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BITÁCORA DE UN SOCIÓLOGO FRACASADO

16/12/2007 GMT 1

NO VEN EL DESEO QUE LLEVA EL VIENTO...

urbanopowell @ 01:33

AHORA*

Ahora
que mi cuerpo
esta desnudo de tus manos.

Ahora
Que mis ojos
no ven el deseo que lleva
el viento.

Ahora
que mis besos
despedazan el tiempo
a empujones.

Ahora
sin sosiego
mi corazón distraído
no canta.

*de CARLOS CARBONE. ccarbone71@hotmail.com

NO VEN EL DESEO QUE LLEVA EL VIENTO...

Dejar a Matilde*

*De Alberto Moravia

Un amigo mío camionero ha escrito en el cristal del parabrisas: "Mujeres y motores, alegrías y dolores". No digo yo que no tenga sus buenas razones para decir que los dolores y las alegrías que le procuran las mujeres tengan más o menos el mismo peso en la balanza de su vida. Digo que, al menos por lo que se refiere a Matilde y a mí, esa balanza andaba muy desequilibrada: por un lado, muy alto, el platillo de las alegrías; por el otro, muy bajo, el platazo de los dolores. De modo que, al final, tras un año de noviazgo de puras peleas, incumplimientos de palabra, bribonadas y traiciones, decidí dejarla a la primera oportunidad.
La oportunidad llegó pronto, una noche que la había citado en la plaza Campitelli, cerca de su casa: Esa noche Matilde, simplemente, no vino.
Advertí entonces, tras una horita de espera, que sentía más alivio que disgusto, y comprendí que había llegado el momento de la separación.
Incierto entre un dolor amargo y una satisfacción agraz, medio contento y medio desesperado, me fui a casa y me acosté en seguida. Pero antes de apagar la luz me santigüé, solemne, y dije en voz alta:
-Esta vez se acabó, vaya si se acabó.
Este juramento hay que decir que me calmó, porque dormí de corrido nueve horas y sólo me desperté por la mañana cuando mamá vino a avisarme que preguntaban por mí al teléfono.
Fui al teléfono, al apartamento de enfrente, de una modista amiga. De inmediato, la vocecita dulce de Matilde:
-¿Cómo estás?
-Estoy bien -contesté, duro.
-Perdóname por anoche..., pero no pude, de verdad.
-No importa -le dije-, así que adiós... Nos veremos mañana... Te diré una cosa...
-¿Qué cosa?
-Una importante.
-¿Una cosa buena?
-Según... Para mí sí.
-¿Y para mí?
Dije tras un momento de reflexión:
-Claro, también para ti.
-¿Y qué cosa es?
-Te la diré mañana.
-No, dímela hoy.
-No me mates...
-Está bien... ¿Sabes por qué te he telefoneado hoy? Porque hace un día precioso, es fiesta, y podríamos ir en moto al mar. ¿Qué te parece?
Me quedé incómodo porque no me esperaba esa propuesta tan cariñosa, hecha con una voz tan dulce. Después pensé que, en el fondo, tanto daba hoy como mañana: iríamos a la playa y yo, en lo mejor, le diría que la dejaba y así me vengaría también un poco. Dije:
-Está bien, dentro de media hora paso a buscarte.
Fui a recoger el ciclomotor y luego, a la hora fijada, me presenté en casa de Matilde y le silbé para llamarla, como de costumbre. Se precipitó en seguida abajo, lo noté; normalmente me hacía esperar Dios sabe cuánto.
Mientras corría hacia mí atravesando la plaza, la miré y me di cuenta una vez más de que me gustaba: bajita, dura, morenísima, con la cara ancha por abajo como un gato, la boca sombreada de pelusilla, los ojos negros, astutos y vivos, el pelo muy cortito, tan espeso y tan bajo sobre la frente que evocaba el pelamen de un animal salvaje. Pero pensé: "Desde luego que me gusta, me gusta mucho, pero la dejo", y advertí con alivio que la idea no me turbaba en absoluto. Cuando la tuve delante, todavía jadeando por la carrera, me preguntó en seguida con voz tierna:
-¿Qué? ¿Aún estás enfadado por lo de ayer?
Contesté huraño:
-Vamos, monta.
Y ella, sin más, subió al sillín de la moto agarrándose a mí con las dos manos. Salimos.
Una vez en la vía Cristoforo Colombo, entre los muchos automóviles y motos del día festivo, con el sol que ya quemaba, empecé a pensar sañudamente en lo que debía hacer. ¿Cuándo tenía que decirle que la dejaba? Al principio pensé que se lo diría en cuanto llegásemos a la playa, para estropearle la excursión y a lo mejor traerla inmediatamente después a Roma: una idea vengativa. Pero después, pensándolo mejor, me dije que, a fin de cuentas, también me estropearía la excursión a mí mismo. Mejor, pensé, disfrutar de la vida y -¿por qué no?- de Matilde hasta cierto momento, digamos que hasta las dos, después de comer. O bien, incluso, esperar al final de la excursión y decírselo mientras regresábamos, por esta misma vía Cristoforo Colombo, sin volverme, así, como por azar. O incluso también esperar a llegar a Roma y decírselo en la puerta de su casa: "Adiós, Matilde. Te digo adiós porque hoy ha sido la última vez que hemos estado juntos". Entre tantas ideas no sabía cuál escoger; al final me dije que no debía hacer planes; en el momento oportuno, no sabía cuál, se lo diría. Entre tanto Matilde, como si
hubiera adivinado mis reflexiones, se apretaba fuerte a mí, e incluso me había cogido con la mano la piel del brazo, como pellizcándome, con ese pellizco que se llama mordisco del asno, y que en ella era una demostración de afecto. La oí, después, decirme al oído con una voz alegre y tierna:
-¡Eh! ¿Sabes que tienes que ir al peluquero? Con tanto pelo ni hay sitio para un beso.
Digo la verdad, esas palabras y el pellizco me hicieron cierto efecto. Pero de todas formas pensé: "Sigue, sigue... Ya es demasiado tarde".
Una vez en Castelfusano cogí hacia Torvaianica, donde sabía que no había balnearios, que sólo agradan a quienes van al mar a ponerse morenos, sino nada más que matorrales y la playa desierta. Al llegar a un sitio muy solitario, con un monte bajo que pululaba, verde e intrincado, por el declive hasta la tira blanca de la playa, dejé la moto en el borde del camino; y después corrimos juntos a más no poder por los senderos, rodeando los gruesos arbustos batidos por el viento, hasta el mar. La llevaba de la mano, pero este gesto cariñoso lo había impuesto ella; y yo la dejé hacer; así me sentí de nuevo enternecido, como en los buenos tiempos en que la quería. Pero me di cuenta de que seguía decidido a dejarla, y esto me devolvió la confianza.
-Voy a desnudarme detrás de aquella mata -dijo ella-. No mires.
Y yo me pregunté si no sería cosa de decírselo ahora; recibiría la ducha fría justo en el momento en que estaba desnuda, llena de la felicidad que le daba aquel sitio tan bonito y la excursión al mar. Pero cuando me volví hacia ella y vi asomar por la mata sus hombros delicados, con los brazos levantados, y quitarse la falda por la cabeza, se me fueron las ganas. Tanto más cuanto que ella decía, siempre con su voz cariñosa:
-Giulio, no te creas que no me doy cuenta; me estás mirando.
Así fuimos a tumbarnos en la arena, yo boca abajo y ella hacia arriba, con la cabeza en mi espalda como en un cojín. El sol quemaba mi espalda, la arena me quemaba el pecho y su cabeza me pesaba en la espalda, pero era un dulce peso. Ella dijo, tras un largo silencio:
-¿Por qué estás tan callado? ¿En qué piensas?
Y yo contesté espontáneamente:
-Pienso en lo que tengo que decirte.
-Pues dilo.
Estaba a punto de decirlo de veras cuando ella, voluble como las mariposas que vuelan de una flor a otra y nunca se dejan coger, dijo de pronto:
-Mira, mientras tanto úntame los hombros, que no quiero quemarme.
Renuncié una vez más a hablar y, cogiendo el frasquito de aceite, le unté la espalda desde el cuello a la cintura. Al final ella anunció:
-Me duermo. ¡No me molestes!
Y me quedé turulato de nuevo, pensando que, en el fondo, no le importaba nada saber lo que quería decirle.
Matilde durmió quizás una hora; después se despertó y propuso:
Caminemos a lo largo del mar. Es pronto para bañarse, pero al menos quiero mojarme los pies en el agua.
Volvió a cogerme de la mano y juntos corrimos a través de la playa hacia la orilla. Las olas eran grandes y ella, siempre de mi mano, empezó a dar carreritas hacia adelante y hacia atrás, según las olas avanzaran o refluyeran, entre un viento que soplaba con fuerza, gritando de alegría cada vez que una ola, más rápida que ella, la embestía y le subía hasta media pierna. No sé por qué, al verla tan feliz, me dieron unas ganas crueles de estropearle la felicidad y grité fuerte, para superar con la voz el
estruendo de mar: "Ahora te digo esa cosa". Pero ella, de forma imprevista, me abrazó repentinamente con fuerza, diciéndome: "Cógeme en brazos y llévame al medio del agua, inténtalo, pero no me dejes caer". De modo que la cogí en brazos, que pesaba mucho aunque era pequeña, y avancé un poco entre toda aquella confusión de olas que se cruzaban, montaban unas sobre otras y refluían. Mientras tanto me preguntaba por qué ella había hecho este gesto; y concluí diciéndome que, con su intuición femenina, había adivinado que lo que quería decirle no le iba a gustar. Ahora, desvanecido el peligro de oírme decir aquella cosa, me invitaba a volver a la orilla. Volví y la dejé con delicadeza en la arena; me dio un beso en la mejilla, diciendo:
-Y ahora comemos.
Abrimos el paquete del almuerzo y comimos los bocadillos de ternera que mi madre me había preparado. Después, durante dos horas, siempre la misma canción. Yo tenía en la punta de la lengua lo que quería decirle, pensaba decírselo porque el momento me parecía favorable, estaba a punto de decirlo cuando ella, de pronto, me hablaba de forma cariñosa o hacía un gesto imprevisto, o incluso me quitaba la palabra de la boca. Varias veces me volvió la idea de una de esas mariposas blancas de la col, que en primavera son las primeras y las más inasibles, feliz de quien consigue echarles mano.
Después, cuando ya desesperaba de llegar a mi declaración, me propuso de golpe y porrazo:
-Bueno, dime ahora esa cosa.
Estaba a punto de abrir la boca cuando ella gritó:
-No, no me la digas, espera, déjamela adivinar. Veamos: ¿quieres decirme que me quieres mucho?
-No -respondí.
-¿Entonces quieres decirme que soy muy mona y te gusto?
-No.
-Entonces, ¿que nos casaremos pronto?
-No.
-Estas son las tres únicas cosas que me interesan -dijo ella sacudiendo la cabeza-. Basta, no quiero saber nada.
-No, tengo que decirte que...
Pero ella, tapándome la boca con la mano:
-Chitón, si quieres que te dé un beso.
¿Qué podía hacer yo? Me quedé callado; y ella quitó la mano y puso sus labios, en un beso largo que me pareció sincero.
Al final habíamos hecho de todo: tomado el sol, dormido, un semibaño, habíamos hablado; pero no le había dicho aquella cosa y ya sólo nos quedaba irnos. De modo que nos vestimos cada uno detrás de su mata y yo una vez más, mientras me metía los pantalones, pensé que ese era el momento adecuado. Me
levanté y dije con voz natural:
-Lo que quería decirte, Matilde, es esto: he decidido dejarte.
Pronunciadas estas palabras miré hacia la mata tras la que ella se ocultaba, pero no vi nada. El viento ahora soplaba más fuerte que nunca y sólo se oían, en aquel lugar desierto, la voz del viento, baja y modulada, y el estruendo del mar. Matilde parecía que no estaba, como si mis palabras la hubieran hecho desvanecerse en el aire, como los torbellinos de arena que el viento levantaba sin tregua de las dunas blancas y empujaba hacia arriba, hacia el monte bajo. Dije: "Matilde", pero no obtuve respuesta. Grité
entonces: ¡Matilde!", y tampoco contestó. Inquieto, incluso un poco asustado, pensando que, quién sabe, estuviera llorando de dolor, o quizá se hubiera desmayado, me puse a toda prisa la camisa y corrí hacia la mata detrás de la cual debería estar. No estaba: en la arena no vi más que su bolso y sus zapatitos rojos. Pero justo en el momento en que me volvía llamándola, la sentí que se me echaba encima, con violencia hasta el punto de que no pude aguantar en pie y caí boca arriba, con ella. Matilde ahora se
sentaba a horcajadas en mi pecho y me decía:
-Repite lo que has dicho. Vamos, repítelo.
La arena me soplaba en la cara, punzante; ella reía sin parar y yo por fin contesté flojo:
-Bueno, no lo repito, pero déjame en paz.
Pero ella no se levantó en seguida y dijo:
-¿Y eso era todo? Te digo la verdad, creía que era algo más importante.
Después me soltó; me levanté yo también y, de repente, advertí que estaba contento de habérselo dicho y de que no lo hubiera tomado en serio y se lo tomara como una de las muchas bobadas que se pueden decir entre enamorados.
En resumen, volvimos a subir la pendiente cogidos de la cintura. Y yo le dije que la quería mucho; y ella me contestó ya un poco reservada, porque no se temía que la dejara: "También yo". Poco después corríamos de nuevo por la vía Cristoforo Colombo.
Pero al llegar a su casa me dijo, cogiéndome la mano:
-Giulio, ahora es mejor que no nos veamos unos días.
Me sentí casi desfallecer y consternado, exclamé:
-Pero, ¿por qué?
Y ella, con una buena carcajada:
-He querido hacer una prueba. Querías dejarme, ¿eh? Y luego, sólo ante la idea de no verme unos días, pones una cara así de triste. Está bien, nos vemos mañana.
Corrió hacia arriba y yo me quedé como un bobo, mirándola alejarse.

*Fuente: CIUDAD SEVA
http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/ita/moravia/dejar.htm

“Claude”*

Cómo circula la francesa con un carrito
por la vida
Cómo descubre el muchachote local sus cuernos
irreducibles en las fotografías

El muchachote local es un desprendimiento
tal vez la continuación de un desprendimiento innominado
acaso una protuberancia en el llano devenir
La francesa también es un desprendimiento
o la continuación de un desprendimiento
o, por qué no, otra protuberancia

La francesa considera que no hallándose ella en su propio cuerpo
cuando esto acontece
se halla (no atina a notar dónde) destartalada
O en migraciones

El muchachote local apunta a servicial
y la francesa visitante es apuntada

El muchachote no sólo incorrectamente cava de costado
sino que levanta lomitas de tierra de costado
y se arrellana correctamente de costado
allí donde se deja volver al cuerpo
la francesa.

*de Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar
“CLAUDE”, filme dirigido por Cindy Lou Johnson.

Sábado, 15 de Diciembre de 2007

DIBUJITOS DEL CORAZÓN*

*Por Hugo Alberto Ojeda

Toda mujer tiene algo que le falta.
Me gusta escribir de mañana, respirar el inmediato aire fresco llegando del río, creer en la melodía del silencio quebrada por la respiración de una mujer.
La naturaleza no sabe mentir.
Es un placer que jamás se ofrecerá en la góndola de los supermercados.
Perder la mirada por la ventana buscando en la otra orilla del Paraná lo que no se sabe ver. Dejar que mis manos hagan lo suyo sobre el teclado mientras una mujer sueña.
El universo no pregunta.
Escribo, las palabras (Borges remix) como puñadito de arena cayendo en la nada y el infinito modificándose. La tormenta terminó, el sol no va a salir.
Acontecimiento íntimo y absoluto Esta mañana el horizonte de las islas aparece despejado en el gris, casi como la línea de Times New Roman en la pantalla.
Letras, carta de un recuerdo feliz. Brunito estrenando su pilotín de los Power Rangers. Ayer tarde, turno de mi hijo con la cardióloga, examen de rutina, certificado de salud para presentar en el Normal 2. Mis zapatillas Topper de lona negra, mojadas. Las bocas de tormenta de Santa Fe y Santiago
estaban tapadas. La clínica queda en calle Santa Fe al dos mil 400. Ayer era jueves y llovía, habíamos llegado 15 minutos tarde a la cita, todos los taxis ocupados, un sesentista 140 nos había dejado en la esquina de Alvear.
Cerrar el paraguas, buscar la tarjeta plástica que es el carnet y la secretaria dejando su caligrafía gorda en la orden de papel rectangular, para después decir:
-Suban, la doctora los espera.
Lo primero que vi fue su sonrisa iluminada. Estábamos subiendo la escalera circular de madera, la puerta abierta de su consultorio ofreció su gesto resplandeciendo en la penumbra gris.
Instante Da Vinci.
Después del breve y bobo trámite social, hizo sentar a Brunito en la camilla. Con esa dulzura que a veces roza la estupidez, ella le puso los electrodos con plásticos de colores primarios. Y contándole el cuento de los dibujitos del corazón, hizo el electro.
El tiempo es materia, nube y posibilidad.
Fue menos de un segundo. La tirita de papel con los garabatos impresos de los latidos de mi hijo, la doctora agachándose para buscar un frasco de alcohol en el armario y algo volviendo a resplandecer en la tarde gris. Un maravilloso culo extremando el motivo de la belleza, el abismo perfecto entre su remerita y la leyenda de su elástico íntimo. Tan cerca y tan lejos, la hembra y la matrícula profesional. Momento único donde podría haberse condensado toda la ola de felicidad.
Tenía piel gringa. No sé si registró mi placer, me turbé cuando miró mis zapatillas mojadas. En el mismo instante en que yo imaginaba que haría el amor como una cubanita bailando reggaetone.
La ruta del deseo está asfaltada por realidades ajenas y falsas.
Puse cara de poker, me dio el certificado y nos despedimos reiterando el absurdo ritual. La lluvia nos recibió en la vereda y otra vez el paraguas.
Corrimos con Brunito hasta el super de calle Pueyrredón, el que fue vaciado por el ladrón Ragunaschi. ¿Se escribía así el apellido del pichón de Yabrán?
El viernes amanece, escribo, una mujer duerme y vos me estás leyendo. El cuarteto perfecto para la intemperie.
La potra que duerme despatarrada en la cama tiene un culo más alucinante que el de la cardióloga. Pero no me conmueve tanto porque está cerca y es cotidiano.
La posesión arruina la magia.
Las mujeres después de hacer el amor respiran distinto. En ese aire hace rincón la música.

Todo hombre tiene algo que le falta.

*Fuente: Rosario-12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-11556-2007-12-15.html

Jueves/06-Dic-2007
LAS RELACIONES DE PAREJA EN EL MUNDO DE HOY

¡Uy, me olvidé de casarme!"*

"Nos encontramos ante un desorden de las pautas del cortejo", señala la autora, en el marco de situaciones como "la posibilidad de demorar la edad del matrimonio"; "la desidealización de la alianza conyugal" o "la tendencia hacia la búsqueda 'racionalizada' de un o una compañera adecuada".

Por Irene Meler *

Asistimos a un nuevo tipo de consulta, donde mujeres jóvenes, atractivas, educadas y exitosas, recuerdan de pronto que el tiempo pasa y... ¡han olvidado que debían casarse! Esta postergación del propósito de constituir una pareja estable y de tener hijos revela hasta qué punto el vínculo amoroso, pese a los reclamos manifiestos, ocupa un espacio psíquico secundario en el sistema de ideales propuestos para el yo de las nuevas mujeres. Vemos, entonces, una modalidad de malestar cultural propia de la modernidad tardía. Hoy en día, los jóvenes educados e insertos en el mercado laboral coinciden, en términos generales, en considerar que su construcción como sujetos socialmente autónomos es una prioridad con respecto al establecimiento de relaciones amorosas. En el caso de los varones, esta tendencia no hace sino continuar con un criterio que ya estaba en vigencia a comienzos del siglo XX. Un hombre debía formarse e insertarse en el mundo social y productivo, antes de decidir que estaba en condiciones de casarse y de tener descendencia. Lo novedoso es que hoy muchas mujeres elaboran, de modo implícito, un proyecto de vida semejante. La construcción de una subjetividad compleja, apta para competir en el sofisticado mercado de las empresas transnacionales, lleva tiempo y esfuerzo.
La tendencia hegemónica en el capitalismo contemporáneo, si bien ha incorporado a las mujeres al mercado, consiste en una universalización del estilo subjetivo masculino. Encontramos una liberación femenina cuyo costo ha sido resignar los ancestrales valores de la feminidad para incorporarse,
aunque sea como socias menores, al club androcéntrico. Esta integración tiene un aspecto jubiloso, en tanto implica superar el estatuto subordinado de las abuelas y de algunas madres, pero también ocasiona problemas subjetivos e interpersonales inesperados.
Las parejas modernas, las que se unieron hasta la década de 1960, estuvieron sostenidas, en gran medida, por la mistificación del amor por parte de las mujeres. Durante la modernidad, mientras que el trabajo fue el gran asunto de los varones, el amor era preocupación central de las subjetividades femeninas. Esta actitud no resulta sorprendente, ya que la ubicación social de las mujeres dependía por partes iguales de su nacimiento y de la alianza conyugal que lograran concertar. El camino de los logros personales estaba cerrado, y conquistar a un varón exitoso hacía de ellas "la esposa del doctor, del ingeniero o del empresario", una forma de compartir el estatus alcanzado por el marido, cuya carrera sostenían con convicción, ya que formaba parte de una sociedad conyugal indisoluble. Si bien todavía existen muchas parejas establecidas sobre este tipo de contrato (Ana María Fernández, La mujer de la ilusión, 1993), se observa que tienden a desaparecer.
El correlato de la dependencia social y económica de las mujeres que integraban aquellas parejas que he denominado "tradicionales" ("Parejas de la transición. Entre la psicopatología y la respuesta creativa", revista Actualidad Psicológica, 1994) fue la idealización de la masculinidad y la estructuración de un proyecto de vida cuyo eje era seducir y retener a un marido. Emilce Dio Bleichmar (El feminismo espontáneo de la histeria, 1985) señaló que tener un hombre exitoso, o al menos algún hombre, fue un ideal central en el sistema de ideales del yo de las mujeres tradicionales.
En ese sistema simbólico, los varones deseaban a las mujeres, pero sus reaseguros narcisistas derivaban del grupo de pares: sus referentes eran los otros varones. Un líder político o un empleador exitoso que abriera oportunidades laborales podía (y aún puede) gozar del mismo tipo de lealtad y admiración, por parte de sus seguidores, que aquella que las mujeres dedicaban a sus compañeros. Mientras que ellas eran "mujeres de un solo hombre", ellos eran "hombres de..." tal o cual líder político o económico.
El amor se nutría, tal como lo describió Freud (Introducción al narcisismo, 1914), de la satisfacción de las grandes necesidades vitales. Los sujetos hegemónicos se mostraban remisos a comprometerse, ya que su capital simbólico (Pierre Bourdieu, El sentido práctico, 1980) era elevado. Las mujeres, bien lejos de la inaccesibilidad narcisista descrita por Freud en 1914, sostenían la institución conyugal con su dependencia y con la idealización de su proveedor.
Pero llegaron los tiempos del desencanto. En la llamada posmodernidad, los dioses han caído, pese a los espasmódicos intentos fundamentalistas por reciclar su culto. Este proceso puede abrir un camino hacia una existencia social menos mistificada, pero sin duda entraña riesgos que han sido descritos por Dany-Robert Dufour (El arte de reducir cabezas, ed. Paidós, 2007) como "desimbolización".
Los ideales laicos que consistían en utopías de paridad social se han revelado difíciles de alcanzar. El mundo del mañana se parece de modo algo siniestro al de ayer, en tanto las relaciones de dominación, de explotación y su versión innovadora, la exclusión, continúan generando pobreza. Un correlato de esta situación se observa en el campo de las relaciones amorosas. El lema de las mujeres anarquistas, "Ni Dios, ni patrón, ni marido", parece cumplirse, y como todo sueño, presenta en ocasiones ribetes de pesadilla.
En algunos casos, la estrategia para superar la amenaza de soledad es una especie de reciclado de la subordinación de género acotada al ámbito privado. Así como algunas jóvenes disimulan sus credenciales universitarias a la hora de seducir, al elegir pareja impostan una dependencia que no existe de modo efectivo; y aceptan varones con menores atributos fálicos de lo que sus aspiraciones demandan. He planteado que las relaciones tradicionales entre los géneros pueden modificarse con mayor facilidad en el ámbito público y que, por el contrario, es en el terreno de la intimidad amorosa, de la constitución del deseo, donde el nexo entre erotismo y dominación resulta más resistente al cambio ("El ejercicio de la sexualidad en la posmodernidad. Fantasmas, prácticas y valores", en Psicoanálisis y género. Debates en el Foro, Lugar Editorial, 2000). Esto se expresa en lo que comúnmente se denomina "una cierta necesidad de admiración hacia el varón", que sustenta el deseo femenino. Pero admirar no es tarea fácil para mujeres que han obtenido considerables logros personales y que encuentran varones severamente fragilizados.
En efecto, la masculinidad contemporánea atraviesa por una de sus crisis periódicas (Elizabeth Badinter, XY La identidad masculina, ed. Alianza, 1993): la retracción del empleo y lastransformaciones del mercado laboral han afectado de modo adverso las ocupaciones masculinizadas. Los emblemas fálicos de los varones resultan insuficientes, a lo que se suma que la apreciación de las jóvenes sobre los logros masculinos se genera desde una experiencia donde las realizaciones educativas y laborales ya no parecen metas inaccesibles para ellas.Nos encontramos entonces ante un desorden de las pautas del cortejo, o sea de la articulación moderna entre dominación masculina y producción de deseo.
En relación con la disminución de la presión social hacia la conformidad, la creciente aceptación de la diversidad que abre la posibilidad de demorar la edad del matrimonio, y la desidealización de la alianza conyugal, se observa una tendencia hacia la búsqueda racionalizada de un o una compañera adecuada. Es lo que François de Singly ha denominado "un nuevo matrimonio de razón" ("Un nouveau mariage de raison", Dialogue Nº 77, 1982). Ese autor observa en los jóvenes franceses una sucesión de convivencias ensayadas a título experimental, tendencia que se encuentra también entre nosotros. Si los integrantes de la pareja no se sienten satisfechos, esa relación caduca y se busca otro ensayo, con el objetivo de encontrar, finalmente, una persona adecuada para formalizar un proyecto en conjunto. Una vez
cuestionado el prestigio del amor-pasión, se reflota así la racionalidad para la elección de pareja. Pero esta vez no se trata de una razón patrimonial, ni, como en tiempos premodernos, de aportar para el
engrandecimiento del linaje. Los individuos posmodernos intentan ser razonables como una estrategia para evitar los traumas derivados de las rupturas amorosas, con los que estos hijos de la generación del divorcio se han familiarizado (en su sentido más literal).
Los fracasos conyugales de la generación de sus padres los han traumatizado y ellos son cautelosos a la hora de comprometer sus afectos y desplegar ilusiones. No es necesario que haya existido un divorcio maligno entre sus padres. En muchos casos, la experiencia de amigos o parientes basta para alertar a esta generación contra los padecimientos derivados de las ilusiones totalizadoras, y el odio que con frecuencia surge cuando éstas claudican. La reserva puede derivar en ocasiones en una actitud
especulativa, donde las consideraciones sobre las dotes físicas de los candidatos o candidatas se unen con reflexiones sobre la familia de origen de la posible pareja, su salud mental, su situación económica y su prestigio. Cuanto mayores sean los logros personales en la educación y en el trabajo, más caro se vende el sujeto en el mercado matrimonial. Esta tendencia se observa sobre todo entre algunos jóvenes varones exitosos, que requieren un proceso terapéutico que los ayude a superar, ya no, como antes,
la represión del deseo sexual, sino la desestimación del afecto.
Esta dificultad para el vínculo amoroso que se puede observar en lo que constituye el sector central de las generaciones jóvenes, o sea aquellos que están calificados, insertos en el sistema y que pueden considerarse de algún modo privilegiados, parece manifestación de una civilización desencantada, que ha obtenido y continúa logrando sorprendentes progresos tecnológicos pero que aún no ha perfeccionado las tecnologías para la construcción del sí mismos y presenta un serio déficit en el refinamiento del lazo social. Los nuevos individuos son, como ya decía Winnicott (ob. cit.) un logro histórico. Cornelius Castoriadis (Psicoanálisis, proyecto y elucidación, 1998) también consideró el sujeto autónomo como una producción social-histórica no siempre presente. Emergiendo de las identidades colectivas que caracterizan a los pueblos llamados "primitivos", los nuevos individuos disfrutan de un mayor margen de reflexividad y de voluntad. Como cada época presenta sus formas particulares de malestar cultural, el que nos toca vivir pasa por un extravío de la individuación: el individualismo extremo.
Tal vez, cuando aumente la masa crítica de mujeres que participan en todas las áreas de la experiencia social, sea posible superar la hegemonía del logos masculino. La experiencia ancestral de los trabajos de relación, que ha caracterizado a las mujeres en función de su inserción en el parentesco y del ejercicio de la maternidad, podría, entonces, ser incorporada al imaginario colectivo.

* Presidenta del XI Congreso Metropolitano de Psicología, que la Asociación de Psicólogos de Buenos Aires efectuará en julio de 2008. Coordinadora del Foro de Psicoanálisis y Género (APBA).

-Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-95773-2007-12-08.html

PASADO Y PRESENTE DE LOS LAZOS CONYUGALES

De la "prenda de paz" al "desmatrimonio"*

*Por I. M.

Interrogarse sobre las relaciones de pareja en la actualidad es indagar en una de las versiones primordiales del lazo social. Pero el lazo social originario, ¿surgió acaso entre varones y mujeres? El creador del psicoanálisis tenía otra opinión. Freud (En Tótem y tabú, en Psicología de las masas..., en El malestar en la cultura) consideraba que la sociabilidad nació a partir de la sublimación de la homosexualidad masculina. Las sociedades humanas, dominadas por los varones, se habrían establecido
mediante una alianza entre ellos, al interior de la cual las mujeres circulaban como prendas de paz y como objetos de deseo, pero no como sujetos que suscribieran el pacto.
Esa homosocialidad, descrita por la teoría psicoanalítica de modo naturalizado, fue redefinida como síntoma cultural por las autoras feministas, entre las que se destaca el trabajo de Gayle Rubin acerca del "tráfico de mujeres" ("The traffic in women: Notes on the 'Political Economy' of sex", en Toward an anthropology of women, de Rayna Reiter, 1975). Con esa expresión buscó poner en evidencia la índole opresiva del intercambio de mujeres, modelo creado por Lévi Strauss (Las estructuras elementales del
parentesco, 1949) para dar cuenta del lazo social. La autora considera que las subjetividades femeninas y masculinas, tales como las conocemos, son el producto histórico de las respectivas posiciones de mujeres y de varones en las redes de intercambio matrimonial.
El supuesto freudiano acerca de una sociabilidad concertada entre hombres ha sido cuestionado por diversos autores. Jessica Benjamin (Sujetos iguales, objetos de amor, Buenos Aires, Paidós, 1997) plantea un modelo alternativo: la fuente de la socialidad deriva del vínculo primario que se establece
entre la madre y el hijo. La prematuración de los niños en nuestra especie obliga a una relación
madre-hijo prolongada, debido a la necesidad de cuidados maternos. La construcción de las sociedades humanas se funda, según esta perspectiva, en la indefensión y en la necesidad de asistencia que caracteriza los inicios de nuestra existencia. No se trata de un pacto concertado entre sujetos ya constituidos, sino de una precondición para la humanización de la especie y para el advenimiento de la subjetividad. Ambos modelos no son incompatibles, porque el vínculo madre-hijo funda la relación
inicial con el otro, pero los arreglos sociales del mundo adulto se establecen entre los sujetos hegemónicos, ansiosos de olvidar su origen y remisos a pagar la deuda material y simbólica con la madre.
Respecto de las uniones estables entre los sexos, Freud las relaciona con la ausencia del estro en la especie humana y con la consiguiente disponibilidad sexual irrestricta de las hembras. El sujeto de su relato, el macho homínido, habría deseado retener junto a sí a su compañera sexual, y de este modo se habrían establecido las relaciones amorosas duraderas. Como se ve, la teoría se hace eco, de modo acrítico, de la situación histórica de la dominación social masculina y, de ese modo, sin proponérselo, la replica.
Sin embargo, resulta verosímil que el dimorfismo sexual, y las diferencias de tamaño y fuerza que lo caracterizan, hayan promovido un protagonismo masculino en la decisión de emparejar, con la consiguiente desubjetivación de las primeras mujeres.
Vemos entonces cómo los relatos construidos acerca de los orígenes están lejos de constituir una versión neutral y pretendidamente objetiva de la realidad histórica; ellos reflejan, por el contrario, el punto de vista de los sujetos que los elaboran.
Desde la perspectiva psicoanalítica de género, un relato sobre las uniones amorosas comienza de modo inevitable destacando el origen histórico de dichos vínculos, y, en ese hipotético comienzo, el deseo y las relaciones de poder son categorías fundadoras para el análisis de las relaciones de pareja.
Las referencias a un supuesto origen, cuya exactitud histórica es irrelevante pero que avalan mi opción por una postura constructivista social, sólo pretenden abrir una reflexión sobre la compleja situación que se observa en las relaciones amorosas de las sociedades contemporáneas.
La pareja, las parejas
Es frecuente que se produzca un sesgo en los análisis sobre el tema, en el cual se reduce el estudio de las relaciones de pareja a los sectores medios urbanos, educados, heterosexuales y que consultan a los psicoterapeutas.
La decisión de acotar las reflexiones a ese sector es legítima, siempre que se tenga el recaudo de inscribir el pensamiento en el contexto, vasto y heterogéneo, donde conviven numerosas parejas de sectores populares y de distintos orígenes étnicos, parejas homosexuales, así como parejas jóvenes y
parejas mayores, en fin, uniones realizadas desde diversas condiciones sociales y subjetivas. En los sectores pobres, las pautas de constitución de parejas son premodernas, ya que las uniones se conciertan tempranamente y la maternidad, muchas veces solitaria, se inicia al poco tiempo de completada la maduración sexual biológica. En cuanto a las parejas homosexuales, presentan dificultades para su constitución, pero nos encontramos hoy ante una situación, en cierto modo sorprendente, en la que el amor conyugal constituye en la comunidad homosexual un ideal de vida más vigente que entre los heterosexuales de sectores medio altos, acerca de los que me ocupo en esta ocasión.
Estos sectores medios atraviesan no sólo entre nosotros, sino en el nivel mundial, por un proceso que en Francia se ha calificado como démariage ("desmatrimonio"), o sea, por una crisis de las uniones conyugales, que se disuelven de modo periódico o que, directamente, no se conciertan. Esta situación puede parecernos inédita, pero, si recordamos la historia de los vínculos conyugales, veremos que ha experimentado numerosas transformaciones.
La formación de pareja no fue una exigencia universal durante el Antiguo Régimen europeo (Edward Shorter: El nacimiento de la familia moderna, Buenos Aires, Crea, 1977), porque sólo los propietarios debían engendrar un linaje que asegurara la continuidad del patrimonio. Así, el destino social de muchos hijos de familia fue el celibato, en el clero secular o en la reclusión de los conventos. En otros casos, la migración o la alianza con una heredera podía ser un destino posible para un hijo segundo. En cuanto a
los sujetos subordinados que estaban en condición servil, sus uniones amorosas siempre fueron invisibilizadas por un sistema social que no abría un espacio habitable para ellas. Pero con el paso de los años, en las sociedades de clases, el emparejamiento pasó, de ser una opción para algunos, a constituirse en un destino universalizado.
Si recordamos la historia reciente, veremos que los años '50 se caracterizaron por una fuerte presión social hacia la normalización y por la conyugalidad casi obligada. La década del '60 marcó un punto de inflexión, generando tendencias alternativas tales como la denominada "revolución sexual" y el protagonismo social de los sectores juveniles. Comenzó a surgir una valoración creciente por las elecciones personales, versus la adaptación y la conformidad con respecto de la norma. Si bien las nuevas opciones generaron modalidades inéditas de presión social, y la "liberación" se confundió en ocasiones con nuevas formas de explotación o de sometimiento, es innegable que el proceso de individuación experimentó un progreso.
La homogamia de clase y de etnia, que antes constituía un imperativo casi inapelable, comenzó a ser transgredida con mayor frecuencia. Por otra parte, quienes prefieren amar a personas del mismo sexo van saliendo de la clandestinidad y reivindican sus derechos al reconocimiento social e institucional. El deseo individual, fraguado a lo largo de los avatares biográficos, se ha transformado en la clave de la autenticidad de la existencia.
Los conceptos winnicottianos de falso self y self genuino o verdadero (Donald Winnicott, Realidad y juego, ed. Gedisa, 1985) pueden comprenderse como emergentes culturales de esta tendencia. La pregunta acerca de si un sujeto se experimenta como existiendo de modo auténtico o imposta una
fachada con finalidades adaptativas, para el consumo de los demás, sólo resulta posible en el contexto de las nuevas tendencias hacia la individuación y el reemplazo del autoritarismo manifiesto por nuevas formas de regulación social.

-Fuente:
http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/subnotas/95773-30260-2007-12-08.html

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