SIN OSVALDO
Sin Osvaldo...
Las cartas del exilio*
Durante los años que pasaron en el exilio por la última dictadura, uno en Bruselas y París, el otro en Alemania, Osvaldo Soriano y Osvaldo Bayer compartieron la angustia, la incertidumbre, la falta de noticias, los problemas de residencia, la dificultad para arreglárselas en los primeros tiempos. Se visitaron y se vieron infinidad de veces, pero sobre todo mantuvieron una correspondencia en la que compartían las vicisitudes cotidianas de vivir solos con una máquina de escribir en un país lejano.
Esas cartas, espejo de aquellos años, permanecieron inéditas hasta ahora. A manera de homenaje, Bayer vuelve a ellas y las comparte.
Con Osvaldo Soriano, en París, 1979, durante el exilio.
*Por Osvaldo Bayer.
En este invierno europeo indefinido, con huracanes y temperaturas indefinidas, resfríos griperos y cielos más grises quise recordar al amigo que nos dejó hace diez años. Para eso recurrí a las interminables carpetas del exilio con las cartas. Sí, en la S de Soriano, bien catalogadas por
fechas. Me pasé una tarde releyéndolas, volviendo al clima del exilio, de esos desolados años. Allí están las preocupaciones por la subsistencia, la falta de perspectivas, lo injusto. Exiliados por escribir. Claro, a los amigos que quedaron les fue mucho peor: desaparecidos por escribir, presos por escribir. Poco se ha escrito sobre los días del exiliado. En estas cartas de Soriano se puede medir el vivir diario, los problemas diarios.
Todo en lenguaje argentino. El me escribe desde Bruselas, yo le contesto desde Essen, en la cuenca del Ruhr alemán, la tierra de los Krupp y sus cañones. Luego me escribirá desde París y yo le contestaré desde Berlín. El, siete años; yo, ocho de entrada prohibida. En las cartas está el clima diario, el idioma diario. Al idioma político lo dejábamos para los actos de denuncia. El pan diario.
El 22 de marzo del '77, me escribe Soriano desde Bruselas: "Miro tu carta del 23 de diciembre y me parece penoso haber dejado pasar tres meses sin contestarte. Sí, parezco Perón, aunque ahora me agarra la duda de si te mandé el libro (aquí Soriano se refiere a Triste, solitario y final, al que
él se refería siempre como el Triste). Aunque creo que no. Me alegro que tus cosas vayan bien en lo que a trabajo se refiere. Yo, por mi parte, todavía estoy en pelotas y lo que me viene salvando hasta ahora son los pagos de anticipo por el libro; la editorial Fayard me tiró cinco mil francos (en realidad, cuatro, porque el fisco se quedó con mil), y con eso voy tirando; ahora estoy a punto de firmar con la editorial alemana Suhrkamp que, miserables, anticipan apenas mil marcos. De todas maneras me será útil que
el libro aparezca y no estoy en condiciones de negarme".
Con Soriano, en Berlín, en la Biblioteca Iberoamericana, 1979.
Después me describe cómo es su primera casa del exilio: "Me vine a vivir a una antigua casa burguesa del siglo pasado, llena de vitrales increíbles, en la que no pagamos nada, porque es de la iglesia y con un buen verso nos la dieron por lo menos para un año y medio si fuera necesario". (Soriano muestra ya su optimismo en la espera de que el exilio iba a ser corto. Y continúa con la descripción): "Yo tengo la planta baja, que son dos piezas, una para el apoliyo y otra para escritorio, en una esquina, que las puse muy habitables: enfrente hay un parque con lago y la vista no es mala. Uno se olvida de vez en cuando que es Bruselas". Más adelante describe más el mal momento: "En verdad no sé cómo carajo voy a sobrevivir dentro de tres meses, pero supongo que dios proveerá como lo viene haciendo hasta ahora. La
segunda novela (No habrá más penas ni olvido) me la rechazaron en España con un procedimiento muy jodido, evidentemente con quilombos políticos, porque les había gustado y ya estaba aceptada y a último momento se echaron atrás".
"Te dejo por ahora -termina su carta Soriano-, haceme saber de vos y los tuyos, cómo anda el trabajo y cómo sobrellevás el trago amargo. Yo empecé a escribir una novela, aquella con Gardel de personaje; el primer capítulo creo que es de lo mejor que escribí, después no sé, porque no releí nada y además sale algo que no esperaba: especie de monólogo, sin diálogos y sin acción, pero bastante fuerte. Lo peor es que no tiene continuidad, como si cada capítulo fueran cuentos separados sobre el mismo tema. A lo mejor es así la cosa. Ya veremos; de todas maneras no es cosa de terminar de un día para el otro. Para peor no me dan papeles de residencia en Bélgica, con lo cual estoy siempre de eterno turista y con el culo a dos manos con la cana.
Me dicen que pida refugio político. Pero vos sabés bien, no es fácil entregar el pasaporte y quedar en manos de un país del que te importa un carajo. Quizá sean pruritos, pero voy a agotar las posibilidades de trámites. Los belgas son más duros que la mierda para eso. Si en Alemania se hablara francés sería bárbaro. Pero los alemanes hablan esa cosa terrible.
¿Cómo es posible aprender a chamuyar en esa lengua?"
Festival de cine de Berlín, 1984. Bayer con Soriano y Héctor Olivera.
El 16 de junio del '77, Soriano me avisa que me visitará en Essen: "Además de verte -me escribe-, de lo que tengo unas ganas bárbaras, me gustaría llevarme la máquina de escribir para darle a la tecla, porque tengo, ya te lo dije, una historia en marcha y los últimos días no he hecho un carajo.
Como sé que vos sos un buen laburante, creo que eso me alentará al trabajo.
En general es que tengo el sueño tan cambiado que casi me paso las noches en vela y apoliyo de mañana, lo que es en realidad un problema para los demás, porque la noche es mi mejor hora de trabajo, o bien la tardecita si me quedo la soir charlando. No te preocupes por el vino que estoy más abstemio que un
pescado, le doy más bien a la coca-cola, bendición del imperialismo".
Más adelante me recomienda: "No dejes de escribir por nada del mundo, acordate que es todo lo que podemos hacer en este momento, dejar papeles entintados sobre ciertas cosas que sentimos o vemos. Yo no creo que un escritor sea muy importante en estos tiempos, pero tampoco hay que restarle el valor que puede tener cualquier testimonio para el futuro".
Con Osvaldo Soriano, en Sitges, España, en un acto por los desaparecidos en
la Argentina. Septiembre de 1982.
Soriano escribía todos los días en Cuarteles de invierno, cuando me visitó en Essen. Por lo menos cada día escribía varias páginas y me las mostraba.
Después, al poco tiempo de irse, me escribirá desde Bruselas: "Bueno, de vuelta, con ganas de más, de seguir yirando por ahí pero por ahora se terminó. Si no te escribí antes, es que cuando llegué me dije que no podía ponerme ni el más mínimo pretexto para no laburar en la novela. No escribí ni dos líneas que no fueran de la historia ésa: me bajé en total unas 35 carillas, algunas no del todo mal y otras que supongo habrá que tirar a la mierda. Quería decirte que lo pasé muy bien con vos, tal vez mejor que si
hubiéramos andado por ahí todo el tiempo, y me fijé un par de imágenes de esas que alguna vez uno utiliza en sus trabajos (¡aquel rengo que atravesó la calle!). Todo el viaje fue bien y hasta me apoliyé como tres horas porque el tren iba casi vacío. Estuve todos estos días sin noticias de Argentina,
así que decime si tenés algo nuevo porque Le Monde ha entrado en un silencio un poco largo, salvo que el silencio de los cementerios se haya conseguido ya".
El 8 de septiembre le comunico a Soriano que la traducción al alemán de su Triste, solitario y final es mala. Le pongo algunos ejemplos.
La palabra "sobradora" es traducida como "audaz, osada", "mateo", es decir, el coche de plaza, como "mate". "Vuelcan", como "revuelven". "Bebé rozagante" como "bebé orgulloso". "Desprolija" es traducida como "provisoria"; "Bonos para el partido" como "títulos hipotecarios". Las "ropas flamantes" como "las cosas iluminaban". "Tuve que empeñarme" (es decir pedir dinero) como "tuve que esforzarme".
Cuando leyó mi carta, Soriano se enfermó de rabia y escribió una carta cargada de palabrotas (para usar el término borgeano). Dice que va a protestar ante la editorial Suhrkamp, y agrega: "Bueno, creo que me pueden mandar a la mierda, pero que se vayan a la puta que los parió. Les mando una carta respetuosa pero no aguantan ni eso porque son fascistas de primera y realmente nos tratan como si fuéramos indios y ellos Pizarro y Almagro. Cuando el libro salga les voy a mandar una carta con todo".
Soriano pasará días muy tristes. Me escribirá en ese septiembre del '77: "He estado más deprimido que la mierda con este asunto de vivir en este agujero belga y trato de ver cómo voy a ir preparando una honrosa salida hacia cualquier parte más honorable que esto. De la Argentina no tengo noticias
más que lo poco que da Le Monde, así que contame algo de lo que vas leyendo en los diarios". Pero luego, la alegría del escritor: "Como verás, me compré una cinta para la máquina de escribir nueva. Estoy orgullosísimo". Pero enseguida: "Escuchá esto: por la nota de Cortázar (17 carillas) los mexicanos me pagaron 26 dólares. Sí: VEINTISEIS. Casi se me cae la camiseta.
Me dicen que México es buena plaza para laburar, pero está lleno de mexicanos, ése es el problema. De todas maneras creo que al fin dentro de quizás un año aterrizaré en Barcelona".
Al Gordo le gustaba el verano, el frío le espantaba y más cuando me escribe "aquí se vino el invierno y yo con la estufa rota. No hay dios que arregle estas cosas en estos lugares de ricos, parece que un griego va a intentar".
Pero sigue firme con sus escritos: "Bueno, sigo adelante con la novela, pero ahora paré un poco para cargar las pilas y pasar el resfrío. Ni noticias de Argentina. Mi sueño es comprarme una Grundig Satelite, radio que es una barbaridad con 18 frecuencias y esas cosas que dicen que con una muy buena
antena puede agarrar Argentina a ciertas horas del día". (El sueño y la necesidad de acercarse a la propia tierra.) Y continúa: "Cuando tenga guita... porque acá esa radio cuesta 12.000 FB, pero dicen que en Alemania es más barata. Perdón, estoy delirando".
Pero pese a todo irá terminando con Cuarteles de invierno. Me escribe ya en noviembre: "Estoy laburando en la novela, los tramos finales, y creo que les gustará. Se me complica dos por tres porque como vos bien sabés, uno no controla a los personajes como si fueran marionetas. Pero me divierte
hacerlo y por momentos es como si los milicos estuvieran a mi merced, por llamarlo de alguna manera".
Ya en París, a Soriano le irá mejor. Me lo escribe con alegría: "No te hagas mala sangre, mi situación no es mala de ninguna manera en estos momentos: no tengo deudas y hasta traje un gato que morfa como un león. El tiempo de los lujos y pretensiones ya pasó. Me gustaría mucho verte. Lástima que estamos
más lejos ahora. Pero alguna vez cuando tengas una semanita desocupada te iré a visitar".
Sí, vendrá varias veces a Berlín. Le encantaba el barrio reo donde yo vivía, en Kreuzberg, con sus borrachos de pura cerveza que gritaban en los patios a la madrugada porque no podían abrir sus puertas. Me pedía que le tradujera las exclamaciones. "Son palabrotas alemanas, intraducibles", le respondía.
El 6 de diciembre del '78 me anuncia con alegría que acaba de terminar con Cuarteles de invierno. "Me falta el laburo de corrección -me escribe-, para mí el problema mayor es pasar en limpio la novela. Lo hice una vez y me dejó de catrera, no sirvo para leerme a mí mismo. Cuando tenga fotocopias te las
haré llegar para saber qué pensás." Lo leí y me gustó mucho. Para mí, Cuarteles de invierno y Triste, solitario y final son sus mejores libros.
En el final de esa carta se despide diciéndome: "Se nos vienen las 'fiestas', pásenlas lo mejor posible y ojalá que el nuevo año nos traiga las mejores noticias aun cuando sea más fácil pedir que llueva en Santiago del Estero".
Más adelante, sus cartas tendrán un viso de optimismo. Es por los planes de Sin censura, la revista del exilio argentino que aparecía en París. El fue un colaborador asiduo junto a Carlos Gabetta y Lofredo y con el acompañamiento de Julio Cortázar. Yo envié notas desde Alemania y siempre recuerdo esa publicación como un orgullo de los exiliados que no se rindieron sino que pusieron su grano de arena en el esclarecimiento de los crímenes de la brutal dictadura militar. El 20 de agosto del '79 me escribe
dándome un anuncio: "Me estuve acordando de vos -me detalla- un rato largo mientras acariciaba al gato (son las 3 de la matina): dejamos el número cero de Sin censura para septiembre... queremos hacer algo digno". Y así fue.
Aunque la vida le deparaba algunos problemas. "Para ganarme unos mangos -me dice- escribo articulitos para un anuario que hacen en España. Necrológicas, es decir, que me gano la vida con la muerte de los otros. Negra tarea.
Recorro los diarios para ver qué figurón se murió cosa de hacerme unas pesetas." Tenía también problemas con su residencia en Francia. Ya su compañera era Catherine y me pone: "Tengo que resolver mi problema de papeles pues estoy como turista. Ibamos a hacerlo mediante el casamiento, que me convertiría en residente, pero estos hijos de puta piden una visa de entrada especial que sólo se puede pedir en Buenos Aires, en el Consulado.
¿Qué te parece? Una francesa no puede casarse con un extranjero sin el consentimiento de su Consulado. De nuestro país sólo tengo sombrías noticias y los relatos de la gente que pasa por aquí (en febrero está inundado de argentinos: la pequeña burguesía dice que Mar del Plata es más caro que
París. Parece que la economía de Martínez de Hoz marcha para bastante gente, pese a todo)".
Entramos a la década del ochenta. Las cartas se amontonan, la actividad va a ir en aumento. Y las esperanzas del regreso también. Hasta ese octubre del '83. La alegría. De regreso. Nos encontramos con el Gordo en los 36 Billares. El abrazo fue en silencio, casi ritual. Lo habíamos logrado. Pero
había lágrimas. Los queridos Haroldo, el Paco, Rodolfo ya no iban a estar.
Ibamos a encontrar una ciudad sola.
Voy al estante Soriano de mi biblioteca. Están todos sus libros, dedicados por él. Una dedicatoria más bella que la otra. La que más me gusta es la que me puso en la primera página de Cuarteles de invierno, en aquella edición del pleno exilio publicada por Bruguera en Barcelona. Está fechada esa dedicatoria en Berlín, el 30 de mayo del '82, y me pone en su letra difícil:
"A Osvaldo Bayer, para que siga en la lucha que, dos meses más, dos meses menos, vamos a ganar. Con toda mi amistad, Osvaldo".
Dos meses más, dos meses menos. Iban a pasar más de dos meses. Diecisiete meses. Pero volvimos.
El único libro que no tiene su dedicatoria es Memorias del Míster Peregrino Fernández. Pero en la primera página figura, con tinta, este escrito: "Para Osvaldo Bayer con el cariño de Manuel y Catherine". Su hijo y su compañera.
Año 1999. Hacía ya casi dos años que él nos había dejado.
Osvaldo Soriano, descubridor de sombras, arlequines, figurones, galanes, pero también de soñadores que patean constantemente al egoísmo y meten goles en el cielo.
*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-3553-2007-01-28.html
*
Una chica punteó una introducción desafinada y entonó el verso que Carré había escuchado tantas veces: Éste es el fin, mi hermoso amigo. / Éste es el fin, mi Único amigo.
Dobló a espaldas de Chopin, saludó a Balzac y se internó entre las acacias.
El prócer se bamboleaba sobre el cuadro de la bicicleta y acompañaba los lamentos de la chica: El fin de la risa y las dulces mentiras / el fin de las noches en que habíamos querido morir.
También Carré murmuraba la canción al rodear la tumba de Oscar Wilde pero guardó silencio al distinguir su estatua al otro lado de la calle. Echó un pie a tierra y tomó al prócer de la cintura mientras dejaba caer la bicicleta. "Ése soy yo", le dijo, inseguro, y lo sentó en la tumba de al
lado. Colgó las máscaras en el ala de un querubín y se miró como si estuviera frente al espejo. La luna pulía los ojos del busto y resaltaba el cabello peinado para siempre. Su nombre seguía en la lápida y al acercarse para leerlo contaba los apurados latidos de su corazón. Nadie había arrancado los tallos secos del cantero ni limpiado los rastros de los pájaros. El gato seguía acostado sobre los relieves del mármol.
Carré le acarició la cabeza y fue a sentarse junto al prócer. Encendió un cigarrillo y escuchó la canción de Morrison que tronaba por todo el cementerio. Pensó que en ninguna parte encontraría un refugio más seguro. Y el prócer necesitaba descansar de una buena vez. "He visto amaneceres de sangre...", lo oyó decir. Tal vez a solas le revelaría los secretos de su vida y entonces comprendería por qué los habían entregado. Tenía pilas nuevas y muchas historias que contar. Carré levantó la mirada sobre las copas de los árboles y adivinó el reflejo de la luna entre las nubes. Tiró el cigarrillo y fue a abrir la puerta de la bóveda. Estaba oscura y vacía como el vientre de una ballena. Se alumbró con una vela, prendió un fuego de hojas secas, y volvió a buscar al prócer que cantaba las últimas estrofas del The End.
*de Osvaldo Soriano
Fragmento final de "El ojo de la patria"
-Fuente: http://www.elortiba.org/ojopatria.html
El cuaderno de Osvaldo*
*Por Jorge Di Paola
La voz de Osvaldo sonó, alarmada, en el teléfono. ¿Qué pasa? Que clausuraron Primera Plana. ¿Qué hacer? Había quemado sus naves no hacía mucho tiempo.
Dejó Tandil, renunció al diario, se despidió de su novia. La clausura era un desastre para él, más allá del desastre colectivo que significaba. Me quedé callado un rato.
Con cierta timidez me dijo que estaba haciendo la lista. ¿Qué lista?
-Qué día.
-¿Qué día qué?
-Qué día de la semana puedo.
-¿Podés qué?
-Almorzar en tu casa.
Estallé en una carcajada.
-¿Dónde estás?
-En un bar con los compañeros.
-Venite, tomamos algo y nos contás todo.
-Voy a tardar.
-¿Te gusta el miércoles?
-¿El miércoles qué?
-Almuerzo. Los miércoles hay pastel de papas.
Dos horas después cayó por la calle Salta. Traía una expresión entre rabiosa y preocupada. Tenía un cuadernito Rivadavia enrollado como un tubo y lo golpeaba contra la palma haciéndolo sonar. Lo dejó por ahí. Nos contó todo, vimos la ira, la impotencia. Lo imposible que era prever nada, siquiera suponer cuándo levantarían la sanción, ni si lo harían alguna vez.
Yo sabía que se había venido de Tandil casi con lo puesto, que el episodio lo dejaba indefenso. Lo escuché putear a los milicos. Lo consolamos. De paso, puteamos también.
Al rato nos dimos cuenta de que se había olvidado el cuaderno.
Creo que ese atardecer, al chusmear sus páginas, me di cuenta de la seriedad de Osvaldo. De la concentración y el tesón con que tomaba las cosas.
Tenía relevado el peculiar lenguaje de Primera Plana. Venía de un diario de provincias, de narrar partidos de fútbol. Había hecho un análisis concienzudo del estilo de la revista. Me llamó la atención porque no era un estudiante de Letras, de quien hubiera podido esperar ese relevamiento de
estilo (era técnico gasista, así como Miguel Briante era electricista) y yo hasta entonces desconocía, salvo el borrador de un cuento, sus aproximaciones a la escritura literaria. Había oído en la pizzería El Cisne de Tandil sus maravillosos relatos orales y algunas anécdotas de Laurel y Hardy, y había leído las notas que le valieron la invitación a escribir en Primera Plana.
Faltaban algunos años para la composición de Triste, solitario y final.
Incluso faltaba un tiempo para la lectura de Raymond Chandler. En el cuaderno también había algunos apuntes de cuentos y títulos de libros por leer.
El miércoles comimos milanesas y nos reímos todo el almuerzo sin parar. Ya sabíamos que de algún modo se iba a arreglar todo.
La máquina del tiempo da saltos. Hace dibujos discontinuos.
El cuaderno se lo llevó al otro día y nunca lo volví a ver.
Eran los tiempos en que había enriquecido sus entusiasmos con la novela policial negra. ¿El año '73? El año en que su primer libro se perfilaba en el horizonte. En las conversaciones del bar probaba escenas. Los personajes se iban dibujando.
Siempre pensé que anotaba todo en ese cuaderno que nunca volví a ver.
Hacía un tiempo que éramos vecinos. Tres cuadras en Capital.
Nos veíamos seguido, así que se animó a confiar que había empezado a escribir la novela que tanto planeaba.
Poco tiempo después se puso de novio con una chica alérgica a los gatos.
Vino a verme... lo avergonzaba pedirme el favor... Yo comprendí que era una situación difícil. Acaso insoportable. ¿Optar entre la chica y el gato?
Me preguntó si se lo podía cuidar. Yo amo los gatos y compartirlo fue una fiesta. Además, Osvaldo empezó a alternar visitas puramente sociales con visitas enriquecidas con un rollo de papel que cada dos o tres días contenía un pedazo de borrador de capítulo.
Me llamaba la atención que se concentrara y se preocupara tanto. Yo acostumbraba a aconsejarle mayor ligereza. El creía que lo estaba cargando.
Pensaba todo el día en el libro. Escribía totalmente concentrado en el silencio de la noche.
Estaba escribiendo un libro, y a la vez iba creando un estilo.
Jugaba con el gato mientras yo leía lo que había escrito la noche anterior.
Yo notaba que se iban articulando sus temas y sus preferencias. Se deslizaban por esas páginas sin corregir. Todo tomaba forma. Entreví una curiosa hibridación entre personajes reales e imaginarios o de ficción que iban creando un ámbito nuevo en esas páginas; un espacio diferente en la narración.
Pasaron varios meses.
Osvaldo siguió viniendo seguido a ver al gato. Estaba por publicar el libro que había acompañado las visitas a michifuz.
La máquina rechina en el '76. Esos tiempos estaban acelerados, yo ya me había refugiado en Tandil al cerrarse Panorama y quedarme sin trabajo. Una librería de viejo en un garaje iba a ser mi sustento. Osvaldo iba a emigrar.
Manteníamos el humor bajo tensión. El desastre y el exilio nos caían como una piedra.
Osvaldo vino a saludarme. Se iba ya a Bélgica.
Entró en la librería estallando en una carcajada al ver que mi campanilla de aviso no era otra cosa que una lata de tomate que giraba libremente sobre el piso al golpearla la puerta.
-¿No te alcanzó para una campanilla?
Traía una carpeta enrollada como un tubo.
-¿Es? -pregunté.
La alisó cuidadosamente. Me la dio. Decía: No habrá más penas ni olvido.
Fue el último original que leí de Osvaldo. Me convertí en otro lector, al que le cuesta creer que no ande por ahí, con su seriedad y comicidad.
*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-3564-2007-01-28.html
El lector*
*Por Eduardo Galeano
En uno de sus cuentos, Soriano imaginó un partido de fútbol en algún pueblito perdido en la Patagonia. Al equipo local, nunca nadie le había metido un gol en su cancha. Semejante agravio estaba prohibido, bajo pena de horca o tremenda paliza. En el cuento, el equipo visitante evitaba la tentación durante todo el partido; pero al final el delantero centro quedaba solo frente al arquero y no tenía más remedio que pasarle la pelota entre las piernas.
Diez años después, cuando Soriano llegó al aeropuerto de Neuquén, un desconocido lo estrujó en un abrazo y lo alzó con valija y todo:
-¡Gol, no! ¡Golazo! -gritó-. ¡Te estoy viendo! ¡A lo Pelé lo festejaste! -y cayó de rodillas, elevando los brazos al cielo.
Después, se cubrió la cabeza:
-¡Qué manera de llover piedras! ¡Qué biaba nos dieron!
Soriano, boquiabierto, escuchaba con la valija en la mano.
-¡Se te vinieron encima! ¡Eran un pueblo! -gritó el entusiasta. Y señalándolo con el pulgar, informó a los curiosos que se iban acercando:
-A éste, yo le salvé la vida.
Y les contó, con lujo de detalles, la tremenda gresca que se había armado al fin del partido: ese partido que el autor había jugado en soledad, una noche lejana, sentado ante una máquina de escribir, un cenicero lleno de puchos y un par de gatos dormilones.
El texto de Galeano forma parte de su último libro, Bocas del tiempo.
*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-3561-2007-01-28.html
Balada de la primera novia*
"Rosebud", dice el personaje. Es la última palabra que alguien le escucha al Ciudadano Kane, que deriva en un misterio enorme y cuya clave está en un pequeño trineo que el hombre perdió en su niñez. Soriano, amante del cine, tomó esa idea para escribir un cuento en el que habla de su "Rosebud" personal, un árbol al que se trepaba para evadirse del mundo cuando vivía en San Luis. Tenía 8 ó 9 años.
"De ese tiempo sobreviven un limonero en el jardín y mi novia de la infancia", escribió Soriano en un cuento que se llama, precisamente, "Rosebud". "Creo que no usábamos esos lazos comprometedores: se llamaba Marta y ahora suele escribirme desde Bahía Blanca para reprocharme mis recuerdos desencontrados. Era la hija mayor de una boticaria que me curó una verruga en el pie...".
Esa misma Marta, más de medio siglo después, convirtió sus recuerdos en algunos párrafos especiales para Clarín.com.
Fui amiga entrañable del niño y, más tarde, del hombre. Su muerte me dejó sin la infancia que él sabía recrear periodística y literariamente de vez en cuando, y sin ese primer amigo, sentimiento que descubrimos juntos en los primeros años de nuestras vidas y recuperamos con fuerza tras su exilio.
Tuvimos la suerte de que la vida y sus circunstancias nos dieran la oportunidad –con un feliz encuentro en Bahía Blanca, por carta "como las de antes" o por teléfono– de sentirnos otra vez niños acordándonos de lo que fuimos, aunque nuestros recuerdos se "desencontraran" a menudo, como él lo reconoce en su cuento "Rosebud". Puede que ese relato sea el más cronológicamente autobiográfico de Osvaldo, por mucho que en otros se encuentren, siempre, retazos de su corto pero fructífero paso por esta tierra.
No pude imaginar cuando niña que ese rubiecito con el que jugaba todos los días, casi siempre a lo mismo, sería el colosal escritor que fue. Mucho después nos dimos cuenta de que ya entonces se perfilaba su destino de "contador de historias". Bastaba que terminara el episodio radial diario de Tarzanito, que religiosamente escuchábamos juntos tomando Toddy, para que nos mimetizáramos en esos personajes y nos lanzáramos a vivir, en el patio de casa, notables y "peligrosísimas aventuras" que él inventaba, protagonizaba y, a la vez, relataba. Esas imágenes las tengo grabadas a fuego y no sólo yo, también una de mis hermanas, que era una "extra" infaltable en nuestros juegos, mi madre -hoy de 87 años- y hasta mi tío. No por nada la portada de su libro "Cuentos de los años felices" reproduce al Rey de los Monos.
Puede que, como él mismo lo afirma para arrancar "Rosebud", "la memoria lo agiganta todo". Aún corriendo semejante riesgo creo que él, que se lamentaba de "no ser de ninguna parte" y hasta haya fijado su Rosebud personal -ese que llevamos a cuestas- en un añoso limonero de su casa de Neuquén, fue en realidad puntano. Esa etapa lo selló. Yo solía porfiarle que "allí donde está tu infancia está tu patria", como sentenció alguien. En San Luis Soriano vivió los primeros y fundantes 8 años de su vida y en todos sus libros se "cuela" algo de los desiertos puntanos y de aquellos años felices.
Ahora, que se cumplen ya diez años de su imprevista partida, suelo refugiarme en sus libros cada vez que la adultez se me hace difícil de sostener con dignidad. Y pienso que Osvaldo se "salvó" de muchas cosas que le daban miedo. Se salvó de "la vejez que nos iguala en la humillación". Se salvó de que "las personas que están más cerca de uno sean las que menos conocemos" y también de "lo verdadero que a veces no es verosímil". Pero, por sobre todo y mirando lo que ocurre en nuestro país y con el diario que él cofundó, se salvó de "estar metido en un calvario de lealtades traicionadas".
*Fuente: Clarín
http://www.clarin.com/diario/2007/01/29/conexiones/t-01352185.htm
Feliz, acompañado y (continuará.)*
*Por Rodrigo Fresán
Hace unos días leí un muy buen libro de la escritora norteamericana Francine Prose titulado Reading Like a Writer: A Guide for People Who Love Books and for Those Who Want to Write Them.
La tesis del libro -fácil de enunciar pero no tan sencilla de demostrar; y lo interesante es que Prose lo consigue- es que los escritores no sólo son diferentes (o no son "exactamente personas" como, impreciso, precisó Fitzgerald) sino que además, también, leen diferente. Y que empiezan a leer diferente incluso antes de ser escritores. Es decir, para Prose (gran apellido para alguien de su profesión) la vocación de escribir libros propios no sólo se inicia con la lectura de los libros de los otros (nada nuevo) sino que, además (y esto es lo novedoso) lo que en realidad se busca es culminar la obra y la vida emulando, por escrito, aquel modo intenso y casi alucinado con que leímos durante los primeros capítulos de la novela de nuestra existencia. En más o menos resumen: lo que queremos ser es lectores que escriben y no -según pasan los años o pasamos nosotros- escritores que de tanto en tanto leen algo que les entusiasma mucho. Lo que se necesita -aquello con lo que se sueña- es la preservación o, al menos, la recuperación de ese estado mágico y extático en el que leíamos como si cada palabra fuera la primera o la última y tanto una como otro fueran La Verdad.
Cuando lo único que teníamos era una insaciable hambre de lectura que, poco a poco, con tanta extática digestión, iba provocando la sed de escritura.
Así, continúa Prose, la relectura de un libro no es -como se suele afirmar- un destino al que se arriba en la madurez sino, por lo contrario, el punto de partida. La relectura -o la súper-lectura- como ocupación eminentemente adulta es un equívoco. Prose cuenta -en las primeras páginas de su libro- que la primera ocasión en que, en sus días de academia, fue bien guiada por un maestro en la lectura de un clásico sintió "que yo estaba aprendiendo a leer de una manera completamente nueva". Pero un punto seguido después,
Prose descubre y deslumbra cuando confía: "Pero esto era cierto tan solo en parte. Porque de hecho yo estaba reaprendiendo a leer de una vieja manera que ya había aprendido pero olvidado".
Y leído y asimilado.
Y los diez años de la muerte de Osvaldo Soriano.
Y la perturbadora angulosidad de los números redondos.
Y qué decir frente a la renovada certeza de que los escritores pasan y los libros quedan.
Y -cuando uno ha tenido la suerte de conocer a ese escritor, y haber escrito sobre la obra de ese escritor, de haber estudiado sus crónicas, de haber conversado con ese escritor que siempre te preguntaba qué estabas escribiendo y cómo iba tu vida, y de hasta haber escrito un relato sobre el
fin de la vida de ese escritor- qué más se puede agregar.
Poco y nada y lo que uno diga o pueda llegar a decir importa nada y poco.
Por suerte -porque nada es casual- yo había leído a Prose justo antes de sentarme a escribir esto y entonces la idea casi obligada de averiguar si lo que ella había dicho era cierto o si, por lo menos, se aplicaba a circunstancias como éstas: ceremoniosas, un poco torpes, necesarias pero al mismo tiempo irremediablemente inútiles, porque uno nunca hablará mejor que aquel que ya no puede hablar.
Entonces ir hasta la biblioteca y buscar y encontrar ese ejemplar de Triste, solitario y final que sigue siendo el mismo que yo leí, recién regresado a la Argentina, en 1979 y leer -releer, súper-leer- aquello de "Amanece con un cielo muy rojo, como de fuego, aunque el viento sea fresco y húmedo y el horizonte una bruma gris. Los dos hombres han salido a cubierta y son dos caras distintas las que miran hacia la costa, oculta tras la niebla".
Y seguir leyendo, seguir hasta el final, feliz y bien acompañado. Me pasó lo mismo hace cinco años no obligado pero sí inspirado por otra efeméride de éstas (hacer memoria equivale a repetir, a repetirse, sí; pero lo que queda y lo que permanece es lo que vale por más que no se altere o, quizá, justamente por eso) y, seguro, me volverá a pasar dentro de cinco, de diez, de veinte. La diferencia es que cada vez lo leo mejor, que cada vez lo leeré mejor, "de una manera completamente nueva", que es la misma manera en que lo leí cuando yo ya era un lector que quería ser escritor y que quería escribir algo que le produjese a otros lo que eso que estaba leyendo le producía a él.
Semanas atrás, a propósito de la muerte de William Styron, me preguntaba cuándo es que muere realmente un escritor: ¿cuando deja de escribir, cuando deja de publicar, cuando deja este mundo o cuando deja de ser leído? Supongoque la respuesta correcta es todas:
los escritores mueren de a poco pero nunca del todo e incluso la última posibilidad no es el fin del camino porque han sido muchos los que, redescubiertos o descubiertos, han vuelto de la tumba para vivir más felices que nunca o, por lo menos, para hacer tan dichosos a los lectores.
No hay mejor homenaje para un escritor que seguir leyéndolo por más que ya no escriba y por más que ya se haya leído todo lo que se escribió.
Me parece que son muy pocos los escritores que acceden a ese privilegio y que, generosos, te dan esa oportunidad de reencontrarte con ellos, como si el tiempo no pasara; porque hay contados libros y autores para los que el tiempo no pasa.
Y, última página, Marlowe le pregunta a Soriano si no tenía otra cosa mejor que hacer y le dice que "Durante los días que estuvimos juntos me pregunté quién es usted, qué busca aquí". Soriano le pregunta al detective si ya lo averiguó y Marlowe responde: "No, pero me gustaría saberlo".
Por suerte quien firma esto y los miles de lectores de Soriano -a diferencia de Marlowe- siempre lo supimos y seguimos sabiéndolo y seguimos leyéndolo y releyéndolo con la certeza compartida de que sabíamos quién era y qué era aquello que buscaba y que había encontrado.
Ahí está, ahí continúa y ahí continuará estando.
*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-3554-2007-01-28.html
Espejo de la Argentina*
*Por Juan Forn
Soriano estableció desde su primer libro un pacto con los lectores que lo convertiría en el autor argentino vivo más leído de su época. El desparpajo y dinamismo con que irrumpió en la literatura, en 1973, con Triste, solitario y final, es comparable a la fulminante aparición de Manuel Puig cinco años antes. Como Puig, Soriano eligió camuflarse en un género considerado menor (el policial negro convertido en comic por toques de grotesco, tal como el autor de La traición de Rita Hayworth había elegido el folletín radiofónico), ambos fueron maestros del diálogo, ambos lograron dotar de inigualable vida a sus personajes y construir, a través de sus novelas, un espejo que enfrentó a los argentinos con su identidad. Allí radican los motivos que convirtieron a Soriano, como a Puig, en un autor tan querido y tan seguido por legiones de lectores.
Sugestivamente, esa fascinación que ejercía sobre los lectores, traducida en generosas reediciones, provocó un desafortunado malentendido en un sector de la crítica argentina, que siempre lo miró con sospecha y antepuso las cifras que Soriano cobraba de anticipo al análisis profundo de sus virtudes como escritor (cosa que supo valorarse en el extranjero, donde su obra se tradujo a dieciocho idiomas, cosechando elogios y premios). El tiempo ha pasado, Soriano ya no se cuenta entre los vivos (muchos recordarán la tristeza colectiva que produjo su muerte y la multitud que se acercó espontáneamente a darle el último adiós, en enero de 1997) y es justo que se produzca de una vez por todas el demorado momento de su reconocimiento.
Lo que hace más justo ese acto es que Soriano no sólo brilló como creador de ficciones sino que cumplió un rol comparable como periodista. Primero, en sus crónicas “de cabotaje” como él las llamaba, las de los tiempos de Panorama y La Opinión, cuando a los demás los mandaban a los lugares más exóticos del extranjero y a él le tocaba el interior, el patio de atrás lleno de “artistas, locos y criminales” que rescató del olvido. Después durante su exilio, en Il Manifesto de Italia, Le Canard Enchainé de Francia y en las piezas que Humor se atrevió a publicar acá. Y, luego de su retorno a la Argentina, en Página/12, diario que no sólo contribuyó a fundar y moldear sino que convirtió en su tribuna para develar, desde sus contratapas dominicales, todo aquello que se les iba birlando a los argentinos, desde la dignidad a la alegría, fueran sus culpables los sátrapas del gobierno, de la City financiera o del negocio del fútbol, la prensa o las editoriales.
Soriano pasó más de la mitad de su vida en redacciones. Como muchos escritores era un autodidacta: manera elegante de definir el acto de pegarse como una lapa a toda persona que despertara su respeto o admiración, para aprender lo que pudiera de esa persona. Siempre pensó que estar en esas redacciones había sido un lujo para él; son muchos los que creen que él era un lujo para las redacciones. Defendió siempre el ejercicio de la imaginación y la buena prosa para escribir periodismo. Porque, como le gustaba decir –y aquí, como en algunos otros aspectos, puede comparárselo a Walsh–, la imaginación y la fidelidad a la verdad no tenían por qué ser términos opuestos.
Fue un gran momento encargarme de la reedición en Seix Barral de la obra completa de Soriano. Armar esa selección de testimonios en que él mismo confesaba cómo fue la génesis y la escritura de cada uno de sus libros me permitió recorrer paso a paso su itinerario literario, sus dilemas y sus astucias como escritor, el atrevimiento y coraje con que puso el dedo en la llaga de cuestiones que habría sido más cómodo sobrevolar y la maestría con que nos hizo ver el país desde la óptica de las víctimas, de los inocentes, de los anónimos antihéroes que tanto se parecen a los seres de carne y hueso que pueblan la Argentina.
La Biblioteca Soriano, editada por Seix Barral en 2003 y que actualmente se encuentra en las librerías, reúne toda su obra de ficción, con prólogos especialmente escritos por diversos colegas, tapas ilustradas por Miguel Rep y epílogos que reconstruyen, en palabras de Soriano tomadas de diversas entrevistas, la gestación de cada libro:
Triste, solitario y final. Prólogo de Eduardo Galeano
No habrá más penas ni olvido. Prólogo de José Pablo Feinmann
Cuarteles de invierno. Prólogo de Osvaldo Bayer
A sus plantas rendido un león. Prólogo de Juan Martini
Una sombra ya pronto serás. Prólogo de Guillermo Saccomanno
El ojo de la patria. Prólogo de Roberto Fontanarrosa
La hora sin sombra. Prólogo de Tomás Eloy Martínez
Además, se publicaron sus libros de crónicas: Artistas, locos y criminales, con prólogo del mismo Soriano, Cuentos de los años felices; Piratas, fantasmas y dinosaurios; y Arqueros, ilusionistas y goleadores, que reúne todos los textos escritos sobre fútbol que publicó en sus cuatro recopilaciones, las Memorias de Míster Peregrino Fernández y los últimos cuentos que publicó en Página/12 e inéditos en libro.
*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-3575-2007-01-28.html
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Apreciadas amigas, queridos amigos,
El número 78 de nuestro Magazín Cultural Latinoamericano XICóATL “Estrella Errante”, edición Enero/Marzo/2007, puede ser ya consultado en nuestra página en internet www.euroyage.com en el link:
http://www.euroyage.com/index.php?i=http://www.euroyage.com/xicoatl/78/e_78.php
CONTENIDO:
Mozart: Walkman Amadeus Mozart: Bitácora de una semana. Marcos Aurelio Arcaya Pizarro
Poemario: Poemas. Matilde Casazola Mendoza
Poemario: O "Boca do inferno". Gregorio de Mattos e Guerra
Narrativa: Cuentos. Marcos Rodríguez Leija
Austria: Poemas. Gerold Schodterer
La edición impresa de XICóATL # 77 puede ser puede ser solicitada a YAGE por e-mail en la dirección euroyage@utanet.at al precio de 7.- Euros (incl. envío postal).
Cordial saludo,
YAGE, Verein für lat. Kunst Wissenschaft und Kultur.
http://www.euroyage.com/
Schießstattstr. 44 A-5020 Salzburg AUSTRIA
TEL + FAX: (++43) 662 82 50 67
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Reescribiendo noticias. Una invitación permanente y abierta a rastrear noticias y reescribirlas en clave poética y literaria. Cuando menciono noticias, me refiero a aquellas que nos estrujan el corazón. Que nos parten el alma en pedacitos. A las que expresan mejor y más claramente la injusticia social. El mecanismo de participación es relativamente simple. Primero seleccionar la noticia con texto completo y fuente. (indispensable) y luego reescribirla literariamente en un texto -en lo posible- ultra breve (alrededor de 2000 caracteres).
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