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BITÁCORA DE UN SOCIÓLOGO FRACASADO

22/03/2008 GMT 1

NO TENEMOS HISTORIA, NO TENEMOS PADRE...

urbanopowell @ 13:56

El secreto*

Llevo toda la vida guardando el secreto. Ahora hará más de sesenta años que lo guardo. ¿O quizás sean sesenta y cinco? A mi edad los años se cuentan de cinco en cinco. Importan poco las fracciones.
Alguien me hizo prometer guardarlo, no me hagáis decir quien fue porque no lo recuerdo, lo que si recuerdo es mi compromiso de guardarlo al menos cincuenta años. Creo que ya han pasado sobradamente, que puedo ya desvelarlo, contarlo, confesarlo.
Mañana lo haré.

Imposible desvelarlo.
Una vez he tomada la decisión de darlo a conocer me ha sido imposible recordar de que se trataba. He intentado guardar tan bien el secreto que ahora que ya puedo contarlo no lo recuerdo.

He decidido guardar en secreto que no me acuerdo del secreto.
Será lo más prudente. Este secreto lo guardaré para siempre, no sea que alguien se entere y acaben por reírse de mi… En secreto…

*de Joan. joan@cimat.es

NO TENEMOS HISTORIA, NO TENEMOS PADRE...

Sábado, 22 de Marzo de 2008
El segundo pecado original*

*Por Sandra Russo

Hubo una vez un matrimonio que formaron los escritores Sara Gallardo y Héctor A. Murena. Se encontraron y se quedaron juntos allá por el ’70, mutuamente deslumbrados por la sintonía del dolor existencial que padecían.
Ella no era solamente Gallardo; era además Drago y Mitre. La generación del ’80, que dibujó la forma ingrata de este país, corría por sus venas. El era un poeta y ensayista que no tenía raíces oligárquicas, pero era sobre todo un melancólico protagonista y testigo de la escena americana. “Ese es nuestro secreto de americanos, la herida que gotea lenta y dolorosamente, por la que se nos va nuestra vida: no tenemos historia, no tenemos padre.” Es una frase de El pecado original de América, acaso la obra por la que más se lo recuerda, escrita hace más de medio siglo.
Esa obra tuvo una base y un disparador, que fue el Sarmiento, de Ezequiel Martínez Estrada. Murena reconocía en Martínez Estrada a su maestro, pero al mismo tiempo, escribió, en tanto buen discípulo, se dedicó a desarmar los argumentos del maestro. Más allá de esos argumentos puntuales, que sería largo exponer, tal vez sea más eficaz, al servicio de esta nota, advertir que Martínez Estrada portaba un apellido que falseaba un linaje, como el de todas las oligarquías latinoamericanas.
Murena, que para un oligarca era un cualquiera, lo percibía. Los Estrada, los Gallardo, los Drago, los Mitre y tantos otros falseaban linajes inventados en episodios sangrientos, en descomunales atropellos a la condición humana. No había pasado el tiempo suficiente como para que los rastros de esos crímenes fueran borrados. América era un territorio, según Murena, acosado por un segundo pecado original. Aquí no habían venido, de otro lado, de Europa, los mejores. Aquí habían llegado los codiciosos, los inescrupulosos, los aventureros en busca de tierra y oro. Esa fue la materia prima moral de las clases dirigentes americanas. Antepasados sin freno para detenerse ante la canallada. Sólo a través de operaciones mentales complejas y del abuso del poder, sus descendientes convirtieron a aquellos originarios acumuladores de territorio y riqueza en próceres no sólo para ellos: los elevaron al podio de los próceres nacionales.
“El pecado original de los países americanos radica en el hecho de que fueron formados por seres que entregaban el alma a cambio del oro, y por seres sin alma a quienes sólo movía la voracidad. Todas las superestructuras que han surgido naturalmente sobre él, y las que hemos implementado para taparlo, llevan su impronta. Ese mal de formación, perpetuado por las superestructuras que rigen nuestras vidas, y actualizado constantemente –porque cada inmigrante que llega es un alma que compramos con nuestro trigo– representa la mácula originaria”, escribió Murena en sus Apéndices.
Sara Gallardo, antes de casarse con Murena, había estado casada con Luis Pico Estrada. Los apellidos de la oligarquía suelen tejer esas redes concéntricas que garantizan que los de afuera quedan afuera. ¿Pero qué hay adentro?
Al menos en el interior de esa mujer que recién ahora comienza a ser releída como una de las grandes escritoras de su tiempo, lo que había era horror. Extrañamiento y horror. Una mirada virgen sobre su propio entorno social y familiar la hizo capaz de escribir no sólo Los galgos, los galgos sino también la Historia de los galgos (una versión abreviada y furiosa), en la que el protagonista es un hombre, Julián. Un heredero. Un hombre que hereda tierra. El hijo de un terrateniente.
La prosa de Gallardo surge desde esa herida, la que describe quién fue su segundo esposo. Gallardo no entra en la trampa de su tremenda estirpe. No tiene estirpe. Julián, su personaje, tampoco. Lo que tiene es tierra. Lo que tiene es título de propiedad. Y tiene fobia. Quiere escapar. Hereda quinientas hectáreas que valen poco y va a conocer su reino. ¿En qué otro lugar del planeta, si no en este continente tan extenso y vacío, puede alguien recibir por herencia un reino sobre el que no tiene más derecho que el de una escritura arrancada dos o tres generaciones antes a fuerza de sangre y fuego?
Cuando Julián le cuenta a su mujer, Lisa, una pintora tan ajena a la danza de los apellidos selectos como el propio Murena, que han heredado el campo, ella grita:
–¡Somos dueños de un pedazo del planeta!
Julián se inquieta y no sabe por qué, pero está en lo correcto al inquietarse, porque no cualquiera está preparado para ser estanciero en un país como la Argentina. Después de varias horas de viaje en tren, Julián y Lisa llegan al campo.
–Pisamos tu tierra –dice Lisa.
Y Julián, en la voz del narrador, admite: “Y así descubrí que yo, el que llegaba, era el patrón”. Una frase genial, pasible de ser arrancada de la boca de un personaje de ficción escrito por una mujer con muchos apellidos y con una aplastante conciencia de que no es posible descubrir sin horror que el patrón es el que llega, y no el que vive en ella. Esa frase podría haber sido repetida infinidad de veces en América. “Yo, el que llega, soy el patrón.”

- - -

Gallardo y Murena ya murieron. Pero me pregunto qué verían, qué escribirían, qué opinarían de este país en estos días, cuando después de un período de producción extraordinaria los autazos fenomenales cruzan las rutas, y la negativa a ceder algo de lo suyo hace a los dueños de la tierra, oligarcas o no, reinventar la vigencia de aquel segundo pecado original. El de la avaricia, el de la codicia, el de la ambición sin el tope ni la racionalidad que en otros continentes es de rigor si, además de la tierra y la riqueza, un sector privilegiado quiere también tener nación.

*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-101117-2008-03-22.html

Irak y la crisis financiera: un mismo hilo conductor*

La recesión que asoma en el horizonte de la turbulencia financiera internacional está directamente vinculada con la guerra que los EE.UU. llevó, hace cinco años, al Golfo Pérsico.

*Por Oscar Raúl Cardoso

En el universo de la política las líneas paralelas no existen como en la geometría. Son una aberración cuando parecen estar allí, no la norma. Si uno mantiene la atención descubrirá que antes o después esas líneas convergen siempre, en al menos, un punto de su trayectoria. No hay cuestión -doméstica o internacional- que pueda ser desgajada de otras muchas. Es lo que está sucediendo en Estados Unidos con la guerra en Irak -con cinco años de desarrollo cumplidos esta semana ha durado ya más que la de Secesión y que cada uno de los dos conflictos globales del siglo XX- y la crisis económica planteada en el poderoso sector financiero de ese país. Ambas cuestiones están unidas por un tramado complejo de dinero público y por resultar parte de una misma herencia, la de ocho años de George W. Bush.
Sin embargo, no pareciera ser así. En las encuestas preelectorales de estos días el disgusto que hasta hace poco mostraba la sociedad estadounidense con su desarrollo -y su censura al hecho de que se la iniciara- parece haber cedido en importancia al temor por el futuro económico. Bush y los suyos alientan esta dicotomía, por cierto.
El presidente cree que este es el momento para reinstalar la idea de una victoria posible en Irak y mostrar un descenso circunstancial en la violencia como el resultado de un acierto de su conducción por elevar hace un año el número de efectivos. Y del éxito del nuevo mando del teatro de operaciones que designó, el general David Petraeus.
Es incierto que pueda tener en esto un éxito pleno, pero al menos está esforzándose por reinstalar la idea de que la invasión del 2003 "era necesaria", como dijo esta semana. Y para ello envió por ejemplo a su vicepresidente halcón Dick Cheney a Bagdad a pronunciar palabras de triunfo y beneplácito, aunque lo cierto es que el día en que Cheney pasó en la capital iraquí una bomba mató a unas cincuenta personas cerca de donde él desarrollaba su misión imposible.
Pero veamos los vasos comunicantes entre ambas cuestiones. La Reserva Federal -el banco central estadounidense- ha debido poner a disposición del sistema bancario aproximadamente la mitad de sus fondos (unos 400 mil millones de dólares) para garantizar la solvencia de las instituciones financieras y de ellos empleó ya 30.000 millones para que la banca Bear Stearns pudiera ser adquirida por J. P. Morgan Chase a valor de bicoca. Hace unos pocos meses las acciones de aquella banca superaban los 200 dólares y Morgan Chase las pagó a menos del 10% de aquel valor. La bonanza de Morgan Chase provino de la billetera pública.
Es imposible no comparar estas cifras con otras que, por la guerra, también pesan sobre el dinero de todos los estadounidenses. En un reciente trabajo ("El salario de la paz") publicado por el semanario The Nation, el economista Robert Pollin de la Universidad de Massachusetts calculó el costo hasta el presente de la guerra en el Golfo Pérsico en 522 mil millones de dólares con otros 80 mil ya asignados en el presupuesto para el año en curso. Pollin concluye que la guerra ha sido "un desastre estratégico" para EE.UU., pero advierte también que no ha sido comprendida como "el desastre económico" que también representa.
Su trabajo embiste también contra la idea de que la bonanza que encarnó para la industria armamentista se haya trasladado al ciudadano común. La guerra "mata empleos" dice Pollin porque por cada mil millones de dólares invertido en educación, salud, conservación de energía e infraestructura se crean entre 50% y 100% más puestos de trabajo que cuando se envía la misma cantidad a Irak. Sólo con los 138 mil millones de dólares del presupuesto bélico del 2007 se perdió la creación de un millón de empleos.
Un dato asombrosamente revelador es que el presidente de uno de las empresas del complejo militar-industrial Lockheed, Martin Robert Stevens, gana por año en exceso de 24 millones de dólares, mientras en el mismo período un soldado que combate en Irak no alcanza los 26.000 dólares. Todo se enlaza.
En las últimas semanas hemos leído y escuchado referencias a los antecedentes de la decisión de la Reserva Federal, con abundantes alusiones a la Gran Depresión que arrancó en 1929 y otras al más cercano salvataje en 1998 de un fondo de inversión (LTCM). Pocos recordaron, sin embargo, las
bruscas reducciones de tasa de interés que, bajo la conducción de Alan Greenspan, adoptó la Reserva Federal después del 11 de setiembre del 2001.
Todo pronóstico sugiere que una recesión en Estados Unidos es ya inevitable -discuten su envergadura, no su cercanía- con lo que las cosas se podrán peor antes de mejorar. Algunos economistas dicen que es posible que, en alguna medida, lo actual sea peor que el 29 porque el ingreso real a la Gran Depresión no fue ese año, sino en el período 30/31 caracterizado por la caída de instituciones financieras. No pasará mucho sin que la sociedad conecte las paralelas de su economía y de la insensatez de Irak. Pero aun
así no es seguro que la solución esté al alcance de la mano: la situación generada por la invasión es tal que parece poco menos que imposible que un presidente de EE.UU. -cualquiera sea su filiación política- pueda extraerse de las arenas envenenadas del Golfo Pérsico con facilidad.

Copyright Clarín, 2008.

*Fuente: Clarín. http://www.clarin.com/diario/2008/03/22/opinion/o-03101.htm

MEMORIAS DE UNA ESTRELLA*

*de Roberto Fontanarrosa

Pocas luminarias se encuentran tan relacionadas con los años de oro de Hollywood como Olga Drummer. Es por ello que su próximo libro de memorias, a punto de ganar las librerías, ha suscitado tanta expectativa entre la colonia artística de todo el mundo y entre la multitud de seguidores que Olga siempre tuvo.
Hoy, con 86 años, pero aún conservando su encantado hálito de diva, Olga Drummer acepta recibirnos (rompiendo un silencio de cuatro décadas) y hablar de su esperada publicación.
Periodista: —¿Cuál es el titulo del libro?
Olga Drummer: —El título del libro es "Olga Drummer, una vida entre bambalinas". ¿Le gusta?
P: —Me fascina.
OD: —Creo que es un título sugerente, que explica el carácter del libro pero no lleva la explicación a un nivel tan detallado como para que el lector potencial piense que ya lo ha leído. Allí narro mis memorias. Imagínese usted, querida. ¡Tantos años vividos en los sets cinematográficos! ¡Tantas emociones! ¡Tantos halagos! El encuentro con infinidad de celebridades. En fin: amoríos, triunfos, pequeños escándalos. Y más que nada el reconocimiento a quienes colaboraron, de una manera u otra, en mi carrera artística. ¡Cómo olvidar, por ejemplo, a Eneas Liberattor Grondon, mi descubridor!
P: —Cuénteme algo sobre él, Olga.
OD: —Eneas, como le decía yo, era un descubridor de talentos. Quizás haya sido yo su logro más reconocido, pero a Eneas se deben también las apariciones en el estrellato de figuras como Elmer P. Palmer, Rosita Guerney Lonsten, las cuatrillizas Several o Thomas Eremit Duncan, quien saltara a la fama con aquel recordado comercial de los cereales Papoolok. Incluso el celebérrimo George Levin debe a Eneas el hecho de acceder a primera figura en "Aquellos héroes del Potomac". George, como le decía yo, estaba en una celda de castigo en una prisión federal donde purgaba una condena por adulteración de leche malteada. Eneas logró su libertad bajo fianza para filmar la película. George triunfó en todo el mundo y luego volvió a las rejas. Un año después, la Paramount logró reemplazarlo en la celda por un doble para que Levin saliese y filmase "Un parasol jamaiquino". El alcaide de la cárcel aceptó a cambio de que saliese su nombre en las columnas de chismes del "Star-news".
P: —¿Es así que fue Eneas L. Grondon su descubridor?
OD: —Eneas tenía un olfato especial para detectar talentos. Recuerdo que, veinte años después de que me lanzara a la fama con mi primera película "Los carromatos del Infierno" con Jeremith Mattoso y Edward G. Robinson, nos encontramos en una entrega de Oscars y me dijo: "Linda, yo sé detectar un talento, y estoy seguro de que llegará el día en que tú demostrarás que lo tienes". El era así, un seductor permanente de hombres y mujeres. Nunca olvidaré el momento en que reparó en mí. Sinceramente no sé, ni sabré nunca, cómo lo hizo. Yo trabajaba en Mayci's junto con otras 3.247 muchachas. Aquellas grandes tiendas eran siempre un escándalo de gente.
Creo que atendíamos a millones de personas por día. Para colmo, la fecha que recuerdo era cercana a Navidad, así que te imaginas, querida, lo que era aquello. Eneas había entrado buscando un tipo especial de sacacorchos que había visto en casa del viejo John Ford, emocionándolo hasta las lágrimas. No sé, te repito, cómo fue que reparó en mí. No sólo por la cantidad de gente sino que, además, yo trabajaba en una oficina contable del onceavo piso a la que sólo se accedía por una escalera de incendios, cinco pisos más arriba de los salones de compras. Sin embargo, en un momento dado, escucho que alguien pega un puntapié en la puerta abriéndola violentamente, entra un hombrecillo regordete y semicalvo que no era otro que Eneas, se planta en medio de la oficina ante la sorpresa de la supervisora y de mis compañeras, me señala y me dice: "Tú serás la estrella que domine el firmamento del cine en los próximos 30 años".
Aún puedo experimentar la turbación que me invadió. No me explico cómo Eneas pudo adivinar en mí los rasgos femeninos que llegarían a enloquecer a los hombres de todo el mundo, creando, incluso, una moda, un estilo, el estilo "Olga Drummer". Tú me ves ahora, querida, cercana a los 86 años, pero aún conservando las líneas de una silueta ajustada y no puedes imaginarte lo que era yo cuando tenía 16 años y trabajaba en Mayci's. Pesaba algo más de cien kilos, un acceso de tifus me había provocado pérdida parcial del cabello y cubría los sectores descubiertos de mi cuero cabelludo con trozos de estopa que robaba de la sección: "Utensilios de limpieza". Mi mayor complejo, no obstante, estaba ligado al oscuro bozo, muy rebelde, que sombreaba mi labio superior. Un bigotito espantoso que me daba un aire a Ronald Colman en "El último tchatoga". La lucha por hacer desaparecer ese vello bajo mi nariz me hacía olvidar mi gordura, una verruga pilosa que emergía en mi mejilla derecha y los resabios de una parálisis infantil que había dejado arruinada mi pierna izquierda. El estrabismo, en cambio, era casi imperceptible mirado de lejos. Pese a todo y aunque cueste creerlo, Eneas Liberattor Grondon supo ver en mí la futura star de Hollywood.
P: —¿Conoció usted a Clark Gable?
OD: —¡Oh, por Dios! El hombre más fatuo e insoportable que he visto en mi vida.
P: —¡No diga!
OD: —Un espanto. Tan pagado de sí mismo, con esa mirada como diciendo: "¿Cómo piensas tú, basura, que puedo fijarme en tí?". Un asco de persona, aunque debo reconocer, eso sí, que tenía un encanto muy particular y en el set, bueno, poseía un magnetismo, un "charme", que hacía aparecer a todos sus circundantes como personas grises y sin brillo propio. Era un horrible actor y a mis años no tengo reparos en decir algo que por siempre he ocultado: Gable era un muchacho muy sucio. Realmente sucio. Siempre olía mal. Sus uñas lucían siempre como si hubiese estado cavando una tumba, los cuellos de sus camisas se veían con ribetes negros y llegué a descubrir, una vez, detrás de sus orejas, arena de una película de guerra que había filmado meses atrás.
P: —No se veía así en sus películas.
OD: —Es que los equipos de producción se lanzaban sobre él cuando estaba borracho y lo sumergían por horas en una bañera antes de cada filmación.
P: —¿Bebía mucho?
OD: —¡Hija! Era una cuba. John Wayne era un abstemio a su lado. Llegaba a entrar a los laboratorios para beberse el revelador, que tiene un componente alcohólico. ¿O por qué crees que se mató con su auto al estrellarse contra un camión detenido a la vera de una carretera en Iowa?
P: —¡Cielos, Olga! Tengo entendido que Gable no murió en un accidente de ruta.
OD: —¿Cómo que no?
P: —Bueno, al menos no es eso lo que cuenta la historia del cine sobre Gable.
OD: —¿Gable? ¿Clark Gable dices tú?. . . Oh no. . .No. Tienes razón, querida, no era Clark Gable el que se mató en Iowa. No, por supuesto, el pobre Gable murió tras soportar aquella horrible enfermedad. No puedo recordarlo sin unas lágrimas, tú perdona. Una persona tan sensible, tan refinada. No, el que yo decía, que se mató en Iowa fue August Verner Simson, quien fue mi compañero en "La concuñada del Hombre Mono". Siempre bebió mucho August, eso lo perdió. Se abandonó en su atildamiento personal y eso, tú sabes, es fatal para un artista. Su tercera esposa, Linda, lo dejó por eso un día que August llegó a filmar una escena de "El Príncipe y la Marsopa" totalmente orinados sus pantalones de pana. Linda no me hubiese mentido nunca. Ella también fue descubierta por Simón Gallahan, el hombre que me rescató a mí de una gran tienda.
P: —Olga, por favor, me dijo usted que su descubridor fue Eneas Liberattor Grondon.
OD: —¿Eneas Grondon? ¿Grondon dije yo? ¿Estás segura, querida, que yo dije eso? No, Eneas Grondon era un tío abuelo mío. Aún lo recuerdo, llegando a casa cuando yo sólo tenía cinco años, con un conejo marrón con un moño rojo en el cuello, de regalo. El hombre a quien debo yo mi carrera es Simón Gallahan, sí, Simón o Víctor Gallahan. Creo que su nombre era Simón. De lo que estoy segura es que su apellido era Gallahan, como las galletas Gallahan. Gallahan fue el único crítico en mi larga carrera artística que supo apreciar en mí esa forma oblicua en el mirar, tan seductora. "La diva del mirar esquivo" me definió cierta vez Gallahan, en un festival de Venecia en 1932.
P: —¿Datan de tanto tiempo atrás los festivales de Venecia?
OD: —Tal vez no fuese Venecia. ¿Venecia dije yo? Quizás fuese en el Rodeo de Wichita adonde fui invitada como "Domadora Sorpresa" y me las tuve que ver con un cebú. Yo tenía 18 años y en esa ocasión fui descubierta por August Vernet Simson, un oscuro artista que aún no había tenido ocasión de manifestarse. Te parecerá mentira que aún hoy, con 86 años, mantenga la misma sensación de infinita gratitud hacia aquel hombre. August, como yo le decía, era un certero descubridor de nuevos rostros y había lanzado a la fama a Maureen O'Hara, quien luego se casó con el príncipe Rainiero.
La pobrecita se mató este año en un accidente de autos, como mi adorado Gable, tú sabes. . .

*Fuente: NO SE SI HE SIDO CLARO Y OTROS CUENTOS
EDICIONES DE LA FLOR. 1998

LA REALIDAD, EL LENGUAJE*

El acto de extender penosamente la memoria y la imaginación a unos signos y a unos sonidos que, repetidos, serán su representación, como lo estoy haciendo ahora, aparece cuando somos capaces de hablar de ese proceso, como algo ya instalado e, incluso, cuando ya hemos olvidado, con gran frecuencia,
el esfuerzo que ese logro comportó. Sin embargo, para la historia de la humanidad, ese trabajo confiado al azar de la costumbre y a la urgencia de la necesidad implicó cuarenta mil años de aprendizaje, desde que los cazadores errantes por lo que después sería Francia y España, confiaron a unas imágenes y a unos gruñidos probables la misión desesperada de acercar la comida a las manos que pintaban y a la boca que profería.
Signo y sonido, pese a ello, no hacían otra que iniciar su camino y podemos decir que el hombre no hizo, en su transcurso, otra cosa que poner los pies sobre las pisadas de uno y otro: cuando el vasto universo todavía no albergaba la idea de que sujeto y objeto eran posibles de distinguir, el lenguaje -oral y escrito- se hizo necesario para esa operación, a la que estimo no menos mágica que la atracción de un animal o el alejamiento de un meteoro. Ya entonces, en lo remoto, surgió esa lenta comprensión de la
posibilidad de vocación de lo distante por el solo hecho de nombrarlo y la otra, simultánea, de una vez hecha la evocación, presentarla a la imaginación con todo el poder de simbolización que ésa, su imagen, traía aparejada. Sí, allí está el pez pintado en la proa de las naves egeas que resucitó un vagabundo ciego cuando en su tiempo ya eran lo pretérito; el toro completo y lunar convocado por su sola cornamenta en las terrazas de un palacio de Creta; el perfil negro de la cabra montés en las vasijas del Elam, y el escorpión de oro que, junto al rostro de un antiquísimo adolescente, rey del Alto y Bajo Egipto, son como los primeros palotes de un niño que intentaba así retener los significados que, irremisiblemente, el tiempo arrasaría con sus ignorados autores. Alguna vez, esas imágenes tuvieron su correspondencia en un sonido.
Y para el hombre, esas imágenes y esos sonidos, representación de una realidad inapresable de otra manera, terminarían siendo -aunque se detenga a razonar en ello, no escapará al hechizo del lenguaje, ya que para el mismo razonar necesita del lenguaje- la realidad misma.
La realidad plástica del lenguaje será siempre mucho más moldeada que la otra, aquella que, es probable, a nuestra especie no terminará de revelársele, que ya estará nuestra especie, como tantas otras, en el olvido.
Ella y su engañoso instrumento habrán fracasado en su asalto.
Mientras tanto, nos queda ese propósito y ese destino probable. Un sentido como éste, entre los miles de sentidos que guarda un solo verso, fue tal vez el que hizo grabar en la primera de las doce tabletas de arcilla que representan el Cantar de Gilgamesh, versión escrita quizás de una epopeya oral mucho más antigua, su ignorado autor, gobernante, hombre de armas o sacerdote del injusto dios Enlil:
El fue sabio entre los sabios, penetró los misterios, supo el secreto de cuanto estaba oculto, reveló cuanto hubo en los días pasados, antes del Diluvio.
Su vida fue un largo viaje, aprendió sufriendo...
Con variaciones, estas características asignadas a un héroe son en nuestros días asignadas a los poetas o al menos, eso se espera que obtengan en su largo viaje. Tomás Carlyle dice que los hombres siguen una secuencia de decadencia; son primero el héroe guerrero, luego el profeta, después el escritor. Todo escritor encuentra grata esta ascendencia.
El esfuerzo por alcanzar este sueño de penetrar los misterios y conocer los secretos de cuanto se encuentra oculto, lo realiza el escritor por un camino que es, además, su única arma en el trayecto y también su meta última. Tal es el lenguaje. De su elección del mismo dependerá entonces por dónde quiere llegar el escritor, con qué poder y a dónde. También, su cuándo.
Este, como todos los libros, tiene ya marcado el lugar de su arribo. En otro tiempo era lícito decir que desde la primera línea, por eso sonará demasiado determinista a los desasosegados partidarios de las fórmulas que determinan el valor de lo presente, así que omitiremos nombrarlo. Estimativamente, pienso que ha llegado allí, a ese sector de la realidad del lenguaje, con el lenguaje que debía usar. Como lo hizo el primer libro y como lo hará el último.

*de Luís Benítez
Buenos Aires, invierno de 1987

-Introducción del libro "Obras completas en verso hasta acá", de Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar

La mirada de ese niño*

En la mirada de ese niño
brota infinita tristeza,
su brillo es distinto,
refleja el dolor de la vida.
En sus débiles manos
se posa su cabeza pensativa,
la oscuridad de su rostro
hace temblar mis labios.
Arruga su pálida frente
mientras emite un suspiro,
veo sus brazos desnudos,
tienen huellas de maltrato.
La desdicha lo golpea,
se apagan sus sueños,
no conoce el placer
de las dulces caricias.
La escena me conmueve,
mis lágrimas asoman,
quiero que el amor dibuje
las sonrisas de la infancia.

*de María Griselda García Cuerva. mg_cuerva@yahoo.com.ar

*

Queridas amigas, apreciados amigos:

El domingo 23 de marzo del 2008 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, El milagro de Guadalupe, del San Antonio Vocals Ensemble. Las poesías que leeremos pertenecen a Lina Zerón (México) y la música de fondo será de Indoamérica (Andes). ¡Les
deseamos una feliz audición!

ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!

REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com
Schießstattstr. 44 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067

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