CRUZANDO MUNDOS Y DESTINOS...
“Cul-de-sac” *
¿Cantará el gallo?
Y si canta, ¿será apedreado?
Seguir metidos
queremos y no queremos
salirnos de esto
Confluencia de las aves de paso
con las gallinas de la casa
aunque, desgraciados
francamente honestamente
somos todos gallinas
de paso.
*de Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar
"CUL-DE SAC", filme dirigido por Roman Polanski.
CRUZANDO MUNDOS Y DESTINOS...
LAS DICTADURAS EN AMERICA LATINA
La justicia, como el agua, siempre pasa*
*Por Oscar Raúl Cardoso. ocardoso@clarin.com
Juan Perón creía en la inevitabilidad de la voluntad popular que explicaba comparando el accionar de los pueblos con el del agua. Esta, decía, "sigue siempre la línea de máxima pendiente, se desliza y si se pretende amurallarla con un dique se acumula hasta superarlo en altura, o lo presiona y lo quiebra, o lo fisura y se filtra. Pero siempre pasa". La figura resulta reveladora en estos tiempos de, al menos, un aspecto de la historia de los pueblos: la de sus períodos más sangrientos. Hay un regreso de la demanda de la verdad -incluyendo el castigo a los culpables- sobre las casi tres décadas de sangre y plomo de las recientes dictaduras latinoamericanas. No es sólo en estos lares. En España hay quienes no se rinden sobre los años del franquismo tras la guerra civil de los 30, aunque la posibilidad efectiva de sanción ha sido anulada por el decurso del tiempo. Basta con mirar lo que le sucede al gobierno de Rodríguez Zapatero y las cornadas que recibe de la derecha.
Pero lo de América latina es un ejemplo asombroso de revisión. En la Argentina dos leyes -punto final y obediencia debida- y un indulto, concebidos todos en democracia, no valen hoy ni el papel en que fueron
escritos, aun cuando los responsables del terrorismo de Estado creyeron haber sido puestos a resguardo. Uruguay apunta hacia el mismo lado. Hace 13 meses que Juan María Bordaberry sufre detención domiciliaria mientras se le tramita proceso judicial por 14 cargos de homicidio.
Ese fue el momento en que la Ley de Caducidad de 1989 -que a diferencia de las argentinas fue ratificada en consulta popular- comenzó a despeñarse hacia la inutilidad. La detención ahora de Gregorio Alvarez, ex comandante en jefe del Ejército y luego presidente de facto, puede convertirse en un disparo hecho al corazón mismo de una impunidad que pareció en algún momento inapelable.
Conviene no olvidar, sin embargo, la dimensión regional de los crímenes en que Alvarez aparece imputado. Los casos de desaparición de ciudadanos uruguayos que se le imputan están relacionados con el denominado "Plan Cóndor" de cooperación entre las dictaduras que controlaban Uruguay, Argentina, Paraguay y Brasil por el cual los represores de cualquiera de esos países actuaban contra los opositores de cualquiera de los otros, secuestrándolos, asesinándolo o -algunas veces- liberando su territorio para
que los escuadrones de la muerte vecinos operaran sin restricciones.
Hace pocas semanas un académico de la Universidad de Long Island publicó el resultado de dos años de investigación sobre el "Plan Cóndor" en una revista especializada. La iniciativa, escribió, "fue un sistema secreto de inteligencia y operaciones de los regímenes militares de América del Sur que permitió a los escuadrones de la muerte reprimir a través de las fronteras desparramando las guerras sucias a través de la región".
Pero los regímenes producto de las chirinadas militares de América latina no podrían haberlo hecho solos. "Inspirado por una doctrina de seguridad que legitimó métodos duros e ilegales con los 'enemigos internos', los contrainsurgentes respaldados por EE.UU. construyeron un aparato para eliminar oposición política mientras se aseguraban desmentir cualquier acusación", agregó. Uno piensa en el cuidado que ahora ponen los estadounidenses en cubrir sus excesos en, por ejemplo, Irak y Guantánamo y
en los modos en que piensan en esquivar demandas futuras. Y es inevitable no pensar: la justicia, como el agua, siempre pasa.
*Fuente: Clarín
http://www.clarin.com/diario/2007/12/18/elmundo/i-02403.htm
Paisaje mudo*
un silencio de copa vegetal
en mi pecho
arrastra mareas atmosféricas de otrora
paisajes desde el alma dormida
vivencias
de una multiplicidad de seres
anclados según su genio
en pueblos ciudades mas
o menos populosas
y filosofías desafiantes
un silencio de siesta sacra
óvulos brotando de la arcilla
un silencio de energías
sabias libres
cruzando mundos y destinos
un silencio de arte
en el suspenso de la pura inspiración
un hueco
un silencio de rostros abnegados
de piedra
de llanura inmensa
de espesura flor y madera
un silencio de remanso y limo
un silencio de Patria sosteniéndonos
*de Víctor Falco vittoriofa9@hotmail.com
Martes, 18 de Diciembre de 2007
literatura|alan pauls analiza “historia del llanto”, su nueva novela
“Me interesa el llanto como logotipo de la sensibilidad”*
A través de un protagonista que, a los trece, ya tiene una formación marxista digna de cualquier debate, el escritor examina la iconografía progresista y critica el “exhibicionismo emocional”: “La cultura argentina es muy lacrimógena; desde el tango hasta el programa de Maradona en la TV, que fue un lloratorio profesional, hay una cultura del llanto fuertísima”, dice.
“Me interesan más los textos que las personas, sobre todo para establecer críticas”, señala el escritor.
*Por Silvina Friera
En la escena inicial de la nueva novela de Alan Pauls, un chico de cuatro años cruza el living del departamento a toda carrera, vestido con un traje de Superman que acaban de regalarle. Con los brazos extendidos hacia adelante, en una burda simulación de vuelo, atraviesa y hace pedazos el vidrio de la puerta-ventana que da al balcón. Un segundo después, se descubre de pie entre macetas, apenas un poco acalorado y temblando, y ve como dibujados dos o tres hilitos de sangre que le recorren las palmas de las manos. A los trece o catorce años, el protagonista de Historia del llanto (Anagrama) está entregado a una rapacidad marxista que no deja títere con cabeza: Fanon, Michael Löwy, Marta Harnecker, Armand Mattelart y la pareja Dorfman-Jofré, que le enseña hasta qué punto Superman es incompatible con el pensamiento revolucionario latinoamericano, con su formación progresista. El 11 de septiembre de 1973, de visita en casa de un amigo, observa por la pantalla del televisor blanco y negro que el Palacio de La Moneda de Santiago echa humo por todas las ventanas y escucha la voz compungida de un locutor de noticiero que repite el rumor según el cual Salvador Allende se habría suicidado, después de resistir en el interior del Palacio con sus colaboradores más cercanos. Su amigo llora; el también quisiera llorar, daría todo lo que tiene por llorar, pero no puede. ¿Por qué él, ejemplo de precocidad política comunista, que lee, comprende y hasta objeta con fundamentos ciertos clásicos de la literatura política del siglo XX, que pondrían contra las cuerdas a los militantes más experimentados, no está tan cerca de esas imágenes que emocionan a su amigo? ¿Qué lo separa de eso que entiende tan bien, que entiende mejor que nadie?
Ante el derrumbe de sus creencias más profundas, el protagonista revisa y cuestiona su educación ideológica-sentimental. Historia del llanto es un testimonio indirecto en dos sentidos. “No es el testimoniante el que habla ante el lector, sino que su testimonio ha sido transcripto o referido por otro, y el que da el testimonio no estuvo verdaderamente allí donde tendría que haber estado para que su relato sea de primera mano”, explica Pauls en la entrevista con Página/12. Ese otro que refiere la historia sugiere mucho más de lo que cuenta; procesa por el tamiz de su perspectiva lo relevante o irrelevante, omite “fragmentos” –que en el texto se plasma bajo la forma de corchetes con puntos suspensivos– de lo que ese chico-adolescente-joven testimonia. “Hay en la novela una crítica de lo directo, de lo inmediato y de lo cercano, tres valores que están en la mira del libro”, subraya el autor.
En la iconografía progresista de la novela aparece un cantautor de protesta –anteojos de miope, la sempiterna sonrisa, el mameluco blanco y su cabeza enrulada– que el protagonista irónicamente llama “Bondad Humana” (como el título de una película de Akira Kurosawa, la única que no le gusta) después de escucharlo en un recital. Más allá de que las descripciones remitan a Piero, Pauls aclara que le interesaba detenerse en el texto de la canción Soy pan, soy paz, soy más. “Me interesan más los textos que las personas, sobre todo para establecer críticas”, admite. “Es mucho más elocuente el texto porque hay algo de esa pedagogía, de esa concepción del mundo, que queda tan extraordinariamente fijado y que sirve para dar cuenta de tantas cuestiones del progresismo. Esa canción es un paradigma del pensamiento psicobolche, una palabra que no se usa mucho pero que designa esa mixtura con un pensamiento de izquierda muy lavado, muy abuenado, el costado más humanista del marxismo, con un procesamiento completamente banal y mediocre de cierto pensamiento psicoanalítico.”
–¿Por qué al progresismo le cuesta revisar críticamente sus convicciones?
–La tentación es volver a oposiciones simples: acá-allá, buenos y malos, como si el progresismo arrastrara un lastre de la narrativa épica de grandes contrastes de los años ’60 y ’70, que funciona estableciendo jurisdicciones. El progresismo tiene un sistema de aduanas con el cual se protege de todo aquello que pueda poner en peligro sus opiniones básicas. Es la herencia de un pensamiento rígido y dogmático, cuya dureza descansa en un dispositivo higiénico que siempre está delimitando “lo que te hace bien” y “lo que te hace mal”, que refleja la reacción de buena parte de la izquierda cuando se critica a alguien que es muy flagrantemente de izquierda: “No hagamos esto porque debilitamos la comunidad”. Entonces es muy difícil auto-observarse, a menos que la autobservación se produzca en condiciones de aislamiento y autoprotección muy fuertes: “Los trapitos al sol, saquémoslos entre nosotros”. La ilusión es que con esos criterios profilácticos de pureza o impureza se mantiene una especie de identidad sin la cual evidentemente el espacio progresista no podría funcionar.
–¿Qué condensa el llanto para la pedagogía progresista?
–Me interesa el llanto como logotipo de la sensibilidad. La cultura argentina es muy lacrimógena; desde el tango hasta el programa de Maradona en la televisión, que fue un lloratorio profesional, hay una cultura del llanto fuertísima. No sólo del llanto literal, sino del llanto en un sentido de quejarse, de la falsa emoción, o de la emoción más superficial. El llanto es una prueba de sensibilidad, de que tenés corazón, de que sos humano, aspectos que los progresistas necesitan confirmar y exhibir todo el tiempo. Hay una crítica al exhibicionismo emocional, un terreno en donde lo que se produce es una iconografía sentimental inmunda; incluso cuando se pasa de un momento en que “los hombres no lloran”, a un mundo en que se dice “los hombres deben llorar”. Esta oscilación pendular entre la prohibición del llanto y la obligación de llorar es un blasón de la sensibilidad progresista.
–¿Cuáles son los estereotipos progresistas que más cuestiona en la novela?
–El fetichismo de lo cercano, que hay que estar cerca de las cosas para entenderlas, compartirlas, contarlas. La ideología de lo cercano es nefasta y está muy ligada a lo sentimental, en el sentido de que cuanto más cerca estás de un fenómeno, se produce una idea de comunión. Todo lo que hace el héroe de la novela para intervenir en su propia formación es tratar de alejarse de la cultura de la cercanía a una cultura de la distancia, de lo indirecto, de lo oblicuo, de lo sesgado; una cultura que reconoce que entre los fenómenos y uno tiene que haber siempre una instancia intermedia que filtre, que transforme, que traduzca. La tesis del protagonista del libro es que los ’70 son los años de máxima cercanía, pero lo interesante de los ’70 es la extraña relación a la vez de cercanía y de distancia total que hay entre los cuadros de la guerrilla y el pueblo. Eso es algo que el libro trabaja mucho. ¿Qué clase de cercanía existe entre una vanguardia política y el pueblo al que dice representar? Del mismo modo, ¿qué clase de relación de cercanía o de distancia es la de un lector con lo que lee?, que es también el problema del libro. Historia del llanto para mí empieza con el final de La vida descalzo, que termina con una pequeña escena en la que el niño, de vacaciones, se enferma, no puede ir a la playa, se queda en la casa y descubre la pasión de leer. Historia del llanto es la historia de un lector que termina fascinándose con la prensa guerrillera de los años ’70, que lee esos textos como si fueran la gran novela de aventuras de la Argentina. Yo leía la prensa guerrillera de los años ’70 en un estado de arrebatamiento total, en trance casi erótico. Me acuerdo particularmente de haber leído en trance el número de La causa peronista en el que se publicó la reconstrucción del asesinato de Aramburu, un texto realmente extraordinario desde el punto de vista narrativo.
–¿Cómo analiza a la distancia esta experiencia de lectura tan apasionada?
–Cualquier adolescente de clase media más o menos politizado quería estar cerca de la lucha armada, aun cuando le diera escozor la idea de matar gente. La pregunta que se hace el personaje de la novela es cuán cerca estaba al leer La causa peronista, ¿la lectura le daba la ilusión de que de algún modo participaba de ese proceso, del cual por otra parte no quería participar porque no quería mancharse las manos con sangre? ¿Hasta qué punto ensangrenta la lectura algo sangriento? Me interesa lo que queda de esa experiencia de lectura apasionada, una textualidad que narraba hechos que aún pueden resultarme completamente escandalosos, disparatados, insensatos, criminales. Lo que queda es uno de los últimos restos de pasión de la cultura argentina. Cuando se habla de los años ’70, se habla de la última oportunidad que tuvimos de ser pasionales, una idea muy complicada, como si a partir de esos años hubiera sido completamente imposible pensar otro tipo de pasión. En este sentido, los años ’70 son un museo de la pasión argentina.
–¿Aun el modo de narrar los ’70 es muy próximo a la épica de lo cercano?
–Sí, totalmente. No puedo soportar la vivencia de los ’70 porque si hay algo de lo que hay que dar cuenta, cuando se habla de esa época, es de todo lo que pasó después. Dar cuenta de todo lo que pasó entre los ’70 y el presente implica interponer la distancia. Sin esa distancia no se puede pensar nada bien; puede haber reivindicaciones arrebatadas, nostalgia, recuperación, pero todas estas operaciones siempre van a tener algo de vencido, de descompuesto, de tóxico.
–¿Qué puentes o conexiones establece entre El pasado e Historia del llanto?
–La voluntad de pensar lo sentimental como algo muy complejo, con muchas capas y dimensiones. En El pasado lo que hacía era extenuar lo sentimental en términos de una intimidad amorosa; en Historia del llanto está la tentativa de interrogar lo sentimental en su relación con lo político: hasta qué punto la cultura política está hecha de cultura sentimental o de ideología sentimental. Si El pasado era la exploración de lo íntimo, me da la impresión de que Historia del llanto es la exploración de lo íntimo en su relación con lo político, pensar estas dos dimensiones juntas, cruzadas, como si fueran una sola.
–¿Cómo llegó a cruzar lo íntimo y lo político como si fueran una misma dimensión?
–Es la manera que encontré de acercarme a una época muy atractiva, pero muy difícil porque me daba la impresión de que no bastaba con el coeficiente épico, pasional o de importancia histórica que tienen los ’70. Siempre hace falta una perspectiva, un ángulo, una posición de cámara para mirar. Como no la encontraba, no me quise meter con el asunto. Para mí la versión es un problema fundamental. Si no pensás cómo es la versión, en qué condiciones vas a darla, qué reglas tiene, nada de lo que digas puede ser interesante. Fui encontrando a lo largo de muchos años esta manera de pensar lo político y lo íntimo juntos; lo encontré incluso en otros escritores como en Puig, que trabajó de un modo muy pionero la aleación entre intimidad y política. No me interesa la política como historia, en el sentido de argumento, pero sí me interesa la política como pedagogía, como escalas específicamente sentimentales: qué quiere decir querer, estar cerca del otro, pelearse o aliarse con otro. Quizás esté volviendo a una especie de marcusismo, de wilhelmreichismo, de cultura sex-pol muy tardía (risas). Muchas veces pienso si no tendría que volver a leer a Marcuse, a Wilhelm Reich, a la izquierda heterodoxa de los años ’50 y ’60 que trataba de pensar una especie de objeto mixto, psico y socio, íntimo y público. Yo leía a Marcuse en los años ’70, pero entonces era despreciado, incluso por la izquierda, por “desviacionista”, porque trataba de incorporar lo íntimo a una dimensión política.
–Quizás hoy sobreviva mejor esta cultura heterodoxa que la ortodoxia marxista...
–Sí, para un althusseriano un marcusiano era como un nabo, alguien que se preocupaba por pelotudeces domésticas. Marcuse era un botarate; Wilhelm Reich, un poco extravagante, exótico, colifa. Habría que revisar y releer a estos autores sin ninguna obligación de tomarlos como un todo, sino más bien entrar y salir, buscar las zonas de estos pensadores que todavía sean productivas. Estoy seguro de que hay zonas de mucha inspiración y libertad intelectual para conectar esferas, conceptos, valores que la época no toleraba mucho que se conectaran. Marcuse y Reich estaban más cerca de los primeros movimientos de minorías, de los gays y de las lesbianas, y en ese sentido hoy podrían ser más contemporáneos para nosotros que el marxismo duro.
La ficha
Alan Pauls (Buenos Aires, 1959) es escritor, periodista, crítico y guionista de cine. Fue profesor de Teoría Literaria en la Universidad de Buenos Aires y fundador de la revista Lecturas críticas. Entre sus obras se destacan los ensayos Manuel Puig: La traición de Rita Hayworth (1988), La infancia de la risa (sobre Lino Palacio) (1994), Cómo se escribe un diario íntimo (1998), El factor Borges (2000) y La vida descalzo (2006); las novelas El pudor del pornógrafo (1985), El coloquio (1989), Wasabi (1994) y El pasado (2003), con la que ganó el Premio Herralde y que ha sido traducida al portugués, francés, italiano, rumano, holandés e inglés.
Una película polanskiana
“Desde el punto de vista del autor de la novela, sufrí mucho menos de lo que pensé que iba a sufrir”, dice Alan Pauls. Se refiere a la película de Héctor Babenco, la versión de El pasado protagonizada por Gael García Bernal y Analía Couceyro. “La experiencia fue bastante grata, aun cuando siempre sea medio inconsolable el paso de lo escrito a la imagen. Para mí, como escritor, es un paso sangriento, indignante, que siempre me produce una rebelión, que ya no es contra un cineasta o una película en particular, sino contra el medio: cómo es posible que la imagen cinematográfica sea tan definitiva, tan excluyente, cuando la literatura es tan incierta e indeterminada. La película tiene una dimensión de perturbación que me pareció bastante fiel a cierta perturbación e incomodidad que hay en el libro.”
Salvadas estas tristezas de la adaptación cinematográfica, que Pauls define como inevitables, el escritor señala que la película “trabaja la tragedia y la risa como hermanas gemelas”, algo muy difícil de lograr. “Por momentos tenía la impresión de estar viendo una película de Polanski, uno de los pocos cineastas que han logrado trabajar la tragedia y la risa con una convicción extraordinaria –afirma el escritor–. Me parecía agraviante decirle que la película era polanskiana, hasta que un día Babenco me dijo que pensó mucho en El bebé de Rosemary cuando la filmaba, y me gustó que me lo dijera. El pasado a priori no tiene nada en común con la película de Polanski, pero si uno se pone a pensar las dos obras juntas, hay un personaje que es como el centro de la cuestión, que es hiperpasivo, y una serie de movimientos que se organizan a su alrededor, que nunca sabés si son un complot o son espontáneos. Hay algo de la lógica de la novela que tal vez sea bastante polanskiana, y me parece que Babenco lo vio bien.”
*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/4-8673-2007-12-18.html
EL VIAJE*
Parto de viaje, hacia tu arbolar voy.
Llevo un crepitar de hojas
y formo una hoguera de ímpetus.
Es de noche, son tus ojos mi luz.
Mi equipaje: el perfume de mi piel
y mi ruta: la luna de setiembre.
Llueve, siento en tu voz de canto
mis sentidos sahumados de ti
y aprieto a fondo el pedal de mis ansias.
*de Xenia Mora. xeniamora@ciudad.com.ar
CORREO:
*
"La imaginación", de Eduardo Aliverti (Pag.12); se suma a la la parafernalia de prensa y difusión que trata de desviar la sospechosa recepción de fondos oscuros recibidos en este caso del amigo Chavez, tan inocente él, tan transparente como nuestro bien amado gobierno, limpio de toda sospecha de corrupción.
¿Sabe Aliverti cuántos maletines entraron así al país?
Sabiendo que a éste lo cazaron de casualidad, y atentos a la cantidad de viajes con jets "privados" de los fincionarios argentinos hechos en esos últimos meses a un costo "moderado" de US 80.000 cada uno, cuando con un décimo puede ir y volver una comitiva "de negocios", si se justificara, y pensando en la espartana administración actual. El mismo Diputado DeElias reconoció que el morocho del norte estaba financiando grupos piqueteros en la Argentina, y un par de viajes "extra diplomáticos" de él y otros "representantes" a Iran, relacionados a la Amia, que Venezuela intentaba torcer a su conveniencia. Y vaya a saberse cuántas cosas más...
¿Sabe Aliverti que Chavez suele "repartir" dinerillos muy facilmente cuando de comprar influencia se trata, como los sobres que envía directamente a ciertos intendentes de Bolivia? Sólo por citar un modus operandis de ejemplo.
¿Siempre tenemos que comer sapos, los argentinos ingenuos?
Lo repugnante no es sólo comer los sapos, sino que nuestros mismos compatriotas nos los empujen a la garganta.
Para Aliverti, este es un asunto menor.
Claro ese monto es una bicoca. Es cierto, a ese nivel. Estamos acostumbrados a que las "mordidas" sean mayores, ni hablar...
Lo que pasa es que deberíamos vislumbrar que estamos ante la punta de un iceberg...
A menos que el gobierno argentino nos convenza de su inocencia.
Y eso le va a costar muchísimo.
Saludos.
*Celso. celsoagr@trcnet.com.ar
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