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BITÁCORA DE UN SOCIÓLOGO FRACASADO

23/09/2007 GMT 1

¿ESTARÁ ESCONDIDA LA MELANCOLÍA?

urbanopowell @ 13:05

Atardecer en Punta Lara*

Perdida y confundida
Entre espinas y sombras
Va una lágrima sobre
Un pétalo de rosa rosada

En la meseta del silencio
Y en la escalera del miedo
Estará escondida la melancolía?

En el viento helado
Chilla un aguilucho
Buscará intimidar a
Su pequeña presa?

Una mariposa naranja
Finge ser nube
Reflejando el sol del
Suave atardecer.

*de Azul. azulaki@hotmail.com

¿Estará escondida la melancolía?

Radar|Domingo, 23 de Septiembre de 2007

Gola de gala*

Cantor extraordinario, de elegancia austera y sobria ductilidad, heredero del linaje de Gardel y capaz de devolverles a canciones largamente escuchadas un relieve, un tono o una dimensión insospechada, Horacio Molina acaba de editar Buenos amigos, un disco en el que recorre, del tango a la zamba, catorce clásicos de la música popular argentina en versiones notables y con acompañantes de lujo. Con eso como excusa, Radar lo entrevistó para invitarlo a recorrer su carrera y su vida, en las que también tuvo
acompañantes notables y de lujo.

*Por María Moreno

A alguien debe habérsele ocurrido que ese aire de familia quedaría bien en un escenario y propuso que Horacio Molina cantara en el Torquato Tasso con Dolores Solá. Hace poco los dos respondieron juntos a un cuestionario clásico, y recién entonces se enteraron recíprocamente de que el héroe preferido de él era Cyrano de Bergerac y el de ella el Pato Lucas. Antes no se conocían. Pero la noticia no es ésa. La noticia es que Horacio Molina acaba de estrenar Buenos amigos, un cd en el que canta acompañado por, entre otros, Jorge Juliano, Luis Salinas, Mónica Abraham y en donde hace lo de siempre pero mejor y con algunas audacias como grabar los transitados "Chiquilín de Bachín" y "Alfonsina y el mar" de una manera que uno los desconoce hasta creerlos grabados en otro idioma.

El mayor lujo del departamento de Horacio Molina en Belgrano es el sol, la guitarra y los pimpollos del balcón.
El dice que con Dolores fue como un déjà vu.
-Nos llevamos muy bien. Es bella y fina, un poco del estilo del hermano, gente de las viejas familias que cultivan el humor ácido como una especie de código. Porque hay ciertos códigos que tienen ciertas familias que, aunque sea con un pelotudo total, en un pedacito así te entendés. Pero Dolores es muy inteligente, así que enseguida me pareció como una especie de prima. Y en el escenario estamos muy décontractés y decimos lo que nos pasa por la cabeza, incluso groserías espantosas. Por eso la gente piensa que todo está armado. A ella se le ocurrió una frase que me encanta: "En realidad estamos
ensayando algo que más adelante se va a llamar 'Boludeando con Molina'".
Siento que yo también le caigo bien a Dolores, que me quiere. A lo mejor me equivoco. Le preguntás a ella y te dice: "¡Qué pelotudo! No se dio cuenta de que me parece un forro".
El código es el de las familias bien.
-De familias que hace mucho que están acá, algo que uno termina contando como si fuese un pecado, como si estuviera mal. ¿Yo qué carajo tengo que ver si hace mucho que vinieron?
Molina quizás sea el más grande continuador de Gardel sin convertirse en un clon promovido en la categoría de fenómeno como Horacio Deval o en una reminiscencia digna como Hugo del Carril. Pero su estilo -así sucede en una verdadera transmisión-, si se le birla y se le deforma una definición a
Roland Barthes, como práctica cantada del matiz, en el interior de esa herencia, es muy propio. Lástima que él no cumpla con las mitologías necesarias para convertirse en cantante popular; entonces la crítica se agarra de la alusión a la bossanova y al bolero sin reconocer al cantor criollo, austero y de buen decir, que canta como de taquito, ceñido a la única apoyatura de las guitarras.
No sos hijo natural, no vendiste soda de chico, no estuviste en el reformatorio...
-Y... a veces te favorece venir de abajo. Porque cuando venís de otro lado decís: "Esto no lo voy a hacer, esto tampoco, y esto menos", todo lo que harías si vinieras de abajo porque entonces todo te viene bien. Como ser cafetero del bar de la esquina de Churruca y Santander. Pero eso no conviene decirlo porque la mayoría son los otros. ¿Cuántas veces dije que fui un chico de barrio? A mis abuelos les tocó la bancarrota, eran de los famosos venidos a menos. De los dos lados todos se quedaron patos a principio de siglo. Los estafaban o ellos vendían lo que no tenían que vender y compraban lo que no tenían que comprar. Por eso yo tengo una vida de hijo del Dr. Molina que sobresalía un poquito en la cuadra pero nada más. No te voy a decir que comí puchero de la olla popular, pero teníamos primos mucho más
ricos que nosotros, por ejemplo los Argibay -yo soy primo de Carmen- o los Huergo, que estaban en otro escalón. Mi abuela materna pasó de tener una estancia en Flores a lavar ropa en Berisso y estaba preparada para hacerlo porque sabía lavar, planchar, hacer empanadas, todo. Se llamaba Ernestina
Molina de Herrán. Y la última chance que tuvieron para salvar los campos que tenían en Salta se perdió por la famosa langosta que no dejó nada. Entonces ellos quedaron endeudados y a la miseria. Mi familia paterna tenía cincuenta hectáreas de viñas en San Rafael y lo primero que hizo papá fue vender lo
que ahora debe costar doscientos mil millones de dólares. Cambió las viñas por dos casas y vino la ley de alquileres y se vendieron por dos pesos con cincuenta. Mi abuela paterna era la dueña del lugar en donde vivíamos, o sea que mi mamá fue a vivir a la casa de su marido, eso no era de rico.
Pero eran venidos a menos con un interés por la cultura.
-Papá era muy lector. Nalé Roxlo escribió en un cuento que el doctor Molina era su crítico de cabecera. Veía una película: "Ay, qué lástima si esa parte hubiera ido en este otro lugar, si esto otro no hubiera quedado revelado tan pronto y en cambio se hubiera sabido recién acá...". Y tenía razón. A Nalé
le sugería por dónde cortar un texto o cuando algo no andaba... "¡Lea Ulises!", decía. Y Nalé le contestaba: "¡No lo entiendo, Molina, déjeme tranquilo!". Papá también era un curioso por la ciencia y la técnica. Le enseñaba matemáticas a su yerno, que estaba en cuarto año de Ingeniería. Y llegaba a darse cuenta de que al carburador del Ford, si le hubieran hecho más corto el piquito ese, hubiera andado mejor. Entonces se lo corté. Era perfil bajo total. Detestaba la mojigatería y la petulancia de la gente que se tomaba por gran personaje. Además, le gustaba el fútbol: iba a la cancha y era médico de San Lorenzo. Me acuerdo que venían los jugadores a atenderse en casa...
¿Mamá?
-Muy artista y muy buena imitadora. Tomaba mucho lo que decían los comerciantes del barrio. Por ejemplo, venía del almacén y contaba: "Che, saben que entró una mujer al almacén y empezó 'Deme esos tomatitos que no son muy grandes, blanditos pero no muy maduros, parejitos porque son para salsa, no, no, esos no que están machucados, esos tampoco que están verdes'.
Hasta que el tipo, harto, le dio una lata y le dijo: Tome éstos que están bien maduros". Cuando apareció en la radio Niní Marshall, papá le dijo a mamá -esto lo cuenta siempre Juana-: "¿Vos sabés, Odilia, había una mujer en la radio que hace igual lo que hacés vos?" .
¿Gorilas?
-Eramos antiperonistas de izquierda. De ir a los mítines de Repetto, de votar a Palacios. Pero papá no tenía un partido, era un demócrata liberal, yo diría. No sé si fue buen padre, era un tipo que estaba ensimismado en su mundo, pero yo lo admiraba. A lo mejor no supe acudir a él y es una pena porque hubiera sido un buen oyente, pero había sido un chico hijo único, siempre el centro y no daba mucha bola. Papá y mamá se pusieron de novios cuando ella tenía quince años y él diecisiete, se adoraban y nosotros éramos como los molestos hijos.
Después, en la década del '70, de nuevo tenés cerca al peronismo.
-Pero eso fue por el lado matrimonial, el lado chunchunezco que me vino de rebote. Estaba ahí porque estaba. Pero yo no me casé con Chunchuna Villafañe. Yo me casé con una chica que estudiaba arquitectura, que era divina y a la que todo el mundo le andaba detrás. Era dos años mayor que yo,
que era un pendejo de mierda y me dio bola alguien que estaba en quinto año de la facultad y era un avión, pura, casta y no sé qué carajo. Lorenzo Miguel le mandaba flores con una tarjeta que decía: "¡Bravo señora!". ¿Te acordás de la película 8 y medio, cuando el chico va a buscar a la gorda a
la playa y la madre se entera y dice Chi vergogna! Bueno, mamá decía: ¡Chi vergoña! En esa época o eras peronista o eras peronista.
O del ERP.
-Bueno: yo era del ERP. Poneme del ERP. Pero no me pongas de lo otro, por favor.
Horacio Molina y sus cuatro hermanos nacieron en una casa de la calle Quito y hasta hace poco y cuando aún no lo habían hecho pizza-café se lo podía ver de visita junto a la muchachada, en un bar de frente a la Plaza Lezica, los domingos de burros y ravioles, cultivando una especie de populismo prêt à porter al conversar del lado de afuera de la ventana.
-Me acuerdo de que mi abuela escuchaba por la radio las transmisiones del Colón. Y en casa había otra radio a la que había que darle un golpe para que enganchara de nuevo y ahí, desde los cinco años, yo escuchaba a Gardel afanosamente, más el jazz que había en casa -teníamos un fonógrafo-, más un
tío hermano de mamá que era un músico extraordinario y se llamaba Fito Herrán (Adolfo Herrán Molina) y que, como todos en la familia, era perfil bajo. Porque para nosotros ponerse en exposición era muy mal visto: "¡Che! ¿Qué te hacés? Dejate de joder". Tocaba el piano en los cines de barrio para ganarse las moneditas acompañando las películas mudas. Era un tipo de un oído privilegiado y hacía unos acompañamientos de tangos viejos, por ejemplo de "Aquel tapado de armiño", que parecía Ravel. Y eso en 1940 era más avanzado que cualquiera de los avanzados entre comillas.
¿Tocabas piano o te mandaban a piano?
-Mamá me mandó porque me vio condiciones. Era el que en los cumpleaños terminaba arriba de la mesa y todos los tíos y primos gritando "¡Otra, otra!". Cantaba a capella. Con el piano en esa época no había una buena pedagogía ni vieron cómo tenían que llevarme. Además en casa había un piano de mierda y yo odiaba tocar en ese piano. Y me llamaban a tocarlo cuando estaba en pleno partido de fútbol u oyendo a Bing Crosby. No me daba ningún placer.
Qué raro que no estudiaras inglés. Está el mito de la aristocracia que escribe primero en otra lengua y luego en castellano. Y ya en los '50, en la clase media, el inglés aparecía como algo útil para "el día de mañana".
-Lamentablemente no nos llegó ese target. No como a los Argibay, que tenían más visión. Nosotros éramos salvajes, más criollos, con esa cosa como de resistencia a los gringos de mierda. O fue una distracción, porque mis padres no se dieron cuenta de la importancia que tenía, si bien mis hermanos
fueron a la Cultural. Mi abuela, que había pertenecido, hablaba un poquito de francés. Pero nosotros, en la rodada, ya no. Ellos estaban cayendo -lo pienso en este instante- en el momento en que uno estaba naciendo. Entonces yo fui el sandwich y la angustia de la caída de todos. "¡Ma que inglés, andá
a laburar! "
Y fuiste un chico de barrio pero no tanto.
-Yo iba a los bailes de carnaval de Castro Barros y Rivadavia. Era un chico de barrio con eso mezclado que alguno detectaba y me mandaba una onda que yo no entendía por qué me mandaba: ¿porqué hablaba un poco distinto? No hablaba así: "cassshhhés, hijo e'puta". Ni me salía ni me saldrá, ni quiero que me
salga. Hablo como hablo, chupame un huevo, bancatelá. ¿Qué querés? ¿Que me haga el reo? Hacerse el no sé qué me rompe las pelotas. Yo al que se hace se la mando a guardar.
Pero ¿qué es más aristocrático que ese juicio perpetuo al parvenue -Molina los llama los que se hacen- que viene desde los personajes de Cambaceres ensañándose con los apellidos italianos del Club del Progreso y al que José Ingenieros leía como metáfora en un gusano que pasaba por su escritorio
camuflado de pelusa? ¿Qué más bien que el perfil bajo si al rastacuero se lo asocia con el grito incluso a través de la vestimenta? Horacio Molina no me da la razón. Su propio padre se reía de los que en lugar de venirse a menos se quedaban en más y lo hacía conservando esas caras de Opus y Jockey
Club -envaradas y como de oler mierda- o de los que entregaron la estancia a una transnacional y reemplazaron la bombacha bataraza con una chorrera de logos. Mejor no sugerirle que nada más elegante que el autodespojamiento y el disimular lo mucho en poco como él hace con la voz porque Fiorentino también lo hacía y no tenía nada de sangre azul.
"YO QUE HE SIDO TU CANTOR"
Entonces que no lo jodan más con los agravios fáciles de que es un cantor chic porque no usa la sh de decir Dishépolo o que es el Bioy Casares de los cantantes. Es impresionante cómo suena en Buenos amigos. Parece que todavía se puede reinventar "La nochera" y limpiarle a "Chiquilín de Bachín" esa
estridencia demasiado connotada de cantar turístico para devolverle su poesía de canción, que no es la misma que la poesía a secas (¿es que acaso "Las hojas muertas" soporta ser leída?). A la manera de una bendición interior, Alejandro Dolina escribe en Buenos amigos: "Gardel afirma su superioridad, mucho más que en su voz privilegiada, en la construcción de un discurso estético complejo, que muestra en cada frase una elección feliz".
Podría haberlo dicho de Molina.
-A los quince años me propusieron ir a cantar a un bar de Boedo y San Justo pero papá casi me mata. Yo cantaba en el umbral de la peluquería que quedaba al lado del garage adonde él guardaba el auto y un tipo me oyó y me dijo: "¡Pibe, vos cantás fenómeno, yo tengo un bar, ¿por qué no pasás?". Pero el
tipo del garage le batió a papá. Entonces vino lo de "Pero ¿cómo vas a trabajar en un bar? Tenés que estudiar". Y eso impidió que yo "llegara", pero después llegué por otro lado.
Llegó de la mano de Víctor Buchino, director artístico de los estudios RCA Víctor. Hay evidencias de época que muestran a un cantante de cara acriollada y sonrisa completa que a veces es pescado en Mau Mau rodeado de modelitos pero que, si se lo recuerdan, le revienta. En la década del '70 se fue a París con dos mil quinientos dólares. Mercedes Sosa le prestó un departamento y de ahí, de la admiración mutua, pasaron a ser amigos del alma. Debutó con un espectáculo llamado Sweet Tango. Libération le dedicó una página.
La voz no te cambia. O sea que no es cierto eso de que la gola se va.
-Más bien mejora con el tiempo. Además yo a la gola la usé poco. Como decía Rivero: 'Yo canté con los intereses, ahora canto con el capital'. Siempre hice una cosa muy suave, entonces la gente piensa que no tengo voz; la usaba más bien como si tuviera un termotanque y sacara solamente el agua que necesitaba. A lo sumo la usé toda para vocalizar un poco pero nunca cantando. Siempre fui avaro, canté con musicalidad, con un buen decir pero no largando toda la voz y ahora tampoco. Si te hago una demostración se caen los vidrios. Podía haber cantado lírica perfectamente. A lo mejor ahora las
hormonas se me evaporan y me voy al carajo.
Tampoco bajaste de registro.
-No, la voz se agrandó. Tengo los mismos tonos pero en más grande. Antes cantaba laaararaaraa y ahora canto LAAARAALAAARAAA.
Después vino una larga hora de confidencias románticas seguidas de un castrador "esto no lo pongas, por favor" que me prescribían un renunciamiento de yogui, secretos que me confiaba con un deleite un poco
sádico dado que -extorsionaba-, de difundirse, su vida afectiva quedaría destrozada y yo cargaría con la responsabilidad. En la parte vedada quedaron monólogos deliciosos que incluían imitaciones de sainete acompañadas por risotadas y elogios admirados a diversas inteligencias femeninas, pero siempre recelando y quejándose.
-Vos en esta nota tenés que demitificarme. No hablemos de las pelotudeces.
Yo soy un romántico, un enamoradizo enfermo pero platónico. Cuando tenía cuatro años ya estaba enamorado de Rita Hayworth...
Entonces muy platónico no serías.
-Pero no estaba excitado, no estaba caliente, no le miraba las tetas.
No te daba todavía.
-Estaba enamorado de verdad, la veo ahora y me remito al amor que le tenía, y con Gardel lo mismo. No tenía ningún problema en estar enamorado de él porque era hombre -ésa es una cosa cultural que te viene con la vida- y debo seguir enamorado.
Pero siempre te gustaron mucho las mujeres.
-Les tuve devoción. En una palabra, me cagaron la vida. No es por mandarme la parte, pero cuando yo tenía seis años e iba al colegio -esto también va a dar mucha rabia- todas las chicas grandes, de nueve y de diez venían y ta ta ta -finge un rumor de arrumacos exaltados-, me andaban alrededor.
El héroe de las mujeres.
-Para qué lo voy a negar. Siempre me fue bárbaro.
Nunca te cagaron.
-¡Por favor! Me recontracagaron. Porque elegí la mujer equivocada y porque las relaciones son complicadísimas. Pero debía de tener como una energía...
...que les transmitía lo mucho que te gustaban.
-Y a las mujeres les gusta que gusten de ellas. Como me siento muy a gusto con las mujeres, estoy en mi salsa, no tengo el problema de "las minas son todas unas turras". Las mujeres son mis hermanas. Seré puto, qué sé yo, pero la verdad es que siento a la mujer muy intensamente -eso de puto no lo pongas, ya sé que te gustó pero...
¡Qué lastima! Negociemos...
-...Seré gay ...poné.
No es lo mismo.
-Entonces poné lo que quieras.
EL HOMBRE QUE AMA A LAS MUJERES
Si se intenta una sociología amorosa existen el hombre de la obra, el hombre del otro hombre y el hombre del amor. Todos pueden amar y todos pueden sufrir de amor pero para los primeros el amor oscila entre la interrupción indeseable y algo a anexar en bien de la producción. El hombre del otro
hombre es el que ama siempre supeditado a la mirada de la fratria, en la que la mujer es trofeo y posta que se pasa. El hombre del amor tiene menos amigos que ex de las que permanece prendado y, lejos de pronunciar la frase derrotista "¿Qué quiere una mujer?", suele lanzarse a un empirismo alegre
del que suele salir lleno de astillas pero aún polvo enamorado. A veces, y con cierta continuidad, la obra lo rescata como en los demás lo hace el amor.
-El amor es el que me impide desarrollar mi arte. O porque estoy muy contento o porque estoy muy triste.
¿Y nunca fuiste a un psicoanalista?
-Fui seis meses para salir de un pozo pero no me curó el psicoanálisis, me curó otro amor, el famoso clavo. Pero fijate cómo ponés todo esto porque yo no quiero atacar a los hombres, ya que los hombres son potencialmente mis enemigos. Entonces es a los hombres a los que tengo que conquistar. En primer lugar porque tuve la mina más deseada de la Argentina, en segundo lugar porque soy ganador y las minas me dan bola, no lo puedo evitar, y no soy un pajero que se pone baboso, me pongo ardiente y digo: "¡Qué divina que sos, te amo!".
Se arrodilla paródicamente en el piso y me toma la mano.
Tenés las manos frías.
-No me puedo hacer el canchero porque, salvo a los ganadores, les enferma que yo tenga éxito con las mujeres, entonces no lo puedo decir porque todos me van a odiar más todavía. Y yo estoy tratando de ser un poco polite.
Pero está sobreactuando, dándose manija con lo que él llama "el gen Molina" y que consiste en hacer teatro casero y de código, en este caso para poner en evidencia esa impostura del macho porteño que se llora perdedor pero que odia a las mujeres y aun, denigrándolas, detesta al que, al parecer, supo
laburárselas, poniendo la vida en ello. La enseñanza de Molina es simple: para ganar hay que invertir... todo.
¿Pero quiénes te odian?
-Los padres, los maridos, los hermanos, los tíos. No te puedo mentir a vos, María. Pero no soy un bombero. Yo necesito un tiempo para estar con una mujer. Vengo de la época de los novios y donde no se cogía. Tengo esa marca: irla conociendo, acercándome, lo otro viene con el tiempo.
Pero ahora, ¿no te vendría bien un poco de paz?
-Si estoy en la miseria quiero paz, pero si tengo un poco de guita quiero quilombo. Si estoy deprimido necesito mirar el horizonte por la ventana hasta que me vuelva la vida. Yo me he deprimido tres veces en mi vida pero no ha sido por algo del canto sino porque me han dejado. Por ejemplo, una vez, cuando tuve una pelea fuerte con un gran amor creyendo que era el final. Me deprimió la impotencia para ser perdonado por una cosa que había hecho. Me bajaron la cortina y nunca más se me perdonó. Yo dije ¡Epa! ¿No será mucho? Me quedé con la sensación de que no iba a salir más. Pero no llorando ese amor sino porque quedé colocado en un lugar... Mi hermano Ernesto me decía: "Eso que tenés vos nunca lo vi en la vida".
¿Qué?
-Es como si me desactivaran. Como si alguien cerrara una llave maestra y me sacara algo vital. Ahora, grandes amores en mi vida: siete u ocho. Grandes, grandes: tres o cuatro.
Te van a hacer un quilombo las de segunda fila.
-Bueno, hay primera fila y después, digamos, un palco avant scène. Target pasión, Target alma, Target humor, Target camaradería, Target comprensión. Y siempre aparece una para que yo diga: "Mirá, justo tenía el rojo acá".
¿Las mujeres te impidieron ser más famoso?
-Me interesa un carajo ser famoso. ¿Qué es ser famoso? Si creaste la lamparita eléctrica como Edison, te lo merecés. Pero si sos famoso porque salís en la televisión, chupame un huevo y el otro también.
Seguramente van a titular esta nota con eso. Imaginate. Abrís el diario y dice "Horacio Molina: Chupame un huevo y el otro también".
-Es que no sé si te quedó claro.
Y se tira al piso de nuevo, esta vez para buscar entre las fotografías que juntó para ilustrar esta nota. Papá y los cinco hermanos posando en un patio, mamá en las rocas, Molina a lo largo de los años en una pose parecida, una foto que encuadra sus ojos y los ojos de Juana -se trata de señalar el parecido- y otra que parece provenir de otra serie: dos siluetas brumosas frente a los puestos de libros del Parque Rivadavia.
-La tomamos con mi hermano Carlos, que se murió muy joven. Queríamos hacer una foto artística.
En un rincón: la tapa del primer disco con un estilo de diseño Alejandro Ros prefigurado. Ha hecho un revoltijo con todo eso y no se sabe si prepara una pira o está a punto de armar un álbum.
¿Cómo te puedo decir esto para que no caiga como una patada?
(Le acabo de dar una lista de cantantes de tango actuales.)
No te importan.
-¡Qué querés que te diga! No me transmiten nada. Gardel los eclipsa a todos.
Es como si fumigaras, no queda ninguno. Es tan superior que, con los que vinieron después, hay un abismo. Para mí Gardel era el tipo que me contaba los cuentos. Ponía esa voz pero yo no me daba cuenta. Me aprendía las letras y me imaginaba los cuadros y las situaciones que vivía; recién ahora me doy
cuenta de que eso pasaba debido a que tenía una voz así, porque si no no lo hubiera escuchado. Cantaba como la gran puta, tenía un fraseo fabuloso y hacía caldo con esas historias que después las canta uno y son como aberrantes porque él a la inmundicia la convertía en un diamante. No es un mito: era un genio. Gardel is too much.

El arte de la voz*

*Por Diego Fischerman

A veces alguna casualidad, o la voluntad de alguien, o un simple error, altera un ritual. Y a veces esa alteración, con el tiempo, cuando ya nadie recuerda aquello que le dio origen, queda convertido en verdad. Nadie sabe exactamente cuándo fue que, en el tango, cantar mal se convirtió en estilo.
No hay un origen comprobado para el dudoso parentesco entre desafinación y visceralidad pero se cree, o muchos creen, que aquel que verdaderamente necesita expresar algo no andará reparando en sutilezas y, por el contrario, que aquel que se preocupa por la "forma" lo hace por mero desentendimiendo
del "contenido".
Gardel, Charlo, Fiorentino y Marino cuando cantaban con Troilo, Raúl Berón, Oscar Serpa, Angel Díaz o el gran Goyeneche de los '50 hablaban, sin embargo, de otra tradición. Una tradición encarnada en artistas para quienes resultaba esencial la preocupación por esa pequeña pausa antes de una
determinada palabra, por la manera de adelgazar la voz para decir "silencio" o "noche", o por el "aire" tanto o más que por la caja en la que resuena. No se trata de "no tener voz" sino de saber cuándo y cómo renunciar a ella para jerarquizarla aún más. No ser estentóreo todo el tiempo es, finalmente, una
de las maneras de dar valor dramático a la potencia, al agudo prodigioso y hasta al grito.
Esta es una tradición, claro está, casi desaparecida. En parte porque son muy pocos los que han logrado -y los que podrían lograr- mantener esa filiación con personalidades propias. La gran pregunta del tango es: ¿Cómo ser gardeliano sin ser una imitación de Gardel? Y la respuesta, como en aquella conferencia en la que Borges citaba un capítulo de una enciclopedia referido a las serpientes en Islandia ("serpientes en Islandia: no hay"), se acerca a la imposibilidad. Horacio Molina, alguien capaz de cantar "Malena"
con ternura (como corresponde) y de saber que cuidar el fraseo y la emisión es la manera de utilizarlos como medios y no como fines, puestos al servicio de la construcción de una canción, es, eventualmente, uno de los pocos baluartes de esa raigambre. Nadie podría jamás confundirlo con Gardel, pero el detalle que Gardel ponía en la interpretación está presente en la voz de Molina. Nadie diría que suena como Charlo o como Serpa, pero mucha de la delicadeza de la que ellos eran capaces forma parte de su universo expresivo. Es imposible considerarlo un goyenechiano, pero su manera de elegir cuándo "sacar" la voz y cuándo no hacerlo parece provenir directamente de obras maestras como esa "Alma de loca" que Goyeneche cantó con Salgán. El secreto de Molina tal vez sea sencillo. Hay algo en él que tiene que ver con lo milagroso y lo irrepetible. Un timbre de voz como el suyo, simplemente, es cosa de la naturaleza -y de la suerte-. Pero todo lo demás, la manera en que en Buenos amigos, su nuevo disco, canta algo que no es un tango, "La nochera", o un tema tan remanido como "Chiquilín de Bachín" o sus extraordinarios dúos con Beytelman, "Malena" y "La última curda", o la exquisita "Alfonsina y el mar" que hace junto a Luis Salinas, proviene de una sabiduría notable. La de entender que el tango, para que recobre significado, para que retome sus mejores tradiciones, debe olvidarse de su caricatura. Y que los tangos, para que vuelvan a tener sentido, deben ser, antes que nada, canciones. Esos viejos sortilegios en que la música inunda de significado algunos versos.

*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-4122-2007-09-23.html

Sábado, 22 de Septiembre de 2007
literatura|entrevista a la escritora y periodista elena poniatowska

"Los ricos siempre tienen quien escriba su biografía"*

La novela El tren pasa primero, por la que ganó el Premio Rómulo Gallegos, le da pie a la autora mexicana de origen francés para explayarse sobre la profunda división que hay en su país y sobre el rol de las mujeres en la política, desde Eva Perón hasta Margaret Thatcher.

Poniatowska escribió sobre la huelga ferrocarrilera de 1958-1959, que fue violentamente reprimida por el gobierno mexicano.

*Por Silvina Friera
desde Mexico D. F.

Callecitas angostas, empedradas, pintorescas, alejadas del ruido de la ciudad de México. Hay que caminar por Chimalistac hasta dar con San Sebastián y disfrutar de esa zona de enlace entre los barrios de Coyoacán y San Angel; de sus casas con plantas que parecen adheridas a las paredes y
que apenas dejan entrever las ventanas o los balcones. Para llegar a la puerta de la casa de Elena Poniatowska hay que atravesar un bellísimo jardín. Es el mismo caminito que el domingo 3 de abril de 2005 hizo el entonces candidato de la izquierda mexicana, Andrés Manuel López Obrador, para pedirle a la escritora que colaborara en la campaña. "¿Por qué yo, si no sé ni organizar mi casa?", le preguntó, sorprendida. Aunque "la princesa roja", como la llama su familia europea por su origen noble y su preferencia hacia el socialismo, confiesa que no sabe arengar a las masas ni tomar la palabra en un mitín, aquel ofrecimiento le cambió la vida. Desde entonces se vio envuelta en una frenética actividad que ella ha resumido con el verbo "hablar". Habló con pequeños empresarios, obreros, estudiantes, médicos,
enfermeras, intelectuales. A pesar de que se educó en un ambiente familiar acomodado y "reaccionario" ("mi madre odiaba a Zapata", recuerda), su trabajo como periodista y escritora está en los antípodas de ese linaje conservador y de derecha. La escritora baja las escaleras con una velocidad
envidiable, como si fuera una joven (de 75 años) que hace gimnasia todos los días. Con pantalón y chaqueta azules, más oscuro que el azul Frida Kahlo que impera en el frente de muchas casas de la ciudad, la escritora y periodista sonríe con todo su cuerpo y se acomoda en uno de los sillones del living, frente al cuadro en el que plasmó, al pintar un campo verde amarillento con árboles y plantas, la idea de felicidad que le transmitió su madre, Paulette Amor. Invita a tomar café y sólo se ofusca y se distrae cuando escucha que el teléfono suena a cada rato. "Por favor, diga a todos que la señora no está, que salió", le pide a su empleada.
Ahora sí, la autora de El tren pasa primero (Alfaguara), novela por la que acaba de recibir el Premio Rómulo Gallegos, se aparta de la cotidianidad doméstica para charlar sobre esta novela, que al principio intentó ser una biografía sobre el líder ferrocarrilero oaxaqueño Demetrio Vallejo, protagonista de la gran huelga ferrocarrilera de 1958-1959, que fue violentamente reprimida por el gobierno mexicano. La novela le dará pie para explayarse sobre la profunda escisión que hay en el país (la mitad de los mexicanos considera como presidente legítimo a López Obrador y no al actual presidente, Felipe Calderón) y sobre el rol de las mujeres en la política, de Eva Perón a Margaret Thatcher. El nombre de la senadora y candidata presidencial, Cristina Kirchner, rebota en ese living rodeado de libros y mullidos almohadones blancos bordados con flores o gatos. "Ahora, ustedes tienen la posibilidad de tener una mujer en el poder, vamos a ver lo que ella aporta", señala a Página/12. Poniatowska repasa el imaginario de los ferrocarriles, acaso con nostalgia porque ahora en México ya no hay más trenes de pasajeros. "La locomotora vencía el aire, la gravedad, era el progreso sobre rieles, la esperanza, la modernidad, el futuro, ¡ah el futuro! Los ferrocarrileros resoplaban con él, lo impulsaban con la fuerza
de su voluntad, repetían: 'La Revolución Mexicana se hizo en tren, para ganar Pancho Villa volaba locomotoras y puentes'", se lee en las primeras páginas de la novela. Para Trinidad Pineda Chiñas, el protagonista inspirado en Vallejo, el tren era su otro yo, "lo más real en su vida". La primera palabra de Saturnino Maya, otro de los personajes, fue "tren", y la única materia memorable era la ferroviaria.
-¿Cómo fue el proceso de escribir una novela a partir de una biografía que no terminó?
-Tuve la suerte de entrevistar a Demetrio Vallejo y a muchos ferrocarrileros que estuvieron presos en el negro Palacio de Lecumberri, que era la cárcel de entonces. Algunos huelguistas habían pertenecido al Partido Comunista, muy perseguido en México, que por cierto entre sus fundadores tuvo a un norteamericano (Bertram David Wolfe); otros pertenecían a partidos obreros y socialistas. Primero quise hacer una biografía, cuando Demetrio vivía. Yo le iba leyendo lo que había escrito, como una niña que está haciendo su tarea, y levantaba los ojos y veía que se estaba durmiendo. Entonces me dije que si
él se estaba durmiendo lo que había escrito era una porquería (risas). Y lo guardé desde 1959 hasta 2005, cuando decidí volver sobre el tema.
-¿Y qué la impulsó a reincidir?
-Los ricos siempre tienen amanuenses, tienen quienes escriban sus biografías, le pagan a un escritor más o menos bueno para que escriba sobre sus vidas. Pero sobre los héroes populares se escribe muy poco. Un día le pregunté a un estudiante si sabía quién era Demetrio Vallejo: "Ni idea", me contestó despectivamente. Entonces pensé que no era justo ni con Vallejo ni conmigo misma. Yo tenía dos chicos chiquitos y había ido muchas veces a la cárcel a entrevistarlo y pensé que no podía tirar por la borda todo ese esfuerzo. Aunque para escribir la novela no utilicé mucho del material de las entrevistas, sobre todo esas partes en donde Vallejo echaba muchos de esos discursos de la vieja izquierda que para mí son soporíferos. Decidí escribir una novela sobre el movimiento ferrocarrilero, pero inventando la
historia y los personajes con libertad.
-En su obra de ficción, pero también en los ensayos y crónicas periodísticas, aparece una preocupación de fondo: los problemas sociales de México. ¿Qué explicaciones encuentra a este interés sistemático?
-Haber escrito esta novela se lo debo a mi tarea como periodista. Le debo muchísimo al periodismo, yo meto mucho de lo que observo en las novelas porque todo pasa a través del tamiz de la mirada. A mí me interesan los problemas sociales quizá porque no nací en México, por el hecho de llegar aquí a los nueve años y de encontrarme con una realidad para mí totalmente nueva, habiendo vivido antes en París y en el sur de Francia. Vi cómo la gente no tenía las mínimas condiciones de vida -en París no tenía conciencia
de esta injusticia-, y esto me golpeó y me hizo entrar en una realidad que era desconocida para mí.
-¿En los años cincuenta había más esperanzas que ahora de que se pudieran revertir las injusticias sociales?
-Había una fe muy grande, pero también la hay ahora, por ejemplo en el plantón que hubo durante cincuenta días en el Palacio Nacional. Cuando se presentó el informe presidencial, el 1º de septiembre, había una manta enorme en el Zócalo que decía: "Manuel López Obrador, presidente legítimo".
El hecho de que la mitad de los mexicanos considere presidente a otro que no es el presidente habla mucho de la libertad de cada quien, de la libertad que ejerce cada individuo en México.
-¿Qué consecuencias tiene que el 50 por ciento de la ciudadanía considere ilegítimo al presidente Felipe Calderón?
-Hay una gran escisión en el país, una gran desesperación de la gente pobre, y una confrontación que puede sonar muy simplista, pero que es real, entre los empresarios, los ricos, la gente que usó su dinero para ganar las elecciones -porque las elecciones se ganaron por dinero- y la gente que tenía puesta toda su fe y esperanza en Andrés Manuel López Obrador, que sigue viajando por todo el país y ya ha visitado más de 700 municipios. La mitad de los mexicanos considera que López Obrador es su presidente, están a su lado, luchando con él, y esto jamás se había visto en el país. Nunca se han hecho tantos actos de reclamo a otro presidente, que supuestamente se dice legítimo. Nunca habíamos visto a una mujer como Ruth Zavaleta, presidenta de la Cámara de Diputados, que dice que no puede recibir el
informe del presidente de la República simplemente porque no lo considera presidente. Es una mujer joven que tiene una gallardía que no habíamos visto antes en la cámara. Seguramente, la tuvo Belisario Domínguez, pero le cortaron la lengua. Belisario Domínguez se paró frente a Victoriano Huerta y le dijo: "Usted está mintiendo". Estos gestos ennoblecen la política y le dan a México una gallardía que no ha tenido.
-¿Cómo es actualmente el sindicalismo mexicano?
-El sindicalismo fue cooptado por un líder viejo, Fidel Velázquez, que ya murió, y que tuvo a todos los obreros al servicio del gobierno. Era lo que se llama un sindicalismo blando, y casi todos los líderes sindicales se volvían senadores de la república, lo cual era una anomalía. ¿Qué diablos tenía que hacer un líder sindical en el Senado? Los muy limpios, como Demetrio Vallejo, se cuentan con los dedos de la mano.
Claro que Trinidad, el Vallejo que Poniatowska recrea libremente en la novela, está lejos de la perfección o el ideal, por más épica que haya sido la lucha de los ferrocarrileros y de sus mujeres, que paralizaron al país.
La semblanza del ferrocarrilero que traza la escritora en la novela dista de los cánones de la hagiografía. "Me gustan los seres imperfectos, no me interesa la vida de los santos", precisa. Y vuelve sobre el tema de los reportajes que le hizo a Vallejo en la cárcel y por qué usó tan poco de ese
material en la novela. "Vallejo me había dicho que no había tenido mucha vida sexual, lo cual no era verdad porque él era un chaparrito muy caliente, que se enamoraba muy fácilmente de las mujeres."
-¿Por qué esa izquierda tradicional era tan pudorosa?
-Bueno, había mucho miedo al sexo en los años cincuenta, pero también se decían cosas muy crueles, como que las mujeres comunistas confundían la palabra camaradería con la cama. Las mujeres de los luchadores políticos siempre tienen vidas muy sacrificadas y dolorosas.
-¿Algunas de las mujeres de la novela serían feministas sin saberlo?
-No, no creo. En México el feminismo tuvo un arribo muy, muy tardío. Hubo muchas mujeres ferrocarrileras, nada más que yo no tuve la suerte de encontrarme con ellas. Era una época de represión en la que las mujeres no decían con facilidad "soy ferrocarrilera", porque si hasta a los hombres se
los miraba con desconfianza, mucho más a las mujeres.
-¿Qué le aporta la mujer a la política?
-Bueno, ahora ustedes, en la Argentina, tienen la posibilidad de tener a una mujer en el poder, Cristina Kirchner, vamos a ver lo que ella aporta. Pero las mujeres en la política, en general hasta ahora, han seguido los patrones de conducta que dictan los hombres. No creo que Margaret Thatcher se haya
ocupado de las mujeres, creo que fue la canciller de hierro y que fue tan dura como podría haber sido cualquier hombre en el poder. Indira Gandhi y Golda Meir también, no fueron sus cualidades femeninas las que resaltaron.
-¿El poder "masculiniza"?
-No creo que el poder masculinice, simplemente hay unos cánones que las mujeres respetan. Al contrario, creo que las mujeres juegan mucho con su feminidad cuando llegan al poder. Hay que pensar en Eva Perón, sus pieles, sus joyas, sus peinados, su sonrisa... todo estaba hecho para seducir al pueblo, y lo sedujo y lo seducía. Y el pueblo la quería ver como una princesa de cuentos de hadas.
Suena el timbre de la casa y Poniatowska se sobresalta. "Uy, es la hora -dice-, seguro que es Jesu." Jesu es la actriz mexicana Jesusa Rodríguez, con quien viene trabajando muy cerca de López Obrador. "Tenemos una reunión", se excusa la escritora, pero ofrece los últimos cinco minutos de su tiempo, tironeada por sus ganas de seguir hablando y sus compromisos políticos. "Estoy organizando mis papeles porque no me quiero morir y dejarles a mis hijos todo este desorden", cuenta, y mira hacia las escaleras, hacia la planta alta de su casa, donde debe estar ese desorden que tanto la preocupa. "Quiero hacer una limpieza general y partir más ligera. Princeton me ha pedido mis archivos, también la Universidad de
Stanford, aunque creo que me voy a inclinar por Princeton. Y después me sentaré a escribir otra novela, de la que llevo unas sesenta páginas, pero hace mucho que no trabajo en ella, desde que empecé a colaborar con López Obrador."
-¿Qué significa para usted un tren? ¿Con qué imágenes lo asocia?
-Me da una sensación de poderío el hecho de subirme a un tren, además siento que el tren está hecho al ritmo de mi propio cuerpo. A los 21 años pensaba que iba a venir un señor bellísimo y que me iba a dar un beso en el tren, o que iba a ir al carro comedor y que alguien me iba a enamorar.
-¡Cuánto romanticismo!
-Es que había visto muchas películas románticas con trenes (risas). Me parecía maravilloso el mecimiento del tren, ver por la ventanilla las estaciones, las sombras pasar por las noches, las maletas. Todo lo que veía me parecía de una inmensa poesía. El tren tiene una poética personal que no la tiene el avión.

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/4-7719-2007-09-22.html

LA FICHA
Hélene Elizabeth Louise Amèlie Paula Dolores Poniatowska Amor es su nombre completo. Elena Poniatowska, que nació en París el 19 de mayo de 1932, llegó al mundo con un título de la nobleza polaca bajo el brazo, porque su padre, Jean Evremont Poniatowski Sperry, era heredero de la corona polaca, exiliado en Francia. El estallido de la Segunda Guerra Mundial hizo que su madre tomara una decisión que cambió sus vidas. Madre e hija partieron hacia México en 1942 mientas su padre luchaba con el ejército francés y participaba en el desembarco de Normandía. Sus amigos y maestros Octavio Paz -que la llamaba "La princesa rebelde"-, Juan Rulfo, Luis Buñuel y Carlos Fuentes, entre otras destacadas personalidades de la cultura, llegaron a pensar que la historia de México tendría menos sentido sin los textos de Poniatowska, que lleva publicados más de 35 libros de diversos géneros -traducidos al inglés, francés, italiano, alemán, polaco, danés, y holandés- en los que retrata crudamente la realidad de su país desde diferentes ángulos. Entre sus novelas se destacan Hasta no verte Jesús mío (1969), Querido Diego, te abraza Quiela, (1978), La flor de Lis (1988), Tinísima (1992) y La piel del cielo (2001). Entre los ensayos publicados cabe mencionar Todo empezó el domingo (1963), La noche de Tlaltelolco (1971), una crónica de la matanza estudiantil de 1968, que lleva sesenta ediciones y más de 400.000 ejemplares vendidos; y Fuerte es el silencio (1980). Ha recibido el Premio Nacional de Periodismo en 1979 (fue la primera mujer que recibió esta distinción) por sus entrevistas; el Premio Mazatlán de Literatura (1992), por Tinísima, y los más recientes, el Premio Alfaguara de Novela 2001, por La piel del cielo, y este año el Rómulo Gallegos por El tren pasa primero.

TEXTUAL
El Zócalo es el centro del país, su ombligo. Los altos ventanales del Palacio Nacional dan a la plaza más política del mundo porque desde abajo se lanzan consignas, peticiones, denuestos e insultos al presidente. Los muros de tezontle enrojecen a medida que sube el sol y la gente se dirige hacia la gran puerta como a un fogón. A Bárbara se le acelera el pulso al atravesar la plaza: "Estamos pisando a nuestros antepasados. Aquí abajo yacen abuelos y bisabuelos". Tiene razón. Bajo sus pies laten los vestigios de un mundo extraordinariamente vivo que algún día reclamará sus derechos. Los ojos fijos en el balcón presidencial, Bárbara revive el 15 de septiembre cuando el jefe de la Nación da el grito de independencia: ¡Viva México! También ella hace ondear la bandera así como Hidalgo levantó la imagen de la virgen de Guadalupe para encabezar la batalla. "¡Mexicanos, llegó nuestra hora! ¡Viva México, viva! ¡Vivaaaaa!"
Después de subir por las amplias escaleras del Palacio Nacional, cincuenta delegados de toda la República atravesaron destanteados varios salones imponentes por su altura. "¿Estos techos tan altos serán para que crezcan las ideas?", intentó bromear Trinidad. Hombres de traje y corbata gris, traje y corbata caqui, traje y corbata café permanecían de pie, las manos cruzadas frente a su vientre y fingían no verlos pero en realidad los observaban desconfiados. Al igual que el traje traían el alma uniformada, por eso eran ujieres y construían la única decoración de estos salones solemnemente huecos. Enfundados en overoles de mezclilla, muchos delegados no sabían qué hacer con sus manos y le daban vuelta a sus paliacates o a sus gorras ferrocarrileras. Nunca habían soñado con pisar Palacio Nacional,
mucho menos con ver al presidente y se sentían fuera de lugar, dispuestos a la humillación.

* Fragmento de El tren pasa primero (Alfaguara).
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/subnotas/7719-2558-2007-09-22.html

De Guatemala a Guatepeor
Si después de la conquista de España, Martí, Bolívar, Sucre hablaron de la necesidad de unirnos, las guerras fronterizas por salidas al mar o por territorios nos minaron. Ya no supimos querernos. ¿No eran aconsejables los tratados entre nosotros? Esas guerras nos minaron. ¿No éramos los mismos los que luchamos contra los españoles? ¿No era justo retomar el espíritu de Bolívar? Europa lo ha entendido muy bien y ha unificado sus fronteras, su moneda, que es muy fuerte. ¿Por qué no hacer lo mismo con nuestros países de América latina que comparten economía, costumbres, religión, gustos, el mismo rencor contra Estados Unidos, el mismo idioma? ¿Cuáles son los latidos del corazón que nos separan? En vez de ser una fuerza centrífuga, América latina es separatista, cada quien gira por su lado. Claro que para los europeos es más fácil desplazarse porque en América latina las distancias no sólo son infinitas sino azarosas. En México, por hambre, buscamos al país que nos dé de comer. Algún campesino mexicano exclamó: "Yo voy a mudarme a donde me vaya mejor, no a un país que esté tan fregado como el mío". En
México hemos acuñado la frase: "De Guatemala a Guatepeor".
(...) Hace más de 150 años, Alexander von Humboldt escribió que "en ningún lado existe una diferencia tan atemorizante en la distribución de la fortuna, civilización, cultivo de la tierra y población como en América latina", y por desgracia su frase sigue vigente. Sin embargo, América latina, México y Brasil viajamos en el mismo tren, un tren de muchos vagones que atraviesa paisajes fantásticos, paisajes a veces también desolados pero, si en el futuro nos tocan jefes de estación de la talla de Rómulo Gallegos,
podremos tener la seguridad de que vamos bien y de que nuestra locomotora de miles y miles de caballos llaneros avanza sobre durmientes sólidos y vamos montados en rieles de buen hierro rumbo a un destino que mucho tiene que ver con la esperanza.

* Fragmento del discurso de Elena Poniatowska el 2 de agosto pasado al recibir el Premio Rómulo Gallegos.
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/subnotas/7719-2559-2007-09-22.html

Sábado, 22 de Septiembre de 2007
Desde Buenos Aires*

*Por Rodrigo Fresán

UNO Años escribiendo Desde Barcelona -o Desde Nueva York o Desde México D.F. o Desde París o Desde Londres- y, de golpe y de repente, la extraña sensación (la sensación de algún modo "extranjera") de tipear Desde Buenos Aires . De "pensar" desde Buenos Aires por unos pocos días. El adentro como
afuera. Y -por supuesto, no podía ser de otro modo- durante esos pocos días no para de llover.

DOS Puede pensarse en las ciudades como en carcasas muertas y en nosotros como en los gusanos que la habitan y las consumen. Puede pensarse también que los zombis somos nosotros y que la ciudad es la que se nutre de nuestros cada vez más espaciados y difíciles de oír latidos. Quién sabe. Buenos Aires, en cualquier caso, siempre me pareció y vuelve a aparecerme ahora, después de tanto, una combinación de ambas posibilidades: un esqueleto vampiro. No sé si esto es bueno o malo, pero es lo que hay.

TRES Eso y -ya desde el avión de venida- la palabra boludo. El vocablo todoterreno y multiuso. Decir boludo como se respira. Insertar la palabra boludo dos o tres veces -inicio, centro y final- en toda oración. Boludo como partícula cariñosa de un temperamento nacional agresivo. Escucho en Ezeiza -recién aterrizado, todavía reponiéndome de los malos modales de las azafatas de Iberia, todas ellas formadas en la Academia Clint Eastwood de Simpatía y Buenos Modales- el siguiente y revelador diálogo: "¿Cómo estás, boludo?" "Genial. Qué bueno verte, boludo." Y después, Boludo y Boludo se
funden en un abrazo, llorando. Te lo juro, boludo.

CUATRO De regreso en la escena del crimen. Otra vez en el barrio. El Florida Garden ahora está abierto los domingos. Pregunto por qué y me contestan con una mezcla de amor y de odio: "Turistas". Es verdad, hay muchos. Y hay varios hoteles nuevos por la zona. En el mío hay muchos chilenos y muchos
brasileños y está concentrado Racing. Una cosa no cambiará nunca: los peinados de los futbolistas argentinos, petrificados por la laca del tiempo en algún lugar de los '70. Supongo que hay algo de aerodinámico en ellos.
Años de estudios y de pruebas para alcanzar esa perfección de alerón trasero flotando en el viento, gol.

CINCO Los tostados de jamón y queso. Varios. La perfección mítica de la carne de la que uno -en la distancia, tal vez por un mecanismo de defensa- desconfía y quiere creer exagerada, pero basta un mordisco para comprender que en esto, por una vez, los argentinos tienen razón: la mejor carne del
mundo y punto. El peligro -también- de regresar a un restaurante venerado en la memoria y pedir un platillo atesorado en el recuerdo y hundir la cuchara y llevársela a la boca y necesitar sentir una descarga proustiana y, en cambio, horas más tarde, en la profundidad de la noche, saberse perdidamente intoxicado y vomitar una y otra vez y una vez más. Y en la mañana, con el estómago vacío, sorbiendo un tecito con limón, recibir las inevitables interpretaciones psicoanalíticas. Que la conmoción del retorno, que el miedo emocionado a pisar las calles nuevamente, que a mí me rebota y a vos te explota, boludo.

SEIS Página/12 se mudó. Muy lindo el edificio nuevo. Y con vistas a una plaza. Propongo que se instaure un recreo para ir a jugar. Paso por el edificio viejo y ahí está: las persianas bajas y un cartel de alquiler donde se anuncia: Edificio a estrenar. Misterio boludo pero misterio al fin. La sensación de haber caído en una de esas dimensiones paralelas de Adolfo Bioy Casares o de Philip K. Dick. Porque si ése es un edificio a estrenar, entonces dónde cuernos pasé yo más de ocho años de mi vida, ¿eh?

SIETE El descubrimiento de que todo cambia menos la Plaza San Martín. En realidad cambió un poco y ahora aparece unida por una membrana peatonal a esa otra plaza, ahí enfrente. Buena idea. Aun así, bajo la lluvia que todo lo ecualiza, la Plaza San Martín vuelve a ser la misma de siempre, la de mi infancia, más en blanco y negro que en colores. La televisión, sin embargo, es una bofetada cromática. Un amigo de Barcelona que no ha vuelto a la Argentina en mucho tiempo me rogó, casi desesperado, que viera televisión y le contara "porque no puedo creer las cosas que me dicen que hay ahí". Vine y vi: a Tinelli con un abrigo de conde ruso pobre en el exilio aullando mientras unas tristes parejas patinaban y caían sobre hielo, a Cristina contemplando arrobada (plano y contraplano) a su marido dando un discurso, a
Charly García trompeado a la puerta de un local llamando a las armas, a los conductores de noticieros mechando las noticias con un "¡Qué barbaridad!", a muchísima gente que hacía muchísimo que no veía y que están ahí, en canales culturales, como prisioneros de la Zona Fantasma... y me vi a mí hace años,
diciendo que me iba. Todos con esa particular iluminación de estudio televisivo patrio, como irradiados por el estallido de una bomba atómica a apenas dos cuadras. Ahora, de vuelta pero por poco, un mediodía me encuentro con alguien que me dice "Haberme dicho que venías y te llevaba a la televisión". Descubro que la televisión -estar ahí- es lo que prueba y comprueba la existencia de una persona. La otra, parece, es tener un blog.
"¿Cómo no tenés un blog, boludo?", me preguntan.

OCHO Los amigos y la familia permanecen por encima de las veredas rotas y de la contaminación visual. Y confirmo algo que ya sabía: en Buenos Aires uno puede tener amigos que escriben pero no puede tener escritores amigos.

NUEVE Voy a Palermo, a muchos Palermos. Leo -en el Cceba, en un texto que es lo que me ha traído a Buenos Aires-- lo que sigue: "New York asimila para ser y nunca dejar de ser Nueva York; Buenos Aires muta para intentar, en vano, dejar de ser Buenos Aires. Ahí está la evidencia de los recientes múltiples Palermos (ya, de entrada, un nombre importado) fragmentándose con apellidos que apelan a otras regiones y a otros idiomas. No estuve en ellos.
Tal vez vaya. En realidad no hace falta. Tal vez me limite a fundar -en alguna contratapa de Página/12- un Palermo Bloomsbury, donde haya un bar llamado Literatura y Mercado y donde sólo se puede hablar exactamente de eso y al que no le guste y se resista, bueno, sea enviado prontamente a Palermo
Guantánamo".
Dicho y hecho. Misión cumplida.

DIEZ Domingo y sigue lloviendo y las valijas del regreso ya hechas y matando el tiempo en el hotel. En la tele dan La república perdida. La histeria de nuestra historia entendida como una carrera de postas, como un vaudeville loco. Después, al aeropuerto y esa mueca de la azafata de Iberia que intenta, en vano, ser una sonrisa pero no. Me pregunto si no habrá sido ella quien le pegó a Charly. Me pregunto tantas boludeces. Abajo, desde el aire, Buenos Aires parece tranquila y el boludo mapita en la pantalla del avión me informa que faltan miles de millas para volver a casa y poner todas estas
boludeces por escrito.

*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-91795-2007-09-22.html

*

Queridas amigas, queridos amigos:

El domingo 23 de septiembre del 2007 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música de la compositora mexicana Marcela Rodríguez. Las poesías que leeremos pertenecen a Estelia Soto Jourdan (Argentina) y la música de fondo será de Alma del Sur
(Andes). ¡Les deseamos una feliz audición!

ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!

REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com
Schießstattstr. 44 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067

*

Reescribiendo noticias. Una invitación permanente y abierta a rastrear noticias y reescribirlas en clave poética y literaria. Cuando menciono noticias, me refiero a aquellas que nos estrujan el corazón. Que nos parten el alma en pedacitos. A las que expresan mejor y más claramente la injusticia social. El mecanismo de participación es relativamente simple. Primero seleccionar la noticia con texto completo y fuente. (indispensable) y luego reescribirla literariamente en un texto -en lo posible- ultra breve (alrededor de 2000 caracteres).

Enviar los escritos al correo: inventivasocial( arroba)yahoo. com.ar

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