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BITÁCORA DE UN SOCIÓLOGO FRACASADO

14/12/2007 GMT 1

HAY ALGO DE FURIOSO EN TANTO RESPLANDOR...

urbanopowell @ 03:03

"Juan"*

(A Juan Gelman)

Parece que hay un Juan de pluma y seso,
un pájaro de enorme fantasía,
¡llamarse Juan, y así, con sólo eso,
meterse en el bolsillo a la poesía!

El Juan que nombro es Juan de valentías,
volándose la capa de los huesos;
uno que se levanta y sale al día
rico de maresnubes y regresos.

Anda este Juan tan empalabrecido,
tan vésrico en gotán como en ausencias,
que a todos nos parece conocido;

una alarma de voz y de conciencia,
un sitio donde estar sin ser vencido:
el alma, haciendo un acto de presencia.

*de Abel Edgardo Schaller. abelnegroschaller@yahoo.com.ar
Paraná, noviembre de 2007

HAY ALGO DE FURIOSO EN TANTO RESPLANDOR...

Urgencias y engaños en la tarde porteña*

*Por Marcelo A. Moreno mmoreno@clarin.com

Destellos de una tarde perfecta en el microcentro porteño. El sol brilla alto y la luz, enorme, parece hendir las cosas y la gente. Hay algo de furioso en tanto resplandor. Y el aire, raro para la época, llena la sombra de frescura.
Las calles parecen vibrar de velocidad a raudales. Miles y miles caminan, ensimismados, enojados, contentos, charlando, paseando, los más apurados, como si se les acabara el tiempo de llegar a hora y eso fuera algo muy importante.
Entre el descomunal tránsito humano y del otro, los quietos: policías que atisban, bajo los rayos furibundos; fumadores de hoy, cumpliendo en la vereda el rito prohibido en los edificios; tarjeteros que irrumpen con el volante casi inyectable hacia el transeúnte.
En un bar, mujeres casi inmóviles, demasiado producidas para la hora, miran todo con ojos que reflejan, a la vez, ansiedad y tedio. En las peatonales, estatuas vivientes, gringos asoleados con el mapa atado y vendedores que ofrecen el oro y el moro en forma de cacharro electrónico y que hablan, ante un público desconfiado, de las maravillas que ofrendan por increíbles pocos pesos. Enroscan la víbora, como aquellos vendedores ambulantes de la antigua Buenos Aires que portaban una serpiente en el cuello con el fin de sumar un prodigio más al que trataban de encajarle a los ingenuos.
En un restaurante al cual no alcanzan ni el ruido ni el resplandor, las voces son susurros. Un hombre mayor, rubión, delgado, muy afable, en una mesa habla y habla ante un interlocutor.
-No quiero dejar pasar este encantador almuerzo para comentarle sobre cierta inversión...
El que escucha es más joven, morocho, con poco pelo y también viste traje.
El conversador menciona nombres lustrosos y habla de Londres, de tecnología de punta, de capitales, de "un negoción". Uno oscila entre la incredulidad y la fascinación; el otro despliega, infatigable, su abanico de maravillas. En ese salón alfombrado es imposible no pensar al último como el vendedor que
enrosca la víbora a pocos metros, inmerso entre el bullicio nervioso y la luz de la calle.

*Fuente: Clarín
http://www.clarin.com/diario/2007/12/12/sociedad/s-04003.htm

Jueves, 13 de Diciembre de 2007
EL DOLOR, EL DOLERSE, EL ADOLECER, EL DUELO

Libro de quejas*

No es posible evitar el dolor, pero quizá sea posible salir del ámbito de la queja. Así lo señala el autor de esta nota, al observar que, "a diferencia del lamento, la queja es acusatoria. Lo lamentable, cuando procura un destinatario, ingresa en el ámbito de la queja".

Por Carlos D. Perez *

El diccionario de la Real Academia -no hay como abrirlo para encontrar el sentido común- afirma que el dolor consiste en "una sensación molesta": pero, si de molestia se trata, no es difícil advertir que toda sensación, alcanzada cierta magnitud, intranquiliza; contraría la ilusión de una vida sin sobresaltos. Pasa con el placer, y eso lo vuelve enigmático. No es necesario llegar al paradigma del masoquismo, la moral cristiana es una lúcida guía: el placer intenso ha de dolernos porque entra en los dominios del pecado. Así despejada la cifra del exquisito dolor como condición erógena, pasible de condena, se baten parches en bien del recato, de la moderación. Nada más sublimemente doloroso que un goce desasosegado; nada
menos durable, ya que es cuestión del instante en suspenso. Y es inteligente, en términos eclesiásticos, haberlo convertido en razón de una pena eterna.
Sólo cuando el malestar se torna molestia declarada le prestamos atención; a ese inefable trastorno lo llamamos dolor. Y, una vez que lo llamamos, viene, con visos de padecimiento estable. ¿Y si no lo llamáramos?
Acerca de "doler", afirma el diccionario: "Arrepentirse de haber hecho alguna cosa y tener pesar por ello.// Compadecerse del mal ajeno".
Desembocamos en una cuestión de culpa, arrepentimiento y noción del mal. La moral toma cartas en el asunto y, de quedarnos en esto, sólo refrendaríamos la condena. La condena moral -el superyó- es habitual productor de dolores de cabeza, y conste, como el niño del ejemplo (ver recuadro) nos enseña, que la cabeza puede alojarse en lugares impensados del cuerpo.
Dolor del duelo, duelo del dolor. Sigo con el diccionario, ahora para constatar derivaciones etimológicas. En relación de inmediatez, "dolor" se asocia a "duelo", y por ahí también aparece "adolecer", caer enfermo, y más tarde la condolencia, el dolor compartido. La íntima, familiar, quizás ominosa asociación de dolor y duelo obliga a considerarlos en pie de compleja equivalencia, y el raro adolecer, doler que enferma, también tiene algo a descifrar. Aunque no sea tenida por enfermedad, la adolescencia
comprende el difícil tránsito desde lo que ha quedado relegado hacia horizontes para los que no hay evidencias de la prometida adultez. La adolescencia está marcada por esta doble ausencia de lo que ya no es y lo no arribado. De algún modo, vivimos en continua adolescencia.
En lo relativo al dolor del duelo -o quizá, mejor escrito, el dolor-duelo-, Freud escribió Duelo y melancolía y sabemos que el duelo es un doloroso proceso anímico que se activa ante la pérdida de un ser querido. La ausencia no necesariamente es por muerte. Solemos admitir que alguien desaparezca por
haber muerto, pero no que nos abandone por decisión o, peor aún, que ni siquiera sepamos si la ausencia fue decidida; la ambigüedad trae el desasosiego de lo insoportable. Y, si la pérdida fuera por muerte, con ella cesamos para el difunto pero no él para nosotros. ¿Cuánto de la dificultad del duelo consiste en que el muerto nos ocupa pero él ya no se ocupa de uno?
El duelo es tramitado con oscura desazón hasta que, Freud lo afirma con envidiable sencillez, concluimos aceptando la cancelación y libres de la pena quedamos habilitados para conferir nuevos destinos al recuerdo del ser querido; no así en la melancolía, duelo fallido donde los reproches hacia sí mismo son la ensordinada acusación dirigida al ser querido extrañado -que, sin ser reconocido y amado desde la diferencia, encarnaba un ideal narcisista al que no se le perdona ausentarse del espejo-. En cuanto a la
queja melancólica, son elocuentes los chistes protagonizados por la idishe mame: sus quejosos lamentos, dedicados a ella misma, encubren apenas -un apenas que es a penas- el afán de producir culpa en el destinatario. Es que el lamento, por sí solo, es introspectivo, mientras que la queja es acusatoria. Lo lamentable, cuando procura un destinatario, ingresa en el ámbito de la queja.
Arriesgo mi hipótesis: no hay duelo que curse exento de patología. El duelo compromete a desasirse de posiciones tomadas por el amor, y nada menos frecuente que tener éxito en ese emprendimiento. En la literatura, en los tangos, en los boleros, campea la queja por la ingratitud del ser amado.
Freud señala, luminosamente, que el melancólico "sabe a quién ha perdido, pero no lo que con él ha perdido". Pero, ¿acaso los neuróticos comunes y silvestres sabemos cabalmente a quién o qué perdimos cuando él -o ella- se ausentó, cuando se tornó extraño? Un mínimo de sinceridad obliga a responder
que no. Nos atoramos con las quejas que le dedicamos. Por eso es tan elocuente el decir de quien está a la salida del duelo amoroso cuando se pregunta: "¿Por alguien así, como él -o como ella- me hice tanta mala
sangre?". Aún falta, para la cancelación del duelo, que abandone la queja y acepte la ausencia, ya que en esa pregunta contrariada todavía le enrostra no haber estado a la altura de lo que se ilusionaba. La queja es una revuelta contra lo ausente.

Ausencia gaviota
El dolor, en su fundamento, expresa la inmediatez de una ausencia, que puede vestirse de variadas formas y tomar cursos diversos. El tema "Ausencia", de la talentosa cantante y compositora cubana Liuba María Hevia, lo expresa de modo inigualable: "Hay ausencias que son como el olvido,/ que empolvan madrugadas y semillas,/ que se fueron perdidas a esos mares/ donde nunca podrán hallar la orilla./ Hay ausencias que rozan con el alma,/ mariposas celosas del espacio,/ austeras prisioneras de las flores,/ que te ponen su miel para los labios./ Ausencia, remoto fantasma/ que violas las puertas,
que cantas,/ que gritas al cielo esa voz/ que has llevado contigo,/ que escribes tú la canción que falta,/ que siempre nos recuerdas la distancia./ Hay ausencias gaviotas que te salvan,/ que desdeñan fronteras y estaciones,/ que rondan las paredes, las palabras,/ dibujando la fe con sus crayones./
Hay ausencias que te hablan de un mañana,/ que se tornan de todos los colores,/ que te ponen el mundo en la ventana/ y de esperanza llenan los balcones./ Ausencia, remoto fantasma/ que violas las puertas, que cantas,/ que gritas al cielo esa voz/ que has llevado contigo,/ que escribes tú la canción que falta/ que siempre nos recuerdas la distancia."
Hay ausencias que, si queremos encerrarlas en el olvido, nos condenan a no hallar otra orilla para el dolor, pero si se liberan, transformadas en mariposas del espacio salidas de sus capullos, son capaces de miel. Y están las violadoras de puertas que se abren al canto y olvidadas del olvido escriben lo que falta, y hay gaviotas de la ausencia, dibujadoras de una confianza que nos salva, rondadoras de paredes, de palabras. Y entonces la ausencia anuncia el mañana esperanzando balcones, trayendo el mundo a la
ventana. Hermosas, sutiles metáforas que trazan el curso que va desde el dolor que ahoga madrugadas al recuerdo de distancias capaces del acto nuevo.
Libro de quejas. A veces sordamente, a veces de modo desembozado, la queja es apelación a otro al que se conmina a dar consistencia a un reclamo. Lejos de pretender la salida de un lugar que atrapa, es la manera de hacerle sentir su inmensa culpabilidad y así gozar del sufrimiento, en la convicción de que está dedicado a una venganza sin fin. A menos que la queja sea abandonada, y con ello se desarme la escena. ¿Es posible prescindir del libro de quejas?
No es posible si obedecemos al obcecado superyó; si al momento de vivir la vida nos duele una condena moral, siempre dispuesta a activarse. Es preciso atravesar ese andamiaje, desarmarlo en acto. A veces ha de ganarnos el miedo a prescindir de nuestra religión íntima, pero no es imposible, por momentos,
alcanzar esa realidad. Si así no fuera, Liuba María Hevia no habría podido escribir su poema sobre la ausencia que posibilita la palabra nueva, la sin queja, la de la aceptación de los dolores vitales que abren paso al encuentro inusitado.

* Extractado del trabajo "Dolor y queja".
http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-96077-2007-12-13.html

"EL CHICO QUE ME MIRO, EL QUE PUEDE ANGUSTIARME"

Acerca del padre y sus cenizas*

*Por C. D. P.

Te conté, Carlos, hace unas semanas, del auto que me compré: importante, alemán, con tecnología de última. Digo importante porque es una marca que a muchos les gustaría tener pero que está fuera del alcance de un laburante medio. No un medio laburante, digo un laburante medio. La compra vino con
orgullo: era algo que yo quería desde hacía mucho tiempo. Pero también sentí un recelo: ¿qué se podría pensar de él? Quiero decir, de mí. Bueno, soy un profesional esforzado. Mis logros en la empresa donde estoy hace tantos años me permitieron esta compra. Pero no lo siento de ese modo. Mi tendencia
hipocondríaca se manifestó una vez más...
Te avisé que no vendría el viernes pasado porque resolví aprovechar el fin de semana largo para hacer un viaje a Mar del Plata con Stella. Nos debíamos un fin de semana para nosotros, sin los chicos, que se quedaron con mi vieja... pero la cosa pintó mal. Unos días antes me enteré de la muerte del encargado de la fábrica que yo dirijo. Un tipo jodido, alguna vez te hablé de él, te acordarás. ¿Te acordás? Un edema de pulmón. El tipo tenía varios by-pass pero no se cuidaba. En el velatorio, el hijo me dijo que había
sentido frío, que se ahogaba... lo llevaron a un hospital y murió. No sé si por eso o qué, cuando salimos me faltaba el aire, tenía la nariz tapada, respiraba por la boca y me agitaba. el resfrío que traía de días antes, claro... ¡Yo, que quería disfrutar de mi auto nuevo! Pero fue entrar en la Ruta 2 y gozar de la máquina, sonaba como un violín. Olvidado del resfrío, disfruté de estar al volante. Como había poco tránsito, tenía que estar atento a la velocidad. Llegaba fácil a ciento ochenta. Stella me lo hacía
notar y yo levantaba el pie del acelerador, pero ¿qué hacía con un auto como el mío a ciento veinte? Fue una difícil negociación.
El departamento que nos habían prestado tenía las estufas a pleno, afuera hacía mucho frío pero como si nada, todo bien. Al otro día fuimos al puerto de mañana, lo pasamos bárbaro, almorzamos ahí. Después le dije a Stella que quería que viese dónde pasaba yo las vacaciones cuando era chico y fuimos a Playa Grande. Le mostré el lugar donde me zambullía desde la escollera y nadaba hasta la playa, le hablé del barco hundido; yo le daba una vuelta al barco hundido antes de salir... Playa Grande. En ese momento empecé a sentirme incómodo. Stella me preguntó qué me pasaba. Yo ni siquiera sé si me había dado cuenta de que estaba incómodo hasta que ella me lo dijo. Ahora, es absurdo, recuerdo ahora pero no en ese momento, ése es el lugar donde mi madre resolvió, sin consultarnos a los hijos, esparcir las cenizas de mi padre. El nos dejaba en Mar del Plata los meses del verano y se volvía a Buenos Aires. No abandonaba su puesto de procurador. Siempre me pregunté... miento, tal vez nunca me pregunté qué procuraba.
Hasta ahí era todo negociable; quiero decir, aguantable. Saqué mi equipo de filmación y empecé a registrar cada momento; a la vuelta, la vieja tendría que ver esas escenas con el hijo crecido, no el gil que fui de chico. De la playa enfilé para el barrio donde por años alquilamos casa. A pesar del tiempo no ha cambiado tanto. Hacía frío, fuimos a tomar un café y charlé con el mozo, un tipo grande que se acordaba de cada detalle que yo le contaba del barrio, me hubiese gustado sentarlo a la mesa con nosotros. Stella escuchaba con paciencia, es una buena mina, Carlos, buena mina, aguantadora.
Mientras tomaba un coñac me vinieron los recuerdos: el tío Andrés, que murió joven, a los cincuenta... quiero decir, más joven o menos viejo que yo... la vez que, cuando volvíamos de la playa, me dijo que manejara su Renault. Yo, un pibe de quince, sentado al volante. No sabés lo que fue eso. El tío Andrés. Campechano, solterón, tanguero, me confiaba su coche. Yo apenas pisaba los pedales, creo que por miedo. Y no, corrijo, lo de las cenizas de mi viejo no lo tuve presente: ahora, que te estoy contando esto, lo
recuerdo. ¿O ya te lo dije?
Porque a mi viejo lo tuve ausente todo el viaje, todo el fin de semana, poco me quedó de él pero ahora lo recuerdo. Vos tenés que ver con esto, que dos por tres me hablás de la función del padre, algo que nunca te entendí demasiado. Y decime: ¿qué es "tener ausente"? ¿Se tiene ausencia?
Salimos del bar, yo estaba entonado con el coñac, además del vino del mediodía. La llevé a Stella por las calles del barrio hasta encontrar la casa. Me sorprendió verla mucho más chica que en mis recuerdos; una edificación de dos plantas y una ventanita más arriba, donde yo dormía. Fue verla y acordarme de aquel verano... tendría unos diez años y enfermé de algo que no supieron qué era pero yo tenía fiebre, mucha. Pasé días enteros mirando la calle por la ventanita... toda mi vida ha sido eso.
¿Que qué veía? Gente yendo a la playa, gente caminando pero yo no, mis hermanos y la vieja con la sombrilla... Y también un Mercedes Benz estacionado frente a la casa. Desde mi cuarto me enamoré de ese auto. Me obsesioné con él...
¿Que dónde estacioné mi auto cuando llegué a la casa con Stella? Sí, sos un guacho, en el mismo lugar. Yo veía esa ventana, me veía mirando a través de ella, pensando en un mundo que quedaba al otro lado, en la calle. Mis hermanos, mi vieja, gente grande que caminaba tranquila... un mundo sin viejo. Ya no procuraba. Hecho cenizas, pienso ahora.
¿Qué decís? ¿Que el chico me miró, al que soy ahora, que me miró mirando el auto que estacioné frente a la casa? ¿Que fui descubierto por ese chico, que él es capaz de angustiarme? ¿Que estoy en la calle? A veces no te entiendo.
La angustia... Se me pasó la angustia. Se me pasó la angustia y me vino otra, nueva, amarga, insolente; extraña.

*FUENTE
http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/subnotas/96077-30378-2007-12-13.html

"Me duele la cabeza de mi mamá"*

Un niño se quejaba reiteradamente de dolor de cabeza; los padres lo llevaron a la consulta con médicos, que no pudieron encontrarle causa valedera. Quizá guiados por el desconcierto, visitaron a una analista -se trataba de Françoise Dolto-, quien resolvió escuchar al niño. Luego de un rato de charla, entrados en confianza, le preguntó lo que parece una tontería, ya que los adultos creemos saber dónde la tenemos: "Decime, querido, ¿dónde te duele la cabeza?". Tocándose una pierna a la altura del muslo, el niño
respondió: "Acá". Disimulando la sonrisa, Françoise Dolto volvió a preguntar: "¿Qué cabeza te duele?". El niño contestó sin vacilar: "La de mi mamá".
El acuse de recibo del pequeño indicaba que el dolor materno se le había encarnado. Hay dolores capaces de transferirse de madre a hijo, de uno a otro. Puede dolernos el dolor ajeno y es tal vez la forma más insidiosa del dolor, ya que no hay modo de aislar en un sujeto su razón, su causa. Flota a
la deriva como un magma, hasta que un cuerpo se presta como anclaje y lo padece en una instancia que no es primera. En este breve ejemplo, un niño toma la palabra para manifestar la queja sorda del otro materno: carentes de dueño originario, queja y dolor son monedas que circulan hasta que alguien,
declarándolos propios, se condena.

*FUENTE:
http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/subnotas/96077-30379-2007-12-13.html

December*

Un mes
en tránsito de apuros
informales
organizados
dóciles o baguales
de gestos fraternos
de sensaciones ligeras
de buenos deseos
un llamado ferviente a la oración
a sanar el todo cuerpo mente
que muere y renace otro poco
antes
y durante
un corrillo de chicos
guirnaldas burbujas turrón…de todo
bueno y no tan bueno
nevado en lo alto
o ardiente en el llano
voces eufóricas casi sin sentido
o sí
o frustración embarrada honda
( o sea alguna paz costosa)
Y un después:
La siembra
Un año sin nueces
Rompiendo en mitades
el pan el sueño y las horas

*de Víctor Falco vittoriofa9@hotmail.com

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