LOS AGUJEROS DEL CIELO
LOS AGUJEROS DEL CIELO...
Vórtice *
Del mar, a la montaña,
por el aire,
en la tierra,
de una boca a otra boca,
dando vueltas,
girando,
entre muebles y sombras,
displicente,
gritando,
he perdido la vida,
no sé dónde,
ni cuándo.
*Oliverio Girondo.
Persuación de los días. En la masmédula. Losada. Bs As. 1998.
¿Un rayo adentro del cuerpo?*
*Por Miriam Cairo cairo367@hotmail.com
LA METAFORA SEXUAL. Ella queda en silencio muchas horas seguidas en las brumas y en la noche. Bebe directamente de una botella de ron que después deja en el suelo, al lado de la silla. Se toca la nariz. Teme que los zapatos le coman los pies. Da un alarido que atraviesa todas las argollas del limbo. Es irrefrenable la metáfora sexual que el recuerdo pone sobre la mesa. La narradora enumera las imaginarias serpientes de una canción que todavía no ha inventado. Prepara el mecanismo que la creación le ofrece para ofrecerse. No tiembla de miedo. No se pone a llorar. Acepta el reto de ir una vez más hacia el agujero rojo donde nace la más perfumada y ardiente feminidad. El sexo de una mujer es un beso cálido y motivador sobre el viejo pene del mundo.
UN PROCESO INCIERTO. Ella se sienta a esperar una idea que la ilumine como quien espera un diciembre perpetuo, un crepúsculo perpetuo. Y mientras espera, la narradora no se priva de ser impulsada a vivir o inventar una serie de acontecimientos. La escritura es un proceso incierto.
Como toda mujer tiene días de depresión neurótica pero ella la transforma en imaginería que promueve el recuerdo. Más que de un balance, se trata de un espectáculo. Hacer surgir las cosas de su propia inexistencia, no garantiza el asombroso poder de la creación, pero se arriesga. Correr ese riesgo es su
propósito.
EL ACEITE Y LA LUNA. Ella, dispuesta a prodigar sus procesos perceptivos, a imprimir en la mente voluptuosa el grito irreprimible de la feminidad, no teme decir que todos los cielos son negros, que la luna despliega una solícita viudez, y se inyecta uno tras otro los pensamientos que prolongan el placer. A esta altura, el ron aceita el engranaje de la escritura. En el jardín los pájaros saltan al compás de los truenos y la luna, con sus dedos de mujer, toma con cuidado las cosas visibles que se esconden adentro de las invisibles.
EL SEXO ES UNA NIÑA. En esta ingeniería de vientos alisios que salen de una botella, que invaden un cuarto y se arremolinan en torno de la silla, hay señales, hay pasos que reciben los otros pasos. El cuerpo se naturaliza en una gran escena viviente que rememora el momento en que el sabor a propiedad
de sí mismo se maceraba con el sabor análogo y cóncavo de otro cuerpo femenino. La narradora narrada reconoce que niña con niña puede ser un dulce comienzo. De la botella de ron brotan a caudales los recuerdos y la narración toma contacto con su propia realidad: el sexo es una niña en su posibilidad más pura, más extrema y más experimental. La exploradora descubre algo pero no sabe qué es ¿un rayo adentro del cuerpo? ¿un sismo en la interioridad? La niña siente, aun cuando no pueda darle nombre a lo que siente. No hay en este mundo fortunas comparables.
LA ADVERTENCIA. El sexo está ahí, en tanto es, en tanto es hecho, en tanto se hace. La narradora bebe otro sorbo de ron y toma a su cargo el recurso del distanciamiento: hay muchos comienzos posibles. Enumera sólo tres, como ejemplos modalizantes: los dedos de un viejo, la lengua de un perro, las ingles de otra niña. De estos tres comienzos, hay uno que no se recomienda.
Otro que se privilegia y otro que implica un riesgo. La narrada, cuando no pierde la cordura, advierte que es conveniente saber que si una se enamora de un sexo en extremo jadeante, si una se deslumbra por la generosa destreza de un perro, verá comprometida su relación con el viejo pene del mundo, que
se para sobre sus dos pies y también jadea, porque en ocasiones, el mundo suele ser mortalmente pudoroso al momento de satisfacer tan liberales mañas.
NO. A veces no conviene decir que la narrada no es el fruto irreal de una imaginación exaltada, porque dañaría el secreto de su existencia. Hay tantas paredes concretas y palpables. Pero es cierto que su madre habría preferido que ella sólo fuese un sueño de sí misma.
Aunque el ron le tienda una escalera para ascender al cielo, la narrada sabe bien que no puede encontrar en su condición todo un cúmulo de pureza porque no lo permite la oscuridad de su experiencia. Pero para nosotros, no es crucial dilucidar si los pensamientos que salen de su alma, proceden de un cuerpo que se ha dejado corromper por las ideas. No nos proponemos captar el secreto narrativo de su comportamiento. Simplemente nos quedamos aquí, expectantes, esperando que diga algo más de la escena que describe o de su espasmado pensamiento. Ella, a solas con su sexo y sus palabras, es la aliada del demonio. La rueda que se mueve por sí misma. La niña que se convierte en perro, el perro que se convierte en ángel, el ángel que dice no.
LOS AGUJEROS DEL CIELO. Ella ha aprendido ciertas cosas. Ha tomado posición sobre esas cosas aprendidas, hace su propia experiencia del mundo y advierte que el deseo de placer pone el placer en movimiento. Los vientos alisios sostienen en sus dedos a las niñas que aquel verano, bajo el matorral,
descubrieron sus cuerpos. "Que se toquen" habría dicho una de ellas, señalando allí, con la pequeña mano, y un aleteo de pájaros se les metió en el cuerpo. ¿De qué otro modo podrían llenarse los agujeros del cielo? La narrada con sus otros labios, bien podría describir un nuevo origen del
universo.
*Fuente: Rosario-12.
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-9259-2007-07-05.html
Al amanecer*
*Por Jorge Isaías jisaias46@yahoo.com.ar
Le costó unos segundos de su vida ubicarse en el lugar exacto del mundo en donde estaba cuando al fin despertó. Había dormido profundamente esa noche, con una mano puesta de canto entre los muslos de una mujer, pero ella ahora se había ido. El no la oyó cuando sin hacer ruido había arrimado la puerta,
luego de vestirse a oscuras, para no despertarlo.
El gusto que le había quedado en la boca no se aproximaba siquiera a la resaca, pero recordó que con ella había tomado un par de botellas de vino mientras cenaban, luego de fumar y charlar hicieron el amor despaciosa, larga y dulcemente, no como en la época en que se conocieron donde la furia
imperaba por sobre el deseo como un tigre endemoniado. Miró hacia la ventana con poca luz aún, porque era esa hora en que la noche destiñe su sombra que no quiere desprenderse del mundo, pero cede ante la claridad que pronto la habrá derrotado.
Es aquello que por comodidad llamamos "el alba" porque nunca sabemos con exactitud cuando deja de ser noche y empieza la mañana, pero una convención más bien oportunista o lábil al menos, nos permite ubicar en las conversaciones esa palabra que se pronuncia con los labios un poco cerrados, pero no tanto, como si estuviéramos por dar un beso.
El hombre, como decía, estaba en el momento exacto del alba, se reincorporó sobre los codos y volviendo el cuerpo un poco hacia su costado derecho tanteó la mesa de luz y con una mano tomó el paquete de cigarrillos y un encendedor que estaba encima y se acostó de nuevo, prendió uno y el primer contacto con el tabaco y el humo en su boca le trajo un sabor pastoso que disimuló porque el deseo de fumar era mayor.
Sin pretenderlo deliberadamente se encontró recordando el momento exacto en que conoció a esa mujer y no pudo precisarlo, aunque convino con él mismo y con sus propios recuerdos que esto había pasado muchos años atrás, cuando ambos eran muy jóvenes, tal vez desde sus años universitarios, donde ambos
se habían atrevido a soñar -con muchos otros- un mundo mejor que , era evidente, fue sólo un sueño irrealizable de una generación que terminó parcialmente asesinada . Sí pudo recordar -sabemos que la memoria es arbitraria- una noche en que pasearon por el puerto y ella tenía un vestido rojo que la brisa de la noche apretaba suavemente entre sus muslos que temblaban ateridos tal vez por el frío, pero él se inclina hoy al recordarlo que era por el deseo.
Esa noche hicieron el amor por primera vez, en un cuartucho con los techos altísimos, y, recuerda que no se durmieron contándose de a ratos sus respectivas infancias que no estaban muy lejanas por cierto, mientras fumaban del mismo cigarrillo hasta que la luz del alba -como la de este momento, como la de ahora- los encontró desayunando en un bar donde trasegaban los canillitas, frente al edificio de un Diario de esa ciudad donde ambos vivían, ya que el reparto de los periódicos se iniciaba muy
temprano. Allí los noctámbulos, los bohemios y los insomnes sabían que podían ir a cualquier hora porque al fondo del largo salón había mesas de billar, y mesas donde se jugaba al ajedrez, a las damas o simplemente a los naipes. También recordó que era un lugar con un quiosco al costado donde cualquier fumador empedernido podía llegarse hasta allí de cualquier punto de la ciudad y no sentirse defraudado.
Lamentó que bares de ese tipo ya no existieran, si bien estaban los "minimarquet" en las estaciones de servicio, pero consideró que antes de entrar a tomar un café allí se haría degollar. En fin, se resignó, la ciudad le resultaba cada día más ajena.
Recordó, mientras aplastaba el resto del cigarrillo contra el cenicero de vidrio barato otros rostros queridos que la muerte se había llevado en aquellos años violentos y la angustia de las noches de insomnio, en donde puso su empeño por no ser una más de esas víctimas. Asombrado y culposo se
reconoció un sobreviviente de aquellos días aciagos y celebró de algún modo la felicidad de volver a reencontrarla, luego de mucho tiempo sin verla, cuando la casualidad (¿ o debería decir el destino?) los puso en el mismo bar a la misma hora. Ella hacía poco que había vuelto a la ciudad y él siempre frecuentaba ese lugar donde servían el mejor café del casco céntrico al menos y como se había vuelto fiel a sus costumbres se convirtió en infaltable cliente, tanto que si no encontraba mesa disponible no se sentaba a la barra sino que prefería dar una vuelta y postergar ese café luego de una dura jornada, aunque hubiera podido ir a otro bar de todos los que pululaban por la zona.
Ya en la cocina, puso agua en una pava, encendió el mechero al mínimo y se dispuso a ducharse.
Cuando sintió en la garganta el agua caliente al primer sorbo del mate sintió que eso lo ponía en paz con el mundo y recordó cómo su padre empezaba ese mismo ritual pero con unas gotas de ginebra volcándose sobre la bombilla caliente, en su infancia y cómo una vez ante su insistencia había probado ese mate tan extraño y se había quemado hasta la garganta.
Recordó que nada dijo a su padre, ya que presintió que esa complicidad entre ellos no sería aprobada por su madre, y él, siempre había querido tenerlo más cerca pero el carácter de ambos no lo permitió nunca demasiado.
Ahora su padre había muerto y él daría lo que el mundo pidiera para volver a sentir ese gusto de la ginebra en la garganta y mirarle la cara de felicidad protectora con que lo miraba.
Cuando se hubo vestido, acicalado como hacía mucho no lo hacía, evitó mirarse al espejo porque no quiso descubrirse la última arruga y romper esa sensación de estar contento consigo mismo, con su autoestima muy alta -como dicen ahora- y uno puede aventurar -por qué no- de extrema felicidad que seguramente le trajo la noche pasada, porque uno lo percibe en ese ademán decidido con que toma el picaporte y abre la puerta antes de salir a la calle.
*Fuente: Rosario-12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-9238-2007-07-04.html
A pleno llanto*
"Llorarlo todo.... pero llorarlo bien"
Espantapájaros
Y entretanto lloremos
tomados de la mano.
Lloremos. ¡Sí! Lloremos
amargo llanto verde,
sustancias minerales,
azufre, mica, arena,
cristales fracasados,
humilladas tachuelas,
ardientes lagrimones
de lacre derretido.
Lloremos junto al humo,
desnudos, entre ruinas,
en medio de la calle,
de la sangre, del lodo,
debajo de la tierra,
en el agua, en el aire,
entre mástiles rotos
y piernas amputadas.
Que se abran las esclusas
del reprimido llanto
y lloremos, a gritos
estentóreos, salvajes,
el mentón tembloroso,
sin compás, ni guitarra,
las mejillas chorreantes,
los párpados acuosos.
Lloremos la familia,
el vino derramado,
las momias, la victoria,
las plazas desoladas,
la usura, el terciopelo,
el pan de cada día,
las noches gemebundas,
las muertas catedrales.
Lloremos por las uñas,
por los pies, por los dientes,
lacios chorros tranquilos
de lágrimas salobres,
murmurantes arroyos
que enternezcan las piedras,
cataratas de llanto
de estruendosos modales.
lloremos y lloremos,
impudorosamente,
sin tregua, ni descanso,
durante largos años,
por más que estalactitas
de lágrimas espesas
ericen las riberas
de nuestros lagrimales.
Lloremos, con la lluvia,
un llanto monocorde
que anegue la codicia,
el pasto, las heridas;
nos limpie la garganta,
el alma, los bolsillos,
traspase la tristeza,
la angustia, la memoria.
Lloremos. ¡Ah! Lloremos
purificantes lágrimas,
hasta ver disolverse
el odio, la mentira,
y lograr algún día
-sin los ojos lluviosos-
volver a sonreírle
a la vida que pasa.
*De Oliverio Girondo.
Persuación de los días. En la masmédula. Losada. Bs As. 1998.
*
Vestido con una enorme capa negra que ondula a sus espaldas como las trágicas alas de un desorientado vampiro, con el cabello ensortijado y el semblante pálido, Oliverio deambula sin rumbo, alejándose de la ciudad, atormentado por el siniestro recuerdo de la Dama de Blanco.
La había visto cara a cara. Podría jurarlo delante de cualquiera. Fue durante una oscura y pegajosa tarde, donde la atmósfera parecía a punto de quebrarse bajo la feroz metralla de los truenos y desatar, instantes después, la peor de las tormentas que recordara Buenos Aires en muchos años. En aquel preciso momento, Ella se había dejado ver atravesando los añejos muros del Museo de Arte Hispanoamericano Fernández Blanco, sito en la calle Suipacha al 1400.
Por aquel entonces, Oliverio vivía con su esposa Norah en el terreno lindante al Museo, y los encuentros con aparecidos ultraterrenos ya no los inquietaban como la primera vez. Una noche habían sido interceptados al regresar de un café literario por el hierático espectro de un jesuita encapuchado que les heló la sangre. En otra oportunidad, vieron cómo se descolgaba la oscura silueta de una esclava negra por las cañerías que descendían de los techos, buscando escapar de sus ya extintos captores. Y más tarde, hasta un distinguido Lord británico de raigambre victoriana, con flamante galera y reloj de oro a la cintura, paseaba de vez en cuando por el patio de su casa en las noches de luna, insinuando acaso un leve gesto con su galera hacia ellos, a modo de caballeroso saludo.
Pero ninguna de estas imágenes lo había perturbado tanto como el de la Dama de Blanco. Joven, hermosa, casi virginal… Se deslizaba fuera del Museo y entraba a su casa subrepticiamente, mirando en derredor con cierto temor, como si no reconociese el lugar donde se encontraba. Y a diferencia de las demás apariciones Ella, exclusivamente a él, le hablaba… Oliverio nunca había podido descifrar su lenguaje, entrecortado y confuso, compuesto por irreconocibles jirones de palabras que no alcanzaban a comprenderse del todo, como si le hablase desde el fondo de un pozo anegado, o a una distancia tan vasta que los sonidos no alcanzaran a cubrir.
Pero su mirada, de una tristeza tan profunda como hermosa, era lo que más lo desconcertaba, fascinándolo a la vez. Haberla conocido implicaba no poder olvidar esos ojos claros. Y quizá fuera eso lo que ansiaba recuperar Oliverio, luego de que la muerte de Norah lo dejara en el más desolador de los desconsuelos: una mirada de amor, proveniente de unos ojos puros, diáfanos como un cielo de verano, que lo atravesaran con su ternura de lado a lado.
Consternado por llegar a concretar el encuentro imposible, Oliverio averiguó durante un buen tiempo acerca de la secreta identidad de la Dama de Blanco. Consiguió saber que había fallecido en 1925, y merodeaba desde un principio el Cementerio de la Recoleta, confundiendo a los incautos varones que la tomaban por una bella joven solitaria y desabrigada a quien cortejar durante las noches de parranda. Ellos le ofrecían sus sacos para protegerla del frío, atesorando la esperanza de un momento de amor, pero terminaban siendo finalmente desairados, mientras contemplaban incrédulos la manera en que Ella escapaba hacia las profundidades del Cementerio, perdiéndose entre las bóvedas, para luego de dar muchas vueltas en su persecución encontraran el propio abrigo yaciendo sobre uno de los cajones de las bóvedas, recientemente usado por el espectro de la dueña del ataúd…
Luego, la Dama de Blanco se había trasladado unas diez cuadras, errando a lo largo de la distinguida Avenida Alvear y la calle Arroyo, ignorándose el por qué de semejante trayecto, para recalar en las proximidades del Museo, aposentándose casi entre sus muros y los de las construcciones vecinas. Allí la había descubierto Oliverio, deseoso por un reencuentro que jamás había vuelto a concretar, hipnotizado hasta el fin de sus días por aquella mirada, imposible de olvidar…
Muchos años han pasado desde entonces, sumidos en la bruma de los tiempos. Oliverio ha perdido, al fragor de sus poéticos retruécanos y versos delirantes, el sentido del espacio y la localización, extraviado en un lenguaje particular que carece de coordenadas compartidas. Desorientación que lo aleja de las letras y lo conduce hacia los lugares más remotos y estrafalarios, como éste en el que lo descubrimos, sorprendido mientras llega durante una helada noche de luna llena: una desierta estación de ferrocarril, perdida en medio del campo, que misteriosamente lleva su propio nombre.
Los rieles se extinguen a pocos metros de allí, devorados por la oscuridad, que apenas permite entrever un pálido destello lunar y metálico con el que delata su presencia. La rústica silueta de la estación se confunde con las extrañas formas de los árboles del monte que la rodea, otorgándole al lugar un toque siniestro que impulsa con fervor a la huída del testigo ocasional. Sin embargo, Oliverio se dirige resuelto hacia allí, casi sin darse cuenta de las asperezas del terreno que lo circunda, causado por el más insondable y urgente de los presentimientos.
Una ráfaga de viento helado revolotea su capa al acercarse al derruido umbral de la ventanilla de la boletería, carcomido por la erosión del tiempo. La reja que separaba al empleado de los futuros pasajeros se encuentra tamizada por mugrientas telarañas, aposentadas allí por espacio de varias décadas. El crujido que producen bajo su tacto las maderas podridas del estante para recoger los boletos no lo sorprende, pero le desagrada. Y entonces, en medio de la escalofriante lobreguez, percibe el níveo destello de una presencia dentro de la habitación, luminosidad que le puebla el alma de esperanza y desboca su corazón.
Busca a tientas la puerta que conduce al interior de la estancia, y luego de un par de forcejeos con la cerradura oxidada, consigue que la pútrida hoja de madera le ceda el paso. Avanza trémulo hacia dentro, notando que aquel destello no ha hecho más que aumentar su intensidad, brotando desde la tortuosa grieta de uno de los muros, vecina a un polvoriento archivero. El milagro, informe cual volutas de humo, se expande dentro del cuarto, corporizándose con dificultad, impedido aún de mostrarse tal cual es. Oliverio extiende moroso los dedos de su mano derecha hacia él, alargando su brazo, esbozando una palpitante sonrisa luego de muchísimo tiempo, tan malacostumbrado al rictus de amargura que lo representase desde la triste muerte de Norah.
La aparición culmina de materializarse, definiendo a la recordada silueta de la Dama de Blanco, con un tenue y escotado vestido de nívea gasa que revela unos pálidos hombros delgados y la suave curva de unos pechos adolescentes, apenas ocultos por los bordes de una rubia cabellera lacia que enmarca su rostro angelical. Y coronando esa dulce carita inocente, aquella perturbadora mirada de ojos claros, profundos e insondables, transportando a quien los contemple hacia territorios inexplorados de la psiquis y el corazón.
Oliverio se estremece ante esos ojos, sin dejar de sostener su mano abierta hacia Ella, extasiado ante la posibilidad de acercarse, acariciarla, besarla… Una sutil ráfaga helada se cuela entra las múltiples rendijas de la ruinosa boletería, ondulando su inquietante capa negra. Hasta que por fin Ella le vuelve a hablar; y para sorpresa de Oliverio, esta vez lo hace con palabras claras, un lenguaje definido, un mensaje inequívoco.
-Quiero que me hagas tuya –le sugiere u ordena.
Una miríada de sensaciones se abalanza sobre él, confundiéndolo y decidiéndolo a la vez. El cálido y hasta fraternal amor experimentado en vida hacia Norah, el ancestral miedo ante lo desconocido, una inédita tentación al placer más lascivo que pudiera haber imaginado… En un instante las imágenes más representativas o banales de su vida desfilan delante de sus ojos, como si al escuchar esa frase de sus labios hubiese ingresado en el caótico vórtice de un remolino que lo deseara arrastrar hacia el más allá, aunque dejando en su lugar, ajeno a su propia persona, un nombre que le otorgue identidad a este lugar, perdido y quizá olvidado, más no por las evocaciones que pueda suscitar el apellido Girondo.
Entonces, Oliverio descubre en un inesperado rapto de lucidez -que atraviesa la maraña de frases erráticas e imágenes discordantes que han dado identidad a su obra literaria-, que se le ha ido la vida buscando un amor semejante a éste, que su entidad humana parece haberlo abandonado desde hace ya mucho tiempo, que en un lugar de la Pampa llamado Girondo –dentro de su derruida estación de ferrocarril- parece haber encontrado su propio fin humano, más no el de la leyenda de una enamorada pareja de ultratumba…
Se acerca hacia la Dama de Blanco, quien le sonríe por primera vez, con grácil expresión. Oliverio le rodea los hombros desnudos con su capa azabache, que aletea en derredor como si quisiera izarlos en el aire y alejarlos de allí en un huidizo vuelo de murciélago. Y con un gesto aguardado por ambos durante decenios, se buscan las bocas con pasional sutileza, besándose en un abrazo que trasciende la muerte y los eleva hacia la noche.
Una imponente luna llena resulta el único testigo del encuentro, donde una capa negra y un vestido de gasa blanca se elevan por encima de las ruinas de una estación ferroviaria y se pierden enamoradas rumbo a las estrellas, glorificando la cualidad de convertirse en eternos amantes…
*de ALDIMA. licaldima@yahoo.com.ar
el cierre del ciclo de escritores en la biblioteca nacional
Cuando el otro es la amenaza*
José Pablo Feinmann cerró el riquísimo programa de charlas con un análisis del racismo, la xenofobia y la intolerancia representado en textos clave de la literatura argentina.
"Sarmiento es un gran escritor y es un asesino. Muy pocos pueden jactarse de eso."
*Por A. B.
"En nuestra literatura vamos a ver que el otro es inasimilable, es el otro infinito, el antagónico y el distinto absoluto", planteó José Pablo Feinmann en la Biblioteca Nacional, a modo de anuncio de su paseo por una serie de textos fundantes de la literatura argentina en los que laten el racismo, la
violencia, la discriminación y el odio a esas "especies inferiores" tan necesarias para reforzar la sensación de pertenecer al círculo de los iluminados elegidos. Indios, negros, gauchos, gringos, cabecitas: los bárbaros desde la óptica de la civilización. Sarmiento, claro, el Facundo: "Sobre esta razón occidental -explicó Feinmann-, la civilización que Sarmiento dice que tenemos que traer a nuestra patria, Walter Benjamin señaló que 'está cuestionada por el ángel de la historia que mira hacia
atrás y lo único que ve es un paisaje en ruinas'". En su inventario, recordó el filósofo, están las guerras mundiales, Hiroshima, los campos nazis de exterminio.
"Lo grande de Sarmiento -siguió Feinmann- es que está lleno de contradicciones: es un gran escritor y es un asesino. Muy pocos pueden jactarse de eso. No creo que los escritores que pasaron por este ciclo hayan matado gente; Sarmiento sí: gobernó, escribió, mató, hizo todo. Era un verdadero titán." Luego refirió el beneplácito del sanjuanino en su libro El Chacho ante la aplicación de la "guerra de policías" en el asesinato de Peñaloza, cuya cabeza fue colocada para escarmiento en la punta de una pica.
"La figura del otro absoluto es aquel a quien yo mato", dijo Feinmann. "Para matarlo, le quito su condición humana. Pilar Calveiro cita, en Poder y desaparición, una frase de Ramón Camps: 'Nosotros no matamos personas, matamos subversivos'." En ese sentido, las últimas líneas del texto de Sarmiento son un buen ejemplo de la supresión del carácter humano del enemigo: "Estas biografías de los caudillos de la montonera -escribió- figurarán en nuestra historia como los megaterios y gliptodontes que Bravard
desenterró del terreno pampeano: monstruos inexplicables, pero reales".
El narrador y filósofo fue el último conferencista de "La literatura argentina por escritores argentinos", una serie que comenzó en junio de 2006 y terminó el martes en la sala Borges de la Biblioteca, por donde pasaron veinticuatro autores entre poetas, dramaturgos y narradores. Sylvia
Iparraguirre, coordinadora general e ideóloga del ciclo, recordó frases, definiciones y/o anécdotas de Roberto Fontanarrosa, Ricardo Piglia, Griselda Gambaro, Alan Pauls, Héctor Tizón y Diana Bellessi, algunos de los protagonistas de los encuentros. "Hemos asistido al verdadero poder de la palabra", dijo la escritora, y destacó "la maravillosa y enriquecedora diversidad de géneros, estéticas e ideas" desplegadas por los participantes.
Diego Videla, a cargo del Programa Cultural del Banco Galicia -que solventó el ciclo-, señaló que las conferencias serán reunidas en un libro, y Horacio González, director de la Biblioteca, resaltó que "la confianza de que los escritores puedan expresarse de la forma en que lo indican sus conciencias
creativas muestra que hay algo en la literatura que nos redime, nos reencuentra y nos repone de una forma generosa en la actualidad".
Con frondosos y lúcidos enlaces con los grandes filósofos que abordaron el tema, Feinmann siguió su recorrido por la Vida del Chacho de José Hernández, para quien "el otro" son "los salvajes unitarios" que "están de fiesta".
Peñaloza, escribe Hernández, ha sido degollado y su sangre clama venganza.
"Esta es también una dialéctica en nuestra historia", señaló Feinmann.
"Cuando la venganza se realiza, se derrama otra sangre. Y esta sangre también pide venganza. Hay ahí una especie de espiral que pareciera no detenerse nunca; quizá la historia del hombre sea efectivamente derramar sangre y faenarse los unos a los otros. No tenemos más que ver los diarios todos los días. Yo ya no tengo muchas esperanzas de que el mundo cambie en este sentido; cuando escribí La sangre derramada tenía ciertas ilusiones de que podía elaborarse una utopía sobre una historia que redujera sus márgenes de violencia. Pero en ese momento no me atrevía a hacer un diagnóstico o una definición; hoy estoy más cerca de eso y creo que la violencia forma parte de la condición humana: esto lo vio muy bien Freud en El malestar en la cultura."
"El otro es uno de los grandes temas de El matadero de Esteban Echeverría -prosiguió Feinmann-, un cuento literariamente formidable que intenta demostrar que la gente del matadero no se diferencia de las bestias; el unitario elegante que pertenece a la civilización y porta los valores de la cultura es degollado por bestias a las que hay que matar." El escritor leyó luego tramos muy xenófobos de Amalia de José Mármol y de Juvenilia de Miguel Cané, y volvió a José Hernández, esta vez para refrescar los versos del Martín Fierro de tono peyorativo para los aborígenes y los inmigrantes.
"Hernández era más lúcido que la burguesía de Buenos Aires y no quería que el gaucho fuera 'el otro'", explicó Feinmann. "Le interesaba que fuera aceptado por la civilización, porque era mano de obra especializada y barata. Sus odios profundos eran los indios y los gringos."
"La civilización ha combatido a la barbarie con la barbarie; le ha temido siempre, y tanto que jamás la ha podido integrar", concluyó el filósofo.
"Este momento es particularmente trágico, porque antes la chusma ultramarina se rebelaba con el anarco-sindicalismo, había un encuadramiento racional de la protesta. Hoy no hay industrias, ni compañerismo de clase, ni capacidad organizativa de lo que fue la clase obrera. Hoy hay furia, hambre, bronca, y una violencia latente que no creo que sea muy fácil eliminar. Si algo no se hace en este país, los countries van a pasarla mal; la ciudad culta, opulenta y llena de luces va a encontrar presencias cada vez más temibles.
En suma, el capitalismo, desde 1492 -eso que Marx llamó la acumulación original-, sigue chorreando lodo y sangre, y no es un sistema capaz de integrar a los que expulsa. En consecuencia, es la guerra. ¿Cómo podría evitarse en nuestro país? Con una política eficazmente distributiva de educación e integración de aquellos a quienes se ha expulsado de la dignidad de la sociedad de los hombres."
*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/2-6860-2007-07-05.html
*
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