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BITÁCORA DE UN SOCIÓLOGO FRACASADO

28/02/2008 GMT 1

LO ESENCIAL HABÍA QUEDADO FUERA...

urbanopowell @ 12:55

*

es la primera arruga
una primera medalla de la vida?

es la lotería una quimera muerta
de los que no sueñan?

es tu AMOR una sorpresa de Dios?

es la leucemia un parto maldito
o un saludo de Dios?

si no me amaras y no te amara,
cómo conjugaría el verbo?

si aquí lejos de cordillera
y vos lejos de río
dónde nos esperaríamos?
quien escribiría los versos que no nos dimos?

*de ricardo d. mastrizzo.

LO ESENCIAL HABÍA QUEDADO FUERA...

POEMAS DE INGE GLASER

ELEMENTO*

Habría podido ser
mi palabra
que no has tomado,
mi casa,
que no has encendido,
mi árbol,
que no has tumbado.

Tu dejas todo tirado,
yo dejo todo abandonado -
así dejamos de lado
casa y árbol y palabra,
no entramos, no rozamos
y no encontramos nada ni nadie
y hacemos siempre como
si no existiese la piedra
que algún día hubiese podido
darnos el impulso.

VERANILLO DE SAN MARTÍN

La luz cae hacia el oeste,
en sus migas envejecen
las flores silvestres gastan sus días,
las neblinas matinales ensombrecen ya
el fogonazo de sus soles.
Las mariposas se ejercitan todavía en el vuelo,
para salvarse de la casa anexa
pronto los prados cosen
su vestido de tela oscura
y habrían seducido gustosamente todavía
y habrían sido islas dichosas
en su exhuberancia de antes.

dejar vivir

perder de vista
la lluvia de la noche
estremecerse
cuando el cierre de pestañas
tropieza con la lágrima
donde una palabra aún va
de tí hacia mí
donde el aliento se eleva
de mí hacia tí –
para sufrir
no me he despertado
pero la sal
va y viene
y quita
lo que ha quedado prendido
de tí

eso no lo permito
jamás lo permito –
para sufrir yo he despertado
y para hacerme feliz con lo
que e s t á de tí
aún en mí ...

*Inge GLASER
Salzburgo - AUSTRIA
Traducción: Walkala

Lic. Dra. Prof. Inge Glaser nació y vive en Salzburgo. Formación para profesora de primaria, secundaria y educación media. Estudios de pedagogía, germanística, filosofía y psicología. Publicaciones en poesía: „Poetische Viadukte“ (1987), „Delphine lassen grüßen“ (1988), „Die Stunde des Schmetterlings“ (1989), „Herztöne, Blickpunkte“ (1989), „Die Brunnenlaute“ (1998), „Die Steppenschalmei“ (2004). Publicaciones en prosa: „Laubfeuer“ (1988), „Die Birkapfelgeige“ (1992), „Ebbe und Flut“ (2001). Numerosas lecturas y publicaciones en diarios, revistas y antologías. En 2005 publicó „Christine Lavant. Eine Spurensuche“, y en 2006 "Der Weg nach Weihnachten" (lírica y prosa).
E-Mail: ingeg@nextra.at

La tierra incomparable*

(fragmento)

*de Antonio Dal Masetto

VEINTIOCHO.

Cuando Silvana se fue y Agata quedó sola, subió a su habitación y volvió a bajar minutos después. Salió a la ca­lle y se dirigió hacia el lago. Se esforzaba por apurar el pa­so, como si estuviese llegando tarde a una cita. En realidad no iba a ninguna parte. Se movía hacia adelante impulsa­da por la excitación que le habían provocado los aconteci­mientos del día. Cuando desembocó en la costanera dudó y después se dirigió al bar del embarcadero viejo. Había un grupo de ancianos jugando a las cartas y en otra mesa tres mujeres tomando café. Agata fue a sentarse lejos de la gen­te, en el extremo del local que se proyectaba sobre el lago. Desde ahí tenía la mejor vista. Fue percibiendo cómo men­guaba la claridad en el cielo. Aunque todavía no era de no­che las montañas de enfrente se habían puesto negras y, abajo, una línea de luces marcaba la costa al nivel del agua. Un transbordador entró a puerto, otro partió hacia Coseno, ambos muy iluminados, y a Agata le volvió la ima­gen de árboles de Navidad en movimiento. Después oscu­reció más y sólo quedó una franja rojiza sobre las cimas, a su derecha, y unos minutos más tarde también esa man­cha de color desapareció. Entonces todo fue negrura sobre el lago y faroles quietos en la orilla. Agata pensó que cada noche era el mismo espectáculo y también que siempre era diferente. Rodeada por el silencio y la grandiosidad de la hora, comenzó a sentir que estaba dentro de un sueño, que había sido trasladada y depositada ahí a través de un sue­ño. Se encontraba sola en alguna parte del mundo, en un sitio que hacía mucho tiempo había sido su sitio. Desde su lugar de observadora, desde la silla del bar de un viejo em­barcadero, le estaba permitido disfrutar de esa visión, mi­rar sin intervenir, espiar. Era una espectadora en la butaca de un cine, en la oscuridad de una sala, dejando que allá adelante, alrededor, decidieran por ella. Se abandonaba. Esta sensación de irresponsabilidad y al mismo tiempo de protección la calmaban.
Entonces Agata sintió la necesidad de escribir una car­ta. No una de las tantas, no un informe más o menos deta­llado de lo que había visto y le había sucedido. Quería con­tarle a alguien que estuviera lejos lo que vivía en ese momento. Quería contar sobre ese anochecer. Le parecía que en esa hora estaban comprendidas todas las horas de esos días. Quería fijar ese remanso, para que otros se ente­raran, para que no se perdiera, para que no se diluyera con el pasar del tiempo. Abrió la cartera, sacó el bloc de papel Vía aérea, la lapicera, y se colocó los anteojos. Buscó en su cabeza el nombre, la cara, la imagen que despertara en ella el estímulo para arrancar. Sentía que sin ese aliciente la ta­rea no hubiese sido posible. Estaba frente al papel en blan­co y un destinatario ideal y confuso, en cuya figura se fun­dían las caras de su hijo, su hija y sus nietos. Decidió dejar la carta sin encabezar. Aun así, cuando intentó escribir las primeras palabras, se encontró con una vieja dificultad: vencer la resistencia al pudor que siempre la frenaba ante la posibilidad de confesarse. La impersonalidad del desti­natario -que fueran todos y no uno- la ayudó a empezar. Anotó una frase, con cuidado, lenta. Otra frase. Se detuvo. Siguió hasta el final de la página. Volvió a detenerse. Supe­rado el pudor, fue descubriendo que la tarea no era senci­lla. Las palabras no le alcanzaban. Se quedó un rato largo mordiendo la lapicera. Después de la fiebre inicial, después de todo lo que había pretendido decir, sentía que las ideas se habían alejado, perdían claridad. Las palabras no bastaban para retenerlas.
La asaltó una sensación de impotencia. Buscó ayuda en lo que la rodeaba. Otro transbordador se acercaba con su carga de luces. Disminuyó la marcha, inició una curva, se colocó paralelo a la costa y atracó. Agata comenzó a anotar lo que veía. Levantaba la cabeza, miraba y escribía. Trataba de ser prolija y completa en la descripción. Registró deta­lles del embarcadero, del bar, la fuga de luces en la avenida que subía hacia el puente sobre el San Giorgio, el espinazo negro de las montañas de enfrente. Ahora se apuraba, se es­forzaba por no detenerse, por no distraerse, como si estu­viera metida en una competencia y necesitase concentra­ción para no perder de vista la meta. Llenó la segunda hoja, la tercera, la cuarta. Las iba numerando. Se detuvo cuando completó la sexta. Respiró hondo y descansó.
Leyó lo que había escrito y de nuevo se sintió decepcionada. Había registrado muchas cosas, las había nombrado, pero sentía que lo esencial había quedado fuera. Alrededor de ella estaba la noche y el mundo. Dentro de ella, el im­pacto de las imágenes de ese mundo. Y en el papel sus po­bres palabras que no transmitían nada. Agata guardó el bloc, la lapicera y los anteojos. Llamó al mozo, pagó Y una vez más remontó la cuesta que llevaba al albergue.

*de La tierra incomparable, © Editorial Planeta (1994), © Antonio Dal Masetto.

Ya casi*

Ya casi no vivo:
estoy atrapada

Atrapada en una familia:
la mía.

*de Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar

Jueves, 28 de Febrero de 2008
UNA "FABULA POSMODERNA DE LAFONTAINE", POR EMILIO RODRIGUE

El Solitario del Spaghetti*

"Te mando una historia que probablemente cierre Mi prontuario", le escribió Emilio Rodrigué a su amigo el psicoanalista Sergio Rodríguez, el 31 de enero de este año. Mi prontuario era el título del libro de memorias que venía preparando, y hoy Página/12 publica esa historia. Rodrigué -autor de Heroína, psicoanalista "de las cien mil horas"- murió el jueves pasado en Salvador de Bahía.

*Por Emilio Rodrigué

Esta es una historia que ha de tener un sentido a ser descifrado, pero que tiene cara de fábula lafontáinica posmoderna. La escena, verídica, acontece el 31 de diciembre de 2007 a las 6 de la tarde cuando decido bajar a la piscina del hotel Ondina Apart, en Salvador de Bahía. Iba con mi spaghetti
flotador para hacer un poco de hidrogimnasia. Una media hora, calculé. ¿Cómo estaba? Este es uno de los puntos a descifrar, porque no sé bien cómo estaba. La mejor aproximación sería decir que andaba entre fascinado y espantado. Me atraía la idea de pasar la noche de año nuevo solo como una ostra, pero esa soledad me metía miedo, casi supersticioso. En los tiempos solitarios el tiempo se alarga increíblemente, el minutero del reloj se traba.
Bien, bajo a la piscina con una toalla, el spaghetti flotador y las llavesde mi apartamento. Tiro el spaghetti en la piscina, me doy vuelta para colocar las sandalias junto a la silla y, cuando levanto la mirada, constato que el spaghetti desapareció, como por arte de magia. Miro y miro y nada, y
comencé a rascarme la cabeza. No estaba preparado para un pase de magia.
¿Será que 2007 quiere despedirse con una pirueta abracadábrica? Pero de pronto advierto que un muchachón gordo y grandote me sonríe con una amplia sonrisa. Estaba sentado a caballo sobre mi spaghetti.
¿Qué hacer?
Me zambullo, doy un par de brazadas y me acerco. Visto desde el nivel de la piscina, el tipo parecía más grande y gordo. Su envergadura escondía mi spaghetti.
-Dámelo -dije, entre serio y sonriente.
El sonrió y no me dijo nada. Se acercó y amplió su sonrisa. Tenía más de 20 años.
-Dámelo -repetí.
El no dijo nada y nuevamente se acercó, casi cheek to check, con una sonrisa cada vez más extraña, posiblemente boba.
Mi saber psiquiátrico me alertó de que el tipo podría estar más loco que una piedra.
-¡Dámelo!
Nada.
¿Qué hacer?
Mi desconcierto era total. Tomé distancia, me alejé hacia el centro de la piscina. Había algo familiar en esa escena y de pronto recordé. Yo con siete u ocho años, en la plaza San Martín. Estaba jugando con unas figuritas y de pronto dos chicos llegan y se llevan mis figuritas. Sensación de despojo, de
así-no-vale.
Me acerco, dámelo, nada.
Era un crepúsculo tropical. El agua de la piscina estaba casi caliente. Una luna llena iluminaba la arena.
¿Qué carajo hago? ¿A quién recurrir?
Al lado hay un bar en forma de cabaña. Salgo de la piscina, voy al bar y le digo al barman que quiero hablar con un agente de seguridad del hotel. Me pasa el teléfono: "Disque 9". Antes de discar me detengo porque la situación esta vez me recuerda otra historia, tal vez verídica. Ocurrió en la frontera
de Francia con Suiza. Un hombre conducía un Volkswagen rojo. Las barreras del tren estaban cerradas. Había habido un accidente de tren. Pasaron más de diez minutos, las barreras seguían cerradas y el tren sigue estacionado. De pronto el motorista ve a un elefantito. El elefantito viene caminando por
las vías del tren y se sienta en el capot de su Volkswagen rojo; abolla la carrocería y quiebra un faro. El accidente había sido en un vagón de circo, de allí había salido el elefantito, que finalmente fue retirado por el personal del circo, y las barreras se levantaron. Cae la noche, el hombre reanuda su camino. Pocos kilómetros adentro de Suiza, un policía lo hace detenerse, porque tiene un solo faro encendido. Ante el policía, el hombre se dispone a contar lo ocurrido, pero su buen tino lo lleva a callarse.
¿Cómo va a explicar que un elefantito se sentó en el capot de su coche? Hay cosas que son indecibles.
Me resulta indecible decirle al agente de seguridad que venga porque un hombrón no quiere devolverme mi spaghetti.
Me zambullo una vez más en la piscina. El loco de piedra sigue a caballo en mi spaghetti. Hay una media docena de chicos que han seguido de cerca todas las peripecias. Una nena de unos 10 años viene y me dice: "El no es muy normal". Pero duda, no quiere entrar en el enredo. Mi lado astuto percibe el dilema que podría dirimirse así: ¿quién está más rayado, el muchacho que robó el spaghetti o el abuelo que lo usa?
Quedamos en silencio. Para quebrarlo le pregunto a la nena: "¿Qué hago?".
La madre está ahí, me dice ella, mostrándome la sala de juegos junto a la piscina. Voy a la sala. Cuando entro, una señora cuarentona está jugando al snooker. Al verme corre a mi encuentro y me abraza:
-¡Querido doctor Rodrigué, cuántos años!
La miro absorto.
-¿No se acuerda de mí?
No, no me acuerdo de ella.
-Su hijo... -empiezo a decir.
-¿No se acuerda de él?
-No.
-¿Cómo? Si usted lo analizó. Era un caso de autismo. Usted publicó el caso de mi hijo Raulito. Su memoria está fallando, doctor. ¿Cómo es posible que no se acuerde de él?
Autismo versus Alzheimer.
Fin de la historia. Fábula sin moralejas, pero con resonancias. Una de ellas es: las vueltas de la vida. Otra, soledad e ironía. Otra, la mamá de Raulito resultó ser sexy. Así hablaba El Solitario del Spaghetti, casi perdido.

*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-99762-2008-02-28.html

Jueves, 28 de Febrero de 2008
Trenes y aviones*

*Por Rodrigo Fresán

UNO
"No voy en tren, voy en avión / No necesito a nadie / A nadie alrededor", comenzó a cantar Charly García hace ya unos cuantos años. Y la canción no ha envejecido nada pero sí, me temo, el sentimiento ya no es el que era. Arrugas en el fuselaje y fatiga de materiales varios. Los aviones y aeropuertos ya no son sinónimo de status solipsista de altura. Y están los que aseguran que la presente y omnipresente incomodidad a la hora del estar en el aire (o demorados en la tierra) está estrechamente relacionada con lo sucedido el 11 de septiembre del 2001. El avión como arma de destrucción masiva y todo eso.
Pero yo no estoy tan seguro y me da la impresión de que el tema pasa por una cuestión más corporativa y maquiavélica y manipuladora del espacio/tiempo: más gente en menos espacio y los retrasos no existen, son una ilusión sensorial de pasajeros alucinados a los que hay que ajustar y atar con cinturones de seguridad.

DOS
De ahí que dejara pasar unos días antes de escribir sobre la llegada del tren de alta velocidad AVE de Madrid a Barcelona y viceversa por si se producía alguna catástrofe. Polémico, causante de socavones en las obras, a doce años de haber comenzado el proyecto, pero ya está aquí, con silueta de delfín Pixar, maravillando a los curiosos como alguna vez maravilló aquel tren de los hermanos Méliès arribando a la parisina estación de una pantalla de cine. 3 horas y 20 minutos promedio. Se hacen cálculos de tiempo y
dinero, se cronometran actuaciones, se siente (lo siento yo, víctima recurrente) cierto regocijo ante el 15% y 20% menos de pasajeros que tendrá el puente aéreo de Iberia. Compañía que ha decidido contraatacar con una extraña campaña publicitaria en la que un puñado de jóvenes recitan -desde
sus asientos de avión o parados en los pasillos- una suerte de épica ideológica en forma de rap sin loops ni ritmos donde parecen referirse a los placeres de volar de un lado a otro cuando, en realidad, producen la impresión de estar sufriendo una serie falta de oxigenación al cerebro producto, seguramente, del poco espacio para estirar las piernas y permitir la correcta circulación de la sangre. Sus intensos primeros planos, su prosa inflamada, su voz declamatoria aparecen puntuados por las vistas de un avión inmenso, lleno hasta los bordes. Uno de los místicos en trance -una chica rubia- asegura que va a triunfar en el extranjero y que la gente le pedirá autógrafos y enviará flores y no sé qué más. Y yo la miro y me pregunto a quién irá a votar ella dentro de unos días. ¿A Zapatero? ¿A Rajoy? Tal vez a
ninguno, porque es posible que la pobre todavía esté allí, ahí adentro, carreteando para despegar o esperando al autobús que la llevará a la más terminal de las terminales.

TRES
Así que, por estos días, todo es así. La comodidad elegante del tren (y de la estación de tren que pasa como una exhalación, porque la valija viaja con uno, que puede llegar hasta apenas diez minutos antes de salir) versus el supuesto vértigo elástico del avión. El tren y el avión como metáfora de casi todo. ¿Es Rajoy tren? ¿Es Zapatero avión? ¿Quién llegará antes? Y lo cierto es que la breve campaña -y la larga pre-campaña- irrita tanto como las revisiones de seguridad y colas para el check in. La gente está cansada.
Lo que no impidió que el lunes por la noche se sentara en masa -13 millones de personas- para contemplar por televisión el primer debate entre candidatos en década y media. Un debate, hay que decirlo, controlado al máximo, donde se discutió hasta la aerodinámica de las sillas y el recorrido de los rieles por los que se moverían las cámaras. También, parece, se mintió bastante, se manipularon datos a lo bestia y -aunque las encuestas dieron una victoria de mínimas a las cejas ya paradigmáticas y arquetípicas de Zapatero- el Partido Popular no se privó de celebrar lo que consideraron una rotunda victoria junto a un Rajoy que no paraba de mostrar esa sonrisa recta de dientes chiquititos. Uno y otro volverán a viajar juntos el próximo lunes en el segundo debate, el debate de vuelta, supongo. Mientras tanto, yo festejé la llegada del AVE comprándome el DVD de la ferroviaria película The Darjeeling Limited, ferroviaria película de Wes Anderson que se pierde y se encuentra en el espíritu de un inexistente expreso indio y volví a verla mientras Javier Bardem besaba el culo de su Oscar y todos felices. De los debates -como de la ceremonia de los Oscar- mejor ver el resumen al otro día.

CUATRO
En lo personal, siempre preferiré el tren al avión porque siempre me ha parecido un medio de transporte no sólo más literario (ese tren en el que viaja Jonathan Harker en Drácula, el Orient Express de Agata Christie, los trenes de Paul Theroux) sino porque en los trenes se puede leer y escribir.
En los aviones, en cambio, sólo se puede mirar letras y preguntarse qué significan mientras ahí adelante brilla y sonríe ese maldito mapa en cámara lenta con un avioncito tan grande moviéndose tan despacio.

CINCO
Y Martin Amis llegó a Barcelona en avión para presentar su lograda gulag love story titulada La casa de los encuentros. Almorzamos y cenamos y volvimos a almorzar juntos y la conversación volvía una y otra vez al tema de Barack "Turbante" Obama y Hillary "Turbada" Clinton, también conocida en los últimos días con el cruel seudónimo de "Hillarity". ¿Es Obama tren que atropella o que descarrila? ¿Es Hillary avión que se estrella o que despegará a último momento? ¿Soportará Hillary la derrota o se pondrá a
hablar sola como iluminada de Iberia? ¿Sobrevivirá Obama a la victoria en un país con una importante población de magnicidas que ya están releyendo The Catcher in the Rye y aceitando armas porque habrá para esos monstruos algo más tentador que un presidente negro como blanco? ¿Quién sabe? Mientras
tanto y hasta lo que sea, una cosa queda clara: hay un verdadero misterio en el modo en que las grandes compañías deciden verse -o en la manera en que deciden que las veamos- y una en más de una ocasión abismal diferencia con la forma que realmente tienen. Así -del mismo modo en que está quien invoca
todo el tiempo a Eva Perón pero finalmente no hace ni consigue otra cosa que evocar a Nacha Guevara- ni los aviones son tan geniales ni los trenes tan ideales.
La perfección del asunto llegará con la teletransportación y todo eso. El problema, claro, es que cuando alcancemos las alturas y la eficiencia de semejante disciplina ya no quedará sitio alguno a donde ir. Por lo que sólo haremos uso de tan magna tecnología -saludos a Charly García otra vez- para ir, una y otra vez, como zombies, sintiendo el encierro, nada más y nada menos que de la cama al living.

*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-99783-2008-02-28.html

La cultura del silencio*

*Por Ariel Scher. ascher@clarin.com

"Usted cállese y juegue", ordenó, siempre tan democrático, el brasileño Joao Havelange, en México, en los días de mucho Mundial de la mitad de 1986, enojado porque dos argentinos, Diego Maradona y Jorge Valdano, habían expresado que algunos partidos se disputaban en horarios en los que el calor volvía inconveniente patear una pelota. Havelange era entonces presidente de la FIFA y proclamaba una visión que no era sólo suya sino de muchos dirigentes: los deportistas están para sudar, para jugar... y para obedecer.
Así era en 1986 y así sigue siendo ahora. Lo revela el aún módico debate generado por los Juegos Olímpicos de Beijing, que se harán en agosto. De frente a ellos, los deportistas británicos fueron advertidos de que debían evitar hacer críticas sobre temas "políticamente sensibles". La iniciativa
tuvo marcha atrás, pero permitió conocer que esa será una presión segura por la que pasarán los participantes. La regla 51 de la Carta Olímpica prohíbe todo tipo de demostración o de propaganda política en un lugar olímpico.
Bajo ese amparo, el poder deportivo jugó siempre el partido de mantener a los deportistas con la boca cerrada, sobre todo si esa boca pretendía abrirse para cuestionar a los que mandan.
En 1995, a los futbolistas italianos les limitaron protestar contra las pruebas nucleares. En 1997, a los futbolistas argentinos les restringieron portar una leyenda por el salario docente. En 2003, a la rigurosa NBA no le gustó nada que, durante la invasión estadounidense a Irak, el canadiense Steve Nash se calzara una camiseta con la inscripción "no guerra, dispara por la paz". Pero en la mayoría de los casos, la prohibición no llega a conocerse: está en cláusulas contractuales o en una imposición cultural que evita que los deportistas diversifiquen el uso del altavoz que les da ser notorios. Hay que hablar de penales, de éxitos, de carreras, de derrotas, de alguna minucia del próximo domingo. Y de nada más.
Paulo Freire, un brasileño que cambió la historia de la educación, a estas cosas las llamaba "la cultura del silencio". De haberlo leído, Havelange y otros poderosos del deporte le hubieran dicho "usted cállese y juegue".

*Fuente: Clarín
http://www.clarin.com/diario/2008/02/28/deportes/d-05603.htm

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