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BITÁCORA DE UN SOCIÓLOGO FRACASADO

14/09/2007 GMT 1

COMO UN ANUNCIO, COMO UN RASTRO

urbanopowell @ 23:47

Como un anuncio, como un rastro...

Corrupción de menores*
11/09/07

*Por Oscar Taffetani

(APE).- “Era cartonera y ahora es modelo”, tituló el diario Infobae. “Daniela Cott pasaba sus días entre cartones, botellas y otros desechos -cuenta la crónica- hasta que una tarde, mientras trabajaba junto a su tía y a su hermanito menor, la vio un representante de Haru Models y le propuso formar parte de la agencia de modelos, como si fuera un cuento de hadas...”
“Yo decía que caminar por una pasarela o sacarse fotos no es tan difícil... y ahora que estoy acá es muy difícil... aunque es más fácil que cartonear”, expresó Daniela con franqueza proletaria, en un reportaje televisivo.
Hasta ahí, el cuento de hadas que la TV necesita para cautivar a la audiencia, una audiencia de chicos y chicas y mamás y papás que al atardecer, cuando el sol se va a dormir y se despierta la tele, asisten al show de los que bailan por un sueño, patinan por un sueño o se ganan una plaza en esa casa panóptica llamada “Gran Hermano”, para que su buena estrella o la varita mágica de un productor los catapulten a cinco minutos de fama y dinero.
María Elena Walsh, en un memorable artículo publicado en años militares, decía que preparar a las niñas para que sean flacuchentas “Barbies” de las pasarelas o Cenicientas que esperan a su “príncipe azul” o a su empresario, configura un auténtico acto de corrupción de menores.
Y la escritora no responsabilizaba sólo al mundo del espectáculo y la TV por ese crimen que se comete a la vista de todos, sino a la escuela (que ya por entonces estaba contaminada) y a la familia (entidad que, como anticipó Cooper en los ’60, ha comenzado su lento camino a la extinción).

Sueños de Daniela
Daniela Cott tiene 16 años y seguramente, como tantos pibes y pibas que sobreviven gracias al cirujeo y de juntar papel y cartón, tuvo que dejar la escuela. Y ahora que un contratista de la moda la “rescató”, no sabemos si va a querer volver a la escuela (¿para qué? se preguntaría).
Tampoco sabemos si será capaz, cuando mejore su cuadro socioeconómico, de volver al barrio donde vivía, para echarle una mano a las chicas y chicos que no tuvieron su suerte (ese privilegio -la lealtad a la clase- le ha estado reservado en la historia a muy pocos seres humanos. Evita Duarte fue un caso paradigmático)

Y no sabemos qué hará Daniela Cott porque, a decir verdad, los periodistas que entrevistan a este tipo de “celebrities” no hacen preguntas molestas. No le preguntan a la chica, por ejemplo, cuál era su antiguo Sueño. Su verdadero Sueño.

En otros tiempos, para los hijos de la pobreza, destacarse en el boxeo, en el fútbol o en algún deporte, era un pasaje hacia la “salvación”, tanto propia como de la familia. Actualmente, ese camino se ha vuelto más difícil e improbable. Porque la desnutrición forma cuerpos débiles y detiene el desarrollo neuronal y cerebral.

Y entonces, los pibes castigados por el hambre se pierden. Se pierden para el sueño chiquito (el de salvarse solos, gracias a un golpe de suerte) y se pierden también para el Sueño grande: el de la redención social, el de salvarse con todos.

Lecturas recomendadas

En su excelente filme Prêt-à-Porter, el maestro Robert Altmann mostró esa dictadura inmisericorde de la Moda y ese mundo de apariencias en donde una aspirante a modelo debe poder simular elegancia, simular desenfado, simular inteligencia y simular la madurez que no tiene para aprobar el examen y conseguir que la dejen pasar los modelitos de la temporada.
También existen, en ese mundo, el acoso sexual y el reclutamiento de jóvenes para distintas variantes de la prostitución (las denuncias y testimonios, al respecto, abundan).
Porque las “Lolitas”, niñas fatales de quince años o menos, a las que alientan día tras día las revistas de moda, la televisión y a veces hasta sus mismos padres, poco tienen que ver con aquella niña autodestructiva y desdichada de la novela de Nabokov, y sí mucho con niñas que son convertidas en fetiches, a las que se les borra su pasado, sus raíces y su identidad; niñas a las que se vuelve a etiquetar, cual si fueran mercancías.
“Ay, la costurerita que dio aquel mal paso”, condenaba Evaristo Carriego en el Novecientos. “¡Y qué tonta si no lo daba!”, le replicaba Álvaro Yunque, unos años después.
¿Leerán a Carriego las chicas de Haru Models? ¿Y a Yunque?
¿Les pasarán a las nuevas modelos, en las agencias, la película de Altmann?
¿Dejarán a las nuevas Lolitas y las nuevas Barbies leer el artículo “Corrupción de menores”, de María Elena Walsh?

No. Seguro que no.

El sistema sólo les cuenta, de mil maneras posibles, la historia de Cenicienta. Como para que se la crean.

Edición: 1099

*Fuente: AGENCIA PELOTA DE TRAPO. agenciapelota@pelotadetrapo.org.ar
http://www.pelotadetrapo.org.ar/

El ombligo oblongo*

1

Alma,
si tanto me has querido,
por qué no dejaste que también tu cuerpo
me quisiera
de vez en cuando,
una vez por mes.

2

Somos todos los mismos. Los hombres se peinan, se disfrazan. E incitan al espacio. Nosotras nos aparecemos como contingencia, médano solidario. Los hombres truecan sus fichas sinuosas: apuestan porque viene de lejos que vienen de lejos; con la implacabilidad de los insoterrados, procuran la esperanza y su verde boca: el sueño; si nadie nos desdice, somos los mismos, todos. Los hombres escancian alcoholes, se adormilan, arriman los hombros, inyectan un virus, un detrito libre y proclamado. ¿Y el hambre?... Está allí..., por allí, deglutiéndose (para revertirse). El hambre es un presentimiento. (Los soldados y las meseras de otro siglo, las ochavas y los peldaños de otro siglo, imagínense, las reinas y los ancianos de otro siglo; las violaciones y los aparatos de otro siglo, de otro siglo, las plantaciones y los mostrencos de otro siglo, los circuncisos y las apestadas de otro siglo, de otro, y desde aquel, éste es un presentimiento, un hambre.) En el andarivel los hombres y nosotras, los caballeros y la historia; en el andarivel las mujeres y la seda, y en las alcantarillas, los hombres a contraluz (y sus especias); ¿o acaso no es aquello, no viene siendo el horizonte, no vienen siendo los hombres el amanecer?...

3

Por un lado morirse, sí. Eso no se cuestiona. (Por otro, uno no se muere nada; sufre como un caballo; gesticula contra la sombra, topándose; busca alguna amiga —de esas que quedaron en amigas no se sabe por qué— como para contraponerse con la sombra —sombra, fantasma, fantasmón— de la verdadera —¿verdadera?— detentadora de los piolines —sí, piolines— unidos a los cuales uno...) Por otro lado, urdir tácticas ofensivas —contraofensivas, pero que no parezcan— de esas para las que somos tan lisamente idóneos cuando no nos dejamos interesar por la persona que —persona, no mujer con la que uno.

4

A ese ser como una casa, amé. Yo creía poco que habría como él alguien. Preveía poco su existencia. Y seguro que no allí, que no entonces. Allí era donde decidí estar, quedarme; entonces fue únicamente entonces, después nunca. Mientras, me estacionaba suave sobre el barro — ¿cuándo se dice decolar?—. Como yo lo amé cuando lo amé...

5

a) Dinamito el sistema de alarma.
b) Desafilo los cuchillos que sostienen mi carne.
c) Contrapunteo con cuerdas idiotas.
d) (...)

6

Esta chiquita tiene ganas de ponerse nerviosa. Más nerviosa. No lee ni medio. Subió alterada, con chispas. Desde que sacó el boleto, tímida, con los ojos al voleo, flaquita e inquieta no logra sosegarse, no posa casi los ojos en ese libro de texto ni en esa figura o foto, no sé, en esa ilustración. Me atrae que nos mire. Podría aceptarse que hiciera el séptimo grado, pero no, ya debe estar en la secundaria, y así, la presumo justa para emborracharla con una gota. Mira, mira, los muchachos tenemos algo, los otros —nosotros— y los de su edad. Mira corto, sin conciencia, “¿qué hace este libro en mi falda?”, lo cierra, un dedo lo inserta como señalador, “¿cuándo me va a pasar algo?”, ¿cuándo le va a pasar algo? Estos huevos pétreos en un jarrito seco sobre la hornalla van a estallar, van a restallar. La restañaría, en mi clínica de muñecas reconstituiría sus pétalos, la insertaría —toda ella como señalador— en el nomenclátor de la sensualidad, le permitiría confiar, ser alguien, confiar en ella, ser ella, acuciarme, acosarme, y de ahí en más subíme al cuerpo, en qué camilla querés, te bajo el alma, atravieso la foto del libro de texto con un alfiler misterioso, admitamos la guerra, bando contra bando, tu crecimiento me preocupa.

7

¿Sabés qué me dijo?... Que yo era, que toda yo era una anguila intensa, a quien no disuadía ni la muerte ni nada.

8

Da terror cuando hacés uso de tus potiches y se te ve, te veo, obstinadamente dándote color, manos de colores encima de tu cara, orejas, cuello, y parece varias veces que ya está, que qué más se puede, pero no, vos sabés muy bien que el párrafo sigue, agregás eufemismos, sintagmas, trazos, ripio, añadís paréntesis... Yo te sigo, atribulado, tanta escritura, interrumpí por vos, por lo que más quieras el coito con nadie, acabá, decidí que ya estás sumamente hermosa, declaráte realzada. Que venga el punto final, mirá, el consabido rebusque, yo ahora te lo escribo: punto final.

9

Cerré la puerta con cuidado, casi ni la cerré,
prendí la luz del corredor, el ascensor estaba en el piso,
bajé, llegué a la esquina,
allí me puse una pastilla en la boca, recolectaban la basura,
crucé, doblé, mi casa es cerca, seguiría durmiendo, ahora yo dormiría,
no sabía que me miraría en el espejo largo del placard, que me desvestiría frente a mí, que el strip-tease melancólico me remataría y me daría el hachazo terminal, el colofón,
y me pal-pal-paría,
y un café con la desnuda,
y ahora sí.

10

Ahora, hoy, acá, en este bar, me ocupo de mis cosas; desacrosantado me atengo, bajado de la rama, basto, limoso. Bar al que yo concurría con aquella en la que estoy pensando. ¿Y con cuántas otras asimiladas a un paisaje borroso?
Aquella en la que estoy pensando. Aquella en la que estoy pensando no alcanzó tanta historia en este bar; los mozos no la reconocían, yo estaba cansado de vivir, ella de trabajar, pero no es eso. Acaso porque es la más reciente acá (Paraguay y Suipacha). La más reciente adentro de mi bar, adentro de mi cuerpo, adentro de mis nervios; planamente, calcáreamente la evoco, sin gracia, sin calificarla. Es verdad: también camina o mira una vidriera o guía un automóvil; también algo como ella lo hace. Indefectiblemente alguien no es ella (aquella). También aspiro a que cruce por mi aliento o esquina; a que me llame, me espere, me contemple. Buenos Aires sabía mucho de ella. Digo sabía cuando sabía conmigo. Digo que surja la que estoy pensando. Aquellamente invariable que varió. Maniobró hacia el ozono, depuso la credulidad, desfascinada por un espejito corvo no se sobrepuso, me avisó que no podría con ella. Con. Ella.

11

Sí, se ve que sabe, que se regocija. Sí, sabe. Se huele que sospecha. La madre lo crió así. Lo hizo educado y ubicado. Carmen, esa putita desganada, lo extraviaba de su entorno de empanadas de dulce, lo torcía. Hice esa lectura —“Upa”— hace mucho. Lo encarajinó al bicho con ayuda de sus manos. No ciegas, no. Sí, de sus manos. Si no hubiera sido por esos dedos suyos procaces, tan de estar sobre todo lo inestable. Sí, lo vi claro. Lo tuve claro cuando la mamatreto se ocupó de las fórmulas, de los requisitos: “La hago aquí depositaria...”, “Señorita, aquí la hago depositaria...”, “Aquí la hago depositaria, señorita...” Me extendió a su hijo correctamente. Yo... austeramente parpadeé una vez. Sabía que Carmen, ésa, espiaba. La mamatreto dijo... El dijo... Yo dije: sobran las traslaciones (si simplemente nos queremos). Usted me lo cuida, se adivinaba. Yo estoy acá, ¿eh?, la otra. Y bueno, hay que sacar la cara, poner la cara, exponer la cara para recibir al sol y a la luna, para que la intemperie y el encierro se regocijen como él, mi melocotón, yo voy a ser más sabrosa que Carmen, más sensitiva, me decía, que ésa, argüía, que esa insulsa, pero... ¡Mi Dios!, nunca podré aprender a ser tan insulsa, tan... No, yo soy otra, hay que buscarme, tengo mis valores, y sin embargo nos queremos.

12

Frase: “Tu Maternidad Cabalga Sobre la Montura de la Muerte”. (Además, los chicos sólo ponen a los chicos en foco.) Te reís con toda la cara, intervenís por completo, como cuando me gusta andar por allí, completamente. Entra Tal, entra Cual. Cual: virgen y atómico. Los chicos horadan desde su estatura. Mi amor: de los yiros que te conté, una estaba embarazada, muy embarazada. Me disputaban ella y otra. Ganaron las dos. Los tres asistimos al alumbramiento. En esa misma cama de cuerpos encaramados, encaramuzados, cadena pestífera, se abrió de un respingo la enchastrada; fuimos cuatro parientes atónitos, casados al parir, hervidos y arrasados. No las besé más. Ni recibí caricias ni sepulté el sabor terrible de esos huesos en mi melancolic. Huí como un hombre. Pagué más, pagué otra vez. Ellas...: las irrestituibles. Sin golondros..., mortecinas, omisas. (Golondro: familiarmente deseo, capricho.) Entra Tal, entra Cual, sin decidir no entrar otros no entran. Aplauden, alardean. Me alarmo porque siempre me alarmo. Pensamos vos y yo cómo se llamarían nuestros hijos, sentimos que serían muy nuestros. Hoy, que no te puedo ver así, no me puedo ver así. De nuestra combinatoria todo lo soñamos: color de ojos del primero, cabello del segundo, la tercera parecida a quién no y etcéteras en un jardín en una fotografía. Empalme rápido con que estuve celoso del aire que respirarías, el enrarecimiento de fragancia obscena por el que te dejarías anidar, la otra que serías si por mí no fueras, cuan beligerante con otro macho gacho, somera con un hortera, atorranta con un lavativa, sensual con uno lindo triste, más plena que conmigo con un amigo. Se cortó la leche, la buena y la mala. Yo estaba embretado otra vez con la clepsidra. Una piojosa que se paró en medio de la calle (y llovía) subió al coche, dijo que se llamaba, que no era rica, que le agradaban las medias finas, que... ¿le permitiría posar su lascivia sobre mí?, que con denuedo dejaría que lo hiciera, espeté; las mamas truculentas y el infame al palo bochornoso; desnuda era peor, vos sos divino, divino, con una como ésa te querrán muchas. Hagamos otra bacanal y gratis, propuso la grasienta, yo antes me la corto, y chupo todavía estalagmitas, una tras otra las yirantas, y chupo todavía.

13

Estaba flojita. Flojita y zumbona. Era un buen dolor. Un dolor bueno. A vos te gustaba mi dolor. Un dolor precioso. Miraba para atrás... y sí...: yo era otra. Un riíto a los pies de la montaña, un rulo en mi frente. Empezaba a ser mía de la mejor manera. Te posesionaste de mi cintura, me quebraste y me soldaste, y más, me tiraste lejos toda, me desparramaste, y ahí supe o entreví cuánto era, y cuánto quería constatar cuánto era; y claro, ingenuamente... Te me tirabas, me besabas, había mucho tiempo, me descompaginabas. Quizá olvidé que era mi primera vez, que alguien violovió mis sueños (...), con lágrimas, con légamo, con no certeza, con no consigo (...), sin mí.

14

La gente se consuela en plena calle. Se frota. Se mima. Y hunden sus narices en solapas y pechos. Y tragan prendedores, botones, mastican amuletos, auscultan, y en plena calle se abrazan, se lamen las orejas. ¿Qué sé yo de algo?... Hicimos la calamidad.

15

Dime quién eres y te diré quién eres. Yo te creo, amor, yo confío en ti. Sé que ha de ser un duro reaprendizaje, que la descastada vacila, que en tu molinillo muelo mi fe, que sólo por guitarra canto, recambio y no muelo nada, y me cobijo, te doy a desconocer entre mis piernas, no quiero vacilar, quién sos, a vos no te conozco, hablá, hablá, disquemos, bailemos este vals, disquemos y por donde sea... ¡perimir la Muuuueeerrrte todavía!...

16

Único en el Mundo

Las minas que me vienen de otros tipos
tienen que hacer
al fin
se van
a horario
me vienen de las madres
me vienen de los hijos
de la hermana mayor
de “la muchacha”
güay de arrogarme un derecho que no tengo
güay de salpicarme con gotas de otras lluvias
las mías las produzco cuando quiero
(...)
en su cielo como trepidaciones
como rayos como huevos
como perforaciones
güay de creer que güay
güay de pensar que yo
soy
Fernet
Branca.

17

Sudé mucho y lloré. Mi viudez, aunque no suficientemente prematura, me embargaba. Me anudaba y desanudaba. Empecé por entonces; en rigor: antes. In memoriam. “Sí, soy joven como lo parezco.” Y ese velorio resfriado, ese velorio, y la enguantada conglomeración y floreada hartura, cuánto me siento, sonidos como niños de una flauta, la grupa de la potra, lo maté de un tetazo primero, de un revés, borra y racha borracha, de un aplanamiento, como una eutanasia, como una hipodérmica con polipropileno, ni atinó a refulgir su campanilla de alarma, jamás abrió tan grande la boquita de su jeta ese morfón, vos, que apenas me merodeabas te entenebrecías, seguí de largo hasta el esófago, creo. No me opondría resistencia nunca más. ¿Y a qué pariente azoté con una cala? Y fugué. Escaleras abajo del estupor generalizado me percibí aérea y aguachenta, claro...: tanta vigilancia... Y empezaban a radiarse, a ramificarse ¡¡las Hormonas de la Libertad!! Patitas yo sé muy bien para qué las quiero, doblé varias veces varias esquinas, atravesé una plaza, un desdentado gondolero me aligeró de cierto escozor o rutilancia: y me tornó hojarasca: una viga italiana el gondolero. El aire era el ahire, así se podía, mujeresmente, yo, ¡qué agradecida! ¿Qué me estaba ocurriendo otra vez?

18

Fue el lunes. Hace un montón: hoy es miércoles. Y la recuerdo con una pronunciada más que alarmante —y tengo necesidades alarmantes de alarmarme— exactitud. (¿Y cuándo tanto?... Sí, otras veces. ¿Pero... tanto?) (No me hago las preguntas desvaídamente.) Ahí estaba yo: en el asiento de cinco, contra la ventanilla opuesta a la puerta de salida, en el colectivo cincuenta y nueve, desde Belgrano al centro. Y es verdad que desde que nos vimos la asolé con sobrio regocijo. Despejé toda probable brizna, de tal suerte que sólo la deletérea desesperación me granulaba. Ella y su soltura (enloquecedora), de espaldas a las ventanillas de su lado (y del mío); y así todo el tiempo (me pongo nervioso, quiero que ustedes carguen —háganlo, por favor— nuestras firmes...): intenciones, examen, dejarse por el otro. (Estoy copado, copadísimo, ustedes no saben... Sí, también el sol en la mañana y la lluvia en la ventana; la rosa en su pecho, y sus brazos. Brazos. Ella era —era, era— una mujer para apretar.) Y el tipo a mi diestra se las picó y ella enseguidísima sorteó a una mujer y estuvo junto a mí, leía “La Opinión” —los titulares—, se bajó en el obelisco casi, y yo también, y la emprendió por Lavalle, y yo detrás, cruzamos la avenida más ancha del mundo y no caminaba despacio. Se acercó a las puertas de un cine para observar los afiches y aproximándome inquirí si uno podría conocerla. Siguió caminando y yo detrás. Se acerca a otras puertas de otro cine, la campaneo desde la vereda de enfrente y al darse vuelta me ve pero no durante sólo un instante, y esa mirada era de aquellas otras en el colectivo. Desde luego, todo volvía a ser auspicioso, recíproco, se reenhebraba el collar. Se mete en una galería comercial, yo detrás estimando desde dónde retornar, y se detiene en una vidriera. Regresa hacia Lavalle, sale, retoma hacia el bajo y yo detrás. Me acerco en el cruce con San Martín y digo algo así como que me gustaría saber si tengo chance, y ni bola, ella sigue caminando, y me hinché y furioso desaparecí y ¿qué carajo ahora el estrangulado hago yo alarmarme?...

19

No sabía chupar ni sabía meterse. Todo en él merecía quedarse afuera. Bien afuera que esté.

20

El ombligo oblongo. O. Vista apaisada del ombligo. Té canalla. Varios invitados y ninguno. Ejemplifón. Ejem solo. Casi era un chiste con él. Se hubieran, pocos, atrevido. Mientras que a nada hubiésemos llegado. (La pobre se fue con su narcisismo entre las piernas.) Desensatá tu pelo. Él resplandece con una sonrisa de pajarera. Cuando esta flor se abra... ¿Por eso me cuesta?... Tan allá no puedo con mi boca. Subida a los zapatos, sin dificultades. Las púberas pertrecheras empiezan a probar sus caras de interesantes. (Va acunado.) (La ranura genial.) Quejándote: “¡Qué esfuerzo, Dios mío, qué esfuerzo!” Y surge entonces como un anuncio, como un rastro.

*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar

Eutanasia*
13/09/07

*Por Alberto Morlachetti

(APE).- Esparta practicaba una rígida eugenesia -palabra derivada del griego ‘bien nacido’ o ‘buena reproducción’. Nada más nacer, el niño espartano era examinado por una comisión de ancianos en el "Lesjé" (“Pórtico”), para determinar si era hermoso y bien formado. En caso contrario se le consideraba una boca inútil y una carga para la ciudad. En consecuencia, se le conducía al "Apótetas" (lugar de abandono), al pie del monte Taigeto, donde se le arrojaba a un barranco. Dura pedagogía la eutanasia (término que proviene de "eu" -verdadero- y "thánatos" -muerte-) de niñas y niños considerados no aptos para la vida.

-I-

Nadie escuchó el sermón caliente del último viento. Quizás tampoco al doctor Eduardo Gómez Ponce -director del Centro de Atención Primaria de Villa Amalia, una zona de trabajadores humildes al sur de la capital tucumana- donde hace pocos días denunció a los medios de comunicación que se ocultan los datos de la desnutrición infantil en la provincia. Sostuvo que "el sistema está practicando eutanasia con los excluidos", al hacer referencia a dos casos de niños desnutridos -arrojados a los barrancos del monte espartano- dados de alta en hospitales públicos que fueron a morir en sus viviendas de humilde condición, donde el hambre merodea los congelados perros del invierno. Uno de ellos es el caso de Brian Villa y el otro el de una bebé del barrio Olleros, un asentamiento precario al sur de la capital.

-II-

De la utopía democrática sólo queda la ilusión publicitaria, es decir, “el grado cero de la Idea”. El sistema aparece despojado de sus máscaras para los “niños pobres” o “mal nacidos” obligados a dar un salto mortal para mantenerse con vida, es el signo característico de esta sociedad cruel y monstruosa que, sin embargo, otorga en el drama espacio a la esperanza.
Es tiempo de borrar un sistema que les arrebata a los niños la tiza de los dedos. Descubrir un jardín donde somos posibles todavía escribía Olga Orozco. Donde volvamos a erigir la casa y bordemos la historia. Se hace hora y ya no hay tiempo de escribir de nuevo tantas vidas. ¿Si no en qué pájaros cantarán las ramas?

Fuente de datos: Diario Esto Es Tucumán 09-09-07

Edición: 1101

*Fuente: AGENCIA PELOTA DE TRAPO. agenciapelota@pelotadetrapo.org.ar
http://www.pelotadetrapo.org.ar/

Las/12|Viernes, 14 de Septiembre de 2007
debates

La importancia de llamarse puta*

Gabriela Leite es la fundadora de la Red Brasilera de Prostitutas, una organización horizontal que, entre otras cosas, creó una línea de ropa que desafía aquello de “vestirse como una puta”, algo que cualquier mujer ha escuchado alguna vez. Pero ese es un desafío menor comparado con su reivindicación de la prostitución en esos mismos términos, de la elección que implica y de cómo funcionan al momento de exponer las fantasías sexuales.

*Por Veronica Gago
Desde San Pablo

Es un invierno caluroso en la ciudad-monstruo de San Pablo. En esa monstruosidad, dicen por aquí, está su belleza. La metrópoli se extiende casi indefinidamente bajo una rigurosa fragmentación de clases y de colores. Aquí Gabriela Leite, fundadora de la Red Brasilera de Prostitutas, se inició en la bohemia y se fascinó con los modos de vida ligados a la noche. Eran los años finales de la década del 60. La prostitución consentida, como Gabriela la llama, tiene en su experiencia personal varias marcas de época: la revolución de la píldora, cierta intimidad con las vanguardias contraculturales y la lectura fervorosa de Historia de la sexualidad, de Michel Foucault.
Ustedes se llaman prostitutas y no trabajadoras sexuales, ¿por qué?
–Te voy a contar lo que me pasó hace unos meses en Buenos Aires, en un foro sobre sida de nivel latinoamericano y el Caribe. Una amiga mía que fue como voluntaria para trabajar allí recibió una lista de palabras que no podían usarse de ninguna manera en ese congreso. Una de las palabras era prostituta. Mi amiga me contó esto y cuando voy a hablar en una mesa, la persona que me iba a presentar me pregunta cómo hacerlo y yo le dije: “Presénteme como Gabriela de la Red Brasilera de Prostitutas”. Pero cuando ella lo hace públicamente dice: “Gabriela Leite, de la Red Brasilera de Trabajadoras Sexuales”. Cuando empecé a hablar yo la corregí y dije que como la Red Brasilera de Prostitutas se llama así me gustaría que cada vez que hablen de ella o me presenten a mí lo hagan con ese nombre. Para mí es una historia antigua de la izquierda que no quiere entrar en las estructuras de lenguaje, que tiene miedo de asumir determinadas cuestiones y palabras. Pero el lenguaje es políticamente muy importante: para nosotras es una cuestión política hablar de prostitutas o de putas. Puta es la palabra que más me gusta. En la medida que tenemos una izquierda que se queda en lo superficial, es muy difícil enfrentar esto.

¿Cuál es tu crítica a la idea de trabajadora sexual?
–Elena Reynaga –de Ammar CTA, a quien conozco hace muchos años y es mi amiga– toda vez que habla en público comienza diciendo que la prostitución es una profesión y al final se larga a llorar y dice que quiere que ese sindicato que están formando algún día ya no tenga que existir, es decir, que algún día desaparezca la prostitución. No hablo sólo de Elena al decir esto porque es lo que piensan muchas. Pero creo que esto es repetir lo que siempre se pensó sobre la prostitución, que tiene como fundamento la lástima hacia esas mujeres, para quienes sin dudas el estigma es muy pesado. Yo tengo una trayectoria diferente. Vengo de la contracultura y desde el principio pienso que la prostitución está en la sociedad porque es una actividad que tiene una relación directa con la forma en que todas y todos encaramos nuestra sexualidad. La prostituta está en el ideario. Como toda trabajadora de nuestros países capitalistas neoliberales, la prostituta es una mujer explotada pero no creo que se termine con la prostitución porque ella precisamente pone sobre la mesa toda una serie de cosas que no queremos ver.
¿A qué te referís?
–Hace unas semanas hubo un hecho terrible en Río de Janeiro: unos jóvenes atacaron a una chica empleada doméstica que esperaba el colectivo en la madrugada. Ellos dijeron que pensaban que era una prostituta. A medida que avanza la investigación van saliendo un montón de cosas: por ejemplo que estos jóvenes son una cuadrilla especializada en atacar prostitutas y que la chica iba a hacer la cola a un hospital público, por lo cual tenía que salir de madrugada. Nosotras iniciamos una acción judicial para procesar a los chicos por daños morales. ¿Por qué bajo este cargo? Se me ocurrió la idea porque tengo claro que una prostituta nunca pensaría que otro la puede perjudicar moralmente porque, antes que nada, ella se piensa como una persona inmoral. Entonces, esta es una cuestión importante de discutir. Los prejuicios están proyectados e introyectados y eso hay que ponerlo sobre la mesa.
Sin embargo, desde varias posiciones se marca una diferencia: la prostitución no sería una forma más de explotación o de trabajo capitalista, sino una subordinación total al patriarcado.
–Bueno, esa es la definición feminista de prostitución.
¿Y cuál es tu crítica?
–Las feministas son nuestras cuasi enemigas históricas. Claro, hoy hay feministas más modernas, que quieren dialogar o empezar a pensar de otro modo. Pero las feministas históricas, aquellas que están en el movimiento hace años, no quieren discutir de ningún modo la prostitución porque su posición es abolicionista. En verdad es la misma posición que la Iglesia Católica, lo que ha sido históricamente un grave problema para nosotras. A la hora de hablar de la prostitución hay que pensar en este mundo extremadamente complejo y no sólo reducirlo a la mujer víctima. Cuando las feministas dicen que esto se debe al patriarcado, se deja completamente de lado la discusión del mundo de las fantasías sexuales.
¿Podés explicar qué discusión sería ésa?
–Todo el mundo tiene fantasías sexuales. Sólo que muchas personas las reprimen o sólo consiguen liberar esa dimensión de su sexualidad con prostitutas. ¿Por qué? Porque la prostituta es una persona que no va a hablar de ello. Y esto es así porque las fantasías sexuales suele ser algo que se esconde. Esto tiene que ver con la complejidad de toda sociedad. Creo que nuestro papel es trabajar estas cuestiones con las personas: ¿por qué las fantasías sexuales sólo aparecen allí? Otra crítica que les hago a las feministas, es que ellas nos dijeron siempre lo que piensan de nosotras pero nunca nos consultaron. Nunca nos respetaron como sujetos políticos, como sujetos con autonomía. Y ese es el punto de partida para iniciar cualquier discusión; si nos creen víctimas, es imposible hablar.

¿Por esa razón le atribuís una dimensión política a la prostituta en la ciudad?
–Siempre me incomodó que se dijera, “Pobrecita, vende su cuerpo”. Pienso que todo el mundo vende parte de su cuerpo. ¿La vagina es una parte que se respeta más? Segundo, si todos vendemos el cuerpo, nuestra actividad tiene una característica: somos especialistas en las fantasías sexuales. Muchas mujeres no pueden hablar de sus fantasías, la mayoría de las veces las reprimen. Estoy hablando de la mujer común. Jamás puede hablar con su compañero de estas cosas. La riqueza de la prostituta es conocer ese lado de las personas.
¿Pero ese saber no está subordinado o incluso bloqueado?
–Sí, el capitalismo con toda la complejidad de los valores cristianos, por supuesto que bloquea la sexualidad y esos saberes. Pero esa puede ser nuestra contribución específica si logramos salirnos del estigma.
¿Cómo discriminar una prostitución consentida de aquella no elegida?
–El problema de la identidad es fuerte. Muchas veces la persona se coloca como víctima. Nosotras trabajamos mucho la cuestión de la vergüenza, de un trabajo sobre sí. Acabamos de editar un libro, a partir de la metodología de la historia oral, que reúne historias de vida de distintas prostitutas, contando cada trayectoria singular. Es medio esquizofrénico participar de un movimiento como el que queremos y a la vez cargar con el estigma social, por eso primero hay que hacer un trabajo de sí y de cada una para revertir todo el proceso interno. Yo recuerdo cuando era pequeña que me prohibían mirar a las prostitutas en el camino de regreso de la escuela a mi casa. Aprendes a no mirar a esas personas a pesar de vivir en la misma sociedad. La historia de ese estigma te desestructura toda por dentro y es necesario hacer un enorme trabajo con una misma para recuperar la propia historia. Pero es muy difícil.
¿Por qué para vos no funcionó como estigma?
–Para mí fue más fácil porque yo antes de ser prostituta pensaba una serie de cosas, incluso podría decir que eran cosas que me llevaron a la prostitución. Sin embargo, no es que no me afecten las cuestiones vinculadas al estigma. Yo tengo una hija de treinta y pocos años con la que siempre fuimos amigas. Hace poco ella se casó con un hombre que pertenece a la iglesia bautista y yo no pude ir más a su casa. Nació mi nieta y por un tiempo bastante largo no pude conocerla. Quiero decir que esto es muy pesado.
¿Pero qué fueron esas cosas que te llevaron a la prostitución?
–Nací en San Pablo, soy de clase media baja. Estudié en la universidad, primero para filosofía y después cambié a sociología; ingresé en el 68, en un momento de mucha efervescencia. De la escuela secundaria pública, yo había salido con lecturas marxistas, que era lo común de la época. Cuando entré a la facultad, comencé a hacer otras lecturas: por entonces leí a Foucault y mucho después a Félix Guattari, que fue el amor de mi vida. Pero desde pequeña siempre tuve fascinación por la noche. Mi familia era bastante conservadora, sobre todo en lo relativo a la virginidad. ¡Pero yo viví la revolución de la píldora: soy de esa generación! Entonces empecé a cuestionarme muchas cosas respecto de la sexualidad y de los modos de vida. Cuando entré en la universidad empecé a frecuentar un bar que tenía a ambos costados, dos teatros: uno era un teatro militante y el otro un teatro contracultural. Uno experimental y otro ideológico... (risas). Para que te des una idea: los militantes, peyorativamente, llamaban a los otros “esperma loca”. En ese bar, mis compañeras y yo mentíamos todo el tiempo: decíamos que teníamos una gran experiencia sexual, pero éramos todas vírgenes. Una historia para mí definitiva fue cuando salí con un director de teatro, fui a su departamento y fue un horror: le pedí que apagara la luz y descubrió que era virgen. Al otro día, cuando llegué al bar, ya todo el mundo sabía que yo era una pequeña burguesa virgen y que tenía vergüenza de mi cuerpo. ¡Era historia pública que mi discurso y mi vida eran dos cosas distintas! Por entonces trabajaba todo el día como secretaria y estudiaba de noche. Y tras frecuentar algunos bares donde había prostitutas, esas de vestido largo, muy chic, pensé que ese podía ser un trabajo para mí. Una noche me decidí y fui pero era tan distinta al resto, que todo el mundo me miraba, me sentí mal por la timidez y hui. Estaba comprando cigarrillos y conocí a un cafishio que me dio la dirección de un bar de otra zona. Al otro día fui y empecé. Fue difícil al principio, pero hubo tres razones que me impulsaron a seguir. Primero, el horario que me permitía estudiar de tarde e ir a la facultad de noche; segundo: el dinero: ganaba en pocos días lo que ganaba como secretaria en un mes, y tercero, la historia de la sexualidad misma: yo adoro la fragilidad de los hombres porque, a pesar de lo que dicen, no saben nada de sexualidad.
Desfiles de Das Pu, ropa para mujeres reales.
De esa historia tan personal, ¿cómo pasás a armar una organización?
–En el ’78, hubo un problema serio con la prostitución aquí en San Pablo. La policía empezó a arrestar masivamente a las prostitutas y a los travestis y dos compañeras desaparecieron. Pensamos en hacer una marcha porque el resto de la sociedad no sabía lo que pasaba con las prostitutas, y por eso podíamos tener un impacto. Y así fue: un verdadero escándalo que salió en todos los diarios. Pero después, pasó lo que pasa siempre con estos tipos de grupos: sentían que ya habíamos ganado lo suficiente. Yo me quedé con la idea de armar una organización, pero sólo conocía la situación de la prostitución en San Pablo. Empecé a viajar por el interior del país con varios camioneros, que son quienes más conocen a las prostitutas y a saber qué pasaba en otras ciudades. Fue en Río donde empecé a hablar en público. En 1982, una parlamentaria del PT, Benedicta da Silva, me invitó a un encuentro de mujeres de la periferia. Fuimos cuatro o cinco prostitutas. Y hablé yo porque era la única que me animaba. Recuerdo que empecé diciendo: “Soy Gabriela Leite, soy prostituta”. Fue un shock: ¡una prostituta que habla! (risas).
¿Qué llamaba la atención de tu palabra?
–Lo primero era mostrar la cara de una historia siempre escondida. Nosotras nunca existimos, éramos lo oscuro. Nos hicimos ver: mostramos que hablamos y pensamos. Y, en primer lugar, que vivimos en esta sociedad. Segundo: vencer mis propios prejuicios que me llevaban a vivir progresivamente en un ghetto, sólo entre prostitutas. Si te quedás en un ghetto nunca vas a discutir en serio. Lo importante es llevar nuestra discusión a la sociedad, no dejar que se nos aísle de la historia de los movimientos sociales.
¿Qué tipo de reacción provoca decir que elegiste la prostitución?
–Por muchos años fue difícil no victimizarme, de cada lugar salí exhausta de las discusiones. Muchos me decían que yo estaba completamente dominada por la explotación. Siempre hubo una cuestión que me repetían: usted puede decir lo que dice, porque nunca pasó hambre, nunca fue “exactamente” pobre. Esto tiene un implícito: quiere decir que sólo las extremadamente pobres tienen derecho a hablar porque cuando hablan lo hacen como víctimas. La mayoría de mis colegas, que no fueron a la universidad y tuvieron muchas menos alternativas que yo, siempre dicen: “jamás lavaría bombachas de las señoras”. Para mí esto es una opción de vida. A veces las opciones son pocas, pero existen. La víctima, por el contrario, nunca será percibida como alguien capaz de una decisión política.
¿Por qué se les ocurrió lanzar una línea de ropa?
–Das Pu consiste en mostrar con la moda y los desfiles qué somos nosotras y también bromear y dislocar el estereotipo de la puta. Es común decir: “ah, tal está vestida como una puta”. Bueno, nosotros relanzamos esa pregunta: ¿cómo se visten las putas?, ¿qué es vestirse como puta? Das Pu es la parte más visible de nuestra organización que se llama Da vida. También es nuestra forma de financiarnos. El nombre proviene de burlar el nombre de la boutique más chic de San Pablo que se llama Das Lu. Aquí en San Pablo tenemos tres locales que venden nuestra ropa. Das Pu produjo que mucha gente quiera asociarse con nosotras en este proyecto. La ministra de Salud acaba de pedirme una reunión para discutir la cuestión de la prostitución: eso nunca nos había pasado. Estamos averiguando ahora para exportar porque la tienda francesa Lafayette quiere nuestras bikinis. Sin embargo, lo que más se vende es una camiseta de la primera colección que es muy simple y sólo tiene una frase que dice: “Somos malas, podemos ser peores”.

*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/las12/13-3598-2007-09-14.html

Acto*

Hay que sugerirle
A tu hijo de vecino
a ser bueno
Porqué
primero le dejas ver noticieros
o páginas inconvenientes de Internet
sin explicar nada
a la frágil esponja absorbente de su mente?

También le cuentas
de la antigüedad
de los huesos de Lucy
de la invención de la rueda

.."y del choque de civilizaciones"...

Haz que
desde su puñito cerrado
como si fuera su corazón
al abrirlo
muestre la gema


Le compras un celular
dotado de tecnología
con posibilidades
casi infinitas para su estatura
ve documentales que plantean
que casi seguro
hay otros sistemas
con planetas como el nuestro quizás
que vamos a poner en el futuro nuestros pies en Marte...

Puede ser apasionante para él
y participante él mismo de esos u otros logros futuros
Ojalá descubramos y logremos mucho

Pero enséñale
a estudiar con entusiasmo
las medidas
para levantar su propia casa
el mejor modo y esfuerzo
para que su mesa viva bien tendida
un enfermo bien atendido
y que no escatime un gesto de afecto fraterno
que el sueñe con ser como vos
un hombre bueno
Porque lo eres claro,... obvio.

*de Victor M. Falco vittoriofa9@hotmail.com

*

Reescribiendo noticias. Una invitación permanente y abierta a rastrear noticias y reescribirlas en clave poética y literaria. Cuando menciono noticias, me refiero a aquellas que nos estrujan el corazón. Que nos parten el alma en pedacitos. A las que expresan mejor y más claramente la injusticia social. El mecanismo de participación es relativamente simple. Primero seleccionar la noticia con texto completo y fuente. (indispensable) y luego reescribirla literariamente en un texto -en lo posible- ultra breve (alrededor de 2000 caracteres).

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