EL PLANETA DE LOS SIMIOS...
EL PLANETA DE LOS SIMIOS...
Correo Argentino*
El rengo se pone una de las zapatillas Nike, después la otra, se arremanga los pantalones Adidas hasta la altura de las rodillas, se estira sobre la cama y agarra la remera de San Miguel de un bulto de ropa que está amontonada en la otra punta. Abre el ropero, saca la gorra blanca de Chevrolet, se la calza con
la visera mirando para atrás, se mira en el espejo de la puerta, besa el rosario que le cuelga del pecho y sale de la pieza dando un portazo. Va hasta la habitación de la madre, asoma la cabeza por la puerta y le dice que sale, que no sabe a qué hora vuelve.
Sentado en el suelo, con la espalda contra la pared de la casa de al lado, el flaco Bilos -en el barrio lo bautizaron así por su parecido físico con el jugador de Boca-, lo espera con una caja de vino en la mano.
- ¿Todo bien? - el flaco levanta la cabeza, mira de costado.
- Ahí estamos.
Bilos tiene las patas largas estiradas sobre el cemento, las zapatillas rozando un charco de agua sucia, la cara tostándose al sol, unas gafas negras cubriéndole los ojos:
- ¿Dormiste algo? -pregunta. Levanta del suelo una piedrita, le apunta a una latita, le tira, acierta: pin.
- Muy poco - el rengo mira para los costados, se muerde los labios.
- El lugar no cambió, ¿no?, atrás del Correo.
El rengo asiente con la cabeza y estira el brazo para que Bilos le pase el vino.
Son las doce del mediodía, hace calor y la humedad atrajo muchos mosquitos. En la cuadra hay mucho movimiento: los paraguayos de la esquina levantan la pared del segundo piso de su casa, colgados, a los gritos, en cuero, cinco o seis guachitos corren detrás e una pelota, se empujan, se caen, gritan, pasa un
chango en bicicleta, una mano en el manubrio y la otra sosteniendo una chapa de aluminio, suenan dos o tres radios a todo volumen.
- El Mono ese no será tan puto de no venir, ¿no? - dice Bilos. Flexiona las piernas y pone los brazos sobre las rodillas. Su cabeza reposa contra la pared, los ojos cerrados.
- Sino viene lo voy a buscar a la casa -dice el rengo. Se palpa los bolsillos del jogging: saca un encendedor: - Convidáme un cigarro - dice, y se mata un mosquito que tiene en el tobillo derecho.
Bilos apoya un brazo en el suelo y se para. Mete la mano en el bolsillo de atrás del jean y saca un Philips Morris 10 todo aplastado. Saca un cigarro de la cajita, lo arregla un poco con los dedos y se lo pasa. El rengo se lo pone en la boca y lo prende.
- ¿Vamos?
- Vamos.
La calle de tierra es un barrial porque ayer, sábado, llovió todo el día. La pelota de los chicos cae sobre un charco y el plaf del agua y los barritos saltando para los cuatro costados hace que se caguen de la risa. Tres o cuatroárboles, por lado de la calle, dan un poco de sombra. Casi todas las casas de la
cuadra tienen las puertas abiertas para que corra el aire fresco.
Bilos camina a la derecha del rengo, a paso lento, trancadas largas, anunciadas, sortea el barro con cuidado. El rengo no le presta tanta atención al agua, y al pisar con la pierna defectuosa, un poco más corta que la otra, se le levanta unos veinte centímetros la cadera. Se le tuerce el cuerpo como si adentro
tuviese una prensa hidráulica que le empuja la cintura hacia arriba. Sin embargo, mantiene un ritmo, una constancia. Cualquiera que lo ve venir, y no lo conoce, apostaría plata a que no aguanta más de cien metros sin que el lisiado tenga que parar para recuperar energía. Falso. Le sobra energía al rengo, como
dijo un vecino una noche, fibra de la mejor, un tipo que antes de que la policía le pusiese esos dos corchazos que lo marcarían de por vida, ya se había ganado el respeto de todo el barrio, los decentes y los no tanto. Amigos de verdad tiene dos o tres, el resto se le acerca por conveniencia, o miedo. Y si hay algo que lo pone de la cabeza al rengo es que le tengan lástima o compasión.
- Me llamaron los pibes del cyber. Tipo doce y media van a andar por allá -Bilos tira el cuello para atrás y toma un trago de la caja de vino.
El rengo pita su cigarro. Tiene la camiseta de San Miguel colgada en uno de los hombros. Camina en silencio, mirando para adelante: es flaco, fibroso, de piel oscura, los ojos chiquitos y negros. En los brazos tiene tatuajes tumberos, usa el pelo largo, lacio, y lo lleva atado con una gomita verde y blanca. El rosario le tambalea para los costados y cada dos por tres lo agarra y se lo lleva a la boca.
Llegan a la esquina, saludan a los paraguayos, y doblan a la derecha. Un Renault 12 destartalado pasa por la calle, se hunde en los pozos, le saca espuma marrón al agua, parece que se desarma.
-Tony, locuuuuura... -dice, canta, festeja, gesticula, uno que pasa por enfrente, le levanta el brazo, le sonríe.
- Negrito... -saluda el rengo, y le da una de las últimas pitadas al cigarrillo: está fumando el filtro.
Bilos desprende de un tirón una ramita con dos o tres hojas que cuelga de un árbol:
- ¿Cómo te sentís, loco? -pregunta el flaco.
- Para atrás - el rengo toma un trago de vino -, estoy comiendo mal y me duele la cabeza hace una semana.
- ¿No querés que lo dejemos para otro día?
- Lo voy a matar al cobani ese - el rengo apoya una mano en el tronco lleno de cal de un árbol, da un saltito en una pata, evita el charco de barro, y sigue.
El flaco traspone el obstáculo de un salto. Le suena el celular: Hola, si, asiente con la cabeza, corta:
- Ya están allá.
Bilos mata de un manotazo un mosquito que le chupa la sangre del brazo, se distrae y mete la pata en un charco: la concha de su madre. Se limpia la zapatilla con un diario sucio, la mano la pasa por el pasto.
Algunos metros más adelante, de la mano de enfrente, la persiana levantada, varios almanaques en las paredes del local, un par de autos estacionados de cola, al fondo un baldío lleno de chatarras. Sobre la tierra, entre algunos bordes de pasto quemado, en la puerta del taller del Colorado, hay un Chevrolet
400 de color anaranjado con el capó abierto. Los pibes le dan la vuelta a un charco y cruzan. El Colo deja una llave francesa sobre el motor:
- ¿Que haces, Tony? - le da un beso. También a Bilos - ¿todo bien?
El rengo espanta, con la remera de San Miguel, una pequeña nube de mosquitos, bzzz, bzzz.
- Todo tranquilo - dice, y le ofrece la caja de vino.
El Colo dice que no con la mano. Está engrasado de pies a cabeza, los zapatos llenos de barro, un pucho en la boca, los dientes amarrillos:
- Yo a punto de terminar con esta bestia - y apunta la pera hacia el chivo.
- Que fierro, loco -Bilos se agacha, hace una carpa con las manos, mira por la ventana.
- Es del hijo del Tano. Lo pegó la semana pasada por el diario - el Colo le pega una pitada al cigarro y lo tira a un charco -, increíble, ¿no?
- Yo algún día voy a pegar un Torino - Bilos tiene la ramita en la boca, sonríe.
- Y me lo traes a mí para que te lo deje a punto, papá - dice, convencido, el Colo.
Pasan al trote dos perros: el primero largo, flaco, sarnoso, y el segundo más petacón, con las orejas muy largas, y un pedazo de carne viva en el lomo. El largo lleva una cotorra en la boca: un pequeño trofeo de plumas verdes.
- Vamos -ordena el rengo, y le golpea el brazo a Bilos.
- Aguanta un toque, loco -se queja el Colo, los brazos abiertos, la mirada amistosa.
- Nos vemos después - el rengo le da un beso al Colo, adelanta la pierna izquierda, tuerce el cuerpo y sale.
- Nos vemos, Colo.
El flaco descarta la ramita que llevaba en la boca, toma un último trago de vino y la caja termina sobre un montículo de basura de la que sale una columna de humo de color carbón: el fueguito, casi extinguido, expande el olor a podrido.
Suben al senderito que hay al costado de la calle y enfilan para la esquina.
Pasan corriendo, a los gritos, en cuero, los pibes de la pelota: barro en el pelo, la espalda, la parte de atrás de los pantaloncitos, los gemelos, las zapatillas.
- ¿Cómo anda tu vieja? - pregunta el flaco.
- Mal, loco, ya ni se levanta de la cama - el rengo se cambia de lado la camiseta y se la cuelga del otro hombro. Se lleva el rosario a la boca. Mira para adelante: - no quiere más la hija de puta - lamenta.
- Si necesitas algo, avisame - dice el flaco, a los pocos segundos. Le busca el perfil a su amigo, el otro camina con la mirada sostenida en el frente.
Llegan a la esquina, doblan a la izquierda. La calle es asfaltada, tiene un montón de líneas de alquitrán que serpentean de lado a lado. El edificio del Correo Argentino está dos cuadras más adelante. El cielo celeste, al fondo, está lleno de nubes blancas que parecen montañas, o la cordillera entera, muy grandes, condensadas. Unos pibes que están tomando cerveza en la puerta del almacén de los Peralta, dejan de reírse de lo que se estaban riendo hasta hacía dos segundos.
- Aguante, Tony -le dice uno, y levanta la botella de cerveza en el aire.
El Tony saluda con la mano. Renguea, camina a paso firme, la cabeza levantada, el rosario en la boca.
A la altura de las puertas de las casas, cada cinco, diez metros, dentro de los cestos de madera, sobre el pasto, contra el cordón, hay bolsas de basura de todos los colores. Los mosquitos revolotean alrededor de las pocas mandarinas que cuelgan de los tres o cuatro arbustos que tiene la cuadra. Hay tres autos
estacionados y los rayos del sol rebotan contra los limpiaparabrisas.
- Ayer salí con la Marcela -el flaco Bilos estira sus brazos, tuerce el cuello para un lado y para el otro.
- ¿Bien? -el rengo tiene la mirada fija en el Correo.
- Si, una grosa la pendeja.
- Cuidála, loco -ahora si le busca la mirada al flaco: - haceme caso, loco, si te gusta cuidála.
El Correo Argentino está cerrado. El vigilador privado pasea por afuera de la garita: camina unos metros para allá, se da vuelta, y vuelve: las manos detrás de la cintura, pantalón celeste opaco y camisa blanca, corbata y gorra negra, el bastón colgado del cinto, la estrella dorada del sheriff en la solapa de la camisa.
El edificio es enorme, marrón claro, de dos pisos, ventanales azulados, la ancha entrada para los camiones, del otro lado el patio central, vacío, soleado. Sobre las rejas negras de hierro fundido de más de dos metros de altura que separan el edificio de la calle hay posados algunos jilgueros y loritos: pio, pio. Un tipo camina con una nena de la mano por el medio de la calle vacía. A lo lejos se ve un colectivo, la mancha de humo negro del caño de escape.
Costean el edificio, más ventanales espejados, más rejas, ellos no hablan, un vecino mira desde una ventana, la cortina entreabierta.
Detrás del Correo está la canchita de fútbol: piso de tierra, lagunas de agua en las áreas y en el medio campo, arcos de madera, varios álamos de gran porte alineados al fondo. Hay un grupo de gente al costado: todos se dan vuelta ni bien uno pega el aviso con un chiflido.
El Tony le da la mano a los pibes del cyber, uno por uno, en fila, como si fuese un jugador de fútbol saludando a los contrarios: plap, plap. Bilos va atrás suyo, lo imita. Un par de personas que están sentados sobre un tronco viejo, se levantan, se acercan con las manos en los bolsillos, la mirada desentendida.
Varios fuman, toman cerveza, hay olor a marihuana y varias camisetas de diferentes clubes. Se escucha una risa, dispersa, solitaria, pero no mucho más.
Silencio.
El Mono es grandote, algo pasado de peso. Tiene la piel blanca, el pelo oscuro, enrulado, barba candado. Quiere disimularlo pero no lo logra: le tiembla el labio inferior de la boca. El padre del Mono, un flaco al que le baila la ropa, de pelo cortito, morocho, bigote, la mirada de quien está acostumbrado a manejar
situaciones, labios muy finitos, manos grandotas, con una remera lisa metida dentro del jean, pone las pautas:
- Esto es simple, muchachos -mira a uno, después al otro-: se dan hasta que uno de los dos tire la toalla. Lo único que no está permitido es morderse o pegarse en los huevos.
El círculo se cierra, son unos diez metros a la redonda. El sol está clavado en el medio del cielo color celeste verano y la luz rebota contra los espejos de agua de la canchita. Se levanta una pequeña brisa caliente, los brazos de los álamos del fondo revolotean.
- Permitíme, Tony -dice el padre del Mono: se agacha, lo palpa de armas. El Tony pone la vista por encima de las copas de los árboles: una avioneta deja una pincelada de trazo fino, brumosa, en lo alto del cielo.
El flaco Bilos, ni bien el padre del Mono termina con su amigo, lo imita, y se agacha frente al Mono: lo revisa. Termina, da dos pasos y se agacha frente al padre:
- ¿Qué hacés, atrevido? -el padre del Mono se aleja uno o dos pasos, cierra los puños.
- Vos más que nadie podes estar enfierrado, hermano, no tenés puesto el uniforme pero te conocemos todos - se le planta Bilos: son igual de altos. El padre ve sus propios ojos espejados en las gafas negras del flaco.
Un canoso, cuarentón, petiso, da un paso para adelante, y con un gesto mediador en la cara le agarra el brazo al padre del Mono y lo convence: sin dejar de mirar los ojos del flaco Bilos, el padre del Mono se afloja y abre los brazos.
El canoso vuelve a su lugar. El flaco se agacha -no le saca la vista en encima-, le palpa las piernas -se incorpora un poco-, la cintura -casi del todo-, debajo de los sobacos -del todo-, la nuca.
- ¿Ya está? -el padre del Mono abre los brazos, los ojos bien abiertos, sin pestañear.
Bilos concede con un gesto irónico, burlón, la pera estirada, los brazos abiertos, y vuelve a su lugar.
En la esquina, una camioneta de la Bonaerense avanza silenciosa: da una pequeña vuelta y estaciona de culata sobre un montículo de tierra. Los dos agentes se quedan sentados en sus lugares, la nuca contra el apoya cabezas, uno con la vista puesta en la canchita, el otro en la revista Hombres que abrió sobre el
volante.
Bilos le agarra el brazo al Tony:
- Si se complica salto, Tony ... -la boca pegada a la oreja, la vista puesta en el Mono.
- Si se me complica cobro, no va a ser la primera vez -el rengo se pone la remera de San Miguel, se ata el pelo, le da dos o tres vueltas a la gomita verde y blanca -, vos ponéte pillo: que no salte nadie.
El Mono está estacado al suelo. No se le mueve un solo músculo. El padre le pega con la mano abierta en la nuca, le dice que se despierte, que salga a matar, que se coma crudo al rengo.
El Tony se pone en guardia, mueve los hombros, se adelanta uno o dos pasos en dirección al Mono. El Mono tiene la guardia baja, los puños cerrados, la boca fruncida. El Tony avanza, renguea, mete la cabeza entre los brazos, los dos ojitos de alquitrán concentrados. El Mono avanza, tímido, y tira una patada desordenada, anunciada, de iniciado. El rengo la esquiva y le agarra la pata en el aire: "¡bien, nene!", grita uno, la remera amarilla de la selección de Brasil. El rengo le sostiene la pata en el aire unos segundos, lo obliga a dar saltitos con la pierna de apoyo: lo va a hacer caer. El rengo da un paso, se le
levanta la cadera, la mano aprieta el pantalón del Mono, toma impulso con el otro brazo y le pone una mano en el medio de la jeta. El Mono se cubre como puede pero antes de que pueda pestañar se come dos manos más, cortitas, certeras. Caen al suelo. Los pibes del cyber se corren un metro para atrás:
"Rompelo todo, Tony", le grita uno, la remera de Boca agachado, un pucho en la boca, "dale para que tenga y para que guarde". El padre del Mono, la cara tensa, los dientes apretados, le dice algo al oído al canoso que no se mueve de su lado, se mete las manos dentro de los bolsillos, las saca, las cierra, las abre: "paráte, nene, zafá del suelo", le grita, avanzando. El Mono está boca abajo contra la tierra mojada, come barro, se cubre la cabeza. El Tony se para y le patea las costillas con su pierna sana, una, dos veces. El otro intenta frenar los golpes con los brazos.
"Levantate, vigilante", dice el Tony, y camina de espaldas hacia el medio del ring, la respiración controlada. El Mono se levanta. Tiene la boca partida, el chocolate se le desliza desde los labios y cae al suelo, tiene los ojos llorosos: furia y miedo. "Dale, nene, ¡¿cómo puede ser que te faje un rengo?!", el padre enloquece en cualquier momento. El rengo levanta la guardia, le dice vení, ayer te hacías el valiente, vení ahora, cobani. El Mono sale disparado como un toro y le tira todo el acoplado encima. El rengo no llega a hacerse a un costado y termina abajo de un gorila enceguecido, que grita, que tira trompadas con los ojos cerrados, al que le caen de la boca hilos de baba y sangre. El círculo se dispersa, los chicos y grandes se amontonan, unos les impiden el paso a los otros con los brazos, miradas amenazantes. El rengo se cubre como puede y aguanta la embestida durante casi un minuto. El flaco Bilos se acerca agachado, se mueve como un cangrejo, sigiloso, se queda cerca, y el padre del Mono no le
pierde el rastro ni un segundo: "¡Matálo, Mono, matálo!". Cuando el Mono se afloja un segundo para tomar aire, el Tony, una víbora escurridiza, del monte, del barrio, ágil, elástica, pendenciera, zafa de los ochenta kilos que tiene encima y desde el suelo, sin haberse parado, le encaja una patada con la suela
de la Nike de su pierna sana en la cabeza. El Mono se pone de rodillas, tambalea, tonto, los ojos en blanco, y antes de que pueda despabilarse lo tiene al Tony colgado del cuello, haciéndolo caer, boca arriba, la nuca contra el barro, la mano aplastándole la nariz. El Mono se defiende con los brazos, se
quiere sacar al enemigo de encima. El rengo se le acomoda encima del pecho, le pisa uno de los brazos con la pierna defectuosa, lo mide y le pone una ñapi, de frente, de arriba hacia abajo, que le rompe la nariz: el chocolate salta para todos lados y el grito de dolor del Mono le arruga la cara a varios de los
pibes. El Mono le pide que pare, grita, llora, implora: compasión. El Tony le desfigura la cara: pum, pam, pim, cada vez más preciso, y convencido.
El canoso saca de la parte de atrás de la cintura una 9 milímetros y la pone en la mano del padre del Mono. Casi nadie se percata de la jugada. Sólo Bilos. El padre del Mono avanza hacia el Tony, el fierro pegado a la pierna. Están todos a los gritos, en cualquier momento se arma la guerra.
- ¡¿Qué hacés, loco?! -grita Bilos, interrumpiendo la escena, largo, desencajado.
Uno de los pibes del cyber se agacha y, de abajo del pantalón, a la altura del tobillo, saca un fierro. Se pone de pie, da dos pasos y apunta.
- ¡Qué hago qué, la concha de tu madre! - ¡plum!
Después de la primera estampida suenan cuatro o cinco corchazos más, secos, potentes, descontrolados: una bandada de pájaros sale disparada desde las ramas de los álamos; los pibes también, los grandes, todos, unos para allá, otros para el otro lado, algunos se tiran al piso, se cubren la cabeza.
Los dos policías bajan de la camioneta, corren, trastabillan, casi se caen, una mano sobre la gorra, desenfundan, gritan alto, apuntan para todos lados. El polvo de la cancha flota en el aire, los mosquitos también, los charcos de agua inquietos, hay varios cuerpos tirados en el piso, sangre, quejas de dolor.
Uno de los dos policías mira la escena pero sigue corriendo: va atrás de un hombre canoso que en la huida tira un fierro atrás de unos yuyos, entre unos arbustos. El otro policía frena, no sabe por quien empezar, está agitado. Se agacha y revisa los cuerpos, chequea que ninguno esté armado, toca a uno,
después a otro, les pone dos dedos en la yugular, mira para los cuatro costados: los árboles, la calle, el edificio del Correo. Por handy, dice:
- Atención Comando: enfrentamiento armado en riña en la vía pública. Dos masculinos muertos, dos heridos, uno de ellos grave.
Uno de los que están tirados a su costado levanta la cabeza: tiene un tiro en el estómago, la remera de San Miguel completamente llena de sangre, la gorra de Chevrolet en la mano, un rosario en la boca.
- Atrás del Correo Argentino, comando, envíen dos ambulancias de manera urgente: repito, de manera urgente.
*de Mariano Abrevaya Dios marianodios@hotmail.com
Futuro|Sábado, 24 de Noviembre de 2007
Monos cultos*
Tienen un sistema de comunicación complejo y una vida social movida. Se organizan en comunidades, usan herramientas, improvisan, transmiten hábitos y conocimientos de generación en generación y sus costumbres dependen de las regiones de Africa donde vivan. De a poco, los comportamientos de los
chimpancés, la especie más cercana y parecida a los seres humanos en el planeta, son analizados con más detenimiento por los etólogos, a tal punto que muchos investigadores ya se preguntan: ¿sería posible hablar, más no sea a grandes rasgos, de una "cultura chimpancé"? Muchos ya esbozan una respuesta y afirman que tal interrogante tenderá pronto a convertirse en una simpática certeza científica.
*Por Mariano Ribas
Miradas, gestos, y actitudes. Cuerpos, movimientos y posturas. Inteligencia, astucia, y hasta sentido del humor. A todos nos ha pasado alguna vez: cada vez que miramos un chimpancé, nos invade y nos desborda una profunda sensación de parentesco. Desde muy adentro, algo nos dice que esas criaturas
tienen mucho que ver con nosotros. Mucho más que cualquier otra criatura sobre la Tierra. Son tan parecidos a nosotros, que hasta creemos reconocemos en ellos. No hay más que ver cómo una madre chimpancé amamanta y acaricia a sus crías. Cómo las protege y las carga sobre su espalda. Y cómo esas crías juegan, gritan, y saltan de aquí para allá, agitando torpemente sus brazos.
Como cualquiera de nuestros pequeños hijos.
Ese parentesco casi evidente que nos surge de la simple contemplación de los chimpancés ha sido rotundamente confirmado, una y otra vez, por la paleoantropología: somos parientes cercanos, tenemos ancestros en común que vivieron en el Africa de hace unos millones de años. Por si fuera poco, durante los últimos años, distintos estudios han confirmado que, genéticamente hablando, el Homo sapiens y los chimpancés son casi idénticos.
Pero hay algo más, y a la luz de todo lo anterior no resulta enteramente sorprendente: los chimpancés se organizan, se comunican, tienen vida social, usan herramientas, improvisan, y tienen costumbres bien diferentes según las regiones de Africa donde vivan. Hábitos y conocimientos que se aprenden y se
transmiten de padres a hijos, generación tras generación. ¿Simios con cultura? Por qué no.
COMPAÑEROS DE LA EVOLUCION
El trazado de la evolución humana es largo y muy complejo. Durante las últimas decenas de millones de años, Africa fue la cuna y el escenario de los múltiples derroteros evolutivos de la gran familia de los primates. Una de esas líneas condujo a la aparición de los simios, hace unos 25 millones de años. Y luego, a una ramificación posterior, de la que fueron separándose, entre otros, los orangutanes, los gorilas, y finalmente, hace unos 6 o 7 millones de años, y en forma muy sutil y gradual, los chimpancés
(Pan Troglodytes) y los homínidos -la familia de primates bípedos que llevó al surgimiento del Homo sapiens- comenzaron a trazar sus propias hojas de ruta en el mapa de la evolución. A pesar de lo lejano de aquella escisión, los chimpancés y los Homo sapiens somos, evidentemente, muy parecidos. De hecho, un estudio realizado el año pasado -oportunamente publicado en la revista Nature- reveló que ellos y nosotros compartimos el 99% por ciento de los genes. Más allá de su cuadrúpedo andar -apoyándose en los nudillos- de su menor estatura (1 a 1,2 metro), y de su abundante pelambre oscura, ninguna otra especie, ninguna otra cosa viva sobre la Tierra, está tan cerca nuestro. Pues entonces, no sería del todo osado, preguntarse si nuestros primos hermanos de la evolución tienen, al igual que nosotros, hábitos,
prácticas sociales, dominio de herramientas, conocimientos organizados y transmisibles de generación en generación.
En suma: ¿sería posible hablar, aunque más no sea a grandes rasgos, de una "cultura chimpancé"? Y no de simples conductas basadas en el instinto (tal como ocurre con tantísimas otras especies). Lo que alguna vez fue escepticismo, a esta altura, ya se ha convertido en una simpática certeza
científica.
COSTUMBRES SIMIESCAS
Durante el último medio siglo, el conocimiento científico sobre los chimpancés, y muy especialmente sobre sus formas de vida, no ha hecho más que profundizarse. Y sin dudas, las revelaciones más extraordinarias sobre la cultura de los chimpancés son el resultado del enorme esfuerzo y talento
de Jane Goodall, la famosa naturalista y primatóloga británica. Desde los años '60 hasta hoy, Goodall y distintos grupos de investigadores se han zambullido una y otra vez en las selvas africanas para estudiar, y hasta convivir, literalmente, con los chimpancés. Y así, se han ido apilando montones de valiosísimas observaciones, anotaciones, dibujos, fotografías, filmaciones, y hasta grabaciones de sonidos que pintan de cuerpo y alma a estos sofisticados simios. Y que incluso han permitido confirmar que en Africa, en realidad, no existe una cultura chimpancé, sino, como veremos mas adelante, "tres zonas culturales" claramente diferenciadas.
Vayamos por partes. Uno de los rasgos generales más comunes entre los chimpancés es la formación de "comunidades" de hasta 50 o 60 ejemplares, que normalmente se dividen en grupos de 5 o 6 chimpancés, entre otras cosas, para cazar. Hay líderes, pero, al parecer, las jerarquías no son fijas, sino que dependen de factores cambiantes (como la edad, sexo, fortaleza y, quizás, inteligencia). Las hembras cuidan a sus crías hasta que tienen, al menos, 5 años. Y ése es un detalle nada menor, porque habla de una fuerte relación, protección, dependencia y aprendizaje entre madres e hijos. Como nosotros. Los papás también hacen lo suyo: aunque las parejas de chimpancés no son muy estables que digamos, los machos siempre se toman su tiempo para cuidar a su descendencia.
COMUNICACION Y DIETA
Muy a su modo, los chimpancés tienen un sistema de comunicación bastante complejo: distintos estudios han revelado que "hablan" utilizando distintas clases de chillidos. Más agudos, más graves, más cortos o más largos. Pero también saben hacerse entender mediante un rico lenguaje gestual y corporal, que incluye muecas, exhibición de dientes y encías a más no poder, pisotones, manotazos y otras delicadezas por el estilo. Y a la hora de llamar la atención de alguna hembra, o mostrarse intimidantes ante otros
machos, los varones del grupo saltan, corren, agitan los brazos, sacuden arbustos y rompen ramas de árboles.
¿Dieta chimpancé? Sus platos favoritos son las frutas, las plantas y las semillas. Aunque muchas veces suelen tentarse con platos más complicados: termitas, hormigas y otros insectos. Lo interesante del caso es que para darse esos gustos, los chimpancés recurren a verdaderas herramientas: arrancan ramitas, les quitan cuidadosamente las hojas, y luego, las hunden en hormigueros. Al sacarlas, lamen esas varillas repletas de "bocaditos".
Muchos paleoantropólogos sospechan que esa misma técnica fue utilizada, hace 3 o 4 millones de años, por algunos de nuestros lejanos ancestros africanos.
CACERIA GRUPAL Y NIDOS
Pero no todo son frutas e insectos en el menú de estos simios: tal como se ha descubierto durante las últimas décadas, los chimpancés son carnívoros.
Como nosotros, aunque más moderados, es cierto. Cada tanto, cazan y comen animales chicos y medianos (especialmente, pequeños antílopes y monos colobos rojos). Y éste es otro punto crucial en su perfil cultural: los chimpancés cazan en grupos y siguen estrategias muy precisas. Primero, ubican a la presa, y luego la van cercando hasta acorralarla. Finalmente, uno de ellos -generalmente un ejemplar joven y ágil- la captura y la mata a golpes. Y luego, el grupo comparte el botín, sin desperdiciar prácticamente nada (incluso, el cerebro). Goodall y todos los expertos coinciden al respecto: la caza grupal de los chimpancés muestra un notable grado de comunicación, coordinación y conocimiento. Igualmente llamativa --por lo complejo de la tarea- resulta su habilidad para construir nidos-cama.
Muchísimos, porque los chimpancés son completamente nómadas. No se atan a ningún lugar, y cada día fabrican un nuevo nido. Es algo que aprenden durante la infancia, durante los cinco años que cada chimpancé pasa junto a su madre. Casi siempre, los chimpancés arman sus nidos en lo alto de los árboles, doblando y trenzando ramas. Aunque sólo tardan unos minutos, la tarea no es sencilla, requiere de pasos muy precisos, y además, deja lugar a cierta improvisación.
Los expertos coinciden: no se trata de conductas mecánicas e instintivas, los nidos de los chimpancés nos hablan de inteligencia, habilidad, aprendizaje y transmisión generacional de conocimientos. Y bien, hasta aquí les hemos echado una mirada a varias pautas de comportamiento que, en general, y más allá de ciertos matices, comparten los chimpancés como especie. Pero lo más notable, sin dudas, son aquellos rasgos que no comparten las distintas poblaciones africanas (que actualmente totalizan, apenas, unos 150 mil ejemplares, repartidos en una veintena de países. Y cuya declinación es todo un tema aparte). Esos rasgos autóctonos y exclusivos nos acercan mucho más a la idea de cultura.
ZONAS CULTURALES
El estudio continuo y sistemático de las distintas poblaciones de chimpancés en Africa ha permitido identificar, al menos, 40 rasgos culturales bien distintos, que se reparten en tres zonas geográficas. La primera es la llamada "Zona cultural de las Piedras", en Africa Occidental, más específicamente en el Parque Nacional de Tai, Costa de Marfil. Los grupos de chimpancés de esta zona muestran algunos rasgos culturales únicos, y muy especialmente, el uso de piedras (de varios kilos), a modo de martillos,
para romper nueces y frutos duros, que apoyan sobre rocas más grandes. Las encargadas de la tarea suelen ser las hembras, y se las ha visto enseñándoles el trabajo a sus crías, mediante repetidos "ejercicios". Allí, los machos, más torpes con las piedras, prefieren ocuparse de la caza de pequeños animales. El carácter cultural de esta técnica parece confirmarse si tenemos en cuenta que en otras zonas de Africa existen los mismos frutos y piedras, pero los chimpancés no las usan para romperlos. La segunda región cultural está en Camerún y Guinea Ecuatorial, y se la suele llamar, "Zona cultural de los Bastones". Y no por casualidad: allí, a partir de ramas gruesas, los chimpancés fabrican duros bastones de medio metro de largo, y con ellos excavan y rompen los "termiteros", para luego darse un banquete
con esos bichitos. Finalmente, está la "Zona cultural de las Hojas y Lianas", en Africa Oriental. Los trabajos de Jane Goodall en la reserva de Gombe, Tanzania, revelaron que allí los chimpancés usan palos y ramas como armas; ramitas deshojadas como varillas para sacar termitas, y hasta fabrican unas
especies de esponjas, con hojas bien masticadas, que introducen en el interior de troncos de árboles, para absorber agua en épocas de sequía.
Impresionante, por cierto (uno no se imagina a un perro, a un gato o a un caballo haciendo cosas similares).
Resulta difícil explicar todo esto si las costumbres de los chimpancés estuviesen estrictamente regidas por el instinto, o sólo marcadas por la genética. Si así fuera, todos deberían comportarse más o menos igual. Y como se ve, no es así. Más bien, las diferencias parecen delatar distintos procesos de aprendizaje, regionalismos y destellos de imaginación e ingenio.
Aquella sensación de parentesco del comienzo vuelve a aparecer. Y ahora, se hace aún más fuerte, porque los chimpancés no sólo se nos parecen por fuera, no sólo miran como nosotros miramos, o juegan alocadamente como nuestros hijos, sino que, además, son monos cultos. Muy parecidos a nosotros. Primos
hermanos de la evolución.
*Fuente:
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/futuro/13-1821-2007-11-24.html
Sábado, 24 de Noviembre de 2007
La larga paz argentina*
*Por Osvaldo Bayer
Bueno, queridos lectores, algo se está moviendo en nuestra Legislatura capitalina. Después de tres años de haber presentado el proyecto del traslado del monumento a Roca, al parecer muy pronto se debatirá el mismo.
Esperamos que, como es costumbre, se escuchen las opiniones históricas de las partes. A mí me gustaría participar del debate informativo previo donde se invita a escuchar opiniones de los que saben del tema. La Legislatura tiene un salón magnífico para información previa al debate: el salón Montevideo. Allí, antes de la sesión sería muy bueno que los legisladores escucharan los argumentos de quienes van a probar el genocidio de Roca y los de aquellos que dicen que Roca "trajo el progreso". Ojalá se haga esa
discusión previa y que se le permita concurrir al público, en especial, a estudiantes de historia. A mí, en especial me gustaría mantener un debate con Mariano Grondona. Quien ya --evidentemente enterado del próximo tratamiento del tema en la Legislatura- da un cuadro idílico del general Roca en La Nación del domingo pasado. Allí dice: "El general Roca, que fue el símbolo más notorio de ese proceso extraordinario, legó a sus familiares tres estancias: La Larga, La Paz y La Argentina. La larga paz argentina. Era el nombre mismo de una república próspera, casi centenaria, que nunca confundió continuismo con continuidad".
Qué idílica es la Argentina roquista para Grondona. Qué generoso su general, Mariano. Tres estancias a sus familiares. Acerca de lo que él titula "ese proceso extraordinario" del roquismo lo describe cómo "nos hizo pasar de la pobreza y el desierto a un ingreso por habitante sólo superado por seis naciones del planeta". Lo que no dice Grondona es que eso que él llama desierto estaba habitado por los pueblos originarios. Lo que tampoco dice es de los fusilamientos ordenados por Roca de ranqueles y que denuncia su mismo diario La Nación; lo que no dice Grondona es que Roca reimplantó la esclavitud "repartiendo" indios entre sus amigos azucareros del Tucumán y en la isla Martín García, y también a las mujeres y los niños indígenas -a quien Roca llamaba "la chusma"- como sirvientas y mandaderos traicionando los principios de la Asamblea del año XIII que había eliminado la esclavitud, y que Roca desvirtuaba así para siempre la bella estrofa del Himno Nacional de "ved en trono a la noble igualdad". Lo que no dice
Grondona tampoco es que Roca manda aprobar la ley de residencia, la más cruel e injusta disposición de la legislación argentina, la ley 4144, por la cual se expulsaba a todo extranjero que cultivara "ideologías contrarias al ser nacional". Que no significaba otra cosa que: ojo, no meterse en la lucha obrera por las ocho horas de trabajo. Pero lo más trágico del caso era que por esa ley se expulsaba sólo al hombre y aquí quedaban su mujer y sus hijos, sin manutención. Pícaro el benefactor grondoniano, porque así, la
mujer del inmigrante le decía a su marido: "No te metas en el gremialismo, porque te van a expulsar y me voy a quedar sin nada para dar de comer a nuestros hijitos". Además Roca es el autor de la represión del 1º de mayo de 1904, donde va a caer bajo las balas de la policía el primer mártir del Día de los Trabajadores en la Argentina, el marinero Juan Ocampo, de apenas 18 años. Pero para Mariano Grondona vale para Roca lo que para sus estancias cercanas a Magdala: "La larga paz argentina". ¿Cómo es posible tergiversar la verdad histórica así? Claro, Grondona debe estar agradecido a Roca que
quitó esas tierras de Magdala a los pacíficos ranqueles, tierras con las cuales -lo dijo el propio Sarmiento- hizo Roca negociados increíbles junto con su hermano Ataliva Roca haciendo popular el verbo "atalivar" que quería decir coimear.
La afilada pluma de José Pablo Feinmann acaba de dejar al desnudo las relaciones fraterno-literarias de Grondona nada menos que con López Rega, el más bestial de los asesinos civiles del país argentino. Claro, porque si Grondona interpreta así la figura de Roca, por qué no le va a dar el mismo valor a López Rega. Uno mató "solamente" a indios y el otro a zurdos. Para el caso, es lo mismo. "Hay hombres cuyo destino es hacer la tarea." Es la frase de Grondona para justificar a López Rega. Magistralmente citada por Feinmann en esta contratapa del domingo último.
Defender la estatua de Roca es no tener el más mínimo de conciencia democrática. Más todavía que ese monumento fue levantado en la Década Infame, la del "fraude patriótico", término argentino que el mundo entero es incapaz de comprender. Los hombres de la Década Infame "hicieron la tarea".
Picana eléctrica, fusilamientos, los famosos negociados. Y el monumento a Roca, inspirado por su hijo, Julio Argentino Roca, el del pacto Roca-Runciman que fue vicepresidente de la Década Infame. En la inauguración del Roca en bronce estuvieron todos, entre ellos Patrón Costas -el famoso terrateniente salteño-, el almirante Domec García -fundador nada menos que de la ultraderechista Liga Patriótica Argentina, la del primer pogrom en la Argentina, en la Semana Trágica-. Así nació la estatua más grande de Buenos Aires.
Es un insulto para los patriotas de Mayo y de la Asamblea del año XIII que ese monumento esté allí. Hay que quitarla en homenaje a la Etica y a los miles de argentinos que lucharon contra las dictaduras militares. Hemos pedido a la Legislatura porteña que en vez del genocida uniformado se levante un monumento a quienes verdaderamente lo merecen: a la mujer de los pueblos originarios, quien en su vientre dio vida a la estirpe criolla, y enfrente, mirándose, a la mujer inmigrante, la que también en su cuerpo dio vida a los que poblarían estas distancias. Ellas fueron las verdaderas heroínas de la vida argentina. Trajeron vida y no muerte.
Mientras tanto, llegan noticias que nos dicen bien que los pueblos no se rinden y luchan por la verdad. La calle Roca, de Santa Rosa de La Pampa, apareció con sus carteles indicadores tachados. El nombre de Roca fue reemplazado por el de "Pueblos originarios". Un ejemplo. Y en la Plaza Virreyes de esta capital porteña, el sábado pasado se hizo un verdadero festival de música y de historia, con participación de docentes y alumnos de escuelas, de pueblos originarios y de gente típica del barrio Flores sur.
Pidieron que se acabe con el oprobio de que esa plaza sigue llevando el nombre de Virreyes, puesto por la dictadura de la desaparición de personas, en 1976, y pase a llevar el nombre de quien se adelantara a luchar por la libertad de América: Túpac Amaru, que por eso sufrió la más horrible de las ejecuciones por parte de los españoles. Justamente la plaza hoy honorifica a quienes administraron la esclavitud de estos pueblos y se llevaron sus riquezas a Europa. Es vergonzoso para los porteños que apenas una callejuela de 300 metros lleve el nombre de Túpac Amaru, este mártir de la Libertad.
Hay que leer sus proclamas, escritas apenas 21 años antes que los patriotas del Mayo argentino, y que poseen el mismo contenido. Es tan perverso el conservadurismo idiota de quienes se creen dueños de nuestra historia que en Buenos Aires existe una calle llamada Corregidores, justo el nombre de los
esclavistas españoles que administraban la mita y el yanaconazgo, las formas más brutales de la esclavitud a que fueron sometidos nuestros pueblos originarios por la conquista ibérica y católica.
Veremos pues si se produce lo que se me ha anunciado, el gran debate sobre Roca en nuestra Legislatura. Debate y no destrucción. Porque hemos pedido que el monumento a Roca no se destruya sino que sea trasladado a su estancia La Larga, hoy de los Alvear, sus bisnietos. Y también, poco a poco, se trasladen allí los otros 36 monumentos que existen en la Argentina del genocida de los pueblos originarios. Salvo que Mariano Grondona quiera tener algunos de ellos en sus estancias cercanas a Magdala, en las tierras que pertenecían a los pacíficos ranqueles, que se lo merece.
*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-95175-2007-11-24.html
*
Queridas amigas, queridos amigos:
El domingo 25 de noviembre del 2007 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg
(107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor venezolano Andrés Levell. Las poesías que leeremos pertenecen a Óscar Ángel Agú (Argentina) y la música de fondo será de Wayanay (Andes). ¡Les deseamos una feliz audición!
ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!
REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!
YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com
Schießstattstr. 44
A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067
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