vida de las gentes:

Que, cuando el corazon tiende a flojar,
la percusión del suave trote sostenido tensa de nuevo el paisaje, y lo mantiene a salvo de más vulneración que la ya habida,
a salvo de mejor daño, ya inconcebible…

Y esa restitución de lozanía
juega de mitigante brisa sobre la intensa antena del poeta, que agradece…

por toda esa batea que habitó la mar…

océana mar, a la que el día, al pasar, la fue llevando al cielo cristal…

(*)

llevándose también, desparramándolo poray, el cuero de los enormes bichos,
esos de los grandes huesos y dientes cuyos tamaños denuncian a los largos cuerpos y a las anchas alas y a las fornidas aletas de agraciado y temible coleteo…

esos bichos que ahora duermen en las lajas
que son cortadas a destajo y llevadas lejos por gente que vive a destajo,
para gente que gana con todo ello a granel…

(*)

Parece que el cerro vuelve a fabricar las lajas, todo el tiempo:
generoso con los suyos, justicia de la tierra, puede ser,

y tambien puede ser nomás que esos bichos no se quieren ir,
que igual le pasa ocurre acontece sucede al turista yo…

imaginate Vos que todo por ahí hasta dentro la piedra es de día…

(*)

Y los que nos desayunamos con los grandes bichos también nos quedamos a vivir, todo por ahí, ariscos como wanaku guanaco,

wikuña vicuñas por dentro, morimos por dentro si se nos encierra…

querendones atrás de lo calladito,
como lo somos para quien nos sabe buscar y nos encuentra…

(*)

Y al quedarnos a vivir,
adecuamos esa batea de la evaporada mar para la vida de la nosotros gente,

transitorios, inconstantes, torpes y volátiles, necios y menesterosos, sucesivos, crédulos, inconsistentes o sea inconfiables,
trotadores, excelentes trotadores, eso sí,

llevando al crio sobre la cadera hasta que aprenda a tirar con honda, hasta que aprenda a hilar vellón,

y pasar pisando sin variar la marcha los desniveles a una rodilla de alto, que al pasarlos trotando no hay dificultad,

llenos por dentro con la sangre densa de los arribeños,
circunvecinos de la nieve en flor…

la misma nieve que nos enseñó a callar:

no hace ruído al caer, al quedar, al derretirse…

y la tierra secada se moja y la tierra mojada se seca,

produciendo las plantas que alimentan a la nosotros gente y lo bichos que también alimentan a la nosotros gente que, entre luego y después,
alimentamos a las plantas y a los bichos

que dejamos pintados en las cosas cotidianas, al reparo de los techos, y en las paredes de las montañas, al reparo de las cornisas y, también,
los dejamos calados en las rocas y piedras

que son como monedas de la piel del silencio
que se están siempre ahí,
y las seguimos usando y gastanto y reponiendo,

a modo de esforzada calesita,
con intención de giro que, si bien ya falta menos,
aún no ha renacido danza…

si no que aún sigue, girando
chata, plana, aplastada, dificultada, trabada, dolorosamente,

lo cual,
entre tánta fértil belleza, entre tánta factible felicidad,
no parece ser sino que ES un insulto…

(*)

ya falta menos… a esa frase suelta no sé por qué la digo…en fin… ya falta menos…

(*)

Algo se acumula
y pasa el tiempo,

y queda una astilla,
ladrillito, rojo negro blanco,
entre las raíces del churki aromito espinillo,
a una rodilla de hondo bajo cascaja tierra,

inmóvil aluvión,
descascaradas cáscaras, virutas recocidas,
madera de tierra, vidrio templado de madera,
esmalte suelto, caliente al tacto:

pan recién horneado,
abrazo reciencito,
todavía y aún sin lejanía ni lejura o como mejor nos guste decir,
querido cascotito,

como un corazon nuestro que pudiésemos sentir en la mano
y dejar en los sitios del lugar,

quedando nosotros también a morar ahí…

(*)

“no es la primera vez que andamos por acá” nos encanta sentirnos decir,

oirnos por dentro,
escuchar esas palabras sonando, festivas, por ante el silencio,

ruído, sí, pero de fiesta,
por fin, como sin fin,
y de alegría…

(*)

Y ya hizo una Luna desde todo eso…

Y está nublado sobre el bulevar…

que, allá soleaba, como siempre suele,
y era de día, de siesta y tarde, entonces,
y de noche también era de día…

calladitamente impresionante,

asunto largo de callar…

y yo sigo anotando…
sintiendo ya las flotaciones de los cristales y otras cosas sutiles compareciendo dentro la lechinada literal:

lo que de todo esto quedará…

(*)

y anoto anoto anoto:

los corrales de la Casa Morada, al reparo, entre cerros…
bien visora o veedora pero difícil de veer o de avistar…
(igual que en Quilmes, por ejemplo)…

con sus flechas obuses de piedra clavadas en la falda,
marcando acaso el límite de habitabilidad, cuesta arriba…
(se quedó en mi rollo de fotos perdido)…

(*)

No hay lenguaje para todo esto. Ni importa ni interesa.

Tan sólo acaso talvez servirían palabras generales.
Abiertas como los zaguanes andaluzes de Cachi.

Abiertas como esas frondas que tornan brisa al viento.
Y nos llenan de cielo.

Y nos sentimos casi en armonía.
Casi prestos a vivir el sueño de la felicidad ambiente.
El estado de gracia.

Cosechando la siembra de l´amor que sembramos.
La caliente nutricia almohadilla vestida con la chala de choclo del tamal.

Que desvanece toda circunstancia. La torna inerte. Ni siquiera adorno.
Guirnalda crespón fúnebre gris ruína.
Barro que ya la acequia disolvió entre los verdeos puntuados de alfarerías
tan quebradísimas como invulneradas.

Y millones de gentes.

Y la lengua se aquieta dentro la boca entreabierta y callada.
Que, ahora, sonríe. Para siempre.

Y su gesto es el mío. Y final para el Poema de Cachi.

Azul.
Sin molestar al viento ni al silencio.-

Palabras de Oscar CachoAgú

HORACIO ROSSI
(04/10/53 – 18/05/08)

Esta muy fresca la memoria de Horacio Rossi. Casi, diríamos, que lo vemos caminando por el boulevard rumbo a su trabajo o, cuando suena el teléfono, creemos que es él haciendo algún comentario. Aún, la percepción, es como si hubiese ido de vacaciones, en esos viajes que solía hacer a distintas latitudes de nuestra Argentina. Y luego, escribía. Los poemas de Cachi, inéditos, o sobre el lago Lakar, de las tierras sureñas son ejemplos de esa labor.
Abordar la obra de Horacio Rossi, es incursionar más en lo inédito que en lo editado. “Silvia, cuadernos de literatura” “‘Rimitas Horacitas’ “Cuaderno de las baldosas calcáreas”, entre otros. Pero, también, los innumerables poemas y escritos que fue publicando en diversos medios o repartiendo a través de los correos electrónicos a su vasta lista de direcciones.
De todas maneras podemos decir que su oficio en las letras fue copioso, incansable y permanente. La poesía, su hermana mayor, fue escrita en octavillas, sonetos o verso libre. Con un lenguaje franco y, en ocasiones, irritante porque no tenía barreras para hablar, en la escritura, con el lenguaje de la gente. No con el lenguaje académico que, por supuesto, no desconocía. El siempre manifestaba: elige el lenguaje y luego escribe.
Por eso es tan así su novela “Lambrusco”, donde sin contarnos nos muestra cómo se fue gestando esta lengua nuestra y las mixturaciones que se dieron con el arribo de los inmigrantes y su hablar cruzado en el S. XIX. Pero él celebraba el “buen día” como saludo, que hace centurias comenzó como el idioma castellano. El Lambrusco es toda una gesta, donde Rossi hace uso de su fecunda imaginación y de su arte en la lengua para mostrarnos todas esas transformaciones que se dieron y se siguen dando en el idioma. Y lo hace a través del protagonista que observa, escucha y anota todo lo que puede. En realidad ¿no será él Lambrusco? Dice Di Bernardo que, “cabría conjeturar si acaso, más que de una novela, no estamos en presencia de un extenso poema novelado.” Es probable. Pero es un idioma que, en mi infancia, lo he escuchado.
Sus poemas tocan al hombre. Son un canto de esperanza permanente. Transmite, en ellos, la alegría por y para celebrar la vida. Basta con recorrer algunos de sus escritos.
Mencionemos sus libros editados: “Del aire hallado” “La pluma de polen” “¡AH!mor...”. Sus folletos: Mainumbÿ, “Región de las tenues voces” “Porvenir de asombros”, “De Dioses Derribados”, “Padrinazgo Nocticular”.

A estos títulos se agrega “Poema de Cachi”, recientemente presentado en Santa Fe (29/10/09) y editado gracias a la colaboración de familiares, amigos y conocidos del poeta. Fue su último poema, inédito por cierto, que nos legó a los amigos. Este poema es ahora reproducido por Inventiva Social.
Agreguemos lo que Horacio Rossi siempre decía: soy grupero viejo. Así estuvo con el grupo Tupambaé, bajo el padrinazgo de Gastón Gori; el grupo Maynumbÿ que él iniciara y, por último, el grupo Luzazul que cohesionaba en su hacer varias artes: música, poesía, danza y plástica. De éste grupo fuimos hacedores de la hoja de poesía que lleva el nombre del mismo.
Estas líneas, cabe destacar, son apenas una aproximación al autor y su oficio en el arte literario y su actividad y apoyo a las manifestaciones culturales, no sólo de ciudad, sino en la provincia. Se puede decir mucho más. Y es una tarea que queda como desafío para muchos que conocen su obra y su personalidad. Y como dijera la Prof. Alejandra Tiraboschi, en el homenaje que se le hiciera en La Urdimbre hace escasos días, Horacio Rossi hizo posible la amistad.

*Oscar CachoAgú. cachoagu@yahoo.com.ar

*

Inventren Próxima estación: CASBAS.

Colaboraciones a inventivasocial@yahoo.com.ar

http://inventren.blogspot.com/

*

Apreciadas amigas, queridos amigos,

El número 89 de nuestro Magazín Cultural Latinoamericano XICóATL “Estrella Errante”, edición Octubre/Diciembre/2009, puede ser ya consultado en nuestra página en internet www.euroyage.org
bajo el link:

http://www.euroyage.org/es/xicoatl-89

CONTENIDO:

ENSAYO: De la literatura en un mundo abarrotado. Alejandro José López Cáceres.

POEMARIO: Poemas. Mayamérica Cortez.
Poemas. Reynaldo García Blanco.

NARRATIVA: Impasse. Graciela Bucci.

AUSTRIA: Poemas. Rosemarie Schulak.

La edición impresa de XICóATL # 89 puede ser puede ser solicitada a YAGE por e-mail a la dirección euroyage@utanet.at al precio de 7.- Euros (incl. envío postal).

Cordial saludo,

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur
www.euroyage.org

Schießstatt-Str. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel: ++43 662 825067

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09/11/2009 GMT 1

EDICIÓN NOVIEMBRE 2009.

urbanopowell @ 02:09

HAZME UN CUENTO*

A mi hija Sarah

Hazme un cuento, niña mía,
Que no logro esta noche
A pesar de mi cansancio
Conciliarme con el sueño.

Antes que huyan las sombras,
Háblame de los veleros
Que navegan entre estrellas,
De amantes que se despiden

A la orilla de los puertos.
De ciudades sumergidas,
De palmeras y de arenas,
De amores que no se encuentran,

De pozos en el desierto...
Porque esta noche, mi niña,
Para olvidar tantas cosas
Necesito de tus cuentos.

*de Marié Rojas.

YO, LA OTRA*

¿Quién se levanta en mi?
¿Quien se alza del sitial de su agonía
…y camina con la memoria de mi pie?
OLGA OROZCO

Yo. La otra. Sombras simultáneas.
Detrás, adelante o cubriéndonos.
El inmutable espejo devuelve cóncavas imágenes.
Triángulos. Orfandad a cuestas.

Yo y la otra. La otra y yo.

Una se desnuda, la otra se cubre. Una se hiere, sangra la otra.
Una arde, la otra se apaga.
Se aman intensamente pero se odian más.
Las dos se acechan, más, jamás se encuentran.
Doy un paso, la otra avanza dos.
La presiento tras mío, vuelvo la cabeza. Estatua y sal

La otra y yo. Yo y la otra.

Jamás engañó al poema, yo le fui infiel.
Odié la luna y los atardeceres luminosos
Amé los charcos nauseabundos y al viejo sapo enamorado.
Yo, que he de morir cuándo ella muera.
La otra, que no ha de morir cuando yo muera,
Asistirá, estoy segura, impávida a mi entierro.
Una es semilla, la otra, brote.
Confieso, he deseado intensamente ser la otra
Lo he logrado a veces.
He sido Salomé, sensual y victimaria,
Pero también la otra, la mujer de Zebedeo
La otra confiesa haber deseado, mas que nada en la vida, ser yo.
Aun no lo ha logrado

*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar

LA DIETA*

Deberías haberla visto en aquella noche de su boda. Toda blanca, toda pálida, toda etérea. Tendrías que haberla visto en aquel momento, con las puertas del templo abiertas de par en par y la marcha nupcial invitándola a caminar hacia el altar.
La luna resplandecía en sus ojos y le imploraba en silencio que todo esto fuera irreal.
Y comenzó a andar con pasos lentos. Toda blanca, toda pálida, toda etérea. En sus manos flores rojas casi moradas, en sus mejillas lágrimas frías. Tomó la mano del novio y le acercó los labios al oído. Tal vez un susurro de perdón. Ante la Cruz, la Virgen y todos los Santos, ella descolocó sus mandíbulas como si fuera una serpiente. Entero, frac negro, anillos en el bolsillo. Así simplemente se lo tragó.
Deberías haberla visto.

*de Daiana Holzer daiaholzer@hotmail.com

Historias Bancarias
EXTRAÑO SUEÑO*

En la primera etapa de nuestros tiempos, en el inicio mismo del banco; me refiero a quienes ingresamos en el primer grupo de origen, tuvimos entonces un verdadero bautismo de fuego.- Las tareas nos superaban, las jornadas se tornaban complicadas y apenas podíamos desenvolvernos; y era mucho decir, más bien apenas nos defendíamos, y eso a los ponchazos.-
Más adelante se fue incorporando personal, y estacionando las exigencias de nuestras tareas, mermando el vertiginoso crecimiento.- Esto era lógico.- Al principio tuvimos un cúmulo de vinculaciones y aperturas de todo tipo de cuentas y operaciones, y pasado cierto tiempo eso se fue aquietando, mientras al mismo tiempo, mejorábamos en nuestra capacitación y en nuestra estructura.-
Digamos que le fuimos tomando la mano.-
Los días pasaron a ser cada vez más normales, y hasta teníamos algunos casi aliviados, especialmente ciertos días del mes, o de la semana.-
Aunque siempre continuaron habiendo cada tanto, por H o por B, días picos, de mayor afluencia donde se nos venía encima una avalancha de operaciones.- Por ejemplo, los días lunes ya lo asumíamos, así como los días sándwiches, entre feriados; pero peor era tras un feriado como el día “del bancario”, el seis de noviembre, por lo general hábil para todas las actividades tanto civiles como oficiales, pero feriado bancario en todo el país.-
Encima nuestro primer festejo nos cayó en lunes.-
Todo el comercio, industria y servicios y demás sectores económicos trabajaban como día normal, y nosotros de camping festejando con asado y vino, conmemorando por primera vez lo que desde allí sería “nuestro día”.-
Pero al día siguiente teníamos doble o triple trabajo.- Días verdaderamente complicados, especialmente en la caja.-
Yo todavía estaba sólo en toda el área, salvo la ayuda después del cierre que podía darme el gerente.-
Una de estas jornadas, terminamos bastante tarde de armar el efectivo y cotejar las cifras contables.- La caja acusaba una diferencia espantosa, pero aún había que revisar las sumas.-
Nos fuimos a almorzar, bien tarde, y a descansar un momento; volviendo enseguida a continuar con el cierre y determinar mejor las partidas.- La diferencia se fue estableciendo en un faltante tan grande, que no podía ser ningún error de pago ni de recepción, debía ser otra cosa.- Quizás inversiones de números.- Analizamos todos los movimientos, y nada, la diferencia persistía.-
A la larga tuvimos que convencernos, estaría faltando dinero.- Una cifra disparatada, algo imposible, pero no obstante, todo indicaba que había un tremendo faltante.-
No teníamos más donde buscar.-
Se acabó el día.- Ya tarde de noche me fui a casa, destruido.- Abrumado y desorientado.- No sabía en qué iba a terminar.- ¿Qué más podía hacer? ¿Qué estaría pasando? Ni se me pasaba por la mente que podría haber cometido un descuido tan grande.- Si embargo, esa noche, mientras manejaba las cincuenta cuadras hasta mi casa, sentía en mis venas un torrente de adrenalina y por momentos escalofríos de terror, y trataba de convencerme de no dejarme llevar por el pánico, y que todo se iba a resolver…
¿Pero cómo? ¿Cuándo?, mañana temprano empezaríamos una nueva jornada y ya tendríamos que ocuparnos de ésta, cada momento se me iría consolidando la diferencia, y cada vez se me haría más difícil encontrarla…-
Al llegar a casa, con todo ese peso a cuestas, pensé en cenar algo, tratar de relajarme, descansar, y en última instancia, me llegué a imponer resignadamente: ¡Qué sea lo que Dios quiera!
Había llegado de visita una prima muy querida que no veíamos desde hacía mucho, y me pidió un favor, al que yo no podía negarme: Qué la llevara para saludar a otros primos al campo a unos cuarenta kilómetros.- No pude decir que no.- Fuimos todos, también mi esposa y mis dos pequeños, el más chico en brazos.- Caminos de tierra y bastante polvareda.- Una cubierta del auto se rompió cuando volvíamos, sin consecuencias, la reemplacé, y llegamos bien, sin otros contratiempos.- Pero se hizo muy tarde, estaba muerto de cansancio.- Había tenido un día muy largo y tenso, no conseguía zafar de mi mar de fondo; mi drama seguía acechándome y ni siquiera pude charlarlo con mi mujer para tener al menos el alivio de compartirlo, como siempre que uno busca ese apoyo en la compañía de quienes más nos quieren.-
Así con esa tensión fui a dormir.- Dormí como un tronco, pero un tronco en un río turbulento, tuve pesadillas afiebradas, alocadas, soñé disparates; pero uno de esos disparates me hizo dar un salto…- Serían las cinco o cinco y media de la mañana, ¿Qué disparate había soñado el último minuto que me hizo saltar en la cama?...
Soñé que había encontrado el dinero…
Fue una verdadera pesadilla.- Soñaba con un viejo almacenero de cabello y bigotes blancos, parecido a Einstein, que había vivido cerca de casa cuando éramos muy niños, entonces solía jugar conmigo y yo sentía como que me quería y me protegía.- Hacía más de dos décadas que había muerto.- Pero yo soñé con que él me mostraba dónde estaba el dinero que faltaba…
En el sueño yo era un niño pequeño, como entonces, y estaba con él; me tenía tomado de la mano y trataba de convencerme que lo siguiera, que no tuviera miedo.- Debíamos pasar sobre unas tablas que tapaban un pozo que estaba bajo una galería de una casona de antaño.- Yo no me animaba.- Entonces pasó primero él y desde allí me tendió las manos para que pudiera pasar sin temores.- Pasé, y allí había una habitación semi oscura donde se veía la caja número dos del banco, la que yo tenía a mi derecha durante mis jornada de trabajo, pero nunca la habilitábamos.- Me aproximé, la abrí y allí, había billetes y fajos de todos los valores, casi lleno el cajón y las gavetas…
Desapareció el anciano, y yo me desperté, ¡y se me hizo una luz en las tinieblas!
De algún modo que yo no podía entender, ¿Podría estar allí el dinero que me faltaba?
Enseguida lo iba a saber.- ¡Desde ese momento me aferré desesperadamente a esa ilusión! Faltaba una hora o más para ir al banco, pero no me podía aguantar.- Hacía frío pero yo estaba transpirando.- El gerente solía ir temprano, así que sin esperar más me fui volando…
Entré como una tromba…, no me fui a ver a la caja, no, lo fui a buscar a él, y excitadísimo le trataba de explicar, pidiéndole alborotadamente que viniera a ver conmigo lo que yo esperaba encontrar, lo que tan patente había visto en sueños.- Me miraba asombrado sin entender, y yo cada vez más seguro que allí estaba nuestro tremendo faltante.- Además yo no me permitía siquiera tener dudas, me aferré a que aquello era posible, ya quizás como nuestra última alternativa...-
Abrimos la caja. Y tal cual lo había soñado, apilados del mismo modo, de costado como los había visto, allí estaban fajos completos y a medio hacer, por docenas, y saldos de billetes sueltos; en idéntico volumen, que en cuanto contamos era exactamente la cantidad justa y total de lo que nos estaba faltando…
¿Qué había pasado?
¿Cómo no sabía yo que todo eso estaba en esa caja?
Lo que pasó es que el gerente vino a ayudarme, en un día en que había mucho dinero para contar, armar fajos, y recontar; así que ayudándome trabajaba sobre la mesada de la caja número dos, la de al lado, a mi derecha.- Yo casi no lo veía porque teníamos una divisoria entre ambas cajas, además yo estaba concentrado en lo mío estableciendo arqueos y el resto del dinero.-
Nunca guardaba dentro de los cajones y gavetas; porque me los iba pasando a medida que los acondicionaba, pero esa tarde en un momento tuvo que retirarse para volver después, casi enseguida, y entretanto sí los puso, aunque transitoriamente.- Cuando volvió se había olvidado y siguió con otra partida nueva de lo que yo tenía.- Para nada se acordó después, de lo que había apartado; hasta que ahora abierto el cajón, cayó en la cuenta de lo que había hecho.-
De una cosa estoy seguro, yo ni inconscientemente pude saber que todo eso había pasado, ni que el dinero podía haber estado allí.-
¿No será que tengo realmente un protector?
Pero nunca pude superar el convencimiento, de qué sin poderlo explicar, tuve alguna ayuda desconocida.-
Sea lo que sea, me sigue asombrando.-

*De Celso H. Agretti. celsoagr@trcnet.com.ar
AVELLANEDA, Santa Fe.

*

Revolucionaria de voces y de aplausos
piel y sangre de roble
madera y fuego latinoamericano.

Y si te canto ahora que mi lágrima y los todos
somos causa, país y correntada?

Trovadora del pueblo universal,
del sueño libertario
pronuncio tu nombre soberano
letra a palmo
grito a verso
con M.
Con Mayúscula de Madre, de Música y Milagro
aromada y florecida en el Jardín Republicano.

A vos,
porque desde esta oscuridad goteada por la lluvia
sobre vuelan en la patria amontonadas
palabras de esperanza y rebeldía

Continental manera la tuya de acercarnos al canto
de vivirnos el alma de la mano
de latirnos el latido en los aplausos
de bajarnos la luna de tu pueblo
a bailarnos de pañuelos la jornada.

Y te canto
porque sabes de resucitarle cigarras al sol
porque tu hoja de vida es "gracias a la vida"
porque es himno pedirle Sólo a Dios
porque nos llama "María va"
mientras el otoño mendocino es alivio en la canción
mientras eres en el arte y por el hombre
corazón con razón.

Caminante de poncho y bombo alado
Pachamama, cóndor y calandria
cantemos la "Canción con todos" mientras duermes
así vidalan plegarias
serenatean las penas
y el silencio de tu copla serán ángel y bandera enarbolada...

*de Ana Lía Gattás. analia_gattasz@speedy.com.ar

El heredero*

Vivía en un caserío a las afueras de Satrustegui y era conocido en todo el pueblo tanto por las piedras que levantaba como por aquella boina inmensa que se calaba. Todo el mundo le llamaban Pachi. Sus amigos, su novia, en el trabajo, en todas partes.

Pachi siempre fue Pachi, hasta que uno de los emigrantes a Cuba, algún antepasado muy lejano al que nadie conoció, hizo fortuna al otro lado del Atlántico y al morir sin descendencia, le legó toda su fortuna.

Desde que recibió la herencia dejó de ser Pachi y ahora es Don Francisco Iturriberrigota Goicoerrota Tochea Turrestarazu Durtubia y ya no levanta piedras, pero la boina sigue con él.

*de Joan Mateu. joan@cimat.es

LUPANAR DE LAS TRISTEZAS*

He llegado al lupanar de las tristezas.
Un hombre flaco, golondrinas cansadas
en sus ojos.

Otro hombre duerme a la vera de sus penas.
En el hueco calloso de su mano.
Adormilado, un pájaro descansa.
¿Quién ha de atreverse a despertarlos?
¿Adónde los llevará la noche?

Resbala por mi piel el anatema.
Ingreso al laberinto impenetrable.
Sola.
Alud de oscuridad.
Mierda y silencio. Páramo.
El infierno del Dante es una Rosa azul.
Fango.
En las botas de hierro pesa el mundo.

Huérfanos de palabras los adioses empujan.
Al fondo, profundamente quieta, está la vieja la puerta.
Siempre abierta, aún en la más negra de las noches.
Una mano arrugada se enciende en cicatrices
y me llama.
Atravieso la puerta.

La claridad, magnífica, opaca el aguijón.
Allí, encuentro el jardín y el ladrillero.
Arquitecto de soles temerarios.
Trabaja con sus manos, con el fuego y el agua.
Piel de piedra, arraigada, que brota de la tierra.
Nubes se transforman en el aire
Lluvia mansa envuelve al hombre,
Mientras la humanidad, mutable, imperfecta
Lo acompaña.
Mientras tanto, las golondrinas descansan
En los ojos del hombre con figura de cristo.

*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar

Recuerdo*

Cuando comencé la escuela, en la provincia de los buenos aires, no existía el preescolar, así fue que ingresé al primer grado con mi inexistente destreza social, cuando apenas había superado la fobia de recibir visitas en casa y ya no me quedaba escondida debajo de la mesa, leyendo las revistas de costura de mamá y la domenica del corriere de papá, sentada sobre un zapallo gigante con forma de silla que, comprendí mucho más tarde, había constituido mi objeto transicional.
Válgame dios, qué crucial es decodificar la semántica de un zapallo en la psicoterapia.
Para mí sigue siendo un zapallo gigante con forma de silla.
Había logrado hasta saludar a los que llegaban a la casa, para después rodar mi zapallo personal y buscar un sitio en el patio que no fuera alcanzado por la presencia de los humanos visitantes.
El primer día de clases el pánico era tan envolvente que no pude ni decirle mi nombre a la maestra. Su tic nervioso me intimidaba de tal modo que no podía darme cuenta si le fastidiaba mi silencio o era así todo el tiempo.
Era así todo el tiempo.
Para esta altura de los devaneos, la gorda Záccaro ya se había cagado encima y el olor era tan penetrante que la portera tuvo que ir a buscar a la mamá para retirarla de la escuela, en medio del llanto desgarrador de Martita que, a diferencia de mi silencio, sólo aullaba, yo quiero a mi mamááááá y así hasta el infinito.
El japonés Taira estaba rígido con toda su cara de japonés y nunca pudimos saber qué le pasaba por la cabeza en esos raptos de desequilibrio grupal.
Yo, con mis ojos redondos enormes que ni siquiera pestañeaban y él con esa expresión de intrigante como apuntando con la vista al ojo de una aguja.
Nos mirábamos todo el tiempo, como cómplices de una fatal desgracia pero con la convicción de no claudicar, y en ese andarivel de la mirada, exclusivo de él y mío, logramos abstraernos del entorno caótico hasta el primer sonido de la campana.
Nos hicimos grandes amigos, leales y francos, pero nunca confesamos lo que la diferencia étnica de nuestros ojos entre leyó y guardó en la retina y en la sangre ese primer día.
La maestra, aún con su tic impensadamente intimidatorio, tuvo la capacidad de percibir que éramos unos pollos que nunca habíamos salido de debajo del vuelo corto de la gallina y nos invitó a hablar de nuestros hogares.
Algunas lenguas picudas se desenrollaron y ya podía vislumbrarse en ellas ese afán de protagonismo tan inútil como inconducente.
La primera tarea fue dibujar en casa nuestro objeto más querido, o eso entendí yo al menos, y llevarlo a clase el día siguiente.
Nunca fui buena para la naturaleza muerta, así que descarté toda biografía posible del zapallo. Su inmortalidad transitoria perdura sólo en mi evocación.
Busqué el tazón con forma de bol donde mamá me hacía el café con leche con trocitos de pan tostado, la zuppa, y en absoluta ineptitud para el dibujo, lo copié, graficando algo parecido a un plato volador con rulitos de vapor.
Llamé a mamá para mostrarle mi obra, y ella, con esa ternura mezclada con risa que sólo puede emanar de una madre me dijo qué lindo, qué es.
Es la taza del café con leche, ma.
Ah, me dijo.
Mi madre no había sido alcanzada por la literatura psicopedagógica que indica estimular y motivar alentando como maravillosas y virtuosas cualquier pelotudez, por el sólo hecho de incentivar al educando.
Y mis potenciales de consagrarme en dibujante se deshicieron al instante.
El tazón italiano era de un color beige que hoy se diría color camel y tenía un firulete grisáceo con una inscripción en cursiva que yo leía Ricardo.
Le dije a mi mamá, yo le escribo Lucy, no le voy a poner Ricardo…
No entendió enseguida mi mamá, hasta que se dio cuenta y me aclaró no dice Ricardo, dice Ricordo, me lo traje de Italia, era mi tazón.

Me olvidé de la escuela por un rato y del japonés Taira y del olor a caca de la gorda Záccaro y me pareció entender claramente por primera vez, descubrir, que mi madre había sido chiquita en italiano y soñaba sus sueños y pensaba sus recuerdos en italiano.
Desde esa tarde, empecé a mirarla con una curiosidad especial que hacía, y hace hoy en día, que en cada paso suyo, en cada cadencia de sus ojos, yo me pregunte qué pedacito que no me dice, que tal vez no halle traducción, quedó atrapado en ese pasado lejano del que tuvo que despedirse para siempre.

*de Lucía Cinquepalmi luciaguionbajo@gmail.com

Certeza*

Un desafío a mis dudas,
amarte...
necesitarte...
Un desafío a mi corazón.
Reto a mis incertidumbres.
El raro desasosiego de los anocheceres,
mi espalda desnuda de tus abrazos,
desprotegida...
desangrada.
Un desafío a mis convicciones.
La soledad es buena compañía.
Sin amor se vive igual.
Palabras...
palabras.
Falta la tibieza de una mirada,
las manos trasmitiendo calor
una palabra justa que llene un vacío
tu presencia, allí, al alcance de mis ojos.
El sutil, invisible, hilo que nos sujeta.
La distancia que trasparenta emociones,
sensaciones y pensamientos.
Y esas dudas se desvanecen
se van apagando una a una.
Incitan...
apuran...
exigen el regreso.

*de Elsa Hufschmid. elsahuf@hotmail.com

UN RATITO MÁS*

De la niña recuerdo
la pregunta cotidiana:
_¿Mami, me dejás jugar
un ratito más?_

Ella consentía
y yo gastaba el patio
de tanto brincar.

Era la meta soñada,
reír y jugar...
figuritas, rayuela, escondidas,
saltar con la soga y cantar.

La niñez quedó lejos,
los recuerdos se acercan
más y más...

Hoy repito la pregunta
pero, a otra mamá:

_¿Vida, me dejás jugar
un ratito más?_

*De Matilde Lopez Camelo caminandosignosfm@hotmail.com

SOLEMNE Y CIEGA *

La furia de mis manos
quema el olvido.
Un olvido atormentado
un segundo incierto.
En cada lucero
un tiempo de niebla
de insomnio
de cartas al viento.
Mis pasos
se hunden en la arena.
El humo me envuelve
como un manto de plata.
Me siento inmortal
a pesar de la pena.

*de Mara Torossian mini_04@hotmail.com

Almacén La Estrella*

Era de esas edificaciones que los hombres hacían realmente decididos a soportar cualquier arbitrariedad de la intemperie.
Pararse en esa esquina era observar el modernismo en sus bastiones más elocuentes: orden y progreso.
Se había transformado, además, en la referencia de la zona, tomáte el colectivo que dobla en la estrella, de la estrella la primera curva hacia la derecha, te espero en la esquina de la estrella.
Era como vivir en el espacio de una lógica de dibujitos animados galácticos, pero sorteando el adoquín y los pequeños tramos de brea en el asfalto más reciente. Uno podía imaginarse un colectivo albóndiga maleable doblándose al pasar por la estrella o a uno mismo parado en una punta de la estrella esperando y esperando.

Mi casa quedaba a una cuadra y mi padre pasaba por esa esquina tantas veces como las que la soñó suya.
La soñaba como se sueña la libertad, sin importar cuánto cueste alcanzarla y defenderla.
En cada pedaleada de la bici, de ida y de vuelta de la fábrica, de noche y de día, de madrugada de escarcha o de siesta de verano, de amanecer de lluvia o atardecer de viento en contra, en cada pedaleada le empeñaba una cuenta más al ábaco de su libertad.
Era como la semilla que germina en la tierra rígida y reseca prescindiendo del agua y del miedo de lo que vendrá, por el sólo impulso de liberarse y de alcanzar la vida, por poco que dure.

Para el tano no había San Perón, ya había desertado de las camisas negras de Mussolini, de la megalomanía de Hitler, de las amenazas totalitarias de Stalin y de la grasada yanqui de nuevo rico con poder.
Su Italia europea ya había quedado atrás y no soportaba más fascismo que se entrometiera en la tarea de vivir.

Como todo tano fanfarrón hablaba de Viplastic, la fábrica, como si fuera el gerente o el fundador, hasta que muy entrados los años, en los que yo ya no era niña pudo contarme cómo hacía de caballo tirando del carro para trasladar los materiales en esos entonces del ’57.
Recuerdo que lloré, no sé si de orgullo, de lástima o de impotencia, pero lloré como cuando el Topo Gigio se despidió una noche jurando no volver y viví por primera vez la sensación de muerte, más real que cuando se murió mi nonno.
Cuando el nonno murió yo veía a todos llorar y sabía que algo muy malo pasaba, porque logré escaparme de la casa de Evelina, con la panza llena de las milanesas más ricas que comí en mi vida, y entré al lugar prohibido.
El comedor gigante de la nonna, donde estaba la mesa que llevo conmigo a cada casa donde construyo mi hogar y convido el alimento a mis hijos y amigos, era una galería de ropas negras y cabezas cubiertas por guipur y encajes que flameaban entre el llanto, los suspiros jondos y una afluencia de pañuelos bordados, blancos radiantes y acuosos que iban y venían de los ojos a la nariz a la perilla al cuello.
Supe que mi nonno no estaba enterado de lo que sucedía allí, porque ni se movía, pero nunca imaginé que sería para siempre.

Tampoco sabía que para siempre quiere decir nunca más.
Era la muerte y yo no lo sabía.

Miré hacia la chimenea del comedor y volví a verlo bajando por el tiraje que él mismo había construido, después de haber lanzado los caramelos, los chocolates y los regalos con el nombre de cada uno de sus nietos, las nochebuenas de vino, sidra, almendras y ese olor del agua de azahar del pan dulce recién levado y horneado.
Era enero esa vez, y la última navidad ya no había sucedido nada de eso.
Supe después de mucho tiempo que una bala se le había quedado a vivir, desde la primera guerra mundial, en una parte de la cabeza que no podían operarle, hasta que se infectó y la septicemia se lo llevó.

¿Vivió esos años de regalo? O ¿Regaló, por una guerra vana, su única vida, la única que tenía para vivir?

La cuestión es que los relatos de mi padre haciendo de caballo o burro y, aún así, dar gracias a la vida por haber tenido siempre trabajo, justificaban ese sueño de libertad que él desplegaba cada vez que atravesaba la esquina del almacén La Estrella.
No era el American Dream ni la tarjeta dorada de Visa, ni las ventajas del yogur Ser ni el mundo inasequible de los que lo tienen todo y no tienen nada.
Soñaba con no tener patrón y eso era para él, la libertad.

Recién en el ’72 pudo decidir, contra todos los designios conservadores y los rezos de sensatez y mesura que lo avenían a recatarse y reconsiderar, pegarle una verdadera patada en el culo a todo.
Y así fue.
Se apropió de La Estrella.

Allí fuimos, la familia tipo, tipo tirando a pobre, a rasquetear, pintar, matar lauchas, desinfectar, descubrir lo que guarda el machimbre tras los años de abandono, desafiar la fobia a las arañas, cantar con el eco y la resonancia del cielo raso que no era raso sino abovedado y las carcajadas se ensanchaban y apocaban en cada ángulo misterioso que íbamos descubriendo.

Y salir a repartir volantes de inauguración con ‘precios módicos’.
Mi viejo inauguraba su propio pastificio.

Y allí nos encontró la nochebuena del ’72 brindando entre cajas que había que apilar, dos en sesgo confluyendo sobre el centro de una plana y así hasta el infinito de una torre que venía a significar prosperidad y trabajo. Papelitos ravioleros, olor a grasa de máquinas, jamón serrano, Asti Gancia, almendras, cerezas y dátiles.
No había chimenea ni mesas de parientes ni arbolito de navidad, pero había un gran regalo: la libertad de mi padre, que sería la de todos, nuestro emblema. No había patrón.

Yo tenía once años y era muy menuda. Entre mamá y papá me habilitaron un cajoncito de madera de pino bien firme con el que llegaba perfectamente a la cortadora de fiambre y desde ese momento supe, no sólo lo que significaba trabajar sino que empecé a consolidar mi propia cartera de clientes.
La cola para el fiambre era especial y selecta: la despachante cortaba rápido, sonriente y tímida, del grosor a pedido del cliente y con una distribución que hacía parecer cada feta de mortadela o salchichón primavera, el manjar más exquisito que podía ofrecer esa época de deterioro del modernismo, en que los soldados de Perón habían tomado su propia causa como la causa del pueblo, de todo un pueblo que se pelaba sin conocer de estrategias ni de recursos blindados ni armamentismo, que no sabía de secuestros extorsivos ni de alias, y que no quería del poder lo peor que el poder podía poder.

El pueblo siempre quiso su libertad y la libertad, a mi criterio, no tiene nada parecido al poder.
O eso he preferido pensar toda mi vida, aún hoy.

Sucumbieron años de escasez. Ya la escasez empezaba a ser el estandarte de la gran mentira mediática. Escaseaba el aceite, el papel higiénico, el azúcar, la harina, las verduras, las frutas, la verdad.
Había veda de carne, sólo podíamos comprarla los martes y los viernes, no vaya a ser eso de dejar al pueblo peronista sin el asadito del fin de semana.

A mis once o doce todo era fácil de creer porque la palabra era un segmento de significados que circulaban en el único posible sentido de la verdad y alterarlo desembocaba inevitablemente en mentir.
Y mentir es un compromiso muy difícil. Requiere de mucha memoria, y sobre todo, de saber, qué es lo que el otro necesita escuchar para fabricarle el mensaje más adecuado y oportuno. Tarea infeliz, si las hay.

Entonces, reservaba las raciones para los clientes más frecuentes y leales.
A la vuelta de los años se me ocurrió pensar a cuántas viejas oligarcas de mierda les habré facilitado limpiarse el culo con el papel higiénico que les reservaba con nombre y apellido en el depósito gigante del almacén La Estrella, de mi padre. Perdón, la Fábrica de Pastas de mi padre, que no quería patrón ni fascismo.

Empezaron los misterios de los vecinos que desparecían de la faz del barrio, de la ciudad, del cosmos. Unos por jipis. Otros por promiscuos, otros por pone bombas. Empezaron las razzias, las palpaciones a la entrada del subterráneo de la estación Burzaco, las demoras por averiguación de antecedentes, los unimogs, las preguntas a la salida de la escuela, la amiga del seleccionado de volley de la escuela que yo capitaneaba en ese entonces, que nunca volví a ver, hasta ver su nombre en el informe de la CONADEP, una vida toda, mi plaza, mi avenida, mi estación, mi ombú, inundado de fascismo al mejor estilo argentino genuflexo de mierda.

En ese escenario de librecambio y arrogancia de poderes superpuestos y medición de fuerza bruta, en el que desaparecíamos todos los que no bregábamos por ninguna de esas opciones, el Almacén La Estrella cerró.

Los dueños de ese local abandonado plagado de lauchas, desidia y desdén, que habíamos resucitado después de tantos años, habían resucitado como los piojos en sangre dulce, endulzada por otra mentira de las tantas de un país que no sabe otra cosa que venirse abajo desdeñando sus propias herramientas y recursos.
Mi madre y mi padre, que eran tanos y pobres, pero no boludos, respondieron con la cordura que tenían a su alcance frente al embate, y abrieron su propio local en febrero del ’77, sin reclamar ningún esfuerzo que pudiera ser traducido en costos y valores de mercado.
Empezaron de nuevo, como se empieza siempre y en realidad nunca se ‘vuelve a empezar’, en este país de iluminados con la vela en el culo que se les apaga cada vez que estornudan.

Eran otros tiempos, otro idioma. Ya el enemigo era cualquiera o ninguno, todos fuimos sospechosos y sospechados. Se rompieron los lazos. La confianza pasó a ser una postal del recuerdo de alguna inocencia perimida y demodé.
La identidad pasó a ser un documento ajado por el uso y el abuso de ponerlo y sacarlo del bolsillo trasero del Jean a cada paso.

La Estrella cumplió su cometido, de todos modos.
Y el poder, también.

*de Lucía Cinquepalmi. luciaguionbajo@gmail.com
-Octubre de 2009

NANA* (1)

Ama, ven a buscarme,
arma tu barco de papel
y acerca el mar a mi morada,
que brille el sol que me despida
y me abrace con un "Hasta siempre",
que bailen luces sobre el agua
porque será día de brindis y bonanza
donde todo es sabido, esclarecido
y lucirán horizontes sin barreras.
Ven a buscarme, Ama.
Los rincones del alma ya desiertos
no encontrarán paz en la estampas,
caducó toda bienvenida
entre nubes de humo muy espeso.
Si tiendo las manos no hay nada,
sólo queda partir bajo tu amparo.

NANA* (2)

Ama, prepara mi lecho,
quiero acunar mis ensueños,
limpiarme del afuera
que araña mi piel
y sofoca mis intentos.
Quiero enmudecer las voces
que gritan buscando nidos
construidos por los otros
y prohibidos como cueva.
Pon perfume en mi almohada
y pinceladas de abismo
que borren toda palabra,
todo daño, todo juicio
lanzado como flecha al viento
y que me convierte en olvido...

*de Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar

DESCIELO*

a veces es un cielo abrasador
que inunda de un ahogo
parecido a la tristeza
pero otras
es el hielo que amanece
la mañana del miedo
mezclada con el odio y la pereza
siempre es igual
al fin la sangre se recicla
en furia
en tiempo
a veces
es la voz que da sosiego
al estupor inquieto
del recuerdo
pero otras
es silencio que amilana
esa furia flagrante del deseo
no siempre pero a veces
me envuelvo en el bramido
del viento mensajero
espero a la mañana
con luz de otro momento
y puedo
sé que puedo
abrasar ese hielo
y deshacerlo

*de Lucía Cinquepalmi luciaguionbajo@gmail.com

DOMESTICAS*

Primero es como una luz que va entrando de a poco por la ventana cuya cortina está un poco corrida, no sabemos si ex profeso, o por una corriente de aire, o debido a la desidia de los días en que nadie puso la mano sobre ella.
Dije que primero es la luz, que se filtra subrepticia, lenta, la luz del sol, la pura luz que viene de esa lejanísima estrella deflagra bajo los fresnos, repta con su esplendor entre la gramilla y pinta de un rojo vivísimo la larga hilera de pimientos que mi madre cuida con extremado amor, como hizo toda la vida: con la humanidad, con los animales, aún los más humildes, y con sus pimientos que era su orgullo expuesto a todo jurado aún el más riguroso, aún el más severo.
Si ella entreabría la ventana, aunque sea un poco, la brisa de mayo ligeramente fría entraba y se iba adueñando de los objetos, y tal vez el polvillo de las calles aún sin asfaltar aprovechaban ese vehículo apto, generoso y gratuito para ir aposentándose de a poco en los rincones más lejanos y las muescas barrocas de algunos muebles, y aún en los pliegues de las cortinas, o las sillas vacías de la mañana.
Dije antes o escribí mejor, que la luz se iba filtrando de a poco, cuando el alba moría en su rosado y daba lugar a esa luz brillante que el sol suscribía sin ambages, pero si en cambio el día era gris, se aproximaba una amenaza de lluvia, o, amanecía lloviznoso, el cristal permanecía cerrado, porque el frío o la humedad no eran tesoros preciados por mi madre, que amaba el sol esplendoroso, el que le traía recuerdos de su italiana aldea en la montaña.
Precisamente, no se cansaba de ponderar esta bendita tierra donde todo verdor crecía de maravilla, mientra en su aldea natal todo había que pelearle palmo a palmo al terreno pedregoso. Sólo aquella claridad del sol montañés tenía siempre en su memoria y el discurso de su reiterado recuerdo en rémoras familiares donde mi abuela pensativa, dulcemente, adhería y asentía a su recuerdo niño, con alguno suyo, así poco más conciente, ya de adulta.
Cuando pienso en mi madre sé que voy a pérdida entera con el recuerdo, que de todas las pocas astillas que extraigo de la memoria debo construirme su imagen, plagada de gestos generosos y humildes, que retenía la elocuencia ostentosa, yo, como Pedroni podría decir que era "toda silencio, propensa al llanto y muy hermosa" y que yo la recuerdo siempre transitando ese espacio de verdes, donde orlaban esos inmensos pimientos rojos que ella cultivaba con recatado orgullo y cuando eran ponderados, se
le abría el rostro moreno en una gran sonrisa de satisfacción.
Cuando pienso en mi madre es cuando la veo cruzando ese gran patio de tierra que ella barría con generoso esmero, en una mano un plato camino al gallinero, llevando tal vez restos de comida o maíz, para arrojarlo a sus pollos. Hasta en los sueños aparece con su batón celeste, floreado de amarillas pintitas, y ella muy señorona con ese plato en la mano derecha, oronda cruzando el patio y mi sueño.
De todos modos armo ese recuerdo de ella con un amor inmenso, pero en verdad lleno de impotencia.
El día en que íbamos con mi hermano hacia la sala velatoria donde estaban sus restos, caminando por una calle cercana, nos alcanzó con su bicicleta "Cañita" Aquilano, cartero eterno del pueblo, con un telegrama que nos enviaban los empleados del Correo, Allí leí una frase que hasta ese momento era sólo eso: una frase. Pero que tuvo luego una feroz e implacable verdad.
-"Acompañamos vuestro dolor, ante tan irreparable pérdida", decía.
Allí supe que los lugares comunes, las frases de cortesía acompañado socialmente un dolor individual, tienen su sentido. Al menos para el que sufre, aunque casi nunca para el que la pronuncia. Es decir, las frases comunes en algún momento dejan de serlo y son fundamentales y drásticas. Pegan como un inmenso martillo en la cabeza, doblan de dolor ante el desamparo y la incertidumbre a que nos somete ese mismo -desconocido antes- desamparo.
De todos modos no quiero ser triste aquí. Quiero retener esa humilde humanidad suya, esa timidez que hacía lo posible por permanecer invisible, pero atenta y poderosa, imprescindible en su amor por los suyos, una fiera cuando debía defenderlos.
La prima Gladys me contaba una discusión que habían tenido con mi padre y ella, furiosa, le decía:
-Le permito todo, menos que se meta con mis muchachos.
Sus "muchachos", éramos mis hermano y yo.
Hace muchos años que nos dejó, y les digo la verdad, me gustaría verla caminar entre esos altos tomatales que eran su orgullo, o en el esplendor de sus rosas o amasando esos tallarines sobre la pequeña mesa llena de heridas y de recuerdos infantiles, de cuando -sin querer- volcaba el café con leche y ella, rápida, solícita limpiaba todo antes que la irascibilidad de mi padre lo advirtiera.
Ahora debo consolarme con ese ceibo que plantó y con ese rosal que resiste todas las intemperies.

Y, de vez en cuando, aparece en mi sueño donde cruza ese patio de tierra con un plato en la mano para siempre.

*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar

RONDA DE ESPECTROS*

Van y vienen
como un péndulo.
Pretenden hasta lo impropio.
Son fríos
Pero están
Susurra el espejo
Que no se atreve
A reflejarlos.
Ahora tiemblo
Justo cuando regresan
Y le roban
La última migaja al aire.
Se la llevan
Creo
Para ser felices.
Tal vez
Con el paso del tiempo
Queden solos,
Ni su sombra
Los acompañará
En su camino
Hacia el infierno.

*de Juliana Holzer julianaholzer@hotmail.com

EXILIO*

Hormigas melodiosas transitan por su sangre,
Y todo, todo es nada: solamente un recuerdo
ARIEL FERRARO

Nunca te dije que me quedé por miedo
Por un brutal. Feroz, insustituible miedo.
Coloque en tu valija tu jean, una foto y mi gastado miedo
Partiste en plena noche. Como un bandido.
La muerte silabeaba con boca de zafiro.
Me dejaste libros, despedidas.
Y el miedo, animal, impío, sanguinario.
Prefería la muerte a la partida.
Pero quedó la herida. De muerte, herida.
Herida miedo. Estaba en todas partes, en todas, todas.
En tu silla vacía. En la guitarra.
En el perro llorando. Lastimeramente.
En la mesa con mantel de desvelo.
En los diez mandamientos de mi manos.
En mi boca cocida. En mis ojos atados.
En el mapa de tu cuerpo en mi lecho.

Quedaron sacos rotos.
Olor a patria. Sabor a viento claro.
Tierra natal. Muertos. Crujidos.
Disparos que ahuyentan las palomas.
Te has llevado mi pena, ay mi pena.
Y has dejado la tuya. La tuya mía, corazón.
Un pedazo mío tuyo te has llevado.
Un clavel. Un malvón. Un café.
Un pájaro de bruma. Un dragón. Una tijera.

Corto la espera, sentada en el umbral.
Como ayer, anteayer, mañana, nunca.

*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar

UN PURGATORIO PARA EL SOFÁ*

Constrúyeme por favor un purgatorio donde pueda expiar todas mis culpas, y enmudecer cada uno de mis anhelos por intentar encontrar las respuestas donde yo mismo sé de las soluciones y de las causas.
Constrúyeme, si acaso pudieras, un purgatorio para lavarme por dentro cada herida que supura, que arde cada vez que respiro, mientras el oxígeno se encarga de envenenar la parte que queda sana en mi ser.
Sé que sólo soy un rayo de luz que se ha infiltrado por entre las grietas y después de ellas me he metamorfoseado en halo de oscuridad; y oscuridad desnuda me quedo cuando no me vienes a buscar, así acontece por horas mientras simplemente me detengo a respirar tendido sobre aquel sofá. Mientras estoy en medio de este recinto acromático soy ausencia de luz, soy cuerpo opaco que divaga con este problema mío en el que choca a contra reflujo mi existencia con la vaciedad.
Cuando tienes hambre vienes y abres la puerta para que yo vuelva a aparecer como el destello de luz que ilumine tu trayecto hacia tu habitación, pasando por el corredor hasta llegar al refrigerador; a final y al cabo sacias tu apetito, das media vuelta y simplemente te vas, de regreso yo te guío iluminando el trayecto hasta tu alcoba, justo en media hora una vez dormido, silente, estarás. Eres un niño con preocupaciones muy tuyas, muy de tu corta edad, con todo ese egocentrismo que atasca cada rincón, cada muro, cada ventana y aun más las puertas ajenas a la realidad. Yo tan solo soy un halo de luz, a destiempo y sin edad, lo que las mayorías conocen como simple oscuridad, oscuridad silente soy y mírame como he permanecido aquí por siglos soportando esta frialdad.
Constrúyeme, si fuese tu voluntad, un purgatorio que redima parte de mi asfixia, la que no termina por dejarme en paz ni siquiera cuando me escondo debajo de mis párpados.
Me buscas por las noches cuando un mal sueño se ha metido bajo tus cobijas y llenado de mugre tus almohadas, y corro desde el sofá para buscarte e iluminarte, tienes que saber nada te pasará cuando la luz llega hasta tu habitación, te detienes y sabes que nada es real, mi luz te tranquiliza y vuelves a pensar en que siempre te estaré espiando, asegurándome tu tranquilidad. Te duermes, como siempre te olvidas de mi existencia, me retraigo, pienso que me utilizas a tu conveniencia, pero eres un niño pequeño y egoísta como todos, que duerme en pijamas con un oso de felpa abrazado y la figura de un hombre crucificado pende del muro a la altura de tu cabeza.
Soy destello de luz que cuando le olvidas, me refugio en las arrugas de aquel viejo sofá desahuciado, para convertirme en penumbra y de negro me quedo para guardar luto por la pena, la amargura que me embriaga al saber que estoy contigo y a la vez estoy tan lejos cuando oprimes el interruptor.
Cuando llueve y hay tormenta por las noches esperas me quede de pie a tu lado, iluminando hasta el último rincón donde algún fantasma empapado pudiese refugiarse del brutal aguacero; pero en las noches tranquilas colmadas de calma, muy pronto adiós me dices y me condenas a la no existencia impregnado de susurros animados por tu resoplar cuando caes dormido en la cama y no importa nada más que tu sueño y tu egoísta ánimo por descansar. Eres un niño, no importando tus desplantes al cerrar las cortinas, provocando que todo se tiña de amarga oscuridad; pero si algo te espanta a media noche bien sabes que la luz vomitará lo que carga en el vientre. La luz te dice que lo grotesco se quedó atorado en medio de un confuso y obsceno sueño; no pasa nada, nada pasará, pero para mí nada pasa, el sueño gira en torno de mi propia aberración de sentirme desahuciado y abandonado por mi propia opacidad.
Elabórame, con esa basta imaginación infantil, un purgatorio para el sofá donde duermo como sonámbulo por instantes en esta grotesca sensación de soledad.

*de Jesús Brilanti T. lugburtian@hotmail.com

El cruce*

Ligeramente doblado hacia delante y apoyando el peso sobre el bastón espera que cambie el semáforo por cuarta vez. Lleva cuatro minutos esperando para cruzar la calle y cada vez que se detiene el tráfico, calcula el tiempo de que dispone. Es consciente de que es insuficiente para cruzar aquella ancha avenida.

Los seis carriles se llenan de coches en cuanto cambia el semáforo y pasan veloces haciendo roncar sus potentes motores, como conminándole a no aventurarse a cruzar.

Es consciente de que sus piernas no son lo que eran y sabe que no puede caminar más deprisa por lo que está seguro de que, caso de decidirse a cruzar, no alcanzará la otra acera antes de que cambie la luz… Y eso es un riesgo enorme porque está seguro de que los coches no le van a respetar.

A los diez minutos, inicia una cuenta atrás para iniciar la travesía en el mismo momento que cambie el semáforo, con el fin de disponer de más tiempo, pero una vez alcanzado el segundo carril da la vuelta y regresa todo lo deprisa que puede y aún y así alcanza la acera en el momento que un bocinazo le avisa de que los coches no van a parar. ¡Ha estado en peligro de muerte!.

Debe buscar una solución, un recurso que le permita cruzar la calle. Él, que ha sido un estratega toda su vida, no puede dejar que un burdo semáforo le barre el camino.

Quizás no haya sido la mejor idea de su vida. Por supuesto ha podido cruzar la calle, pero no ha tenido en cuenta las consecuencias de su decisión. Pensar que si se desnudaba y pasaba en cueros por el paso de peatones los vehículos le cederían el paso y así fue, pero al llegar a la otra acera no tenía ropa que ponerse, por lo que tuvo que ir hasta su casa con las vergüenzas al aire y por si eso no fuera suficiente, ahora su mujer, al verlo llegar como Dios le trajo al mundo le recriminaba a voz en grito. ¿Qué semáforo, ni que cuentos? ¡Tu has tenido que salir de la cama de una vecina a toda prisa! ¡Parece mentira a tu edad! ¡Lo poco que tienes lo podrías dejar en casa! ¡Crápula, más que crápula!

*de Joan Mateu. joan@cimat.es

INALCANZABLE*

Un manojo de silencio
un delirio
(casi nada).
Tristes súplicas
perdidas en el viento.
Y esta hoguera
que me quema
que me enfría
que me apena
y un deseo
que florece con la noche.
Grises redes
que el espanto teje
con rayos de luna
para enredarme
lejos, muy lejos
de tus ojos de bruma.

*de Federico Ibáñez fede_iba_5@hotmail.com

Tierra y libertad*

Se recomienda esta lectura con música celta, vino tinto en pequeña copa, tabaco
y luna menguante rojiza recién asomando en el horizonte del este de este lastimado sur

Vi a un hombre agachado en su dolor, entre el miedo y la queja, poniendo flores en su pequeño jardín. Amasaba una tierra comprada, prestada, como no confiando en lo que ese pedacito de heredad que el medio le había conferido en su derecho tuviera suficiente nutriente.
Tal vez dando por sentado que ya la había depredado y malgastado lo suficiente como para que haya perdido las condiciones de su fertilidad inmanente. La tierra, no el hombre.

Lo vi eludiendo los reclamos increpantes, refugiándose en la usina de su propia primavera tardía, sin caución de resguardo, apurando los tramos que rezagó en proclama de la inercia, ausentándose del pánico y la angustia, regando hojas y manos con lágrimas que manaban de la sonrisa inexplicable y de la tristeza harta de explicaciones.
Resbalaban esas lágrimas guiadas por sus arrugas. Ojalá hubieran sido sólo patas de gallo, a esta hora andaría pisando gallinas.
Eran surcos de la piel de un hombre que ha reído y llorado. Y se ha enojado más de lo recomendable. Eran los caminos ensayados y repetidos tantas veces y tantas más hasta hacer huella.

Lo vi explorar la tierra como si la mirara por primera vez, yendo y viniendo de la mezcla de arena, cal y pedregullo, erigiendo un palacio en la miseria de la vida efímera. Lleno de orgullo de estar despierto y no muerto, pero implorando alguna cábala o un rezo que acelerase el resultado y la consecuencia de este esfuerzo nuevo, en repudio del tiempo disipado.
Como despojado de la memoria ancestral o descubriendo un atavismo en ciernes que había silenciado indiferente.
Me pareció escuchar de entre sus comisuras un chasquido de pena. Pero noté que la sonrisa volvía a dibujarse dejando escapar el aliento cálido que ofrecía a los brotes, penetrándolos.
Se sentó a mirar su obra sin sentirse mirado, mientras secaba con la manga arrugada de la camisa esa humedad que, no se dio cuenta, lo haría brotar a él también.
Me detuve en el brillo de las gotas y me vi en los destellos, hecha pedacitos en un calidoscopio de colores difusos. Sólo un espejo más?

*de Lucía Cinquepalmi luciaguionbajo@gmail.com

"Es más difícil ser hombre"*

Más hombres que mujeres practican tropelías, imbecilidades

Más hombres que mujeres se suicidan

Más hombres que mujeres doblegan voluntades
hasta el exterminio
inventan contrincantes
planean invasiones y ejecutan guerras

Más hombres que mujeres asesinan serialmente
más hombres que mujeres alardean
más hombres que mujeres coleccionan porquerías

Más hombres temen no ser hombres
y pulsean
que mujeres temen no ser
mujeres.

*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar

Tío Esteban*

*Por Carlos Caposio. carloscaposio@hotmail.com

Como quisiera ser como Esteban para que María esté tranquila y no llore en el baño, para que deje de tratarme como a un niño y de volver locos a los doctores del nuevo hospital, pretendo explicarle pero es difícil, ella no conoció a Esteban.
Aquella vez estaba contento porque el tío venía a casa y por teléfono me había contado sobre algo raro que había hecho en su pelo.
De chico yo creía que era el único que lo entendía debido a una charla que había escuchado en casa. Estábamos en el patio, bajo la parra, él se había ido a descansar y ni bien se escucharon los primeros ronquidos, la tía Marta explicó que Esteban había tomado mucho y que por eso estaba colorado y tenía
sueño. Después comenzó con lo del juego, con que no podía pasar un mes sin ir a Mar del Plata al casino, con que asociaba todos los número para jugar a la quiniela. Dijo también que había perdido mucha plata en los dados, y en ese juego que el tío me había enseñado la semana anterior donde hay que sumar siete y medio.
Era verdad que le gustaba el juego. Recuerdo el día que dijo que encontró una moneda en la calle, y que como no tenía plata, se había ido caminando desde su departamento de San Isidro hasta un bingo de San Fernado para colocarla en una máquina de apuestas. Por entonces no estaba el Casino de Tigre porque sino seguro hubiera ido caminando hasta allá. Contó que comenzaron a sonar una sirenas y que el tragamonedas escupía monedas sin parar, que las manos no alcanzaban, que puso la boina y se le rebasó, y que por último, le habían traído una carretilla tan grande que para llevarla a su casa necesitó la ayuda de un hombre del lugar.
Estaba ansioso por la llegada del tío y por el chocolate que siempre traía.
Ese día tenía miedo, el río había desbordado y había llegado hasta la vía muerta de la esquina de casa, en Martínez, por donde hoy pasa ese tren medio artificial. Él no estaba muy lejos, pero yo presentía que no iba a llegar, después mamá me tranquilizó y comencé a planear de que forma le sacaría la golosina.
En muchas cosas soy como Esteban o como lo veía cuando era niño. El tango, por ejemplo, lo mamé de él, cada vez que venía me enseñaba una palabra nueva del lunfardo. Los burros también, los domingos cuando me sentía bien, agarraba el bastón del tío, compraba La Rosada e iba al hipódromo a jugar
alguna fija. Y mis viajes, lo mejor de todo, el siempre decía que viajar era lo único adquirido por lo material que duraba toda la vida. Pucha si tenía razón, el televisor lo cambié tres veces, el equipo musical otras tantas, y la computadora, es la misma pero la tuve que renovar cada 5 años, además
cuando el tío vivía no había computadoras. Pero mis viajes, con sólo pensar en ellos ya estoy allá nuevamente, salgo de la cama sin moverme y estoy en Guatemala, en el templo del gran jaguar; paso por Río de Janeiro y subo al pan de azúcar; y en México, visito las ruinas mayas de Chichén Itzá.
Cuándo llegó estaba todo mojado por la tormenta, no recuerdo bien que inventó, creo que dijo que había venido nadando, o que un exiliado de Venecia lo había traído en góndola, o que se agarró de la cola del caballo que ganó la carrera, o que con un ventilador, había llevado el río a su cauce para poder venir caminando. No sé, lo cierto es que tenía el pelo raro, parecido al de un bebe, como quemado. Yo fui corriendo a abrazarlo, sabía que tenía el chocolate en el bolsillo y se lo saqué sin que se diera cuenta, él sonrió y dijo que no entendía como lo había logrado. Siempre lo sorprendía o por lo menos creía que así era.
Esas son las cosas que extraño de Esteban, como en el verano en que entró por el fondo con la máquina de cortar el pasto. Al escuchar el ruido del motor salimos sobresaltados al jardín con mamá y papá. Estaba parado arriba de la máquina, juraba que había venido manejando el aparato y que en la bajada de Libertador no había podido frenar y se había agarrado de la rama de un árboly que así, colgado, había visto como la cortadora seguía hasta el río y caía al agua. Cuando yo le decía que no podía ser, que el río estropeaba las cortadoras de pasto y que si fuera cierto haría cortocircuito, él salía con que lo deje terminar, con que yo era muy impaciente, y con que el cable de la máquina se había atascado en el muelle, y que por eso, no había llegado al agua.
Con los años me di cuenta que Esteban y la tía estaban separados y que venían juntos sólo para conservar la imagen familiar. Por eso Marta le hacía fama de timbero y no paraba de hablar mal de él. Mamá siempre le daba la razón a la hermana pero un par de veces dijo que la tía era medio loca y que
el tío era una buena persona. Eso me tranquilizaba.
Nunca había pensado que por la diferencia generacional era imposible envejecer juntos.
No sé por qué nos imaginaba de viejos en la plaza de la Catedral jugando al ajedrez, quizás porque había prometido que cuando yo cumpliera unos años más me iba a enseñar, pero no aguantó el pobre.
Después de la parodia del chocolate explicó por qué tenía el pelo así. Me confesó en secreto que era por la falta de frutas y verduras. Recuerdo que las semanas siguientes pedía a gritos jugo de naranja y buñuelitos de acelga. Que ocurrente era el tío. Aunque a veces se contradecía, porque un tiempo después, creo que fue la última vez que lo vi, le volví a preguntar por el pelo, ya casi no tenía, otra vez se me acercó y dijo que por estar sin bañarse tres días se le había formado un panal de abejas en la cabeza.
Recuerdo que abrí grandes los ojos y lo miré fijo. "Sí -me juraba- lo tuve que quemar y se me prendió fuego el pelo".
La tía Marta dijo que se había ido de viaje. Le creí, porque mamá además de contar que la hermana era medio loca, siempre afirmaba que "la tía no mentía". Además al tío le encantaba viajar, hasta cuando tuvo hepatitis juraba que había estado en Machu Picchu con los Incas. Después supe que era cierto, no que había ido cuando estaba enfermo, pero sí de joven. Él siempre seguía viajando con la mente, hasta en eso nos parecemos.
Esa última vez, no se había ido al exterior, o sí, porque a dónde vamos después de la muerte es un poco más de la incertidumbre de la vida. El tío tenía cáncer de próstata.
Que poco lo disfruté, no llegamos a jugar una partida, estoy seguro que dejaría que juegue con blancas.
Unos años después de que murió inventaron un tractor para cortar el pasto, no lo quise comprar porque, al igual que lo hacía Esteban, hoy vivo en un departamento de San Isidro, pero si el tío lo hubiera visto, era capaz de comprarlo y tenerlo atado a un árbol con un candado de bicicleta.
María tiene miedo. Por más que le cuente nunca va entender ¿Cómo hago para que deje de estar triste y de hacer tanto alboroto?
Al dorso de una de las últimas fotos del tío dice: "Aunque uno esté prisionero en una cama, puede ser libre con la mente y viajar, en definitiva, uno es lo que recuerda y lo continúa en su forma de contarlo".
Cuando miro el espejo, además de las arrugas veo el pelo quemado de Esteban, porque para mi había espantado las abejas con un hisopo gigante bañado en alcohol. No entiendo como estaba de tan buen humor con esta basura de la quimioterapia.
Él siempre con esa sonrisa contagiosa, burlándome con la mosqueta, enseñándome a jugar al tute o amasando pizzas para toda la familia. Yo decía que las de él eran las más ricas que había probado, recuerdo que mi vieja, que en paz descanse, se ponía celosa.
Mi único hijo se llama Esteban, cuando vendimos la casa de Martínez le di unos mangos y después de casarse se fue con la mujer a vivir a San Martín de los Andes, a una comunidad nativa del lugar. Ahí tuvo a Nahuel y en un mes nace Luna. No tendría que venir pero María siempre fue la misma exagerada,
lo llama desesperada, lo asusta y el otro grandote otario se viene en avión.
Pero qué les voy a contar, no entienden que con sólo bañarme dentro de los tres días, tiempo que tarda en formarse un panal de abejas en la cabeza, no se me caerá más el pelo. Cómo avisarles que ahora estoy de viaje por América latina y no acá, cómo revelarlo, cómo explicarlo; si nunca conocieron al tío Esteban.

*Fuente: http://www.artecomunicarte.com/ArtistaDatosPAD2_L.php?Arp=714
http://blogs.clarin.com/la-fusion-de-los-generos/posts

El crepúsculo o la última batalla de una diosa*

El espacio se cruza de agua y de sonidos, y el sabor de lo perdido que vuelve.
La lluvia abrillanta el olor de las flores. Hay un sueño a punto de aparecer y un antiguo color.
El fuego irradia hasta invitar a lo íntimo.
Besos errantes, paseo por el tiempo y una casa en el mar con chimenea.
El fuego inventa imágenes. Sol que se retira, pero antes de hacerlo, despliega una revolución roja en el cielo. La violencia de la belleza.
El crepúsculo es la última batalla ardiente... La firma de un dios que no se rinde en la hoja celeste o será diosa con sus colores cambiantes. Una diosa todavía inocente con los bolsillos que se abren y desparraman sus hogueras brillantes. Una diosa si, dios es perfecto y se murió por nosotros me dijeron, pero una diosa vive y saltan sus chispas vitales a chorros imperfectos.

*de Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar

ASÍ TE RECUERDO…*

Estaba yo en la fiesta y, detrás mio,
un espejo imágenes brotaba:
Estabas tú, sentada, y tu vestido
vivió en mi mente frágil y azorada...

La hora era en que, sobre la calle,
un cielo herido lágrimas lloraba:
era la hora, y, así como en un libro,
leía yo, ávido, tus ojos y tu cara...

Camino aún, y, solo, te recuerdo.
Encuéntrote aún más bella y lozana,
Cada vez que veo tu figura,
tu vestido, azul, tu risa, clara...

En mi sueño, acompañante los astros.
Y de los astros tu inocencia escapa
para poblar de luces el camino
de este ser gris, en una gris etapa...

Y hago votos por verte, nuevamente.
y hago juegos con la imaginación:
es tan simple, tan lindo, tan sincero,
como de una vertiente la canción...

No sé si aún se escuchará mi canto:
es eso algo imposible, sí, quizás...

Mas es eterno, como el gris otoño,
que, luego de beberte, muere en Paz!...

*de Horacio C. Rossi.
- en la Terraza. (1953-2008)

*

Deja que el viento
toque el ave.
dos libertades hermanas
vuelan juntas
en busca de astros quiméricos,
incontaminados,
lanzados a la eternidad.
Deja que el viento
acune el sueño
de quien busca amparo
en la paz eterna,
de quien es el faro
para nuestra vela
porque en ella el viento
anida y se queda.

*de Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar

EL VUELO DE WIMPI*

Para Manena y Bari Enseñat Ribas

Una libélula dorada de alas enormes penetró por la ventana y revoloteó alrededor de la cama, anunciando que algo importante iba a ocurrir ese amanecer.

- Wimpi, ¿eres tú? – preguntó Manena, llena de esperanzas, y salió tras ella.

La mañana anterior había sido muy triste, cuando fue a la jaulita de su periquito verde la encontró vacía y con la puertecita cerrada. Parecía cosa de brujas, pero la mamá razonó – las madres son muy inteligentes y encuentran explicación para casi todo -, al parecer la puerta había quedado mal cerrada, entre empujoncito y empujoncito, Wimpi había logrado colarse al mundo de afuera y su salida había vuelto a disparar el cerrojo, dejando la puerta como si nada hubiera pasado... ¡Pero al final seguía pareciendo cosa de brujas!

Lo buscaron por todos lados, dentro y fuera de la casa, en el jardín, en el patio, hasta en el enorme almendro que florecía a la entrada... nada, ni rastros del periquito. Entre lágrimas que no podía ocultar, Manena había pedido permiso para salir a comprarse una paleta de chocolate. En realidad quería visitar a la gitana que se sentaba en el parque a leer la fortuna, pero no quería confesarlo.

- ¿Cuánto me cobra por una pregunta? – le soltó a bocajarro, más por timidez que por falta de educación, no sabía cómo dirigirse a una persona capaz de ver el pasado, presente y futuro.
- Buenos días, preciosa – le respondió la gitana -, una sola pregunta puede tener muchas respuestas, el precio depende de la importancia de la pregunta, y del tamaño de la contestación.
- Mi pregunta es vital... pero la respuesta es bien corta, solo necesito dos oraciones, tres a lo sumo...
- Entonces tal vez te responda sin cobrar – la gitana sonreía y la miraba al fondo de los ojos... ¿por qué insistía en ponerla más nerviosa de lo que estaba? -, solo debes prometerme no llorar más...
- Lo prometo – Manena levantó dos dedos haciendo una cruz y se los besó, como había visto hacer en una película.
- ¡Excelente! Ahora puedes hacerme la pregunta.
- Por favor, señora... ¿Dónde podré encontrar a Wimpi, mi periquito verde?

La respuesta le había causado mareo, de tanto pensar en ella: “Encontrarás a Wimpi, pero ya no será el mismo de antes”.

Manena había pasado el día escrutando las nubes: vio cocodrilos, llaves, guitarras, muchos barcos, una ballena, un oso, una cuna... pero ninguna nube le recordaba a su periquito… ¿Se habría transformado en flor? Salió al jardín, buscó en el parque, pero su amiguito era completamente verde y todas las flores estaban adornadas de colores.

Pensando en el enigma que no lograba resolver, la sorprendió la noche y con ella llegó el sueño, hasta que el zumbido de la libélula le ayudó a abrir los ojos... era dorada y no verde, es cierto, pero de seguro intentaba decirle algo. Siguiéndola llegó hasta la arboleda que crecía detrás de la casa... Miró de nuevo las nubes, las flores, las verdes hojas de los árboles... y ahí, escondido entre las frondas, le pareció distinguir el brillo de unas plumitas del mismo color.

Silbó, como hacía cada mañanita antes de salir para la escuela y Wimpi revoloteó hasta una rama más cercana, respondiendo a su saludo.

- A partir de ahora me vas a encontrar aquí, sólo tienes que venir a visitarme – parecía decirle con sus ojitos negros y redondos como botones.

Manena disfrutó un ratito más de su presencia, hasta que llegó el momento de la despedida. Ella debía volver a casa, Wimpi a sus frondas... “Encontrarás a Wimpi, pero ya no será el mismo de antes”.

Tenía razón la gitana, ya no era un periquito prisionero, era un periquito feliz.

*de Marié Rojas.

EL CALDERO*

La hora de los recuerdos
llega con señales de tiempo,
asombra lo que se gesta
en el caldero infinito
donde los años en cruces
van desfilando entre sueños.
Nos vemos a la distancia
con contornos desconocidos,
los hechos cambian los tonos
que delinean las figuras.
Las penas siempre nos duelen
por que son deshechos muertos,
sólo dejaron imágenes
tristes, sin luces, sin tiempo
pero son trozos del alma
que olvidamos en un banco
de aquel parque solitario
que bautizamos comienzo.
También reflejos de amor
se nos quedaron dormidos
en lechos que están vacíos
como nidos olvidados.
¿Qué nos queda en el caldero
para seguir el camino?
Una lágrima bajo el cielo
por el destino enjugada.

*de Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar

*

Inventren Próxima estación: CASBAS.

Colaboraciones a inventivasocial@yahoo.com.ar

http://inventren.blogspot.com/

*

Queridas amigas, apreciados amigos:

Este domingo 8 de noviembre de 2009 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música de los compositores argentinos Daniel Judkoski und Mariano Javier Dugatkin. Las poesías que leeremos pertenecen a Pedro Reino (Ecuador) y la música de fondo será de Surazo (Andes). ¡Les deseamos una feliz audición!

ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!! (Recomendamos usar http://24timezones.com/ para conocer las diferencias horarias).

REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!

Freundliche Grüße / Cordial saludo!

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com

Schießstattstr. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067

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06/11/2009 GMT 1

EN LA SINGULARIDAD DEL OTRO...

urbanopowell @ 01:32

SUCEDE SIEMPRE EN MARZO

A Julio Pino Miyar

Conozco a un bardo conejo
Que ama a las estrellas
Desde el hueco lóbrego
De su madriguera.
Quiere ser astrólogo,
Astrónomo,
Astronauta...
El pobre no sabe que ellas
No saben regir destinos,
Leer pasados,
Dictaminar futuros...
Son apenas bolas de gas
Ardiendo indiferentes,
Lejanas,
Tan muertas
Cual lágrimas viejas.
Jamás escuchó hablar de Newton,
Ignora las leyes de Kepler,
Las ecuaciones de Maxwell
Y la física cuántica.
Sólo sabe interrogar al cielo
Esperando respuestas.
Pobre liebre poeta:
No sabe que el Universo sólo existe
Porque él lo sueña
Desde el hueco oscuro
De su madriguera.

*de Marié Rojas Tamayo.
-2004-

EN LA SINGULARIDAD DEL OTRO...

no dicha*

y si alguna vez

una palabra no dicha

nunca dicha

que no sea dicha

hallara el intersticio entre silencio y milagro

del segundo antes de decirlo

de la hora precedente al impulso

del siglo antecesor de la desgracia

del infinito ancestral de todos los tiempos humanos

que andamos errando?

*de Lucía Cinquepalmi luciaguionbajo@gmail.com

Apuesta*

El guardabarrera toca su silbato con insistencia. La primera en detenerse
antes de cruzar la vía es una monja anciana de vestimenta gris. Una joven
que venia apurada casi se choca contra la monja. Y luego se detiene un
hombre que caminaba encandilado por la belleza de la joven.

-No vale la pena arriesgarse. -dice la Monja prudentemente.
-Encima es de carga -dice la joven.
-A que son 30 vagones... -irrumpe el hombre.
-Son como 40. -Dice la joven con su belleza inefable.
Bueno, el que gana da un beso en la mejilla. -Propone el hombre.
Un beso soplado al aire. -Contesta ella sonrojandose.
-Trato hecho. -Dice el hombre.
Yo los cuento. -Ofrece la monja y encuentra inmediata aprobación de la joven
y el hombre.
La locomotora diesel de color celeste gastado cruza delante de ellos tirando
vagones cargados de piedra partida. El hombre hace su conteo en silencio. La
monja que tiene un tonito a española los cuenta en voz alta.
El hombre se da cuenta que va a perder la apuesta. Que en realidad le
gustara perder esa apuesta ingenua.
-Son 38, gano la señorita dice la monja.
La joven se gira, hace trompita con sus labios y sopla el beso.
El hombre apresa ese beso en el aire con la mano derecha y se lo lleva a sus
labios.
La monja sonrie satisfecha y comienza a cruzar las vías.
La joven dice "chau" y se va ondulando sus caderas.

Ese hombre se queda un momento o una eternidad viendo como ella se pierde
después de algunos metros, al doblar la esquina.

*de Eduardo Francisco Coiro. inventivasocial@hotmail.com

Gestos*

*Jorge Sigal
02.11.2009

-¿Cómo es un día de su vida?

-Bueno, me levanto a las cinco y media. Antes de las seis y media estoy
fichando en la empresa. Trabajo hasta la una y media. Almuerzo en casa (a
veces lo hago en el sindicato), duermo una pequeña siesta de dos horas, y
desde las cinco de la tarde estoy en el sindicato, trabajando con los
compañeros, con la gente que viene. Atiendo también en la CGT. En fin,
terminamos siempre a la una o dos de la mañana, dormimos muy poco.

-¿Por qué casi todas las respuestas las da en plural?

-Porque todo lo que digo no es exclusivo ni personal: se trata de algo
compartido por todos los compañeros. Por otra parte, yo no represento a una
persona, sino la posición colectiva de todos mis compañeros.

Repaso una y mil veces estos párrafos que registra la crónica de la época.
Son respuestas de tal simpleza que ahora suenan pueriles.

Han pasado treinta y tantos años. Muchos para una vida, demasiado pocos para
la historia. Busco más, me sumerjo en esa voz, en esas imágenes. ¿Qué nos
enamoraba en aquellos tiempos recientes? ¿Un programa de gobierno? ¿Un plan
de lucha sindical? ¿La toma del poder? ¿Las tesis de abril, el Qué hacer, la
Pequeña Biblioteca Marxista-Leninista? ¿La rosa y el fusil? ¿La posibilidad
de ser ministros, diputados, legisladores? ¿O los gestos simples, cargados
de autenticidad, que irradiaban algunos de los ídolos de entonces?

Vuelvo a la lectura del archivo.

-¿Es difícil lograr la coherencia entre lo que uno piensa y lo que uno hace?

-Es difícil, más aún porque nosotros pretendemos una moral que no sea la
típica de esta sociedad y nos encontramos con esa tabla de valores que
pretende colocar a toda la población bajo su imperativo. Ahora, es difícil
pero no imposible. Llevar a la práctica las ideas de uno requiere esfuerzos,
pero mucha gente lo hace.

Quizá no todos tuviéramos el mismo sueño. Es posible que cada cual
construyera una película diferente. Sin embargo, la pasión no tenía, para la
mayoría de los jóvenes de los setenta, el perfil de la codicia, de la
ambición, del reparto de porciones de poder. Por supuesto, como en toda
pasión amorosa, aquélla tenía sus propias patologías: había amantes de la
prepotencia, resentidos, desarrapados de sentimientos. Pero, en general,
quienes se incorporaban a la militancia querían construir otra realidad.
Buscaban nuevos paradigmas y se resistían a convertir la podredumbre en
podredumbre propia. Por eso, las respuestas de aquel gigantón al que muchos
sentían como el paradigma de dirigente sindical hoy suenan tan ingenuas.
Agustín Tosco murió, mientras lo perseguían la policía y la Triple A, el 5
de noviembre de 1975, hace treinta y cuatro años. Tenía todo lo que hay que
tener para aspirar a leyenda, hasta la pinta y la estatura que exigen las
bellas artes. Era también un hombre culto, es cierto. Pero no era su dominio
de la dialéctica, de la teoría política o su manejo de la doctrina lo que
más admiraban sus seguidores, sino aquella vocación por parecerse a lo que
postulaba. Mezclado con elevadas cuotas de mesianismo, el pensamiento de
izquierda tenía por aquellos años ciertas pretensiones, y la coherencia era
una de ellas. Resultaba inconcebible, por ejemplo, que un dirigente de ese
espacio viviera de los subsidios públicos o acumulara riquezas mal habidas.

Gracias a una pirueta del destino, tuve la oportunidad de alojar por unas
horas a Tosco, durante su penosa agonía clandestina, en el pequeño
departamento de la avenida Rivadavia al 2300 que habitaba mi familia. A la
hora de la siesta, cuando sus compañeros del Sindicato de Luz y Fuerza de
Córdoba se habían retirado, mortificado por las jaquecas que preanunciaban
su final, El Gringo tomó prestada mi cama. Recostado, cerrando y abriendo
los ojos cada vez que la cefalea lo reclamaba, me sugirió que no lo dejara
solo. Quería mantenerse despierto, conversar.

Recuerdo detalles insólitos de aquel encuentro: el cubrecama azul, la silla
tapizada de blanco en la que me senté, los esfuerzos de Tosco para acomodar
su enorme cuerpo en ese pequeño espacio, los libros sobre la mesa plegable.
Pero no puedo recordar una sola frase pronunciada por ese hombre al que toda
la izquierda de la época deseaba consultar. Ni consejos, ni recomendaciones,
ninguna reflexión que pudiera alimentar el mito. Todo lo que atesora mi
memoria son gestos, actitudes. Como si ninguna palabra hubiera podido
superar la potencia de esa imagen. La reconstrucción de aquella cita
improvisada me remite siempre al mismo lugar: a una charla amena con un tipo
que hacía un gran esfuerzo por parecerse a sus representados. Nada más, nada
menos. Gestos de coherencia.

*Fuente: http://criticadigital.com/impresa/index.php?secc=nota&nid=33291

*

a JORGE ALORSA

Querido gordo te fuiste sin avisar,
precozmente/
dejándonos al garete navegando,
por el rioba/
entre los yuyos y la vía...
...qué será de nosotros!,
de la loca algarabía.

Recuerdo tus recitales,
eran misas compartidas,
con pingüino y novi-tinto,
a mitad de la velada,
ese grito que estallaba,
y se hacía atronador:
"La Guardia Hereje...
la puta que lo parió"...

En el el templo más famoso de La Plata,
ese canto espntáneo que surgió,
y el "presbítero" allá arriba sonreía...
y otro trago se sirvió.
Brindó por todos los gordos,
por los chuecos, por las feas,
y de nadie se olvidó...
...santos, trolas, fariseos,
fue la noche aquella del golazo ganador
cuando quedó chico el Coliseo...
...Te fuiste...¡Qué lo tiró!!!

*de Hugo Lero. cuentohugo49@yahoo.com.ar

SOBRE LAS PERSONAS EN SITUACION DE CALLE

"Perdóneme, me voy con ella"*

El caso de Lucho, el hombre en situación de calle que se negó a recibir
ayuda del Estado, suscitó preguntas como las que se plantean en esta nota:
"¿Tiene o tendrá el Estado un proyecto mejor para Lucho que su estadía en un
parador nocturno?"; "¿Para qué y para quién trabajan los profesionales de la
salud en el área social?".

Por Patricia Malanca *

-Perdóneme, me voy con ella- Lucho, ruborizándose, se levantó del asiento
del móvil que estaba por llevarlo a un hogar para gente en situación de
calle y volvió con ella, con la mujer que, unos momentos antes, desde abajo
del auto, lo había llamado traidor, le había dicho que se bajara, traidor,
hijo de puta, le había dicho la mujer mientras hacía temblar a puñetazos los
vidrios de la combi.
Recuerdo con alguna melancolía esta escena que viví en uno de mis primeros
años de trabajo con la gente que duerme en la calle, en la vereda del
Mercado del Plata, frente al Obelisco. También recuerdo una sensación de
frustración. Yo había logrado convencer a Lucho de subirse al móvil. Después
de meses de ir a visitarlo casi lo había logrado. Lo tenía sentado a mi
lado, en la combi. Casi, y se me escapó de las manos.
Muchas veces evoqué esa escena como si hubiera en ella algo perdido, que no
había encontrado cauce al pensamiento, a lo que allí se jugaba. Insistía en
retornar el significante "traidor", vociferado por la mujer de Lucho.
Evidentemente, ella expresaba en ese grito su sentimiento de que él
traicionaba lo único que les quedaba, esa pequeña organización de masas que
como pareja formaban ante las inclemencias de la vida.
En esa escena de calle, yo estaba encarnando al Estado. Creo que, para los
que trabajamos en este tipo de problemáticas, nos es necesario
interpelarnos, cada vez, a qué proyecto de Estado está uno cediéndole el
cuerpo y haciendo encarnadura. ¿Tiene, tenía o tendrá el Estado al que
representamos un proyecto mejor para Lucho que su estadía en un parador
nocturno? Me pregunté a menudo si, como profesional de la salud
desempeñándome en un área social que trabajaba en las calles, estaba
convencida de lo que hacía. Me pregunté qué me convocaba allí y para quién
estaba haciendo lo que hacía. Lucho, a lo largo de los años, me enseñó que
con su negativa, al bajarse del móvil social, fue mucho más valiente que si
hubiera cedido al canto de sirenas que mis argumentos oficiales podían
enunciar.
Según un censo oficial, desde 2001 a la fecha, la Villa 31 ha duplicado su
población. Lo mismo se desprende de los censos de personas que duermen en la
calle. El doble de personas desde 2001 en las villas, el doble durmiendo en
las calles en los últimos años. La calle y el espacio público continúan
mostrando la fisonomía o la radiografía del síntoma de las instituciones y
de la rotura de pactos en el entramado de la red social y, como
contrapartida, el sinnúmero de organismos oficiales que se tejen y destejen
para intentar contener el desborde que parece no acallarse nunca desde los
márgenes, como los gritos de la mujer de Lucho. Se crean estructuras y
superestructuras en oficinas gubernamentales, pero, por las dimensiones de
los agujeros que se intenta cubrir, nunca se alcanza la cantidad de personal
que se requiere para trabajar con la gente que duerme en las calles.
Si se observa el espacio público, parece un furioso campo de batalla entre
la máquina y el hombre. Las calles han sido ganadas por maquinarias, que
dejan peinada la vereda de la esquina. Las cintas de peligro, el recambio
constante de pavimento, los fratachos aumentan, como si el solo efecto de la
máquina pudiera generar la supresión de los homeless que, una vez retirados
los fratachos, dormirán sobre prolijas aceras peinadas. Escuché hace poco a
una persona de la calle que le decía a otra en una ranchada: "¡Correte que
te van a pavimentar!". La maquinaria del Estado local funciona dedicando sus
esfuerzos al "vecino", ese interlocutor edulcorado en nombre de quien se
realiza la mostración del bien público.
Para convertir personas en vecinos, primero hay que reintegrarlas al
vecindario. Para ello, debería haber vecindario, y para que haya vecindario,
antes que nada, tiene que haber viviendas y trabajo. Parece un razonamiento
muy lineal, pero no por eso menos cierto.
El reciente documental Parador Retiro, dirigido por Jorge Colás, observa la
realidad cotidiana de la vida en una institución para hombres de la calle:
ahonda, sin tomar partido, en el conflicto institucional. Valga la
correlación de proximidades y cercanías para mencionar que, geográficamente,
el Parador Retiro con sus 150 moradores masculinos diarios se ubica a la
salida y en los márgenes de la Villa 31 del barrio de Retiro. Vecinas al
Parador, habitan ocho mil familias en un gran vecindario, cuyos hogares
están referenciados en la madre que ejerce el lugar de jefa de familia.
Podría decirse que, en sus márgenes, la villa es acosada por la impotencia
del deseo de 150 hombres desangelados, no acoplados a hogares ni a mujeres
ni a niños ni a familias. Es curioso que en la villa se imponga el
matriarcado, a veces degradado a fratría, mientras en las periferias hay un
80 por ciento de hombres adultos, solos, acechantes, viviendo en una
numerosa y agresiva comunidad, excluidos de esos hogares, y del sistema.
Instituciones como el parador pueden funcionar como canales aliviadores,
simbólicos e imaginarios, anudando a ese real que acecha que es el vivir en
la calle, pero también pueden coagular la realidad, suspendiéndola en un
infinito "mientras tanto". Si los paradores no existieran, no habría otro
lugar que la calle donde parar, donde detenerse y resignificar los efectos
sobre las subjetividades de la caída de los márgenes. El problema
institucional estalla cuando no hay palabra que mediatice ese habitar un
parador y, fundamentalmente, cuando no hay un propósito general que enlace,
engarce y contenga el acontecer diario de esa institución en un proyecto de
integración social. Es en ese caso, la institución misma se constituye en un
resto.
Hace doce años, cuando empezamos a trabajar en la temática de la gente sin
hogar y recién se inauguraban las primeras instituciones como propuesta de
refugio, la antinomia del Estado, en el enunciado de su propuesta parecía
ser: o la inserción al sistema o las instituciones. En la actualidad, en la
propuesta social subyace una amenaza velada, que rebaja la oferta
institucional: o el parador nocturno o la calle.
A mediados de los '90 encontrábamos a las personas en la vía pública como
restos del sistema del que habían sido excluidas. Actualmente, los que, a lo
largo de estos años, hicieron por lo menos un pasaje por el sistema de
hogares y paradores sociales y vislumbraron un laberinto institucional sin
salida, retornaron a la calle sin remedio, como restos de un resto.
En la pobreza, lo único que produce valor es el cuerpo. En el caso de la
gente que duerme en la calle, no sólo ese cuerpo, al no producir, escapa al
discurso de la producción capitalista, sino que escapa también al discurso
del subsistema social de la indigencia. Es residuo de un residuo. En el caso
del indigente, a diferencia del cartonero, ya ni siquiera hay identidad con
la basura. La basura está por sobre ellos, la basura ha cobrado un valor de
mercado que ellos mismos no pueden ofrecer.
Al final me pregunto quién está en los márgenes de quién, y cómo tramitan
estos pases y pasajes aquellas personas que, como en mi quehacer con Lucho,
continúan sucediéndose en el trabajo artesanal del día a día, ese traer y
llevar gentes con grados de vulnerabilidad social extrema, desde y hacia los
márgenes de la ciudad. ¿A quién se trae, a quién se lleva, qué se tracciona
y a qué se traiciona? El filósofo francés Jacques Derrida, en la última
entrevista que concedió en su vida, dijo: "Por fiel que uno quiera ser,
nunca deja de traicionar la singularidad del otro a quien se dirige".
Mientras tanto, el aumento del padecimiento mental de los que son sin techo
se expone a los gritos y atraviesa los vidrios, no ya de micros u ómnibus
sociales, sino de las ventanas que decoran las paredes de aquellos vecinos
poco edulcorados que azarosamente somos con techo, y de aquellos que,
impávidos, nos quedamos sentados en ese móvil social del que Lucho, por lo
menos, se bajó.

*Psicóloga.

-Fuente:
http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-134690-2009-11-05.html

EL JAZMÍN Y EL BANDONEÓN DEL CHOLO*

El origen del nombre según se le ocurrió al Cholo Belluschi , según me ha
confesado, porque en la antigua casa que fue de don Clemente Gerlo y que hoy
está habitada por don Luis Cardiedo y su familia, hace mucho tiempo, antes
de don Clemente, vivió un italiano, Giovanni Tomasso Benedicto, quien tenía
el raro berretín de los claveles y los sembraba a discreción, el caso es que
apenas aparecía octubre, estallaban y el perfume se respiraba varias cuadras
a la redonda.
Cuando yo nací, don Benedicto ya no estaba, pero el barrio llevaba ya el
nombre de El Jazmín, bien alto en esos tiempos de orgullos pequeños, pero
queridos y hondos, como un delicado recuerdo o la memoria de una mujer muy
amada en otro tiempo.
Cuando yo empecé a arrimarme a "la esquina del Cholo" como la llamábamos al
cruce de las calles Juan de Garay y Nicolás Avellaneda, la de mi casa, en
ese tiempo una cortada que terminaba en lo de don Juan Peralta, era pura
profusión de gramillas, era refugio de algunos perros vagabundos, eran dos
zanjones que desaguaban en las lluvias hacia el campo, y era sobre todo un
reinventar juegos todos los días y una de picados, usando cuatro árboles que
habían sido plantados enfrentados, casi en simetría, por don Clemente y don
Ángel Pichichelo. Allí aprovechábamos para darle a la pelota de trapo,
descuido o regalo de las tías, que no siempre a voluntad nos cedían sus
medias para armarlas, minucia, pobreza, lejanía en el tiempo, rescoldo que
defiendo ante la inclemencia de los hombres, el paso despiadado del tiempo,
llevándose el pelo, los amigos, los sueños.
El Jazmín como todo barrio que se preciara en ese tiempo tenía un equipo de
Baby fútbol y aunque yo nunca jugué para él, en verdad, y me hubiera
gustado, a qué negarlo, vestir esa camiseta rojiblanca, me tengo que quedar
sin resentimiento, al principio era el más chico, y luego había verdaderos
cracs en el barrio, así que me tuve que conformar con vestir los colores de
El Palenque y jugar contra mi barrio.
De todos modos mi corazoncito de hincha estaba allí y festejaba los
campeonatos como el que más. Eran siempre los campeones invictos, si hasta
una vez sobornaron a un arquero (que no era del barrio, aclaro) pero ganamos
igual. De eso no quedan documentos, sólo la anécdota que me recuerda El
Cholo, pero sí quedan una foto de 1954, donde atajaba Adelqui Mansilla, al
que llamaban "el marlero" porque era la ocupación de su padre, es decir la
venta de los mismos que era el combustible de los pobres de entonces.
La foto que tengo ante mis ojos es de 1954 más o menos. Era un día soleado
que veníamos de la cancha de Huracán, entre los más chicos que estamos en la
foto, en ese momento, pronto a perpetuar la imagen fuimos invitados:
Justito Pezzino, Toto y Pili Miguez, Chorchi López, Tago Sánchez y yo.
En la foto están los jugadores: el nombrado Mansilla, Santos, Pezzoni - a
quien llamaban, no sé por qué: "Locamía"- el Nino Míguez, Roberto Ellena -el
Flaco Lenita-, Chocho Faravelli, Lorenzo Miranda y Roberto Escudero.
La foto que tengo ante mis ojos está con muchos adultos, la hinchada del
barrio:
El Negro Gúbero, Bichín Gabarra, don Lencina, el cartero Pepe Faravelli, el
Pampa brog, Ninín Joan, Pilo Ortega, "Boca de Bronce López", mi padre, el
Pelado Migues, Agustín Pesci y Fermín Castillo con una botella de "Amargo
Obrero" en alto.
Como delegados del equipo están Juan Pesci y el Cholo Belluschi, su hijo
Carlitos de mascota, con apenas un año, sentado sobre la pelota de fútbol y
sostenido por el Chocho Faravelli.
El extraordinario momento y el entusiasmo que producía el desarrollo del
campeonato y la "perfomance" del equipo como se decía en ese tiempo, era la
vida humilde del barriio, estaba en las conversaciones de la mesa, en el
anexo "despacho de bebidas" que tenía el almacén de ramos generales del
Cholo, todo aquello tan puro e inocente que la miseria de estos tiempos se
tragó para siempre.
Roberto Escudero, un memorioso imbatible, me cuenta que el Cholo le dio el
dinero para las camisetas y le dejó a su elección los colores. En el único
lugar que vendían, el famoso y en ese tiempo poderoso negocio de don José
Bessone, quedaban algunas entre las que al fin se decidió: compró seis
camisetas de Estudiantes de la Plata, una amarilla para el arquero, como era
en ese tiempo feliz. Los arqueros usaban "la amarilla", cuando la ropa, y la
moda y el mercado de las empresas no había podrido todo todavía. Hablo de un
tiempo en que los sueños eran los sueños, los ídolos eran los ídolos y todo
estaba en regla, y no eran este revoltijo de miserias, de violencia, de
injusticia.
A veces se me hace cuento que todo aquel tiempo fue posible, cuando el Cholo
ante nuestra insistencia, sacaba el bandoneón en las noches de verano y
sentado en un banquito fraseaba sus tangos bajo las estrellas que amparaban
ese pequeño pueblo de la pampa santafesina, mientras se iban arrimando los
vecinos y no era raro que circulara una botella de vino entre los mayores.
Esa noche nos iríamos a dormir más soñadores que otras veces, jurándonos al
día siguiente ser más buenos, no robarle las frutas a don Clemente, no hacer
renegar a nuestras madres cuando nos llamaran para hacer un mandado, todo
aquello que uno valora cuando ya no tiene sentido y la vida nos arrea hacia
la soledad cada vez más poblada de recuerdos sin aquellos afectos primeros y
cuando ya no hay nada que hacer ni cómo recuperarlos.
De cualquier modo, ese tiempo ya no está es sólo deformado en nuestro más
caro recuerdo, ahora los chicos prefieren el "ciber", los jueguitos
electrónicos que en nuestra imaginación de por sí frondosa no aparecía -no
podía aparecer- y le dan poca importancia al fútbol, no andan buscando
medias viejas en casa de las tías para hacer pelotas de trapo. Aquella
pelota de trapo que saldría de la cartera en los recreos para servir en un
partido de hacha y tiza, donde unos humildes chicos de guardapolvo remendado
no trepidarían en clavarla en el ángulo imaginario que formaban un par de
sauces simétricos y soñar con esa gloria inasible tan inasible como el amor
de la mujer que se fue o aquellas viejas noches cuando en el Barrio El
Jazmín escuchábamos el bandoneón del Cholo elevándose hacia el cielo
perfecto. Como eran nuestras vidas entonces, aunque no lo supiéramos.

*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar

Frases hechas*

"Nadie es más humano que yo"
"Soy tan humano como cualquiera"
"Porque nada de lo humano me es ajeno"

En fin
que tienen en mí cabida también
compatibles
todas las enfermedades y aberraciones
y potenciales estupideces intrínsecas
y constitucionales
de la humanidad
y aun las que categorizamos olímpicamente de inhumanas

los humanos.

*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar

*

Queridas amigas, apreciados amigos:

Este domingo 8 de noviembre de 2009 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg
(107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro
programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música de los
compositores argentinos Daniel Judkoski und Mariano Javier Dugatkin. Las
poesías que leeremos pertenecen a Pedro Reino (Ecuador) y la música de fondo
será de Surazo (Andes). ¡Les deseamos una feliz audición!

ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar
online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede
bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia
horaria con Austria!!!! (Recomendamos usar http://24timezones.com/ para
conocer las diferencias horarias).

REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se
repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en
la Radiofabrik de Salzburgo!

Freundliche Grüße / Cordial saludo!

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com

Schießstattstr. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067

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04/11/2009 GMT 1

Y CONTINÚAN SUS VIDAS DE SOLEDAD EN COMPAÑIA...

urbanopowell @ 03:32

Olivia*

Desde su infancia, Olivia escuchaba dos voces, una masculina y una femenina, conversando con ella, haciéndole sugerencias, aconsejándola... a veces no se ponían de acuerdo entre ellas y tenía que esperar a que terminaran de discutir. También intervenían en sus sueños, pero era agradable no estar sola en aventuras y pesadillas.

Se considera aceptable que un niño hable solo, tenga compañeros imaginarios... mas cuando creció y siguió conversando con algo invisible, sus padres se alarmaron. Olivia descubrió que aquello que consideraba muy normal era una aberración de su mente. Intentó acallarlas y, reconociendo su impotencia, se dejó arrastrar de psicólogos en psiquiatras, asesorar, hipnotizar, entrevistar, medicar... hasta que al fin pudo silenciarlas, con lo cual fue considerada apta para reincorporarse a la sociedad.

Pretendió entablar conversación con sus padres y amigos, pero estaban muy ocupados; trató de hacerse escuchar por los médicos que la habían ayudado, pero ya estaba considerada cuerda; procuró nuevas amistades, mas cada cual estaba inmerso en sus problemas... Todo ser humano parecía estar demasiado atareado para hablar con nadie. Comprendió que estaba sola.

Los demás siempre lo habían estado, no parecían entender su desesperación, lo raro era buscar compañía en un grado tan profundo como para compartir el alma... Con hablar del clima, la obligada pregunta de ¿cómo van las cosas? y algún otro comentario banal cuya respuesta ni siquiera era atendida, parecía bastar entre ellos. Ella siempre tuvo dos amigos, que si bien a veces eran atorrantes, no la dejaban abandonada como ahora lo estaba haciendo el mundo que le había impulsado a alejarlos.

Se sintió triste, arrepentida de haberlas expulsado, pero no había remedio. Aprendió a vivir con ella misma, dejándose acompañar por los demás en el modo en que podían. Se volvió una joven melancólica... “Estuvo loca, es normal que le cueste adaptarse”, decían los que la rodeaban.

Años después, las voces regresaron sin previo aviso. Su alegría fue tan grande que casi les grita un saludo. Pero miró hacia fuera, ahí estaba ese mundo de personas solas, distantes, que no consideraban aceptable estar todo el tiempo compartiendo el alma... Prudentemente, calló su voz externa y con la voz de su interior, les dio la bienvenida. Desde entonces conversa con ellas, en silencio, y puede contarles lo que sea, pues siempre le prestan atención, le dan consejos, le cuentan historias y la escoltan hasta en sueños.

Olivia ha vuelto a sonreír, a veces ríe a solas. Pero ya no habla en voz alta y si le preguntan por las voces, niega su existencia. “Al fin se ha recuperado del todo”, dicen los que la rodean, satisfechos, y continúan sus vidas de soledad en compañía.

*de Marié Rojas Tamayo
-Ilustración: Ray Respall Rojas.

Y CONTINÚAN SUS VIDAS DE SOLEDAD EN COMPAÑIA...

SER EN EL TIEMPO*

El juego de los relojes
enreda implacable
el correr de los arroyos
que marca vida y bosquejos
del ser o no ser
en el tiempo.
Inútiles son los gestos
por atrapar intervalos,
como palomas asustadas
huyen al primer movimiento.
Los minutos se nos filtran
entre las manos carentes
de contener ese lapso
que se esfuma con la vida
y es único signo clave
para registrar el hoy.

*de Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar

Héroes*

De los cuadernos del tío Aldo.

Le dejo a su sobrino sus cuadernos por legado. Le llegaron embalados en una caja y atados con hilo de yute. Son cuadernos comunes de hojas rayadas y espiral que vienen con su título en la tapa. El hombre elije abrir el que dice “Amor”.
Son frases sueltas. Según parece muchas eran propias, del propio saber del tío gestado en años de andar por la vida. Otras escuchadas. A veces frases subrayadas con resaltador en un recorte de diario.
Esta todo prolijamente anotado con su letra cursiva grande y clara, que le elogiaban tanto en su empleo de revisor de cuentas.
El hombre va al final del cuaderno. Esa es la última frase. Tiene una aclaración:
“Me dicen en el bar que lo dijo la Rosa Montero en un reportaje. No es textual, la escribo con mi memoria no tan buena…"

Lo verdaderamente heroico es querer al otro tal cual es.

"Tal cual el otro es" -Escribe para dar énfasis a la frase.

Luego sigue una reflexión:

“Cada vez seremos más los viejos solitarios. Hasta que lleguemos a estar sentados en el geriátrico mirando un Potus. Con suerte habrá una ventana para ver el movimiento de la calle.
Y una mañana cualquiera, una viejita se siente al lado nuestro. Nos tome la mano.
Y sea tarde para casi todo, menos para sonreír”

*de Eduardo Francisco Coiro. inventivasocial@hotmail.com

pájaro*

hace tanto frío afuera
un pájaro tímido
atraviesa el aire congelado
azotado en la intemperie habitual
que es su refugio

nada es necesariamente hostil
es duro simplemente
como el aire de sequía de un agosto
como el hielo que detiene el agua clara

se sabe expuesto a un nuevo tiempo
de inmensa incertidumbre que lo ampara
gira en redondo en falso en inseguro
despeinado del viento de la noche
lagrimeado de lluvia madrugada

queda a la espera bajo la hoja tiesa
de un aviso de luz de día claro
que le ayude a volar el aire tibio
ensortijado en el ramaje
el pecho henchido de orgullo y de coraje

me mira desde el viento
complacido

es la mañana

y sabe que lo espero

*de Lucía Cinquepalmi luciaguionbajo@gmail.com

Zombis*

*Por Rodrigo Fresán
Desde Barcelona

UNO Halloween es algo así como el trailer de las Navidades pero con polaridad opuesta. Así, la primera noche invoca la vuelta plural de espectros sagrados, mientras que la segunda evoca la ida singular de un hijo único bajo la mirada vigilante del Espíritu Santo. Halloween ha generado grandes y ocurrentes películas (entre ellas una de las mejores ideas de Tim Burton), mientras que la Navidad insiste una y otra vez con la misma vieja historia. De acuerdo, hay nobles excepciones: las adaptaciones de A
Christmas Carol e It's a Wonderful Life. Pero, si se lo piensa un poco, lo de Charles Dickens y la Frank Capra no son más que especímenes halloweenescos con transparente máscara de Santa Claus donde el trasnochador Ho Ho Ho apenas esconde un insomne Haw Haw Haw.

DOS Máscaras de caretas. Máscaras de Nixon, de Reagan y de Bush supieron ser éxitos de venta en pasados Halloween norteamericanos. Zombis de Salón Oval y la perturbadora postal de presidentes norteamericanos como extraños en esa noche rara. Primeros mandatarios como últimos difuntos que caminan y haciendo de las suyas sobre las nuestras a lo largo y ancho del mundo. ¿Se estarán fabricando ya máscaras de Obama? Ya saben: estadista en guerra, reciente autografiador de presupuesto militar record y Premio Nobel de la Paz al que se le complican cada vez más las cosas, porque una cosa es decir
con impecable oratoria y otra hacer en eficiente silencio. Mucho blah blah blah y poco do do do, comienzan a decir quienes creyeron en él -ahora con diez puntos menos en las encuestas de popularidad- y empiezan a preguntarse, can we?, yes?, si la fiesta ya terminó. Otros, quienes nunca se lo tomaron
muy en serio, ya han aplicado la broma del pálido maquillaje de The Joker sobre su retrato oficial. Acorde con el espíritu de los tiempos, la semana pasada la agencia EFE distribuyó la inevitable y muy posada foto del líder contemplando el crepúsculo desde la ventana de su oficina -la Casa Blanca se
iluminó de naranja calabaza, Michelle se disfrazó de Catwoman- mientras afuera, en el jardín de árboles dorados por el otoño, los espíritus de elecciones pasadas y futuras prometían hacer tremendas travesuras si no se los apaciguaba con sabrosas golosinas.

TRES ¿Se festeja Halloween en Argentina? No lo recuerdo. Recuerdo, sí, mi desamparo infantil por no contar entonces con una fiesta tan rebosante de monstruos. Yo tenía unos cinco años y ya envidiaba sin reparos a los vampiros enanos recorriendo las calles de los suburbios de USA y a los esqueletos cantarines en el Día de Muertos mexicano. En España, Halloween se festeja cada vez más y mejor y más fuerte. Lo que provoca las iras y persignaciones de conservadores (los mismos que acusaron a Harry Potter de incitación a la brujería), quienes advierten de un avance del aquelarre pagano sobre ritos católicos como el Día de Todos los Santos y todo eso. Los progres, por su parte, denuncian maniobra invasiva y subliminal de ese imperialismo yanqui que nunca deja de mostrar garras y colmillos. Los
gallegos, en cambio, reivindican el origen celta del asunto. Los verduleros encargan partidas de calabazas especiales para vaciar y ser halloweenizadas.
Las tiendas de disfraces y cotillón ibéricas apuntan que venden más y mejor para Halloween que para Carnaval pero que, también, sienten el golpe de la crisis: Drácula, Frankenstein, el Hombre Lobo, la Momia, brujas de diversas variedades exigen demasiada producción e inversión y, después de todo, esas
obras maestras que son I Walked with a Zombie y The Night of the Living Dead se filmaron con presupuestos ínfimos. Así que este año lo que se usó fueron los zombis: ropa vieja, maquillaje a base de talco y un poco de ketchup y, ¡hala!, a la calle. A esa calle donde hay cada vez más gente sin trabajo
llamando a las puertas y, casi exánimes, gritando titulares como "La tasa de paro en España alcanza el 19,3 por ciento, más del doble que la media en la Unión Europea". Y a temblar todos juntos.

CUATRO En la calle, también, muchos políticos locales a los que ese equivalente de Van Helsing/Padre Karras llamado Juez Garzón ha decidido clavarles la estaca y exorcizarlos. No hay semana por aquí que no estalle un escándalo de corrupción. A diestra y siniestra, a Derecha e Izquierda, se develan las bestiales mordidas en los cuellos y los litros de sangre chupados, durante años de bonanza, en una España que iba tan bien y que ahora parece tropezar por las calles, el traje hecho jirones, la boca llena
de tierra, los brazos extendidos, los ojos bien abiertos obligados a ver todo aquello que se optó por no ver en su momento.

CINCO Ver This Is It -el apresurado y exitoso documental sobre los últimos días de Michael Jackson- resulta un ejercicio tan fascinante como perturbador. Un descenso al Mucho Más Allá de quien ahora es un muerto vivo y -por entonces, intentando el milagro resurreccionista de una gira de despedida- era un muerto en vida. La película se preocupa en enseñar la espectacularidad de las intenciones de un hombre al que la máscara de la fama le había comido el rostro. Y lo consigue. Y de paso -sin quererlo y
subliminalmente; porque cabe pensar que en las cien horas de metraje registrado en estos ensayos, según lo confesado por testigos directos, habría tramos mucho más reveladores y hasta sórdidos- aparece un niño grande al que le cuesta comunicar la idea más simple a un grupo de bailarines que lo contempla con una mezcla de reverencia y pasmo. La mirada que uno dedica a un zombi o a un inmortal. A quien se quiso en carne y hueso y se teme en fiambre plastificado. Y, por supuesto, ahí están, otra vez, como si el
tiempo no hubiese pasado para ellos (o sí; porque aparecen mejores que nunca) todos esos cadáveres danzarines de "Thriller". Aprender la coreografía, convocar a baile colectivo en www.thrillerworld.com, y reclamar la posición correspondiente en ese limbo de la tontería voluntariosa y en trance que es The Guinness Book of Records. Después, toda esa gente que nunca pensó en leer a Jane Austen entra en las librerías y se compra el absurdo best-seller Orgullo y prejuicio y zombis de Seth Graham-Smith y
hasta el año que viene, hasta REC 3.

SEIS Antes, apuntarse a Legacylocker.com, a Last Messages Club, a Greatgoodbye.com, a Wishesbeyondlife, a Deathbook. Depositar penúltimas palabras y películas caseras y fotos y bendiciones y condenas para contados seres queridos o infinitos amigos twitterescos cuando ya no estemos en el acústico aquí y sí en el eléctrico allá. El fantasma en la máquina. La pantalla de cristal líquido como bola de cristal sólido. Sorpresa. O no tanto. Si algo sobra ahí dentro son zzzzombis de encandilados ojos en blanco y lo que falta son brrraaaiiinnnsss que piensen y vean claro las cosas de
este mundo.

*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-134560-2009-11-03.html

El sueño de los justos*

Por Federico Andahazi*

Fue el mismo año en que las tropas de la Confederación convirtieron al general Eusebio Pontevedra en un rosario toba, trenzado con el cuero que le arrancaron del lomo y engarzado con las cuentas amarillentas de sus propios dientes; el mismo año en que los ejércitos unitarios decapitaron al coronel Valladares y se disputaron el trofeo de su cabeza —todavía gesticulante— en un juego de pato. Aquel mismo año, en el día de San Simeón —que es el santo de los comisionistas—, mi teniente me encomendó el traslado de una prisionera desde el cuartel de Quinta del Medio hasta cierto monte perdido al otro lado de la frontera, donde debía ser fusilada y bien enterrada por un servidor.

—Queda a su cargo y bajo su responsabilidad —me dijo mi teniente, Severino Sosa, a la vez que me entregaba un fusil y una pala, al tiempo que una guardia de cuatro soldados conducía a la cautiva hacia el portón del cuartel.

La prisionera era una anciana cuya mínima humanidad estaba hecha de piel sobre hueso. Tenía un ligero rubor en la nariz que parecía ser el único indicio vital y un orgullo un tanto agrio, propio del rigor de talante que tienen los gringos. Estaba elegantemente resignada a una manea que le sujetaba las muñecas, montada a pelo sobre un percherón de grupa cuadrada que era mucha bestia para tan poco jinete.

Severino Sosa había planificado y ejecutado personalmente la captura de Mary Jane Spencer, una inglesa que había contraído matrimonio con cierto ministro enemigo. El propósito de la operación era el de negociar el intercambio de todos nuestros prisioneros y forzar la capitulación de las tropas de ocupación; de paso mi teniente aspiraba de este modo a conseguir el merecido ascenso a coronel y el reconocimiento de nuestro jefe general, el Comandante Libardo de Anchorena.

Sin embargo, algo había salido mal: supe de boca de cierto cabo que la cautiva, Mary Jane Spencer no era Mary Jane Spencer, sino que resultó ser Miss Seaned O'Hara; que no era inglesa sino irlandesa; que no era la esposa del ministro enemigo, sino la abuela de cierto reputado militar; que no la habían sacado de la casa del ministro, sino que Severino Sosa había entrado por error a la casa del comandante Libardo de Anchorena, a la sazón jefe general de todas nuestras divisiones y vecino casual de aquel ministro de la ocupación.

Mi teniente estaba en problemas; no solamente porque ya no había prisioneros que negociar, ni teníamos forma de forzar a la ocupación a presentar bandera blanca: había secuestrado, lisa y llanamente, a la venerable abuela del comandante, madre mía, que de haber sido creyente me hubiera encomendado a Santa Lucrecia, que es la santa que protege a los soldados de la ira de los superiores. Por mucho menos, el comandante había mandado a despellejar vivo al finado sargento Obregozo —Dios lo tenga a su diestra— y para rematarlo lo mandó a decapitar.

Severino Sosa se pasaba las horas fumando en su pipa de espuma de mar y caminaba como un tigre enjaulado de aquí para allá, y que para qué carajo se gasta uno el seso si estos imbéciles se meten en cualquier casa y amordazan a la primera que se les cruza, bramaba señalándonos con su bastón de palo de rosa, y que qué mierda hacemos ahora con la vieja, vociferaba hecho una hiena mi pobre teniente que ya no sabía cómo desembarazarse del lastre de sus propias culpas pero, sobre todo, de la urgencia del asunto: al día siguiente, el comandante Libardo de Anchorena -que había jurado desollar vivos a los miserables raptores de su santísima abuela— iba a venir a pasar revista a la tropa y a inspeccionar personalmente el cuartel.

Cerca de la madrugada y sin haber pegado un ojo, Severino Sosa me llamó a su despacho:

—Llévese a la gringa -me ordenó, sin darme más precisiones.

—¿Y adónde la voy a llevar, mi teniente? —recuerdo que le pregunté antes de que metiera la mano en la vaina y, rojo como un ají, me sacara de su despacho a punta de sable.

—Mátela; llévesela lejos y mátela —me ordenó antes de perderse al otro lado de la puerta.

Partí con la cautiva antes de que despuntara el alba. Cabalgábamos en silencio. La gringa ni siquiera se dignaba a mirarme. Debo confesar que me rompía el corazón verla maniatada como una oveja. Antes de llegar a la frontera me apeé y le desaté las manos. Pero la vieja no despegaba la vista de un punto situado más lejos que el horizonte.

—¿Quiere agua? —le pregunté a la vez que le ofrecí la bota que aún conservaba el agua fresca. Pero ni siquiera tuvo el decoro de darme vuelta la cara. Sólo Dios sabe cuánto me atormentaba aquella indiferencia.

Cerca del mediodía paramos a la orilla de Laguna del Medio. La gringa no mostraba signos de fatiga, ni de hambre, ni de sed, ni de tedio, ni siquiera del miedo a la muerte próxima. Tenía un orgullo tan grande como mi vergüenza. Aquel montecito que nacía de la laguna era el lugar adecuado, me dije. La alcé en mis brazos, la bajé del caballo y la recosté sobre la arena negruzca. La gringa dejaba hacer. Iba a cargar el fusil, pero me pareció demasiado para un cuerpecito tan menudo. Desenfundé el puñal y, sin siquiera mirarla, calculé la fuerza del puntazo sobre el corazón. Si solamente me hubiera insultado; si me hubiera dado cuantimenos un motivo, una excusa... Pero nada, la vieja era como un cordero indefenso y a la vez tan arrogante. No. Así no podía. Caminé hasta el apero de mi caballo y me infundí coraje con un trago de vino que traía en otra bota. Sólo entonces pude ver que la gringa miraba el hilo rojo que caía del pico con unos ojos hechos de una ansiedad infinita, a la vez que agitaba las aletas de la nariz como si acabara de oler el perfume más hermoso de este mundo. Le tendí la bota como quien ofrece una última voluntad. La vieja se incorporó un poco y con la fuerza de un oso que tira el zarpazo, con la rapidez invisible de la lengua de un sapo, me la arrebató de un manotón; vi, azorado, cómo aquellos dedos sarmentosos y decrépitos apretaban el cuero de la bota con la firme voluntad de las boas cuando atrapan su presa. En un mismísimo santo y amén la gringa se había tomado hasta la última gota. Soltó un eructo medieval, volvió a recostarse y, por primera vez, me miró; me miraba con los más dulces y agradecidos ojos con los que jamás nadie me haya mirado. Estaba completamente borracha y, viéndola como entonces la vi, comprendí que era aquel el orden natural de su espíritu; viéndola como entonces la vi, supe que así, borracha como una cuba, era como se componía su sobria relación con las cosas de este mundo; que así, con la materia de los reposados vapores que encierran los toneles, de aquella misma sustancia, estaba hecho el espíritu de los irlandeses. Viéndola coma la vi entonces, supe definitivamente que no podía matarla. La gringa, mansamente recostada sobre su cadalso, cantaba la canción más dulce que jamás se haya cantado; cantaba en un idioma tan grato y tan remoto que se diría que no era de este mundo. Así, con los ojos cerrados y susurrando, me hizo un lugar entre el crucifijo que llevaba prendido al cuello y su pecho y así, debajo del ala cálida de su mano sobre mi mejilla, así, con el sueño de los justos, así me dormí. Dormí durante un tiempo incalculable; dormí como si dormir fuera algo nuevo y hasta entonces desconocido.

Despertamos prófugos. Antes de que el sol se pusiera detrás del monte, bordeamos la laguna rumbo a la frontera cenagosa que une Quinta del Medio con Paso de los Monjes. La gringa llevaba al percherón por el bozal y no se entendía cómo semejante mole se sometía mansamente a la voluntad de aquella mujer mínima y encorvada; yo, por mi parte, tenía que luchar con mi caballo que se retobaba, a cada paso, conforme se alejaba de la querencia. Era noche cerrada cuando alcanzamos el otro lado de la frontera; sólo entonces comprendimos que, en verdad, no sabíamos a dónde ir. Haciéndolos durar mucho, solamente teníamos víveres para no más de un día: un poco de charqui, unas galletas y casi nada de vino. Íbamos, quién sabe por qué, hacia el norte. No me empujaba el miedo, ni el recuerdo del finado cabo Paredes, aquel que había desertado y, como medida ejemplar, mi teniente lo había colgado cabeza abajo —que es un decir porque ya lo había hecho decapitar— para que quedara claro qué se hacía con los que huían; No, no me animaba el miedo, sino el susurro dulce de la gringa que cantaba, sus manos que acariciaban la testuz del caballo que la seguía mansa y ciegamente; no me llevaba la cobardía, sino la convicción de que ya nunca me iba separar de aquella mujer, porque, lo sabía, entre el crucifijo y su pecho, debajo del ala tibia de su mano, nada malo podía depararme este mundo. De haber tenido una casa, allí la hubiera llevado; pero jamás tuve otro hogar que el de los cuarteles de campaña, ni más familia que la de mis camaradas, ni Federación, ni Unión, ni otra Patria más que la silla de mi caballo.

Ya por la madrugada no teníamos ni charqui, ni galletas, ni vino. Había que entrar a Paso de los Monjes. El uniforme me delataba como un traje de preso. Desde el rancherío llegaba el perfume de una oveja asándose y pude ver cómo a la gringa le brillaron los ojos cuando, frente al Cristo dorado del animal en cruz, el asador empinó una botella de grapa. Tuve que agarrarla de un brazo. No me daba el orgullo para mendigar, ni el coraje para ir a robar. Se nos hacía agüita la boca. Me quité la chaqueta, la faja y la bandolera; dejé el sable, el puñal y la pistola y le dije a la gringa que me esperara, espéreme, le dije, que ya vuelvo, me santigüé y salí de los matorrales en cueros y con el corazón en la boca. Eran gentes de temer.

—¿Anda solo y a pata, mi amigo? —me desconfió el asador sin levantar la vista de la hoja de la cuchilla que iba y venía por la chaira como una amenaza.

—Así es, nomás —dije y le alargué el morral.

No se le niega la comida a un cristiano —dijo otro que apareció de adentro del rancho—, pero, ¿por qué no se queda a comer con nosotros; nos ha visto leprosos, el mocito?

A lo mejor no anda solo... —terció uno gordo que se mondaba los dientes con un puñal y que apareció detrás del anterior.

—Quién sabe... —suspiró el de la chaira.

—Quién sabe... —convino el tercero.

A juzgar por las marcas impares de la yerra de los caballos que se doblaban en el palenque, los tipos eran cuatreros. Se adivinaba que algo sabían y me estaban tirando de la lengua. Eran capaces de vender a su propia madre. Pude ver cómo los otros dos murmuraban algo y miraban para el monte con las manos en visera. De pronto comprendí que sabían todo y estaban buscando a la gringa que de seguro ya tenía buen precio. Giré sobre mis talones y corrí. Sentí un fuego en el brazo. Me habían dado. Cuando me quise acordar, tenía a los tres encima, y que adónde está la vieja, hijo e' la gran puta, gritaban y me pasaban la navaja por el gañote y que arránquele la lengua hasta que hable, compadre y me tiraban de los pelos de la nuca y que a'nde carajo está la vieja. Me creí muerto cuando ya no sentí nada. Abrí los ojos y pude ver cómo los tres miraban a un mismo lado con la boca abierta. Parada junto al palenque, doblada como un saucesito, arrugada como una pasa y entregándose como un cordero, ahí estaba la gringa. Me soltaron como a un lampazo viejo. Iba a correr cuando pude ver cómo la vieja sacaba las manos de atrás de la espalda y, antes de que dieran un paso, levantó la pistola que había sacado de mi cartuchera y le dio al gordo en medio de las cejas. Vieja e' mierda, iba decir el segundo pero no pudo terminar la frase: ya le había disparado al corazón. La gringa tenía una puntería de granadero. El tercero salió a la carrera. Sólo entonces sopló la boca del caño y bajó el arma, caminó hasta la mesa, se tomó la botella de grapa de un solo sorbo, le arrancó un jirón de la camisa al gordo que flotaba en un charco de sangre, se me acercó, me apretó un torniquete en el brazo y haciéndome un lugar entre el crucifijo y su pecho me besó la frente. Comimos.

Por la noche abandonamos Paso de los Monjes —cuatreros y prófugos— arriando ganado ajeno. Seguimos viaje hacia el norte, quién sabe por qué, animados por la misma perseverante voluntad que gobierna las brújulas. La gringa cabalgaba en silencio; podía adivinarse que a cada paso y conforme ganábamos leguas, mi prisionera, en la misma proporción, iba despojándose de una pena tan antigua como secreta, de una congoja que se diría octogenaria y tan vasta como el océano que la separaba de su propia materia celta.

En Trinidad de los Arroyos vendimos bien vendido el ganado. En la Caleta asaltamos un almacén; en Corcovado huimos de los milicos que a esto estuvieron de agarrarnos; en el Casado tuvimos una bronca con una gavilla de asaltantes de caminos —cuestión de jurisdicción— y que Dios nos perdone, pero se la buscaron. Y así como así, de puro fugitivos y casi sin querer, en Belén de las Palmas asaltamos el Banco de Caridad; la gringa apuntaba y guay del que se mueva, compadre, que la vieja tira como un granadero y que lléneme la bolsa por favor que llevamos apuro y que no se olvide ni de las monedas, compadre, no sea cuestión que la abuela se ponga nerviosa.

En Los Maderos amanecimos célebres y ricos. No teníamos otro propósito más que el de andar, por andar, siempre para arriba, siempre para el norte. Y así íbamos; por la madrugada cabalgábamos con la fresca hasta llegar a un pueblo y que ponga todo en la bolsa y que no se haga el valiente compadre que la vieja se puede enojar; y así andábamos hasta que llegaba la noche y entonces la gringa me hacía un lugar entre el crucifijo y su pecho y así, con el susurro dulce y el ala tibia de su mano, así me dormía. Y nada más que eso quería yo de esta vida.

Fue el día de San Ramón Nonato —que es el santo al que le rezan las primerizas para tener buena leche y en abundancia—. Aquella mañana, como siempre lo hacía, la Gringa se detuvo a leer la suerte en las vetas del tronco de un álamo: como siempre, nada dijo; me miró y trató de sonreír. Pero algo oscuro estaba escrito. Llovía una lluvia sosegada y paciente.

La gringa no despegaba la vista del horizonte. Cerca del mediodía escuchamos los cascos de un sinfín de caballos. Enfilamos para el lado de los montes. Llegando a la orilla de un cañadón pudimos ver, al otro lado, una formación de no menos de veinte soldados; eran mis camaradas. Lo vi a Pereyra y a mi amigo Lauge, al Indio Almada y a Cirio Rivera. Nos estaban apuntando. A un tiempo pegamos el espuelazo y corrimos al galope en sentido opuesto. No alcanzamos el pinar que se nos ofrecía adelante: por el otro lado nos salieron al cruce otros veinte caballos. Al frente estaba mi teniente que blandía un sable en el aire.

Eran cuarenta fusiles pero fue como un solo disparo. Tendida al pie del percherón, hecha pedazos y doblada como un saucesito, la gringa parecía mirarme. Me apeé y ahí fui para quedarme a dormir el dulce sueño de los justos entre el crucifijo y su pecho, debajo del ala todavía tibia de su mano, donde nada, ni la muerte —que hoy me espera— podía hacerme daño.

*Federico Andahazi (Buenos Aires, 1963). En noviembre de 1995 sus cuentos "Las piadosas" y "Por encargo" fueron distinguidos en el Certamen Nacional de Cuentos del Instituto Santo Tomás de Aquino. Conformaron el jurado Marco Denevi, María Granata y Victoria Pueyrredón. En setiembre de 1996 su cuento "La trilliza" recibió el Primer Premio en el Concurso de Cuento Buenos Artes Joven II, cuyo jurado estuvo integrado por Liliana Heer, Carlos Chernov y Susana Szwarc.

En octubre de 1996, al tiempo que era finalista del Premio Planeta, su novela El anatomista ganaba el Primer Premio de la Fundación Amalia Lacroze de Fortabat. El jurado estuvo compuesto por María Angélica Bosco, Eduardo Gudiño Kieffer, María Granata y José Luis Castineira de Dios. En uno de los más resonantes escándalos en el mundo literario argentino, la entrega del premio fue suspendida ya que "La obra premiada no contribuye a exaltar los valores más elevados del espíritu humano" —declaró la Fundación, expresando su disconformidad con el contenido erótico de la novela. Andahazi recibió el dinero, pero el premio en sí le fue negado. El libro fue finalmente publicado por Planeta en 1997 convirtiéndose en uno de los más grandes bestsellers de la literatura argentina. Fue traducido también a varios idiomas.

Otras de sus obras son El anatomista (1997), Las piadosas (1998), El príncipe (2000), El secreto de los flamencos (2002), Errante en la sombra (2004), La ciudad de los herejes (2005), El Conquistador (2006)

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