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BITÁCORA DE UN SOCIÓLOGO FRACASADO

31/03/2007 GMT 1

CRIATURAS QUE HUYEN BAJO ALAS DE ESPANTO

urbanopowell @ 01:31

Criaturas que huyen bajo alas de espanto

Cucaracha*

Nunca le tuve demasiada repulsión a las cucarachas. No me producen ese asco intolerable que fuerza a la mayoría de las personas a hacerlas pelota contra el piso, o la pared, ni bien las ven caminando por algún rincón de la casa, como si fuese el más horrendo de los males. Será que soy un tipo sensible, o
un bicho raro, o que estoy solo desde hace un tiempo. No lo sé.
El otro día entré a mi casa y ni bien pisé la cocina y prendí la luz, mis ojos hicieron foco, como si fuesen una lente fotográfica de largo alcance, en una de las alacenas de la cocina: una soberana cucaracha del largo de una cajita de fósforos, gorda como el mango de un cuchillo tramontina, de color marrón oscuro, descansaba sobre la madera. Las antenas medían unos tres o cuatro centímetros y las movía como si fuesen aletas. "¿Qué hago?", pensé.
Me descalcé, caminé en puntas de pie y con el brazo en alto me puse a tiro.
Tomé aire y largué el golpe. Le pifié. Los dos nos sobresaltamos con el ruido de la hojota sacudiendo la puerta de la alacena. El bicho salió disparado en busca de un refugio, zigzagueó de manera notable y la perdí de vista cuando se metió detrás del tubo de luz que alumbra una de las mesadas de la cocina. Ahí se quedó, helada, tensa, traspirando sudor y terror -todo eso me lo imaginé yo-. Metí la revista de Cablevisión entre el tubo y la pared, friccioné, busqué por todos los medios que saliese de su escondite,
pero no.
Me fui a dormir, solo. Ni bien puse la cabeza sobre la almohada, me estiré, e hice contacto con la suavidad de las sábanas matrimoniales, pensé: "Que buena estaba mi cama".
Al otro día la misma escena. La misma hora -las ocho de la noche de un día de semana del mes de enero-, los mismos rayos de luz, tenues, casi anaranjados, atravesando la ventana de la cocina. Pasé, prendí la luz, y de nuevo la mancha cada vez más marrón, patas, antenas, una caparazón hinchada que se le inflaba con cada respiración, pegada a la alacena, reposando, indiscreta. Me volví a descalzar y me dije: "esta vez no fallo". ¡Pum! El golpe salió con decisión pero la cucaracha volvió a zafar -de chico me
encantaba tirarle piedras a casi cualquier cosa; y tenía buena puntería-. En la huida del bicho llegué a tirar un segundo hojotazo pero fallé otra vez. A diferencia del día anterior, en lugar de escapar hacia el tubo de luz, la cucaracha bajó del mueble a toda velocidad y se metió detrás de la heladera.
Tuve calor y me saqué la camisa y el pantalón. Me picaba todo el cuerpo y tenía la sensación de que las cucarachas estaban por todos lados y que en cualquier momento saldrían de la oscuridad y me caminarían por los tobillos, los pies, las piernas. Me agaché y deslicé una cartulina colorada -de las que usa mi hijo para hacer sus dibujos, o pegar figuritas- por debajo de la heladera. Después le tiré un par de bolitas, un broche y hasta sacudí el aparato de un lado a otro para obligarla a salir. Pero nada. Desistí, me
lavé las manos y me puse a cocinar una pascualina, tal cual la hacía mi ex -gran cocinera-. Durante la hora y media que duró la preparación, no pensé en nada. En la cena, si: cada dos por tres miraba para los techos, paredes, alacenas, horno, el piso. Tenía la sensación de que en cualquier momento la
cucaracha me saltaba en la cabeza, o en los ojos. Prendí la tele.
Al tercer día, cuando volví del trabajo, un segundo antes de prender la luz de la cocina, me acordé de la cucaracha. Hice una pausa. Espié y ahí estaba de nuevo, desentendida y más grande que nunca: un monstruo. Me acerqué, despacio, en puntas de pie. Sobre la tarta de acelga que había dejado sobre
las hornallas el horno, cubierta por un repasador, había otra cucaracha, más chiquita, -¿la hija de la cucaracha, que crecía junto a su madre, como Dios manda?-, del mismo color, igual de espantosa. Como todavía tenía puestos los zapatos tuve que ir a buscar algo más práctico -cuanto más pesada es el arma
más cuesta levantarla en el aire y darle velocidad y dirección-. Fui hasta la pieza y agarré una zapatilla de lona bastante liviana. Cuando pegué la vuelta por el pasillo retuve la imagen de una foto que me partió a la mitad: mi ex, hermosa, contenta, con nuestro hijo a upa, los dos riéndose, uno del otro, y de fondo la luz del atardecer atravesando el follaje del árbol que está en la puerta de casa. Me angustié mucho. Sentí un punzón en el pecho, como un ahogo.
Fui hasta la cocina, asomé la cabeza. Sin prender la luz, a pesar de que estaba nublado, a punto de llover y casi no se veía nada, las identifiqué, ahí estaban, las dos, en el mismo lugar: la más grande sobre la alacena y la más chica sobre la tarta. La cucaracha madre era mi principal objetivo. El tema a esa altura era personal y lo único que quería era hacerla desaparecer, lastimarla con un golpe, que caiga al suelo y una vez allí, a mi merced, pisarla, triturarla, hacerle saltar por el aire toda la mierda
infectada -esa especie de pus de color arena- que tiene almacenado dentro del caparazón, meterla dentro en una servilleta y de ahí a la bolsa de basura.
Caminé sigilosamente -no podía volver a fallar-, me acerqué lo suficiente y ¡Traaaa! La sacudí pero de costado, no de lleno, como había planeado. Por instinto el bicho arrancó a toda carrera hacia el lavadero, se escabulló entre los cubiertos, los vasos, las ollas que estaban sobre un repasador, subió por la pared y ganó altura hasta que se frenó casi a la altura del techo. La mande a la concha de su madre y le tiré la zapatilla. No solo no le pegué sino que cuando la zapatilla cayó, pegó en un vaso y lo hizo caer
al suelo. Me empezó a picar todo el cuerpo de nuevo, me rascaba la cabeza, la espalda. Cuando la miré -le iba a tirar de nuevo, con cualquier cosa, ya no me importaba nada-, el bicho desplegó las alas y levantó un corto vuelo que me hizo retroceder hacia el medio de la cocina. Dio una vuelta en
círculo, pasó por encima de mi cabeza, y se posó en la mesada, debajo del tubo de luz. Como los ciegos, seguramente decidía los pasos a dar en base a sus sentidos y percepciones -esto también me lo imaginé yo-. Se quedo tiesa por unos segundos. Por la calle pasó una motito de algún delivery de la zona
que hizo un ruido infernal. Pasaron un par de minutos hasta que se hizo silencio de nuevo. Me quedé parado en el lugar, transpirado, pensando opciones, maldiciendo mi estupidez, mi falta de puntería, mi soledad.
"Ahora", pensé decidido, al ratito. En cuanto hice un paso en dirección a la mesada, la cucaracha salió volando hacia mí, directo a los ojos, como si fuese una gata a la que le acabo de robar una cría. Casi se me para el corazón. Me tiré al piso. Desde el suelo vi que venía de nuevo. Me puse de rodillas y tiré varios golpes al aire, con los ojos cerrados, desesperado.
Creo que grité. En plena batalla sentí que con uno de los golpes le di. Abrí los ojos y llegué a ver cuando el bicho se metía debajo del horno, en clara retirada.
Esa noche no comí. Trabé la puerta de la cocina con una silla y salí. "Me estoy volviendo loco", pensé. Me pegué un baño. Para lavarme los dientes tuve que buscar mi viejo cepillo: estaba guardado en una de las puertitas del espejo, lleno de polvo, al lado unas tijeras y alicates en desuso. Me miré. "¿Qué estoy haciendo?", pensé. Los trazos de las arrugas de mi cara tenían el espesor de una grieta. Tenía dos ollas debajo de los ojos, las patillas largas, barba de casi una semana.
A pesar de todo, cuando me acosté en la cama -solo-, disfruté del aire fresco que entraba del patio. El aroma del romero -que yo planté, y cuidé- me trajo cierta paz. A través de las pequeñas rendijas de la persiana blanca entraban unas láminas de luz que rebotaban contra el espejo de la mesa de
tocador de mi ex. Los filamentos de luz impactaban contra sus perfumes, collares y fotos.

Hoy, cuando llegué a casa, no me hizo falta acordarme: esperaba verla donde siempre. Pero no. Me agaché, busqué debajo del horno, de la heladera, moví el tubo de luz, apagué la lámpara de la cocina para ver si entraba en confianza y salía. Pero no. Cené pascualina. Corté el codo de la tarta por donde había visto caminar a la hija de la cucaracha y me comí el resto -no estaba dispuesto a tirar a la basura mi trabajo-. Me serví un vaso de agua fría y prendí la tele: el noticiero traía información de la playa, los
turistas, sus culos, sus modas, el mal tiempo. Lavé el plato y me fui a acostar. Me quedaba un solo día en mi ex casa. Al otro volvía mi ex -con mi hijo- y yo tenía que volverme a la casa de mi hermano.

*de Mariano Abrevaya Dios mabrevayadios@plussistemas.com.ar

http://hermanosdios.wordpress.com

¿Dónde iré, amor?*

Mi cabeza
me dice
que te olvide
pero mi corazón
se obstina
en recordarte.

¿Dónde podré ir, amor,
que vos no estés conmigo?

¿Dónde me esconderé
que vos no me halles?

¿Cómo podré evitar
que vos me habites?

¿Cómo podré pensar
mi vida sin amarte?

*de María Rosa León. mrleon003@yahoo.com.ar
"Alto voltaje" (LEO Ediciones Artesanales - 2006)

Desde la oscuridad*

*Juan-Jacobo Bajarlía

A Enrique Anderson Imbert

-Se acercan.
La frase se propagó como una corriente de electrones.
El primer hombre hubiera tenido ya dos mil años. El segundo, mil. El tercero que la pronunció, apenas si fue escuchado.
Dos puntas galácticas, lechosas, avanzaban. Hacía más de dos mil años que se movían y desaparecían y luego volvían a la oscuridad.
Se acostumbraron. El cosmos era un instrumental pre­ciso, de relojería, un mecanismo perfecto, demoníaco. El choque jamás se produciría. Sobre esta idea el hombre había elaborado toda su ciencia.
A los que veían algo más que dos puntas galácticas se les consideraba enfermos. El planeta era una esfera. Se lo podía recorrer en un instante.
Las estrellas no dejarían de brillar desde el otro lado, en esa misma zona oscura en que aparecían y desaparecían las puntas galácticas.
Los hombres se movían. Que unos murieran y otros nacieran, significaba muy poco en la Tierra. Los cementerios tenían menos posibilidades de existencia que las nurserys. Pero de este lado se alzaba el amor, se construían ciudades y nuevos seres poblaban la superficie. Del otro lado, las guerras
parían monstruos, proyectaban una gangrena que erosionaba la corteza terrestre. De pronto sentían un temblor, un extraño choque subterrá­neo. Es un terremoto cuyo epicentro está en NN. Los que se atrevían a contradecir esa verificación, pasaban a categoría de alienados.
Un día Sussy se desnudó y esperó a Roberto. Un espejo sobre el lateral izquierdo proyectaba su imagen hacia otro espejo en frente del cual trabajaba tecleando en su máquina de escribir. Roberto miró la desnudez de Sussy y se levantó para cruzar las habitaciones. En ese instante oyó un susurro, una voz cautelosa que se acer­caba al cuerpo de Sussy. Extrañas ideas le sacudieron la sangre. Había llegado el momento de medir su lealtad.
Aseguró la puerta y miró detenidamente el espejo para descubrir al invasor.
La voz seguía susurrando y el cuer­po de Sussy, en reposo un minuto antes, comenzaba a retorcerse sobre el lecho. Temblando, Roberto corrió a la habitación de su mujer y observó que en ese instante ella comenzaba a recuperar el equilibrio.
La habitación estaba intacta, con sus puertas y ven­tanas cerradas herméticamente. No siendo ellos dos, nadie había llegado al lecho de Sussy.
Pero Roberto tam­bién había observado que al aproximarse a Sussy el susu­rro se apagaba lentamente mientras ella se recuperaba.
-Sentí como un fuego -dijo Sussy-. Atravesó el vidrio. Fue una mancha que me envolvía.
Roberto abrió la ventana sobre la avenida. La noche estaba oscura, cruzada por las constelaciones. La cerró.
-Se acercan -murmuró-.
Mil años después en otra escena similar, con otra Sussy y otro Roberto, se repitieron los mismos hechos. Y Roberto pensó: Los ángeles tuvieron acceso carnal con las mujeres. Y subrayó el versículo 2 del capítulo VI del Génesis: "Viendo los hijos de Dios la hermosura de las hijas de los hombres, tomaron de entre ellas por mujeres a las que más les agradaron". Lo mismo hizo en el 4: "En aquel tiempo había gigantes sobre la Tierra; porque después que los hijos de Dios se juntaron con las hijas de los hombres y ellas concibieron, salieron a luz esos valientes de la antigüedad que fueron varones de nom­bre". Luego anotó: "Estoy seguro. Son los Grandes Antiguos de Lovecraft (At The Mountaines of Maaness, VII").
En otro avatar Roberto abrió la ventana y miró hacia las estrellas. Si los ángeles eran seres asexuados
-pensó en voz alta-, no podían tener acceso carnal con las mujeres. Luego, esos ángeles eran seres extraterrestres.
-Se acercan.
Transcurrieron siete mil años. Los edificios habían cre­cido como termómetros hacia las galaxias. Los hombres se desplazaban por el espacio con eyectores atómicos, ajustados a la espalda. Las mujeres, desnudas, se con­trolaban mediante píldoras de colores. Cada color sig­nificaba una función distinta. Roja la del amor. Azul la del alimento. Los cementerios también crecían bajo las luces calcinadas. Las ciudades se sumergían y buscaban espacios subterráneos. Nadie leía. Nadie sabía nada. Pero tenían
una computadora portátil que les suminis­traba la sabiduría, la inteligencia de los siglos. (Había una limitación: los pobres no podían adquirir su compu­tadora. Se hacinaban en los portones, en frente de los comercios electrónicos, para intercambiar ideas y detec­tar noticias lejanas).
Para escribir, Roberto utilizaba una máquina de microcircuitos. Hablaba y la voz quedaba inscripta, dibujada en el papel. Un día, sobre la lámina del espejo, vio el cuerpo desnudo de Sussy, una imagen que se retorcía. Corrió hacia el dormitorio y abrió la puerta. El susurro no había desaparecido. Se
hacía más intenso. Sussy gritaba. Cuando quiso avanzar giraron los objetos y dos puntas lechosas, aceradas, penetraron en el edificio.
-¡Se acercan! ¡Se acercan!
Apenas pudo pensarlo. El susurro era tan fuerte como una carcajada. Acaso fuera una carcajada y no un su­surro. Después giró todo, el edificio, las calles, las esta­ciones subterráneas. El mundo comenzó a resquebrajarse y las computadoras enmudecieron. Después se sintió una explosión y el planeta
se hizo añicos. Pero un segundo antes, desde ese mismo susurro (posiblemente dentro de esa carcajada), alguien dijo:
-Se multiplicaban y se devoraban dentro de una cabecita de alfiler. En siete millonésimas de segundo pusieron piedra sobre piedra, construyeron ciudades microscópicas y juguetes infinitesimales por donde subían y bajaban. Después aprendieron a volar. Cuando tuvieron alas y penetraron los secretos de la
materia, se "arrojaron hacia arriba". Entonces apreté con mis dos uñas la cabecita de alfiler.

Juan-Jacobo Bajarlía (1914 - 2005) es poeta, cuentista, ensayista, novelista y dramaturgo. Nació en Buenos Aires el 5 de octubre de 1914 y murió en la misma ciudad en 2005.
A los 9 años le dio por la poesía, y los 14, siendo estudiante secundario escribió un novelón de capa y espada con el título de La cruz de la espada, que un falso editor se llevó para publicar, y nunca más se supo del original. Fue el mayor de 5 hermanos, hijo de padres de gran posición económica, venidos a menos, a raíz de lo cual Juan, que entonces tenía 12 años, vendió medias por los bares para contribuir al sustento de la casa. A los 17 años ingresó en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de Buenos
Aires, y luego se trasladó a La Plata donde completó sus estudios.
Fue uno de los introductores del vanguardismo en la Argentina. Entre 1948 y 1956 dirigió la revista Contemporánea y formó parte, en 1944, del Movimiento de Arte Concreto-Invención, junto con Gyula Kosice, Edgar Bayley, Carmelo Arden Quin y Tomás Maldonado, entre otros. También, en 1983, dirigió la revista Referente/el Ojo que mira.
Sus primeros libros que datan de los años 40, Prohombres de la argentinidad y Romances de la guerra, fueron excluidos de su bibliografía.
Obtuvo la Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores, el Mystery Magazine Ellery Queen's (1964), el Konex de Platino (1984), el Premio Municipal de Teatro (1962), el Premio del Fondo Nacional de las Artes (1962), Premio Municipal de Narrativa (1969), Premio Boris Vian (1996), Premio Leopoldo Alas ("Clarín") (1971).
Sus cuentos, una estructura en la que se mezclan lo fantástico, la ciencia-ficción y la metafísica, integran varias antologías.
En teatro escribió y estrenó La Esfinge, 1955; Pierrot, 1956; Las troyanas, sobre el texto de Eurípides, 1956; La billetera del Diablo, 1969; Telésfora, 1972. Su drama Monteagudo (1962) obtuvo cuatro distinciones: el de la Selección Municipal para las Jornadas de Teatro Leído, el Premio Municipal a
la mejor obra no representada, el del Fondo Nacional de las Artes, y la Faja de Honor de la SADE.
Realizó numerosas traducciones del francés, italiano e inglés, incluyendo autores como el Aretino, el marqués de Sade, Kandinsky y Jean Tardieu, entre otros.
Escribió novelas policiales con el seudónimo de John J. Batharly, entre las que se encuentran Los números de la muerte (1972) y El endemoniado Sr. Rosetti.
Considerado en su calidad de narrador, Leopoldo Marechal llamó a Bajarlía "zoólogo de la monstruosidad"; y Antonio de Undurraga consideró que la dimensión metafísica de Bajarlía introducía en el cuento fantástico una línea mas allá de "lo metafísico, lo fantástico y la ciencia-ficción".
Dentro de su obra poética, su libro La Gorgona (1953) fue traducido al alemán por Ilse Lustig, en 1953, sobre cuya traducción Esteban Eitler compuso Música Dodecafónica, cuyo estreno se realizó en Bruselas, en 1954.
Entre sus numerosos ensayos, La polémica Reverdy-Huidobro/El origen del ultraísmo (1964) fue publicada previamente en francés por el Centre International d'Etudes Poétiques (Bruselas, 1962), con prólogo de Fernanad Verhesen; y Existencialismo y abstracción de César Vallejo (1967), se publicó en Córdoba en 1967.
Fue colaborador del diario Clarín y director interino de suplementos literarios, y colaborador en La Nación, La Gaceta de Tucumán, La Prensa y otros diarios de la Argentina.

*Fuente: http://www.abanico.edu.ar/2007/03/bajarlia.oscuridad.html

LUNA DESHOJADA EN EL VIENTO...*

Luna deshojada en el viento de la medianoche
que ha apagado el río
y da a aquellos árboles
cercanos de la isla
una forma huyente
casi desesperada
hacia el sur.

Gráciles mujeres con sus agitadas vestiduras de ceniza,
hacia dónde?
sobre el flotante y casi inquieto
infinito que se corona allá abajo de estrellas.
La noche, sin embargo, da una ligera paz al corazón.
La noche se busca más allá de sí misma en el viento que la deshoja,
sin detenerse demasiado en el repentino camino de lirios
que la luna reintegrada hace brotar un momento en el agua.

Seguir la noche sentado en la barranca,
una ligera paz en el corazón...
Pero la noche se busca más allá de sí misma, amigos,
y aquellas huyentes criaturas que no alcanzarán las estrellas...
Pero hay otras criaturas que huyen esta noche bajo el fuego de los hombres
porque los suyos defienden las formas inmediatas y sencillas
de su acuerdo con el universo: su paisaje y su casa,
con todo lo que surgiera de su inocente y honda amistad con éstos,
destacándose o disolviéndose en su sangre cantante;
porque ellos defienden las formas de su alma, o estetas,
o la eternidad viva de su alma, o poetas amantes de una eternidad rígida,
muerte mezquina que os impusieran a vuestros sueños que creíais soberanos.

Las criaturas que huyen bajo el fuego de los hombres,
esta noche, esta misma noche, en que el viento aquí deshoja la luna
y agita hacia el sur fantasmas grises sobre un infinito palpitante!
Esta noche, esta misma noche aquí deshecha en una búsqueda angustiada!

Esta noche, esta misma noche, con transversal y efímero florecimiento de
luna líquida.
Esta noche, esta misma noche, las criaturas que huyen bajo alas de espanto,
mientras los suyos entre la tormenta
de hierro, bien derechos, bien derechos se yerguen sobre las cimas del ser.

*de Juan Laurentino Ortiz. (1896-1978)
-Fuente: http://www.abanico.edu.ar/2005/02/juanl.htm

*

Queridas amigas, queridos amigos:

El domingo 1 de abril del 2007 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor, guitarrista y cantante argentino Atahualpa Yupanqui. Las poesías que leeremos pertenecen a José Martí (Cuba) y la música de fondo será de Wayanay (Andes). ¡Les deseamos una feliz audición!

ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!

REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com

Schießstattstr. 44 A-5020 Salzburg
AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067

*

Reescribiendo noticias. Una invitación permanente y abierta a rastrear noticias y reescribirlas en clave poética y literaria. Cuando menciono noticias, me refiero a aquellas que nos estrujan el corazón. Que nos parten el alma en pedacitos. A las que expresan mejor y más claramente la injusticia social. El mecanismo de participación es relativamente simple. Primero seleccionar la noticia con texto completo y fuente. (indispensable) y luego reescribirla literariamente en un texto -en lo posible- ultra breve (alrededor de 2000 caracteres).

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Comentarios

Un Comentario »

  1. Gracias por el recuerdo del gran maestre imbert

    Diego Vidal | 08-08-2007 - 17:28:29 GMT 1 #

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