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BITÁCORA DE UN SOCIÓLOGO FRACASADO

06/10/2009 GMT 1

UN ABRAZO SEMILLA DE LAS LÁGRIMAS EN FLOR...

urbanopowell @ 17:25

DOMESTICAS*

Primero es como una luz que va entrando de a poco por la ventana cuya cortina está un poco corrida, no sabemos si ex profeso, o por una corriente de aire, o debido a la desidia de los días en que nadie puso la mano sobre ella.
Dije que primero es la luz, que se filtra subrepticia, lenta, la luz del sol, la pura luz que viene de esa lejanísima estrella deflagra bajo los fresnos, repta con su esplendor entre la gramilla y pinta de un rojo vivísimo la larga hilera de pimientos que mi madre cuida con extremado amor, como hizo toda la vida: con la humanidad, con los animales, aún los más humildes, y con sus pimientos que era su orgullo expuesto a todo jurado aún el más riguroso, aún el más severo.
Si ella entreabría la ventana, aunque sea un poco, la brisa de mayo ligeramente fría entraba y se iba adueñando de los objetos, y tal vez el polvillo de las calles aún sin asfaltar aprovechaban ese vehículo apto, generoso y gratuito para ir aposentándose de a poco en los rincones más lejanos y las muescas barrocas de algunos muebles, y aún en los pliegues de las cortinas, o las sillas vacías de la mañana.
Dije antes o escribí mejor, que la luz se iba filtrando de a poco, cuando el alba moría en su rosado y daba lugar a esa luz brillante que el sol suscribía sin ambages, pero si en cambio el día era gris, se aproximaba una amenaza de lluvia, o, amanecía lloviznoso, el cristal permanecía cerrado, porque el frío o la humedad no eran tesoros preciados por mi madre, que amaba el sol esplendoroso, el que le traía recuerdos de su italiana aldea en la montaña.
Precisamente, no se cansaba de ponderar esta bendita tierra donde todo verdor crecía de maravilla, mientra en su aldea natal todo había que pelearle palmo a palmo al terreno pedregoso. Sólo aquella claridad del sol montañés tenía siempre en su memoria y el discurso de su reiterado recuerdo en rémoras familiares donde mi abuela pensativa, dulcemente, adhería y asentía a su recuerdo niño, con alguno suyo, así poco más conciente, ya de adulta.
Cuando pienso en mi madre sé que voy a pérdida entera con el recuerdo, que de todas las pocas astillas que extraigo de la memoria debo construirme su imagen, plagada de gestos generosos y humildes, que retenía la elocuencia ostentosa, yo, como Pedroni podría decir que era "toda silencio, propensa al llanto y muy hermosa" y que yo la recuerdo siempre transitando ese espacio de verdes, donde orlaban esos inmensos pimientos rojos que ella cultivaba con recatado orgullo y cuando eran ponderados, se
le abría el rostro moreno en una gran sonrisa de satisfacción.
Cuando pienso en mi madre es cuando la veo cruzando ese gran patio de tierra que ella barría con generoso esmero, en una mano un plato camino al gallinero, llevando tal vez restos de comida o maíz, para arrojarlo a sus pollos. Hasta en los sueños aparece con su batón celeste, floreado de amarillas pintitas, y ella muy señorona con ese plato en la mano derecha, oronda cruzando el patio y mi sueño.
De todos modos armo ese recuerdo de ella con un amor inmenso, pero en verdad lleno de impotencia.
El día en que íbamos con mi hermano hacia la sala velatoria donde estaban sus restos, caminando por una calle cercana, nos alcanzó con su bicicleta "Cañita" Aquilano, cartero eterno del pueblo, con un telegrama que nos enviaban los empleados del Correo, Allí leí una frase que hasta ese momento era sólo eso: una frase. Pero que tuvo luego una feroz e implacable verdad.
-"Acompañamos vuestro dolor, ante tan irreparable pérdida", decía.
Allí supe que los lugares comunes, las frases de cortesía acompañado socialmente un dolor individual, tienen su sentido. Al menos para el que sufre, aunque casi nunca para el que la pronuncia. Es decir, las frases comunes en algún momento dejan de serlo y son fundamentales y drásticas. Pegan como un inmenso martillo en la cabeza, doblan de dolor ante el desamparo y la incertidumbre a que nos somete ese mismo -desconocido antes- desamparo.
De todos modos no quiero ser triste aquí. Quiero retener esa humilde humanidad suya, esa timidez que hacía lo posible por permanecer invisible, pero atenta y poderosa, imprescindible en su amor por los suyos, una fiera cuando debía defenderlos.
La prima Gladys me contaba una discusión que habían tenido con mi padre y ella, furiosa, le decía:
-Le permito todo, menos que se meta con mis muchachos.
Sus "muchachos", éramos mis hermano y yo.
Hace muchos años que nos dejó, y les digo la verdad, me gustaría verla caminar entre esos altos tomatales que eran su orgullo, o en el esplendor de sus rosas o amasando esos tallarines sobre la pequeña mesa llena de heridas y de recuerdos infantiles, de cuando -sin querer- volcaba el café con leche y ella, rápida, solícita limpiaba todo antes que la irascibilidad de mi padre lo advirtiera.
Ahora debo consolarme con ese ceibo que plantó y con ese rosal que resiste todas las intemperies.

Y, de vez en cuando, aparece en mi sueño donde cruza ese patio de tierra con un plato en la mano para siempre.

*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar

EL ABRAZO SEMILLA DE LAS LÁGRIMAS EN FLOR...

El juego de la confianza*

Mi hija lo juega en la escuela. Esta vez le resulto fácil enseñarme a jugar. Me dijo que dejara los brazos hacia adelante y se dejo caer de espaldas para que yo la sostuviera. Luego lo repitió una y otra vez dejandose caer alternativamente de frente o de espaldas.

El juego me hizo "caer una ficha" como suele decirse. Pude asociarlo con cosas de mi vida.
Me ayudo de alguna manera a pensar esa dificultad para entregar la confianza.
Jugar a dejarse caer y que te sostengan.

Supongo que no me ocurre a mi solo. Que los adultos nos olvidamos de jugar o no jugamos nunca a dejarnos caer en los brazos de alguien en quien confiamos que nos va a sostener.
Es el juego que sabe jugar mi gato cuando se da vuelta y vuelta en el piso esperando que con el zapato le recorran y acaricien suavemente el cuerpo. No teme que lo pisen.

Entonces a falta de confianza se suele "jugar" al control. Es la ilusión de controlar las cosas y los seres.
O es el oscuro temor de ser "objeto" en un juego inconsciente de otro.
Son mecanismos sútiles como hilos de araña.
-Nada peor que esos hilos invisibles de la araña humana.
Con alertas que avisen si el otro se mueve del lugar esperable.

Del lugar que le armamos desde nuestra propia rigidez.

*De Eduardo Francisco Coiro. inventivasocial@hotmail.com

¿A quién le pregunto?*

A veces me parece que anduve por la vida con una memoria vaporosa, una gasa para la red de cazarepifanías, agarrándose trocitos de sol oliendo a sol, o besando la roja ebullición de la Santa Rita en el cielo de mi patio. Mirando o imaginando que veía al quetzal tan buscado entre lo árboles altos del parque nacional.
Mojada la memoria en la lluvia que borda un encaje para la hoja verde.
Él se acordaría del resto, la precisión de las fechas y los itinerarios.. Ahora no puedo olvidar la llave salvo que quiera dormir a la intemperie.

¿Y si la intemperie fuera esto: no poder compartir los recuerdos ?

*de Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar

Horacio*

Este poema lo leímos ayer, 4 de octubre, en el homenaje de amigos y fliares a Horacio Rossi, en un café que esta frente a la que era su casa, previo paso por el cantero donde plantamos, el año pasado, un lapacho en su memoria. Dejamos poemas a su alrededor, platificados, para que cualquiera que pase pueda leerlos.
Hubo muchas personas acompañando el momento (es el día de su cumpleaños).
Aquí va el poema, con un abrazo

*Cacho Agú. cachoagu@yahoo.com.ar

Hermanos del camino*

Hermanos del camino:
la vida presta un turno feliz: aprovechemos.
Larga es la ausencia, luego. Y mucho más, después.
Estemos juntos aquí y ahora haciendo
aquí y ahora un siempre, un mañana, un por qué…

Es hermosa la ronda ante el fuego encendido,
dejando que el silencio nos llovizne su paz.
Traigamos a la mesa común cantos y penas,
brevas y espinas. Respetuosamente.

Los dioses se encargarán de consagrar…
Ellos están de acuerdo. Ellos sonríen.
Y esperan que aprendamos también a sonreír.
Que es el lenguaje mejor del cielo…

Si los dioses sonríen es de día.
Es de día porque hemos trabajado bien…

Con nuestro rito de mate en rueda hablemos
la palabras azul que dice: estamos listos
para el Amanecer…

Y compartamos la sangre enamorada
la lleganza
la luz
puntual e inexorable.

El abrazo semilla de las lágrimas en flor…

Somos toda la voz del mundo en silencio.

*Horacio C. Rossi, en la terraza

"Te escribo desde el amor y la congoja"*

*Por Víctor Heredia, (Músico)
Fuente: Especial para Clarín

Hola, Negrita. Sé que estarás allí, en algún lugar de nuestro cielo, inaugurando alguna estrella, con la secreta esperanza de poder seguir cuidando a tus polluelos desde allí, estos huérfanos de tu amor que ahora están más solos que nunca sin tu "serena presencia", como decía Charly: Comandanta. Porque eso es lo que fuiste para todos nosotros: guía, luz en la oscuridad, hermana, compañera.

Te escribo rápido desde el amor y la congoja para expresarte no mi pena ni mi angustia por la pérdida, eso ya te lo dije ayer cuando dormías, al oído.
Voy a contarte lo que todo un pueblo dijo en estos días cuando estabas dormida, luchando por tu vida y espero ser capaz de reflejar en esta carta.
Ese pueblo que estuvo hoy durante todo el día repitiendo tu nombre, ese pueblo tozudo y generoso, luchador incansable y vencedor de tanta crisis, ese pueblo que sabía quién eras, qué cosas defendías, ese que desfiló multitudinario ante tus despojos para agradecer tu vocación de cantora popular, de mujer valiente, de artista generosa. Sólo voy a repetir lo que ellos dijeron a cada beso, en cada flor que depositaron con unción ante tu féretro: ¡Querida! ¡Hermana! ¡Amiga! ¡Compañera! ¡Argentina! ¡Nuestra! Los vi emocionarse cuando entraban a despedirte, tal como lo estoy haciendo yo mismo ahora, con el corazón estrujado, sabiendo que mañana no voy a recibir tu consabido llamado para saber cómo están mis hijos, o dónde anda León para ver si podemos juntarnos a reírnos un poco en medio de tanta soledad que propone la vida. Pero no voy a decirte adiós de ninguna manera, voy a imaginar que cada vez que escuche tu voz, cantora, podré abrazarte como siempre, levantar el teléfono y decirte que estamos bien, que merced a la esperanza que indicaste podremos salir adelante, día a día. Los que te fueron a despedir hoy eran tus hermanos del alma, el pueblo al que cantaste con absoluta valentía.

¿Habrá algo más bello para nosotros que esa caricia proveniente de los que nombramos en lágrimas y dolorosos exilios? ¿Habrá alguna cosa que pueda torcer esas miradas llenas de amor, desconsuelo y ternura dirigidas a tu corazón guerrero? Alguna vez dudaste de haber llegado hasta esos corazones,
pero ya ves cuánto amor sembraste entre todos sin distinción de nacimiento.
Este campo repleto de caricias nacidas de tu pueblo es tuyo, "madraza", ésa es la cosecha que merece tu incansable lucha por los derechos y las libertades de este continente. Mi corazón que late al lado tuyo desde hace cuarenta y dos años recordará el ritmo de tu latido en los abrazos, en los besos, en las sonrisas de cada humilde, de cada hombre y mujer de esta tierra. Cuando cante habrá un pedazo tuyo en cada estrofa, una mirada tuya en cada palabra, ése será mi privilegio, el de pensar que estás a un costado del escenario apoyándome, señalando como siempre qué se debe decir, por quien luchar, para qué cantar. Gracias cantora, querida nuestra. Amorosa Mercedes.

*Fuente: http://www.clarin.com/diario/2009/10/05/sociedad/s-02012443.htm

Vidas de escritor*

*Por Rodrigo Fresán
Desde Barcelona

UNO Los escritores llevan, por lo menos, cuatro vidas: la vida privada, la vida pública, la vida de los libros que escriben y la vida de los libros que leen. Y las biografías de los escritores tienen la obligación de contarlas todas y de revelar la trama secreta que une esas cuatro vidas.

DOS Y, claro, esa extraña paradoja: las vidas de los escritores son nómadas y sedentarias al mismo tiempo. Por un lado, se escribe quieto, por lo general sentado (nunca me creí del todo esas fotos que muestran a Hemingway y a Nabokov haciéndolo de parado); pero hay mucho viaje y se mueven tantas
cosas dentro de esas cabezas. Existen, de acuerdo, numerosos ejemplos de escritores vitalistas e hiperkinéticos que necesitan, primero, hacerlo de este lado y recién después pasarlo en limpio en página o pantalla. Hemingway otra vez. Los Jacks London y Kerouac, por ejemplo: la práctica antes de la
teoría, la acción precediendo a la reflexión. Son escritores que, de algún modo, saben o intuyen que lo suyo no es una vida sino, desde el principio, una biografía. Y que, por lo tanto, debe resultar apasionante. Son los escritores cuyas felices existencias, por lo general, suelen terminar mal y
tristes.

TRES Conozco varios escritores que no soportan las biografías de los escritores. Prefieren, me explican, no saber nada de la non-fiction detrás de sus fictions: entender así al escritor como apenas un medio médium encargado de captar historias y difundirlas. A mí, en cambio, me gusta saberlo todo. Pero, también, me resultan mucho más interesantes las vidas de los escritores "quietos". Esos que no fueron a ninguna guerra, no sobrevivieron al hundimiento del "Titanic", no estuvieron enredados entre las sábanas de alguna hollywoodense diosa sexual, ni entraron y salieron de los peligrosos territorios de la política o lo político. Para decirlo de algún modo: me gusta mucho leer las biografías de escritores que se la pasan
escribiendo y leyendo. Me gusta ver y disfrutar de cómo el biógrafo se las arregla para contar una buena historia con todo eso que, tan sólo en apariencia, parece tan poco para contar y sin embargo...

CUATRO Dos (por cuatro) vidas de dos titanes de las letras protagonizan la presente rentrée literaria española. La primera de ellas es Gabriel García Márquez: Una vida, de Gerald Martin (Debate) -biografía no autorizada por el biografiado pero sí "tolerada"-, narra los muchos años de compañía del colombiano al que demasiada gente que nunca lo conoció no vacila en llamar "Gabo". Martín -quien dedicó muchos años a la empresa- sigue por medio mundo al escritor de El coronel no tiene quien le escriba (el índice onomástico de luminarias y oscuros es casi una novela en sí misma) y narra el proceso de cómo un creador de personajes acaba convirtiéndose en otro personaje sobre cuyo creador no tiene un control absoluto. Así, lo más interesante del libro de Martin no pasa por la certeza de los merecidos laureles, sino por las incertidumbres de esas malezas imposibles de mantener a raya para que no se metan y embrollen el trazado de un jardín perfecto limitado con las salvajes e indómitas selvas de Macondo.
La segunda de las biografías es El mundo es así: Biografía autorizada de V. S. Naipaul (en la flamante editorial Duomo, donde se traducirá el año que viene la deslumbrante Chee-ver: A Life, de Blake Bailey) y es uno de esos libros que da miedo y, sépanlo, el "autorizada" en el título no significa otra cosa que Naipaul recibió el manuscrito de French, lo leyó, y no le puso pero ni enmienda. Y lo que cuenta French es nada más y nada menos que las idas y vueltas de un monstruo (un monstruo genial, pero monstruo al fin y al principio) al que no le preocupa destrozar las vidas de los otros para alimentar su propia obra. En el prólogo, French rescata una declaración de Naipaul que lo dice todo: "La vida de los escritores es un tema legítimo de investigación, y la verdad no debería ocultarse. De hecho, es muy posible que el relato completo de la vida de un escritor acabe siendo una obra más literaria y reveladora -de un momento cultural o histórico- que los propios libros del escritor en cuestión".

CINCO Y el escritor que firma estas líneas pocas veces ha visto más escritores juntos que en los últimos meses. Tres acontecimientos han marcado literariamente este verano. A mediados de junio se festejaron los 40 años de la Editorial Tusquets, hace un par de semanas tuvo lugar el funeral de
Antonio López Lamadrid (de Tusquets) y la semana pasada Anagrama también festejó sus cuatro décadas imprimiendo. Muchos escritores y mucho editores riendo primero, llorando luego, riendo otra vez. Firmas de toda España y de todo el mundo descendiendo sobre la ciudad para festejar y lamentar
y -mirándolos a todos ellos- la sensación de estar viendo, apenas, uno o dos rostros de los cuatro o más rostros posibles. Y está bien que así sea. Sería tremendo que los escritores fueran por ahí con todas sus vidas al aire.

SEIS Y, como siempre, en todos y cada uno de ellos, la posibilidad de ser tentados por el abismo. Ahora estoy leyendo City Boy, la nueva memoir de Edmund White (una memoir es una forma caprichosa de la autobiografía que no es otra cosa que, por lo general, una manera de confundir y desautorizar a las biografías del futuro) y me interesaron especialmente las páginas dedicadas al genio perturbado de Harold Brodkey y el modo en que éste sucumbió al insoportable peso de lo que se decía y esperaba de él. Convencido de poseer un don único e insuperable, Brodkey -encandilado por la luz blanca de su propio talento, escribiendo sin cesar, publicando poco y, al mismo tiempo, intrigando en todas las fiestas y teléfonos, mezclando y balanceando mal sus cuatro vidas- acaba desconfiando de todos, asegurando
que Nabokov le rinde tributo y hace guiño en Lolita, afirmando que todos lo plagian (desde el mismo White hasta Sean Connery), y enojándose con un editor que tiene la "osadía" de ponerlo a él a la misma altura, y no por encima, de Shakespeare.
Así, pienso, lo que resulta más apasionante de las vidas de los escritores es la rara forma de peligrosidad que conllevan. Un oficio arriesgado, la locura del arte y todo eso. William Maxwell -editor de J. D. Salinger, John Cheever, John Updike, Vladimir Nabokov, Eudora Welty, Mavis Gallant, Isaac
Bashevis Singer y John O'Hara, además de excelente novelista y cuentista- lo escribió y describió con las letras justas: "Es demasiado pedir a personas que pasan demasiado tiempo en un mundo propio, como ocurre con todo escritor, que tengan una perfecta percepción de lo que sucede en éste".
De eso -de lo que se lee aquí para escribirlo después allá, de lo que se decide mirar allí para no tener que verlo acá- es que tratan las extraterrestres vidas de escritor, la terrenal vida de los escritores.

*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-132985-2009-10-06.html

Resonancias de octubre en Buenos Aires.*

*Opinión de Eduardo Pérsico. epersic@ciudad.com.ar

Por los años cuarenta a Buenos Aires le crecían palacios presuntuosos copiados de Europa, extensas avenidas y una costanera para extasiarnos frente al río más ancho del mundo. Y por venderse allí más libros y diarios que en ningún otro lugar de América Latina, la porteñidad se envanecía aunque sus calles eran ajenas a tantos arrabales de visitar en verdosos tranways de doble piso, y personajes quizá sugeridos por la literatura de Borges y otros escribas de menor renombre. Ya de tiempo atrás venía aquello de quebrar el paisaje volteando el caserón familiar y hemos visto por Esmeralda y Sarmiento, pleno centro, aguantar más de lo posible a uno de fachada gris y jardín interior que exhibía una enredadera testigo de que por allí también habría verdecido la llanura. Ciudad engreída de ser la más europea de América, aunque en verdad fuera un rejunte de suburbios sin prestigio si ningún tanguito no los pontificara, - tarea para algún guitarrero de patio- y cuánta pena por Villa del Parque, San Cristóbal o Versalles, sin registro poético por calzar nombres de infructuosa rima. Y ni mencionar sus costados hacia la provincia, si al sur la inundación y el resto límites con la pampa.

En esa época de Guerra Mundial pero allá lejos, los habituales a bares con billares y rincones de meditar esas cosas de la vida, que para eso están, veneraban esos hábitos como exclusivos mientras en silencio y sin consignas, sus mujeres desechaban las medias de muselina, acortaban su vestido cada tarde y pese a las sonseras vaticanas de púlpito dominguero, reiteraban sin alegatos feministas ‘con nosotras no se puede’. Eso que hoy indica la sensatez...

Igual, y como la perpetua inequidad hacía crujir la osamenta del mundo, en Buenos Aires crecían ansiosos actores por entrar en la comedia como fuera, y en retirada muchos aspirantes a nobleza por ir cada domingo al hipódromo. Esos ingenuos engrupidos de curtir el Deporte de los Reyes y que ensayaban su porteñidad saludando ‘que tal, che’ al mozo del bar, una contraseña denostada por Juan García, aragonés irreductible que apodara ‘mozaicos’ a los colegas gallegos que permitían aquel tuteo. Ciudad con sus ribetes y aunque muchos soñaran con París, los autos iban por izquierda estilo Londres, si de alquiler eran de color variado y los tranways rugían su reglamento de dueños ingleses. Pero en aquella lejanía sudamericana sobraban lectores de Roberto Arlt, cronista que hasta 1943 lineara trazos de las faunas subterráneas, del controversial Hugo Wast y el poeta Raúl González Tuñón, aquel de ‘todo pasó de moda como la moda, los angelitos de los cielorrasos, los mozos que tomaban la vida en joda y las lágrimas blancas de los payasos’.

Por ahí el hombre medio admiraría la efectividad de Alemania y sin ensalzar mucho a Hitler, no hubo reproche cuando la Luftwaffe sepultó a Guernica en la mierdosa guerra de los españoles, una impiedad que dejó lágrimas profundas en los conventillos de la periferia y ayudara a un quiebre conceptual. Pero más tarde ni Auschwitz o Hiroshima serían titulares de reclamar por la masacre, porque en mi Buenos Aires querido, comarca pacata, no se vociferaba en lugar público y ser gente de familia era irrenunciable. Una metálica realidad que demolió una muchachada fabriquera junto a unos muy pocos seguidores del melenudo socialista Alfredo Palacios que remaban su consigna en las bibliotecas, una mañana desparramaron su reclamo a pertenecer a puro grito. Ese imprevisto, - ‘contradicción social’ si no se entiende- de repente entró a caminar por calles y veredas y divisado desde lejos. No hubo millones de obreros manifestando ese día 17 de octubre de 1945, por supuesto, pero un gentío inusual se agrupó en los sitios menos esperables y sin consigna, bombo ni marcha partidaria inquietó a los sabios del análisis y la nada protocolar. Esos simbólicos padres y abuelos de la actual Sociedad Rural y de otros primates contrarios a convalidar hasta una ley de radiodifusión que estos días se discute en el Senado Nacional, que por ser antimonopólica y derogar a la dictada por el último proceso militar, es ya y al menos, civilizadora.

Aquel ’17 de octubre fue un sacudón en el cimiento social y como al otro día cualquier ama de casa comentaría, los de clase transitoria que veraneaban en la playa se sintieron preocupados de verdad. Esos que hoy se agrupan en barrios nombrados en inglés y demás tilinguerías, siguen sin entender cómo aquel gentío de frigorífico y talleres suburbanos, ellos y ningún otro, construyeron ese día a Perón en referente indiscutido de la liberación del obrero ante el patrón. Ese proceso psicológicamente liberador que desde el llano demanda generaciones de lucha, por su inusitada brevedad al peronismo le resultó suficiente para quedarse lícitamente dentro de la estructura social. Esa imprudencia laburante al creyente de sombrero y corbata obligatoria le pareció un ademán extraño, y el fondo revulsivo del ‘perón perón qué grande sos’ no lo inquietaría mientras no le encabritara la caballada ni las hectáreas de familia educada. Pero al Poder de verdad que nunca duerme, aquel ‘yo te daré te daré una cosa que empieza con p, Perón’, que aquel mediodía recogiera Leopoldo Marechal en su balcón de la calle Rivadavia, más el ‘perón perón qué grande sos’, lo inquietaría sin joda. Y aunque Spruille Braden en la embajada yanki hizo una movida que favoreció a Perón, ellos y los de siempre entraron a mezclar pícaros contra tantos marginales recién venidos y apurados en hacer la revolución. Sin duda el peronismo hizo cuánto pudo, ver estadísticas, ‘tan peligroso a la herencia sagrada de nuestros mayores, Argentina granero del mundo y como Dios es argentino la fiesta es de nosotros’. Y de a poco fueron participando vendedores de humo, burócratas, gente de mala leche y profetas de una dicha incierta, a entorpecer nuestra historia con otro juego más siniestro y sangriento. Y ese es casi otro asunto.

(octubre del 2009)

*Eduardo Pérsico, escritor, nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina.

*

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05/10/2009 GMT 1

UN ADIOS DE TEMPESTADES Y ARENAS QUE SE ALEJAN...

urbanopowell @ 18:26

*

Tratar de escribir un bello manojo de versos
(razones no me faltan)

Pero
Qué escribir
qué decir
Si fuiste toda raiz
voz y poema?
Y la palabra que anda.
No mido mi congoja.
Raramente aquí se siente algo distinto.
Hoy por ejemplo
los pájaros suenan distintos
Y la acacia pasó del blanco blanco nevado
al blanco grande e inmaculado.
Alzo mi copa nombrándote Latinoamérica.
Madre.
Hermana.
Pájara y acacia
tan blanca como tus gestos...

*de ricardo mastrizzo
04.10.09

*

Revolucionaria de voces y de aplausos
piel y sangre de roble
madera y fuego latinoamericano.

Y si te canto ahora que mi lágrima y los todos
somos causa, país y correntada?

Trovadora del pueblo universal,
del sueño libertario
pronuncio tu nombre soberano
letra a palmo
grito a verso
con M.
Con Mayúscula de Madre, de Música y Milagro
aromada y florecida en el Jardín Republicano.

A vos,
porque desde esta oscuridad goteada por la lluvia
sobre vuelan en la patria amontonadas
palabras de esperanza y rebeldía

Continental manera la tuya de acercarnos al canto
de vivirnos el alma de la mano
de latirnos el latido en los aplausos
de bajarnos la luna de tu pueblo
a bailarnos de pañuelos la jornada.

Y te canto
porque sabes de resucitarle cigarras al sol
porque tu hoja de vida es "gracias a la vida"
porque es himno pedirle Sólo a Dios
porque nos llama "María va"
mientras el otoño mendocino es alivio en la canción
mientras eres en el arte y por el hombre
corazón con razón.

Caminante de poncho y bombo alado
Pachamama, cóndor y calandria
cantemos la "Canción con todos" mientras duermes
así vidalan plegarias
serenatean las penas
y el silencio de tu copla serán ángel y bandera enarbolada...

*de Ana Lía Gattás. analia_gattasz@speedy.com.ar
03.10.09

UN ADIÓS DE TEMPESTADES Y ARENAS QUE SE ALEJAN...

VENGO LLENA DE ENEROS*

Amor. Amor. Vengo llena de eneros en mi piel.
Toda yo un jadeo de claveles rojos.
Un grito fundante de la lluvia.
Un torrente.
Un adiós de tempestades y arenas que se alejan.

Amor. Amor. Vengo llena de eneros en mi piel.
Toda yo un camafeo.
Duraznos robados en la siesta.
Mujer apareada en el estío.
...Y mi rostro entre tus frescas manos.

Amor. Amor. Vengo llena de eneros en la piel.
Toda yo una cadena de agua plata.
Una lámpara trémula.
Un abismo.
...Y mi pecho izquierdo fundido entre tu boca.

Amor. Pájaro malherido. Mariposa desnuda.
Hace frío.
Pero yo, todo un enero en tu intacta piel.

*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar

La voz de nuestra Rebeldía*

Venía de hacer unas pequeñas compras para el desayuno del domingo cuando leo en el televisor del bar de la esquina "Murió Mercedes Sosa". Pensé que la noticia ya estaba desgastada por lo tanto que se la anticipó, pero no. Un golpe sorpresivo de llanto quedó guardado entre los ojos y la garganta. Sé que en este caso es más y es otra cosa que la que puede provocar un artista querido que se va. Su canto, era un acto, su voz ponía la pasión defendiendo todas las buenas causas. Hay que contarlo, contar que unas voces nos calentaban el alma. A veces pensaba "si dios existe no debe pensar como nosotros", por el frío y las lluvias en días destinados a la lucha. Nos quedábamos al aire libre, amparados en todos y en las voces. No nos llovía por dentro, esas voces nos protegían de la abulia, el sin sentido, la banalidad Contarles a los jóvenes que tener o ganar mucho dinero hasta se veía mal. Creíamos en que algún día la justicia, el amor, la comida, los libros, llegarían a todos. Ese sueño se acunaba con poemas y cantos. Fueron muchas las voces, ella era la voz.

*De Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar

Cantora*

*Por Sonia Tessa

"Cuando tenga la tierra, la tendrán los que luchan, los maestros, los obreros, los hacheros", decía esa hermosa y profunda voz, y hacía llorar a muchos que habían vivido la dictadura en la Argentina como habían podido. En aquel recital estaban los que habían estado presos, los que habían vivido un largo exilio interno, los que querían volver a escucharla simplemente. Yo era una adolescente. La dictadura militar se iba de la Argentina, nosotros cantábamos en las plazas "Se van, se van y nunca volverán", y soñábamos con un país más justo. Entonces, en aquel clima irrepetible de la vuelta de la democracia, mis padres me llevaron a ver a Mercedes Sosa, en vivo. Creo que era en Rosario Central.
La Negra había sonado hasta entonces en magazines, en casetes, en discos, pero nunca en vivo. Su voz era parte de nuestra vida silenciada, era un cable a tierra en épocas donde el dolor formaba parte de la vida cotidiana.
Y esa noche, en los primeros 80, Mercedes se paró en el escenario y empezó a cantar. Su voz llenó los corazones de todas las personas que estábamos ahí.
"No te mueras nunca", le gritaban algunos espectadores. Era un momento esperado durante tantos años. Y ella no falló: cantó con toda su voz, hizo las canciones que la habían hecho famosa, las que habían estado prohibidas, las que todo el mundo esperaba de ella. Casi al final, se despachó con "Cuando tenga la tierra".
Siempre Mercedes Sosa fue coherente con sus ideas. Muchas veces escuché que la criticaban por cobrar bien sus recitales pese a ser comunista. Me daba tanto odio que a nadie se le ocurriera pedirle lo mismo a otros cantantes.
¿Por qué debía regalar su trabajo, que era mucho más de lo que la mayoría ofrece? ¿Por sus ideas políticas? La Negra era excepcional. Su voz, su repertorio, esa sensibilidad que se colaba en cada inflexión. El nervio que ella ponía en sus canciones es inexplicable, mágico. Y a la vez, sólo desde
su profunda convicción política, desde su sentido de justicia, podía encarnarlos de esa manera.
Y también fue vanguardia. Siendo "el folclore" no tuvo miedo de mezclarse con el tango, con el rock, con cualquier música que pudiera conmoverla. En cada disco encontraba algo más para dar. "Quién dijo que todo está perdido, yo vengo a ofrecer mi corazón", cantaba el tema de Fito Páez, que más que nunca tomaba la forma de una ofrenda generosa. Ayer, un mural en Córdoba y Teniente Agnetta, pintado espontáneamente por los integrantes de El Movimiento Rosario recordaba una canción de Ariel Ramírez al que sólo su voz pudo darle semejante expansión. "Que la revolución viene oliendo a jazmin", decía en Juana Azurduy.
En Cantora, su último disco doble que fue una despedida, hace "Canción para un niño en la calle", una versión remozada de aquel poema de Armando Tejada Gómez musicalizado por Angel Ritro. Y una vez más, Mercedes demostró lo que es ser una artista: lo hizo con Calle 13, el grupo de reggaeton de Puerto
Rico, que sumó algunos versos propios. Aquella vieja letra se hace presente en la nueva realidad latinoamericana. La emoción es incontenible. Cómo no conmoverse. Mi sobrino Camilo, que tiene 9 años, se la sabe de memoria. Y ayer decía: "¿Viste que se murió Mercedes Sosa? Qué triste". En su casa, los
discos de La Negra llegaban tan rápido como hubiera uno nuevo. Y en Cantora, ella no sólo convocó a Calle 13, sino que renovando su falta de prejuicios poco común, llamó a Shakira, a Caetano Veloso, a Jorge Drexler. Su palo ya no era el folclore. Hacía mucho que era universal. Porque cuando Mercedes
cantaba "Gracias a la vida", toda la profundidad de los versos de Violeta Parra se hacía más bella.
El año pasado, cantó en Tucumán, durante la cumbre del Mercosur. Le dedicó una versión de Insensatez al presidente de Brasil, Lula, que la aplaudió conmovido. Y ese encuentro entre dos personas que pudieron escribir su propio destino a puro talento y ganas fue, para mí, conmovedor. Es que
Mercedes era un ícono de la cultura popular. Pero no quiero abusar de palabras que durante estos días se repetirán por todos lados.
Al contrario, como todos los grandes artistas, Mercedes Sosa está en el corazón de cada uno como mejor pueda recordarla. Por suerte hay muchos discos para no perderla del todo. Yo me quedo con unos cuantos, no puedo elegir. Ella tuvo una presencia diferente en cada momento de la vida de los que tenemos 40. Cuando era muy chiquita escuchaba en su voz irrepetible estos versos: "Duerme, duerme negrito, que tu madre está en el campo negrito. Trabajando...". También me la cantaban para dormir, por supuesto.
Pero cuando la cantaba ella, al escucharla uno podía imaginarse a esa mujer trabajando en el campo... Y también recuerdo La Carta, porque entonces Gracias a la vida no me parecía tan combativa. Con los años, esa canción se develó en toda su sabiduría pero claro, fue con la voz de Mercedes dándole color a cada verso. Y también me vuelve su voz, hoy, con una canción poco conocida pero muy significativa que en uno de sus versos dice "marrón, marrón por las calles de la villa, por las calles de la villa se me astilla
esta canción".
Por su voz pasaron las canciones más maravillosas, supo darles un nuevo sentido a todas con su sensibilidad. Ella las mejoraba. Y cuando cantaba "Como un pájaro libre, de libre vuelo, como un pájaro libre, así te quiero", uno podía sentir ese llamado a la libertad. Es difícil entender que no habrá discos nuevos, que habrá que conformarse con escuchar una y otra vez los que ya hizo. Ya no volverá a sorprendernos pero tampoco la olvidaremos. Es parte de nosotros.

*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-20496-2009-10-05.html

SU BIOGRAFIA Y LA MARCA DE LA SOLEDAD
“Para mí cantar era una tristeza”*

*Por Karina Micheletto

En la completa biografía Mercedes Sosa, la negra, se lee un relato de Mercedes en primera persona, al que la cantante volvería muchas veces: “Sí, quiero decirlo con todas las letras, resignada ya a que esto nadie me lo pueda creer: yo, toda mi vida, odié cantar (...) Desde afuera comprendo que lo mío se vea como una suerte; para mí ha sido una desgracia. Unos años antes de llegar Matus ya empecé a ser conocida. Me daba cuenta que tenía el don de la voz, pero cantar me gustaba hasta el momento que debía hacerlo para la gente. Y me pasaban cosas muy conflictivas. Ibamos a los casamientos, a los cumpleaños, y mi papá quería que la gente se enterara de que yo cantaba bonito y enseguida a toda costa me hacía cantar. El de la vocación en realidad era él. No comprendía hasta qué punto me amargaba la vida porque después de cantar y de los aplausos ya los muchachos no se me acercaban más, me veían como a una distinta. Para mí cantar era una tristeza porque en vez de acercarme me alejaba, empezaba a quedarme sola. Eso fue una tortura cuando era jovencita, y después también”.
En las entrevistas en las que iba y venía con el hilo que sólo ella elegía para la conversación, imposible de guiar por el entrevistador, siempre aparecía la tristeza, el sacrificio, ésas eran las palabras que usaba. Y, también, la soledad. En el hilo indómito del recuerdo de Mercedes una y otra vez se cruzaban el dolor del exilio, la enfermedad, los meses en cama, el abandono de su primer esposo, Oscar Matus (con el que, siguió declarando hasta el final, no se arrepentía de haberse casado, porque él instaló en ella el compromiso del canto), la muerte de su segunda pareja, Pocho Mazzitelli, que la acompañó durante trece años. Recordaba, Mercedes, y lloraba. Cuando su hijo Fabián era chico y, sola en Buenos Aires, debía dejarlo encerrado en una pieza de pensión para irse a cantar, cuando tuvo que mandarlo a Tucumán con su familia, los abortos que reveló con dolor en la biografía de Rodolfo Braceli.
Mercedes tenía un círculo de afectos profundos en colegas de todo el mundo, eran muchos los que la querían como a una madre, como a una hermana. Pero la soledad y la tristeza fueron siempre una presencia concreta entre sus argumentos de conversación. En sus horas finales, habilitada la cuenta regresiva del circo mediático, quedaron las últimas muecas de los que se dieron cita ante las cámaras instaladas en la clínica, el respeto de los que prefirieron pegar la vuelta para evitarlas. Quedaron las manifestaciones de cariño de su velatorio, los mensajes de amor que inundaron su página web. Y, también, los que fueron borrados, barbaridades como “Ojalá te mueras de una vez, zurda de mierda”. Porque en este país existe gente que piensa así sinceramente –y sobradas pruebas han dado de ello–, es que Mercedes fue de los imprescindibles.

*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/subnotas/132929-42852-2009-10-05.html

DELICADEZA*

Hubo quien me dijo "¡qué hermoso poema te vay a escribir cuando te mueras!". Murió antes que yo, gracias a quien sea, dioses, hados, destino o casualidades. Un cubano me escribió, entonces, a modo de reparación "El poema que otro debió escribir a Mónica". No tiene demasiada importancia si el poema del cubano, que era muy bello, era realmente bello o no lo era. Lo importante es que alguien se tomó el trabajo de remendar el entramado desgarrado.
Algunos gestos previenen el fuego de los cielos, apaciguan las tempestades, calman el galope furioso de las yeguas nocturnas. Como en los legendarios tiempos de Sodoma y Gomorra, hay justos que salvan las almas y, por lo tanto, permiten la persistencia de nuestro efímero universo.

*de Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com

UNCA BERMEJA*

*de Juan Carlos Bustriazo Ortiz.

1

caéme la luna de las derrotas
rómpeme el aire las muchachas
que tengo en las pérfidas sienes
en la derecha costa mirla
bájase otoño de las nieblas
bájate niebla hasta mis muslos
regalaréte lengua ansiosa
hasta agoniarte y fallecérteme
hasta que mi amor póngate en yesca
rómpete taza sin ponzoña
estaráste en qué galladura
en qué preñez en que siga ardiendo
hasta quinientos o tres mil años
ay mi casada de tornasoles
mi algarroba de treinta sombras
entreilusionado no veréme
y en tus trémolos no seré padre
ay mi junca desriñonada
mi descaderada chilca augusta
ni mi partida muy serásme!

21 de otoño

2

en un caldén de agua llovida
anaranjado el quejón llámate
el que tócase el pecho malo
con un ala de rocío puro
nunca jamás habíalo visto
y eso que anduve en dos mil montes
habrá querido que así viéralo
para que oyera que llamábate
ay el quejón anaranjado
pidióme el juan para humanarse
para quejarse loco y pintado
inmóvil en sus regias plumas
he ahí que vino un chingolito
con su arpegio húmedo y verde
y el chingolo dijo tu gracia
desde un molle tirando a triste
y el que rumora "bicho-feo"
hermosamente cantó tu aura
ay en el monte ensangrentado
saquéme ojos porque comieran!

3

y quisimos soplar las aguas
donde el redondo barro písase
pero sonrióse como espejo
tan señora el agua acostada
las caderas azules negras
el ombligo negro claroso
quisimos buscar las gentes
habíanse hecho alas como humo
quisimos salvar los panes
los lingotes de hechura prieta
deshilacháronse sin un ay
en hilillos de barro verde
quisimos los artesonados
los piquillines espejuelones
entredichosos sonreíanse
barrosamente pasó una urraca
con un rosado gusanillo
no sé si un día volverá el sol
no sé si un día bajará ella

-Enviado para compartir por Lucía Cinquepalmi luciaguionbajo@gmail.com

*

Queridas amigas, apreciados amigos:

Este domingo 4 de octubre de 2009 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor mexicano Alejandro Padilla. Las poesías que leeremos pertenecen a Alfredo Pérez Alencart (Perú) y la música de fondo será de Wankamaru (Andes). ¡Les deseamos una feliz audición!

ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!! (Recomendamos usar http://24timezones.com/ para conocer las diferencias horarias).

REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!

Freundliche Grüße / Cordial saludo!

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com
Schießstattstr. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067

*

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01/10/2009 GMT 1

DE LUZ Y SOMBRA / ESPERANZA Y OLVIDO...

urbanopowell @ 03:14

Decisión*

Estoy al borde del precipicio de tus ojos

siento que balanceo el cuerpo.

Mis pies descalzos sufren las púas de las piedras,

mis manos sangran, apretadas, tensas.

Hay en mi pecho un golpeteo de tambor rojo.

Baña mi boca un sabor a flores, a vida, a miel.

Y me duele mirarte

y no quiero.

Pero el huracán me empuja.

Y me dejo caer blandamente.

*de Elsa Hufschmid elsahuf@yahoo.com.ar

DE LUZ Y SOMBRA / ESPERANZA Y OLVIDO...

Giro astral*

Astral,
exenta de vientos y sonidos
me vuelvo cuarto creciente,
satélite en tus tormentas.
Giro sensual en torno a tus eclipses,
te sostengo en el relieve de mi pelo
sin ahogar tu grito, aunque duela.
Sirena plenilúnica de pasiones
descubro ante vos mis dos rostros:
de luz y sombra / esperanza y olvido.

*de Patricia Ortiz lacajadepandora@gmail.com

1. Esperando al plomero*

Desde el instante en que cayó al inodoro el maldito soporte plástico de Glade, en el mismo momento en que Pedro activaba la cisterna, sincronismos si los hay, todo se volvió bruma en la vida cotidiana.
Todos aquellos actos que hasta allí habían sido íntimos y recelados, se transformaron en un aviso público, comentado en su antes, su durante y sus inexcusables después.
El excusado había dejado de serlo gracias a la conjunción de una torpeza y la utilización de materiales posmodernos, que, a diferencia de la fluidez y la perentoriedad de la tan mentada revolución blanda, se estancaba incólume, perenne e indestructible entre el hacer y el deshacer.
Yo había leído a Slavoj Zizek y su interpretación de lo sublime en el sentido doble de lo duradero y lo latente, sus paralelos entre el objeto a del psicoanálisis y la plusvalía del marxismo, pero nada decía de lo inalterable de un soporte plástico atrancado y sus consecuencias en los estados de ánimo.
También había leído a Jung y sus concepciones sobre el sincronismo y tampoco hablaba del Glade.

Al principio fue el estupor.
Era un diálogo silencioso entre los bellos ojos chocolate de Pedro y mi cara de idiota infortunada.

Le siguió el reproche inevitable: ‘¿Cómo podés ser tan pelotudo?’
Sus ojos encendidos mezclados con una risa que no se atrevía a romper fueron más poderosos que mi fastidio.

Empecé por buscar la sopapa, sabiendo de antemano que sería inútil, pero como toda mujer formada en el cientificismo debía atravesar los pasos previos ineludibles para comprobar o desterrar las hipótesis.
No funcionó.
Seguí por la búsqueda de unos alambres con la forma óptima para estos menesteres.
No existen.
Decidí frente a mí misma que era capaz de desarmar un inodoro, recibí instrucciones hilarantes por correo electrónico y mensajes de texto, entrecortados e indescifrables, inmanentes a este período posmoderno tan incompatible con el plástico indestructible.
Empecé a buscar las herramientas y encomendé a todos mis ex maridos a que se les tape el tanque de nafta con todo aquello que se encontraba depositado ahora en el retrete.
Lo doloroso de la partida de los maridos es que se llevan las herramientas, la máquina de cortar el pasto y las prestobarba que sirven para depilar los pulóveres cuando se hacen pelotitas.
Fue allí que entré en un episodio depresivo y melancólico que friccionaba con la pregunta reiterada de mis hijos, ¿Y Ma, llamaste al plomero?
Yo estaba paralizada en mi mundo de lamentos y reproches retroactivos, hacia mí misma, cómo puedo permitir que me extirpen mis costados masculinos y quedarme así, tan inerme, tan mujer, yo sola con toda esta mierda.
Después de casi tres días de vulnerabilidad extrema, vi por el ventanal que, por fin, llegaba el plomero.
Mi salvador, mi desahogo, mi solución, en su coche viejo, pero con el tanque, seguro, lleno de nafta para llegar a estos parajes.
Alguien que era capaz de revolver la mierda para enfrentar los problemas y encontrar una solución; que yo lo llamaba y obedecía al llamado; qué no preguntaría qué había pasado sino que estaría presto a hacerse cargo, por la módica suma de treinta y cinco pesos, mucho más barato que cuatro asados de domingo, cremas de afeitar y cajas de preservativos.
Al abrir la puerta le dije ¿Ves por qué las mujeres siempre se van con el plomero o el electricista?, porque los maridos no sirven para nada.
El pobre tipo me miró con desconcierto más que con ganas de una cana al aire, pero no me animé a decirle que ni marido tenía, ni herramientas, ni conocimiento y que, al final, era una estúpida mujer dependiente, que se ahogaba en un tocador.
La fantasía de arrojarme a los brazos del plomero como una amante furtiva que sólo requeriría que le mantengan los caños destapados se diluyó en un mensaje de texto que recibí matuvehoralibrevoyacasa.
Mi otro hijo no había tenido historia ni geografía y estaba llegando para almorzar.
Pensé en la relatividad de la palabra ‘libre’, nunca equitativa, compartida ni equiparable.
Libre, ¿para quién?
Quise decir, de pronto, ¿por qué no se van todos a cagar?
Pero en esta oportunidad, no venía al caso.

-28 de septiembre de 2009.-

2. Cambios*

Veo el inodoro despejado después del paso del plomero. Los pisos limpios, la luz tenue del pasillo encendida, la casa nueva.
Pequeña sí, pero nueva.
Nueva para mí y para todo el dolor que he dejado tirado y apilado en las otras.
Mi hijo estrena sus diecisiete años conciliando el sueño después de un intenso y eterno abrazo entre él y yo, que dijo todas las palabras postergadas por las dudas en tantos momentos azarosos.
Tuvo miedo.
Y yo también.
De no saber si las rencillas cotidianas y pequeñas superpuestas con las grandes decisiones, habrían formado, silenciosas, una hendidura que nos impediría afirmarnos uno en los brazos del otro.
Mientras yo intento escribir, él ya duerme, lo siento respirar y me serena.
La vida es esta sola, Juan, y nos equivoquemos o no nos equivoquemos se termina igual, pensé en decirle mientras me iba acercando a esa respiración que me detuvo en el intento y me obligó a darme cuenta de que quien estaba inquieta era yo.
Habían sido más feroces mis silencios para mí misma que todos los posibles mutismos prudentes entre él y yo.
Su abrazo me había devuelto el cuerpo y, a él, el sueño templado.
La casa resplandece. Todos duermen.
La gata no ha parido pero su pelo brilla de expectativa.
Los malvones, la madreselva y los fresnos han soportado el viento del sur y han sobrevivido a la sequía.
El vecino de en frente ya guardó su catango y hasta las siete y media de la mañana no volverá a atormentarme con sus ensayos de arranque.
Los perros ya se han rascado toda su sarna y encontraron su reposo en la salida de los calefactores.
Cosa que siempre pienso, si yo fuera perro, allí pasaría mis noches.
Nunca sé si despertaré mañana pero sí sé que he dicho lo que jamás podré volver a decir.
Y si no pude decirlo, lo regalé en el abrazo más bello que jamás he sentido.
Pues bien, si despierto, mañana será otro día.
Pero otro día de verdad.

*de Lucía Cinquepalmi luciaguionbajo@gmail.com

LA CLUECA*

Anita esperaba junto a su amiga,en aquélla muy sugestiva sala de espera.

***

Había nacido en un pueblo alejado del Gran Buenos Aires,con las ventajas y desventajas que ello supone.
Mientras esperaba su turno se sumergió en los recuerdos de su niñez. El más nítido y querido que rescataba era el referente a las "cluecas" Sí , a las cluecas. Era todo un rito "echar" una gallina. Previamente se había seleccionado entre gallineros vecinos, el mejor gallo. Mejor quería decir, el màs grande, el más fuerte, el más hermoso. Sumamente importante el gallo en cuestión. Su mamá le mostró la "galladura" en los huevos de las ponedoras, parecido a un ojito pegado a la yema. Sin ese ojito, no hubiese sido posible pollito alguno. De allí la placentera y útil función del gallo.
Algo que recordaba con placer, era el ahínco con que su mamá elegía la clueca... entre las buenas madres, decía, a las otras, ¡pobres!, un buen baño de agua fría y a otra cosa.
A la elegida le preparaba un nido con pasto limpio y seco. Los huevos eran tambien elegidos concienzudamente y después a esperar ventiundías.
¡Que larga le parecía aquella espera!

***

Entraba al gallinero detrás de su mamá y ella efectuaba una proeza a la que nunca se atrevió por temor al "picotazo", consistía en introducir la mano debajo de la gallina y retirar de a uno los huevos y ¡he aquí el milagro!: llevaba éstos a su oído y luego a el de Anita...¡Dios! que sensación inefable,
se escuchaba nítida y misteriosamente al pollito que deseaba nacer; pic pic, picaba desde el interior de su encierro...y cuando nacían, eran un puñadito de alegres colores.
Jamás había visto madre tan abnegada; escarbaba la tierra y cuando aparecía una pobre lombríz, no la tomaba para sí, llamaba de una manera muy peculiar a sus pollitos y les ofrecía el sacrificio de aquélla,en aras de alimento para sus buchecitos. Es así que Anita guardaba un tierno y especial recuerdo hacia las cluecas.

***

En pocos días cumpliría diez y siete años y hacía dos que estaba en la capital trabajando como doméstica. Quiso así ayudar a capear el temporal económico que se abatía sobre su familia.

***

La voz de la amiga la trajo a la realidad .--Ana, bajá.-¿hacia donde te fuiste?-.
Y...sí, se fugó hacia los recuerdos inocentes y felices de su cercana niñez.
La amiga se impacientó.
-¿Y,ché,entramos o no,o te vas a clavar con un críosola y tan joven?- porque...-¿él se fue, no?-
-Entrá, ésta señora sabe lo que hace-.
Anita sonrió y ante la perplejidad de la amiga, acariciándose la "panza" con inmensa ternura, respondió:

-No, no voy a entrar, el gallo ya no cuenta.
No voy a entrar...quiero "sentirlo" picar.

*de Matilde Lopez Camelo caminandosignosfm@hotmail.com

La lección del caimán*

*Por Adrián Abonizio. abonizio@hotmail.com

Juntábamos las lagartijitas en las vías, que era el lugar más factible para detectarlas. Entre el pedregullo de los durmientes; por allí corrían y si uno andaba atento, las descubría para luego tras una persecución caprichosa que incluía marchas y contramarchas, capturarlas en cuanto se quedasen
quietecitas, ajenas a la mano, que como la tapa de un sarcófago les caería desde arriba para quedarse mansitas, aterradas. Lo hacíamos por depredación y porque algunos las mantenían en sus peceras secas con arena. Duraban poco, es cierto, pero era normal que se muriesen: no se había inventado una casa
artificial para ellas: o era la libertad entre el trajín de las ruedas de hierro o la mano sucia de algún pibe para llevarla encarcelada donde inevitablemente morirían de hambre, o sed o furia contenida en sus cuerpecitos hermosos de plata y pintitas negras. Yo sabía que era más bello verlas moverse libres escandilando a los mismos ángeles que tenerlas allí, abatidas, con los ojos quietos de terror mirando la nada contra el vidrio.
Pero a la perfección había que envasarla, era la costumbre, durase lo que durase. No conocíamos ni nos habían enseñado otra cosa. No era matar, hacer el daño, era tratar de conservar algo de la plenitud fosfórica de sus cuerpitos alucinantes y por el tiempo que fuese espiar al cosmos viviente, admirativos y sin culpa alguna. Café claro, con grisados perfectos ventrales, azulinas otras, leves naranjas en el lomo las menos. Una mañana de sábado capturamos una más gordita que al rato frente a nosotros, ya presa
en la cajita de cartón, empezó a largar hijitos. Seguro los traía ya consigo enganchados en algún sitio y no los vimos. Una nidada alucinante. Eran tenues, casi transparentes, movedizos y del tamaño de un fideo chico. Nos quedamos maravillados. Transportamos la cuna de cartón hasta bajo el gran paraíso, sitio de descanso y reunión. Las contamos. Eran cuatro, perfectas, rosaditas, las patas enormes en proporción a sus cuerpitos. Sin hablarlo, la cosa cambiaba: una cosa era capturar un ser y otra muy distinta cinco, madre incluida con riesgo de muerte inmediata. Perecito dijo devolverla al lugar.
Otro que no, que se la iban a comer los gatos o los perros. Otros que éramos unos boludos. Y fue el primero que cuestionó la jerarquía cinegética que creíamos poseer y sobre ella reinar. Nos avergonzó, pero nos movimos rápido.
La llevamos a Diego, el de la veterinaria que pelaba perros. El nos desagradaba pero constituía la palabra pertinente en el asunto. Alto, cabeza de cepillo, granoso y el ambo verde. Fumaba como una chimenea, mientras acariciaba distraído un conejo blanco que tenía el morro lastimado. Nos dijo
que éramos unos pendejos y que quien nos mandaba a meter la mano donde no nos correspondía. Diego era loco, famoso por sus trompadas y ermitaño.
Llévenselas a sus mamis para que las hagan asadas, pelotudos, tiró. Como no se pudo resolver el enigma, un poco humillados y en pleno centro de Echesortu, sencillamente las dejamos en un umbral y tras tocar el timbre huimos por Tres de febrero. Llegó el mediodía abrasador y paramos en el pasillo de los Chenevier a tomar agua: por el vidrio roto asomaba la cabezota del caimán un lagarto overo más austadizo que feroz que tenían ellos en su patio y vigilaba, lento, las inmediaciones. Imaginamos su
dentadura entre nuestros huevos. Alguien lo gritó y nos corrió frío por la espalda. Nos volvimos acordar del cajón de zapatos. "Madre y cría", alguno emitió.. Y era la primera vez que le poníamos categoría social al crimen. En Canal 5 daban Espartaco y su búsqueda de libertad nos recordó el secuestro:
la fuimos a buscar al umbral entonces. Estaban tiesas, como congeladas, las cinco. Corrimos hasta lo de Chenevier, el veterinario del zoológico: en su bondad científica nos perdonaría y las habría de salvar. Era la siesta y nos atendió manoteando los lentes, en calzoncillos. Su hijo acariciaba al caimán que descubrimos tenía la pata enyesada. Están muertas, muchachos, Todas. No las deben sacar de sus casas que son las vías. ¿Ven a ese lagarto? Se lo decomisamos a unos tipos que lo usaban para magia con collar de ahorque, pobrecito. Lo estamos salvando de a poco. Al rato andábamos entre los rieles, el lugar del crimen. Nadie quería jugar ni nada. Con el atardecer encima, hartos de nuestra estupidez, asqueados del homicidio apedreamos el portón de Diego, como para hacer algo, como para salvarnos y convencernos
que nunca fuimos ni éramos espartanos, sino infantiles reyes idiotas que le bajaban el pulgar a las viditas que poblaban la arena caliente.

*Fuente:http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-20428-2009-09-30.html

*

Cansada de la impiedad de esa mujer, rompió los espejos.

Despechada*

Le costaba admitirlo porque nunca fue rencorosa, era cierto estaba
despechada. Después de la ruptura se le habían quedado los pechos en la boca y las manos de él.
Tenía que ver cómo hacer para que volvieran.
El alma sin ellos que la cobijaban quedaba demasiado expuesta.

*Textos de Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar

Hasta siempre*

Cuando Rosario despertó creyó que seguía adentro de ese sueño que la acompaña cada tanto desde niña. Abrió un ojo entre ruidos de alas de palomas que buscaban ventanas donde recibir el sol tibio, de una mañana de otoño. Era un sueño realmente tortuoso, ella bajaba escaleras estrechas y mal iluminadas, apenas guiada por una leve luz, quizá una candela que parecía estar unos escalones más abajo, pero que no dejaba de alejarse, se sentía siempre al despertar haciendo el recorrido por una torre de babel, pero no hacia un cielo libre, sino al fondo de la tierra, quizás a su más temido infierno. Es curioso, nunca en el sueño amagaba dar media vuelta y volver sobre sus pasos, dejar de bajar infinitos peldaños de cemento, casi a oscuras buscando una luz que se extinguía o se alejaba cuando ella más cerca creía estar. Quiso salir con alguna ironía, y solo recordó una frase atribuida a Jorge Luis Borges, que leyó hace un tiempo en el suplemento cultural de La Jornada, "todos somos no videntes, yo soy ciego", y pensó si no era justamente eso lo que ella vivía en ese sueño repetitivo, un andar a ciegas sin saber a ciencia cierta a donde iba ni para que....
Trato de olvidarse de la angustia que acompañaba su despertar después de cada vez que soñaba su descenso por las escaleras oscuras, volvió a la noche anterior, su deambular por el lobby del hotel, su indecisión expresada en cada paso... salir a cenar en una mesa de soledad entre miradas desconocidas, comer en el salón comedor del hotel en la misma situación.... pensó que seria más ella comiendo en su habitación, como lo haría cualquier mujer que ha quedado sola por las ocupaciones de su pareja, -a esta hora Daniel esta volando a Mendoza, pensó, quizás le sonríe a una azafata rubia con ojos de cielo casi mar y le pide la segunda medida de whisky. Mañana temprano organizara la agenda y luego me llamara al celular. Quizá ordene un ramo de rosas amarillas y rojas para que las reciba a primera mañana en la habitación, -para hacerme sentir su presencia después de una noche sin sentir su cuerpo cercano al mío....
Ella pensó en esta cierta dependencia en los negocios que Daniel tiene con los hoteles Hyatt que lo hacer viajar tanto por el mundo, con ella inclusive cada tanto.... recordó la luna de miel en el hotel Regency de Mérida, donde por suerte no hubo reuniones ni llamadas al celular, ni videoconferencias, ni nada de las cosas a las cuales había terminado por resignarse, tanto como a la ambición de dinero de su marido, en fin, son tres años de "matrimoño" como ella les dice a sus amigas, y en pocos años no quedan ilusiones y cada uno es como es.... alguna emoción le surge cuando aparecen las imágenes de las últimas vacaciones en el Hyatt de Casablanca, ese pueblo increíble, otra cultura... esa caminata que hicieron por callejuelas fue una aventura, Daniel la llevaba tomando fuerte su mano izquierda, con su mano derecha transpirada de emoción o de percepción de peligro, esa pregunta a los turistas franceses, la búsqueda del bar de "Rick" Bogard...
Cuando volvió al aquí y ahora, estaba casi en el mismo sitio y sintiéndose seguramente observada, expuesta, en su inseguridad. allí mismo busco al conserje y pidió una carta para cenar en su habitación , el conserje le dijo que hoy el principal chef del hotel esta sirviendo sus platos personalmente, que podría elegir tranquila en la habitación y luego de una módica espera de una hora recibir el menú.
En el ascensor, pensó si el chef sería ese hombre de uniforme blanco, casi como se visten los doctores de los hospitales, pero con ese inconfundible, hasta ridículo, gorro colorado.
Piso 12, habitación 1223, entró, una leve brisa modela fantasmas en la cortina de la ventana que mira al río. Decidió ponerse cómoda, una ducha caliente, salir goteando por la alfombra y secarse sobre la cama, ahora las medias cortas, el portaligas y esas bragas minúsculas que compro en el último viaje a Madrid, apenas una tira que deja ver sus glúteos firmes y salientes, los que las amigas mexicanas siempre le envidian... Laura, su amiga escritora le dijo una vez que le cambiaba su don por las palabras por tener un par de meses esa cola que hacia girar a los caminantes, y distraer a los conductores.... hasta sintió culpa en aquel choque, cuando el conductor del Seat se llevo puesto a un autobús detenido en el semáforo.
Ella se río, mucho, pero mucho con la ocurrencia de la Esquivel y le dijo que con gusto le cambiaba sus hermosas asentaderas por el talento de escribir un libro como "Íntimas Suculencias", su tratado filosófico de cocina, y pensó para adentro que la comida es lo único que te da placer al menos dos veces al día... (Que exagerada, esta Laura... como si fuera el culo de Jennifer López...)

luego se coloco su salida de cama sin molestos corpiños, su bata es casi un tul transparente bordado de infinitas alas de mariposa, y ella adentro casi como una crisálida con alas de noche plegadas.
Prendió el televisor de fondo, mientras miraba la carta empezó a reírse de los nombres de los platos del cocinero estrella el "chef Kabuki":

- Kanikama deconstructivo.
- Sake Confucio.
- Sushi a la Nietzsche.
- Chop - suei Socrático.
- Canelones a la Marx y Engels.
- Ñoquis gratinados con salsa Zizek.

y se detuvo a carcajadas en "Salmón Savater", quizá por que esa tarde había estado en la feria del libro de Buenos Aires y se había comprado "Los diez mandamientos en el siglo XXI". Bueno, el salmón Savater no es otra cosa que Salmón rosado de Chile, cocinado a la crema y servidos con champignon y papas noce, bueno vamos a probarlo, toco las teclas: 2, 4, 9... -puede enviarme a la suite un servicio de cena con servicio a cargo del chef...? , si, 45 minutos, Salmón Savater por favor, sin vino, solo hielo, agua mineral y ensalada de frutas de postre. -Hoy voy a tomarme el Cabernet Sauvignon que compre en la feria de vinos de Firenze.
Movió el control remoto por los canales de aire de Buenos Aires, se quedo con Susana Giménez, el programa de mayor audiencia esta hora, que bárbaro se dijo¡¡¡¡¡, todo es dinero aquí.... todos los participantes se acercan por premios en dinero o especie, un bingo, niños que llevan mascotas, incluso sapos y arañas.... ( Nueva risa que hace eco en la soledad de la habitación ) al pequeño participante se le ha escapado la tarántula del frasco y Susana Giménez escapa a la velocidad de una gacela seguida por las cámaras...
Ahora Susana llama a personas que han pagado por insertar su numero de teléfono en un enorme recipiente que desborda papelitos pequeños.... teclea, sonido de llamada...
-haayyyy.... Susana, sos divina, le pedí tanto a Dios que me llamaras....
-Como te llamas?
-Malena... , le pedí tanto a Dios por que lo necesito tanto....
-Bueno, detrás de que casillero están los 24.000 pesos...., el 23
-No querida estaban , en el 44, pero te llevas una cafetera y 1000 pesooos.
"No invoquéis mi nombre en vano", pensó Rosario siguiendo mentalmente la relectura de los mandamientos por Savater.

***

José, subía en el ascensor con el servicio exclusivo cena servida por el chef pedido por la habitación 1223, todavía se reía solo con las graciosos ademanes de los italianos, había tenido que compartir un par de rondas de vino para no ofenderlos y escuchar sus comentarios altisonantes y los ademanes que hacían sobre las maravillas que veían en las calles, mujeres argentinas, turistas brasileras.. El siciliano, estaba totalmente sacado, decía que no se iba sin "fatare una nigra"..
Ya estaba en el 12....

Rosario apago el televisor y volvió a escuchar a Luis Miguel, casi no escucha el timbre y presurosa cierra su bata por pudor y atiende la puerta con un seco y corto adelante señor...
es el mismo ? la ropa blanca el sombrero colorado que debe cuidar por su altura en cada marco de puerta, el gran Chef Kakuki es más bien alto, tiene incorporado torcer el cuerpo hacia adelante y agachar un poco la cabeza para que su gorro pintoresco de chef no caiga en cada umbral y demuestre sus pelos negros ya encanecidos.

El hombre, recibe sin duda el impacto, ha llevado el menú a una habitación de las más exclusivas del hotel, con doble ventanal, dos baños, un estar comedor separado de la cama matrimonial por una arcada, amoblada por finos muebles de roble de estilo antiguo.
La mujer que ve José es sin duda inquietante, no solo por su desnudez apenas cubierta por una especie de bata, una larga y vaporosa transparencia que cubre su cuerpo hasta la desnudez total de sus tobillos y pies menudos hundidos en la alfombra color rojo fucsia.
Esta mujer morena, de pómulos salientes y ojos pequeños, negros brillantes, quizá sea extranjera, aunque su tono de voz no es abierto, quizá sea nativa de algún punto de Centroamérica... pero no se animo a preguntar y menos a mirarla demasiado..., el servicio de chef llega en un carrito que incluye una pequeña hornalla a gas para regular la temperatura del plato al de servirse, una conservadora de bebidas, hielo, cubiertos, todo queda en la habitación hasta la mañana siguiente... es ideal para una cena íntima y sin apuros, sólo cortada por impulsos del deseo y la palabra.

Rosario, ve preparar la mesa a ese hombre fornido y callado. En una de sus momentáneas ausencias recuerda el poema de su amiga Laura

"Qué lejos estoy del suelo donde he nacido
inmensa nostalgia invade mi pensamiento,
y al verme tan sola y triste cual hoja al viento
quisiera llorar, quisiera morir de sentimiento"

así se siente ella, como una hoja al viento en este destemplado otoño argentino, con lluvias y cielos oscuros, cerrados...

José ha concluido las instrucciones, la mujer lo observa desde el fondo de su mirada penetrante, el sigue evitando recorrer su cuerpo con alguna mirada, algo pueda abrir grifos de deseo en este, su lugar de trabajo.
Cuando casi no queda nada por decir sino, "buenas noches, señora, que disfrute su plato", la mujer ha girado y mueve su silueta trasparente, casi de aire, hacia la ventana angosta que mira al río...
José. puede ver los movimientos de su cuerpo por debajo del tul, el contorno de sus piernas altas y flacas y su movimiento que parece el de una modelo en la pasarela, pero más lento, como la quietud de un enorme trasatlántico en la proximidad de amarrar al puerto.
La ventana este es más bien estrecha, casi un mirador individual, unos 70 u 80 centímetros por un metro y medio de alto, la mujer recuesta levemente su cuerpo sobre el umbral de madera lustrada, saca su cabeza al viento y lo llama:
-Por favor, puede contarme algo de este paisaje....
José se acerca recorriendo la figura de la mujer, la ve casi recortada contra un cielo inmenso de estrellas, imagina incluso que su cuerpo es apenas una ilusión absoluta, un producto de su imaginación como cuando en su niñez se tiraba en el pasto de la chacra de su abuelo e inventaba figuras uniendo estrella con estrella, claro que eran otras figuras, siempre volvía con el parte de sus figuras encontradas al regazo de la abuela Anita: vi dos leones con melenas, una jirafa enorme cuyo cuello cruzaba todo el cielo y la cabeza se perdía en el sur, detrás del monte oscuro... un hipopótamo blanco, una tropilla de alazanes....
La abuela no le creía demasiado pero siempre decía, -con esa imaginación vas a llegar lejos josecito....
José se acerco a la ventana quedando al lado, casi atrás de la mujer para no cortar su visión...., ¿cómo describir esto? Toda la orilla de la ciudad contra el río se podía ver desde allí, un río iluminado por una luna plena, las luces de los faroles de la costanera , mas lejos aun las curvas de San Isidro, apenas una intuición sobre el Delta, no importaban sus palabras textuales.. Ella le preguntaba una y otra cosa, como si quisiera que ese momento no termine más que él no se vaya de allí. Como un río llamado por las mareas, ella empezó a ondular su cuerpo, a soltar el movimiento de sus caderas siguiendo, transportándose con el "contigo en la distancia" de la voz de Luis Miguel que llevaba su magia por los aires, se confundía con las luces y los sonidos de una ciudad cada vez más ausente. Y ella movía sus caderas, lentamente, la fusión de la palabras y paisajes había acercado su cuerpos a un leve roce, apenas una caricia de los glúteos de Rosario en la zona erógena de José, recién allí él se permitió descender con la mirada desde el perfil del rostro de la morena y bajar por sus cabellos que como ramas de sauce descendían por su espalda... no pudo evitar ver su cuerpo, su cola apenas cubierta del tul traslucido y una delgada línea negra de encaje por ropa interior. José apenas podía atender las señales de peligro de la conciencia, una transgresión en su lugar de trabajo le podía costar el empleo y sus ingresos relativamente altos de Chef principal de un exclusivo hotel.
Rosario tampoco podía pensar, solo dejaba llevar su cuerpo y seguía escuchando la palabra de ese hombre que le hablaba con una voz pausada desde atrás de su pelo, casi como una voz interior...
José, dejo de mirar el cuerpo de Rosario y elevo la mirada, la noche clara de estrellas lo transporto a La cocha, San José de La Cocha para ser más precisos su pueblo Tucumano, las noches con el cielo estrellado cayendo sobre el mundo, y él de espaldas al pasto soñando despierto... La Chacra del abuelo y sus frutales, el otoño era primavera y los frutales estaban florecidos, los duraznos y manzanos reventaban en flores y derramaban aromas de celo, sus 16 años, su crecer de golpe cuando Papá se fue y no volvió...
Y aquella, la primera vez con Mariana, su amiga de la infancia de la Chacra de los Enrique, ella que se colgaba de las ramas bajas y lo apretaba con sus piernas en tijera por la cintura, él levantando su pollera a cuadros y embistiendo como un toro, entrando, llenándola de leche...
Cuando bajo la vista se dio cuenta que estaba definitivamente perdido, que sus brazos abrazaban a la hermosa desconocida, que su pene plenamente erecto jugaba al mismo vaivén de ese hermoso culo.... ya no era él, José, sino un macho entregado a su instinto... Rosario, se giro, le coloco sus manos en el cuello de él y se fusionaron en un largo beso hasta perder el aire y olvidarse de la ventana y el paisaje de una ciudad anónima muriendo en sus orillas.
El la alzo con sus manos sosteniéndola desde la cola, como a Mariana, aquella vez, ella cruzo sus piernas abrazando su espalda, cerrando con un candado de talones desnudos a la altura de su coxis. Así estuvieron , largo rato, perdiendo el aire, danzando a Luis Miguel... ella abandonando pisar el suelo, sin querer pisarlo nunca más. Él sintiendo que los pechos de ella le perforaban el pecho y le hacían sangrar hasta el corazón....

Hasta que llegaron al borde de la mesa y ella dejo caer lentamente su espalda, dejando sus pelos como centro de mesa. Allí estuvieron, él empezó a penetrarla, a golpear con fuerza y lejanamente oír gemidos y un -más...., más..., con el segundo orgasmo la llevo a la cama, en los aires, sin salirse de adentro de ella, allí siguieron como una eternidad, hasta que descubrió que el sueño los vencería.... -Me tengo que ir.... sos una hembra hermosa, dijo José, Y Rosario que ni siquiera dijo que se llamara Rosario ni tuvo tiempo de inventarse un nombre de fantasía para su aventura. Hubiera querido decirle: -me sentí plena, la mujer más deseada del mundo. Pero guardó silencio.
Se acomodaron las ropas sin quitarse la mirada, y después de un silencio que podría haber significado "hasta siempre", él cerro la puerta y se fue.

*de Urbano Powell. urbanopowell@yahoo.com.ar
-Texto del año 2004-

¿Qué hago ahora?
(o Dónde pongo lo hallado)*

*Silvio Rodríguez

Dónde pongo lo hallado
en las calles, los libros, las noche,
los rostros en que te he buscado.

Dónde pongo lo hallado
en la tierra, en tu nombre, en la Biblia,
en el día que al fin te he encontrado.

Qué le digo a la muerte tantas veces llamada
a mi lado que al cabo se ha vuelto mi hermana.
Qué le digo a la gloria vacía de estar solo
haciéndome el triste, haciéndome el lobo.

Qué le digo a los perros que se iban conmigo
en noches pérdidas de estar sin amigos.
Qué le digo a la luna que creí compañera
de noches y noches sin ser verdadera.

Qué hago ahora contigo.
Las palomas que van a dormir a los parques
ya no hablan conmigo.

Qué hago ahora contigo.
Ahora que eres la luna, los perros,
las noches, todos los amigos.

(1969)

-Enviado para compartir por Verónica Capellino veroaleph@hotmail.com

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CENTRO CULTURAL BERNARDINO RIVADAVIA
San Martin 1080 –Plaza Montenegro
CICLO:

"Del derecho y del reves de la memoria"
Octubre

Bien lo sabia Manzoni: “Los provocadores, los avasalladores, todos aquellos que, de alguna manera, cometen injusticias, son culpables no solo del mal que cometen sino tambien de la perversion que provocan en el animo de los ultrajados”.
Citado por Primo Levi en “Los hundidos y los salvados”

Lunes 05/20:00
“Miseria: ¿en que sentidos? Una aproximacion al mundo metaforico animal en la obra de Victor Hugo”
David Fuks, psicologo, docente, escritor, editor.

Lunes 19/20:00
“Miserias y memoria. Una aproximacion a la zona gris humana”
Laura Capella

Lunes 26/20:00
"Cómo mejorar los resultados en el estudio. Verdades y mentiras sobre Lectura Veloz, Comprension y Memoria. Recursos para docentes y alumnos"
Juan Carlos Paradiso, medico, profesor y licenciado en C. de la Educación, maestrando en Educación universitaria. Ha sido Decano de la Universidad del Comahue, Director regional de Educacion. Autor de libros y numerosos trabajos cientificos en temas de salud y educacion. En el exterior fue Docente invitado en las universidades de Salamanca, Murcia, Sevilla. Es Profesor por concurso de la Universidad Nacional de Rosario.

Creadora y responsable del ciclo: Ps. Laura Capella, psicoanalista
Lunes 20 hs.
Entrada libre y gratuita
Se entregan certificados con el 75% de asistencia
Consultas: delderechoreves@yahoo.com.ar

Auspician:
· Facultad de Psicologia, UNR
· Colegio de Psicologos de la Prov. de Santa Fe, 2da Circ. y su Foro en Defensa de los Derechos Humanos (FODEHUPSI)
· CEIDH (Centro de Estudios e Investigacion en Derechos Humanos-Facultad de Derecho. UNR)
· IPF (Instituto de Investigaciones en Cs. Sociales, Etica y Practicas alternativas "Paulo Freire" - Facultad de Derecho. UNR.)

CENTRO CULTURAL BERNARDINO RIVADAVIA

*Laura Capella. elecapella@yahoo.com.ar
Hoy... Dejaré las puertas y las ventanas de mi casa, abiertas, para siempre...
Alfredo Zitarrosa (Guitarra negra)

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29/09/2009 GMT 1

LA LOCURA ES PODER VER MÁS ALLÁ...

urbanopowell @ 15:07

LA ESPERANZA*

Era un refugio la esperanza.
Que el sol reverenciara la mañana,
que alguien me diera su sonrisa,
que entendiera el trino de los pájaros,
que flotara en la nube, que brincara
sobre buenos deseos y promesas.

El refugio era la esperanza…
Pero un pájaro murió sin dar su trino
y el sol enlutó su sentimiento;
por eso amaneció un poco tarde.
No hubo ni promesas ni reencuentros…
¡Qué desnuda quedé ante la vida
cuando enterré en el jardín mis esperanzas!

*de Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar

LA LOCURA ES PODER VER MÁS ALLA...

MI PIEL*

...Su piel había memorizado calles
para que yo, esta noche, las recorriera todas..
Jorge Boccanera.

Mi piel: Toda una huella inmensa.
Un escozor, una angustia, un camino.
Memorias recorridas, una por una.
Piel de café con leche. Esfumada borra de café.
Rastros de sal .Anhelos orientales. Furia de mar.
Inmolar la sal. La furia. Los anhelos.
Abrocharse el oído y zurcirse la boca.
Abrirse el pecho y soterrar las voces.
Buscar el jardín y el jardinero.
La piel de niña y el trébol de cuatro hojas.
Calmar la sed en rosas clandestinas.
Rocío de violetas y pulso sin urgencia.
Viejo puente filial. Resurrección de espigas.
Tropel de tizas. Delirantes almendros de la siesta.
Antiguo oficio del poema. Temblores.

Mi piel, toda una huella inmensa.
Allí se grabará, lo sé, sin duda, mi destino.

*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar

La sorda*

Aquella tardecita hasta la lona de la galería estaba dura de la helada.
Había un revoltijo como nunca mi dios. El bochinche de los vecinos de atrás me hacía confundir, pero esa tarde era una como no hay dos y me mataba la curiosidá, así que me pegué a la pared y no le aflojé hasta enterarme qué pasaba allá al lado.
Y sí, se lo dijo al viejo nomás. El crío venía en camino.
La silla se arrastró hasta la otra punta. La pobre debía andar a los tumbos escapándose del viejo. Malo el viejo, y padrillo el atorrante.
La Raquel y la Mirna también andaban con el bombo, pero la única que se lo aguantaba al viejo con la tos y el hilo de baba era la pobre.
Yo no sé de qué se estrañaba tanto si cuando la otra noche salió a tomarse el tinto al patio se había puesto reverde como siempre, la pobre le acercó la chata y el muy baboso, vamos querida, un favor no se le niega a nadie.
Qué nochecita mi madre, qué de quejido; al diablo la chata y la silla de rueda, yo no sé ni cómo hicieron.
Y ahora tanto escándalo, como si se olvidara el viejo.
La pobre le hizo más que un favor.
La Juana se lo había anunciado el otro día a la salida de la misa, estás más preñada que nunca querida, si no lo querés andá rápido a ver a la vieja.
Y la pobre qué sabía.
La vieja no quería más problema con la policía, le sacó unos pesitos y se lo dejó adentro, total, el viejo en cualquier momento estiraba la pata y la pobre se quedaba con la casa.
Así que al tiempo, meta pis de sapo y rama de perejil, vela negra y té de ajo. Acá al lado se aguantaban cualquier cosa.
Y bué, se lo tuvo que decir al viejo.
Y le quiso explicar al viejo, que ella no quería quedarse con todo, no era de esas, pero él sacó un rebenque que tenía por ahí y ella se tenía que defender y él forcejeaba y forcejeaba, y una banqueta que volaba y daba contra la pared, porque la pobre era estúpida pero no tan tonta, le esquivaba.
Más loco se ponía el viejo. Ella lo quería parar, nada más. Lo juró hasta por el crío, pobrecito.
Y ahí nomás de pronto todo se quedó quieto y esa cumbia de los de atrás que no me dejaba oír bien.
Cómo lloraba esa pobre, se quejaba tanto que cada suspiro duraba que parecía que la helada los había agarrado a ellos también.
Al viejo no lo escuché más.

Qué leibacer yo, el borreguito no da tanto gasto dentro de todo y yo no podía perder el susidio de la municipalidá, después de tanto mendigar.
Yo, qué voy a oír si soy sorda, tuve que decirles.
Se lo llevo a la pobre las pascuas y las navidades y el crío le dice tía.
Un favor no se le niega a nadie.

*de Lucía Cinquepalmi luciaguionbajo@gmail.com

El parto*

*Eduardo Galeano

Tres días de parto y el hijo no salía:
-Tá trancado. el negrito tá trancado -dijo el hombre.
Él venía de un rancho perdido en los campos.
Y el médico fue.
Maletín en mano, bajo el sol del mediodía, el médico anduvo hacia la lejanía, hacia la soledad, donde todo parece cosa del jodido destino; y llegó y vio.
Después se lo contó a Gloria Galván.
-La mujer estaba en las últimas, pero todavía jadeaba y sudaba. A mí me faltaba experiencia en cosas así. Yo temblaba, estaba sin un criterio. Y en eso, cuando corrí la cobija, vi un brazo chiquitito asomando entre las piernas abiertas de la mujer.
El médico se dio cuenta de que el hombre había estado tirando. El bracito estaba despellejado y sin vida, un colgajo sucio de sangre seca, y el médico pensó: no hay nada que hacer.
Y sin embargo, quien sabe por qué, lo acarició. Rozó con el dedo índice aquella cosa inerte y al llegar a la manito, súbitamente la manito se cerró y le apretó el dedo con alma y vida.
Entonces el médico pidió que le hirvieran agua y se arremangó la camisa.

-Enviado para compartir por Matilde López Camelo. caminandosignosfm@hotmail.com

*Para escuchar el texto en la voz de Eduardo Galeano: http://www.ipernity.com/doc/dcasallart/299171

Llamada de ultratumba*

Filomena Gómez falleció de cáncer hace dos años, cuando tenía 55. Ahora, y según su familia, lleva una semana comunicándose con ellos a través del móvil y pidiendo que le quiten del pecho la cruz con la que fue enterrada.
Por esta razón, su familia acudió al juzgado de guardia de Granada, para solicitar un permiso y poder exhumar sus restos. El juez, atónito, atendió a los familiares de Filomena y escuchó los sonidos grabados en el móvil, "procedentes de ultratumba". La hija asegura que su madre dice: "Ven, ven... la cruz".

El juez les remitió a un cura porque el caso excedía de su competencia.
El cura pidió permiso a su obispo para iniciar los trámites de exhumación. La respuesta negativa del obispo fue tajante y la documentación anexa a su negativa concluyente: "Preguntada la compañía telefónica, quedo claro que la señora no podía llamar porque no tenía saldo".

*de Joan Mateu. joan@cimat.es

*

Camino sin saber adonde puedo aterrizar y vuelo sin entender la carretera .
El pasado vive en el espejo retrovisor y la esperanza de vagar la vida satisfecho
va adelgazando.
Árboles que propinan sombras y un sol que salpica .
La playa no revela su lugar.
El corazón sigue erguido y rojo. con animo de vencer.
Los labios con sed de océano. peleando por no deshidratarse.
La aurora se transfigura , el atardecer se exhibe y la luna se planta.
Las épocas transportan incógnitas y el equipaje se renueva .
EL mar levanta la voz y se tapa la boca. el viento despista.
A lo lejos una embarcación suspendida en la arena me convoca al descanso.
Cierro los ojos e imagino los sucesos no ocurridos.
Respiro profundo y la humareda escala cielo.
Olvide que la espera callejea sobre muletas.
Tal vez suba la marea y brote en otro muelle.
A escaso trayecto de tu umbral, a exiguo espacio de tu aliento....

*de Damian Bonavota. damianb@cuspide.com

Medley*

*Por Rodrigo Fresán
Desde Barcelona

UNO La palabra medley –según la Wikipedia– significa “una serie de canciones o trozos de canciones unidas en una sola interpretación larga”. La enciclopedia on-line aclara que la maniobra medley suele ponerse en marcha cuando se trata de rendir tributo a otro artista. Una manera de contarlo y cantarlo todo en poco pero sustancioso tiempo. Un resumen de lo ejecutado a cargo de un segundo o tercero que, por lo general, no suele hacerle justicia al primero. Pero, dicen, lo que importa es el gesto.

DOS Mi primera percepción de la palabra medley –señorita, yo, yo, yo.. ¿no ve que levanté la mano primero?; señoras y señores, ¿dejaremos alguna vez de hablar de ellos?– tiene que ver y oír y sentir con Los Beatles. Ya saben: el Lado B de Abbey Road, despedida que la semana pasada –26 de septiembre– cumplió cuarenta años y que, originalmente, iba a ser el Lado A. Lo que, claro, habría cambiado toda la historia: porque entonces la leyenda terminaría no con el epifánico “The End” y la bromita accidental de “Her Majesty” (que quedó allí gracias al descuido del junior de estudio John Kurlander) sino con ese brutal y ominoso coito interrumpido para siempre de “I Want You (She’s So Heavy)”. Me entero de todo esto que no sabía sobre el medley de Abbey Road –al que Los Beatles siempre llamaron “The Big One” o “A Huge Melody”– en el último número de la revista inglesa Mojo, que dedica su portada a la efemérides y viene con un cd-regalo de Abbey Road radicalmente reinterpretado in toto por nombres como Robyn Hitchcock, Cornershop, Glenn Tilbrook. Y lo más curioso –o no– de todo: en esta versión conmemorativa y 2009, el medley aparece de-sarticulado, suelto, como si a los de ahora les resultara imposible pegar lo que entonces reunieron con tanta gracia y elegancia aquellos que se estaban separando.

TRES ¿Y alguna vez terminaremos de saberlo todo sobre Los Beatles? Supongo que no. Y está bien que así sea. Supongo, también, que olvidamos muchas de las cosas que sabemos sobre ellos para experimentar el infantil y maduro placer de que nos las vuelvan a contar de otra manera. Los Beatles –la leyenda cierta de Los Beatles– funciona un poco como los cuentos de hadas de ya varias generaciones. La inolvidable historia siempre es la misma pero –para algunos la bruja es Yoko, para otros el ogro es Paul, John es en ocasiones el más feroz de los lobos, George es el mago melancólico y Ringo el bufoncillo más valiente que todos los demás– no deja de estar sujeta a variaciones y a nuevos hallazgos en el bosque de su trama. Leyendo Mojo me entero también de que las sesiones de grabación no fueron tan amigables como se las contó hasta ahora (una tregua después de la batalla de Let It Be que todos intuían como el final de esa aburrida guerra pero, también, de tanta divertida paz a lo largo de los años); que en principio Lennon insistió en que todas sus canciones estuvieran juntas en un solo lado y separadas de las de McCartney, y que el título que primero se pensó para el disco fue el de Everest. Everest era la marca de cigarrillos mentolados que fumaba el sufrido Geoff Emerick, mano derecha de George Martin. La idea fue de McCartney y así ligar todo el asunto a la idea de pináculo, de lo más alto, de imposible subir más. Y hasta se pensó en despachar a la banda a los Himalayas y fotografiarlos allí. Pero enseguida todos se miraron, lo pensaron mejor y se dijeron: “Saben qué, hagámoslo aquí mismo, salgamos a la calle, una foto rápida, cruzando de una vereda a otro, llamémoslo Abbey Road”. Y así fue, así sigue siendo, todavía están allí, en fila, para siempre, camino a ninguna parte y a todos los lugares del universo.

CUATRO Y el medley, claro. Lo del principio de esta contratapa y lo del final de ese disco. Lo para mí intrigante del medley son dos cosas. La primera de ellas es que son pedazos de canciones que nunca fueron más que pedazos. Al menos, no he oído en ningún pirata ni en la correspondiente Anthology los restos inmortales de alguna de ellas. Lo que nos llegan –luego de “Here Comes the Sun” advirtiéndonos que aquí viene la luz de lo más luminoso aunque aparezca teñido de cierta tristeza– son partículas, piezas de rompecabezas, palabras de crucigrama difícil que sin dificultad acaban componiendo la discusión apenas codificada de una ruptura. Se habla de que “nunca me das tu dinero”, del fin de un “sentimiento mágico”, de “no tener dónde ir”, de saber que se llevará “esa carga por un largo tiempo”. Y, al final –luego del único solo de batería de Ringo (quien odiaba los solos de batería), del trío de guitarras eléctricas en llamas y del mantra insistente de un love you, love you– se acaba en el amor y en cierta forma de justicia: te llevarás la misma cantidad que hayas dado. “Una línea muy cósmica y filosófica”, según Lennon. La segunda de esas cosas es que –conscientes de que la fiesta se acaba– Los Beatles arman su propio medley en base a greatest hits fantasmales a la vez que futuristas y se autohomenajean a sí mismos. Como diciéndonos que les queda tanto adentro, que aquí va una muestra de lo que yace en cajones que nunca serán ataúdes, pero que –es una pena– se terminó el tiempo disponible. Así que esto es algo así como los títulos al final de la película aunque, oh yeah, all right, vas a estar en mis dorados sueños esta noche.

CINCO Esta mañana escribo todo esto sobre el medley de Abbey Road –ahora que lo pienso, estas contratapas tienen, por lo general, iguales modales pero tanta peor educación– y me digo que toda vida es un poco medley: fragmentaria, saltarina, espasmódica e imprevisible. El problema es que rara vez se alcanza un final –uno de esos finales que nos permiten mirar atrás con la certeza de haberlo hecho– como “The End”. Quizá todo se deba a que las vidas de nosotros son –gracias otra vez, Wikipedia– más popurrí o poupurrí o poupurrit o pot-pourri: sinónimos bastardos de medley que, también, sirven para designar un popular platillo ibérico de tufo planetario también conocido como olla podrida. Nombre este último que, me parece, se ajusta perfectamente cuando se trata de definir numerosas existencias de seres que jamás deberían existir o haber existido. Es decir: si hiciste las cosas bien, te toca incorruptible medley; si no, a la olla y a pudrirte.
En cualquier caso –subida de impuestos en España y en plena recesión que no ha sido explicada como se debe a los contribuyentes (¿se aumenta para hacer frente al creciente gasto social o para salir de la crisis o porque el gobierno tiene deudas?), escandalillo por una foto de las hijas de Zapatero de viaje por EE.UU., protestas evangélicas por la venta libre de la píldora del día siguiente, informaciones contradictorias por lo de la gripe A, nuevas porquerías del PP saliendo a flote, ese Maxwell en Irán, ese Mean Mr. Mustard en el Vaticano”– Los Beatles han vuelto a salvarme, por un rato, de pensar en cosas desagradables para después tener que ponerlas por escrito. Para esto estaban, están y seguirán estando, también, Los Beatles.
De verdad –de nuevo, no será la última, siempre habrá un Había otra vez... para estos cuatro masters remasterizados– nunca suficientes muchas gracias por todo lo que nos dieron y nos siguen y seguirán dando y, come together, todos y todo junto ahora.

*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-132566-2009-09-29.html

El tuerto y los ciegos*

*Intérprete: Sui Generis
*Autor: Charly García

Desnuda de frío y hermosa como ayer,
tan exacta como dos y dos son tres.
Ella llegó a mí, apenas la pude ver
aprendí a disimular mi estupidez.

Bienvenida Casandra!
Bienvenido el sol y mi niñez,
sigue y sigue bailando alrededor,
aunque siempre seamos pocos los que
aún te podemos ver.

Les contaste un cuento
sabiendolo contar
y creyeron que tu alma estaba mal.

La mediocridad para algunos es normal
la locura es poder ver más allá.
Baila y baila Casandra!
Digo bien, bien, bien!
La pude ver:
no hablo yo de fantasmas ni de Dios
sólo te cuento las cosas que
se te pueden perder.

*FUENTE: http://www.rock.com.ar/letras/1/1978.shtml

Un ángel en la tierra*

Conocí a Horacio Rossi en los primeros ’90. Yo llevaba a cuestas un manojo de insatisfacciones y de poemas “nerudianos” que me interesaba compartir con algún representante del mundo de las letras.
Pocos años antes, había yo tardíamente descubierto mi vocación de entrelazar palabras.
Nos conectó la pintora Zulma Molaro, ya por entonces paciente y entrañable amiga.
Zulma al conocer mi intención, se comunicó con Horacio, y convinimos en que yo le dejaría mis trabajos en un sobre, en la secretaría de la clínica donde yo trabajo.
Pocos días después recibí su respuesta: un poema de bienvenida y generosa bienaventuranza, en su particular estilo de grandes letras manuscritas desparramadas ampliamente por la hoja, y que remataba con su típica flor y su firma: “Horacio Rossi en La Terraza ”.
No pude menos que sorprenderme ante esa inesperada muestra de afecto y de buenas intenciones. Nos pusimos en contacto telefónico y convinimos un encuentro en “La Terraza”.
Recuerdo de ese encuentro, el intenso celeste de aquel atardecer, el lugar en el que nos sentamos, sus comentarios generosos acerca de mis trabajos, su sonrisa. Nos quedamos hasta bien entrada la noche y regresé como siempre desde entonces, con varios libros bajo el brazo, y la agradable sensación que en el alma deja el contacto con la buena gente.
Poco a poco, reunión tras reunión, recital tras recital, fui conociendo a este personaje tan singular y a quienes fueron desde entonces queridos amigos comunes.

Con su morral en bandolera, con lápiz y cuaderno, Horacio era poeta de a pié, en la calle o en los bares, frente al mar o en la montaña, no sólo escribía poesía, él era poesía.
Renegaba de las instituciones, de normas y convenciones, diría que del saber preestablecido en general. A la manera nietzscheana pensaba y transmitía con vocación docente, la libertad en el pensar y en el hacer, particularmente en el ámbito de la literatura.
Poco tiempo antes de morir, mi hija Ailén mantenía con Horacio un fluido intercambio a propósito de sus primeras incursiones literarias. Ella argumentaba citando a Sastre o algún otro, Horacio le decía que a él le importaban sólo sus propias opiniones. Así pensaba, así vivía y transmitía en forma permanente.

Muchos jóvenes escritores se acercaron a escucharlo. A todos recibía celebrando, abrazando, brindando por la ocasión y por la vida. A todos estimulaba, sugería lecturas, prestaba libros. Pero, fundamentalmente, a todos animaba a ejercer su libertad y autonomía.
Se definía incapaz de emprendimientos comerciales, de proyectos a largo plazo, de sujetarse a lo preestablecido. Su mundo era poesía, la del bien, la del amor y el culto a la amistad. “Los amigos son una costumbre solar…” supo escribir. Qué más puede decirse…

Algunos habrán dicho que era un niño, casi un inocente. Nadie puede ser siempre bueno, siempre desinteresado, siempre generoso. Sólo un niño puede. Pues bien, yo no he conocido de él otras facetas. De hecho no era niño, y menos inocente en el sentido vulgar de la palabra. Pero vibraba en una “longitud de onda” diferente, como una locura de bondad, fraternidad e inocencia creadora invulnerables.

Las siguientes estrofas escritas por Chamalú, indio quechua que vive en Cochabamba, Bolivia, de alguna manera describen el andar de Horacio Rossi por el mundo:
Soy guerrero
mi espada es el amor
mi escudo, el humor
mi hogar la coherencia
y mi texto, libertad

Horacio fue un hombre extensamente bueno, poeta caminante inclaudicable, un guerrero de amor y libertad, un ángel en la tierra.

Qué mejor regalo que su vida…

*Guillermo Heredia
Noviembre de 2008

Homenaje*

"Perduro como un árbol cuya sombra te llevás sonriendo."

Horacio Carlos Rossi
en la Terraza.
(1953-2008)

El domingo 4 de octubre nos vamos a reunir en el árbol, el lapacho de Boulevard, para homenajear a Horacio Rossi en el día de su cumpleaños.
La cita es a las 18.00 h. en Boulevard Pellegrini entre 1º de mayo y 4 de enero, frente a su casa.
Luego, con los que quieran acompañarnos, recordando la significación que tenía ese día para él, en Dai Sladsky, Bvard. Pellegrini 2969, compartiremos una torta en su nombre.
Los esperamos!

*Enviado para compartir por Oscar Agú. cachoagu@yahoo.com.ar
-El próximo domingo, 4 de octubre, es la fecha del que era el cumple de Horacio. Nos vamos a reunir a las 18 hs para recordarlo. Ese mismo día, domingo, a la noche en un programa radial "El hombrecito del azulejo" (LT10) se van a leer texto de él y de sus amigos recorándolo.

Correo:

No llores por Bahía, Buenos Aires*

Ya nadie puede recordar si acumulamos 10, 20 o 45 días de suspensión de actividades en el Puerto de Bahía Blanca. Unos por bloqueos de la vía navegable; otros por reiterados cortes de accesos y otros por, digamos, amenaza de colecta recaudatoria por parte del Gobierno Platense. digo, Provincial.
Esta vez han parado todos los puertos bonaerenses pero, igualmente, ni miras de ser noticia en los diarios de Buenos Aires y el País. Más de 8.000 trabajadores afectados directamente solo en Bahía Blanca. Algunos millones de ciudadanos afectados por las medidas y los paros al tener que seguir o
volver a operar cargas de exportación e importación exclusivamente con el Puerto Porteño (de Buenos Aires), tal en la Colonia. Tal en la Independencia.
Para el caso de Bahía Blanca, donde el Puerto es una figura autónoma, aunque, en definitiva, propiedad de la Provincia, el proyecto de Ley (ya aprobado en legislatura), se arroga el derecho de recaudar impuestos a las cargas movilizadas (una suerte de Aduana paralela), en valores del orden del 140% de lo que por toda operación, desarrollo, mantenimiento y servicios facturan los Puertos de Bahía Blanca (Autónomo), y de Rosales (Provincial).
En síntesis, el leve intento por ofrecer un puerto cercano a las producciones regionales no agropecuarias, se aleja abruptamente por imponer una medida QUE BENEFICIA FUNDAMENTALMENTE AL PUERTO DE LA CIUDAD DE BUENOS AIRES (Ni siquiera a Dock Sud).
Como alternativa, se le ha ocurrido al Gobernador imponer un impuesto a la facturación portuaria del orden del 30% bruto invitando a los puertos a aumentar la tarifa en tal orden. Es decir, consolidar aún más la expulsión de los nuevos cargadores no agropecuarios del Puerto de bahía Blanca y de cualquier otro interfaz marítimo en la provincia HACIA PUERTO NUEVO. Y, de paso, invitar a los históricos exportadores granarios y aceiteros a que prueben mejor suerte en los puertos al Norte del Arroyo del Medio, en la Provincia de Santa Fe sobre el Río Paraná, el que explota Hidrovía, la empresa amiga de todos los Presidentes.
Buenos Aires llora por Kraft (Terrabusi), por Sevel, por el supermercado de Hi Ki Pin en Flores, pero ningún medio sostiene la información de lo que ocurre en los puertos de Buenos Aires luego de 10 días de paro total y docenas de grandes buques que no han podido operar.o se fueron a Buenos Aires o el Río Paraná.
Más patético es que los locales prefieren que los medios de la Gran Ciudad ni mencionen el tema. No entienden que si no suena el río en la megalópolis porteña, las autoridades y dirigencia empresarial o pública de ella misma PUEDE HACER LO QUE QUIERA CON LOS DESTINOS DE NOSOTROS, los habitantes más allá de Avenidas Rivadavia, Nazca, Ruta 210, Ruta 6 y la costa del Río de La Plata (Imaginen ese pequeño y poderoso espacio).
Buenos Aires no llora por el lamentable tranvía de Lugano, el deterioro ambiental de Villa Caraza o la espantosa realidad de Bella Vista, menos quiere llorar por Bahía Blanca o Mar del Plata, cuando lo que en realidad quiere, es quedarse con la torta económica y laboral.

*de Jorge de Mendonça. jorgedemendonca@gmail.com
- Septiembre 29 de 2009. Ingeniero White - Buenos Aires -

*

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28/09/2009 GMT 1

HE DE TRAERTE A PUNTA DE POEMAS...

urbanopowell @ 18:28

Quisiera saber*

Me gustaría saber
como sonríe tu boca,
como tiemblas al pensar
que alguien te va a besar
y el corazón se desboca.

Quisiera que me contaras
que sientes al coger mi mano
y pasear junto a mi lado
muy pegada a mi costado
una noche de verano

Quiero saber de tus besos,
de tus ilusiones nuevas,
como es tu abrazo y tu risa
cuando te envuelve la brisa...
Como eres cuando te entregas.

*De Joan Mateu joan@cimat.es

Onírico deseo*

Nace el deseo en el sueño
-te alcanza-
como si pudiera
tocar el cielo con los labios.
Sensual / sexual
la noche es apenas
un mordisco tierno
para la avidez de mi boca.

*de Patricia Ortiz lacajadepandora@gmail.com

HE DE TRAERTE A PUNTA DE POEMAS...

LAS SUELAS DESTROZADAS*

Un día voy a calzarme las viejas zapatillas y encuentro que la suela de goma se ha abierto completamente. Y no en una, sino en las dos. Me sorprendo como cada vez que esto me pasa, y pienso en la fatiga del material, en ese instante ya predeterminado desde la fábrica, fijado para la caducidad y el desgarro.
Recuerdo que usé ayer las zapatillas, y estaban bien. Y de pronto hoy las dos suelas destrozadas. Como las flores del bambú, que se abren en todo el mundo unidas por una red intangible, como las gemelas que se despiertan en el dolor compartido, y una llora, y a la otra la angustia le cierra el pecho.
Pero encuentro las suelas destrozadas, de pronto. Y ayer no estaban así. Y quién es esa mujer que en el espejo me devuelve una mirada con otro color de ojos, con otra expresión, con unas arrugas que no eran y con esa tristeza de ver un poco más allá, más arriba, un tanto más atrás de las cosas. Si yo sigo haciendo chistes tontos, sigo bailoteando, sigo yendo al baño en puntas de pies y a la carrera. Quién es esa mujer que apareció así, de improviso, tan de un día para otro que hasta mi madre me dice que en las fotos del año pasado todavía estaba esa muchacha con sonrisa abundante. Pero ya no. Pero ahora esta mujer oscura, esta mujer que no se reconoce.
Me miro y hay un pozo allí. Hay una persona con fatiga de material. Alguien que no permaneció incólume, que finalmente y de un día para otro se rasgó y se le nota.
No es extraño envejecer. No es inusual que los profundos dolores y las terribles tristezas nos tracen un mapa debajo de la piel y en la escritura de la mirada. Lo que me sorprende es lo súbito, lo extraño de que una imagen nueva y sin embargo tan verdadera se presente en los reflejos.
Me miro en el espejo. Veo las noches, tantas oscuridades, la cercanía de las muertes, las partidas, los dolores de la traición esperada e inesperada. Veo la acumulación de días, la soledad que hizo muros, la dulzura de los llantos calmos como lloviznas. Veo una mujer triste allí. Menos pronta a juzgar, más pronta a la ternura, pero tan cercana a la melancolía.
Tomo las zapatillas rotas, las pongo en una bolsa, las desecho. No le servirán a nadie. Me miro en el espejo, le sonrío a esa mujer triste, me visto con una prenda de colores claros y preparo para ella alguna futura felicidad.
Saludo a la mujer que he venido a ser. Me miro detenidamente para no perderme, para reconocerme entre la multitud.

*de Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com

Árbol de la vida*

(Ginko Biloba)

Miguel nos lo trajo para el patio de la nueva casa.

Se tomó su tiempo
- el árbol -
para indicarme el lugar.

Ya en invierno
cavé su morada.
Allí lo planté.

Me enseño a esperar. Debía despertar de su sueño.
Y lo hizo.

Día a día lo observo.
Sin urgencias –de su parte-
pequeños dedos verdes develan
lo que el sueño contenía.

*de Oscar Agú. cachoagu@yahoo.com.ar
27/09/09

A punta de poemas*

Desde que no estás
huelo la muerte.
El día se oscurece si no llegas.
Cualquier día de estos
he de traerte a punta de poemas.
Cuando no estás
llora la tarde.
El sol reirá a carcajadas si regresas,
dibujando tu imposible sombra
y mi posible llanto
en las veredas.

*de Matilde. caminandosignosfm@hotmail.com

LA GLORIOSA DE BOEDO*

Mis ojos no aceptaban otro rostro.
El escenario elevaba su estampa hasta la línea de la luna.
Su magnificencia danzaba entre batucada sanguínea y trajes de brillo dispar.
Su voz se incorporaba a mi piel apunando emociones.
Y la escuchaba cantar... y la descubría bailar.
La adivinaba cerca y estaba tan lejos.
Contemplarla pronosticaba garúa en mis retinas.
Y en mi adentro se establecía el carnaval de su guapeza, su hermosura, su esplendor...
Como olvidar los modales de sus ojos, la silueta de su cabellera,
el perfil de su cuerpo, la elegancia de sus gestos, el tono de sus movimientos.
Que ganas de abrazarla hasta lo inagotable.
Que ganas de ofrendarle mi amor todas las mañanas en el altar de sabanas y bostezo.
Que ganas de extender mi mano y obtener la seda de sus dedos.
El carnaval dijo hasta pronto. Las comparsas iniciaron el exilio.
Los estandartes, las fantasías, la percusión, dejan en el cielo su mueca.
Las desinhibidas coreografías, los pasos discontinuos y las caminatas desalineadas
mudan su algarabía a otros suburbios.

Mi mirada quedo absorta enfocando el escenario, buscando su luminosidad,
su semblante único, sus rasgos incomparables, su rostro inmejorable.

Y allí permanezco, en la esquina indicada, esperando el colectivo de la alegría,
ese que ella conduce cada Febrero haciendolo rodar por Boedo y mis recuerdos....

*de Damian Bonavota. damianb@cuspide.com

Con las mismas manos de acariciarte*

*de Roberto Fernández Retamar

Con las mismas manos de acariciarte estoy construyendo una escuela.

Llegué casi al amanecer, con las que pensé que serían ropas de trabajo,
pero los hombres y los muchachos que, en sus harapos esperaban
todavía me dijeron señor.
Están en un caserón a medio derruir,
con unos cuantos catres y palos: allí pasan las noches
ahora, en vez de dormir bajo los puentes o en los portales.
Uno sabe leer, y lo mandaron a buscar cuando
supieron que yo tenía biblioteca.
(Es alto, luminoso, y usa una barbita en el insolente rostro mulato).
Pasé por el que será el comedor escolar, hoy sólo señalado por una zapata
sobre la cual mi amigo traza con su dedo en el aire ventanales y puertas.
Atrás estaban las piedras, y un grupo de muchachos
las trasladaban en veloces carretillas. Yo pedí una
y me eché a aprender el trabajo elemental de los hombres elementales.
Luego tuve mi primera pala y tomé el agua silvestre de los trabajadores,
y, fatigado, pensé en ti, en aquella vez
que estuviste recogiendo una cosecha hasta que la vista se te nublaba
como ahora a mí,
¡Qué lejos estábamos de las cosas verdaderas,
Amor, qué lejos -como uno de otro!
La conversación y el almuerzo
fueron merecidos, y la amistad del pastor
hasta hubo una pareja de enamorados
que se ruborizaban cuando los señalábamos, riendo,
fumando, después del café.
No hay momento
En que no piense en ti.
Hoy quizás más,
y mientras ayude a construir esta escuela
con las mismas manos de acariciarte.

-Enviado para compartir por Verónica Capellino. veroaleph@hotmail.com

HILO Y UNA*

*Por Miriam Cairo. cairo367@hotmail.com

*

Una no tiene por qué contar en público todas las monedas que posee, pero si estuvieras ahogándote acudiría a tu rescate. Te sacaría del agua y te envolvería en una manta. Luego encendería el fuego y escucharíamos Les feuilles mortes custodiados por un ángel poseído.

*

Una tiene derecho a sacar el pasaporte y gozar de una intrépida experiencia como residente ilegal en el primer mundo, aceptando que el primer mundo tiene derecho a todo. Si el primer mundo fuera un espejo y el tercer mundo se empolvara la nariz frente a él como una sirvienta vivaracha, una podría escribir un cuento de hadas.

*

Acaso alguien anega su pellejo lejos del lugar de origen. Si estuvieras en la cúspide del monumento a punto de arrojarte, te anticiparía que el cielo tiene ya demasiadas estrellas. Bajaríamos juntos por el ascensor y pondría mi mano izquierda sobre tu hombro izquierdo. Tomaríamos un taxi y como no seríamos inmigrantes ilegales, no tendríamos temor de dar la dirección y pagaríamos con pesos.

*

Por fortuna, el paraíso siempre está en otro lado. La rapidez espléndida de las nubes barre de un plumazo la memoria y una lava los platos del primer mundo, ávidamente, con antojo irrefrenable de excelencia, obligándose a ignorar que no todos los esmeros resplandecen.

*

Si fueras un pájaro moribundo, agonizando sobre un nido frío, en el más alto nivel de la apariencia, haría un gran trazo floral, con la forma de vida que quisieras. Y por sobre todo, te concedería el milagro: podrías despertar en el mismo lecho en el que copulaste.

*

Una tiene derecho a decir basta y a correr el riesgo de ser una extranjera que recoja la fortuna que chorrea en el primer mundo. Una puede quemar el origen en la casa de la negrura. Disimular con acentos impostados la procedencia. Pararse en dos patas ante el amo y mover la cola extranjera.

*

Si fueras el descuartizado que golpea mi puerta, yo no te confundiría con Picasso aunque de seguro alegrarías las formas. Te reconstruiría con arte, no con funcionalidad. Pondría la noche en el lugar de los ojos, el corazón en el sexo, el sexo en los dedos, las gotas de rocío en la flor macha, la mordedura en el alma. Demás está decir que otra vez un astro está desnudo en mi memoria.

*

Una tiene derecho a equivocarse, a nacer en el tercer círculo del infierno o en esos viejos mapamundis medievales donde aparecen territorios mitad leyenda, mitad verdad, y donde ni una sola cabeza sobresale. Una tiene derecho a nacer por sus propios medios. Ser la semilla y la creación.
Consumar el error que nos distingue y nos anima.

*

Si fueras un mundo futuro que haya sido tomado a ras de suelo o que haya ascendido espontáneamente a posarse sobre mi cabeza; si ese mundo no pudiera ser visible hasta después de hablar con los fantasmas y de leer los libros que leo, si eso fueras, mirando tu cielo me lavaría los ojos.

*

Con las maletas cargadas de escombros, una tiene derecho a partir para decir "he partido". Tiene derecho enviar al diario textos por mail como si fuera una enviada especial a sueldo: "Título pertinente", por Fulana de Tal, desde el Extranjero. Sólo entonces una tendría la oportunidad consagratoria de describir con altura lo intrascendente, porque beber y orinar en otro país, eleva. Una tiene derecho a ser cosmopolita e introducir esas palabras en inglés que le ponen a las cosas un swing que en Argentina no se consigue.

*

Si fueras las plumas del sombrero de Miró, quizás el pájaro amarillo de cromosono siempre perdido y siempre encontrado pudiera posarse en tu hombro.
Mientras tanto, en el jardín de los sueños, los mejores amigos le desearían buen viaje a Joan Miró que nos traería a los de aquí abajo cosas de allá arriba. Si fueras el pajarito de Miró estarías lleno de ojos y me mirarías el nido encrepusculado hasta perder de vista el insomnio.

*

Una tiene derecho a que los amigos la envidien porque hay que irse para allá y no quedarse acá. Cuando una se va para allá, la cabeza se abre. Hay que sacar el pasaporte y cruzar un océano para tomar conciencia de que el mundo no está acá. Una tiene derecho a no ser como los mejores amigos que nunca se
van para allá, porque la conciencia de ellos es conciencia de acá. Cuando una se siente demasiado chiquita acá, tiene que sacarse el pasaporte y embolsar el marido para sentirse grande allá. Al pie de la Sagrada Familia una tiene derecho a sacarse la foto y darse cuenta de que lo que tiene acá es una triste farsa, pero luego se puede volver con la máscara de la felicidad recién maquillada.

*

Si fueras un cuchillo, cortarías todas las amarras y darías un paso hacia nosotros. Primero habría que desenmascarar la razón fúnebre de los esposos, pero de eso se encargarían los hijos del rey Momo. En estos días Venecia no sirve más que de refugio para Aquiles que esconde en el talón y tras la máscara su complejo de inferioridad y su culpa.

*

Una tiene derecho a irse, aunque eso de lo que huye la acompañe a todos lados. Y todo esto es tremendamente complicado para una que no quiere estar extraviada en el pleno Dédalo de los embrollos, como una inocente adúltera en un mundo desamorado, en el que ha perdido el hilo y el asombro.

*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-20364-2009-09-26.html

¿Y... CÓMO ANDA LA POESÍA?*

La poesía anda como la astrofísica
la buñuelística
la amparología

La poesía anda como el carterismo
como las especializaciones en sensaciones
como las antípodas

La poesía anda como la Luna de Valencia
y es la valencia de esa luna
perfectible

la poesía

La poesía anda como la mona:
así que, por supuesto:
¡seguid a la mona!

*de Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar

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Convocatoria para la II Semana del Arte*

Por segundo año consecutivo Santa Fe tendrá su Semana del Arte. Será en el marco de la V Semana del Arte de Rosario. Está abierta la convocatoria para presentar trabajos. El plazo es el 9 de octubre. Organiza el Gobierno de la ciudad.

En el marco de la quinta edición de la Semana del Arte de Rosario, por segundo año consecutivo nuestra ciudad vivirá su Semana del Arte. En este sentido, la Secretaría de Cultura del Gobierno municipal amplía la apuesta de 2008 y convoca a artistas santafesinos y al público en general interesado en el lenguaje de la fotografía a participar de esta segunda edición consecutiva en nuestra ciudad. La propuesta es pensar la ciudad “Al Borde” y tomar fotografías que obren como “Señalamientos Urbanos”. La fecha límite para enviar los trabajos es el viernes 9 de octubre.

Señalamientos
Los Señalamientos Urbanos de esta edición consisten en señalar mediante una fotografía, algún espacio significativo de las localidades en el que se pueda pensar el concepto de borde, tomas específicas que permitirán descubrir situaciones cotidianas que muchas veces quedan inadvertidas, comprometiendo la mirada para ver la ciudad de otro modo. La propuesta es entonces compartir visiones -entre tantas posibles y diversas-, lugares que alguien ve diariamente y para otro puede resultar maravilloso o sorprendente. Todas las fotografías recibidas hasta el viernes 9 de octubre serán publicadas en el sitio web: www.semanadelarte.org Las mismas deberán ser enviadas por correo electrónico a la dirección arte09@santafeciudad.gov.ar

Condiciones
Se admitirán sólo fotografías en las que aparezcan lugares de Santa Fe. Se recibirán 1 (una) fotografía por persona. Las mismas deberán estar en formato .jpg y tener un máximo de hasta 1800 x 1600 píxeles. Cada una deberá incluir la dirección exacta (ubicación geográfica) de la foto. Además, el autor deberá incluir un comentario acerca de la misma en relación al eje convocante: la ciudad al borde. El comentario deberá tener un máximo de hasta 250 caracteres. El mismo deberá figurar en el cuerpo del e-mail. El envío de las fotografías implicará la aceptación de la utilización de la imagen para promoción y difusión de la Semana del Arte.

Consultas
Para ampliar esta información, dirigirse a la Secretaría de Cultura del Gobierno de la ciudad. Esta dependencia municipal está ubicada en San Martín 2076 -PA- y su teléfono es (0342) 4571885. También se puede escribir un email a las siguientes direcciones: arte09@santafeciudad.gov.ar
o proyeccioncultural@santafeciudad.gov.ar

Trasfondo
La Semana del Arte en Rosario (SAR) es un evento cultural organizado desde 2005 por el Museo Castagnino+macro y la Secretaría de Cultura y Educación de la Municipalidad de esa ciudad, cuyo objetivo principal es llevar el arte a otros ámbitos, desde los museos proyectarlo al espacio urbano. Este año -como ya se hizo en 2008- Rosario invita a participar a otras localidades: Santa Fe, Rafaela, Reconquista, Venado Tuerto, Tostado, Rufino, San Carlos Centro, Los Amores y Helvecia. Cada SAR se plantea desde un eje temático específico, el concepto que en esta ocasión delinea y sustenta la apuesta trata de interrogar la noción de borde. Cuando el límite es puesto en cuestión comienza a desdibujarse, deja entonces de dividir para convertirse en puente. La tarea de esta edición del SAR es, justamente, deslegitimar la geografía, hacer del límite un borde. Se trata de proponer la provincia como un territorio en común, transformarla en una Zona Franca.

Concepto
El concepto que en esta ocasión delinea y sustenta la apuesta de la SAR’09 trata de interrogar la noción de límite. Cuando el límite es puesto en cuestión comienza a desdibujarse, deja entonces de dividir para convertirse en puente. La tarea es, justamente, deslegitimar la geografía, hacer del límite un borde. Bordear es entonces proponer un recorrido, construir un circuito, hacer de la Provincia un mapeo distinto, reubicar lo al margen en el margen. Opuesto al límite, el borde invita a transitarse, a disponer de él como un margen, como posibilidad. Es por esto que la 5SAR09 invita a sumarse a su propuesta a diferentes localidades de Santa Fe para proponerles la configuración conjunta de un territorio en común, transformar la Provincia en una Zona Franca. Pensar la ubicación del Arte en el borde del borde, es pensar al borde como un espejo que se refleja a sí mismo. Es el fin del límite.
El borde demarca, pero lejos de limitar, propone. El borde pide el paso, el movimiento, el cambio. Queremos pensar el evento y la ciudad en el (al) borde. La idea esencial es que las ciudades que protagonizan la Semana del Arte piensen (se piensen en) en el borde.

*CULTURACIUDAD g.antonucci@santafeciudad.gov.ar

*

Queridas amigas, apreciados amigos:

Este domingo 27 de septiembre de 2009 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor español Agustín Castilla-Ávila. Las poesías que leeremos
pertenecen a Marcelo Marcolín (Argentina) y la música de fondo será de Wayanay (Andes). ¡Les deseamos una feliz audición!

ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!! (Recomendamos usar
http://24timezones.com/ para conocer las diferencias horarias).

REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!

Freundliche Grüße / Cordial saludo!

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com

Schießstattstr. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067

*

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25/09/2009 GMT 1

FABRICANDO OTRO SUEÑO A CADA SUEÑO ROTO...

urbanopowell @ 17:31

Italia*

a mis viejos

nadie supo ser más libre
entre sus miedos
ni el ignorante y solitario miedo
a no sé qué
pudo anegar la marca de ser libre
ni todos los destierros
ni la ausencia
ni la muerte inminente
y la miseria
ni el noble sacrificio depredador de tiempo
a la espera de un después inalcanzable

vi escurrir cada sueño
entre sus manos
deshacerse en el instante mismo
del ya estaba listo
los vi esperar callar desesperar
pude verlos bordeando los ocasos
en cada corte repentino de la escala
así los vi vivir desde su tierra errante
sellando paso firme en el vacío
quedándose vacíos a cada rato
fabricando otro sueño
a cada sueño roto
esperando en silencio
el famoso tributo a cada esfuerzo
la vuelta de la vida que te paga
la redención de todos los pecados

vi iluminar sus rostros
en el momento mismo de cada alumbramiento
disolviéndome en abrazos más seguros
que el sol que me gobierna
yo deshice su dios y sus esquemas
yo desandé sus sueños y sus mitos
para crecer mis alas
y empezar de nuevo
me enojé con su amor y sus misterios
les negué más placeres que fracasos
y ellos lo saben
porque saben del miedo
y ahí siguen impasibles secos quietos
esperando un regocijo de alto vuelo
el júbilo y la risa a carcajadas
que todavía llevo
embutida en mis huecos

*de Lucía Cinquepalmi luciaguionbajo@gmail.com
-abril del 1998.

FABRICANDO OTRO SUEÑO A CADA SUEÑO ROTO...

FRESNOS DE OTOÑO*

A mi hermano y a su pasión por los árboles.

Los fresnos- me dice mi hermano- en este tiempo, tienen las hojas doradas.
Y yo me imagino a los que están frente a la casa y que plantó mi padre.
Hay dos o tres más, en el terreno, que plantó mi hermano, aunque son muy chicos, pero un día serán señores árboles.
Pero hoy, cuando escribo fresnos, pienso de inmediato en esos otros, muy añosos.
Dos, que antes fueron tres, pero –siempre según mi hermano- que entiende de árboles, el del medio no crecía lo suficiente y molestaba los espacios a los otros dos, por lo cual en un momento lo que hizo fue arrancarlo, no sin dolor.
Mi padre no tenía mucha noción del futuro, al menos con los árboles. Cerca de la parrilla plantó los sauces, que hoy están inmensos, pero se molestan entre sí, con sus ramas.
Con los sauces no se pude hacer nada, pero con los fresnos que crecen más lentos, sí.
Con ser el otoño la estación más bella, me enteré tarde de su existencia.
Antes de entrar a la escuela primaria, casi con seguridad, me veo conversando en la chacra de familia Milani, con un viejecito italiano que haría las livianas tareas de quinta y gallinero, como era usual en esa época.
Me veo interrogado, tal vez de diversos temas, pero retengo esta pregunta:
-¿Cuántas estaciones hay?
-Primavera, verano, invierno
Contesto tomándome los dedos de a uno hasta contar tres
- Te olvidaste de uno, me dijo, paciente.
Y ante mi insistencia, el mismo fue contando con sus dedos gastados de trabajar la tierra y concluyó:
-Te falta el “outono”
Cuando volví a mi casa y pregunté a mi madre, me respondió:
-Otoño
Y siguió en el minuciosos zurcido de una media con la cual precisamente había rodeado un mate calabacita en desuso..
Si bien yo tenía en ese tiempo el oído afinado para reconocer y aún entender esos dialectos itálicos, de los más variados y entonces, aunque predominaban abruzzeses en la zona, no pude reconocer esa palabra. Por una simple razón: nunca la había escuchado antes.
De este remotísimo recuerdo, casi de mi prehistoria, infiero que me enteré tardíamente de la existencia de las más bella estación, la que tanto le gustaba a Neruda y a tantos grandes poetas y de entre ellos recuerdo al más grande entre los nuestros, claro que nombro a Juan Laurentino Ortiz, a quien sus amigos llamaban Juanele.
Entonces, cuando visito mi casa paterna, y piso ese espesor dorado de fresnos que en el suelo se pone alfombra para recibirme, doy razón a mi padre y celebro esos árboles, que como nunca enseñorean con sus hojas doradas de otoño.
El fresno es el primero que pierde las hojas y las pierde rápidamente, cosa que siempre enfatizaba mi padre.
Lo cierto es que cuando uno traspone la humilde puertita de tejido esos fresnos lo reciben como a un Dios o un caballero, mientras el verdor esplendente de sus hojas lo permita. Pero cuando los fresnos se nos muestran sin hojas, en su elementalidad más vegetal, más excluyente de ternura, es “como una mujer desnuda arrojada al camino”, dice Pedroni en un magnifico verso que quiere expresar al desamparo más terrible. Eso es lo que son los fresnos hoy, en este tiempo.
Ya dejó todo su ropaje vistoso en el suelo, ya nos ofrece ese piso dorado como si fueramos reyes, como para que uno se olvide la pobreza ritual de esas ramas, de ese tronco ya indiferente a las hormigas, a las calandrias y a las más humilde torcacita.
Esto en cuanto a los dos que plantó mi padre, hace décadas, pero los otros que plantó mi hermano hace poco, son fresnos de hojas verdísimas. ¿Qué pasa entonces con esta naturaleza tan sabia que destruye el cartesianismo grosero de uno? ¿Por qué los fresnos más jóvenes no muestran la amarillez de sus hojas? ¿Por qué siguen tan verdes, como si fuera verano rabioso y no este otoño tristón, que se arrastra por nuestros pies como una culebra de fuego dorado?
Hay preguntas que uno se hace y que no encuentra respuestas, pero importa poco porque en su lugar encuentra belleza.
Y es, en este mundo, más que suficiente.
Aunque no le encontremos razón, en este caso, da lo mismo.
Otro de los árboles que comparten ese espacio con fresnos, ceibos, aromitos, siempreverdes, moras y lapachos, es este apaleado aguaribay “juanelesco” y sobre todos ese palo borracho que se vino adulto muy pronto y prominente, será un árbol machazo, por ahora protegido por esas tuyas que lo salvan de los vientos del sur y ese tunal en que se convirtió la penca que hace tres décadas puso mi madre, seguramente con amor, como siempre ella trataba la cosas que la ataban a la tierra que amaba.
Muchas veces pensé, qué cosas diría si viera cómo le ganamos los lugares donde estuvieron la quinta y el gallinero con árboles de distintas variedad y espesura.
Seguramente aprobaría sin chistar, este berretín de sus hijos, con una alegre sonrisa en su cara morena.

*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar

Momento Irrepetible.*

*Por Eduardo Pérsico. epersic@ciudad.com.ar

Del silencio a la sombra la luz teje su trama
prolija, minuciosa, sin dejar una hilacha.
A bullicio los pibes van cubriendo la escena
y al abrirse la escuela, ya entonces entra el día.

Convención de torcazas, vaivenes, revoleos
y atávico misterio a perderse lejano.
Cada instante protege su perfil más oculto,
con ecos y sonidos de rumor callejero.

El momento es flamante,
único, recién hecho,
con cielo más opaco y verdor melancólico.

Ahí cruza la vecina que ni siquiera mira
y ya se desmelenan las ansias por el barrio.
Eso sí que es la vida, no jodamos.

Sin respuesta probable me abruma el universo
y hoy quizá necesite imaginarme dioses
que certeros acierten tanto enigma y mis ojos.
Pero ninguno de ellos, aún, me ha convocado.

-Eduardo Pérsico, escritor, nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina.
(setiembre del 2009)

EL DUELO, LA LITERATURA Y EL PSICOANALISIS
La segunda muerte*

Un anticipo del próximo libro del psicoanalista Jean Allouch se detiene en la cuestión de la "segunda muerte", esa que el sujeto sólo acepta cuando admite que su legado, su obra, su contribución, su rastro, eso también morirá.

Por Jean Allouch *

La muerte física de un cuerpo no señala el final del difunto, tan sólo su desaparición; en cambio, dicho final lo efectúa su "segunda muerte", cuando ya no subsistirá nada suyo que le sea atribuible o atribuido. La religión y la erudición hindúes, sin duda más intensamente que otras (en especial: las
religiones monoteístas), están reguladas en base a esta segunda muerte (moksha). Por desgracia sin haberse interesado en ello detalladamente, Lacan se apropió sin embargo de esa referencia fuera de la cual ningún problema de orden analítico puede ser tratado seriamente. Y Freud no había dejado de
abordarlo, pues no pudo responder a determinadas dificultades de su práctica sino inventando el mito de un antagonismo entre pulsión de vida/pulsión de muerte, y, luego, su "principio de Nirvana", en el que justamente se ha visto una influencia de Schopenhauer, primer filósofo de Occidente que prestó atención al pensamiento hindú. El hombre de letras (para usar en este caso una denominación en desuso y ya políticamente incorrecta) se revela de tal modo singularmente expuesto. Su mismo éxito, e incluso su acceso al rango de "clásico", al ofrecerle algo que se asemeja a una eternidad (ya se sabe que la vida en la tierra tendrá un fin. No obstante, el imaginario ampara y le saca lustre al blasón de la eternidad, y esta certeza reciente y decisiva no tiene más eficacia que las explicaciones dadas a los niños y que
se supone reducen sus teorías sexuales), ¿acaso no lo priva de su segunda muerte? ¿Qué relación establece con la muerte al escribir, publicar, ser reconocido por un amplio público? Aunque igualmente: ¿qué realiza en ese aspecto el científico que marca con su nombre una disciplina? ¿O bien el artista cuya obra es celebrada? Novelistas, poetas, científicos, artistas se distinguen del común, del individuo cualquiera que parece contentarse por su parte con una breve prolongación de su propia vida en sus hijos, en lo que su dedicación a un oficio le habrá permitido realizar, en una acción política, en la construcción de una casa, en el sencillo hecho de plantar un árbol. Ejemplares al respecto parecieran ser los casos intermedios donde, después de haber conocido un éxito resonante, una obra se ve sumida en un
definitivo olvido (cf. Paul Collins, La locura de Banvard. Trece relatos de mala suerte, de oscura celebridad y de espléndido anonimato). ¿Acaso su autor no obtiene de ese modo aquello que la eternización vislumbrada de la obra y del nombre habría obstaculizado: un acceso posible a su segunda
muerte? Porque una cosa parece estar fuera de duda: el éxito literario fracasa en todo caso en un punto, fracasa en fracasar. ¿Forzaríamos aquí la nota si usamos de una manera demasiado brusca el principio de no contradicción? No, porque sorprenderemos a Mallarmé, por ejemplo, enfrentado al fracaso del fracaso, peleándose con él, lo cual signa claramente la obra y la ausencia de obra.
Mejor que otros, tal vez, el literato ofrece medios para explorar la cuestión. Verificaremos en cada oportunidad que, lejos de suscribir la teoría de la obra puesta al servicio de un duelo, incluyendo el duelo por uno mismo que exige en cualquiera el acontecimiento de su segunda muerte, se trata más bien de soportar la pregunta que importa: ¿cómo hacer una obra sin ser capturado por ello en la maldición de la eternidad?
Desde Freud, el psicoanálisis mantiene un estrecho vínculo con la literatura. Al menos tres hilos lo traman. Freud, casi a pesar suyo, debió admitir que su escritura de los casos los hacía parecerse a novelas. Como otros después de él (especialmente Lacan) habrían sabido no aplicar el psicoanálisis a la literatura -este lugar común sin ningún valor heurístico fue un fiasco; cf. Pierre Bayard, ¿Se puede aplicar la literatura al psicoanálisis?-, sino prestar atención a ciertas obras de tal manera que no
le quedaba otra que modificar su teoría. El segundo hilo se enlaza con el primero: sus pacientes también lo conducían a veces a tales transformaciones. Sus pacientes o, mejor dicho, sus fracasos, de los que
supo tomar nota. De modo que se admitirá que entre discurso literario y discurso analizante existe una determinada comunidad. Es lo que hizo Freud, tercer hilo, al señalar como una de las fuentes de la asociación libre un breve texto de un autor actualmente al borde del olvido -Ludwig Börne- que
generosamente le ofrecía a cualquiera que se volviera "un escritor original en tres días". Börne fue el primer contacto de Freud con la literatura, cuando tenía catorce años, y su Obra, "el único libro que le quedaba de su juventud". Estas son las últimas líneas del texto que en Freud fue objeto de una criptomnesia: "Tomen unas hojas de papel y escriban durante tres días seguidos, sin falsificación ni hipocresía, todo lo que les pase por la cabeza. Escriban [...], y una vez pasados los tres días estarán extasiados de asombro por las nuevas ideas inauditas que habrán tenido. ¡Ese es el arte de convertirse en un escritor original en tres días!".
No se trata, pues, sencillamente de un punto de cruce entre literatura y psicoanálisis, sino de un rasgo de método completamente común y que Freud, rectificando su criptomnesia, encuentra también en Schiller cuando éste recomienda a quien quiera ser productivo que se entregue al libre surgimiento de la idea. No obstante, el analizante no hace una obra literaria, ni el escritor se analiza. Nunca nadie pudo aprovechar el malicioso consejo de Börne hasta el punto de adquirir el estatuto de hombre de letras; y el mismo Freud no vuelve al tema sino para sustraerse a la acusación de uno de sus detractores, Havelock Ellis, quien procuraba situar fuera del campo científico sus presentaciones analíticas de casos: no, no era un artista (el elogio asesino con que lo abrumaba Ellis).
Conocemos la obsesión que afecta a ciertos escritores: por miedo a perder sus capacidades creativas renuncian al análisis, sin por ello dejar de desearlo. Algunas experiencias desmienten dicho temor, las de Raymond Queneau, Georges Perec, Woody Allen y muchos más. No obstante, esa obsesión se basa en un punto original, generador, común a la literatura y al psicoanálisis, y se dirige hacia él: una mente librada a su propia invención mediante el ejercicio de una suspensión de toda veleidad de pensar estrictamente por sí misma y con toda conciencia: "No pienso demasiado, luego soy", soy aquel que deja que llegue la idea por sí misma, relaja su dominio del pensar, aun de pensar que piensa, y se encuentra dividido como
agente de esa relajación, por una parte, y por otra parte como ese lugar extraño, si no extranjero, abierto a la alteridad y de donde surge la idea inesperada.
Como un espacio "irradiado", el pensamiento es erotizado. Por abstracto que sea, nadie piensa fuera del campo de Eros. De modo que incluso un pensamiento completamente controlado (que se cree tal) puede dejar entrever que allí está actuando una pulsión; su adecuación al sentido (sens, en francés) es -según el juego de palabras de Lacan- jouisens (de jouissance: "goce"), por lo cual, como contrapartida, notamos que se trata en verdad de una ascesis, desde el momento en que la elección del renunciamiento creativo
al control exige una pérdida parcial, pero decisiva, de joui-sens.
A quienquiera que encuentre en la lectura de poemas, relatos, novelas, un alimento tan necesario para la vida como el agua y el aire, le parecerá inconveniente que una indagación de las relaciones respectivas, cercanas, próximas y diferenciables que el psicoanálisis y la literatura mantienen con la muerte se exima de aludir al amor. Abordado así, el amor es invitado a someterse a algo más fuerte que él (contrariamente al dicho que lo declara "más fuerte que la muerte"), a esa segunda muerte que aguarda a todos, a pesar de que no todos la aguarden y con lo cual ya no podría tener la menor consistencia. ¿Qué figura del amor podría no desatender la segunda muerte?
¿Cómo se presenta el amado desde el momento en que el amor ya no es vivido como eterno, en que ya no rima con "siempre", en que amour no rima ya con toujours?

*Fragmento de Contra la eternidad. Ogaza, Mallarmé, Lacan, de próxima aparición (ed. El Cuenco de Plata).

-Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-132287-2009-09-24.html

Ley de Murphy*

Cuando las leyó por primera vez le hicieron gracia, sobre todo aquellas dos primeras:

1 - Si algo puede salir mal, saldrá mal.
2 - Si algo no puede salir mal, saldrá mal.

Sonrió presuponiendo que era una cosa jocosa, pero ahora, al cabo del tiempo, le dan rabia las Leyes de Murphy, porque con su mala suerte todas se cumplen en él.

"Si algo va mal, seguro que puede ir peor" se cumple con él invariablemente, hasta tal punto que sólo tiene que pensar lo mal que puede salir una cosa para que salga aún peor. Últimamente, está tan condicionado por estas Leyes que si quiere que alguien le llame por teléfono, sigue la Ley "Para que suene el teléfono: Entre en la ducha y enjabónese bien la cabeza". No falla.

Sin embargo, la que más le molesta es la de "La tostada siempre cae al suelo del lado de la mantequilla". Esta le da una rabia especial.

Pero, deja de pensar en eso, alza los hombros y suspira resignado. Muerde la tostada decididamente. Le disgusta el fuerte sabor a lana de alfombra, pero sabe que es irremediable y que, de no aceptarlo, podría morir de hambre.

*de Joan Mateu. joan@cimat.es

Bienaventurados los pobres*

*Martín Caparrós
25.09.2009

Lo que no entiendo es que se dejen correr por izquierda por la institución más derechista del planeta. Señores presidentes, de verdad me sorprenden. Dicen que persiguen la justicia social o algo por el estilo; dicen que les importa la redistribución de la riqueza o una cosa así; dicen que les preocupa que haya pobres –tanto que empiezan por simular que hay muchos menos. Mientras ustedes nos mienten y se mienten, tapan el sol con un dedo anillado, entierran en el barro las cabezas, bajo cúpulas antiguas y doradas la iglesia Católica Apostólica Romana habla y habla del combate contra el flagelo de la pobreza y, en síntesis, se presenta como la institución que sí se hace cargo del problema más grave de la Argentina actual. ¿No les da, algunas noches, señores presidentes, una leve cosquilla de vergüenza?

Ustedes tienen una técnica probada: truchar números. Probada está: ya se ha visto que no da ningún resultado, pero ustedes –¿por eso mismo?– la mantienen. Ahora dijeron otra vez que bajó la pobreza cuando todos sabemos que no es cierto. La adulteración de las cifras es, para empezar, una maniobra idiota. Trata de ser una manipulación de los ciudadanos, un modo de llevarnos a pensar lo que ustedes precisan, y es el peor error que puede cometer alguien con un poder: la estupidez de creernos demasiado estúpidos.

–Mamá, me prometiste que íbamos al zoológico.

–Y sí, nene, acá estamos.

–Pero mamá, esto es el obelisco.

–No, nene, es el zoológico.

–¿Y dónde hay elefantes y leones?

–Mirá, ahí tenés un león.

–Mamá, eso es un gato.

–Eso es un león.

–Mamá…

–¿Quién es el que sabe, nene, vos o yo?

Pero el problema principal no es ése. La adulteración de las cifras tiene efectos materiales aún más graves: su influencia en la asignación de recursos. Si dicen que hay menos pobres el dinero que el Estado debe destinarles va a ser menos, y la situación de los pobres reales va a ser cada vez más dura: menos atención, menos comida; desechan planes, cierran comedores, desabastecen hospitales. (Hace dos días anunciaron que el presupuesto de salud pública para 2010 bajará unos 450 millones de pesos; un poco menos que lo que se van a gastar en fútbol para todos. Allí sí que hay una doctrina que puede triunfar en el mundo: el derecho al fútbol priorizado sobre el derecho a la salud.) El miércoles, en este diario, Cynthia Pok, ex funcionaria del Indec, lo sintetizaba: “la estadística trucha también mata”.

Ustedes, presidentes, lanzados a la política-ficción, decididos a convencernos de que la luna es una provoleta, le dejan a la derecha social el único terreno que la derecha política no puede ocupar: ni Macri ni Narváez ni sus amigos y entenados tienen la menor legitimidad frente a los pobres, así que la iglesia romana les hace el favor de ocuparse por ellos. La iglesia les sermonea, señores presidentes, que hay más pobres que los que ustedes dicen y que hay que hacer algo ya –los corre por izquierda. La conclusión mayoritaria es obvia: si un gobierno que se dice zurdito no hace lo que lo diferenciaría de uno de la derecha, ¿para qué sirven los zurditos?

–Pero estimado, derecha e izquierda ya no significan nada.

–¿Ah, no? Doble para aquel lado y va a ver cómo se rompe la nariz.

–No sea nabo, Caparrós, usted me entiende. Y menos hablando de la iglesia. En la iglesia hay gente de izquierda y gente de derecha.

Es el viejo truco peronista: el movimiento donde caben todos. Pero no por eso la iglesia romana deja de ser conservadora y arcaizante –derechista– por su organización interna y por su actividad externa. La iglesia católica está basada en la fe ciega, montada a imagen y semejanza del Imperio Romano: una estructura teocrática hiperjerárquica, donde las mujeres están excluidas de cualquier cargo importante, donde cada estrato debe obedecer a ojos cerrados la autoridad del estrato superior hasta acabar en el mando supremo, la representación de esa forma de poder que el mundo dejó atrás hace siglos: el monarca absoluto que ellos llaman papa. Si en Honduras o Uganda unos militares golpistas quisieran imponer un soberano vitalicio cuya palabra nadie pudiera cuestionar porque un dios se la dicta, los libres del mundo gritarían y la ONU debatiría cómo mandar tropas. Pero si es La Iglesia todo bien, son tradiciones.

Y su intervención externa sigue el mismo modelo retrógrado: son la punta de lanza contra las libertades individuales, contra los cambios cientificos y técnicos; ahora están contra la investigación con células madre o los métodos anticonceptivos o las parejas homosexuales como antes estuvieron contra el divorcio, antes contra el voto femenino, antes contra la democracia o la igualdad y más antes contra la idea, por ejemplo, de que la tierra es redonda y gira alrededor del sol –y siempre contra cualquier intento de pensar.

La iglesia romana, por supuesto, sabe de pobres: siempre se ha ocupado de que hubiera muchos. Allí estaría, muy grosso modo, la famosa diferencia inexistente entre derecha e izquierda: unos quieren, a veces, “ayudar a los pobres”; los otros, que no haya. Y la opción de la iglesia está muy clara. No digo que no existan curas obreros, curas tercermundistas, curas honestos y entusiastas; digo que como institución siempre sirvió para que los pobres sigan siendo pobres: que sean, si acaso, pobres con sopa, pero que no dejen de ser pobres –porque los reyes los necesitaban, los necesitan los patrones. En eso consiste la beneficencia en cualquiera de sus formas –sociedad de damas caritativas, oenegés de jóvenes preocupados, megaorgas de curas compasivos–; en eso consiste también su versión estatal contemporánea, el asistencialismo clientelista. Son tan parecidos: la iglesia romana siempre se ocupó de los pobres –y de que no dejaran de ser pobres– para mantener una base más o menos manejable, más o menos crédula, que pudiera seguir controlando. ¿Les suena a algo? Entre lo mucho que se le puede reprochar al peronismo no figura, sin duda, no aprender de los ejemplos útiles.

Pero a veces se atontan y le entregan su terreno a la iglesia romana. Que ahora se ha lanzado agresiva, y discute las cifras truchadas. Aunque haga lo mismo que reprocha: “Hombres necios que acusáis/ a la mujer sin razón,/ sin ver que sois la ocasión/ de lo mismo que culpáis”. Esta mañana se me ocurrió chequear la publicidad de la campaña “Más por menos”, donde la iglesia ofrecía sus cifras de pobreza. Son las pequeñas delicias de internet –algo muy parecido al purgatorio, donde todo lo turbio permanece y dura–: buscando el aviso descubrí que eran dos. El primero, se ve, fue una versión inicial que alguien, apresurado o malevolente, subió a la red. El segundo es el definitivo, el que pasaron hasta el hartazgo las emisoras libres.

Lo recordarán: un spot bien hechito, tan humano, casi blanco y negro, donde personas pobres dicen, tonos varios, “no soy una estadística, soy una persona” –tratando de defenderse, supongo, porque saben que las estadísticas se manipulan aún más que las personas. En su primera versión, la iglesia informaba, a través de un cartel sobreimpreso, que “2 de cada 10 argentinos viven en la indigencia” y que “4 de cada 10 argentinos viven en condición de pobreza”. Pero se ve que alguien lo vio y no le gustó y hubo alguna negociación –rápida, eficiente– con dios o con el diablo y las televisiones terminaron por mostrar otra versión, donde las mismas imágenes soportaban carteles iguales y distintos: “1 de cada 10 argentinos vive en la indigencia” y “3 de cada 10 argentinos viven en condición de pobreza”. Fue, sin duda, un milagro: en unos pocos días, la fuerza de la fe había reducido la indigencia a la mitad y la pobreza en un 50 por ciento. Más confuso fue lo que hizo con el desempleo: en la primera versión, el cartel decía que “3 de cada 10 jefes de familia están desocupados”; en la final, “1 de cada 10 argentinos está desocupado”. Las dos cifras pueden ser ciertas pero quien elige cuál usa sabe que el impacto va a ser más fuerte si dice 3 de cada 10 jefes de familia que si dice 1 de cada 10 argentinos. Y, claramente, en la versión final, se trató de bajar el impacto, aún si para eso había que reducir bruscamente la indigencia a la mitad en unos días.

Es un pequeño ejemplo de manipulación. No es sorprendente que la institución más reaccionaria y más retrógrada falsee unos números: ¿qué es cambiar dos indigentes por uno comparado con convencer a millones de que si marchan a Luján van a conseguir un trabajo en Cañuelas o un novio en Mar del Plata, o que un hombre nació de una virgen o que resucitó a los muertos? Lo que sí parece tonto es que un gobierno como éste se deje correr por izquierda –se deje arrebatar lo que debería ser su tema central– por la gran institución de la derecha. O quizá lo tonto sea creer que este gobierno no aprendió la lección de la iglesia romana; tal vez lo tonto es suponer que quiere, realmente, atacar la pobreza.

*Fuente: http://criticadigital.com/impresa/index.php?secc=nota&nid=31296

*

Cuando digo esperanza
no digo de una señora con trenzas
Ni hablo de una esperanza desganada
aguachenta
Hablo de una esperanza porfiada
con piernas de escalera
y ceremonia de tigres

No una esperanza ingenua

No un esperanza interina

Yo hablo
de una esperanza de trinchera
con fiebre y con pezuñas
con ovarios
y en pollera

*de ADRIANA DIAZ CROSTA
(Santo Tomé. 1960/95)

-Enviado para compartir por Oscar Agú. cachoagu@yahoo.com.ar

*

Queridas amigas, apreciados amigos:

Este domingo 27 de septiembre de 2009 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor español Agustín Castilla-Ávila. Las poesías que leeremos
pertenecen a Marcelo Marcolín (Argentina) y la música de fondo será de Wayanay (Andes). ¡Les deseamos una feliz audición!

ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!! (Recomendamos usar
http://24timezones.com/ para conocer las diferencias horarias).

REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!

Freundliche Grüße / Cordial saludo!

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com

Schießstattstr. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067

*

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23/09/2009 GMT 1

EN LA SOMBRA CORDIAL QUE SE DERRAMA...

urbanopowell @ 13:30

CREDO*

Creo en la luz, que es pura, y en la tierra,
y en el agua, que es casta, y en el sol,
y en la sombra cordial que se derrama
con la dulzura de tu corazón.

*de José Pedroni.
-Fuente: Poesías escogidas. Ediciones Botella al Mar. Buenos Aires. 2009

EN LA SOMBRA CORDIAL QUE SE DERRAMA...

DESCANSO*

“Nada se compara a esa leyenda de semillas
que deja tu presencia”

VICENTE HUIDOBRO

Cansa el viento zonda, amor,
Tu ausencia mucho más.
Languidece la luna desteñida,
Jazmín del aire, en aire marchitado.
Tenuemente ilumina
El relincho cansado del caballo.

Cansa la sequía, amor,
Tu ausencia mucho más.
Magullados los cardos,
Siguen las huellas vacilantes
De los perros flacos.

Cansa la vigilia del carancho,
Tu ausencia mucho más.
Las penumbras vacilantes de la noche
Huyen, tras un lagarto azul.
Mi corazón muere de sed.

Cansa la soledad, amor.
Despojados, la rosa y el espejo
De presencias errantes,
Buscan la plenitud del aire.
Las semillas.
Del agua, del fuego y de la tierra.

Cansa el olvido, amor
Tu ausencia, mucho más.
El caldén, tan callado,
Con destino de poste,
Con sus vainas preñadas de agorera savia.
Camina lentamente sumándose
A mis pasos.
Enciende la lámpara y la luna.
Trayéndome el descanso
Profundo de tus ojos.

*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar

LAS HORAS FELICES*

Como es temprano el bar del Club está en penumbras, el conserje el famosísimo “Negro” Peraffán mantiene esa luz natural, con los grandes ventanales que dan a calle o al patio, con las cortinas sin correr. Querrá, supongo, porque habla poco y siempre con un sesgo irónico, mantener cierta frescura, para que los habitúes que pronto empezarán a trasponer esa enorme puerta vaivén de vidrios muy gruesos, reciban un poco de fresco Que la canícula afuera les niega como una furia empecinada y ciega.
Primero vendrán los mayores, esos hombres que holgadamente pasaron la barrera de los sesenta o setenta años, que ven pasar la vida con una jubilación honrosa y que se toman un café en el bar o un cortado y esperan hacer número para un juego “del chancho”, que requiere seis jugadores. Si alguno se hace esperar demasiado lo llaman por teléfono. Si falla o no puede venir por cualquier motivo llaman al suplente, cuyo nombre lleva uno de ellos apuntado prolijamente en una libretita ad hoc.
Cuando están todos, luego del saludo, casi sin hablar se encaminan de a uno o dos hacia una habitación que está entre la barra del bar y la biblioteca.
Actúan como si estuvieran representando un libreto que han estudiado a la perfección. Esa habitación tiene dos mesas octogonales, un baño en una punta y en la otra una puerta que da hacia la biblioteca, un lugar cálido y acogedor que tiene entrada independiente. En ese lugar, comencé a leer bajo la guía de la dulce bibliotecaria de entonces: doña Julia García de Baud Naly, esposa del inefable antecesor mío llamado popularmente “El Flaco” Naly, quien un día partió con una mujer como quien dice “para siempre” y se perdió todo rastro de él.
Luego aparecerá el decano de todos ellos, el vecino casi desde la fundación del club, y que vive casi enfrente. Se trata de don Zimo Callegaris, quien se toma un cortado amargo y lee el diario con una minucia obsesiva. Se puede pasar horas allí. Con sus pantalones cortos, sus ojotas de cuero y sus grandes anteojos cuadrados en su redonda cara italiana.
Al atardecer sí, ya vendrán los más jóvenes y la emprenderán al “pool” en las dos mesas habilitadas donde además de exhibir sus habilidades, podrán anotarse en los campeonatos que ese deporte hace furor en este tiempo.
En general, el primero que viene y empieza a probar los tacos es “Calefón”, el hijo de “Fedeo” D´onofrio. Cuando llegan los otros está bastante afilado.
Entonces, sin solución de continuidad aparecen ”Fito” Aichino, el “Gallo”, Serafini, el “Pitoto” Sandrigo, “Pepe” Bacheli, José Farina, “Josecito” Fantasía, “Carita” Urbitza y su hermano “Chinchi”, los “Cavagnitas” que también son hermanos, Marito Compañy y el improbable “Galeanito”, quien contra todos los pronóstico se alzó con la primera copa del primer campeonato organizado por el club, también con un monto de dinero, no tan importante, tal vez, pero él mismo dice: “Lo importante es competir”
Nosotros esperamos un rato hasta que entre un hombre delgado, que exhibe su simpatía casi como una ostentación, se mueve con la naturalidad con que lo hace el dueño de un lugar y en cuanto tiene la más mínima posibilidad de exhibir sus galones, lo hace.
-Desde los trece años que vengo a cenar aquí-, se ufana.
Si está Miguel presente, le contesta rápido:
-Y, si nunca moviste una silla en el club, no te sirve de nada.
“El Nene” Croato, que de él se trata, lo mira con una cara que lo dice todo. Es conmiseración, es pena, es también la forma más piadosa de la amistad.
Si Miguel está en la mesa quiere decir que terminó su partida de naipes y tal vez también se arrime Raúl Rodini, viejo amigo y compañero de salidas bailables por los pueblos vecinos en la enterrada adolescencia.
Raúl me comenta que ha dejado de fumar y cuando me asombro por su estado atlético me confiesa que no cena: no va a la casa hasta muy tarde y si de noche el hambre lo despierta, se levanta, va a la heladera y se toma un vaso de agua helada. No puedo sino manifestarle mi asombrada admiración por su tenacidad y disciplina.
Seguramente ahora llegará el rato más amable de la charla, en especial cuando se sienta a tomar su cortado “Toto” Míguez, que con sus ironías finas convertirá esa reunión en una fiesta de la renovable amistad que mantienen de toda la vida. A veces, cuando la coyuntura agota su interés y hablar del tiempo se transforme en un tedio, volvemos al tiempo antiguo. El que estaba poblado de mariposas y torcazas, de calles polvorientas, en las cuales él, “Toto”, otros amigos y yo nos ganábamos el mundo con esa entera libertad que nos daban las casas chatas con patios de parras donde gorjeaban golondrinas y las tacuaritas.
El recuerdo casi nunca coincide, salvo cuando la travesura fue demasiado grande y quedó en los anales de la historia oficiosa del pueblo. Cuando “Tago” Sánchez y “Oreja” González, asustaron a Ethel Joan con el cuento del lobisón. Se escondieron en los cañaverales de don Pedro Silva y una noche oscura vieron que alguien venía y quisieron gastarle una broma. Saltar de improviso, salidos de cualquier lugar, de la nada, con la poca luz y la leyenda de un animal que asolaba los pueblos vecinos dio un conjunto de cosas que terminó haciendo su trabajo. Ella llorando, histérica, asustada; ellos escapándose del piquete de hombres armados que salió a perseguirlos. Cada vez que nos reencontramos con el “Tago” me lo recuerda, mejor dicho, me repone el recuerdo que no tengo, porque a la altura de esa anécdota que sobrevive en la memoria oral, yo ya no estaba en el pueblo, yo me había transformado en un viajero privilegiado, pero que de vez en cuando recibe malas noticias, como por ejemplo la muerte de Juan Carlos González, que se cansó de hacer bromas a la gente con esa cara de Buster Keaton para siempre.
El mismo que había perdido su nombre y era llamado cariñosamente por todos, “El Oreja”.

*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar

Marie Louise*

*Fernanda Sández
23.09.2009

Se llamaba Marie Louise Strauss. O Strausz, porque los empleados de Migraciones siempre han sido impacientes y una “sz”, en 1920 y recién bajada de un barco, sería para ellos demasiada complicación. Era húngara. Era hermosa. Es hermosa. Asoma desde su cielo sepia como de entre una nube. O eso creo. No sonríe. Pero me mira, que es mucho peor porque no sé qué decirle, ni cómo llamarla. ¿Abuela? ¿A ella, que es más linda y dentro de poco hasta más joven que yo? No, imposible. Ella para mí fue y será Marie Louise, una especie de hada personal, privadísima, para pedirle protección en los exámenes y en la vida. Y en los exámenes de la vida, sobre todo. Nunca sabré si le habrá gustado tener una nieta así. Tan oscura, tan quieta. Porque Marie Louise era una mujer de brillo y de movimiento, o eso me dicen. O eso creo yo o eso me invento sobre esa abuela sin manos y sin cuerpo que me mira desde una foto. Y me pregunta, sin preguntar, qué pienso hacer con lo que me queda de vida, quizá porque a ella la suya se le pasó muy rápido. Adivino que no todo habrá sido tan dorado ni tan movido como prefiero, necesito imaginar. Porque era húngara y hermosa, eso es verdad. También que se llamaba Marie Louise Strauss. O Strausz. Pero de todo lo demás nunca se supo nada. O tal vez sí, pero nadie quiso hablar porque, claro, ella para la familia sigue siendo “la abuela” y las abuelas pueden ser cualquier cosa. Menos putas. Y Marie Louise, en la Buenos Aires de 1920, fue precisamente eso: una puta. “Pura”, corrige pudorosamente la computadora en la que escribo. Pero no: era Strausz con “sz” y puta con “t” es lo que escribí, y lo que ella fue alguna vez. Y también lo que prefiero, antes que la “pura” que proponen las máquinas y las familias. Una “polaca” fue Marie Louise entonces, una cabaretera de pelo rojo y ojos grises que hablaba en alemán y que vino al país casada por poder con un supuesto noble que terminó siendo en realidad un cafisho de la Zwi Migdal, que es como decir la aristocracia de los vividores. A poco de bajar en el puerto –dicen, parece, creí escuchar– el falso conde/marido la vendió al dueño de un burdel de la calle 25 de Mayo. O algo por el estilo, porque con los secretos de familia nunca se sabe y a veces es mejor así. Que no se sepa. Que se imagine. Que una pueda ver a su abuela-hada vestida de reina, toda entre tules del color de la sangre, con su corte de cara perfecto y su pelo incendiado refulgiendo en la noche obligatoria del puticlub. Esperando sin esperar. Imaginando también ella sus cosas, su otra vida posible. Hubo –no pudo no haber– muchos que le se enamoraron por esos días. Tan linda, tan rara, tan de otro mundo era. O eso parece. Pero, sin dudas, hubo uno que la quiso mucho más, y le tomó la foto. No, no fue mi abuelo. Él solamente la sacó del cabaret, se casó con ella, le dio tres hijos y seis años después la internó por el resto de su vida en un hospital psiquiátrico. Yo hablo del otro. El del retrato. Ese para el que siento que Marie Louise quiso ser, por primera y última vez, la verdadera. La real. Entonces dejó caer por un instante la cara de cabaret, que siempre es de mentira, y se quedó desnuda. Con su cuello infinito más largo que nunca, la barbilla en alto, los ojos grises escurriéndose mejilla abajo. Ése, de ese hombre hablo. Ése en el que ella estaba pensando en esa foto. El único y último testigo del relumbrón. Hay un instante, uno solo, en el que la máscara se raja al medio y uno pare su verdadero rostro. Ese hombre vio eso: vio a Marie Louise recién nacida, iluminándose toda entera. Algo me dice que fue un escultor pobre, casi seguro italiano, encandilado desde el vamos por aquella mujer como de mármol que un día se encontró sentada en su silla de esperar. Y la vio tan perfecta, tan irreal, que desde entonces su vida se redujo a dos cosas: volver al cabaret y repetirla. Poner la cara de Marie Louise –coronada de flores o de hojas de parra– en el frente de cuanta casa le pidieron que hiciera. Buenos Aires era rica en esos años y todos querían su frente bien alto y con cariátide. En mi barrio todavía hay varias casas así, coronadas por mujeres aéreas que miran a los que pasan, como bendiciéndolos. Nadie me lo dijo, pero yo sé que la modelo es siempre la misma y que se llama Marie Louise Strauss. Siento entonces que, a su modo, ella me sobrevuela. Me protege. Le agradezco, entonces, que me haya dejado nada más que una foto. Y todo el tiempo del mundo para imaginar lo demás.

A la memoria de Marie Louise, abuela y hada, y a los millones de mujeres a quienes las redes de trata les siguen robando la vida y la historia, en el Día Internacional contra la Explotación Sexual y desde un país cuya ley al respecto sigue sin ser reglamentada.

*Fuente: http://criticadigital.com/impresa/index.php?secc=nota&nid=31197

*

La Plata, 20 de setiembre de 2001

Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla
y un huerto claro donde madura el limonero;
mi juventud, veinte años en tierras de Castilla,
mi historia, algunos casos que recordar no quiero.

Antonio Machado

Hoy es 20 de setiembre de 2001 y cumplo 54 años. Ignoro por qué se me ocurrió relatar los años de mi primera juventud... nostalgias, revival, el paso del tiempo... no sé. Se lo dedico a mis hijos que hoy tienen Celina 23, Pablo 19 y Lucía 17 años. Yo soy clase ’47 o sea de los años de la postguerra (1938/1945). Lo voy a hacer alternando la primera con la segunda persona, como si hablara conmigo al tiempo que con ustedes, mis queridos pibes.

Quizás me mueva al relato un par de cuestiones. La primera es las tantas veces en que no nos hemos puesto de acuerdo en la consideración de algunas situaciones que han cambiado mucho. La segunda es mi permanente sorpresa al ver –hoy en día- un paisaje urbano tan pero tan diferente al que me tocó vivir a mi. Les aseguro que el paisaje de mi niñez era muy otro, ni mejor ni peor pero bien distinto al de ustedes.

Como decía, nací en setiembre del año 1947 en la entonces llamada Capital Federal, hoy Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Mis padres vivían en Avellaneda, en un departamentito a un par de cuadras del viejo Puente Pueyrredón, puente hoy en desuso.

Al cumplir yo seis meses nos mudamos a WILDE donde papá había comprado una casa con amplio terreno, a tres cuadras de la Av. Mitre y calle Las Flores, vale decir cerquita del centro. Ahí, en ese suburbio del Partido de Avellaneda aprendí a caminar la vida y me crié. Era la década del 50 y viví en Wilde durante 24 años, hasta 1972, cuando recalé en La Plata para cursar estudios universitarios.

Los recuerdos que les voy a contar son básicamente de los ’50, una época que hoy parece acaecida trescientos años atrás, tanto han cambiado las cosas en apenas 40 años. Debo empezar diciendo que todo el contexto de la vida cotidiana de mi infancia y niñez era casi absolutamente distinto al que es hoy y en cualquier plano que se lo mire, ya van a ver. Empiezo entonces tal como me salga, voy a chequear mi memoria.

La zona donde yo vivía está hoy totalmente poblada y se ha convertido en un algo caro y elegante barrio con todos los servicios y arquitectura moderna. No era así en la década del 50. Por aquel entonces había en Wilde más terrenos baldíos que casas y más calles de tierra que asfaltadas, la Av. Mitre era empedrada con adoquines lo mismo que la mayoría de las pocas calles; tenía una muy ancha rambla en el medio por la cual circulaba el tranvía. Las casas eran de ladrillo, sin tejas, cuadradas, estilo antiguo y algunas sin revocar; muchas eran de madera y chapa. Cuando llovía se embarraba todo. La mayoría de ellas tenían agua de bomba, no agua corriente. No había edificios.

Los inviernos eran bien cojonudos y no teníamos con qué darle como no fuera con los pullovers que tejían mamá y la abuela. Debido a las pocas casas y predominancia de baldíos no había el microclima que hay ahora, entonces las heladas congelaban todo y pintaban de blanco el paisaje matinal. Los baldes que quedaban en el patio amanecían con una capa de cinco cmts. de hielo y el goteo de la canilla del fondo con la columna hecha una estalactita. Eso en la ciudad ya no se ve más. A los chicos nos ponían guantes de lana, bufanda y pasamontaña ¡Ay los sabañones en los dedos y las orejas!

Al haber pocas casas y muchos árboles en Wilde estaba lleno de pajaritos: palomas, torcazas, gorriones, mixtos, ratoneras, calandrias, chingolos, horneros, cotorras, benteveos, lechuzas, teros, colibríes, urracas, cabecitas negras, golondrinas, tordos, tijeretas, y hasta jilgueros y cardenales.

Cumplí tres años el 20 de setiembre de 1950 y trece en 1960. Juro que durante la década del 50 jamás escuché las siguientes palabras: diu - marketing - preescolar - jardín de infantes - guardería - 7º grado - merchandising - alzheimer - anorexia - diet - light - aerobismo - turbo - climatizado - halógeno - poliuretano - multiprocesadora - clonación - alunizaje - pasteurizado - transgénico - genoma - postmoderno - tercera edad - tupper ware - wash and wear - transa - trucho - trolo - fifar - quartz - rayo laser - teflón - Care Free - lavilisto – guerrilla urbana - catering - globalización - geriátrico - grill – pack - tetra brik – poliamida – windsurf – AFJP -parapente – new age – fax – osteoporosis – Banelco – deuda externa.

Los autos eran muy distintos a los de ahora, por empezar estaban todos pintados de negro y las marcas eran otras: Chevrolet, Buick, Chrysler, De Soto, Studebaker, Playmouth, Vauxhall, Morris. Cuando salió el Kaiser Carabela fue el oh! de todo el mundo y ni les cuento del Valiant I que parecía un avión y daba más de 120 kmts./hora. La velocidad crucero era de 70 kmts. y el viaje a Mar del Plata duraba siete regulares horas. No había semáforos y para doblar se sacaba la mano por la ventanilla; si se transportaba a un enfermo o herido había que atar un pañuelo blanco en la antena o llevarlo con la mano alzada por fuera de la ventanilla. Muy pocos tenían auto y no había problemas de estacionamiento en ningún lado; las calles eran todas mano y contramano. Mi padre era uno de los únicos dos que tenían auto en la cuadra, un Morris Ten modelo 47 cero km. ... un potentado mi viejo!

Las mujeres no manejaban. Al no haber semáforos, en las principales esquinas estaba la garita del vigilante desde donde el cana dirigía el tránsito con unas mangas blancas en el antebrazo y tocando el silbato. Me contó mi viejo que cuando él aprendió a manejar chocó contra una y la tiró abajo en la avenida Montes de Oca de Barracas (qué boludo!).

Había muchos carros tirados a caballo, por todos lados, era tan usual como ver un auto y la mayoría de los vendedores pasaban en carro. Es obvio imaginar el olor habitual de las calles a causa de la bosta de los caballos pisada por carros y autos, un aroma al que uno estaba bien acostumbrado y no ofendía al olfato.

Por las calles y de mañana pasaba el carro del lechero, el sifonero, el papero, la panificadora, el pescador, el verdulero, el escobero, el basurero, etc. Era una romería de carros y relinchos. Debido a que poca gente tenía heladera había uno que vendía hielo en barra: el yelero, también con carro y caballo por supuesto; cortaba el bloque con un golpe de serrucho y lo cargaba al hombro con una bolsa de alpillera. Otro personaje típico era el afilador de cuchillos y tijeras, un gallego que pasaba en bicicleta, de boina y tocando la flauta. Había uno que era francamente detestable: el carro jaulón de la perrera.

Muy poca gente tenía teléfono particular, agatas si uno por cuadra y entonces se lo prestaban a los vecinos. No había teléfonos públicos y mucho menos locutorios, para hablar había que ir a la empresa telefónica donde la comunicación la hacía la operadora conectando cables de dos colores en unos enchufes. No se pagaba por pulsos sino por llamada y existían muchos aparatos que se accionaban a manija y por operadora. Las estaciones del FFCC se manejaban con telégrafo mediante código Morse. Los teléfonos eran de color negro. Esto que cuento de los teléfonos tenía una implicancia que es ahora casi impensable: la gente se visitaba sin previo aviso, directamente caía en la casa de uno y golpeaba la puerta.

Los medios de transporte público eran tres: el colectivo –modelos muy antiguos, marcas Chevrolet, Ford, Leyland, Mercedes Benz o Bedford-, el troley, que era un colectivo enorme con dos fierros arriba conectados a la línea eléctrica, y el tranvía, del cual había infinidad de líneas que barrían toda la Capital y suburbios. Yo hice toda mi escuela primaria viajando de Wilde a Bernal en tranvía; el estrepitoso ruido que metían era muy típico y hacía a la música urbana de esos años. Conducía el tranvía o tranguay el "motorman", y el "guarda" te cortaba los boletos. Los asientos eran de madera y en invierno se colaba el frío en esas carrindangas que daba calambre.

Por supuesto que también estaba el tren pero con locomotoras a carbón (oh! la máquina a vapor...), recién empezaban a llegar las Diesel. Imaginar el tren iba unido al humo de la locomotora y el silbido de la máquina. Chucu chucu chucu chucu chucu chucu...

En la década del 50 el planeta estaba habitado por 2 mil millones de personas; hoy somos 6 mil los millones. Argentina tenía 20 millones y hoy 40. El año 2000 quedaba como el 3000... allá lejos y hace tiempo, en la estratósfera, era para las novelas de ciencia ficción. Las Twin Towers -que desde hace 9 días no existen más- tampoco existían y el edificio más alto del mundo era el indiscutido Empire State Building con sus orgullosos 381 mts. de altura.

Esta otra tanda de palabras tampoco figuraba en el diccionario de la vida cotidiana: Dolina – Arafat - Pinti – ortodoncia – prestobarba - frecuencia modulada -membrana asfáltica - kiwi - dolby - sida - unisex - realidad virtual - sensación térmica - mall - capa de ozono - chip - multimedia - lipoaspiración - plastificado - compact disc - biodegradable - Chapulín Colorado - contestador automático - www -
bytes - digital - delivery - management - soporte magnético - trabex - e mail - by pass - parking - caloventor - default - lluvia ácida -Carrefour - catering - tenedor libre - made in Taiwan - Dow Jones - CEE - Mercosur - Maradona - spa - prestobarba - DVD - fecundación asistida - masterizado - papanicolau - mamografía - Brasilia – sachet - hipoacúsico – discapacitado – Serrat - inalámbrico – pet - fun.

El documento de identidad de los hombres se llamaba "Libreta de Enrolamiento" y el de las mujeres "Libreta Cívica". Ir a la colimba era "ir a servir a la Patria" o a "hacerse hombre": si te tocaba Marina tardabas dos años en hacerte hombre (yo me salvé de la colimba por número bajo, me tocó el 017). Argentina todavía no era una colonia yanqui y el concepto de Patria se llevaba muy adentro. En el 47 autorizaron a votar a las mujeres. Había una señora -La Eva- que se mandaba unos discursos de hostias por la radio; creo que después se enfermó y se murió, mi papá estaba contento.

Ahora voy a algo que me resulta tan gracioso y sorprendente como necesario para agregar al presente cuadro una de sus pinceladas fundamentales: en la década del 50 recién se empezaba a usar el plástico, casi no había cosas de ese material. Recuerdo haber asistido a la aparición de las primeras medias de nylon para mujeres, eran muy pero muy caras y por supuesto el último grito de la moda.

Uno de ustedes se puede preguntar tranquilamente cómo es un mundo sin plástico y estoy seguro le va a costar hacerse a la idea ya que hoy casi todo es de alguna variante de ese material. ¿Y de qué eran los objetos antes del plástico? Pues es muy simple, casi tonto: de vidrio, papel, cartón, hule, chapa, zinc, lata, madera, calabaza, mimbre, caña, cobre, alpaca, tela, lona, lino, lana, hilo, algodón, cuero, amianto, loza, cerámica, plata, antimonio, corcho, niquel, goma, yeso, arcilla, cebo, baquelita, aluminio, acero, bronce, ladrillo, piedra, barro y adobe, cemento y fibrocemento.

Hoy día basta contar las cosas de plástico que hay arriba de la mesa a la hora de almorzar para darse uno cuenta que una mesa de hoy es muy distinta a las de antes. Todos los envases de bebidas eran de vidrio y retornables, y dicho sea de paso no existía la Coca Cola de litro, todas la gaseosas venían en botella chiquita y no era usual verlas en la mesa cotidiana. Los chicos tomábamos un concentrado (jarabe) para diluir llamado Granadina y otro de bebida cola, la Refrescola. En los bares además de Coca vendían Pomona, Indian Tonic Cunnington y Bidú Cola. La Pepsi llegó más tarde.

El vino era común de mesa y el reserva para ocasiones especiales, ni qué decir del fino. Las marcas eran media docena, que ya no vienen: Tomba, Tupungato, Gargantini, Toro, Pángaro y algún otro. El mantel de la mesa era de hule y si domingos o feriados entonces de hilo, sin dudas que bordado a mano.

La vestimenta del hombre era muy otra, por empezar era más elegante y se usaban gemelos para las mangas de camisa, chaleco, moñito en vez de corbata, sombrero, trabacorbata, ligas para las medias (claro! porque no eran de nylon, entonces no ajustaban y se caían, había que sostenerlas con algo), traje, tiradores en vez de cinturón, pañuelito pintón en el bolsillo de arriba del saco, anillos grandes y guantes. La terminación era con peinado raya al medio y Glostora o gomina Brancato... una afeitada con brocha y Gillette, un poquito de colonia y a romper la noche muchachos!

La mayoría de las cosas que uno hoy compra envasadas se vendían sueltas y además por precio, no por peso. Ejemplo: ir al almacenero y traer 10 ctvs. de azucar, otros 10 de fideos y 5 de manteca, garbanzos, porotos o lo que sea. No había super ni hipermercados, agatas si mercados chiquitos y ferias francas, para las compras diarias estaba el almacén del barrio, la verdulería, vinerías, forrajerías, zapaterías, etc. Muchos de esos rubros hoy ya no existen más. El vino se estilaba comprarlo suelto llevando la damajuana; el aceite también se compraba suelto. Las gallinas se vendían vivas o se sacaban del gallinero y había que cortarles el gañote y desplumarlas con agua hirviendo. No había fábricas de pastas frescas.

La leche no venía en sachet y se compraba suelta por litro llevando la jarrita. También venía en botellas de vidrio marcas La Martona y La Vascongada. No había "larga duración" ni ninguna de las marcas actuales. Los menores tomábamos leche con Toddy, cacao o cascarilla.

La población de Wilde estaba compuesta en su mayoría por inmigrantes tanos, gallegos y turcos. Había mucha gente de otros países que venía huyendo de las guerras y entonces uno aprendía idiomas y dialectos casi sin querer; a mi me daba risa oir hablar a los tanos en su media lengua y mi viejo los imitaba muy bien. Mi abuela era gallega y solía hablarme en su idioma. Esos inmigrantes instalaron aquí sus costumbres de origen y algo muy común era la quinta; casi todas las casas tenían quinta y gallinero. Entonces la gallega me mandaba a la forrajería a comprar afrecho y rabacillo para las gallinas, también maíz. Yo tenía que agarrar un balde, ponerle agua hasta la mitad y echarle afrecho, revolver hasta que espese y darle a las gallinas.

Los almaceneros, dueños de restaurants y mozos eran todos gallegos, los albañiles y carpinteros italianos, los tintoreros japoneses, los vendedores ambulantes de ropa turcos y los lecheros vascos. Eso era invariable.

Había pocas instituciones bancarias, muy tradicionales, sucursales del Provincia y el Nación, también el Hipotecario y la Caja Nacional de Ahorro Postal. Los conceptos de inflación, indexación, devaluación, corrupción, terrorismo, etc. no existían; tampoco existían las tarjetas de crédito ni los plazos fijos. Se usaba el cheque, el pagaré y la cuenta corriente; también la palabra y sellar el trato con un fuerte apretón de manos. Nadie compraba dólares.

Al no haber inflación las cosas costaban siempre lo mismo por años y años. Recuerdo que para ir a la primaria viajaba de Wilde a Bernal y el boleto del tranvía era de 0,50 ctvs. “Peso Moneda Nacional”. El colectivo 0,70. En el 58 mi viejo compró unos lotes en Mar de Ajo con un crédito del Banco Hipotecario a 20 años, al final terminó pagando chaucha y palitos. Los impuestos se pagaban anualmente y no bimestral o mensualmente como ahora.

Los elementos de aseo eran mucho más restringidos que los de ahora, no había sido inventado el champú ni la crema de enjuague. Mi madre y mis tias juntaban agua de lluvia para lavarse el cabello con algún jabón fino Palmolive. No recuerdo si ya había desodorantes axilares pero los primeros fueron de barra, en envase de vidrio con tapa de lata, marca Polyana. El desague del inodoro era a cadena, no a botón, con la pesada mochila de hierro expuesta allá arriba.

El servicio de la luz se pagaba en el domicilio; pasaba un cobrador, leía el medidor y cobraba según el consumo registrado. No llevaban custodia ni iban armados y eran siempre los mismos tal como era siempre el mismo el cartero, durante años y años. De noche la Policía patrullaba las calles a caballo –de a dos- y constataba que los picaportes de las casas estuvieran con llave. También estaba el sereno que indicaba su paso golpeando la puerta cancel con un bastón. La luz blanca no existía, había sólo de la amarillenta, en casas, calles y autos.

Todos los vecinos se conocían y se visitaban, que uno le llevaba ciruelas al otro y ese retrucaba con uvas de su parral, empanadas o alguna que otra cosa. Se vivía a un ritmo más tranquilo que el de ahora; es un dato ostensible que al mismo tiempo que fue aumentando la velocidad de los autos, aumentó la velocidad de la gente (o mejor a la inversa). Qué era el "stress"...? -Ni idea.

En la década del 50 no había internet - countries - lentes de contacto - torturadores - lavaderos automáticos - ninjas - tampones - moratorias - desaparecidos - trasplantes de órganos - drugstores - locutorios - freezers - misiles - cajeros automáticos - tarjetas de crédito - reality shows - celulitis - psicólogos - neumáticos radiales - shoppings - aliscafos - cybercafés - alimentos balanceados - coches bomba - tractorazos - piqueteros - hackers - autopistas - secuestros - comercio de órganos - Brigadas Rojas – Prode – Loto – Quini 6.

Los colchones y las almohadas eran de lana, pluma o algodón, no existían la gomaespuma ni el polyester. Había un oficio que era el de cardador; el hombre venía a casa, descosía el colchón, lo cardaba o sea despelmazaba la lana, y lo volvía a armar; se lo llamaba anualmente en primavera. En relación a este tema teníamos dos animalitos bien jodidos y colchoneros que prácticamente desaparecieron: la chinche y la pulga; fueron desplazados por los piojos y las liendres. Siempre es así, se vence una peste y aparece otra que la reemplaza ocupando su lugar.

Casi no existía la electrónica, no existía, entonces no había televisión ni equipos de audio, grabadores, pasacasetes, videocaseteras, walkmans, guitarras eléctricas, microondas, acondicionadores de aire, celulares ni computadoras. Sí pibes y aunque no me lo crean: cuando yo era chico –y ojo que no tengo 180 años- no había TV ni PC, agatas si radio eléctrica y a válvulas, las de transistores vinieron después. Recién el tocadisco había desplazado a la vitrola y los pudientes tenían un “combinado” que era un enorme cajón de madera con radio y tocadiscos (discos de pasta 78 rpm, por supuesto). La sigla PC quería decir Partido Comunista.

Nos enterábamos de las noticias por el diario y la radio. Yo seguía la serie de Tarzán que iba por Splendid todos los días de 17 a 17,15 hs. y mi madre escuchaba las radionovelas con Oscar Casco y otras voces engoladas célebres por aquellos años. También había radioteatro, óperas y zarzuelas, y el domingo al mediodía todo el mundo escuchaba "La Revista Dislocada" con Delfor a la cabeza; por la tarde los hombres se prendían con el partido. Cuando había golpe de estado buscábamos Radio Colonia en el 5.5 del dial con la inconfundible voz de Ariel Delgado (“haaay mááás informacioooones para este boletííín!!!”). Otra radionovela que me gustaba era "Lindor Covas El Cimarrón".

La TV apareció cuando yo tenía unos 8 o 9 años, en 1956 aprox., en blanco y negro y con un solo canal -el 7- que transmitía dos o tres horas por día; los locutores eran el negro Brizuela Mendez y Pinky. Pronto llegaron Pepitito Marrone (cheeee!!!), el Capitán Piluso y Coquito, Balá, el padre Gardella y las series La Patrulla del Camino con Broderick Crawford, 77 Sunset Streep, Perry Mason, Bonanza y El Zorro. También La Familia Falcón con Pedrito Quartucci. Muy poca gente tenía televisor, eran carísimos.

Los primeros grabadores fueron marca Geloso y eran a cinta (no a casete). El Winco y los long plays llegaron después, en mi adolescencia. Los Beatles todavía no existían pero se empezaba a escuchar a Bob Dylan, Joan Baez y Elvis Presley.

No había artefactos a pila excepto las linternas, eran pocos y todos eléctricos. Los encendedores eran a bencina. Las velas y fósforos de cera marca Ranchera y las pilas marca Eveready, grandes, de las chiquitas y medianas no había. Todos los chiches que se movían eran a cuerda.

No existían la informática ni la semiótica, tampoco la ecología y mucho menos el psicoanálisis y los psicólogos. Había muy pocas especialidades médicas y mil veces menos medicamentos que ahora. No había medicina de alta complejidad ni la impresionante aparatología actual; se usaba mucho la medicina casera utilizando el vinagre, la barrita de azufre, las ventosas, las purgas laxantes de aceite de castor (puaj!), las píldoras Ross para regularizar el intestino, el ajo con leche para sacar la lombriz solitaria, el alcanfor contra la polio, las enemas cuando te atrancabas, el aceite de hígado de bacalao, la ruda contra la mala suerte, el carbón para cortar la diarrea, el Geniol para el dolor de cabeza, alcohol fino, árnica para los machucones, etc. El hospital público, que era gratuito y de calidad, atendía al 90% de la población; había muy pocas instituciones privadas.

Los chicos nos enfermábamos de sarampión, viruela, poliomelitis, escarlatina, lombríz solitaria, tuberculosis, tos convulsa, gripe, varicela, y alguna otra típica de esos años. Casi no había vacunas excepto la Sabín oral contra la polio (oral, sin inyección). Por cualquier cosa te daban una inyección en el culo que te dejaba a la miseria. Ir al dentista era dramático, la sala de torturas, lo peor de lo peor, con ese gigantesco e infernal torno a cuerdas.

Después te arreglaban con caramelos: Sugus, Media Hora, Fruna, Chucola, Chuenga, chicles Adams o Bazooka, confites y pastillas DRF de menta; en el mejor de los casos te llevaban a tomar un helado de palito y listo el pollo. Un dicho clásico de aquellos años: "A golpes se hacen los hombres y a patadas las mujeres".

De chico me tuvieron que operar de la garganta (amígdalas) y me llevaron al Hospital Argerich de La Boca. Recuerdo que me agarró una enfermera de sorpresa por atrás, me sujetó fuerte, me encajó una sábana y al toque apareció el médico con unas pinzas enoooormes. Me obligó a abrir la boca de prepo, metió las pinzas y tiró para afuera; quedamos él, la enfermera y yo bañados en sangre. Listo, ya estaba. (¿y la anestesia Doctor...?). Así fue como accedí a la castración.

De cada cosa había muy pocas marcas y eran siempre las mismas, entonces comprar era fácil. Por ejemplo había una sola marca de zapatillas –Alpargatas- con cuatro modelos: las comunes, blancas o azules, y las de basquet, blancas o azules. Hoy día para comprar zapatillas hay que ser especialista en marcas, modelos y mil chiches... total para qué si un par de zapatillas es un par de zapatillas. De igual manera ibas a la ferretería a comprar pintura para madera o metal y había dos marcas -Alba y Colorín- con sólo dos variedades: sintético (brillante) o mate (opaco), nada más que eso. La ropa era de algodón o hilo -no de polyester- y necesitaba plancha y almidón.

No había delivery ni comidas preparadas, prepizzas ni tapas de empanadas, casi todo lo hacía el ama de casa con elementos caseros; se pasaban la mañana entera cocinando entre ollas y nubes de vapor de agua hirviendo. La calefacción era mayormente a carbón -braseros- y a kerosene que había que ir a comprar a la estación de servicio. Las estufas eran a vela y había que darles bomba. El calentador marca Bram-Metal se usaba tanto para cocinar como de calefactor. El carbón se compraba en la carbonería, también la leña, papas y cebollas en bolsa y kerosene. Había heladeras pero no freezers.

Tampoco había de lo siguiente: luncheon tickets - indexación - Favaloro - Montoneros - Merval - cable coaxil - riesgo país - Hubble - sommier - holograma - hipoalergénico - Concorde - fórmica - ADN - policarbonato - call money - combo - promo - neonazi - e mail - página web - telgoporn - fundamentalismo - Benetton - Ulster - videocable - contaminación ambiental - peaje - corlock - tender - día del amigo - día del niño - premium - ingeniería genética - cinerama - listas sábana - empleados ñoquis - demo - unplugged - ETA - Neil Armstrong - Che - tomografía computada - resonancia magnética - chatear - on line – flexibilización laboral – Bin Laden.

Mis distracciones consistían en andar en bicicleta, jugar con mis amigos a las bolitas (uy! cuando aparecieron las japonesas!) o las figuritas, el ajedrez, el ludo y las damas, la lotería de cartones, los autitos, el remo, los patines, pasear a mi perro, hablar en jeringozo, hacer cosas con maderas, serrucho, martillo y clavos. Entre mis amigos nos tratábamos de "che", no de "boludo". A la gente grande -de más de 20 años- se la trataba de riguroso "usted".

También leer los libros de la colección Robin Hood, manejar el aro, remontar barriletes, cazar pajaritos con la gomera, tocar el timbre y salir corriendo, jugar a la escondida y la mancha, el rango y la rayuela. Me encantaba ir con la bici a pescar a Quilmes o a la lagunita de Sarandí. Coleccionaba estampillas y leía Patoruzú, Billiken y las revistas mejicanas. Mis héroes eran Tarzán y el Llanero Solitario. Me había fabricado un palomar en el fondo y tenía como 40 palomas, de las comunes, buchonas y cola de abanico.

Otros juegos infantiles eran el monopatín, el carrito con rulemanes, el tinenti (o payana) con las piedritas, el balero, el yoyó, las palabras cruzadas y el estanciero. Los barriletes los hacíamos caseros, con filetes de caña, pegados con engrudo y destripando una sábana vieja para ponerla de cola. El ladrón y el vigilante, jugar a la pelota en el potrero y la cerbatana. Cuando llovía y se inundaba la calle hacíamos barquitos de papel.

Las plazas tenían una configuración distinta a las actuales, con algunos personajes que han desaparecido. En casi todas había un guardián o cuidador municipal que la mantenía limpia y arregladita; también estaba el barquillero que vendía rosquitas, pirulines, gofio, manzana acaramelada, maníes calentitos, lupines y pochoclo. Pero la palma se la llevaba el calesitero con la algarabía de los caballitos que suben y bajan y la magia de la sortija. En ninguna faltaban hamacas ni toboganes. Otro era el heladero que también pasaba en las tardes de verano por el barrio en un triciclo-bicicleta... "palitos, bombón, heladoooo!!" y despachaba una de dos marcas: Noel o Laponia. Alcancé a conocer al organillero con el lorito que te sacaba la tarjeta de la suerte (... las ruedas embarradas del último organito... vendrán desde el suburbio buscando el arrabal...).

Era la época de la categoría Turismo Carretera con Fangio -quintuple campeón mundial-, los Galvez y los Emiliozzi; y en boxeo Gatica, Lausse y Pascualito Pérez. En catch Karadagián y en fútbol como siempre unos cuantos, recuerdo a Musimessi -el arquero de Boca-, Labruna en River, Erico en Independiente y Ratín y Mauriño en Boca. Los partidos los transmitían por radio Fioravanti, Muñoz y Luis Elías Sojit.

Iba al cine semanalmente a ver las de cowboys con Alan Ladd y John Wayne matando apaches (oh! Gary Cooper, oh! Kirk Douglas). Daban tres películas y mi vieja llevaba la canasta con sánguches de milanesa, mandarinas, bananas y Coca Cola. Cada vez que se quemaba la película se armaba un griterío infernal y revoleábamos las cáscaras de banana; nada muy distinto a lo que se ve en “Cinema Paradiso”.

Las de terror estaban a cargo de Boris Karloff que metía un miedo de aquellos. En la siguiente década apareció Narciso Ibañez Menta con "El Fantasma de La Opera". Las películas eran casi todas en blanco y negro aunque algunas de Hollywood comenzaban a llegar en technicolor. Otro que metía miedo era Hitchcock y para reírnos teníamos de sobra: Los Tres Chiflados, El Gordo y El Flaco, Chaplin, y Los Cinco Grandes del Buen Humor, sin contar los dibujos animados de Walt Disney.

Una vez un sábado a la noche mis viejos se empilcharon porque iban a salir con una pareja de vecinos al cine a ver una porno PM18. Intrigado quise saber cuál era pero no me lo quisieron decir (muy bien no sabía qué quería decir "porno"). Después me enteré que era "La Cigarra no es un bicho", nacional, con Luis Sandrini y gran elenco. Ya de mayor la fui a ver de pura curiosidad... qué poco hacía falta para ratonearse (hoy es para los chicos, hasta uno de 8 la puede ver).

Las fuerzas armadas de mi país –poderosamente equipadas- tenían tanques de guerra Sherman, fusiles Mauser, jeep Willys y aviones Gloster Meteor. Hoy todo eso se puede ver en los museos. Casi no existía la energía atómica y no había centrales nucleares. Argentina tenía una flota naviera estatal -ELMA- de primera línea que surcaba todos los mares del mundo; exportaba productos agropecuarios y tenía un futuro de grandeza. Los servicios públicos eran todos nacionales, Perón se los había expropiado a los ingleses.

Un amigo de mi viejo lo quiso entusiasmar para irnos a vivir las dos familias a EEUU, yo asistí a la conversación. El Sr. Estancich decía que aquel era un país pujante (recuerdo esa palabra porque no la entendía y fui corriendo a buscarla al diccionario); mi viejo le dijo que no, que Argentina también era un país pujante y se quedaba aquí. Sin comentarios.

Avellaneda era un maremagnum de fábricas trabajando a pleno con sus chimeneas humeando día y noche. Hoy es un triste monumento a la desocupación. La Boca y todo el puerto de Buenos Aires eran un enjambre de vapores cargados hasta la línea de flotación con los productos del país (ver los cuadros de Quinquela). Eran miles los estibadores y obreros que llenaban las calles desde temprana hora. Todo eso -que yo alcancé a ver- se terminó hace rato.

Wilde era un barrio tranquilo y los vecinos se conocían todos, entonces no había mayores problemas de seguridad. Nadie enrejaba la casa ni ponía alarmas, para eso estaba el perro. Casi no había robos y recuerdo que cuando había algún asesinato truculento salía en la tapa de La Razón, en la famosa edición quinta de la tarde. Los canillitas voceaban los titulares -ahora ya no lo hacen-. Mis padres no me dejaban leer las noticias "policiales" porque eso no era para los chicos (tenía que pasar de largo la página 5).

Los pocos ladrones saltaban las tapias a puro coraje, todavía no habían nacido Rambo ni Terminator. No mataban a nadie; una cosa era el ladrón y otra el asesino, diferencia sustancial que las épocas dejaron totalmente perimida. Decía que las casas no estaban enrejadas ni monitoreadas, apenas si culos de botella rotos en las tapias y a veces alambrados de púa. Se solía usar el cerco vivo de ligustrina.

Cuando yo era chico no había drogas, me refiero a las actuales y no al alcohol y el tabaco, con quinientos años el último y miles el primero. Teníamos sólo dos variedades de coca: la Coca-Cola y la Coca Sarli, de la marihuana ni noticias y la primera que causó estupor fue el LSD pero recién en la década del 60. La gente no consumía ansiolíticos a pasto como ahora, hacerlo era signo inequívoco de estar colifato; había pocos y eran recetados por los médicos psiquiatras, no por los clínicos.

Por las tardes de verano la gente salía a la vereda a tomar mate y leer La Razón, conversar con los vecinos y ver pasar la vida. Para fin de año se iba a saludar casa por casa con una sidra bajo el brazo. En carnavales salían todos con los tachos a la calle y se armaba la farra. A mi me fascinaban las fogatas de la noche de San Juan. Esta historia moderna de la gente que vive en edificios y no conoce al del depto. de al lado solamente pasaba en New York.

Los cigarrillos eran sin filtro y lo más común era armarlos comprando por separado el papel y el tabaco, en general negro. Los primeros rubios con filtro fueron los Hawai, LM y Saratoga. Fumar era asunto de hombres, no de mujeres. Los encendedores eran marca Monopol, Zippo y Carusita, todos mecánicos y a bencina. Los viejos fumaban pipa, habanos o cigarros de chala. Se podía fumar en cualquier lado, incluso en los colectivos.

El bolígrafo recién empezaba a llegar, para escribir usábamos lápiz y lapicera fuente. Yo también usé pluma cucharita y cucharón mojando en el tintero (la de ganso ya estaba superada). La única tinta era Pelikan y había algo que ya no se usa más pero era necesario para evitar los manchones: el papel secante. La fotocopiadora no estaba inventada pero había papel carbónico que te ensuciaba los dedos; cuando estaba en quinto grado apareció el Simulcoop que fue como decir la octava maravilla del mundo, nos facilitaba tener que dejar de hacer los mapas a mano. Otro gran avance de la ciencia fue el tintero involcable. Ja!

También estaba el mimeógrafo (había que picar el extensil), y las máquinas de escribir mecánicas marcas Olivetti, Remington y Underwood. Las primeras calculadoras fueron a manija y hacían las cuatro operaciones básicas, el porciento y poca cosa más; eran unos aparatos Olivetti muy pesados y grandotes con la carcaza de hierro. Los comerciantes usaban la máquina registradora, unas enormes máquinas plateadas manuales con teclas de colores.

No había viajes de egresados como ahora; cuando terminabas la primaria o el secundario, el colegio -por supuesto- hacía una fiesta de graduados, y había que portarse bien... Los periódicos zonales sacaban la foto de la nueva promoción. Todos aprendíamos a leer con el libro Upa creo que de Constancio C. Vigil. En la escuela en cada grado teníamos que comprar El Manual del Alumno Bonaerense que venía con todas las materias en un sólo libro; en Capital estaba el manual de Kapelusz.

En casa papá había comprado un juego de tres diccionarios que yo usaba a menudo (y sigo usando): la Enciclopedia Ilustrada de la Lengua Castellana -Sapiens- Editorial Sopena Argentina, tapa de cartón duro, edición 1951. También teníamos la Historia de América de Levene, 15 tomos, edición 1946. Los libros y cuadernos se forraban con papel araña y los chicos teníamos "libreta de ahorro postal" con estampillas, y el chanchito alcancía. El único pegamento para el colegio era el "pegalotodo", no había otro (la Plasticola es de los '70).

El diariero traía todos los días La Prensa, años más adelante mi viejo lo cambió por Clarín. Los lunes llegaba el Billiken y yo por mi parte iba al kiosko a comprar Patoruzú y El Pato Donald con unas monedas que me tiraba mi abuela.

La fotografía era en blanco y negro y muy pocos tenían máquina de fotos (eran grandotas y cuadradas). Había que ir a la casa de fotografía o al retratista a hacer un dibujo a carbonilla; otra posibilidad era el infaltable fotógrafo de cada plaza. Ni pensar en las filmadoras actuales, fotómetros, telémetros, zoom ni cámaras digitales, eso no figuraba ni en las novelas de Julio Verne.

Viajar en avión era cosa de empresarios, funcionarios, militares y pudientes (eran cuatrimotores a hélice). Nadie nacido por acá conocía USA ni Europa. Mis abuelos habían llegado al país en barco trás veinte y pico de días de viaje; nunca más pudieron regresar. Se usaba mucho lo único que había: el correo postal con la estampilla. En muchas esquinas había un objeto cilíndrico pintado de rojo emblemático de aquellos años: el buzón.

Cuando se almorzaba o cenaba había una consigna extendida, al menos en mi casa y casas de vecinos y amigos de mis padres: en la mesa los chicos no hablan. En verdad los chicos teníamos pocos derechos comparado con el hoy, sería tal vez por que no había psicólogos... no lo sé pero ya tampoco me importa. En Pehuajó todavía no había nacido Manuelita. Cuando se te rompía la ropa no la tiraban como se hace ahora, tu mamá te la zurcía o le ponía un remiendo y se seguía usando. Había que verla a la vieja o a la abuela meta darle al huevo de madera, la aguja y el dedal zurciendo las papas de las medias o la entrepierna de los pantalones cortos.

Al no haber un gran desarrollo de la industria química no existían los aerosoles, aunque parezca mentira no había de esa parafernalia. Pero entonces... ¿cómo se eliminaban las moscas? -Con la paleta matamoscas y de a una, o echándoles flit; después apareció el Tugón de Bayer que era un disco como de goma que se ponía en un plato con agua, la mosca picaba y caía envenenada. En los bares colocaban unos aparatos aéreos con luz azul y varillas electrocutadas. En muchas casas tenían fiambreras, unos jaulones colgantes con malla de alambre anti moscas.

¿Y las cucarachas? -Con el zapato. Los mosquitos con espirales Caracol, la única marca del mercado. Las lauchas y ratas con trampera y quesito, y si no con "Ratax", unos granitos raticidas que no les hacían nada. Mi viejo explotaba los hormigueros echándole agua con cianuro y un fósforo; otras veces les ponía "Formitox" pero no le daba resultado y las hormigas le comían toda la quinta (mama mía! cómo puteaba...). También estaba el DDT que después fue totalmente prohibido porque el remedio era peor que la enfermedad. Para desinfectar la casa se usaba la lavandina, el fluido Manchester y la acaroína.

Cuando yo tendría unos 10 u 11 años empezaron a aparecer los pantalones vaqueros, los primeros fueron los Lee e hicieron furor entre los adolescentes. Hasta bien entrada la pubertad los chicos usábamos pantalón corto; ponerse "los largos" era signo inequívoco de haber crecido. Recuerdo que la entrada a la adolescencia se significaba con tres blasones: los largos, la llave de la casa y el reloj pulsera; era usual que a los 17 o los 18 el padre le regalara al hijo un reloj (no, no, en esa época no eran digitales ni a pila, a cuerda y costaban bastante). Las mujeres no usaban pantalones, a ninguna edad, usaban polleras por debajo de las rodillas. Cuando llegó la minifalda a principios de los ’60 se armó un lio de aquellos y hasta discusiones teológicas hubo (ni que hablar de la bikini... uy! Dio!).

Existían las malas palabras y decirlas te hacía merecedor de una fuerte reprimenda (tirón de orejas, paliza o castañazo). Ahora que soy grande las puedo mencionar: hijo de puta, la reconcha de tu madre, boludo, pelotudo, andate a la mierda, pija, te cago a patadas, carajo, chupame un guevo, cabecita negra, quilombo, puto, cornudo, coger. "Estúpido" estaba a medio camino.

Había varios personajes de ficción que servían para asustar a los chicos cuando nos portábamos mal, uno era el diablo: "te vas a ir al infierno!". Otro "el hombre de la bolsa" que tenía su asidero en la figura del linyera, y otro "la gitana" que se llevaba a los chicos malos que no querían tomar la sopa. Cuidado que viene “el cuco”.

Mi madre no tenía lavarropas, eso lo compraron después y me acuerdo de su alborozo frente a semejante adelanto mecánico; las vecinas tampoco tenían. La ropa se lavaba en una enorme pileta de lavar de cemento armado refregando contra una tabla de madera, a mano, en verano y en invierno. Luego iba a la soga que era un alambre que cruzaba el patio de punta a punta y se levantaba con un palo largo. Para que quedara más limpia se usaba azul para blanquear y antes de la aparición del jabón en polvo lo único que había era el "jabón blanco para lavar la ropa" marca Cañadenzo o Federal.

Papá siempre fue un pionero en los adelantos y uno de los primeros del barrio en traer a casa el gas. Hubo que hacer el tendido de las cañerías de agua caliente y junto comprar el calefón, marca Orbis o Domec, ya no me acuerdo (el termotanque es contemporáneo de ustedes). Cuando yo era chiquito en la casa de Wilde no teníamos agua caliente y en invierno había que calentar ollas para bañarse; se lo hacía en la "cocina económica" de hierro fundido marca Istilart, a leña. En razón de lo anterior no era usual que nos bañáramos todos los días. El gas envasado fue un adelanto tecnológico al que saludamos: dos enormes cilindros de hierro con una escafandra... eso sí que era ir para adelante a toda máquina!!!

Pensando en lo que es hoy una casa con todos los aparatos eléctricos y electrónicos, las comidas preelaboradas, los alimentos envasados, freezer, microondas, etc. se me hace por comparación que ahora es bastante más fácil ser ama de casa. Mi vieja estaba todo el santo día dándole a la fragua... que lavar la ropa, hacer la comida, la quinta, el gallinero, coser, zurcir, tejer, bordar, planchar, ayudar a los chicos, ir a hacer los mandados, etc. -Es obvio entonces que por aquella época lo usual era que las mujeres no estudiaran ni salieran a trabajar, para lo primero no daba el tiempo ni el marco cultural y lo segundo era tarea del hombre. Casi no había mujeres profesionales.

Un tema aparte (ésto es para vos Pablo) era el de la música. Cuando yo empecé la primaria recién se empezaba a escuchar por estas pampas a Elvis Presley. Los Beatles no existían, vinieron varios años después. Lo que hoy se llama "banda" (de música de rock) antes era la banda de la Policía o la de los pistoleros, no había otras; lo que sí había eran las orquestas, en general de tango, jazz, "típicas" y las de música clásica. Antes del rock estaba el mambo, el bolero, el tango y el folklore; el rock que vos escuchás y tocás no nació en la época de Jesucristo... El primer conjunto de esa música que vi tocar en vivo fue a The Wonderfulls en el club Juventud de Wilde y también a Sandro y Los de Fuego (o sea que ahora Sandro debe tener como 300 años de edad). También lo solían traer a Antonio Prieto, Yupanqui, Alberto Castillo y Los Chalchaleros.

Mi viejo compraba discos RCA Victor (de pasta, ojo! no confundir con el CD... venía una sóla canción por disco) y tenía una colección de tangos y boleros además de otros como Lolita Torres, Benny Goodman, Bing Crosby, Glenn Miller, etc. Se los escuchaba los domingos a la mañana y cada tanto yo le rompía alguno; ahí se armaba y ponía el grito en el cielo (... te dije que no tocaras los discos!!!).

A los niños los traía la cigueña de París (la mentirosa historia de la semillita vino después). No se había inventado la ecografía ni se podía saber el sexo antes de nacer. El padre no podía presenciar el parto. Las leches maternizadas no existían, leche de vaca entera y común para todo el mundo (las descremadas sin nata son de esta época diet). Tampoco había pañales descartables. El único método anticonceptivo era el profiláctico -"Velo Rosado"- y recién empezaban a aparecer las pastillas. A los bares entraban solamente los hombres, no era bien visto una mujer en un bar.

No había saunas sino prostíbulos y lo habitual era debutar con una puta, a la novia no se la tocaba. En mi adolescencia solía frecuentar con amigos los burdeles de Isla Maciel (ayyy!!! las ladillas!!!). Como no había sida a lo sumo te agarrabas una blenorragia y en el peor de los casos la sífilis, que se curaba con inyecciones de penicilina. No había divorcio legal y la palabra separación no figuraba en el diccionario. Tampoco había el análisis de ADN para determinar certeramente quién era el padre (a veces el chico se parecía un poco al lechero o al sifonero).

Los velatorios se estilaba hacerlos en las casas y los deudos guardaban luto hasta que terminara el duelo: brazalete negro los hombres y vestimentas oscuras las mujeres. La gente usaba medallitas al cuello. Casi no había cultos extra católicos con excepción de los espiritistas de la Escuela Científica Basilio y los de las comunidades extranjeras: judíos, ortodoxos, protestantes, etc.

Para ir de Wilde a la Ciudad Eva Perón (La Plata) se lo hacía por la Calchaquí y el cno. Gral. Belgrano -ambos empedrados-, el Centenario no existía y el distribuidor de entrada tampoco. El Parque Pereyra se llamaba Parque de la Ancianidad. Para ir a la Capital se iba por la Av. Eva Perón (Mitre) y se entraba por el Viejo Puente Pueyrredón que es como decir el puente de Brooklyn. El arroyo de Villa Domínico no estaba entubado y el parque se llamaba Parque de Los Derechos del Trabajador.

Los puentes de Varela y Etcheverry todavía no estaban y para ir a Mar de Ajo, de Dolores en adelante la ruta era de tierra hasta Santa Teresita (200 kilómetros), luego había que seguir por la playa; cuando llovía era toda una travesía, el safarí de Camel... otra que "turismo aventura"! (una vez tardamos tres días en llegar a Mar de Ajo).

La carrera espacial recién empezaba, el Sputnik I se lanzó en octubre de 1957 y mucha pero mucha gente decía que eran mentiras, que Rusia nos estaba engañando. Recuerdo mi emoción una noche del 60 y pico cuando pasó sobre el cielo estrellado de Wilde el Vanguard I llevando a bordo al astronauta Gordon. No se hablaba de especies animales en extinción ni tala indiscriminada de árboles. Había indios salvajes y zonas del planeta inexploradas. Los mares no estaban contaminados y todavía no había aparecido Jacques Cousteau, no era necesario.

Salvo Hiroshima aún no habían empezado las pruebas nucleares y vivíamos libres de contaminación radiactiva; no había basura atómica en el espacio ni residuos nucleares. Recién allá por el 66 aprox. -yo 19- explotó el atolón de Mururoa en el Pacífico ante la consternación mundial y su debida amonestación a la República Francesa (Chernobyl iba a llegar en el 86).

Yo me entusiasmaba con los proyectos Mercury, Mariner, Géminis y Vanguard, que hoy se pueden ver por TV en el "History Channel". Esas noticias eran a toda tapa de los diarios de todo el mundo. La hazaña de Gagarín fue en abril del 61; tenía 14 años y ni yo ni nadie podíamos creer que un hombre orbitara el planeta... ¿Quién le pisaba el poncho a los rusos?.

Hoy la existencia es (o parece...?) inimaginable sin automóviles y teléfonos, plástico y aluminio, televisión y jets, electrónica e informática, y sin embargo hoy no somos más ni menos felices que
hace 40 años atrás. Es digno de ser notado que la tecnología y el consumismo no tengan nada que ver con la felicidad.

Los únicos cuatro made in que yo conocí fueron los Made in USA, England, Germany y Japan. La mayoría de los países del Africa eran colonias británicas, francesas, belgas o lusitanas. Asia quedaba allá lejos. En el año de mi nacimiento la Corte Suprema de EEUU autorizó a los negros a compartir el transporte público con los blancos.

En 1947 gobernaba el país el General Perón. El Papa era Pio XII y el presidente de EEUU Harry Truman. En España estaba Franco, en Francia el Gral. De Gaulle, en Rusia Stalin, en Japón Hirohito, en China creo que Chang Kai Shek y en Cuba Batista. En la RFA estaba el canciller Konrad Adenauer. Dos años antes había finalizado la Segunda Guerra Mundial con la bomba de Hiroshima (6/8/45) y la inmediata capitulación de Japón (tengamos confianza en Argentina y si no vean lo que le pasó a Japón hace pocos 56 años). La Europa arrasada se empezaba a reconstruir con el Plan Marshall.

La ONU fue creada el 24 de octubre de 1945. El premio Nobel de literatura del 47 se lo dieron a André Guide (Francia) y el de medicina al argentino Bernardo Houssay. Exáctamente cuatro meses después de mi nacimiento lo mataron a Ghandi (20/1/48) y el 14 de mayo del 48 (...yo agatas si ocho meses) se creó el Estado de Israel. En el 54 Boca salió campeón y mi viejo me llevó a los festejos, tenía 7 años. El muro de Berlín es del 61. Cuando lo mataron a John Kennedy (22/11/63) yo tenía 16 años. La guerra de los Seis Días (Israel contra los países Arabes) ocurrió en el 67 a mis 20, todavía faltaban 10 años para que naciera Celina.

Otra guerra que fue tapa obligada y diaria de los periódicos durante toda mi adolescencia fue la de Vietnam que arrancó en 1962 a mis 15 y terminó a mis 27 con la caída de Saigón (abril del 75). En el 53 fue el asalto al cuartel de Moncada con Fidel Castro a la cabeza y en el 56 el desembarco del Gramma; Fidel derrocó a Batista en 1959 a mis 12.

En muy apretada síntesis ésto era más o menos lo que les quería contar, dibujarles la época en la cual yo me crié, cómo era el mundo por aquellos años. Si leyeron atentamente habrán notado que las cosas parecen sacadas de un antiguo libro de historia, y sin embargo no es así, yo fui coetáneo de toda esa historia, era mi infancia, niñez y adolescencia. La distancia entre mis padres y yo no llegó nunca a alcanzar tamaña diferencia, ni por asomo (papá era del 17 y mamá del 20 o sea que ellos fueron testigos de la década del 30).

Queridos chicos: han pasado sólo 40 y pico de años y parece que hubieran sido como 1000. Los de mi generación hemos tenido que irnos adaptando a la acelerada modificación de todos esos parámetros básicos antes mencionados. Hemos visto pasar muchas pero muchas cosas y por momentos parecía que todo se acababa, sin embargo seguimos en pie. Cuando la crisis de los misiles en Cuba el planeta estuvo al borde de la guerra nuclear y hubo mucho miedo, fue en octubre del 62 a mis 15 años. Confieso haber estado aterrado.

Algunos cambios fueron para bien, otros no, pero no voy a eso. Voy al costo personal de tan impresionantes modificaciones, quiero decir que a veces no da la estructura mental para mantener el ritmo y en algunas cosas uno se va quedando atrás.

En mi caso -por ejemplo- cada vez que suena el teléfono me maravillo de ese invento (Graham Bell, USA, 1876) al que ustedes no tuvieron que adaptarse ni asistieron a su masificación. Ni qué decir de la computadora y el correo electrónico que me siguen pareciendo cosa e mandinga aunque los use a diario.

Sepan disculparme entonces si en algunas cosas -poquitas- me ven medio chapado a la antigua. Es que todo no se puede. Algunas veces y muy en el fondo me siento un sobreviviente pero enseguida se me pasa; si hasta me están empezando a gustar Los Redonditos de Ricota...

Hoy -20 de setiembre de 2001- cumplo 54 años y quise escribirles ésto a ustedes mis muchachos. A vos Celi que naciste en la época de la dictadura, a vos Pablo que sos de Malvinas y a vos Lu que sos de la democracia, los tres muy nuevitos. Yo soy de la post guerra, para ustedes una suerte de dinosaurio de Spielberg; ya murieron mis abuelos y mis padres y la década del 50 quedó allá atrás en la historia, bien lejos.

Bien, les digo que no soy un dinosaurio, es sólo que los tiempos han corrido al galope y mal que bien aquí me tienen, sentado frente a una computadora usando el correo electrónico. Pero la tecnología no importa, jamás se engañen con eso, lo único que vale más allá de los tiempos es el amor que nos tenemos y poder dormir tranquilos.

Bueno pibes, eso les quería contar este papá que les lleva más de treinta años, pocos o muchos según la vara que se use. Por momentos parecen un montón y en otros un soplo. Las dos décadas en las cuales mi arbolito se modeló y tomó su forma casi definitiva fueron muy distintas a las que les tocó vivir a Ustedes. No obstante aquí estamos todos juntos bajo el cielo de Argentina viajando en el veloz tren del tercer milenio.

No me animo ni a pensar en lo que va a ser el planeta dentro de 50, 100 o 200 años. No hay ninguna garantía de que vaya a estar mejor que ahora, nadie lo sabe. Basta imaginar el promisorio campo de la ingeniería genética para entrar en el terreno de la ciencia ficción, y sin embargo tal vez tenga más de ciencia que de lo otro.

Las guerras y la destrucción no van a terminar; esperemos que tampoco termine nunca la esperanza y el deseo de ir para adelante. Pero de una cosa podemos estar seguros: no es por la tecnología que se va adelante en serio, no es por la electrónica o la informática, es por otro lado, sin duda que es otra la via. No hay que desmerecer a la ciencia pero una ciencia sin ética es como un mono con revolver.

En este tembladeral de los años y las épocas me quedaron pocas cosas en pie pero hay una en la que sigo creyendo con absoluta firmeza: no hay salvación, no hay progreso, no hay nada si no es con todos y para todos. La cosa no es de a uno, es de a dos, y quien dice dos dice mil. Aunque sea una idea romántica, aunque digan que no se puede y aunque vengan degollando, si los adelantos tecnológicos no están al alcance y al servicio de toda la comunidad entonces no sirven para nada.

Basta ya de lata y a festejar que hoy el viejo vizcacha cumple sus primeros 54 tacos. Espero me hagan una torta y no se olviden de los regalos eh!

Los quiero mucho
Un beso
Papá

*de Mario Vidal mario.vidal@speedy.com.ar

DON FRANCISCO FUE UN TITAN*

*Por Adrián Abonizio. abonizio@hotmail.com

El árbitro era Hanz Aguila. El Dr. Karate contra El Comendatore Benito Durante. La Momia Blanca antes de la perversa Momia Negra versus Peucelle y la ignomioniosa terna arbitral mientras que sobre el cuero tensado rodaba el gordo William Boo. El hombre de la barra de hielo entraba al bar por un
pasillito lateral, arpillera al hombro y oliente a sudores caballunos, la chata hirviente como advertencia que lo que se rozara apenas fuera ardido por el troley que tenía que torcer la cornamenta para ni hacerle sombra siquiera. Chichita de Erquiaga traicionaba a Doña Petrona de Gandulfo, moviéndole el espacio. Pavita a la York. Juanita, la esclava alcanza cosas.
¿Qué significaría la "C" metida como cuña antes de Gandulfo?. Carrizo, el nombre del arquero de River. Y Colomba presentando una momia indígena en La Campana de Cristal.
Arriba, entre flores, el televisor entre el mármol, y la madera y con ese plástico delante para ver en colores. El padre de Carlos era albañil, luego se hizo contratista y era muy petizo y le gustaba estar con nosotros los pibes, los amigos de sus hijos. Fumaba mucho, Clifton creo y echaba el humo mirando la tevé con la mano apoyada en la barbilla, entre melancólico y cansado. Siempre andaba de blanco, oreado por el sol y con manchas eternas de pintura o de mezcla a bordo de un jeep y nos llevaba al campo, a La
Carolina, un campito vaya a saberse de quien era y nos hablaba de "Titanes en el Ring" con un entusiasmo infantil. Creía en lo que propalaba el aparato y el mismo era un actor secundario, un héroe de la clase trabajadora, esmirriado y fuerte, con ojitos de laucha feliz, allá arriba entre los andamios y el cielo. Un semidios sin físico de atleta pero con ángel. Cuando no estaba allí, en la altura, se metía en el traje de astronauta porque cultivaba abejas. "Cultivar" se decía a eso que tenía en una entrada
perteneciente a la familia por la calle de enfrente y espiar desde fuera, porque se nos estaba prohibida la entrada, él andaba con su disfraz entre las celdas de madera, entre flores de un verdín que hacía de telón de fondo y las abejas como otras florecitas moviéndose al silbido de él, su amo.
El Caballero Rojo perdió su primer pelea y Don Francisco abandonó su entusiasmo, porque según su credo, los buenos no perdían, Central no se iba nunca al descenso y sus hijos solo serían artilleros del equipo. Uno fue bailarín y el otro se perdió con atorrantas que lo único que hacían era sacarle el dinero que ganaba en la pinturería. Un día enfermó de un cáncer al pulmón y lo lloramos retroactivamente, mientras Karadagian en la próxima pelea que antecedió a su partida, casi pone de espaldas al oso que le habían tirado como rival.
Vino por última vez al Estoril a tomarse un fernet, pero ya la muerte lo seguía y él sabía y todos los sabíamos pero, en el fondo, esperábamos, como cualquier héroe cualunque, que la Muerte le temiese y no se lo llevara. Se despidió de mi tocándome la cabeza y augurándome iba a salir bueno y se subió al jeep por última vez antes de entrar al Hospital y perder la batalla que ni se televisó porque ya el rating elegía que era lo que vendía más o menos. Luego, en un tiempo que no pude medir se supo que tenía una hija en un pueblo, una hija de otra, una tal Florencia cuya mamá había muerto antes que él y que la viuda, la mamá de Carlos fue y deshizo la tumba a palazos y lo vedó del descanso final, traspasándolo al panteón de los hermanos. La tal Florencia fue, durante un verano tema de conversación en todo el barrio, pero luego, con el vértigo de las clases ella misma desapareció de la escena donde se había colado y nunca le pudimos ver la cara. Mi amigo Carlos una vez nos habló y dijo querer conocerla. Es mi hermana al fin y al cabo, pero, nunca a los chicos se les abre la puerta de la verdad y quedó la historia trunca, sin encuentros, ni regalos ni película. Allí en los altos andamios debe andar bebiendo grapa don Francisco, que así se llamaba el hombre. Dejó su ropa salpicada entre un montón de cosas, el traje de astronauta enlutado y las abejas que se mudaron de barrio. Carlos viajó a Europa a encontrarse
con su destino, cambió de sexo y se perdió en los canales de Venecia para reaparecer en postales. El otro hermano progresó, adquirió un lote y puso un bazar enorme que luego fundió por culpa de las putas.
Don Francisco, a pesar que no compitió nunca en las luchas, fue sin dudas mi mejor Titán.

*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-20317-2009-09-23.html

"EL DOCTOR FISCHER DE GINEBRA"*

La nieve
¿y quién o qué le pone
el revólver en la mano al millonario?
¿quién o qué lo incita
a desmoronarse sobre la nieve
la pasta dental
el chocolate?...

"IL DOTTOR FISCHER DI GINEVRA"*

La neve
e chi o cosa mette
in mano il revolver al miliardario?
chi o cosa lo incita
a dissolversi nella neve
il dentifricio
la cioccolata?...

*de Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar
-Traducido al italiano por Jerome Seregni

Los árboles*

aquietan morosamente, tiernamente los pensamientos.

Desde su altura no compiten: están.

Acompañan los ciclos y adormecen los vientos;
persisten sin apetecer.

Son compañeros de viaje hacia el sosiego
maestros en el juego de la luz
y no desean más que lo dado.

*de Oscar Agú. cachoagu@yahoo.com.ar
(Reside en Santo Tomé/Santa Fe)
-Fuente: LUZAZUL Nº 106. Septiembre/2009.

Correo:

Ciclo de Cine-Debate y Psicoanálisis
“La subjetividad de la época y sus avatares”

Ciclo de Cine-Debate organizado por ESPACIO PSICOANALÍTICO PAMPEANO
y Grupo de Estudiantes de Humanas de la UNLPAM

Espacio Psicoanalítico Pampeano continúa realizando actividades de extensión para quienes se interesan en los temas relativos al ser humano.
Este año, acuciados por los acontecimientos nacionales y mundiales, nos interrogamos por la subjetividad de nuestra época. Nos servimos nuevamente del arte cinematográfico como disparador y apuntalador para identificar los paradigmas socioculturales por los cuales nos encontramos atravesados como sujetos. Invitamos a quienes quieran reflexionar sobre los acontecimientos contemporáneos, sus avatares e implicancias subjetivas.
Proponemos una selección de films que, gracias a su riqueza, posibilitan un análisis fecundo para el debate. Intentaremos, con el aporte de todos, ubicar los emergentes sociales de una subjetividad que padece las marcas del discurso contemporáneo y el malestar actual en la cultura.

> 2.10.09 Capitalismo y consumo >
“El ciudadano”
Director: Orson Welles Año: 1941
Sinopsis: El magnate de la prensa Charles Foster Kane (Orson Welles) fallece, acompañado solamente por sirvientes, en su gran mansión pronunciando una única palabra: "Rosebud". Con la intención de averiguar su significado un periodista comienza una investigación con las personas que vivieron y trabajaron con Kane. Las entrevistas se suceden y con cada persona afloran vivencias y recuerdos que ayudan a modelar la compleja imagen del fallecido millonario, pero, que no aportan datos sobre la misteriosa palabra. Solo el espectador conocerá su origen y significado que engloba temas como el anhelo de las cosas perdidas y los valores realmente importantes.

> 9.10.09 Holocausto >
“El noveno día”
Dirección: Volker Schlondorff, Año: 2004
Sinopsis: El filme narra la historia del sacerdote católico Henri Kremer, prisionero en un campo de concentración por no seguir las leyes racistas de Hitler y amenazado con la muerte de su familia y compañeros si no convence al influyente obispo de Luxemburgo para que se comprometa con el régimen nazi.

> 16.10.09 Violencia y Racismo >
“La naranja mecánica”
Dirección: Stanley Kubrick Año: 1971
Sinopsis: Gran Bretaña, el futuro. Alex es un joven hiperagresivo con dos pasiones: la ultraviolencia y Beethoven. Al frente de su banda, los drugos, los jóvenes descargan sus instintos más violentos pegando, violando y aterrorizando a la población.

> 23.10.09 Adicciones >
“Réquiem para un sueño”
Dirección: Darren Aronofsky Año: 2000
Sinopsis: Harry vive con su atormentada madre Sara y mientras él sueña con una vida mejor, ella está permanentemente a dieta para el día que pueda cumplir su mayor ilusión: aparecer en su concurso televisivo preferido. La ambición de Harry y su novia Marion es hacerse ricos vendiendo droga con su amigo Tyrone, y utilizar las ganancias para abrir un negocio propio, pero nunca llega el dinero suficiente para iniciar su plan. A pesar de todo, Harry y Marion no se resignan a vivir una existencia que consideran despreciable, por lo que harán lo impensable para conseguir la vida que anhelan.

Viernes 30 de Octubre Ciclo suspendido por Semana de Cine Nacional

> 06.11.09 Interculturalidad >

“Al otro lado”
Dirección: Fatih Akin Año: 2007
Sinopsis: A través de una serie de encuentros, relaciones e incluso muertes, las frágiles vidas de seis personas se cruzan durante sus viajes emocionales hacia el perdón y la reconciliación en Alemania y Turquía.

TODAS LA FUNCIONES COMIENZAN 20 hs
Al comienzo de cada película se proyectarán cortos de Gabriel González Carreño (director pampeano).

Dirigido al Público en General
Entrada Libre y Gratuita

Hall de Cine Amadeus, Coronel Gil 31
-Enviado para compartir por Lucía Cinquepalmi luciaguionbajo@gmail.com

*

Queridas amigas, apreciados amigos:

Este domingo 27 de septiembre de 2009 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor español Agustín Castilla-Ávila. Las poesías que leeremos
pertenecen a Marcelo Marcolín (Argentina) y la música de fondo será de Wayanay (Andes). ¡Les deseamos una feliz audición!

ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!! (Recomendamos usar
http://24timezones.com/ para conocer las diferencias horarias).

REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!

Freundliche Grüße / Cordial saludo!

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com

Schießstattstr. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067

*

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QUE ES MEJOR QUE NUNCA...

urbanopowell @ 00:38

MANCHAS Y ARRUGAS*

Las manos unidas

sin culpa ninguna.

Una luz fugáz

casi imperceptible

entre tanta bruma.

Charla,café,un poema,

una buena música.

Se encontraron tarde

que es mejor que nunca.

Hablan de sus vidas

y sin darse cuenta,

se estrechan las manos

que pintó don tiempo

con manchas y arrugas.

Caminan sonrientes

libres de premura.

El compra claveles

y se los ofrece

junto a su ternura.

Se encontraron tarde...
que es mejor que nunca.

*de Matilde Lopez Camelo caminandosignosfm@hotmail.com

QUE ES MEJOR QUE NUNCA...

El raro libro*

Me zambulleron en el azogue del negro espejo y aparecí en un planeta atroz, ininteligible, cuyo solo nombre, Tlón, aseguraba incoherencias.
Una “luneciada” que fluía desde algún río, entre riscos grises, bajaba envolviendo sabánas sin árboles ni pájaros.
Bordeaba ciudades en bruma, collados donde la cópula prohibía engendrar negando su verdadero sentido.
Debía encontrar en Tlón un libro cuya escritura revelaría la verdad.
Buscada ansiosamente desde el fondo de los tiempos por filósofos y necios, sabios y simples, habitantes por miles de años del mundo que existió del otro lado del espejo.
Vague anhelante y asustada entre una sucesión de signos y palabras. No me importo ya encontrar ni el libro ni la verdad. Tlón me resulto el fantástico sueño de un escritor “trasoñado”, seguro de remover la imaginación inteligente de cuanto lector lo saboreara.
Salte la onírica frontera del espejo y apoye firme mis pies en la única verdad que confirmo: estoy viva.

*de Elsa Hufschmid elsahuf@hotmail.com

LOS HOMBRES QUE MIRABAN*

*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar

Hacía rato que el hombre observaba el cielo, sentado en el borde del zanjón seco que la gramilla cubría con un opacado verdor, porque la lluvia era ausencia que perseguía seres y cosas desde por lo menos ocho meses. Es decir, que el campo el pueblo, y las calles y los árboles, pero también los zanjones hondos y los cañadones magros esperaban la lluvia como un sapo muerto de sed.
El hombre jugaba con una ramita, golpeándose con suavidad distraída su pierna derecha, lo hacía mecánicamente mientras pensaba en otra cosa.
¿En qué pensaba, o qué pensaría ese hombre que llevabas horas así? Para nosotros, que lo mirábamos desde la casa, era un insondable misterio y, todo razonamiento estaba sujeto a la conjetura más aventurera. Digamos que el hombre en ese atardecer, en ese rincón perdido del mundo estaba como suspendido en sus propios pensamientos que no sabíamos desde aquí si lo llevaban a alguna parte. Es más, nunca sabríamos si lo llevarían –los pensamientos, digo- a alguna parte y si así fuera nunca tendríamos forma humana de enterarnos. Mientras tanto, dejamos al hombre golpeándose el pie, la pierna y aún el muslo con la inofensiva ramita de sauce y observamos que el vuelo marcial de los siriríes hacia los cañadones también llama su atención. Una polvareda que viene del campo, exactamente del “Camino del Diablo”, avisa que un conductor creyéndose en Monza la emprende con esa chata cero kilómetro a los barquinazos y el apuro que no sabemos a qué se debe, ya que muy pocas cosas pasan en este pueblo que merezcan la urgencia.
Si bien el hombre está sentado con el “Camino del diablo” a sus espaldas no puede ser que no oiga el ruido del motor ya que desde su posición le impide ver el vehículo ni la tierra que levanta. Por apatía o comodidad –no sabemos y da lo mismo- el hombre no gira la cabeza, ni siquiera hace un gesto de atención o entendimiento cuando el conductor le toca bocina a modo de saludo. Entonces levanta –sin entusiasmo- la mano casi no dirigida hacia el ruido de la bocina que rebota en los trigales próximos y levanta una bandada de pechirrojos ágiles que saltan espantados, sino que esa mano es la mano indiferente de un dios menor que con la lentitud que es levantada más parece un gesto de bendición que de saludo. Es decir un presunto gesto de bendición hacia la nada, hacia el aire seco, percudido por la tierra que viene del camino y cae sobre él con la impiedad de las cosas inanimadas y se va asentando sobre ese grupo breve de sauces que él tiene treinta metros a su derecha.
Luego vuelve a su casi pétrea inmovilidad. Desde aquí, desde la casa que persiste casi oculta bajo ese grupo de fresnos frondosos, con ese ceibo cercano que estalla en florcitas rojísimas, no parece siquiera respirar; la casa semioculta por ese gran sombrero de paja que se volcó un poco sobre los ojos que seguramente lo protegió del polvillo levantado por el vehículo como lo protege del sol desnucador del verano.
No sabemos quién es, pero a juzgar por el bocinazo y su mano distraída devolviendo (tratando desganadamente de devolver) el saludo, debe ser del pueblo o alguien no ajeno a su entorno. Campos, o tan siquiera pueblos de la vecindad.
Tampoco sabemos qué hace, sentado allí desde hace horas con esa ramita golpeándose suavemente la pierna, y ese pie que suponemos calzado con una bota, aunque es sólo eso, una suposición, porque no se lo vemos desde aquí, pero no sería raro que el pantalón del “yin” se las cubriera.
Y verlo desde aquí, mientras tomamos mates con parsimonia, ahora mudados al gran patio de tierra que los fresnos cubren y protegen como un útero, no podemos relacionar a este hombre solitario con otro, en el más remoto rincón de la memoria fronteriza es decir en “la memoria más antigua” y mi mente viaja hacia aquella fuente de altos tomatales que supo tener la abuela Elisa en el camino a Cañada del Ucle y mientras yo seguía ese trasegar de baldes numerosos con el agua con que ella mimaba esa delicia que pasaría del verde al colorado muy pronto, yo le seguía pisando esos surcos que nunca perdían la humedad.
Al llegar a la punta del terreno una calle de tierra seguía al alambrado con púas donde posaban los gorriones, y esa misma calle se fundía en lo profundo de los campos. Pero apenas cruzar esa calle estaba la modesta casita de los Fusco, donde Domingo vivía con su madre más vieja que la mismísima injusticia según le oí un día ponderar al “gordo” Francisco Spina, llamado el “peluquero pobre” para siempre.
Don Domingo, también se quedada inmóvil sentado en una silla bajita y de vez en cuando hacía algún movimiento breve, tan sólo para mover la bombilla de su mate, volcándole con la paciencia más perfecta del planeta ese chorrito de agua caliente, llevarse esa bombilla a la boca que rodeaba una carota lampiña y regordeta.
Otro gesto –siempre mínimo- podría ser ese “Fontanares” negro y sin filtro que fumaba chupando con fruición, arrojando el humo que se perdía, entre las hojas ásperas de la acacia que dejaría su gran humanidad del soslayo del Enero asesino y ni se molestaba en contestar a ese grupos de hombres bullangueros que iban en grupos ruidosos en destartalados “rastrojeros·” camino a las cosechas. Muy de vez en cuando condescendía en un saludo lejano, indiferente cuando las pullas y los gritos eran demasiados. ¿Pensaría algo, don Domingo Fusco, a quien todos llamábamos “El gordo”? ¿Su cabeza estaría en blanco como el cielo abrasado de ese Enero inolvidable?
No se si ese hombre se llamaba Domingo Fusco o era un Dios que usaba ese nombre terrenal y sólo estaba allí mudo, impasible, hierático, para reírse muy secretamente de todos los que lo chanceaban creyéndose muy listos.

PROHIBIDO MORIR EN PRIMAVERA*

Nadie debería morir en primavera,
todo en la vida brota, se despierta.
El aire se viste de domingo y
recomienza.
La sangre corre a borbotones
por arterias.
Se ensancha el pecho,
los perfumes penetran sin licencia,
las glicinas bordan su alfombra lila
en las veredas,
hasta la gente pareciera mas buena.
Lo dicho,
nadie debería morir en primavera...
ni el invierno siquiera.

*de Matilde Lopez Camelo caminandosignosfm@hotmail.com

Final de juego*

*De Julio Cortázar

Con Leticia y Holanda íbamos a jugar a las vías del Central Argentino los días de calor, esperando que mamá y tía Ruth empezaran su siesta para escaparnos por la puerta blanca. Mamá y tía Ruth estaban siempre cansadas después de lavar la loza, sobre todo cuando Holanda y yo secábamos los platos porque entonces había discusiones, cucharitas por el suelo, frases que sólo nosotras entendíamos, y en general un ambiente en donde el olor a grasa, los maullidos de José y la oscuridad de la cocina acababan en una
violentísima pelea y el consiguiente desparramo. Holanda se especializaba en armar esta clase de líos, por ejemplo dejando caer un vaso ya lavado en el tacho del agua sucia, o recordando como al pasar que en la casa de las de Loza había dos sirvientas para todo servicio. Yo usaba otros sistemas,
prefería insinuarle a tía Ruth que se le iban a paspar las manos si seguía fregando cacerolas en vez de dedicarse a las copas o los platos, que era precisamente lo que le gustaba lavar a mamá, con lo cual las enfrentaba sordamente en una lucha de ventajeo por la cosa fácil. El recurso heroico, si los consejos y las largas recordaciones familiares empezaban a saturarnos, era volcar agua hirviendo en el lomo del gato. Es una gran mentira eso del gato escaldado, salvo que haya que tomar al pie de la letra la referencia al agua fría; porque de la caliente José no se alejaba nunca, y hasta parecía ofrecerse, pobre animalito, a que le volcáramos media taza de agua a cien grados o poco menos, bastante menos probablemente porque nunca se le caía el pelo. La cosa es que ardía Troya, y en la confusión coronada por el espléndido si bemol de tía Ruth y la carrera de mamá en busca del bastón de los castigos, Holanda y yo nos perdíamos en la galería cubierta, hacia las piezas vacías del fondo donde Leticia nos esperaba
leyendo a Ponson du Terrail, lectura inexplicable.
Por lo regular mamá nos perseguía un buen trecho, pero las ganas de rompernos la cabeza se le pasaban con gran rapidez y al final (habíamos trancado la puerta y le pedíamos perdón con emocionantes partes teatrales) se cansaba y se iba, repitiendo la misma frase:
-Acabarán en la calle, estas mal nacidas.
Donde acabábamos era en las vías del Central Argentino, cuando la casa quedaba en silencio y veíamos al gato tenderse bajo el limonero para hacer él también su siesta perfumada y zumbante de avispas. Abríamos despacio la puerta blanca, y al cerrarla otra vez era como un viento, una libertad que nos tomaba de las manos, de todo el cuerpo y nos lanzaba hacia adelante.
Entonces corríamos buscando impulso para trepar de un envión al breve talud del ferrocarril, encaramadas sobre el mundo contemplábamos silenciosas nuestro reino.
Nuestro reino era así: una gran curva de las vías acababa su comba justo frente a los fondos de nuestra casa. No había más que el balasto, los durmientes y la doble vía; pasto ralo y estúpido entre los pedazos de adoquín donde la mica, el cuarzo y el feldespato -que son los componentes del granito- brillaban como diamantes legítimos contra el sol de las dos de la tarde. Cuando nos agachábamos a tocar las vías (sin perder tiempo porque hubiera sido peligroso quedarse mucho ahí, no tanto por los trenes como por
los de casa si nos llegaban a ver) nos subía a la cara el fuego de las piedras, y al pararnos contra el viento del río era un calor mojado pegándose a las mejillas y las orejas. Nos gustaba flexionar las piernas y bajar, subir, bajar otra vez, entrando en una y otra zona de calor, estudiándonos las caras para apreciar la transpiración, con lo cual al rato éramos una sopa. Y siempre calladas, mirando al fondo de las vías, o el río al otro lado, el pedacito de río color café con leche.
Después de esta primera inspección del reino bajábamos el talud y nos metíamos en la mala sombra de los sauces pegados a la tapia de nuestra casa, donde se abría la puerta blanca. Ahí estaba la capital del reino, la ciudad silvestre y la central de nuestro juego. La primera en iniciar el juego era Leticia, la más feliz de las tres y la más privilegiada. Leticia no tenía que secar los platos ni hacer las camas, podía pasarse el día leyendo o pegando figuritas, y de noche la dejaban quedarse hasta más tarde si lo
pedía, aparte de la pieza solamente para ella, el caldo de hueso y toda clase de ventajas. Poco a poco se había ido aprovechando de los privilegios, y desde el verano anterior dirigía el juego, yo creo que en realidad dirigía el reino; por lo menos se adelantaba a decir las cosas y Holanda y yo aceptábamos sin protestar, casi contentas. Es probable que las largas conferencias de mamá sobre cómo debíamos portarnos con Leticia hubieran hecho su efecto, o simplemente que la queríamos bastante y no nos molestaba que fuese la jefa. Lástima que no tenía aspecto para jefa, era la más baja de las tres, y tan flaca. Holanda era flaca, y yo nunca pesé más de cincuenta kilos, pero Leticia era la más flaca de las tres, y para peor una de esas flacuras que se ven de fuera, en el pescuezo y las orejas. Tal vez
el endurecimiento de la espalda la hacía parecer más flaca, como casi no podía mover la cabeza a los lados daba la impresión de una tabla de planchar parada, de esas forradas de género blanco como había en la casa de las de Loza. Una tabla de planchar con la parte más ancha para arriba, parada contra la pared. Y nos dirigía.
La satisfacción más profunda era imaginarme que mamá o tía Ruth se enteraran un día del juego. Si llegaban a enterarse del juego se iba a armar una meresunda increíble. El si bemol y los desmayos, las inmensas protestas de devoción y sacrificio malamente recompensados, el amontonamiento de
invocaciones a los castigos más célebres, para rematar con el anuncio de nuestros destinos, que consistían en que las tres terminaríamos en la calle.
Esto último siempre nos había dejado perplejas, porque terminar en la calle nos parecía bastante normal.
Primero Leticia nos sorteaba. Usábamos piedritas escondidas en la mano, contar hasta veintiuno, cualquier sistema. Si usábamos el de contar hasta veintiuno, imaginábamos dos o tres chicas más y las incluíamos en la cuenta para evitar trampas. Si una de ellas salía veintiuna, la sacábamos del grupo
y sorteábamos de nuevo, hasta que nos tocaba a una de nosotras. Entonces Holanda y yo levantábamos la piedra y abríamos la caja de los ornamentos.
Suponiendo que Holanda hubiese ganado, Leticia y yo escogíamos los ornamentos. El juego marcaba dos formas: estatuas y actitudes. Las actitudes no requerían ornamentos pero sí mucha expresividad, para la envidia mostrar los dientes, crispar las manos y arreglárselas de modo de tener un aire amarillo. Para la caridad el ideal era un rostro angélico, con los ojos vueltos al cielo, mientras las manos ofrecían algo -un trapo, una pelota, una rama de sauce- a un pobre huerfanito invisible. La vergüenza y el miedo eran fáciles de hacer; el rencor y los celos exigían estudios más detenidos.
Los ornamentos se destinaban casi todos a las estatuas, donde reinaba una libertad absoluta. Para que una estatua resultara, había que pensar bien cada detalle de la indumentaria. El juego marcaba que la elegida no podía tomar parte en la selección; las dos restantes debatían el asunto y aplicaban luego los ornamentos. La elegida debía inventar su estatua aprovechando lo que le habían puesto, y el juego era así mucho más complicado y excitante porque a veces había alianzas contra, y la víctima se veía ataviada con ornamentos que no le iban para nada; de su viveza dependía entonces que inventara una buena estatua. Por lo general cuando el juego marcaba actitudes la elegida salía bien parada pero hubo veces en que las estatuas fueron fracasos horribles.
Lo que cuento empezó vaya a saber cuándo, pero las cosas cambiaron el día en que el primer papelito cayó del tren. Por supuesto que las actitudes y las estatuas no eran para nosotras mismas, porque nos hubiéramos cansado en seguida. El juego marcaba que la elegida debía colocarse al pie del talud,
saliendo de la sombra de los sauces, y esperar el tren de las dos y ocho que venía del Tigre. A esa altura de Palermo los trenes pasan bastante rápido, y no nos daba vergüenza hacer la estatua o la actitud. Casi no veíamos a la gente de las ventanillas, pero con el tiempo llegamos a tener práctica y sabíamos que algunos pasajeros esperaban vernos. Un señor de pelo blanco y anteojos de carey sacaba la cabeza por la ventanilla y saludaba a la estatua o la actitud con el pañuelo. Los chicos que volvían del colegio sentados en los estribos gritaban cosas al pasar, pero algunos se quedaban serios mirándonos. En realidad la estatua o la actitud no veía nada, por el esfuerzo de mantenerse inmóvil, pero las otras dos bajo los sauces analizaban con gran detalle el buen éxito o la indiferencia producidos. Fue un martes cuando cayó el papelito, al pasar el segundo coche. Cayó muy cerca de Holanda, que ese día era la maledicencia, y rebotó hasta mí. Era un papelito muy doblado y sujeto a una tuerca. Con letra de varón y bastante mala, decía: "Muy lindas las estatuas. Viajo en la tercera ventanilla del segundo coche. Ariel B." Nos pareció un poco seco, con todo ese trabajo de atarle la tuerca y tirarlo, pero nos encantó. Sorteamos para saber quién se lo quedaría, y me lo gané. Al otro día ninguna quería jugar para poder ver cómo era Ariel B., pero temimos que interpretara mal nuestra interrupción, de manera que sorteamos y ganó Leticia. Nos alegramos mucho con Holanda porque Leticia era muy buena como estatua, pobre criatura. La parálisis no se notaba estando quieta, y ella era capaz de gestos de una enorme nobleza.
Como actitudes elegía siempre la generosidad, la piedad, el sacrificio y el renunciamiento. Como estatuas buscaba el estilo de Venus de la sala que tía Ruth llamaba la Venus del Nilo. Por eso le elegimos ornamentos especiales para que Ariel se llevara una buena impresión. Le pusimos un pedazo de
terciopelo verde a manera de túnica, y una corona de sauce en el pelo. Como andábamos de manga corta, el efecto griego era grande. Leticia se ensayó un rato a la sombra, y decidimos que nosotras nos asomaríamos también y saludaríamos a Ariel con discreción pero muy amables.
Leticia estuvo magnífica, no se le movía ni un dedo cuando llegó el tren. Como no podía girar la cabeza la echaba para atrás, juntado los brazos al cuerpo casi como si le faltaran; aparte el verde de la túnica, era como mirar la Venus del Nilo. En la tercera ventanilla vimos a un muchacho de rulos rubios y ojos claros que nos hizo una gran sonrisa al descubrir que Holanda y yo lo saludábamos. El tren se lo llevó en un segundo, pero eran las cuatro y media y todavía discutíamos si vestía de oscuro, si llevaba corbata roja y si era odioso o simpático. El jueves yo hice la actitud del desaliento, y recibimos otro papelito que decía: "Las tres me gustan mucho.
Ariel." Ahora él sacaba la cabeza y un brazo por la ventanilla y nos saludaba riendo. Le calculamos dieciocho años (seguras que no tenía más de dieciséis) y convinimos en que volvía diariamente de algún colegio inglés.
Lo más seguro de todo era el colegio inglés, no aceptábamos un incorporado cualquiera. Se vería que Ariel era muy bien.
Pasó que Holanda tuvo la suerte increíble de ganar tres días seguidos.
Superándose, hizo las actitudes del desengaño y el latrocinio, y una estatua dificilísima de bailarina, sosteniéndose en un pie desde que el tren entró en la curva. Al otro día gané yo, y después de nuevo; cuando estaba haciendo la actitud del horror, recibí casi en la nariz un papelito de Ariel que al
principio no entendimos: "La más linda es la más haragana." Leticia fue la última en darse cuenta, la vimos que se ponía colorada y se iba a un lado, y Holanda y yo nos miramos con un poco de rabia. Lo primero que se nos ocurrió sentenciar fue que Ariel era un idiota, pero no podíamos decirle eso a
Leticia, pobre ángel, con su sensibilidad y la cruz que llevaba encima. Ella no dijo nada, pero pareció entender que el papelito era suyo y se lo guardó.
Ese día volvimos bastante calladas a casa, y por la noche no jugamos juntas.
En la mesa Leticia estuvo muy alegre, le brillaban los ojos, y mamá miró una o dos veces a tía Ruth como poniéndola de testigo de su propia alegría. En aquellos días estaban ensayando un nuevo tratamiento fortificante para Leticia, y por lo visto era una maravilla lo bien que le sentaba.
Antes de dormirnos, Holanda y yo hablamos del asunto. No nos molestaba el papelito de Ariel, desde un tren andando las cosas se ven como se ven, pero nos parecía que Leticia se estaba aprovechando demasiado de su ventaja sobre nosotras. Sabía que no le íbamos a decir nada, y que en una casa donde hay alguien con algún defecto físico y mucho orgullo, todos juegan a ignorarlo empezando por el enfermo, o más bien se hacen los que no saben que el otro sabe. Pero tampoco había que exagerar y la forma en que Leticia se había portado en la mesa, o su manera de guardarse el papelito, era demasiado. Esa noche yo volví a soñar mis pesadillas con trenes, anduve de madrugada por enormes playas ferroviarias cubiertas de vías llenas de empalmes, viendo a distancia las luces rojas de locomotoras que venían, calculando con angustia si el tren pasaría a mi izquierda, y a la vez amenazada por la posible
llegada de un rápido a mi espalda o -lo que era peor- que a último momento uno de los trenes tomara uno de los desvíos y se me viniera encima. Pero de mañana me olvidé porque Leticia amaneció muy dolorida y tuvimos que ayudarla a vestirse. Nos pareció que estaba un poco arrepentida de lo de ayer y
fuimos muy buenas con ella, diciéndole que esto le pasaba por andar demasiado, y que tal vez lo mejor sería que se quedara leyendo en su cuarto.
Ella no dijo nada pero vino a almorzar a la mesa, y a las preguntas de mamá contestó que ya estaba muy bien y que casi no le dolía la espalda. Se lo decía y nos miraba.
Esa tarde gané yo, pero en ese momento me vino un no sé qué y le dije a Leticia que le dejaba mi lugar, claro que sin darle a entender por qué. Ya que el otro la prefería, que la mirara hasta cansarse. Como el juego marcaba estatua, le elegimos cosas sencillas para no complicarle la vida, y ella inventó una especie de princesa china, con aire vergonzoso, mirando al suelo y juntando las manos como hacen las princesas chinas. Cuando pasó el tren, Holanda se puso de espaldas bajo los sauces pero yo miré y vi que Ariel no
tenía ojos más que para Leticia. La siguió mirando hasta que el tren se perdió en la curva, y Leticia estaba inmóvil y no sabía que él acababa de mirarla así. Pero cuando vino a descansar bajo los sauces vimos que sí sabía, y que le hubiera gustado seguir con los ornamentos toda la tarde, toda la noche.
El miércoles sorteamos entre Holanda y yo porque Leticia nos dijo que era justo que ella se saliera. Ganó Holanda con su suerte maldita, pero la carta de Ariel cayó de mi lado. Cuando la levanté tuve el impulso de dársela a Leticia que no decía nada, pero pensé que tampoco era cosa de complacerle todos los gustos, y la abrí despacio. Ariel anunciaba que al otro día iba a bajarse en la estación vecina y que vendría por el terraplén para charlar un rato. Todo estaba terriblemente escrito, pero la frase final era hermosa:
"Saludo a las tres estatuas muy atentamente." La firma parecía un garabato aunque se notaba la personalidad.
Mientras le quitábamos los ornamentos a Holanda, Leticia me miró una o dos veces. Yo les había leído el mensaje y nadie hizo comentarios, lo que resultaba molesto porque al fin y al cabo Ariel iba a venir y había que pensar en esa novedad y decidir algo. Si en casa se enteraban, o por desgracia a alguna de las de Loza le daba por espiarnos, con lo envidiosas que eran esas enanas, seguro que se iba a armar la meresunda. Además que era muy raro quedarnos calladas con una cosa así, sin mirarnos casi mientras
guardábamos los ornamentos y volvíamos por la puerta blanca.
Tía Ruth nos pidió a Holanda y a mí que bañáramos a José, se llevó a Leticia para hacerle el tratamiento, y por fin pudimos desahogarnos tranquilas. Nos parecía maravilloso que viniera Ariel, nunca habíamos tenido un amigo así, a nuestro primo Tito no lo contábamos, un tilingo que juntaba figuritas y creía en la primera comunión. Estábamos nerviosísimas con la expectativa y José pagó el pato, pobre ángel. Holanda fue más valiente y sacó el tema de Leticia. Yo no sabía que pensar, de un lado me parecía
horrible que Ariel se enterara, pero también era justo que las cosas se aclararan porque nadie tiene por qué perjudicarse a causa de otro. Lo que yo hubiera querido es que Leticia no sufriera, bastante cruz tenía encima y ahora con el nuevo tratamiento y tantas cosas.
A la noche mamá se extrañó de vernos tan calladas y dijo qué milagro, si nos habían comido la lengua los ratones, después miró a tía Ruth y las dos pensaron seguro que habíamos hecho alguna gorda y que nos remordía la conciencia. Leticia comió muy poco y dijo que estaba dolorida, que la dejaran ir a su cuarto a leer Rocambole. Holanda le dio el brazo aunque ella no quería mucho, y yo me puse a tejer, que es una cosa que me viene cuando estoy nerviosa. Dos veces pensé ir al cuarto de Leticia, no me explicaba qué
hacían esas dos ahí solas, pero Holanda volvió con aire de gran importancia y se quedó a mi lado sin hablar hasta que mamá y tía Ruth levantaron la mesa. "Ella no va a ir mañana. Escribió una carta y dijo que si él pregunta mucho, se la demos." Entornando el bolsillo de la blusa me hizo ver un sobre
violeta. Después nos llamaron para secar los platos, y esa noche nos dormimos casi en seguida por todas las emociones y el cansancio de bañar a José.
Al otro día me tocó a mi salir de compras al mercado y en toda la mañana no vi a Leticia que seguía en su cuarto. Antes que llamaran a la mesa entré un momento y la encontré al lado de la ventana, con muchas almohadas y el tomo noveno de Rocambole. Se veía que estaba mal, pero se puso a reír y me contó de una abeja que no encontraba la salida y de un sueño cómico que había tenido. Yo le dije que era una lástima que no fuera a venir a los sauces, pero me parecía tan difícil decírselo bien. "Si querés podemos
explicarle a Ariel que estabas descompuesta", le propuse, pero ella decía que no y se quedaba callada. Yo insistí un poco en que viniera, y al final me animé y le dije que no tuviese miedo, poniéndole como ejemplo que el verdadero cariño no conoce barreras y otras ideas preciosas que habíamos aprendido en El Tesoro de la Juventud, pero era cada vez más difícil decirle nada porque ella miraba la ventana y parecía como si fuera a ponerse a llorar. Al final me fui diciendo que mamá me precisaba. El almuerzo duró días, y Holanda se ganó un sopapo de tía Ruth por salpicar el mantel con tuco. Ni me acuerdo de cómo secamos los platos, de repente estábamos en los sauces y las dos nos abrazábamos llenas de felicidad y nada celosas una de otra. Holanda me explicó todo lo que teníamos que decir sobre nuestros
estudios para que Ariel se llevara una buena impresión, porque los del secundario desprecian a las chicas que no han hecho más que la primaria y solamente estudian corte y repujado al aceite. Cuando pasó el tren de las dos y ocho Ariel sacó los brazos con entusiasmo, y con nuestros pañuelos estampados le hicimos señas de bienvenida. Unos veinte minutos después lo vimos llegar por el terraplén, y era más alto de lo que pensábamos y todo de gris.
Bien no me acuerdo de lo que hablamos al principio, él era bastante tímido a pesar de haber venido y los papelitos, y decía cosas muy pensadas.
Casi en seguida nos elogió mucho las estatuas y las actitudes y preguntó cómo nos llamábamos y por qué faltaba la tercera. Holanda explicó que Leticia no había podido venir, y él dijo que era una lástima y que Leticia le parecía un nombre precioso. Después nos contó cosas del Industrial, que por desgracia no era un colegio inglés, y quiso saber si le mostraríamos los ornamentos. Holanda levantó la piedra y le hicimos ver las cosas. A él parecía interesarle mucho, y varias veces tomó alguno de los ornamentos y dijo: "Este lo llevaba Leticia un día", o: "Este fue para la estatua oriental", con lo que quería decir la princesa china. Nos sentamos a la sombra de un sauce y él estaba contento pero distraído, se veía que sólo se
quedaba de bien educado. Holanda me miró dos o tres veces cuando la conversación decaía, y eso nos hizo mucho mal a las dos, nos dio deseos de irnos o que Ariel no hubiese venido nunca. Él preguntó otra vez si Leticia estaba enferma, y Holanda me miró y yo creí que iba a decirle, pero en cambio contestó que Leticia no había podido venir. Con una ramita Ariel dibujaba cuerpos geométricos en la tierra, y de cuando en cuando miraba la puerta blanca y nosotras sabíamos lo que estaba pasando, por eso Holanda
hizo bien en sacar el sobre violeta y alcanzárselo, y él se quedó sorprendido con el sobre en la mano, después se puso muy colorado mientras le explicábamos que eso se lo mandaba Leticia, y se guardó la carta en el bolsillo de adentro del saco sin querer leerla delante de nosotras. Casi en seguida dijo que había tenido un gran placer y que estaba encantado de haber venido, pero su mano era blanda y antipática de modo que fue mejor que la visita se acabara, aunque más tarde no hicimos más que pensar en sus ojos grises y en esa manera triste que tenía de sonreír. También nos acordamos de cómo se había despedido diciendo: "Hasta siempre", una forma que nunca habíamos oído en casa y que nos pareció tan divina y poética. Todo se lo contamos a Leticia que nos estaba esperando debajo del limonero del patio, y yo hubiese querido preguntarle qué decía su carta pero me dio no sé qué porque ella había cerrado el sobre antes de confiárselo a Holanda, así que no le dije nada y solamente le contamos cómo era Ariel y cuantas veces había preguntado por ella. Esto no era nada fácil de decírselo porque era una cosa
linda y mala a la vez, nos dábamos cuenta que Leticia se sentía muy feliz y al mismo tiempo estaba casi llorando, hasta que nos fuimos diciendo que tía Ruth nos precisaba y la dejamos mirando las avispas del limonero.
Cuando íbamos a dormirnos esa noche, Holanda me dijo: "Vas a ver que desde mañana se acaba el juego." Pero se equivocaba aunque no por mucho, y al otro día Leticia nos hizo la seña convenida en el momento del postre. Nos fuimos a lavar la loza bastante asombradas y con un poco de rabia, porque eso era una desvergüenza de Leticia y no estaba bien. Ella nos esperaba en la puerta y casi nos morimos de miedo cuando al llegar a los sauces vimos que sacaba del bolsillo el collar de perlas de mamá y todos los anillos,
hasta el grande con rubí de tía Ruth. Si las de Loza espiaban y nos veían con las alhajas, seguro que mamá iba a saberlo en seguida y que nos mataría, enanas asquerosas. Pero Leticia no estaba asustada y dijo que si algo sucedía ella era la única responsable. "Quisiera que me dejaran hoy a mí", agregó sin mirarnos. Nosotras sacamos en seguida los ornamentos, de golpe queríamos ser tan buenas con Leticia, darle todos los gustos y eso que en el fondo nos quedaba un poco de encono. Como el juego marcaba estatua, le elegimos cosas preciosas que iban bien con las alhajas, muchas plumas de pavorreal para sujetar el pelo, una piel que de lejos parecía un zorro plateado, y un velo rosa que ella se puso como un turbante. La vimos que pensaba, ensayando la estatua pero sin moverse, y cuando el tren apareció en
la curva fue a ponerse al pie del talud con todas las alhajas que brillaban al sol. Levantó los brazos como si en vez de una estatua fuera a hacer una actitud, y con las manos señaló el cielo mientras echaba la cabeza hacia atrás (que era lo único que podía hacer, pobre) y doblaba el cuerpo hasta darnos miedo. Nos pareció maravillosa, la estatua más regia que había hecho nunca, y entonces vimos a Ariel que la miraba, salido de la ventanilla la miraba solamente a ella, girando la cabeza y mirándola sin vernos a nosotras hasta que el tren se lo llevó de golpe. No sé por qué las dos corrimos al mismo tiempo a sostener a Leticia que estaba con lo ojos cerrados y grandes lagrimones por toda la cara. Nos rechazó sin enojo, pero la ayudamos a esconder las alhajas en el bolsillo, y se fue sola a casa mientras
guardábamos por última vez los ornamentos en su caja. Casi sabíamos lo que iba a suceder, pero lo mismo al otro día fuimos las dos a los sauces, después que tía Ruth nos exigió silencio absoluto para no molestar a Leticia que estaba dolorida y quería dormir. Cuando llegó el tren vimos sin ninguna sorpresa la tercera ventanilla vacía, y mientras nos sonreíamos entre aliviadas y furiosas, imaginamos a Ariel viajando del otro lado del coche, quieto en su asiento, mirando hacia el río con sus ojos grises.

*De Final del juego. Julio Cortázar;
Ceremonias, Barcelona, Seix Barral, 1994

La solución*

Tenía una abundante cabellera de un tono castaño claro y unas ondulaciones naturales que eran la envidia de todos sus amigos. El cabello era una de sus debilidades.

La otra era que le gustaba la sopa, pero no podía comerla porque siempre que lo hacía se encontraba pelos flotando dentro. Era paradójico que teniendo una de las fabricas de sopas más grandes del país y que le gustara tanto, no pudriera disfrutarla porque el asco que le daban los pelos dentro del plato le hacía enfermar.

Buscó la solución visitando todo tipo de médicos pero cada vez que intentaba un menú con sopa tenía que dejarlo y abandonar el restaurante entre arcadas y toses. No encontraba la solución a su problema y eso le tenía preocupado y de mal humor.

En una de sus chequeos rutinarios le detectaron un cáncer e inmediatamente se puso en tratamiento. La enfermedad acabó con su problema. Después de la quimioterapia pudo volver a comer sopa sin sobresaltos.

*de Joan Mateu. joan@cimat.es

Códigos y símbolos*

*Por Rodrigo Fresán
Desde Barcelona

UNO La semana pasada viajé por primera vez a la nueva terminal del aeropuerto de Barcelona. Digo "viajé" y no "pasé por" porque, de un tiempo a esta parte -check-in lento, puntual impuntualidad de los vuelos- el aeropuerto ha dejado de ser una zona de tránsito para convertirse en un destino en sí mismo. Cuando uno vive en Europa y vuela por Europa -donde el arrival está tan cerca en la geografía y tan distante en el tiempo- las demoras no demoran en hacerte comprender que vas a pasar mucho más tiempo en el aeropuerto que en el aire.

DOS En cualquier caso, la nueva terminal es muy linda y muy cómoda y consigue reconciliarte por un rato más o menos largo con la especie.
Catedralicia a la vez que cálida, bañada en una luz verde agua, excelente circulación, negocios con buen gusto, restaurantes que sirven comida de verdad y, por fin, algo que se parece más a una ordenada librería que a un caótico puesto de diarios y revistas con algunos best-sellers arrojados encima. Yo estaba muy contento con lo que llevaba en mi bolso (A Gate at the Stairs, de Lorrie Moore), pero eso no impidió que mi buen humor (mi vuelo a J tenía, apenas, media hora de demora) no se dejara tentar por The Believers, de Zoë Heller. Y fue de camino hacia la caja cuando lo vi. Pilas y pilas de las ediciones UK y USA de The Lost Symbol, de Dan Brown. ¿Qué fue lo que hizo que tomara entre mis manos un ejemplar del instantáneo súper-ventas galáctico y lo abriera? Misterio o no tanto. La hipnótica
tentación, supongo, de ser parte de una corriente de miles de viajeros que, en ese momento exacto, hacían lo mismo en diferentes aeropuertos del planeta preguntándose por qué lo hacían, o por qué Dan Brown había demorado tanto en hacer que volvieran a hacerlo, o si no hubiera sido mucho mejor seguir
esperando, como si la vida fuese un aeropuerto.

TRES Todo lector es un viajero y, por supuesto, hay viajes más agradables que otros. El concepto "libro de aeropuerto" se ha inventado -se presume- para todos aquellos que desean una lectura ligera, aerodinámica, sin turbulencias y del tipo se usa y se tira y ya está. Dan Brown es eso, pero no nada más que eso. Dan Brown es, también, un enigma terrenal. Dan Brown empieza y termina en sí mismo. Dan Brown es una aberración de la naturaleza y una falla en el sistema. Porque lo de Dan Brown no es la novela de aeropuerto sino la novela de catástrofe aérea. Y ya se sabe: a mucha gente no hay nada que le guste más que acercarse a ver accidentes. Lo supe cuando me paseé, incrédulo, por las páginas de El código Da Vinci y volvía a comprenderlo ahora, leyendo de parado los primeros tres o cuatro capítulos
de The Lost Symbol, con sus páginas rebosantes de diagramitas parecidos a sudokus y signos de antiguas logias y muchas pero muchas itálicas. Y -no demoré en comprenderlo- el verdadero y más apasionante secreto de este "objeto" no pasaba tanto por su trama sino por lo que había tramado Dan Brown: otra vez el iconólogo Robert Langdon corriendo por las calles y los pasillos de un argumento que calcaba sin problemas elementos ya presentados en Angeles y demonios y El código Da Vinci. Y, otra vez, el refrito de inverosímiles teorías ya enunciadas hasta el cansancio: porque, al igual que lo sucedido con la verdadera historia de María Magdalena y todo eso, lo que aquí se "devela" (a lo largo de unas pocas horas, como en Angeles y demonios) es algo que cualquier aficionado al History Channel o a las absurdas pero divertidas películas de la serie National Treasure (inspiradas por un tan fácil de superar Dan Brown) ya conoce casi de memoria: el trazado masónico de Washington D. C. y los jueguitos urbanísticos de los padres de la patria y... Por supuesto, en las primeras páginas de The Lost Symbol un antiguo mentor de Langdon es asesinado en extrañas y simbólicas circunstancias y... por suerte anunciaron que mi avión perdido había sido hallado y estaba listo para salir de allí.

CUATRO Por estos días, en España, José Luis Rodríguez Zapatero es el símbolo perdido. El País abrió el fuego con una primera plana y un editorial reportando descontentos varios: que lo único que hace ZP es improvisar sin consulta previa, que en el mismo PSOE eran muchos los que ya no lo aguantan, que no sabían cómo activar o desactivar sus constantes anuncios de medidas imposibles de medir. El círculo más cerrado del jefe de gobierno de inmediato sonrió algo del tipo "no es más que una venganza del grupo Prisa porque no les gustó nada cómo se ha resuelto, por real decreto ley, la regulación de la televisión digital terrestre de pago a favor de un operador con el que Prisa mantiene un largo litigio por los derechos de emisión del fútbol, etc.". Quién sabe... ¿Fatiga de materiales o de materialismos?
¿Desilusión o despecho? ¿Otro fin de otro idilio entre un grupo poderoso y un individuo en el poder? Nada nuevo. Política, le dicen. Pero está claro que la cosa no es tan sencilla. Y que, de seguir por estos rumbos, Zapatero va a correr más que Robert Langdon para esquivar los dardos envenenados y los mensajes cifrados y las señas cabalísticas y lo que venga. The Moncloa Paradox. Los diarios del pasado domingo se hacían eco de El País e informaban del cierre de filas socialista, de las sonrisas tensas, del
malestar de puertas para adentro y de los comentarios de comité restándoles importancia a los analistas que señalan a España -con acelerada alza de ese bajón que es el paro y pésimas notas a su sistema educativo- como a la nación extraviada a la que le costará bastante salir del lugar en que se metió y de donde ya van saliendo todos los que allí cayeron. Mientras tanto, Zapatero -beneficiado por la paranoide e infantil oposición que le hacen Rajoy y el PP- insiste en que lo peor ya ha pasado, para -enseguida- advertir que vienen tiempos duros y prevenir, enarcando ceja, contra los embates de "los poderosos". Decodifíquese y léase: empresarios y bancos. Política, otra vez. Y, sí, Zapatero habla como un personaje de Dan Brown. De verdad: lo siento mucho por él. Y por nosotros.

CINCO En el televisor de mi hotel en J, daban otro programa homenaje a Michael Jackson. Ahí fue cuando vi por primera vez la versión completa del video de "Black or White". A saber: Macaulay Culkin, las danzas étnicas, el morphing racial y yo pensaba que terminaba con esa pantera negra
convirtiéndose en el Michael blancuzco. Y de pronto la cosa seguía y el cantante bailarín salía a un callejón oscuro y se ponía a saltar y jadear y agarrarse la entrepierna y lanzar gritos mientras destrozaba un auto, un negocio y un letrero de hotel. La verdad que daba miedo. Y no me extrañó que
MTV y alrededores decidieran emitir el clip sin esa coda destroyer en la que Michael Jackson aparece más Wacko Jacko que nunca. Viéndolo, me dije que ahí había un buen tema para la próxima novela de Dan Brown: The Michael Syndrome. Y pensé, seguro, en que Zapatero -quien alguna vez salió en triunfal campaña montando aquello del talante- ahora se sentía exactamente así cuando nadie lo ve y lo oye, después de haber cantado y sonreído a diestra y siniestra a todo un país en trance. Un país donde cada vez hay más colas de zombis que no bailan porque no les enseñaron a bailar.

*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-132178-2009-09-22.html

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16/09/2009 GMT 1

DIBUJAME UN SOL GASTADO CON LAS HEBRAS DEL OLVIDO...

urbanopowell @ 17:25

Mi gente negra*

Hay tierra que nos dice que descalzos,
escuchamos mejor.
Hay recuerdos de algo que no vivimos...
Hay algo en la sangre,
algo que nos dice que muy lejos,
tenemos hermanos...
Hay una tribu que canta.
Los parches y cueros nos estan llamando...

*de Manuel Emiliano González zozedurden@yahoo.com.ar

DIBUJAME UN SOL GASTADO CON LAS HEBRAS DEL OLVIDO...

EN LA TIERRA DE LOS VIENTOS*

Esta es la tierra de los vientos. Nunca paran. Serpientes son, los condenados. Una ira. Las piedrecitas se te meten en los ojos, (esto en los días en que soplan suave, porque cuando son La Ira no podés salir.
Yo, qué quieren que les diga, no creo nada, nada de lo que dice la vieja sobre los vientos. La vieja es mi abuela, demasiado mala para estar viva y demasiado mala para morirse porque el diablo le teme. Por eso no se sabe desde cuando vive y ella se ocupa de confundirlo a uno cada vez más. Lo que sí tengo que admitir es que es la única que da una explicación para eso de los vientos, porque los otros del pueblo dicen que son cosas de Dios. Por eso, aunque no creo una palabra de su historia, la cuento. Ella dice que fue la primera puta de estas tierras, que llegó por accidente junto con un europeo aventurero en la época de los indios y que cuando se vieron cercados ella ayudó a despellejarlo vivo en señal de simpatía a los infieles. Eso le salvó la vida, y su habilidad para el amor. Dice que entonces no exitían estos vientos, que había una confusión de árboles, de plantas raras, de peligrosa maleza, lianas y enredaderas y hasta flores y frutos como la sangre, algunos buenos para comer y otros puro veneno; que la víbora era señora y el puma rey, que la araña, el alacrán y otros bichos sin nombre se te metían entre los dedos de los pies en las noches sin sueño. Pero asegura que la vida y la muerte eran como tenían que ser: "unas bestias incansables, qué joder, y para nada aburridas". Dice que eso se terminó por culpa de ella, que los vientos son culpa de ella, que no sale nunca de la casa porque sabe que los vientos la reclaman, pero que un día de éstos les dará la cara "para que esto de vivir tan aburrida se termine con una muerte como la gente". Cosas de la vieja. Creo que los ojos se le blanquearon tanto por no salir y no por las cataratas como dice el doctor. Ella es toda blanca. Menos el alma. "Los vientos son La Ira", dice, "son La Ira que me reclama".
Cuenta que en la época de los fortines, cuando los europeos vinieron a echar a los indios de estas tierras, comenzó el desastre: "los indios no aflojaban. Parecían la misma muerte, pero seguían, seguían...". "Yo hice de intermediaria porque sabía la lengua de los infieles y las de los europeos, y me mejor que eso, conocía el lenguaje de sus cuerpos"."Cuando me olí el fin de la cosa me pareció oportuno empujarlo". "Me acuerdo que se me ocurrió una noche de calor, mientras las transpiraciones de mi cuerpo y el del indio que me acompañaba se hicieron un río al que chupaba la tierra sedienta". "No sé cómo no me di cuenta del mensaje de las arañas y los alacranes...". "Al rato que pensé aquello, ya casi amaneciendo, fue como que enloquecieron". "Hasta entonces compartíamos el terreno sin problemas, acostumbrados a vernos". "Pero esta vez me los vi venir como un malón, todos al mismo tiempo, de golpe, y les adiviné las intenciones". "Les dejé de comida al indio dormido y corrí para el fortín"."No me costó trabajo decirles a los europeos cuántos infieles había, por dónde tenían que atacarlos, cómo...". "No fue difícil para ellos dar vuelta todo". "El calor nunca paró desde entonces, es como si ese tiempo no quisiera dividirse, la historia cambió las cosas, pero el calor se quedó, y después vinieron a acompañarlo los vientos...". "Pero entre el calor y los vientos la historia trajo las Compañías de Tierras y Colonias, me trajo un marido Administrador de Tierras y me hizo La Señora". "La tierra quedó rasa a pura tala y arado y ahí empezaron los vientos". "A lo mejor fue, como dicen algunos, porque no quedaban árboles para atajarlos... pero son La Ira".

La vieja se pasa el día contando la historia como entre dientes y cuando la termina, empieza de nuevo. Uno se pudre. De ella y de los vientos. Desde que se murió el viejo, desde que se quedó ciega y se encerró para siempre, la tiene con lo mismo. Yo no creo nada. Pero me canso.

Hace mucho calor, como siempre. Los vientos no paran. En el patio la tengo a la vieja, el último familiar que me quedaba... La tengo a la vieja,digo, estaqueada. Los vientos la suben y la bajan. Pero hay algo extraño, muy extraño... aunque yo estoy acostumbrado a esas cosas en esta tierra de locos ... y es que las arañas y los alacranes, que casi no quedaban, son como miles, prendidos en su cuerpo... ¿cómo es que los vientos no se los llevan volando?

*de Verónica M. Capellino. veroaleph@hotmail.com
-En "Cuentos del Litoral"- S.A.D.E –Sta. Fe- y Lux; 1988 y Revista "Puro Cuento" Nº 26. Enero-Feb. 1991

ÉRAMOS EL TRIGO JOVEN*

aunque el daño es grave, bien pudiera ser
que podamos salvar todo el trigo joven…
Víctor Heredia (1)

Casi treinta años han pasado desde el más violento accionar represivo en nuestro país, y digo esto de este modo, porque el aparato instalado en ese contexto, hoy no requiere del despliegue estratégico de aquel entonces. Las consignas represivas se han instaurado y han atravesado el imaginario social con tan certero efecto que, hoy en día, el apoyo de la gente al desquicio de un ministro tan duro como tierno, según reza un graffiti de nuestra ciudad, cobra un registro más temerario que el del propio accionar gubernamental.
En el discurso de la población se escucha: orden, mano dura, más control, prohibición, restricción, penalización, castigo, seguridad, seguridad, seguridad.
¿Qué es lo que tiene que estar ordenado?
¿Mano dura contra quién?
¿Qué es lo que hay que asegurar?
La metodología de detención, tortura y desaparición de personas ejecutada en la década del ’70 concluyó en la devastación y desarticulación de toda una generación y sus retoños.
El ahogo de la simiente transformó a nuestra sociedad en un páramo desolado y, al menos en apariencia, estéril.
Fuimos enfermando de miedo, de desconfianza, de sospecha, de impotencia.
Todas las instituciones fueron convocadas a responder a un mandato de orden y asepsia ideológica en función de responder adaptativamente a la normalización social, anegando y aplastando los renuevos, intentos de repensar la libertad, de la necesaria petición de principio que espera por nuestro despertar.
Éramos el trigo joven. Y crecimos de tamaño. Y continuamos cometiendo los mismos errores agravados por el conocimiento de las condiciones que se nos imponen y seguimos aceptando.
La diferencia entre ignorancia y negligencia es que la primera, sencillamente, desconoce. La segunda, aún sabiendo, niega ese saber y opera como si no supiera.
Fuimos y somos negligentes.
Al igual que en los ciclos naturales, de los cuales estamos excesivamente desconectados gracias a la culturización en ascenso, muchas semillas despertaron a pesar del avance de la maleza y la falta de riego.
Y no es que se trate de un hecho milagroso, místico o divino. Se trata, simplemente, de que si no nos habitara, en nuestra humanidad tan bastardeada, el deseo de libertad y esa rara mezcla de vivir para la muerte y desafiarla, a la vez, con todo nuestro ímpetu, no habría ya vida.
Teníamos una enorme responsabilidad. Fuimos los que no desaparecieron y, aún así, venimos sobreviviendo como desaparecidos.
Nuestros niños adolescentes grandes irresponsables en busca de alcohol, éxtasis, desapercepción, descuelgue, desvida, descompromiso, esos que nuestros ministros tanto se empeñan en controlar, son nuestros hijos, los hijos que parimos los desaparecidos.
Escuchaba el otro día: ‘¿qué vamos a seguir peleando, si ya nos ganaron?’.
El mayor éxito del dispositivo es nuestra convicción de derrota.
Eso permite que aceptemos vivir sin agua, que nuestro esfuerzo laboral de los inviernos se lo lleve Camuzzi, que Otros se adueñen del fluido eléctrico que todos necesitamos, o hemos transformado en necesidad.
Ahora nos toca asegurarnos de que los cacos de ocasión no se metan con el televisor, la video y el microondas que supimos conseguir gracias al plan de estabilidad peronista. La vida vale menos que un radiograbador.
Mano dura.
Intentan restringirnos los días con todas sus noches tan temidas por aquellos que temen perder el control. Pero ya nadie encuentra consuelo en su televisor encendido a la medianoche, excepto como material de comentario para el siguiente día en la oficina.
Ya se recluye como se excluye, da igual. Todo está fuera de la elipse de vivir.
La imposición de gobiernos de facto está lograda. Se ha logrado que admitamos una estructura ‘democrática’ sin representatividad y se sigue escuchando hablar de democracia. ¿Negligencia? Eso creo.
Nos amontonan en casas de obrador a hacinarnos sin límite. Nos dejan sin agua y sin luz a SU antojo.
¿Somos trigo fortalecido? (2)
¿O somos trigo que no se transforma en pan, que crece a la marchanta para rellenar el vacío del vacío?
‘Y ruego a Usted tome partido para encontrar una solución, que bien podría ser la unión de los que aún estamos vivos, para torcer nuestro destino. Saluda a Usted un servidor’ (3)

(1) canción: Informe de la situación
(2) véase concepto de resiliencia tan utilizado por la psicología actual
(3) canción ídem anterior

-El ministro de gobierno era de apellido Tierno y el graffiti anónimo rezaba:
‘Aunque parezca duro, el sorete es tierno’

*de Lucía Cinquepalmi luciaguionbajo@gmail.com
-Publicado en Periódico Lumbre, de La Pampa

AMIGAS*

Crónicas del Hombre alto (n° 54)

Por alguna curiosa razón cuya escurridiza esencia jamás termino de apresar, las mujeres suelen desnudar su alma frente a mí sin que se advierta en ellas el menor atisbo de pudor o incomodidad al hacerlo. Solteras, casadas, viudas, divorciadas, veinteañeras, sesentonas o señoras de las cuatro décadas, da igual. Poco influyen la edad o el estado civil en este ejercicio descarnado de sinceridad del que me hacen partícipe. Problemas de pareja, amores contrariados, insatisfacciones personales, anhelos inconfesables, todo me es referido con una naturalidad pasmosa, dejándome transformado en depositario de intimidades que el imaginario masculino (¿o el imaginario machista?) supone reservadas al ámbito de las conversaciones femeninas.
¿Por qué lo hacen? Sinceramente, no lo sé. Dudo que estén buscando una opinión masculina para cotejar puntos de vista. Dudo también que esperen recibir consejos. Me parece que si me eligen como receptor de sus desahogos es porque, de algún modo, intuyen que mi atención al escucharlas no es fingida, que no habré de violar el secreto de confesión, que no voy a usar esas confidencias en su contra, que no voy a escandalizarme o a juzgarlas por lo que me cuentan. Todo eso, claro, les brinda la contención necesaria para soltarse; nadie baja la guardia ante quien le inspira recelo. ¿Cómo no sentirme agradecido, entonces, frente a semejantes muestras de confianza?
Sin embargo, el acostumbramento que he desarrollado hacia el hecho de verme envuelto en episodios de esta naturaleza no ha logrado atenuar cierta inquietud que la reiteración de los mismos me provoca. Porque convengamos que la mía es una situación bastante atípica. La experiencia propia y la observación de comportamientos ajenos me indican con claridad que a la mayoría de los hombres -al menos, a los heterosexuales- estas cosas no les suceden (es más, a veces tengo la impresión algo paranoica de ser el único al que le pasan). Pero lo extraño de mi caso no se agota en ser el coprotagonista reiterado de estas sesiones personalizadas de terapia. Muy por el contrario, hay otra instancia aún más insólita pero igualmente recurrente: mi participación como espectador exclusivo en charlas "de mujeres". Porque no es tan infrecuente que me toque ser el único varón en reuniones de dos, tres, cuatro y hasta cinco mujeres que, lejos de amilanarse o sentirse cohibidas por mi presencia, se despachan a gusto, como si yo no estuviera allí, o como si fuera una más de ellas. La vivencia, por cierto, resulta adrenalínica. Porque las reuniones "de mujeres solas", indudablemente, no son como las "de hombres solos". Los hombres, se sabe, no somos muy de andar compartiendo intimidades entre nosotros. Se habla de fútbol, de política, de temas de actualidad, del trabajo o de alguna afición que nos es común. También de mujeres, claro, pero siempre al amparo de un humor socarrón de cuño machista que poco ayuda a ahondar en el tema. Además, si uno es un caballero, esta muy mal visto andar develando la identidad de tal o cual señorita o señora con la que uno haya andado haciendo ciertas cosas. Con las mujeres, en cambio, sucede lo opuesto. No sólo tiran sobre la mesa los nombres concretos de los caballeros aludidos, sus peculiaridades anatómicas y un exhaustivo perfil psicosocial de los individuos en cuestión, sino que proceden a viviseccionarlos con una crudeza que asusta. En realidad, lo que asusta no es la saña en sí, sino la naturalidad con la que ésta es ejercida, como si no tuviera nada de objetable que un grupo de amigas cometa un homicidio mientras comparte una ronda de mate o prepara unas ensaladas.
Disculpen la analogía, pero vivir una situación así es como si le permitieran a un pato (vivo) asistir a una cena de cazadores. En el fondo, todo hombre teme a la mirada enjuiciadora de la mujer, por lo menos en lo que respecta a ciertas cuestiones atinentes a la masculinidad ortodoxa, empezando por lo sexual, siguiendo por lo sexual y terminando por lo sexual (recién después, en un cómodo cuarto lugar, entran a tallar los otros aspectos que teóricamente deberían distinguirnos). Pues bien, muchachos, me veo en el penoso deber de informarles que la peor de las pesadillas masculinas no sólo es real, sino que es mucho más terrorífica de lo que imaginamos y está allí nomás, a la vuelta de la esquina. Y ojo que no hablo de una asamblea de feministas recalcitrantes, de esas a las que la sola mención de la palabra "hombre" les provoca alergia. No; hablo de mujeres que pueden ser nuestras novias, nuestras esposas o nuestras amantes. Una reunión de mujeres solas en las que se habla de hombres es un genocidio de egos viriles. Asistir a esas masacres me ha llevado a conjeturar a veces que si los hombres realmente llegaran a saber la opinión que las mujeres tienen de ellos (no en abstracto, sino bien en concreto), se produciría un notable repliegue mundial de la masculinidad tradicional. No sería descabellado, incluso, pensar en una súbita epidemia de homosexualidad ginecofóbica a escala planetaria.
Pese al azoramiento que me provocan estos involuntarios viajes por un territorio tan subyugante como el de la femineidad, creo que en cierta forma soy un privilegiado. A los ojos de los varones, el universo femenino se presenta como una zona nebulosa y compleja, plagada de delicados recovecos que lo transforman en un terreno resbaladizo, poco apto para hacer pie firme en él. Pues bien, esta inusual visa que las mujeres me otorgan para que lo visite me ha permitido ir bosquejando a lo largo de los años un mapa bastante detallado del mismo, útil para circular en él con cierta orientación. Adviértase que digo "con cierta orientación" porque aquí no hay garantías que valgan. Lejos estoy de parecerme al personaje de Mel Gibson en "Lo que ellas quieren". Aun con mapa y todo, nada lo libra a uno de pegarse unas buenas patinadas por la banquina y terminar estampado contra una columna.
Es posible que algunos lectores -en especial aquellos enrolados entre los hombres a los que estas cosas no les pasan- consideren que el extraño fenómeno que me involucra está sustentado en una explicación muy simple: que todas las amigas que tengo son... muy particulares, por decirlo de una forma políticamente correcta. Puede ser. Conozco bien a mis amigas; me une a ellas un vínculo sutil de complicidades y entendimiento. Las he visto reírse a carcajadas y llorar sin pudores, a veces en el transcurso de la misma charla y con un intervalo de pocos minutos entre una y otra reacción. Las he visto disfrutar de su rol de madres y sufrir con su rol de hijas, y viceversa. Las he escuchado divagar sobrias y ser implacablemente lúcidas bajo los efectos del alcohol. Las conozco bien, sí. Alocadas o serenas, cerebrales o previsiblemente imprevisibles, siempre nobles, siempre inteligentes, todas ellas poseen alguna característica que las vuelve, efectivamente... muy particulares. Pero a pesar de los sobresaltos que me causan sus confesiones individuales o grupales, yo celebro que me tengan en cuenta.
Qué se le va a hacer. Algo habré hecho para merecerlas.

*de Alfredo Di Bernardo. alfdibernardo@fibertel.com.ar

Ensueño poético*

Navegando en la noche estrellada,
hilvanando la historia del amor más fantástico,
bordando en el espacio este relato mágico
de la aventura insólita de una enamorada
envuelta por el aura del hechicero idílico,
arrastrada en un viaje lleno de sortilegios,
desprendida de todos mis viejos personajes,
me encontré con la esencia de este ser insondable,
que era yo.

Fui libre como el ave, la nube, el aire. Libre
de toda libertad, la soñada, la jamás alcanzada.
Y con él fui al espacio infinito, intangible,
al otro lado del mentiroso espejo. Y reviví el dolor,
y el gozo, la alegría, el amor verdadero, el que no pide nada
y que lo pide todo, el que mata y da vida,
el que nos cubre el cuerpo de una lluvia de plata.
Y caí, confundida, maltrecha, malherida.
Entre espinas y rosas, entre estrellas y noches,
en perfumados bálsamos y lodos nauseabundos,
entre angustias mortales y auroras fantasmales,
atardeceres lánguidos y mañanas gloriosas.
Viví como hace mucho no sabía vivir.
Y supe que era bueno, y dejé de sufrir.
Gracias al hechicero que me llevó en su vuelo.

Envuelta en el milagro de un ensueño poético
volví a poner mis plantas en el suelo.

Pero quiero volver,
y huir así del cieno en que se hunden mis pies,
dormir bajo la luna sobre un campo de heno,
envuelta en el perfume de una flor que no exista,
soñando aquel poema que nunca he escribir.

*de Celina Vautier. celka@arnet.com.ar

Entropía S.A.*

*Miguel Grinberg
16.09.2009

El paroxismo materialista de Occidente capotó recientemente a partir del colapso de una megaburbuja hipotecaria y/o especuladora que en el centro del Imperio arrastró a bancos presuntamente indestructibles y a gigantes industriales como la General Motors. Durante el siglo XX, la tendencia financiera basada en la explotación salvaje de los “recursos” naturales –con una consiguiente crisis ambiental planetaria– y de los “recursos” humanos –con una implacable degradación social mundial– no llegó a consolidar una civilización y mucho menos una cultura. Fomentó, apenas, un modelo económico llamado sociedad de la abundancia –o de consumo– y una brecha salvaje entre ricos y pobres. Su naufragio empuja globalmente a millones de personas hacia un desamparo no exento de desolación. ¿Resultado? Como sostenía Hamlet: palabras, palabras.

El titular del Fondo Monetario Internacional acaba de declarar que “seguimos en crisis, aunque vemos el final del túnel”. Reconoce el derrumbe de los consumidores estadounidenses y la impotencia para empujar el crecimiento mundial, mientras se duda del impacto estructural de un eventual incremento del consumo en los grandes países emergentes.

Pero por detrás de los tropiezos del consumismo hay un declive mayor: el de la naturaleza humana. Afectada a fondo por algo que la ciencia termodinámica llama entropía, que es la cantidad de energía por unidad de temperatura absoluta que se emplea al transformar la energía de una forma a otra por medio de un proceso. Generalmente, esta energía se disipa en el ambiente en forma de calor, pero este calor no puede aprovecharse porque es una forma de energía desordenada, de desecho. Por consiguiente, todo va de más a menos: decae. Ello rige tanto para las metrópolis como para los imperios, para los empresarios incompetentes como para los gobernantes mediocres.

Yendo al fondo de la cuestión, hay todavía un plano más complejo de desgaste y degradación: parecería que estamos en vías de decadencia humana. De descomposición colectiva. Vaticinada a través de décadas por sabios de todo origen. Por ejemplo, Jiddu Krishnamurti (1895-1986): “Veremos cuán importante es despertar en la mente humana una revolución radical: la crisis es una crisis de la conciencia. Una crisis donde ya no podemos aceptar las antiguas normas, los antiguos moldes, las tradiciones antiguas. Considerando el estado actual del mundo, con toda su miseria, sus conflictos, su brutalidad destructiva, su agresividad y todo lo demás, y que el hombre continúa igual –aún es brutal, violento, agresivo, codicioso, competitivo– y ha construido una sociedad acorde a ello”.

Como si predominara lo perverso, lo vulnerable, lo fraudulento, lo genocida, pero no es así: podemos ser potentes, hermosos, extraordinarios. Porque no estamos necesariamente condenados a ser entrópicos. Podríamos ser hacedores constantes de milagros. Ya que la vida es una rebelión suprema contra la entropía. Pero, convertidos en espectadores de la vida y no en sus protagonistas, esperamos que ello suceda espontáneamente. Así no saldremos del pantano.

Es cierto que todos los años se gasta en nuestro planeta más de un billón de dólares en armamentos que detonan infinitas tragedias generacionales y ecológicas. También reaparece el tabú del incesto y no faltaría mucho para que alguien reivindique el canibalismo. Mientras, el homicidio se ha vuelto tan corriente como la contaminación del aire que respiramos. Pero no es toda la realidad. Aunque el cine y la TV se hayan convertido en un tiroteo constante y la inseguridad civil se haya convertido en plaga ante el auge de la delincuencia, hay miles de hombres y mujeres empecinados en elevarse y no en degradarse. Pero aún no constituyen una masa crítica capaz de impulsar la revolución radical que sugería el filósofo.

Acabo de ver Bastardos sin gloria, de Quentin Tarantino. El público celebra la persistente ceremonia satírica donde los exterminados no son los judíos sino los nazis. ¿Qué ha cambiado? Nada más que la mira del sadismo exterminador. Y bien: así declinan los imperios. Apestando.

Nos toca redescubrir nuestros genuinos poderes como seres sensibles y como ciudadanos generativos. Aunque la TV por cable sea un documental entrópico constante, a fuerza de balaceras y sandeces. Carl Sagan sostuvo que se está desarrollando una nueva conciencia que ve a la Tierra como un organismo único. Pero todo organismo en guerra consigo mismo está condenado. Entonces, la decisión personal es simple: parar de reproducir el sistema o seguir contribuyendo a su continuidad. Edgar Morin afirmó: “No olvides que la realidad es cambiante, no olvides que lo nuevo puede surgir y, de todos modos, va a surgir”.

*Fuente: http://criticadigital.com/impresa/index.php?secc=nota&nid=30828

De arriba*

*Por Rodrigo Fresán
Desde Barcelona

UNO Mi película religiosa favorita es Jasón y los argonautas. Lo que más me fascina, cada vez que me cruzo con ella, son esas escenas donde los dioses del Olimpo, ahí arriba, juegan con los humanos como si fueran piezas de ajedrez. La idea se repite en The Infinities, la nueva e igualmente fascinante nueva novela de John Banville. Allí, en boca de Hermes, se nos narra el último día de la agonía de un teórico matemático en coma mientras, a su alrededor, se reúne su familia para despedirlo. Hermes contempla todo eso e introduce modificaciones aquí y allá, Zeus desciende para -según su costumbre- penetrar divinamente a una joven mortal y, al final, tal vez por primera vez en la obra de este todopoderoso escritor irlandés, impera una cierta calidez y optimismo, cortesía de unos titanes que, dicen, nos
envidian nuestra capacidad para complicarnos largamente nuestras breves existencias.

DOS El problema del segundo mandamiento es ese ambiguo matiz del "en vano".
Todo estaría mucho más claro si allí se instruyera un "No tomarás el nombre de Dios". Y punto. Pero no: en el nombre de ya saben quién se hacen cosas muy raras. Es el problema del catolicismo en general: sus teóricas ganas de complacer a todo el mundo mientras, a la hora de la práctica, gana esa fuerte vocación por salirse siempre con la suya mientras sus deidades top y subalternos parecen no saber jugar al ajedrez y preferir, en cambio, el tinenti. Ya saben: piedrita en el aire e ir robando, una a una, sin apuro, las demás piedritas.

TRES Esa es la tesis de Edward Gibbon en su magistral The Decline and Fall of the Roman Empire: una mañana el emperador Constantino se levanta con ganas de patear el tablero y legaliza la cristiana idea de que hay una vida mejor después de la muerte. Resultado: los romanos, acostumbrados a interactuar con los dioses día a día, pierden interés en el presente y comienzan a soñar con la futura recompensa de un paraíso. Y dejan de mirar al cielo, a ese lugar que mira Maradona mientras descubre que ya no es su
casa, que alguien cambió la cerradura de la puerta mientras libraba su cruzada tachada. Jornadas de oración non-stop en la Iglesia Maradoniana y falta poco -¿cuánto apuestan?- para que su Mesías diga el verbo "crucificar".
Mientras tanto, Bilardo profetiza que nada cambiará y que "esto tiene que terminar así, sólo si viene Jesucristo con alguna cosa podemos aceptarlo".
El problema y el misterio residen en qué posición pondría el Diez a jugar al Dios.

CUATRO En la contratapa de Memorias de Adriano, Marguerite Yourcenar cita una carta de Flaubert donde se lee: "Los dioses ya no estaban y Cristo aún no estaba, y de Cicerón a Marco Aurelio hubo un momento único en el que el hombre estaba solo". Me pregunto si -aunque Benedicto XVI piense lo contrario- no habitamos una época similar a la espera de un nuevo Dios.
Según el escritor Douglas Coupland -quien por estos días presenta su Generation A- vivimos un momento bisagra, una era límite en la que, pronto, "el nombre de Dios dejará de ser Google".

CINCO Mientras tanto y hasta entonces, el cielo está vacío de padres y desborda de hijos. Hace ocho años que se estrellaron varios aviones en el nombre de un Dios y hace unos días otro avión fue sometido a la iluminada voluntad de un hombre que decía haber recibido instrucciones celestiales y amenazaba con hacer volar todo por los aires si no se le permitía comunicar su profecía de catástrofe inminente. Por fin reducido, se descubrió que ese paquete negro que pretendía ser una bomba no era más que una Biblia, esa poderosa arma de seducción masiva.

SEIS Y uno de los libros más comentados de por aquí es El Día D: La batalla de Normandía, de Anthony Beever. Allí se revela -para pasmo de muchos- que durante el famoso desembarco murieron más civiles franceses que soldados aliados, ensuciando bastante el bronce de esa gran gesta. Las bombas caían
desde las alturas y -dijo Beever- "contar la historia desde abajo es la única forma de narrar los acontecimientos sobre la gente corriente". La salida del libro ha coincidido con la emisión -en el National Geographic Channel- de Apocalipsis, documental en seis partes sobre la Segunda Guerra
Mundial rebosante de imágenes inéditas de esas que uno mira bajando los ojos y diciéndose todo el tiempo "Dios mío... Dios mío...", mientras las callen arden y los cuerpos se queman.

SIETE Barcelona está en llamas. Bastó la publicación en El País de unas reveladoras fotos de maríasmagadalenas haciendo su trabajo bajo los arcos del turístico Mercado de la Boquería para que la ciudad se despertara de su ensueño de Atenas/Shangri-La en una pesadilla que la recalifica como parte
de Sodoma & Gomorra, Inc. Arreciaron las quejas de vecinos, las cartas de lectores indignados, la desesperación de políticos y los editoriales sobre el resquebrajamiento urbanístico y la degradación humanística del "Modelo Barcelona". Sepan -como dato puntual- que buena parte de las prostitutas
subsaharianas son sometidas por sus proxenetas con ritos vudú. Y las calles se llenan de carteles conminando a la ciudadanía toda a delatar aliens. Es parte de la campaña de marketing de la película District 9, metáfora del apartheid de Neill Blomkamp producida por Peter Jackson. Otra de extraterrestres, pero esta vez varados y marginados en una Sudáfrica que no quiere encuentros cercanos ni se preocupa demasiado por su incapacidad para phone home.

OCHO Y, por si no hubiera suficientes problemas, el Vaticano ha anunciado el envío de un comando de nuncios-ninja para frenar el "Efecto Zapatero" que ha convertido a España en "la vanguardia del laicismo descristianizador y una amenaza de contagio al resto del orbe católico". Gripe Z. Los invasores.
Cayendo desde las alturas.

NUEVE Leo la noticia de que una suicida mata a un peatón al arrojarse desde un octavo piso y aplastar a ese pobre tipo que pasaba por ahí. La noticia me produce una mezcla de indignación y paranoia. Cada uno es dueño de morir como quiera, pero sin implicar a segundos y terceros. El viejo asunto de los
efectos colaterales y todo eso. No sé, la verdad que me parece que estábamos mejor cuando, en las alturas, los ajedrecistas estaban a cargo de la partida.

DIEZ Todavía no fui a ver Up pero -muy up- no dejo de escuchar a los divinos Beatles remasterizados. Y me acuerdo de The Einstein Intersection de Samuel R. Delany, en la que, en el futuro, en una Tierra devastada, los nombres de los dioses son John, Paul, George y Ringo. Y así -arriba y abajo, aquí y allá y en todas partes- los inmortales nacidos en Liverpool cantan y juegan.
Tal vez entonces...

*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-131798-2009-09-15.html

Coplas para la tejedora*

*Jorge Fandermole

Cómo se te ovilla el tiempo
en su corazón de lana
sangrando en el movimiento
por las cribas de la trama.

En el aire vi unas manos
y en las manos la tibieza
y en lo tibio del hilado
el hielo de la tristeza.

Ven y téjeme las notas
en los puntos de la urdimbre
paso a paso y gota a gota
con tus agujas de mimbre.

Ay, Edilia si te olvidas
de anudar tus propios pasos
va a venir la noche un día
a dormírsete en los brazos.

En el sueño, tejedora,
donde tus lanas te alumbran
te soñás tejiendo auroras
en medio de la penumbra.

Artes de adivinadora
te cuentan lo sucedido
y tus lanas lo atesoran
en la piel de tu tejido.

Quién te habrá dado esa prisa
prendida en colores fuertes
y en los bordes de ceniza
lentitudes de la muerte.

Cuando sientas en tu hilado
que mi tiempo se ha vencido
dibujame un sol gastado
con las hebras del olvido.

-Enviado para compartir por Verónica M. Capellino. veroaleph@hotmail.com

Hacer el amor es una mudanza invisible*

*Por Adrián Abonizio. abonizio@hotmail.com

¿Quién podía pensar que encontraría al amor en una mudanza?. Nadie, pero lo hice. Llevábamos los bagallos atados en la cabeza era ropa liviana, almohadones con mis primos cuando la ví. Teníamos que dejarlos en la parte trasera de la chata celeste que comandaba mi tío cuando se me vino encima: pasaba por la vereda de enfrente y la reconocí: era de la escuela, de los turnos tardes, en los claustros altos. Ester se llamaba. Po de apellido como el río de Italia. Caminaba como las gimnastas pero con la cabeza echada hacia adelante en una especie de reconvención monástica con determinación del que está orando y a nadie percibe, salvo sus pensamientos, sus arroyos personales. Pasaba desapercibida salvo para mí. Había descubierto en ella una belleza potencial que habría de fulgurar si se la sabía encender, si esa
llama portátil que consistía en el cuerpito de una mujer era soplado sin ferocidad y con talento. Dirán: es excesivo el argumento para un chico de doce años ¿Y con eso? ¿Quién puede afirmar que no pensara en aquello sólo traducido en torpezas de primate de vientre caliente con el corazón apurado y las manos frías? Los chicos saben cosas de honduras interminables sólo que no tienen el lenguaje para semejante cartografía de gruta, de silencio y abismo. Ella era hermosa pero aquella brillantez de magia me sería reservada para mí si obraba con prudencia. Mientras, atravesaba el ancho mundo de los corredores de sus calles con la insignificancia de una chica común. Era invisible para el resto. Sólo a mí me estaba destinado abrir los altos portones de luz que conducen al Amor. En un decir, estaba enamorado. Rubén
mi primo me susurró al pasar. Eh, no es para tanto. Hay más lindas. Yo hace rato que estaba detenido con el pie apoyado en el paragolpes de la chata viéndola irse hasta que dobló la cortada. Mi timidez era monstruosa. No me acercaba a ellas porque me trababa, pero podía actuar en un acto escolar.
Imitar a otros. Contar inventos y hasta sacarme por debajo la malla en la pileta del club. Era fuerte, ingenioso. Peleaba con fiereza para que me vieran, luchaba en un partido hasta la hazaña; todo en la presunción que llegarían hasta sus oídos de diosa como se debatía un mortal en sus territorios. Juzgaba que la sola existencia de mis actos la habrían de acercar hacia mí. Allí estaba yo entonces, detenido en el cielo de altar de sacrificio junto a la chata celeste. Ya estaba acabando de pasar: era más alta que yo y nariz de ratoncito respingada. Un encantamiento extraído de un film donde era ella la pordiosera, la Cenicienta postergada a la que nadie aún ha brindado su capullo de manzana roja, su color más escondido. Me gustaba hacer el amor: en eso consistía, ello creía yo que era cuando por vez primera escuché la frase "el tipo hacía el amor". Debía ser eso: imaginarse, construirlo, hacerlo, moldearlo, ayudarlo, imaginarlo y formarlo. Fue creciendo y creciendo. Yo estaba haciendo el amor. Era eso.
Mientras, el tiempo transcurría en algunas horas muertas en que el cielo se cubría de pájaros malos que chirriaban, que el universo agobiaba con palotes y dibujitos escolares, olor a estufas y pedos escolares. A madre con santuario y llanto por su hijita muerta, hermana que nunca ví, o algún dramón de hermanos batallando por herencias, Julio Sosa, alto en la parodia de un muerto que cantaba, mi padre en su palomar, sin hablar, sólo silbándole a sus halcones negros que quería más que a mí. Ocurrió aquello en
una esquina: confrontados por una pelota esquiva fuimos a dar ambos contendientes contra un portón y allí sudados tratamos de cortar una pelota ya mascada por la patadas y llevarla hacia el redil de un arco con piedras.
Entonces pasó ella. Mirando a la distancia sin ver. Un instinto de saltar a un vacío me diezmó el estómago pero una fuerza añeja y desconocida me creció en el pecho. La tomé por su brazo, un brazito de sueter mostaza. Se asustó.
Yo estaba sudado, echando fuego por la boca y no era esa la mejor entrada al reino. Le dije que siempre la veía, que la esperaba y que no aguantaba más sin su amor. Fue a un apartado donde la fui conduciendo sin arte, ella como asomada a un pozo, la barra callada detrás, asistiendo a un asesinato o a una coronación. Me miró, era corta de vista hasta la exageración. No te conozco, no sé quien sos y sacame la mano del brazo. Soy de tu colegio del turno mañana. -Ah, dijo y empezó ella súbitamente a oler a violetas: estábamos bajo una parra de glicinas. Vos, vos, tartamudeó... Seguí jugando y se quitó de un suave empellón mi torso Vos, sos muy chico para mí todavía.
Volví a la querencia. Habían visto y oído todo. De nada valía aclarar. Se suspendió el partido. Yo ya era invisible.
Nos sentamos en el mármol de la sodería.Era la tarde en la languidez de vacas muertas en el cielo de nubes que flotaban.
Toledo, eficiente, bestia pero fiel, habló.
No es para tanto! Te dijo que todavía sos chico para ella. Pero los varones crecemos más rápido. Cuando la alcancés te ponés de novio y la dejás por otra. Sí, pero ¿cuánto falta?, interrogó el Fabio buscando precisión.
Ellas crecen menos que nosotros, exclamó. Vos y al tocarme me volvió de nuevo visible en unos meses la pasás en edad, acordate lo que te digo.

*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-20232-2009-09-16.html

"LOS COSACOS"*

Muchachas de la aldea provocadas por los uniformes
(aman dos a Mariana)
sangre, humo, detonaciones en el heno
(Mariana se dejaba -¡Oh!- se dejaba galantear)
los chechenes, los caballos y los gritos
(bruscos pudor o altanería)

Uno agoniza
otro retorna a entrañables
nevadas y silenciosas calles de Moscú.

"I COSACCHI"*

Ragazze del villaggio provocate dagli uniformi
(due amano a Mariana)
sangue, fumo, detonazioni nel fieno
(Mariana si lasciava - Oh! - si lasciava corteggiare)
i ceceni, i cavalli e le urla
(bruschi pudori o arroganza)

Uno agonizante
l' altro ritorna alle sviscerate
nevicate e alle silenziose strade di Mosca.

*De Rolando Revagliatti revadans@yahoo.com.ar
-Traducción: Jerome Seregni jeromeseregni@hotmail.com

Correo:

Difusión Invitación Especial - Luz y Fuerza Presenta:
ESPACIOS COTIDIANOS - Beatriz Leguiza "Fotografías"

“ESPACIOS COTIDIANOS”
Donde se conjugan el arte y la cotidianeidad

En el marco de los festejos por el 63º aniversario de la fundación del Sindicato de Luz y Fuerza de Santa Fe, la Secretaría de Prensa y Cultura, ha habilitado los “ESPACIOS COTIDIANOS”, un conjunto de muestras fotográficas que recorren los senderos donde el arte se mezcla con la cotidianeidad, con el propósito de acercar diferentes estilos culturales a todas las personas que habitualmente recorren los ámbitos que Luz y Fuerza ofrece a la comunidad santafesina.
Las muestras, cuentan con la especial colaboración de la Fotogalería Roberto Guidotti y se iniciarán con exposiciones de la fotógrafa, afiliada a Luz y Fuerza, “Beatríz Leguiza”, quien presentará obras de su autoría, en espacios que podrán ser visitadas en cualquier momento del día, durante los meses de Septiembre y Octubre, con entrada libre y gratuita.
La inauguración está prevista para el Viernes 18 de Setiembre, a las 20:00 Hs. en el Hall de la Sala de Teatro “Juan Arancio” de Luz y Fuerza, con la Muestra “DE SOLEDADES”, habilitándose simultáneamente otras en los siguientes espacios:

“APARIENCIAS” en la FARMACIA LUZ Y FUERZA - 9 de Julio 2682.
“DANCE” en el ámbito de la OPTICA LUZ Y FUERZA -9 de Julio 2698
“EN CARRERA” en la PELUQUERÍA LUZ Y FUERZA - Junín 2930.

La fotógrafa Beatríz Leguiza Nació en la provincia de Santa Fe en 1969, comienza con su actividad fotográfica en el Foto Club Santa Fe, continuando su formación en los talleres en la Fundación Fundalyf y luego en el Estudio Roberto Guidotti, realizando numerosas exposiciones desde 2004 a la fecha.
En su muestra “De Soledades”, expresa su más profundo sentir sobre la visión de la vida:
"Porque el pasado no tiene retorno, porque el futuro me es ambiguo, porque el presente late dentro de mi y me obliga a seguir y me empuja hacia un camino desierto de todo y de nada y aún en la nada miro a través del visor el paso del tiempo..."

Por lo expuesto, se invita a todos los interesados en apreciar el buen arte fotográfico a participar de la inauguración de las muestras, y apoyar la iniciativa cultural que permitirá la difusión de esta disciplina en una propuesta original.

-Enviado para compartir por Roberto Guidotti rguidott@epe.santafe.gov.ar

-Ver foto realizada por Beatríz en Blog de Inventiva Social: http://inventivasocial.blogspot.com/

Inventren...Próxima estación: SAN FERMÍN.

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15/09/2009 GMT 1

EDICIÓN SEPTIEMBRE 2009.

urbanopowell @ 14:36

Manzanas*

Canté mi mejor canción esta noche:
A la luz de la Luna,
Silenciando a los grillos,
En la banqueta,
Tirado,
Sucio
Y convirtiendo en monedas
Las miradas de algunos.

Mi mejor canción
Se ha escuchado esta noche,
Y algo se ha conseguido para comer.

Se cantó esta noche
La mejor canción que alguien pudo entonar:
Y no hubo aplausos,
Ni anuncios publicitarios,
Ni firma de autógrafos;
Pero algunas monedas se lograron reunir.

Canté mi mejor canción esta noche:
Los pasos tronaban con el cemento
Y las horas pasaban
Como si fuesen algún animal.

La mejor canción de esta noche,
A penas nos ha dado para soñar.

*de hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com

TORMENTAS*

*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar

Ahora, con estas calles que ganó el asfalto, con esta falta de árboles añosos, en esta profusión del sol que no contienen los árboles raquíticos de la vereda, ahora que el Verano entra a saco en el pueblo y no da resuello ni esperanza a nadie, es que me acuerdo del otro pueblo. El más antiguo, el que subyace debajo de éste, el que nadie ve, el que si lo vió, ya lo olvidó, o quiere olvidarlo, en una inútil herida hacia delante.
Cuando me refiero al pueblo de antes no hago alusión al que conoció mi infancia vagabunda, no estoy extrañando ese perdido espacio donde creo haber sido feliz, no.
Me estoy refiriendo concretamente al año cuarenta, año en que según los mayores de un tiempo relataban, llovió durante quince días sin parar y el agua anegó campos, el viento destruyó casas, desgajó árboles y casi hace desaparecer al pueblo. En mi niñez, según siempre contaban mis tías y mi madre, a eso de las tres de la tarde el cielo se empezó a poner ceniza, montándose en hollinada sábana y de pronto la noche cayó sin aviso sobre esas pocas almas tranquilas que realizaban sus tareas al mejor entendimiento y la mejor paz posible.
Las tareas rurales o las vinculadas a ellas o al comercio que generaban esa fuente de preocupación y comentario incesante y excluyente. La única conversación que podía salirse un poco era sobre el fútbol en los hombres y la incursión de un nuevo actor cinematográfico en las mujeres. También se hablaba del tiempo, pero el tiempo lo abarcaba todo y no solo las ciclos de las sequías y de las lluvias. Hablar del tiempo, era hablar simplemente de la vida, de la vida simple, pero también de la vida trascendente.
Y cuando nosotros criticábamos esta forma de hablar de los mayores, pensando que una coyunda de rutina y de costumbre le crecía como escamas en la espalda, era tan real como la vida, aunque en ese tiempo no lo supiéramos. Ya nos llegaría la hora, como a todos. Para eso nos faltaba tiempo, sin pretender hacer un juego de palabras. Como habrá sido esta inundación que varias generaciones de copoblanos la tenían siempre presente, al grado que cuando el cielo se encapotado de forma alarmante, no faltaba el comedido alarmista que expresaba en el momento menos adecuado.
-Parece que se viene una tormenta igualita a la del cuarenta.
Así comentó un día Pedrito Lencioni mientras fumaba un “Fontanares” broncoso y renegrido y con la mano libre del cigarrillo se apoyaba en un “siempreverde” añoso. Al oírlo doña Rosa Campos, a la sazón mujer coqueta y no tan entradas en años todavía apuró el paso que traía firme y generoso desde la lejana iglesia que espantaba palomas con su inmensa campana chilladora. Y lo apuró tanto que se le rompió un taco de su zapato nuevo, justamente el de ir a misa y asistir a los bautismos y se le torció el pie con un cuasi esguince de tobillo. Del cual se salvó “incontinenti”, pero no de las rigurosas dos semanas de reposo que le indicara el magnánimo doctor Roberto Coppo, llamado también cariñosamente “El médico de los pobres”, inolvidable en la memoria de todos los habitantes que lo conocieron, hayan sido o no sus pacientes.
Lo cierto, es que esa fantasmática “tormenta del año cuarenta” estuvo siempre presente encima de la infancia y apenas un tropel de nubarrones pampas y de aquellos que las nuevas generaciones no conocen porque ahora llueve un par de veces por año (que atribulaban al corazón más duro y hacía temblar el fuego del mas firme) nos asustaban, digo que esas tormentas, aquellos temporales ya no vienen y uno recuerda esa frase de García Márquez: “El tiempo ya no viene como antes” y los hombres tampoco, debo agregar yo con una tristona melancolía que no elude ciertas ratificaciones y ciertas certezas que siento crecer en mí cada vez más firmes, según pasan los años.
Esto tampoco quiere decir que las lluvias no se transformaban en largos temporales, pero no al extremo de inundar toda la zona, pero, eso sí, para ser sincero el famoso y castigado “Barrio de las Ranas” nunca escapaba al azote de las inundaciones, hasta que en épocas recientes la comuna le construyó un canal muy hondo, que acabó con la zozobra de toda esa pobre gente que vivía con “el Jesús en la boca” como decía una de mis abuelas cuando quería hacer metáfora de una situación de permanente sobresalto. Tampoco vienen esas lluvias copiosas que llenaban los hondos zanjones de ranas y de bagres que nosotros pescábamos en el último puente y la última alcantarilla del pueblo, la de don Leandro Correa.
Munidos de un hilo con un trozo de carne que al contacto con el agua se tornaba cada vez más pálido, o con anzuelos que fabricábamos con alfileres de gancho hurtados en un descuido a nuestras madres, le atábamos con hilo de algodón muy fino, le prendíamos una caña de Indias al otro extremo, y a tirar el anzuelo al azar de la correntada de todo esa masa de agua aluvional, que venía de todo el pueblo, desembocaba en ese tubo inmenso en la puerta de don José Vélez y arremetía en los canales que eran los afluentes naturales de esa gran cañada que llamaban “El noventa”, perteneciente a la Estancia Maldonado adónde iríamos a nadar cuando pasara la lluvia y el sol fuerte, invitara al chapuzón entusiasta que hoy entreveo como si nunca hubiese sido cierto.

REGRESO*

El hombre de los ojos insomnes, duerme.
Duerme mecido, en rituales de viejas caracolas.
Tambien duerme el deseo.
Lo despierta la noche y el penetrante olor a vida.
Los espejos. Los retratos vivientes. La estremecida piel.
Ha perdido su pasos, su insolencia.
Ah, si pudiera volver, recordar, regresar.
Pero es de noche y teme. Noche de terciopelo.
Acechan los pájaros del miedo.
Teme. Teme abrir los cerrojos.
Las ventanas pircadas. Las clausuradas puertas.
Teme y desea. El escozor se arrastra como felino en celo.

Es agosto y los almendros brotan.
También germina el fuego.
Se encienden las cenizas.
Las azules grutas tantas veces besadas.
El ritual del puñal que cincela y canta.
Y teme, y desea y excomulga las antiguas muertes.
Y regresa.
Regresa, sabiendo que un viaje es solo eso: un regreso.

*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar

Velociraptor*

Los médicos son especialistas en recomendarte aquello que menos ganas tienes de hacer. El mío no es una excepción y después de prohibirme el café, el tabaco y el azúcar me recomendó caminar por lo menos una hora diaria.

En aras a la salud, subí al coche y me dirigí a unas montañas cercanas pensando que si debía caminar, al menos lo haría en un paraje agradable. Al tercer día de caminar por sendas y caminos del bosque me di cuenta de que me aburría soberanamente, por lo que decidí internarme entre los árboles y explorar nuevos lugares "nunca hollados por el hombre". Mi imaginación me ayudaba a mantenerme entretenido, por eso cuando descubrí aquella cueva me alegré tanto, ya que rompía la monotonía de los senderos. Me acerqué a ella y entré para explorarla.

Era profunda y se hacía algo más grande al cabo de unos cinco metros. De pronto, me pareció notar una presencia que deduje sería de algún animalejo ya que por aquellos andurriales no se acercaban mas que cazadores en temporada de jabalí. De pronto, aparecieron dos ojos a un par de metros de altura y un resoplido me erizó los cabellos. En milésimas de segundo di la vuelta y comencé a correr al mismo tiempo que algo enorme me perseguía.
Salí de la cueva y corrí alocadamente. Trastabille y caí el suelo entre piedras y raíces. Me di la vuelta inmediatamente y vi un animal prehistórico, que se dirigía a mi sobre sus dos enormes patas traseras, mostrando una dentadura imponente y con una especie de pantalla alrededor de su cuello. Era, sin duda un velociraptor, el más peligroso de los depredadores Periodo Cretácico.
Se acercó a mi, que estaba indemne en el suelo, y me olisqueó mientras yo esperaba la dentellada fatal. Emitía unos rugidos a través de aquella boca babeante, que me sobrecogían por lo que aun no entiendo como tuve fuerzas para agarrar una rama del suelo y arrojársela. La rama le pasó por el lado de la cabeza e intuí que esto le habría irritado aún más. Cerré los ojos dispuesto a morir y esperé.

Cuando abrí de nuevo los ojos vi al animal a medio metro de mi, con la rama en la boca y moviendo la cola. ¡La había ido a buscar y me la traía!. La tomé aterrorizado y volví a arrojarla. El velociraptor fue a buscarla y correteando me la volvió a traer. ¡Estaba jugando!
Repetimos el juego muchas más veces, hasta que se cansó y se fue a su cueva.

Ahora cada tarde voy a jugar con él lanzando el palo cada vez más lejos y esperando que me lo traiga de nuevo, pero he tenido que volver al médico que no comprende porque el caminar me ha producido un esguince en el codo.

*de Joan Mateu. joan@cimat.es

DEJA VU*

El niño ha llegado con pasos vacilante.
Duerme la ciudad en un credo extranjero.
Pude describir uno a uno los colores de la calle.
Busca. No sabe lo que busca.
A quien busca. Porque. Sobre todo porqué
Tiene amor, lumbre, palmeras y fulgores.
¿Qué habría de buscar?
En sus piernitas flacas se anuda la tristeza.
Desamparo. Orfandad hermana. Partidas.

No conoce esta comarca extraña.
Pero está seguro, ya estado allí.
Conoce las bocas de sus calles.
Sus ojos somnolientos. Sus pasos.
Un olor desconocido lo estremece.
Remueve sus entrañas. Sacude, agita. Vibra.
Es un olor frutal, a hembra. A duraznero en flor.

Se reconocen al instante.
Son parte de una leyenda arcana.
Se adhieren como hiedras.
Penetran en las profundas grietas.
Rómulo es Remo.
Lo lame, lo acuna, lo acurruca en su pelaje oscuro.
El niño se prende de los pechos duraznos.
Se hace pájaro. Liba, muerde, muere.
Cierra los ojos, paladea, goza, orina.
Ah, el sabor es tan dulce como lo es la vida.
Se refugia en las suaves colinas.
Ha llegado a su puerto. Ya ha estado allí.
No importa si el hoy es solo ahora.

*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar

Fragilidades*

Las cosas bellas son frágiles
como pétalos
como párpados
las cosas auténticas y bellas
siempre están alejándose
apenas si podemos
como al plumerito de cardo
pedirles un deseo
consagrarlas al recuerdo
y quedarnos
mirando como se las lleva
la vida ese viento.

*de Verónica M. Capellino. veroaleph@hotmail.com

La okupación*

El príncipe encantador quedó sorprendido cuando le abrió la puerta aquella anciana de apariencia amable que le miraba desde el dintel de la puerta. Él esperaba encontrarse a Cenicienta, traía el zapatito de cristal en la mano, quería casarse con ella y en su lugar apareció aquella abuelita que le
miraba curiosa y le preguntaba por una cesta.

Se fue maldiciendo al lobo que le engañó enviándole a casa de la abuelita de Caperucita. Murmuraba muy enfadado: "Desde que se ha iniciado el Movimiento Okupa*, cada vez hay más inseguridad. Hasta el lobo "okupó" un cuento que no era el suyo. ¿A dónde iremos a parar?"

*de Joan Mateu. joan@cimat.es
*"El Movimiento Okupa" consiste en la ocupación de propiedades, ya sea tanto de terrenos, de edificios o lugares abandonados, con el fin de utilizarlos como tierras de cultivo, vivienda o lugar de reunión.

¿La lluvia viaja en un tren?*

Son varios los años que llevo viviendo y muchos también sin dormirme con el ruido del tren.
Durante aquellos en que todavía podía esperar que mi madre viniera a arroparme, suspendiendo el ritmo del pedal de su costura, yo mezclaba en duermevela el ruido monótono de la máquina de coser y el ostinato del tren que traía la lluvia haciendo globos en sus acordes.
¿Oís?, me decía mi vieja, va a llover. Cuando el tren hace ese ruido va a llover.
Ella volvía al pedal y yo me confortaba en ese calor, hasta que mi egoísmo se hacía insoportable y entraba en cuenta de que mi padre pedaleaba doce kilómetros desde la fábrica cruzando la noche claustrofóbica de la tormenta y que mis vecinitos estarían intranquilos poniendo refuerzo a las chapas y la madera de la entrada, buscando trapos y ollas para que la oscuridad y la tristeza no lo fueran tanto y para que al día siguiente no tuvieran que sentirse tan desgraciados como en realidad eran.

El sopor se me llenaba de una culpa que era de otros, pero yo la sentía mía.

Igual que hoy.

Entonces el desvelo acompasaba los latidos tenues del despertador panzón de campanilla y las nueve lunas de Crandall en el Ranser de mi hermana. Todo sonaba al ritmo que marcaba mi tensión sanguínea, hasta que en un descuido de las horas que avanzaban sin noción, escuchaba el crujido de la silla de paja y el almohadón que mi gato dejaba caer para desperezarse y recibir a mi padre.
Mi vieja corría la estufa a kerosén de la entrada y entonces eran ruiditos de besos y susurros de cómo están las nenas y te arreglaste bien hoy. Hasta el quiebre del cabello de mamá, electrizado por la estática, se oía desde la pieza. Esperaba los pasos de papi para despejarme el flequillo, besarme en la frente y dejarme el alfajor debajo de la almohada, convencido de que había logrado una vez más no despertar a las nenas.

No distinguí tan fácilmente ese ruido entre aquellas palabras con caricias. Pasó bastante tiempo hasta que pude darme cuenta de qué me hablaba mi madre. El ruido era una música monótona y agradable de aire que se inflaba de noche, de humedad, de secretos, de tristeza, de gente despierta que, no entendía yo qué hacían a esas horas, por qué no estaban durmiendo, dónde estarían yendo.
Todavía lo traigo en las noches en que la ansiedad por alguna cosa vana me acompaña hasta la cama y no quiere soltarme. Percibo furiosa mi puño cerrado, escucho los ruidos de los otros que no entienden mi cansancio, y los dientes bruxados buscan un culpable para mi incapacidad de relajarme.
Convoco el tren con su humedad distante y me dejo envolver en la tibieza de los besos.

Fui y seré una insomne crónica y, por tanto, he aprendido a degustar los sonidos de la noche.
Cuando era niña no sabía escribir, mejor dicho, no sabía darle lápiz a mis pensamientos. Se agolpaban entremezclados, se superponían y salían hilvanando ideas peregrinas. Si hasta de eso me sentía incapaz. Qué clase de idiota soy que estoy pensando en algo que me pone triste y me río de la cara de mi compañero, dibujada en el residuo del día, cuando la maestra le pregunta por los viajes de Colón y él, como siempre, ni idea.

Los ruidos de las noches de acá son secos.
Los de ahora no se inflan, se resquebrajan.
Son pasos noctámbulos de perros con sarna que hacen chirriar las piñatas de plástico de la basura siguiendo el rastro de un paquete vacío de salchichas o una cáscara de mandarina que rozó la olla de la comida del comedor municipal y los confunde con la vida.
Retroceden al instante los pasos infructuosos y buscan la rendija de la puerta por donde se escapa algún residuo de aroma a churrasco, o la luz encendida de alguna noctámbula. Se mezclan con la batería agotada del cascajo del vecino y las puteadas al compás de los resbalones para empujar la catramina.
Se oye por debajo de la puerta el aliento caliente y decepcionado de la madrugada de escarcha y el temblor; la motito pedorra del chorro que raja con un módem que no sabe a quién podrá venderle porque ni sabe qué es, pero tenía lucecitas y debe ser caro; la tranca del ex marido que viene a cagar a palos a la esposa por las dudas, sin siquiera deducir que la pobre recién llega de trabajar como una bestia para seguir creciendo con los pibes.
Se oyen llantos, se oyen gritos, cañerías despabiladas, risas alcohólicas, alaridos de vindicación hechos cumbia, redobles de caballos desorientados por la tierra reseca, tuning de pachanga y regatón con luces celestes que hieren a la luna menguante.
Se oye todo pero nunca el tren.
Por aquí también ha dejado de llover.
Es que necesita la lluvia de mi tren para poder llegar y consolar el egoísmo intranquilo de mi sueño.
Yo. Sigo sin poder dormir.

*de Lucía Cinquepalmi lccnqplm@yahoo.com.ar

UNA HISTORIA SIN IMPORTANCIA

DOBLE VIAJE*

Una leve sensación de calor comenzó a recorrer su cuerpo. Por un momento sus arterias y venas fueron túneles estáticos donde la circulación se desaceleró. Con suma lentitud las imágenes externas fueron penetrando en su conciencia pasando con dificultad por una retina somnolienta.
El suelo lo había recibido haciéndole sentir su dureza y el dolor que le causó en su brazo derecho iba adquiriendo intensidad como una alarma roja. Con un esfuerzo pudo incorporarse y nuevamente la hamaca de mimbre recibió su cuerpo y lo contuvo en su pesado abandono.
A través de esa lenta toma de conciencia pudo ver las rosas rojinegras que eran su orgullo y percibir con qué indiferencia seguían erguidas; también los rayos del sol primaveral le molestaron. Todo estaba igual pero a él le había pasado algo, un lapso de tiempo de su vida se le había perdido y no poder precisar cuánto lo inquietaba.
Como un rayo vino a su memoria el infarto que había sufrido dos años antes; pudo superar la crisis pero el médico había sido muy claro: vida tranquila, nada de problemas y cambio de clima. Fue entonces cuando se radicaron con Marisa, su esposa, en ese pueblito serrano; desde su puerta podía contemplar los cerros, los mil colores que adquirían en el transcurso del día, en cada mes del año. Había aprendido un modo muy especial de disfrutar esos cambios de color que lo revitalizaban y le permitían gozar de la vida como nunca lo había hecho.
Otra novedad fue dedicarse a la jardinería; cultivar rosas era criar hijos, ayudarlos a crecer aunque también verlos morir. De todos modos había vivido apaciblemente y Marisa lo había ayudado mucho con ese modo suyo de pasar por la vida sin apuro que era un modo de fantasear la eternidad. Su lema era: hay más tiempo que vida.
Físicamente su esposa era una mujer regordeta que se levantaba cantando todas las mañanas, que iba y venía todo el día sin cambiar de humor y sin demostrar cansancio.
En ese dejar correr los pensamientos lo sobresaltó la presencia de su mujer quien le traía un mate humeante.
Esa noche Diego apenas pudo dormir, lo dominaba un sentimiento difuso, mezcla de miedo y resignación. Sin darse cuenta se fue sumergiendo en un recuento de su vida, su casamiento con Marisa, el nacimiento de los hijos, los problemas que acarreó llevar adelante el hogar.
Tenía tres hijos: Marcela la primogénita y compinche. Al pensar en ella aún hoy revivía un sentimiento de culpa porque cuando estaba por nacer, él quería un varón . Después nació Carlitos y por último Silvana; los tres fueron el gran reto al que lo enfrentó la vida, pero aparentemente por los resultados, había salido airoso. O tal vez a él le parecía porque se juzgaba benévolamente, quizá cuando tuviera que hacer el rendimiento final la situación se definiría en forma diferente. De pronto se sobresaltó y se dijo a sí mismo:
- Eres un exagerado, todo esto por un simple desmayo.
Al poco rato se quedó dormido.
Cuando la luz tenue del amanecer se filtró por la ventana se levantó tratando de no hacer ruido, salió de la casa y se puso a mirar hacia el cerro. Este amanecer era diferente, inventaba tonalidades nuevas, los verdes eran más intensos, los rojos parecían arder, todo era distinto. En menos de veinticuatro horas todo había cambiado.
El tono asustado de Marisa lo volvió a la realidad.
- ¿Estás bien? ¿Qué te pasa?
- Nada – contestó, - sólo quise ver el amanecer.
Después del almuerzo volvió a su hamaca de mimbre y Marisa le trajo su infaltable infusión de yuyos que siempre seguía a las comidas.
- ¿Vamos hasta el cerro?- propuso de pronto y en instantes ella estuvo lista para salir.
Mientras el ómnibus que los llevaba rodaba por las calles Diego pensaba en las veces que había hecho ese camino a pie, sin apuro y respirando el aire fresco; también recordaba la competencia con sus nietos cuando jugaban a quien llegaba primero a lo alto del cerro, de la cual era siempre perdedor.
Surgieron las imágenes de sus nietos: Cecilia era la nieta mayor, hija de Marcela, Hugo y Rosita eran los hijos de Carlitos y Silvana lo había regocijado con tres hermosos chiquillos. Esa prolongación de su sangre lo hacía sentir orgulloso, aunque también había sentido miedo por ellos, por su futuro. O tal vez era miedo por sí mismo. ellos eran la evidencia de la limitación de su tiempo.
Le costaba esfuerzo retener alguna que otra palabra de los comentarios de Marisa; los sonidos se convertían en pelotas que dejaban como único dato conciente la sensación del impacto.
Llegaron a lo alto del cerro y apoyado en el balcón de piedra Diego miró el panorama. Desde allí se dominaba todo el pueblo y los campos que se perdían entre las elevaciones menores. Los montecitos aislados que se habían salvado del rigor del hacha parecían banderas de victoria, los campos cultivados con sus cortes geométricos que incluían todas las gamas de los verdes, formaban un tapiz que ondeaba como una inmensa alfombra voladora.
No había límites para la capacidad creadora de la naturaleza o de Dios; esta duda adquiría en este momento una dimensión que nunca tuvo. Antes no habría vacilado en afirmar “la naturaleza”, ahora la idea de Dios funcionaba como una luz roja que a intervalos discontinuos se prendía y se apagaba en su conciencia.
- Quiero ver a los nietos - dijo de pronto. – Mañana nos vamos a la Capital.
Marisa vivía añorando a sus hijos y nietos, Diego se hacía el fuerte porque se había impuesto dejarlos vivir su vida y gozar la propia sin demasiadas preocupaciones, pero esta vez era distinto, surgió en él una urgencia que anuló todo razonamiento.
El monótono desplazarse del tren había adormecido a Marisa, los ojos de él iban alternativamente de ella al paisaje mientras que todo dentro era algo confuso. La máquina tragaba kilómetros pero a Diego le parecía que iba montado sobre una tortuga. Nunca se le había hecho tan largo el viaje.
- ¿A dónde vamos primero? – preguntó su esposa cuando llegaron.
La pregunta estaba de más. ¿a dónde iban siempre primero? A casa de Marcela. Ella vivía lejos del centro en una amplia casa porque no le gustaban los departamentos.
Antes de que el taxi llegara a destino Diego ya tenía el dinero en la mano y sin esperar el vuelto se apresuró para llegar primero y tocar el timbre, cuando tuvo respuesta a través del portero eléctrico contestó con sus acostumbrados ladridos de perro.
- ¡Es papá! – se escuchó gritar a Marcela y segundos después estaban confundidos en un gran abrazo.
A la mañana siguiente bien temprano, fueron a casa de Silvana. ¡Cómo habían crecido los niños! Cuando los vio llegar de la escuela sintió henchirse sus venas de orgullo. Por la noche se reunieron todos en el departamento del hijo que ya resultaba chico.
- ¿Sabes, papá? – comentó Carlitos. – Si todo sale como espero pienso comprar una quinta en las afueras para reunirnos allí cuando ustedes nos visiten.
Diego se sintió feliz, una sensación especial lo invadió, fue como si todo encajara perfectamente, ya no era necesario quedarse más tiempo, la vida había respondido a todos sus interrogantes.
Cuando anunció su inmediata partida nadie entendió pero su actitud fue tan firme que las protestas cesaron inmediatamente, eso si, sus nietos le hicieron prometer que volvería en Diciembre y se quedaría por lo menos un mes.
A la mañana siguiente muy temprano el esposo de Marcela los llevó en su coche hasta la estación de trenes, allí lo esperaba la gran sorpresa, todos los habían ido a despedir. Y nuevamente el tren comenzó a tragar kilómetros, pero ¡qué distinto fue el viaje! Marisa no pudo dormir esta vez porque Diego hablaba y hablaba sin parar.
- ¿Viste que linda está Cecilia? Me dijo que le gusta un muchacho que conoció hace poco y que él también parece interesado en ella. Si llega a pasar algo me va a escribir pero tú no digas nada porque me lo dijo en secreto. ¿Y Hugo? Es demasiado serio para su edad, me recuerda mucho a Carlitos, él también desde joven fue muy formal. ¡En cambio Rosita! Es una pícara que se las trae! ¡Y los niños de Silvana! ¿Tú te imaginabas a Silvana mamá? Anoche pensaba que somos bendecidos por la vida o por Dios, si tú quieres.
Ella escuchaba y sonreía, no podía hacer otra cosa.

Eran las diez de la mañana cuando Marisa lo despertó con un mate, había dormido profundamente y se levantó sin apuro. Luego dio una vuelta por el jardín para ver si las hormigas no habían aprovechado su ausencia. Cortó una rosa roja y se la llevó a su mujer, se sentía como nuevo. ¡La primavera estaba cerca!
Terminado su almuerzo se acomodó en su hamaca de mimbre y comenzó a saborear lentamente su infaltable infusión de hierbas. Su rostro reflejaba alegría, paz, realmente estaba satisfecho consigo mismo. Echó la cabeza hacia atrás y la taza cayó de su mano. El universo lo miraba, había cumplido su ciclo...

*de Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar

Conjuro de secretos ingredientes*

Cardando estoy
las finas hebras
del deseo
despierta mi lengua
conjuros voces de delfines
soy la clandestina
bruja
agregando huesitos de doncellas
al caldo que te bebes.

*de Verónica Capellino. veroaleph@hotmail.com

EXPERIMENTO*

*Por Eduardo Pérsico. epersic@ciudad.com.ar

Sin que haya algún posible que pudiera evitarlo, el sol despierta y anda sin pausa ni demora. Su átomo de eternidad le corresponde.
De esa lumbre reciente que atenuó el horizonte, el mismo sol opaco en la alameda ya se entrega al designio de la tarde.

Las luces y la noche son formato de tiempo. Un impulso incesante sin pactos ni retrasos. Nada apremia su espera. Lo perpetuo es latido riguroso y el día volverá, qué duda cabe, pero anhelos constantes acrecientan la tarde.

Si muere un pibe de hambre cada cinco segundos se agotaron los dioses de leyenda y milagro. No más sermón errátil de compartir los panes si muere un pibe de hambre cada cinco segundos. El perjurio de magias y cielos del arcano, son antiguos borrones caídos en desuso. La continua derrota de esperanzar la espera.
Hambrientas multitudes sin hallar pertenencia, príncipes sonrientes al temblor del vencido, patrones de la tierra y burlas del Poder son siglo veintiuno.

De persistir sin cambio el peso de los cuerpos, el aire que se eleva y otras físicas claras, es frívolo joder a nuestra especie a toda hora. En cuanto si todo es un incipiente ensayo, - acaso experimento- es hora de avisarnos.
Y digamos también, sólo para saberlo.

*Eduardo Pérsico, escritor, nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina.

OLOR DE OTOÑO 2*

estaba atardeciendo
y otra vez olor de otoño
me avisaba que es tiempo
de quemar dejar caer mutar
ákiko mujer de otoño
sabe quemar papeles repletos
de letritas y tachones
líneas de desamor
(y se guarda el amor)
tiempos de terrorismo
(y le queda el terror)
voces de despedida
y reserva un lugarcito
para la soledad
esa
que nunca se va
no puede quemarse la soledad por qué

*de Lucía Cinquepalmi luciaguionbajo@gmail.com

EN LA ZONA*

Uno tiene que ser fiel a una zona, repite aquel personaje de un cuento de Saer.
Imposible afirmar si aquello que un autor pone en boca de sus personajes es lo que piensa él realmente, es decir el autor. Pero tratándose de nuestro comprovinciano está tentado a creer que es así.
En ese caso a qué zona sería fiel yo, digamos, creo que tampoco hay secretos, que todo el que tropieza con un texto mío sabe de antemano adonde voy. A ese lugar minúsculo en los mapas “que no tiene río ni puerto”, como escribí alguna vez.
El lápiz, sin embargo muy elocuentemente muy obsesivamente diría, se dirige a remarcar ese perímetro que pueblan casas bajas y gente muy pacífica.
Y, como el lector supone, hay poco de interesante en estas vidas sencillas, por más que favorables
vientos de la historia económica beneficien a un grupo para que viva en un confort superior al de sus mayores.
Con o sin esa conciencia la gente, como en todas grandes ciudades, o como en cualquier otra parte hace lo que puede con su propia vida.
Sin embargo, cuando pienso en aquel lugar, aparece entre los nombres como el ruido de un galope obstinado. Es el ruido de ese caballo nocturno que rompía el hilo en las noches de invierno, cuando la luna se instalaba como un plato de acero brillante.
Y era mi madre, quien recorría la pequeña, la humilde casa con su lámpara en la mano y llegaba hasta mi habitación para arroparme, y entonces sí, uno se abandonaba al sueño más profundo. Y a veces, en las noches más crueles, cuando la helada atacaba sin piedad la indefensión de los limoneros, ella con una entrega solicita me calentaba la camiseta de frisa con la plancha a carbón, a pura brasa encendida.
No se por qué, la recuerdo en estos tiempos duros de las dudas reales, cuando arrecian los vientos más implacables y uno está siempre alejado de la posibilidad de que la muerte nos restaure la magnitud de cualquier desamparo.
En las chacras de entonces cabía todo el arduo, el implacable trabajo para hacer fructificar ese suelo fértil, pero que gracias a la escasa tecnología acumulaba deudas y magras entradas antes que bienestar merecido.
En esas chacras donde nunca viví, aunque todos mis mayores sí lo habían hecho, pero mi generación se criaba en los pueblos. En esos desolados pueblos de entonces que seguían –como hoy- dependiendo de la actividad rural.
De cualquier modo, en mi remotísimos tiempos infantiles todavía quedaban abuelos o tíos allí, pocos, muy pocos, pero quedaban.
Un pequeño campo que un hermano de mi abuela materna arrendaba no recuerdo a quién, que estaba junto al hondo Canal, y cuya humilde casa de ladrillos estaba asentada en barro, y la rodeaban unos copiosos paraísos, y creo entrever a un costado un selvático cañaveral o no, tal vez mi memoria me juegue una mala pasada. Como no había molino, se sacaba agua de un pozo, que un paciente caballito tiraba con una cadena. El gigantesco balde volcaba sobre los bebederos de lata y allí los caballos y las vacas abrevaban su sed.
Calle de por medio (esa larguísima calle que se hundía en hondos campos y que intercomunicaba las chacras entre sí) estaba la chacra que mi abuelo Isaías arrendaba a don Juan Burki.
En la chacrita de tío Roque, tal el nombre del gringuísimo hermano de mi abuela, pasé imborrables momentos.
Como aquella vez que sentaron mi pequeña humanidad sobre un carro cargado de pasto y el vaivén me fue lentamente bamboleando hasta casi caerme. Como el tío Roque iba a pie y llevaba al caballo de la brida a mis gritos paró y corrió a –literalmente- abarajarme pues el traqueteo me había ido inclinando en incómoda posición –de cabeza- muy cerca del suelo. No dije nada en mi casa, porque si no esas breves y espaciadas vacaciones que me permitían en la “chacra de tío Roque” me estarían vedadas. Y allí lo pasaba muy bien, allí jugábamos en los pocos ratos de ocio con “el primo Hugo”, un poco mayor que yo, pero hijo del tío, es decir primo de mi madre. Por las noches encendían una inmensa radio de madera que funcionaba con la electricidad que proporcionaba una batería a la que llamaban “el acumulador”. Una antena a lo alto y un pequeño molinillo que estaba sujeto al capricho del viento hacía el resto. Al parecer se necesitaba todo eso para que pocas horas al día se pudiera escuchar la radio, siempre con interrupciones y descargas. Nunca supe por qué se necesitaban tantos elementos para oír ese milagroso aparato que era como la máquina de soñar para grandes y chicos.
Si las tareas lo permitían íbamos con el “primo Hugo” a pescar al canal vecino. Ignoro qué pescábamos o que pretendíamos pescar con esas cañas inmensas y esos anzuelos siempre pobres en el agua que corría mezquina.
Pero lo que yo más apreciaba eran esas –paseos para mí- incursiones a caballo en busca de las pocas vacas que había y que teníamos que encerrar al atardecer para ordeñar al día siguiente.
Pero Hugo disfrutaba más jugando a la pelota, como es natural y que pretendía aprovecharme cundo yo iba, de lo contrario no tenía con quién hacerlo ya que sus hermanos eran muy mayores.
Para mí no era novedad, en el pueblo me pasaba horas y horas jugando con mis amigos a ese deporte excluyente de mi infancia.
No he vuelto a andar por esa zona, me dice mi hermano que ya no está más la casa, y ha prometido llevarme.
Iré a un lugar donde ni alambrado habrá de quedar, ni árboles, ni nada que me recuerde a esa chacrita.
Solo el canal y algún sembrado intenso de soja, que cruzan erráticos los pocos pájaros que se atreven sobre ese aburrimiento verdoso, cubriendo por doquier todos los campos.

*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar

Encuentro*

Se citaron en un bar. Con solo mirarse supieron que eran ellos, los del teléfono.
Una forzada sonrisa, apenas el roce de los dedos.
Dos hola y un atropellado pedir al mozo dos cafés.
-A mí con canela- dijo ella.
-Hace frío...
-Sí, un poco...
-Se miraron a los ojos y comenzaron a reír tontamente.
-Perdón, es que hace tanto tiempo.
-Yo también, ya ni me acuerdo como empezar una charla con una mujer.
-Me llamo Andrés.
-Hola Andrés, soy Julia.
Sin hablar tomaron el café y salieron a la llovizna fría. Él la tapó con su campera.
Apretándola contra sí. Julia tiritaba sin mirarlo.
-Te llevo a tu casa...
-No... mejor a la tuya.
_Pasá y secá tu pelo mientras enciendo la estufa y preparo un trago.
Julia se sacó las sandalias y Andrés friccionó sus pies con manos cálidas y grandes.
Eso solo fue el comienzo. Se encontraron abrazados fuertemente sintiendo que cada milímetro
depiel necesitaba del latir del otro.
Toda la soledad, la necesidad de un cuerpo apretado, se traducía sin palabras, solo traspasar el
Calor que la carrera de la sangre por las venas llevaba al corazón alocado.

Se apartaron mirándose, descubriendo el color de los ojos, la forma de la boca y los apretó
El remolino embriagante del sexo, agonizando juntos.
Sin soltarse, quizás con temor a que uno de los dos se esfumara, retomaron el viaje lento
De reconocer y explorar, susurrando medias palabras, ahogando suspiros.
Se metieron suavemente en el túnel del placer sin tiempos, olvidando barreras y pudores.
Mañana... ¿quién piensa en mañana?
Volverían a la rutina o quizás esta noche comenzaría a tejerse la tenue red que envuelve el amor.

Quizás...
Por ahora sólo dos cuerpos en un dulce incendio.

*De ELSA elsahuf@hotmail.com

Fuego mujer*

una mujer
junto a su fuego
tiene el orgullo de ser una entre las tantas

enciende fuego vivo
a sus costados

manda un soplo de aliento
al desaliento
y ella es mejor
que todos sus recuerdos

se desentiende
de miedo y pormenores
que la acechan a diario
en su morada

no le basta la luna
que le ofrece
todo el sol
guardado en tibia resolana

lo busca en su calor
el suyo propio
para alejar el frío
a sus costados

una mujer
en medio de su fuego
sabe quemar las penas
y el silencio

hace crujir los días y las noches
al paso del ardor
de sus recuerdos

le pierde el miedo
al fin de los entierros
lleno de espaldas y de pasos lentos

y el encierro final
es como el fuego
se funde y se transfunde
en las raíces
para guardar por fin
aquel misterio

*de Lucía Cinquepalmi luciaguionbajo@gmail.com

Las lágrimas*

Bajo un cielo plomizo y cercano, que hace frío el día acercándolo a mi tristeza, camino hacia el promontorio encabezando la comitiva. Tanta gente me acompaña a despedirte y sin embargo únicamente me importa que nunca más te volveré a ver. Sé que estoy llorando por dentro, desgarrado y confuso, pero soy incapaz de hacerlo por fuera porque no recuerdo como hacerlo.

La vida me ha endurecido tanto que no me creía capaz de sentir tanta tristeza, pero tu muerte, amor mío, me ha llevado a reencontrarme con los sentimientos. Todos lloran a mi alrededor, hasta Dios solloza en tu entierro. Sé que estas gotas de lluvia no son más que sus lágrimas, las que vierte él por mi, que me he olvidado de llorar.

*de Joan Mateu. joan@cimat.es

Señal de amor en los sentidos*

La pequeña mariposa modificaba el aire
con un sutil batir de alitas
que amontonaría nubes
que las arrojaría unas sobre otras,
sorprendidas,
hasta que en choque explotaran y derramaran,
generosas,
una lluvia fina como harina.
Pero la mariposa allí vibrando, cándida, en las alas,
un espasmo azul fosforescente
una apenas gotita rojo purpurina
y un curioso número 88 ¿el teléfono de Dios,
la clave remota para ingresar al paraíso?.

Como la pequeña mariposa ingenuo, cada cual,
bate en el aire las inocentes alas del sentido
con un color un número
una clave quizá una huella
de dientecillos de vampiro
y se pone el espacio de tormentas
y se llueve el tiempo su delirio
y se duele cada cual en aleteos
su breve para siempre su marca de nacido.

*de Verónica Capellino. veroaleph@hotmail.com

*

Se fueron desvaneciendo sus dedos de escritor, intentaba ordenarle que se tonificaran para seguir acariciando versos, relatos, locuras que le ocurrían. Pero el fluido de sus falanges estaba seco. Las silabas salían con un esfuerzo de aprendiz de lectura, Las consonantes no coincidan con sus intenciones.
Además, en su cabeza sentía el temblor de sus recuerdos. No era agradable escucharlos empujados por el paso del tiempo. Era un ruido de silbatos desprolijos que anulaban la sucesión de alguna aventura que lo colmara de felicidad.
El pasado de un amor de esplendor, sin rutinas ni aburrimiento, se había quebrado. El deseo de continuar enamorado, ya no tenía un sentido inspirador. Se había marchado, lentamente al chocarse con las miserias de los dos. Esta sensación comenzó a aparecer, en un principio, con alguna interrupción del diálogo. Quizás, demasiado idealizado. Mas tarde, las conquistas de la compañera empezaron a confundirlo y viceversa.
El tiempo de estar juntos transcurría de la primavera al infierno, el estado de la risa y la simpatía fue reemplazada por temas prohibidos
En una noche de insomnio titubeaba en su lengua, Intentaba buscar una excusa para seguir estando vivo.
No logró en esa pálida noche una tregua.
Vio su alma tan oscura y odiosa, que rezongó hasta cuando le transportó el sueño.-

*De Azul. azulaki@hotmail.com

VENTANA QUE DA AL NORTE*

Ven amor. Valle quieto. Centauro. Pájaro dormido.
Descansa en mis pechos de mar.
¿Temes el presagio en tu ventana que da al Norte?
¿Te llama la heredad de un reino amurallado?
¿Tus manos temerosas, son un reloj parado?
¿Tu historia que se enreda en tristísimos líquenes?
¿Los oídos, las bocas, los memoriosos ojos?
Un reino de ruleta rusa.
¿La alienación esfuma el rostro?
Suspendidos ojos, flotan.
Huellas. Angustiosas huellas. Miedo.
Sobre todo, miedo.
Alguien llora. Alguien ríe.
¿Oyes? Nueve días y nueve noches, ha soplado el viento.
Ventana abierta. El viento no ha apagado las fogatas.
Entran voces, luz de miel, besos de río.
Desborde de llantos contenidos.
Ven, amor. Ven y grita.
Tu grito más profundo, tu raíz.
Mi preñez acaricia tu frente.
Ven amor, la ventana está abierta y da al norte.
Al Norte, amor, al Norte

*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar

AMANECER*

Noche de viernes, solo, sentado a la mesa de mantel raído de esa cafetería suburbana y añorando la compañía de Leticia que había partido el día anterior a un congreso médico. Buscó entretenerse mirando la concurrencia que a esa alta hora de la noche ya era escasa, algún noctámbulo sin rumbo, otro que ya las copas le alegraban la cabeza y allá en aquel rincón ella.
Parecía una niña abandonada a su suerte y tenía la apariencia de un perro sin dueño. No había salido en tren de conquistas fáciles y además la veía tan pequeña que despertó en él cierta ternura paterna. Pensó que estaba demasiado expuesta y se le acercó.
- ¿Te acompaño? No quiero seducirte, sólo hacerte compañía, y ¿por qué no? Protegerte.
Ella lo miró con ojos extraviados, vidriosos de droga y respondió con una sonrisa estúpida. Estuvieron mucho tiempo en silencio; a ella le costaba articular palabras.
- ¿Te llevo a tu casa? – preguntó él y sin contestar ella se levantó y
tambaleante se dirigió hacia la puerta. Luego se subió a su auto sin la menor oposición y como no le daba su dirección decidió dar un paseo por la ciudad. A poco de andar se quedó dormida y él dirigió su coche hacia la playa.
La noche era espléndida y el mar arrullaba con su vaivén. Estacionó junto al murallón y la miró dormir durante varias horas; estaba seguro que lo necesitaba. El horizonte se fue iluminando, el sol se insinuaba cuando despertó
- ¿Por qué estoy aquí? – preguntó aterrada.
- Yo te traje, te noté muy mal en el bar.
- ¿Qué quiere de mí? – el miedo la hacía tartamudear.
- Yo quiero una sola cosa, - el rostro de ella se contrajo de pánico y comenzó a temblar.
– No tengas miedo, sólo quiero que veas el amanecer lúcida y que sientas que es mejor que la droga.

*de EMILSE ZORZUT. zurmy@yahoo.com.ar

Jardinería*

En el vientre de las flores

del laurel
habita una diminuta sirena
que emerge de los mares interiores
de la planta.
Me conforta cuidar al laurel
lo riego le quito las hormigas
y pienso.
Me gusta pensar
mientras cumplo esta tarea.

Peligroso es el perfume
del laurel
apenas perceptible.
Mortal es su canto
de sirena.

*de Verónica Capellino. veroaleph@hotmail.com

ECO DE ADIOSES*

I

¿Hacia donde navega tu barco
Que no deja su sombra
A lo lejos?
El adiós se murió entre mis manos
Hecho pájaro sin nido
Y sin respuesta.
Creo que sólo fue un silencio
Que quiso ser voz
Y compañía.
Tal vez sólo soñé despierta
Y cuando el sol salió
Quemó mi pena.

II

Me miras y no entiendes,
Pretendes sentirme
Y me alejas,
No encuentras los signos,
Los engramas
Que construyan de nuevo
Los caminos.
Tal vez tu pie
Nunca interpretó mi huella
Ni tu sentir
Incorporó mi gesto.
¿Qué somos hoy?
Sólo dos sombras
Unidas por la nada
Del invierno.

III

Muy lentamente
Destruyo mi pasado,
Las aguas del río
Se llevan mis recuerdos.
Dejo que la lluvia
Lave mis heridas
Que no fueron tan graves,
Me doy cuenta.
Pero es hora
De mirar los relojes,
Gozar el minuto concedido
Que morirá en segundos
Despiadados,
Cayendo en el cántaro del tiempo
Como gota de agua
En el estanque.

*de Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar,

Tendría que cambiar*

El cordón de ilusiones era fino, como un hilo de pescar. Cuando se enredaba en patrias de silencios, las palabras se perdían en suspiros.
No podían encontrar la procedencia de la insatisfacción. Había, en esa madeja de sentimientos, unidades de contradicciones y dudas…
Requería de manos expertas que lograran desovillar la nobleza de los recuerdos, ellos, tironeaban hasta asfixiar…
El peso del compromiso vencía drásticamente la liviandad de sus anhelos.
La esfera de la crueldad, en su retorno constante, no le permitía desprenderse
Y alejarse de esos arquetipos.
Nublaban la llamativa claridad de sus ojos grises.
El pánico de sus enredos no le hacía bien, paralizaban su maniobrar.

Tendría que cambiar.
Era tiempo de cambiar. Convendría tomar distancia.
Con un cristal de independencia debería dejar que la vida se deslice suavemente por sus dedos impacientes…
El destino se encargaría de cambiar el injusto repiquetear de la melancolía.

*de Azul. azulaki@hotmail.com

Molas*

En el golfo de Urabá
navegando afluentes del Atrato
con su hombre van
las indígenas cunas
ruta al mercado
a vender (¿tiene precio lo bello?)
sus molas ingenuas – lujuriosas.
Caprichosas geometrías
reiteran en las telas
diseños que antiguamente
pintaban en sus pechos:
amarillas rojas negras
abstracciones
algún pájaro libando
anchos pezones
alguna flor de despeinados pétalos
duplicada en gráciles morenos
planetas gemelos.
Me lavaré como ellas la mirada
con infusión de hierbas y agüita del cielo
para mejor ver la ruta de los sueños
por encontrar la magia los colores
con los que pintaré tus ojos
en mis pechos.

*de Verónica Capellino. veroaleph@hotmail.com

CUALQUIER ESQUINA*

Se encontraron en una esquina. Cualquier esquina.
Ella venía con una alforja bordada. Verde trébol cuatro hojas.
En sus manos, lágrimas de mar, ceniza y un pájaro dormido.
El, solamente, una vara de sándalo.
En sus pies, sorbos de sombras y espinillos.

Antes de verse presintieron sus pasos.
Ella venía de páramos y valles.
El, de escarpadas cumbres. Aves incineradas.

Ella traía el oficio del agua y la sed.
Él, oficio de orfebre, de dolorosos soles.

Se buscan. Se abrazan. Heroicamente.
Rescatan símbolos, gritos y silencios.
Bautismo de luz, espina que no duele. Casta sed.
Pronuncian quedamente sus nombres.

La intemperie ha quedado atrás.

Una esquina cualquiera. Un hombre, una mujer.
Se saben los primeros. Ensayan vuelos
Se aturden de sándalo y de verde trébol.
Tiempos de asombros. De naceres. De vida.

*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar

Irse*

En un espacio sin orillas

La cabeza da vueltas.

Es un fuego de derretidas memorias desenlazadas.

Volver a ver la tierra

Pasto seco

Que suena como seda

En un espejismo barato.

Perdida

Mientras la otra

En una fiesta, en una calle, o en una vida

Con aspecto de maniquí sin vidriera

Espera que vuelva.

Estoy faltándome a la cita.

*de Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar

TERRITORIO DE LAS PEQUEÑAS COSAS*

Buen día. ¿Como estás? ¿Has tenido un buen día?
¿Cómo está tu familia? ¿La canción, el lamento?
¿Qué te dice el territorio de las pequeñas cosas?
¿La plancha, la mesa, la taza con café?
¿La alegría descansa esperando en tu silla?
¿Cómo ensamblas el corazón y las palabras?
¿Has descubierto el sortilegio del pan, el canto de las letras?
¿Puedes entender que la vida da pequeñas treguas?
¿Qué mar no se detiene, ni el carrusel ni los planetas?
Llevamos un blanco infalible en el pecho
Un blanco color escarapela y allí apuntan, certeramente.

Pero hay un exorcismo de hierbas.
Podemos sembrar peces, trenes, veleros.
El beso aguarda, como aguarda el valle de tu lámpara clara.
No importa la cosecha, si, la siembra
Espera en los andenes.
El tren que ha de llegar puede ser el último... o el primero.
El primero. Amor de viento, reloj, fatigado viajero. Niño.

*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar

EL PERRO ESQUILIBRISTA*

*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar

En esos paisajes del pueblo que son como postales móviles no pueden dejar de percibirse los viajes que hace ese viejo rastrojero con su perro en el techo. En un equilibrio digno de un circo y no de esa bucólica tranquilidad que las no muy numerosas casas atestiguan, mejor dicho, sus ya acostumbrados habitantes a quien no llama la atención.
Si al hombre se le pregunta, no da importancia, se encoge de hombros y responde que es decisión de los perros subirse allí. Pero no debe ser casualidad que cuando uno se muere o es muerto por algún desaprensivo asesino, el que lo reemplaza en el espacio de mascota toma de inmediato la misma costumbre. Entonces, es más que evidente que el hombre los entrena. Ese hombre explota un pequeño campo a la vera de la ruta, muy cerca del pueblo.
Ese hombre se llama Miguel Ángel Compañy, pero se lo conoce por el apodo de “El Tigre”, y si uno le pregunta el por qué del apodo o quien se lo infrigió, se encoge de hombros, y mira achicando los ojos a través del humo de su cigarrillo.
Ese hombre, a quien conozco de su más lejana infancia es mi amigo y si se le inquiere el por qué otros perros viajan con él, en el asiento que corresponde al acompañante, contesta casi con pena :
-Isaías, mucha ciudad te ha perjudicado ¿Adónde viste que una señorita viaje sobre el techo de un vehículo?-. Y uno cae en la cuenta entonces del sexo. Esas perritas son las protegidas de su dueño, que extiende su caballerosidad por sobre todo el reino animal y no sólo el que corresponde al humano. La localidad es pequeña y como el poema de Jorge Calvetti, refiriéndose a Maimará; cabe en el galope de un caballo. La cercan los sembrados en todos los límites, y las casas son bajas, los patios son hondos, sólo una pocas tiene planta alta, en especial son construcciones de los últimos tiempos.. Hay un solo edificio de tres pisos, pero corresponde a una panadería tradicional, que por otra parte se extendió con la fábrica de galletitas, y supermercado en los últimos años.
La variedad de pájaros es cada vez más escasa y muchos la atribuyen al desaforado e inconsciente uso de los plaguicidas usados para aniquilar las malezas de los cultivos de soja.
El pueblo tiene durante el día una reconocible dinámica: autos, chatas que van hacia los campos, perros, pájaros, y obviamente gente que interactúa, como se dice ahora, repartiendo los rituales de siempre. Mujeres con sus bolsos de compras que se cruzan en una esquina e intercambian chimes, madres que van con sus chicos a la escuela o lo pasan a buscar por ella, talleres que trabajan y en las conversaciones de los hombres los dos temas excluyentes: las cosechas y el fútbol.
Pero si uno se levanta muy temprano “antes de que el gallo cante” como pavesianamente puede decirse, el pueblo es otra cosa. Si uno lo recorre, parsimoniosamente, si va hasta sus últimas calles, entre sus luces, su hondo e inquietante silencio y esa especie de niebla en que se halla como suspendido crea una sensación de irrealidad realmente notable. La “Trafic” que en esas madrugadas me traen de regreso a la ciudad tienen ese “plus” de belleza inesperada, que no se repite en otras horas del día, como es dable suponer, aunque también tenga su atractivo, pero siempre es más previsible, como suele ser la vida de los humanos aunque no así sus pensamientos, como sabemos.
Por eso, en las primeras horas de la mañana lo más significativo –y no por ser usual es menos caracterizable de original- es ese viaje de mi amigo con su perro sobre el techo del vehículo.
En los atardeceres, cuando Miguel hace los pocos metros que separan su casa del Club (el glorioso Huracán, como repite) para jugar al “chancho” con el ingeniero Kety Parapetti, hijo de mi amiga Hydée, Ullúa, Omar Bellini, y mi viejo y querido amigo también y hablo de Raúl Rodini, lo acompañan un par de perros que lo esperan pacientemente en la vereda. En esa salita que alguna vez fue “reservado” para novios y parejas muy jóvenes, ahora se juega pacíficamente a las cartas. “Por la vuelta” como se le llama a la consumición, por algunos porotos, y si es por dinero la suma es exigua siempre. Ya son recuerdo las tenidas en los altos del Club donde se jugaban casas y campos y a veces eran corridos por la Policía y hasta detenidos por transgredir una ley que penaba los juegos de azar. Hay anécdotas jugosas allí. Como esa vez que corrieran entre ellos a Ernesto Triacchini, continuo timbero y sastre de mi pueblo que saltó dentro de una casa, se metió en una cama –ajena, por supuesto- y cuando la Policía entra le dijo que estaba enfermo.
Miguel mantiene ese sentido gregario de la vida que sostiene a través de su adhesión incondicional al Club y yo, lo comprendo. Porque en épocas de “modernidades liquidas“ el decir de un filósofo, cuando la política se diluye o banaliza en los programas de la televisión basura: a qué pocas cosas puede un hombre aferrarse? Una de las pocas que congrega pasiones diversas y aún contradictorias está en los colores un club donde uno aportó en la más lejanísima infancia, como esas adhesiones tal vez casual, seguramente afectiva y para nada pensada (qué puede advertir responsablemente un niño de pocos años) y que sin embargo debe ser uno de los pocos sentimientos inalterables que quedan a un ser humano en el siglo veintiuno.
Y entre esas cosas, digo esas elecciones están los colores rojiblancos del “Club de los grandes éxitos”, como dice siempre Miguel y nunca sé si es con ironía.
De todos modos, él, muchos otros y yo, compartimos ese espacio común, ese afecto, ese estar sintiéndose bien, mirando pasar la lenta vida del pueblo como hacíamos en nuestra más lejana adolescencia.
Y parafraseando al inolvidable “Negro” Fontanarrosa diré; “en estos tiempos, es mucho”.

*

Tenía una gran capacidad de asombro, gozaba recorrer los espejismos, ver los reflejos de los objetos en dispares dimensiones y tamaños.
Planeaba desenvolver con una gomera dúctil, un arco iris con plumas de acuarelas y deshilvanar cada color en colecciones de candelas.
Intentaba predecir qué profesión desempeñaba cada sujeto que cruzaba por su camino, ya sea por su vestimenta, su actitud o su caminar…
Quería describir cuales eran los mejores ingredientes para curar enfermedades.
Sabia, que uno de ellos, era el amor, otro, la confianza, también la paciencia y el sentido del humor. Por eso en sus momentos de paz, mimaba a los que estaban afligidos o extenuados por el peso del desconsuelo….

Pero lo que más le interesaba, desde muy pequeña, era encontrar el espacio en el que se inscriben los pensamientos, la memoria, la imaginación… y la creatividad.

Por lo cual, tomó una decisión: permaneció sentada en posición de loto.
Con los parpados cerrados, dirigió su mirada al entrecejo, Se había colocado un bindi colorado. Después de aquietar sus ambiciones, y de respirar rítmicamente. Comenzó a meditar.
En ese estado de silencio y quietud, encontró el enlace de la armonía.
En una luz resplandeciente y conmovedora, se dejó llevar por la sencillez del corazón, que persuadía al mecánico cerebro.
Ese espacio, que tanto buscaba, estaba en su interior, sin intención comenzó a dejarse transitar por el universo de la Poesía.-

*de Azul. azulaki@hotmail.com

Un día especial*

El lujoso yate a duras penas logró acercarse a la orilla. Un atlético rubio de escaso short blanco saltó a tierra y ató la soga de amarre al timbó más cercano. Desde arriba se desplegó una escalerilla por donde bajó una mujer envuelta en toallón muy colorido y con finas sandalias que se
hundieron totalmente en el barro gredoso.
Los chillidos histéricos se oyeron dentro de la isla.
- Cómo se te ocurre, mamá, con esos tacones, ¿no ves el barro?
Cuando se disponía a ayudar a la mujer, que hipaba nerviosa, aparece un islero, alto y flaco, que, sacándose la gorra saludó:
-Buen día... ¿qué le anda pasando?
-Nos quedamos sin combustible... ¿no tendría un bidón con nafta? Por favor, le pago lo que pida.
-No don, aquí uso remos, nomás.
-¿Y donde conseguiríamos?
-No sé. Sólo que espere al acopiador... en una de esas a él le suebra y le da.
-Falta mucho para que pase?
-No, mañana a la tardecita, nomás.
-Mañana!!! Se oyó desde el yate la voz femenina.
-Y sí. Pero endemientras, arrimensen al rancho. Es pobre, sabe, pero mi patrona les ceba unos mates si quieren.
-No, gracias, señor.
-Pero sí mamá. Abrigate y bajá, quizás podamos comer algo. ¿Queda lejos su casa?
-No, ahicito, detrás de los sauces.
Un enjambre de perros flacos y ladradores, recibieron al trío. De un costado salió una mujer, ancha sonrisa de pocos dientes; secándose las manos en la pollera y ahuyentando la jauría, saludo con voz suave.
-Juana, los señores tienen hambre, preparales algo.
Debajo del alero, un hoyo lleno de brasas y leños, sobre él, colgada de un aparejo una olla de hierro ennegrecido donde humeaba el aceite. Pendía de un alambre un manojo de amarillos aún vivos y destripados. La mujer los descolgó, salándolos sobre una tabla, y con certeros golpes de cuchilla los
trozó.
La señora del yate, frunciendo la nariz se sentó alejada del grupo, mientras el hijo conversaba con el islero sobre la posibilidad de una tormenta.
El aceite chirrió al recibir los pedazos húmedos, y un apetitoso olor invadió el lugar.
Mientras pasaba un trapo por la tabla que hacía de mesa, el islero invitó.
-Por favor, arrime señora. Esto se come calentito.
-No, gracias.
- Mamá, acercate y probá. Esto está muy bueno.
Los dorados trozos, ensartados en una varilla de sauce, de punta aguzada, fueron depositados en un plato de latón.
Desparramando los perros, que acudían al aroma, Juana alcanzo una silla con asiento y respaldo de junco, para que la señora integrara el grupo.
Esta tomó entre sus perfumados dedos una rodaja de pescado y tratando de disimular su aversión, hincó sus dientes y saboreó un bocado.
-Está muy rico- dijo, mientras masticaba otro.
-Cuidado con las espinas, señora, si se le dispara alguna a la garganta no se asuste, trague un pedazo de pan entero y ¡listo!, señaló el hombre mientras sacaba de un estante una botella con un mejunje que batió enérgicamente.
-Mire, don, pruebe el chimichurri, eso sí, si aguanta el picante.
Aceite, vinagre, ajo y perejil picados, ají molido, pimienta, sal y algunas hierbas aromáticas integraban el colorido chorro que inundó el pescado caliente.
-¡Ah, que pica esto! Pero está muy bueno.¡Que bien vendría un vaso de vino tinto!
-Cierto, pero no tengo. Hacemos la provista una vez al mes en el pueblo y éste anduvo muy malo... no pude ir.
-¿Frito más, viejo?
-Para mí no, gracias. Nunca pensé que comería tanto- dijo el muchacho.
-Yo tampoco. Agregó la señora-Muchas gracias.
-Bueno, dejá nomás Juana. Poné la pava.
En eso se escuchó una estridente bocina.
-Pero vea, apareció el acopiador.¿Qué se habrá olvidau?
Cuando llegaron a la orilla, una larga y ancha canoa con motor atracaba, y su corpulento dueño, saltando ágilmente a tierra, los recibió con un escueto
-Buen día. Te conseguí el remedio para la Juana, por eso me arrimé.
-Suerte, porque aquí el hombre se ha quedau sin nafta.
-Tá bien, ya le alcanzo un bidón que tengo de repuesto.
-Muy bien don. Páselo y dígame cuánto le debo.
-Nada mijo, sólo necesito el envase.
-No, faltaba más, quiero pagarle.
-Dele aquí a Juan, que precisa para la salud de su mujer. Adiós y suerte.
-Muchas gracias, que le vaya bien.
Mientras la señora subía al yate, saludando a la pareja de isleros, el joven apretaba la áspera mano de Juan, dejando en ellas un billete.
-Para un vino, y muy agradecido por todo lo que hizo por nosotros. Fue un gusto conocerlos.
-Bueno, que les vaya bien. Cuando guste, aquí estamos.
-Gracias. Chau.
Lentamente la lancha despegó de la costa, alejándose río arriba. Brazos en alto y anchas sonrisas fueron las últimas imágenes.
La isla volvía a su paz habitual, acompañada sólo de trinos y silbos de pájaros y del contoneo de los sauces, gozosos del vientito que soplaba del sur, aliviando el calor islero.

*de Elsa Hufschmid elsahuf@hotmail.com

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