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BITÁCORA DE UN SOCIÓLOGO FRACASADO

03/09/2007 GMT 1

QUE NO ACLARAN, NO VUELVEN Y NO CESAN

urbanopowell @ 16:57

*

La joven mujer de
labios finos
apretados
y grandes anteojos
me mira
y me increpa
entre el gentío que
viene
y va en Penn Station
y me amenaza
con regresar hoy mismo
a la Argentina.
Ya subiendo la escalera,
ya subiendo
la voz y uno y otro
brazos agitados...
la joven mujer de
rizos
en la frente y sudor
frío
no cree en lo escuchado
en el día de hoy,
en el día de ayer
ni en los escritos
de Joseph Morgan
sobre vidrio,
en la esquina.
Va por complacerme,
viene por ir,
va a volver (amorada
y desamorada),
la mujer
a la que el humo
de la ciudad
le dice siempre
otra cosa
y le da otra señal
(del cielo,
del agua y de la tierra),
quiere dejar su firma
en aire
indeleble, en tiempo,
y las huellas
de su origen de
Aguapey,
ante mí como testigo
en Penn Station,
del trajín febril
y la razón capitalista,
que no aclaran, no
vuelven
y no cesan.

*de Eduardo Dalter. cuadcarmin@hotmail.com
-"Nidia". Ediciones del Nuevo Cántaro. Buenos Aires. 2007

Que no aclaran, no vuelven y no cesan...

Viejos*

Placita de barrio. Chicos potreando cerca del tobogán y las hamacas. Sol. En un banco sin respaldo un hombre viejo sentado. Ojos-claros, cejas-espesas, nariz-aquilina. En el mismo banco una mujer vieja sentada (una “pasita”, toda de negro y con pañuelo en la cabeza). Ella hacia un frente (el césped); él al lado, de espaldas, hacia un sendero. El hojea una lujosa revista pornográfica italiana en cuya tapa luce una jovencísima pareja heterosexual, desnuda y dorada. En la penúltima página la misma parejita luce entretenida en la consumación de un energizante “cunilingus”. Dice el viejo:
—De esta agua no he de beber... más. —Y con un suspiro: — Y moriré de sed.
Los pajaritos cantan. Después, la vieja exclama:
— ¡Qué disparate!
El viejo exclama:
— ¡Querida!... Todavía no conozco tu alma. Pero lo que atisbo llaga la mía.
— ¡Qué disparate! —exclama la vieja.
Pasan tres señoras chismeando por delante del viejo. El las mira alejarse.
—Un culo como para quedarse.
La vieja mira al viejo. Deja de mirarlo. Exclama:
— ¡Qué disparate!
—Piensa lo que quieras y acertarás.
— ¡Qué disparate!
—Me llamé por teléfono: no estaba.
— ¡Qué disparate!
— ¿Es que nunca me atreveré a cortejarte? ¿Nunca te propondré que hagamos el amor? ¿Nunca?... ¿Cuándo será? ¿Será? Supongo que estoy proponiendo que me lo propongas.
— ¡Qué disparate!
El rememora:
—Me las agarraste y yo me dormí sobre tu mano.
— ¡Qué disparate!
—No puede ser. Estoy afligido. —Deja la revista sobre el banco—. No quiero que sea. —Ella queda expectante, suspendida. Mira al viejo. Deja de mirarlo. Poco después oye que él añade: — No. —Ella y su desconcierto. Lo mira. Deja de mirarlo y, anhelando la culminación, vuelve a oírlo: — Caminaba. Pero... peor era cuando no caminaba.
— ¡Qué disparate!
—Es que quizá no haya nada más desolador que una vagina sin reminiscencias...
Azoro en la comentadora. Lo mira y espera, y deja de mirarlo y espera, y vuelve a mirarlo:
— ¡Qué disparate!
Y deja de mirarlo. Tras lo cual vuelve a oírlo:
— ¡Esa gente que ni siquiera se escucha a sí misma! Apagando los ojos, y encendiéndolos abruptamente o caninamente o como que no pueden florecer...
— ¡Qué disparate!
—Me acosté con dos tetas. No estuvo mal. Yo lo advertí.
— ¡Qué disparate!
—Una vez me cansé de traquetearla. Abandoné. Sólo que ella... ya no se quejaba.
Conmovido, mira hacia la mujer. Vieja:
— ¡Qué disparate!
El hombre viejo mirándose los zapatos.
—Con el pulgar hasta el mango, hasta la palma, y la palma en el Monte de Venus, sujetándola, sin consideraciones, parecía posible levantarla y llevármela a la tumba, pero ahí sí (y eso también parecía posible): para coger, para coger.
— ¡Qué disparate!
— ¿Por qué ustedes se hacen como que lo piensan tanto?
A mitad de camino entre mirar y no mirar al viejo:
— ¿Qué?...
— ¿No es cierto?...
— ¡Qué disparate!
Pasa un vigilante. El se reacomoda en su asiento.
—Éramos unos pebetes maravillosos. Varios estábamos enamorados de mí.
— ¡Qué disparate!
— ¡Vieja!, te llamaba. Y vos eras una muchacha perfumada. Turgente, lozana. En aquel recoveco uno no se sentía de más. Ebúrnea... Yo arrasaba con tu estolidez. —Sonrisita nostálgica—. Lúbrica... Me acuerdo... —Cede la sonrisita nostálgica—. Yo era tibio...
La esposa no habla ni gira la cabeza. El (trabajosamente) mira hacia ella. Extrae anteojos del bolsillo superior de su saco. Se los coloca y se pone de pie. Es alto. Camina hacia ella. Se agacha, la mira. Se yergue. Queda mirando sin ver. Una súbita brisa mueve las páginas de la revista. Tiesa ya, eterna, y tan sentada ella. El viejo mira sin ver. Balbucea:
—Está... Está... —Cree que la ha matado—. Ella... — (No se equivoca: la ha matado) —. Se... Está...

*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar

Lunes, 03 de Septiembre de 2007
PAPELITOS*

*Por Fabián Di Nucci. fabiandinucci@gmail.com

Que Papá comenzara a quedarse sordo no debió sorprendernos. Lo curioso fue descubrir que aquella paulatina pérdida de audición resultó ser una especie de elección personal, un salto cualitativo de su conducta, un proceso de crecimiento interior o un mecanismo de defensa, como él decía.
En definitiva, padre decidió ir escuchando menos hasta que, de puro cortés, solamente sonreía cuando alguien movía los labios. Si es que lo veía, claro.
-Total, por lo que hay que oír-, se justificaba con impecable lógica ante la falta de certezas de otorrinos y sicólogos.
Por supuesto, el proceso en el ámbito familiar no fue sencillo. Nos negamos a aceptar su decisión, pero luego de meses de elevar la voz hasta el grito derivó en una especie de éxodo de todos sus miembros hacia geografías remotas, con tal de no seguirle el capricho al viejo y andar manejándonos con gestos, signos y señales.
Tozudo, el único que persistió en la patria fui yo. Orejas abiertas, conciencia despierta, militancia tenaz en pos de lo que la gente necesitaba que, todavía, coincidía con lo que mi partido recomendaba. O viceversa.
En el fondo, fui un boludo olímpico, como gente de este diario titulara mis espontáneas reflexiones luego de quedarme sin trabajo por enésima vez, fruto del recambio político. Pero de eso me daría cuenta más tarde.
Mientras tanto papá me dejaba papelitos con alertas. A veces indirectas o conceptos, o simples enumeraciones, estilo "hiperinflación", "re-reelección", "tener ojo, mira valija" o "ley de lemas", para que yo sacara mis propias conclusiones.
-¿Por qué tanto pesimismo, qué cosa peor nos puede pasar?- le grité una vez, al fin del mandato del innombrable, sabiendo que era inútil y no lograría conmoverlo.
Entonces vino De la Rúa. Durante esos años papá incluso dejó de escribir: si lo mirábamos fijo más de tres segundos, simplemente lloraba. Al final, lloraba hasta cuando Shakira cantaba por radio, y el llanto se le entrecortaba con una risita nerviosa.
A riesgo de perder mi matrimonio opté por extraditarlo para que mi hermano se hiciera cargo del pesimista caprichoso suponiendo que en USA ciertas cosas no pasaban.
Por las dudas, acordamos impedirle la lectura de diarios argentinos y allí le contrataron un coaching para darle las noticias nacionales de modo adecuado a su estado anímico y no generarle recaídas. Con esos recaudos por lo menos recobró el hábito de escribir sus habituales papelitos que, gracias a la magia de Internet y al escáner, mi hermano nos comparte y en los que pudimos leer "bush, bush, el avión, el avión" pero no alcanzamos todavía a conectarlos y los médicos consideran pura senilidad.
Paradójicamente creo que fue para el Congreso de la Lengua, si no recuerdo mal, cuando también yo empecé a escuchar menos, al tiempo que, como en las puertas de Huxley pero sin hongos, iba descubriendo una ecológica -y callada-, lección en el silencio del tata. Papá había desarrollado la
sordera como quien ejercita un músculo. "Total, por lo que hay que oír", comencé a comprender.
Fue esa percepción casi instintiva de lo que me convendría en el futuro a mediano y largo plazo y no algo racionalmente elaborado, la que me determinó a abandonar el campo nacional y popular, en tren de convertirme en un uno más de la mayoría silenciosa, sordo al menos, cuando no ciego, mudo e insensible, llevando al paroxismo la herencia paterna.
Desde entonces voy dejando papelitos en los rincones de la casa con ideas sueltas y preguntas sin respuesta, pero la vida tiene sus vueltas. Ahora mi hijo mayor de edad me grita desaforadamente que desde ayer vienen buenos tiempos y que iremos por más, mientras yo lo miro y hago como que no
escucho, tratando de predicar con el ejemplo aunque, se sabe, uno valora más a los padres cuando ya no los tiene.

*Fuente: Rosario/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-10094-2007-09-03.html

Lunes, 03 de Septiembre de 2007
Papita para el loro*

*Por Eduardo Aliverti

¿No es un tanto impresionante que la Argentina tenga que importar papa, porque el producto subió cerca de un 50 por ciento? Aunque, si se le suma que un kilo de lechuga ya sale casi tanto como uno de asado, y que el de zapallitos equivale más o menos a uno de milanesas, quizás haya que entender que a este país hay que imaginarlo de una forma muy distinta a aquella con que se lo conoció y definió históricamente. O quizá no.
Parece no haber dudas respecto de las causas "técnicas" que motivan el alto precio de la carne, la leche, el pan, las verduras y los tubérculos, en este reino de las vacas y de la tierra fértil. Los precios internacionales de los granos y alimentos en general están en crecimiento continuo, por valor y por
volumen; se siembra soja a lo pavote y el campo mira con prioridad hacia allí; conviene exportar; el mercado interno se ve afectado; el consumo crece porque hay mejoras en los ingresos y porque no hay variantes crediticias ni de ahorro que mengüen al consumo; hizo mucho frío y las heladas perjudicaron
a las papas; se inundó buena parte de la cuenca lechera y aumentaron los lácteos porque encima se vende al exterior más del doble de la producción de hace diez años; el trigo vuela más todavía y eleva los precios de los panificados; el arroz otro tanto y los derivados del petróleo también, con lo cual el aluminio y los plásticos encarecen a los envases. Todo eso es rápidamente entendible, pero por arriba de eso hay que la Argentina, en condiciones de alimentar a 300 millones de personas, no da abasto para las
necesidades básicas de una gran porción de sus 40 millones de habitantes.
Los argentinos le vendemos al mundo lo que comemos, y lo que comemos nos cuesta cada vez más caro. ¿Cómo es? ¿Las causas "técnicas" explican lo estructural del modo de producción? ¿O lo estructural del modo de producción hace que lo "técnico" no sea una causa sino un efecto?
Una cosa es el respeto por los saberes específicos, y otra que nos tomen por boludos. Alguien podrá decir que éste ya no es el país de las vacas sino de la soja, llevando entonces a la pregunta de quiénes y cuándo determinaron que eso sea así y si eso es lo que quieren y lo que le conviene a la mayoría de los argentinos. Porque de lo contrario resulta que de un día para el otro saltamos del churrasco a los porotos como quien cambia de adorno en la mesita de luz, y como si sencillamente se tratara de adaptarse a esa realidad y mentalidad, pateando al diablo una cultura fundante de dieta básica y gusto popular. Las tribus de economistas dicen que en el libre mercado las empresas no aumentan los precios porque sí, por la elemental razón de que se les van o pueden ir los consumidores. Lo cual es o debería
ser cierto cuando el mercado tiene regulaciones y controles del tipo de las que rigen en los países desarrollados y no cuando, como aquí, funciona como un coto de caza en manos de un puñado de pulpos.
Repasemos datos. Un selecto club de cerealeras y frigoríficos maneja el nudo madre de producción y exportaciones. Dos empresas concentran el 66 por ciento del mercado interno de la leche. Tres supermercados acaparan el 83 por ciento de las ventas. Dos grupos manejan el 89 por ciento de pan blanco y pan negro. Dos empresas nuclean más del 70 por ciento de las galletitas dulces y saladas. Los yogures, en un 74 por ciento, están en manos de 3 corporaciones. Cifras similares o aun más grandes de concentración se repiten en energía, cemento, chapas laminadas, fertilizantes, agroquímicos,
telecomunicaciones. Se reúnen con periodicidad y acuerdan precios para sus mercados monopólicos u oligopólicos. Y para la requisa de semejante paquete cartelizado, el Gobierno dispone de cinco o seis inspectores y de las bravatas de Guillermo Moreno. Más el ardid de dibujar la inflación sobre la
base de que la sociedad es gustosa de que le mientan un poquito, o un poquito bastante, porque la memoria inflacionaria de los argentinos es un valor muy apreciable a la hora de comandarlos. ¿Qué hace el Gobierno aparte de eso? Entre nada y muy poco. Sus acuerdos de precios son como estar un poquito embarazada. Hasta el año pasado tuvieron alguna utilidad que, en cierta y devaluada medida, conservan porque son el sustento que permite manipular la inflación. Ahora, en cambio, en lugar de adelante van atrás de la agenda de incrementos que estipula la cadena de comercialización. La fiesta de los poderosos vuelven a pagarla los consumidores. El Estado no fomenta de casi ninguna manera el surgimiento de pymes o competidores que frenen los abusos. No hay estímulos crediticios. No hay estrategias
sectoriales. Ancla en retenerles parte de lo que les ingresa por exportar y en morder del aumento de la recaudación impositiva; y si ése es todo el proyecto que hay, de conducción de resortes clave de la economía y por tanto de país, lo discute Magoya.
Esto no es soplar y hacer botellas, por supuesto. Los procesos inflacionarios suelen ser asuntos complejos en los que interviene más de un factor, estamos en un mundo globalizado y las respuestas simplistas carecen de seriedad. No sólo por la complejidad de los hechos en sí sino por la capacidad de liderazgo y la fuerza político-social que son necesarias para revertir las conductas de los dueños de la economía, permitiendo el ingreso de otros actores. Pero mucho menos es cuestión de no abordar estos aspectos decisivos que hacen a la calidad de vida de la mayoría de la población o, peor aún, que nos presenten como irreversible la lógica de los movimientos oligopólicos y especulativos. Y que nos digan que deben dejárseles las manos libres porque el mercado se acomoda solo. No lo dice el Gobierno, pero lo deja hacer; y sí lo dice, además del elenco estable de gurúes liberales, la sociedad de hecho de las grandes corporaciones periodísticas, que funcionan en forma articulada con los intereses de los que fijan los precios. Como el debate no pasa por ahí en tanto la agenda la llevan ellos, aprovechan y
cuelan discusiones desviacionistas que alejan más todavía a los debates centrales.
En las últimas semanas, por caso, volvieron con la cantilena de que está aumentando el gasto público. Y entonces, oh sorpresa, resulta que en lugar de discutir cómo es posible que la Argentina importe papa, o que entre el productor y la góndola haya márgenes de ganancia descomunales, se discute sobre el impacto inflacionario del aumento a los jubilados y las asignaciones familiares.
¿No es maravilloso?

*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-90727-2007-09-03.html

Rumor de durazneros *

Convocan en este día los durazneros
a diluir las rutinas
en el embriagante licor de sus néctares.

Almíbares dulzones y sabrosos
se derraman en ríos de luz nacarada
bendiciendo mis pies descalzos.

Se purifica el aire.

Amanecen enjambres de ilusiones
cuando tu mirada se posa
en el diminuto universo
de cada granito de polen
que espera ansioso alzar vuelo
en el suspiro liberado de tu pecho,
para celebrar, constante, el rito inalterable
de la vida que puja y puja…

Yo, como un cielo salpicado
por tu rumor de pétalos,
simplemente contemplo
-cautivada -
por tan sencilla y pura belleza.

Prescindiendo ya de palabras:
simplemente agradezco,
tu constante y silenciosa presencia.

*Marta Goddio martagt46@yahoo.com.ar
-Enviado para compartir por Horacio Rossi. terrazio@ciudad.com.ar

Correo:

*

Estimados amigos:

El 30/8/07 dijo Juan Carlos Cena en una nota que ustedes levantaron, "El olvido es una herramienta de la clase dominante. La memoria es un proceso social".
Toda la nota es impecable y la dialéctica de "olvido" y "memoria" la usó y la sigue usando el Poder para perpetuarse.
Han mejorado cosas en el país, que llegó al fondo del pozo en el 2001. Solo el abandono del empate con la moneda del Imperio hizo que los argentinos recuperaramos la posibilidad de hacer. Acompañado esto por un proceso histórico que se invirtió, como el deterioro de los términos de intercambio.
Pero la crisis de la energía, que no se puede llamar así, le pone tope a este crecimiento: está prohibido decir que el rey está desnudo.
El gobierno, que debía garantizar la infraestructura no lo hizo y el país productivo ha colapsado. Y la cosa se pondrá peor.
Como usuario de TBA vivo este colapso, que bien explica Juan Carlos Cena. Y dentro de esto se presentan proyectos faraónicos como el tren bala y el soterramiento entre Caballito y Moreno. ¿No se evalúa la posibilidad de un elevado, por ejemplo?.
Gasoductos trazados con un tiralíneas de Caracas a Buenos Aires ¿no pueden pensarse como una red que involucre a todos los países al sur del Rio Bravo?.
Hay muchos mas ejemplos de atrocidades semejantes que suelen terminar en valijas misteriosas, subsidios extraños y facturas truchas.
Y luego lo cultural, que es la madre de todas las batallas.
Hace pocos días un sedicente maestro que perpetra el gremialismo - dice - mencionando lo que algunos llaman "bandera de Buenos Aires" dijo que "Duhalde tuvo que hacerla porque Buenos Aires no tenía bandera". Y acá entramos en la dialéctica del olvido y la memoria: la bandera de Buenos Aires era la bandera de la Confederación, la que flameó en Obligado, Angostura del Quebracho, Tonelero y La Verde. Porque los nacionales no combatían con la bandera de Boca, River o San Lorenzo...
Ese olvido, herramienta de la clase dominante, parece haber vencido a la memoria como proceso social.
Y dejamos acá el comentario.
Un abrazo cordial y felicitaciones por mantener abierta esta posibilidad de tirar el balde al pozo para sacar, algún día, la luna.

*Edgardo E Molgaray. eemolga@yahoo.com.ar
San Antonio de Padua
Pcia de Buenos Aires

*

Reescribiendo noticias. Una invitación permanente y abierta a rastrear noticias y reescribirlas en clave poética y literaria. Cuando menciono noticias, me refiero a aquellas que nos estrujan el corazón. Que nos parten el alma en pedacitos. A las que expresan mejor y más claramente la injusticia social. El mecanismo de participación es relativamente simple. Primero seleccionar la noticia con texto completo y fuente. (indispensable) y luego reescribirla literariamente en un texto -en lo posible- ultra breve (alrededor de 2000 caracteres).

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