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BITÁCORA DE UN SOCIÓLOGO FRACASADO

23/09/2009 GMT 1

QUE ES MEJOR QUE NUNCA...

urbanopowell @ 00:38

MANCHAS Y ARRUGAS*

Las manos unidas

sin culpa ninguna.

Una luz fugáz

casi imperceptible

entre tanta bruma.

Charla,café,un poema,

una buena música.

Se encontraron tarde

que es mejor que nunca.

Hablan de sus vidas

y sin darse cuenta,

se estrechan las manos

que pintó don tiempo

con manchas y arrugas.

Caminan sonrientes

libres de premura.

El compra claveles

y se los ofrece

junto a su ternura.

Se encontraron tarde...
que es mejor que nunca.

*de Matilde Lopez Camelo caminandosignosfm@hotmail.com

QUE ES MEJOR QUE NUNCA...

El raro libro*

Me zambulleron en el azogue del negro espejo y aparecí en un planeta atroz, ininteligible, cuyo solo nombre, Tlón, aseguraba incoherencias.
Una “luneciada” que fluía desde algún río, entre riscos grises, bajaba envolviendo sabánas sin árboles ni pájaros.
Bordeaba ciudades en bruma, collados donde la cópula prohibía engendrar negando su verdadero sentido.
Debía encontrar en Tlón un libro cuya escritura revelaría la verdad.
Buscada ansiosamente desde el fondo de los tiempos por filósofos y necios, sabios y simples, habitantes por miles de años del mundo que existió del otro lado del espejo.
Vague anhelante y asustada entre una sucesión de signos y palabras. No me importo ya encontrar ni el libro ni la verdad. Tlón me resulto el fantástico sueño de un escritor “trasoñado”, seguro de remover la imaginación inteligente de cuanto lector lo saboreara.
Salte la onírica frontera del espejo y apoye firme mis pies en la única verdad que confirmo: estoy viva.

*de Elsa Hufschmid elsahuf@hotmail.com

LOS HOMBRES QUE MIRABAN*

*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar

Hacía rato que el hombre observaba el cielo, sentado en el borde del zanjón seco que la gramilla cubría con un opacado verdor, porque la lluvia era ausencia que perseguía seres y cosas desde por lo menos ocho meses. Es decir, que el campo el pueblo, y las calles y los árboles, pero también los zanjones hondos y los cañadones magros esperaban la lluvia como un sapo muerto de sed.
El hombre jugaba con una ramita, golpeándose con suavidad distraída su pierna derecha, lo hacía mecánicamente mientras pensaba en otra cosa.
¿En qué pensaba, o qué pensaría ese hombre que llevabas horas así? Para nosotros, que lo mirábamos desde la casa, era un insondable misterio y, todo razonamiento estaba sujeto a la conjetura más aventurera. Digamos que el hombre en ese atardecer, en ese rincón perdido del mundo estaba como suspendido en sus propios pensamientos que no sabíamos desde aquí si lo llevaban a alguna parte. Es más, nunca sabríamos si lo llevarían –los pensamientos, digo- a alguna parte y si así fuera nunca tendríamos forma humana de enterarnos. Mientras tanto, dejamos al hombre golpeándose el pie, la pierna y aún el muslo con la inofensiva ramita de sauce y observamos que el vuelo marcial de los siriríes hacia los cañadones también llama su atención. Una polvareda que viene del campo, exactamente del “Camino del Diablo”, avisa que un conductor creyéndose en Monza la emprende con esa chata cero kilómetro a los barquinazos y el apuro que no sabemos a qué se debe, ya que muy pocas cosas pasan en este pueblo que merezcan la urgencia.
Si bien el hombre está sentado con el “Camino del diablo” a sus espaldas no puede ser que no oiga el ruido del motor ya que desde su posición le impide ver el vehículo ni la tierra que levanta. Por apatía o comodidad –no sabemos y da lo mismo- el hombre no gira la cabeza, ni siquiera hace un gesto de atención o entendimiento cuando el conductor le toca bocina a modo de saludo. Entonces levanta –sin entusiasmo- la mano casi no dirigida hacia el ruido de la bocina que rebota en los trigales próximos y levanta una bandada de pechirrojos ágiles que saltan espantados, sino que esa mano es la mano indiferente de un dios menor que con la lentitud que es levantada más parece un gesto de bendición que de saludo. Es decir un presunto gesto de bendición hacia la nada, hacia el aire seco, percudido por la tierra que viene del camino y cae sobre él con la impiedad de las cosas inanimadas y se va asentando sobre ese grupo breve de sauces que él tiene treinta metros a su derecha.
Luego vuelve a su casi pétrea inmovilidad. Desde aquí, desde la casa que persiste casi oculta bajo ese grupo de fresnos frondosos, con ese ceibo cercano que estalla en florcitas rojísimas, no parece siquiera respirar; la casa semioculta por ese gran sombrero de paja que se volcó un poco sobre los ojos que seguramente lo protegió del polvillo levantado por el vehículo como lo protege del sol desnucador del verano.
No sabemos quién es, pero a juzgar por el bocinazo y su mano distraída devolviendo (tratando desganadamente de devolver) el saludo, debe ser del pueblo o alguien no ajeno a su entorno. Campos, o tan siquiera pueblos de la vecindad.
Tampoco sabemos qué hace, sentado allí desde hace horas con esa ramita golpeándose suavemente la pierna, y ese pie que suponemos calzado con una bota, aunque es sólo eso, una suposición, porque no se lo vemos desde aquí, pero no sería raro que el pantalón del “yin” se las cubriera.
Y verlo desde aquí, mientras tomamos mates con parsimonia, ahora mudados al gran patio de tierra que los fresnos cubren y protegen como un útero, no podemos relacionar a este hombre solitario con otro, en el más remoto rincón de la memoria fronteriza es decir en “la memoria más antigua” y mi mente viaja hacia aquella fuente de altos tomatales que supo tener la abuela Elisa en el camino a Cañada del Ucle y mientras yo seguía ese trasegar de baldes numerosos con el agua con que ella mimaba esa delicia que pasaría del verde al colorado muy pronto, yo le seguía pisando esos surcos que nunca perdían la humedad.
Al llegar a la punta del terreno una calle de tierra seguía al alambrado con púas donde posaban los gorriones, y esa misma calle se fundía en lo profundo de los campos. Pero apenas cruzar esa calle estaba la modesta casita de los Fusco, donde Domingo vivía con su madre más vieja que la mismísima injusticia según le oí un día ponderar al “gordo” Francisco Spina, llamado el “peluquero pobre” para siempre.
Don Domingo, también se quedada inmóvil sentado en una silla bajita y de vez en cuando hacía algún movimiento breve, tan sólo para mover la bombilla de su mate, volcándole con la paciencia más perfecta del planeta ese chorrito de agua caliente, llevarse esa bombilla a la boca que rodeaba una carota lampiña y regordeta.
Otro gesto –siempre mínimo- podría ser ese “Fontanares” negro y sin filtro que fumaba chupando con fruición, arrojando el humo que se perdía, entre las hojas ásperas de la acacia que dejaría su gran humanidad del soslayo del Enero asesino y ni se molestaba en contestar a ese grupos de hombres bullangueros que iban en grupos ruidosos en destartalados “rastrojeros·” camino a las cosechas. Muy de vez en cuando condescendía en un saludo lejano, indiferente cuando las pullas y los gritos eran demasiados. ¿Pensaría algo, don Domingo Fusco, a quien todos llamábamos “El gordo”? ¿Su cabeza estaría en blanco como el cielo abrasado de ese Enero inolvidable?
No se si ese hombre se llamaba Domingo Fusco o era un Dios que usaba ese nombre terrenal y sólo estaba allí mudo, impasible, hierático, para reírse muy secretamente de todos los que lo chanceaban creyéndose muy listos.

PROHIBIDO MORIR EN PRIMAVERA*

Nadie debería morir en primavera,
todo en la vida brota, se despierta.
El aire se viste de domingo y
recomienza.
La sangre corre a borbotones
por arterias.
Se ensancha el pecho,
los perfumes penetran sin licencia,
las glicinas bordan su alfombra lila
en las veredas,
hasta la gente pareciera mas buena.
Lo dicho,
nadie debería morir en primavera...
ni el invierno siquiera.

*de Matilde Lopez Camelo caminandosignosfm@hotmail.com

Final de juego*

*De Julio Cortázar

Con Leticia y Holanda íbamos a jugar a las vías del Central Argentino los días de calor, esperando que mamá y tía Ruth empezaran su siesta para escaparnos por la puerta blanca. Mamá y tía Ruth estaban siempre cansadas después de lavar la loza, sobre todo cuando Holanda y yo secábamos los platos porque entonces había discusiones, cucharitas por el suelo, frases que sólo nosotras entendíamos, y en general un ambiente en donde el olor a grasa, los maullidos de José y la oscuridad de la cocina acababan en una
violentísima pelea y el consiguiente desparramo. Holanda se especializaba en armar esta clase de líos, por ejemplo dejando caer un vaso ya lavado en el tacho del agua sucia, o recordando como al pasar que en la casa de las de Loza había dos sirvientas para todo servicio. Yo usaba otros sistemas,
prefería insinuarle a tía Ruth que se le iban a paspar las manos si seguía fregando cacerolas en vez de dedicarse a las copas o los platos, que era precisamente lo que le gustaba lavar a mamá, con lo cual las enfrentaba sordamente en una lucha de ventajeo por la cosa fácil. El recurso heroico, si los consejos y las largas recordaciones familiares empezaban a saturarnos, era volcar agua hirviendo en el lomo del gato. Es una gran mentira eso del gato escaldado, salvo que haya que tomar al pie de la letra la referencia al agua fría; porque de la caliente José no se alejaba nunca, y hasta parecía ofrecerse, pobre animalito, a que le volcáramos media taza de agua a cien grados o poco menos, bastante menos probablemente porque nunca se le caía el pelo. La cosa es que ardía Troya, y en la confusión coronada por el espléndido si bemol de tía Ruth y la carrera de mamá en busca del bastón de los castigos, Holanda y yo nos perdíamos en la galería cubierta, hacia las piezas vacías del fondo donde Leticia nos esperaba
leyendo a Ponson du Terrail, lectura inexplicable.
Por lo regular mamá nos perseguía un buen trecho, pero las ganas de rompernos la cabeza se le pasaban con gran rapidez y al final (habíamos trancado la puerta y le pedíamos perdón con emocionantes partes teatrales) se cansaba y se iba, repitiendo la misma frase:
-Acabarán en la calle, estas mal nacidas.
Donde acabábamos era en las vías del Central Argentino, cuando la casa quedaba en silencio y veíamos al gato tenderse bajo el limonero para hacer él también su siesta perfumada y zumbante de avispas. Abríamos despacio la puerta blanca, y al cerrarla otra vez era como un viento, una libertad que nos tomaba de las manos, de todo el cuerpo y nos lanzaba hacia adelante.
Entonces corríamos buscando impulso para trepar de un envión al breve talud del ferrocarril, encaramadas sobre el mundo contemplábamos silenciosas nuestro reino.
Nuestro reino era así: una gran curva de las vías acababa su comba justo frente a los fondos de nuestra casa. No había más que el balasto, los durmientes y la doble vía; pasto ralo y estúpido entre los pedazos de adoquín donde la mica, el cuarzo y el feldespato -que son los componentes del granito- brillaban como diamantes legítimos contra el sol de las dos de la tarde. Cuando nos agachábamos a tocar las vías (sin perder tiempo porque hubiera sido peligroso quedarse mucho ahí, no tanto por los trenes como por
los de casa si nos llegaban a ver) nos subía a la cara el fuego de las piedras, y al pararnos contra el viento del río era un calor mojado pegándose a las mejillas y las orejas. Nos gustaba flexionar las piernas y bajar, subir, bajar otra vez, entrando en una y otra zona de calor, estudiándonos las caras para apreciar la transpiración, con lo cual al rato éramos una sopa. Y siempre calladas, mirando al fondo de las vías, o el río al otro lado, el pedacito de río color café con leche.
Después de esta primera inspección del reino bajábamos el talud y nos metíamos en la mala sombra de los sauces pegados a la tapia de nuestra casa, donde se abría la puerta blanca. Ahí estaba la capital del reino, la ciudad silvestre y la central de nuestro juego. La primera en iniciar el juego era Leticia, la más feliz de las tres y la más privilegiada. Leticia no tenía que secar los platos ni hacer las camas, podía pasarse el día leyendo o pegando figuritas, y de noche la dejaban quedarse hasta más tarde si lo
pedía, aparte de la pieza solamente para ella, el caldo de hueso y toda clase de ventajas. Poco a poco se había ido aprovechando de los privilegios, y desde el verano anterior dirigía el juego, yo creo que en realidad dirigía el reino; por lo menos se adelantaba a decir las cosas y Holanda y yo aceptábamos sin protestar, casi contentas. Es probable que las largas conferencias de mamá sobre cómo debíamos portarnos con Leticia hubieran hecho su efecto, o simplemente que la queríamos bastante y no nos molestaba que fuese la jefa. Lástima que no tenía aspecto para jefa, era la más baja de las tres, y tan flaca. Holanda era flaca, y yo nunca pesé más de cincuenta kilos, pero Leticia era la más flaca de las tres, y para peor una de esas flacuras que se ven de fuera, en el pescuezo y las orejas. Tal vez
el endurecimiento de la espalda la hacía parecer más flaca, como casi no podía mover la cabeza a los lados daba la impresión de una tabla de planchar parada, de esas forradas de género blanco como había en la casa de las de Loza. Una tabla de planchar con la parte más ancha para arriba, parada contra la pared. Y nos dirigía.
La satisfacción más profunda era imaginarme que mamá o tía Ruth se enteraran un día del juego. Si llegaban a enterarse del juego se iba a armar una meresunda increíble. El si bemol y los desmayos, las inmensas protestas de devoción y sacrificio malamente recompensados, el amontonamiento de
invocaciones a los castigos más célebres, para rematar con el anuncio de nuestros destinos, que consistían en que las tres terminaríamos en la calle.
Esto último siempre nos había dejado perplejas, porque terminar en la calle nos parecía bastante normal.
Primero Leticia nos sorteaba. Usábamos piedritas escondidas en la mano, contar hasta veintiuno, cualquier sistema. Si usábamos el de contar hasta veintiuno, imaginábamos dos o tres chicas más y las incluíamos en la cuenta para evitar trampas. Si una de ellas salía veintiuna, la sacábamos del grupo
y sorteábamos de nuevo, hasta que nos tocaba a una de nosotras. Entonces Holanda y yo levantábamos la piedra y abríamos la caja de los ornamentos.
Suponiendo que Holanda hubiese ganado, Leticia y yo escogíamos los ornamentos. El juego marcaba dos formas: estatuas y actitudes. Las actitudes no requerían ornamentos pero sí mucha expresividad, para la envidia mostrar los dientes, crispar las manos y arreglárselas de modo de tener un aire amarillo. Para la caridad el ideal era un rostro angélico, con los ojos vueltos al cielo, mientras las manos ofrecían algo -un trapo, una pelota, una rama de sauce- a un pobre huerfanito invisible. La vergüenza y el miedo eran fáciles de hacer; el rencor y los celos exigían estudios más detenidos.
Los ornamentos se destinaban casi todos a las estatuas, donde reinaba una libertad absoluta. Para que una estatua resultara, había que pensar bien cada detalle de la indumentaria. El juego marcaba que la elegida no podía tomar parte en la selección; las dos restantes debatían el asunto y aplicaban luego los ornamentos. La elegida debía inventar su estatua aprovechando lo que le habían puesto, y el juego era así mucho más complicado y excitante porque a veces había alianzas contra, y la víctima se veía ataviada con ornamentos que no le iban para nada; de su viveza dependía entonces que inventara una buena estatua. Por lo general cuando el juego marcaba actitudes la elegida salía bien parada pero hubo veces en que las estatuas fueron fracasos horribles.
Lo que cuento empezó vaya a saber cuándo, pero las cosas cambiaron el día en que el primer papelito cayó del tren. Por supuesto que las actitudes y las estatuas no eran para nosotras mismas, porque nos hubiéramos cansado en seguida. El juego marcaba que la elegida debía colocarse al pie del talud,
saliendo de la sombra de los sauces, y esperar el tren de las dos y ocho que venía del Tigre. A esa altura de Palermo los trenes pasan bastante rápido, y no nos daba vergüenza hacer la estatua o la actitud. Casi no veíamos a la gente de las ventanillas, pero con el tiempo llegamos a tener práctica y sabíamos que algunos pasajeros esperaban vernos. Un señor de pelo blanco y anteojos de carey sacaba la cabeza por la ventanilla y saludaba a la estatua o la actitud con el pañuelo. Los chicos que volvían del colegio sentados en los estribos gritaban cosas al pasar, pero algunos se quedaban serios mirándonos. En realidad la estatua o la actitud no veía nada, por el esfuerzo de mantenerse inmóvil, pero las otras dos bajo los sauces analizaban con gran detalle el buen éxito o la indiferencia producidos. Fue un martes cuando cayó el papelito, al pasar el segundo coche. Cayó muy cerca de Holanda, que ese día era la maledicencia, y rebotó hasta mí. Era un papelito muy doblado y sujeto a una tuerca. Con letra de varón y bastante mala, decía: "Muy lindas las estatuas. Viajo en la tercera ventanilla del segundo coche. Ariel B." Nos pareció un poco seco, con todo ese trabajo de atarle la tuerca y tirarlo, pero nos encantó. Sorteamos para saber quién se lo quedaría, y me lo gané. Al otro día ninguna quería jugar para poder ver cómo era Ariel B., pero temimos que interpretara mal nuestra interrupción, de manera que sorteamos y ganó Leticia. Nos alegramos mucho con Holanda porque Leticia era muy buena como estatua, pobre criatura. La parálisis no se notaba estando quieta, y ella era capaz de gestos de una enorme nobleza.
Como actitudes elegía siempre la generosidad, la piedad, el sacrificio y el renunciamiento. Como estatuas buscaba el estilo de Venus de la sala que tía Ruth llamaba la Venus del Nilo. Por eso le elegimos ornamentos especiales para que Ariel se llevara una buena impresión. Le pusimos un pedazo de
terciopelo verde a manera de túnica, y una corona de sauce en el pelo. Como andábamos de manga corta, el efecto griego era grande. Leticia se ensayó un rato a la sombra, y decidimos que nosotras nos asomaríamos también y saludaríamos a Ariel con discreción pero muy amables.
Leticia estuvo magnífica, no se le movía ni un dedo cuando llegó el tren. Como no podía girar la cabeza la echaba para atrás, juntado los brazos al cuerpo casi como si le faltaran; aparte el verde de la túnica, era como mirar la Venus del Nilo. En la tercera ventanilla vimos a un muchacho de rulos rubios y ojos claros que nos hizo una gran sonrisa al descubrir que Holanda y yo lo saludábamos. El tren se lo llevó en un segundo, pero eran las cuatro y media y todavía discutíamos si vestía de oscuro, si llevaba corbata roja y si era odioso o simpático. El jueves yo hice la actitud del desaliento, y recibimos otro papelito que decía: "Las tres me gustan mucho.
Ariel." Ahora él sacaba la cabeza y un brazo por la ventanilla y nos saludaba riendo. Le calculamos dieciocho años (seguras que no tenía más de dieciséis) y convinimos en que volvía diariamente de algún colegio inglés.
Lo más seguro de todo era el colegio inglés, no aceptábamos un incorporado cualquiera. Se vería que Ariel era muy bien.
Pasó que Holanda tuvo la suerte increíble de ganar tres días seguidos.
Superándose, hizo las actitudes del desengaño y el latrocinio, y una estatua dificilísima de bailarina, sosteniéndose en un pie desde que el tren entró en la curva. Al otro día gané yo, y después de nuevo; cuando estaba haciendo la actitud del horror, recibí casi en la nariz un papelito de Ariel que al
principio no entendimos: "La más linda es la más haragana." Leticia fue la última en darse cuenta, la vimos que se ponía colorada y se iba a un lado, y Holanda y yo nos miramos con un poco de rabia. Lo primero que se nos ocurrió sentenciar fue que Ariel era un idiota, pero no podíamos decirle eso a
Leticia, pobre ángel, con su sensibilidad y la cruz que llevaba encima. Ella no dijo nada, pero pareció entender que el papelito era suyo y se lo guardó.
Ese día volvimos bastante calladas a casa, y por la noche no jugamos juntas.
En la mesa Leticia estuvo muy alegre, le brillaban los ojos, y mamá miró una o dos veces a tía Ruth como poniéndola de testigo de su propia alegría. En aquellos días estaban ensayando un nuevo tratamiento fortificante para Leticia, y por lo visto era una maravilla lo bien que le sentaba.
Antes de dormirnos, Holanda y yo hablamos del asunto. No nos molestaba el papelito de Ariel, desde un tren andando las cosas se ven como se ven, pero nos parecía que Leticia se estaba aprovechando demasiado de su ventaja sobre nosotras. Sabía que no le íbamos a decir nada, y que en una casa donde hay alguien con algún defecto físico y mucho orgullo, todos juegan a ignorarlo empezando por el enfermo, o más bien se hacen los que no saben que el otro sabe. Pero tampoco había que exagerar y la forma en que Leticia se había portado en la mesa, o su manera de guardarse el papelito, era demasiado. Esa noche yo volví a soñar mis pesadillas con trenes, anduve de madrugada por enormes playas ferroviarias cubiertas de vías llenas de empalmes, viendo a distancia las luces rojas de locomotoras que venían, calculando con angustia si el tren pasaría a mi izquierda, y a la vez amenazada por la posible
llegada de un rápido a mi espalda o -lo que era peor- que a último momento uno de los trenes tomara uno de los desvíos y se me viniera encima. Pero de mañana me olvidé porque Leticia amaneció muy dolorida y tuvimos que ayudarla a vestirse. Nos pareció que estaba un poco arrepentida de lo de ayer y
fuimos muy buenas con ella, diciéndole que esto le pasaba por andar demasiado, y que tal vez lo mejor sería que se quedara leyendo en su cuarto.
Ella no dijo nada pero vino a almorzar a la mesa, y a las preguntas de mamá contestó que ya estaba muy bien y que casi no le dolía la espalda. Se lo decía y nos miraba.
Esa tarde gané yo, pero en ese momento me vino un no sé qué y le dije a Leticia que le dejaba mi lugar, claro que sin darle a entender por qué. Ya que el otro la prefería, que la mirara hasta cansarse. Como el juego marcaba estatua, le elegimos cosas sencillas para no complicarle la vida, y ella inventó una especie de princesa china, con aire vergonzoso, mirando al suelo y juntando las manos como hacen las princesas chinas. Cuando pasó el tren, Holanda se puso de espaldas bajo los sauces pero yo miré y vi que Ariel no
tenía ojos más que para Leticia. La siguió mirando hasta que el tren se perdió en la curva, y Leticia estaba inmóvil y no sabía que él acababa de mirarla así. Pero cuando vino a descansar bajo los sauces vimos que sí sabía, y que le hubiera gustado seguir con los ornamentos toda la tarde, toda la noche.
El miércoles sorteamos entre Holanda y yo porque Leticia nos dijo que era justo que ella se saliera. Ganó Holanda con su suerte maldita, pero la carta de Ariel cayó de mi lado. Cuando la levanté tuve el impulso de dársela a Leticia que no decía nada, pero pensé que tampoco era cosa de complacerle todos los gustos, y la abrí despacio. Ariel anunciaba que al otro día iba a bajarse en la estación vecina y que vendría por el terraplén para charlar un rato. Todo estaba terriblemente escrito, pero la frase final era hermosa:
"Saludo a las tres estatuas muy atentamente." La firma parecía un garabato aunque se notaba la personalidad.
Mientras le quitábamos los ornamentos a Holanda, Leticia me miró una o dos veces. Yo les había leído el mensaje y nadie hizo comentarios, lo que resultaba molesto porque al fin y al cabo Ariel iba a venir y había que pensar en esa novedad y decidir algo. Si en casa se enteraban, o por desgracia a alguna de las de Loza le daba por espiarnos, con lo envidiosas que eran esas enanas, seguro que se iba a armar la meresunda. Además que era muy raro quedarnos calladas con una cosa así, sin mirarnos casi mientras
guardábamos los ornamentos y volvíamos por la puerta blanca.
Tía Ruth nos pidió a Holanda y a mí que bañáramos a José, se llevó a Leticia para hacerle el tratamiento, y por fin pudimos desahogarnos tranquilas. Nos parecía maravilloso que viniera Ariel, nunca habíamos tenido un amigo así, a nuestro primo Tito no lo contábamos, un tilingo que juntaba figuritas y creía en la primera comunión. Estábamos nerviosísimas con la expectativa y José pagó el pato, pobre ángel. Holanda fue más valiente y sacó el tema de Leticia. Yo no sabía que pensar, de un lado me parecía
horrible que Ariel se enterara, pero también era justo que las cosas se aclararan porque nadie tiene por qué perjudicarse a causa de otro. Lo que yo hubiera querido es que Leticia no sufriera, bastante cruz tenía encima y ahora con el nuevo tratamiento y tantas cosas.
A la noche mamá se extrañó de vernos tan calladas y dijo qué milagro, si nos habían comido la lengua los ratones, después miró a tía Ruth y las dos pensaron seguro que habíamos hecho alguna gorda y que nos remordía la conciencia. Leticia comió muy poco y dijo que estaba dolorida, que la dejaran ir a su cuarto a leer Rocambole. Holanda le dio el brazo aunque ella no quería mucho, y yo me puse a tejer, que es una cosa que me viene cuando estoy nerviosa. Dos veces pensé ir al cuarto de Leticia, no me explicaba qué
hacían esas dos ahí solas, pero Holanda volvió con aire de gran importancia y se quedó a mi lado sin hablar hasta que mamá y tía Ruth levantaron la mesa. "Ella no va a ir mañana. Escribió una carta y dijo que si él pregunta mucho, se la demos." Entornando el bolsillo de la blusa me hizo ver un sobre
violeta. Después nos llamaron para secar los platos, y esa noche nos dormimos casi en seguida por todas las emociones y el cansancio de bañar a José.
Al otro día me tocó a mi salir de compras al mercado y en toda la mañana no vi a Leticia que seguía en su cuarto. Antes que llamaran a la mesa entré un momento y la encontré al lado de la ventana, con muchas almohadas y el tomo noveno de Rocambole. Se veía que estaba mal, pero se puso a reír y me contó de una abeja que no encontraba la salida y de un sueño cómico que había tenido. Yo le dije que era una lástima que no fuera a venir a los sauces, pero me parecía tan difícil decírselo bien. "Si querés podemos
explicarle a Ariel que estabas descompuesta", le propuse, pero ella decía que no y se quedaba callada. Yo insistí un poco en que viniera, y al final me animé y le dije que no tuviese miedo, poniéndole como ejemplo que el verdadero cariño no conoce barreras y otras ideas preciosas que habíamos aprendido en El Tesoro de la Juventud, pero era cada vez más difícil decirle nada porque ella miraba la ventana y parecía como si fuera a ponerse a llorar. Al final me fui diciendo que mamá me precisaba. El almuerzo duró días, y Holanda se ganó un sopapo de tía Ruth por salpicar el mantel con tuco. Ni me acuerdo de cómo secamos los platos, de repente estábamos en los sauces y las dos nos abrazábamos llenas de felicidad y nada celosas una de otra. Holanda me explicó todo lo que teníamos que decir sobre nuestros
estudios para que Ariel se llevara una buena impresión, porque los del secundario desprecian a las chicas que no han hecho más que la primaria y solamente estudian corte y repujado al aceite. Cuando pasó el tren de las dos y ocho Ariel sacó los brazos con entusiasmo, y con nuestros pañuelos estampados le hicimos señas de bienvenida. Unos veinte minutos después lo vimos llegar por el terraplén, y era más alto de lo que pensábamos y todo de gris.
Bien no me acuerdo de lo que hablamos al principio, él era bastante tímido a pesar de haber venido y los papelitos, y decía cosas muy pensadas.
Casi en seguida nos elogió mucho las estatuas y las actitudes y preguntó cómo nos llamábamos y por qué faltaba la tercera. Holanda explicó que Leticia no había podido venir, y él dijo que era una lástima y que Leticia le parecía un nombre precioso. Después nos contó cosas del Industrial, que por desgracia no era un colegio inglés, y quiso saber si le mostraríamos los ornamentos. Holanda levantó la piedra y le hicimos ver las cosas. A él parecía interesarle mucho, y varias veces tomó alguno de los ornamentos y dijo: "Este lo llevaba Leticia un día", o: "Este fue para la estatua oriental", con lo que quería decir la princesa china. Nos sentamos a la sombra de un sauce y él estaba contento pero distraído, se veía que sólo se
quedaba de bien educado. Holanda me miró dos o tres veces cuando la conversación decaía, y eso nos hizo mucho mal a las dos, nos dio deseos de irnos o que Ariel no hubiese venido nunca. Él preguntó otra vez si Leticia estaba enferma, y Holanda me miró y yo creí que iba a decirle, pero en cambio contestó que Leticia no había podido venir. Con una ramita Ariel dibujaba cuerpos geométricos en la tierra, y de cuando en cuando miraba la puerta blanca y nosotras sabíamos lo que estaba pasando, por eso Holanda
hizo bien en sacar el sobre violeta y alcanzárselo, y él se quedó sorprendido con el sobre en la mano, después se puso muy colorado mientras le explicábamos que eso se lo mandaba Leticia, y se guardó la carta en el bolsillo de adentro del saco sin querer leerla delante de nosotras. Casi en seguida dijo que había tenido un gran placer y que estaba encantado de haber venido, pero su mano era blanda y antipática de modo que fue mejor que la visita se acabara, aunque más tarde no hicimos más que pensar en sus ojos grises y en esa manera triste que tenía de sonreír. También nos acordamos de cómo se había despedido diciendo: "Hasta siempre", una forma que nunca habíamos oído en casa y que nos pareció tan divina y poética. Todo se lo contamos a Leticia que nos estaba esperando debajo del limonero del patio, y yo hubiese querido preguntarle qué decía su carta pero me dio no sé qué porque ella había cerrado el sobre antes de confiárselo a Holanda, así que no le dije nada y solamente le contamos cómo era Ariel y cuantas veces había preguntado por ella. Esto no era nada fácil de decírselo porque era una cosa
linda y mala a la vez, nos dábamos cuenta que Leticia se sentía muy feliz y al mismo tiempo estaba casi llorando, hasta que nos fuimos diciendo que tía Ruth nos precisaba y la dejamos mirando las avispas del limonero.
Cuando íbamos a dormirnos esa noche, Holanda me dijo: "Vas a ver que desde mañana se acaba el juego." Pero se equivocaba aunque no por mucho, y al otro día Leticia nos hizo la seña convenida en el momento del postre. Nos fuimos a lavar la loza bastante asombradas y con un poco de rabia, porque eso era una desvergüenza de Leticia y no estaba bien. Ella nos esperaba en la puerta y casi nos morimos de miedo cuando al llegar a los sauces vimos que sacaba del bolsillo el collar de perlas de mamá y todos los anillos,
hasta el grande con rubí de tía Ruth. Si las de Loza espiaban y nos veían con las alhajas, seguro que mamá iba a saberlo en seguida y que nos mataría, enanas asquerosas. Pero Leticia no estaba asustada y dijo que si algo sucedía ella era la única responsable. "Quisiera que me dejaran hoy a mí", agregó sin mirarnos. Nosotras sacamos en seguida los ornamentos, de golpe queríamos ser tan buenas con Leticia, darle todos los gustos y eso que en el fondo nos quedaba un poco de encono. Como el juego marcaba estatua, le elegimos cosas preciosas que iban bien con las alhajas, muchas plumas de pavorreal para sujetar el pelo, una piel que de lejos parecía un zorro plateado, y un velo rosa que ella se puso como un turbante. La vimos que pensaba, ensayando la estatua pero sin moverse, y cuando el tren apareció en
la curva fue a ponerse al pie del talud con todas las alhajas que brillaban al sol. Levantó los brazos como si en vez de una estatua fuera a hacer una actitud, y con las manos señaló el cielo mientras echaba la cabeza hacia atrás (que era lo único que podía hacer, pobre) y doblaba el cuerpo hasta darnos miedo. Nos pareció maravillosa, la estatua más regia que había hecho nunca, y entonces vimos a Ariel que la miraba, salido de la ventanilla la miraba solamente a ella, girando la cabeza y mirándola sin vernos a nosotras hasta que el tren se lo llevó de golpe. No sé por qué las dos corrimos al mismo tiempo a sostener a Leticia que estaba con lo ojos cerrados y grandes lagrimones por toda la cara. Nos rechazó sin enojo, pero la ayudamos a esconder las alhajas en el bolsillo, y se fue sola a casa mientras
guardábamos por última vez los ornamentos en su caja. Casi sabíamos lo que iba a suceder, pero lo mismo al otro día fuimos las dos a los sauces, después que tía Ruth nos exigió silencio absoluto para no molestar a Leticia que estaba dolorida y quería dormir. Cuando llegó el tren vimos sin ninguna sorpresa la tercera ventanilla vacía, y mientras nos sonreíamos entre aliviadas y furiosas, imaginamos a Ariel viajando del otro lado del coche, quieto en su asiento, mirando hacia el río con sus ojos grises.

*De Final del juego. Julio Cortázar;
Ceremonias, Barcelona, Seix Barral, 1994

La solución*

Tenía una abundante cabellera de un tono castaño claro y unas ondulaciones naturales que eran la envidia de todos sus amigos. El cabello era una de sus debilidades.

La otra era que le gustaba la sopa, pero no podía comerla porque siempre que lo hacía se encontraba pelos flotando dentro. Era paradójico que teniendo una de las fabricas de sopas más grandes del país y que le gustara tanto, no pudriera disfrutarla porque el asco que le daban los pelos dentro del plato le hacía enfermar.

Buscó la solución visitando todo tipo de médicos pero cada vez que intentaba un menú con sopa tenía que dejarlo y abandonar el restaurante entre arcadas y toses. No encontraba la solución a su problema y eso le tenía preocupado y de mal humor.

En una de sus chequeos rutinarios le detectaron un cáncer e inmediatamente se puso en tratamiento. La enfermedad acabó con su problema. Después de la quimioterapia pudo volver a comer sopa sin sobresaltos.

*de Joan Mateu. joan@cimat.es

Códigos y símbolos*

*Por Rodrigo Fresán
Desde Barcelona

UNO La semana pasada viajé por primera vez a la nueva terminal del aeropuerto de Barcelona. Digo "viajé" y no "pasé por" porque, de un tiempo a esta parte -check-in lento, puntual impuntualidad de los vuelos- el aeropuerto ha dejado de ser una zona de tránsito para convertirse en un destino en sí mismo. Cuando uno vive en Europa y vuela por Europa -donde el arrival está tan cerca en la geografía y tan distante en el tiempo- las demoras no demoran en hacerte comprender que vas a pasar mucho más tiempo en el aeropuerto que en el aire.

DOS En cualquier caso, la nueva terminal es muy linda y muy cómoda y consigue reconciliarte por un rato más o menos largo con la especie.
Catedralicia a la vez que cálida, bañada en una luz verde agua, excelente circulación, negocios con buen gusto, restaurantes que sirven comida de verdad y, por fin, algo que se parece más a una ordenada librería que a un caótico puesto de diarios y revistas con algunos best-sellers arrojados encima. Yo estaba muy contento con lo que llevaba en mi bolso (A Gate at the Stairs, de Lorrie Moore), pero eso no impidió que mi buen humor (mi vuelo a J tenía, apenas, media hora de demora) no se dejara tentar por The Believers, de Zoë Heller. Y fue de camino hacia la caja cuando lo vi. Pilas y pilas de las ediciones UK y USA de The Lost Symbol, de Dan Brown. ¿Qué fue lo que hizo que tomara entre mis manos un ejemplar del instantáneo súper-ventas galáctico y lo abriera? Misterio o no tanto. La hipnótica
tentación, supongo, de ser parte de una corriente de miles de viajeros que, en ese momento exacto, hacían lo mismo en diferentes aeropuertos del planeta preguntándose por qué lo hacían, o por qué Dan Brown había demorado tanto en hacer que volvieran a hacerlo, o si no hubiera sido mucho mejor seguir
esperando, como si la vida fuese un aeropuerto.

TRES Todo lector es un viajero y, por supuesto, hay viajes más agradables que otros. El concepto "libro de aeropuerto" se ha inventado -se presume- para todos aquellos que desean una lectura ligera, aerodinámica, sin turbulencias y del tipo se usa y se tira y ya está. Dan Brown es eso, pero no nada más que eso. Dan Brown es, también, un enigma terrenal. Dan Brown empieza y termina en sí mismo. Dan Brown es una aberración de la naturaleza y una falla en el sistema. Porque lo de Dan Brown no es la novela de aeropuerto sino la novela de catástrofe aérea. Y ya se sabe: a mucha gente no hay nada que le guste más que acercarse a ver accidentes. Lo supe cuando me paseé, incrédulo, por las páginas de El código Da Vinci y volvía a comprenderlo ahora, leyendo de parado los primeros tres o cuatro capítulos
de The Lost Symbol, con sus páginas rebosantes de diagramitas parecidos a sudokus y signos de antiguas logias y muchas pero muchas itálicas. Y -no demoré en comprenderlo- el verdadero y más apasionante secreto de este "objeto" no pasaba tanto por su trama sino por lo que había tramado Dan Brown: otra vez el iconólogo Robert Langdon corriendo por las calles y los pasillos de un argumento que calcaba sin problemas elementos ya presentados en Angeles y demonios y El código Da Vinci. Y, otra vez, el refrito de inverosímiles teorías ya enunciadas hasta el cansancio: porque, al igual que lo sucedido con la verdadera historia de María Magdalena y todo eso, lo que aquí se "devela" (a lo largo de unas pocas horas, como en Angeles y demonios) es algo que cualquier aficionado al History Channel o a las absurdas pero divertidas películas de la serie National Treasure (inspiradas por un tan fácil de superar Dan Brown) ya conoce casi de memoria: el trazado masónico de Washington D. C. y los jueguitos urbanísticos de los padres de la patria y... Por supuesto, en las primeras páginas de The Lost Symbol un antiguo mentor de Langdon es asesinado en extrañas y simbólicas circunstancias y... por suerte anunciaron que mi avión perdido había sido hallado y estaba listo para salir de allí.

CUATRO Por estos días, en España, José Luis Rodríguez Zapatero es el símbolo perdido. El País abrió el fuego con una primera plana y un editorial reportando descontentos varios: que lo único que hace ZP es improvisar sin consulta previa, que en el mismo PSOE eran muchos los que ya no lo aguantan, que no sabían cómo activar o desactivar sus constantes anuncios de medidas imposibles de medir. El círculo más cerrado del jefe de gobierno de inmediato sonrió algo del tipo "no es más que una venganza del grupo Prisa porque no les gustó nada cómo se ha resuelto, por real decreto ley, la regulación de la televisión digital terrestre de pago a favor de un operador con el que Prisa mantiene un largo litigio por los derechos de emisión del fútbol, etc.". Quién sabe... ¿Fatiga de materiales o de materialismos?
¿Desilusión o despecho? ¿Otro fin de otro idilio entre un grupo poderoso y un individuo en el poder? Nada nuevo. Política, le dicen. Pero está claro que la cosa no es tan sencilla. Y que, de seguir por estos rumbos, Zapatero va a correr más que Robert Langdon para esquivar los dardos envenenados y los mensajes cifrados y las señas cabalísticas y lo que venga. The Moncloa Paradox. Los diarios del pasado domingo se hacían eco de El País e informaban del cierre de filas socialista, de las sonrisas tensas, del
malestar de puertas para adentro y de los comentarios de comité restándoles importancia a los analistas que señalan a España -con acelerada alza de ese bajón que es el paro y pésimas notas a su sistema educativo- como a la nación extraviada a la que le costará bastante salir del lugar en que se metió y de donde ya van saliendo todos los que allí cayeron. Mientras tanto, Zapatero -beneficiado por la paranoide e infantil oposición que le hacen Rajoy y el PP- insiste en que lo peor ya ha pasado, para -enseguida- advertir que vienen tiempos duros y prevenir, enarcando ceja, contra los embates de "los poderosos". Decodifíquese y léase: empresarios y bancos. Política, otra vez. Y, sí, Zapatero habla como un personaje de Dan Brown. De verdad: lo siento mucho por él. Y por nosotros.

CINCO En el televisor de mi hotel en J, daban otro programa homenaje a Michael Jackson. Ahí fue cuando vi por primera vez la versión completa del video de "Black or White". A saber: Macaulay Culkin, las danzas étnicas, el morphing racial y yo pensaba que terminaba con esa pantera negra
convirtiéndose en el Michael blancuzco. Y de pronto la cosa seguía y el cantante bailarín salía a un callejón oscuro y se ponía a saltar y jadear y agarrarse la entrepierna y lanzar gritos mientras destrozaba un auto, un negocio y un letrero de hotel. La verdad que daba miedo. Y no me extrañó que
MTV y alrededores decidieran emitir el clip sin esa coda destroyer en la que Michael Jackson aparece más Wacko Jacko que nunca. Viéndolo, me dije que ahí había un buen tema para la próxima novela de Dan Brown: The Michael Syndrome. Y pensé, seguro, en que Zapatero -quien alguna vez salió en triunfal campaña montando aquello del talante- ahora se sentía exactamente así cuando nadie lo ve y lo oye, después de haber cantado y sonreído a diestra y siniestra a todo un país en trance. Un país donde cada vez hay más colas de zombis que no bailan porque no les enseñaron a bailar.

*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-132178-2009-09-22.html

*

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16/09/2009 GMT 1

DIBUJAME UN SOL GASTADO CON LAS HEBRAS DEL OLVIDO...

urbanopowell @ 17:25

Mi gente negra*

Hay tierra que nos dice que descalzos,
escuchamos mejor.
Hay recuerdos de algo que no vivimos...
Hay algo en la sangre,
algo que nos dice que muy lejos,
tenemos hermanos...
Hay una tribu que canta.
Los parches y cueros nos estan llamando...

*de Manuel Emiliano González zozedurden@yahoo.com.ar

DIBUJAME UN SOL GASTADO CON LAS HEBRAS DEL OLVIDO...

EN LA TIERRA DE LOS VIENTOS*

Esta es la tierra de los vientos. Nunca paran. Serpientes son, los condenados. Una ira. Las piedrecitas se te meten en los ojos, (esto en los días en que soplan suave, porque cuando son La Ira no podés salir.
Yo, qué quieren que les diga, no creo nada, nada de lo que dice la vieja sobre los vientos. La vieja es mi abuela, demasiado mala para estar viva y demasiado mala para morirse porque el diablo le teme. Por eso no se sabe desde cuando vive y ella se ocupa de confundirlo a uno cada vez más. Lo que sí tengo que admitir es que es la única que da una explicación para eso de los vientos, porque los otros del pueblo dicen que son cosas de Dios. Por eso, aunque no creo una palabra de su historia, la cuento. Ella dice que fue la primera puta de estas tierras, que llegó por accidente junto con un europeo aventurero en la época de los indios y que cuando se vieron cercados ella ayudó a despellejarlo vivo en señal de simpatía a los infieles. Eso le salvó la vida, y su habilidad para el amor. Dice que entonces no exitían estos vientos, que había una confusión de árboles, de plantas raras, de peligrosa maleza, lianas y enredaderas y hasta flores y frutos como la sangre, algunos buenos para comer y otros puro veneno; que la víbora era señora y el puma rey, que la araña, el alacrán y otros bichos sin nombre se te metían entre los dedos de los pies en las noches sin sueño. Pero asegura que la vida y la muerte eran como tenían que ser: "unas bestias incansables, qué joder, y para nada aburridas". Dice que eso se terminó por culpa de ella, que los vientos son culpa de ella, que no sale nunca de la casa porque sabe que los vientos la reclaman, pero que un día de éstos les dará la cara "para que esto de vivir tan aburrida se termine con una muerte como la gente". Cosas de la vieja. Creo que los ojos se le blanquearon tanto por no salir y no por las cataratas como dice el doctor. Ella es toda blanca. Menos el alma. "Los vientos son La Ira", dice, "son La Ira que me reclama".
Cuenta que en la época de los fortines, cuando los europeos vinieron a echar a los indios de estas tierras, comenzó el desastre: "los indios no aflojaban. Parecían la misma muerte, pero seguían, seguían...". "Yo hice de intermediaria porque sabía la lengua de los infieles y las de los europeos, y me mejor que eso, conocía el lenguaje de sus cuerpos"."Cuando me olí el fin de la cosa me pareció oportuno empujarlo". "Me acuerdo que se me ocurrió una noche de calor, mientras las transpiraciones de mi cuerpo y el del indio que me acompañaba se hicieron un río al que chupaba la tierra sedienta". "No sé cómo no me di cuenta del mensaje de las arañas y los alacranes...". "Al rato que pensé aquello, ya casi amaneciendo, fue como que enloquecieron". "Hasta entonces compartíamos el terreno sin problemas, acostumbrados a vernos". "Pero esta vez me los vi venir como un malón, todos al mismo tiempo, de golpe, y les adiviné las intenciones". "Les dejé de comida al indio dormido y corrí para el fortín"."No me costó trabajo decirles a los europeos cuántos infieles había, por dónde tenían que atacarlos, cómo...". "No fue difícil para ellos dar vuelta todo". "El calor nunca paró desde entonces, es como si ese tiempo no quisiera dividirse, la historia cambió las cosas, pero el calor se quedó, y después vinieron a acompañarlo los vientos...". "Pero entre el calor y los vientos la historia trajo las Compañías de Tierras y Colonias, me trajo un marido Administrador de Tierras y me hizo La Señora". "La tierra quedó rasa a pura tala y arado y ahí empezaron los vientos". "A lo mejor fue, como dicen algunos, porque no quedaban árboles para atajarlos... pero son La Ira".

La vieja se pasa el día contando la historia como entre dientes y cuando la termina, empieza de nuevo. Uno se pudre. De ella y de los vientos. Desde que se murió el viejo, desde que se quedó ciega y se encerró para siempre, la tiene con lo mismo. Yo no creo nada. Pero me canso.

Hace mucho calor, como siempre. Los vientos no paran. En el patio la tengo a la vieja, el último familiar que me quedaba... La tengo a la vieja,digo, estaqueada. Los vientos la suben y la bajan. Pero hay algo extraño, muy extraño... aunque yo estoy acostumbrado a esas cosas en esta tierra de locos ... y es que las arañas y los alacranes, que casi no quedaban, son como miles, prendidos en su cuerpo... ¿cómo es que los vientos no se los llevan volando?

*de Verónica M. Capellino. veroaleph@hotmail.com
-En "Cuentos del Litoral"- S.A.D.E –Sta. Fe- y Lux; 1988 y Revista "Puro Cuento" Nº 26. Enero-Feb. 1991

ÉRAMOS EL TRIGO JOVEN*

aunque el daño es grave, bien pudiera ser
que podamos salvar todo el trigo joven…
Víctor Heredia (1)

Casi treinta años han pasado desde el más violento accionar represivo en nuestro país, y digo esto de este modo, porque el aparato instalado en ese contexto, hoy no requiere del despliegue estratégico de aquel entonces. Las consignas represivas se han instaurado y han atravesado el imaginario social con tan certero efecto que, hoy en día, el apoyo de la gente al desquicio de un ministro tan duro como tierno, según reza un graffiti de nuestra ciudad, cobra un registro más temerario que el del propio accionar gubernamental.
En el discurso de la población se escucha: orden, mano dura, más control, prohibición, restricción, penalización, castigo, seguridad, seguridad, seguridad.
¿Qué es lo que tiene que estar ordenado?
¿Mano dura contra quién?
¿Qué es lo que hay que asegurar?
La metodología de detención, tortura y desaparición de personas ejecutada en la década del ’70 concluyó en la devastación y desarticulación de toda una generación y sus retoños.
El ahogo de la simiente transformó a nuestra sociedad en un páramo desolado y, al menos en apariencia, estéril.
Fuimos enfermando de miedo, de desconfianza, de sospecha, de impotencia.
Todas las instituciones fueron convocadas a responder a un mandato de orden y asepsia ideológica en función de responder adaptativamente a la normalización social, anegando y aplastando los renuevos, intentos de repensar la libertad, de la necesaria petición de principio que espera por nuestro despertar.
Éramos el trigo joven. Y crecimos de tamaño. Y continuamos cometiendo los mismos errores agravados por el conocimiento de las condiciones que se nos imponen y seguimos aceptando.
La diferencia entre ignorancia y negligencia es que la primera, sencillamente, desconoce. La segunda, aún sabiendo, niega ese saber y opera como si no supiera.
Fuimos y somos negligentes.
Al igual que en los ciclos naturales, de los cuales estamos excesivamente desconectados gracias a la culturización en ascenso, muchas semillas despertaron a pesar del avance de la maleza y la falta de riego.
Y no es que se trate de un hecho milagroso, místico o divino. Se trata, simplemente, de que si no nos habitara, en nuestra humanidad tan bastardeada, el deseo de libertad y esa rara mezcla de vivir para la muerte y desafiarla, a la vez, con todo nuestro ímpetu, no habría ya vida.
Teníamos una enorme responsabilidad. Fuimos los que no desaparecieron y, aún así, venimos sobreviviendo como desaparecidos.
Nuestros niños adolescentes grandes irresponsables en busca de alcohol, éxtasis, desapercepción, descuelgue, desvida, descompromiso, esos que nuestros ministros tanto se empeñan en controlar, son nuestros hijos, los hijos que parimos los desaparecidos.
Escuchaba el otro día: ‘¿qué vamos a seguir peleando, si ya nos ganaron?’.
El mayor éxito del dispositivo es nuestra convicción de derrota.
Eso permite que aceptemos vivir sin agua, que nuestro esfuerzo laboral de los inviernos se lo lleve Camuzzi, que Otros se adueñen del fluido eléctrico que todos necesitamos, o hemos transformado en necesidad.
Ahora nos toca asegurarnos de que los cacos de ocasión no se metan con el televisor, la video y el microondas que supimos conseguir gracias al plan de estabilidad peronista. La vida vale menos que un radiograbador.
Mano dura.
Intentan restringirnos los días con todas sus noches tan temidas por aquellos que temen perder el control. Pero ya nadie encuentra consuelo en su televisor encendido a la medianoche, excepto como material de comentario para el siguiente día en la oficina.
Ya se recluye como se excluye, da igual. Todo está fuera de la elipse de vivir.
La imposición de gobiernos de facto está lograda. Se ha logrado que admitamos una estructura ‘democrática’ sin representatividad y se sigue escuchando hablar de democracia. ¿Negligencia? Eso creo.
Nos amontonan en casas de obrador a hacinarnos sin límite. Nos dejan sin agua y sin luz a SU antojo.
¿Somos trigo fortalecido? (2)
¿O somos trigo que no se transforma en pan, que crece a la marchanta para rellenar el vacío del vacío?
‘Y ruego a Usted tome partido para encontrar una solución, que bien podría ser la unión de los que aún estamos vivos, para torcer nuestro destino. Saluda a Usted un servidor’ (3)

(1) canción: Informe de la situación
(2) véase concepto de resiliencia tan utilizado por la psicología actual
(3) canción ídem anterior

-El ministro de gobierno era de apellido Tierno y el graffiti anónimo rezaba:
‘Aunque parezca duro, el sorete es tierno’

*de Lucía Cinquepalmi luciaguionbajo@gmail.com
-Publicado en Periódico Lumbre, de La Pampa

AMIGAS*

Crónicas del Hombre alto (n° 54)

Por alguna curiosa razón cuya escurridiza esencia jamás termino de apresar, las mujeres suelen desnudar su alma frente a mí sin que se advierta en ellas el menor atisbo de pudor o incomodidad al hacerlo. Solteras, casadas, viudas, divorciadas, veinteañeras, sesentonas o señoras de las cuatro décadas, da igual. Poco influyen la edad o el estado civil en este ejercicio descarnado de sinceridad del que me hacen partícipe. Problemas de pareja, amores contrariados, insatisfacciones personales, anhelos inconfesables, todo me es referido con una naturalidad pasmosa, dejándome transformado en depositario de intimidades que el imaginario masculino (¿o el imaginario machista?) supone reservadas al ámbito de las conversaciones femeninas.
¿Por qué lo hacen? Sinceramente, no lo sé. Dudo que estén buscando una opinión masculina para cotejar puntos de vista. Dudo también que esperen recibir consejos. Me parece que si me eligen como receptor de sus desahogos es porque, de algún modo, intuyen que mi atención al escucharlas no es fingida, que no habré de violar el secreto de confesión, que no voy a usar esas confidencias en su contra, que no voy a escandalizarme o a juzgarlas por lo que me cuentan. Todo eso, claro, les brinda la contención necesaria para soltarse; nadie baja la guardia ante quien le inspira recelo. ¿Cómo no sentirme agradecido, entonces, frente a semejantes muestras de confianza?
Sin embargo, el acostumbramento que he desarrollado hacia el hecho de verme envuelto en episodios de esta naturaleza no ha logrado atenuar cierta inquietud que la reiteración de los mismos me provoca. Porque convengamos que la mía es una situación bastante atípica. La experiencia propia y la observación de comportamientos ajenos me indican con claridad que a la mayoría de los hombres -al menos, a los heterosexuales- estas cosas no les suceden (es más, a veces tengo la impresión algo paranoica de ser el único al que le pasan). Pero lo extraño de mi caso no se agota en ser el coprotagonista reiterado de estas sesiones personalizadas de terapia. Muy por el contrario, hay otra instancia aún más insólita pero igualmente recurrente: mi participación como espectador exclusivo en charlas "de mujeres". Porque no es tan infrecuente que me toque ser el único varón en reuniones de dos, tres, cuatro y hasta cinco mujeres que, lejos de amilanarse o sentirse cohibidas por mi presencia, se despachan a gusto, como si yo no estuviera allí, o como si fuera una más de ellas. La vivencia, por cierto, resulta adrenalínica. Porque las reuniones "de mujeres solas", indudablemente, no son como las "de hombres solos". Los hombres, se sabe, no somos muy de andar compartiendo intimidades entre nosotros. Se habla de fútbol, de política, de temas de actualidad, del trabajo o de alguna afición que nos es común. También de mujeres, claro, pero siempre al amparo de un humor socarrón de cuño machista que poco ayuda a ahondar en el tema. Además, si uno es un caballero, esta muy mal visto andar develando la identidad de tal o cual señorita o señora con la que uno haya andado haciendo ciertas cosas. Con las mujeres, en cambio, sucede lo opuesto. No sólo tiran sobre la mesa los nombres concretos de los caballeros aludidos, sus peculiaridades anatómicas y un exhaustivo perfil psicosocial de los individuos en cuestión, sino que proceden a viviseccionarlos con una crudeza que asusta. En realidad, lo que asusta no es la saña en sí, sino la naturalidad con la que ésta es ejercida, como si no tuviera nada de objetable que un grupo de amigas cometa un homicidio mientras comparte una ronda de mate o prepara unas ensaladas.
Disculpen la analogía, pero vivir una situación así es como si le permitieran a un pato (vivo) asistir a una cena de cazadores. En el fondo, todo hombre teme a la mirada enjuiciadora de la mujer, por lo menos en lo que respecta a ciertas cuestiones atinentes a la masculinidad ortodoxa, empezando por lo sexual, siguiendo por lo sexual y terminando por lo sexual (recién después, en un cómodo cuarto lugar, entran a tallar los otros aspectos que teóricamente deberían distinguirnos). Pues bien, muchachos, me veo en el penoso deber de informarles que la peor de las pesadillas masculinas no sólo es real, sino que es mucho más terrorífica de lo que imaginamos y está allí nomás, a la vuelta de la esquina. Y ojo que no hablo de una asamblea de feministas recalcitrantes, de esas a las que la sola mención de la palabra "hombre" les provoca alergia. No; hablo de mujeres que pueden ser nuestras novias, nuestras esposas o nuestras amantes. Una reunión de mujeres solas en las que se habla de hombres es un genocidio de egos viriles. Asistir a esas masacres me ha llevado a conjeturar a veces que si los hombres realmente llegaran a saber la opinión que las mujeres tienen de ellos (no en abstracto, sino bien en concreto), se produciría un notable repliegue mundial de la masculinidad tradicional. No sería descabellado, incluso, pensar en una súbita epidemia de homosexualidad ginecofóbica a escala planetaria.
Pese al azoramiento que me provocan estos involuntarios viajes por un territorio tan subyugante como el de la femineidad, creo que en cierta forma soy un privilegiado. A los ojos de los varones, el universo femenino se presenta como una zona nebulosa y compleja, plagada de delicados recovecos que lo transforman en un terreno resbaladizo, poco apto para hacer pie firme en él. Pues bien, esta inusual visa que las mujeres me otorgan para que lo visite me ha permitido ir bosquejando a lo largo de los años un mapa bastante detallado del mismo, útil para circular en él con cierta orientación. Adviértase que digo "con cierta orientación" porque aquí no hay garantías que valgan. Lejos estoy de parecerme al personaje de Mel Gibson en "Lo que ellas quieren". Aun con mapa y todo, nada lo libra a uno de pegarse unas buenas patinadas por la banquina y terminar estampado contra una columna.
Es posible que algunos lectores -en especial aquellos enrolados entre los hombres a los que estas cosas no les pasan- consideren que el extraño fenómeno que me involucra está sustentado en una explicación muy simple: que todas las amigas que tengo son... muy particulares, por decirlo de una forma políticamente correcta. Puede ser. Conozco bien a mis amigas; me une a ellas un vínculo sutil de complicidades y entendimiento. Las he visto reírse a carcajadas y llorar sin pudores, a veces en el transcurso de la misma charla y con un intervalo de pocos minutos entre una y otra reacción. Las he visto disfrutar de su rol de madres y sufrir con su rol de hijas, y viceversa. Las he escuchado divagar sobrias y ser implacablemente lúcidas bajo los efectos del alcohol. Las conozco bien, sí. Alocadas o serenas, cerebrales o previsiblemente imprevisibles, siempre nobles, siempre inteligentes, todas ellas poseen alguna característica que las vuelve, efectivamente... muy particulares. Pero a pesar de los sobresaltos que me causan sus confesiones individuales o grupales, yo celebro que me tengan en cuenta.
Qué se le va a hacer. Algo habré hecho para merecerlas.

*de Alfredo Di Bernardo. alfdibernardo@fibertel.com.ar

Ensueño poético*

Navegando en la noche estrellada,
hilvanando la historia del amor más fantástico,
bordando en el espacio este relato mágico
de la aventura insólita de una enamorada
envuelta por el aura del hechicero idílico,
arrastrada en un viaje lleno de sortilegios,
desprendida de todos mis viejos personajes,
me encontré con la esencia de este ser insondable,
que era yo.

Fui libre como el ave, la nube, el aire. Libre
de toda libertad, la soñada, la jamás alcanzada.
Y con él fui al espacio infinito, intangible,
al otro lado del mentiroso espejo. Y reviví el dolor,
y el gozo, la alegría, el amor verdadero, el que no pide nada
y que lo pide todo, el que mata y da vida,
el que nos cubre el cuerpo de una lluvia de plata.
Y caí, confundida, maltrecha, malherida.
Entre espinas y rosas, entre estrellas y noches,
en perfumados bálsamos y lodos nauseabundos,
entre angustias mortales y auroras fantasmales,
atardeceres lánguidos y mañanas gloriosas.
Viví como hace mucho no sabía vivir.
Y supe que era bueno, y dejé de sufrir.
Gracias al hechicero que me llevó en su vuelo.

Envuelta en el milagro de un ensueño poético
volví a poner mis plantas en el suelo.

Pero quiero volver,
y huir así del cieno en que se hunden mis pies,
dormir bajo la luna sobre un campo de heno,
envuelta en el perfume de una flor que no exista,
soñando aquel poema que nunca he escribir.

*de Celina Vautier. celka@arnet.com.ar

Entropía S.A.*

*Miguel Grinberg
16.09.2009

El paroxismo materialista de Occidente capotó recientemente a partir del colapso de una megaburbuja hipotecaria y/o especuladora que en el centro del Imperio arrastró a bancos presuntamente indestructibles y a gigantes industriales como la General Motors. Durante el siglo XX, la tendencia financiera basada en la explotación salvaje de los “recursos” naturales –con una consiguiente crisis ambiental planetaria– y de los “recursos” humanos –con una implacable degradación social mundial– no llegó a consolidar una civilización y mucho menos una cultura. Fomentó, apenas, un modelo económico llamado sociedad de la abundancia –o de consumo– y una brecha salvaje entre ricos y pobres. Su naufragio empuja globalmente a millones de personas hacia un desamparo no exento de desolación. ¿Resultado? Como sostenía Hamlet: palabras, palabras.

El titular del Fondo Monetario Internacional acaba de declarar que “seguimos en crisis, aunque vemos el final del túnel”. Reconoce el derrumbe de los consumidores estadounidenses y la impotencia para empujar el crecimiento mundial, mientras se duda del impacto estructural de un eventual incremento del consumo en los grandes países emergentes.

Pero por detrás de los tropiezos del consumismo hay un declive mayor: el de la naturaleza humana. Afectada a fondo por algo que la ciencia termodinámica llama entropía, que es la cantidad de energía por unidad de temperatura absoluta que se emplea al transformar la energía de una forma a otra por medio de un proceso. Generalmente, esta energía se disipa en el ambiente en forma de calor, pero este calor no puede aprovecharse porque es una forma de energía desordenada, de desecho. Por consiguiente, todo va de más a menos: decae. Ello rige tanto para las metrópolis como para los imperios, para los empresarios incompetentes como para los gobernantes mediocres.

Yendo al fondo de la cuestión, hay todavía un plano más complejo de desgaste y degradación: parecería que estamos en vías de decadencia humana. De descomposición colectiva. Vaticinada a través de décadas por sabios de todo origen. Por ejemplo, Jiddu Krishnamurti (1895-1986): “Veremos cuán importante es despertar en la mente humana una revolución radical: la crisis es una crisis de la conciencia. Una crisis donde ya no podemos aceptar las antiguas normas, los antiguos moldes, las tradiciones antiguas. Considerando el estado actual del mundo, con toda su miseria, sus conflictos, su brutalidad destructiva, su agresividad y todo lo demás, y que el hombre continúa igual –aún es brutal, violento, agresivo, codicioso, competitivo– y ha construido una sociedad acorde a ello”.

Como si predominara lo perverso, lo vulnerable, lo fraudulento, lo genocida, pero no es así: podemos ser potentes, hermosos, extraordinarios. Porque no estamos necesariamente condenados a ser entrópicos. Podríamos ser hacedores constantes de milagros. Ya que la vida es una rebelión suprema contra la entropía. Pero, convertidos en espectadores de la vida y no en sus protagonistas, esperamos que ello suceda espontáneamente. Así no saldremos del pantano.

Es cierto que todos los años se gasta en nuestro planeta más de un billón de dólares en armamentos que detonan infinitas tragedias generacionales y ecológicas. También reaparece el tabú del incesto y no faltaría mucho para que alguien reivindique el canibalismo. Mientras, el homicidio se ha vuelto tan corriente como la contaminación del aire que respiramos. Pero no es toda la realidad. Aunque el cine y la TV se hayan convertido en un tiroteo constante y la inseguridad civil se haya convertido en plaga ante el auge de la delincuencia, hay miles de hombres y mujeres empecinados en elevarse y no en degradarse. Pero aún no constituyen una masa crítica capaz de impulsar la revolución radical que sugería el filósofo.

Acabo de ver Bastardos sin gloria, de Quentin Tarantino. El público celebra la persistente ceremonia satírica donde los exterminados no son los judíos sino los nazis. ¿Qué ha cambiado? Nada más que la mira del sadismo exterminador. Y bien: así declinan los imperios. Apestando.

Nos toca redescubrir nuestros genuinos poderes como seres sensibles y como ciudadanos generativos. Aunque la TV por cable sea un documental entrópico constante, a fuerza de balaceras y sandeces. Carl Sagan sostuvo que se está desarrollando una nueva conciencia que ve a la Tierra como un organismo único. Pero todo organismo en guerra consigo mismo está condenado. Entonces, la decisión personal es simple: parar de reproducir el sistema o seguir contribuyendo a su continuidad. Edgar Morin afirmó: “No olvides que la realidad es cambiante, no olvides que lo nuevo puede surgir y, de todos modos, va a surgir”.

*Fuente: http://criticadigital.com/impresa/index.php?secc=nota&nid=30828

De arriba*

*Por Rodrigo Fresán
Desde Barcelona

UNO Mi película religiosa favorita es Jasón y los argonautas. Lo que más me fascina, cada vez que me cruzo con ella, son esas escenas donde los dioses del Olimpo, ahí arriba, juegan con los humanos como si fueran piezas de ajedrez. La idea se repite en The Infinities, la nueva e igualmente fascinante nueva novela de John Banville. Allí, en boca de Hermes, se nos narra el último día de la agonía de un teórico matemático en coma mientras, a su alrededor, se reúne su familia para despedirlo. Hermes contempla todo eso e introduce modificaciones aquí y allá, Zeus desciende para -según su costumbre- penetrar divinamente a una joven mortal y, al final, tal vez por primera vez en la obra de este todopoderoso escritor irlandés, impera una cierta calidez y optimismo, cortesía de unos titanes que, dicen, nos
envidian nuestra capacidad para complicarnos largamente nuestras breves existencias.

DOS El problema del segundo mandamiento es ese ambiguo matiz del "en vano".
Todo estaría mucho más claro si allí se instruyera un "No tomarás el nombre de Dios". Y punto. Pero no: en el nombre de ya saben quién se hacen cosas muy raras. Es el problema del catolicismo en general: sus teóricas ganas de complacer a todo el mundo mientras, a la hora de la práctica, gana esa fuerte vocación por salirse siempre con la suya mientras sus deidades top y subalternos parecen no saber jugar al ajedrez y preferir, en cambio, el tinenti. Ya saben: piedrita en el aire e ir robando, una a una, sin apuro, las demás piedritas.

TRES Esa es la tesis de Edward Gibbon en su magistral The Decline and Fall of the Roman Empire: una mañana el emperador Constantino se levanta con ganas de patear el tablero y legaliza la cristiana idea de que hay una vida mejor después de la muerte. Resultado: los romanos, acostumbrados a interactuar con los dioses día a día, pierden interés en el presente y comienzan a soñar con la futura recompensa de un paraíso. Y dejan de mirar al cielo, a ese lugar que mira Maradona mientras descubre que ya no es su
casa, que alguien cambió la cerradura de la puerta mientras libraba su cruzada tachada. Jornadas de oración non-stop en la Iglesia Maradoniana y falta poco -¿cuánto apuestan?- para que su Mesías diga el verbo "crucificar".
Mientras tanto, Bilardo profetiza que nada cambiará y que "esto tiene que terminar así, sólo si viene Jesucristo con alguna cosa podemos aceptarlo".
El problema y el misterio residen en qué posición pondría el Diez a jugar al Dios.

CUATRO En la contratapa de Memorias de Adriano, Marguerite Yourcenar cita una carta de Flaubert donde se lee: "Los dioses ya no estaban y Cristo aún no estaba, y de Cicerón a Marco Aurelio hubo un momento único en el que el hombre estaba solo". Me pregunto si -aunque Benedicto XVI piense lo contrario- no habitamos una época similar a la espera de un nuevo Dios.
Según el escritor Douglas Coupland -quien por estos días presenta su Generation A- vivimos un momento bisagra, una era límite en la que, pronto, "el nombre de Dios dejará de ser Google".

CINCO Mientras tanto y hasta entonces, el cielo está vacío de padres y desborda de hijos. Hace ocho años que se estrellaron varios aviones en el nombre de un Dios y hace unos días otro avión fue sometido a la iluminada voluntad de un hombre que decía haber recibido instrucciones celestiales y amenazaba con hacer volar todo por los aires si no se le permitía comunicar su profecía de catástrofe inminente. Por fin reducido, se descubrió que ese paquete negro que pretendía ser una bomba no era más que una Biblia, esa poderosa arma de seducción masiva.

SEIS Y uno de los libros más comentados de por aquí es El Día D: La batalla de Normandía, de Anthony Beever. Allí se revela -para pasmo de muchos- que durante el famoso desembarco murieron más civiles franceses que soldados aliados, ensuciando bastante el bronce de esa gran gesta. Las bombas caían
desde las alturas y -dijo Beever- "contar la historia desde abajo es la única forma de narrar los acontecimientos sobre la gente corriente". La salida del libro ha coincidido con la emisión -en el National Geographic Channel- de Apocalipsis, documental en seis partes sobre la Segunda Guerra
Mundial rebosante de imágenes inéditas de esas que uno mira bajando los ojos y diciéndose todo el tiempo "Dios mío... Dios mío...", mientras las callen arden y los cuerpos se queman.

SIETE Barcelona está en llamas. Bastó la publicación en El País de unas reveladoras fotos de maríasmagadalenas haciendo su trabajo bajo los arcos del turístico Mercado de la Boquería para que la ciudad se despertara de su ensueño de Atenas/Shangri-La en una pesadilla que la recalifica como parte
de Sodoma & Gomorra, Inc. Arreciaron las quejas de vecinos, las cartas de lectores indignados, la desesperación de políticos y los editoriales sobre el resquebrajamiento urbanístico y la degradación humanística del "Modelo Barcelona". Sepan -como dato puntual- que buena parte de las prostitutas
subsaharianas son sometidas por sus proxenetas con ritos vudú. Y las calles se llenan de carteles conminando a la ciudadanía toda a delatar aliens. Es parte de la campaña de marketing de la película District 9, metáfora del apartheid de Neill Blomkamp producida por Peter Jackson. Otra de extraterrestres, pero esta vez varados y marginados en una Sudáfrica que no quiere encuentros cercanos ni se preocupa demasiado por su incapacidad para phone home.

OCHO Y, por si no hubiera suficientes problemas, el Vaticano ha anunciado el envío de un comando de nuncios-ninja para frenar el "Efecto Zapatero" que ha convertido a España en "la vanguardia del laicismo descristianizador y una amenaza de contagio al resto del orbe católico". Gripe Z. Los invasores.
Cayendo desde las alturas.

NUEVE Leo la noticia de que una suicida mata a un peatón al arrojarse desde un octavo piso y aplastar a ese pobre tipo que pasaba por ahí. La noticia me produce una mezcla de indignación y paranoia. Cada uno es dueño de morir como quiera, pero sin implicar a segundos y terceros. El viejo asunto de los
efectos colaterales y todo eso. No sé, la verdad que me parece que estábamos mejor cuando, en las alturas, los ajedrecistas estaban a cargo de la partida.

DIEZ Todavía no fui a ver Up pero -muy up- no dejo de escuchar a los divinos Beatles remasterizados. Y me acuerdo de The Einstein Intersection de Samuel R. Delany, en la que, en el futuro, en una Tierra devastada, los nombres de los dioses son John, Paul, George y Ringo. Y así -arriba y abajo, aquí y allá y en todas partes- los inmortales nacidos en Liverpool cantan y juegan.
Tal vez entonces...

*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-131798-2009-09-15.html

Coplas para la tejedora*

*Jorge Fandermole

Cómo se te ovilla el tiempo
en su corazón de lana
sangrando en el movimiento
por las cribas de la trama.

En el aire vi unas manos
y en las manos la tibieza
y en lo tibio del hilado
el hielo de la tristeza.

Ven y téjeme las notas
en los puntos de la urdimbre
paso a paso y gota a gota
con tus agujas de mimbre.

Ay, Edilia si te olvidas
de anudar tus propios pasos
va a venir la noche un día
a dormírsete en los brazos.

En el sueño, tejedora,
donde tus lanas te alumbran
te soñás tejiendo auroras
en medio de la penumbra.

Artes de adivinadora
te cuentan lo sucedido
y tus lanas lo atesoran
en la piel de tu tejido.

Quién te habrá dado esa prisa
prendida en colores fuertes
y en los bordes de ceniza
lentitudes de la muerte.

Cuando sientas en tu hilado
que mi tiempo se ha vencido
dibujame un sol gastado
con las hebras del olvido.

-Enviado para compartir por Verónica M. Capellino. veroaleph@hotmail.com

Hacer el amor es una mudanza invisible*

*Por Adrián Abonizio. abonizio@hotmail.com

¿Quién podía pensar que encontraría al amor en una mudanza?. Nadie, pero lo hice. Llevábamos los bagallos atados en la cabeza era ropa liviana, almohadones con mis primos cuando la ví. Teníamos que dejarlos en la parte trasera de la chata celeste que comandaba mi tío cuando se me vino encima: pasaba por la vereda de enfrente y la reconocí: era de la escuela, de los turnos tardes, en los claustros altos. Ester se llamaba. Po de apellido como el río de Italia. Caminaba como las gimnastas pero con la cabeza echada hacia adelante en una especie de reconvención monástica con determinación del que está orando y a nadie percibe, salvo sus pensamientos, sus arroyos personales. Pasaba desapercibida salvo para mí. Había descubierto en ella una belleza potencial que habría de fulgurar si se la sabía encender, si esa
llama portátil que consistía en el cuerpito de una mujer era soplado sin ferocidad y con talento. Dirán: es excesivo el argumento para un chico de doce años ¿Y con eso? ¿Quién puede afirmar que no pensara en aquello sólo traducido en torpezas de primate de vientre caliente con el corazón apurado y las manos frías? Los chicos saben cosas de honduras interminables sólo que no tienen el lenguaje para semejante cartografía de gruta, de silencio y abismo. Ella era hermosa pero aquella brillantez de magia me sería reservada para mí si obraba con prudencia. Mientras, atravesaba el ancho mundo de los corredores de sus calles con la insignificancia de una chica común. Era invisible para el resto. Sólo a mí me estaba destinado abrir los altos portones de luz que conducen al Amor. En un decir, estaba enamorado. Rubén
mi primo me susurró al pasar. Eh, no es para tanto. Hay más lindas. Yo hace rato que estaba detenido con el pie apoyado en el paragolpes de la chata viéndola irse hasta que dobló la cortada. Mi timidez era monstruosa. No me acercaba a ellas porque me trababa, pero podía actuar en un acto escolar.
Imitar a otros. Contar inventos y hasta sacarme por debajo la malla en la pileta del club. Era fuerte, ingenioso. Peleaba con fiereza para que me vieran, luchaba en un partido hasta la hazaña; todo en la presunción que llegarían hasta sus oídos de diosa como se debatía un mortal en sus territorios. Juzgaba que la sola existencia de mis actos la habrían de acercar hacia mí. Allí estaba yo entonces, detenido en el cielo de altar de sacrificio junto a la chata celeste. Ya estaba acabando de pasar: era más alta que yo y nariz de ratoncito respingada. Un encantamiento extraído de un film donde era ella la pordiosera, la Cenicienta postergada a la que nadie aún ha brindado su capullo de manzana roja, su color más escondido. Me gustaba hacer el amor: en eso consistía, ello creía yo que era cuando por vez primera escuché la frase "el tipo hacía el amor". Debía ser eso: imaginarse, construirlo, hacerlo, moldearlo, ayudarlo, imaginarlo y formarlo. Fue creciendo y creciendo. Yo estaba haciendo el amor. Era eso.
Mientras, el tiempo transcurría en algunas horas muertas en que el cielo se cubría de pájaros malos que chirriaban, que el universo agobiaba con palotes y dibujitos escolares, olor a estufas y pedos escolares. A madre con santuario y llanto por su hijita muerta, hermana que nunca ví, o algún dramón de hermanos batallando por herencias, Julio Sosa, alto en la parodia de un muerto que cantaba, mi padre en su palomar, sin hablar, sólo silbándole a sus halcones negros que quería más que a mí. Ocurrió aquello en
una esquina: confrontados por una pelota esquiva fuimos a dar ambos contendientes contra un portón y allí sudados tratamos de cortar una pelota ya mascada por la patadas y llevarla hacia el redil de un arco con piedras.
Entonces pasó ella. Mirando a la distancia sin ver. Un instinto de saltar a un vacío me diezmó el estómago pero una fuerza añeja y desconocida me creció en el pecho. La tomé por su brazo, un brazito de sueter mostaza. Se asustó.
Yo estaba sudado, echando fuego por la boca y no era esa la mejor entrada al reino. Le dije que siempre la veía, que la esperaba y que no aguantaba más sin su amor. Fue a un apartado donde la fui conduciendo sin arte, ella como asomada a un pozo, la barra callada detrás, asistiendo a un asesinato o a una coronación. Me miró, era corta de vista hasta la exageración. No te conozco, no sé quien sos y sacame la mano del brazo. Soy de tu colegio del turno mañana. -Ah, dijo y empezó ella súbitamente a oler a violetas: estábamos bajo una parra de glicinas. Vos, vos, tartamudeó... Seguí jugando y se quitó de un suave empellón mi torso Vos, sos muy chico para mí todavía.
Volví a la querencia. Habían visto y oído todo. De nada valía aclarar. Se suspendió el partido. Yo ya era invisible.
Nos sentamos en el mármol de la sodería.Era la tarde en la languidez de vacas muertas en el cielo de nubes que flotaban.
Toledo, eficiente, bestia pero fiel, habló.
No es para tanto! Te dijo que todavía sos chico para ella. Pero los varones crecemos más rápido. Cuando la alcancés te ponés de novio y la dejás por otra. Sí, pero ¿cuánto falta?, interrogó el Fabio buscando precisión.
Ellas crecen menos que nosotros, exclamó. Vos y al tocarme me volvió de nuevo visible en unos meses la pasás en edad, acordate lo que te digo.

*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-20232-2009-09-16.html

"LOS COSACOS"*

Muchachas de la aldea provocadas por los uniformes
(aman dos a Mariana)
sangre, humo, detonaciones en el heno
(Mariana se dejaba -¡Oh!- se dejaba galantear)
los chechenes, los caballos y los gritos
(bruscos pudor o altanería)

Uno agoniza
otro retorna a entrañables
nevadas y silenciosas calles de Moscú.

"I COSACCHI"*

Ragazze del villaggio provocate dagli uniformi
(due amano a Mariana)
sangue, fumo, detonazioni nel fieno
(Mariana si lasciava - Oh! - si lasciava corteggiare)
i ceceni, i cavalli e le urla
(bruschi pudori o arroganza)

Uno agonizante
l' altro ritorna alle sviscerate
nevicate e alle silenziose strade di Mosca.

*De Rolando Revagliatti revadans@yahoo.com.ar
-Traducción: Jerome Seregni jeromeseregni@hotmail.com

Correo:

Difusión Invitación Especial - Luz y Fuerza Presenta:
ESPACIOS COTIDIANOS - Beatriz Leguiza "Fotografías"

“ESPACIOS COTIDIANOS”
Donde se conjugan el arte y la cotidianeidad

En el marco de los festejos por el 63º aniversario de la fundación del Sindicato de Luz y Fuerza de Santa Fe, la Secretaría de Prensa y Cultura, ha habilitado los “ESPACIOS COTIDIANOS”, un conjunto de muestras fotográficas que recorren los senderos donde el arte se mezcla con la cotidianeidad, con el propósito de acercar diferentes estilos culturales a todas las personas que habitualmente recorren los ámbitos que Luz y Fuerza ofrece a la comunidad santafesina.
Las muestras, cuentan con la especial colaboración de la Fotogalería Roberto Guidotti y se iniciarán con exposiciones de la fotógrafa, afiliada a Luz y Fuerza, “Beatríz Leguiza”, quien presentará obras de su autoría, en espacios que podrán ser visitadas en cualquier momento del día, durante los meses de Septiembre y Octubre, con entrada libre y gratuita.
La inauguración está prevista para el Viernes 18 de Setiembre, a las 20:00 Hs. en el Hall de la Sala de Teatro “Juan Arancio” de Luz y Fuerza, con la Muestra “DE SOLEDADES”, habilitándose simultáneamente otras en los siguientes espacios:

“APARIENCIAS” en la FARMACIA LUZ Y FUERZA - 9 de Julio 2682.
“DANCE” en el ámbito de la OPTICA LUZ Y FUERZA -9 de Julio 2698
“EN CARRERA” en la PELUQUERÍA LUZ Y FUERZA - Junín 2930.

La fotógrafa Beatríz Leguiza Nació en la provincia de Santa Fe en 1969, comienza con su actividad fotográfica en el Foto Club Santa Fe, continuando su formación en los talleres en la Fundación Fundalyf y luego en el Estudio Roberto Guidotti, realizando numerosas exposiciones desde 2004 a la fecha.
En su muestra “De Soledades”, expresa su más profundo sentir sobre la visión de la vida:
"Porque el pasado no tiene retorno, porque el futuro me es ambiguo, porque el presente late dentro de mi y me obliga a seguir y me empuja hacia un camino desierto de todo y de nada y aún en la nada miro a través del visor el paso del tiempo..."

Por lo expuesto, se invita a todos los interesados en apreciar el buen arte fotográfico a participar de la inauguración de las muestras, y apoyar la iniciativa cultural que permitirá la difusión de esta disciplina en una propuesta original.

-Enviado para compartir por Roberto Guidotti rguidott@epe.santafe.gov.ar

-Ver foto realizada por Beatríz en Blog de Inventiva Social: http://inventivasocial.blogspot.com/

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15/09/2009 GMT 1

EDICIÓN SEPTIEMBRE 2009.

urbanopowell @ 14:36

Manzanas*

Canté mi mejor canción esta noche:
A la luz de la Luna,
Silenciando a los grillos,
En la banqueta,
Tirado,
Sucio
Y convirtiendo en monedas
Las miradas de algunos.

Mi mejor canción
Se ha escuchado esta noche,
Y algo se ha conseguido para comer.

Se cantó esta noche
La mejor canción que alguien pudo entonar:
Y no hubo aplausos,
Ni anuncios publicitarios,
Ni firma de autógrafos;
Pero algunas monedas se lograron reunir.

Canté mi mejor canción esta noche:
Los pasos tronaban con el cemento
Y las horas pasaban
Como si fuesen algún animal.

La mejor canción de esta noche,
A penas nos ha dado para soñar.

*de hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com

TORMENTAS*

*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar

Ahora, con estas calles que ganó el asfalto, con esta falta de árboles añosos, en esta profusión del sol que no contienen los árboles raquíticos de la vereda, ahora que el Verano entra a saco en el pueblo y no da resuello ni esperanza a nadie, es que me acuerdo del otro pueblo. El más antiguo, el que subyace debajo de éste, el que nadie ve, el que si lo vió, ya lo olvidó, o quiere olvidarlo, en una inútil herida hacia delante.
Cuando me refiero al pueblo de antes no hago alusión al que conoció mi infancia vagabunda, no estoy extrañando ese perdido espacio donde creo haber sido feliz, no.
Me estoy refiriendo concretamente al año cuarenta, año en que según los mayores de un tiempo relataban, llovió durante quince días sin parar y el agua anegó campos, el viento destruyó casas, desgajó árboles y casi hace desaparecer al pueblo. En mi niñez, según siempre contaban mis tías y mi madre, a eso de las tres de la tarde el cielo se empezó a poner ceniza, montándose en hollinada sábana y de pronto la noche cayó sin aviso sobre esas pocas almas tranquilas que realizaban sus tareas al mejor entendimiento y la mejor paz posible.
Las tareas rurales o las vinculadas a ellas o al comercio que generaban esa fuente de preocupación y comentario incesante y excluyente. La única conversación que podía salirse un poco era sobre el fútbol en los hombres y la incursión de un nuevo actor cinematográfico en las mujeres. También se hablaba del tiempo, pero el tiempo lo abarcaba todo y no solo las ciclos de las sequías y de las lluvias. Hablar del tiempo, era hablar simplemente de la vida, de la vida simple, pero también de la vida trascendente.
Y cuando nosotros criticábamos esta forma de hablar de los mayores, pensando que una coyunda de rutina y de costumbre le crecía como escamas en la espalda, era tan real como la vida, aunque en ese tiempo no lo supiéramos. Ya nos llegaría la hora, como a todos. Para eso nos faltaba tiempo, sin pretender hacer un juego de palabras. Como habrá sido esta inundación que varias generaciones de copoblanos la tenían siempre presente, al grado que cuando el cielo se encapotado de forma alarmante, no faltaba el comedido alarmista que expresaba en el momento menos adecuado.
-Parece que se viene una tormenta igualita a la del cuarenta.
Así comentó un día Pedrito Lencioni mientras fumaba un “Fontanares” broncoso y renegrido y con la mano libre del cigarrillo se apoyaba en un “siempreverde” añoso. Al oírlo doña Rosa Campos, a la sazón mujer coqueta y no tan entradas en años todavía apuró el paso que traía firme y generoso desde la lejana iglesia que espantaba palomas con su inmensa campana chilladora. Y lo apuró tanto que se le rompió un taco de su zapato nuevo, justamente el de ir a misa y asistir a los bautismos y se le torció el pie con un cuasi esguince de tobillo. Del cual se salvó “incontinenti”, pero no de las rigurosas dos semanas de reposo que le indicara el magnánimo doctor Roberto Coppo, llamado también cariñosamente “El médico de los pobres”, inolvidable en la memoria de todos los habitantes que lo conocieron, hayan sido o no sus pacientes.
Lo cierto, es que esa fantasmática “tormenta del año cuarenta” estuvo siempre presente encima de la infancia y apenas un tropel de nubarrones pampas y de aquellos que las nuevas generaciones no conocen porque ahora llueve un par de veces por año (que atribulaban al corazón más duro y hacía temblar el fuego del mas firme) nos asustaban, digo que esas tormentas, aquellos temporales ya no vienen y uno recuerda esa frase de García Márquez: “El tiempo ya no viene como antes” y los hombres tampoco, debo agregar yo con una tristona melancolía que no elude ciertas ratificaciones y ciertas certezas que siento crecer en mí cada vez más firmes, según pasan los años.
Esto tampoco quiere decir que las lluvias no se transformaban en largos temporales, pero no al extremo de inundar toda la zona, pero, eso sí, para ser sincero el famoso y castigado “Barrio de las Ranas” nunca escapaba al azote de las inundaciones, hasta que en épocas recientes la comuna le construyó un canal muy hondo, que acabó con la zozobra de toda esa pobre gente que vivía con “el Jesús en la boca” como decía una de mis abuelas cuando quería hacer metáfora de una situación de permanente sobresalto. Tampoco vienen esas lluvias copiosas que llenaban los hondos zanjones de ranas y de bagres que nosotros pescábamos en el último puente y la última alcantarilla del pueblo, la de don Leandro Correa.
Munidos de un hilo con un trozo de carne que al contacto con el agua se tornaba cada vez más pálido, o con anzuelos que fabricábamos con alfileres de gancho hurtados en un descuido a nuestras madres, le atábamos con hilo de algodón muy fino, le prendíamos una caña de Indias al otro extremo, y a tirar el anzuelo al azar de la correntada de todo esa masa de agua aluvional, que venía de todo el pueblo, desembocaba en ese tubo inmenso en la puerta de don José Vélez y arremetía en los canales que eran los afluentes naturales de esa gran cañada que llamaban “El noventa”, perteneciente a la Estancia Maldonado adónde iríamos a nadar cuando pasara la lluvia y el sol fuerte, invitara al chapuzón entusiasta que hoy entreveo como si nunca hubiese sido cierto.

REGRESO*

El hombre de los ojos insomnes, duerme.
Duerme mecido, en rituales de viejas caracolas.
Tambien duerme el deseo.
Lo despierta la noche y el penetrante olor a vida.
Los espejos. Los retratos vivientes. La estremecida piel.
Ha perdido su pasos, su insolencia.
Ah, si pudiera volver, recordar, regresar.
Pero es de noche y teme. Noche de terciopelo.
Acechan los pájaros del miedo.
Teme. Teme abrir los cerrojos.
Las ventanas pircadas. Las clausuradas puertas.
Teme y desea. El escozor se arrastra como felino en celo.

Es agosto y los almendros brotan.
También germina el fuego.
Se encienden las cenizas.
Las azules grutas tantas veces besadas.
El ritual del puñal que cincela y canta.
Y teme, y desea y excomulga las antiguas muertes.
Y regresa.
Regresa, sabiendo que un viaje es solo eso: un regreso.

*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar

Velociraptor*

Los médicos son especialistas en recomendarte aquello que menos ganas tienes de hacer. El mío no es una excepción y después de prohibirme el café, el tabaco y el azúcar me recomendó caminar por lo menos una hora diaria.

En aras a la salud, subí al coche y me dirigí a unas montañas cercanas pensando que si debía caminar, al menos lo haría en un paraje agradable. Al tercer día de caminar por sendas y caminos del bosque me di cuenta de que me aburría soberanamente, por lo que decidí internarme entre los árboles y explorar nuevos lugares "nunca hollados por el hombre". Mi imaginación me ayudaba a mantenerme entretenido, por eso cuando descubrí aquella cueva me alegré tanto, ya que rompía la monotonía de los senderos. Me acerqué a ella y entré para explorarla.

Era profunda y se hacía algo más grande al cabo de unos cinco metros. De pronto, me pareció notar una presencia que deduje sería de algún animalejo ya que por aquellos andurriales no se acercaban mas que cazadores en temporada de jabalí. De pronto, aparecieron dos ojos a un par de metros de altura y un resoplido me erizó los cabellos. En milésimas de segundo di la vuelta y comencé a correr al mismo tiempo que algo enorme me perseguía.
Salí de la cueva y corrí alocadamente. Trastabille y caí el suelo entre piedras y raíces. Me di la vuelta inmediatamente y vi un animal prehistórico, que se dirigía a mi sobre sus dos enormes patas traseras, mostrando una dentadura imponente y con una especie de pantalla alrededor de su cuello. Era, sin duda un velociraptor, el más peligroso de los depredadores Periodo Cretácico.
Se acercó a mi, que estaba indemne en el suelo, y me olisqueó mientras yo esperaba la dentellada fatal. Emitía unos rugidos a través de aquella boca babeante, que me sobrecogían por lo que aun no entiendo como tuve fuerzas para agarrar una rama del suelo y arrojársela. La rama le pasó por el lado de la cabeza e intuí que esto le habría irritado aún más. Cerré los ojos dispuesto a morir y esperé.

Cuando abrí de nuevo los ojos vi al animal a medio metro de mi, con la rama en la boca y moviendo la cola. ¡La había ido a buscar y me la traía!. La tomé aterrorizado y volví a arrojarla. El velociraptor fue a buscarla y correteando me la volvió a traer. ¡Estaba jugando!
Repetimos el juego muchas más veces, hasta que se cansó y se fue a su cueva.

Ahora cada tarde voy a jugar con él lanzando el palo cada vez más lejos y esperando que me lo traiga de nuevo, pero he tenido que volver al médico que no comprende porque el caminar me ha producido un esguince en el codo.

*de Joan Mateu. joan@cimat.es

DEJA VU*

El niño ha llegado con pasos vacilante.
Duerme la ciudad en un credo extranjero.
Pude describir uno a uno los colores de la calle.
Busca. No sabe lo que busca.
A quien busca. Porque. Sobre todo porqué
Tiene amor, lumbre, palmeras y fulgores.
¿Qué habría de buscar?
En sus piernitas flacas se anuda la tristeza.
Desamparo. Orfandad hermana. Partidas.

No conoce esta comarca extraña.
Pero está seguro, ya estado allí.
Conoce las bocas de sus calles.
Sus ojos somnolientos. Sus pasos.
Un olor desconocido lo estremece.
Remueve sus entrañas. Sacude, agita. Vibra.
Es un olor frutal, a hembra. A duraznero en flor.

Se reconocen al instante.
Son parte de una leyenda arcana.
Se adhieren como hiedras.
Penetran en las profundas grietas.
Rómulo es Remo.
Lo lame, lo acuna, lo acurruca en su pelaje oscuro.
El niño se prende de los pechos duraznos.
Se hace pájaro. Liba, muerde, muere.
Cierra los ojos, paladea, goza, orina.
Ah, el sabor es tan dulce como lo es la vida.
Se refugia en las suaves colinas.
Ha llegado a su puerto. Ya ha estado allí.
No importa si el hoy es solo ahora.

*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar

Fragilidades*

Las cosas bellas son frágiles
como pétalos
como párpados
las cosas auténticas y bellas
siempre están alejándose
apenas si podemos
como al plumerito de cardo
pedirles un deseo
consagrarlas al recuerdo
y quedarnos
mirando como se las lleva
la vida ese viento.

*de Verónica M. Capellino. veroaleph@hotmail.com

La okupación*

El príncipe encantador quedó sorprendido cuando le abrió la puerta aquella anciana de apariencia amable que le miraba desde el dintel de la puerta. Él esperaba encontrarse a Cenicienta, traía el zapatito de cristal en la mano, quería casarse con ella y en su lugar apareció aquella abuelita que le
miraba curiosa y le preguntaba por una cesta.

Se fue maldiciendo al lobo que le engañó enviándole a casa de la abuelita de Caperucita. Murmuraba muy enfadado: "Desde que se ha iniciado el Movimiento Okupa*, cada vez hay más inseguridad. Hasta el lobo "okupó" un cuento que no era el suyo. ¿A dónde iremos a parar?"

*de Joan Mateu. joan@cimat.es
*"El Movimiento Okupa" consiste en la ocupación de propiedades, ya sea tanto de terrenos, de edificios o lugares abandonados, con el fin de utilizarlos como tierras de cultivo, vivienda o lugar de reunión.

¿La lluvia viaja en un tren?*

Son varios los años que llevo viviendo y muchos también sin dormirme con el ruido del tren.
Durante aquellos en que todavía podía esperar que mi madre viniera a arroparme, suspendiendo el ritmo del pedal de su costura, yo mezclaba en duermevela el ruido monótono de la máquina de coser y el ostinato del tren que traía la lluvia haciendo globos en sus acordes.
¿Oís?, me decía mi vieja, va a llover. Cuando el tren hace ese ruido va a llover.
Ella volvía al pedal y yo me confortaba en ese calor, hasta que mi egoísmo se hacía insoportable y entraba en cuenta de que mi padre pedaleaba doce kilómetros desde la fábrica cruzando la noche claustrofóbica de la tormenta y que mis vecinitos estarían intranquilos poniendo refuerzo a las chapas y la madera de la entrada, buscando trapos y ollas para que la oscuridad y la tristeza no lo fueran tanto y para que al día siguiente no tuvieran que sentirse tan desgraciados como en realidad eran.

El sopor se me llenaba de una culpa que era de otros, pero yo la sentía mía.

Igual que hoy.

Entonces el desvelo acompasaba los latidos tenues del despertador panzón de campanilla y las nueve lunas de Crandall en el Ranser de mi hermana. Todo sonaba al ritmo que marcaba mi tensión sanguínea, hasta que en un descuido de las horas que avanzaban sin noción, escuchaba el crujido de la silla de paja y el almohadón que mi gato dejaba caer para desperezarse y recibir a mi padre.
Mi vieja corría la estufa a kerosén de la entrada y entonces eran ruiditos de besos y susurros de cómo están las nenas y te arreglaste bien hoy. Hasta el quiebre del cabello de mamá, electrizado por la estática, se oía desde la pieza. Esperaba los pasos de papi para despejarme el flequillo, besarme en la frente y dejarme el alfajor debajo de la almohada, convencido de que había logrado una vez más no despertar a las nenas.

No distinguí tan fácilmente ese ruido entre aquellas palabras con caricias. Pasó bastante tiempo hasta que pude darme cuenta de qué me hablaba mi madre. El ruido era una música monótona y agradable de aire que se inflaba de noche, de humedad, de secretos, de tristeza, de gente despierta que, no entendía yo qué hacían a esas horas, por qué no estaban durmiendo, dónde estarían yendo.
Todavía lo traigo en las noches en que la ansiedad por alguna cosa vana me acompaña hasta la cama y no quiere soltarme. Percibo furiosa mi puño cerrado, escucho los ruidos de los otros que no entienden mi cansancio, y los dientes bruxados buscan un culpable para mi incapacidad de relajarme.
Convoco el tren con su humedad distante y me dejo envolver en la tibieza de los besos.

Fui y seré una insomne crónica y, por tanto, he aprendido a degustar los sonidos de la noche.
Cuando era niña no sabía escribir, mejor dicho, no sabía darle lápiz a mis pensamientos. Se agolpaban entremezclados, se superponían y salían hilvanando ideas peregrinas. Si hasta de eso me sentía incapaz. Qué clase de idiota soy que estoy pensando en algo que me pone triste y me río de la cara de mi compañero, dibujada en el residuo del día, cuando la maestra le pregunta por los viajes de Colón y él, como siempre, ni idea.

Los ruidos de las noches de acá son secos.
Los de ahora no se inflan, se resquebrajan.
Son pasos noctámbulos de perros con sarna que hacen chirriar las piñatas de plástico de la basura siguiendo el rastro de un paquete vacío de salchichas o una cáscara de mandarina que rozó la olla de la comida del comedor municipal y los confunde con la vida.
Retroceden al instante los pasos infructuosos y buscan la rendija de la puerta por donde se escapa algún residuo de aroma a churrasco, o la luz encendida de alguna noctámbula. Se mezclan con la batería agotada del cascajo del vecino y las puteadas al compás de los resbalones para empujar la catramina.
Se oye por debajo de la puerta el aliento caliente y decepcionado de la madrugada de escarcha y el temblor; la motito pedorra del chorro que raja con un módem que no sabe a quién podrá venderle porque ni sabe qué es, pero tenía lucecitas y debe ser caro; la tranca del ex marido que viene a cagar a palos a la esposa por las dudas, sin siquiera deducir que la pobre recién llega de trabajar como una bestia para seguir creciendo con los pibes.
Se oyen llantos, se oyen gritos, cañerías despabiladas, risas alcohólicas, alaridos de vindicación hechos cumbia, redobles de caballos desorientados por la tierra reseca, tuning de pachanga y regatón con luces celestes que hieren a la luna menguante.
Se oye todo pero nunca el tren.
Por aquí también ha dejado de llover.
Es que necesita la lluvia de mi tren para poder llegar y consolar el egoísmo intranquilo de mi sueño.
Yo. Sigo sin poder dormir.

*de Lucía Cinquepalmi lccnqplm@yahoo.com.ar

UNA HISTORIA SIN IMPORTANCIA

DOBLE VIAJE*

Una leve sensación de calor comenzó a recorrer su cuerpo. Por un momento sus arterias y venas fueron túneles estáticos donde la circulación se desaceleró. Con suma lentitud las imágenes externas fueron penetrando en su conciencia pasando con dificultad por una retina somnolienta.
El suelo lo había recibido haciéndole sentir su dureza y el dolor que le causó en su brazo derecho iba adquiriendo intensidad como una alarma roja. Con un esfuerzo pudo incorporarse y nuevamente la hamaca de mimbre recibió su cuerpo y lo contuvo en su pesado abandono.
A través de esa lenta toma de conciencia pudo ver las rosas rojinegras que eran su orgullo y percibir con qué indiferencia seguían erguidas; también los rayos del sol primaveral le molestaron. Todo estaba igual pero a él le había pasado algo, un lapso de tiempo de su vida se le había perdido y no poder precisar cuánto lo inquietaba.
Como un rayo vino a su memoria el infarto que había sufrido dos años antes; pudo superar la crisis pero el médico había sido muy claro: vida tranquila, nada de problemas y cambio de clima. Fue entonces cuando se radicaron con Marisa, su esposa, en ese pueblito serrano; desde su puerta podía contemplar los cerros, los mil colores que adquirían en el transcurso del día, en cada mes del año. Había aprendido un modo muy especial de disfrutar esos cambios de color que lo revitalizaban y le permitían gozar de la vida como nunca lo había hecho.
Otra novedad fue dedicarse a la jardinería; cultivar rosas era criar hijos, ayudarlos a crecer aunque también verlos morir. De todos modos había vivido apaciblemente y Marisa lo había ayudado mucho con ese modo suyo de pasar por la vida sin apuro que era un modo de fantasear la eternidad. Su lema era: hay más tiempo que vida.
Físicamente su esposa era una mujer regordeta que se levantaba cantando todas las mañanas, que iba y venía todo el día sin cambiar de humor y sin demostrar cansancio.
En ese dejar correr los pensamientos lo sobresaltó la presencia de su mujer quien le traía un mate humeante.
Esa noche Diego apenas pudo dormir, lo dominaba un sentimiento difuso, mezcla de miedo y resignación. Sin darse cuenta se fue sumergiendo en un recuento de su vida, su casamiento con Marisa, el nacimiento de los hijos, los problemas que acarreó llevar adelante el hogar.
Tenía tres hijos: Marcela la primogénita y compinche. Al pensar en ella aún hoy revivía un sentimiento de culpa porque cuando estaba por nacer, él quería un varón . Después nació Carlitos y por último Silvana; los tres fueron el gran reto al que lo enfrentó la vida, pero aparentemente por los resultados, había salido airoso. O tal vez a él le parecía porque se juzgaba benévolamente, quizá cuando tuviera que hacer el rendimiento final la situación se definiría en forma diferente. De pronto se sobresaltó y se dijo a sí mismo:
- Eres un exagerado, todo esto por un simple desmayo.
Al poco rato se quedó dormido.
Cuando la luz tenue del amanecer se filtró por la ventana se levantó tratando de no hacer ruido, salió de la casa y se puso a mirar hacia el cerro. Este amanecer era diferente, inventaba tonalidades nuevas, los verdes eran más intensos, los rojos parecían arder, todo era distinto. En menos de veinticuatro horas todo había cambiado.
El tono asustado de Marisa lo volvió a la realidad.
- ¿Estás bien? ¿Qué te pasa?
- Nada – contestó, - sólo quise ver el amanecer.
Después del almuerzo volvió a su hamaca de mimbre y Marisa le trajo su infaltable infusión de yuyos que siempre seguía a las comidas.
- ¿Vamos hasta el cerro?- propuso de pronto y en instantes ella estuvo lista para salir.
Mientras el ómnibus que los llevaba rodaba por las calles Diego pensaba en las veces que había hecho ese camino a pie, sin apuro y respirando el aire fresco; también recordaba la competencia con sus nietos cuando jugaban a quien llegaba primero a lo alto del cerro, de la cual era siempre perdedor.
Surgieron las imágenes de sus nietos: Cecilia era la nieta mayor, hija de Marcela, Hugo y Rosita eran los hijos de Carlitos y Silvana lo había regocijado con tres hermosos chiquillos. Esa prolongación de su sangre lo hacía sentir orgulloso, aunque también había sentido miedo por ellos, por su futuro. O tal vez era miedo por sí mismo. ellos eran la evidencia de la limitación de su tiempo.
Le costaba esfuerzo retener alguna que otra palabra de los comentarios de Marisa; los sonidos se convertían en pelotas que dejaban como único dato conciente la sensación del impacto.
Llegaron a lo alto del cerro y apoyado en el balcón de piedra Diego miró el panorama. Desde allí se dominaba todo el pueblo y los campos que se perdían entre las elevaciones menores. Los montecitos aislados que se habían salvado del rigor del hacha parecían banderas de victoria, los campos cultivados con sus cortes geométricos que incluían todas las gamas de los verdes, formaban un tapiz que ondeaba como una inmensa alfombra voladora.
No había límites para la capacidad creadora de la naturaleza o de Dios; esta duda adquiría en este momento una dimensión que nunca tuvo. Antes no habría vacilado en afirmar “la naturaleza”, ahora la idea de Dios funcionaba como una luz roja que a intervalos discontinuos se prendía y se apagaba en su conciencia.
- Quiero ver a los nietos - dijo de pronto. – Mañana nos vamos a la Capital.
Marisa vivía añorando a sus hijos y nietos, Diego se hacía el fuerte porque se había impuesto dejarlos vivir su vida y gozar la propia sin demasiadas preocupaciones, pero esta vez era distinto, surgió en él una urgencia que anuló todo razonamiento.
El monótono desplazarse del tren había adormecido a Marisa, los ojos de él iban alternativamente de ella al paisaje mientras que todo dentro era algo confuso. La máquina tragaba kilómetros pero a Diego le parecía que iba montado sobre una tortuga. Nunca se le había hecho tan largo el viaje.
- ¿A dónde vamos primero? – preguntó su esposa cuando llegaron.
La pregunta estaba de más. ¿a dónde iban siempre primero? A casa de Marcela. Ella vivía lejos del centro en una amplia casa porque no le gustaban los departamentos.
Antes de que el taxi llegara a destino Diego ya tenía el dinero en la mano y sin esperar el vuelto se apresuró para llegar primero y tocar el timbre, cuando tuvo respuesta a través del portero eléctrico contestó con sus acostumbrados ladridos de perro.
- ¡Es papá! – se escuchó gritar a Marcela y segundos después estaban confundidos en un gran abrazo.
A la mañana siguiente bien temprano, fueron a casa de Silvana. ¡Cómo habían crecido los niños! Cuando los vio llegar de la escuela sintió henchirse sus venas de orgullo. Por la noche se reunieron todos en el departamento del hijo que ya resultaba chico.
- ¿Sabes, papá? – comentó Carlitos. – Si todo sale como espero pienso comprar una quinta en las afueras para reunirnos allí cuando ustedes nos visiten.
Diego se sintió feliz, una sensación especial lo invadió, fue como si todo encajara perfectamente, ya no era necesario quedarse más tiempo, la vida había respondido a todos sus interrogantes.
Cuando anunció su inmediata partida nadie entendió pero su actitud fue tan firme que las protestas cesaron inmediatamente, eso si, sus nietos le hicieron prometer que volvería en Diciembre y se quedaría por lo menos un mes.
A la mañana siguiente muy temprano el esposo de Marcela los llevó en su coche hasta la estación de trenes, allí lo esperaba la gran sorpresa, todos los habían ido a despedir. Y nuevamente el tren comenzó a tragar kilómetros, pero ¡qué distinto fue el viaje! Marisa no pudo dormir esta vez porque Diego hablaba y hablaba sin parar.
- ¿Viste que linda está Cecilia? Me dijo que le gusta un muchacho que conoció hace poco y que él también parece interesado en ella. Si llega a pasar algo me va a escribir pero tú no digas nada porque me lo dijo en secreto. ¿Y Hugo? Es demasiado serio para su edad, me recuerda mucho a Carlitos, él también desde joven fue muy formal. ¡En cambio Rosita! Es una pícara que se las trae! ¡Y los niños de Silvana! ¿Tú te imaginabas a Silvana mamá? Anoche pensaba que somos bendecidos por la vida o por Dios, si tú quieres.
Ella escuchaba y sonreía, no podía hacer otra cosa.

Eran las diez de la mañana cuando Marisa lo despertó con un mate, había dormido profundamente y se levantó sin apuro. Luego dio una vuelta por el jardín para ver si las hormigas no habían aprovechado su ausencia. Cortó una rosa roja y se la llevó a su mujer, se sentía como nuevo. ¡La primavera estaba cerca!
Terminado su almuerzo se acomodó en su hamaca de mimbre y comenzó a saborear lentamente su infaltable infusión de hierbas. Su rostro reflejaba alegría, paz, realmente estaba satisfecho consigo mismo. Echó la cabeza hacia atrás y la taza cayó de su mano. El universo lo miraba, había cumplido su ciclo...

*de Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar

Conjuro de secretos ingredientes*

Cardando estoy
las finas hebras
del deseo
despierta mi lengua
conjuros voces de delfines
soy la clandestina
bruja
agregando huesitos de doncellas
al caldo que te bebes.

*de Verónica Capellino. veroaleph@hotmail.com

EXPERIMENTO*

*Por Eduardo Pérsico. epersic@ciudad.com.ar

Sin que haya algún posible que pudiera evitarlo, el sol despierta y anda sin pausa ni demora. Su átomo de eternidad le corresponde.
De esa lumbre reciente que atenuó el horizonte, el mismo sol opaco en la alameda ya se entrega al designio de la tarde.

Las luces y la noche son formato de tiempo. Un impulso incesante sin pactos ni retrasos. Nada apremia su espera. Lo perpetuo es latido riguroso y el día volverá, qué duda cabe, pero anhelos constantes acrecientan la tarde.

Si muere un pibe de hambre cada cinco segundos se agotaron los dioses de leyenda y milagro. No más sermón errátil de compartir los panes si muere un pibe de hambre cada cinco segundos. El perjurio de magias y cielos del arcano, son antiguos borrones caídos en desuso. La continua derrota de esperanzar la espera.
Hambrientas multitudes sin hallar pertenencia, príncipes sonrientes al temblor del vencido, patrones de la tierra y burlas del Poder son siglo veintiuno.

De persistir sin cambio el peso de los cuerpos, el aire que se eleva y otras físicas claras, es frívolo joder a nuestra especie a toda hora. En cuanto si todo es un incipiente ensayo, - acaso experimento- es hora de avisarnos.
Y digamos también, sólo para saberlo.

*Eduardo Pérsico, escritor, nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina.

OLOR DE OTOÑO 2*

estaba atardeciendo
y otra vez olor de otoño
me avisaba que es tiempo
de quemar dejar caer mutar
ákiko mujer de otoño
sabe quemar papeles repletos
de letritas y tachones
líneas de desamor
(y se guarda el amor)
tiempos de terrorismo
(y le queda el terror)
voces de despedida
y reserva un lugarcito
para la soledad
esa
que nunca se va
no puede quemarse la soledad por qué

*de Lucía Cinquepalmi luciaguionbajo@gmail.com

EN LA ZONA*

Uno tiene que ser fiel a una zona, repite aquel personaje de un cuento de Saer.
Imposible afirmar si aquello que un autor pone en boca de sus personajes es lo que piensa él realmente, es decir el autor. Pero tratándose de nuestro comprovinciano está tentado a creer que es así.
En ese caso a qué zona sería fiel yo, digamos, creo que tampoco hay secretos, que todo el que tropieza con un texto mío sabe de antemano adonde voy. A ese lugar minúsculo en los mapas “que no tiene río ni puerto”, como escribí alguna vez.
El lápiz, sin embargo muy elocuentemente muy obsesivamente diría, se dirige a remarcar ese perímetro que pueblan casas bajas y gente muy pacífica.
Y, como el lector supone, hay poco de interesante en estas vidas sencillas, por más que favorables
vientos de la historia económica beneficien a un grupo para que viva en un confort superior al de sus mayores.
Con o sin esa conciencia la gente, como en todas grandes ciudades, o como en cualquier otra parte hace lo que puede con su propia vida.
Sin embargo, cuando pienso en aquel lugar, aparece entre los nombres como el ruido de un galope obstinado. Es el ruido de ese caballo nocturno que rompía el hilo en las noches de invierno, cuando la luna se instalaba como un plato de acero brillante.
Y era mi madre, quien recorría la pequeña, la humilde casa con su lámpara en la mano y llegaba hasta mi habitación para arroparme, y entonces sí, uno se abandonaba al sueño más profundo. Y a veces, en las noches más crueles, cuando la helada atacaba sin piedad la indefensión de los limoneros, ella con una entrega solicita me calentaba la camiseta de frisa con la plancha a carbón, a pura brasa encendida.
No se por qué, la recuerdo en estos tiempos duros de las dudas reales, cuando arrecian los vientos más implacables y uno está siempre alejado de la posibilidad de que la muerte nos restaure la magnitud de cualquier desamparo.
En las chacras de entonces cabía todo el arduo, el implacable trabajo para hacer fructificar ese suelo fértil, pero que gracias a la escasa tecnología acumulaba deudas y magras entradas antes que bienestar merecido.
En esas chacras donde nunca viví, aunque todos mis mayores sí lo habían hecho, pero mi generación se criaba en los pueblos. En esos desolados pueblos de entonces que seguían –como hoy- dependiendo de la actividad rural.
De cualquier modo, en mi remotísimos tiempos infantiles todavía quedaban abuelos o tíos allí, pocos, muy pocos, pero quedaban.
Un pequeño campo que un hermano de mi abuela materna arrendaba no recuerdo a quién, que estaba junto al hondo Canal, y cuya humilde casa de ladrillos estaba asentada en barro, y la rodeaban unos copiosos paraísos, y creo entrever a un costado un selvático cañaveral o no, tal vez mi memoria me juegue una mala pasada. Como no había molino, se sacaba agua de un pozo, que un paciente caballito tiraba con una cadena. El gigantesco balde volcaba sobre los bebederos de lata y allí los caballos y las vacas abrevaban su sed.
Calle de por medio (esa larguísima calle que se hundía en hondos campos y que intercomunicaba las chacras entre sí) estaba la chacra que mi abuelo Isaías arrendaba a don Juan Burki.
En la chacrita de tío Roque, tal el nombre del gringuísimo hermano de mi abuela, pasé imborrables momentos.
Como aquella vez que sentaron mi pequeña humanidad sobre un carro cargado de pasto y el vaivén me fue lentamente bamboleando hasta casi caerme. Como el tío Roque iba a pie y llevaba al caballo de la brida a mis gritos paró y corrió a –literalmente- abarajarme pues el traqueteo me había ido inclinando en incómoda posición –de cabeza- muy cerca del suelo. No dije nada en mi casa, porque si no esas breves y espaciadas vacaciones que me permitían en la “chacra de tío Roque” me estarían vedadas. Y allí lo pasaba muy bien, allí jugábamos en los pocos ratos de ocio con “el primo Hugo”, un poco mayor que yo, pero hijo del tío, es decir primo de mi madre. Por las noches encendían una inmensa radio de madera que funcionaba con la electricidad que proporcionaba una batería a la que llamaban “el acumulador”. Una antena a lo alto y un pequeño molinillo que estaba sujeto al capricho del viento hacía el resto. Al parecer se necesitaba todo eso para que pocas horas al día se pudiera escuchar la radio, siempre con interrupciones y descargas. Nunca supe por qué se necesitaban tantos elementos para oír ese milagroso aparato que era como la máquina de soñar para grandes y chicos.
Si las tareas lo permitían íbamos con el “primo Hugo” a pescar al canal vecino. Ignoro qué pescábamos o que pretendíamos pescar con esas cañas inmensas y esos anzuelos siempre pobres en el agua que corría mezquina.
Pero lo que yo más apreciaba eran esas –paseos para mí- incursiones a caballo en busca de las pocas vacas que había y que teníamos que encerrar al atardecer para ordeñar al día siguiente.
Pero Hugo disfrutaba más jugando a la pelota, como es natural y que pretendía aprovecharme cundo yo iba, de lo contrario no tenía con quién hacerlo ya que sus hermanos eran muy mayores.
Para mí no era novedad, en el pueblo me pasaba horas y horas jugando con mis amigos a ese deporte excluyente de mi infancia.
No he vuelto a andar por esa zona, me dice mi hermano que ya no está más la casa, y ha prometido llevarme.
Iré a un lugar donde ni alambrado habrá de quedar, ni árboles, ni nada que me recuerde a esa chacrita.
Solo el canal y algún sembrado intenso de soja, que cruzan erráticos los pocos pájaros que se atreven sobre ese aburrimiento verdoso, cubriendo por doquier todos los campos.

*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar

Encuentro*

Se citaron en un bar. Con solo mirarse supieron que eran ellos, los del teléfono.
Una forzada sonrisa, apenas el roce de los dedos.
Dos hola y un atropellado pedir al mozo dos cafés.
-A mí con canela- dijo ella.
-Hace frío...
-Sí, un poco...
-Se miraron a los ojos y comenzaron a reír tontamente.
-Perdón, es que hace tanto tiempo.
-Yo también, ya ni me acuerdo como empezar una charla con una mujer.
-Me llamo Andrés.
-Hola Andrés, soy Julia.
Sin hablar tomaron el café y salieron a la llovizna fría. Él la tapó con su campera.
Apretándola contra sí. Julia tiritaba sin mirarlo.
-Te llevo a tu casa...
-No... mejor a la tuya.
_Pasá y secá tu pelo mientras enciendo la estufa y preparo un trago.
Julia se sacó las sandalias y Andrés friccionó sus pies con manos cálidas y grandes.
Eso solo fue el comienzo. Se encontraron abrazados fuertemente sintiendo que cada milímetro
depiel necesitaba del latir del otro.
Toda la soledad, la necesidad de un cuerpo apretado, se traducía sin palabras, solo traspasar el
Calor que la carrera de la sangre por las venas llevaba al corazón alocado.

Se apartaron mirándose, descubriendo el color de los ojos, la forma de la boca y los apretó
El remolino embriagante del sexo, agonizando juntos.
Sin soltarse, quizás con temor a que uno de los dos se esfumara, retomaron el viaje lento
De reconocer y explorar, susurrando medias palabras, ahogando suspiros.
Se metieron suavemente en el túnel del placer sin tiempos, olvidando barreras y pudores.
Mañana... ¿quién piensa en mañana?
Volverían a la rutina o quizás esta noche comenzaría a tejerse la tenue red que envuelve el amor.

Quizás...
Por ahora sólo dos cuerpos en un dulce incendio.

*De ELSA elsahuf@hotmail.com

Fuego mujer*

una mujer
junto a su fuego
tiene el orgullo de ser una entre las tantas

enciende fuego vivo
a sus costados

manda un soplo de aliento
al desaliento
y ella es mejor
que todos sus recuerdos

se desentiende
de miedo y pormenores
que la acechan a diario
en su morada

no le basta la luna
que le ofrece
todo el sol
guardado en tibia resolana

lo busca en su calor
el suyo propio
para alejar el frío
a sus costados

una mujer
en medio de su fuego
sabe quemar las penas
y el silencio

hace crujir los días y las noches
al paso del ardor
de sus recuerdos

le pierde el miedo
al fin de los entierros
lleno de espaldas y de pasos lentos

y el encierro final
es como el fuego
se funde y se transfunde
en las raíces
para guardar por fin
aquel misterio

*de Lucía Cinquepalmi luciaguionbajo@gmail.com

Las lágrimas*

Bajo un cielo plomizo y cercano, que hace frío el día acercándolo a mi tristeza, camino hacia el promontorio encabezando la comitiva. Tanta gente me acompaña a despedirte y sin embargo únicamente me importa que nunca más te volveré a ver. Sé que estoy llorando por dentro, desgarrado y confuso, pero soy incapaz de hacerlo por fuera porque no recuerdo como hacerlo.

La vida me ha endurecido tanto que no me creía capaz de sentir tanta tristeza, pero tu muerte, amor mío, me ha llevado a reencontrarme con los sentimientos. Todos lloran a mi alrededor, hasta Dios solloza en tu entierro. Sé que estas gotas de lluvia no son más que sus lágrimas, las que vierte él por mi, que me he olvidado de llorar.

*de Joan Mateu. joan@cimat.es

Señal de amor en los sentidos*

La pequeña mariposa modificaba el aire
con un sutil batir de alitas
que amontonaría nubes
que las arrojaría unas sobre otras,
sorprendidas,
hasta que en choque explotaran y derramaran,
generosas,
una lluvia fina como harina.
Pero la mariposa allí vibrando, cándida, en las alas,
un espasmo azul fosforescente
una apenas gotita rojo purpurina
y un curioso número 88 ¿el teléfono de Dios,
la clave remota para ingresar al paraíso?.

Como la pequeña mariposa ingenuo, cada cual,
bate en el aire las inocentes alas del sentido
con un color un número
una clave quizá una huella
de dientecillos de vampiro
y se pone el espacio de tormentas
y se llueve el tiempo su delirio
y se duele cada cual en aleteos
su breve para siempre su marca de nacido.

*de Verónica Capellino. veroaleph@hotmail.com

*

Se fueron desvaneciendo sus dedos de escritor, intentaba ordenarle que se tonificaran para seguir acariciando versos, relatos, locuras que le ocurrían. Pero el fluido de sus falanges estaba seco. Las silabas salían con un esfuerzo de aprendiz de lectura, Las consonantes no coincidan con sus intenciones.
Además, en su cabeza sentía el temblor de sus recuerdos. No era agradable escucharlos empujados por el paso del tiempo. Era un ruido de silbatos desprolijos que anulaban la sucesión de alguna aventura que lo colmara de felicidad.
El pasado de un amor de esplendor, sin rutinas ni aburrimiento, se había quebrado. El deseo de continuar enamorado, ya no tenía un sentido inspirador. Se había marchado, lentamente al chocarse con las miserias de los dos. Esta sensación comenzó a aparecer, en un principio, con alguna interrupción del diálogo. Quizás, demasiado idealizado. Mas tarde, las conquistas de la compañera empezaron a confundirlo y viceversa.
El tiempo de estar juntos transcurría de la primavera al infierno, el estado de la risa y la simpatía fue reemplazada por temas prohibidos
En una noche de insomnio titubeaba en su lengua, Intentaba buscar una excusa para seguir estando vivo.
No logró en esa pálida noche una tregua.
Vio su alma tan oscura y odiosa, que rezongó hasta cuando le transportó el sueño.-

*De Azul. azulaki@hotmail.com

VENTANA QUE DA AL NORTE*

Ven amor. Valle quieto. Centauro. Pájaro dormido.
Descansa en mis pechos de mar.
¿Temes el presagio en tu ventana que da al Norte?
¿Te llama la heredad de un reino amurallado?
¿Tus manos temerosas, son un reloj parado?
¿Tu historia que se enreda en tristísimos líquenes?
¿Los oídos, las bocas, los memoriosos ojos?
Un reino de ruleta rusa.
¿La alienación esfuma el rostro?
Suspendidos ojos, flotan.
Huellas. Angustiosas huellas. Miedo.
Sobre todo, miedo.
Alguien llora. Alguien ríe.
¿Oyes? Nueve días y nueve noches, ha soplado el viento.
Ventana abierta. El viento no ha apagado las fogatas.
Entran voces, luz de miel, besos de río.
Desborde de llantos contenidos.
Ven, amor. Ven y grita.
Tu grito más profundo, tu raíz.
Mi preñez acaricia tu frente.
Ven amor, la ventana está abierta y da al norte.
Al Norte, amor, al Norte

*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar

AMANECER*

Noche de viernes, solo, sentado a la mesa de mantel raído de esa cafetería suburbana y añorando la compañía de Leticia que había partido el día anterior a un congreso médico. Buscó entretenerse mirando la concurrencia que a esa alta hora de la noche ya era escasa, algún noctámbulo sin rumbo, otro que ya las copas le alegraban la cabeza y allá en aquel rincón ella.
Parecía una niña abandonada a su suerte y tenía la apariencia de un perro sin dueño. No había salido en tren de conquistas fáciles y además la veía tan pequeña que despertó en él cierta ternura paterna. Pensó que estaba demasiado expuesta y se le acercó.
- ¿Te acompaño? No quiero seducirte, sólo hacerte compañía, y ¿por qué no? Protegerte.
Ella lo miró con ojos extraviados, vidriosos de droga y respondió con una sonrisa estúpida. Estuvieron mucho tiempo en silencio; a ella le costaba articular palabras.
- ¿Te llevo a tu casa? – preguntó él y sin contestar ella se levantó y
tambaleante se dirigió hacia la puerta. Luego se subió a su auto sin la menor oposición y como no le daba su dirección decidió dar un paseo por la ciudad. A poco de andar se quedó dormida y él dirigió su coche hacia la playa.
La noche era espléndida y el mar arrullaba con su vaivén. Estacionó junto al murallón y la miró dormir durante varias horas; estaba seguro que lo necesitaba. El horizonte se fue iluminando, el sol se insinuaba cuando despertó
- ¿Por qué estoy aquí? – preguntó aterrada.
- Yo te traje, te noté muy mal en el bar.
- ¿Qué quiere de mí? – el miedo la hacía tartamudear.
- Yo quiero una sola cosa, - el rostro de ella se contrajo de pánico y comenzó a temblar.
– No tengas miedo, sólo quiero que veas el amanecer lúcida y que sientas que es mejor que la droga.

*de EMILSE ZORZUT. zurmy@yahoo.com.ar

Jardinería*

En el vientre de las flores

del laurel
habita una diminuta sirena
que emerge de los mares interiores
de la planta.
Me conforta cuidar al laurel
lo riego le quito las hormigas
y pienso.
Me gusta pensar
mientras cumplo esta tarea.

Peligroso es el perfume
del laurel
apenas perceptible.
Mortal es su canto
de sirena.

*de Verónica Capellino. veroaleph@hotmail.com

ECO DE ADIOSES*

I

¿Hacia donde navega tu barco
Que no deja su sombra
A lo lejos?
El adiós se murió entre mis manos
Hecho pájaro sin nido
Y sin respuesta.
Creo que sólo fue un silencio
Que quiso ser voz
Y compañía.
Tal vez sólo soñé despierta
Y cuando el sol salió
Quemó mi pena.

II

Me miras y no entiendes,
Pretendes sentirme
Y me alejas,
No encuentras los signos,
Los engramas
Que construyan de nuevo
Los caminos.
Tal vez tu pie
Nunca interpretó mi huella
Ni tu sentir
Incorporó mi gesto.
¿Qué somos hoy?
Sólo dos sombras
Unidas por la nada
Del invierno.

III

Muy lentamente
Destruyo mi pasado,
Las aguas del río
Se llevan mis recuerdos.
Dejo que la lluvia
Lave mis heridas
Que no fueron tan graves,
Me doy cuenta.
Pero es hora
De mirar los relojes,
Gozar el minuto concedido
Que morirá en segundos
Despiadados,
Cayendo en el cántaro del tiempo
Como gota de agua
En el estanque.

*de Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar,

Tendría que cambiar*

El cordón de ilusiones era fino, como un hilo de pescar. Cuando se enredaba en patrias de silencios, las palabras se perdían en suspiros.
No podían encontrar la procedencia de la insatisfacción. Había, en esa madeja de sentimientos, unidades de contradicciones y dudas…
Requería de manos expertas que lograran desovillar la nobleza de los recuerdos, ellos, tironeaban hasta asfixiar…
El peso del compromiso vencía drásticamente la liviandad de sus anhelos.
La esfera de la crueldad, en su retorno constante, no le permitía desprenderse
Y alejarse de esos arquetipos.
Nublaban la llamativa claridad de sus ojos grises.
El pánico de sus enredos no le hacía bien, paralizaban su maniobrar.

Tendría que cambiar.
Era tiempo de cambiar. Convendría tomar distancia.
Con un cristal de independencia debería dejar que la vida se deslice suavemente por sus dedos impacientes…
El destino se encargaría de cambiar el injusto repiquetear de la melancolía.

*de Azul. azulaki@hotmail.com

Molas*

En el golfo de Urabá
navegando afluentes del Atrato
con su hombre van
las indígenas cunas
ruta al mercado
a vender (¿tiene precio lo bello?)
sus molas ingenuas – lujuriosas.
Caprichosas geometrías
reiteran en las telas
diseños que antiguamente
pintaban en sus pechos:
amarillas rojas negras
abstracciones
algún pájaro libando
anchos pezones
alguna flor de despeinados pétalos
duplicada en gráciles morenos
planetas gemelos.
Me lavaré como ellas la mirada
con infusión de hierbas y agüita del cielo
para mejor ver la ruta de los sueños
por encontrar la magia los colores
con los que pintaré tus ojos
en mis pechos.

*de Verónica Capellino. veroaleph@hotmail.com

CUALQUIER ESQUINA*

Se encontraron en una esquina. Cualquier esquina.
Ella venía con una alforja bordada. Verde trébol cuatro hojas.
En sus manos, lágrimas de mar, ceniza y un pájaro dormido.
El, solamente, una vara de sándalo.
En sus pies, sorbos de sombras y espinillos.

Antes de verse presintieron sus pasos.
Ella venía de páramos y valles.
El, de escarpadas cumbres. Aves incineradas.

Ella traía el oficio del agua y la sed.
Él, oficio de orfebre, de dolorosos soles.

Se buscan. Se abrazan. Heroicamente.
Rescatan símbolos, gritos y silencios.
Bautismo de luz, espina que no duele. Casta sed.
Pronuncian quedamente sus nombres.

La intemperie ha quedado atrás.

Una esquina cualquiera. Un hombre, una mujer.
Se saben los primeros. Ensayan vuelos
Se aturden de sándalo y de verde trébol.
Tiempos de asombros. De naceres. De vida.

*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar

Irse*

En un espacio sin orillas

La cabeza da vueltas.

Es un fuego de derretidas memorias desenlazadas.

Volver a ver la tierra

Pasto seco

Que suena como seda

En un espejismo barato.

Perdida

Mientras la otra

En una fiesta, en una calle, o en una vida

Con aspecto de maniquí sin vidriera

Espera que vuelva.

Estoy faltándome a la cita.

*de Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar

TERRITORIO DE LAS PEQUEÑAS COSAS*

Buen día. ¿Como estás? ¿Has tenido un buen día?
¿Cómo está tu familia? ¿La canción, el lamento?
¿Qué te dice el territorio de las pequeñas cosas?
¿La plancha, la mesa, la taza con café?
¿La alegría descansa esperando en tu silla?
¿Cómo ensamblas el corazón y las palabras?
¿Has descubierto el sortilegio del pan, el canto de las letras?
¿Puedes entender que la vida da pequeñas treguas?
¿Qué mar no se detiene, ni el carrusel ni los planetas?
Llevamos un blanco infalible en el pecho
Un blanco color escarapela y allí apuntan, certeramente.

Pero hay un exorcismo de hierbas.
Podemos sembrar peces, trenes, veleros.
El beso aguarda, como aguarda el valle de tu lámpara clara.
No importa la cosecha, si, la siembra
Espera en los andenes.
El tren que ha de llegar puede ser el último... o el primero.
El primero. Amor de viento, reloj, fatigado viajero. Niño.

*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar

EL PERRO ESQUILIBRISTA*

*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar

En esos paisajes del pueblo que son como postales móviles no pueden dejar de percibirse los viajes que hace ese viejo rastrojero con su perro en el techo. En un equilibrio digno de un circo y no de esa bucólica tranquilidad que las no muy numerosas casas atestiguan, mejor dicho, sus ya acostumbrados habitantes a quien no llama la atención.
Si al hombre se le pregunta, no da importancia, se encoge de hombros y responde que es decisión de los perros subirse allí. Pero no debe ser casualidad que cuando uno se muere o es muerto por algún desaprensivo asesino, el que lo reemplaza en el espacio de mascota toma de inmediato la misma costumbre. Entonces, es más que evidente que el hombre los entrena. Ese hombre explota un pequeño campo a la vera de la ruta, muy cerca del pueblo.
Ese hombre se llama Miguel Ángel Compañy, pero se lo conoce por el apodo de “El Tigre”, y si uno le pregunta el por qué del apodo o quien se lo infrigió, se encoge de hombros, y mira achicando los ojos a través del humo de su cigarrillo.
Ese hombre, a quien conozco de su más lejana infancia es mi amigo y si se le inquiere el por qué otros perros viajan con él, en el asiento que corresponde al acompañante, contesta casi con pena :
-Isaías, mucha ciudad te ha perjudicado ¿Adónde viste que una señorita viaje sobre el techo de un vehículo?-. Y uno cae en la cuenta entonces del sexo. Esas perritas son las protegidas de su dueño, que extiende su caballerosidad por sobre todo el reino animal y no sólo el que corresponde al humano. La localidad es pequeña y como el poema de Jorge Calvetti, refiriéndose a Maimará; cabe en el galope de un caballo. La cercan los sembrados en todos los límites, y las casas son bajas, los patios son hondos, sólo una pocas tiene planta alta, en especial son construcciones de los últimos tiempos.. Hay un solo edificio de tres pisos, pero corresponde a una panadería tradicional, que por otra parte se extendió con la fábrica de galletitas, y supermercado en los últimos años.
La variedad de pájaros es cada vez más escasa y muchos la atribuyen al desaforado e inconsciente uso de los plaguicidas usados para aniquilar las malezas de los cultivos de soja.
El pueblo tiene durante el día una reconocible dinámica: autos, chatas que van hacia los campos, perros, pájaros, y obviamente gente que interactúa, como se dice ahora, repartiendo los rituales de siempre. Mujeres con sus bolsos de compras que se cruzan en una esquina e intercambian chimes, madres que van con sus chicos a la escuela o lo pasan a buscar por ella, talleres que trabajan y en las conversaciones de los hombres los dos temas excluyentes: las cosechas y el fútbol.
Pero si uno se levanta muy temprano “antes de que el gallo cante” como pavesianamente puede decirse, el pueblo es otra cosa. Si uno lo recorre, parsimoniosamente, si va hasta sus últimas calles, entre sus luces, su hondo e inquietante silencio y esa especie de niebla en que se halla como suspendido crea una sensación de irrealidad realmente notable. La “Trafic” que en esas madrugadas me traen de regreso a la ciudad tienen ese “plus” de belleza inesperada, que no se repite en otras horas del día, como es dable suponer, aunque también tenga su atractivo, pero siempre es más previsible, como suele ser la vida de los humanos aunque no así sus pensamientos, como sabemos.
Por eso, en las primeras horas de la mañana lo más significativo –y no por ser usual es menos caracterizable de original- es ese viaje de mi amigo con su perro sobre el techo del vehículo.
En los atardeceres, cuando Miguel hace los pocos metros que separan su casa del Club (el glorioso Huracán, como repite) para jugar al “chancho” con el ingeniero Kety Parapetti, hijo de mi amiga Hydée, Ullúa, Omar Bellini, y mi viejo y querido amigo también y hablo de Raúl Rodini, lo acompañan un par de perros que lo esperan pacientemente en la vereda. En esa salita que alguna vez fue “reservado” para novios y parejas muy jóvenes, ahora se juega pacíficamente a las cartas. “Por la vuelta” como se le llama a la consumición, por algunos porotos, y si es por dinero la suma es exigua siempre. Ya son recuerdo las tenidas en los altos del Club donde se jugaban casas y campos y a veces eran corridos por la Policía y hasta detenidos por transgredir una ley que penaba los juegos de azar. Hay anécdotas jugosas allí. Como esa vez que corrieran entre ellos a Ernesto Triacchini, continuo timbero y sastre de mi pueblo que saltó dentro de una casa, se metió en una cama –ajena, por supuesto- y cuando la Policía entra le dijo que estaba enfermo.
Miguel mantiene ese sentido gregario de la vida que sostiene a través de su adhesión incondicional al Club y yo, lo comprendo. Porque en épocas de “modernidades liquidas“ el decir de un filósofo, cuando la política se diluye o banaliza en los programas de la televisión basura: a qué pocas cosas puede un hombre aferrarse? Una de las pocas que congrega pasiones diversas y aún contradictorias está en los colores un club donde uno aportó en la más lejanísima infancia, como esas adhesiones tal vez casual, seguramente afectiva y para nada pensada (qué puede advertir responsablemente un niño de pocos años) y que sin embargo debe ser uno de los pocos sentimientos inalterables que quedan a un ser humano en el siglo veintiuno.
Y entre esas cosas, digo esas elecciones están los colores rojiblancos del “Club de los grandes éxitos”, como dice siempre Miguel y nunca sé si es con ironía.
De todos modos, él, muchos otros y yo, compartimos ese espacio común, ese afecto, ese estar sintiéndose bien, mirando pasar la lenta vida del pueblo como hacíamos en nuestra más lejana adolescencia.
Y parafraseando al inolvidable “Negro” Fontanarrosa diré; “en estos tiempos, es mucho”.

*

Tenía una gran capacidad de asombro, gozaba recorrer los espejismos, ver los reflejos de los objetos en dispares dimensiones y tamaños.
Planeaba desenvolver con una gomera dúctil, un arco iris con plumas de acuarelas y deshilvanar cada color en colecciones de candelas.
Intentaba predecir qué profesión desempeñaba cada sujeto que cruzaba por su camino, ya sea por su vestimenta, su actitud o su caminar…
Quería describir cuales eran los mejores ingredientes para curar enfermedades.
Sabia, que uno de ellos, era el amor, otro, la confianza, también la paciencia y el sentido del humor. Por eso en sus momentos de paz, mimaba a los que estaban afligidos o extenuados por el peso del desconsuelo….

Pero lo que más le interesaba, desde muy pequeña, era encontrar el espacio en el que se inscriben los pensamientos, la memoria, la imaginación… y la creatividad.

Por lo cual, tomó una decisión: permaneció sentada en posición de loto.
Con los parpados cerrados, dirigió su mirada al entrecejo, Se había colocado un bindi colorado. Después de aquietar sus ambiciones, y de respirar rítmicamente. Comenzó a meditar.
En ese estado de silencio y quietud, encontró el enlace de la armonía.
En una luz resplandeciente y conmovedora, se dejó llevar por la sencillez del corazón, que persuadía al mecánico cerebro.
Ese espacio, que tanto buscaba, estaba en su interior, sin intención comenzó a dejarse transitar por el universo de la Poesía.-

*de Azul. azulaki@hotmail.com

Un día especial*

El lujoso yate a duras penas logró acercarse a la orilla. Un atlético rubio de escaso short blanco saltó a tierra y ató la soga de amarre al timbó más cercano. Desde arriba se desplegó una escalerilla por donde bajó una mujer envuelta en toallón muy colorido y con finas sandalias que se
hundieron totalmente en el barro gredoso.
Los chillidos histéricos se oyeron dentro de la isla.
- Cómo se te ocurre, mamá, con esos tacones, ¿no ves el barro?
Cuando se disponía a ayudar a la mujer, que hipaba nerviosa, aparece un islero, alto y flaco, que, sacándose la gorra saludó:
-Buen día... ¿qué le anda pasando?
-Nos quedamos sin combustible... ¿no tendría un bidón con nafta? Por favor, le pago lo que pida.
-No don, aquí uso remos, nomás.
-¿Y donde conseguiríamos?
-No sé. Sólo que espere al acopiador... en una de esas a él le suebra y le da.
-Falta mucho para que pase?
-No, mañana a la tardecita, nomás.
-Mañana!!! Se oyó desde el yate la voz femenina.
-Y sí. Pero endemientras, arrimensen al rancho. Es pobre, sabe, pero mi patrona les ceba unos mates si quieren.
-No, gracias, señor.
-Pero sí mamá. Abrigate y bajá, quizás podamos comer algo. ¿Queda lejos su casa?
-No, ahicito, detrás de los sauces.
Un enjambre de perros flacos y ladradores, recibieron al trío. De un costado salió una mujer, ancha sonrisa de pocos dientes; secándose las manos en la pollera y ahuyentando la jauría, saludo con voz suave.
-Juana, los señores tienen hambre, preparales algo.
Debajo del alero, un hoyo lleno de brasas y leños, sobre él, colgada de un aparejo una olla de hierro ennegrecido donde humeaba el aceite. Pendía de un alambre un manojo de amarillos aún vivos y destripados. La mujer los descolgó, salándolos sobre una tabla, y con certeros golpes de cuchilla los
trozó.
La señora del yate, frunciendo la nariz se sentó alejada del grupo, mientras el hijo conversaba con el islero sobre la posibilidad de una tormenta.
El aceite chirrió al recibir los pedazos húmedos, y un apetitoso olor invadió el lugar.
Mientras pasaba un trapo por la tabla que hacía de mesa, el islero invitó.
-Por favor, arrime señora. Esto se come calentito.
-No, gracias.
- Mamá, acercate y probá. Esto está muy bueno.
Los dorados trozos, ensartados en una varilla de sauce, de punta aguzada, fueron depositados en un plato de latón.
Desparramando los perros, que acudían al aroma, Juana alcanzo una silla con asiento y respaldo de junco, para que la señora integrara el grupo.
Esta tomó entre sus perfumados dedos una rodaja de pescado y tratando de disimular su aversión, hincó sus dientes y saboreó un bocado.
-Está muy rico- dijo, mientras masticaba otro.
-Cuidado con las espinas, señora, si se le dispara alguna a la garganta no se asuste, trague un pedazo de pan entero y ¡listo!, señaló el hombre mientras sacaba de un estante una botella con un mejunje que batió enérgicamente.
-Mire, don, pruebe el chimichurri, eso sí, si aguanta el picante.
Aceite, vinagre, ajo y perejil picados, ají molido, pimienta, sal y algunas hierbas aromáticas integraban el colorido chorro que inundó el pescado caliente.
-¡Ah, que pica esto! Pero está muy bueno.¡Que bien vendría un vaso de vino tinto!
-Cierto, pero no tengo. Hacemos la provista una vez al mes en el pueblo y éste anduvo muy malo... no pude ir.
-¿Frito más, viejo?
-Para mí no, gracias. Nunca pensé que comería tanto- dijo el muchacho.
-Yo tampoco. Agregó la señora-Muchas gracias.
-Bueno, dejá nomás Juana. Poné la pava.
En eso se escuchó una estridente bocina.
-Pero vea, apareció el acopiador.¿Qué se habrá olvidau?
Cuando llegaron a la orilla, una larga y ancha canoa con motor atracaba, y su corpulento dueño, saltando ágilmente a tierra, los recibió con un escueto
-Buen día. Te conseguí el remedio para la Juana, por eso me arrimé.
-Suerte, porque aquí el hombre se ha quedau sin nafta.
-Tá bien, ya le alcanzo un bidón que tengo de repuesto.
-Muy bien don. Páselo y dígame cuánto le debo.
-Nada mijo, sólo necesito el envase.
-No, faltaba más, quiero pagarle.
-Dele aquí a Juan, que precisa para la salud de su mujer. Adiós y suerte.
-Muchas gracias, que le vaya bien.
Mientras la señora subía al yate, saludando a la pareja de isleros, el joven apretaba la áspera mano de Juan, dejando en ellas un billete.
-Para un vino, y muy agradecido por todo lo que hizo por nosotros. Fue un gusto conocerlos.
-Bueno, que les vaya bien. Cuando guste, aquí estamos.
-Gracias. Chau.
Lentamente la lancha despegó de la costa, alejándose río arriba. Brazos en alto y anchas sonrisas fueron las últimas imágenes.
La isla volvía a su paz habitual, acompañada sólo de trinos y silbos de pájaros y del contoneo de los sauces, gozosos del vientito que soplaba del sur, aliviando el calor islero.

*de Elsa Hufschmid elsahuf@hotmail.com

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REGALO MUY DIFÍCIL DE HACER...

urbanopowell @ 02:15

Pequeño Larus no ilustrado*

Alero: lugarcito del techo acogedor de golondrinas.

Bandera: trapo de diversos colores, simulado emblema de patria.

Blasfemia: recurso infame del incapaz.

Bravura: postura que debe imperar ante la vida.

Critica: opinión rechazada por nuestro ego.

Cuerpo: caja de huesos y arterias guardadora de emociones.

Culpa: falta suave si es propia, terrible si es ajena.

Despecho: sentimiento hecho negro pozo al que nunca deseo caer.

Destrucción: acción del hombre contra el bosque propiciando desastre futuro

Dignidad: calidad de vida que dejo como única herencia.

Dolor: sensación en la piel cuando el amor te abrasa.

Esperanza: alimento diario del alma.

Espiga: amarilla calmadora del hambre.

Fatiga: estado que me producen los imbéciles.

Gotas: gemas con interior de rocío.

Humo: combustión de fabricas, ya casi olvidado.

Lejos: medida del espacio del enamorado.

Llanto: efusión salada que sazona las penas.

Lluvia: desagüe de las arcas del cielo.

Mujer: ser fabricado en roca con mezcla de seda y perfume.

Perdón: regalo muy difícil de hacer.

Rumbo: camino escabroso si el espíritu no halla paz.

Sed: hambre de agua.

Sol: alimento insoslayable de la vida.

*de Elsa Hufschmid elsahuf@hotmail.com

REGALO MUY DIFÍCIL DE HACER...

Carta a Luisa*

Gijón, 20 de Mayo

Querida Luisa,

Sabes cuanto te quiero porque no me canso de repetirlo. Ya sé que a veces soy muy pesado, pero conocerte ha sido lo mejor que me ha pasado. Has cambiado mi vida tanto en la vertiente personal como en la profesional. Ahora soy una persona madura gracias a tus consejos. En el trabajo, me concentro más y desarrollo mis quehaceres mucho mejor.

Hoy, debo agradecerte otra cosa aún más importante: ¡Has salvado mi vida!. Esta mañana, mientras paseaba pensando en ti, me he distraído y sin darme cuenta caminé hacia un acantilado y me he acercado al borde del precipicio. Me separaban de la muerte cuatro pasos quizás. Caminé un par de pasos más y acordándome de pronto que tenía esta carta que terminar, me di media vuelta y regresé para acabarla dándome cuenta que estuve a punto de morir.

Con todo mi amor y agradecimiento, tuyo, que lo es

Stefen Plumkier

*de Joan Mateu. joan@cimat.es

*

La escuela del mundo al revés es la más democrática de las instituciones educativas. No exige examen de admisión, no cobra matrícula y gratuitamente dicta sus cursos a todos y en todas partes, así en la tierra como en el cielo: por algo es hija del sistema que ha conquistado, por primera vez en toda la historia de la humanidad, el poder universal. En la escuela del mundo al revés, el plomo aprende a flotar y el corcho, a hundirse. Las víboras aprenden a volar y las nubes aprenden a arrastrarse por los caminos.El mundo al revés premia al revés: desprecia la honestidad, castiga el trabajo, recompensa la falta de escrúpulos y alimenta el canibalismo. Sus maestros calumnian a la naturaleza: la injusticia, dicen, es ley natural. Milton Friedman, uno de los miembros más prestigiosos del cuerpo docente, habla de "la tasa natural de desempleo". Por ley natural, comprueban Richard Herrnstein y Charles Murray, los negros están en los más bajos peldaños de la escala social. Para explicar el éxito de sus negocios, John D. Rockefeller solía decir que la naturaleza recompensa a los más aptos y castiga a los inútiles; y más de un siglo después, muchos dueños del mundo siguen creyendo que Charles Darwin escribió sus libros para anunciarles la gloria.

¿Supervivencia de los más aptos? La aptitud más útil para abrirse paso y sobrevivir, el killing instinct, el instinto asesino, es virtud humana cuando sirve para que las empresas grandes hagan la digestión de las empresas chicas y para que los países fuertes devoren a los países débiles, pero es prueba de bestialidad cuando cualquier pobre tipo sin trabajo sale a buscar comida con un cuchillo en la mano. Los enfermos de la patología antisocial, locura y peligro que cada pobre contiene, se inspiran en los modelos de buena salud del éxito social. Los delincuentes de morondanga aprenden lo que saben elevando la mirada, desde abajo, hacia las cumbres; estudian el ejemplo de los triunfadores y mal que bien hacen lo que pueden para imitarles los méritos. Pero "los jodidos siempre estarán jodidos", como solía decir don Emilio Azcárraga, que fue amo y señor de la televisión mexicana. Las posibilidades de que un banquero que vacía un banco pueda disfrutar, en paz, del fruto de sus afanes son directamente proporcionales a las posibilidades de que un ladrón que roba un banco vaya a parar a la cárcel o al cementerio.

Cuando un delincuente mata por alguna deuda impaga, la ejecución se llama ajuste de cuentas; y se llama plan de ajuste la ejecución de un país endeudado, cuando la tecnocracia internacional decide liquidarlo. El malevaje financiero secuestra países y los cocina si no pagan el rescate: si se compara, cualquier hampón resulta más inofensivo que Drácula bajo el sol. La economía mundial es la más eficiente expresión del crimen organizado. Los organismos internacionales que controlan la moneda, el comercio y el crédito practican el terrorismo contra los países pobres, y contra los pobres de todos los países, con una frialdad profesional y una impunidad que humillan al mejor de los tirabombas.

El arte de engañar al prójimo, que los estafadores practican cazando incautos por las calles, llega a lo sublime cuando algunos políticos de éxito ejercitan su talento. En los suburbios del mundo, los jefes de Estado venden los saldos y retazos de sus países, a precio de liquidación por fin de temporada, como en los suburbios de las ciudades los delincuentes venden, a precio vil, el botín de sus asaltos.

Los pistoleros que se alquilan para matar realizan, en plan minorista, la misma tarea que cumplen, en gran escala, los generales condecorados por crímenes que se elevan a la categoría de glorias militares. Los asaltantes, al acecho en las esquinas, pegan zarpazos que son la versión artesanal de los golpes de fortuna asestados por los grandes especuladores que desvalijan multitudes por computadora. Los violadores que más ferozmente violan la naturaleza y los derechos humanos, jamás van presos. Ellos tienen las llaves de las cárceles. En el mundo tal cual es, mundo al revés, los países que custodian la paz universal son los que más armas fabrican y los que más armas venden a los demás países; los bancos más prestigiosos son los que más narcodólares lavan y los que más dinero robado guardan; las industrias más exitosas son las que más envenenan el planeta; y la salvación del medio ambiente es el más brillante negocio de las empresas que lo aniquilan. Son dignos de impunidad y felicitación quienes matan la mayor cantidad de gente en el menor tiempo, quienes ganan la mayor cantidad de dinero con el menor trabajo y quienes exterminan la mayor cantidad de naturaleza al menor costo.

Caminar es un peligro y respirar es una hazaña en las grandes ciudades del mundo al revés. Quien no está preso de la necesidad, está preso del miedo: unos no duermen por la ansiedad de tener las cosas que no tienen, y otros no duermen por el pánico de perder las cosas que tienen. El mundo al revés nos entrena para ver al prójimo como una amenaza y no como una promesa, nos reduce a la soledad y nos consuela con drogas químicas y con amigos cibernéticos. Estamos condenados a morirnos de hambre, a morirnos de miedo o a morirnos de aburrimiento, si es que alguna bala perdida no nos abrevia la existencia.

¿Será esta libertad, la libertad de elegir entre esas desdichas amenazadas, nuestra única libertad posible? El mundo al revés nos enseña a padecer la realidad en lugar de cambiarla, a olvidar el pasado en lugar de escucharlo y a aceptar el futuro en lugar de imaginarlo: así practica el crimen, y así lo recomienda. En su escuela, escuela del crimen, son obligatorias las clases de impotencia, amnesia y resignación. Pero está visto que no hay desgracia sin gracia, ni cara que no tenga su contracara, ni desaliento que no busque su aliento. Ni tampoco hay escuela que no encuentre su contraescuela.

*De Eduardo Galeano.

-Extraido del libro de Eduardo Galeano, Patas arriba. La escuela del mundo al revés.
-Enviado para compartir por Lucía Cinquepalmi luciaguionbajo@gmail.com

*

El mozo trae el postre en una mesa rodante, la respiración se contiene en el momento teatral de prenderlo. El incendio promete dulzuras realzadas por los colores del fuego. Todo se hace lentamente y los picos de merengue se doran tan sutiles. Luego están los contrastes entre el frío del helado y el
calor. Seguro que de niña, un poco escéptica, me maravillaba que no terminara mal, en incendio devastador. Era una ceremonia de claras alzadas hasta llegar al punto de la nieve, veteadas por algún caramelo ¿o era el color que quedaba por el trabajo de las llamas?. Ese batido que da al acuoso líquido
con azúcar la consistencia justa en la boca de morder una nube, cuando el aire provoca la alquimia. Tan simple y rotundo milagro transformador celebrado con la lengua.

*De Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar

Vivir de otra manera / En terrenos de la Ciudad Universitaria
Velatropa, una aldea oculta en la Capital*

Tiene construcciones de barro y sus habitantes cultivan lo que consumen; la mayoría son jóvenes y se guían por el calendario maya
A minutos del Obelisco, Velatropapropone un modo de vida ecológico y autosustentable Foto: LA NACION / Fernanda Corbani

*Franco Varise
LA NACION

La ciudad de Buenos Aires esconde una aldea. Sí: una aldea de verdad, con personas y construcciones rudimentarias; huertas, ritos y todo eso. Un extraño rincón de la ciudad que permanece fuera del sistema y donde el tiempo no tiene tiempo. O, por lo menos, eso es lo que desearían quienes lo habitan y construyen.
Velatropa comenzó a levantarse hace dos años en los cimientos de lo que iba a ser el pabellón cinco de la Ciudad Universitaria, frente al estadio de River Plate. El espacio, abandonado desde hace décadas, pertenece a la Universidad de Buenos Aires (UBA), que tolera su presencia, y en algún momento hubo en las proximidades otro tipo de asentamientos, como la controvertida "villa rosa", que ya no está.
Oculta entre los árboles, la vegetación y el hormigón, la curiosa ecoaldea es un secreto para la mayoría de los porteños, pero bastante difundido entre los estudiantes y las autoridades universitarias. "Sí, claro, los pibes de la aldea están por allá", indicó el encargado de la playa de estacionamiento del complejo universitario.
Un sendero por detrás de los pabellones paralelo a la orilla del río lleva hasta una especie de portal del que cuelgan unas cintas de tela y un cartel que dice: "Bienvenidos a la ecoaldea Velatropa". El camino sigue hacia las entrañas de un espacio en constante construcción. Allí surge de la nada un "refugio de invierno" que conjuga salón, mesas, sillones y sillas, un espacio de estudio, una cocina de barro y el guardabicicletas comunitario.
Cuentan, también, con un panel solar para proveerse de luz y una canilla de agua corriente cedida por la UBA.
Puede parecer increíble, pero el proyecto gestado al calor de algunos estudiantes creció al punto de que los velatropenses ya son alrededor de un centenar. Los fines de semana cocinan comidas naturales que comparten entre todos y, al caer el sol, plantan un árbol frutal (hay cerezos, paltas y ciruelos). Esos retoños pugnan por crecer en una tierra generada a partir de los rellenos sobre el río.
La mayoría de los velatropenses, de entre 20 y 30 años, no vive allí y trashuman entre sus casas céntricas y esta especie de vergel ultraecológico donde no está permitido fumar -hay un sector especial para hacerlo- ni beber alcohol. Las construcciones están proyectadas a partir de barro y materiales
totalmente reciclados -botellas, maderas, plásticos-, con diseños libres con aires gaudianos o modelos físicos. También hay carpas. Y un sistema informal de riego para la huerta. Los aldeanos se llaman entre sí "hermanos", se guían por el calendario maya y viven según las directrices de la "permacultura".
Velatropa no sería tan rara si no fuera porque está enclavada en plena ciudad. En la Argentina existen otras ecoaldeas, como Gaia, en la localidad bonaerense de Navarro, o Jardín Paz Mundial, en Epuyén. Pero aquí el contexto es bien distinto. Mientras los velatropenses meditan en círculo, un avión pasa a muy baja altura y ruge sobre sus cabezas antes de aterrizar en el Aeroparque. El ruido del tránsito de la avenida Leopoldo Lugones trastoca, por momentos, el silencio natural que anhelan los aldeanos.
Pero a Flor, una de las velatropenses, no parece importarle. "Esto es de todos, no es nuestro... Queremos enseñar que se puede vivir de otra manera con respeto a la tierra, en paz y en armonía con la naturaleza", dice esta estudiante de física con un nivel de argumentación contundente. "Mi familia
dice que soy otra persona desde que estoy acá y están recontentos, porque antes de encontrar este lugar alquilaba un departamento con amigas, trabajaba de camarera y ni siquiera había terminado el secundario. Acá encontré un sentido a mi existencia", agregó.
En realidad, los velatropenses no quisieron participar de esta nota, al señalar que no están "preparados" para enfrentar a la prensa. Es que quizá resulte muy sencillo encontrar la aldea, pero, en cambio, no es tan fácil conocer a los "aldeanos" un poco más allá de lo que consideran su "obra".

Consejos
Velatropa, aunque parezca a primera vista libertaria, está regida por una organización compuesta por dos consejos que toman las decisiones en reuniones programáticas que se realizan dos veces por semana. Incluso tienen un blog (aldeavelatropa.blogspot.com) donde difunden sus técnicas de producción, reciclado y construcción.
La idea es que quien desee participar de la iniciativa realice tareas concretas. "No podés caer con una carpa y quedarte sin hacer nada", susurra uno de ellos con el ceño bastante serio. "Es un nodo ecológico de desarrollo sustentable, interdisciplinario y autogestionado por estudiantes de la UBA", puede leerse en un folleto sobre la mesa del refugio. Y sigue: "Nuestro proyecto a futuro es, en combinación con las autoridades de la UBA, poder reciclar toda la basura de la Ciudad Universitaria".
A estas alturas, la pregunta se plantea sola: ¿y de qué viven? Ellos aclaran que tienen un nivel de gasto casi nulo. No parece extraño a simple vista, aunque también cocinan empanadas que venden entre los alumnos de la Ciudad Universitaria, donde ya son un clásico. Todos son vegetarianos y buena parte de los productos que consumen son el fruto de las huertas diseñadas sobre terrenos formados con escombros de hormigón.
El secreto no puede mantenerse para siempre. En Velatropa lo saben, y aunque los perturba, confían en seguir adelante, reciclándose.

*Fuente: http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1174286&pid=7313558&toi=6266

POR LA MIGRACION DESDE LAS INSTITUCIONES EDUCATIVAS A COMUNIDADES DE APRENDIZAJE PERMANENTE SUSTENTABLES*

*Por Alfredo Armando Aguirre choloar@rocketmail.com

PALABRAS CLAVES: comunidad de aprendizaje sustentable - aldeas ecológicas -
democratización permanente - amplia participación - tradición e innovación

DESARROLLO DE LA ESTRUCTURA ARGUMENTATIVA

La presente comunicación, intenta balbucear una propuesta. Con el verbo balbucear, intentamos significar que la misma tiene el sentido de un esbozo, al modo que dicho término se lo emplea en Arquitectura.
En los ámbitos de las Humanidades, como precipitados de los descubrimientos de la "nueva Física", ya es posible arriesgarse a declarar que todo flujo o fluencia vital esta signado por la diversidad, la complejidad, la contradicción, la imprecisión, la incertidumbre y el descontrol.

Más la diseminación de esa batería conceptual por los ámbitos académicos, tarea que se vienen haciendo en forma creciente al menos en las ultimas tres décadas, no necesariamente comporta una incorporación inmediata a ciertas "corrientes Principales" (maistreams) que han sedimentado en estructuras donde predominan interactuando conflictivamente; por un lado el Derecho Romano; los Evangelios y las gramáticas castellana o portuguesa; y por otro las variantes mecanicistas propugnadas por Newton, Descartes, Laplace y sus seguidores.
Dicho en trazos muy gruesos: las estructuras configuradas sobre la "Física Clásica", se muestran poco permeables a conceptos decantados desde "la Nueva Física".
Nuestra propuesta está basada en el caso argentino. Tal vez, podríamos considerarla extrapolable parcialmente al Cono Sur de Sudamérica.
En las décadas recientes se ha consolidado una fuerte migración de los países limítrofes a la Argentina, con la excepción de Brasil, así como del Perú, que no tiene fronteras físicas con Argentina.
Esto comporta una incorporación de capital humano que por un lado ha recibido algun nivel de instrucción en los sistemas formales de sus países de origen, y por otro lado es portador de idiosincrasias que refuerzan las pautas culturales de la parte de la población argentina, que evidencia
constituir una mayoría creciente, con ancestros precolombinos y en menor medida afros. Tal vez el sesgo precolombino no sea aplicable a la migración uruguaya.
Nuestra propuesta que supone un juicio de valor negativo sobre el estado de cosas existentes no sólo circunscripta al ámbito educativo, sino al contexto multidimensional en el que se desenvuelve.
La propuesta, está fundamentada en vivencias propias, adquiridas como alumno ( Iniciamos nuestra educación formal en 1954), como ex alumno y como docente ( Creemos haber finalizado nuestro ciclo formal como tal en marzo del 2009); así como en análisis propios decantados de las antedichas
vivencias. La mayoría de los cuales están accesibles en el sitio: http://choloar.tripod.com/trabajos.htm ,
y en análisis ajenos (argentinos y extranjeros: Saúl Alejandro TABORDA; Bill ELLIS; Ivan ILICH, y Roger SPERRY, entre otros).
Con nuestra propuesta aspiramos a consolidar, aportes que últimamente hemos venidos volcando en la lista de correos NOVEDUC, bajo el auspicio de la revista "Novedades Educativas ", de Buenos Aires.
Nuestro desarrollo aspira a insinuar caminos para que las actividades de aprendizaje puedan preparar a las personas para abordar el traumático cambio que suponen las triples y entrecruzadas crisis ecológica, energética y alimentaria en curso.

Somos de la opinión que la reciente crisis financiera que tuvo como epicentro Wall Street, no es mas que uno de los efectos, de la triple crisis antes mencionada, opinión muy compartida por sectores de los Estados Unidos de Norteamérica, cuyos contenidos (en idioma inglés) no fluyen por los grandes medios de comunicación, pero que se diseminan por intermedio de Internet, la que se atenúa en los países hispano luso parlantes por la barrera idiomática como por reservas ideológicas

Se dan, a nuestro entender dos elementos de soporte, que dan sustento a las presentes consideraciones:
1) A nivel continental, se registra una estabilidad institucional democrática que ronda en promedio poco más de dos décadas, luego de la conculcación del estado de derecho en casi todos lo países de Sudamérica.
Esta situación previa de anomalía institucional proyecta secuelas a la democracia en curso, incluido el retraso de las nuevas incorporaciones conceptuales, y la persistencia de las estructuras retardatarias a esas incorporaciones.
2) A nivel global, y con un ostensible impacto en nuestra área geográfica, se agrega la impronta técnica, que supone la irrupción de las llamadas Tecnologías de la Comunicación y la Información (TICs). Pese a que las distintas y crecientes aplicaciones de las mismas ya se van incorporando a la cotidianeidad, particularmente de los sectores infanto juveniles, todavía no parecen asumirse todas las implicancias que comportan ingentes cantidades de información, con casi inimaginables velocidades de cálculo, y circulando en velocidades cercanas a la velocidad de la luz, al menos en los conductos troncales. No seria redundante consignar que las TICs en sus manifestaciones más actualizadas, reformulan y potencian tecnologías preexistentes como el telégrafo, la radiodifusión, el cinematógrafo y la televisión.
Las estructuras educativas formales, con sus comportamientos burocratizados sustentados en la inercia conceptual mecanicista, no parece mostrar la misma plasticidad que los alumnados en orden a incorporar el torrente nocional que estos van absorbiendo con avidez y espontaneidad.
Nos arriesgaríamos a asumir que la asimilación de las TICs, por parte de las estructuras docentes hace pasar la misma por la criba de las conceptualizaciones preexistentes, y procesa con dificultad, la lógica
interna que dimana de las TICs. A sólo titulo de ejemplo, cabe apuntar que todo el potencial que emana de la noción de "Gestión de conocimiento" (KM), uno de los subproductos de la dinámica TICs, sólo es receptado en ámbitos muy acotados.

El núcleo central de nuestra propuesta estriba en transformar en comunidad de aprendizaje sustentable permanente a cada edificio escolar o ámbito físico que oficie de tal, asignando a esa comunidad la máxima autonomía tanto en la elaboración de los currículos como en la gestión, sin desmedro del apoyo logístico de los poderes públicos.

Cada comunidad sería como el bloque mínimo de una red neuronal altamente sensible a sus contextos inmediatos, asumiendo que lo son parcialmente, con las habituales excepciones. Ello se enmarca en un esbozo de sociedad concebida como un sistema de aldeas ecológicas parcialmente autosustentables.
Vale acotar que el presente flujo o fluencia vital argentino, se desagrega en 1610 asentamientos urbanos; 1440 de ellos menores a los 50.000 habitantes y superiores a los 600; además de los núcleos menores y las áreas rurales, de similar magnitud. El alumnado regular de esta población está siendo
actualmente atendido por aproximadamente ochocientos mil docentes, distribuidos en alrededor de 40.000 escuelas.

Cada comunidad en un contexto de democratización permanente y de amplia participación generaría sus propios currículos conjugando tradición e innovación y hasta podría elegir a los directivos para gerenciar los mismos, (tal como se hace en el estado brasileño de Río Grande do Sul).
El párrafo precedente amerita desplegarse, atento lo consideramos el aglutinante de la presente comunicación.
La generación de los currículos a cargo de cada comunidad educativa, sería algo análogo a la noción de "presupuesto participativo". Así, en cada una de las comunidades educativas, los currículos serían elaborados y aprobados por un colectivo integrado por representantes de los directivos, los docentes, los no docentes, los padres de los alumnos, los ex alumnos del establecimiento, representantes de las entidades de bien público, medios de comunicación locales, así como los docentes jubilados del entorno cercano del edificio escolar o del que haga de tal, y del Municipio respectivo. La circunstancia que algunas implementaciones del "presupuesto participativo" hayan resultado insatisfactorias, no quita potencia al concepto, a los efectos de nuestra ponencia.

En el caso de los núcleos de aprendizaje donde concurran adolescentes o adultos, también habría de participar los representantes de los mismos.
Este último esquema es de los que fueran intentados implementar en la década del Veinte, por uno de los referentes de la Reforma Universitaria de 1918, Saúl Alejandro Taborda, a la sazón Rector del Colegio Nacional de la Plata, y por proponer tal iniciativa debió alejarse del cargo.
Los participantes en esta suerte de "Currículo participativo", actuarian a título honorario sin percibir remuneración alguna.
Entendemos que bajo el apotegma "Conjugar innovación y tradición", metodologías como las aquí consideradas (Que van muchos más allá de lo que se conoce como "Consejos Escolares, en la provincia argentina de Buenos Aires, o las "cooperadoras escolares", existentes en todas la provincias (estados) argentinas), darían la ductilidad imprescindible para procurar un equilibrio dinámico entre lo que la comunidad cree que debe impartirse y las nuevas concepciones pedagógicas que desde los núcleos
académicos se diseminan , potenciadas por las posibilidades de las TICs.
Cada persona que participe voluntariamente en estas instancias de legislación y ejecución, aportaría lo adquirido sea a través de su instrucción formal, como de la cultura adquirida por el solo hecho de
existir.
Habría que enfatizar el papel de los padres, que en el caso argentino asignan mucho valor a la educación de sus hijos. Con los altos índices de alfabetización formal, casi todos los padres tienen experiencias como ex alumnos. Y aún si los hubiera no alfabetizados (conceptos muy relativizado últimamente), estos también podrían aportar sus saberes implícitos (como la lenguas y las culturas precolombinas).
La participación voluntaria de los padres (o eventualmente de abuelos o tíos) de los alumnos es el control de calidad mas adecuado para la formación de sus hijos. Lo último suena casi como una obviedad, aunque muchas veces las estructuras docentes con la mejor de las voluntades, han pretendido reemplazarla. Debería facilitarse la concurrencia de los padres a observar las actividades de aprendizaje, sin interferir en el desarrollo de las mismas.
En nuestro esquema no se conciben docentes "absolutos "y "docendos "absolutos". A lo sumo algunos serán preponderantemente docentes y otros preponderantemente docendos, admitiéndose variante intermedias simultáneas o consecutivas.
Y a las funciones de "currículo participativo" de cada comunidades se agregan tareas de mantenimiento y reparación de las instalaciones físicas, así como las tareas de extensión y el uso comunitario de las instalaciones físicas.
No se nos escapa, que esto genera por el solo hecho de enunciarlo, reacciones, de aquellas de PARETO tipificaba como "agregados de la persistencia". No debe soslayarse que en países como Argentina el ciclo básico es obligatorio desde 1884, y en fecha reciente se extendió la obligatoriedad al ciclo medio (Consideramos esta obligatoriedad potencialmente inconstitucional).
Hasta se podrá argumentar que esto producirá "politización", como si se considerara que es posible realizar actividades humanas trascendentes sin algun sesgo político.
Sin soslayar que la propuesta se pone a consideración en el decurso de las interrelacionadas crisis, vale recordar que el sistema del que proponemos se migre, ha venido funcionando soportado por la energía proveniente de los hidrocarburos (sólidos, líquidos y gaseosos), mientras que la propuesta de sustitución, se diseña sobre la hipótesis de al menos la minimización de la disponibilidad de combustibles de ese origen.
Como una de las alternativas para reconvertir las matrices energéticas pasa por la revalorización y actualización de la tracción a sangre humana y animal, esto se proyecta a nuestro esquema en que los entornos de cada comunidad de aprendizaje estarán dados por la capacidad de trasladarse mediante tracción a sangre. Y lo mismo para la interconexión entre las comunidades de aprendizaje vecinas. Allí cobra sentido, lo de red de conexiones neurales funcionales a la descentralización y refractarias a los
esquemas centralizados y remotos
Las agencias públicas redefinirían sus competencias, para abocarse al apoyo logístico; a la certificación de los saberes generados desde las comunidades; a la orientación vocacional en función de las necesidades de la sociedad, y a la supervisión pedagógica de los institutos de formación docente, así como los esquemas de actualización y perfeccionamiento docente.
El apoyo logístico comprendería en un listado no exhaustivo: el aporte de los recursos financieros para pagar las remuneraciones y las cargas sociales del personal, directivo, docente y auxiliar; el material didáctico; el pago de los servicios públicos; los alimentos allí donde se los suministre, así como el financiamiento de las tareas de mantenimiento y reparación.
Tratándose de fondos públicos las tareas de auditoria gubernamental son insoslayables.
Va de suyo que lo propuesto abarca tanto a los colegios estatales, como a los privados sostenidos por subsidios gubernamentales. El financiamiento, como la fiscalización de su adecuada aplicación, resultan en este esquema funciones indelegables de los poderes públicos (Legislativos y Ejecutivos).
Estos poderes deberían obligarse a financiar las actividades de enseñanza - aprendizaje, a todas las familias que deseen instruir a sus hijos, o a todos los adultos de deseen acrecentar sus saberes

Insistimos que lo que aquí se postula transita por el camino del esbozo, reconociendo que por aquella idea jungiana,"que la realidad no puede encerrarse en formula alguna", las puntillosas planificaciones o las ingenierías de detalle, tienen en nuestro opinión un sesgo liberticida.
Estamos mas cerca de aquel José Hernández, que en su conocido "Martín Fierro", dijo que "Hasta el pelo más delgado hace su sombra en el suelo"; y que en su poco conocido "Manual de estanciero", escribió: "Todo el mundo es escuela".
Los esquemas verticales, centralizantes y compulsivos, vigentes, se relativizan al intentar aplicarse al universo de las 40.000 escuelas en el caso argentino.
Esos mismos esquemas son muy similares a los que se pusieron en marcha en el último tercio del siglo XIX, cuando regía en plenitud el paradigma mecanicista, cuando la clase dirigencia compartía la creencia que las cosas se podían controlar. Al menos a nivel ritual esa inercia continua, neutralizando objetivos mas personalizantes para la educación como lo son generar pensamientos críticos y de calidad.
A los efectos de generar pensamientos críticos y de calidad estimamos más funcional generar alternativas de aprendizaje altamente sensibles a los respectivos contextos circundantes, con características como la descentralización, la voluntariedad y la participación y la horizontalidad,
conceptos estos que en concepciones holísticas apreciamos en interrelacionante sinergia.
Lo insinuado precedentemente a nivel de esbozo, supone decisiones politicas de diferente nivel.
La circunstancia que en lo países federales del subcontinente, todo el ciclo no universitario sea competencias de los estados o provincias, a los efectos institucionales se equipara con los países de la misma subregión con sistemas unitarios de gobierno.
Es decir que cambios como los sugeridos se procesarán en el decurso de la lucha permanente por la preeminencia.
No se nos escapa que esta migración comporta un desapoderamiento de ciertas situaciones que han generado intereses específicos, y el empoderamiento de instancias que en algun modo están larvadas, funcionando como anticipos o pródromos que lo que se propone (que han asumido paradigmas donde se asume como ingredientes de lo real diversidad, la complejidad, la contradicción, la imprecisión, la incertidumbre y el descontrol).
A veces puede resultar casi inconducente desde lo académico plantear cambios que comportan decisiones políticas; mas en el pasado relativamente reciente del quehacer humano ello no ha sido óbice para que se sucedieran propuestas muchas veces preñadas de utopismo.
Esas propuestas que nos precedieron, nos estimulan a poner en consideración la nuestra, la que quizás no tenga mucho de originalidad, pero esta imbuida del mismo espíritu de las que se nos anticiparon con la esperanza de contribuir mediante la educación a una alta calidad de vida para las personas involucradas en ella.

(Redacción finalizada en Buenos Aires, el 15 de julio de 2009)

Anarquía*

Un pétalo atenta contra la armónica

concentricidad de la rosa.

¿Advertencia?

Punta de un ojo-flor penetrando

la sumisión al orden natural,
juegos de la botánica,

ambigua fiesta múltiple.

*De Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar

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11/09/2009 GMT 1

EL SUEÑO DE LA MUJER DEL PESCADOR...

urbanopowell @ 20:09

A VECES SIENTO*

A veces siento
que armo arabescos
dueños de su universo
que destilan libertad
a través de manos inconmensurables.
A veces siento
que el amor tiene cabida
dentro de dos lágrimas
que confundidas
se encuentran descendiendo
hacia mi boca.
A veces siento
que tiendo las manos
y Dios me las estrecha
trasladando a mi sangre su paz.
A veces siento
que el camino se ilumina
para que se encuentre
lejos de todo arrepentimiento,
sin rendiciones de cuentas
ante mi propio tribunal.

*de Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar

EL SUEÑO DE LA MUJER DEL PESCADOR...

Un lugar sin lugar*

¿de la mano de qué sombra
acudirás a alba
a despertar el sueño?

se esmera el grito estéril
en salir de la rabia dormida
acostumbrado al rincón de la quietud
donde no vale
nada

si tal vez
una brizna divierta
esa sombra claroscura
en un caleidoscopio
abanico de aromas
crepúsculo de lluvia
recostado en la hoja

se revele un acorde
desentone el silencio
desafine el disuado
y
vibre el aire
en desconcierto
ensayando un concierto

*de Lucía Cinquepalmi luciaguionbajo@gmail.com

Y seréis como dioses*

Mori Ponsowy
Para LA NACION

En Lloret de Mar, un pueblo de Cataluña, hay un restaurante donde por 40 euros se puede comer y, además, vivir el simulacro de un terremoto de 7 grados en la escala de Richter. Se llama Disaster Café. Quienes han ido aseguran que se asustan igual, aunque sepan que no es un terremoto de verdad. Le escucho contar la anécdota a un amigo que fue hace poco. "Salí hecho un asco -dice, encantado-, con la ropa toda salpicada de vino y comida." Mientras estuvo ahí hubo dos terremotos. Las mesas se movían tanto que los pimientos rellenos terminaron en el piso.
Le pregunto por qué quiso ir a un lugar así. Me mira como si yo fuera marciana. "Todos gritaban y se morían de risa", dice, como si esa explicación bastara. Me pregunta: "¿No te gustan las montañas rusas?". "Sí, pero no es lo mismo", digo. Quiere saber por qué no es lo mismo. Trato de improvisar una explicación, pero no se me ocurre nada contundente. Nos despedimos y me quedo con la sensación de que soy una aguafiestas.
Me paso la tarde pensando. ¿Qué diferencia hay entre subirse a una montaña rusa e ir a un bar donde habrá un simulacro de terremoto? Ambas experiencias dan miedo, ambas tienen que ver con situaciones en las que aparentemente nuestra integridad física está en peligro y, también, en ambas se trata de un miedo que no llegará a ser pavor porque sabemos que es sólo un simulacro. Por eso nos reímos: aunque nos asustemos, sabemos que saldremos indemnes, pues se trata de un juego.
La respuesta se me ocurre recién a la noche: la diferencia entre una montaña rusa y el bar en cuestión es que la montaña no imita una catástrofe natural. En cambio, el atractivo del Disaster Café se basa en el remedo de un fenómeno que ha causado miles de muertes a lo largo de la historia. ¿No hay algo perverso en divertirse viviendo el simulacro de una catástrofe? ¿Qué sentirán los familiares de las víctimas del sismo en Abruzzi al saber que hay gente que paga por experimentar un simulacro de terremoto y que, al sentir el temblor, se divierte a más no poder?
"El dolor es un horror que fascina", dice Aldous Huxley en la última página de Un mundo feliz , una novela que describe una sociedad totalitaria en la que el control de los individuos no se logra mediante la represión y el miedo, sino a través del placer, el condicionamiento y la diversión. La escena final, en la que un "salvaje" se da latigazos a sí mismo ante la mirada lasciva de una muchedumbre "civilizada", es una de las pocas en toda la novela que muestran violencia física. El autor empleó las doscientas páginas anteriores para mostrar cómo, una vez anestesiados emocionalmente, los seres humanos podemos aceptar horrores de la más diversa índole. En el mundo de Huxley las personas viven satisfechas, en un estado de paz perpetua. El consumo y la diversión constantes le proporcionan estabilidad a un Estado que alienta a sus miembros a tomar alucinógenos y que condiciona a los niños mientras duermen.
A diferencia del mundo futuro soñado por George Orwell en su novela 1984 , en el que el control se logra por medio de la opresión, en el mundo de Huxley los humanos se entregan gustosos a tecnologías que van minando su propia capacidad de pensar. Orwell temía que los totalitarismos del futuro prohibieran los libros; Huxley temía una sociedad en la que no hubiera razón para prohibir la lectura, pues ya nadie querría leer. Orwell temía que se ocultara la verdad; Huxley temía que, hundidos en un mar de irrelevancia, la verdad dejara de importarnos. Tanto Orwell como Huxley imaginaron futuros sombríos. La diferencia entre uno y otro radica en que para el primero la opresión nos sería impuesta desde afuera, mientras que para el segundo seríamos nosotros mismos quienes nos encerraríamos, gustosos, en nuestras cárceles.
Señalar casos de Estados totalitarios orwellianos es sencillo. Basta pensar en la Alemania nazi, en la Unión Soviética de Stalin o en nuestra Argentina de los 70. Sin embargo, aunque menos evidente, creo que la ficción distópica de Huxley es mucho más actual y pende sobre Occidente, haciéndose realidad de manera corrosiva e indetenible. ¿Disaster Café no es un ejemplo del modo en que con frecuencia nuestra "infinita sed de distracción" -como la llamaba Huxley- logra acallar nuestra capacidad de raciocinio? ¿Acaso divertirse con un simulacro de terremoto no evidencia una moral y una sensibilidad adormecidas? Pero quisiera ir un poco más allá: ¿es Disaster Café el único ejemplo del sonambulismo acrítico con que nos zambullimos en la diversión, o tal vez también lo sean las consolas de video en las que nuestros hijos disfrutan matando personas y, en general, la facilidad con que cada vez le dedicamos más tiempo a distraernos con las últimas novedades tecnológicas y menos a conversar, a intentar conmover, a acercarnos, a acariciar los corazones de quienes tenemos cerca?
"¡Pasear y hablar! ¡Vaya extraña manera de pasar una tarde!", piensa Bernard, con ironía, cuando en Un mundo feliz Lenina le dice que prefiere jugar al golf electromagnético que caminar por la orilla de un lago. Y es que los humanos de Huxley se dedican a dos actividades, nada más: trabajan y se divierten. Y si por casualidad a alguien se le ocurre entristecerse o, peor aún, detenerse a reflexionar, ahí está siempre a mano el "soma", ayudándolos a dejar el temor y a concentrarse en el presente. "No dejes para mañana la diversión que puedes tener hoy", le dice Lenina a Bernard.
¿No es, en cierto modo, Occidente una especie de mundo feliz a lo Huxley? Cuanto más escalamos en la escala socioeconómica, ¿no nos acercamos también más a un adormecimiento colectivo producido no por el hambre y la escasez, sino por la abundancia? Pienso en nuestra televisión. En la facilidad con que programas de mal gusto, de vocabulario limitado, sin argumento, logran mantenernos mudos ante la pantalla. Pienso en la naturalidad con que nos enteramos de injusticias, muertes y guerras en las noticias, sólo para olvidarlas instantes después y dejarnos envolver de nuevo por la banalidad. Pienso en la creciente dificultad que tienen nuestros niños y adolescentes para disfrutar del silencio y la simplicidad, enchufados constantemente a la diversión fácil y acrítica que les proporcionan sus decenas de maquinitas.
"Resulta curioso considerar que antes la mayoría de los juegos se practicaban sin más aparatos que una o dos pelotas, unos pocos palos y a veces una red", dice un personaje en Un mundo feliz . Y continúa: "¡Imaginen la locura que representaría permitir que la gente se entregara a juegos que en nada aumentaran el consumo!". En el mundo de Huxley, el Estado no aprueba ningún nuevo juego, a menos que pueda demostrarse que exige cuando menos tantos aparatos como el más complejo de los juegos ya existentes. ¿No nos suena familiar esto a todos los padres que día a día comprobamos la dificultad creciente de nuestros hijos para divertirse con una piedrita?
Se ha dicho hasta el hartazgo que la tecnología no es nociva y que sólo sus usos pueden llegar a serlo. Tal vez sea cierto. Pero creo que una de las consecuencias de la tecnología es ir minando nuestra capacidad de asombro, nuestra humildad, el respeto que una vez sentimos por todo aquello que no entendíamos. Huxley dijo que la novela Seréis como dioses , de H. G. Wells, le había servido como inspiración para imaginar un mundo en el que ya no existe nada sagrado y donde los avances tecnológicos permiten tener la naturaleza bajo control.
"Relájese y escuche las olas mientras reposa en una playa de arenas blancas", dice la publicidad de Typhoon Lagoon, una playa artificial inventada... no por Huxley, sino por un equipo de ingenieros que trabaja para Disneyworld. "Juegue en el agua mansa de la orilla. O zambúllase más lejos, donde olas de hasta tres metros le harán sentir la fuerza del mar." Detrás de toda esa arena de fibra de vidrio en la que no vive ni un solo molusco, detrás de toda esa agua en la que centenares de personas saltan sin temor a que las pique un agua viva, se ocultan motores inmensos que cada tres minutos producen una gran ola que remeda las de la playa. Cada vez que viene la ola, niños y grandes gritan y se asustan, saltan y ríen, disfrutando el movimiento del agua, pero, también, maravillados ante la habilidad humana para recrear algo tan grande, tan imprevisible, como el mar.
Por supuesto que entre divertirse con un simulacro de terremoto y uno de playa hay una gran diferencia: en el segundo caso el dolor ajeno no está en juego y, por tanto, nuestra conciencia no tiene nada que objetar. Sin embargo, lo que ambos tienen en común es el uso de tecnología innovadora para imitar fenómenos naturales y divertirnos de modo controlado, aséptico, sin peligro: se desacraliza la naturaleza, al mismo tiempo que se seculariza el asombro. A diferencia del asombro que sentimos frente a la inmensidad del mar, o al experimentar las sacudidas de un sismo verdadero, este nuevo asombro no provoca recogimiento ni introspección alguna, y está lejos de ser una experiencia de comunión con el universo. Por otro lado, mientras el asombro ante los fenómenos naturales pone en evidencia nuestra pequeñez y nos hace más humildes y respetuosos, el asombro originado en artilugios tecnológicos nos hace sentir poderosos, geniales e imbatibles. Amos y señores del universo.
Me dan ganas de llamar a mi amigo y hablarle de todo esto, decirle que a veces tanta diversión adormece, pero me aguanto porque sé que no le gustaría. Quizá me diría que soy incapaz de divertirme. O que tengo cierta dificultad para ser feliz. Y aunque seguramente tendría algo de razón, a mí me gustaría contestarle como Bernard a Lenina, cuando ella insiste en que tome un gramo de soma para curar su melancolía: "Prefiero ser yo mismo -dijo Bernard-. Yo y desdichado, antes que cualquier otro y adormecido".

*Fuente: http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1172279
-Enviado para compartir por Lucía Cinquepalmi luciaguionbajo@gmail.com

El divino putañero*

*Por Juan Forn

La ola de Hokusai es indiscutiblemente el cuadro japonés más famoso del mundo. Igual de famosos en Japón son los desnudos que le gustaba pintar a Hokusai, entre los cuales se destaca uno llamado El sueño de la mujer del pescador, donde se ve a una joven desnuda y echada de espaldas, con las piernas abiertas y un pulpo realizándole el cunnilingus más impresionante de la historia del arte erótico. Hokusai pronosticó a sus setenta años que, si llegaba vivo a los ciento diez, accedería por fin al misterio de las cosas y todo lo que eligiera pintar, fuese un mero punto o una línea, estaría vivo; pero se murió a los ochenta y nueve. Sin embargo, en la fecha en que Hokusai hubiera cumplido ciento diez años, nació en Japón un hombre llamado Sokichi Nagai, que se haría conocido entre sus compatriotas por su seudónimo, Kafu, y sería para casi todos ellos la viva reencarnación de Hokusai, el último "artista del mundo flotante", aunque no pintó un solo cuadro en toda su vida. En realidad, Kafu era escritor (él prefería definirse como "garabateador"), pero sus retratos de Tokio y sus habitantes, especialmente de sus mujeres de vida licenciosa, son el equivalente literario de los paisajes y desnudos del gran Hokusai.
En su adolescencia, Kafu intentó escribir para el Teatro Imperial Kabukizan, luego logró ser columnista de sociales en el diario Asahi Shimbun, hasta que se enteró su padre y lo mandó a "enderezarse" a los Estados Unidos, donde lo puso a trabajar en un banco. Kafu logró ser transferido a la filial francesa
que tenía el banco, en Marsella: le llevó cinco años conseguirlo y duró apenas unos meses en Francia. Primero lo echaron del banco por escaparse a París; después, cuando se le terminaron los ahorros, jugueteó con la idea de ahogarse en el Sena para que su muerte "fuese comunicada a Japón en ese
hermoso idioma". Pero terminó obedeciendo el ultimátum de su padre y volvió a Tokio. Allí aceptó un puesto como profesor de Literatura francesa en la universidad: se enorgullecía de haber aprendido más francés que inglés en esos cinco años en Norteamérica. También había aprendido chino (mejor dicho,
había reforzado el aprendido en la escuela) gracias a las frecuentes visitas que hacía a los fumaderos de opio de Chinatown. Se sabe que el idioma japonés se origina en el chino y que la persona japonesa que conoce chino suele tener una pureza de lenguaje fuera de lo común. Era el caso de Kafu; pero lo que él se propuso al regresar a Tokio fue reproducir en sus cuentos la afiladísima jerga coloquial que se hablaba en las calles de Asakusa (el distrito rojo de la ciudad, también conocido como "la cloaca de Tokio").
Su compadre y admirador Junichiro Tanizaki dijo años después que Kafu se proponía escribir lujurioso, pero le salía elegíaco. Esa era su magia: la combinación entre la pureza de su estilo y la impureza esencial de sus temas. Sus innumerables novelas salían siempre fallidas (se iba por las ramas, abandonaba personajes, las terminaba demasiado pronto o demasiado tarde), pero sus lectores las amaban igual porque no había una que no ofreciera páginas enteras de gloria, por lo general elegíaca, aunque sus temas fuesen cochinos, sórdidos, incluso heréticos para la milenaria tradición japonesa. Lo que Tanizaki o Kawabata obviaron con elegancia o sugirieron crípticamente en sus libros, Kafu prefiere describirlo con pelos y señales (y ya se sabe que pelos, olores y demás señales corporales, especialmente femeninas, son anatema para la literatura japonesa). Tiene un cuento extraordinario sobre una geisha guarra, que no se baña nunca y escandaliza a sus compañeras de trabajo tanto por su dejadez como por el efecto hipnótico que produce a los hombres: "Le alcanzaba con abanicar cansina y distraídamente su cuerpo sudoroso para que el cliente que ya se había vestido y estaba a punto de marcharse se abalanzara otra vez sobre ella" (el título del cuento es memorable: "Una crónica que quizá no debí
escribir"). En otro cuento llamado "Polillas de invierno", recuerda así uno de sus matrimonios con una geisha: "Cuando se rasgaba alguno de los paneles de papel de las puertas de nuestra habitación, lo cubríamos con las cartas que nos habíamos ocultado uno al otro, y nos leíamos en voz alta los pasajes
más escabrosos mientras intentábamos en vano que el frío no se colara en la habitación. Puedo dar fe de que ése es un placer que jamás conocerán los que tienen dinero".
Aunque le gustaba llorar miseria, nunca le faltó dinero (heredó pronto a su padre, a cuyo funeral no asistió porque estaba con una geisha en una terma de montaña). Aunque se pasó la vida callejeando por los distritos de vida disipada, prefería vivir en Azabu, donde estaban todas las embajadas, y se vistió siempre a la usanza occidental, con traje, sombrero y paraguas (pero en los pies llevaba siempre unos cómodos hiyorigeta). Le pasaba con las mujeres lo mismo que con las novelas: se iba por las ramas, se desinteresaba de ellas, pero antes les dedicaba sus elegías. Todos sus detractores fueron masculinos: los que tuvo de joven lo acusaban de atraer lectoras como una manzana podrida junta hormigas; los que tuvo más adelante decían que su estilo era afectado como el maquillaje de una puta vieja (él comparaba los
pronunciamientos de escritores con "el zumbido de los mosquitos en verano").
Odió el militarismo de los años '30, la guerra y la ocupación norteamericana, y se encargó de hacerlo saber (se salvó porque unas y otras autoridades lo consideraron un inofensivo viejo licencioso). Cuando se derrumbó su casa durante los bombardeos (y perdió su colección de grabados eróticos), se fue a vivir a una casa de citas. Cuando McArthur prohibió la prostitución en Tokio, fue a refugiarse a los burlesques. Cuando los encargados de los teatros quisieron echarlo de camarines, se puso a escribir
parlamentos para las chicas y ellas convencieron a los patrones de que le permitieran subir al escenario: fue un éxito absoluto (y Kafu tenía ochenta años).
A los setenta había hecho un balance de las damas en su vida: asombrosamente, el número fue de dieciséis, todas geishas, a las que retiró de la profesión al conocerlas y volvió a colocar en el negocio cuando se cansó de ellas. También fueron geishas todas sus secretarias, sus mucamas y sus enfermeras, pero no figuraban en la lista. Se enorgullecía de no haber estado nunca con una virgen, ni con la mujer de otro, ni de haberse enamorado jamás: sólo le importaba el arte de lo amatorio en la mujer. Y lo
valoraba como ninguno.
Kawabata ganó el Premio Nobel, Soseki está en el billete de mil yens, Mishima es icono gay, Tanizaki reina entre los espíritus exquisitos y Murakami entre los jóvenes, pero el único escritor japonés que llegó a ser muñequito es Kafu. Se consigue en todos los puestos callejeros de baratijas en Tokio: es un hombrecito de anteojos de veinte centímetros, con traje, sombrero, paraguas e hiyorigeta, y casi todos los vendedores suelen ubicarlo al lado de las reproducciones baratas que ofrecen de El sueño de la mujer del pescador y La ola de Hokusai.

*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-131574-2009-09-11.html

SOBRE CRITICOS Y CRÍTICA LITERARIA*

Se ha hecho costumbre el malentendido de llamar crítica a la reseña o nota que aparece en los cuadernillos semanales de los diarios como suplementos literarios.
Eso quiere decir que la literatura, para los que manejan y/o diseñan diarios, es siempre suplementaria y nunca central.
Pero una reseña no es una crítica. Puede pretender serla o no.
La reseña no tiene la objetividad, la imparcialidad y el desinterés o independencia que debería tener el ejercicio de la crítica.
La crítica es una de las ramas prácticas de la Teoría Estética o de la Estética, por encima de las teorías.
Las reseñas o comentarios están firmados por periodistas culturales o por académicos o escritores.
A veces los roles se confunden; un escritor puede ser un académico o un periodista puede también ser escritor.

¿Para qué sirve la crítica, si es que sirve de algo?
La critica sirve y no poco. Sirve a los lectores, a los libreros y editores, a los escritores, a los teóricos, y a los aficionados a leer crítica.
Pocos críticos han llegado a trascender con la dimensión y el renombre que tuvieron, por ejemplo: Amado Alonso, Spitzer, Wölffling, Blanchot, Ezequiel Martínez Estrada, David Viñas, Auerbach, J.P.Sartre, Rlland Barthes, Jaime Rest, Angel Rama, Walter Benjamín, Jore Luis Borges, Charles Baudelaire, Oscar Wilde, Noé Jitrik, Theodor Adorno, Faye,.
En Rosario hemos conocido a Eugenio Castelli, a Nicolás Rosa, a Inés Santa Cruz, a Roberto Retamoso, a Martín Prieto, a Alberto Lagunas y Aida Albarrán.

Hay críticas que surgen luego de largas entrevistas y charlas investigativas con el autor Otras se hacen exclusivamente a partir de la obra y algunas sin tener en cuenta dicha obra en el conjunto de lo escrito por el autor.
Un defecto de las notas o reseñas bibliográficas, según mi modesto entender, es hacerles el juego a los guiños de la moda. Otro defecto es despacharse el crítico o comentarista con un lenguaje universitarioso, pretencioso, poco literario e incomprensible para el lector común. Así, en lugar de ayudar al lector a ver mejor una obra, se la sepulta viva bajo una enmarañada jerga y profusión de citas barajando nombres e inter-textos que no pasaron por la cabeza del autor ni necesita el lector.
Una crítica creativa no debería basarse nunca en alguna teoría anterior a la obra que trata, porque esto condiciona la interpretación.
Dicen los que saben más que yo de esto que la crítica menos injusta es la crítica inmanente, la que surge de la obra misma, de lo que se propuso el autor, si nos olvidamos de lo que hemos estudiado o creemos saber, y nos abocamos a indagar si el autor logró su propósito o no.
Toda buena obra modifica la preceptiva.

La crítica debe ser independiente de la narrativa.
Las dificultades que cada autor ofrezca a sus lectores deben ser necesarias y no meros alardes ante mesas examinadoras.
Respeto el criterio de Juan Carlos Onetti, quien nunca volvía a leer lo que ya había publicado, pero comparto la idea y práctica de los que vuelven a corregir sus obras antes de reeditarlas ya que paras no tocarlas más ya tendremos tiempo después de morir, si es que tenemos la suerte de morir antes de que mueran nuestros libros editados e inéditos.
Me parece honesto reconocer sinceramente los defectos señalados o interpretados por la crítica. Borges volvía a corregir hasta sus obras completas cada vez que se volvían a editar.
La crítica evalúa. El comentario es menos riguroso que la evaluación.

Las pautas previas con las que se maneja la crítica deben ser discutidas, o al menos discutibles.
La buena crítica no se agota en decir si tal obra es buena o mala, entretenida o aburrida, memorable u olvidable.
El crítico debe sacar a luz lo más objetivamente la problemática que cada libro plantea y no super-estructurarla con problemáticas suyas o de su preferencia.
No puede figurar como crítico un principiante que hizo un cursillo o asistió tres meses a un taller, ni el empleado de una editorial, ni los asistentes de cátedra de la carrera de letras.
Me pregunto si la crítica pertenece a la Literatura o si en cambio se ocupa de ella sin ser parte de ella? Quiero decir, me pregunto hasta dónde la crítica tiene o no autonomía de género.

La literatura inventa historias; la metaliteratura inventa lecturas.
Otra pregunta: ¿El lector inventa autores o el autor inventa lectores?
Los actos de escritura y lectura mantienen el orden de circulación de los mensajes. ( Me refiero siempre a la literatura y no a esa nueva versión para mi caótica e infernal que son los mensajitos de textitos y porno-fotitos y musiquitas entre los pendex en sus celulares, porque eso ya felizmente escapa a mi control, a mi ciencia y a mi más o menos primitivo entender).

¿Cuáles son las fronteras entre creación de un texto e interpretación del mismo?
Lo primero que debe informar con claridad un crítico es el objeto de la crítica que va a hacer. ¿Por qué,, y para qué?.
Cuál es su sincera intención.
¿Cuáles son los límites entre las ideas del autor, las intenciones del autor, y las ideas del crítico o las intenciones del crítico?

El diente crítico debe acertar en la yugular del cuerpo textual que trata, para que este derrame la mayor cantidad de sangre propia que sea posible, hasta que se agote.
La importancia de lo literario es mínima en la estructura de intereses económicos de un diario.
Los todavía llamados suplementos literarios de los todavía llamados diarios son bancados por los anuncios o avisos o mensajes comerciales de las editoriales. Por eso las reseñas son parciales y se parecen a las solapas de los libros o a las contratapas.

Una cosa es el pensamiento crítico y otra cosa es la crítica literaria, que en el mejor ( y raro) de los casos, se hace con pensamiento crítico.
Las reseñas deben proponer discusiones entre textos y no entre grupos de autores, clanes, capillas, bandos, tribus y listas de vendidos.
Los autores noveles suelen sospechar que un crítico es un vendido pero decir que un escritor es vendido tiene varias lecturas.

Algunos críticos creen que los textos que interpretan son opacos y que sólo brillarán a la luz de su crítica.
Hay críticos que suponen que su función es producir –a partir de un texto dado, de una experiencia irrepetible de escritura-
Un nuevo texto que pueda leerse como tal y permita conocer algo de aquel. El texto a criticar se llama texto base.
Parecerá obvio pero hay que decirlo, nadie tiene derecho a dictaminar sobre el saber escribir de los autores si en su propia escritura de crítico, no se preocupa por saber escribir.

Es difícil que un escritor sea auténtico si desconoce el vértigo de la imaginación o el compromiso sin concesiones del pensamiento crítico.
La cruza de sofisticación narcisista de origen académico y entongue con el mercado, con el campo intelectual, no produce buena crítica periodística, no genera crítica independiente.

La crítica debe ser expositiva y organizar un lugar para los nuevos libros, sobre todo hoy, cuando los libreros se ocupan cada vez más en vender cualquier cosa y cada vez menos en leer literatura.
El crítico debe proponer una lectura que articule el nuevo texto con el campo del que emerge, sin etiquetas preconceptuales, sin condenarlo a entrar metido a mazazos o tijeretazos en los casilleros de teorías previas.
El juicio valorativo debe permitir al lector disentir con el crítico.
La crítica debe aproximarse al estilo de una opinión razonada. Debe ser intensamente personal sin caer en la tentación de intentar hacer pasar al crítico como más inteligente que el autor que critica.
No se debe notar que el crítico está interesado en probar que entendió lo que el autor quiso hacer.
La crítica periodística o literaria debería pensarse más, repensarse, en función del destinatario, discutiendo más en vivo con el lector.
Debería haber encuentros frecuentes entre críticos y lectores donde discutir obras literarias. Pienso en programas radiales y televisivos con ida y vuelta, por ejemplo.
El crítico debe informar, dar cuenta de los textos y contextos que le dan sentido. El crítico debe decirnos cuál es la trayectoria del autor y qué cuestiones literarias y no literarias pone en juego.
La crítica debe evitar la vaguedad, el encasillamiento, las generalizaciones, las simplificaciones o las complicaciones.
¿Hace falta recordar que medio en el que el crítico publica siempre tiene exigencias o intereses?
Para un crítico, el lector existe antes, es pre-supuesto.
Para un autor existirá después o nacerá en el libro que escribe, y sólo se reconocerá o encontrará después.
La creación literaria es más que la expresión de escritura.
La expresión y la representación presuponen una realidad de la que dependen previamente.
Los creacionistas, para citar un caso, se proponían inventar nuevas realidades. No querían la Belleza en abstracto, o en extracto enlatado sino en acto
La palabra no es un medio de comunicación sino vida comunicante.

La crítica debe proponer motivos para la lectura de un texto, no para que la gente compre un libro.
Los críticos académicos, si no se bajan del caballo escolástico, esperan que los nuevos libros confirmen sus presupuestos
teóricos, porque están pensando en su propia consagración y no en la del autor.
La crítica es la Infantería de Marina de la Estética. Desembarca sobre un texto, establece su sentido y determina su valor.
Para Roland Barthes no hay ni siquiera una diferencia de grado entre un escritor y un crítico.
El concepto de crítica debe estar por encima de los adjetivos calificativos con los que se la asocia acriticamente (ej: crítica constructiva, crítica destructiva, crítica apiadada o crítica despiadada, crítica para aproximar o crítica para alejar.
Alguien puede ser buen escritor sin ser necesariamente feliz como hombre pero nadie puede ser un crítico feliz si no es a la vez un hombre feliz.

*de Rubén Vedovaldi. RubenVedovaldi@netcoop.com.ar

La felicidad de volar*

estoy viajando en un viejo colectivo por la gran avenida
y me siento extrañamente feliz
lleva 250 kilos de trotyl debajo del piso
y va a volar en mil pedazos por el aire
mientras el corazón me golpea enloquecido en el pecho.

todos viajamos en un gran colectivo
por la vieja avenida
y vamos a volar libres por el aire
en inalcanzable y eterna felicidad.

la felicitat de volar*

estic viatjant en un vell col·lectiu per la gran avinguda
i em sent estranyament feliç
porta 250 quilograms de trotyl davall del pis
i va a volar en mil bocins per l'aire
mentre el cor em colpeja enbogit al pit.

tots viatgem en un gran col·lectiu
per la vella avinguda
i anem a volar lliures per l'aire
en inassolible i eterna felicitat.-

*Traducción del poeta Pere Bessó - Valencia - España.

*de aldo luis novelli.- novellister@gmail.com
Un furibundo abrazo patagónico.
/desde los bordes del desierto.-

*

Queridas amigas, apreciados amigos:

Este domingo 13 de septiembre de 2009 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor uruguayo Daniel Stefani. Las poesías que leeremos pertenecen a Juan Gustavo Cobo Borda (Colombia) y la música de fondo será de Llaktaymanta (Andes).
¡Les deseamos una feliz audición!

ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!! (Recomendamos usar
http://24timezones.com/ para conocer las diferencias horarias).

REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!

Freundliche Grüße / Cordial saludo!

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.org
Schießstattstr. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067

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10/09/2009 GMT 1

UN TAJO A LA DESDICHA...

urbanopowell @ 03:06

"PORQUE JUGARSE"*

Jugarse hoy, aunque vayamos solos,
aunque las predicciones nos maldigan;
predicen que no hay tiempo,
predican sin ejemplo,
acomodan la historia por sobre el Genio muerto
y maldicen a aquellos que detrás de la angustia
se enfrentan al abismo bordeando lo siniestro.
Jugarse hoy para habitar lo incierto,
encontrar pasadizos, escapes, nuevas rutas;
recrear lo perdido, recuperar oficios
habilidad, lealtades, la confianza en si mismo
desde miradas claras que enfrenten cada día
el nó, la nada, el hambre...
la furia de la vida.
Por esto hay que jugarse, por los que desesperan
por los cientos que duermen en camas de vereda,
para que cada noche no nos quiebre el presagio
de un país sin futuro, sin sueños y sin canto.
Jugarse hoy, más allá del espanto
que nos causa lo cierto de toda esta mentira
colarse entre las filas de eternos derrotados
y rescatar lo poco, que aún no fue entregado;
abrirle en un costado un tajo a la desdicha
para que sangre el monstruo
que negoció las risas.
Por esto hay que jugarse, por los que desesperan
por cientos que deambulan reciclando miserias
para que cada noche no nos quiebre el presagio
de un país sin futuro, sin sueños y sin canto.

*de Víctor Turquet. victurquet@yahoo.com.ar

UN TAJO A LA DESDICHA...

Ofrendas*

*Por J. M. Pasquini Durán

No tuvo una vida fácil y pasó penurias inenarrables. La desaparición de su hija menor, víctima del terrorismo de Estado, fue la más artera y cruel de las heridas. Empezó muy pronto a ganarse la vida y a creer en el socialismo que llegaría alguna vez. Aún hoy, con las redacciones pobladas de mujeres, la mayoría muy jóvenes, es difícil imaginarla en la cuadra de los cronistas, deseada por algunos encumbrados miembros de la bohemia intelectual porteña y por muchos guasos que maldecían a toda hora. Ella era única en ese -hasta entonces- reducto masculino donde los periodistas fumaban sin parar y se iban a dormir, por lo general de madrugada, empapados de alcohol. En medio de todos ellos, como un lirio en el pantano, se plantó aquella muchacha atractiva, corajuda, que tenía arrestos de librepensadora mezclados a veces con pudores heredados de su hogar judío, cinéfila de alma, cuando todavía no había postergado la intención de hacer películas, y lectora insaciable porque le habían dicho que se aprende a escribir leyendo mucho.
Fue la primera de su género en ingresar como redactora al diario Crónica y nunca más abandonó esta profesión, a la que amaba al mismo tiempo que renegaba de ella, sometida a subir y bajar el escalafón profesional de acuerdo al azar de la oportunidad. Le quedó tiempo a Mabel Itzcovich para tener un marido, con el que parió dos hijas y conservó relaciones después de la separación de la pareja. Tuvo otros amores, pero esos recuerdos le pertenecen. Cuando murió, el 29 de mayo de 2004, se fue sin saber cómo había sido el final de su hija menor, Laura Feldman, detenida-desaparecida el 18 de febrero de 1978, la peor de las pérdidas en el balance de su biografía personal. Durante más de veinte años intuyó posibles finales, pero ninguno confirmado. La única certeza era que la niña-mujer, por propia voluntad,
había elegido un sendero áspero, hostil, hacia un horizonte de sueños parecidos de madre e hija, pero diferentes, donde algunos ofrendaban hasta la vida si era necesario.
La criminal voracidad del terrorismo de Estado se llevó a esa muchachita de 18 años y a su compañero, de 19, porque los verdugos consideraban que los sueños debían ser ejecutados sin piedad. Soñar con una revolución nacional y popular fue el mayor crimen de Laura, "Penny" de sobrenombre, y su amado.
Los padres, Mabel y Simón, y la hermana mayor, Ana Nora, también pagaron la penitencia porque siguieron deambulando por muchos años entre las tinieblas de la búsqueda, en caminos de abusos, mezquindades, mentiras, falsas expectativas y también de ilusiones que renacían cada mañana a fuerza de amorosa esperanza. Ana Nora Feldman, a la que el destino la salvó de la muerte, tuvo que seguir el peregrinaje del íntimo tormento. ¿Por qué ella y no yo? ¿La dejaron a su suerte? ¿Hicieron lo posible? ¿Por qué no la detuvimos? ¿Acaso quisimos, podíamos, lo hubiera aceptado? Ojalá que la terrible certeza de la muerte sirva para disipar esas brumas de rabia, de impotencia y de absurdas preguntas sin respuestas.
Ana y Penny heredaron belleza y coraje de mamá y algo de papá Simón, pero Laura se llevó un buen trozo de vida de todos, para regresar recién en abril de este año, treinta y un años después del secuestro, gracias a que el Equipo de Antropología Forense localizó sus restos, sepultados como N. N.,
en un cementerio bonaerense. Aunque parezca una herejía, ahora que hay constancia cierta de su asesinato, es para agradecer a su fortaleza que permaneció sólo un mes en el tormento de su prisión, hasta que la fusilaron el 14 de marzo. Pobre mujer-niña, las sinrazones de su muerte acusan a los
verdugos, entre ellos los ocho represores de la prisión clandestina Vesubio que serán juzgados a partir del próximo 15 de diciembre. El recuerdo de la militancia de Penny pertenece a quienes la quisieron y su final, entre muchos otros, volverá a reaparecer algún día, cuando sus camaradas sobrevivientes o futuros historiadores decidan repasar aquellos años con el cerebro y el corazón abiertos.
Laura/Penny enfrentó una máquina de matar con la ingenuidad de su amor amante, la resolución de mejorar el mundo y una mínima preparación para la jornada partisana. Con tales elementos debería bastar para honrar la vida, no para apresurar la muerte. Dado que no pudo ser así, y ya que todavía es
tiempo en nombre del merecimiento debido, será honrada por cuantos quieran llegar hasta el secundario Carlos Pellegrini, del que fue alumna, mañana, jueves 10 de septiembre, de 12 a 19, y por todos aquellos que ese día le dediquen un pensamiento, una ofrenda sentimental. Una o un millón de lágrimas no alcanzarán jamás a lavar las profundas heridas de la pérdida, y si queda algún consuelo es pensar que se paró frente a las bocas de los fusiles con la dignidad erguida por la seguridad en el triunfo final del
amor y de los sueños. Que así sea.

*FUENTE:http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-131419-2009-09-09.html

"Te quiero mucho"*

Siempre le pasaba lo mismo, y a decir verdad, ya estaba un poquito harta dela situación en general: de la indecisión masculina, y de su propiainsatisfacción. De nada le servía emperifollarse, tirarse el placard encima y acicalarse con los mejores perfumes, resaltando su ya de por sí impactante belleza física, si al final los hombres que le gustaban no le daban ni la hora. Se cargaba sobre los hombros a una interminable serie de pesados y babosos que no la dejaban en paz, que proclamaban groserías a su paso, o que con todos juntos -como una versión criolla y femenina del Dr. Víctor Frankenstein- no conseguiría armar uno solo que valiera la pena.
Como cada mañana, tomaba el remozado tren de trocha angosta rumbo a su trabajo, donde se desempeñaba como selectora de personal de una importante empresa mayorista de perfumerías, eligiendo entre cientos de postulantes los mejores perfiles para designar promotoras, vendedoras, encargadas de sucursal. Y como cada mañana, se exponía a las miradas de los demás; en especial, esas miradas masculinas que la desnudaban impunemente a la distancia, fantaseando en aplicar con ella la más sofisticada galería de perversiones, pero que jamás osarían acercarse, al menos no de una manera
galante, como a ella le gustaría que la abordasen, transmitiéndole un afecto verdadero, más allá de cualquier insolencia -con las que sus admiradores se resguardaban de una posible reacción de conformidad seductora de su parte-. "Manga de cagones", solía pensar ella, volviéndose a mirar en ese espejito de mano que consultaba varias veces al día, comprobando que no se le hubiera corrido el maquillaje -Revlon, obviamente-. "Ellos se lo pierden".
Pero nunca descansaba, aunque se sintiese continuamente defraudada por el sexo opuesto. Y aunque por la noche despotricara telefónicamente con sus amigas, izando en alto la inevitable frase "ya no hay hombres", a la mañana siguiente volvía a convertirse en la hermosa y elegante profesional que acude a su trabajo en tren, con el consabida ejercicio cotidiano de espantar a los bichos que se le acercaran en busca de una supuesta miel que muy pocos habían tenido el placer de degustar.
Sentada del lado del pasillo, en un vagón bastante lleno, sentía posarse sobre su cuerpo las miradas masculinas que habían conseguido divisarla en el andén. A su lado, el sexagenario dormitaba con el diario entre sus manos, sin prestarle la mínima atención. Un par de adolescentes, engalanadas con ropa informal de marcas caras, conversaban y reían estridentes, desplegando su natural explosión hormonal, para que las registrase todo el pasaje. Ella, que no se había levantado con el mejor humor -luego de una infinita noche de insomnio, sintiéndose vacía y sola-, las miraba con atención y suspiraba.
¡Quién pudiera volver a tener 18 años, pujantes y despreocupados! Con esa energía ilimitada, esa ansiedad por devorarse el mundo, un lozana juventud que a esa edad siempre parecía eterna. Volvió a suspirar, sumiéndose en sí misma, olvidando el clásico jueguito histérico que cada mañana desplegara en
su trayecto al trabajo. Una creciente melancolía comenzó a embargarla a pasos agigantados.
¿Cuántas veces fantaseó con tener el cuerpo que luciera hace más de 15 años?
Siempre había sido una mujer bonita, pero la consistencia de sus músculos y la tersura de su piel habían ido desvaneciéndose con el cruel transcurso del tiempo. No es que se mirase al espejo y descubriese a una vieja en su lugar, pero ya no se sentía la inquieta jovencita que alguna vez había sido, hermosa pero inexperta, cautivadora de las miradas desde siempre.
Apeló por enésima vez al espejito de mano. El maquillaje resaltaba sus mejores virtudes, pero también ocultaba las pequeñas imperfecciones faciales, esas malditas arruguitas que una vez aparecidas jamás la
abandonarían. ¿Quién podría sentirse lacerada en su autoestima con semejante porte, con esa figura de una hermosura avasallante, que dejaba boquiabierto a más de uno? Ella. Se sentía tan disconforme con esos diminutos detalles que cualquier ostentación de sus curvas nada podía hacer al respecto.
Inmersa en tales pensamientos, apenas registró la manito que pasaba a su lado y le dejaba con un leve aleteo sobre el antebrazo una estampita de la Virgen Desatanudos y un calendario con la colorida efigie de un osito infantil que proclamaba "Te quiero mucho". Alzó la vista y alcanzó a ver el perfil de una niñita de cabello hirsuto y mejillas sucias que se alejaba a los tumbos entre la gente, como si no hubiese nadie alrededor, como si toda esa gente adulta que la rodeaba no existiese y sólo atravesase un bosque
poblado de maniquíes inanimados.
Su mirada se alejó por el pasillo, siguiendo esa cabecita que se bamboleaba a un lado y el otro, eludiendo siluetas de pie. A su ya de por sí creciente melancolía se sumó una nueva inquietud, que ya le carcomiera el corazón desde hacía tiempo, y se presentó de improviso en una sola pregunta: "¿Cómo
sería ser mamá?"
Durante años había sentido que los hombres se le acercaban a fin de conseguir pasar un buen momento, satisfacer sus ansias sexuales, y luego deshacerse en huecas y vanas promesas de reencuentro que jamás se concretaban. Pocos eran los que deseaban mantener el contacto con ella, pero en su fuero más íntimo no sentía que pudiesen reunir las condiciones que ella buscaba para conformar una pareja estable, que la contuviera, que le brindase todo su amor de manera contundente, que la siguiese amando luego de
haberse acostado juntos, que pudiera eternizar el momento del amor más allá de la pasión. Y esa falta, ese vacío casi existencial, la sumía en el mayor de los abismos. Necesitaba del otro, más no sólo de su mirada. Demandaba el afecto, la presencia, el calor de ese otro que la hiciera sentir querida, además de convertirla en una verdadera mujer.
Sus deseos de perenne belleza parecieron extinguirse dentro del emergente ensueño de una panza redonda y lozana; por sobre todas las cosas: viva. El fruto del amor que le brindase un hombre de verdad, alguien con los huevos bien puestos, que se jugase por entero al estar junto a ella en todo
momento. La emoción amenazó con desbordarse a través de sus párpados entrecerrados. "Voy a quedar con la cara a la miseria", pensó, al tiempo que manoteaba el espejito y se enjugaba las primeras lágrimas con un pañuelo de papel.
De pronto, sintió a su lado nuevamente la presencia de la niñita, retirando con aire ausente los calendarios y estampitas. El aire desaliñado de aquella carita, arrasada por el desamor, la llenó de una congoja inenarrable. Y sin pensarlo siquiera, sin amagar acaso a abrir la cartera y ofrecerle algunas
monedas a cambio casi de nada, estiró su mano y le aferró un bracito, gesto frente al cual la niñita reaccionó volviendo la cabeza violentamente hacia ella, a la espera de algún inesperado peligro, quizá evocando en un solo segundo los golpes y maltratos recibidos al final del día, cuando llegaba el momento de volver a casa y entregar las monedas recibidas, que la mayor parte de las veces escaseaban -más no así el dolor-.
Ella esbozó una amplia sonrisa, forzada a causa de las lágrimas, pero intensa desde lo más profundo de su corazón, y sin decirle una palabra, la acercó hacia ella con infinita ternura, apoyó su mano libre sobre uno de los hombros de la niñita, y le besó la frente. La pequeña, con un rostro signado por la indiferencia, sorprendida pero sin emitir expresión de cariño alguna, parpadeó perpleja y permaneció inmóvil, sin intenciones de alejarse, más curiosa que asustada, contemplando a esa hermosa mujer cuyo rostro acicalado se veía surcado por gruesas e incontenibles lágrimas, que estropeaban sin piedad esa elaborada capa de maquillaje.
Y por primera vez en mucho tiempo, a aquella elegante y eficiente selectora de personal nada le importó menos que las miradas de los demás.

*de ALDIMA. licaldima@yahoo.com.ar

"Lugar de Vida"*

Me voy conmigo, me llevo puesto,
cargo las ganas, juego de nuevo;
ya no me quedo a contar mis sueños,
voy a buscarlos, a provocarlos,
a descubrirlos donde la gente los cree muertos;
allí, debajo de la esperanza cicatrizada por los intentos
donde la fe y el amor se estrellan contra promesas
que no cumplieron los que le ponen día tras día
precio al sudor y al esfuerzo ajeno.

Me voy conmigo y me sumo a todos
los que lucharon por este tiempo
tiempo de voces y de verdades,
de voluntades y de proyectos;
tiempo de miel, de algarrobo y río
Monte y Escuela creciendo juntos
rumbo al país que todos queremos
Lugar de Vida, memoria y cielo.

Vine conmigo, ya estoy adentro,
dentro de un sueño que se despierta
de la modorra, el atontamiento;
de la ignorancia impuesta por otros
busca la brecha y abre el camino
hacia el respeto por el hermano,
se llame Indio, Gringo o Criollo
somos hermanos sobre este suelo
amenazado por los infiernos de la codicia
que no respeta razas ni credos.

Vine conmigo, ya estoy con todos, ya estoy adentro
sino me invitan. Lugar de Vida
¡ igual me quedo!

*De Víctor Turquet. victurquet@yahoo.com.ar

El Armagedón digital*

*Federico Kukso
09.09.2009

El fin del mundo comenzará con un apagón. No con uno tan orquestado o preanunciado como el Y2K -¿alguien se acuerda?- o astronómico como cuando el cometa Halley casi le pega una cachetada a la Tierra en 1986. El Armagedón, más bien, será íntimo y personal y tendrá como prólogo una tragedia algo eléctrica y algo digital: cuando la impresora se encapriche y tire la toalla una hora antes de la entrega de un trabajo para la facultad, cuando se corte la luz -como si fuera una tela capaz de ser cortada- antes de que tal o cual jugador patee el penal o, cuando, como ocurrió durante estos días -y, que no
quepa dudas, seguirá ocurriendo-, la casilla de mail deje de acatar órdenes y diga "basta, hasta acá llegamos, hasta la vista, baby".

Será el momento para que la histeria y la desesperación propia de la vida urbana dejen lugar a la histeria y a la desesperación propia de la oscuridad posapagón, aquellos tramos -u horas que parecen semanas- en los que brota del rincón más profundo del genoma una buena dosis de primitivismo: apenas
se corta la luz se aguzan los sentidos, cada sonido se escucha y siente en estéreo, y el encendido de velas recuerda lo que -allá lejos y hace eones- era una fogata, la vida antes de Nikola Tesla y su archirrival Thomas Alva Edison. Apenas se corta la conexión a internet, ídem: de repente, parece que, efectivamente, como advertían los antepasados predigitales, hubiera un mundo fuera de la nueva caja boba. Que la vida pasa por otro lado (sin "Tinellis", "Susanas", "Mirthas", sin "www", "enter", "Ctrl + C, Ctrl + V").
O que los amigos son más que complejos y reconfortantes que meros "contactos" o personas sonrientes en Facebook, aquel otro micromundo pixelado al que se va para engañar a la soledad, para sentir que se existe al ver y, al mismo tiempo, ser visto.

Mal que les pese a los puristas y conservadores que se desgarraron las vestiduras ante el anuncio de la corte sobre la despenalización de la tenencia de marihuana, todo somos adictos. Yo, vos, él, nosotros, ellos: adictos a los bytes, a los fotones, a los electrones y protones que se mueven de acá para allá por la ciudad, que bailan por las paredes, las casas, los edificios en una carrera invisible pero presente, sin metas ni largadas.

Su ausencia se siente en la punta de los dedos, en aquella zona debajo de la mano que maneja el mouse que de tanto moverse y rozar con la mesa se volvió callosa y algo acolchonada. La ausencia de mail no golpea tanto por la incomunicación que acarrea, por la disrupción del diálogo desgestualizado del chat. En realidad, pone los pelos de punta incluso a aquellos que ya no tienen pelos porque su ausencia canaliza y amplifica aquella sensación de abandono arrastrada desde la infancia: para el nativo o inmigrante digital la abrupta caída del servicio de mail es comparable a una falla de la naturaleza.

Es un evento que sus sentidos y saberes no contemplan, como si un día no saliera el sol, como si al planeta le hubieran extraído todo el aire, como si lloviera de abajo para arriba, como si los precios en vez de subir bajaran o como si hicieran 34º en invierno (perdón, eso sí pasó, gracias cambio climático).

Las tecnologías se volvieron en sí mismas la nueva naturaleza, allá afuera (como paisaje, como escenografía y objetos ante los cuales la mirada ya no se deposita) y allá adentro (se piensa con la brevedad del post del blog o en clave haiku de Facebook o Twitter).

Si es que hay una (y no muchas), ahí está su trampa: la mudanza del mundo epistolar al mundo "e-mail" arrastró también los mismos preceptos de lo tangible, aquellos que no se formulan ni se dicen porque ya entraron en la categoría de "lo dado". Así como coleccionamos sin saber por qué diarios, revistas, boletos, entradas, apuntes de facultad, coleccionamos también mails con la convicción de que algún día los vamos a necesitar y ellos ahí estarán.

Tanto en un ámbito como en otro impera la misma ilusión de propiedad. Con una diferencia: mis mails en un sentido estricto (físico, material, palpable) no son "míos". No los guardo abajo de la cama, en el cajón o en el armario. Están "ahí", ese no lugar tan abstracto que ni siquiera la imaginación más potente puede crear una imagen redonda de aquel sitio en el que se apilan, conviven y se rozan los mails de Cristina Fernández, Maradona y el Papa. Y un día cualquiera, por capricho de alguien (dios Google), pueden desaparecer.

Pensamos -porque no nos queda otra- el universo digital, el de los ceros y unos, el de los megabytes, los gigas, aquel donde se bajan y suben archivos como si hubiera arriba y abajo, con metáforas y concepciones propias de un universo tangible y que la propia digitalización se empecina en disolver, en
transformar o transmutar, según los neoalquimistas, sus átomos en bytes.

Y sus bytes en la nada misma.

*Fuente: http://criticadigital.com/impresa/index.php?secc=nota&nid=30473

"Resplandor de atardeceres"

Cuando el sol rojo desciende
posando en las ramas su resplandor
mis manos sienten nostalgia por
la clara magia que tu piel dejó;
cuando encendida en poesía,
tu boca y la mía eran puro amor.

Los caminos son caprichos
tejidos con hilos de loca ilusión,
por un incierto destino
que juega a enredarse en nuestro corazón
y allí se queda dormido igual que la vida esperándonos.

Pasión de cien hojas blancas
cubiertas de sueños locura y pasión
resplandor de atardeceres
irradiando en versos desde tu interior;
cuando el sol rojo desciende
te cuentan los duendes, lo triste que estoy

Cuando la noche me muerde
volando en el nido de mi desazón;
mi boca muerde tu ausencia
porque tu presencia quema en la canción;
resplandor de anocheceres...
y mudos los duendes se quedan sin vos.

Y te espero en los caminos,
hilachas de un tiempo que nos separó;
desbordando atardeceres
la luna empezaba su loca canción;
entre tu boca y la mía
estaba la vida esperándonos.

*de Víctor Turquet /Adriana Barcia barciadriana@yahoo.com.ar
( Le escribí las tres primeras estrofas hace cuatro años; me las contestó con las dos últimas hace dos meses)

La hiena*

Han desaparecido dos de los recién nacidos. El padre, desesperado, corre de un lado a otro de la sabana buscándolos mientras su melena se agita a cada zanjada. La leona, después de proteger a su otro cachorro en una cueva, inicia también la búsqueda de sus hijos, recordando haber visto una manada
de hienas merodeando.

Desecha la idea de que fueran ellas las responsables del rapto. Las hienas no cazan animales únicamente se alimentan de los restos que dejan los otros depredadores. Es por esto que no sigue su rastro y sigue buscando.

Ella debe comer, es ley de vida. Pero mientras va saciando su apetito con los despojos de los cachorros la vieja hiena ríe por no llorar.

*de Joan Mateu. joan@cimat.es

"Tu Zamba"*

Entre tu corazón y mi guitarra
se comenzó a escribir aquella tarde,
esta historia distinta, con acordes de zamba
que hoy se sube a mi voz para cantarte .

Sobre la timidez con que la gente
hablaba entre comillas de poesía
vi asomarse tu prosa irreverente
como un sol que a la noche desafía

De donde venís con tanta expresión?
Adonde te escondiste tanto tiempo?
guitarra y papel, poesía y canción
comenzaron a ser nuestro Universo;
Después el amor que empieza a crecer
tu piel redescubierta por mis manos;
olvida el dolor, vuelve a florecer,
¡nada se nos parece cuando amamos...!

Así dijo la vida que sería
esta historia nacida entre poemas,
con el pulso acelerado del amante
y la ilusión total de ser eterna.

Así jugamos hoy solo por vernos,
con el tiempo cruzado con las almas,
con noches inventadas por las tardes
y el amor inocultable en las miradas.

*de Victor Turquet. victurquet@yahoo.com.ar

PETER MCLAREN, "EL PEDAGOGO MARXISTA"
"Hay que abolir el capital"*

Es canadiense y enseña en la Universidad de California. De visita en la Argentina, donde brindó una charla organizada para resistir las amenazas de desalojo en la fábrica recuperada IMPA, formuló duras críticas a la educación pública estadounidense. "Está en ruinas", dijo.

*Por Facundo García

"Peter McLaren, el pedagogo marxista." Suena gracioso, pero los que frecuentan universidades y grupos de militancia saben que tras la estampa del profesor rockero está uno de los referentes de la disidencia norteamericana; un impulsor de la "educación para la revolución" y un intelectual que aplica sin asco tanto la crítica como la autocrítica. Amigo de Henry Giroux -otro célebre impugnador del Imperio-, el rubio nacido en Canadá es un viajero apasionado por descubrir los cauces donde fluye la resistencia. Llega, observa y participa. Y lo que vio esta semana en las instalaciones de IMPA lo movió a compartir ideas durante una charla organizada para resistir las amenazas de desalojo que pesan sobre una de las
fábricas recuperadas más emblemáticas del país.
"No puedo imaginar una situación que me conmueva tanto como estar esta noche con ustedes", comentó el docente de la Universidad de California (UCLA) a poco de comenzar el encuentro. Aunque hace siete años que se dedica a visitar diferentes iniciativas junto a su compañera Nathalia Jaramillo, el especialista confesó que el contacto con la cooperativa de Almagro le resultaba particularmente movilizante. "Acá se está produciendo lo que según los compañeros es una 'pedagogía de la ocupación'. Eso es muy impresionante y representa un ejemplo para nosotros", destacó.
A la hora de establecer contrastes, McLaren ahuyentó el aura idílica con que suele revestirse el estereotipo de la vida estadounidense. "Verdaderamente, la educación pública de allá está en ruinas -criticó-. Y si analizamos la actualidad de la pedagogía, comprobamos que está domesticada. Para Navidad hay catedráticos que pegan afiches de Paulo Freire con un sombrero de Papá Noel." El pelilargo no se cansó de enumerar vicios que se han vuelto moneda corriente en las casas de estudio norteamericanas. "Es un desastre. Desde los años de Bush, el FBI monitorea qué libros sacan los estudiantes de las bibliotecas. E incluso yo mismo fui víctima de la persecución, cuando les ofrecieron a algunos de mis alumnos cien dólares por grabar secretamente mis clases, de modo que pudieran reunir pruebas para acusarme de 'antipatriota' y despedirme", acusó.
Puesto a analizar la crisis global, el académico subrayó que las tensiones que produce esta fase de la economía ofrecen la oportunidad de retornar al "marxismo de Marx": "Se trata de un viraje necesario, porque en este momento muchos colegas creen que el hecho de que el gobierno de Estados Unidos haya
tenido que hacerse cargo de buena parte del mercado inmobiliario, varias empresas y bancos de primera línea significa una concesión implícita al socialismo. Nada podría estar más lejos de la realidad. La intervención estatal en la economía -si bien puede ser un alivio- no es una modificación de fondo, y ésa es una de las lecciones trágicas que nos dejó el siglo XX".
Volver a Marx implicaría retomar una pregunta que pulula por la obra del pensador alemán: ¿cómo se hace para trascender el modelo de producción de valor en vigencia? "Ese es el nudo del asunto, porque si uno vuelve a los textos originales se da cuenta de que él no ambicionaba poner el capital bajo la tutela del Estado. Eso no es socialismo. No, el socialismo empieza con abolir el capital." En consecuencia, si se quiere pensar en opciones para salir del capitalismo habría que tener en cuenta tres claves. "Lo primero -insistió McLaren- es no confundir socialismo con nacionalización de la propiedad." El segundo punto sería comprender que por su naturaleza "el capital no puede ser regulado". "Mientras el trabajo sea un commoditie, un mecanismo de extracción de plusvalía y un arma de alienación, el sistema y sus miserias sobrevivirán. Es urgente dar con una 'teoría de la subjetividad de las fuerzas de liberación', que contribuya a dar por tierra con esas ataduras", advirtió el orador. El tercer eslabón consistiría en "asumir que nuestra visión debe estar filosófica, teórica y pedagógicamente enraizada en la abolición del capital, en la superación del trabajo alienado que lo alimenta y las relaciones sociales que lo sostienen".
El diagnóstico se enlaza con la tarea educativa en la medida en que una educación liberadora requeriría -según el invitado- una concepción "no ya dialéctica sino trialéctica". Esta "tríada del conocimiento" estaría conformada por un "entramado entre la relevancia de lo que se enseña, su visión crítica y sus posibilidades de producir modificaciones sociales concretas". También lo dijo en criollo: "Yo vi profesores que enseñan matemática mediante el análisis de las estadísticas con las que miente la tele. He presenciado clases de historia que se convirtieron en un salvataje de la identidad de un barrio. La meta, en definitiva, es recapturar la pedagogía crítica como parte de un movimiento social amplio"

*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/2-15194-2009-09-05.html

"Antes de qué"*

Hoy pisé las ruinas de un antiguo pucará*,
Pirca* interminable que la mano supo hacer,
pueblos que en lo alto se bebían todo el Sol
Piedra Madre, cuna de otra civilización.

Brazos de agua dulce que regaban el maíz
de la Cordillera, regalo primaveral;
lagrima plateada que el deshielo hace caer
para que la tierra nunca muera en soledad.

Hombres que del cosmos tuvo mucho que aprender
Artesano que de caña y barro pudo más;
cuanto supo y cuanto le faltaba...
antes de qué viniera la muerte
del otro lado del mar.

Si las dos culturas se tuvieron que encontrar
porque no habrá sido para fruto de la paz,
sólo se trataba de aprender y respetar
pero en occidente siempre el oro pudo más.

Pese a la masacre, aún el pueblo sigue en pié
resistiendo siglos de silencio y opresión
tomando la fuerza que la Pacha* sabe dar,
retoma el camino hacia su liberación

Y hoy en estos valles una claridad total
Ilumina el canto en el nombre de Tupác
entonado con voz de futuro...
antes de qué regrese la muerte del otro lado del mar

*de Victor Turquet. victurquet@yahoo.com.ar

Correo:

"Vientos Contrarios"

Invitados especiales:

Cristina Villanueva
-que presentará
“Relaciones textuales”

Diego Arbit

Natalia Iñíguez (Bukowskiana)

Yadi María Henao

Luis Benítez

y Eduardo Dalter
- presentará “Cuatro momentos”-

sábado 12 de septiembre, 18.00 horas
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-a pasos de Donato Álvarez-
Ciudad Autónoma de Buenos Aires

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Micrófono abierto para los concurrentes

Consultas al 15 5859 2886
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09/09/2009 GMT 1

ESTACIÓN SATURNO.

urbanopowell @ 02:34

INVENTREN...

*

A veces pienso que soy de otro planeta
No porque sea un extraterreno
Pero no soy igual a vos
Con la típica queja de lo casero.
Busco mirar en lo más profundo
No quedarme en la superficie
No buscar pleitos por cualquier cosa
Banal y sin importancia.
El misterio de las letras
Es mi universo y la fuga de una estrella
Mi consuelo.

*De Azul. azulaki@hotmail.com

Pienso en Ti*

Actualmente
Las cosas han adoptado
Nuevos nombres:

A los Polvos de Unicornio
Se les llama Fluoruro de Sodio;
A las Escamas de Dragón,
Silica Hidratada;
Y el Sorbitol
No es otra cosa
Que Pestañas de Pegaso Verde
Acabado de Despertar.

El mercado mundial
Nos oferta las más grandes maravillas,
Siempre y cuando podamos pagarlas…

A la Limadura de Cuerno de Demonio
Se le ha dado el nombre
De Laurilsulfato de Sodio;
Así como a la Cocamidopropil Betaina
Se le ha dado este extraño nombre
En lugar del común Sudor de Minotauro.

Al Aliento de Nahual
Se le conoce en el argot científico
Como Sacarina Sódica,
Y el actual Hidroxipropil Metilcelulosa
En sus buenos tiempos
Recibía el mote de Moco Nasal
De Duende de las Cavernas.

Y extrañamente
A ésta mixtura mágica,
Que blanquea los dientes
Y otorga un refrescante aliento,
Se le llama en nuestros días
Dentífrico, o Pasta para los Dientes.

*de hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com

SATURNO Y LA EXTINCIÓN*

Voy a Saturno. No es una broma. Me voy a Saturno. Me espera una estación sin proporciones, esto es, un edificio pequeño, flaco, como un cuzquito que se ha quedado en una adolescencia de adulto sin madurar. Una estación de tren en Saturno, sin anillos, sin estrellas fulgurantes, sin cometas cíclicos. Una estación baldía unos rieles sin paralelismo, un horizonte desvaido.
(Si, recuerdo mientras tanto la estatua, cómo no recordar mientras tanto esa estatua)

Me voy a Saturno, en tren. Ya no existe el tren, pero me voy en el tren a Saturno, un tren de vapores blancos, de traqueteo cinematográfico. Una estación de polvo y yuyo que huele a sequía y a deshoras muertas.
Hoy me voy a Saturno mirando por ventanillas sucias, en un asiento de madera, sin valijas.
(La estatua de mármol, los niños, el hombre tensionado, los músculos retorcidos, el grito, los chillidos, el intenso chirrido de la piedra)

Sé que me espera el edificio y que nadie ha puesto en hora el reloj.
Arribo. Saturno sigue devorando a sus hijos.
(Me devora el Dios, me devora el coloso a mi y a mis hermanos, o acaso soy yo quien devoro a mis hijos, quizás no importa quién mate y quién muera en medio de tanto dolor petreo)

Llego a Saturno. No queda nada. Nadie. Todo, hasta el pasado muere aquí. Hay un grito en el cielo.

*de Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com

ESTACIÓN SATURNO

*

Mi vieja camioneta Ford modelo 1960, tuvo ganas, de repente, de tomarse vacaciones anticipadas y decidió quedarse unos días en Carhué. Y claro, con tantos caminos y kilómetros devorados, su motor dijo Basta!
"Vamos a tener que esperar que llegue el conjunto de motor nuevo, para cambiarlo", las palabras de Pedro, el mecánico resonaron en mis oídos como una sentencia judicial; esperar el repuesto significaba quedarme sin camioneta como mínimo hasta el próximo fin de semana.
Y que hago ahora? No me voy a quedar una semana aquí, tendré que irme a casa.
El trabajo de viajante de comercio es atractivo y excitante, obviamente visto desde la óptica de un muchacho joven, pero a mis 60 y tantos tendría que tener 30 años menos para festejar como un loco el hecho de quedar "varado" una semana entera en un lugar turístico como este.
"Como me hubiera divertido", pensé, mientras caminaba hacia mi hotel.
Esa noche al terminar la cena mientras que Raúl, mozo y amigo de tantos años levantaba los platos, le pregunté si no sabía de alguien que viajara a Buenos Aires, ya que el micro salía recién al día siguiente domingo, a las 16,00 Hs.
"La verdad que no se de nadie que viaje a la capital ahora" me dijo, a lo que agregó de inmediato: Porqué no se va en el "Pasajerito" de la" trochita" que sale mañana a las 8 de la mañana? "Casi seguro que va a llegar a la misma hora que el micro, pero sin querer podría entrar usted en la historia, porque no se si sabrá que el de mañana, es el último viaje de ese tren. Yo había abierto la boca para rechazar su opinión (viajar en esa "Batata" que tarda como 10 hs. Para llegar? Ni loco!!) Pero solo quedé en esa posición:
con la boca abierta! "
-El último viaje? pregunté un tanto sorprendido, como es eso?
"Y si, parece que el gobierno decidió clausurar el ramal, debido a la poca ganancia que genera".
Realmente nunca me había interesado en el ferrocarril más allá de considerarlo un "competidor" debido a mi profesión, pero esta noticia realmente me cayó mal porque pensé en el acto en toda la gente que se
quedaría sin trabajo y en la gran cantidad de pueblos que se quedarían sin transporte.
J.V.Cilley, Rolito, Saturno, San Fermín, Casbas, Eduardo Casey, Andant y tantos otros que conozco bien por recorrerlos a menudo. Pueblos comunicados por el tren y caminos vecinales de tierra, que debido a su estado nunca son transitados por vehículos de gran porte; que será de ellos y de su gente sin
el tren? Que yo sepa camiones y colectivos no circulan por esas zonas. Me acordé del gringo Crivelini, amigo y cliente de tantos años que era el dueño del almacén de ramos generales de Saturno, que estaba frente a la estación y que viajaba a Buenos Aires todos los domingos por su tratamiento de rehabilitación de los lunes y martes; no lo pensé más: viajaría hasta Saturno y me iría con el en su auto, para llegar más rápido a la capital.
Al día siguiente desayuné más temprano que de costumbre; a las 7 de la mañana tomé mi café con leche con esas "cara sucias" de campo, hechas en horno a leña y del tamaño de una pizzeta, de una masa blanca y esponjosa con ese "costrón" de azúcar negra que le daba ese sabor exquisito, y luego de
abonar y despedirme de mi amigo Raúl, partí rumbo a la estación.
Llamó mi atención la gran cantidad de gente que ya había en las calles y que todas se dirigieran hacia ella. "Que extraño, pensé, si todos estos viajan van a hacer falta uno o dos trenes más." Imaginé una larga cola formada para sacar el boleto, pero me equivoqué; no habría más de 20 personas haciendo
fila.
Cuando me llegó el turno para sacar mi pasaje, le pregunté al boletero porqué había tanta gente, y el hombre visiblemente emocionado me respondió:
-"Y que le parece?...vienen a despedir a este tren por última vez!..."
Y ahí entendí el sentimiento y la congoja de todos por este acontecimiento que estaban viviendo.
Las 7 y 45 Hs. Y ya estaba sentado en mi asiento de "Clase única", del lado de la ventanilla, a bordo del coche motor Ganz Nro. 2775, observando aquellos rostros compungidos y de ojos llorosos.
Noté que en otra vía del lado de la "playita de maniobras" (así la llaman), había otro tren compuesto por una máquina a vapor con vagones de pasajeros y de carga mezclados,a los cuales subían gran cantidad de bultos y muebles como así también personas a los coches de pasajeros. "Ese es el tren de mudanza en el cual se van los ferroviarios que son trasladados a otros destinos o que han quedado cesantes", irán subiendo en él todos los empleados de las demás estaciones llevando sus pertenencias y su
incertidumbre." -Me dijo un guarda ante mi pregunta.

Ocho y cinco de la mañana de ese domingo 11 de septiembre de 1977, el auxiliar de la estación Carhué hace sonar la campana y el guarda a cargo del tren su silbato reglamentario, ambos por última vez, y lo que solo eran ojos llorosos en la mayoría de los rostros, se transformaban en torrentes de lágrimas incontenibles, dejando salir a borbotones tanta angustia, desazón y sentimientos imposibles de contener.
Me sentía un tanto extraño en esa tristeza generalizada, me daba la impresión que sufrían más por el levantamiento del tren que por la pérdida de sus empleos, no se porque pero comencé a pensar en mi familia. Y ese nudo en mi garganta?...de donde salió?
El traqueteo lento y el bamboleo del tren fue trayendo ruidos nuevos y alejando los otros, cargados de desesperanza; desde mi ventanilla observaba ese camino de tierra paralelo al tren y me veía yo, desde otra perspectiva, conduciendo mi camioneta. Si me habrán tocado bocina y saludado con la mano
los maquinistas!, si me habré cruzado veces con ellos en tantos pasos a nivel durante tantos años y tantos viajes. y de golpe, la verdad cayendo como un martillazo: Me dejan solo!!, ya no me cruzaré más con ellos!, que haré con tanta llanura, con tanta inmensidad, con tanta geografía campestre para mi solo?...ya no será lo mismo, claro que no!
Tan absorto estaba en mis pensamientos, que no me dí cuenta que estábamos entrando en Cilley. Casi desconozco la estación, la gran cantidad de gente que había en su andén y en los aledaños la empequeñecían, paisanos a caballo, tractores, algunos autos y camionetas le daban un tinte festivo que
no era tal. Pensar que 50 o 60 años atrás la imagen sería la misma pero con un sentido totalmente inverso!
El cuadro era el mismo que en Carhué: gente por todos lados, mujeres con chicos en brazos, hombres con bultos sobre sus hombros y valijas en sus pies esperando al tren de la mudanza, que venía detrás de nosotros. La salida se demora mas de lo previsto, gente subiendo y bajando del tren como tratando
de retenerlo, ya parece no importar el horario puntual, para que?...a quien le importa ya?. Pero no se puede esperar más; el tañido de la campana y el silbato del guarda indican un nuevo desgarro, otra hija que se abandona para siempre, otra vez los brazos en alto, los pañuelos en manos y rostros, secando lágrimas imposibles de contener.
Rolito no fue la excepción; las mismas situaciones, las mismas imágenes repetidas como una película de la matinée de los domingos; otra parada con retraso, otra parada con angustia, otra parada con gusto a abandono.
Nuevamente el traqueteo, el bamboleo lento de este tren que parecía no querer irse de estos pagos, y la impaciencia que comenzaba a apoderarse de mí.
Las 9 y cuarto de la mañana, cuando llegaremos a Saturno?, cuando terminará este sufrimiento? Ahora entiendo: la impaciencia se debe a una sola cosa, la angustia y la desazón habían copado todo mi ser, y mi alma pedía a gritos un descanso, basta por favor!

La geografía de esos lugares, bien conocida por mi, me decía que en pocos minutos más llegaríamos a destino. Ya estamos en la curva de la estancia de los Torres, una pequeña recta, y las señales de aproximación de la estación, aparecen en el horizonte.por fin! Ya estamos llegando!...
Presuroso tomé mi bolsito y me arrimé a la puerta del vagón, no veía la hora de bajarme y dejar atrás la angustia que ya se había instalado en mí y no se quería ir.
Con su chirrido característico de los frenos, el tren se detuvo y la gente agolpada en el anden, no me dejaba bajar; a los" permiso, permiso" y a los empujones, logré hacerlo y encaminarme directamente hacia la calle, pero hubo algo que no se como explicar, me detuvo; algo que hizo que me diera
vuelta y mirara a ese tren como nunca antes lo había hecho y de pronto comprendí: me di cuenta que se trataba de un amigo a quien vería por última vez, un amigo con quien había compartido durante tantos años saludos, señas, bocinas y cruces por esos caminos de tierra, por esos lugares de mi patria, un amigo que sin conocerlo demasiado, me había enseñado que la soledad del campo no era tanta, cuando se transitaba en compañía, y volví sobre mis pasos.
En silencio y apoyado en una columna le hice "el aguante" hasta que el sonido de la campana y el silbato del guarda indicó la separación definitiva; mis manos y mis brazos se confundieron con los de los demás en un adiós muy emotivo y su imagen lentamente comenzó a desdibujarse en mis retinas. Que sensación extraña!, parado en el medio de la vía observaba como se alejaba con su bamboleo de siempre y ahí descubrí el motivo de su imagen borrosa. La humedad de mis lágrimas habían inundado mis ojos. Sin darme cuenta, mis labios y mi corazón murmuraron una misma frase : ¡Hasta siempre, amigo!

*de Carlos Antonio Dinamarca carlosadina@hotmail.com

Una obra de teatro en Saturno*

Allí voy. Dormido y soñante con esos sueños habituales que últimamente se parecen tanto a mis desencuentros con lo real. Me desperté cuando la hermosa azafata pelirroja decía Une Station Saturne, Station Saturn, Stationieren sie Saturn y en algún idioma más que llegábamos en 10 minutos a la estación. Me había dormido siguiendo sus desplazamientos de ida y vuelta por el pasillo. Su presencia fue como un hada que me llevó a aceptar el sueño y casi con seguridad la repetición de alguna pesadilla para luego despertarme con la sensación de que se parece demasiado a mi vida presente. Como dijo alguna vez Rosa Montero: En algún momento del viaje este se convierte en una pesadilla. Es tan evidente -y cierta- la metáfora del viaje con la vida misma.
Antes de tomar el tren hacia Carhue, pensé en la cantidad de años que necesitaría vivir para lograr la felicidad si los pasos los sigo dando por el camino más largo, cuesta arriba y más lento que una tortuga.
Me reí solo: no menos de 150 años y con buena salud para darme cuenta de los logros.
En eso estaba. En retomar mis pensamientos calamitosos de antes de subir al tren y en la azafata que tenia un aire a una pelirroja nacida en Carhue a la que conocí en el trabajo ( Como la deseaba 20 años atrás cuando la veía llegar a mi oficina para firmar papeles de rutina).
Hasta que vi a Julián Fernández parado en el pasillo, haciendo payasadas como siempre entre un grupo de mujeres y hombres que era bullicioso y jodón como una estudiantina pero grandes de edad: 40 años promedio dije con ojo de entrevistador. Julián repartía algo casi invisible entre sus dedos a cada uno de sus compañeros que se levantaba con bolsos. No pude resistir la tentación y me levante a saludarlo.
Con sus anteojos culo de botella, idéntico antes del tiempo pero con canas, él me hablo a los gritos antes que llegara a su lado:
Urbano, amigooo¡¡¡¡
Julián, nuncaaa Centeya, conteste yo con un código propio de aquella época en que trabajábamos juntos.
Urbano, fue mi jefe en la constructora, dijo a los gritos para que todos se enteraran de quien era yo.
Enseguida recordé aquella imagen de pelearme con el gerente de área, casi llegar a las trompadas y renunciar.
Pero con Julián seguimos siendo amigos después de esa partida borrascosa. Al tiempo él también se fue y se dedico a la docencia y al teatro.
Me dijo lo mismo que acababa de descubrir: viajaba con su grupo de teatro y bajaban en Saturno para dar dos funciones seguidas el sábado y el domingo.
Venite Powell, la primera función es en un par de horas, después tomas el tren siguiente y seguís viaje.
No resistí demasiado, le pregunte a la azafata si podía descender y seguir viaje con el mismo pasaje y me dijo que si, que era una política del ferrocarril que la gente pudiera descender en cualquier estación darse una vuelta, conocer y volver a subir a otro tren siempre y cuando sea del mismo día en que se inicio el viaje. No solo es bella, sino además dulce dije, y me entere por el cartel que se llama Analía. El amigo casi no me da tiempo de volver al asiento y llevarme mi pequeño bolso que llevo colgado del hombro. Al bajar había una recepción oficial con banda de música y discursos. Solo alcanzamos a decirnos con Julián que los hijos están bien y creciendo cuando nos vimos inmersos en apretones de manos, presentaciones y palabras de bienvenida. Sólo retuve dos nombres, el de Hércules el jefe de estación y el del Ingeniero Orlando Williams delegado municipal en la comuna de Saturno -dependen del partido de Guaminí-.
Me distraje. Vi una publicidad que colgaba de un tirante bajo el andén que me causo gracia:

¿Dolor de cabeza?

Venga del aire o del sol
Del vino o de la cerveza.
Cualquier dolor de cabeza
se corta con un geniol.
30 centavos.

-Este pueblo atrasa por lo menos 50 años, pensé y me reí bastante.
Ahora hablaba el ingeniero Williams, era el discurso de un anciano enérgico -70 a 75 años a mi cálculo-
Hablaba del ferrocarril con un orgullo y una pasión inaudita, como lo haría cada uno de los ferroviarios que no conoció la tragedia de los noventa. Ahí mire a mi alrededor y en el público del pueblo solo vi ancianos. El grupo de Teatro de Julián y yo éramos los mas jóvenes. En el público había un intervalo de 65 a 80 años, ni mucho más ni menos.
-¿Este es un pueblo de jubilados? -le dije a Julián.
-Algo así, después te cuento bien camino al teatro. -me contesto con tono enigmático.
No nos dejaron ir de la estación hasta que sirvieron una picada con salamines y quesos y se hizo un brindis con vino tinto.
Logramos salir. Le dije a Julián de ir caminando en escalera para conocer el pueblo y hablar algo.
-Dale, -me dijo, el teatro de la sociedad italiana queda a cuatro cuadras pero caminamos unas cuadras más, no te entusiasmes en ver demasiado, el pueblo tiene 10 manzanas por 10 de este lado de la vía y otro tanto del otro lado. Casi enfrente de la estación se observa un edificio imponente al que se le están haciendo refacciones.
-Es la universidad...
El cartel que leo en el frente no deja lugar a dudas:
"Universidad del viento de Saturno"
y abajo una leyenda en francés, alemán e inglés.
-UN DIEU LES ALLAITE(ÉLÈVE) ET LE VENT LES ENTASSE
-GOD RAISES THEM AND THE WIND ACCUMULATES THEM
-GOTT DIE ZUCHT UND DER WIND BELÄDT SIE.

-Que quiere decir?
-No se, dice Julián, debe referirse a que es una universidad abierta donde puede estudiar quien quiera sin requisitos de estudios cursados ni limite de edad.
-Ajá, digo, pero no dejo de ver muy raro a este lugar y recién hemos caminado unas pocas cuadras.
-Bueno, ahora explícame porque este pueblo no tiene niños en las calles y toda la gente que veo es anciana...
Lo voy a intentar dice Julián y toma aire como si la cuestión fuese compleja y difícil de entender para una persona común y corriente como yo.
-Viste al Ingeniero Williams?
-Si, un anciano de una energía y convicción envidiable.
-Pues él es el autor de la ley de ferrocarriles agrícolas y económicos de la provincia.
-Me estás jodiendo.
-No, es el mismo.
¿Pero cuantos años tiene?
-El 29 de agosto cumplió 136 años.
-No puede ser. Ese hombre no tiene 80 años.
-Oíste hablar de Vilcabamba en Ecuador?
-Si, una zona de las pocas que hay en el mundo dónde la gente vive más de 100 años.
-Bueno, en Saturno la gente no envejece.
-Pero si son todos viejos¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡
-Así llegaron amigo, llegaron viejos y así están: viejos y saludables.
-Sabes cuales son las dos instituciones más importantes del pueblo para las que ofreceremos la obra en un rato?
-Ya no me animo a imaginar nada más. -le dije resignado a que me relaten cualquier suceso extraordinario.
-Un geriátrico y un hospicio psiquiátrico.
-Tiene alguna lógica, la gente no envejece, pero tampoco rejuvenece como Brad Pitt en la película.
-Exacto.
-Y que obra van a representar. -pregunto adrede para recibir alguna respuesta aceptable para mi racionalidad.
-Una versión muy libre de Saverio el cruel.
Llegamos al cine teatro de la sociedad italiana. El amigo se va a unir al grupo y la obra empieza casi de inmediato, actúan con las mismas ropas con las que llegaron.
Los que organizan son los internos del psiquiátrico. Venden las entradas, lo llevan a uno al asiento numerado. Te dicen algún piropo: -Usted es tan lindo como mi nieto Agustín que vive en la capital.
-No quiero sacar cuentas, tengo 51 años, esa será la edad de su nieto?
Me sientan al lado de un viejito italiano, que enseguida empieza a hablarme, habla en un cocoliche, pero le entiendo que es nacido en un pueblo del Piamonte. Y que puedo llamarlo Don Alberto.
-Y de donde es...? -me pregunta.
-De Lomas de Zamora.
Bello pueblo, bello, yo he visto cantar a Gardel y a Corsini en el teatro Coliseo.
Y de memoria recita

Miro al passato, a i nostri bei vent’anni,
Quando, venendo a te, l’anima allegra,
Vergine ancor a tanti disinganni,
Per i sogni piú belli popolata,
Cercando un ragazza per un valzer
Trovammo quí la sposa
Madre dei nostri figli insuperata...

(Me dice que olvido al autor, que la poesía era más larga...)
-Pero usted era muy pequeño en aquella época, me atrevía a decir temerariamente.
-No crea, era un joven de más de 20 y muy fuerte, trabajaba de maquinista en el ferrocarril. Ese había ido con mi finada esposa Ornella. Cuando llegamos no había más entradas, la gente se quedo afuera e io también. La gente pedía a Gardel, y Gardel salió al balcón y canto para nosotros, los que nos habíamos quedado afuera.

Empieza la obra, hacemos silencio. Sigo con un desconcierto que no para de crecer, pues no encuentro elementos para desmentir lo que esta ocurriendo.
El amigo es el mantequero de Arlt y toca timbre. Lo esperan un grupo de jóvenes aburridos que quieren divertirse con él. Una anciana -presumo que es una enferma del psiquiátrico- se levanta y comienza a cantar en italiano. Puede que cante en dialecto pues no se le entiende nada. El amigo la va a buscar y la sube al escenario. Ella canta una y otra vez la canción, que parece una canción infantil.
Sólo entiendo y retengo el estribillo:
¡Io sono Pinocchioooo!

Luego la obra prosigue y es por cierto una versión muy libre, he visto Saverio el cruel alguna vez, pero no podía imaginar al mantequero que no es ungido Coronel, sino Fiscal.
Y es un fiscal que se preocupa por pequeños hechos de corrupción. En el papel del Fiscal, mi amigo se ha puesto una peluca que lo acerca a Lennon y no a un miembro de la justicia. La acusada es una cajera de un supermercado y la acusan de haberse quedado con 25 centavos.
Se para otra paciente e interrumpe:

-No la castigue señor Psiquiatra. Ella no tiene nada que ver. Acá esta la moneda que le faltó.
(Y levanta el brazo y el foco de luz la muestra a ella con su moneda sostenida entre el pulgar y el índice).
-Estaba en el piso del comedor esta mañana y yo la encontré, ella es inocente¡¡¡, la voy a devolver ahora mismo.
-El amigo reacciona y la va a buscar, a ella y su moneda que prueba la inocencia de la acusada.
la moneda entra en la escena y el juicio se encamina a otro destino.
La obra continua. Esta por finalizar, el mantequero fiscal esta por desencantarse.
Por descubrir la trama del engaño.

Ahí comienza a cantar otro anciano:
¡caprichoso garibaldino trulalaaaa!
No lo puedo creer. Es la canción que mi padre cantaba cuando quería referirse a mi tozudez.
Mientras tanto en el escenario, el amigo y su grupo decidieron que esa canción era el mejor cierre posible para su obra de teatro. Subieron al pequeño anciano y cantaron todos mientras el público aplaudía. Creo que fue demasiado para mí. Me levante sin antes dejar de estrecharle la mano a Don Alberto. Antes de salir, me detuve en la boletería y deje mi tarjeta para que se la dieran a Julián, escribí rápido en el reverso:

-Amigo, esta experiencia merece un café y varios whiskys, llámame cuando estés de vuelta por Capital, invito yo y sin discusiones. abrazo U. Powell.

En el horario que tengo el tren debe llegar en pocos minutos. Me parece escuchar a lo lejos el ruido de la locomotora y su silbato de vapor.
Increíble este pueblo. -Me digo. Hermosa experiencia. Prometo que volveré y que me anotaré para cursar algo en la Universidad del Viento.
Mientras tanto seguiré envejeciendo como cualquier persona.

En el andén esta Hércules, el jefe de estación.
- 85 años verdaderos ni uno más, yo no me quito la edad como la gente del pueblo... -Me dice
Me cuenta que es hijo de franceses y que antes de llegar a Saturno como jefe de estación trabajó en la compañía general, lo dice en francés "Une Compagnie Générale de Chemins en Fer de la Province de Bons Airs" y luego traduce: "Compañía General de Caminos de Hierro de la Provincia de Buenos Aires".

Dígame Don Hércules, ¿Que quiere decir la leyenda en varios idiomas que hay en el frente de la universidad?

¿Eso?
-Si.
-Dios los cría y el viento los amontona. Ese, es su lema académico.

*de Urbano Powell. urbanopowell@yahoo.com.ar

Vida extraterreste*

Ha habido muchas investigaciones al respecto. El mismo Plumkier había participado en alguna de ellas e incluso financiado expediciones científicas para estudiar fenómenos y recavar información.

Sin embargo hasta ahora nadie había encontrado la prueba definitiva. Ha sido el mismo Plumkier el que ha hallado la conexión, el nexo, la muestra inequívoca. Plumkier y su cerebro privilegiado capaz de la más analítica de las deducciones.

En el Congreso de Praga, delante de la comunidad científica mundial, las representaciones de las Asociaciones para el Estudio de los OVNIS, los investigadores de la NASA, de la ESA, de la PEPA, y los más prestigiosos ufólogos, ha aseverado que: "Sin duda los extraterrestres existen. Señores,
¿creen ustedes que la música de Beethoben es de este mundo?"

*de Joan Mateu. joan@cimat.es

LA VIDA TE DA SORPRESAS*

“La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, ay Dios…”, se encontró canturreando Julián Ramírez, Jefe de Estación, mientras contemplaba acercarse al tren local de las 5:15, el único que circulaba durante las primeras horas de la mañana. Ignoraba por qué, pero aquella rima se le había impuesto desde hacía varios días; quizá, como cierta clase de perverso presentimiento.
La formación se detuvo con un chirrido mecánico y un resoplido, en esa penumbra previa al amanecer que parece convocar a los espectros. El maquinista lo saludó con un gesto de su mano derecha, sin apearse del vehículo, regulando con la izquierda el ritmo del potente motor diesel, mientras la única pasajera del carguero descendía del furgón, enfundada en su clásico guardapolvo blanco debajo de la campera de nylon matelasseada, transportando el saco del correo colgado de un hombro. Don Julián se acercó a recibirla, apurándose a quitarle el bulto de encima.
-Buen día, señorita Adriana -, saludó. –Parece que le dieron trabajo esta mañana…
-Buen día, Don Julián. Sí, el empleado de correos de Carhue me pidió que le entregara esto. Dijo que no podía venir con nosotros; se sentía bastante afiebrado.
-Está muy bien. Tarea cumplida, entonces. Y no se preocupe por Luis, ya se va a poner mejor. Venga, vamos para la casa, que hoy hace mucho frío.
La maestra lo siguió, como cada mañana, hacia las habitaciones que el Jefe ocupaba con su señora detrás del edificio de la Estación propiamente dicho. Como cada mañana, Don Julián dejaría el saco del correo en la oficina, para repartir los envíos hacia las 8:00. Como cada mañana, ensillaría la yegua, a fin de recorrer el campito que el Ferrocarril le había destinado, donde pastaban sus ocho vacas, trayéndose a la lechera con su respectivo ternero. Y como cada mañana, la señorita Adriana se metería en la cama junto con Nélida, la mujer de Julián, compartiendo el calor de las cobijas hasta que se hicieran las 7:25, hora en que volvería a salir para dirigirse a la escuelita rural, distante unas quince cuadras de la Estación.
Nélida ya la estaba esperando con unos mates. Hacía unos cuantos meses que Adriana realizaba esta extraña costumbre a la que su profesión la había llevado, por esas cosas de la vida. Aunque se sintiera bastante descolocada en un principio, con el correr del tiempo le había ido tomando la mano a semejante hábito. Y por sobre todo, se había encariñado con este matrimonio tan agradable, que la recibía todos los días como si fuese una Princesa proveniente de un exótico país extranjero, en viaje diplomático.
El silbato del tren se dejó oír como de costumbre, y el potente motor diesel reguló hasta desplazar las numerosas toneladas de la locomotora, arrastrando al resto del tren al ritmo del pistoneo de la chimenea. El Jefe y la docente avanzaron veloces hacia la cocina, cerrando muy bien al entrar para que no se escapase el calor.
Aquella mañana, Nélida se encontraba distinta. Adriana pudo contemplarlo en sus ojos, brillantes y profundos. Algo dentro suyo se estremeció, percibiendo un clima muy particular dentro de aquella casa, aunque no llegó a demostrar nada. Se sentó en el banquito, con las piernas juntas y ambas manos sobre las rodillas. Don Julián terminó de recoger sus cosas, saludó con la cabeza, muy sonriente, y se alejó, sumergiéndose en el frío del amanecer. Nélida volvió a contemplarla, mientras le extendía el mate en silencio. Adriana asió la calabaza y comenzó a sorber de la bombilla, sin dejar de mirarla. Nadie podía negar que a lo largo de aquellos meses, habían aprendido a quererse mucho. Quizá, más de lo que pudiesen admitir.
Don Julián ensilló, montó en la yegua y taloneó los estribos, avanzando al paso largo hacia el campito. Una delgada brisa le cortaba la cara, pero al menos el sombrero le protegía las orejas, algo que lo privaba de contraer sabañones. Primero decidió revisar los alambrados; aparentaban estar bien, aunque aquellos alambres del recodo parecían estar poco tensos. Cualquier arremetida de las vacas contra él, y ya tendría un buen problema con sus superiores, al tener que faenar el desprevenido ganado que aplastase la primera formación que llegase hasta allí.
Dio unas vueltas por el lugar, sin mucho entusiasmo, y ya estaba por volverse cuando divisó una veloz silueta avanzando entre el pajonal, paralelo a la vía, rumbo a la estación.
-¡Eeeh! ¿Quién va por ahí? -, gritó, parándose sobre los estribos.
La figura se detuvo lentamente, y una extraña cabeza se movió en su dirección, a la manera de un misterioso extraterrestre. Sólo cuando la figura lo saludó con un brazo en alto, advirtió que aquello era una cabeza humana, aunque ataviada por un extraño casco oblongo. Se acercó hasta el alambrado, y se encontró con el recién llegado, montado en una bicicleta.
-¿Qué anda buscando? -, preguntó el Jefe, experimentando una extraña perturbación; como si le hablase a un fantasma que no perteneciese a su mismo espacio y tiempo. Alguien procedente de un pasado remoto, o quizás de un futuro apocalípticamente cercano.
-¡Buen día! Disculpe, buen hombre: quiero llegar hasta Saturno. ¿Podría informarme cómo tengo que hacer?
-Siga derecho por el costado de la vía. Cuando vea un cartel que diga "La Criolla", va a andar cerca; es la fabrica que industrializa la leche de los tambos que existen por esta zona. No se puede perder.
-¡Muchas gracias! -, saludó el ciclista, con la misma mano en alto, y se perdió entre los pajonales.
A medida que se alejaba, Don Julián dejó de experimentar ese misterioso escalofrío que percibiera segundos antes. Aunque le resultó inexplicable, la sensación lo inquietó durante días, quizá por la manera en que la asoció con los eventos posteriores……
La lechera se dejó atrapar con mansedumbre, conocedora de su destino. El ternero la siguió berreando, mientras Don Julián regresaba con la correa del brocado de la vaca en la mano hacia el improvisado establo de la casa, silbando bajito.
Al acercarse, divisó las luces de la casa encendidas. “Se habrán olvidado de apagarlas antes de acostarse”, supuso con certeza. Pero decidió cumplir con su tarea antes de regresar junto a su cálida cocina económica y el mate lavado que no tardaría en ensillar.
Desmontó, ató a la vaca contra el poste, y desensilló la yegua, mientras el ternero se enfrascaba en chupar de la teta. Al rato, él lo apartó, lo ató a un costado, y acercó el banquito con el balde, para ponerse a succionar con los dedos esas frías y colmadas ubres, por las que el ternero no cesaba de clamar. Una vez completado el ordeñe, Don Julián se apartó, retiró el banquito, soltó al sediento ternero -quien volvió a lanzarse en vano sobre la teta-, y regresó a la casa.
Al abrir la puerta, silencioso como era para no despertarlas, no advirtió nada fuera de lugar, salvo las luces encendidas. Se encogió de hombros al contemplar la lamparita y depositó el balde sobre la mesada. Entonces oyó el primer gemido.
Volvió la cabeza y observó la puerta de su habitación; cerrada, como cada mañana. “Hablará en sueños”, pensó. Tomó el cucharón, retiró la nata de la superficie de la leche, y la volcó sobre el tazón. El sonido de la nata cayendo se confundió con el murmullo del segundo gemido.
“No puede ser”, se preocupó él, como si volviese a encontrarse con aquel espectro disfrazado de ciclista. Había algo que le disgustaba en la escena, aunque no podía descifrar qué. Un escalofrío le recorrió los muslos y los antebrazos, sin que pudiera explicárselo.
El tercer gemido llegó acompañado por una frase entrecortada:
-¡Ay, sí……chita……mor! ¡Así, así!
“¿Nelly?”, se alarmó. Aquellos no eran los murmullos proferidos por una persona dormida, sino por una muy despierta……y excitada. Un feroz impulso que nació en el mismo centro de sus tripas lo llevó a lanzarse contra la puerta, sin desear creer que aquello estuviese ocurriendo realmente. Herido de muerte en su propio orgullo ante lo que sus propios temores fantaseaban.
Abrió de golpe, sin preguntar. La realidad siempre es más aterradora que cualquier fantasía. Y Don Julián lo experimentó en carne viva.
Ambas mujeres se hallaban desnudas, enredadas en las cobijas de su propia cama, enlazadas en un curioso abrazo que depositaba la boca de una sobre los labios vaginales de la otra, succionados mutua y activamente hasta que él entrara por aquella puerta, interrumpiendo el placer. Ambas cabezas lo contemplaron horrorizadas, Nelly con una intensa expresión de culpabilidad y demorada insatisfacción –soportado quizá durante años-, por entre el cabello despeinado.
Y a él, simultáneamente, lo asaltaron dos recuerdos. Uno fue aquella rima caribeña que se le impusiera desde hacía varios días: “La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, ay Dios…”. El otro fue una frase escuchada de boca de Trapanni, el antiguo Jefe del Ramal General Belgrano ex Midland, en su media lengua italiano-castellana, a comienzos de su carrera:
-Ramirez: nunca descuide su puesto.…

*de Aldima. licaldima@yahoo.com.ar

"AVENTURAS DE OLIVERIO TWIST"*

Grito agudo del corderillo al que criar
recién parido ser mortal en el llamado hospicio
mientras su madre lo abandona estremeciéndose
[para siempre
besándolo por única vez

Los parroquiales lo condenan -¡magnánimamente!-
a vivir con (y eventualmente a morir de) hambre
distraída en base a patadas y coscorrones
[de diligentes celadores
tundas repartidas a otros desgraciados caballeretes
sucios y hasta piojosos por añadidura
famélicos alucinadores de la gorda manteca

Oliverio es designado delegado y atrevido pedigüeño
y el director resuena la testa de Oliverio
[con un cucharón
en malhadados tiempos incompasivos

(Añadir cinco libras al incordio en forma
[de futuro aprendiz de cualquier arte u oficio
sortear a quien desholline cogitando sobre deudas
[y penurias)
Quédase alquilado el niño al funebrero
traga sobras y duerme entre ataúdes

¡Pamemas! estalla el condigno administrador
[de justicia
estupefacto Oliverio, después perseguido e inclusive
[baleado

aprendiendo y lastimándose en el melodrama.

"LE AVVENTURE DI OLIVER TWIST"*

Urlo acuto del agnellino al cui elevar
appena nato esser mortale nel chiamato ospizio
mentre sua madre lo abbandona conmuovendosi
[per sempre
baciandolo per unica volta

I parrochiani lo condannano -magnanimamente! -
a vivere con (ed eventualmente a morire di) fame
distratta in base a calcioni e botte
[di diligenti portieri
frustate date ad altri disgraziati signorini
sporchi e sin pieni di pidocchi oltre
a famelici allucinatori del grasso burro

Oliver è disegnato magro e azzardato domandone
ed il direttore risuona la testa di Oliver
[con un cucchiaione
in transandati tempi incompassivi

(Aggiungere cinque sterline per la scomodità in forma
[di futuro apprendista di qualsiasi arte od uffizzio
sorteggiare a chi pulisca cogitando su debiti
[e penurie)
Rimane affittato il bimbo al funerante
manda giù avanzi e dorme tra i feretri

Futilità! scoppia il degno amministratore
[di guistizia
attònito Oliver, dopo perseguitato e incluso
[appallottolato
imparando e facendosi male nel melodramma.

*de Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar
-Traductor al italiano: Jerome Seregni.

Próxima estación: SAN FERMÍN.

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El tren continúa parando en las siguientes estaciones:

CASBAS.

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ENRIQUE LAVALLE.

CORACEROS.

HENDERSON.

MARÍA LUCILA.

HERRERA VEGA.

HORTENSIA.

ORDOQUI.

CORBETT.

SANTOS UNZUÉ.

MOREA.

ORTIZ DE ROSAS.

ARAUJO.

BAUDRIX.

EMITA.

INDACOCHEA.

LA RICA.

SAN SEBASTIÁN.

J.J. ALMEYRA.

INGENIERO WILLIAMS.

GONZÁLEZ RISOS.

PARADA KM 79.

ENRIQUE FYNN.

PLOMER.

KM. 55.

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MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.

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RAFAEL CASTILLO.

ISIDRO CASANOVA.

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JOSÉ INGENIEROS.

MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.

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08/09/2009 GMT 1

Y QUE ES, A SU VEZ, AGUA Y PEZ...

urbanopowell @ 03:04

Cómo Colocar sus Cortinas*

¡Qué agua tan amable!
Que las rocas las convierte en peces,
Y los peces se hacen de agua
Para evaporarse y condensarse en el cielo.

La lluvia cae con ojitos de pez brillantes
Y corren los ríos,
Se llenan los lagos y lagunas
Con tanta roca convertida en pez
Que todo se llena de agua.

Saltan con ira cuando se les atrapa
En alguna presa o estanque,
Vuelan con júbilo
Cuando se lanzan por las montañas
Y, hoy en día,
Se les encuentra embotellados
En los aparadores de las tiendas.

¡Qué agua tan amable!
Que en otros tiempos se dedicaba a convertir
A las astillas de roca, en las primeras células.
Hizo lo propio con las plantas
Y la receta secreta para convertir
Rocas alargadas en gusanos
Se ha perdido en el tiempo.

Pero lo de hoy
Es convertir rocas en peces;
Y así se hace:
Cuando llueve,
Los edificios del Parlamento
Se mojan,
Las casas de lámina
También lo hacen;
Y la manera de cómo convertir
A los volcanes en algo más que peces
Sigue siendo un enigma constante.

¡Qué agua tan amable!
Que a pesar de todo
Nos sigue mojando,
Que se escapa por las tuberías
Y que es,
A su vez,
Agua y pez.

*de hugo ivan cruz-rosas. quetzal-hi@gmail.com

Y QUE ES, A SU VEZ, AGUA Y PEZ...

Sumario*

no es fácil
resumir en el pedazo intranquilo de esta noche
la sucesión acompasada y secreta
del último renglón que exploré cada noche al entregarme al sueño
o
la aguja que insufla fuerza al día que se inicia
cada día

no ha sido nada fácil
vivir conmigo
en esta ciénaga de dudas y de lucha
jugando con la risa
tomándola prestada
pintándola en las flores que he regado
y soplado
salvándolas del polvo que aguardaba

cómo podrá ser fácil
plasmar una sinopsis
de las horas vividas hacia este gran vacío
con pizcas de jengibre y tomillo en las manos
que rallan el sustento
que podan la cizaña
salpimentando el hueco de ir sin saber dónde
desahogando el retoño sumido en la maleza
escudando en insomnio el terror de la muerte

claro que no es tan fácil
allegarme al secreto
que yo misma he guardado por siglos y por años
hace apenas segundos

se agolpan se suceden
se amontonan
despedidas
mentiras
ilusiones
caricias
secreciones
palmadas de consuelo
impulsos del orgasmo
alivios silenciosos
intestinos

no encuentro nada fácil
en tantear estas letras que están acá en mi mano
presintiendo las teclas y los trazos

hay un solo lugar que guarda mi palabra
en un cielo de raso
que ahuyentaba intemperies

quién sabe esté durmiendo allá
cercada
en ese clima de respiración muda
que lo dice todo y nada dice
como voz de pesadilla
que no alcanza salir
disfónica
impotente
un despertar abrupto en silencio de ahogo

no podemos decirlo

las palabras se agitan
cambiando de sentido
y ya no sirven

cierto que no es tan fácil
ya no podré decirlo

*de Lucía Cinquepalmi luciaguionbajo@gmail.com
2 de septiembre de 2009

Aullidos en el imperio*

*Por Pablo Bilsky

Encorvado en extremo, con el rostro muy cerca del papel, el hombre mira apenas la vereda. Toma notas mientras camina lento, tambaleante. Una sucesión de cuadrados irregulares, que a veces se tocan por uno de sus lados, crece sobre el anotador. Enredado entre sus ropas raídas, abandonadas ya por el color, el escriba caminante copia en su libreta la infinita danza de líneas que configuran la vereda de cemento, sin baldosas, como quien reproduce un texto escrito en una lengua secreta o extinguida.
"Pobre la nación que es un pueblo de ovejas mal dirigidas. Pobre la nación que no levanta su voz sino para adorar conquistas, que aclama a un matón como a su héroe y apunta a dominar el mundo con la fuerza y la tortura, que respira dinero y no conoce otra lengua ni otra cultura que la propia", dice
el poema desde la vidriera. Pero el escribiente sigue con sus cuadrados, y no repara en los enormes escaparates de City Lights Bookstore, desde donde brotan, entre libros, fotos y consignas, los versos militantes de Lawrence Ferlinghetti, sobreviviente de la generación beatnik, eterno bardo de la revolución y la protesta al que llaman "maestro", dicho así, en la lengua de Cervantes, pese a que nació en Yonkers, Nueva York, en 1919, y que todavía escribe, recita y vive en San Francisco, California.
El poeta, un viejecito de aspecto apacible, habitualmente deambula entre los estantes de la librería que fundó junto a Peter D. Martin en 1953. Desde entonces ese lugar, que además de librería fue la primera editorial de ediciones económicas, independientes, y revolucionarias de los Estados Unidos, se convirtió en centro de reunión de artistas, desclasados, militantes y marginados. Durante años, en los tiempos más duros de la represión cultural en los Estados Unidos, exhibió un enorme, desafiante letrero ofreciendo "Libros Prohibidos".
"El legado de la política insurgente y el pensamiento antiautoritario de los beats continúa siendo una fuerte influencia en la librería, lo que es evidente en la selección de los títulos", señala la página oficial de City Ligths, y con sólo vagar un poco por los estrechos pasillos entre las estanterías es posible encontrarse con textos insurgentes de todo el mundo, con una presencia muy importante de literatura latinoamericana, en castellano e inglés.
Ferlinghetti escribe "en la lengua del hombre común", como aquellos que todos los días pasan por la puerta de la librería camino al trabajo. Su poesía habla de hombres comunes, marginados, excluidos, como el afroamericano pobre y loco que escribe cuadrados sin levantar jamás la cabeza, como los sin techo que se refugian por las noches en el callejón Jack Kerouac.
En 1976 Ferlinghetti publicó "Manifiesto populista". Invitaba allí a los poetas a salir del placard y abrir puertas y ventanas. Afirmaba que la poesía no es una sociedad secreta, ni tampoco un templo. Y que no hay tiempo para juegos literarios. "Ustedes los poetas que escriben poesía sobre poesía, camaradas de la clase ociosa, policías de la poesía, no esperen la revolución, o sucederá sin ustedes".
"He visto las mejores mentes de nuestra generación destruidas por el aburrimiento de los recitales de poesía", escribió Ferlinghetti citando y reescribiendo el poema que marcó un hito escandaloso en la literatura estadounidense: "Aullido" de Allen Ginsberg, que comienza diciendo "He visto las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, famélicas, histéricas, desnudas".
Ferlinghetti y su socio lo editaron en 1956 y organizaron una recordada lectura pública en la librería, antes de ser arrestados por "diseminar literatura obscena". Impresos en Inglaterra, los diminutos libritos con tapa en blanco y negro fueron decomisados por la Aduana de los Estados Unidos, que no los dejó ingresar al territorio estadounidense en aquel momento. El escándalo legal marcó un antes y un después en la historia de la lucha por libertad de prensa, y reformuló la cuestión de la censura de textos considerados controvertidos en los Estados Unidos.
Más de cuatro décadas después, hoy se ofrece la edición conmemorativa del poema. Y allí sigue City Lights Bookstore, con todos sus fantasmas, en avenida Columbus 261, esquina pasaje Jack Kerouac, frente al bar Vesuvio, otro sitio que fue frecuentado en su momento por los poetas beatnik.
Hoy la zona es transitada por turistas en busca de las trattorías de la avenida Columbus, que es la calle principal del Barrio Italiano de San Francisco, o los sex shop, peep show o cabarets de la avenida Broadway, esos que se apiñan junto al cartel luminoso de Big Al, el que no falta en ninguna postal de la zona, ni en la película Harry el sucio, ni en la serie Las calles de San Francisco.
"Medio Oriente es el Vietnam de Obama". "Gire a la izquierda". "Prohíban la pena de muerte". Los letreros sobre las gigantescas vidrieras de City Light tienden un puente entre el presente y el pasado de la protesta en las entrañas del imperio. En la pared del callejón Kerouac, justo frente al Vesuvio, un enorme mural multicolor reproduce con realismo naif un campamento del Ejército Zapatista de Liberación en Chiapas.
Y en ese y otros callejones, al igual que en las calles y avenidas de San Francisco, especialmente cuando el sol comienza a retirarse, puede observarse el deambular de los habitantes de una pobre nación paseando su desamparo. Pero pocos los ven. Pasan de largo, apuran el paso. En general, los turistas enfocan sus cámaras y sus ojos hacia otros paisajes. Y cuando regresan a casa, los pobres no siempre figuran en sus fascinados relatos de viaje.
En su mayoría, los sin techo no se dedican a traducir veredas a ideogramas.
Apenas deambulan, revuelven la basura, hablan solos, se cobijan entre harapos hediondos, destruidos por la locura, desnudos, famélicos, habitantes de la pobre nación de los más pobres. Acaso lo más escandaloso del aullido de Ginsberg esté ya en sus dos primeras palabras: He visto.

*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-20088-2009-09-06.html

PROTUBERANCIAS*

*Por Miriam Cairo. cairo367@hotmail.com

Debilidades
No tenías ninguna,
yo sólo una,
que amaba.
Bertolt Brecht

Toda falla resulta más fácil de soportar si se ejerce en pequeñas dosis. Esa mujer es escéptica. Desconfía de todo. Yo también: sobre todo de mí misma.
Esa mujer está a punto de acariciar al marido con los guantes puestos.
Gomosas caricias anaranjadas. Desgano de caricias. Tarea de caricias.
Fajina. Anda sobre el perímetro de las cosas como una estatuilla de vidrio.
Si quisiera profundizar en algo, necesitaría un hacha para perforar el suelo. Allí abajo encontraría a la vecina, también con los guantes puestos.
Aquí y allá las refriegas pierden por completo su valor sustantivo.
Con desgano confiesa públicamente que no tiene Face book, como si se tratara de algo vergonzoso. En estos tiempos mirones, no es fácil existir sin rostro. Con tal de causarse efectos fuertes a veces toma un vaso de vodka.
Alrededor de esa mujer lo que hay es hormigón y cemento. No sé si le arquitectura tenga que ver con la dificultad de mirar hacia adentro.
Esa mujer tiene poca memoria de su risa. Mucho menos de aquella sonrisa.
Vive haciendo lo que debe hacer como si fuera lo único posible. Por ahora no puede entrar en contacto directo con su vida. Para peor, esa mujer vive en un país donde no anuncian un atentado con coche bomba que la ayude a reaccionar. Caín y Abel ya están muertos. Tampoco escuchó que Nora le dijo a
Teobaldo: "tenemos que hablar".
Pero lo más penoso es el caso del universo propio, esa pequeña bola llena de ruido. Una bola charlatana y quejosa que no sabe qué hacer más que reclamar, compeler, interpelar. Afortunadamente, nada sucede dos veces. Pero la piedad ni la suerte son ninguna estrategia. Su vida enfundada en esos mitones color
naranja resulta irremediablemente poco fotogénica. ¿Qué clase de contactos puede ganar un espectáculo semejante?
A esa mujer, en cada momento que piensa poner el punto final, le asalta la pereza y empieza a advertir que su coraje es temporal. Entonces reclama otra vez y otra vez, para ver si las sucesivas quejas alguien se anima a sacar el puñal, pero todo permanece en una paz insoportable. Apenas si consigue clavarse un clip para engancharse el cabello y que no se le caiga en la cara cuando se pone los zapatos negros, sin taco, el pantalón azul marino y el pulóver negro. Bastaría echar una mirada a la propia apariencia.
A veces fantasea con cosas inverosímiles. Esa mujer se imagina, por ejemplo, que no tiene pereza, ni costumbre, ni miedo. En su osadía, piensa que sus manos no huelen a guantes. Y su asombro es autónomo, no procede de la imitación de ningún otro asombro.
A veces, también se cree sabia: "a cierta edad la felicidad es otra cosa", se repita con la cabeza en la almohada. Y esta idea la vuelve infinitamente piadosa: se perdona. Se arruina.
Cuando levanta la cabeza es porque cree haber oído algo que afortunadamente no comprende. No es mujer de jugar en cuatro patas. Los dedos, apenas si transgreden el uso del tenedor. Pero cómo sabe dar órdenes. No tendrá Face book pero tiene mucama.
Los días están llenos de cosas que pueden combinarse mal: un almuerzo, un "alcanzame la sal", un vencimiento. La palabra amor también significa otra cosa. Hace tiempo que ya no recuerda qué cosa significa la palabra amor. Ni piensa preguntarle a otros porque lo peor que tienen ciertas preguntas son las respuestas. ¿Donde comienza el daño, termina el amor? Ahora la rigen las leyes de lo negro sobre blanco. Las leyes son tranquilizadoras, prolijas, fuertes, sempiternas.
Esa mujer no tiene ninguna debilidad y es poderosa: si lo ordena, nunca sucederá nada allí ni en ningún otro lado. En contra de su voluntad no se cerrará ninguna puerta. Esa mujer es temible: toma venganza contra sí misma.
Ya no come los postres del amor amor. Bebe vodka, nunca ginebra. No ha probado el ron.
A veces, ser esa mujer es como no ser nada y estar no viva de ese modo da una sensación de náusea. ¿Cómo se hace una tarta de ciruelas? Esa mujer no sabe hornear y pone como excusa que no tiene espacio. Y no tiene amigas porque no tiene espacio. Y no tiene amantes porque no tiene espacio. Y no tiene cuernos porque no tiene espacio. Todo lo que no tiene es tan protuberante. Y lo que tiene también: las hermanas son protuberantes. El turbante es protuberante. El camisón horrible es protuberante. Las costillas del que duerme a su lado son protuberantes. Todo el deseo de esa mujer se le ha secado en una glándula protuberante. En pose de sarcófago casi se ha dormido. Entre sueños piensa que falta mucho para el aguinaldo. Si yo fuera un hada o una millonaria, le haría un depósito inmediato, porque jamás,
mujer, ha habido alguien que te haya amado tanto. Pero como toda falla resulta más fácil de soportar si se ejerce en pequeñas dosis, no creo que por mucho tiempo más me siga equivocando.

*FUENTE: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-20076-2009-09-05.html

"PERSONALIDAD, CULTURA Y SOCIEDAD": UN LIBRO DE SOROKIN DE 1947*
(A modo de recensión)

*Por Alfredo Armando Aguirre
http://choloar.tripod.com/choloar.html

Cuando comencé mi carrera universitaria de grado, allá por 1966 (Este año 2009, se cumplirán cuarenta años de mi graduación), el profesor de la materia Sociología, Fernando Cuevillas, nos dio como bibliografía el libro de Pitirim Sorokin, "Personalidad Cultura y Sociedad. Su Estructura y Su Dinámica. Sistema De Sociología General". Las nociones de libertad; de interacción, y de las opiniones de Max Weber y Marx, respecto del rol de la Ética protestante, se incorporaron a mi bagaje conceptual desde entonces. Hace alrededor de un año, encontré y compré un ejemplar de ese libro en una librería de usados del barrio Villa General Mitre, de Buenos Aires. Al poco tiempo comencé a leerlo, pero como tiene mil ciento sesenta y cuatro (1.164) páginas, detuve su lectura para cuando tuviera el
tiempo suficiente disponible. Es así, que entre el 3 de agosto y el 22 del mismo mes del año en curso, estando de vacaciones, realicé una lectura pormenorizada del mismo, y al sólo titulo de invitación a hacerlo también -si es que alguien puede disponer del libro- vayan las líneas que siguen a modo de recensión. Las 1164 páginas; se desagregan en 48 capítulos; fraccionados en siete (7) partes, a saber: 1) La sociología: Su objeto sus métodos y su desarrollo; 2) Sociología Estructural;3) Estructura del
universo social; 4) Diferenciaciones y estratificaciones sociales; 5) Estructuras de los aspectos culturales y personal de universo superorgánico; 6) Dinámica de los procesos sociales reiterativos, y 7) Dinámica de los procesos culturales.
Se identifica como: ISBN-10: 84-03-12019-2 y ISBN-13: 978-84-03-12019-8.
En sus inicios en autor sugiere que en algún modo la obra es una suerte de compendio de sus anteriores obras: "Social Mobility" (1927); "Contemporary Sociological Theories"(1928); "Social and Cultural Dynamics" (1937-1941); "Crisis of Our Age"(1941), y " Man and Society in Calamity"(1942).
La edición española, que leí, es la tercera de 1973, consignándose que hubo otras en 1960 y 1966, aunque surge alguna duda, al mencionarse la primera edición en inglés de 1962. Resulta casi una obviedad que en 1966, no se contaba como en los días que corren con herramientas informáticas, como los "motores de búsqueda". Así que para ganar en perspectiva, hice uso de esa herramienta, tan pronto como en una nota del libro, el traductor menciona que el libro fue publicado en 1947.
Como se aprecia para el mundo académico hispano parlante la obra presentaba una suerte de desfase cronológico. Adicionalmente, la profusa información en ingles que hay sobre este autor en la Internet, nos permite comprender tanto el origen ruso de su formación, como el hecho que el mismo vivió
intensamente en el plano intelectual prácticamente hasta su fallecimiento acaecido en 1968. Parece trivial que consigne que a medida que iba leyendo un libro, que al menos a esta altura de mi parábola vital me resultó muy amena, caía en la cuenta que como se hacia al menos en mis épocas universitarias, me habían sugerido leer no más de tres capítulos de la obra. Es sabido que todo el espectro de las indistintamente denominadas ciencias de la cultura, ciencia del espíritu, ciencias de la conducta, o Humanidades, están atravesadas por la polémica: Si ningún producto humano se puede desideologizar totalmente, menos los de estas asignaturas o "ciencias". Ello, no me impide, sostener, que la que comento es una obra en la que un autor pareciera querer coronar toda su trayectoria y que leída con sentido crítico y confrontándolo con los conocimientos previos del eventual lector, puede ser muy provechosa, porque brinda un panorama muy amplio que supera los dos milenios de acontecer humano. No me parece ocioso citar dos apotegmas: Aquel de Emerson, que sostenía:"que tan sólo podemos ver afuera, lo que tenemos adentro"; y el de Homans que sostenía que: "la filosofía de un hombre se refleja en lo que él ve". Escribo esto, porque por un lado, una era nuestra manera de percibir allá por 1966, y otra la de los días que corren. Por el otro, que habiendo leído por Internet, críticas a la producción intelectual del autor, entiendo que las apreciaciones que formule sobre este libro, serán obviamente pasibles de críticas similares. Sin perjuicio de extenderme mas adelante sobre el aprovechamiento que se puede hacer de una obra como esta a los 19 años o después de los 60, me da la impresión, luego de una detenida lectura, que esta obra es de suma utilidad para, digamos, armar un panorama de estas disciplinas, tomándola como referencia para compararla o confrontarla con lecturas y vivencias previas. Convencido que aun la traducción mas acabada, de potencia todo escrito, originalmente redactado en otro idioma, me da la impresión que la traducción de esta obra al español, es muy amigable y realizada por gente que no sólo manejaba bien la lengua de Cervantes, sino la materia de que se trataba. Adicionalmente, y esto es una conclusión que extraigo de mi experiencia en el trabajo intelectual, se me hace que el hecho que el autor aunque escribió en ingles, pensaba en ruso, que era su lengua materna, lo que facilitaba la traducción desde el inglés.
Además consta que la versión española fue hecha en paralelo con la original, aunque su publicación haya demorado casi 13 años, con respecto a la primera edición en inglés. Cómo método el autor pasa a revista a las distintas posiciones asumidas por distintos autores, en cada uno de los ítems que trata; formula sus criticas o coincidencias, y remata con sus propias conclusiones. Ya en el título de la obra los conceptos de "personalidad", de "cultura " y de "sociedad"- facetas inseparables de los procesos socioculturales recurrentes del mundo "superorgánico (diferenciándolo de los mundos "inorgánico y "orgánico")- denotan la opción de Sorokin por la categorización tripartita de todos los fenómenos. En este punto- y aquí entran a jugar las nociones de otro origen que fui incorporando a mi sistema conceptual, luego de la primera lectura parcial de 1966 - me recordé a un casi contemporáneo del autor, José Imbelloni, quien hiciera casi toda su trayectoria en Argentina, habiéndose formado en su natal Italia. Imbelloni,
preconizaba la manera cuaternaria de categorización. Las diferencias entre las categorizaciones ternarias y cuaternarias, tenían según Imbelloni, un carácter muy determinante a la hora de hacer formulaciones intelectuales. No obstante Sorokin, reconoce la existencia de esa manera de categorización, más opta por la tripartita. A veces podría estimarse que la tripartición es
forzada, a través de subcategorías, pero creo que ello cabe para un análisis muy sutil, que no es el que pretendo desarrollar. Este tipo de clasificación se reitera en todas sus formulaciones y culmina con los tres supersistemas socioculturales, que presenta: el Ideacional, el sensorial y el idealista. A sólo título de ejemplo diremos que se consideraba ideacional, la cultura de la India y de China, así como la de la Edad Media Europea; sensorial, era la cultura occidental a partir del siglo XVI a la fecha; Y consideraba idealista (una especie de término medio entre ambas), la acontecida en los siglos XIV y XV, donde pone como elocutor a Dante Alighieri y no cita a Ramón Lull, omisión que nos llama la atención, pero que no considero demérito alguno. Me llama la atención porque cita en varias oportunidades a
Nicolás de Cusa, y a Leibnitz, que dejaron explicito que se remitían como influencias a la obra del mallorquín Lull. En esta clasificación de supersistemas reconoce una suerte de cuatripartición, al identificar una cuarta posición: la ecléctica. Respecto a los tres "supersistemas" ideacional, sensitivo e idealista, a medida que iba adentrándome en la lectura del texto completo, lo iba emparentando con el empleo de esos conceptos por parte del tres veces presidente argentino Juan Domingo Perón,
particularmente en su Mensaje al Parlamento argentino, en la mañana del 1ro de mayo de 1974. La primera impresión que me dio al leer esos conceptos en Sorokin, era que la fecha de la primera y segunda edición en español, coincidía con la permanencia de Perón en su exilio de Madrid, ciudad donde
se habían producido esas dos ediciones. Luego hice memoria y recordé la influencia intelectual que tuvo sobre la parte final de la vida de líder argentino, Ángel Monti, autor del libro "Proyecto Nacional " de 1970", y funcionario con responsabilidades directas en lo que Perón denomino "Modelo argentino para el Proyecto Nacional. Pese a que hace mas de 20 años que no he vuelto a leer ese libro, el que por confesión del autor llegó a las manos de Perón, por intermedio del controvertido periodista Bernardo
Neustadt, se me hace que las ideas de Sorokin, llegaron a Perón, por intermedio de Monti, aunque me queda un sesgo de duda, entre otros motivos porque en su última etapa Perón, que no era muy afecto a citar a autores; sí citaba a Toynbee, uno de los autores muy citados por Sorokin, que resulta
algo indulgente en sus criticas a su obra de 1935 :"Study of History", indulgencia que no tenia para con autores como el antropólogo Broneslao Malinowksky. Toynbee, junto con Spengler y Wilfredo Pareto, son los autores mas citados, por Sorokin y reconociendo críticamente sus aportes. En el terreno de conjeturas (sujetas a investigaciones para las que no tenemos tiempo disponible actualmente), hay un parentesco muy cercano entre la Tercera Posición Justicialista y el supersistema que Sorokin denomina
"idealista". Y vale recordar que el año de publicación del libro que comento coincide con el lanzamiento de la llamada "Tercera Posición". Siempre en el terreno de las conjeturas vale recordar que por esos años, el embajador argentino en Estados Unidos era el doctor Oscar Ivanisevich, que retornaría al país al año siguiente para desempeñar papeles protagónicos gubernamentales durante dos años influenciando en la formulación de la que se conocería luego como "Doctrina Justicialista". Por lo sucintamente
expuesto en los párrafos precedentes, es que me quedan dudas sobre quien acercó a Perón los contenidos de este libro, sin descartar que los puentes hayan sido previos a los mencionados, sea por los cursos que Perón había realizado en Europa, sea por su actividad intelectual en la ciudad de Mendoza. Todo ello se conjetura, atento que si bien el libro que analizo no estaba aún publicado, sí lo estaban los libros de Sorokin, de los cuales este a criterio de los presentadores de la edición en español, el mismo constituye una suerte de compendio. Atento al esquema formulado por Sorokin no es de extrañar que el autor mas encomiado sea el italiano Juan Bautista Vico. Considerado al citado Spengler, conocido por su libro "Decadencia de Occidente", como un seguidor de Vico ; en ese sentido, me llama la atención que, como en el caso de Lull, tampoco cite al español José Donoso Cortes, que también me permito asociar con algunos desarrollos del libro que estoy recensionando. No cita tampoco a Herman de Keyserling, muy leído en la
Argentina en su época, ya que este escribía cosas muy afines a las que menciona Sorokin, pero debe consignarse que este publicista era muy controvertido y cuestionado, sobre todo por sus actitudes condescendientes ante el nazismo. En el presente desarrollo, deliberadamente me expreso recursivamente, atento la magnitud física del libro bajo análisis. A mero titulo de muestra de lo que se puede inferir de la lectura realizada, y dejando explicito, que cada uno infiere desde sus personales códigos de interpretación al momento de la misma, me impactó la manera como Sorokin deja claro en cuanto condiciona la sociedad y la cultura, y aun el factor biológico hereditario a cada personalidad específica, reconociéndole un escaso margen de maniobra propio en lo que hace a los comportamientos
selectivos, organizativos y creativos. Deja a salvo a las personalidades excepcionales, y ello resulta congruente con la aclaración que hace a lo largo de la obra, en el sentido que la Sociología, tan cual como la concebía el autor, era una "ciencia generalizadora de los procesos socioculturales recurrentes", sin desconocer a las actitudes únicas o irrepetibles, para las que asigna competencia a la ciencia histórica, y donde a mi juicio, encuadraría a las personalidades descollantes. En una obra posterior que leí del mismo autor, se percibe que el mismo, entendía que los cambios sostenibles en el acontecer humano, eran la resultante del entrecruzamiento de los comportamientos de todas las personas, por sobre la acción de los héroes como sostenía Carlyle; de las elites como sostenía Wilfredo Pareto, o aun la de los genios y los artistas, como pensaba Alfred Adler. Señalaba al principio, que a poco de comenzar la lectura y en búsqueda de información que agregara valor a la misma, acudí a la información disponible en la Red,
mediante el empleo de un "motor de búsqueda". En la red hay abundante información en inglés, comenzando por sus datos biográficos. Así Pitirim Alexandrovitch Sorokin, era de origen ruso .Nació en Turia, cerca de Siktivkar, en 1889, y toda la parte de su parábola vital lo que comporta su geocultura y su formación académica la realizó en la Rusia zarista, y en el primer quinquenio del experimento soviético, del que debió alejarse por su condición de disidente a tal punto de pesar sobre el la cárcel y una condena a muerte, que lo llevó al exilio en 1923. Luego de una breve temporada en Europa se radico en Estados Unidos, siendo la Universidad de Harvard la base de sus actividades, hasta poco años antes de su deceso en 1968. Su dominio del idioma materno, además de manejar el francés (como cuadra en los
intelectuales rusos), el inglés y el alemán, le permitieron manejar autores de esos idiomas. Su confesión de católico ortodoxo ruso explica su conocimiento de los Evangelios, y el manejo de autores, como Scoto Erígena, San Alberto Magno, y Santo Tomas de Aquino, a quien cita en varias oportunidades. Colijo que los valores que portaba, fueron bien acogidos por los ambientes estadounidenses de origen católico irlandés y con reticencias en los ámbitos anglosajones -protestantes que eran las dos vertientes que
nutrían al núcleo dominante norteamericano en la época que le toco insertarse y en la que le tocó desempeñarse, fundamentalmente en el Departamento de Sociología de la universidad de Harvard, donde su estilo y su predica encontró seguidores como Tomas Merton y detractores muy intensos como Talcott Parsons. Volviendo, momentáneamente al texto leído, creo interesante recordar el momento de su redacción y publicación. El autor compartía lo que ahora se denomina "el estado del arte" según su
cosmovisión, inmediatamente después de la finalización de la Segunda Guerra, con la obvia resaca de sus secuelas: el horror nazi y el horror de la bomba atómica. Se acababan de crear las Naciones Unidas. El Estado de Israel no existía, ni tampoco la China Maoísta. Tampoco el muro de Berlín. Y por su
condición de protagonista inicial, tenia una peculiar lectura del experimento Soviético, y sus consideraciones no estaban influenciadas por la interesada visión norteamericana de esa cuestión, luego de desatada la "Guerra Fría". Tenía reservas con las Naciones Unidas, teniendo en cuenta el fracaso de la Sociedad de las Naciones. Y dejaba constancia de que sus advertencias no habían sido escuchadas para prever la conflagración cuya finalización estaba tan cercana a la redacción del libro. Desde la
perspectiva de este corriente 2009, y con las vivencias acumuladas con el decurso del tiempo, hoy puedo apreciar cosas que ni por asomo podía siquiera balbucear en aquél 1966. Imaginemos como habrán sido tomadas por los académicos de la época sus invectivas contra el supersistema sensorial, del que formaban parte en sus variopintas expresiones. En realidad en las academias con la discrepancia de entre los abordajes marxistas y no marxistas, campeaba la "ciencia experimental, matemáticamente formalizada" como la etiquetaba y no benévolamente, Juan Bernardo Pichón Riviere, que como Cuevillas era nuestro profesor por aquellos iniciales años universitarios. Pero el tiempo inexorablemente ha transcurrido. Y con él, nosotros, que como la poesía de Neruda "Ya no somos los mismos". En los
tiempos que corren cuando los logros de la nueva física, de los que Sorokin tenia conocimiento, a la fecha de redacción de la obra que intento recensionar, han penetrado en los mundillos de las ciencias del espíritu, de la conducta o de la cultura. Sus consideraciones- que no se encuadraron, como lo demuestran sus críticos de entonces y ahora, a las reglas del método hipotético - deductivo; ni se sometieron a las categorías de pensamiento socialista (las que en el mundo académico dan apariencias de mayoritarias);
reitero sus consideraciones de entonces, tienen un sesgo de anticipación. Anticipación de los márgenes de los comportamientos personales insertos en sus entornos socioculturales, por demás condicionantes de la trayectoria de cada uno de nosotros. Cada uno, si tiene la oportunidad y la disposición de leer esta obra, y dado que lo hará desde sus irrepetibles códigos interpretativos, sabrá cuanto se identifica o no con sus contenidos. Reitero, algo que insinué al principio, en el sentido que obras como estas permite pasar revista al bagaje de conocimientos acumulados en la mente de cada uno. Pero claro, esta cada uno tiene su propio método de trabajo intelectual. Esta lectura refuerza mi disposición a creer que este
tipo de disciplinas, requiere experiencia de vida para poder extraer conclusiones para ser aplicadas en el comportamiento de cada personalidad.
Al menos mi capacidad de comprensión a los 19 años, no es la que tengo ahora que he pasado los 62. No soy de recomendar la lectura de alguna obra o autor en particular. De mi trayectoria he percibido que aun con la mayor cantidad de horas dedicadas al estudio, cada persona sólo puede acceder a una
limitada cantidad de conocimientos. Si alguno de los que lean esta comunicación, tiene acceso a este libro de Sorokin, me permito invitarlo a su lectura. Esta invitación la hago extensiva a cualquier otra obra
voluminosa, que este al alcance de uno. Normalmente comportan un esfuerzo de consolidación por parte de sus autores. Y sugiero lecturas detenidas, en lo posible varias, y con algo a mano para anotar sea en una ficha de papel, o un archivo digital. Un comentario adicional, sin pretensión alguna de cierre de esta comunicación, es que teniendo en cuenta la gran disponibilidad en la Red de material en otros idiomas, particularmente en ingles; por una cuestión ideológica, no se lee en gran parte de los mundillos académicos hispano parlantes. Mucho se ganaría si dichos mundillos entendieran que además de los empresarios, los militares y los políticos que no piensan como ellos; muchos que coinciden con sus concepciones, escriben en otros idiomas, particularmente en ingles. Y me quedo pensando si esas restricciones ideológicas, no se extienden a las publicaciones traducidas que dejan en el camino a otras muchas que no lo son.

Buenos Aires, 5 de Setiembre de 2009

CORREO:

'Homenaje a la mujer italiana'*

¡Hola a todos! Escribo este mail como responsable del Proyecto 'Homenaje a la mujer italiana'.
Como muchos ya saben hemos concretado tres libros a través de dicho Proyecto.
En esta ocasión les escribo para invitarlos a enviar fotos donde se encuentren presente mujeres italianas inmigrantes, en las más diversas circunstancias.

Preferentemente, si es posible, enviadas via e.mail. Scaneadas en alta resolución (mín. resolución 300)
Además deberán consignarse los datos que se tengan: nombre y apellido; fechas: de nacimiento; fallecimiento; de casamiento (y obviamente datos del esposo). Fecha de ingreso al país, si se sabe. Y cualquier otro dato de interés.

Y, lo más importante es contar con autorización para su publicación y / o exhibición al público en general y / o difusión por otros medios, como internet.

Desde ya muchas gracias! y un gran saludo!

*Susana Estela Colombo. homenajemujer@yahoo.com.ar

Gral Paz 6783 (3000)
Santa Fe
Te: 0342-4601878
154-468210

*

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01/09/2009 GMT 1

UN ARCO IRIS RESULTA INSUFICIENTE...

urbanopowell @ 13:17

*

A veces
de la tinta brotan sólo blancos y negros;

otras
un arcoiris resulta insuficiente
y se combinan
y caen
y germinan...

*de Ana Lía Gattás. analia_gattasz@speedy.com.ar

UN ARCOIRIS RESULTA INSUFICIENTE...

DECRETOS DE NECESIDAD Y AUSENCIA*
(Los Sallieri de Trombino)

"Toda mi sangre es un temor inmenso"
JULIA PRILUTSKY FARNY

(I)

Toda ella, un temblor. Un latido.
Todo lleva hacia los demonios del miedo.
Sabe que es un invento. Un ensayo, subsistencia, mariposa.
Un aferrarse a las rocallosas de la vida.
Sin embargo, mentirosamente, amorosamente, lo dibuja.
Lo dibuja en la patria de los sueños:
Quiero decirte que siento nostalgias de ti.
Que se me vuelven los pasos de extrañarte.
Que soy una ojera que camina.
Que soy un ojo seco y una mirada húmeda.
Daría todo lo que tengo por estar contigo.
Por supuesto- tú lo sabes, elegiría el mar-.
Puede ser en las dunas. En el acantilado.
En los tugurios donde se juntan los marineros con las putas.
Daría todo. Todo. Lo que más amo.
Daría mi "libro de los muertos".
Mi ruiseñor de Keats.
Mis zapatos de cristal. Mi elefante de jade.
Los misterios del rosario.
Mi anillo de amatista. El caracol de mar.
Fíjate, hasta daría el sombrero de paja, cinta azul.
Te pediría una noche en una estalactita de cristal rosado.
Te preguntaría tantas cosas.
Recorrería con mis dedos las marcas de tu ausencia.
Sería tu nana, tu nodriza, tu hermana.
Me volvería pasionaria. Junco. Ceibal en flor.
Mordería tu silencio y tu grito. Anegaría el huerto con tus ojos.
Cercenaría tu temor espejo.

(II)

Él, viene del país inexplorado de la Misoginia
Ama y odia en ella a todas las mujeres de sus secretas vidas.
Rabiosamente la odia. Muerte pasión, martirio.
Tanto le odia como tanto le miente.
Dulce destierro, pasionaria, salvia.
Odia en ella a aquéllas que se han ido.
Madre, padre, hermanos, hijos.
Hace callar sus ojos y con ellos anuda su corbata.
Se abotona la boca y la camisa.
Se peina la cabeza, disputa, calla, grita.
Hunde la espina en su dedo meñique.
Desafía la picana en el vientre.
Arranca la obediencia del pecho.
Anuda los cordones de sus ansias zapatos.
Va al correo del viento.
Y firma.
Firma decretos de necesidad y ausencia.

(III)

Afuera todo tiembla
Es verano y los brotes explotan.
Sin embargo punza el frío y el miedo.
La muerte se desnuda frente del espejo
A medida que existen los dedos se adormecen
Adormecido cuerpo. Leyes apócrifas.
No saben si es naufragio de piel. Necesidad. Ausencia.
No saben si viven porque mueren.
Pero duele el frío.
Hasta los huesos, amor. Hasta los huesos.

*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar

Las tierras baldías*

*Por Rodrigo Fresán
Desde Barcelona

UNO Si –como advirtió el poeta– abril es el mes más cruel, entonces septiembre es ese otro mes que espera a abril a la salida del calendario para molerlo a patadas. Al menos por aquí, todos los años. Y este año peor y más que nunca. Septiembre –que se esconde bajo la sofisticada máscara de la rentrée– no es otra cosa que un volver a empezar con el año comenzado y, ahora, para colmo, con un 2009 maldito. El regreso de las vacaciones equivale, sí, a sacar cuentas, a descubrir que las cuentas no salen y que el optimismo de los pronósticos ligeros sucumbe ante la pesadumbre del diagnóstico en firme. Dicen que Europa comienza a recuperarse y que España va a la cola, y aquí vienen los bronceados políticos invitando a “poner el cuerpo” y “arrimar el hombro”, pero –se les nota– con tan pocas ganas de dar la cara. Así, días de gran desilusión: los que disfrutaron como niños durante más de una década larga descubren, de pronto, que Papá Noel no existe y que los Reyes sí: pero son dos, se llaman Juan Carlos y Sofía, están muy ocupados en sus cosas y no son magos.

DOS Y entonces se van acumulando las noticias entropistas. Paisajes que se derrumban, clásicos que mutan a vetustas antigüedades. Pubs ingleses que cierran por la prohibición de fumar y los muy estrictos controles de alcoholemia. Los ciudades espectrales de Alemania del Este donde nadie quiere vivir. La Barcelona donde vive cada vez más gente en menos metros cuadrados y –el fin de la idea de la Tierra Prometida– el asombro de las autoridades ante las pocas solicitudes de argentinos para nacionalizarse como españoles, cortesía del exilio de sus abuelos. Los parques temáticos ibéricos a los que nadie tiene interés de subirse por miedo a descubrir que tanta réplica y recreación se parecen demasiado a la artificialidad de la propia vida. La cada vez más despoblada Second Life en la que tantos fueron felices siendo otros y en la que ahora el 95 por ciento de los avatares se encuentra inactivo. Ruinas virtuales y –como siempre, vuelvo a decirlo– en algún lugar Philip K. Dick y J. G. Ballard se encuentran para mirar de lejos todo esto que ellos supieron ver de cerca desde hace mucho tiempo.
Y, claro, por supuesto, ahí viene –acercándose desde el horizonte– el otoño/invierno de la gripe A. Aparecen por todas partes carteles que recomiendan dejar de lado la efusiones latinas (darse la mano, abrazarse, besarse y pasar a la oriental e higiénica inclinación de cabeza) y hasta la Iglesia ha sugerido no besar los pies de las estatuas de los santos para evitar el divino contagio de los pecadores. Y –ante las revelaciones de que más del 85 por ciento de la población registra en su cuerpo restos de compuestos químicos en desuso como el DDT y derivados; sí, nos hemos convertido en seres verdaderamente repelentes– ya están los que piensan que, tal vez, en lugar de invertir tanto en Tamiflu, lo mejor sería una vuelta de Propofol para todos mientras los zombis vienen bailando.

TRES Estos aires apocalípticos encuentran, por supuesto, su correlato espectacular. Hollywood prepara toda una batería de films findemundistas (que van de tsunamis bacteriológicos, pasan por las orgías de no-muertos y las predicciones cumplidas de almanaques precolombinos) y la próxima apuesta de la televisión será algo llamado Flash Forward: serie en la que la humanidad toda se desmaya durante dos minutos y se proyecta veinte años en el futuro y, al despertarse, otra vez en el presente; pero conscientes de cómo será el mañana durante 120 segundos y a armar el rompecabezas entre todos y ya estamos otra vez en Lostlandia. La idea –que en mi modesto entender se “inspira” demasiado en la novela Timequake de Kurt Vonnegut, el otro gran maestro del Juicio Final junto a Ballard y a Dick– chocará de frente contra la adaptación cinematográfica de La carretera de Cormac McCarthy en la que padre e hijo recorren un paisaje Unmade in USA. Lo más ¿divertido? de todo esto –de todas estas postales megacatastróficas– es que en realidad demuestran una casi descarada ilusión y esperanza por lo que vendrá.
El otro día leí que no hay fantasía más fantasiosa que aquella de “el día después”, de que alguien o algunos sobrevivirán para contar la historia. Lo más probable –aseguran los especialistas– es que, luego de la hora de la verdad, no quede nadie para seguir diciendo mentiras. Telón. Se acabó lo que se daba. The End.

CUATRO Pero mientras tanto, y hasta entonces, lo que importa es la economía. Y –para apocalip$i$ de bolsillo y del bolsillo– la edición del pasado sábado de El País era un festival de malas nuevas. En la primera plana, Zapatero –luego de tararear una vez más la canción del verano “Ya ha pasado lo peor”— anunciaba/insinuaba subida de impuestos “limitada y temporal” (los españoles cobran menos que la media continental, seis de cada diez ganan menos de 1000 euros), desactivación de los 400 euros descontados de lo que había que pagarle a Hacienda (caballito de batalla de su última campaña electoral) porque la situación ha cambiado “radicalmente” y el editorial del diario titulaba “La hora del rigor”. La doble página de economía ofrecía los siguientes titulares: “La caída del consumo reduce un 47 por ciento del beneficio de El Corte Inglés”, “La facturación de Carrefour se ve lastrada por España”, “Iberia registra pérdidas de 165 millones en el semestre”, “Los afectados por despidos colectivos se multiplican por 12 en un año” y “Los turistas gastaron un 6,6 por ciento menos en julio”. Mientras tanto, Rajoy y el Partido Popular comienzan a matizar/rebajar un poco sus alucinaciones persecutorias estivales y disfrutan y/o padecen la paradoja de ascender en intención de voto en las encuestas mientras sus propios líderes descienden y caen en lo que hace a capacidad, buena gestión y simpatía. Lo que vuelve a poner de manifiesto aquello de primero el movimiento y después ya veremos. Eso sí: el F. C. Barcelona sigue ganando todo lo que se le pone a tiro, parece que a la cervecera Damm no le va nada mal y, por suerte, la sección de espectáculos anuncia el inminente estreno de la sexta temporada de Doctor House. Me parece bien, me alegro: si algo vamos a necesitar es un doctor que no mienta y que averigüe cómo curarnos de tanto gran mal.

CINCO Y agosto ha sido un mes rico en necrológicas de renombre. Murieron tantos que los obituarios van saliendo en la prensa con demora y con el muerto ya muerto. Sin ir mal lejos, recién me entero de la partida de Heinz Edelmann, autor de los dibujos del animado film Yellow Submarine. Aquel en que –al final– los Blue Meanies, derrotados en Pepperland por la colorida psicodelia beatle, se preguntan a dónde ir a lamerse las heridas y se responden: “¿Argentina?”.
A remezclar y remasterizar que se acaba el mundo y a no olvidarlo nunca: al final, el amor que tomas es igual al amor que haces. Tenerlo en cuenta –antes de desmayarse, soñando con despertarse dentro de unos años y quedarse ahí– a la hora de hacer la declaración de la renta.

*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-130936-2009-09-01.html

ESPACIOS DESTINADOS*

Los ancianos, los que lo albergan todo
con sabiduría o sin ella
merecen su rinconcito:
el rinconcito de los jubilados
(dentro de un programa radial de varias horas
en un magazín televisivo
en una revista o periódico de gran o ínfimo
tiraje)

La poesía también lo merece:
que en algún estante de cualquier librería
al fondo de la librería
abajo y en un ángulo
hallemos allí a la poesía:
donde se lo merece:
su rinconcito.

*de Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar

TEATRO: ENTREVISTA A GRISELDA GAMBARO
Años de lucidez*

Con la obra "El misterio de dar", que interpreta Adriana Aizenberg y dirige Laura Yusem, indaga en el tema de la vejez.

*Por Juan José Santillán
Fuente: ESPECIAL PARA CLARIN

TERCERA VEZ QUE GAMBARO ADAPTA UN TEXTO NARRATIVO SUYO PARA QUE LLEGUE A
ESCENA. ELLA DICE QUE TRABAJA SOBRE UNA ESCRITURA MUY PRECISA.

Con El misterio de dar, que se estrenó este fin de semana, Griselda Gambaro regresó al teatro Nacional Cervantes. Se trata de un espectáculo en formato unipersonal, dirigido por Laura Yusem, que cuenta con la actuación de Adriana Aizenberg. Al igual que las novelas cortas El desatino y Las paredes, Gambaro decidió adaptar al teatro un material proveniente de la narrativa. "El misterio de dar es la versión teatral de un cuento que publiqué en el volumen Lo mejor que se tiene (1998) -explica-. Se plantea de
qué manera en la vejez uno puede recuperar cosas esenciales y cómo se puede dar más de lo que se tiene. No por una generosidad loca, sino sin darse cuenta. Eso es lo que le sucede a este personaje que se pregunta ¿qué pasa en el mundo después de una donación de corazón? Esta mujer dialoga, pero no lo hace con el público: como muchos viejos se resiste a entablar una charla con las paredes y simula que está hablando con un caballito de juguete que pertenecía al hijo. Se comunica con las cosas".

¿Es una obra sobre el abandono?

No tanto, sino más bien sobre ciertas características de la vejez y la soledad. Algo que me di cuenta ahora, porque me han dicho que trata sobre eso. Pero también de la generosidad, de no secarse con los años.

¿La vejez es una forma de resistencia?

Sí, en primer lugar, resistir a la falta de energías propias y también al peso que tienen los años con sus pérdidas.

¿Modificó en algo al material contar con Adriana Aizenberg?

No, ella es una actriz de enorme comunicación. Al igual que Alfredo Alcón, Inda Ledesma: salen y ya pasa algo. Están ahí plantados en el escenario.
Tienen una especie de presencia tácita.

¿En este momento hay nuevas características que definen la escritura?

Mis últimas dos piezas, La señora Macbeth y La persistencia, son obras muy ceñidas en la palabra. Muy económicas. No sé si la palabra puede estar en estado puro, pero sí más condensada. Más tensionada. Eso es algo que veo en mis materiales más recientes.

¿De qué manera dialoga la escritura con la vejez?

No lo sé. Pero por ejemplo, escribí el cuento Es difícil organizar la pasión que habla de un viejo que se enamora de una chica muy joven. Pienso que la vejez es un estado "interesante". Es como estar en la punta de la vida y desde ahí uno se da cuenta de que los pocos años que a uno le quedan hacen más preciosa la vida. En la vejez todo toma una dimensión extraña, muy fulgurante, que puede ser triste, pero al mismo tiempo muy luminosa.

¿Sigue pensando que, a diferencia de su generación, actualmente los dramaturgos perdieron interés por los grandes temas?

Leo mucho teatro porque estoy en jurados de dramaturgia. Mi opinión esta parcializada. Los temas actualmente, te diría, son mínimos, pequeños. Aunque también se ven otros temas que han preocupado desde los griegos: la muerte, la libertad, la guerra, el estilo, la responsabilidad, la ética. Ahora la
Secretaría de Cultura de la Nación hizo un concurso sobre el Bicentenario, donde fui jurado. Te diría que entre las obras hay bastantes que salieron de esa pasividad de sentimiento que define la dramaturgia de los últimos años.
Han dado un gran paso. Creo que actualmente falta la mirada y la preocupación hacia el otro. Prevalece una mirada narcisista. Pienso que el teatro no sirve si es delirio y ocurrencias en el escenario. Uno tiene que deleitarse, pero también irse de la sala con un aporte de sentimientos.

*Fuente: http://www.clarin.com/diario/2009/08/30/espectaculos/c-01301.htm

Y nosotros nos caemos con él*

Ocurrió en las postrimerías de una templada tarde de agosto sobre la pampa húmeda, con un sol que caía fulgurante sobre el horizonte. "Fénix", la flamante locomotora propulsada a GNC, marchaba a paso firme sobre los rieles, conducida con mano experta por Don Orestes Rubyck, el utópico maquinista próximo a jubilarse, quien sorbía unos amargos ya bastante lavados. El paisaje era bastante monocorde, y aunque a ambos lados de la vía se extendieran vastas extensiones cerealeras, a Don Orestes siempre lo fascinaban los espacios planos y abiertos. Tanto, que si no se hubiese dedicado a su pasión ferroviaria desde siempre, seguramente hubiese terminado navegando en alta mar. O tal vez rasurando alguna árida salina del norte argentino. Imbuido en tales contemplaciones paisajísticas, matizadas por el rutinario gesto de cebarse unos lavados amargos, iban pasando las horas; hasta que algo anormal se recortó a unos cien metros delante del morro de "Fénix", y Don Orestes aplicó certero los frenos, con un agudo y
molesto chirrido metálico.Cuando la formación se detuvo por completo, abrió la puerta de la locomotora y asomó medio cuerpo fuera, incapaz de comprender lo que veía. Un portazo se dejó oír a sus espaldas, y la estentórea voz de Raúl Gamarra, el guarda, lo machacó sin piedad.-¿Qué está pasando, Rubyck?
¿Hay algo en la vía?-Véalo por Ud. mismo.Gamarra oteó por encima de su hombro, pero le fue imposible distinguir nada. Lo apartó con brusquedad, se asomó fuera y comentó: -No veo nada del otro mundo. Don Orestes, con varias décadas más de experiencia sobre sus espaldas en viajes de larga distancia, con la mirada ya curtida de divisar el mismo paisaje una y otra vez, lo apartó suavemente, descendió por la escalerilla y sugirió al llegar a tierra: -Desde abajo lo va a distinguir mejor. Ambos caminaron pausados, observando en derredor delante de "Fénix", hasta que Don Orestes señaló una circunferencia con su brazo, abarcando una porción de terreno acotada pero precisa.-¿No lo ve? Hay una depresión en el terreno. Los rieles están vencidos. Las vías se tuercen. -No me parece muy diferente a como se veía la
última vez que pasamos -, observó Gamarra. -Pero está en pésimas condiciones-, protestó Don Orestes. -Acá pasó algo raro. Debe haberse hundido algún canal subterráneo. -, y no supo cómo seguir. -Vamos, hay que moverse. Tenemos un horario que cumplir -, señaló el otro, mirando su reloj, a punto de volver sobre sus pasos.
-Así, descarrilamos.
-¿No me oyó? El ferrocarril no puede parar.Tras lo cual le dio la espalda y volvió a trepar por la escalerilla hacia el interior de "Fénix", cuyo poderoso motor continuaba regulando en punto muerto. Don Orestes se preguntó si sería solamente él quien veía semejante anormalidad. Ahí estaba, a sus pies,
delante de sus ojos. ¿O su vista lo engañaba, después de tantas décadas de invaluables servicios? Se puso en cuclillas y palpó los candentes rieles, dilatados en sus juntas. La curvatura se notaba al tacto, tan evidente que parecía haber sido producida con escuadra. -¿Qué le pasa? -, estalló Gamarra desde las alturas. -¿Va a seguir perdiendo el tiempo? ¡Súbase de una vez y continuemos viaje! -¿No se da cuenta? -, lo increpó Don Orestes. -¡Se va a tumbar de costado en cuanto avancemos veinte metros! ¡Van a tener que venir a levantar al tren completo con una grúa! -¡No me discuta! ¡Y cumpla con su trabajo!
-¡Burócrata de mierda! -¡Sindicalista de cuarta! Don Orestes trepó furioso la escalerilla, obligando a Gamarra a echarse hacia atrás y preparar los puños en alto. El maquinista, corpulento a pesar de sus años, con una vitalidad envidiada por varios de sus colegas más jóvenes, echó su brazo derecho hacia atrás por un segundo, dispuesto a lanzar la primera trompada, pero al instante recapacitó. No tenía sentido. Él se hallaba cumpliendo con sus respectivas órdenes. Y en este caso, el guarda era la autoridad superior a cargo de la formación. Si existía algún percance inesperado, que fuera el otro quien cargara con las culpas. Él se conformaba con cobrar su cheque a fin de mes. Bajó el puño, con mirada desafiante, y volvió a ubicarse en su puesto, con la vista fija en las paralelas de acero que se perdían en el horizonte. -Es la vía que nos dejaron. -, murmuró Gamarra, como disculpándose, bajando su habitual tono autoritario, al igual que sus propios puños. -Es este país de mierda que se hunde -, aseguró Don Orestes. Y reguló la potencia de "Fénix" para avanzar milímetro a milímetro durante los próximos ciento cincuenta metros, rogando porque el tren no se balanceara, ni se lastimase ninguno de ellos en caso de que se tumbara. Por la carga ni se preocupaba: la compañía "Agro Servicios Pampeanos", monopólica en su rubro, tenía asegurados todos los silos rodantes de la trocha angosta recientemente recuperada. Primero retrocedió unos metros, para luego invertir la marcha y avanzar con extrema cautela. Cuando las metálicas ruedas se posaron sobre los desvencijados tirafondos que unían los rieles con los durmientes, un agudo quejido se le incrustó en los oídos, como si las paralelas de acero se curvaran bajo el peso de la formación, amenazada de ser devorada por misteriosas arenas movedizas. Rodar con "Fénix" por aquel tramo fue como presenciar un ululante concierto de sierras metálicas.
Los rieles parecían haber perdido su eterna solidez para transformarse en absurdas y gomosas longitudes, chirriantes y nauseabundas. Don Orestes sentía la oscilación de la formación en su conjunto, pero el temor por el descarrilamiento se había disipado por completo al comenzar a escuchar estos
espantosos chillidos, que más que de metal, parecían estar compuestos por restos de voces humanas. "¿Qué estoy pensando?", se reprochó a sí mismo Don Orestes, con la piel recorrida por un desagradable escalofrío. Sin embargo, la sensación era tan intensa que no podía sacarse la idea de la cabeza, como
si los horrorosos sonidos metálicos se hubieran convertido en verdaderos alaridos de agonía de una época ya muerta, que se resistía a desaparecer por completo. Rubyck se vio asaltado por la secuencia lógica en la que se desarrollan los acontecimientos cuando comienza a desaparecer el servicio y
el tendido del ferrocarril, junto a las consecuencias que genera semejante extinción. Recordó que cada veinte kilómetros era emplazada una estación férrea, y a su alrededor se asentaba una población; se comenzaba con un bolichito de ramos generales, eso daba pie a la congregación de familias,
aparecía la policía para vigilar el orden y una escuela para educar a los hijos. Así, la vida transcurría, con mayor o menor suerte para los habitantes del lugar. Pero cuando el servicio decidía ser levantado por las autoridades gubernamentales, la ausencia del tren conllevaba la falta de comunicaciones y por ende de trabajo, se acrecentaban los problemas de salud al desaparecer las unidades sanitarias por escasez de población que justificara su accionar, al igual que la ausencia de escuelas y otros medios de transporte, lo que llevaba a mediano y largo plazo a la total desaparición de los pueblos forjados a la vera de los rieles. El quejido de los metales continuaba estremeciendo las entrañas de Don Orestes cuando de pronto la vía se normalizó, quedando la depresión en el terreno definitivamente atrás. Sin embargo, ese chillido tenaz y penetrante continuó torturándolo más allá de las consabidas reprimendas de Gamarra, quien lo amenazaba a sus espaldas, aunque ya sin gritar: -Voy a dar parte de esta
irregularidad cuando lleguemos a Mirapampa, Rubyck. No entiendo cómo pudo demostrar una actitud tan necia como ésa. Pero Don Orestes, acostumbrado a las amonestaciones luego de una vida dedicada a vivir a contramano de la legalidad, le prestó casi nula atención. Sus pensamientos corrían por otras vías, proclives éstas al ocaso definitivo. -El país se hunde, y nosotros nos caemos con él.

*de ALDIMA. licaldima@yahoo.com.ar
-Del Inventren 2004.

Correo:

"ARGENTINA LEE POESIAS"*

Organiza ASOCIACIÓN DE POETAS ARGENTINOS.
Invita taller literario "La Madeja"
Biblioteca Popular del centro Español.

Se fijo el 8 de septiembre como Día internacional de la alfabetización. Ese día te invitamos a escuchar poemas de escritores santafesinos en el local del Centro Español, San Martín 2219 a las 17 hs.

Objetivos de la propuesta: promover la lectura y recrear el placer de hacerlo.
Los lectores serán talleristas de "La Madeja" y "La Paula".

*Enviado para compartir por Elsa Hufschmid elsahuf@hotmail.com
-Coordinadora del taller "La Madeja".

*

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31/08/2009 GMT 1

COMO EL QUE AMA Y SE ACUERDA Y ESTÁ LEJOS...

urbanopowell @ 15:40

TRANSMUTACIÓN*

“Tu, que sabes tantas cosas, dime porque vuela el pájaro”
José Bergamín

!Maravilla! !Oh, maravilla!
Ven, mi amor, mi entristecido sol.Ven.

Mientras agosto se alejaba con su carro de tristezas,
Desafiante, enterré una diminuta semilla.
La aboné con palabras.
Le canté una canción de hojas azules.
La arrullé con trinos y rocío del alba.
También, le hablé de los niños con zapatillas rotas.
De la pobreza con techo de vinchucas.
De las pequeñas madres.
Con pantalones largos y niñez corta.
De los que se refugian al sur de un cielo hecho de chapas.
Le conté de mis penas bermejas, de la tuyas.
Le mostré el arco iris.
Y hoy, justo hoy, a las cuatro de la tarde.
Justo a las cuatro de la tarde.
¡De la semilla ha nacido un pájaro!

Oh, mi sol entristecido, mí amor, ven.
Ven, que de la semilla ha nacido un pájaro.

*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar

COMO EL QUE AMA Y SE ACUERDA Y ESTÁ LEJOS...

Alimento*

Siempre había tenido una memoria prodigiosa, tanto en el colegio como en la universidad lo que le ayudó muchísimo en su carrera de abogado ya que podía repetir con facilidad la practica totalidad de los artículos del Código Romano y mantener frescos los conocimientos sobre literatura, derecho, etimología, historia, filosofía, psicología y sociología.

De la misma forma recordaba los nombres de las personas conocidas, la fecha de cumpleaños y todos los detalles de su vida. Tenía muy presente su niñez, los primeros años de universidad y todos los pasajes familiares, de tal forma que todas las consultas de hechos pasados iban dirigidas a el.

Su éxito en la carrera era directamente proporcional a su peso. Había ido creciendo en conocimientos y en gordura paralelamente, llegando a pesar a la edad de 76 años más de 140 kilos, lo que ya le comenzaba a impedir moverse con facilidad.

Sorpresivamente llegó un momento que empezó a adelgazar y en un año había perdido 20 kilos. En el mismo periodo comentaba que había cosas que no recordaba, pero nadie le hacía caso ya que seguían consultándole con éxito. En dos años el retroceso del peso se hizo mucho más rápido ya que llegó a pesar 90 kilos. Ahí si que se preocupó, pero no por el peso, sino porque cuando decidió ir a un dietista no recordaba el nombre de la calle. Tampoco recordó para que quería ir…

En medio año más alcanzó los 40 kilos y dejó de reconocer a los familiares, a los amigos y cada vez que salía de casa se perdía, teniendo que ser la policía quien lo devolviera. Sus hijos lo llevaron a un endocrino que estudió su metabolismo para establecer el motivo del continuo adelgazamiento. Después de todo tipo de pruebas medicas negativas decidieron acudir a un psiquiatra para ver si era algo psicosomático.

Fue una buena decisión ya que al fin consiguieron establecer la causa. Al tratarse de una persona sensible, afectiva y eminentemente cerebral, el hombre se alimentaba de recuerdos y al irlos perdiendo adelgazaba. Por desgracia era una enfermedad irreversible.

*de Joan Mateu. joan@cimat.es

MIGUEL ESPECHE: PSICOLOGO Y PSICOTERAPEUTA

"El miedo no nos protege. Y les hace tanto daño a los padres como a los hijos"*

La sensación de que se ha perdido el lugar tradicional de la autoridad paterna suele vincularse a visiones atemorizantes y mortificantes que se transmiten en el ámbito familiar.

*Fabián Bosoer.fbosoer@clarin.com

Hay una sabiduría oculta en todos los padres, aunque ellos no la vean. Esta sabiduría sólo es accesible cuando el miedo no avanza sobre la vida familiar de la manera avasallante como lo está haciendo en estos tiempos, por múltiples razones. Si el miedo guarda el lugar que le corresponde, el amor y la inteligencia pueden expresarse de mejor manera. Así lo entiende Miguel Espeche, psicólogo y psicoterapeuta clínico, coordinador del Programa de Salud Mental Barrial del Hospital Pirovano y autor de "Criar sin miedo"
(Aguilar, 2009). Espeche invita -e incita- a los padres (madres incluidas) a recuperar "el goce de la función paterna".

¿Cuáles son las principales preocupaciones que plantean hoy los padres? ¿En qué se diferencian de las de otros tiempos?

Hay una idea reiterada: es la de que ésta es una época más difícil, más peligrosa, con más inseguridades. El principal miedo es la zozobra y la sensación de que los adultos no son eficaces: la sensación de no ser aptos y no contar con las herramientas para vérselas con lo que significa criar hijos tal y como están las cosas en nuestra sociedad.

Una sensación que, por otro lado, tiene distintos contenidos según la situación social de cada familia...

Diría que esa sensación atraviesa a todas las clases sociales. Es el interrogante de "¿Qué va a hacer mi hijo sin mí?", lo que implica dos cosas.
Una es "temo no haber sido bueno y no haberle ofrecido las herramientas previamente", y la otra, "temo que no haya aprendido y que el mundo lleno de amenazas que está allá afuera sea más fuerte" que ese chico que está andando en bicicleta o que se va a la Capital a estudiar, o que sale a bailar a la noche.

O sea, no solamente el miedo a lo conocido, sino también a lo desconocido...

Es que peor que el miedo en sí mismo es la rumiación de ese miedo y el traslado de ese temor a los chicos. Hay un montón de efectos en los chicos y en los jóvenes de ese temor que se trasmite en discurso de los padres. Uno de ellos, que me parece muy significativo, es que frente a esa sensación de angustia y de queja que tienen los padres, que consideran que su paternidad es sacrificial (porque hay una idea de que la paternidad es un sacrificio), los chicos oponen al llegar a la adolescencia el no querer crecer. Entonces pasan dos cosas: la primera es que tenemos adolescencias eternas y la otra es la vivencia de que hay que hacer todo lo que sea divertido hoy porque mañana se terminó la historia. "Mañana entrás a ser grande y ser grande es un embole". Nadie quiere ser "eso" que son los padres.

¿Cómo reaccionar frente a esa imagen tan desvalorizadora de la paternidad?

La propuesta sería "pongámosle onda a nuestra vida"; recreemos, por ejemplo, nuestra sexualidad, nuestra vitalidad, vayamos a la fuente de nuestro entusiasmo cotidiano, confrontemos los problemas que tengamos porque no somos un ejemplo anhelado por nuestros hijos si tenemos esta cara que tenemos, si estamos abrumados y quejosos. Y frente a los problemas, tomar conciencia de que precisamos dar respuestas que no sean sólo la queja y que tengan que ver con la integridad y la dignidad.

¿Asumir que el primer problema es el miedo es reconocer que éste está basado muchas veces en visiones que no se ajustan a la realidad?

No digo que el miedo siempre esté basado en elementos que no sean reales; es obvio que hay asaltos, hay abuso de sustancias, hay accidentes de tránsito.
Y eso genera temor en términos de advertencia de que hay un peligro. El asunto es frente a eso qué se hace. Hay evidentemente un montón de riesgos y lo que se propone para afrontar y atravesar esos riesgos a veces es solamente incrementar el miedo.

¿Por ejemplo?

Por ejemplo, abrumar a un joven con un discurso angustiado y angustiante en "la previa" a que va a salir a bailar, transmitiendo temor y poca confianza, genera una mezcla de angustia y aburrimiento y el chico lo percibe.

Veamos esa situación: salir a la noche... ¿cómo la cuentan los padres?, ¿cómo la ven los hijos?

El chico se va y da sus primeros pasos al boliche o a la casa de sus amigos, y se lleva en el corazón a un padre angustiado, temeroso, paranoico. El chico se va angustiado, y sabemos que un ansiolítico importante es el alcohol. Entendemos que hay riesgos pero veámoslos desde la potencia de nuestros hijos, de nuestra potencia como padres y de que tenemos elementos (el coraje, el buen criterio, la percepción), un montón de elementos para enfrentar el peligro. Estemos tranquilos nosotros, disfrutemos de la vida,
que eso también se transmite a los chicos y les da ganas de crecer; entonces no se descorazonan y su conducta mejora. Decía esto a un grupo de cerca de 300 padres, y una señora levanta la mano y me dice "muy bien, licenciado, todo lo que usted dice, pero yo creo que como madre me tengo que quedar toda
la noche, y de hecho me quedo toda la noche, despierta, esperando que vuelva mi hijo de 17 años de bailar. Yo me quedo despierta". Entonces yo me veo diciéndole: "señora, me parece bárbaro lo que usted dice"-ella estaba con el marido a su lado-, "pero dado que la noche es larga, ¿por qué no tiene relaciones con su marido mientras espera a su hijo y la pasa bien? Su hijo, al volver, la va a ver con cara distendida, de buen humor y va a decir 'está bueno ser padre'".

Criar y crecer sin miedos, ¿hasta dónde supone un andar por la vida negando o sustrayéndose de una realidad realmente problemática?

Estamos todos sometidos a la idea de que si no tenemos miedo puede pasarnos algo grave. Es uno de los temores más grandes que tenemos como padres.
Frente a esa sensación mortificante hay una vieja frase que es siempre útil tener presente: "lo que es bueno para los padres es bueno para los hijos".

Hay chicos que se quedan demasiado tiempo con los padres. Por contraparte, ¿no hay también una separación de universos culturales muy temprana, en el sentido de que los chicos se insertan en la sociedad mucho más rápido de lo que los padres tienen capacidad de reconocer?

Y es que a uno como padre lo primerea una cuestión muy compleja que, cuando pasan los años, nos damos cuenta de que es una cuestión de coyuntura. Los grandes temas siguen vigentes y uno llega a los cuarenta o cincuenta años y ya sabe que lo que le decían sus padres no siempre era tan desatinado. O sea, hay cuestiones de valores que atraviesan todas las coyunturas. Nos pasa, por ejemplo, con la separación de universos que se produce por la entrada del mundo cibernético de nuestros hijos. Cómo ellos lo manejen, más allá de cómo usen las teclas y de que conocen todo, los valores con los que ellos se relacionen con la tecnología están ligados a algo que los padres siguen teniendo capacidad de ofrecer. Es decir, los chicos tienen distintos estilos de abordaje del tema cibernético, no es unívoco. No es que al chico lo secuestró la computadora: se las verá con esa circunstancia e irá tallando ese vínculo con la computadora, por ponerla como ejemplo, de acuerdo con cómo haya sido educado, cómo sea querido, etc. Es decir, con un
montón de circunstancias que trascienden la coyuntura histórica, la escenografía en la cual se produce esto. Hay una escena que no se modifica.

¿Cuál es esa escena? ¿La familia reunida alrededor de la mesa?

No, no necesariamente. La escena es que los chicos anhelan a alguien con autoridad. Si no la tienen los padres -porque los padres se sienten niños o no la asumen- se la otorgarán al, como decíamos cuando yo era chico, cancherito de la esquina, al dealer, al capitán de su equipo de fútbol, a un maestro o al policía. Es imprescindible la autoridad, para pelearse contra ella o lo que sea, pero la función de la autoridad tiene que estar.

De hecho, se suele confundir la función de autoridad con ejemplos de autoritarismo.

Y estamos presos en esa cuestión, ¿no? Como ese concejal que aconsejó "moler a palos" a los chicos delincuentes o alborotadores. Y la contracara, aquella de que hay que moler a palos a todo aquello que se parezca a la autoridad, es una idea de guerra. Y como en toda guerra, nadie gana. Fijémonos qué idea
tenemos del lugar de los hijos: en la tribuna se dice "hijos nuestros" al que fue humillado por sucesivas derrotas por nuestro equipo. O sea, esa es la idea de paternidad que habita -entre otras, desde ya- entre nosotros.
Muchas veces, toda autoridad paterna es homologada a un dictador pertinaz. Pero si podemos recrear la idea, vemos que el diccionario habla de autoridad como "aquello que permite crecer". Lo ideal es encontrar dentro de los rasgos de la autoridad puntos de firmeza para que se legitime la firmeza de
los padres, no el flan que somos a veces. Cuando eso ocurre se produce un buen desarrollo evolutivo en los chicos y lo agradecen. Y esa es una escena, la búsqueda de ese tipo de autoridad por parte de los chicos, que atraviesa cualquier época y todas las circunstancias. De hecho, los abusos, todos los
desmanes que hacen muchos chicos (no todos, esto hay que decirlo, no todos los chicos lo hacen) son búsquedas de ese padre que le ponga un límite.

Copyright Clarín, 2009.

Señas particulares

Nacionalidad: argentino
Edad: 50 años
Actividad: psicólogo y psicoterapeuta
Coordinador del Programa de Salud Mental barrial del Hospital Pirovano.
Autor de "Criar sin miedo" (Aguilar, 2009)

Habilidades de respuesta frente a los peligros

Miguel Espeche, autor de "Criar sin miedo", coordina una red de cerca de 300 grupos de ayuda mutua entre padres a los que asisten unas 3000 personas por semana. Se trata de ofrecer a los padres un marco de referencia y contención, explica Espeche: "Sintamos el miedo, obviamente todos lo sentimos, pero como estación de inicio; después que vengan el coraje, el entusiasmo, la sabiduría, la perspicacia para ver cuáles son los peligros".

La tragedia de Cromañón aparece en las conversaciones: "Muchos padres se preguntaban '¿Cómo querés que no tenga miedo cuando mis hijos salen si puede pasar algo como Cromañón, en donde nadie hace lo que debe y de allí surge una catástrofe terrible?' Nadie podría refutar esa frase, pero quedarse a vivir en ella sería contraproducente. Yo apuntaría a una educación de la responsabilidad y a decirles a los chicos que es importante que tengan esa habilidad para vivir en el mundo y transitarlo con posibilidades mayores de no sucumbir frente a sus riesgos. Es una buena razón, no sólo moralista, para estar sobrios y no embotarse con alcohol o drogas. Nunca existe un 100% de posiblidades de evitar todo riesgo, pero chicos con habilidad de respuesta frente a los riesgos tienen mayores recursos para crecer y salir a
salvo de los peligros que se presentan. Ponerse sólo en víctimas del mundo y quedar presos del miedo es otro tipo de encierro, un lugar sin salida que también asfixia".

*Fuente: http://www.clarin.com/suplementos/zona/2009/08/30/z-01988553.htm

Raíces y alas*

A la abuela Irma.

Pensar que esto era, siglos atrás, un ejercicio literario. Sólo un breve escrito sin pretensiones.
Hasta que no quedo otra. Hasta que el mundo natural que nos contenía se volvió inestable. Imposible de estabilizar en sus equilibrios e intercambios básicos para que el nombre "naturaleza" sea lo que se entendió durante miles de años antes de que haya seres con alguna conciencia.
Y la ciencia ya venía en ese desesperado intento de recrear, de reparar, de generar la vida misma.
Y no quedo otra. Nada se hace antes de que su necesidad se imponga. Y ese punto llegó.
¿Mutantes? No, me gusta más Peregrinos. Somos Peregrinos como llamaba Conrad a esos seres para los que les faltaba una definición clara de identidad. Pero de una forma a otra, somos la vida escapando como escapaban los virus a todas las formas posibles de la extinción.
Metáforas. Somos también seres surgidos de la metáfora. Por eso la literatura y la genética se imbricaron, una al servicio de la otra.
Y fue la imaginación puesta al servicio del poder de creación que las religiones atribuyeron por los siglos de los siglos a la capacidad divina.
Y fue de alguna manera Hegel y la dialéctica un precursor.
A la larga sobrevivieron los que pueden creer. Y creer en sus propias creaciones. En la propiedad de materialización de los sueños narrados. Del saber acumulado en el sentido común, en frases añejas.
Dicen los que tienen recuerdos verdaderos, que Borges supo decir algo parecido a "la mitología es la verdad última de la historia".

*

Tengo la memoria del nogal que me albergo años y años desde la semilla que mi madre alada enterró en este bosque que no es un bosque como ustedes entienden, sino una zona protegida de creación de nuevas formas de vida. Soy y seré golondrina, después de desprenderme de la corteza de ese ser que será un recuerdo de madera y leña al tiempo de mi partida. Vivo en los aires. En la mitad del ciclo anual haremos nido en algún refugio de la ciudad de Bonita. En California. Luego Volveré a Buenos Aires a comienzos de la primavera del sur con mi pareja.
Gestaremos huevos semillas de la especie. Confiaremos en la fuerza de la vida. Aún en aquella surgida por medios artificiales. Como una última y desesperada utopía.
No hay en el esbozo de mi historia nada que pueda parecérseles a una verdad de su época.
Sólo cuento con el testimonio intangible de mi propia existencia y el recuerdo de un lejano origen literario. Cuando una abuela de más de 80 años dejo escrito casi sin darse cuenta, en una carta, el legado que me gestó:

"Dicen que a los hijos hay que darles raíces y alas. Raíces para que sepan de donde vienen y alas para que las desplieguen y vuelen a su propia vida en el momento justo"

*De Urbano Powell. urbanopowell@yahoo.com.ar

Nostalgia*

*de Rosario Castellanos

Ahora estoy de regreso.
Llevé lo que la ola, para romperse, lleva
-sal, espuma y estruendo-,
y toqué con mis manos una criatura viva;
el silencio.

Heme aquí suspirando
como el que ama y se acuerda y está lejos.

-Enviado para compartir por Verónica Capellino. veroaleph@hotmail.com

"La gloria eres tú" *

-a Gaby Ces-

Martes de otoño, 9 AM. Como cada mañana, Gloria se dirige hacia su trabajo en Capital a bordo de la “trochita angosta”, como le dicen cariñosamente los usuarios al tren suburbano que lidera “Fénix”; ésta es la locomotora melliza de “Sophostine” -también alimentada a GNC-, aquella que realiza los viajes de larga distancia a través de la llanura pampeana. Como cada mañana de otoño, enfundada en un sacón negro bien abrigado, porta entre sus manos un libro perteneciente a su voluminosa biblioteca; en este caso, de Michel Foucalt, “Vigilar y castigar”. Un poco de filosofía en este presente argentino, tan bastardeado por la banalidad de lo cotidiano, no viene nada mal.

Al llegar a Anasagasti, el vagón se estremece ante los estentóreos versos de una canción de Joan Manuel Serrat, entonados con más dedicación que armonía por un varón un tanto exacerbado. “Otro que canta pidiendo limosna”, piensa Gloria sin alzar la vista, y vuelve a concentrarse en Foucalt. La voz cantora se le acerca a través del vagón atestado y permanece a su lado, dejando por un momento de entonar –como puede- “De vez en cuando la vida”, para afirmar:

-¡Qué linda chica! Yo me quedo cerca suyo.

Gloria no despega los ojos de un determinado párrafo que ya ha leído varias veces, sin poder encontrar el sentido preciso entre frases tan complejas. Muy a su pesar, oye las voces que retumban por encima de su cabeza

-Ella no deja de leer, compenetrada en su librito -, parece relatar, en estilo futbolero, el cantor de Serrat. –Es una pena que no levante su carita en un ángulo apropiado para que me deje descubrir sus hermosos ojazos…

-Basta, José. Dejala tranquila -, le dice, entre divertida y fastidiada, una voz de mujer.

-¡Oia, está leyendo filosofía! -, exclama él. -¡Mirá, yo también!

Y de pronto, el campo visual de Gloria se ve invadido muy de cerca, casi chocando contra su nariz, por un libro en cuya tapa apenas consigue discernir el nombre de Jorge Bucay. Sorprendida, alza la vista, para encontrarse con la fugaz imagen de un muchacho alto y rubio, de cabello largo y lacio, vestido con una gruesa campera de cuero, debajo de la cual se aprecia a las claras un ambo de médico de color verde claro. La mujer a su lado también viste de médica, aunque parece más una amiga o compañera de trabajo que su pareja.

-Pero es una cagada -, se defiende él, escondiendo velozmente el libro en uno de los amplios bolsillos de la campera.

Gloria baja la vista de inmediato, avergonzada, sin saber de qué, en el momento en que suena su teléfono celular, y ella atiende.

-¡Hola!… Sí, soy yo, Gloria…

-Uy, mirá. Se llama Gloria. Qué nombre más hermoso…

-José: me parece que vos con tu novia ya no tenés nada que hacer -, le dice su amiga o compañera. -¿No pensaste que ya es hora de terminar?

-¿Qué novia? -, parece ofenderse él, aunque su tono continúe siendo burlón. –No te metas en esto.

-Si… Sí, entendí. Te llamo después -, dice Gloria, y apaga el celular.

-No me digas que te llamó tu novio -, dice él. –Decime que no, por favor, porque me muero de amor aquí mismo.

-Basta, José. Estás haciendo un papelón -, le dice la médica, entre divertida y admonitoria.

El vuelve a entonar a Serrat, sin preocuparse por afinar. Gloria vuelve en vano a mirar la releída página de Foucalt. Le resulta imposible volver a concentrarse, pero dejar a un lado el libro sería como darle autorización al pesado éste para que la siga cargoseando, y así ya no podría sacárselo de encima. Los clásicos versos de Serrat le aturden los oídos, pero se consuela sabiendo que pronto bajará. La amiga o compañera de José parece murmurarle algo para que se calle, pero también es inútil.

Al rato, ambos descienden. Ella suspira, fastidiada, aunque satisfecha por no tener que escucharlo más. Y mientras él se aleja por el pasillo, se vuelve y exclama, haciendo que ella se ruborice:

-¡Chau Gloria!

*

Miércoles de otoño, 9 AM. Gloria lee “Más rápido que la vista”, de Ray Bradbury. El vagón está más vacío que ayer, por esas raras cuestiones de la oscilación del pasaje. Y al arribar a Anasagasti, una voz la estremece desde la puerta, provocándole un sudor nervioso en las axilas.

-¡Gloria! ¡Dichosos los ojos que te ven!

Ella apenas alza la vista para verlo a… ¿se llamaba José? …dirigirse sonriente hacia allí, esta vez sin la presencia de su amiga o compañera médica, aunque con el mismo ambo verde claro, para sentarse en el asiento que Gloria tiene enfrente suyo, de espaldas a “Fénix”. Ella suspira y vuelve a sumergirse en el libro.

-¿Seguís con la filosofía? ¡Qué chica más lectora!-, comenta él, y se inclina hacia el pasillo con la cabeza hacia abajo pero la cara en alto, espiando la tapa del libro que ella sostiene entre las manos. -¡Ah, no: Bradbury! “Fahrenheit 451” es mejor. ¿no lo leíste?

Ella no lo mira, pero desea desmaterializarse de inmediato, como si en cualquier momento viniese a buscarla el Sr. Spock para alejarse a velocidad “warp” a bordo de la nave espacial Enterprise.

-Gloooooriaaa... -, se admira él, sin reparar en el silencio de ella. -¡Qué suerte la mía, volver a encontrarte arriba del tren. Tomás siempre el mismo, ¿no? Parece que sí. De seguro vas a trabajar a esta hora. ¿De qué laburás? Ya sé, no vas a contestarme. Bueno, no importa; yo te quiero igual.

Y de pronto, como si repitiese el bochornoso espectáculo del día anterior, se pone a cantar “Contigo”, de Joaquín Sabina.

Gloria resopla. “¡Otra vez!”, piensa, sin poder reprimir una sonrisa. La situación es bastante ridícula.

-¡Jáh! -, exclama él, palmeándose un muslo. -Te hice sonreír, ¿eh? ¿A que no te animás a dejar de leer y contestarme?

Entonces ella, ignorando por qué, desconociéndose a sí misma, calza el señalador entre las páginas, cierra el libro con un sonoro PLOP! y lo mira a los ojos, sin vacilar……ni abrir la boca.

José permanece inmóvil, comenzando a sonreír. Un extraño brillo aparece en su mirada, algo casi ajeno al personaje que viniera interpretando hasta entonces. Una mirada transparente, sincera, pura. La mirada de un adolescente ilusionado que se halla a punto de enamorarse, de corazón, hasta el tuétano.

-Sabía que no ibas a dejarme así -, murmura él, como si hablara consigo mismo, sosteniéndole esa profunda y silenciosa mirada que parece atravesarlo. –Sabía que alguna vez ibas a salir del frasco para darme bolilla… Y la verdad, …es que no puedo creer que esto me este ocurriendo a mí…

Gloria desvía de pronto la mirada, espía por la ventanilla, mira su reloj, y sin decir nada, se levanta y baja.

-¡Eh! -, la llama él por encima de su hombro, bastante perplejo, mientras ella camina por el pasillo del vagón hacia la puerta. -¿Te bajás antes hoy? ¿Qué pasó?

Pero ella no responde. Y cuando desciende en el andén, vuelve la mirada hacia la ventanilla del lugar donde estuviera sentada. José la contempla con aire risueño y soñador, saludándola con una mano, mientras sus labios esbozan: “Chau Gloria, nos vemos mañana”

*

Jueves de otoño, 9:15 AM. Gloria sigue leyendo el mismo libro de Bradbury, desconcertada al preguntarse si “Fahrenheit 451” –que no ha leído- será mejor o no. Las estaciones van pasando monocordes, la trama de los cuentos la cautiva y aleja de la realidad, y recién casi al llegar a destino repara en que José no ha subido en Anasagasti. Se sorprende a sí misma al preguntarse: “¿Le habrá pasado algo?”. Y descarta la pregunta, por absurda. “Vamos, es apenas una coincidencia que hayamos vuelto a viajar juntos”. Pero la duda persiste: “¿Se habrá aburrido porque no le di bolilla, y viaja en otro vagón? ¿Me habré comportado muy mal ayer? Bah, no puedo estar pensando en esto. Nada se pierde si él aparece o no”. Y termina la página, antes de bajarse del tren. Aunque la sensación de ausencia no desaparece…

*

Viernes de otoño, 9:10 AM. Al llegar a Anasagasti, Gloria levanta la vista del libro –“La tregua”, de Mario Benedetti- y contempla la puerta del vagón, casi con cierta ansiedad. La silueta de José se recorta en el extremo del pasillo, con los brazos en alto, mientras exclama:

-¡GLORIA!!!

La mitad del pasaje levanta la cabeza, curiosos ante semejante desborde de optimismo. José se acerca hacia donde está ella, aunque sin conseguir un asiento vacío. Por el camino se cruza con el guarda, embutido en su gastado uniforme azul, quien deja de picar los boletos y le pregunta:

-Che, cantor: ¿qué te pasó ayer, que no viniste?

-Nada, nada… -, minimiza él, con el ceño fruncido, haciendo un gesto con la mano que resta importancia a la situación. –Tuve que hacer un domicilio, atender una emergencia. Se tiró un viejo de un balcón y se hizo mierda… Cosas que pasan.

-Y bueno… -, agrega el guarda. –Saludos a tu viejo. Decile de mi parte que hay cosas peores que jubilarse como ferroviario.

-No creo… -, responde José, vagamente.

Y al verla otra vez, el rostro se le ilumina con una sonrisa, mientras extrae del bolsillo de su campera un chocolate “Milka”, en formato extra grande. Ella alza una mano temblorosa, a pesar de lo que su mente compleja y racional le grita dentro de su cabeza (“¿Qué hacés, inconsciente? ¡No te lo sacás más de encima!”), y murmura un pálido:

-Gracias…

Para luego bajar la vista, dudando si abrir el envoltorio del chocolate o no, si quedárselo para ella o regalarlo, si devolverlo o aceptar una deliciosa manera de invitarla a compartir algo juntos, mientras escucha a José desafinar con el bolero “La gloria eres tú”, en versión de Luis Miguel. Finalmente, ella abre el paquete y le extiende uno de sus extremos, para que él parta una barrita y deguste con ella del regalo.

-Ayudame a comerlo; de lo contrario, me vas a hacer engordar.

-Pero no, bombón. Si con tanta ropa encima, unos gramos de más ni se notan… -, y festeja su propio chiste, para luego agregar: -¡No podía ser de otra manera! Una chica tan hermosa tenía que lucir una belleza igual en la voz. ¡Me encanta! ¿Qué leés hoy?

Ella gira el libro para que él pueda ver la tapa.

-Benedetti… No leí nada de él.

-Deberías -, sentencia ella. (“¿Por qué le seguís hablando? ¡Basta!”)

Hace oídos sordos a su voz de la conciencia. Porque algo percibe en él; una ternura oculta debajo de esa máscara risueña y de puro desparpajo. No es el hombre que su madre o sus amigas hubiesen elegido para ella, pero… ¿quién está pensando en formalizar una relación? Apenas si le ha parecido simpático, aunque al principio no lo soportase. ¿Aceptaría salir con él? Probablemente no, pero… ¿quién sabe?

(“¡Gloria, dejá de pensar estupideces!”)

-Debería hacer tantas cosas… -, repone él. –Como dejar de laburar en Guardia y dedicarme a Clínica Médica de una buena vez. No estaría a las corridas todo el tiempo. ¿Sabés qué me tocó atender la otra noche, a las 3 de la mañana? A un tipo de unos 50 años que entró en una camilla, la ambulancia lo había recogido en un telo, con una botella de vodka metida a presión en el culo. ¿Podés creer? ¡Pero con la boca del envase hacia adentro, provocando el vacío! ¡Fue un quilombo sacársela!

Gloria se ríe, fascinada ante las peripecias que pueden depararle a una los viajes en tren. Circunstancias que quizás estén más allá de toda decisión voluntaria, que quizá simplemente ocurran, mientras una se deja llevar, sin pensar demasiado…

José espía a través de la ventanilla, y resopla. Se le nota de lejos que no tiene la menor gana de bajarse, que desearía seguir viajando a bordo de ese vagón hasta que el día se haga noche, y más aún también; pero no le queda otra, su trabajo lo espera.

-¿Nos encontramos mañana? -, invita, ansioso.

-Mañana es sábado: no trabajo -, aclara ella, terminando de masticar otra barrita de chocolate “Milka”.

-Quiero decir si tenés ganas de que nos encontremos en algún otro lugar, donde haya menos gente, para conocernos mejor…

La mirada tierna e ilusionada vuelve a asomarse entre sus párpados, iluminándole los ojos claros. A Gloria se le parte el corazón.

-No puedo… Pero podemos volver a encontrarnos el lunes, ¿no? En otro viaje en tren…

-¡Pero cómo no! ¡Aquí estaré, aunque esté pensando en vos todo el fin de semana! ¡Chau, hermosa!

Y antes de lanzarse hacia el andén a toda carrera, le estampa un beso en plena mejilla, cálido y sonoro. En absoluto desafinado…

*

Lunes de otoño, 9:20 AM. José trepa al vagón con un ambo color crema, inmaculadamente planchado, y el rostro más iluminado que nunca. Porta entre sus manos un flamante ramo de rosas, blancas y rojas, envueltas en papel celofán, con un precioso lazo rosado rodeando los tallos, rematado en un enorme moño con una tarjeta escrita a mano sobre uno de sus costados. Saluda al guarda, el mismo de siempre, quien exclama a su paso:

-¡José! ¿Te pusiste de novio?

Y él avanza por el pasillo, buscándola con la mirada y el corazón en un puño. Hasta que allí, en el otro extremo del vagón, más allá de unas mujeres de origen boliviano con bolsas de las compras repletas de macetitas con plantines para vender, consigue divisar su perfil. No parece estar leyendo, sino conversando con alguien. La obesa silueta de las mujeres le impide ver con quién viaja ella hasta que se acerca a su lado, y entonces…

…el alma se le derrumba a los pies.

Junto a Gloria se encuentra sentada una niñita de unos cinco o seis años de edad, de cabello castaño claro muy lacio, peinado con dos colitas, y vestida con un jardinerito color fucsia. Lleva entre sus manos una enorme rana de pañolenci verde, que cada vez que se mueve croa con la panza.

La sonrisa desaparece de sus labios; o mejor dicho, su verdadera sonrisa deja lugar a una grotesca mueca que con infinito esfuerzo quiere ser divertida, pero que sólo consigue transmitir un enorme patetismo y desazón. Permanece allí de pie, aún manteniendo en alto el ya desentonado ramo de rosas, incapaz de saber qué hacer.

De pronto, ella lanza una carcajada a raíz de un comentario que realiza la niña, y al girar la cabeza lo descubre, a un metro y medio apenas de donde se encuentran sentadas. Gloria lo mira detenidamente, suavizando su sonrisa, hasta que ésta desaparece de sus labios. Le guiña un ojo, contempla el ramo de flores, y permanece en silencio. Quizá, del mismo modo que él, sin saber qué hacer, un tanto aturdida ante semejante demostración de cariño, tal vez no correspondido. A su lado, la niña advierte que algo más que sus bromas atraen la atención de Gloria, por lo que la sujeta por uno de sus antebrazos, lo agita, y exclama:

-¡Mamá! ¡¿Me estás escuchando?!

Y José siente que el suelo se abre ante sus pies, mientras su alma, junto con sus ilusiones, caen a pique hacia las vías.

-¿Qué pasó, cantor? -, le dice el guarda, burlón, al pasar junto a él pidiendo los boletos. -¿Te dio por el romance ahora?

José ni siquiera registra el comentario. Le resulta imposible percibir algo más allá de esa imagen maternal que ve allí, en ese asiento ferroviario, sin comprender cómo ha sido posible que soñara despierto durante tantos días, aumentando el empatanamiento en su propia inmadurez.

Aferra el ramo con ambas manos, se apoya contra el borde del respaldo de uno de los asientos aledaños, y con la mirada perdida, sin un atisbo de simpatía o jocosidad en la voz, desafina como de costumbre el tango “Nostalgias”…

*de ALDIMA. licaldima@yahoo.com.ar
-Del Inventren 2004.

*

Si pudiera decirte
CUANTO TE QUIERO
Tendría que conquistar
El códice de los egipcios
Transitar el fondo del mar
Y localizar su sacramento
Desenvainar la espada
De los reyes y
Luego hincarla en una roca
Frotar la lámpara de Aladino
Y pedirle al genio
Que te susurre al oído
CUANTO TE QUIERO.-

*de Azul. azulaki@hotmail.com

*

Queridas amigas, apreciados amigos:

Este domingo 30 de agosto de 2009 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor brasilero Alberto Nepomuceno. Las poesías que leeremos pertenecen a Beatriz Marín Aguilar (Colombia) y la música de fondo será de Takillakta (Andes).
¡Les deseamos una feliz audición!

ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!
(Recomendamos usar http://24timezones.com/ para conocer las diferencias horarias).

REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!

Freundliche Grüße / Cordial saludo!

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.org

Schießstatt-Str. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel: ++43 662 825067

*

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Que es Inventiva Social ?
Una publicación virtual editada con cooperación de escritores y lectores.

Cuales son sus contenidos ?
Inventiva Social relaciona en ediciones cotidianas contenidos literarios y noticias que se publican en los medios de comunicación.

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