ATA UNA CINTA AMARILLA AL VIEJO VOTO
Vine hasta aquí*
Vine hasta aquí
para poder abrazarte y sentí
que ya tus brazos se niegan a ir
hacia los míos lentos.
Hoy vine hasta aquí
dejando atrás el sabor a ciudad,
y la amargura que intento cambiar
no sea mi alimento.
Y lo mejor que me pudo pasar en el viaje
fue mirar el paisaje y seguir,
fue mirar el paisaje y seguir...
Tan tonto fui,
aquella tarde me hiciste dudar,
trabaste mi alma con tu frialdad.
Amor siguiendo al viento.
Y el miedo a sufrir
hoy me congela en el rancho peor
si hace frío que venga el calor
yo no quiero estar viejo.
Y lo mejor que me pudo pasar en el viaje
fue mirar el paisaje y seguir, fue mirar el paisaje y seguir… (bis)
Y al volver
a mi querida ciudad contaré
a los amigos que un día dejé
esta aventura simple.
Voy a mentir
cuando les diga que ya superé,
que nunca hubo dolor en mi piel,
que nada tuyo existe, nena.
Y lo mejor que me pudo pasar en el viaje… (bis)
*del disco verde paisaje del infierno de LOS PIOJOS.
-Fuente: http://mundomanzana.blogspot.com/2006/05/vine-hasta-aqui.html
ATA UNA CINTA AMARILLA AL VIEJO VOTO...
Jueves, 25 de Octubre de 2007
DISTINTOS FINALES POSIBLES PARA UNA HISTORIA CONOCIDA
La cinta en el roble*
El análisis de una historia "que nos conmueve", la de la cinta amarilla en el viejo roble, conduce a un diálogo sobre la verdad, la ilusión y la responsabilidad, con un final levemente inquietante.
*Por Pedro Lipcovich
La historia, que nos conmueve, proviene de un libro de la década de 1950 sobre la reforma de las prisiones norteamericanas, pero este origen había sido olvidado cuando se difundió, en los '70, gracias a la canción "Ata una cinta amarilla al viejo roble". Dos desconocidos traban conversación en un tren; uno de ellos cuenta que, después de haber estado preso cinco años, vuelve a su casa. En ese tiempo no tuvo contacto con la familia: eran demasiado pobres para viajar y no tenían educación como para escribirle.
Antes de salir de la cárcel, él les escribió y les pidió, para cuando volviera, un signo: si estaban dispuestos a recibirlo, debían poner una cinta amarilla en el roble que estaba junto a la vía del tren. El, en caso de que la cinta no estuviera, seguiría en el tren y buscaría una nueva vida en otro lugar. Ya estaban cerca del pueblo natal, pero él no se atrevía a mirar: su interlocutor aceptó hacerlo para él. El convicto, en silencio, esperaba. Sintió la mano emocionada del otro apretar su brazo y escuchó:
"¡Todo el árbol está lleno de cintas amarillas!".
Conmueve la multiplicación de las cintas. Una sola se habría limitado a responder a la demanda del convicto; innumerables, le hacen un lugar en la familia, en la comunidad, en el Otro. A partir de los años '70, la cinta amarilla tomó presencia en la sociedad estadounidense. En 1975, Gail Magruder recibió con una cinta amarilla en el árbol del jardín a su esposo, Jeb Magruder, ex funcionario de la administración Nixon que había pasado meses en la cárcel por el caso Watergate. En 1979, la cinta expresó la esperanza de familiares de los norteamericanos retenidos en la embajada de su país en Irán; en 1990, acompañó a familiares de los soldados que luchaban en la Guerra del Golfo.
Pero en este último ejemplo: si la sociedad norteamericana tanto deseaba que volvieran sus muchachos, ¿por qué los había mandado al Golfo? En cuanto a Magruder, su prisión respondió a su participación en el hecho que marcó una contracara de la democracia norteamericana: espionaje ilegal, en el hotel
Watergate, sobre un partido opositor. La cinta, compartido signo de bienaventuranza, cierra fisuras en la unidad imaginaria de la sociedad.
Lo cual reenvía a los orígenes olvidados del relato, que surgió como apólogo redentor. La historia del prisionero que regresa fue registrada por primera vez en el libro Star Wormwood, del jurista Curtis Bok, que refiere que le fue narrada por el director de la penitenciaría Chino, en California. Ya en
la década de los '60, la narración circulaba entre grupos religiosos.
No sorprende que el primer narrador registrado sea el director de una cárcel, ya que la historia conviene a esa institución: sea cual fuere el crimen que cometió el convicto, la prisión ha sido eficaz; al salir, él ya no piensa en delinquir, sino sólo en ser nuevamente recibido por su familia.
La historia transcurre en el angustioso intervalo entre dos instituciones rectoras: la familia y la cárcel. Ambas emergen incuestionadas y toda la culpa recae sobre el sujeto que, sin atreverse a levantar la mirada, aguarda el signo del Otro.
El tren fantasma
Pero, diremos, ésos son problemas de la sociedad norteamericana: para nosotros sólo se trata de una bella historia que, porque somos sensibles, nos conmueve. Nos conmueve al recordarnos que el Otro puede hacernos un lugar, alguna vez nos hará ese lugar que, con nuestros torpes reclamos, hemos buscado. Cierto, esto tiene como condición que la historia permanezca en el nivel de la metáfora: porque, si efectivamente viniéramos de la cárcel, ¿no pudo nuestra familia visitarnos siquiera una vez? ¿No pudieron pedirle a alguien que escribiera una carta? No pudieron porque, si lo hubieran hecho, la emoción de las cintas amarillas no habría sido posible.
Así el apólogo funciona sobre la base de la exclusión efectiva del sujeto que, metafóricamente, pretende integrar.
En todo caso, si el apólogo nos conmueve es porque viajamos en el mismo tren que ese convicto. Estamos por llegar, siempre estamos por llegar a la curva en la vía. Nuestro transcurrir se tiende hacia un futuro al que nos liga una fe vacilante, apuntalada por historias como la del roble (se nos ofrecen
muchas; los noticieros les reservan un lugar). Y esto remite a la trayectoria religiosa del apólogo: el roble con sus cintas, como las ideas religiosas, se inscribe en el orden de las "ilusiones, realizaciones de los deseos más antiguos, intensos y apremiantes de la humanidad" (S. Freud, El porvenir de una ilusión). Pero tal vez hayamos renunciado a las religiones instituidas: ¿se nos negará el consuelo laico de un roble que ha vestido el amor? Hemos perdido a Dios: ¿nos arrancarán también el noticiero?
Ahora, ¿por qué una pura operación aritmética, la multiplicación de las cintas, logra conmover? Una cinta no, pero muchas sí, otorgan una experiencia que cabe llamar beatífica. En "La cabeza de Medusa", Sigmund Freud recuerda "la regla según la cual la multiplicación de los símbolos fálicos significa la castración", y esto quizá permita llegar hasta el final: la multiplicación de las cintas es beatífica porque nos libra de un horror: no hay nada en el roble. Y el convicto, aun el metafórico, debería saberlo, lo sabe en realidad, porque, si las metafóricas cintas fuesen veraces, la metafórica familia no se habría ausentado durante la metafórica reclusión. No hay nada en el roble porque el roble es el árbol de la
ilusión, sólo su desnudez es real, y la soledad del viajero ya no puede ser negada.
Sin embargo, el viajero tiene un acompañante, y corresponde referirse a esta función del texto. El interlocutor cumple una misión cardinal, ya que el convicto le delega la tarea de percibir el signo que decidirá su futuro.
Esto contribuye a nuestra identificación compasiva: el convicto es como un niño que ni siquiera estuviera en condiciones de registrar por sí mismo los signos del Otro. En realidad, el convicto sólo puede mirar la desnudez del roble por los ojos del otro, como Perseo pudo mirar a la Gorgona por el espejo de su escudo. Más allá de estas perspectivas, permanece el hecho de que hay una interlocución posible; la bienaventurada presencia de las cintas es imposible, pero dos desconocidos en un tren pueden trabar una relación que implique compromiso ético. Entonces, reconocer el vacío en el roble puede no desembocar en el cinismo.
Pero, a esta altura, hemos de reconocer que el interlocutor se encuentra ante un dilema: él (que, en el tren, vino leyendo este artículo en Página/12) ya sabe que las cintas amarillas son mero señuelo. Sabe que el convicto, a partir de su alborozado retorno al seno familiar, no hará más que repetir la misma historia que lo había llevado a la prisión. Es cierto, puede encogerse de hombros y limitarse a comunicar lo que vea. Sin embargo, ha aceptado que el convicto pusiera en él una confianza categórica: puede
desentenderse, pero también podría asumir a pleno el compromiso requerido.
¿Cómo honrar ese compromiso?, se pregunta el interlocutor. Describir fielmente una realidad engañosa, ¿no es engañar? Podría intentar explicarle al convicto que sí, que hay una cinta y hay muchas pero que no haga caso porque en verdad..., pero eso sólo serviría para tranquilizar su propia conciencia: ante la pregnancia de las cintas amarillas, el convicto saldría volando hacia el pasado. Entonces, ¿cómo responder? Si el interlocutor deja de lado la compasión y el prejuicio, si reconoce en el convicto a un
semejante, a un sujeto responsable, ¿no se ubica el pedido del convicto en el mismo plano que el de Ulises a sus hombres, cuando pidió que lo ataran para no sucumbir a la fascinación de las sirenas?
El interlocutor por la ventanilla ve el árbol cubierto de cintas, y da su informe:
-No hay nada.
El convicto hunde la cara entre las manos.
Y nosotros nos indignamos. El interlocutor, sentimos, ha hecho algo horrible. Quizá no supo tomar en cuenta los tiempos propios del convicto, las experiencias traumáticas que éste atravesó sin duda y que lo dejaron incapaz aun de mirar por la ventanilla. Además, y sobre todo, ¿no estaban ahí, las cintas? El hecho de que, en otro plano, encubran un vacío no niega su presencia en un nivel que también es importante, porque da testimonio de la mano amorosa que las puso, una por una, en el roble.
Y sentimos que también para nosotros esas cintas amarillas merecen ser preservadas. Aunque nuestra experiencia y nuestra estructura psíquica sean bien distintas de las del convicto, la emoción que nos suscitan nos hermana y nos da fuerzas para luchar por la verdad.
Entretanto, en el tren, el convicto y el interlocutor, incómodos los dos, se rehúyen. El interlocutor prefiere retirarse a otro vagón. Se estrechan la mano sin efusiones. No volverán a verse. El convicto, solo, mientras mira por la ventanilla, se pregunta a dónde ir. Por primera vez, se sabe libre.
* www.escritosdeinterpretacion.blogspot.com
*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-93459-2007-10-25.html
No es un cuento chino y está borrando los logros*
El alza de precios y las polémicas que generan los indicadores oficiales son los aspectos más visibles de una trama más compleja, en la que están en cuestión las realizaciones, limitaciones y desafíos del actual modelo económico.
*Por Alfonso Prat-Gay
Nos dijeron que con superávit fiscal no puede haber inflación. Nos dijeron que con muchas reservas en el Banco Central no puede haber inflación. Nos dijeron: "el índice de precios del INDEC está perfecto" y agregaron "en la Argentina no hay inflación". Claro, también nos dijeron que nos ahorramos US$ 67.000 millones con la quita "más grande de la historia", que todos los inquilinos iban a ser propietarios, que las papeleras se iban a mudar, que los ahorros de Santa Cruz se iban a repatriar y que un aporte de US$ 20.000 millones de China nos iba a cambiar la vida a todos los argentinos.
China y la deuda externa están demasiado lejos de la cotidianeidad de los ciudadanos. ¿Quién recuerda si estos cuentos fueron chinos o no? La inflación, en cambio, está presente en el día a día de todos. Y la inflación no es un cuento chino ni un invento de la oposición. Existe en todos los puntos del país, se acelera peligrosamente, y borra con el codo los beneficios sociales que el crecimiento escribe con la mano.
Las estadísticas oficiales -sí, oficiales- indican que el costo de vida se encareció un 25% promedio en los últimos 12 meses en las provincias que aún hacen estas mediciones en forma independiente. Si tomamos como referencia el costo de vida y la canasta alimentaria del interior, vemos que el salario
real cayó y la pobreza subió durante el último año. La intervención del INDEC equivale a una zona liberada para los empresarios y la mano en el bolsillo de los asalariados.
Al recalentar la economía a través de políticas monetarias y fiscales innecesariamente expansivas, cada empleo nuevo viene acompañado de una caída en el poder adquisitivo de los que ya tenían un trabajo. Es un juego de suma cero en el que cada vez menos ganan y más pierden, a diferencia de los primeros años de la expansión en los que era posible crecer al 9% sin inflación.
La distribución del ingreso es hoy tan regresiva como a fines de 2001. El 10% más afortunado de la población se queda con un pedazo de la torta que es 28 veces más grande que el que le toca al 10% menos afortunado. La pobreza aún duplica los valores mínimos de los años 90, previos a la recesión de
1998-2002, y quintuplica los vigentes tres décadas atrás. La primera moraleja de esta lectura de las variables sociales es que sólo con el crecimiento no alcanza. Así como no hubo derrame en los 90, tampoco hay derrame hoy. Para que la creciente torta se distribuya mejor y los beneficios de este momento internacional lleguen a todos los argentinos y a todas las jurisdicciones es necesario aplicar políticas redistributivas, como el Ingreso Ciudadano para la Niñez, un esquema tributario progresivo,
con menos énfasis en los impuestos al consumo o a las pymes y más énfasis en los impuestos directos y además un esquema de coparticipación federal más justo y menos prebendario.
La segunda moraleja es que los pobres participan relativamente menos de los ciclos de euforia y sufren mucho más los momentos de depresión económica. En esa volatilidad reside el deterioro social de las últimas décadas. Las crisis siempre dejan la pobreza más alta y la distribución del ingreso más desigual que al inicio del boom. En otras palabras, hay algo estructuralmente regresivo en la irresistible tentación argentina de abrazarse a la euforia.
La inflación actual tiene orígenes muy distintos a la del pasado, pero no deja de ser el síntoma más claro de que estamos desviando el camino. Con inflación superior al 20% no hay crédito a largo plazo, no hay
competitividad de nuestra industria, no hay justicia social ni hay desarrollo. La primera tarea del próximo gobierno es garantizarle a la población que la estabilidad de precios es una política de Estado y comprometerse, a través de políticas monetarias, fiscales y de ingresos, a que la inflación deje de ser una preocupación cotidiana. Para que no pasemos una vez más de la euforia a la recesión.
¿De qué nos sirve ignorar las lecciones de la historia e insistir en políticas que benefician a pocos a expensas de una gran mayoría cuando la realidad vuelve a imponerse? ¿No es hora de decir la verdad y aprovechar un panorama internacional que nos es propicio por primera vez en 100 años? ¿O es que ya no creemos en el sueño de una Nación justa y sin excluidos, federal, social y económicamente integrada y desarrollada?
Es hora de dejar de lado la propaganda y trabajar en serio por los 10 millones de argentinos que tienen que optar diariamente entre el hambre y la dignidad.
*Fuente: Clarín
http://www.clarin.com/diario/2007/10/25/opinion/o-02901.htm
Otros veranos*
*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar
Si arrimo una leñita seca -una sola- al rescoldo, más guarecido del recuerdo, saltarán las chispas en el temblor del más remoto pasado.
Solas eran las tardes cuando el verano arreciaba, entre inclemencias solares sobre el hervor de la siesta. Cuises, lagartijas y mariposas apenas se atrevían en el diciembre que restallaba en los ojos.
Una pandilla de niños cazadores tal vez cruzara la intemperie brillante, llena de polvosos caminos, de cardos arrebatados de espinas y flores violáceas.
¿Adónde iban con sus pantalones a puro remiendo, con cabecitas rapadas, con piernas que maltrataban espinas y yuyos voraces?
A persistir otra vez pese a las amenazas paternas por los callejones donde crecían las moras silvestres, la segura iniquidad del carancho y la descuidada actitud de los pájaros que posaban sus patitas bastante inseguras en la quietud del alambre de púas. Allí eran presa de los salvajes hondazos.
Allí se les interrumpía la contemplación venturosa del alfalfar que bordeaba un millar multicolor de mariposas y abejas. El alfalfar con su flor blanquecina, exhalando ese remanso de verde y frescura.
¡Y qué placer era acostarse entre sus tallos verdosos y mirar ese cielo de lata lavada!
O tal vez enfilaran hacia los cañadones más hondos, buscando ese confiado bagrecito barroso. Allí el feliz chapoteo entre juncales altísimos, y allí con el ruido espantar la fauna numerosa y acuática,
Esos cañadones con cigüeñas y garzas; con patos usando el resquemor en sus plumas que se confundían con el color de los pastos.
Los cañadones salpicados por el grito alentador y alterador de los teros.
Menudearían además los más diversos graznidos de las aves de rapiña desconfiando y volando con vuelos rasantes.
Tal vez pasara un jinete a lo lejos.
O un ronquido pitara y fuera el tren de la tarde, mientras en el campo arado revolotearan los pañuelos seguros de las albas gaviotas.
Tal vez croaran las ranas y se terminara la tarde y el sol tirara su pus macilento sobre los cañadones vacíos de adioses.
A lo mejor a alguno de esa pandilla se le ocurriera subirse al puente de negros durmientes para poder ver mejor aproximarse el tren pachorriento, y otros lo imitaran. Ese tren que sin dudar cortaría el resto de la tarde en pedazos, dándole un toque final a la excursión, e invitaría al prudente regreso.
Si había hambre, ya de regreso, tal vez alguna fruta robada mitigara un momento el ansia de estar bajo el ceibo paterno, con un tazón irremediable y humeante de mate cocido y un crocante, esponjoso pedazo de blanca galleta.
Habrá que reponer tanta energía después de la caminata, la tensión de la caza o la poca edad que todo alimento devora, porque mañana se repetirá con la misma pasión y el mismo gusto esa travesía por campos y verano con polvo.
Eso, claro está, mientras se extienda el ancho y glorioso verano, con su libertad casi tan alta como ese cielo intocable que desde lo alto los acompaña hasta llegar a la protección de las casas.
*Fuente: Rosario-12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-10786-2007-10-23.html
Y 15 años después*
EL ARCA
Del sur sigue andando
Nos encontraremos para celebrar un nuevo aniversario de la revista.
Será este viernes 26 de octubre a las 21 hs.
En el centro Cultural La Urdimbre.
San Jerónimo 2523. Santa Fe.
Ahí veremos el estreno del cortometraje sobre la travesía de El Arca Del Sur
realizado por Guillermo Pablo Marotte, Mónica Russomanno y Rodolfo Alberto Gómez.
Sobre un guión de Mónica Russomanno.
Brindaremos por el camino transitado desde octubre del 92...
Y por lo que vendrá, que no es poco.
La entrada libre y gratuita.
( El Centro Cultural La urdimbre cuenta con un servicio de bufet)
* elarcadelsur@gigared.com
*
Queridas amigas, queridos amigos:
Este domingo 21 de octubre del 2007 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, tango argentino interpretado por el grupo Encuentros (Argentina) bajo la dirección de Alicia Terzian. Las poesías que leeremos pertenecen a Martha Gantier Balderrama (Bolivia) y la música de fondo será de Surazo (Andes). ¡Les deseamos una feliz audición!
ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!
REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!
YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
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del.icio.us
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NANY | 15-03-2008 - 03:00:27 GMT 1 #
che loko aguante el porve el capo del sur.... grana la concha de tu madre... arse puto.... aguante el porve... grana yo nos bamo a ver 4 cuategorias faltan eee... asi que cuidate..... yo EL NEGRITO
yo el negrito | 09-11-2008 - 01:12:46 GMT 1 #