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BITÁCORA DE UN SOCIÓLOGO FRACASADO

17/12/2007 GMT 1

COSAS DE LA IMAGINACIÓN...

urbanopowell @ 12:37

Enero*

Se consumió todo el pabilo
después de esos benditos reyes
y un enero en la playa
mimetizados los sentidos
solo viento sol
solo arena y espuma
el cuerpo y la mente
tocan a planchar con desmesura
Dejando el mate o
un frutal vasito
o la digital contagiosa
o el libro diario no todavía
muchas situaciones y personas pasadas
o en hechos tal vez por acontecer o no
desfilan rápido por la imaginación
por ese escenario tan vital de mar
casi sin horizonte
pero como si flotáramos
en el umbral de la muerte
Después todo es correr gritos y chapuzón
recuerdo ordenado nostálgico u olvido.
Cancha reservada para el atardecer o la noche
Después es caminar por la acera
Vidrieras vestuario brillos
Después
contrato de excursión
“te subís y te llevan”
Al rato
una mesa que invita a ser bien atendido
(Cordura del estómago).

*de Víctor Falco vittoriofa9@hotmail.com

COSAS DE LA IMAGINACIÓN...

Lunes, 17 de Diciembre de 2007
literatura|entrevista al escritor y guionista sergio bizzio

"Un miedo me llevó a otro"*

Entre diversos proyectos literarios y cinematográficos, acaba de publicar Era el cielo, una novela sobre la disolución de una pareja y los miedos de un hombre frente a la pérdida de la cotidianidad con su hijo.

Bizzio es narrador, poeta, dramaturgo, guionista y director de cine.

*Por Silvina Friera

La novela arranca con una escena fuerte, desconcertante. El protagonista de Era el cielo (Interzona), de Sergio Bizzio, un guionista de televisión de cuarenta y tres años, separado y con un hijo, está empezando a convivir nuevamente con su ex esposa. Pero cuando regresa a su casa se encuentra con que dos hombres están violando a su mujer. Esta imagen inicial, la del testigo que no sabe qué hacer -si gritar o desviar la mirada ante el peligro-, paraliza tanto al personaje como si un niño acabara de golpearlo con la fuerza de un gigante. Lo que seguirá a ese estallido es un relato sobre la disolución de una pareja -que se despliega como una constelación de miedos, donde la punta engañosa del iceberg es la fobia a volar del
protagonista-, sobre la angustia de un padre ante la pérdida de la cotidianidad con su hijo, sobre cómo las esquirlas de lo inesperado desgarran y deforman el velo de la normalidad. "La escena es impactante
porque no se anima a intervenir; descubre, de pronto, que es un ser cobarde y abyecto", plantea Bizzio a Página/12.
En la vereda del bar de Colegiales, donde transcurre la entrevista, una seguidilla de escenas absurdas, como si fueran la prolongación de Era el cielo, aporta una dosis de humor al calor pegajoso de la tarde. La mesa se tambalea a cada rato y el escritor ataja las botellas de agua mineral y los vasos. "Tiene un equilibrio más precario que yo", bromea Bizzio, que disfruta del éxito de XXY (ver nota aparte), película de Lucía Puenzo basada en su cuento Cinismo, del libro Chicos, y de un presente con muchos
proyectos cinematográficos. Un rottweiler deambula cerca de la silla del narrador, poeta y guionista. "No sé si es peligroso, o un chiste de perro peligroso. A ver si me confunde con otro escritor -ironiza-. Está cansado y aburrido, es muy parecido a mí." Volviendo a la escena de la violación, confiesa que la escribió con mucha dedicación, no porque le resultara difícil, sino porque venía de una larga temporada sin escribir ficción, "sin mover un dedo". "Había estado escribiendo guiones de cine, y volver a la
literatura se me hizo desconcertante", señala.
-¿El trabajo como guionista dificulta y contamina la literatura?
-No. La literatura y el cine son prácticas vecinas, pero lo mejor que uno puede hacer es mantenerlas separadas. Yo no siento ninguna contaminación entre una y otra, y mucho menos con la televisión, que es un lenguaje lineal.
-El personaje de Era el cielo dice que cuando empieza a escribir, lo único que tiene es una historia, que en ese sentido, escribir una historia es ya escribir. ¿A usted le pasa lo mismo?
-Al personaje de Era el cielo le gustaría escribir literatura y no puede. Es un guionista tipo, digamos: "piensa primero en una historia. Sin historia no hay guión". El guión es parte del reino de la historia, algo que no sucede necesariamente en la literatura, ¿no? Yo muchas veces empiezo con la panorámica borrosa de un lugar en el que me sumerjo sin esperanzas ni de hacer foco, aunque con esa ilusión. Así empecé a escribir esta novela, con la idea de un hombre que llega a su casa y se encuentra con que dos tipos están violando a su mujer. Nada más. A partir de ahí tejí frases.
-¿Cómo trabajó en ese entramado?
-Como una arañita (risas). Era el cielo es una novela sobre la disolución de una pareja, pero también sobre la alteración de la cotidianidad entre un padre y un hijo. Lo más estimulante para mí fue narrar lo que estalla, lo que de pronto ya no tiene principio ni fin, la posibilidad de fijar la mirada en esa constelación de esquirlas hirientes en las que se convierte todo.
-Uno de los principales puntos de conexión de esta constelación es el miedo.
-Sí, es cierto. Recuerdo ahora esa frase de Hobbes: "Mi única pasión ha sido el miedo". La novela es la puesta en escena de los miedos del protagonista, que son muchísimos, y que se acentúan después de la separación. Muchos de esos miedos están relacionados con el hijo, por supuesto. El dice que un hijo es una industria de producir terror, por lo menos en sus primeros años de vida. Tiene miedo de que se meta en el lavarropas, de que alguien lo maltrate, de que se atragante con la obra de teatro infantil que fueron a ver. Son miedos comunes a todos los que somos padres. Pero además él vio algo terrible sobre lo que no puede hablar. Hace apenas una semana que está de vuelta en su casa, para colmo, y empieza a darse cuenta de que todo es un error; no fue un error haber vuelto, sino que fue un error haberse ido, y
ese error continúa ahora que volvió. Y está aterrado. No toca nada sólido con los pies. Lo único seguro es el amor que siente por su hijo y el amor que su hijo siente por él, pero a la vez él ya no es el mismo padre. ¿Cómo se hace para escribir eso? Bueno, hay que leer Era el cielo (risas).
-Daría la impresión de que en la novela hay un trabajo muy sutil y deliberado sobre cómo un miedo lleva a otro, como si hubiera un efecto "bola de nieve".
-Me escuchaba hablar recién y pensaba: "Estoy dando la impresión de no saber adónde voy". Y es verdad, tengo que reconocerlo. No tenía la menor idea de adónde iba. Pero hay algo que siempre tuve muy en claro: un miedo me va a llevar a otro. En ese sentido estaba como inspirado (risas).
-¿La paranoia es una puerta de acceso a la verdad, como plantea el personaje?
-No sé, dicen que un paranoico nunca se equivoca... El personaje de mi novela descubre que están violando a su mujer y no interviene. Tiene miedo de que la maten. Uno de los violadores tiene un cuchillo. Son más jóvenes que ella (un dato que puede ser espeluznante según quién lea) y son mucho más fuertes que él. Así que también tiene miedo de morir, y no interviene.
No sé qué tiene que ver esto con la paranoia y la verdad, pero por primera vez en su vida siente que no es un ser abyecto. Justamente cuando más parece que lo es.
-A propósito del final de la novela, con la imagen de un chico que se relaciona con el padre en el aire, quizá la relación de los padres separados con sus hijos pareciera transcurrir como en el aire...
-Puede ser, en la novela sí. Pero esa idea apareció en la vida real, en un vuelo a España. Al lado mío iba sentado un chico de unos diez años, solo. De tanto en tanto uno de los pilotos salía de la cabina y venía y lo acariciaba, le preguntaba si estaba bien, si necesitaba algo. Me llamó la atención. En determinado momento el chico me dice que el piloto es su padre.
Eso me tranquilizó mucho, por otra parte, porque a mí me aterran los aviones. Me dije: "Si el padre lleva a su hijo en este avión es porque el avión está bien". El chico me contó que sus padres se habían separado un par de años atrás y que desde entonces él volaba a Madrid todos los fines de semana. El padre, en lugar de llevar a su hijo a jugar al fútbol o andar en bicicleta, lo llevaba a España. Era piloto, así que se relacionaba con su hijo en el aire. Eso me pareció estremecedor, tristísimo.
-¿Por qué el guionista quiere escribir literatura pero no puede?
-Quién sabe, ¿no? Porque ni siquiera es un escritor frustrado, simplemente no es un escritor. Lo único que tiene de escritor es la mirada, aunque eso no alcanza, por supuesto: además hay que escribir. Pero la verdad es que no sé por qué escribir, y mucho menos todavía por qué querer escribir si no se es un escritor.
-Uno de los personajes, Alejandrina, escribe poesía, pero uno de los poemas es tan malo que causa mucha gracia, o pena, según como se lo mire. ¿Es una burla a la solemnidad de la poesía?
-La solemnidad siempre es graciosa en algún punto. Y más todavía cuando se desarma, como en esa escena con Alejandrina, que está escribiendo un poema horrible sentada bajo un árbol, en el jardín, muy concentrada, y de pronto ve que llegan invitados. Se levanta y corre hacia ellos. Parece muy contenta
de verlos. Pero a medida que se acerca va aminorando el paso. La sonrisa se le borra de la cara. Y cuando ya está a un metro de las visitas les dice: "Perdón, los confundí". Me parece que la novela está llena de desvíos, de interrupciones y de saltos. Algunos de esos saltos son incluso en espiral, porque muchas veces, por seguir un cierto ritmo, me vi obligado a aletear en el aire. Pero bueno, ahí está la gracia.
-La figura del intruso es muy importante en su literatura. ¿Qué significan esos intrusos?
-No sé. Pero es cierto. Rabia, por ejemplo, está construida alrededor de un tipo que vive durante años encerrado en una mansión sin que sus dueños ni siquiera sospecharan de su presencia ahí dentro. Y aunque está escrita en tercera persona, lo único que registra el narrador es lo que ve el intruso.
-¿Será una marca generacional, o de época, el contexto de las dictaduras argentinas metiéndose de alguna manera en la ficción?
-No, no lo creo, me parece que esa marca no tiene muchas posibilidades conmigo.

*Fuente:
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/4-8663-2007-12-17.html

La ficha

Sergio Bizzio nació en Villa Ramallo (Buenos Aires) en 1956. Es narrador, poeta, dramaturgo, guionista y director de cine. Publicó las novelas El divino convertible (1990), Infierno albino (1992), Son del Africa (1993), Más allá del bien y lentamente (1995), Planet (1998), En esa época (Premio de Novela Emecé 2001) y Rabia (Premio Internacional de Novela de la Diversidad, España, 2004); las obras de teatro La china y El amor (1995), en coautoría con Daniel Guebel, y Gravedad (1999), llevada al cine por Fernando Spiner con el título de Adiós querida luna; y las colecciones de poemas Gran salón con piano (1982), Mínimo figurado (1990), Paraguay (1995) y El abanico matamoscas (2002). Es autor de varios guiones cinematográficos. Dirigió el largometraje Animalada (2001) y el telefilm El disfraz (2004). Su segundo largometraje como guionista y director, No fumar es un vicio como cualquier
otro, se estrenará en 2008.

Textual

Diana tiene ojos marrones. En realidad el color de sus ojos oscila (se mueve) entre el guinda brillante y el cerezo, también brillante. Al atardecer es el color de un scotch. Por la mañana, de acuerdo con la luz más que el ánimo, sus ojos te hacen pensar en lo que tocamos, o en lo que podemos tocar, o en lo que nos toca. Cualquiera que se haya perdido en la naturaleza de los ojos de Diana tiene que aprovechar la noche y guiarse por las estrellas. Saldrá. Es una manera de decirlo, por supuesto. Pero aun cuando sus ojos indican rodeos espiralados y senderos sin comienzo ni fin, inspiran confianza. Confianza y generosidad. En los ojos de Diana todo salta, asoma, se deja ver. Un breve vistazo a sus ojos alcanza para saber que lo dará todo por uno. En los ojos de Diana se lee como un libro abierto.
Ella misma sostiene el libro. Si está enojada, o angustiada, o ansiosa, sus ojos son como los ojos de los gatos del poema de Picabia cuando miran a un pájaro: piensan. Y a la inversa, si uno dice una palabra de más (tres palabras de más, en realidad) sus ojos son como los ojos de los pájaros que miran a los gatos: dudan. Si te desea o te detesta sus ojos consiguen que adviertas hasta la menor de las microscopías: los desplazamientos de aire ante cada parpadeo, por ejemplo. A veces en sus ojos se ve más allá, a veces
más adentro. Si está feliz sus ojos te siguen. Si está más feliz, te acompañan.

* Fragmento de Era el cielo (Interzona).
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/subnotas/8663-2759-2007-12-17.html

Lunes, 17 de Diciembre de 2007

Botín*

*Por Sonia Catela. soniacatela@yahoo.com.ar

En el bar, el hombre murciélago que ocupa la mesa vecina se cose a mí, él y sus bigotes lamidos, las palmas que bate juntas, vacías; las une como para rezar, las despliega y suelta la mariposa como a un pez rosado revoloteante que se posa en el enrejado de la lámpara, latiendo, pendiente de él, esperando la orden de volver a la matriz donde fue generada, truco barato de mago engominado que bebe un trago rojo ¿granadina? y a su "clap" la mariposa amaestrada desciende acercándosele y desaparece entre esas manos pálidas entrenadas para cerrarse sin nada en ellas y abrirse con intrigas alérgicas, cómo hace, dónde está la trampa. "¿Puedo?" se dirige a mí y extiende dedos sobre el servilletero, acepto "claro", y él y sus tupidas patillas, cejas depiladas vuelven a su vicio; ostentosamente se frota las palmas, cierra
abre y escupe de allí el "claro" que acabo de pronunciar, dicho por mi propia voz, lo lanza al aire del café entre tintineos de vasos y cucharitas, palabra robada, y clap, en bumerang pesca mi "claro" resonando en el aire y lo trae como una anguila que empieza con brío y agoniza al meterse y desaparecer en su carne flaca de mago, quien ojos sobre mí, se atusa el bozo, "¿qué le parece? ¿le gustó?" me limitaré a emitir la escueta expresión que dije hace un momento, pero el vocablo ha desaparecido de mi mente, de mi archivo de vulgaridades, de mi lengua, "por supuesto", balbuceo en su reemplazo, y el quiromante repite la maniobra de hurto, toma lanza recupera se embolsa el "por supuesto"; cuando ensayo pensar lo que acaba de escamotearme con sus firuletes, constato otra fuga que me abre una nueva laguna. Reviso el ticket de consumo, saco las monedas justas, pongo el importe en el platito, salto de la silla, pero el mago no cesa de hostigarme con sus interpelaciones, se iza la capa y me sigue. Culebreo entre mesas repletas de oficinistas que beben la cerveza del atardecer, brindis y desfiles por París liberado, sus cuerpos tinterillos liberados del cepo, pero a mí me tironea el resollar asmático que marca mi paso; apuro la huida, su aliento me toca el hombro, "señorita, déjeme explicarle", sigo y roza su
maletín contra mi pollera cuando se adelanta y atrasa; con su capa engrasada, con su olor a cosa vieja, húmeda, guardada demasiado tiempo en un placard, él, antigüedad colgada de una percha a la que le agito cuanta negativa pueden dedos y testa, ya casi en el umbral me planta sus huesos de pollo o buitre sobre el cuello; si grito que no me toque, me expropiará el grito. A sacudones expulso su mano. Busco un papel en la cartera, garabateo ininteligibles "explíquese", economizo palabras, las protejo, "yo podría, puedo" dice el mago mirando lejos y corta la transmisión pero se mantiene hablándome con claridad desde alguna dimensión imprecisa; son susurros, proposiciones, promesas de deleites en los que me complazco y cuya
descripción se corporiza en aciertos, me lleva, me enrula, nos enroscamos; el placer está aquí, (raya mi frente con un signo de pregunta), pero la realidad de su voz ¿la realidad? se reduce a: "me gustaría tomarla de discípula, la haría partícipe de interesantes experiencias...", se mantiene a casi medio metro pero se inclina sobre mi cuerpo, anundándose a mi garganta, a mis fuelles de placer, "nada de trucos", escribo, cómo desembarazarme de este alienado, cierra abre sus manos me tiende un ramillete de rosas frescas, no de papel, luego, contra el marco de la persiana metálica, sus claps me ponen nuevamente en boca el "claro", el "por supuesto", devolviéndome aquello de lo que me había despojado, "perdóneme,
una debilidad; usted me atrajo y quise quedarme con un pequeño recuerdo suyo". Realmente exhausta me apoyo contra el plátano sombreado de la vereda, me desplomo en el cordón de la acera; el mago sigue con sus claps que me ofrecen poemas ardientes, ayes de amantes, algún párrafo musical de exquisita factura "¿cómo lo hace? ¿hipnosis?", "mucho más sencillo. Sea mi discípula?", "¿por qué yo?", "porque me pregunta reiteradamente cómo lo hago", la situación ahonda el ridículo, sin embargo no me muevo, el mago se ha metido dentro de los sótanos donde archivo mis miedos, también fajos de curiosidad, "cuál es su nombre" indaga, "pruebe. Trate de acertar cómo me llamo", se equivoca a propósito, a que lo sabe, "¿por qué no nos encontramos cuando me quite esta ropa de trabajo?" (se toca la capa, el sombrero que
lleva), "¿estaba trabajando?", "para usted". "Sinceramente, paso", anuncio.
Declino sumarme a su equipo, a su proyecto, a cualquier vecindad con esa persona vespertina, oscura, "el trabajo me absorbe ¿sabe?" miento; se soba la lengua de su barbita como si contara de a uno los pelos que la componen, "por supuesto, por supuesto" acepta sin resistencias, me tiende la mano, dejo que estreche la mía, siento un tirón, se prolonga ese contacto de mermelada hirviente, de cinta adhesiva, pero no retrocedo, aguanto que me apriete; he cubierto las formas, ya puedo marchar al cuadrante opuesto, perderlo de vista. Al tercer paso que doy una tarjeta cae a mis pies. Me la plantó, con sus datos, nombre, dirección, teléfono. Como si fuera a necesitarla... La rechazo, la pateo. Se engancha en el espinoso cardo que rodea a uno de los plátanos. Instintivamente me toco un lóbulo, el otro. Los pezones. Cuento mis dedos. Veinte. La lengua: la tengo. La angustia teclea que, sin embargo, algo me falta, algo que no alcanzo a advertir, teclea que he perdido un territorio de mi cuerpo y que el mago lo tomó como souvenir.
Pruebo gritar, grito. Pruebo llorar y lloro. Desando camino para buscar la tarjeta. No hay ninguna tarjeta. Me cuento los dientes, veinticinco, pero ¿cuántos dientes tenía hace dos horas? ¿y lunares? ¿y cabellos? venillas, líneas de la mano, glóbulos. Husmeo todo el perímetro del árbol. El cordón.
Reviso el cesto de basura inmediato. Los de toda la cuadra. No hay tal tarjeta. Como si nunca hubiera existido. Me desplomo en una losa de desagües a llorar. Lágrimas. Cuántas lágrimas vierto. De cuántas células consta el mapa de mi piel. Algo se llevó. Sé que algo se llevó de mí. ¿Por qué no aparece la tarjeta por ningún lado, como si nunca hubiera existido? ¿Hubo esa tarjeta? ¿El mago?

*Fuente: Rosario-12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-11587-2007-12-17.html

Lunes, 17 de Diciembre de 2007

La imaginación*

*Por Eduardo Aliverti

¿Qué hace no ya un periodista o analista profesional sino cualquier hijo de vecino, que no viva en un pote de flan dietético y con alguna inquietud informativa e intelectual, cuando estalla una noticia groseramente empiojada por cruces de intereses políticos, personajes negrísimos, circunstancias muy
sugestivas y una cantidad de versiones y rumores que superan con amplitud los datos concretos?
Lo primero que hace es preguntarse por la verdadera importancia de la noticia. Esto es, la recorta. Le da un marco, inclusive por fuera de su interés personal en el tipo de hecho. Y una vez que lo hace, la primera respuesta, la que le sirve para empezar a precisar, es cuánto tiene la noticia de impacto social, de potencialidad, de influencia directa en la vida cotidiana. En una palabra, busca darle a la noticia su auténtica dimensión. Y después, ya más tranquilo o más alterado según sea el encuadre que dedujo, se aplica a algo tan sencillo como el sentido común. Lo cual puede no servirle para arribar a conclusiones contundentes pero sí, también, para recortar hipótesis. Quedarán afuera las descabelladas y adentro, con mayor o menor grado de certeza (o con ninguno), aquellas que dejarán un desenlace analítico más gordo o más flaco. Por supuesto, el grado de información con que se cuente influye en las probabilidades de acertar. Pero la importancia de acertar está, a su vez, condicionada por la importancia mayor: aquella de cuánto de influyente es la noticia.
Correcta o no esta lógica analítica, veamos qué pasa si se la emplea en el renacido caso del valijero Antonini Wilson y los 800 mil dólares secuestrados en Aeroparque que, de acuerdo con lo que dice ahora el FBI, estaban destinados a la campaña electoral kirchnerista. En primer término, visto el exuberante despliegue mediático que se le otorgó, se estaría ante un episodio de conmoción nacional e internacional, poco menos, del que la oposición local ya se prendió en forma unánime a falta de mejores excusas.
Las interpretaciones van desde que significa una señal política adversa que el gobierno norteamericano le dispensa al argentino recién reasumido, hasta que en caso de no brindar explicaciones satisfactorias puede resentirse la relación con Washington. ¿Y? Suponiendo que eso fuese así, no se ve, ni con el mayor de los esfuerzos, cuál es el impacto específico que la presunta revelación tendría sobre el mapa político e institucional de los argentinos.
Y tan es así que puede apostarse con toda tranquilidad al desvanecimiento repentino o paulatino de la instalación periodística del hecho, del mismo modo en que se desmayó a los pocos días de producirse el hallazgo en Aeroparque. Porque, ya entonces, no resultaba sensato que una cantidad de dinero irrelevante para el contorno de un oficialismo tranquilamente triunfador fuese contrabandeada al país con semejante intrepidez bizarra. El nunca bien ponderado sentido común ya indicaba que la plata podría haberla traído el propio Chávez, o alguien de su comitiva, sin riesgo de requisa alguna. Se estaba (se está) claramente ante una irregularidad, pero mucho antes ligada a un incidente de corrupción entre funcionarios y/u hombres de negocios que a una operación de sostén político. Como no hubo forma de
sustentar esto último, la noticia original fue desapareciendo. Quedó, sí, la sospecha, fuertemente afincada en los corrillos periodísticos, de que se trató de un pase de facturas entre algunos pesos pesado de palacio, enfrentados entre sí: meses atrás había ocurrido Skanska, con afectación directa sobre uno de los colaboradores más íntimos y cuestionados del presidente Kirchner; y el caso del valijero afectaba a otro. Puras especulaciones, por cierto que verosímiles. Pero que fuera plata para la
campaña no cerraba por casi ninguna parte y menos aún cierra ahora, cuando la propia y "aséptica" investigación de los buró yanquis deja virtualmente expuesto que el tal Antonini Wilson es un agente de ellos mismos, tranquilo y feliz en Miami.
Si se persiste en el sentido común, y así se disponga de información, las cosas se complican un poco porque parecen intervenir ciertas travesuras, a un lado y a otro, en las que nada es del todo lo que parece. La Presidenta salió a hablar de una "operación basura", a cuya cabeza estaría sin dudas la
administración Bush, con el objeto de perjudicar a su gobierno en general y a las relaciones con Venezuela en particular. Pero el Departamento de Estado norteamericano se apuró a aclarar que el caso es "policial" y que sólo se trata de una investigación de la Justicia de ese país, por tratarse de
actividades extranjeras en suelo estadounidense. De manera que Cristina Fernández quedó contestándole más al sensacionalismo ideológico de los medios argentinos que al gobierno norteamericano, para de paso reafirmar que en las relaciones internacionales su rumbo es latinoamericano con Venezuela incluida. No está nada mal. Pero sigue siendo categórico que el gobierno argentino nunca dio razones atendibles sobre el caso del valijero (el avión privado, la invitación a Antonini para que subiera, etc.), y que darle al asunto un tinte político permite continuar evadiendo respuestas de otro tipo, tal vez porque en el origen del dinero de la valija se encuentren rastros de lavado, coima, narcotráfico u otras delicias en condiciones de enredar a más funcionarios. Y el gobierno norteamericano, a su turno, se ampara en la angelical reiteración de que allí rige la división de poderes y que no estaba al tanto de nada, justo tratándose de una divulgación producida en una sede principal de las operaciones de la CIA y aledaños.
Cuestión: que como fuere, lo que los medios presentan como un escándalo de enormes proporciones no es más que el derivado de un hecho turbio, muy turbio, pero cuyos niveles de sospecha, tanto sobre los personajes involucrados como acerca de la provocación o aprovechamiento políticos, no alcanzan ni de lejos para generar el tamaño que quiere dársele. Ni se resiente la relación con Washington más de lo que pueda estarlo, ni se afecta el trato con el gobierno venezolano, ni hay tembladeral interno alguno. No, al menos, con los fundamentos obrantes hasta ahora, a partir de que el dato mayor es que la mayoría son conjeturas. Por el momento es un divertimento de zancadillas y espionaje bastante barato, que dudosamente ocuparía varias semanas al frente de la lista de best seller.
Le falta imaginación. O quizá sea que le sobre.

*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-96297-2007-12-17.html

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