DE LA FICCIÓN DEL ESPEJO...
DE LA FICCIÓN DEL ESPEJO...
Qué es de tu Mirada*
De montaña perdida,
De riachuelo embrujado
Y de pavimento quebrado:
¿Qué ha sido de tu vida?
¿Dónde ha ido la alegría?
La entubaron bajo tierra
Y corre lejos hacia
La planta hidroeléctrica.
Tendrá que esperar
A que levante el tiempo,
O a que falle un engrane
O caiga con fuerza el concreto
Sobre una flor.
De esperanza verde
Que adorna la calle,
Aún cuando sea
A lado de la alcantarilla.
Tendremos que esperar
A que levante tu nombre:
Elegiste huir de mí,
Y te alejas rápidamente
Utilizando el drenaje.
*de hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com
El espejo*
Cada vez que me miraba en el espejo era consciente de que había estado vacío. Lo único que lo llenaba es que me pusiera delante. Eso era lo que le nutría. Eso era lo que le proporcionaba el reflejo.
Creí que la mejor solución para llenar los espejos era poner uno frente al otro. De esta manera uno se reflejaba en el otro y viceversa. Lo hice, encarándolos despacio, de forma que se reflejaran uno en el otro en su totalidad.
Acabada la maniobra constaté que no se reflejaban los reflejos. Ante mi sorpresa lo que se reflejó fue el infinito.
*Joan Mateu. joan@cimat.es
LA OCTAVA MARAVILLA*
*De Vlady Kociancich.
14
Y escribía. Todos los días hábiles, de mañana en invierno, por la tarde en verano, a la noche cuando se hacía indispensable. Cuántas horribles fiestas con baile, fines de semana en casa de mis suegros, cumpleaños, casamientos y hasta algún velorio, me ahorró esa novela inexistente. Y qué adecuada escenografía para un falso escritor.
Una mesa de roble junto a la ventana que da al jardín con palmera; una antigua biblioteca comprada en guerrico y Williams por victoria, idéntica a la que extrajeron de la pileta de Argentinos Juniors el día que nos conocimos, tal vez la misma; sillones de cuero negro y una endeble mesita ratona donde Paco Stein apoyaba los mocasines embarrados; una Remington de segunda mano bien ruidosa (sonaba como la pianola de saloon de esas películas del Oeste que me gustan tanto); papel tamaño carta, marca de agua, una jarrita de porcelana azul, con lápices alemanes de todos los colores y punta muy fina para corregir el presunto texto.
Durante las horas de labor literaria, ahí sólo entraba Paco stein, amigo y cómplice, con quien fingíamos sostener profundos diálogos sobre el misterio de la Creación. La realidad, oculta a miradas profanas bajo llave, era otra. Hablábamos de todo -más él que yo, obviamente- pero jamás del misterio de la creación. Tampoco, aunque parezca extraño. comentamos una sola vez mi impostura.
No hubo nada deliberado en la omisión. Paco le dio tan poca importancia como a mi casamiento y mi empleo en la oficina jurídica. Si le hubiera preguntado por qué, me habría dicho:
-Este mundo es muy raro. Es raro que te hayas enamorado de Victoria y no de otra mujer. Es raro que trabajes para el estudio de los doctores Adolfo y Ricardo López y no para la Escribanía Mengueche. Es raro que seas Alberto Paradella y no Paco Stein. ¿Por qué iba a parecerme más raro que finjas ser lo que no sos, cuando existe la posibilidad de que lo seas? Lo que llamamos realidad es un conjunto de estadísticas. No creo en las estadísticas.
Fue él, sin embargo, quien me ayudó a soportar la máscara.
A veces me pesaba el encierro. Me había mostrado tan inflexible acerca de la disciplina del escritor, la página diaria, etc., que apenas salía del escritorio, chocaba contra la muralla protectora levantada alrededor de la novela. La casa estaba siempre llena de gente (Victoria era de temperamento sociable), de tías, de amigas de mi mujer. Daba un paso hacia la libertad y oía:
-Te interrumpimos, pobre querido, seguro que hablábamos muy alto.
-Hija, este muchacho está muy pálido. Vení, sentate, Alberto, que te sirvo una tacita de té y probás la torta que traje.
-Ah no, mamá: Mejor te llevo el té al estudio, amor, así podés seguir escribiendo. Y nada de torta. ¿Saben qué pasa? Después se queja de que lo interrumpo con comida.
Había momentos en que la charla de las mujeres, de los parientes, de la familia arracimada en el living, me hacía suspirar de ganas de compartirla. Con eso digo todo.
Pero mi verdadero problema no era el encierro. Era el silencio de la máquina de escribir.
Victoria jamás demostró curiosidad por leer la novela. Su relación con los libros era la de una ciega que domina el alfabeto Braille pero ignora que las letras forman palabras, las palabras expresan conceptos. Le encantaba tocarlos cuando tenían la forma colorida y brillante de una edición costosa, pero el mundo que absorbía la yema de sus dedos no lograba pasar el ángulo del codo. E igual que una ciega, tenía el oído fino. Particularmente sensible al tecleo de la Remington.
No podía ocupar las horas de mi sagrada labor literaria leyendo, como hubiera querido, o mirando el techo o el jardín, como marcaba mi inclinación a perderme el el delicioso lujo de estar solo y pensar un poco, recordar un poco, soñar un poco. A menos que Victoria saliera de compras con sus amigas (a recorrer vidrieras, en realidad, porque rara vez compraba algo), la Remington tenía que oírse. Sólo para hacer ruido, copiaba el Refranero Español.
Una pesada tarde de verano, en plena ejecución allegro molto vivace de mi partitura de refranes, ágiles los dedos y el corazón de plomo, oí los dos timbrazos que anunciaban la visita de Paco Stein.
Hacía mucho calor, era domingo, tenía sueño. Victoria, en el dormitorio, se estaba vistiendo para salir, y yo esperaba su beso de despedida, afanoso sobre las teclas, preparándome para dormir una larga siesta.
Le había propuesto el cine, un paseo, juntos y solos. Pero Victoria había respondido, con una puntada de ironía, que si me negaba a visitar a mi primo Rogelio (un tipo vociferante, con un humor que me asestaba a golpes de mano abierta en la espalda, que me llamaba el "Cordero Genial" y que vivía para colmo, en Campana), porque tenía que escribir la novela, entonces nada de cine ni paseos. Ella se iba a Flores, de compras, por supuesto. Yo, en casa, escribiendo, por supuesto.
El timbre me conmovió como el clarín de la caballería a colonos sitiados por los indios. Suspiré de alivio. Victoria también suspiraría, pero no de placer.
La disgustaba esa amistad que calificaba de incompatible cuando estaba serena, y de horrorosa cuando se enojaba. La inquietaba, decía, su mala influencia. Yo creía que su miedo, porque me amaba, era temor a cualquier influencia ajena.
Desde mi escritorio y el Refranero podía imaginarlos en la puerta de calle, mi mujer y amigo.
era una escena que se repetía.
Imaginaba el gesto de resignación en la cara de mi mujer que, a medida que pasaba el tiempo, reescribía la sonrisa de bienvenida de los primeros meses de casados. Paco en el umbral, el pelo rojo como una aureola ígnea. El bolso de lona verde militar, una especie de mochila cuyo contenido, como la repugnanacia de Victoria por Paco, engrosaba con el paso del tiempo. Destinado en principio a cargar los libros de su amo, el bolso ya aceptaba la espuria compañía de otros objetos. Lo que Paco no desechaba era volcado ahí, en el bolso que perdía forma y estilo mientras se colmaba su capacidad y resistencia. Una bufanda, una botella de ginebra, manuscritos inconclusos, raídas páginas de un borrador de poema, de ensayo, de cuento, de novela, puntas doradas de una madeja de talento enmarañado y roto, asomando entre facturas impagas, paquetes vacíos y estrujados de cigarrillos negros, llaves viejas, una revista de historietas, un ejemplar del Ulises, un destornillador.
Paco en el umbral de mi casa, con la ancha sonrisa de dientes amarillos por el tabaco. Dos o tres años de picoteo por las aulas de Filosofía y Letras, matizados por una febril asistencia a los cafés de rigor; algunos cuentos publicados en las efímeras revistas literarias de Buenos Aires, vigorosos relatos que desbordaban de promesas. Otros tres años de actividad furiosa en campos paralelos: el brillante guión cinematográfico rechazado por el Instituto en atención a su alta inmoralidad y aclamado en círculos intelectuales por el mismo motivo; la obra de teatro donde cumplió funciones de director, actor y escenógrafo, durante la semana de su exhibición en el Payró; las letras para canciones de protestas mientras duró la moda y el permiso de protestar. Y la novela prometida, esperada como el Mesías de la literatura argentina, cuyo argumento yo escuché, deslumbrado, hasta que descubrí que en el papel avanzaba más mi copia del Refranero Español.
Paco en el umbral de mi casa, su mirada burlona, inteligente. Ahora se ganaba la vida como periodista. Y como algunos periodistas que sueñan ser escritores, abominaba de su trabajo pero lo hacía con talento y con éxito, de modo que me recordaba a esas prostitutas de lujo, demasiado hermosas y finas para la profesión, que persisten en ella de mala gana, ahorrando, preparándose para el día en que llegue la oportunidad de abandonarla y puedan emprender la vida próspera y decente que les ha sido destinada.
Paco Stein en el umbral, alejándose cada vez más de Villa del Parque, retrocediendo hacia el futuro, de espaldas al talento que no encontraba suelo para afirmarse. pero ahí estaba su sonrisa, colgada del aire como la del Gato de Cheshire, desprendida y aún a buena distancia de la derrota, y su conversación, sus historias, sus coloridas descripciones del mundo, su insaciable curiosidad, su deliberada locura, entraban en la casa de un hombre como Alberto Paradella y le iluminaban la vida.
Paco y Victoria hablaban a los gritos.
-Ah, Victoria, la bella. ¡Hazme inmortal con un beso!
-De aquí te siento el olor a ginebra. Ni te acerques.
-No seas injusta. Hace una semana que no tomo más que té.
-Té. Ese cuento se lo hacés a tu amigo.
-No agreguéis suspicacia a la calumnia, señora.
-¿Dios!
-¿Invocaréis Su nombre en vano?
Yo, en el escritorio, escuchándolos y tecleando:
Haceros miel y paparos han moscas
Hazme la barba y te haré el copete
Huésped (El) y el pece a los tres días hieden.
La idea de que estaba contribuyendo accidentalmente al ridículo de la escena en el living, me hizo sonreír. Fue una sonrisa triste.
-¿Estás por salir, Victoria querida? Tal vez derrame algunas lágrimas.
-Tal vez esperás que te pida permiso.
Apunté dos renglones que me había salteado.
Habló el buey y dijo mu.
Hasta los gatos quieren zapatos.
-Somos libres en el uso de la libertad concedida, señora.
-Entrá de una vez y limpiate esos zapatos en el felpudo.
-Ya, señora mía. Qué limpia está su casa, cómo reluce. Me tortura hollar esta pureza doméstica, le juro.
-¡Idiota!
Y así sucesivamente, durante varios minutos, hasta que se produce el silencio de separación entre mis más queridos, mis más prójimos, y Paco se abalanza hacia el estudio, Victoria hacia el dormitorio, con portazos gemelos.
Recuerdo esa tarde y pienso que uno no tiene otra explicación para su vida que el azar o el destino. Harto del Refranero, estuve a puntode abandonar. Paco lo impidió. Las consecuencias de ese rescate fueron mi viaje a Berlín y la película. Entre otras cosas.
Le conté que se me hacía cada vez más difícil practicar esas digitaciones de remington para complacer el oído maternal de Victoria. Andaba por la hache y me parecía imposible llegar a la zeta sin perder la salud y la cordura por el camino del Refranero Español.
-Se me fue la mano en el retrato del escritor serio.
-Dios da pan a quien no tiene dientes -suspiró Paco.
-Al que no está hecho a bragas, las costumbres le hacen llagas.
-¿Y al que quiere vestir bragas y lo largan en camiseta?
Yo, arañando minutos para mi novela, con el cerebro exprimido por un mediocre secretario de redacción, y el señor quejándose de que no sabe qué hacer con su papel en blanco. composición, tema: La Vaca.
Vi con sus ojos mi decorado estudio, la protección de una casa tranquila. Vi la pieza donde vivía Paco Stein, un sucucho en un triste laberinto de cuartos de pensión, libros amontonados en el piso, una mesita renga, mala luz.
-Oíme, Paco. Alguien tiene que hacer sonar la Remington. Vos te venís aquí, escribís, yo aprovecho el ruido de las teclas y leo.
-Nop. Cada mochuelo a su olivo.
-La estupidez es contagiosa -dijo Paco, echando una mirada de fingido terror al Refranero-. Nop. Hay que pensar en otra salida.
Abrió el bolso y sacó la botella de ginebra. le pasé el vaso, que guardaba para él en un cajón del escritorio, y dije:
-Estoy harto de mentir. Mejor es decirle a Victoria que ya no estoy escribiendo. Además de cansado, me siento ridículo. Te imaginás qué alivio si abandono la pose de novelista.
Con el vaso en la mano me contempló unos instantes, callado, bizqueando.
-Me lo imagino. Pero yo en tu lugar, no lo haría.
-¿Por qué no? Victoria pondrá el grito en el cielo, llorará un poco de desilusión y se olvidará en seguida. Ahí tiene la avenida Santa Fe, de Plaza San Martín a Callao, para consolarse.
Soltó una risita seca. Pregunté:
-¿Vos creés realmente que a Victoria le importa mucho la novela?
Tomó un largo trago de ginebra, estiró las piernas y apoyó los pies sobre la mesa ratona, entre animalitos de falso cristal de Murano, salpicaduras de la estética cariñosa que inundaba los cuartos decorados por victoria, y los zapatos sucios, deformes, con la suela a punto de agujero, hicieron temblar la minúscula cristalería.
-Soy una bestia -dije- claro que le importa. Le importa porque la pobre piensa que es importante para mí. Vos, ¿qué pensás?
No contestó en seguida. Había cerrado los ojos y cuando los abrió, centellearon. Creí que iba a reírse. Pero estaba muy serio. Asintió con la cabeza. No a mi pregunta. Asentía en silencio, para sí.
-Este mundo es muy raro.
Con brusca decisión, preguntó:
-¿Y si trataras de escribir?
-¿Estás loco?
Se encogió de hombros y llenó nuevamente el vaso.
-Hay más escritores en el cielo y en la tierra, Horacio, que los que sueña tu filosofía o, ¿qué le hace una mancha más al tigre?
Me eché a reír.
-Sí. Eramos pocos y parió mi abuela.
Paco Stein se puso de pie, fue hacia la mesa, tomó el Refranero y lo arrojó al pozo del jardín.
-Ahora dame una buena razón para no escribir en vez de copiar esa basura.
-La mejor. No tengo nada que decir.
-El grueso caudal de nuestra literatura brota de esa fuente, Paradella. Pensá bien. ¿Ni un cuentito campero? ¿Ni una Carta Abierta A? ¿Ni un viaje interior por las complejidades del yo? ¿Ni un juguete fantástico?
-definitivamente no. Te agradecería que me propusieras algún entretenimiento honesto. si hay ficción, que sea limpia.
Los redondos ojos de Paco Stein me echaron una larga mirada compasiva.
-Ninguna ficción es limpia.
-¿Ficción? ¿Quién quiere ser un escritor? Yo quiero que suene la Remington, eso es todo. Y si no encuentro nada para reemplazar esa obra maestra que tiraste por la ventana, renuncio, confieso y se acabó.
Ahora, mientras escribo, recuerdo algo que me sorprendió, que olvidé, que vuelve a mi memoria y me entristece y a la vez me conforta. un cambio en la expresión de su cara. Un gesto como el de una mano abierta que se alza para parar un golpe o aferrar a alguien que cae.
-No lo hagas, Paradella.
El filo de su voz me desconcertó.
-Bueno, tampoco es para tanto.
Y cuando iba a reprocharle, en broma, que me hubiera despojado de mi refranero sin ofrecerme una compensación, se abrió en él la famosa sonrisa.
-Ya lo tengo. Traducir. ¿Cómo no lo pensamos antes?
-Por Dios, ¿traducir qué? Jamás traduje nada en mi vida.
-¿Y qué? Hay que empezar por el principio.
-Estás chiflado.
-Nunca he estado más cuerdo. Vas a traducir. Cualquier cosa. Lo que más te guste. Tu libro favorito, tu autor favorito. Ahí tenés lo que querías. Traducir es un trabajo honesto. Y agradable, porque no lo hacés por plata. Tu inglés es excelente.
-Mi castellano es deplorable.
-¿Alguien lo va a leer?
Tenía razón. Como dos ladrones felices con el botín, nos dimos la mano, nos palmeamos la espalda. A lo loco, medio pesado por la ginebra, en el mejor estilo de su gato de villa del parque, Paco bailoteó por toda la pieza. Yo me asomé al balcón, miré las tapas amarillas del pobre Refranero, desgajadas por la caída, desparramadas en el pasto.
-A cada chancho le llega su San Martín -me despedí.
Paco, riendo, me pasó el vaso de ginebra. Tomé un trago para darle el gusto. Se lo debía. Y no fruncí la cara. aunque jamás he podido tolerar el sabor y el olor lacerantes de la ginebra pura.
Así, de modo tan ridículo y casual, comenzó mi período de traductor secreto. Pienso en un lago gris de invierno, en una lámina de hielo que se resquebraja lentamente, en el primer azul desnudo al que sigue otro azul y luego otro, y yo tratando de mantener el equilibrio, aferrándome a las modestas barandas del diccionario, en mi primera exploración de la literatura inglesa, hasta ese momento maravilloso en que la obra ajena fluye bajo mis manos, un río de agua limpia y clara, corriendo entre las márgenes de mi Remington.
sí. Era feliz.
*Fragmento de La Octava Maravilla. Seix Barral. Biblioteca Breve-
Horacio*
Ayer falleció el escritor santafesino Horacio C. Rossi.
Horacio apoyó desde el comienzo a Inventiva Social con su escritura y con un respaldo amplio, generoso. Por su empeño "Desde la terraza" también lograron difusión autores noveles de Santa Fe.
Comparto con ustedes la pena de esta despedida.
*Eduardo F. Coiro inventivasocial(arroba)hotmail.com
*
Queridas amigas, apreciados amigos:
El domingo 18 de mayo del 2008 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor chileno Ramón Gorigoitia. Las poesías que leeremos pertenecen a Oscar Ángel Agú (Argentina) y la música de fondo será de Pachakuti (Andes). ¡Les
deseamos una feliz audición!
ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!
REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!
YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com
Schießstattstr. 44 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067
ESPACIO PARA SOCIOS:
-Sociólogo con perfil cualitativo y experiencia en opinión pública busca espacio laboral en área metropolitana. Comunicarse dejando datos de contacto al correo: sociologoescritor@yahoo.com.ar
InventivaSocial
"Un invento argentino que se utiliza para escribir"
Plaza virtual de escritura
Para compartir escritos dirigirse a : inventivasocial(arroba)yahoo.com.ar
-por favor enviar en texto sin formato dentro del cuerpo del mail-
Editor responsable: Lic. Eduardo Francisco Coiro.
Blog: http://inventivasocial.blogspot.com/
Edición Mensual de Inventiva.
Para recibir mes a mes esta edición gratuita como boletín despachado por Yahoo, enviar un correo en blanco a: inventivaedicionmensual-subscribe@gruposyahoo.com.ar
INVENTREN
Un viaje por vías y estaciones abandonadas de Argentina.
Para viajar gratuitamente enviar un mail en blanco a: inventren-subscribe@gruposyahoo.com.ar
Inventiva Social publica colaboraciones bajo un principio de intercambio: la libertad de escribir y leer a cambio de la libertad de publicar o no cada escrito. los escritos recibidos no tienen fecha cierta de publicación, y se editan bajo ejes temáticos creados por el editor.
Las opiniones firmadas son responsabilidad de los autores y su publicación en Inventiva Social no implica refrendar dichos, datos ni juicios de valor emitidos.
La protección de los derechos de autor, o resguardo del copyrigt de cada obra queda a cargo de cada autor. Inventiva solo recopila y edita para su difusión las colaboraciones literarias que cada autor desea compartir.
Inventiva Social no puede asegurar la originalidad ni autoria de obras recibidas.
Respuesta a preguntas frecuentes
Que es Inventiva Social ?
Una publicación virtual editada con cooperación de escritores y lectores.
Cuales son sus contenidos ?
Inventiva Social relaciona en ediciones cotidianas contenidos literarios y noticias que se publican en los medios de comunicación.
Cuales son los ejes de la propuesta?
Proponer el intercambio sensible desde la literatura.
Sostener la difusión de ideas para pensar sin manipulación.

Meneame
del.icio.us