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BITÁCORA DE UN SOCIÓLOGO FRACASADO

05/02/2008 GMT 1

NUNCA HAY FELICIDAD COMPLETA...

urbanopowell @ 15:25

Minga*

Si quiero
juego al canillita
que grita en tu puerta
pero no deja el diario
o al semidiós de barrio
que te abandona
que ni te mira
pero también
si quiero desde mi piel
te toco el alma
y entonces
no puedes parar
de sumar auroras boreales
en tus pensamientos
y tu corazón de magnetizar a todo y a todos
Y el Todo no puede parar
de darse a sí mismo
no puede parar de amar
de creerse en el otro
de chapotear amrita casi sólida
de perfumar su patria
con ejemplos.

*de Víctor Falco vittoriofa9@hotmail.com

NUNCA HAY FELICIDAD COMPLETA...

ESTUDIO ENTRE 2 MILLONES DE PERSONAS EN 80 PAISES

La época de mayor infelicidad se da en la mitad de la vida*

*Por Denise Gellene
Fuente: LOS ANGELES TIMES. ESPECIAL

El camino a la felicidad tiene forma de U. Nuevas investigaciones difundidas esta semana llegaron a la conclusión de que el curso de una vida sigue una curva universal donde la época más gloriosa se encuentra al comienzo y al final, mientras que la mitad de la vida está dominada por la infelicidad.
Los patrones se repitieron en todo el mundo, según el informe, que analizó datos de una encuesta social que abarcó a 2 millones de personas en 80 países. El estudio, realizado por los economistas Andrew Oswald, de la Universidad de Warwick en Inglaterra, y David Blanchflower, del Dartmouth College de New Hampshire, se propuso analizar la relación entre edad y felicidad.
Se tuvieron en cuenta otros factores que afectan a la felicidad, como el divorcio, la pérdida del trabajo y el ingreso. Los investigadores, cuyo estudio será publicado en la revista Social Science & Medicine, constataron que en Estados Unidos, la felicidad alcanza su punto más bajo a los 40 años en las mujeres y a los 50 en los hombres. En Gran Bretaña, la infelicidad es mayor en hombres y mujeres a los 44 años.
Oswald se mostró muy desconcertado con los resultados. Dijo que, probablemente, en la mitad de la vida las personas aceptan sus puntos fuertes y sus debilidades y abandonan las aspiraciones poco realistas. Otra posibilidad es que las personas alegres vivan más tiempo y entonces empujen la curva hacia arriba. Otra explicación es que las personas mayores aprenden a valorar lo que tienen cuando sus pares mueren, dijo Oswald.
"Es un misterio", dijo. "Parece haber algo en los seres humanos que no es explicable por los hechos de la vida". Richard A. Easterlin, un economista de la Universidad de South Carolina que también estudia la felicidad, dijo que la infelicidad de la mediana edad no es inevitable. De hecho, su investigación muestra que cuando factores como el ingreso y la situación matrimonial se incluyen en los cálculos, la mediana edad es la etapa más feliz de la vida. Las finanzas y la vida familiar tienden a mejorar al acercarse ese período y después las cosas gradualmente empeoran.
Este estudio más reciente, que se centra únicamente en la edad, no responde, según Easterlin, a la pregunta que más preocupa a la gente. "Todos quieren saber cuáles son sus perspectivas, qué es lo más probable sobre la base de sus circunstancias de vida".

*FUENTE: CLARÍN
http://www.clarin.com/diario/2008/02/05/sociedad/s-02803.htm

Creativo*

*Por Antonio Dal Masetto

Podrán decir muchas cosas de Danielito, buenas y malas, pero quien lo haya conocido no podrá negar que es un tipo creativo, talentoso y de vocaciones múltiples. A muy temprana edad, siete, ocho años, ya había aprendido que los coleccionistas tienen un costado oscuro, que es también su talón de Aquiles: la codicia. Danielito era un maestro en fabricar miniaturas antiguas. Las copiaba de libros especializados. Lograba réplicas perfectas. Las envejecía con el pis de su perro Cholo, hollín, aspirina y jugo de berenjena. Los
domingos, en el parque, armaba su escenario, hacía como que jugaba con las miniaturas y siempre picaba algún coleccionista codicioso. Le ofrecían en trueque juguetes valiosos o directamente le mostraban unos billetes. Después de un tiempo, varios de ellos fueron a golpearle la puerta de la casa para
presentar sus quejas y Danielito tuvo que buscar otra pasión.
A los trece años se despertó su vocación de calígrafo. Ofrecía souvenirs auténticos, producto de la sensibilidad de su muñeca: camisetas, botines, yesos de piernas y brazos, pantaloncitos, medias, pelotas, todo autografiado por los grandes cracks de la historia del fútbol. Pasados los meses, vientos
desfavorables lo empujaron a cambiar de inquietud.
Alrededor de los dieciséis floreció en Danielito la inclinación por la orfebrería. Acondicionaba relojes de segunda y los convertía en piezas de marcas afamadas. Trabajo fino. Se desprendía de ellos por poca plata en las estaciones de trenes y de ómnibus, con el argumento de que había perdido el dinero del pasaje para viajar a Córdoba. Un día se le acercó un señor que se dedicaba a lo mismo y le dijo: "¿Todavía no viajaste, pibe? Dentro de un rato sale un expreso para Córdoba, no lo dejés escapar, acá no hay lugar para los dos, llegó la hora de que te tomés el raje". Tuvo que cambiar de vocación.
Siguieron diferentes especialidades: arqueología, política, impresión de billetes nacionales y extranjeros, reliquias religiosas (astillas de cruces y de huesos de mártires, clavos, trozos de sudarios, etc.). Nunca se achicó ante los tropiezos. El período pictórico le dio muchas satisfacciones. Se había asociado con un conocido marchand y utilizaba el truco de la tela doble. Detrás de la obra de un cotizado pintor contemporáneo colocaba una tela en blanco. Llevaba el cuadro a autenticar y el experto, obviamente sin saberlo, ponía su sello y firma en la parte de atrás, dando por auténtica la tela en blanco. Más tarde, sobre esa tela, Danielito copiaba con mano maestra la obra original, que luego era vendida a algún museo o a un coleccionista particular.
Me acuerdo de todo esto mientras viajo a Pilar, invitado a un asado por Danielito, que reapareció después de mucho tiempo. Me encuentro con una gran casa y un cartel en el frente: Bismark, criadero y escuela de adiestramiento del ovejero alemán. En el terreno de atrás ladran los perros. Danielito me
muestra los caniles y me recomienda cuidado porque los animales son bravos, capaces de destrozar a cualquiera, solamente respetan a los patrones y a los amigos. "Resolví dedicarme al entrenamiento de perros porque mi nueva pasión es la etología. Todo lo que sé sobre el comportamiento de los animales lo
aprendí del gran maestro Konrad Lorentz", dice. Llegan tres caballeros elegantes: Gonzalo, Patricio y Ramiro. Se larga el asado. A los postres, Danielito les dice a sus invitados: "Señores, no se olviden de llevarles los huesitos a sus amiguitos Prinz, Sigfrido y Kurt, y acuérdense de acariciarles la oreja derecha". "¿Clientes, amigos o discípulos?", le pregunto cuando quedamos solos. "Asociados -me contesta-. Expertos en logística y transporte. Pueden vaciar el contenido de una casa en cuestión de minutos. Han hecho una gran amistad con Prinz, Sigfrido y Kurt. Los tres perros guardianes ya han sido vendidos a personas importantes que viven en grandes mansiones. Ramiro, Gonzalo, Patricio y los animalitos se van a extrañar. No te imaginás la intensidad que puede alcanzar la relación afectiva entre los humanos y los perros. Por eso, para hacerles sentir que no han sido olvidados, mis asociados, oportunamente, les harán una visita a sus amiguitos caninos. Eso sí, tomarán todas las precauciones para evitar causar molestias en el nuevo hogar y, para que sea una visita discreta, aprovecharán algún momento en que los dueños de casa estén ausentes".

*Fuente: Página/12
http://old.pagina12web.com.ar/2000/00-05/00-05-09/contrata.htm

Pulpo*

*Antonio Dal Masetto

El hombre se entera que esta noche, en el Verde, hay cazuela de pulpo, así que decide no perdérsela y ahí está acodado a la barra, esperando y dispuesto a disfrutar de una buena cena ya que se trata de uno de sus platos favoritos. Aparece Romero, un carpintero del barrio. Saluda y se le sienta al lado. El hombre contesta amablemente, aunque este encuentro no lo haga feliz. Pensaba comer en paz y sabe que Romero tiene el vicio de la comunicación, práctica que el hombre no reprueba, salvo cuando intentan
experimentarla con él. Efectivamente, Romero se larga a hablar y a contarle de su vida. Está realizando un trabajo importante, en la casa de una turca, viuda, que vive con tres hijas cuyas edades oscilan entre los veinte y los treinta años.
Mientras escucha, el hombre advierte que alguien se ha sentado del otro lado, a su izquierda. Reconoce a Pierre Fontenelle, el Exorcista. Lo ha visto una sola vez, pero es inconfundible con su sobretodo negro y la polera blanca en la noche calurosa. El hombre se pregunta si volverá a repetir la ceremonia de la hostia.
Romero, mientras tanto, sigue con su historia: teniendo en cuenta que el trabajo encomendado se prolongará bastante tiempo y que él vive solo, un mediodía la turca mayor le propone que ocupe momentáneamente una piecita en la terraza de la casa. Romero acepta. Por lo tanto se muda, trabaja,
almuerza y cena con las mujeres. Una noche, tarde, se abre la puerta de la pieza donde duerme y en la claridad lunar advierte que está recibiendo la visita de la turca mayor. Tienen un encuentro muy acalorado, después la turca se va y sigue la rutina de siempre.
A la noche siguiente, vuelve a abrirse la puerta. Romero piensa que se trata nuevamente de la turca mayor, pero esta vez la que acude es una de las turquitas. Posteriormente aparece la segunda turquita y luego la tercera.
Durante el día nadie habla del asunto y es como si se tratara de un gran secreto. Romero trabaja duro, se alimenta bien, se acuesta y espera.
El hombre oye, a su izquierda, la voz del Exorcista que recita: "La amada se desliza a través de la noche con andar de gacela y sus labios son dulces como el néctar de las flores". Aclara: "Cantar de los Cantares."
Pide perdón por la interrupción, estira la mano por delante del hombre y se presenta a Romero: "Pierre Fontenelle." Inmediatamente pregunta si las cuatro mujeres son lindas. Romero contesta que son ardientes y que según su modesta opinión, en cuanto a mujeres fogosas, no hay nada que supere a una
turca fogosa, no importa la edad que tenga. El hombre percibe que hacia la izquierda, por el lado del Exorcista, acaba de aumentar considerablemente la temperatura ambiente. Por fin llega la cazuela.
Apresado entre dos fuegos, el hombre se resigna y empieza a comer. De pronto advierte que el Exorcista extrae una hostia del bolsillo, la sostiene en la mano y la aprieta un poco con el pulgar en la parte superior, de manera que se ahueque y tome forma de cuchara. Después introduce la hostia en la
cazuela, la maneja con habilidad y consigue llevarse un buen trozo de pulpo.
Se chorrea salsa sobre la solapa del sobretodo y se limpia con una servilleta de papel. Al hombre esto no le gusta nada y está a punto de ponerse un poco maleducado. Pero recapacita y se dice que nada ni nadie conseguirá arruinarle la cena, así que se dirige al Exorcista y solamente pregunta: "¿Ya no las come con vinagre?" "Según la hora", contesta Pierre Fontenelle.
Mientras tanto, Romero sigue con su historia y confiesa que si bien la situación con las turcas le agrada, está comenzando a sentirse un poco raro, como si se encontrase apresado en una tela de araña y se lo estuviesen devorando lentamente. El Exorcista vuelve a interrumpirlo y, disculpándose, opina que en esa casa reina una enorme confusión, un gran extravío y que esas mujeres, sin duda, necesitan un guía espiritual. Por lo tanto se ofrece para efectuar una visita desinteresada a las turcas, esa misma noche si Romero lo desea. Ahí nomás le pide la dirección. Romero se hace el tonto y no contesta. El Exorcista declama: "Si entras en casa de mujer sola y esa mujer se enseñorea sobre tu cuerpo y espíritu, no deseches la ayuda del hombre sabio. Agustín, Confesiones." Vuelve a pedir la dirección de las
turcas y Romero sigue haciéndose el distraído.
El hombre, de reojo, ve que en la mano del Exorcista acaba de aparecer una cosa blanca y redonda que pretende avanzar hacia el pulpo. Entonces toma rápidamente la cazuela y se muda a una mesa. Automáticamente, el Exorcista y Romero se sientan con él. El hombre se corre hasta quedar arrinconado contra la pared. Protege la cazuela con la mano izquierda, mientras come con la derecha.
El Exorcista insiste: "Cuando tropieces con cuatro mujeres y adviertas que sus almas están muy confundidas, acude inmediatamente a un hombre del Señor, porque él, sólo él y únicamente él podrá aportar ayuda a las extraviadas hijas del Levante. Pablo, Epístola a los Corintios."
Romero sigue sin largar prenda. El hombre, siempre en la posición de defender su pulpo, oye la última frase de Pierre Fontenelle y se dice que esa carta, seguramente, los Corintios no la recibieron nunca.

*de Reventando Corbatas. © 1988 Torres Agüero Editor.

Golpe de calor*

*Antonio Dal Masetto

a Raúl Santana

Después de la noche en que defendiera tan angustiosamente su cazuela de pulpo ante las oscuras intenciones de Pierre Fontenelle, apodado el Exorcista, el hombre no había vuelto a toparse ni con Pierre ni con el carpintero Romero. Hasta hoy, cuando ve al carpintero parado en la esquina, jugueteando con unas tuercas que va pasando de una mano a la otra. Romero ostenta una mirada maligna y las tuercas son de grueso calibre. Charlan un rato y el hombre se entera que Romero sigue enquistado en el hogar de la turcas y que cada noche, en aquella piecita de la terraza, va recibiendo ordenadamente los favores de las cuatro fogosas hijas del Levante.
Mientras escucha, el hombre deduce que la casa en cuestión debe quedar cerca, ya que ésta es la segunda vez que encuentra a Romero dando vueltas por el barrio y es sabido que nadie arriesgaría alejarse demasiado del lugar donde viven y lo aguardan cuatro fogosas hijas del Levante. De todos modos, como se vio, la dirección es algo difícil de conseguir y es probable que el paradero de la turca mayor y las tres turquitas siga permaneciendo un misterio para todos y para siempre.
O para casi todos. Porque resulta que hace exactamente dos días, alrededor de las once de la mañana, desde la terraza, Romero descubrió a un tipo parado en la vereda de enfrente, quieto bajo el sol, con un libro abierto y en actitud de orar más que de leer. De tanto en tanto el fulano levantaba la vista y miraba la casa. A Romero no le costó trabajo identificar a Pierre Fontenelle, fundamentalmente porque llevaba puesto el inconfundible sobretodo negro. Cómo llegó hasta ahí, a qué tortuosos recursos apeló para averiguar la dirección, es algo que jamás se sabrá. Después de media hora, un poco más, el Exorcista se fue. Regresó al día siguiente-ayer-, oró, mantuvo una guardia prolongada y partió.
Anoche, pensando y pensando, Romero recordó que cuando chico era insuperable en el arte de voltear pájaros a hondazos. Por lo tanto se fabricó una buena horqueta, consiguió dos tiras de goma, un pedazo de cuero y armó una sólida honda. Pasó por una obra en construcción , revolvió en una pila de canto
rodado y se proveyó de un puñado de proyectiles bien contundentes.
Como era de prever, esta mañana, poco antes del mediodía, volvió a aparecer el Exorcista. Se detuvo en la vereda de enfrente, abrió el libro e inició su ceremonia. En la terraza, oculto detrás de unas macetas, Romero tomó puntería y disparó. Fue un impacto entre ceja y ceja. El Exorcista cayó hacia atrás y quedó desparramado en el suelo. Acudieron unas mujeres que regresaban del mercado, lo apantallaron con un diario y trataron de reanimarlo. Una de ellas golpeó en la casa de las turcas y pidió un vaso de
agua Mientras tanto, las otras lo levantaron y lo ayudaron a cruzar la calle para sacarlo del sol. Apareció el vaso de agua, apareció una silla, el Exorcista entró al patio de la casa de las turcas y terminó sentado a la sombra de una parra. Una de las mujeres comentó que seguramente se trataba
de un golpe de calor y que ese señor estaba excesivamente abrigado teniendo en cuenta los treinta y dos grados de temperatura.
El Exorcista tenía una expresión beatífica, pero seguramente no se debía al hecho de que se sintiera bien, sino a que el hondazo lo había dejado medio tonto Cuando consiguió hablar declaró, en tono profético haber sido tocado por un rayo, algo sobrenatural venido desde arriba, un impacto terrible,
pero al mismo tiempo benéfico, porque había sido justamente esa luz lo que le había permitido franquear la puerta de la casa.
Después tomó café y una copita de licor. Repuesto, con una sonrisa de comprensión iluminándole la cara, relató una dudosa variante de la historia del Buen Samaritano . Ya era la hora de almorzar, las turcas lo invitaron amablemente a quedarse y el Exorcista aceptó. Bendijo la comida y seguidamente deslumbró a las dueñas de casa con abundantes citas en latín, inmediatamente traducidas, para gran regocijo de las cuatro turcas, que no paraban de llenarle el plato y la copa y se sentían evidentemente felices y
honradas con la presencia de un huésped tan distinguido.
El que no se sentía feliz era Romero, que desde el otro extremo de la mesa elaboraba planes sumamente sórdidos. Llegaron al final del almuerzo y hubo más café y más licor y hacia el atardecer el Exorcista anunció que se retiraba, pero que volvería al día siguiente y aseguró una vez más que lo sucedido en la calle no había sido un accidente sino una señal auspiciosa, y mientras besaba a las damas en ambas mejillas les prometió que jamás las privaría de su apoyo espiritual.
Ni bien el Exorcista desapareció, Romero se dedicó a perfeccionar su honda y consiguió unas tuercas con las que se podría voltear un caballo. Son las mismas que va pasando de una mano a la otra, mientras explica que ya eligió un lugar estratégico donde interceptará la marcha del intruso hacia la casa
de las turcas.
Ahí está, sopesando los proyectiles, en la esquina de Paraguay y Reconquista, el carpintero Romero, insuperable en el manejo de la honda, firmemente decidido a convertir a Pierre Fontenelle, el Exorcista, en una moderna versión del gigante Goliat.

-de Reventando Corbatas. © 1988 Torres Agüero Editor.

*Fuente: http://elbroli.free.fr/textos/DalMasetto.html

Posdata:

“Uno siente cuando hay sangre caliente en lo que escribe; como dijo alguien, hay que escribir de lo que uno sabe. Al escribir eso se percibe y lo alienta a uno a seguir; el lector también lo percibe. Y cuando uno siente que eso está, el texto funciona, sale con otra facilidad”.
Antonio Dal Masetto

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