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BITÁCORA DE UN SOCIÓLOGO FRACASADO

30/01/2007 GMT 1

HASTA LA VIDA SIEMPRE

urbanopowell @ 15:54

Zorzal de ciudad*

Silba en las mañanas
Un misterioso zorzal
Con perfumes de incienso
Y alas de cristal
Sus sueños de volar
Contagian de libertad

Hay días,
Que no suena su canto
Estará en otro árbol
En otra flor?
Afinando, ofreciendo
Su oración?

Ansiaría que no pierdas
Menudo querubín
Tus ilusiones de coral
Que esclarecen de madrugada
Las sombras de la soledad.

*de Azul. azulaki@hotmail.com

Hasta la vida siempre

Martes, 30 de Enero de 2007
OPINION

Un hijo del pueblo*

*Por Osvaldo Bayer

Querida Catherine, querido Manuel, queridos amigos:
Diez años ya sin diálogos con Osvaldo, pero su recuerdo vivo. Sus libros, sus notas, su sonrisa presente. Ya no cabe la tristeza sino la imagen de quien fue un escritor nuestro, bien nuestro, de estas latitudes, de estas calles, de estas pampas que lo vieron recorrer con mirada atenta y descubridora. Lo perdimos en el ruido de las redacciones, en los ecos de los cafés del centro, en los bocinazos de Buenos Aires apurado, y lo ganamos en el silencio, en su imagen que no se aleja, que está ahí y aquí, que estará
muy cerca siempre.
Osvaldo Soriano, escritor nuestro, sabedor de la vida, conocedor de lo argentino. El nos explicó siempre lo que somos, profundidades e ironías, grandezas y egoísmos, alturas y flaquezas. ¿Cómo definir tu estilo literario, Osvaldo? Yo diría que fuiste un Arlt despojado de todo lo que traía ese heredero de primera generación de lo europeo. Tu estilo es tan profundo que no necesitó ni figuras ni academicismos. Es tan profundo como las preguntas que se hacen los muchachos de barrio, las mujeres viejas, los viejos jubilados y los perros de la calle.
(Los gatos, no, ésos no preguntan, ésos lo saben todo. Por eso te hiciste acompañar por ellos para que no sucumbieras en las dudas. Y por eso tu optimismo a veces desesperado, del que salías a flote con la ironía.)
Diez años y nadie te olvida. Estás siempre presente. Es que el argentino te reconoce como que eres un descubridor. El descubridor del argentino. Para un argentino no hay nada mejor que un argentino, escribirías sonriendo con malicia. (Podríamos cambiar lo de argentino por otro sustantivo argentino,
pero es lo mismo... somos todos argentinos, agregarías.)
Ahí estuvo toda tu sabiduría, tu perspicacia. Nos definiste. Te definiste. Y te divertiste. Y dejaste un fresco inigualable. Pareces esos pintores alemanes de la república de Weimar que pintaron con los colores de la profunda ironía la tragedia de esos días. Nos has dejado, como digo, ese fresco increíble de nuestra sociedad. Con valentía, con amplitud, con ironía, con la literatura sabia de la calle, con arte, con palabras de las que usa el pueblo. Diez años y te recordamos todos. La melancolía no pudo
debilitar nuestra admiración y agradecimiento.
¿Sabés cómo te hubieran llamado los luchadores del pasado? Un Hijo del Pueblo. Porque nos supiste dibujar a todos, desnudar a todos. Pero sin poder ocultar tu tierna bondad.
Hasta la vida siempre, querido amigo.

* Carta de Osvaldo Bayer leída ayer durante el homenaje en la Chacarita.

-Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/subnotas/5232-1795-2007-01-30.html

Detrás del camión*

Detrás del camión

Por la autopista de la ternura

Succiona de aventuras

Un señor con su hijo

Va tejiendo distintas maneras

De libertad, acompañándolo.

En sus bicicletas de frescos

Y enérgicos colores

Desafían los riesgos

Del talento y la competencia

El papá está alerta

Y presente, cuidando

Y custodiándolo en los

Anhelos del futuro hombrecito.

*de Azul. azulaki@hotmail.com

Radar|Domingo, 28 de Enero de 2007
por eduardo febbro: la trastienda y la angustia de corregir novelas

Las correcciones de París*

*Por Eduardo Febbro
desde París

Cada vez que atravieso a pie el puente de Austerlitz, el péndulo interior de la vida retrocede a una brumosa mañana de mayo de 1995. Habían transcurrido 17 horas desde el momento en que la silueta entrañable de Osvaldo Soriano entró en el café del Boulevard Saint-Germain. Tenía ese andar tímido de
quien avanza tratando de no molestar. Traía una bolsa de plástico con algunos libros y unas cuantas páginas del manuscrito de la última novela que estaba escribiendo, La hora sin sombra. Como siempre, su apuesta en la incierta ruleta de la magia pasaba por París. Aquí, en la soledad inhóspita de un departamento del barrio de la Goute d'Or, Soriano emprendía la última escritura, la confrontación final con un manuscrito y sus infinitas combinaciones, sus recurrentes repeticiones, sus aciertos felices, sus
erradas memorables, su sentido esencial, su velocidad, su estrategia narrativa y su estética. París era el territorio del tedioso deber de la reescritura. Insomnios, angustias, dudas abisales, lágrimas borradas a la mirada pública, empeño poético y formal para plasmar en el papel la arquitectura soñada. París no era una fiesta sino el ritual de un metódico sacrificio, de un obstinado encierro. Hay obras que respiran el esfuerzo que costaron, otras cuya armadura formal, su ingenio estructural, su complejidad, son aliados inseparables de su belleza palpable, hasta de su éxito. Desdeñadas por la crítica docta, las novelas de Osvaldo Soriano eran producto de un esfuerzo inenarrable y de una férrea ambición estética y
formal que Soriano, voluntariamente, diluía para que el soporte del texto no influyera en la historia. Su único propósito era contar la vida, contar nuestra historia, cifrarla en una corriente de diálogos e imágenes en las que todos nos reconociéramos. Universitarios y comentaristas exquisitos han criticado esa facilidad, ese trazo juzgado como un rasgo de simplicidad, como una mera fórmula para vender más. Muchos han definido la obra de Soriano bajo una suerte de insulto disimulado: "el género menor". Pero
aquella fluidez no se fabricaba con métodos editoriales. Primero se siente en el alma y luego se la traslada al alma del texto. Sólo un gran narrador puede hacerlo. Parece que en los tardíos conceptos de cierta crítica el estatuto de narrador es un referente menor, muy por debajo del mítico escritor. Sin embargo, Soriano narraba sus historias escribiendo sus libros.
Tenía su meta estética, no menos ambiciosa que la vertiginosa concisión de Borges o la polifonía verbal y estructural de Joyce. Para él, cada palabra servía a la historia. Aun ya consagrado, su horizonte seguía siendo una carta que Scott Fitzgerald le escribió a su hija cuando ésta le hizo llegar el manuscrito corregido de una novela que la joven había terminado.
Fitzgerald la alentó, la felicitó y, en medio de enternecedores elogios y consejos tímidos, le entregó, indirectamente, la fórmula mágica: cuando escribas una historia y encuentres que en ella hay dos o tres páginas que son las más bellas que hayas escrito, las más conmovedoras y grandiosas que puedan salir de tu imaginación, debes entender que, por más bellas que sean, si no están al servicio de tu historia hay que borrarlas. Nos volvemos escritores sólo cuando somos capaces de eliminar esas páginas, decía
Fitzgerald. Y Osvaldo las escribía, pero prefería conmover con un diálogo, con un personaje que fuera el espejo de un país, antes que con la belleza literal de una página. El quería que la gente contara sus historias como se cuentan anécdotas, no que se conservaran sólo como emoción poética.
La tarde en que entró en el café, Soriano traía un enigma. Antes de que lo revelara pasaron muchas horas. Debimos haber tomado grandes remolinos de café, evocado las figuras ya familiares de Simenon, las anécdotas renovadas de las andanzas de Fitzgerald y Hemingway, una historia de boxeadores
perdidos en Corea, los entonces nuevos y deslumbrantes textos de Cormac McCarthy, el halo sensual de las mujeres de París, la vida en Buenos Aires, la informática, la acelerada capacidad de la memoria de las computadoras, de aquellas dos memorias informáticas que fascinaban y despistaban a Osvaldo,
la "memoria de masa" y la "memoria virtual", debimos también haber hablado de un tema que le rondaba en la cabeza, eterno y renovado como preocupación por una pregunta que alguna vez hizo Flaubert y que Osvaldo conocía de memoria: ¿se puede hacer literatura con nada? A Soriano le parecía que esa
pregunta, un siglo y medio después, había encontrado su respuesta en los primeros libros de Bret Easton Ellis. También hablamos del célebre final de un cuento de Borges, "El muerto", y su implacable "Suárez, casi con desdén, hace fuego". Aquella frase era una guía, un faro en la tormenta para navegantes que buscaban el mejor rumbo. ¿Cómo llegar a buen puerto en un mar de infinitas rutas, de frases demasiado largas, de direcciones contradictorias, de engañosas apariencias, de intuiciones que se esfuman, de
adjetivos abusivos, de personajes que toman el timón del barco y modifican su destino y obligan al autor a repensarlo todo? Soriano decía que el problema mayor de una novela no era equivocarse con los adjetivos, hacer una descripción demasiado larga, crear un personaje medio fallido o un diálogo flojo. La amenaza mayor a la que se está expuesto es errar el destino de la historia que se está contando. Soriano perseguía un espacio narrativo ideal que consistía en concentrar en un puñado de frases el alcance máximo del sentido, de la visibilidad y de la resolución de las situaciones narrativas, una suerte de elocuencia que llevara a que, cuando se cerrara el libro, toda esa gente que estaba en las páginas también estuviera adentro de uno, que pasara por la calle porque eran, en sus exageraciones paródicas, como amigos, como gente cercana, visibles, entrañables, odiables o envidiables, poco importara qué eran sino quiénes. Eran la Argentina, Buenos Aires, las siluetas de un país que se estaba haciendo y desgarrando y cayendo y levantando. Soriano nos contaba la historia de lo que nos estaba pasando. A
su manera, él era el detective secreto que deambulaba por sus historias buscando al culpable, al asesino, al loco, al botón, al genio o al fugitivo, al romántico, al cura, al apostador, al boxeador, al fracasado o al
visionario, al milico o al demócrata, en suma, a todos aquellos que fundaron este país, que lo seguían haciendo y destruyendo.
Esa tarde Soriano apareció como siempre, con una bolsa de libros que eran regalos. Había dos: un libro de Conrad, Tifón, y otro de James Hadley Chase, Eva. Las horas transcurrieron y vino la cena, otros bares, más café, una larga caminata por el Boulevard de Montparnasse y, ya entrada la madrugada,
el tímido ruido de la bolsa de plástico de donde Soriano extrajo su manuscrito. La hora sin sombra aún no era La hora sin sombra. Era un texto, frágil como todo manuscrito, una entidad desnuda, expuesta a la amenaza de las variaciones, de las correcciones irrecuperables, a los misterios de la incertidumbre que puebla las noches y los días de un autor. A su pedido, lo había leído y anotado varias veces. Soriano leía las observaciones y luego volvíamos a encontrarnos para comentarlas línea por línea en un obsesivo y
prolongado viaje nocturno. La última de esas lecturas lo había interpelado.
Entre sus lecturas plurales, La hora sin sombra es la historia de la recuperación del padre. La novela empieza cuando el padre, vestido de forma vistosa, se escapa del hospital. En la primera versión del texto, el hijo encuentra al padre y lo mata para ahorrarle el sufrimiento y la agonía de la enfermedad mortal que lo acecha. En mi observación de ese pasaje, la muerte del padre era inadmisible, tanto que, en una hoja aparte, había criticado con virulencia esa opción. Mi enardecido argumento a favor de que el hijo no matara al padre lo perturbó. Discutimos mano a mano durante muchas horas hasta que se hizo de día, un hecho poco común en Soriano. Como todos los habitantes de la noche volvía siempre a su casa antes de que el sol derramara las lastimosas evidencias de la vida. Esa vez no. A las nueve de
la mañana y con un desayuno en la mesa seguíamos midiendo los argumentos en un bar del Boulevard de L'Hôpital. Yo quería salvar al padre, él quería que su hijo lo eliminara por amor. No estaba convencido pero prometió pensar y tal vez probar cómo cambiar ese destino. Salimos del bar y caminamos hacia
el Sena. El Boulevard de L'Hôpital empieza en la Place d'Italie y termina en la Gare d'Austerlitz, frente al Jardin des Plantes y al borde del Pont d'Austerlitz.
Soriano caminaba pensativo, preocupado. Llegamos hasta el Sena y empezamos a cruzar el Pont d'Austerlitz, hacia la Place de la Bastille. Eran las 10.30 de la mañana. En el medio del puente se detuvo y retomó la discusión sobre la suerte del padre en la novela. Entonces preguntó, enfrentándome: "¿Por
qué lo querés salvar? ¿No será por lo que te pasó a vos?". No sé si tenía razón, pero el interrogante era válido. Soriano entendía que mi ferviente alegato para mantener al padre con vida en el texto excedía los límites de la novela, que su fuente estaba en la ausencia de padre. El quería matar al padre que había tenido y yo quería salvarle la vida al padre que nunca tuve.
Le expliqué que mi pensamiento se concentraba en su texto y no en mi biografía y que, aunque nunca nos emancipamos del pasado, nadie puede ni recuperar ni salvar lo que no ha existido. No hay estatuto simbólico que pueda ocupar el lugar de lo que nunca ha estado ni en nuestro corazón ni en nuestras vidas. Argumenté que la paternidad, regida por incontables interpretaciones, es ante todo una relación real, un amor real, una responsabilidad real. Que así como él se construyó con esa presencia, que aún lo ocupaba, yo me construí sin ella y que, por consiguiente, sólo se pueden salvar las existencias, incluso las textuales, pero no una ausencia.
Se emocionó y me habló de su padre, de muchas cosas llenas y tantas otras vacías. Llegó el mediodía y aún seguíamos sobre el puente, suspendidos sobre el río, maduros y niños, ya padres ambos, yo de una niña, Romina, él de Manuel, ya sólidos desde hacía mucho y de pronto tan frágiles.
Osvaldo Soriano era un gran escritor, y también un gran hijo. Salvó al padre en la novela. Quedó vivo, rescatado para siempre en el sueño del hombre adulto cuando el padre le dice, después de encontrarlo: "Hijo, eres mi sueño". Han pasado casi 12 años desde de ese episodio y diez de la muerte de Soriano. Otro hecho a la vez mágico y terrible vino a encandilar y a oscurecer la vida. Mi hijo Octavio nació en esos mismos días en que Osvaldo Soriano se iba hacia aquellas horas sin retorno cubiertas por las sombras.
He leído varios artículos cuyos autores -argentinos- se preguntan qué ha quedado de Osvaldo Soriano, cuál ha sido su importancia o la herencia literaria que legó. Algunos sostienen que sus libros ya no se encuentran en las librerías. En Francia están todos. Se los encuentra sin hurgar mucho en el FNAC de Les Halles, en el de Montparnasse y en otras tantas librerías.
Osvaldo se asombraba siempre del contraste memorioso entre Francia y la Argentina. Allá, decía, nos eliminan. En cambio acá, en Francia, hasta el último mediocre es parte del patrimonio, hasta el más insignificante tiene una estatua o una mención en el libro de la historia. ¿Qué importa saber el
lugar? Además, ¿quién puede medirlo? Osvaldo Soriano recreó un tipo de literatura que, varios años después y con otro volumen estético, ocuparía un lugar central. Martin Amis, Cormac McCarthy y Philip Roth son los más recientes representantes de una escritura del presente, es decir, de la codificación, a través de personajes emblemáticos, de figuras comunes y reconocibles, de la historia momentánea. Clint Smoker, el periodista trucho, Xan Mao, el actor y gángster, o Henri England son iconos de hoy que Amis
utiliza en Perros callejeros -su última novela- para contar los horrores de un mundo contemporáneo absorbido por el culto de la imagen y la representación. Y qué decir del libro de Cormac McCarthy que acaba de salir, Este país no es para un hombre viejo. La historia del presente narrada con un telón de fondo compuesto por todos los mitos de los Estados Unidos: balas, caballos, sheriffs corruptos, autos que van a toda velocidad, persecuciones, moteles de mala muerte, espacios siderales, snacks de mala
muerte, putas, botas de cuero. La historia la lleva adelante Moss, un obrero que huye hacia la frontera de México perseguido por una jauría de personajes porque supuestamente robó ganado. Pero Moss no sólo hizo eso, también se llevó una valija llena de dólares encontrada por azar. McCarthy cuenta su
país, su miseria, la perversión de sus ideales, su desesperanza. Es, como lo fueron a su manera No habrá más penas ni olvidos, Cuarteles de invierno, El ojo de la patria y Una sombra ya pronto serás, una radiografía cínica y voraz del presente. Osvaldo Soriano tenía una relación privilegiada con la historia. Era un cronista metafísico de sus movimientos profundos y la contaba desde la superficie de sus protagonistas, héroes comunes, borrachos geniales, boxeadores pensantes y nobles, vagabundos filosóficos, ladrones matemáticos o actores fracasados, policías corruptos pero con algún rasgo de
orgullo, futbolistas imposibles, adivinas enamoradas, solitarios, perdidos y reencontrados, peronistas de alma y peronistas traicionados. Todos bajo el mismo sol, todos distintos y uno mismo, nosotros.

*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-3555-2007-01-28.html

La Argentina invade California*

Cuál fue la primera potencia del mundo que reconoció a la flamante Argentina de la Revolución? ¿Qué ansias arrastraban a los hombres de la Independencia? ¿Qué fuego delirante les inflamaba los corazones?
Franceses, ingleses, polacos, alemanes y norteamericanos corrieron en auxilio de la joven Revolución que enfrentaba al imperio de España. Todas las ideas, viejas y nuevas, venían a refundarse en estas costas: monárquicos, republicanos, católicos, liberales, anarquistas y aventureros peleaban por amor, por costumbre o por plata. Los hubo solemnes, grandiosos, generosos, chiflados, estúpidos, vanidosos y despiadados.
El más conocido de ellos fue el capitán José de San Martín, de la secreta Logia Lautaro, pero entre los más chiflados y ambiciosos estaba el corsario Hipólito Bouchard. Como Liniers y Brandsen, Bouchard era francés y como ellos murió de muerte violenta. Fue él quien compró el primer reconocimiento exterior para la Argentina, que todavía se llamaba Provincias unidas. En su nombre invadió y destruyó la California dominada por los españoles.
Bouchard llegó al Río de la Plata en 1809 en un barco de corsarios franceses. El primer día de febrero de 1811 el gobierno de la Revolución lo nombra capitán del bergantín de guerra 25 de Mayo. Su primera batalla, la de San Nicolás, no es gloriosa: cuando el 2 de marzo oye los cañones de siete naves, Bouchard abandona a su jefe, Juan Bautista Azopardo, se tira al agua y gana la costa a nado con toda la tripulación. En el Consejo de Guerra presidido por Saavedra dirá que los marineros huyeron primero y que él fue impotente para contenerlos. Azopardo, en su diario, se queja de haber sido "vergonzosamente abandonado".
En tierra le va mejor: incorporado al Regimiento de Granaderos a Caballo, el 13 de febrero de 1813 contribuye al triunfo en San Lorenzo: mata de un pistoletazo al abanderado de los realistas y se queda con el pabellón enemigo; eso lo hace criollo y capitán del ejército de San Martín, que lo recomienda a la Asamblea Constituyente.
Pero lo suyo es el pillaje y el saqueo, como Drake y Morgan, y pronto va a probarlo. En 1815 manda las corbetas Halcón y Uribe y marcha a reunirse con Brown, que comanda la Hércules. El irlandés lo espera en la isla de Mocha, sobre el Pacífico, para ir a cañonear el puerto de El Callao. Los dos han cambiado: William Brown es ahora guillermo e Hypolite se ha convertido en Hipólito, súbditos de las Provincias Unidas. En una tormenta bouchard pierde el Uribe. Brown, en cambio, captura la fragata española Consecuencia y toma prisionero al brigadier Mendiburu, gobernador de Guayaquil.
En febrero, Brown decide asaltar la fortaleza de Guayaquil pero Bouchard no lo acompaña porque estima la aventura demasiado riesgosa. En cambio, le propone un negocio: ofrece el Halcón y diez mil pesos en efectivo a cambio de la Consecuencia. Brown acepta y paga. Bouchard regresa a Buenos Aires el 18 de junio de 1816, en vísperas de la declaración de Independencia que San Martín y Belgrano piden a sablazos. El 9 de julio, "Nace a la faz de la tierra una nueva y gloriosa nación / coronada su sien de laureles / y a sus plantas rendido un león". Pero el problema más urgente es conseguir que alguna potencia extranjera y soberana reconozca ese nacimiento de parto tan doloroso. Rivadavia y Belgrano han viajado a Europa y no lo han conseguido porque están en desacuerdo sobre la forma de gobierno que se darán. Belgrano quiere coronar a un cacique inca y Rivadavia vislumbra una república liberal en la que pueda ser presidente. También San Martín propone un rey. A Bouchard le da lo mismo: ahora es sargento mayor de la Marina, tiene patente de corso y necesita una bandera que sea aceptada en todos los puertos. El 9 de julio de 1817 hace que toda la tripulación de la Argentina grite "¡Viva la patria!" y sale de Ensenada rumbo a Madagascar.
Para seguir su loca carrera es preciso tener a mano un mapamundi: en Tamatava, a la entrada del Océano Índico, libera a los esclavos de cuatro barcos españoles y les canta el Himno Nacional para que el ruido llegue hasta Buenos Aires. Pasa por las costas occidentales de la India y entra en el Archipiélago del Sonda donde toca los puertos de Java, Macasar, Célebes, Borneo y Mindanao.
No le es fácil el periplo: en Java la Argentina atrapa el escorbuto y el capitán tira cuarenta cadáveres al mar. En Macasar lo atacan cinco barcos piratas pero en una hora y media de combate Bouchard pone en fuga a cuatro y se queda con el quinto. La batalla le deja siete marineros muertos a los que reemplaza con los más fornidos de la nave capturada. A los otros les ordena rezar y los hunde a cañonazos.
Por fin se acerca a Manila, en las Filipinas. Bloquea la entrada al puerto de Luzón, el más importante del archipiélago, convoca a oficiales y tripulantes al pie de la bandera y les hace una arenga de argentinidad, en francés para los oficiales, en castellano para los marinos.
La empresa es espectacular: la Argentina saquea y hunde dieciséis buques mercantes. Bouchard captura a cuatrocientos tripulantes y un bergantín español. Al fin decide ir a China, pero la tempestad lo empuja a la Polinesia, donde va a llevarse una sorpresa mayor. Al acercarse al puerto de Karakakowa, en las islas Sandwich, le parece distinguir una nave conocida: echa ancla y reconoce a la Chacabuco, una de las corbetas de Brown, que fondea con el pabellón de Kameha-Meha, un reino soberano que nuclea a las incontables islas de Hawaii.
Alguien le dice que la tripulación de la Chacabuco, sublevada en Valparaíso, ha llegado extraviada a esas costas y ha vendido la nave al rey. Los criollos amotinados, hartos de mar, penando por caballos y llanura, consumen el botín de seiscientos quintales de sándalo y dos pipas de ron en las tabernas y prostíbulos de Karakakowa. Uno de ellos, por vergüenza o por nostalgia, conserva la flamante bandera de Belgrano.
Bouchard, que ha nacido en Saint Tropez, vislumbra un destino de medallas, honores y pampas tranquilas. En el instante mismo decide llevarse la corbeta y también el primer reconocimiento diplomático para la nación que nace.
Los gauchos borrachos que encuentra en el puerto le cuentan que hay un rey gordo que está siempre rodeado de mujeres de cintura ondulante. Por respeto y sin duda por temor lo apodan "Pedro el Grande de los Mares del Sur". El capitán recupera la bandera y el corazón se le hace todo fuego: averigua, pide, ruega y llega hasta el monarca. Lo que ha saqueado en cuatro mares alcanza y sobra para recuperar la Chacabuco. El rey de Kameha-Meha acepta la indemnización pero confiesa no conocer la bandera que Bouchard le muestra. En inglés, en francés y en español el capitán le cuenta la gesta sudamericana, las interminables llanuras y los Andes nevados que ha cruzado San Martín. Agrega las selvas calientes del Chaco para conmover al monarca y sin vacilar lo nombra, bajo un sol de cincuenta grados, teniente coronel del ejército de las Provincias Unidas del Río de la Plata. Ahí mismo le entrega uniforme, espada, charreteras y sombrero de granadero y le muestra un mapa del sur para que se ubique. El rey gordo no se emociona demasiado, pero el uniforme lo divierte y firma un tratado de "Unión para la paz, la guerra y el comercio" en el que consta que Kameha-Meha es la primera potencia del mundo en reconocer a las Provincias Unidas.
Ese 20 de agosto de 1817 el pirata Bouchard empieza a entrar en la historia. Mitre llamará a ese instante de Karakakowa "un triunfo diplomático". Vicente Fidel López, que tiene menos sentido del humor, califica al capitán de "corso del latrocinio".
Pero la irrisoria hazaña de Bouchard recién empieza. En tabernas y fumaderos de Hawaii recoge a los gauchos extraviados, fusila a dos gritones como escarmiento y pone proa a la lejana California. Un delirio de fortuna y grandeza le quema el alma: antes de que a esas costas las ganen los ingleses, se dice, llegarán los argentinos. El 23 de octubre de 1817, con la Chacabuco recuperada y en pie de guerra, zarpa para Norteamérica.
Ahí va Hipólito Bouchard, viento en popa y cañones limpios, a arrasar la California donde no están todavía el Hollywood del cine ni el Sillicon Valley de las computadoras. Lleva como excusa la flamante bandera argentina que ha hecho reconocer en Kameha-Meha, aunque los oficiales de su Estado Mayor se llamen Cornet, Oliver, Jhon van Burgen, Greyssa, Harris, Borgues, Douglas, Shipre y Miller.
El comandante de la infantería, José María Piris, y el aspirante Tomás Espora son de los pocos criollos a bordo. Entre los marineros de la Argentina y la Chacabuco van decenas de maleantes recogidos en los puertos del Asia, treinta hawaianos comprados al rey de Sandwich, casi un centenar de gauchos mareados y diez gatos embarcados en Karakakowa para combatir las ratas y las pestes.
Al terrible Bouchard, como a todos los marinos, lo preocupa la indisciplina: sabe que algunos de los desertores que habían sublevado la Chacabuco en Valparaíso se han refugiado en la isla de Atoy y quiere darles un escarmiento. Manda a José María Piris que se adelante a bordo de una fragata de los Estados Unidos e intime al rey que protege a los rebeldes.
Antes de partir, los piratas norteamericanos, que roban cañones y los revenden, dan una fiesta a la oficialidad de las Provincias Unidas: corre el alcohol, se desatan las lenguas y un irlandés con pata de palo comenta, orgulloso, la intención argentina de bombardear la California. El capitán de los piratas toma nota: en la bodega lleva doce cañones recién robados y si se adelanta con la noticia a Monterrey -la capital de California- podrá venderlos a cinco veces su precio.
El rey de Atoy no sabe dónde quedan las Provincias Unidas, nunca oyó hablar de las Provincias Unidas y teme una represalia española. Piris lo amenaza con la cólera del infierno y el rey, por las dudas, hace capturar a los sublevados entre los que se encuentra el cabecilla. El comandante duerme en la playa y cuando divisa los barcos de Bouchard se hace conducir en bote para dar la buena nueva.
El francés desconfía: en la entrevista con el rey comunica la sentencia de muerte para los sublevados asilados en Atoy y trata, como en Karakaka¡owa, de hacer reconocer a la flamante nación. El rey se insolenta y dice, muy orondo, que los prisioneros se le han escapado.
"Comprometidos así la justicia y el honor del pabellón que tremolaba en mi buque, fue necesario apelar a la fuerza", cuenta Bouchard en sus Memorias. En realidad, basta con amagar. El rey manda a un emisario a parlamentar a la Argentina y lleva a los prisioneros a la playa. Bouchard baja, arrogante y triunfal, les lee la sentencia y ahí no más fusila a un tal Griffiths, cabecilla del amotinamiento. A los otros los conduce al barco y les hace dar "doce docenas de azotes".
El 22 de diciembre de 1818 llega a las costas de Monterrey sin saber que los norteamericanos han armado la fortaleza a precio vil. Bouchard traza su plan: pone doscientos hombres de refuerzo en la corbeta Chacabuco, le hace enarbolar una engañosa bandera de los Estados Unidos y la manda al frente a las órdenes de Willian (o Guillermo) Shipre.
Ya nadie recuerda la letra del Himno Nacional y Shipre hace cantar cualquier cosa antes de ir al ataque. Están calentándose los pechos cuando advierten que cesa el viento y la Chacabuco queda a la deriva. Desde el fuerte les tiran diecisiete cañonazos y no falla ninguno. La Chacabuco empieza a naufragar en medio del desbande y los gritos de los heridos. Shipre se rinde enseguida. Escribe Bouchard: "A los diecisiete tiros de la fortaleza tuve el dolor de ver arriar la bandera de la patria".
Todo es desolación y sangre en la Chacabuco pero Bouchard no quiere pasar vergüenza en Buenos Aires. Las Provincias Unidas de la Revolución han autorizado a más de sesenta buques corsarios para que recorran las aguas con pabellón celeste y blanco y las presas capturadas son más de cuatrocientas. De pronto, la joven nación está asolando los mares y las potencias empiezan a alarmarse. Todavía hoy la Constitución argentina autoriza al Congreso a otorgar patentes de corso y establecer reglamentos para las presas (art. 67, inc 22).
Los pobres españoles de California no tenían ni un solo navío para su defensa. Bouchard ordena trasladar a los sobrevivientes de la Chacabuco a la Argentina pero abandona a los mutilados y heridos para que con sus gritos de espanto distraigan a los españoles. Al amanecer del 24, mientras en Monterrey se festeja la victoria, Bouchard comanda el desembarco con doscientos hombres armados de fusiles y picas de abordaje. lo acompañan oficiales que no saben para quién pelean pero esperan repartirse un botín considerable.
A las ocho de la mañana, después de un tiroteo, la tropa española abandona el fuerte y retrocede hacia las poblaciones. A las diez, Bouchard captura veinte piezas de artillería y con mucha pompa hace que los gauchos y los mercenarios formen en el patio mientras hace izar la bandera.
sin embargo el capitán no está contento. Quiere que en el mundo se sepa de él, que le paguen la afrenta de la Chacabuco. Arenga a la tropa enardecida y la lanza sobre la población aterrorizada. Los marinos de Sandwich son implacables con la lanza y la pistola; otros tiran con fusiles y los gauchos manejan el cuchillo y el fuego a discreción. Dicen los historiadores de la Marina que Bouchard respeta a la población de origen americano y es feroz con la española. Difícil saber cómo hizo la diferencia en el vértigo del asalto. La fortaleza es arrasada hasta los cimientos. También el cuartel y el presidio. Las casas son incendiadas y la Nochebuena de 1818 es un vasto y horroroso infierno de llamas y lamentos. Después del pillaje, Bouchard manda guardar dos piezas de artillería de bronce para presentar en Buenos Aires con las barras de plata que encuentra en un granero.
Durante seis días, siobre los escombros y los cadáveres, flamea la bandera argentina. Los prisioneros liberados de la cárcel ayudan a reparar la Chacabuco mientras los soldados arman juerga sobre juerga a costa de las aterradas viudas de España, episodio que las historias oficiales eluden con pudor.
Tanto escándolo arman Bouchard y los suyos en el norte que el Departamento de Estado norteamericano -cuenta el historiador Harold Peterson- "dio instrucciones a sus agentes para que protestaran vigorosamente contra los excesos cometidos con barcos que navegaban bajo la bandera y con comisiones de Buenos Aires". Sin embargo, recién en 1821, con Rivadavia como ministro de Guerra, los Estados Unidos obtendrían un decreto de revocación de las patentes de los corsarios: "En su forma literal -dice Peterson- este decreto representaba una entrega total a la posición por la cual los Estados Unidos habían luchado durante cinco años".
Para entonces, Bouchard ya había quemado toda California. Después de destruir Monterrey arrasa con la misión de San Juan, con Santa Bárbara y otras poblaciones que quedan en llamas. El 25 de enero de 1819 bloquea el puerto de San Blas y ataca Acapulco de México. En Guatemala destruye Sonsonate y toma un bergantín español. En Nicaragua, por fin, se echa sobre Realejo, el principal puerto español en los mares del sur, y se queda con cuatro buques cargados con añil y cacao y veintisiete prisioneros. Ésa fue su última hazaña.
Al llegar a Valparaíso, maltrecho por el ataque de otro pirata, Bouchard reclama la gloria pero lo espera la cárcel. Lord Cochrane, corsario al servicio de Chile, lo acusa de piratería, insubordinación y crueldad con los prisioneros capturados. Bouchard argumenta: "Soy un teniente coronel del Ejército de los Andes, un vecino arraigado en la Capital, un corsario que de mi libre voluntad he entrado a los puertos de Chile con el preciso designio de auxiliar a sus expediciones". Sobre las torturas ordenadas, se defiende así: "Que se pregunte por el trato que recibieron los tripulantes del corsario chileno Maipú u otro de Buenos Aires que, luego de apresado, entró a Cádiz con la gente colgada de los penoles".
Pasa apenas cinco meses en prisión. Al salir pone sus barcos a disposición de San Martín y le lleva granaderos a Lima. Ya en decadencia, reblandecido por dos hijas a las que apenas había conocido, se pone a las órdenes del Perú y en 1831 se retira a una hacienda. En 1843, un mulato harto de malos tratos lo degüella de un navajazo.
Es una muerte en condicional: los apólogos de la Marina, que le justifican torturas y tropelías, no consignan ese indigno final.

*de Osvaldo Soriano.
"Cuentos de los años felices" Editorial Sudamericana. Bs. As. edición de 1993.

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Apreciadas amigas, queridos amigos,

El número 78 de nuestro Magazín Cultural Latinoamericano XICóATL “Estrella Errante”, edición Enero/Marzo/2007, puede ser ya consultado en nuestra página en internet www.euroyage.com en el link:

http://www.euroyage.com/index.php?i=http://www.euroyage.com/xicoatl/78/e_78.php

CONTENIDO:
Mozart: Walkman Amadeus Mozart: Bitácora de una semana. Marcos Aurelio Arcaya Pizarro
Poemario: Poemas. Matilde Casazola Mendoza
Poemario: O "Boca do inferno". Gregorio de Mattos e Guerra
Narrativa: Cuentos. Marcos Rodríguez Leija
Austria: Poemas. Gerold Schodterer

La edición impresa de XICóATL # 77 puede ser puede ser solicitada a YAGE por e-mail en la dirección euroyage@utanet.at al precio de 7.- Euros (incl. envío postal).

Cordial saludo,

YAGE, Verein für lat. Kunst Wissenschaft und Kultur.
http://www.euroyage.com/
Schießstattstr. 44 A-5020 Salzburg AUSTRIA
TEL + FAX: (++43) 662 82 50 67

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Reescribiendo noticias. Una invitación permanente y abierta a rastrear noticias y reescribirlas en clave poética y literaria. Cuando menciono noticias, me refiero a aquellas que nos estrujan el corazón. Que nos parten el alma en pedacitos. A las que expresan mejor y más claramente la injusticia social. El mecanismo de participación es relativamente simple. Primero seleccionar la noticia con texto completo y fuente. (indispensable) y luego reescribirla literariamente en un texto -en lo posible- ultra breve (alrededor de 2000 caracteres).

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