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BITÁCORA DE UN SOCIÓLOGO FRACASADO

30/04/2008 GMT 1

NO TIENEN LUGAR EN SU SOMBRA...

urbanopowell @ 12:30

El Día*

Es un llanto irreversible de cenizas estériles

y consumares de aullidos en vano,

es sólo la palabra muda la que hace

que de pronto no se vea nada.

Las manos temblorosas, la piel fría, desnuda,

la voz ronca y los labios torcidos por esa lágrima quebradiza.

El momento, este momento, pétreo, apasionado en su solo instante,

vacío en hundida melancolía y su pasmo de dolor ínfimo,

su desdeña extravagante y la deseante búsqueda del día siguiente,

devoran la carne, la luz manchada, y dan sentido al silencio.

Escucha, tiene un eco en los cuerpos,

el licor que derrama en la tensión de la exagerada imagen

y la cera que quema, pero ya no duele.

Aquel silencio es inmortal como su propia pasión,

como pasan por debajo sin sospecha alguna

y el intangible abrazo del para qué, el cuándo, el por qué y el dónde

no tienen lugar en su sombra.

Sólo el sustento, tiene la más difícil vocación,

cuando su pronombre y su silencio sobrevivan por mera magia de su sitio,

será el día en que mi para qué, mi cuándo, mi por qué y mi dónde,

caigan bajo mi lengua y el tiempo robado,

será el día en que yo muera,

el día

en que yo haya amado.

*De Jenny Levine Goldner. jenny_offline@yahoo.com

NO TIENEN LUGAR EN SU SOMBRA...

El grifo*

Ya llegó de nuevo la terrible noche. Vuelven los fantasmas del insomnio, vueltas y más vueltas en la cama y el maldito goteo de este grifo que no hay forma de cerrar. Clinc...clinc....clinc... Suena monótono y terrible mientras va horadando mi cerebro agotado por la falta de sueño.

Cada noche me meto en la cama con la esperanza de poder dormir y el grifo sigue con su monocorde goteo, sin detenerse, sin pausa, sin tregua. Empiezo a estar desesperado y cada vez creo menos esas informaciones sobre las inminentes restricciones de agua.

*de Joan Mateu. joan@cimat.es

Miércoles, 30 de Abril de 2008
Aborté*

Por Liliana Mizrahi *

"Desconfío de esa gente que conoce tan bien lo que Dios quiere que ellos hagan. He notado que coincide con los deseos personales que tienen."
Susan Anthony, sufragista norteamericana, 1873.

Lo hice, hace más de 30 años. Yo era muy joven y tenía dos hijos pequeñitos.
Estaba recién separada. Ese embarazo no fue buscado, ni esperado ni deseado.
Fue un accidente. Era "algo" que me había pasado azarosamente y con diafragma. No sé si en algún momento pensé en tenerlo, era muy claro que no quería/no podía y no debía. Llamé a mi médico ginecólogo que era un "doctor-profesor". Muy fríamente (acusatoriamente) me dijo que me iba a
sacar del trance. Me dio una dirección por la calle Junín, cerca de la avenida Santa Fe. Era una casa muy vieja, con una altísima puerta de madera.
Me abrió una mujer vestida de blanco que, sin mediar palabra, me llevó a una habitación donde había un camastro con una frazada marrón y una camilla ginecológica vieja y una palangana amarilla en el piso. Después vi una mesa con los instrumentos para la intervención. No se oía una sola voz. No me sentía bien. Me acompañó el amigo que había contribuido al embarazo. Volvió la mujer de blanco y me indicó que me sacara la ropa y me pusiera una bata blanca. Me acosté en la camilla cubierta con un hule blanco y frío. Con mucho malestar abrí las piernas. Sin golpear ni pedir permiso, entró un joven que venía a cobrar los honorarios del doctor-profesor, me dijo que no podía aceptar mi cheque porque ahora yo estaba separada. ¡Encima eso!
También era sospechosa de insolvencia. Me sorprendí, no me alcanzaba el efectivo, le di todo lo que tenía y le prometí llevarle el resto a su consultorio, a la tarde. Aceptó. La mujer-enfermera me inyectó algo y me dijo que iba a dormir, que contara hasta 10. Me desperté en el camastro, la palangana no estaba y no vi nada, no había nadie, las paredes eran amarillas. Me quedé un rato mirando los zócalos. No era cierto que no había nadie, miré bien y había varios camastros con mujeres recostadas con rostro
de dolor y malestar. Rostros grises y ojeras opacas. Todas sangrábamos en un espectáculo de gemidos. Abortar es espantoso, no hay quien me desmienta.
Algunas mujeres intentaban levantarse. El dolor moral es fuerte. Finalmente me pude levantar y me vestí. Tenía las piernas apretadas y sentía dolor en el bajo vientre. Mal, mal. Salí, mi amigo estaba sentado en la sala de espera. Le pregunté si me iba a ayudar a pagar esto porque no me alcanzaba
el efectivo, me dijo: "Es un tema tuyo". "¡Ah! a vos no te está pasando nada", pensé. Todo era sórdido.
Nunca vi a mi médico en todo ese tiempo. Me dejó dicho que vaya a su consultorio, lo hice, le pagué un par de miles de pesos, y me comunicó que me había colocado un DIU, algo que recién salía a la venta, no se sabía mucho porque estaba en una etapa experimental, era una prueba, me confesó que él mismo no estaba seguro que fuera lo mejor para mí. Y me lo cobró como si fuera de platino. Otra vez no me había consultado, ni siquiera me había avisado, informado, no me preguntó nada, hizo lo que quiso. Se sintió con derecho a decidir sobre mi cuerpo, como si se tratara de algo que le pertenecía, como si yo no tuviera nada que ver.
Treinta años después, los varones siguen creyendo que pueden disponer sobre el cuerpo de las mujeres. Se sienten con prestigio moral, están convencidos de que tienen autoridad. Penalizan el aborto porque creen que pueden legislar sobre algo que ellos creen que las mujeres no podemos ni sabemos controlar. Y muchas mujeres, muchas, creen que los varones tienen razón y les reconocen autoridad y prestigio. Nos tutelan como si fuéramos hijas bobas, menores de edad, sin capacidad de decidir, sin conciencia, sin poder elegir y sin poder tener un control infalible sobre la propia capacidad reproductora. Es un tema nuestro (como dijo mi amigo). Se trata de nuestra libertad, de nuestro derecho para decidir nuestras maternidades... pero todavía los que deciden son ellos. ¿Qué hacer?
Me fue muy mal con el DIU, hemorragias y hemorragias. Un día fui al consultorio por ese tema y sin avisarme, sin anestesia, sin ninguna dilatación me arrancó el DIU con tanta fuerza y tan inesperadamente que vi estrellas de colores brillantes y casi me desmayo. Tuve una alucinación como
en luces de neón que decía: "El retorno de lo reprimido", S. Freud. Lo recuerdo perfecto. Y ahí comprendí: a este tipo le volvió el odio. Este tipo odia a las mujeres, está vestido de "doctor-profesor", cree que es un patriarca, tiene algunos gestos paternalistas ¿pero quién se cree que es? ¿Dios? Otra vez no me avisó, no me informó ni me explicó nada. El decidió que las cosas eran así. Me castiga porque me separé, porque me embaracé, ahora me lo saco y no acepta mis cheques. ¿Quién es este señor? Nunca más volví. Pensé: la que pone el cuerpo soy yo y mi cuerpo es mío. Cuando llegué a la calle me tiré casi desmayada en la vereda, estaba en Pueyrredón y Juncal.

* Psicóloga, poeta y ensayista, autora de, entre otros libros, Mujeres en plena revuelta y La mujer transgresora.

-Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-103343-2008-04-30.html

LA OCTAVA MARAVILLA*

*De Vlady Kociancich.

3

El título de abogado me llegaba con la revelación de que a menos que me abriera paso como un tigre en la jungla de la muchedumbre colega, sería un simple esclavo de oficinas jurídicas, tan mal pago como la secretaria que me llamaría doctor y mucho más aburrido que ella.
La esclavitud y el sueldo de miseria me importaban muy poco. Me asustó el tigre que la sociedad me imponía. Y no hablo, por favor, de otra sociedad que la que verdaderamente molesta: la del prójimo. Padres, tíos, amigos, novia, esa batida ululante que abre camino en la maleza, acorrala la fiera y luego se hace a un lado y espera que el cazador acierte el tiro.
La actividad de mi compañía nativa empezó cuando cursaba las últimas materias. Aturdían los tambores: «Y cuando Alberto se reciba». Pues bien, el abogado de prestigio, el triunfador, el héroe, preso en la carpa del talento que lo exiliaba de ser un muchacho cualquiera de Villa del Parque, lo condenaba a jugarse la vida cotidiana en astucias menores, pensaba, estremeciéndose, en su clara incapacidad para estar a la altura de una épica tejida con cadáveres de clientes y de colegas.
Si hay duda, siempre es mejor callarse.
Una noche en que volvíamos del cine con Victoria, tuve la mala idea de preguntarle:
–¿Qué pasa si no me recibo?
Caminábamos por calles generosamente oscuras, entretenidos en la dificultad y el corto éxtasis de besos dados en plena marcha, y si recuerdo con tanta nitidez mi pregunta es porque la respuesta de Victoria la cristalizó.
–Imposible.
Me detuve bruscamente. Victoria, enredada en mi abrazo, casi cayó hacia atrás.
–¿Por qué imposible? –grité–. ¿Y si me aplazan en los exámenes?
Victoria era menuda, más bien baja (nunca me gustaron las mujeres altas), y con veinte años ya cumplidos y el título de maestra normal, conservaba intactos el temperamento y los modos de una niña. Ahí estaba precisamente su mayor encanto, en el notable divorcio entre forma v contenido. Ya extraída de un molde maravilloso de sensualidad, carne, piel, curva y ángulo, ni un solo trazo a dibujarse en la pequeña obra maestra de su cuerpo y sin embargo, pura e inalterable persistía en la mujer el alma de la niña. Siempre guardaría, para enamorarme a mí y, ay, a otros hombres, todo el dogmatismo, la astucia y la brutalidad de una chica de diez.
Los plátanos de la vereda marcaban una segunda sombra sobre nosotros, apenas si le veía la cara. Antes de hablarle, la besé. Una manzana arrancada tempranamente del árbol, mi Victoria: tersa, fragante v dura.
–¿Por qué imposible? Tenés que ver la cantidad de aplazados que hubo este cuatrimestre.
La suya era una mente, si bien restringida, lógica. Contestó:
–Medalla de oro en la primaria, medalla de oro del Urquiza. ¿Quién te quita la medalla de oro de la Facultad?
Y agregó, impaciente:
–Mamá me está esperando levantada. Vos sabés que nos tienen calculado el tiempo.
A veces sospecho que las peores cosas de mi vida me suceden porque así como hay personas que carecen del sentido del olfato o del gusto, a mí me falla el instinto de sincronización. De modo que en vez de aguardar una ocasión a todas luces más propicia que la vuelta del cine, con la señora madre en la otra punta del camino y mirando el reloj, insistí:
–Escuchame, Victoria. Por favor. Ya me he estado preguntando qué pasa si no me recibo. Si no, fijate bien, es una suposición, si no ejerzo de abogado. Porque últimamente, creéme, siento que no voy a ser un buen profesional. No el que vos y la familia esperan.
Frunció el ceño; pensé que reflexionaba. Continué:
–Supongamos que apruebo los exámenes, que me recibo. ¿Y después? Nos casamos. ¿Y qué vida tenemos? Yo todo el día afuera, trabajando como loco para ganar plata, para comprar la casa-quinta y el auto, y vos sola, aburrida, esperándome, hasta que yo llego medio muerto, sin ganas de nada, tal vez furioso.
–¿Qué tiene de malo la casa-quinta? –me interrumpió, alarmada.
Uno de nuestros sueños de novios era una casita en el Tigre.
La tranquilicé:
–No es por la casa-quinta. Se trata de otra cosa.
La expliqué que de sólo imaginar una vida de constantes decisiones me daba náusea y vértigo. Que la misma desidia que me llevaba rectamente a la medalla de oro sería la causa de mi fracaso como profesional. Que mientras ella me veía rico o famoso, yo me veía convertido en un abogado de tercera, trotando por los tribunales, perdiendo pleitos y acumulando honorarios impagos.
–Para esa vida de peleas, soy un cobarde.
Me escuchaba con tanta atención que, arrastrado por mi propia elocuencia, pasé a describir mi modesto, anhelado paraíso. Casarme con ella; ayudar a mi padre en la carpintería; comprar una casita en Villa del Parque y también la casa-quinta en el Tigre; nada de autos, de viajes a Europa, de cansadores lujos, que imponen tantas obligaciones, tanta gente aburrida. Victoria y yo, Villa del Parque, nuestros hijos.
La excitación, el tiempo que apremiaba, la madre suspicaz esperando en la puerta, me empujaron a farfullar esta cursilería:
–Tengo una sola ambición, Victoria. Decir, como Ulises, que mi nombre es Nadie y empezar por el final feliz. No salir de Itaca, ahorrarme las batallas y los viajes.
Por si acaso, aclaré:
–Itaca es Villa del Parque.
He dejado de escribir. He ido al dormitorio y he contemplado el retrato de Victoria en un estado de agitación muy similar al de aquella noche. Tan solo, tan incoherente como entonces. A la cara hoy extraña de la fotografía le he reprochado, tal vez injustamente, porque me siento abandonado por todo lo que me era familiar y querido:
–¿Qué te costaba? Me hubieras ahorrado el viaje a Berlín ese sueño y esta pesadilla. ¿Qué te costaba, Victoria? Era tan fácil.
¿Lo era?
En el fondo de nuestras expectativas hay un libreto que nunca respetan los autores. Ya me parecía oír, desde la doble sombra de los plátanos, la voz aniñada de mi novia recitando una letra común al cine de la época, a la película que habíamos visto esa noche y que la había hecho llorar a mares. Victoria diría: «Tenemos una vida por delante. Será feliz mientras estemos juntos, amor mío......
Victoria dijo:
–Imposible.
La tomé del brazo y la arrastré a un claro entre las hojas por donde pasaba, débil y trémula, la luz del farol de la calle. Le puse una mano bajo el mentón, alcé el bonito rostro hacia mi cara, que sentía dura por el esfuerzo de ocultar la decepción y la única recordada furia que me provocaría Victoria en largos años de amor y desencuentro. Inciertos puntos amarillos le salpicaban la frente y las mejillas, pecas de luz, que falseaban la limpia belleza de su piel.
–¿Por qué imposible? –susurré, ahogándome, desesperado y terco.
Estaba loco por ella y con razón; mis amigos me la envidiaban y con razón. Era hermosa, despreocupada, alegre.
Abrió enormes los ojos, sabía que me gustaban tanto. Despreocupadamente, alegremente, contestó:
–Porque te quiero mucho.

4

Necesito hablar de Victoria y sin embargo me disgusta hacerlo. Más que cualquier otro sentimiento humano, el amor es una cosa del presente. Y yo un cobarde. El miedo me vuelve cuidadoso. Hay una explicación para todo, me digo. Pero no la encuentro. Paradójicamente, sobran las explicaciones. Ninguna me conforma y en el fondo de la papelería de buenas razones, intuyo otra que no sólo no es buena sino que nada tiene de razonable.
¿Es posible que yo, Alberto Paradella, el hombre más sensato del mundo, pueda volverme loco?
Escribo con bastante serenidad, pero cuando me aparto del papel, dejo de creer que soy el que soy, ya no me pertenezco, no pertenezco a nada ni a nadie. Todo lo que me rodea parece extraño y hostil. La casa, ajena. El jardín con palmera, siniestro.
Entonces, sin pensar, llevado por un impulso del que me arrepiento en seguida, hago cosas de chico o de borracho. Marco el número de la casa de Victoria, donde vive con el hombre por el que me dejó.
–Hola.
La voz del marido de Victoria. Ronca, malhumorada. Es natural, porque no respeto la hora –tengo todo el tiempo del mundo, la eternidad del insomnio– y deben ser las tres o las cuatro de la mañana.
–¿Puedo hablar con Victoria, por favor?
–¿Qué?
–Por favor. Cuestión de vida o muerte. Déme con Victoria. Prometo no hablar mucho, un minuto nomás.
Murmullos sofocados, una exclamación. El teléfono está junto a la cama. Dios. Al fin, Victoria.
–Hola.
–Victoria, soy yo.
–¿Pero quién habla?
–Alberto.
–Alberto qué.
–Alberto, tu marido, Alberto Paradella, yo, soy yo, Victoria.
–¿Cómo? Pero ¿qué dice?
Ah, finge asombro, me niega.
–Victoria, no es el momento de jugar. Tengo que hablar con vos. Tengo que verte. Por favor.
La voz del hombre, muy próxima –quizá tenga la cara pegada a la de Victoria para escuchar– exclama: «¿Quién es?».
–¡Y qué sé yo! –contesta la inconfundible voz aniñada de Victoria, con una irritación que me alegra porque está dirigida a él.
Furiosa, se defiende:
–Escuche, yo no conozco a ningún Alberto Como-se-llame. Voy a colgar. Y no se le ocurra molestar de nuevo.
El hombre, ¿es tan celoso o de tan buena imaginación que la obliga a negar a un marido que ella misma abandonó?
–Por favor, Victoria, no cuelgues. Tengo que verte y explicarte. Vos sos la única que...
Antes del clic me alcanzan las atroces palabras de mi mujer al otro.
–Un chiflado, un borracho. Andá a saber.

(CONTINUARÁ)

*Fuente: http://www.literatura.org/Kociancich/vkocta.html

-La Octava Maravilla. Seix Barral. Biblioteca Breve-

No te cambio*

*Alejandro Filio.

Compañera, si me alejo un día,
una tarde, una mañana, un junio,
solo es momentánea la partida
no te escribo en despedida.
porque no levanto un muro

Llevo tu cintura bajo el brazo
brilla cada nota en cada aplauso.
Cura una canción cualquier ausencia
y aligera la impaciencia
de regreso hasta tu abrazo.

No te cambio por un verso,
una voz, una palabra,
eres parte de este intento
de estas manos, de esta causa.
Y no vale una tonada
más que el tono de tu cuerpo
cuando cae sobre la almohada
la tormenta de tu pelo.

Compañera, si despiertas una,
piensa que uno somos en silencio,
es la soledad buena fortuna
cuando brilla entre la espera
de quien prometió regreso.

No es esta verdad antagonismo
contra la verdad que nos ampara
no hay rivalidad, no existe el abismo
entre métricas y ritmos
y mi boca por tu espalda.

*Fuente: http://www.trovadores.net/nc.php?NM=1120

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