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BITÁCORA DE UN SOCIÓLOGO FRACASADO

06/03/2008 GMT 1

POSTALES DE UN ESTADO DE COSAS...

urbanopowell @ 14:57

MONOS*

*de Nicolás Guillén

El territorio de los monos.
De acuerdo con los métodos modernos
están en libertad provisional.

El de sombrero profesor.
Con su botella el del anís.
Los generales con sus sables de cola.
En su caballo estatua el héroe mono.
El mono oficinista en bicicleta.
Mono banquero en automóvil.
Decorado mono mariscal.
El monocorde cordio
fásico cotiledón.
Monosacárido.
Monoclinal.
Y todos esos otros que usted ve.

Para agosto
nos llegarán seiscientos monosmonos.
(La monería fundamental).

*del libro “El Gran Zoo”. Editorial Quetzal, Buenos Aires, 1967
-Enviado para compartir por Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar

POSTALES DE UN ESTADO DE COSAS...

Mi amigo Correa*

Por Fidel Castro *

Recuerdo cuando nos visitó, meses antes de la campaña electoral donde pensaba presentarse como candidato a la presidencia de Ecuador. Había sido ministro de Economía del gobierno de Alfredo Palacio, médico cirujano con prestigio profesional que también nos había visitado en su condición de
vicepresidente, antes de acceder a la presidencia, por situaciones imprevistas que se dieron en Ecuador. Este había sido receptivo a un programa de operaciones oftalmológicas que le ofrecimos como forma de
cooperación. Existían buenas relaciones entre ambos gobiernos.
Correa, no hacía mucho, había renunciado al Ministerio de Economía. Estaba inconforme con lo que calificó de corrupción administrativa promovida por Oxy, empresa extranjera que exploró e invirtió importantes sumas, pero que se quedaba con cuatro de cada cinco barriles de petróleo extraído. No habló de nacionalizar, sino de cobrarle elevados impuestos que asignaba de antemano a inversiones sociales pormenorizadas. Ya había aprobado las medidas y un juez las declaró válidas.
Como no mencionaba la palabra nacionalizar, pensé que experimentaba temor al concepto. No me extrañaba, porque era economista graduado con grandes reconocimientos por una conocida universidad de Estados Unidos. No me ocupé mucho en profundizar, lo acosaba con preguntas del arsenal acumulado en la lucha contra la deuda externa de América latina en 1985 y de la propia experiencia cubana.
Existen inversiones de riesgo sumamente altas y de sofisticada tecnología, que ningún país pequeño como Cuba y Ecuador podría asumir.
Como estábamos ya en el año 2006 decididos a impulsar la revolución energética, que fuimos el primer país del planeta en proclamar como cuestión vital para la humanidad, le había abordado el tema con especial énfasis. Me detuve, había comprendido una de sus razones.
Le conté la conversación que hacía poco había sostenido con el presidente de la empresa española Repsol. La misma, asociada a otras empresas internacionales, acometería una operación costosa para perforar en el fondo del mar, a más de 2000 metros de profundidad, con empleo de sofisticadas
tecnologías, dentro de las aguas jurisdiccionales de Cuba. Dije al jefe de la empresa española: ¿Cuánto vale un pozo exploratorio? Le hago la pregunta porque queremos participar aunque sea en el uno por ciento del costo, deseamos saber lo que ustedes quieren hacer con nuestro petróleo.
Correa, por su parte, me había contado que de cada cien dólares que extraían las compañías, solamente veinte iban para el país; ni siquiera entraban en el presupuesto, expresó, se dejaban en un fondo aparte para cualquier cosa menos para mejorar las condiciones de vida del pueblo.
Yo derogué el fondo, me dijo, y asigné 40 por ciento para educación y salud, desarrollo tecnológico y vial, el resto para recomprar la deuda si el precio de la misma nos favorecía, o de lo contrario invertirlo en otra cosa más útil. Antes teníamos que comprar cada año una parte de esa deuda que se encarecía.
En el caso del Ecuador -me añadió- la política petrolera rayaba en traición a la patria. ¿Por qué lo hacen?, le pregunto. ¿Por miedo a los yanquis o presión insoportable? Me responde: Si tienen un ministro de Economía que les dice que privatizando mejora la eficiencia, usted puede imaginarse. Yo no
hice eso.
Lo estimulo a seguir y me explica con calma. La compañía extranjera Oxy es una empresa que ha roto su contrato y de acuerdo con la ley ecuatoriana se requiere la caducidad. Significa que el campo operado por esa empresa tiene que pasar al Estado, pero por presiones de los yanquis el gobierno no se atreve a ocuparlo, se crea una situación no contemplada por la legislación.
La ley dice caducidad y nada más. El juez de primera instancia, que era presidente de Petroecuador, lo hizo así. Yo era miembro de Petroecuador y nos llamaron de urgencia a una reunión para expulsarlo del cargo. Yo no asistí y no pudieron despedirlo. El juez declaró la caducidad.
¿Qué querían los yanquis?, pregunto. Querían una multa, explica él rápido.
Escuchándolo comprendí que lo había subestimado.
Yo estaba apurado por multitud de compromisos. Lo invité a presenciar el encuentro con un numeroso grupo de profesionales cubanos altamente calificados que partirían para Bolivia, a fin de integrarse a la Brigada Médica; esta cuenta con personal para más de 30 hospitales, entre otras actividades 19 posiciones quirúrgicas que pueden realizar más de 130 mil operaciones oftalmológicas por año; todo bajo forma de cooperación gratuita.
Ecuador dispone de tres centros similares con seis posiciones oftalmológicas.
La cena con el economista ecuatoriano fue ya entrada la madrugada del 9 de febrero de 2006. Apenas hubo puntos de vista que yo no abordara. Le hablé hasta del mercurio tan dañino que las industrias modernas esparcen por los mares del planeta. El consumismo fue, por supuesto, un tema enfatizado por
mí; el alto costo del kilowatt/hora en las termoeléctricas; las diferencias entre las formas de distribución socialista y comunista, el papel del dinero, el millón de millones que se gasta en publicidad sufragado forzosamente por los pueblos en los precios de las mercancías, y los estudios realizados por brigadas sociales universitarias que descubrieron, entre los 500 mil núcleos de la capital, el número de personas ancianas que vivían solas. Expliqué la etapa de universalización de los estudios universitarios en que estábamos envueltos.
Quedamos muy amigos, aunque tal vez se llevara la imagen de que yo era autosuficiente. Si eso ocurrió, fue realmente involuntario por mi parte.
Desde entonces observé cada uno de sus pasos: proceso electoral, enfoque de los problemas concretos de los ecuatorianos, y victoria popular sobre la oligarquía.
En la historia de ambos pueblos hay muchas cosas que nos unen. Sucre fue siempre una figura extraordinariamente admirada junto a la del Libertador Bolívar, quien para Martí lo que no hizo en América está por hacer todavía, y como exclamó Neruda, despierta cada cien años.
El imperialismo acaba de cometer un monstruoso crimen en Ecuador. Bombas mortíferas fueron lanzadas en la madrugada contra un grupo de hombres y mujeres que, casi sin excepción, dormían. Eso se deduce de todos los partes oficiales emitidos desde el primer instante. Las acusaciones concretas contra ese grupo de seres humanos no justifican la acción. Fueron bombas yanquis, guiadas por satélites yanquis.
A sangre fría nadie absolutamente tiene derecho a matar. Si aceptamos ese método imperial de guerra y barbarie, bombas yanquis dirigidas por satélites pueden caer sobre cualquier grupo de hombres y mujeres latinoamericanos, en el territorio de cualquier país, haya o no guerra. El hecho de que se
produjera en tierra probadamente ecuatoriana es un agravante.
No somos enemigos de Colombia. Las anteriores reflexiones e intercambios demuestran cuánto nos hemos esforzado, tanto el actual presidente del Consejo de Estado de Cuba como yo, a atenernos a una política declarada de principios y de paz, proclamada desde hace años en nuestras relaciones con los demás Estados de América Latina.
Hoy que todo está en riesgo, no nos convierte en beligerantes. Somos decididos partidarios de la unidad entre los pueblos de lo que Martí llamó Nuestra América.
Guardar silencio nos haría cómplices. Hoy a nuestro amigo, el economista y presidente del Ecuador Rafael Correa, quieren sentarlo en el banquillo de los acusados, algo que no podíamos siquiera concebir aquella madrugada del 9 de febrero de 2006. Parecía entonces que mi imaginación era capaz de abarcar sueños y riesgos de todo tipo, menos algo parecido a lo que ocurrió la madrugada del sábado 1º de marzo de 2008.
Correa tiene en sus manos los pocos sobrevivientes y el resto de los cadáveres. Los dos que faltan demuestran que el territorio de Ecuador fue ocupado por tropas que cruzaron la frontera. Puede exclamar ahora como Emilio Zola: ¡Yo acuso!

- Reflexión del líder cubano publicada en Granma.

-Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/elmundo/subnotas/100206-31596-2008-03-06.html

LYNCH*

*de Nicolás Guillén

Lynch en Alabama.
Rabo en forma de látigo
y pezuñas terciarias.
Suele manifestarse
con una gran cruz en llamas.
Se alimenta de negros, sogas,
fuego, sangre, clavos,
alquitrán.

Capturado
junto a una horca. Macho.
Castrado.

*del libro “El Gran Zoo”. Editorial Quetzal, Buenos Aires, 1967
-Enviado para compartir por Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar

La tierra incomparable*

(fragmento)

*de Antonio Dal Masetto

CUARENTA

Al día siguiente, sábado, Agata y Silvana se encontraron para ir a caminar por el mercado que se armaba una vez por semana en aquella gran plaza frente al departamento de Elvira. Agata pensó que volverían a hablar de Vito. Que­da hacer algunas preguntas y esperaba la oportunidad. Pe­ro Silvana no tocó el tema y ella no se animó a mencionar­lo. Después la atrapó la actividad y el colorido del mercado. Aquello era una fiesta y daba gusto andar entre los puestos y los gritos de los vendedores. Había de todo: comestibles, ropas, artesanías, flores, muebles, zapatos, re­lojes, antigüedades, pájaros. Se detenían acá y allá, conver­saban con los puesteros, saboreaban un pedacito de queso, acariciaban una tela. Agata disfrutaba.
-Me compraría todo -decía. Silvana la alentaba:
-Esto es bonito, está a buen precio. ¿Quiere llevarlo?
-Todavía no. Después volvemos.
Ya tenía los regalos para su regreso. También tenía uno para Carla. Le faltaba el de Silvana. Desde hacía varios
días miraba vidrieras. Quería que fuese un lindo regalo, una cosa especial. Pensó que en el mercado quizá lo en­contraría. De todos modos, si compraba estando Silvana presente se perdía la sorpresa. Así que decidió esperar.
Siguieron caminando y averiguando precios. Silvana se cruzaba con conocidos, se saludaban o se detenían para in­tercambiar un par de frases. Le presentó algunas amigas a Agata. Una se les unió. Agata oyó que preguntaba por Vito y Silvana contestó que lo vería esa tarde.
El mercado seguía por un tramo de calle que desembo­caba en otra plaza, también llena de puestos. Agata se de­tuvo. Algo -una voz, la luz, el empedrado, una pared, no supo qué- le trajo a la memoria una escena de cuando era chica, y que había olvidado. La anécdota carecía de impor­tancia, pero se sintió tentada de contarla por la sorpresa que le causaba haberla recuperado. Cierta vez, le dijo a Sil­vana y a la amiga, su padre y su padrino la habían llevado al parque de diversiones que se instalaba en esa plaza para las fiestas patronales. Había un puesto circular en cuyo centro se exhibían frascos con peces de colores. La gente arrojaba unas pelotitas blancas y los que embocaban en al­guno de los frascos se llevaban un pez como premio. Logró que su padrino le pagara una jugada y fue tirando sus pe­lotas -eran seis- sin acertar. Después, resignada, sabien­do que no habría otra oportunidad, se quedó junto al pues­to mirando cómo la gente probaba y probaba. No era fácil. Casi nadie acertaba. A su lado, una señora le pidió que ti­rara una pelota por ella, a ver si le traía suerte. Agata tiró, embocó, la señora dio un grito, aplaudió, la besó y se llevó su frasco con un pez rojo.
Agata señaló con el dedo:
-Fue justo ahí. Qué frustración.
La amiga de Silvana rió con ella. La historia le causó mucha gracia y volvió a mencionarla y a reírse cuando se despidió y se fue.
Ya habían dado una vuelta completa a las dos plazas cuando oyeron que alguien las llamaba. Era Toni. Agata no había vuelto a verlo después de aquella tarde de los hongos y la discusión con Carla. Tenía el mismo aire socarrón y el mismo entusiasmo en la voz, Dijo:
-¿Cómo están, muchachas?
Las invitó a tomar un café. Se sentaron en un bar que tenía mesas afuera. Desde ahí vieron como la gente aban­donaba poco a poco el mercado, los vendedores comenza­ban a guardar sus mercancías y los puestos se cerraban.
-Al final-dijo Silvana-, no compró nada.
-Igual me divertí -dijo Agata.
-Para compras consulte conmigo -dijo Toni-. Sé dónde están los mejores precios.
Pasó un coche con una bandera cruzada sobre el techo .Y dos muchachos asomados a las ventanillas y gritando:
- Trani, Trani.
Toni levantó una mano y los saludó. Se volvió hacia Agata:
-Señora, hoy hay partido, ¿no le gustaría ir?
-¿Adónde? -preguntó Agata sorprendida.
-A la cancha.
-Nunca fui a una cancha.
-Alguna vez tiene que ser la primera.
-No entiendo nada de fútbol.
-Es el equipo de su pueblo, tiene que vedo.
Agata, divertida, miró a Silvana.
-Jugamos contra Aduino, nuestros rivales eternos, no se lo puede perder -insistió Toni.
Agata movió la cabeza dubitativa. -No sé -dijo.
Toni se dirigió a Silvana: -Se van a entretener.
-¿Quiere? -preguntó Silvana.
Agata se encogió de hombros, todavía indecisa. -Si quiere ir, yo la acompaño -dijo Silvana.
-Entonces vamos.
Silvana fue a buscar el coche.
Tuvieron que estacionar bastante lejos del estadio. Un policía cortaba el tránsito. Después caminaron entre gente muy apurada, algunos corrían. El frente de la cancha no había sufrido modificaciones. El mismo portón, las colum­nas para las banderas, las ventanillas de hierro. Todo esta­ba más o menos igual que antes. Sólo dos cabinas telefóni­cas contra el muro gris marcaban la diferencia de época. Había también tres grandes recipientes para residuos, con las inscripciones: para vidrio, para latas, para papel. La gen­te, amontonada frente a las ventanillas, protestaba y exigía que se apuraran con las entradas porque ya empezaba el partido. Toni hizo cola y discutió con alguien que quiso adelantársele. Por fin entraron. Había una sola tribuna, de cemento, en uno de los costados. Treparon unas gradas y se sentaron.
Agata miró el campo todavía vacío, el césped cuidado, y pensó en lo que había significado ese terreno para ellos, cuando los alemanes se habían instalado con sus tanques y sus cañones. Para el pueblo ésos fueron los peores días, con los rastrilleos, los fusilamientos, las escuelas que fun­cionaban como cárceles, llenas de hombres que después eran deportados a Alemania. Desde ese terreno los cañones disparaban hacia las montañas y alrededor temblaba todo.
Agata se sobresaltó. La gente se había parado y gritaba.
En el campo de juego acababan de aparecer los jugadores. Toni estaba un escalón más abajo. Se dio vuelta e informó:
Los de azul son los nuestros.
Agata asintió.
La gente se calmó. Los jugadores se distribuyeron de un lado y del otro del terreno y después sonó un silbato. -Empezó -dijo Toni.
Agata volvió a asentir.
La pelota iba y venía, de vez en cuando se producía un encontronazo y un jugador o dos quedaban tendidos en el suelo durante un rato. Los otros intercambiaban manota­zos y en la tribuna la gente se enfurecía.
A la izquierda de Agata se produjo un tumulto. Había un grupo de pie, aislado del resto de los espectadores. No eran demasiados, pero hacían mucho ruido.
-La hinchada rival-informó Toni.
Había varios policías rodeándolos, no se sabía si para protegerlos o contenerlos. Se fueron tranquilizando, me­nos uno, que seguía de espaldas al campo e insultaba hacia la parte alta de la tribuna. Un policía lo tomó de un brazo, lo obligó a darse vuelta y le ordenó:
-Mire el juego.
Después, alrededor de Agata hubo más gritos y aplau­sos. Los jugadores de azul se abrazaban. Toni giró hacia la hinchada rival y, sin emitir palabra, les mostró el dedo ín­dice y lo mantuvo en alto, en un gesto que evidentemente queda significar: uno. Se volvió hacia Agata:
-Vamos ganando. Agata asintió.
-¿Cuál le gusta de los nuestros? -preguntó Toni.
Agata buscó con la mirada y señaló a un jugador:
-Ese muchacho de pelo largo. ¿.Por qué ése?
Se parece a mi nieto.
Hubo un nuevo estallido y más abrazos.
-¿Gol? -preguntó Agata.
Toni giró otra vez hacia la hinchada de Aduino, levantó dos dedos y los mantuvo arriba, siempre sin hablar.
En la cancha seguían los encontronazos y las caídas.
Agata estaba impresionada con tantos golpes. Toni, con­tento como un chico, bromeaba, se hacía el gracioso: -¿Por qué se estarán peleando tanto por una pelota? ¿Por que no le dan una pelota a cada uno y así se quedan tranquilos? ¿Verdad, señora?
-Claro -dijo Agata.
Después algo debió andar mal en el partido, porque en el término de minutos, en dos oportunidades, la gente pa­reció volverse loca, bramaba, sacudía la alambrada y algu­nos se trepaban. Agata nunca había oído insultar y blasfe­mar tanto. Detrás de ella, una mujer gritaba:
-Arbitro arruinafamilias.
Le resultó curioso el insulto y se dio vuelta para verle la cara.
Hacia la izquierda, en cambio, los de la hinchada rival habían comenzado a cantar. Parecían ignorar la amenaza que los rodeaba. Cantaban mirando el cielo, agrupados y solemnes, como entonando el himno.
Toni estaba junto a un hombre de lentes, alto y elegan­te, de sombrero, que hasta ese momento se había manteni­do en calma. Ahora los dos se desgañitaban hombro con hombro y el elegante arrojaba el sombrero al piso, lo le­vantaba y lo volvía a tirar. Toni, la cara roja, los ojos extraviados, miró a Agata y dijo: -Señora, los delincuentes más grandes de este mundo son los árbitros de fútbol.
-Sí -dijo Agata.
Inmediatamente los jugadores abandonaron el campo y Agata preguntó si el partido había terminado.
-El primer tiempo -dijo Silvana-. Pero si quiere po­demos irnos.
Saludaron a Toni, que se mostró decepcionado por la deserción, compraron castañas asadas al pie de la tribuna y salieron del estadio.
-En mi época también era así -dijo Agata-. Desde mi casa se oían los gritos. Me acuerdo que cuando termi­naban los partidos la gente se quedaba esperando que sa­liera el árbitro para lincharlo.
Tomaron hacia la derecha y pasaron por el terreno que separaba la cancha de fútbol del cementerio. En el medio, bajo los grandes árboles de hojas doradas, había un carro­mato y un cartel que anunciaba la próxima instalación de un circo. Ahí era donde se fusilaba al finalizar la guerra. Lo hacían junto al cementerio, para no tener que trasladar los cadáveres. El declive que en aquella época bajaba del camino al terreno había sido nivelado. Por ese declive em­pujaban a los hombres antes de dispararles.
Desembocaron en el acceso al puente de hierro. Comen­zaron a cruzarlo y se detuvieron en la mitad. Ahí el río se ensanchaba y se aquietaba en un remanso donde el agua parecía inmóvil. Cincuenta metros más allá, superadas las piedras que formaban un dique de contención, se producía una cascada breve y recomenzaba la correntada. Había una liebre ahogada en aquel remanso. Flotaba de perfil, las pa­tas delanteras encogidas y las traseras estiradas, en la acti­tud del salto. La liebre tenía la misma tonalidad rojiza de los bosques y era una mancha neta en aquel estanque color verde botella. Casi no se movía. Tardaría mucho en llegar a la cascada. Agata y Silvana la miraron durante un rato.
-A las seis cruzo a Coseno -dijo Silvana-. Me quedo hasta mañana. Vito ya está bien. Vaya preparando sus co­sas. El lunes salimos rumbo a Venecia.
Agata tardó en hablar. Por fin dijo: -¿Todavía querés ir?
-Seguro. ¿Usted no?
-Yo sí.
-Entonces vamos.
Nuevamente, Agata esperó que Silvana mencionase a Vito. Pero Silvana no volvió a hablar. Se trepó a la baranda del puente, se paró y se alejó de Agata, haciendo equilibrio con los brazos abiertos. Agata contuvo la respiración y apretó con fuerza los barrotes de la baranda. Silvana llegó hasta una de las gruesas vigas oblicuas, la abrazó y comen­zó a subir. Pasó a otra viga que cruzaba la primera, des­pués a otra y siguió trepando en zigzag. Alcanzó la parte superior del puente, se tomó con ambas manos de la últi­ma viga horizontal, separó el cuerpo y los pies del punto de apoyo y quedó colgando. "¿Qué hace?", se preguntó Agata. No se animaba a moverse, no se animaba a hablar, estaba paralizada. Pasaron los segundos y Silvana seguía allá arri­ba, quieta, colgada de sus brazos, una mancha clara entre la estructura negra del puente. Había mucha calma alrededor, en los bosques, en la monotonía del agua. Agata hu­biese querido gritarle que bajara. Pero tenía miedo. Le pa­recía que, en tanta paz, cualquier señal de desorden, inclusive su voz, hubiese alterado el equilibrio en que se apoyaba la seguridad de Silvana. Seguía apretando los ba­rrotes oxidados y enviaba hacia arriba órdenes mentales. "Basta, basta, ¿hasta cuando vas a resistir?". Por fin, una de las piernas de Silvana se separó de la otra, tanteó y en­contró dónde apoyarse. Silvana se deslizó hacia la viga oblicua y comenzó a bajar. Pisó la baranda en el mismo punto donde había comenzado el ascenso y vino hacia el centro del puente con los brazos abiertos. Saltó al piso y se colocó junto a Agata.
-¿.Por qué hiciste eso? -preguntó Agata.
Silvana no contestó y de nuevo se pusieron a mirar el agua. La liebre seguía en el mismo sitio. Después Silvana dijo:
-Me parece que nunca vaya poder perdonarle a Vito lo que me hizo. Sobre todo que haya tomado las pastillas es­tando yo ahí.
En el puente ya no daba el sol y a Agata le pareció que el silencio se había agrandado todavía más. Ahora su atención estaba dividida entre las recientes palabras de Silvana y el movimiento de la liebre que, muy despacio, había comen­zado a girar sobre sí misma.

*de La tierra incomparable, © Editorial Planeta (1994), © Antonio Dal Masetto.

Jueves, 06 de Marzo de 2008
A PROPOSITO DEL DIA INTERNACIONAL DE LA MUJER

Postales de un estado de cosas*

La posición actual de la mujer es un claro ejemplo de cómo lo establecido, lo dolorosamente estatuido puede y debe interpelarse. Así, los cambios impactan en la sociedad toda.

Simone de Beauvoir escribió en "El segundo sexo": "No se nace mujer: se llega a serlo". Aspiraba que alguna vez estuviera perimido, pero lamentaba que sostuviera su vigencia.

Por Laura Capella *

El "Día Internacional de la Mujer" fue establecido por las Naciones Unidas en 1975. Su origen se remonta al 8 de marzo de 1857 cuando se produjo la primera huelga de trabajadoras de la industria textil y del vestido en la ciudad de Nueva York. En la misma ciudad, en 1908 las obreras iniciaron una
huelga en la Fábrica Colton y tomaron el establecimiento. Ellas pedían igualdad de salario entre hombres y mujeres, descanso dominical y reducción de la jornada laboral. Las huelguistas fueron encerradas y el edificio fue incendiado. Murieron quemadas ciento veintinueve mujeres.
El año en que esas mujeres fueron masacradas en Nueva York, hace cien, nacía en Francia Simone de Beauvoir. En su obra El segundo sexo, dice: "No se nace mujer: se llega a serlo. Ningún destino biológico, psíquico o económico define la figura que reviste en el seno de la sociedad la hembra humana; es
el conjunto de la civilización el que elabora ese producto intermedio entre el macho y el castrado al que se califica de femenino". Simone de Beauvoir aspiraba que ese libro alguna vez estuviera perimido, pero lamentaba que por el contrario, sostuviera su vigencia.
Del 29 al 31 de diciembre pasados, más de ciento cincuenta voces femeninas y morenas le explicaban al mundo por qué luchan, desde el encuentro de mujeres en La Garrucha, territorio rebelde zapatista. Estas mujeres, en la última década del siglo XX comenzaron a recorrer junto a los hombres de su pueblo, pero también en muchos aspectos, en contra de los mismos, un camino de subjetivación que las colocaba más allá de propios y ajenos; ya que al derecho de pernada que practicaban sobre ellas los patrones se unía a la naturalidad con que el maltrato, violación y desprecio era ejercido por sus padres, maridos y hasta hijos. Ellas cuentan en ese encuentro, que nacer niñas era motivo de desprecio y hasta las comadronas cobraban menos si traían al mundo a una niña que a un niño.
Por otro lado en la ciudad de Montevideo, este carnaval, cincuenta y cuatro mujeres de diversas profesiones, entre ellas una carpintera, integran la primera cuerda de tambores "totalmente femenina". Este grupo, "La melaza" nació cuando un grupo de amigas se reunió en los actos por el día de la mujer en marzo de 2005.
Postales de un estado de cosas que no es simple ni debemos simplificar; creo que la posición de la mujer actualmente es un claro ejemplo de cómo lo establecido, lo dolorosamente estatuido puede y debe interpelarse, de cómo el trabajo del alquimista es una bella metáfora para pensar estos procesos
personales y sociales en los que, como dicen las mujeres zapatistas se ha "transformado en purito gusto lo que antes era vergüenza de hablar".
Que como ocurrió a esas mujeres uruguayas, el 8 de marzo se constituya en punto de partida de un acto de creación y de toma de palabra; sabiendo que los cambios que las mujeres produzcamos en nosotras mismas impactan en la sociedad toda, y pasan a formar parte de la obra colectiva de la humanidad
de la que gustaba sentirse parte Sigmund Freud.

*Psicoanalista. Foro en defensa de los DDHH del Colegio de Psicólogos Rosario.

-Fuente: Rosario-12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/21-12612-2008-03-06.html

EL HAMBRE*

*de Nicolás Guillén

Éste es el hambre. Un animal
todo colmillo y ojo.
Nadie le engaña ni distrae.
No se harta en una mesa.
No se contenta
con un almuerzo o una cena.
Anuncia siempre sangre.
Ruge como león, aprieta como boa,
piensa como persona.

El ejemplar que aquí se ofrece
fue cazado en la India (suburbios de Bombay),
pero existe en estado más o menos salvaje
en otras muchas partes.

No acercarse.

*del libro “El Gran Zoo”. Editorial Quetzal, Buenos Aires, 1967
-Enviado para compartir por Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar

Jueves, 06 de Marzo de 2008

Los gatos de Rivadavia*

*Por Enrique Medina

Terminan de jugar al ajedrez y echan una caminata para reacomodar los huesos del atascado cuerpo. La plaza está en su esplendor. Hay gente de todo pelaje y por donde sea. Buscas a la pesca. Colas de dinosaurios reventando colectivos. Maltraído, un arrebatador con portafolios cruza la avenida corrido a los gritos por el asaltado. Otros miserables controlan a sus minas. Minas negras, minas teñidas, minas feas, gordas-regordas, sentadas con la misma hidalguía que las alemanas de Francfurt y Osaka, y en ello el atractivo. Conversan, ríen, se las ve simpáticas. Educados, con elegante discreción los ajedrecistas saludan y ellas les hacen el guiño correspondiente y agradecido. Los amigos son jubilados y con amistad de años. Wilde, uruguayo, harto en toda la vida de tener que aguantar siempre a algún atento pelotudo que le pregunta si Wilde es apellido. Y él que no, que es nombre, y no sé por qué carajo me llamo así y basta. En cambio, Escopeta, que es apodo asimilado en la infancia cuando le decían "Flaco escopeta",
acepta, sin alterar su chicha-calma: Si sigo siendo flaco tengo derecho al apodo, y sonríe. Se sientan en el borde de los canteros, frente al monumento. Son tan veteranos en la plaza que tranquilamente pueden
abstraerse de la existencia misma que agita el caótico espacio. Ven sin ver, eso. Y charlan, cuando charlan. Y están en silencio, cuando ídem. No por nada especial, tienen su propio mundo, como cualquiera. Un chico le pregunta a su madre: "¿Qué es eso que está lleno de gatos?". Y la madre tardando en
la duda, intenta: "Y... una casa... para gatos, como el Jardín Zoológico...".
Acostumbrado a salir en defensa de los símbolos, Wilde mueve su cabeza y explica a la madre y el chico que "eso" es el Mausoleo a Bernardino Rivadavia, primer presidente de nuestro querido país y esos gatos son su guardia pretoriana. La mujer promedia su enjuto rostro, seco y sin gracia, y sigue chupando el helado, como si en ello le fuera el esfuerzo del día. El chico se anima: "Guardia ¿qué?...". Y Wilde se despacha porque el chico le cae bien: "Pre-to-riana..., ¿eh?... Pretoriana, ¿sí?". El chico como que no,
como que es un poco mucho para él, así que, igual que la madre, chupa el helado para hacer tiempo. Y Wilde le dice que el fulano se llamaba Bernardino de la Trinidad González Rivadavia, conocido como Bernardino Rivadavia solamente y mucho más conocido porque la avenida Rivadavia es la más larga del mundo, y dentro del monumento está él; muerto, claro. El chico sonríe, mueve los ojitos y pregunta: "¿Arriba o abajo?". Wilde piensa que si ese chico fuera su hijo podría tallar un ser excepcional: "Arriba, la parte de abajo es la plataforma, el pedestal del monumento, monumento que hizo uno
de los grandes escultores argentinos, Rogelio Yrurtia". Hay un silencio en el que el chico deja que el helado se le derrita por un costado y dice: "¿Y los gatos?"... Wilde se acomoda mejor, como para enseñar, y larga el rollo sobre la guardia pretoriana, el César, el pretorio, el imperio romano y
termina con que los gatos vienen a ser un símbolo, el equivalente de nuestro tiempo, de aquellos valientes soldados que defendían con su vida al César.
"Son 574 gatos, ¡bien contados!, incluidos los 18 que nacieron este fin de semana." El chico lame el costado que se está derritiendo, mira al hombre en silencio, no está seguro si entendió algo o no entendió nada, pero sí sabe que le gustaría tener a ese hombre como padre, o abuelo; y le pregunta cómo sabe tanto. El no contesta, lo hace Escopeta: "Fue maestro y director de escuela". La mujer, que nada ha escuchado porque está pendiente de otra cosa, dice: ya llegaron; y se lleva al chico sin saludar. El chico al menos sacude la mano libre. "Cayeron los evangelistas", advierte Wilde. Se quedan en silencio. Al rato, Escopeta le dice: "¿Hacemos la revancha?". Wilde está de acuerdo: "Dale, vamos...".

*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-100201-2008-03-06.html

Jueves, 06 de Marzo de 2008
Legado de sabiduria de Emilio Rodrigue

"Decidí celebrarme todo el día"*

En el recuerdo de Tato Pavlovsky, preciso y emocionado, Emilio Rodrigué se ofrece como el caso de un hombre capaz de dedicar un día entero a la celebración de ese otro que, en tercera persona, es él mismo. Rodrigué, psicoanalista y escritor, falleció el jueves 21 de febrero de este año.

Hernán Kesselman, Tato Pavlovsky y Emilio Rodrigué, en 1980.

*Por Eduardo Pavlovsky

En 1972, vivíamos juntos con el psicoanalista Emilio Rodrigué, en Libertador y Oro. El se iba a su consultorio de Ayacucho muy temprano a la mañana en una bicicleta vieja que se había comprado, y volvía a la noche. Yo trabajaba en Esmeralda y Libertador, y la mitad de la semana iba al teatro Payró a actuar en mi obra El señor Galíndez y volvía tarde. La mayoría de las noches cuando llegaba lo veía a Emilio con alguna señorita en el sillón de nuestro living. Yo pasaba rápidamente, temiendo importunar alguna intimidad. Pero él me saludaba cordialmente, presentándome a la señorita de la noche. Lo que me
asombraba de la situación -Emilio siempre tuvo la facultad de asombrar- era que las jóvenes variaban según los días, pero Emilio mantenía siempre una misma posición física. Piernas cruzadas y su brazo izquierdo tocando suavemente el hombro derecho de la joven. Las jóvenes siempre estaban ubicadas a su derecha. La posición era extraña pero invariable. Lo que variaba eran las jóvenes. Debo aclarar que la posición de Emilio estaba distante de cualquier encuadre erótico. Por sus características yo presumía
que era un juego preerótico de estilo emiliano. Intraducible. Tenía algo de resabios de vieja alcurnia franelera.
Una noche, después de mi función de teatro, al entrar noté con sorpresa que el sillón estaba vacío, y escuché desde el baño la voz de Emilio que me gritaba: "Vení Tato, estoy solo". Emilio estaba totalmente sumergido en la bañadera, colmada de espuma y desde donde sólo emergía su cabeza. La espuma en la bañadera al estilo de Lana Turner o Marilyn Monroe. En un borde de la bañadera había varios Gráficos, la mejor revista deportiva de la época, y él tomaba simultáneamente un gin tonic con una larga pajita que desembocaba en el vaso y que el otro extremo culminaba en su boca. Como los dos somos de Independiente, me empezó a mostrar viejas fotos de aquella inolvidable delantera del '40 -Maril, De la Mata, Erico, Sastre y Zorrilla- pero, como había comprado 40 Gráficos viejos, también teníamos fotos de Michelli, Cecconato, Lacacia, Grillo y Cruz. ¡Era una fiesta roja! De repente Emilio me miró fijamente y me dijo: "Me jubilé por hoy y decidí celebrar a Emilio Rodrigué todo el día". Por la seriedad con que me lo dijo me di cuenta de que había que escucharlo y decidí sentarme en una silla cercana a la bañadera. Algún nuevo contexto de descubrimiento se avecinaba. Habló:
"Hoy me levanté temprano a la mañana y resolví festejar a Emilio Rodrigué. Pensé que se lo merecía después de tantos años de trabajo y con una abultada producción literaria y psicoanalítica. No usé la bicicleta y resolví llevarlo al Plaza Hotel en taxi para desayunar. Me parecía un buen comienzo.
Un buen desayuno siempre es bueno para empezar el día con energías. Después de las lecturas de los diarios, que no fue precipitada sino gozosamente saboreada, y hasta leyendo secciones de los diarios que nunca leo en días de trabajo, por ese apuro imperioso de leer el diario en diez minutos entre paciente y paciente. A las 11 de la mañana lo invité a caminar por la calle Florida pero muy lentamente, como gozando la calle en esa nueva armonía cadenciosa. Respiraba profundamente mientras miraba libremente y sin apuro las bellezas femeninas que pasaban a mi lado. A algunos culos les dedicaba el tiempo que merecían. A las 12 tuve una imperiosa necesidad de leer Gráficos viejos y lo llevé a la calle Azopardo, donde los vendían. El primero que abrí tenía la foto de Capote De la Mata en el famoso gol a River
en el Monumental, de 1937. Era una foto de museo. Ahí fue cuando decidí llevarme todos los Gráficos que podía. La sensualidad de esas hojas amarillentas me enloquecía. El vendedor, un hombre maduro, me señaló al pasar: 'Parece que el señor es de Independiente'; salió rápidamente hacia otra oficina y volvió con una foto de Erico del día que le ganamos 7 a 1 a Boca en Avellaneda. 'Tome, es suya, se la merece, llévela'. Me hizo un enorme paquete y salí de la calle Azopardo emocionado. Tomamos un taxi y
volvimos a casa para dejar los Gráficos bien guardados. Te confieso Tato que tuve miedo de que si llegabas por la tarde me los pudieses robar, una foto de Erico para un hincha fanático como vos es una pieza de museo muy deseable. Guardé todo el paquete y cerré con llave la puerta del cuarto.
"Almorzamos en un restaurante japonés en la calle Mendoza cerca de Libertador. Buen vino, buen postre y un buen coñac. Nunca gocé tanto en no tener que trabajar por la tarde. Fuimos a casa y dormimos una saludable siesta. A las 5 lo invité a correr y accedió. Hablaba muy poco. Casi nada.
Tenía algo de autista funcional que me atraía. No invadía. Sólo acompañaba autísticamente. No hinchando las pelotas con preguntas boludas. Eso es lo mejor de los autistas.
"Al volver a casa a eso de las 7, vimos algún noticiario por televisión y al rato le ofrecí cocinar para los dos un buen lomo que tenía en la heladera con papas fritas y acompañado por un Bianchi Borgoña. Después de la cena estaba contento de haber festejado a Emilio Rodrigué. No es un hombre que
expresara mucho, pero sus ojos delataban la alegría de haber pasado un buen día. Creo que llegó a decir gracias. Mucho para su reserva habitual. Para su autismo funcional e instrumental. Gracias a su autismo instrumental, James Dean se cogió a todas las minas de Hollywood.
"Cuando me quedé solo, llené la bañadera con agua caliente y le puse espuma de baño que una mina me había regalado. Traje todos los Gráficos y los apilé cerca de la bañadera. Traje también una botella de gin y cuatro tónicas y una pajita japonesa de 40 centímetros para ocasiones como ésta y me metí en
la bañadera.
"La lectura de los Gráficos viejos tomando gin tonic sin reserva me producía un éxtasis excepcional. No era éxtasis de yerba. Era éxtasis de gin, Gráficos y espuma. Todo junto. Suspiré profundo y dije: 'Qué bueno haberme celebrado así'. En ese momento llegaste vos y tuve la imperiosa necesidad de relatarte la experiencia. Te veo llegar con cara de soldado del frente de Stalingrado que ha cumplido bien su faena militar. Yo no niego que hacer teatro pueda ser para vos una manera de celebración, pero es todavía
demasiado exigente. Hay que hacerlo bien. Hay que trabajar. Vos te celebrás poco, Tato. Las que saben celebrarse son tus minas, por lo menos las que conozco. A ver si la entendés: Tato tiene que celebrar más a Tato, tiene que festejarlo más, tiene que exigirle menos, tiene que enseñarle a perder el tiempo. Vos no sabés perder el tiempo. Sos un ruso de batalla. Siempre en la línea de combate. Celebrate, amigo mío. Yo necesito que vos te festejes más, te mimes más, como lo hice hoy conmigo. Date un día para vos; sin minas, que exigen tanto. Un tiempo de puro festejo tatista, de celebración pura".
Mientras escribo esto estoy llorando.
Rodrigué continuó:
"Sin exigencias. Dejá Stalingrado por un día, pedí licencia". Yo estaba emocionado. Nunca Emilio me había hablado así, con tanto cariño explícito.
Empezó a buscar entre los Gráficos y sacó la foto de Erico. "Tomá, te la regalo, que la foto sirva para tu primera celebración. Celebrate hermano, que te lo merecés" y, de repente, como si yo no estuviera, tomo un Gráfico y siguió leyendo, ensimismado. Yo me levanté lentamente de la silla, me fui a mi cuarto con la foto de Erico en la mano y me senté en la cama. Pensé: ¿podré realmente celebrarme como este hijo de puta? Me resultaba difícil tanto placer junto. Pero la experiencia fue importantísima en mi vida. Lo mire a Erico en la foto y me puse a llorar. Erico ya había muerto, como hoy está muerto Emilio Rodrigué. Pero sus recuerdos siguen vivos en todos los que lo quisimos tanto.
Celebrarse, ¡qué palabra inventada! ¡Qué palabra tan emiliana!

*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-100180-2008-03-06.html

Más años es tal vez más felicidad*

La conciencia de los límites, el peso de la experiencia e incluso ciertos cambios en la actividad cerebral pueden redundar, en la vejez, en una mayor satisfacción frente a lo cotidiano como también en la capacidad de desestimar emociones negativas.

*Por Ricardo Lacub
Fuente: PROFESOR ASOCIADO DE PSICOLOGIA DE LA TERCERA EDAD Y VEJEZ

Es posible pensar la felicidad por fuera de los ideales sociales que nos auguran logros, reconocimiento y poder? ¿En qué medida la consciencia de los límites nos permite acercarnos al goce de lo cotidiano?
La felicidad, que aparece hoy como un nuevo tópico de investigación científica, aun cuando siga generando suspicacias y dudas por su complejidad conceptual, nos arroja datos cada vez más sustantivos y consolidados que nos acercan a temáticas abordadas desde hace siglos por filósofos y pensadores
que buscaban "ese oscuro objeto del deseo".
Cuando se aborda esta cuestión en relación con el envejecimiento, se produce una especial curiosidad y sorpresa.
Recientemente, en un estudio de la Universidad de Warwick y Dartmouth College, se recolectaron datos de 2 millones de personas, en 80 países (inclusive el nuestro). Los resultados mostraron que las personas de mediana edad disminuían los niveles de felicidad; un dato curioso indicaba que para volver a alcanzar los niveles de los 20 años había que esperar hasta los 70.
Este dato es consistente con otras investigaciones, entre las que se destaca la de Pond Lacey (Journal of Happiness Studies, 2006), donde fueron evaluadas personas de aproximadamente 30 y 70 años y se descubrió que éstas últimas eran más felices. Son resultados que parecen sorprender hasta los
más optimistas.
Las explicaciones son variadas, aunque se remarca el peso de la experiencia y el paso del tiempo, los cuales permitirían un punto de vista diferente de la vida. La intensidad de las emociones parece suavizarse particularmente frente a las experiencias negativas, lo que muchas veces se denominó la
serenidad de la vejez. Esto no implica la no intensidad de los goces, sino un manejo más adecuado de lo molesto o nocivo.
Aun cuando las explicaciones sean predominantemente de orden psicológico, existe una fuerte evidencia sobre los cambios de la actividad cerebral en la percepción de los hechos negativos en las personas mayores. Por ejemplo, imágenes registradas por un resonador magnético revelaron que la amígdala, que es la parte del cerebro responsable de las reacciones emocionales y la memoria, no reacciona con la misma intensidad que en otras edades cuando se muestran escenas negativas.
Los investigadores Stacey Wood y Michael Kisley (Psychological Science, 2007) grabaron la actividad cerebral de adultos a quienes se les mostraron una serie de imágenes positivas y negativas, tales como un helado o un animal muerto. Mientras que los jóvenes (entre 18 y 25) dieron más importancia a las imágenes emocionalmente negativas, los adultos mayores (55 y más) prestaron más atención a las positivas. Otros estudios agregaron a estas conclusiones la más rápida recuperación frente a eventos negativos.
Stacey Wood (Los Angeles Times, 2007) sostiene que se produce un manejo diferente de la información emocional en el procesamiento cerebral. Esto podría remitir a la antigua noción de sabiduría, interpretada como la habilidad para integrar la información que proveen las emociones, siendo más
capaces de sopesar y no hallar tan disruptivo lo negativo o discordante.
Mientras que algunos consideran que "los golpes de la vida" podrían enseñarnos lo esencial -es decir, lo que tiene valor para el sujeto-, otras perspectivas complejizan las explicaciones. La psicóloga estadounidense Laura Carstensen viene desarrollando investigaciones sobre las emociones en la vejez en el Centro de Longevidad de la Universidad de Stanford, tratando de comprender "la predisposición a lo positivo".
La explicación es que el control emocional, que redunda en un más amplio nivel de satisfacción, se debe a la creciente consciencia de finitud y la percepción de un tiempo limitado por vivir, lo que tiende a generar una mayor selectividad emocional, generalmente asociada a objetivos más afectivos, personalizados y con una fuerte focalización en el presente (Psychology and Aging, 2002)
Esta misma perspectiva, en la que la sensación de cierta provisionalidad es más real y palpable, permite darle a la vida más valor y sentir más agradecimiento, así como también enfocarse más sobre los aspectos positivos y promover con ello una mayor satisfacción vital.
La paradoja de la vejez parece radicar, según Carstensen, en que a pesar de que existe cierto declive físico y cognitivo, se incrementa el bienestar psicológico.
Esto no implica que sea una experiencia de todos los mayores. Ciertos niveles de padecimientos físicos o económicos podrían limitar estas vivencias, así como las características neuróticas del sujeto no disminuyen con la edad.
Borges, en el cuento "El inmortal", siguiendo una tradición existencialista, describía el aburrimiento que generaba la falta de prisa de aquellos cuyas vidas carecían de un límite de tiempo. La cercanía del fin puede producir pánico o puede hacer brotar la experiencia más rica del ser humano: el goce
de lo cotidiano.

*Fuente: Clarín
http://www.clarin.com/diario/2008/03/06/opinion/o-03101.htm

*

Aquí
entre algún tunal perdido,
sembrando pájaros al borde del barro
alarmando lágrima.
En su cintura cósmica del paisaje
Horizontal y maíz dice el silencio.
Un vino de su raíz en tu palabra compadre
En el Cuyo que amo
por hembra madre.
Que una gota de este vino dispare futuro,
por el barro frío de tus madrugadas,
sor el sueño país en labios hermanos.
Por grito incomprendido.
Porque Jorge no bebía ginebra,
nosotros áspero vino de jornal.
Porque entre rejas somos y fuimos libres.

Vos,
dura sangre andina
Yo áspero litoral.

*de ricardo d. mastrizzo.

*

Queridas amigas, apreciados amigos:

El domingo 9 de marzo del 2008 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor argentino Pablo Espada. Las poesías que leeremos pertenecen a María Elena Solórzano (México) y la música de fondo será de Machu Picchu (Andes). ¡Les
deseamos una feliz audición!

ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!

REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com
Schießstattstr. 44 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067

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LOS OJOS SEGUÍAN VIENDO UNA ILUSIÓN DE BRASA...

urbanopowell @ 01:18

GORILA*

*de Nicolás Guillén

El gorila es un animal
a poco más enteramente humano.
No tiene patas sino casi pies,
no tiene garras sino casi manos.
Le estoy hablando a usted
del gorila del bosque africano.

El animal que está a la vista,
a poco más
es un gorila enteramente.
Patas en lugar de pies
y casi garras en lugar de manos.
Le estoy mostrando a usted
el gorila americano.

Lo adquirió
nuestro agente viajero en un cuartel
para el Gran Zoo.

*del libro “El Gran Zoo”. Editorial Quetzal, Buenos Aires, 1967
-Enviado para compartir por Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar

LOS OJOS SEGUÍAN VIENDO UNA ILUSIÓN DE BRASA...

La tierra incomparable*

(fragmento)

*de Antonio Dal Masetto

TREINTA Y OCHO.

Por la mañana Agata agregó los saludos a la carta, la fir­mó, dobló las hojas planchándolas varias veces con el can­to de la mano y cuando fue a meterlas en el sobre se dio cuenta que necesitaba uno más grande. Con satisfacción pensó que nunca había escrito nada tan extenso en su vida.
Bajó, fue hasta una librería ubicada frente al colegio de monjas, pidió un sobre adecuado, probó si la carta entraba, escribió la dirección, pasó la lengua por el borde engomado y lo cerró. Dudó antes de colocar el remitente; podía usar la dirección de Carla o la del albergue. De todos modos, pen­só, nadie contestaría. Anotó su nombre y abajo puso sola­mente: Trani. De nuevo se sintió satisfecha.
El correo quedaba detrás de la iglesia, cruzando una plazoleta donde habían emplazado una gran escultura de mármol que Agata ya había visto al pasar y cuya forma, como de huevo cortado en tajadas, la intrigaba. Esta vez se detuvo y giró alrededor, mirando a través de los orificios que la atravesaban. La placa de bronce de la base decía:
Maternidad. Agata cruzó la calle y se dio vuelta para echarle otra ojeada desde lejos. La distancia no le aclaró nada. Cuando llegó al correo se encontró con un policía parado en la puerta Y dos hombres que sacaban muebles a la calle.
-¿Qué pasó? _preguntó Agata.
-Todo roto -dijo el policía con voz exageradamente alta, y señaló hacia el interior.
Agata miró y vio andamios, escaleras Y varios albañiles trabajando.
-Roto -repitió el policía-o Todo.
De nuevo había hablado alto, como si tuviera ante sí una persona sorda o que no entendiera el idioma. Agata se sintió molesta. Hubiese querido decide que no hacía falta gritar.
-¿Hasta cuándo está cerrado?
El policía abrió los brazos, abrió la boca sin emitir sonido, cabeceó dubitativo y miró el cielo. Aquel conjunto de gestos significaba que Agata le estaba pidiendo demasiado. -¿Quién lo sabe? -dijo por fin sin bajar el tono-. Dos días, tres, una semana.
-¿El correo atiende en algún otro lado?
-Este es el correo.
-Pero no funciona.
-Cómo quiere que funcione, mi querida señora, si está todo roto.
_Entonces ¿cómo se hace para mandar una carta?
El policía volvió a mover los brazos Y apuntó vagamente alrededor:
-Tiene que ir a otro pueblo.
Agata dio media vuelta y se fue diciéndose que algo no marchaba bien en la cabeza de aquel policía. Cuando esta­ba por cruzar la calle, un coche le frenó al lado. Era Silvana. Agata le explicó lo del correo.
-Vamos a Verbano -dijo Silvana.
Manejó muy rápido y en el trayecto casi no hablaron.
Agata despachó la carta y cuando regresaban al coche Sil­vana dijo:
-Acabo de llegar de Coseno.
Por la forma en que se detuvo en seco, se puso las ma­nos en los bolsillos y se quedó mirando la pared que tenía enfrente, Agata dedujo que las cosas no andaban bien. Pensó que comenzaba a conocerla.
-¿Algún problema?
Una semana antes no se hubiese animado a preguntar.
Silvana la tomó de un brazo.
-Venga -dijo-, vamos a sentarnos.
Bajaron hacia la costa, entraron en una confitería casi vacía y fueron a ubicarse junto a la vidriera que daba al agua. En ese costado las mesas eran redondas y demasiado grandes para dos personas. Se habían sentado enfrentadas. Agata pidió un capuchino y Silvana un licor. Se veían algu­nos pescadores en la punta de un espigón y los patos su­biendo y bajando con las olas. Silvana terminó rápido su licor y pidió otro. Esperó a que el mozo se lo trajera y se paró.
-Estamos demasiado lejos -dijo.
Se desplazó alrededor de la mesa y se ubicó junto a Agata. Tenía los ojos cansados. Se colocó un cigarrillo en­tre los labios, lo prendió sosteniendo el encendedor con ambas manos. Levantó la copa de licor, tomó un sorbo, volvió a depositarla sobre la mesa. Todo con movimientos lentos, como si le costase mucho esfuerzo. Cruzando la ca­lle, un hombre y un chico enderezaban y trataban de apun­talar un retoño de árbol que el viento debió voltear durante la noche. Silvana comenzó a contar.
El día anterior, después de estar con Agata, había ido a Coseno. Quería hablar con Vito. Lo había estado pensando toda la noche. Sin embargo, cuando llegó a Coseno no fue a verlo enseguida. Bajó del transbordador y se quedó en un bar frente al embarcadero, después caminó, estuvo dando vueltas más de una hora. En una oportunidad llegó hasta la puerta de la casa pero siguió de largo y fue a sentarse en la estación de trenes. Por fin se decidió. Vito no la esperaba y se extrañó al veda. Ella dijo que había ido a conversar. Vito no preguntó sobre qué. Preparó café y se sentaron en el comedor, uno en cada extremo de la mesa. Ella no sabía cómo empezar. En general, cuando estaban juntos, era Vi­to el que hablaba. Si la veía demasiado callada, se ponía a indagar, preguntaba, le iba sacando una palabra, otra pala­bra, la obligaba a confesarse poco a poco. Pero ayer Vito no decía nada, no preguntaba. Por lo tanto le tocó a ella buscar argumentos y esforzarse por llenar el silencio. No le habló de Ada. Mencionó el encuentro con un par de cono­cidos. Daba rodeos. Quizá esperaba ayuda. Pero la ayuda no venía. Cada vez que se producía una nueva pausa, se decía que había llegado el momento de decir lo que había ido a decirle. Aunque después arrancaba con cualquier otra cosa. Y Vito siempre callado, escuchando, asintiendo con movimientos de cabeza o monosílabos. Atento, cuida­doso, respetuoso. Decía: sí, sí, claro. Nada más que eso. Su único comentario fue acerca de los cigarrillos. Se quejó de que estaba fumando mucho. Tanto que le parecía tener la cabeza llena de humo y que en esa nube las ideas le nau­fragaban. Lo dijo riendo, tratando de que ella compartiera lo gracioso de aquella imagen. Pasaba el tiempo. Anoche­cía. A través de la ventana, Silvana veía cómo se iban encendiendo las luces de las casas vecinas. Empezó a ex­plicarle a Vito cómo se sentía realmente a esta altura de su vida. Habló de eso y de la incapacidad que existía en ella desde siempre. No era un tema nuevo. Habían estado hablando de lo mismo desde que se conocían. Ese era el terri­torio donde la amabilidad, la generosidad y la prédica en­tusiasta de Vito más se lucían. Ahora Vito callaba. Silvana seguía hablando, se confesaba y se esforzaba por describir­se mucho peor de lo que era. Contó historias. Algunas te­nían una base real, aunque ella las exageraba, las volvía sórdidas. Y todo el tiempo sentía que, en esos ensañamientos consigo misma, en ese intento por denigrarse, siempre era Vito el humillado. No importaba que él creyera o no en sus historias. Igual lo humillaban. Silvana terminó relatan­do cosas atroces. Ya estaban en la oscuridad y apenas se veían las caras. Vito se levantó, fue a la cocina y encendió la luz. Silvana podía ver su figura reflejada en el vidrio de la puerta que había quedado entreabierta. Estaba parado con un vaso en la mano y tomaba un sorbo y después otro y otro. Entre trago y trago se iba llevando algo a la boca. Silvana fue a ver qué pasaba y, cuando se asomó, Vito se había sentado en una silla. Estaba echado hacia atrás contra el respaldo, las piernas abiertas y estiradas, la mirada baja, un brazo abandonado sobre la mesa. En la mesa esta­ba el frasco vacío. Silvana le preguntó cuántas había toma­do. No le contestó. Volvió a preguntarle: "¿Cuántas?". En­tonces Vito la miró y sonrió apenas. Era como si hubiese envejecido de golpe. En sus ojos no había nada, sólo desamparo. Silvana sintió miedo ante ese vacío. "¿Cuántas?", preguntó por tercera vez. Pero él no contestaba y seguía mirándola con esos ojos y esa sonrisa.

TREINTA Y NUEVE

Cuando Agata llegó al albergue le avisaron que durante el día habían tenido un corte de electricidad y que quizá hubiera otro por la noche. Así que le habían dejado una ve­la en la habitación. ¿Tenía fósforos? Le dieron una cajita. Fue al bar y pidió su té. Había más gente que de costum­bre. Nadia estaba de buen humor, cantaba a media voz mientras se movía rápida entre las mesas.
-Tengo cosas para contarle. ¿Se queda un rato? -dijo.
-No mucho -dijo Agata-. Estoy cansada.
-¿Qué hizo hoy?
Agata le contestó que había caminado un poco. -Camina, usted siempre camina -dijo Nadia, risueña.
-Sí -dijo Agata.
En una mesa cerca cuatro muchachos jugaban a las cartas. Varios miraban, parados alrededor. Como de cos­tumbre, hacían mucho ruido. Agata los veía gesticular y reírse y pensaba en Silvana, en Vito y la historia de las pas­tillas. Se levantó, esperó que Nadia la mirara y la saludó con la mano.
-Mañana le cuento -gritó Nadia desde el otro lado del mostrador.
Agata sonrió y asintió con la cabeza.
Subió y colocó la vela y los fósforos sobre la mesita de luz. Se acostó, prendió la vela y apagó el velador. Apoyó la cabeza sobre la almohada y fijó la mirada en la llama. Era agradable estar así, en la habitación en penumbra. Estaba cansada pero no quería dormir. Pensó que el viaje pronto llegaría a su fin y se formuló algunas preguntas sobre lo que había encontrado, sobre lo que se llevaría. Recordó la observación de Nadia, minutos antes, y se dijo que, efecti­vamente, en esas semanas no había parado de caminar y caminar. En la calma de la habitación, con las sombras provocadas por la vela moviéndose en el cielo raso y en las paredes, al repasar lo que había hecho, lo que había visto, siempre aparecía como telón de fondo el resonar obsesivo de sus pasos. Oía sus pasos pisando el empedrado, las ho­jas secas, el pedregullo, el asfalto, la tierra. Recordó la vez que fueron a la montaña y llegaron hasta aquel valle con el pueblito blanco. "¿Qué busca?", le había preguntado Silva­na. Después, en un par de oportunidades, volvió a hacerle la misma pregunta. Agata no le había contestado. Todavía no hubiese podido hacerlo. No había nada claro en esos desplazamientos, salvo la necesidad de moverse. Indagar en cada calle, esforzarse por alcanzar otra curva y ver qué había detrás. Igual que allá arriba, avanzando a través de los bosques, Agata sentía que el movimiento le brindaba la ilusión de estar yendo a alguna parte. No había encontrado otro aliado. Caminar había sido la única manera de no re­signarse, de no entregarse, de intentar forzar la realidad.
Sobre la mesa de luz la vela se estaba extinguiendo. La llama agonizaba. Parecía declinar definitivamente y, sin embargo, de pronto volvía a erguirse sobre sí misma. No quería sucumbir. Resistía. Vivía. Vivía hasta el final. Y has­ta el final seguía siendo hermosa. Después sí comenzó a languidecer. Se redujo, se redujo. Era un pequeño corazón que se opacaba. Se iba. Se fue. Un delgado hilo de humo reemplazó a la llama y subió y fue como un suspiro final. Aún quedaba una minúscula brasa en el pábilo que permi­tía ver el humo. Luego ni siquiera eso. Nada. Pero, en la oscuridad, los ojos seguían viendo una ilusión de brasa. Y después todavía quedó el recuerdo de la brasa.

*de La tierra incomparable, © Editorial Planeta (1994), © Antonio Dal Masetto.

Miércoles, 05 de Marzo de 2008
¿El Israel de América latina?*

*Por Ernesto Semán
desde Nueva York

A primera vista, la idea de Hugo Chávez de que Colombia se convirtió en el "Israel de América latina" es seductora: si hacia el final de la Guerra Fría Israel se consolidó como un bastión político y militar de Estados Unidos en una zona que le resultaba hostil, en los últimos años Colombia emergió como el enclave político y (crecientemente) militar más fuerte del gobierno norteamericano en la región.
El hecho de que ambos países, junto a Egipto, sean los tres mayores receptores de ayuda militar norteamericana hace la comparación más verosímil. Y se hace más creíble aún con el hecho de que algunos
paramilitares colombianos se hayan entrenado en Israel durante los '90, y de que mercenarios israelíes haya entrenado fuerzas militares en Colombia durante el mismo período.
Para peor, ayer, mientras el presidente venezolano hacía su comparación, algunos oyentes de la radio pública de Nueva York llamaban a los programas de matiné convencidos de que esta era una gran oportunidad para que Estados Unidos interviniera abiertamente en la región "y se saque de encima a
Chávez". Como para alimentar analogías, todo esto pasaba mientras el conflicto con las FARC era explicado por un especialista (las universidades norteamericanas tienen un particular diseño por el cual producen cantidades de especialistas exactamente a la medida de las prioridades de la política exterior del país), el New York Times describía la militarización de Chávez con un detalle que excede la capacidad investigativa de un diario, Colombia denunciaba que las FARC planeaban ataques con armas de destrucción masiva y el presidente Bush recordaba, como si hiciera falta, que no abandonaría a
Colombia.
¿Cuáles son los requerimientos para que Estados Unidos le otorgue a un país esa posición privilegiada de enclave? Estar situado en un lugar que Estados Unidos considere hostil y estratégico, ser (o haberse convertido en) un Estado necesitado de ayuda externa para subsistir, con una legitimidad disputada dentro y en los bordes mismos del Estado, y padecer una amenaza militar real o aparente que justifique, bajo ciertos principios, una reacción mucho mayor.
Es quizás este último punto el que puede tornar ambas situaciones similares: por un lado, la búsqueda de Estados Unidos de espacios en los que poner en acción una superioridad militar clara que reemplace, con alianzas bilaterales desiguales, el monopolio del jus belli (el derecho a iniciar una guerra) que antes recaía, en mayor o menor medida, en las Naciones Unidas. Y por el otro, la posibilidad de que las acciones militares sean infinitamente desproporcionadas respecto del peligro que supuestamente las provocó.
Se trata de algo reciente, que marca tanto el final de la Guerra Fría (y la competencia entre dos potencias por ese jus belli), como el crecimiento dentro de Estados Unidos de los neoconservadores, que desde el 2000 marcan buena parte de la política exterior de este país, sobre todo tras los atentados terroristas de 2001. Norman Podhoretz, uno de los fundadores del pensamiento neoconservador, recuerda que un elemento común a este grupo durante los '60 (cuando ni siquiera existía como tal) era la crítica a Estados Unidos por su escaso apoyo a la consolidación del Estado de Israel.
"Lo que nos diferenciaba de otros conservadores era que veíamos a Israel como un lugar altamente vulnerable, relacionado con Occidente en un lugar estratégico y vital en la lucha contra la Unión Soviética... El apoyo entusiasta (de los neoconservadores) a Israel no tenía tanto que ver con que
muchos de ellos eran judíos como al hecho de que eran anticomunistas."
Desde entonces, Podhoretz y los neoconservadores pasaron de la protesta marginal a controlar buena parte de la política norteamericana. Hoy son los neoconservadores los que diseñan las prioridades del Pentágono, son columnistas habituales del New York Times, y tienen un peso que nunca tuvieron en diseñar la agenda pública del país.
El ataque de Israel al Líbano en 2006 fue un caso típico de esta nueva situación de hegemonía neoconservadora: el uso y abuso de una acción condenable (el asesinato de dos soldados israelíes y el secuestro de otros ocho) para desplegar una acción militar mucho más amplia, que estaba a la espera de ser implementada. Como Bush señaló claramente en los días posteriores al ataque, la crisis presentaba "una oportunidad" para vincular la campaña militar israelí con "el objetivo de la guerra contra el
terrorismo".
La utilización de una situación crítica para desarrollar una acción desproporcionada (en términos de la crisis en sí y de la relación de fuerzas militares entre las partes) podría ser el centro de la comparación. Claro, si Estados Unidos y Colombia hubieran reaccionado de esa manera. La enorme
militarización de Colombia bajo el auspicio del Plan Colombia desde el 2000, la presencia masiva de militares y agentes de inteligencia norteamericanos, la definición de un enemigo tan genérico que justifica una variedad de causas y recursos y cronogramas, y los consistentes esfuerzos del gobierno
de Uribe por sabotear tanto el proceso de paz como el lugar que Chávez ocupa en el mismo, son todos elementos que contribuyen a la comparación con Israel.
El detalle es que Colombia en este caso ha sido el provocador (boicoteando el proceso de paz e incursionando en un territorio extranjero) y su reacción ante la respuesta de Venezuela y Ecuador está por verse. Si Estados Unidos se involucra decididamente y Colombia radicaliza en el corto plazo su acción militar, Chávez habrá demostrado una capacidad de anticipación notable y su despliegue de tropas en la frontera deberá ser leído de otra forma.
Hay, con todo, una gran variedad de elementos que conspiran contra la chance de que Colombia sea Israel... y una de las más importantes es que América latina no es Medio Oriente. No sin problemas, la estabilidad de las instituciones de la región y la relativa escasez de movimientos radicalizados que no puedan ser contenidos dentro de los procesos democráticos (salvo, claro está, Colombia) deja poco margen para las reacciones en cadena. Y si la guerra contra la droga tiene sus similitudes con la guerra contra el terrorismo, también es cierto que la debilidad política de Estados Unidos en esta última es mucho mayor. La variedad de estrategias disponibles en Ecuador, Bolivia y Perú y las alianzas imaginadas con Brasil, Paraguay y Argentina parecen haberse esfumado. Sin abusar del optimismo, es precisamente eso lo que deja un margen para pensar en comparaciones más felices: el refugio en el fuerte bastión colombiano, con lo imponente que éste aparezca, no deja de ser el resultado de un repliegue dentro de la región.

*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-100159-2008-03-05.html

EL LENGUAJE ES UNA MANO QUE UNE, NO UNA MINA QUIEBRAPATAS*

*Por Leopoldo de Quevedo y Monroy leoquevedom@hotmail.com
Colombiano

De chicos y en la calle, o en el campo y sin zapatos, acostumbrábamos con los niños de la misma edad a hacer apuestas, o nos enfrascábamos en peleas a ver quién pegaba primero o lanzaba un escupitajo a la cara al otro. Y ahí empezaban los revolcones en el suelo, los ¡vivas! y los ¡uchas! con la algarabía de los dos bandos que se formaban a lado y lado. Se peleaba por saber quien era el más macho o por conservar el prestigio del más bravo de la cuadra o la comarca. "Bravuconadas" de imberbes y peleas de niño se
llamaba aquello. Pero aprendimos que eran tonterías y nonadas y hoy lo recordamos como experiencias de la vida.
Algún día de camping por los lados de Melgar, me tocó ver a un comandante que llevaba sus candidatos a lanceros a demostrar su confianza y seguridad, lanzándose de lo alto del puente al río Sumapaz y luego subir de nuevo a él por una soga. Mientras lo realizaban sus compañeros los animaban con interjecciones, como: "¡Valor!, ¡berraquera!, ¡por tu novia!, ¡por Colombia!, ¡adelante!", y el temor y la zozobra por fracasar frenaban su adrenalina y hacían llegar hasta la meta. Cuando el novato lancero se
cansaba o defeccionaba le gritaban: "¡cobarde!, y lo insultaban con palabras y expresiones de grueso calibre. Eran las llamadas "pruebas de seguridad y confianza" profesional entre militares. Ese es el lenguaje propio de gente ruda y guerrerista.
Pero el lenguaje se ha hecho para establecer lazos de unión entre los humanos. Es como la prolongación de la mano para agarrar cuando alguien está a punto de caer o para levantarlo de la caída. No es lo contrario, prolongación del pie para dar coces y patadas ni fue creado para ofender o lanzar improperios y maldiciones. El lenguaje es parte fundamental de la cultura y se aprende de los padres en la cuna y nos diferencia de lobos y chacales. Es privilegio del ser humano como signo de inteligencia y
sabiduría. Sólo a los mulos y a los burros el analfabeta les insulta para que lleven la carga sobre el lomo.
Por eso, causa asombro escuchar a presidentes, generales, consejeros de paz, congresistas poner en boca el insulto para intentar modificar las situaciones. ¿Acaso no hay escuelas de protocolo y diplomacia? ¿De nada ha servido estar tan lejos de la Edad de la piedra y el garrote? ¿Queremos más ruido de cañones, traqueteo de ametralladoras y estampido de bazucas y de bombas?
¡Ah, el orgullo humano!, que se olvida de la experiencia y los valores que se pregonan en las cuñas oficiales. ¿No podemos cambiar la estrategia y usar las palabras para negociar, para argumentar y llegar a acuerdos en lugar de amenazar con aplicar el fuste y la represalia?
¿Hasta dónde hemos llegado que hemos logrado corromper los objetivos del lenguaje humano? ¿Por qué nuestra sociedad debe presenciar entre un triangulátero a tres protagonistas de peso pesado trenzados en lucha fratricida? ¿A quiénes creerán que ello beneficia? ¿Acaso la paz no es tener tranquilidad en casa, poder dormir en silencio y poder mirar a los ojos del vecino? ¿Por qué, entonces, se intenta buscar la paz donde ella no existe y con las herramientas contrarias a su estirpe?

Correo:

EDESUR & el Barrio de Flores (Norte)*

Agradecemos, desde ya, por la eventual difusión que pudieran ustedes realizar.

Buenos Aires, Marzo 5 de 2008

Señores

La que suscribe, Mirta Dans (DNI 10121293), se dirige a ustedes a fin de denunciar serios y reiterados problemas con la prestataria de energía EDESUR. Mi número de cliente es: 641182. Desde el pasado mes de diciembre venimos sufriendo, no sólo mi edificio sino la manzana y parte del barrio, cortes reiterados, algunos de hasta 11 horas, bajas y golpes de tensión y microcortes. Situación ésta de dominio público ya que la queja y el malhumor llegó a los medios televisivos, dado el hartazgo de los vecinos.
Adjunto mis números de reclamo, días y horarios, así como los horarios de "normalización":
22/12 Reclamo Nº 141667: 12 hs - falta de energía , bajas reiteradas en días previos-
" " 142653: 15,30 hs. -baja tensión-
" " 144300: 20 hs. -sin energía-
" " 145152: 21,30 hs. -baja tensión-
Hasta las 23 hs. fue imposible conectar artefactos electrodomésticos y electrónicos. Total de horas de corte o energía inutilizable: 11.
23/12 Reclamo Nº 145937: 1a.m. -golpe de tensión alta, aparatos de TV quedaron con la pantalla en blanco-
" " 148090: 12 hs. -sin energía-
" " 149958: 17 hs. -sin energía-
" " 150607: 19,45 hs. -sin energía-
" " 150815: 21,45 hs. -sin energía-
Regresó la energía a las 23hs.: total de horas sin luz: 11.
24/12 Reclamo Nº 152628: 11hs. -sin energía. Regresó la energía a las 18 hs.: total de horas sin luz: 7.
31/12 Reclamo Nº 193006: 13,30 hs. -sin energía-
" " 194318: 15,45 hs. -sin energía-
" " 196784: 19,30 hs. -sin energía-
Regresó la energía a las 22,30 hs. total de horas sin luz: 9.
Se volvió a cortar el suministro de energía a las 12,40 hs. Y regresó el 1/1 a las 4 a. Nuevo total de horas sin luz en el día de fin de año: 12,20.
Como ustedes podrán comprender tanto el 24/12 como 31/12 en freezer y heladera se estropeó la mercadería (sobre todo les recuerdo las altísimas temperaturas del 31/12) y ¡tener que festejar en esas condiciones!.
1/1 Se cortó la energía a las 11,45 hs. y volvió a las 17 hs.
Imposible hacer reclamos dado que el servicio de atención telefónica no funcionaba desde la noche previa a las 20 hs. Total de horas sin luz: 5,15.
2/1 Reclamo Nº 10196538, al Área Comercial, pido inspector en zona.
2/1 Reclamo 21944: 22 hs. -corte de energía-
3/1 Reclamo 29418: 10 hs. -corte de energía-
" " 38613: 19,10 hs. -corte de energía-
8/1 Respuesta del Área Comercial.
Durante el resto del mes de enero no tengo reclamos por haber estado yo de vacaciones, pero sé por vecinos que hubo problemas.
8/2 Reclamo Nº 52798: 13,15 hs. -baja de tensión, microcortes, golpe de tensión alta-
14/2 Reclamo Nº 69475: 1,45 hs. -corte de energía- Regresó a las 5 hs
" " 73262: 23,30 hs.: -corte de energía- Regresó a las 0.20 hs. Total de horas sin luz: 4,15.
15/2 Reclamo Nº 75686: 11,40 hs. -corte de energía- Regresó a las 14,10 hs. (con baja tensión).
" " 10281921 al Área Comercial, pido inspector en zona.
" " 77258: 16 hs. -corte de energía- Regresó a las 18 hs. (con baja tensión)
" " 78248: 18,50 hs. -corte de energía- Regresó a las 20,30 hs. (con baja tensión y oscilaciones, hasta las 24 hs.)
Total de horas sin luz: 6,10.
18/2 Respuesta del Área Comercial.
28/2 Reclamo Nº 202163571: 13hs. -corte de energía-
" " 172563: 16,20 hs. continúa el corte.
Regresó a las 19,20 hs. con baja tensión.
" " 174290: 19,45hs. -corte de energía- .
Regresó 21 hs. Total de horas sin luz y baja tensión: 8 hs.
29/2 Reclamo Nº 19696: 20,50 hs. -corte de energía- Regresó 23,30 hs.
Total de horas sin luz: 2,40 hs.
1/3 Reclamo Nº 000169: 0,30 hs. -corte de energía- Regresó 6 a.m.
Total de horas sin luz: 5,30 hs.
2/3 Reclamo Nº 10308: 11,45 hs. -corte de energía- Regresó 14,15 hs. Total de horas sin luz: 2,30 hs.
4/3 Reclamo Nº 31109: 17 hs.-corte de energía- Regresó 17 hs. Total de horas sin luz: 1,25 hs.

Horas totales sin luz: 77 horas (no se incluyen los días 2 y 3 de enero).

Llegados a este punto es obvio que las respuestas dadas el 8/1 y el 18/2 por el Área Comercial, -"cumplimos en informar que los inconvenientes en el suministro se debieron a fallas en la red de baja tensión, las cuales han sido solucionadas por nuestro personal técnico"- no son veraces, puesto que
cualesquiera que hayan sido los trabajos de reparación que se hayan realizado durante el mes de enero, éstos no han sido ni los necesarios ni los suficientes, ni está la situación normalizada como lo aseveran en ambas cartas que me enviaron.
Se efectuó reclamo al ENRE, con Nº de Expte.: 401088.

Sin otro particular saludo a Uds. muy atte.

MIRTA DANS: 4611-3865
Bogotá 2466 Ciudad de Buenos Aires (Flores) No de cliente 641182

-Enviado para compartir por Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar

*

Queridas amigas, apreciados amigos:

El domingo 2 de marzo del 2008 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor argentino Ezequiel Viñao. Las poesías que leeremos pertenecen a Raúl Tápanes López (Cuba) y la música de fondo será de Machu Picchu (Andes). ¡Les
deseamos una feliz audición!

ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!

REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com

Schießstattstr. 44 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067

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05/03/2008 GMT 1

EL CORAZÓN SENSIBLE...

urbanopowell @ 01:24

*

La fantasía nació

Cautelosamente guardada en un cuento
Mariposas de papel y canciones infinitas eran su protección
Miles de manos de estrellas atajaban el viento
El invierno estará lejos y la sombra allí morirá

La magia del mundo eran sus ojos
Poesías de hechizos escribía el cielo en su piel
Los encantamientos la rodeaban siempre
Dependía de ella el próximo amanecer

Su llanto de inocencia vibró entre los árboles
La calma buscó una flor entre las horas
Los diamantes fueron en vano
Lágrimas nublaron sus pequeños sueños

Las historias fantásticas se alborotaron
¿Por qué llora la noche y pierde la imaginación?
No hay nada que pueda lastimar esa azul esperanza
Canciones transparentes la protegen

La fantasía empezó a disolverse
Unos crueles ojos negros la observaban
El hechizo se destruyó
La realidad había entrado a nuestro cuento
Ahora ya nunca volvería el amanecer.

*de Silvana Gangi chibi_chivi@hotmail.com

EL CORAZÓN SENSIBLE...

A CUATRO AÑOS DE LA MUERTE DE JUAN CASTRO, MI HOMENAJE*

A mediados de 2003, sin saberlo o quizás intuyendo el acechante final, rogaba ayuda a su manera. Ese joven periodista de 33 años, con mirada mezcla de tristeza y alegría y una inmensa capacidad de sentir, nos confesaba por TV, que era adicto a las drogas.
Juan Castro era el nombre de esa personita que eligió un día no guardar tanto dolor y contar lo que le pasaba. Es que se habia ganado el respeto mas sublime, el verdadero. Y aunque lo queríamos demasiado, esa noche, sentimos que lo queríamos todavía un poquito mas.
Quizás imaginaba que contando su propio infierno iba a poder ganarle. Sentía que hacia un compromiso con nosotros: “no hay posibilidad de que yo vuelva a las drogas”, decía, como quien quiere autoconvencerse de ello. Pero el mensaje que guardaba tamaña confesión publica no era otro que un pedido desesperado de ayuda. Sabia que no se trataba de una “curación” , como intentaba afirmar, ese era solo un acto de deseo que le consumía las horas y la energía.
Quizás se sintió menos solo al decir esa frase que hasta hoy nos sigue helando la sangre: “entonces Juan, que es amigo de ustedes, aunque no estemos en la mesa de un bar tomando un café, lo que les pide es que todos los jueves de aca a fin de año vean como una persona es capaz de enfrentar sus miedos, sus tentaciones, y ser quien tiene que ser”, afirmo, y por un instante pareció sentirse seguro de ello.
Demasiado frágil y con gran necesidad de ser escuchado, nos eligió como confidentes y nosotros lo aceptamos porque nos conmovimos con su historia personal y su valentía para decir lo que pensaba.
El chico sensible que entraba a la villa como uno mas, hablaba con el pibe que consumía de igual a igual, porque sabia que entre ambos, no habia tanta diferencia. La vulnerabilidad y el vacío interior, aun con historias distintas, los predisponían al consumo y de seguro sufrían hacerlo, sabia Juan, porque lo vivía, nadie se lo contaba.
En una sociedad que estigmatiza lo que no quiere ver, Juan nos enfrento a nuestras propias miserias y nos demostró que somos capaces de dejar a un abuelo abandonado en un geriátrico, nos abrió los ojos justo cuando se nos empezaba a hacer costumbre ver a los chicos revolver la basura para comer algo o vivir en la calle. Nos mostró a los inundados, a los que esperan, a los que sueñan, a los otros adictos, a los inválidos, a los golpeados, a los que eligen otras orientaciones sexuales, a los discriminados, a los que luchan a diario, a los que ayudan al otro, y a otros tantos anónimos que también tenían algo para decir. Y lo hacia porque sabia muy bien de que se trataba la vida.
Juan fue ese tipo valiente que pudiendo ser uno mas, eligió no serlo. Pero no lo hizo desde la vanidad, sino desde el sentimiento mas profundo. Juan entendió que el camino era otro. Juan entendió que la gente no era descartable, y eligió escucharla.
En sus pocos añitos, sintió que el mundo si se podía cambiar si de verdad lo queríamos. Hubo otros que también lo creyeron, como Fabián Polosecki, y muchos que lo seguimos creyendo. Era solo cuestión de correrse la venda de los ojos y entender que el empeño por comprender proviene del placer de destruir prejuicios, como alguien dijo una vez.
Juan sabia que no se construye nada valioso sacando del medio lo que preferimos no ver o que no se merece demasiado respeto alguien que saca a trompadas a los cartoneros de Belgrano o les paga miles de pesos a familias ocupas para que se vallan a la provincia, como se vio en estos días.
Juan hubiera pedido como mínimo perdón por cada lagrima de esa madre con sus hijos en brazos que veía desolada como el camión de basura le llevaba su colchón húmedo y su carro al basural. Perdón por ese padre que por la necesidad de llevar comida a casa, no veía a sus hijos en una semana. Juan hubiera sabido que esa gente tenia dignidad, elegía el trabajo y no el delito. Otros deberían saberlo, porque aunque condenen la delincuencia, a veces, parecieran empujar a la gente a hacerlo.
Mientras nadie se interesa por ellos y los noticieros se preocupan mas por el recambio turístico o el libro de Harry Potter en castellano, ellos, los de siempre, siguen esperando que alguna vez la casa no sea una plaza, la comida no venga de los desperdicios ajenos y lo que poco o mucho que tengan no sea para los demás, solo basura.
Juan hubiera sentido la misma vergüenza, frente a un barrio que muestra las vallas policiales como trofeo o a un candidato que usa a una nena en un basural para su campaña, y sin dudas les hubiera dicho unas cuantas verdades, que a nadie les escuche decir, y que por un momento, imaginé que desde algún lado, él las decía.
Cuatro años después, la ausencia sigue siendo tan cruel como la falta de respuestas de una justicia que a veces pareciera ciega, sorda y muda hasta que se acerca un aniversario.
Tan solo con las pruebas aportadas por algunos medios y las llamativas preguntas que siguen apareciendo en torno a su muerte y a los que lo rodeaban, resulta inconcebible que la justicia aun no haya usado el sentido común.
Sigo pensando que era mas importante una mano a tiempo, que un contrato al abismo, y era mas importante un abrazo sincero, que una ausencia injustificada.
Juan merecía otro final, pero no lo quisieron así los que eligieron no ver. Los mismos que nunca entendieron lo que Juan trataba decirles y los que solo pensaban que Kaos era un programa o Juan era un personaje. Juan sabia que era mas que eso. Era poner el cuerpo y el alma en cada salida, ante cada historia no guardarse nada. No era un negocio, era una vocación que le mostraba lo que era la vida y a la cual decidió aferrarse hasta el final.
Cuando lo conocí sentí que por fin algo empezaba a cambiar, cuando lo escuche, me convencí de ello.
Ese chico de ojitos brillantes y sonrisa grande, tenia la sensibilidad y el carisma de un ser especial. Se mostraba como era, y no ocultaba lo que sentía. Es que Juan fue un buen tipo, en medio de tanto caos.
Transparencia y verdad fueron las dos palabras que lo acompañaron en su camino. Hoy, lo único que tenemos en claro, son dudas y la cruel certeza de que estaba demasiado solo.
Que esta vez, se haga justicia. Que esta vez sobre el mérito, para que los responsables por acción u omisión paguen tanta injusticia y tanto abandono. Juan merece la paz que buscaba.
Gracias por tanto amor.
Gracias por dejarme de herencia, “el corazón sensible”.
Hasta siempre.

*Tamara te_sarmiento@hotmail.com

La tierra incomparable*

(fragmento)

*de Antonio Dal Masetto

TREINTA Y CINCO.

Ahora, cuando miraba hacia la orilla de enfrente y veía las casas de Coseno y la línea de luces que marcaba el tra­zado del cablecarril, Agata pensaba en Vito. Con todo lo que Silvana le había contado le parecía que ya lo conocía. Aunque no le resultaba fácil imaginárselo. Cada vez que Silvana le hablaba de él, aparecía un Vito diferente. Nunca había aludido a su aspecto físico. ¿Cómo sería? ¿Alto, ba­jo? ¿Qué cara tendría? ¿Existiría Vito? Las postergaciones, lo que parecía una imposibilidad de ir a Coseno, agranda­ban su presencia del otro lado del lago. Agata sentía curio­sidad por verlo y escucharle la voz. También de estar con los dos juntos, observarlos, oírlos conversar, enterarse de cómo actuaban uno con el otro. Sentía que la historia de Vito y Silvana, lo poco que todavía sabía de ellos, los con­flictos que los ataban y los separaban, formaban parte de su aprendizaje ante este Trani nuevo que había encontrado al volver.
Esa mañana, cuando Silvana vino a buscada y le preguntó si tenía ganas de dar un paseo, Agata estuvo segura de que esta vez cruzarían el lago.
-Tratándose de paseos estoy siempre lista -dijo.
Pero no fueron al transbordador. Salieron del pueblo y corrieron bordeando la costa. Era otra vez un día lumino­so y sin viento, y daba gusto dejarse llevar.
-¿Adónde vamos? -preguntó Agata.
-A Suiza. La invito a tomar un café en Suiza.
Dejaron atrás varios pueblos y también las ruinas del Castillo de los Bandidos, sobre un islote, cerca de la orilla. Agata recordó la historia que le contaban de chica: la mu­chacha raptada de un convento, apuñalada y arrojada al lago por su amante, el jefe de los bandidos. Se preguntó si Silvana la conocería y la comentó.
-La conozco, pero seguro que usted tiene una versión mejor -dijo Silvana-. Cuénteme.
Cruzaron el puesto de control de la frontera y unos kiló­metros más adelante entraron en la primera localidad. Sil­vana dio vueltas buscando un sitio donde dejar el coche. Comentó que ahí no era como del otro lado, no se podíaestacionar en cualquier parte. Tomaron el café al aire libre, bajo una sombrilla, cerca del agua. Había unas pocas per­sonas caminando por la larga explanada, disfrutando del sol del mediodía. Muchas flores, patos y cisnes deslizándo­se entre las embarcaciones amarradas.
-Ahora vaya poder contar que estuve también en Sui­za -dijo Agata.
-Es el mismo lago, el mismo aire, y sin embargo dicen que de este lado de la frontera es distinto. ¿Usted nota la diferencia?
Agata lo pensó, miró el cielo y el agua, aspiró. -Para mí es igual.
Pasó una pareja con un chico. Ellos eran rubios, el chi­co moreno. Se sentaron cerca. Pidieron dos cafés y un re­fresco.
-¿Será adoptado? -dijo Agata.
-Es probable.
-¿Se adoptan muchos?
-Muchos. El matrimonio que le presenté ya debe estar en México.
-Cierto, ¿cómo les estará yendo?
-Los obligan a quedarse quince días antes de tomar el avión de regreso.
-Me da pena cuando pienso en esos chicos.
-Ayer hablamos con Vito de este tema -Silvana giró en la silla y miró la mesa vecina-o ¿Sabe lo que diría él si estuviese acá en este momento?
-¿Qué diría?
-Diría: "Ahí tienen a las buenas almas del Primer Mundo, mujeres de vientres estériles, hombres de genitales es­tériles, con su poder económico, su bienestar, casas gran­des, jardines, perros, coches
último modelo, robándose los hijos del mundo pobre para llenar el vacío de sus vidas". Así habla él, ya lo va a conocer.
-¿Cuándo lo vaya conocer? -dijo Agata sonriendo. Silvana fue hasta un negocio, regresó con una caja de chocolates y se los regaló a Agata. Se sentó, sacó una agen­da del bolsillo y la abrió en una página con
almanaque. -Tenemos que ir pensando en fijar fecha -dijo.
-¿Para qué? -preguntó Agata.
-Para el viaje a Venecia.
-¿Tan pronto? ¿Qué día es hoy?
Silvana se lo dijo. Agata se puso los anteojos y recorrió el almanaque.
-Me queda poco tiempo.
-¿Qué le parece si salimos este lunes? -dijo Silvana señalando con el dedo.
Agata se quedó pensando:
-¿Ya me tengo que ir?
-Usted decide. Pero si queremos aprovechar un par de días en Venecia no podemos pasar de esa fecha.
Agata miró el lago y sintió que las semanas habían pa­sado demasiado rápido.
Allá lejos, sobre la superficie quie­ta, saltó un pez.
-Está bien -dijo resignada.
El hombre, la mujer y el chico moreno se levantaron.
Agata y Silvana los miraron alejarse hasta que se perdieron al fondo de la explanada.
-¿Volvemos a nuestro país? -dijo Silvana.
Fueron a buscar el coche y emprendieron el regreso.
Ahora, mientras corrían por el camino de la costa, Agata sentía que ya había comenzado a despedirse.
-Urgente tenemos que hacerle la visita a Vito -dijo Silvana. -¿Cuándo?
-En cualquier momento vamos.
Ya habían cruzado el puente del San Giorgio cuando un coche se les puso al lado y la mujer que conducía hizo se­ñas de que pararan. Silvana bajó y hablaron brevemente. Cuando volvió se le había transformado la cara. Se sentó al volante y dijo:
-Al hijo de una amiga lo atropelló un coche. Arrancó.
-Ella todavía no sabe nada. No la encuentran. Subieron hacia Tersaso y se detuvieron frente a una casa. Las persianas estaban cerradas.
-No hay nadie. No llegó -dijo Silvana.
De todos modos bajó y tocó timbre. Cuando regresaron hacia Trani se detuvieron en otras tres casas. Silvana inter­cambiaba un par de frases con la persona que abría la puerta, volvía al coche corriendo y partían con el acelerador a fondo. Pararon también en una confitería y en una florería.
Cerca de la iglesia, Silvana desapareció en un portal y Agata quedó sola.
-Nadie sabe dónde está -dijo Silvana cuando volvió.
Fueron a la clínica. La mujer que les había avisado del accidente estaba parada en la escalinata de acceso.
-No la encuentro -dijo Silvana.
Nuevamente hablaron rápido. La mujer se sentó en un escalón y se tomó la cabeza con las manos.
Partieron Y dieron varias vueltas por el pueblo. Agata se había mantenido en silencio. Veía a Silvana tan alterada que no se animaba a preguntar. La espiaba de reojo, adivi­naba la impaciencia, la impotencia, en los gestos bruscos y en la mirada. Era una Silvana que desconocía. Cuando le impedían el paso y se veía obligada a frenar, golpeaba el volante con una mano e insultaba con un hilo de voz ron­ca. Parecía que de golpe se hubiera quedado afónica.
-¿Dónde estará? -murmuraba.
Agata sólo se había enterado de que la madre del chico se llamaba Ada y que el accidente había ocurrido a la salda del colegio.
-Vamos hasta la casa otra vez.
Subieron por otro camino. Igual que antes Silvana tocó timbre. Ya estaban por irse cuando dijo:
-Ahí viene.
Agata vio un coche que estacionaba del otro lado de la calle y una mujer que saludaba a través de la ventanilla. La mujer bajó y del asiento trasero sacó un bolso con verduras.
-Qué sorpresa -dijo hablando de espaldas.
Después, cuando se dio vuelta, se quedó mirando la cara de Silvana, se puso seria y preguntó:
-¿Pasó algo?
Silvana no dijo nada. Fue a su encuentro, pero todavía no habló.
-¿Le pasó algo a Mauro?
Silvana se detuvo y asintió con un movimiento de cabeza.
-¿Está mal?
-Sí.
-¿Muy mal?
-Sí.
También Ada se había detenido: -¿Está muerto?
-Sí.
Ada no hizo ningún gesto. Se quedó donde estaba. Sólo bajó la cabeza, con un movimiento seco, como si hubiera recibido un golpe en la nuca. Seguía con la bolsa de verdu­ras colgada del brazo derecho. Agata la tenía de frente y veía la espalda de Silvana. Estaban detenidas a un par de metros una de otra. Silvana avanzó, estiró el brazo, la tocó en el hombro y se inclinópara tomar el bolso con la otra mano. Paró un coche. Bajaron un hombre y una mujer, se acercaron y hablaron en voz baja. Agata no pudo oír lo que decían.
Ada y los recién llegados se fueron. Silvana volvió a sentarse junto a Agata y dijo:
-La llevo al albergue.

TREINTA Y SEIS

Agata estaba en la habitación, ordenando sus cosas. De tanto en tanto se asomaba al balconcito y echaba una mi­rada al jardín, al aljibe y a las montañas. Descubrió un pá­jaro detenido en el pasto y al gato agazapado que no se de­cidía a atacar. Agata golpeó las manos, el pájaro voló y el gato giró la cabeza hacia el balcón Y la miró. Sonó el telé­fono y le avisaron que la buscaban. En el hall estaba Silvana. Vino a su encuentro y la tomó de un brazo:
-Acompáñeme a dar una vuelta -dijo. Antes de llegar a la puerta cambió de idea: -Mejor sentémonos en el bar.
Bajaron los tres escalones y se ubicaron en una mesa del fondo, lejos del televisor. Sólo había cuatro muchachos recostados sobre un sillón, con las piernas estiradas e intercambiando codazos. Silvana tenía mal aspecto. Se nota­ba que no había dormido. La mirada extraviada y dura, co­mo cargada de furia. Igual que durante las corridas en coche buscando a Ada, Agata sintió que estaba ante una Silvana que desconocía. Se acercó Nadia Y preguntó qué tomaban.
-¿Café, capuchino, té? -preguntó Silvana.
-Por ahora nada -dijo Agata.
-Un café -pidió Silvana.
Pese a la dureza de los ojos, en su voz y en sus gestos había una extraña calma.
-¿La interrumpí? ¿Qué estaba haciendo? -preguntó.
-Ordenaba un poco la valija.
-Es un día frío.
Agata esperó que siguiera hablando, pero Silvana se pu­so a jugar con la llave del auto, pasándola de una mano a la otra.
-¿Ada? -preguntó Agata.
Silvana detuvo el movimiento de sus manos. -Mal.
-¿Era el único hijo?
-El único.
Nadia trajo el café. Silvana echó el azúcar y, mientras revolvía, contó que con Ada habían sido buenas amigas, habían ido al mismo colegio. Después, cuando se casaron, cada una hizo su vida y se vieron poco. Pero de chicas y de adolescentes andaban siempre juntas. Le costaba conven­cerse de que acababa de acompañada a enterrar a su hijo. Le parecía que ayer nomás todavía jugaban a las muñecas. Hablaba mirando al pecho de Agata, pero era como si no la viera. Hubo un silencio largo. Agata hubiese querido de­cir algo y no encontró qué. A través del ventanal que daba al jardín volvió a ver el gato que corría sobre un muro. Uno de los muchachos protestó porque le habían cambiado el canal del televisor.
Silvana salió de la inmovilidad y se sacudió, como si quisiera espantarse algo del cuerpo.
-No era sólo dolor -dijo como para sí misma. Agata se quedó mirándola sin entender.
-¿Qué? _preguntó.
-Hablo de Ada.
Agata asintió.
-No era sólo dolor lo que sentía.
Silvana hizo una pausa y Agata esperó, pendiente de sus labios.
-Había otra cosa.
-¿Qué cosa?
-También había alivio.
Agata esperó de nuevo. Después dijo:
-¿Alivio de qué?
-De no tener un hijo creciendo en este mundo.
Ahora Agata no se animó a mirada. -¿Ella confesó eso? -preguntó.
-No.
-Es una deducción tuya.
-Sí.
Otra vez permanecieron en silencio. Por fin Agata dijo:
-Es un pensamiento horrible.
Silvana no dijo nada. Después, como si acabara de decidido, se levantó:
-Tengo que ir a Coseno.
Se despidió y se fue sin probar su café. Cruzó el hall con zancadas largas y lentas. Iba un poco doblada, como si cargara un peso sobre los hombros. La espalda de Silvana hablaba más que sus ojos Y sus palabras. Agata la miró ale­jarse y pensó que estaba desesperada y también que necesitaba vengarse con alguien.

TREINTA Y SIETE

Cuando quedó sola, Agata miró sin ver la pantalla del televisor. Estaban pasando un programa cómico. La apari­ción, la confesión y la partida de Silvana la habían dejado en un estado de confusión. Se levantó para irse, pero vol­vió a sentarse. Se sentía apenada y desprotegida. No tenía ganas de salir a caminar, no quería subir a su habitación. Ni siquiera la posibilidad de visitar a Carla le trajo alivio. Pensó en sus hijos y en sus nietos. Tomó la cartera y sacó el bloc con la carta frustrada e inconclusa que había tratado de escribir para ellos en el bar del embarcadero. Recor­dó la desilusión que le había provocado. Pero en este mo­mento era lo único que se los acercaba. Leyó desde el principio, buscando compañía en sus propias palabras.
Entonces pasó algo. Casi no reconocía su carta. Era su letra, pero estaba ante un texto nuevo, tenía la impresión de leer frases escritas por otra persona. A medida que avanzaba, fue descubriendo que en su carta había mucho más de lo que ella creía haber puesto. Tenía presente que aquel anochecer en el embarcadero, mientras se esforzaba por seguir escribiendo, sentía que lo esencial se le escapa­ba y quedaba fuera. Ahora veía que no era así. Nada había quedado fuera. Lo que entonces percibía como inasible ha­bía tomado forma. Lo que había intentado decir y luego había renunciado a decir estaba ahí. Era como si las pala­bras, fijadas sobre aquellas hojas de papel, hubiesen madu­rado y se hubiesen cargado de sentido con el correr de los días. Era como si tuviesen vida propia. Agata recorría su humilde prosa, ahora inesperadamente enriquecida, y se asombraba por la justeza de las imágenes, por lo que las palabras decían, por lo que sugerían. Leía y volvía a estar frente al lago y, en esta segunda mirada, en esta segunda visita, aquel anochecer, rescatado de la pobreza y el olvido, ocupaba el lugar que ella había deseado. Pensó que así, de la misma manera, otros leerían su carta y recibirían lo que ella acababa de encontrar. Se quedó mirando el aire, dis­frutando de su descubrimiento.
Pasó Nadia y casi sin detenerse, inclinándose, dijo: -Hoy lo llamé. Yo lo vaya cambiar. Voy a pelear para que cambie.
Agata levantó un poco la mano, en un gesto solidario.
Se sintió hermanada con la muchacha del bar, tan llena de confusión y pasión y emociones nuevas. También ella, su­biendo y bajando por esas calles, en algunos momentos se había sentido empujada por una inconsciencia juvenil. También a ella la alimentaban un desafío y una obsesión. Sus días eran como esa carta que había pretendido escri­bir: cargados de incógnitas y obstáculos a vencer. Pensó que para vencerlos quizá bastase con permanecer alerta y dispuesta, y dejar que el fluir de los acontecimientos la lle­vara. Y después todo se resolvería por sí mismo. Igual que la carta. Casi sin darse cuenta tomó la lapicera y a continuación de lo que estaba escrito anotó la fecha y una frase.
La que acudió primero, la más simple: "Estoy en el bar del albergue". Después vino otra y otra más. Y la segunda par­te de la carta comenzó a deslizarse y a crecer. Agata se sen­tía segura. Ahora su mano y su cabeza trabajaban a la par, una empujaba a la otra y se complementaban como dos engranajes de un mecanismo bien sincronizado. Fue hacia atrás y recorrió los días, los encuentros y los desencuen­tros, los parientes, la gente. Y mientras recuperaba y ano­taba, sentía que esa actividad -la escritura- era un vehí­culo a través del cual podría comenzar a explicarse algunas de las cosas que todavía le faltaba entender de esta etapa de su vida.

*de La tierra incomparable, © Editorial Planeta (1994), © Antonio Dal Masetto.

De San Francisco Solano a Colombia*

(TEXTO DE MARZO DEL 2004)

Apenas leí la crónica de Clarín, empecé a volar de imágenes, de metáforas posibles, pero dije: no me animo a escribir, pero llegó el escrito de Silvia y tome coraje, el mismo o mayor del que hay que tener hoy para salir a la calle, a trabajar, a caminar por las calles con o sin destino previsto.
Apareció la imagen del muchacho de espaldas hamacando un niño. Y las asociadas, la estación de Solano por la que hace más de un año pasó el primer inventren. Mis propias imágenes de Solano, su estación pérdida, el contacto con la gente a propósito de encuestas oficiales o de opinión pública, sus calles, sensaciones y la gente. No se cómo transmitirlo, pero es unos de los lugares del gran Bs. as, donde más he golpeado las manos para hacer encuestas, recuerdo la última del año pasado, una equivocación al bajarme del colectivo y caminar unas 20 cuadras, pasar un arroyo y un asentamiento miserable antes de empezar a trabajar. También la primera vez que sentí miedo y que la gente me trasmitía miedo. Un miedo difuso, como el que teme a todo, al desconocido y a sus propios vecinos. El miedo que dice de la cercanía potencial de la amenaza. A poco de andar me di cuenta que era imposible trabajar allí. Un hombre me decía que no podía andar sólo por ahí. Después de la encuesta me dice que sus pibes también están en conseguir unos mangos como sea, me pide que me corra unas cuadras por mi bien. Desde luego me corrí varias manzanas, y trabaje tranquilo, confiado en la buena gente que siempre encontré en Solano.
Pero el miedo seguía en la gente. Pensé en San Francisco Solano que había sido un pequeño paraíso para hacer encuestas. La gente amable, de laburo. Una pequeña radiografía de la clase obrera a cada paso, también un abanico de la patria que de obrera se desliza a cartonera, ó a una marginalidad impenetrable, una marginalidad del silencio, de la vergüenza de padres desocupados sostenidos por pibes chorros.
Ahí pensé otra vez en que puede sentir alguien común, no Juan. Una persona cualquiera que un día pierde el rumbo deliberadamente o no y termina hamacando un chico ajeno en una plaza improvisada construida en lo que alguna vez fue una vía de ferrocarril. Una experiencia realmente fuerte la realidad, caminar esos barrios del trabajador pobre, barrios que se construyeron bajo la épica del progreso del primer peronismo. Digo Solano y podría decir casi con el mismo tipo de análisis, Laferrere, Spegazzini, Glew, Moreno, muchos lugares donde gente llegadá del interior construyo sus casas con un salario de la fábrica , siento nostalgia de esa épica del progreso y el terreno en cuotas. En otra de mis visitas me hable con viejos de Solano que habían conocido el ferrocarril, son migrantes del litoral que llegaron en la década del 50, de Corrientes, de Entre Ríos. Y vuelvo a recomendar, caminar esos barrios, quizás resistir el miedo que paraliza y aísla, que nos hace bajar exactamente en la parada habitual del micro y caminar lo menos posible, sobre todo si es de tarde o anochece. Caminar barrios, y solo ver, no pretender dar un gran informe, un descubrimiento trascendente o sociológico. Solo ver, retener imágenes y hablar con la gente, sentir en la piel las sensaciones que aparecen.
Ver la feria de Solano, cuadras y cuadras en L, partiendo de la antigua estación y luego bordeando la ribera del arroyo, donde se vende de todo, ropas, objetos de procedencia dudosa o que uno presume han sido robadas, hasta herramientas oxidadas y hallazgos de los carros de botelleros - cartoneros. Hay que verlo, darse cuenta hasta que punto la Argentina quedo partida y la exclusión parece un camino de ida, como la propaganda decía que son las drogas: Un camino de ida.
Creo que no hay vértigo comparable que un niño hamacándose, parece que se va rumbo al cielo pero se retorna, se busca esa mano fuerte que nos impulsa desde la espalda o desde la madera del asiento, y esa seguridad de volver al contacto, a sentir el empuje de la mano de Papá o Mamá.
Ese jugar a desprenderse de una vez del empuje de Papá para volar al cielo, o a Colombia, el espejo donde nadie quiere ver parecidos por su violencia política y mafiosa.

Ser grande. Estar quizá más sólo y no tener quien lo empuje a uno con la mano fuerte.

-a Juan Castro y los niños de San Francisco Solano-

(Cuando murió, Juan castro estaba a punto de viajar a Colombia por su trabajo de periodista)

*De Eduardo Francisco Coiro. inventivasocial(arroba)hotmail.com

*

Es tuya Juan,

te entiendo, Juan

(texto de marzo del 2004)

Y te perdono. Porque pusiste tu cuerpo para que todos sepan que nadie podía ayudarte.
Quizás tu vacío sea el de muchos. Quizás muchos hoy se quieran matar o no quieran vivir, que es parecido. Pero tambien es diferente, tal vez estos últimos crean en que el hada madrina vendrá y con su magia hará surgir el encanto del buen vivir.
Hoy no quiero escuchar a los optimistas recriminándote nada. Solo porque ellos simplemente pueden y por eso son complemente diferentes y desautorizados para aconsejarte.
Pienso en cuantos deben disimular fortaleza. Pienso en cuantas soledades conectadas por las apariencias. Pienso en el éxito y el fracaso.
Pienso en cuantos toman alcohol o drogas, para animarse a ser otro muy distinto al que es. Cuantos curiosos, cuantos rebeldes entraron tambien en esa evasión tan placentera y alienante. Algunos habrán salido y otros quien sabe por donde andarán.
Solo creo que hoy por ser tan famoso estás en boca de todo el mundo.
Que tu dolor sirva para algo. Que no se quede en el emergente de la droga, porque para haber llegado hasta allí de algún lado partiste.
Y no quiero escuchar a los simplistas que muertos de miedo niegan el conflicto niegan lo oscuro de todo ser humano.
Si esta tragedia tuya pueda servir para algo que sea para que podamos pedir ayuda, que el orgullo nos deje ver al otro, pero no como perfecto sino como igual a mí

Si es tu decisión yo la respeto, nadie puede obligarte a ser feliz, a creer en dios y menos a vivir.

*De Silvia Irigaray silviairigaray@arnet.com.ar

Yo, el desubicado de siempre*

*Por Aníbal Jorge Sciorra. anisci2003@yahoo.com.ar

¿Qué es Lost?
¿Quién es Nazarena Vélez?
¿Porqué todos chatean y nadie habla de frente?
¿Porqué siempre comentan "lo buena que está la propaganda de" y no de lo
buena que está "esa película de Fellini"?
¿Porqué todavía hay muchos que no tienen ni idea de porqué el 24 de marzo es
feriado nacional?
¿Qué hizo roca para tener semejante monumento?
¿Porqué tanto "espamento" cuando gana Boca?
¿Porqué te tenés que sentir marginado si pensás distinto?
¿Porqué todavía hay quienes creen que Estados Unidos es bueno y Cuba es feo,
malo, caca?
¿Porqué siempre alguien me pregunta si tengo televisor?
¿Porqué hay que tener televisor?
¿Porqué los canales de noticias le dedican tanto espacio a ese señor de
bigotitos que está ahora como intendente?
¿Porqué la mayoría sigue leyendo el "clarín"?
¿Porqué cada vez es mayor la discriminación?
¿Porqué tanta violencia de todo tipo?
¿Porqué tanta falta de conciencia ante lo ecológico?
¿Porqué la poesía está tan marginada?
¿Porqué? ¿porqué? ¿porqué?

-Enviado para compartir por Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar

*

Queridas amigas, apreciados amigos:

El domingo 2 de marzo del 2008 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor argentino Ezequiel Viñao. Las poesías que leeremos pertenecen a Raúl Tápanes López (Cuba) y la música de fondo será de Machu Picchu (Andes). ¡Les
deseamos una feliz audición!

ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!

REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com

Schießstattstr. 44 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067

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04/03/2008 GMT 1

ERAN FIGURAS DE SU TIEMPO PERDIDO...

urbanopowell @ 01:13

ERAN FIGURAS DE SU TIEMPO PERDIDO...

*

Estaba ausente la tarde,
era una ausencia infinita que desbordaba
y se metía ojos adentro, muy adentro,
como en cascada de tiempo por nacer.

El río devoraba horizontes de plata
con sus pasos de pez y remo
en las pupila quietas,
absortas.

Un ave dijo ¡sí!, tras el muelle,
en aquel árbol
y desde otro se produjo el eco.

La tarde comenzaba su magia de vuelos.

Me fui haciendo costa
la traje hasta mi casa
y la dibujé en estos versos.

(*)

Ayer, nomás, me vestí de pájaro.
Y me hundí en el cielo,
libre.

(*)

Presentí la noche
anidada en los ojos vacíos.

Apresuré de soles los bolsillos,
de esos que se desprenden de los pájaros,
los que juntan en sus vuelos,

y me puse a sembrarlos.

(*)

Hoy me detuve en las breves alas de un pájaro,
en todo su ritmo sincesar,
en la mansedumbre de su quietud en la rama,
en todos los cielos que dibujó,
en el silencio de sus noches
y en los granos de sol acumulados.

Me detuve en toda su simpleza,
en la generosidad de sus vuelos espontáneos…

y me dejé llevar…

*de CACHO AGÚ cachoagu@yahoo.com.ar
-Enviado para compartir por Horacio Rossi. terrazio@ciudad.com.ar

La tierra incomparable*

(fragmento)

*de Antonio Dal Masetto

TREINTA Y DOS.

Silvana terminó de leer en voz alta, dejó las hojas sobre la mesa y les colocó el vaso encima para que no se volaran. -Ahora me gustaría oír su opinión -dijo.
Agata sonrió y repitió:
-¿Qué puedo opinar yo?
-Dígame lo que le pareció.
-No sé.
-¿Qué le dice la historia?
Agata se movió en la silla, turbada y divertida: -¿Tengo que contestar?
-Sí.
-¿Es un examen?
-Sí, es un examen.
Silvana se cruzó de brazos y se quedó esperando, con la actitud de una maestra frente a una alumna. Agata rió. Después se puso seria:
-Me parece que es una historia triste. Triste y un poco trágica.
-¿Qué más? Agata pensó.
-¿Son ustedes dos? -preguntó.
-Podría ser.
-Si es así, me da la impresión de que él no te ve como una persona frágil.
Silvana consideró la observación y movió la cabeza ha­cia un lado y hacia el otro un par de veces.
-Depende -dijo-o Según usted, ¿cuál de los dos per­sonajes sería yo?
Agata la miró sorprendida, porque la respuesta le parecía obvia. Silvana se levantó y antes de alejarse en direc­ción a la mesa de los alemanes, dijo:
-Podría ser que para Vito yo sea el Gato.
Conversó unos minutos con la pareja y después le pidió prestado un largavista que asomaba de uno de los bolsillos de las mochilas. Se volvió hacia Agata y la llamó:
-Venga, quiero mostrarle algo.
Fueron hasta el extremo del patio. Desde ahí se veía el lago y Coseno.
-¿Ve aquel grupito de casas subiendo la loma? Ahí está la de Vito.
Le pasó el largavista. Agata miró a través de los lentes.
Veía desfilar agua, cielo y montañas, pero no lograba des­cubrir el pueblo.
-Muévalo despacio -dijo Silvana. Por fin aparecieron las construcciones. -Ahí está -dijo Agata.
-¿Qué ve?
-El puerto.
-Suba un poquito, a la derecha, hay unas casas aisladas del resto. ¿Las ve? -Creo que sí.
-La última, la que está más arriba. ¿La encontró?
-Me parece que sí.
-Esa es la de Vito.
Silvana tomó el largavista y miró.
-A esta hora debería haber vuelto. ¿Qué estará hacien­do? Mañana tengo que ver un cliente en Stresa, antes del mediodía. Si termino temprano, la paso a buscar y nos va­mos a Coseno.
-Está bien -dijo Agata.

TREINTA Y TRES

Silvana le dejó un mensaje en el albergue avisándole que no se desocuparía temprano y que, por lo tanto, pos­tergarían el viaje a Coseno. Agata salió a media mañana y caminó sin dirección. Cruzó una vez más el último puen­te sobre el San Giovanni, siguió la costa del lago durante un trecho y descubrió una pequeña ensenada, con algu­nos botes de colores vivos, azules, verdes, rojos, a medias en el agua y a medias sobre la playa. Había fardos de ra­mas junto a los botes. Se veían las piedras del fondo y unos peces pardos moviéndose lentos. Un camino angos­to subía alejándose de la orilla, entre balcones, techos de tejas y chimeneas. Agata decidió ver adónde conducía aquel camino. Arriba, pasado el grupo de casas apiñadas, seguían jardines y construcciones modernas. También ahí, en cada portón, se encontró con los carteles que ha­bía visto en todas partes. Aunque ahora descubrió uno diferente del resto. Junto a la cabeza de aspecto feroz y la leyenda acostumbrada, "Cuidado con el perro", había otra que decía: "y también con el patrón". Debajo, una mano empuñando un revólver. En uno de los parques, entre los árboles altos y los canteros con flores, había tres chicos y Agata se detuvo a miradas. Atrás se veía una gran casa, una fuente con una estatua y cuatro chorros de agua ro­ciándola. Los chicos tendrían entre siete y nueve años. Corrían, se detenían, hablaban, volvían a correr. Parecían muy ansiosos, como a punto de iniciar o concretar una tarea importante. Estaban demasiado lejos para que Aga­ta pudiera oír lo que decían. Uno tenía algo en la mano izquierda y lo mantenía apretado contra el pecho. Debía ser el líder del grupito porque gesticulaba con la mano li­bre e impartía órdenes. Los otros dos obedecían. Fueron hasta el fondo del parque, buscaron entre el pasto, contra un muro, y volvieron trayendo varios listones de madera de diferentes medidas. Los descargaron junto a un árbol y después deliberaron entre los tres, considerando las longitudes y los espesores. Todo lo hacían a gran veloci­dad y parecían cada vez más excitados. Los dos que obe­decían salieron disparados de nuevo y desaparecieron en el interior de la casa. El de la mano en el pecho quedó so­lo y con el pie fue empujando las maderas, después se agachó y separó algunas. Los otros regresaron, siempre corriendo, siempre muy acelerados. Traían una caja me­tálica, que no era de grandes dimensiones, pero que pare­cía pesada y que transportaban entre los dos. Deposita­ron la caja junto a las maderas, la abrieron y extrajeron algunas herramientas: martillo, tenazas, serrucho. Hubo nuevas deliberaciones, por fin levantaron una de las ta­blas y la pararon contra el árbol. La tabla era más alta que ellos. La miraron, se miraron, parecieron decirse que sí, que estaba bien, que era la adecuada, y mientras uno la sostenía otro empezó a clavada en el tronco. Un clavo, dos, tres, cuatro, cinco clavos. Comprobaron que había quedado bien sólida. Después tomaron del suelo una ta­bla más corta, medio metro de largo, no más. Se produjo un instante de desconcierto, porque al parecer el paso si­guiente era unir la tabla corta a la parte superior de la ta­bla larga y, por más que se estiraran, no llegaban arriba. Uno corrió hacia la casa, regresó trayendo una silla y la colocó junto al árbol. El encargado de manejar el martillo y los clavos subió y apoyó un extremo de la tabla corta sobre la punta de la tabla larga, formando un ángulo rec­to. El otro, apuntalándola con un palo, se la mantuvo en esa posición. El líder seguía con la mano contra el pecho y dando indicaciones. El de arriba colocó varios clavos. Después de hundir el último comprobó la firmeza de la unión y los otros aprobaron. El tercero corrió otra vez hacia la casa y ahora regresó con un pedazo de cordel fi­no y se lo alcanzó al que estaba sobre la silla. Este trabajó con el cordel y después lo ató al extremo de la tabla hori­zontal. El cordel quedó colgando y en su parte inferior había un lazo. Los tres, por turno, tironeando, verificaron la solidez de la pequeña horca que acababan de fabricar. El de la mano izquierda ocupada la acercó al lazo y manipuló, mientras los otros lo ayudaban. Entonces Aga­ta pudo ver lo que había mantenido hasta ese momento en el puño: un pájaro. Después de asegurarse de que el la­zo estuviera bien ceñido al cuello, lo soltaron. El pájaro cayó como un peso muerto y quedó colgado. Después ale­teó, se elevó, se le acabó el cordel, cayó y quedó colgado de nuevo. Lo intentó una vez, lo intentó dos y varias más. Hasta que se le acabaron las fuerzas y se rindió.
Agata siguió camino, bajó en dirección al río y se detu­vo al pasar delante de una capilla. En la explanada del frente había varios castaños y un banco de piedra. Agata fue a sentarse. A su alrededor, bajo la brisa suave, las hojas
secas del piso tenían un movimiento de oleaje. Hubo un golpe de viento más fuerte, las hojas corrieron a lo largo de la pared lateral de la iglesia, se elevaron y algunas queda­ron enganchadas en las ramas de los arbustos.

TREINTA Y CUATRO

Agata siguió bajando hacia el San Giovanni y después de una curva se le aparecieron los techos, el campanario y la cúpula verde de la iglesia de Trani. Cuando llegó a la barranca del río descubrió dos máquinas dragando y co­locando grandes bloques de piedras para reforzar las márgenes. Un hombre con el torso desnudo manejaba un taladro. Se oían golpes de maza. Había una pareja de an­cianos detenidos en la mitad del puente, mirando los tra­bajos. Agata giró en redondo y en la mañana limpia vol­vió a ver los cerros cubiertos de vegetación rojiza y, detrás, las montañas azules, y más atrás todavía, las cimas nevadas. Había un sauce cerca: ramas colgantes, quietas, hojas traspasadas por el sol y de un color tan tierno que hubiesen bastado para hacerla sentir bien. También ahí reconoció, rodeándola, señales y formas fa­miliares. Pero, igual que otras veces, sintió que no eran las que había esperado encontrar. Nunca lo eran del todo. Las que habían crecido en su memoria, alimentadas por los largos años de ausencia, tenían una intensidad y una intimidad de las que éstas siempre carecían. Después de los días pasados recorriendo las calles y los alrededores de Trani, subsistía entre ella y las cosas una barrera que le impedía acercarse, que la rechazaba, colocándola al borde, afuera, condenándola a una forma de soledad. El sol estaba en la mitad del cielo y Agata sintió que tanta claridad y tanto espacio comenzaban a mareada. Fue a colocarse junto al sauce y tocó una de las ramas. No que­ría alejarse de ese lugar. Quería seguir expuesta, quizá pa­ra que la claridad y el espacio la contagiaran, la acepta­ran, y por fin volviese a haber comunicación entre ellos. Abajo el río serpenteaba en silencio entre las piedras. Ha­cia la desembocadura el cauce se convertía en una gran llamarada blanca que borraba todo el resto. Algo se movía allá adentro. Agata se colocó una mano a manera de visera, se esforzó por ver y por fin descubrió en aquel res­plandor unas lavanderas inclinadas sobre el agua. No po­día distinguirlas bien. Se oyó pensar: "Ya no hay lavande­ras en los ríos". Pero ahí estaban, eran figuras de su tiempo perdido. Eran siluetas fulgurantes nacidas de la luz y al mismo tiempo ocultas en la luz. Ese carácter de cosas huidizas les confería sin embargo una realidad ma­yor de cuanto Agata había visto hasta ese momento. Lo que había venido a buscar vivía en el resplandor, sólo en el resplandor, hasta que el resplandor durara. Sintió que acababa de cruzar una puerta para entrar en un jardín encantado y que ahora ella también podía andar en ese resplandor. Le habían permitido el ingreso con la condi­ción de que no tocara nada, de que no hablara, de que no intentara tomar una piedra ni arrancar una rama de ar­busto para llevarse como testimonio de que había estado ahí. Si lo hacía, si transgredía, su presencia quedaría en evidencia y sería expulsada. ¿Qué historia era ésa? ¿Se la habían contado alguna vez? ¿Acababa de inventarla? ¿Era una historia que la había inquietado en su lejanísi­ma niñez? No lo recordaba. Creyó que había levantado el brazo señalando las lavanderas y que sus labios se habían movido para gritarles a los dos ancianos del puente: "¿Las ven? ¿Las están viendo?". Pero su brazo no se había movido, no había gritado y no gritaría. Los dos ancianos estaban lejos, no podrían oírla, no le contestarían. Se dio cuenta de que el rumor de la maza y el taladro había ce­sado y abajo las máquinas estaban quietas. El sol se ha­bía movido en el cielo y sobre las montañas habían apa­recido algunas nubes blancas. Agata sintió que había pasado mucho tiempo y que acababa de volver de un sue­ño. Le dolían los pies y buscó dónde sentarse.

*de La tierra incomparable, © Editorial Planeta (1994), © Antonio Dal Masetto.

ODA AL CORAZÓN*

Corazón
razón,
pulso vivo
torrente de luz,
gesta de penares.
Sin discriminar razas
ni credo
ni sexo
ni cobardía valiente,
ni obrero,
soldado,
presidente,
ni presidiario,
siempre púrpura y corporal.
Entre hambrunas
o banquetes,
envasado al ruego de otra muerte
o
de otra vida,
milagro del milagro,
arma no apocalíptica.

Te multiplicas en Pachamama
para tu propio único Dios.
Te cantaron,
te cantamos,
te canto
Dios de mi cuerpo,
que sin derramar
derramas el color de tu lágrima.

*de ricardo d. mastrizzo.

AGOSTO – ADVIENTO*

Las calles de norte a sur han verdecido, a pesar del agosto en que se hallan desde ya hace unos días.
Yendo hacia el norte, de mañana, a contraluz parece ser cada hoja nueva un foco de luz, un fuego verde. Como un rayo de felicidad madurando
.Desde la ambigüedad de las cotidianías brotan ganas de hacer cosas nuevas, y hasta suelen verse tras cristales nuevos las mismas cosas de todos los días.
Barrer veredas y toda la higiene urbana parece con más luz, con menos agobio. Costumbre-obligación de las mañanas, hecha con alegría.
De este a oeste, la voz de la naturaleza aún no se oyó, y toda rutina cursa su última toanlidad gris, su último grito contenido antes del llanto que indica el nacimiento de la vida.
Hasta la melancolía reverdece, como esos árboles torpes y profundos que se se descubren en los campos al viajar. Y las penas viven un afiebrado desconcierto ante la embriaguez del mundo circundante. Ante el enloquecido parto constante de la tierra.
La naturaleza ondea sobre nuestra región el renacimiento de su fertilidad incontenible.
Entanto, de norte a sur, sobre las calles, el sol rellena las hojas nuevas con el color de la esperanza.
Para decirnos que aún estamos vivos, que esperemos.
Y yo observo feliz, mientras camino, cómo el hombre se entrecruza con el hombre, a través de las calles, como un manojo de luces reencontradas.-

(*)

DIVAGANDO UN BALANCE*

El mar humedeció la tierra
navengándola en un montón de nubes,
abrazándola en un montón de lluvia.
Septiembre se acercaba
intentado medir en día el milagro.
Yo no le hice caso
aunque lo dejé sentarse al lado mío
e incluso cruzamos algún domingo de la mano.
Atendiendo yo como atiendo desde hace un tiempo
al canto del agua
a la playa que emerge luego de la creciente
a los pájaros que cantan en sus nidos nuevos
que los árboles guardarán
con el fuego verde de su grito.
Y atiendo a mis amigos y a la gente,
a sus contradictorios procederes
tan bien disimulados por cariño
y al error suyo y mío
que al unirnos nos hace diferentes.
Entanto vago por entre la ciudad de tierra muerta,
busco la tierra viva de la naturaleza,
aprendo a diluir mi amor entre los prójimos,
vengo de descubrir en cada niño un pájaro,
niego la pesadilla de los hombres de acero,
integro y desintegro cuanta cosa exista
desnudo contenidos, desoigo las mentiras
y bendigo, recorro, de verdad agradezco
esta absoluta certeza de estar vivo.-

(*)

ODA A LA SOMBRA*

Desvencijada como la civilización, mi sombra
se reaprtíó entre las olas del mar
a meditar un momento,
a reencontrarse con algún valor originario,
a mojar las fronteras del cuerpo en el agua
y brotar, toda sorpresa, en la rompiente...

Yo iba provocando sus veleidades de espacio sobre el suelo,
el esmirriado territorio renaciendo, constante, más allá de la espuma...
La trituración de lo yacente
no molestaba su traslado amorfo e incesante....
Mis pies sufrían por que le pasase algo...

Ella seguía meditando...

Aveces trataba de hilvanar algo en nuestro idioma.
La bruma a lo lejos, las nubes arriba, la desaparecían cada tanto,
la tornaban más profunda, sombría, casi tenebrosa
a ella que es tan clara y limpia en su color entremezclado...

Los caracoles succionaban substancias elementales
que ella bebía con su fruición de abuela...

Su vida y la del sol corren parejas.
Son la pareja entre quienes yo vivo
Ensimismado en mis poemas diferentes,
irregulares, como cada circunstancia de la vida...

Hijo del uno, padre de la otra,
somos el triángulo insuperable....

Medita mi sombra trozada por el agua
parida por la luz,
y su meditación casi es la mía,
casi es factible de inscripción en un papel...

Vamos. Sólo eso. Sólo vamos.
En torno la gente de siempre, de todos los días,
que nos convida con su espectáculo infinito...

Va mi sombra, parecida a la civilización,
pero – nunca – civilización...

Meditando.
Corrigiendo la falla del hombre.
Oyendo la voz que nadie escucha.
Tentando el infinito.-
MUCHAS, MUCHAS IDEAS...
me asaltaron hoy a la mañana.
A las pícaras les encanta tomarme desprevenido
y martirizarme con su campana invisible,
cuyo badajo soy yo: badajo y víctima...

Resoné esta mañana
dentro la campana
de la imaginación...

Estaba entre la playa y el mar, sobre la arena crustácea que se imprimía a mis pies
como queriendo qu ela recuerde siempre....

Traté de no prestarle atención, pero ahi estaba
la media esfera resonante
de las ideas claras...

La gente no tenía papel ni lápiz.
Era la hora de olvidarse del reloj...

Me sumergía en el mar y me zumbaban los oídos...
En el fondo encontraba una dos tres conchillas sin igual...

Y un poema entero esperando ser horneado, ser embotellado,
quizás forjado a martillazos, o tallado -inefable arcilla- con estecas
o con un cuchillo...

Apresurado, fiebre todo yo, como la espuma, emergía.
La gente no tenía papel ni lápiz. Las ideas jugaban con mi desesperación.
Como badajo resonaba dentro la campana.
Me sentía como un dique que recibiese agua, mucha agua
y no pudiese inscribirla en los campos...

Átomo por átomo
rebalsé,
de una vez por todas
rebalsé...

Y todo fue luz...

De manera incongruente pensé: este es el poema de lo que llamamos Dios
y está escrito con la caligrafía del universo
en el idioma de la eternidad...

Yo estaba -arena y agua- en algún punto entre la playa y el mar, bajo el cielo, sobre la tierra, entre los hombres, enmedio del aire y de la luz...

(*)

ADELANTAZGO DE TRASCENDENCIAS*

Las ondas le hicieron de muelle a la luz...
Atracó la señora su velero de material plástico sobre el mar de las cosas creadas...
Cual salvas de puerto, las gentes miraron al cielo, y vieron cómo se desmigajaba el color através de lo circundante y se arqueaba, sin diluirse, en el horizonte...
Las gentes, las gentes supieron aquel día la noticia tremenda y asombrosa:
estaban vivos...

Nadie supo qué hacer. Entre los hombres surgieron pedestales, a los que se encaramaron otros hombres mediante escaleras de hermosas palabras sin sentido...
Quisieron ponerle nombre a lo innombrable, y relacionarlo con lo que cada uno simplemente quisiera...
Así fue que, unos contra otros, fueron y vinieron.
La causa fue una mirada, algún pisotón, un adulterio...

No ya la vana pero hermosa tarea de ponerle nombre al universo...

Pronto, como proveniente de cualquier periódico nacional o extranjero, se olvidó la noticia...
La bandera de la vida no halló mástil desde donde lanzar sus colores supremos...

Sólo, de vez en cuando, aquí o allá, vos o yo nos hacemos pica, y, permaneciendo de alguna manera verticales, nos clava nuestro propio impulso en el suelo sangriento, sufriente, corrupto, de postguerras contínuas, a cual más absurda e infame...
Y alguna leve tonalidad viene a posarse sobre algún lóbulo cerebral: luego, navega las circunvoluciones...

Nos dice: avísale al hombre que está vivo, y es libre...

Nosotros vamos, ¿no es cierto?, al hombre, y le decimos lo de la vida y de la libertad...
Y nos contesta lo que vos y yo ya sabemos que el hombre siente:

Desde su anulación, desde la injusticia, desde su incertidumbre, desde su angustia,
desde su vientre restringido y tenso, no nos contesta el hombre: nos contestan:
la incredulidad, los deseos, y el miedo, la indiferencia dolorida y el temblor indeciso del desasosiego...

Antes de morir en toda esquina, antes de abordar el gran velero de la luz, decimos:

Espéranos,hombre. Aprende a escuchar lo que viene de adentro.
No tengas miedo, ser humano: no te abandonamos.
Vamos sólo a descansar, mas ya volvemos...

Y sobre nuestros propios pasos que se marchan
sopla ya el brotante aliento de los profetas nuevos.-

(*)

PALABRAS A LOS NUEVOS AMIGOS*

Guardar la voz de los amigos nuevos en el corazón, adonde van las cosas más queridas,
donde se amontonan, ordenadamente, las emociones más tiernas y profundas de la vida...:
eso quiero hacer: allí ponerlos a todos ustedes, y desde allí ejercerlos cada día para siempre, con el dinamismo que significa la constante evolución a que nos debemos...

La vida quizás fluye. Se la suele comparar con un río. Yo, sólo sé que somos agua y somos barro. Sucios y puros, eternos y maleables. Amigos nuevos:
Nosotros confirmamos la inexistencia del tiempo y la distancia....

Pienso como escribo. Escribo como siento:
cuando el cuerpo se aleja hasta algún día, el alma se acerca y funde para siempre...

Amigos nuevos: la palabra se hace sensible. La palabra no alcanza a decir nada...
Sopla el viento dispersándonos cual gránulos. Pero somos montaña.
Y vamos desde la roca hasta la arena, sintiéndonos. Sin sonido de palabras...
Y mucho menos la palabra “lejos”, que sólo involuciona hacia la nada.
Y la nada no existe... Somos el siempre. Sí. Somos el siempre.
Justificados. Confirmados por cada amanecer...

Porque somos el siempre que sólo sabe amanecer:
la mano tendida, la sonrisa, la pronta comprensión hacia todos,
el florecer que somos, todo lo que anhelamos, y que haremos, y
por fin, pero sin fin,
la realidad del hombre nuevo floreciendo en el mismo sentido que el sol...

Amigos nuevos: yo siento que en la hora de la melancolía,
ante la desesperación de los sentidos, simplemente:
escribamos nuestras cartas, fecundemos nuestras lágrimas inevitables,
edifiquemos una nueva vivienda para el hombre
y tendamos a su liberación, que es la de todos nosotros...

Todo tú y yo posible será, entonces, un solo y grande esfuerzo de espíritus y sangres avanzando...
Tú y yo estaremos uno junto al otro: nuestra melancolía será pan, nuestra tristeza serán semillas germinando, nuestra alegría será fuego...

Y habrá una eternidad de primaveras en la que nos volveremos a encontrar...

Continuaremos una conversación, cualquier conversación interrumpida.
La palabra tendrá el sentido de nuestros sentimientos...

Habremos sido vida redimida, recorriendo las calles de todos los días,
contagiando de libertad a las gentes.-

*Horacio C. Rossi, terrazio@ciudad.com.ar
en la terraza, mil novecientos setenta y tres.

*

Queridas amigas, apreciados amigos:

El domingo 2 de marzo del 2008 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor argentino Ezequiel Viñao. Las poesías que leeremos pertenecen a Raúl Tápanes López (Cuba) y la música de fondo será de Machu Picchu (Andes). ¡Les
deseamos una feliz audición!

ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!

REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com

Schießstattstr. 44 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067

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02/03/2008 GMT 1

LÁGRIMAS DE DIOS ENTRE TANTAS ESPINAS...

urbanopowell @ 13:14

*

Es indudable que cuando llueve
aquí sobre el río,
Dios vierte su lágrima risueña.
Siempre hay un puente como una pestaña
y una ruta que lleva al abrazo.
Esta lluvia que cae pesadamente a la tierra madre.
Continua canción del ciclo, y uno sin darse cuenta,
a veces deja de ser algo humano por andar con remos equivocados.
Llueve sin prólogos,
bajo sonido musical y matriarcal miro un rosal de mi madre,
tantas púrpuras corolas como alzadas por sus brazos.
Sudor del cielo que no cae,
lágrimas de Dios entre tantas espinas.

*de ricardo d. mastrizzo.

LÁGRIMAS DE DIOS ENTRE TANTAS ESPINAS...

La tierra incomparable*

(fragmento)

*de Antonio Dal Masetto

TREINTA Y UNO.

Silvana mordió un bizcocho, tomó un sorbo de vino y leyó la historia que le había enviado Vito:

El Gato era un tipo taciturno. Le gustaba comer, tomarse algunas botellas en compañía y de cuando en cuando enre­darse con alguna gatita ruidosa. Tenía aspecto hosco y cora­zón blando. Despertaba afecto en algunos y desconfianza en la mayoría. Había andado bastante por la vida como para saber que no hay nada que no se logre con un poco de volun­tad. Pero se ahorraba el trabajo porque pocas cosas le intere­saban realmente. Si alguna vez se encontraba ante la posibi­lidad de una empresa cualquiera, inmediatamente se imaginaba a sí mismo al cabo del triunfo y se veía mirando alrededor y diciéndose que nada había cambiado. Así que da­ba el esfuerzo por hecho y se limitaba a soñar. Era un vago por vocación. Cualquiera se podía dar cuenta.
Eso fue lo primero que detectó la Domadora al conocerlo.
Era experta en su oficio, le gustó el desafío que significaba el enfrentamiento con el Gato y se preparó para el combate. Por su parte, el Gato, cuando la vio aparecer, hermosa, altiva, lá­tigo en mano (así la vio o la imaginó), sintió que se le renovaba la sangre.
De inmediato se dedicaron a la lenta y firme tarea de destrozarse mutuamente. Fue una relación turbulenta. Hubo violencias Y ternuras sin cuartel. Se amaron Y se golpearon cuanto quisieron y pudieron. Rodaron y se levantaron, se humillaron, cualquier sitio era bueno. y cada vez sacaron a relucir alguna nueva arma escondida, cada vez hirieron con más precisión y destreza. Así que pronto creyeron advertir que no podrían prescindir el uno del otro. Se convencieron de que en el mundo no había nada mejor que ese Gato para esa Domadora, ni nada mejor que esa Domadora para ese Gato.
Pero el amor sólo podía durar mientras ella se esmerase en su oficio de domar y él se mantuviese indomable. y llegó un momento en que el Gato, por descuido, por exceso de confianza, comenzó a andar lento de reflejos. Sin advertirlo, fue aceptando algunas proposiciones, cedió terreno, bajó la guardia. Y poco a poco se encontró tratando de adaptarse a una vida que no le pertenecía. Se fue convirtiendo en algo así como una buena persona, se preocupó, trabajó, se levantó con horarios. Por supuesto que tampoco eso lo hacía bien.
Aparentemente había sido domado. Pero la derrota de uno significaba sin remedio la derrota del otro. y la Doma­dora también cayó. De pronto hubo algo demencial en su as­pecto y en sus actitudes. Su destreza en domar, que había si­do un arte, derivó en vicios y caprichos. Siguió esgrimiendo el látigo, pero ya no con el gesto altivo y la exuberancia de la juventud. Los chasquidos ya no produjeron dolor ni placer, ya no eran golpes de vida avasallan te y desprejuiciada, sino los reflejos del desgaste y la duda.
El Gato comprendió que parte de ese desconcierto se debía al hecho de que la Domadora ya no tenía ante ella al ser libre y sin destino que él había sido, al rival digno, ca­paz de asumir, de esquivar, de devolver. Pero fundamental­mente supo que durante todos esos años, para él, la Do­madora había sido una diosa. Y que la había aceptado como se acepta a los dioses, así sean arbitrarios, capri­chosos, egoístas. Y que esa última visión la despojaba de toda divinidad.
Ese fue el descubrimiento más penoso. El Gato sintió que una mano de hierro le arrancaba el estómago. Trepó al techo de la casa y pasó la noche ahí, privado de tibieza, de amistad. Esperó el amanecer, aspiró la humedad y la boca se le inundó de un gusto amargo y antiguo. Enton­ces fue soltando lentamente un maullido grave y prolon­gado, que no era un grito de guerra, ni un alarde de fuer­za, sino apenas la primitiva y espontánea manifestación de su orgullo. Sacudió una y otra vez el aire con su queji­do, después se echó, cansado, solo, él y el cielo y la nostal­gia y el rigor.

*de La tierra incomparable, © Editorial Planeta (1994), © Antonio Dal Masetto.

Historia de la fealdad*

¿Angelina Jolie y Brad Pitt pueden ser monstruos? Quizás en otra galaxia. Después de Historia de la belleza, el escritor italiano analiza en Historia de la fealdad (Lumen), libro del que ofrecemos la introducción y un capítulo sobre lo feo hoy, cómo cambia el gusto según las épocas, las culturas y ciertos elementos de juicio políticos y sociales. Distingue entre tipos de fealdad y su representación artística y se pregunta si la tendencia a diluir la oposición bello-feo no es un modo de exorcizar el horror del mal

*Por Umberto Eco

A lo largo de los siglos, filósofos y artistas han ido proporcionando definiciones de lo bello, y gracias a sus testimonios se ha podido reconstruir una historia de las ideas estéticas a través de los tiempos. No ha ocurrido lo mismo con lo feo, que casi siempre se ha definido por oposición a lo bello y a lo que casi nunca se han dedicado estudios extensos, sino más bien alusiones parentéticas y marginales. Por consiguiente, si la historia de la belleza puede valerse de una extensa serie de testimonios teóricos (de los que puede deducirse el gusto de una época determinada), la historia de la fealdad por lo general deberá ir a buscar los documentos en las representaciones visuales o verbales de cosas o personas consideradas en cierto modo "feas".
No obstante, la historia de la fealdad tiene algunos rasgos en común con la historia de la belleza. Ante todo, tan solo podemos suponer que los gustos de las personas corrientes se correspondieran de algún modo con los gustos de los artistas de su época. Si un visitante llegado del espacio acudiera a una galería de arte contemporáneo, viera rostros femeninos pintados por Picasso y oyera que los visitantes los consideran "bellos", podría creer erróneamente que en la realidad cotidiana los hombres de nuestro tiempo consideran bellas y deseables a las criaturas femeninas con un rostro similar al representado por el pintor. No obstante, el visitante del espacio podría corregir su opinión acudiendo a un desfile de moda o a un concurso de Miss Universo, donde vería celebrados otros modelos de belleza. A nosotros, en cambio, no nos es posible; al visitar épocas ya remotas, no podemos hacer ninguna comprobación, ni en relación con lo bello ni en relación con lo feo, ya que solo conservamos testimonios artísticos de aquellas épocas. Otra característica común a la historia de la fealdad y a la belleza es que hay que limitarse a registrar las vicisitudes de estos dos valores en la civilización occidental. En el caso de las civilizaciones arcaicas y de los pueblos llamados primitivos, disponemos de restos artísticos pero no de textos teóricos que nos indiquen si estaban destinados a provocar placer estético, terror sagrado o hilaridad.
A un occidental, una máscara ritual africana le parecería horripilante, mientras que para el nativo podría representar una divinidad benévola. Por el contrario, al seguidor de una religión no occidental le podría parecer desagradable la imagen de un Cristo flagelado, ensangrentado y humillado, cuya aparente fealdad corporal inspiraría simpatía y emoción a un cristiano. En el caso de otras culturas, ricas en textos poéticos y filosóficos (como, por ejemplo, la india, la japonesa o la china), vemos imágenes y formas pero, al traducir textos literarios o filosóficos, casi siempre resulta difícil establecer hasta qué punto ciertos conceptos pueden ser identificables con los nuestros, aunque la tradición nos ha inducido a traducirlos a términos occidentales como "bello" o "feo". Y aunque se tomaran en consideración las traducciones, no bastaría saber que en una cultura determinada se considera bella una cosa dotada, por ejemplo, de proporción y armonía. ¿Qué significan, en realidad, estos dos términos? Su sentido también ha cambiado a lo largo de la historia occidental. Solo comparando afirmaciones teóricas con un cuadro o una construcción arquitectónica de la época nos damos cuenta de que lo que se consideraba proporcionado en un siglo ya no lo era en el otro; cuando un filósofo medieval hablaba de proporción, por ejemplo, estaba pensando en las dimensiones y en la forma de una catedral gótica, mientras que un teórico renacentista pensaba en un templo del siglo XVI, cuyas partes estaban reguladas por la sección áurea, y a los renacentistas les parecían bárbaras y, justamente, "góticas", las proporciones de las catedrales.
Los conceptos de bello y de feo están en relación con los distintos períodos históricos o las distintas culturas y, citando a Jenófanes de Colofón (según Clemente de Alejandría, Stromata , V, 110), "si los bueyes, los caballos y los leones tuviesen manos, o pudiesen dibujar con las manos, y hacer obras como las que hacen los hombres, semejantes a los caballos el caballo representaría a los dioses, y semejantes a los bueyes, el buey, y les darían cuerpos como los que tiene cada uno de ellos".
En la Edad Media, Giacomo da Vitri ( Libro duo, quorum prior Orientalis, sive Hierosolymitanae, alter Occidentalis historiae ), al ensalzar la belleza de toda la obra divina, admitía que "probablemente los cíclopes, que tienen un solo ojo, se sorprenden de los que tienen dos, como nosotros nos maravillamos de aquellas criaturas con tres ojos Consideramos feos a los etíopes negros, pero para ellos el más negro es el más bello". Siglos más tarde, se hará eco Voltaire (en el Diccionario filosófico ): "Preguntad a un sapo qué es la belleza, el ideal de lo bello, lo to kalòn . Os responderá que la belleza la encarna la hembra de su especie, con sus hermosos ojos redondos que resaltan de su pequeña cabeza, boca ancha y aplastada, vientre amarillo y dorso oscuro. Preguntad a un negro de Guinea: para él la belleza consiste en la piel negra y aceitosa, los ojos hundidos, la nariz chata. Preguntádselo al diablo: os dirá que la belleza consiste en un par de cuernos, cuatro garras y una cola".
Hegel, en su Estética , observa que "ocurre que, si no todo marido a su mujer, al menos todo novio encuentra bella, y bella de una manera exclusiva, a su novia; y si el gusto subjetivo por esta belleza no tiene ninguna regla fija, se puede considerar una suerte para ambas partes Se oye decir con mucha frecuencia que una belleza europea desagradaría a un chino o hasta a un hotentote, porque el chino tiene un concepto de la belleza completamente diferente al del negro Y ciertamente, si consideramos las obras de arte de esos pueblos no europeos, por ejemplo las imágenes de sus dioses, que han surgido de su fantasía dignas de veneración y sublimes, a nosotros nos pueden parecer los ídolos más monstruosos, del mismo modo que su música puede resultar sumamente detestable a nuestros oídos. A su vez, esos pueblos considerarán insignificantes o feas nuestras esculturas, pinturas y músicas".
A menudo la atribución de belleza o de fealdad se ha hecho atendiendo no a criterios estéticos, sino a criterios políticos y sociales. En un pasaje de Marx ( Manuscritos económicos y filosóficos de 1844 ) se recuerda que la posesión de dinero puede suplir la fealdad: "El dinero, en la medida en que posee la propiedad de comprarlo todo, de apropiarse de todos los objetos, es el objeto por excelencia Mi fuerza es tan grande como lo sea la fuerza del dinero Lo que soy y lo que puedo no está determinado en modo alguno por mi individualidad. Soy feo, pero puedo comprarme la mujer más bella. Por tanto, no soy feo, porque el efecto de la fealdad, su fuerza ahuyentadora, queda anulado por el dinero. Según mi individualidad, soy tullido, pero el dinero me procura veinticuatro piernas: luego, no soy tullido ¿Acaso no transforma mi dinero todas mis carencias en su contrario?". Basta, pues, aplicar esta reflexión sobre el dinero al poder en general y se entenderán algunos retratos de monarcas de siglos pasados, cuyas facciones fueron devotamente inmortalizadas por pintores cortesanos, que desde luego no pretendían destacar demasiado sus defectos, y hasta hicieron todo lo posible por refinar sus rasgos. No cabe duda de que estos personajes nos parecen bastante feos (y probablemente también lo eran en su tiempo), pero era tal su carisma y la fascinación que les otorgaba su omnipotencia que sus súbditos los contemplaban con ojos de adoración.
Por último, basta leer uno de los relatos más hermosos de la ciencia ficción contemporánea, "El centinela" de Fredric Brown, para ver que la relación entre lo normal y lo monstruoso, lo aceptable y lo horripilante, puede invertirse según la mirada vaya de nosotros al monstruo del espacio o del monstruo del espacio a nosotros: "Estaba completamente empapado y cubierto de barro; tenía hambre y frío y se hallaba a ciento cincuenta mil años luz de su casa. Un sol extranjero le iluminaba con una gélida luz azul y la gravedad, dos veces mayor de lo habitual, convertía cada movimiento en una agonía de cansancio Los de la aviación lo tenían fácil, con sus aeronaves relucientes y sus superarmas; pero cuando se llega al momento crucial, le corresponde al soldado de a pie, a la infantería, tomar la posición y conservarla, con sangre, palmo a palmo. Como este jodido planeta de una estrella de la que jamás había oído hablar hasta que lo habían enviado. Y ahora era suelo sagrado porque también había llegado el enemigo. El enemigo, la única otra raza inteligente de la galaxia crueles, asquerosos, repugnantes monstruos Estaba completamente empapado y cubierto de barro; tenía hambre y frío, y el día era gris y barrido por un viento violento que le molestaba en los ojos. Pero los enemigos intentaban infiltrarse y era vital mantener las posiciones avanzadas. Estaba alerta, con el fusil preparado Entonces vio a uno de ellos arrastrándose hacia él. Apuntó y disparó. El enemigo emitió aquel grito extraño, terrorífico, que todos emitían, y ya no se movió. El grito, la visión del cadáver lo hicieron estremecer. Muchos se habían acostumbrado con el paso del tiempo y ya no le prestaban atención; pero él, no. Eran criaturas demasiado asquerosas, con solo dos brazos y dos piernas, y aquella piel de un blanco nauseabundo y sin escamas ".
Decir que belleza y fealdad son conceptos relacionados con las épocas y con las culturas (o incluso con los planetas) no significa que no se haya intentado siempre definirlos en relación con un modelo estable. Se podría incluso sugerir, como hizo Nietzsche en el Crepúsculo de los ídolos , que "en lo bello el hombre se pone a sí mismo como medida de la perfección" y "se adora en ello El hombre en el fondo se mira en el espejo de las cosas, considera bello todo aquello que le devuelve su imagen Lo feo se entiende como señal y síntoma de degeneración Todo indicio de agotamiento, de pesadez, de senilidad, de fatiga, toda especie de falta de libertad, en forma de convulsión o parálisis, sobre todo el olor, el color, la forma de la disolución, de la descomposición todo esto provoca una reacción idéntica, el juicio de valor ´feo ¿A quién odia aquí el hombre? No hay duda: odia la decadencia de su tipo ".
El argumento de Nietzsche es narcisísticamente antropomorfo, pero nos dice precisamente que belleza y fealdad están definidas en relación con un modelo "específico" -y la noción de especie se puede extender de los hombres a todos los entes, como hacía Platón en la República , al aceptar que se considerara bella una olla fabricada según las reglas artesanales correctas, o Tomás de Aquino ( Suma teológica , I, 39, 8), para quien los componentes de la belleza eran, además de una proporción correcta, la luminosidad o claridad y la integridad-, es decir, que una cosa (ya sea un cuerpo humano, un árbol, una vasija) había de presentar todas las características que su forma debía haber impuesto a la materia. En este sentido, no solo se consideraba fea una cosa desproporcionada, como un ser humano con una cabeza enorme y unas piernas muy cortas, sino que también se consideraban feos los seres que Tomás definía como turpi en el sentido de "disminuidos" o -como dirá Guillermo de Auvernia ( Tratado del bien y del mal )- aquellos a los que les falta un miembro, que tienen un solo ojo (o tres, porque se puede adolecer de falta de integridad también por exceso). Por consiguiente, se consideraban feos sin piedad alguna los adefesios, que los artistas han representado a menudo de forma despiadada, y en el mundo animal los híbridos, que fundían de forma violenta los aspectos formales de dos especies distintas.
¿Podrá, pues, definirse simplemente lo feo como lo contrario de lo bello, un contrario que también se transforma cuando cambia la idea de su opuesto? ¿La historia de la fealdad puede ser el contrapunto simétrico de la historia de la belleza?
La primera y más completa Estética de lo feo , la que elaboró en 1853 Karl Rosenkranz, establece una analogía entre lo feo y el mal moral. Del mismo modo que el mal y el pecado se oponen al bien, y son su infierno, así también lo feo es "el infierno de lo bello". Rosenkranz retoma la idea tradicional de que lo feo es lo contrario de lo bello, una especie de posible error que lo bello contiene en sí, de modo que cualquier estética, como ciencia de la belleza, está obligada a abordar también el concepto de fealdad. Pero justamente cuando pasa de las definiciones abstractas a una fenomenología de las distintas encarnaciones de lo feo es cuando nos deja entrever una especie de "autonomía de lo feo", que lo convierte en algo mucho más rico y complejo que una simple serie de negaciones de las distintas formas de belleza.
Rosenkranz analiza minuciosamente la fealdad natural, la fealdad espiritual, la fealdad en el arte (y las distintas formas de imperfección artística), la ausencia de forma, la asimetría, la falta de armonía, la desfiguración y la deformación (lo mezquino, lo débil, lo vil, lo banal, lo casual y lo arbitrario, lo tosco), y las distintas formas de lo repugnante (lo grosero, lo muerto y lo vacío, lo horrendo, lo insulso, lo nauseabundo, lo criminal , lo espectral, lo demoníaco, lo hechicero y lo satánico). Demasiadas cosas para seguir diciendo que lo feo es simplemente lo opuesto de lo bello entendido como armonía, proporción o integridad.
Si se examinan los sinónimos de "bello" y "feo", se ve que se considera bello lo que es bonito, gracioso, placentero, atractivo, agradable, agraciado, delicioso, fascinante, armónico, maravilloso, delicado, gentil, encantador, magnífico, estupendo, excelso, excepcional, fabuloso, prodigioso, fantástico, mágico, admirable, valioso, espectacular, espléndido, sublime, soberbio, mientras que feo es lo repelente, horrendo, asqueroso, desagradable, grotesco, abominable, odioso, indecente, inmundo, sucio, obsceno, repugnante, espantoso, abyecto, monstruoso, horrible, hórrido, horripilante, sucio, terrible, terrorífico, tremendo, angustioso, repulsivo, execrable, penoso, nauseabundo, fétido, innoble, aterrador, desgraciado, lamentable, enojoso, indecente, deforme, disforme, desfigurado (por no hablar de cómo el horror puede aparecer también en terrenos como el de lo fabuloso, lo fantástico, lo mágico y lo sublime, asignados tradicionalmente a lo bello).
La sensibilidad del hablante común percibe que, si bien en todos los sinónimos de bello se podría observar una reacción de apreciación desinteresada, en casi todos los de feo aparece implicada una reacción de disgusto, cuando no de violenta repulsión, horror o terror.
En su obra sobre La expresión de las emociones en los animales y en el hombre , Darwin observaba que lo que provoca disgusto en una determinada cultura no lo provoca en otra, y viceversa, pero concluía que sin embargo "parece que los distintos movimientos descritos como expresión de desprecio y de disgusto son idénticos en una gran parte del mundo".
Conocemos sin duda algunas descaradas manifestaciones de aprobación ante algo que nos parece bello porque es físicamente deseable; basta pensar en la broma de mal gusto al paso de una mujer guapa o en las inconvenientes manifestaciones de alegría del glotón ante su comida preferida. En estos casos, sin embargo, no se trata tanto de una expresión de goce estético como de algo parecido a los gruñidos de satisfacción o incluso a los eructos que se emiten en algunas civilizaciones para expresar el agrado de un alimento (aunque en esas ocasiones se trata de una forma de etiqueta). En general, parece que la experiencia de lo bello provoca lo que Kant ( Crítica del juicio ) definía como "placer sin interés": si bien nosotros quisiéramos poseer todo aquello que nos parece agradable o participar en todo lo que nos parece bueno, la expresión de agrado ante la visión de una flor proporciona un placer del que está excluido cualquier tipo de deseo de posesión o de consumo.
En este sentido, algunos filósofos se han preguntado si se puede pronunciar un juicio estético de fealdad, puesto que la fealdad provoca reacciones pasionales como el disgusto descrito por Darwin.
A lo largo de nuestra historia deberemos distinguir realmente entre la fealdad en sí misma (un excremento, una carroña en descomposición, un ser cubierto de llagas que despide un olor nauseabundo) y la fealdad formal, como desequilibrio en la relación orgánica entre las partes de un todo. Imaginemos que vemos por la calle a una persona con la boca desdentada: lo que nos molesta no es la forma de los labios o de los pocos dientes que quedan, sino el hecho de que los dientes supervivientes no estén acompañados de los otros que deberían estar allí, en aquella boca. No conocemos a esa persona, esa fealdad no nos implica pasionalmente y sin embargo -ante la incoherencia o la no completud de aquel conjunto- nos sentimos autorizados a manifestar desapasionadamente que aquel rostro es feo.
Por esto, una cosa es reaccionar pasionalmente al disgusto que nos provoca un insecto viscoso o un fruto podrido y otra es decir que una persona es desproporcionada o que un retrato es feo en el sentido de que está mal hecho (la fealdad artística es una fealdad formal). Y respecto a la fealdad artística, recordemos que en casi todas las teorías estéticas, al menos desde Grecia hasta nuestros días, se ha reconocido que cualquier forma de fealdad puede ser redimida por una representación artística fiel y eficaz. Aristóteles ( Poética , 1448b) habla de la posibilidad de realizar lo bello imitando con maestría lo que es repelente, y Plutarco ( De audiendis poetis ) nos dice que en la representación artística lo feo imitado sigue siendo feo, pero recibe como una reverberación de belleza procedente de la maestría del artista.
Hemos identificado, pues, tres fenómenos distintos: la fealdad en sí misma , la fealdad formal y la representación artística de ambas . Lo que hay que tener presente es que por lo general solo a partir del tercer tipo de fealdad se podrá inferir lo que eran en una cultura determinada los dos primeros tipos.
Al hacerlo, nos exponemos a muchos equívocos. En la Edad Media, Buenaventura de Bagnoregio nos decía que la imagen del diablo se vuelve bella si representa bien su fealdad; pero ¿realmente era esto lo que pensaban los fieles que contemplaban escenas de inauditos tormentos infernales en los portales o en los frescos de las iglesias? ¿No reaccionaban tal vez con terror y angustia, como si hubiesen visto una fealdad del primer tipo, horripilante y repugnante como sería para nosotros la visión de un reptil que nos amenaza?
Los teóricos muchas veces no tienen en cuenta numerosas variables individuales, idiosincrasias y comportamientos desviados. Si bien es cierto que la experiencia de la belleza implica una contemplación desinteresada, un adolescente alterado puede experimentar una reacción pasional incluso ante la Venus de Milo. Lo mismo cabe decir respecto a lo feo: de noche, un niño puede soñar aterrorizado con la bruja que ha visto en un libro de cuentos, que para otros niños de su edad no sería más que una imagen divertida. Probablemente muchos contemporáneos de Rembrandt, además de apreciar la maestría con que el artista representaba un cadáver diseccionado sobre la mesa de anatomía, podían experimentar reacciones de horror como si el cadáver fuese real, del mismo modo que el que ha padecido un bombardeo tal vez no puede mirar el Guernica de Picasso de una forma estéticamente desinteresada, y revive el terror de su antigua experiencia.

De ahí la prudencia con que debemos disponernos a seguir esta historia de la fealdad, en sus variedades, en sus múltiples articulaciones, en la diversidad de reacciones que sus distintas formas suscitan, en los matices conductuales con que se reacciona. Considerando en cada ocasión si, y hasta qué punto, tenían razón las brujas que en el primer acto de Macbeth gritan: "Lo bello es feo y lo feo es bello ".

Traducción: María Pons Irazazábal

*Fuente: http://adncultura.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=990989&origen=relacionadas

Lo feo hoy*

*Por Umberto Eco

El oído de los antiguos percibía que ciertos intervalos musicales eran disonantes y los consideraba desagradables, y el ejemplo clásico de fealdad musical ha sido durante siglos el intervalo de cuarta aumentada , o excedente, como por ejemplo do-fa diesis. En la Edad Media esta disonancia resultaba tan perturbadora que recibía el nombre de diabolus in musica . Sin embargo, los psicólogos han explicado que las disonancias tienen un poder excitante, y muchos músicos, a partir del siglo XIII, las han utilizado para producir determinados efectos en un contexto apropiado. De modo que el diabolus ha servido a menudo para obtener efectos de tensión o de inestabilidad que esperan una resolución, y ha sido utilizada por Bach, por Mozart en el Don Juan , por Liszt, Musorgski, Sibelius, Puccini (en Tosca ), hasta el West Side Story de Bernstein, o para sugerir apariciones infernales, como sucede en la Condenación de Fausto de Berlioz.
El caso del diabolus in musica podría ser un excelente ejemplo final para esta historia de la fealdad, porque nos sugiere algunas reflexiones. Tres de ellas deberían desprenderse de forma evidente de los capítulos anteriores: la fealdad depende de las épocas y de las culturas, lo que era inaceptable ayer puede convertirse en lo aceptado de mañana, y lo que se considera feo puede contribuir, en un contexto adecuado, a la belleza del conjunto. La cuarta observación nos lleva a corregir la perspectiva relativista: si el diabolus se ha utilizado siempre para crear tensión quiere decir que hay reacciones basadas en nuestra fisiología que se mantienen más o menos inalteradas a través de los tiempos y de las culturas. El diabolus se ha ido aceptando no porque se hubiera vuelto agradable, sino justamente por ese olor a azufre que nunca ha perdido.
Por esta razón el diabolus aparece hoy en gran parte de la música heavy metal (por ejemplo en Purple Haze de Jimi Hendrix), y a veces como provocación "satánica" explícita (véase Diabolus in musica de los Slayer). George Romero, el director de La noche de los muertos vivientes y de otras películas de terror, en unas declaraciones sobre su poética, al hablar de la conmovedora ternura del monstruo de Frankenstein, King Kong o Godzilla, recuerda que sus zombis tienen la piel arrugada y putrescente, los dientes y uñas negros, pero son individuos con las mismas pasiones y exigencias que nosotros. Y añade: "En mis películas sobre los zombis, los muertos devueltos a la vida representan una especie de revolución, un giro radical en el mundo que muchos de mis personajes humanos no logran comprender y prefieren considerar a los muertos vivientes como el Enemigo cuando, en realidad, ellos son nosotros. Yo utilizo la sangre con toda su horrenda magnificencia para que el público entienda que mis películas son más una crónica sociopolítica de la época que estúpidas aventuras con salsa horror". ¿El recurso a lo feo es, por tanto, un medio para denunciar la presencia del Mal? El propio Romero admite que el terror "dispara las ventas" y admite que el terror es apreciado por ser interesante y excitante. Por no hablar de cuando se convierte en celebración del Mal, aunque sea en casos marginales como el satanismo de los psicópatas.
Nos encontramos ante un mar de contradicciones. Monstruos tal vez feos pero extraordinariamente encantadores como E. T. o los extraterrestres de La guerra de las galaxias no seducen solo a los niños (conquistados además por dinosaurios, pokemons y otras criaturas deformes) sino también a los adultos, que se relajan viendo películas splatter en las que se machacan los sesos y la sangre salpica las paredes, mientras la literatura los entretiene con historias de terror. No se puede hablar solamente de "degeneración" de los medios de comunicación de masa, porque también el arte contemporáneo practica la fealdad y la celebra, aunque ya no en el sentido provocador de las vanguardias de comienzos del siglo XX. En algunos happenings no solo se exhiben mutilaciones o deficiencias repulsivas, sino que es el propio artista el que se somete a una violación cruenta de su cuerpo. También en estos casos los artistas declaran que pretenden denunciar muchas atrocidades de nuestro tiempo, pero los apasionados del arte acuden a la galería a admirar estas obras y estas performances con espíritu lúdico y sereno. Y son los mismos individuos que no han perdido el sentido tradicional de lo bello, y experimentan emociones estéticas frente a un hermoso paisaje, un precioso niño o una pantalla plana que nos propone de nuevo los cánones de la Divina Proporción. El mismo individuo acepta hoy las propuestas de la decoración de diseño, de la arquitectura hotelera y de toda la industria del turismo que vende formas clásicamente agradables (véase la nueva propuesta que hace Las Vegas de los palacios venecianos, de los triciclos de los césares o de la arquitectura morisca), y al mismo tiempo elige restaurantes u hoteles ennoblecidos con cuadros de la vanguardia del siglo XX (auténticos o reproducciones) que a sus abuelos les parecían la negación de cualquier ideal de la Antigüedad clásica. Se nos repite por doquier que hoy se convive con modelos opuestos porque la oposición feo/bello ya no tiene valor estético : feo y bello serían dos opciones posibles que hay que vivir de forma neutra. Así parecen confirmarlo muchos comportamientos juveniles. El cine, la televisión y las revistas, la publicidad y la moda proponen modelos de belleza que no son tan diferentes de los antiguos, de modo que podríamos imaginar los rostros de Brad Pitt o de Sharon Stone, de George Clooney o de Nicole Kidman retratados por un pintor renacentista. Pero los mismos jóvenes que se identifican con estos ideales (estéticos o sexuales) se quedan luego extasiados ante cantantes de rock cuyos rasgos un hombre del Renacimiento consideraría repelentes. Y esos mismos jóvenes a menudo se maquillan, se tatúan, se perforan las carnes con agujas con el objetivo de parecerse más a Marilyn Manson que a Marilyn Monroe.
En las páginas anteriores se han comparado un ejemplo actual de piercing y dos rostros de El Bosco, perforados también por anillos de varios tipos. Pero con estas figuras El Bosco quería representar a los perseguidores de Jesús, y los representaba tal como se concebía entonces a los bárbaros y a los piratas (recuérdese que todavía en el siglo XIX los psiquiatras consideraban el tatuaje un signo de degeneración). Hoy en día, piercings y tatuajes pueden interpretarse a lo sumo como un desafío generacional, pero desde luego no se interpretan (por parte de la mayoría) como una opción a la delincuencia, y una muchacha con un piercing en la lengua o un dragón tatuado en el vientre desnudo puede participar de una manifestación a favor de la paz o de los niños africanos desnutridos. Ni los jóvenes ni los ancianos parecen vivir estas contradicciones de forma dramática. El esteta de finales del siglo XIX, que privilegiaba la belleza cadavérica como gesto de desafío y de rechazo del gusto de la mayoría, sabía que estaba cultivando las que Baudelaire había llamado "flores del mal". Elegía lo horrendo precisamente porque había decidido elegir una opción que lo situara por encima de la masa de los bienpensantes. En cambio, los jóvenes que exhiben una piel ilustrada o el cabello azul tieso lo hacen para sentirse parecidos a los otros, y sus padres, que van al cine a ver escenas que tiempo atrás solo se podían ver en los anfiteatros anatómicos, actúan así porque così fan tutti . Tampoco difiere mucho la manera como nos complacemos (o nos conformamos) con la llamada "basura" televisiva. No por una actitud esnob, como hacía y sigue haciendo aún el que cultiva lo camp (dispuesto siempre a reconsiderar con espíritu de coleccionista las películas de Ed Wood, considerando el peor director de toda la historia de Hollywood), sino por espíritu gregario.
Otro caso en el que se produce la disolución de la oposición feo/bello es el de la filosofía cyborg . Si al principio la imagen de un ser humano al que le hubiesen sustituido varios órganos por aparatos mecánicos o electrónicos, resultado de una simbiosis entre hombre y máquina, podía representar aún una pesadilla de la ciencia ficción, con la estética cyberpunk la profecía se ha cumplido. No solo eso, sino que feministas radicales como Donna Haraway proponen superar las diferencias de género mediante la fabricación de cuerpos neutros, posorgánicos o "transhumanos". Ahora bien, ¿realmente ha desaparecido la distinción clara entre feo y bello? ¿Y si ciertos comportamientos de los jóvenes y de los artistas (a pesar de dar lugar a tantas discusiones filosóficas) fuesen tan solo fenómenos marginales practicados por una minoría (respecto a la población del planeta)?

¿Y si cyborg , splatter y muertos vivientes fueran simples manifestaciones superficiales, enfatizadas por los medios de comunicación, mediante las que exorcizamos una fealdad mucho más profunda que nos asedia, nos aterroriza y quisiéramos ignorar? En la vida diaria estamos rodeados por espectáculos horribles. Vemos imágenes de poblaciones donde los niños mueren de hambre reducidos a esqueletos con la barriga hinchada, de países donde las mujeres son violadas por los invasores, de otros donde se tortura a los seres humanos, y vuelven continuamente a la memoria las imágenes no muy remotas de otros esqueletos vivos entrando en una cámara de gas. Vemos miembros destrozados por la explosión de un rascacielos o de un avión en vuelo, y vivimos con el terror de que pueda ocurrirnos lo mismo a nosotros. Todo el mundo sabe que estas cosas son feas , no solo en sentido moral sino también en sentido físico, y lo sabe porque le provocan desagrado, miedo, repulsa, independientemente de que puedan inspirar piedad, desprecio, instinto de rebelión, solidaridad, incluso si se aceptan con el fatalismo de quien cree que la vida no es más que el relato de un idiota, lleno de gritos y furor. Ninguna conciencia de la relatividad de los valores estéticos elimina el hecho de que en estos casos reconocemos sin ninguna duda lo feo y no logramos transformarlo en objeto de placer. Comprendemos entonces por qué el arte de distintos siglos ha vuelto a representarnos lo feo con tanta insistencia. Por marginal que fuese su voz, ha querido recordarnos que, pese al optimismo de algunos metafísicos, en este mundo hay algo irreductible y tristemente maligno. Por esto muchas voces e imágenes de este libro nos han invitado a comprender la deformidad como drama humano.

El texto final de Italo Calvino está sacado de un relato, pero nace de una experiencia real. El Cottolengo de Turín es el asilo donde se acoge a enfermos incurables, a seres a menudo incapaces de alimentarse por sí mismos, muchos de ellos nacidos monstruos , como tantos seres de los que hemos hablado hasta ahora, pero no monstruos legendarios, sino monstruos que viven ignorados a nuestro alrededor. El protagonista de la historia acude a este centro como escrutador en la mesa electoral constituida en aquel hospital, porque aquellos monstruos también son ciudadanos y, según la ley, tienen derecho a votar. Trastornado por el espectáculo de aquella subhumanidad, el escrutador se da cuenta de que muchos de los internos no saben lo que tienen que hacer, y votarán lo que les indique la persona que los asiste. Al principio tiene intención de oponerse a lo que a su entender es un fraude, pero finalmente (y en contra de sus convicciones civiles y políticas) concluye que quien tiene el valor de dedicar su vida al cuidado de aquellos desgraciados también ha adquirido el derecho a hablar por ellos. Al final de este libro, después de tantas complacencias en las distintas encarnaciones de la fealdad, quisiéramos concluir con esta llamada a la piedad.

Traducción: María Pons Irazazábal

*Fuente: http://adncultura.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=990991

Lo acepto: supongamos*

Lo acepto: supongamos

que yo soy mortal

y que moriría, por lo tanto

mi belleza

¿Y entonces?

¿Cómo articularle

algún remoto sentido

a esta inconcebible

atrocidad?

Si usted aquí*

Si aquí

sin usted

yo estaría

perdida

(guárdese su sonrisa)

usted aquí

sin mí

no estaría

encontrado.

Yo no estaba cuando fui*

No me quedé conmigo

al irme con él

Yo no estaba como

para irme con él

No me quedé conmigo

para irme con él

No me llevé con él

al irme con él

No estuve conmigo

cuando estuve con él

Ni estuve con él

cuando estuve con él

para no quedarme

acaso

demasiado conmigo.

*Poemas de Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar

Domingo, 02 de Marzo de 2008
La rompiente*

*Por José Pablo Feinmann

Siempre que llegábamos a la playa mirábamos el mástil y, en lo alto, la bandera. No era el mástil de la escuela. Ni la bandera de la escuela, que era la de la patria. No, esto era distinto. No había que cantar Aurora ni aquí está la bandera idolatrada. Eso me llenaba de felicidad. Porque no tener que cantar Aurora ni la otra -la de "la enseña que Belgrano nos legó"- era que no estaba en el colegio, que estaba de vacaciones. Que estaba en San Clemente del Tuyú, el nombre que tuvo para mí el Paraíso durante los años de la infancia. Sin embargo, pese a no tener que cantar Aurora, había un mástil. Y también una bandera. ¿Quién la ponía ahí con tanta eficacia, con tanta regularidad? ¿Por qué confiábamos tanto en lo que esa bandera decía?
La bandera hablaba. Si no, ¿por qué lo primero que decía mamá en tanto nosotros clavábamos las sombrillas era: "¿cómo está hoy el mar?" Y todos mirábamos hacia el mástil y su bandera y le respondíamos. La bandera te decía cómo andaba de humor el mar. De buen humor. De mal humor. O ni una
cosa ni la otra. Que es la duda, ¿no? Esa duda se llamaba: mar dudoso. La bandera te informaba. Pero, insisto, ¿quién la ponía ahí? ¿Por qué siempre estaba ahí antes de que llegáramos a la playa? La ponía el bañero. Nunca lo habíamos visto. No teníamos el honor de conocer a ese personaje misterioso, fuerte. Que hasta podía ser heroico si alguna situación se lo reclamaba. No había aparecido cuando Rosario casi se ahoga. Aparecieron dos tipos musculosos que lo ayudaban. Pero él, no. Tuvo que venir ese ser del espacio exterior para que Rosario no se muriera. A caballo por la costa. Milagroso.
Había una propaganda de Cinzano así. Un jinete extravagante cabalgando junto al mar. Pero el bañero, aunque no hubiese salvado a Rosario, existía. Y la muestra de su existencia era la bandera. El mástil no. El mástil estaba ahí y era siempre el mismo, nunca cambiaba. La bandera, sí. Casi todos los días era distinta. Si era celeste, te decía: mar bueno. Te podías bañar tranquilo. Meterte "en lo hondo". Si sabías nadar, hasta donde ya "no hacías pie". Que era, si lo pienso mejor, lo mismo que "en lo hondo". Si era negra, amarilla y negra: mar dudoso. Guarda, precaución. "Con cuidado, chicos", decía la vieja. Uno lo pensaba dos veces antes de meterse "en lo hondo".
Bongo igual iba y se metía como si nada. Pero para Bongo no había bandera.
Para él "lo hondo" estaba ahí nomás. Dejaba de "hacer pie" apenas entraba al agua. No se iba lejos. Movía rápido las patitas delanteras y nadaba feliz de la vida. Para Bongo, la orilla era como si fuera todo el océano Atlántico.
El no lo sabía y creo que no le hubiera importado. El océano Atlántico estaba de más, sobraba. Para nosotros, no. Mar dudoso, cautela. Con todo, si el mar estaba dudoso uno podía meterse y hacer un montón de cosas. Voy a olvidarme del bañero y contar lo que uno hacía con el mar dudoso. Había unas
olas fantásticas. Cuando el mar estaba bueno era un asco. "Una sopa", decíamos. "Una pileta", decíamos. "Apenas si está para hacer la plancha", decíamos. Pero dudoso, mar dudoso era otro mundo, otra vida. Era el riesgo.
Era la pelea con el oleaje. Las olas llegaban embravecidas, guapeando, con ganas de meter miedo. Había dos clases de bañistas. Los valientes y los cobardes. Los diferenciaba su actitud ante la "rompiente". Todos saben qué es la rompiente: el lugar en que las olas se doblan sobre sí mismas y se rompen en el mar. Los cobardes, nada que ver con la rompiente. Se bañaban lejos de ella. Ahí nomás, por la orillita. Incluso había algunos viejos boludos y algunos pibes ruidosos que se sentaban en la orilla y esperaban
unas olitas mariconas que ya venían derrotadas, venían para la caricia, para la alegría de los viejos chotos. Eso era "bañarse en la orillita". Una idiotez, una cobardía, cosa de mujeres o de viejos o de niñitos que hacían pocitos con la palita. Venía un cachito de ola, les llenaba el pocito y vuelta a empezar. En fin, eran niñitos. Yo, en cambio, tenía nueve años. Y tenía un hermano que, en diciembre, había cumplido diecinueve. Y mi hermano tenía unos amigos también grandotes, de diecisiete o dieciocho y hasta había uno ¡que ya tenía veinte años! Nosotros éramos puro coraje. Nos íbamos a enfrentar "la rompiente". Yo me sentía el más valiente de todos, porque era el más chiquito, era un pibe, ellos me decían "Josecito" y yo no podía pararles el carro y decirles: "Atenti, a mí me llaman José, ¿estamos?"
Porque habrían reventado de la risa. Y yo antes que ellos. De modo que lo aceptaba: Josecito, de acuerdo. Pero esto se les volvía en contra. Como cuando andábamos a caballo: "Josecito, empezá a galopar así nosotros te seguimos". Claro: yo galopaba y los matungos de ellos (que elegían matungos
por el cagazo que les tenían a los caballos de verdad) seguían al mío hasta que empezaban a galopar. Con la rompiente lo mismo. Tengo, aquí, que decir algo que apenas insinué antes pero que nunca dije claramente: no mi hermano, pero sus amigos eran unos increíbles pelotudos. Uno era gordo. Tenía más
tetas que Jayne Mansfield. Se llamaba Gustavo. Otro era alto y muy flaco y era además pelirrojo y todo lleno de pecas. Para peor, usaba anteojos. No podés ir a la rompiente con anteojos. O la rompiente o los anteojos. Si sos ciego quedate en la sombrilla con la vieja hablando de lo que extraña las
canastas que hace en Buenos Aires. Pero si te decidís a enfrentar la rompiente, sacate los anteojos, Bubby. Porque sí, en serio: le decían Bubby.
Después hubo un músico de jazz famoso que se llamó así: Bubby Lavechia, por ahí se acuerdan de él. Si no, no importa. Pero este Bubby, el nuestro, no era Bubby Lavechia. No recuerdo su apellido. Era "el" Bubby. Y "el" Bubby era el más pelotudo de los amigos de mi hermano. Que es una desmedida
exageración, no sé si me explico. Era el pelotudo de los pelotudos. Había, todavía, otro. Se llamaba Francisco. No tan pelotudo como Bubby, pero por ahí. Francisco era cadete del Colegio Militar de la Nación. Qué tal, vean la gente que conocí de pibe, antes de ser un subversivo. Cierta vez, fuimos con
la madre de Francisco, mi papá, mi mamá y mi hermano a verlo a Francisco saltar vallas con su caballo, ahí, en el Colegio Militar. Pasó lo que tenía que pasar: el tarado no saltó la valla, el caballo casi se quiebra y él se fue a la mismísima mierda. La madre se puso a llorar y mi vieja la consolaba. Ma sí, reventá: ¿quién te manda a ponerlo al idiota éste de milico y a saltar vallas si ya de pendejo no podía galopar si no me seguía a mí, un civil cualquiera? Con la rompiente, lo mismo. Mi hermano saltaba las
olas por encima. Era ágil, muy flaco ("el flaco", le decíamos; pobrecito: se murió muy joven) y era valiente. Bubby y Francisco permanecían paralizados.
Mi hermano ya se iba nadando hacia "lo más hondo" o se le daba por hacer la plancha. Porque una vez que pasás la rompiente se acabó el problema. El mar está tranquilito. Las olas todavía no rompieron. Se dirigen hacia la rompiente. Pero ahí, donde ahora estaba mi hermano, no molestan. Los dos tarados me miraban sin animarse a pedirme algo similar a lo que me pedían con los caballos. Hasta que lo decían: "Josecito, vos tirate que nosotros te seguimos". Ahora seré un sedentario irredento, un flaco engordado, lo que quieran, pero a los nueve años yo era un pibe que había ido a la playa desde el día en que nació. La rompiente era un juego para mí. Me la tenía tarreada. Hay tres posibilidades con la rompiente, por dura y fiera que venga. Primero) Uno puede hacer lo que hizo mi hermano. Saltar por encima de la ola. Pero hay que ser muy ágil. Flaco, nervudo, decidido, todo eso.
Segundo) Esperar la ola. Mirarla serenamente. "Aquí estoy. Te espero. No te temo." Cuando se dobla sobre sí para romper uno se tira, con los brazos extendidos como un arpón, hacia adelante y la atraviesa por debajo. Sale del otro lado feliz, triunfador. Tercero) Dejar que la ola rompa pero uno se le
adelanta dando grandes brazadas y llega con ella hasta cerca de la orilla.
Algunos no dan brazadas. Se dejan llevar por la ola. Estiran los brazos y es como si fueran parte de ella. De toda esa espuma. Porque hay pocas cosas más lindas que la espuma de una ola con todo el sol sobre ella, sacándole brillos, miles de gotas saltarinas, juguetonas. Pero hay otra posibilidad con la rompiente. Es la peor. La de la humillación. La que les pasaba a Bubby y a Gustavo. "Tirate, Josecito, nosotros te seguimos." Minga. Era lógico lo que pasaba. Los boludos me seguían. Esto no era como con los caballos. "Galopá, Josecito, así galopan los nuestros." No podían seguirme con la rompiente. Porque seguirme era llegar tarde. Y si con la rompiente llegás tarde la rompiente se te rompe encima. A todos nos ha pasado. Y te hunde y tragás agua salada y abrís los ojos y sólo ves burbujas, espuma, y hasta puede darte vuelta, hacerte girar bajo el agua como un trompo, que es feo, bien feo. Y después salís hecho una lástima. Tosiendo, los ojos colorados, tambaleándote. Y si fuera un dibujo animado escupirías pescaditos de todos colores. Lo que me daba bronca era que a Gustavo y a Bubby los dejaban entrar en la boite Le Pirate y a mí no. Y los boludos volvían y contaban un montón de cosas, de minas que se habían levantado, que les habían dado el teléfono o que las habían sacado a bailar suelto o que habían chapado con algo de Pat Boone o de Bobby Darín, que estaba de novio con Sandra Dee, que era una tarada completa al lado del minón que era Jayne Mansfield y ni hablemos de Mamie Van Doren. Yo me moría por ir a Le Pirate.
Pero con nueve años, complicado.
Había días en que llegábamos a la playa y la bandera era la peor: era colorada. Esa bandera decía algo terrible: mar peligroso. Había unas olas terribles. Mamá decía: "Hoy no se baña nadie, eh". Yo me quedaba en la orilla y miraba el mar. Y siempre me hacía una pregunta: "¿Por qué el mar está a veces bueno, a veces dudoso y a veces peligroso? ¿Tiene que ser así?"
Y después pensaba: "¿Por qué algo es peligroso? ¿Qué es el peligro? ¿Qué te puede pasar si te pasa algo peligroso?" No tenía respuestas, todavía.

*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-100010-2008-03-02.html

Réquiem*

Réquiem

Amanecer

Réquiem

Sonidos sucesivos gritan vidas

Réquiem

Llanto de cuerdas no encuentra su final

Réquiem

Mirar a los ojos

Réquiem

Cruzar los dedos al temer

Réquiem

Reir

Réquiem

Escuchar esa respiración

Réquiem

Ver la pasión reflejada en otra piel

Réquiem

Aplaudir el final de la historia

Réquiem

Despertar

Réquiem

El sonido del mar

Réquiem

Despedirse

Réquiem

La última página de un libro

Réquiem

Las flores de colores

Réquiem

Amar

Réquiem

La lluvia en el sol

Réquiem

El fracaso

Réquiem

Desear algo

Réquiem

Historias nunca escuchadas

Réquiem

Vivir

Réquiem

Nunca jamás

Réquiem

Quedarse dormida

Réquiem

Las agujas del reloj

Réquiem

La canción que no suena

Réquiem

Nacer

Réquiem

Anochecer

Réquiem

*de Silvana Gangi. chibi_chivi@hotmail.com

*

Queridas amigas, apreciados amigos:

El domingo 2 de marzo del 2008 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor argentino Ezequiel Viñao. Las poesías que leeremos pertenecen a Raúl Tápanes López (Cuba) y la música de fondo será de Machu Picchu (Andes). ¡Les
deseamos una feliz audición!

ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!

REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com

Schießstattstr. 44 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067

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01/03/2008 GMT 1

PARECE DISOLVERSE EL SOL CON LA REALIDAD...

urbanopowell @ 13:41

*

Traje un cielo armado de nube y azul
por tanto pájaro,
una voz
de tu voz en el maíz de mis oídos
y sentí lo que de humano y terrenal
aman las venas
y me dije;
no sé si te quiero tanto
o mucho,
tampoco si me escucho
o no
porque cuando te llamo amor
la tarde viste pájaros.

*de ricardo d. mastrizzo.

PARECE DISOLVERSE EL SOL CON LA REALIDAD

“CASA FORESTAL”

*de Peter REUTTERER
Tomado del libro „Casa Forestal“(1)

Los vientres blancos de los pescados. Escamas amarillas y grises. Los pescados intentan atrapar el aire. Durante un corto tiempo se agitan en la cuba. El padre los mata con el bastón de madera. Tan pronto como los pescados crepitan en la sartén. Olvidamos. Sal sobre la piel bien tostada de las carpas y las tencas. La buena comida salva el día. Los niños están juiciosos. Sólo los peces están muertos. No saltan más en el estanque trasero de la casa. Sus espaldas no brillan más. Cuando voy al prado que está más arriba de la casa forestal. Mis hermanos están acuclillados en el cuarto de los niños castigados. En otoño se vacía de peces el estanque del pueblo. Los peces se agitan en el lodo. Colgados en las redes. Apretados en las cubas. Matados rápidamente. Puestos en hielo. Despachados. El otoño se silencia para dar paso al invierno. Mientras las botas hasta la cintura hacen su trabajo. Pronto está sellado el invierno en el Waldviertel. Y la helada y el sueño.

El perro coloca su orina en la arena del patio. El excremento en las piernas del niño es difícil de limpiar. Si no es dicho de inmediato. La madre lava pañales. El padre lava pañales. Después de un año y medio él tiene ya suficiente de esa cochinada. Estampado sobre la vacinilla. Permanece sentado, cierra el pico. Hay un método infalible. Recibir cachorros educados. El padre refriega el hocico del perro indicado en el charco de orines en la escalera de la casa. El perro se echa a llorar. Mi nariz arde. No te metas, dice el padre a la madre. La cara agotada de ella se dirige a otra parte. Con un año y medio los niños son limpios. Finalmente los campesinos le han dado el foxterrier al guardabosques. No amaestrable. Pero suficientemente mordedor para las andanzas de zorro. El terrier ha mordido de muerte todas las gallinas. Él las ha sacado del gallinero y las ha puesto en el patio. En el cobertizo se trabaja al intransigente con azote, correas y vergajo. Se debería haberlo enseñado a ser obediente desde pequeño, dice el padre. A la manera escocesa. El terrier ha desaparecido. Envenenado por campesinos, cuenta el padre. El maldito yace bajo tierra.

En el dormitorio urge un rápido adecentamiento. El hermano en el suelo del cuarto de los niños. Yo estoy sobre el hermano. Solamente los primeros días fue él más grande que yo. En la pared están pintadas historias. Mujeres de piel blanca. Que traen la muerte. Moho en la cubierta del techo. Helada de invierno. Que viste el mundo en silencio. Todo muy lejos antes de quedarse dormido, dice el hermano. La madre se convierte en la reina. Cuando ella va con el padre al baile de los cazadores. Ella se viste en azul oscuro resplandeciente y se pinta los labios de rojo. La madre crepita. Afuera el automóvil se enciende. Por un momento el cono de luz del faro llena el cuadrado de la ventana con luz. La noche se dilata en el baile. En el cuarto de los niños danzan el blanquillo de nieve y el rosado. Los zapatos negros de los padres en la pista de baile. He perdido el hermano de mi vista. Grita. Todo muy lejos. El padre está contento el domingo en la mañana. La mujer del guardabosque ha sido danzada. Y todas las damas de salón. No me atrevo. A tocar el brillo azul oscuro en el armario.

Hostería y acordeón. Vahos de cerveza, calor de salchicha. Sudor y perfume. He dejado a mis padres en la mesa de los abuelos. Afuera se estiran los campos tapizados de espigas, afuera las calles tiran líneas oscilantes de un borde del mundo hacia otro. Y la esfera de cristal en el techo empuja puntos de luz en círculo sobre las paredes. He olvidado. Que el padre quiere pedirle dinero al suegro. Las muchachas huelen bien. Sus blusas crepitan. Y sus ojos. Al abuelo se le entrecierran los ojos. Como si quisiera entrechocarlos. Antes habría violado a su hija. A darle dinero a su yerno. Por qué se casó ella con uno así. Que quiere darse importancia. En el pueblo idiotizado por el vino, a los pies de la iglesia de los peregrinos, se encontrarían suficientes yernos. Gente correcta, que hace. Lo que el viejo maestro le dijo. Una muchacha se deja buscar por mí para bailar. Porque soy un chico querido. Los mayores ríen alegres sobre ello. La tierra gira en medio de los puntos de luz. Gira en un tejido dulce suspendido en la niebla. Todavía durante el viaje a casa el padre le hace al abuelo la marranada. La madre inclina la cabeza sin palabras. Ella sabe.

Arrancar patatas en la tierra oscura del otoño. Fuego en los arbustos. Corteza de tubérculo negra bien tostada, pulpa de fruta. Corremos sobre el campo. Cortamos asadores en el lindero. Escucho silbar la aridez sobre el fuego en los arbustos. Una salchicha roja barata. Gotea su grasa en el fuego. Los ojos se nos agrandan ante las brasas. Que en la noche todavía arden. Mi madre me toma hacia ella. Mi madre toma el hermano hacia ella. A la distancia el tractor con los sacos de patatas llenos en el remolque. La gente habla bien de mi padre. Que hasta muy tarde de la noche carga y descarga sacos. Por último lleva él la hermana a la casa. Su cuerpo totalmente tranquilo. Solamente sed de jugo de grosellas.

*Peter REUTTERER
Salzburgo
Traducción: Walkala

Peter REUTTERER. Nació el 13.5.1956 en Waidhofen a.d.Thaya, y vivió hasta los 8 años en Waldviertel, luego se trasladó a Salzburgo. Luego de sus estudios secundarios estudió germanística, pedagogía y latín. Es profesor de secundaria desde 1980 y desde 1987 ha publicado sus escritos. Desde 1988 es padre de Dominik (16), y los gemelos Maximilian y Julian (11). Publicaciones: "Forsthaus", prosa corta, Bibliothek der Provinz, 1997; "Lokalaugenschein", prosa corta, Bibliothek der Provinz, 1998; „Movies“, poesía, edition aramo, 2002; “Der Filmgänger”, cuento, Bibliothek der Provinz, 2002, u. a.
E-Mail: peter.reutterer@aon.at

[1] "Forsthaus", Reutterer Peter, prosa corta, Bibliothek der Provinz, 1997.

La tierra incomparable*

(fragmento)

*de Antonio Dal Masetto

TREINTA.

Silvana la llevó a ver uno de los trabajos que estaba rea­lizando, en una casa sobre la costa, a media hora de automóvil. Había una mujer colgando cortinas y un car­pintero lustrando un mueble. Silvana dio indicaciones a ambos, guió a Agata a través de las habitaciones y le expli­có la idea de la decoración. Cuando regresaron a Trani fue­ron a sentarse otra vez bajo la glorieta, en el patio del bar donde habían encontrado a Dino, el hombre del criadero de pollos. Silvana volvió a pedir la jarrita de vino y los biz­cochos dulces. En la entrada frenó un coche y una voz de mujer la llamó. Era la dueña de la panadería. Bajó, cruzó el patio y vino a sentarse con ellas. También el marido se acercó. Permaneció parado detrás de la esposa y le colocó una mano en el hombro.
-Llegó el momento -dijo ella.
-Se terminaron los trámites y llegó el momento -dijo él.
-Nos vamos a México.
-La semana que viene.
-Hay una gran sorpresa.
-No es un chico. Son dos.
-Dos hermanitos. No quieren separados, así que los traeremos a ambos. -Joaquín y Lázaro.
-Cinco y seis años.
-Partiremos dos y regresaremos cuatro.
Hablaban por turno, a borbotones, como si les faltara aire. Hubiese sido difícil decir si estaban excitados o deso­lados. Sobre todo la mujer, que se esforzaba por sonreír y miraba al frente con aspecto de alucinada.
-Desde que me enteré no puedo dormir -dijo- Tomo sedantes.
Tenía un sobre en la mano: -Nos llegaron fotos.
Las mostró.
Agata miró las caras aindiadas de los chicos, las expre­siones graves y los ojos oscuros y vivos, y se los imaginó en el momento en que abandonaran el mundo que conocían y subieran a un avión con dos extraños, para ser trasplanta­dos a otro mundo del que no sabían ni entenderían nada. y otra vez pensó en la gente sin lugar.
-Hicimos un curso rápido para aprender un poco de español -dijo la mujer.
En el sobre tenía también una libreta con algunas frases anotadas, aquellas que habían considerado imprescindi­bles para la primera comunicación con los chicos. Leyó con dificultad.
-¿Pronuncio bien? -le preguntó a Agata.
Esa mañana habían estado con una pareja que vivía cerca de Milán y que también habían adoptado un chico mexicano que se llamaba Agustín. Joaquín y Lázaro esta­ban en el mismo orfanato de donde habían traído a Agus­tín, en ciudad de México. El orfanato tenía capacidad para unos quinientos chicos. Los conservaban hasta que cumplían doce años. A esa edad salían de ahí e iban a la casa de algún pariente. Si nadie quería recibidos o no te­nían parientes, quedaban en la calle. Los panaderos habían ido a visitar ese matrimonio para que les diera consejos, para que les contara. Habían visto a Agustín, lo habían saludado. Era más grande que los suyos, tenía nueve años. Al principio la experiencia de aquella pareja había sido dura. Durante los tres primeros meses el chico no les dirigió la palabra. Lo anotaron en un colegio, era inteligente, apren­dió el idioma rápido, Se llevaba bien con sus compañeros, pero se negaba a hablar con los padres adoptivos. Después siguió una etapa en que se dedicó a maltratarlos. Todo el tiempo eran agresiones.
-Hay que comprenderlos, pobrecitos. Esos chicos pa­saron una niñez terrible, tienen detrás historias familiares que dan escalofríos -dijo el hombre.
-Quiero que vengas a ver el cuarto que les prepara­mos, los muebles que elegimos, los cuadros y los colores de las paredes
-dijo la mujer-. Confío en tu buen gus­to. Siempre pensamos que iba a ser uno. Ahora tuvimos que duplicar todo. Conseguí unas cortinas con motivos americanos.
Silvana prometió que les haría una visita al día si­guiente.
-No tenemos mucho tiempo, volamos el miércoles, pero algunas cosas podemos modificar -siguió la mu­jer.
-Partiremos dos y volveremos cuatro -repitió el hombre.
La pareja se fue y, cuando quedaron solas, Silvana res­piró hondo y dijo:
-Tendré que ir a verlos.
Aparecieron una mujer y un hombre jóvenes, traían mochilas, saludaron y ocuparon una de las mesas. Silvana los observó mientras se acomodaban.
-Alemanes -dijo.
Después sacó del bolsillo varias hojas dobladas, manus­critas. Separó una, le echó una ojeada rápida y la esgrimió. -Yo también tengo novedades -dijo- Noticias de Vito.
-¿Se fue de viaje?
-No. Está en Coseno. Esta mañana recibí un sobre con una carta y un cuento. También me mandó una caja con dos pulóveres.
-¿Un regalo?
-Pulóveres míos, usados. La mitad de mis cosas están allá.
-¿Por qué te los mandó?
-En la carta me dice que pensó que me harían falta.
-¿Cuándo lo viste por última vez?
-Anoche.
-¿Te hacían falta?
-No.
-¿Por qué tanto apuro?
-Vito es así. El paquete pasó por las manos de tres personas antes de llegar a las mías.
-¿Por qué tres personas?
-Porque se lo dio a alguien que no me conoce, para que se lo diera a alguien que me conoce más o menos, para que se lo diera a alguien que me conoce bien y que final­mente me lo entregó. Tres personas. Le gusta complicar las cosas.
-Ya veo.
-En realidad los pulóveres fueron un pretexto para mandarme esta historia.
-¿Qué es?
-Una historia de amor.
-¿Una de las que Vito escribe?
-Sí.
-¿Por qué no te mandó sólo la historia?
-Demasiado sencillo. ¿Quiere que se la lea? Después me dice qué opina. -¿Yo?
-Me gustaría.
-¿Qué podría opinar yo?

*de La tierra incomparable, © Editorial Planeta (1994), © Antonio Dal Masetto.

*

Algo calló las voces de una niñez perdida
Las manos de un niño desaparecen en un amor
Caminando lejos de esas pesadillas de fantasmas
La luna es más pequeña hoy

Dibujos nuevos salen de unos crayones de colores
Bailando quedaron las canciones de ayer
Parece disolverse el sol con la realidad
Esa imagen de fantasías perseguirá la lluvia

Miran hacia atrás aquellos hombres
Ya no reconocen las caras que los observan
Olvidaron los cuentos y sueños
Alguien los obligó a ocultar su magia de creer

El cielo ahora solo es cielo
Ya no ven correr los peces en el aire
Negra parece la noche sin estrellas de colores
No escuchan más la risa de los pájaros

Sin comprenderlo esa cara de niñez les llora desde lejos
Quiere jugar en un mundo de papel
Terror se vislumbra en sus ojos
Continúa sentado en el silencio de un recuerdo,
Viendo como entregó sus juguetes al crecer.

*de Silvana Gangi. chibi_chivi@hotmail.com

Sábado, 01 de Marzo de 2008
La corrupción del modelo*

*Por Osvaldo Bayer
Desde Bonn, Alemania

El oro destruye más que la pólvora. Los alemanes están deprimidos. En el país considerado el más organizado del capitalismo y donde la ética parecía mantener sus principios, han ocurrido sucesivos casos de corrupción increíbles. El “caso Zumwinkel” dejó a todo el sistema en su absoluta desnudez. El director de Correos en Alemania, una especie de ministro de Comunicaciones, demostró que para él el dinero era su máxima vocación. Hizo negocios por millones de euros y los depositó en Liechtenstein, el pequeño Estado europeo que juega el mismo papel en Europa que las islas Caimán en América. Lo que se gana en negro y en blanco se deposita allí y no hay que dar ninguna explicación y no pagar ningún impuesto.
Claro, los ávidos de dinero se creen todopoderosos. Pero siempre hay alguien de sus filas que los traiciona o que denuncia, por dinero, claro.
Es lo que pasó en el caso Zumwinkel. Un empleado de uno de los bancos de Liechtenstein, o mismo algún integrante del directorio, pasó al servicio de investigaciones alemán un CD con los nombres de los anónimos depositantes millonarios. Pero para entregar ese disco exigió más de cuatro millones de euros y, además, que jamás se diera a conocer su nombre. Luego de muchas discusiones entre los responsables, se accedió a pagar ese dinero. Y la olla podrida estalló ensuciando a todo el sistema. Actualmente, la fiscalía general alemana ha comenzado la investigación de setecientos acaudalados empresarios. Más de 3400 millones de euros se habrían depositado en Liechtenstein ignorando el deber impositivo.
La reacción de la sociedad fue estupor y vergüenza. Se ha llegado al límite. El sistema comenzó a temblar. Y surgió la pregunta: ¿Es imposible frenar la sed de riqueza de los ricos? Riqueza significa, por cierto, más poder. Y más poder para una minoría significa menos democracia para todos.
Después del delito del altísimo funcionario Zumwinkel que fue precedido por una serie de sorprendentes casos de corrupción en grandes empresas como Siemens y Volkswagen, la nunca enmudecida del todo trompeta de la ética sonó alto. Así no se puede seguir. Lo dice muy claramente el economista Heribert Prantl en la editorial del diario Süddeutsche Zeitung, enumerando la inmoralidad reinante en los últimos tiempos. Señala: “Todo se ha ido sucediendo como un rosario del desastre: ahí están los managers con sus frívolos sueldos, los consejos de supervisión que no supervisan nada, los bancos estatales que no se preocupan más en nada sobre el bien de la comunidad, los directores a los cuales les importan mucho más sus propias acciones que los problemas de sus dependientes. En vista de la conjunción de todos esos síndromes olvida la opinión pública las diferencias éticas. Ya no distingue más entre los astutos, los ávidos y peligrosos, los especuladores y los infieles; los que no pagan impuestos y los que estafan con los impuestos, los sólo exagerados, los obsesionados de trabajo, los inmorales y los realmente criminales. La imagen que se saca en conclusión de los Schrepps, los Zumwinkel y los Hartz (tres altos empresarios protagonistas de los últimos negociados delictuosos) forman en conjunto para formar la imagen de la desvergüenza”.
Y más adelante advierte: “El caso Zumwinkel tal como se muestra hasta ahora es un ejemplo de la erosión de la conciencia normativa que debe regir en la economía. Este caso es tan ejemplar como cuando se produjo el escándalo por las donaciones a los partidos políticos”. Y después se critica con toda razón las amnistías que el Estado otorga de tanto en tanto a los que envían su dinero al exterior para no pagar impuestos, con tal de que lo traigan nuevamente al país. Con esto se castiga a los que cumplen con la ley y que pagan religiosamente año tras año lo ganado honestamente. Vale el principio: peca, total después te arrepientes y serás perdonado y entraremos todos juntos al paraíso.
Es triste eso de ver cómo el Estado les hace la corte a los pecadores para que vuelvan al redil.
Y sigue diciendo el diario de más tiraje de Alemania, estas sorprendentes frases de pura honesta indignación: “Se está escribiendo mucho sobre la división de la sociedad: la brecha entre pobres y ricos está cada vez más abierta. Pero lo que no se dice es que también esa distancia es cada vez más grande entre ricos y ricos. Ambas brechas, ambas diferencias ponen en peligro la paz interna”.
Y termina con estas palabras que lo dicen todo: “Detrás de toda la indignación, entre la crítica justa y la injusta a políticos y ejecutivos empresarios, se esconde ante todo un anhelo: el sueño de modelos arquetípicos y valores, de poder sostenerse en algo ético. El caso Zumwinkel es un insulto contra ese anhelo. La seguridad interior no se guarda solamente con parágrafos de leyes, con más policía y castigos penales. La justicia interior es el resultado de una confianza básica en las personas que conducen un país. Esa confianza básica es destruida por todos los que se comportan como el poderoso Zumwinkel”.
Lo transcribimos porque está muy claro. Y es de un diario “burgués” y no el discurso de algún revolucionario. Es que se han dado cuenta de que así no puede seguir, el capitalismo se desata cada vez más, y para mantener la calma en la sociedad hay que, por lo menos, intentar portarse bien y cumplir con las leyes ya de por sí muy generosas para los que aspiran a tener más y no compartir.
Es que al mismo tiempo que se descubren estas puñaladas por la espalda a quienes trabajan y que a ellos sí se les descuentan los impuestos automáticamente y no van a pasar sus vacaciones pagas a Liechtenstein, el paraíso del fraude legal, han ocurrido en estos días noticias que dejan en claro la crueldad de este sistema de la llamada “economía de mercado” o capitalismo social. En esta semana la fábrica de automóviles de lujo BMW dio a conocer la resolución que va a dejar cesantes a 8100 obreros y empleados. A pesar de haber obtenido una ganancia anual durante los últimos años de 3700 millones de euros, según datos oficiales. La gran empresa de productos de consumo Henkel anunció que en los próximos tres años va a dejar cesantes a 3000 empleados y obreros, a pesar de una ganancia declarada de 921 millones en el 2007. La medida se toma para “abaratar” la producción. Por su parte, Siemens el martes pasado dio a publicidad la decisión de cesantear a 5000 trabajadores porque ha desistido de seguir en la fabricación de material telefónico debido a errores tecnológicos. Así de simple. Todo se soluciona cortando por lo más delgado. Si hay que ahorrar, se recurre a las cesantías, no a rebajar los altísimos sueldos de sus ejecutivos, o reduciendo las ganancias de sus dueños y sus accionistas. No, se le pega un puntapié al obrero, una patada suave, por supuesto con indemnización, claro. Pero no es el caso que se los tire al tacho de basura. La regulación debe ser el principio humano y no la ganancia. Hemos visto hace poco las lágrimas y la rabia de los trabajadores que quedan cesantes en la fábrica de handys Nokia. Porque no es el caso que se cumpla con “la ley” sino también tener en consideración cada una de esas vidas que otra vez se ven obligadas a ir a golpear puertas y vivir de la limosna del Estado ya en calidad de desocupado.
La otra pregunta es: ¿por qué Europa permite el “oasis” Liechtenstein y otras “islas” similares para depositar capitales y rehuir impuestos y no exige terminar por fin con esos centros del egoísmo y de la traición de las leyes de todo el continente? ¿Por qué Estados Unidos permite las “libertades” similares (sólo para los acaudalados del dinero en negro) en las islas Caimán y otros lugares? ¿No es la libertad para delincuentes? No está eso contra toda norma de legislación internacional? Pero eso sí, bombardea Irak y ocupa Afganistán por razones “políticas”.
Y vamos a finalizar con las palabras de Robert von Heuzinger, en la editorial del Frankfurter Rundschau. Dice claramente: “Ningún guionista de cine podría contar una historia mejor que la realidad alemana. Una democracia admirada por su estabilidad y su bienestar ha sido asolada por el neoliberalismo que amenaza con hacer estallar el consenso social”.
El oro destruye más que la pólvora.

*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-99941-2008-03-01.html

*

Si los políticos vendieran sus palabras
los militares sus insignias
y los sindicalistas sus mafias
las escuelas serían futuro.

*de ricardo d. mastrizzo.

*

Queridas amigas, apreciados amigos:

El domingo 2 de marzo del 2008 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor argentino Ezequiel Viñao. Las poesías que leeremos pertenecen a Raúl Tápanes López (Cuba) y la música de fondo será de Machu Picchu (Andes). ¡Les
deseamos una feliz audición!

ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!

REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com

Schießstattstr. 44 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067

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29/02/2008 GMT 1

SE HABÍAN EXTRAVIADO PARA SIEMPRE...

urbanopowell @ 12:38

Menos que el circo ajado de tus sueños*

*Roberto Juarroz

"Menos que el circo ajado de tus sueños
y que el signo ya roto entre tus manos.
Menos que el lomo absorto de tus libros
y que el libro escondido
de páginas en blanco.
Menos que los amores que tuviste
y que el tizne que alarga los amores.
Menos que el dios que alguna vez fue ausencia
y hoy ni siquiera es ausencia.
Menos que el cielo que no tiene estrellas,
menos que el canto que perdió su música,
menos que el hombre que vendió su hambre,
menos que el ojo seco de los muertos,
menos que el humo que olvidó su aire.

Y ya en la zona del más puro menos
colocar todavía un signo menos
y empezar hacia atrás a unir de nuevo
la primera palabra,
a unir su forma de contacto oscuro,
su forma anterior a sus letras,
la vértebra inicial del verbo oblicuo
donde se funda el tiempo transparente
del firme aprendizaje de la nada.
y tener buen cuidado
de no errar otra vez el camino
y aprender nuevamente
la farsa de ser algo."

*Roberto Juarroz (Argentina, 1925-1995)
*Fuente: El Poder de la Palabra www.epdlp.com

SE HABÍAN EXTRAVIADO PARA SIEMPRE...

INTERNET Y EL CAJÓN FALSO DE LA COCINA*
Crónicas del Hombre Alto (nº 37)

La cocina del departamento donde transcurrió mi infancia tenía una mesada de mármol, debajo de la cual había una estructura de madera compuesta por tres puertas y dos cajones. Tal falta de equivalencia numérica tenía su explicación: la tercera puerta quedaba justo debajo de la bacha, por lo que la hipotética presencia de un cajón entre ambas hubiese resultado inviable. Sin embargo, sea por estética o por neurótica compulsión hacia las simetrías, el encargado de diseñar la cocina había colocado en el lugar un cajón falso. Es decir, una apariencia de cajón allí donde en realidad no lo había. Uno observaba, sí, un rectángulo que tenía las mismas dimensiones de los otros dos que estaban a su izquierda, pintado con el mismo color verde loro y hasta con idéntica protuberancia esférica y rugosa en el centro, pero era sólo una fachada ilusoria.
Vaya a saber por qué peregrina razón, en algún momento de mi niñez pergeñé la fantasiosa teoría de que a aquel cajón sellado iban a parar todos los objetos que se nos perdían (sí, yo era un niño raro; solía tener pensamientos de esta naturaleza). Básicamente, especulaba con la idea de que allí estuviese guardada una pelota de plástico a rayas que el viento había alejado de mí años atrás llevándola irremediablemente hacia las aguas de la Laguna Setúbal.
Obviamente -¿hace falta aclararlo?- es imposible abrir un cajón que no existe, de modo que mis propósitos reivindicatorios jamás pudieron ser cumplidos.

* * *

Cuando yo tenía 10 u 11 años, se puso de moda una canción en inglés que se llamaba "Lady in blue" ("La dama de azul"). A mí me gustaba. No era mi favorita, pero me resultaba placentero escucharla. Me recuerdo claramente frente a la vidriera de una disquería de la peatonal, contemplando el afiche desde el cual un hombre rubio y sonriente promocionaba el disco. Recuerdo también que, vaya uno a saber por qué peregrina razón, en ese momento me pregunté si cuando yo creciera me seguiría gustando esa canción, si ese hombre rubio seguiría siendo famoso, y hasta me imaginé consultándole a mi hijo qué le parecía la música que yo escuchaba a su edad (sí, yo era un niño raro; solia tener pensamientos de esta naturaleza).
El incansable andar del tiempo hizo que me olvidara de la melodía y, cosa extraña en mí, hasta del nombre de aquel cantante que -¿hace falta aclararlo?- no quedó instalado en la memoria colectiva de los argentinos.

* * *

Nunca en los siete años que llevo como navegante del ciberespacio me llamó la atención el difundido hábito de bajar música de Internet. No sé, supongo que quedó martillando en mi cabeza el comentario de alguien que me advirtió sobre la extrema lentitud que puede implicar el proceso para quien -como en mi caso- carece de banda ancha (dato suficiente este de la lentitud para ahuyentar a un sujeto ansioso como yo). O tal vez, me ganó el prejuicio de suponer que la música a la que se podía tener acceso era la misma que uno puede escuchar en las radios, es decir, la que se pone de moda, la que responde a las leyes del mercado.
Hace unos meses, sin embargo, mi hijo me hizo una elocuente demostración práctica de todas las maravillas de jazz, blues y bossa que había conseguido almacenar en su computadora gracias a Internet, y mi visión del asunto cambió por completo. Es más, la revelación me impactó de tal modo que, al día siguiente, ya había descargado en mi propia PC el programa necesario, dispuesto a ponerme manos a la obra cuanto antes.

* * *

Soy un tipo que mira mucho hacia el pasado. Quizás por ser un individuo extremadamente memorioso, siento que cargo con él como si fuera una parte viva más de mi presente. Hasta diría incluso que soy posesivo con mi pasado. No colecciono objetos en forma indiscriminada (de hecho, destilo bastante indiferencia hacia la mayoría de ellos) pero tengo, sí, una marcada inclinación a conservar determinados testimonios que considero representativos de diferentes etapas de mi vida. Supongo que su tenencia me brinda una especie de seguridad simbólica, la impresión de que soy capaz de impedir que los días que voy viviendo se me escurran así nomás. Impresión, claro está -¿hace falta aclararlo?- que se hace añicos apenas uno se pone los anteojos cínicos de la racionalidad para ver las cosas de este mundo.

* * *

No soy ingenuo; me conozco demasiado. Sabía que no iba a ser fácil encausar mis afanes de melómano virtual en un esquema preestablecido. Hubo, sí, un plan inicial de rastrillaje cibernético que cumplí con admirable prolijidad, y que me permitió completar sucesivamente un compilado de temas de la Bersuit, otro de Divididos y un tercero de Los Piojos. Sin embargo, tanto rigor no tardó en resquebrajarse y, previsiblemente, mis búsquedas terminaron adquiriendo muy pronto un errático matiz de arqueología musical.
Al principio tímida, casi pudorosamente; luego con insaciable voracidad, me lancé a rastrear canciones ligadas a los años '70, intentando bosquejar con ellas un impreciso mapa emocional de mi infancia. Mi exploración tuvo resultados altamente satisfactorios: reencontré la música de series entrañables -"Baretta", "Dos tipos audaces", "El hombre nuclear"-, volví a escuchar a Donna Summer cantando el tema de la película "Abismo", me conmoví otra vez con el italiano de "Albatros" que clama desesperado "¡Sandraaaaaaa, ti amooooo!" en el final de "Vuelo AZ 504", y compartí el lamento de Los Brincos porque "Eva María se fue / buscando el sol en la playa".
Una noche, vaya a saber por qué peregrina razón, me acordé de "Lady in blue". Me vino a la memoria el remoto episodio de la vidriera y sentí que estaba ante un desafío mayúsculo. ¿Sería posible hallarla? ¿Habría alguien en algún ignorado punto del planeta que tuviera justamente esa canción guardada en su computadora? Sin querer ilusionarme demasiado, escribí las palabras mágicas en el buscador y, para mi gran asombro, en cuestión de segundos no sólo apareció en la pantalla el título de la canción requerida, sino también el nombre olvidado de su intérprete: Joe Dolan. Me pareció estar rozando los límites de lo verosímil. Por supuesto, inicié la descarga de inmediato y, al cabo de unos minutos de exasperante espera, volví a escuchar, después de más de treinta años, aquella melodía pegadiza y la voz algo chillona que la entonaba.
Quedé fascinado. No con la canción en sí (que, como suele suceder en estos casos, ahora no me parece tan bonita), sino por el prodigio de haber podido rescatarla de la nada. Y aunque sé que todo retorno al pasado es fatalmente imperfecto e incompleto, aunque sé que los paraísos perdidos no se recuperan jamás, aunque bien sé que mi pelota de plastico a rayas se extravió para siempre en las aguas de la laguna, en ese momento sentí que, en cierta forma, yo acababa de abrir al fin aquel cajón falso de la cocina.
Y sí, soy un adulto raro; suelo tener pensamientos de esta naturaleza.

*de Alfredo Di Bernardo. alfdibernardo@ciudad.com.ar

La tierra incomparable*

(fragmento)

*de Antonio Dal Masetto

VEINTINUEVE.

Silvana reclinó la cabeza sobre el hombro derecho -un gesto infantil que Agata le había visto varias veces y que ahora asociaba con una manifestación de complicidad y afecto- y dijo:
-¿Hoy adónde quiere que vayamos? Agata abrió los brazos, dudó.
-¿Conoce Torcona? -preguntó Silvana.
-No.
-Hay un castillo. Salimos ahora y volvemos a la noche. Es un lindo viaje.
-Está bien. Yo me dejo llevar. Para mí todo es nuevo.
-¿Qué conoce de Italia?
-Casi nada. El puerto de Génova, cuando me fui. Roma, ahora. Nunca había salido de acá. Sólo para ir al pue­blo donde vivían mis suegros, en el Veneto. Cuando me ca­sé fuimos a visitarlos y después pensábamos ir a Venecia. Ese iba a ser nuestro viaje de bodas. Pero mi suegro no pa­raba de organizar comidas en nuestro honor y para los gastos nos pedía plata a nosotros, porque siempre andaba sin un centavo. Así que pasaron los días, se nos acabó el tiempo y también la plata, y tuvimos que volver sin ir a Ve­necia. Después nunca más pudimos hacer aquel viaje.
-¿Cuánto más se quedará en Italia?
-No mucho más. Se me van acabando los días.
-¿Piensa quedarse todo el tiempo en Trani?
-¿Adónde podría ir?
-A Venecia.
Agata sonrió.
-¿Le gustaría? -preguntó Silvana.
Agata volvió a sonreír:
-Claro que me gustaría.
-Entonces vamos. Yo la invito. Así hará su viaje de bodas.
-Un poco tarde.
-Venecia no cambia, pueden pasar cien años, siempre está igual.
Agata se quedó pensando, disfrutando de la idea y la posibilidad.
-Después la llevo hasta Roma -insistió Silvana.
Agata pensó un poco más.
-Tendría que organizarme -dijo por fin.
-¿Organizar qué? Sólo tenemos que decidir el día.
Torcona no era cerca. Comenzaron a ver la ciudad bastante antes de llegar, sobre la cima de un cerro, aparecien­do y desapareciendo con las curvas del camino: un grupo de construcciones grises, apretadas como un puño contra el cielo, rodeadas por una muralla almenada. Tuvieron que subir durante un buen rato. Dejaron el coche en un espa­cio plano. Cruzaron la muralla por una puerta antigua, madera e hierros Y cadenas, de una altura y un espesor que a Agata la impresionaron. Después siguieron trepando por calles angostas Y empinadas, todo piedra, peldaños Y corredores que se abrían a derecha e izquierda: la ciudad entera parecía una fortaleza. Las callejuelas giraban y giraban y siempre desembocaban frente al cielo.
De vez en cuando se cruzaban con alguna pareja, con algún grupito. Se notaba que eran turistas, llevaban cáma­ras fotográficas. Casi no se veían lugareños: una mujer sa­cudiendo ropa en un balcón, un viejo que había sacado una silla a la puerta de calle, otro que trepaba, muy lento, ayudándose con un bastón, por la rampa que llevaba a una iglesia.
Visitaron esa iglesia, después otra, y otra más donde, al­to frente al altar, en un sarcófago de tapa transparente, es­taba el cuerpo incorrupto de un santo. Finalmente fueron al castillo, imponente y sombrío, con ventanas que daban al precipicio. Producía vértigo asomarse. Apareció una mujer que las fue guiando y haciendo un poco de historia. Estuvieron un tiempo largo recorriendo salas y pasillos, deteniéndose en las vitrinas, frente a las pinturas, los mue­bles, las estatuas, las armas y las armaduras. Era intere­sante oír a la mujer hablar de los personajes retratados, de costumbres, ropas, comidas, utensilios domésticos, jugue­tes, con la misma familiaridad con que hubiese contado de su propia casa y de parientes suyos.
Cuando salieron Silvana dijo: -Tengo hambre.
Se sentaron en un barcito que no tenía más de seis me­sas, con una terraza sobre un huerto en declive. Hacia aba­jo seguían las laderas con viñedos y después, en el valle, los rectángulos de campos, atravesados por la línea oscura de una ruta y los coches corriendo como hormigas. Del otro lado del valle una ondulación de colinas se esfumaba en la neblina plateada.
-¿Le gusta? -preguntó Silvana.
Se oyeron las campanas de una iglesia y sólo entonces Agata se dio cuenta del gran silencio que las rodeaba. Esta­ban muy alto y el aire era dulce.
Eran las únicas clientas. Comieron pizza. Después tomaron café. Salieron, bajaron hasta la muralla, la recorrie­ron durante un tramo y volvieron a subir. Había mujeres sentadas en los umbrales. De vez en cuando, nuevamente las campanas. Se detuvieron a leer una placa de mármol en un muro. Decía: "Quien transite esta calle solitaria debe saber que por aquí caminaba el místico cristiano Piero Ansaldi. Jamás el pensamiento humano estuvo tan cerca de Dios".
La calle daba a un puentecito de piedra, sobre un cauce seco que bajaba entre las casas. Pasado el puente desembo­caron en una plazoleta que se llamaba Giordano Bruno. Había una construcción sólida y gris, planta baja y primer piso, con un cartel que anunciaba una exposición de ins­trumentos de tortura. Agata se detuvo:
-¿Entramos?
-¿Seguro que quiere ver esto?
-Sí.
Adentro, el edificio no difería de lo que había sugerido
su aspecto exterior. Grandes salas en penumbras, paredes de piedra, ventanales enrejados. Y los instrumentos. Ape­nas cruzaron la puerta, en Agata hubo una señal de alerta. Lo que habían visitado hasta ese momento, el castillo, las iglesias, inclusive las casas y las calles, las había mirado, también ella, con la curiosidad y el desapego de una turis­ta. Pero ahí adentro le resultaba imposible mantener la misma distancia. Había leído alguna vez sobre esos instru­mentos, había visto grabados, pinturas, fotos. Enfrentados era otra cosa. Estaban ahí, a centímetros de distancia, no como cosas del pasado, sino instalados en el presente, con una permanencia grosera y maligna, con su poder intacto, listos para ser usados. Eran rústicos instrumentos pensa­dos para el sufrimiento. Hierro y madera y soga. Los mis­mos materiales con que se habían fabricado carros, moli­nos, arados y tantas cosas. Las mismas manos. Tal vez fuese esa evidencia lo que primero impactaba al acercarse: comprobar los rastros de la mano del hombre en la elabo­ración de aquellos objetos macabros. Huellas dejadas por el cuerpo que había trabajado y sudado para el dolor de otros cuerpos. Se podía ver el golpe impreciso del hacha en la madera o la marca del martillazo que había cerrado un anillo de hierro. Palos emparejados, hierros trabajados, afilados. Marcas que habían sido hechas por manos como las de uno. Agata podía tocar esas marcas.
Andar por aquellas salas, subir aquellas escaleras, era como un mal sueño. Junto a cada instrumento, un texto adherido a una tabla explicaba los diferentes usos. Para mejor comprensión, algunos grabados ilustraban los tex­tos. Agata leía y volvía a mirar los instrumentos. Había una larga serie de toscas tenazas y pinzas que, según el forma­to, se aplicaban para arrancar uñas, pezones, órganos ge­nitales masculinos o trozos de carne de otras partes del cuerpo. Una, que constaba de cuatro puntas, estaba espe­cialmente pensada para los pechos de mujer. Se llamaba el destrozasenos. Generalmente, explicaba el texto, eran ca­lentadas al rojo vivo.
Había bancos de estiramiento. La víctima era acostaba con los tobillos fijados por dos anillos y las muñecas ata­das a un eje. El eje, al girar, iba produciendo un lento des­garramiento de las articulaciones y los músculos, logrando un estiramiento que podía llegar a los treinta centímetros. Bajo el cuerpo del condenado unos rodillos giratorios con puntas metálicas complementaban la tortura.
Estaba el caballete, reservado para las sospechosas de brujería. La condenada era colocada boca arriba, sobre una tabla filosa cruzada bajo su espalda a la altura de la cintura, de manera que esa parte de su cuerpo quedaba bastante más elevada que la cabeza y los pies. Se le intro­ducía un embudo en la boca y se la obligaba a ingerir gran cantidad de agua. Después los verdugos comenza­ban a saltar sobre su vientre para producir la expulsión del líquido. Repetían el procedimiento hasta que las rup­turas de vasos internos y las hemorragias acababan con la vida y el suplicio.
Estaba la parrilla, con forma de cama, sobre la cual eran atados los herejes. Se colocaba un brasero debajo y, cuando las carnes comenzaban a abrirse y aparecían los huesos, el cuerpo era desmembrado con largas pinzas.
Había unos sofisticados instrumentos que recibían el nombre de pera oral, rectal y vaginal. Luego de su introduc­ción, un mecanismo a rosca los iba abriendo en tres péta­los de puntas cortantes que servían para reventar el fondo de la garganta, del recto o del interior de la vagina. La pera vaginal era reservada a las mujeres acusadas de haber teni­do relaciones sexuales con Satanás o con alguno de sus adeptos.
Estaba la horquilla del herético, cuyas puntas eran clava­das profundamente en la carne, las superiores bajo el men­tón, las inferiores en el esternón, impidiendo todo movi­miento de la cabeza. La víctima, mientras esperaba la hora o el día de ser llevada a la hoguera, era obligada a repetir continuamente la palabra abjuro.
Estaba la mordaza metálica: con este instrumento se evi­taba que los gritos de los condenados al fuego, mientras ardían, molestasen a los espectadores y la ejecución de la música sacra que acompañaba esas ceremonias.
Estaba la rueda, colocada sobre la punta de un palo, a la que se ataba el condenado después de haberle quebrado los huesos con una maza, aunque evitando las heridas mortales, para que el suplicio se prolongase lo más posible.
Estaban el garrote vil, la jaula, el caballete español, la sie­rra. Había mucho para ver en aquel caserón gris.
Recorrieron la planta baja, la planta alta, después salie­ron a la calle y respiraron otra vez el aire dulce del otoño. Cruzaron el puentecito sobre el cauce seco y volvieron a pasar bajo aquella placa en la pared, con la reflexión sobre el pensamiento humano y su posibilidad de acercamiento a Dios. Subieron durante un trecho y fueron a sentarse en la escalinata de una iglesia. La luz decaía rápido. Se quedaron ahí, descansando.
Silvana habló:
-Conocí a una muchacha argentina, hace unos cuan­tos años, cuando estaba estudiando en Milán. Se llamaba Marta, trabajaba de camarera en un restaurante. Se había escapado de la Argentina. Me contó cosas de allá.
Calló y volvió a hablar:
-También me contó una historia de cuando era chica. ¿Quiere escuchada?
-Sí -dijo Agata.
Marta tenía una hermana melliza, Susana. Cuando eran chicas, los padres las llevaban a veranear al mar. Marta re­cordaba esos años como una época feliz. Las mellizas siempre se perdían en aquella playa llena de gente. No había día en que no se perdieran. Los turistas ya las cono­cían, se avisaban unos a otros: "Otra vez se perdieron las mellizas". Encontraban a una: "¿Vos cuál sos?". Se pasa­ban la voz de grupo en grupo: "Encontramos a Susana, hay que buscar a Marta". Así cada día. La gente se acos­tumbraba y aquello se convertía en un juego. Para las dos nenas era un placer perderse. Si a veces se asustaban, si había pánico, eran recompensadas en el momento del re­greso a la seguridad de los padres. Las amenazas de casti­gos no importaban. A tal punto que al principio se perdían realmente y después se escapaban lejos a propósito. Hasta llegaron a mentirle a la gente con respecto a sus propios nombres, se hacían pasar una por otra. Esto le añadía una sabor nuevo a la sensación de extravío y de aventura. Po­dían arriesgarse Y ponerse a prueba porque sabían que al final siempre las encontraban. La vida era eso: el miedo, la excitación, la protección.
En el bar de Milán, mientras le contaba esa historia a Silvana, Marta reflexionaba que entonces nadie hubiese podido sospechar que aquellos sobresaltos iniciales se re­petirían un día, que aquel juego era un preámbulo, un en­sayo, el anticipo de extravíos futuros, de pérdidas reales, que después vendría el final de todo juego y toda protec­ción. Pasó el tiempo, las nenas se convirtieron en mujeres y, como muchos otros, tuvieron que huir del país y se fue­ron lejos. Se perdieron por el mundo y ya no hubo quien las reencontrara ni las llamara por sus nombres y las lleva­ra de vuelta a un lugar de seguridad. Se habían extraviado para siempre. Lo curioso, lo atroz, había dicho Marta esa noche de Milán, era que aquel mar mítico, aquella playa mítica de la niñez, era el sitio donde veraneaban los que mandaban en su tierra, los señores del poder, los dueños de la vida y de la muerte. Marta sentía que no sólo la ha­bían despojado de su país sino también de su infancia.
-Me acuerdo del nombre de la playa: Chapadmalal -di­jo Silvana-. Es un nombre difícil. Será por eso que nunca me lo olvido.
Agata no dijo nada. Pensaba en la historia que acababa de escuchar y en muchas otras. Pensaba en su propia historia. Recordó una vez más el barco sobre el que había leí­do en Roma. El mundo estaba lleno de gente que había perdido su lugar.
Se habían encendido los faroles. No había gente alrede­dor y las callejuelas que partían desde la plaza eran como agujeros en los muros. Algo emergió de la sombra. Un jo­robado. Un jorobado enano. Los brazos le colgaban largos a los costados. Tanto que las manos parecían rozar o arras­trarse por el suelo. Avanzó unos pasos hacia el centro de la plazoleta en declive. Se detuvo y se quedó ahí, como exponiéndose.
Entonces Agata tuvo la sensación de haber dejado su mundo para ingresar en otro, donde aquella casa gris y sus instrumentos de tortura volvían a tener vigencia. Fue como si los fantasmas que momentos antes habían asaltado su imaginación vinieran a manifestarse a través de aquella imagen deforme, para comunicarle que no habían pasado, que ahí estaban, siempre presentes, siempre activos. Y a través de ella dijeran: "Nada ha cambiado, nada cambia­rá". Llegada a través del tiempo, quieta en la plaza de piedra, aquella imagen del jorobado era como la visita de una amenaza.
Silvana estaba sentada de espaldas al centro de la plaza.
Percibió la tensión de Agata y preguntó: -¿Qué está viendo?
Giró la cabeza y también ella se quedó mirando. El jo­robado siguió ahí unos minutos más, una figura oscura e inmóvil en aquel paisaje medieval. Después se escurrió ba­jo una de las arcadas y se sumergió en la noche. Entonces la plaza estuvo más vacía que antes, nuevamente tocaron las campanas y Silvana levantó el brazo para mirar la hora a la luz del farol.

*de La tierra incomparable, © Editorial Planeta (1994), © Antonio Dal Masetto.

En tercera persona*

Mira sin presentir mi impotencia
tal vez ni siquiera mira
en un punto lejano, detrás de todos
clava sus ojos en escuadra
mueve su boca robótica
su voz neutra comienza a deshumanizarse
diciendo que por causas que se tratan de esclarecer
la niña del diario de ayer apareció tirada ahí
en una calle sin nombre ni numeración
con sus ojos campesinos abiertamente quietos
y que por las heridas que presentaba el cuerpo
podría haber sido abusada antes de entrar en coma
quedando mechones ensangrentados cerca del lugar
siendo las pericias y la autopsia final
las que determinen las causas del óbito

Pedazo enormidad dicha sin puntos ni comas
sin repetir y sin soplar
ahonda lo siniestro de su uniforme
su mirada anodina se evade sin piedad
todo impecable y televisivo
relatado en perfecta tercera persona
o en cuarta.

Eso jamás le sucedería a él
sólo le ocurre a los otros.

*© diana poblet. yosoydian@yahoo.com.ar
http://remontandosoles.blogspot.com
http://diana-poblet.blogspot.com/

Viernes, 29 de Febrero de 2008
No, pero sí*

*Por Juan Gelman

Washington y Moscú no se cansan de proclamar que la Guerra Fría no ha vuelto. Tal vez. Lo cierto es que en el plano militar actúan como si la hubiera. La Casa Blanca insiste en ubicar parte de su escudo antimisiles mundial en Polonia y la República Checa. El Kremlin ha advertido que, si eso ocurre, suspenderá su participación en el tratado de limitación de las fuerzas armadas convencionales y, más grave aún, que apuntará sus misiles contra esas dos naciones. ¿Y la población civil? Bien, gracias. La lógica de las grandes potencias no sólo es peculiar, es nuclear. Se recuerda la teoría de Huxley: el progreso tecnológico sólo nos ha provisto de medios más eficientes para avanzar hacia atrás.
Es notorio que EE.UU. procura imponer al planeta su dominio mediante el uso o la amenaza de la fuerza, incorporando a su empeño a las ex repúblicas soviéticas. Esta concepción unipolar choca con una realidad: Rusia, aunque debilitada, recompuso su economía después de Yeltsin y sigue poseyendo un
considerable arsenal nuclear y un vasto territorio, para no hablar de un manejo político de sus reservas de petróleo y gas natural que obstaculiza el avance estadounidense en los países que alguna vez dependieron de la URSS.
La instalación del escudo antimisiles en Europa central persigue obviamente el objetivo de intimidar a Moscú so pretexto de que serviría para detectar y destruir los presuntos misiles de cabeza nuclear que Irán no tiene.
La cuestión no se presenta fácil para el gobierno de Bush. La instalación del radar en la República Checa debe ser aprobada por un Parlamento dividido en partes iguales entre el oficialismo y la oposición. Lubimir Zaoralek, futuro ministro de Relaciones Exteriores si el partido socialdemócrata
llegara a ganar las próximas elecciones, señaló que Washington tiene una "percepción falsa" del peligro que Irán significa para Praga y el 70 por ciento de los checos se manifiesta contra ese plan (The Financial Times, 22-1-08). "Este proyecto no es polaco, es estadounidense. No nos sentimos amenazados por Irán", declaró a su vez Radek Sikorski, ministro de Relaciones Exteriores de Polonia, país donde el rechazo de la sociedad civil alcanza el 55 por ciento (The Guardian, 11-1-08). Y luego planea sobre estos gobiernos una incertidumbre: quieren seguridades de que el proyecto seguirá adelante si los demócratas ganan las elecciones de noviembre en EE.UU.
La "Iniciativa Bases No" (IBN) gana consenso entre los checos. "La realización del plan de EE.UU. no ampliará la seguridad, por el contrario: traerá nuevos peligros e inseguridades. Aunque se lo califica de 'defensivo', en realidad permitirá que EE.UU. ataque a otros países sin temor a represalias", se lee en la Declaración de Praga 2007 que emitió la IBN (www.abolition2000@europe.org). En noviembre pasado organizó densas manifestaciones contra el escudo antimisiles en Praga y Brno, y se preparan otras frente a las embajadas checas en varias ciudades europeas. Este movimiento por la paz es más débil en Polonia, pero Varsovia no ha logrado aún que Washington concrete el ofrecimiento de fortalecerle la defensa antiaérea. Al término de la reunión del 1º de febrero de este año entre Condoleezza Rice y Sikorski, el portavoz del ministro polaco señaló que "definitivamente no hay acuerdo" en el tema (The Washington Post, 2-2-08). "En última instancia habrá que venderle (el proyecto) a la gente", remachó.
Como solía decir H. L. Mencken, siempre hay una solución para todo problema humano: elegante, plausible y equivocada.
La OTAN, por su parte, no se queda atrás del Pentágono: patrocinó la redacción de un informe titulado "Hacia una estrategia central para un mundo incierto: renovar la asociación transatlántica" (www.csis.org). Los ex jefes de Estado Mayor general John Shalikashvili (EE.UU.), general Klaus Naumann (Alemania), mariscal de campo Lord Inge (Reino Unido), almirante Jacques
Lanxade (Francia) y Henk van den Breemen (Países Bajos), elaboraron dicho informe en el que se propone el empleo preventivo de armas nucleares como "instrumento final de una respuesta asimétrica" al terrorismo (www.noaber.com, diciembre de 2007). Si se toma en cuenta que el Pentágono ha preparado planes similares sin descartar su aplicación a Rusia y China, no es muy alentador para la humanidad lo que en el horizonte asoma.
Los autores del informe para la OTAN justifican de manera muy curiosa el lanzamiento anticipado de bombas nucleares: consideran que "la guerra nuclear podría muy pronto ser un hecho posible en un mundo cada vez más brutal". Cabe preguntarse si piensan arrojarlas sobre la Casa Blanca.

*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-99858-2008-02-29.html

Las Manos*

*de Vicente Aleixandre

Mira tu mano, que despacio se mueve,
transparente, tangible, atravesada por la luz,
hermosa, viva, casi humana en la noche.
Con reflejo de luna, con dolor de mejilla, con vaguedad de sueño
mírala así crecer, mientras alzas el brazo,
búsqueda inútil de una noche perdida,
ala de luz que cruzando en silencio
toca carnal esa bóveda oscura.

No fosforece tu pesar, no ha atrapado
ese caliente palpitar de otro vuelo.
Mano volante perseguida: pareja.
Dulces, oscuras, apagadas, cruzáis.

Sois las amantes vocaciones, los signos
que en la tiniebla sin sonido se apelan.
Cielo extinguido de luceros que, tibios,
campo a los vuelos silenciosos te brindas.

Manos de amantes que murieron, recientes,
manos con vida que volantes se buscan
y cuando chocan y se estrechan encienden
sobre los hombres una luna instantánea.

*Fuente: LUNA NO CONQUISTADA. http://www.metroflog.com/Lunanoconquistada

*

Queridas amigas, apreciados amigos:

El domingo 2 de marzo del 2008 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor argentino Ezequiel Viñao. Las poesías que leeremos pertenecen a Raúl Tápanes López (Cuba) y la música de fondo será de Machu Picchu (Andes). ¡Les
deseamos una feliz audición!

ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!

REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com

Schießstattstr. 44 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067

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28/02/2008 GMT 1

LO ESENCIAL HABÍA QUEDADO FUERA...

urbanopowell @ 12:55

*

es la primera arruga
una primera medalla de la vida?

es la lotería una quimera muerta
de los que no sueñan?

es tu AMOR una sorpresa de Dios?

es la leucemia un parto maldito
o un saludo de Dios?

si no me amaras y no te amara,
cómo conjugaría el verbo?

si aquí lejos de cordillera
y vos lejos de río
dónde nos esperaríamos?
quien escribiría los versos que no nos dimos?

*de ricardo d. mastrizzo.

LO ESENCIAL HABÍA QUEDADO FUERA...

POEMAS DE INGE GLASER

ELEMENTO*

Habría podido ser
mi palabra
que no has tomado,
mi casa,
que no has encendido,
mi árbol,
que no has tumbado.

Tu dejas todo tirado,
yo dejo todo abandonado -
así dejamos de lado
casa y árbol y palabra,
no entramos, no rozamos
y no encontramos nada ni nadie
y hacemos siempre como
si no existiese la piedra
que algún día hubiese podido
darnos el impulso.

VERANILLO DE SAN MARTÍN

La luz cae hacia el oeste,
en sus migas envejecen
las flores silvestres gastan sus días,
las neblinas matinales ensombrecen ya
el fogonazo de sus soles.
Las mariposas se ejercitan todavía en el vuelo,
para salvarse de la casa anexa
pronto los prados cosen
su vestido de tela oscura
y habrían seducido gustosamente todavía
y habrían sido islas dichosas
en su exhuberancia de antes.

dejar vivir

perder de vista
la lluvia de la noche
estremecerse
cuando el cierre de pestañas
tropieza con la lágrima
donde una palabra aún va
de tí hacia mí
donde el aliento se eleva
de mí hacia tí –
para sufrir
no me he despertado
pero la sal
va y viene
y quita
lo que ha quedado prendido
de tí

eso no lo permito
jamás lo permito –
para sufrir yo he despertado
y para hacerme feliz con lo
que e s t á de tí
aún en mí ...

*Inge GLASER
Salzburgo - AUSTRIA
Traducción: Walkala

Lic. Dra. Prof. Inge Glaser nació y vive en Salzburgo. Formación para profesora de primaria, secundaria y educación media. Estudios de pedagogía, germanística, filosofía y psicología. Publicaciones en poesía: „Poetische Viadukte“ (1987), „Delphine lassen grüßen“ (1988), „Die Stunde des Schmetterlings“ (1989), „Herztöne, Blickpunkte“ (1989), „Die Brunnenlaute“ (1998), „Die Steppenschalmei“ (2004). Publicaciones en prosa: „Laubfeuer“ (1988), „Die Birkapfelgeige“ (1992), „Ebbe und Flut“ (2001). Numerosas lecturas y publicaciones en diarios, revistas y antologías. En 2005 publicó „Christine Lavant. Eine Spurensuche“, y en 2006 "Der Weg nach Weihnachten" (lírica y prosa).
E-Mail: ingeg@nextra.at

La tierra incomparable*

(fragmento)

*de Antonio Dal Masetto

VEINTIOCHO.

Cuando Silvana se fue y Agata quedó sola, subió a su habitación y volvió a bajar minutos después. Salió a la ca­lle y se dirigió hacia el lago. Se esforzaba por apurar el pa­so, como si estuviese llegando tarde a una cita. En realidad no iba a ninguna parte. Se movía hacia adelante impulsa­da por la excitación que le habían provocado los aconteci­mientos del día. Cuando desembocó en la costanera dudó y después se dirigió al bar del embarcadero viejo. Había un grupo de ancianos jugando a las cartas y en otra mesa tres mujeres tomando café. Agata fue a sentarse lejos de la gen­te, en el extremo del local que se proyectaba sobre el lago. Desde ahí tenía la mejor vista. Fue percibiendo cómo men­guaba la claridad en el cielo. Aunque todavía no era de no­che las montañas de enfrente se habían puesto negras y, abajo, una línea de luces marcaba la costa al nivel del agua. Un transbordador entró a puerto, otro partió hacia Coseno, ambos muy iluminados, y a Agata le volvió la ima­gen de árboles de Navidad en movimiento. Después oscu­reció más y sólo quedó una franja rojiza sobre las cimas, a su derecha, y unos minutos más tarde también esa man­cha de color desapareció. Entonces todo fue negrura sobre el lago y faroles quietos en la orilla. Agata pensó que cada noche era el mismo espectáculo y también que siempre era diferente. Rodeada por el silencio y la grandiosidad de la hora, comenzó a sentir que estaba dentro de un sueño, que había sido trasladada y depositada ahí a través de un sue­ño. Se encontraba sola en alguna parte del mundo, en un sitio que hacía mucho tiempo había sido su sitio. Desde su lugar de observadora, desde la silla del bar de un viejo em­barcadero, le estaba permitido disfrutar de esa visión, mi­rar sin intervenir, espiar. Era una espectadora en la butaca de un cine, en la oscuridad de una sala, dejando que allá adelante, alrededor, decidieran por ella. Se abandonaba. Esta sensación de irresponsabilidad y al mismo tiempo de protección la calmaban.
Entonces Agata sintió la necesidad de escribir una car­ta. No una de las tantas, no un informe más o menos deta­llado de lo que había visto y le había sucedido. Quería con­tarle a alguien que estuviera lejos lo que vivía en ese momento. Quería contar sobre ese anochecer. Le parecía que en esa hora estaban comprendidas todas las horas de esos días. Quería fijar ese remanso, para que otros se ente­raran, para que no se perdiera, para que no se diluyera con el pasar del tiempo. Abrió la cartera, sacó el bloc de papel Vía aérea, la lapicera, y se colocó los anteojos. Buscó en su cabeza el nombre, la cara, la imagen que despertara en ella el estímulo para arrancar. Sentía que sin ese aliciente la ta­rea no hubiese sido posible. Estaba frente al papel en blan­co y un destinatario ideal y confuso, en cuya figura se fun­dían las caras de su hijo, su hija y sus nietos. Decidió dejar la carta sin encabezar. Aun así, cuando intentó escribir las primeras palabras, se encontró con una vieja dificultad: vencer la resistencia al pudor que siempre la frenaba ante la posibilidad de confesarse. La impersonalidad del desti­natario -que fueran todos y no uno- la ayudó a empezar. Anotó una frase, con cuidado, lenta. Otra frase. Se detuvo. Siguió hasta el final de la página. Volvió a detenerse. Supe­rado el pudor, fue descubriendo que la tarea no era senci­lla. Las palabras no le alcanzaban. Se quedó un rato largo mordiendo la lapicera. Después de la fiebre inicial, después de todo lo que había pretendido decir, sentía que las ideas se habían alejado, perdían claridad. Las palabras no bastaban para retenerlas.
La asaltó una sensación de impotencia. Buscó ayuda en lo que la rodeaba. Otro transbordador se acercaba con su carga de luces. Disminuyó la marcha, inició una curva, se colocó paralelo a la costa y atracó. Agata comenzó a anotar lo que veía. Levantaba la cabeza, miraba y escribía. Trataba de ser prolija y completa en la descripción. Registró deta­lles del embarcadero, del bar, la fuga de luces en la avenida que subía hacia el puente sobre el San Giorgio, el espinazo negro de las montañas de enfrente. Ahora se apuraba, se es­forzaba por no detenerse, por no distraerse, como si estu­viera metida en una competencia y necesitase concentra­ción para no perder de vista la meta. Llenó la segunda hoja, la tercera, la cuarta. Las iba numerando. Se detuvo cuando completó la sexta. Respiró hondo y descansó.
Leyó lo que había escrito y de nuevo se sintió decepcionada. Había registrado muchas cosas, las había nombrado, pero sentía que lo esencial había quedado fuera. Alrededor de ella estaba la noche y el mundo. Dentro de ella, el im­pacto de las imágenes de ese mundo. Y en el papel sus po­bres palabras que no transmitían nada. Agata guardó el bloc, la lapicera y los anteojos. Llamó al mozo, pagó Y una vez más remontó la cuesta que llevaba al albergue.

*de La tierra incomparable, © Editorial Planeta (1994), © Antonio Dal Masetto.

Ya casi*

Ya casi no vivo:
estoy atrapada

Atrapada en una familia:
la mía.

*de Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar

Jueves, 28 de Febrero de 2008
UNA "FABULA POSMODERNA DE LAFONTAINE", POR EMILIO RODRIGUE

El Solitario del Spaghetti*

"Te mando una historia que probablemente cierre Mi prontuario", le escribió Emilio Rodrigué a su amigo el psicoanalista Sergio Rodríguez, el 31 de enero de este año. Mi prontuario era el título del libro de memorias que venía preparando, y hoy Página/12 publica esa historia. Rodrigué -autor de Heroína, psicoanalista "de las cien mil horas"- murió el jueves pasado en Salvador de Bahía.

*Por Emilio Rodrigué

Esta es una historia que ha de tener un sentido a ser descifrado, pero que tiene cara de fábula lafontáinica posmoderna. La escena, verídica, acontece el 31 de diciembre de 2007 a las 6 de la tarde cuando decido bajar a la piscina del hotel Ondina Apart, en Salvador de Bahía. Iba con mi spaghetti
flotador para hacer un poco de hidrogimnasia. Una media hora, calculé. ¿Cómo estaba? Este es uno de los puntos a descifrar, porque no sé bien cómo estaba. La mejor aproximación sería decir que andaba entre fascinado y espantado. Me atraía la idea de pasar la noche de año nuevo solo como una ostra, pero esa soledad me metía miedo, casi supersticioso. En los tiempos solitarios el tiempo se alarga increíblemente, el minutero del reloj se traba.
Bien, bajo a la piscina con una toalla, el spaghetti flotador y las llavesde mi apartamento. Tiro el spaghetti en la piscina, me doy vuelta para colocar las sandalias junto a la silla y, cuando levanto la mirada, constato que el spaghetti desapareció, como por arte de magia. Miro y miro y nada, y
comencé a rascarme la cabeza. No estaba preparado para un pase de magia.
¿Será que 2007 quiere despedirse con una pirueta abracadábrica? Pero de pronto advierto que un muchachón gordo y grandote me sonríe con una amplia sonrisa. Estaba sentado a caballo sobre mi spaghetti.
¿Qué hacer?
Me zambullo, doy un par de brazadas y me acerco. Visto desde el nivel de la piscina, el tipo parecía más grande y gordo. Su envergadura escondía mi spaghetti.
-Dámelo -dije, entre serio y sonriente.
El sonrió y no me dijo nada. Se acercó y amplió su sonrisa. Tenía más de 20 años.
-Dámelo -repetí.
El no dijo nada y nuevamente se acercó, casi cheek to check, con una sonrisa cada vez más extraña, posiblemente boba.
Mi saber psiquiátrico me alertó de que el tipo podría estar más loco que una piedra.
-¡Dámelo!
Nada.
¿Qué hacer?
Mi desconcierto era total. Tomé distancia, me alejé hacia el centro de la piscina. Había algo familiar en esa escena y de pronto recordé. Yo con siete u ocho años, en la plaza San Martín. Estaba jugando con unas figuritas y de pronto dos chicos llegan y se llevan mis figuritas. Sensación de despojo, de
así-no-vale.
Me acerco, dámelo, nada.
Era un crepúsculo tropical. El agua de la piscina estaba casi caliente. Una luna llena iluminaba la arena.
¿Qué carajo hago? ¿A quién recurrir?
Al lado hay un bar en forma de cabaña. Salgo de la piscina, voy al bar y le digo al barman que quiero hablar con un agente de seguridad del hotel. Me pasa el teléfono: "Disque 9". Antes de discar me detengo porque la situación esta vez me recuerda otra historia, tal vez verídica. Ocurrió en la frontera
de Francia con Suiza. Un hombre conducía un Volkswagen rojo. Las barreras del tren estaban cerradas. Había habido un accidente de tren. Pasaron más de diez minutos, las barreras seguían cerradas y el tren sigue estacionado. De pronto el motorista ve a un elefantito. El elefantito viene caminando por
las vías del tren y se sienta en el capot de su Volkswagen rojo; abolla la carrocería y quiebra un faro. El accidente había sido en un vagón de circo, de allí había salido el elefantito, que finalmente fue retirado por el personal del circo, y las barreras se levantaron. Cae la noche, el hombre reanuda su camino. Pocos kilómetros adentro de Suiza, un policía lo hace detenerse, porque tiene un solo faro encendido. Ante el policía, el hombre se dispone a contar lo ocurrido, pero su buen tino lo lleva a callarse.
¿Cómo va a explicar que un elefantito se sentó en el capot de su coche? Hay cosas que son indecibles.
Me resulta indecible decirle al agente de seguridad que venga porque un hombrón no quiere devolverme mi spaghetti.
Me zambullo una vez más en la piscina. El loco de piedra sigue a caballo en mi spaghetti. Hay una media docena de chicos que han seguido de cerca todas las peripecias. Una nena de unos 10 años viene y me dice: "El no es muy normal". Pero duda, no quiere entrar en el enredo. Mi lado astuto percibe el dilema que podría dirimirse así: ¿quién está más rayado, el muchacho que robó el spaghetti o el abuelo que lo usa?
Quedamos en silencio. Para quebrarlo le pregunto a la nena: "¿Qué hago?".
La madre está ahí, me dice ella, mostrándome la sala de juegos junto a la piscina. Voy a la sala. Cuando entro, una señora cuarentona está jugando al snooker. Al verme corre a mi encuentro y me abraza:
-¡Querido doctor Rodrigué, cuántos años!
La miro absorto.
-¿No se acuerda de mí?
No, no me acuerdo de ella.
-Su hijo... -empiezo a decir.
-¿No se acuerda de él?
-No.
-¿Cómo? Si usted lo analizó. Era un caso de autismo. Usted publicó el caso de mi hijo Raulito. Su memoria está fallando, doctor. ¿Cómo es posible que no se acuerde de él?
Autismo versus Alzheimer.
Fin de la historia. Fábula sin moralejas, pero con resonancias. Una de ellas es: las vueltas de la vida. Otra, soledad e ironía. Otra, la mamá de Raulito resultó ser sexy. Así hablaba El Solitario del Spaghetti, casi perdido.

*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-99762-2008-02-28.html

Jueves, 28 de Febrero de 2008
Trenes y aviones*

*Por Rodrigo Fresán

UNO
"No voy en tren, voy en avión / No necesito a nadie / A nadie alrededor", comenzó a cantar Charly García hace ya unos cuantos años. Y la canción no ha envejecido nada pero sí, me temo, el sentimiento ya no es el que era. Arrugas en el fuselaje y fatiga de materiales varios. Los aviones y aeropuertos ya no son sinónimo de status solipsista de altura. Y están los que aseguran que la presente y omnipresente incomodidad a la hora del estar en el aire (o demorados en la tierra) está estrechamente relacionada con lo sucedido el 11 de septiembre del 2001. El avión como arma de destrucción masiva y todo eso.
Pero yo no estoy tan seguro y me da la impresión de que el tema pasa por una cuestión más corporativa y maquiavélica y manipuladora del espacio/tiempo: más gente en menos espacio y los retrasos no existen, son una ilusión sensorial de pasajeros alucinados a los que hay que ajustar y atar con cinturones de seguridad.

DOS
De ahí que dejara pasar unos días antes de escribir sobre la llegada del tren de alta velocidad AVE de Madrid a Barcelona y viceversa por si se producía alguna catástrofe. Polémico, causante de socavones en las obras, a doce años de haber comenzado el proyecto, pero ya está aquí, con silueta de delfín Pixar, maravillando a los curiosos como alguna vez maravilló aquel tren de los hermanos Méliès arribando a la parisina estación de una pantalla de cine. 3 horas y 20 minutos promedio. Se hacen cálculos de tiempo y
dinero, se cronometran actuaciones, se siente (lo siento yo, víctima recurrente) cierto regocijo ante el 15% y 20% menos de pasajeros que tendrá el puente aéreo de Iberia. Compañía que ha decidido contraatacar con una extraña campaña publicitaria en la que un puñado de jóvenes recitan -desde
sus asientos de avión o parados en los pasillos- una suerte de épica ideológica en forma de rap sin loops ni ritmos donde parecen referirse a los placeres de volar de un lado a otro cuando, en realidad, producen la impresión de estar sufriendo una serie falta de oxigenación al cerebro producto, seguramente, del poco espacio para estirar las piernas y permitir la correcta circulación de la sangre. Sus intensos primeros planos, su prosa inflamada, su voz declamatoria aparecen puntuados por las vistas de un avión inmenso, lleno hasta los bordes. Uno de los místicos en trance -una chica rubia- asegura que va a triunfar en el extranjero y que la gente le pedirá autógrafos y enviará flores y no sé qué más. Y yo la miro y me pregunto a quién irá a votar ella dentro de unos días. ¿A Zapatero? ¿A Rajoy? Tal vez a
ninguno, porque es posible que la pobre todavía esté allí, ahí adentro, carreteando para despegar o esperando al autobús que la llevará a la más terminal de las terminales.

TRES
Así que, por estos días, todo es así. La comodidad elegante del tren (y de la estación de tren que pasa como una exhalación, porque la valija viaja con uno, que puede llegar hasta apenas diez minutos antes de salir) versus el supuesto vértigo elástico del avión. El tren y el avión como metáfora de casi todo. ¿Es Rajoy tren? ¿Es Zapatero avión? ¿Quién llegará antes? Y lo cierto es que la breve campaña -y la larga pre-campaña- irrita tanto como las revisiones de seguridad y colas para el check in. La gente está cansada.
Lo que no impidió que el lunes por la noche se sentara en masa -13 millones de personas- para contemplar por televisión el primer debate entre candidatos en década y media. Un debate, hay que decirlo, controlado al máximo, donde se discutió hasta la aerodinámica de las sillas y el recorrido de los rieles por los que se moverían las cámaras. También, parece, se mintió bastante, se manipularon datos a lo bestia y -aunque las encuestas dieron una victoria de mínimas a las cejas ya paradigmáticas y arquetípicas de Zapatero- el Partido Popular no se privó de celebrar lo que consideraron una rotunda victoria junto a un Rajoy que no paraba de mostrar esa sonrisa recta de dientes chiquititos. Uno y otro volverán a viajar juntos el próximo lunes en el segundo debate, el debate de vuelta, supongo. Mientras tanto, yo festejé la llegada del AVE comprándome el DVD de la ferroviaria película The Darjeeling Limited, ferroviaria película de Wes Anderson que se pierde y se encuentra en el espíritu de un inexistente expreso indio y volví a verla mientras Javier Bardem besaba el culo de su Oscar y todos felices. De los debates -como de la ceremonia de los Oscar- mejor ver el resumen al otro día.

CUATRO
En lo personal, siempre preferiré el tren al avión porque siempre me ha parecido un medio de transporte no sólo más literario (ese tren en el que viaja Jonathan Harker en Drácula, el Orient Express de Agata Christie, los trenes de Paul Theroux) sino porque en los trenes se puede leer y escribir.
En los aviones, en cambio, sólo se puede mirar letras y preguntarse qué significan mientras ahí adelante brilla y sonríe ese maldito mapa en cámara lenta con un avioncito tan grande moviéndose tan despacio.

CINCO
Y Martin Amis llegó a Barcelona en avión para presentar su lograda gulag love story titulada La casa de los encuentros. Almorzamos y cenamos y volvimos a almorzar juntos y la conversación volvía una y otra vez al tema de Barack "Turbante" Obama y Hillary "Turbada" Clinton, también conocida en los últimos días con el cruel seudónimo de "Hillarity". ¿Es Obama tren que atropella o que descarrila? ¿Es Hillary avión que se estrella o que despegará a último momento? ¿Soportará Hillary la derrota o se pondrá a
hablar sola como iluminada de Iberia? ¿Sobrevivirá Obama a la victoria en un país con una importante población de magnicidas que ya están releyendo The Catcher in the Rye y aceitando armas porque habrá para esos monstruos algo más tentador que un presidente negro como blanco? ¿Quién sabe? Mientras
tanto y hasta lo que sea, una cosa queda clara: hay un verdadero misterio en el modo en que las grandes compañías deciden verse -o en la manera en que deciden que las veamos- y una en más de una ocasión abismal diferencia con la forma que realmente tienen. Así -del mismo modo en que está quien invoca
todo el tiempo a Eva Perón pero finalmente no hace ni consigue otra cosa que evocar a Nacha Guevara- ni los aviones son tan geniales ni los trenes tan ideales.
La perfección del asunto llegará con la teletransportación y todo eso. El problema, claro, es que cuando alcancemos las alturas y la eficiencia de semejante disciplina ya no quedará sitio alguno a donde ir. Por lo que sólo haremos uso de tan magna tecnología -saludos a Charly García otra vez- para ir, una y otra vez, como zombies, sintiendo el encierro, nada más y nada menos que de la cama al living.

*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-99783-2008-02-28.html

La cultura del silencio*

*Por Ariel Scher. ascher@clarin.com

"Usted cállese y juegue", ordenó, siempre tan democrático, el brasileño Joao Havelange, en México, en los días de mucho Mundial de la mitad de 1986, enojado porque dos argentinos, Diego Maradona y Jorge Valdano, habían expresado que algunos partidos se disputaban en horarios en los que el calor volvía inconveniente patear una pelota. Havelange era entonces presidente de la FIFA y proclamaba una visión que no era sólo suya sino de muchos dirigentes: los deportistas están para sudar, para jugar... y para obedecer.
Así era en 1986 y así sigue siendo ahora. Lo revela el aún módico debate generado por los Juegos Olímpicos de Beijing, que se harán en agosto. De frente a ellos, los deportistas británicos fueron advertidos de que debían evitar hacer críticas sobre temas "políticamente sensibles". La iniciativa
tuvo marcha atrás, pero permitió conocer que esa será una presión segura por la que pasarán los participantes. La regla 51 de la Carta Olímpica prohíbe todo tipo de demostración o de propaganda política en un lugar olímpico.
Bajo ese amparo, el poder deportivo jugó siempre el partido de mantener a los deportistas con la boca cerrada, sobre todo si esa boca pretendía abrirse para cuestionar a los que mandan.
En 1995, a los futbolistas italianos les limitaron protestar contra las pruebas nucleares. En 1997, a los futbolistas argentinos les restringieron portar una leyenda por el salario docente. En 2003, a la rigurosa NBA no le gustó nada que, durante la invasión estadounidense a Irak, el canadiense Steve Nash se calzara una camiseta con la inscripción "no guerra, dispara por la paz". Pero en la mayoría de los casos, la prohibición no llega a conocerse: está en cláusulas contractuales o en una imposición cultural que evita que los deportistas diversifiquen el uso del altavoz que les da ser notorios. Hay que hablar de penales, de éxitos, de carreras, de derrotas, de alguna minucia del próximo domingo. Y de nada más.
Paulo Freire, un brasileño que cambió la historia de la educación, a estas cosas las llamaba "la cultura del silencio". De haberlo leído, Havelange y otros poderosos del deporte le hubieran dicho "usted cállese y juegue".

*Fuente: Clarín
http://www.clarin.com/diario/2008/02/28/deportes/d-05603.htm

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27/02/2008 GMT 1

ISLAS DEL TESORO...

urbanopowell @ 13:39

*

En esta madrugada
Quiero ahuyentar
Las pesadillas y la angustia
Reírme de mi y
No ser crítica
Dejar de lado la
Responsabilidad y la culpa
Ser como el arco iris
Atravesar las olas
Con desparpajo y sintiendo el viento
Del río sobre mi piel
Escuchar en el silencio
A los grillos de la buena suerte
E iluminarme solamente
Con los bichitos de luz.

*de Nora Azul del Rosario Akimenco azulaki@hotmail.com

ISLAS DEL TESORO...

La tierra incomparable*

(fragmento)

*de Antonio Dal Masetto

VEINTISIETE.

Agata bajó a media mañana. En el hall del albergue se encontró con Rosina, y charlaron un rato. Rosina se quejó de que ese día andaba con el ánimo muy bajo. Cuando es­taba así nadie la respetaba, todos la trataban mal.
-Hasta los animales me faltan el respeto.
Si estaba cruzando la plaza y veía venir volando una pa­loma a la altura de su cabeza, se tenía que agachar. Si no lo hacía, seguro que la paloma se la llevaba por delante. Mientras hablaba no dejaba de sonreír, pero se la adivina­ba afligida.
Apareció Silvana, saludó, se disculpó por interrumpir, tomó a Agata de la mano y la llevó hacia la salida.
-Venga -dijo-, tengo una novedad.
Agata pensó que había venido a buscarla para cruzar a Coseno. Al llegar a la puerta se dio vuelta y vio que Rosina seguía en el mismo sitio, en la misma posición, mirando hacia adelante, como si le costara reaccionar y aceptar la desaparición de su interlocutora. Regresó, le tocó el brazo y le dijo:
-Nos vemos más tarde.
Salieron. Silvana no habló de Coseno.
-Una amiga mía es profesora del hijo de la señora que vive en su casa -dijo-, Anoche me lo presentó y le conté la historia del tesoro.
Agata la miró sin entender.
-Le pedí permiso para que fuéramos a desenterrarlo
-siguió Silvana.
-¿Qué dijo?
-Nos está esperando.
Silvana estaba excitada, como si acabase de descubrir el escondite de un tesoro de verdad. Era la primera vez que Agata la veía moverse con tanto entusiasmo. Llegaron al coche.
-¿Qué le parece? -dijo Silvana mientras arrancaba.
-No sé qué decir -Contestó Agata.
Subieron por la calle de atrás, pasaron por el bar don­de habían estado el primer día y bordearon la cancha de fútbol.
-Allá está, ése es Aldo -dijo Silvana.
Estaba parado en el borde del camino, apoyado en una pala. Miraba al frente, meditativo, en una postura poco na­tural, como si posara. Cuando frenaron se sobresaltó y ca­minó rápido hacia ellas. Agata tuvo la impresión de que las había visto llegar desde lejos, que aquel gesto de sorpresa había sido preparado de antemano y que el muchacho es­taba actuando.
Las recibió con una sonrisa. Le tendió la mano a Agata: -Aldo, a sus órdenes.
Era muy joven, tenía pelusa sobre los labios, Se notaba que todavía no se afeitaba.
Allá al fondo, en el patio de la casa, apareció la mujer de la ventana, la madre del muchacho. Avanzó por el sendero de lajas caminando despacio y se detuvo a unos diez metros, los brazos cruzados sobre el pecho y el entrecejo fruncido. Agata y Silvana la saludaron. Ella no contestó. O, si lo hizo, no se oyó.
-A trabajar -dijo Aldo esgrimiendo la pala-, ¿Dónde es?
-En el rincón -dijo Agata.
-¿Acá?
-Justo ahí.
El sitio que Agata marcaba estaba en el ángulo formado por el alambre tejido y el muro que separaban al terreno de la calle y de la propiedad aledaña. Se preguntó por qué su hijo habría elegido ese rincón, el más alejado de la casa, para enterrar su tesoro.
Ella y Silvana estaban paradas en la entrada, en la línea del portón, casi afuera del terreno. No necesitaban avanzar más para estar cerca de Aldo. De todos modos, aquella mu­jer, detenida en el sendero, mirándolas, era como una va­lla. Había viento.
El muchacho despejó el lugar de yuyos secos y empe­zó a trabajar. Era tierra dura. Colocaba la pala vertical, elevándola por encima de la cabeza, y la clavaba soltán­dola con fuerza. A cada golpe, antes de tirar la tierra re­movida a un costado, miraba hacia las dos mujeres co­mo si esperara aprobación. Después a Agata le pareció que, en realidad, la destinataria de las miradas era sola­mente Silvana.
El filo de la pala chocó contra algo duro y Agata sintió en los dientes el sonido del metal. Aldo rodeó el obstáculo con golpes breves y expertos, lo removió, se agachó y sacó una piedra ovalada, lisa y del tamaño de un zapato.
-Una piedra -dijo mostrándola. La tiró a un costado.
-Tal vez sea una marca, ¿se acuerda si su hijo colocó una marca? -dijo Silvana.
-No me acuerdo.
Aldo se sacó la camisa y la colgó de la alambrada. Tenía lindo cuerpo, musculoso, y Agata tuvo la impresión de que se había desnudado para lucirse ante Silvana. Respiró hon­do, inhalando despacio, los pectorales se le hincharon y se le marcaron los tendones del cuello. Soltó el aire de golpe, con un gran soplido, y volvió a tomar la pala. La madre permanecía en el mismo sitio, rígida y callada, con cara de desaprobación.
Aldo se arrodilló, escarbó, tironeó y se enderezó. -Otra piedra.
La arrojó a un costado.
Después apareció una raíz. Era gruesa y rojiza y al ata­carla la pala dejaba heridas muy blancas. Aldo cortó en un extremo, cortó en el otro, levantó el pedazo de raíz y lo mostró como un trofeo, igual que con las piedras. La ma­dre miró alrededor, con actitud crítica, tal vez tratando de detectar el árbol al que estaban dañando con esa amputa­ción.
-¿Cuántos años? -preguntó Aldo.
-Cuarenta.
Aldo se pasó una mano por la frente y como con rabia murmuró:
-Cuarenta, cuarenta.
Y se puso a trabajar con más vigor que antes. De tanto en tanto, sin interrumpirse, miraba a Silvana con ojos de fuego. Silvana, seria, se quitaba el pelo que el viento le echaba sobre la cara y mantenía la mirada fija en el pozo. La madre de Aldo se desplazó un par de metros y se apoyó contra el muro, siempre con los brazos cruzados. Durante un rato largo nadie habló. Pasaron dos o tres coches. Un grupo de colegialas llenó la calle y se perdió en dirección al pueblo. Las tres mujeres permanecían inmóviles, pendientes del trabajo. Bajo aquellas miradas, Aldo seguía con su demostración de fuerza.
Agata pensó en su hijo con la caja de lata, el día previo a la partida hacia América. Lo recordó con los pantalones cortos, bajo el nogal, esforzándose por cavar un hoyo profundo. Ahora veía a Aldo trabajar para rescatar lo que aquel chico había enterrado. Y sintió que frente a ella no había solamente un muchacho voluntarioso luciendo sus músculos y manejando la pala como un héroe la espada. Las dos figuras, una lejana, otra presente, se tocaban y se fundían. Y de esa unión se desprendía un mensaje que agata todavía no lograba descifrar. Por su cabeza desfilaban ideas informes, que no se concretaban y que, así como aparecían, se eclipsaban. Le parecía que una voz había comenzado a hablarle desde esa confusión. Y esa voz le decía que ambos esfuerzos, el de antes y el de ahora, formaban parte de la misma tarea. Agata no lograba entender más, no podía ir más allá. Pero se abandonó a esa sugerencia, la acepto y al hacerlo se sintió en calma y, de algún modo, por un momento, recompensada. Si ese muchacho, su trabajo, eran una prolongación del trabajo de su hijo, si de alguna misteriosa manera se complementaban, entonces era como si la casa, o algo de la casa, no se hubiese perdido del todo.
Se le cruzó la idea de que las cosas se guardaban en la tierra para que perduraran. Pensó en Carla y en su jarrón roto enterrado en el jardín. Pensó en términos de semillas. El proceso de la semilla colocada en la tierra y que después de un tiempo busca la luz e instala un elemento nuevo en el mundo. Era como si su hijo hubiese plantado una semilla. Y ahora, después del letargo, después del largo túnel de silencio y oscuridad, viniera a manifestarse en esta reunión azarosa, en las expectativas dispares de estos cuatro testi­gos, empujados, convocados durante algunos minutos, al­teradas las direcciones de sus vidas durante algunos minu­tos, por aquel gesto perdido en el fondo de los años y llegado hasta ellos en esta mañana de viento.
Aldo se detuvo. Volvió a pasarse la mano por la frente y a respirar hondo. Había dejado la pala en el pozo y eso marcaba la profundidad.
-¿Puede estar más abajo? -preguntó.
-No sé, no creo -dijo Agata.
-¿Nos habremos equivocado de lugar?
-Era justo ahí, en el rincón.
Aldo meditó. Miró a Silvana.
-Vaya ampliar el agujero -dijo con determinación. La madre habló por primera vez:
-¿Más grande? ¿Más pozo?
Se desprendió del muro, dio unos pasos hacia adelante y se detuvo. Aldo se sopló las palmas de las manos y reanu­dó la tarea. Ahora, en la tierra removida aparecieron algu­nas láminas de metal oxidado que se deshacían al tocarlas. Pero nada más.
-¿Qué había en la caja? -preguntó Aldo.
-Soldaditos, autitos, juguetes -dijo Agata.
Aldo atacó de nuevo, resoplando y murmurando: -Soldaditos, autitos, juguetes.
A cada palabra correspondía una furibunda palada de tierra. Fue aumentando el ritmo. Se detuvo de golpe, ja­deante, rojo, mojado de sudor, y soltó la pala que cayó al piso.
-Nada -dijo.
Se lo veía tan contrariado y afligido que Agata y Silvana tardaron en hablarle.
-Pasó demasiado tiempo -dijo Agata.
-Por lo menos pudimos intentarlo -dijo Silvana.
Estuvieron así, indecisas, como si, antes de marcharse, necesitaran encontrar con qué compensar la desolación de Aldo. Se fueron retirando hacia el coche y Aldo las acom­pañó. Al despedirse, Silvana le acarició el brazo con la punta de los dedos y luego se lo apretó.
-Qué músculos -dijo. Subieron al coche.
-Cualquier cosa que necesiten, acá estoy -dijo Aldo. Arrancaron. Agata se dio vuelta, vio que Aldo se había quedado parado en la mitad del camino, sacó la mano por la ventanilla y la agitó hasta que doblaron y se desviaron hacia la calle ancha.
-¿Desilusionada? -preguntó Silvana.
Agata contestó con un movimiento de cabeza que no afirmaba ni negaba. Pero no estaba desilusionada. Lo que se llevaba de aquel intento la hacía sentir bien. Veía a cua­tro figuras en el viento, en la luz, con las montañas alrede­dor, como personajes de un cuadro fijados en el momento culminante de una ceremonia. Seguía pensando en su hijo. Tenía la sensación de haber asistido a un pequeño milagro.

*de La tierra incomparable, © Editorial Planeta (1994), © Antonio Dal Masetto.

Miércoles, 27 de Febrero de 2008
Fidelidad*

*Por Sandra Russo

A lo mejor porque él representa, en lo más íntimo, el máximo exponente de la fidelidad a una idea, es que me cuesta tanto escribir sobre Fidel. Tengo una foto que busqué para anclarlo en mi zona de escritura posible, ya que él pertenece también a un territorio personal de escritura imposible.
En esa foto, tomada en Santiago de Cuba un mediodía de sol rabioso, estoy de 26 años y tengo un pañuelo blanco en el cuello, como las decenas de miles de personas que había allí. Estoy dándome vuelta y mirándolo a él, que hablaba y hablaba como hablaba siempre, tan jugoso. Esa es mi foto con Fidel. Hay
bastantes hileras de sillas con invitados especiales entre él y yo, pero es lo más cerca que lo tuve. Esa foto puede ser enmarcada por alguien que nunca enmarca fotos.
Hace años que Fidel había bajado rengueando desde el Olimpo, porque uno, ya se ha dicho, ya se ha escrito, si pudiera elegir, no elegiría Cuba como lugar de residencia permanente. Pero hay amores que tampoco son para residencia permanente. Hay pasiones que incluso de lo que se alimentan es de
entreabrirse y volver a cerrarse.
Hoy no pensamos en Fidel como pensábamos cuando creíamos en el camino de la revolución. Hoy él ha dejado de ser el que forjó sobre la mata espesísima de la Sierra Maestra un modelo político inimitable, irrepetible, maravilloso, justo. Pero eso fue lo que fuimos comprendiendo con los años, mientras él
envejecía y los que lo odiaban iban demostrando que no creían en ninguno de los valores que invocaban.
Cuba es la poesía en un mundo que ha perdido el habla. La isla ha sido declarada por la Unesco "país libre de analfabetismo". Y uno se pregunta: ¿y si fuera ése el objetivo de un pueblo? ¿Y si todo el poder político fuera utilizado en una sociedad para que sus niños y sus niñas tengan padre y madre con trabajo, casa, salud, escuela? ¿Suena descabellado, exagerado, zurdo, y en todo caso, por qué suena descabellado, exagerado o zurdo celebrar con emoción y palabras mayores a una revolución que les dio voz y conciencia a todos sus habitantes?
Y ésa fue su obsesión, su criatura. Fidel fue fiel como nadie fue fiel en el último siglo a una intuición ideológica, sostenida racionalmente pero sustentada desde lo más libidinal de un pueblo. Fidel soportó. Luchó. Durante décadas tuvo que seguir haciéndolo en todos los terrenos, porque estuvo solo en América latina. Fidelidad, infidelidad. Van a lo íntimo. Pero lo íntimo no es sólo esa membrana de nosotros sobre la que van a parar los amores y los amoríos con otros hombres y mujeres. Lo íntimo incluye, en uno de sus pilares más escondidos, qué te mueve a la acción, qué te indigna, qué te es insoportable, y también qué gusta, qué te tienta, qué entusiasma. Lo más íntimo de todo debe ser lo que te deja en paz con tu conciencia.
Fidel fue fiel a sí mismo, y a Fidel le fuimos fieles los que en lo más íntimo de nuestros pellejos entendemos que en Cuba hay algo de lo mejor de todos.

*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-99704-2008-02-27.html

Miércoles, 27 de Febrero de 2008
la inauguracion de "ausencias" en el c. c. recoleta

Postales de la tarde en que la ausencia se hizo presencia*

Estela de Carlotto, Horacio Verbitsky, Antoni Traveria -director de Casa Amèrica Catalunya-, la presidenta Fernández de Kirchner, Gustavo Germano, David Blaustein: voces coincidentes sobre el valor de una muestra imperdible.

Orlando Méndez, Laura Méndez Oliva y Leticia Oliva.

*Por Oscar Ranzani

"Hace seis días Eduardo cumplió cincuenta años. Hace treinta y dos que no pudo vivir su vida. Esto lo quería decir porque creo que es importante. El tiempo como se ve en estas fotografías es lo que marca la permanente presencia de la ausencia, que es lo que creo que todos los familiares y argentinos conocemos. Yo quiero agradecerles a todos los que hicieron posible este trabajo y a los que se conmuevan con él." Así, tan breve pero intenso, se expresó ayer el fotógrafo argentino Gustavo Germano, nacido en Entre Ríos y radicado en España, que vino a la Argentina a presentar su muestra Ausencias que, al igual que con la misma contundencia de su escueto discurso, muestra a través de la fotografía catorce casos de historias de desaparecidos donde quedan expuestos el dolor de la ausencia y el sentimiento de la permanente presencia de quienes ya no están. Uno de ellos es Eduardo Raúl Germano, hermano de Gustavo, quien fue secuestrado el 17 de diciembre de 1976 a los dieciocho años por miembros del Ejército y de la policía de la provincia de Santa Fe, en Rosario. La muestra se inauguró ayer en el Centro Cultural Recoleta y contó con la presencia de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, miembros de organismos de derechos humanos, Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, el periodista, escritor y titular del CELS, Horacio Verbitsky, Antoni Traveria, director general de Casa Amèrica
Catalunya -institución que produjo la muestra- y directivos de Página/12, auspiciante junto a la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación.
Antes de que comenzaran los discursos, Cristina Fernández de Kirchner recorrió las 28 fotografías que componen Ausencias. Cada historia se compone de dos fotos. Una extraída de álbumes familiares donde aparece en un determinado lugar una víctima del terrorismo de Estado junto a familiares y/o amigos; es decir, una foto producto de la espontaneidad y de la cotidianidad de un momento agradable. En la otra, tomada por Germano treinta años más tarde, aparecen en los mismos lugares que en las fotos de origen
los familiares y/o amigos, dando cuenta del ser ausente pero, a la vez, presente. El autor de la muestra le fue explicando a la Presidenta las características de cada foto, de cada situación, de cómo había sido la desaparición y el corazón de la muestra; es decir, cómo se habían hecho las fotos con los familiares sobrevivientes. Posteriormente, Fernández de Kirchner se reunió con algunos de los familiares que aparecen en las fotos y que viajaron especialmente a Buenos Aires, y mantuvo una conversación con
ellos. Cada uno le contó las historias de sus vidas, de sus cosas hasta que la Presidenta escribió una frase en el libro del C. C. Recoleta, donde pueden expresar las emociones y reflexiones de los visitantes: "No es casualidad que estas ausencias cuenten con nuestra presencia", dejó estampado de puño y letra. Vale destacar que es la primera vez que una máxima autoridad del país visita el C. C. Recoleta, ya que si bien se inauguró durante la dictadura, ningún presidente de la democracia había estado en esta institución cultural. Al finalizar el recorrido y ante la pregunta de un cronista acerca de qué comentario le merecía la muestra, la Presidenta dijo conmovida: "No necesita comentarios". Un rato más tarde, luego de abrazar a Estela de Carlotto, señaló: "Cuando uno mira estas fotos, los comentarios huelgan. Creo que la fuerza de las imágenes junto a la fuerza de la historia es definitiva".
El significado de la barbarie
Para aquel momento, el Patio de los Naranjos del Recoleta estaba superpoblado. Arrancó Verbitsky explicando que la muestra fue organizada inicialmente en Barcelona por la Casa Amèrica Catalunya y que estará recorriendo distintos lugares del país, de la región y del mundo porque "ha tenido un enorme impacto. Transmite con muchísima intensidad lo que significa la ausencia de una persona insertada en la cotidianidad de una familia". El autor de El vuelo destacó: "Para quienes tenemos relación con el tema es muy conmovdeor, pero además creo que ayuda a que quienes no tienen relación con esta cuestión se representen mejor qué significa esa barbarie de arrancar una persona de su propia vida, de su cotidianidad, de su familia, como ocurrió en nuestro país. Yo quiero agradecerle a Gustavo Germano la enorme sensibilidad poética, artística, con la que él ha hecho esto. Los que hemos trabajado desde el periodismo, desde los libros, sobre los derechos humanos en este tema creo que somos los que sabemos que nadie mejor que un artista para transmitir en profundidad lo que esto significa. Y el trabajo que ha hecho Germano, desde mi punto de vista personal, es la cosa más conmovedora que yo he visto nunca sobre este tema".
Una obligación moral y ética
Luego de Germano habló Traveria: "Ausencias es una muestra que rescata la memoria de quienes están para los que no están, pero que nunca se fueron, los recuerdos más íntimos, aquella salida al campo de los amigos, las sonrisas, las vivencias, aquella fotografía de más de treinta años en cualquier lugar de encuentro personal", expresó el director de Casa Amèrica Catalunya quien, además, comentó que Germano presentó su proyecto a esa institución nada menos que un 24 de marzo de 2006, y que traer la muestra a la Argentina fue una "obligación moral y ética". "Es una satisfacción, un lujo trabajar con Gustavo y compartir con él sus emociones, sus sentimientos a través de sus fotografías y de lo que cada una de ellas muestra y representa", reflexionó Traveria.
Ausencias fue inaugurada el 17 de octubre del año pasado en Barcelona y, desde aquel mismo momento, el impacto que causó hizo crecer su repercusión, motivo por el que seguirá circulando por Europa pero también por América latina y por las provincias de la Argentina. En Buenos Aires estará hasta el 30 de marzo, luego irá a Paraná en mayo y la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación la hará itinerante por las provincias. Estará en Santiago de Chile, se podrá ver también en Uruguay y Paraguay, mientras se está conversando con Colombia y México para llevarla a esos países.
El director de Botín de guerra y Cazadores de utopías, David Blaustein, presente en la inauguración, señaló a este diario: "La verdad es que estoy un poco perplejo. Hacía mucho tiempo que un recurso artístico no me dejaba tan conmovido y tan enmudecido. Me impresiona la capacidad del artista para
conmover, y para que el arte siga siendo en nuestro país tan original para producir memoria".

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/2-9345-2008-02-27.html

ESTELA DE CARLOTTO
"Vi a mi hija"

En diálogo con este diario, la titular de Abuelas de Plaza de Mayo, Estela de Carlotto, señaló que "la muestra es impactante". "Vi la imagen de mi hija, de mis hijos: el look, el peinado, la pose, la mirada de esa juventud que sabía lo que quería, se arriesgó, sabía que iba a dar la vida, pero lo hizo a conciencia porque, como me dijo Laura: 'Nuestra muerte, mamá, no va a ser en vano'. Están presentes, de alguna manera, aunque en fotos en blanco y negro, pero se los ve sonrientes, militando. Es aberrante ver que hay niñitos que también cayeron bajo las bombas de los genocidas. Y todo eso produce una sensación de mucho dolor pero de mucha memoria, y casi diría de triunfo sobre el olvido, porque muchos pretendieron el olvido", expresó Carlotto. "Muchos nos dijeron: 'No hay que mirar para atrás, hay que mirar para adelante, ¿por qué no pensamos el futuro y no miramos el pasado?'. De ninguna manera se puede vivir sin memoria. Sería como querer matarnos a medias. De manera que para mí ver esta muestra fue cumplir con lo que deseaba: acompañar a la familia y recordar a los compañeros de mi hija", sintetizó Carlotto.

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/subnotas/9345-2943-2008-02-27.html

GUSTAVO GERMANO
"Volver a casa"

Luego de la inauguración, Germano habló con Página/12 y recordó que todo empezó "con la idea de que uno daría todo por haberlos visto envejecer, por haberlos visto vivir su vida. Esta fue la idea de la que partimos para formar este concepto de lo ausente y lo presente y el paso del tiempo. Si logramos poner en dos fotos la permanente presencia de una ausencia, yo me doy por satisfecho", subrayó el fotógrafo, que trabajó para su investigación con el Registro Unico de la Verdad de la Provincia de Entre Ríos, con la agrupación HIJOS Regional Paraná y la colaboración imprescindible de la Asociación de Familiares y Amigos de Detenidos-Desaparecidos de Entre Ríos (Afader). Por eso, presentarla en Argentina lo vive como "volver a casa. El lugar en el que tiene que terminar para volver a empezar es Paraná", explicó
Germano.

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/subnotas/9345-2944-2008-02-27.html

El misterio del tiempo*

Por Horacio Verbitsky *

La desaparición forzada de personas, que debían esfumarse en la nada, fue el método elegido por la dictadura argentina de 1976-1983. Según varios de sus jefes, así buscaron evitar la condena de la Santa Sede, con la aprobación sigilosa de la jerarquía argentina. Pero a cambio consiguieron que aquel
pasado atroz llegara a ser un insomne presente perpetuo, como la maldición que Neruda pensó para Franco. Más que los juicios penales, las investigaciones periodísticas o los ensayos filosóficos, el arte da cuenta del vacío lacerante que la ausencia inexplicable provoca. Como las esculturas de Juan Carlos Distéfano o los poemas de Juan Gelman, los cuadros de Carlos Alonso o los del español Ramos Gucemas, las fotografías de Gustavo Germano y los puntos que en cada leyenda reemplazan al nombre ausente evocan ese trauma fundador de la identidad argentina contemporánea y nos introducen al misterio del tiempo con la muda violencia de un gesto congelado.

* Texto incluido en el libro Ausencias.
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/2-9346-2008-02-27.html

Martes, 26 de Febrero de 2008
El cáncer de la fortuna*

*Por Nora Veiras

Sonó el teléfono y una voz desconocida pero inconfundible empezó a hablar:
-Disculpe, ¿tendrá unos minutos para escuchar la promoción del Banco Francés? -la chica con tono impersonal pidió permiso y arremetió: "El Banco quiere ofrecerle un paquete de seguros: uno para su propiedad y el otro es un Plan de Salud Femenino".
En pocas palabras agotó la primera oferta, similar a todas aquellas que tratan de seducir y exacerban esa compulsión por estar precavido ante eventuales tragedias.
Sin solución de continuidad, la chica entrenada en esas lides completó el kit:
-Además, tenemos el Plan de Salud Femenino. Si a usted le diagnostican cáncer de útero, ovario o mama, el banco le da 35 mil pesos para que los gaste en lo que quiera, no tiene que decirle al banco en qué decide invertir. Si quiere puede aumentar la cuota de la prepaga porque los tratamientos son muy costosos...
Del otro lado de la línea, quedé demudada, la chica seguía ofreciendo opciones "creativas" y aclaraba, si mal no recuerdo, que la cuota mensual para acceder al beneficio era de unos 23 pesos.
-¿Y si tengo cáncer de hígado? --atiné a preguntarle con una mezcla de morbo y cinismo.
-Ah... El Plan de Salud Femenino es para casos de cáncer de ovario, útero y mama -reiteró programada la operadora.
-Vos no tenés nada que ver pero el que ideó la promoción es siniestro.
Muchas gracias -dije, y colgué.
Era la tercera vez en menos de un año que recibía el llamado. Perdón, debo decir que ampliaron el kit: incluyeron las mamas. En la primera oferta las lolas habían quedado afuera.
En estos meses, los encargados de marketing deben haberse topado con la estadística de la Organización Mundial de la Salud que pronostica que en el mundo se les diagnosticará cáncer de mama a más de 1.200.000 personas este año y, además, que la tasa de mortalidad está cayendo en la Argentina, las
muertes por cáncer de mama se ubican en 20,4 por 100.000 según el atlas elaborado por Elena Matos y Doria Loria, del Departamento de Carcinogénesis del Instituto Roffo. Siguen en orden descendente el cáncer de útero (10,7), colon-recto (9,0), cáncer de pulmón (6,9), páncreas (5,5) y ovario (4,0).
"Estas tasas de mortalidad se mantienen casi en los mismos niveles desde hace 30 años, aunque en los últimos diez las curvas parecerían estar bajando en las mujeres de 40 a 49 años. Esto, a nivel de hipótesis, se podría relacionar con la detección temprana", señala la doctora Matos, epidemióloga
y coautora del estudio.
¡Podrán seguir pagando la cuota! -deben haber razonado.
El mercado no da derecho a avasallar la intimidad, a irrumpir en el cuerpo, en la sensibilidad del otro/a. ¿Alguien pensó qué puede sentir una mujer a quien le acaban de diagnosticar cáncer y escucha la dulce voz de la promotora? Quizá se entusiasmaron con darle un momento de felicidad porque justo el cáncer la atacó en los órganos o tejidos adecuados para hacerse acreedora de un préstamo.
¡Qué suerte que haya financistas con sensibilidad de género! ¿Habrá una oferta para cáncer de próstata? ¿O la tupacamarización es sólo femenina?

*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-99613-2008-02-26.html

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DE PEQUEÑOS GESTOS Y ALGUNOS PEDACITOS DE MEMORIA...

urbanopowell @ 01:27

Qué vachaché*

Tango 1926
*Letra y Música: Enrique Santos Discépolo

Piantá de aquí, no vuelvas en tu vida.
Ya me tenés bien requeteamurada.
No puedo más pasarla sin comida
ni oírte así, decir tanta pavada.
¿No te das cuenta que sos un engrupido?
¿Te creés que al mundo lo vas a arreglar vos?
¡Si aquí, ni Dios rescata lo perdido!
¿Qué querés vos? ¡Hacé el favor!.

Lo que hace falta es empacar mucha moneda,
vender el alma, rifar el corazón,
tirar la poca decencia que te queda...
Plata, plata, plata y plata otra vez...
Así es posible que morfés todos los días,
tengas amigos, casa, nombre...y lo que quieras vos.
El verdadero amor se ahogó en la sopa:
la panza es reina y el dinero Dios.

¿Pero no ves, gilito embanderado,
que la razón la tiene el de más guita?
¿Que la honradez la venden al contado
y a la moral la dan por moneditas?
¿Que no hay ninguna verdad que se resista
frente a dos pesos moneda nacional?
Vos resultás, -haciendo el moralista-,
un disfrazao...sin carnaval...

¡Tirate al río! ¡No embromés con tu conciencia!
Sos un secante que no hace reír.
Dame puchero, guardá la decencia...
¡Plata, plata y plata! ¡Yo quiero vivir!
¿Qué culpa tengo si has piyao la vida en serio?
Pasás de otario, morfás aire y no tenés colchón...
¿Qué vachaché? Hoy ya murió el criterio!
Vale Jesús lo mismo que el ladrón...

http://www.todotango.com/spanish/biblioteca/letras/letra.asp?idletra=163

DE PEQUEÑOS GESTOS Y ALGUNOS PEDACITOS DE MEMORIA...

El peronismo en pequeños gestos*

A Lidia Paz

Hoy es el cumpleaños de Lidia.
La llamo por teléfono. Este año si me acorde. Hablamos, y se remueven afectos.

Me cuenta que esta leyendo los escritos de José Pablo Feinmann sobre el peronismo que se publican los domingos en Página/12. Dice que ahora leyendo y recordando algunas imágenes de su infancia ha descubierto a los 64 años que se siente peronista.
Ella nació en el 44 cuando el peronismo se preparaba para bautizar sus pies en la fuente de la plaza.
Lidia me dice que estas lecturas le han devuelto algunas imágenes sobre su padre.
Como poder ver a su padre en la cocina escuchando en la radio, mientras en la radio estallan las bombas del junio de 1955 sobre la Plaza de Mayo.
Ella congela esa imagen, su padre, un hombre silencioso, llora en la mesa de la cocina al escuchar de los bombardeos. No recuerda que dice, la postal es sólo su rostro llorado y sus labios que se mueven.
El fue peón de campo, antes de ser obrero y poder casarse y tenerla a ella de hija. Un hombre humilde que hablaba casi para adentro.
Y ella tenia -sacando cuentas- 11 años cuando ve a su padre llorar y puede ver algo o intuye de su vida en esas gotas luminosas.
Lidia y yo hemos tenido padres laboriosos y callados, gente de pocas palabras, el otro extremo de los políticos que como dice la gente humilde: "hablan mucho".
Mientras le cuento de mi vida fragmentada y Lidia se rie de esta confesión: "durante el año lavo los platos en tres casas distintas", me surge de mi padre una fecha. El 21 de julio de 1952. Mi padre llega de Italia a la Argentina 5 días antes de la muerte de Eva. Mi padre jamás contó ni una palabra que lo relacionara con la vida política de la argentina. Nada, ni un pequeño gesto que dijera como le había pegado los acontecimientos de esta, su segunda tierra, en la que trabajó, crió a sus hijos y murió. Hasta que muchos años después un día me encontré en el lavadero de casa con una hoja de diario con un retrato de Eva a página completa colgado de un clavo, que como casi todo en la casa era producto de su trabajo. Hasta los clavos puestos en la pared eran su obra.
Ese fue el único gesto ¿político? que le conocí a mi padre durante su vida digna de la expresión peronista "de casa al trabajo y del trabajo a casa".

Creo que en algún lugar, casualidades o no, estamos hermanados con Lidia. No importa. No puedo escribirlo. Pero ella hace muchos años lo pudo decir mientras caminábamos a la salida del trabajo.
Me dijo que yo era como el hermano que no había tenido.
Pasaron muchos años de esa frase. La guarde. Al menos para escribirla este día, un día de pequeños gestos y algunos pedacitos de memoria.

*de Eduardo Francisco Coiro. inventivasocial@hotmail.com

Discépolo y el peronismo*

*Por José Pablo Feinmann

Era un poeta de excepcional talento. Era un tipo frágil, con un sentido trá­gico de la existencia. Se podría decir que era un pesimista, pero un escritor que escribe, aunque escriba acerca de la falta absoluta de sentido de todo lo que existe, aunque sienta que Dios es una ausencia y que el amor
se ahogó en la sopa, no es pesimista. Si lo fuera, no escribiría. No escriben los desesperados. Escriben los que creen en decirles a los demás las cosas en que creen, lo que les pasa, sus desengaños, o hacerles saber que todavía hay hendijas por las que se filtra una alegría inesperada, sorpresiva, que da aliento y permite seguir. Una hendija como esas por las que Benjamin decía que el Mesías se hacía sentir en la Historia, que no vendría al final, sino que estaba siempre, que entraba por los quiebres, por esos quiebres que impedían la linealidad de la historia, pero abrían la posibilidad del mesianismo, esos tipos, en suma, no son pesimistas. Creen en algo poderoso. Creen en el arte para el que están dotados. Nuestro poeta era así. Además, dominaba como pocos el arte de la palabra, hablaba y seducía, hablar era un don con el que encandilaba, con el que encantaba, hablaba rápido, se le atropellaban las palabras, las ideas, pese a la velocidad de su habla, eran más veloces, sólo su gestualidad lograba el empate, entre sus
palabras y los malabarismos de sus manos se hacía entender, comunicaba el volcán que él era, porque era eso: un flaco volcánico, un torbellino que duró poco, que se quemó pronto, que se creyó fuerte, puso la cabeza y, en un tiempo de odios extremos, se la cortaron.
No tiene prestigio académico por dos cuestio­nes: escribió tangos y se hizo peronista. En el Dic­cionario de autores latinoamericanos de César Aira, se mete por la ventana en el apartado que corres­ponde a su hermano, Armando. Sé que Aira admi­ra a Alejandra Pizarnik, yo también la admiro. Y creo que su talento no era superior al del autor de Quevachaché. Era distinto, No sé si el peronismo se merecía semejante poeta, aunque también lo tuvo a Manzi. Pero él, en el mediodía de su esperanza, se hizo peronista y peronista militante, porque agarró la radio y empezó a desparramar sarcasmos, ironías,
un humor corrosivo, que hería demasiado y más todavía en una época de esas que suelen lla­marse "electorales", donde todo se pone al fuego, cada palabra bien puesta es un voto. Se trata de Enrique Santos Discépolo. Confieso que hay poe­mas de este vate popular que admiro hasta la envi­dia. Que, al leerlos por primera vez, siendo muy jovencito, me quitaron la respiración. Que la certe­za del paso de los años, de la decadencia inconteni­ble y la cercanía de la muerte, la encontré antes en Discépolo que
en cualquier filósofo que haya estu­diado hasta cierta altura de la carrera en Viamonte 430, donde, según una dedicatoria de Ernesto Laclau, si no recuerdo mal, "empezó todo".

FIERA VENGANZA DEL TIEMPO.
Tal vez deba aclarar que metemos con Discépolo es una tarea imprescindible en un estudio sobre el peronismo. Porque habrá que ver cómo este vate sombrío, este cantor de los más terribles desengaños, este poeta del fango del arrabal, se enamoró del portland de las casitas peronistas, de los días solea­dos que el movimiento reclamaba como propios ("un día peronista") y del "chamamé de la buena digestión". Ni Discépolo fue Heidegger, ni Perón fue Hitler. Pero no puedo evitar la comparación. El sombrío Heidegger de Ser y tiempo, el filósofo de la República de Weimar, encuentra en el nacionalso­cialismo la solución del problema entre el hombre y la técnica, que la Modernidad había inaugurado con Descartes. También encuentra su día sin nubes. Hay una esperanza y él habrá de adherir a ella. No hace mucho, un
serio, profundo pensador argentino me decía que Heidegger había sido sólo "otro bolu­do" que se había prendido a uno de esos tentadores tranvías de la historia. Fue su ruina. O, al menos, sus adherentes tienen que vivir defendiéndolo. Dis­cépolo también se prendió a "uno de esos tentadores tranvías de la historia". Más cómodo le habría sido seguir hablando de los amores imposibles, de las manos que no se extienden, de los que ven que a su lado se prueban las pilchas que está por dejar. Se permitió la exaltación, la vehemencia, la alegría. Acompañó la alegría del pueblo pobre. Es una de las caras más fascinantes de la gran novela peronista.
Esta noche me emborracho (1928) plantea el paso del tiempo como destrucción de los sueños. Y el tiempo como camino ineludible hacia la muerte a través de la decadencia física, que expresa también la muerte del amor. El tipo ve a su "dulce metedura", a la mujer que lo volvió loco diez años atrás, salir de un cabaret. La ve hecha "un cascajo". Un cascajo, para mayor desdicha, patético, ridículo. La ve "chueca, vestida de pebeta, teñida y coqueteando su desnudez". La ve como "un gallo desplumao". La ve con "el cuero picoteao". Raja "pa'no llorar". Recuer­da las cosas que hizo por ella. Porque ella era her­mosa. Lo era diez años atrás. El tipo se "chifló por su belleza". Entra, entonces, el tema recurrente de la madre. La máxima deshonra es haberle quitado "el pan a la vieja". Aquí radica el mayor dolor. Le hizo pasar hambre a la vieja para darle a este cascajo lo que sus caprichos pedían. Pero es la estrofa final la que revela lo que podríamos llamar "el revés de la trama". Lo no dicho en el poema. El tipo dice:
"Fiera venganza la del tiempo/ que nos hace ver des­hecho/ lo que uno amó". Sin embargo, ¿sólo en ella ve la fiera venganza del tiempo? ¿Y si la imagen de la mina vencida lo remite a sí mismo? Él, ¿cómo está, cómo se ve, es o no es otro cascajo? La fiereza del tiempo los tiene que haber atrapado a los dos. Acaso el terror del tipo es haber visto en ella lo que no quería ver en él. Que el tiempo pasa, destruye, se venga. ¿De qué se venga el tiempo? De lo que uno amó. Es como si el tiempo disfrutara destrozando lo que uno se permitió amar porque no se está en el mundo para amar o porque el amor es imposible. Quien se atrevió a hacerla verá destruido su sueño. "Este encuentro me ha hecho tanto mal/ que si lo pienso más/ termino envenenao".
El encuentro es un encuentro-espejo. Ve en ella lo que también es él. ¿Qué hace él, solo, porque es evidente que está solo, a la salida del cabaret, de madrugada? ¿Qué buscaba ahí? ¿Entraba o salía del cabaret? Raro que pasara de casualidad. No se anda de casualidad por esas geografías. Además, lo
confiesa: "¡Mire, si no es pa' suicidarse/ que por este cachivache/ sea lo que soy..." No sabemos qué es. Pero es muy posible que sea una ruina como ella. Que el tiempo les haya cobrado a los dos la insolencia de amarse.
"Fiera venganza la del tiempo" es una de las líneas más excepcionales de Discépolo. El tiempo se venga de todo. El tiempo nos quiebra. El tiempo nos mata. El tiempo es la Muerte que nos llama. Por eso es fiero. Es feroz, encarnizado, es violento. Nada se puede hacer contra eso. "Este encuentro", dice el tipo, "me ha hecho tanto mal". ¿Cómo no lo va a trastornar ese encuentro si en él vio el sinsentido de la vida aquello en que se transforman las cosas que se amaron, que se creyeron eternas, eternamente
bellas, eternamente jóvenes, como él, como el tipo? No quiere pensar más. ¿De qué sirve pensar? Pensar es envenenarse. "Si lo pienso más, termino envene­nao". Sólo queda la negación, el olvido momentá­neo del alcohol, que será el olvido de una noche, la esperanza de que no pase al día siguiente, que se quede atrás, en la madrugada, en ese cabaret. Quién sabe, por ahí ocurre eso. El alcohol todo lo puede. Y el poema termina proponiendo la curda, último refugio del tanguero, antesala del "cachá el bufoso y chau", el sueño, el sueño pesado, el sueño sin sue­ños, el de la entrega: "Esta noche me emborracho bien/ me mamo bien mamao/ pa' no pensar". Excepcional es la identificación del "pensar" con la obsesión. No hay que pensar. Pensar es torturarse. Pensar llevará a ver la verdad y verla será intolerable. El dolor supremo. Se trata de calmar ese dolor. O mejor: de sofocarlo, de tornado imposible. Por eso se va a emborrachar "bien". Se va a mamar "bien mamao". O sea, no como cualquier otro día, sino con una eficacia trabajada,
profesional. Pondrá toda su sabiduría de curda para frenar con el alcohol todo cuanto pueda filtrarse de la realidad. Que nada entre. Que nada me obligue a pensar. Porque no quiero saber lo que sé, lo que descubrí: ese cascajo, ese gallo desplumao, ese cachivache, que hoy vi en la madrugada, a la salida del cabaret, soy yo.
Discépolo, como muchos artistas de su genera­ción, era un apasionado lector de los novelistas rusos. Se nutre de ellos y, aunque no lo hayan leído, anticipa muchos de los temas de las filosofías de la existencia de los años cuarenta en Europa. En 1925 escribe su tango más decarnado, más negro. El que nunca pasa, el que siempre dice lo que hay que decir de cada época, algo que habla de la destrucción de toda teoría del progreso en la historia del hombre.
Los tiempos, hoy, son duros. Y todavía está Discé­polo para narrarlos. No en Cambalache, tango por el que no tengo mayor estima, sino en esa temprana reflexión nihilista que es Qué vachaché. "En Buenos Aires (escribe Horacio Salas) lo estrena Tita Merello en la revista Así da gusto vivir. Resulta un
rotundo fracaso. Un nuevo intento en Montevideo tiene el mismo resultado. Recién el éxito de Esta noche me emborracho en 1928, en la voz de Azucena Maizani, le permite exhumar Qué vachaché, que se graba ese año" (Horacio Salas, El tango, Planeta, Buenos Aires, 1986, p. 200). Discépolo está orgulloso de este tango. Hasta se permite decir que mira "por otras ventanas el tremendo panorama de la humanidad" (Ibid., p. 200). ¿Cuál era ese "tremendo pano­rama"? En 1925 gobernaba en Argentina el radicalismo. Hitler no había llegado al poder. Mussolini recién empezaba a mostrar las garras.
Pero el mundo, al lado de lo que vendría, no ofrecía todavía un "tremendo panorama". Aquí, entonces, la sospe­cha: ¿no estaba en el propio Discépolo el "tremendo panorama"? ¿No era más metafísico que histórico? ¿No era más cerradamente existencial? ¿No era ese "tremendo panorama" el de su propia
conciencia, atormentada por siempre? También vale otra hipó­tesis: el poeta se adelanta a su tiempo, ve lo que los otros no ven. O ve lo que siempre ha de estar, lo eterno en la historia.

VENDER EL ALMA, RIFAR EL CORAZÓN
No hay otro modo de entender Qué vachaché.
Porque, en 1925, la cosa no era para tanto. Los bue­nos revisionistas o los historiadores peronistas dicen que Discépolo se anticipa a la descripción de la lla­mada Década Infame. En verdad, se anticipa a todas las épocas, dado que ese tango prenuncia poderosa­mente la década argentina de los noventa y el mundo mercantil, cósico del presente. ¿Qué es lo que hace falta, qué hay que hacer para sobrevivir en el universo de los humanos? Como diría Marx: hay una mercancía a la que remiten todas las otras pues la han aceptado como el equivalente de todas. Una silla no es el equivalente de todas las mercancías. Ni un tren. Ni un zapato. Estaríamos, ahí, en un sistema de trueque. Lo que establece el capitalismo es que tanto el tren, como la silla o como el zapato remitan para establecer su valor a una mercancía que habrá
de representarlas a todas, expresando sus distintos valores. Esa mercancía es la mercancía dinero. De aquí que sea la mercancía esencial del capitalismo. Con el dinero uno compra cualquier cosa. Una silla la podrá canjear por una mesa o por un ¡sillón. El dinero puede entregarnos lo que se nos antoje, si es que lo tenemos en cantidad suficiente. De aquí que haya que tener mucho dinero para poder tener muchas cosas. Si la puerta a la conquista de las cosas (y el capitalismo es un sistema de cosas) es el dinero, todo radica entonces en tenerlo en cantida­des suficientes como para que nada nos esté vedado. "Lo que hace falta (escribe Discépolo) es empacar mucha moneda/ vender el alma, rifar el corazón/ tirar la poca decencia que te queda/ plata, plata y plata ... plata otra vez .. ./ Así es posible que morfés todos los días/ tengas amigos, casa, nombre ... lo que quieras vos./ El verdadero amor se ahogó en la sopa,/ la panza es reina y el dinero Dios". Hay pocos textos que definan la pragmática capitalista como éste de Discépolo.
No era un desesperado.
No era un pesimista. Acaso hoy lo comprendamos mejor que nunca. Hoy, cuando no hay nada más que capitalismo. Cuando el mundo se ha transfor­mado en un campo de guerra. Cuando la potencia capitalista más poderosa de la Tierra anuncia que buscará lo que necesite ahí donde esté. Cuando no sólo no hay
ideales, no hay ideas. Cuando la política desapareció ahogada por los arreglos entre aparatos. Cuando un tipo que está aquí, mañana está allá y pasado mañana volvió a cambiar. ¿Qué quiere decir esto? Simple: no hay ideas, hay intereses. La verdadera política se ahogó en la sopa. En cuanto a las aristas morales de este mundo de intereses, Discépolo es bien claro. Sus consejos valen oro: tenés que vender el alma, rifar el corazón, tirar la poca decencia que te queda. Si hacés eso, triunfas. Si no, te pisan.. Te pasan por encima, Sos un gilito "embanderado", A este personaje se dirige Discépolo. A "un gilito embanderado", un pobre tipo que todavía cree en algunas causas, en algunas banderas. No hay causas, no hay banderas. Sólo hay guita. Si sólo hay guita, ¿donde está la verdad? Eso que decíamos "tener razón". Fulano tiene la razón porque Fulano tiene la verdad. O al revés: Fulano está en lo cierto, tiene razón. Había algo, en los hechos, que permitía esta­blecer una verdad. Tenía razón el que podía demos­trar que él había actuado bien y el otro mal. Pero eso podía ocurrir porque existían en el mundo el Bien y el Mal. No existen más. Lo que existe es el dinero. Por eso: "La razón la tiene el de más guita". Porque a "la honradez la venden al contado".
Y las dos líneas que siguen son las más descarnadas del poema. No sé cuantos poetas de nuestro país o de otros han llegado a una síntesis más poderosa de la relación entre moral y dinero. Al ser el capita­lismo el sistema de, justamente, el capital, es el siste­ma del dinero. La ética que intentó establecer desde sus orígenes, desde Adam Smith, fue la del egoísmo. Si triunfó, triunfa y seguirá triunfando hasta que posiblemente se destruya destruyéndolo todo es porque expresa lo más sombrío del hombre, que es su
verdad. Todos los otros sueños que buscaron rea­lizarse terminaron entronando otra versión del capitalismo. El capitalismo expresa lo que el hombre es y no se hace ilusiones sobre eso, El dinero es su razón y la razón es dinero. La verdad, como sobra­damente lo demostró Foucault, es la verdad del poder. Y el poder se relaciona con la posesión del dinero. Discépolo sabía todo esto cuando escribió:
"No hay ninguna verdad que se resista/frente a dos mangos moneda nacional".
¿A dónde voy con todo esto? Clarísimo: Discépo­lo es uno de los más distinguidos peronistas y es uno de nuestros más grandes poetas. Como todo está olvidado, como nada se recuerda, me permito repasar algunos de sus temas. Y vendrá el contraste. Porque las charlas de "Mordisquito" son impensables desde "Qué vachaché". Sigamos con el poeta de la desesperanza.
Yira yira postula, no ya que la verdad la tiene el de más guita, sino que "todo es mentira". Pero por el mismo motivo. No creas en nada. Todo es mentira porque el que te dice que tiene razón la tiene porque la compró, compró la razón, compró la verdad. Todo es mentira. Niega toda posible solidaridad: "No esperes nunca una ayuda, ni una mano, ni un favor". En Tres esperanzas llega a otra de sus cimas. Un hombre desesperado, un hombre que no entiende el mundo en que vive o uno que, simplemente, no aguanta más, siempre se sorprende de un hecho. El está destruido, no puede más. Llega, por fin, el momento en que se dice: "Cachá el bufoso y chau.. ¡vamo a dormir!". Sin embargo, hasta llegar a ese momento, momento al que se llega con enorme dolor, con miedo, hay algo que le resulta asombroso: todo sigue igual, todo sigue su rumbo, él se puede pegar un tiro mañana y nada habrá de ocurrir. "Pa' qué seguir así, padeciendo a lo fakir, / si el mundo sigue igual.. Si el sol vuelve a salir". Sólo un tipo con un fuerte metejón con la angustia, con la desesperación plena, con el dolor, escribe algo así: que "el sol vuelve a salir". Que todo va a seguir igual. Que su sufrimiento infinito es nada en la inmensidad del todo. Que es sólo infinito para él. Pero sólo eso. Cacha el bufoso y chau, hacé lo que quieras, matate ... no por eso va a dejar de salir el sol.
Una vez, a partir de cierto día, un día en que el sol volvió a salir, este gran poeta metafísico sintió que también salía para él. Era increíble, pero le nada algo por completo desconocido: la esperan­za. Habría de transformarse en un "gilito emban­derado". En un tipo que se había "piyao la vida en serio".

EL COMPROMISO POLÍTICO
Algo que ha perjudicado a Discépolo ha sido cier­to empecinamiento de los peronistas por hacer de él el Borges del peronismo. "Los gorilas tienen a Bor­ges, nosotros tenemos a Discépolo." Y peor todavía. Lo que más disminuye todo es que han aportado razones. Discépolo sería el "poeta de la calle". El "poeta del pueblo". Y Borges, "el ajedrecista". El tipo frío. Al que "le falta calle". Estos disparates han perjudicado a Discépolo. No a Borges. Borges goza de una consagración universal que no se verá deteriorada porque varios o muchos peronistas rencoro­sos, ultrapopulistas, le arrojen piedritas pueriles. Que un escritor tenga o no tenga calle no es la medida de su grandeza. Además "tener calle" es una expresión literariamente lamentable. ¿Qué significa? ¿Hay que recorrer calles para escribir? ¿Hay que vivir la vida intensamente? ¿Hay que salir de la Biblioteca de Babel? Pavadas. Borges, además, es un escritor hondamente argentino. Ha escrito sobre gauchos, sobre malevos, sobre el tango, sobre el Martín Fierro sobre el Facundo. Se podrá o no estar de acuerdo. Pero si uno recuerda que se le decía en los sesenta y los setenta (sobre todo en un librito de Jorge Abelardo Ramos sobre literatura argentina) "el escritor angloargentino", hará bien en señalar que todo eso es un dislate. Borges y Discépolo no
tienen por qué oponerse. Hay cosas que uno encuentra en Borges y no en Discépolo y viceversa. Es cierto, ade­más, que uno era un letrista de tangos y el otro un hombre de la más alta literatura, uno de los más grandes estilistas del siglo pasado. Porque por más que Barthes hable de la "muerte del autor" (siguien­do a Foucault y su "muerte del hombre"). Y por más que, al hablar de la muerte del autor y del "grado cero de la escritura", una escritura sin mar­cas, sin señales del sujeto, que es lo que el
posestruc­turalismo vino a negar, niegue la posibilidad del estilo, lo siento, señores, Borges es la apoteosis del esti­lo. Y bien orgulloso estaba de serlo. Y nosotros de reconocerle ese estilo y de embriagamos con él, pese a los adverbios repetidos y al exceso de adjetivos. De modo que no perdamos
tiempo. Discépolo no es una herramienta para demostrarles a los gori­las que los peronistas tienen escritores. Borges, ade­más, no es el escritor de los gorilas, aunque él lo haya sido y de un modo, para mí al menos, bastante tonto y, por eso mismo, irritante y hasta penoso. Borges es un escritor plenamente argentino. Trama­do por la historia de su país. No es de los gorilas. Es de todos. Porque su literatura, además, salvo en algunos notorios momentos, no es gorila o no gori­la. Es tan metafísica como la de
Discépolo. Más cer­cana a lo fantástico. A un juego en que la erudición se unía a los pliegues de la realidad, a una concep­ción personal del mundo, de un mundo que podía centrarse en un solo punto, el Aleph. En fin, lo mejor que he dicho sobre Borges lo dije en un guión de cine del que estoy muy
satisfecho pero que nadie vio. O dijeron que les gustaba el guión pero no la película. La película se llama El amor y el espanto y creo que es un valioso aporte a los enormes materiales que se le han destinado a Georgie. Un aporte más, en todo caso. Pero hecho desde el cine y con un trabajo formidable de Miguel Ángel Solá. Si la quieren ver, tal vez descubran algo que una crítica demasiado centrada en ese momento en la exaltación del "nuevo realismo argentino" les obliteró.
Discépolo encuentra la luz del mediodía, su militancia, en la campaña del peronismo para las elecciones de 1951. Se acabó el metafísico oscuro. El hombre que no creía en nada. El tipo que decía "la razón la tiene el de más guita". No, porque la guita la tenía la oligarquía, y no tenía la razón.
El peronismo venía a discutírsela. Y él lo iba a decir. Ya lo saben: con el verso no le ganaba nadie.
Apold le pide que le ponga el hombre a la campa­ña peronista. Al fin de la misma, Perón habrá de decir:
"Gracias al voto de las mujeres y a 'Mordis­quito' ganamos las elecciones de 1951". Aquí tenemos al vate, al tipo de Buenos Aires, al flaco loco, genial, creativo. Al tipo que no se iba a andar con caricias. Que iba a golpear fuerte. No sabía que eso le costaría la vida. Lo llevaría a una muerte solita­ria, dolorosa. Pero no nos adelantemos. Ahora se planta frente al micrófono y -sin que nadie pueda responderle desde ninguna otra radio, porque así el peronismo, era autoritario a rabiar- empieza a decir verdades incuestionables y que nos servirán para ver cómo un tipo como Discépolo visualizaba con honestidad y con una gracia inigualable las conquistas que se habían derramado sobre el país desde el 17 de octubre de 1945. Discépolo era flaquito, no era un tipo como para agarrarse a las piñas con nadie.
"Pero, ¡discutir! ¡Claro que vamos a discutir!" Aclaro: la edición que tengo es la pri­mera que salió. Reúne las primeras charlas de Dis­cepolín y no tiene pie de imprenta ni el sello de la Secretaria de Prensa y Difusión que era, sin duda, la que lo había editado. O sea, el siniestro Apold. Figura nefasta, desagradable, tachadora, fanática, que el peronismo sostuvo sin vacilaciones, encon­trando en él, a no dudarlo, un elemento valioso, necesario. Un Gobierno que tiene un Apold no puede ser democrático. Salvo que se diga, como en los setenta, que el peronismo era democrático por­que expresaba al pueblo. Pero esto es muy discuti­ble. Porque los socialistas, los radicales y hasta los conservadores eran el pueblo. Y los comunistas, a quienes tanta alergia les tuvo el peronismo, tam­bién. La oligarquía era la clase golpista de siempre, aliada a lo más reaccionario del Ejército esperando el momento de asestar el golpe. De democrática nunca tuvo nada. También es cierto que muchos políticos golpeaban "las puertas de los
cuarteles". También es cierto que el peronismo los encarcela­ba. Y a algunos los torturaba. Nada es sencillo en esa historia. Pero para Discépolo todo estaba claro. Se inventó un personaje para discutir con él. Era "Mordisquito". Era el típico "contrera". Discépolo le decía que antes los pibes "miraban la nata por turno" y ahora "pueden irse a la escuela con la vaca puesta". Si el contrera se quejaba por algunos problemas de desabastecimiento, por ejemplo, el queso, Discepolín decía: "¡No hay
queso! ¡Mirá qué problema!" "¿Me vas a decir que no es un problema?" "Antes no había nada de nada, ni dinero, ni indemnización, ni amparo a la vejez ... y vos no decías ni medio". Y luego esa concep­ción de la guerra hecha por cincuenta tipos en tanto los demás duermen tranquilos porque tie­nen trabajo y encuentran respeto. Insiste: "Cuan­do las colas se formaban no para tomar el ómni­bus o comprar un pollo o depositar en la caja de ahorro, como ahora, sino para pedir angustiosa­mente un pedazo de carne en aquella vergonzan­te 'olla popular' ( ... ) entonces vos veías pasar el desfile de los desesperados y no se te movía un pelo". Y todas las charlas terminaban con un: "¡No, a mí no me la vas a contar!" Y seguía, y era implacable, y tenía razón, no decía mentiras, decía verdades, cosas ciertas, verdaderas conquis­tas: "y yo levanto una lámpara, sabés; la levanto para iluminar las calles de mi patria ... ¡Y mostrar­te una evidencia que no está! Los mendigos, ¿están? ¿Vos ves los mendigos?". Habla de una correntada de
dignidad, de bienestar que se llevó a los mendigos. Y esa correntada se los llevó para bañarlos y traerlos de nuevo, limpitos, con la raya al medio "cantando, no el huainito de la limosna, sino el chamamé de la buena digestión ( ... ) ¿Dónde están los mendigos?". Y sigue: "El mendigo era en este país una vergonzosa institu­ción nacional ( ... ) Y los pobres se te aparecían en los atrios de las iglesias, en las escaleras de los subtes, en la puerta de tu propia casa, famélicos y decepcionados ( ... ) con la dignidad en derrota ( ... ) Ahora las manos se extienden, no para pedir limosna, sino para saber si llueve". Frase de un notable talento, de una gracia discepoliana, sólo él podía decirla. Y sigue: "Acordate cuando vol­vías a tu casa, de madrugada, y descubrías en los umbrales, amontonados contra sí mismos, a los pordioseros de tu Buenos Aires". Y un cierre per­fecto, penetrante, sentimental pero fuerte y poderoso: "Ahora la
exclusividad de los umbrales han vuelto a tenerla los novios".
Y esa frase candorosa, pero que expresaba lo que sentían millo­nes de pobres que habían encontrado en el pero­nismo lo que el vate decía: "Estamos viviendo el tecnicolor de los días gloriosos". Recuerda al Discé­polo del pasado: "Yo era un hombre entristecido: "Yo era un hombre entristecido por los otros hombres". Habla de una patria diri­gida por tenedores de libros quehablan en todos los idiomas menos en el nuestro. "Pensá en esa misma patria ahora contabilizada con números criollos." Y sigue: "Porque vos sos opositor, pero ¿opositor a qué? ¿Opositor por qué? La inmensa mayoría vive feliz y despreocupada ... y vos te quejás. La inmensa mayoría disfruta de una pre­ciosa alegría, ¡Y vos estás triste!". Y hasta llegar a querer olvidar "el barrio de tango". Sí, basta de "la esquina del herrero barro y pampa". Basta de barro. Se acabó ese tango de la pobreza. "Yo me meto en el barrio, corazón adentro, y, después de recorrerlo, te pregunto: ¿está el conventillo? Y no, no está. Yo no quería encontrar más el con­ventillo y no lo encuentro. ¿Cómo? ¿Que a vos te gustaba más aquello? No. El suburbiode antes era lindo para leerlo, pero no para vivirlo. Por­que a mí no me vas a decir que preferías el char­co a la vereda prolija ... Y que te resultaba más entretenido el barro que el portland. Se acabó el conventillo: "Un mundo donde el tacho era un trofeo y la rata un animal doméstico". Y antes: "Acaso en el momento de la letra de tango hable­mos literariamente del catre, pero llega el momento del descanso y cerramos el catre y dor­mimos en la cama". Y sigue: "Porque la nueva conciencia argentina pensó una cosa. ¿Sabés qué cosa? Pensó que los humildes también tenían derecho a vivir en una casa limpia y tranquila, no en la promiscuidad de un conventillo que trans­piraba ... ¡indignidad!" Y voy a concluir citando un texto descomunal, de una conciencia huma­nitaria, de un fervor por lo que hoy llamamos
"derechos humanos" que asombra. Quizá no sea una gran frase. De hecho, es breve. No dice mucho. Sólo se trata de saber leerla. De pensada. Detenerse en ella. Habla del hambre. ¿Cuánta gente padece o se muere de hambre en el terrible mundo de hoy? Discépolo, muy sencillamente, dijo: "y como todo el
drama del mundo empieza en el hambre, supongamos que toda la felicidad del mundo empieza en la
abundancia".

DISCÉPOLO Y EVITA DIALOGAN
Como vemos, en sus charlas no mencionaba ni a Perón ni a Evita. Sólo en la última menciona a Perón. Estaba muy solo y preocupado. El odio gorila no le perdonó nada. Lo mataron. Es cierto que no tuvo quién le respondiera. Pero no dijo mentiras. Podría haber dicho que había persecu­ción a los opositores. Autoritarismo. Que se había cerrado La Prensa. Pero creo que eso le importaba poco. Que veía en la oposición a ese peronismo de estómagos llenos, del chamamé de la buena digestión, al viejo país de la oligarquía mentirosa, represiva, fraudulenta y antipopular. Igual, lo mataron.
En el film Eva Perón, con Esther Goris y Víctor Laplace, dirigido por Juan Carlos Desanzo, escribí un encuentro ficcional entre Evita, en la cama, moribunda, y Discépolo, también moribundo, ya que moriría antes que ella, en 1951, destrozado por los ataques de sus enemigos.
Evita: Bueno, ¿y qué te pasa? Hasta al miserable de Apold lo tenés preocupado. Me llama por telé­fono: "Discépolo no da más. Véalo un rato. Ayú­delo" ¿Qué te pasa, Arlequín.
Discépolo: Perdí a todos mis amigos, señora.
Estoy más solo que un perro. Tengo enemigos. Me llaman por teléfono a las tres, a las cuatro de la mañana. Me amenazan.
Evita: Qué más. Discépolo: Esto.
De un pequeño maletín saca unos pedazos de varios discos de pasta. Son discos destrozados.
Discépolo: Son los discos de mis tangos, señora.
Me los mandan así, destrozados. Me mandan car­tas injuriosas. Y ahora ... el que está destrozado soy yo.
Evita: ¿y qué esperabas? ¿Flores? Los atacaste, te odian. Son así. No perdonan. Y odiar, saben odiar mejor que nadie. Te lo aseguro.
Discépolo: Pero hay algo en lo que tienen razón, señora.
Evita (casi indignada): ¿En qué?
Discépolo: Yo tuve la radio. Yo pude hablar.
Ellos no. No pudieron responder. Apold no les dio un solo espacio. Y usted lo dijo, lo acaba de decir: Apold es un miserable. Y yo me dejé mane­jar por él.
Evita: y sí, es un miserable, Pero una revolución no se hace sólo con ángeles como vos. También se hace con miserables. (pausa) Oíme, Arlequín: es muy simple: o hablan ellos o hablamos nosotros. Apold es un canalla, pero nadie como él para impedir que los contreras hablen. Lleva en el alma la pasión de silenciar a los otros.
Discépolo: Entonces me equivoqué, señora. La democracia ...
Evita: Mirá, no me pongas de malhumor. La democracia somos nosotros, los que estamos con el pueblo. Los demás son la antipatria. (Pausa.) Oíme, Discepolín, no te voy a mentir ahora. Mírate, mírame. Los dos nos estamos muriendo. ¿Cuánto pesás?
Discépolo: No sé. Pero las inyecciones ... ya me las tienen que dar en el sobretodo.
Evita (muy convencida, muy firme): Entérate, Discépolo: esto es una guerra.
Y una guerra no se gana con buenos modales. (Parodiando) "Vengan, señores. Usen las radios. Digan las mentiras de la oligarquía, las mentiras del antipueblo, las canalladas." ¡No! ¡Ustedes se callan, señores! Mientras yo pueda impedirlo ustedes no hablan más. (Pausa.) Decime, ¿qué pensás que van a hacer con nosotros si nos echan del Gobierno? Pensás ... ¿que van a ser democráticos, comprensivos, educados? Nos van a perseguir, a torturar, a prohibir. .. a fusilar. Ni el nombre nos van a dejar, arlequín. (Pausa.)
Andá y morite en paz. No te equivocaste. Las cosas son así. Algunos lo pueden tolerar. Otros no.
Díscépolo: Pero las cosas ... no tendrían que ser así, señora.
Evita (chasquea la lengua, fastidiada): No me vengas con mariconadas de poeta.
(Nota: José Pablo Feinmann, Dos destinos suda­mericanos, Eva Perón, Ernesto Che Guevara, Edito­rial Norma, Buenos Aires, 1999, pp. 122-123. Hay más reciente y accesible edición de bolsillo.)
¡Pobre Discépolo si no llegaba a morirse cuando se murió, temprano, dolorosamente, pero a tiem­po! No habría podido trabajar ni de acomodador ni de boletero. Eso, ni lo duden. La venganza de los "libertadores" no perdonó nada. Sin duda, el peronismo fue duro en sus prohibiciones. Muy duro y ahí
estaba la mano jacobina de Evita. Pero nadie puede decir en estatierra que el peronismo inventó las prohibiciones. La oligarquía vivió prohibiendo, excluyendo, haciendo elecciones fraudulentas. ¿O no eran prohibiciones los fraudes de la Concordancia? Así se hizo el país. Pero la Libertadora repugna por su cinismo. En un corto de la época aparecía un locutor de entonces, Car­los D'Agostino, esos tipos que se agarran a un momento histórico y dicen "ésta es la mía". Carli­tos D'Agostino hacía lo siguiente. Se oían muchas voces de la calle. Y él, muy sonriente, fingía tapar­se los oídos. Luego retiraba sus manos de ahí y feliz decía: "No, ¡si es el ruido de la democracia! ¡Hoy, todos hablan, todos opinan, porque vivimos en libertad!" Qué descaro. Perón no prohibió a ningún partido. Subió al gobierno en elecciones libres. Y los "democráticos", los "libertadores" prohibieron al partido mayoritario en nombre ... ¡de la democracia! Y todo se veía muy lógico en ese entonces. Los vieran a los radicales, a los socia­listas, a los democrataprogresistas. ¡ Todos de acuerdo! El patriarca del socialismo, don Alfredo Palacios, a quien vi dar una conferencia en Neco­chea, ¡de acuerdo! Habló todo el tiempo de la libertad. Y hasta recitó
un poema que la exaltaba. Había que prohibir al peronismo. ¡Era un peligro para la democracia! Canallas, pequeños, misera­bles hombrecitos, el peligro para la democracia era precisamente el contrario: era prohibir al peronis­mo. Pero si no lo prohibían el peronismo volvía. Porque la paradojaera que habían expulsado del poder al partido que tenía el abrumador apoyo del pueblo. Ahí empezó la tragedia argentina. Ahí, la necedad gorila decretó la muerte de Aramburu. La historia tiene sus persistencias. Los hechos no se desvanecen en el momento en que surgen. Que­dan. Perseveran. Y un día aparece un jovencito con un revolver y le dice a Aramburu que lo va a matar porque asesinó al general Valle. Palabra (asesinato) que Valle utiliza en su carta y con la que sella el destino de Aramburu. La tragedia argentina viene de lejos, es compleja, opaca, difícil de entender, y trágica. Parte de esa tragedia fue haberse devorado a Enrique Santos Discépolo, notable, puro, acaso ingenuo poeta argentino.
Orestes Caviglia, que había sufrido lo suyo, lo escupió en plena calle. Arturo García Bhur, actor (oli)garca, que haría una torpe película propagandística de la libertadora, de la que hablaremos, lo insultó.
Le llegaban infinidad de anónimos agra­viantes. (Nota: Consultar la excelente biografía de Sergio Pujol, Díscépolo, Emecé, Buenos Aires, 1996.)
Enrique era un flaco sensible, frágil, charla­tán, jodón, pero chiquito y pura sensibilidad. No pudo
aguantado, lo liquidaron en unos pocos meses. Quienes le enviaban los discos despedaza­dos eran sin duda quienes luego integrarían los "comandos civiles", niños de la oligarquía, de la alta clase media. Balbín, en un acto de campaña, Lo definió como a un "mantenido del peronismo". Le llegaban paquetes con excrementos. Entró en un profundo cuadro depresivo, llegó a pesar trein­ta y siete kilos. "Buenos Aires es una hermosa ciu­dad (dijo), para salir de gira." El 23 de diciembre de 1951 se murió. No todos lo
odiaban. Aníbal Troilo llegó al sepelio y lloró, desesperado, larga­mente sobre el cuerpo del poeta. Se dice que llegó una ofrenda floral de Evita que decía: "Hasta pronto". Homero Manzi -desde un sanatorio en que se moría decáncer-le dedicó unos versos a los que Aníbal Troilo les puso música. Así nació el tango Discepolín. Que terminaba diciendo:
"Vamos que todo duele, ¡viejo Discepolín!" El poeta de la desesperación, cuando creyó, lo hizo con tanta vehemencia como cuando decía que creer en Dios era dar ventaja, no aduló a nadie, no nombró a Perón ni a Evita, sólo en la charla final hay una mención a Perón, sólo ahí, lo que dijo fue lo que alegraba su corazón: la dignidad de los pobres, las casitas de ladrillos, el portland, las vaca­ciones, el pleno empleo. Se equivocó porque tal vez debió exigir que le pusieran a alguien que le respondiera. Difícil saber si eso hubiera amainado el odio que se lo comió. Después del '55, a tipos infinitamente menos talentosos que Discépolo, no hubo nadie para responderles, ni siquiera un perro que les ladrara un poco.

*José Pablo Feinmann
Peronismo: Filosofía política de una obstinación argentina.
nº 13. Discépolo y el peronismo.
-Fuente: Página/12. Domingo 17 de febrero de 2008.

La tierra incomparable*

(fragmento)

*de Antonio Dal Masetto

VEINTISEIS.

Habían ido a sentarse bajo la glorieta, en el patio de un barcito ubicado en la entrada del puente sobre el San Giovanni. No había otros clientes. Las atendió una mujer alta y sin edad, la cara larga y cuatro arrugas verticales en las mejillas que parecían surcos. Pasó con energía un trapo so­bre la mesa metálica y se quedó esperando, sin preguntar qué deseaban servirse.
Silvana pidió una botella de agua mineral, una jarrita de vino y unos bizcochos dulces.
-Me gusta este lugar -dijo-, nunca hay nadie.
Más allá del patio, a un costado de la casa, se veía una quinta con hortalizas y algunas gallinas escarbando la tie­rra. Volvió la mujer, dejó el pedido y se fue sin hablar.
-¿Un poco de vino? -preguntó Silvana.
-Una gota.
Le sirvió un cuarto de vaso. Agata se mojó los labios, saboreó y después lo tomó todo.
-Es rico-dijo.
-¿Otro poco?
-Pero sólo una gota.
Silvana sirvió para ambas. Se echó contra el respaldo de la silla, las piernas estiradas bajo la mesa, el vaso apre­tado con las dos manos contra el pecho y fue tomando su vino de a sorbos. Agata probó los bizcochos y dijo que es­taban ricos. Había mucha calma a esa hora; sólo de tanto en tanto pasaba un coche, cruzaba el puente, encaraba la cuesta del otro lado y se perdía en la primera curva. Veían el agua correr abajo, aunque el rumor no llegaba hasta ellas. Silvana volvió a llenar su vaso. Advirtió que también el de Agata estaba vacío y dijo:
-¿Una gota más?
Le sirvió sin esperar respuesta.
-Basta -dijo Agata-. Me van a tener que llevar.
-Yo la llevo a usted y usted me lleva a mí. Nos vamos cantando, como en sus tiempos.
-Lo único que me faltaba, imagínate, a mi edad.
-Salud -dijo Silvana.
Agata la miró y vio que en sus ojos se había diluido la dureza y la gravedad que los velaban siempre. Sin que le preguntara nada, Silvana empezó a contar de su trabajo, de algunos clientes, de ciertas manías y gustos suyos con respecto a la comida, la ropa, los horarios, el dinero, las amigas.
Hablaba mirando la parra sobre su cabeza. Las palabras fluían y una frase se sucedía a otra sin alteracio­nes, como en un rezo. Eran confidencias mínimas, detalles domésticos, trivialidades. Pero era justamente eso lo que le daba a Agata la medida y la importancia de ese momen­to de intimidad.
Pese a lo poco que conocía a Silvana, adi­vinaba que eran parecidas en cuanto al pudor y la reserva extrema con sus cosas personales. Se sentía cómoda y agradecida por esa expresión de confianza. Y a medida que pasaban los minutos y la voz de Silvana seguía, aquel abandono la fue contagiando y arriesgó preguntas e incursionó en territorios que en otras circunstancias no se hu­biese atrevido a tocar.
-Nunca mencionaste a tu padre.
Silvana dudó antes de hablar. Dijo que no lo había co­nocido. Las abandonó cuando ella andaba por los dos años. Le parecía tener algunos recuerdos, pero no estaba segura. No había fotos. Lo único que sabía de él eran las pocas cosas que le contó su abuela y que tal vez ni siquiera fuesen ciertas.
Nunca recibió noticias.
-Vaya a saber cómo es, vaya a saber por dónde anda -dijo.
Alguien apareció en la entrada del patio y las interrum­pió. Era un hombre joven, flaco, de pelo y barba descuida­dos. Permaneció ahí, como si no se animara a avanzar. Silvana lo conocía porque lo saludó y lo llamó por su nombre: Dino. El hombre contestó el saludo, fue a sentar­se en otra mesa, la más alejada, en un rincón, y se quedó mirándolas. Silvana levantó la jarra de vino, invitándolo. Dino aceptó con un gesto. Silvana llamó a la mujer y pidió un vaso. La mujer lo trajo, esperó que lo llenara y se lo al­canzó a Dino. Brindaron a la distancia y Silvana le presen­tó a Agata, dijo que era su amiga, que venía desde la Argentina y que estaba pasando una temporada en Trani. El hombre levantó el vaso en dirección a Agata. Silvana le preguntó cómo andaban sus cosas y él contestó que bien. Volvió a repetir la palabra bien un par de veces, con un énfasis exagerado y rió. Silvana lo acompañó asintiendo con la cabeza. Después hubo un silencio largo y cuando Silvana se volvió hacia Agata para reanudar la charla el hombre empezó a contar algo. Dijo que hacía un tiempo le había tocado trabajar en un criadero de pollos. Por al­guna razón Agata tuvo la impresión de que Silvana ya co­nocía la historia. Era un criadero grande, dijo Dino, había otra gente trabajando, familias enteras. El estaba con un compañero y tenían a su cargo cinco galpones. Había es­tado ahí una buena temporada, sabía todo acerca de po­llos, podían preguntarle lo que quisieran. Por ejemplo:
¿cuánto tardaban en alcanzar el peso óptimo para ser en­viados al mercado? Un pollo criado normalmente necesi­taba ocho meses. Cuando los criadores comenzaron con los híbridos redujeron el tiempo a noventa días. Después, gracias a los nuevos alimentos balanceados, bajaron a se­senta y cinco, y finalmente a cincuenta y cinco días. Aun­que sabía que últimamente los pollos daban el peso en menos tiempo todavía. Venían los camiones, se los lleva­ban y a empezar de nuevo con los pollitos. Los pollos no dormían nunca, comían día y noche, siempre con luz, na­tural o artificial. Algunos morían durante la crianza y otros en el traslado. Se ahogaban fácil. Si uno caía, los otros lo aplastaban. No tenían fuerza para levantarse. Eran bichos estúpidos, cuando hacía calor en vez de sepa­rarse se amontonaban. Y se ahogaban. En cada galpón ha­bía unos diez mil. Los rociaban con una especie de vapor húmedo para refrescarlos. ¿Sabían dónde iban a parar los pollos que morían en los galpones? Los comían ellos, los que trabajaban en el criadero. También los que se perdían durante el traslado en los camiones eran aprovechados, iban directamente al peladero. No se desperdiciaba nada. Si se apestaban los llenaban de antibióticos. Por eso a ve­ces la carne de pollo tenía tanto gusto a medicamentos. Les daban hormonas femeninas para que les creciera la pechuga. Había un matrimonio con chicos que trabajaban en el criadero desde hacía varios años. A los chicos, tres varones, se les empezaron a desarrollar pechos de mujer de tanto comer pollo con esas hormonas.
¿Nunca se pre­guntaron porque a los enfermos de cáncer se les prohibía la carne de pollo de criadero? ¿No lo sabían? Podían pre­guntarle a cualquier médico. Era muy común que algún pollo se lastimara y entonces los demás comenzaban a pi­cotearle la herida. La herida se iba agrandando y llegaba un momento en que el pollo caía, se arrastraba y final­mente se quedaba quieto
y miraba cómo los otros lo iban comiendo a picotazos.
Una vez él estaba en uno de los gal­pones haciendo su trabajo, llevaba pantalones cortos, se raspó una pierna con un alambre y le brotó una gota de sangre. Siguió trabajando y enseguida sintió varios picotazos en la lastimadura. Espantó a los pollos, trataba de mantenerlos alejados pateándolos, pero volvían y no lo de­jaban tranquilo. Quiso salir del galpón y no pudo porque la puerta se había trabado desde afuera. Su compañero no estaba, tardaría unas horas en volver. Así que se armó de paciencia, se colocó de espaldas contra una pared y siguió tirándoles patadas a los pollos. Pero siempre había alguno que lo sorprendía y lograba darle un picotazo. Unos meses después dejó el criadero y se dedicó a otra cosa. Pero nun­ca pudo sacarse a los pollos de encima. Ahora mismo lo volvían a acosar. Lo acosaban todo el tiempo.
Calló, tomó vino y Silvana le preguntó si soñaba con eso, si se trataba de un sueño. El dijo que a veces le pasaba soñando, pero en general le sucedía estando despierto. Es­taba ahí, contra la pared, defendiéndose, esperando. Y su compañero que nunca llegaba para abrir la puerta.
Ahora Dino sonreía. La expresión de su cara era de al­guien que carga una gran pena y se esfuerza por parecer ri­sueño.
-Pero en algún momento tu compañero llega -dijo Silvana.
Dino terminó su vaso de vino, se levantó y se dirigió ha­cia la calle.
-Al final tu compañero llega -insistió Silvana en voz alta.
Pero Dino salió del patio sin contestarle.
Quedaron otra vez solas y durante unos minutos no ha­blaron. Aquel hombre había llegado como una aparición a través de la luz del mediodía, se había sentado en la som­bra del rincón y después se había ido, y ahora Agata se preguntaba si alguien había estado realmente ahí hablando con ellas. Oyó la voz de Silvana que decía:
-Quizá esté en otro país, quizá esté muerto.
Tardó unos segundos en darse cuenta de que acababa de retomar el tema del padre.
Después Silvana dijo no era la desaparición de ese hom­bre en especial lo que a veces lamentaba, no era ese desco­nocido lo que extrañaba. Sino el haber sido privada de sa­ber lo que significaba tener un padre. Era un sentimiento que nunca conocería. Si se ponía a pensar en eso percibía como un vacío, la falta de algo, pero ignoraba qué era ese algo. ¿Cómo sería tener un padre? Nadie podía contárselo. Lo mismo que nadie podía explicarle los colores a un ciego de nacimiento.
-Mi única familia fue Carla.
-¿Y tu abuelo?
-Mi abuelo no era como lo cuenta Carla. Nunca estaba en casa. Andaba por ahí, hacía su vida.
Agata nombró a Vito. Dijo que ahora ella la tenía a Car­la y también a Vito. Silvana sacudió la cabeza y suspiró hondo.
-Vito, Vito, Vito -murmuró.
Levantó ambos pies y los apoyó sobre una silla.
-¿Quiere que le hable de Vito? -preguntó.
-Sí.
-Bien, ahí va.
Pero durante un rato no pronunció palabra y se que­dó mirando el parral. Después comenzó diciendo que, visto desde afuera, Vito aparentaba ser un hombre fuer­te, un gran optimista. Desbordaba entusiasmo. Era ta­lentoso, podía hacer cualquier cosa. Todo al mismo tiem­po y todo bien. Así era Vito. La gente quedaba deslumbrada al conocerlo. Pero se trataba sólo de una máscara. En realidad era un tipo oscuro, melancólico y sufrido. Ella lo sabía bien. No era más que un chico que se avergonzaba de confesar que no creía y que estaba lle­no de dudas y de miedos. Y entonces se esforzaba por exaltar y elogiar. Puro entusiasmo fabricado. A veces se preguntaba si Vito no seguía representando ese papel de hombre fuerte sólo para sostenerla, porque se creía en la obligación de protegerla:
-Dice que soy débil, que carezco de fe, que no sé hacia dónde voy. Lo repite todo el tiempo. Parecería que él está en el mundo nada más que para salvarme.
Silvana volvió a servirse vino. Agata le preguntó cómo se habían conocido.
-Nada especial. Nos presentaron. Desde el comienzo, desde la primera vez que hablamos, Vito adoptó una acti­tud de amabilidad hacia mí. La misma postura que sigue manteniendo hasta hoy, después de seis años. No sé cómo describirlo. Decidió ser amable conmigo.
-¿Amable? -preguntó Ágata.
-Algo así.
No hubiese podido definirlo como amor, ni afecto, ni respeto, siguió diciendo Silvana. Tampoco se trataba sólo de una suma de consideraciones y atenciones y gestos ge­nerosos:
-Es más complejo.
Silvana movió ambas manos por encima de la mesa.
Amasaba el aire, en un intento de dar forma a lo que que­ría expresar:
-Es su vida siendo amable con mi vida.
Las manos de Silvana se aquietaron:
-Yo acepté.
Ese era el acuerdo que los unía. Amabilidad y acepta­ción de la amabilidad. En cuanto al resto, coincidían en pocas cosas. Por ejemplo, ella no soportaba la gente con la que Vito simpatizaba, y viceversa. Así que no tenían ami­gos comunes. Cuando estaban juntos jamás había otras personas con ellos.
-¿Se entiende algo? -preguntó.
Agata no estaba segura de estar entendiendo. Lo que sí sabía era que esta versión de Vito no coincidía con la que Silvana le contó la tarde en que habían ido al Pozo. Y tam­bién era diferente de la del día en que habían visitado el Monumento a los 42. Se preguntó cómo sería Vito en reali­dad. La imagen que ahora trataba de armar en su cabeza estaba llena de contradicciones.
-Quiere conocerla -dijo Silvana.
-¿Quién?
-Vito.
-¿A mí?
-Le hablé de usted. Le conté lo que hacemos, lo que hablamos. Me pidió que la lleve a Coseno. Está invitada a almorzar. Quiere preguntarle cosas, quiere escucharla hablar.
Agata la miró con curiosidad.
-Dice que usted es la memoria -siguió Silvana.
-¿La memoria?
-Así habla Vito. Siempre dice cosas importantes. Dice que la memoria es todo. Le va a pedir que pose para él. Es­tá pintando un gran cuadro, con tres figuras femeninas de diferentes edades. Le falta la cara de una. Dice que es su cara.
-No me conoce.
-No importa. Está seguro de que usted es la modelo que necesita.
-¿Yo modelo de un pintor? Me da vergüenza.
-Pensaba ir mañana. ¿Quiere venir?
-¿Y tengo que posar?
-Si quiere.
-Entonces primero tengo que ir a la peluquería -dijo Agata riendo.
Silvana levantó un brazo, apareció la mujer y le pidió un poco más de vino. Se volvió hacia Agata:
-¿Ya está lista para cantar?

*de La tierra incomparable, © Editorial Planeta (1994), © Antonio Dal Masetto.

*

Queridas amigas, queridos amigos:

El domingo 24 de febrero del 2008 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor chileno Javier Farías Caballero. Las poesías que leeremos pertenecen a Omar Darío Gallo Quintero (Colombia) y la música de fondo será de Bandolas de
Venezuela. ¡Les deseamos una feliz audición!

ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!

REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com
Schießstattstr. 44 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067

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