DEL ESTAR DESNUDO EN UN MUNDO DE HARAPOS...
Alquimia*
En esta alquimia extraña / de los sueños
recurrí de nuevo a la esperanza
¿dónde se pierden tus pasos?
¿dónde comienza el hastío?
No parece que fuera redundante
la frase del cielo sin ojos
sin embargo
siguen cayendo niños / sin estrellas
del párpado del mundo.
El miedo es un cencerro / que se agita
en cada lágrima-palabra repetida
y aunque finjas soñar
o aun estar muerto
la realidad no es más que una utopía.
Las tijeras de la gloria
recortan tu humanidad
desde el presente / fatal simulacro
de reconocer los límites.
Mis pasos resuenan / entre nubes
de una vereda alcohólica y demente.
¿Qué queda de mí / sin la alegría
de estar desnudo
en un mundo de harapos?.
*Dante Schettini. dante.sch@gmail.com
DEL ESTAR DESNUDO EN UN MUNDO DE HARAPOS...
LA CASA GANA*
En China el juego era el juego de una ronda de hombres acuclillados en el polvo, apostando por piedritas, pájaros peleadores, cartas, dados. Una ronda de hombres que apostaban muchas veces el trabajo de sus mujeres en los arrozales, la comida de sus hijos. Forma parte de la literatura china la desgracia de los hombres intentando recibir fortuna de los dioses, y consiguiendo la destrucción de su vida y la de su familia.
Pero era un negocio pequeño ese el de la ronda de hombres en el polvo con sus monedas entre los dedos. Ahora llegó la civilización para ayudarlos a que el fracaso adquiera proporciones épicas.
Están prohibidos los casinos en todas las ciudades de China, salvo en Macao. En Macao, entonces, se construyeron las ciudades del juego. Enormes, inabarcables, aterrorizantes edificios calcados de los que al otro lado del mundo iluminan la noche en Las Vegas. Faros que atraen polillas que se achicharran en la lámpara.
Y llegaron las desnudistas de piernas largas, para que los chinos puedan apreciar las pieles doradas, los cabellos rubios, la estatura de esas mujeres de California, de Texas. Para que aprendan, los chinos, a despreciar a sus mujeres, avergonzarse de ellas que lucen tan espantosa, tan irremediablemente orientales. Y llegaron los espectáculos de travestis para sacudir un poco tanta tradición, y los auditorios gigantescos se ocupan para cantantes extranjeros, a veces para cantantes chinos que hacen, cómo no, música occidental.
Una mujer china se ocupó de las compras para la construcción del casino “The Venezian”. Con una enorme sonrisa y orgullo, decía a la cámara que ella gasta el dinero como si fuese propio, lo menos posible, lo más barato que se pueda conseguir sin bajar la calidad. Y dijo, la ejecutiva china, que por suerte el trabajo sigue siendo barato en China, que un mes de trabajo de un obrero chino equivale en dólares a una hora de trabajo de un obrero en EEUU. Sonreía con su cara chata y sus ojos rasgados, sonreía con el cabello negro y lacio. Sonreía mientras sus amos la desprecian unánimemente y sus compatriotas se siguen hundiendo en la miseria de la pérdida de la dignidad.
No fue un pueblo que haya tenido una vida simple y fácil. Explotados por los japoneses, por sus amos feudales, siempre en una subsistencia paupérrima. Pero al menos no tenían que avergonzarse de sí mismos. Escuchaban ópera que hablaba de ellos con su propia melodía, se pintaban las caras con las máscaras de los antepasados.
Acuden en tropel a los casinos con sus billetes doblados, con las monedas sonando en los bolsillos, las bocas abiertas frente a los frescos de los techos, cielorrasos altos, tan altos que es imposible. Pinturas enormes, brillantes, frescos falsos en los techos, frescos de papel fotográfico, cuentitas de colores para los nativos.
La ejecutiva china sonreía a la cámara, los ojos y los labios pintados, vestida con un trajecito sastre. Qué horrible máscara, qué espantosas vestiduras. Les dará a sus hijos, al llegar a casa, el beso del traidor.
*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com
LA OCTAVA MARAVILLA*
*De Vlady Kociancich.
12
-¿Vamos?
De pie frente a mí, alta, rubia, tan bella, la cartera en la mano, la lenta sonrisa en los labios. Sentí un golpe de pánico.
Me ha asegurado que volverá. Una y otra vez lo repitió, sin irritarse ante mi insistencia. Igualmente he tomado recaudos, como el detective con el sospechoso al que debe dejar en libertad. Vive en Villa del Parque. Tengo la dirección de su casa y también la de la perfumería donde trabaja. La pobre chica, con una paciencia admirable, me dictó el nombre letra por letra, ya que me resisto a aceptar que se llame Alicia Martínez.
Es lo menos Alicia Martínez que uno pueda imaginarse. En la punta de la lengua tengo el nombre para esta mujer, pero no logro articularlo. Supongo que se trata (en el mejor de los casos), de esa manía de rebautizar que ataca a los enamorados, como si ofendiera el uso de un viejo nombre en una nueva situación amorosa.
Alicia Martínez. Es curioso cómo pronuncia alicia. suena Álicia, el acento sobre la primera vocal. Mis ganas, espero, de que su singularidad física se extienda al nombre. Porque a veces oigo el saltito, la arritmia, y otras no.
Cuando uno trata de escribir sobre sí mismo, descubre que la emoción más honda convive con una cantidad de pavadas. El terror que sentí cuando dijo "Vamos" lo produjo, por supuesto, la inminencia de su partida. Pero también, a qué negarlo, la visión de Alicia Martínez en el living de casa, preparada para salir.
Tenía puesta la misma ropa del viernes. Lo deduzco porque de la estación vinimos directamente aquí, aunque algo caminamos, no mucho, por el barrio, aunque quizá entramos en un café. Yo estaba demasiado perturbado por el encuentro para fijarme en su vestido. Luego, todo el fin de semana trnscurrió entre estas cuatro paredes y ella no me acompañó cuando fui a la rotiseria en busca de comida y de una botella de vino. Además, con esa perezosa languidez que me conmueve tanto, que en ningún momento sugiere vanidad y menos todavía impudor, estuvo casi siempre desnuda, sólo se cubrió una o dos veces, echando mano de la sábana, para somarse al jardín, que parece atraerla de un modo especial, porque lo mira absorta, como si buscara a alguien ahí abajo y la defraudara encontrar lo único que hubo en estos días: verde y silencio.
Ahora, lejos del impacto de nuestro encuentro en la estación, la vi por primera vez. quiero decir que la vi como la verían otros en la calle.
El vestido era de una tela muy fina, de color celeste, seguramente apropiado para un verano de Buenos Aires, sin hombros, sin breteles, con una falda amplia y -como diría Victoria- vaporosa. Realmente la envolvía como una especie de vapor, ya que la ligera corriente de aire que entraba por la ventana abierta, lo hacía temblar y despejarse y adherirse, en suaves movimientos de traslación alrededor del cuerpo. Una nube celeste. Debajo de la nube no había nada, salvo ella misma.
Me pregunté cómo habíamos llegado de Villa del Parque sin provocar un escándalo. Me pregunté cómo llegaríamos a Retiro. Estaba a punto de rogarle que se cubriera con algo, cuando preguntó, inocente, femenina:
-¿Estoy bien?
Su voz me llega adelantada o con retraso, como esas películas checas, polacas, rusas, tan mal traducidas que el texto nunca se lee en la escena que corresponde.
-Estás perfecta -murmuré, inseguro.
Tenía media cuadra para llegar al coche. La recorrí como un ladrón, con Alicia Martínez de mi brazo. Sin embargo, ninguno de los vecinos la miró dos veces.
-Qué tal, doctor.
la cabeza baja, agité la mano una cuantas veces, irritado por el inevitable doctor. Oyen la máquina de escribir y deciden que en mi departamento trabaja un abogado. No he podido ni convencer al portero de que ahora me gano la vida como periodista. Me confunden con el abogado del quinto, un hombre viejo e inválido, de rotundos bigotes grises, sombrero de fieltro y chalina, que transportan a su estudio cada mañana, milímetro a milímetro, dos muletas y dos hijos fuertes. Del fondo del pequeño cuerpo de títere, una voz ronca, de hierro, me saluda cada vez que lo cruzo en su heroica trayectoria de caracol: "Buenos días, doctor". Hasta él me confunde con él.
El chico de la playa de estacionamiento, que piropea todo lo que pasa o merece, siquiera genéricamente, la denominación de mujer, se portó como un caballero, me acompañó hasta el auto haciendo las preguntas de costumbre, que tienen que ver con mis viajes al extranjero y su necesidad de consejo sobre el tema. Siempre está por viajar. Esta vez, inquieto ante la diáfana presencia de Alicia Martínez, le contesté ásperamente.
-Entre Mar Chiquita y Lobos, tu mejor elección es berlín.
-No me cargue, doctor, que le hablo en serio.
La muchacha ya estaba a cubierto en el auto. Me dí vuelta para mirar al chico.
Tendrá unos cinco años menos que yo, pero en el barrio le decimos el chico. Y está bien, no ha dejado de serlo, no lo imagino viejo, se ha instalado en el límite de la infancia, crecido y sin maduración, como la casilla de la playa de estacionamiento donde pasa su día. Es flaco, desgarbado, de piel amarillenta, tiene el pelo lacio y negro, demasiado largo, demasiado brilloso, peinado hacia atrás y sin raya, que forma una rampa curva sobre el cuello de una camisa no muy limpia.
Es alegre y parece feliz. Me ha ayudado a cargar tantas valijas, me ha despedido tantas veces, me ha recibido y preguntado, sin ninguna timidez, dónde estuvo, cómo le fue, que a la larga, sin contacto alguno fuera de esa playa y esa vereda, ha logrado que me sienta menos solo cuando me voy y cuando vuelvo. A la larga, somos muy amigos.
-Perdoname. estoy en contra de los viajes, sabés.
Sacudió la melena, se echó a reír a carcajadas.
-Ahí estuvo genial, doctor. Dele nomás que hay aire para que salga su catramina.
Dos cosas me irritan en el chico. Una, no consigo que me tutee y así me obliga a ese desagradable tic porteño del voseo al mozo, al chofer, al cadete de la oficina, obligados a tratarte de usted. Otra, que llame "catramina" a mi coche y se ofenda porque no he comprado un modelo nuevo y lujoso. Pero ni una palabra, ni un guiño, por Alicia Martínez. Me sorprendió, lo agradecí.
En Retiro, profundamente aliviado ante la indiferencia de la gente, me dije: "Soy yo el que exagera. Veo más ese cuerpo porque lo conozco mejor. No era para tanto".
Mi preocupación (una prueba de la capacidad que tengo para distraerme con tonterías), desapareció mientras esperábamos el tren. Y fue inmediatamente reemplazada por la angustia de la despedida.
le hice jurar que me llamaría por teléfono a la tarde, que nos veríamos esa misma noche, a las nueve. Llegó el tren, se detuvo, bajó la gente, subió todo el mundo y yo aún la aferraba de un brazo y suplicaba. Miró el reloj.
-¿Qué pasa? ¿No vas a venir?
Sonrió a su modo: lentamente.
-No nos separaremos nunca -dijo al fin.
Debí alegrarme. En cambio, me sentí extrañamente triste.
Durante un segundo, las palabras que prometían una eternidad junto a ella, me recordaron esas tumbas del cementerio que nadie visita, esa lápida de un muerto que nadie reconoce, y en ella el texto claro, pero sin sentido, que nadie lee.
De puro hábito, fui a la oficina. La encontré medio desierta, porque era muy temprano. Alguna cara de día lunes me miró sorprendida y preguntó:
-¿Qué hacés aquí?
En la confusión de este fin de semana, había olvidado que estoy de vacaciones.
-Vine a buscar el material para la nota de la ITB.
La ITB es la International Tourism Bourse de Berlín. Recogí las gacetillas, los folletos, las fotografías y me volví a mi casa.
Ahí está el sobre, aún cerrado, en una punta de mi escritorio. Toda esa información inútil. La nota está hecha y entregada. Aunque este año no he asistido a la ITB, da lo mismo. La ceremonia se repite con pocas variaciones. Di esa excusa para no viajar a Berlín.
¿Y si me equivoqué? ¿No estaría protegido ahora por la distancia? ¿Acaso la locura de esos congresos de turismo no es una hojarasca en la que cualquier hoja individual de locura puede ocultarse sin esfuerzo? Miro el sobre. Contiene una realidad tranquilizadora -la ITB- y una ciudad concreta, Berlín. ¿Por qué no fui?
porque cuando me propusieron el viaje no había tenido ninguna noticia de Vida y Obra de Francisco Uriaga y tampoco había encontrado a la muchacha.
*Fragmento de La Octava Maravilla. Seix Barral. Biblioteca Breve-
Domingo, 11 de Mayo de 2008
UNA ENTREVISTA CON LEON FERRARI QUE EXPONE UNA MUESTRA ANTOLOGICA EN EL CASTAGNINO
"Los nazis no pintaron sus crímenes"*
León Ferrari es un artista que toma posición ante los hechos de la realidad y que funda sus prácticas en un punto de partida ético. Su obra constituye un desafío a la mirada cómoda.
El año pasado, el artista fue galardonado con el premio más importante de la 54º Bienal de Venecia.
Por Beatriz Vignoli*
El pasado martes, en una inauguración multitudinaria, quedó abierta al público en el Museo Municipal de Bellas Artes Juan B. Castagnino (avenida Pellegrini 2202) la muestra León Ferrari. Antológica. Allí, hasta el domingo 29 de mayo, se exponen, junto al vasto conjunto de obras de León Ferrari fechadas entre 1976 y 2007 que fueron reunidas en el marco del programa de incorporación de obras del Museo Castagnino+MACRo, una selección de obras pertenecientes en su mayoría a la colección del artista, que han sido elegidas por su vinculación con las del patrimonio. Figuran entre otras piezas: Los famosos Juicios Finales, una serie de maniquíes, esculturas de alambre, algunos poliuretanos, un conjunto de Relecturas de la Biblia, brailles, una pieza del grupo de los Mimetismos, una selección de botellas y varios objetos. Esta exhibición es la primera antológica de carácter retrospectivo que se hace en Rosario sobre Ferrari. La curaduría estuvo a cargo del equipo curatorial Castagnino+MACRo, con la asesoría de Andrea Giunta y Liliana Piñeiro. Ausente con aviso, Ferrari no vino: "Estoy viejo y cansado", declaró desde Buenos Aires en una entrevista telefónica exclusiva a Rosario/12, la única que concedió en esta ocasión.
Lúcido y sin pelos en la lengua, el ex participante de Tucumán Arde fue consecuente con el título de aquel manifiesto firmado con otros hace 40 años: "Siempre es tiempo de no ser cómplices". León Ferrari es un artista que toma posición ante los hechos de la realidad y que funda sus prácticas en un punto de partida ético. Su obra constituye un desafío a la mirada cómoda. Es una condena de aquellos valores occidentales que justifican la tortura, la destrucción de culturas y la invasión contra el diferente, ya que, como afirmó Walter Benjamin, "no existe ningún documento de civilización que no sea al mismo tiempo un documento de barbarie". Para interpelar al público, Ferrari acude al legado de las vanguardias históricas. Recupera la rica tradición del montaje de imágenes cultivada, desde distintos fundamentos de valor, por las vanguardias rusas posrevolucionarias, por el dadaísmo y por el surrealismo. Así, construye un arte del montaje y del recorte, de la apropiación y el reprocesamiento. Recorta formas culturales y las vuelve a presentar en otro contexto. Utiliza la forma en tanto herramienta cognitiva y perturbadora.
El año pasado, el artista fue galardonado con el premio más importante de la 54º Bienal de Venecia. El premio, como apunta Nancy Rojas en el texto del catálogo, "resignificó una etapa que abarcó una serie de conflictos sociales, judiciales e institucionales, surgidos en el marco de su muestra retrospectiva en el Centro Cultural Recoleta, curada por Andrea Giunta en 2004".
"Entraron y rompieron obras", evoca Ferrari refiriéndose a los desmanes cometidos en aquella muestra por fieles de la misma religión católica cuyos representantes declararon luego que las obras "provocaban" a la violencia. "Mientras uno se queda quieto ante los disparates que dicen en la misa, ellos en cambio se metieron a rezar. Demostraron que son intolerantes". Cabe recordar que aquella exposición fue censurada y vuelta a abrir. En el expediente que decidió la reapertura (y que puede leerse y bajarse completo en leonferrari.com), el Dr. Horacio Corti hace una defensa ejemplar de la libertad de expresión, y por supuesto de la muestra. "Estuvo muy bien él", recuerda Ferrari. "Es un texto para tener en cuenta en todo lo que se refiera a la libertad de opinión".
Pero Corti termina su alegato con una sorprendente "segunda reflexión" sobre la obra más célebre de Ferrari, "La civilización occidental y cristiana" (1965). Dicha imagen de un Cristo crucificado sobre un bombardero yanqui, un manifiesto visual construido mediante un montaje escultórico que aludía directamente a la guerra de Vietnam, fue presentada ese año en el marco del Premio Nacional Di Tella pero no pudo ser exhibida en aquel momento, dada la autocensura del artista a instancias del curador, Romero Brest. En un típico destino de ready made vanguardista (ocultada en su origen, objeto de narraciones y al fin icono desmaterializado) el Castagnino la reproduce en innumerables afiches que el público rosarino puede llevarse a casa por sólo 5 pesos. Escribió Corti en el mencionado expediente del 27 de diciembre de 2004, caratulado Asociación Cristo sacerdote y otros contra el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires sobre otros procesos incidentales, que la obra "puede verse como una crítica cristiana a la civilización actual, o a los aspectos mortífieros (y crueles) en la sociedad. Según esta lectura, es Jesús mismo el que es una y otra vez crucificado por las acciones crueles de hoy. Allí cuando un avión ataca con crueldad la vida humana, allí está Jesús sufriendo una crucifixión. [...] Se estaría ante una crítica cristiana a la sociedad actual, que en general se dice cristiana, pero que quizás, según esta visión, lo sea menos de lo que pretende".
-¿Está usted de acuerdo con esta opinión?
-Es una obra ambigua y puede darse esa interpretación. Representa las dos crueldades: imperialismo y cristianismo. Me parece una religión terrible, con esa idea intolerante de castigar y torturar al diferente, que no piensa como uno. Esa intolerancia continúa en toda la civilización occidental: Bush, nuestra dictadura, siguen la intolerancia de la religión cristiana.
-En obras suyas usted cuestiona la complicidad de artistas como Giotto y Michelangelo.
-Eran cristianos. Son los publicitarios y los ilustradores, maravillosos, por cierto, de esa intolerancia. Cuando pintan el infierno son cómplices, están ilustrando las amenazas cristianas de torturarnos si no nos plegamos a los desatinos de esa religión.
Debemos remontarnos a los años '60 para rastrear el origen de la posición de León Ferrari ante el estado del campo del arte. En el transcurso de esos años, un conjunto de artistas latinoamericanos comenzó a impugnar el paradigma modernista de posguerra. Según dicha versión sobre el arte moderno, la esfera cognitiva corresponde a la ciencia; la esfera normativa se ocupa de la ética, la moral y la política, y al arte sólo le concierne la esfera expresiva.
A comienzos de esa década, la caligrafía ilegible de un dibujo titulado "Carta a un general" por León Ferrari puso en obra un diálogo imposible con el poder. La de Ferrari es una obra de recepción, que no existe sin el público. Si hay un género literario que la caracteriza y define, es el de la carta. "Carta a un General es de 1963. Fue la época de los azules y colorados, cuando los diarios hablaban de los generales a ver qué hacían. Carta a un General es una escritura deformada".
-¿Pero había un texto escrito?
-Sí, había un texto que no se entendía. Otros de mis dibujos son completamente abstractos.
-Las cartas son cruciales en su producción, no sólo plástica.
-Hice pocas "Cartas"... pero cartas, sí, escribí unas cuantas. Le escribí a la Carrió, que estaba con su gran cruz y que se puso en contra de la muestra. Le escribí una carta al Secretario General del Ejército en respuesta a la crítica que hace a mi fotomontaje donde mezclo un colegio militar y la svástica. El Ejército estaba enojado porque yo había agredido al colegio militar donde se formaba la ética... la ética del exterminio a los que se oponían a sus ideas, como digo yo. La Iglesia estaba con ellos. Es la Iglesia que estuvo con la dictadura, que estuvo con Menem. Afortunadamente no está con Kirchner. El de Kirchner es un gobierno laico. ¡Que los cristianos no pretendan que las leyes de ellos valgan para todos! Valen sólo para ellos mismos si no están contra nuestras leyes.
-¿Usted encuentra comparable la intolerancia de la Iglesia a la del nazismo?
-Hay una diferencia entre el cristianismo y el nazismo. El cristianismo pintó sus terrores. Pintó la caza de brujas, los exterminios reales. Los nazis no pintaron sus crímenes.
-¿Cómo concilia su crítica de la Iglesia y el hecho de que su padre hiciera arte sacro?
-Mi padre era arquitecto y pintor. No era un católico militante, era un artista. En Córdoba, tiene una cantidad de iglesias, entre ellas la más importante de la ciudad, la de los Capuchinos. No hay nada que "conciliar", no hace falta. El hizo su trabajo, yo hago el mío.
*En colaboración con Sabina Florio y con datos aportados por el Museo Castagnino.
-Fuente: Rosario-12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/12-13483-2008-05-11.html
*
Queridas amigas, apreciados amigos:
El domingo 11 de mayo del 2008 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del grupo colombiano Yaki Kandru. Las poesías que leeremos pertenecen a Lina Zenón (México) y la música de fondo será de Entrama (Chile). ¡Les deseamos una
feliz audición!
ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)
!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!
REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!
YAGE, Verein für lat. Kunst,Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com
Schießstattstr. 44 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067
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-Sociólogo con perfil cualitativo y experiencia en opinión pública busca espacio laboral en área metropolitana. Comunicarse dejando datos de contacto al correo: sociologoescritor@yahoo.com.ar
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