BAILANDO UN CHACHACHÁ INFLUENCIADO
La engañadora*
*Enrique Jorrín
A prado y neptuno,
iba una chiquita
que todos los hombre la tenían que mirar
estaba gordita,
muy bien formadita
era graciosita en resumen colosal
pero todo en esta vida se sabe
sin siquiera averiguar
se ha sabido que en sus formas
rellenos tan solo hay
que bobas son las mujeres
que nos tratan de engañar,
me dijiste
ya nadie la mira,
ya nadie suspira
ya sus almohaditas nadie las quiere apreciar.
*Fuente: http://www.elveraz.com/articulo320.htm
BAILANDO UN CHACHACHÁ INFLUENCIADO
Sábado, 22 de Diciembre de 2007
Chachachá*
*Por Miriam Cairo. cairo367@hotmail.com
Que nadie se pregunte quién soy. Sabrán ustedes que los rayos de luz nunca abandonan su tarea, a veces buena y a veces capciosa. Lo diré en pocas palabras, soy la que viene a escribir.
El título, por su parte, no necesita ser repetido porque mis palabras no provienen del oráculo. No instalan una verdad desde ahora y para siempre, pero evidencian que el objetivo primero es no desatender jamás la melodía ni cierto tono de afabilidad maléfica.
Antes de pasar a otras cosas, anticipo con firmeza que no seré edecán de los realistas ni de los creyentes empedernidos: que los augurios divinos no nos engañen; que las amenazas celestiales no nos arruinen y que el exceso de racionalidad no nos diseque. La existencia, que siempre privilegia a los que
existen, no puede ni siquiera parecerse a la majestuosa improbabilidad de los soñados.
Como primera disconforme, elegida por el voto impopular de los izquierdos, convoco, primeramente, a las rameras viejas, para que se eleven en puntas de pie sobre los escenarios del no-cielo. Su testimonio corporal es imperioso para que advirtamos que adentro del organismo tenemos jugos que necesitan
ser exprimidos, bebidos, derramados, sino por amor ni por retozo, por oficio o por salario. A su vez, comprometo a las rameras nuevas, para que hagan un juramento de su advocación sobre los símbolos fláccidos, y nos aseguren la continuidad de tan ineludible auxilio. También promuevo el crecimiento
sostenido del servicio de acompañantes masculinos para enmendar la dicha de las mujeres que sacaron el número ganador en la rifa de piedra pómez.
Asimismo convoco a los escasos ciudadanos que nunca han bailado por un sueño, que no han integrado jamás una lista partidaria ni levantaron el tubo del teléfono para decir "¡hola farándula!" A ellos les sugiero, desde mi condición de esclarecida azorada, que nunca se dejen atrapar por la pantalla de la televisión si quieren conservar su alma.
Sea a causa de que los desconocidos están curiosamente ocultos, sea porque tras haber presentado la apariencia sensacional de un individuo y de ellos se derive una imagen de humanidad alucinante, será bueno que los ignorados hagan de su no estar y su no pertenecer, un signo de nuestra estirpe desgajada.
En esta primera gestión de desgobierno, en el plano social, no puedo dejar de mencionar la realidad de los ahorcados, cuya propensión a la asfixia no guarda la debida relación con la cantidad de aire que el Plan Respirar les tiene asignado. Si los convoco, es para envilecernos juntos en una carrera tenaz hacia una digna respiración que nos inspire.
En el plano cultural propongo a los organizadores de los concursos literarios, no otorguen premios injustamente, no beneficien el plagio y no acuerden ganadores por contrato. Ruego también que en adelante, el verbo intransmisible no forje la palabra de aquellos que usan el plural para el enriquecimiento ilícito de su singular. (La lingüística, está de más decirlo, es un arma poderosa, aunque haya organismos magníficamente inmunes a sus brutales sañas).
En el plano filológico, sostengo que el valor de la desventura es directamente proporcional a la chispa que produce: no está en manos de la fortuna la hermosura de la queja. De allí se desprende que en esta gestión de desconcierto, me propongo reinventar algunos preceptos para que todos aquellos que aún no me votaron sepan: "fortuna" puede rimar secretamente con "achanchamiento".
En el área de salud, recomiendo a los amantes, erecciones duraderas, y a las amadas, que no mezquinen dulzuras y destrezas. También es preciso que aquellos no dejen todo el quehacer amoroso a la sola fuerza de un miembro.
No desmerezcan el poder de su nariz, de sus rodillas, de sus pies y de sus besos.
Mientras dure mi mandato, prometo, ante estos profanos catalejos, observar el trajinar de lo pequeño, así como levantar el velo de la noche con la punta de los dedos y permitir que la luna platee por igual a peludos y calvos, a tetonas y espigadas, a posibles y quiméricos. También prometo fielmente, defender los vuelos del pájaro que se encamina en una jugosa dirección, y que habiendo perfeccionado su pericia, se mantiene ágil y activo toda vez que una boca suave lo despierte. Además, recomiendo que aquellas preocupadas porque sus amantes gozan de ellas con demasiada celeridad y aquellas otras que se quejan por la excesiva lentitud, hagan un intercambio generoso, porque acaso ¿no estamos en el siglo de la
interculturalidad?
Para que mi gestión sea alevosa, necesito que los acomodadores del cine y del teatro, no dejen levantar a nadie de sus asientos mientras afuera haya una realidad similar a la que relatan los diarios. Y que los leedores de diarios, a su vez, se reúnan en el bar para ver de qué manera nos las arreglamos para no prostituir nuestra negación inmemorial al acomodamiento con cualquier discurso partidario.
Finalmente, deseo dirigirme a los reales, para decirles que en nuestro extenso territorio hay espacio para los que se atrevan a concebirse como sueños. Y sobre todo, antes de ser consentidora presa del insomnio, les recuerdo a las mujeres libres que no vuelvan a casa del amo y a los hombres atados que, para su bien, empiecen por imaginarse desatados. Ya es hora de irme hacia otro texto. Por el cauce del río fluye una canción que me desvela. Lejos, lejos queda mi chachachá influenciado.
*FUENTE: ROSARIO/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-11655-2007-12-22.html
El amante rechazado*
*Alberto Moravia
La calle se mostraba como una especie de túnel bajo una bóveda de diminuto y plumoso follaje verde y amarillo. Sostenían esta nube de hojas otoñales determinados árboles cuyos troncos eran de una negrura violenta y como carbonizada, que parecían empapados por toda la lluvia de los días anteriores. Innumerables hojas verdes y amarillas derribadas por el agua sobre el pellejo negro y graso del asfalto habían quedado adheridas haciéndolo parecer manchado como la piel de la pantera. En un sitio se había
formado un gran montón de esas hojas; el verde y el amarillo, mezclándose y reluciendo por el agua, daban la ilusión de un oro copioso vomitado por la rotura de un cofre; y era una extraña visión, casi digna de ser deplorada como una gran riqueza inexplicablemente abandonada y despreciada. Yo no
padecía, pero sabía que si hubiese tenido un dolor aquellos colores tan fuertes me habrían hecho sufrir, como todo detalle de excesiva evidencia al que una sensibilidad herida atribuye inmediatamente un significado. Así, en cuanto salimos de la casa, le hice notar a Livio el color de esas hojas y de esos troncos. Pero él meneó la cabeza y contestó que no tenía la mente como para eso. A continuación, con un tono suplicante, me pidió que no lo dejara: quería estar conmigo algo más.
Empezamos a caminar delante y atrás sobre aquellas hojas, a lo largo de aquellos troncos en el aire ahumado y azulado del crepúsculo otoñal.
-En fin -dijo Livio con un furor contenido-, si me hubiese dicho: amo a Roberto y a ti ya no te amo, paciencia... Por lo menos ésta sería una razón clara... pero ¿por qué inventar todas esas mentiras? Roberto es un constructor, tú un destructor... Roberto un constructor... ja, ja... con esa cara de buey, esa frente estrecha, esos ojos redondos... Un bruto, eso es lo que es.
Dulcemente le contesté, observando el bordado elegante de las hojas que sobre las aceras se aglomeraban alrededor de los árboles hasta formar una alfombra, que Silvia era una de esas mujeres que no saben reconocer la verdad y necesitan siempre creer que están justificadas por razones de orden
moral. Me miró como si no hubiese entendido, y después prosiguió:
-La verdad, en cambio, es que él es rico y yo soy pobre... constructor, si, claro que lo es, futuro constructor de su desprovisto guardarropa...
constructor de vestidos, zapatos, joyas... ¿Has oído con qué tono ha dicho: estoy cansada de vivir entre estrecheces?
Dije que lo había notado todo. Pero ¿qué le iba a hacer? Se había ilusionado acerca de esa mujer, eso era todo. Diciendo esto, con la punta del paraguas yo restregaba la tierra entre la hojarasca, que se acumulaba ante la punta en un montón resistente que yo sentía adherido al asfalto por una película
adhesiva de agua de lluvia.
Livio dijo:
-Ella es una boba... o, mejor dicho, una persona muy simple... esos discursos sobre la construcción y destrucción no son cosa suya... son de Roberto... con esos discursos, en mi ausencia, la ha fascinado... porque él de veras cree ser un hombre positivo por los cuatro costados, un constructor, precisamente... y ella, en su pérfida ingenuidad, me los ha ofrecido tal cual... como un papagayo... tanto es así que, cuando la he interrumpido y le he preguntado qué entendía por constructor, se ha quedado con la boca abierta y no ha sabido decir nada... diantre... no podía contestarme que por constructor entendía un hombre rico y nada más...
Le dije que razonar de esa manera era en vano; a menos que, más que dolerse por la forzada separación de la amante, le importase demostrar su propia superioridad y la poquedad de esos dos. Mientras tanto, aún discurriendo, habíamos llegado al final de la calle, allí donde desemboca en la avenida a
lo largo del río.
Livio me indicó que nos acercásemos al parapeto y después prosiguió:
-¿Yo destructor?... ¿y qué destruía, por favor? Tal vez sus malas costumbres... Cuando la conocí ella creía que la vida fuese una cuestión de dinero, de automóviles, de vestidos, de excursiones, de cenitas y
diversiones... lo creía con ingenuidad, como si no hubiese ni pudiese haber en el mundo nada más... la verdad es que ella andaba a cuatro patas... y yo, por algún tiempo, la he hecho caminar erguida... pero ahora ha vuelto a caer en cuatro patas, la cara en el comedero... y para siempre...
Por encima de las defensas del río, en el gran espacio entre ambas orillas, se descubría el cielo pesado de nubes oscuras e inmóviles, parecido a una frente pensativa y fruncida. Como un rostro detrás de un brazo, la ciudad nos miraba desde detrás de la barrera de sus puentes, tendida y mortecina. A lo largo del parapeto se alineaban unos plátanos que habían crecido hasta gran altura, de manera que al pasear no se veía otra cosa que troncos y más troncos, inclinados o erguidos, con las ramas elevadas hacia lo alto. Pero desde la cima de las copas el viento arrancaba a puñados grandes hojas muertas que caían, desagradables y duras, una tras otra, hasta reunirse con sus compañeras esparcidas en abundancia sobre las aceras. Contesté a Livio que él no podía juzgar sobre cuántas patas había de caminar la hermosa mujer que no quería tener más nada que ver con él. Probablemente le había pedido demasiado; ella se había esforzado por seguirlo, después le habían fallado las fuerzas y había vuelto a su vieja vida.
-Ah, ¿no se debería pedir nada a la gente? Yo sólo le había pedido que fuese una persona decente... en cambio ya has oído lo que ha dicho... que yo la hacía volverse fea... ¿has oído con qué tono de obstinada desolación lo ha dicho?
Nadie pasaba por la avenida junto al río. En determinados puntos las hojas muertas formaban altos montones, verdaderas tribus que murmuraban y bullían según el viento.
-Tal vez no la halagabas lo suficiente -dije.
Livio repuso:
-¿Para qué sirven los halagos? Yo quería que se convirtiese en una persona, eso es todo... y para lograrlo le dije que ante todo tenía que reconocer la verdad de sus propias condiciones... tenía que darse cuenta de que era pobre, ignorante, con la cabeza a pájaros, malcriada, que mentía constantemente ante sí misma y ante los demás... yo pensaba que la verdad, aunque amarga, hubiese de tener para ella más valor que los halagos que le prodigaban Roberto y sus demás pretendientes...
Me eché a reír y le dije que las mujeres querían dulces frases y no sermones. [...]
-Sin embargo -dijo Livio como acordándose-, al principio me amó precisamente porque le decía esas verdades... me explicaba que nadie la había hablado jamás de esa manera... me agradecía que lo hiciese... y ¿te acuerdas? Al principio conseguí que abandonase a ese Santoro...
Yo volví a reír:
-Probablemente, para abandonarlo le habrá repetido punto por punto las mismas frases que tú en aquel momento le ibas propinando... habrá hecho con aquel pobre Santoro lo que ha hecho hoy conmigo... le habrá dicho que tú eras un constructor y él un destructor... y entonces, como hoy, no era cosa de ella... ¿no crees que habrá sido así?
Él dijo con estupor:
-Así ha sido... pero era la verdad... yo era el único que podía hacerle bien... y ella lo sabe... y por eso está tan empecinada contra mí...
De pronto nos encontramos en un remolino de viento, en una explanada de la cual bajaban dos escalinatas hacia el río. Las hojas se elevaban del suelo girando hacia lo alto. [...]
Dije:
-Tu error ha sido tomarte demasiado en serio tu papel de moralista, de constructor, como dice Silvia... Tenías que pensar que nada es más fácil que un moralista revele después ser inmoral, y que el constructor de ayer se vuelva el destructor de mañana... ¿Qué frenesí es el de ustedes? Esta Silvia
me parece una mujer a la que no se acercan sino hombres que la quieren salvar... se comprende que termine por creerle sucesivamente a cada uno de ellos.
Meneó la cabeza y contestó:
-Será como dices tú... pero lo que hace que yo sea distinto de los demás es que durante todo el tiempo, mientras hacía toda clase de esfuerzos de cambiarla, sentía que era en vano... y que pese a todo, precisamente por eso, había que hacerlo... tal vez tú nunca hayas experimentado esa sensación... me parecía estar entregado a una empresa que no tenía ninguna posibilidad de éxito... pero esa sensación de fundamental vanidad era justamente lo que me hacía persistir y me hacía amar a Silvia... la sensación de hacer algo sin esperanza...
El crepúsculo se había ya convertido en una penumbra casi nocturna. La masa gris de un autobús de rojos faroles encendidos, pasando y desapareciendo por una calle transversal, lo hizo hundirse con toda su bruma, y se hizo la noche. Caminando en la oscuridad, contesté:
-Entonces no te quejes... has obtenido lo que deseabas... ella te ha inspirado la voluntad de cambiarla, que anhelabas de corazón, y, al mismo tiempo, no menos querida, la sensación de la imposibilidad de dicho cambio... De ella, más no podías esperar.
Contestó:
-Eso es verdad... pero no quita que perderla sea muy amargo...
Me reí:
-Cuántas cosas querrías -dije.
Yo había entrado en un gran montón de hojas, sin verlas, y casi experimentaba placer moviendo los pies y haciendo el mayor ruido posible.
-Acaba con eso -dijo Livio-, ¿qué te ha dado?
Yo tenía las hojas hasta la mitad de la espinilla de tan altas y tupidas.
Livio añadió:
-Así que se acabó.
-Eso, se acabó -dije como un eco arrastrando los pies entre las hojas. Me sentía incapaz de tomarme en serio el disgusto de mi amigo. Más aún, experimentaba una especie de sentimiento de hilaridad, como si todo se hubiese producido según un orden preestablecido y superior.
*Fuente: CIUDAD SEVA
http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/ita/moravia/amante.htm
Lunes, 10 de Diciembre de 2007
La mujer del amo*
*Por Sonia Catela. soniacatela@yahoo.com.ar
No desearás a la mujer del patrón, ni su pulposa trenza, ni sus golosinas de anverso y reverso,
no la espiarás, reclinada en la butaca, mientras le da vueltas a su anillo matrimonial y sus inquietos muslos hablan lo que no debés oír,no le imputarás las tropelías que acaba de cometer su dueño y tu dueño, ayer, (tres muertos) ni ojo por ojo diente por diente lengua por lengua lengua a ella, la de frutales labios, no la amenazarás desplazando en tangente, sobre su testa, el patíbulo que su consorte fabrica ante la multitud de operarios, soga de palabras que desenrolla del micrófono y terminarán ahorcándolo, no la piropearás ¿qué hace la mujer del amo en la asamblea donde se ventila lo que sucedió
ayer? cuando empiece realmente a ventilarse, que no, todavía, pero ya enseguida, (muertes) ni tomarla entre tres y vejarla como represalia, justicia por mano propia (otra no hay), en castigo porque el patrón, horas atrás, encadenaba su fábrica, propiedad donde aprisiona lo que cae dentro de su
perímetro/telaraña y le pertenece, vos, Acuña, Morbidoni, Donn, no codiciarás la mujer del prójimo, ni su asno ni su molino, no le contestarás hoscamente a la patrona que te saluda de lejos, pondrás estricta urbanidad al responderle, no anhelarás su escote ni tu palma hurgando en su escote ni tu lengua pegándole etiquetas dentro ¿qué hacen en la asamblea ella y su falda sin luto por Acuña, Morbidoni,
Donn, cercados, asfixiándose en la fábrica de llaves puestas y humareda? no martirizarás a la mujer del amo, ni te desquitarás, ni le cortarás la mano, que no fue ella la de los cerrojos y cepos, ni ató candados que aprisionaron pertenencias, Morbidoni, Donn, Acuña, no dejarás que te avasalle la hembra que calienta las costillas del amo y sirve a sus testículos en la cama y en la mesa, "Estoy con ustedes" dice ella y se desliza a la butaca lateral; te tiende un camino empedrado de malas intenciones, "estoy con ustedes"; se espabila el escote, las axilas, "Eso qué significa, señora"
"Que no seguiré a mi marido hasta el asesinato"
"Y hasta un paso antes ¿no es lo mismo?"
"No lo sé", se enrosca la mujer y titubea bajo el micrófono de fauces abiertas, "Créame, soy sincera". Susurra: "Sus compañeros van a terminar negociando esos cadáveres".
"¿Y usted?"
"No", rechaza.
Hay un balanceo para contar las manos que se levantan, cómo gesticulan las bocas de los oradores, los puños alzados, "No transaremos, señora", la desafiás, y ella: "Ya verá; verá que pactan una tregua, un armisticio". Se apiñan los que votan, gritan, corrillos, agolpamientos, seis horas de insultos e intervenciones, palabras altisonantes y manifiestos, compromisos a cumplirse en el plazo de seis semanas para punir los muertos por asfixia en la fábrica cerrada. Donn, Acuña, Morbidoni lo reclaman. Justicia, seis semanas. Las pocas manos en minoría, contadas por sus dedos que se mantienen altos y en contra, intransigen; entre ésas, la tuya. "Estoy con usted", ratifica la mujer del amo. Y su escote y su trenza robusta, sus golosinas de dorso y reverso, sus muslos parlanchines, locuaces, su mano sobre tu hombro.
Te importa un carajo. Al menos en esta asamblea a esta hora de esta noche.
La dejás colgada de sus palabras y te unís a los disconformes; "Vayamos al Bar Baro", "Qué cagada", "No lo demos por terminado" catándose, sorprendidos de cada cuál, "¿Pero vos sos...?", "Sí, el mismo... ¿te acordás cuando discutimos?", "no nos cascamos pero me quedé con ganas de machucarte...", van a conocerse, quién es cada uno, individualizarse; la esposa del dueño se les acerca, desnuda bajo la rueda de la atención de los curiosos; empieza a abrir la boca, se le cae la frase al suelo, la recoge y embucha, larga un "buenas noches", da media vuelta. Camina por el corredor que la multitud le abre, un abanico a su izquierda, otro a su derecha a medida que ella avanza; trata de salirse y armar una diagonal, mezclarse en el montón, pero la gente se aparta y le libera un pasadizo franco. Sigue, oscilante, hasta que por fin se pierde, sale.
*Fuente: Rosario-12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-11483-2007-12-10.html
Los escritos del año...*
Les propongo que cada cual elija un texto.
Uno solito de aquellos textos que le hayan conmovido más entre aquellos publicados en Inventiva durante el 2007. Asi despedimos y recibimos un año con una antología construida entre todos.
(Hasta el 30 de diciembre inclusive, espero vuestra elección)
Abrazo fuerte y lo mejor al porvenir para cada uno.
*Eduardo F. Coiro inventivasocial(arroba)hotmail.com
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