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BITÁCORA DE UN SOCIÓLOGO FRACASADO

22/04/2008 GMT 1

LA VEREDA DE ENFRENTE...

urbanopowell @ 11:31

El Mercado

Es el mejor mercado de la ciudad, el que tiene mejor género y más variado. Cierto que queda lejos de mi casa, pero cuando quiero hacer una compra importante siempre me desplazo hasta allí. Hoy fui de los primeros en llegar porque quería poder escoger con tranquilidad.

Me dirigí directamente al puesto de cabezas y no fue difícil escoger una. Con eso de las cabezas tengo las ideas muy claras. Seguidamente me fui al puesto de brazos, que al ser dos y tener que ser casi iguales es más complicado. Después de mirar y comparar encontré un par a buen precio y de muy buena calidad. En el puesto de piernas si que tuve suerte, porque nada más llegar encontré las que quería, ni muy altas, ni muy gordas. Encontrar el tronco tampoco me costó mucho por lo que estaba muy contento de tal como había ido la mañana.

Cuando llegué al puesto de almas y me encontré la persiana bajada con un letrero, "Cerrado por motivos familiares", quedé anonadado. Todo lo que había comprado no me servía para nada. Por todos es sabido que el cuerpo sin el alma en unas horas se echa a perder.

*de Joan Mateu. joan@cimat.es

LA VEREDA DE ENFRENTE...

Las asignaturas presentes (y pendientes) en el campo*

El conflicto entre el Gobierno y las entidades del agro no debe ocultar la necesidad de una estrategia de desarrollo rural que tenga en cuenta a los pequeños productores.

*Por Alejandro Rofman
Fuente: ECONOMISTA, INVESTIGADOR CEUR/CONICET

El aún irresuelto conflicto entre un sector significativo de agentes económicos del espacio social rural argentino ha conmovido a la opinión pública. El conflicto comenzó con una disposición oficial unilateral que, sin discriminar entre los productores, elevó las retenciones a la soja y el girasol y redujo las del maíz y el trigo. Tales disposiciones afectaron, especialmente, a la soja, cultivada en crecientes áreas desde mediados de la década pasada. Esta producción se concentra en la Pampa Húmeda, con
desplazamientos hacia el norte y el oeste del país; y es protagonizada por dueños de la tierra o arrendadores de la misma. Estos últimos ocupan hoy un 70% de la superficie bajo explotación. En el imaginario colectivo de los argentinos ese es el "campo".
No nos interesa, en esta contribución, discutir la decisión oficial ni las reacciones de productores y otros actores de la vida nacional. El Proyecto Estratégico de la UBA Plan Fénix ya se ha expedido en un documento, que lleva mi firma. Creo que es importante, por el contrario, abordar la cuestión a partir de la estructura constitutiva de lo comúnmente denominado" campo" para conocer en profundidad su compleja trama socio-productiva .
En recientes trabajos sobre temas rurales se nos informa acerca de dos cuestiones clave para entender el perfil social del sector agrario argentino. En el primero ("Los pequeños productores en la República
Argentina", de Edith S. de Obschatko, Pilar Foti y Marcela Román) con cifras del Censo Agropecuario del año 2002, se comenta que de 330.000 explotaciones productivas en la actividad agropecuaria de todo el país, 219.000 eran pequeñas unidades de producción, o sea el 66% del total. Esa singular
cantidad de explotaciones sólo concentraba el 13,5% de toda la superficie ocupada para la producción sectorial.
En algunas regiones tal elevada incidencia era mayor. Crecía al 87% en la Puna, al 83% en los valles del Noroeste Argentino y el 84% en el Chaco seco, la zona conocida como el Impenetrable, monte natural situado en el occidente de la provincia. Luego se encontraba la Mesopotamia, con el 79% y,finalmente, el área chaqueña dedicada históricamente al algodón, que registraba un 73% de pequeños agricultores.
Según el mismo estudio, de los pequeños productores, sólo la quinta parte (el 21%) tenían capacidad de reproducción ampliada, es decir podían crecer en base a la capitalización de sus beneficios. El resto, casi el 80%, o sea más del 50% de todos los productores agrarios del país, eran incapaces de sobrevivir con los ingresos normales y la mayoría de ellos debían trabajar fuera de su predio para alimentar a su familia.
Los productores rurales argentinos que, en el año 2002, vivían, con sus familias, bajo la línea de la pobreza eran poco más de 136.000, o sea el 40% del total. En el norte la situación era aún más grave. La pobreza llegaba al 61% en el Noreste y al 62% en el Noroeste.
Este panorama marca con letras indelebles la extrema heterogeneidad estructural del agro argentino , si se considera a todos sus integrantes.
Veamos un dato posterior. En el año 2005, bajo mi coordinación, se realizó un estudio sobre el crédito rural ("Acceso de los pequeños productores al crédito formal e informal", junto a Pilar Foti e Inés Liliana García). Así, relevamos la situación económica y social de la pequeña producción en Chaco
y Tucumán, mediante una encuesta por muestreo representativo.
Nos dio, entre muchos otros datos relevantes (como que los propietarios legales de la tierra no superan el 50% del total) que los pequeños productores rurales de ambas provincias eran, en un 90%, pobres. Es decir, la situación social de los más débiles de las respectivas cadenas productivas no mejoró entre 2002 y 2005 pese al cambio positivo de la política económica.
¿Qué nos dice toda esta información? Un caudal muy grande de productores no está en condiciones de acceder a un ingreso digno con su actual esquema productivo, en el que predominan relaciones desiguales de poder con intermediarios comercializadores y se aprecia una extendida incapacidad de acumulación para modificar el perfil productivo. Y, por supuesto, ninguno produce soja porque si fuera así no serían pobres.
Es evidente que hay más de un tipo de "campo" en la Argentina. El que acabamos de describir no pertenece al universo de los 70.000 afortunados productores de la soja por lo que sus reclamos pasan por otra dimensión. El reclamo de tales castigados componentes del sector agrario pasa por reivindicar la adopción de un precio mínimo o sostén de los bienes que cultivan o animales que crían, por la provisión de bienes públicos necesarios para elevar su nivel de vida, por la construcción de infraestructura para disminuir costos, por el cuidado del ambiente, por el cese del desmonte indiscriminado en el norte boscoso, por la presencia de estructuras asociativas para reforzar el poder de negociación frente a
monopolios u oligopolios dueños de insumos y saber técnico indispensables en el proceso de producción, etc.
Este modelo de "campo" es sustancialmente diferente del que conocimos durante el conflicto agrario. Las políticas globales pueden tener componentes similares pero las específicas deben atender, en especial, a los menos afortunados que residen, en su gran mayoría, en sus predios con sus familias, a la espera de mejor porvenir. Es de esperar, entonces, una urgente puesta en marcha de una estrategia de Desarrollo Rural que los tenga en cuenta.

*Fuente: Clarín
http://www.clarin.com/diario/2008/04/22/opinion/o-02501.htm

Martes, 22 de Abril de 2008
El silencio y la luz*

*Por Miguel Roig miguelroig2005@gmail.com

Recostado en la cama, en la que aún es mi habitación en la casa de mis padres, donde ahora me encuentro, en Rosario, observo al abrigo del tenue resplandor del amanecer, el barco que descansa sobre el mueble de la biblioteca. Es un velero con el casco azul y una banda roja que recorre todo su perímetro; una cabina verde cerca de la proa y un mástil barnizado enclavado en el centro de la cubierta, cuya altura, simétrica a la longitud de la eslora, es de unos dos palmos.
La luz que se filtra por las rendijas de la cortina que cubre la ventana lo abrazan a babor; el resto queda oculto y la pared, sobre la que se recorta, se hunde en la penumbra y simula un falso poniente.
En esta imagen puedo cifrar mis manos torpes, infantiles, manipulando el buril, el cepillo, el formón, las lijas y todas las herramientas dispersas en el aula de carpintería, asignatura dictada por el maestro Sagristá, cuyo carácter se debatía entre la resignación frente a la impericia natural de los incapaces como yo y cierta rectitud para que las cosas llegaran a su fin. Pero esto que acabo de escribir es una disgreción fugaz y sólo intenta anclar el barco en un contexto para asirlo. Porque el barco, ahora, en el
alba de un día de abril, sugiere algo que si tiene que ver con la infancia, por ejemplo, no se refiere a las circunstancias de su propio proceso de producción. Tal como afirmaba Faulkner, la memoria cree antes de que el conocimiento recuerde y antes de que aparezcan los hechos lo que se revela ante mí no es la labor o el maestro, es lo lábil del objeto que a pesar de estar apoyado en el mueble, como se apoyan los tarritos y las botellas de Giorgio Morandi, consigue disolver el espacio y el tiempo porque el lugar que ocupa es el que pone en entredicho mi mirada, inmóvil, cautiva del objeto, puesta en vilo al comprender la ilusión del tiempo y, en definitiva, de la experiencia, ínfima, sin grosor alguno.
El barco le pelea su espacio a la superstición: no quiere que la historia del objeto oculte su significado.
El barco, ahora, en este amanecer, en la casa familiar, a solas, está más allá. Más allá de la realidad. Pienso, entonces, en las imágenes de Alejandra Roux.
Hace unos meses, en Madrid, pude ver los cuadros de Alejandra Roux. Algunas de las obras las había recibido, en versión fotográfica, desde Buenos Aires, a través de correos que me enviaba Alejandra, pero sólo al estar frente a ellas, en la galería, comprendí su sentido final o, mejor, el sentido del
relato que yo construí alrededor de ellas.
La exposición estaba compuesta por objetos y una serie de cuadros con casas de Buenos Aires; casas, en principio, que cualquier paseante puede reconocer. Construcciones clásicas, de dos aguas; eclécticas con giros inesperados de volúmenes cilíndricos adosados al pliegue de un chalet o de almenas que coronan muros bajos que custodian una vivienda de barrio. En fin, construcciones que parecen surgidas de la más pura imaginación de la artista pero que son obra, quizás, del extraño sincretismo de una inmigración caótica y variada en la que cada uno buscaba a cualquier precio su marca individual para no diluirse en el relato coral de la ciudad.
La imaginación de Alejandra ha sido encontrarlas, detenerse frente a ellas y aislarlas, separarlas, como separó Borges la manzana porteña, salvo que en este caso, ella está observando desde el lugar ausente en el poema: la vereda de enfrente.
Ninguna figura humana asoma en las casas; acaso, en una de ellas, la Casa Hernández oscurecida por el crepúsculo -una serena y melancólica epifanía de un suburbio bonaerense que dialoga de la soledad con Hopper-, acaso en esta casa, podamos imaginar un resplandor en el interior: pero eso corre por nuestra cuenta.
Lo primero que impresiona es el silencio, afirmó Ernesto Schoo, en un catálogo de otra muestra de Alejandra Roux.
Silencio y luz, eso es todo. Pensar en cada una de esas casas como construcciones del siglo pasado, imaginar su gente que no vemos, materializar el momento en el que Alejandra fijó su mirada es, en
definitiva, pensar en la factura del cuadro o, dicho de otra manera: dejar de verlo. Es la misma dinámica torpe que intentaba al principio, cuando desviando el sentido del barco, trataba de rememorar su historia. El ser que habita esa casa es uno mismo, parado delante del cuadro. Uno que asiste a la
suspensión momentánea de la credulidad diaria para asistir a la disolución del tiempo, porque esa imagen es fugaz y perenne a la vez; del espacio, porque lo que vemos es la construcción de nuestra propia trascendencia, tal vez la única posible, a través de una dimensión visual que asumimos como propia, espejo del vértigo que genera la finitud y que no se difuminará una vez que le hayamos dado la espalda.
Ese es el silencio de estos cuadros; esa es su luz.
Cerca de mi casa, en Madrid, junto a la Glorieta de Quevedo, está el Instituto Homeopático y Hospital de San José. Es una vieja construcción del siglo diecinueve, en cuyos últimos años empezó a funcionar el hospital. En 1996, Alejandra pintó un cuadro, El jardín, en el que se ve parte del edificio difuminado, la estatua de San José con el niño en brazos y algunos setos y plantas que ornamentan el jardín. Hace poco el hospital ha sido restaurado y si bien el conjunto ha recuperado cierto esplendor, también ha
perdido, sin duda, la belleza que le otorgaba la decadencia, el musgo acumulado en las aristas de las ventanas y la sombra del tiempo en las paredes. Pero aún así, me ocurre, que cuando pienso en este hospital ninguna de estas dos referencias, a las que podemos catalogar como reales, vienen a mi mente: invariablemente la representación visual se corresponde con la imagen del cuadro.
La fotógrafa Gail Levin hizo hace unos años un trabajo para la Universidad de California que consistió en fotografiar todos los escenarios naturales que pintó Edgard Hopper. Esa labor fue editada en un libro, Hopper's Places, en el que se puede recorrer casi toda la obra de Hopper, cuadro por cuadro,
acompañados estos por sus correspondientes testimonios gráficos, respetando en la medida de lo posible y salvando las distancias -y el despropósito-, el encuadre y la luz elegidas por el pintor. Gail Levin afirma en el libro, con profunda inteligencia, que ella no ha hecho más que tomar una instantánea de
las localizaciones de Hopper, es decir que apenas le tomó tiempo hacer su trabajo, mientras que Hopper trabajó sobre el tiempo. Agregaría, tal como ha hecho Alejandra, lo ya afirmado: lo diluyó para alcanzar otro, más real, extremo, único.
Es una idea del tiempo y del espacio, imantada de trascendencia.
Quizás sea una relación platónica. También es probable que sea una de las pocas posibles si nos queremos aferrar a una verdad. Tal vez me haya equivocado cuando escribí que el barco apoyado sobre la biblioteca está más allá de la realidad. Puede que no sea así y que se encuentre al final de la misma y al final de la imaginación, porque como afirmaba Wallace Stevens, estar al final de la realidad no es lo mismo que estar al principio de la imaginación, sino estar al final de ambas.

* Alejandra Roux Expone En La Muestra Colectiva Big City Unlimited, Del 25 De
Abril Al 30 De Mayo, Galería Utopía Parkway, Reina 11, 28004 Madrid,
www.galeriautopiaparkway.com

*Fuente: Rosario-12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-13247-2008-04-22.html

Martes, 22 de Abril de 2008
teatro|ricardo bartis y las ideas detras de la pesca, en el sportivo teatral

"La ciudad ya no nos pertenece más"*

"La idea de fundar un lugar cerrado con buen pique prenuncia la idea de que el espacio público iba a devenir privado", señala el director, que destaca que en sus obras intenta un anclaje en la realidad, pero también un discurso poético.

"Hay un nivel de violencia horrorosa. Diez años de menemismo tuvieron consecuencias, a nivel de hambre y a nivel de pensamiento."

*Por Cecilia Hopkins

Cuando el director Ricardo Bartís reconoce que tiene la dificultad de hacer un teatro que hable de manera directa sabe por qué lo dice. En efecto, no fueron ni directas ni lineales sus traducciones escénicas del mundo de Roberto Arlt en El pecado que no se puede nombrar ni del mito del Don Juan
en Donde más duele. Sin embargo, algo cambió desde De mal en peor, la obra que hablaba de las tribulaciones de una familia porteña venida a menos, con una deuda imposible de honrar. En La pesca, su último estreno, Bartís propone una historia muy llana, pero con un alto grado de carga simbólica.
El tema es que sus claves son tan escurridizas que podrían pasar inadvertidas al espectador no avisado, quedándose sólo con la cáscara del asunto. Y esto constituye otra dificultad a la hora de narrar. "Reconozco que no puedo hablar de manera directa", acepta el director en la entrevista con Página/12. "Pero las obras que sí lo hacen caen en un teatro didáctico y conservador, aun cuando enuncian cuestiones que, en lo aparente, parecen cuestionadoras o revolucionarias", critica.
Para Bartís, su teatro propone, por un lado, un anclaje en la realidad a los efectos de su resignificación y, por otro, un componente de naturaleza poética, nunca contenido en el texto, sino en la corporalidad del actor. La anécdota es, para él, "una excusa para poner en funcionamiento un mecanismo
asociativo teatral para retraducir algo que sentimos". Por esto, el relato que este espectáculo propone tiene, según él mismo define, "unas resonancias esquemáticas y arquetípicas" que, para ser trascendidas por el espectador, se necesita "un cuerpo de actuación que proponga una resonancia profunda".
Cañas vacías
La anécdota de La pesca consiste en la reunión de tres hombres que intentan reactualizar una vieja historia. El lugar del encuentro es el sótano de una vieja fábrica inundada, que en los años '60 fue la sede de un club de pesca llamado La Gesta Heroica. "Era un pozo alimentado con las aguas desbordadas
del arroyo Maldonado, donde se habían criado tarariras traídas de Corrientes para que cualquiera que pagara una cuota tuviese el pique asegurado", contó el director cuando comenzaba los ensayos de la obra. "Después vino lo que vino, las aguas se fueron reduciendo y ahora lo que queda es un charco de
aguas servidas. En esa tapera quedan tres personajes que quieren recuperar el proyecto." Por supuesto que ya en aquel momento, Bartís reconocía en el relato una dimensión política: "Uno de los personajes es el prototipo del pensamiento fascista del peronismo y el otro es un zurdo melancólico. Los dos representan las expresiones internas de la derecha y la izquierda del peronismo". Así, una de las ideas que sobrevuela la puesta es que "el peronismo estabiliza para traicionar, porque propone por izquierda lo que te va a sacudir por derecha: en esa tensión que se reitera cíclicamente se ha constituido el poder del peronismo". Sin embargo, otros temas se abren paso a partir de ese club de pesca bajo techo: "La idea de fundar un lugar cerrado que cuenta con buen pique prenuncia la idea de que el espacio público iba a devenir en espacio privado", afirma el director. "La ciudad ya no nos pertenece más: lo que hacemos, lo hacemos arrinconados y bajo techo."
La actividad de la pesca aparece en la obra no sólo como una forma de olvidar pesares y decepciones, sino como una metáfora de la militancia.
Favorecida su reproducción por la alta temperatura de las aguas servidas, el pozo hierve de tarariras, esas "primas lejanas de las truchas, pero mersas, buenas para el ataque y la defensa", según apunta Bartís, un aficionado a la pesca desde la niñez. Así, estos peces -centro y razón de ser de La Gesta
Heroica- hacen referencia a todos aquellos que, embanderados en la lucha por otro modelo de país, creyeron en una estructura partidaria que terminó traicionándolos. La pesca ofrece, entonces, una mirada desencantada acerca de la repetición de ciertas situaciones signadas por el fracaso. Pero no
sólo se habla de la muerte y transmutación constante del peronismo, sino que también se alude a la declinación de las creencias, en general. Interpretado por Luis Machín, Carlos Defeo y Sergio Boris, el espectáculo puede verse en el Sportivo Teatral (Thames 1426).
-¿Por qué los conflictos sentimentales de los personajes están tan en primer plano?
-Lo afectivo está presente porque somos argentinos y nuestra naturaleza es afectiva. El teatro de hoy no es capaz de reproducir en la actuación niveles de afectación emocional. Porque considera al campo emocional un elemento baladí y frágil.
-¿Por qué hablar hoy de una gesta heroica?
-Porque en nuestra fantasía se espera de la Argentina una gesta. Que ante tanta ignominia y horror haya un gesto de vergüenza y rebelión por parte de los que padecen. Las causas de los padecimientos son múltiples: Patti recurre a la Justicia y habla de democracia, el campo cree ser sostenedor de algo previo a la Nación, los políticos, que son gerentes de una empresa que paga muchísimo y tienen discursos de compromiso social, apelan al mito para recuperar el andamiaje de la militancia. En La pesca hay una referencia a los años '60 y '70, a las organizaciones revolucionarias y a la resistencia peronista. Pero la referencia a la gesta es más amplia: en la Argentina hay una necesidad de instalar un momento mítico. Porque hay conciencia de la chafalonería, del sustituto bastardo que se ha hecho del acontecimiento. De
la caída y el deterioro general que llevan a la violencia. La gesta heroica es un mito acendrado en nuestra interioridad. Los nuevos héroes de la tragedia contemporánea son los políticos, los que salen en los medios. En esta época, el único mito constitutivo es la guerra. El único rey, el dinero, el capital.
-¿Qué es lo que define al peronismo?
-El peronismo parecería ser la expresión de ciertas fuerzas de la cultura argentina, de nuestra forma de pensamiento. El peronismo -aun cuando el mito que lo caracteriza esté deshilachado- permite aceptar que somos todos hermanos pero que, sin embargo, nos podemos matar. Esto es un elemento muy argentino. El peronismo ha contenido en su seno experiencias muy disímiles, desde las más siniestras, como la Triple A, hasta las expresiones auténticamente populares. El peronismo permitió el máximo nivel de desarrollo de la conciencia de clase en el país: a través del peronismo, la clase obrera y los sectores populares avanzaron en sus conquistas sociales, en su desarrollo y proyección.
-En la obra los personajes se preguntan acerca de las causas de la duración del peronismo. ¿Cuál es su opinión?
-El peronismo tiene una iconografía y una mitología propia que resiste y funciona aún hoy. Tiene un enunciado en contra de los poderosos y la explotación. La tiene a Evita, un fenómeno singularísimo. Tiene el exilio y un personaje omnímodo con la posibilidad de proyectar sobre esa voz ausente cualquier tipo de contenido. El peronismo tiene algo reaccionario y conservador. Un ejemplo es el dicho "de casa al trabajo y del trabajo a casa". Eso quiere decir que se puede ir tranquilo por la vida si uno hace las cosas como corresponde. Y hoy hay una gran necesidad de tranquilidad.
Finalmente, Perón dijo "no es que fuimos tan buenos, sino que los que vinieron después fueron peores". Y esto es real.
-Las paredes del sótano llevan marcas que registran las subidas y bajadas de las aguas. Una de ellas es del año '76...
-Esa marca alude al nivel de deshumanización que mostró la clase social dirigente y el Estado a través de los mecanismos de represión. Creo que va a costar mucho diluir un miedo innominado que sentimos hacia algo siniestro que no conocemos. Hay un nivel de violencia horrorosa. Diez años de menemismo también tuvieron consecuencias definidas, no sólo a nivel de hambre, sino a nivel de pensamiento, porque sus consecuencias son el arrasamiento intelectual, la incapacidad para agruparse y proyectar. También
eso se ve en el teatro independiente, donde hay tantos monólogos.

*Fuente: Página /12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/10-9855-2008-04-22.html

*

Queridas amigas, apreciados amigos:

El domingo 20 de abril del 2008 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor brasilero Edson Zampronha. Las poesías que leeremos pertenecen a Cláudio Fonseca (Brasil) y la música de fondo será de Mario Guacarán (Venezuela). ¡Les deseamos una feliz audición!

ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!

REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com

Schießstattstr. 44 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067

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18/04/2008 GMT 1

HAY DESILUSIONES QUE MATAN...

urbanopowell @ 02:12

*

Lucha de clases
Por mi pequeña culpa, por mi gran culpa
les dejo mis carnet con iniciales y números fenicios.
Traigo una manta de olvido.
Dejo un sudor de lágrima.
Me fui donde nazco.
Por mi culpa sembré mi cultura que no daña.
Por mi abrigo dejé solear un sauce y cantó primaveras.
Un tu paso largo
y lame una mentira
En el jugo de este juego
La revancha es la palabra.
En mi juego está el jugo de estas mañanas de pájaros.
Tengo precisamente árboles
y como silos almacenan pájaros.
Lamento los abrazos dados en vano
pero no reclamo.
Subsisto de abrazos hermanos.
Quien me recuerde abrazo.
Quien me niegue
que viaje a la tumba del olvido.
Es esta vida correr en las calles desalmadas
rutas del odio a un corredor de frío incontenible.
En esta vida también canto.
por una culpa que no en vano.

*de ricardo mastrizzo.

HAY DESILUSIONES QUE MATAN...

"No me defienda, Compadre"*

Es significativo el valor que tienen algunas frases para interpretar el mundo que nos rodea.
Hace muchísimos años alguien dijo: "Las apariencias engañan", y ¿Quién lo duda?
Imaginando un poco, me atrevo a "asegurar" que los primeros seres humanos, antes de comunicarse por medio del lenguaje, se percataron de la atracción que ejercía en el sexo opuesto el cubrirse con la piel de un leopardo, un tigre u otro animal de pelaje vistoso, en lugar de hacerlo con la piel gris y opaca de algún elefante o con la de un rinoceronte. La pasión por la belleza desplazó la caza de animales de abundantes carnes y pieles resistentes, por otros más atractivos. Nació la estética y el engaño.
Desde entonces se otorga mayor valor a lo aparente que a lo bueno, y hemos sido engañados por fabricantes, comerciantes y politiqueros.
Cuando se mira la foto de Bush, Blair y Aznar en las Islas Azores, la apariencia conduce a creer que son tres felices amigos que disfrutan un chiste y no tres macabros asesinos que estaban decidiendo el envío de sus soldados y máquinas de guerra a asesinar a cientos de miles de iraquíes, y a saquear y destruir uno de los más importante patrimonios de la humanidad. La sonrisa de los tres, es la envoltura. El producto, es el petróleo.
Cuando el Presidente Bush desciende del avión presidencial en New Orleáns con su perrito en brazo y muy risueño, la apariencia dice que llega para socorrer a los negros de una catástrofe y que es un hombre que ama a los animales. Si además, miramos a la señorita Rice en una lujosa tienda comprando costosos vestidos y zapatos, de inmediato creemos en el progreso de la raza negra en Estados Unidos de América y olvidamos que en esos instantes cientos de negros norteamericanos ya se habían ahogado o
ahogaban en New Orleáns y decenas de miles habían perdido bienes indispensables para la vida.
El momento de mayor prosperidad de la apariencia es durante las elecciones "democráticas": Los candidatos visitan las villas miserias y hasta la tv acude; con su mejor sonrisa se abrazan y posan con personas escuálidas, que solo pueden mostrar una mueca porque carecen de sonrisa y de dientes, y
regalan caramelos a niños desnutridos y parasitados. La apariencia es: "Todos somos iguales", "soy quien te sacará de la miseria", "soy el único bueno". Promete, la gente lo cree y vota. Años después se repite el ciclo y lo peor: La gente sigue creyendo en la apariencia.
Después de tantos descubrimientos científicos, de la historia negra de las iglesias, y las mentiras políticas, el hombre sigue siendo en el Siglo XXI un ser de fe, aún no ha podido sustituir el mirar y el creer por el ver y el pensar. El hombre sigue siendo un creedor, por ignorancia o necesidad.
La primera creencia llega cuando nos dicen donde, cuando, y de quién hemos nacido; en cual familia estamos situados y hasta el nombre que alguien nos puso. Debemos creer y amar. Sin embargo, muchas veces descubrimos que existen otras versiones y recabamos la ayuda de los ADN para confirmar o negar nuestro primer acto de fe. La ciencia acude en ayuda de la verdad, pero ésta sigue siendo relativa. Desgraciadamente, esas cosas sucedieron durante las dictaduras militares que azotaron el cono sur de nuestro continente y aún permanecen muchos sin saber que sus "amantes progenitores" fueron torturadores y asesinos de sus verdaderos padres, o cómplices de esos crímenes.
En esto de hacernos creer no pueden faltar algunas iglesias,( fíjese bien, digo: iglesias, no religiones) , que levantan la cruz con un Cristo sangrante , echan a un lado el apostolado de éste a favor de los pobres y el rebaño obediente soporta las garras de los ricos por la promesa de que irá al cielo. Pero si alguien se atreve a desobedecer y denuncia las injusticias del sistema, como los de la Teoría de la Liberación, la cruz se transforma en mazo y es golpeado, consumiendo tal fuerza que no alcanza después para castigar a los pederastas. No obstante, continuamos escuchando boquiabiertos los sermones que nos llegan desde el púlpito, enriqueciendo sus ricas arcas y creyendo de buena fe en la "buena fe" de los anticristos.
Sin duda, existe una alta correlación entre apariencia y creencia. Hay quienes, hablan, escriben y se visten de izquierdistas. Nos hacen creer que lo son y luego descubrimos que realmente no creen en el socialismo. Son seres que abogan por un socialismo que no ha existido, no existe y no existirá si depende de ellos, porque ningún socialismo satisface sus "ideas". Los hay, que no han participado en la construcción de ninguno y lanzan ataques de expertos contra otros que hacen el intento de construirlo. Para ellos hay otra frase célebre: "Están con Dios y con el Diablo", pero sirven a éste.
A pesar de todo, la sinceridad es una cualidad de la mayoría. Hay que seguir teniendo fe en el mejoramiento humano y luchar por un mundo mejor, pero habrá que decirle a algunos "amigos": "No me defienda, Compadre".

*De Miguel Crispín Sotomayor arcomar@cubarte.cult.cu
(Cuba) 17.04.08

Jueves, 17 de Abril de 2008
Honor o muerte*

*Por Juan Gelman

El 5 de junio se cumplirán tres años del suicidio en Irak del coronel norteamericano Ted Westhusing. Lo habían ascendido pocas semanas antes y le faltaban cinco para terminar su misión en el país ocupado. Lo encontraron en su trailer con el orificio de un tiro detrás de la oreja izquierda disparado por su Beretta 9 milímetros de servicio. En realidad, no se mató él: lo mató su sentido del honor militar.
No pocos veteranos de Irak y Afganistán se han suicidado -687 al 30 de marzo de 2007 (The Independent, 1-4-07)- sea en pleno servicio, sea al volver a casa, por razones que un grupo de psicólogos de las fuerzas ocupantes sigue investigando. Las que llevaron a la muerte de propia mano al coronel Westhusing -el de mayor grado hasta el momento- parecen claras, al menos la principal: su descubrimiento de la carencia de valores militares en los que creía profundamente. Era profesor de filosofía y de inglés en West Point, se había licenciado en estrategia militar y en filosofía rusa, publicaba trabajos acerca de su tema central, la ética militar. Su tesis de doctorado en Filosofía de la Universidad de Emory, Atlanta, se tituló "La virtud competitiva y cooperativa en el ethos bélico estadounidense", un texto que exige del "guerrero que consagre todo su ser a la defensa de la Constitución de EE.UU., a la que ha jurado lealtad" (Texas Observer, 9-3-07), de lo cual era un practicante verdadero.
A fines del 2004, convencido de que el cumplimiento de sus ideales le demandaba acudir a la guerra inventada por W. Bush, abandonó la seguridad de la cátedra para ofrecerse como voluntario en Irak. Fue destinado al comando multinacional de seguridad bajo las órdenes directas de los generales Joseph
Fil y David Petraeus, el mismo que, hoy comandante en jefe de las tropas ocupantes, compareció la semana pasada ante el US Senate para demandar que se eternice la ocupación de Irak. Asignaron a Westhusing la tarea de supervisar el trabajo de USIS (US Investigation Services), una empresa
privada que el Pentágono contrató para entrenar a tropas del "gobierno" iraquí en operaciones antiterroristas especiales. Entonces se vio cercado por las contradicciones entre el filósofo que se hace preguntas y el soldado que debe obediencia.
El contrato de USIS por valor de 77 millones de dólares obliga a la firma a proporcionar instructores en materia de seguridad y su único gasto es el pago del salario de los 15 mercenarios israelíes que envió a Irak, unos 7500 dólares mensuales por cabeza. Westhusing comprobó que algunos de ellos no cumplían su labor, que USIS robaba al gobierno y que ese personal asesinaba a su antojo a civiles iraquíes. Elevó a sus superiores un detallado informe sobre la corrupción imperante y la respuesta fue un silencio que lo llevó a pensar que la situación también beneficiaba a sus jefes. Así comenzó a descender las gradas de la alarma y la desesperación.
"En los e-mails que enviaba a su familia, Westhusing se mostraba particularmente turbado por una conclusión que se le impuso: valores militares tradicionales con el deber, el honor y el país habían sido
reemplazados por el afán de lucro en Irak, donde EE.UU. ha llegado a depender excesivamente de los contratistas para tareas que antes realizaban los militares" (The Hufftington Post, 10-4-08). Junto al suicida yacía una carta de cuatro páginas, escrita en letras mayúsculas, que dirigió a Fil y Petraeus. Dice en su párrafo inicial: "No estoy seguro de si puedo confiar en ustedes o no" www.texasobserver.org, 9-3-07.
La carta no habla a medias: "Gracias por decirme que era un buen día hasta que les informé (sobre USIS). A ustedes sólo les interesa la carrera y no el apoyo a su personal... No puedo ser parte de una misión que entraña la corrupción, el abuso de los derechos humanos y la mentira. Estoy harto, ya
no más. No decidí voluntariamente (venir a Irak) para secundar la corrupción, a los contratistas ávidos de dinero, a comandantes sólo interesados en ellos mismos. Vine para servir honorablemente y me siento
deshonrado... ¿Para qué servir cuando no se puede cumplir la misión, cuando ya no se cree en la causa, cuando cada esfuerzo que uno hace choca con mentiras, la falta de respaldo y el egoísmo? Ya no más. Mírense a sí mismos, comandantes. Ustedes no son lo que piensan que son y yo lo sé" (www.alternet.org, 10-4-08). Lo supo y entró en una profunda depresión. La semana anterior al suicidio se lo vio desanimado, ausente de lo que sucedía y a menudo mirando fijamente su Beretta 9 milímetros. El católico Westhusing, soldado y filósofo, sólo encontró esa manera de terminar con el pisoteo manifiesto de su fe en el honor militar. Hay desilusiones que matan.

*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-102575-2008-04-17.html

"THE FOG"*

La niebla

las palabras son:

la niebla

las palabras de la niebla son:

la venganza y el resarcimiento

Aun cuando un banco de niebla

lo haya sido de sangre

se invoca la disipación

Y que no vuelva por nosotros.

*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar

-“THE FOG” de John Carpenter.

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16/04/2008 GMT 1

SIGLOS MÁS TARDE...

urbanopowell @ 01:13

La manzana

Guillermo apunta aguantando la respiración. Suavemente suelta la cuerda del arco para que la flecha se clave en la manzana que sostiene su hijo sobre la cabeza. El menor de los Tell con los ojos cerrados y la espalda pegada al árbol espera que su padre no falle.
La manzana, atravesada por el dardo, queda clavada en el árbol y no cae al suelo por lo que Guillermo no puede formular la ley de la gravedad, teniendo que ser Newton quien lo haga dos siglos más tarde.

*de Joan Mateu. joan@cimat.es

SIGLOS MÁS TARDE...

Martes, 15 de Abril de 2008
Acelerar*

*Por Rodrigo Fresán
Desde Barcelona

UNO Los imagino habitando una escenografía parecida a aquella sala de mandos catastrófica en Dr. Strangelove. La máquina en el centro, iluminada por ominosos reflectores. Silencio profundo y religioso y uno de los hombres allí presentes pregunta y otro responde y el dedo que presiona el botón y el
zumbido y los rayos y centellas y...

DOS ...y fundido a negro, a agujero negro.

TRES Mientras tanto y hasta entonces, uno sigue aquí comprendiendo día a día que los fines del mundo (los fines de quienes habitan el mundo) parecen conducir inevitablemente a su final. Y es que pasan cosas raras, muy raras: George W. Bush llora, Osama Barack parece Denzel Washington haciendo de futuro primer presidente negro, la descompuesta Hillary Clinton me recuerda cada vez más a esa dura y tan frágil Mary Tyler Moore en Gente como uno y tal vez algún asesor de imagen de Cristina Kirchner le habrá recomendado que lo que corresponde para marchar por las calles de París es llevar boina,
pero... Mientras tanto aquí, donde yo escribo esto, José Luis Rodríguez Zapatero no consiguió ser investido en la primera vuelta pero no hay problema porque sí lo fue en la segunda y la sola idea de cuatro años más de Zapatero versus Rajoy produce un feo dolor en las partículas de la cabeza
(aunque los oráculos aseguran que a Rajoy le queda poco en un PP convertido en drama isabelino donde se sonríe con dientes afilados como puñales) y todo se desacelera y por la televisión no dejan de proyectar postales documentales de la crisis que se viene y que ya está aquí. Paisajes de la pinchada burbuja inmobiliaria. Barrios fantasmagóricos recién estrenados y donde, parece, nadie va a vivir. El otro día vi un programa especial dedicado a Francisco José Hernando alias Paco El Pocero, autor de la autobiografía Paco Hernando, la pasión de construir: un hombre que si no trabaja se muere. Hernando comenzó limpiando cloacas y llegó a magnate. Una especie de Ciudadano Kane de la construcción que levantó en Seseña una macrourbanización de 13.000 viviendas con su nombre que incluye estatua de
sus padres, parque con el nombre de su esposa, un lago artificial con embarcadero (en medio de un casi desierto manchego carente de infraestructura hídrica) y ausencia casi total de habitantes. Lo mismo está ocurriendo con las metrópolis vacacionales a orillas de Mediterráneo. Todo se ofrece, nada se vende. Partículas en busca del vacío absoluto. Entropía.
Para colmo, las piscinas no pueden llenarse porque está prohibido llenarlas, porque hay sequía y aquí viene, ya se acerca, el agua viajando en barco.
J. G. Ballard, seguro, está encantado con todo el asunto.

CUATRO Y vi una foto del aparato en cuestión que ahora empieza a vibrar y hace que todo vibre. Es lindo y tiene algo del carácter juguetón que se encuentra en cualquier Imaginarium. Y apunten este nombre: Acelerador de Partículas LHC.

CINCO Y Bob Dylan acaba de ganar un más que merecido Premio Pulitzer honorífico. Dylan, se sabe, es posiblemente el cantautor que más canciones apocalípticas ha escrito y -misteriosamente- ha sido contratado por la ciudad española de Zaragoza para que sea su voz e imagen en una inminente megaexposición cuyo tema es el agua y sus propiedades redentoras. La cosa tiene algo de gracia, porque nadie ha dedicado más versos a la potencia destructora del líquido en cuestión. Nadie ha rimado más inundaciones y diluvios que Dylan. Aun así, la banda local Amaral ha grabado versión castiza de "A Hard Rain's A-Gonna Fall" a modo de himno del evento. Y me parece que alguien está un poco confundido por allí, me parece que alguien no entendió bien las instrucciones de la letra y que presionó el botón
equivocado.

SEIS Y hablando de máquinas, me acuerdo de Epicac, la supercomputadora que solía aparecer en cuentos y relatos de Kurt Vonnegut donde se advertía acerca de los riesgos de las revoluciones industriales. Vonnegut decía que la primera revolución industrial devaluó el trabajo muscular, la segunda está devaluando el más rutinario trabajo mental, y la tercera -en la que ahora nos adentramos- devaluará directamente el pensamiento humano. En el último relato que lleva el título del nuevo y póstumo libro de Kurt Vonnegut -ya me he referido a él, se llama Armageddon in Retrospect- el fin
del mundo ha tenido lugar hace cinco años. Y todo bien.

SIETE Las siglas LHC equivalen a Large Hadron Collider o Gran Colisionador de Hadrones y ése es el artefacto que -cualquier día de la tercera revolución industrial- se pondrá a funcionar para que todo deje de andar.

OCHO Uno de los libros que más releo es The End of the World: A History y está firmado por Otto Friedrich y es una historia de las "ansiedades apocalípticas" a lo largo y ancho de la historia de la humanidad: un examen de los diferentes momentos históricos en los que, para muchas personas, el mundo se acabó: la ola gigante que arrasó con buena parte de la cultura de las islas del Egeo, el saqueo de Roma, el terremoto de Lisboa en 1755, Auschwitz, Hiroshima, esas cosas... Kurt Vonnegut sobrevivió a un fin del mundo conocido como el bombardeo a Dresde y ese fue el comienzo de su mundo como escritor. El problema -la paradoja- es que no quedará nadie para escribir acerca del último y definitivo y final fin del mundo.

NUEVE Pregunta: ¿y qué escucha uno de los asistentes de los científicos en ese laboratorio en las afueras de Ginebra donde por ahora duerme el LHC que no es otra cosa que un colosal acelerador de partículas cuya construcción necesitó de 14 años y 5000 millones de euros? Respuesta: "It's the End of the World as We Know It (And I Feel Fine)" de R.E.M. El nuevo disco de R.E.M. -nada es casual- se llama Accelerate. A acelerar que se acaba el mundo.

DIEZ Astrónomos españoles han descubierto otro nuevo planeta parecido a la Tierra. Demasiado tarde, me temo.

ONCE Y la noticia del día -la noticia que se come a todas las noticias del día, de la semana, del año, de la década, del siglo, del milenio, de todo el tiempo ganado y perdido- es ésta y la leo en The New York Times: dos científicos llamados Walter L. Wagner (que vive en Hawai) y Luis Sancho (que, parece, vive en Barcelona) han presentado una demanda contra otros científicos del CERN (European Organization for Nuclear Research) para así impedir que enciendan el LHC ante la posibilidad, aseguran, de que el
experimento de entrechocar protones genere un agujero negro capaz de devorar la Tierra y, tal vez, al universo todo incluyendo a las estatuas de los padres de Paco El Pocero y la boina de Cristina Kirchner. Los especialistas del CERN afirman que son dos locos y que "el riesgo de que eso ocurra es ínfimo".
Nunca me dio un miedo tan grande la palabra ínfimo.

DOCE "¿Este botón?" "Sí, ése" "Ya está." "Uy."

*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-102429-2008-04-15.html

Circe*

*De Julio Cortázar

And one kiss I had of her mouth, as I took the apple from her hand. But while I bit it, my brain whirled and my foot stumbled; and I felt my crashing fall through the tangled boughs beneath her feet, and saw the dead white faces that welcomed me in the pit.

DANTE GABRIEL ROSSETTI,
The Orchard-Pit.

Porque ya no ha de importarle, pero esa vez le dolió la coincidencia de los chismes entrecortados, la cara servil de Madre Celeste contándole a tía Bebé la incrédula desazón en el gesto de su padre. Primero fue la de la casa de altos, su manera vacuna de girar despacio la cabeza, rumiando las palabras con delicia de bolo vegetal. Y también la chica de la farmacia -"no porque yo lo crea, pero si fuese verdad, ¡qué horrible!"- y hasta don Emilio, siempre discreto como sus lápices y sus libretas de hule. Todos hablaban de Delia Mañara con un resto de pudor, nada seguros de que pudiera ser así, pero en Mario se abría paso a puerta limpia un aire de rabia subiéndole a la cara. Odió de improviso a su familia con un ineficaz estallido de independencia. No los había querido nunca, sólo la sangre y el miedo a estar solo lo ataban a su madre y a los hermanos. Con los vecinos fue directo y brutal; a don Emilio lo puteó de arriba abajo la primera vez que se repitieron los comentarios. Ala de la casa de altos le negó el saludo como si eso pudiera afligirla. Y cuando volvía del trabajo entraba ostensiblemente para saludar a los Mañara y acercarse -a veces con caramelos o un libro- a la muchacha que había matado a sus dos novios.
Yo me acuerdo mal de Delia, pero era fina y rubia, demasiado lenta en sus gestos (yo tenía doce años, el tiempo y las cosas son lentas entonces) y usaba vestidos claros con faldas de vuelo libre. Mario creyó un tiempo que la gracia de Delia y sus vestidos apoyaban el odio de la gente. Se lo dijo a Madre Celeste: "La odian porque no es chusma como ustedes, como yo mismo", y ni parpadeó cuando su madre hizo ademán de cruzarle la cara con una toalla. Después de eso fue la ruptura manifiesta; lo dejaban solo, le lavaban la ropa como por favor, los domingos se iban a Palermo o de picnic sin siquiera avisarle. Entonces Mario se acercaba a la ventana de Delia y le tiraba una piedrita. A veces ella salía, a veces la escuchaba reírse adentro, un poco malvadamente y sin darle esperanzas.
Vino la pelea Firpo-Dempsey y en cada casa se lloró y hubo indignaciones brutales, seguidas de una humillada melancolía casi colonial. Los Mañara se mudaron a cuatro cuadras y eso hace mucho en Almagro, de manera que otros vecinos empezaron a tratar a Delia, las familias de Victoria y Castro Barros se olvidaron del caso y Mario siguió viéndola dos veces por semana cuando volvía del banco. Era ya verano y Delia quería salir a veces, iban juntos a las confiterías de Rivadavia o a sentarse en Plaza Once. Mario cumplió diecinueve años, Delia vio llegar sin fiestas -todavía estaba de negro- los veintidós.
Los Mañara encontraban injustificado el luto por un novio, hasta Mario hubiera preferido un dolor sólo por dentro. Era penoso presenciar la sonrisa velada de Delia cuando se ponía el sombrero ante el espejo, tan rubia sobre el luto. Se dejaba adorar vagamente por Mario y los Mañara, se dejaba pasear y comprar cosas, volver con la última luz y recibir los domingos por la tarde. A veces salía sola hasta el antiguo barrio, donde Héctor la había festejado. Madre Celeste la vio pasar una tarde y cerró con ostensible desprecio las persianas. Un gato seguía a Delia, no se sabía si era cariño o dominación, le andaban cerca sin que ella los mirara. Mario notó una vez que un perro se apartaba cuando Delia iba a acariciarlo. Ella lo llamó (era en el Once, de tarde) y el perro vino manso, tal vez contento, hasta sus dedos. la madre decía que Delia había jugado con arañas cuando chiquita. Todos se asombraban, hasta Mario que les tenía poco miedo. Y las mariposas venían a su pelo -Mario vio dos en una sola tarde, en San Isidro-, pero Delia las ahuyentaba con un gesto liviano. Héctor le había regalado un conejo blanco, que murió pronto, antes que Héctor. Pero Héctor se tiró en Puerto Nuevo, un domingo de madrugada. Fue entonces cuando Mario oyó los primeros chismes. La muerte de Rolo Médicis no había interesado a nadie desde que medio mundo se muere de un síncope. Cuando Héctor se suicidó los vecinos vieron demasiadas coincidencias, en Mario renacía la cara servil de Madre Celeste contándole a tía Bebé, la incrédula desazón en el gesto de su padre. Para colmo fractura del cráneo, porque Rolo cayó de una pieza al salir del zaguán de los Mañara, y aunque ya estaba muerto, el golpe brutal contra el escalón fue otro feo detalle. Delia se había quedado adentro, raro que no se despidieran en la misma puerta, pero de todos modos estaba cerca de él y fue la primera en gritar. En cambio Héctor murió solo, en una noche de helada blanca, a las cinco horas de haber salido de casa de Delia como todos los sábados.
Yo me acuerdo mal de Mario, pero dicen que hacía linda pareja con Delia. Aunque ella estaba todavía con el luto por Héctor (nunca se puso luto por Rolo, vaya a saber el capricho), aceptaba la compañía de Mario para pasear por Almagro o ir al cine. Hasta ese entonces Mario se había sentido fuera de Delia, de su vida, hasta de la casa. Era siempre una "visita", y entre nosotros la palabra tiene un sentido exacto y divisorio. Cuando la tomaba del brazo para cruzar la calle, o al subir la escalera de la estación Medrano, miraba a veces su mano apretada contra la seda negra del vestido de Delia. Medía ese blanco sobre negro, esa distancia. Pero Delia se acercaría cuando volviera al gris, a los claros sombreros para el domingo de mañana.
Ahora que los chismes no eran un artificio absoluto, lo miserable para Mario estaba en que anexaban episodios indiferentes para darles un sentido. Mucha gente muere en Buenos Aires de ataques cardíacos o asfixia por inmersión. Muchos conejos languidecen y mueren en las casas, en los patios. Muchos perros rehuyen o aceptan las caricias. Las pocas líneas que Héctor dejó a su madre, los sollozos que la de la casa de altos dijo haber oído en el zaguán de los Mañara la noche en que murió Rolo (pero antes del golpe), el rostro de Delia los primeros días... La gente pone tanta inteligencia en esas cosas, y cómo de tantos nudos agregándose nace al final el trozo de tapiz -Mario vería a veces el tapiz, con asco, con terror, cuando el insomnio entraba en su piecita para ganarle la noche.
"Perdóname mi muerte, es imposible que entiendas, pero perdóname, mamá." Un papelito arrancado al borde de Crítica, apretado con una piedra al lado del saco que quedó como un mojón para el primer marinero de la madrugada. Hasta esa noche había sido tan feliz, claro que lo habían visto raro las últimas semanas; no raro, mejor distraído, mirando el aire como si viera cosas. Igual que si tratara de escribir algo en el aire, descifrar un enigma. Todos los muchachos del café Rubí estaban de acuerdo. Mientras que Rolo no, le falló el corazón de golpe, Rolo era un muchacho solo y tranquilo, con plata y un Chevrolet doble faetón, de manera que pocos lo habían confrontado en ese tiempo final. En los zaguanes las cosas resuenan tanto, la de la casa de altos sostuvo días y días que el llanto de Rolo había sido como un alarido sofocado, un grito entre las manos que quieren ahogarlo y lo van cortando en pedazos. Y casi enseguida el golpe atroz de la cabeza contra el escalón, la carrera de Delia clamando, el revuelo ya inútil.
Sin darse cuenta, Mario juntaba pedazos de episodios, se descubría urdiendo explicaciones paralelas al ataque de los vecinos. Nunca preguntó a Delia, esperaba vagamente algo de ella. A veces pensaba si Delia sabría exactamente lo que se murmuraba. Hasta los Mañara eran raros, con su manera de aludir a Rolo y a Héctor sin violencia, como si estuviesen de viaje. Delia callaba protegida por ese acuerdo precavido e incondicional. Cuando Mario se agregó, discreto como ellos, los tres cubrieron a Delia con una sombra fina y constante, casi transparente los martes o los jueves, más palpable y solícita de sábado a lunes. Delia recobraba ahora una menuda vivacidad episódica, un día tocó el piano, otra vez jugó al ludo; era más dulce con Mario, lo hacía sentarse cerca de la ventana de la sala y le explicaba proyectos de costura o de bordado. Nunca le decía nada de los postres o los bombones, a Mario le extrañaba, pero lo atribuía a delicadeza, a miedo de aburrirlo. Los Mañara alababan los licores de Delia; una noche quisieron servirle una copita, pero Delia dijo con brusquedad que eran licores para mujeres y que había volcado casi todas las botellas. "A Héctor...", empezó plañidera su madre, y no dijo más por no apenar a Mario. Después se dieron cuenta de que a Mario no lo molestaba la evocación de los novios. No volvieron a hablar de licores hasta que Delia recobró la animación y quiso probar recetas nuevas. Mario se acordaba de esa tarde porque acababan de ascenderlo, y lo primero que hizo fue comprarle bombones a Delia. Los Mañara picoteaban pacientemente la galena del aparatito con teléfonos, y lo hicieron quedarse un rato en el comedor para que escuchara cantar a Rosita Quiroga. Luego él les dijo lo del ascenso, y que le traía bombones a Delia.
-Hiciste mal en comprar eso, pero andá, lleváselos, está en la sala. -Y lo miraron salir y se miraron hasta que Mañara se sacó los teléfonos como si se quitara una corona de laurel, y la señora suspiró desviando los ojos. De pronto los dos parecían desdichados, perdidos. Con un gesto turbio Mañara levantó la palanquita de la galena.
Delia se quedó mirando la caja y no hizo mucho caso de los bombones, pero cuando estaba comiendo el segundo, de menta con una crestita de nuez, le dijo a Mario que sabía hacer bombones. Parecía excusarse por no haberle confiado antes tantas cosas, empezó a describir con agilidad la manera de hacer los bombones, el relleno y los baños de chocolate o moka. Su mejor receta eran unos bombones a la naranja rellenos de licor, con una aguja perforó uno de los que le traía Mario para mostrarle cómo se los manipulaba; Mario veía sus dedos demasiado blancos contra el bombón, mirándola explicar le parecía un cirujano pausando un delicado tiempo quirúrgico. El bombón como una menuda laucha entre los dedos de Delia, una cosa diminuta pero viva que la aguja laceraba. Mario sintió un raro malestar, una dulzura de abominable repugnancia. "Tire ese bombón", hubiera querido decirle. "Tírelo lejos, no vaya a llevárselo a la boca, porque está vivo, es un ratón vivo." Después le volvió la alegría del ascenso, oyó a Delia repetir la receta del licor de té, del licor de rosa... Hundió los dedos en la caja y comió dos, tres bombones seguidos. Delia se sonreía como burlándose. El se imaginaba cosas, y fue temerosamente feliz. "El tercer novio", pensó raramente. "Decirle así: su tercer novio, pero vivo."
Ahora ya es más difícil hablar de esto, está mezclado con otras historias que uno agrega a base de olvidos menores, de falsedades mínimas que tejen y tejen por detrás de los recuerdos; parece que él iba más seguido a lo de Mañara, la vuelta a la vida de Delia lo ceñía a sus gustos y a sus caprichos, hasta los Mañara le pidieron con algún recelo que alentara a Delia, y él compraba las sustancias para los licores, los filtros y embudos que ella recibía con una grave satisfacción en la que Mario sospechaba un poco de amor, por lo menos algún olvido de los muertos.
Los domingos se quedaba de sobremesa con los suyos, y Madre Celeste se lo agradecía sin sonreír, pero dándole lo mejor del postre y el café muy caliente. Por fin habían cesado los chismes, al menos no se hablaba de Delia en su presencia. Quién sabe si los bofetones al más chico de los Camiletti o el agrio encresparse frente a Madre Celeste entraban en eso; Mario llegó a creer que habían recapacitado, que absolvían a Delia y hasta la consideraban de nuevo. Nunca habló de su casa en lo de Mañara, ni mencionó a su amiga en las sobremesas del domingo. Empezaba a creer posible esa doble vida a cuatro cuadras una de otra; la esquina de Rivadavia y Castro Barros era el puente necesario y eficaz. Hasta tuvo esperanza de que el futuro acercara las casas, las gentes, sordo al paso incomprensible que sentía -a veces, a solas- como íntimamente ajeno y oscuro.
Otras gentes no iban a ver a los Mañara. Asombraba un poco esa ausencia de parientes o de amigos. Mario no tenía necesidad de inventarse un toque especial de timbre, todos sabían que era él. En diciembre, con un calor húmedo y dulce, Delia logró el licor de naranja concentrado, lo bebieron felices un atardecer de tormenta. Los Mañara no quisieron probarlo, seguros de que les haría mal. Delia no se ofendió, pero estaba como transfigurada mientras Mario sorbía apreciativo el dedalito violáceo lleno de luz naranja, de olor quemante. "Me va a hacer morir de calor, pero está delicioso", dijo una o dos veces. Delia, que hablaba poco cuando estaba contenta, observó: "Lo hice para vos". Los Mañara la miraban como queriendo leerle la receta, la alquimia minuciosa de quince días de trabajo.
A Rolo le habían gustado los licores de Delia, Mario lo supo por unas palabras de Mañara dichas al pasar cuando Delia no estaba: "Ella le hizo muchas bebidas. Pero Rolo tenía miedo por el corazón. El alcohol es malo para el corazón". Tener un novio tan delicado, Mario comprendía ahora la liberación que asomaba en los gestos, en la manera de tocar el piano de Delia. Estuvo por preguntarle a los Mañara qué le gustaba a Héctor, si también Delia le hacía licores o postres a Héctor. Pensó en los bombones que Delia volvía a ensayar y que se alineaban para secarse en una repisa de la antecocina. Algo le decía a Mario que Delia iba a conseguir cosas maravillosas con los bombones. Después de pedir muchas veces, obtuvo que ella le hiciera probar uno. Ya se iba cuando Delia le trajo una muestra blanca y liviana en un platito de alpaca. Mientras lo saboreaba -algo apenas amargo, con un asomo de menta y nuez moscada mezclándose raramente-, Delia tenía los ojos bajos y el aire modesto. Se negó a aceptar los elogios, no era más que un ensayo y aún estaba lejos de lo que se proponía. Pero a la visita siguiente -también de noche, ya en la sombra de la despedida junto al piano- le permitió probar otro ensayo. Había que cerrar los ojos para adivinar el sabor, y Mario obediente cerró los ojos y adivinó un sabor a mandarina, levísimo, viniendo desde lo más hondo del chocolate. Sus dientes desmenuzaban trocitos crocantes, no alcanzó a sentir su sabor y era sólo la sensación agradable de encontrar un apoyo entre esa pulpa dulce y esquiva.
Delia estaba contenta del resultado, dijo a Mario que su descripción del sabor se acercaba a lo que había esperado. Todavía faltaban ensayos, había cosas sutiles por equilibrar. Los Mañara le dijeron a Mario que Delia no había vuelto a sentarse al piano, que se pasaba las horas preparando los licores, los bombones. No lo decían con reproche, pero tampoco estaban contentos; Mario adivinó que los gastos de Delia los afligían. Entonces pidió a Delia en secreto una lista de las esencias y sustancias necesarias. Ella hizo algo que nunca antes, le pasó los brazos por el cuello y lo besó en la mejilla. Su boca olía despacito a menta. Mario cerró los ojos llevado por la necesidad de sentir el perfume y el sabor desde debajo de los párpados. Y el beso volvió, más duro y quejándose.
No supo si le había devuelto el beso, tal vez se quedó quieto y pasivo, catador de Delia en la penumbra de la sala. Ella tocó el piano, como casi nunca ahora, y le pidió que volviera al otro día. Nunca habían hablado con esa voz, nunca se habían callado así. Los Mañara sospecharon algo, porque vinieron agitando los periódicos y con noticias de un aviador perdido en el Atlántico. Eran días en que muchos aviadores se quedaban a mitad del Atlántico. Alguien encendió la luz y Delia se apartó enojada del piano, a Mario le pareció un instante que su gesto ante la luz tenía algo de la fuga enceguecida del ciempiés, una loca carrera por las paredes. Abría y cerraba las manos, en el vano de la puerta, y después volvió como avergonzada, mirando de reojo a los Mañara; los miraba de reojo y se sonreía.
Sin sorpresa, casi como una confirmación, midió Mario esa noche la fragilidad de la paz de Delia, el peso persistente de la doble muerte. Rolo, vaya y pase; Héctor era ya el desborde, el trizado que desnuda un espejo. De Delia quedaban las manías delicadas, la manipulación de esencias y animales, su contacto con cosas simples y oscuras, la cercanía de las mariposas y los gatos, el aura de su respiración a medias en la muerte. Se prometió una caridad sin límites, una cura de años en habitaciones claras y parques alejados del recuerdo; tal vez sin casarse con Delia, simplemente prolongando este amor tranquilo hasta que ella no viese más una tercera muerte andando a su lado, otro novio, el que sigue para morir.
Creyó que los Mañara iban a alegrarse cuando él empezara a traerle los extractos a Delia; en cambio se enfurruñaron y se replegaron hoscos, sin comentarios, aunque terminaban transando y yéndose, sobre todo cuando venía la hora de las pruebas, siempre en la sala y casi de noche, y había que cerrar los ojos y definir -con cuántas vacilaciones a veces por la sutilidad de la materia- el sabor de un trocito de pulpa nueva, pequeño milagro en el plato de alpaca.
A cambio de esas atenciones, Mario obtenía de Delia una promesa de ir juntos al cine o pasear por Palermo. En los Mañara advertía gratitud y complicidad cada vez que venía a buscarla el sábado de tarde o la mañana del domingo. Como si prefiriesen quedarse solos en la casa para oír radio o jugar a las cartas. Pero también sospechó una repugnancia de Delia a irse de la casa cuando quedaban los viejos. Aunque no estaba triste junto a Mario, las pocas veces que salieron con los Mañara se alegró más, entonces se divertía de veras en la Exposición Rural, quería pastillas y aceptaba juguetes que a la vuelta miraba con fijeza, estudiándolos hasta cansarse. El aire puro le hacía bien, Mario le vio una tez más clara y un andar decidido. Lástima esa vuelta vespertina al laboratorio, el ensimismamiento interminable con la balanza o las tenacillas. Ahora los bombones la absorbían al punto de dejar los licores; ahora pocas veces daba a probar sus hallazgos. A los Mañara nunca; Mario sospechaba sin razones que los Mañara hubieran rehusado probar sabores nuevos; preferían los caramelos comunes y si Delia dejaba una caja sobre la mesa, sin invitarlos pero como invitándolos, ellos escogían las formas simples, las de antes, y hasta cortaban los bombones para examinar el relleno. A Mario lo divertía el sordo descontento de Delia junto al piano, su aire falsamente distraído. Guardaba para él las novedades, a último momento venía de la cocina con el platito de alpaca; una vez se hizo tarde tocando el piano y Delia dejó que la acompañara hasta la cocina para buscar unos bombones nuevos. Cuando encendió la luz, Mario vio el gato dormido en su rincón y las cucarachas que huían por las baldosas. Se acordó de la cocina de su casa, Madre Celeste desparramando polvo amarillo en los zócalos. Aquella noche los bombones tenían gusto a moka y un dejo raramente salado (en lo más lejano del sabor), como si al final del gusto se escondiera una lágrima; era idiota pensar en eso, en el resto de las lágrimas caídas la noche de Rolo en el zaguán.
-El pez de color está tan triste -dijo Delia, mostrándole el bocal con piedritas y falsas vegetaciones. Un pececillo rosa translúcido dormitaba con un acompasado movimiento de la boca. Su ojo frío miraba a Mario como una perla viva. Mario pensó en el ojo salado como una lágrima que resbalaría entre los dientes al mascarlo.
-Hay que renovarle más seguido el agua -propuso.
-Es inútil, está viejo y enfermo. Mañana se va a morir.
A él le sonó el anuncio como un retorno a lo peor, a la Delia atormentada del luto y los primeros tiempos. Todavía tan cerca de aquello, del peldaño y el muelle, con fotos de Héctor apareciendo de golpe entre los pares de medias o las enaguas de verano. Y una flor seca -del velorio de Rolo- sujeta sobre una estampa en la hoja del ropero.
Antes de irse le pidió que se casara con él en el otoño. Delia no dijo nada, se puso a mirar el suelo como si buscara una hormiga en la sala. Nunca habían hablado de eso. Delia parecía querer habituarse y pensar antes de contestarle. Después lo miró brillantemente, irguiéndose de golpe. Estaba hermosa, le temblaba un poco la boca. Hizo un gesto como para abrir una puertecita en el aire, un ademán casi mágico.
-Entonces sos mi novio -dijo-. Qué distinto me parecés, qué cambiado.

Madre Celeste oyó sin hablar la noticia, puso a un lado la plancha y en todo el día no se movió de su cuarto, adonde entraban de a uno los hermanos para salir con caras largas y vasitos de Hesperidina. Mario se fue a ver fútbol y por la noche llevó rosas a Delia. Los Mañara lo esperaban en la sala, lo abrazaron y le dijeron cosas, hubo que destapar una botella de oporto y comer masas. Ahora el tratamiento era íntimo y a la vez más lejano. Perdían la simplicidad de amigos para mirarse con los ojos del pariente, del que lo sabe todo desde la primera infancia. Mario besó a Delia, besó a mamá Mañara y al abrazar fuerte a su futuro suegro hubiera querido decirle que confiaran en él, nuevo soporte del hogar, pero no le venían las palabras. Se notaba que también los Mañara hubieran querido decirle algo y no se animaban. Agitando los periódicos volvieron a su cuarto y Mario se quedó con Delia y el piano, con Delia y la llamada de amor indio.
Una o dos veces, durante esas semanas de noviazgo, estuvo a un paso de citar a papá Mañara fuera de la casa para hablarle de los anónimos. Después lo creyó inútilmente cruel porque nada podía hacerse contra esos miserables que lo hostigaban. El peor vino un sábado a mediodía en un sobre azul, Mario se quedó mirando la fotografía de Héctor en Ultima Hora y los párrafos subrayados con tinta azul. "Sólo una honda desesperación pudo arrastrarlo al suicidio, según declaraciones de los familiares". Pensó raramente que los familiares de Héctor no habían aparecido más por lo de Mañara. Quizá fueron alguna vez en los primeros días. Se acordaba ahora del pez de color, los Mañara habían dicho que era regalo de la madre de Héctor. Pez de color muerto el día anunciado por Delia. Sólo una honda desesperación pudo arrastrarlo. Quemó el sobre, el recorte, hizo un recuento de sospechosos y se propuso franquearse con Delia, salvarla en sí mismo de los hilos de baba, del rezumar intolerable de esos rumores. Alos cinco días (no había hablado con Delia ni con los Mañara), vino el segundo. En la cartulina celeste había primero una estrellita (no se sabía por qué) y después: "Yo que usted tendría cuidado con el escalón de la cancel". Del sobre salió un perfume vago a jabón de almendra. Mario pensó si la de la casa de altos usaría jabón de almendra, hasta tuvo el torpe valor de revisar la cómoda de Madre Celeste y de su hermana. También quemó este anónimo, tampoco le dijo nada a Delia. Era en diciembre, con el calor de esos diciembres del veintitantos, ahora iba después de cenar a lo de Delia y hablaban paseándose por el jardincito de atrás o dando vuelta a la manzana. Con el calor comían menos bombones, no que Delia renunciara a sus ensayos, pero traía pocas muestras a la sala, prefería guardarlos en cajas antiguas, protegidos en moldecitos, con un fino césped de papel verde claro por encima. Mario la notó inquieta, como alerta. A veces miraba hacia atrás en las esquinas, y la noche que hizo un gesto de rechazo al llegar al buzón de Medrano y Rivadavia, Mario comprendió que también a ella la estaban torturando desde lejos; que compartían sin decirlo un mismo hostigamiento.
Se encontró con papá Mañara en el Munich de Cangallo y Pueyrredón, lo colmó de cerveza y papas fritas sin arrancarlo de una vigilante modorra, como si desconfiara de la cita. Mario le dijo riendo que no iba a pedirle plata, sin rodeos le habló de los anónimos, la nerviosidad de Delia, el buzón de Medrano y Rivadavia.
-Ya sé que apenas nos casemos se acabarán estas infamias. Pero necesito que ustedes me ayuden, que la protejan. Una cosa así puede hacerle daño. Es tan delicada, tan sensible.
-Vos querés decir que se puede volver loca, ¿no es cierto?
-Bueno, no es eso. Pero si recibe anónimos como yo y se los calla, y eso se va juntando...
-Vos no la conocés a Delia. Los anónimos se los pasa... quiero decir que no le hacen mella. Es más dura de lo que te pensás.
-Pero mire que está como sobresaltada, que algo la trabaja -atinó a decir indefenso Mario.
-No es por eso, sabés -Bebía su cerveza como para que le tapara la voz-. Antes fue igual, yo la conozco bien.
-¿Antes de qué?
-Antes de que se le murieran, zonzo. Pagá que estoy apurado.
Quiso protestar, pero papá Mañara estaba ya andando hacia la puerta. Le hizo un gesto vago de despedida y se fue para el Once con la cabeza gacha. Mario no se animó a seguirlo, ni siquiera pensar mucho lo que acababa de oír. Ahora estaba otra vez solo como al principio, frente a Madre Celeste, la de la casa de altos y los Mañara. Hasta los Mañara.
Delia sospechaba algo porque lo recibió distinta, casi parlanchina y sonsacadora. Tal vez los Mañara habían hablado del encuentro en el Munich. Mario esperó que tocara el tema para ayudarla a salir de ese silencio, pero ella prefería Rose Marie y un poco de Schumann, los tangos de Pacho con un compás cortado y entrador, hasta que los Mañara llegaron con galletitas y málaga y encendieron todas las luces. Se habló de Pola Negri, de un crimen en Liniers, del eclipse parcial y la descompostura del gato. Delia creía que el gato estaba empachado de pelos y apoyaba un tratamiento de aceite de castor. Los Mañara le daban la razón sin opinar, pero no parecían convencidos. Se acordaron de un veterinario amigo, de unas hojas amargas. Optaban por dejarlo solo en el jardincito, que él mismo eligiera los pastos curativos. Pero Delia dijo que el gato se moriría; tal vez el aceite le prolongara la vida un poco más. Oyeron a un diariero en la esquina y los Mañara corrieron juntos a comprar Ultima Hora. A una muda consulta de Delia fue Mario a apagar las luces de la sala. Quedó la lámpara en la mesa del rincón, manchando de amarillo viejo la carpeta de bordados futuristas. En torno del piano había una luz velada.
Mario preguntó por la ropa de Delia, si trabajaba en su ajuar, si marzo era mejor que mayo para el casamiento. Esperaba un instante de valor para mencionar los anónimos, un resto de miedo a equivocarse lo detenía cada vez. Delia estaba junto a él en el sofá verde oscuro, su ropa celeste la recortaba débilmente en la penumbra. Una vez que quiso besarla, la sintió contraerse poco a poco.
-Mamá va a volver a despedirse. Esperá que se vayan a la cama...
Afuera se oía a los Mañara, el crujir del diario, su diálogo continuo. No tenían sueño esa noche, las once y media y seguían charlando. Delia volvió al piano, como obstinándose tocaba largos valses criollos con da capo al fine una vez y otra, escalas y adornos un poco cursis, pero que a Mario le encantaban, y siguió en el piano hasta que los Mañara vinieron a decirles buenas noches, y que no se quedaran mucho rato, ahora que él era de la familia tenía que velar más que nunca por Delia y cuidar que no trasnochara. Cuando se fueron, como a disgusto, pero rendidos de sueño, el calor entraba a bocanadas por la puerta del zaguán y la ventana de la sala. Mario quiso un vaso de agua fresca y fue a la cocina, aunque Delia quería servírselo y se molestó un poco. Cuando estuvo de vuelta vio a Delia en la ventana, mirando la calle vacía por donde antes en noches iguales se iban Rolo y Héctor. Algo de luna se acostaba ya en el piso cerca de Delia, en el plato de alpaca que Delia guardaba en la mano como otra pequeña luna. No había querido pedirle a Mario que probara delante de los Mañara, él tenía que comprender cómo la cansaban los reproches de los Mañara, siempre encontraban que era abusar de la bondad de Mario pedirle que probara los nuevos bombones -claro que si no tenía ganas, pero nadie le merecía más confianza, los Mañara eran incapaces de apreciar un sabor distinto-. Le ofrecía el bombón como suplicando, pero Mario comprendió el deseo que poblaba su voz, ahora lo abarcaba con una claridad que no venía de la luna, ni siquiera de Delia. Puso el vaso de agua sobre el piano (no había bebido en la cocina) y sostuvo con dos dedos el bombón, con Delia a su lado esperando el veredicto, anhelosa la respiración, como si todo dependiera de eso, sin hablar pero urgiéndolo con el gesto, los ojos crecidos -o era la sombra de la sala-, oscilando apenas el cuerpo al jadear, porque ahora era casi un jadeo cuando Mario acercó el bombón a la boca, iba a morder, bajaba la mano y Delia gemía como si en medio de un placer infinito se sintiera de pronto frustrada. Con la mano libre apretó apenas los flancos del bombón, pero no lo miraba, tenía los ojos en Delia y la cara de yeso, un pierrot repugnante en la penumbra. Los dedos se separaban, dividiendo el bombón. La luna cayó de plano en la masa blanquecina de la cucaracha, el cuerpo desnudo de su revestimiento coriáceo, y alrededor, mezclados con la menta y el mazapán, los trocitos de patas y alas, el polvillo del caparacho triturado.
Cuando le tiró los pedazos a la cara, Delia se tapó los ojos y empezó a sollozar, jadeando en un hipo que la ahogaba, cada vez más agudo el llanto, como la noche de Rolo; entonces los dedos de Mario se cerraron en su garganta como para protegerla de ese horror que le subía del pecho, un borborigmo de lloro y quejido, con risas quebradas por retorcimientos, pero él quería solamente que se callara y apretaba para que solamente se callara; la de la casa de altos estaría ya escuchando con miedo y delicia, de modo que había que callarla a toda costa. A su espalda, desde la cocina donde había encontrado al gato con las astillas clavadas en los ojos, todavía arrastrándose para morir dentro de la casa, oía la respiración de los Mañara levantados, escondiéndose en el comedor para espiarlos, estaba seguro de que los Mañara habían oído y estaban ahí contra la puerta, en la sombra del comedor, oyendo cómo él hacía callar a Delia. Aflojó el apretón y la dejó resbalar hasta el sofá, convulsa y negra, pero viva. Oía jadear a los Mañara, le dieron lástima por tantas cosas, por Delia misma, por dejársela otra vez y viva. Igual que Héctor y Rolo, se iba y se las dejaba. Tuvo mucha lástima de los Mañara, que habían estado ahí agazapados y esperando que él -por fin alguno- hiciera callar a Delia que lloraba, hiciera cesar por fin el llanto de Delia.

*Julio Cortázar; Bestiario, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1994
-FUENTE: http://www.geocities.com/juliocortazar_arg/juliocortazar2.htm

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13/04/2008 GMT 1

CON LOS BORDES QUEBRADOS...

urbanopowell @ 14:28

Relojes*

Todos los relojes de la casa están parados.

Unos se detuvieron
hace ya mucho tiempo
en el páramo angosto
de una juventud ida
sin lágrimas ni estrépito.

Otros fueron dejando
de latir poco a poco
como templados bueyes
que se acuestan y duermen
su estirpe fatigada.

El último rompióse
al filo de un otoño
que el olvido atesora.

Desde entonces, mis ojos
permanecen anclados
en las saetas muertas
-detenidos con ellas
repitiendo el instante
como una foto vieja
con los bordes quebrados-

*de Sergio Borao Llop. sergiobllop@yahoo.es
http://sbllop.blogia.com

CON LOS BORDES QUEBRADOS...

A FONDO: MARTA LOPEZ GIL: FILOSOFA

"La verdadera amistad sería ponerse en las manos del otro, abandonarse a él"

Hoy se habla mucho del "otro" y de su posibilidad de conectarse con él. Sin embargo, los obstáculos para los lazos son notorios, a punto tal que algunos los creen posibles sólo si se diluye todo rastro de egoísmo.

*Claudio Martyniuk. cmartyniuk@clarin.com

La amistad no es el rasgo definitorio de lo humano y puede hasta ser considerada imposible, lo cual no hace más que engrandecer la experiencia cuando ella se logra, cuando realmente ocurre la apertura y la reunión con el otro. Mientras tanto, genocidios, homicidios y usos instrumentales de los seres humanos son realidades repetidas, crecientes, generalizadas.

La filósofa Marta López Gil reflexiona a partir de la obra de un gran maestro de la filosofía contemporánea -Emmanuel Levinas- acerca de la imposibilidad de la comunidad, los límites de la ética y la dificultad de perdonar. Lo hace continuando la tarea de su vida: enseñar, lo cual concibe como sinónimo de acoger y de hospitalidad.

¿Qué características presenta "el otro" al que se refiere buena parte de la filosofía contemporánea?

En primer lugar, se banalizó mucho esta cuestión del otro, la otredad, la alteridad, lo diferente. Parece muy fácil caer en los lugares comunes. Por eso hay que reconocer que Emmanuel Levinas (Lituania, 1906-Francia 1995) es el filósofo que nos introdujo en el tema del otro, y no para enunciarlo simplemente. Levinas fue un hombre desesperado por los genocidios, por las matanzas, por el odio del hombre por el hombre. Y eso ahora ha aumentado, no ha disminuido. No estamos mejor, estamos mucho peor. Levinas fue un hombre desesperado, que dedica el libro De otro modo que ser o más allá de la esencia a todos los genocidios, no sólo al judío.

¿Podemos salir de nosotros y entregarnos al otro?

Levinas parte de la filosofía de Heidegger, que engrandece al hombre. Ya se sabe que Heidegger adhirió al nazismo. Pero dejando esa cuestión, hay que aceptar que Heidegger engrandece al hombre relacionándolo con el ser.

¿De qué manera?

El ser en sí no es nada, pero es lo que hace que las cosas sean. Es el misterio grande de que haya algo -el universo, la existencia-, y no nada. La cuestión es que en Heidegger la grandeza del hombre estaría en captar que hay algo, en ubicarse en lo abierto. Y ubicarse en lo abierto significa captar el mundo como mundo, captar al ser como ser, algo que según Heidegger no lo pueden hacer los animales. Para Levinas este fue un punto de partida.
Escuchó las clases de Heidegger. Pero después propone otra cosa: engrandecer al hombre en la medida en que éste puede fascinarse ante el otro.

¿Qué tipo de vínculo implica la fascinación?

Fascinación es una palabra que viene del latín y que significa embrujo. Es decir, como si el otro me embrujara y produjera en mí -y solamente así puedo acoger al otro- una pasividad extrema que no soporta ninguna actividad, sino que es un abandonarse. Levinas no quiere la grandeza del ser del hombre como relación con el ser -como Heidegger-, se opone rotundamente. Cree que la grandeza es abandonarse al otro, a cualquier otro. Y quizás, en ese abandonarse al otro, pueda ser acogido, aunque no hace más que reconocer, siempre, que lo propio del hombre sea querer que seamos todos iguales y no poder ser iguales a los otros; querer aceptar al diferente y no poder hacerlo.

¿Cómo en esta filosofía se vincula ese abandono al otro con la reciprocidad y la igualdad?

Se busca un costado del hombre en el que éste sea capaz de sentirse igual al otro, pero no en una relación de reciprocidad. La filia griega, la amistad griega, es una relación recíproca. Es decir, es un hombre frente a otro hombre, ambos libres. Pero es una relación de reciprocidad. Lo que siente
Levinas es tan fuerte que no quiere una relación recíproca, quiere una relación en la que se pueda decir: "Yo no soy yo". No hay un yo frente a otro yo. Ese yo es egoísmo, y todo yo frente a un otro yo lleva
inevitablemente a la confrontación. Yo tengo que desaparecer como un yo, tiene que estar solamente esa sensación de abandonarme o de ir a acoger al otro. No alcanza un apretón de manos: es, con todo, también una relación recíproca, y el apretón de manos está muy cerca del guerrear con el otro. La
verdadera amistad sería, en definitiva, el poder ponerme en las manos de otro, abandonarme al otro. No olvide que Levinas es un hombre desesperado, que no sabe qué palabras usar, cómo destruir el lenguaje cotidiano que nos viene de la tradición filosófica -no solamente el lenguaje cotidiano que usamos, sino también el de la tradición filosófica- para constituir no una ética. Porque una ética es muy poca cosa, es un conjunto de mandatos, de reglas. Eso está bien para la vida cotidiana, para que no nos matemos entre
nosotros. Pero Levinas busca otra cosa.

¿A qué se refiere? Porque lo que usted sugiere parece una exigencia muy radical, imposible.

Levinas quiere que desde el punto de vista ontológico -es decir, desde el punto de vista del ser del hombre- el hombre deje de lado su yoísmo, su carácter de sujeto para el cual todo lo demás es objeto. Quiere que deje de lado reglas, mandamientos en los que sigue siendo un sujeto autónomo.
Quiere que deje toda autonomía, es decir, todo reglarse a sí mismo; que abandone toda vuelta a sí mismo. Quiere hacer desaparecer el sí mismo y quiere que nos convirtamos cada uno de nosotros en rehenes del otro.

Rehén es una palabra muy fuerte...

Exactamente. "Soy un rehén del otro" es algo casi insoportable. Pero uno ahí ve hasta qué punto está violentando el lenguaje de la filosofía tradicional y el lenguaje cotidiano. Convertirme en rehén del otro y sentir, como Aliosha, uno de los hermanos Karamazov, de Dostoievsky, culpabilidad por todo. Es decir, en esa "relación no relación con el otro" -si fuera una relación, de nuevo caeríamos en la relación de reciprocidad, es decir, uno frente a otro uno, uno mismo frente a otro, un sujeto frente a otro sujeto-
me tengo que considerar culpable siempre; soy siempre culpable. Es un discurso que nos desborda.

¿Cómo se puede pensar la amistad desde esa mirada filosófica?

Aristóteles dice, según Montaigne: "Amigos, la amistad es imposible". Esa imposibilidad de la amistad se da, justamente, porque la amistad nos rebasa, es decir, hay un exceso. Para pensarla, hay que ubicarse en un terreno no de la ética, sino del misterio y del exceso. La comunidad parece también algo imposible. La comunidad tiende a cerrarse, precisamente porque es comunidad.
Pero si cierra, deja de ser comunidad, dado que en el cierre expulsa al diferente, al que no pertenece a ella. Esa comunidad, que se podría llamar inmanente -inmanente a sí misma, que se come a sí misma-, es tremendamente peligrosa, como lo recuerdan las comunidades fanatizadas que se vuelcan al suicidio. En cambio, si a la comunidad se la abre, se advierte que no hay tal comunidad. La comunidad pertenece a lo más desnudo del ser humano; a una desnudez e intimidad que no puedo mostrar, que no puedo confesar. Toca una desnudez que avergüenza. De manera que hay que preguntarse cómo podría ser esta comunidad, que si es cerrada puede ser un desastre y si es abierta no se sabe qué comunidad es. Tal vez sea, entonces, mejor hablar de la amistad en términos de ser para el otro, por el otro y que puede abandonarse al otro.

¿Cómo se nos aparece la humanidad del otro? ¿A través del rostro?

El rostro es una metáfora. No es la cara en sí ni una parte del cuerpo, aunque la corporeidad y la sensibilidad están muy cerca de la razón. Es decir, hay un acercamiento de la sensibilidad y de la afectividad a la razón, que no desplazan a la razón. El rostro surge, en parte, de la fascinación. El embrujo o la fascinación frente al otro hace que el otro sea para mí un rostro. De manera que el rostro es el otro, es la metáfora que utiliza Levinas para designar al otro. Y es una metáfora interesante, porque está tomando, aunque no sea la cara, algo que tiene que ver con lo corpóreo, con una afectividad que no excluye a la razón. Es más: el encuentro con el otro es un acontecimiento. Es como si tuviéramos que movernos, en el encuentro con el otro, en un tiempo que no es el tiempo del reloj, que suele tener poca sustancia. Para Levinas, que fue un hombre religioso, quizás ahí esté la huella de la divinidad. Para Levinas, el encuentro con el otro, el abandonarse en el otro, tiene algo de sagrado.

¿Qué lugar tiene el perdón en esta idea de los vínculos humanos?

El perdón puede cambiar el pasado. Es un tema muy difícil, para los argentinos y para todos los países en donde el pasado es conflictivo. Me acuerdo de la presidenta de Chile, Michelle Bachelet. El padre murió en la época de Pinochet, y lo primero que ella hizo al asumir fue ir a la tumba de su padre y, de alguna manera, perdonar. Fue una actitud valiente.

Copyright Clarín, 2008.

La filosofía embarra la cancha

López Gil no considera que la filosofía aligera los problemas. Para ella, "muy por el contrario, los embarra. Siempre dije que la filosofía es una manera de embarrar la cancha. Es decir, pasamos de embarrada en embarrada, y cada vez entendemos menos. Porque es una lucha contra el lenguaje
convencional. Es decir, es una violencia en relación al lenguaje convencional, con nuestro lenguaje de todos los días".
"De manera que ya ahí estamos, los filósofos, cometiendo algo que no sé si tenemos derecho a hacer. Esa violencia no se ejerce solamente sobre la semántica sino también en el plano sintáctico. Es una violencia sobre el lenguaje que responde al imaginario colectivo. De manera que destruimos el lenguaje. Tenemos que destruirlo porque si no, no seríamos pensadores sino que estaríamos utilizando los mismos conceptos incluidos dentro del lenguaje. El lenguaje es una manera de ver el mundo, y lo que hacemos nosotros es tratar de que esa manera de ver el mundo sea destruida, directamente. Y uso la palabra destrucción porque, como lo percibo en mis alumnos, provoca, en primer lugar, un enorme rechazo y, después, un gran interés. Cuando empiezan a acostumbrarse a que ese lenguaje cotidiano debe ser destruido, pueden comenzar a construir otro lenguaje, que a su vez les permite decir lo que no podían decir con el lenguaje cotidiano. De manera que yo creo que la filosofía no permite ver mejor por lo menos en un primer
momento. La filosofía nos hace sentir incómodos. Y justo ahí, cuando nos sentimos incómodos, es cuando empieza la filosofía. Si nos sentimos cómodos con lo que se dice o con lo que un profesor dice en una clase de filosofía, es porque no estamos filosofando."

Señas particulares

Profesora de posgrado en universidades nacionales, fue titular de Metafísica en la UBA. Su último libro es "La imposible amistad: Blanchot y Levinas" (AH)
NACIONALIDAD:ARGENTINA
EDAD: 76 AÑOS
ACTIVIDAD:DIRECTORA DE LA MAESTRIA DE PENSAMIENTO CONTEMPORANEO DE
CAECE/ACADEMIA DEL SUR

*Fuente: http://www.clarin.com/suplementos/zona/2008/04/13/z-03415.htm

Las babas del diablo*

*Julio Cortázar

Nunca se sabrá cómo hay que contar esto, si en primera persona o en segunda, usando la tercera del plural o inventando continuamente formas que no servirán de nada. Si se pudiera decir: yo vieron subir la luna, o: nos me duele el fondo de los ojos, y sobre todo así: tú la mujer rubia eran las nubes que siguen corriendo delante de mis tus sus nuestros vuestros sus rostros. Qué diablos.
Puestos a contar, si se pudiera ir a beber un bock por ahí y que la máquina siguiera sola (porque escribo a máquina), sería la perfección. Y no es un modo de decir. La perfección, sí, porque aquí el agujero que hay que contar es también una máquina (de otra especie, una Contax 1. 1.2) y a lo mejor puede ser que una máquina sepa más de otra máquina que yo, tú, ella-la mujer rubia-y las nubes. Pero de tonto sólo tengo la suerte, y sé que si me voy, esta Remington se quedará petrificada sobre la mesa con ese aire de
doblemente quietas que tienen las cosas movibles cuando no se mueven.
Entonces tengo que escribir. Uno de todos nosotros tiene que escribir, si es que todo esto va a ser contado. Mejor que sea yo que estoy muerto, que estoy menos comprometido que el resto; yo que no veo más que las nubes y puedo pensar sin distraerme, escribir sin distraerme (ahí pasa otra, con un borde
gris) y acordarme sin distraerme, yo que estoy muerto (y vivo, no se trata de engañar a nadie, ya se verá cuando llegue el momento, porque de alguna manera tengo que arrancar y he empezado por esta punta, la de atrás, la del comienzo, que al fin y al cabo es la mejor de las puntas cuando se quiere contar algo).
De repente me pregunto por qué tengo que contar esto, pero si uno empezara a preguntarse por qué hace todo lo que hace, si uno se preguntara solamente por qué acepta una invitación a cenar (ahora pasa una paloma, y me parece que un gorrión) o por qué cuando alguien nos ha contado un buen cuento, en seguida empieza como una cosquilla en el estómago y no se está tranquilo hasta entrar en la oficina de al lado y contar a su vez el cuento; recién entonces uno está bien, está contento y puede volverse a su trabajo. Que yo sepa nadie ha explicado esto, de manera que lo mejor es dejarse de pudores y contar, porque al fin y al cabo nadie se averguenza de respirar o de ponerse los zapatos; son cosas, que se hacen, y cuando pasa algo raro, cuando dentro del zapato encontramos una araña o al respirar se siente como un vidrio roto, entonces hay que contar lo que pasa, contarlo a los muchachos de la oficina o al médico. Ay, doctor, cada vez que respiro... Siempre contarlo, siempre quitarse esa cosquilla molesta del estómago.
Y ya que vamos a contarlo pongamos un poco de orden, bajemos por la escalera de esta casa hasta el domingo 7 de noviembre, justo un mes atrás. Uno baja cinco pisos y ya está en el domingo, con un sol insospechado para noviembre en París, con muchísimas ganas de andar por ahí, de ver cosas, de sacar
fotos (porque éramos fotógrafos, soy fotógrafo). Ya sé que lo más difícil va a ser encontrar la manera de contarlo, y no tengo miedo de repetirme. Va a ser difícil porque nadie sabe bien quién es el que verdaderamente está contando, si soy yo o eso que ha ocurrido, o lo que estoy viendo (nubes, y a
veces una paloma) o si sencillamente cuento una verdad que es solamente mi verdad, y entonces no es la verdad salvo para mi estómago, para estas ganas de salir corriendo y acabar de alguna manera con esto, sea lo que fuere.
Vamos a contarlo despacio, ya se irá viendo qué ocurre a medida que lo escribo. Si me sustituyen, si ya no sé qué decir, si se acaban las nubes y empieza alguna otra cosa (porque no puede ser que esto sea estar viendo continuamente nubes que pasan, y a veces una paloma), si algo de todo eso...
Y después del «si», ¿qué voy a poner, cómo voy a clausurar correctamente la oración? Pero si empiezo a hacer preguntas no contaré nada; mejor contar, quizá contar sea como una respuesta, por lo menos para alguno que lo lea.
Roberto Michel, franco-chileno, traductor y fotógrafo aficionado a sus horas, salió del número 11 de la rue Monsieur LePrince el domingo 7 de noviembre del año en curso (ahora pasan dos más pequeñas, con los bordes plateados). Llevaba tres semanas trabajando en la versión al francés del tratado sobre recusaciones y recursos de José Norberto Allende, profesor en la Universidad de Santiago. Es raro que haya viento en París, y mucho menos un viento que en las esquinas se arremolinaba y subía castigando las viejas persianas de madera tras de las cuales sorprendidas señoras comentaban de diversas maneras la inestabilidad del tiempo en estos últimos años. Pero el sol estaba también ahí, cabalgando el viento y amigo de los gatos, por lo cual nada me impediría dar una vuelta por los muelles del Sena y sacar unas
fotos de la Conserjería y la Sainte-Chapelle. Eran apenas las diez, y calculé que hacia las once tendría buena luz, la mejor posible en otoño; para perder tiempo derivé hasta la isla Saint & endash; Louis y me puse a andar por el Quai d'Anjou, miré un rato el hotel de Lauzun, me recité unos fragmentos de Apollinaire que siempre me vienen a la cabeza cuando paso delante del hotel de Lauzun (y eso que debería acordarme de otro poeta, pero Michel es un porfiado), y cuando de golpe cesó el viento y el sol se puso por lo menos dos veces más grande (quiero decir más tibio, pero en realidad es lo mismo), me senté en el parapeto y me sentí terriblemente feliz en la mañana del domingo.
Entre las muchas maneras de combatir la nada, una de las mejores es sacar fotografías, actividad que debería enseñarse tempranamente a los niños, pues exige disciplina, educación estética, buen ojo y dedos seguros. No se trata de estar acechando la mentira como cualquier reporter, y atrapar la estúpida
silueta del personajón que sale del número 10 de Downing Street, pero de todas maneras cuando se anda con la cámara hay como el deber de estar atento, de no perder ese brusco y delicioso rebote de un rayo de sol en una vieja piedra, o la carrera trenzas al aire de una chiquilla que vuelve con un pan o una botella de leche. Michel sabía que el fotógrafo opera siempre como una permutación de su manera personal de ver el mundo por otra que la cámara le impone insidiosa (ahora pasa una gran nube casi negra), pero no desconfiaba, sabedor de que le bastaba salir sin la Contax para recuperar el tono distraído, la visión sin encuadre, la luz sin diafragma ni 1/25O. Ahora mismo (qué palabra, ahora, qué estúpida mentira) podía quedarme sentado en el pretil sobre el río, mirando pasar las pinazas negras y rojas, sin que se me ocurriera pensar fotográficamente las escenas, nada más que dejándome ir en el dejarse ir de las cosas, corriendo inmóvil con el tiempo. Y ya no soplaba viento.
Después seguí por el Quai de Bourbon hasta llegar a la punta de la isla, donde la íntima placita (íntima por pequeña y no por recatada, pues da todo el pecho al río y al cielo) me gusta y me regusta. No había más que una pareja y, claro, palomas; quizá alguna de las que ahora pasan por lo que estoy viendo. De un salto me instalé en el parapeto y me dejé envolver y atar por el sol, dándole la cara, las orejas, las dos manos (guardé los guantes en el bolsillo). No tenía ganas de sacar fotos, y encendí un cigarrillo por hacer algo; creo que en el momento en que acercaba el fósforo al tabaco vi por primera vez al muchachito.
Lo que había tomado por una pareja se parecía mucho más a un chico con su madre, aunque al mismo tiempo me daba cuenta de que no era un chico con su madre, de que era una pareja en el sentido que damos siempre a las parejas cuando las vemos apoyadas en los parapetos o abrazadas en los bancos de las plazas. Como no tenía nada que hacer me sobraba tiempo para preguntarme por qué el muchachito estaba tan nervioso, tan como un potrillo o una liebre, metiendo las manos en los bolsillos, sacando en seguida una y después la otra, pasándose los dedos por el pelo, cambiando de postura, y sobre todo
por qué tenía miedo, pues eso se lo adivinaba en cada gesto, un miedo sofocado por la vergüenza, un impulso de echarse atrás que se advertía como si su cuerpo es tuviera al borde de la huida, con teniéndose en un último y lastimoso decoro.
Tan claro era todo eso, ahí a cinco metros-y estábamos solos contra el parapeto, en la punta de la isla-, que al principio el miedo del chico no me dejó ver bien a la mujer rubia. Ahora, pensándolo, la veo mucho mejor en ese primer momento en que le leí la cara (de golpe había girado como una veleta de cobre, y los ojos, los ojos estaban ahí), cuando comprendí vagamente lo que podía estar ocurriéndole al chico y me dije que valía la pena quedarse y mirar (el viento se llevaba las palabras, los apenas murmullos). Creo que sé mirar, si es que algo sé, y que todo mirar rezuma falsedad, porque es lo que nos arroja más afuera de nosotros mismos, sin la menor garantía, en tanto que oler, o (pero Michel se bifurca fácilmente , no hay que dejarlo que declame a gusto). De todas maneras, si de antemano se prevé la probable falsedad, mirar se vuelve posible; basta quizá elegir bien entre el mirar y lo mirado, desnudar a las cosas de tanta ropa ajena. Y. claro, todo esto es más bien difícil.
Del chico recuerdo la imagen antes que el verdadero cuerpo (esto se entenderá después), mientras que ahora estoy seguro que de la mujer recuerdo mucho mejor su cuerpo que su imagen. Era delgada y esbelta, dos palabras injustas para decir lo que era, y vestía un abrigo de piel casi negro, casi largo, casi hermoso. Todo el viento de esa mañana (ahora soplaba apenas, y no hacía frío) le había pasado por el pelo rubio que recortaba su cara blanca y sombría-dos palabras injustas-y dejaba al mundo de pie y
horriblemente solo delante de sus ojos negros, sus ojos que caían sobre las cosas como dos águilas, dos saltos al vacío, dos ráfagas de fango verde. No describo nada, trato más bien de entender. Y he dicho dos ráfagas de fango verde.
Seamos justos, el chico estaba bastante bien vestido y llevaba unos guantes amarillos que yo hubiera jurado que eran de su hermano mayor, estudiante de derecho o ciencias sociales; era gracioso ver los dedos de los guantes saliendo del bolsillo de la chaqueta. Largo rato no le vi la cara, apenas un perfil nada tonto- pájaro azorado, ángel de Fra Filippo, arroz con leche y una espalda de adolescente que quiere hacer judo y que se ha peleado un par de veces por una idea o una hermana. Al filo de los catorce, quizá de los quince, se le adivinaba vestido y alimentado por sus padres, pero sin un centavo en el bolsillo, teniendo que deliberar con los camaradas antes de decidirse por un café, un coñac, un atado de cigarrillos. Andaría por las calles pensando en las condiscípulas, en lo bueno que sería ir al cine y ver
la última película, o comprar novelas o corbatas o botellas de licor con etiquetas verdes y blancas. En su casa (su casa sería respetable, sería almuerzo a las doce y paisajes románticos en las paredes, con un oscuro recibimiento y un paragüero de caoba al lado de la puerta) llovería despacio el tiempo de estudiar, de ser la esperanza de mamá, de parecerse a papá, de escribir a la tía de Avignon. Por eso tanta calle, todo el río para él (pero sin un centavo) y la ciudad misteriosa de los quince años, con sus signos en las puertas, sus gatos estremecedores, el cartucho de papas fritas a treinta francos, la revista pornográfica doblada en cuatro, la soledad como un vacío en los bolsillos, los encuentros felices, el fervor por tanta cosa incomprendida pero iluminada por un amor total, por la disponibilidad
parecida al viento y a las calles.
Esta biografía era la del chico y la de cualquier chico, pero a éste lo veía ahora aislado, vuelto único por la presencia de la mujer rubia que seguía hablándole. (Me cansa insistir, pero acaban de pasar dos largas nubes desflecadas. Pienso que aquella mañana no miré ni una sola vez el cielo, porque tan pronto presentí lo que pasaba con el chico y la mujer no pude más que mirarlos y esperar, mirarlos y...). Resumiendo, el chico estaba inquieto y se podía adivinar sin mucho trabajo lo que acababa de ocurrir pocos minutos antes, a lo sumo media hora. El chico había llegado hasta la punta de la isla, vio a la mujer y la encontró admirable. La mujer esperaba eso porque estaba ahí para esperar eso, o quizá el chico llegó antes y ella lo vio desde un balcón o desde un auto, y salió a su encuentro, provocando el
diálogo con cualquier cosa, segura desde el comienzo de que él iba a tenerle miedo y a querer escaparse, y que naturalmente se quedaría, engallado y hosco, fingiendo la veteranía y el placer de la aventura. El resto era fácil porque estaba ocurriendo a cinco metros de mí y cualquiera hubiese podido medir las etapas del juego, la esgrima irrisoria; su mayor encanto no era su presente, sino la previsión del desenlace. El muchacho acabaría por pretextar una cita, una obligación cualquiera, y se alejaría tropezando y confundido, queriendo caminar con desenvoltura, desnudo bajo la mirada burlona que lo seguiría hasta el final. o bien se quedaría, fascinado o simplemente incapaz de tomar la iniciativa, y la mujer empezaría a acariciarle la cara, a despeinarlo, hablándole ya sin voz, y de pronto lo tomaría del brazo para llevárselo, a menos que él, con una desazón que quizá empezara a teñir el deseo, el riesgo de la aventura, se animase a pasarle el brazo por la cintura y a besarla. Todo esto podía ocurrir, pero aún no ocurría, y perversamente Michel esperaba, sentado en el pretil, aprontando casi sin darse cuenta la cámara para sacar una foto pintoresca en un rincón de la isla con una pareja nada común hablando y mirándose.
Curioso que la escena (la nada, casi: dos que están ahí, desigualmente jóvenes) tuviera como un aura inquietante. Pensé que eso lo ponía yo, y que mi foto, si la sacaba, restituiría las cosas a su tonta verdad. Me hubiera gustado saber qué pensaba el hombre del sombrero gris sentado al volante del auto detenido en el muelle que lleva a la pasarela, y que leía el diario o dormía. Acababa de descubrirlo porque la gente dentro de un auto detenido casi desaparece , se pierde en esa mísera jaula privada de la belleza que le dan el movimiento y el peligro. Y sin embargo el auto había estado ahí todo el tiempo, formando parte (o deformando esa parte) de la isla. Un auto: como decir un farol de alumbrado, un banco de plaza. Nunca el viento, la luz del sol, esas materias siempre nuevas para la piel y los ojos, y también el
chico y la mujer, únicos, puestos ahí para alterar la isla, para mostrármela de otra manera. En fin, bien podía suceder que también el hombre del diario estuviera atento a lo que pasaba y sintiera como yo ese regusto maligno de toda expectativa. Ahora la mujer había girado suavemente hasta poner al muchachito entre ella y el parapeto, los veía casi de perfil y él era más alto, pero no mucho más alto, y sin embargo ella lo sobraba, parecía como cernida sobre él (su risa, de repente, un látigo de plumas), aplastándolo
con sólo estar ahí, sonreír, pasear una mano por el aire. ¿Por qué esperar más? Con un diafragma dieciséis, con un encuadre donde no entrara el horrible auto negro, pero sí ese árbol, necesario para quebrar un espacio demasiado gris...
Levanté la cámara, fingí estudiar un enfoque que no los incluía, y me quedé al acecho, seguro de que atraparía por fin el gesto revelador, la expresión que todo lo resume, la vida que el movimiento acompasa pero que una imagen rígida destruye al seccionar el tiempo, si no elegimos la imperceptible
fracción esencial. No tuve que esperar mucho. La mujer avanzaba en su tarea de maniatar suavemente al chico, de quitarle fibra a fibra sus últimos restos de libertad, en una lentísima tortura deliciosa. Imaginé los finales posibles (ahora asoma una pequeña nube espumosa, casi sola en el cielo), preví la llegada a la casa (un piso bajo probablemente, que ella saturaría de almohadones y de gatos) y sospeché el azoramiento del chico y su decisión desesperada de disimularlo y de dejarse llevar fingiendo que nada le era nuevo. Cerrando los ojos, si es que los cerré, puse en orden la escena, los besos burlones, la mujer rechazando con dulzura las manos que pretenderían desnudarla como en las novelas, en una cama que tendría un edredón lila, y obligándolo en cambio a dejarse quitar la ropa, verdaderamente madre e hijo
bajo una luz amarilla de opalinas, y todo acabaría como siempre, quizá, pero quizá todo fuera de otro modo, y la iniciación del adolescente no pasara, no la dejaran pasar, de un largo proemio donde las torpezas, las caricias exasperantes, la carrera de las manos se resolviera quién sabe en qué, en un
placer por separado y solitario, en una petulante negativa mezclada con el arte de fatigar y desconcertar tanta inocencia lastimada. Podía ser así, podía muy bien ser así; aquella mujer no buscaba un amante en el chico, y a la vez se lo adueñaba para un fin imposible de entender si no lo imaginaba
como un juego cruel, deseo de desear sin satisfacción, de excitarse para algún otro, alguien que de ninguna manera podía ser ese chico.
Michel es culpable de literatura, de fabricaciones irreales. Nada le gusta más que imaginar excepciones, individuos fuera de la especie, monstruos no siempre repugnantes. Pero esa mujer invitaba a la invención, dando quizá las claves suficientes para acertar con la verdad. Antes de que se fuera, y ahora que llenaría mi recuerdo durante muchos días, porque soy propenso a la rumia, decidí no perder un momento más. Metí todo en el visor (con el árbol, el pretil, el sol de las once) y tomé la foto. A tiempo para comprender que los dos se habían dado cuenta y que me estaban mirando, el chico sorprendido y como interrogante, pero ella irritada, resueltamente hostiles su cuerpo y su cara que se sabían robados, ignominiosamente presos en una pequeña imagen química.
Lo podría contar con mucho detalle, pero no vale la pena. La mujer habló de que nadie tenía derecho a tomar una foto sin permiso, y exigió que le entregara el rollo de película. Todo esto con una voz seca y clara, de buen acento de París, que iba subiendo de color y de tono a cada frase. Por mi parte se me importaba muy poco darle o no el rollo de película, pero cualquiera que me conozca sabe que las cosas hay que pedírmelas por las buenas. El resultado es que me limité a formular la opinión de que la
fotografía no sólo no está prohibida en los lugares públicos, sino que cuenta con el más decidido favor oficial y privado. Y mientras se lo decía gozaba socarronamente de cómo el chico se replegaba, se iba quedando atrás-con sólo no moverse-y de golpe (parecía casi increíble) se volvía y echaba a correr, creyendo el pobre que caminaba y en realidad huyendo a la carrera, pasando al lado del auto, perdiéndose como un hilo de la Virgen en el aire de la mañana.
Pero los hilos de la Virgen se llaman también babas del diablo, y Michel tuvo que aguantar minuciosas imprecaciones, oírse llamar entrometido e imbécil, mientras se esmeraba deliberadamente en sonreír y declinar, con simples movimientos de cabeza, tanto envío barato. Cuando empezaba a cansarme, oí golpear la portezuela de un auto. El hombre del sombrero gris estaba ahí, mirándonos. Sólo entonces comprendí que jugaba un papel en la comedia.
Empezó a caminar hacia nosotros, llevando en la mano el diario que había pretendido leer. De lo que mejor me acuerdo es de la mueca que le ladeaba la boca, le cubría la cara de arrugas, algo cambiaba de lugar y forma porque la boca le temblaba y la mueca iba de un lado a otro de los labios como una
cosa independiente y viva, ajena a la voluntad. Pero todo el resto era fijo, payaso enharinado u hombre sin sangre, con la piel apagada y seca, los ojos metidos en lo hondo y los agujeros de la nariz negros y visibles, más negros que las cejas o el pelo o la corbata negra. Caminaba cautelosamente, como si
el pavimento le lastimara los pies; le vi zapatos de charol, de suela tan delgada que debía acusar cada aspereza de la calle. No sé por qué me había bajado del pretil, no sé bien por qué decidí no darles la foto, negarme a esa exigencia en la que adivinaba miedo y cobardía. El payaso y la mujer se consultaban en silencio: hacíamos un perfecto triángulo insoportable, algo que tenía que romperse con un chasquido. Me les reí en la cara y eché a andar, supongo que un poco más despacio que el chico. A la altura de las
primeras casas, del lado de la pasarela de hierro, me volví a mirarlos. No se movían, pero el hombre había dejado caer el diario; me pareció que la mujer, de espaldas al parapeto, paseaba las manos por la piedra, con el clásico y absurdo gesto del acosado que busca la salida.

Lo que sigue ocurrió aquí, casi ahora mismo, en una habitación de un quinto piso. Pasaron varios días antes de que Michel revelara las fotos del domingo; sus tomas de la Conserjería y de la Sainte&endash;Chapelle eran lo que debían ser. Encontró dos o tres enfoques de prueba ya olvidados, una mala tentativa de atrapar un gato sombrosamente encaramado en el techo de un mingitorio callejero, y también la foto de la mujer rubia y el adolescente.
El negativo era tan bueno que preparó una ampliación; la ampliación era tan buena que hizo otra mucho más grande, casi como un afiche. No se le ocurrió (ahora se lo pregunta y se lo pregunta) que sólo las fotos de la Conserjería merecían tanto trabajo. De toda la serie, la instantánea en la punta de la isla era la única que le interesaba; fijó la ampliación en una pared del cuarto, y el primer día estuvo un rato mirándola y acordándose, en esa operación comparativa y melancólica del recuerdo frente a la perdida
realidad; recuerdo petrificado, como toda foto, donde nada faltaba, ni siquiera y sobre todo la nada, verdadera fijadora de la escena. Estaba la mujer, estaba el chico, rígido el árbol sobre sus cabezas, el cielo tan fijo como las piedras del parapeto, nubes y piedras confundidas en una sola materia inseparable (ahora pasa una con bordes afilados, corre como en una cabeza de tormenta). Los dos primeros días acepté lo que había hecho, desde la foto en sí hasta la ampliación en la pared, y no me pregunté siquiera por qué interrumpía a cada rato la traducción del tratado de José Norberto Allende para reencontrar la cara de la mujer, las manchas oscuras en el pretil. La primera sorpresa fue estúpida; nunca se me había ocurrido pensar que cuando miramos una foto de frente, los ojos repiten exactamente la posición y la visión del objetivo; son esas cosas que se dan por sentadas y que a nadie se le ocurre considerar. Desde mi silla, con la máquina de escribir por delante, miraba la foto ahí a tres metros, y entonces se me ocurrió que me había instalado exactamente. en el punto de mira del objetivo. Estaba muy bien así; sin duda era la manera más perfecta de apreciar una foto, aunque la visión en diagonal pudiera tener sus encantos y aun sus descubrimientos. Cada tantos minutos, por ejemplo cuando no encontraba la manera de decir en buen francés lo que José Alberto Allende decía en tan buen español, alzaba los ojos y miraba la foto; a veces me atraía la mujer, a veces el chico, a veces el pavimento donde una hoja seca se había situado admirablemente para valorizar un sector lateral. Entonces descansaba un rato de mi trabajo, y me incluía otra vez con gusto en aquella mañana que empapaba la foto, recordaba irónicamente la imagen colérica de la mujer reclamándome la fotografía, la fuga ridícula y patética del chico, la entrada en escena del hombre de la cara blanca. En el fondo estaba satisfecho de mí mismo; mi partida no había sido demasiado brillante, pues si a los franceses les ha sido dado el don de la pronta respuesta, no veía bien por qué había optado por irme sin una acabada demostración de privilegios, prerrogativas y derechos ciudadanos. Lo importante, lo verdaderamente importante era haber ayudado al chico a escapar a tiempo (esto en caso de que mis teorías fueran exactas, lo que no estaba suficientemente probado, pero la fuga en sí parecía demostrarlo). De puro
entrometido le había dado oportunidad de aprovechar al fin su miedo para algo útil; ahora estaría arrepentido, menoscabado, sintiéndose poco hombre.
Mejor era eso que la compañía de una mujer capaz de mirar como lo miraban en la isla; Michel es puritano a ratos, cree que no se debe corromper por la fuerza. En el fondo, aquella foto había sido una buena acción.

No por buena acción la miraba entre párrafo y párrafo de mi trabajo. En ese momento no sabía por qué la miraba, por qué había fijado la ampliación en la pared; quizá ocurra así con todos los actos fatales, y sea ésa la condición de su cumplimiento. Creo que el temblor casi furtivo de las hojas del árbol no me alarmó, que seguí una frase empezada y la terminé redonda. Las costumbres son como grandes herbarios, al fin y al cabo una ampliación de ochenta por sesenta se parece a una pantalla donde proyectan cine, donde en la punta de una isla una mujer habla con un chico y un árbol agita unas hojas secas sobre sus cabezas.
Pero las manos ya eran demasiado. Acababa de escribir: Donc, la seconde clé réside dans la nature intrinsèque des difficultés que les sociétés-y vi la mano de la mujer que empezaba a cerrarse despacio, dedo por dedo. De mí no quedó nada, una frase en francés que jamás habrá de terminarse, una máquina
de escribir que cae al suelo, una silla que chirría y tiembla, una niebla.
El chico había agachado la cabeza, como los boxeadores cuando no pueden más y esperan el golpe de desgracia; se había alzado el cuello del sobretodo, parecía más que nunca un prisionero, la perfecta víctima que ayuda a la catástrofe. Ahora la mujer le hablaba al oído, y la mano se abría otra vez
para posarse en su mejilla, acariciarla y acariciarla, quemándola sin prisa.
El chico estaba menos azorado que receloso, una o dos veces atisbó por sobre el hombro de la mujer y ella seguía hablando, explicando algo que lo hacía mirar a cada momento hacia la zona donde Michel sabía muy bien que estaba el auto con el hombre del sombrero gris, cuidadosamente descartado en la
fotografía pero reflejándose en los ojos del chico y (cómo dudarlo ahora) en las palabras de la mujer, en las manos de la mujer, en la presencia vicaria de la mujer. Cuando vi venir al hombre, detenerse cerca de ellos y mirarlos, las manos en los bolsillos y un aire entre hastiado y exigente, patrón que va a silbar a su perro después de los retozos en la plaza, comprendí, si eso era comprender, lo que tenía que pasar, lo que tenía que haber pasado, lo que hubiera tenido que pasar en ese momento, entre esa gente, ahí donde yo había llegado a trastrocar un orden, inocentemente inmiscuido en eso que no había pasado pero que ahora iba a pasar, ahora se iba a cumplir. Y lo que entonces había imaginado era mucho menos horrible que la realidad, esa mujer que no estaba ahí por ella misma, no acariciaba ni proponía ni alentaba para
su placer, para llevarse al ángel despeinado y jugar con su terror y su gracia deseosa. El verdadero amo esperaba, sonriendo petulante, seguro ya de la obra; no era el primero que mandaba a una mujer a la vanguardia, a traerle los prisioneros maniatados con flores. El resto sería tan simple, el auto, una casa cualquiera, las bebidas, las láminas excitantes, las lágrimas demasiado tarde, el despertar en el infierno. Y yo no podía hacer nada, esta vez no podía hacer absolutamente nada. Mi fuerza había sido una fotografía, ésa, ahí, donde se vengaban de mí mostrándome sin disimulo lo que iba a suceder. La foto había sido tomada, el tiempo había corrido; estábamos tan lejos unos de otros, la corrupción seguramente consumada, las lágrimas vertidas, y el resto conjetura y tristeza. De pronto el orden se invertía, ellos estaban vivos, moviéndose, decidían y eran decididos, iban a su futuro; y yo desde este lado, prisionero de otro tiempo, de una habitación en un quinto piso, de no saber quiénes eran esa mujer y ese hombre y ese niño, de ser nada más que la lente de mi cámara, algo rígido, incapaz de intervención. Me tiraban a la cara la burla más horrible, la de decidir frente a mi impotencia, la de que el chico mirara otra vez al payaso enharinado y yo comprendiera que iba a aceptar, que la propuesta contenía
dinero o engaño, y que no podía gritarle que huyera, o simplemente facilitarle otra vez el camino con una nueva foto, una pequeña y casi humilde intervención que desbaratara el andamiaje de baba y de perfume. Todo iba a resolverse allí mismo, en ese instante; había como un inmenso silencio que no tenía nada que ver con el silencio físico. Aquello se tendía, se armaba. Creo que grité, que grité terriblemente, y que en ese mismo segundo supe que empezaba a acercarme, diez centímetros, un paso, otro paso, el árbol giraba cadenciosamente sus ramas en primer plano, una mancha del pretil salía del cuadro, la cara de la mujer, vuelta hacia mí como sorprendida, iba creciendo, y entonces giré un poco, quiero decir que la cámara giró un poco, y sin perder de vista a la mujer empezó a acercarse al hombre que me miraba con los agujeros negros que tenía en el sitio de los ojos, entre sorprendido y rabioso miraba queriendo lavarme en el aire, y en ese instante alcancé a ver como un gran pájaro fuera de foco que pasaba de un solo vuelo delante de la imagen, y me apoyé en la pared de mi cuarto y fui feliz porque el chico acababa de escaparse, lo veía corriendo, otra vez en foco, huyendo con todo el pelo al viento, aprendiendo por fin a volar sobre la isla, a llegar a la pasarela, a volverse a la ciudad. Por segunda vez se les iba, por segunda vez yo lo ayudaba a escaparse, lo devolvía a su paraíso precario. Jadeando me quedé frente a ellos; no había necesidad de avanzar más, el juego estaba jugado. De la mujer se veía apenas un hombro y algo de pelo, brutalmente cortado por el cuadro de la imagen; pero de frente estaba el hombre, entreabierta la boca donde veía temblar una lengua negra, y levantaba lentamente las manos, acercándolas al primer plano, un instante aún en perfecto foco, y después todo él un bulto que borraba la isla, el árbol, y yo cerré los ojos y no quise mirar más, y me tapé la cara y rompí a llorar como un idiota.
Ahora pasa una gran nube blanca, como todos estos días, todo este tiempo incontable. Lo que queda por decir es siempre una nube, dos nubes, o largas horas de cielo perfectamente limpio, rectángulo purísimo clavado con alfileres en la pared de mi cuarto. Fue lo que vi al abrir los ojos y secármelos con los dedos: el cielo limpio, y después una nube que entraba por la izquierda, paseaba lentamente su gracia y se perdía por la derecha. Y luego otra, y a veces en cambio todo se pone gris, todo es una enorme nube,
y de pronto restallan las salpicaduras de la lluvia, largo rato se ve llover sobre la imagen, como un llanto al revés, y poco a poco el cuadro se aclara, quizá sale el sol, y otra vez entran las nubes, de a dos, de a tres. Y las palomas, a veces, y uno que otro gorrión.

http://www.granavenida.com/proyectoespartaco/biblioteca/literatura/cortazar/textos/babas.htm

-Fuente: http://www.sololiteratura.com/cor/corlasarmaslas.htm

AUSENCIA*

Cuando el arenal
con la tenacidad de sus ojos
se duela en mutación
rozará el recuerdo de sus dunas.

Cuando empiece el implacable viento
con el sonido del llanto en los cristales
y se anuncie el mar en retirada,
estallarán en un desgarro
las rutilantes olas de días caminados.

Muy pronto el tímido rocío
yacerá inerte agridulce de lluvia
e irá marcando sus huellas en la arena
la ausencia.

*de Xenia Mora. xeniamora@ciudad.com.ar

*

Queridas amigas, apreciados amigos:

El domingo 13 de abril del 2008 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor español Antonio Soler, en el piano Elena Riu (Venezuela). Las poesías que leeremos pertenecen a Manoel Alves Calixto (Brasil) y la música de fondo será de Perumanta (Andes). ¡Les deseamos una feliz audición!

ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!

REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com

Schießstattstr. 44 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067

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12/04/2008 GMT 1

EL AGUA, LA ARENA, EL CEMENTO Y EL CRISTAL...

urbanopowell @ 17:05

*

Serán recuerdos
De infancia atorados
En un camino
Desierto de músicas
Lleno de terrores infantiles
Encrucijadas, telarañas
Redes de fantasmas
Que quiero exorcizar
Las palabras y los besos
Ahuyentan los delirios
De precoses aventuras
Aún por descifrar.-

*De Azul. azulaki@hotmail.com

EL AGUA, LA ARENA, EL CEMENTO Y EL CRISTAL...

Sábado, 12 de Abril de 2008
Los ajeros, la "Galle" y los pañuelos blancos*

*Por Osvaldo Bayer

Nos desbordaron los medios la última semana con informaciones de dueños de la tierra bien trajeados con rostros enojados o hasta amenazantes, con discusiones sobre la palabra argentina más actual (retenciones), o sobre las hinchadas de River que se despedazan por disputar el "poder" en las canchas,
y siempre estamos informados al minuto cuando cacarea Maradona. Pero nadie nos informó que había muerto el delegado de los más humildes trabajadores del país: los recolectores de ajos de Mendoza. ¿Cómo? ¿Existen? Hace dos semanas escribí en este espacio sobre ellos. Sí, existen. Son los más
ignorados de estas tierras, e informé cómo se rebelaron porque la gigantesca empresa rural Campo Grande, de Adrián Sánchez, no depositó los descuentos jubilatorios durante doce años. Esas mujeres y hombres de manos como raigambres y ajadas hasta el extremo decidieron la protesta, formaron una
columna frente a la enorme propiedad rural. Allí fueron desalojados por orden de la fiscal de turno Liliana Giner, en algo habitual en la historia mundial de los desposeídos: no se detuvo a los patrones estafadores del bolsillo humilde sino que se apaleó a los eternamente estafados. Los palos uniformados de la Justicia argentina fueron dados con todo gusto. Hubo rostros ensangrentados de obreras embarazadas y cabezas y espaldas apaleadas como bolsas. Esto fue en noviembre pasado. Ahora se informó que acaba de morir uno de los que levantaron la voz de protesta. El delegado Juan Carlos
Erazo, en el hospital donde estaba internado por los golpes recibidos hace más de cuatro meses, perdió la batalla para siempre. Juan Carlos Erazo. Por algo será. Por protestar; el arma eterna de los proletarios. Sí, era pobre, y eso hay que tenerlo en cuenta cuando se sale a la calle. Pobre que
protesta, pobre que la paga caro. La empresa no reincorporó a los delegados despedidos. No cumple la orden de blanquear la empresa con toda la peonada en negro.
La pregunta es: ¿no hay forma de hacer cumplir las leyes? ¿Por qué la Corte Suprema de la Nación actuó en forma tan burocrática y rauda a favor del asesino Patti, pero no hay justicia contra los que trasgreden todas las leyes y los principios de la ética pero están amurallados en el poder del dinero? ¿Cuánto tiempo pasará hasta que se haga justicia con los ajeros? El caso del recolector Juan Carlos Erazo me hace recordar los versos de nuestro poeta Raúl González Tuñón, que les cantó así a cuatro trabajadores recolectores de tabaco salteños muertos por la gendarmería nacional en 1948:
Aquí yacen Silvestre, Rueda, Allende
y Flores
Cuatro nombres con olor a madera
Y a cañaveral, a tabaco, a petróleo y luna
Ojalá que algún poeta mendocino nos describa alguna vez en versos las manos generosas del ajero Juan Carlos Erazo, manos que recogieron los productos de la tierra para la Vida, y que cayó para siempre ante los defensores de la codicia.
Y sigamos con la Justicia. Otro caso que se mantiene en silencio. Nos referimos a la presa política argentina Karina Germano López, conocida por sus amigos cariñosamente como la "Galle". Es la hija del desaparecido Rodolfo Germano. Tanto Karina, como su madre, Hilda López, vivieron en el exilio, en Suecia y España. Pero antes pasó por la ESMA, donde fue interrogada por Alfredo Astiz. Karina volvió a la Argentina en 1998 y se integró a la organización H.I.J.O.S. En febrero de 2002, Karina fue detenida en San Pablo junto con otros cinco latinoamericanos y se los acusó de participar en el secuestro del multimillonario Washington Olivetto. Todos los detenidos fueron condenados por la justicia brasileña -muy criticada permanentemente por su proceder- a 16 años de prisión que luego fueron convertidos en treinta años por el Tribunal Superior de San Pablo. A pesar de que Karina demostró que estaba por casualidad en el lugar donde fue detenida y el secuestrado Olivetto declaró que nunca la había visto en el lugar. Luego de cinco años de detención en San Pablo, ella pudo ser
trasladada a una cárcel argentina, Ezeiza, de acuerdo con el Tratado Argentino-Brasileño de Presos. Aquí, Karina, en la cárcel, estudia sociología y fue impulsora del Centro Universitario de la prisión.
Al cumplir una sexta parte de la pena, le corresponden a la detenida salidas transitorias y al cumplir el tercio, la libertad condicional. Es lo que ha solicitado Karina. Pero el juez Sergio Delgado le niega este derecho por la pequeñez burocrática de que "el traslado de Karina Germano se produjo 49 días antes del tiempo estipulado para dicho beneficio". Todo esto es de una burocratismo vergonzante, más si se piensa que el fiscal de la causa es nada menos que Oscar Hermelo, quien, como se sabe, fue miembro del grupo de tareas de la Escuela de Mecánica durante la dictadura militar y como paradoja absoluta ese grupo de tareas fue responsable de la desaparición de Rodolfo Germano, padre de Karina. Por lo increíble no podría ni ser redactada una novela con este tema. Realidades argentinas. Realidades de
nuestra democracia. Más pensando en todos los generales, almirantes y brigadieres desaparecedores que murieron en sus camas en sus lujosos departamentos en los últimos treinta años de esta democracia. Karina nos ha dicho ante tanta mordaz injusticia: "No me siento vencida. Me enfrento una vez más al gran circo jurídico que sigue vacilando ante los culpables, que continúa encarcelando a la parte vulnerable de nuestro pueblo, o sea a la pobreza, la marginalidad, la exclusión social".
El juez Sergio Delgado, el fiscal Oscar Hermelo, con todos los poderes frente a Karina Germano López, llamada con cariño la "Galle". Esa mujer.
Estaremos siempre de su lado.
Y si seguimos con las fantasías morbosas de nuestra realidad argentina damos con otro hecho tan increíble como los dos casos anteriores. A la plaza en Núñez que desde hace once años lleva el bello nombre de Plaza de los Madres del Pañuelo Blanco ahora un colaborador acérrimo de la dictadura de la
desaparición de personas, el macrista Santiago de Estrada, le quiere cambiar el nombre por el de Presbítero Fernando Carballo. Pícaro el macrista.
Propone un cura contra las Madres así recibe el apoyo de Bergoglio y sus fratres. Se basa el colaborador de la dictadura en que ése es el deseo de la Comisión Obras Virgen de Luján. Llama la atención que esta organización católica se oponga al nombre actual de Madres del Pañuelo Blanco. O no.
¿Está también de acuerdo con esto la Iglesia? Más sabiendo que desde 1996 esa plaza fue llamada Madres del Pañuelo Blanco en un acto verdaderamente pleno de emoción con asistencia de los barrios vecinos. Recuerdo que me tocó hablar en él y lo dije pleno de nostalgias y emociones: que conocía desde
niño ese lugar y me llenaba de agradecimiento que fuera el vecindario que se había decidido por ese poético nombre en recuerdo de las mujeres que salieron a la calle desafiando al poder de la muerte.
Desde aquella inauguración, allí el verde revivió, se pusieron juegos para los niños y bancos para lectores y contemplativos. Un magnífico mural cubrió los largos tapiales que rodean un lado de la plaza; los nombres de los desaparecidos de los barrios de Saavedra, Núñez, Villa Urquiza, Villa Pueyrredón y Coghlan sembraron los senderos entre los canteros. Por supuesto que cobardes ataques nocturnos de los pandilleros trataron de destruir lo levantado con esfuerzo y alegría. Pero la Verdad logró mantenerse.
Después de doce años, ahora el golpe de furca de Santiago de Estrada. De inmediato, la concejal Gabriela Alegre avanzó con otro proyecto donde se reafirma el nombre dado por la asamblea barrial. Veremos si triunfa la mano abierta o la cuchillada por la espalda. Hace unos días se hizo un concierto
popular con bandas de música y murgas de apoyo al nombre Madres del Pañuelo Blanco. El pueblo, contra la burocracia de las bancas oficiales. Veremos quién triunfa. Aunque sabemos muy bien que vencerán finalmente las Madres del Pañuelo Blanco para que sigan encontrándose allí con sus queridos hijos desaparecidos en ese verde bajo las estrellas para abrazarlos, para encontrarse bajo el color de la luna con sus hijitos robados, el reencuentro por los siglos de los siglos.
Tres estampas de nuestro presente para tener en cuenta: los recolectores de ajos nos miran; la "Galle" no se rinde, la dictadura quiere volver a poseer una plaza llena de vida y de memoria.

*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-102290-2008-04-12.html

*

La vida tiene un suspiro cuando ordeno la palabra,
entonces,
vacíos relojes,
cuentas inapropiadas,
agua que corre en noviembre triste
en una lágrima de Pedro.
Que es mi lágrima.

*de ricardo mastrizzo.

El profeta del nihilismo global*

J. G. Ballard es un narrador que predijo los más oscuros escenarios del mundo posindustrial, que dijo que el 11/9 fue una superproducción del inconsciente de los Estados Unidos y que ahora, a sus 78 años, publica sus memorias y anuncia que el futuro será una guerra entre psicóticos. Perfil de uno de los autores básicos del siglo pasado que anticipó el XXI, por el filósofo argentino Pablo Capanna. Además, una entrevista a fondo con el autor de La sequía, Exhibición de atrocidades y Crash.

*Por Pablo Capanna

BALLARD, EL APOCALIPTICO. A los 78 años, vive en un suburbio de Londres atravesado por autopistas.

Hoy que todos flotamos en un océano de información, dando ansiosas brazadas o aferrados a algún madero del Titanic moderno, ¿qué puede decirnos alguien que vive en un insignificante suburbio de Londres, no tiene acceso a Internet y escribe a mano?

Si hay alguien así que merezca ser escuchado, aunque sea porque nos enfrenta con una incómoda imagen del mundo, es James Graham Ballard. No sólo es uno de los grandes escritores del último siglo; es casi una suerte de psiquiatra del nihilismo global. Cuando la moda obliga a ser trasgresores y ya queda poco por transgredir, quizás él, que se limitó a seguir sus propias obsesiones, sea uno de los que calaron más hondo. Medido con el rasero de Eco, Ballard podría ser tanto apocalíptico como integrado. Oscila entre la condena apocalíptica del mundo actual y una delectación casi morbosa con sus perversiones, lo cual hace más inquietante sus textos.
Por décadas, Ballard fue capaz de seducirnos con una misma historia, que a veces ni siquiera es historia. Nada es casual en su obra, tan cerebral como pudo ser la de Huxley, pero quizás más sensible al peligro. Quien quiera entender por qué vivimos tiempos tan locos, acabará por cruzarse con él.
Rotulado (y marginado) como "escritor de ciencia ficción", recién alcanzó el reconocimiento cuando Spielberg le tendió una mano con El Imperio del Sol.
En sus comienzos admiraba a Graham Greene, luego fue Greene quien lo com paró con Conrad, y llegó la hora de que los críticos lo compararan a él con Greene. Obtuvo la bendición de Susan Sontag, el reconocimiento de Baudrillard y hasta el elogio de Martin Amis. Alguien descubrió una foto donde aparecía conversando con Borges. Algún otro incorporó el adjetivo "ballardiano" al diccionario Collins y es casi inevitable que los medios se lo apropien, en cuanto se harten de "dantesco" y "kafkiano".
Paul Tillich dijo alguna vez que vivir en un suburbio permitía tener una perspectiva más amplia que la que uno tiene en la urbe. Hace cincuenta años que Ballard vive en una sencilla casa de Shepperton, un suburbio londinense adosado al aeropuerto y traspasado por las autopistas. Viajó bastante por las costas mediterráneas, pero nunca pensó en mudarse. Alguna vez Charles Platt lo llamó "el profeta de Shepperton".
A quien se asombre de la información que parece haber tras sus textos, habrá que recordarle que durante mucho tiempo encontró inspiración en el papelero de un amigo biólogo, más fascinado por el lenguaje de la ciencia que por sus contenidos. Como buen surrealista, sostuvo que la ciencia y la pornografía se parecen porque ambas son analíticas.

De Shanghai a Shepperton

En su autobiografía, Ballard ni siquiera habla de sus últimas novelas; prefiere retomar la historia de su infancia, que ya había narrado en El Imperio del Sol (1984), en La bondad de las mujeres (1991), en un documental de la BBC y hasta en una crónica del Sunday Times.
Toda su vida giró en torno las durísimas experiencias que marcaron el fin de su infancia. Criado en el barrio europeo de Shanghai, tuvo su Caída cuando repentinamente pasó de una casa con diez sirvientes chinos sin nombre, a las penurias y humillaciones de un campo de prisioneros japonés. Allí nació el poderoso símbolo de la piscina seca donde se amontonan las basuras del último verano.
Cuando conoció Inglaterra, se sintió tan ajeno a esa sociedad que hasta llegó a tener rechazo por el paisaje inglés. Lejos de una familia que nunca le había dado afecto, pasó por un internado, que "le recordaba al campo de concentración, de no ser por la comida, que era peor". Luego fue portero, vendedor de enciclopedias y redactor de una revista industrial. Hasta se entrenó como piloto en una base de bombarderos nucleares en Canadá.
Cuando quiso ser psiquiatra estudió Medicina dos años, pero quedó para siempre atrapado por la siniestra magia de las salas de disección, que selló su fantasía y su estilo. Fue entonces cuando se enamoró del surrealismo y del psicoanálisis, que parecían encarnar la trasgresión, y de la ciencia ficción, que entonces hervía de ideas estimulantes. Fue el iconoclasta de la ciencia ficción. Rechazado, admirado y vanamente imitado, propuso explorar un ambiguo "espacio interior" en lugar del espacio cósmico. Rompió con todas las convenciones de la novela catastrófica, para explorar la "arqueología del psiquismo".
Inundó al planeta en El mundo sumergido (1962), lo hizo árido en La sequía (1964) y lo congeló en El mundo de cristal (1966). Sus novelas apenas se parecían a la ciencia ficción convencional. Eran una suerte de alquimia que David Pringle sintetizó en los "cuatro elementos" ballardianos: el agua (el pasado), la arena (el futuro), el cemento (el presente) y el cristal (la eternidad).
Su primer y único amor fue Mary, la periodista con quien se casó. Se mudaron a Shepperton, un anodino suburbio cercano al aeropuerto y fueron un matrimonio poco convencional, con tres hijos que vinieron uno tras de otro. Entonces, una tremenda "injusticia de la naturaleza" (así escribió Ballard) se llevó a Mary en una semana. Víctima de una trivial infección, Mary murió en 1963, cuando pasaban unas vacaciones en Alicante.
Ballard tuvo amigas y hasta una "compañera", pero nunca pensó que nadie pudiera ocupar el lugar de Mary. Le hizo frente al dolor y se dispuso a criar a sus hijos sin ayuda, para lo cual desplegó insospechadas virtudes maternales. Todavía recuerda esos años como los más felices de su vida y confiesa que sus hijos de dieron la infancia que no había conocido.
Paradójicamente, ese fue su período nihilista. Cuesta imaginar al "psicópata" que escribía La exhibición de atrocidades (1970) y Crash (1973) después de servirles el desayuno a los chicos, llevarlos al colegio y poner en marcha el lavarropas. Ese Ballard que organizó una polémica exposición de autos chocados y un concurso literario para adictos no era un Warhol sino un perfecto amo de casa; una persona que cualquiera hubiera tomado por ferretero o empleado de correos. Escribió Crash temiendo que sus hijos tuvieran un accidente, y por esos días él mismo estuvo a punto de morir cuando se dio vuelta su auto. Nunca renegó de aquellas obras, pero hoy prefiere verlas como una drástica elaboración de su duelo.

El psiquiatra global

Años después, Ballard la emprendió con el entorno urbano, e inició su demolición en Rascacielos (1975), La isla de cemento (1974) y Hola América (1981), donde mostraba la fragilidad de los lazos sociales en situaciones límite. Cuando todos soñaban con la NASA, Ballard anticipaba el fin de la era espacial e imaginaba el día que caerían las estaciones espaciales. Antes del posmodernismo, diseñó la utopía posmoderna de Vermilion Sands. Antes que los punks y el teatro de Kantor, afirmó que "no hay futuro" y escenificó desolados paisajes de basura y chatarra. En el fundamental prólogo que escribió para la versión francesa de Crash, diagnosticó que "muerte del afecto" era la raíz del nihilismo. Habló de ese "presente insaciable" que con sus falsas novedades nos quita la posibilidad de pensar un futuro mejor.

En su etapa hipermoderna, profundizó su obsesión por el nihilismo de los no-lugares: encontró la psicopatología de la opulencia en barrios cerrados, shoppings y aeropuertos. Noches de cocaína (1996), Super Cannes (2001) y Milenio negro (2003) fueron historias un tanto morosas, cuyo germen estaba en Furia feroz , un texto de 1988 : un policial narrado de manera no lineal, con asepsia ballardiana y mediatizado por informes psiquiátricos y documentales. Retomaba así sus pesadillas urbanas de los Setenta, que ahora empalidecían ante la realidad. Kingdom Come (2006) es su última versión, quizás la más desesperada.

"Milagros de la vida"

Aun septuagenario, Ballard seguía resistiéndose a la canonización. Sin ser tan espectacular como otros, siguió siendo tan irritativo como en la época en que hizo su terrible profecía de Ronald Reagan. Personajes como Thatcher, Bush, Blair o Berlusconi son para él los frutos del "sueño de la razón". A dos años de Malvinas, habló de "la melancolía de los conscriptos argentinos heridos" en Malvinas. Comparó la caída de las Torres Gemelas con un guión del cine catástrofe, brotado del inconsciente norteamericano. En 2003 se opuso públicamente a la invasión de Irak, anticipó un atentado en Londres y rechazó un título nobiliario, declarándose "republicano".

Ballard siempre desconfió de las entrevistas, pero nunca se negó a darlas, sin importarle si su interlocutor era apenas un lector devoto. Entonces, solía repetir casi textualmente pasajes enteros de sus ensayos y textos periodísticos, o citaba parlamentos enteros de alguna de sus novelas, como si hubiera encontrado la fórmula definitiva y ya no quisiera modificarla.

Hace dos meses se publicó su autobiografía Miracles of Life (2008), que le costó completar. En la última página, se despide abruptamente de la vida, revelando un diagnóstico terminal. Pero así como hace este anuncio con la frialdad quirúrgica propia de alguno de sus personajes, el libro termina por aparecer como un canto a la vida familiar.

Transfigura tu aldea

En una entrevista de hace un cuarto de siglo se mostraba cansado, pero pensaba que evitar el nihilismo era una de las razones que lo animaban a seguir. Y añadía: " Siempre es posible darle la espalda a un universo bastante insípido si uno es capaz de rehacer por lo menos una pequeña parte de él a su imagen y semejanza...".

Ese fue el desafío que logró superar cuando realizó el deseo oculto de muchos escritores: transfigurar su medio cotidiano a su imagen y semejanza. Lo hizo con una tremenda novela surrealista: La Compañía de Sueños Ilimitada (1979) donde se convertía en un mesías sufriente que intentaba redimir poéticamente las opacas vidas de Shepperton y sus vecinos. En el final, el protagonista resucitado se reencontraba con "Miriam" en esas "nupcias de lo animado y lo inanimado, de los vivos y de los muertos", que cantó el hermético William Blake.

Que así sea.

Ballard Básico
Shanghai, 1930. Escritor

Fue prisionero en su niñez en un campo de concentración japonés, experiencia que narró en El Imperio del Sol, llevada al cine por Steven Spielberg. Pero el mundo "ballardiano" es el del apocalipsis posindustrial. Narrador de ciencia-ficción y catástrofes, entre otras novelas publicó La sequía, Exhibición de atrocidades, Crash (filmada por D. Cronenberg), La isla de cemento y Rascacielos. Su experiencia en las mesas de disección como estudiante de medicina lo marcó para siempre.
Su nueva novela
Bienvenidos a Metro-Centre ("Kingdom Come"), la nueva novela de J. G. Ballard, será publicada en junio por el sello Minotauro. La historia transcurre en un shopping ultra moderno donde el sueño consumista ha llegado a su apoteosis inevitable: una nueva forma de fascismo. El nombre del shopping es Metro-Centre y está ubicado cerca de la autopista M25. Es una fábula distópica que también funciona como una advertencia del autor ante ciertas tendencias del mundo actual.

http://www.revistaenie.clarin.com/notas/2008/04/12/01648712.html

*

Queridas amigas, apreciados amigos:

El domingo 13 de abril del 2008 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor español Antonio Soler, en el piano Elena Riu (Venezuela). Las poesías que leeremos pertenecen a Manoel Alves Calixto (Brasil) y la música de fondo será de Perumanta (Andes). ¡Les deseamos una feliz audición!

ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!

REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!

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11/04/2008 GMT 1

MEMORIAS FLOTANTES...

urbanopowell @ 14:57

*

Mi sombra
Encubierta en tinieblas
Camino recelosa
Sintiendo que
Alguien me persigue
Siento sus pasos
Sus frases
Me incomodan
Hacen que esté alerta
Como creyendo
El peligro
No es externo
En el silencio en soledad
Escucho frases
Reproches y retos
Como un verdugo
Mi sombra
En algunos momentos
Me acecha.

*de Azul. azulaki@hotmail.com

MEMORIAS FLOTANTES...

Los vecinos*

No conocíamos a nuestros vecinos ya que nunca habíamos coincidido, seguramente debido a la diferencia en los horarios de trabajo y a que en los días de fiesta no salían de casa.
Sin embargo, sin haberlos visto nunca, conocíamos sus gustos, sus hábitos y sus defectos. Las paredes, tan delgadas en las nuevas construcciones, ayudaban a que oyéramos retazos de conversaciones y ruidos de sus movimientos.
Sabíamos que se acostaban pronto y que se levantaban a las seis de la mañana. Desayunaban té, ya que el "kettle" en que calentaban el agua pitaba a las seis y cuarto. Uno de ellos se lavaba los dientes diariamente y el otro de vez en cuando se olvidaba. Conocíamos sus siestas, sus programas favoritos de televisión y sus aficiones radiofónicas y musicales.
Todo nos indicaba que tenían una existencia gris, con pocas relaciones de amistad y escaso sexo (concretamente los martes alternos a las 9,30 de la noche). En este apartado sabíamos a ciencia cierta que ella se quedaba a medias la mayoría de las veces y que le recriminaba a él por las prisas y su
poca resistencia.
Hoy hemos tenido reunión de vecinos y esperábamos encontrar a la parejita en ella. ¡Esa curiosidad por conocer la cara de la gente!. Sin embargo, quien se presentó fue una señora que superaba los 50 años, muy arreglada y con una educación admirable. Se presentó como propietaria del piso y comunicó que lo
tenía alquilado por lo que a las reuniones asistiría siempre ella.
Después de las discusiones normales en toda comunidad, se aprobaron las cuentas y se decidió efectuar una derrama para una mejora en el ascensor. La reunión se dio por concluida y al despedirnos, comentamos con la señora, entre otras cosas, lo importante que era al alquilar un piso, tener la suerte de que los inquilinos fueran cumplidores y buena gente.
- ¡Oh!, eso no es problema en mi caso - nos dijo muy tranquila - los inquilinos del piso son mis hijos.

*de Joan Mateu. joan@cimat.es

Viernes, 11 de Abril de 2008
Cascarón autista*

*Por Alfredo Zaiat. azaiat@pagina12.com.ar

En algunas circunstancias, observar qué está pasando fuera de las fronteras permite una evaluación desapasionada sobre cuestiones domésticas. En ese saludable ejercicio ayuda saber cuáles son las principales preocupaciones de los líderes mundiales sobre los peligros que enfrentan los pueblos del
planeta. En caso de que existiera capacidad de superar la visión provinciana o, en otros términos, de exagerado ombliguismo, que caracteriza a la clase dirigente local, se estaría en condiciones de entender que el problema de la inflación, y en especial el de los alimentos, es, además de la crisis financiera y recesión en Estados Unidos, el que concentra la atención de los debates y preocupaciones de políticos, investigadores y formadores de opinión en el mundo.
Cuando se ensancha ese horizonte, a la hora de evaluar la situación local, se reafirma la conducta de desprecio al resto de la sociedad por parte de los piquetes verdes, comportamiento que quedó resumido en la afirmación del presidente de la Federación Agraria, Eduardo Buzzi, acerca de que el campo
mostró que puede "desabastecer" a los centros urbanos. Por lo pronto, probó que pueden provocar un golpe inflacionario en bienes sensibles de la canasta básica. Cuando en el mundo existe una profunda inquietud por el precio de los alimentos, en un país con capacidad de generarlos en cantidad los
productores bloquearon su acceso en defensa de elevadas rentabilidades.
A la vez, las iniciativas oficiales que tanto escozor provocan en los dirigentes que dicen representar al campo, con el acompañamiento de un coro afinado de voceros, resultan insuficientes. La debilidad del Gobierno es por defecto, no por exceso de intervención en el mercado de alimentos. Las retenciones móviles, el mecanismo de compensación, acuerdos de precios muy flexibles con los eslabones más concentrados de la cadena agroindustrial, limitados subsidios al gasoil y al flete son tímidas injerencias del sector público ante la magnitud del problema. Iniciativas, además, que no son explicadas con precisión ni oportunidad.
Para romper ese cascarón autista de los protagonistas del mercado de alimentos local resulta instructivo enumerar las manifestaciones de líderes mundiales que en un solo día expresaron su inquietud por la inflación en productos esenciales para la población:
- El director gerente del FMI, Dominique Strauss-Kahn, afirmó ayer que la inflación ha vuelto por el alza de los alimentos y que ésta "puede socavar todos los avances en la reducción de la pobreza".
- El presidente del Banco Mundial, Robert Zoellick, pidió ayer una acción internacional "inmediata" para hacer frente a la situación de emergencia en varios países, por ejemplo en Haití, a raíz de la suba de los alimentos. El alza de esos bienes ya ha provocado manifestaciones, en algunos casos violentas, en países tan distantes como Pakistán, Senegal, México, Egipto y Haití.
- El primer ministro británico, Gordon Brown, colocó ayer el alza de los alimentos en la agenda mundial al convocar a los líderes del G8 a contrarrestar ese encarecimiento y a examinar el impacto de la producción de biocombustibles en el costo de esos productos. Afirmó que el arroz y el trigo, por ejemplo, duplicaron su precio, ajuste que propone tiene que ser "contrarrestado".
- En tono dramático el comisario europeo para el Desarrollo, Louis Michel, advirtió ayer que "se perfila una crisis alimentaria mundial, menos visible que la crisis petrolera, pero con el efecto potencial de un verdadero maremoto económico y humanitario".
- El primer ministro indio, Manmohan Singh, aseguró ayer que el incremento de los alimentos y las materias primas complicará las políticas de contención de la inflación y puede dañar la estabilidad macroeconómica del país.
- El ministro de Agricultura francés Michel Barnier anunció ayer que pedirá a la Unión Europea que adopte una "iniciativa europea por la seguridad alimentaria" en el mundo.
El mercado mundial de los alimentos está hipersensibilizado y la mayoría de los países está en alerta por esa cuestión. Mientras, en la Argentina se abre hoy una negociación donde una parte cuestiona la imprescindible intervención del Estado en esa delicada economía, participación que es tardía y tímida para contener los precios de los alimentos. Como se dice, Argentina está en otro mundo.

*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/economia/2-102263-2008-04-11.html

Viernes, 11 de Abril de 2008
El teorema de los alimentos*

*Por Ernesto Semán

Los países que exportan productos alimenticios enfrentan en estos días una misma disyuntiva a lo largo y ancho del planeta: imponer límites a sus ventas al exterior y resistir el enojo de sus grupos propietarios, o liberar el sector externo y enfrentar las protestas de los sectores populares por el encarecimiento acelerado de los alimentos, el famoso fenómeno de la agflación.
En un país como la Argentina, donde la inflación y las protestas sociales decoraron la caída de dos presidentes y la inflación ayudó a consolidar procesos regresivos de distribución del ingreso, no cabe duda de qué tiene que hacer cualquier gobierno que no sea suicida.
En las últimas semanas, en la Argentina se organizó un lockout contra el anuncio de retenciones móviles, una protesta que contó hasta con el apoyo de algunos de los beneficiarios de la medida que los indignaba, como grupos de las clases medias urbanas. En el mismo momento, en otras partes del mundo, el traslado directo del precio internacional de los productos primarios al mercado interno provocó una ola de levantamientos en protesta por la inflación: en Haití (un importador neto) las protestas dejaron cuatro
muertos. En el último mes, las protestas en Egipto, Costa de Marfil, Mauritania, Mozambique, Senegal, Uzbekistán, Yemen, Bolivia e Indonesia tuvieron el denominador común de reclamar una baja en el precio de los alimentos. En Camerún, la represión a las marchas contra los aumentos de precios costó cuarenta vidas.
La "escasez" de arroz es sin duda uno de los ejemplos más perversos de este proceso: la producción exportable llega a Europa y Estados Unidos a precios altos que aún pueden ser absorbidos por esos mercados, pero en los supermercados de los países productores el mismo precio deja las góndolas
llenas de paquetes de arroz y a los potenciales consumidores con sus carritos vacíos.
La ONU advierte que la pobreza generada por el aumento del precio de los alimentos puede generar una crisis política global. El titular del Banco Mundial, Robert Zoellick -insospechado de todo progresismo, mucho menos de kirchernismo alguno- dice que el resultado inmediato es un aumento de la pobreza urbana como no se ve desde hace décadas. A Zoellick (y a muchos otros) le preocupa lo que parece ser un hecho consumado: en muy poco tiempo, a los países desarrollados se les puede acabar el maná milagroso de los alimentos baratos, como hace un tiempo ocurrió con el petróleo.
Para contener la inflación provocada por el aumento del precio internacional de sus productos, China, Vietnam, India, Camboya y Pakistán optaron por lo mismo que el gobierno en Buenos Aires: aplicar retenciones a las exportaciones y recortar (o suspender por completo) las ventas al exterior de algunos productos como arroz y café, para aumentar la oferta interna y contener la inflación. Todo esto sin haber llamado a Cristina Fernández ni a Martín Lousteau. Si uno es muy obstinado, puede suponer que lo único que les interesa a esos países es acumular dinero y aniquilar a sus productores para favorecer redes clientelares, que ninguno redistribuye, que el problema de la inflación no existe, o que sólo es consecuencia de que el kirchnerismo es malo y derrochón.
Con un poco menos de tozudez, a cualquiera le quedan claras dos cosas: 1) que el problema de la inflación es mundial, es urgente, avanza rápido, carcome las economías de los países exportadores de productos alimenticios y pone en tensión a sus sociedades y, 2) que las retenciones y límites a las exportaciones son dos de las pocas herramientas que el Estado tiene a mano para resistir el doble acecho de las ganancias de sus elites y las presiones del mercado global, una tenaza que oprime las entrepiernas de los gobiernos y la distribución interna de los recursos, el excedente y los alimentos.
Cuando se incluye en la foto la presión del mercado mundial -que tiende a igualar globalmente los precios internos de las economías- se descartan al menos tres de las ideas más obtusas que circulan en la Argentina, y que asumen como realidad las fantasías de café en las que inscriben el conflicto con el agro.
Una es que la "necesidad de recaudar" se saciaría si el Estado mejorara el cobro de, por ejemplo, el impuesto a las ganancias, algo que no ayudaría en nada a contener el precio de los productos alimenticios (lo cual no quita que, aparte, el Gobierno debería ser más eficaz en cobrar dicho impuesto).
La otra es que la voracidad por recaudar sólo sirve para "agrandar el Estado" y financiar "redes clientelares", como si éstas no fueran, aun en su modo cuestionable, herramientas de redistribución del ingreso, y como si en Europa y Estados Unidos los beneficios del Estado de Bienestar los hubieran repartido San Pedro y San Pablo y no los funcionarios de turno a los que les tocó en suerte la tarea (lo cual no quita que el Gobierno debería avanzar hacia formas universales de garantizar el ingreso
ciudadano).
Y la otra es que el lockout no habría existido si el Gobierno hubiera sido más preciso en el diseño de las retenciones y hubiera excluido a los pequeños productores, sobre la base de la idea ingenua y reaccionaria de que la distribución progresiva de ingresos es una cuestión de gerenciamiento y de que se pueden afectar los intereses de los productores agrarios y al mismo tiempo contar con su aplauso (lo cual no quita que el Gobierno podría hacer una lectura fina de la realidad social de ese sector productivo antes de darle forma definitiva a una medida).
En ese contexto, parece más que razonable la opción de aplicar las retenciones y, con otras medidas (subsidios a los combustibles, promoción de ciertos grupos industriales), tratar de contener una alianza social amplia aun a costa de moderar el efecto redistributivo. En verdad, el mayor riesgo para la Argentina es que, como un espectador marginal de la economía mundial, la presión de los precios internacionales se haga incontenible, el aumento del precio de los alimentos no pueda compensarse con los salarios, y el Gobierno pague al mismo tiempo los costos de las retenciones y los costos de la inflación, un panorama que afectaría mucho más que el futuro de una administración.
El Gobierno tiene una enorme cantidad de espacio para mejorar en cuanto al impacto de su gestión política y económica sobre la inflación. Pero aun si todas sus medidas fueran correctas, Moyano limitara las demandas salariales como la socialdemocracia de la posguerra y D'Elía adoptara los modales de
Alberdi como le reclaman muchos espantados por la irrupción pública de la tensión social, aun después de todo eso, en el centro de la mesa seguiría estando el problema de la inflación y la necesidad de aplicar retenciones para evitar que el aumento de los precios internacionales impacte en la
calidad de vida de los sectores populares.

*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-102226-2008-04-11.html

Memoria flotante*

La mujer tenía una memoria muy especial vaga,vaporosa, ciertamente difusa.
Cada hombre entonces era el primero. Eso los arrojaba hacia ella. Querían ser la Magdalena en la boca de sus recuerdos. Querían romper la tersura que bordea el olvido, hasta inscribir su rotundo
cuerpo-nombre de varón. Querían meterse tan adentro como una verdad o una belleza.
Ella deleitada por esos intentos, les abría las puertas del alma y de la vida.
A todos , menos al neurólogo, que le había dejado esas pastillas que seguro eran capaces de terminar la magia.

*de Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar

*

Queridas amigas, apreciados amigos:

El domingo 13 de abril del 2008 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor español Antonio Soler, en el piano Elena Riu (Venezuela). Las poesías que leeremos pertenecen a Manoel Alves Calixto (Brasil) y la música de fondo será de Perumanta (Andes). ¡Les deseamos una feliz audición!

ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!

REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!

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10/04/2008 GMT 1

BLANCO, NEGRO Y GRIS...

urbanopowell @ 13:02

*

Nuestros pasos en el riego
el árbol y la palabra,
perfume de albahaca cuando estás
y cuando te marchas
amanecen racimos amargos.
Cuando no estás
la albahaca de tu alma
ruega al horizonte
"verticales al silencio"
Cuando nos vamos sin irnos
hay pájaros que traen abrazos eternos
y dejan cielorrasos heridos .
Todo va delante como van nuestros pasos
en el riego
el árbol y la palabra,
perfume de albahaca cuando estas
y cuando te marchas.

*de ricardo mastrizzo.

BLANCO, NEGRO Y GRIS...

"UN ZOO LA NUIT"*

Estaba en él que velara lo que vela
y estaba en él que callara lo que calla

Suyo es el todavía
cuerpo
vivo de su padre.

*

He was to watch over what he does watch
and he was to conceal what he does conceal

His is the still living
body
of his father.

*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar

-Traducido al inglés por Leticia Balonés.
*"UN ZOO LA NUIT", filme dirigido por Jean Claude Lauzon.

Ábrete sésamo*

Cuenta la leyenda que un sultán Malayo, residente en lo que después fue Kuala Lumpur, manco de nacimiento y llamado Syed Sirajuddin Putra Jamalullail tenía como principal afición comer bocadillos que el mismo se preparaba. El secreto de esta habilidad, complicada en un hombre de su condición y limitaciones, se descubrió muchos años después de su muerte.
Caminaba un día el sultán Syed Sirajuddin Putra Jamalullail por el parque de jardines simétricos de su palacio, cavilando en la manera de abrir el pan sin manos, para poder introducir dentro los componentes del bocadillo, cuando recordó uno de los cuentos de las "Mil y una Noches" que contaba Schehrazade al rey Schahriar: "Ali Babá y los 40 ladrones". Uno de los pasajes más celebrados del cuento era el momento en que Alí Babá abría la cueva del tesoro con la frase: "Ábrete sésamo".
El sultán Syed Sirajuddin Putra Jamalullail pensó que si la frase servía para abrir cuevas moviendo rocas, podría usarse también para abrir panecillos. Después de tres días y tres noches gritando, suplicando, susurrando y murmurando lo de "Ábrete sésamo" a miles de panecillos, sin ningún éxito, pensó que alguna cosa le faltaba. Cayó en cuenta de lo obvio: se estaba dirigiendo al pan y tenía que dirigirse al sésamo. Inmediatamente ordenó hornear panecillos espolvoreando sésamo en la superficie y cuando intentó de nuevo abrirlos con el "Ábrete sésamo", los panecillos se fueron abriendo mágicamente.
Desde entonces todos los panecillos de Kuala Lumpur llevan sésamo en la superficie y a partir de este momento, el sultán Syed Sirajuddin Putra Jamalullail, abrió sus propios panecillos e hizo sus propios bocadillos.
Hoy, los herederos del sultán Syed Sirajuddin Putra Jamalullail son una de las mayores fortunas del mundo por haber exportado el descubrimiento de su antecesor alrededor del mundo en forma de franquicias.
Claro que para ello tuvieron que renunciar a hacerlo con su nombre, harto complicado para las civilizaciones de occidente y lo tradujeron literalmente al ingles. Ahora todo el mundo los conoce por Mc Donals. Ni que decir tiene que todos los panecillos de Mc Donals llevan sésamo en su superficie.

*de Joan Mateu. joan@cimat.es

LOCADEMIA ARGENTINA DE NEGROCIDAS*

Dos policías detuvieron a un joven y le dispararon por ser boliviano. El tribunal aplicó la Ley Antidiscriminatoria y le impuso a uno de ellos una dura condena. El otro fue sometido a una pericia psiquiátrica. Eso es correr detrás de la desgracia ya consumada.

¿No sería mejor someter a pericia psiquiátrica a la Escuela de Policía que los egresó.?

*de Rubén Vedovaldi. RubenVedovaldi@netcoop.com.ar

Jueves, 10 de Abril de 2008

La zona gris*

*Por Sandra Russo

A una chica de Zona Norte las compañeras le pegaron porque era muy linda.
Vaya razones, criaturas. Están pasando algunas cosas raras con las púberes, de las que conviene tomar nota. Hay explotando una nueva sexualidad adolescente, que incluye la ambientación mental del porno. Un amplio sector de las niñas de vidas amables se da permisos insólitos. Pero tratándose de un giro de época, marcado a fuego por el mercado, habría que preguntarse o invitarlas a preguntarse si esos permisos se los toman, o si se sienten obligadas a tomárselos, para estar a tono unas con otras, y así
sucesivamente.
Los estudios de algún remoto instituto de sexualidad norteamericano, si uno se tomara el trabajo de buscarlos, seguramente tendrán alguna estadística sobre adolescentes peteras o algún trabajo sobre la incidencia del pete en la satisfacción con la que algunos varones de hoy sobrellevan las relaciones
estables. (El solo y simple hecho de que a la fellatio se le pase a decir "pete" implica necesariamente la domesticación de lo exótico: ese mismo movimiento vuelve trivial lo excitante. Por una fellatio un varón tenía que esperar. Hoy, la cultura popular indica que un "pete" no se le niega a nadie. Si hay onda, se entiende.)
La revista Cosmopolitan, biblia de nuevos usos y costumbres que en general suelen ser siempre los mismos, filtraba sin embargo en octubre del año pasado otra nueva escena de la sexualidad adolescente. Cosmo lo titulaba "Un nuevo tipo de violación".
El fenómeno pertenece al mismo reino que las peteras, los cócteles de alcohol y tranquilizantes, los boliches donde se admite sexo en los sillones, el valor en alza de la puta sobre el de la chica new romantic, los sitios porno dedicados exclusivamente a adolescentes borrachas. La nota habla de "una zona gris", un límite borroneado entre la relación sexual ocasional consentida y la relación forzada.
En rigor, de lo que está hablando es de un límite borroneado, no por el varón de la escena, sino por el alcohol que tomó la chica, y que no le permite recordar exactamente si pasó o cómo pasó. Uno de los sueltos de la nota informa que "tres de cada cuatro de las víctimas están borrachas cuando
ocurre el ataque".
Es interesante el planteo de si esto constituye o no una nueva forma de violación. Todos recordamos a la joven y fumada Jodie Foster en aquel bar de la película, coqueteando en la máquina de música. Y experimentamos el sentimiento asqueante de aquella violación múltiple, una escena que tuvo por
víctima a la chica que no por fumar ni coquetear indujo a nadie. Pero no se trata de una historia así, en singular. Se trata más bien de una tendencia a depositar en "la zona gris" las decisiones, las elecciones, las convicciones que debe hacer una mujer en cada etapa de su vida. Se trata de estar conscientemente (esto es: públicamente) a favor o en contra de determinadas actitudes, pero sin necesidad de sostener lo que se cree, porque a "la zona gris" se llega después de la pastilla, las gotas, los tragos, en fin, se
llega vulnerable. Y sobre todo, ya institucionalizada, codificada, descripta, a "la zona gris" se llega queriendo desentenderse de la responsabilidad sobre el propio cuerpo.

*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-102161-2008-04-10.html

Jueves, 10 de Abril de 2008
NUEVA PROPUESTA DE ARTICULACION ENTRE PSICOANALISIS Y MARXISMO

"Lo imposible no cesa"*

"Marx no discriminó quiénes son los ricos y quiénes son los amos. Lacan sí los diferenció, y la diferencia es muy importante", sostiene el autor de esta nota, que procura reencauzar la articulación entre psicoanálisis y marxismo a partir de una pregunta: "¿Cuál es mi valor para el otro?".

Por Sergio Rodríguez *

El capital, de Karl Marx, es el mejor análisis existente de la lógica capitalista. Lo fundamentó en su teoría del valor. Jacques Lacan, por lo menos a partir del seminario El revés del psicoanálisis, hizo explícitamente suyas las aseveraciones de Marx sobre el valor. Creo que también hizo suyos los criterios marxistas sobre las condiciones objetivas para las crisis sociales: el conflicto entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones sociales de producción. Y creo que por eso dijo Lacan (en "Radiofonía y televisión"), que Marx fue el primero que discernió el síntoma. En cambio, Lacan fue irónico sobre la creencia en la revolución, diciendo que era una vuelta de 360 grados, que volvía al punto inicial.
Desde muy temprano, Lacan planteó que una pregunta funda al hablante ser en el lazo social: la pregunta por el reconocimiento del otro. ¿Qué quiere el Otro de mí? ¿Qué me quiere? ¿Qué soy para el Otro? ¿Qué soy en el Otro? Es una pregunta clave. Uno se la hace todas las mañanas, todas las noches,
todos los días. Es realmente nodal por una razón muy sencilla: el ser parlante no puede funcionar de una manera relativamente pasable si no es en vínculos sociales. Por lo tanto, siempre tiene que estar preguntándose qué quiere el otro de él y qué es él para el otro. Esas preguntas las reduzco a una: ¿Cuál es mi valor para el otro? E, invertido el mensaje: ¿Cuál es el valor del otro para mí? Las parejas se sostienen o se separan en función de esa pregunta. Si el otro vale para mí lo suficiente, voy a hacer todo lo posible para que no se vaya de mi lado. Si yo valgo para la otra lo suficiente, ella también tratará de hacer lo posible para que no me vaya de su lado. En el momento que ese valor cae, se acabó la pareja. Claro que las cosas no son tan sencillas. Un concepto fundamental de Freud es el de sobredeterminación. El síntoma tiene múltiples determinaciones, y no somos otra cosa que productos sintomales. Pero la estructura del lenguaje instala aquella pregunta como clave para subjetivarse, aunque no llegue a enunciarse en la conciencia.
Esa pregunta por el valor se refiere a los deseos y a los límites de los goces. De ahí que, también, sea pregunta clave en la economía política.
Subtiende el esfuerzo para que el ser parlante funcione en lazos sociales, en relación con sus deseos y sus goces. Por eso éste lógicamente es un homo eroticus. Como consecuencia: mercator, faber, sapiens. En castellano: a partir de su erogeinización y juegos en la primera infancia, será luego, con mayor o menor grado de sublimación, mercader o fabricante; lo cual le exigirá buscar saber. Pero con punto de partida en el deseo de comerciar. No puede vivir por fuera de comerciar lo que producen otros y él mismo, sea
como vendedor o como comprador. Aunque imaginariamente esto aparezca invertido, no se comercia para vender lo fabricado, sino que se fabrica a partir de las exigencias de comerciar. Por las faltas, por las carencias, por los plus. Podemos suponer al homo erectus prehistórico, intercambiando en los núcleos familiares: desde el amamantamiento y la sonrisa entre madres y cachorros, hasta utensilios, frutos recolectados, los productos de la pesca y de la caza. Gozamos canjeándolos, usándolos, haciéndolos.
Entonces, el sector llamado secundario de la economía, comercio y servicios, es por lo menos tan importante como el primario, la producción. Creo que Marx subestimó y en cierta manera despreció el comercio, lo cual generó condiciones para que los socialismos reales se fundamentaran en una
organización piramidal planificada y centralizada del intercambio.
Consecuencia: arrasamiento de deseos y goces de los sujetos. Resultado: se inutilizaron sus economías y volvieron al capitalismo.

Ricos, amos y parásitos
Goce, en la nomenclatura propuesta por Lacan, no quiere decir placer; tampoco, sufrir; sino sentir el cuerpo, sea por el placer o por el sufrimiento. Y Marx decía: "A lo largo del proceso de trabajo, éste se trueca constantemente de inquietud en ser, de movimiento en materialidad" (El capital, T. 1, cap. V). Si hay alguien que siente el cuerpo es el trabajador. Como sostenía Marx, los amos se quedan con una plusvalía que produce el trabajador. Pero a Marx -muy enlazados aún sus ideales con los de la Revolución Francesa- le quedó afuera una función. No discriminó amos de ricos. Lacan sí los diferenció, en El revés del psicoanálisis, y la diferencia es muy importante. No siempre el amo es rico, no siempre el rico es amo. Se puede ser rico y no ser amo: se puede ser parásito, vivir de rentas heredadas. El amo, en cambio, arriesga su capital. Hay unos más aventurados que otros, pero se desloman para que su empresa salga adelante en el mercado. No idealizo a los amos. Alguien que, como suele decirse, viene de abajo y que trabaja cerca de la cúspide de una de las corporaciones más importantes de la Argentina, recordaba cuando, en su infancia, la principal preocupación en su familia era cómo llegar a fin de mes con dinero
para comer. Lo recordaba después de haber participado en discusiones de la plana mayor de la corporación, sobre cómo harían ese mes para tener dos puntos más de ganancia que la principal competidora. El tema no era ni siquiera tener más plata para reinvertir, sino, ese fin de mes, quién la
tendría más larga... quién se llevaría el valor fálico como trofeo. Pero la mayoría de los trabajadores no se proponen ser amos. Prefieren vivir tranquilos bajo la protección del patrón. Ilusión poco afortunada, como lo mostró el 2001 en la Argentina, cuando muchos se encontraron de golpe sin patrones, sin paraguas...
La renegación de la función del agente en tanto amo lo llevó, como a los anarquistas y al resto de los socialistas, a suponer que podían funcionar sociedades sin amos. Apostaron a educar la conciencia de los trabajadores, se ilusionaron con que los obreros pasarían de ser una clase "en sí" a una clase "para sí". El descubrimiento, por Freud, de la función del inconsciente, y, por Lacan, del ser hablante atrapado como objeto, desnuca esa ilusión. Los anarquistas no llegaron a instituir nunca alguna sociedad
trascendente que funcionara con mínimos niveles de eficacia. A los comunistas los amos les volvieron rápidamente desde lo real de sus propias burocracias.

El deseo de Marx
Marx planteó en los comienzos de su obra mayor: "La mercancía es, en primer término, un objeto externo, una cosa apta para satisfacer necesidades humanas, de cualquier clase que ellas sean. El carácter de estas necesidades, el que broten por ejemplo del estómago o de la fantasía, no interesa en lo más mínimo para estos efectos. Ni interesa tampoco, desde este punto de vista, cómo ese objeto satisface las necesidades humanas, si directamente, como medio de vida, es decir como objeto de disfrute, o indirectamente, como medio de producción" (El capital, T. 1, cap. I). Esta definición coloca a la mercancía en el cruce entre deseo y goce. El valor de uso de una mercancía depende del servicio que preste a quienes la adquieran.
Servicio no sólo práctico, sino también por el lugar que ocupe en las fantasías, más allá y más acá de sus necesidades. Probablemente ésta de Marx fue, antes de Freud, la descripción más aproximada de deseo y goce y de su soporte en fantasías. Marx llegó a ella definiendo mercancía y valor de uso.
Actualmente se venden obras de arte por muchos millones de dólares. ¿Por qué llegan a ese precio? ¿Por el trabajo socialmente acumulado, como diría Marx?
Sí, si incluimos el deseo del Otro. Deseo que se despierta en quien, causado por él, demanda y, teniendo condiciones de posibilidad, paga por el original. Entonces, incluyo en la facturación no sólo al agente actual y sus trabajadores, sino también al deseo, el goce y las condiciones de posibilidad del demandante. En los '90, los economistas reconocieron que la demanda podía ser sugerida por la oferta. Invirtieron la suposición imaginaria habitual de que algo se demanda porque es necesario. Promovieron
ofertas elaboradas a través de estudios cuanticualitativos de mercado para imponerlas a través de la publicidad. Recordemos cuántos aparatos, con enorme cantidad de funciones que no usamos nunca, hay en nuestras casas.
Esos señores tuvieron razón. Supieron engendrarnos la demanda, llevándonos a renegar de la castración a través del goce de poseer algo que no usaremos pero que nos hace suponer completos.

*Extractado del trabajo "Herramientas del psicoanálisis, para la cultura y las políticas", parte de un libro en preparación que su autor dedica a la memoria de, entre otros, "Adolfo Rotblat, Carlos Mugica, Atilio López, Roberto López, Lucho Aguirre, Enriquito Grinberg, el Negro Quieto, Marcos Osatinsky, Eduardito Marino, Sergio Schneider, Huguito Goldman, Marcelo Kurlat, Marina Malamud, el Gallego Fernández Palmeiro, René Salamanca, Jorge Julio López y tantos otros miles, asesinados por tratar de lograr una sociedad mejor".

*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-102137-2008-04-10.html

Magia Nocturna*

El brillo de las estrellas
cae sobre la noche,
sueños e ilusiones se enredan
en los hilos de plata.
El silencio rescata
la profundidad de los pensamientos,
la serenidad del cielo
habita en las mentes.
Los rayos de la luna
pintan las almas,
en el espacio se huele
el aroma de la dicha.
El aire se impregna
con el perfume del misterio,
los labios se deleitan
con el sabor de los besos.
La magia nocturna resplandece
en los caminos solitarios,
vuelan los recuerdos
acariciando las nubes.

*de María Griselda García Cuerva. mg_cuerva@yahoo.com.ar

*

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LA OTRA MITAD DE AMANECER...

urbanopowell @ 00:09

Tu imagen*

*Silvio Rodríguez

Tu imagen me llegó
a las seis menos diez
y no pude dormir
ni un instante después.
Te confundías con mis sábanas,
te me enredabas en la sien.

Lucías tan real
que casi fui feliz.
Pero a las seis y diez
me comprendí sin ti.
Eran mis solitarias sábanas
y una habitual mañana gris.

Y tú eras mi viento, mas no a favor.
Eras mi barca en el pedregal,
eras mi puerta sin tirador,
eras mi beso buscando hogar.

Y tú eras un parto de antigüedad,
maña de un diablo despertador.
Eras espuma de soledad,
carne con llagas de desamor.

Y así fuiste la otra mitad
de amanecer
que no alumbró jamás.

(1978)

-Enviado para compartir por Maria Bar. mariabarleiva@yahoo.es

LA OTRA MITAD DE AMANECER...

JUAN Y MAYRA MIRAN FOTOS VIEJAS*
Crónicas del Hombre Alto (nº 39)

Desde que a principios del 2002 se fueron a vivir a España, Juan y Mayra no habían vuelto a la Argentina. Tenerlos de visita en mi casa, entonces, no sólo constituye un verdadero acontecimiento, sino que me enfrenta a uno de esos consabidos conflictos cronológico-emocionales en los que me cuesta aceptar que las personas que tengo ante mí son las mismas que dejé de ver hace tanto tiempo. Claro que aquí esa disociación se profundiza en virtud de las edades que cargan los personajes involucrados: Juan tiene 15 años; Mayra 8. Y a ello hay que añadirle, todavía, la extrañeza colateral que causa escucharlos decir "vale" y hablar con acento español.
Juan es ahora un adolescente pelilargo al que le gusta mirar noticieros y estar informado. Dice que quiere ser periodista o reportero gráfico. Escucha rock pesado y sigue siendo hincha de Colón, pero ha sumado a sus afectos futboleros la afición por el Real Madrid. A Mayra le encantan las pastas y los animales. Se muestra reservada con los adultos, pero es fácil intuir que, detrás de esa timidez inicial, se esconde una gran charlatana. Según sus palabras, le gustaría "ser guardia en el zoo".
Juan tiene recuerdos de la Argentina; Mayra no. Cabe inferir, por lo tanto, que este fugaz regreso al país no guarda idéntico significado para ambos. La gira vertiginosa que han emprendido con su madre por casas de familiares y amigos representa para Juan la posibilidad de revivir la primera mitad de su infancia. Para Mayra, en cambio, equivale a conocer aquello de lo que tanto le han hablado, transformar ese territorio fantasmal en un sitio poblado por seres de carne y hueso, por lugares con olores y colores concretos. Para Juan, el viaje es un reencuentro; para Mayra, todo un descubrimiento.
Ahora estamos sentados en torno a la mesa, mirando fotos viejas. Ahí está Mayra con dos añitos, cómicamente instalada en un fuentón lleno de agua. Ahí está Juan, gateando. Ahí está mi hijo, chiquito, llevando a Juan de la mano, ayudándolo a dar sus primeros pasos. Ahí está Mayra, invisible, abultando el vientre de su mamá. Ahí estamos todos, adultos y niños, brindando sonrientes durante un asado en Rincón...
Juan y Mayra revisan las fotos con genuina curiosidad. Es natural: se trata de fragmentos de su propia historia, retazos dispersos de un pasado que el océano partió en dos. Examino sus reacciones ante tal o cual imagen y, melancólicamente, siento que esas fotos los ayudan a reconstruir el rompecabezas siempre complejo de la identidad exiliada. Lo sé, es imposible saber en realidad cómo habrán de procesar ellos la experiencia del viaje, es imposible adivinar qué cosas se acomodarán en sus cabecitas y cuáles habrán de desajustarse. La mía es, por ende, una especulación estrictamente adulta. O tal vez sea sólo una expresión de deseos.
"Mira, ese es mi padre", exclama Mayra de pronto, maravillada ante la visión de un joven veinteañero y melenudo que sonríe a cámara. "Pues yo soy más guapo", se burla Juan. Se ríen. Se ríen los dos. Nos reímos todos.
Sí, pienso, algo bueno está sucediendo aquí.
Algo bueno y necesario.

*de Alfredo Di Bernardo. alfdibernardo@ciudad.com.ar

La mujer de Liñares*

*De Vlady Kociancich

de Cuando leas esta carta

Daisy A. de Liñares despertó una noche de junio para no dormirse nunca más.
La muerte del sueño llegaría tarde a su conciencia, día tras día, hora tras hora, por negros pasadizos de angustia, pero ocurrió esa noche, como la voladura de un puente: primero la explosión, luego el humo, finalmente el vacío.
Se encontró sentada en la cama, sin aire y temblando de estupor.
Instintivamente había puesto una mano sobre la espalda de Liñares. La retiró con una brusquedad no menos instintiva. Espantada, comprendió que el primer movimiento en busca del cuerpo de Liñares pertenecía al pasado y al amor, el segundo a la repugnancia. Y se sintió caer en esa leve raya trazada por la fatalidad como en una grieta cuya hondura alcanzaba el centro de la tierra.
Cuando pudo salir, vio que ya había prendido el velador, ya se deslizaba fuera de la cama, del dormitorio, hacia la sala, apretando llaves de luz, tiritando de frío en un camisón demasiado liviano, rogando que Liñares no se despertara.
Estaban en Berlín y era junio. Se dio cuenta de que repetía en voz baja Berlín y junio como mensajes que le ordenaban transmitir y que temía olvidar. Pensó en la sonrisa divertida de Liñares si pudiera escucharla, en la tutela afectuosa de Liñares sobre los tropiezos que daba, en la gracia con que Liñares narraría a los amigos otra anécdota más, otro párrafo para la antología titulada Mi mujer, edición de autor que circulaba adherida a los libros de Enrique Liñares, el famoso escritor, y también pensó,
inconsecuentemente, en su terrible vergüenza de una tarde, cuando Liñares dijo en público, riendo, mientras la abrazaba:
-Me llama Liñares, como una señora de barrio.
La mujer de Liñares tenía treinta y dos años, aparentaba poco más de veinte.
Las hijas sorprendían como hermanas menores de aquella chica rubia, baja, menuda.
No era hermosa. Era apenas bonita y sabía, sin entristecerse, que el contraste de los grandes ojos castaños con ese pelo de oro, la regularidad de los rasgos, la buena figura, sólo llamaban la atención un momento, como las flores que adornan una mesa antes de la comida.
No era inteligente. Le había costado mucho aprender algo de inglés, algo de francés, para desenvolverse sola en las ciudades donde años atrás acampaban con Liñares (sofás prestados, departamentos provisoriamente vacíos, hospedajes misérrimos) y donde ahora residían, con holgura, hasta con una
moderada exhibición de lujo.
No era culta. Aunque le gustaba leer y lo había hecho, a saltos, afirmada en la robusta erudición de Liñares, se perdía en cierto humor, cierta ironía, cierto lenguaje, como una polilla golpeándose las alas contra los filamentos de la lámpara. Pero podía jactarse de su buena salud.
Aquel cuerpo de escaso tamaño, femenino hasta el borde de la caricatura, tenía una resistencia de leñador. Había soportado inviernos de Madrid en piezas sin calefacción cuando el hielo destrozaba las cañerías, ella y su hija mayor, entonces la única, abrazadas en la cama bajo mantas y un viejo tapado de piel, mientras Liñares, que no podía escribir, buscaba calor y consuelo emborrachándose en las tascas. Contactos, le explicaba Liñares, y ella pensaba que lo hacía por ella. No los libros espléndidos sino la caza nocturna de amigos influyentes. No la obra sino el aprendizaje de una guerra resumida en la palabra abstracta, contactos, que los pondría de pie en el mundo, que los puso, y que luego se borró de la conversación de los dos como una palabra obsoleta.
La mujer de Liñares era simple y alegre. Liñares no se cansaba de elogiar su risa fácil, las pobres cosas que la divertían, la rapidez para olvidar las bromas esquivas, las alusiones en voz baja o voz alta, según el grado de confianza o de histeria, al lastre conyugal de Liñares, que Liñares y sus amistades, hombres y mujeres de psicología muy compleja, sin pudor, sin mala voluntad, repetían en monótona sucesión, cambiando de papel, de idioma, de escenario, pero nunca de tema (el misterio de que un escritor como Liñares soportara una mujer tan tonta) en el transcurso de los años que llevaban juntos.
Sin ese carácter, o ese don, como lo llamaba Liñares, ¿qué hubiera sido del amor de jóvenes que unió un verano de Buenos Aires a la chica preciosa, ignorante empleada de comercio, genes de ama de casa, y al muchacho alto, apuesto como un príncipe de novela y también furiosamente intelectual, ya desdichado, ya escritor, incipiente promesa y colaborando en revistas que morían en el segundo número?
Ella nunca dudó de que serían felices en España, aunque lloró en brazos de la madre cuando debió anunciarle el viaje y soportó la hosca acusación del padre porque se iban sin casarse, aunque la aterraba lo que vendría y vino.
Los trabajos mal pagos, las deudas que Liñares contrajo en seguida, la desesperación de Liñares, las semanas enteras con Liñares tirado en la cama, hundido en los vapores de su abatimiento, insultando ebrio, suplicando lúcido, amándola a rachas, tal como escribía, por inspiración, por extravío, porque simplemente le daba la gana, mientras ella limpiaba, lavaba, cocinaba y ganaba el sustento de los dos favorecida por una cabeza sin enredo, una tenacidad que no caía bajo el embate de las imaginaciones y la ayudaba a tomar el ómnibus todas las mañanas a Madrid, todas las noches de vuelta a El Escorial, abriendo y cerrando el tosco círculo de ocho horas de recepcionista con sueldo en negro.
No era celosa. Si alguna admiración despertaba en los amigos de Liñares, la debía a esa virtud tan rara en las mujeres. Más que tolerar aceptaba, con una sabiduría a la que se mezclaba la inocencia, que un hombre inteligente, buen mozo y célebre, atrajera a otras más inteligentes, más hermosas y célebres que ella. Por otra parte, Liñares se aplicaba en no ofenderla.
Salvo cuando bebía demasiado o no podía escribir, ocultaba generosamente sus amores y ella había tardado (ya no) en descubrirlos o que se los descubrieran, como las nostálgicas, muy detalladas cartas de la estudiante del curso que dictó Liñares en Ohio, la voz en el teléfono del hotel de Colonia que llorando le rogó que dejara en paz a Liñares, la progresiva traducción de compromisos nocturnos, viajes y ausencias de Liñares a cuerpos abrazados. Un cuerpo era el del hombre que irremediablemente, amorosamente, volvía a ella. Del otro cuerpo Daisy apartaba la vista.
Era una madre cariñosa. Las chicas la hubieran comprendido sin esos cambios de un país a otro, de una casa a otra casa, y si Liñares no creyera a pie firme que consintiendo los caprichos de las hijas ganaba un punto de favor sobre los torpes desvelos de la madre, si en nombre de la libertad no estimulara las rebeliones infantiles hasta convertirlas en estallidos de odio contra la carcelera, motines combinados con el sometimiento y el desprecio.
Liñares adoraba a las chicas, insólito en Liñares, que todavía era como un niño y no podía ocuparse de otros niños, nunca se había ocupado, pero era tan bueno en los juegos, en los mimos, en la adhesión casi física a esas miniaturas de ella, como solía describirlas, al punto de jurarle una noche, durante una pelea, que si lo abandonaba tendría que irse sola.
La mujer de Liñares era agradecida. Siempre creyó en el talento de Liñares, creyó que cuando al reconocimiento público se sumara la prosperidad, él se haría cargo con largueza del bienestar de ambos. Liñares cumplió y ella lo agradecía.
Liñares tenía ingenio, además de buen gusto, para hacerle regalos, se acordaba de fechas absurdas, la sorprendía con una caja enorme y una diminuta alhaja adentro o imposibles ramos de rosas. También agradeció la autoridad que empleó Liñares en ayudarla a vestirse mejor, a expresarse mejor, a no humillarlo ante las nuevas relaciones que les impuso la consagración de Liñares. Le agradeció el cambio de su trato, Liñares era más blando ahora, de los furores irracionales de antes apenas conservaba la
mirada rápida, iracunda, la frase desdeñosa si había gente con ellos, y algún estallido de violencia doméstica, un jarrón destrozado, un par de copas, un insulto procaz, cuando quedaban solos. Frecuentemente le decía:
-Nunca amé a otra mujer en mi vida, Daisy A. de Liñares.
Ella tampoco había amado a otro hombre, aunque hacía tanto que él no la quería. Lo había amado con la naturalidad animal con que dormía, acomodándose en el amor como se acomodaba en su lado de la cama, confiada en el amor que sentía por Liñares como confiaba en el sueño que la bajaba suavemente a la almohada para borrar del cuerpo, noche a noche, todas las cicatrices de fatiga.
Hasta esta noche.
Era junio y estaban en Berlín. Débilmente, casi con timidez, murmuró:
-Es junio y estamos en Berlín.
Se acercó a la ventana, descorrió la cortina, miró la calle. No había nadie a esa hora, las dos o las tres de la mañana.
Fue entonces cuando Daisy A. de Liñares, abrumada por el peso de la verdad, dejó caer la cabeza entre los brazos ateridos y lloró silenciosamente, para no despertar a Liñares, la muerte del amor, anunciada por la muerte del sueño.
Una muerte que veló en secreto durante largos meses a partir de esta noche, dejándose engañar de tanto en tanto por un reflejo de ternura, por unos minutos de sopor, hasta el día en que sobrepuesta del duelo, tomó sin escandalizarse la ya cotidiana pastilla, la valija, el pasaporte, el avión de regreso a Buenos Aires. El asombro, el dolor y las hijas, quedaron con Liñares.

*Vlady Kociancich nace en Buenos Aires en 1941. Estudió Letras e inglés antiguo junto a Jorge Luis Borges. Se desempeñó como periodista, crítica literaria y traductora. Como prosista, Kociancich se ha dedicado con igual talento a la escritura de novelas y a la exploración minuciosa y precisa del cuento. Sus obras han sido traducidas a varios idiomas.
Entre su obra figuran las novelas La octava maravilla (1982), Últimos días de William Shakespeare (1984), Abisinia (1985), Los Bajos del Temor (1992, Premio Sigfrido Radaelli), El templo de las mujeres (1996, finalista del Premio Rómulo Gallegos), y los libros de cuentos Coraje (1971) Todos los caminos (1990, Premio Gonzalo Torrente Ballester, España) y cuando leas esta carta (1998). En 1988 obtuvo el Premio Jorge Luis Borges, otorgado por el Fondo Nacional de las Artes.

*FUENTE: http://www.abanico.org.ar/2007/07/kociancich.mujer.html

EN BUSCA DE UN SUEÑO*

*Silvio Rodríguez

En busca de un sueño
se acerca este joven
En busca de un sueño
van generaciones

En busca de un sueño
hermoso y rebelde
En busca de un sueño
que gana y que pierde

En busca de un sueño
de bella locura
En busca de un sueño
que mata y que cura

En busca de un sueño
desatan ciclones
En busca de un sueño
cuántas ilusiones

En busca de un sueño
transcurren los ríos
En busca de un sueño
se salta al vacío

En busca de un sueño
abrasa el amante
En busca de un sueño
simula el tunante

En busca de un sueño
tallaron la piedra
En busca de un sueño
Dios vino a la tierra

En busca de un sueño
partí con mi día
En busca de un sueño
que no hay todavía.

-Enviado para compartir por Maria Bar. mariabarleiva@yahoo.es

*

Queridas amigas, apreciados amigos:

El domingo 13 de abril del 2008 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor español Antonio Soler, en el piano Elena Riu (Venezuela). Las poesías que leeremos pertenecen a Manoel Alves Calixto (Brasil) y la música de fondo será de Perumanta (Andes). ¡Les deseamos una feliz audición!

ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!

REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com

Schießstattstr. 44 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067

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08/04/2008 GMT 1

EN LAS FRONTERAS DE LA REALIDAD...

urbanopowell @ 14:57

El último trabajo*

Estaba dando las últimas paletadas a la tierra para terminar el agujero. Lo hacía sin prisa, con un ritmo cansino, porque había algo en su interior que le decía que éste sería el último servicio. La última fosa que cavaría.
En el curso de su vida había creído siempre en estas sensaciones y sabía muy bien que si presentía alguna cosa, ésta, acababa ocurriendo.
Sólo la curiosidad le animó a fisgar en el ataúd. Normalmente no estaba interesado en saber quien y como era el finado, pero tratándose del último trabajo, entendió que era normal tener curiosidad.
Abrió la tapa con ambas manos y se vio a si mismo, rígido, frío y aún cansado por el esfuerzo de cavar su propia tumba.

*de Joan. joan@cimat.es

EN LAS FRONTERAS DE LA REALIDAD...

Martes, 08 de Abril de 2008
Las consecuencias en la población del herbicida del monocultivo

Soja para hoy, enfermedad para mañana*

El modelo sojero funciona sobre la base de un agrotóxico, el glifosato, denunciado por causar malformaciones a recién nacidos, abortos espontáneos, cáncer y muerte. Varios estudios confirman el daño que produce en humanos. Los casos.

*Por Darío Aranda

Ojos irritados. Dolor de cabeza y estómago. Vómitos. Piel –de manos, cara y piernas– en carne viva. Es la historia clínica de Maira Castillo, de sólo 4 años, que tuvo su primera intoxicación aguda con agrotóxicos, con posterior internación y terapia intensiva. La familia Castillo vive en Quimilí, integra el Movimiento Campesino de Santiago del Estero (Mocase-Vía Campesina), trabaja esa chacra desde hace cinco décadas y no duda en la causa de sus males: miran al campo vecino, millares de hectáreas con soja, y señalan una avioneta bimotor que fumiga con veneno. Miles de casos, y cientos de denuncias, se repiten desde hace diez años en decenas de provincias, pero siempre chocaron con la misma barrera legal, la falta de estudios que avalen el padecimiento campesino. Aquí, una serie de investigaciones que confirman el efecto tóxico y contaminante del glifosato, el herbicida más utilizado en la industria sojera. Todas las acusaciones apuntan al producto comercial Roundup –de la compañía estadounidense Monsanto, la empresa de agronegocios más grande del mundo–, acusado de provocar alergias, intoxicaciones, malformaciones, abortos espontáneos, cáncer y muerte. Campesinos, pueblos originarios, médicos rurales, bioquímicos e investigadores coinciden en las denuncias y responsabilizan al actual modelo agropecuario, de monocultivo, semillas transgénicas y químicos.

Soja, químicos y acusaciones
La soja sembrada en el país ocupa 16,6 millones de hectáreas de diez provincias y tiene nombre y apellido: “Soja RR”, de la empresa Monsanto. Se llama así porque es “Resistente al Roundup”, nombre comercial del glifosato. El químico se aplica en forma líquida sobre las malezas, que absorben el veneno y mueren en pocos días. Lo único que crece en la tierra rociada es soja transgénica, modificada en laboratorio.
Jesús María, Las Peñas, Sebastián Elcano, Villa del Totoral. Todos pueblos y ciudades del noreste cordobés donde las poblaciones rurales ancestrales sufrieron intentos de desalojos por parte de empresarios y productores sojeros. Quienes resistieron, organizados en el Movimiento Campesino de Córdoba (MCC), este año sufre un nuevo embate: aviones fumigadores pasan sobres sus casas, arruinan los sembradíos, mueren los animales y la salud comienza a resentirse. “Ya hubo intoxicaciones. Después de cada fumigación tienen que ir al hospital. Lo que no pudieron hacer con las topadoras lo quieren lograr con el veneno para la soja”, afirmaron desde el MCC, integrante a nivel nacional del Movimiento Campesino Indígena (MNCI).
Comunidades ancestrales acusan a la industria de los agronegocios de contaminar aire, agua, alimentos y suelo. Estudios médicos puntualizan en efectos agudos. “Los síntomas de envenenamiento incluyen irritaciones dérmicas y oculares, náuseas y mareos, edema pulmonar, descenso de la presión sanguínea, reacciones alérgicas, dolor abdominal, pérdida masiva de líquido gastrointestinal, vómito, pérdida de conciencia, destrucción de glóbulos rojos, cambios de coloración de piel, quemaduras, diarrea, falla cardíaca, electrocardiogramas anormales y daño renal”, asegura una recopilación de estudios realizada por el médico de la UBA Jorge Kaczewer, especializado en ecotoxicología.
Las empresas sojeras reconocen la utilización, como mínimo, de diez litros de Roundup por hectárea. Los campos argentinos fueron rociados el último año con 165 millones de litros del cuestionado herbicida. Un volumen similar al contenido en 330 mil tanques de agua hogareños.

Malformaciones y abortos
San Cristóbal es un poblado de quince mil habitantes en el norte de Santa Fe. En agosto de 2005, el intendente Edgardo Martino denunció que en el primer semestre del año se habían producido once nacimientos con malformaciones congénitas, y tres habían fallecido a los pocos días. También advirtió la existencia de otros tres casos en localidades vecinas. No aventuraba causas posibles, pero reconocía que todas las acusaciones apuntaban a las plantaciones de soja –y los agrotóxicos utilizados–, que habían crecido de forma exponencial en la última década.
En el mismo fenómeno habían fijado su interés un equipo multidisciplinario de profesionales. A partir de un estudio científico, realizado durante dos años y encabezado por el Hospital Italiano de Rosario, vincularon malformaciones, cáncer y problemas reproductivos con exposiciones a contaminantes ambientales, entre ellos el glifosato y sus agregados. El estudio, a cargo del médico e investigador Alejandro Oliva, abarcó seis pueblos de la Pampa Húmeda y encontró “relaciones causales de casos de cáncer y malformaciones infantiles entre los habitantes expuestos a factores de contaminación ambiental, como los agroquímicos”.
El relevamiento confirmó que las funciones reproductivas, tanto femeninas como masculinas, son altamente sensitivas a diferentes agentes químicos de la actividad agrícola. También destaca que el efecto tóxico puede producirse mediante dos mecanismos: el contacto directo con la sustancia, o bien que los padres la hayan absorbido y transmitido a través de sus espermatozoides y óvulos a los hijos. Remarca que los factores ambientales, como la exposición a pesticidas y solventes, contribuyen a la infertilidad.
“Momento de parto. El bebé no llora. La madre desespera. El niño está muerto”, relata en su libro La soja, la salud y la gente el médico rural de Entre Ríos Gabriel Gianfellice que, aturdido por las muertes prenatales, los embarazos que no llegaban a término, los casos de cáncer y los arroyos sembrados de peces muertos –todo citado en su escrito–, comenzó a investigar qué sucedía en Cerrito –al noroeste provincial–, lugar donde vive desde hace 28 años. “Empezaron a aparecer dos patologías, la muerte de bebés durante el parto y muerte fetal precoz (situación donde se produce el embarazo, la bolsa, la placenta, pero no se produce el bebé), que aumentó en forma extraordinaria en toda la zona desde 1999”, asegura.
El bioquímico Eric Seralini, de la Universidad de Caen (Francia), descubrió que el glifosato mata una gran proporción de células de la placenta, aun en concentraciones menores a las utilizadas en agricultura. “Esto podría explicar la gran incidencia de partos prematuros y abortos espontáneos”, señaló. El médico e investigador Jorge Kaczewer remarcó que el estudio francés “confirmó que el Roundup siempre es más tóxico que su ingrediente activo, el glifosato”, y también confirmó que el herbicida provoca malformación congénita, muerte neonatal y aborto espontáneo.

Fumigaciones y cáncer
El Grupo de Reflexión Rural (GRR) censó diez pueblos con denuncias sobre contaminación con Roundup. El caso testigo fue el barrio Ituzaingó, en las afueras de Córdoba. Allí viven cinco mil personas, 200 de ellas padecen cáncer. El barrio, humilde, de casas bajas, está rodeado de monocultivo. Al este, norte y sur hay campos con soja, sólo separados por la calle. “En todas las cuadras hay mujeres con pañuelos en la cabeza, por la quimioterapia, y niños con barbijo, por la leucemia”, lamenta Sofía Gatica, integrante de las Madres de Ituzaingó (organización nacida a medida que las enfermedades se multiplicaban), que padeció la muerte de un bebé recién nacido (con una extraña malformación de riñón) y, en la actualidad, su hija de 14 años convive con dos plaguicidas en la sangre, intoxicación confirmada por estudios oficiales.
El relevamiento del GRR confirmó alergias respiratorias y de piel, enfermedades neurológicas, casos de malformaciones, espina bífida, malformaciones de riñón en fetos y embarazadas. En marzo de 2006, la Dirección de Ambiente municipal analizó la sangre de 30 chicos: en 23 había presencia de pesticidas. “En todas las familias hay algún enfermo de cáncer, de todo tipo, pero sobre todo de mamas, estómago o garganta”, relató Sofía, con veinte años en el lugar, y se larga con una lista de otras consecuencias: bebés sin dedos, con órganos cambiados, sin maxilares y cambios hormonales. “En mi cuadra hay una sola familia sin enfermos”, lamenta, y reconoce que todos quisieran dejar el barrio.
Otro de los pueblos censados fue Monte Cristo, Córdoba, donde sobre una población de 5000 personas, entre 2003 y 2004 se registraron 37 casos oncológicos, 29 malformaciones congénitas e innumerables fumigaciones. En Las Petacas, Santa Fe, 200 kilómetros al sudoeste de Rosario, viven 800 habitantes y en los últimos diez años hubo 42 casos de cáncer y 400 personas con alergias. Sólo en octubre de 2005 murieron cinco personas de cáncer y dos de leucemia. Todos acusan a las fumigaciones. Se repiten las historias en San Francisco (Córdoba) y San Lorenzo, San Justo, Piamonte, Alcorta y Máximo Paz (Santa Fe). “El cáncer se ha convertido en una epidemia masiva en miles de localidades y el responsables es sin duda el modelo rural. Es una catástrofe sanitaria impulsada por las grandes corporaciones”, denuncia el GRR.

Una historia oscura
Por D. A.
Monsanto es la empresa de agronegocios más grande del mundo, con ventas en 2006 por 4476 millones de dólares, controla el 20 por ciento del mercado de semillas. La empresa, que rechazó hablar con este diario, publicitaba que el Roundup era “biodegradable” y resaltaba el carácter “ambientalmente positivo” del químico. La Fiscalía General de Nueva York reclamó durante cinco años por publicidad engañosa. Recién en 1997, Monsanto eliminó esas palabras en sus envases. Tuvo que pagar 50 mil dólares de multa. “Es la última de una serie de grandes multas y decisiones judiciales contra Monsanto, incluyendo los 108 millones de dólares por responsabilidad en la muerte por leucemia de un empleado texano en 1986; una indemnización de 648 mil dólares por no comunicar a la EPA datos sanitarios requeridos en 1990; una multa de un millón impuesta por el fiscal general del estado de Massachusetts en 1991 por el vertido de 750 mil litros de agua residual ácida; y otra indemnización de 39 millones en Houston (Texas), por depositar productos peligrosos en pozos sin aislamiento”, acusa el investigador. En Argentina, Monsanto cuenta desde 1956 con una fábrica en Zárate (Buenos Aires), donde radica su planta de producción de glifosato, la más importante de América latina. Publicidad corporativa asegura que controla el 95 por ciento del mercado de la soja sembrada en el país y, sobre el Roundup, festeja: “Es líder mundial en su especialidad y ha creado una verdadera revolución en la actividad agropecuaria de cientos de países”.

Las muertes y las dudas

Alexis, de un año y medio. Rocío y Cristian, ambos de 8 años. “Los primos Portillo”, como los conocían en el paraje rural Rosario del Tala, poblado de Gilbert, departamento entrerriano de Gualeguaychú. En siete años, de mayo de 2000 a enero de 2007, los tres fallecieron. Otra prima, Ludmila, de 18 meses, fue internada con un grave cuadro de intoxicación. Norma Portillo, mamá de Cristian, denunció la contaminación del agua y apuntó contra el uso de agroquímicos en las plantaciones de soja que rodean la vivienda familiar. Luego de cada fumigación, los chicos sufrían mareos, vómitos y dolores de cabeza. El 15 de enero de 2007, dos días antes de la muerte de Cristian, las avionetas habían fumigado durante todo el día.
La familia Portillo ya no se refresca en el arroyo cercano, ya no usa el agua de pozo para cocinar y beber y ya no habita donde siempre había vivido. Abandonaron su histórica vivienda hace un año y se trasladaron al pueblo. “Cuando fumigaban, nos encerrábamos en la pieza. Por días nos dolía la cabeza, picaba la garganta y ojos. Y si llovía, el arroyo bajaba con peces muertos. En el campo hay palomas, perdices y liebres muertas, nada deja el veneno”, explica Norma.
Por lo bajo, en la Dirección de Maternidad e Infancia de Entre Ríos ya hablan del “efecto sojero”. Las versiones oficiales, del hospital local y la Coordinación de Salud de Gualeguaychú, primero hablaron de consanguinidad de los padres (un matrimonio está conformado por primos hermanos), luego echaron culpas a “una bacteria desconocida” y más tarde al supuesto estado de desnutrición de los niños. “Es mentira. Somos pobres, pero la comida no les faltaba”, lamenta Norma, llora y se indigna: “Los sojeros nos envenenan, matan a nuestros hijos y resulta que la culpa es nuestra”.

*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/subnotas/102045-32167-2008-04-08.html

La mayor*

*Juan José Saer

Otros, ellos, antes, podían. Mojaban, despacio, en la cocina, en el atardecer, en invierno, la galletita, sopando, y subían, después, la mano, de un solo movimiento, a la boca, mordían y dejaban, por un momento, la pasta azucarada sobre la punta de la lengua, para que subiese, desde ella, de su disolución, como un relente, el recuerdo, masticaban despacio y estaban, de golpe ahora, fuera de sí, en otro lugar, conservado mientras hubiese, en primer lugar, la lengua, la galletita, el té que humea, los años: mojaban, en la cocina, en invierno, la galletita en la taza de té, y sabían, inmediatamente, al probar, que estaban llenos, dentro de algo y trayendo, dentro, algo, que habían, en otros años, porque había años, dejado, fuera, en el mundo, algo, que se podía, de una u otra manera, por decir así, recuperar, y que había, por lo tanto, en alguna parte, lo que llamaban o lo que creían que debía ser, ¿no es cierto?, un mundo. Y yo
ahora, me llevo a la boca, por segunda vez, la galletita empapada en el té y no saco, al probarla, nada, lo que se dice nada. Soplo la galletita en la taza de té, en la cocina, en invierno, y alzo, rápido, la mano, hacia la boca, dejo la pasta azucarada, tibia, en la punta de la lengua, por un momento, y empiezo a masticar, despacio, y ahora que trago, ahora que no queda ni rastro de sabor, sé, decididamente, que no saco nada, pero nada, lo que se dice nada. Ahora no hay nada, ni rastro, ni recuerdo, de sabor: nada.
El fluorescente, que titila, imperceptible, hunde y saca de lo negro, alternadamente, en el atardecer, la cocina. Me paro, con la taza en la mano, y salgo a la penumbra azul. Es fría y cintilante. Está la escalera, desnuda, que sube hacia la terraza. Ahora voy avanzando, en el aire azul, en la terraza, y en la penumbra azul, en la altura, en el cielo, está la luna. El gran círculo amarillo comienza, por decir así, a brillar. Y en la penumbra azul, desde el centro de la terraza abierta, los techos, las terrazas, las
ventanas iluminadas, los monoblocs, el rumor de las seis que sube, monótono, desde las calles, mientras voy, con la taza en la mano, hacia mi cuarto.
Ahora estoy sentado frente a la mesa, la taza vacía a un costado de las manos apoyadas sobre la carpeta verde donde dice, en tinta roja, en grandes letras de imprenta, PARANATELLON. Estoy inmóvil: una mano apoyada en el dorso de la otra, sobre la carpeta verde, cerrada, donde dice, en tinta roja, en grandes letras de imprenta, irregulares, rápidas, PARANATELLON. La taza vacía está a un costado, junto a la carpeta, contra un fondo de libros amontonados, de papeles, y un vaso lleno de lápices, de lapiceras, de biromes. Y en la pared amarilla, al alzar la cabeza, enmarcado por cuatro varillas negras, entre cuatro márgenes blancos, anchos, el Campo de trigo de los cuervos. No pienso nada, lo que se dice nada. Y no recuerdo, tampoco, nada: no sube, por decir así, ¿desde dónde?, ningún relente, nada. No estoy tampoco en otro lugar: es siempre, ahora, el mismo, frío, iluminado, con los libros amontonados, y los papeles, y el Campo de trigo de los cuervos, lugar. Estoy estando siempre, ahora, en el mismo, con la taza vacía y las manos cruzadas sobre el PARANATELLON, sobre la mesa, lugar. Y ahora me estoy
levantando, estoy yendo por la terraza ahora negra, entre las luces fijas que brillan, en círculo, a mi alrededor, desde los techos y las ventanas y las terrazas que se han borrado, viendo la luna dura, fría, redonda, que brilla, sin destellar, en el cielo. En el cielo de las siete, en invierno, está, redonda, fría, brillando sin destellar, decía, la luna. Y decía que otros, ellos, antes, podían. Mojaban, despacio, en el atardecer, en la cocina, en invierno, la galletita, y subían, después, la mano, desde la taza de té, a la boca, dejaban la pasta azucarada, durante un momento, en la punta de la lengua, y en seguida, ¿y desde dónde?, subía, como un vapor, el recuerdo. Y decía: que dejaba atrás la cocina entraba en el aire azul y
subía, con la taza en la mano, las escaleras. Con la taza en la mano: las escaleras. Estaba, en el cielo de las seis, dura, brillante, sin destellar, decía, la luna. Y decía: que la luz del fluorescente, titilando,
imperceptible, hundía y sacaba, alternativamente, entera, de lo negro, la cocina. Ahora estoy estando en la punta de la escalera, en el aire oscuro, frío, de las ocho: y ahora estoy estando en el último escalón, estoy estando en el penúltimo escalón, estoy estando en el antepenúltimo escalón ahora. En el antepenúltimo ahora. Y ahora estoy estando en el primer escalón. Decía que ellos, otros, en otro, como quien dice, lugar, mojaban, durante un momento, en la taza de té, la galletita, se la llevaban, en seguida, a la boca, dejándola un momento reposar sobre la punta de la lengua, y empezaban, después, a drenar, por decir así, el bloque, empastado, de los años, porque había, todavía, para ellos, o en ellos, años, y decía que iba subiendo después, con la taza en la mano, las escaleras, que iba atravesando, en la penumbra azul, la terraza, y que miraba, alternativamente, la luna fría, las luces nítidas, girando, inmóviles, y en su lugar, alrededor, los techos, los patios negros, las terrazas, y que estaba mirando, más tarde, las manchas amarillas, azules, verdes, negras, pardas, enmarcadas, con mucho blanco alrededor, entre las varillas negras, que sobre un fondo, desordenado, de papeles, de libros, estaban la taza vacía, las manos cruzadas sobre la carpeta verde, bajo las letras irregulares, rápidas, en tinta roja, que decían PARANATELLON, que estaba estando, primero, en el último escalón, en el penúltimo, en el antepenúltimo escalón, en el ante antepenúltimo, en el primer escalón, en el patio, yendo otra vez, con la taza vacía, a la cocina que entra y sale, en su lugar, una y otra vez, imperceptiblemente, como todo
lo demás, de lo negro. El chorro de la canilla cae sobre la taza vacía, y el agua humeante desborda. Me llegan, desde la sala, peculiares, las voces de la televisión, y subrayándolas, por debajo, o por encima más bien, o detrás, si se quiere, de a ráfagas, la música. Como solo. La carne fría, fibrosa, y el pan de la mañana, amasijados, mezclados, pasan, de a pedacitos, por la garganta. El vino negro los disuelve y los empuja hacia atrás, hacia el fondo. Han de estar, en la oscuridad, uno detrás de otro, bajando. Han de
irse depositando en el fondo, donde la maquinaria ha de haber comenzado, ya, a trabajar. Y cuando me levanto, la comida, que ya es recuerdo, queda, en otro, por decir así, y en el que estoy todavía estando, y que debiera, sin embargo, ser el mismo, lugar. Ahora estoy estando en el primer escalón, en la oscuridad, en el frío. Ahora estoy estando en el segundo escalón. En el tercer escalón ahora. Ahora estoy estando en el penúltimo escalón. Ahora estuve o estoy todavía estando en el primer escalón y estuve o estoy todavía estando en el primer y en el segundo escalón y estuve o estoy estando, ahora, en el tercer escalón, y estuve o estoy estando en el primer y en el segundo y en el cuarto y en el séptimo y en el antepenúltimo y en el último escalón ahora. No. Estuve primero en el primer escalón, después estuve en el segundo escalón, después estuve en el tercer escalón, después estuve en el antepenúltimo escalón, después estuve en el penúltimo y ahora estando en el último escalón. Estuve en el último escalón y estoy estando en la terraza ahora. No. Estuve y estoy estando. Estuve, estuve estando estando, estoy estando, estoy estando estando, y ahora estuve estando, estando ahora en la terraza vacía, azul, sobre la que brilla, redonda, fría, la luna. Fija, en el cielo, lisa, borrando, a su alrededor, las estrellas, y frente a mí, y refractaria, a su modo, chata, imaginaria, un nombre únicamente, una palabra, la luna. Enciendo, en el cuarto helado, la luz. Sobre la mesa, contra un fondo desordenado de libros, de papeles, a un costado del vaso lleno de lápices, de biromes, rojas, negras, verdes, azules, la carpeta verde, cerrada, en cuya tapa estoy escribiendo, en grandes letras rápidas, nerviosas, con tinta roja, PARANATELLON. Y en la pared, sobre el escritorio, con mucho blanco alrededor, detrás del vidrio, el Campo, ¿pero es verdaderamente un campo?, de trigo, ¿pero es verdaderamente trigo?, de los cuervos, y uno podría, verdaderamente, preguntarse si son verdaderamente cuervos. Son, más bien, manchas, confusas, azules, amarillas, verdes, negras, manchas, más confusas a medida que uno va aproximándose, manchas, una mancha, imprecisa, que se llama justamente, así, porque de otra manera no se sabría, que no es, o que no forma parte, del todo: un límite. Y la llama del fósforo que llevo, con cuidado, hacia el cigarrillo que cuelga de los labios, ondula, una mancha, amarilla y azul, móvil, y se estremece, después, entera, cuando la soplo, varias veces, antes de apagarse. El humo sube, en la habitación, inmóvil. Va, por decir así, dispersándose, en el aire, iluminado, arabescos y láminas, y una bruma tenue, grisácea ahora, en
suspensión, alrededor, especialmente, de la lámpara. Han de estar oyéndome, allá abajo, en la sala, las voces, peculiares, de la televisión, y detrás de ellas, y debajo, o alrededor, si se quiere, intermitente, la música.
Intermitentes, las voces, peculiares, de la televisión, han de estar oyéndose, allá abajo, en la sala, que es otro, con la luz azulada que titila, y ellas dos sentadas en los sillones desde el atardecer, en la
penumbra, lugar. Al sacudir, sobre el cenicero, en la mesa, el cigarrillo, el humo tiembla todo, deshaciéndose. Porque ellos, antes, otros, por decir así, podían: de una cara redonda, mate, con un hoyuelo, uno solo, en el pómulo derecho, de unos ojos, y de una frente en la que el pelo estirado
hacia atrás, negro, nacía, de la ancha boca abierta, o cerrada, podían proyectándose, algún signo algún mensaje, una evidencia, o mejor, una certidumbre, como, por decir así, un diamante en su ganga, sacar. De un signo a otro, de un mensaje, o de una certidumbre, tiraban, por decirlo de algún modo, las líneas, y ponían, en el mundo, como una madre a parir, en el espacio, sólida, a la vista, externa, o como en el aire, volando, imaginariamente, en el vacío, una paloma, irrefutable, una construcción, que servía: una medida que por estar, solamente, cortaba, despedazaba, clasificando, dividiendo, adelante, atrás, después, antes, arriba, abajo, ahora, la mancha continua, vaga, errabunda, idéntica a sí misma, en cada punto, sin centro, y sin, más oscuro, o menos nítido, arrabal. Ningún mensaje, para mí, de ese hoyuelo, que se abre, con la risa, solitario, en el pómulo derecho, ninguna certidumbre que sacar. Y el humo del cigarrillo que retiro, en este momento, de entre los labios, sube, parsimonioso, complejo, hacia el cielorraso. Ha de estar estando, a mi alrededor, iluminada, fría, las calles rectas y desiertas entrecortándose cada cien metros, constante, la ciudad. A mi alrededor, y concéntrica, apretándome, como anillos, la muchedumbre de casas, en uno de cuyos cuartos, en cada una, la misma imagen titila, azulada, tocando vagamente las caras vacías, sin expresión, cambiando, organizada, dada, en la televisión: racimos de mundos dados, dentro de uno, más arduo, que no se da. Ha de estar estando, mientras sube, hacia el cielorraso, parsimonioso, el humo azul, a mi alrededor, indivisa, la ciudad, como un vagón, por decirlo de algún modo, viajando, ¿en qué camino?, ¿y hacia dónde? -en el espacio negro. Han de estar oyéndose, en cada habitación, en la penumbra, las voces, y por debajo, o por encima, o alrededor, si se quiere, una sola, la música. Ha de ser, para cada uno, con la imagen titilante, y las voces, y por encima, o por detrás, e intermitente, la música, el mismo, para cada uno, y otro, para todos los otros, y uno solo, y el mismo, para nadie, con todos y cada uno de los cuartos y todas y cada una de las luces acero, titilantes, lugar: racimos de mundos dados, las casas, los árboles, las terrazas, las calles que se entrecortaban cada cien metros, los edificios blanqueados, como huesos, por la luna, los parques negros, los ríos, los bares sucios, todavía abiertos,
las siluetas borrosas de los últimos transeúntes que se distinguen más claramente al atravesar, en diagonal, bajo la luz del alumbrado público, las esquinas, los colectivos ocasionales, semivacíos, que pasan iluminados y bramando por las avenidas, con los vidrios de las ventanillas empañados por la helada, los tarros de basura esperando, en el frío, la madrugada, los motores que se escuchan súbitos, a lo lejos, las calles del centro, más brillantes, por el momento, que las otras, el conjunto pétreo en el interior del otro, más arduo, que no se da. Y la mano, al aplastar, contra el cenicero, en la mesa, el cigarrillo, se sacude, desnuda, áspera, sin anillos, la piel llena de hendiduras, las uñas lisas, rosadas, cortas, la mano que ha tocado, una y otra vez, ¿y cuándo?, con los dedos rugosos, el hoyuelo, la mano que al tocar el hoyuelo, una y otra vez, no ha tocado, por decir así, nada, no ha sacado, del contacto, nada, ni experiencia, ni certidumbre, ni mensaje, ni signo, ni recuerdo: nada. Nada, como no sea, fluctuante, la creencia, de que algo, un poco más arriba, en la frente, y detrás, imaginariamente, sin ningún fondo, negra, fosforece, de vez en cuando, de unos cuerpos, fugaces, la emoción, el recuerdo, el placer, el
deseo, la desesperación, el hambre. Nada que caiga, al exterior, de esas galaxias, del gran espacio negro sin forma, sin sentido, sin dirección, sin nada más que el ir y venir, errabundo, de esas fosforescencias, de esos brillos que rayan, dejando una cola ardiente que se borra, gradual, a su vez, el vacío, o emergen, desde el fondo, si es que hay, por decir así, un fondo, que resplandecen, durante un momento, y después, en el mismo silencio, y con la misma parsimonia, sin dejar rastro, se esfuman, titilaciones rojas, verdes, amarillas, errabundas, violetas, blancas, cuyo mensaje, nadie, aunque escrute, atento, ese mapa estelar, podría, como quien dice, captar -porque no se dicen, ni dicen, de nada, nada. Los resplandores que a veces, rápidos, se vislumbran, inesperadamente, en el exterior, como suspiros, como una voz, como risas, no vienen, tal vez, de esos pantanos, de esa mancha. Vienen, nomás, desde fuera, de la membrana que separa, por decir así, del infinito, lo actual. La mano que ha sabido pasar, otras veces, sin dejar en él, ni traer, rastros, del hoyuelo viene y pasa, tibia, por la cara. Por un momento se borra todo: la pared amarilla, la mesa, con el cenicero y los libros, con la carpeta verde en la que ha de decir, en letras rojas, irregulares, de imprenta, PARANATELLON, las manchas encuadradas de blanco, de negro, las manchas azules, amarillas, negras, el humo en dispersión, la luz, la biblioteca. Todo en el interior de la galaxia, se confunde, se sobresalta y queda, por un momento, temblando, cuando la mano se desliza, apretándose contra ella, por la membrana. Y mientras la mano va, despacio, a reunirse, sobre el abdomen, con la otra, la galaxia, el espacio negro queda, de un modo gradual, otra vez, inmóvil, mientras reaparecen, del otro lado de la membrana, más allá, el escritorio, los libros apilados detrás, contra la pared, el vaso con los lápices, la carpeta en la que estoy escribiendo, en grandes letras de imprenta, con tinta roja, irregulares, rápidas, PARANATELLON. Estuve o estoy estando o estoy estando estando -irregulares, rápidas, con tinta roja, PARANATELLON. Estuve y estoy estando y estoy estando estando -en grandes letras rojas, PARANATELLON. Y ahora estoy teniendo, otra vez, entre las manos, la carpeta verde en la que está escrito, con tinta roja, en grandes letras irregulares, rápidas, de imprenta, PARANATELLON. Y ahora estoy dejando, otra vez, sobre el escritorio, ¿sin haberla abierto?, la carpeta. Hay una habitación fría, titilante, en la que cada cosa está, y yo mismo, en el mismo, entrando y
saliendo de algo en su aparente reposo, lugar. Hay en la habitación fría, titilante, la cama, el escritorio verde, la carpeta, los libros, los papeles apilados atrás, la biblioteca, titilantes, entrando y saliendo, como quien dice, de algo, y en el mismo, siempre, aparentemente, lugar. Ahí están: la biblioteca, la carpeta, la silla, las rodillas, el cenicero, la puerta, siempre en el mismo, mudos, con el Campo de trigo de los cuervos y la luz ligeramente velada por el humo, titilante, lugar. No dicen, como quien dice, nada. Interrogar: interrogar, por orden, uno por vez, o todo junto, todo, interrogar el escritorio, la carpeta, interrogar el diario con las dos fotografías borrosas que no dicen, o no parecen querer decir, por decir así, nada, interrogar la cama, interrogar la silla, la luz, la biblioteca, interrogar, una y otra vez, las voces que hablaron, las caras sin expresión, los recuerdos que los ojos, elevándose, parecían ir a buscar, ¿adónde?, y después, otra vez, el diario, las dos fotografías, borrosas, reproducidas, de una sola vez, sesenta y dos mil veces, y después otra vez las caras sin expresión, las voces, los ojos que se elevaban o giraban hacia un costado, como si buscaran, afuera, alrededor, como el que sopa una galletita en una
taza de té y se la lleva después a la boca, el relente, el vapor, la imagen, interrogar el hoyuelo, para que diga, por decir así, y de una vez por todas, algo, interrogar la mesa, el plato, interrogar la silla, interrogar la salida y la puesta del sol, los ríos, el verano, interrogar las hojas blancas, las hojas verdes, la llanura, la arena, probar, en definitiva, otra vez, para ver si algo dice, como quien dice, algo, interrogar lo que está siempre, y desde siempre, en el mismo, indefinido, grandes, sin bordes que se derrramen ni nada más allá de los bordes donde los bordes se puedan derramar, inmóvil, neutro, titilante, lugar. Borrosas, las dos fotografías, sesenta y dos mil veces, ubicuas, no son, sin embargo, nada. No muestran nada. Unas manchas confusas, negras, grises, blancas, que parecieran ser, un escritorio, una silla detrás, una pared, y entre el escritorio y la pared, en la mancha oscura del suelo, la mancha, un poco más oscura, del cuerpo, encogido, boca abajo, dejando ver, bajo la mancha oscura del cabello, una manchita gris, irregular, la cara: el perfil, con la boca abierta. Y después, abajo, la segunda, una mancha blanca: la pared. Y sobre la mancha blanca, cuatro, ¿o cinco?, manchitas oscuras, entre negro y gris: ¿las balas?. Y eso es, o pareciera ser, de todo el resto, todo. Interrogar, interrogar todavía: el escritorio, la silla, interrogar las cuatro, ¿o cinco?, manchitas entre negro y gris, en la pared, interrogar el cuerpo caído y encogido, interrogar la boca abierta, la cabeza, interrogar el día y
la noche, y otra vez el hoyuelo, y la carpeta verde, y la pared, interrogar los árboles, las hojas de los árboles, interrogar las calles, las caras blancas, vacuas, sin expresión, para ver, una vez más, si algo es capaz de decir, de sí mismo o de algo, algo. Algo de la extensión llena, ondulante, entrecortada, continua, entrando y saliendo, una y otra vez, del baño negro, muerte, resurrección, muerte resurrección, y otra vez muerte y otra vez resurrección, a la deriva, hacia ninguna, y de ninguna, parte, estremecida,
estremecedoramente presente, al ojo, al tacto, a la audición, hálitos, nítidos que están ahí y que vienen, sin embargo, la mesa, el escritorio, el hoyuelo, el cuerpo caído y encogido, la salida y la puesta del sol, la biblioteca, ¿de qué mundo? Flotando, a la deriva, pasando, reapareciendo, desintegrándose, cristalizando, en una ondulación continua, ardua, deslumbrante. Ahora estoy encendiendo, la llama que ha subido, después de una minúscula explosión, hacia la boca, un cigarrillo, y el humo flota, a la deriva, pasando, reapareciendo, desintegrándose, cristalizando en una ondulación continua, ardua, deslumbrante. En la cabeza negra del fósforo que sostengo, vertical, entre el pulgar y el índice, la llama, anaranjada,
ondula, cambia, y sigue siendo, si se quiere, la misma, se tuerce, se retuerce, ondula, hacia la izquierda, hacia la derecha, hacia arriba, se enrosca, lenta, en el cabo de madera del fósforo, ennegreciéndolo,
consumiéndolo, la llama que ahora baja hacia los dedos, mientras a su paso, arriba, el cabo de madera, negro, se dobla, se desintegra sin, sin embargo, desmoronarse todavía, el cabo negro que se parte, por fin, en dos, cuando la llama alcanza los dedos haciendo, rápidamente, sacudir la mano cuyo movimiento, violento, repetido, la apaga. Queda, entre los dedos, un pedacito de madera de medio centímetro, con la punta negra. Sobre el pantalón gris claro, la ceniza negra, cuya cabeza, dura, está todavía intacta. Mientras el índice y el pulgar de la mano izquierda sostienen, vertical, el cabito de madera con la punta negra, los dedos de la mano derecha recogen, delicadamente, la ceniza, la cabecita negra, del pantalón,
desmenuzándola, dejándola caer entre el sillón y la biblioteca, en el suelo.
Los pedacitos, las motas, apenas si se ven sobre el mosaico amarillo. Los dedos de la mano derecha han quedado en la yema el pulgar, en el costado y en la yema el índice, ligeramente en la yema el medio, tiznados por la ceniza: manchas negras. Queda, entre los dedos, de la mano izquierda, no más largo de medio centímetro, con la punta negra, mudo, el pedacito de madera: ¿hubo, alguna vez, otra cosa, entre los dedos, que un pedacito de madera, ínfimo, no más largo de medio centímetro, con la punta negra?; ¿hubo, en el aire, moviéndose, viva, anaranjada, brillante, entre los dedos, una llama?
El cigarrillo humea, consumiéndose, en el cenicero. Y si hubo, alguna vez, ente los dedos, brillante, en el aire, anaranjada, una llama, fue, por decirlo así, ¿en qué mundo? ¿Estuvo estando, estuvo estando estando, está estando, está estando estando, está todavía estando, está todavía estando estando ? Estuvo estando y estuvo estando estando y está estando y está estando estando y está todavía estando y está todavía estando estando. El cabo con la punta negra cae, cuando los dedos dejan de aferrarlo, sobre el
mosaico amarillo. Ahora los dedos tiznados recogen del cenicero, llevándolo de un solo movimiento brusco a la boca, el cigarrillo. Por un momento no pasa, como quien dice, nada. No vienen, de abajo, de la televisión, ni voces, ni música: nada. Ni de más lejos, de las calles, de las esquinas, de las veredas, de las casas, de las luces inmóviles que han de estar, en el mismo, en la noche, en el frío, lugar, tampoco: nada. Ni de arriba, tampoco, del aire negro, en el que brilla, redonda, gélida, la luna, tampoco, pareciera, no, tampoco: nada. Hay, únicamente, el humo, que sube, lento, dispersándose, en la habitación, hacia la luz, velándola, ligeramente, y la cama, la silla, la biblioteca, las rodillas, el escritorio con los libros, los papeles, apilados detrás, contra la pared amarilla, el vaso con los lápices, las lapiceras, las manos, el cuadro en la pared, la carpeta verde en la que ha de decir, en grandes letras rojas, irregulares, rápidas, de imprenta, PARANATELLON. Vacío, y más acá, en la superficie, somnolencia.
Sobre un fondo vacío que no es, en rigor de verdad, ningún fondo, aumentando, disminuyendo, avanzando, retrocediendo, acumulándose, el sopor.
Y las sacudidas que debieran, por su violencia, disiparlo, son como las sacudidas, por, tratándolo de decir, decir así, de un animal, moribundo, destinadas a espantar una bandada de cuervos: un alejamiento rápido, un revoloteo lento, y después, de nuevo, a asentarse, a devorar. Ya no se sabe, en realidad, dónde queda, por llamarla así, la frontera, ni, en realidad, la realidad. En, por decirlo de algún modo, la probeta del cuerpo, el líquido transparente, o turbio, del sopor, sube, hasta los ojos, pareciera, y, de
golpe, sin, sin embargo, petrificarlos, los coagula. O un hormigueo, u hormiguero, tal vez, justamente, no hormiguea, y que se expande, en orden, comenzando, ¿por dónde?, hacia las puntas, desde el centro, hacia las puntas, eso es, para ponerme, en otra, más tarde, nítida, dimensión, después de haber pasado por una zona, digamos, de turbulencia. Entresueño del que podría salirse ¿adónde? O se entra, se diría, más bien, al salir, y por un momento, a una suerte, digamos, de centelleo, de un pedazo, pulido, rápido, nítido, de mundo, que pasa a ser, después, en el recuerdo, lo que llamamos, o lo que creemos que debe ser, no solamente un pedazo, sino todo -el todo-el mundo. Somnolencia, entresueño: y el órgano, que debiera, en todo momento, aferrar, reposa, o se debate, más bien, débil, adormecido, en tanto que adelante, o atrás, o alrededor, desfila, en el humo, grisácea, la materia, y no hay manera, en este estado, de asir, lo que se dice, por el momento, nada. Nada del cenicero, del escritorio, de la carpeta verde, de las dos fotografías, borrosas, repetidas, de una sola vez, sesenta y dos mil veces, ni el hoyuelo, tampoco, nada, salvo, monótono, parejo, estable, el cabeceo.
Y, por debajo, sucesivo, móvil, o fijo, tal vez, cambiando o idéntico, en todo momento, así mismo, desmedido, el vacío. Fijar la vista en algo, mientras los dedos llevan el cigarrillo hacia el escritorio y lo aplastan, despacio, contra el cenicero. Fijar la vista. En algo. Mientras los dedos.
El cuadro: manchas, negras, amarillas, azules, verdes, rojizas, pardas, girando, inmóviles, o en estampida, arremolinándose, trazos aglomerados, inestables, en suspensión, no de conflagración, ni de ruinas, sino de inminencia, sin nada, pero nada, ni de este lado ni del otro, nada más que el telón azul, amarillo, verde, negro, pardo, rojizo, ¿en estampida?, ¿en suspensión?, ¿aglomerándose? ¿dispersándose? ¿antes, durante, después? de la catástrofe, si hay lo que entendemos que es, o que debiera ser, una
catástrofe, y sobre todo en torno a qué núcleo, a qué centro, si es que hay lo que entendemos que es, o que debiera ser, o lo que llamamos, un núcleo o un centro. Una mancha negra superpuesta, con violencia, a una mancha azul, sembrada de unos trazos negros quebrados, y debajo, una mancha amarilla dividida, en el medio, por dos paralelas verdes, tortuosas que, inesperadamente, casi en seguida, arbitrarias, se juntan, y debajo, por fin, los fragmentos pardos, rojizos, en estampida -tortuosas, que inesperadamente, y debajo, por fin, los fragmentos, en suspensión, o aglomerándose, o en estampida. Y sin embargo, ni la mancha amarilla es enteramente amarilla, ni la mancha azul es enteramente azul, ni las manchas verdes son enteramente verdes, ni los fragmentos rojizos enteramente rojizos, ni los pardos enteramente pardos, ni los trazos negros, quebrados, ni enteramente negros ni quebrados -las manchas verdes enteramente verdes, ni los fragmentos rojizos, los pardos enteramente, ni los trazos negros, quebrados, ni puede decirse que no haya un centro, siendo, de todos modos, todo él, el centro. La mancha azul y negra se supone que debiera ser, sobre un campo de trigo, el cielo, y la mancha amarilla, debajo de la mancha azul y negra que se supone que debiera ser, sobre un campo de trigo, el cielo, se supone que debiera ser un campo de trigo, y las paralelas verdes, tortuosas, que, arbitrariamente, y de un modo súbito, se juntan, dividiendo en dos la mancha amarilla que se supone que debiera ser un campo de trigo, se supone que debieran ser un camino, y las paralelas verdes, tortuosas, rojizas, pardas, que acompañan, sin sin embargo unirse, sino partiendo, a la izquierda del cuadro, de una mancha común, las paralelas verdes que se supone que debieran ser un camino, se supone que debieran ser, por debajo, ubicua, la tierra, y los trazos negros, nerviosos, rápidos, quebrados, diseminados, sin orden, en estampida, en vuelo, aglomerándose, en suspensión, contra la mancha azul y negra que se supone que debiera ser el cielo, y contra la mancha amarilla que se supone que debiera ser un campo de trigo, se supone que debieran ser ¿en dispersión? ¿aglomerándose? cuervos -de una mancha común, las paralelas verdes que se supone que
debieran ser, se supone que debiera ser, por debajo, ubicua, la tierra, los trazos negros, rápidos, nerviosos, en estampida, que se supone que debieran ser, y sobre la mancha azul y negra, vagos, amarillentos, blancuzcos, dos círculos, en una atmósfera no de catástrofe, ni de ruina, no de víspera ni
de día siguiente, sino de inminencia, sin que haya, ni antes, ni después, ni de ese lado, ni del otro, nada, lo que se dice nada. O fijar, la vista quiero decir, en algo, en otra cosa, y ver, durante un momento, lo que sea necesario, tratando de hacer salir, si fuese posible, por una vez, aunque más no sea, una, por llamarla de algún modo, señal. Pero no, no hay nada: nada en que fijar la vista, nada. Nada dice, por el momento, nada. Y viene, de golpe, o aparece, más bien, todo alrededor, y aquí mismo, sin ninguna cualidad, en silencio. Sopor: y silencio que es ¿permanencia? ¿cambio? ¿permanencia y cambio? ¿permanencia cambio? De ningún modo, nada, pareciera, estaría dispuesto, en el exterior, si alguien, en algún momento, preguntara, a, más o menos claramente, responder. Ni a dejar, como por descuido, o voluntad, sobre todo, de sí o de otra cosa, una punta, rápida, entrever, No: silencio, de este y del otro lado, y de este lado, estable, denso, sopor. En ninguna parte, por el momento, un sonido que se pueda, por decir así,
interpretar, o que viniendo, súbito, de las cosas, apareciendo, resonando, se transforme, durante una fracción de segundo, inteligible, en una voz, o sea, para decirlo mejor, o más intencionadamente, si se quiere, en un, anónimo, incluso, impersonal, para nadie en particular, y de nada en particular, para llamarlo de algún modo, llamado. Me paro: el sillón, al crujir, rompe, por decir así, en varios pedazos, y por un momento, el silencio, que en seguida, inmediatamente, se vuelve, como quien dice, a cerrar. Estoy parado, inmóvil, entre el sillón y el escritorio, bajo la luz que el humo, ligeramente, vela, y no viene, desde abajo, desde afuera, ninguna voz, ni la música, tampoco, ningún sonido, de la televisión. No viene, desde afuera, desde abajo, ahora que estoy parado, inmóvil, entre el escritorio y el sillón, desde el lugar en el que ellas han estado, o están todavía, y pueden, muy bien, estar todavía estando, aun cuando estén, ahora, en la oscuridad del dormitorio, acostadas, ningún sonido, ninguna voz. Ahora que estoy abriendo la puerta llega, junto con el aire frío, inmóvil, de junio, desde un reloj lejano, oscuro, imperceptible, una campanada. Inmóvil otra vez, en la puerta, entre la habitación iluminada, llena de humo, cálida, con el sillón, el escritorio, la cama, la biblioteca, y la terraza gélida, oscura, nítida, transparente, sobre la que vigila, por decir así, desde la altura, helada, tersa, la luna. El eco de la campanada resuena, durante unos segundos, evanescente, en mí. No ha dicho, sin embargo, para mí, y sin embargo quiso, probablemente, decir algo, nada preciso: pudo haber sido o bien la de la una, o bien la de la una y cuarto, o bien la de la una y media, o la de las dos menos cuarto, o bien la de la una menos cuarto, o bien la de las doce y media, o la de las doce y cuarto, o también, probablemente, ¿y por qué no?, la última de medianoche; o la última de las once, o bien la de las once y cuarto, o incluso, y probablemente, la de las once y media, o, más seguramente, incluso, y probablemente, las de las doce menos cuarto. Estoy parado en el hueco de la puerta, entre la habitación y la terraza. Y estoy todavía estando, pero no al mismo tiempo, sentado en el sillón. ¿Estoy todavía estando, y no al mismo tiempo, sentado en el sillón?
¿Estoy todavía estando sentado en el sillón y estoy todavía estando parado inmóvil al lado del sillón con el eco de los crujidos que han roto, por decir así, el silencio, y estoy todavía estando atravesando el espacio entre el sillón y la puerta, y estoy todavía estando oyendo, al abrir la puerta, vaga, remota, la campanada, mientras estoy estando, inmóvil, parado, mirando en dirección al frío negro, en el hueco de la puerta, entre la habitación y la terraza? ¿Estoy? ¿Estoy todavía estando? Y si estoy, y estoy todavía
estando, estoy y estoy todavía estando ¿en qué mundo? De uno del que no viene, por ahora, ningún llamado. Ninguna voz, en efecto, que obedecer, tampoco, que dé, por decir así, una dirección, cuando me muevo, a mis pasos: no, estoy parado, inmóvil, sin estar yendo, tampoco, a ninguna parte, en el hueco de la puerta, mirando hacia la terraza a la que controla, desde arriba, gélida, la luna, de espaldas a la habitación iluminada en la que el humo pone, delicadamente, una bruma, y he estado atravesando, despacio, el espacio entre el sillón y la puerta, he estado abriendo la puerta, he estado parado inmóvil un momento junto al sillón, he estado levantándome, después de haber estado sentado, en silencio, del sillón, sin sin embargo haber oído, desde ninguna parte, que me diese, digamos, lo que llamaríamos, austeramente, una dirección, súbito, imperceptible, casi inaudible, viniendo del exterior, un llamado. Y ningún llamado, tampoco, me mueve, ahora, a atravesar, por decir así, el hueco de la puerta, dando un paso, un solo paso, hacia la terraza, hacia el frío, a franquear, como por primera vez, o, lisa y llanamente, por primera vez, la puerta: y hay, hay un estruendo, inaudible, cuando paso, a otro, sin la biblioteca, sin el sillón, sin el escritorio, sin el Campo de trigo de los cuervos, la luz ligeramente velada
por el humo, lugar. Es otro, y es, sin embargo, y no más grande, el mismo ¿en movimiento? ¿en reposo?, lugar: Ningún llamado, tampoco, ahora, me fija en mi lugar, inmóvil, me hace girar ahora, y me hace, ahora, volver a atravesar, en dirección contraria, ¿y por qué contraria?, el hueco, por llamarlo de algún modo, de la puerta. Y si hubiese, es un decir, lo que pudiésemos llamar, por decir así, un sentido, o sea un corte, arbitrario, irrisorio, en la gran mancha que se mueve, ¿cómo? ¿dónde? ¿cuándo? y sobre todo: ¿por qué?, si hubiese, ente dos puntos, uno al que puediésemos llamar el principio, otro al que le pudiésemos decir el fin o, respectivamente, la causa y el efecto, se podría decir que, sin haber recibido ningún llamado, sin ninguna finalidad, paso, del principio al fin, del cuarto iluminado a la terraza gélida, atravieso, como quien dice, el hueco de la puerta, y, sin que haya intervenido ningún llamado tampoco, ningún llamado, del fin al principio, del efecto, por llamarlo así, a la causa, de la terraza oscura, fría, a la habitación cuya luz, tenuemente, el humo vela, sin que nadie, pero nadie, pueda decir verdaderamente cómo, ni dónde, ni cuándo, ni, sobre todo, por qué. Ahora estoy parado inmóvil, de espaldas a la terraza, bajo la luz envuelta en humo, de frente a la pared amarilla, en algún punto habitación, entre el sillón y la puerta. En algún punto. De la habitación.
Entre el sillón. Y la puerta. En algún punto de la habitación. Entre el sillón y la puerta. ¿En algún punto? ¿en algún punto de la habitación? ¿Entre el sillón? ¿Entre el sillón y la puerta? ¿En algún punto de la
habitación entre el sillón y la puerta? Estoy estando, parado, de frente a la terraza ahora, a la puerta abierta, en algún punto de la habitación, que está, a su vez, en algún punto, inmóvil, que está a su vez en algún punto, entre el sillón y la puerta. Ahora estoy atravesando, despacio, por decir así, el hueco: y resuena, en el aire, por primera vez, inaudible, el estruendo: pero no, tampoco, primera no: resuena, así no más, inaudible, el estruendo, al atravesar, por decir así, despacio, el hueco de la puerta. El aire frío toca, o roza, o se instala en, mis mejillas. Avanzo, despacio, hacia el centro de la terraza, bajo la luna: gélida, redonda, amarilla, velando, a su alrededor, las estrellas. Y toda en círculo, y alrededor, la ciudad: otro, en algún punto, con sus manzanas oscuras, las líneas de punto de las lámparas del alumbrado público, sus patios arbolados, sus ruidos súbitos, en permanencia, o cambiando, quizá, confuso, silencioso, lugar. Y las luces, en la enorme, tranquila oscuridad, indicando, cada una, en su lugar, un fijo, reducido, brillante, lugar. Hay, seguro, en alguna parte, a mis espaldas, otro punto, iluminado, con el escritorio, el sillón, la biblioteca, la carpeta verde en la que he escrito, con grandes letras rojas, irregulares, rápidas, de imprenta, PARANATELLON. ¿Hay, en alguna parte, iluminado, lleno de humo, con la lámpara, la cama, el cuadro, y el sillón, ese lugar? No baja, por decir así, de la luna, con la luz gélida, ningún rumor. Y no pienso, tampoco, nada. Por el momento, ahora, ningún rumor, nada. Ningún pájaro, chillando, en la oscuridad, en la altura, hacia otra parte, resaltando, por un momento, negro, rígido, contra la luna, ni ningún signo, tampoco, de que algo, en este momento, vaya, como quien dice, en el cielo, o por aquí, alrededor, a moverse, o a alterar: nada. Ninguna sombra, tampoco, desempastándose, como quien dice, de la sombra, o cambiando, suavemente, de lugar; tampoco, no: nada. Salvo, naturalmente, el sopor, y
encima, redonda, gélida, ahora, velando, a su alrededor, y por un momento, las estrellas, la luna. El frío me ciñe. El frío, que hubiese debido, o que debería, más bien, o quizá, ya no sé, que hubiese, si no quiere, o que probablemente, al atravesar, desde el calor de la pieza, el encierro, el hueco, y que viniendo, de golpe, a las mejillas, que debiera, al parecer, contrariamente, disminuir, se diría que hubiese, en efecto, aumentado, en la cara, o, si se quiere, atrás, paradójico, la somnolencia. Es de ese modo que hubiese debido, habitualmente, al parecer, disminuyendo, al salir, y sin embargo, pareciera, al contrario, más bien se diría que, en la cara, o mejor dicho atrás, hubiese, por decir así, nítidamente, aumentado. Errabunda, en flotación, o inmóvil, tal vez, la oscuridad, trae, helada, en un flujo continuo, la luna, las estrellas, luces, manzanas, árboles, alrededor, y se lo vuelve a llevar, y despacio, otra vez, dando una ilusión, paradójica, de inmovilidad, flotando, alrededor, estrellas, luces, árboles.
Inesperadamente, al contrario, y por otra parte, en lugar de hacer, como se supone que debiera haber sido, en efecto, disminuido, pareciera que hubiese, la somnolencia, atrás, o adentro, mejor, ahora, claramente, al atravesar, desde la pieza iluminada, despacio, el hueco, de un modo nítido, aumentado.
Al atravesar, viniendo, o instalando, ya, en la oscuridad, abriéndose, como quien dice, el frío, solitario con ella mejor, o, mejor, uno solo, con ella, me envuelve, ahora, aumentándola y no, como hubiese debido, disminuyéndola.
Todo es uno. No pareciera poder, ahora, deslindar nada, lo que se dice nada.
No pareciera poder deslindar, en efecto, nada: no pareciera haber, en efecto, por decir así, separación, ni pareciera, tampoco, que hubiese, como parece que debiera haber, un adentro, un adelante, un afuera, un atrás, un, imaginario, alrededor: no, nada. Está, por decir así, la terraza, en el frío oscuro, y la luna, también, y en acumulación, en desorden, diseminados, los patios negros, y los árboles, las casas, las luces, las estrellas también, frías, verdes, inmóviles, todo adentro, probablemente, de algo, y viajando
-errabundeando, se diría, más bien, sin ninguna, por llamarla de algún modo, dirección, y sin, por el momento, cohesión, la masa curva que, continuamente, pareciera, se consume, y sigue, sin embargo, igual, y que estando, sin embargo, al parecer, inmóvil, en su lugar, a cada momento, en su lugar mismo, ¿y hacia adónde?, pasa, pareciera, rápidamente en cierto sentido, y se va. Todo, por el momento, al parecer, sería, se diría, uno: sin nada, sin embargo, particular, y ni un adentro, ni un afuera, ni ninguna, como quien dice, vistosa, alegre, diversidad -el flujo, sin períodos, sin ritmo, sin origen, en el que ahora, por decir así, se deriva, y que sería, pareciera, siempre, el mismo, con sus lunas, sus estrellas, sus manzanas abandonadas, sus terrazas frías, el escritorio, el sillón, la biblioteca, el punto entre el sillón y la puerta, renaciendo, consumiéndose, ¿dónde?, ¿cuándo? Y sobre todo ¿por qué?, para llamarlo de algún modo, lugar. Está, por el momento, estando, como quien dice, continuo, entero, en su lugar: del sopor, una fragmentaria, sin aplicación, impresión, un magma, por decirlo de algún modo, y nada, pero nada, que sacar. Estoy parado, pareciera, entonces, inmóvil, en la terraza fría, pareciera, sí, momentáneamente, sin poder sacar, de todo esto, nada. Es un estado que, se diría, no debiese, o mejor, no hubiese debido, de ningún modo, en la condición o tal vez, en el nudo, en la raíz, no hubiese debido, o no debiese, mejor, sin embargo, al parecer, apareciendo, confundir, o fundir, borrando los límites, si la expresión pudiese, en este momento, decir, de un modo preciso, algo, no hubiese debido, decía, o no debiese, no debía haber
mejor, apareciendo, confundido o fundido. Se diría que, por decir así, de algún modo, fluyendo, y estando, siempre, más bien, en el mismo, nuevamente, lugar, no le queda, como quien dice, para fluir, ningún otro -ningún otro, es decir, en otra parte, donde no esté fluyendo inmóvil, como decía, lugar.
Y ahora estoy dando la vuelta, estoy dejando a mis espaldas la luna, las estrellas, y confusa, silenciosa, la ciudad. Estoy, en este momento, dando la vuelta, dejando, como quien dice, a mis espaldas, veladas, las estrellas, la luna, y confusa, en claroscuro, la ciudad. Y voy, por decir así, avanzando, la izquierda, en el interior, ahora, ¿de qué mundo?, la derecha, pasando, y no solamente en el espacio, ¿a qué lugar?, la izquierda, otra vez abismo, la derecha y de nuevo todo, todo, queda, como quien dice, y para siempre, atrás: avanzando, inmóvil, borroso, en la oscuridad, en el frío, habiéndose borrado, imperceptiblemente, los limites: adentro, afuera, abajo, arriba, alrededor, antes, ahora, atrás. La izquierda, la derecha, la
izquierda, la derecha, la izquierda, la derecha: flotando, errabundeando, sin que haya lo que llamamos, por llamarlo de algún modo, un llamado, que imponga, arbitrariamente, lo que pudiese decirse, por decir así, una dirección, en alguna parte, somnoleando, cabeceando, sin que ningún sobresalto produzca, por el momento, un despertar, y distinguiéndose, a pesar de todo, de todo esto, el sopor, como si hubiese, o como si se pudiese estar seguro de que hay, o de que puede haber, en otro momento, en otro estado. Es, pareciera, o está, más bien, aunque sería, en realidad, difícil, si se quisiera, en un momento dado, precisar, es, entonces, en ese, parecería, sin de ningún modo querer, como otras veces, afirmar, en ese,
continuo, curvo, tal vez, flujo, en el que lento, estragado, ciego, se deriva, donde hubiese debido, o debiese, mejor, debiese, sí, o no, hubiese debido, mejor, hubiese debido, sí ¿o debiese?, sí, o no, mejor, hubiese debido, decía, al atravesar, aunque habiendo permanecido hubiese, de todos modos, en cierto sentido, continuado en el, el hueco, con un estruendo frágil, inaudible, que debiese, o hubiese debido, sí, hubiese debido, en lugar de, inesperadamente, decía, y tal vez, también, de un modo, por llamarlo de algún modo, imperceptible, aumentar, que hubiese debido, decía, al atravesar, al estar parado, en la oscuridad, frente a la luna gélida, redonda, blanca, a los techos, confusos, alrededor, a los patios, flotando, errabundeando ¿hacia adónde?, dando la posibilidad, improbable, por otra parte, a un cambio de estado, ligeramente, o gradualmente, incluso, en las mejillas, o atrás, mejor, adentro, disminuir. Atravesando, ahora, el hueco, y entrando, por decir así, en la habitación iluminada. Estoy estando parado en la habitación iluminada, ahora, frente a la cama: y ahora estoy sacándome, sin cuidado, el saco azul de lana y colgándolo del respaldo de la silla; desanudándome, despacio, la corbata, desabotonándome el cuello de la camisa. La corbata, a rayas oblicuas, grises y azules, anchas, cuelga ahora del respaldo de la silla, sobre el saco azul. Ahora estoy sacándome el pulóver blanco, estoy todavía sacándome el pulóver blanco, estoy tirando hacia arriba el pulóver blanco para sacarlo por la cabeza, tirándolo por el
cuello, y por un momento, ahora, por un momento, veo la habitación iluminada a través del tejido espeso de la lana que trasforma el conjunto en una imagen cuadriculada, acribillada más bien de puntos luminosos y de puntos negros. Y ahora estoy dejando, después de acomodarlo un poco estirando las
mangas y doblándolo, el pulóver blanco sobre el saco y la corbata, en el respaldo de la silla. Ahora estoy estando parado inmóvil, en mangas de camisa, entre la cama y la silla, en la habitación iluminada. Hay,
pareciera, algo, que quisiera, como quien dice, venir. Pareciera. Como una punta que estuviera, por decir así, desde abajo, desde el fondo, más bien, en este momento: pero no, nada. Inmóvil. En la habitación iluminada que es un, duro, inalterable, frío, velado por el humo, con la cama, la silla, el escritorio, la biblioteca, ¿el mismo? ¿siempre?, lugar. Y ahora estoy sacándome, de parado, ayudándome con los talones, los zapatos. Los pies, enfundados, como quien dice, en las medias azules, tocan, ahora, el mosaico
helado. Las manos desabrochan el cinturón, desabotonan, sin apuro, la bragueta: estoy sacándome, apoyándome primero en la pierna derecha, en la izquierda ahora, elevándolo para doblarlo con cuidado tratando de hacer coincidir las botamangas, y depositándolo sobre el pulóver blanco, en el respaldo de la silla, todavía caliente, el pantalón. Que estaba sacándome, sin cuidado, decía, el saco azul de lana, y, decía, colgándolo del respaldo de la silla. Y decía: que me desanudaba, despacio, la corbata, que me
desabotonaba el cuello de la camisa, la corbata a rayas oblicuas, grises y azules, anchas, la camisa blanca, colgándola del respaldo de la silla, sobre el saco azul. Que tiraba hacia arriba, por el cuello, el pulóver blanco, para sacarlo por la cabeza, decía, y que veía, por un momento, a través de la malla de lana que me envolvía, como quien dice, decía, la cabeza, el conjunto de la habitación transformado en una imagen acribillada de puntos luminosos y de puntos negros. Que me quedaba un momento, inmóvil, por decir así, en la habitación. Y decía: que después de haber parecido, por un momento, que algo estuviese, como quien dice, tratando, o apareciendo, engañosamente, de aparecer, me sacaba, de parado, ayudándome con los talones, los zapatos, pisaba el mosaico helado con las medias azules, mientras las manos desabrochaban, sin apuro, el cinturón, la bragueta, y decía que apoyándome primero en la pierna derecha, en la izquierda inmediatamente, elevándolo cuidadosamente tratando de hacer coincidir las
botamangas, depositándolo sobre el pulóver blanco, en el respaldo de la silla, me sacaba, todavía caliente, de franela gris, el pantalón. Y ahora estoy desabrochándome, blanca, la camisa: tiritando. El calzoncillo, las medias azules, ahora, son, sobre el mosaico amarillo, tres montones oscuros.
Estoy, durante un segundo, inmóvil, completamente desnudo, tiritando: en la habitación iluminada, fría, entre el cielorraso y el mosaico amarillo, entre las paredes amarillas, desnudo, durante un segundo, o una fracción de segundo, más bien, somnoliento, tiritando. Un segundo o una fracción de segundo, a la deriva, en el interior de algo, somnoliento, tiritando. La piel entera, ceñida, enteramente, por el aire, apretándose, por decir así, alrededor, y, más que un momento, un estado: o un comienzo, tal vez, o el
pretexto, mejor dicho, para un comienzo: por ellos, otros, antes, podían: mojaban, despacio, detenidamente, llevándosela después a la boca, en la taza de té, la galletita, dejaban la pasta azucarada disolverse en la punta de la lengua, y del contacto venía, férreamente, subiendo, ¿desde qué mundo?, el
recuerdo. Y ahora estoy sacando, desde debajo de la almohada, plegado, el pijama de frisa, anaranjado. Ahora estoy metiéndome, con el pijama puesto, entre las sábanas heladas, tiritando. Estoy adentro. Y la mano, saliendo de entre las sábanas heladas, va palpando la superficie rugosa de la pared amarilla hasta encontrar, lisa, la llave de la luz. Ahora estoy en la más perfecta oscuridad. No se ve nada, nada, ni adentro, ni afuera, lo que se dice nada: y algo, sin embargo, transcurre, parsimonioso, por decir así, en
lo negro, a pesar de la aparente, y no solamente exterior, inmovilidad. Por un momento no pasa, como quien dice, nada, aunque se sepa, ¿desde cuándo?, que algo, en el interior, o en el interior de lo cual titila, por decir así, la negrura, trascurre: en la más ardua oscuridad. Y ver, ahora, pareciera, sí, ver, desde esta nada, si es posible, como antes, como otros, sacar, como un sueño, por decir así, un recuerdo, algo: porque ellos, otros, antes, podían: mojaban, despacio, en el atardecer, en la cocina, en invierno, la
galletita en la taza de té, la alzaban hasta la boca depositándola en la punta de la lengua, y desde ahí, de golpe, o gradual, desde la lengua, o desde la pasta azucarada, desde alguna parte, como un vapor, de los
pantanos, subía, victorioso, nítido, el recuerdo, el recuerdo que, aunque no sepa, de ningún modo, de qué es recuerdo, ni si hay algo, fuera, que recordar, podría fundar, sin embargo, en la negrura, algo. Ver de ver algo, ahora: algo que, sin ser el comienzo, sirva, sin embargo, para comenzar, o como ejemplo de lo que, comenzando, seguiría. Ver, como quien dice, de ver algo, decía. Ver, aunque los ojos no tengan, en la cuestión, que ver para nada. Estoy, entonces, en la oscuridad, y, mirando, prestando atención, veo subir, lentamente, del pantano, como un recuerdo, el vapor: en una esquina del centro, o de la mente, o a una esquina, más bien, del centro, siempre, o de la mente, como decía, por decir así, hace un momento, si esquina, o centro, o mente, o si momento, pueden, todavía, como quien dice, querer decir, lo que viene viniendo, ¿desde dónde?, a una esquina del centro, entonces, en el sol de las doce, voy, despacio, desembocando. He de ser yo, porque soy yo, me parece, el que recuerda. Y la esquina entera, con su sol,
sus transeúntes, sus vidrieras, las sombras cortas que se proyectan sobre la vereda gris, los automóviles, cuyas partes niqueladas, rápidas, destellan, las casas, el ómnibus lleno de estudiantes que dobla, lento, de Mendoza a San Martín, sube ahora de los pantanos, brillando, fosforesciendo, errabundeando, por un momento, y se esfuma. Nada, ahora, y todo negro otra vez: y otra vez, ahora, desde abajo, desde el fondo, si se pudiese concebir que hay, por decir así, un fondo, las cuatro esquinas, en el sol de las doce, y los cuerpos que se mueven, o están inmóviles, al sol, las vidrieras, los automóviles, el ómnibus lleno de estudiantes al parecer de otra ciudad, en el interior del cual uno de los estudiantes, a medio incorporar, apunta con su cámara fotográfica hacia la vereda soleada por la cual voy desembocando, despacio, a la esquina, brillando, errabundeando, y nada ahora: todo negro otra vez. En la ardua o neutra, más bien, oscuridad, se sabe que, sin embargo, algo transcurre, y sería, al parecer, más fácil, si se quisiera, detenerlo que encontrar, en la confusión de las horas, entre las turbias visiones, en el desgano, una razón, férrea, constante, luminosa, para desearlo: que fluya, si quiere, constantemente, así, porque no puede, erosionándonos, gastarnos, como quien dice, nada, ya que no pareciera que hubiese, o que se nos hubiese dado, nada, pero nada, que gastar. Y se levanta, ahora, tenaz, como un sol, en el sol, otra vez, el recuerdo: las baldosas grises sobre las que las sombras que pasan, cortas, se estampan nítidas, las cuatro esquinas en las que se amontonan ya sean los desocupados abrigados con sus pulóveres gruesos de todos colores, que están ahí desde por lo menos las once, tomando sol y mirando pasar, una y otra vez, las mujeres que recorren San Martín entrando y saliendo de los negocios, ya sea los empleados de comercio que acaban de dejar su trabajo y que, o bien haraganean al sol o bien se dirigen, hacia las cuatro direcciones, hacia Salta, al sur, hacia Primera Junta, al norte, hacia 25 de Mayo, al este, hacia San Jerónimo, al oeste, a esperar, seguramente, el colectivo, para ir, seguramente, a almorzar a sus casas, las vidrieras, perfectamente acomodadas, relucientes, de zapaterías, de tiendas, de confiterías, de joyerías, de bazares, de farmacias, de sederías, los kioskos de caramelos y cigarrillos, el bar Gran Doria, en cuya penumbra matinal que contrasta con la claridad deslumbrante del exterior, los clientes, que toman café o vermut, se han sentado estratégicamente de modo de poder ver, a través de las grandes vidrieras, lo que pasa en la calle, el interior del colectivo que dobla, cuando estoy desembocando en la esquina, hacia el sur, hacia Salta, el interior del colectivo en el que uno de los estudiantes, a medio
incorporar de su asiento ubicado junto a la ventanilla, apunta con su cámara fotográfica en la dirección en que yo, en la vereda gris, voy, por Mendoza, de oeste a este, llegando a San Martín, enfundado, parsimonioso, en mi sobretodo negro, mientras un hombre, doblando de San Martín hacia Mendoza,
un hombre con un sombrero gris y un sobretodo del mismo color de entre cuyas solapas asoma una bufanda amarilla, me cede, educadamente, el paso, entre el ruido de las voces y de los motores de los automóviles, y de las risas, y de las puertas que se cierran y que se abren, y de los pasos que se arrastran sobre las veredas, y de los llaveros que los tipos hacen tintinear en sus manos enguantadas -si manos, si llaveros, si bufanda, si yo, si San Martín, si oeste, si vidrieras, si claridad, si comercio, si sombras y si esquina- pueden, ahora, y otra vez, significar, como quien dice, y si se me permite la expresión, algo. Hay, por decir así, cuatro esquinas, también, en la mente, en el recuerdo. Y es desde la esquina inferior derecha que voy llegando, despacio, a San Martín, y en la otra esquina, en diagonal, en la esquina superior izquierda, los clientes del Gran Doria, sentados en la penumbra matinal del café que contrasta nítida con la claridad exterior, miran, fumando pensativos, la calle; entre las otras dos esquinas se escalonan, se amontonan, los transeúntes, los coches, el ómnibus lleno de estudiantes, las dos calles que se cruzan, las vidrieras, y por encima de todo, el cielo, azul, que destella -si destella, si todo, si estudiantes, y si café, y si matinal-, tienen, incluso en el recuerdo, o en la mente, una, por decir así, significación. Y estoy estando siempre, ahora, en la negrura, en el mismo, flotando, errabundeando, dentro de algo, o en algo, que transcurre, con el recuerdo móvil que sube, desaparece, y vuelve,
empecinado, victorioso, a subir, desde el pantano, incierto, cambiante y en reposo, reducido, helado, inabordable, desde dentro o desde fuera, lugar. En las esquinas del recuerdo, móviles, confusas, hay, hacia el centro, más claro, las manchas de la mañana que se mueven, las manchas negras, verdes, amarillas, azules, blancas, pardas, las manchas de la mañana luminosa que flotan, cambiando, no únicamente, como organismos vivos, de forma, si no también, y continuamente, de lugar: el cielo azul, lleno de astillas
brillantes, liso, por encima de las casas grises o blancas, los automóviles que avanzan lentamente por Mendoza, de oeste a este, rojos, blancos, verdes, azules, negros, amarillos, los motores ronroneando en primera, los gritos y las risas, y las voces, los pasos arrastrándose sobre la vereda gris, las cortinas metálicas que bajan con un estrépito brusco, los llaveros que las manos enguantadas hacen tintinear, las vidrieras perfectamente acomodadas, las bocinas, la semipenumbra matinal del Gran Doria, a través de cuyas grandes vidrieras los clientes que toman despaciosamente vermut o café contemplan, abstraídos, fumando con parsimonia, la calle, las mujeres que pasan, después de haber hecho las compras, cargadas de paquetes, del brazo, bajo la mirada de los tipos abrigados con pulóveres azules, verdes, blancos,
ladrillo, lila, rojo, que fuman al sol, apoyados contra las vidrieras o parados, rígidos, en el cordón de la vereda, el ómnibus celeste lleno de estudiantes que han de haber venido, seguramente, a visitar la ciudad, en el interior del cual uno de los estudiantes, a medio incorporar en su asiento, manteniendo un equilibrio difícil como consecuencia de la inclinación del ómnibus al doblar, de Mendoza a San Martín hacia el sur, la esquina, apunta, cuidadosamente, con su cámara fotográfica, que le oculta la mayor parte de la cara, hacia el punto de la vereda gris en el que estoy desembocando a San Martín, justo para obligar al hombre de la bufanda amarilla a desviarse hacia la calle y cederme el paso, a mediodía, en el sol, en la calle, en el invierno luminoso -y los bordes carcomidos, o grisáceos, más bien, del recuerdo, se mueven, se estiran, o se retraen, el recuerdo que ha venido subiendo, por decir así, desde lo negro, y que titila, patente, en el centro del abismo como si estuviese diciendo, o como si estuviese, más bien, tratando de decir, que hay algo, algo, de donde sacar, como quien dice, la prueba contraria, la negación de la negación de que haya habido, en algún momento, mediodía, invierno, semipenumbra del Gran Doria desde la que hombres silenciosos observan, mientras fuman, la calle a través de grandes vidrieras, ómnibus de otra ciudad en el que un estudiante apunta, con su cámara fotográfica, a la vereda, cuatro esquinas inmersas en un estruendo luminoso, y sobre todo, desembocando desde Mendoza a San Martín, lo que habría de traer, como un recipiente, negro con sus coches, sus vidrieras, sus sonidos, su bufanda amarilla, su luz helada, hasta este punto, el recuerdo. Y como si fuese posible saber, si es de verdad recuerdo, de que, nítidamente, es recuerdo: o lo que puede haber de común, por decirlo de algún modo, entre la bufanda amarilla, y el recuerdo que sube, ¿de qué mundo?, amarillo, en forma de bufanda que se extiende, ahora, de las esquinas hasta el centro. No pareciera, no, que hubiese, o que debiera haber, mejor, común a las dos manchas amarillas, la que recuerdo, la que recuerdo que recuerdo, o la que creo, más bien, al verla aparecer, recordar, que ha estado, fuera, en alguna otra parte, en otro momento, ningún puente, ninguna, por llamarla de algún modo, relación. Y de los hombres que, creo haber dicho, parecieran estar, en la semipenumbra matinal del Gran Doria, fumando, tomando un café, no sé, verdaderamente, por decirlo de algún modo, nada: no podría decir, probablemente, a esta distancia si toman, de verdad, café, o si fuman, o si son, verdaderamente, hombres, a menos que pegue, por decir así, en ese vacío, recuerdos que no son, en el fondo, recuerdos de nada, de nada en particular, y de los que no podría decirse, ni siquiera, que son verdaderamente, en el preciso sentido de la palabra, si una palabra,
ha de tener, obligatoriamente, un sentido preciso, recuerdos. La taza, por otra parte, de café que, se supondría, habría estado subiendo, en ese momento, a los labios, no sería, en realidad, en el recuerdo, ninguna taza, y el café, ningún café, ninguna cantidad de líquido negro, humeante, cubierto de espuma dorada, que no ha ocupado, en ninguna parte, y nunca, ningún lugar, ni pasado, después de no haber sido tomado por nadie, amargo, indiferente, por ninguna garganta: no, no hay, en el recuerdo de ese café,
ningún café, y la bufanda amarilla, de la que debiera nacer la mancha amarilla que sube, ahora, sola, del pantano, flota, desintegrándose, ¿en qué mundo, o en qué mundos?

*Juan José Saer nació en Serodino (provincia de Santa Fe) el 28 de junio de 1937. Fue profesor de la Universidad Nacional del Litoral, donde enseñó Historia del Cine y Crítica y Estética Cinematográfica. En 1968 se radicó en París.
Su vasta obra narrativa, considerada una de las máximas expresiones de la literatura argentina contemporánea, abarca cuatro libros de cuentos En la zona (1960), Palo y hueso (1965), Unidad de lugar (1967), La mayor (1976) y diez novelas: Responso (1964), La vuelta completa (1966), Cicatrices (1969), El limonero real (1974), Nadie nada nunca (1980), El entenado (1983), Glosa (1985), La ocasión (1986, Premio Nadal), Lo imborrable (1992) y La pesquisa (1994). En 1983 publicó Narraciones, antología en dos volúmenes de sus relatos. En 1986 apareció Juan José Saer por Juan José Saer, selección de
textos seguida de un estudio de María Teresa Gramuglio, y en 1988, Para una literatura sin atributos, conjunto de artículos y conferencias publicada en Francia. En 1991 publicó el ensayo El río sin orillas, con gran repercusión en la crítica, y en 1997, El concepto de ficción. Su producción poética está
recogida en El arte de narrar (1977), paradójico título que expresa, quizás, el intento constante de Saer por -según sus propias palabras- "combinar poesía y narración". Ha sido traducido al francés, inglés, alemán, italiano y portugués.
Murió en París en junio de 2005. Sólo le faltaban cuarenta páginas para terminar su novela La Grande, basada en la última sinfonía de Schubert.

*Fuente: http://www.abanico.org.ar/2006/03/saer.lamayor.htm

“LE MAÎTRE DE MUSIQUE”*

Es
en soledad
donde es

En soledad
es donde
es

que expande

cariz de déspota
(atenaceado):
y vence el acecho

Es
como en el silencio
es
como en el silencio
el Otro
es.

*

It is
in loneliness
where he is

In loneliness
is where
he is

expanding

an air of despotism
(torn):
and thwarts the ambush

It is
like in the silence
it is
like in the silence
the Other
is.

*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar

-“LE MAÎTRE DE MUSIQUE”, filme dirigido por Gerald Corbiau.
-Traducido al inglés por Leticia Balonés.

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07/04/2008 GMT 1

PARA UNA CONCIENCIA NACIONAL DIFUNTA...

urbanopowell @ 13:54

El Barco*

*de Pablo Neruda
-1959-

Pero si ya pagamos nuestros pasajes en este mundo
por qué, por qué no nos dejan sentarnos y comer?
Queremos mirar las nubes, queremos tomar el sol y oler la sal,
francamente no se trata de molestar a nadie,
es tan sencillo: somos pasajeros.
Todos vamos pasando y el tiempo con nosotros:
pasa el mar, se despide la rosa,
pasa la tierra por la sombra y por la luz,
y ustedes y nosotros pasamos, pasajeros.
Entonces, qué les pasa?
Por qué andan tan furiosos?
A quién andan buscando con revólver?
Nosotros no sabíamos
que todo lo tenían ocupado,
las copas, los asientos,
las camas, los espejos,
el mar, el vino, el cielo.
Ahora resulta
que no tenemos mesa.
No puede ser, pensamos.
No pueden convencernos.
Estaba oscuro cuando llegamos al barco.
Estábamos desnudos.
Todos llegábamos del mismo sitio.
Todos veníamos de mujer y de hombre.
Todos tuvimos hambre y pronto dientes.
A todos nos crecieron las manos y los ojos
para trabajar y desear lo que existe.
Y ahora nos salen con que no podemos,
que no hay sitio en el barco,
no quieren saludarnos,
no quieren jugar con nosotros.
Por qué tantas ventajas para ustedes?
Quién les dio la cuchara cuando no habían nacido?
Aquí no están contentos,
así no andan las cosas.
No me gusta en el viaje
hallar, en los rincones, la tristeza,
los ojos sin amor o la boca con hambre.
No hay ropa para este creciente otoño
y menos, menos, menos para el próximo invierno.
Y sin zapatos cómo vamos a dar la vuelta
al mundo, a tanta piedra en los caminos?
Sin mesa dónde vamos a comer,
dónde nos sentaremos si no tenemos silla?
Si es una broma triste, decídanse, señores,
a terminarla pronto,
a hablar en serio ahora.
Después el mar es duro.
Y llueve sangre.

-Enviado para compartir por Ana. analia_gattasz@speedy.com.ar

PARA UNA CONCIENCIA NACIONAL DIFUNTA...

Lunes, 07 de Abril de 2008
El Verbo expropiado por el capital privado*

Por León Rozitchner *

Se da como cierto que los medios de comunicación -cuarto poder se definen, orondos, a sí mismos- son un poder sagrado, inamovible y absoluto, cuando en realidad son el producto de una expropiación del espacio público convertido en privado. Se presentan como si fueran el fundamento del poder democrático siendo exactamente lo contrario: su acceso está vedado a las diversas corrientes de expresión de la ciudadanía. Forman parte de una estrategia neoliberal mundial -el capital financiero internacional- que compró el dominio de la "opinión pública" al expropiar los medios de ejercerla. Basta
leer los diarios importantes del mundo: todos están defendiendo lo mismo diciendo lo mismo con las mismas palabras. Su propiedad en nuestro país es tan espuria como el origen de la propiedad de la tierra: aliados del terror y del genocidio. (No olvidemos: una exigencia del poder militar en su ultimátum a Alfonsín requería que la televisión en manos del Estado fuese privatizada: entregada a los grupos financieros en cuyo nombre dieron el golpe.) ¿Podemos hacernos los ingenuos y seguir ignorando que es necesario, para que democracia realmente haya, que los medios sean abiertos a todas las perspectivas de la ciudadanía? ¿Ocultarnos que el éter es un espacio material público que forma parte de la soberanía argentina, isomorfo con su geografía? Como si el golpe de los grandes dueños de la tierra, y los financistas que la convirtieron en fondo de inversión, no formara parte del plan desestabilizador de su estrategia política. ¿No exige entonces, por parte del poder político, nuevas "retenciones" sobre lo que han acaparado para dejarnos hambreados de saber, escuálidos de conocimientos, ignorantes sobre lo que estamos viviendo? Para poder dejarnos sin alimentos los media tuvieron previamente que dejarnos sin palabras. Para decirlo brevemente: el golpe de Estado mediático de los grandes dueños de la tierra habría sido imposible sin el poder de los grandes dueños de los media.
Todos discuten si fue o no fue un golpe. Lo importante, creo, es que el fantasma de un golpe de Estado, real o fantaseado, es lo que el poder de los medios necesita despertar para que nuevamente los habitantes se rindan a las fuerzas del mercado. Vuelven a suscitar otra vez el fantasma del terror
represivo desde aquellos que estaban en el estrado gualeguaychino: la Sociedad Rural, Carbap, Coninagro, la nueva pequeña burguesía de la Federación Agraria y, como si faltara algo para cerrar esta pastoral política que ya había ubicado a la derecha a una mujer de izquierda, lo inesperado: un cura paisano desde este extraño púlpito implorando a una nueva figura sagrada, a la Virgen Gaucha, rezando todos juntos un Padre Nuestro -mientras le extraen a la Tierra Madre todos sus nutrientes hasta
dejarla exhausta-. Eso sí: ningún "negro" trabajador en negro los acompañaba.
Este golpe de "los dueños de la tierra" -expresión acuñada por David Viñas- no habría sido posible sin el apoyo cómplice y monopólico de los media. El monopolio del poder mediático fue primero aliado de la dictadura genocida, junto con el poder económico y el religioso. Aliado que sirvió, y sigue sirviendo, para desactivar el espacio corporal y subjetivo de la ciudadanía: impedir que pueda tomar conciencia y cuerpo sobre la verdad de lo que nos pasa. Son el instrumento de la "dictadura del saber único" en el del dominio económico y político de la globalización financiera. Son los que han ido modelando la conciencia y el imaginario, las pocas valencias libres que el pavor del genocidio había dejado disponibles en los sujetos aterrados de la ciudadanía.
Los que valoramos a la palabra como ejercicio privilegiado de una actividad de intercambio social por excelencia, que se define como "el habla", la "lengua" o "el pensamiento", base de la humanización que define nuestro ser o no ser hombres, hemos sido despojados de su uso social y hemos sido excluidos del espacio público. Nos han limitado, ante el avance técnico de las comunicaciones, a ejercerla sólo en los ámbitos restringidos abiertos hace siglos por la galaxia Gutemberg: a los libros y a la revistas
especializadas que sólo son legibles para un público minoritario. En pocas palabras: hemos sido expropiados y expulsados del espacio social publico, nos han despojado del derecho humano de la expresión escrita o hablada. Es como si todos debieran leer un único libro: el que ellos escriben. La verdad circula sólo por lo que ellos permiten que se exprese y sus empleados -periodistas se llaman- repiten o dicen lo que el patrón les manda: en los media ha triunfado la dictadura del propietariado.
El papel de los "intelectuales". ¿Es posible que la universidad argentina, donde se elabora el saber "objetivo" y "científico" del conocimiento -el saber de los argentinos sobre nosotros mismos-, no tenga ni un canal de TV para difundir, en cada caso, un "saber" verdadero sobre cada circunstancia
política, económica, técnica y social que es su función pedagógica innegable? ¿Debemos seguir aceptando que la función pedagógica para las grandes mayorías haya sido delegada en los grupos financieros que la
organizan en provecho propio desde los media? Si rechazamos la privatización de la enseñanza por sectaria -que fue avanzando sobre todo luego de los golpes militares y económicos-, ¿podemos aceptar que el espacio público de la comunicación social siga expropiado por el capital privado?
No se trata entonces sólo de salir a decir que la tierra forma parte de un todo más amplio que es la nación misma. Habría que decir también que el "espacio" de los media es propiedad de la nación, de esa misma tierra etérea por donde la comunicación circula, que también su soberanía nos fue expropiada por los sucesivos golpes militares y económicos. El golpe económico del campo se apoya en la supervivencia, sobre la estela del golpe militar del '76: la amenaza del hambre se inscribe en la misma línea moral
genocida que la amenaza de extermino de la vida. Y que si una buena parte de la ciudadanía está confundida y ya no entiende nada es porque esos mismos medios van cotidianamente ablandando y configurando el imaginario y la conciencia de la población argentina, que termina pensando contra sí misma.
Lo extraño es que recién, por primera vez desde los medios, la presidenta de la República -y porque accedió a ellos en un momento culminante- aparezca exponiendo masivamente un saber antes cautivo, y le comunique a toda la población una parte de la trama trenzada de los intereses turbios, hasta ese
momento desconocida para la mayoría de los argentinos: ligar el genocidio militar con los media y con la economía. Intereses que están en juego nuevamente en este momento crucial en que el poder económico quiere sitiar al gobierno democrático para volver a despojarnos de lo poco ganado, y cuando todavía falta tanto. Y no es extraño que una ilustrada figura universitaria, prohijada por los media, le contestara para amonestarla: "No era el momento adecuado para que la presidenta de la República esbozara su tesis historiográfica sobre la complicidad de cualquier sector de la producción agraria con el golpe militar". Está claro: la "verdad" no es para que la sepa la mersa, sólo debe quedar circunscripta a las "tesis" de la academia universitaria. Que aparezca difundida desde el discurso de la primera figura política en la democracia, y sea difundida por los medios... ése es el pecado. Y nos está dando el ejemplo de aquello que los escritores debemos rendir para acceder a los medios públicos: sólo si aceptamos que la verdad llamada académica quede, clandestina, dentro de los claustros. Si renunciamos a decirla en público.
Esperemos que el Verbo, propiedad privada de los media, no sirva sólo de responso para una conciencia nacional difunta.

* Filósofo.

-Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/subnotas/102001-32129-2008-04-07.html

El diálogo con el campo
Se prepara la próxima crisis*

*Por Carlos Pagni
Para LA NACION
Lunes 7 de abril de 2008

Los Kirchner están preparando el próximo paro del campo. Es decir, su próxima crisis. Esta conclusión disparatada salta a la vista cuando se observa la conducta del Gobierno ante la tregua acordada con la dirigencia agropecuaria.
Los últimos 30 días demostraron que el conflicto conmueve una viga maestra de la vida pública argentina. Afecta a una actividad principal de la economía, pero también determina cuestiones fiscales, federales y políticas. Por eso, las próximas semanas, además de ser decisivas para la vida de un sector, traerán las claves de lo que puede esperarse del segundo gobierno Kirchner hasta que termine su mandato.
Hasta ayer la Casa Rosada no había convocado a la dirigencia rural a reanudar las tratativas. Circularon rumores de que la primera reunión sería pasado mañana, cuando se haya consumido el 25% del tiempo disponible para alcanzar un acuerdo. Mientras tanto, los chacareros apuran la cosecha y el oficialismo exhibe sus fisuras.
A nadie en el Gobierno se le ocurrió invitar a los gobernadores que estuvieron el martes en la Plaza de Mayo a exponer sus puntos de vista. Algunos de ellos, como Mario das Neves, de Chubut, comenzaron a criticar la estrategia frente al agro por la prensa. Das Neves impugnó al titular del equipo negociador, Alberto Fernández, ya muy débil para sentarse a la mesa. Los peronistas se la tienen jurada: lo culpan por la fallida estrategia de organizar un oficialismo transversal en detrimento del PJ. Por la boca de Das Neves hablan Juan Schiaretti (Córdoba), Carlos Reutemann (Santa Fe), Celso Jaque (Mendoza), Miguel Pichetto (Río Negro), entre otros.
El PJ se rearma en contra del sector del gabinete más dañado en la refriega por la soja. Los Kirchner están fuertes como para que este peronismo federal no reclame la coparticipación de las retenciones. Pero la discusión fluye en ese sentido: el jueves un diputado oficialista presentó en la Legislatura bonarense un proyecto para que Daniel Scioli exija lo que se le retiene a la provincia por su producción agropecuaria. Hay lugares donde halagar al campo comienza a dar más votos que halagar a Kirchner.
El gabinete también está quebrado. Martín Lousteau negociaba el martes con la industria alimenticia la aceleración del reabastecimiento. Se entero por la blackberry de Mario Ravettino (consorcio frigorífico ABC), de que, con el mismo objetivo, Guillermo Moreno había suspendido los embarques de carne. La medida la ejecutó la nueva titular de la Aduana, Silvina Tirabassi, sin informar a sus superiores. Digna discípula de su antecesor, Ricardo Echegaray.
Al frente de la ahora decisiva Subsecretaría de Producción, en Agricultura, estará Ricardo Angelucci, amigo de Felipe Solá y famoso por sus escenas de pugilato con Moreno en el Mercado Central. En la única entrevista con las entidades del campo, hace dos viernes, Moreno actuó como garante de un acuerdo. "Soy el economista de los pobres y les voy a asegurar la rentabilidad a los pequeños", dijo, como en una bienaventuranza. Fernández y Lousteau bajaron la cabeza. ¿Seguirán estando al frente de las tratativas? Ellos deberán cuidarse más del "fuego amigo" de los funcionarios que desean su fracaso que de los ceremoniosos ruralistas. Néstor Kirchner, sordo a su entorno y ciego a sus intereses, orquesta esta guerra de todos contra todos.
Hay una debilidad más grave en el gobierno: la argumental. Lousteau demostró que las retenciones a la soja no se aplicaron para favorecer a los productores de carne, leche o trigo, como sostuvo la Presidenta. Entre las compensaciones del ministro hay varias para aliviar a esos sectores del torniquete que les aplican en otras oficinas del Gobierno. Por ejemplo, la prohibición de exportar carne del día siguiente a sus anuncios.

La justicia distributiva
Tampoco es cierto que el objetivo sea la justicia distributiva. Gracias a las retenciones, la industria aceitera accede al poroto de soja con un descuento de 41 por ciento sobre el precio internacional, según los valores del viernes pasado. Pero el aceite está gravado con el 37 por ciento. Esa diferencia arancelaria realiza una transferencia de ingresos de los productores a los industriales. En diciembre, la brecha era de 35 a 32 por ciento. Es decir, aumentó un punto por las resoluciones de Lousteau. Aquí no rige el enojo de Cristina Kirchner con el senador cordobés Roberto Urquía, de Aceitera General Deheza.
El Gobierno provoca desviaciones similares de los productores de trigo a los molineros o de los de carne a los frigoríficos. Sin entrar en detalles más inquietantes: la justicia penal debe investigar si es cierto que grandes exportadores, enterados de las resoluciones que se preparaban, registraron operaciones con retenciones del 35 por ciento para conseguir ahora una ganancia adicional comprando a los productores con un descuento superior al 40 por ciento.
En definitiva, también las retenciones confirman que la concentración de la riqueza es una consecuencia principal de la política de precios de Néstor Kirchner.
Queda sin despejar la incógnita más general: por qué se escoge a un sector y no a todos los que producen una "renta extraordinaria". ¿O no se registran ganancias fabulosas en el sector inmobiliario, financiero o siderúrgico?
Sin embargo, la mayor debilidad que lleva el Gobierno a la negociación es su dificultad para ocultar que para sostener la arquitectura de subsidios hizo falta un desesperado impuestazo.
En los próximos cuatro meses, el Tesoro gastará cerca de 3000 millones de dólares en la importación de combustibles para evitar un cacerolazo energético.
Enarsa, por ejemplo, comprará en el mercado internacional gas natural licuado a 14 dólares el millón de BTU, cuando al productor local de gas se le paga US$ 1,20 y al consumidor domiciliario se le cobra US$ 0,50. Moreno -quien, al parecer, resume el saber de su época, fenómeno que no acontecía desde la muerte de Immanuel Kant- obliga a las petroleras a abastecer al mercado interno comprando gasoil a pérdida. Las distribuidoras de electricidad negocian por estas horas un fuerte aumento de tarifas para desalentar el consumo entre los vecinos pudientes. En síntesis: en el conflicto agropecuario, Cristina Kirchner paga parte de su mala praxis energética.
Así como debilita el frente oficial, el Gobierno abroquela a los productores. La base rural está de por sí movilizada: en el acto de Azul, el sábado, hubo más gente que la congregada por Cristina Kirchner en Lanús, el jueves. Pero, por las dudas, desde la Casa Rosada se preparó un spot publicitario en el que se identifica el paro con la intolerancia, el desabastecimiento y la inequidad. Se ve que el secretario de Medios, Enrique Albistur, quiere unir al campo y dejar sin margen de negociación a quienes lo representan.
La designación del ex titular de la Aduana Echegaray en la oficina encargada de distribuir el dinero de las controvertidas compensaciones, completa el plan. Ahora se confirmó que el objetivo oficial no es garantizar la calidad técnica de la medida, sino consagrar un mecanismo más de control político. Como los transportistas, los ganaderos, los lecheros, los gobernadores o los maestros, también los pequeños productores de soja se convertirán, de algún modo, en empleados de la administración central. Hasta ahora da la impresión de ser el único plan del Gobierno para evitar el paro.La mayor debilidad que lleva el Gobierno a la negociación es su dificultad para ocultar que para sostener la arquitectura de subsidios hizo falta un desesperado impuestazo.

*Fuente: La Nación
http://www.lanacion.com.ar/EdicionImpresa/politica/nota.asp?nota_id=1002056

Lunes, 07 de Abril de 2008

En quién confiar*

*Por Eduardo Aliverti

Ahora que el conflicto con "el campo" entró en lo que ese insuperado lugar común denomina como "tensa calma", uno profundiza el esfuerzo de revisar su postura para ver si acaso no quedó preso de la dinámica de tanto decibel atronador.
Una primera constatación es que, como toda la vida en este país, lo que sube no baja. Y si baja, es hasta niveles que siempre quedan por encima de antes de la subida. Al cabo del putsch rural, alimentos y combustibles pegaron una disparada que, en el mejor de los casos, ya no dejará de ser estirón. Esa
cuenta la pagan los sectores más desprotegidos de la sociedad. Y por mucho que los productores y rentistas agropecuarios se amparen en que precios y tarifas son empujados por cadenas de intermediación y empresas de servicios, ¿cómo rebatirán que su lockout fue el factor determinante para que los formadores inflacionarios hallen una excusa injustificable pero efectiva? ¿Qué dirán? ¿Que es justamente sobre esos actores donde debe operar el Gobierno para apropiarse de renta? ¿Lo cortés quita lo valiente? "Paro" del "campo", inflación agregada y nueva pérdida del poder adquisitivo de los más humildes y de la clase media. ¿Quiere decir que los que desataron, retroalimentaron y apoyaron el lockout agrario concluyeron en favor de la inflación? Impresiona un tanto contestar que sí, pero hay que ponerse a sacar cuentas. Volverán a brillar los instintos más ventajeramente bajos de lo peor del sector comercial. Allí el Gobierno no interviene más que para acordar precios que tanto constituyen la fantasía de Kirchnerlandia, como sirven al objetivo de trazar un consenso con las patronales a fin de que la
presión salarial sea manejable.
Algunos datos respecto de los intereses principales que se jugaron en la crisis con "el campo" fueron expuestos en este diario -o más bien recordados, porque no se trata de ningún misterio- por quien es reconocido como uno de los mayores expertos del país en economías regionales, Alejandro Roffman. Desde finales de los '80 abandonaron la actividad alrededor de 100 mil productores agropecuarios pequeños y medianos. De los que quedaron en total, muchos se dedicaron a cultivar soja en el verano, para luego hacer trigo, u otra actividad, en invierno. Más o menos 70 mil productores, sumados a apenas unos 2 mil que son los responsables del 80 por ciento de la producción de soja. ¿Qué hace el resto? Roffman cita la enorme gama de procesos de producción: actividad ganadera en todo el país, vacuna, ovina y porcina; frutas de pepita; frutas de carozo; uva; citrus; maíz y girasol; algodón; poroto; tabaco; yerba mate; té; avicultura; arroz; más la actividad hortícola, diseminada por todo el territorio. Esa lista, refuerza Roffman, subraya que el conflicto por el reparto de la ganancia y la renta empresarial de la soja abarca solamente al 20 por ciento de los productores.
Es en nombre de sus intereses que se paró el país y, como bien concluye, "ningún sojero corre el peligro de quebrar ni de morirse de hambre, sino que pelea, por sí o por intermediarios, para que no se le rebane el fabuloso incremento de sus beneficios netos".
Ninguna de estas u otras evidencias sirvió (¿ni servirá?) para frustrar de raíz la arremetida de un complejizado amontonamiento de actores sociales: grandes terratenientes, hoy con forma de grupos concentrados; pequeños-medianos productores, y rentistas, atizados por ver con la ñata contra el vidrio el reparto de una torta fabulosa; pulpos agroexportadores y proveedores de semillas que ni aparecieron en escena ni fueron señalados; y una murga ínfima de tilingaje urbano, en la que se aunaron genética gorila y frivolidad barullera, capaces, por la acción mediática, de construir imaginario de disconformismo profundo. Si esa congregación fue capaz de conmover al oficialismo y al país entero, el Gobierno no sólo debe cuestionarse sus "errores" de implementación económica. Debe replantearse
muy seriamente su modo de construcción política, que en la primera prueba de fuerza de magnitud le significó carecer de aliados considerables y suficientes. Llenó la plaza con el aporte preeminente del aparato pejotista.
Muy poco para enfrentarse con uno de los bloques de la derecha realmente existente, que no soporta ni siquiera este experimento de reformismo capitalista. Con una economía en crecimiento, la puja por la renta desata apetencias frente a las que es exiguo, y mediocre, continuar apoyados en un puñado de figuras. Este gobierno tiene muy pocos cuadros políticos, y si tiene más quedan sumergidos bajo el estilo autocrático de la pareja comandante. Defender la intervención del Estado en la economía para regular
los desequilibrios sociales, apropiando una parte de la renta de la clase dominante, requiere de mucho más que apelar a los recursos de simbología peronista versus gorilaje apátrida.
Es probable que el lockout agrario haya comenzado a marcar o tensionar los límites ideológicos del kirchnerismo, en el sentido de cuáles son las fuerzas sociales a las que sería capaz de recurrir para consolidar su modelo reformista de Estado más o menos presente. Esas fuerzas no existen per se.
Tiene que "inventarlas" desde una concepción mucho más horizontal en la forma de construir poder, sin por eso renunciar a lo imprescindible del liderazgo populista; apostar más y mejor al desarrollo de nuevos agentes productivos; animarse a salir del cascarón de aldea provinciana. No será revolucionario, dicho en ortodoxia ideológica, pero es lo que hay. Como apunta Ricardo Aronskind, economista y profesor de Ciencias Sociales, lo que está en discusión no es si con el kirchnerismo se vive bien, sino si
podríamos pasar a vivir francamente peor. Sostener y agudizar el esquema de reparto estatista, como acaba de ser comprobado y al margen de las tropelías antipopulares en la distribución de la riqueza, supone la furia de la derecha argentina, que es una de las más salvajes. Y volviendo al comienzo, a la "tensa calma", uno no ve que se haya equivocado en lo primordial, que es y seguirá siendo no equivocarse de enemigo.
Será difícil, vista la correlación de fuerzas y con los medios en contra, que la mayoría lo interprete firmemente de esa forma, si el sistema de construcción de poder pasa por la tontería indescriptible de agarrárselas con Sábat y confiar en los camiones de Moyano y los micros de los intendentes del conurbano.

*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-102000-2008-04-07.html

Martín Caparrós*

03.04.2008

Señora presidenta –¿o debería decir cuasi presidenta?–: en estos días le debe escribir mucha gente. Se ve que con esto de que habla tanto hay quienes quieren contestarle y, claro, no es tan fácil. Así que disculpemé si la molesto. No era mi intención. Y le juro que yo al Padrino sólo lo he visto en la pantalla.
La escuché con mucha atención esta semana y por momentos me confundieron algunas cosas que dijo, porque me pareció que también decía lo contrario: no entendí, por ejemplo, cuando habló mucho de la historia y los setentas y el golpe y los crímenes pero después dijo que no importa de dónde venimos sino hacia dónde vamos. O cuando dijo que el peronismo nunca había impulsado la lucha de los pobres contra los ricos y después no dijo qué hacía con una tal Eva Duarte. Y mejor no contarle cómo me enfurruño cuando la escucho hablar de los derechos humanos como si nadie o cuasi nadie más hubiera hecho nada, ni del simplismo de que no apoyar sus medidas equivalga a ser un golpista antipatria oligarca pampeano.

Pero lo que realmente me mató fue cuando dijo que el dibujo de Menchi Sábat era un “mensaje cuasi mafioso”. Le juro que le di vueltas, señora: ¿Cómo es ser cuasi mafioso? ¿Es como ser un poco virgen? ¿Ligeramente muerto? ¿Bastante robado? Primero no lo entendí, después lo detesté: señora, detesté ese cuasi.

Cuasi es una palabra particular –como lo son todas las palabras. Cuasi viene del lenguaje leguleyo, es lo que se solía llamar un latinajo, una palabra que marca diferencias entre los cultos y los incultos: usted podría haber dicho casi pero dijo cuasi, para hacer juego con la presentación que le hace el locutor: la doctora Cristina Fernández, todo eso. Es su estilo: algunas referencias populares pero que nadie se olvide de que es una abogada, faltaba más. Me dirá que eso no importa mucho, y yo le diré que es cierto, que cuasi no importa. Pero el tema es que usted no dijo cuasirrefleja, cuasi concluido, cuasimodo, cuasi cuasi: dijo cuasi mafioso, señora, lo llamó cuasi mafioso. Dijo algo muy pesado, y pensó que lo iba a aminorar con ese cuasi.
Si tiene que decir algo, señora cuasi presidenta, ¿por qué no lo dice de verdad, haciéndose cargo? Porque al final igual lo dice, claro, todos lo escuchamos –porque a usted, cuando habla, todos debemos escucharla, al fin y al cabo por voluntad electoral usted tiene el micrófono más grande–, pero lo dice como si lo dijera un poco menos. Lo dice pero le dará miedito o vergüenza o vaya a saber qué y lo dice más o menos, lo cuasi dice.
Y me da la impresión de que ahí hay una clave. Así hablan muchos argentinos, y así funciona mucho en su gobierno. No quieren decir lo que quieren decir o quieren decir lo que no quieren decir o tienen miedo de que no los entiendan o tienen miedo de que los entiendan y entonces cuasi dicen. Pero lo peor es que cuasi hacen: hacen pero no terminan de hacer, o hacen distinto.
A veces me cuasi gusta lo que usted cuasi dice, señora. Cuando dice que va a redistribuir, por ejemplo. Pero cuando dice que estas medidas económicas que le trajeron tantos problemas son redistributivas, ¿no debería decir cuasi redistributivas? Digo, porque hasta ahora se ve que, de la supuesta redistribución, ustedes hacen o intentan hacer la primera parte, recaudar el dinero; todos le creeríamos mucho más –o cuasi le creeríamos– si viéramos más clara la segunda parte: que usen ese dinero para cumplir con las necesidades urgentes de tantos argentinos, en lugar de sentarse encima y acumular poderes.
Pero no hablábamos de eso, hablábamos de cuasi. Usted acusó al Menchi Sábat de haberle mandado un mensaje cuasi mafioso. ¿O será que acusó a Clarín? Si quiere pelearse con uno de los mayores grupos monopólicos de la patria, que maneja como pocos las ideas e ideologías de los argentinos, señora cuasi, avise y vamos todos. Pero no parece, porque con ellos hace negocios, les ofrece prebendas. Así que el cuasi mafioso será Sábat, y entonces no: no nos toque al Menchi, mire vea, uno de los tipos más íntegros y respetados y queridos que hay en este país. Se equivocó, señora cuasi: se cuasi metió con el que no debía. Y hubiera sido más digno si, por lo menos, se hubiera metido de frente, sin el cuasi.
Cuasi respetuosamente,

M.C.

*Fuente: Crítica de la Argentina.
-Enviado para compartir por María Bar. mariabarleiva@yahoo.es

Correo:

Un citadino en la pampa gringa*

Pocas cosas mas desagradables que el trabajo pesan sobre los hombres, mis estimados. Fue la maldición bíblica la que obligó al polígrafo del barrio La República a trasladarse, muy a su pesar, a la mediterránea y docta ciudad de Córdoba. Ya bastante difícil es para vuestro cronista abandonar su barrio, así que imaginad, mis pacientes lectores lo incordioso que le resulta movilizarse mas de 400 km.
Pero, todas las protestas de este servidor fueron desmontadas con prolijidad por los irrefutables argumentos de las necesidades empresariales.
Así las cosas, emprendió Udi - obediente - el camino que lleva de la portuaria, fluvial y fenicia capital de los cereales a la capital del cuarteto, el automóvil y las sierras.
Para aquellos que ignoren (o hayan olvidado) ciertos datos esenciales de la demo-geografía pampeana les recomendaré que agarren los libros, que no muerden, o - en su defecto - un mapa carretero, como hizo este modesto escriba, quizás algo atemorizado ante la perspectiva de reencontarse con una materia que le amargó su poco destacable paso por las aulas del Colegio Nacional N° 1, de infausto nombre.
Para vuestra ilustración, queridos lectores, comentaré que los cuatrocientos y pico de kilometros que separan ambas urbes atraviesan las llanuras mas fértiles de estas ubérrimas tierras. Llanuras habitadas, mayoritariamente, por los rubicundos descendientes de aquellos esforzados suizos, piamonteses, lombardos y marchegianos que desde mediados del siglo XIX, y huyendo algunos después de la derrota en "La Primavera de los Pueblos", poblaron, laboraron y abonaron con su sudor y su sangre.
El camino - se sabe - suele tornarse monótono cuando uno debe concentrar la mirada al frente, máxime cuando todo lo que lo rodea se asemeja a un desierto verde, así que - ya anocheciendo - este servidor dió por bienvenida la aparición, en tierras cordobesas, de un grupo de vehículos estacionados a la vera de la ruta.
Relucientes vehículos todo terreno convivían en aparente paz con desvencijadas "chatas", algunas piras de neumáticos ardían cansinamente, miradas - con esa obsesión que tienen los humanos por el fuego - por grupos de mujeres mateando. Chicos corriendo, adolescentes en motos y una parrilla con varios kilos de carne vacuna, que brillaba por su presencia y aromatizaba el entorno.
Unas cien personas ocupaban el centro de la ruta, obligando a los conductores a detenerse, cosa que unos diez vehículos, entre automóviles y camiones, habían hecho, con una paciencia que ya quisiera este servidor haber visto frente a situaciones parecidas.
He de reconocer, mis estimados, que la predisposición de vuestro improvisado cronista agropecuario no era de las más amables para con los motivos, explicaciones y métodos que estas personas esgrimían para justificar su actitud, un tanto ¿compulsiva? a interrumpir el tránsito por una ruta nacional (o provincial, tanto dá).
Ya sea, pues, por motivos justos, o de los otros, este obligado viajero, al que aún le faltaban mas de 200 km. para llegar a su destino (bah, a Córdoba, que su destino vaya uno a saber dónde está) sintió bullir dentro suyo alguna dosis de indignación al ver a poseedores de extensiones de tierra valuadas en cientos de miles de dólares impidiéndole continuar su viaje y su (ejem) trabajo.
Fué aquí que Udi recordó ciertas expresiones de días atrás, cuando ante la irrupción de los morochos, esforzados, algo prepotentes y poco mediáticos defensores del elenco gubernamental en la Plaza de Mayo supuso que mucho más efectivo hubiese sido enviar, antes que la "patota" lumpen y pintoresca a la
"patota" de la AFIP a los piquetes de los capitalistas agrarios. Este poco idóneo plumífero sostuvo, entonces y ahora, que la variedad rural de la especie "capitalistus rapiñatis" debería sentir especial repulsión ante la mera posibilidad de que alguien sepa la verdadera magnitud de sus ventas, la suma de las declaradas y las otras, para no hablar de las ganancias que dichas ventas reportan.
Asi fue que, asumiendo actitud de inspector, bajó el polígrafo del barrio La República, devenido en falso botón del fisco, munido de su agenda símil cuero, y comenzó a tomar nota de las patentes de los vehículos, sin distinguir entre relucientes y embarrados.
Naturalmente esta actitud no pasó desapercibida para la pequeña multitud reunida sobre la calzada de la ruta, ni - todo hay que decirlo - para la fuerza policial, representada por una oficial rubia y muy producida y su ayudante, morocha, joven y de cara limpia. Algunos participantes de la Asamblea de capitalistas agrarios, y las representantes de la ley y el orden se dirigieron hacia el lugar en el que este escriba ejercía su ficticio rol de buchón de la ex-DGI. Esta peculiar "Task Force" se acercó a
vuestro cronista de segunda con una mirada entre inquisitoria y hostil (salvo la agente de policía más joven, que sonreía un tanto pizpireta. Habréis notado, mis queridos, que de ciertas cosas no se vuelve...).
Requerido que fue, por parte de esta comisión de ¿notables? el motivo de la actitud de pesquisa que parecía adoptar este falso periodista (ya sabemos que los periodistas "de verdad" se ocupan de reflejar los conflictos de la "gente" con los demás habitantes de este suelo) la respuesta, en parte fruto
de la inspiración del momento, en parte meditada, forzoso es reconocerlo, trató de hacer entrar en las bien pobladas (exteriormente) molleras de quienes proclamaban que "cultivar el suelo es servir a la patria" que la ocupación de la calzada de una ruta impidiendo el tránsito a otros compatriotas está debidamente clasificada en ciertos conjuntos de libros que suelen denominarse, por comodidad descriptiva como "leyes" y - detalle no menor - expresamente prohibida por esas mismas leyes. Asimismo preguntó este escriba con veleidades de justiciero fiscal a sus dignos interlocutores
(aunque con la mirada pendiente en las reacciones de la joven policía, la morocha, que a estas alturas demostraba un interés mayor que el que pudiese esperarse de su triste oficio en las palabras de vuestro cronista) si no coincidían en la generalizada creencia que sostiene que es deber de todo buen ciudadano denunciar la comisión de un delito - es decir: una violación a las leyes - allí dónde lo reconociese.
Con la mejor cara de ciudadano respetuoso y ¿Por qué no? amante de la legalidad instituída y la corrección política sugirió entonces vuestro polígrafo que un grupo de personas que tan acendradamente defendían el respeto a aquellas leyes que consagran el derecho a la propiedad privada no deberían hallar mácula en la intención de proteger otro derecho, quizás de no tanta importancia, aunque sí relevante para un servidor, en este caso el de libre tránsito.
Cierto es, mis estimados, que la situación requería de un considerable esfuerzo de dramatización por parte de este servidor, habrá incluso quienes lleguen a hablar de cinismo, pero ¡nadie es perfecto!, coincidiréis - supongo.
Así las cosas reforzando la tesis antes expuesta redobló Udi la apuesta y especuló sobre las incomodidades e incordios que sufrirían, sin duda, aquellos propietarios de vehículos denunciados por ante el juzgado federal más próximo por la comisión del delito antes citado. Esto, naturalmente, sin
perjuicio del íntimo convencimiento de vuestro narrador sobre la casi segura inutilidad del proceso, dado que a nadie escapa que semejante causa tendría muy escasas probabilidades de encontrar un juez accesible a su prosecución.
Sin embargo, y notad aquí mis queridos y fieles lectores que en esto radicaba toda la posibildad de éxito de esta jugada. como quién dice "cantar retruco con el cuatro de copas", hasta que un juez atribulado de cosas más importantes desechara las denuncias la lenta pero inexorable maquinaria
judicial se habría echado a rodar, emitiendo los citatorios pertinentes al caso, etcétera, con las consiguientes molestias para los propietarios de los vehículos denunciados, que a la sazón ya no parecían tan relucientes.
Para abreviar el relato, que ya estará cansando a algunos, por cierto, se consignará aquí, brevemente, que la "comisión de notables", y la policía rubia y producida, se dirigió hacia dónde se hallaba el grueso de la autodenominada "asamblea de productores". No así la policía joven, que halló importantes razones de servicio para inquirir a vuestro cronista sobre su lugar de procedencia y destino, motivos de viaje y hasta la asiduidad de los mismos. Este polígrafo, a despecho de sus prevenciones de toda la vida
respecto a los guardianes del orden (instituído) le solicitó a la joven y bella agente de la vieja y fiera institución policial su número de teléfono celular, a fin de interiorizarla en forma más acabada de sus hábitos de viaje, preferencias musicales y demás datos que pudiesen predisponerla favorablemente hacia un servidor. En eso estaba la conversación cuando una persona de la "comisión de notables" se acercó a vuestro cronista y su automóvil profiriendo voces al estilo de "Má, sí. Pasá y la reputa madre que
te parió". Lo cual viene a demostrar su falta de tacto, dado lo privado de la charla que este viajero mantenía con la joven agente policial. Al mismo tiempo el grupo de habitantes de nuestra "pampa gringa" se dividía en dos fracciones, a ambos lados de la ruta, pero monolíticamente unidas en su evaluación (y reprobación) de los procederes de este servidor, todo lo cual era demostrado vehementemente y con expresiones que este cronista considera impropio reproducir en estas líneas. (Para quién quiera conocer detalles sobre el vocabulario de nuestros "productores autoconvocados" estará este polígrafo dispuesto a contarlas a través de correos personales).
Siempre es bueno saber hasta dónde se puede tensar la cuerda, se dijo Udi, vagamente sentencioso. Y fue así que vuestro narrador subió presuroso a su automóvil, no sin algún temor a que el mismo fuese objeto de injurias aún más perniciosas, y poniendo una primera interminable se perdió en la obscuridad de la llanura pampeana, saboreando su módica (y casi inútil) victoria contra la prepotencia del capital agrario, y lamentando no haber tenido suficiente tiempo para obtener el número de la joven y bella agente policial.

En este punto, mis pacientes lectores, me veo forzado a abandonar el tono intimista y casi confidencial.
No había recorrido unos cien metros cuando noté a un joven "haciendo dedo".
Necesitado de algo de charla detuve el auto y lo llevé hasta la localidad siguiente. En el trayecto el chico - no más de veinte años - me contó que su patrón lo había llevado al "piquete" a la mañana, para quemar los neumáticos al costado y en el centro de la ruta. Eso sí, le había pagado un sandwich y
una coca. En concepto de "participación en las ganancias" habrá sido.
Ni siquiera con sus manos hacían la protesta estos señores.
Puaj.

*de Udi udi.cuatro.catorce@gmail.com

*

Queridas amigas, apreciados amigos:

El domingo 6 de abril del 2008 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor brasilero Alcyr Guimaraes. Las poesías que leeremos pertenecen a Christiano Whitaker (Brasil) y la música de fondo será de Bandolas de Venezuela (Venezuela). ¡Les deseamos una feliz audición!

ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!

REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com

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