CUANDO SE ESCURRIÓ COMO ARENA ENTRE LOS DEDOS...
*
Tenía una gran capacidad de asombro, gozaba recorrer los espejismos, ver los reflejos de los objetos en dispares dimensiones y tamaños.
Planeaba desenvolver con una gomera dúctil, un arco iris con plumas de acuarelas y deshilvanar cada color en colecciones de candelas.
Intentaba predecir qué profesión desempeñaba cada sujeto que cruzaba por su camino, ya sea por su vestimenta, su actitud o su caminar…
Quería describir cuales eran los mejores ingredientes para curar enfermedades.
Sabia, que uno de ellos, era el amor, otro, la confianza, también la paciencia y el sentido del humor. Por eso en sus momentos de paz, mimaba a los que estaban afligidos o extenuados por el peso del desconsuelo….
Pero lo que más le interesaba, desde muy pequeña, era encontrar el espacio en el que se inscriben los pensamientos, la memoria, la imaginación… y la creatividad.
Por lo cual, tomó una decisión: permaneció sentada en posición de loto.
Con los parpados cerrados, dirigió su mirada al entrecejo, Se había colocado un bindi colorado. Después de aquietar sus ambiciones, y de respirar rítmicamente. Comenzó a meditar.
En ese estado de silencio y quietud, encontró el enlace de la armonía.
En una luz resplandeciente y conmovedora, se dejó llevar por la sencillez del corazón, que persuadía al mecánico cerebro.
Ese espacio, que tanto buscaba, estaba en su interior, sin intención comenzó a dejarse transitar por el universo de la Poesía.-
*de Azul. azulaki@hotmail.com
CUANDO SE ESCURRIÓ COMO ARENA ENTRE LOS DEDOS...
Un día especial*
El lujoso yate a duras penas logró acercarse a la orilla. Un atlético rubio de escaso short blanco saltó a tierra y ató la soga de amarre al timbó más cercano. Desde arriba se desplegó una escalerilla por donde bajó una mujer envuelta en toallón muy colorido y con finas sandalias que se
hundieron totalmente en el barro gredoso.
Los chillidos histéricos se oyeron dentro de la isla.
- Cómo se te ocurre, mamá, con esos tacones, ¿no ves el barro?
Cuando se disponía a ayudar a la mujer, que hipaba nerviosa, aparece un islero, alto y flaco, que, sacándose la gorra saludó:
-Buen día... ¿qué le anda pasando?
-Nos quedamos sin combustible... ¿no tendría un bidón con nafta? Por favor, le pago lo que pida.
-No don, aquí uso remos, nomás.
-¿Y donde conseguiríamos?
-No sé. Sólo que espere al acopiador... en una de esas a él le suebra y le da.
-Falta mucho para que pase?
-No, mañana a la tardecita, nomás.
-Mañana!!! Se oyó desde el yate la voz femenina.
-Y sí. Pero endemientras, arrimensen al rancho. Es pobre, sabe, pero mi patrona les ceba unos mates si quieren.
-No, gracias, señor.
-Pero sí mamá. Abrigate y bajá, quizás podamos comer algo. ¿Queda lejos su casa?
-No, ahicito, detrás de los sauces.
Un enjambre de perros flacos y ladradores, recibieron al trío. De un costado salió una mujer, ancha sonrisa de pocos dientes; secándose las manos en la pollera y ahuyentando la jauría, saludo con voz suave.
-Juana, los señores tienen hambre, preparales algo.
Debajo del alero, un hoyo lleno de brasas y leños, sobre él, colgada de un aparejo una olla de hierro ennegrecido donde humeaba el aceite. Pendía de un alambre un manojo de amarillos aún vivos y destripados. La mujer los descolgó, salándolos sobre una tabla, y con certeros golpes de cuchilla los
trozó.
La señora del yate, frunciendo la nariz se sentó alejada del grupo, mientras el hijo conversaba con el islero sobre la posibilidad de una tormenta.
El aceite chirrió al recibir los pedazos húmedos, y un apetitoso olor invadió el lugar.
Mientras pasaba un trapo por la tabla que hacía de mesa, el islero invitó.
-Por favor, arrime señora. Esto se come calentito.
-No, gracias.
- Mamá, acercate y probá. Esto está muy bueno.
Los dorados trozos, ensartados en una varilla de sauce, de punta aguzada, fueron depositados en un plato de latón.
Desparramando los perros, que acudían al aroma, Juana alcanzo una silla con asiento y respaldo de junco, para que la señora integrara el grupo.
Esta tomó entre sus perfumados dedos una rodaja de pescado y tratando de disimular su aversión, hincó sus dientes y saboreó un bocado.
-Está muy rico- dijo, mientras masticaba otro.
-Cuidado con las espinas, señora, si se le dispara alguna a la garganta no se asuste, trague un pedazo de pan entero y ¡listo!, señaló el hombre mientras sacaba de un estante una botella con un mejunje que batió enérgicamente.
-Mire, don, pruebe el chimichurri, eso sí, si aguanta el picante.
Aceite, vinagre, ajo y perejil picados, ají molido, pimienta, sal y algunas hierbas aromáticas integraban el colorido chorro que inundó el pescado caliente.
-¡Ah, que pica esto! Pero está muy bueno.¡Que bien vendría un vaso de vino tinto!
-Cierto, pero no tengo. Hacemos la provista una vez al mes en el pueblo y éste anduvo muy malo... no pude ir.
-¿Frito más, viejo?
-Para mí no, gracias. Nunca pensé que comería tanto- dijo el muchacho.
-Yo tampoco. Agregó la señora-Muchas gracias.
-Bueno, dejá nomás Juana. Poné la pava.
En eso se escuchó una estridente bocina.
-Pero vea, apareció el acopiador.¿Qué se habrá olvidau?
Cuando llegaron a la orilla, una larga y ancha canoa con motor atracaba, y su corpulento dueño, saltando ágilmente a tierra, los recibió con un escueto
-Buen día. Te conseguí el remedio para la Juana, por eso me arrimé.
-Suerte, porque aquí el hombre se ha quedau sin nafta.
-Tá bien, ya le alcanzo un bidón que tengo de repuesto.
-Muy bien don. Páselo y dígame cuánto le debo.
-Nada mijo, sólo necesito el envase.
-No, faltaba más, quiero pagarle.
-Dele aquí a Juan, que precisa para la salud de su mujer. Adiós y suerte.
-Muchas gracias, que le vaya bien.
Mientras la señora subía al yate, saludando a la pareja de isleros, el joven apretaba la áspera mano de Juan, dejando en ellas un billete.
-Para un vino, y muy agradecido por todo lo que hizo por nosotros. Fue un gusto conocerlos.
-Bueno, que les vaya bien. Cuando guste, aquí estamos.
-Gracias. Chau.
Lentamente la lancha despegó de la costa, alejándose río arriba. Brazos en alto y anchas sonrisas fueron las últimas imágenes.
La isla volvía a su paz habitual, acompañada sólo de trinos y silbos de pájaros y del contoneo de los sauces, gozosos del vientito que soplaba del sur, aliviando el calor islero.
*de Elsa Hufschmid elsahuf@hotmail.com
Marcados*
*Por Rodrigo Fresán
Desde Barcelona
UNO Desde el vamos, somos marcados: rosa o celeste, nombre y apellido, igualito a ésta o parecido a aquél, Batman o Robin, Boca o River, él o ella, siglas de la derecha o de la izquierda, y así hasta el final. Nuestra vida –como la del american psycho Patrick Bateman– puede narrarse en una acumulación de marcas y de logotipos.
La elección de las marcas es lo que nos marca.
DOS Escribo todo esto mientras unos pésimos dobles marca Beatle conmemoran los cuarenta años del cruce de Abbey Road frente a miles de curiosos; una caravana de autitos marca Mini sale desde Bilbao hacia Birmingham para festejar el medio siglo del arranque del motor en cuestión; a menos de un año de su fallecimiento se anuncia la resurrección de la cámara Polaroid (igual diseño y tecnología pero con distinto nombre, por motivos de derechos); y alguien compra por Internet, en el site de la tienda on-line Celebrity Skin and Bodily Fluids, la materia orgánica (caca, pis, sudor, piel muerta) de alguna estrella más o menos viva que dejó su marca corporal en alguna parte sin sospechar (o sí) que pronto sería recogida y envasada y valuada por un comando marquero.
Y hace unos días tres amigos me regalaron por mi cumpleaños una lapicera Parker. Ya lo conté antes: la marca de las lapiceras fue mi primera conciencia “de marca”. Yo iba a un colegio/estatal/progre/de moda y dime con qué escribes y te diré cómo eres. Así, la Parker era la tinta azul de los de sangre azul, la Scheaffer la de los hijos de la intelligentzia y la 303 la de la clase trabajadora. En el ambiente de “los deportistas”, el sistema de castas venía dado y pateado por las zapatillas: Adidas, Flecha y Pampero. Eso sí, en el recreo éramos todos iguales. En el recreo, todos marcábamos la Z del Zorro.
TRES Voy a ver la película G. I. Joe. ¿Alguien puede decirme por qué voy a ver G. I. Joe? No jugué con esos soldaditos de pequeño, no me lleva allí adentro ninguna marca nostálgica en el ADN de mi infancia. No tengo, entonces, las coartadas que podría esgrimir ante el visionado de una hipotética Lego: The Movie (y otra marcación clasista acaso anterior al de las plumas estilográficas: Lego y Rasti y Mis Ladrillos). Pero entro igual al cine (Fanta sin burbujas en mano, lo más cool es la gaseosa sin gas, y no me acuerdo quién me comentó que Fanta proviene del alemán fantastich y que fue, en sus orígenes, una bebida de diseño nazi ante la imposibilidad, por entonces, de exportar refrescos de la Coca-Cola) y salgo diferente, como si me hubieran hundido hasta las cejas en el líquido virtual con que se elaboran hoy en día los efectos especiales. Me duele todo, me siento pegajoso, me zambullo en el metro de regreso a casa y leo, en un periódico que alguien dejó por ahí, un artículo sobre los videogames musicales que, parece, es lo que salva y salvará a las viejas bandas. Parece que hoy “meter” un tema en “Guitar Hero” o en “Rock Band” equivale a grandes beneficios sin mover un pelo. Importa más el juego que el disco. Y hasta los ya mencionados Beatles han sido digitalizados para que uno pueda cantar y tocar con ellos en el living de casa sacudiendo el flequillo y esparciendo toda esa caspa que nadie va a comprar.
CUATRO Más allá de las partituras ideológicas, está claro que los políticos pertenecen todos a una misma marca y silban la misma cantinela. Gente que no se detiene nunca a la hora de no hacer nada y disimula lanzando todo el tiempo “productos” al mercado para la desesperación del gran público más consumido que consumidor. La última entrega de la saga “Geyper-PP versus GI-PSOE” –mucho más estrepitosa que G. I. Joe– deja de lado el asunto de los regalitos sobornantes para optar por las escuchas telefónicas. El PP acusa al PSOE de entrometerse en sus móviles y fijos pero no aporta pruebas. El PSOE exige que presente evidencias o se retracte. Y así va pasando este tórrido agosto de la crisis en el que se practica lo que ya se conoce como “hedonismo austero”. Más cerveza con amigos en el bar de la esquina, menos vacaciones (muchos se revuelcan en la hierba de plazas cercanas o se entregan al cannabis que, se supo, daña la memoria, y para lo que hay que recordar, humean... ) y entrar a supermercados en busca de “marcas blancas”: alimentos que no tienen el pedigrí de las multinacionales pero que, sí, son más baratos. Son marcas caseras y locales que, a menudo, llevan el sello del establecimiento que las comercializa. Los imperios alimentarios se defienden argumentando que los controles de calidad son, también, más económicos y menos rigurosos y por ahí se filtra un informe donde se especifica que los trabajadores en las fábricas de marcas blancas cobran hasta un 30 por ciento menos que los que elaboran marcas doradas. Mientras tanto, no termino de enterarme si es cierto eso de que el Vaticano estudia que los hijos de los curas lleven el nombre –la marca– de sus padres que pecaron y cayeron en la tentación y todo eso. Y, de paso, asegurarse así que no se produzcan incómodos juicios patrimoniales a la Santa Sede. Cansado de todo esto, llego a casa y abro la nueva novela marca Pynchon.
Pynchon refresca mejor.
CINCO En una entrevista en La Vanguardia, el publicista Toni Segarra dice: “Al tiempo que desaparecen las audiencias masivas, se fragmentan también las grandes marcas. Creo que vamos a un mercado con miles de pequeñas marquitas cada una con su grupito de fieles... Las únicas nuevas grandes marcas son digitales: googles, wikis, yahoos. Google se ha adelantado al comprender que la publicidad va ser totalmente personalizada. Se elegirá la heladera en Google y no a partir de un anuncio en la tele. Y en Google tendrán información sobre sus anteriores búsquedas personales y así redirigirán las nuevas... No sé qué vivimos. Nadie lo sabe, pero lo bueno es que todo el mundo admite que no lo sabe... Y en cualquier caso, sea lo que sea, es emocionante vivirlo”.
SEIS Del polvo de nuestros padres venimos y al polvo de nuestros huesos volvemos y, si hay suerte, valdremos algo, dejaremos alguna marca que no podrá limpiar ni el mejor detergente.
Todo pasa y todo queda pero lo nuestro es marcar.
Otros, por supuesto, nos pondrán el precio.
Pero esa –pónganle la firma con la lapicera que prefieran– es otra historia, otro negocio, otra marca.
*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-129816-2009-08-12.html
*
Una ráfaga de viento helado cruza el andén desierto, llevándose consigo un caótico remolino de hojas secas. El golpeteo metálico de un cartel se deja oír, perturbador, a lo lejos. Apenas se vislumbran aisladas luces de alumbrado público; al notarlo, Don Tomás se estremece. Mala noche para quedarse solo, de guardia en la boletería.
¿Cuándo tendría el valor para decir que no? Ya es un hombre mayor, ¡qué joder! El reuma lo está matando desde hace rato, apenas si se puede mantener erguido en este gastado banquito de madera, y la vista le falla cada día más. ¿Por qué no designan a un muchacho en este puesto? Sus días de "hacer mérito" han pasado ya; cuando descubrió que, por más que se esforzara, le seguirían pagando este magro sueldito hasta el día en que se jubilase. Y ese día, aunque cercano en el calendario, parecía no llegar más.
Aunque, en noches destempladas y borrascosas como ésta, Don Tomás se amarga intuyendo que ese día …… quizá jamás llegue para él.
-Estupideces -, murmura, mientras vuelve a acomodar sus elementos de trabajo sobre el mostrador de la boletería: los sellos, los cartoncitos, los lápices… ¡Como si hiciera falta! Don Tomás es el empleado más eficiente de la estación, y eso lo saben hasta en el barrio que rodea la estación. Lo sabe Rosario, por supuesto, y eso es lo que más le importa.
Rosario… El rostro se le ilumina con una sonrisa. Ese ángel de mujer, siempre alegre, desbordante de ternura, que regularmente suele traerle alguna confitura amasada en la panadería de su hijo, sólo para que él no pase hambre en sus largas horas de vigilia dentro de la boletería. Desde la muerte de su esposa, Don Tomás ha quedado escorado, como los barcos moribundos, tumbado anímicamente sobre el costado de la responsabilidad. El trabajo es su único sostén, y evita que caiga en la depresión. Claro que eso tampoco justifica que tenga que padecer este frío y esta incomodidad, sólo por no quedarse a solas en una enorme casa vacía. Treinta años de convivencia no son moco de pavo, solía decir durante el velorio, cuando la ausencia le pesaba hondo en el corazón.
Hasta que aparece Rosario, un poco más joven que su difunta esposa, a presentarle sus respetos, acompañados por una tarta de ricota. ¡Con lo que le gustan a él esas cosas ricas! La alegría por el regalo fue tan intensa, que recién cuando limpió las últimas migas de la tarta reparó en que era la primera vez que sonreía con sinceridad desde el sepelio de su mujer. Todo gracias a Rosario.
Ella también es viuda, aunque su viudez no sea reciente. Pero Don Tomás está criado a la antigua: no puede pedirle nada extravagante. Lo mirarían mal; y tampoco está seguro, además, de que Rosario fuese tan amable con él sólo porque oculte aviesas intenciones. ¡Pero cómo se le ocurre! Actitudes como ésas son propias de las jovencitas, cuyas hormonas estallan sin asidero, más no de una señora digna y respetable como ella. Por lo tanto, Don Tomás se contenta -y hasta aguarda ansioso- con verla aparecer por el pasillo de la boletería trayendo un paquetito envuelto en papel madera entre las manos, símbolo de su desinteresada amistad. ¿Acaso piensa en otra cosa? Son -simple y afortunadamente- amigos, y él le está eternamente agradecido por el favor que le hace. Alguna vez intentó retribuírselo de alguna manera, pero ella dijo que por favor, que para qué, que no la ofendiese. El vínculo establecido entre ellos se ha ido consolidando así, ¿para qué estropearlo, entonces?
Sin embargo, hay noches –como ésta, quizá- en que Don Tomás suele sentirse solo, y desea quedarse en casa, al abrigo de la estufa, saboreando una humeante taza de té, en compañía de una tierna mujercita que lo atienda y quiera tan profundamente como él a ella. Y abrazarse en el sofá, mirar la programación televisiva nocturna, quedarse dormidos uno junto al otro, y despertar pasada la medianoche para darse cuenta que ya es momento de irse a la cama. ¡Quedarse dormidos delante del televisor, habrá que ser cabeza fresca!
Un crujido en el pasillo le hace emerger de sus ensoñaciones. Presta atención. Un sonido apagado se vuelve reconocible: pasos. Consulta el reloj, aunque de memoria sabe que ninguna formación se desplazaría sobre los rieles hasta bien entrada la madrugada. Apenas han transcurrido unos minutos desde la medianoche. ¿Quién será? Una filosa ráfaga de viento ulula entre los aleros de la estación desierta.
Una oscura silueta se recorta contra los barrotes de la ventanilla de la boletería, y con la escasa luz imperante en el ambiente, sumado a su creciente falla visual, Don Tomás supone que se trata de un fantasma. Ahoga un grito, hasta que el recién llegado se acerca aún más a los barrotes, lo mira a los ojos y dice:
-¡Vamos, hombre! ¡No se asuste! ¿Acaso no me reconoce?
Al contemplarlo una vez más, e identificar aquella voz tan conocida, Don Tomás se relaja y suspira:
-¡Jefe! ¡Qué susto me dio! ¡Por poco me mata!
-Vamos, Don Tomás. No me diga que lo agarré cometiendo algún delito. Esas reacciones de temor son propias de quienes son apresados con las manos en la masa…
-No señor, para nada -, se apura a contestar él, asociando la masa del delito con el recuerdo pastelero de Rosario, pero sin agregar nada más. –Sólo que usted se apareció así, de improviso… Y qué quiere que le diga, las noches como éstas me ponen nervioso. Ese chiflido del viento, …las hojas que corren de acá para allá…… ¡Brrr, me aterra!
-¡No le puedo creer! ¡Un hombre grande! ¡Ni que le hubieran estado contando historias de aparecidos hasta reciencito nomás…!
-Tampoco es para tanto, pero… Capaz que ya estoy viejo para andar haciendo estas guardias. Muy……susceptible…, como dicen los que saben.
-No me afloooooje, Don Tomáááás -, canturrea el Jefe de Estación, con tono admonitorio. – Usted bien sabe que la función que cumple figura en el reglamento.
-Pero, Jefe… ¿Soy el único que puede quedarse? ¿No tiene a alguien más que necesite unos pesos extra?
-Por el momento, no. La guardia hay que hacerla, le guste o no le guste -. Se mete las manos en los bolsillos, mira hacia un lado y el otro en una especie de tic nervioso, arrebujado dentro de su abrigo, y luego agrega: -¿Se enteró de lo que andan diciendo en la Terminal?
-Últimamente se dicen tantas cosas…
-Parece que el rumor viene de arriba: dicen que van a cerrar el ramal.
-¿Cuál? -, se asusta Don Tomás. -¡¿Éste?!
-¿Y cuál le parece que puede ser? ¿El tramo que une La Plata-Constitución? No, ése rinde muchos beneficios todavía ; es el nuestro, que sin tener reparaciones desde hace unos cuantos años, bien que les da pérdidas…
-Eso no puede ser -, se lamenta él. -Con la cantidad de gente que viaja todos los días al trabajo…
-Son cada vez menos, hombre. Y usted lo sabe mejor que yo. Entre la desocupación y los nuevos servicios de ómnibus diferenciales que cubren el mismo trayecto en menos tiempo, esto se viene a pique a ritmo parejo.
-Con todo respeto, Jefe, pero… ¿No le parece que exagera? ¡Cómo van a cerrar los ramales del ferrocarril! ¡Eso es una locura!
-Entonces dígale loco a nuestro flamante Presidente de la Nación, porque parece que la orden viene de allá arriba. De bien arriba.
Don Tomás enmudece. La jubilación es algo deseable, claro; pero nunca a este precio. ¿Qué pasará desde ahora con él? ¿Y con el ferrocarril en su conjunto? Si empiezan con este ramal, ¿con cuál se detendrán? ¿Dejarán al país incomunicado? ¿Quién ha sido el genio que despertara iluminado con semejante decisión? ¿Condenarán al servicio de transporte más seguro y económico del país a un olvido tan injusto como tenaz? Una sombra de muerte se posa sobre su corazón, y de pronto la ausencia de su finada esposa se le torna en extremo pesada para cargarla sobre sus hombros.
Siente que él, como tantas otras personas, pertenecen a este lugar. Cerrarlo será como ir matándolos poco a poco, dejando que todos ellos se vayan consumiendo muy lentamente en ese siniestro marasmo que significa el retiro voluntario. La idea de marchitarse encerrado en su casa le genera aún más escalofríos.
-¿Y para cuándo ……se supone ……que van a…? -, tartamudea, incapaz de formular la pregunta fatal.
-Pronto, aunque todavía no hay una fecha definida -. Hace una pausa, se mira los pies, y agrega, evitando el cruce de miradas con el boletero: -Habrá que ir buscándose otra cosa, para los que quieran seguir comiendo. O como en su caso, disponerse a descansar como jubilado.
-¡Eso jamás! -, exclama él, de pronto. El Jefe lo contempla, sin entender. Don Tomás agrega, con menor vehemencia: -Quiero decir, que me niego a ser un jubilado inservible. Mire lo que le digo: prefiero quedarme a vivir en esta estación, si es necesario. Aunque me tilden de loco.
-¡No diga pavadas, hombre! A todos nos llega el momento de declinar las fuerzas y abandonar lo que hasta ahora veníamos haciendo. Usted también dejará de existir como boletero, ya sea que cierren el ramal o no. Lo que haga con su vida fuera de esta estación, es asunto suyo Disfrútelo lo mejor posible, se lo aconsejo. Comida seguro que no le habrá de faltar: la panadería viene trabajando a pleno…
Don Tomás se niega a levantar el guante de la ironía. Pero muy dentro suyo, se siente desahuciado. El Jefe se estremece de frío otra vez, zapatea sobre el percudido suelo del pasillo, y saluda con un gesto de cabeza:
-Bueno, hasta mañana, entonces. Y no se duerma. Al menos, ya tiene algo en qué pensar hasta que llegue la primera formación.
Don Tomás lejos está de agradecerle semejante preocupación, mientras escucha alejarse los rítmicos pasos hacia la calle. Deprimido como está, se le ocurre imaginar cómo sería su vida si se cumpliera ese espontáneo y caprichoso deseo de quedarse a vivir allí, dentro de la boletería. Cómo sería que nada le hiciera falta, más que continuar con su rutina, y recibir cotidianamente la visita de Rosario con su milagrero y sabroso paquetito. Alejado del dolor de vivir en una casa vacía, sin hijos que lo vengan a visitar a uno los fines de semana, contemplando todas las mañanas la gloria ferroviaria de un país que parece estar extinguiéndose, y que, al igual que aquella estación, se iría desmoronando inevitablemente con el paso del tiempo……y la negligencia de sus gobernantes..
Pero quizás, ……él no. Quizás, de cierta extraña manera, sus deseos puedan llegar a cumplirse alguna vez…
Una ráfaga de viento helado penetra insolente a través de la ventanilla enrejada, arrastrando consigo vanos fragmentos de hojas muertas. Pero Don Tomás ya no se encuentra allí para estremecerse, ni para asustarse, ni para sentir nada. Don Tomás hace rato que ha partido.
La boletería, luego de aquella espectral visita, yace nuevamente vacía, como lo está desde que cerraron el ramal, hace ya más de diez años…
*De Aldima. licaldima@yahoo.com.ar
-Del Inventren 2003-
"Si no fuera yo"*
Si no fuera yo
el complaciente que soy
no coincidiría
frecuentemente
conmigo.
*
Se eu não fosse
o complacente que sou
não coincidiria
frequentemente
comigo.
*de Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar
-Traducción al portugués: Teresinka Pereira.
Que te parta un rayo*
*Alejandra Folgarait
12.08.2009
La felicidad, como la venganza, es un plato que se come frío. Difícil que alguien sea consciente de ser feliz aquí y ahora. Más bien, uno recuerda que fue feliz en tal o cual momento de su vida. La infancia, en general. El día en que nos recibimos, o nos casamos, o tuvimos un hijo, o nadamos en el Mediterráneo, en particular.
Uno extraña la felicidad cuando se escurrió como arena entre los dedos. Y espera, con una cierta inocencia, volver a sentir ese bálsamo emocional donde todo se conjura para hacernos sonreír al caminar por la calle. El amor, los amigos, la salud, el dinero, el trabajo y hasta el sol están de nuestra parte cuando somos felices. Dura poco, eso sí.
En esto pensaba cuando recibí la factura de la luz: 570 pesos ahora versus 49 pesos el bimestre pasado. Una barbaridad. El monto exorbitante me puso a pensar en cuánto debería ganar una persona para vivir en la Argentina con una calidad de vida aceptable, incluso mediocre, clase media urbana, sí. Pero, sobre todo, la factura me puso a pensar en lo efímero de la felicidad.
Recordé la película de Eric Rohmer sobre el rayo verde, ese fenómeno óptico en el que al ponerse el sol sobre una superficie plana, como el mar, se produce un destello amarillo verdoso. Se trata de un evento mágico, capaz de enamorar a dos personas que lo ven al mismo tiempo. Hubo un tiempo en que yo creí en el rayo verde, en la felicidad de la luz a la caída del sol.
Hasta que el sobre de Edesur se deslizó bajo mi puerta, los gastos básicos nunca me habían cambiado el estado de ánimo. Obviamente, porque podía pagarlos sin más molestia que ir a un banco. La felicidad, para mí, pasaba por otro lado, se escribía con mayúsculas, quedaba guardada en la memoria como un tesoro. Una foto podía encarnar la felicidad. Una factura, de ningún modo. Una cuenta a pagar no le iba a quitar ni agregar alegría a mi vida jamás, pensaba.
Después de todo, y a pesar de lo que se cree, el dinero no tiene mucho que ver con la felicidad. Según demuestran varios estudios científicos, hay países felices que no se caracterizan por la bonanza económica, como Colombia o México. Y otros, como Dinamarca, que son sistemáticamente felices hace treinta años. Los argentinos nos ubicamos entre los 6 y 7 puntos a la hora de señalar nuestra satisfacción con la vida, en una escala de 1 a 10. Nada mal, a decir verdad. Y toda una paradoja, teniendo en cuenta que nos pasamos la vida quejándonos.
Y aquí volvemos a la factura de la luz. No se trata tanto de la cantidad de plata –que es un escándalo, ciertamente– sino de la horrible sensación de que te meten la mano en el bolsillo y te roban el rayo verde. Súbitamente, te sentís una infeliz. Sin aviso, te obligan a practicar adjetivos como impagable, empobrecida, injusto. Y, cuando vas a protestar a la oficina comercial correspondiente, ponen cara de fatalidad, como si fuera un accidente de tránsito y no una decisión premeditada y con fecha de vencimiento.
Esa sensación de que te parta un rayo, tan clara durante la época del corralito, volvió a hacerse carne en la sociedad argentina de la mano de las tarifas de los servicios públicos. Que tienen poco de servicio y casi nada de público. Se han tornado, en cambio, lujos asiáticos, beneficios para pocos, capitalismo salvaje.
¿Cómo fue que la estufita a gas o el caloventor se transformaron en artículos suntuarios en la Argentina? ¿Es posible que se les pida a los habitantes de un país del sur, o de un departamento de tres ambientes para el caso, que paguen lo mismo por alumbrarse o calefaccionarse que uno que vive en una nación desarrollada o en un palacete? ¿Tendremos que hacer un máster ultra rápido en reclamos de consumidores, como hicimos hace unos años para abrir cajas de ahorros en los bancos para retirar nuestro sueldo? ¿Prenderemos velas al Defensor del Pueblo en vez de a san Cayetano de ahora en más?
Los argentinos somos muy creativos, sí, y seguro que le vamos a encontrar alguna vuelta al asunto. Nuestros parlamentarios se comprometieron a emitir alguna declaración al respecto. Los noticieros nos mantienen informados sobre la polémica. Los abogados aconsejan pagar primero y litigar después. Un ministro ordenó frenar los envíos de facturas desbocadas hasta tanto se auditen los consumos. Algunos consumidores enfurecidos piquetearán las calles.
Mientras se resuelve el entuerto en la ciudad de las luces o se olvida para siempre el tarifazo en las volutas de humo de un partido de fútbol, habremos perdido un cachito de la felicidad que no sabíamos que teníamos. La mínima felicidad de poder pagar la luz, el gas y el agua para vivir. Casi nada.
*Fuente: http://criticadigital.com/impresa/index.php?secc=nota&nid=29002
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Inventren... Próxima estación: SATURNO.
Colaboraciones a inventivasocial@yahoo.com.ar
http://inventren.blogspot.com/
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Queridas amigas, apreciados amigos:
En el próximo programa de Poesía y Música Latinoamericana, en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!) presentaremos:
El domingo 16 de agosto de 2009 música del compositor mexicano Armando Luna Ponce, poesías de Elena Fassio (Argentina) y música de fondo de Jorge "Lobito" Martínez (Paraguay).
¡Les deseamos una feliz audición!
ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!! (Recomendamos usar http://24timezones.com/ para conocer las diferencias horarias).
REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Freundliche Grüße / Cordial saludo!
YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
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Tel: ++43 662 825067
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Inventiva Social publica colaboraciones bajo un principio de intercambio: la libertad de escribir y leer a cambio de la libertad de publicar o no cada escrito. los escritos recibidos no tienen fecha cierta de publicación, y se editan bajo ejes temáticos creados por el editor.
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La protección de los derechos de autor, o resguardo del copyrigt de cada obra queda a cargo de cada autor. Inventiva solo recopila y edita para su difusión las colaboraciones literarias que cada autor desea compartir.
Inventiva Social no puede asegurar la originalidad ni autoria de obras recibidas.
Respuesta a preguntas frecuentes
Que es Inventiva Social ?
Una publicación virtual editada con cooperación de escritores y lectores.
Cuales son sus contenidos ?
Inventiva Social relaciona en ediciones cotidianas contenidos literarios y noticias que se publican en los medios de comunicación.
Cuales son los ejes de la propuesta?
Proponer el intercambio sensible desde la literatura.
Sostener la difusión de ideas para pensar sin manipulación.
Es gratuito publicar ?
En inventiva social no se cobra ni se paga por escribir. La publicación de cada escrito es un intercambio de libertades entre el escritor y el editor, cada escritor envia los trabajos que desea compartir sin limitaciones de estilo ni formato.
Cómo se sostiene la actividad de Inventiva Social ?
Sus socios lectores remuneran con el pago de una cuota anual el tiempo de trabajo del editor.
Cómo ayudar a la tarea de Inventiva Social?
Difundiendo boca a boca (o mail a mail ) este espacio de cooperación y sus propuestas de escritura.

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