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BITÁCORA DE UN SOCIÓLOGO FRACASADO

21/02/2008 GMT 1

BAJO HERIDAS DE TAMBOR Y TEMBLOR...

urbanopowell @ 00:54

“Patria, amor mío...” *

De un poema de Armando Tejada Gómez

Mal digo la palabra,
bien digo;
digo basta!
Porque; “hay niños en las calles . . .”
Porque falsos síndicos, delegados del mal,
legados del bien en sillones sin perdón
ya son muchos.
El plato preferido es aun grande . . .
(Inútil escuchar un pueblo silencioso
cuando no grita)

Mal digo mis males,
Bien digo,
“Patria, amor mío . . .”
Porqué vistes triste?

Esperanza
Amada,
amada mía,
escuchas mi canto
en la sombra del silencio?
Grillos de la noche cenaron sobre el rocío
y tú,
vestías luciérnagas de país,

“patria, amor mío . . .”
Un camino dejó mis huesos
hermanos
por humanos en la mitad del viento
y una pupila en las venas a parir mi canto.
Los sueños compartían la buena palabra
cuando gritos quebraban la noche
bajo heridas de tambor y temblor
por costumbre.

“Patria, amor mío . . .”
amor,
aún existe aquella tormenta inacabable
cuando la palabra es tinta en la lágrima.

*de ricardo d. mastrizzo.

Bajo heridas de tambor y temblor...

Miércoles, 20 de Febrero de 2008
Tren para todos*

*Por Pino Solanas

La sociedad argentina padece uno de los más caros e inseguros sistemas de transporte, con catastróficas consecuencias humanas y económicas. En 2007 el transporte vial le ocasionó al país la mayor cantidad de accidentes de su historia, con más de 8000 muertos y miles de heridos. No es sólo imprudencia o el alcohol: es el colapso del sistema de transporte a raíz de la drástica reducción del ferrocarril y las privatizaciones que demostraron ser incapaces de dar mejor servicio que el transporte público.
En todo el mundo se siguió desarrollando el ferrocarril porque es el más económico de todos los transportes y el único que entra a cualquier pueblo con niebla o lluvia. En nuestro país, el plan Larkin (Banco Mundial, año 1959) levantó ramales para hacer economías, pero su real objetivo fue debilitar las economías regionales y la industria nacional. De casi 50.000 km de vías y 130.000 ferroviarios que había en 1955, pasamos a 36.000 km y 95.000 trabajadores en 1989. Hoy tenemos 7000 km y 14.000 ferroviarios y no se puede circular a más de 50 km/hora. ¿Cuáles fueron los ahorros? Ninguno.
Con el gobierno Kirchner pagamos tres veces más que antes: tres millones de dólares por día y con las inversiones, once millones de pesos al año. El Estado paga todos los sueldos, compras y reparaciones y, además, subsidia con más de mil millones de pesos el gasoil de autos, colectivos y camiones, viajemos o no en ellos. Argentina paga uno de los sistemas de transporte más caros del mundo: equivale al 27 por ciento de su PBI, contra el 9 por ciento de Canadá y Australia.
Siendo un país agrario, el transporte automotor no es viable. El ferrocarril cuesta 7 u 8 veces menos: una locomotora arrastra la carga de 50 camiones; un tren mediano lleva tantos pasajeros como 19 ómnibus. Con la mitad de lo que gastarán en el "tren bala" se reconstruyen a nuevo 11.000 km de vías
para los cargueros y 7000 km para los cinco grandes ramales a las provincias, más 300 locomotoras y cientos de vagones nuevos para poder circular a 120 km por hora. La reconstrucción de la industria ferroviaria pública puede crear miles de puestos de trabajo en vez de comprar trenes en desuso -caros y sin repuestos- de Portugal o España. El secretario de Transporte, Ricardo Jaime, debería explicar por qué derrocha los recursos en chatarra ferroviaria.
Frente a la crisis y la desinformación, el kirchnerismo quiere hacer votar en las sesiones extraordinarias de la Cámara de Diputados la Ley de Reordenamiento Ferroviario, sin el necesario debate y cerrando la ronda de consultas. Tras su paso por el Senado, el proyecto de ley fue vaciado de
contenido: el Estado les seguirá sirviendo la mesa a los mismos concesionarios que nos comen desde Menem. Con la complicidad de funcionarios, son responsables del vaciamiento impune de los 37
talleres-fábricas con sus miles de máquinas y repuestos, más el destrozo y robo de miles de vagones y locomotoras. El valioso patrimonio fue entregado sin inventario previo a los Taselli, Cirigliano, Roggio, Romero, Techint, Urquía, Brahma, Camargo Correa. Hoy poco queda de él y ninguna denuncia
penal prosperó.
La medida más salvaje de las privatizaciones fue sacarles a los pueblos los trenes interurbanos que unían las provincias. Nada golpeó más a los productores y las economías; se perdió la carga difusa y el servicio de correo. Miles de poblaciones sin pavimento hasta la ruta quedaron aisladas; 800 estaciones cerraron; sus pueblos se transformaron en fantasmas y un millón de habitantes emigró hacia las capitales.
Frente a la tragedia social, el proyecto de Cristina Fernández no es reconstruir la red que integraba al país, sino instalar el tren bala hacia Rosario y Córdoba y a Mar del Plata. Su modelo referencial es Puerto Madero, obra de la corporación creada por Menem y Grosso que se apropió de los terrenos públicos del puerto sin pagar nada. Hoy el metro cubierto se vende a u$s 4000: ¿podrán comprar los argentinos o sólo los extranjeros?
El tren bala es antidemocrático y antinacional: su boleto será caro, aumentará la dependencia tecnológica y la deuda externa. El imperativo es restituirle al pueblo su derecho al transporte: volver al tren para todos, un servicio interurbano seguro y confortable, y revisar el modelo actual para reducir las víctimas y costos de la guerra del automotor. El tren debe volver a ser una cultura de la comunicación que integre a la Nación.

* Integrante de Proyecto Sur.

-FUENTE: PÁGINA/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/economia/2-99222-2008-02-20.html

Estación Monte Chingolo*

*Letra Venancio Flores
*Música Carlos Juárez

–Milonga-

I

Estación Monte Chingolo
Que sola y triste has quedado
Ya no se ve el tren parado
El andén se encuentra solo.
Hoy por eso te enarbolo
Recordando tu pasado
De vos pueblito fundado
Por entusiastas vecinos
Extranjero y argentinos
Que tanto te proclamaron.

II
Ya no se ve en la estación
Los trenes de pasajeros
Ni los vagones cargueros
Que traían provisión.
Y no se ve en el galpón
Las espigas de cereales
Tampoco están los corrales
Y no hay embarcaderos
Porque no llegan reseros
A recibir animales.

III
Ya no se ve mas al jefe
Tampoco al telegrafista
Al señalero, al cambista
Que también desaparece
Y aunque decirlo me pese
Ya no veo al tren pampero
Tampoco está el boletero
Atrás de la ventanilla
Anotando en la planilla
Los ingresos del dinero.

IV
Ya no hay guardabarreras
Tampoco guardaganado
Las señales han sacado
También la sala de espera
Que en esos tiempos hubiera
Al servicio del viajante
Y no se ven como antes
Esos catangos que había
Cuando arreglaban las vías
Para el material rodante.

V
Ferrocarril provincial
Cuando te cambie la suerte
De nuevo quisiera verte
Que vuelvas a tu ramal
En algún tren especial
Que maneje el maquinista
Acompañao del foguista
Del guarda y del auxiliar
Solo por verte marchar
Donde antes fue tu posta.

El Provincial es una música*

En esta suerte de búsqueda y rescate de todo lo relacionado con el ferrocarril “El Provincial”, ha llegado a mis manos, a través del Sr. Daniel Gutierrez, profesor de folclore de nuestra entidad, una hermosa milonga, cuya letra pertenece a Venancio Flores y la música a Carlos Juárez, vecinos de nuestro barrio.Para que Ud. y sus lectores puedan deleitarse, le hago llegar la letra de esa milonga.

*Armando Víctor Luchina. villahigueritas@hotmail.com
Presidente Sociedad de Fomento “Villa Higueritas”.

-Enviado para compartir por Juan Carlos Cena. ferrocena2003@yahoo.com.ar

La tierra incomparable*

(fragmento)

*de Antonio Dal Masetto

VEINTE.

Agata aprovechó la mañana para explorar zonas de los alrededores del pueblo que todavía no había recorrido. De tanto en tanto sonaban las campanas de alguna iglesia. Pensó que en Italia siempre había campanas en el aire.
Después fue a ver la fábrica donde había trabajado. Sobre el techo todavía estaba el largo cartel de hierro. Algunas le­tras se habían caído. Se acercó a la reja que daba al patio y miró hacia adentro. Vio vidrios rotos y caños de desagüe colgando. Le vinieron a la memoria los ruidos de los tela­res, la sirena que prevenía los bombardeos, los discursos de los delegados y la agitación de las huelgas después de la guerra. Con algunos períodos de interrupción, había esta­do en esa fábrica desde los trece años de edad hasta su partida a la Argentina. Pensó en lo que había significado ese lugar y ese trabajo para ella. Y ahora no quedaban más que ruinas. Recordó lo que había dicho Carla al mencionar la fábrica. Pero Agata no sentía pena. Sólo una molesta sensación de vacío ante esa cosa muerta. Eso era todo. No le gustó estar ahí. Se fue rápido.
Bajó por la calle desierta, bordeando el largo muro de la fábrica donde crecían los arbustos y desembocó frente al puente sobre el San Giovanni.
Faltaba un rato para el me­diodía y fue a sentarse en un banco desde donde se domi­naba la desembocadura del río. Había un viejo en la otra punta, la pipa apagada colgándole de la boca, los ojos en­trecerrados, el sombrero echado hacia adelante, parecía dormir. Abajo, un hombre caminaba por la orilla acompa­ñado por un perro. El hombre arrojaba algo y el perro co­rría y luego regresaba. El viejo sostuvo la pipa con la mano y habló sin mirar a Agata:
-Uno recorre el mundo y, vaya donde vaya, siempre hay un idiota que arroja un palo y un perro tonto que corre y se lo trae.
Volvió a dejar la pipa colgando y estiró más las pier­nas. Detrás de ellos hubo una frenada, se oyeron gritos y, cuando Agata giró la cabeza, vio dos coches que se alejaban en la misma dirección, mientras los conducto­res se insultaban y agitaban un brazo a través de las ventanillas. El viejo no se había dado vuelta, no cambió de posición, sólo levantó la mano para sostener la pipa y murmuró:
-Delincuentes.
En la mañana sin viento, con el cielo despejado, el lago se veía hermoso.
Lejos, seguramente pescando, había dos botes detenidos. Una vez más Agata sintió necesidad de contarle a alguien lo que estaba viendo. Miró la hora y se puso en camino hacia la casa de Angela. Al cruzar la plaza frente al embarcadero vio a una mujer y un chico que sa­lían de un negocio de ropa. La mujer estaba fumando y Agata se acordó de la huelga y las largas colas frente a las tabaquerías. La mujer se agachó, se colocó el cigarrillo en­tre los labios para tener las manos libres, y le subió el cierre de la campera al chico. Entonces apareció un hombre que le arrancó el cigarrillo de la boca, le pegó un par de pi­tadas rápidas, se lo devolvió, se alejó corriendo y desapare­ció en la esquina. La mujer, parada, con el cigarrillo entre los dedos, giraba la cabeza hacia un lado y hacia el otro, como si hubiese visto pasar un fantasma.
Agata llegó al departamento de Angela unos minutos después de las doce.
Se encontró con una mujerona robus­ta, teñida de rubio, todavía atractiva.
La asombró la loza­nía de aquella cara. Después se dijo que seguramente An­gela se habría hecho alguna cirugía hacía poco. De todos modos, sólo dos detalles le permitieron relacionarla con la muchacha apenas salida de la adolescencia que recordaba: la estatura y un brillo extraviado, algo fugitivo y demente en los ojos claros.
-Qué alegría verte, tía -dijo Angela mientras la abra­zaba-. Siempre me acordaba de vos. Una vez se me puso en la cabeza que quería ir a la Argentina. Me preguntaba: ¿la tía me recibirá? Mira si me aparezco de improviso to­cando timbre. ¿Qué hubieses hecho? Adelante, la comida está casi lista, nada especial, preparé un plato rápido. ¿Qué hiciste desde que llegaste?
-No mucho -dijo Agata-, fui a ver mi casa, estuve con tu tía Rineta.
-Seguro que te trató mal.
-No me trató bien.
-Siempre fue una perra.
-Está amargada.
-Está mal de la cabeza. ¿Sabes lo que hacía cuando se quedó viuda?
Rellenaba de trapos los pantalones del mari­do y los ponía junto a ella, en la cama.
¿Te parece normal?
-Es raro.
-¿Viste a mi padre?
-Pasé ayer, pero no me recibió, dijo que no me conocía.
-¿Cómo puede ser?
-Fue así, dijo que no sabía quién era.
-Ese es otro que está cada vez peor. Vive con miedo de que le pidan favores o que le roben, desconfía de todo el mundo. Hasta de mí, que soy la hija.
Angela le mostró el departamento, dijo que no era gran cosa, pero tenía buena vista, las ventanas daban al lago, se disculpó por el desorden, pero trabajaba el día entero y no le quedaba tiempo para nada.
-¿Te gustan los cuadros? Todos firmados.
Por suerte o por desgracia, ¿quién podría decirlo?, no había tenido hijos.
Le contó del fracaso de su primer ma­trimonio, de un segundo que había durado menos que el primero y de un tercer intento que se había prolongado bastante, aunque al final todo se hizo pedazos. Eran histo­rias complejas, de las cuales Agata pudo sacar poco en lim­pio, salvo la afirmación reiterada de que los hombres, de­talle más, detalle menos, eran todos unos cerdos, aunque resultaba imposible vivir sin ellos: una casa sin hombre era una desolación.
-¿Qué te parece mi blusa? Está firmada. A mí me gus­tan las cosas firmadas.
De vez en cuando se interrumpía para decir:
-Contáme de vos, estoy hablando yo sola, soy una charlatana, de eso no me pude curar.
Pero después se embarcaba en otra de las tantas anéc­dotas de sus aventuras matrimoniales y Agata nunca logra­ba adivinar cuál de los tres maridos era el protagonista. También le habló de cierto candidato nuevo que desde ha­cía un tiempo la venía cortejando: un hombre maduro, buena posición, excelente persona, aunque todavía no esta­ba decidida, tenía que pensarlo.
-Quiero regalarte esto -dijo.
Tomó, de una repisa, una ardilla embalsamada y apoli­llada y se la dio.
-Mi segundo marido se dedicaba a cazar animales pa­ra embalsamarlos.
Agata agradeció el regalo.
Cuando se sentaron a comer, mientras Angela mastica­ba con vigor, Agata tuvo oportunidad de contarle sobre el viaje, los documentos robados, su vida en la Argentina. An­gela demostró interés y la interrumpió varias veces para saber a qué se dedicaban Elsa y Guido, las casas donde vi­vían, cómo vivían.
-¿Cuántos coches tienen?
Las preguntas parecían calcadas de las que le habían formulado Elvira y Ercole la primera noche. Agata se pre­guntó si no debería exagerar un poco, porque sentía que Angela esperaba que la deslumbrara con un relato extraor­dinario.
-¿Tienen perros?
-Mi hija tiene un perrito -dijo Agata sin entender a qué apuntaba la pregunta.
-El tipo del que te hablé tiene tres perros, de raza, campeones europeos. Tendrías que ver las medallas.
Agata asintió, pensó que sus historias y las de los suyos no eran de la clase que pudieran interesar a una mujer co­mo Angela, y ya no se esforzó demasiado por seguir con­tando.
-¿Cómo está? -preguntó Angela apuntando al plato de Agata con el tenedor.
-Muy rico.
-Mi último marido me dejó porque decía que era mala cocinera. ¿Te parece que cocino mal?
Agata dijo que al contrario, y volvió a elogiar la comida
-Cuando quería verme llorar esperaba que le sirviera el plato y me criticaba. Era lo peor que podía hacerme. Nunca me humillaron tanto.
Los ojos se le humedecieron, asomaron dos lágrimas y se las secó con la servilleta.
-No sucedía todos los días. Pero cuando venía de mal humor se desquitaba conmigo, decía que en la cocina yo era una inútil, que no servía ni para hacer un huevo frito, y seguía y seguía hasta que me veía desesperada y llorando, porque sabía que ése es mi punto débil.
Agata dijo que, por lo que estaba escuchando, ese hom­bre era un poco perverso. Angela volvió a secarse los ojos.
-Nunca me pegó, pero a veces me ataba y se iba.
-¿Te ataba?
-Me dejaba atada y se iba al bar con los amigos. Eso no me molestaba tanto como lo de la comida.
-¿Cuánto tiempo viviste con ese tipo?
-Seis años.
-No sé cómo aguantaste.
-Siempre fui un poco loca.
Soltó una carcajada echando la cabeza hacia atrás, contra el respaldo de la silla.
-Tía -dijo-, ¿no tenés unos dólares para darme? Agata, tomada de sorpresa, la miró y tardó en reaccionar:
-¿Dólares?
-Sí.
-No tengo dólares -dijo riendo.
Angela se levantó, trajo café y encendió un cigarrillo.
-¿Conseguís cigarrillos? -preguntó Agata por decir algo.
-Me regalaron unos atados. Hay que cuidarlos como oro.
Agata contó lo que acababa de ver en la calle. Angela la miró de costado, enarcando las cejas:
-Me estás mintiendo, tía.
-Pasó recién, cuando venía para acá.
-¿Le dio un par de pitadas y se lo devolvió?
-Sí.
-¿Y la mujer qué hizo? Contámelo de nuevo, paso a paso, con detalles.
Agata repitió la historia. Angela la escuchó con la boca abierta.
Después se puso a reír. Otra vez se le humedecie­ron los ojos. Cuando se calmó dijo:
-Vamos, dame algunos dólares, tía.
Esta vez Agata no le contestó y por primera vez se pro­dujo un silencio largo. Sonó el teléfono, Angela fue a aten­der y cuando regresó dijo que pasaban a buscarla en cinco minutos. Preguntó si quería que la acercara a alguna parte. Agata le contestó que prefería caminar. En la puerta, mien­tras se despedían y prometían volver a almorzar juntas, Angela insistió una vez más:
-¿Así que no tenés unos dólares para darme?
Agata volvió a reir.
-No tengo dólares.
Se fue con la ardilla embalsamada bajo el brazo. Dio un rodeo para pasar por la plaza donde estaba el cine. La fa­chada había sido reformada, aunque no notó gran diferen­cia. Se detuvo y pensó en sus primeras escapadas, las pri­meras películas, en su adolescencia, cuando era una hazaña lograr que su padre le diera permiso para ir al cine. ¿Cuál había sido la última que
había visto ahí, antes de partir? El título que finalmente acudió a su memoria fue Roma cittá aperta, aunque no estaba segura. Trató de re­cordar algunas escenas. La única que recuperó, nítida, tier­na, fue la de un nene sentado sobre una escupidera. Mientras subía hacia el hotel y se esforzaba por reconstruir el argumento, se preguntó por qué razón había conservado aquella imagen y había descartado todas las otras, de las que sólo le quedaba una difusa sensación de devastación y de muerte.

*de La tierra incomparable, © Editorial Planeta (1994), © Antonio Dal Masetto.

¿ARRANCAR EN CERO TODOS LOS DÍAS?

*Por Leopoldo de Quevedo y Monroy leoquevedom@hotmail.com

Cuando uno entra al concesionario y le ofrecen un carro nuevo, cree que la máquina y las llantas tienen la ansiada virginidad de novia antigua. Que su timón no ha dado la vuelta y ni un pinche polvo se ha comido en la carretera su reluciente panza. Que su reloj en el tablero marca un cero con sello de notario. Pero, no. No vino un ángel del cielo a posarlo de puntillas en la sala de ventas para que el ingenuo lo creyera. Esas son mentirijillas que, en verdad, el que sabe y es experto no se las cree.
Oí por radio a una señora motivadora, que recomendaba empezar el día en cero. Casi la misma letanía de convento : ¡levántate de la muerte y anda!
Creo que el ser humano no es el orangután de zoológico que todos los días abre los ojos y todo para él sigue lo mismo. No le vale la experiencia, ni ha vivido las guerras ni nadie le ha enseñado la sabrosura de los besos o la pesadez de un libro de dietas y flacuras.
El hombre en su periplo por calles, colegios, vecindades y noches de sordideces, ha acumulado en sí una universidad de verdades y mentiras. Cada vivencia, cada alegría o sorpresa o golpe de infortunio vale más que cientos de cursos de academias y los guarda en un iPod llamado el inconciente. Allí tiene una mina de la que va sacando y sacando sin que ella se acabe o hasta que no se chifle y su profesión humana cambie de nombre. Jamás se le acaba la pila y cuando duerme, le sobra la energía para disfrutar los sueños y soportar el temblor de pesadillas. Cuando despierta esa mina se renueva con un abrazo, un tinto y el pan de cada día.
¿Qué mujer no sabe a las cinco de la mañana lo que le sube por la pierna?
¿Que la liberación consiste en alargar la mano y aprovechar la presa de la oportunidad que anda por doquier? Ella también ha ido a la universidad, va al gimnasio, templa sus tiernos músculos y tiene el mecanismo de la sonrisa, el tinte y el toque femenino que abre puertas sin necesidad de citas ni hojas de vida. Su movimiento, su ser todo, su inspiración no quedan pegados a las sábanas ni al ayer ni desaparecen por el hecho que la noche haya caído sobre ella el día anterior. Su capital aumenta después del baño, de la mirada al espejo y del beso de despedida de su amor.
Ya hace un siglo el poeta Pombo con gracia lo decía: "Simón, bobito, se pasaba pescando todo el día, en el balde roto de mamá Leonor". Eso sería el ser humano, ni más ni menos, si pretendiera arrancar de cero todos los días.
En vano tendría memoria incorporada, con más de una miríada de gigas, que con sólo quererlo ya se le encienden las ganas y recuerdos en cualquier minuto de su carrera por la tierra. Simple, Simon llaman a esta fábula los gringos.
La madera del humano está hecha de neuronas que se van regenerando. Si un pelo se cae de su cabeza el otro va retoñando y si alguien se descuida se calvea. Eso no es lo común de quienes andamos por la calle y los salones.
Natura nos dotó de lo que necesitamos y el pelo no es lo que nos distingue de los micos y los loros. Era sólo un juego en esto de la escritura y la jacaranda. Vaya, pues, mi señora, revisando su teoría y no nos ponga en ceros el tablero cada día y a bajar bandera como taxista cuando recibe la primicia de su cliente al clarear del día.

EL CANSANCIO NO TIENE RUEDAS DE CARRETA*

*Por Leopoldo de Quevedo y Monroy. leoquevedom@hotmail.com

El viernes, cuando el sol limpia de su cara el sudor de todo el día, los carretilleros de todas las ciudades llevan su última carga al hombro en su burro de tablas. Sus brazos inflan sus bíceps sacando el resto de fuerzas del estómago que pide la ración del día porque el hambre le hinca el filo de sus dientes. Las ruedas de la carretilla chirrean y dan la vuelta con la misma dificultad que el paso del que las guía. Ya el ocaso del día marca cien surcos de cansancio bajo los ojos de quienes sólo tienen en la carretilla su esperanza. Van cargados de costales, cajas de cartón vacías y de olor a mugre, cebolla y parafina.
Me fijé en el que con zapatos regalados rengueaba mientras con esfuerzo empujaba su carreta. Era de estatura mediana y en sus cuarenta años ya se dibujaban las arrugas de una vejez acelerada. Sin casi dientes, imploraba paso entre la multitud de carros por la calle del abasto. Nadie escuchaba.
¿Quién es un carretillero que no tiene un pito siquiera para ayudar su voz para que alguien le haga caso? Las gotas de la fuerza que brotaban por debajo de su pelo descuidado resbalaban por su torso descubierto y sus brazos agarraban los bultos que cargaba para que no cayeran. Emulaba con los
carros nuevos y los cuatro puertas que miraban de soslayo al hombre bañado en el agua caliente que su cuerpo evaporaba.
¿Qué desigualdades da la vida? ¿A quién alzamos la vista para reclamar por el ser humano que soporta y vive, que trabaja para ganar una gaseosa como sustento diario? El lomo de su carreta está lleno de grietas y puntillas. No puede apoyarse en ella, como el ciego en su lazarillo o como el pordiosero
que se acuesta sobre el regazo del perro que lo sigue. ¿A dónde irá el carretillero? ¿A quién le importa? ¿Él tendrá piel humana y corazón y alguna vez conoció a esa cosa extraña llamada autoestima? ¿Tendrá, acaso un amor que le abrirá la puerta, le limpiará el sudor y premiará con un beso las
monedas que trae a casa?
Mientras tanto el comerciante va con sus ganancias y pasa de largo con sus bolsas llenas, los revendedores hacen su agosto con la gente incauta y los novios no se separan del beso que oculta la existencia de quien lleva en su alma una carga que pesa más que su carreta. ¿Cómo hacer para que las cargas pesen igual para el pobre que para el que tiene plata? ¿Cuándo será que el poder de nuestros gobernantes se interese por no aplastar con su olvido y ellos brinden una garantía a estos ciudadanos?
El carretillero ha llegado a la esquina y ha doblado su curva para dar fin a su camino. ¿Tendrá agua limpia para calmar su sed y para lavar los callos de sus manos? Amarrará la carretilla a un palo como un burro, tenderá su junco y tapará su cuerpo con la camiseta sucia. ¿Esa es la vida que le regaló
Destino?
Mañana despertará, con sus dedos apartará de sus ojos las legañas, se abrazará con su carreta y silbando saldrá a las calles a desafiar la Vida.
Su desayuno será el tinto que le regala el guarda de la cuadra, pasará por el frente de la iglesia, el cura estará diciendo misa perfumado, él se persignará y dirá: ¡ojalá un dios les cambiara esta cruz de compasión con que me miran!

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