El último trabajo*
Estaba dando las últimas paletadas a la tierra para terminar el agujero. Lo hacía sin prisa, con un ritmo cansino, porque había algo en su interior que le decía que éste sería el último servicio. La última fosa que cavaría.
En el curso de su vida había creído siempre en estas sensaciones y sabía muy bien que si presentía alguna cosa, ésta, acababa ocurriendo.
Sólo la curiosidad le animó a fisgar en el ataúd. Normalmente no estaba interesado en saber quien y como era el finado, pero tratándose del último trabajo, entendió que era normal tener curiosidad.
Abrió la tapa con ambas manos y se vio a si mismo, rígido, frío y aún cansado por el esfuerzo de cavar su propia tumba.
*de Joan. joan@cimat.es
EN LAS FRONTERAS DE LA REALIDAD...
Martes, 08 de Abril de 2008
Las consecuencias en la población del herbicida del monocultivo
Soja para hoy, enfermedad para mañana*
El modelo sojero funciona sobre la base de un agrotóxico, el glifosato, denunciado por causar malformaciones a recién nacidos, abortos espontáneos, cáncer y muerte. Varios estudios confirman el daño que produce en humanos. Los casos.
*Por Darío Aranda
Ojos irritados. Dolor de cabeza y estómago. Vómitos. Piel –de manos, cara y piernas– en carne viva. Es la historia clínica de Maira Castillo, de sólo 4 años, que tuvo su primera intoxicación aguda con agrotóxicos, con posterior internación y terapia intensiva. La familia Castillo vive en Quimilí, integra el Movimiento Campesino de Santiago del Estero (Mocase-Vía Campesina), trabaja esa chacra desde hace cinco décadas y no duda en la causa de sus males: miran al campo vecino, millares de hectáreas con soja, y señalan una avioneta bimotor que fumiga con veneno. Miles de casos, y cientos de denuncias, se repiten desde hace diez años en decenas de provincias, pero siempre chocaron con la misma barrera legal, la falta de estudios que avalen el padecimiento campesino. Aquí, una serie de investigaciones que confirman el efecto tóxico y contaminante del glifosato, el herbicida más utilizado en la industria sojera. Todas las acusaciones apuntan al producto comercial Roundup –de la compañía estadounidense Monsanto, la empresa de agronegocios más grande del mundo–, acusado de provocar alergias, intoxicaciones, malformaciones, abortos espontáneos, cáncer y muerte. Campesinos, pueblos originarios, médicos rurales, bioquímicos e investigadores coinciden en las denuncias y responsabilizan al actual modelo agropecuario, de monocultivo, semillas transgénicas y químicos.
Soja, químicos y acusaciones
La soja sembrada en el país ocupa 16,6 millones de hectáreas de diez provincias y tiene nombre y apellido: “Soja RR”, de la empresa Monsanto. Se llama así porque es “Resistente al Roundup”, nombre comercial del glifosato. El químico se aplica en forma líquida sobre las malezas, que absorben el veneno y mueren en pocos días. Lo único que crece en la tierra rociada es soja transgénica, modificada en laboratorio.
Jesús María, Las Peñas, Sebastián Elcano, Villa del Totoral. Todos pueblos y ciudades del noreste cordobés donde las poblaciones rurales ancestrales sufrieron intentos de desalojos por parte de empresarios y productores sojeros. Quienes resistieron, organizados en el Movimiento Campesino de Córdoba (MCC), este año sufre un nuevo embate: aviones fumigadores pasan sobres sus casas, arruinan los sembradíos, mueren los animales y la salud comienza a resentirse. “Ya hubo intoxicaciones. Después de cada fumigación tienen que ir al hospital. Lo que no pudieron hacer con las topadoras lo quieren lograr con el veneno para la soja”, afirmaron desde el MCC, integrante a nivel nacional del Movimiento Campesino Indígena (MNCI).
Comunidades ancestrales acusan a la industria de los agronegocios de contaminar aire, agua, alimentos y suelo. Estudios médicos puntualizan en efectos agudos. “Los síntomas de envenenamiento incluyen irritaciones dérmicas y oculares, náuseas y mareos, edema pulmonar, descenso de la presión sanguínea, reacciones alérgicas, dolor abdominal, pérdida masiva de líquido gastrointestinal, vómito, pérdida de conciencia, destrucción de glóbulos rojos, cambios de coloración de piel, quemaduras, diarrea, falla cardíaca, electrocardiogramas anormales y daño renal”, asegura una recopilación de estudios realizada por el médico de la UBA Jorge Kaczewer, especializado en ecotoxicología.
Las empresas sojeras reconocen la utilización, como mínimo, de diez litros de Roundup por hectárea. Los campos argentinos fueron rociados el último año con 165 millones de litros del cuestionado herbicida. Un volumen similar al contenido en 330 mil tanques de agua hogareños.
Malformaciones y abortos
San Cristóbal es un poblado de quince mil habitantes en el norte de Santa Fe. En agosto de 2005, el intendente Edgardo Martino denunció que en el primer semestre del año se habían producido once nacimientos con malformaciones congénitas, y tres habían fallecido a los pocos días. También advirtió la existencia de otros tres casos en localidades vecinas. No aventuraba causas posibles, pero reconocía que todas las acusaciones apuntaban a las plantaciones de soja –y los agrotóxicos utilizados–, que habían crecido de forma exponencial en la última década.
En el mismo fenómeno habían fijado su interés un equipo multidisciplinario de profesionales. A partir de un estudio científico, realizado durante dos años y encabezado por el Hospital Italiano de Rosario, vincularon malformaciones, cáncer y problemas reproductivos con exposiciones a contaminantes ambientales, entre ellos el glifosato y sus agregados. El estudio, a cargo del médico e investigador Alejandro Oliva, abarcó seis pueblos de la Pampa Húmeda y encontró “relaciones causales de casos de cáncer y malformaciones infantiles entre los habitantes expuestos a factores de contaminación ambiental, como los agroquímicos”.
El relevamiento confirmó que las funciones reproductivas, tanto femeninas como masculinas, son altamente sensitivas a diferentes agentes químicos de la actividad agrícola. También destaca que el efecto tóxico puede producirse mediante dos mecanismos: el contacto directo con la sustancia, o bien que los padres la hayan absorbido y transmitido a través de sus espermatozoides y óvulos a los hijos. Remarca que los factores ambientales, como la exposición a pesticidas y solventes, contribuyen a la infertilidad.
“Momento de parto. El bebé no llora. La madre desespera. El niño está muerto”, relata en su libro La soja, la salud y la gente el médico rural de Entre Ríos Gabriel Gianfellice que, aturdido por las muertes prenatales, los embarazos que no llegaban a término, los casos de cáncer y los arroyos sembrados de peces muertos –todo citado en su escrito–, comenzó a investigar qué sucedía en Cerrito –al noroeste provincial–, lugar donde vive desde hace 28 años. “Empezaron a aparecer dos patologías, la muerte de bebés durante el parto y muerte fetal precoz (situación donde se produce el embarazo, la bolsa, la placenta, pero no se produce el bebé), que aumentó en forma extraordinaria en toda la zona desde 1999”, asegura.
El bioquímico Eric Seralini, de la Universidad de Caen (Francia), descubrió que el glifosato mata una gran proporción de células de la placenta, aun en concentraciones menores a las utilizadas en agricultura. “Esto podría explicar la gran incidencia de partos prematuros y abortos espontáneos”, señaló. El médico e investigador Jorge Kaczewer remarcó que el estudio francés “confirmó que el Roundup siempre es más tóxico que su ingrediente activo, el glifosato”, y también confirmó que el herbicida provoca malformación congénita, muerte neonatal y aborto espontáneo.
Fumigaciones y cáncer
El Grupo de Reflexión Rural (GRR) censó diez pueblos con denuncias sobre contaminación con Roundup. El caso testigo fue el barrio Ituzaingó, en las afueras de Córdoba. Allí viven cinco mil personas, 200 de ellas padecen cáncer. El barrio, humilde, de casas bajas, está rodeado de monocultivo. Al este, norte y sur hay campos con soja, sólo separados por la calle. “En todas las cuadras hay mujeres con pañuelos en la cabeza, por la quimioterapia, y niños con barbijo, por la leucemia”, lamenta Sofía Gatica, integrante de las Madres de Ituzaingó (organización nacida a medida que las enfermedades se multiplicaban), que padeció la muerte de un bebé recién nacido (con una extraña malformación de riñón) y, en la actualidad, su hija de 14 años convive con dos plaguicidas en la sangre, intoxicación confirmada por estudios oficiales.
El relevamiento del GRR confirmó alergias respiratorias y de piel, enfermedades neurológicas, casos de malformaciones, espina bífida, malformaciones de riñón en fetos y embarazadas. En marzo de 2006, la Dirección de Ambiente municipal analizó la sangre de 30 chicos: en 23 había presencia de pesticidas. “En todas las familias hay algún enfermo de cáncer, de todo tipo, pero sobre todo de mamas, estómago o garganta”, relató Sofía, con veinte años en el lugar, y se larga con una lista de otras consecuencias: bebés sin dedos, con órganos cambiados, sin maxilares y cambios hormonales. “En mi cuadra hay una sola familia sin enfermos”, lamenta, y reconoce que todos quisieran dejar el barrio.
Otro de los pueblos censados fue Monte Cristo, Córdoba, donde sobre una población de 5000 personas, entre 2003 y 2004 se registraron 37 casos oncológicos, 29 malformaciones congénitas e innumerables fumigaciones. En Las Petacas, Santa Fe, 200 kilómetros al sudoeste de Rosario, viven 800 habitantes y en los últimos diez años hubo 42 casos de cáncer y 400 personas con alergias. Sólo en octubre de 2005 murieron cinco personas de cáncer y dos de leucemia. Todos acusan a las fumigaciones. Se repiten las historias en San Francisco (Córdoba) y San Lorenzo, San Justo, Piamonte, Alcorta y Máximo Paz (Santa Fe). “El cáncer se ha convertido en una epidemia masiva en miles de localidades y el responsables es sin duda el modelo rural. Es una catástrofe sanitaria impulsada por las grandes corporaciones”, denuncia el GRR.
Una historia oscura
Por D. A.
Monsanto es la empresa de agronegocios más grande del mundo, con ventas en 2006 por 4476 millones de dólares, controla el 20 por ciento del mercado de semillas. La empresa, que rechazó hablar con este diario, publicitaba que el Roundup era “biodegradable” y resaltaba el carácter “ambientalmente positivo” del químico. La Fiscalía General de Nueva York reclamó durante cinco años por publicidad engañosa. Recién en 1997, Monsanto eliminó esas palabras en sus envases. Tuvo que pagar 50 mil dólares de multa. “Es la última de una serie de grandes multas y decisiones judiciales contra Monsanto, incluyendo los 108 millones de dólares por responsabilidad en la muerte por leucemia de un empleado texano en 1986; una indemnización de 648 mil dólares por no comunicar a la EPA datos sanitarios requeridos en 1990; una multa de un millón impuesta por el fiscal general del estado de Massachusetts en 1991 por el vertido de 750 mil litros de agua residual ácida; y otra indemnización de 39 millones en Houston (Texas), por depositar productos peligrosos en pozos sin aislamiento”, acusa el investigador. En Argentina, Monsanto cuenta desde 1956 con una fábrica en Zárate (Buenos Aires), donde radica su planta de producción de glifosato, la más importante de América latina. Publicidad corporativa asegura que controla el 95 por ciento del mercado de la soja sembrada en el país y, sobre el Roundup, festeja: “Es líder mundial en su especialidad y ha creado una verdadera revolución en la actividad agropecuaria de cientos de países”.
Las muertes y las dudas
Alexis, de un año y medio. Rocío y Cristian, ambos de 8 años. “Los primos Portillo”, como los conocían en el paraje rural Rosario del Tala, poblado de Gilbert, departamento entrerriano de Gualeguaychú. En siete años, de mayo de 2000 a enero de 2007, los tres fallecieron. Otra prima, Ludmila, de 18 meses, fue internada con un grave cuadro de intoxicación. Norma Portillo, mamá de Cristian, denunció la contaminación del agua y apuntó contra el uso de agroquímicos en las plantaciones de soja que rodean la vivienda familiar. Luego de cada fumigación, los chicos sufrían mareos, vómitos y dolores de cabeza. El 15 de enero de 2007, dos días antes de la muerte de Cristian, las avionetas habían fumigado durante todo el día.
La familia Portillo ya no se refresca en el arroyo cercano, ya no usa el agua de pozo para cocinar y beber y ya no habita donde siempre había vivido. Abandonaron su histórica vivienda hace un año y se trasladaron al pueblo. “Cuando fumigaban, nos encerrábamos en la pieza. Por días nos dolía la cabeza, picaba la garganta y ojos. Y si llovía, el arroyo bajaba con peces muertos. En el campo hay palomas, perdices y liebres muertas, nada deja el veneno”, explica Norma.
Por lo bajo, en la Dirección de Maternidad e Infancia de Entre Ríos ya hablan del “efecto sojero”. Las versiones oficiales, del hospital local y la Coordinación de Salud de Gualeguaychú, primero hablaron de consanguinidad de los padres (un matrimonio está conformado por primos hermanos), luego echaron culpas a “una bacteria desconocida” y más tarde al supuesto estado de desnutrición de los niños. “Es mentira. Somos pobres, pero la comida no les faltaba”, lamenta Norma, llora y se indigna: “Los sojeros nos envenenan, matan a nuestros hijos y resulta que la culpa es nuestra”.
*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/subnotas/102045-32167-2008-04-08.html
La mayor*
*Juan José Saer
Otros, ellos, antes, podían. Mojaban, despacio, en la cocina, en el atardecer, en invierno, la galletita, sopando, y subían, después, la mano, de un solo movimiento, a la boca, mordían y dejaban, por un momento, la pasta azucarada sobre la punta de la lengua, para que subiese, desde ella, de su disolución, como un relente, el recuerdo, masticaban despacio y estaban, de golpe ahora, fuera de sí, en otro lugar, conservado mientras hubiese, en primer lugar, la lengua, la galletita, el té que humea, los años: mojaban, en la cocina, en invierno, la galletita en la taza de té, y sabían, inmediatamente, al probar, que estaban llenos, dentro de algo y trayendo, dentro, algo, que habían, en otros años, porque había años, dejado, fuera, en el mundo, algo, que se podía, de una u otra manera, por decir así, recuperar, y que había, por lo tanto, en alguna parte, lo que llamaban o lo que creían que debía ser, ¿no es cierto?, un mundo. Y yo
ahora, me llevo a la boca, por segunda vez, la galletita empapada en el té y no saco, al probarla, nada, lo que se dice nada. Soplo la galletita en la taza de té, en la cocina, en invierno, y alzo, rápido, la mano, hacia la boca, dejo la pasta azucarada, tibia, en la punta de la lengua, por un momento, y empiezo a masticar, despacio, y ahora que trago, ahora que no queda ni rastro de sabor, sé, decididamente, que no saco nada, pero nada, lo que se dice nada. Ahora no hay nada, ni rastro, ni recuerdo, de sabor: nada.
El fluorescente, que titila, imperceptible, hunde y saca de lo negro, alternadamente, en el atardecer, la cocina. Me paro, con la taza en la mano, y salgo a la penumbra azul. Es fría y cintilante. Está la escalera, desnuda, que sube hacia la terraza. Ahora voy avanzando, en el aire azul, en la terraza, y en la penumbra azul, en la altura, en el cielo, está la luna. El gran círculo amarillo comienza, por decir así, a brillar. Y en la penumbra azul, desde el centro de la terraza abierta, los techos, las terrazas, las
ventanas iluminadas, los monoblocs, el rumor de las seis que sube, monótono, desde las calles, mientras voy, con la taza en la mano, hacia mi cuarto.
Ahora estoy sentado frente a la mesa, la taza vacía a un costado de las manos apoyadas sobre la carpeta verde donde dice, en tinta roja, en grandes letras de imprenta, PARANATELLON. Estoy inmóvil: una mano apoyada en el dorso de la otra, sobre la carpeta verde, cerrada, donde dice, en tinta roja, en grandes letras de imprenta, irregulares, rápidas, PARANATELLON. La taza vacía está a un costado, junto a la carpeta, contra un fondo de libros amontonados, de papeles, y un vaso lleno de lápices, de lapiceras, de biromes. Y en la pared amarilla, al alzar la cabeza, enmarcado por cuatro varillas negras, entre cuatro márgenes blancos, anchos, el Campo de trigo de los cuervos. No pienso nada, lo que se dice nada. Y no recuerdo, tampoco, nada: no sube, por decir así, ¿desde dónde?, ningún relente, nada. No estoy tampoco en otro lugar: es siempre, ahora, el mismo, frío, iluminado, con los libros amontonados, y los papeles, y el Campo de trigo de los cuervos, lugar. Estoy estando siempre, ahora, en el mismo, con la taza vacía y las manos cruzadas sobre el PARANATELLON, sobre la mesa, lugar. Y ahora me estoy
levantando, estoy yendo por la terraza ahora negra, entre las luces fijas que brillan, en círculo, a mi alrededor, desde los techos y las ventanas y las terrazas que se han borrado, viendo la luna dura, fría, redonda, que brilla, sin destellar, en el cielo. En el cielo de las siete, en invierno, está, redonda, fría, brillando sin destellar, decía, la luna. Y decía que otros, ellos, antes, podían. Mojaban, despacio, en el atardecer, en la cocina, en invierno, la galletita, y subían, después, la mano, desde la taza de té, a la boca, dejaban la pasta azucarada, durante un momento, en la punta de la lengua, y en seguida, ¿y desde dónde?, subía, como un vapor, el recuerdo. Y decía: que dejaba atrás la cocina entraba en el aire azul y
subía, con la taza en la mano, las escaleras. Con la taza en la mano: las escaleras. Estaba, en el cielo de las seis, dura, brillante, sin destellar, decía, la luna. Y decía: que la luz del fluorescente, titilando,
imperceptible, hundía y sacaba, alternativamente, entera, de lo negro, la cocina. Ahora estoy estando en la punta de la escalera, en el aire oscuro, frío, de las ocho: y ahora estoy estando en el último escalón, estoy estando en el penúltimo escalón, estoy estando en el antepenúltimo escalón ahora. En el antepenúltimo ahora. Y ahora estoy estando en el primer escalón. Decía que ellos, otros, en otro, como quien dice, lugar, mojaban, durante un momento, en la taza de té, la galletita, se la llevaban, en seguida, a la boca, dejándola un momento reposar sobre la punta de la lengua, y empezaban, después, a drenar, por decir así, el bloque, empastado, de los años, porque había, todavía, para ellos, o en ellos, años, y decía que iba subiendo después, con la taza en la mano, las escaleras, que iba atravesando, en la penumbra azul, la terraza, y que miraba, alternativamente, la luna fría, las luces nítidas, girando, inmóviles, y en su lugar, alrededor, los techos, los patios negros, las terrazas, y que estaba mirando, más tarde, las manchas amarillas, azules, verdes, negras, pardas, enmarcadas, con mucho blanco alrededor, entre las varillas negras, que sobre un fondo, desordenado, de papeles, de libros, estaban la taza vacía, las manos cruzadas sobre la carpeta verde, bajo las letras irregulares, rápidas, en tinta roja, que decían PARANATELLON, que estaba estando, primero, en el último escalón, en el penúltimo, en el antepenúltimo escalón, en el ante antepenúltimo, en el primer escalón, en el patio, yendo otra vez, con la taza vacía, a la cocina que entra y sale, en su lugar, una y otra vez, imperceptiblemente, como todo
lo demás, de lo negro. El chorro de la canilla cae sobre la taza vacía, y el agua humeante desborda. Me llegan, desde la sala, peculiares, las voces de la televisión, y subrayándolas, por debajo, o por encima más bien, o detrás, si se quiere, de a ráfagas, la música. Como solo. La carne fría, fibrosa, y el pan de la mañana, amasijados, mezclados, pasan, de a pedacitos, por la garganta. El vino negro los disuelve y los empuja hacia atrás, hacia el fondo. Han de estar, en la oscuridad, uno detrás de otro, bajando. Han de
irse depositando en el fondo, donde la maquinaria ha de haber comenzado, ya, a trabajar. Y cuando me levanto, la comida, que ya es recuerdo, queda, en otro, por decir así, y en el que estoy todavía estando, y que debiera, sin embargo, ser el mismo, lugar. Ahora estoy estando en el primer escalón, en la oscuridad, en el frío. Ahora estoy estando en el segundo escalón. En el tercer escalón ahora. Ahora estoy estando en el penúltimo escalón. Ahora estuve o estoy todavía estando en el primer escalón y estuve o estoy todavía estando en el primer y en el segundo escalón y estuve o estoy estando, ahora, en el tercer escalón, y estuve o estoy estando en el primer y en el segundo y en el cuarto y en el séptimo y en el antepenúltimo y en el último escalón ahora. No. Estuve primero en el primer escalón, después estuve en el segundo escalón, después estuve en el tercer escalón, después estuve en el antepenúltimo escalón, después estuve en el penúltimo y ahora estando en el último escalón. Estuve en el último escalón y estoy estando en la terraza ahora. No. Estuve y estoy estando. Estuve, estuve estando estando, estoy estando, estoy estando estando, y ahora estuve estando, estando ahora en la terraza vacía, azul, sobre la que brilla, redonda, fría, la luna. Fija, en el cielo, lisa, borrando, a su alrededor, las estrellas, y frente a mí, y refractaria, a su modo, chata, imaginaria, un nombre únicamente, una palabra, la luna. Enciendo, en el cuarto helado, la luz. Sobre la mesa, contra un fondo desordenado de libros, de papeles, a un costado del vaso lleno de lápices, de biromes, rojas, negras, verdes, azules, la carpeta verde, cerrada, en cuya tapa estoy escribiendo, en grandes letras rápidas, nerviosas, con tinta roja, PARANATELLON. Y en la pared, sobre el escritorio, con mucho blanco alrededor, detrás del vidrio, el Campo, ¿pero es verdaderamente un campo?, de trigo, ¿pero es verdaderamente trigo?, de los cuervos, y uno podría, verdaderamente, preguntarse si son verdaderamente cuervos. Son, más bien, manchas, confusas, azules, amarillas, verdes, negras, manchas, más confusas a medida que uno va aproximándose, manchas, una mancha, imprecisa, que se llama justamente, así, porque de otra manera no se sabría, que no es, o que no forma parte, del todo: un límite. Y la llama del fósforo que llevo, con cuidado, hacia el cigarrillo que cuelga de los labios, ondula, una mancha, amarilla y azul, móvil, y se estremece, después, entera, cuando la soplo, varias veces, antes de apagarse. El humo sube, en la habitación, inmóvil. Va, por decir así, dispersándose, en el aire, iluminado, arabescos y láminas, y una bruma tenue, grisácea ahora, en
suspensión, alrededor, especialmente, de la lámpara. Han de estar oyéndome, allá abajo, en la sala, las voces, peculiares, de la televisión, y detrás de ellas, y debajo, o alrededor, si se quiere, intermitente, la música.
Intermitentes, las voces, peculiares, de la televisión, han de estar oyéndose, allá abajo, en la sala, que es otro, con la luz azulada que titila, y ellas dos sentadas en los sillones desde el atardecer, en la
penumbra, lugar. Al sacudir, sobre el cenicero, en la mesa, el cigarrillo, el humo tiembla todo, deshaciéndose. Porque ellos, antes, otros, por decir así, podían: de una cara redonda, mate, con un hoyuelo, uno solo, en el pómulo derecho, de unos ojos, y de una frente en la que el pelo estirado
hacia atrás, negro, nacía, de la ancha boca abierta, o cerrada, podían proyectándose, algún signo algún mensaje, una evidencia, o mejor, una certidumbre, como, por decir así, un diamante en su ganga, sacar. De un signo a otro, de un mensaje, o de una certidumbre, tiraban, por decirlo de algún modo, las líneas, y ponían, en el mundo, como una madre a parir, en el espacio, sólida, a la vista, externa, o como en el aire, volando, imaginariamente, en el vacío, una paloma, irrefutable, una construcción, que servía: una medida que por estar, solamente, cortaba, despedazaba, clasificando, dividiendo, adelante, atrás, después, antes, arriba, abajo, ahora, la mancha continua, vaga, errabunda, idéntica a sí misma, en cada punto, sin centro, y sin, más oscuro, o menos nítido, arrabal. Ningún mensaje, para mí, de ese hoyuelo, que se abre, con la risa, solitario, en el pómulo derecho, ninguna certidumbre que sacar. Y el humo del cigarrillo que retiro, en este momento, de entre los labios, sube, parsimonioso, complejo, hacia el cielorraso. Ha de estar estando, a mi alrededor, iluminada, fría, las calles rectas y desiertas entrecortándose cada cien metros, constante, la ciudad. A mi alrededor, y concéntrica, apretándome, como anillos, la muchedumbre de casas, en uno de cuyos cuartos, en cada una, la misma imagen titila, azulada, tocando vagamente las caras vacías, sin expresión, cambiando, organizada, dada, en la televisión: racimos de mundos dados, dentro de uno, más arduo, que no se da. Ha de estar estando, mientras sube, hacia el cielorraso, parsimonioso, el humo azul, a mi alrededor, indivisa, la ciudad, como un vagón, por decirlo de algún modo, viajando, ¿en qué camino?, ¿y hacia dónde? -en el espacio negro. Han de estar oyéndose, en cada habitación, en la penumbra, las voces, y por debajo, o por encima, o alrededor, si se quiere, una sola, la música. Ha de ser, para cada uno, con la imagen titilante, y las voces, y por encima, o por detrás, e intermitente, la música, el mismo, para cada uno, y otro, para todos los otros, y uno solo, y el mismo, para nadie, con todos y cada uno de los cuartos y todas y cada una de las luces acero, titilantes, lugar: racimos de mundos dados, las casas, los árboles, las terrazas, las calles que se entrecortaban cada cien metros, los edificios blanqueados, como huesos, por la luna, los parques negros, los ríos, los bares sucios, todavía abiertos,
las siluetas borrosas de los últimos transeúntes que se distinguen más claramente al atravesar, en diagonal, bajo la luz del alumbrado público, las esquinas, los colectivos ocasionales, semivacíos, que pasan iluminados y bramando por las avenidas, con los vidrios de las ventanillas empañados por la helada, los tarros de basura esperando, en el frío, la madrugada, los motores que se escuchan súbitos, a lo lejos, las calles del centro, más brillantes, por el momento, que las otras, el conjunto pétreo en el interior del otro, más arduo, que no se da. Y la mano, al aplastar, contra el cenicero, en la mesa, el cigarrillo, se sacude, desnuda, áspera, sin anillos, la piel llena de hendiduras, las uñas lisas, rosadas, cortas, la mano que ha tocado, una y otra vez, ¿y cuándo?, con los dedos rugosos, el hoyuelo, la mano que al tocar el hoyuelo, una y otra vez, no ha tocado, por decir así, nada, no ha sacado, del contacto, nada, ni experiencia, ni certidumbre, ni mensaje, ni signo, ni recuerdo: nada. Nada, como no sea, fluctuante, la creencia, de que algo, un poco más arriba, en la frente, y detrás, imaginariamente, sin ningún fondo, negra, fosforece, de vez en cuando, de unos cuerpos, fugaces, la emoción, el recuerdo, el placer, el
deseo, la desesperación, el hambre. Nada que caiga, al exterior, de esas galaxias, del gran espacio negro sin forma, sin sentido, sin dirección, sin nada más que el ir y venir, errabundo, de esas fosforescencias, de esos brillos que rayan, dejando una cola ardiente que se borra, gradual, a su vez, el vacío, o emergen, desde el fondo, si es que hay, por decir así, un fondo, que resplandecen, durante un momento, y después, en el mismo silencio, y con la misma parsimonia, sin dejar rastro, se esfuman, titilaciones rojas, verdes, amarillas, errabundas, violetas, blancas, cuyo mensaje, nadie, aunque escrute, atento, ese mapa estelar, podría, como quien dice, captar -porque no se dicen, ni dicen, de nada, nada. Los resplandores que a veces, rápidos, se vislumbran, inesperadamente, en el exterior, como suspiros, como una voz, como risas, no vienen, tal vez, de esos pantanos, de esa mancha. Vienen, nomás, desde fuera, de la membrana que separa, por decir así, del infinito, lo actual. La mano que ha sabido pasar, otras veces, sin dejar en él, ni traer, rastros, del hoyuelo viene y pasa, tibia, por la cara. Por un momento se borra todo: la pared amarilla, la mesa, con el cenicero y los libros, con la carpeta verde en la que ha de decir, en letras rojas, irregulares, de imprenta, PARANATELLON, las manchas encuadradas de blanco, de negro, las manchas azules, amarillas, negras, el humo en dispersión, la luz, la biblioteca. Todo en el interior de la galaxia, se confunde, se sobresalta y queda, por un momento, temblando, cuando la mano se desliza, apretándose contra ella, por la membrana. Y mientras la mano va, despacio, a reunirse, sobre el abdomen, con la otra, la galaxia, el espacio negro queda, de un modo gradual, otra vez, inmóvil, mientras reaparecen, del otro lado de la membrana, más allá, el escritorio, los libros apilados detrás, contra la pared, el vaso con los lápices, la carpeta en la que estoy escribiendo, en grandes letras de imprenta, con tinta roja, irregulares, rápidas, PARANATELLON. Estuve o estoy estando o estoy estando estando -irregulares, rápidas, con tinta roja, PARANATELLON. Estuve y estoy estando y estoy estando estando -en grandes letras rojas, PARANATELLON. Y ahora estoy teniendo, otra vez, entre las manos, la carpeta verde en la que está escrito, con tinta roja, en grandes letras irregulares, rápidas, de imprenta, PARANATELLON. Y ahora estoy dejando, otra vez, sobre el escritorio, ¿sin haberla abierto?, la carpeta. Hay una habitación fría, titilante, en la que cada cosa está, y yo mismo, en el mismo, entrando y
saliendo de algo en su aparente reposo, lugar. Hay en la habitación fría, titilante, la cama, el escritorio verde, la carpeta, los libros, los papeles apilados atrás, la biblioteca, titilantes, entrando y saliendo, como quien dice, de algo, y en el mismo, siempre, aparentemente, lugar. Ahí están: la biblioteca, la carpeta, la silla, las rodillas, el cenicero, la puerta, siempre en el mismo, mudos, con el Campo de trigo de los cuervos y la luz ligeramente velada por el humo, titilante, lugar. No dicen, como quien dice, nada. Interrogar: interrogar, por orden, uno por vez, o todo junto, todo, interrogar el escritorio, la carpeta, interrogar el diario con las dos fotografías borrosas que no dicen, o no parecen querer decir, por decir así, nada, interrogar la cama, interrogar la silla, la luz, la biblioteca, interrogar, una y otra vez, las voces que hablaron, las caras sin expresión, los recuerdos que los ojos, elevándose, parecían ir a buscar, ¿adónde?, y después, otra vez, el diario, las dos fotografías, borrosas, reproducidas, de una sola vez, sesenta y dos mil veces, y después otra vez las caras sin expresión, las voces, los ojos que se elevaban o giraban hacia un costado, como si buscaran, afuera, alrededor, como el que sopa una galletita en una
taza de té y se la lleva después a la boca, el relente, el vapor, la imagen, interrogar el hoyuelo, para que diga, por decir así, y de una vez por todas, algo, interrogar la mesa, el plato, interrogar la silla, interrogar la salida y la puesta del sol, los ríos, el verano, interrogar las hojas blancas, las hojas verdes, la llanura, la arena, probar, en definitiva, otra vez, para ver si algo dice, como quien dice, algo, interrogar lo que está siempre, y desde siempre, en el mismo, indefinido, grandes, sin bordes que se derrramen ni nada más allá de los bordes donde los bordes se puedan derramar, inmóvil, neutro, titilante, lugar. Borrosas, las dos fotografías, sesenta y dos mil veces, ubicuas, no son, sin embargo, nada. No muestran nada. Unas manchas confusas, negras, grises, blancas, que parecieran ser, un escritorio, una silla detrás, una pared, y entre el escritorio y la pared, en la mancha oscura del suelo, la mancha, un poco más oscura, del cuerpo, encogido, boca abajo, dejando ver, bajo la mancha oscura del cabello, una manchita gris, irregular, la cara: el perfil, con la boca abierta. Y después, abajo, la segunda, una mancha blanca: la pared. Y sobre la mancha blanca, cuatro, ¿o cinco?, manchitas oscuras, entre negro y gris: ¿las balas?. Y eso es, o pareciera ser, de todo el resto, todo. Interrogar, interrogar todavía: el escritorio, la silla, interrogar las cuatro, ¿o cinco?, manchitas entre negro y gris, en la pared, interrogar el cuerpo caído y encogido, interrogar la boca abierta, la cabeza, interrogar el día y
la noche, y otra vez el hoyuelo, y la carpeta verde, y la pared, interrogar los árboles, las hojas de los árboles, interrogar las calles, las caras blancas, vacuas, sin expresión, para ver, una vez más, si algo es capaz de decir, de sí mismo o de algo, algo. Algo de la extensión llena, ondulante, entrecortada, continua, entrando y saliendo, una y otra vez, del baño negro, muerte, resurrección, muerte resurrección, y otra vez muerte y otra vez resurrección, a la deriva, hacia ninguna, y de ninguna, parte, estremecida,
estremecedoramente presente, al ojo, al tacto, a la audición, hálitos, nítidos que están ahí y que vienen, sin embargo, la mesa, el escritorio, el hoyuelo, el cuerpo caído y encogido, la salida y la puesta del sol, la biblioteca, ¿de qué mundo? Flotando, a la deriva, pasando, reapareciendo, desintegrándose, cristalizando, en una ondulación continua, ardua, deslumbrante. Ahora estoy encendiendo, la llama que ha subido, después de una minúscula explosión, hacia la boca, un cigarrillo, y el humo flota, a la deriva, pasando, reapareciendo, desintegrándose, cristalizando en una ondulación continua, ardua, deslumbrante. En la cabeza negra del fósforo que sostengo, vertical, entre el pulgar y el índice, la llama, anaranjada,
ondula, cambia, y sigue siendo, si se quiere, la misma, se tuerce, se retuerce, ondula, hacia la izquierda, hacia la derecha, hacia arriba, se enrosca, lenta, en el cabo de madera del fósforo, ennegreciéndolo,
consumiéndolo, la llama que ahora baja hacia los dedos, mientras a su paso, arriba, el cabo de madera, negro, se dobla, se desintegra sin, sin embargo, desmoronarse todavía, el cabo negro que se parte, por fin, en dos, cuando la llama alcanza los dedos haciendo, rápidamente, sacudir la mano cuyo movimiento, violento, repetido, la apaga. Queda, entre los dedos, un pedacito de madera de medio centímetro, con la punta negra. Sobre el pantalón gris claro, la ceniza negra, cuya cabeza, dura, está todavía intacta. Mientras el índice y el pulgar de la mano izquierda sostienen, vertical, el cabito de madera con la punta negra, los dedos de la mano derecha recogen, delicadamente, la ceniza, la cabecita negra, del pantalón,
desmenuzándola, dejándola caer entre el sillón y la biblioteca, en el suelo.
Los pedacitos, las motas, apenas si se ven sobre el mosaico amarillo. Los dedos de la mano derecha han quedado en la yema el pulgar, en el costado y en la yema el índice, ligeramente en la yema el medio, tiznados por la ceniza: manchas negras. Queda, entre los dedos, de la mano izquierda, no más largo de medio centímetro, con la punta negra, mudo, el pedacito de madera: ¿hubo, alguna vez, otra cosa, entre los dedos, que un pedacito de madera, ínfimo, no más largo de medio centímetro, con la punta negra?; ¿hubo, en el aire, moviéndose, viva, anaranjada, brillante, entre los dedos, una llama?
El cigarrillo humea, consumiéndose, en el cenicero. Y si hubo, alguna vez, ente los dedos, brillante, en el aire, anaranjada, una llama, fue, por decirlo así, ¿en qué mundo? ¿Estuvo estando, estuvo estando estando, está estando, está estando estando, está todavía estando, está todavía estando estando ? Estuvo estando y estuvo estando estando y está estando y está estando estando y está todavía estando y está todavía estando estando. El cabo con la punta negra cae, cuando los dedos dejan de aferrarlo, sobre el
mosaico amarillo. Ahora los dedos tiznados recogen del cenicero, llevándolo de un solo movimiento brusco a la boca, el cigarrillo. Por un momento no pasa, como quien dice, nada. No vienen, de abajo, de la televisión, ni voces, ni música: nada. Ni de más lejos, de las calles, de las esquinas, de las veredas, de las casas, de las luces inmóviles que han de estar, en el mismo, en la noche, en el frío, lugar, tampoco: nada. Ni de arriba, tampoco, del aire negro, en el que brilla, redonda, gélida, la luna, tampoco, pareciera, no, tampoco: nada. Hay, únicamente, el humo, que sube, lento, dispersándose, en la habitación, hacia la luz, velándola, ligeramente, y la cama, la silla, la biblioteca, las rodillas, el escritorio con los libros, los papeles, apilados detrás, contra la pared amarilla, el vaso con los lápices, las lapiceras, las manos, el cuadro en la pared, la carpeta verde en la que ha de decir, en grandes letras rojas, irregulares, rápidas, de imprenta, PARANATELLON. Vacío, y más acá, en la superficie, somnolencia.
Sobre un fondo vacío que no es, en rigor de verdad, ningún fondo, aumentando, disminuyendo, avanzando, retrocediendo, acumulándose, el sopor.
Y las sacudidas que debieran, por su violencia, disiparlo, son como las sacudidas, por, tratándolo de decir, decir así, de un animal, moribundo, destinadas a espantar una bandada de cuervos: un alejamiento rápido, un revoloteo lento, y después, de nuevo, a asentarse, a devorar. Ya no se sabe, en realidad, dónde queda, por llamarla así, la frontera, ni, en realidad, la realidad. En, por decirlo de algún modo, la probeta del cuerpo, el líquido transparente, o turbio, del sopor, sube, hasta los ojos, pareciera, y, de
golpe, sin, sin embargo, petrificarlos, los coagula. O un hormigueo, u hormiguero, tal vez, justamente, no hormiguea, y que se expande, en orden, comenzando, ¿por dónde?, hacia las puntas, desde el centro, hacia las puntas, eso es, para ponerme, en otra, más tarde, nítida, dimensión, después de haber pasado por una zona, digamos, de turbulencia. Entresueño del que podría salirse ¿adónde? O se entra, se diría, más bien, al salir, y por un momento, a una suerte, digamos, de centelleo, de un pedazo, pulido, rápido, nítido, de mundo, que pasa a ser, después, en el recuerdo, lo que llamamos, o lo que creemos que debe ser, no solamente un pedazo, sino todo -el todo-el mundo. Somnolencia, entresueño: y el órgano, que debiera, en todo momento, aferrar, reposa, o se debate, más bien, débil, adormecido, en tanto que adelante, o atrás, o alrededor, desfila, en el humo, grisácea, la materia, y no hay manera, en este estado, de asir, lo que se dice, por el momento, nada. Nada del cenicero, del escritorio, de la carpeta verde, de las dos fotografías, borrosas, repetidas, de una sola vez, sesenta y dos mil veces, ni el hoyuelo, tampoco, nada, salvo, monótono, parejo, estable, el cabeceo.
Y, por debajo, sucesivo, móvil, o fijo, tal vez, cambiando o idéntico, en todo momento, así mismo, desmedido, el vacío. Fijar la vista en algo, mientras los dedos llevan el cigarrillo hacia el escritorio y lo aplastan, despacio, contra el cenicero. Fijar la vista. En algo. Mientras los dedos.
El cuadro: manchas, negras, amarillas, azules, verdes, rojizas, pardas, girando, inmóviles, o en estampida, arremolinándose, trazos aglomerados, inestables, en suspensión, no de conflagración, ni de ruinas, sino de inminencia, sin nada, pero nada, ni de este lado ni del otro, nada más que el telón azul, amarillo, verde, negro, pardo, rojizo, ¿en estampida?, ¿en suspensión?, ¿aglomerándose? ¿dispersándose? ¿antes, durante, después? de la catástrofe, si hay lo que entendemos que es, o que debiera ser, una
catástrofe, y sobre todo en torno a qué núcleo, a qué centro, si es que hay lo que entendemos que es, o que debiera ser, o lo que llamamos, un núcleo o un centro. Una mancha negra superpuesta, con violencia, a una mancha azul, sembrada de unos trazos negros quebrados, y debajo, una mancha amarilla dividida, en el medio, por dos paralelas verdes, tortuosas que, inesperadamente, casi en seguida, arbitrarias, se juntan, y debajo, por fin, los fragmentos pardos, rojizos, en estampida -tortuosas, que inesperadamente, y debajo, por fin, los fragmentos, en suspensión, o aglomerándose, o en estampida. Y sin embargo, ni la mancha amarilla es enteramente amarilla, ni la mancha azul es enteramente azul, ni las manchas verdes son enteramente verdes, ni los fragmentos rojizos enteramente rojizos, ni los pardos enteramente pardos, ni los trazos negros, quebrados, ni enteramente negros ni quebrados -las manchas verdes enteramente verdes, ni los fragmentos rojizos, los pardos enteramente, ni los trazos negros, quebrados, ni puede decirse que no haya un centro, siendo, de todos modos, todo él, el centro. La mancha azul y negra se supone que debiera ser, sobre un campo de trigo, el cielo, y la mancha amarilla, debajo de la mancha azul y negra que se supone que debiera ser, sobre un campo de trigo, el cielo, se supone que debiera ser un campo de trigo, y las paralelas verdes, tortuosas, que, arbitrariamente, y de un modo súbito, se juntan, dividiendo en dos la mancha amarilla que se supone que debiera ser un campo de trigo, se supone que debieran ser un camino, y las paralelas verdes, tortuosas, rojizas, pardas, que acompañan, sin sin embargo unirse, sino partiendo, a la izquierda del cuadro, de una mancha común, las paralelas verdes que se supone que debieran ser un camino, se supone que debieran ser, por debajo, ubicua, la tierra, y los trazos negros, nerviosos, rápidos, quebrados, diseminados, sin orden, en estampida, en vuelo, aglomerándose, en suspensión, contra la mancha azul y negra que se supone que debiera ser el cielo, y contra la mancha amarilla que se supone que debiera ser un campo de trigo, se supone que debieran ser ¿en dispersión? ¿aglomerándose? cuervos -de una mancha común, las paralelas verdes que se supone que
debieran ser, se supone que debiera ser, por debajo, ubicua, la tierra, los trazos negros, rápidos, nerviosos, en estampida, que se supone que debieran ser, y sobre la mancha azul y negra, vagos, amarillentos, blancuzcos, dos círculos, en una atmósfera no de catástrofe, ni de ruina, no de víspera ni
de día siguiente, sino de inminencia, sin que haya, ni antes, ni después, ni de ese lado, ni del otro, nada, lo que se dice nada. O fijar, la vista quiero decir, en algo, en otra cosa, y ver, durante un momento, lo que sea necesario, tratando de hacer salir, si fuese posible, por una vez, aunque más no sea, una, por llamarla de algún modo, señal. Pero no, no hay nada: nada en que fijar la vista, nada. Nada dice, por el momento, nada. Y viene, de golpe, o aparece, más bien, todo alrededor, y aquí mismo, sin ninguna cualidad, en silencio. Sopor: y silencio que es ¿permanencia? ¿cambio? ¿permanencia y cambio? ¿permanencia cambio? De ningún modo, nada, pareciera, estaría dispuesto, en el exterior, si alguien, en algún momento, preguntara, a, más o menos claramente, responder. Ni a dejar, como por descuido, o voluntad, sobre todo, de sí o de otra cosa, una punta, rápida, entrever, No: silencio, de este y del otro lado, y de este lado, estable, denso, sopor. En ninguna parte, por el momento, un sonido que se pueda, por decir así,
interpretar, o que viniendo, súbito, de las cosas, apareciendo, resonando, se transforme, durante una fracción de segundo, inteligible, en una voz, o sea, para decirlo mejor, o más intencionadamente, si se quiere, en un, anónimo, incluso, impersonal, para nadie en particular, y de nada en particular, para llamarlo de algún modo, llamado. Me paro: el sillón, al crujir, rompe, por decir así, en varios pedazos, y por un momento, el silencio, que en seguida, inmediatamente, se vuelve, como quien dice, a cerrar. Estoy parado, inmóvil, entre el sillón y el escritorio, bajo la luz que el humo, ligeramente, vela, y no viene, desde abajo, desde afuera, ninguna voz, ni la música, tampoco, ningún sonido, de la televisión. No viene, desde afuera, desde abajo, ahora que estoy parado, inmóvil, entre el escritorio y el sillón, desde el lugar en el que ellas han estado, o están todavía, y pueden, muy bien, estar todavía estando, aun cuando estén, ahora, en la oscuridad del dormitorio, acostadas, ningún sonido, ninguna voz. Ahora que estoy abriendo la puerta llega, junto con el aire frío, inmóvil, de junio, desde un reloj lejano, oscuro, imperceptible, una campanada. Inmóvil otra vez, en la puerta, entre la habitación iluminada, llena de humo, cálida, con el sillón, el escritorio, la cama, la biblioteca, y la terraza gélida, oscura, nítida, transparente, sobre la que vigila, por decir así, desde la altura, helada, tersa, la luna. El eco de la campanada resuena, durante unos segundos, evanescente, en mí. No ha dicho, sin embargo, para mí, y sin embargo quiso, probablemente, decir algo, nada preciso: pudo haber sido o bien la de la una, o bien la de la una y cuarto, o bien la de la una y media, o la de las dos menos cuarto, o bien la de la una menos cuarto, o bien la de las doce y media, o la de las doce y cuarto, o también, probablemente, ¿y por qué no?, la última de medianoche; o la última de las once, o bien la de las once y cuarto, o incluso, y probablemente, la de las once y media, o, más seguramente, incluso, y probablemente, las de las doce menos cuarto. Estoy parado en el hueco de la puerta, entre la habitación y la terraza. Y estoy todavía estando, pero no al mismo tiempo, sentado en el sillón. ¿Estoy todavía estando, y no al mismo tiempo, sentado en el sillón?
¿Estoy todavía estando sentado en el sillón y estoy todavía estando parado inmóvil al lado del sillón con el eco de los crujidos que han roto, por decir así, el silencio, y estoy todavía estando atravesando el espacio entre el sillón y la puerta, y estoy todavía estando oyendo, al abrir la puerta, vaga, remota, la campanada, mientras estoy estando, inmóvil, parado, mirando en dirección al frío negro, en el hueco de la puerta, entre la habitación y la terraza? ¿Estoy? ¿Estoy todavía estando? Y si estoy, y estoy todavía
estando, estoy y estoy todavía estando ¿en qué mundo? De uno del que no viene, por ahora, ningún llamado. Ninguna voz, en efecto, que obedecer, tampoco, que dé, por decir así, una dirección, cuando me muevo, a mis pasos: no, estoy parado, inmóvil, sin estar yendo, tampoco, a ninguna parte, en el hueco de la puerta, mirando hacia la terraza a la que controla, desde arriba, gélida, la luna, de espaldas a la habitación iluminada en la que el humo pone, delicadamente, una bruma, y he estado atravesando, despacio, el espacio entre el sillón y la puerta, he estado abriendo la puerta, he estado parado inmóvil un momento junto al sillón, he estado levantándome, después de haber estado sentado, en silencio, del sillón, sin sin embargo haber oído, desde ninguna parte, que me diese, digamos, lo que llamaríamos, austeramente, una dirección, súbito, imperceptible, casi inaudible, viniendo del exterior, un llamado. Y ningún llamado, tampoco, me mueve, ahora, a atravesar, por decir así, el hueco de la puerta, dando un paso, un solo paso, hacia la terraza, hacia el frío, a franquear, como por primera vez, o, lisa y llanamente, por primera vez, la puerta: y hay, hay un estruendo, inaudible, cuando paso, a otro, sin la biblioteca, sin el sillón, sin el escritorio, sin el Campo de trigo de los cuervos, la luz ligeramente velada
por el humo, lugar. Es otro, y es, sin embargo, y no más grande, el mismo ¿en movimiento? ¿en reposo?, lugar: Ningún llamado, tampoco, ahora, me fija en mi lugar, inmóvil, me hace girar ahora, y me hace, ahora, volver a atravesar, en dirección contraria, ¿y por qué contraria?, el hueco, por llamarlo de algún modo, de la puerta. Y si hubiese, es un decir, lo que pudiésemos llamar, por decir así, un sentido, o sea un corte, arbitrario, irrisorio, en la gran mancha que se mueve, ¿cómo? ¿dónde? ¿cuándo? y sobre todo: ¿por qué?, si hubiese, ente dos puntos, uno al que puediésemos llamar el principio, otro al que le pudiésemos decir el fin o, respectivamente, la causa y el efecto, se podría decir que, sin haber recibido ningún llamado, sin ninguna finalidad, paso, del principio al fin, del cuarto iluminado a la terraza gélida, atravieso, como quien dice, el hueco de la puerta, y, sin que haya intervenido ningún llamado tampoco, ningún llamado, del fin al principio, del efecto, por llamarlo así, a la causa, de la terraza oscura, fría, a la habitación cuya luz, tenuemente, el humo vela, sin que nadie, pero nadie, pueda decir verdaderamente cómo, ni dónde, ni cuándo, ni, sobre todo, por qué. Ahora estoy parado inmóvil, de espaldas a la terraza, bajo la luz envuelta en humo, de frente a la pared amarilla, en algún punto habitación, entre el sillón y la puerta. En algún punto. De la habitación.
Entre el sillón. Y la puerta. En algún punto de la habitación. Entre el sillón y la puerta. ¿En algún punto? ¿en algún punto de la habitación? ¿Entre el sillón? ¿Entre el sillón y la puerta? ¿En algún punto de la
habitación entre el sillón y la puerta? Estoy estando, parado, de frente a la terraza ahora, a la puerta abierta, en algún punto de la habitación, que está, a su vez, en algún punto, inmóvil, que está a su vez en algún punto, entre el sillón y la puerta. Ahora estoy atravesando, despacio, por decir así, el hueco: y resuena, en el aire, por primera vez, inaudible, el estruendo: pero no, tampoco, primera no: resuena, así no más, inaudible, el estruendo, al atravesar, por decir así, despacio, el hueco de la puerta. El aire frío toca, o roza, o se instala en, mis mejillas. Avanzo, despacio, hacia el centro de la terraza, bajo la luna: gélida, redonda, amarilla, velando, a su alrededor, las estrellas. Y toda en círculo, y alrededor, la ciudad: otro, en algún punto, con sus manzanas oscuras, las líneas de punto de las lámparas del alumbrado público, sus patios arbolados, sus ruidos súbitos, en permanencia, o cambiando, quizá, confuso, silencioso, lugar. Y las luces, en la enorme, tranquila oscuridad, indicando, cada una, en su lugar, un fijo, reducido, brillante, lugar. Hay, seguro, en alguna parte, a mis espaldas, otro punto, iluminado, con el escritorio, el sillón, la biblioteca, la carpeta verde en la que he escrito, con grandes letras rojas, irregulares, rápidas, de imprenta, PARANATELLON. ¿Hay, en alguna parte, iluminado, lleno de humo, con la lámpara, la cama, el cuadro, y el sillón, ese lugar? No baja, por decir así, de la luna, con la luz gélida, ningún rumor. Y no pienso, tampoco, nada. Por el momento, ahora, ningún rumor, nada. Ningún pájaro, chillando, en la oscuridad, en la altura, hacia otra parte, resaltando, por un momento, negro, rígido, contra la luna, ni ningún signo, tampoco, de que algo, en este momento, vaya, como quien dice, en el cielo, o por aquí, alrededor, a moverse, o a alterar: nada. Ninguna sombra, tampoco, desempastándose, como quien dice, de la sombra, o cambiando, suavemente, de lugar; tampoco, no: nada. Salvo, naturalmente, el sopor, y
encima, redonda, gélida, ahora, velando, a su alrededor, y por un momento, las estrellas, la luna. El frío me ciñe. El frío, que hubiese debido, o que debería, más bien, o quizá, ya no sé, que hubiese, si no quiere, o que probablemente, al atravesar, desde el calor de la pieza, el encierro, el hueco, y que viniendo, de golpe, a las mejillas, que debiera, al parecer, contrariamente, disminuir, se diría que hubiese, en efecto, aumentado, en la cara, o, si se quiere, atrás, paradójico, la somnolencia. Es de ese modo que hubiese debido, habitualmente, al parecer, disminuyendo, al salir, y sin embargo, pareciera, al contrario, más bien se diría que, en la cara, o mejor dicho atrás, hubiese, por decir así, nítidamente, aumentado. Errabunda, en flotación, o inmóvil, tal vez, la oscuridad, trae, helada, en un flujo continuo, la luna, las estrellas, luces, manzanas, árboles, alrededor, y se lo vuelve a llevar, y despacio, otra vez, dando una ilusión, paradójica, de inmovilidad, flotando, alrededor, estrellas, luces, árboles.
Inesperadamente, al contrario, y por otra parte, en lugar de hacer, como se supone que debiera haber sido, en efecto, disminuido, pareciera que hubiese, la somnolencia, atrás, o adentro, mejor, ahora, claramente, al atravesar, desde la pieza iluminada, despacio, el hueco, de un modo nítido, aumentado.
Al atravesar, viniendo, o instalando, ya, en la oscuridad, abriéndose, como quien dice, el frío, solitario con ella mejor, o, mejor, uno solo, con ella, me envuelve, ahora, aumentándola y no, como hubiese debido, disminuyéndola.
Todo es uno. No pareciera poder, ahora, deslindar nada, lo que se dice nada.
No pareciera poder deslindar, en efecto, nada: no pareciera haber, en efecto, por decir así, separación, ni pareciera, tampoco, que hubiese, como parece que debiera haber, un adentro, un adelante, un afuera, un atrás, un, imaginario, alrededor: no, nada. Está, por decir así, la terraza, en el frío oscuro, y la luna, también, y en acumulación, en desorden, diseminados, los patios negros, y los árboles, las casas, las luces, las estrellas también, frías, verdes, inmóviles, todo adentro, probablemente, de algo, y viajando
-errabundeando, se diría, más bien, sin ninguna, por llamarla de algún modo, dirección, y sin, por el momento, cohesión, la masa curva que, continuamente, pareciera, se consume, y sigue, sin embargo, igual, y que estando, sin embargo, al parecer, inmóvil, en su lugar, a cada momento, en su lugar mismo, ¿y hacia adónde?, pasa, pareciera, rápidamente en cierto sentido, y se va. Todo, por el momento, al parecer, sería, se diría, uno: sin nada, sin embargo, particular, y ni un adentro, ni un afuera, ni ninguna, como quien dice, vistosa, alegre, diversidad -el flujo, sin períodos, sin ritmo, sin origen, en el que ahora, por decir así, se deriva, y que sería, pareciera, siempre, el mismo, con sus lunas, sus estrellas, sus manzanas abandonadas, sus terrazas frías, el escritorio, el sillón, la biblioteca, el punto entre el sillón y la puerta, renaciendo, consumiéndose, ¿dónde?, ¿cuándo? Y sobre todo ¿por qué?, para llamarlo de algún modo, lugar. Está, por el momento, estando, como quien dice, continuo, entero, en su lugar: del sopor, una fragmentaria, sin aplicación, impresión, un magma, por decirlo de algún modo, y nada, pero nada, que sacar. Estoy parado, pareciera, entonces, inmóvil, en la terraza fría, pareciera, sí, momentáneamente, sin poder sacar, de todo esto, nada. Es un estado que, se diría, no debiese, o mejor, no hubiese debido, de ningún modo, en la condición o tal vez, en el nudo, en la raíz, no hubiese debido, o no debiese, mejor, sin embargo, al parecer, apareciendo, confundir, o fundir, borrando los límites, si la expresión pudiese, en este momento, decir, de un modo preciso, algo, no hubiese debido, decía, o no debiese, no debía haber
mejor, apareciendo, confundido o fundido. Se diría que, por decir así, de algún modo, fluyendo, y estando, siempre, más bien, en el mismo, nuevamente, lugar, no le queda, como quien dice, para fluir, ningún otro -ningún otro, es decir, en otra parte, donde no esté fluyendo inmóvil, como decía, lugar.
Y ahora estoy dando la vuelta, estoy dejando a mis espaldas la luna, las estrellas, y confusa, silenciosa, la ciudad. Estoy, en este momento, dando la vuelta, dejando, como quien dice, a mis espaldas, veladas, las estrellas, la luna, y confusa, en claroscuro, la ciudad. Y voy, por decir así, avanzando, la izquierda, en el interior, ahora, ¿de qué mundo?, la derecha, pasando, y no solamente en el espacio, ¿a qué lugar?, la izquierda, otra vez abismo, la derecha y de nuevo todo, todo, queda, como quien dice, y para siempre, atrás: avanzando, inmóvil, borroso, en la oscuridad, en el frío, habiéndose borrado, imperceptiblemente, los limites: adentro, afuera, abajo, arriba, alrededor, antes, ahora, atrás. La izquierda, la derecha, la
izquierda, la derecha, la izquierda, la derecha: flotando, errabundeando, sin que haya lo que llamamos, por llamarlo de algún modo, un llamado, que imponga, arbitrariamente, lo que pudiese decirse, por decir así, una dirección, en alguna parte, somnoleando, cabeceando, sin que ningún sobresalto produzca, por el momento, un despertar, y distinguiéndose, a pesar de todo, de todo esto, el sopor, como si hubiese, o como si se pudiese estar seguro de que hay, o de que puede haber, en otro momento, en otro estado. Es, pareciera, o está, más bien, aunque sería, en realidad, difícil, si se quisiera, en un momento dado, precisar, es, entonces, en ese, parecería, sin de ningún modo querer, como otras veces, afirmar, en ese,
continuo, curvo, tal vez, flujo, en el que lento, estragado, ciego, se deriva, donde hubiese debido, o debiese, mejor, debiese, sí, o no, hubiese debido, mejor, hubiese debido, sí ¿o debiese?, sí, o no, mejor, hubiese debido, decía, al atravesar, aunque habiendo permanecido hubiese, de todos modos, en cierto sentido, continuado en el, el hueco, con un estruendo frágil, inaudible, que debiese, o hubiese debido, sí, hubiese debido, en lugar de, inesperadamente, decía, y tal vez, también, de un modo, por llamarlo de algún modo, imperceptible, aumentar, que hubiese debido, decía, al atravesar, al estar parado, en la oscuridad, frente a la luna gélida, redonda, blanca, a los techos, confusos, alrededor, a los patios, flotando, errabundeando ¿hacia adónde?, dando la posibilidad, improbable, por otra parte, a un cambio de estado, ligeramente, o gradualmente, incluso, en las mejillas, o atrás, mejor, adentro, disminuir. Atravesando, ahora, el hueco, y entrando, por decir así, en la habitación iluminada. Estoy estando parado en la habitación iluminada, ahora, frente a la cama: y ahora estoy sacándome, sin cuidado, el saco azul de lana y colgándolo del respaldo de la silla; desanudándome, despacio, la corbata, desabotonándome el cuello de la camisa. La corbata, a rayas oblicuas, grises y azules, anchas, cuelga ahora del respaldo de la silla, sobre el saco azul. Ahora estoy sacándome el pulóver blanco, estoy todavía sacándome el pulóver blanco, estoy tirando hacia arriba el pulóver blanco para sacarlo por la cabeza, tirándolo por el
cuello, y por un momento, ahora, por un momento, veo la habitación iluminada a través del tejido espeso de la lana que trasforma el conjunto en una imagen cuadriculada, acribillada más bien de puntos luminosos y de puntos negros. Y ahora estoy dejando, después de acomodarlo un poco estirando las
mangas y doblándolo, el pulóver blanco sobre el saco y la corbata, en el respaldo de la silla. Ahora estoy estando parado inmóvil, en mangas de camisa, entre la cama y la silla, en la habitación iluminada. Hay,
pareciera, algo, que quisiera, como quien dice, venir. Pareciera. Como una punta que estuviera, por decir así, desde abajo, desde el fondo, más bien, en este momento: pero no, nada. Inmóvil. En la habitación iluminada que es un, duro, inalterable, frío, velado por el humo, con la cama, la silla, el escritorio, la biblioteca, ¿el mismo? ¿siempre?, lugar. Y ahora estoy sacándome, de parado, ayudándome con los talones, los zapatos. Los pies, enfundados, como quien dice, en las medias azules, tocan, ahora, el mosaico
helado. Las manos desabrochan el cinturón, desabotonan, sin apuro, la bragueta: estoy sacándome, apoyándome primero en la pierna derecha, en la izquierda ahora, elevándolo para doblarlo con cuidado tratando de hacer coincidir las botamangas, y depositándolo sobre el pulóver blanco, en el respaldo de la silla, todavía caliente, el pantalón. Que estaba sacándome, sin cuidado, decía, el saco azul de lana, y, decía, colgándolo del respaldo de la silla. Y decía: que me desanudaba, despacio, la corbata, que me
desabotonaba el cuello de la camisa, la corbata a rayas oblicuas, grises y azules, anchas, la camisa blanca, colgándola del respaldo de la silla, sobre el saco azul. Que tiraba hacia arriba, por el cuello, el pulóver blanco, para sacarlo por la cabeza, decía, y que veía, por un momento, a través de la malla de lana que me envolvía, como quien dice, decía, la cabeza, el conjunto de la habitación transformado en una imagen acribillada de puntos luminosos y de puntos negros. Que me quedaba un momento, inmóvil, por decir así, en la habitación. Y decía: que después de haber parecido, por un momento, que algo estuviese, como quien dice, tratando, o apareciendo, engañosamente, de aparecer, me sacaba, de parado, ayudándome con los talones, los zapatos, pisaba el mosaico helado con las medias azules, mientras las manos desabrochaban, sin apuro, el cinturón, la bragueta, y decía que apoyándome primero en la pierna derecha, en la izquierda inmediatamente, elevándolo cuidadosamente tratando de hacer coincidir las
botamangas, depositándolo sobre el pulóver blanco, en el respaldo de la silla, me sacaba, todavía caliente, de franela gris, el pantalón. Y ahora estoy desabrochándome, blanca, la camisa: tiritando. El calzoncillo, las medias azules, ahora, son, sobre el mosaico amarillo, tres montones oscuros.
Estoy, durante un segundo, inmóvil, completamente desnudo, tiritando: en la habitación iluminada, fría, entre el cielorraso y el mosaico amarillo, entre las paredes amarillas, desnudo, durante un segundo, o una fracción de segundo, más bien, somnoliento, tiritando. Un segundo o una fracción de segundo, a la deriva, en el interior de algo, somnoliento, tiritando. La piel entera, ceñida, enteramente, por el aire, apretándose, por decir así, alrededor, y, más que un momento, un estado: o un comienzo, tal vez, o el
pretexto, mejor dicho, para un comienzo: por ellos, otros, antes, podían: mojaban, despacio, detenidamente, llevándosela después a la boca, en la taza de té, la galletita, dejaban la pasta azucarada disolverse en la punta de la lengua, y del contacto venía, férreamente, subiendo, ¿desde qué mundo?, el
recuerdo. Y ahora estoy sacando, desde debajo de la almohada, plegado, el pijama de frisa, anaranjado. Ahora estoy metiéndome, con el pijama puesto, entre las sábanas heladas, tiritando. Estoy adentro. Y la mano, saliendo de entre las sábanas heladas, va palpando la superficie rugosa de la pared amarilla hasta encontrar, lisa, la llave de la luz. Ahora estoy en la más perfecta oscuridad. No se ve nada, nada, ni adentro, ni afuera, lo que se dice nada: y algo, sin embargo, transcurre, parsimonioso, por decir así, en
lo negro, a pesar de la aparente, y no solamente exterior, inmovilidad. Por un momento no pasa, como quien dice, nada, aunque se sepa, ¿desde cuándo?, que algo, en el interior, o en el interior de lo cual titila, por decir así, la negrura, trascurre: en la más ardua oscuridad. Y ver, ahora, pareciera, sí, ver, desde esta nada, si es posible, como antes, como otros, sacar, como un sueño, por decir así, un recuerdo, algo: porque ellos, otros, antes, podían: mojaban, despacio, en el atardecer, en la cocina, en invierno, la
galletita en la taza de té, la alzaban hasta la boca depositándola en la punta de la lengua, y desde ahí, de golpe, o gradual, desde la lengua, o desde la pasta azucarada, desde alguna parte, como un vapor, de los
pantanos, subía, victorioso, nítido, el recuerdo, el recuerdo que, aunque no sepa, de ningún modo, de qué es recuerdo, ni si hay algo, fuera, que recordar, podría fundar, sin embargo, en la negrura, algo. Ver de ver algo, ahora: algo que, sin ser el comienzo, sirva, sin embargo, para comenzar, o como ejemplo de lo que, comenzando, seguiría. Ver, como quien dice, de ver algo, decía. Ver, aunque los ojos no tengan, en la cuestión, que ver para nada. Estoy, entonces, en la oscuridad, y, mirando, prestando atención, veo subir, lentamente, del pantano, como un recuerdo, el vapor: en una esquina del centro, o de la mente, o a una esquina, más bien, del centro, siempre, o de la mente, como decía, por decir así, hace un momento, si esquina, o centro, o mente, o si momento, pueden, todavía, como quien dice, querer decir, lo que viene viniendo, ¿desde dónde?, a una esquina del centro, entonces, en el sol de las doce, voy, despacio, desembocando. He de ser yo, porque soy yo, me parece, el que recuerda. Y la esquina entera, con su sol,
sus transeúntes, sus vidrieras, las sombras cortas que se proyectan sobre la vereda gris, los automóviles, cuyas partes niqueladas, rápidas, destellan, las casas, el ómnibus lleno de estudiantes que dobla, lento, de Mendoza a San Martín, sube ahora de los pantanos, brillando, fosforesciendo, errabundeando, por un momento, y se esfuma. Nada, ahora, y todo negro otra vez: y otra vez, ahora, desde abajo, desde el fondo, si se pudiese concebir que hay, por decir así, un fondo, las cuatro esquinas, en el sol de las doce, y los cuerpos que se mueven, o están inmóviles, al sol, las vidrieras, los automóviles, el ómnibus lleno de estudiantes al parecer de otra ciudad, en el interior del cual uno de los estudiantes, a medio incorporar, apunta con su cámara fotográfica hacia la vereda soleada por la cual voy desembocando, despacio, a la esquina, brillando, errabundeando, y nada ahora: todo negro otra vez. En la ardua o neutra, más bien, oscuridad, se sabe que, sin embargo, algo transcurre, y sería, al parecer, más fácil, si se quisiera, detenerlo que encontrar, en la confusión de las horas, entre las turbias visiones, en el desgano, una razón, férrea, constante, luminosa, para desearlo: que fluya, si quiere, constantemente, así, porque no puede, erosionándonos, gastarnos, como quien dice, nada, ya que no pareciera que hubiese, o que se nos hubiese dado, nada, pero nada, que gastar. Y se levanta, ahora, tenaz, como un sol, en el sol, otra vez, el recuerdo: las baldosas grises sobre las que las sombras que pasan, cortas, se estampan nítidas, las cuatro esquinas en las que se amontonan ya sean los desocupados abrigados con sus pulóveres gruesos de todos colores, que están ahí desde por lo menos las once, tomando sol y mirando pasar, una y otra vez, las mujeres que recorren San Martín entrando y saliendo de los negocios, ya sea los empleados de comercio que acaban de dejar su trabajo y que, o bien haraganean al sol o bien se dirigen, hacia las cuatro direcciones, hacia Salta, al sur, hacia Primera Junta, al norte, hacia 25 de Mayo, al este, hacia San Jerónimo, al oeste, a esperar, seguramente, el colectivo, para ir, seguramente, a almorzar a sus casas, las vidrieras, perfectamente acomodadas, relucientes, de zapaterías, de tiendas, de confiterías, de joyerías, de bazares, de farmacias, de sederías, los kioskos de caramelos y cigarrillos, el bar Gran Doria, en cuya penumbra matinal que contrasta con la claridad deslumbrante del exterior, los clientes, que toman café o vermut, se han sentado estratégicamente de modo de poder ver, a través de las grandes vidrieras, lo que pasa en la calle, el interior del colectivo que dobla, cuando estoy desembocando en la esquina, hacia el sur, hacia Salta, el interior del colectivo en el que uno de los estudiantes, a medio
incorporar de su asiento ubicado junto a la ventanilla, apunta con su cámara fotográfica en la dirección en que yo, en la vereda gris, voy, por Mendoza, de oeste a este, llegando a San Martín, enfundado, parsimonioso, en mi sobretodo negro, mientras un hombre, doblando de San Martín hacia Mendoza,
un hombre con un sombrero gris y un sobretodo del mismo color de entre cuyas solapas asoma una bufanda amarilla, me cede, educadamente, el paso, entre el ruido de las voces y de los motores de los automóviles, y de las risas, y de las puertas que se cierran y que se abren, y de los pasos que se arrastran sobre las veredas, y de los llaveros que los tipos hacen tintinear en sus manos enguantadas -si manos, si llaveros, si bufanda, si yo, si San Martín, si oeste, si vidrieras, si claridad, si comercio, si sombras y si esquina- pueden, ahora, y otra vez, significar, como quien dice, y si se me permite la expresión, algo. Hay, por decir así, cuatro esquinas, también, en la mente, en el recuerdo. Y es desde la esquina inferior derecha que voy llegando, despacio, a San Martín, y en la otra esquina, en diagonal, en la esquina superior izquierda, los clientes del Gran Doria, sentados en la penumbra matinal del café que contrasta nítida con la claridad exterior, miran, fumando pensativos, la calle; entre las otras dos esquinas se escalonan, se amontonan, los transeúntes, los coches, el ómnibus lleno de estudiantes, las dos calles que se cruzan, las vidrieras, y por encima de todo, el cielo, azul, que destella -si destella, si todo, si estudiantes, y si café, y si matinal-, tienen, incluso en el recuerdo, o en la mente, una, por decir así, significación. Y estoy estando siempre, ahora, en la negrura, en el mismo, flotando, errabundeando, dentro de algo, o en algo, que transcurre, con el recuerdo móvil que sube, desaparece, y vuelve,
empecinado, victorioso, a subir, desde el pantano, incierto, cambiante y en reposo, reducido, helado, inabordable, desde dentro o desde fuera, lugar. En las esquinas del recuerdo, móviles, confusas, hay, hacia el centro, más claro, las manchas de la mañana que se mueven, las manchas negras, verdes, amarillas, azules, blancas, pardas, las manchas de la mañana luminosa que flotan, cambiando, no únicamente, como organismos vivos, de forma, si no también, y continuamente, de lugar: el cielo azul, lleno de astillas
brillantes, liso, por encima de las casas grises o blancas, los automóviles que avanzan lentamente por Mendoza, de oeste a este, rojos, blancos, verdes, azules, negros, amarillos, los motores ronroneando en primera, los gritos y las risas, y las voces, los pasos arrastrándose sobre la vereda gris, las cortinas metálicas que bajan con un estrépito brusco, los llaveros que las manos enguantadas hacen tintinear, las vidrieras perfectamente acomodadas, las bocinas, la semipenumbra matinal del Gran Doria, a través de cuyas grandes vidrieras los clientes que toman despaciosamente vermut o café contemplan, abstraídos, fumando con parsimonia, la calle, las mujeres que pasan, después de haber hecho las compras, cargadas de paquetes, del brazo, bajo la mirada de los tipos abrigados con pulóveres azules, verdes, blancos,
ladrillo, lila, rojo, que fuman al sol, apoyados contra las vidrieras o parados, rígidos, en el cordón de la vereda, el ómnibus celeste lleno de estudiantes que han de haber venido, seguramente, a visitar la ciudad, en el interior del cual uno de los estudiantes, a medio incorporar en su asiento, manteniendo un equilibrio difícil como consecuencia de la inclinación del ómnibus al doblar, de Mendoza a San Martín hacia el sur, la esquina, apunta, cuidadosamente, con su cámara fotográfica, que le oculta la mayor parte de la cara, hacia el punto de la vereda gris en el que estoy desembocando a San Martín, justo para obligar al hombre de la bufanda amarilla a desviarse hacia la calle y cederme el paso, a mediodía, en el sol, en la calle, en el invierno luminoso -y los bordes carcomidos, o grisáceos, más bien, del recuerdo, se mueven, se estiran, o se retraen, el recuerdo que ha venido subiendo, por decir así, desde lo negro, y que titila, patente, en el centro del abismo como si estuviese diciendo, o como si estuviese, más bien, tratando de decir, que hay algo, algo, de donde sacar, como quien dice, la prueba contraria, la negación de la negación de que haya habido, en algún momento, mediodía, invierno, semipenumbra del Gran Doria desde la que hombres silenciosos observan, mientras fuman, la calle a través de grandes vidrieras, ómnibus de otra ciudad en el que un estudiante apunta, con su cámara fotográfica, a la vereda, cuatro esquinas inmersas en un estruendo luminoso, y sobre todo, desembocando desde Mendoza a San Martín, lo que habría de traer, como un recipiente, negro con sus coches, sus vidrieras, sus sonidos, su bufanda amarilla, su luz helada, hasta este punto, el recuerdo. Y como si fuese posible saber, si es de verdad recuerdo, de que, nítidamente, es recuerdo: o lo que puede haber de común, por decirlo de algún modo, entre la bufanda amarilla, y el recuerdo que sube, ¿de qué mundo?, amarillo, en forma de bufanda que se extiende, ahora, de las esquinas hasta el centro. No pareciera, no, que hubiese, o que debiera haber, mejor, común a las dos manchas amarillas, la que recuerdo, la que recuerdo que recuerdo, o la que creo, más bien, al verla aparecer, recordar, que ha estado, fuera, en alguna otra parte, en otro momento, ningún puente, ninguna, por llamarla de algún modo, relación. Y de los hombres que, creo haber dicho, parecieran estar, en la semipenumbra matinal del Gran Doria, fumando, tomando un café, no sé, verdaderamente, por decirlo de algún modo, nada: no podría decir, probablemente, a esta distancia si toman, de verdad, café, o si fuman, o si son, verdaderamente, hombres, a menos que pegue, por decir así, en ese vacío, recuerdos que no son, en el fondo, recuerdos de nada, de nada en particular, y de los que no podría decirse, ni siquiera, que son verdaderamente, en el preciso sentido de la palabra, si una palabra,
ha de tener, obligatoriamente, un sentido preciso, recuerdos. La taza, por otra parte, de café que, se supondría, habría estado subiendo, en ese momento, a los labios, no sería, en realidad, en el recuerdo, ninguna taza, y el café, ningún café, ninguna cantidad de líquido negro, humeante, cubierto de espuma dorada, que no ha ocupado, en ninguna parte, y nunca, ningún lugar, ni pasado, después de no haber sido tomado por nadie, amargo, indiferente, por ninguna garganta: no, no hay, en el recuerdo de ese café,
ningún café, y la bufanda amarilla, de la que debiera nacer la mancha amarilla que sube, ahora, sola, del pantano, flota, desintegrándose, ¿en qué mundo, o en qué mundos?
*Juan José Saer nació en Serodino (provincia de Santa Fe) el 28 de junio de 1937. Fue profesor de la Universidad Nacional del Litoral, donde enseñó Historia del Cine y Crítica y Estética Cinematográfica. En 1968 se radicó en París.
Su vasta obra narrativa, considerada una de las máximas expresiones de la literatura argentina contemporánea, abarca cuatro libros de cuentos En la zona (1960), Palo y hueso (1965), Unidad de lugar (1967), La mayor (1976) y diez novelas: Responso (1964), La vuelta completa (1966), Cicatrices (1969), El limonero real (1974), Nadie nada nunca (1980), El entenado (1983), Glosa (1985), La ocasión (1986, Premio Nadal), Lo imborrable (1992) y La pesquisa (1994). En 1983 publicó Narraciones, antología en dos volúmenes de sus relatos. En 1986 apareció Juan José Saer por Juan José Saer, selección de
textos seguida de un estudio de María Teresa Gramuglio, y en 1988, Para una literatura sin atributos, conjunto de artículos y conferencias publicada en Francia. En 1991 publicó el ensayo El río sin orillas, con gran repercusión en la crítica, y en 1997, El concepto de ficción. Su producción poética está
recogida en El arte de narrar (1977), paradójico título que expresa, quizás, el intento constante de Saer por -según sus propias palabras- "combinar poesía y narración". Ha sido traducido al francés, inglés, alemán, italiano y portugués.
Murió en París en junio de 2005. Sólo le faltaban cuarenta páginas para terminar su novela La Grande, basada en la última sinfonía de Schubert.
*Fuente: http://www.abanico.org.ar/2006/03/saer.lamayor.htm
“LE MAÎTRE DE MUSIQUE”*
Es
en soledad
donde es
En soledad
es donde
es
que expande
cariz de déspota
(atenaceado):
y vence el acecho
Es
como en el silencio
es
como en el silencio
el Otro
es.
*
It is
in loneliness
where he is
In loneliness
is where
he is
expanding
an air of despotism
(torn):
and thwarts the ambush
It is
like in the silence
it is
like in the silence
the Other
is.
*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar
-“LE MAÎTRE DE MUSIQUE”, filme dirigido por Gerald Corbiau.
-Traducido al inglés por Leticia Balonés.
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