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BITÁCORA DE UN SOCIÓLOGO FRACASADO

08/01/2008 GMT 1

DEJA VER A TUS OJOS...

urbanopowell @ 18:53

Algo…*

Se abrió para mí el cielo un rato
Sin encomiendas
Sin contrato
Si tu estas sufriendo
verás si te ocurre
¡qué grato!
Se mostró de una manera
nunca vista antes por mí
nunca así algo se me apareciera
sin repiques
sin campanas
sin luces como alguien dijera
Se abrió esa tarde
curioso, en silencio
detenido de disonancias de ciudad,
detenido de trinos de aves,
un instante antes apenas
amenazante de nubes viajeras
rendido yo ya para orar
rendido para vivir
porque en respuesta no creyera
y ahí nomás
tras el respiro
que yo ya creía
esa vida no me daba
cielo diáfano
en toda Su Majestad
Firmamento en su Mar
Joya Inexplicable
Bueno, para mí Bueno.

*de Víctor Falco vittoriofa9@hotmail.com

DEJA VER A TUS OJOS...

El estar en América y el encuentro con el otro*

*por Guillermo Steffen

Una psicología válida para los sudamericanos fundamentada sobre el pensamiento filosófico de Rodolfo Kusch

(Ensayo perteneciente al libro ‘Kusch y el pensar desde América ‘- Centro de Estudios Latinoamericanos - Ediciones García Cambeiro )

¿Desde cuál puntualidad real estoy escribiendo estas páginas? El aquí y el ahora se interceptan en un punto: en la ciudad de Buenos Aires, en los primeros días de julio de 1989. Y queda así señalada una configuración político-comunitaria-personal en extremo aguda. Porque nunca, dentro de nuestra corta memoria histórica, habíamos estado tan mal. Como tampoco nunca, y la aparente paradoja nos agobia, habíamos estado a la vez tan legalmente, tan formalmente institucionalizados como en estos últimos años.
En tanto, a los 10 años cabales de la muerte de Rodolfo Kusch, creemos que su filosofía nos entrega códigos precisos mediante los cuales orientarnos y acercamos a comprender este punto tan crítico de nuestra vida comunitaria. Pero el cometido de estas páginas es restringido: solamente estudiar cómo, ciertos desarrollos de la filosofía de Kusch, ofrecen fértiles puntos de partida para una praxis profesional sensata en el campo de la psicología científica y del arte de la psicoterapia.
Porque, según parece estar ocurriendo en todos y cada uno de los compartimentos culturales de nuestro medio, este año 1989 muestra también un punto especialmente crítico en materia de psicología. En efecto: es notorio que las necesidades de esclarecimiento y de asistencia psicológicas de nuestras gentes no están cubiertas, y ni siquiera contempladas, por los criterios de asistencia que emanan de la acción oficial.
El meollo de nuestro drama cultural, explicitado a lo largo de la obra de Kusch, podría sintetizarse aquí en una simple verificación: la cultura que se nos enseña, así como las instituciones en que se organiza nuestra vida, son las propias del así llamado mundo occidental; pero nosotros, los latinoamericanos, no somos estrictamente occidentales.
Es cierto sí, que los profesionales, así como todos quienes hemos adquirido lo que llamamos “cultura” a través de los mecanismos oficiales escolares y universitarios, poseemos algo así como una superestructura mental formalmente coincidente con la cultura occidental, propia de Europa Occidental y los Estados Unidos y sobre-injertada ahora en el resto del mundo.
Nuestras universidades eyectan desde hace decenios, efectivamente, una generación tras otra de profesionales, científicos y artistas quienes, más tarde o más temprano, parten a ejercer su profesión, precisamente, a Europa o los Estados Unidos. Pero ellos no emigran. Ellos simplemente regresan a su lugar de origen, culturalmente hablando, a actuar sobre aquella realidad por la cual y para la cual se han formado.
Habiéndose instruido a espaldas de nuestro país, de nuestra gente y de nuestras necesidades, es fatal y también coherente que no hallen aquí una inserción de trabajo. Allí sí podrán hacerse instrumentalmente útiles. Por más que eso involucre para ellos en lo personal la renuncia a una real pertenencia nacional y comunitaria.
Ateniéndonos ahora a quienes trabajamos en América Latina, y especialmente en psicología, hallamos que nuestro interlocutor latinoamericano, así como nosotros mismos, vivimos oscilando entre dos polaridades mentales al parecer poco conciliables entre sí.
Por un lado, y en un nivel psíquico consciente y predominantemente conceptual, somos racionales, lúcidos, materialistas e incluso neo positivistas como inobjetables occidentales. En tanto, por otro lado, subyaciendo en niveles psíquicos más profundos y menos visibles, nos late una subjetividad primordial, un modo raigal de sentir el mundo y la vida, que es de hecho muy poco conciliable con aquel nivel consciente. La nuestra, parece ser una subjetividad condenada a permanecer globalmente inconsciente, aunque ello no impida, claro está, que oscuramente esté determinando, todos los días, nuestras actitudes, valoraciones y opciones reales.
Queda claro que ese profesional psicólogo de nuestras universidades nunca podrá contactar ni abrir un verdadero diálogo con su interlocutor latinoamericano, si en su praxis profesional permanece ateniéndose a las teorías y las conceptualizaciones que la universidad y las instituciones culturales oficiales han injertado en su intelecto.
Especialmente en el terreno de la psicoterapia, es muy visible en nuestro medio el contraste entre dos polaridades mentales que chocan en un reiterado drama de desencuentros. Por un lado, el discurso científico del profesional, atrincherado en la penúltima teoría psicoanalítica, o guestáltica, o estructuralista, o sistémica. Y por el otro lado está el paciente real, nunca verdaderamente percibido ni escuchado, a solas con su oscuro desasosiego existencial, doliente ante una vida y un mundo que le han sido despojados de sentido.
La cultura aprendida presiona fuertemente sobre nuestro fuero íntimo, con mecanismos de segregación y de censura que determina bloqueos y disarmonías endopsíquicas. Eso perturba, en la persona individual, en el grupo familiar o laboral, en el organismo comunitario todo, el fluir “natural” de la energía psíquica, el intercambio armonioso entre el nivel psíquico consciente y los niveles profundos inconscientes.
Esos mecanismos culturales censores distorsionan el necesario interjuego entre el nivel lúcido del pensar y percibir, propios de la razón y de la ciencia, y el estrato profundo y oscuro del sentimiento y de la intuición de los valores, donde asientan el empuje vital y la humana vocación por el sentido y la trascendencia.
En el Río de la Plata, en el Cono Sur, en toda Latinoamérica: la legalidad de esa cultura adventicia que históricamente se nos ha impuesto, está interceptando, está distorsionando nuestro modo profundo de estar ante la vida y el mundo, propio de nuestro pueblo. Esa legalidad cultural sobre-impuesta se está perpetuando, a lo largo de estos últimos siglos, en forma de ideología y mediante instituciones formales que no funcionan.
En tanto, nuestro pueblo ha visto frustradas una y otra vez sus formulaciones propias. En toda Latinoamérica se hace cada día más clara la oposición entre el proyecto político cultural de la clase media urbana, transculturada, y el proyecto del pueblo, nunca claramente formulado, con su hondo sentido de la vida reprimido y apenas oscuramente configurado sobre la desmantelada cultura ancestral indígena americana.
Kusch ha observado y descrito certeramente esa persistente estructura del pensar indígena en América. Es un pensar, explica, que no parece conducir a lo que pudiéramos hoy considerar propiamente una filosofía. Parece más bien configurar un camino hacia un “amor a la sabiduría” de tipo contemplativo.
Los psicólogos solemos encontrar, una y otra vez, diversas modalidades de esa vocación contemplativa en los niveles psíquicos profundos de nuestras gentes. Y verificamos una y otra vez cómo esa vocación profunda choca, polarmente, contra la postura existencial dominante en la cultura. Esa posición conductual adventicia nos ordena abominar de la contemplación y lanzarnos, voluntarísticamente, al asalto de la naturaleza, a la negación de la unidad del cosmos previamente despojado de su condición de creación.
Contrariamente a lo occidental, esa sabiduría contemplativa subyacente en nuestro pueblo latinoamericano sería, en cambio, conciliable con las filosofías tradicionales orientales y, en general, con la sabiduría ancestral propia de los pueblos protohistóricos.
Esta última consideración, que merece reflexiones e investigaciones que sin duda realizarán los continuadores de Kusch, nos lleva a una conclusión inesperada: el pensar indígena de nuestro pueblo no sería, simplemente, el pensar del indio: sería, más estrictamente, el pensar profundo ancestral del hombre, a secas. Esas modalidades profundas que Kusch ha rastreado en el pensar del indio, perduran, así, y configuran el sentir profundo de nuestro pueblo, y acaso, en alguna medida, de todos los pueblos.
Ateniéndonos a lo nuestro inmediato: los psicólogos de nuestro medio afrontamos la necesidad de aplicamos a captar y a elaborar, como si partiéramos de cero, los estratos profundos del sentir de nuestras gentes. Porque los hechos dicen a la clara que ese sentir no ha sido legítimamente captado, ni válidamente comprendido por las teorías científicas psicológicas que conforman ese aspecto de nuestra cultura formal universitaria.
Ese sentir profundo se nos ofrece sin embargo cotidianamente, oscuramente captable en el entretejido de nuestra cotidianeidad, y más dramáticamente, en nuestro quehacer profesional clínico psicológico.
Ese fondo largamente reprimido es captable, en efecto, sólo oscuramente, y difícilmente: sólo en la medida de nuestra sensibilidad personal así como también de nuestra disponibilidad ideológica. En tal sentido, el consejo primordial para el psicólogo joven lo sigue dando aquel aforismo de Antonio Porchia: “No te pongas delante de tus ojos: deja ver a tus ojos.”
Porque, como Kusch nos lo ha mostrado, la comprensión del sentido de la vida y del mundo tiene que abrirse paso con dificultad, duramente, hendiendo muy sólidas barreras categoriales que nosotros mismos, en tanto cultos, estamos colocando defensivamente.
Vivimos en medio de ásperas contradicciones culturales, que nos desgarran tanto en el fuero personal como comunitariamente. Los psicoterapeutas debemos todos los días acudir en asistencia de nuestro prójimo desgarrado y de nuestras instituciones comunitarias inoperantes. Pero los criterios que la cultura oficial ha puesto en nuestras manos profesionales no son instrumentalmente válidos para nuestra tarea.
Los psicólogos no podemos movemos como meros depositarios e instrumentadores de esa cultura y de esos criterios enmarcados en experiencias y realidades que definitivamente no son las nuestras. Nuestro compromiso profesional y nuestro desafío son mucho mayo res. Los psicólogos no nos podemos permitir asumimos simplemente como profesionales y hombres cultos, porque nuestra tarea es acudir en asistencia de una persona y de una sociedad en crisis que no son occidentales. Como tampoco lo somos nosotros mismos. En nuestra tarea, los psicólogos debemos, más bien, comprometemos y ser parte en el rescate de una conciencia personal armónica, de un recobrado sentido de la vida y del mundo.
Las artes psicoterapéuticas tendrán que irse estructurando, por todo ello, ante todo en función de mediación. Los psicólogos tenemos que constituimos, ante todo, en agentes de intermediación entre aquellos dos niveles. Pues si por un lado laten oscuramente las vivencias del sentir profundo, por el nivel visible, inmediatamente accesibles a la introspección, discurren las estructuras racionales y todo el psiquismo discursivo. Esa polarización es en ciertos aspectos irreconciliable, y puede observarse con cierta facilidad en muchas alternativas comunitarias de nuestro pueblo: para ello no hay sino que leer sin anteojeras nuestra historia. Con alguna dificultad, puede también descubrírsela distorsionando los dinamismos endopsíquicos en lo más profundo de la personalidad individual.
En tanto, nuestra triste realidad histórica y cultural sigue siendo lo que es: no podemos, sin más, evadimos de algún modo de ese drama fundamental, ya que continuamos viviendo sumergidos en esas formas y esas instituciones culturales. Y, ello es absolutamente forzoso, hemos de seguir contando con ellas: con las instituciones, con las universidades, con la ciencia y con la tecnología propias de esa cultura que no es propiamente nuestra.
Porque no tenemos otras. No parece, por el momento, haber otro camino, y acaso la consigna de la hora podría decir: aceptemos, sí, e instrumentemos, sí, esa cultura y esa ciencia; pero aprendamos a hacerlo, ahora, sin dogmatismo y sin sumisión acrítica. Acaso por ese camino descubramos una transacción que nos libere de tener que reprimir nuestra auténtica diversidad profunda. Alguna vez Kusch había propuesto una especie de estrategia, ante la cultura adventicia. Decía: “Fagocitémosla, a la manera indígena, con resistencia y astucia”.
Veamos ahora en detalle algunos hallazgos de Kusch a propósito del pensar indígena y las diferencias de éste con el pensar occidental. La mente del occidental se dirige a la realidad con la intencionalidad de captar objetos. El indígena, más que objetos, capta aconteceres. El indígena no ve como nosotros los “cultos” un algo estable poblado de objetos. Ve, más bien, una especie de pantalla sin cosas pero con intenso movimiento, pudiendo ese movimiento ser fasto o nefasto.
Ahora bien: ese ámbito sin cosas pero donde la subjetividad sospecha la latencia de aconteceres fastos o nefastos, es un viejo conocido del psicólogo latinoamericano perspicaz. Es un archiconocido escenario interno nuestro. Pero, del que ningún libro nos habla, del que ninguna disciplina universitaria se ocupa. En mi cotidianeidad profesional de psicoterapeuta yo lo encuentro siempre, emergiendo de los niveles psíquicos profundos y oscuros de las personas a quienes asisto.
Esa imagen del mundo que Kusch descubre y describe en el fondo del pensar del indígena se parece, acaso coincide en lo fundamental, con la configuración que yo hallo todos los días en la profundidad psíquica de nuestras gentes. ¿Dónde están los libros de ciencia psicológica que lo describan, las teorías que lo expliquen?
Dicho de otra manera y con más generalidad: las estructuras psíquicas infra conscientes de nuestras gentes se parecen a las estructuras infraconscientes de nuestros indígenas. Pero difieren de lo que describe la casuística de la psicología en tanto ciencia occidental, y, concretamente, de las teorías psicológicas de procedencia formal europea o norteamericana.
El psicólogo novicio podría aquí desconcertarse, preguntándose si acaso nuestros genes y nosotros mismos somos, en lo profundo, indios. Pero no se trata de lo indio: se trata, más en general, de lo humano. Se trata, al parecer, de la genérica profundidad psíquica de lo humano, acaso desatendida o no suficientemente percibida por la ciencia occidental. He aquí que Imbelloni —citado por Kusch— nos recuerda que, ya en el muy antiguo sistema del taoísmo, se estuvo dando un desarrollo de esto mismo: valoraciones de Favor y Disfavor mánticos.
A poco que generalicemos estas consideraciones, llegamos a una inesperada e insólita conclusión, a saber: que la cultura occidental, si bien se ha extendido a lo ancho y a lo largo del mundo todo, aparentemente sumergiendo a las culturas locales, no se habría acercado sin embargo a la universalidad. La cultura occidental no es universal. Por más que de hecho ocupe y se expanda por todos los lugares del mundo, no ha alcanzado por ello la universalidad. No es en absoluto, contra lo que un vicio europacentrista había pretendido, “la” cultura. Es sólo “una” cultura. Que no es la nuestra. Es hora de que renuncie a su pretensión de estar ofreciendo una versión válida de la realidad en términos absolutos y universales. Pretensión a la que ninguna cultura, lo sabemos ahora, puede aspirar.
En tanto, como habíamos visto, el pensar de nuestros indígenas así como el sentir profundo de nuestro pueblo todo parecen coincidir, en sus notas fundamentales, con el pensar propio de todos los pueblos protohistóricos. La estructura de tales estamentos psíquicos constituiría el fundamento del pensar humano en general.
En ese orden de consideraciones, creemos que los actuales desarrollos de la lingüística y del estructuralismo están fracasando en tanto intento por configurar una teoría universal del pensamiento. En tanto, existen otros enfoques, excéntricos con respecto a la cultura dominante pero en verdad más tradicionales, que parecen estar preconfigurando intentos de sabiduría más universalizable.
Pero volvamos ahora a Kusch, quien observa que nosotros, transculturados, enfocamos la realidad poniéndonos a la captación de objetos. Pero el indio no se constituye nunca en sujeto fotográfico. No se dirige a captar objetos, sino más bien, y a la manera de los pueblos protohistóricos, enfoca la realidad con un saber de movimientos y de aconteceres fastos y nefastos hecho ante todo de emocionalidad.
Actitudes subjetivas profundas de ese estilo, yo suelo encontrarlas una y otra vez en la profundidad psíquica de nuestras gentes. Ese es un hecho que contradice, sutil pero persistentemente, lo que describe la casuística y explican las teorías científicas psicológicas.
De ahí surge la problemática acuciante del profesional psicólogo: a la hora de acudir a las necesidades psicoterapéuticas de nuestras gentes; ¿qué puede hacer el psicólogo con todo ese material emergente de la profundidad psíquica, tan heterogéneo siempre con las estructuras ideatorias transculturadas de esas mismas gentes? ¿Cómo ayudar a nuestro escindido prójimo latinoamericano a que rescate su unidad interna?
En ese orden de cosas Kusch ha evaluado ciertos hechos históricos, sabidos por todos pero insuficientemente considerados por la filosofía. La historia de la cultura nos dice que, coincidiendo con la Revolución Industrial, Occidente conformó un nuevo sentido de la vida, como remate de muchos siglos de experiencia histórica europea. “Se instala entonces en la cultura un mundo hecho de objetos a ser movilizados por el hombre.” El mundo dejó de ser sentido como el conjunto de la creación, y pasó a ser, para esa cultura, un gran “patio de los objetos”, apto para ser transformado y hendido por la voluntad del hombre.
Sostenidas por tal concepción del mundo, se estructuraron luego una teoría del conocimiento y una ciencia. Las que instauraron, a su vez, una todopoderosa tecnología, a la que vemos hoy manipulando las cosas, agrediendo e interfiriendo a la naturaleza, y desentendiéndose de los equilibrios del cosmos, indagado ahora sólo con mirada desacralizadora
Es cierto que todo ese sistema ideológico, tanto en Europa como en todas partes a donde ha llegado, está actualmente en aguda crisis, con su ya insostenible postura racionalista y neopositivista, con sus decrépitas instituciones liberales individualistas y con su “salvaje” tecnología deshumanizada y depredadora.
Pero esa crisis se está dando en términos históricos, con ritmos que por cierto no consultan el ritmo del acontecer a escala de vida humana. Y en ello estamos. Con crisis o sin ella, nuestras ineficaces instituciones, nuestras universidades-museos, nuestra cultura oficial formal toda, continúan, y aparentemente continuarán, interfiriendo y distorsionando nuestra vida, aplicándose industriosamente a injertar en nuestro medio la penúltima teoría de moda en Europa y los Estados Unidos.
En cuanto manifestación de esa ideología occidental, la ciencia psicológica continuará por un largo rato —y no importa demasiado conformada por cual teoría— interfiriendo y distorsionando una buena captación de nuestras realidades psíquicas. Fundamentalmente: continuará explicando que los conflictos y los dolores de ánimo de las gentes serían el resultado de causas exteriores y ajenas al sujeto. Posición ideológica insostenible pero que, acríticamente, continuará engendrando argucias psicológicas e instrumentando técnicas encaminadas a manipular “cosas” que estarían fuera del sujeto, en el “patio de los objetos”, y sometidas a la legalidad de la causación.
Pero una psicología científica a la occidental nunca podrá tomar contacto ni comprender las necesidades existenciales más profundas del hombre, cual son la necesidad de superar el desgarro fasto-nefasto de la realidad, la necesidad de hallar un sentido a la vida y al mundo y la vocación hacia una resolución trascendente para los limites de la condición humana
A espaldas de tales profundas vivencias de la condición humana, que son el fundamento dramático de la historia y del drama cultural, la psicología científica a la occidental continuará todavía mucho tiempo aplicándose al triste juego de establecer causalidades A tal psicología le encantará, por ejemplo, seguir definiendo y catalogando entidades nosológicas objetivas : síntomas, síndromes enfermedades. Como no sabe ver a las personas reales, se dedica a abstraer entelequias conceptuales.
A semejanza de lo que acontece con la medicina occidental “salva- que no percibe personas enfermas sino enfermedades, a los psicólogos se les impedirá también percibir personas, y se les impedirá de mil modos a que sólo vean patología, mecanismos, procesos causales; a lo sumo, podrán solamente ver “casos” o “pacientes”. Obligados a colocarse en actitud objetivante ante su “paciente”, a los psicólogos no les será licito ni posible conectarse con su prójimo en crisis. No podrán estar con su prójimo en crisis, dolido ante todo de finitud, de soledad, de carencia de sentido y de salidas trascendentes para las fatalidades de la condición humana.
Eso, por parte del psicólogo. Pero he aquí que la persona que nos consulta, también está transculturada, también entiende su situación y sus desasosiegos desde la ideología occidental. En la consulta, a los psicólogos nos ocurre algo muy parecido a lo que le ocurre al médico. Todo médico con alguna experiencia ha aprendido que su paciente acude a él demandando que le recete algo, que le dé una cosa exterior para incorporársela y delimitar así la cosa-enfermedad: todo médico sabe que está obligado a recetar algo, aunque sea H2O en gotas, porque si no su paciente sentirá que se va con las manos vacías, abandonado ante un mundo hostil y sin sentido.
Así mismo, el psicólogo suele encontrarse con un doliente imbuído ideológicamente acerca de sus dolencias: el consultante inteligente y culto suele ser muchas veces una persona que se define a sí misma como “paciente”, y que viene con un programa muy definido: viene a que el psicólogo le ayude a hallar las causas de sus malestares. Muchas veces esa demanda por la explicación de causas es más perentoria que el deseo de que cesen los malestares y las dolencias.
Más aún que sentirse bien, él necesita conocer causas. La cultura occidental nos ha programado así, el criterio científico nos ha enseñado que todo ocurre así, por la acción de las causas actuando sobre las cosas y todo ello ubicado afuera del sujeto.
El esclarecimiento científico de las causaciones se llama “explicación”. Los psicólogos soportamos permanentemente la presión de esa demanda, que tiende a determinar y a conformar de cierta manera el proceso psicoterapéutico. La persona quiere y demanda la explicación causalística de sus malestares: en ese sentido, conviene que el psicólogo comprenda que el consultante “necesita” esa explicación, aunque ello pueda en cierto modo distorsionar el proceso psicoterapéutico.
Pero he aquí que en la mayoría de los casos, en nuestro Buenos Aires, el psicólogo es, también él, un transculturado occidental. Especialmente si comulga con alguna escuela psicológica interpretativa del tipo del psicoanálisis, por ejemplo: esa demanda de explicación por parte de su “paciente” será muy bienvenida y mejor satisfecha. Y así el llamado “paciente” se convertirá a su vez, posiblemente a lo largo de años, en un excelente explicador de dolencias. Esas mismas que, naturalmente, seguirá padeciendo.
La persona en crisis subjetiva, en Latinoamérica, choca, a la hora de acudir a la psicoterapia, con una fatalidad sobre agregada: la heterogeneidad de fondo que existe entre su realidad anímica profunda y el sistema de estructuras conceptuales de su propia mente.
Sabemos cuán fatalmente fácil es ver según se piensa. Y lo muy difícil que es pensar según se ve. Nos toca aprender, muy dolorosa y difícilmente, a pensar según se ve. Porque nuestro ver mismo está interferido. Parece que miramos mal, o no miramos; parece que lo aprendido nos enseñó a mirar nuestros asuntos a través de unas categorías cognoscitivas que son ajenas a nuestro real espacio existenciario, unas categorías conceptuales que son impermeables y mudas para lo que se refiere a nuestro sentido profundo de la vida.
Kusch dice que los sudamericanos insistimos en ocuparnos de un plus de afuera, defensivamente, para así compensar una carencia de dentro. Porque, puestos ante un mundo desacralizado y vaciado de todo sentido, nuestra demanda interna profunda podría caer, demasiado fácilmente, en el total desamparo.
Jugando con paradojas, Kusch ha imaginado que el indio —así como el conjunto de nuestro pueblo, que obviamente rechaza las soluciones desarrollistas y la ideología liberalista de nuestra cultura— podría a su vez planteamos a nosotros, los urbanos transculturados: ” ustedes, qué han conseguido? ¿Después de cuatro siglos de coloniaje y casi dos de república, dominan por fin la realidad, dominan por fin a esa naturaleza a la que tanto agreden?” Pero nosotros, concluye Kusch, mal que nos pese, nada de eso hemos logrado: solamente hemos administrado conocimientos europeos, de segunda, a los que hemos convertido en un plus exterior destinado a compensar nuestra orfandad última.
Porque “el indio sí, puede, mediante su ritual, remover su intimidad”. Pero nosotros, pobres ciudadanos cultos, con la técnica y con las cosas, no podemos remover nuestra intimidad. Y no podemos hacerlo, entre otras razones, porque la intimidad, precisamente, no / puede ser objeto de conocimiento a la manera de las cosas. La subjetividad, puesta afuera, objetivada, ya no es la subjetividad, ya no es “lo del sujeto”.
En ese sentido, la subjetividad es incognoscible. Y no la conocemos. La padecemos, simplemente. y la vivenciamos apenas, difícilmente, sólo en la medida en que, venciendo corazas culturales defensivas, logramos tornarla consciente.
Siendo la intimidad subjetiva por sí misma incognoscible, y dada la heterogeneidad básica entre la subjetividad y las estructuras conceptuales propias de esa cultura, cabe preguntarnos: ¿qué posibilidades reales tiene el psicólogo en Latinoamérica? O más brevemente: ¿es, tal psicólogo, realmente? Aparte de las consideraciones semánticas que aquí pudieran hacerse, nos preguntamos: ¿se puede, en Latinoamérica, así, pensando desde categorías científicas y actuando desde una actitud explicativa y técnica, es teóricamente posible, comprender y rastrear y reparar de algún modo las dolencias subjetivas de un semejante?
Yo creo que en psicología, en esta parcela específica del quehacer humano, es esencialmente dramática la insuficiencia de nuestra cultura. Aparte del hecho de que ella misma, la propia cultura occidental, se halla hoy en crisis. Así, somos testigos, y también actores en la actualidad, de esa estampida cultural: un conjunto incoherente de desordenadas aperturas que día a día crecen y desbordan las pautas culturales occidentales. La lista sería larga y contradictoria: criterios filosóficos y de sabiduría tradicional orientales, aparición y reactivación de sectas y rituales, homeopatía y medicinas alternativas, disciplinas holísticas, estudio de las coincidencias significativas o sincronicidad parapsicológica, astrología, técnicas de concientización de la corporalidad, terapias comunitarias, movimientos de regreso a la naturaleza, psicoterapias basadas en el ensueño dirigido: un amplísimo, variado y contradictorio espectro de aperturas y puntos de vista. Que, no obstante su diversidad, coinciden en un punto fundamental: todos y cada uno de ellos involucran un cuestionamiento a la imagen occidental de un mundo desacralizado.
En cuanto a los desarrollos de la filosofía de Kusch: nos proporciona, al parecer, un marco teórico apto para fundamentar una psicología válida para nosotros los latinoamericanos. Veamos esto, referido ahora al quehacer psicoterapéutico. Kusch ha hallado, repetidamente, que el acervo cultural del indígena parece indicar que el indio usaba prioritariamente una función mental que los occidentales no solemos valorar ni apenas utilizar: la afectividad.
Claro está que sí, reconocemos que tenemos afectos. Pero no sabemos concienciarlos ni valorarlos: nuestra cultura los descalifica. Un rápido balance de la actitud de la filosofía ante la afectividad nos informa que, ya para Descartes, los afectos no son sino una etapa confusa del intelecto. Para Kant, son estados sensoriales caóticos. El propio Max Scheler, con haberse ocupado tanto de la afectividad, esquiva su sentido profundo y se queda con sólo la intencionalidad de la emoción; eso es propio, por lo demás y como Kusch lo ha mostrado, de todo el romanticismo.
Y ya en el campo mismo de la psicología, en Occidente se desconoce casi lo emocional. Para Wundt, fundador de la psicología experimental, la emoción es un desequilibrio, un descontrol. Y finalmente, para el mismísimo Jung, todavía incapaz de romper las limitaciones freudianas, nos dice que “el afecto es una peculiar perturbación del proceso representativo”.
Kusch resume así la situación: la cultura occidental escamoteó la vida emocional, primero evitando el problema, y después produciendo la deflación de la emoción en el psicoanálisis. Y, todo ello, aparentemente, para asegurar la “libre” acción de la inteligencia.
Captado esto mismo desde el polo opuesto, podríamos decir: occidente ha arrancado a la inteligencia del contacto total de la psique, para ponerla a funcionar en un vacío en que el intelecto pierde con tacto con la totalidad vivencial de ser un hombre y estar en el mundo y ante un destino.
La cultura indígena no ha producido tal escamoteo: muy contrariamente, parece poseer una coherencia interna apoyada precisamente en el fondo afectivo. La cultura aimara, tanto como la quechua, valoraban la interioridad del hombre en forma global. Y Kusch menciona cómo William Stern está en la pista de esto, cuando menciona en su “Psicología General desde el Punto de Vista Personalista”, la existencia de aspectos emocionales de la personalidad, o “entrancia”, que son la contrapartida de los aspectos intelectuales, o “saliencia”. Ese nivel de “entrancia”, que la cultura imperante ha ignorado, constituiría, para Stem, una instancia de intermediación entre el intelecto y la vida profunda del inconsciente.
Pero nuestra cultura formal menosprecia a una mitad de nuestra psique. Una anécdota real de hace años nos permitirá evaluar a lo vivo ese menosprecio. Ocurrió por entonces que el hermano de una amiga mía fue asesinado en la calle. Mi amiga, una inteligente asistente social, era en ese momento funcionaria del Congreso, y se desempeñaba como asesora de una subcomisión parlamentaria que se ocupaba, precisamente, de temas de legislación penal. Yo acompañé a mi amiga en esos días, y por cierto finalmente le comenté: de cómo, el destino la había colocado, tan dolorosamente, en el exacto lugar para evaluar un tema tan difícil como el crimen y el castigo. Y me interesé por saber cómo iba ella a asesorar al respecto a los legisladores: a quienes hacen, precisamente, la ley penal. Pero ella, ante mi estupefacción, me replicó: “Mi condición de hermana de la víctima me impide, precisamente, opinar: el afecto invalida mi juicio”. Y esa fue, por lo demás, la opinión general e incuestionable. Porque parece que eso es lo que dice para el caso, nuestra ciencia psicológica: se puede conocer y valorar, en este caso el crimen, sólo captándolo objetivamente. Es decir, completo yo, sólo en la medida en que el crimen `no importe”.
En contraste con esto, según lo ha registrado Kusch, la cultura indígena menciona el “corazón” (en quechua: “soncco”; en aimara “chuyma”), más que como un órgano, como una facultad psíquica que, a la vez, ve y siente: como un regulador intuitivo del juicio. “El juicio del corazón es racional y participa de lo intelectual de la percepción, pero, a la vez, siente fe en lo que está viendo: remite a un registro profundo en que toda la psique se pronuncia ante una situación objetiva.”
El juicio desde el corazón, en la cultura indígena, rescata la coordinación entre sujeto y objeto, mediante la movilización de un sujeto total. No el sujeto sólo intelectual de nuestras ciencias objetivas, sino el sujeto total, pensante y sintiente con toda su profundidad psíquica existencial.
Es rutina, en la vida de los psicoterapeutas, la tarea de asistir a personas “demasiado” inteligentes, que todo lo racionalizan. Y tenemos que ayudarlas a que aprendan a ponerse en contacto con su estar viviendo de manera más total, más verídica, y también más saludable. A que aprendan a hacerse conscientes de sus emociones, dándose cuenta de lo que sienten y no sólo de lo que piensan.
Por eso la psicoterapia no es, ni debe ser en la mayoría de las ocasiones, un asunto de explicaciones. Ni, podríamos concluir, propiamente de ciencia, es más bien un arte. La psicoterapia debiera constituirse en el arte del encuentro personal; un encuentro que, claro está, no debe atenerse demasiado a las formas culturales o de la costumbre social. La psicoterapia debe ser, definitivamente, un asunto del corazón: una relación emocional, un encuentro ante todo afectivo. Al punto que mi experiencia profesional es terminante en esto: sólo puedo ayudar a aquél a quien puedo querer.
Kusch señala que el saber indígena no es nunca acumulación de conocimientos: dice que es “un saber rítmico, un estereotipo que participa de la reminiscencia”, un saber que no se ocupa tanto de los aspectos reales, cuanto de los aspectos numinosos del arquetipo. Y el arquetipo, decimos con Jung, procede del inconsciente colectivo: el sujeto, así, vivencia sus contenidos como revelados.
Sabemos que el arquetipo es la estructura del inconsciente: es un principio organizador de la psique toda. Abarca la psique de la persona individual, pero también pasa a estructurar al grupo social. Por eso ese saber del indígena, que no se ocupa de porqués ni de causas, sino de cómos, es un saber no enajenable de un sujeto. Como no es tampoco almacenable objetivamente: exige el compromiso del sujeto.
En términos de psicología, diríamos: por oposición a erudición, eso es sabiduría: no se trata de saber muchas cosas, sino asumir el saber abandonando la disponibilidad subjetiva y comprometiéndose con el proyecto. En abierto contraste con el triste criterio acumulativo y enciclopedista de nuestra educación oficial, Kusch, muy brevemente, nos ha dicho: “el saber hace crecer algo dentro del sujeto”. El saber occidental a ultranza es siempre sobre-adquirido, y no toma contacto con el sentimiento vital: su rigurosa objetividad lo desconecta de toda valoración existencial y lo condena a la ausencia de toda apreciación totalizadora, vacío de rito y de trascendencia.
El saber indígena, en tanto, contacta ante todo con el hecho puro de vivir, y se abre a la trascendencia. Por eso, para el indígena, el no saber es mucho más grave que la mera ignorancia: el no saber es la ausencia de revelación.
Observemos ahora que así como, puesto ante el mundo, el indígena no se atiene a captar cosas, sino modalidades afectivas, con más razón, eso mismo le ocurre al indígena cuando se trata del diálogo interpersonal. En nuestra cultura, el encuentro con el otro suele consistir ante todo en un intercambio ideatorio: se intercambian ideas, a lo sumo puntos de vista. También yo, escribiendo estas líneas, y mi hipotético lector, somos, a grandes ratos, occidentales intercambiando conocimientos a nivel verbal abstracto. Salvo en aquellos ocasionales puntos en que lapsus cálami mediante, “se nos escapa el indio”, valga literalmente la expresión.
En cambio el indio, en el diálogo interpersonal atiende bastante poco al discurrir conceptual: más bien está al acecho del tinte afectivo que la presencia del interlocutor le genera en un nivel poco lúcido y consciente. Esa observación de Kusch acerca de cómo se juega el diálogo interpersonal en el indígena, es también, aunque en menor válida para todos los niveles populares.
Pero he aquí que esta descripción resulta, asimismo, una excelente descripción de la ideal actitud dialógica profesional del psicólogo. Porque el psicólogo, si es tal, tampoco atiende estrictamente al mensaje consciente y conceptual de su interlocutor. Está más bien al acecho de los metamensajes, y se mantiene a la vez muy receptivo ante su propio sentir: qué siento ante esto que me dice, desde dónde siento que me dice sus asuntos, qué estoy sintiendo ante su presencia y su actitud global. Y, todavía, un lugarcito para captar qué imágenes y fantasías se me disparan a mí a medida que lo oigo, y cómo todo ello me importa y me hace sentir o no.
Dicho en términos de nuestra cultura, sería así; tanto el indígena puesto ante su interlocutor, como el bueno del psicólogo en el diálogo interpersonal, están libres de censura interna, se colocan ante el otro indefendidamente; se ponen en contacto, más que con el discurrir conceptual, con el fluir de su trasfondo subjetivo oscuro, nada “claro y distinto”. Uno y otro, indígena y psicólogo, captan, pues, una vivencia afectiva total, difícilmente conscienciable y que nuestra cultura formal no sólo reprime, sino también descalifica.
Decimos “el psicólogo”, pero, claro está, eso no es generalizable para todos los psicólogos. Digamos mejor: algunos psicólogos. Porque los noventa y tantos restantes posiblemente todavía están conformados por las propuestas que el sistema les ha impuesto desde universidades e instituciones: acaso todavía no han tenido tiempo de “desaprender”, en íntimo contacto con la realidad del vivir humano, la escoria científica. Son los psicólogos-técnicos, ineficaces como psicoterapeutas, pero excelentes funcionarios a la hora, por ejemplo, de asesorar sobre selección de personal, de medir aptitudes y destrezas, y, en general, de ocuparse de parciales funcionamientos psíquicos de un hombre científicamente cosificado.
Las características del pensar indígena son generalizables, aunque en menor grado, para todo el conjunto de nuestro pueblo latinoamericano. En lo que se refiere a las minorías urbanas transculturadas, esas modalidades psíquicas básicas persisten, aunque fuertemente reprimidas a niveles inconscientes.
Como en el indígena, hay en nuestro pueblo la vivencia de un transfondo emocional dual fasto-nefasto, con una respuesta afectiva en forma de afán angustioso por alcanzar el equilibrio. Pero he aquí que nuestro pueblo carece de las estructuras culturales que al indígena le proporcionaban salidas existenciales trascendentes. Porque el indígena tenía el rito. Dentro de su propia cultura y mediante el cumplimiento de su ley profunda, el indígena alcanzaba, en una vivencia límite, la plenitud y el sentido de vivir. Pero a nosotros la cultura no nos ofrece nada semejante a tales actitudes existenciales.
Latinoamérica toda está cubierta por esos dos modos de pensar, que en muchos aspectos son tan opuestos. “El estilo del pensar indígena es con mucho mayoritario en nuestra población. Pero ha sido decretado, primero desde el imperio y después desde el poder urbano, que la cultura indígena ha de ser marginada, y el pueblo, transculturado.” Eso es ya historia Ahora, acaso un poco tarde, sabemos que esa no parece haber sido la solución.
Porque hay un hecho defmitivo: aparte de su histórico entrechocar con la cultura nativa americana, así como en otros lugares choca con otras culturas locales, la cultura occidental en sí misma está en crisis y en descomposición, y hasta parece revolverse en callejones sin salida precisamente allí donde alcanzó sus mayores desarrollos.
Kusch enfatizó de cómo, en materia de pensamiento, la cultura occidental hizo un desarrollo acromegálico del sistema de abstracciones, a costa de un severo déficit en la captación intuitiva y afectiva del mundo concreto. El hombre occidental adhiere, tan acríticamente como irresponsablemente, a la acción y al voluntarismo, y se niega a la inteligencia contemplativa. Y así como el indígena tiene dificultad para objetivar, el occidental insiste y machaca en la objetivación, construyendo una crónica causalista de la realidad, e instalándola como único objeto discursivo: con ello se cierra, fatalmente, a toda salida trascendente.
Lo hemos colocado todo en el “patio de los objetos”. ¿Y el sujeto, quién es? Porque yo mismo, puesto a conocerme, cómo hago: ¿me cosifico también, y me capto ahí afuera, también en el “patio de los objetos” como una cosa más? Posiblemente el aporte más sólido de Kusch a la filosofía es esta petición de una redefinición del sujeto.
Retrayendo ahora el asunto a la simple propuesta de una actitud profesional para el psicólogo, cabe preguntarse: si todo es así en nuestra cultura, si todo se halla en general referido al mundo de las cosas u objetos, ¿qué ocurre cuando se trata especificamente de personas? Cuando lo otro objetivado son las otras personas, cuando es mi prójimo, yo, psicólogo, ¿qué puedo hacer?
¿Debo, como buen científico occidental y según la universidad me ha enseñado, objetivarlo a mi prójimo, debo captarlo como objeto, como una cosa en un mundo de causalidades? Pero yo he descubierto que mi única manera de efectivamente ser psicólogo, es ser psicólogo latinoamericano. Verdad es, me digo, que en el nivel consciente y lúcido de los conceptos y los conocimientos pertenezco a la cultura occidental, y no puedo no pertenecer. Pero acaso , también puedo, confío, a la hora de ejercer el arte de la psicoterapia ante mi prójimo, asumirme como latinoamericano: como pueblo latinoamericano.
Y dar una especie de paso al costado subjetivo. Y negarme a objetivar a mi prójimo. Y en lugar de ponerme ante él, me pongo con él. En un encuentro subjetivo en que, a la manera de mi abuelo cultural indígena, estaré ante todo atento concienciando mis afectos más que mis pensamientos, y ser con él, ante todo, una subjetividad empatizante.
Y ocurrirá acaso así un encuentro entre prójimos, ante todo afectivo, oscuro de captar y sólo dolorosamente concientizable, pues estoy desoyendo un mandato cultural que me ordena deponer y reprimir la afectividad. Si soy americano, más que psicólogo científico, contactaré así con mi prójimo real en su profundidad más oscura. Y sólo así podía ayudarlo.
Podré acaso. Si por ventura soy oído cuando hago mía la plegaria de Teilhard de Chardin:
“ Dios mío, haz brillar tu rostro, por mi mediación, en la vida de los otros. Concédeme verte, incluso y sobre todo, en lo más íntimo, en lo más lejano de las almas de mis hermanos.”

Obras de Rodolfo Kusch especialmente consultadas y citadas a lo largo del texto

“América Profunda Buenos Aires. Bonum. 1975.
“El pensamiento indígena y popular en América”. Buenos Aires. Hachette. 1977.
“Esbozo de una antropología filosófica americana”. San Antonio de Padua. Castaiieda. 1978.

Notas
1 K. O. Jung: “Tipos Psicológicos”. Sudamericana. Buenos Aires 1965, p. 196.
GUILLERMO STEFFEN: SOBRE LA OBRA DE RODOLFO KUSCH

*Enviado para compartir por Alfredo Armando Aguirre. choloar@rocketmail.com

*
Hace pocos minutos termino de hacer la primera lectura, del trabajo que adjunto, que para una
recopilacion sobre Kusch a diez años de su fallecimiento escribiera Steffen en 1989. Dias atras
me llego este texto posteado en una lista de Psicologia Social, enviado por el entrañable Alejandro
Simonetti. Hace algunos años llegue a entrevistarme con Stteffen quien habia sido compañero de estudios de Kusch y lo habia acompañado tambien en sus ultimos dias. Atento la mayoria de los que reciben este mensaje conocen mis desarrollos, y dada la similitud de muchas de las apreciaciones que hace Steffen con las que vengo haciendo desde - curiosa "sincronicidad"- la misma fecha en que fue escrito su largo articulo; reitero que hace minutos de este domingo de Epifania del 2008, termino de hacer la primera lectura de este articulo, cuya lectura sugiero con enfasis.

*Alfredo Armando Aguirre. choloar@rocketmail.com
Página personal: http://choloar.tripod.com/choloar.html

LA LITERATURA*

*Por Leopoldo de Quevedo y Monroy leoquevedom@hotmail.com

La Literatura es la posibilidad de crear mundos, espacios, seres, monstruos, ilusiones con una mínima base de letras de un alfabeto. Es un regalo que el hombre creó para sí mismo el día que empezó a pensar y a intentar transmitir sus ideas a los otros. A diferencia de los demás animales, que no han podido mover sus miembros inferiores para manifestar lo que sienten, el ser humano aún desde las cavernas ha dejado el rastro de su afán por perpetuarse.
El gorila podrá arañar un árbol o rascar con sus patas la roca en salvaje furia. El toro en su dolor por las heridas podrá, con bufidos, arar en la arena con sus pezuñas, ante el público en los ruedos. La araña podrá tejer y tender la artística red sobre los rincones y arboledas con su luminosa baba. El delfín en su piruetas podrá dibujar en las aguas inútiles vórtices que su cola traza. El caballo, en su encabritado paso, podrá hundir sus cascos en la tierra y dejar señalado el camino recorrido, pero de su testa nunca brotó el más remoto pensamiento de dejar tras si sus señas ni cansancios.
Sólo al ser humano le ha sido dado el don de convertir 27 letras en idilio a la oreja de su amada, en insulto y grosería en la calle o la plaza de mercado, o lanzarlas como estrellas al viento cuando envía poemas por la cibernética telaraña. ¡Tántos papiros produjo y se quemaron en Alejandría! Legos y doctores, en todas las lenguas han dejado su ingenio escrito en miríadas de renglones. La imaginación y la creación artística sentadas en la silla de la mente han reinado desde que una mano rayó con el punzón la piedra. Jamás el humano saciará la sed de estampar sobre el papel o sobre la pantalla plana los símbolos sagrados de las letras.
Porque el escritor no hace otra cosa que oficiar la literatura, en el trabajo diario, con respeto, curia y devoción de anacoreta. Es un rito solemne sentarse ante una cuartilla o teclear ante un PC y hacer aparecer de entre los dedos un cuento, un libelo, un ensayo, una novela o un poema. La literatura es la transubstanciación en unas líneas de la esencia humana. Es sacar de lo más puro de la mente el pensamiento sobre realidad y fantasías mezclado con la inspiración creadora y hacer que demonios, lagartijas y dragones nos envuelvan con su fuego y revolcones.
¿Qué es la literatura sino un rico plato que la Vida nos sirve a cada rato en el papel que recogemos en la banca del bus o el libro que con lujo nos venden caro en el bulevar? Cortázar nos hace saltar de cuadro en cuadro hasta el último cielo en su Rayuela. Mejía Vallejo nos muestra en Aire de Tango el pueblo de Balandú en guerrilla de cuchillos y lenguajes. García Lorca con rondas y canciones nos transporta al mundo delicioso de castillos moriscos donde pacen ranas verdes y caballos y princesas que danzan en el aire.
¿Qué más necesita para ser feliz el ser humano que un libro entre las manos o la página abierta del mundo en internet? Allí se olvida de guerras, envidias, mal gobierno y hasta del hambre. Más vale una espalda cansada y unos ojos rojos por leer que tanto ruido de armas y chanchullos, promesas de un mesías rabietas o que se dañe una baratija de Taiwan.

08-11-07

Martes, 08 de Enero de 2008

Las hermanas inglesas*

*Por Miguel Roig miguelroig2005@gmail.com

En los últimos días del año, como es habitual, hay tiempo para demorarse con amigos. Me ha llamado la atención, entre quienes afectivamente me siento más cerca, el dolor que experimentan por desentendimientos sentimentales. Lo curioso, quiero decir, es que, de repente, parece que todos hablaran de lo mismo.
Una amiga que inició una relación hace poco tiempo ha perdido el contacto con su pareja sin explicación ni razones; un amigo, bastante joven, se enamoró de alguien que le corresponde, pero está inmovilizado, asustado y superado por la situación, incapaz de dar rienda suelta a sus impulsos; otro amigo me contaba que conoció a alguien que podía echar luz sobre su aburrida vida sentimental, consistente en una relación de varios años que no iba a ningún sitio, y un par de semanas después me comenta que no cree que ninguna de las dos alternativas le resulta satisfactoria.
Todo esto me ha recordado a Katherine y Sylvia.
Hace ya bastante tiempo, pasé largas temporadas en Londres. A través de una amiga inglesa me puse en contacto con Katherine para alquilar una habitación en su casa.
Un taxi me llevó a Hampstead Heath, un barrio en el norte de Londres, y me dejó con mi valija frente a una casa de dos plantas con un amplio jardín.
Salió a recibirme una mujer mayor, de inmensa figura, y antes de poner un pie dentro de su casa me informó que no vivía sola; señaló, entonces, una pequeña abertura en forma de arco en la parte inferior de la puerta. En la casa viven Beatriz y Oskar, me dijo. Entonces me di cuenta de que estaba escoltada por dos gatos. Ellos, los gatos, me advirtió, son los verdaderos huéspedes de la casa y hay que respetar sus costumbres y caprichos, ¿está claro?
Katherine Mulisch era ginecóloga y vivía sola. Junto a su ex marido introdujeron en los años sesenta la píldora anticonceptiva en el Reino Unido, razón por la cual contaba con cierto prestigio y su consultorio
estaba siempre atestado de pacientes. Ella vivía en la planta baja y yo ocupaba el primer piso, aunque sólo le pagaba por el alquiler de una habitación. Con el correr de los días me di cuenta de que ya me consideraba uno más de la casa -junto a Oskar y a Beatriz- cuando a mi llegada, al anochecer, sacaba la botella de sherry, servía dos copas generosas y acto seguido, se pinchaba con un alfiler el dedo para medir el nivel de azúcar que tenía en la sangre.
Una noche me contó la historia de su familia. Su padre había nacido en Ciudad del Cabo, pero sus abuelos eran holandeses, por lo tanto, al alcanzar la mayoría de edad, podía elegir entre la nacionalidad holandesa o la inglesa, ya que Sudáfrica pertenecía a la Commonwealth. Ante la disyuntiva, optó por viajar a Londres para conocer el país antes de elegir. En el viaje se hizo amigo de un viajero inglés que le ofreció hospedaje al llegar a la capital inglesa y allí conoció a su hija, con la que se acabó casando; de ese matrimonio nació Katherine.
El padre de Katherine era director de arte en una agencia de publicidad y tenía un amigo que visitaba la casa y jugaba con ella cuando era pequeña.
Durante la Segunda Guerra, el Blitz sorprendió al señor Mulisch y a su hija en la calle; él se abalanzó sobre ella para protegerla y lo consiguió, pero le costó la vida. Tiempo después la viuda se casó con el amigo que frecuentaba la casa. La nueva pareja tuvo otra hija, Sylvia. Siendo ya adulta Katherine supo que su padre y su padrastro habían sido amantes.
Katherine llevaba muchos años separada, sin pareja, viviendo sola. Una noche me habló de ello. Es el precio de la libertad, dijo, la soledad es lo que debemos pagar si queremos vivir a nuestra manera.
Cuando me disponía a instalarme en su casa una vez más, en la que sería mi tercera y última estancia prolongada en Londres, me dijo que su hijo había regresado de Estados Unidos y que por un tiempo viviría en la planta alta donde yo me había alojado anteriormente, pero que su hermana Sylvia me podía
hospedar. Sin abandonar el barrio, cerca del cementerio de Highgate, en una pequeña comunidad con construcciones de estilo gótico, estaba la casa de Sylvia, una mujer delgada con una larga cabellera entrecana, parecida a la de Susan Sontag. Vestía ropa suelta de colores apagados y sus ojos, grises
como el pelo, miraban el mundo de una manera profunda; su voz no era chillona como la de Katherine, sino tenue pero firme. Era profesora de la University of the Arts London y vivía sola: Sylvia también estaba divorciada. Estaría al borde de cumplir sesenta años, pero uno al mirarla no pensaba en eso; comprendí entonces -todo al final se aprende- que la edad sólo tiene importancia para el pobre diablo que tiene que escribir una crónica en una revista del corazón.
En las primeras semanas me crucé pocas veces con ella. Cuando yo dejaba la casa, ella aún estaba en su cuarto y por la noche, o bien no había llegado o estaba entretenida con alguna visita, por lo general algún alumno con el que solía cenar o tomar una copa en el porche. Un domingo al anochecer, yo
regresaba de un viaje de fin de semana y encontré la casa sola. Al rato, sonó el teléfono. Era la hija de Sylvia, que me informaba que su madre se había caído el día anterior y se había fracturado la cadera. Fui a visitarla varias veces al hospital donde pasó una larga temporada inmovilizada. Le llevaba flores y tomábamos el té en compañía de otros pacientes de la sala de traumatología. Cuando al fin le dieron el alta, se instaló en la casa de Katherine, quien cuidaba de ella durante su convalecencia.
Antes de regresar a Madrid, visité a las hermanas un par de veces. El día de mi partida, me llevé un abrazo de Katherine que me dejó al borde de la asfixia y una frase de Sylvia: qué pena que no hayamos podido conversar.
Los encuentros con mis amigos, estos días, me han hecho recordar a Katherine y a Sylvia. O mejor, al sedimento de la experiencia de estas mujeres expresado en sus dos sentencias: el coraje de elegir la soledad, y lo poco que hemos hablado con quien deberíamos haberlo hecho.
Hay un cuento que rescatan en su antología de la literatura fantástica Borges, Bioy y Silvina Ocampo. No recuerdo el título ni el autor, sólo la trama: no ha quedado nadie en el mundo, sólo una persona que está en su casa, encerrada, y es consciente de que todos, salvo ella, han muerto. De repente, golpean a su puerta.
¿No es eso lo que nos pasa, a veces, cuando nos cruzamos con alguien?

*FUENTE: ROSARIO-12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-11838-2008-01-08.html

*

Queridas amigas, queridos amigos:

El domingo 6 de enero del 2008 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor argentino Pedro Ochoa. Las poesías que leeremos pertenecen a Marjorie Agosin (Chile) y la música de fondo será de Wankamaru (Andes). ¡Les deseamos una
feliz audición!

ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)
!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!

REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com
Schießstattstr. 44 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067

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