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BITÁCORA DE UN SOCIÓLOGO FRACASADO

21/07/2007 GMT 1

DE CAMARADAS, SUBOFICIALES, AMIGOS, PADRES Y MAESTROS...

urbanopowell @ 18:33

La pendiente*

Hacia el fondo de la calle
centellea un fragmento de mar agitado.
Las cosas humanas tienden al descenso en este atardecer
entre edificios que se enfrían y cierran
sobre pesadas agonías y conversaciones fatigadas.
Las manos no pueden retener
los declinantes objetos de sus propias empresas
y allá abajo, el foso turbulento y azul
es una promesa de caída y disolución.
Sólo el viento y el vuelo de las gaviotas.
arrebatan al cielo la gracia
de una suspención indemne sobre el nivel de las aguas.

*de Joaquín O. Giannuzzi.

Obra Poética. EMECÉ. Buenos Aires, edición del año 2000.

De camaradas, suboficiales, amigos, padres y maestros...

Sábado, 21 de Julio de 2007
Pelar a bocha*

*Por Osvaldo Bayer

Acabo de recibir una carta de Córdoba, de Esteban Casadey, con recuerdos de su niñez tucumana. Esa carta dice tal vez más que muchas páginas descriptivas de aquella época de humillación argentina. Dice así: "Soy de Tucumán, allí viví gran parte de mi infancia y de mi adolescencia. Cursé los dos últimos grados de la primaria (años '76, '77) en una escuela pública ubicada justo atrás de los monoblocks militares y separada por una calle de la sede del Regimiento 19 de Infantería que comandaba el general genocida Antonio Bussi, en el momento más alto de la represión en la provincia y en el país. Desde la cercanía con dichas instituciones militares, el barrio estaba lleno de patrullas, guardianes, retenes. Por supuesto, el clima no era precisamente de libertad ni mucho menos y quizá por eso y porque la disciplina escolar se relajaba con infantil persistencia, la amenaza repetida por la directora era que 'los que se porten mal o se peleen serán enviados al regimiento para que sean rapados'. Para reforzar la idea
punitiva, oportunamente un suboficial vestido de verde oliva pasó aula por aula haciendo propias las palabras de la dirección. Por supuesto que en lo más íntimo sentía que eso no era posible. Pero llegó el día. Una mañana un par de chicos se trenzaron en una de las típicas peleas que se pactan con la frase: 'a la salida nos agarramos'. Con celeridad, las maestras tomaron nota de quiénes habían sido los 'peleadores' y llevaron sus nombres a la dirección. Al día siguiente, aquel suboficial que había pasado por las aulas esperó a los indisciplinados y se los llevó con él. El resto de los chicos nos quedamos pasmados. Nunca nos hubiéramos imaginado eso. Hora tras hora esperábamos que volvieran aquellos que se habían llevado. Me recuerdo mirando con ansiedad la puerta y en cada recreo esperar verlos. Pero recién cuando la jornada concluía los vimos de nuevo. Con las cabezas casi totalmente peladas y un ridículo pompón sobre la frente. Nunca me voy a olvidar de eso. Como tampoco olvidaré los ojos llenos de odio de uno de los chicos rapados. De golpe, en la escuela me habían dado una lección condensada de qué era el país en esos días. Habíamos vivido como niños las mismas angustias que sufrían miles y miles de argentinos a esa hora. No sabíamos de lo que eran capaces los militares, no teníamos ni idea de cuál
era su objetivo, pero el terror nos calaba profundo y a fuego. Quizá no haya sido casualidad entonces que esa escuela pública que se supone debía formarnos como ciudadanos se llame justamente Presidente General Julio Argentino Roca".
Una síntesis argentina. Un suboficial verde oliva les demostraba a los niños, como supremo juez, lo que era la disciplina. En vez de convencer con la palabra y el ejemplo. El castigo. El mostrarse todopoderoso. Quizá por eso los porteños han votado ahora por quien nos promete más policía. Y la
policía estudia en la escuela llamada Coronel Ramón Falcón, el cobarde asesino de obreros del 1º de mayo de 1909. Un ejemplo para los próximos oficiales recibidos. General Julio Argentino Roca, Coronel Ramón Falcón. Lo único que nos falta es que en el futuro tengamos escuelas con los nombres de General Jorge Rafael Videla y Almirante Emilio Massera. ¿Por qué no? Seamos fieles a la tradición: Roca, Falcón, Videla, Massera, Bussi y Patti. ¿O estamos equivocados?
Una pregunta de paso: ¿por qué los docentes aceptan enseñar en colegios que se llaman Roca o Falcón? Para hablar de lo más grosero, y no empezar con otros nombres de notables racistas que figuran en el frente de nuestras escuelas.
Aquí, en Bonn, la ex capital alemana, acabo de visitar la más impresionante exposición histórica a que he asistido en mi vida: "El exilio". Se trata de mostrar en fotos y documentos lo que fue la expulsión al exterior de miles y miles de personas a partir de 1933 en Alemania, por "razones" raciales y
políticas, que en los últimos años de la guerra finalizó con miles y miles llevados a las cámaras de gas por las mismas razones. Todo está allí. En cada sala del museo hay valijas y valijas que se usaban en esos años, como esperando. Allí pusieron los expulsados sus últimas esperanzas después de haber tenido que dejar todo. La tristeza de los rostros en las fotos es indescriptible. Los miles de niños solitarios que buscaron a sus padres entre los miles de expulsados, y no los encontraron. Más de diez mil niños
judíos debieron abandonar Alemania en 1938 sin sus padres, porque fueron llevados a Inglaterra. Huérfanos. Huérfanos desolados, miran todo sin entender por qué. Tener que irse del lugar donde nacieron porque a alguien con poder se le ocurrió y fue obedecido por la mayoría. Lo irracional. Lo
tremendamente injusto. Y justo al lado, en el Museo de Historia de Bonn está la exposición del año 1945: los alemanes que, perdida la guerra, fueron expulsados de los territorios donde habían vivido por generaciones. Los que expulsaron unos años antes a otros eran expulsados ahora. Las largas filas
por los caminos, arrastrando cochecitos con niños y algunas valijas, con la misma tristeza de los que ellos expulsaron. Todas las ciudades destruidas, que debieron reconstruir, por supuesto, las mujeres con sus manos.
Cuando uno ve todos esos rostros se pregunta: ¿por qué tanto irracionalismo en el ser humano? ¿Por qué ese ser humano es capaz de originar tanto dolor?
Pero más todavía: ¿acaso hemos aprendido algo de esas espantosas imágenes del '33 al '45? Nada. Hoy como ayer, en cada primera hoja de las informaciones, el diario hecho de sangre. ¿Qué significa el dolor para la llamada humanidad? Los bombardeos a ciudades, las bombas en los mercados, los jóvenes que llevan una bomba con su cuerpo para hacerse estallar en mil pedazos y matar lo más posible, casi siempre mujeres y niños. ¿Qué han hecho las religiones para impedir las guerras? Todo lo contrario. Hasta se inventó la palabra "guerra santa". Las religiones nombran sacerdotes para que atiendan a cada uno de sus ejércitos nacionales. Hasta hay obispos militares. En nombre de Jesús o de cualquier otro dios inventado por el poder de turno. Ayer los diarios alemanes se sacudieron con la noticia de
que un padre sirio había matado, en una ciudad alemana, a su hija a trompadas y patadas porque ella había elegido como compañero a un hombre de otra religión. Matar por ser fiel a "dios", por supuesto matar al más débil.
Al poderoso se le rinde pleitesía. (Es interesante lo ocurrido hace pocos días en Alemania: las organizaciones de turcos inmigrantes no concurrieron al Congreso de Integración, organizado por el gobierno alemán, porque señalan que hay disposiciones racistas, por ejemplo, que los familiares de
turcos que llegan a su nuevo país deben tener conocimientos del idioma alemán. Cosa que no se exige, por ejemplo, a los norteamericanos o a los japoneses. Sí, tienen razón, pero por otro lado, desde hace casi cien años, los turcos se niegan a reconocer uno de los crímenes más atroces de la historia de la humanidad: el genocidio de los armenios a partir de 1915, donde cayeron un millón y medio de hombres, mujeres y niños.) No, esto último, al parecer, no fue racismo para los turcos.) Mañana habrá elecciones
en Turquía. El país, de casi 73 millones de habitantes, elegirá entre un partido pro-musulmán, que está ahora en el gobierno, y un partido pro-militarista. El primero es el partido de los pobres, sí, conservador; el segundo es un partido de la gente de dinero, que sueña hacer de Turquía una potencia nacional. ¿Progreso? No, más policía, eso sí, por ambos lados.
Ninguna iglesia proclamó que el fabricar o vender armas es un pecado de lesa humanidad. Ni tampoco ningún gobierno proclamó que el fabricar armas o venderlas es un crimen de lesa humanidad. No, los negocios siguen y las bombas caen por todos lados, como si fuese una costumbre nacida con la mente
humana.
La palabra es lo único que nos queda. Y la escuela. Por eso nunca más hay que permitir que se meta un suboficial verde oliva en una escuela para pelar a bocha a nuestros niños.

*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-88461-2007-07-21.html

EL CAMARADA FEODOROVICH*

*de Roberto Fontanarrosa.

La finalmente admitida muerte de Jury Andropov pone de nuevo sobre el tapete un controvertido artículo del periodista rumano (actualmente exiliado en Afganistán) Giurgiu Rosiorii, publicado a mediados de 1976 en el diario promaronita "Kandahar-Kuch", de Kabul. El artículo desnuda, con certera
clarividencia, bisagras ocultas del turbio sistema de poder del oso soviético. Entendemos como una obligación su lectura para todo aquel que desee descifrar, al menos en parte, el jeroglífico político de la Rusia actual.
Los miles y miles de moscovitas que pudieron observar la corpulenta figura de Nicolás Yussuf Feodorovich presidiendo con gesto adusto el anual desfile militar del 1° de Mayo de 1958, no habrán alcanzado a advertir, en aquel ya lejano día, que el flamante premier estaba muerto.
Para los joviales y disciplinados soviéticos, orgullosos y deslumhrados ante el marcial pasaje de los tanques de 40 toneladas T-70 y los nuevos misiles de medio alcance SS-14, la visión de un Nicolás Yussuf Feodorovich de mejillas encendidas y ojos brillantes no podía ser, jamás, la de un cuerpo
que había exhalado el último hálito de vida dos semanas atrás, en la lejana Kishiniov de Moldavia.
Pero, precisamente, hasta esa industrial ciudad a orillas del Dniester se habían trasladado, catorce días antes, los más altos miembros del Comité Central, ante el anuncio de la muerte, sobre el duro camastro de una granja colectiva, del hombre que venían reservando para emplear como figura que ensombreciese la imagen eufórica, exultante y ascendente de Nikita Serguéievich Kruschov.
Nadie, salvo un oscuro granjero de Tiraspool quien había compartido los últimos días de Feodorovich, sabía de la muerte del ex sastre mayor del Ejército Rojo, en retiro. Tampoco fue notificada su familia ya que, según confesó años después Anastas Mikoian, no se la quería alarmar vanamente.
Con la troika de jerarcas que marchó hacia Moldavia, también lo hizo Paul Rhöndorf, taxidermista alemán, prisionero de los rojos desde el sitio de Leningrado, y muy discutido por su teoría sobre las ventajas del empleo del almidón y el alambre en su trabajo. Rhöndorf, casi un anciano de 76 años,
había sido ayudante cercano de Goebbels, a quien le había embalsamado una tortuga aria, muerta en el espantoso bombardeo de Dresde.
Fue así que, dos semanas después de su muerte, Nicolás Yussuf Feodorovich reaparecía, triunfal, ante la vista pública, elevado al cargo de primer ministro y enfundado en un grueso tapado de piel de foca. La prensa, inadvertida de la maniobra, recogió el advenimiento a los primeros puestos del politburó con apenas unas líneas en las páginas interiores.
"Firme, sin un pestañeo que comunicase una sola de sus emociones, el nuevo primer ministro parece ser el hombre indicado para manejar con frialdad el difícil momento mundial" dijo el "Norodny Tribun".
"Nada consiguió desalentar la cuidadosa revista que el camarada Feodorovich realizó de nuestras fuerzas armadas. Ni siquiera las ocho horas de paso constante de tropas y pertrechos lograron hacer flaquear su voluntad, su entereza física", elogió "Krokodil".
De allí en más, y durante un año, aduciendo que Nicolás Yussuf Feodorovich debía empaparse de los complicados mecanismos del Kremlin (protocolo, horarios, tráfico de ascensores), el Consejo de Gobierno retiró a su primer ministro de la vida pública.
Se sabía de él, tan sólo, que estudiaba sus resoluciones en un despacho casi inaccesible y sus dictámenes tomaban estado público a través de mensajes radiales o editoriales de prensa. Nadie sabía, por supuesto, que Feodorovich se hallaba depositado en una cámara frigorífica para su preservación, en uno
de los sótanos del Kremlin, donde también suelen guardarse los típicos gorros de piel, abrigos en general y hasta quesos de la república de los Kalmukos, muy sensibles a los cambios de temperatura.
El único que se atrevió a inquirir por la presencia del primer ministro fue, en una tumultuosa reunión de los Comités Agrarios, el propio Nikita Kruschov, molesto debido a que todas sus ideas, embates y resoluciones eran atribuidas, por el Presidente del Soviet Supremo, a Nicolás Yussuf Feodorovich. Este pasó a ser, de esa manera, la eminencia gris, el monje negro que, sin aparecer, conducía con mano maestra los destinos de las repúblicas socialistas soviéticas. Kruschov quedaba, apenas, como el hombre de choque, que ponía la cara ante las complicaciones inesperadas o las fricciones frente a Occidente.
Pero la ausencia física de Feodorovich no pudo prolongarse por más tiempo luego de la frustrante experiencia de la entrevista con Richard Nixon, enviado de Lyndon Johnson a Rusia, en procura de flexibilizar las tirantes relaciones entre ambos países, en 1959.
Nixon intentó hablar, durante más de una hora y cuarenta y cinco minutos, traductor mediante, con un sillón vacío puesto a su frente. El traductor soviético simulaba consultar con el respaldar del sillón y luego contestaba con cortas frases al vicepresidente americano. Pero en el Buró Político quedó la impresión de que Nixon, aun sin conocer el idioma, había notado algo raro.
"Nunca, como en esa ocasión -declararía el vicepresidente americano a su regreso a Washington- sentí la sensación de que nuestra pretendida relación con los rusos es tan sólo un monólogo."
El Buró Político admitió que había llevado las cosas demasiado lejos, y las fotos de Nixon, el traductor y el sillón de Feodorovich vacío difundidas por todo el mundo a través de las teletipos, en nada contribuyeron a disipar los rumores que habían empezado a correr sobre una posible enfermedad del primer ministro soviético.
Pero al día siguiente, 19 de junio de 1959, el Comité Ejecutivo lograba un golpe de efecto. Ese día partía desde la fastuosa estación de Küznetzki, en Moscú, un convoy especial trasladando al primer ministro en una gira de acercamiento a los alejados pueblos del interior. Pocos se extrañaron de que, en el vagón ministerial, el aire acondicionado mantuviese la temperatura en los 18 grados bajo cero, cuando afuera el otoño moscovita era cálido y benéfico.
Así relató el "Novosibirsk Dien" el paso del tren gubernamental por la estación de la hermosa ciudad siberiana, capital socialista del cultivo de la chaucha: "Nos llenó de emoción la fugaz imagen del camarada Feodorovich saludando al pueblo desde una de las ventanillas del vagón principal. A su
lado, el camarada comisario Mikhail Kornilov, tomándolo por la muñea, le sostenía el brazo en alto, a la manera con que los jueces del viril deporte de los puños consagran al triunfador de la lid. ¡Tal era la alegría de la comitiva! Alegría visible, incluso, a pesar de los casi 90 kilómetros horarios que desarrollaba el convoy".
Por su parte, el "Mujic de Voroshilovgrad" plasmaba de esta manera la impresión del paso del primer ministro por dicha ciudad ucraniana: "El tren se detuvo durante dos minutos en la estación y allí pudimos apreciar la nieve que cubría los mullidos asientos del vagón principal. Al arrancar nuevamente, vimos, con emoción, cómo el camarada Feodorovich era abrazado, ceñido fuertemente por los hombros por los camaradas Riazanov y Menyinski.
No se turbó en ese instante el rostro del primer ministro, pero no pude dudarse que, a pesar de sus rasgos imperturbables, muy rica debe ser su condición humana si provoca tales manifestaciones de cariño entre quienes lo secundan".
Tras la gira, que duró dos días, otra vez Feodorovich fue enclaustrado y quitado de las miradas del pueblo. Tras unos meses de silencio, los periódicos que respondían a los intereses de Nikita Kruschov (el "Novaia Nikita" y el "Nikita Slovo") volvieron a la carga, sugiriendo que el primer ministro se hallaba muy enfermo.
El Soviet Supremo contraatacó con un recurso simple. Consciente de los inconvenientes que acarreaba toda presentación en público del cadáver de Feodorovich, decidieron reemplazar sus salidas oficiales por una profusa campaña gráfica. Enormes cartelones de más de sesenta metros de altura por treinta de ancho con el retrato de Feodorovich fueron instalados en la Plaza Roja. En distintas partes del país aparecieron estatuas de cuerpo entero del estadista y los diarios y revistas se cansaron de publicar fotos de Feodorovich, sentado, de pie, departiendo con otros jerarcas, jugando con su pequeño oso panda Ninja y hasta danzando, en pose algo rígida, con su secretario privado.
Sin embargo, el rumor ya había ganado la calle y las redacciones del mundo entero.
El 24 de octubre de 1963, el Kremlin debió admitir públicamente: "Nuestro primer ministro Feodorovich deberá guardar reposo durante algún tiempo, aquejado de un fuerte resfrío de origen canceroso que no alterará su ritmo de trabajo". Consultadas las fuentes oficiales sobre el tiempo que
demandaría su recuperación, la respuesta indicó que los médicos calculaban de dos semanas a cuatro años.
Para mayo de 1964, Nicolás Yussuf Feodorovich era considerado ya, públicamente, un "cadáver político". Y dos sucesos fueron a precipitar su ocaso para fines de ese mismo año. Primero, el holocausto de la perra Laika en el metálico vientre del satélite Sputnik. El éxito espacial soviético, evaluado por todos como un sonoro cachetazo al orgullo del Tío Sam y atribuido por el Congreso del Partido al genio creativo de Feodorovich en el último intento por recuperar su prestigio, fue usado como bandera de lucha por la fracción "Animales de la URSS", corporación de índole trotskista abocada a la defensa y preservación de las especies inferiores del paraíso soviético.
"Animales de la URSS" inició, a través de todos los circos, una feroz campaña contra el primer ministro, culpándolo del sacrificio de la célebre perra cosmonauta, y sindicándolo como "falaz" ya que había prometido su retorno, indemne, a la Tierra.
En un desesperado esfuerzo por recomponer la imagen de Feodorovich, el Partido decidió presentarlo públicamente en el homenaje al Soldado Desconocido, en Stalingrado, el 2 de febrero de 1965. Lo hizo a sabiendas del riesgo que corría ya que, días antes. Paul Rhöndorf, el embalsamador oficial había debido viajar intempestivamente hacia Petz, donde, se rumoreaba, ya estaba estudiando un nuevo candidato para su conservación.
Rigurosamente durante esos largos siete años, cada 48 horas, Rhöndorf había aplicado inyecciones de prohidrato de benceno en el yerto cuerpo del primer ministro a los efectos de consolidar su mantenimiento y evitar la delicuescencia. El Buró Político decidió arrostrar las posibles incómodas
derivaciones, ocasionadas por la falta de una de las dosis, y en la fecha prevista, la figura erecta de Nicolás Yussuf Feodorovich podía ser contemplada, una vez más, por miles y miles de rusos conmovidos y sensibilizados por la fecha que se conmemoraba.
Lo angustioso ocurrió sobre el mediodía. Mientras el comisario Vladimir Smolny desgranaba un discurso recordatorio de los millones de camaradas caídos en la lucha contra los invasores alemanes, en una pieza oratoria cuya congoja, cuyo respeto y cuyo contenido dolor superaban todo lo recordado, en el cerúleo rostro de Nicolás Yussuf Feodorovich comenzó a dibujarse una notoria, tensa y escalofriante sonrisa. De nada valió que Vassili Lozovski, ministro de Educación, depositase un largo beso sobre la comisura
distorsionada de la boca del primer ministro procurando retornarla a su postura de habitual seriedad. Nicolás Yussuf Feodorovich continuó durante toda la ceremonia con su rostro ensanchado por aquella sonrisa crispada y gélida hasta que, entre cuatro, lo metieron en un coche y se lo llevaron.
Nunca más se lo vio. Su irrespetuoso gesto en el acto del 2 de febrero fue considerado como un ejemplo de tremenda falta de tacto político.
El 8 de febrero de 1966, el ex barquero del Volga, León Nijni Spiridinova tomaba su puesto en reemplazo de Feodorovich, sin que mediase explicación oficial alguna.
Una mañana de marzo, los moscovitas advirtieron, con indiferencia, que en algunos de los inmensos carteles de la Plaza Roja, al rostro de Feodorovich le habían crecido largos cabellos, barba y bigotes, lo que le daba un cercano parecido a Carlos Marx. En otros, directamente, lo había suplantado una densa capa de pintura azul con una leyenda que recordaba la importancia de los logros espaciales rusos. También, de la noche a la mañana, las estatuas de Feodorovich tuvieron una extraña mutación. Más bajas, como si les faltase una cabeza de altura, ahora representaban a una mujer aldeana, símbolo del esfuerzo rural socialista.
Quienquiera que buscase algún documento gráfico probatorio de la existencia de Feodorovich, también corría el riesgo de hallarse ante desconcertantes escenas: fotos de funcionarios dialogando con un interlocutor invisible, reuniones del Comité Central donde se apreciaba un vacío inexplicable y hasta una extraña imagen del secretario del Partido, Igor Nevsky, bailando solo.
Seis años después, este cronista, invitado por el Kremlin a una función de gala, se perdió por uno de los inmensos pasillos de la Morskaia, buscando un baño. Dio de pronto, equivocadamente, con un pequeño desván casi en penumbras. Pudo ver allí, entonces, un cuerpo en el suelo, prácticamente oculto bajo cortinas viejas, bidones de kerosene, vigas en desuso y cajas de botas vacías, algo que, en principio, confundió con un maniquí. Luego, al acercarse, vislumbró trabajosamente un cuerpo cubierto de polvo, carcomido por las termitas y las polillas, pero, aun así, sospechosamente parecido al camarada Feodorovich.

-Fuente: http://arsewaco.googlepages.com/libros

Maestras Argentinas: Clara Dezcurra*

*de Roberto Fontanarrosa

Clara Dezcurra toma la pluma y escribe la fecha: "16 de Julio de 1840".
Luego, con la misma letra minúscula y erguida, agrega el encabezamiento: "Querida Juana". Finalmente, tras alisar el papel que tiene la textura y la consistencia del hojaldre, embebe la pluma en la tinta negra, y redacta: "Ayer decidí cambiar el método que siempre utilizamos. Quise darle a mis chicos una alternativa diferente que los arrancara de la enseñanza rutinaria. Esta vez, en la clase de Habla Hispana, dejé de lado nuestra clásica composición 'Voyage autour de mon bureau' y quise sorprenderlos con algo propio, conocido, cercano. Fue entonces cuando les propuse escribir sobre 'La Vaca'."
Clara Dezcurra no lo sabe, pero ha introducido un hábito de escritura que será, luego, por décadas, indicador y modelo en las escuelas criollas.
En realidad, poco y nada decía para sus alumnos la temática de la anterior composición-tipo, "Voyage autour de mon bureau" ("Viaje en derredor de mi pupitre") impuesta por el maestro modernista francés Alphonse Chateauvieux a fines de 1815. La escuela de Clara Dezcurra, apenas un simple salón de
tierra apisonada, no tiene pupitres, ni bancos, ni siquiera sillas. Los alumnos se apretujan sentándose en rejas de arado, tocones de ceiba o simples calaveras de vaca que relucen como si fuesen de mármol. La calavera de vaca es el asiento más fácil de conseguir, el más frecuente, porque la escuela nocturna de la señora Dezcurra es, durante el día, un matadero clandestino.
Clara humedece con la saliva de su lengua el reborde pringoso de la tapa del sobre donde ha metido la carta. Lo cierra y luego, aprovechando el calor del candil que la alumbra malamente, derrite casi un centímetro de lacre sobre el vértice de la juntura. Le llega, desde afuera, el olor pesado aue viene
desde el saladero de cueros, el tufo casi irrespirable a pescado podrido de la costa, y el mugido profundo de algún animal que ha olfateado, quizás, el aroma premonitorio de la sangre.
La escuela ni siquiera está en el centro de Buenos Aires. Ahí, frente al portalón de la Iglesia de los Cordeleros, como se lo había prometido don Juan Lezica, cuando era alguacil segundo del Municipio, para luego decirle que, aquello, era imposible. El episcopado, o, mejor dicho, el obispo Alcides Melgarejo, le había recordado a Rosas que no debían permitirse escuelas ni queserías en las proximidades de los templos. Y entonces le habían dado a Clara ese quincho --porque de otra forma no se lo podía denominar-- cerca de los corrales de Mataderos, a metros de la puerta de Santa Brígida, detrás del saladero de don Felipe Echenaugucía. Y la escuela era nocturna. Y los "chicos", como ella los denominaba, eran ya gente grande: puesteros de los corrales, matarifes, carreros cachapeceros, pero
muy especialemente, federales. Hombres de la Santa Federación que llegaban a clase luciendo la divisa punzó, mazorqueros que, en el primer día de clase, habían degollado a un negro por robarse una goma de borrar.
Clara, todas las tardes, mientras escucha dar las siete en el carrillón de la Merced, baldea el piso para quitar los oscuros cuajarones de sangre que quedan de la actividad del frigorífico clandestino, y echa hacia los potreros las reses que no han sido aún sacrificadas. Espera, en tanto, desde el Alto Perú, la respuesta de Juana, su compañera de promoción. Intuye que su puesto al frente de la precaria escuela peligra. Sin ella saberlo, ha permitido la inscripción de más de un unitario. Algunos le han confesado su
condición, como Juan José Losada. Otros le han dicho que la vincha celeste que llevan recogiéndoles el pelo, es en honor de la bandera. "Pero nadie viene a controlar lo aue pasa en estos parajes, Juana --le ha escrito a su amiga--. Estamos dejados de la mano de Dios. Mis chicos escriben con trozos de ladrillos o pedazos de tripa gorda y yo utilizo las paredes como pizzara.
Don Martin de Agüero me ha prometido tizas, pero me dicen que el barco que las trae encalló en las proximidades de Recife."
Un zambo iza la bandera. Le dicen "Falucho", pero es en broma. Tomó parte del sitio de El Callao, pero no logra aprender la tabla del cuatro. No ha llegado aún al país el sistema inglés de los palotes, y los alumnos trazan una línea acá, otra allá, sin ton ni son, sin orden ni medida. Clara es la primera en entonar "Oda a la Bandera", de Balmes y Vespuci. Hija y nieta de educadoras, recuerda las anécdotas de su abuela, Irma Dezcurra, de cuando aún la joven nación no tenía divisa, antes de que don Manuel Belgrano la crease. Los niños --contaba la anciana-- se reunían en los patios escolares antes de entrar a clase y no sabían que hacer. Daban vueltas sobre sí mismos, se chocaban entre ellos o giraban tontamente como tiovivos sin acertar con una conducta. Alguno, quizás, gritaba consignas emotivas, o repartía chanzas contra los españoles. Alguna maestra, tal vez más devota, entonaba salmos religiosos. Hubo quien --recordaba abuela Irma-- aguardando la entrada a clase, se empecinó en vocear los números de la lotería de cartones, el juego que tanto entusiasmaba a Manuelita, y así nació la "cifra", el canto que, junto a vidalas y pericones, habría de animar numerosas y encendidas veladas patrias.
Clara come un pastelito dulce y lo acompaña con té de cardosanto. La respuesta de Juana Azurduy tarda en llegar. Hoy Clara ha tenido que sosegar a un federal muy alcoholizado. No la desvela tanto la indisciplina, pero se le duermen en la clase. Y a veces se pelean. Los mazorqueros sospechan que uno de los muchachos es unitario. Es un mozo joven, bien parecido, que viene siempre de bombachas de fino fieltro y botas altas. Tiene la patilla larga que baja y dobla luego hacia arriba, para unirse con el bigote, dibujando una "U" provocativa. Pero los mazorqueros aún no han llegado hasta ese punto
del abecedario. Solo Isidro Gaitán, un sargento, puede memorizar las letras hasta la hache que, al ser muda, lo desconcierta. Los demás apenas si se han familiarizado con las letras hasta la "D". Clara duda si continuar con la enseñanza. Apenas sus chicos descubran que la "U" tiene un dibujo similar al
que se lee en las mejillas del joven unitario, pude arder Troya. Clara no quiere tener más problemas con el gobierno. Pero habrá de tenerlos.
Antes de que llegue, por fin, la carta de Juana, ya don Artemio Soto conoce la noticia de su innovación pedagógica. Algún mazorquero la ha comentado en algún boliche. Tal vez un tropero alcanzó a contar las desventuras de su composición-tipo cerca del oído de algún correveidile del poder. Tras seis meses de espera, la carta de Juana llega, como una premonición, días antes que la de Domingo Faustino Sarmiento.
A la luz vacilante del quinqué, Clara lee la esquela de su amiga. "Tené cuidado, Clara" es todo el texto, entre sucinto y fraternal. Sin duda Juana, preocupada, consciente del tiempo que llevará a su carta llegar de nuevo hasta la capital, optó por escribirla lo más rápido posible, casi con características telegráficas.
Clara bebe una copita de oporto, al que enturbia con hojas de regaliz. Duda si abrir o no la carta de Sarmiento. Sin embargo, la redacción de esta, lo comprobará luego, es de advertencia mas no llega a sonar admonitoria. "No veo de buen grado --le escribe el sanjuanino-- el cambio por usted introducido en la enseñanza de nuestra lengua criolla. Somos un país incipiente aue requiere de ejemplos y el modelo del maestro Chateauvieux aún está en vigencia. Somos todavía como el joven retoño que precisa de la
rectitud y firmeza del tutor para crecer derecho."
Clara garrapatea una carta de respuesta plena de formalismos y ambigüedades, lejos de su habitual estilo franco, y decide continuar con sus planes. La hace persistir en su esfuerzo el entusiasmo que observa en sus alumnos. Por primera vez, muchos de ellos escriben más de dos páginas de composición,
cuando con el tema "Viaje en torno a mi pupitre" algunos no alcanzaban ni a los tres renglones. Un matarife de Achiras Altas, Juan Sala, redacta, incluso, casi diez páginas de un relato estremecedor, fruto de su conocimiento de la tropa vacuna. Tiempo después, será la base de un libro paradigmático: Amalia.
Josefa Paz de Hurlingam invita a Clara a tomar chocolate en su casa de la bajada del Marquesado. Recibe en una sala solariega desde donde se ve el patio interno de la casa, impregnado con un perfume fresco a magnolias, glicinas y santarritas. Hay un jardín, también, con lilas del lugar y patos criollos. Una morena carabalí sirve el chocolate en bandeja cubierta con una mantilla bordada por la misma señora Josefa. Josefa le cuenta a Clara, animosa, que en el colegio adonde va su hija, en clase de Habla Castellana le pidieron una composición sobre el tema "La Vaca". Josefa cuenta esto con risa amable y, cada tanto, se toca el ñandutí de su pechera impecable.
Clara no tiene tiempo ni de alegrarse. A la noche siguiente, una frágil figura desciende de una calesa frente a su escuela, siendo de inmediato rodeada por perros coléricos y becerros supervivientes. El nocturno visitante es don Benito Agudo Ersilbengoa, mano derecha del nuncio apostólico y amanuense del alguacil Ordóñez. "Hemos recibido las quejas de Monseñor Brizuela --comunica a Clara Dezcura-- con respecto al tipo de temas que uted está haciendo escribir a sus alumnos."
Clara conoce bien a monseñor Bizuela. Se corren muchos rumores en torno a su persona. Se decía de él que a su arribo a nuestras costas, cuatro años atrás, era un hombre afable y comprensivo. Pero que había sufrido un doloroso accidente durante las invasiones británicas, cuando transportaba
trabajosamente un pilón con aciete hirviendo. Aquella desgracia, se comenta ahora, ha dado origen a la sabrosa fritura de pastelería puesta en boga por todos los panaderos: la "bola de fraile".
"Es indigno --continúa don Benito Agudo Arsilbengoa-- que nuestros guardias federales, nuestros soldados, sean obligados a escribir sobre un tema tan poco épico y glorioso como el que usted les impone."
Clara comprende que ha llegado el momento de defender sus convicciones.
Escribe a Sarmiento explicando su postura y la ventaja de educar a sus alumnos a partir de vivencias que a ellos le sean familiares. Seis meses después, puntualmente, recibe la contestación. Y de allí en más, día a día, irá recibiendo cartas del maestro sanjuanino. Sarmiento no falta un solo día al Correo. Algunas de sus cartas, no todas, muestran sobre el pergamino largos trazos de un pegote blancuzco, como si alguien hubiese moqueado sobre ellos. Clara deduce que Sarmiento las ha escrito bajo su histórica higuera, buscando aislarse, tal vez, de los rayos solares.
"No me opongo a que usted trabaje sobre 'La Vaca' --le dice el autor de Facundo-- en lugar de hacerlo sobre el modelo francés. Habrá un día, solo Dios puede saberlo, en que nuestro país se quitará de encima la influencia europea, y quizás entonces usted será considerada una precursora. Pero déjeme sugerirle otra variante; ya que el debate se ha instalado en torno a si es conveniente o no gastar papel, tinta e ingenio sobre un animal tan rasposo y de índole infeliz como la vaca le propongo que sus composiciones
sean sobre otro animal todavía más cercano y afín a nuestra tradición libertaria como el caballo. Más de uno de nuestros centauros, que regaron con su sangre generosa el suelo americano, sabrá agradecérselo."
Clara lo piensa. Supone, con su intuición de maestra, que el del caballo puede ser un paso posterior. Incluso no deja de lado la gallina, con su doméstica convivencia. Pero la cercanía de los corrales, la vital actividad del matadero y, fundamentalmente, la creciente importancia del ganado vacuno en la suerte de nuestra economía, la deciden a continuar con el plano trazado.
Es febrero de 1845 y el formidable estío de Buenos Aires embalsama la brisa con aromas fuertes. Clara ha recibido el paso del aguatero llenando dos odres grandes para sus muchachos. La composición-tipo "La Vaca" se emplea ya en casi todos los establecimientos educacionales de la ciudad. Hasta las
familias patricias que contratan institutrices británicas han encontrado pertinente el uso de la redacción impuesta por Clara Dezcurra. Sentada sobre una rueda de carro, Clara observa el patio a través de la puerta del salón.
El calor del día ha exacerbado el olor a bosta y escucha las risotadas de sus chicos disfrutando el momento plácido del recreo. Se oye el punteo de alguna guitarra, alguna relación intencionada, el repique constante de un tamboril. De pronto alguien grita, hay un revuelo. Clara presta atención,
inquieta. Sus muchachos son buenos, pero si se los vigila son mejores.
Escucha un violín y se estremece. Son los sones de la "refalosa", la danza con que los mazorqueros acompañan los saltos despatarrados de sus víctimas cuando resbalan sobre su propia sangre. Clara se levanta y sale a ver qué pasa. Pero, en este caso, la víctima ya ha caído sobre el patio de la escuela. Es Juan José Lozada, el joven unitario de las patillas en "U". Lo han degollado. Ante la pregunta enérgica de Clara, nadie dice saber nada, nadie dice conocer a los asesinos. Pero hay risas torvas, sofocadas. El
grupo de mazorqueros se aleja un tanto, empujándose unos a otros, como sorprendidos o avergonzados por la reprimenda.
Clara escribe a Juana, el 24 de febrero de ese año. "Los eché a todos. No me importa, Juana, que sean mazorqueros, hombres del Restaurador de las Leyes o lo que sea. Hoy degüellan a un compañero y mañana pueden llegar a hacer cosas peores. A estas situaciones hay que cortarlas de raíz, antes que pasen a mayores." Entre los expulsados de la escuela está el sargento federal Anacleto Medina, héroe de Cepeda.
Clara estudia al jinete que ha llegado hasta su escuela. Ella estaba calentando agua en la pava de latón peruano para prepararse un caldo, cuando escuchó el galope. El hombre es un soldado de Rosas y le estira en la mano, un rollo de papel sujeto con una cinta: por supuesto, punzó. Clara desenrolla el mensaje y lee el texto. La trasladan. Ha estado dando clase durante siete años en un tinglado con piso de tierra que, durante el día, hacía las veces de frigorífico clandestino. A pocas varas del matadero de
reses y del solar donde se envenenan los cueros. Alumbrándose con velas de grasa. Educando a una clase compuesta por matarifes, soldados federales, negros, zambos, convictos, renegados y mal entretenidos. Ahora la letra pareja y grande del Restaurador le indica que será trasladada a un lugar de menor jerarquía. No lo dice con esas palabras. "La patria --le escribe Rosas-- demanda de usted un nuevo sacrificio. Y hemos decidido destinarla a una escuela marginal, con alumnos que detentan problemas de conducta. Sé que usted, con su firmeza de espíritu, sabrá encarrilarlos y superar los problemas de presupuesto que, de aquí en más, habrá de sufrir."
Clara Dezcurra sabe que ya no tiene sentido aguardar el cargamento de tiza.
Intuye que su alejamiento obedece, más que nada, a su particular obcecación en persistir con el tema de "La Vaca".
"Creo que todo ha sido inútil --escribe a su amiga Juana--. Comprendo que, hoy por hoy, se hace muy difícil cambiar algo de lo ya dispuesto. Supongo que, con el paso del tiempo, todo el mundo se olvidará de mi tema de composición y volveremos a 'Voyage autour de mon bureau', o a cualquier otra imposición venida de afuera bajo el engañoso rubro de aporte cultural." Deja gotear el lacre, morosamente, sobre la juntura del cierre, antes de moldearlo bajo la presión de su anillo de sello. No puede dejar de pensar en la fugacidad de su iniciativa educacional. No sabe cuán equivocada está. Una gota de lacre, lustrosa, ha modelado un diminuto montículo sobre la mesa.

*de "La mesa de los Galanes", Ediciones de la Flor.

-Fuente: http://www.osplad.org.ar/mundodocente/mundodocente2006/ficciones/notas/ene_04/uncuentofontanarrosa.htm

*

Mis amigos son gente cumplidora
que acuden cuando saben que yo espero
Si les roza la muerte, disimulan:
para ellos, la amistad es lo primero.

*Joan Manuel Serrat

-Enviado por Cristina Villanueva. pluma@velocom.com.ar

Correo:

Fontanarrosa*

En agosto de 2001, Fontanarrosa vino a Santa Fe, a presentar en la Feria del Libro la antología "Cuentos de fútbol argentino". Haciendo uso de esa veta cholula y caradura que me caracteriza muy de tanto en tanto (cuando me parece que la situación lo amerita), me uní al malón que lo rodeaba, lo saludé, le extendí una hoja para que me dibujara un Mendieta autografiado, y aproveché la ocasión para endilgarle una fotocopia de un cuento mío de fútbol ("Penal"), con la esperanza de que lo leyera. Una semana después, para mi gran asombro y alegría, me llegó desde Rosario una nota suya en la que me daba su impresión sobre mi cuento. Valoré tanto ese gesto, que decidí escribirle para agradecérselo, y salió esta carta muy poco convencional que hoy quiero compartir con ustedes, en homenaje a quien seguramente debe ser el tipo que más carcajadas me regaló en la vida.

*Alfredo. alfdibernardo@ciudad.com.ar

Santa Fe, agosto de 2001.-
Acerca de una carta a Fontanarrosa que jamás será escrita
(Desgrabación parcial de mi última sesión con el analista)
(...)
-Pero mire usted qué interesante. Así que ahora el problema que no lo deja dormir es una carta.
-Y bueno, doctor, qué se le va a hacer. Para mí no es nada fácil esto; tengo que escribirle a Fontanarrosa y no sé bien qué ponerle.
-Siempre es difícil hallar las palabras necesarias para dirigirse a una mujer. Por lo pronto, me parece que usted debería dejar de imponer en el trato esa distancia tan horrible.
Parece un empleado del IAPOS llamando a la gente: "Fontana, Rosa", "Pérez, Roque".
-¿Una mujer? No, doctor, no es una mujer. Fontanarrosa es un apellido. Al que tengo
que escribirle es al dibujante, al humorista, al escritor. Al "Negro" Fontanarrosa. ¿Lo conoce?
-Sí, sí, cómo no. Yo siempre leo la página de chistes del Clarín. Me encanta el Loco Chávez y mucho más el Mago FaFa. Pero bueno, en fin, acá estamos para que usted me cuente su problema. Lo escucho.
-Le explico. Resulta que la semana pasada, Fontanarrosa estuvo en la Feria del Libro y yo tuve la ocurrencia de darle un cuento mío para que lo leyera. Yo pensé: "en una de ésas le gusta y me escribe". Pues bien, el otro día anduve por el Correo, y encontré dos cartas en mi casilla. Agarré la que estaba arriba y casi me muero. Me bastó la primera ojeada para reconocer esa "F" de inmediato. Le juro que me quedé sin aliento.
-La "F" de Fontanarrosa, obviamente.
-No, la "F" de "Financiera". Yo sabía que en cualquier momento me iban a intimar.
Hace tres meses que no pago el crédito.
-Bueno, pero la otra carta era de él, ¿no?
-Sí, sí, claro. ¿Se da cuenta? No sólo le gustó mi cuento, sino que encima tuvo la gentileza de hacérmelo saber. Es una hermosa actitud. Por eso, me pareció que tenía que hacer algo para retribuir aunque sea mínimamente su gesto. Así que le escribí una carta extensísima, muy sentida, pletórica de gratitud.
-Me parece muy justo y muy sano.
-El problema es que cuando la terminé, me puse a releerla y me pareció que limitarse a decir "gracias" ante un gesto como el que tuvo es incurrir en una cortedad imperdonable.
Esa palabra no abarca todo lo que quiero expresarle.
-¿Y qué hizo con la carta?
-La rompí.
-¿Cómo que la rompió?
-Y sí, la rompí. Pero le escribí otra.
-Ah, bueno. ¿Y sobre qué le escribió esta vez?
-Le dije que yo admiro profundamente a las personas con talento y a las personas con inteligencia. Le dije que cuando esas dos cualidades se dan juntas en una misma persona, la admiro todavía mucho más. Y le dije que si además van de la mano con el humor, entonces siento una admiración al cubo. Ante un Dolina, un Quino, un Les Luthiers, un Woody Allen, no puedo menos que sacarme el sombrero.
-Claro, y me imagino que a Fontanarrosa lo habrá incluido en esa lista.
-¡Por supuesto! ¡Usted no sabe la cantidad de carcajadas que me ha provocado este hombre! Nunca he podido entender cómo hace para que no se le agote la creatividad.
-Hace bien en no reprimir sus sentimientos.
-Exacto. Me gasté en elogios. Cuatrocientos treinta y siete adjetivos connotativos, tenía la carta. Qué digo carta; eso no era una carta. Era un encomio, una loa, un panegírico.
-Dios mío, desde que descubrió en la computadora el diccionario de sinónimos está insufrible. ¿Y qué hizo al final con su carta?
-La rompí.
-¿Cómo que la rompió?
-Y sí, la rompí.
-¿Por qué no la mandó?
-¿Está loco? ¡A ver si todavía Fontanarrosa piensa que soy un cholulo obsecuente!
Debe estar podrido de los pesados que le dicen "genio", "ídolo", "maestro".
-¿Le parece? Mire que a los artistas les encanta que los halaguen.
-Sí, pero hay que hacerlo con cierto sentido de la ubicación. Y sobre todo con originalidad. Si uno va a robarle parte de su valioso tiempo a un artista, que por lo menos implique un esfuerzo creativo.
-Ajá. ¿Entonces?
-Y...se me ocurrió homenajearlo de un modo más sutil y simpático.
-¿Cuál?
-Mandándole mi agradecimiento con un dibujito humorístico.
-Así que un dibujito humorístico a Fontanarrosa. Pero mire usted qué apropiado. ¿Por qué no le manda una canción a Serrat, ya que estamos?
-No se burle, doctor.
-Es que ya se lo he explicado una docena de veces. Eso se llama "neurosis de fracaso".
El sujeto vive buscando metas inalcanzables sólo para sentirse frustrado. ¿Se acuerda de cuando quiso seducir a Martina Navratilova?
-No sea injusto. Yo soy muy consciente de mis limitaciones. Sé perfectamente que el mayor aporte al arte que puedo hacer con un lápiz en la mano es prestárselo a un dibujante.
Esto buscaba ser simplemente un acto simbólico.
-¿Y qué dibujó?
-Lo pensé bastante, pero finalmente me decidí por un Mendieta.
-Amarrete. Seguro que lo eligió porque lleva menos tinta que dibujar a la Eulogia.
-No me cargue, doctor. Usted no sabe lo que me costó. Me pasé seis horas trabajando.
Rompí catorce hojas canson, y seis plumines. Gasté un frasco entero de tinta china y arruiné dos manteles. Cuando lo terminé, fui corriendo entusiasmado a mostrárselo a mi señora y me dijo: "¡Ay, qué lindo! ¡Te salió igualito, Rin Tin Tin!". Se imaginará mi frustración.
-Quizás su esposa sufre de "síndrome de distorsión canina", una derivación de la paranoia que produce en el sujeto notables confusiones en la percepción de estos animales.
Pero no se preocupe; hay casos peores. Yo tenía un paciente que invariablemente confundía las camisetas de los equipos de fútbol.
-Pero eso no parece tan grave
-No se vaya a creer. El año pasado se fue de vacaciones a Río, quiso congraciarse con unos muchachones que jugaban un picado en la playa y, viendo los colores de los gorros que llevaban puestos, les gritó "¡Pra frente Vasco Da Gama!"
-¿Y qué pasó?
-Eran del Flamengo. Una lástima; lo cargaron en el bondinho que sube al Pan de Açucar y lo arrojaron a la Bahía de Guanabara. Pero bueno, ¿en qué estábamos?
-Estábamos en que rompí el dibujo.
-Ah, sí. ¿Y qué hizo entonces?
-Decidí intentar una nueva carta, pero esta vez fui mechando, entre frase y frase, referencias puntuales a la obra de Fontanarrosa. Como guiños de complicidad, ¿entiende?
-No, no entiendo.
-Claro, yo le escribí para agradecerle, y testimoniarle mi admiración, etc., etc., pero cada dos renglones le iba metiendo bocadillos tipo "mal pero acostumbrao", o "ahijuna con la lobuna". Le hablé de "El Cairo", le mencioné como al pasar a Boogie, a Jota Jota Serenelli.
Como para que el tipo se dé cuenta de que uno ha seguido su trayectoria, ¿vio?
-No está nada mal. ¿La terminó?
-Sí, la terminé. Dieciséis carillas. Con noventa y tres citas textuales, notas al pie, índice, posfacio y bibliografía consultada. Una joyita.
-Tengo miedo de preguntar qué hizo con su joyita.
-La rompí, doctor.
-Me lo imaginaba. Seré curioso, ¿por qué la rompió esta vez?
-Porque es un recurso de lo más bajo, doctor. Demagogia barata. Cholulismo sofisticado.
-Pero si no me equivoco su intención es lograr que este hombre se sienta bien al leer su carta, ¿verdad? Entonces es válido que le hable de cosas que para él sean importantes afectivamente.
-Justamente, ése fue el leit-motiv de mi quinto intento. Le escribí una carta con un lenguaje futbolero, plagado de referencias a Rosario Central. La idea era crear un texto emotivo, conmovedor. Entonces le tiré como al pasar formaciones del pasado, le mencioné a Landucci, a Mesiano, a Bóveda, a Gramajo. ¡A Aldo Pedro Poy! ¿Se imagina? El tipo lee ese nombre y se le pianta un lagrimón. Hasta le conté que la primera revista "El Gráfico" que me compró mi viejo (año '70) lo traía a Poy en la tapa.
-Mi notable perspicacia me indica que también rompió esa carta.
-Por supuesto, doctor. Era un recurso todavía más bajo que el anterior. El tipo iba a pensar que me estaba haciendo pasar por hincha de Central para caerle simpático.
-Eso es altamente improbable. Cualquier aficionado al fútbol que lea un cuento suyo se da cuenta de que esa melancolía que campea en sus relatos sólo puede haberse desarrollado siendo hincha de Colón.
-Será como usted dice, doctor, pero lo cierto es que estoy desorientado. ¿Qué hago, entonces? ¿Qué le escribo?
-Lo siento mucho, pero se terminó su hora. Lo espero el próximo jueves.
-No me deje así, doctor, déme un consejo.
-Mire, qué quiere que le diga; ya me tiene podrido con esta cuestión. Acabemos de una vez con "la gansada". Para mí, Fontanarrosa "ha vivido equivocado". Le digo más, yo lo prefiero a Sendra. "No sé si he sido claro".
(...)
_____________________________________________________________________
Ahora sí, en serio: mil gracias por el comentario y por la gentileza de mandármelo.
Un saludo cordial de

Alfredo Di Bernardo
PD: ¿Será factible consultar a la Hermana Rosa acerca de las perspectivas de Colón en el
Apertura 2001?

*

Queridas amigas, queridos amigos:

El domingo 22 de julio del 2007 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música de los compositores latinoamericanos Cesar Guerra Peixe, Marta García Renart, Carlos A Vázquez y Mariza Rezende. Las poesías que leeremos pertenecen a
Jorge Mendoza Castaño (Colombia) y la música de fondo será de Wankamaru
(Andes). ¡Les deseamos una feliz audición!

ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!

REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com

Schießstattstr. 44 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067

*

Reescribiendo noticias. Una invitación permanente y abierta a rastrear noticias y reescribirlas en clave poética y literaria. Cuando menciono noticias, me refiero a aquellas que nos estrujan el corazón. Que nos parten el alma en pedacitos. A las que expresan mejor y más claramente la injusticia social. El mecanismo de participación es relativamente simple. Primero seleccionar la noticia con texto completo y fuente. (indispensable) y luego reescribirla literariamente en un texto -en lo posible- ultra breve (alrededor de 2000 caracteres).

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