SÓLO UNA ANORMAL CURIOSIDAD...
EPÍSTOLA BREVE*
Al Pequeño Príncipe
No hubo aves viajeras,
Ni geógrafos trasnochadas.
No conociste la ingenuidad de los reyes…
Hubiste de permanecer en tu asteroide
Contemplando orugas,
Tan lejos de los ángeles del camino.
Ignorante del cantar del pozo,
Del amor del zorro,
Del beso de la serpiente.
De cascabeles, risas, faroleros,
Cáscara vieja abandonada,
Cazadores y astronautas.
No conociste la nostalgia por tu rosa:
Todo porque el aviador huraño
Ignoró aquella tarde tu pedido.
*de Marié Rojas.
(2003)
SÓLO UNA ANORMAL CURIOSIDAD...
Escritor con alas*
A Julio Cortázar
Mi juego preferido: la rayuela
mi poema: una caja con palabras
mi mujer: la de siempre -compañera-
mi color: el marrón de su mirada
mis sueños: desterrar a gobernantes
mis frustraciones: muchas -demasiadas-
mis placeres: amigos guitarreando
mis deseos: sanarme con tus cuentos
mi historia: confusa -dura- valerosa
mi animal: una gata bien mimosa
mi dios: la vida -un pueblo unido- una caricia
mis camaradas: poetas de La Marcha
mis pesadillas: la codicia -el vicio- el terco olvido
mis carcajadas: tus Cronópios y tus Famas
-De Poemas de amor para una olla vacía, ediciones madera y verso, año 2008
*De Luis Reynaldo Vilchez lasopapaliteraria@yahoo.com.ar
LA NUTRIA Y EL GATO MONTÉS*
Orgullosa de su capacidad productiva, la joven nutria aseguró un día al gato montés que podía ella pescar muchos más peces de los que pescaba, y que si se conformaba con sacar sólo los que necesitaba para su consumo familiar, era porque al resto no sabría dónde guardarlos. Dijo que le daba lástima tener que desperdiciar tanta riqueza, pero que todavía le parecía mejor dejar vivos los peces, antes que tirarlos.
¡”Cuanto lamento –dijo- no poder guardar algo de lo que hoy podría economizar, para tenerlo cuando la vejez me impida seguir pescando..”
El gato, al que le gusta el pescado pero no quiere mojarse, la estaba escuchando y se le iluminaron los ojos: rápidamene le hizo una propuesta:
-¿Podría usted sacar del río los peces sin matarlos?
-Sí señor- dijo la nutria.
-Entonces hagamos un negocio. Yo conozco un muy buen vivero natural, escondido entre las rocas, y que no pueden ver otros pescadores. Me comprometo a llevar allá todos los peces que usted me entregue vivos y allá se reproducirán tanto que, cuando la vejez le impida trabajar, tendrán usted y sus críos peces a pedir de boca para el resto de sus vidas.
_¿De verdad se reproducirán tanto?
-Y cómo no – contestó el gato con entusiasmo Ni Cristo multiplicó tantos peces, creamé.
La nutria quedó embriagada por la ilusión de tener muchos peses de reserva, y creyendo en las promesas del gato, empezó a entregarle cada día el más lindo de los que sacaba. El astuto gato se lo llevaba monte adentro y se mandaba unos almuerzos que ni el rey.
Cada día venía el gato y la nutria le daba el mejor y así cada día, cada mes, y un año y otro y otro.
Cuando se vino vieja, la nutria, ya cansada de pescar, quiso ir a conocer el dichoso vivero de su socio el gato, y va al monte y lo encara al gao y le pregunta:
¿Dónde queda el vivero? Los quieo ir a ver ahora.
-Y ...ahora no porque qué se yo y qué se cuanto...
La nutria esperó y otro día va y le pregunta: ¿Y ahora?
No, ahora tampoco... porque esto y lo otro...
-¿Y mañana, tempranito?
-No, que lástima, porque mañana me va a doler una muela... pero ya otro día vamos y le muestro.
-¿Y pasado mañana?
_-Pasado mañana no puedo porque justo tengo otro compromiso y …
La nutria dejaba pasar unos días y le volvía a preguntar por el vivero.Y el gato siempre le salía con vueltas y pretextos, hasta que cuando no pudo inventar más excusas, desapareció.
Demasiado tarde la nutria se dio cuenta de que cuanto más fuerte es el interés, menos seguro está el capital.
*de Rubén Vedovaldi. rubenvedovaldi@netcoop.com.ar
Hacete el loco*
*Por Juan Forn.
En 1937, la revista Life preparaba un largo artículo sobre Einstein y encargó a Lotte Jacobi que fotografiara al genio en su nuevo hogar norteamericano. Como Einstein y tantos otros integrantes de la
intelligentzia alemana, la Jacobi había llegado al Nuevo Mundo huyendo del nazismo y sus primeros trabajos en Nueva York consistieron precisamente en fotografiar a esos expatriados. Pero cuando llevó las imágenes de aquella sesión informal a Life, la revista las rechazó, argumentando que las fotos
no mostraban a Einstein "suficientemente digno". Jacobi se encogió de hombros y se limitó a decir: "Mi estilo fotográfico es el estilo de la persona que retrato". Einstein adoró la anécdota y la repitió muchas veces a quienes lo visitaban en su casa y veían la foto en cuestión, enmarcada y colgada en la pared.
Las relaciones de Einstein con su país de adopción estuvieron marcadas por esta clase de equívocos desde su primer intento de visita, en 1919. Einstein enfrentaba por entonces un complicado divorcio de su primera esposa, la serbia Mileva Maric, a quien llegó a ofrecerle el dinero del Premio Nobel que aún no había ganado (lo recibiría recién dos años después) para que lo dejara en paz. Enterado de las estrecheces financieras del gran científico, un admirador llamado Max Warburg le propuso organizarle una gira de conferencias por Norteamérica, pero ninguna universidad mostró interés por pagar los honorarios solicitados, cosa que alivió a Einstein. "Es mejor así", le escribió a su admirador. "No soy orador, no me parecía una manera muy digna de ganar dinero."
Eso mismo le contó dos años después a Chaim Weizmann, el dirigente sionista que sería el primer presidente de Israel, cuando éste le pidió que lo acompañara a Nueva York a recaudar fondos. Es graciosa la manera en que Weizmann lo sumó a la causa del sionismo. Einstein le dijo en aquella entrevista que le parecía absurdo llevar a trabajar la tierra a un pueblo que se caracterizaba por su orientación hacia lo intelectual. Weizmann le contestó que lo ayudara entonces a juntar dinero para crear la primera universidad hebrea en Palestina. Einstein le dijo que ya había comprobado que nadie pagaría por escucharlo en América. Weizmann le contestó que no se trataba de pedir honorarios por hablar de la teoría de la relatividad, sino de recolectar donaciones voluntarias entre los judíos de América hablándoles de la patria que construirían en Palestina.
La llegada a Manhattan del Premio Nobel y el futuro presidente de Israel colapsó la ciudad. Multitudes de inmigrantes los esperaban en el puerto y siguieron cada uno de sus pasos en los días siguientes. Llamativamente, el grueso de esas multitudes estaba compuesto por inmigrantes de clase media y
baja. El establishment judío, en cambio, encabezado por Louis Brandeis (presidente de la Corte Suprema norteamericana), Felix Frankfurter (decano de Leyes de Harvard), Arthur Hays Sulzberger (dueño del New York Times), el financista Irving Lehman, el filántropo Daniel Guggenheim y el senador Jefferson Levy, le recomendó discretamente a Einstein que restringiese a lo científico sus alocuciones públicas y dejara a cargo de ellos la recaudación de fondos: "No se puede confiar el dinero para la creación de un Estado judío en Palestina a los judíos rusos. Weizmann es una buena persona, pero su gente no es confiable". Einstein les contestó públicamente: "Hasta hace una generación, los judíos alemanes no se consideraban miembros del pueblo hebreo. El antisemitismo ha revertido esa situación, nos guste o no nos guste, y considero repulsiva la indigna tendencia a adaptarse y conformar a los goyim que caracteriza a los judíos asimilados, tanto aquí como en Europa". Consecuencia: Harvard le retiró una invitación para dirigirse a su alumnado, el New York Times cubrió con mal disimulada ironía la gira y los fondos recaudados en la gira fueron cinco veces inferiores a los cuatro millones de dólares que esperaba Weizmann.
La única universidad que honró a Einstein como se merecía fue Princeton: le contrató un ciclo entero de conferencias, le dio un doctorado honoris causa y le ofreció publicar la traducción al inglés de esas conferencias con un royalty del 15 por ciento (cuando el derecho de autor histórico era del 10 por ciento). Así comenzó el vínculo que desembocaría, doce años después, en la instalación definitiva de Einstein en Long Island, como "joya de la corona" de Princeton. Pero su vida allá no fue fácil. Su sionismo, su pacifismo, su socialismo, su igualitarismo racial no eran vistos como virtudes "americanas", ni en los años de preguerra, ni durante, ni después.
Para el decano de Princeton, que tanto esfuerzo había hecho por contratarlo, las declaraciones políticas de Einstein eran una incomodidad permanente.
Incluso cuando hablaba de las causas que defendía. No más llegar a Princeton, Einstein despertó las iras del sionismo cuando declaró: "Si los judíos somos incapaces de encontrar una honesta vía de pactar y cooperar con los árabes, demostraremos que no hemos aprendido nada en veinte siglos de sufrimiento" (años después, cuando rechazó la presidencia de Israel, supo ser más discreto: le confesó en una carta a su hijastra Margot que "si aceptara, debería decir cosas que el pueblo israelí no quiere escuchar").
Es sabido que, desde que Estados Unidos entró en la guerra, un comité de la universidad filtraba el correo de Einstein e incluso rechazaba invitaciones a su nombre sin consultarlo. Cuando Einstein comprendió la situación, decidió poner en práctica el consejo que le había dado su amigo Charles
Chaplin y aprendió a camuflar sus ideas políticas a través de la fachada simpática de genio distraído (la melena revuelta, los suéters viejos, los zapatos sin medias). En 1949 le escribió al matemático Max Born: "Se me considera un objeto petrificado, un rol que no me disgusta del todo si sirve para que se acepten mis defectos como los acepto yo mismo".
El FBI no le respetó la intimidad ni siquiera en el lecho de muerte. En el frondoso legajo sobre su persona, abierto al público recientemente, hay un memorándum furioso de J. Edgar Hoover preguntando cómo era posible que la enfermera que cuidaba de Einstein en sus últimas horas (y escuchó sus
últimas palabras) no supiera alemán, idioma en el que se refugió el moribundo antes de expirar. La última intromisión a la intimidad de Einstein fue la disección de su cerebro para estudiar "el origen de su genio".
Dividido en 240 partes, almacenado en frascos de vidrio, analizado por todo tipo de genetistas durante los últimos cincuenta años, el cerebro de Einstein no logró ofrecer ninguna revelación particular a la ciencia norteamericana, demostrando cuán literalmente cierta era la frase que su dueño repitió un millón de veces sin que nadie lo tomara en serio: "No tengo talentos especiales; sólo una anormal curiosidad".
*Fuente http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-136004-2009-11-27.html
El artista y la Ciudad*
*Por Julio Pino Miyar. isla_59_1999@yahoo.com
26/11/009
http://juliopinomiyar.blogspot.com
De visita en La Habana conocí casi por azar a Irving Vera, un pintor de veintitantos años, egresado del Instituto Superior de Arte (ISA); el polémico recinto universitario en el que se vienen graduando las principales generaciones artísticas cubanas de los últimos treinta años. Mi permanencia en la Isla se prolongó, extemporáneamente, por más de un año y mi relación con el artista tuvo así ocasión de convertirse en una buena amistad. Mas, en esencia, ¿qué fue lo que me atrajo en particular del joven pintor, del arte conceptual -que él generacionalmente parece profesar- y de La Habana misma, para que aparezcan como razones colegiadas en el presente texto?
El maestro Ortega y Gasset vio en el flujo constante y renovado de las generaciones, protagonizadas por diferentes grupos e individualidades, señaladas por un determinado talento y entretejidas por una cronología común, un cambio de signo, de tal magnitud, que vendría a expresar por sí mismo, la naturaleza esencialmente dramática de la historia. En los últimos veinte años ha ocurrido en Cuba algo que repite esa naturaleza dramática de la historia a la que hacía referencia: ¿Una vida precaria concebida en el borde de un hipotético colapso económico, o de una invasión extranjera? ¿Una realidad social que persiste en seguir existiendo al margen de cómo son entendidas las instituciones y la economía en el viejo Occidente? ¿Un viaje al corazón de nuestra más prosaica intimidad?
La Habana, en su permanente particularidad, es el rostro crítico y más problematizado de la Isla; cada generación que la habita ha levantado allí su escenario, escenificando en él sus necesidades y placeres, dando apurado testimonio de sí, y, mientras se desvanecía, ha hecho girar, una vez más, la tuerca oxidada de la historia. Hay diversas maneras de interpretar una Ciudad en la que el arte y la literatura han rendido múltiples y en ocasiones, memorables aproximaciones. La Habana se nos presenta como un lugar en la geografía del mundo que para algunos se fue volviendo completamente ajeno (The Lost City); en su honda atemporalidad y en su todavía más laxa decrepitud urbanística. Siendo entonces percibida bajo la forma lúdica del deseo aumentado por el tiempo, la distancia y la hipérbole.
Sobre supuestos como estos La Habana se constituye en su abigarrada naturaleza; en su rara prestancia que le hace asomar su llamativa singularidad entre el resto de las ciudades del Continente. Entre todas las artes que la pueblan, el conceptualismo estético es acaso el que con más fuerza ha incidido en su geografía social, por tener la capacidad de ser no sólo una experiencia cultural prolongada en el tiempo de las generaciones que la han convertido en vehículo de expresión, sino porque ha logrado, en ocasiones, extenderse ampliamente por el espacio físico de la Ciudad.
La actividad del conceptualismo, junto a otras formas contemporáneas de expresión, pone de manifiesto la superación del hiato ideológico dejado en la década del 70’ del pasado siglo por la estética del llamado realismo socialista, y, con esto, la completa reinserción de la plástica nacional en el seno de la tradición artística de Occidente. Desde principios del siglo XIX, con la fundación en La Habana de la escuela de San Alejandro y el magisterio del pintor francés Juan Bautista Vermay, el arte cubano comenzó a tomar directamente de fuentes occidentales sus búsquedas teóricas y formales fundamentales. De esta misma manera, en el período de los años 80’, una irruptora generación de artistas -por lo general estudiantes del Instituto Superior de Arte- iniciaron la reapropiación de la experiencia cultural vivida por las Vanguardias artísticas, en la que el arte fue asumido no sólo como una experiencia formal en cuanto práctica, sino además, como una experiencia intelectual y lo que, en términos de Modernidad social, pueden significar tales experiencias: La apertura de un espacio autónomo en el que en su interior se organizaran sin cortapisas fuerzas expresivas, a las que se sumaban -como porciones inalienables de la naturaleza del arte-, el debate de ideas y la especulación teórica.
Existen acontecimientos que se vuelven curiosamente cíclicos y parecen anunciar el retorno de lo que en esencia somos. Pero por lo general, no es el individuo quien está destinado a realizar dicho retorno, porque éste se encuentra sometido, invariablemente, a las leyes en fuga del devenir. A pesar que la experiencia que se vivió en Cuba en el arte y el pensamiento de los años 80’, es socialmente irrepetible, hay sin embargo, un volver incansable sobre los mismos temas, la formulación de idénticas preguntas y ese desasosiego interior que aflora cuando los nudos que la historia ata no alcanzan a ser solucionados en el espacio y el tiempo finitos de una individualidad o de una sola generación.
¿Qué temas consustanciales, suprageneracionales, pude encontrar en mi joven interlocutor y amigo, el artista conceptual Irving Vera, que representaba sorpresivamente para mí el regreso esencial de lo mismo; de esa mismisidad que se presenta bajo el rostro crítico de lo otro? ¿Sentir en las Vanguardias un legado que no se agotaba en su dimensión estética, sino que ampliaba extraordinariamente el horizonte sociocultural de sus implicaciones? ¿Vagabundeos habaneros, existenciales colocados más allá de cualquier cuadriculación social? ¿Haber hecho quizás de la estupidez una argucia, una estratagema de la inteligencia enfilada frente a toda precondición ideológica?
En las creaciones que a última hora Irving me mostrara, pude notar un modo de componer sumamente simplificado, elementales collages, pero en los que había algo radical, subrepticio, que se burlaba, que se burlaba de mí, desprevenido lector del texto / imagen. ¿Acaso esa simplificación a ultranza, no conspiraba contra las buenas maneras, contra la propedéutica que reclama el principio de autoridad? ¿Había allí, en esas imágenes ambivalentes, neutras hasta la obscenidad, un signo de resistencia tal vez? Cuando el dramaturgo Alfred Jarry quiso burlar su alistamiento en el ejército francés, no elaboró un depurado programa por la paz, sencillamente se alistó, mas se comportó en la mesnada como un idiota… En mi juventud yo hablaba crípticamente de la imperiosa necesidad de elaborar una teoría capital de la idiotez, opuesta a todas las disciplinas y a todas las literaturas. Hay ciertos temas de mi joven amigo en los que el arte de la composición involuciona hasta asumir caracteres drásticamente embrionarios, y en las que las leyes del conjunto parecen oponerse a los elementos que forman cada detalle del trabajo visual. Algo similar a lo que ocurre en las creaciones infantiles, en las que señorea el carácter difuso de la ensoñación por encima de la convencional representación, y donde las leyes básicas de la composición son trastocadas, reconducidas hacia ese lugar aculturado que sólo sobrevive -en última instancia- en la región del vacío, o del mito y que el niño encarna en su refractaria vocación de desconstructor. Cuando John Lennon compuso la canción “Yellow submarine” no sólo remedaba las viejas tonadas infantiles inglesas, construía un tema en el que la estupidez del sentido lo era todo, a fuerza -verbigracia- de su exhaustiva repetición. Desde Picasso el arte moderno viene inquiriendo en esas tematizaciones imprecisas, hurgando con mefítico placer en el underground donde descansa lo jamás remitido por la tradición, en aras de una reelaboración del sentido o, incluso de una cancelación del sentido; la detonación de un máximo motivo de indeterminación en la región estereotipada de la razón.
En la actualidad se viene experimentando en el Instituto Superior de Arte una reacción a lustros de excesivo teoricismo, a partir de la necesidad que sienten los creadores, de un regreso a una poética del sentido; es decir, un replanteamiento formal que vuelva a implicar la belleza como factor primordial de sus composiciones. Estética y significado no tienen por qué andar juntos, pero, sobre todo, la moderna crisis del significado, y de su correlativo marco de representación, ha conllevado a una manera distinta de entender el problema milenario de la belleza. A tono con estas ideas, el poeta Arthur Rimbaud dejó dicho para la posteridad vanguardista que le sucediera, que había que escribir “poemas de amor con faltas de ortografía...” probablemente aludiendo a esa precondición existencial -insobornablemente humana- que prepara el camino de toda verdadera aventura artística. ¿Todavía me pregunto si ese desaliño reacio, que se manifiesta en algunas de las composiciones que aprecié de Irving y acaso, en otros pintores de su generación, no nos está proponiendo en el fondo una nueva intelección de las habituales relaciones entre forma y significado? lo cual, sin dejar de ser una petición formal, guarda estrechos vínculos con la existencia, con su secreta función inserta en el cuerpo dramático de la historia.
En un cine casi en ruinas de Centro Habana, una de las zonas más pobres y desarboladas de la Ciudad, me encontré una tarde con Irving y un grupo de amigos pintores que habían hecho de ese lugar su provisional y conspicuo domicilio. Yo, mientras tanto, me puse a pensar en aquella verdad iluminista de los maestros surrealistas, que comprendía la fealdad como una de las formas en que se nos presenta a ratos la belleza, y que, en aquella barriada maloliente, promiscua, de callecitas estrechas, deteriorados balcones enrejados y empinadas escaleras de mármol carcomido, la belleza y la luz tenían tan mágico modo de manifestarse, reordenando el entorno y apuntando hacia una forma en especial de sensibilidad. Pensé además en el valor de la amistad y en mis veinte años de exilio, -ese devastador exilio espiritual que ni siquiera pudo imaginar Joyce-, y que la vida era como un ritornelo y yo, fiel a él, había regresado por un momento al lugar que partí. De todas maneras, Irving no era el que yo hubiese sido de haberme quedado, simplemente era él y pertenecía a la Ciudad de un modo tan intenso con el que nunca podría rivalizar y mañana quizás andaría con el mismo talante por ciudades de América o Europa.
Hoy en día las interrogaciones y los significados se anudan sobre el espacio abierto de la Ciudad. Y no es solamente que el arte haya encontrado su mejor contextualización en la realidad urbana, es que La Habana ha alcanzado la dimensión única de Ciudad reeditada por los artistas, convirtiéndose en una máquina que se utiliza para emitir señales, no sólo sobre el espacio físico, sino también, en torno a la dimensión substancial de su historicidad. Lo que podrían llegar a hacer esos creadores por su país, pertenece todavía al imaginario político, mas de lo que no debe caber duda, es que el arte y la literatura son instrumentos de emancipación, y que todo verdadero proyecto cultural es, a estas alturas, democratizador.
Entre tanto, las generaciones se suceden desplegadas en su profuso e inevitable hacer, aunque La Habana ya no es la misma; alguna catástrofe de la que todos somos culpables sacudió allí todas las vidas, la de mis amigos pintores, la mía, que, de algún modo, prosigue merodeando por esas calles, creyendo en las cosas de siempre... No sólo es cierto que la existencia es el fundamento de la verdad, si no que, a veces -por suprema paradoja- a la existencia no le está permitido alcanzar otro significado que aquel que el artista le ofrece con su creación. Puesto a escoger entre su patria y el exilio, el artista eligió sin comprender, el camino de la infelicidad; puesto a escoger entre la felicidad y la obra de arte, el artista creyó, ilusoriamente, que su felicidad radicaba en su obra.
Lluvia*
Trazos de relámpagos entre nubes negras
retumbar de truenos.
Montada en el viento llega la tormenta.
Presurosa busco refugio en la casa.
Aseguro puertas, cierro el ventanal.
Ya la lluvia golpea con fuerza
ruge el viento arisco como animal salvaje.
El agua desborda los declives.
La tierra toda se abandona a sus caprichos.
Gozosa baña los árboles, penetra hasta sus raíces,
sabiéndose bienvenida.
Detrás de los vidrios la miro, envidiando
su fuerza, su desparpajo, su libertad.
Sabiéndose indispensable, juega,
se abandona blandamente al abrazo
de los pastos secos, del verde sembrado.
Sus ruidosos diques se alejan.
Ella corta sus juegos y los sigue sumisa.
Viajan hacia el norte.
Allá la esperan.
Con ansias, con sed, con bendiciones.
*de Elsa Hufschmid elsahuf@hotmail.com
*
Queridas amigas, apreciados amigos:
Este domingo 29 de noviembre de 2009 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música de los compositores argentinos José Luis Campana y Alicia Terzian, interpretada por el Grupo Encuentros (Argentina). Las poesías que leeremos pertenecen a Lina Zerón (México) y la música de fondo será de Tarpuy (Andes). ¡Les deseamos una feliz audición!
ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!! (Recomendamos usar http://24timezones.com/ para conocer las diferencias horarias).
REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Freundliche Grüße / Cordial saludo!
YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com
Schießstattstr. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067
*
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