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BITÁCORA DE UN SOCIÓLOGO FRACASADO

15/10/2009 GMT 1

¿QUIÉN SEMBRÓ EN LA LUNA ESA HIERBA DE LUZ NEVADA?

urbanopowell @ 14:33

Tierra y libertad*

Se recomienda esta lectura con música celta, vino tinto en pequeña copa, tabaco
y luna menguante rojiza recién asomando en el horizonte del este de este lastimado sur

Vi a un hombre agachado en su dolor, entre el miedo y la queja, poniendo flores en su pequeño jardín. Amasaba una tierra comprada, prestada, como no confiando en lo que ese pedacito de heredad que el medio le había conferido en su derecho tuviera suficiente nutriente.
Tal vez dando por sentado que ya la había depredado y malgastado lo suficiente como para que haya perdido las condiciones de su fertilidad inmanente. La tierra, no el hombre.

Lo vi eludiendo los reclamos increpantes, refugiándose en la usina de su propia primavera tardía, sin caución de resguardo, apurando los tramos que rezagó en proclama de la inercia, ausentándose del pánico y la angustia, regando hojas y manos con lágrimas que manaban de la sonrisa inexplicable y de la tristeza harta de explicaciones.
Resbalaban esas lágrimas guiadas por sus arrugas. Ojalá hubieran sido sólo patas de gallo, a esta hora andaría pisando gallinas.
Eran surcos de la piel de un hombre que ha reído y llorado. Y se ha enojado más de lo recomendable. Eran los caminos ensayados y repetidos tantas veces y tantas más hasta hacer huella.

Lo vi explorar la tierra como si la mirara por primera vez, yendo y viniendo de la mezcla de arena, cal y pedregullo, erigiendo un palacio en la miseria de la vida efímera. Lleno de orgullo de estar despierto y no muerto, pero implorando alguna cábala o un rezo que acelerase el resultado y la consecuencia de este esfuerzo nuevo, en repudio del tiempo disipado.
Como despojado de la memoria ancestral o descubriendo un atavismo en ciernes que había silenciado indiferente.
Me pareció escuchar de entre sus comisuras un chasquido de pena. Pero noté que la sonrisa volvía a dibujarse dejando escapar el aliento cálido que ofrecía a los brotes, penetrándolos.
Se sentó a mirar su obra sin sentirse mirado, mientras secaba con la manga arrugada de la camisa esa humedad que, no se dio cuenta, lo haría brotar a él también.
Me detuve en el brillo de las gotas y me vi en los destellos, hecha pedacitos en un calidoscopio de colores difusos. Sólo un espejo más?

*de Lucía Cinquepalmi luciaguionbajo@gmail.com
-Octubre de 2009

¿QUIÉN SEMBRÓ EN LA LUNA ESA HIERBA DE LUZ NEVADA?

APUNTES PARA UNA HISTORIA
DEL PELADO MIGUEZ*

Al Gallo Serafini
A Josecito Fantasía

La leyenda lo quiere rosarino, crack venido a vestir la roja casaca para mostrar sus grandes dotes futbolísticas y lo prefiere –para dar motivo a su permanencia en el pueblo- enamorado de Ubis, la hija de don Manolo González, asturiano antifranquista, gran tomador de vino tinto y contador fabulero de historias.
Lo mío es posterior. Cuando nací era vecino nuestro y ya tenía cuatros hijos varones –el quinto vendría pronto-. El penúltimo –El Toto- se me adelantó un mes, cosa que él siempre me recuerda, y de hecho fue mi más fiel compañero y amigo desde antes de la primaria, que compartimos, así como todos los juegos y travesuras, hasta la misma camiseta, o sea la del “Jazmín” o la de “Huracán” o de cualquier partido de potrero. De su extrema habilidad con la pelota di cuenta en otros textos, no abundaré entonces aquí.
Cada vez que voy por el pueblo, una mesa del bar del Club nos ve solos o con otros, frente a un par de largos vasos de vino oscuro. Charlamos con lentitud de las cosas de otro tiempo. Conversar con él lleva su tiempo, porque habla poco y pausado y es tímido, una timidez que no elude la fina ironía y muy de vez en cuando el sarcasmo.
Pero volviendo a su padre, El pelado, diré que el origen de ese apodo nunca me fue revelado. Cuando mi padre vivía conjeturó que había llegado con la cabeza rapada. Recién salido de la conscripción y de allí el mote. Nunca podré confirmarlo, ni con sus hijos. Ni siquiera queda el nombre del apodador espontáneo, que nunca falta en los pueblos.
Sus hijos –que no heredaron el apodo, como también sucede con frecuencia en los lugares chicos-, fueron –de mayor a menor- llamados: Tatito, Nenucho, Nino, Toto y Pili. Como sucede con los apodos, les borró el nombre a todos ellos, tanto que hay que averiguar cómo se llaman civilmente hablando. Tuvo otra capacidad sobresaliente además de la futbolística: era un orador. Yo lo vi en las asambleas obreras con su dedo admonitorio, su rostro encendido, su voz que se iba opacando hasta la afonía cuando la vehemencia del tema lo requería, siempre jugándose entero. Como era un gran lector –no se le caía un libro o un diario debajo del brazo-, sabía de leyes y decretos y aumentos y explotaciones diversas y atropellos, que siempre combatió. De esas piezas oratorias, que yo oía sin entender, me quedaban las palabras nuevas, desconocidas para mí, que rumiaba en mi cabeza hasta que iba al diccionario.
Tal vez fue, junto a Marcos Díaz y a Ramón Fernández, -otros grandes oradores obreros- quienes más hicieron por mi futuro oficio de poeta, siempre enamorado de las palabras.
El Pelado fue un caudillo obrero, fue también un gran peronista.
Pero hoy me conformo con su otra pasión: la futbolística, esa vocación íntima pero a la vez tan pública. Esa pasión que lo convirtió en un gran docente, como me dijo la última vez que vi a mi amigo Cabezón Albanessi y nos pusimos a recordarlo.
Este amigo –que jugaba para los “raneros” de Federación- me refiere esta anécdota que tiene que ver con El Pelado.
Miguel Ángel Albanessi, es decir “El Cabezón” como cariñosamente lo llamamos todos por obvias razones, debutaba ese día. Jugaba con el número dos en la espalda y era, por lo que recuerdo, muy bueno en el puesto. Le tocó, debutante, cuidar nada menos que al Pelado, quien ese día jugaba con la número 9 a la espalda. Se pasó todo el partido dándole instrucciones de maestro. Como doblaba en edad a todos –compañeros y adversarios- y además era respetado, todo el mundo lo escuchaba.
-El Pelado –me dice mi amigo con una sonrisa- era un docente auténtico.
Y así era, Pero tan respetuosamente se dirigía, con tanta humildad, que la hinchada le perdonaba todo y como mucho decía:
-¡Y bueno! ¡Son cosas del Pelado!.
A otro lo habrían colgado de los arcos, pero a él no. Nunca le vi festejar un gol propio, lo hacía como una parte más del juego, no de la competencia. Para él “todo era experiencia” para rescatar y enriquecerse. Todos los adversarios lo respetaban por esta actitud.
Ese día ganamos con un gol del Pelado. Se tiró gambeteando detrás del área, hacia la izquierda –manejaba muy bien ambas piernas- y pegó un zurdazo a media altura cuando vio un hueco. Mi amigo quiso ganarse el puesto y le puso el cuerpo a la pelota, que ésta le rozó el costado y entró en la red. Como las costillas le ardían un poco empezó a frotárselas, y al Pelado no le pasó desapercibido.
Se acercó entre solícito y culposo:
-Pibe, disculpame si te hice mal…
-No es nada maestro, debió contestar mi amigo.
Ni siquiera ese gol, que definía un clásico, mereció el grito del Pelado. Se fue cabizbajo con la pelota bajo uno de sus brazos hacia el cetro de la cancha. Nosotros estallamos en un grito unánime.
Le habrá parecido una impudicia gritar un gol, a él interesaba jugar, hacer un filigrana con la pelota en sus pies. Nada lo ponía tan mal como que se “rifara” la pelota por el aire o jugar con la cabeza gacha, o correr como un loco, sin mirar antes al compañero.
-¡No pibe, no, así no! -se quejaba.
Hasta cuando un adversario hacía una buena jugada lo felicitaba. Era todo un caballero.
Con los únicos que era implacable era con los que maltrataban la pelota, ya que él pegaba como un mago, acariciándola como a una mujer querida.
En esta época hubiera sido un excelente director técnico, pero sabemos que antiguamente estos hombres que querían dejar una enseñanza, estaban lamentablemente limitados. Solamente en los picados donde jugábamos los más chicos podría darse el gusto de profesor de sapiencia.
Pasaba con su bicicleta y cuando veía un grupo de chicos en un baldío, indefectiblemente paraba. Miraba unos minutos y se metía en el entrevero. Pedía la pelota y daba algunas instrucciones. Luego se iba satisfecho.
No vaya a ser cosa que uno se confundiera y la emprendiera a los zapatazos, como si la pelota fuera un bofe –o peor- un pedazo de trapo o una sandía.

*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar

El heredero*

Vivía en un caserío a las afueras de Satrustegui y era conocido en todo el pueblo tanto por las piedras que levantaba como por aquella boina inmensa que se calaba. Todo el mundo le llamaban Pachi. Sus amigos, su novia, en el trabajo, en todas partes.

Pachi siempre fue Pachi, hasta que uno de los emigrantes a Cuba, algún antepasado muy lejano al que nadie conoció, hizo fortuna al otro lado del Atlántico y al morir sin descendencia, le legó toda su fortuna.

Desde que recibió la herencia dejó de ser Pachi y ahora es Don Francisco Iturriberrigota Goicoerrota Tochea Turrestarazu Durtubia y ya no levanta piedras, pero la boina sigue con él.

*de Joan Mateu. joan@cimat.es

Mirada*

Mire al espejo…

y comprendí mi vida

levanté al sol de su letargo

ordené color para mis ojos…

de su indolente silencio

fueron sueltas las palabras

cargadas de utopías

de secretos entredientes…

hasta el templo de la garganta

¿quien arrancó el sombrero
si el cuerpo no fue inventado?

¿Quién sembró en la luna
esa hierba de luz nevada?

El espejo me devolvió

el rompecabezas
desarmado

*De María Dolores Foschiatti marucaf@hotmail.com

ARRAIGO*

De qué sirve mi verde, si el abrazo no es fronda.
De qué sirven mis cenizas de amor
El sol, armado con lanzas de fuego,
Verdugo implacable del bosque profundo,
Despuebla
Mi pajonal de verde.
Arde rojo de sangre y ceniza.
La luna, piadosa, le acerca
La humedad plateada del amor.
De qué sirve la luna, en cenizas de ausencia
Si al irte te has llevado mi esplendor hecho verde.
¡Oh, dioses del averno, acallad mi boca!
¡Oh, sol! ¡Oh, pajonal!
¡Despobladme de verde las manos!
¡Lo merezco!
¡Cambiad mi sangre por arena!
Olvidé:
El verde deslizante de la lagartija entre las piedras.
El arco iris sonoro de los loros.
El verde denunciante de los árboles quietos.
Olvidé el picaflor, la ortiga, el cactus.
De qué sirve el solsticio que se anuncia
Si mi corazón no es una yema verde, verde espera
El sol
Desarmado, sin lanzas, ni fuego.
Compañero ardiente del bosque profundo,
Puebla
Mi pajonal de verde.
La ceniza se va y la sangre queda.
La luna, más luna que nunca,
Le acerca
La humedad plateada del arraigo.

*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar

Nuestro último café*

*Por Eduardo Pérsico. epersic@ciudad.com.ar

Hay bares tan opacos que ni siquiera muestran,
el brillo de unos ojos al decir sin reflejos
‘dejamos de querernos, los dos bien lo sabemos’.

En la misma mirada juntamos las palabras,
las tardes en el cuarto, los ardientes desnudos,
y sin la menor huella de la emoción que fuimos,
dejamos al costado los ‘te quiero’, del lado del silencio.

Sin ecos ni rencor, simplemente pasado,
salimos a la calle.
Y apenas nos dejamos una misma sonrisa,
cada cual por su lado.

Cuando llega el adiós por esas cosas,
no es bueno esperarlo en Buenos Aires.
Que en otoño y te extraño,
tiene este modo tan cruel con el olvido.

*Eduardo Pérsico, escritor, nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina.
(octubre 2009).

LA SABIDURIA DE FRANCO BASAGLIA

“El manicomio liberado”*

Fundador de la desmanicomialización en Italia y en el mundo, pronunció en 1979 en San Pablo, Brasil, una serie de conferencias –hoy recogidas en libro– en las que reflexiona sobre la locura, la sociedad y la emancipación.

Por Franco Basaglia *

Es difícil decir si la psiquiatría es por sí misma instrumento de liberación o de opresión. Tendencialmente la psiquiatría es siempre opresiva, es una manera de manifestarse el control social. Si partimos del origen de la psiquiatría, debemos recordar a Philippe Pinel, que a fines del siglo XVIII liberó a los locos de las prisiones; pero desgraciadamente, luego de haberlos liberado, los encerró en otra prisión que se llama manicomio. Empieza así el calvario del loco y el gran destino del psiquiatra. Luego de Pinel, en la historia de la psiquiatría aparecen nombres de grandes psiquiatras; pero del enfermo mental sólo existen denominaciones, etiquetas: histeria, esquizofrenia, manía, astenia. La historia de la psiquiatría es la historia de los psiquiatras y no la historia de los enfermos.
Desde el siglo XVIII, este tipo de relación ligó indisolublemente al enfermo con su médico, creando una condición de dependencia de la cual el enfermo no ha logrado liberarse. Diría que la psiquiatría nunca fue otra cosa que una mala copia de la medicina, una copia en la cual el enfermo aparece siempre totalmente dependiente del médico que lo atiende: lo importante es que el enfermo no se coloque nunca en una posición crítica en relación con el médico.
Cuando el pueblo, en el siglo XIX, comenzó a rebelarse en contra de la autoridad del Estado, se advirtió que quería participar en la gestión del poder y, sobre todo, que el pueblo no era un animal que podía ser dominado fácilmente. Así se pudo distinguir la existencia de dos clases: la de los trabajadores, que no quiere más ser dominada y quiere participar del poder, y la clase dominante, que no quiere ceder espacios. Fueron más de cien años de luchas, de sangre, de guerras civiles: la clase trabajadora conquistó un espacio relevante en nuestros países. Pienso que es fundamental que los médicos y los psiquiatras sepan estas cosas.
El médico que presta asistencia en una comunidad debe saber que en ella están presentes por lo menos dos clases, una que quiere dominar y la otra que no quiere dejarse dominar. Cuando un psiquiatra entra en un manicomio encuentra una sociedad bien definida: por un lado, los “locos pobres” (el sistema de los manicomios públicos en los países industrializados nació para el tratamiento a cargo del Estado de los “locos pobres”; así lo decían las disposiciones legales) y, por otro lado, los ricos, la clase dominante, que dispone los medios para el tratamiento de los pobres locos. Desde esta perspectiva, ¿cómo podemos pensar que la psiquiatría pueda ser liberadora? El psiquiatra estará siempre en una situación de privilegio, de dominio con respecto al enfermo. Desde este punto de vista, la psiquiatría es, desde su nacimiento, una técnica altamente represiva, que el Estado siempre usó para oprimir a los enfermos pobres, es decir: la clase trabajadora que no produce.
Sin embargo, desde la segunda mitad del siglo XX sucedió algo nuevo, que puso al alcance de la psiquiatría instrumentos de liberación. Luego de la Segunda Guerra Mundial el pueblo y algunos técnicos comenzaron a poner en discusión las instituciones del Estado. En los años ’60 hemos visto rebelarse, como en una gran llamarada, a la juventud del mundo entero. En ese levantamiento, nosotros, los técnicos de la represión psiquiátrica, estábamos presentes; dimos nuestro apoyo a esa rebelión. Más tarde, mientras la revuelta de 1968 se perdía en varias direcciones y era reformulada en una suerte de nueva opresión y restauración, hubo una serie de situaciones que unieron las luchas en las instituciones con las luchas de los trabajadores. Hubo ilusiones, pero también certezas. Hemos visto que cuando el movimiento obrero toma en sus manos luchas reivindicativas, de liberación, antiinstitucionales, esta ilusión se vuelve realidad. En Italia, luego de 1968 hubo grandes huelgas en las que los obreros reivindicaron el derecho a la salud, es decir que llevaron su lucha al nivel de las instituciones públicas. Paralelamente algunos técnicos demostraron que el manicomio era un lugar de opresión y de dolor, no de cuidado. Finalmente, en aquellos años y en los siguientes, las mujeres demostraron que la opresión del hombre y de la familia trataba de impedirles tener una subjetividad propia.
Todos estos movimientos han puesto en evidencia la voluntad de afirmación, no sólo como objetividad, sino como subjetividad. Esta es la fase que estamos viviendo, y es un desafío a aquello que somos, a la relación entre nuestra vida privada y nuestra vida como hombres políticos.
Cuando el enfermo pide al médico explicaciones sobre su tratamiento y el médico no sabe o no quiere responder, o cuando el médico pretende que el enfermo se quede en la cama, es evidente el carácter opresivo de la medicina. Cuando el médico, en cambio, acepta el reclamo, entonces la medicina y la psiquiatría se transforman en instrumentos de liberación.
Es en esta cuestión que tenemos que elegir nuestro camino: si preferimos quedarnos en la oscuridad o queremos estar presentes en nuestro tiempo y cambiar, en la práctica, nuestra vida.
Desmanicomio
Después de la Segunda Guerra Mundial, Italia era todavía, en lo económico y cultural, un país campesino. En la década de 1950 comenzó un proceso de cambio determinado por el desarrollo de la sociedad industrial y, consecuentemente, de una clase obrera cada vez más fuerte. En aquellos años iniciamos el trabajo en Gorizia, una pequeña ciudad en la frontera con Yugoslavia. Allí había un hospital con 500 camas dirigido de manera totalmente tradicional; era usual la práctica del electroshock y el shock insulínico; antes que nada, era un hospital dominado por la miseria, la misma que encontramos en todos los manicomios. En cuanto entramos, dijimos: no. Un no a la psiquiatría, pero sobre todo un no a la miseria.
Vimos que, desde el momento en que dábamos respuesta a la pobreza del internado, su posición cambiaba totalmente: dejaba de ser un loco para transformarse en un hombre con el cual podíamos entrar en relación.
Habíamos comprendido que un individuo enfermo no sólo necesita la cura de la enfermedad: necesita una relación humana con quien lo atiende, necesita respuestas reales para su ser, necesita dinero, una familia; necesita todo aquello que también nosotros, los que lo atendemos, necesitamos. Este fue nuestro descubrimiento. El enfermo no es solamente un enfermo, sino un hombre con todas sus necesidades. Por ejemplo, yo recuerdo que después de que abrimos los pabellones en Gorizia, en 1963-1964, todos esperábamos ver cosas terribles. No sucedió nada. Vimos que las personas se comportaban correctamente, pedían cosas muy justas: querían comida mejor, posibilidad de relaciones hombre-mujer, tiempo libre, libertad para salir. Son cosas que un psiquiatra ni siquiera imagina que el enfermo pueda pedir. Sería como si, en una sociedad fundada sobre el puritanismo, una hija le pidiera al padre salir de noche. Eso sería terrible para el padre, ¿no iba a poder saber cuándo su hija volvería a casa? Ocurre lo mismo con el enfermo mental, porque el psiquiatra siempre confundió la internación del enfermo con la propia libertad. Cuando el enfermo está internado, el médico está en libertad; cuando el interno está en libertad, el internado es el médico.
Entonces, cuando empezamos a organizar algo tendencialmente igualitario, vimos, por ejemplo, que un hombre se encontraba con una mujer y no sucedía nada violento. Se enamoraban. Naturalmente, luego podían tener una relación sexual, como sucede en las mejores familias y ¿por qué no habría de suceder en el manicomio liberado? Empezamos a divulgar la experiencia para demostrar que era posible dirigir el manicomio de otra manera. Y todo esto nos llevó también a una reflexión política: los internados pertenecían a las clases oprimidas y el hospital era un medio de control social.
En Gorizia organizamos una comunidad con el objetivo de curar y de mostrar que era posible una vida distinta. Lo sorprendente fue que mucha gente que venía a vernos percibía que la vida dentro de la comunidad era mejor que la vida afuera. Era que dentro de esa comunidad, el egoísmo que domina nuestras vidas era afrontado de otra manera: mi sufrimiento era el sufrimiento del otro. Con este tipo de lógica empezamos.
Después, muchos de los que habían trabajado en Gorizia fueron a dirigir otras instituciones psiquiátricas y así se generaron cuatro, cinco, seis experiencias diferentes. De todos modos, nosotros sabíamos que el manicomio, aun el dirigido de modo alternativo, era siempre una forma de control social, porque la gestión no podía sino estar en manos del médico, y la mano del médico es la mano del poder. Entonces, cuando, en 1971, empezamos a trabajar en Trieste, continuamos la experiencia de Gorizia, pero con el proyecto de eliminar el manicomio y sustituirlo por una organización mucho más ágil, para poder afrontar la enfermedad allí donde tenía origen. Empezamos con un manicomio que tenía 1200 personas y hoy, luego de ocho años de trabajo, no quedó casi nadie en esa estructura. Esas personas procuraron reinsertarse socialmente, con nosotros, con la sociedad, con la comunidad.
Podríamos decir que somos personas que transforman en oro lo que tocan, aunque en realidad nuestro trabajo fue muy simple. Como ya dije, en Gorizia descubrimos que la clase trabajadora, en caso de enfermedad, era destinada al manicomio. Entonces, pensamos que esta clase debía tener responsabilidades y poder en la gestión del problema de la salud y que esto podría cambiar las cosas. Por ejemplo, la discusión sobre cuándo se podía dar de alta a un paciente no era sólo entre nosotros, los médicos, sino también con las personas del barrio donde el enfermo iba a ir a vivir. De esta forma, el vecino del barrio se daba cuenta de que las necesidades del paciente no eran distintas a las suyas. Ante el problema de dar de alta a una persona pobre, que no tenía dinero ni casa, ni familia, muchos percibían que estaban o que podían llegar a estar en las mismas condiciones. Comenzaba así la identificación entre el sano y el enfermo, y el inicio de la integración del enfermo.
Entonces, día a día, año a año, paso a paso, desesperadamente, encontrábamos la manera de llevar al que estaba adentro, afuera, y al que estaba afuera, adentro. En la medida en que el número de los internados disminuía, íbamos creando en la ciudad los centros de salud mental. Teníamos una estructura externa muy ágil, en la cual la enfermedad se enfrentaba fuera del manicomio. Y veíamos que los problemas referidos a la peligrosidad de los enfermos comenzaba a disminuir: empezábamos a afrontar, no ya una “enfermedad”, sino una “crisis”.
Hoy nos es evidente que cada situación que nos llega es una crisis vital y no “una esquizofrenia”. En aquel momento, ya veíamos que aquella “esquizofrenia” era la expresión de una crisis, existencial, social, familiar, no importa cuál. Una cosa es considerar el problema como una crisis y otra cosa es considerarlo como un diagnóstico: el diagnóstico apunta a un objeto, y la crisis a una subjetividad; subjetividad que a su vez pone en crisis al médico.
He hablado de manera muy general del camino que hicimos para tratar de eliminar el hospital psiquiátrico y crear una situación tendencialmente terapéutica. No puedo decir más que “tendencialmente”, porque no puede ser plenamente terapéutica: yo trato de curar a una persona, pero no puedo tener la certeza de si la curo o no. Es lo mismo que cuando digo que amo a una mujer: es muy fácil decir esto, pero en algún sentido es falso, porque el hombre tiende a un tipo de relación y la mujer a otro; la relación que se crea entre los dos no es más que una crisis, es una crisis en la que hay vida, siempre que no haya dominación del hombre sobre la mujer o de la mujer sobre el hombre. En una situación que es tendencialmente de amor, se puede crear una relación muy libre.

* Extractado de La condena de ser loco y pobre. Alternativas al manicomio, de reciente aparición, que reúne conferencias pronunciadas en San Pablo, Brasil, en 1979.

-Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-133467-2009-10-15.html

Soñar no cuesta nada*

Soñé que me llevaban haciendo turismo a un castillo en Italia.
Desde lo alto se veía el mar azul.
Había algunos hombres y algunos invitados, entre otros mi padre.
Mi preocupación en el sueño era como iba a pagar eso, la magnífica belleza del lugar. También tenía cierta inquietud porque varios hombres me pretendían al mismo tiempo y temía a los problemas, peleas, disgustos que esa situación podría traer aparejado.

La preocupación económica era bastante obsesiva y opacaba el disfrute. Tanto así que cuando me desperté, quedé con el alivio de perder el mar azul y la deuda.

Moraleja
Si tienes un sueño tan vivo. Si adentro tuyo está ese paisaje simplemente hay que nadar en el placer, disfrutarlo, vos lo creaste.

*

Como el muro que cayó una vez, quizás caiga con este terremoto financiero en el bolsillo del Imperio (iba a decir corazón pero no tiene) esa idea de que todo se compra, se vende, se paga, ese dios del dinero.

Aprendí soñando que lo más bello no tiene precio. Todavía no hay en los mercados rodajas de crepúsculos, grandes ofertas en amaneceres.

Le di la razón a Epicuro en su creencia en la bondad de los placeres. Era una filosofía que destacaba la amistad, por lo tanto desechaba los placeres que podían hacer posible mal a uno mismo o a los otros.

Lo más que se pueda de placer sin daño.
Linda consigna para una pancarta.
Basta de silicios o coronas de espinas o cruces, otra vida es posible

Los sueños crean realidad o permiten soportarla.

Si varios hombres se pelean por vos debe ser un sueño.

Si es de verdad sos una artista.

El arte y los sueños se funden

*De Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar

La carrera*

*Por Adrián Abonizio. abonizio@hotmail.com

9.12 miré el reloj que me hablaba desde la pared de la cocina. Estará retrasado para la Carrera. La escarcha fuera había dejado babas de barba blanca en los marcos de la casilla; el gato ni se movía de al lado del horno abierto y encendido que dejaba mi madre por la noche, y en el almanaque repasé la figura del invierno en un señor arropado y gigante soplando hojas de hielo sobre el mundo esférico y azul. Me deslicé por el pasillo hacia el baño con sigilo de ladrón; sólo mi padre advertido y enseñorado desde la
escalera interior y mateando me silbó e hizo un gesto señalando la cocina.
¿A donde vas tan temprano siendo domingo? Murmuré algo de un partido importante. Y no llevás botines. Me señaló al verme desarmado de los aparejos de guerra. Me los llevan. Voy a pescar también, musité. Vas a pescar a dos boludos muertos, ¿sabés?. Vos vas a la Carrera. Y era verdad.
Era el día. Se habían citado en el puente Avellaneda el Kerosenero con su Rumy y Caballo Loco con su Pumita. Era el desafío para cruzar Rondeau con semáforo a suerte o verdad partiendo desde donde nacía el puente recién construido. ¿Eh? Inquirió. ¿Tengo o no tengo razón?. No voy a avisar a nadie, además me tengo que ir pero no quiero a la noche tener que ir a ningún velorio: si me entero que se hace vas a ir al tuyo. Huy que miedo, lo desafié. Ya había aprendido a burlarme con la soltura del que se sabe que jamás ligará cachetetazo alguno. Me miró con pena, sobrándome. En mi tiempo había cosas así, los muchachos nos probábamos a ver quien era el mejor o el más fuerte, pero a las piñas. No a la muerte. Ahora andá y ya sabés: lo que tenés ahorrado en el chanchito te voy a obligar a gastarlo en flores. Di un salto y salí huyendo, avergonzado, agrandado, convulsionado. Mi papá entendía los juegos de guerra, mi papá no los admitía pero entendía que la sangre llama a la sangre. Como se había enterado ni cavilé: él se enteraba de todo. Decía tener poderes de leer mi mente o escucharme hablar en sueños.
No lo sé. Subí a la bici el asiento helado se me incrustó entre las pelotas y los muslos como una herida , guantes de frisa, diario al pecho, campera de cuero guerrera y silbando hacia el campeonato de los finaditos. Iba a ver morir quizás. Iba a ser el primero en llorar o juntar los restos de los
adversarios. Iba a ser mi debut en la Muerte Grande, como le llamaban a esos desafíos de los mayores, pibes de quince que dirimían su coraje, alguna chinita compartida u ofensa, allí en el puente, moto contra moto y cruzar con rojo demostrando el valor. En el comienzo del puente ya había cinco o seis pibes. Estaba el Alto, un energúmeno hijo de peluqueros, fanático de la lucha y cazador de perros a gomerazos. Luego Cardetti, otro pequeño asesino que envenenaba ratones y los conservaba en formol para luego ponerlo en algunos sitios incomprensibles como el altar consagrado, por ejemplo. Estaba Luigitengo, con su jopito de cantor y su navajota nerviosa que no impidió esa marca en el cuello producto de una pelea contra tres y él desarmado.
Acusaba un niño tuerto y pajaritos muertos a manos de su rifle Maheli aire comprimido cinco y medio. Y Fino o Pinocho, hijo dilecto de las comisarías. Su papá era suboficial una vez nos llevó al baldío de Don Tomás y ajustició un gato barcino que tenía atado con un alambre para que viéramos la puntería. Y el Gordi, un aprendiz de secretario de valientes que quería lo integraran pero sus manos estaban vírgenes de sangre alguna. Yo era casi un desconocido pero me habían visto cascoteando vidrios de la escuela y eso me daba chapa de corsario. Uno tenía reloj, el que fumaba. Che, son las diez y media y estos que no vienen. De pronto, como salidos de un hoyo ruidoso aparecieron ambos por Avellaneda, juntos, sin separarse, cabeza a cabeza a dos por hora. Estaban serios. Llegaron hacia donde estábamos y fue Caballo Loco el que habló. El Kerosenero asentía. Lo pensamos bien y decidimos amigarnos. No vale la pena matarse por una mujer -recitó como en un tango y yo ya veía en él a la sombra de un adulto reculando, justificando su paso atrás y el de su compañero. No obstante me sonó sincero. Somos unos boludos si nos hacemos matar por ella, justificó. El grupo hizo crecer un murmullo de decepción. Eran las once: en el campanario el disco viejo se repetía en el badajo llamando a los fieles a misa. El Kerosenero estaba con el mentón bajo como avergonzado. Caballo Loco soportaba el traspié de una tormenta difusa, cierto halo de indignidad con su ancho pecho de tanque, dispuesto a dar pelea si alguno los cuestionaba. Por algo era el mayor, el más grande y peligroso. Demasiado que le avisamos, explicó el Kerosenero. Entonces, bajado de su chata gris, en mangas de camisa y pitillo en los labios, silbando de costado, lo vi aparecer a mi viejo, saludando como quien entra a un cumpleaños. Aquello era un velorio. ¿Ya está? ¿Ya corrieron? ¿Quien ganó, che? Me miró a mi. Este pendejo ni me dijo nada pero me enteré en el club y
vinimos con los muchachos a verlos, ahí llegan. Venían si, cuatro más del club en motos verdaderas, hombres poderosos que iban a jugar su partido en la cancha de Carrasco y alertados por mi viejo se habían llegado hacia allá.
La escena era estúpida y cortante. Che ¿y no se mataron?, continuó mi viejo que ya me empezaba a cansar. Yo sangre no veo, agregó otro. Hasta que finalmente, un flaco alto pero panzón a quien lo apodaban Limzul por que no se bañaba nunca vino hasta ambos y juntándolos habló: Son unos seres
erróneos, no hay nada que probar. A la vida se la prueba con la vida misma.
Sus compañeros, incluso mi padre lo miraron: esas frases estaban magnificadas en el domingo gris. Yo no tengo hijos, la vida me los quitó, pero si quieren hacerse hombres larguen eso. Señaló las motos. Y las navajas que tienen escondidas. Para ser hombre primero hay que hacerse respetar pero no ante ustedes. Ante el patrón. Ese es al que hay que darle. El tienen la culpa de todo, ¿comprenden? Hubo un silencio. El libreto era improvisado y sorprendió a todos. Vamos, muchachos, dijo al resto y nos dejó a todos
silenciosos, sin entender del todo su bronca y pensando que todo lo ignoraba sobre las pruebas de sangre para demostrar que uno era un hombre.
A la noche, cuando mi papá se sentó a comer me comentó por debajo para que no oyera nadie El Limzul es un anarquista. Ah, dije yo que no sabía lo que era pero me hice el que sí. Pero decile que llegó tarde. Y me serví, que yo recuerde, el inaugural vaso de vino con soda de mi existir.

*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-20631-2009-10-14.html

*

Inventren Próxima estación: CASBAS.

Colaboraciones a inventivasocial@yahoo.com.ar
http://inventren.blogspot.com/

*

LA JIRIBILLA.

-Revista de cultura cubana.-

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13/10/2009 GMT 1

EDICIÓN OCTUBRE 2009

urbanopowell @ 18:29

*

A veces
de la tinta brotan sólo blancos y negros;

otras
un arcoiris resulta insuficiente
y se combinan
y caen
y germinan...

*de Ana Lía Gattás. analia_gattasz@speedy.com.ar

acorazada*

palabras
lloro que no digo
me traigo cada vez más
hacia dentro
recuerdos de la lluvia
de agostos del olvido
he callado con palabras
la tristeza el dolor
la renuncia a la piel
y a los sentidos
voy de fuera hacia dentro
viajando una semilla
que cosecho en palabras
de otro oscuro silencio
lo renuevo en un pacto
que he cerrado conmigo
en secreto y olvido
desconozco esperanzas
justicia lucha brillo
desentiendo mi sangre
de unos sueños que tuve
en piel en miedo en grito
han caído mis credos
de a poco sin sentido
miro desde estar quieta
recuerdo
que me he visto
correr pelear gritar
pasiones de otras voces
que ya callo
vuelvo inquieta a estar quieta
hago palabras
lloro que no digo

*de Lucía Cinquepalmi luciaguionbajo@gmail.com

CAMINOS*

*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar

Hasta donde la vista daba era un cielo cada vez más bajo, cada vez más débil y más desteñido como si Dios se hubiera ido cansando con su brocha pintada de celeste y se hubiera ido mutando en gris pálido o en blanco conforme se alejaba y se hacía todo horizonte hasta que el crepúsculo lo hiciera crepitar en rojos, violetas y amarillos. Era el instante en que aquel monte de coníferas inflamaran sus troncos con esa luz que le iría creciendo desde los pastos.
Si uno mira ahora desde el confín del pueblo, si está parado en la punta de ese camino sinuoso que la inventiva popular bautizó “Camino del Diablo” porque su fama de luces malas persiste en la memoria de los antiguos pobladores, digo si uno se para allí en el principio de ese camino es como dominar una franja que se expande todo lo que permite la mirada. Los pisaderos de barro para cocer ladrillos que rodean el pueblo con sus veredoncitos de pasto en los costados, allí por donde aquella barrita bullanguera pasaba con sus tramperas para pájaros, desde allí, desde ese lugar podemos dominar todo el movimiento de varios kilómetros a la redonda y admirar aquel vuelo libre, altísimo y sereno que ejercen las cigüeñas y que parecen impolutas sábanas suspendidas en el aire. También ensucian ese celeste claro algunos pocos teros que vuelan, muy bajo, haciendo círculos y observando hacia la tierra arada donde el sol muestra de distintos coloración veteada según la antigüedad del arado en su incursión roturadora.
El movimiento, como cabe suponer en tan bucólico paisaje, es mínimo.
Algunos tordos, como pesados carbones cruzan el aire hacia la nada, o vuela una bandada de bandurrias en formación marcial hacia las cañadas, tal vez uno gorriones rápidos, o un casal de tijeretas solitario, o aquel grupo de golondrinas en lo más alto, con evidente signos de haber perdido el rumbo.
Estamos a media tarde, entonces todo es casi quietud. Al atardecer, un insólito revuelo de aves acuáticas irán a buscar bañados que los juncos esconden.
Pasarán inmensas bandadas de patos, en formación perfecta, haciendo una ve con el vértice a vanguardia: siriríes crestones, maiceros zambullidores, a dormir entre esos yuyos húmedos. Pero todavía estamos aquí, observando como si fuéramos un Dios hierático y fatal, un Dios pequeño, omnisciente bajo la media tarde de mayo, de un mayo más que cordial.
Y vemos entonces algo que allá a lo lejos se acerca por el “Camino del Diablo”, mejor dicho viene transitándolo al parecer con toda tranquilidad, y no percibimos si es una persona que viene a pie, en bicicleta o, por la lentitud con que se mueve, está quieta, decidió pasar o descansar o si avanza y lo hace tan lentamente que no se puede percibir si avanza aunque sea unos metros, al menos, hacia donde estamos parados, observando.
Giramos el cuerpo hacia el pueblo y vemos que desde la ruta toman por las calles de acceso unos cuantos vehículos que vienen o bien del campo o de las localidades vecinas, ingresan con un estrépito de hierro y una implosión de polvillo, si viene del campo, que al traqueteo sobre el asfalto, se libera y expande hacia los costados, enrareciendo el aire estático.
Como hemos tardado un tanto el rostro vuelto hacia el pueblo y nos hemos distraído mirando cómo cada vehículo que cruza la ruta y se interna por esa calle de acceso espanta un grupo de palomas sedentarias que picotean el resto de una carga de maíz que se volcó en el costado cubierto de gramilla. Pasado el ruido del vehículo y el susto consiguiente, vuelvan a posarse como si nada hubiese sucedido y reinician su sistemático picoteo, grano a grano, ingresan por sus picos y pasan en instantes directamente al buche, que engrosa debajo de esas plumas suaves que lo cubren.
Al volver el rostro hacia el “Camino del Diablo”, ya vemos que el viandante es un solo individuo, camina cabizbajo tal vez, o tal vez lo haga suponer la lejanía, ese moverse lento, porque algo es seguro; no se le ve el rostro y desde aquí, la ropa más que ver sus colores, uno la imagina.
Ha transcurrido un largo rato desde que estamos aquí, a falta de algo importante que hacer, mirando. Sólo observar casi sin sacar conclusiones, porque como sabemos, la mente humana tiende a relacionar, deducir, asocian, y aunque uno no se lo proponga (como en este caso concreto). Saca al fin sus conclusiones
El hombre que seguimos observando caminar, que venimos viendo con una pasión y una curiosidad de entomólogo ha llegado ya cerca de la ruta donde termina el camino, el que una convención antigua y popular –por la razón que fuere- llama desde siempre, el “Camino del Diablo”. Se para allí, duda si seguir la calle donde viene y que cruzando la ruta ingresa al pueblo, o, si dobla hacia derecha o izquierda lleva hacia los pueblos vecinos.
El hombre ni nos saluda, simplemente no nos tiene en cuenta, está, como quien dice, en lo suyo. Como lo tenemos bien cerca –apenas nos separa de él la ruta, y el paso raudo de los vehículos que la transitan-podemos observarlo a nuestras anchas. Tiene encima el cansancio y el peso de todos los caminos, y, una rápida consulta entre nosotros, con la mirada solamente, da con la certeza de coincidir que nunca antes lo vimos. Tiene la mirada huidiza, viste con humildad, con cierto decoro y no parece haber hecho algún trabajo manual en su vida. Lleva un bolsito terciado al hombro, y cuando levanta la vista hacia nosotros que lo observamos sin ningún disimulo, mete los dedos en el bolsillo superior de la camisa, saca un atado de cigarrillos y una cajita de fósforos, enciende uno, aspira con verdadera fruición el humo que, desaprensivamente, echa al aire chato y casi nulo, parece dudar, al final tuerce hacia el oeste, hacia donde está el pueblo más cercano. Lo hace por la banquina tal vez porque puede ver los autos que vienen de frente, y así con ese paso cansino se aleja quedamente, como vino y nos deja impávidos, porque no sabemos ni de donde viene ni si tiene algún destino prefijado, o es un triste vagabundo sin objetivo aparente y lleva sobre sí la triste decisión de recoger el polvo de cada uno y todos los caminos.

ARVEJAS DE PRIMAVERA*

Estoy abriendo las vainas para sacar las arvejas. Mis manos se transparentan por detrás de la veladura verde tierna de las chauchas. Una por una las abro, y se encuentran las pelotitas húmedas, nuevas, esas arvejas de verdad, no las de lata, secas y vueltas a hidratar, arenosas y pasadas por la industria. No, estas arvejas vinieron en bolsa de red, estaban en la verdulería, en un rincón, y me las traje sin embase ni marca. Venidas de las quintas estas arvejas de la primavera.
Miro mis dedos transparentándose por detrás de las vainas esmeralda, y pudiesen ser los dedos de mi bisabuela allá en Euskadi, los de mi abuela, sentada en la silla de la cocina, con un repasador en el regazo y la paciencia de quien extrae tesoros uno por uno y forma el montón de cáscara por un lado, las perlas por el otro.
De niña le dije alguna vez a mi madre que para qué el trabajo, si no son tan caras las latas en el supermercado.
No era sólo la textura incomparable, el sabor más dulzón, la frescura de lo recién cosechado. Era el rito de la primavera.
Giuseppe Archimboldo era un pintor extraño, que hace medio milenio anticipaba el surrealismo, y armaba retratos de personajes con una mixtura de objetos o vegetales o animales. Extraños en verdad esos personajes acaso temibles. Pero recuerdo la personificación de las estaciones. Y en el personaje que representa o resume la primavera hay arvejas, espárragos, alcauciles.
Dice mi mamá cuando se va el invierno que hay que celebrar con la merluza en salsa verde, con el cordero al txilindrón, con esos platos que no sólo reconfortan con su sabor, sino que son ellos la propia celebración de lo nuevo que llega y lo viejo que se va.
Ritos, costumbres ancestrales, las manos de las mujeres de la familia que son unas solas en el tiempo, desgranando las arvejas mientras el siglo avanza y el tiempo devora los días y las estaciones.
Los días se regían por la luz, los meses por las lunas crecientes y menguantes, las estaciones por la irrupción de las fresas, de las papas nuevas, de los tomates maduros con olor a campo recién llovido.
Hizo falta que se perdieran lo ritos y las iniciaciones y los lutos para que los psicólogos nos digan que son necesarios.
Frente a la fría asepsia de los refrigeradores de supermercado, traigo de la verdulería mi bolsa de arvejas en sus vainas delicadas, estuches preciosos de cierre perfecto.
Y recupero las manos de mis antepasados, y celebro que hemos vivido un año más.

*de Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com

RUTINA*

El ronroneo de las ruedas
me acuna como mi Ama
cuando noches fantasmales
soplaban con fuerza el sueño.
Un día más, la rutina,
el tren que parte, gente apurada.
Siempre en el mismo asiento
como dueño de mi trono...
Después dejarse llevar
mirando por la ventana,
volando sobre el paisaje
que se esfuma a bocanadas.
Me quedan trozos de árbol
incrustados en la mirada,
una casa solitaria
o mil casas con fantasmas
vivos aún pero ausentes
ganados por la rutina
que parte al nacer el alba...

*de Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar

La sala de espera*

A veces la vida misma se transforma en una sala de espera, pero en ese caso ya sabemos qué estamos esperando y qué habrá de suceder, aunque no sepamos cómo ni cuándo.
En las salas de espera hay secretarias que no guardan secretos.
Hay revistas que no merecen ni revisarlas, porque su única posible destilación es la de los microbios de la saliva que cada uno de los enfermos, pacientes o impacientes, añeja en el ángulo inferior derecho de la hoja de dios. La del diablo nadie la mira y se sospecha que no acumula microbios debido a que no posamos nuestro dedo mayor en ella, aunque, es cierto, pueden llegar a traspasarse los mismos mediante la humedad conducente de haber hojeado la página de dios.
Hay caras a la espera de ser captadas por alguna incauta con el fin de desenfrenar por fin la lengua, esa lengua lenguaraz que no tiene permitido soltarse en la mesa del almuerzo ni en la tarde de mate con hijos ni marido.
Hay sonidos de teléfonos celulares que han olvidado la intimidad de las personas y suenan, por ejemplo, cuando uno está sacando el boleto del colectivo, o pagándole al tachero, o en medio del abrazo en la calle con un amigo que hace tiempo que no vemos, o en el momento álgido de la conversación en la que nos estamos animando a contarle a nuestra amiga la parte más conmovedora de la historia que nos llevó a reunirnos esa nochecita.
Y suenan, y suenan, independientemente de nuestra espera en la sala.
Hay personas que esperan al odontólogo y huelen a épico, mal que me pese lo delatador de mi edad en este recuerdo. Digamos, en el genérico, a desodorante bucal, como negando los efluvios que irrumpen desde interiores inasequibles.

Hay gente que espera al alergista disimulando la rascadura de sus escozores histéricos, insomnes y frustrados, hasta que se torna inevitable y en una compostura prefabricada e in disimulable extienden, casi en contorsión, su brazo derecho hasta el omóplato infinito izquierdo y en un vaivén del antebrazo va tornándose esa cara en un muestrario de viñetas animadas que pasan del ardor al placer al goce a la molestia al alivio a la incomodidad al pudor a la simulación pero un poquito más abajo qué placer es justo ahí donde me pica me están mirando todos qué vergüenza qué me importa después de todo para eso vengo estoy enfermo me rasco y que se vayan todos a la concha de su madre.
La gama de perfumes importados se entremezcla en el aire saturado de fracaso.
Algunos están ya rancios de no hallar oportunidad que valga la pena el gasto.
No hay salida al teatro, ni cena a luz tenue de las velas, ni sexo eventual y apasionado sino el reglado por la inevitable compañía de acceder al mismo lecho de la monogamia que nuestro capitalismo supo conseguir, y nosotros defender a costa de la depresión, la rutina y la tristeza.
Pobre ginecólogo lo que ha de ver y oler.
Y una los ve. Como ve todo.
Y también nos miran con esa cara de y a esta qué le pasará.
Si supieran…

Ir al ginecólogo es, en cada momento particular de la vida, un fotograma de los simbolismos que desplegamos en nuestro itinerario de mujer.
No hablaré por todas, sólo por mí.

A mis dieciocho, diecinueve, ni siquiera iba, a excepción de la aparición amenazante de un atraso.
Yo era una inconsciente y el ginecólogo, el mago.

Entre mis casi treinta y mis apenas pasados los treinta, las visitas eran las de futura mamá y el ginecólogo era Sócrates.

Desde la última mayéutica hasta los cuarenta y cinco, recuperé la inconsciencia y el ginecólogo pasó a ser un cartelito de bronce que aparecía en algunos departamentos re coquetos y distantes.

Ahora, que ni Sócrates me hace parir, atravieso esos portales de blindex y las molduras de madera que simulan el grasa y fracasado buen gusto burgués de nuevo rico, mezclado con aromas desodorantes que me hacen picar la nariz y una música funcional que da ganas de tirarse debajo del tren.
Ya no puede uno ni suicidarse a piacere. La pérdida del tren nos arrebató hasta esa mística tan morbosa y tan temida.

Mientras la secretaria chusmea a viva voce por teléfono y una esposa le dice por celular a su marido que vaya pelando las papas, si no es mucha molestia, porque el médico va atrasado, y el otro se rasca ya sin pudor, yo ya estoy allí, formando parte de la miscelánea inefable de un escenario decadente en busca de calidad de vida.
Entonces me veo. Me miro. Me huelo. Me ausento del entorno en mi viaje introspectivo de la sala de espera.

Qué fácil, y sin necesidad de alambiques, resultaba en la juventud, hasta tardía ella, recibir una mano cálida entre los muslos o dejarse recorrer con unos labios húmedos y susurrantes en la entrega absoluta de esa frescura vigente y turgente.
Los tabúes y el pudor eran cosa de otro siglo.
La risa a carcajadas y el pasearse sin recato de la cama al living, buscando algo de comer en la heladera y poniendo música era el tiempo presente continuo de un pasado pluscuamperfecto y un porvenir imperfecto que es este hoy lleno de cambios en degradé.

Me pregunté de qué se trataba ese deseo ligado al erotismo. Cómo había sucedido todo aquello en el otro entonces de la carne firme, sin desinencias, sin desgaste, sin cansancio, sin vergüenzas.
Pensé en las parejas que se aparean desde temprano y van equiparando y cotejando sus arrugas, sus pancitas y sus achaques al unísono de la vida en común, día tras día, despertar tras despertar.
“El problema de ustedes, me dijo un amigo machista hace poco, es que se empeñan en seguir teniendo orgasmos a esta edad”.
Qué turro, pensé. Pero ahora, entre esta colección de hilachas que encuentro frente a mí en esta sala, hacen resonancia esas palabras hostiles, provocadoras y mediocres, en expresión hiperrealista.
¿Por qué habría un hombre de desear a una mujer que empieza a recorrer el tramo de salida de la autopista, el descenso de su turgencia y el retiro discreto del desparpajo de ese arrebato impúdico de un cuerpo que se sabía fresco, sin remilgos?
El amor…, ah sí, el amor…
Pero el amor del otro no sabe nada de los fantasmas que rodean a una mujer que se desnuda y ya no tiene en su haber el perfecto cuerpo incólume que encaja en cualquier prenda de la moda pret à porter, cuando nos preguntábamos cómo le irá ese jean a mi cola y no, como ahora, enhorabuena los elastizados, que ayudan a defender algo de nuestra memoria.
Y cuando las musculosas tan frescas del verano de Voleibol, ahora dejarían entrever algo alicaídos los bíceps que ostentaba la juventud.
Y, sobre todo, ese entonces en que la muerte nos quedaba mucho más lejos.
El esfuerzo y puesta a prueba de gustar desequilibra la mayor parte del tiempo, con la soltura que se requiere para preguntarnos con franqueza si a nosotras nos gusta.
Pienso mientras pienso que, tal vez, este escrito tenga excesivo contenido de frivolidad y fruslería, pero aseguro que no es fácil para una mujer que se piense a sí misma, intentar ser objeto de tentación, más allá de las reales y contundentes declaraciones de amor, en una era de plástica insolencia sin arrugas ni pancita.
¿Por qué habría yo de seguir deseando orgasmos desencadenados por la pasión y el fervor que se encendía en un juego de espejos donde una se sentía tan deseable que era capaz de flagrar el encuentro sin fantasmas ni pudores?
Cuando el ginecólogo me vio y me dijo, estás bárbara Lú, ¿qué bicho te picó?, pensé que no podía cargarlo de tanto pensamiento y tanto rollo.
Caminé una cuadra, activé mi celular y le pedí un turno a mi psicóloga.

Tal vez ella me ayude a recorrer el camino de ya no ser una pendeja y me invite a un mundo de realidad donde no termine rascándome lo que no me pica ni deseando ser o parecer lo que imagino que otros esperan de mí.
Tuve ganas de reírme de mí, pero todavía no estaba lista.

*de Lucía Cinquepalmi luciaguionbajo@gmail.com

Las nuevas tecnologías*

Estaba haciendo cortinas y cristales como cada viernes cuando sonó el teléfono

- Diga…
- Buenos días, Le llamo de Telefónica para una información.
- Bueno, pero el señor no está en este momento.
- Está bien, pero ¿Tienen ustedes ordenador?
- Si, un ordenador con procesador AMD Sempron Dual Core 2100.
- ¿Qué memoria tiene?
- 2GB de RAM, 250GB de disco duro, una tarjeta gráfica NVIDIA GeForce 6150 de 831MB dedicada.
- ¿Podría decirme el sistema operativo?
- Es un Windows Vista Home Premium

- ¿Cree usted que estarían interesados en una línea ADSL?
- Depende ¿Qué ancho de banda?
- 15 Mbps
- Si, eso está muy bien, pero ¿cuántos megas reales llegan, porque con la caída de la línea…?
- Bueno, reales llegarán la mitad…
- ¿Y accediendo a través de Wi-fi?
- Eso hay que comprobarlo en cada caso.
- Bien, pues ya le comentaré al señor.

A la media hora llegó Plumkier a su casa y ella le dijo:

- Han llamado de telefónica ofreciendo no se qué.
- ¿Qué cosa?
- No sé señorito, ya sabe usted que una servidora no entiende nada de las nuevas tecnologías...

*de Joan Mateu. joan@cimat.es

ELLA ESTABA ROTA.*

*de Jesús Brilanti T. lugburtian@hotmail.com

Ella estaba rota en realidad y aparentaba que no lo sabía; yo estudiaba en la facultad de filosofía y ella en la de arquitectura. Supe de su estado fragmentario desde el primer día en que la vi andando cabizbaja por uno de los pasillos de la universidad; a partir de tal instante no pude olvidar su rostro cual reflejaba ante mis ojos la ruptura, por que uno suele darse cuenta a quien se la ha caído el alma en la acera y se le ha hecho pedazos, no quedando más que levantarlos e intentar volver a colocarlos lo más cerca de donde late la esencia que nos permite dormir y despertar al día siguiente; más sin embargo nada suele ser igual.
A la fémina rota le veía muy a menudo y cuando me percaté de tal constancia era por el hecho de verle a diario en la cafetería, ella ahí, siempre acompañada de una taza de café y un cigarrillo cual por lo regular era seguido por otros cuatro más. Siempre despertó en mí bastante curiosidad pero nunca pude acercarme lo suficiente, nunca pude explicarme porqué, la timidez nunca fue una característica mía, más sin embargo había algo que parecía una barrera, sentía que algo estaba roto y ello me detenía. Hay
cosas que uno jamás terminará de comprender, y una de ellas fue el hecho de que no pude contener esa extraña necesidad por verla, aunque fuese a la distancia, las once treinta de la mañana y ella estaba siempre en la misma mesa de la cafetería, dando pausados sorbos a su taza humeante mientras se
acorazaba en una nube de cigarrillos, por mi parte no me importaba faltar a mis clases para estar a esa hora, de la misma manera bebiendo café, abrumado por la distancia, aturdido por las pláticas banales de decenas de personajes que atiborraban aquel espacio de la universidad. A pesar el alboroto constante de las mesas, las sillas, los platos, los ceniceros y demás, parecía en cierto momento, que la vaciedad nos conectaba a ella y a mí. Ella se percataba de mi presencia, al parecer no le incomodaba, tal vez me veía
como a uno de tantos que estaba ahí sólo para escapar de las aulas. Con el pasar de los días no tuve más que admitir que era ella demasiado atrayente para mí, a pesar de su tristeza, a pesar de su soledad, a pesar de la ruptura que yo podía admirar en su persona; era la mujer que yo había perseguido en mis sueños, era a quien le había dedicado mis escritos antes de conocerla de manera tangible. Por casualidad supe su nombre, Luisa, y el mismo tuvo eco en mi cabeza durante bastante tiempo. Las cosas, sentí, se me estaban saliendo de control, no podía seguir atormentándome sin siquiera estar seguro si para ella yo existía, de tal manera un día planeé esperarla al final de sus clases, la esperé en la calle, me sudaban las manos, fumaba un cigarro e intentaba calmar mi ansiedad dando ligeros golpes con mi zapato izquierdo al suelo. Ella por fin salió, pero justo y había dado unos cuantos pasos cuando un tipo muy blanco, alto y bien parecido la interceptó, Luisa lo abrazó pero él la apartó de sí bruscamente, le dio un tirón del brazo, comenzaron a andar mientras el sujeto le gritaba, ella sólo asentía con la cabeza, creí a lo lejos verle llorar. Esta vez no tomé el metro para regresar a casa, caminé perdiéndome en la enormidad y soledad de la gran urbe repleta de almas que iban y venían.
No importándome lo ocurrido, al día siguiente estuve a la misma hora en la cafetería, pero la mujer rota nunca llegó. Esa tarde llegué a casa y comencé a sentir que algo se rompía también dentro de mi ser. Un día más, no perdí la fe, mismo lugar, mismo café y mismo cenicero sucio frente a mí; un poco tarde pero entró al fin Luisa a la cafetería, esta vez no se sentó en la misma mesa, buscó otra dándome la espalda, intuí que algo no estaba nada bien; guardé luto por espacio de veinte minutos, me incorporé de mi asiento y con todo ánimo me dirigí hasta su lugar para pedirle un cigarrillo, a lo que ella respondió a penas audible: -¡no tengo!-, dichas palabras no me dolieron, lo que me dañó fue ver su rostro golpeado que fungía enmarcando a resonancia extrema un ojo totalmente morado; se agachó, comprendí que era
ilógico y estúpido preguntar si estaba bien. Salí a paso lento del lugar aquel que a pesar de su algarabía se me antojaba salvajemente silente.
Aquel día volví a regresar andando a casa, el caminar se había vuelto una terapia para mí, mientras caminaba podía conversar conmigo mismo y pensé en tales circunstancias por que Luisa estaba rota, si acaso esa era la razón, maldije al mundo mientras me interrogaba sobre las circunstancias que uno
jamás podrá comprender, mientras, nunca escuché unos pasos tras de mí que apresuradamente me hacían compañía, volteé para encontrarme con el rostro gris por dentro y moreteado por fuera de la fémina rota. -¿Porqué me sigues siempre?- Me cuestionó, no supe que decir, seguí caminando, ella a mi lado y
junto a nosotros un silencio que traduje como un grito de auxilio por parte de ella. -¿Cómo le permites.?- No pude culminar mi interrogación pues me lo impidió, comenzó a llorar, nos sentamos a las afueras de una muda puerta, los transeúntes simplemente nos vadeaban sin darnos importancia, cada uno de ellos reflejaba tanta indiferencia al seguramente cargar sus propias maletas llenas con sus propios problemas. Luisa no podía parar el llanto, en medio del mismo me dijo que aquello sobre lo que fui testigo aquel día no era nada, me habló sobre José Adrián, su novio o verdugo, no sabía en realidad que era, pero me dijo que lo amaba a pesar de sus gritos, de sus golpes salvajes que comenzaban en su rostro, después en el estómago para doblarla, sofocarla y una vez en el suelo propinarle una tanda de patadas; obviamente no se limitaba a los golpes físicos pues también tenía que soportar los que le propinaba en el alma: sus infidelidades, humillaciones y reproches.
Cuando creyó ella descargar todo lo que tenía que expeler, limpió sus ojos, se puso de pie, me pido disculpas dando media vuelta; por un par de segundos lo dudé, pero sabía que ya no podía callar, prácticamente salté alcanzando su hombro, ella giró, le dije que yo la amaba, quería ayudarla. Ella
contestó que estaba rota, que yo nada podía hacer para unir los pedazos. Se marchó perdiéndose entre la gente, yo permanecí inmóvil hasta que la perdí de vista entre la multitud, el smog y mi rabia.
Esa noche no pude dormir, tenía que hacer algo o terminaría por romperme yo también. Al siguiente día no quise ir a la cafetería, me sentía muy mal, al salir de clases me dirigí firmemente hacia la puerta de salida, salí corriendo, ahí estaba Luisa y José Adrián, a media banqueta discutiendo, pasé por un lado de él, casi rocé su brazo con el mío, me llené de impotencia, apresuré mi paso, alcancé a escuchar como él subía su tono de voz, continué andando, deseaba alejarme lo más rápido de ahí, mi corazón latía tan fuerte que creí me ensordecería, los ojos se me inundaron de lágrimas, contuve el llanto, avancé tan sólo cinco cuadras cuando me sacó del trance el ulular de una ambulancia cual me encontró en sentido
contrario a mi andar, me detuve, pensé en Luisa, intuí que algo le había ocurrido, no vacilé, regresé corriendo lo mas rápido que pude, pensaba en ella, sólo en ella, me aproximé a unos metros sobre la entrada de la universidad y pude ver que hasta ahí había parado su curso la ambulancia, había un tumulto, la gente se amotinaba, aun no alcanzaba a ver que ocurría exactamente, me aproximé aun más, por fin vi un taxi sobre la acera, según la gente, había atropellado a una persona quitándole la vida, me acerqué, como pude me abrí paso entre los curiosos, mientras murmuraba el nombre de Luisa llegué al primer plano, un enorme charco de sangre relucía y marcaba una trayectoria que culminaba en la rejilla de una alcantarilla, el cadáver yacía expuesto boca arriba, y yo no podía dar crédito a lo que veía: era yo, ahí silente, tendido sobre el asfalto sin vida, a final de cuentas estaba roto como algún día lo predije; Luisa estaba junto al taxi y lloraba admirando mis restos, José Adrián dio un fuerte jalón a su cabello, y preguntó: -¿lo conoces?-. Ella simplemente lo negó, y a empujones él la retiro del lugar.
Me subieron a una camilla, yo ya no sentía absolutamente nada, mi sangre continuaba fugándose por la alcantarilla, mi alma le acompañó, sólo comprendí por último que ella, solamente ella, fue quien decidió romperse para el resto de su vida.

Cómo Colocar sus Cortinas*

¡Qué agua tan amable!
Que las rocas las convierte en peces,
Y los peces se hacen de agua
Para evaporarse y condensarse en el cielo.

La lluvia cae con ojitos de pez brillantes
Y corren los ríos,
Se llenan los lagos y lagunas
Con tanta roca convertida en pez
Que todo se llena de agua.

Saltan con ira cuando se les atrapa
En alguna presa o estanque,
Vuelan con júbilo
Cuando se lanzan por las montañas
Y, hoy en día,
Se les encuentra embotellados
En los aparadores de las tiendas.

¡Qué agua tan amable!
Que en otros tiempos se dedicaba a convertir
A las astillas de roca, en las primeras células.
Hizo lo propio con las plantas
Y la receta secreta para convertir
Rocas alargadas en gusanos
Se ha perdido en el tiempo.

Pero lo de hoy
Es convertir rocas en peces;
Y así se hace:
Cuando llueve,
Los edificios del Parlamento
Se mojan,
Las casas de lámina
También lo hacen;
Y la manera de cómo convertir
A los volcanes en algo más que peces
Sigue siendo un enigma constante.

¡Qué agua tan amable!
Que a pesar de todo
Nos sigue mojando,
Que se escapa por las tuberías
Y que es,
A su vez,
Agua y pez.

*de hugo ivan cruz-rosas. quetzal-hi@gmail.com

LUCIA CARMONA BARRE*

Por el callejón de las tristezas
con una pena antigua enredada en su pelo
en desvelos descalzos, avanza Lucía Carmona.
Entre sus brazos, un niño ausente
y una carga de pichanas frescas
Carga también un mundo de destierros

¡Ah! ¿Porqué partir?
Al irse se ha llevado el canto luminoso de la noche.
No se escucha el grito silencioso de la casa. Ha callado sus voces.
Un rocío oscuro y fantasmal languidece la flor de los naranjos.
Hunde su rostro en el manojo fresco
– el olor es más dulce que la vida –
¿Es el niño, la casa o la amarilla flor de la pichana?
Con ellas barrerá no solo el patio de su casa sino esa congoja que le aprieta el pecho
Barre su casa Lucía Carmona e insomne, va encendiendo
testimonios de estrellas en su noche
Habrá otros niños, otros naranjales
Y al lado de su sombra custodiando
Como lluvia de luz, allí estará la casa.

-Lucía Carmona-Poeta riojana-
Del Libro “La Voz del Cuyun”

*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar

La señora denfrente*

La señora denfrente era muy gorda. O ancha, no sé. O el cuerpo le había ido creciendo desparejo por los esfuerzos de agacharse, levantar cosas pesadas, y dormir poco. Saludaba siempre y hablaba mucho y muy fuerte, con una voz aguda muy sudada que le marcaba las líneas del cuello y se sumaba a la obligación de abandonar su italiano precario y sustituirlo por un argentino bonaerense más precario aún.
Por la noche, tarde, yo volvía de estudiar o de noviar y veía la luz siempre encendida de la cocina.
Algo me hacía saber que ella estaba despierta y, no, que necesitaba iluminación para dormir.
No era de esas mujeres que tengan miedo alguno.
A la mañana temprano, yo tomaba el tren de las seis y diez para ir al trabajo y a la facultad.
Para ganarle a las doce cuadras que me separaban de la estación, salía de casa apenitas pasadas las cinco y media.
La luz de la cocina de la señora denfrente ya estaba encendida.
Alguna vez decidí demorarme sólo para no perderme ese pedazo de vida que todavía quedaba vivo y la escuché: ma, pero vení acá gayinnitta remolona ¿o te tenco que dar de comer alla bocca?
¿Vos no te mestarás poniendo tristona, no?, le decía a la rosa de un color que nunca pude saber exactamente cuál era, porque sólo ella lo tenía y nunca más volví a verlo.
Tomaba la flor desde el cáliz como cuando uno acaricia un hijo desde debajo de las orejas para que sienta todas las cosquillas y el estremecimiento que sube recorriendo toda la belleza y el calor, y le fabrica una sonrisa.
Desde en frente parecía sentirse el aroma de sus ensaladas y salsas con albahaca y oliva o el dulce de frutas que dedicaba a ese hijo, un poco mayor que yo, que se había encontrado con la epidemia de polio justo en el momento en que su cuerpecito salía a levantar un pie para darle impulso al otro. Y caminar.
No pudo hasta muy entraditos sus años.
Pero pudo gracias a una madre, la señora denfrente, que le puso vida a sus huesos, su mielina y su deseo.
Él, Juan Carlos, empezó a andar y a animarse, sin miedo, hijo propio de esa mujer.
A la nochecita, a esa hora de los bichitos de luz y las escondidas, yo la había escuchado: mirá cuanqui, ¡que se no te decá de codderr te cjuro que ti agarro e ti colgo!

Con mi hermana, que salía a fumar a escondidas convencida de adulterar el olor a pucho con Siete Brujas o Charlie de Revlon, nos reíamos, más cerca de la ternura que de la burla.
La señora denfrente contaba con todos los elementos que se requieren para que uno pueda burlarse, pero con ella era imposible.
La primavera emanaba música y colores en esa casa, pero no música envasada sino esa que nace de los acordes de los paraísos y los ciruelos, las gallinas y los pájaros que iban a comer a su patio.
Colores de la vida misma.
Del verano salía una sombra fresca que restituía la dignidad de las siestas e invitaba a despertar las madrugadas con olor a frutillas maduras y caca de gallina que se mezclaba con el arte hiperrealista en ese escenario incomparable.
El invierno de esa esquina inconmensurable rompía la pereza de cuando mami me pedía: ¿vas a buscar un par de huevos a lo de Nélida?
Yo, que estaba desparramada entre mis fantasías acompasada por Génesis o Pink Floyd, devanándome entre la culpa y el deber, con Los Miserables o Crimen y Castigo, y atizando los leños de la estufa de nonno, salía rauda hacia la casa de la señora denfrente, para empaparme de esa energía que le daba a la vida su verdadero significado.

-Vení que ti mostro ¿viste lo pimpoyyitto nuevo que le salieron al conejitto? Con este frío, è incredibbile. La culecca se me quiere ir, pero yo no la decco, mirála poveretta, mà pero eyya è l’allegría desta casa, no la puedo deccar ir así nomás.

Yo miraba como distraída hacia la mandarina y ella me llenaba una bolsa al instante.
Alguna vez me he olvidado los huevos y tuve que volver a ir, con timidez y torpeza, porque mi trofeo era volver con ese olor impregnado y esa bolsa que guardaba el enigma de la fuerza de vivir, y no con los mandados mandados.
Juan Carlos, el cuanqui, era todavía muy tímido pero se acercaba a veces, creo, a disfrutar de mi sonrisa llena de lágrimas que nunca pude aprender a evitar.

Había un marido allí. Un hombre taciturno y abnegado.
Conformaban una de esas parejas a las que uno no puede atribuirles sensualidad alguna, pero se los veía fuertes en eso de llevar una casa y la familia adelante.
El señor, el marido de la señora denfrente, le había dicho a mi madre una tarde, siendo yo muy pequeña: Lucy es muy noble, no conozco otra persona así.
Lucy era yo, en ese entonces, y me llenó de desconcierto esa expresión que no comprendía. Como un día de la fiesta de la primavera que me eligieron reina por unanimidad, y tampoco comprendí qué quería decir.
Asimilé con los años que la decisión había sido por una nimiedad, algo sin demasiada importancia que era difícil definir.
Mi autoestima nunca fue mi fuerte.

Transcurrieron años.
Yo me fui de allí, como se van todos los que creen que, para crecer, deben partir, parir, plantar y seguir partiendo.
Me fui.
Volví a volver cada vez que algún aniversario, vacación o festividad me acercaba a la cocina de mi madre y a ese mundo pulpo del que había necesitado desprenderme.

Miré de nuevo el patio de mi madre. Había también allí mucha vida que yo había distraído buscando originales sensaciones.
Qué cosa esa que la comida siempre parece más rica en la casa de otros… y uno queda, ante los anfitriones, como un subalimentado que se desenfrena por una milanesa como si hiciera meses que no come…

¿Será ese el origen de la envidia? ¿O será su consecuencia?

Cuando volví con otros años de sensaciones más encima que adentro, fue urgente buscar el aroma de la casa de la señora denfrente, pero no olía.
No olía a nada.
Los paraísos y los ciruelos seguían tañendo un ritmo cadencioso que abrazaba una ausencia inexplicable.
Mi madre, ocultada detrás de un puñado inefable de prejuicios tuvo que contármelo: La dejó ese pelotudo del marido y está trabajando en una parrilla como cocinera. Viene a la casa solamente un ratito a la siesta.
Mi pregunta, también pacata y retrógrada: ¿a esta edad? obtuvo la respuesta acorde: y… se le cruzó una porquería de mierda, una atorranta que le está sacando toda la plata… ese viejo verde…
Aquel que había tenido alguna vez el parámetro para calificar la nobleza se transformaba repentinamente en un pusilánime.
Mi ánimo perezoso concluyó repentinamente que esa sensualidad inexistente que me había parecido percibir de niña, lo había llevado a ese marido detrás de unas caderas ardientes y un cuerpo que no estaba deformado de agacharse y hacer fuerza.
Tal vez tuve flojera de pensar que en realidad los maridos siempre se van con otra y necesité encontrar una mirada aldeana que contrarrestara todas las contradicciones de la monogamia inventada por un sistema.
O, tal vez, vaya uno a saber qué mierda pasó, la cuestión es que la tristeza y el abandono habían inundado esa inmensa esquina sin gallinas culecas, sin pimpollos acariciados, y repleta de mandarinas caídas a la buena o a la mala de algún dios.

Aún así transcurrido el mal tiempo, y gracias a que la jubilación en esta perversa sistematización de nuestro deseo, llega, no por júbilo sino por vejez y desgaste, el patio volvió a habitar la vida de la señora denfrente.
Me llamaba, al veme llegar con mi prole, de visita a los nonnos, para regalarme ropita tejida por ella con rezagos que heredaba de sobrantes del mismo perverso sistema. Me narraba las peripecias de una batita o una mañanita que tejía para una especie de asilo al que, también, iba a cocinar solidariamente cuatro veces por semana.
Las mandarinas y los conejitos resucitaron al compás de las rosas y los capullos de gusano, las gatas peludas y los bichos canasto.
Todo convivía en ese pequeño atolón que no había sido alcanzado por la perversión a pesar de su tanta presencia.

Me llamó mi madre un día, desde toda la distancia que yo había generado al partir de allí, para contarme que, además de los sudores omnipresentes de la señora denfrente, un color amarillo rancio y un olor penetrante se habían puesto a vivir en su ancho y extenso cuerpo, y la habían internado.
A la mañana siguiente, ya estaba muriéndose, sin más explicaciones y consuelos que la vida es así.
Había sido la única amiga de mi madre, esta madre, mujer, que había dejado a sus amigas hacía cincuenta años del otro lado del océano de la guerra y las mezquinas disputas de poder.

Los hijos de la señora denfrente, miserables, como la mayor parte del género humano, que es el único capaz de alambicar tanta miseria y desidia, debatieron sobre su cadáver fresco, pero nadie recordó regar las flores ni dar de comer a las gallinas y a los pájaros.
Yo, hace mucho que no ando por allí, pero practico cada mañana el saludo a la vida en su nombre y su recuerdo.

Ya hay un pájaro que come de mi mano y no me teme.
Tal vez he aprendido algo.

* de Lucía Cinquepalmi luciaguionbajo@gmail.com
- 16 de septiembre 2009.

INCERTEZA*

La persuasión avanza. Lentamente.
Hora a día. Día a gota. Gota a hora.
Carga una maleta pesada como el mundo.
Infecta los octubres con su dardo inmortal.
La angustia crece en hojas macilentas.
Se elevan y caen como mariposas muertas.
El patio de mi casa es una alfombra negra.
Por dentro tapian las ventanas lirios de luto.
La congoja es un vampiro ciego.
En un lago sin agua beben los peces su ceguera.
Una mujer pasa a mi lado con su vela blanca.
Un niño mira un perro.
Un hombre ojo carga el luto del monte.
Nadie parece verme.
¿Qué hacer?
¿Crucificar al hombre? ¿Matar la bestia?
¿Vaciar las ánforas?
¿Elegir el dulce tormento del amor?
¿El exilio de la lágrima?
¿El sutil beso de la rosa?
¿Acaso elegir el tormento, el exilio, lo impalpable de la rosa?
¿No es una forma absurda, ciega, cierta, segura de incerteza?

La persuasión avanza y cubre de polvo, el polvo

*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar

EN LA TIERRA DE LOS VIENTOS*

Esta es la tierra de los vientos. Nunca paran. Serpientes son, los condenados. Una ira. Las piedrecitas se te meten en los ojos, (esto en los días en que soplan suave, porque cuando son La Ira no podés salir.
Yo, qué quieren que les diga, no creo nada, nada de lo que dice la vieja sobre los vientos. La vieja es mi abuela, demasiado mala para estar viva y demasiado mala para morirse porque el diablo le teme. Por eso no se sabe desde cuando vive y ella se ocupa de confundirlo a uno cada vez más. Lo que sí tengo que admitir es que es la única que da una explicación para eso de los vientos, porque los otros del pueblo dicen que son cosas de Dios. Por eso, aunque no creo una palabra de su historia, la cuento. Ella dice que fue la primera puta de estas tierras, que llegó por accidente junto con un europeo aventurero en la época de los indios y que cuando se vieron cercados ella ayudó a despellejarlo vivo en señal de simpatía a los infieles. Eso le salvó la vida, y su habilidad para el amor. Dice que entonces no exitían estos vientos, que había una confusión de árboles, de plantas raras, de peligrosa maleza, lianas y enredaderas y hasta flores y frutos como la sangre, algunos buenos para comer y otros puro veneno; que la víbora era señora y el puma rey, que la araña, el alacrán y otros bichos sin nombre se te metían entre los dedos de los pies en las noches sin sueño. Pero asegura que la vida y la muerte eran como tenían que ser: "unas bestias incansables, qué joder, y para nada aburridas". Dice que eso se terminó por culpa de ella, que los vientos son culpa de ella, que no sale nunca de la casa porque sabe que los vientos la reclaman, pero que un día de éstos les dará la cara "para que esto de vivir tan aburrida se termine con una muerte como la gente". Cosas de la vieja. Creo que los ojos se le blanquearon tanto por no salir y no por las cataratas como dice el doctor. Ella es toda blanca. Menos el alma. "Los vientos son La Ira", dice, "son La Ira que me reclama".
Cuenta que en la época de los fortines, cuando los europeos vinieron a echar a los indios de estas tierras, comenzó el desastre: "los indios no aflojaban. Parecían la misma muerte, pero seguían, seguían...". "Yo hice de intermediaria porque sabía la lengua de los infieles y las de los europeos, y me mejor que eso, conocía el lenguaje de sus cuerpos"."Cuando me olí el fin de la cosa me pareció oportuno empujarlo". "Me acuerdo que se me ocurrió una noche de calor, mientras las transpiraciones de mi cuerpo y el del indio que me acompañaba se hicieron un río al que chupaba la tierra sedienta". "No sé cómo no me di cuenta del mensaje de las arañas y los alacranes...". "Al rato que pensé aquello, ya casi amaneciendo, fue como que enloquecieron". "Hasta entonces compartíamos el terreno sin problemas, acostumbrados a vernos". "Pero esta vez me los vi venir como un malón, todos al mismo tiempo, de golpe, y les adiviné las intenciones". "Les dejé de comida al indio dormido y corrí para el fortín"."No me costó trabajo decirles a los europeos cuántos infieles había, por dónde tenían que atacarlos, cómo...". "No fue difícil para ellos dar vuelta todo". "El calor nunca paró desde entonces, es como si ese tiempo no quisiera dividirse, la historia cambió las cosas, pero el calor se quedó, y después vinieron a acompañarlo los vientos...". "Pero entre el calor y los vientos la historia trajo las Compañías de Tierras y Colonias, me trajo un marido Administrador de Tierras y me hizo La Señora". "La tierra quedó rasa a pura tala y arado y ahí empezaron los vientos". "A lo mejor fue, como dicen algunos, porque no quedaban árboles para atajarlos... pero son La Ira".

La vieja se pasa el día contando la historia como entre dientes y cuando la termina, empieza de nuevo. Uno se pudre. De ella y de los vientos. Desde que se murió el viejo, desde que se quedó ciega y se encerró para siempre, la tiene con lo mismo. Yo no creo nada. Pero me canso.

Hace mucho calor, como siempre. Los vientos no paran. En el patio la tengo a la vieja, el último familiar que me quedaba... La tengo a la vieja,digo, estaqueada. Los vientos la suben y la bajan. Pero hay algo extraño, muy extraño... aunque yo estoy acostumbrado a esas cosas en esta tierra de locos ... y es que las arañas y los alacranes, que casi no quedaban, son como miles, prendidos en su cuerpo... ¿cómo es que los vientos no se los llevan volando?

*de Verónica M. Capellino. veroaleph@hotmail.com
-En "Cuentos del Litoral"- S.A.D.E –Sta. Fe- y Lux; 1988
y Revista "Puro Cuento" Nº 26. Enero-Feb. 1991

UNA TRISTE HISTORIA DE AMOR*

*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar

Lo que nunca sabremos es exactamente en qué momento comienza esta historia, porque como sabemos, los hechos a veces se producen por azar y no entran en los cálculos o no quedan registrados como a conciencia en la cabeza de la gente. Lo que sí sabemos, al día de hoy, es el final, pero mejor no adelantarse, porque para eso existe la cronología, aunque bien sabemos que la literatura tiene otros códigos y puede quedar adscripto a la mirada ya desvalorizadora que se llamó “realista”, y los críticos más duros insisten en llamar “la ilusión del realismo”.
Esta historia es una historia de amor, pero los más cáusticos, lo que están más cerca del positivismo llaman un “platonismo acorde a los tiempos”, o un “romanticismo rancio que no debe tenerse en cuenta”.
Cuando esta historia sucedió, -si es que sucedió alguna vez- mi abuelo estaba por cruzar el mar Tenebroso, el Atlántico inmenso en un barco que lo dejó en Buenos Aires, con quince años y sin saber una palabra del espléndido español (que él luego denominaría “la castilla”) con el nombre de un pariente lejano o amigo de su padre o apenas un paisano de la aldea europea desde donde se largó, con el coraje, coraje con que lo impulsaba el hambre, como tantos miles en su situación, o peor, porque eran ya padres de familia.
Quiero poner entonces la distancia necesaria como para no hacerme enteramente cargo de esta historia, pongamos provisoriamente “de amor”, ya que las sucesivas veces que yo fui oyendo el relato de los mayores, todos lo hacían –en mayor o menor grado- no exentos de ironía, que podía ser fina o grosera según correspondiera al temperamento de cada uno.
La historia que relato (que trato de relatar) sucedió en mi pueblo en los fines de la primera década del siglo XX y está protagonizado por un hombre muy bueno, italiano, no recuerdo de qué lugar, y certificar esa marca de origen se me vuelve difícil porque hoy tendría ciento veinte años, lo cual hace imposible encontrarle algún contemporáneo.
La primera historia que oí de don Juan Galli –de él se trata- refiere al más contundente romanticismo y lo hace inmigrante, chacarero arrendatario en principio, y luego asociado con sus dos hermanos tan solteros y atravesados en el habla “de Castilla” como el comprar una panadería, que a la postre lo dejará dueño único previo pago de la parte a sus hermanos quienes regresan a la Península para no volver.
Están los paseos entonces con esa niña cuasi púber o adolescente o demasiado joven y más delgada y pálida que lo acostumbrado, esos largos paseos por el Veredón del Ferrocarril: ella toda de blanco, con capellina del mismo color, breves botitas oscuras y una sombrilla celeste. Él tieso, envarado, de traje impecable, botín con polainas y un leve bombín en la testa de lacio pelo rubión y muy fino, un bastón de caña y los dedos de la mano libre encastrado en los bolsillos del breve chaleco azul. Iría recitándole a Páscoli o D´Annunzio en italiano.
En la esquina, él descendía, muy caballeresco, le tomaba las manos enguantadas a la señorita delgada y entonces ella saltaba sonriendo y ruborosa, hacia la calle cargada de un fino y fastidioso polvillo.
Esta leyenda, lo advertí, termina con la muerte de ella, muy joven, hecho que, antes de producirse, provoca la promesa de él de permanecer en soltería perpetua. Se dedicó a las lecturas silenciosas cuando el arduo trabajo de la panadería se lo permitía, y de grande -ya pasados largamente los setenta– emprendió el aprendizaje de la guitarra, no recuerdo si con maestro o provisto de un manual con lecciones, cuando algún vecino (molesto tal vez por sus prácticas con las cuerdas lloronas del amanecer) le inquiriera, indiscreto, por qué siendo tan mayor le daba por la música, él muy jovial y pedagógico, explicó que Sócrates tomó lecciones de flauta hasta su último día.
Recuerdo todavía, ya adolescente, trabajando en su panadería, alquilada a Alfredo Paggi, oía su guitarra monótona, ya que él ocupaba una de las habitaciones del fondo.
Era, un hombre tranquilo, minucioso, hablaba bastante bien el castellano y hacía un esfuerzo por pronunciar bien las palabras aprendidas no sólo en el trato cotidiano sino en los libros que consultaba constantemente y leía en idioma español, amén de los diarios o revistas italianas que se hacía traer.
Tenía –lo recuerdo –una transparente mirada cariñosa en esos pequeños ojos celestes.
La otra versión, que puede incluir todas estas conjeturas y aproximaciones y la salvedad hecha que sólo oí siempre por referencias de terceros esta historia, es que en la relación con esta señorita de quien nadie recuerda su nombre o apellido, no tuvo otra relación que el de clienta, en su tarea cotidiana de vender el pan y las facturas y los bizcochos, casa por casa, con esa alta jardinera que arrastraba un caballo moro que don Juan Galli manejaba con silbidos.
Y tal vez él le escribiera cartas de amor que no se animaría nunca a hacerle llegar, y que en ese tal vez podríamos conjeturar alguna serenata, con su desafinada guitarra, homenajeándola con un valsecito o un fox-trot melancólico, a ella y a su indiferencia de las persianas cerradas.
Dicen que ni una vez –ni una sola vez- la señorita se dignó mirar a ese gringo, que se deshacía en galanterías lejanas y que ella consideraba ridículas.
Y él, tan discreto, jamás habló de ella, o de su desolado amor sin compartir con ella y ese fracaso con ningún ser de este, para él, desolado planeta.
Y sin embargo, nunca perdió ese modo caballeresco y atento, casi ceremonioso con todos los que lo conocieron, tan buena persona, tan pintoresco.
A mi me queda la imagen de su jardinera cuando con su silbido distinto detenía el moro frente a mi casa y mi madre salía con la cesta para comprarle el pan del día y él antes de partir con otro silbido, (era el momento más esperado por mis cuatro años ansiosos) introducía la mano en un pequeño canasto y alcanzaba a mi niñez asombrada esa rica jesuita azucarada como auténtica y nunca tan bien preciada yapa.

HABRÍA DE ABRIR*

Habría de abrir
como quien no quiere
como quien detesta

Habría de abrir
con impremeditada delicadeza
lo que no atinaría a repudiar

Habría de abrir
sin abrirse.

*De Rolando Revagliatti revadans@yahoo.com.ar

PANDEMONIUM*

La noche
que la muerte
me arrastre
a su agujero infinito
de sarcasmo
yo pondré todo lo mío
en su garganta

Seré el libamen mismo
en una ceremonia solitaria
de pecados e incuria
y de ironía inútil

Vendrá todo el dolor
por mí
y por las dudas
las que no tuve
las que pude dudar especialmente
las que a veces
ni he sabido que dudaba

Me rodearán
manos esquivas de mis íncubos
que no han sabido
ni las dudas que he dudado

Un remolino
desprolijo y negligente
va a sumergirme
en el final desesperado
a bocanadas de ardor y de perdones
en el eco atormentado
de la nada
Y el fuego
equivocado
de todas mis pasiones
arderá en el recuerdo
de mi nombre en el aire

Por fin no escucharé
nunca más el latido
ni el viento ni tu voz
ni las tormentas
ni el llanto disfrazado
del que implora
ni el tiempo del reloj
en mi cabeza
ni el rezongo tedioso de la histeria
ni los gritos de amor
y otros quejidos

Habrá nadie para nadie
como siempre
Nada distinto de la vida distraída

*de Lucía Cinquepalmi luciaguionbajo@gmail.com

Los huesos al sol*

El hombre va caminando por aquel terreno pedregoso interminable. Un desierto sin arena, lleno de piedras y matojos que se extiende hasta más allá de donde alcanza la vista. Consulta una especie de plano detenidamente y busca a su alrededor. Está seguro que se encuentra en el lugar correcto.

Se dirige con paso decidido a su derecha donde se alza un pequeño promontorio de rocas, en un lugar algo desplazado de donde indica el plano, y ve el esqueleto recostado entre unas rocas que tienen una extraña forma de sillón sin patas. Le observa con las piernas cruzadas un brazo en la frente y el otro en el regazo.

Sin perder un instante empieza a cavar una fosa ignorando el tremendo calor y concentrándose únicamente en su cometido. En cuanto la acaba traslada el esqueleto al agujero y lo cubre con la misma tierra que ha sacado, disimulando cuidadosamente el lugar y su trabajo. Seguidamente se va al promontorio y se tiende entre las rocas, sentado en aquella especie de sillón sin patas, y mentalmente repasa la postura: piernas cruzadas un brazo en la frente y el otro en el regazo. Cierra los ojos lentamente y se abandona.

*de Joan Mateu. joan@cimat.es

Una obra de teatro en Saturno*

Allí voy. Dormido y soñante con esos sueños habituales que últimamente se parecen tanto a mis desencuentros con lo real. Me desperté cuando la hermosa azafata pelirroja decía Une Station Saturne, Station Saturn, Stationieren sie Saturn y en algún idioma más que llegábamos en 10 minutos a la estación. Me había dormido siguiendo sus desplazamientos de ida y vuelta por el pasillo. Su presencia fue como un hada que me llevó a aceptar el sueño y casi con seguridad la repetición de alguna pesadilla para luego despertarme con la sensación de que se parece demasiado a mi vida presente. Como dijo alguna vez Rosa Montero: En algún momento del viaje este se convierte en una pesadilla. Es tan evidente -y cierta- la metáfora del viaje con la vida misma.
Antes de tomar el tren hacia Carhue, pensé en la cantidad de años que necesitaría vivir para lograr la felicidad si los pasos los sigo dando por el camino más largo, cuesta arriba y más lento que una tortuga.
Me reí solo: no menos de 150 años y con buena salud para darme cuenta de los logros.
En eso estaba. En retomar mis pensamientos calamitosos de antes de subir al tren y en la azafata que tenia un aire a una pelirroja nacida en Carhue a la que conocí en el trabajo ( Como la deseaba 20 años atrás cuando la veía llegar a mi oficina para firmar papeles de rutina).
Hasta que vi a Julián Fernández parado en el pasillo, haciendo payasadas como siempre entre un grupo de mujeres y hombres que era bullicioso y jodón como una estudiantina pero grandes de edad: 40 años promedio dije con ojo de entrevistador. Julián repartía algo casi invisible entre sus dedos a cada uno de sus compañeros que se levantaba con bolsos. No pude resistir la tentación y me levante a saludarlo.
Con sus anteojos culo de botella, idéntico antes del tiempo pero con canas, él me hablo a los gritos antes que llegara a su lado:
Urbano, amigooo¡¡¡¡
Julián, nuncaaa Centeya, conteste yo con un código propio de aquella época en que trabajábamos juntos.
-Urbano, fue mi jefe en la constructora, dijo a los gritos para que todos se enteraran de quien era yo.
Enseguida recordé aquella imagen de pelearme con el gerente de área, casi llegar a las trompadas y renunciar.
Pero con Julián seguimos siendo amigos después de esa partida borrascosa. Al tiempo él también se fue y se dedico a la docencia y al teatro.
Me dijo lo mismo que acababa de descubrir: viajaba con su grupo de teatro y bajaban en Saturno para dar dos funciones seguidas, hoy sábado y el domingo.
Venite Powell, la primera función es en un par de horas, después tomas el tren siguiente y seguís viaje.
No resistí demasiado, le pregunte a la azafata si podía descender y seguir viaje con el mismo pasaje y me dijo que si, que era una política del ferrocarril que la gente pudiera descender en cualquier estación darse una vuelta, conocer y volver a subir a otro tren siempre y cuando sea del mismo día en que se inicio el viaje. No solo es bella, sino además dulce dije, y me entere por el cartel que lleva prendido en su chaqueta que se llama Analía. El amigo casi no me da tiempo de volver al asiento y llevarme mi pequeño bolso que llevo colgado del hombro. Al bajar había una recepción oficial con banda de música y discursos. Solo alcanzamos a decirnos con Julián que los hijos están bien y creciendo cuando nos vimos inmersos en apretones de manos, presentaciones y palabras de bienvenida. Sólo retuve dos nombres, el de Hércules el jefe de estación y el del Ingeniero Orlando Williams delegado municipal en la comuna de Saturno -dependen del partido de Guaminí-.
Me distraje. Vi una publicidad que colgaba de un tirante bajo el andén que me causo curiosidad:

¿Dolor de cabeza?

Venga del aire o del sol
Del vino o de la cerveza.
Cualquier dolor de cabeza
se corta con un geniol.
30 centavos.

-Este pueblo atrasa por lo menos 50 años, pensé y me reí bastante.
Ahora hablaba el ingeniero Williams, era el discurso de un anciano enérgico -70 a 75 años a mi cálculo-
Hablaba del ferrocarril con un orgullo y una pasión inaudita, como lo haría cada uno de los ferroviarios que no conoció la tragedia de los noventa. Ahí mire a mi alrededor y en el público del pueblo solo vi ancianos. El grupo de Teatro de Julián y yo éramos los mas jóvenes. En el público había un intervalo de 65 a 80 años, ni mucho más ni menos.
-¿Este es un pueblo de jubilados? -le dije a Julián.
-Algo así, después te cuento bien camino al teatro. -me contesto con tono enigmático.
No nos dejaron ir de la estación hasta que sirvieron una picada con salamines y quesos y se hizo un brindis con vino tinto.
Logramos salir. Le dije a Julián de ir caminando en escalera para conocer el pueblo y hablar algo.
-Dale, -me dijo, el teatro de la sociedad italiana queda a cuatro cuadras pero caminamos unas cuadras más, no te entusiasmes en ver demasiado, el pueblo tiene 10 manzanas por 10 de este lado de la vía y otro tanto del otro lado. Casi enfrente de la estación se observa un edificio imponente al que se le están haciendo refacciones.
-Es la universidad...
El cartel que leo en el frente no deja lugar a dudas:
"Universidad del viento de Saturno"
y abajo una leyenda en francés, alemán e inglés.
-UN DIEU LES ALLAITE(ÉLÈVE) ET LE VENT LES ENTASSE
-GOD RAISES THEM AND THE WIND ACCUMULATES THEM
-GOTT DIE ZUCHT UND DER WIND BELÄDT SIE.

-Que quiere decir?
-No se, dice Julián, debe referirse a que es una universidad abierta donde puede estudiar quien quiera sin requisitos de estudios cursados ni limite de edad.
-Ajá, digo, pero no dejo de ver muy raro a este lugar y recién hemos caminado unas pocas cuadras.
-Bueno, ahora explícame porque este pueblo no tiene niños en las calles y toda la gente que veo es anciana...
Lo voy a intentar dice Julián y toma aire como si la cuestión fuese compleja y difícil de entender para una persona común y corriente como yo.
-Viste al Ingeniero Williams?
-Si, un anciano de una energía y convicción envidiable.
-Pues él es el autor de la ley de ferrocarriles agrícolas y económicos de la provincia.
-Me estás jodiendo.
-No, es el mismo.
¿Pero cuantos años tiene?
-El 29 de agosto cumplió 136 años.
-No puede ser. Ese hombre no tiene 80 años.
-Oíste hablar de Vilcabamba en Ecuador?
-Si, una zona de las pocas que hay en el mundo dónde la gente vive más de 100 años.
-Bueno, en Saturno la gente no envejece.
-Pero si son todos viejos¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡
-Así llegaron amigo, llegaron viejos y así están: viejos y saludables.
-Sabes cuales son las dos instituciones más importantes del pueblo para las que ofreceremos la obra en un rato?
-Ya no me animo a imaginar nada más. -le dije resignado a que me relaten cualquier suceso extraordinario.
-Un geriátrico y un hospicio psiquiátrico.
-Tiene alguna lógica, la gente no envejece, pero tampoco rejuvenece como Brad Pitt en la película.
-Exacto.
-Y que obra van a representar. -pregunto adrede para recibir alguna respuesta aceptable para mi racionalidad.
-Una versión muy libre de Saverio el cruel.
Llegamos al cine teatro de la sociedad italiana. El amigo se va a unir al grupo y la obra empieza casi de inmediato, actúan con las mismas ropas con las que llegaron.
Los que organizan son los internos del psiquiátrico. Venden las entradas, lo llevan a uno al asiento numerado. Te dicen algún piropo: -Usted es tan lindo como mi nieto Agustín que vive en la capital.
-No quiero sacar cuentas, tengo 51 años, esa será la edad de su nieto?
Me sientan al lado de un viejito italiano, que enseguida empieza a hablarme, habla en un cocoliche, pero le entiendo que es nacido en un pueblo del Piamonte. Y que puedo llamarlo Don Alberto.
-Y de donde es...? -me pregunta.
-De Lomas de Zamora.
Bello pueblo, bello, yo he visto cantar a Gardel y a Corsini en el teatro Coliseo.
Y de memoria recita

Miro al passato, a i nostri bei vent’anni,
Quando, venendo a te, l’anima allegra,
Vergine ancor a tanti disinganni,
Per i sogni piú belli popolata,
Cercando un ragazza per un valzer
Trovammo quí la sposa
Madre dei nostri figli insuperata...

(Me dice que olvido al autor, que la poesía era más larga...)
-Pero usted era muy pequeño en aquella época, me atrevía a decir temerariamente.

-No crea, era un joven de más de 20 y muy fuerte, trabajaba de maquinista en el ferrocarril. Ese había ido con mi finada esposa Ornella. Cuando llegamos no había más entradas, la gente quedo afuera e io también. Pedíamos a los gritos a Gardel, y Gardel salió al balcón y canto para nosotros: "Cuesta abajo", "El día que me quieras", "Arrabal amargo" y otras que ya no recuerdo.

Empieza la obra, hacemos silencio. Sigo con un desconcierto que no para de crecer, pues no encuentro elementos para desmentir lo que esta ocurriendo.
El amigo es el mantequero de Arlt y toca timbre. Lo esperan un grupo de jóvenes aburridos que quieren divertirse con él. Una anciana -presumo que es una enferma del psiquiátrico- se levanta y comienza a cantar en italiano. Puede que cante en dialecto pues no se le entiende nada. El amigo la va a buscar y la sube al escenario. Ella canta una y otra vez la canción, que parece una canción infantil.
Sólo entiendo y retengo el estribillo:
¡Io sono Pinocchioooo!

Luego la obra prosigue y es por cierto una versión muy libre, he visto Saverio el cruel alguna vez, pero no podía imaginar al mantequero que no es ungido Coronel, sino Fiscal.
Y es un fiscal que se preocupa por pequeños hechos de corrupción. En el papel del Fiscal, mi amigo se ha puesto una peluca que lo acerca a Lennon y no a un miembro de la justicia. La acusada es una cajera de un supermercado y la acusan de haberse quedado con 25 centavos.
Se para otra paciente e interrumpe:

-No la castigue señor Psiquiatra. Ella no tiene nada que ver. Acá esta la moneda que le faltó.
(Y levanta el brazo y el foco de luz la muestra a ella con su moneda sostenida entre el pulgar y el índice).
-Estaba en el piso del comedor esta mañana y yo la encontré, ella es inocente¡¡¡, la voy a devolver ahora mismo.
-El amigo reacciona y la va a buscar, a ella y su moneda que prueba la inocencia de la acusada.
la moneda entra en la escena y el juicio se encamina a otro destino.
La obra continua. Estoy en una especie de limbo que no me permite prestarle demasiada atención.

Me parece que esta por finalizar, el mantequero fiscal esta por desencantarse.
Por descubrir la trama del engaño.

Ahí comienza a cantar otro anciano:
¡caprichoso garibaldino trulalaaaa!

No lo puedo creer. Es la canción que mi padre cantaba cuando quería referirse a mi tozudez.
Mientras tanto en el escenario, el amigo y su grupo decidieron que esa canción era el mejor cierre posible para su obra de teatro. Subieron al pequeño anciano cantor y cantaron todos mientras el público aplaudía. Creo que fue demasiado para mí. Me levante sin antes dejar de estrecharle la mano a Don Alberto. Antes de salir, me detuve en la boletería y deje mi tarjeta para que se la dieran a Julián, escribí rápido en el reverso:

-Amigo, esta experiencia merece un café y varios whiskys, llámame cuando estés de vuelta por Capital, invito yo y sin discusiones. Abrazo U. Powell.

Según el horario que tengo el tren debe llegar en pocos minutos, asi que camino casi corriendo hacia la estación. Me parece escuchar a lo lejos el ruido de la locomotora y su silbato de vapor.
Increíble este pueblo. -Me digo. Hermosa experiencia. Prometo que volveré y que me anotaré para cursar algo en la Universidad del Viento.
Mientras tanto seguiré envejeciendo como cualquier persona.

En el andén esta Hércules, el jefe de estación.
- 85 años verdaderos ni uno más, yo no me quito la edad como la gente del pueblo... -Me dice,
y cuenta que es hijo de franceses y que antes de llegar a Saturno como jefe de estación trabajó en la compañía general, lo dice en francés "Une Compagnie Générale de Chemins en Fer de la Province de Bons Airs" y luego traduce: "Compañía General de Caminos de Hierro de la Provincia de Buenos Aires".

Dígame Don Hércules, ¿Que quiere decir la leyenda en varios idiomas que hay en el frente de la universidad?

¿Eso?
-Si.
-Dios los cría y el viento los amontona. Ese, es su lema académico.

*de Urbano Powell. urbanopowell@yahoo.com.ar

Pequeño Larus no ilustrado*

Alero: lugarcito del techo acogedor de golondrinas.

Bandera: trapo de diversos colores, simulado emblema de patria.

Blasfemia: recurso infame del incapaz.

Bravura: postura que debe imperar ante la vida.

Critica: opinión rechazada por nuestro ego.

Cuerpo: caja de huesos y arterias guardadora de emociones.

Culpa: falta suave si es propia, terrible si es ajena.

Despecho: sentimiento hecho negro pozo al que nunca deseo caer.

Destrucción: acción del hombre contra el bosque propiciando desastre futuro

Dignidad: calidad de vida que dejo como única herencia.

Dolor: sensación en la piel cuando el amor te abrasa.

Esperanza: alimento diario del alma.

Espiga: amarilla calmadora del hambre.

Fatiga: estado que me producen los imbéciles.

Gotas: gemas con interior de rocío.

Humo: combustión de fabricas, ya casi olvidado.

Lejos: medida del espacio del enamorado.

Llanto: efusión salada que sazona las penas.

Lluvia: desagüe de las arcas del cielo.

Mujer: ser fabricado en roca con mezcla de seda y perfume.

Perdón: regalo muy difícil de hacer.

Rumbo: camino escabroso si el espíritu no halla paz.

Sed: hambre de agua.

Sol: alimento insoslayable de la vida.

*de Elsa Hufschmid elsahuf@hotmail.com

LA FORTALEZA*

(I)

La tierra del viento norte
tiene su fortaleza
una casa-fortín
de toscas almenas,
soldados de yeso,
puente de madera.
Es delirio de artesano
con mala siesta.
Tal como la soñó,
junto a la puerta verdadera
una falsa puerta de argamasa
abría goznes a utopías niñas
que salían a rodar
en bicicleta.
Se derrumba, también, la Fortaleza
de tanta mala siesta.
Pero la puerta
espera.

(II)

La estatua, dura como ninguna, apoyada en su lanza, atisbaba el microcosmos de la calle reverberante, polvorienta, un enigma seco que se estiraba hasta el horizonte candente de la siesta. El sol se ensañaba ahora con su cuerpo de piedra, lo horadaba con zarpazos de fuego. Hervía ahora en una calentura llena de vapores que formaban casi un aura en sus contornos “¡Y pensar que mi piel nunca conoció ese otro fuego, el del amor!”. Le dolía la cabeza pero no podía bajar la guardia, debía vigilar, desde el techo de la vieja casa, junto a los cañones también de piedra, debía vigilar.
La casa dormía su lenta siesta veraniega con despreocupada mansedumbre, aceptaba su aspecto tosco y sensual, como de hembra que muestra su humanidad maciza en un desnudo ingenuamente lujurioso. ¡Así fue siempre ella!, dos puertas al frente: una, verdadera, otra, falsa, pero para alcanzarlas, el portoncito de madera, y el arco con los pájaros de piedra que ocupaban eternamente su territorio mirados con intriga por los pájaros auténticos “Ah, pobres aves condenadas a no volar jamás!”; enseguida, el puentecito, el pequeño arroyo artificial, abajo, y los patos detenidos en su sueño de argamasa, peleando con el enano de jardín que estaba un poco más lejos, a quien siempre molestaron sus graznidos sordos, nostalgiosos de vida verdadera, hartos de no ser escuchados más que por otras estatuas, ávidos de respuesta en su antiguo soliloquio… Cada tanto el enano olvidaba sus empozados rencores para cuchichear con ellos y con los pájaros del portón, las claves secretas de una revolución libertadora, pero el hombre del techo no se descuidaba nunca, y las intrigas se destejían antes de un primer ensayo. Jamás dormía, ni siquiera reparaba en el avance de la carcoma, el despojo en el que se convertía con el paso de las estaciones. La única molestia era el sol de las siestas veraniegas, pero lo soportaba estoicamente, que para eso era un soldado. Vigilaría la puerta falsa hasta el fin de los tiempos, la vigilaría aún cuando de él no quedara más que una masa informe de piedra erosionada, y entonces, ya no quedarían, seguro, ni los pájaros, ni los malditos patos, ni el revolucionario enano tozudo, ya no habría peligro de que alguien transpusiera la puerta.
Mientras tanto, para los cautivos eran un consuelo las visitas de los niños del pueblo. La casa los excitaba, tan diferente a las de ellos, a todas las casas que habían visto. ¡Hasta tenía un nombre: “La Fortaleza”! Su misterio les erizaba la piel; intentaban abrir la puerta falsa con la seguridad que sólo un niño puede tener, de que detrás había algo más que pared. “¡Ábrete, sésamo!”-jugaban, y simulaban conversar con las estatuas, las acariciaban bajo la mirada del hombre del techo que, descubrieron, los seguía hacia todos los ángulos, “Qué raro, ¿no?”.
Quizá alguna de esas veces, desde sus alturas, él sintió la soledad amarga de su destino de verdugo. Pero ahora no había niños, ni siquiera un perro vagabundo, todo era calor en esa siesta demoledora, la más ardiente que recordara desde que estaba ahí, vigía celoso de la puerta prohibida. La cabeza le dolía más y más, se sentía débil. Entrecerró los párpados y se dejó llevar por el sopor que lo viajaba por dentro… Se fue al garete hasta la infancia que nunca tuvo y se soñó una madre, un vientre redondo y rumoroso, un cordón de vientrenauta, un rosado pezón tibio… una…

Cuando despertó la vio sentada en el puente con la mirada perdida en los patos pero con un cuerpo contundente, todo determinación. Y supo que era la elegida. Un calor diferente lo consumió. Venía desde adentro, emergía pintando con nuevos colores a su piel de estatua.
Todo fue el torbellino de un instante: ella que se supo observada, que se levantó sin prisa pero con firmeza, ella que fue hacia la puerta, los pájaros de piedra que batieron las alas, luego los patos graznando con cadencias nuevas, el enano loco y él, él mismo, el soldado herido, herido de amor, que la seguían, que transponían con ella la puerta falsa en busca de la otredad, de un cielo tal vez vacío, del otro lado de las cosas.

*de Verónica M. Capellino. veroaleph@hotmail.com

-"La Fortaleza", poema y cuento, en: “Así SEA”- Antología de poesía y cuentos. Edit. Lux y U.N.L-Fundación pre-textos. 1997

MANCHAS Y ARRUGAS*

Las manos unidas

sin culpa ninguna.

Una luz fugáz

casi imperceptible

entre tanta bruma.

Charla,café,un poema,

una buena música.

Se encontraron tarde

que es mejor que nunca.

Hablan de sus vidas

y sin darse cuenta,

se estrechan las manos

que pintó don tiempo

con manchas y arrugas.

Caminan sonrientes

libres de premura.

El compra claveles

y se los ofrece

junto a su ternura.

Se encontraron tarde...
que es mejor que nunca.

*de Matilde Lopez Camelo caminandosignosfm@hotmail.com

DESCANSO*

“Nada se compara a esa leyenda de semillas
que deja tu presencia”

VICENTE HUIDOBRO

Cansa el viento zonda, amor,
Tu ausencia mucho más.
Languidece la luna desteñida,
Jazmín del aire, en aire marchitado.
Tenuemente ilumina
El relincho cansado del caballo.

Cansa la sequía, amor,
Tu ausencia mucho más.
Magullados los cardos,
Siguen las huellas vacilantes
De los perros flacos.

Cansa la vigilia del carancho,
Tu ausencia mucho más.
Las penumbras vacilantes de la noche
Huyen, tras un lagarto azul.
Mi corazón muere de sed.

Cansa la soledad, amor.
Despojados, la rosa y el espejo
De presencias errantes,
Buscan la plenitud del aire.
Las semillas.
Del agua, del fuego y de la tierra.

Cansa el olvido, amor
Tu ausencia, mucho más.
El caldén, tan callado,
Con destino de poste,
Con sus vainas preñadas de agorera savia.
Camina lentamente sumándose
A mis pasos.
Enciende la lámpara y la luna.
Trayéndome el descanso
Profundo de tus ojos.

*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar

Viento de fuego*

Me hieren el frío y la indiferencia
en esta noche clara.
Los latidos de un hijo
asoman del vientre de una madre anónima
que revuelve la basura
en busca de alguna esperanza.
Camino por la lengua del destino
cerrándole los ojos
a cada luna que muere.

*de Patricia Ortiz lacajadepandora@gmail.com

"Al borde de la Palabra" www.arinfo.com.ar
-Los martes de 18 a 19 hs. Liliana Varela / Patricia Ortiz
http://albordedelapalabra.blogspot.com

Italia*

a mis viejos

nadie supo ser más libre
entre sus miedos
ni el ignorante y solitario miedo
a no sé qué
pudo anegar la marca de ser libre
ni todos los destierros
ni la ausencia
ni la muerte inminente
y la miseria
ni el noble sacrificio depredador de tiempo
a la espera de un después inalcanzable

vi escurrir cada sueño
entre sus manos
deshacerse en el instante mismo
del ya estaba listo
los vi esperar callar desesperar
pude verlos bordeando los ocasos
en cada corte repentino de la escala
así los vi vivir desde su tierra errante
sellando paso firme en el vacío
quedándose vacíos a cada rato
fabricando otro sueño
a cada sueño roto
esperando en silencio
el famoso tributo a cada esfuerzo
la vuelta de la vida que te paga
la redención de todos los pecados

vi iluminar sus rostros
en el momento mismo de cada alumbramiento
disolviéndome en abrazos más seguros
que el sol que me gobierna
yo deshice su dios y sus esquemas
yo desandé sus sueños y sus mitos
para crecer mis alas
y empezar de nuevo
me enojé con su amor y sus misterios
les negué más placeres que fracasos
y ellos lo saben
porque saben del miedo
y ahí siguen impasibles secos quietos
esperando un regocijo de alto vuelo
el júbilo y la risa a carcajadas
que todavía llevo
embutida en mis huecos

*de Lucía Cinquepalmi luciaguionbajo@gmail.com
-abril del 1998.

LA GLORIOSA DE BOEDO*

Mis ojos no aceptaban otro rostro.
El escenario elevaba su estampa hasta la línea de la luna.
Su magnificencia danzaba entre batucada sanguínea y trajes de brillo dispar.
Su voz se incorporaba a mi piel apunando emociones.
Y la escuchaba cantar... y la descubría bailar.
La adivinaba cerca y estaba tan lejos.
Contemplarla pronosticaba garúa en mis retinas.
Y en mi adentro se establecía el carnaval de su guapeza, su hermosura, su esplendor...
Como olvidar los modales de sus ojos, la silueta de su cabellera,
el perfil de su cuerpo, la elegancia de sus gestos, el tono de sus movimientos.
Que ganas de abrazarla hasta lo inagotable.
Que ganas de ofrendarle mi amor todas las mañanas en el altar de sabanas y bostezo.
Que ganas de extender mi mano y obtener la seda de sus dedos.
El carnaval dijo hasta pronto. Las comparsas iniciaron el exilio.
Los estandartes, las fantasías, la percusión, dejan en el cielo su mueca.
Las desinhibidas coreografías, los pasos discontinuos y las caminatas desalineadas
mudan su algarabía a otros suburbios.

Mi mirada quedo absorta enfocando el escenario, buscando su luminosidad,
su semblante único, sus rasgos incomparables, su rostro inmejorable.

Y allí permanezco, en la esquina indicada, esperando el colectivo de la alegría,
ese que ella conduce cada Febrero haciendolo rodar por Boedo y mis recuerdos....

*de Damian Bonavota. damianb@cuspide.com

LA ESPERANZA*

Era un refugio la esperanza.
Que el sol reverenciara la mañana,
que alguien me diera su sonrisa,
que entendiera el trino de los pájaros,
que flotara en la nube, que brincara
sobre buenos deseos y promesas.

El refugio era la esperanza…
Pero un pájaro murió sin dar su trino
y el sol enlutó su sentimiento;
por eso amaneció un poco tarde.
No hubo ni promesas ni reencuentros…
¡Qué desnuda quedé ante la vida
cuando enterré en el jardín mis esperanzas!

*de Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar

*

Inventren Próxima estación: CASBAS.

Colaboraciones a inventivasocial@yahoo.com.ar
http://inventren.blogspot.com/

*

LA JIRIBILLA.

-Revista de cultura cubana.-

http://www.lajiribilla.cu/

*
Queridas amigas, apreciados amigos:

Este domingo 11 de octubre de 2009 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor brasilero Almeida Prado. Las poesías que leeremos pertenecen a Juan Martín Giansanti (Uruguay) y la música de fondo será de Surazo (Andes). ¡Les deseamos una feliz audición!

ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at

(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!! (Recomendamos usar http://24timezones.com/ para conocer las diferencias horarias).

REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!

Freundliche Grüße / Cordial saludo!

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
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Tel. + Fax: 0043 662 825067

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11/10/2009 GMT 1

ESTACIÓN SAN FERMÍN.

urbanopowell @ 13:32

INVENTREN...

NUDOS*

Raro letargo amor, raro letargo.
Remotas lejanías desnudas, llaman desde la piel dormida.
Amordazan, anudan.
Loco acróbata loco, mi corazón,
Intenta desasir lo imposible.

Los nudos. Allí están. Acechantes. Alertas.
Rama de mimbre, cadena, cordón umbilical.
La piel oscura de mi padre
y la penumbra- intacta- de mi madre.
Lágrimas de piedra, bebe sediento el clavel del aire.

Raro letargo amor, raro letargo.
El agua al alcance de la mano,
El árbol genuflexo, con los brazos cruzados.
A su sombra, descansa, rendida, la muñeca de trapo.
Cabalga la distancia, en sus trenzas de humo
En sus piernitas flacas, gime, anudada
Una pena de nácar.

Raro letargo amor, raro letargo.
Nudos de nácar, nudos, desnudos.

*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar

A cada tano le llega su San Fermín*

Mi madre y mi padre nacieron en Europa y se casaron en siete de julio, pero no en Pamplona.
El arroz se dispersó entre sus cabellos jóvenes y su risa vital en un pequeño pueblo de la zona sur del Gran Buenos Aires, cuando todavía el tren hacía vibrar las juntas de brea y el adoquinado y, al traqueteo de sus desniveles ladeaban hasta la adrenalina los carros del lechero.
Y el pan llegaba a la mañana con el olor de la levadura caliente servido por el semblante trasnochado del propio panadero que lo había amasado.
A la fecha no he podido descubrir por qué Gran ni por qué Buenos, y menos, Aires, pero serán de las tantas preguntas que acompasan mi desconcierto frente a la dinámica y la taxonomía de la realidad.
El cuerpo menudo de mi madre, que sostenía un rostro bello como pocas veces he visto, se envolvía de pañuelos para contrarrestar la intemperie de ese paraje hostil de mediados de siglo que reemplazaba los paseos en la pradera con sus amigas, por el acarreo de baldes y la huida ante la furia y la amenaza del gallo en celo en los fondos de aquella construcción incipiente, poblada de proyectos más que de paredes.
La gallardía de mi padre, recién llegado de su intermezzo entre la Italia del Adriático y ese mismo paraje desavenido, intermezzo recalado en un Sao Paulo con olor al mar de este sur, café intenso y garotas; pues, esa gallardía iba tornasolándose en un degradé lento, en el overol de la fábrica de plásticos y los kilómetros de bicicleta en espiral para abarcar en su totalidad los turnos alternados de esa misma fábrica.

Pero, eso sí, el día de reyes había regalos para todos los hijos de los operarios, y allá íbamos a recibir la bienaventuranza de un capitalismo laxante que se cobró la vida en vida de toda la vida.
El augurio de alimento y trabajo que vaticinaba aquel arroz del siete de julio de San Fermín no había fallado, era innegable, indiscutible.
Quién tiene el coraje y las agallas de ponerse a discutir con un tano y con una tana acerca de la importancia de tener un trabajo digno.
Discusión fútil.

Pasó mucho tiempo desde ese entonces, claro.
Pasó el medio siglo que casi llevo viviendo.

Y la vida me condujo inocentemente, tal vez, si es que hay algo inocente en cada paso que impulsamos, a este otro paraje de los confines de otros Inmensos Malos Aires, ya no sé darme cuenta si peores o no tanto.

Un lugar donde todo está por hacerse pero no veo a nadie haciendo.
Un tiempo en el que habría que deshacer pero no encuentro a nadie que tenga algo hecho.
Un mundo de quehacer que no sabe qué hacer.

Me distraje un momento con un gorrión chozno de Sarmiento, o eso dicen, alimentándose en el compost de mi huerta y bebiendo las escasas acumulaciones de la lluvia mínima en esta tierra yerma de sueños y de ímpetu.

Vi dos chiquilines bamboleándose en un subibaja inventado con un poste, esperando seguramente por otro destino, el poste, digo, no sé los niños, debajo de la llovizna de la mañana casi helada de este oeste.

Casi con un grosero pensamiento me pregunté si no sería todo más sencillo, si aquel San Fermín del ’56, mis padres se hubiesen dejado correr por un toro en Pamplona.

*de Lucía Cinquepalmi luciaguionbajo@gmail.com
–Septiembre casi fines del 2009.-

ESTACIÓN SAN FERMÍN

*

Ellos cada tanto huyen a una vida anónima.
Viajan en trenes comunes, con ropa sencilla y anteojos oscuros.
Ella oculta pudorosamente sus múltiples tatuajes.
Ahora cumplen el deseo de viajar en un tren de época recientemente reciclado.
Viajan en un tren tirado por una locomotora Garrat -fabricada originalmente por Beyer Peacock- que tiene 116 toneladas. La más pesada de la dotación original del Midland.

El tren corta la llanura pampeana rumbo a Carhue. A los dos les gusta hacer el amor en ese camarote estrecho que los obliga a dormir acurrucados. En ese tren cuyo traqueteo se convierte por momentos en un suave vaivén de barco.
Van al pequeño pueblo de San Fermín.
Donde se anuncia una corrida de toros, sin toro.
Muchachos y muchachas vestidos con sus ropas blancas correrán por las vías.
El toro será un gigante negro y humeante que ha sido caracterizado a partir de una locomotora North British recientemente puesta a nuevo.
En una de las fotos que les enviaron puede verse al toro que tiene una boca gigante de utilería que raspa los durmientes de madera y debe devorar a varios de los corredores en los casi 1000 metros que dura la carrera.

El tren llega a San Fermín envuelto en sus nubes de humo y atravesando una densa niebla.
Bajan. Ven partir presurosos a los recién llegados que son recibidos por parientes o amigos. A los solitarios que corren a ponerse en la fila de espera para tomar alguno de los pocos taxis disponibles en ese pequeño pueblo.

No tienen apuro. Caminan el andén. Se acercan a observar de cerca a una locomotora que no quiere partir. Ni hundirse en la densa niebla que no deja ver mucha más allá del final de la estación.
Es un amanecer. Ese es el primer tren del día que llega antes de que los rayos del sol se impongan a la niebla.
El tren se va. Los envuelve la soledad. Son una pareja de turistas que no tiene demasiado interés en salir de ese espacio mágico del andén de un pueblo perdido en la llanura.
Del tren queda apenas un sonido que se aleja irremediable.

Ellos siguen allí viendo las fotos que revisten las paredes del andén. Un pueblo viejo que se extinguió y volvió a refundarse con la vuelta del tren.
Están las fotos de las celebraciones previas del San Fermín hechas allí.
Caminan de la mano. Mano derecha de él a mano izquierda de ella.
Están, como cuando están juntos y paseando, bastante ajenos al mundo.

Hasta que la tensión en el brazo de ella los puso en guardia. Son esos peligros inminentes que se perciben en la piel antes que en la conciencia.
Esa voz les hablaba en inglés norteamericano.
La voz era de una gitana que se acercaba.

-Hola Brad Pitt.
-Hola Angelina Jolie.

Ahora ambos se sobresaltaron por igual.

-Quiero que se cuiden, hay mucha envidia alrededor de ustedes.
-hay gente mala que asedia la dicha.

Angelina giro bruscamente y le dio la espalda por completo a esa voz a la que no quería unir con el cuerpo que se acercaba.
Brad se quedo enfrentando con su mirada fija en los ojos de la gitana.
Su presencia era la actualización de una antigua pregunta: ¿Hasta que punto lo real esta construido por los malos sueños? ¿Cual es el día en que las pesadillas alcanzan a lo real presente?
Fueron instantes. Apenas instantes.

La gitana siguió hablándole a ella, como si él fuese apenas una sombra.

-No te vayas. No te escapes.
-Que no te voy a violar.

Angelina volvió a estremecerse.

-A vos ya te violaron hace rato… -Remató la gitana.

Porque no te cortas la lengua. -Grito Brad con furia, mientras vio la imagen de la espada de Aquiles en el aire. Su espada que buscaba la cabeza de la gitana.
Lo inundo el deseo de verla decapitada. De llevarse esa cabeza. Que jamás sería la de un santo como Fermín de Amiens.
Pero la gitana eludió el corte y salió corriendo hacia el umbral de la estación.
Después, se desvaneció en la niebla.

Ellos se miraron, por un momento se desconocieron. Descubrieron que fácil es ser desconocidos desde siempre y empezar a darse cuenta a un solo golpe del destino.

El no quiso decirle que ella habita en sus sueños desde niño, pero que la ha visto una y otra vez -Hasta ese día a prudencial distancia- en distintos lugares del mundo.

Angelina sintió el corte en su propia memoria de piel.
Se preguntó si aquel suceso tan encapsulado en olvidos, había ocurrido un séptimo día del séptimo mes.

De la gitana misma quedaron dudas.

Hasta que vieron ese goteo de sangre, que se espaciaba y desaparecía al atravesar el umbral de la estación.

*de Urbano Powell. urbanopowell@yahoo.com.ar

Rumbo a San Fermín*

Diez de la mañana sobre la pampa húmeda. El primer sol primaveral reverdece en las copas de los árboles, el trino de los pájaros adormece la visión del caminante, y la llanura es cortada por la mitad por una tenue línea irregular. Son los restos del antiguo ramal de trocha angosta del ex Ferrocarril Midland, desmantelado desde hace décadas, descomponiéndose en medio del paisaje como el atroz cadáver de un pordiosero sin nombre.

De pronto, sobre la monotonía del horizonte comienza a distinguirse una silueta que se acerca, sin prisa pero sin pausa. Al comienzo se asemeja a una aparición espectral, difusa, intangible. Pero a poco de avanzar, se concretiza, sólida, oscura, con una vaga oscilación que recuerda al rítmico sube y baja de los pistones de un motor de combustión. Sobre aquel paisaje desolado se materializa una zorra ferroviaria manual, impulsada por un par de siluetas, esforzadas y persistentes.

Poco a poco van delineándose las figuras: son un par de hombres, vestidos con deslucidos mamelucos grises, moviéndose con una monotonía tan decidida como sudorosa. De espaldas a la vía, con la vista fija en el ayer, Eduardo Coiro –alias “Educoiro”- mueve la palanca arriba y abajo, con un brillo alucinado en la mirada y un peso inimaginable sobre ambos brazos, ya casi acalambrados. De cara al futuro, dejando atrás un pasado que ya no volverá, Alberto Di Matteo –alias “Aldima”- reproduce el movimiento alternado de su compañero, resoplando mientras hombros y espalda se le contracturan, y deja vagar la imaginación como una sutil manera de que el impulso cobre mayor fuerza.

-¡Vamos, Di Matteo, no me afloje! -, exclama Coiro. -¡Hay que volver a fundar estos ramales ferroviarios, olvidados por la desidia de los prostitutos de siempre!

-No sé cómo vamos a llegar hasta el final -, replica Di Matteo, con un quejoso murmullo y la vista fija en la palanca. -¿Quién más va a sumarse en esta patriada?

-¡Eso no importa, compañero! ¡Hay que trazar un camino, crear con sentimiento, desplegar el sueño y la fantasía sobre este bendito país!-. Y de pronto, suelta la mano derecha, eleva la vista al cielo, y apunta hacia arriba con el dedo índice, cual si pontificara sobre una tribuna política: -¡Hagamos el esfuerzo, carajo! ¡Claro que vale la pena! ¡Nos cansaremos de triunfar!

Di Matteo también suelta su mano derecha, pero para tomar un marcador que lleva sobre el bolsillo superior izquierdo, y con él comenzar a garabatear las inspiradas frases de su amigo sobre la manga izquierda de su mameluco, que luego transcribirá oportunamente, elaborando inspirados textos que los movilicen a soñar a ambos –y a sus lectores- con estar dando los primeros pasos para el lanzamiento de una revolución cultural que rescate aquellas antiguas glorias de un país que quizá ya no exista, pero que bien vale la pena homenajear. Resopla agotado, guarda el marcador en el bolsillo, y continúa impulsando la zorra hacia delante, inclinando la cabeza.

Sólo entonces descubre el singular detalle, incrédulo por no haber reparado en ello antes. Lo que se extiende a espaldas de Coiro, en esa porción de llanura que aún no han recorrido pero que se les avecina a gran velocidad, son las carcomidas ruinas de lo que otrora fuese una vía: fragmentos de rieles oxidados, tacos de durmientes comidos por las termitas, pajonales por doquier… ¿Cómo es posible que se lancen hacia semejante incertidumbre, sin sucumbir en el intento? Sin embargo, al hundir la cabeza entre los hombros y espiar a través de sus piernas flexionadas, advierte que debajo del paso de la zorra, por detrás del impulso que van desgranando sobre la pampa húmeda, los rieles brillan con una intensidad inusual, como si los hubiesen acabado de fijar al suelo, aunque relucientes por el uso continuo.

-¡Refundemos un proyecto ferroviario, aunque sólo sea en el plano de nuestros sueños, con la mágica potencia de la literatura!-, vocifera Coiro por delante suyo, a espaldas del mañana.

Entonces Di Matteo fija la mirada sobre la oscilante palanca y cree estar viendo algo muy distinto al acero habitual con el que ignotos ingenieros europeos han construido estos vehículos. La barra parece estar conformada por un material extraño, parecido a una red, un tejido, un entramado de elementos misteriosos. Presta mayor atención, entrecerrando los párpados que le arden a causa de las densas gotas de sudor, y sorpresivamente cae en la cuenta de su propio delirio: aquello no es una red de filamentos metálicos, ni siquiera la fragmentación atómica de los elementos, sino un macizo conglomerado de frases, letras y palabras, unidas entre sí…

Inmediatamente, ambos escuchan un estridente silbato, imposible de confundir, proveniente del lugar que acaban de abandonar.

-¡ES EL (Inven) TREN!-, aúlla Coiro, agotado pero inmensamente feliz, espiando hacia atrás por sobre el hombro de su compañero. -¡LO HEMOS CONSEGUIDO, DI MATTEO! ¡EL (Inven) TREN VUELVE A CORRER CON INDUDABLE DIGNIDAD SOBRE ESTAS VÍAS!

Di Matteo vuelve la cabeza y contempla en pleno día el nítido faro de una locomotora diesel a unos trescientos metros de distancia, que se acerca a una velocidad mucho más intensa que la que ellos desarrollan manualmente, sin intención alguna de detenerse al alcanzarlos, en una suerte de criollo remedo de la horrible criatura generada por el Profesor Víctor Frankenstein.

-¡Va a pasarnos por arriba!-, exclama, con un último aliento.

-¡Por eso mismo, Di Matteo: ponga huevo y siga adelante! ¡Hay que llegar a San Fermín antes de que nos aplaste! ¡El (Inven) tren se ha convertido en una fuerza imposible de parar!!! ¡Síííííííííííi!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

“¿Quién me obligó a meter en este quilombo?”, piensa Di Matteo, bufando y sin dejar de agilizar esa barra manual que ya casi parece moverse sola, aunque todavía necesite del impulso humano para darle impulso.

Coiro comienza a reírse de felicidad, con genuina satisfacción. El cuerpo le estalla en una dolorosa contractura, el sudor se le adhiere sobre la piel, y el aire le quema los pulmones. Pero a pesar de todo, se siente tan contento como si volviese a tener siete u ocho años, y su padre le hubiese regalado un lujoso tren Lima, con decenas de vagones y tres modelos de locomotoras diferentes, acompañados por maquetas de estaciones y demás construcciones aledañas, todo ello dispuesto para establecer sobre una amplia mesa y dejarla allí, para jugar hasta muy tarde por las noches, o alegrar una borrascosa tarde de lluvia con el cautivante hechizo de un circuito ferroviario de juguete.

El sudor les chorrea a mares desde las frentes, descendiendo por los cuellos, creando enormes aureolas oscuras bajo las axilas, afincándose en las palmas, asidas con obstinada firmeza a la barra de la palanca, mientras la locomotora Werkspoor 4613 se les abalanza voraz, cada vez más cercana. Y aunque cada uno resopla por causas diferentes, aunque las motivaciones sean tan variadas para cada uno de los dos, algo los une en una misma empresa: el placer por inventar, por divertirse, por delirar juntos de manera creativa…

-¡No afloje, Di Matteo, no afloje!!!

-Sos un dictador, Coiro… Siempre decidís por tu cuenta…

Así es como la zorra parece adquirir una velocidad autónoma al impulso manual que ejercen sobre ella, aunque ello no impida que el parachoques a rayas rojas y blancas de la locomotora les dé un topetazo por detrás, sólo para impulsarlos unos metros más, hasta llegar a destino.

Irrumpen de manera tan vertiginosa en los terrenos aledaños a la Estación San Fermín, que hasta por un segundo les parece que allí no existía nada hasta ese preciso instante. La zorra se desmaterializa en forma inmediata, mientras ambos caen rodando sobre un andén muy pulcro, y a su alrededor se esparce una caótica lluvia de fragmentos de frases sin utilizar, ideas sin desarrollar y comentarios al margen. La locomotora a vapor ensordece el espacio con un silbido en extremo estridente, como el primer chillido emitido por un recién nacido, urgido de alimento, y avanza desbocada hacia el horizonte sobre unos rieles recién estrenados, dejando a su paso un ardiente halo de carbón quemado que les inunda la nariz.

Coiro incorpora a medias el tronco sobre el andén, mientras Di Matteo aún intenta recuperar el aliento del último impulso, con la mente agotada de tanto delinear frases dignas y coherentes, cuando contemplan azorados algo que jamás hubieran podido imaginar por cuenta propia.

Al otro extremo del andén ven surgir, como otra aparición fantasmal, la solitaria silueta de un ciclista, ataviado por colores absurdos y chillones, como es la costumbre, y un oblongo casco azul con antiparras, quien sin frenar siquiera al ingresar en la Estación, incorpora el torso, alza los brazos y mantiene el equilibrio en los últimos metros del recorrido, mientras exclama:

-¡Sí, señores!!! ¡Treinta y cuatro kilómetros después, he creado la Bicisenda Ferroviaria!!!

Se desliza a su lado como una díscola irrupción “sorianesca”, y desaparece en la primer curva, sin que ellos consigan llamarle la atención y preguntarle siquiera cuál es su nombre.

Ambos se ayudan mutuamente para incorporarse, sucios y maltrechos, y avanzan a los tropezones y en silencio, apoyados uno contra el otro, rodeándose los hombros en un fraternal abrazo, resoplando agitados, hasta salir de la Estación, como un par de ignorados espectros, sin cruzarse con nadie. Al llegar a la calle de tierra, divisan en la vereda de enfrente un boliche de campo. Y hacia allí van, aún con ciertas frases colgándoles del overol, a la espera de tomar algo que los reconforte.

Acodados en la barra, por detrás de la reja que los separa del dependiente a la manera de una pulpería, ambos piden una ginebra “dalmasettiana”. Como el hombre no tiene idea de qué le están hablando, se conforman con un breve vaso de caña. Y una vez servidos, mientras recuperan el aliento y observan el paisaje que los rodea con ojos curiosos, dignos de lingüísticos exploradores, se miran el uno al otro, con un extraño brillo de complicidad, como si se adivinasen el pensamiento.

-Che -, alcanzan a decirse, al mismo tiempo-: ¿Y si proponemos un “InvenTren” en zorra?

*De Aldima. licaldima@yahoo.com.ar

SAN FERMÍN*

No hay nada que hacer aquí, ni toros ni plazas atiborradas, ni caballos enjaezados ni toreros de brillo y coleta. Nada de nada aquí. Una estación, vías brillantes, la sombra inexistente de una zorra que se atisba por el rabillo del ojo.
Una zorra que avanza por los rieles si una está descuidada y mira un poco al costado, un poco al horizonte, un poco así mirando sin mirar con la típica expectación de quien atrapa fantasmas sobre fotografías desvanecidas.
No multitud, no agitación, no clamores. Sólo dos hombres sudorosos y un tren que eternamente los persigue en un sueño, acaso en una pesadilla, en la zona que es la zona, ese lugar alejado de la realidad y sin embargo tan allí, tan aquí, tan próximo.
San Fermín y la resonancia del nombre pero ni banderillas ni trajes de luces ni rosas rojas entre los dientes apretados. Ni una trenza moruna, ni un tablao ni un atestado lugar que huela a circo y a muerte roja sobre negro.
Solamente estos rieles relucientes que trazan las paralelas eternamente unidas en un horizonte imaginario. Sólo esta planicie, esta llanura, estos yuyos repetitivos estos fantasmas que sudan, que mueven la zorra a riesgo de tren y a riesgo de desaparecer finalmente aplastados por el peso, el tremendo peso del firmamento que vira al violeta.
Por qué San Fermín. Aquí, en medio de la América. Por qué el recuerdo borroso de santos católicos, de iglesias barrocas, de cuerpos torturados de santos de imaginería en madera policromada y ojos vítreos para traer todito el dolor intacto, casi real. Por qué aquí, en medio de la nada es decir en medio de la América, este tren que no existe y esta estación sin toros, hecha de fantasmas y de la única zorra que se apresura en ese viaje eterno de llegar a ninguna parte.
San Fermín. Reloj detenido de estación abandonada. Fantasmas.
No hay toros aquí, ni toreros. Hay, si, la sangre en los rieles, la sangre y la agonía del toro es decir la muerte del ferrocarril. Y el inmenso el inabarcable el marítimo clamor de las multitudes rugiendo frente a la ajena muerte.
Ha muerto el toro de hierros y vapores de ollares sudorosos. San Fermín, señores. El carro lo engancha y arrastrando se lo lleva. Otros se regocijarán en la ignominia de celebrar sangres y derrotas. Cierro los ojos para no ver. Para respetar la muerte de rieles y edificio de cenefas airosas.
Al cerrar los ojos perdura apenas, allí entre las luces de párpados clausurados, la imagen de la zorra y los fantasmas. Nada queda de más. No hay nada, nada que hacer aquí.

*de Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com

El Tren de mi infancia*

—Lo pensé bien—, decía —y hasta resulta económico, embarcamos la camioneta en Autotren, nosotros cuatro viajamos en un departamento, al otro día, en Concepción, la retiramos felices y descansados. Recorremos el sector y de vuelta hacemos lo mismo. Son hartas horas, manejando perderíamos un día entero, en cambio en el tren nos vamos como a las ocho de la noche, comemos y nos acostamos, nos vamos durmiendo tranquilos y llegamos radiantes. Los niños pueden caminar, jugar, moverse tendremos una habitación para nosotros solos. Creo que sería una bonita experiencia—. Manuel trataba por todos los medios de ser convincente. Su esposa le contestó:
—Tienes razón, pero, me asusta un poco, los descarrilamientos que han ocurrido ahora último, dicen que nunca le han hecho mantención a las vías y que el sistema está colapsado. Su marido arremetió:
—De lo ocurrido no han habido más que demoras, sé que dicen que el servicio está más lento, pero, iremos cómodos—. Tiene razón su esposo, para los niños sería una experiencia novedosa. Y quizá tan cautivadora como lo fue para ella...

Ese era un día especial, lo supo desde la mañana cuando su madre con inusitada jovialidad, se afanó desde temprano y los vistió. Los bañaría a la tarde les dijo, cuando les pusiera la ropa para el viaje. Este fue el inicio de la aventura, junto a su hermano mayor estuvieron todo el día viendo signos importantes. A la hora acostumbrada su papá llegó a almorzar y preguntaba insistentemente a su madre, ¿estaban listas las maletas?, ¿llevaba pijamas?, ¿también toallas?, a él no le gustaba que usaran las que ponían en el tren; ¿había cocido huevos para los niños? seguro que les daba hambre, ¿había preparado un frasquito con sal?, que no se le olvidara.

—¡Si hombre! no te preocupes, no es la primera vez que viajamos—. Era la respuesta invariable de su madre que hacía gala de su paciencia ante este verdadero inquisidor.
Después de la siesta cuando su padre regresó al trabajo, su madre les bañó y vistió con sus mejores ropas. Ella se sentía encantada con su suave vestido rosado, calcetines blancos y zapatos negros de charol con pulsera, era su tenida para las grandes ocasiones. Sobre la cama la esperaba su adorado abrigo rojo. Al pesote de su hermano le habían puesto un terno corto azul, calcetines blancos, zapatos de cuero color gris y un abrigo azul, para completar ambos atuendos, a ella le tenían una boina roja y a su hermano un jockey gris. Ya no cabía en sí de excitación. Su madre les sirvió onces y a ella le dio un mareamin, esas píldoras picantes que nunca le habían gustado.
—A tomarla calladita, así no se enferma del estómago.
—¿Por qué no le das a Iván?—, farfullo ella, mientras se la tragaba con algo de leche. — Porque él no se marea—. Fue la respuesta inmediata de su madre.
La niña reclamo: — ¡Claro todo lo malo me ocurre a mí!
Al poco rato el enojo se le pasa y con su hermano preguntan a con insistencia cuanto tiempo falta para irse a la estación.
—Más tarde—. Fue la respuesta que repetida por enésima vez por su madre, no hacía sino excitarlos más.

Anochecía cuando llegó su padre en un taxi, subió todas las maletas a la parrilla del mismo. Entretanto su madre comenzó con el discurso previsible.
—No olvides dar de comer al gato; la basura déjala fuera los martes y los jueves; lava los platos no los juntes en el fregadero, porque van a llegar hormigas; no hagas la cama recién levantado, ventilala sino se pondrá hedionda...
—¡Mujer por Dios!, sólo se van por una semana—. Contesto él poniendo una voz entre dramática y trágica. Impertérrita ella seguía con su letanía.
—Todas las mañanas, dale carne al perro y leche al gato; suspende la entrega de pan, nos vamos a llenar de pan duro y a mi no me gusta comerlo...

Minutos después estaban instalados en el auto, su padre daba las instrucciones:
—Llévenos a la Estación de Concepción—. El conductor contestó amable:
—Inmediatamente señor, ¿a que hora pasa el tren?
—A las 9:00 de la noche—. Dijo su padre.
—Es bastante temprano todavía—. Respondió el taxista.
Su madre que se había mantenido callada mucho rato refunfuño: —Si es que a éste, le gusta llegar una hora antes a todas partes.
— ¿La señora viaja sola?— Inquirió el chofer, mirándolos por el espejo retrovisor.
—Si, con los niños—, se apresuró a contestar su padre, mientras la sentaba sobre sus piernas y la colocaba al lado de la ventana, bajando un poco el vidrio de la ventana.

El viaje de Talcahuano a Concepción no demoraba más de veinticinco minutos, era bonito el paisaje, después de dejar el caserío se veía el camino todo bordeado de verde, plantas, árboles y cerros se apreciaban de mil tonos distintos, ese año había sido especialmente lluvioso y la vegetación lucía exuberante, al fin a la distancia se vieron las luces encendidas de Concepción.

— ¡Como ha crecido la ciudad— dijo en voz alta su madre.
—Así es señora, fíjese que están construyendo nuevas poblaciones, en las afueras de Concepción, dentro de algunos años no habrá campo entre Talcahuano y Conce, yo creo que ni se van a distinguir.
—Es posible—, contestó ella dubitativa— pero, yo creo que faltan muchos años para ello todavía.
—¡Pero, queridísima señora! eso mismo decían del puente y ya ve, tenemos recién inaugurado el puente nuevo.
—Claro, sin embargo, después de los últimos temporales sin ese puente no habría habido trafico hacia el sur. Bien ya veremos si dentro de unos pocos años, como usted dice, habrán casas y no más peladero entre Conce y Talcahuano.

Habían llegado a la estación, les recibió ese olor indescriptible a maquinas y metal. Su madre la tomaba férreamente de la mano a su hermano, en cambio, le dejaban solo. Mientras su padre averiguaba a que hora llegaría el tren, su madre protestaba,
—¡Este hombre Dios mío!, si hemos llegado casi una hora antes, de aquí a que llegue el tren y nos instalemos...
Su papá, acostumbrado a sus reclamos, aprovecha de entregarle a su madre unos cartoncitos pequeños de color ocre con letras en tinta verde. —¿Los revisaste?— le pregunta ella.
—¡Por supuesto! Salida: día cinco de octubre; tramo: Concepción a Santiago; hora: nueve de la noche, el tren viene desde Puerto Montt y según dice el Jefe de Estación a la hora.

Papá les avisó que les tenía una sorpresa, la esperarían juntos, el tiempo pasaba y sentados en la banca de madera frente al andén, los niños miraban donde y cual podría ser, papá estaba tan misterioso, él insistía, realmente estaba a punto de llegar. En ese momento ella lo vio, por el andén caminaba rengueando ligeramente: su Tata. Lisa se soltó de la mano de su madre y fue corriendo hacia él, su abuelo inclinándose la alzó en brazos.
—¡Tata! ¡Tatita! ¿Cuándo llegaste?
—Hace un rato me vine en el tren expreso y como ustedes no llegaban me fui al mercado a comer sopaipillas pasadas.
—¿Te vas a quedar con nosotros?—, preguntaba ella, sin recordar que se iban de viaje.

Se reunieron con los demás, ella había tomado posesión del abuelo, ya instalada en sus brazos y cercándole el cuello, él, como podía saludaba afectuosamente a su nieto, hijo y nuera.

—¿Como está papá? ¿Qué tal el viaje? ¿Y mi mamá?— Preguntaba serio su padre.
—Bien hombre sin ninguna novedad, Amelia con sus achaques de siempre, conoces como es ella.
Su madre atino a responder: —¡Suegro!, esta si que es sorpresa.
—¿Hola como está Ester?, lo que pasa es que Ivancito no estaba conforme con que ustedes viajaran solos así que la Amelia me mandó a que me pidiera el día a cuenta de vacaciones y viniera a buscarlos.
—¡Pero, Iván! ¿Cómo se te ocurre molestar a tu papá? yo no necesito que me cuiden.
—Mira fue idea de mi mamá, y además así aprovechó de descansar un día—. Contestó él entre divertido y feliz de tener quién cuidara a su familia durante el viaje.
—¡Uff! ¡Vaya descanso!, se va a pasar todo el día sentado, debe estar cuadrado.
—No Ester no crea, gran parte del viaje dormí y la otra aproveche de caminar por el tren, además el viaje fue muy bueno, no tuvimos que esperar en el cruce de San Rosendo y las vías están de maravillas.
—¿Cuanto demoró el viaje, papá?
— Salimos de Santiago a las siete en punto, pero, tú sabes como es este tren de moderno y se detiene tan poco, estas maquinas Diesel son una maravilla. Llegó aquí como a las seis de la tarde. Claro que en San Rosendo hicieron cambio de máquina por una de carbón.
En ese minuto la conversación fue interrumpida por la voz del altoparlante. “Señores pasajeros hace su arribo el tren proveniente de Puerto Montt con destino a Santiago. Increíble, pero esa última hora había pasado volando”.

—¡Ese es!— Dice papá, indicando una maquina gigantesca que se acerca bufando peligrosamente y despidiendo sus nubarrones de humo, su chirrido al frenar hace que todos se tapen los oídos y alejen de las vías. En cuanto la maquina se detuvo, los vendedores vestidos de blanco y con canastos en uno de sus brazos, se abalanzaron a las ventanas del tren ofreciendo sus productos, sándwich, dulces chilenos, tortas; mientras eso ocurría se bajaron algunos pasajeros. Su hermano se coló en el carro más cercano, ella también quería ir, su madre no se lo permitió.

—¿Cómo él puede ir?, pregunto amoscada.
—Él es hombre— le dijo su madre con su voz autoritaria que además de no admitir replica zanjaba culturalmente la cuestión.
Su padre en tanto, sin prestar importancia a este hecho buscaba entre los números pintados en cada vagón, el código del carro en que estaban los departamentos. Al fin lo encontró, era uno de los coches más cercanos a la maquina, el orden en esta ciudad móvil era máquina, vagones con carbón, carros con departamentos, coches dormitorios, coche comedor, coches de primera, coches de segunda y coches de tercera. Caminar hasta el coche comedor era lo más que se exigía descender en esta micro escala social a los pasajeros vip y la llegada a éste estaba socialmente vedada aún a los más osados de los clientes de tercera. Las mezclas sociales al igual que en todas las otras áreas de la sociedad no eran bien vistas.

Una vez instalados en el Departamento, papá le dijo:
—El Tata los acompañará durante el viaje, cuando les hagan las camas, tu dormirás con tu mamá aquí abajo y tu hermano dormirá arriba, el tata tiene reservada una cama en el coche dormitorio, en el carro de al lado. En la mañana vendrá a tomar desayuno con ustedes. Pórtate bien y sé una señorita, acuérdate de todo lo que te hemos enseñado.
En ese momento apareció la tromba de su hermano, ufanándose de haber recorrido todo el tren.
—¡Hay un baño en la cola de cada vagón!, los nuestros son lindos con artefactos de bronce y limpiecitos; los de tercera son feos y huelen ¡huacala! — dijo poniendo cara de asco—, siguió parloteando —además para pasar de un vagón a otro hay que abrir una puerta, salir a una mampara y ahí otra puerta y sales y entre carro y carro hay un mecanismo como los enganches de mi tren de juguete y hay que estirar la pierna y saltar de un vagón a otro. ¡Yo quiero que el tren se mueva para poder salir a cambiarme de carro! Mamá, ¡tengo hambre!, dame un huevo, o mejor un pan, ¡óptimo un huevito duro y un pan! ¿Qué te parece?
Era bien camote su hermano, tan acelerado para hablar y bueno para intrusear que resulta de veras agotador, pero, ellas no pueden sustraerse a su encanto. Su madre presurosa y sonriente busca los huevos entre los pertrechos traídos para la ocasión, el Tata ríe a voz a en cuello con este nieto tan acelerado y hambriento.
—Ester, ¿le dio onces a este niño?— Consulta haciéndose el serio.
—¿Usted qué cree suegrito? Si este niñito tiene la lombriz solitaria.
—Papá, dónde nos vamos a acostar—. Pregunta Lisa, que en esa pequeña habitación ve dos butacas enfrentadas donde caben sentados apenas dos adultos por lado.
—Mas tarde les van a hacer las camas—. Dijo él sin aclarar mayormente el tema. —Ahora tengo que bajar.
—¡Papi ven con nosotros a Santiago! Dijo Lisa con los ojos húmedos.
—No puedo mi amor, van con mamá y el abuelo. Ellos los van a cuidar.
—Ester cuídese y salude a mi mamá—. Dice, mientras le da un beso imperceptible en los labios.
— Adiós, mi suegro te llamará para avisarte cuando lleguemos.
— Si Ivancito, no te preocupes, yo los cuidaré.
Estaban sentados mirando hacia fuera del tren—. Díganle chao a papá con la mano— les indica el tata. —¡Chao papa!, ¡chao papa!—, gritaban los dos pequeños a voz en cuello.
La maquina comenzó a bufar otra vez y junto con sus resoplidos se mueve lento, primero como si le estuvieran dando empellones, luego adquiere velocidad y una destreza inusitada en el movimiento, se desliza suave y de vez en cuando lanza sus pitazos imponentes, su padre quedó lejos atrás, en el anden, haciendo un gesto de despedida con su mano, cada vez más pequeño, hasta que resulta imposible separarlo del paisaje. El tren avanzaba en la noche apenas distinguían las casas aledañas a las vías las que exhibían la pobreza de la ciudad.

Lisa todavía no entiende dónde van a dormir, la habitación le ha gustado está toda forrada con madera clara, las butacas tienen ese genero peludito llamado felpa y el piso es de madera reluciente. Al rato vino un mozo vestido formalmente con pajarita incluida y le preguntó a su madre si querían ir a cenar al coche comedor, ambos hermanos cruzaron una mirada traviesa ante esta propuesta.
—¡Si mamá! ¡Di que sí! ¡Di que sí!— gritaron al unísono. Como si hubieran estado confabulados, indiferente a sus peticiones su madre respondió al mozo, casi con altanería.
—¡No!, sírvanos aquí.
—Señora: eso tiene recargo—. Explicó el mozo.
—Bien, lo pagaremos, deseo estar tranquila— Fin de la posibilidad de salir a recorrer ese tren y disfrutar de la aventura. Ellos seguían imaginando la emoción de cambiarse de carro.
Fue divertida la cena, El mozo instaló una bandeja con patas que asió del costado del vagón y quedaron sentados frente a una cómoda mesa, comieron carne mechada con fideos, coca cola, y un pan. Los adultos tomaron café, a ellos no quisieron servirles.

Después empezó lo mejor, el mozo regresó a buscar los platos en una bandeja y llegó un auxiliar a hacer las camas, su madre trató de sacarlos del departamento, ellos se negaron rotundamente, observaron como desarmaba los asientos de las butacas, los extendía hacia adelanta, juntaba en el centro y dejaba una cama, paralela al costado del vagón, luego tendía las ropas. Esto que parece sencillo lo es si a uno no se le mueve el piso, el tren dentro de su suavidad adquirida con la velocidad constante que llevaba, de repente daba unos barquinazos, que según la posición del auxiliar y su pericia lo hacían dar rápidos saltitos, como de boxeador, para no perder el equilibrio. La segunda cama simplemente apareció bajando el costado que estaba hacia arriba, recogida sobre sus cabezas, adosada a lo largo del vagón, casi verticalmente, ya estaba con sus ropas listas para ser usada, al costado traía una pequeña baranda, seguramente para que los dormilones no se cayeran. Ellos que nunca habían visto camarotes estaban deseosos de subirse. Su madre les pregunto si querían hacer pipí, ambos contestaron que si, ella les había traído una pelela, protestaron querían ir al baño. Así que su madre les llevó, ella entró con su madre y su tata y hermano se fueron al del coche dormitorio. El baño era tan pequeño que apenas cabían las dos, tenía un precioso espejo con bordes dorados y un lavamanos de bronce con un mueble de madera clara igual que la de su habitación. El carro se movía tanto que costaba usar la taza, cuando Lisa miro hacia dentro vio algo que se movía, instintivamente se encogió.
—No te asustes, lo que pasa es que no tiene fondo.
—¿Y si me caigo?—, fue su pregunta.
—No te preocupes yo te voy a afirmar y no toques los bordes—. Después de toda esta faramalla apenas si pudo orinar algo, es más decidió que la pelela era una excelente solución y que los baños de los trenes no le gustaban.
De regreso en el departamento y metidos en sus camas conversaban acerca de la última experiencia, su hermano consulto:
—¿Mamá y todo cae para abajo?—, ella contestó: —Si hijo todo cae a las vías.
Iván insistió en el tema: —Y entonces… ¿Quién limpia?— nuevamente y con voz somnolienta: —Nadie, se seca con el sol.
—¡Puff que cochinada!— dijo finalmente el pequeño Iván.
La madre les acoto: —¡Ya basta!, ahora a dormir que mañana tenemos que madrugar—. A la par que apagaba la luz y encendía una pequeña lamparilla que iluminaba tenuemente la habitación.

Al otro día, Lisa despertó muy temprano, no había sentido nada del viaje nocturno.
Al poco rato los tres se hallaban vestidos, era temprano, pero, su madre no gustaba de ser vista en paños menores y prefirió ser la primera en usar el baño, así que antes de las siete ya estaban en pie, la madre los dejó a solas con el Abuelo y salió del departamento.

Ese era el momento, estaban a solas y podían hablar libremente:
—Tata queremos conocer el tren… ¡Llevanos! ¡Di que sí! ¡Di que sí!
—¡Umh!— él los miró, se hizo el interesante y dijo concluyente: —Tenemos que convencer a su madre.
Cuando Ester regresó, les sorprendió todavía cuchicheando. Ambos miraron al Tata esperanzados. El dijo como al descuido:
—Ester, ¿Qué le parece que tomemos el desayuno en el coche comedor? así en tanto hacen la habitación y aprovechamos que los niños conozcan...
—Suegro, ¡veo que ya lo convencieron!— Contesta, mirándolos y sonriendo— De acuerdo, vamos.
Iván y Lisa se miran triunfantes. Aunque arriesgado fue entretenido cambiar de vagón el ruido ensordecedor comenzaba al abrir la puerta de la mampara, se hacia estruendoso cuando se pasaba de un carro al otro y luego se amortiguaba nuevamente cuando cerraban tras de sí la puerta de la mampara del coche siguiente.
Mientras tomaban el desayuno su hermano divertía a todos imitando los sonidos del tren según los momentos del cambio de carro. Era divertido ver como todo en la mesa se movía. Cuando miraban hacía afuera veían pasar los postes con una velocidad sorprendente, lo que más los tenía expectantes era que les parecía que eran ellos en sus butacas los que estaban quietos y los postes avanzaban. Lisa se divertía pensando que a lo mejor era cierto ellos estaban quietos y el resto del mundo se movía, tardaría muchos años antes de entender porque se provocaba ese efecto, en ese momento le pareció casi mágico y se archivó en sus recuerdos junto con el vaivén, los barquinazos y las demás anécdotas del tren.

Después del desayuno su Tata los llevó a caminar por el tren recorrieron todos los carros, la mañana había avanzado y hacía calor, más que en la tarde anterior en Concepción. El abuelo miró hacia fuera en un momento dado, vio la hora y les dijo:
—Ahora a regresar al departamento ya vamos a llegar—. Hicieron el trayecto de regreso, al llegar notaron que ya estaban nuevamente las butacas armadas y todo dispuesto como el día anterior. Escucharon un murmullo, procedía de un pequeño ventilador adosado a una pared, no habían reparado en él antes. Al poco rato el calor molestaba.
—¿Ester, le abro la ventana?— ofrece gentil el Tata. Al asentir ella, los hombres subieron la ventana. El aire enfrió la temperatura de la habitación....

La desilusión fue grande, trató de no demostrarla, la habitación seguía pequeña, más chica ahora que ella se empinaba en su metro setenta, con las dos butacas enfrentadas, los maderos claros que forraban las paredes, estaban casi negros y rallados con el paso del tiempo, las elegantes felpas de las butacas, hacia rato habían muerto, en su reemplazo se apreciaban las modernas felpas sintéticas ya peladas con el uso, del fino color café con leche a un mostaza ramplón, su sensibilidad digna de anticuario se sentía avasallada con el trato poco adecuado entregado a esas, en su opinión, verdaderas joyas. Tomó aire se dio cuenta que sus hijos estaban fascinados con todo, trajinaban bajo las butacas, querían ver como se armaban las camas, verificaron el funcionamiento de todos los mecanismos existentes, enciende-apaga el ventilador, enciende-apaga la lámpara, abrir-cerrar la puerta, subir-bajar la ventana, sonrío, pese a la falta de mantención y la perdida de la belleza de antaño el tren seguía siendo una experiencia encantadora para los niños...

Estaban sentadas en una de las mesitas de afuera del pub, Lisa ha desarrollado talento histriónico para contar chascarros, Juanita escuchaba atentamente a su amiga y se reía de tanto en tanto con los pormenores de su viaje.
—En resumen, no nos descarrilamos, pero, el viaje demoró tanto que casi habríamos ido más rápido si hubiésemos caminado al lado del tren, ¡que terrible!, sabes que desperté como a las seis de la mañana y recién estábamos haciendo el cambio de maquinas en San Rosendo, un bullicio y ruidos, que ni te imaginas, claro que Manuel y los niños dormían como troncos, ellos la pasaron muy bien, sólo por eso el viaje valió la pena.

*de Loreto Silva. l_silva@vtr.net

-Cuento perteneciente al Libro “Chile: Punto de Quiebre y otros Relatos”, año 2000.
www.loretosilva.com

DESDE CUANDO FUI*

Desde cuando fui
el Recitador Escolar
implacablemente conmovedor
representante de mi sexto grado
ante una audiencia predispuesta
a los versos de inexorable tragedia gauchesca
de mi tío Gerónimo
retorno al escenario de ese éxito
-o fenómeno-
inesperado

Desde cuando fui
El Fotógrafo Cargado
con película sensible
y retrataba compañeras
de estudio, de trabajo
de mortalidad, de inmortalidad
conservo
además de los envases (Kodak, Fuyí)
de los rollitos
las entrañabilísimas
copias de contacto

Desde cuando fui
"el pueta" que Rina amaba
no ceso de retornar
al libro de edición bilingüe que ella me obsequió:
a ese otro "pueta" que Rina amaba:
Pavese

Desde cuando fui
o pude haber sido
El Cirujano Poetón
conservo
-entre otros instrumentos-
el bisturí
al que eran tan afectos
-y con quien eran afectuosos-
mis Fantasmas.

*De Rolando Revagliatti revadans@yahoo.com.ar

Próxima estación: CASBAS.

Colaboraciones a inventivasocial@yahoo.com.ar
http://inventren.blogspot.com/

El tren continúa parando en las siguientes estaciones:

EDUARDO CASEY.

ANDANT.

CORONEL M. FREYRE.

ENRIQUE LAVALLE.

CORACEROS.

HENDERSON.

MARÍA LUCILA.

HERRERA VEGA.

HORTENSIA.

ORDOQUI.

CORBETT.

SANTOS UNZUÉ.

MOREA.

ORTIZ DE ROSAS.

ARAUJO.

BAUDRIX.

EMITA.

INDACOCHEA.

LA RICA.

SAN SEBASTIÁN.

J.J. ALMEYRA.

INGENIERO WILLIAMS.

GONZÁLEZ RISOS.

PARADA KM 79.

ENRIQUE FYNN.

PLOMER.

KM. 55.

ELÍAS ROMERO.

KM. 38.

MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.

LIBERTAD.

MERLO GÓMEZ.

RAFAEL CASTILLO.

ISIDRO CASANOVA.

JUSTO VILLEGAS.

JOSÉ INGENIEROS.

MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.

ALDO BONZI.

KM 12.

LA SALADA.

INGENIERO BUDGE.

VILLA FIORITO.

VILLA CARAZA.

VILLA DIAMANTE.

PUENTE ALSINA.

INTERCAMBIO MIDLAND.

*

Queridas amigas, apreciados amigos:

Este domingo 11 de octubre de 2009 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor brasilero Almeida Prado. Las poesías que leeremos pertenecen a Juan Martín Giansanti (Uruguay) y la música de fondo será de Surazo (Andes). ¡Les deseamos una feliz audición!

ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at

(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!! (Recomendamos usar http://24timezones.com/ para conocer las diferencias horarias).

REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!

Freundliche Grüße / Cordial saludo!

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com
Schießstattstr. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067

*

LA JIRIBILLA.

-Revista de cultura cubana.-

http://www.lajiribilla.cu/

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06/10/2009 GMT 1

UN ABRAZO SEMILLA DE LAS LÁGRIMAS EN FLOR...

urbanopowell @ 17:25

DOMESTICAS*

Primero es como una luz que va entrando de a poco por la ventana cuya cortina está un poco corrida, no sabemos si ex profeso, o por una corriente de aire, o debido a la desidia de los días en que nadie puso la mano sobre ella.
Dije que primero es la luz, que se filtra subrepticia, lenta, la luz del sol, la pura luz que viene de esa lejanísima estrella deflagra bajo los fresnos, repta con su esplendor entre la gramilla y pinta de un rojo vivísimo la larga hilera de pimientos que mi madre cuida con extremado amor, como hizo toda la vida: con la humanidad, con los animales, aún los más humildes, y con sus pimientos que era su orgullo expuesto a todo jurado aún el más riguroso, aún el más severo.
Si ella entreabría la ventana, aunque sea un poco, la brisa de mayo ligeramente fría entraba y se iba adueñando de los objetos, y tal vez el polvillo de las calles aún sin asfaltar aprovechaban ese vehículo apto, generoso y gratuito para ir aposentándose de a poco en los rincones más lejanos y las muescas barrocas de algunos muebles, y aún en los pliegues de las cortinas, o las sillas vacías de la mañana.
Dije antes o escribí mejor, que la luz se iba filtrando de a poco, cuando el alba moría en su rosado y daba lugar a esa luz brillante que el sol suscribía sin ambages, pero si en cambio el día era gris, se aproximaba una amenaza de lluvia, o, amanecía lloviznoso, el cristal permanecía cerrado, porque el frío o la humedad no eran tesoros preciados por mi madre, que amaba el sol esplendoroso, el que le traía recuerdos de su italiana aldea en la montaña.
Precisamente, no se cansaba de ponderar esta bendita tierra donde todo verdor crecía de maravilla, mientra en su aldea natal todo había que pelearle palmo a palmo al terreno pedregoso. Sólo aquella claridad del sol montañés tenía siempre en su memoria y el discurso de su reiterado recuerdo en rémoras familiares donde mi abuela pensativa, dulcemente, adhería y asentía a su recuerdo niño, con alguno suyo, así poco más conciente, ya de adulta.
Cuando pienso en mi madre sé que voy a pérdida entera con el recuerdo, que de todas las pocas astillas que extraigo de la memoria debo construirme su imagen, plagada de gestos generosos y humildes, que retenía la elocuencia ostentosa, yo, como Pedroni podría decir que era "toda silencio, propensa al llanto y muy hermosa" y que yo la recuerdo siempre transitando ese espacio de verdes, donde orlaban esos inmensos pimientos rojos que ella cultivaba con recatado orgullo y cuando eran ponderados, se
le abría el rostro moreno en una gran sonrisa de satisfacción.
Cuando pienso en mi madre es cuando la veo cruzando ese gran patio de tierra que ella barría con generoso esmero, en una mano un plato camino al gallinero, llevando tal vez restos de comida o maíz, para arrojarlo a sus pollos. Hasta en los sueños aparece con su batón celeste, floreado de amarillas pintitas, y ella muy señorona con ese plato en la mano derecha, oronda cruzando el patio y mi sueño.
De todos modos armo ese recuerdo de ella con un amor inmenso, pero en verdad lleno de impotencia.
El día en que íbamos con mi hermano hacia la sala velatoria donde estaban sus restos, caminando por una calle cercana, nos alcanzó con su bicicleta "Cañita" Aquilano, cartero eterno del pueblo, con un telegrama que nos enviaban los empleados del Correo, Allí leí una frase que hasta ese momento era sólo eso: una frase. Pero que tuvo luego una feroz e implacable verdad.
-"Acompañamos vuestro dolor, ante tan irreparable pérdida", decía.
Allí supe que los lugares comunes, las frases de cortesía acompañado socialmente un dolor individual, tienen su sentido. Al menos para el que sufre, aunque casi nunca para el que la pronuncia. Es decir, las frases comunes en algún momento dejan de serlo y son fundamentales y drásticas. Pegan como un inmenso martillo en la cabeza, doblan de dolor ante el desamparo y la incertidumbre a que nos somete ese mismo -desconocido antes- desamparo.
De todos modos no quiero ser triste aquí. Quiero retener esa humilde humanidad suya, esa timidez que hacía lo posible por permanecer invisible, pero atenta y poderosa, imprescindible en su amor por los suyos, una fiera cuando debía defenderlos.
La prima Gladys me contaba una discusión que habían tenido con mi padre y ella, furiosa, le decía:
-Le permito todo, menos que se meta con mis muchachos.
Sus "muchachos", éramos mis hermano y yo.
Hace muchos años que nos dejó, y les digo la verdad, me gustaría verla caminar entre esos altos tomatales que eran su orgullo, o en el esplendor de sus rosas o amasando esos tallarines sobre la pequeña mesa llena de heridas y de recuerdos infantiles, de cuando -sin querer- volcaba el café con leche y ella, rápida, solícita limpiaba todo antes que la irascibilidad de mi padre lo advirtiera.
Ahora debo consolarme con ese ceibo que plantó y con ese rosal que resiste todas las intemperies.

Y, de vez en cuando, aparece en mi sueño donde cruza ese patio de tierra con un plato en la mano para siempre.

*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar

EL ABRAZO SEMILLA DE LAS LÁGRIMAS EN FLOR...

El juego de la confianza*

Mi hija lo juega en la escuela. Esta vez le resulto fácil enseñarme a jugar. Me dijo que dejara los brazos hacia adelante y se dejo caer de espaldas para que yo la sostuviera. Luego lo repitió una y otra vez dejandose caer alternativamente de frente o de espaldas.

El juego me hizo "caer una ficha" como suele decirse. Pude asociarlo con cosas de mi vida.
Me ayudo de alguna manera a pensar esa dificultad para entregar la confianza.
Jugar a dejarse caer y que te sostengan.

Supongo que no me ocurre a mi solo. Que los adultos nos olvidamos de jugar o no jugamos nunca a dejarnos caer en los brazos de alguien en quien confiamos que nos va a sostener.
Es el juego que sabe jugar mi gato cuando se da vuelta y vuelta en el piso esperando que con el zapato le recorran y acaricien suavemente el cuerpo. No teme que lo pisen.

Entonces a falta de confianza se suele "jugar" al control. Es la ilusión de controlar las cosas y los seres.
O es el oscuro temor de ser "objeto" en un juego inconsciente de otro.
Son mecanismos sútiles como hilos de araña.
-Nada peor que esos hilos invisibles de la araña humana.
Con alertas que avisen si el otro se mueve del lugar esperable.

Del lugar que le armamos desde nuestra propia rigidez.

*De Eduardo Francisco Coiro. inventivasocial@hotmail.com

¿A quién le pregunto?*

A veces me parece que anduve por la vida con una memoria vaporosa, una gasa para la red de cazarepifanías, agarrándose trocitos de sol oliendo a sol, o besando la roja ebullición de la Santa Rita en el cielo de mi patio. Mirando o imaginando que veía al quetzal tan buscado entre lo árboles altos del parque nacional.
Mojada la memoria en la lluvia que borda un encaje para la hoja verde.
Él se acordaría del resto, la precisión de las fechas y los itinerarios.. Ahora no puedo olvidar la llave salvo que quiera dormir a la intemperie.

¿Y si la intemperie fuera esto: no poder compartir los recuerdos ?

*de Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar

Horacio*

Este poema lo leímos ayer, 4 de octubre, en el homenaje de amigos y fliares a Horacio Rossi, en un café que esta frente a la que era su casa, previo paso por el cantero donde plantamos, el año pasado, un lapacho en su memoria. Dejamos poemas a su alrededor, platificados, para que cualquiera que pase pueda leerlos.
Hubo muchas personas acompañando el momento (es el día de su cumpleaños).
Aquí va el poema, con un abrazo

*Cacho Agú. cachoagu@yahoo.com.ar

Hermanos del camino*

Hermanos del camino:
la vida presta un turno feliz: aprovechemos.
Larga es la ausencia, luego. Y mucho más, después.
Estemos juntos aquí y ahora haciendo
aquí y ahora un siempre, un mañana, un por qué…

Es hermosa la ronda ante el fuego encendido,
dejando que el silencio nos llovizne su paz.
Traigamos a la mesa común cantos y penas,
brevas y espinas. Respetuosamente.

Los dioses se encargarán de consagrar…
Ellos están de acuerdo. Ellos sonríen.
Y esperan que aprendamos también a sonreír.
Que es el lenguaje mejor del cielo…

Si los dioses sonríen es de día.
Es de día porque hemos trabajado bien…

Con nuestro rito de mate en rueda hablemos
la palabras azul que dice: estamos listos
para el Amanecer…

Y compartamos la sangre enamorada
la lleganza
la luz
puntual e inexorable.

El abrazo semilla de las lágrimas en flor…

Somos toda la voz del mundo en silencio.

*Horacio C. Rossi, en la terraza

"Te escribo desde el amor y la congoja"*

*Por Víctor Heredia, (Músico)
Fuente: Especial para Clarín

Hola, Negrita. Sé que estarás allí, en algún lugar de nuestro cielo, inaugurando alguna estrella, con la secreta esperanza de poder seguir cuidando a tus polluelos desde allí, estos huérfanos de tu amor que ahora están más solos que nunca sin tu "serena presencia", como decía Charly: Comandanta. Porque eso es lo que fuiste para todos nosotros: guía, luz en la oscuridad, hermana, compañera.

Te escribo rápido desde el amor y la congoja para expresarte no mi pena ni mi angustia por la pérdida, eso ya te lo dije ayer cuando dormías, al oído.
Voy a contarte lo que todo un pueblo dijo en estos días cuando estabas dormida, luchando por tu vida y espero ser capaz de reflejar en esta carta.
Ese pueblo que estuvo hoy durante todo el día repitiendo tu nombre, ese pueblo tozudo y generoso, luchador incansable y vencedor de tanta crisis, ese pueblo que sabía quién eras, qué cosas defendías, ese que desfiló multitudinario ante tus despojos para agradecer tu vocación de cantora popular, de mujer valiente, de artista generosa. Sólo voy a repetir lo que ellos dijeron a cada beso, en cada flor que depositaron con unción ante tu féretro: ¡Querida! ¡Hermana! ¡Amiga! ¡Compañera! ¡Argentina! ¡Nuestra! Los vi emocionarse cuando entraban a despedirte, tal como lo estoy haciendo yo mismo ahora, con el corazón estrujado, sabiendo que mañana no voy a recibir tu consabido llamado para saber cómo están mis hijos, o dónde anda León para ver si podemos juntarnos a reírnos un poco en medio de tanta soledad que propone la vida. Pero no voy a decirte adiós de ninguna manera, voy a imaginar que cada vez que escuche tu voz, cantora, podré abrazarte como siempre, levantar el teléfono y decirte que estamos bien, que merced a la esperanza que indicaste podremos salir adelante, día a día. Los que te fueron a despedir hoy eran tus hermanos del alma, el pueblo al que cantaste con absoluta valentía.

¿Habrá algo más bello para nosotros que esa caricia proveniente de los que nombramos en lágrimas y dolorosos exilios? ¿Habrá alguna cosa que pueda torcer esas miradas llenas de amor, desconsuelo y ternura dirigidas a tu corazón guerrero? Alguna vez dudaste de haber llegado hasta esos corazones,
pero ya ves cuánto amor sembraste entre todos sin distinción de nacimiento.
Este campo repleto de caricias nacidas de tu pueblo es tuyo, "madraza", ésa es la cosecha que merece tu incansable lucha por los derechos y las libertades de este continente. Mi corazón que late al lado tuyo desde hace cuarenta y dos años recordará el ritmo de tu latido en los abrazos, en los besos, en las sonrisas de cada humilde, de cada hombre y mujer de esta tierra. Cuando cante habrá un pedazo tuyo en cada estrofa, una mirada tuya en cada palabra, ése será mi privilegio, el de pensar que estás a un costado del escenario apoyándome, señalando como siempre qué se debe decir, por quien luchar, para qué cantar. Gracias cantora, querida nuestra. Amorosa Mercedes.

*Fuente: http://www.clarin.com/diario/2009/10/05/sociedad/s-02012443.htm

Vidas de escritor*

*Por Rodrigo Fresán
Desde Barcelona

UNO Los escritores llevan, por lo menos, cuatro vidas: la vida privada, la vida pública, la vida de los libros que escriben y la vida de los libros que leen. Y las biografías de los escritores tienen la obligación de contarlas todas y de revelar la trama secreta que une esas cuatro vidas.

DOS Y, claro, esa extraña paradoja: las vidas de los escritores son nómadas y sedentarias al mismo tiempo. Por un lado, se escribe quieto, por lo general sentado (nunca me creí del todo esas fotos que muestran a Hemingway y a Nabokov haciéndolo de parado); pero hay mucho viaje y se mueven tantas
cosas dentro de esas cabezas. Existen, de acuerdo, numerosos ejemplos de escritores vitalistas e hiperkinéticos que necesitan, primero, hacerlo de este lado y recién después pasarlo en limpio en página o pantalla. Hemingway otra vez. Los Jacks London y Kerouac, por ejemplo: la práctica antes de la
teoría, la acción precediendo a la reflexión. Son escritores que, de algún modo, saben o intuyen que lo suyo no es una vida sino, desde el principio, una biografía. Y que, por lo tanto, debe resultar apasionante. Son los escritores cuyas felices existencias, por lo general, suelen terminar mal y
tristes.

TRES Conozco varios escritores que no soportan las biografías de los escritores. Prefieren, me explican, no saber nada de la non-fiction detrás de sus fictions: entender así al escritor como apenas un medio médium encargado de captar historias y difundirlas. A mí, en cambio, me gusta saberlo todo. Pero, también, me resultan mucho más interesantes las vidas de los escritores "quietos". Esos que no fueron a ninguna guerra, no sobrevivieron al hundimiento del "Titanic", no estuvieron enredados entre las sábanas de alguna hollywoodense diosa sexual, ni entraron y salieron de los peligrosos territorios de la política o lo político. Para decirlo de algún modo: me gusta mucho leer las biografías de escritores que se la pasan
escribiendo y leyendo. Me gusta ver y disfrutar de cómo el biógrafo se las arregla para contar una buena historia con todo eso que, tan sólo en apariencia, parece tan poco para contar y sin embargo...

CUATRO Dos (por cuatro) vidas de dos titanes de las letras protagonizan la presente rentrée literaria española. La primera de ellas es Gabriel García Márquez: Una vida, de Gerald Martin (Debate) -biografía no autorizada por el biografiado pero sí "tolerada"-, narra los muchos años de compañía del colombiano al que demasiada gente que nunca lo conoció no vacila en llamar "Gabo". Martín -quien dedicó muchos años a la empresa- sigue por medio mundo al escritor de El coronel no tiene quien le escriba (el índice onomástico de luminarias y oscuros es casi una novela en sí misma) y narra el proceso de cómo un creador de personajes acaba convirtiéndose en otro personaje sobre cuyo creador no tiene un control absoluto. Así, lo más interesante del libro de Martin no pasa por la certeza de los merecidos laureles, sino por las incertidumbres de esas malezas imposibles de mantener a raya para que no se metan y embrollen el trazado de un jardín perfecto limitado con las salvajes e indómitas selvas de Macondo.
La segunda de las biografías es El mundo es así: Biografía autorizada de V. S. Naipaul (en la flamante editorial Duomo, donde se traducirá el año que viene la deslumbrante Chee-ver: A Life, de Blake Bailey) y es uno de esos libros que da miedo y, sépanlo, el "autorizada" en el título no significa otra cosa que Naipaul recibió el manuscrito de French, lo leyó, y no le puso pero ni enmienda. Y lo que cuenta French es nada más y nada menos que las idas y vueltas de un monstruo (un monstruo genial, pero monstruo al fin y al principio) al que no le preocupa destrozar las vidas de los otros para alimentar su propia obra. En el prólogo, French rescata una declaración de Naipaul que lo dice todo: "La vida de los escritores es un tema legítimo de investigación, y la verdad no debería ocultarse. De hecho, es muy posible que el relato completo de la vida de un escritor acabe siendo una obra más literaria y reveladora -de un momento cultural o histórico- que los propios libros del escritor en cuestión".

CINCO Y el escritor que firma estas líneas pocas veces ha visto más escritores juntos que en los últimos meses. Tres acontecimientos han marcado literariamente este verano. A mediados de junio se festejaron los 40 años de la Editorial Tusquets, hace un par de semanas tuvo lugar el funeral de
Antonio López Lamadrid (de Tusquets) y la semana pasada Anagrama también festejó sus cuatro décadas imprimiendo. Muchos escritores y mucho editores riendo primero, llorando luego, riendo otra vez. Firmas de toda España y de todo el mundo descendiendo sobre la ciudad para festejar y lamentar
y -mirándolos a todos ellos- la sensación de estar viendo, apenas, uno o dos rostros de los cuatro o más rostros posibles. Y está bien que así sea. Sería tremendo que los escritores fueran por ahí con todas sus vidas al aire.

SEIS Y, como siempre, en todos y cada uno de ellos, la posibilidad de ser tentados por el abismo. Ahora estoy leyendo City Boy, la nueva memoir de Edmund White (una memoir es una forma caprichosa de la autobiografía que no es otra cosa que, por lo general, una manera de confundir y desautorizar a las biografías del futuro) y me interesaron especialmente las páginas dedicadas al genio perturbado de Harold Brodkey y el modo en que éste sucumbió al insoportable peso de lo que se decía y esperaba de él. Convencido de poseer un don único e insuperable, Brodkey -encandilado por la luz blanca de su propio talento, escribiendo sin cesar, publicando poco y, al mismo tiempo, intrigando en todas las fiestas y teléfonos, mezclando y balanceando mal sus cuatro vidas- acaba desconfiando de todos, asegurando
que Nabokov le rinde tributo y hace guiño en Lolita, afirmando que todos lo plagian (desde el mismo White hasta Sean Connery), y enojándose con un editor que tiene la "osadía" de ponerlo a él a la misma altura, y no por encima, de Shakespeare.
Así, pienso, lo que resulta más apasionante de las vidas de los escritores es la rara forma de peligrosidad que conllevan. Un oficio arriesgado, la locura del arte y todo eso. William Maxwell -editor de J. D. Salinger, John Cheever, John Updike, Vladimir Nabokov, Eudora Welty, Mavis Gallant, Isaac
Bashevis Singer y John O'Hara, además de excelente novelista y cuentista- lo escribió y describió con las letras justas: "Es demasiado pedir a personas que pasan demasiado tiempo en un mundo propio, como ocurre con todo escritor, que tengan una perfecta percepción de lo que sucede en éste".
De eso -de lo que se lee aquí para escribirlo después allá, de lo que se decide mirar allí para no tener que verlo acá- es que tratan las extraterrestres vidas de escritor, la terrenal vida de los escritores.

*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-132985-2009-10-06.html

Resonancias de octubre en Buenos Aires.*

*Opinión de Eduardo Pérsico. epersic@ciudad.com.ar

Por los años cuarenta a Buenos Aires le crecían palacios presuntuosos copiados de Europa, extensas avenidas y una costanera para extasiarnos frente al río más ancho del mundo. Y por venderse allí más libros y diarios que en ningún otro lugar de América Latina, la porteñidad se envanecía aunque sus calles eran ajenas a tantos arrabales de visitar en verdosos tranways de doble piso, y personajes quizá sugeridos por la literatura de Borges y otros escribas de menor renombre. Ya de tiempo atrás venía aquello de quebrar el paisaje volteando el caserón familiar y hemos visto por Esmeralda y Sarmiento, pleno centro, aguantar más de lo posible a uno de fachada gris y jardín interior que exhibía una enredadera testigo de que por allí también habría verdecido la llanura. Ciudad engreída de ser la más europea de América, aunque en verdad fuera un rejunte de suburbios sin prestigio si ningún tanguito no los pontificara, - tarea para algún guitarrero de patio- y cuánta pena por Villa del Parque, San Cristóbal o Versalles, sin registro poético por calzar nombres de infructuosa rima. Y ni mencionar sus costados hacia la provincia, si al sur la inundación y el resto límites con la pampa.

En esa época de Guerra Mundial pero allá lejos, los habituales a bares con billares y rincones de meditar esas cosas de la vida, que para eso están, veneraban esos hábitos como exclusivos mientras en silencio y sin consignas, sus mujeres desechaban las medias de muselina, acortaban su vestido cada tarde y pese a las sonseras vaticanas de púlpito dominguero, reiteraban sin alegatos feministas ‘con nosotras no se puede’. Eso que hoy indica la sensatez...

Igual, y como la perpetua inequidad hacía crujir la osamenta del mundo, en Buenos Aires crecían ansiosos actores por entrar en la comedia como fuera, y en retirada muchos aspirantes a nobleza por ir cada domingo al hipódromo. Esos ingenuos engrupidos de curtir el Deporte de los Reyes y que ensayaban su porteñidad saludando ‘que tal, che’ al mozo del bar, una contraseña denostada por Juan García, aragonés irreductible que apodara ‘mozaicos’ a los colegas gallegos que permitían aquel tuteo. Ciudad con sus ribetes y aunque muchos soñaran con París, los autos iban por izquierda estilo Londres, si de alquiler eran de color variado y los tranways rugían su reglamento de dueños ingleses. Pero en aquella lejanía sudamericana sobraban lectores de Roberto Arlt, cronista que hasta 1943 lineara trazos de las faunas subterráneas, del controversial Hugo Wast y el poeta Raúl González Tuñón, aquel de ‘todo pasó de moda como la moda, los angelitos de los cielorrasos, los mozos que tomaban la vida en joda y las lágrimas blancas de los payasos’.

Por ahí el hombre medio admiraría la efectividad de Alemania y sin ensalzar mucho a Hitler, no hubo reproche cuando la Luftwaffe sepultó a Guernica en la mierdosa guerra de los españoles, una impiedad que dejó lágrimas profundas en los conventillos de la periferia y ayudara a un quiebre conceptual. Pero más tarde ni Auschwitz o Hiroshima serían titulares de reclamar por la masacre, porque en mi Buenos Aires querido, comarca pacata, no se vociferaba en lugar público y ser gente de familia era irrenunciable. Una metálica realidad que demolió una muchachada fabriquera junto a unos muy pocos seguidores del melenudo socialista Alfredo Palacios que remaban su consigna en las bibliotecas, una mañana desparramaron su reclamo a pertenecer a puro grito. Ese imprevisto, - ‘contradicción social’ si no se entiende- de repente entró a caminar por calles y veredas y divisado desde lejos. No hubo millones de obreros manifestando ese día 17 de octubre de 1945, por supuesto, pero un gentío inusual se agrupó en los sitios menos esperables y sin consigna, bombo ni marcha partidaria inquietó a los sabios del análisis y la nada protocolar. Esos simbólicos padres y abuelos de la actual Sociedad Rural y de otros primates contrarios a convalidar hasta una ley de radiodifusión que estos días se discute en el Senado Nacional, que por ser antimonopólica y derogar a la dictada por el último proceso militar, es ya y al menos, civilizadora.

Aquel ’17 de octubre fue un sacudón en el cimiento social y como al otro día cualquier ama de casa comentaría, los de clase transitoria que veraneaban en la playa se sintieron preocupados de verdad. Esos que hoy se agrupan en barrios nombrados en inglés y demás tilinguerías, siguen sin entender cómo aquel gentío de frigorífico y talleres suburbanos, ellos y ningún otro, construyeron ese día a Perón en referente indiscutido de la liberación del obrero ante el patrón. Ese proceso psicológicamente liberador que desde el llano demanda generaciones de lucha, por su inusitada brevedad al peronismo le resultó suficiente para quedarse lícitamente dentro de la estructura social. Esa imprudencia laburante al creyente de sombrero y corbata obligatoria le pareció un ademán extraño, y el fondo revulsivo del ‘perón perón qué grande sos’ no lo inquietaría mientras no le encabritara la caballada ni las hectáreas de familia educada. Pero al Poder de verdad que nunca duerme, aquel ‘yo te daré te daré una cosa que empieza con p, Perón’, que aquel mediodía recogiera Leopoldo Marechal en su balcón de la calle Rivadavia, más el ‘perón perón qué grande sos’, lo inquietaría sin joda. Y aunque Spruille Braden en la embajada yanki hizo una movida que favoreció a Perón, ellos y los de siempre entraron a mezclar pícaros contra tantos marginales recién venidos y apurados en hacer la revolución. Sin duda el peronismo hizo cuánto pudo, ver estadísticas, ‘tan peligroso a la herencia sagrada de nuestros mayores, Argentina granero del mundo y como Dios es argentino la fiesta es de nosotros’. Y de a poco fueron participando vendedores de humo, burócratas, gente de mala leche y profetas de una dicha incierta, a entorpecer nuestra historia con otro juego más siniestro y sangriento. Y ese es casi otro asunto.

(octubre del 2009)

*Eduardo Pérsico, escritor, nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina.

*

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05/10/2009 GMT 1

UN ADIOS DE TEMPESTADES Y ARENAS QUE SE ALEJAN...

urbanopowell @ 18:26

*

Tratar de escribir un bello manojo de versos
(razones no me faltan)

Pero
Qué escribir
qué decir
Si fuiste toda raiz
voz y poema?
Y la palabra que anda.
No mido mi congoja.
Raramente aquí se siente algo distinto.
Hoy por ejemplo
los pájaros suenan distintos
Y la acacia pasó del blanco blanco nevado
al blanco grande e inmaculado.
Alzo mi copa nombrándote Latinoamérica.
Madre.
Hermana.
Pájara y acacia
tan blanca como tus gestos...

*de ricardo mastrizzo
04.10.09

*

Revolucionaria de voces y de aplausos
piel y sangre de roble
madera y fuego latinoamericano.

Y si te canto ahora que mi lágrima y los todos
somos causa, país y correntada?

Trovadora del pueblo universal,
del sueño libertario
pronuncio tu nombre soberano
letra a palmo
grito a verso
con M.
Con Mayúscula de Madre, de Música y Milagro
aromada y florecida en el Jardín Republicano.

A vos,
porque desde esta oscuridad goteada por la lluvia
sobre vuelan en la patria amontonadas
palabras de esperanza y rebeldía

Continental manera la tuya de acercarnos al canto
de vivirnos el alma de la mano
de latirnos el latido en los aplausos
de bajarnos la luna de tu pueblo
a bailarnos de pañuelos la jornada.

Y te canto
porque sabes de resucitarle cigarras al sol
porque tu hoja de vida es "gracias a la vida"
porque es himno pedirle Sólo a Dios
porque nos llama "María va"
mientras el otoño mendocino es alivio en la canción
mientras eres en el arte y por el hombre
corazón con razón.

Caminante de poncho y bombo alado
Pachamama, cóndor y calandria
cantemos la "Canción con todos" mientras duermes
así vidalan plegarias
serenatean las penas
y el silencio de tu copla serán ángel y bandera enarbolada...

*de Ana Lía Gattás. analia_gattasz@speedy.com.ar
03.10.09

UN ADIÓS DE TEMPESTADES Y ARENAS QUE SE ALEJAN...

VENGO LLENA DE ENEROS*

Amor. Amor. Vengo llena de eneros en mi piel.
Toda yo un jadeo de claveles rojos.
Un grito fundante de la lluvia.
Un torrente.
Un adiós de tempestades y arenas que se alejan.

Amor. Amor. Vengo llena de eneros en mi piel.
Toda yo un camafeo.
Duraznos robados en la siesta.
Mujer apareada en el estío.
...Y mi rostro entre tus frescas manos.

Amor. Amor. Vengo llena de eneros en la piel.
Toda yo una cadena de agua plata.
Una lámpara trémula.
Un abismo.
...Y mi pecho izquierdo fundido entre tu boca.

Amor. Pájaro malherido. Mariposa desnuda.
Hace frío.
Pero yo, todo un enero en tu intacta piel.

*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar

La voz de nuestra Rebeldía*

Venía de hacer unas pequeñas compras para el desayuno del domingo cuando leo en el televisor del bar de la esquina "Murió Mercedes Sosa". Pensé que la noticia ya estaba desgastada por lo tanto que se la anticipó, pero no. Un golpe sorpresivo de llanto quedó guardado entre los ojos y la garganta. Sé que en este caso es más y es otra cosa que la que puede provocar un artista querido que se va. Su canto, era un acto, su voz ponía la pasión defendiendo todas las buenas causas. Hay que contarlo, contar que unas voces nos calentaban el alma. A veces pensaba "si dios existe no debe pensar como nosotros", por el frío y las lluvias en días destinados a la lucha. Nos quedábamos al aire libre, amparados en todos y en las voces. No nos llovía por dentro, esas voces nos protegían de la abulia, el sin sentido, la banalidad Contarles a los jóvenes que tener o ganar mucho dinero hasta se veía mal. Creíamos en que algún día la justicia, el amor, la comida, los libros, llegarían a todos. Ese sueño se acunaba con poemas y cantos. Fueron muchas las voces, ella era la voz.

*De Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar

Cantora*

*Por Sonia Tessa

"Cuando tenga la tierra, la tendrán los que luchan, los maestros, los obreros, los hacheros", decía esa hermosa y profunda voz, y hacía llorar a muchos que habían vivido la dictadura en la Argentina como habían podido. En aquel recital estaban los que habían estado presos, los que habían vivido un largo exilio interno, los que querían volver a escucharla simplemente. Yo era una adolescente. La dictadura militar se iba de la Argentina, nosotros cantábamos en las plazas "Se van, se van y nunca volverán", y soñábamos con un país más justo. Entonces, en aquel clima irrepetible de la vuelta de la democracia, mis padres me llevaron a ver a Mercedes Sosa, en vivo. Creo que era en Rosario Central.
La Negra había sonado hasta entonces en magazines, en casetes, en discos, pero nunca en vivo. Su voz era parte de nuestra vida silenciada, era un cable a tierra en épocas donde el dolor formaba parte de la vida cotidiana.
Y esa noche, en los primeros 80, Mercedes se paró en el escenario y empezó a cantar. Su voz llenó los corazones de todas las personas que estábamos ahí.
"No te mueras nunca", le gritaban algunos espectadores. Era un momento esperado durante tantos años. Y ella no falló: cantó con toda su voz, hizo las canciones que la habían hecho famosa, las que habían estado prohibidas, las que todo el mundo esperaba de ella. Casi al final, se despachó con "Cuando tenga la tierra".
Siempre Mercedes Sosa fue coherente con sus ideas. Muchas veces escuché que la criticaban por cobrar bien sus recitales pese a ser comunista. Me daba tanto odio que a nadie se le ocurriera pedirle lo mismo a otros cantantes.
¿Por qué debía regalar su trabajo, que era mucho más de lo que la mayoría ofrece? ¿Por sus ideas políticas? La Negra era excepcional. Su voz, su repertorio, esa sensibilidad que se colaba en cada inflexión. El nervio que ella ponía en sus canciones es inexplicable, mágico. Y a la vez, sólo desde
su profunda convicción política, desde su sentido de justicia, podía encarnarlos de esa manera.
Y también fue vanguardia. Siendo "el folclore" no tuvo miedo de mezclarse con el tango, con el rock, con cualquier música que pudiera conmoverla. En cada disco encontraba algo más para dar. "Quién dijo que todo está perdido, yo vengo a ofrecer mi corazón", cantaba el tema de Fito Páez, que más que nunca tomaba la forma de una ofrenda generosa. Ayer, un mural en Córdoba y Teniente Agnetta, pintado espontáneamente por los integrantes de El Movimiento Rosario recordaba una canción de Ariel Ramírez al que sólo su voz pudo darle semejante expansión. "Que la revolución viene oliendo a jazmin", decía en Juana Azurduy.
En Cantora, su último disco doble que fue una despedida, hace "Canción para un niño en la calle", una versión remozada de aquel poema de Armando Tejada Gómez musicalizado por Angel Ritro. Y una vez más, Mercedes demostró lo que es ser una artista: lo hizo con Calle 13, el grupo de reggaeton de Puerto
Rico, que sumó algunos versos propios. Aquella vieja letra se hace presente en la nueva realidad latinoamericana. La emoción es incontenible. Cómo no conmoverse. Mi sobrino Camilo, que tiene 9 años, se la sabe de memoria. Y ayer decía: "¿Viste que se murió Mercedes Sosa? Qué triste". En su casa, los
discos de La Negra llegaban tan rápido como hubiera uno nuevo. Y en Cantora, ella no sólo convocó a Calle 13, sino que renovando su falta de prejuicios poco común, llamó a Shakira, a Caetano Veloso, a Jorge Drexler. Su palo ya no era el folclore. Hacía mucho que era universal. Porque cuando Mercedes
cantaba "Gracias a la vida", toda la profundidad de los versos de Violeta Parra se hacía más bella.
El año pasado, cantó en Tucumán, durante la cumbre del Mercosur. Le dedicó una versión de Insensatez al presidente de Brasil, Lula, que la aplaudió conmovido. Y ese encuentro entre dos personas que pudieron escribir su propio destino a puro talento y ganas fue, para mí, conmovedor. Es que
Mercedes era un ícono de la cultura popular. Pero no quiero abusar de palabras que durante estos días se repetirán por todos lados.
Al contrario, como todos los grandes artistas, Mercedes Sosa está en el corazón de cada uno como mejor pueda recordarla. Por suerte hay muchos discos para no perderla del todo. Yo me quedo con unos cuantos, no puedo elegir. Ella tuvo una presencia diferente en cada momento de la vida de los que tenemos 40. Cuando era muy chiquita escuchaba en su voz irrepetible estos versos: "Duerme, duerme negrito, que tu madre está en el campo negrito. Trabajando...". También me la cantaban para dormir, por supuesto.
Pero cuando la cantaba ella, al escucharla uno podía imaginarse a esa mujer trabajando en el campo... Y también recuerdo La Carta, porque entonces Gracias a la vida no me parecía tan combativa. Con los años, esa canción se develó en toda su sabiduría pero claro, fue con la voz de Mercedes dándole color a cada verso. Y también me vuelve su voz, hoy, con una canción poco conocida pero muy significativa que en uno de sus versos dice "marrón, marrón por las calles de la villa, por las calles de la villa se me astilla
esta canción".
Por su voz pasaron las canciones más maravillosas, supo darles un nuevo sentido a todas con su sensibilidad. Ella las mejoraba. Y cuando cantaba "Como un pájaro libre, de libre vuelo, como un pájaro libre, así te quiero", uno podía sentir ese llamado a la libertad. Es difícil entender que no habrá discos nuevos, que habrá que conformarse con escuchar una y otra vez los que ya hizo. Ya no volverá a sorprendernos pero tampoco la olvidaremos. Es parte de nosotros.

*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-20496-2009-10-05.html

SU BIOGRAFIA Y LA MARCA DE LA SOLEDAD
“Para mí cantar era una tristeza”*

*Por Karina Micheletto

En la completa biografía Mercedes Sosa, la negra, se lee un relato de Mercedes en primera persona, al que la cantante volvería muchas veces: “Sí, quiero decirlo con todas las letras, resignada ya a que esto nadie me lo pueda creer: yo, toda mi vida, odié cantar (...) Desde afuera comprendo que lo mío se vea como una suerte; para mí ha sido una desgracia. Unos años antes de llegar Matus ya empecé a ser conocida. Me daba cuenta que tenía el don de la voz, pero cantar me gustaba hasta el momento que debía hacerlo para la gente. Y me pasaban cosas muy conflictivas. Ibamos a los casamientos, a los cumpleaños, y mi papá quería que la gente se enterara de que yo cantaba bonito y enseguida a toda costa me hacía cantar. El de la vocación en realidad era él. No comprendía hasta qué punto me amargaba la vida porque después de cantar y de los aplausos ya los muchachos no se me acercaban más, me veían como a una distinta. Para mí cantar era una tristeza porque en vez de acercarme me alejaba, empezaba a quedarme sola. Eso fue una tortura cuando era jovencita, y después también”.
En las entrevistas en las que iba y venía con el hilo que sólo ella elegía para la conversación, imposible de guiar por el entrevistador, siempre aparecía la tristeza, el sacrificio, ésas eran las palabras que usaba. Y, también, la soledad. En el hilo indómito del recuerdo de Mercedes una y otra vez se cruzaban el dolor del exilio, la enfermedad, los meses en cama, el abandono de su primer esposo, Oscar Matus (con el que, siguió declarando hasta el final, no se arrepentía de haberse casado, porque él instaló en ella el compromiso del canto), la muerte de su segunda pareja, Pocho Mazzitelli, que la acompañó durante trece años. Recordaba, Mercedes, y lloraba. Cuando su hijo Fabián era chico y, sola en Buenos Aires, debía dejarlo encerrado en una pieza de pensión para irse a cantar, cuando tuvo que mandarlo a Tucumán con su familia, los abortos que reveló con dolor en la biografía de Rodolfo Braceli.
Mercedes tenía un círculo de afectos profundos en colegas de todo el mundo, eran muchos los que la querían como a una madre, como a una hermana. Pero la soledad y la tristeza fueron siempre una presencia concreta entre sus argumentos de conversación. En sus horas finales, habilitada la cuenta regresiva del circo mediático, quedaron las últimas muecas de los que se dieron cita ante las cámaras instaladas en la clínica, el respeto de los que prefirieron pegar la vuelta para evitarlas. Quedaron las manifestaciones de cariño de su velatorio, los mensajes de amor que inundaron su página web. Y, también, los que fueron borrados, barbaridades como “Ojalá te mueras de una vez, zurda de mierda”. Porque en este país existe gente que piensa así sinceramente –y sobradas pruebas han dado de ello–, es que Mercedes fue de los imprescindibles.

*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/subnotas/132929-42852-2009-10-05.html

DELICADEZA*

Hubo quien me dijo "¡qué hermoso poema te vay a escribir cuando te mueras!". Murió antes que yo, gracias a quien sea, dioses, hados, destino o casualidades. Un cubano me escribió, entonces, a modo de reparación "El poema que otro debió escribir a Mónica". No tiene demasiada importancia si el poema del cubano, que era muy bello, era realmente bello o no lo era. Lo importante es que alguien se tomó el trabajo de remendar el entramado desgarrado.
Algunos gestos previenen el fuego de los cielos, apaciguan las tempestades, calman el galope furioso de las yeguas nocturnas. Como en los legendarios tiempos de Sodoma y Gomorra, hay justos que salvan las almas y, por lo tanto, permiten la persistencia de nuestro efímero universo.

*de Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com

UNCA BERMEJA*

*de Juan Carlos Bustriazo Ortiz.

1

caéme la luna de las derrotas
rómpeme el aire las muchachas
que tengo en las pérfidas sienes
en la derecha costa mirla
bájase otoño de las nieblas
bájate niebla hasta mis muslos
regalaréte lengua ansiosa
hasta agoniarte y fallecérteme
hasta que mi amor póngate en yesca
rómpete taza sin ponzoña
estaráste en qué galladura
en qué preñez en que siga ardiendo
hasta quinientos o tres mil años
ay mi casada de tornasoles
mi algarroba de treinta sombras
entreilusionado no veréme
y en tus trémolos no seré padre
ay mi junca desriñonada
mi descaderada chilca augusta
ni mi partida muy serásme!

21 de otoño

2

en un caldén de agua llovida
anaranjado el quejón llámate
el que tócase el pecho malo
con un ala de rocío puro
nunca jamás habíalo visto
y eso que anduve en dos mil montes
habrá querido que así viéralo
para que oyera que llamábate
ay el quejón anaranjado
pidióme el juan para humanarse
para quejarse loco y pintado
inmóvil en sus regias plumas
he ahí que vino un chingolito
con su arpegio húmedo y verde
y el chingolo dijo tu gracia
desde un molle tirando a triste
y el que rumora "bicho-feo"
hermosamente cantó tu aura
ay en el monte ensangrentado
saquéme ojos porque comieran!

3

y quisimos soplar las aguas
donde el redondo barro písase
pero sonrióse como espejo
tan señora el agua acostada
las caderas azules negras
el ombligo negro claroso
quisimos buscar las gentes
habíanse hecho alas como humo
quisimos salvar los panes
los lingotes de hechura prieta
deshilacháronse sin un ay
en hilillos de barro verde
quisimos los artesonados
los piquillines espejuelones
entredichosos sonreíanse
barrosamente pasó una urraca
con un rosado gusanillo
no sé si un día volverá el sol
no sé si un día bajará ella

-Enviado para compartir por Lucía Cinquepalmi luciaguionbajo@gmail.com

*

Queridas amigas, apreciados amigos:

Este domingo 4 de octubre de 2009 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor mexicano Alejandro Padilla. Las poesías que leeremos pertenecen a Alfredo Pérez Alencart (Perú) y la música de fondo será de Wankamaru (Andes). ¡Les deseamos una feliz audición!

ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!! (Recomendamos usar http://24timezones.com/ para conocer las diferencias horarias).

REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!

Freundliche Grüße / Cordial saludo!

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com
Schießstattstr. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067

*

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01/10/2009 GMT 1

DE LUZ Y SOMBRA / ESPERANZA Y OLVIDO...

urbanopowell @ 03:14

Decisión*

Estoy al borde del precipicio de tus ojos

siento que balanceo el cuerpo.

Mis pies descalzos sufren las púas de las piedras,

mis manos sangran, apretadas, tensas.

Hay en mi pecho un golpeteo de tambor rojo.

Baña mi boca un sabor a flores, a vida, a miel.

Y me duele mirarte

y no quiero.

Pero el huracán me empuja.

Y me dejo caer blandamente.

*de Elsa Hufschmid elsahuf@yahoo.com.ar

DE LUZ Y SOMBRA / ESPERANZA Y OLVIDO...

Giro astral*

Astral,
exenta de vientos y sonidos
me vuelvo cuarto creciente,
satélite en tus tormentas.
Giro sensual en torno a tus eclipses,
te sostengo en el relieve de mi pelo
sin ahogar tu grito, aunque duela.
Sirena plenilúnica de pasiones
descubro ante vos mis dos rostros:
de luz y sombra / esperanza y olvido.

*de Patricia Ortiz lacajadepandora@gmail.com

1. Esperando al plomero*

Desde el instante en que cayó al inodoro el maldito soporte plástico de Glade, en el mismo momento en que Pedro activaba la cisterna, sincronismos si los hay, todo se volvió bruma en la vida cotidiana.
Todos aquellos actos que hasta allí habían sido íntimos y recelados, se transformaron en un aviso público, comentado en su antes, su durante y sus inexcusables después.
El excusado había dejado de serlo gracias a la conjunción de una torpeza y la utilización de materiales posmodernos, que, a diferencia de la fluidez y la perentoriedad de la tan mentada revolución blanda, se estancaba incólume, perenne e indestructible entre el hacer y el deshacer.
Yo había leído a Slavoj Zizek y su interpretación de lo sublime en el sentido doble de lo duradero y lo latente, sus paralelos entre el objeto a del psicoanálisis y la plusvalía del marxismo, pero nada decía de lo inalterable de un soporte plástico atrancado y sus consecuencias en los estados de ánimo.
También había leído a Jung y sus concepciones sobre el sincronismo y tampoco hablaba del Glade.

Al principio fue el estupor.
Era un diálogo silencioso entre los bellos ojos chocolate de Pedro y mi cara de idiota infortunada.

Le siguió el reproche inevitable: ‘¿Cómo podés ser tan pelotudo?’
Sus ojos encendidos mezclados con una risa que no se atrevía a romper fueron más poderosos que mi fastidio.

Empecé por buscar la sopapa, sabiendo de antemano que sería inútil, pero como toda mujer formada en el cientificismo debía atravesar los pasos previos ineludibles para comprobar o desterrar las hipótesis.
No funcionó.
Seguí por la búsqueda de unos alambres con la forma óptima para estos menesteres.
No existen.
Decidí frente a mí misma que era capaz de desarmar un inodoro, recibí instrucciones hilarantes por correo electrónico y mensajes de texto, entrecortados e indescifrables, inmanentes a este período posmoderno tan incompatible con el plástico indestructible.
Empecé a buscar las herramientas y encomendé a todos mis ex maridos a que se les tape el tanque de nafta con todo aquello que se encontraba depositado ahora en el retrete.
Lo doloroso de la partida de los maridos es que se llevan las herramientas, la máquina de cortar el pasto y las prestobarba que sirven para depilar los pulóveres cuando se hacen pelotitas.
Fue allí que entré en un episodio depresivo y melancólico que friccionaba con la pregunta reiterada de mis hijos, ¿Y Ma, llamaste al plomero?
Yo estaba paralizada en mi mundo de lamentos y reproches retroactivos, hacia mí misma, cómo puedo permitir que me extirpen mis costados masculinos y quedarme así, tan inerme, tan mujer, yo sola con toda esta mierda.
Después de casi tres días de vulnerabilidad extrema, vi por el ventanal que, por fin, llegaba el plomero.
Mi salvador, mi desahogo, mi solución, en su coche viejo, pero con el tanque, seguro, lleno de nafta para llegar a estos parajes.
Alguien que era capaz de revolver la mierda para enfrentar los problemas y encontrar una solución; que yo lo llamaba y obedecía al llamado; qué no preguntaría qué había pasado sino que estaría presto a hacerse cargo, por la módica suma de treinta y cinco pesos, mucho más barato que cuatro asados de domingo, cremas de afeitar y cajas de preservativos.
Al abrir la puerta le dije ¿Ves por qué las mujeres siempre se van con el plomero o el electricista?, porque los maridos no sirven para nada.
El pobre tipo me miró con desconcierto más que con ganas de una cana al aire, pero no me animé a decirle que ni marido tenía, ni herramientas, ni conocimiento y que, al final, era una estúpida mujer dependiente, que se ahogaba en un tocador.
La fantasía de arrojarme a los brazos del plomero como una amante furtiva que sólo requeriría que le mantengan los caños destapados se diluyó en un mensaje de texto que recibí matuvehoralibrevoyacasa.
Mi otro hijo no había tenido historia ni geografía y estaba llegando para almorzar.
Pensé en la relatividad de la palabra ‘libre’, nunca equitativa, compartida ni equiparable.
Libre, ¿para quién?
Quise decir, de pronto, ¿por qué no se van todos a cagar?
Pero en esta oportunidad, no venía al caso.

-28 de septiembre de 2009.-

2. Cambios*

Veo el inodoro despejado después del paso del plomero. Los pisos limpios, la luz tenue del pasillo encendida, la casa nueva.
Pequeña sí, pero nueva.
Nueva para mí y para todo el dolor que he dejado tirado y apilado en las otras.
Mi hijo estrena sus diecisiete años conciliando el sueño después de un intenso y eterno abrazo entre él y yo, que dijo todas las palabras postergadas por las dudas en tantos momentos azarosos.
Tuvo miedo.
Y yo también.
De no saber si las rencillas cotidianas y pequeñas superpuestas con las grandes decisiones, habrían formado, silenciosas, una hendidura que nos impediría afirmarnos uno en los brazos del otro.
Mientras yo intento escribir, él ya duerme, lo siento respirar y me serena.
La vida es esta sola, Juan, y nos equivoquemos o no nos equivoquemos se termina igual, pensé en decirle mientras me iba acercando a esa respiración que me detuvo en el intento y me obligó a darme cuenta de que quien estaba inquieta era yo.
Habían sido más feroces mis silencios para mí misma que todos los posibles mutismos prudentes entre él y yo.
Su abrazo me había devuelto el cuerpo y, a él, el sueño templado.
La casa resplandece. Todos duermen.
La gata no ha parido pero su pelo brilla de expectativa.
Los malvones, la madreselva y los fresnos han soportado el viento del sur y han sobrevivido a la sequía.
El vecino de en frente ya guardó su catango y hasta las siete y media de la mañana no volverá a atormentarme con sus ensayos de arranque.
Los perros ya se han rascado toda su sarna y encontraron su reposo en la salida de los calefactores.
Cosa que siempre pienso, si yo fuera perro, allí pasaría mis noches.
Nunca sé si despertaré mañana pero sí sé que he dicho lo que jamás podré volver a decir.
Y si no pude decirlo, lo regalé en el abrazo más bello que jamás he sentido.
Pues bien, si despierto, mañana será otro día.
Pero otro día de verdad.

*de Lucía Cinquepalmi luciaguionbajo@gmail.com

LA CLUECA*

Anita esperaba junto a su amiga,en aquélla muy sugestiva sala de espera.

***

Había nacido en un pueblo alejado del Gran Buenos Aires,con las ventajas y desventajas que ello supone.
Mientras esperaba su turno se sumergió en los recuerdos de su niñez. El más nítido y querido que rescataba era el referente a las "cluecas" Sí , a las cluecas. Era todo un rito "echar" una gallina. Previamente se había seleccionado entre gallineros vecinos, el mejor gallo. Mejor quería decir, el màs grande, el más fuerte, el más hermoso. Sumamente importante el gallo en cuestión. Su mamá le mostró la "galladura" en los huevos de las ponedoras, parecido a un ojito pegado a la yema. Sin ese ojito, no hubiese sido posible pollito alguno. De allí la placentera y útil función del gallo.
Algo que recordaba con placer, era el ahínco con que su mamá elegía la clueca... entre las buenas madres, decía, a las otras, ¡pobres!, un buen baño de agua fría y a otra cosa.
A la elegida le preparaba un nido con pasto limpio y seco. Los huevos eran tambien elegidos concienzudamente y después a esperar ventiundías.
¡Que larga le parecía aquella espera!

***

Entraba al gallinero detrás de su mamá y ella efectuaba una proeza a la que nunca se atrevió por temor al "picotazo", consistía en introducir la mano debajo de la gallina y retirar de a uno los huevos y ¡he aquí el milagro!: llevaba éstos a su oído y luego a el de Anita...¡Dios! que sensación inefable,
se escuchaba nítida y misteriosamente al pollito que deseaba nacer; pic pic, picaba desde el interior de su encierro...y cuando nacían, eran un puñadito de alegres colores.
Jamás había visto madre tan abnegada; escarbaba la tierra y cuando aparecía una pobre lombríz, no la tomaba para sí, llamaba de una manera muy peculiar a sus pollitos y les ofrecía el sacrificio de aquélla,en aras de alimento para sus buchecitos. Es así que Anita guardaba un tierno y especial recuerdo hacia las cluecas.

***

En pocos días cumpliría diez y siete años y hacía dos que estaba en la capital trabajando como doméstica. Quiso así ayudar a capear el temporal económico que se abatía sobre su familia.

***

La voz de la amiga la trajo a la realidad .--Ana, bajá.-¿hacia donde te fuiste?-.
Y...sí, se fugó hacia los recuerdos inocentes y felices de su cercana niñez.
La amiga se impacientó.
-¿Y,ché,entramos o no,o te vas a clavar con un críosola y tan joven?- porque...-¿él se fue, no?-
-Entrá, ésta señora sabe lo que hace-.
Anita sonrió y ante la perplejidad de la amiga, acariciándose la "panza" con inmensa ternura, respondió:

-No, no voy a entrar, el gallo ya no cuenta.
No voy a entrar...quiero "sentirlo" picar.

*de Matilde Lopez Camelo caminandosignosfm@hotmail.com

La lección del caimán*

*Por Adrián Abonizio. abonizio@hotmail.com

Juntábamos las lagartijitas en las vías, que era el lugar más factible para detectarlas. Entre el pedregullo de los durmientes; por allí corrían y si uno andaba atento, las descubría para luego tras una persecución caprichosa que incluía marchas y contramarchas, capturarlas en cuanto se quedasen
quietecitas, ajenas a la mano, que como la tapa de un sarcófago les caería desde arriba para quedarse mansitas, aterradas. Lo hacíamos por depredación y porque algunos las mantenían en sus peceras secas con arena. Duraban poco, es cierto, pero era normal que se muriesen: no se había inventado una casa
artificial para ellas: o era la libertad entre el trajín de las ruedas de hierro o la mano sucia de algún pibe para llevarla encarcelada donde inevitablemente morirían de hambre, o sed o furia contenida en sus cuerpecitos hermosos de plata y pintitas negras. Yo sabía que era más bello verlas moverse libres escandilando a los mismos ángeles que tenerlas allí, abatidas, con los ojos quietos de terror mirando la nada contra el vidrio.
Pero a la perfección había que envasarla, era la costumbre, durase lo que durase. No conocíamos ni nos habían enseñado otra cosa. No era matar, hacer el daño, era tratar de conservar algo de la plenitud fosfórica de sus cuerpitos alucinantes y por el tiempo que fuese espiar al cosmos viviente, admirativos y sin culpa alguna. Café claro, con grisados perfectos ventrales, azulinas otras, leves naranjas en el lomo las menos. Una mañana de sábado capturamos una más gordita que al rato frente a nosotros, ya presa
en la cajita de cartón, empezó a largar hijitos. Seguro los traía ya consigo enganchados en algún sitio y no los vimos. Una nidada alucinante. Eran tenues, casi transparentes, movedizos y del tamaño de un fideo chico. Nos quedamos maravillados. Transportamos la cuna de cartón hasta bajo el gran paraíso, sitio de descanso y reunión. Las contamos. Eran cuatro, perfectas, rosaditas, las patas enormes en proporción a sus cuerpitos. Sin hablarlo, la cosa cambiaba: una cosa era capturar un ser y otra muy distinta cinco, madre incluida con riesgo de muerte inmediata. Perecito dijo devolverla al lugar.
Otro que no, que se la iban a comer los gatos o los perros. Otros que éramos unos boludos. Y fue el primero que cuestionó la jerarquía cinegética que creíamos poseer y sobre ella reinar. Nos avergonzó, pero nos movimos rápido.
La llevamos a Diego, el de la veterinaria que pelaba perros. El nos desagradaba pero constituía la palabra pertinente en el asunto. Alto, cabeza de cepillo, granoso y el ambo verde. Fumaba como una chimenea, mientras acariciaba distraído un conejo blanco que tenía el morro lastimado. Nos dijo
que éramos unos pendejos y que quien nos mandaba a meter la mano donde no nos correspondía. Diego era loco, famoso por sus trompadas y ermitaño.
Llévenselas a sus mamis para que las hagan asadas, pelotudos, tiró. Como no se pudo resolver el enigma, un poco humillados y en pleno centro de Echesortu, sencillamente las dejamos en un umbral y tras tocar el timbre huimos por Tres de febrero. Llegó el mediodía abrasador y paramos en el pasillo de los Chenevier a tomar agua: por el vidrio roto asomaba la cabezota del caimán un lagarto overo más austadizo que feroz que tenían ellos en su patio y vigilaba, lento, las inmediaciones. Imaginamos su
dentadura entre nuestros huevos. Alguien lo gritó y nos corrió frío por la espalda. Nos volvimos acordar del cajón de zapatos. "Madre y cría", alguno emitió.. Y era la primera vez que le poníamos categoría social al crimen. En Canal 5 daban Espartaco y su búsqueda de libertad nos recordó el secuestro:
la fuimos a buscar al umbral entonces. Estaban tiesas, como congeladas, las cinco. Corrimos hasta lo de Chenevier, el veterinario del zoológico: en su bondad científica nos perdonaría y las habría de salvar. Era la siesta y nos atendió manoteando los lentes, en calzoncillos. Su hijo acariciaba al caimán que descubrimos tenía la pata enyesada. Están muertas, muchachos, Todas. No las deben sacar de sus casas que son las vías. ¿Ven a ese lagarto? Se lo decomisamos a unos tipos que lo usaban para magia con collar de ahorque, pobrecito. Lo estamos salvando de a poco. Al rato andábamos entre los rieles, el lugar del crimen. Nadie quería jugar ni nada. Con el atardecer encima, hartos de nuestra estupidez, asqueados del homicidio apedreamos el portón de Diego, como para hacer algo, como para salvarnos y convencernos
que nunca fuimos ni éramos espartanos, sino infantiles reyes idiotas que le bajaban el pulgar a las viditas que poblaban la arena caliente.

*Fuente:http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-20428-2009-09-30.html

*

Cansada de la impiedad de esa mujer, rompió los espejos.

Despechada*

Le costaba admitirlo porque nunca fue rencorosa, era cierto estaba
despechada. Después de la ruptura se le habían quedado los pechos en la boca y las manos de él.
Tenía que ver cómo hacer para que volvieran.
El alma sin ellos que la cobijaban quedaba demasiado expuesta.

*Textos de Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar

Hasta siempre*

Cuando Rosario despertó creyó que seguía adentro de ese sueño que la acompaña cada tanto desde niña. Abrió un ojo entre ruidos de alas de palomas que buscaban ventanas donde recibir el sol tibio, de una mañana de otoño. Era un sueño realmente tortuoso, ella bajaba escaleras estrechas y mal iluminadas, apenas guiada por una leve luz, quizá una candela que parecía estar unos escalones más abajo, pero que no dejaba de alejarse, se sentía siempre al despertar haciendo el recorrido por una torre de babel, pero no hacia un cielo libre, sino al fondo de la tierra, quizás a su más temido infierno. Es curioso, nunca en el sueño amagaba dar media vuelta y volver sobre sus pasos, dejar de bajar infinitos peldaños de cemento, casi a oscuras buscando una luz que se extinguía o se alejaba cuando ella más cerca creía estar. Quiso salir con alguna ironía, y solo recordó una frase atribuida a Jorge Luis Borges, que leyó hace un tiempo en el suplemento cultural de La Jornada, "todos somos no videntes, yo soy ciego", y pensó si no era justamente eso lo que ella vivía en ese sueño repetitivo, un andar a ciegas sin saber a ciencia cierta a donde iba ni para que....
Trato de olvidarse de la angustia que acompañaba su despertar después de cada vez que soñaba su descenso por las escaleras oscuras, volvió a la noche anterior, su deambular por el lobby del hotel, su indecisión expresada en cada paso... salir a cenar en una mesa de soledad entre miradas desconocidas, comer en el salón comedor del hotel en la misma situación.... pensó que seria más ella comiendo en su habitación, como lo haría cualquier mujer que ha quedado sola por las ocupaciones de su pareja, -a esta hora Daniel esta volando a Mendoza, pensó, quizás le sonríe a una azafata rubia con ojos de cielo casi mar y le pide la segunda medida de whisky. Mañana temprano organizara la agenda y luego me llamara al celular. Quizá ordene un ramo de rosas amarillas y rojas para que las reciba a primera mañana en la habitación, -para hacerme sentir su presencia después de una noche sin sentir su cuerpo cercano al mío....
Ella pensó en esta cierta dependencia en los negocios que Daniel tiene con los hoteles Hyatt que lo hacer viajar tanto por el mundo, con ella inclusive cada tanto.... recordó la luna de miel en el hotel Regency de Mérida, donde por suerte no hubo reuniones ni llamadas al celular, ni videoconferencias, ni nada de las cosas a las cuales había terminado por resignarse, tanto como a la ambición de dinero de su marido, en fin, son tres años de "matrimoño" como ella les dice a sus amigas, y en pocos años no quedan ilusiones y cada uno es como es.... alguna emoción le surge cuando aparecen las imágenes de las últimas vacaciones en el Hyatt de Casablanca, ese pueblo increíble, otra cultura... esa caminata que hicieron por callejuelas fue una aventura, Daniel la llevaba tomando fuerte su mano izquierda, con su mano derecha transpirada de emoción o de percepción de peligro, esa pregunta a los turistas franceses, la búsqueda del bar de "Rick" Bogard...
Cuando volvió al aquí y ahora, estaba casi en el mismo sitio y sintiéndose seguramente observada, expuesta, en su inseguridad. allí mismo busco al conserje y pidió una carta para cenar en su habitación , el conserje le dijo que hoy el principal chef del hotel esta sirviendo sus platos personalmente, que podría elegir tranquila en la habitación y luego de una módica espera de una hora recibir el menú.
En el ascensor, pensó si el chef sería ese hombre de uniforme blanco, casi como se visten los doctores de los hospitales, pero con ese inconfundible, hasta ridículo, gorro colorado.
Piso 12, habitación 1223, entró, una leve brisa modela fantasmas en la cortina de la ventana que mira al río. Decidió ponerse cómoda, una ducha caliente, salir goteando por la alfombra y secarse sobre la cama, ahora las medias cortas, el portaligas y esas bragas minúsculas que compro en el último viaje a Madrid, apenas una tira que deja ver sus glúteos firmes y salientes, los que las amigas mexicanas siempre le envidian... Laura, su amiga escritora le dijo una vez que le cambiaba su don por las palabras por tener un par de meses esa cola que hacia girar a los caminantes, y distraer a los conductores.... hasta sintió culpa en aquel choque, cuando el conductor del Seat se llevo puesto a un autobús detenido en el semáforo.
Ella se río, mucho, pero mucho con la ocurrencia de la Esquivel y le dijo que con gusto le cambiaba sus hermosas asentaderas por el talento de escribir un libro como "Íntimas Suculencias", su tratado filosófico de cocina, y pensó para adentro que la comida es lo único que te da placer al menos dos veces al día... (Que exagerada, esta Laura... como si fuera el culo de Jennifer López...)

luego se coloco su salida de cama sin molestos corpiños, su bata es casi un tul transparente bordado de infinitas alas de mariposa, y ella adentro casi como una crisálida con alas de noche plegadas.
Prendió el televisor de fondo, mientras miraba la carta empezó a reírse de los nombres de los platos del cocinero estrella el "chef Kabuki":

- Kanikama deconstructivo.
- Sake Confucio.
- Sushi a la Nietzsche.
- Chop - suei Socrático.
- Canelones a la Marx y Engels.
- Ñoquis gratinados con salsa Zizek.

y se detuvo a carcajadas en "Salmón Savater", quizá por que esa tarde había estado en la feria del libro de Buenos Aires y se había comprado "Los diez mandamientos en el siglo XXI". Bueno, el salmón Savater no es otra cosa que Salmón rosado de Chile, cocinado a la crema y servidos con champignon y papas noce, bueno vamos a probarlo, toco las teclas: 2, 4, 9... -puede enviarme a la suite un servicio de cena con servicio a cargo del chef...? , si, 45 minutos, Salmón Savater por favor, sin vino, solo hielo, agua mineral y ensalada de frutas de postre. -Hoy voy a tomarme el Cabernet Sauvignon que compre en la feria de vinos de Firenze.
Movió el control remoto por los canales de aire de Buenos Aires, se quedo con Susana Giménez, el programa de mayor audiencia esta hora, que bárbaro se dijo¡¡¡¡¡, todo es dinero aquí.... todos los participantes se acercan por premios en dinero o especie, un bingo, niños que llevan mascotas, incluso sapos y arañas.... ( Nueva risa que hace eco en la soledad de la habitación ) al pequeño participante se le ha escapado la tarántula del frasco y Susana Giménez escapa a la velocidad de una gacela seguida por las cámaras...
Ahora Susana llama a personas que han pagado por insertar su numero de teléfono en un enorme recipiente que desborda papelitos pequeños.... teclea, sonido de llamada...
-haayyyy.... Susana, sos divina, le pedí tanto a Dios que me llamaras....
-Como te llamas?
-Malena... , le pedí tanto a Dios por que lo necesito tanto....
-Bueno, detrás de que casillero están los 24.000 pesos...., el 23
-No querida estaban , en el 44, pero te llevas una cafetera y 1000 pesooos.
"No invoquéis mi nombre en vano", pensó Rosario siguiendo mentalmente la relectura de los mandamientos por Savater.

***

José, subía en el ascensor con el servicio exclusivo cena servida por el chef pedido por la habitación 1223, todavía se reía solo con las graciosos ademanes de los italianos, había tenido que compartir un par de rondas de vino para no ofenderlos y escuchar sus comentarios altisonantes y los ademanes que hacían sobre las maravillas que veían en las calles, mujeres argentinas, turistas brasileras.. El siciliano, estaba totalmente sacado, decía que no se iba sin "fatare una nigra"..
Ya estaba en el 12....

Rosario apago el televisor y volvió a escuchar a Luis Miguel, casi no escucha el timbre y presurosa cierra su bata por pudor y atiende la puerta con un seco y corto adelante señor...
es el mismo ? la ropa blanca el sombrero colorado que debe cuidar por su altura en cada marco de puerta, el gran Chef Kakuki es más bien alto, tiene incorporado torcer el cuerpo hacia adelante y agachar un poco la cabeza para que su gorro pintoresco de chef no caiga en cada umbral y demuestre sus pelos negros ya encanecidos.

El hombre, recibe sin duda el impacto, ha llevado el menú a una habitación de las más exclusivas del hotel, con doble ventanal, dos baños, un estar comedor separado de la cama matrimonial por una arcada, amoblada por finos muebles de roble de estilo antiguo.
La mujer que ve José es sin duda inquietante, no solo por su desnudez apenas cubierta por una especie de bata, una larga y vaporosa transparencia que cubre su cuerpo hasta la desnudez total de sus tobillos y pies menudos hundidos en la alfombra color rojo fucsia.
Esta mujer morena, de pómulos salientes y ojos pequeños, negros brillantes, quizá sea extranjera, aunque su tono de voz no es abierto, quizá sea nativa de algún punto de Centroamérica... pero no se animo a preguntar y menos a mirarla demasiado..., el servicio de chef llega en un carrito que incluye una pequeña hornalla a gas para regular la temperatura del plato al de servirse, una conservadora de bebidas, hielo, cubiertos, todo queda en la habitación hasta la mañana siguiente... es ideal para una cena íntima y sin apuros, sólo cortada por impulsos del deseo y la palabra.

Rosario, ve preparar la mesa a ese hombre fornido y callado. En una de sus momentáneas ausencias recuerda el poema de su amiga Laura

"Qué lejos estoy del suelo donde he nacido
inmensa nostalgia invade mi pensamiento,
y al verme tan sola y triste cual hoja al viento
quisiera llorar, quisiera morir de sentimiento"

así se siente ella, como una hoja al viento en este destemplado otoño argentino, con lluvias y cielos oscuros, cerrados...

José ha concluido las instrucciones, la mujer lo observa desde el fondo de su mirada penetrante, el sigue evitando recorrer su cuerpo con alguna mirada, algo pueda abrir grifos de deseo en este, su lugar de trabajo.
Cuando casi no queda nada por decir sino, "buenas noches, señora, que disfrute su plato", la mujer ha girado y mueve su silueta trasparente, casi de aire, hacia la ventana angosta que mira al río...
José. puede ver los movimientos de su cuerpo por debajo del tul, el contorno de sus piernas altas y flacas y su movimiento que parece el de una modelo en la pasarela, pero más lento, como la quietud de un enorme trasatlántico en la proximidad de amarrar al puerto.
La ventana este es más bien estrecha, casi un mirador individual, unos 70 u 80 centímetros por un metro y medio de alto, la mujer recuesta levemente su cuerpo sobre el umbral de madera lustrada, saca su cabeza al viento y lo llama:
-Por favor, puede contarme algo de este paisaje....
José se acerca recorriendo la figura de la mujer, la ve casi recortada contra un cielo inmenso de estrellas, imagina incluso que su cuerpo es apenas una ilusión absoluta, un producto de su imaginación como cuando en su niñez se tiraba en el pasto de la chacra de su abuelo e inventaba figuras uniendo estrella con estrella, claro que eran otras figuras, siempre volvía con el parte de sus figuras encontradas al regazo de la abuela Anita: vi dos leones con melenas, una jirafa enorme cuyo cuello cruzaba todo el cielo y la cabeza se perdía en el sur, detrás del monte oscuro... un hipopótamo blanco, una tropilla de alazanes....
La abuela no le creía demasiado pero siempre decía, -con esa imaginación vas a llegar lejos josecito....
José se acerco a la ventana quedando al lado, casi atrás de la mujer para no cortar su visión...., ¿cómo describir esto? Toda la orilla de la ciudad contra el río se podía ver desde allí, un río iluminado por una luna plena, las luces de los faroles de la costanera , mas lejos aun las curvas de San Isidro, apenas una intuición sobre el Delta, no importaban sus palabras textuales.. Ella le preguntaba una y otra cosa, como si quisiera que ese momento no termine más que él no se vaya de allí. Como un río llamado por las mareas, ella empezó a ondular su cuerpo, a soltar el movimiento de sus caderas siguiendo, transportándose con el "contigo en la distancia" de la voz de Luis Miguel que llevaba su magia por los aires, se confundía con las luces y los sonidos de una ciudad cada vez más ausente. Y ella movía sus caderas, lentamente, la fusión de la palabras y paisajes había acercado su cuerpos a un leve roce, apenas una caricia de los glúteos de Rosario en la zona erógena de José, recién allí él se permitió descender con la mirada desde el perfil del rostro de la morena y bajar por sus cabellos que como ramas de sauce descendían por su espalda... no pudo evitar ver su cuerpo, su cola apenas cubierta del tul traslucido y una delgada línea negra de encaje por ropa interior. José apenas podía atender las señales de peligro de la conciencia, una transgresión en su lugar de trabajo le podía costar el empleo y sus ingresos relativamente altos de Chef principal de un exclusivo hotel.
Rosario tampoco podía pensar, solo dejaba llevar su cuerpo y seguía escuchando la palabra de ese hombre que le hablaba con una voz pausada desde atrás de su pelo, casi como una voz interior...
José, dejo de mirar el cuerpo de Rosario y elevo la mirada, la noche clara de estrellas lo transporto a La cocha, San José de La Cocha para ser más precisos su pueblo Tucumano, las noches con el cielo estrellado cayendo sobre el mundo, y él de espaldas al pasto soñando despierto... La Chacra del abuelo y sus frutales, el otoño era primavera y los frutales estaban florecidos, los duraznos y manzanos reventaban en flores y derramaban aromas de celo, sus 16 años, su crecer de golpe cuando Papá se fue y no volvió...
Y aquella, la primera vez con Mariana, su amiga de la infancia de la Chacra de los Enrique, ella que se colgaba de las ramas bajas y lo apretaba con sus piernas en tijera por la cintura, él levantando su pollera a cuadros y embistiendo como un toro, entrando, llenándola de leche...
Cuando bajo la vista se dio cuenta que estaba definitivamente perdido, que sus brazos abrazaban a la hermosa desconocida, que su pene plenamente erecto jugaba al mismo vaivén de ese hermoso culo.... ya no era él, José, sino un macho entregado a su instinto... Rosario, se giro, le coloco sus manos en el cuello de él y se fusionaron en un largo beso hasta perder el aire y olvidarse de la ventana y el paisaje de una ciudad anónima muriendo en sus orillas.
El la alzo con sus manos sosteniéndola desde la cola, como a Mariana, aquella vez, ella cruzo sus piernas abrazando su espalda, cerrando con un candado de talones desnudos a la altura de su coxis. Así estuvieron , largo rato, perdiendo el aire, danzando a Luis Miguel... ella abandonando pisar el suelo, sin querer pisarlo nunca más. Él sintiendo que los pechos de ella le perforaban el pecho y le hacían sangrar hasta el corazón....

Hasta que llegaron al borde de la mesa y ella dejo caer lentamente su espalda, dejando sus pelos como centro de mesa. Allí estuvieron, él empezó a penetrarla, a golpear con fuerza y lejanamente oír gemidos y un -más...., más..., con el segundo orgasmo la llevo a la cama, en los aires, sin salirse de adentro de ella, allí siguieron como una eternidad, hasta que descubrió que el sueño los vencería.... -Me tengo que ir.... sos una hembra hermosa, dijo José, Y Rosario que ni siquiera dijo que se llamara Rosario ni tuvo tiempo de inventarse un nombre de fantasía para su aventura. Hubiera querido decirle: -me sentí plena, la mujer más deseada del mundo. Pero guardó silencio.
Se acomodaron las ropas sin quitarse la mirada, y después de un silencio que podría haber significado "hasta siempre", él cerro la puerta y se fue.

*de Urbano Powell. urbanopowell@yahoo.com.ar
-Texto del año 2004-

¿Qué hago ahora?
(o Dónde pongo lo hallado)*

*Silvio Rodríguez

Dónde pongo lo hallado
en las calles, los libros, las noche,
los rostros en que te he buscado.

Dónde pongo lo hallado
en la tierra, en tu nombre, en la Biblia,
en el día que al fin te he encontrado.

Qué le digo a la muerte tantas veces llamada
a mi lado que al cabo se ha vuelto mi hermana.
Qué le digo a la gloria vacía de estar solo
haciéndome el triste, haciéndome el lobo.

Qué le digo a los perros que se iban conmigo
en noches pérdidas de estar sin amigos.
Qué le digo a la luna que creí compañera
de noches y noches sin ser verdadera.

Qué hago ahora contigo.
Las palomas que van a dormir a los parques
ya no hablan conmigo.

Qué hago ahora contigo.
Ahora que eres la luna, los perros,
las noches, todos los amigos.

(1969)

-Enviado para compartir por Verónica Capellino veroaleph@hotmail.com

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"Del derecho y del reves de la memoria"
Octubre

Bien lo sabia Manzoni: “Los provocadores, los avasalladores, todos aquellos que, de alguna manera, cometen injusticias, son culpables no solo del mal que cometen sino tambien de la perversion que provocan en el animo de los ultrajados”.
Citado por Primo Levi en “Los hundidos y los salvados”

Lunes 05/20:00
“Miseria: ¿en que sentidos? Una aproximacion al mundo metaforico animal en la obra de Victor Hugo”
David Fuks, psicologo, docente, escritor, editor.

Lunes 19/20:00
“Miserias y memoria. Una aproximacion a la zona gris humana”
Laura Capella

Lunes 26/20:00
"Cómo mejorar los resultados en el estudio. Verdades y mentiras sobre Lectura Veloz, Comprension y Memoria. Recursos para docentes y alumnos"
Juan Carlos Paradiso, medico, profesor y licenciado en C. de la Educación, maestrando en Educación universitaria. Ha sido Decano de la Universidad del Comahue, Director regional de Educacion. Autor de libros y numerosos trabajos cientificos en temas de salud y educacion. En el exterior fue Docente invitado en las universidades de Salamanca, Murcia, Sevilla. Es Profesor por concurso de la Universidad Nacional de Rosario.

Creadora y responsable del ciclo: Ps. Laura Capella, psicoanalista
Lunes 20 hs.
Entrada libre y gratuita
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Auspician:
· Facultad de Psicologia, UNR
· Colegio de Psicologos de la Prov. de Santa Fe, 2da Circ. y su Foro en Defensa de los Derechos Humanos (FODEHUPSI)
· CEIDH (Centro de Estudios e Investigacion en Derechos Humanos-Facultad de Derecho. UNR)
· IPF (Instituto de Investigaciones en Cs. Sociales, Etica y Practicas alternativas "Paulo Freire" - Facultad de Derecho. UNR.)

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29/09/2009 GMT 1

LA LOCURA ES PODER VER MÁS ALLÁ...

urbanopowell @ 15:07

LA ESPERANZA*

Era un refugio la esperanza.
Que el sol reverenciara la mañana,
que alguien me diera su sonrisa,
que entendiera el trino de los pájaros,
que flotara en la nube, que brincara
sobre buenos deseos y promesas.

El refugio era la esperanza…
Pero un pájaro murió sin dar su trino
y el sol enlutó su sentimiento;
por eso amaneció un poco tarde.
No hubo ni promesas ni reencuentros…
¡Qué desnuda quedé ante la vida
cuando enterré en el jardín mis esperanzas!

*de Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar

LA LOCURA ES PODER VER MÁS ALLA...

MI PIEL*

...Su piel había memorizado calles
para que yo, esta noche, las recorriera todas..
Jorge Boccanera.

Mi piel: Toda una huella inmensa.
Un escozor, una angustia, un camino.
Memorias recorridas, una por una.
Piel de café con leche. Esfumada borra de café.
Rastros de sal .Anhelos orientales. Furia de mar.
Inmolar la sal. La furia. Los anhelos.
Abrocharse el oído y zurcirse la boca.
Abrirse el pecho y soterrar las voces.
Buscar el jardín y el jardinero.
La piel de niña y el trébol de cuatro hojas.
Calmar la sed en rosas clandestinas.
Rocío de violetas y pulso sin urgencia.
Viejo puente filial. Resurrección de espigas.
Tropel de tizas. Delirantes almendros de la siesta.
Antiguo oficio del poema. Temblores.

Mi piel, toda una huella inmensa.
Allí se grabará, lo sé, sin duda, mi destino.

*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar

La sorda*

Aquella tardecita hasta la lona de la galería estaba dura de la helada.
Había un revoltijo como nunca mi dios. El bochinche de los vecinos de atrás me hacía confundir, pero esa tarde era una como no hay dos y me mataba la curiosidá, así que me pegué a la pared y no le aflojé hasta enterarme qué pasaba allá al lado.
Y sí, se lo dijo al viejo nomás. El crío venía en camino.
La silla se arrastró hasta la otra punta. La pobre debía andar a los tumbos escapándose del viejo. Malo el viejo, y padrillo el atorrante.
La Raquel y la Mirna también andaban con el bombo, pero la única que se lo aguantaba al viejo con la tos y el hilo de baba era la pobre.
Yo no sé de qué se estrañaba tanto si cuando la otra noche salió a tomarse el tinto al patio se había puesto reverde como siempre, la pobre le acercó la chata y el muy baboso, vamos querida, un favor no se le niega a nadie.
Qué nochecita mi madre, qué de quejido; al diablo la chata y la silla de rueda, yo no sé ni cómo hicieron.
Y ahora tanto escándalo, como si se olvidara el viejo.
La pobre le hizo más que un favor.
La Juana se lo había anunciado el otro día a la salida de la misa, estás más preñada que nunca querida, si no lo querés andá rápido a ver a la vieja.
Y la pobre qué sabía.
La vieja no quería más problema con la policía, le sacó unos pesitos y se lo dejó adentro, total, el viejo en cualquier momento estiraba la pata y la pobre se quedaba con la casa.
Así que al tiempo, meta pis de sapo y rama de perejil, vela negra y té de ajo. Acá al lado se aguantaban cualquier cosa.
Y bué, se lo tuvo que decir al viejo.
Y le quiso explicar al viejo, que ella no quería quedarse con todo, no era de esas, pero él sacó un rebenque que tenía por ahí y ella se tenía que defender y él forcejeaba y forcejeaba, y una banqueta que volaba y daba contra la pared, porque la pobre era estúpida pero no tan tonta, le esquivaba.
Más loco se ponía el viejo. Ella lo quería parar, nada más. Lo juró hasta por el crío, pobrecito.
Y ahí nomás de pronto todo se quedó quieto y esa cumbia de los de atrás que no me dejaba oír bien.
Cómo lloraba esa pobre, se quejaba tanto que cada suspiro duraba que parecía que la helada los había agarrado a ellos también.
Al viejo no lo escuché más.

Qué leibacer yo, el borreguito no da tanto gasto dentro de todo y yo no podía perder el susidio de la municipalidá, después de tanto mendigar.
Yo, qué voy a oír si soy sorda, tuve que decirles.
Se lo llevo a la pobre las pascuas y las navidades y el crío le dice tía.
Un favor no se le niega a nadie.

*de Lucía Cinquepalmi luciaguionbajo@gmail.com

El parto*

*Eduardo Galeano

Tres días de parto y el hijo no salía:
-Tá trancado. el negrito tá trancado -dijo el hombre.
Él venía de un rancho perdido en los campos.
Y el médico fue.
Maletín en mano, bajo el sol del mediodía, el médico anduvo hacia la lejanía, hacia la soledad, donde todo parece cosa del jodido destino; y llegó y vio.
Después se lo contó a Gloria Galván.
-La mujer estaba en las últimas, pero todavía jadeaba y sudaba. A mí me faltaba experiencia en cosas así. Yo temblaba, estaba sin un criterio. Y en eso, cuando corrí la cobija, vi un brazo chiquitito asomando entre las piernas abiertas de la mujer.
El médico se dio cuenta de que el hombre había estado tirando. El bracito estaba despellejado y sin vida, un colgajo sucio de sangre seca, y el médico pensó: no hay nada que hacer.
Y sin embargo, quien sabe por qué, lo acarició. Rozó con el dedo índice aquella cosa inerte y al llegar a la manito, súbitamente la manito se cerró y le apretó el dedo con alma y vida.
Entonces el médico pidió que le hirvieran agua y se arremangó la camisa.

-Enviado para compartir por Matilde López Camelo. caminandosignosfm@hotmail.com

*Para escuchar el texto en la voz de Eduardo Galeano: http://www.ipernity.com/doc/dcasallart/299171

Llamada de ultratumba*

Filomena Gómez falleció de cáncer hace dos años, cuando tenía 55. Ahora, y según su familia, lleva una semana comunicándose con ellos a través del móvil y pidiendo que le quiten del pecho la cruz con la que fue enterrada.
Por esta razón, su familia acudió al juzgado de guardia de Granada, para solicitar un permiso y poder exhumar sus restos. El juez, atónito, atendió a los familiares de Filomena y escuchó los sonidos grabados en el móvil, "procedentes de ultratumba". La hija asegura que su madre dice: "Ven, ven... la cruz".

El juez les remitió a un cura porque el caso excedía de su competencia.
El cura pidió permiso a su obispo para iniciar los trámites de exhumación. La respuesta negativa del obispo fue tajante y la documentación anexa a su negativa concluyente: "Preguntada la compañía telefónica, quedo claro que la señora no podía llamar porque no tenía saldo".

*de Joan Mateu. joan@cimat.es

*

Camino sin saber adonde puedo aterrizar y vuelo sin entender la carretera .
El pasado vive en el espejo retrovisor y la esperanza de vagar la vida satisfecho
va adelgazando.
Árboles que propinan sombras y un sol que salpica .
La playa no revela su lugar.
El corazón sigue erguido y rojo. con animo de vencer.
Los labios con sed de océano. peleando por no deshidratarse.
La aurora se transfigura , el atardecer se exhibe y la luna se planta.
Las épocas transportan incógnitas y el equipaje se renueva .
EL mar levanta la voz y se tapa la boca. el viento despista.
A lo lejos una embarcación suspendida en la arena me convoca al descanso.
Cierro los ojos e imagino los sucesos no ocurridos.
Respiro profundo y la humareda escala cielo.
Olvide que la espera callejea sobre muletas.
Tal vez suba la marea y brote en otro muelle.
A escaso trayecto de tu umbral, a exiguo espacio de tu aliento....

*de Damian Bonavota. damianb@cuspide.com

Medley*

*Por Rodrigo Fresán
Desde Barcelona

UNO La palabra medley –según la Wikipedia– significa “una serie de canciones o trozos de canciones unidas en una sola interpretación larga”. La enciclopedia on-line aclara que la maniobra medley suele ponerse en marcha cuando se trata de rendir tributo a otro artista. Una manera de contarlo y cantarlo todo en poco pero sustancioso tiempo. Un resumen de lo ejecutado a cargo de un segundo o tercero que, por lo general, no suele hacerle justicia al primero. Pero, dicen, lo que importa es el gesto.

DOS Mi primera percepción de la palabra medley –señorita, yo, yo, yo.. ¿no ve que levanté la mano primero?; señoras y señores, ¿dejaremos alguna vez de hablar de ellos?– tiene que ver y oír y sentir con Los Beatles. Ya saben: el Lado B de Abbey Road, despedida que la semana pasada –26 de septiembre– cumplió cuarenta años y que, originalmente, iba a ser el Lado A. Lo que, claro, habría cambiado toda la historia: porque entonces la leyenda terminaría no con el epifánico “The End” y la bromita accidental de “Her Majesty” (que quedó allí gracias al descuido del junior de estudio John Kurlander) sino con ese brutal y ominoso coito interrumpido para siempre de “I Want You (She’s So Heavy)”. Me entero de todo esto que no sabía sobre el medley de Abbey Road –al que Los Beatles siempre llamaron “The Big One” o “A Huge Melody”– en el último número de la revista inglesa Mojo, que dedica su portada a la efemérides y viene con un cd-regalo de Abbey Road radicalmente reinterpretado in toto por nombres como Robyn Hitchcock, Cornershop, Glenn Tilbrook. Y lo más curioso –o no– de todo: en esta versión conmemorativa y 2009, el medley aparece de-sarticulado, suelto, como si a los de ahora les resultara imposible pegar lo que entonces reunieron con tanta gracia y elegancia aquellos que se estaban separando.

TRES ¿Y alguna vez terminaremos de saberlo todo sobre Los Beatles? Supongo que no. Y está bien que así sea. Supongo, también, que olvidamos muchas de las cosas que sabemos sobre ellos para experimentar el infantil y maduro placer de que nos las vuelvan a contar de otra manera. Los Beatles –la leyenda cierta de Los Beatles– funciona un poco como los cuentos de hadas de ya varias generaciones. La inolvidable historia siempre es la misma pero –para algunos la bruja es Yoko, para otros el ogro es Paul, John es en ocasiones el más feroz de los lobos, George es el mago melancólico y Ringo el bufoncillo más valiente que todos los demás– no deja de estar sujeta a variaciones y a nuevos hallazgos en el bosque de su trama. Leyendo Mojo me entero también de que las sesiones de grabación no fueron tan amigables como se las contó hasta ahora (una tregua después de la batalla de Let It Be que todos intuían como el final de esa aburrida guerra pero, también, de tanta divertida paz a lo largo de los años); que en principio Lennon insistió en que todas sus canciones estuvieran juntas en un solo lado y separadas de las de McCartney, y que el título que primero se pensó para el disco fue el de Everest. Everest era la marca de cigarrillos mentolados que fumaba el sufrido Geoff Emerick, mano derecha de George Martin. La idea fue de McCartney y así ligar todo el asunto a la idea de pináculo, de lo más alto, de imposible subir más. Y hasta se pensó en despachar a la banda a los Himalayas y fotografiarlos allí. Pero enseguida todos se miraron, lo pensaron mejor y se dijeron: “Saben qué, hagámoslo aquí mismo, salgamos a la calle, una foto rápida, cruzando de una vereda a otro, llamémoslo Abbey Road”. Y así fue, así sigue siendo, todavía están allí, en fila, para siempre, camino a ninguna parte y a todos los lugares del universo.

CUATRO Y el medley, claro. Lo del principio de esta contratapa y lo del final de ese disco. Lo para mí intrigante del medley son dos cosas. La primera de ellas es que son pedazos de canciones que nunca fueron más que pedazos. Al menos, no he oído en ningún pirata ni en la correspondiente Anthology los restos inmortales de alguna de ellas. Lo que nos llegan –luego de “Here Comes the Sun” advirtiéndonos que aquí viene la luz de lo más luminoso aunque aparezca teñido de cierta tristeza– son partículas, piezas de rompecabezas, palabras de crucigrama difícil que sin dificultad acaban componiendo la discusión apenas codificada de una ruptura. Se habla de que “nunca me das tu dinero”, del fin de un “sentimiento mágico”, de “no tener dónde ir”, de saber que se llevará “esa carga por un largo tiempo”. Y, al final –luego del único solo de batería de Ringo (quien odiaba los solos de batería), del trío de guitarras eléctricas en llamas y del mantra insistente de un love you, love you– se acaba en el amor y en cierta forma de justicia: te llevarás la misma cantidad que hayas dado. “Una línea muy cósmica y filosófica”, según Lennon. La segunda de esas cosas es que –conscientes de que la fiesta se acaba– Los Beatles arman su propio medley en base a greatest hits fantasmales a la vez que futuristas y se autohomenajean a sí mismos. Como diciéndonos que les queda tanto adentro, que aquí va una muestra de lo que yace en cajones que nunca serán ataúdes, pero que –es una pena– se terminó el tiempo disponible. Así que esto es algo así como los títulos al final de la película aunque, oh yeah, all right, vas a estar en mis dorados sueños esta noche.

CINCO Esta mañana escribo todo esto sobre el medley de Abbey Road –ahora que lo pienso, estas contratapas tienen, por lo general, iguales modales pero tanta peor educación– y me digo que toda vida es un poco medley: fragmentaria, saltarina, espasmódica e imprevisible. El problema es que rara vez se alcanza un final –uno de esos finales que nos permiten mirar atrás con la certeza de haberlo hecho– como “The End”. Quizá todo se deba a que las vidas de nosotros son –gracias otra vez, Wikipedia– más popurrí o poupurrí o poupurrit o pot-pourri: sinónimos bastardos de medley que, también, sirven para designar un popular platillo ibérico de tufo planetario también conocido como olla podrida. Nombre este último que, me parece, se ajusta perfectamente cuando se trata de definir numerosas existencias de seres que jamás deberían existir o haber existido. Es decir: si hiciste las cosas bien, te toca incorruptible medley; si no, a la olla y a pudrirte.
En cualquier caso –subida de impuestos en España y en plena recesión que no ha sido explicada como se debe a los contribuyentes (¿se aumenta para hacer frente al creciente gasto social o para salir de la crisis o porque el gobierno tiene deudas?), escandalillo por una foto de las hijas de Zapatero de viaje por EE.UU., protestas evangélicas por la venta libre de la píldora del día siguiente, informaciones contradictorias por lo de la gripe A, nuevas porquerías del PP saliendo a flote, ese Maxwell en Irán, ese Mean Mr. Mustard en el Vaticano”– Los Beatles han vuelto a salvarme, por un rato, de pensar en cosas desagradables para después tener que ponerlas por escrito. Para esto estaban, están y seguirán estando, también, Los Beatles.
De verdad –de nuevo, no será la última, siempre habrá un Había otra vez... para estos cuatro masters remasterizados– nunca suficientes muchas gracias por todo lo que nos dieron y nos siguen y seguirán dando y, come together, todos y todo junto ahora.

*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-132566-2009-09-29.html

El tuerto y los ciegos*

*Intérprete: Sui Generis
*Autor: Charly García

Desnuda de frío y hermosa como ayer,
tan exacta como dos y dos son tres.
Ella llegó a mí, apenas la pude ver
aprendí a disimular mi estupidez.

Bienvenida Casandra!
Bienvenido el sol y mi niñez,
sigue y sigue bailando alrededor,
aunque siempre seamos pocos los que
aún te podemos ver.

Les contaste un cuento
sabiendolo contar
y creyeron que tu alma estaba mal.

La mediocridad para algunos es normal
la locura es poder ver más allá.
Baila y baila Casandra!
Digo bien, bien, bien!
La pude ver:
no hablo yo de fantasmas ni de Dios
sólo te cuento las cosas que
se te pueden perder.

*FUENTE: http://www.rock.com.ar/letras/1/1978.shtml

Un ángel en la tierra*

Conocí a Horacio Rossi en los primeros ’90. Yo llevaba a cuestas un manojo de insatisfacciones y de poemas “nerudianos” que me interesaba compartir con algún representante del mundo de las letras.
Pocos años antes, había yo tardíamente descubierto mi vocación de entrelazar palabras.
Nos conectó la pintora Zulma Molaro, ya por entonces paciente y entrañable amiga.
Zulma al conocer mi intención, se comunicó con Horacio, y convinimos en que yo le dejaría mis trabajos en un sobre, en la secretaría de la clínica donde yo trabajo.
Pocos días después recibí su respuesta: un poema de bienvenida y generosa bienaventuranza, en su particular estilo de grandes letras manuscritas desparramadas ampliamente por la hoja, y que remataba con su típica flor y su firma: “Horacio Rossi en La Terraza ”.
No pude menos que sorprenderme ante esa inesperada muestra de afecto y de buenas intenciones. Nos pusimos en contacto telefónico y convinimos un encuentro en “La Terraza”.
Recuerdo de ese encuentro, el intenso celeste de aquel atardecer, el lugar en el que nos sentamos, sus comentarios generosos acerca de mis trabajos, su sonrisa. Nos quedamos hasta bien entrada la noche y regresé como siempre desde entonces, con varios libros bajo el brazo, y la agradable sensación que en el alma deja el contacto con la buena gente.
Poco a poco, reunión tras reunión, recital tras recital, fui conociendo a este personaje tan singular y a quienes fueron desde entonces queridos amigos comunes.

Con su morral en bandolera, con lápiz y cuaderno, Horacio era poeta de a pié, en la calle o en los bares, frente al mar o en la montaña, no sólo escribía poesía, él era poesía.
Renegaba de las instituciones, de normas y convenciones, diría que del saber preestablecido en general. A la manera nietzscheana pensaba y transmitía con vocación docente, la libertad en el pensar y en el hacer, particularmente en el ámbito de la literatura.
Poco tiempo antes de morir, mi hija Ailén mantenía con Horacio un fluido intercambio a propósito de sus primeras incursiones literarias. Ella argumentaba citando a Sastre o algún otro, Horacio le decía que a él le importaban sólo sus propias opiniones. Así pensaba, así vivía y transmitía en forma permanente.

Muchos jóvenes escritores se acercaron a escucharlo. A todos recibía celebrando, abrazando, brindando por la ocasión y por la vida. A todos estimulaba, sugería lecturas, prestaba libros. Pero, fundamentalmente, a todos animaba a ejercer su libertad y autonomía.
Se definía incapaz de emprendimientos comerciales, de proyectos a largo plazo, de sujetarse a lo preestablecido. Su mundo era poesía, la del bien, la del amor y el culto a la amistad. “Los amigos son una costumbre solar…” supo escribir. Qué más puede decirse…

Algunos habrán dicho que era un niño, casi un inocente. Nadie puede ser siempre bueno, siempre desinteresado, siempre generoso. Sólo un niño puede. Pues bien, yo no he conocido de él otras facetas. De hecho no era niño, y menos inocente en el sentido vulgar de la palabra. Pero vibraba en una “longitud de onda” diferente, como una locura de bondad, fraternidad e inocencia creadora invulnerables.

Las siguientes estrofas escritas por Chamalú, indio quechua que vive en Cochabamba, Bolivia, de alguna manera describen el andar de Horacio Rossi por el mundo:
Soy guerrero
mi espada es el amor
mi escudo, el humor
mi hogar la coherencia
y mi texto, libertad

Horacio fue un hombre extensamente bueno, poeta caminante inclaudicable, un guerrero de amor y libertad, un ángel en la tierra.

Qué mejor regalo que su vida…

*Guillermo Heredia
Noviembre de 2008

Homenaje*

"Perduro como un árbol cuya sombra te llevás sonriendo."

Horacio Carlos Rossi
en la Terraza.
(1953-2008)

El domingo 4 de octubre nos vamos a reunir en el árbol, el lapacho de Boulevard, para homenajear a Horacio Rossi en el día de su cumpleaños.
La cita es a las 18.00 h. en Boulevard Pellegrini entre 1º de mayo y 4 de enero, frente a su casa.
Luego, con los que quieran acompañarnos, recordando la significación que tenía ese día para él, en Dai Sladsky, Bvard. Pellegrini 2969, compartiremos una torta en su nombre.
Los esperamos!

*Enviado para compartir por Oscar Agú. cachoagu@yahoo.com.ar
-El próximo domingo, 4 de octubre, es la fecha del que era el cumple de Horacio. Nos vamos a reunir a las 18 hs para recordarlo. Ese mismo día, domingo, a la noche en un programa radial "El hombrecito del azulejo" (LT10) se van a leer texto de él y de sus amigos recorándolo.

Correo:

No llores por Bahía, Buenos Aires*

Ya nadie puede recordar si acumulamos 10, 20 o 45 días de suspensión de actividades en el Puerto de Bahía Blanca. Unos por bloqueos de la vía navegable; otros por reiterados cortes de accesos y otros por, digamos, amenaza de colecta recaudatoria por parte del Gobierno Platense. digo, Provincial.
Esta vez han parado todos los puertos bonaerenses pero, igualmente, ni miras de ser noticia en los diarios de Buenos Aires y el País. Más de 8.000 trabajadores afectados directamente solo en Bahía Blanca. Algunos millones de ciudadanos afectados por las medidas y los paros al tener que seguir o
volver a operar cargas de exportación e importación exclusivamente con el Puerto Porteño (de Buenos Aires), tal en la Colonia. Tal en la Independencia.
Para el caso de Bahía Blanca, donde el Puerto es una figura autónoma, aunque, en definitiva, propiedad de la Provincia, el proyecto de Ley (ya aprobado en legislatura), se arroga el derecho de recaudar impuestos a las cargas movilizadas (una suerte de Aduana paralela), en valores del orden del 140% de lo que por toda operación, desarrollo, mantenimiento y servicios facturan los Puertos de Bahía Blanca (Autónomo), y de Rosales (Provincial).
En síntesis, el leve intento por ofrecer un puerto cercano a las producciones regionales no agropecuarias, se aleja abruptamente por imponer una medida QUE BENEFICIA FUNDAMENTALMENTE AL PUERTO DE LA CIUDAD DE BUENOS AIRES (Ni siquiera a Dock Sud).
Como alternativa, se le ha ocurrido al Gobernador imponer un impuesto a la facturación portuaria del orden del 30% bruto invitando a los puertos a aumentar la tarifa en tal orden. Es decir, consolidar aún más la expulsión de los nuevos cargadores no agropecuarios del Puerto de bahía Blanca y de cualquier otro interfaz marítimo en la provincia HACIA PUERTO NUEVO. Y, de paso, invitar a los históricos exportadores granarios y aceiteros a que prueben mejor suerte en los puertos al Norte del Arroyo del Medio, en la Provincia de Santa Fe sobre el Río Paraná, el que explota Hidrovía, la empresa amiga de todos los Presidentes.
Buenos Aires llora por Kraft (Terrabusi), por Sevel, por el supermercado de Hi Ki Pin en Flores, pero ningún medio sostiene la información de lo que ocurre en los puertos de Buenos Aires luego de 10 días de paro total y docenas de grandes buques que no han podido operar.o se fueron a Buenos Aires o el Río Paraná.
Más patético es que los locales prefieren que los medios de la Gran Ciudad ni mencionen el tema. No entienden que si no suena el río en la megalópolis porteña, las autoridades y dirigencia empresarial o pública de ella misma PUEDE HACER LO QUE QUIERA CON LOS DESTINOS DE NOSOTROS, los habitantes más allá de Avenidas Rivadavia, Nazca, Ruta 210, Ruta 6 y la costa del Río de La Plata (Imaginen ese pequeño y poderoso espacio).
Buenos Aires no llora por el lamentable tranvía de Lugano, el deterioro ambiental de Villa Caraza o la espantosa realidad de Bella Vista, menos quiere llorar por Bahía Blanca o Mar del Plata, cuando lo que en realidad quiere, es quedarse con la torta económica y laboral.

*de Jorge de Mendonça. jorgedemendonca@gmail.com
- Septiembre 29 de 2009. Ingeniero White - Buenos Aires -

*

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28/09/2009 GMT 1

HE DE TRAERTE A PUNTA DE POEMAS...

urbanopowell @ 18:28

Quisiera saber*

Me gustaría saber
como sonríe tu boca,
como tiemblas al pensar
que alguien te va a besar
y el corazón se desboca.

Quisiera que me contaras
que sientes al coger mi mano
y pasear junto a mi lado
muy pegada a mi costado
una noche de verano

Quiero saber de tus besos,
de tus ilusiones nuevas,
como es tu abrazo y tu risa
cuando te envuelve la brisa...
Como eres cuando te entregas.

*De Joan Mateu joan@cimat.es

Onírico deseo*

Nace el deseo en el sueño
-te alcanza-
como si pudiera
tocar el cielo con los labios.
Sensual / sexual
la noche es apenas
un mordisco tierno
para la avidez de mi boca.

*de Patricia Ortiz lacajadepandora@gmail.com

HE DE TRAERTE A PUNTA DE POEMAS...

LAS SUELAS DESTROZADAS*

Un día voy a calzarme las viejas zapatillas y encuentro que la suela de goma se ha abierto completamente. Y no en una, sino en las dos. Me sorprendo como cada vez que esto me pasa, y pienso en la fatiga del material, en ese instante ya predeterminado desde la fábrica, fijado para la caducidad y el desgarro.
Recuerdo que usé ayer las zapatillas, y estaban bien. Y de pronto hoy las dos suelas destrozadas. Como las flores del bambú, que se abren en todo el mundo unidas por una red intangible, como las gemelas que se despiertan en el dolor compartido, y una llora, y a la otra la angustia le cierra el pecho.
Pero encuentro las suelas destrozadas, de pronto. Y ayer no estaban así. Y quién es esa mujer que en el espejo me devuelve una mirada con otro color de ojos, con otra expresión, con unas arrugas que no eran y con esa tristeza de ver un poco más allá, más arriba, un tanto más atrás de las cosas. Si yo sigo haciendo chistes tontos, sigo bailoteando, sigo yendo al baño en puntas de pies y a la carrera. Quién es esa mujer que apareció así, de improviso, tan de un día para otro que hasta mi madre me dice que en las fotos del año pasado todavía estaba esa muchacha con sonrisa abundante. Pero ya no. Pero ahora esta mujer oscura, esta mujer que no se reconoce.
Me miro y hay un pozo allí. Hay una persona con fatiga de material. Alguien que no permaneció incólume, que finalmente y de un día para otro se rasgó y se le nota.
No es extraño envejecer. No es inusual que los profundos dolores y las terribles tristezas nos tracen un mapa debajo de la piel y en la escritura de la mirada. Lo que me sorprende es lo súbito, lo extraño de que una imagen nueva y sin embargo tan verdadera se presente en los reflejos.
Me miro en el espejo. Veo las noches, tantas oscuridades, la cercanía de las muertes, las partidas, los dolores de la traición esperada e inesperada. Veo la acumulación de días, la soledad que hizo muros, la dulzura de los llantos calmos como lloviznas. Veo una mujer triste allí. Menos pronta a juzgar, más pronta a la ternura, pero tan cercana a la melancolía.
Tomo las zapatillas rotas, las pongo en una bolsa, las desecho. No le servirán a nadie. Me miro en el espejo, le sonrío a esa mujer triste, me visto con una prenda de colores claros y preparo para ella alguna futura felicidad.
Saludo a la mujer que he venido a ser. Me miro detenidamente para no perderme, para reconocerme entre la multitud.

*de Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com

Árbol de la vida*

(Ginko Biloba)

Miguel nos lo trajo para el patio de la nueva casa.

Se tomó su tiempo
- el árbol -
para indicarme el lugar.

Ya en invierno
cavé su morada.
Allí lo planté.

Me enseño a esperar. Debía despertar de su sueño.
Y lo hizo.

Día a día lo observo.
Sin urgencias –de su parte-
pequeños dedos verdes develan
lo que el sueño contenía.

*de Oscar Agú. cachoagu@yahoo.com.ar
27/09/09

A punta de poemas*

Desde que no estás
huelo la muerte.
El día se oscurece si no llegas.
Cualquier día de estos
he de traerte a punta de poemas.
Cuando no estás
llora la tarde.
El sol reirá a carcajadas si regresas,
dibujando tu imposible sombra
y mi posible llanto
en las veredas.

*de Matilde. caminandosignosfm@hotmail.com

LA GLORIOSA DE BOEDO*

Mis ojos no aceptaban otro rostro.
El escenario elevaba su estampa hasta la línea de la luna.
Su magnificencia danzaba entre batucada sanguínea y trajes de brillo dispar.
Su voz se incorporaba a mi piel apunando emociones.
Y la escuchaba cantar... y la descubría bailar.
La adivinaba cerca y estaba tan lejos.
Contemplarla pronosticaba garúa en mis retinas.
Y en mi adentro se establecía el carnaval de su guapeza, su hermosura, su esplendor...
Como olvidar los modales de sus ojos, la silueta de su cabellera,
el perfil de su cuerpo, la elegancia de sus gestos, el tono de sus movimientos.
Que ganas de abrazarla hasta lo inagotable.
Que ganas de ofrendarle mi amor todas las mañanas en el altar de sabanas y bostezo.
Que ganas de extender mi mano y obtener la seda de sus dedos.
El carnaval dijo hasta pronto. Las comparsas iniciaron el exilio.
Los estandartes, las fantasías, la percusión, dejan en el cielo su mueca.
Las desinhibidas coreografías, los pasos discontinuos y las caminatas desalineadas
mudan su algarabía a otros suburbios.

Mi mirada quedo absorta enfocando el escenario, buscando su luminosidad,
su semblante único, sus rasgos incomparables, su rostro inmejorable.

Y allí permanezco, en la esquina indicada, esperando el colectivo de la alegría,
ese que ella conduce cada Febrero haciendolo rodar por Boedo y mis recuerdos....

*de Damian Bonavota. damianb@cuspide.com

Con las mismas manos de acariciarte*

*de Roberto Fernández Retamar

Con las mismas manos de acariciarte estoy construyendo una escuela.

Llegué casi al amanecer, con las que pensé que serían ropas de trabajo,
pero los hombres y los muchachos que, en sus harapos esperaban
todavía me dijeron señor.
Están en un caserón a medio derruir,
con unos cuantos catres y palos: allí pasan las noches
ahora, en vez de dormir bajo los puentes o en los portales.
Uno sabe leer, y lo mandaron a buscar cuando
supieron que yo tenía biblioteca.
(Es alto, luminoso, y usa una barbita en el insolente rostro mulato).
Pasé por el que será el comedor escolar, hoy sólo señalado por una zapata
sobre la cual mi amigo traza con su dedo en el aire ventanales y puertas.
Atrás estaban las piedras, y un grupo de muchachos
las trasladaban en veloces carretillas. Yo pedí una
y me eché a aprender el trabajo elemental de los hombres elementales.
Luego tuve mi primera pala y tomé el agua silvestre de los trabajadores,
y, fatigado, pensé en ti, en aquella vez
que estuviste recogiendo una cosecha hasta que la vista se te nublaba
como ahora a mí,
¡Qué lejos estábamos de las cosas verdaderas,
Amor, qué lejos -como uno de otro!
La conversación y el almuerzo
fueron merecidos, y la amistad del pastor
hasta hubo una pareja de enamorados
que se ruborizaban cuando los señalábamos, riendo,
fumando, después del café.
No hay momento
En que no piense en ti.
Hoy quizás más,
y mientras ayude a construir esta escuela
con las mismas manos de acariciarte.

-Enviado para compartir por Verónica Capellino. veroaleph@hotmail.com

HILO Y UNA*

*Por Miriam Cairo. cairo367@hotmail.com

*

Una no tiene por qué contar en público todas las monedas que posee, pero si estuvieras ahogándote acudiría a tu rescate. Te sacaría del agua y te envolvería en una manta. Luego encendería el fuego y escucharíamos Les feuilles mortes custodiados por un ángel poseído.

*

Una tiene derecho a sacar el pasaporte y gozar de una intrépida experiencia como residente ilegal en el primer mundo, aceptando que el primer mundo tiene derecho a todo. Si el primer mundo fuera un espejo y el tercer mundo se empolvara la nariz frente a él como una sirvienta vivaracha, una podría escribir un cuento de hadas.

*

Acaso alguien anega su pellejo lejos del lugar de origen. Si estuvieras en la cúspide del monumento a punto de arrojarte, te anticiparía que el cielo tiene ya demasiadas estrellas. Bajaríamos juntos por el ascensor y pondría mi mano izquierda sobre tu hombro izquierdo. Tomaríamos un taxi y como no seríamos inmigrantes ilegales, no tendríamos temor de dar la dirección y pagaríamos con pesos.

*

Por fortuna, el paraíso siempre está en otro lado. La rapidez espléndida de las nubes barre de un plumazo la memoria y una lava los platos del primer mundo, ávidamente, con antojo irrefrenable de excelencia, obligándose a ignorar que no todos los esmeros resplandecen.

*

Si fueras un pájaro moribundo, agonizando sobre un nido frío, en el más alto nivel de la apariencia, haría un gran trazo floral, con la forma de vida que quisieras. Y por sobre todo, te concedería el milagro: podrías despertar en el mismo lecho en el que copulaste.

*

Una tiene derecho a decir basta y a correr el riesgo de ser una extranjera que recoja la fortuna que chorrea en el primer mundo. Una puede quemar el origen en la casa de la negrura. Disimular con acentos impostados la procedencia. Pararse en dos patas ante el amo y mover la cola extranjera.

*

Si fueras el descuartizado que golpea mi puerta, yo no te confundiría con Picasso aunque de seguro alegrarías las formas. Te reconstruiría con arte, no con funcionalidad. Pondría la noche en el lugar de los ojos, el corazón en el sexo, el sexo en los dedos, las gotas de rocío en la flor macha, la mordedura en el alma. Demás está decir que otra vez un astro está desnudo en mi memoria.

*

Una tiene derecho a equivocarse, a nacer en el tercer círculo del infierno o en esos viejos mapamundis medievales donde aparecen territorios mitad leyenda, mitad verdad, y donde ni una sola cabeza sobresale. Una tiene derecho a nacer por sus propios medios. Ser la semilla y la creación.
Consumar el error que nos distingue y nos anima.

*

Si fueras un mundo futuro que haya sido tomado a ras de suelo o que haya ascendido espontáneamente a posarse sobre mi cabeza; si ese mundo no pudiera ser visible hasta después de hablar con los fantasmas y de leer los libros que leo, si eso fueras, mirando tu cielo me lavaría los ojos.

*

Con las maletas cargadas de escombros, una tiene derecho a partir para decir "he partido". Tiene derecho enviar al diario textos por mail como si fuera una enviada especial a sueldo: "Título pertinente", por Fulana de Tal, desde el Extranjero. Sólo entonces una tendría la oportunidad consagratoria de describir con altura lo intrascendente, porque beber y orinar en otro país, eleva. Una tiene derecho a ser cosmopolita e introducir esas palabras en inglés que le ponen a las cosas un swing que en Argentina no se consigue.

*

Si fueras las plumas del sombrero de Miró, quizás el pájaro amarillo de cromosono siempre perdido y siempre encontrado pudiera posarse en tu hombro.
Mientras tanto, en el jardín de los sueños, los mejores amigos le desearían buen viaje a Joan Miró que nos traería a los de aquí abajo cosas de allá arriba. Si fueras el pajarito de Miró estarías lleno de ojos y me mirarías el nido encrepusculado hasta perder de vista el insomnio.

*

Una tiene derecho a que los amigos la envidien porque hay que irse para allá y no quedarse acá. Cuando una se va para allá, la cabeza se abre. Hay que sacar el pasaporte y cruzar un océano para tomar conciencia de que el mundo no está acá. Una tiene derecho a no ser como los mejores amigos que nunca se
van para allá, porque la conciencia de ellos es conciencia de acá. Cuando una se siente demasiado chiquita acá, tiene que sacarse el pasaporte y embolsar el marido para sentirse grande allá. Al pie de la Sagrada Familia una tiene derecho a sacarse la foto y darse cuenta de que lo que tiene acá es una triste farsa, pero luego se puede volver con la máscara de la felicidad recién maquillada.

*

Si fueras un cuchillo, cortarías todas las amarras y darías un paso hacia nosotros. Primero habría que desenmascarar la razón fúnebre de los esposos, pero de eso se encargarían los hijos del rey Momo. En estos días Venecia no sirve más que de refugio para Aquiles que esconde en el talón y tras la máscara su complejo de inferioridad y su culpa.

*

Una tiene derecho a irse, aunque eso de lo que huye la acompañe a todos lados. Y todo esto es tremendamente complicado para una que no quiere estar extraviada en el pleno Dédalo de los embrollos, como una inocente adúltera en un mundo desamorado, en el que ha perdido el hilo y el asombro.

*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-20364-2009-09-26.html

¿Y... CÓMO ANDA LA POESÍA?*

La poesía anda como la astrofísica
la buñuelística
la amparología

La poesía anda como el carterismo
como las especializaciones en sensaciones
como las antípodas

La poesía anda como la Luna de Valencia
y es la valencia de esa luna
perfectible

la poesía

La poesía anda como la mona:
así que, por supuesto:
¡seguid a la mona!

*de Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar

Correo:

Convocatoria para la II Semana del Arte*

Por segundo año consecutivo Santa Fe tendrá su Semana del Arte. Será en el marco de la V Semana del Arte de Rosario. Está abierta la convocatoria para presentar trabajos. El plazo es el 9 de octubre. Organiza el Gobierno de la ciudad.

En el marco de la quinta edición de la Semana del Arte de Rosario, por segundo año consecutivo nuestra ciudad vivirá su Semana del Arte. En este sentido, la Secretaría de Cultura del Gobierno municipal amplía la apuesta de 2008 y convoca a artistas santafesinos y al público en general interesado en el lenguaje de la fotografía a participar de esta segunda edición consecutiva en nuestra ciudad. La propuesta es pensar la ciudad “Al Borde” y tomar fotografías que obren como “Señalamientos Urbanos”. La fecha límite para enviar los trabajos es el viernes 9 de octubre.

Señalamientos
Los Señalamientos Urbanos de esta edición consisten en señalar mediante una fotografía, algún espacio significativo de las localidades en el que se pueda pensar el concepto de borde, tomas específicas que permitirán descubrir situaciones cotidianas que muchas veces quedan inadvertidas, comprometiendo la mirada para ver la ciudad de otro modo. La propuesta es entonces compartir visiones -entre tantas posibles y diversas-, lugares que alguien ve diariamente y para otro puede resultar maravilloso o sorprendente. Todas las fotografías recibidas hasta el viernes 9 de octubre serán publicadas en el sitio web: www.semanadelarte.org Las mismas deberán ser enviadas por correo electrónico a la dirección arte09@santafeciudad.gov.ar

Condiciones
Se admitirán sólo fotografías en las que aparezcan lugares de Santa Fe. Se recibirán 1 (una) fotografía por persona. Las mismas deberán estar en formato .jpg y tener un máximo de hasta 1800 x 1600 píxeles. Cada una deberá incluir la dirección exacta (ubicación geográfica) de la foto. Además, el autor deberá incluir un comentario acerca de la misma en relación al eje convocante: la ciudad al borde. El comentario deberá tener un máximo de hasta 250 caracteres. El mismo deberá figurar en el cuerpo del e-mail. El envío de las fotografías implicará la aceptación de la utilización de la imagen para promoción y difusión de la Semana del Arte.

Consultas
Para ampliar esta información, dirigirse a la Secretaría de Cultura del Gobierno de la ciudad. Esta dependencia municipal está ubicada en San Martín 2076 -PA- y su teléfono es (0342) 4571885. También se puede escribir un email a las siguientes direcciones: arte09@santafeciudad.gov.ar
o proyeccioncultural@santafeciudad.gov.ar

Trasfondo
La Semana del Arte en Rosario (SAR) es un evento cultural organizado desde 2005 por el Museo Castagnino+macro y la Secretaría de Cultura y Educación de la Municipalidad de esa ciudad, cuyo objetivo principal es llevar el arte a otros ámbitos, desde los museos proyectarlo al espacio urbano. Este año -como ya se hizo en 2008- Rosario invita a participar a otras localidades: Santa Fe, Rafaela, Reconquista, Venado Tuerto, Tostado, Rufino, San Carlos Centro, Los Amores y Helvecia. Cada SAR se plantea desde un eje temático específico, el concepto que en esta ocasión delinea y sustenta la apuesta trata de interrogar la noción de borde. Cuando el límite es puesto en cuestión comienza a desdibujarse, deja entonces de dividir para convertirse en puente. La tarea de esta edición del SAR es, justamente, deslegitimar la geografía, hacer del límite un borde. Se trata de proponer la provincia como un territorio en común, transformarla en una Zona Franca.

Concepto
El concepto que en esta ocasión delinea y sustenta la apuesta de la SAR’09 trata de interrogar la noción de límite. Cuando el límite es puesto en cuestión comienza a desdibujarse, deja entonces de dividir para convertirse en puente. La tarea es, justamente, deslegitimar la geografía, hacer del límite un borde. Bordear es entonces proponer un recorrido, construir un circuito, hacer de la Provincia un mapeo distinto, reubicar lo al margen en el margen. Opuesto al límite, el borde invita a transitarse, a disponer de él como un margen, como posibilidad. Es por esto que la 5SAR09 invita a sumarse a su propuesta a diferentes localidades de Santa Fe para proponerles la configuración conjunta de un territorio en común, transformar la Provincia en una Zona Franca. Pensar la ubicación del Arte en el borde del borde, es pensar al borde como un espejo que se refleja a sí mismo. Es el fin del límite.
El borde demarca, pero lejos de limitar, propone. El borde pide el paso, el movimiento, el cambio. Queremos pensar el evento y la ciudad en el (al) borde. La idea esencial es que las ciudades que protagonizan la Semana del Arte piensen (se piensen en) en el borde.

*CULTURACIUDAD g.antonucci@santafeciudad.gov.ar

*

Queridas amigas, apreciados amigos:

Este domingo 27 de septiembre de 2009 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor español Agustín Castilla-Ávila. Las poesías que leeremos
pertenecen a Marcelo Marcolín (Argentina) y la música de fondo será de Wayanay (Andes). ¡Les deseamos una feliz audición!

ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!! (Recomendamos usar
http://24timezones.com/ para conocer las diferencias horarias).

REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!

Freundliche Grüße / Cordial saludo!

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com

Schießstattstr. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067

*

Inventren...Próxima estación: SAN FERMÍN.

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25/09/2009 GMT 1

FABRICANDO OTRO SUEÑO A CADA SUEÑO ROTO...

urbanopowell @ 17:31

Italia*

a mis viejos

nadie supo ser más libre
entre sus miedos
ni el ignorante y solitario miedo
a no sé qué
pudo anegar la marca de ser libre
ni todos los destierros
ni la ausencia
ni la muerte inminente
y la miseria
ni el noble sacrificio depredador de tiempo
a la espera de un después inalcanzable

vi escurrir cada sueño
entre sus manos
deshacerse en el instante mismo
del ya estaba listo
los vi esperar callar desesperar
pude verlos bordeando los ocasos
en cada corte repentino de la escala
así los vi vivir desde su tierra errante
sellando paso firme en el vacío
quedándose vacíos a cada rato
fabricando otro sueño
a cada sueño roto
esperando en silencio
el famoso tributo a cada esfuerzo
la vuelta de la vida que te paga
la redención de todos los pecados

vi iluminar sus rostros
en el momento mismo de cada alumbramiento
disolviéndome en abrazos más seguros
que el sol que me gobierna
yo deshice su dios y sus esquemas
yo desandé sus sueños y sus mitos
para crecer mis alas
y empezar de nuevo
me enojé con su amor y sus misterios
les negué más placeres que fracasos
y ellos lo saben
porque saben del miedo
y ahí siguen impasibles secos quietos
esperando un regocijo de alto vuelo
el júbilo y la risa a carcajadas
que todavía llevo
embutida en mis huecos

*de Lucía Cinquepalmi luciaguionbajo@gmail.com
-abril del 1998.

FABRICANDO OTRO SUEÑO A CADA SUEÑO ROTO...

FRESNOS DE OTOÑO*

A mi hermano y a su pasión por los árboles.

Los fresnos- me dice mi hermano- en este tiempo, tienen las hojas doradas.
Y yo me imagino a los que están frente a la casa y que plantó mi padre.
Hay dos o tres más, en el terreno, que plantó mi hermano, aunque son muy chicos, pero un día serán señores árboles.
Pero hoy, cuando escribo fresnos, pienso de inmediato en esos otros, muy añosos.
Dos, que antes fueron tres, pero –siempre según mi hermano- que entiende de árboles, el del medio no crecía lo suficiente y molestaba los espacios a los otros dos, por lo cual en un momento lo que hizo fue arrancarlo, no sin dolor.
Mi padre no tenía mucha noción del futuro, al menos con los árboles. Cerca de la parrilla plantó los sauces, que hoy están inmensos, pero se molestan entre sí, con sus ramas.
Con los sauces no se pude hacer nada, pero con los fresnos que crecen más lentos, sí.
Con ser el otoño la estación más bella, me enteré tarde de su existencia.
Antes de entrar a la escuela primaria, casi con seguridad, me veo conversando en la chacra de familia Milani, con un viejecito italiano que haría las livianas tareas de quinta y gallinero, como era usual en esa época.
Me veo interrogado, tal vez de diversos temas, pero retengo esta pregunta:
-¿Cuántas estaciones hay?
-Primavera, verano, invierno
Contesto tomándome los dedos de a uno hasta contar tres
- Te olvidaste de uno, me dijo, paciente.
Y ante mi insistencia, el mismo fue contando con sus dedos gastados de trabajar la tierra y concluyó:
-Te falta el “outono”
Cuando volví a mi casa y pregunté a mi madre, me respondió:
-Otoño
Y siguió en el minuciosos zurcido de una media con la cual precisamente había rodeado un mate calabacita en desuso..
Si bien yo tenía en ese tiempo el oído afinado para reconocer y aún entender esos dialectos itálicos, de los más variados y entonces, aunque predominaban abruzzeses en la zona, no pude reconocer esa palabra. Por una simple razón: nunca la había escuchado antes.
De este remotísimo recuerdo, casi de mi prehistoria, infiero que me enteré tardíamente de la existencia de las más bella estación, la que tanto le gustaba a Neruda y a tantos grandes poetas y de entre ellos recuerdo al más grande entre los nuestros, claro que nombro a Juan Laurentino Ortiz, a quien sus amigos llamaban Juanele.
Entonces, cuando visito mi casa paterna, y piso ese espesor dorado de fresnos que en el suelo se pone alfombra para recibirme, doy razón a mi padre y celebro esos árboles, que como nunca enseñorean con sus hojas doradas de otoño.
El fresno es el primero que pierde las hojas y las pierde rápidamente, cosa que siempre enfatizaba mi padre.
Lo cierto es que cuando uno traspone la humilde puertita de tejido esos fresnos lo reciben como a un Dios o un caballero, mientras el verdor esplendente de sus hojas lo permita. Pero cuando los fresnos se nos muestran sin hojas, en su elementalidad más vegetal, más excluyente de ternura, es “como una mujer desnuda arrojada al camino”, dice Pedroni en un magnifico verso que quiere expresar al desamparo más terrible. Eso es lo que son los fresnos hoy, en este tiempo.
Ya dejó todo su ropaje vistoso en el suelo, ya nos ofrece ese piso dorado como si fueramos reyes, como para que uno se olvide la pobreza ritual de esas ramas, de ese tronco ya indiferente a las hormigas, a las calandrias y a las más humilde torcacita.
Esto en cuanto a los dos que plantó mi padre, hace décadas, pero los otros que plantó mi hermano hace poco, son fresnos de hojas verdísimas. ¿Qué pasa entonces con esta naturaleza tan sabia que destruye el cartesianismo grosero de uno? ¿Por qué los fresnos más jóvenes no muestran la amarillez de sus hojas? ¿Por qué siguen tan verdes, como si fuera verano rabioso y no este otoño tristón, que se arrastra por nuestros pies como una culebra de fuego dorado?
Hay preguntas que uno se hace y que no encuentra respuestas, pero importa poco porque en su lugar encuentra belleza.
Y es, en este mundo, más que suficiente.
Aunque no le encontremos razón, en este caso, da lo mismo.
Otro de los árboles que comparten ese espacio con fresnos, ceibos, aromitos, siempreverdes, moras y lapachos, es este apaleado aguaribay “juanelesco” y sobre todos ese palo borracho que se vino adulto muy pronto y prominente, será un árbol machazo, por ahora protegido por esas tuyas que lo salvan de los vientos del sur y ese tunal en que se convirtió la penca que hace tres décadas puso mi madre, seguramente con amor, como siempre ella trataba la cosas que la ataban a la tierra que amaba.
Muchas veces pensé, qué cosas diría si viera cómo le ganamos los lugares donde estuvieron la quinta y el gallinero con árboles de distintas variedad y espesura.
Seguramente aprobaría sin chistar, este berretín de sus hijos, con una alegre sonrisa en su cara morena.

*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar

Momento Irrepetible.*

*Por Eduardo Pérsico. epersic@ciudad.com.ar

Del silencio a la sombra la luz teje su trama
prolija, minuciosa, sin dejar una hilacha.
A bullicio los pibes van cubriendo la escena
y al abrirse la escuela, ya entonces entra el día.

Convención de torcazas, vaivenes, revoleos
y atávico misterio a perderse lejano.
Cada instante protege su perfil más oculto,
con ecos y sonidos de rumor callejero.

El momento es flamante,
único, recién hecho,
con cielo más opaco y verdor melancólico.

Ahí cruza la vecina que ni siquiera mira
y ya se desmelenan las ansias por el barrio.
Eso sí que es la vida, no jodamos.

Sin respuesta probable me abruma el universo
y hoy quizá necesite imaginarme dioses
que certeros acierten tanto enigma y mis ojos.
Pero ninguno de ellos, aún, me ha convocado.

-Eduardo Pérsico, escritor, nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina.
(setiembre del 2009)

EL DUELO, LA LITERATURA Y EL PSICOANALISIS
La segunda muerte*

Un anticipo del próximo libro del psicoanalista Jean Allouch se detiene en la cuestión de la "segunda muerte", esa que el sujeto sólo acepta cuando admite que su legado, su obra, su contribución, su rastro, eso también morirá.

Por Jean Allouch *

La muerte física de un cuerpo no señala el final del difunto, tan sólo su desaparición; en cambio, dicho final lo efectúa su "segunda muerte", cuando ya no subsistirá nada suyo que le sea atribuible o atribuido. La religión y la erudición hindúes, sin duda más intensamente que otras (en especial: las
religiones monoteístas), están reguladas en base a esta segunda muerte (moksha). Por desgracia sin haberse interesado en ello detalladamente, Lacan se apropió sin embargo de esa referencia fuera de la cual ningún problema de orden analítico puede ser tratado seriamente. Y Freud no había dejado de
abordarlo, pues no pudo responder a determinadas dificultades de su práctica sino inventando el mito de un antagonismo entre pulsión de vida/pulsión de muerte, y, luego, su "principio de Nirvana", en el que justamente se ha visto una influencia de Schopenhauer, primer filósofo de Occidente que prestó atención al pensamiento hindú. El hombre de letras (para usar en este caso una denominación en desuso y ya políticamente incorrecta) se revela de tal modo singularmente expuesto. Su mismo éxito, e incluso su acceso al rango de "clásico", al ofrecerle algo que se asemeja a una eternidad (ya se sabe que la vida en la tierra tendrá un fin. No obstante, el imaginario ampara y le saca lustre al blasón de la eternidad, y esta certeza reciente y decisiva no tiene más eficacia que las explicaciones dadas a los niños y que
se supone reducen sus teorías sexuales), ¿acaso no lo priva de su segunda muerte? ¿Qué relación establece con la muerte al escribir, publicar, ser reconocido por un amplio público? Aunque igualmente: ¿qué realiza en ese aspecto el científico que marca con su nombre una disciplina? ¿O bien el artista cuya obra es celebrada? Novelistas, poetas, científicos, artistas se distinguen del común, del individuo cualquiera que parece contentarse por su parte con una breve prolongación de su propia vida en sus hijos, en lo que su dedicación a un oficio le habrá permitido realizar, en una acción política, en la construcción de una casa, en el sencillo hecho de plantar un árbol. Ejemplares al respecto parecieran ser los casos intermedios donde, después de haber conocido un éxito resonante, una obra se ve sumida en un
definitivo olvido (cf. Paul Collins, La locura de Banvard. Trece relatos de mala suerte, de oscura celebridad y de espléndido anonimato). ¿Acaso su autor no obtiene de ese modo aquello que la eternización vislumbrada de la obra y del nombre habría obstaculizado: un acceso posible a su segunda
muerte? Porque una cosa parece estar fuera de duda: el éxito literario fracasa en todo caso en un punto, fracasa en fracasar. ¿Forzaríamos aquí la nota si usamos de una manera demasiado brusca el principio de no contradicción? No, porque sorprenderemos a Mallarmé, por ejemplo, enfrentado al fracaso del fracaso, peleándose con él, lo cual signa claramente la obra y la ausencia de obra.
Mejor que otros, tal vez, el literato ofrece medios para explorar la cuestión. Verificaremos en cada oportunidad que, lejos de suscribir la teoría de la obra puesta al servicio de un duelo, incluyendo el duelo por uno mismo que exige en cualquiera el acontecimiento de su segunda muerte, se trata más bien de soportar la pregunta que importa: ¿cómo hacer una obra sin ser capturado por ello en la maldición de la eternidad?
Desde Freud, el psicoanálisis mantiene un estrecho vínculo con la literatura. Al menos tres hilos lo traman. Freud, casi a pesar suyo, debió admitir que su escritura de los casos los hacía parecerse a novelas. Como otros después de él (especialmente Lacan) habrían sabido no aplicar el psicoanálisis a la literatura -este lugar común sin ningún valor heurístico fue un fiasco; cf. Pierre Bayard, ¿Se puede aplicar la literatura al psicoanálisis?-, sino prestar atención a ciertas obras de tal manera que no
le quedaba otra que modificar su teoría. El segundo hilo se enlaza con el primero: sus pacientes también lo conducían a veces a tales transformaciones. Sus pacientes o, mejor dicho, sus fracasos, de los que
supo tomar nota. De modo que se admitirá que entre discurso literario y discurso analizante existe una determinada comunidad. Es lo que hizo Freud, tercer hilo, al señalar como una de las fuentes de la asociación libre un breve texto de un autor actualmente al borde del olvido -Ludwig Börne- que
generosamente le ofrecía a cualquiera que se volviera "un escritor original en tres días". Börne fue el primer contacto de Freud con la literatura, cuando tenía catorce años, y su Obra, "el único libro que le quedaba de su juventud". Estas son las últimas líneas del texto que en Freud fue objeto de una criptomnesia: "Tomen unas hojas de papel y escriban durante tres días seguidos, sin falsificación ni hipocresía, todo lo que les pase por la cabeza. Escriban [...], y una vez pasados los tres días estarán extasiados de asombro por las nuevas ideas inauditas que habrán tenido. ¡Ese es el arte de convertirse en un escritor original en tres días!".
No se trata, pues, sencillamente de un punto de cruce entre literatura y psicoanálisis, sino de un rasgo de método completamente común y que Freud, rectificando su criptomnesia, encuentra también en Schiller cuando éste recomienda a quien quiera ser productivo que se entregue al libre surgimiento de la idea. No obstante, el analizante no hace una obra literaria, ni el escritor se analiza. Nunca nadie pudo aprovechar el malicioso consejo de Börne hasta el punto de adquirir el estatuto de hombre de letras; y el mismo Freud no vuelve al tema sino para sustraerse a la acusación de uno de sus detractores, Havelock Ellis, quien procuraba situar fuera del campo científico sus presentaciones analíticas de casos: no, no era un artista (el elogio asesino con que lo abrumaba Ellis).
Conocemos la obsesión que afecta a ciertos escritores: por miedo a perder sus capacidades creativas renuncian al análisis, sin por ello dejar de desearlo. Algunas experiencias desmienten dicho temor, las de Raymond Queneau, Georges Perec, Woody Allen y muchos más. No obstante, esa obsesión se basa en un punto original, generador, común a la literatura y al psicoanálisis, y se dirige hacia él: una mente librada a su propia invención mediante el ejercicio de una suspensión de toda veleidad de pensar estrictamente por sí misma y con toda conciencia: "No pienso demasiado, luego soy", soy aquel que deja que llegue la idea por sí misma, relaja su dominio del pensar, aun de pensar que piensa, y se encuentra dividido como
agente de esa relajación, por una parte, y por otra parte como ese lugar extraño, si no extranjero, abierto a la alteridad y de donde surge la idea inesperada.
Como un espacio "irradiado", el pensamiento es erotizado. Por abstracto que sea, nadie piensa fuera del campo de Eros. De modo que incluso un pensamiento completamente controlado (que se cree tal) puede dejar entrever que allí está actuando una pulsión; su adecuación al sentido (sens, en francés) es -según el juego de palabras de Lacan- jouisens (de jouissance: "goce"), por lo cual, como contrapartida, notamos que se trata en verdad de una ascesis, desde el momento en que la elección del renunciamiento creativo
al control exige una pérdida parcial, pero decisiva, de joui-sens.
A quienquiera que encuentre en la lectura de poemas, relatos, novelas, un alimento tan necesario para la vida como el agua y el aire, le parecerá inconveniente que una indagación de las relaciones respectivas, cercanas, próximas y diferenciables que el psicoanálisis y la literatura mantienen con la muerte se exima de aludir al amor. Abordado así, el amor es invitado a someterse a algo más fuerte que él (contrariamente al dicho que lo declara "más fuerte que la muerte"), a esa segunda muerte que aguarda a todos, a pesar de que no todos la aguarden y con lo cual ya no podría tener la menor consistencia. ¿Qué figura del amor podría no desatender la segunda muerte?
¿Cómo se presenta el amado desde el momento en que el amor ya no es vivido como eterno, en que ya no rima con "siempre", en que amour no rima ya con toujours?

*Fragmento de Contra la eternidad. Ogaza, Mallarmé, Lacan, de próxima aparición (ed. El Cuenco de Plata).

-Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-132287-2009-09-24.html

Ley de Murphy*

Cuando las leyó por primera vez le hicieron gracia, sobre todo aquellas dos primeras:

1 - Si algo puede salir mal, saldrá mal.
2 - Si algo no puede salir mal, saldrá mal.

Sonrió presuponiendo que era una cosa jocosa, pero ahora, al cabo del tiempo, le dan rabia las Leyes de Murphy, porque con su mala suerte todas se cumplen en él.

"Si algo va mal, seguro que puede ir peor" se cumple con él invariablemente, hasta tal punto que sólo tiene que pensar lo mal que puede salir una cosa para que salga aún peor. Últimamente, está tan condicionado por estas Leyes que si quiere que alguien le llame por teléfono, sigue la Ley "Para que suene el teléfono: Entre en la ducha y enjabónese bien la cabeza". No falla.

Sin embargo, la que más le molesta es la de "La tostada siempre cae al suelo del lado de la mantequilla". Esta le da una rabia especial.

Pero, deja de pensar en eso, alza los hombros y suspira resignado. Muerde la tostada decididamente. Le disgusta el fuerte sabor a lana de alfombra, pero sabe que es irremediable y que, de no aceptarlo, podría morir de hambre.

*de Joan Mateu. joan@cimat.es

Bienaventurados los pobres*

*Martín Caparrós
25.09.2009

Lo que no entiendo es que se dejen correr por izquierda por la institución más derechista del planeta. Señores presidentes, de verdad me sorprenden. Dicen que persiguen la justicia social o algo por el estilo; dicen que les importa la redistribución de la riqueza o una cosa así; dicen que les preocupa que haya pobres –tanto que empiezan por simular que hay muchos menos. Mientras ustedes nos mienten y se mienten, tapan el sol con un dedo anillado, entierran en el barro las cabezas, bajo cúpulas antiguas y doradas la iglesia Católica Apostólica Romana habla y habla del combate contra el flagelo de la pobreza y, en síntesis, se presenta como la institución que sí se hace cargo del problema más grave de la Argentina actual. ¿No les da, algunas noches, señores presidentes, una leve cosquilla de vergüenza?

Ustedes tienen una técnica probada: truchar números. Probada está: ya se ha visto que no da ningún resultado, pero ustedes –¿por eso mismo?– la mantienen. Ahora dijeron otra vez que bajó la pobreza cuando todos sabemos que no es cierto. La adulteración de las cifras es, para empezar, una maniobra idiota. Trata de ser una manipulación de los ciudadanos, un modo de llevarnos a pensar lo que ustedes precisan, y es el peor error que puede cometer alguien con un poder: la estupidez de creernos demasiado estúpidos.

–Mamá, me prometiste que íbamos al zoológico.

–Y sí, nene, acá estamos.

–Pero mamá, esto es el obelisco.

–No, nene, es el zoológico.

–¿Y dónde hay elefantes y leones?

–Mirá, ahí tenés un león.

–Mamá, eso es un gato.

–Eso es un león.

–Mamá…

–¿Quién es el que sabe, nene, vos o yo?

Pero el problema principal no es ése. La adulteración de las cifras tiene efectos materiales aún más graves: su influencia en la asignación de recursos. Si dicen que hay menos pobres el dinero que el Estado debe destinarles va a ser menos, y la situación de los pobres reales va a ser cada vez más dura: menos atención, menos comida; desechan planes, cierran comedores, desabastecen hospitales. (Hace dos días anunciaron que el presupuesto de salud pública para 2010 bajará unos 450 millones de pesos; un poco menos que lo que se van a gastar en fútbol para todos. Allí sí que hay una doctrina que puede triunfar en el mundo: el derecho al fútbol priorizado sobre el derecho a la salud.) El miércoles, en este diario, Cynthia Pok, ex funcionaria del Indec, lo sintetizaba: “la estadística trucha también mata”.

Ustedes, presidentes, lanzados a la política-ficción, decididos a convencernos de que la luna es una provoleta, le dejan a la derecha social el único terreno que la derecha política no puede ocupar: ni Macri ni Narváez ni sus amigos y entenados tienen la menor legitimidad frente a los pobres, así que la iglesia romana les hace el favor de ocuparse por ellos. La iglesia les sermonea, señores presidentes, que hay más pobres que los que ustedes dicen y que hay que hacer algo ya –los corre por izquierda. La conclusión mayoritaria es obvia: si un gobierno que se dice zurdito no hace lo que lo diferenciaría de uno de la derecha, ¿para qué sirven los zurditos?

–Pero estimado, derecha e izquierda ya no significan nada.

–¿Ah, no? Doble para aquel lado y va a ver cómo se rompe la nariz.

–No sea nabo, Caparrós, usted me entiende. Y menos hablando de la iglesia. En la iglesia hay gente de izquierda y gente de derecha.

Es el viejo truco peronista: el movimiento donde caben todos. Pero no por eso la iglesia romana deja de ser conservadora y arcaizante –derechista– por su organización interna y por su actividad externa. La iglesia católica está basada en la fe ciega, montada a imagen y semejanza del Imperio Romano: una estructura teocrática hiperjerárquica, donde las mujeres están excluidas de cualquier cargo importante, donde cada estrato debe obedecer a ojos cerrados la autoridad del estrato superior hasta acabar en el mando supremo, la representación de esa forma de poder que el mundo dejó atrás hace siglos: el monarca absoluto que ellos llaman papa. Si en Honduras o Uganda unos militares golpistas quisieran imponer un soberano vitalicio cuya palabra nadie pudiera cuestionar porque un dios se la dicta, los libres del mundo gritarían y la ONU debatiría cómo mandar tropas. Pero si es La Iglesia todo bien, son tradiciones.

Y su intervención externa sigue el mismo modelo retrógrado: son la punta de lanza contra las libertades individuales, contra los cambios cientificos y técnicos; ahora están contra la investigación con células madre o los métodos anticonceptivos o las parejas homosexuales como antes estuvieron contra el divorcio, antes contra el voto femenino, antes contra la democracia o la igualdad y más antes contra la idea, por ejemplo, de que la tierra es redonda y gira alrededor del sol –y siempre contra cualquier intento de pensar.

La iglesia romana, por supuesto, sabe de pobres: siempre se ha ocupado de que hubiera muchos. Allí estaría, muy grosso modo, la famosa diferencia inexistente entre derecha e izquierda: unos quieren, a veces, “ayudar a los pobres”; los otros, que no haya. Y la opción de la iglesia está muy clara. No digo que no existan curas obreros, curas tercermundistas, curas honestos y entusiastas; digo que como institución siempre sirvió para que los pobres sigan siendo pobres: que sean, si acaso, pobres con sopa, pero que no dejen de ser pobres –porque los reyes los necesitaban, los necesitan los patrones. En eso consiste la beneficencia en cualquiera de sus formas –sociedad de damas caritativas, oenegés de jóvenes preocupados, megaorgas de curas compasivos–; en eso consiste también su versión estatal contemporánea, el asistencialismo clientelista. Son tan parecidos: la iglesia romana siempre se ocupó de los pobres –y de que no dejaran de ser pobres– para mantener una base más o menos manejable, más o menos crédula, que pudiera seguir controlando. ¿Les suena a algo? Entre lo mucho que se le puede reprochar al peronismo no figura, sin duda, no aprender de los ejemplos útiles.

Pero a veces se atontan y le entregan su terreno a la iglesia romana. Que ahora se ha lanzado agresiva, y discute las cifras truchadas. Aunque haga lo mismo que reprocha: “Hombres necios que acusáis/ a la mujer sin razón,/ sin ver que sois la ocasión/ de lo mismo que culpáis”. Esta mañana se me ocurrió chequear la publicidad de la campaña “Más por menos”, donde la iglesia ofrecía sus cifras de pobreza. Son las pequeñas delicias de internet –algo muy parecido al purgatorio, donde todo lo turbio permanece y dura–: buscando el aviso descubrí que eran dos. El primero, se ve, fue una versión inicial que alguien, apresurado o malevolente, subió a la red. El segundo es el definitivo, el que pasaron hasta el hartazgo las emisoras libres.

Lo recordarán: un spot bien hechito, tan humano, casi blanco y negro, donde personas pobres dicen, tonos varios, “no soy una estadística, soy una persona” –tratando de defenderse, supongo, porque saben que las estadísticas se manipulan aún más que las personas. En su primera versión, la iglesia informaba, a través de un cartel sobreimpreso, que “2 de cada 10 argentinos viven en la indigencia” y que “4 de cada 10 argentinos viven en condición de pobreza”. Pero se ve que alguien lo vio y no le gustó y hubo alguna negociación –rápida, eficiente– con dios o con el diablo y las televisiones terminaron por mostrar otra versión, donde las mismas imágenes soportaban carteles iguales y distintos: “1 de cada 10 argentinos vive en la indigencia” y “3 de cada 10 argentinos viven en condición de pobreza”. Fue, sin duda, un milagro: en unos pocos días, la fuerza de la fe había reducido la indigencia a la mitad y la pobreza en un 50 por ciento. Más confuso fue lo que hizo con el desempleo: en la primera versión, el cartel decía que “3 de cada 10 jefes de familia están desocupados”; en la final, “1 de cada 10 argentinos está desocupado”. Las dos cifras pueden ser ciertas pero quien elige cuál usa sabe que el impacto va a ser más fuerte si dice 3 de cada 10 jefes de familia que si dice 1 de cada 10 argentinos. Y, claramente, en la versión final, se trató de bajar el impacto, aún si para eso había que reducir bruscamente la indigencia a la mitad en unos días.

Es un pequeño ejemplo de manipulación. No es sorprendente que la institución más reaccionaria y más retrógrada falsee unos números: ¿qué es cambiar dos indigentes por uno comparado con convencer a millones de que si marchan a Luján van a conseguir un trabajo en Cañuelas o un novio en Mar del Plata, o que un hombre nació de una virgen o que resucitó a los muertos? Lo que sí parece tonto es que un gobierno como éste se deje correr por izquierda –se deje arrebatar lo que debería ser su tema central– por la gran institución de la derecha. O quizá lo tonto sea creer que este gobierno no aprendió la lección de la iglesia romana; tal vez lo tonto es suponer que quiere, realmente, atacar la pobreza.

*Fuente: http://criticadigital.com/impresa/index.php?secc=nota&nid=31296

*

Cuando digo esperanza
no digo de una señora con trenzas
Ni hablo de una esperanza desganada
aguachenta
Hablo de una esperanza porfiada
con piernas de escalera
y ceremonia de tigres

No una esperanza ingenua

No un esperanza interina

Yo hablo
de una esperanza de trinchera
con fiebre y con pezuñas
con ovarios
y en pollera

*de ADRIANA DIAZ CROSTA
(Santo Tomé. 1960/95)

-Enviado para compartir por Oscar Agú. cachoagu@yahoo.com.ar

*

Queridas amigas, apreciados amigos:

Este domingo 27 de septiembre de 2009 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor español Agustín Castilla-Ávila. Las poesías que leeremos
pertenecen a Marcelo Marcolín (Argentina) y la música de fondo será de Wayanay (Andes). ¡Les deseamos una feliz audición!

ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!! (Recomendamos usar
http://24timezones.com/ para conocer las diferencias horarias).

REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!

Freundliche Grüße / Cordial saludo!

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com

Schießstattstr. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067

*

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23/09/2009 GMT 1

EN LA SOMBRA CORDIAL QUE SE DERRAMA...

urbanopowell @ 13:30

CREDO*

Creo en la luz, que es pura, y en la tierra,
y en el agua, que es casta, y en el sol,
y en la sombra cordial que se derrama
con la dulzura de tu corazón.

*de José Pedroni.
-Fuente: Poesías escogidas. Ediciones Botella al Mar. Buenos Aires. 2009

EN LA SOMBRA CORDIAL QUE SE DERRAMA...

DESCANSO*

“Nada se compara a esa leyenda de semillas
que deja tu presencia”

VICENTE HUIDOBRO

Cansa el viento zonda, amor,
Tu ausencia mucho más.
Languidece la luna desteñida,
Jazmín del aire, en aire marchitado.
Tenuemente ilumina
El relincho cansado del caballo.

Cansa la sequía, amor,
Tu ausencia mucho más.
Magullados los cardos,
Siguen las huellas vacilantes
De los perros flacos.

Cansa la vigilia del carancho,
Tu ausencia mucho más.
Las penumbras vacilantes de la noche
Huyen, tras un lagarto azul.
Mi corazón muere de sed.

Cansa la soledad, amor.
Despojados, la rosa y el espejo
De presencias errantes,
Buscan la plenitud del aire.
Las semillas.
Del agua, del fuego y de la tierra.

Cansa el olvido, amor
Tu ausencia, mucho más.
El caldén, tan callado,
Con destino de poste,
Con sus vainas preñadas de agorera savia.
Camina lentamente sumándose
A mis pasos.
Enciende la lámpara y la luna.
Trayéndome el descanso
Profundo de tus ojos.

*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar

LAS HORAS FELICES*

Como es temprano el bar del Club está en penumbras, el conserje el famosísimo “Negro” Peraffán mantiene esa luz natural, con los grandes ventanales que dan a calle o al patio, con las cortinas sin correr. Querrá, supongo, porque habla poco y siempre con un sesgo irónico, mantener cierta frescura, para que los habitúes que pronto empezarán a trasponer esa enorme puerta vaivén de vidrios muy gruesos, reciban un poco de fresco Que la canícula afuera les niega como una furia empecinada y ciega.
Primero vendrán los mayores, esos hombres que holgadamente pasaron la barrera de los sesenta o setenta años, que ven pasar la vida con una jubilación honrosa y que se toman un café en el bar o un cortado y esperan hacer número para un juego “del chancho”, que requiere seis jugadores. Si alguno se hace esperar demasiado lo llaman por teléfono. Si falla o no puede venir por cualquier motivo llaman al suplente, cuyo nombre lleva uno de ellos apuntado prolijamente en una libretita ad hoc.
Cuando están todos, luego del saludo, casi sin hablar se encaminan de a uno o dos hacia una habitación que está entre la barra del bar y la biblioteca.
Actúan como si estuvieran representando un libreto que han estudiado a la perfección. Esa habitación tiene dos mesas octogonales, un baño en una punta y en la otra una puerta que da hacia la biblioteca, un lugar cálido y acogedor que tiene entrada independiente. En ese lugar, comencé a leer bajo la guía de la dulce bibliotecaria de entonces: doña Julia García de Baud Naly, esposa del inefable antecesor mío llamado popularmente “El Flaco” Naly, quien un día partió con una mujer como quien dice “para siempre” y se perdió todo rastro de él.
Luego aparecerá el decano de todos ellos, el vecino casi desde la fundación del club, y que vive casi enfrente. Se trata de don Zimo Callegaris, quien se toma un cortado amargo y lee el diario con una minucia obsesiva. Se puede pasar horas allí. Con sus pantalones cortos, sus ojotas de cuero y sus grandes anteojos cuadrados en su redonda cara italiana.
Al atardecer sí, ya vendrán los más jóvenes y la emprenderán al “pool” en las dos mesas habilitadas donde además de exhibir sus habilidades, podrán anotarse en los campeonatos que ese deporte hace furor en este tiempo.
En general, el primero que viene y empieza a probar los tacos es “Calefón”, el hijo de “Fedeo” D´onofrio. Cuando llegan los otros está bastante afilado.
Entonces, sin solución de continuidad aparecen ”Fito” Aichino, el “Gallo”, Serafini, el “Pitoto” Sandrigo, “Pepe” Bacheli, José Farina, “Josecito” Fantasía, “Carita” Urbitza y su hermano “Chinchi”, los “Cavagnitas” que también son hermanos, Marito Compañy y el improbable “Galeanito”, quien contra todos los pronóstico se alzó con la primera copa del primer campeonato organizado por el club, también con un monto de dinero, no tan importante, tal vez, pero él mismo dice: “Lo importante es competir”
Nosotros esperamos un rato hasta que entre un hombre delgado, que exhibe su simpatía casi como una ostentación, se mueve con la naturalidad con que lo hace el dueño de un lugar y en cuanto tiene la más mínima posibilidad de exhibir sus galones, lo hace.
-Desde los trece años que vengo a cenar aquí-, se ufana.
Si está Miguel presente, le contesta rápido:
-Y, si nunca moviste una silla en el club, no te sirve de nada.
“El Nene” Croato, que de él se trata, lo mira con una cara que lo dice todo. Es conmiseración, es pena, es también la forma más piadosa de la amistad.
Si Miguel está en la mesa quiere decir que terminó su partida de naipes y tal vez también se arrime Raúl Rodini, viejo amigo y compañero de salidas bailables por los pueblos vecinos en la enterrada adolescencia.
Raúl me comenta que ha dejado de fumar y cuando me asombro por su estado atlético me confiesa que no cena: no va a la casa hasta muy tarde y si de noche el hambre lo despierta, se levanta, va a la heladera y se toma un vaso de agua helada. No puedo sino manifestarle mi asombrada admiración por su tenacidad y disciplina.
Seguramente ahora llegará el rato más amable de la charla, en especial cuando se sienta a tomar su cortado “Toto” Míguez, que con sus ironías finas convertirá esa reunión en una fiesta de la renovable amistad que mantienen de toda la vida. A veces, cuando la coyuntura agota su interés y hablar del tiempo se transforme en un tedio, volvemos al tiempo antiguo. El que estaba poblado de mariposas y torcazas, de calles polvorientas, en las cuales él, “Toto”, otros amigos y yo nos ganábamos el mundo con esa entera libertad que nos daban las casas chatas con patios de parras donde gorjeaban golondrinas y las tacuaritas.
El recuerdo casi nunca coincide, salvo cuando la travesura fue demasiado grande y quedó en los anales de la historia oficiosa del pueblo. Cuando “Tago” Sánchez y “Oreja” González, asustaron a Ethel Joan con el cuento del lobisón. Se escondieron en los cañaverales de don Pedro Silva y una noche oscura vieron que alguien venía y quisieron gastarle una broma. Saltar de improviso, salidos de cualquier lugar, de la nada, con la poca luz y la leyenda de un animal que asolaba los pueblos vecinos dio un conjunto de cosas que terminó haciendo su trabajo. Ella llorando, histérica, asustada; ellos escapándose del piquete de hombres armados que salió a perseguirlos. Cada vez que nos reencontramos con el “Tago” me lo recuerda, mejor dicho, me repone el recuerdo que no tengo, porque a la altura de esa anécdota que sobrevive en la memoria oral, yo ya no estaba en el pueblo, yo me había transformado en un viajero privilegiado, pero que de vez en cuando recibe malas noticias, como por ejemplo la muerte de Juan Carlos González, que se cansó de hacer bromas a la gente con esa cara de Buster Keaton para siempre.
El mismo que había perdido su nombre y era llamado cariñosamente por todos, “El Oreja”.

*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar

Marie Louise*

*Fernanda Sández
23.09.2009

Se llamaba Marie Louise Strauss. O Strausz, porque los empleados de Migraciones siempre han sido impacientes y una “sz”, en 1920 y recién bajada de un barco, sería para ellos demasiada complicación. Era húngara. Era hermosa. Es hermosa. Asoma desde su cielo sepia como de entre una nube. O eso creo. No sonríe. Pero me mira, que es mucho peor porque no sé qué decirle, ni cómo llamarla. ¿Abuela? ¿A ella, que es más linda y dentro de poco hasta más joven que yo? No, imposible. Ella para mí fue y será Marie Louise, una especie de hada personal, privadísima, para pedirle protección en los exámenes y en la vida. Y en los exámenes de la vida, sobre todo. Nunca sabré si le habrá gustado tener una nieta así. Tan oscura, tan quieta. Porque Marie Louise era una mujer de brillo y de movimiento, o eso me dicen. O eso creo yo o eso me invento sobre esa abuela sin manos y sin cuerpo que me mira desde una foto. Y me pregunta, sin preguntar, qué pienso hacer con lo que me queda de vida, quizá porque a ella la suya se le pasó muy rápido. Adivino que no todo habrá sido tan dorado ni tan movido como prefiero, necesito imaginar. Porque era húngara y hermosa, eso es verdad. También que se llamaba Marie Louise Strauss. O Strausz. Pero de todo lo demás nunca se supo nada. O tal vez sí, pero nadie quiso hablar porque, claro, ella para la familia sigue siendo “la abuela” y las abuelas pueden ser cualquier cosa. Menos putas. Y Marie Louise, en la Buenos Aires de 1920, fue precisamente eso: una puta. “Pura”, corrige pudorosamente la computadora en la que escribo. Pero no: era Strausz con “sz” y puta con “t” es lo que escribí, y lo que ella fue alguna vez. Y también lo que prefiero, antes que la “pura” que proponen las máquinas y las familias. Una “polaca” fue Marie Louise entonces, una cabaretera de pelo rojo y ojos grises que hablaba en alemán y que vino al país casada por poder con un supuesto noble que terminó siendo en realidad un cafisho de la Zwi Migdal, que es como decir la aristocracia de los vividores. A poco de bajar en el puerto –dicen, parece, creí escuchar– el falso conde/marido la vendió al dueño de un burdel de la calle 25 de Mayo. O algo por el estilo, porque con los secretos de familia nunca se sabe y a veces es mejor así. Que no se sepa. Que se imagine. Que una pueda ver a su abuela-hada vestida de reina, toda entre tules del color de la sangre, con su corte de cara perfecto y su pelo incendiado refulgiendo en la noche obligatoria del puticlub. Esperando sin esperar. Imaginando también ella sus cosas, su otra vida posible. Hubo –no pudo no haber– muchos que le se enamoraron por esos días. Tan linda, tan rara, tan de otro mundo era. O eso parece. Pero, sin dudas, hubo uno que la quiso mucho más, y le tomó la foto. No, no fue mi abuelo. Él solamente la sacó del cabaret, se casó con ella, le dio tres hijos y seis años después la internó por el resto de su vida en un hospital psiquiátrico. Yo hablo del otro. El del retrato. Ese para el que siento que Marie Louise quiso ser, por primera y última vez, la verdadera. La real. Entonces dejó caer por un instante la cara de cabaret, que siempre es de mentira, y se quedó desnuda. Con su cuello infinito más largo que nunca, la barbilla en alto, los ojos grises escurriéndose mejilla abajo. Ése, de ese hombre hablo. Ése en el que ella estaba pensando en esa foto. El único y último testigo del relumbrón. Hay un instante, uno solo, en el que la máscara se raja al medio y uno pare su verdadero rostro. Ese hombre vio eso: vio a Marie Louise recién nacida, iluminándose toda entera. Algo me dice que fue un escultor pobre, casi seguro italiano, encandilado desde el vamos por aquella mujer como de mármol que un día se encontró sentada en su silla de esperar. Y la vio tan perfecta, tan irreal, que desde entonces su vida se redujo a dos cosas: volver al cabaret y repetirla. Poner la cara de Marie Louise –coronada de flores o de hojas de parra– en el frente de cuanta casa le pidieron que hiciera. Buenos Aires era rica en esos años y todos querían su frente bien alto y con cariátide. En mi barrio todavía hay varias casas así, coronadas por mujeres aéreas que miran a los que pasan, como bendiciéndolos. Nadie me lo dijo, pero yo sé que la modelo es siempre la misma y que se llama Marie Louise Strauss. Siento entonces que, a su modo, ella me sobrevuela. Me protege. Le agradezco, entonces, que me haya dejado nada más que una foto. Y todo el tiempo del mundo para imaginar lo demás.

A la memoria de Marie Louise, abuela y hada, y a los millones de mujeres a quienes las redes de trata les siguen robando la vida y la historia, en el Día Internacional contra la Explotación Sexual y desde un país cuya ley al respecto sigue sin ser reglamentada.

*Fuente: http://criticadigital.com/impresa/index.php?secc=nota&nid=31197

*

La Plata, 20 de setiembre de 2001

Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla
y un huerto claro donde madura el limonero;
mi juventud, veinte años en tierras de Castilla,
mi historia, algunos casos que recordar no quiero.

Antonio Machado

Hoy es 20 de setiembre de 2001 y cumplo 54 años. Ignoro por qué se me ocurrió relatar los años de mi primera juventud... nostalgias, revival, el paso del tiempo... no sé. Se lo dedico a mis hijos que hoy tienen Celina 23, Pablo 19 y Lucía 17 años. Yo soy clase ’47 o sea de los años de la postguerra (1938/1945). Lo voy a hacer alternando la primera con la segunda persona, como si hablara conmigo al tiempo que con ustedes, mis queridos pibes.

Quizás me mueva al relato un par de cuestiones. La primera es las tantas veces en que no nos hemos puesto de acuerdo en la consideración de algunas situaciones que han cambiado mucho. La segunda es mi permanente sorpresa al ver –hoy en día- un paisaje urbano tan pero tan diferente al que me tocó vivir a mi. Les aseguro que el paisaje de mi niñez era muy otro, ni mejor ni peor pero bien distinto al de ustedes.

Como decía, nací en setiembre del año 1947 en la entonces llamada Capital Federal, hoy Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Mis padres vivían en Avellaneda, en un departamentito a un par de cuadras del viejo Puente Pueyrredón, puente hoy en desuso.

Al cumplir yo seis meses nos mudamos a WILDE donde papá había comprado una casa con amplio terreno, a tres cuadras de la Av. Mitre y calle Las Flores, vale decir cerquita del centro. Ahí, en ese suburbio del Partido de Avellaneda aprendí a caminar la vida y me crié. Era la década del 50 y viví en Wilde durante 24 años, hasta 1972, cuando recalé en La Plata para cursar estudios universitarios.

Los recuerdos que les voy a contar son básicamente de los ’50, una época que hoy parece acaecida trescientos años atrás, tanto han cambiado las cosas en apenas 40 años. Debo empezar diciendo que todo el contexto de la vida cotidiana de mi infancia y niñez era casi absolutamente distinto al que es hoy y en cualquier plano que se lo mire, ya van a ver. Empiezo entonces tal como me salga, voy a chequear mi memoria.

La zona donde yo vivía está hoy totalmente poblada y se ha convertido en un algo caro y elegante barrio con todos los servicios y arquitectura moderna. No era así en la década del 50. Por aquel entonces había en Wilde más terrenos baldíos que casas y más calles de tierra que asfaltadas, la Av. Mitre era empedrada con adoquines lo mismo que la mayoría de las pocas calles; tenía una muy ancha rambla en el medio por la cual circulaba el tranvía. Las casas eran de ladrillo, sin tejas, cuadradas, estilo antiguo y algunas sin revocar; muchas eran de madera y chapa. Cuando llovía se embarraba todo. La mayoría de ellas tenían agua de bomba, no agua corriente. No había edificios.

Los inviernos eran bien cojonudos y no teníamos con qué darle como no fuera con los pullovers que tejían mamá y la abuela. Debido a las pocas casas y predominancia de baldíos no había el microclima que hay ahora, entonces las heladas congelaban todo y pintaban de blanco el paisaje matinal. Los baldes que quedaban en el patio amanecían con una capa de cinco cmts. de hielo y el goteo de la canilla del fondo con la columna hecha una estalactita. Eso en la ciudad ya no se ve más. A los chicos nos ponían guantes de lana, bufanda y pasamontaña ¡Ay los sabañones en los dedos y las orejas!

Al haber pocas casas y muchos árboles en Wilde estaba lleno de pajaritos: palomas, torcazas, gorriones, mixtos, ratoneras, calandrias, chingolos, horneros, cotorras, benteveos, lechuzas, teros, colibríes, urracas, cabecitas negras, golondrinas, tordos, tijeretas, y hasta jilgueros y cardenales.

Cumplí tres años el 20 de setiembre de 1950 y trece en 1960. Juro que durante la década del 50 jamás escuché las siguientes palabras: diu - marketing - preescolar - jardín de infantes - guardería - 7º grado - merchandising - alzheimer - anorexia - diet - light - aerobismo - turbo - climatizado - halógeno - poliuretano - multiprocesadora - clonación - alunizaje - pasteurizado - transgénico - genoma - postmoderno - tercera edad - tupper ware - wash and wear - transa - trucho - trolo - fifar - quartz - rayo laser - teflón - Care Free - lavilisto – guerrilla urbana - catering - globalización - geriátrico - grill – pack - tetra brik – poliamida – windsurf – AFJP -parapente – new age – fax – osteoporosis – Banelco – deuda externa.

Los autos eran muy distintos a los de ahora, por empezar estaban todos pintados de negro y las marcas eran otras: Chevrolet, Buick, Chrysler, De Soto, Studebaker, Playmouth, Vauxhall, Morris. Cuando salió el Kaiser Carabela fue el oh! de todo el mundo y ni les cuento del Valiant I que parecía un avión y daba más de 120 kmts./hora. La velocidad crucero era de 70 kmts. y el viaje a Mar del Plata duraba siete regulares horas. No había semáforos y para doblar se sacaba la mano por la ventanilla; si se transportaba a un enfermo o herido había que atar un pañuelo blanco en la antena o llevarlo con la mano alzada por fuera de la ventanilla. Muy pocos tenían auto y no había problemas de estacionamiento en ningún lado; las calles eran todas mano y contramano. Mi padre era uno de los únicos dos que tenían auto en la cuadra, un Morris Ten modelo 47 cero km. ... un potentado mi viejo!

Las mujeres no manejaban. Al no haber semáforos, en las principales esquinas estaba la garita del vigilante desde donde el cana dirigía el tránsito con unas mangas blancas en el antebrazo y tocando el silbato. Me contó mi viejo que cuando él aprendió a manejar chocó contra una y la tiró abajo en la avenida Montes de Oca de Barracas (qué boludo!).

Había muchos carros tirados a caballo, por todos lados, era tan usual como ver un auto y la mayoría de los vendedores pasaban en carro. Es obvio imaginar el olor habitual de las calles a causa de la bosta de los caballos pisada por carros y autos, un aroma al que uno estaba bien acostumbrado y no ofendía al olfato.

Por las calles y de mañana pasaba el carro del lechero, el sifonero, el papero, la panificadora, el pescador, el verdulero, el escobero, el basurero, etc. Era una romería de carros y relinchos. Debido a que poca gente tenía heladera había uno que vendía hielo en barra: el yelero, también con carro y caballo por supuesto; cortaba el bloque con un golpe de serrucho y lo cargaba al hombro con una bolsa de alpillera. Otro personaje típico era el afilador de cuchillos y tijeras, un gallego que pasaba en bicicleta, de boina y tocando la flauta. Había uno que era francamente detestable: el carro jaulón de la perrera.

Muy poca gente tenía teléfono particular, agatas si uno por cuadra y entonces se lo prestaban a los vecinos. No había teléfonos públicos y mucho menos locutorios, para hablar había que ir a la empresa telefónica donde la comunicación la hacía la operadora conectando cables de dos colores en unos enchufes. No se pagaba por pulsos sino por llamada y existían muchos aparatos que se accionaban a manija y por operadora. Las estaciones del FFCC se manejaban con telégrafo mediante código Morse. Los teléfonos eran de color negro. Esto que cuento de los teléfonos tenía una implicancia que es ahora casi impensable: la gente se visitaba sin previo aviso, directamente caía en la casa de uno y golpeaba la puerta.

Los medios de transporte público eran tres: el colectivo –modelos muy antiguos, marcas Chevrolet, Ford, Leyland, Mercedes Benz o Bedford-, el troley, que era un colectivo enorme con dos fierros arriba conectados a la línea eléctrica, y el tranvía, del cual había infinidad de líneas que barrían toda la Capital y suburbios. Yo hice toda mi escuela primaria viajando de Wilde a Bernal en tranvía; el estrepitoso ruido que metían era muy típico y hacía a la música urbana de esos años. Conducía el tranvía o tranguay el "motorman", y el "guarda" te cortaba los boletos. Los asientos eran de madera y en invierno se colaba el frío en esas carrindangas que daba calambre.

Por supuesto que también estaba el tren pero con locomotoras a carbón (oh! la máquina a vapor...), recién empezaban a llegar las Diesel. Imaginar el tren iba unido al humo de la locomotora y el silbido de la máquina. Chucu chucu chucu chucu chucu chucu...

En la década del 50 el planeta estaba habitado por 2 mil millones de personas; hoy somos 6 mil los millones. Argentina tenía 20 millones y hoy 40. El año 2000 quedaba como el 3000... allá lejos y hace tiempo, en la estratósfera, era para las novelas de ciencia ficción. Las Twin Towers -que desde hace 9 días no existen más- tampoco existían y el edificio más alto del mundo era el indiscutido Empire State Building con sus orgullosos 381 mts. de altura.

Esta otra tanda de palabras tampoco figuraba en el diccionario de la vida cotidiana: Dolina – Arafat - Pinti – ortodoncia – prestobarba - frecuencia modulada -membrana asfáltica - kiwi - dolby - sida - unisex - realidad virtual - sensación térmica - mall - capa de ozono - chip - multimedia - lipoaspiración - plastificado - compact disc - biodegradable - Chapulín Colorado - contestador automático - www -
bytes - digital - delivery - management - soporte magnético - trabex - e mail - by pass - parking - caloventor - default - lluvia ácida -Carrefour - catering - tenedor libre - made in Taiwan - Dow Jones - CEE - Mercosur - Maradona - spa - prestobarba - DVD - fecundación asistida - masterizado - papanicolau - mamografía - Brasilia – sachet - hipoacúsico – discapacitado – Serrat - inalámbrico – pet - fun.

El documento de identidad de los hombres se llamaba "Libreta de Enrolamiento" y el de las mujeres "Libreta Cívica". Ir a la colimba era "ir a servir a la Patria" o a "hacerse hombre": si te tocaba Marina tardabas dos años en hacerte hombre (yo me salvé de la colimba por número bajo, me tocó el 017). Argentina todavía no era una colonia yanqui y el concepto de Patria se llevaba muy adentro. En el 47 autorizaron a votar a las mujeres. Había una señora -La Eva- que se mandaba unos discursos de hostias por la radio; creo que después se enfermó y se murió, mi papá estaba contento.

Ahora voy a algo que me resulta tan gracioso y sorprendente como necesario para agregar al presente cuadro una de sus pinceladas fundamentales: en la década del 50 recién se empezaba a usar el plástico, casi no había cosas de ese material. Recuerdo haber asistido a la aparición de las primeras medias de nylon para mujeres, eran muy pero muy caras y por supuesto el último grito de la moda.

Uno de ustedes se puede preguntar tranquilamente cómo es un mundo sin plástico y estoy seguro le va a costar hacerse a la idea ya que hoy casi todo es de alguna variante de ese material. ¿Y de qué eran los objetos antes del plástico? Pues es muy simple, casi tonto: de vidrio, papel, cartón, hule, chapa, zinc, lata, madera, calabaza, mimbre, caña, cobre, alpaca, tela, lona, lino, lana, hilo, algodón, cuero, amianto, loza, cerámica, plata, antimonio, corcho, niquel, goma, yeso, arcilla, cebo, baquelita, aluminio, acero, bronce, ladrillo, piedra, barro y adobe, cemento y fibrocemento.

Hoy día basta contar las cosas de plástico que hay arriba de la mesa a la hora de almorzar para darse uno cuenta que una mesa de hoy es muy distinta a las de antes. Todos los envases de bebidas eran de vidrio y retornables, y dicho sea de paso no existía la Coca Cola de litro, todas la gaseosas venían en botella chiquita y no era usual verlas en la mesa cotidiana. Los chicos tomábamos un concentrado (jarabe) para diluir llamado Granadina y otro de bebida cola, la Refrescola. En los bares además de Coca vendían Pomona, Indian Tonic Cunnington y Bidú Cola. La Pepsi llegó más tarde.

El vino era común de mesa y el reserva para ocasiones especiales, ni qué decir del fino. Las marcas eran media docena, que ya no vienen: Tomba, Tupungato, Gargantini, Toro, Pángaro y algún otro. El mantel de la mesa era de hule y si domingos o feriados entonces de hilo, sin dudas que bordado a mano.

La vestimenta del hombre era muy otra, por empezar era más elegante y se usaban gemelos para las mangas de camisa, chaleco, moñito en vez de corbata, sombrero, trabacorbata, ligas para las medias (claro! porque no eran de nylon, entonces no ajustaban y se caían, había que sostenerlas con algo), traje, tiradores en vez de cinturón, pañuelito pintón en el bolsillo de arriba del saco, anillos grandes y guantes. La terminación era con peinado raya al medio y Glostora o gomina Brancato... una afeitada con brocha y Gillette, un poquito de colonia y a romper la noche muchachos!

La mayoría de las cosas que uno hoy compra envasadas se vendían sueltas y además por precio, no por peso. Ejemplo: ir al almacenero y traer 10 ctvs. de azucar, otros 10 de fideos y 5 de manteca, garbanzos, porotos o lo que sea. No había super ni hipermercados, agatas si mercados chiquitos y ferias francas, para las compras diarias estaba el almacén del barrio, la verdulería, vinerías, forrajerías, zapaterías, etc. Muchos de esos rubros hoy ya no existen más. El vino se estilaba comprarlo suelto llevando la damajuana; el aceite también se compraba suelto. Las gallinas se vendían vivas o se sacaban del gallinero y había que cortarles el gañote y desplumarlas con agua hirviendo. No había fábricas de pastas frescas.

La leche no venía en sachet y se compraba suelta por litro llevando la jarrita. También venía en botellas de vidrio marcas La Martona y La Vascongada. No había "larga duración" ni ninguna de las marcas actuales. Los menores tomábamos leche con Toddy, cacao o cascarilla.

La población de Wilde estaba compuesta en su mayoría por inmigrantes tanos, gallegos y turcos. Había mucha gente de otros países que venía huyendo de las guerras y entonces uno aprendía idiomas y dialectos casi sin querer; a mi me daba risa oir hablar a los tanos en su media lengua y mi viejo los imitaba muy bien. Mi abuela era gallega y solía hablarme en su idioma. Esos inmigrantes instalaron aquí sus costumbres de origen y algo muy común era la quinta; casi todas las casas tenían quinta y gallinero. Entonces la gallega me mandaba a la forrajería a comprar afrecho y rabacillo para las gallinas, también maíz. Yo tenía que agarrar un balde, ponerle agua hasta la mitad y echarle afrecho, revolver hasta que espese y darle a las gallinas.

Los almaceneros, dueños de restaurants y mozos eran todos gallegos, los albañiles y carpinteros italianos, los tintoreros japoneses, los vendedores ambulantes de ropa turcos y los lecheros vascos. Eso era invariable.

Había pocas instituciones bancarias, muy tradicionales, sucursales del Provincia y el Nación, también el Hipotecario y la Caja Nacional de Ahorro Postal. Los conceptos de inflación, indexación, devaluación, corrupción, terrorismo, etc. no existían; tampoco existían las tarjetas de crédito ni los plazos fijos. Se usaba el cheque, el pagaré y la cuenta corriente; también la palabra y sellar el trato con un fuerte apretón de manos. Nadie compraba dólares.

Al no haber inflación las cosas costaban siempre lo mismo por años y años. Recuerdo que para ir a la primaria viajaba de Wilde a Bernal y el boleto del tranvía era de 0,50 ctvs. “Peso Moneda Nacional”. El colectivo 0,70. En el 58 mi viejo compró unos lotes en Mar de Ajo con un crédito del Banco Hipotecario a 20 años, al final terminó pagando chaucha y palitos. Los impuestos se pagaban anualmente y no bimestral o mensualmente como ahora.

Los elementos de aseo eran mucho más restringidos que los de ahora, no había sido inventado el champú ni la crema de enjuague. Mi madre y mis tias juntaban agua de lluvia para lavarse el cabello con algún jabón fino Palmolive. No recuerdo si ya había desodorantes axilares pero los primeros fueron de barra, en envase de vidrio con tapa de lata, marca Polyana. El desague del inodoro era a cadena, no a botón, con la pesada mochila de hierro expuesta allá arriba.

El servicio de la luz se pagaba en el domicilio; pasaba un cobrador, leía el medidor y cobraba según el consumo registrado. No llevaban custodia ni iban armados y eran siempre los mismos tal como era siempre el mismo el cartero, durante años y años. De noche la Policía patrullaba las calles a caballo –de a dos- y constataba que los picaportes de las casas estuvieran con llave. También estaba el sereno que indicaba su paso golpeando la puerta cancel con un bastón. La luz blanca no existía, había sólo de la amarillenta, en casas, calles y autos.

Todos los vecinos se conocían y se visitaban, que uno le llevaba ciruelas al otro y ese retrucaba con uvas de su parral, empanadas o alguna que otra cosa. Se vivía a un ritmo más tranquilo que el de ahora; es un dato ostensible que al mismo tiempo que fue aumentando la velocidad de los autos, aumentó la velocidad de la gente (o mejor a la inversa). Qué era el "stress"...? -Ni idea.

En la década del 50 no había internet - countries - lentes de contacto - torturadores - lavaderos automáticos - ninjas - tampones - moratorias - desaparecidos - trasplantes de órganos - drugstores - locutorios - freezers - misiles - cajeros automáticos - tarjetas de crédito - reality shows - celulitis - psicólogos - neumáticos radiales - shoppings - aliscafos - cybercafés - alimentos balanceados - coches bomba - tractorazos - piqueteros - hackers - autopistas - secuestros - comercio de órganos - Brigadas Rojas – Prode – Loto – Quini 6.

Los colchones y las almohadas eran de lana, pluma o algodón, no existían la gomaespuma ni el polyester. Había un oficio que era el de cardador; el hombre venía a casa, descosía el colchón, lo cardaba o sea despelmazaba la lana, y lo volvía a armar; se lo llamaba anualmente en primavera. En relación a este tema teníamos dos animalitos bien jodidos y colchoneros que prácticamente desaparecieron: la chinche y la pulga; fueron desplazados por los piojos y las liendres. Siempre es así, se vence una peste y aparece otra que la reemplaza ocupando su lugar.

Casi no existía la electrónica, no existía, entonces no había televisión ni equipos de audio, grabadores, pasacasetes, videocaseteras, walkmans, guitarras eléctricas, microondas, acondicionadores de aire, celulares ni computadoras. Sí pibes y aunque no me lo crean: cuando yo era chico –y ojo que no tengo 180 años- no había TV ni PC, agatas si radio eléctrica y a válvulas, las de transistores vinieron después. Recién el tocadisco había desplazado a la vitrola y los pudientes tenían un “combinado” que era un enorme cajón de madera con radio y tocadiscos (discos de pasta 78 rpm, por supuesto). La sigla PC quería decir Partido Comunista.

Nos enterábamos de las noticias por el diario y la radio. Yo seguía la serie de Tarzán que iba por Splendid todos los días de 17 a 17,15 hs. y mi madre escuchaba las radionovelas con Oscar Casco y otras voces engoladas célebres por aquellos años. También había radioteatro, óperas y zarzuelas, y el domingo al mediodía todo el mundo escuchaba "La Revista Dislocada" con Delfor a la cabeza; por la tarde los hombres se prendían con el partido. Cuando había golpe de estado buscábamos Radio Colonia en el 5.5 del dial con la inconfundible voz de Ariel Delgado (“haaay mááás informacioooones para este boletííín!!!”). Otra radionovela que me gustaba era "Lindor Covas El Cimarrón".

La TV apareció cuando yo tenía unos 8 o 9 años, en 1956 aprox., en blanco y negro y con un solo canal -el 7- que transmitía dos o tres horas por día; los locutores eran el negro Brizuela Mendez y Pinky. Pronto llegaron Pepitito Marrone (cheeee!!!), el Capitán Piluso y Coquito, Balá, el padre Gardella y las series La Patrulla del Camino con Broderick Crawford, 77 Sunset Streep, Perry Mason, Bonanza y El Zorro. También La Familia Falcón con Pedrito Quartucci. Muy poca gente tenía televisor, eran carísimos.

Los primeros grabadores fueron marca Geloso y eran a cinta (no a casete). El Winco y los long plays llegaron después, en mi adolescencia. Los Beatles todavía no existían pero se empezaba a escuchar a Bob Dylan, Joan Baez y Elvis Presley.

No había artefactos a pila excepto las linternas, eran pocos y todos eléctricos. Los encendedores eran a bencina. Las velas y fósforos de cera marca Ranchera y las pilas marca Eveready, grandes, de las chiquitas y medianas no había. Todos los chiches que se movían eran a cuerda.

No existían la informática ni la semiótica, tampoco la ecología y mucho menos el psicoanálisis y los psicólogos. Había muy pocas especialidades médicas y mil veces menos medicamentos que ahora. No había medicina de alta complejidad ni la impresionante aparatología actual; se usaba mucho la medicina casera utilizando el vinagre, la barrita de azufre, las ventosas, las purgas laxantes de aceite de castor (puaj!), las píldoras Ross para regularizar el intestino, el ajo con leche para sacar la lombriz solitaria, el alcanfor contra la polio, las enemas cuando te atrancabas, el aceite de hígado de bacalao, la ruda contra la mala suerte, el carbón para cortar la diarrea, el Geniol para el dolor de cabeza, alcohol fino, árnica para los machucones, etc. El hospital público, que era gratuito y de calidad, atendía al 90% de la población; había muy pocas instituciones privadas.

Los chicos nos enfermábamos de sarampión, viruela, poliomelitis, escarlatina, lombríz solitaria, tuberculosis, tos convulsa, gripe, varicela, y alguna otra típica de esos años. Casi no había vacunas excepto la Sabín oral contra la polio (oral, sin inyección). Por cualquier cosa te daban una inyección en el culo que te dejaba a la miseria. Ir al dentista era dramático, la sala de torturas, lo peor de lo peor, con ese gigantesco e infernal torno a cuerdas.

Después te arreglaban con caramelos: Sugus, Media Hora, Fruna, Chucola, Chuenga, chicles Adams o Bazooka, confites y pastillas DRF de menta; en el mejor de los casos te llevaban a tomar un helado de palito y listo el pollo. Un dicho clásico de aquellos años: "A golpes se hacen los hombres y a patadas las mujeres".

De chico me tuvieron que operar de la garganta (amígdalas) y me llevaron al Hospital Argerich de La Boca. Recuerdo que me agarró una enfermera de sorpresa por atrás, me sujetó fuerte, me encajó una sábana y al toque apareció el médico con unas pinzas enoooormes. Me obligó a abrir la boca de prepo, metió las pinzas y tiró para afuera; quedamos él, la enfermera y yo bañados en sangre. Listo, ya estaba. (¿y la anestesia Doctor...?). Así fue como accedí a la castración.

De cada cosa había muy pocas marcas y eran siempre las mismas, entonces comprar era fácil. Por ejemplo había una sola marca de zapatillas –Alpargatas- con cuatro modelos: las comunes, blancas o azules, y las de basquet, blancas o azules. Hoy día para comprar zapatillas hay que ser especialista en marcas, modelos y mil chiches... total para qué si un par de zapatillas es un par de zapatillas. De igual manera ibas a la ferretería a comprar pintura para madera o metal y había dos marcas -Alba y Colorín- con sólo dos variedades: sintético (brillante) o mate (opaco), nada más que eso. La ropa era de algodón o hilo -no de polyester- y necesitaba plancha y almidón.

No había delivery ni comidas preparadas, prepizzas ni tapas de empanadas, casi todo lo hacía el ama de casa con elementos caseros; se pasaban la mañana entera cocinando entre ollas y nubes de vapor de agua hirviendo. La calefacción era mayormente a carbón -braseros- y a kerosene que había que ir a comprar a la estación de servicio. Las estufas eran a vela y había que darles bomba. El calentador marca Bram-Metal se usaba tanto para cocinar como de calefactor. El carbón se compraba en la carbonería, también la leña, papas y cebollas en bolsa y kerosene. Había heladeras pero no freezers.

Tampoco había de lo siguiente: luncheon tickets - indexación - Favaloro - Montoneros - Merval - cable coaxil - riesgo país - Hubble - sommier - holograma - hipoalergénico - Concorde - fórmica - ADN - policarbonato - call money - combo - promo - neonazi - e mail - página web - telgoporn - fundamentalismo - Benetton - Ulster - videocable - contaminación ambiental - peaje - corlock - tender - día del amigo - día del niño - premium - ingeniería genética - cinerama - listas sábana - empleados ñoquis - demo - unplugged - ETA - Neil Armstrong - Che - tomografía computada - resonancia magnética - chatear - on line – flexibilización laboral – Bin Laden.

Mis distracciones consistían en andar en bicicleta, jugar con mis amigos a las bolitas (uy! cuando aparecieron las japonesas!) o las figuritas, el ajedrez, el ludo y las damas, la lotería de cartones, los autitos, el remo, los patines, pasear a mi perro, hablar en jeringozo, hacer cosas con maderas, serrucho, martillo y clavos. Entre mis amigos nos tratábamos de "che", no de "boludo". A la gente grande -de más de 20 años- se la trataba de riguroso "usted".

También leer los libros de la colección Robin Hood, manejar el aro, remontar barriletes, cazar pajaritos con la gomera, tocar el timbre y salir corriendo, jugar a la escondida y la mancha, el rango y la rayuela. Me encantaba ir con la bici a pescar a Quilmes o a la lagunita de Sarandí. Coleccionaba estampillas y leía Patoruzú, Billiken y las revistas mejicanas. Mis héroes eran Tarzán y el Llanero Solitario. Me había fabricado un palomar en el fondo y tenía como 40 palomas, de las comunes, buchonas y cola de abanico.

Otros juegos infantiles eran el monopatín, el carrito con rulemanes, el tinenti (o payana) con las piedritas, el balero, el yoyó, las palabras cruzadas y el estanciero. Los barriletes los hacíamos caseros, con filetes de caña, pegados con engrudo y destripando una sábana vieja para ponerla de cola. El ladrón y el vigilante, jugar a la pelota en el potrero y la cerbatana. Cuando llovía y se inundaba la calle hacíamos barquitos de papel.

Las plazas tenían una configuración distinta a las actuales, con algunos personajes que han desaparecido. En casi todas había un guardián o cuidador municipal que la mantenía limpia y arregladita; también estaba el barquillero que vendía rosquitas, pirulines, gofio, manzana acaramelada, maníes calentitos, lupines y pochoclo. Pero la palma se la llevaba el calesitero con la algarabía de los caballitos que suben y bajan y la magia de la sortija. En ninguna faltaban hamacas ni toboganes. Otro era el heladero que también pasaba en las tardes de verano por el barrio en un triciclo-bicicleta... "palitos, bombón, heladoooo!!" y despachaba una de dos marcas: Noel o Laponia. Alcancé a conocer al organillero con el lorito que te sacaba la tarjeta de la suerte (... las ruedas embarradas del último organito... vendrán desde el suburbio buscando el arrabal...).

Era la época de la categoría Turismo Carretera con Fangio -quintuple campeón mundial-, los Galvez y los Emiliozzi; y en boxeo Gatica, Lausse y Pascualito Pérez. En catch Karadagián y en fútbol como siempre unos cuantos, recuerdo a Musimessi -el arquero de Boca-, Labruna en River, Erico en Independiente y Ratín y Mauriño en Boca. Los partidos los transmitían por radio Fioravanti, Muñoz y Luis Elías Sojit.

Iba al cine semanalmente a ver las de cowboys con Alan Ladd y John Wayne matando apaches (oh! Gary Cooper, oh! Kirk Douglas). Daban tres películas y mi vieja llevaba la canasta con sánguches de milanesa, mandarinas, bananas y Coca Cola. Cada vez que se quemaba la película se armaba un griterío infernal y revoleábamos las cáscaras de banana; nada muy distinto a lo que se ve en “Cinema Paradiso”.

Las de terror estaban a cargo de Boris Karloff que metía un miedo de aquellos. En la siguiente década apareció Narciso Ibañez Menta con "El Fantasma de La Opera". Las películas eran casi todas en blanco y negro aunque algunas de Hollywood comenzaban a llegar en technicolor. Otro que metía miedo era Hitchcock y para reírnos teníamos de sobra: Los Tres Chiflados, El Gordo y El Flaco, Chaplin, y Los Cinco Grandes del Buen Humor, sin contar los dibujos animados de Walt Disney.

Una vez un sábado a la noche mis viejos se empilcharon porque iban a salir con una pareja de vecinos al cine a ver una porno PM18. Intrigado quise saber cuál era pero no me lo quisieron decir (muy bien no sabía qué quería decir "porno"). Después me enteré que era "La Cigarra no es un bicho", nacional, con Luis Sandrini y gran elenco. Ya de mayor la fui a ver de pura curiosidad... qué poco hacía falta para ratonearse (hoy es para los chicos, hasta uno de 8 la puede ver).

Las fuerzas armadas de mi país –poderosamente equipadas- tenían tanques de guerra Sherman, fusiles Mauser, jeep Willys y aviones Gloster Meteor. Hoy todo eso se puede ver en los museos. Casi no existía la energía atómica y no había centrales nucleares. Argentina tenía una flota naviera estatal -ELMA- de primera línea que surcaba todos los mares del mundo; exportaba productos agropecuarios y tenía un futuro de grandeza. Los servicios públicos eran todos nacionales, Perón se los había expropiado a los ingleses.

Un amigo de mi viejo lo quiso entusiasmar para irnos a vivir las dos familias a EEUU, yo asistí a la conversación. El Sr. Estancich decía que aquel era un país pujante (recuerdo esa palabra porque no la entendía y fui corriendo a buscarla al diccionario); mi viejo le dijo que no, que Argentina también era un país pujante y se quedaba aquí. Sin comentarios.

Avellaneda era un maremagnum de fábricas trabajando a pleno con sus chimeneas humeando día y noche. Hoy es un triste monumento a la desocupación. La Boca y todo el puerto de Buenos Aires eran un enjambre de vapores cargados hasta la línea de flotación con los productos del país (ver los cuadros de Quinquela). Eran miles los estibadores y obreros que llenaban las calles desde temprana hora. Todo eso -que yo alcancé a ver- se terminó hace rato.

Wilde era un barrio tranquilo y los vecinos se conocían todos, entonces no había mayores problemas de seguridad. Nadie enrejaba la casa ni ponía alarmas, para eso estaba el perro. Casi no había robos y recuerdo que cuando había algún asesinato truculento salía en la tapa de La Razón, en la famosa edición quinta de la tarde. Los canillitas voceaban los titulares -ahora ya no lo hacen-. Mis padres no me dejaban leer las noticias "policiales" porque eso no era para los chicos (tenía que pasar de largo la página 5).

Los pocos ladrones saltaban las tapias a puro coraje, todavía no habían nacido Rambo ni Terminator. No mataban a nadie; una cosa era el ladrón y otra el asesino, diferencia sustancial que las épocas dejaron totalmente perimida. Decía que las casas no estaban enrejadas ni monitoreadas, apenas si culos de botella rotos en las tapias y a veces alambrados de púa. Se solía usar el cerco vivo de ligustrina.

Cuando yo era chico no había drogas, me refiero a las actuales y no al alcohol y el tabaco, con quinientos años el último y miles el primero. Teníamos sólo dos variedades de coca: la Coca-Cola y la Coca Sarli, de la marihuana ni noticias y la primera que causó estupor fue el LSD pero recién en la década del 60. La gente no consumía ansiolíticos a pasto como ahora, hacerlo era signo inequívoco de estar colifato; había pocos y eran recetados por los médicos psiquiatras, no por los clínicos.

Por las tardes de verano la gente salía a la vereda a tomar mate y leer La Razón, conversar con los vecinos y ver pasar la vida. Para fin de año se iba a saludar casa por casa con una sidra bajo el brazo. En carnavales salían todos con los tachos a la calle y se armaba la farra. A mi me fascinaban las fogatas de la noche de San Juan. Esta historia moderna de la gente que vive en edificios y no conoce al del depto. de al lado solamente pasaba en New York.

Los cigarrillos eran sin filtro y lo más común era armarlos comprando por separado el papel y el tabaco, en general negro. Los primeros rubios con filtro fueron los Hawai, LM y Saratoga. Fumar era asunto de hombres, no de mujeres. Los encendedores eran marca Monopol, Zippo y Carusita, todos mecánicos y a bencina. Los viejos fumaban pipa, habanos o cigarros de chala. Se podía fumar en cualquier lado, incluso en los colectivos.

El bolígrafo recién empezaba a llegar, para escribir usábamos lápiz y lapicera fuente. Yo también usé pluma cucharita y cucharón mojando en el tintero (la de ganso ya estaba superada). La única tinta era Pelikan y había algo que ya no se usa más pero era necesario para evitar los manchones: el papel secante. La fotocopiadora no estaba inventada pero había papel carbónico que te ensuciaba los dedos; cuando estaba en quinto grado apareció el Simulcoop que fue como decir la octava maravilla del mundo, nos facilitaba tener que dejar de hacer los mapas a mano. Otro gran avance de la ciencia fue el tintero involcable. Ja!

También estaba el mimeógrafo (había que picar el extensil), y las máquinas de escribir mecánicas marcas Olivetti, Remington y Underwood. Las primeras calculadoras fueron a manija y hacían las cuatro operaciones básicas, el porciento y poca cosa más; eran unos aparatos Olivetti muy pesados y grandotes con la carcaza de hierro. Los comerciantes usaban la máquina registradora, unas enormes máquinas plateadas manuales con teclas de colores.

No había viajes de egresados como ahora; cuando terminabas la primaria o el secundario, el colegio -por supuesto- hacía una fiesta de graduados, y había que portarse bien... Los periódicos zonales sacaban la foto de la nueva promoción. Todos aprendíamos a leer con el libro Upa creo que de Constancio C. Vigil. En la escuela en cada grado teníamos que comprar El Manual del Alumno Bonaerense que venía con todas las materias en un sólo libro; en Capital estaba el manual de Kapelusz.

En casa papá había comprado un juego de tres diccionarios que yo usaba a menudo (y sigo usando): la Enciclopedia Ilustrada de la Lengua Castellana -Sapiens- Editorial Sopena Argentina, tapa de cartón duro, edición 1951. También teníamos la Historia de América de Levene, 15 tomos, edición 1946. Los libros y cuadernos se forraban con papel araña y los chicos teníamos "libreta de ahorro postal" con estampillas, y el chanchito alcancía. El único pegamento para el colegio era el "pegalotodo", no había otro (la Plasticola es de los '70).

El diariero traía todos los días La Prensa, años más adelante mi viejo lo cambió por Clarín. Los lunes llegaba el Billiken y yo por mi parte iba al kiosko a comprar Patoruzú y El Pato Donald con unas monedas que me tiraba mi abuela.

La fotografía era en blanco y negro y muy pocos tenían máquina de fotos (eran grandotas y cuadradas). Había que ir a la casa de fotografía o al retratista a hacer un dibujo a carbonilla; otra posibilidad era el infaltable fotógrafo de cada plaza. Ni pensar en las filmadoras actuales, fotómetros, telémetros, zoom ni cámaras digitales, eso no figuraba ni en las novelas de Julio Verne.

Viajar en avión era cosa de empresarios, funcionarios, militares y pudientes (eran cuatrimotores a hélice). Nadie nacido por acá conocía USA ni Europa. Mis abuelos habían llegado al país en barco trás veinte y pico de días de viaje; nunca más pudieron regresar. Se usaba mucho lo único que había: el correo postal con la estampilla. En muchas esquinas había un objeto cilíndrico pintado de rojo emblemático de aquellos años: el buzón.

Cuando se almorzaba o cenaba había una consigna extendida, al menos en mi casa y casas de vecinos y amigos de mis padres: en la mesa los chicos no hablan. En verdad los chicos teníamos pocos derechos comparado con el hoy, sería tal vez por que no había psicólogos... no lo sé pero ya tampoco me importa. En Pehuajó todavía no había nacido Manuelita. Cuando se te rompía la ropa no la tiraban como se hace ahora, tu mamá te la zurcía o le ponía un remiendo y se seguía usando. Había que verla a la vieja o a la abuela meta darle al huevo de madera, la aguja y el dedal zurciendo las papas de las medias o la entrepierna de los pantalones cortos.

Al no haber un gran desarrollo de la industria química no existían los aerosoles, aunque parezca mentira no había de esa parafernalia. Pero entonces... ¿cómo se eliminaban las moscas? -Con la paleta matamoscas y de a una, o echándoles flit; después apareció el Tugón de Bayer que era un disco como de goma que se ponía en un plato con agua, la mosca picaba y caía envenenada. En los bares colocaban unos aparatos aéreos con luz azul y varillas electrocutadas. En muchas casas tenían fiambreras, unos jaulones colgantes con malla de alambre anti moscas.

¿Y las cucarachas? -Con el zapato. Los mosquitos con espirales Caracol, la única marca del mercado. Las lauchas y ratas con trampera y quesito, y si no con "Ratax", unos granitos raticidas que no les hacían nada. Mi viejo explotaba los hormigueros echándole agua con cianuro y un fósforo; otras veces les ponía "Formitox" pero no le daba resultado y las hormigas le comían toda la quinta (mama mía! cómo puteaba...). También estaba el DDT que después fue totalmente prohibido porque el remedio era peor que la enfermedad. Para desinfectar la casa se usaba la lavandina, el fluido Manchester y la acaroína.

Cuando yo tendría unos 10 u 11 años empezaron a aparecer los pantalones vaqueros, los primeros fueron los Lee e hicieron furor entre los adolescentes. Hasta bien entrada la pubertad los chicos usábamos pantalón corto; ponerse "los largos" era signo inequívoco de haber crecido. Recuerdo que la entrada a la adolescencia se significaba con tres blasones: los largos, la llave de la casa y el reloj pulsera; era usual que a los 17 o los 18 el padre le regalara al hijo un reloj (no, no, en esa época no eran digitales ni a pila, a cuerda y costaban bastante). Las mujeres no usaban pantalones, a ninguna edad, usaban polleras por debajo de las rodillas. Cuando llegó la minifalda a principios de los ’60 se armó un lio de aquellos y hasta discusiones teológicas hubo (ni que hablar de la bikini... uy! Dio!).

Existían las malas palabras y decirlas te hacía merecedor de una fuerte reprimenda (tirón de orejas, paliza o castañazo). Ahora que soy grande las puedo mencionar: hijo de puta, la reconcha de tu madre, boludo, pelotudo, andate a la mierda, pija, te cago a patadas, carajo, chupame un guevo, cabecita negra, quilombo, puto, cornudo, coger. "Estúpido" estaba a medio camino.

Había varios personajes de ficción que servían para asustar a los chicos cuando nos portábamos mal, uno era el diablo: "te vas a ir al infierno!". Otro "el hombre de la bolsa" que tenía su asidero en la figura del linyera, y otro "la gitana" que se llevaba a los chicos malos que no querían tomar la sopa. Cuidado que viene “el cuco”.

Mi madre no tenía lavarropas, eso lo compraron después y me acuerdo de su alborozo frente a semejante adelanto mecánico; las vecinas tampoco tenían. La ropa se lavaba en una enorme pileta de lavar de cemento armado refregando contra una tabla de madera, a mano, en verano y en invierno. Luego iba a la soga que era un alambre que cruzaba el patio de punta a punta y se levantaba con un palo largo. Para que quedara más limpia se usaba azul para blanquear y antes de la aparición del jabón en polvo lo único que había era el "jabón blanco para lavar la ropa" marca Cañadenzo o Federal.

Papá siempre fue un pionero en los adelantos y uno de los primeros del barrio en traer a casa el gas. Hubo que hacer el tendido de las cañerías de agua caliente y junto comprar el calefón, marca Orbis o Domec, ya no me acuerdo (el termotanque es contemporáneo de ustedes). Cuando yo era chiquito en la casa de Wilde no teníamos agua caliente y en invierno había que calentar ollas para bañarse; se lo hacía en la "cocina económica" de hierro fundido marca Istilart, a leña. En razón de lo anterior no era usual que nos bañáramos todos los días. El gas envasado fue un adelanto tecnológico al que saludamos: dos enormes cilindros de hierro con una escafandra... eso sí que era ir para adelante a toda máquina!!!

Pensando en lo que es hoy una casa con todos los aparatos eléctricos y electrónicos, las comidas preelaboradas, los alimentos envasados, freezer, microondas, etc. se me hace por comparación que ahora es bastante más fácil ser ama de casa. Mi vieja estaba todo el santo día dándole a la fragua... que lavar la ropa, hacer la comida, la quinta, el gallinero, coser, zurcir, tejer, bordar, planchar, ayudar a los chicos, ir a hacer los mandados, etc. -Es obvio entonces que por aquella época lo usual era que las mujeres no estudiaran ni salieran a trabajar, para lo primero no daba el tiempo ni el marco cultural y lo segundo era tarea del hombre. Casi no había mujeres profesionales.

Un tema aparte (ésto es para vos Pablo) era el de la música. Cuando yo empecé la primaria recién se empezaba a escuchar por estas pampas a Elvis Presley. Los Beatles no existían, vinieron varios años después. Lo que hoy se llama "banda" (de música de rock) antes era la banda de la Policía o la de los pistoleros, no había otras; lo que sí había eran las orquestas, en general de tango, jazz, "típicas" y las de música clásica. Antes del rock estaba el mambo, el bolero, el tango y el folklore; el rock que vos escuchás y tocás no nació en la época de Jesucristo... El primer conjunto de esa música que vi tocar en vivo fue a The Wonderfulls en el club Juventud de Wilde y también a Sandro y Los de Fuego (o sea que ahora Sandro debe tener como 300 años de edad). También lo solían traer a Antonio Prieto, Yupanqui, Alberto Castillo y Los Chalchaleros.

Mi viejo compraba discos RCA Victor (de pasta, ojo! no confundir con el CD... venía una sóla canción por disco) y tenía una colección de tangos y boleros además de otros como Lolita Torres, Benny Goodman, Bing Crosby, Glenn Miller, etc. Se los escuchaba los domingos a la mañana y cada tanto yo le rompía alguno; ahí se armaba y ponía el grito en el cielo (... te dije que no tocaras los discos!!!).

A los niños los traía la cigueña de París (la mentirosa historia de la semillita vino después). No se había inventado la ecografía ni se podía saber el sexo antes de nacer. El padre no podía presenciar el parto. Las leches maternizadas no existían, leche de vaca entera y común para todo el mundo (las descremadas sin nata son de esta época diet). Tampoco había pañales descartables. El único método anticonceptivo era el profiláctico -"Velo Rosado"- y recién empezaban a aparecer las pastillas. A los bares entraban solamente los hombres, no era bien visto una mujer en un bar.

No había saunas sino prostíbulos y lo habitual era debutar con una puta, a la novia no se la tocaba. En mi adolescencia solía frecuentar con amigos los burdeles de Isla Maciel (ayyy!!! las ladillas!!!). Como no había sida a lo sumo te agarrabas una blenorragia y en el peor de los casos la sífilis, que se curaba con inyecciones de penicilina. No había divorcio legal y la palabra separación no figuraba en el diccionario. Tampoco había el análisis de ADN para determinar certeramente quién era el padre (a veces el chico se parecía un poco al lechero o al sifonero).

Los velatorios se estilaba hacerlos en las casas y los deudos guardaban luto hasta que terminara el duelo: brazalete negro los hombres y vestimentas oscuras las mujeres. La gente usaba medallitas al cuello. Casi no había cultos extra católicos con excepción de los espiritistas de la Escuela Científica Basilio y los de las comunidades extranjeras: judíos, ortodoxos, protestantes, etc.

Para ir de Wilde a la Ciudad Eva Perón (La Plata) se lo hacía por la Calchaquí y el cno. Gral. Belgrano -ambos empedrados-, el Centenario no existía y el distribuidor de entrada tampoco. El Parque Pereyra se llamaba Parque de la Ancianidad. Para ir a la Capital se iba por la Av. Eva Perón (Mitre) y se entraba por el Viejo Puente Pueyrredón que es como decir el puente de Brooklyn. El arroyo de Villa Domínico no estaba entubado y el parque se llamaba Parque de Los Derechos del Trabajador.

Los puentes de Varela y Etcheverry todavía no estaban y para ir a Mar de Ajo, de Dolores en adelante la ruta era de tierra hasta Santa Teresita (200 kilómetros), luego había que seguir por la playa; cuando llovía era toda una travesía, el safarí de Camel... otra que "turismo aventura"! (una vez tardamos tres días en llegar a Mar de Ajo).

La carrera espacial recién empezaba, el Sputnik I se lanzó en octubre de 1957 y mucha pero mucha gente decía que eran mentiras, que Rusia nos estaba engañando. Recuerdo mi emoción una noche del 60 y pico cuando pasó sobre el cielo estrellado de Wilde el Vanguard I llevando a bordo al astronauta Gordon. No se hablaba de especies animales en extinción ni tala indiscriminada de árboles. Había indios salvajes y zonas del planeta inexploradas. Los mares no estaban contaminados y todavía no había aparecido Jacques Cousteau, no era necesario.

Salvo Hiroshima aún no habían empezado las pruebas nucleares y vivíamos libres de contaminación radiactiva; no había basura atómica en el espacio ni residuos nucleares. Recién allá por el 66 aprox. -yo 19- explotó el atolón de Mururoa en el Pacífico ante la consternación mundial y su debida amonestación a la República Francesa (Chernobyl iba a llegar en el 86).

Yo me entusiasmaba con los proyectos Mercury, Mariner, Géminis y Vanguard, que hoy se pueden ver por TV en el "History Channel". Esas noticias eran a toda tapa de los diarios de todo el mundo. La hazaña de Gagarín fue en abril del 61; tenía 14 años y ni yo ni nadie podíamos creer que un hombre orbitara el planeta... ¿Quién le pisaba el poncho a los rusos?.

Hoy la existencia es (o parece...?) inimaginable sin automóviles y teléfonos, plástico y aluminio, televisión y jets, electrónica e informática, y sin embargo hoy no somos más ni menos felices que
hace 40 años atrás. Es digno de ser notado que la tecnología y el consumismo no tengan nada que ver con la felicidad.

Los únicos cuatro made in que yo conocí fueron los Made in USA, England, Germany y Japan. La mayoría de los países del Africa eran colonias británicas, francesas, belgas o lusitanas. Asia quedaba allá lejos. En el año de mi nacimiento la Corte Suprema de EEUU autorizó a los negros a compartir el transporte público con los blancos.

En 1947 gobernaba el país el General Perón. El Papa era Pio XII y el presidente de EEUU Harry Truman. En España estaba Franco, en Francia el Gral. De Gaulle, en Rusia Stalin, en Japón Hirohito, en China creo que Chang Kai Shek y en Cuba Batista. En la RFA estaba el canciller Konrad Adenauer. Dos años antes había finalizado la Segunda Guerra Mundial con la bomba de Hiroshima (6/8/45) y la inmediata capitulación de Japón (tengamos confianza en Argentina y si no vean lo que le pasó a Japón hace pocos 56 años). La Europa arrasada se empezaba a reconstruir con el Plan Marshall.

La ONU fue creada el 24 de octubre de 1945. El premio Nobel de literatura del 47 se lo dieron a André Guide (Francia) y el de medicina al argentino Bernardo Houssay. Exáctamente cuatro meses después de mi nacimiento lo mataron a Ghandi (20/1/48) y el 14 de mayo del 48 (...yo agatas si ocho meses) se creó el Estado de Israel. En el 54 Boca salió campeón y mi viejo me llevó a los festejos, tenía 7 años. El muro de Berlín es del 61. Cuando lo mataron a John Kennedy (22/11/63) yo tenía 16 años. La guerra de los Seis Días (Israel contra los países Arabes) ocurrió en el 67 a mis 20, todavía faltaban 10 años para que naciera Celina.

Otra guerra que fue tapa obligada y diaria de los periódicos durante toda mi adolescencia fue la de Vietnam que arrancó en 1962 a mis 15 y terminó a mis 27 con la caída de Saigón (abril del 75). En el 53 fue el asalto al cuartel de Moncada con Fidel Castro a la cabeza y en el 56 el desembarco del Gramma; Fidel derrocó a Batista en 1959 a mis 12.

En muy apretada síntesis ésto era más o menos lo que les quería contar, dibujarles la época en la cual yo me crié, cómo era el mundo por aquellos años. Si leyeron atentamente habrán notado que las cosas parecen sacadas de un antiguo libro de historia, y sin embargo no es así, yo fui coetáneo de toda esa historia, era mi infancia, niñez y adolescencia. La distancia entre mis padres y yo no llegó nunca a alcanzar tamaña diferencia, ni por asomo (papá era del 17 y mamá del 20 o sea que ellos fueron testigos de la década del 30).

Queridos chicos: han pasado sólo 40 y pico de años y parece que hubieran sido como 1000. Los de mi generación hemos tenido que irnos adaptando a la acelerada modificación de todos esos parámetros básicos antes mencionados. Hemos visto pasar muchas pero muchas cosas y por momentos parecía que todo se acababa, sin embargo seguimos en pie. Cuando la crisis de los misiles en Cuba el planeta estuvo al borde de la guerra nuclear y hubo mucho miedo, fue en octubre del 62 a mis 15 años. Confieso haber estado aterrado.

Algunos cambios fueron para bien, otros no, pero no voy a eso. Voy al costo personal de tan impresionantes modificaciones, quiero decir que a veces no da la estructura mental para mantener el ritmo y en algunas cosas uno se va quedando atrás.

En mi caso -por ejemplo- cada vez que suena el teléfono me maravillo de ese invento (Graham Bell, USA, 1876) al que ustedes no tuvieron que adaptarse ni asistieron a su masificación. Ni qué decir de la computadora y el correo electrónico que me siguen pareciendo cosa e mandinga aunque los use a diario.

Sepan disculparme entonces si en algunas cosas -poquitas- me ven medio chapado a la antigua. Es que todo no se puede. Algunas veces y muy en el fondo me siento un sobreviviente pero enseguida se me pasa; si hasta me están empezando a gustar Los Redonditos de Ricota...

Hoy -20 de setiembre de 2001- cumplo 54 años y quise escribirles ésto a ustedes mis muchachos. A vos Celi que naciste en la época de la dictadura, a vos Pablo que sos de Malvinas y a vos Lu que sos de la democracia, los tres muy nuevitos. Yo soy de la post guerra, para ustedes una suerte de dinosaurio de Spielberg; ya murieron mis abuelos y mis padres y la década del 50 quedó allá atrás en la historia, bien lejos.

Bien, les digo que no soy un dinosaurio, es sólo que los tiempos han corrido al galope y mal que bien aquí me tienen, sentado frente a una computadora usando el correo electrónico. Pero la tecnología no importa, jamás se engañen con eso, lo único que vale más allá de los tiempos es el amor que nos tenemos y poder dormir tranquilos.

Bueno pibes, eso les quería contar este papá que les lleva más de treinta años, pocos o muchos según la vara que se use. Por momentos parecen un montón y en otros un soplo. Las dos décadas en las cuales mi arbolito se modeló y tomó su forma casi definitiva fueron muy distintas a las que les tocó vivir a Ustedes. No obstante aquí estamos todos juntos bajo el cielo de Argentina viajando en el veloz tren del tercer milenio.

No me animo ni a pensar en lo que va a ser el planeta dentro de 50, 100 o 200 años. No hay ninguna garantía de que vaya a estar mejor que ahora, nadie lo sabe. Basta imaginar el promisorio campo de la ingeniería genética para entrar en el terreno de la ciencia ficción, y sin embargo tal vez tenga más de ciencia que de lo otro.

Las guerras y la destrucción no van a terminar; esperemos que tampoco termine nunca la esperanza y el deseo de ir para adelante. Pero de una cosa podemos estar seguros: no es por la tecnología que se va adelante en serio, no es por la electrónica o la informática, es por otro lado, sin duda que es otra la via. No hay que desmerecer a la ciencia pero una ciencia sin ética es como un mono con revolver.

En este tembladeral de los años y las épocas me quedaron pocas cosas en pie pero hay una en la que sigo creyendo con absoluta firmeza: no hay salvación, no hay progreso, no hay nada si no es con todos y para todos. La cosa no es de a uno, es de a dos, y quien dice dos dice mil. Aunque sea una idea romántica, aunque digan que no se puede y aunque vengan degollando, si los adelantos tecnológicos no están al alcance y al servicio de toda la comunidad entonces no sirven para nada.

Basta ya de lata y a festejar que hoy el viejo vizcacha cumple sus primeros 54 tacos. Espero me hagan una torta y no se olviden de los regalos eh!

Los quiero mucho
Un beso
Papá

*de Mario Vidal mario.vidal@speedy.com.ar

DON FRANCISCO FUE UN TITAN*

*Por Adrián Abonizio. abonizio@hotmail.com

El árbitro era Hanz Aguila. El Dr. Karate contra El Comendatore Benito Durante. La Momia Blanca antes de la perversa Momia Negra versus Peucelle y la ignomioniosa terna arbitral mientras que sobre el cuero tensado rodaba el gordo William Boo. El hombre de la barra de hielo entraba al bar por un
pasillito lateral, arpillera al hombro y oliente a sudores caballunos, la chata hirviente como advertencia que lo que se rozara apenas fuera ardido por el troley que tenía que torcer la cornamenta para ni hacerle sombra siquiera. Chichita de Erquiaga traicionaba a Doña Petrona de Gandulfo, moviéndole el espacio. Pavita a la York. Juanita, la esclava alcanza cosas.
¿Qué significaría la "C" metida como cuña antes de Gandulfo?. Carrizo, el nombre del arquero de River. Y Colomba presentando una momia indígena en La Campana de Cristal.
Arriba, entre flores, el televisor entre el mármol, y la madera y con ese plástico delante para ver en colores. El padre de Carlos era albañil, luego se hizo contratista y era muy petizo y le gustaba estar con nosotros los pibes, los amigos de sus hijos. Fumaba mucho, Clifton creo y echaba el humo mirando la tevé con la mano apoyada en la barbilla, entre melancólico y cansado. Siempre andaba de blanco, oreado por el sol y con manchas eternas de pintura o de mezcla a bordo de un jeep y nos llevaba al campo, a La
Carolina, un campito vaya a saberse de quien era y nos hablaba de "Titanes en el Ring" con un entusiasmo infantil. Creía en lo que propalaba el aparato y el mismo era un actor secundario, un héroe de la clase trabajadora, esmirriado y fuerte, con ojitos de laucha feliz, allá arriba entre los andamios y el cielo. Un semidios sin físico de atleta pero con ángel. Cuando no estaba allí, en la altura, se metía en el traje de astronauta porque cultivaba abejas. "Cultivar" se decía a eso que tenía en una entrada
perteneciente a la familia por la calle de enfrente y espiar desde fuera, porque se nos estaba prohibida la entrada, él andaba con su disfraz entre las celdas de madera, entre flores de un verdín que hacía de telón de fondo y las abejas como otras florecitas moviéndose al silbido de él, su amo.
El Caballero Rojo perdió su primer pelea y Don Francisco abandonó su entusiasmo, porque según su credo, los buenos no perdían, Central no se iba nunca al descenso y sus hijos solo serían artilleros del equipo. Uno fue bailarín y el otro se perdió con atorrantas que lo único que hacían era sacarle el dinero que ganaba en la pinturería. Un día enfermó de un cáncer al pulmón y lo lloramos retroactivamente, mientras Karadagian en la próxima pelea que antecedió a su partida, casi pone de espaldas al oso que le habían tirado como rival.
Vino por última vez al Estoril a tomarse un fernet, pero ya la muerte lo seguía y él sabía y todos los sabíamos pero, en el fondo, esperábamos, como cualquier héroe cualunque, que la Muerte le temiese y no se lo llevara. Se despidió de mi tocándome la cabeza y augurándome iba a salir bueno y se subió al jeep por última vez antes de entrar al Hospital y perder la batalla que ni se televisó porque ya el rating elegía que era lo que vendía más o menos. Luego, en un tiempo que no pude medir se supo que tenía una hija en un pueblo, una hija de otra, una tal Florencia cuya mamá había muerto antes que él y que la viuda, la mamá de Carlos fue y deshizo la tumba a palazos y lo vedó del descanso final, traspasándolo al panteón de los hermanos. La tal Florencia fue, durante un verano tema de conversación en todo el barrio, pero luego, con el vértigo de las clases ella misma desapareció de la escena donde se había colado y nunca le pudimos ver la cara. Mi amigo Carlos una vez nos habló y dijo querer conocerla. Es mi hermana al fin y al cabo, pero, nunca a los chicos se les abre la puerta de la verdad y quedó la historia trunca, sin encuentros, ni regalos ni película. Allí en los altos andamios debe andar bebiendo grapa don Francisco, que así se llamaba el hombre. Dejó su ropa salpicada entre un montón de cosas, el traje de astronauta enlutado y las abejas que se mudaron de barrio. Carlos viajó a Europa a encontrarse
con su destino, cambió de sexo y se perdió en los canales de Venecia para reaparecer en postales. El otro hermano progresó, adquirió un lote y puso un bazar enorme que luego fundió por culpa de las putas.
Don Francisco, a pesar que no compitió nunca en las luchas, fue sin dudas mi mejor Titán.

*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-20317-2009-09-23.html

"EL DOCTOR FISCHER DE GINEBRA"*

La nieve
¿y quién o qué le pone
el revólver en la mano al millonario?
¿quién o qué lo incita
a desmoronarse sobre la nieve
la pasta dental
el chocolate?...

"IL DOTTOR FISCHER DI GINEVRA"*

La neve
e chi o cosa mette
in mano il revolver al miliardario?
chi o cosa lo incita
a dissolversi nella neve
il dentifricio
la cioccolata?...

*de Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar
-Traducido al italiano por Jerome Seregni

Los árboles*

aquietan morosamente, tiernamente los pensamientos.

Desde su altura no compiten: están.

Acompañan los ciclos y adormecen los vientos;
persisten sin apetecer.

Son compañeros de viaje hacia el sosiego
maestros en el juego de la luz
y no desean más que lo dado.

*de Oscar Agú. cachoagu@yahoo.com.ar
(Reside en Santo Tomé/Santa Fe)
-Fuente: LUZAZUL Nº 106. Septiembre/2009.

Correo:

Ciclo de Cine-Debate y Psicoanálisis
“La subjetividad de la época y sus avatares”

Ciclo de Cine-Debate organizado por ESPACIO PSICOANALÍTICO PAMPEANO
y Grupo de Estudiantes de Humanas de la UNLPAM

Espacio Psicoanalítico Pampeano continúa realizando actividades de extensión para quienes se interesan en los temas relativos al ser humano.
Este año, acuciados por los acontecimientos nacionales y mundiales, nos interrogamos por la subjetividad de nuestra época. Nos servimos nuevamente del arte cinematográfico como disparador y apuntalador para identificar los paradigmas socioculturales por los cuales nos encontramos atravesados como sujetos. Invitamos a quienes quieran reflexionar sobre los acontecimientos contemporáneos, sus avatares e implicancias subjetivas.
Proponemos una selección de films que, gracias a su riqueza, posibilitan un análisis fecundo para el debate. Intentaremos, con el aporte de todos, ubicar los emergentes sociales de una subjetividad que padece las marcas del discurso contemporáneo y el malestar actual en la cultura.

> 2.10.09 Capitalismo y consumo >
“El ciudadano”
Director: Orson Welles Año: 1941
Sinopsis: El magnate de la prensa Charles Foster Kane (Orson Welles) fallece, acompañado solamente por sirvientes, en su gran mansión pronunciando una única palabra: "Rosebud". Con la intención de averiguar su significado un periodista comienza una investigación con las personas que vivieron y trabajaron con Kane. Las entrevistas se suceden y con cada persona afloran vivencias y recuerdos que ayudan a modelar la compleja imagen del fallecido millonario, pero, que no aportan datos sobre la misteriosa palabra. Solo el espectador conocerá su origen y significado que engloba temas como el anhelo de las cosas perdidas y los valores realmente importantes.

> 9.10.09 Holocausto >
“El noveno día”
Dirección: Volker Schlondorff, Año: 2004
Sinopsis: El filme narra la historia del sacerdote católico Henri Kremer, prisionero en un campo de concentración por no seguir las leyes racistas de Hitler y amenazado con la muerte de su familia y compañeros si no convence al influyente obispo de Luxemburgo para que se comprometa con el régimen nazi.

> 16.10.09 Violencia y Racismo >
“La naranja mecánica”
Dirección: Stanley Kubrick Año: 1971
Sinopsis: Gran Bretaña, el futuro. Alex es un joven hiperagresivo con dos pasiones: la ultraviolencia y Beethoven. Al frente de su banda, los drugos, los jóvenes descargan sus instintos más violentos pegando, violando y aterrorizando a la población.

> 23.10.09 Adicciones >
“Réquiem para un sueño”
Dirección: Darren Aronofsky Año: 2000
Sinopsis: Harry vive con su atormentada madre Sara y mientras él sueña con una vida mejor, ella está permanentemente a dieta para el día que pueda cumplir su mayor ilusión: aparecer en su concurso televisivo preferido. La ambición de Harry y su novia Marion es hacerse ricos vendiendo droga con su amigo Tyrone, y utilizar las ganancias para abrir un negocio propio, pero nunca llega el dinero suficiente para iniciar su plan. A pesar de todo, Harry y Marion no se resignan a vivir una existencia que consideran despreciable, por lo que harán lo impensable para conseguir la vida que anhelan.

Viernes 30 de Octubre Ciclo suspendido por Semana de Cine Nacional

> 06.11.09 Interculturalidad >

“Al otro lado”
Dirección: Fatih Akin Año: 2007
Sinopsis: A través de una serie de encuentros, relaciones e incluso muertes, las frágiles vidas de seis personas se cruzan durante sus viajes emocionales hacia el perdón y la reconciliación en Alemania y Turquía.

TODAS LA FUNCIONES COMIENZAN 20 hs
Al comienzo de cada película se proyectarán cortos de Gabriel González Carreño (director pampeano).

Dirigido al Público en General
Entrada Libre y Gratuita

Hall de Cine Amadeus, Coronel Gil 31
-Enviado para compartir por Lucía Cinquepalmi luciaguionbajo@gmail.com

*

Queridas amigas, apreciados amigos:

Este domingo 27 de septiembre de 2009 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor español Agustín Castilla-Ávila. Las poesías que leeremos
pertenecen a Marcelo Marcolín (Argentina) y la música de fondo será de Wayanay (Andes). ¡Les deseamos una feliz audición!

ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!! (Recomendamos usar
http://24timezones.com/ para conocer las diferencias horarias).

REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!

Freundliche Grüße / Cordial saludo!

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com

Schießstattstr. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067

*

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