DE VIDA Y MUERTE
En defensa propia*
No importa si mi canto
carece de belleza o
armonía.
Si no es tan sutil
como quisiera,
si no tiene el brillo
de los grandes poemas.
Yo canto; eso es lo único
que importa.
Yo canto porque el canto
me mantiene viva.
*de María Rosa León. mrleon003@yahoo.com.ar
De vida y muerte...
Un delfín fallece de tristeza por la muerte de su entrenadora*
Rebajó más de 50 kilos en dos semanas
ROMA.- Depresión, melancolía, tristeza. Mary G., como fue bautizado un delfín hembra de un acuario de Riccione, sobre la costa adriática, está muy mal. Los veterinarios del delfinario Oltremare están muy preocupados: vomita todo lo que come, bajó muchísimo de peso, más de 50 kilos en dos semanas, y temen por su vida.
El malestar de este mamífero comenzó hace dos semanas, después de que Tamara Monti, su instructora, fue asesinada brutalmente, episodio escalofriante que ocupó gran espacio en la prensa italiana.
Tamara, de 37 años, murió acuchillada por su vecino de departamento, enloquecido por el ladrido de sus dos perros que allí dejaba solos cuando iba a trabajar al acuario. Desde entonces, el delfín llamado Mary G. rechaza la comida, por lo que muchos creen que el cetáceo ha caído en una profunda depresión que puede resultarle mortal.
Tamara, de hecho, era mucho más que una instructora para el mamífero, cuya historia -que pudo leerse ayer en el diario La Repubblica -, es digna de película. Hace un año y medio, cuando este delfín de la rarísima especie Grampus griseus terminó encallado en el puerto de Ancona, en condiciones desesperadas, fue la mismísima Tamara quien le salvó la vida.
Cuando Mary G. -que había perdido a su madre en la travesía-, llegó al delfinario Oltremare, de Riccione (cerca de Rímini), Tamara, ayudada por su novio, también instructor de ese centro, la cuidó como si fuera una hija.
Acunó al maltrecho delfín como a un bebe, y lo alimentó durante meses con licuados de arenques, alimentos balanceados, sales minerales y vitaminas. Se turnó con otros instructores durante días, bajo el sol, para que hubiera siempre alguien en el agua que ayudara al animal a sostener su peso y mantenerse a flote. Le susurró palabras de afecto, le enseñó en una pileta a recuperar la confianza en sus capacidades de nado, hasta que el delfín moribundo revivió y se convirtió más tarde en la estrella del acuario. Pese a que algunos veterinarios habían pensado entonces en liberar a Mary G. en mar abierto, algunos especialistas internacionales llegaron a la conclusión de que, después de tanto apego a los seres humanos, y especialmente a la rubia Tamara, le resultaría fatal.
Ahora, en Oltremare se vive un clima de agonía. Después del profundo shock que causó el 2 de febrero la increíble muerte de Tamara, asesinada por un sujeto que se justificó diciendo que sus perros ladraban demasiado, muchos temen que a Mary G. pueda tocarle el mismo destino. El delfín, que pesaba 210 kilos antes de la desaparición de su instructora, pese a los esfuerzos por hacerle ingerir su ración diaria de leche y calamares, bajó a 160 kilos.
Además, comenzó a padecer una peligrosa infección estomacal y disturbios nerviosos. "La relación entre un delfín y su instructor es siempre especial, pero en el caso de Tamara y Mary G. era realmente estrecha", dijo Leandro Stanzani, director del delfinario Oltremare. "Tamara estaba siempre acariciando a Mary G, y esta no dejaba de frotarle el hocico en la mejilla", agregó.
"El dolor del delfín por la muerte de Tamara es grande, y la inquietud que nosotros sentimos por la suerte de Mary G. es enorme. Estamos realmente preocupados", dijo a La Repubblica Sauro Pari, coordinador de la fundación Cetáceos de Riccione, que advirtió, sin embargo, que desde el punto de vista científico no se puede deducir que los dos hechos estén relacionados, por más que así lo parezca.
El novio de Tamara, Robert, jefe de los instructores del parque acuático, está haciendo de todo para que Mary G. vuelva a recuperarse. Y los demás responsables del acuario de Riccione, también. Tanto es así que en los últimos días decidieron meter en la misma piscina del agonizante y triste delfín a otro viejo cetáceo, llamado Pele. La esperanza es que se hagan amigos, que Mary G. se anime un poco, recupere su apetito y lentamente se olvide de sus penas y de Tamara, "su madre-substituta", tal como la definió Stanzani. El intento de distracción, sin embargo, no está funcionando.
*Por Elisabetta Piqué
Corresponsal en Roma
-Fuente: La Nación
Link permanente: http://www.lanacion.com.ar/885068
Germán*
19/02/07
*Por Carlos del Frade
(APE).- Los números macroeconómicos que hablan maravillas de la vida cotidiana en la Argentina no tienen ninguna relación con la existencia verdadera de las mayorías en el país del sur del mundo.
Crecen las cifras, pero no la calidad de vida de sus muchachos, al contrario.
Fuera de los grandes negocios vinculados al petróleo, la soja y la minería, pibas y pibes argentinos forman parte de la geografía del narcotráfico, manejada por muy pocos y que se aprovechan de la todavía palpable ausencia de significado de la palabra futuro para los más jóvenes.
Sin futuro, a soportar el presente, a hacerle el aguante. Consumidores, consumidos. Y como siempre, del otro lado, los guardianes del orden injusto que los usarán como estadísticas para hacer ver que hacen algo o los matarán porque saben que la voluntad real del poder es eliminar a las pibas y pibes antes que se vuelvan contestatarios, revolucionarios. Funcionales o muertos, ordena el sistema. Y para ambas cosas, la policía.
Germán Medina entró con quince años, nada más que quince años, en el Instituto Roca. En realidad, lo metieron, lo encerraron en el Roca. Lo acusaron de tener dos cigarrillos de marihuana.
Un año después, el pibe fue encontrado muerto. Pero alguien apuró el final. Por eso se habla de un típico asesinato más de las brutales fuerzas policiales que abundan en la Argentina del boom económico y del narcotráfico democratizado.
Para la abogada de la familia, María del Carmen Verdú, la lectura es una sola: "lo que podemos afirmar rotundamente es que a este chico lo mató el Estado nacional: lo encerraron en una celda solitaria, un buzón, donde terminó muriendo sin haber cometido ningún delito".
Entre la detención y la muerte anticipada, Germán tuvo que hacer terapia y lo hallaron, en algunos de esos días de oscuridad impuesta, consumiendo pegamento.
Los padres quisieron trasladarlo pero no había lugares en otras instituciones más abiertas. Llegó al Rocca en octubre de 2006. Lo golpearon y quizás también lo violaron. Germán estaba allí porque su delito fue tener dos cigarrillos de marihuana. Hay que tenerlo en cuenta porque la dimensión de la acusación no es nada ante la responsabilidad de los inversores que pagan los grandes cargamentos que llegan al país, inversores que son delincuentes de guante blanco y que nunca pisan un juzgado federal ni mucho menos una comisaría de los conurbanos de las grandes ciudades argentinas.
La crónica periodística señala que Germán fue llevado a un establecimiento de puertas abiertas en San Vicente, que escapó del lugar y fue a su casa. Otra vez lo detuvieron y para la Navidad volvió con su familia. Porque ese es el lugar de cualquier pibe de quince años.
En el día de la masacre de los santos inocentes, Germán fue otra vez detenido y encerrado en el Rocca y el 11 de enero, sostiene la versión policial, apareció ahorcado en una celda de aislamiento.
Un día antes de la horca, el pibe le entregó dos cartas a su mamá: "Sé que me tuve que hacer cargo de todo, pero lo importante es que me comprendas. Sé que estuve muy mal de mi parte pero me hago cargo de todo. Siempre estuvimos juntos en todo momento. Con todo mi amor. Yo. Tu hijo. El más caprichoso", escribió.
La vida y muerte de Germán es muy parecida a las condiciones existenciales de miles y miles de pibas y pibes. La vida y muerte de Germán, en definitiva, es la verdadera dimensión de la Argentina, la que no es tenida en cuenta por los voceros oficiales.
Fuente de datos: Agencia de Noticias Tercer Mundo Online 16-02-07
*Publicado en AGENCIA PELOTA DE TRAPO. agenciapelota@pelotadetrapo.org.ar
http://www.pelotadetrapo.org.ar/
representatividad*
un general de la nación un escritor de la
[nación
la esposa de un paleontólogo de la nación
el hijo político de un cerrajero de la nación
toda una dama de beneficencia de la nación
[distinguidísima
la hermana de una galletitera de la nación
se sentaron a mi mesa saborearon mis postres
aludieron a la economía al malestar social
a los inextricables —dijeron— senderos del
[arte
a la resurrección de la carne
bebieron mi licor de huevo
con el café y cada uno protocolarmente
sucesivamente obsequióme disimulando los
[bostezos
irrisorias medallas rebosantes de tics y
[muecas incontrolables
bastones y coronas repujados y repujadas
[respectivamente
agradecieron mis cumplidos y exquisiteces
me alabaron de paso representativos federales
obligados por las buenas costumbres pero sin
[prosternarse
me adjudicaron la banda presidencial de la
[nación
bastones coronas tics y muecas de la nación
licores y huevos de la nación
y así seguirá siendo a lo largo y proficuo de
[todo mi mandato
* de Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar
De Mi Mayor Estigma (si mal no me equivoco). Ediciones Recitador Argentino
El grito de la mandrágora *
Nosotros jugábamos en el campito, a veces era a la pelota, a veces cavábamos trincheras y las naranjas eran granadas que volaban sobre yuyos crecidos. Había árboles achaparrados, una alambrada vencida que nos permitía un ingreso con amenaza de invasión al lugar prohibido.
Cada tanto era el hallazgo de un sapo, la persecución desde lejos y temerosa de una iguana prehistórica. Y las nenas que hacíamos tortitas de barro y poníamos la mesa de latas oxidadas sobre el redondo tocón de un árbol talado hacía décadas.
El lugar no era por completo tranquilizador, pero en eso estaba parte del encanto. Solos no íbamos. Cruzábamos el hueco del perímetro en bandada parloteante, de a tres o de a cinco, a veces más; cuando el sol legalizaba con sombras definidas esa amenaza que se manifestaba en los atardeceres y se
afianzaba por las noches. Nunca de noche al campito. Alguna que otra vez nos quedamos en el crepúsculo, pero el avance de la oscuridad ponía rostros en las cortezas, sonidos en los matorrales, y ni siquiera la bulla era tranquilizadora, sonaba falsa, y terminaban provocándonos más miedo esas nuestras voces forzadas que el silencio que se adivinaba por debajo.
Entonces cada carancho a su rancho, desbandada y retorno a las casas iluminadas, a mamá y la mesa puesta y los deberes todavía pendientes. Calcar un mapa, resolver un problema esquivo. Y el campito oscuro dejaba de existir porque ya no era el lugar de juegos sino el lugar donde la muerte se pasea bajo la luz fría de la luna.
Y una tarde encontramos al ahorcado.
Nosotros lo encontramos pendiendo del árbol. Ya no era un ser humano sino una cosa como un maniquí, algo parecido a una bolsa o un muñeco de trapos.
Vino la policía, desde la vereda asistimos al enjambre de vecinos y escuchamos al nivel de las cinturas las historias encontradas que iban formando la historia final del suicidio, la que se repetiría para siempre; y en la que figuraba una novia y un abandono, y esa cosa dramática de la juventud.
A los pocos días estábamos de vuelta. Era nuestro lugar, y aunque vigilábamos el árbol por el rabillo del ojo en medio del juego de la mancha, nada nos atemorizó, ningún bulto fantasmagórico se materializó bajo la rama.
Fui yo la que descubrió la plantita.
Justo en el lugar, debajo del espacio vacío ahora donde había pendido el hombre. Justo allí asomaba una ramita vertical, verde y erecta.
Uno de los chicos nos habló de la mandrágora. Quién se había ocupado de contarle semejantes historias, no lo recuerdo; pero él nos dijo que antes, cuando ahorcar a los ladrones o asesinos era una costumbre bastante usual, ocurría que en el momento terrible de la asfixia el hombre eyaculaba, y tal
condenado riego sobre la tierra producía una planta infernal. La mandrágora.
El sonido de ese nombre mágico nos enturbió los paladares. Comenzamos a imaginar el bulbo monstruoso que se gestaba debajo de la superficie, tubérculo con forma humana, raíz maravillosa y llena de secretos poderes.
Veíamos crecer nuestra mandrágora, y por esos raros aconteceres ninguno dio en ir con el cuento a sus padres. Era nuestro secreto.
La ramita solitaria se abrió en hojas afiladas; oculto por debajo percibíamos con el estómago el ser enterrado, maligno, hecho de muerte y luna.
Tampoco recuerdo quién habló por vez primera de la cosecha. Se fue instalando la idea como aparecen las primeras nubes antes de la tormenta, inadvertidamente, en forma difusa, hasta que el cielo está cubierto y uno no sabe cuándo desapareció el último manchón celeste.
Las discusiones tenían la ingenuidad de nuestros pocos años. Entre los argumentos y las estrategias aparecían disputas por una figurita, o de pronto se armaba un picadito con la pelota y la cosecha quedaba momentáneamente olvidada.
Había un grave problema, y era que al arrancar la mandrágora la planta produce un fuerte grito, y quien la desentierra muere instantáneamente. Eso decía nuestro amigo, y para nosotros él era el hechicero y no se cuestionaba la verdad de su sabiduría. Tampoco dudábamos de que si un hombre le pasaba el dedo medio por la palma a una mujer, ésta se le entregaría "mansita mansita"; recuerdo especialmente la expresión porque me hacía ver una mujer como un perrito panza arriba, la cara borrada, el cuerpo exánime, igual al de las monjas en éxtasis retratadas en las vidas de santos. Y un mago sostenía su mano, y le pasaba una y otra vez el dedo obsceno por el hueco ofrecido de la mano.
Entonces decidimos traer a un chico de afuera, un extraño, que sin noticia del peligro nos proporcionase la raíz maravillosa.
Para qué propósito deseábamos la mandrágora, no lo se. La aventura estaba en la acción y en la muerte, que justificaban los desvelos.
Confusamente algunos tejieron aspiraciones fabulosas, diciendo que podríamos vender por cifras millonarias el prodigio a los gitanos, otros hablaron de la NASA, y alguno mezcló la historia con los cuentos de hadas, y proponía pedir deseos como si en vez de una mandrágora hubiésemos hallado la lámpara de Aladino.
Por qué tentar al destino, la finalidad de lo que haríamos no importaba. Queríamos que sucediese algo. No sabíamos qué, pero algo.
Uno de los chicos era de esas familias numerosas y extendidas. En su casa habitualmente salían colchones de la piecita del fondo, y parientes del campo brotaban de la nada estacionando un automóvil o una camioneta embarrada y rellenando los espacios de las habitaciones con voces que hablaban con tonadas raras.
Hubo un primito, primo segundo creo, una de esas relaciones por parte del abuelo o la abuela, vaya a saber qué grado de parentesco, pero a ellos les bastaba con descender de Adán para ser de la familia.
El chico era un gringuito de dientes enormes, todo sonrisa y pies descalzos, que andaría por los seis o siete años y tenía la ingenuidad intacta, la confianza sincera y esa fidelidad canina hacia los chicos más
grandes.
Nos citamos al atardecer debajo del árbol.
Podría describir con notas lúgubres el campito, pero en realidad y llegado el momento fue como si no se jugase nada. En su lugar seguían las piedras que marcaban el arco para los partidos de pelota, no había espíritus tenebrosos escondidos detrás de los arbustos.
Alguien le dijo que arrancase la plantita, así, sin ceremonia ni preparación, y con solicitud el gringuito aferró el tallo y las hojas, dio el tirón exacto con el que desmalezaba la quinta de su madre. Todos gritamos. No puedo asegurar que el aullido aterrador proviniese de la mata arrancada o fuese la unión de nuestros agudos chillidos infantiles. Después aseguramos haber escuchado el grito, pero quién sabe. En la mano sostenía limpiamente un tubérculo gordo y con ramificaciones que se asemejaba vagamente a un ser humano.
El nene murió, pero después. Vuelto al campo supimos que lo tomó una fiebre y apenas duró unos días. A la raíz la cortamos en pedazos y cada uno se llevó su parte. La porción que me pertenecía se secó, quedó como una pasa resumida, y fue olvidada en el cajón de la mesita de luz hasta que se perdió en alguna limpieza. Después vinieron cocineros televisivos y supe del jengibre.
No hablamos más del asunto. La magia se niega a acontecer con claridad, y nos permite darla al olvido y la duda. Afortunadamente.
*de Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com
*
Participación de escritores del norte de Santa Fe en la 7ª Feria del libro chaqueño y regional.
Centro Cultural Nordeste.
Resistencia. 20 al 25 de febrero de 2007.
Presentación de libros.
Martes 20.
21.00 hs
Historia de la fundación de Reconquista. -de Dante Ruggeroni y Edith Gallagher.
22.00 hs.
Sólo digo compañeros. -de Raúl Borsatti.
Arando Hondo. -de Arón Santos Reniero.
Jueves 22.
20.00 hs.
Saberes y sabores de la práctica docente. Textos y contextos. -de Alejandra Morzán.
Viernes 23.
19.00 hs.
Monte Madre. -de Jorge Miceli.
20.00 hs.
Tejer Textos. -de Hugo Carrara.
21.00 hs.
Algunos mitos, creencias y devociones populares en nuestra zona norte santafesina. -de Pablo Pila.
Disertación de los lobos. -de Conrado Nuñez.
El bronce de los días. -de Andrés Ugueruaga.
Los Galeses de Santa Fe. -de Guido Tourn.
La fiesta de San Baltasar en el puerto de Reconquista. -de María Elena Cricco.
Mujeres sin historia. -de Mirta Vacou y Hugo Escobar.
Sábado 24.
20.00 hs
Antes del silencio. -de Delia Fontana.
21.00 hs.
El 180. -de Juan carlos Grusky.
Mujeres, simplemente mujeres. -de Hugo Ermácora.
Julián, pincelazos de una escuela rural. -de Julia Elena de Castañeda.
22.00 hs
Los días felices. -de Celso Agretti.
Estarán presentes a través de sus producciones:
María Del Pilar Lencina - Reconquista.
María Elena Moreyra y Ana María Ravazzola -Reconquista.
El centro de escritores de Avellaneda.
Sofía Soyko -Margarita.
Omar Darío Nasich -Avellaneda.
Diego Manuel Planisich -Avellaneda.
*
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