EL CORAZÓN SENSIBLE...
*
La fantasía nació
Cautelosamente guardada en un cuento
Mariposas de papel y canciones infinitas eran su protección
Miles de manos de estrellas atajaban el viento
El invierno estará lejos y la sombra allí morirá
La magia del mundo eran sus ojos
Poesías de hechizos escribía el cielo en su piel
Los encantamientos la rodeaban siempre
Dependía de ella el próximo amanecer
Su llanto de inocencia vibró entre los árboles
La calma buscó una flor entre las horas
Los diamantes fueron en vano
Lágrimas nublaron sus pequeños sueños
Las historias fantásticas se alborotaron
¿Por qué llora la noche y pierde la imaginación?
No hay nada que pueda lastimar esa azul esperanza
Canciones transparentes la protegen
La fantasía empezó a disolverse
Unos crueles ojos negros la observaban
El hechizo se destruyó
La realidad había entrado a nuestro cuento
Ahora ya nunca volvería el amanecer.
*de Silvana Gangi chibi_chivi@hotmail.com
EL CORAZÓN SENSIBLE...
A CUATRO AÑOS DE LA MUERTE DE JUAN CASTRO, MI HOMENAJE*
A mediados de 2003, sin saberlo o quizás intuyendo el acechante final, rogaba ayuda a su manera. Ese joven periodista de 33 años, con mirada mezcla de tristeza y alegría y una inmensa capacidad de sentir, nos confesaba por TV, que era adicto a las drogas.
Juan Castro era el nombre de esa personita que eligió un día no guardar tanto dolor y contar lo que le pasaba. Es que se habia ganado el respeto mas sublime, el verdadero. Y aunque lo queríamos demasiado, esa noche, sentimos que lo queríamos todavía un poquito mas.
Quizás imaginaba que contando su propio infierno iba a poder ganarle. Sentía que hacia un compromiso con nosotros: “no hay posibilidad de que yo vuelva a las drogas”, decía, como quien quiere autoconvencerse de ello. Pero el mensaje que guardaba tamaña confesión publica no era otro que un pedido desesperado de ayuda. Sabia que no se trataba de una “curación” , como intentaba afirmar, ese era solo un acto de deseo que le consumía las horas y la energía.
Quizás se sintió menos solo al decir esa frase que hasta hoy nos sigue helando la sangre: “entonces Juan, que es amigo de ustedes, aunque no estemos en la mesa de un bar tomando un café, lo que les pide es que todos los jueves de aca a fin de año vean como una persona es capaz de enfrentar sus miedos, sus tentaciones, y ser quien tiene que ser”, afirmo, y por un instante pareció sentirse seguro de ello.
Demasiado frágil y con gran necesidad de ser escuchado, nos eligió como confidentes y nosotros lo aceptamos porque nos conmovimos con su historia personal y su valentía para decir lo que pensaba.
El chico sensible que entraba a la villa como uno mas, hablaba con el pibe que consumía de igual a igual, porque sabia que entre ambos, no habia tanta diferencia. La vulnerabilidad y el vacío interior, aun con historias distintas, los predisponían al consumo y de seguro sufrían hacerlo, sabia Juan, porque lo vivía, nadie se lo contaba.
En una sociedad que estigmatiza lo que no quiere ver, Juan nos enfrento a nuestras propias miserias y nos demostró que somos capaces de dejar a un abuelo abandonado en un geriátrico, nos abrió los ojos justo cuando se nos empezaba a hacer costumbre ver a los chicos revolver la basura para comer algo o vivir en la calle. Nos mostró a los inundados, a los que esperan, a los que sueñan, a los otros adictos, a los inválidos, a los golpeados, a los que eligen otras orientaciones sexuales, a los discriminados, a los que luchan a diario, a los que ayudan al otro, y a otros tantos anónimos que también tenían algo para decir. Y lo hacia porque sabia muy bien de que se trataba la vida.
Juan fue ese tipo valiente que pudiendo ser uno mas, eligió no serlo. Pero no lo hizo desde la vanidad, sino desde el sentimiento mas profundo. Juan entendió que el camino era otro. Juan entendió que la gente no era descartable, y eligió escucharla.
En sus pocos añitos, sintió que el mundo si se podía cambiar si de verdad lo queríamos. Hubo otros que también lo creyeron, como Fabián Polosecki, y muchos que lo seguimos creyendo. Era solo cuestión de correrse la venda de los ojos y entender que el empeño por comprender proviene del placer de destruir prejuicios, como alguien dijo una vez.
Juan sabia que no se construye nada valioso sacando del medio lo que preferimos no ver o que no se merece demasiado respeto alguien que saca a trompadas a los cartoneros de Belgrano o les paga miles de pesos a familias ocupas para que se vallan a la provincia, como se vio en estos días.
Juan hubiera pedido como mínimo perdón por cada lagrima de esa madre con sus hijos en brazos que veía desolada como el camión de basura le llevaba su colchón húmedo y su carro al basural. Perdón por ese padre que por la necesidad de llevar comida a casa, no veía a sus hijos en una semana. Juan hubiera sabido que esa gente tenia dignidad, elegía el trabajo y no el delito. Otros deberían saberlo, porque aunque condenen la delincuencia, a veces, parecieran empujar a la gente a hacerlo.
Mientras nadie se interesa por ellos y los noticieros se preocupan mas por el recambio turístico o el libro de Harry Potter en castellano, ellos, los de siempre, siguen esperando que alguna vez la casa no sea una plaza, la comida no venga de los desperdicios ajenos y lo que poco o mucho que tengan no sea para los demás, solo basura.
Juan hubiera sentido la misma vergüenza, frente a un barrio que muestra las vallas policiales como trofeo o a un candidato que usa a una nena en un basural para su campaña, y sin dudas les hubiera dicho unas cuantas verdades, que a nadie les escuche decir, y que por un momento, imaginé que desde algún lado, él las decía.
Cuatro años después, la ausencia sigue siendo tan cruel como la falta de respuestas de una justicia que a veces pareciera ciega, sorda y muda hasta que se acerca un aniversario.
Tan solo con las pruebas aportadas por algunos medios y las llamativas preguntas que siguen apareciendo en torno a su muerte y a los que lo rodeaban, resulta inconcebible que la justicia aun no haya usado el sentido común.
Sigo pensando que era mas importante una mano a tiempo, que un contrato al abismo, y era mas importante un abrazo sincero, que una ausencia injustificada.
Juan merecía otro final, pero no lo quisieron así los que eligieron no ver. Los mismos que nunca entendieron lo que Juan trataba decirles y los que solo pensaban que Kaos era un programa o Juan era un personaje. Juan sabia que era mas que eso. Era poner el cuerpo y el alma en cada salida, ante cada historia no guardarse nada. No era un negocio, era una vocación que le mostraba lo que era la vida y a la cual decidió aferrarse hasta el final.
Cuando lo conocí sentí que por fin algo empezaba a cambiar, cuando lo escuche, me convencí de ello.
Ese chico de ojitos brillantes y sonrisa grande, tenia la sensibilidad y el carisma de un ser especial. Se mostraba como era, y no ocultaba lo que sentía. Es que Juan fue un buen tipo, en medio de tanto caos.
Transparencia y verdad fueron las dos palabras que lo acompañaron en su camino. Hoy, lo único que tenemos en claro, son dudas y la cruel certeza de que estaba demasiado solo.
Que esta vez, se haga justicia. Que esta vez sobre el mérito, para que los responsables por acción u omisión paguen tanta injusticia y tanto abandono. Juan merece la paz que buscaba.
Gracias por tanto amor.
Gracias por dejarme de herencia, “el corazón sensible”.
Hasta siempre.
*Tamara te_sarmiento@hotmail.com
La tierra incomparable*
(fragmento)
*de Antonio Dal Masetto
TREINTA Y CINCO.
Ahora, cuando miraba hacia la orilla de enfrente y veía las casas de Coseno y la línea de luces que marcaba el trazado del cablecarril, Agata pensaba en Vito. Con todo lo que Silvana le había contado le parecía que ya lo conocía. Aunque no le resultaba fácil imaginárselo. Cada vez que Silvana le hablaba de él, aparecía un Vito diferente. Nunca había aludido a su aspecto físico. ¿Cómo sería? ¿Alto, bajo? ¿Qué cara tendría? ¿Existiría Vito? Las postergaciones, lo que parecía una imposibilidad de ir a Coseno, agrandaban su presencia del otro lado del lago. Agata sentía curiosidad por verlo y escucharle la voz. También de estar con los dos juntos, observarlos, oírlos conversar, enterarse de cómo actuaban uno con el otro. Sentía que la historia de Vito y Silvana, lo poco que todavía sabía de ellos, los conflictos que los ataban y los separaban, formaban parte de su aprendizaje ante este Trani nuevo que había encontrado al volver.
Esa mañana, cuando Silvana vino a buscada y le preguntó si tenía ganas de dar un paseo, Agata estuvo segura de que esta vez cruzarían el lago.
-Tratándose de paseos estoy siempre lista -dijo.
Pero no fueron al transbordador. Salieron del pueblo y corrieron bordeando la costa. Era otra vez un día luminoso y sin viento, y daba gusto dejarse llevar.
-¿Adónde vamos? -preguntó Agata.
-A Suiza. La invito a tomar un café en Suiza.
Dejaron atrás varios pueblos y también las ruinas del Castillo de los Bandidos, sobre un islote, cerca de la orilla. Agata recordó la historia que le contaban de chica: la muchacha raptada de un convento, apuñalada y arrojada al lago por su amante, el jefe de los bandidos. Se preguntó si Silvana la conocería y la comentó.
-La conozco, pero seguro que usted tiene una versión mejor -dijo Silvana-. Cuénteme.
Cruzaron el puesto de control de la frontera y unos kilómetros más adelante entraron en la primera localidad. Silvana dio vueltas buscando un sitio donde dejar el coche. Comentó que ahí no era como del otro lado, no se podíaestacionar en cualquier parte. Tomaron el café al aire libre, bajo una sombrilla, cerca del agua. Había unas pocas personas caminando por la larga explanada, disfrutando del sol del mediodía. Muchas flores, patos y cisnes deslizándose entre las embarcaciones amarradas.
-Ahora vaya poder contar que estuve también en Suiza -dijo Agata.
-Es el mismo lago, el mismo aire, y sin embargo dicen que de este lado de la frontera es distinto. ¿Usted nota la diferencia?
Agata lo pensó, miró el cielo y el agua, aspiró. -Para mí es igual.
Pasó una pareja con un chico. Ellos eran rubios, el chico moreno. Se sentaron cerca. Pidieron dos cafés y un refresco.
-¿Será adoptado? -dijo Agata.
-Es probable.
-¿Se adoptan muchos?
-Muchos. El matrimonio que le presenté ya debe estar en México.
-Cierto, ¿cómo les estará yendo?
-Los obligan a quedarse quince días antes de tomar el avión de regreso.
-Me da pena cuando pienso en esos chicos.
-Ayer hablamos con Vito de este tema -Silvana giró en la silla y miró la mesa vecina-o ¿Sabe lo que diría él si estuviese acá en este momento?
-¿Qué diría?
-Diría: "Ahí tienen a las buenas almas del Primer Mundo, mujeres de vientres estériles, hombres de genitales estériles, con su poder económico, su bienestar, casas grandes, jardines, perros, coches
último modelo, robándose los hijos del mundo pobre para llenar el vacío de sus vidas". Así habla él, ya lo va a conocer.
-¿Cuándo lo vaya conocer? -dijo Agata sonriendo. Silvana fue hasta un negocio, regresó con una caja de chocolates y se los regaló a Agata. Se sentó, sacó una agenda del bolsillo y la abrió en una página con
almanaque. -Tenemos que ir pensando en fijar fecha -dijo.
-¿Para qué? -preguntó Agata.
-Para el viaje a Venecia.
-¿Tan pronto? ¿Qué día es hoy?
Silvana se lo dijo. Agata se puso los anteojos y recorrió el almanaque.
-Me queda poco tiempo.
-¿Qué le parece si salimos este lunes? -dijo Silvana señalando con el dedo.
Agata se quedó pensando:
-¿Ya me tengo que ir?
-Usted decide. Pero si queremos aprovechar un par de días en Venecia no podemos pasar de esa fecha.
Agata miró el lago y sintió que las semanas habían pasado demasiado rápido.
Allá lejos, sobre la superficie quieta, saltó un pez.
-Está bien -dijo resignada.
El hombre, la mujer y el chico moreno se levantaron.
Agata y Silvana los miraron alejarse hasta que se perdieron al fondo de la explanada.
-¿Volvemos a nuestro país? -dijo Silvana.
Fueron a buscar el coche y emprendieron el regreso.
Ahora, mientras corrían por el camino de la costa, Agata sentía que ya había comenzado a despedirse.
-Urgente tenemos que hacerle la visita a Vito -dijo Silvana. -¿Cuándo?
-En cualquier momento vamos.
Ya habían cruzado el puente del San Giorgio cuando un coche se les puso al lado y la mujer que conducía hizo señas de que pararan. Silvana bajó y hablaron brevemente. Cuando volvió se le había transformado la cara. Se sentó al volante y dijo:
-Al hijo de una amiga lo atropelló un coche. Arrancó.
-Ella todavía no sabe nada. No la encuentran. Subieron hacia Tersaso y se detuvieron frente a una casa. Las persianas estaban cerradas.
-No hay nadie. No llegó -dijo Silvana.
De todos modos bajó y tocó timbre. Cuando regresaron hacia Trani se detuvieron en otras tres casas. Silvana intercambiaba un par de frases con la persona que abría la puerta, volvía al coche corriendo y partían con el acelerador a fondo. Pararon también en una confitería y en una florería.
Cerca de la iglesia, Silvana desapareció en un portal y Agata quedó sola.
-Nadie sabe dónde está -dijo Silvana cuando volvió.
Fueron a la clínica. La mujer que les había avisado del accidente estaba parada en la escalinata de acceso.
-No la encuentro -dijo Silvana.
Nuevamente hablaron rápido. La mujer se sentó en un escalón y se tomó la cabeza con las manos.
Partieron Y dieron varias vueltas por el pueblo. Agata se había mantenido en silencio. Veía a Silvana tan alterada que no se animaba a preguntar. La espiaba de reojo, adivinaba la impaciencia, la impotencia, en los gestos bruscos y en la mirada. Era una Silvana que desconocía. Cuando le impedían el paso y se veía obligada a frenar, golpeaba el volante con una mano e insultaba con un hilo de voz ronca. Parecía que de golpe se hubiera quedado afónica.
-¿Dónde estará? -murmuraba.
Agata sólo se había enterado de que la madre del chico se llamaba Ada y que el accidente había ocurrido a la salda del colegio.
-Vamos hasta la casa otra vez.
Subieron por otro camino. Igual que antes Silvana tocó timbre. Ya estaban por irse cuando dijo:
-Ahí viene.
Agata vio un coche que estacionaba del otro lado de la calle y una mujer que saludaba a través de la ventanilla. La mujer bajó y del asiento trasero sacó un bolso con verduras.
-Qué sorpresa -dijo hablando de espaldas.
Después, cuando se dio vuelta, se quedó mirando la cara de Silvana, se puso seria y preguntó:
-¿Pasó algo?
Silvana no dijo nada. Fue a su encuentro, pero todavía no habló.
-¿Le pasó algo a Mauro?
Silvana se detuvo y asintió con un movimiento de cabeza.
-¿Está mal?
-Sí.
-¿Muy mal?
-Sí.
También Ada se había detenido: -¿Está muerto?
-Sí.
Ada no hizo ningún gesto. Se quedó donde estaba. Sólo bajó la cabeza, con un movimiento seco, como si hubiera recibido un golpe en la nuca. Seguía con la bolsa de verduras colgada del brazo derecho. Agata la tenía de frente y veía la espalda de Silvana. Estaban detenidas a un par de metros una de otra. Silvana avanzó, estiró el brazo, la tocó en el hombro y se inclinópara tomar el bolso con la otra mano. Paró un coche. Bajaron un hombre y una mujer, se acercaron y hablaron en voz baja. Agata no pudo oír lo que decían.
Ada y los recién llegados se fueron. Silvana volvió a sentarse junto a Agata y dijo:
-La llevo al albergue.
TREINTA Y SEIS
Agata estaba en la habitación, ordenando sus cosas. De tanto en tanto se asomaba al balconcito y echaba una mirada al jardín, al aljibe y a las montañas. Descubrió un pájaro detenido en el pasto y al gato agazapado que no se decidía a atacar. Agata golpeó las manos, el pájaro voló y el gato giró la cabeza hacia el balcón Y la miró. Sonó el teléfono y le avisaron que la buscaban. En el hall estaba Silvana. Vino a su encuentro y la tomó de un brazo:
-Acompáñeme a dar una vuelta -dijo. Antes de llegar a la puerta cambió de idea: -Mejor sentémonos en el bar.
Bajaron los tres escalones y se ubicaron en una mesa del fondo, lejos del televisor. Sólo había cuatro muchachos recostados sobre un sillón, con las piernas estiradas e intercambiando codazos. Silvana tenía mal aspecto. Se notaba que no había dormido. La mirada extraviada y dura, como cargada de furia. Igual que durante las corridas en coche buscando a Ada, Agata sintió que estaba ante una Silvana que desconocía. Se acercó Nadia Y preguntó qué tomaban.
-¿Café, capuchino, té? -preguntó Silvana.
-Por ahora nada -dijo Agata.
-Un café -pidió Silvana.
Pese a la dureza de los ojos, en su voz y en sus gestos había una extraña calma.
-¿La interrumpí? ¿Qué estaba haciendo? -preguntó.
-Ordenaba un poco la valija.
-Es un día frío.
Agata esperó que siguiera hablando, pero Silvana se puso a jugar con la llave del auto, pasándola de una mano a la otra.
-¿Ada? -preguntó Agata.
Silvana detuvo el movimiento de sus manos. -Mal.
-¿Era el único hijo?
-El único.
Nadia trajo el café. Silvana echó el azúcar y, mientras revolvía, contó que con Ada habían sido buenas amigas, habían ido al mismo colegio. Después, cuando se casaron, cada una hizo su vida y se vieron poco. Pero de chicas y de adolescentes andaban siempre juntas. Le costaba convencerse de que acababa de acompañada a enterrar a su hijo. Le parecía que ayer nomás todavía jugaban a las muñecas. Hablaba mirando al pecho de Agata, pero era como si no la viera. Hubo un silencio largo. Agata hubiese querido decir algo y no encontró qué. A través del ventanal que daba al jardín volvió a ver el gato que corría sobre un muro. Uno de los muchachos protestó porque le habían cambiado el canal del televisor.
Silvana salió de la inmovilidad y se sacudió, como si quisiera espantarse algo del cuerpo.
-No era sólo dolor -dijo como para sí misma. Agata se quedó mirándola sin entender.
-¿Qué? _preguntó.
-Hablo de Ada.
Agata asintió.
-No era sólo dolor lo que sentía.
Silvana hizo una pausa y Agata esperó, pendiente de sus labios.
-Había otra cosa.
-¿Qué cosa?
-También había alivio.
Agata esperó de nuevo. Después dijo:
-¿Alivio de qué?
-De no tener un hijo creciendo en este mundo.
Ahora Agata no se animó a mirada. -¿Ella confesó eso? -preguntó.
-No.
-Es una deducción tuya.
-Sí.
Otra vez permanecieron en silencio. Por fin Agata dijo:
-Es un pensamiento horrible.
Silvana no dijo nada. Después, como si acabara de decidido, se levantó:
-Tengo que ir a Coseno.
Se despidió y se fue sin probar su café. Cruzó el hall con zancadas largas y lentas. Iba un poco doblada, como si cargara un peso sobre los hombros. La espalda de Silvana hablaba más que sus ojos Y sus palabras. Agata la miró alejarse y pensó que estaba desesperada y también que necesitaba vengarse con alguien.
TREINTA Y SIETE
Cuando quedó sola, Agata miró sin ver la pantalla del televisor. Estaban pasando un programa cómico. La aparición, la confesión y la partida de Silvana la habían dejado en un estado de confusión. Se levantó para irse, pero volvió a sentarse. Se sentía apenada y desprotegida. No tenía ganas de salir a caminar, no quería subir a su habitación. Ni siquiera la posibilidad de visitar a Carla le trajo alivio. Pensó en sus hijos y en sus nietos. Tomó la cartera y sacó el bloc con la carta frustrada e inconclusa que había tratado de escribir para ellos en el bar del embarcadero. Recordó la desilusión que le había provocado. Pero en este momento era lo único que se los acercaba. Leyó desde el principio, buscando compañía en sus propias palabras.
Entonces pasó algo. Casi no reconocía su carta. Era su letra, pero estaba ante un texto nuevo, tenía la impresión de leer frases escritas por otra persona. A medida que avanzaba, fue descubriendo que en su carta había mucho más de lo que ella creía haber puesto. Tenía presente que aquel anochecer en el embarcadero, mientras se esforzaba por seguir escribiendo, sentía que lo esencial se le escapaba y quedaba fuera. Ahora veía que no era así. Nada había quedado fuera. Lo que entonces percibía como inasible había tomado forma. Lo que había intentado decir y luego había renunciado a decir estaba ahí. Era como si las palabras, fijadas sobre aquellas hojas de papel, hubiesen madurado y se hubiesen cargado de sentido con el correr de los días. Era como si tuviesen vida propia. Agata recorría su humilde prosa, ahora inesperadamente enriquecida, y se asombraba por la justeza de las imágenes, por lo que las palabras decían, por lo que sugerían. Leía y volvía a estar frente al lago y, en esta segunda mirada, en esta segunda visita, aquel anochecer, rescatado de la pobreza y el olvido, ocupaba el lugar que ella había deseado. Pensó que así, de la misma manera, otros leerían su carta y recibirían lo que ella acababa de encontrar. Se quedó mirando el aire, disfrutando de su descubrimiento.
Pasó Nadia y casi sin detenerse, inclinándose, dijo: -Hoy lo llamé. Yo lo vaya cambiar. Voy a pelear para que cambie.
Agata levantó un poco la mano, en un gesto solidario.
Se sintió hermanada con la muchacha del bar, tan llena de confusión y pasión y emociones nuevas. También ella, subiendo y bajando por esas calles, en algunos momentos se había sentido empujada por una inconsciencia juvenil. También a ella la alimentaban un desafío y una obsesión. Sus días eran como esa carta que había pretendido escribir: cargados de incógnitas y obstáculos a vencer. Pensó que para vencerlos quizá bastase con permanecer alerta y dispuesta, y dejar que el fluir de los acontecimientos la llevara. Y después todo se resolvería por sí mismo. Igual que la carta. Casi sin darse cuenta tomó la lapicera y a continuación de lo que estaba escrito anotó la fecha y una frase.
La que acudió primero, la más simple: "Estoy en el bar del albergue". Después vino otra y otra más. Y la segunda parte de la carta comenzó a deslizarse y a crecer. Agata se sentía segura. Ahora su mano y su cabeza trabajaban a la par, una empujaba a la otra y se complementaban como dos engranajes de un mecanismo bien sincronizado. Fue hacia atrás y recorrió los días, los encuentros y los desencuentros, los parientes, la gente. Y mientras recuperaba y anotaba, sentía que esa actividad -la escritura- era un vehículo a través del cual podría comenzar a explicarse algunas de las cosas que todavía le faltaba entender de esta etapa de su vida.
*de La tierra incomparable, © Editorial Planeta (1994), © Antonio Dal Masetto.
De San Francisco Solano a Colombia*
(TEXTO DE MARZO DEL 2004)
Apenas leí la crónica de Clarín, empecé a volar de imágenes, de metáforas posibles, pero dije: no me animo a escribir, pero llegó el escrito de Silvia y tome coraje, el mismo o mayor del que hay que tener hoy para salir a la calle, a trabajar, a caminar por las calles con o sin destino previsto.
Apareció la imagen del muchacho de espaldas hamacando un niño. Y las asociadas, la estación de Solano por la que hace más de un año pasó el primer inventren. Mis propias imágenes de Solano, su estación pérdida, el contacto con la gente a propósito de encuestas oficiales o de opinión pública, sus calles, sensaciones y la gente. No se cómo transmitirlo, pero es unos de los lugares del gran Bs. as, donde más he golpeado las manos para hacer encuestas, recuerdo la última del año pasado, una equivocación al bajarme del colectivo y caminar unas 20 cuadras, pasar un arroyo y un asentamiento miserable antes de empezar a trabajar. También la primera vez que sentí miedo y que la gente me trasmitía miedo. Un miedo difuso, como el que teme a todo, al desconocido y a sus propios vecinos. El miedo que dice de la cercanía potencial de la amenaza. A poco de andar me di cuenta que era imposible trabajar allí. Un hombre me decía que no podía andar sólo por ahí. Después de la encuesta me dice que sus pibes también están en conseguir unos mangos como sea, me pide que me corra unas cuadras por mi bien. Desde luego me corrí varias manzanas, y trabaje tranquilo, confiado en la buena gente que siempre encontré en Solano.
Pero el miedo seguía en la gente. Pensé en San Francisco Solano que había sido un pequeño paraíso para hacer encuestas. La gente amable, de laburo. Una pequeña radiografía de la clase obrera a cada paso, también un abanico de la patria que de obrera se desliza a cartonera, ó a una marginalidad impenetrable, una marginalidad del silencio, de la vergüenza de padres desocupados sostenidos por pibes chorros.
Ahí pensé otra vez en que puede sentir alguien común, no Juan. Una persona cualquiera que un día pierde el rumbo deliberadamente o no y termina hamacando un chico ajeno en una plaza improvisada construida en lo que alguna vez fue una vía de ferrocarril. Una experiencia realmente fuerte la realidad, caminar esos barrios del trabajador pobre, barrios que se construyeron bajo la épica del progreso del primer peronismo. Digo Solano y podría decir casi con el mismo tipo de análisis, Laferrere, Spegazzini, Glew, Moreno, muchos lugares donde gente llegadá del interior construyo sus casas con un salario de la fábrica , siento nostalgia de esa épica del progreso y el terreno en cuotas. En otra de mis visitas me hable con viejos de Solano que habían conocido el ferrocarril, son migrantes del litoral que llegaron en la década del 50, de Corrientes, de Entre Ríos. Y vuelvo a recomendar, caminar esos barrios, quizás resistir el miedo que paraliza y aísla, que nos hace bajar exactamente en la parada habitual del micro y caminar lo menos posible, sobre todo si es de tarde o anochece. Caminar barrios, y solo ver, no pretender dar un gran informe, un descubrimiento trascendente o sociológico. Solo ver, retener imágenes y hablar con la gente, sentir en la piel las sensaciones que aparecen.
Ver la feria de Solano, cuadras y cuadras en L, partiendo de la antigua estación y luego bordeando la ribera del arroyo, donde se vende de todo, ropas, objetos de procedencia dudosa o que uno presume han sido robadas, hasta herramientas oxidadas y hallazgos de los carros de botelleros - cartoneros. Hay que verlo, darse cuenta hasta que punto la Argentina quedo partida y la exclusión parece un camino de ida, como la propaganda decía que son las drogas: Un camino de ida.
Creo que no hay vértigo comparable que un niño hamacándose, parece que se va rumbo al cielo pero se retorna, se busca esa mano fuerte que nos impulsa desde la espalda o desde la madera del asiento, y esa seguridad de volver al contacto, a sentir el empuje de la mano de Papá o Mamá.
Ese jugar a desprenderse de una vez del empuje de Papá para volar al cielo, o a Colombia, el espejo donde nadie quiere ver parecidos por su violencia política y mafiosa.
Ser grande. Estar quizá más sólo y no tener quien lo empuje a uno con la mano fuerte.
-a Juan Castro y los niños de San Francisco Solano-
(Cuando murió, Juan castro estaba a punto de viajar a Colombia por su trabajo de periodista)
*De Eduardo Francisco Coiro. inventivasocial(arroba)hotmail.com
*
Es tuya Juan,
te entiendo, Juan
(texto de marzo del 2004)
Y te perdono. Porque pusiste tu cuerpo para que todos sepan que nadie podía ayudarte.
Quizás tu vacío sea el de muchos. Quizás muchos hoy se quieran matar o no quieran vivir, que es parecido. Pero tambien es diferente, tal vez estos últimos crean en que el hada madrina vendrá y con su magia hará surgir el encanto del buen vivir.
Hoy no quiero escuchar a los optimistas recriminándote nada. Solo porque ellos simplemente pueden y por eso son complemente diferentes y desautorizados para aconsejarte.
Pienso en cuantos deben disimular fortaleza. Pienso en cuantas soledades conectadas por las apariencias. Pienso en el éxito y el fracaso.
Pienso en cuantos toman alcohol o drogas, para animarse a ser otro muy distinto al que es. Cuantos curiosos, cuantos rebeldes entraron tambien en esa evasión tan placentera y alienante. Algunos habrán salido y otros quien sabe por donde andarán.
Solo creo que hoy por ser tan famoso estás en boca de todo el mundo.
Que tu dolor sirva para algo. Que no se quede en el emergente de la droga, porque para haber llegado hasta allí de algún lado partiste.
Y no quiero escuchar a los simplistas que muertos de miedo niegan el conflicto niegan lo oscuro de todo ser humano.
Si esta tragedia tuya pueda servir para algo que sea para que podamos pedir ayuda, que el orgullo nos deje ver al otro, pero no como perfecto sino como igual a mí
Si es tu decisión yo la respeto, nadie puede obligarte a ser feliz, a creer en dios y menos a vivir.
*De Silvia Irigaray silviairigaray@arnet.com.ar
Yo, el desubicado de siempre*
*Por Aníbal Jorge Sciorra. anisci2003@yahoo.com.ar
¿Qué es Lost?
¿Quién es Nazarena Vélez?
¿Porqué todos chatean y nadie habla de frente?
¿Porqué siempre comentan "lo buena que está la propaganda de" y no de lo
buena que está "esa película de Fellini"?
¿Porqué todavía hay muchos que no tienen ni idea de porqué el 24 de marzo es
feriado nacional?
¿Qué hizo roca para tener semejante monumento?
¿Porqué tanto "espamento" cuando gana Boca?
¿Porqué te tenés que sentir marginado si pensás distinto?
¿Porqué todavía hay quienes creen que Estados Unidos es bueno y Cuba es feo,
malo, caca?
¿Porqué siempre alguien me pregunta si tengo televisor?
¿Porqué hay que tener televisor?
¿Porqué los canales de noticias le dedican tanto espacio a ese señor de
bigotitos que está ahora como intendente?
¿Porqué la mayoría sigue leyendo el "clarín"?
¿Porqué cada vez es mayor la discriminación?
¿Porqué tanta violencia de todo tipo?
¿Porqué tanta falta de conciencia ante lo ecológico?
¿Porqué la poesía está tan marginada?
¿Porqué? ¿porqué? ¿porqué?
-Enviado para compartir por Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar
*
Queridas amigas, apreciados amigos:
El domingo 2 de marzo del 2008 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor argentino Ezequiel Viñao. Las poesías que leeremos pertenecen a Raúl Tápanes López (Cuba) y la música de fondo será de Machu Picchu (Andes). ¡Les
deseamos una feliz audición!
ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!
REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!
YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
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Que es Inventiva Social ?
Una publicación virtual editada con cooperación de escritores y lectores.
Cuales son sus contenidos ?
Inventiva Social relaciona en ediciones cotidianas contenidos literarios y noticias que se publican en los medios de comunicación.
Cuales son los ejes de la propuesta?
Proponer el intercambio sensible desde la literatura.
Sostener la difusión de ideas para pensar sin manipulación.
Es gratuito publicar ?
En inventiva social no se cobra ni se paga por escribir. La publicación de cada escrito es un intercambio de libertades entre el escritor y el editor, cada escritor envia los trabajos que desea compartir sin limitaciones de estilo ni formato.
Cómo se sostiene la actividad de Inventiva Social ?
Sus socios lectores remuneran con el pago de una cuota anual el tiempo de trabajo del editor.
Cómo ayudar a la tarea de Inventiva Social?
Difundiendo boca a boca (o mail a mail ) este espacio de cooperación y sus propuestas de escritura

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