ERAN FIGURAS DE SU TIEMPO PERDIDO...
ERAN FIGURAS DE SU TIEMPO PERDIDO...
*
Estaba ausente la tarde,
era una ausencia infinita que desbordaba
y se metía ojos adentro, muy adentro,
como en cascada de tiempo por nacer.
El río devoraba horizontes de plata
con sus pasos de pez y remo
en las pupila quietas,
absortas.
Un ave dijo ¡sí!, tras el muelle,
en aquel árbol
y desde otro se produjo el eco.
La tarde comenzaba su magia de vuelos.
Me fui haciendo costa
la traje hasta mi casa
y la dibujé en estos versos.
(*)
Ayer, nomás, me vestí de pájaro.
Y me hundí en el cielo,
libre.
(*)
Presentí la noche
anidada en los ojos vacíos.
Apresuré de soles los bolsillos,
de esos que se desprenden de los pájaros,
los que juntan en sus vuelos,
y me puse a sembrarlos.
(*)
Hoy me detuve en las breves alas de un pájaro,
en todo su ritmo sincesar,
en la mansedumbre de su quietud en la rama,
en todos los cielos que dibujó,
en el silencio de sus noches
y en los granos de sol acumulados.
Me detuve en toda su simpleza,
en la generosidad de sus vuelos espontáneos…
y me dejé llevar…
*de CACHO AGÚ cachoagu@yahoo.com.ar
-Enviado para compartir por Horacio Rossi. terrazio@ciudad.com.ar
La tierra incomparable*
(fragmento)
*de Antonio Dal Masetto
TREINTA Y DOS.
Silvana terminó de leer en voz alta, dejó las hojas sobre la mesa y les colocó el vaso encima para que no se volaran. -Ahora me gustaría oír su opinión -dijo.
Agata sonrió y repitió:
-¿Qué puedo opinar yo?
-Dígame lo que le pareció.
-No sé.
-¿Qué le dice la historia?
Agata se movió en la silla, turbada y divertida: -¿Tengo que contestar?
-Sí.
-¿Es un examen?
-Sí, es un examen.
Silvana se cruzó de brazos y se quedó esperando, con la actitud de una maestra frente a una alumna. Agata rió. Después se puso seria:
-Me parece que es una historia triste. Triste y un poco trágica.
-¿Qué más? Agata pensó.
-¿Son ustedes dos? -preguntó.
-Podría ser.
-Si es así, me da la impresión de que él no te ve como una persona frágil.
Silvana consideró la observación y movió la cabeza hacia un lado y hacia el otro un par de veces.
-Depende -dijo-o Según usted, ¿cuál de los dos personajes sería yo?
Agata la miró sorprendida, porque la respuesta le parecía obvia. Silvana se levantó y antes de alejarse en dirección a la mesa de los alemanes, dijo:
-Podría ser que para Vito yo sea el Gato.
Conversó unos minutos con la pareja y después le pidió prestado un largavista que asomaba de uno de los bolsillos de las mochilas. Se volvió hacia Agata y la llamó:
-Venga, quiero mostrarle algo.
Fueron hasta el extremo del patio. Desde ahí se veía el lago y Coseno.
-¿Ve aquel grupito de casas subiendo la loma? Ahí está la de Vito.
Le pasó el largavista. Agata miró a través de los lentes.
Veía desfilar agua, cielo y montañas, pero no lograba descubrir el pueblo.
-Muévalo despacio -dijo Silvana. Por fin aparecieron las construcciones. -Ahí está -dijo Agata.
-¿Qué ve?
-El puerto.
-Suba un poquito, a la derecha, hay unas casas aisladas del resto. ¿Las ve? -Creo que sí.
-La última, la que está más arriba. ¿La encontró?
-Me parece que sí.
-Esa es la de Vito.
Silvana tomó el largavista y miró.
-A esta hora debería haber vuelto. ¿Qué estará haciendo? Mañana tengo que ver un cliente en Stresa, antes del mediodía. Si termino temprano, la paso a buscar y nos vamos a Coseno.
-Está bien -dijo Agata.
TREINTA Y TRES
Silvana le dejó un mensaje en el albergue avisándole que no se desocuparía temprano y que, por lo tanto, postergarían el viaje a Coseno. Agata salió a media mañana y caminó sin dirección. Cruzó una vez más el último puente sobre el San Giovanni, siguió la costa del lago durante un trecho y descubrió una pequeña ensenada, con algunos botes de colores vivos, azules, verdes, rojos, a medias en el agua y a medias sobre la playa. Había fardos de ramas junto a los botes. Se veían las piedras del fondo y unos peces pardos moviéndose lentos. Un camino angosto subía alejándose de la orilla, entre balcones, techos de tejas y chimeneas. Agata decidió ver adónde conducía aquel camino. Arriba, pasado el grupo de casas apiñadas, seguían jardines y construcciones modernas. También ahí, en cada portón, se encontró con los carteles que había visto en todas partes. Aunque ahora descubrió uno diferente del resto. Junto a la cabeza de aspecto feroz y la leyenda acostumbrada, "Cuidado con el perro", había otra que decía: "y también con el patrón". Debajo, una mano empuñando un revólver. En uno de los parques, entre los árboles altos y los canteros con flores, había tres chicos y Agata se detuvo a miradas. Atrás se veía una gran casa, una fuente con una estatua y cuatro chorros de agua rociándola. Los chicos tendrían entre siete y nueve años. Corrían, se detenían, hablaban, volvían a correr. Parecían muy ansiosos, como a punto de iniciar o concretar una tarea importante. Estaban demasiado lejos para que Agata pudiera oír lo que decían. Uno tenía algo en la mano izquierda y lo mantenía apretado contra el pecho. Debía ser el líder del grupito porque gesticulaba con la mano libre e impartía órdenes. Los otros dos obedecían. Fueron hasta el fondo del parque, buscaron entre el pasto, contra un muro, y volvieron trayendo varios listones de madera de diferentes medidas. Los descargaron junto a un árbol y después deliberaron entre los tres, considerando las longitudes y los espesores. Todo lo hacían a gran velocidad y parecían cada vez más excitados. Los dos que obedecían salieron disparados de nuevo y desaparecieron en el interior de la casa. El de la mano en el pecho quedó solo y con el pie fue empujando las maderas, después se agachó y separó algunas. Los otros regresaron, siempre corriendo, siempre muy acelerados. Traían una caja metálica, que no era de grandes dimensiones, pero que parecía pesada y que transportaban entre los dos. Depositaron la caja junto a las maderas, la abrieron y extrajeron algunas herramientas: martillo, tenazas, serrucho. Hubo nuevas deliberaciones, por fin levantaron una de las tablas y la pararon contra el árbol. La tabla era más alta que ellos. La miraron, se miraron, parecieron decirse que sí, que estaba bien, que era la adecuada, y mientras uno la sostenía otro empezó a clavada en el tronco. Un clavo, dos, tres, cuatro, cinco clavos. Comprobaron que había quedado bien sólida. Después tomaron del suelo una tabla más corta, medio metro de largo, no más. Se produjo un instante de desconcierto, porque al parecer el paso siguiente era unir la tabla corta a la parte superior de la tabla larga y, por más que se estiraran, no llegaban arriba. Uno corrió hacia la casa, regresó trayendo una silla y la colocó junto al árbol. El encargado de manejar el martillo y los clavos subió y apoyó un extremo de la tabla corta sobre la punta de la tabla larga, formando un ángulo recto. El otro, apuntalándola con un palo, se la mantuvo en esa posición. El líder seguía con la mano contra el pecho y dando indicaciones. El de arriba colocó varios clavos. Después de hundir el último comprobó la firmeza de la unión y los otros aprobaron. El tercero corrió otra vez hacia la casa y ahora regresó con un pedazo de cordel fino y se lo alcanzó al que estaba sobre la silla. Este trabajó con el cordel y después lo ató al extremo de la tabla horizontal. El cordel quedó colgando y en su parte inferior había un lazo. Los tres, por turno, tironeando, verificaron la solidez de la pequeña horca que acababan de fabricar. El de la mano izquierda ocupada la acercó al lazo y manipuló, mientras los otros lo ayudaban. Entonces Agata pudo ver lo que había mantenido hasta ese momento en el puño: un pájaro. Después de asegurarse de que el lazo estuviera bien ceñido al cuello, lo soltaron. El pájaro cayó como un peso muerto y quedó colgado. Después aleteó, se elevó, se le acabó el cordel, cayó y quedó colgado de nuevo. Lo intentó una vez, lo intentó dos y varias más. Hasta que se le acabaron las fuerzas y se rindió.
Agata siguió camino, bajó en dirección al río y se detuvo al pasar delante de una capilla. En la explanada del frente había varios castaños y un banco de piedra. Agata fue a sentarse. A su alrededor, bajo la brisa suave, las hojas
secas del piso tenían un movimiento de oleaje. Hubo un golpe de viento más fuerte, las hojas corrieron a lo largo de la pared lateral de la iglesia, se elevaron y algunas quedaron enganchadas en las ramas de los arbustos.
TREINTA Y CUATRO
Agata siguió bajando hacia el San Giovanni y después de una curva se le aparecieron los techos, el campanario y la cúpula verde de la iglesia de Trani. Cuando llegó a la barranca del río descubrió dos máquinas dragando y colocando grandes bloques de piedras para reforzar las márgenes. Un hombre con el torso desnudo manejaba un taladro. Se oían golpes de maza. Había una pareja de ancianos detenidos en la mitad del puente, mirando los trabajos. Agata giró en redondo y en la mañana limpia volvió a ver los cerros cubiertos de vegetación rojiza y, detrás, las montañas azules, y más atrás todavía, las cimas nevadas. Había un sauce cerca: ramas colgantes, quietas, hojas traspasadas por el sol y de un color tan tierno que hubiesen bastado para hacerla sentir bien. También ahí reconoció, rodeándola, señales y formas familiares. Pero, igual que otras veces, sintió que no eran las que había esperado encontrar. Nunca lo eran del todo. Las que habían crecido en su memoria, alimentadas por los largos años de ausencia, tenían una intensidad y una intimidad de las que éstas siempre carecían. Después de los días pasados recorriendo las calles y los alrededores de Trani, subsistía entre ella y las cosas una barrera que le impedía acercarse, que la rechazaba, colocándola al borde, afuera, condenándola a una forma de soledad. El sol estaba en la mitad del cielo y Agata sintió que tanta claridad y tanto espacio comenzaban a mareada. Fue a colocarse junto al sauce y tocó una de las ramas. No quería alejarse de ese lugar. Quería seguir expuesta, quizá para que la claridad y el espacio la contagiaran, la aceptaran, y por fin volviese a haber comunicación entre ellos. Abajo el río serpenteaba en silencio entre las piedras. Hacia la desembocadura el cauce se convertía en una gran llamarada blanca que borraba todo el resto. Algo se movía allá adentro. Agata se colocó una mano a manera de visera, se esforzó por ver y por fin descubrió en aquel resplandor unas lavanderas inclinadas sobre el agua. No podía distinguirlas bien. Se oyó pensar: "Ya no hay lavanderas en los ríos". Pero ahí estaban, eran figuras de su tiempo perdido. Eran siluetas fulgurantes nacidas de la luz y al mismo tiempo ocultas en la luz. Ese carácter de cosas huidizas les confería sin embargo una realidad mayor de cuanto Agata había visto hasta ese momento. Lo que había venido a buscar vivía en el resplandor, sólo en el resplandor, hasta que el resplandor durara. Sintió que acababa de cruzar una puerta para entrar en un jardín encantado y que ahora ella también podía andar en ese resplandor. Le habían permitido el ingreso con la condición de que no tocara nada, de que no hablara, de que no intentara tomar una piedra ni arrancar una rama de arbusto para llevarse como testimonio de que había estado ahí. Si lo hacía, si transgredía, su presencia quedaría en evidencia y sería expulsada. ¿Qué historia era ésa? ¿Se la habían contado alguna vez? ¿Acababa de inventarla? ¿Era una historia que la había inquietado en su lejanísima niñez? No lo recordaba. Creyó que había levantado el brazo señalando las lavanderas y que sus labios se habían movido para gritarles a los dos ancianos del puente: "¿Las ven? ¿Las están viendo?". Pero su brazo no se había movido, no había gritado y no gritaría. Los dos ancianos estaban lejos, no podrían oírla, no le contestarían. Se dio cuenta de que el rumor de la maza y el taladro había cesado y abajo las máquinas estaban quietas. El sol se había movido en el cielo y sobre las montañas habían aparecido algunas nubes blancas. Agata sintió que había pasado mucho tiempo y que acababa de volver de un sueño. Le dolían los pies y buscó dónde sentarse.
*de La tierra incomparable, © Editorial Planeta (1994), © Antonio Dal Masetto.
ODA AL CORAZÓN*
Corazón
razón,
pulso vivo
torrente de luz,
gesta de penares.
Sin discriminar razas
ni credo
ni sexo
ni cobardía valiente,
ni obrero,
soldado,
presidente,
ni presidiario,
siempre púrpura y corporal.
Entre hambrunas
o banquetes,
envasado al ruego de otra muerte
o
de otra vida,
milagro del milagro,
arma no apocalíptica.
Te multiplicas en Pachamama
para tu propio único Dios.
Te cantaron,
te cantamos,
te canto
Dios de mi cuerpo,
que sin derramar
derramas el color de tu lágrima.
*de ricardo d. mastrizzo.
AGOSTO – ADVIENTO*
Las calles de norte a sur han verdecido, a pesar del agosto en que se hallan desde ya hace unos días.
Yendo hacia el norte, de mañana, a contraluz parece ser cada hoja nueva un foco de luz, un fuego verde. Como un rayo de felicidad madurando
.Desde la ambigüedad de las cotidianías brotan ganas de hacer cosas nuevas, y hasta suelen verse tras cristales nuevos las mismas cosas de todos los días.
Barrer veredas y toda la higiene urbana parece con más luz, con menos agobio. Costumbre-obligación de las mañanas, hecha con alegría.
De este a oeste, la voz de la naturaleza aún no se oyó, y toda rutina cursa su última toanlidad gris, su último grito contenido antes del llanto que indica el nacimiento de la vida.
Hasta la melancolía reverdece, como esos árboles torpes y profundos que se se descubren en los campos al viajar. Y las penas viven un afiebrado desconcierto ante la embriaguez del mundo circundante. Ante el enloquecido parto constante de la tierra.
La naturaleza ondea sobre nuestra región el renacimiento de su fertilidad incontenible.
Entanto, de norte a sur, sobre las calles, el sol rellena las hojas nuevas con el color de la esperanza.
Para decirnos que aún estamos vivos, que esperemos.
Y yo observo feliz, mientras camino, cómo el hombre se entrecruza con el hombre, a través de las calles, como un manojo de luces reencontradas.-
(*)
DIVAGANDO UN BALANCE*
El mar humedeció la tierra
navengándola en un montón de nubes,
abrazándola en un montón de lluvia.
Septiembre se acercaba
intentado medir en día el milagro.
Yo no le hice caso
aunque lo dejé sentarse al lado mío
e incluso cruzamos algún domingo de la mano.
Atendiendo yo como atiendo desde hace un tiempo
al canto del agua
a la playa que emerge luego de la creciente
a los pájaros que cantan en sus nidos nuevos
que los árboles guardarán
con el fuego verde de su grito.
Y atiendo a mis amigos y a la gente,
a sus contradictorios procederes
tan bien disimulados por cariño
y al error suyo y mío
que al unirnos nos hace diferentes.
Entanto vago por entre la ciudad de tierra muerta,
busco la tierra viva de la naturaleza,
aprendo a diluir mi amor entre los prójimos,
vengo de descubrir en cada niño un pájaro,
niego la pesadilla de los hombres de acero,
integro y desintegro cuanta cosa exista
desnudo contenidos, desoigo las mentiras
y bendigo, recorro, de verdad agradezco
esta absoluta certeza de estar vivo.-
(*)
ODA A LA SOMBRA*
Desvencijada como la civilización, mi sombra
se reaprtíó entre las olas del mar
a meditar un momento,
a reencontrarse con algún valor originario,
a mojar las fronteras del cuerpo en el agua
y brotar, toda sorpresa, en la rompiente...
Yo iba provocando sus veleidades de espacio sobre el suelo,
el esmirriado territorio renaciendo, constante, más allá de la espuma...
La trituración de lo yacente
no molestaba su traslado amorfo e incesante....
Mis pies sufrían por que le pasase algo...
Ella seguía meditando...
Aveces trataba de hilvanar algo en nuestro idioma.
La bruma a lo lejos, las nubes arriba, la desaparecían cada tanto,
la tornaban más profunda, sombría, casi tenebrosa
a ella que es tan clara y limpia en su color entremezclado...
Los caracoles succionaban substancias elementales
que ella bebía con su fruición de abuela...
Su vida y la del sol corren parejas.
Son la pareja entre quienes yo vivo
Ensimismado en mis poemas diferentes,
irregulares, como cada circunstancia de la vida...
Hijo del uno, padre de la otra,
somos el triángulo insuperable....
Medita mi sombra trozada por el agua
parida por la luz,
y su meditación casi es la mía,
casi es factible de inscripción en un papel...
Vamos. Sólo eso. Sólo vamos.
En torno la gente de siempre, de todos los días,
que nos convida con su espectáculo infinito...
Va mi sombra, parecida a la civilización,
pero – nunca – civilización...
Meditando.
Corrigiendo la falla del hombre.
Oyendo la voz que nadie escucha.
Tentando el infinito.-
MUCHAS, MUCHAS IDEAS...
me asaltaron hoy a la mañana.
A las pícaras les encanta tomarme desprevenido
y martirizarme con su campana invisible,
cuyo badajo soy yo: badajo y víctima...
Resoné esta mañana
dentro la campana
de la imaginación...
Estaba entre la playa y el mar, sobre la arena crustácea que se imprimía a mis pies
como queriendo qu ela recuerde siempre....
Traté de no prestarle atención, pero ahi estaba
la media esfera resonante
de las ideas claras...
La gente no tenía papel ni lápiz.
Era la hora de olvidarse del reloj...
Me sumergía en el mar y me zumbaban los oídos...
En el fondo encontraba una dos tres conchillas sin igual...
Y un poema entero esperando ser horneado, ser embotellado,
quizás forjado a martillazos, o tallado -inefable arcilla- con estecas
o con un cuchillo...
Apresurado, fiebre todo yo, como la espuma, emergía.
La gente no tenía papel ni lápiz. Las ideas jugaban con mi desesperación.
Como badajo resonaba dentro la campana.
Me sentía como un dique que recibiese agua, mucha agua
y no pudiese inscribirla en los campos...
Átomo por átomo
rebalsé,
de una vez por todas
rebalsé...
Y todo fue luz...
De manera incongruente pensé: este es el poema de lo que llamamos Dios
y está escrito con la caligrafía del universo
en el idioma de la eternidad...
Yo estaba -arena y agua- en algún punto entre la playa y el mar, bajo el cielo, sobre la tierra, entre los hombres, enmedio del aire y de la luz...
(*)
ADELANTAZGO DE TRASCENDENCIAS*
Las ondas le hicieron de muelle a la luz...
Atracó la señora su velero de material plástico sobre el mar de las cosas creadas...
Cual salvas de puerto, las gentes miraron al cielo, y vieron cómo se desmigajaba el color através de lo circundante y se arqueaba, sin diluirse, en el horizonte...
Las gentes, las gentes supieron aquel día la noticia tremenda y asombrosa:
estaban vivos...
Nadie supo qué hacer. Entre los hombres surgieron pedestales, a los que se encaramaron otros hombres mediante escaleras de hermosas palabras sin sentido...
Quisieron ponerle nombre a lo innombrable, y relacionarlo con lo que cada uno simplemente quisiera...
Así fue que, unos contra otros, fueron y vinieron.
La causa fue una mirada, algún pisotón, un adulterio...
No ya la vana pero hermosa tarea de ponerle nombre al universo...
Pronto, como proveniente de cualquier periódico nacional o extranjero, se olvidó la noticia...
La bandera de la vida no halló mástil desde donde lanzar sus colores supremos...
Sólo, de vez en cuando, aquí o allá, vos o yo nos hacemos pica, y, permaneciendo de alguna manera verticales, nos clava nuestro propio impulso en el suelo sangriento, sufriente, corrupto, de postguerras contínuas, a cual más absurda e infame...
Y alguna leve tonalidad viene a posarse sobre algún lóbulo cerebral: luego, navega las circunvoluciones...
Nos dice: avísale al hombre que está vivo, y es libre...
Nosotros vamos, ¿no es cierto?, al hombre, y le decimos lo de la vida y de la libertad...
Y nos contesta lo que vos y yo ya sabemos que el hombre siente:
Desde su anulación, desde la injusticia, desde su incertidumbre, desde su angustia,
desde su vientre restringido y tenso, no nos contesta el hombre: nos contestan:
la incredulidad, los deseos, y el miedo, la indiferencia dolorida y el temblor indeciso del desasosiego...
Antes de morir en toda esquina, antes de abordar el gran velero de la luz, decimos:
Espéranos,hombre. Aprende a escuchar lo que viene de adentro.
No tengas miedo, ser humano: no te abandonamos.
Vamos sólo a descansar, mas ya volvemos...
Y sobre nuestros propios pasos que se marchan
sopla ya el brotante aliento de los profetas nuevos.-
(*)
PALABRAS A LOS NUEVOS AMIGOS*
Guardar la voz de los amigos nuevos en el corazón, adonde van las cosas más queridas,
donde se amontonan, ordenadamente, las emociones más tiernas y profundas de la vida...:
eso quiero hacer: allí ponerlos a todos ustedes, y desde allí ejercerlos cada día para siempre, con el dinamismo que significa la constante evolución a que nos debemos...
La vida quizás fluye. Se la suele comparar con un río. Yo, sólo sé que somos agua y somos barro. Sucios y puros, eternos y maleables. Amigos nuevos:
Nosotros confirmamos la inexistencia del tiempo y la distancia....
Pienso como escribo. Escribo como siento:
cuando el cuerpo se aleja hasta algún día, el alma se acerca y funde para siempre...
Amigos nuevos: la palabra se hace sensible. La palabra no alcanza a decir nada...
Sopla el viento dispersándonos cual gránulos. Pero somos montaña.
Y vamos desde la roca hasta la arena, sintiéndonos. Sin sonido de palabras...
Y mucho menos la palabra “lejos”, que sólo involuciona hacia la nada.
Y la nada no existe... Somos el siempre. Sí. Somos el siempre.
Justificados. Confirmados por cada amanecer...
Porque somos el siempre que sólo sabe amanecer:
la mano tendida, la sonrisa, la pronta comprensión hacia todos,
el florecer que somos, todo lo que anhelamos, y que haremos, y
por fin, pero sin fin,
la realidad del hombre nuevo floreciendo en el mismo sentido que el sol...
Amigos nuevos: yo siento que en la hora de la melancolía,
ante la desesperación de los sentidos, simplemente:
escribamos nuestras cartas, fecundemos nuestras lágrimas inevitables,
edifiquemos una nueva vivienda para el hombre
y tendamos a su liberación, que es la de todos nosotros...
Todo tú y yo posible será, entonces, un solo y grande esfuerzo de espíritus y sangres avanzando...
Tú y yo estaremos uno junto al otro: nuestra melancolía será pan, nuestra tristeza serán semillas germinando, nuestra alegría será fuego...
Y habrá una eternidad de primaveras en la que nos volveremos a encontrar...
Continuaremos una conversación, cualquier conversación interrumpida.
La palabra tendrá el sentido de nuestros sentimientos...
Habremos sido vida redimida, recorriendo las calles de todos los días,
contagiando de libertad a las gentes.-
*Horacio C. Rossi, terrazio@ciudad.com.ar
en la terraza, mil novecientos setenta y tres.
*
Queridas amigas, apreciados amigos:
El domingo 2 de marzo del 2008 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor argentino Ezequiel Viñao. Las poesías que leeremos pertenecen a Raúl Tápanes López (Cuba) y la música de fondo será de Machu Picchu (Andes). ¡Les
deseamos una feliz audición!
ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!
REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!
YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
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