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BITÁCORA DE UN SOCIÓLOGO FRACASADO

12/01/2008 GMT 1

ARBOLÉ, ARBOLÉ SECO Y VERDÉ....

urbanopowell @ 18:11

... Y nos volvimos a encontrar*

Este debe de ser un escrito glorioso que hable de Ti,
Que muestre mi felicidad de haberte visto nuevamente;
Y dejaré de lado por un momento
Eso del hambre
Y de la pobreza que la genera.

Este debe de ser un escrito visto
Desde un balcón en alguna ventana,
Entre Sol radiante para que todos sepan
Que nos hemos visto...

Aunque por este instante
Deje de lado que son los terratenientes,
Y los dueños de las fábricas
Quienes favorecen la pobreza
Del pueblo que trabaja.

Trataré de no hablar de propiedad privada
Ni de lucha de clases que originan el Estado,
Ese Estado que es el Estado de la clase dominante
En un momento dado de esta lucha
Y legaliza el dominio de una clase sobre otra,
Y en su lugar escribiré de tus ojos,
Tu sonrisa
Y tus labios,
Un tanto secos que se estiraban
Con dificultad al hablar.

Este tiene que ser un escrito glorioso,
Que hable de Ti un poco más
De lo que pueda decir de mí...
Haciendo a un lado la miseria
Que la clase trabajadora resuelve
Día a día
Con dificultad.

Escribiré que no solo escuchaba tus palabras,
Sino disfrutaba el verte a mi lado,
Verte caminar,
Verte acercar...

Ahora dejaré de lado los sueños de justicia,
De igualdad,
De una sociedad en
Asociación Libre de Productores Iguales
Para hablar de los sueños de ti,
Que de vez en vez se tornan algo pesados,
Pero que disfruto igual.

No diré que somos una
Colonia Económica
De los países dizque "desarrollados",
Y que sin nosotros
Su primer-mundismo les haría trabajar...

No diré cosa alguna del
Mercado Mundial o del Libre Comercio,
Que ponen en situación precaria a mi país;
Mejor, en lugar de eso
Escribiré sobre Ti,
De lo tranquilo que me haces sentir,
Y de lo nervioso que me siento
Cuando estoy contigo...

Y terminaré escribiendo
Que eres Tú como
La noche de luna llena,
O como la hierba verde
Que crece a mí alrededor.
¿Qué te parece la idea?

*de hugo ivan cruz rosas. quetzal.hi(arroba)gmail.com
... Porque no solo de Pan Vive el Hombre... Sino de Sueños y Esperanzas...

ARBOLÉ, ARBOLÉ SECO Y VERDÉ....

Futuro|Sábado, 12 de Enero de 2008
Nos tapó...*

*Por Sergio Federovisky

"Arbolé, arbolé seco y verdé"
Copla popular española.

Lo políticamente correcto es defender los bosques. La realidad, en cambio, parece empeñada en demostrar que el progreso y la felicidad vienen de la mano de una topadora o una motosierra que nos limpiará el terreno para que llegue la buenaventura.
¿Qué se pierde cuando se cae un árbol?
La historia de los bosques en el mundo es la historia de la supervivencia o, en todo caso, de la batalla eterna por postergar el fin definitivo de esos ecosistemas y su reemplazo inexorable por campos de cultivo o, en el peor de los casos, por desiertos.
Desde que el hombre se asentó tecnológicamente sobre el planeta y, revolución industrial y petróleo mediante, dio un salto de calidad en la productividad, los bosques se redujeron a la mitad de su superficie original. Pero como toda tendencia asociada al medio ambiente es al empeoramiento en progresión geométrica de sus impactos negativos, en los últimos cuarenta años se concentró la mayor tasa de deforestación.
Y de esas cuatro últimas décadas, según los datos que provienen de los informes regulares de la "Situación de los bosques en el mundo" que elabora la Food and Agriculture Organization of the United Nations (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación - FAO), lo más
grave ocurrió entre 1990 y 2000.
Los ecólogos sostienen que defender un ecosistema, y más uno que tiene una riqueza y una variabilidad biológica única como los bosques nativos, no es un ejercicio de romanticismo sino de eficacia. El padre de la ecología en castellano, el español Ramón Margalef, decía que en última instancia defender un ecosistema es una forma de reconocer que el anclaje primario de la humanidad es la naturaleza: "La intelectualidad se niega a aceptar al hombre como vástago de la naturaleza y hay un desinterés total en la inserción de la actividad humana en el entorno".
Resulta curioso que mientras el bosque es uno de los estadios de mayor complejidad y sofisticación en la evolución del mundo natural, esa "intelectualidad" a la que se refería Margalef insista en que el progreso es un campo arado, destinado a la siembra directa y condenado al escalón más bajo e inestable de la diversidad: el monocultivo.

Mi bosque por un reino
Cuando en Uruguay se daba, al comienzo de la historia del conflicto acerca de las papeleras, un modesto debate sobre el valor de los monocultivos de eucaliptos como sucedáneos de los bosques (o directamente como falsos bosques sembrados con una sola especie), el ministro de Agricultura, José Mujica, les respondió a quienes alegaban que esos sembradíos uniformes eran un aporte favorable al medio ambiente: "Nunca vi que la naturaleza haga el mamarracho de hacer un bosque de una sola especie. Eso es un invento del hombre. La naturaleza cree en la diversidad y en los equilibrios permanentes".
Defender un bosque, claro está, es un camino a contramano del envión que arrastra a la economía de mercado. Como ocurre en todos los procesos de devastación del ámbito natural debido a la persecución de los recursos naturales, no se trata de maldad o perversión sino de la ley de gravedad (en el doble sentido del término) que impone el capitalismo.
El investigador uruguayo Eduardo Gudynas sostiene que la globalización "está por detrás de muchos de los problemas ambientales que padece América latina". Y particularmente, por la forma en que la globalización impone los flujos, modalidades y productos de exportación, está por detrás del increíblemente acelerado proceso de deforestación.

Datos fríos
¿Por qué hay tanta presión sobre los recursos naturales? ¿Por qué tanta fruición puesta en mover más allá de lo razonable la frontera agropecuaria para plantar soja? ¿Sólo porque es buen negocio para los vendedores de semillas o para los productores que creyeron descubrir Eldorado en forma de poroto de soja?
La respuesta se encuentra en la balanza comercial de esta región. En Brasil, el país más industrializado de esta parte del mundo, el 60 por ciento de las exportaciones totales en el año 2005 fueron materias primas. Ese porcentaje crece en toda América latina hasta llegar al 85 o el 89 por ciento en países
como Perú y Bolivia.
Como dijo Gudynas ante un auditorio en el que algunos tomaron la ironía como broma ácida y otros, como amarga fotografía de la realidad: "La sobrevivencia de un pedazo de bosque no depende de una ley en el Congreso sino de la cotización que ese día tenga la soja en el puerto de Chicago".
La Argentina, que desde hace tiempo ha decidido liderar cuanta carrera de persecución de records negativos se disponga en el planeta, rápidamente se puso al frente del marasmo. Para acentuarlo, claro.

El informe de la FAO dice lo suyo
El informe de la FAO elabora una tasa de deforestación anual en la que contempla -como si fueran lo mismo- los bosques nativos talados y los monocultivos forestales plantados. No obstante, es una buena fotografía que refleja la cantidad de superficie cubierta por árboles que tiene determinado país.
El único índice positivo lo tiene Uruguay, aunque es discutible pues es resultado de las plantaciones destinadas a brindar troncos de árboles a Botnia para producir pasta de celulosa, materia prima sin elaborar que se exporta prácticamente en su totalidad sin valor agregado alguno.
El resto del continente se debate en una tasa negativa (es decir, una pérdida neta de superficie boscosa) del orden del 0,2 al 0,4 por ciento, éste último el valor de Brasil, un país con una insoportable presión deforestadora sobre el Amazonas.

Argentina campeón mundial
La Argentina presenta la nota más baja: 0,8 por ciento de pérdida de superficie de bosques de un año para el otro. Pero si se toma sólo la superficie original de las provincias en las cuales hay una presión directa sobre los bosques para talarlos y sembrar soja o poner ganadería (Chaco, Córdoba, Formosa, Santa Fe, Salta y Santiago del Estero), ese valor llega a 1,35 por ciento.
En valor contante y sonante, eso significa para esas provincias una deforestación de casi 1.200.000 hectáreas sólo entre 2002 y 2006.
Algunos, con cierto grado de complacencia respecto del accionar continuo de las topadoras, se consuelan registrando los manchones de bosque que quedan entre los campos lisos.
Esos espacios que supuestamente resguardan trozos de bosque deben ser representativos y contar con la extensión suficiente para garantizar la conservación del ecosistema. Caso contrario, actúa el efecto borde, en el que debido a la formidable parcelación de los bosques proliferan especies específicas de ese espacio y no representativas del ecosistema original.

No me peguen, soy un árbol
"Ya hay más bordes que bosques", ironizó hace unos años Margalef en su crítica a la política de conservación de bosques, sobre la que el gobierno español de José María Aznar pretendía reconocimiento.
Hoy, claramente, los dos ecosistemas más amenazados del norte de la Argentina (las Yungas, en la faja que va vertical de Salta a Tucumán, y el conocido como "Bosque de los tres quebrachos" en el centro-oeste del Chaco) son virtuales islas de "bordes".
Los expertos consideran que para que un ecosistema "siga existiendo" debe estar presente entre el 15 y el 25 por ciento de la cobertura original. En los ambientes ruralizados del Chaco, las pérdidas de masa forestal ya superan el 85 por ciento: aun cuando se haya votado una ley para protegerlo, el "Bosque de los tres quebrachos" no deja demasiado margen a la esperanza.

Y con la deforestación vendrán tempestades
Perder el bosque no es apenas dejar de tener el testimonio de un ecosistema.
Hay una clara enumeración de consecuencias (malas) que aparecen al perder el bosque: erosión, inundaciones, mayor acumulación de gases contaminantes en la atmósfera, desertificación...
En Salta, nadie deja de asociar el literal derrumbe de Tartagal a manos de un río desbordado de agua que, en otro tiempo, hubiera sido absorbido por la selva.
En ese contexto se debatió durante los dos últimos años la Ley de Bosques que se acaba de aprobar. Debatir, en verdad, es una palabra exagerada.
Se expusieron de un lado (quienes defendían la necesidad de una norma que detuviera la barbarie) los argumentos dramáticos del apocalipsis boscoso y, del otro, el lobby más desenfrenado bajo la excusa de que no autorizar el desmonte del bosque para arar la tierra es postergar la llegada del progreso.

Jurisprudencia verde
Plantear la opción bosque versus agricultura, como si el primer término fuera sinónimo de hambre y el segundo de progreso, es una trampa. Máxime cuando proviene de provincias en las que la devastación de los recursos naturales y el empobrecimiento de la gente fueron siempre de la mano.
Adámoli reconoce que la región chaqueña tiene aún un inmenso potencial de tierras que puede aportar en este momento de demanda internacional en la producción de alimentos.
Pero hace dos salvedades. Por un lado, más desde el sentido común que desde la ecología, se pregunta si los recursos que se obtengan del actual boom sojero van a servir para disminuir o aumentar la brecha social en la Argentina.
Y, por otro lado, advierte que "hay una situación de descontrol; el actual proceso muestra diversos indicadores ambientales y sociales que cuestionan la sustentabilidad de la expansión".

La ley de bosques: buena, pero tardía
La Ley de Bosques, por la que el ambientalismo militó durante dos años, es buena, pero tardía. Es sana, pero nacida del chantaje. Es buena porque impone una moratoria de un año durante el cual las provincias no pueden autorizar nuevos desmontes hasta que se elabore un plan de ordenamiento territorial que le otorguen al bosque categorías de posible o nula explotación futura.
Pero es tardía porque, a sabiendas de que cada tierra fiscal otrora marginal adquiere valor de mercado ante cada aumento del precio de la soja, los gobiernos y los productores se lanzaron a la caza del terreno virgen, postergando lo más posible el tratamiento de la ley: en el transcurso de 2007, sólo la provincia de Salta convocó a audiencias públicas para autorizar desmontes por un total de 280.301 hectáreas.
Estos desmontes resultan cuatro veces más que los autorizados el año anterior, y equivalen a 14 veces la superficie de la Ciudad de Buenos Aires.
La ley es sana, pues su propósito no es mantener al bosque como una foto impoluta de un paisaje alrededor del cual se amontonan turistas maravillados y pobres de solemnidad, ambos impedidos siquiera de acercarse a un árbol.
Por el contrario, apela a una planificación del territorio que tienda a hacer convivir la producción con el bosque como ámbito de obtención de recursos naturales con modalidades productivas sustentables. Pero nació de la extorsión, pues las provincias que más desmontaron bestialmente, y que quedaron afónicas de tanto acusar al porteñismo de querer impedirles la agricultura en esas tierras para sumirlos en la miseria, fueron las primeras en votar la ley una vez que se les garantizó un absurdo fondo compensatorio de mil millones de pesos anuales.
Es como si, en caso de sanearse el Riachuelo, a los municipios del conurbano se les pagara para compensar la pérdida de dinero que les significa no contaminar.
Las convicciones acerca de que la agricultura era el progreso fueron depuestas por los senadores norteños, en el momento en que la ley incorporó un fondo compensatorio que englobará cerca de mil millones de pesos al año.
Una solución quizá práctica en la política si el objetivo era tener una ley, pero reveladora de un disparate conceptual: los habitantes de todo el país pagarán a los gobiernos y dueños de tierras de las provincias del Norte una cuota para que no destruyan recursos naturales que, más allá de leguleyos
criterios de propiedad, pertenecen a la superficie de la Argentina.
Esa es la postal de un país que hace un siglo tenía el 30 por ciento de su superficie cubierta por bosques nativos. Un país donde los amantes del progreso creen que el árbol tapa el cultivo.

*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/futuro/13-1848-2008-01-12.html

Sábado, 12 de Enero de 2008
Los derechos de los niños cuatri*

*Por Sandra Russo

El lugar es Cariló. Un lugar que, como casi todos, soporta sobre sus seis letras varios mundos paralelos. En todos ellos naturalmente hay plata, porque Cariló es muy caro. Pero es distinto tener la plata para pagarse una semana en un apart, que la que se tiene para alquilar una casa todo un mes, y ambas cosas están a una distancia más que considerable de la plata que tienen los dueños de algunas casas, los cuatris estacionados como al descuido en la puerta junto con los demás vehículos, a la sazón un par de Audis o Toyotas. También tienen el lote de al lado para no perder perspectiva y carpa fija en algunos de los balnearios, preferentemente Cozumel. Casi no van al centro porque no quieren tener contacto con los advenedizos de los últimos años ni con los aún más repelidos visitantes ocasionales que llegan desde Pinamar o Gesell.
Diría incluso más, para que no me acusen de clasista, que después de todo no sé por qué suena a insulto, cuando es usada casi siempre para marcar diferencias de clase. Como si las clases no existieran o hubieran sido reemplazadas por alguna otra cosa más que subclases. Diría entonces que incluso hay gente que tiene mucha plata y aun así comparte una zona de su mundo no sólo con el que alquila su semanita en el bosque sino con el que veranea en Valeria o San Bernardo.
Más no me puedo esforzar: estoy dando tanto ejemplo para abrir el paraguas, ok. Después me llegan un montón de mails de gente que últimamente se hizo lectora de este diario (uno conoce bien, después de veinte años, a los lectores del medio en el que trabaja). Desde hace unos meses me bombardean a mails que me insultan o me acusan de no ser pluralista, de tener prejuicios ¡de clase! contra Macri, de odiar a los ricos y de evidenciar ciertas faltas privadas o la pobre ejecución de esas prácticas sexuales que presuntamente hacen dóciles y pro a las mujeres. Por suerte no es el caso.
A mí me encanta Cariló. Vengo desde hace más de una docena de años, porque cuando vine por primera vez una herida profunda que tenía se curó. Y quedó el lazo con el bosque, aunque es una estupidez decir que uno viene a Cariló por el bosque. Nadie viene a Cariló por el bosque. El bosque es magnífico, pero no deja ni por un centímetro de ser el marco perfecto para ser salpicado por casas que muchas veces son deliciosas, pero también por otras que lo único que hacen, con sus volúmenes y sus diseños dinastíacos, es gritar que ahí hay alguien que la supo hacer. No, no, uno no viene por el bosque. Los habitués que graduamos nuestras estadías de acuerdo con cómo nos haya ido puntualmente cada año venimos a descansar sobre nuestro costado más burgués.
Los progres, por identificarlos pronto, que venimos a Cariló, nos pasamos todo el año intentando aplastar esa parte nuestra. Es necesario aplastarla porque, al menos a mi entender, es la parte que no nos permitiría sostener algunas ideas fuerza que no tienen nada que ver con nuestros intereses individuales. Pero la gente no nace de un repollo, ni alcanza con explicar qué tipo de hombre puso la semillita en qué tipo de mujer para traernos al mundo. Caray, tanta parrafada para decir que veraneo en Cariló porque el bosque está bueno, pero además me provocan descanso las playas limpias, el silencio, la prolijidad, lo que se ve se mire hacia donde se mire. Todo es lindo. Perdón, perdón, no puedo evitarlo. Lo lindo me atrae.
Además estar en Cariló permite, en un día nublado, estar sentado con una computadora en un bar, con una enorme mesa a lado, ocupada por dos de esas tremendas familias numerosas que hay por aquí. A Cariló parecen venir todas las mujeres iguales o parecidas a Maru Botana. Todas tienen pilas de hijos, son rubias, manejan camionetas importadas, dan marcha atrás sin mirar si vienen peatones, tienen dientes superblancos, les dan delicadas pero firmes órdenes a las mucamas o niñeras que van con ellas a todas partes, y han perdido entre sus sucesivas maternidades alguna chispa que les encendería un poco más las caras.
Decía que en la mesa de al lado los padres y las madres estaban enfrascados en una conversación y algunos de los niños, en otra. Los de la punta, que estaban justo dentro de mi campo auditivo, tenían entre 6 y 8 años y eran compañeros de colegio.
Primero hablaron sobre algo deportivo que no llegué a escuchar y no me importaba. Después empezaron a preguntarse por otros compañeros. Ema está en Punta del Este con los abuelos, el Alemán manda mails desde Nueva York (sus padres están separados; se fue a Nueva York con el padre; un capo, el padre), Nico llega mañana. Y Manu... Pobre Manu, se tuvo que quedar en Buenos Aires. Se armó un kilombo terrible en la familia de Manu, porque al padre lo acusaron por estafa. Dijo uno, y ahhh, dijo el otro.
Después de un silencio tan corto que no sé si podría llamarse silencio o más bien pausa obligada para tragar y respirar, volvieron brevemente sobre el tema deportivo, como si lo último que dijo uno perturbara al otro. El otro, entonces, volvió rápidamente sobre el tema del que se había escapado. Quién sabe por qué. Eso es lo que tienen los chicos de todas las clases sociales: tratan de entender. “¿Qué es estafa?”, preguntó de pronto. “Es como robar, pero con empleados, oficinas, con todo legal.” Ahhh, dijo el más chico. Después volvieron otra vez al deporte.
Más allá de los encantadores bares del centro, el bosque seguía y sigue siendo magnífico. El problema en esta playa tan encantadora son las ideas que caen como paracaídas obscenos, disparados a veces por ricachones pintorescos y a veces por niños de 6 o 7 años. Todos son lindos y tendrán todas las oportunidades. No se los puede culpar por ello. Como no se puede juzgar a un nene de Lugano por haber nacido en Lugano. Tienen 6 o 7 años y ya se podría hacer un trazado tentativo de las vidas que tendrán estos chicos, y sus contemporáneos que no están aquí y que tal vez ni pronunciaron nunca la palabra vacaciones.
Esta nota no tiene por objeto señalar la evidencia tan obvia de que hay chicos ricos y chicos pobres, ni que todos los chicos deberían tener las mismas oportunidades, como marca la Constitución argentina y la Convención de los Derechos del Niño. Estos de Cariló no eran los remanidos niños ricos que tienen tristeza, esa figura tarada que forma parte del legado discursivo de Carlos Menem.
Pero me quedé pensando si esos chicos que tomaban su licuado en un bar de Cariló no tendrían también derecho a saber, ya a su edad, qué significa realmente la palabra estafa.

*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-97363-2008-01-12.html

Sábado, 12 de Enero de 2008

EL HOMBRE MUERTO*

*Por Miriam Cairo cairo367@hotmail.com

"Y el tipo muere. Por eso la obra se llama 'El hombre muerto' '", escuché al pasar por una esquina, cuando me dirigía al café a disfrutar algunas páginas de uno de los libros que siempre leo para sorprenderme siempre. Tuve deseos de retroceder y conocer el rostro de quien narraba el argumento de esa obra.
Lo más llamativo era el fervor con el que defendía un desenlace tan sumido en los límites del medio real (que frecuentemente cae en los límites de la obviedad).
No me atreví a volverme y observar. Manejo discretamente el poder de la mirada. Apenas pude apreciar, en el momento en que pasé a su lado que era un hombre alto, delgado y vivo. Pero su aspecto no me interesaba sino la pasión con que narraba el final de la historia. Los sábados al mediodía, la esquina
de Córdoba y Corrientes no sólo ofrece burbujeadores y panfletistas sino también febriles narradores de un previsible final.
Al escucharlo, advertí que el ciclo natural de la vida se mete hasta el tuétano de un creador. El arte deposita su confianza sólo en ciertos individuos que hacen un esfuerzo deslumbrado por sacarse de encima el biologismo y los aires de cientificidad. Porque la idea de que una obra mientras más se parezca a la vida, más efectiva será, dinamita tanto la inspiración del artista como el vuelo del lector. En consecuencia, la obra se echa cuerpo a tierra. Se tiende a ras de suelo. Se desnaturaliza en los intentos por semejarse a la naturaleza de los hechos. En mi marcha hacia el bar, sostenía con más fuerzas el libro que me salva de lidiar con tan viejas cuestiones.
Que el tipo muriera garantizaba a la historia un gran final aunque el comienzo hubiera sido soso. Comprendí, al escuchar aquella conversación, que un recreador de "hechos reales", va en busca de la fatalidad mortuoria para darle seriedad y verosimilitud a la obra.
El tipo va a morir. Cada uno de nosotros va a morir. Eso es un hecho. No hay mucha astucia al inventar esta clase de acontecimientos, pero si se siguen repitiendo es porque a los autores se les hacen imprescindibles los hombres muertos. La muerte de los personajes ayuda a pensar la propia muerte, este es un recurso tan respetable como repetitivo. Puesto que desde hace ya mucho tiempo nos hemos habituado a morir, los autores consideran necesario que nos dediquemos a pensar la muerte. Desde que nacemos nos vamos preparando sistemáticamente para perecer. En nuestra imaginación no cabe otra
posibilidad y la resurrección fue un hábito que no prosperó a lo largo del tiempo entre los hombres muertos, sean reales o ficticios. Si ese tipo no se moría, no había historia.
Pero unos pasos más allá de aquel que narraba la fábula del hombre muerto, creaba su propia obra una estatua viviente que mostraba a los transeúntes un corazón de cartulina roja cuyo lema no necesita ninguna aclaración. Ese hombre pintado de blanco, vestido de blanco, inmóvil hasta el dolor, habría
decepcionado al público si también hubiera estado muerto. Porque lo atractivo de él era que fingía su muerte pero no la realizaba.
Mientras contemplaba su quietud recordé aquel caso de CSI New York, en que un artista que se ganaba la vida como estatua viviente, usó el cadáver de un mendigo muerto por causas naturales. El actor afeitó al extinto, lo pintó de plateado, lo vistió con su traje de raso color gris perla y lo tendió en la calle, en una pose sugestiva, para que ocupara su lugar. La gente no dudó en llenar de monedas la gorra del cadáver, por la excelencia de su inmovilidad, mientras el creador, devenido empleador de un difunto, movía las piernas alegremente de aquí para allá. Los forenses, al descubrir el hecho, elevaron el caso a la justicia, la cual consideró que el público había sido estafado porque esa quietud no era ficticia sino oportunamente real. He aquí un claro caso en el que se demuestra que lo real puede ser un fraude cuando hablamos de un hecho estético. El entumecimiento irreversible de la estatua fúnebre no justificaba la propina. El muerto carecía de valor artístico.
Es decir, entonces, que hay por lo menos dos clases de hombres muertos: una, que le asegura pretensiones de veracidad a una obra y otra, que resulta un pillaje. Sería alevoso suponer que describir escenas verídicas en textos literarios debería considerarse "contrabando de hechos reales".
Pero volviendo a la primera cuestión que nos convoca, podríamos suponer que ese hombre muerto, con su muerte, alcanzaría el valor de una metáfora. Es decir que por debajo de tan redundado acontecimiento, leeríamos lo contrario de la apariencia. Si esto fuera así, el creador de la historia nos ofrecería
a los lectores la posibilidad de disfrutar la lectura de otro libro, pero sin abandonar nunca los que hemos elegido hasta la eternidad.
Me gustaría rebobinar la cinta de la vida, regresar al sábado 6 de octubre, que el reloj volviera a marcar las 12.05 del mediodía y que en la plaza las bandas infanto-juveniles hicieran otra vez repicar sus estridencias.
Entonces, me quedaría de pie, detrás de aquel que narraba la historia. Así sabría por qué era tan importante que el tipo muriera para que la obra se llamara "El hombre muerto". Tal vez ese hombre al morir, se llevara a la tumba la vieja idea de que el arte deba ser un espejo reproductor de la vida.

*FUENTE: ROSARIO-12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-11890-2008-01-12.html

ARBOLÉ, ARBOLÉ...*

Arbolé, arbolé
seco y verdé.
La niña del bello rostro
está cogiendo aceituna.
El viento, galán de torres,
la prende por la cintura.
Pasaron cuatro jinetes
sobre jacas andaluzas
con trajes de azul y verde,
con largas capas oscuras.
«Vente a Córdoba, muchacha».
La niña no los escucha.
Pasaron tres torerillos
delgaditos de cintura,
con trajes color naranja
y espadas de plata antigua.
«Vente a Sevilla, muchacha».
La niña no los escucha.
Cuando la tarde se puso
morada, con luz difusa,
pasó un joven que llevaba
rosas y mirtos de luna.
«Vente a Granada, muchacha».
Y la niña no lo escucha.
La niña del bello rostro
sigue cogiendo aceituna,
con el brazo gris del viento
ceñido por la cintura.
Arbolé arbolé
seco y verdé.

*de Federico García Lorca

Incluido en Poetas del 27. La generación y su entorno. Antología comentada. Introducción Víctor García de la Concha. Colección Austral, nº 440. ESPASA CALPE S.A. Y en Obras I. Poesía 1. Federico García Lorca. Edición de Miguel García-Posada. Biblioteca Literaria. Akal ediciones.

-Fuente: http://www.poesia-inter.net/fglc0408.htm

*

Queridas amigas, queridos amigos:

El domingo 13 de enero del 2008 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música de la cantante argentina Natalia Pérez. Las poesías que leeremos pertenecen a Martha Gantier Balderrama (Bolivia) y la música de fondo será de Rikchariy (Andes).
¡Les deseamos una feliz audición!

ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!

REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com

Schießstattstr. 44 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067

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