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BITÁCORA DE UN SOCIÓLOGO FRACASADO

11/06/2008 GMT 1

EN LA INEQUIDAD Y LA DEMENCIA DE ESTOS TIEMPOS...

urbanopowell @ 16:08

Amores platónicos*

A principios de 1953 Herbert Reed procedente de Kansas City y Tony Williams de Roselle, New Jersey, se juntaron en Los Ángeles con un músico de St. Louis llamado David Lynch con la finalidad de formar un grupo de "rhythm and blues", pero no lograron darse a conocer ya que hacían la misma música que el resto de grupos existentes. Sin embargo, en el plano personal nació una corriente de afecto entre ellos que cada día era más intensa, llegando a preocuparlos debido a que, en aquella época, estaban muy mal vistas las relaciones entre hombres.

La incorporación de Paul Robi de Nueva Orleáns le dio un nuevo aire al conjunto que empezó a ser conocido dentro de los interpretes de "Doo wop" y música "pop". Este último también notó que empezaba a sentir algo más que afecto por los otros componentes del grupo, pero jamás lo manifestó,
guardándose este sentimiento para él.

Cuando su manager, Buck Ram participó como letrista, fue el inicio de su tremendo éxito. A raíz de su participación, el cuarteto se amplía con un quinto miembro, la solista Zola Taylor, una cantante con una voz privilegiada y una belleza increíble. Con esta incorporación los cuatro músicos variaron sus afectos enamorándose todos de la cantante. Este amor también se mantuvo en secreto para no romper la armonía del grupo, incluso hasta después de disolverse a finales de los sesenta.

De este conjunto han quedado dos cosas importantes, la belleza de sus canciones entre las que destaca sobre todo "Only You" y el descubrimiento del amor platónico bautizado con este nombre en su honor.

*de Joan Mateu. joan@cimat.es

EN LA INEQUIDAD Y LA DEMENCIA DE ESTOS TIEMPOS...

¿Somos más civilizados que nuestros antepasados?

Cuentan que cuando el hombre primitivo comenzó a vivir en sociedad, se compartía todo lo que se alcanzaba, no existía la propiedad privada, vivían en armonía entre ellos, y con la Madre Naturaleza. Ella proporcionaba los alimentos y lo necesario para protegerse del frío. Luego, comenzó alguien a apropiarse de lo que antes pertenecía a todos, a acumular bienes y poder, y se acabó la llamada Comunidad Primitiva. Comenzó la civilización.

Para una respuesta elemental a la pregunta: ¿Qué se entiende por civilización? acudo al Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española (RAE), y cito: “Estadio cultural propio de las sociedades más avanzadas por el nivel de su ciencia, artes, ideas”, y en otra acepción: “Acción y efecto de civilizar.” Si tomamos estas definiciones como punto de partida, para respondernos la pregunta que sirve de título a esta “elucubración” mía, es indiscutible que la humanidad ha logrado grandes avances en la ciencia y el arte, un poco menos en el campo de las ideas y prácticamente nada hemos avanzado en lo que concierne al comportamiento del hombre, como costumbres y “Acción y efecto de civilizar”, con respecto a los primeros seres humanos.

La avaricia, el egoísmo, la vanidad, el sometimiento, y otros males, han permanecido inalterables desde que dieron origen a la desintegración de la Comunidad Primitiva hasta nuestros días. Las guerras, y crímenes tan monstruosos como la destrucción progresiva de nuestro propio habitad, han sido el fruto de esos males. La riqueza ha estado concentrada en pocas manos y en muchas, la miseria y el desamparo. El hombre ha sido el lobo del hombre y de la Naturaleza. Nada ha cambiado, aún.

El Siglo XX llegó con una luz que fue La Gran Revolución de Octubre, luego comenzó a parpadear y se apagó en los finales del propio siglo. La llamada “Década Prodigiosa” pletórica de idealismo revolucionario, hoy es un recuerdo. Y sin ningún chovinismo latinoamericanista, sólo en América Latina ha comenzado a dejar de ser una utopía.

Cuba, por tratar de crear una sociedad en que el hombre deje de ser el lobo del hombre, ha estado sometida durante casi 50 años a agresiones militares, políticas, económicas y mediáticas brutales, por parte del imperialismo yanqui y sus aliados. Ningún pueblo ha conocido genocidio tan prolongado. Y resiste.

Las guerras imperiales para “civilizar” al hoy llamado Tercer Mundo y por los mercados y fuentes de materias primas, fueron y son lo suficientemente incivilizadas como para asesinar o someter pueblos enteros.

Las bombas atómicas lanzadas sobre las poblaciones indefensas de Hiroshima y Nagasaki , la criminal guerra contra el pueblo vietnamita, el colonialismo y las dictaduras militares , son unos pocos ejemplos de la inhumanidad de los “humanos” que ejecutaron esos crímenes, de quienes los apoyaron o callaron, y de los que desearon éxitos al agredido, pero no compartieron su suerte, como indicara el Ché.

El siglo XXI comenzó recorriendo los mismos caminos que el anterior. Guerra contra Afganistán, Irak, amenazas de agresión militar a más de sesenta “lugares oscuros” del planeta. El pretexto es el mismo: “Anticomunismo”, “Antinarcotráfico”, “Antiterrorismo”. La verdad sigue siendo la misma: La hegemonía mundial.

En numerosos países desarrollados resurgen las funestas ideas del fascismo, nazismo y del falangismo, además de la conocida xenofobia, que no es otra cosa que racismo. ¿Alguien conoce un caso de hostilidad o agresión contra algún blanco, rubio y de ojos azules? Cada vez son más frecuentes los crímenes que cometen los portadores de esas ideas.

Estados Unidos de Norteamérica, el autotitulado “baluarte de los derechos humanos”, asesina diariamente niños, mujeres, y ancianos en los países que ha ocupado militarmente, y los llama cínicamente “daños colaterales”. También tortura en cárceles secretas y públicas, y “… el mundo sigue andando”.

Por otra parte, varios países africanos, que contaron con toda la solidaridad mundial para alcanzar su independencia, hoy se desangran en guerras con sus vecinos o entre facciones y etnias que desean mantener o alcanzar el poder político y económico. Numerosos gobernantes se enriquecen con la miseria de sus pueblos y se cometen los más horripilantes crímenes contra la población civil. Es increíble, que en un país como Sudáfrica, donde decenas de miles de sus ciudadanos tuvieron que emigrar durante el régimen racista, ocurran hechos de carácter xenofóbicos contra ciudadanos de países vecinos que durante muchos años le brindaron protección.

En América Latina se respira otro aire. Un aire de independencia, soberanía y de justicia social, que todavía no llega a todos y cada uno de nuestros países, pero no dejan de ser transformaciones o cambios. Son el resultado de la lucha ciudadana y de los movimientos sociales contra las dictaduras militares y corruptos gobiernos neoliberales, así como del enfrentamiento a la oligarquía nacional y extranjera, que se resisten a restituir lo que durante muchos años les han robado a los pueblos. Asimismo, prevalecen en el continente las injusticias sociales y el brazo de la justicia no ha alcanzado a los que asesinaron, torturaron y desaparecieron a miles de patriotas, ni a sus cómplices.

¿Y qué decir de la Madre Naturaleza? Sencillamente, los “civilizados” siguen destruyendo la vida en el planeta y éste se defiende con inundaciones, huracanes, terremotos y volcanes que cobran miles de vidas inocentes.

Después de esta panorámica mirada, que en vuelo de pájaro he hecho al mundo o a una parte de él, me vuelvo a preguntar: ¿Somos más civilizados que nuestros antepasados? Y tengo que responderme: No.

*De Miguel Crispín Sotomayor arcomar@cubarte.cult.cu

Un justo tiempo para don Miguel Balagué*

*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar

¿Por qué se me viene a la memoria aquel recuerdo remoto?
Es un viejecito que blasfema adentrándose en un chiquero con un canasto lleno de mazorcas que va sembrando en ese desorden de topetazos y chillidos agudos.
¿Cómo se sostiene este recuerdo remotísimo?
También hay otros, tal vez no tan nítidos porque suelen ser muchos que se han superpuesto y forman uno en el caudal obsesivo y engañoso de la memoria.
Un alba de los primeros días del mundo, un caballo que salta un alambrado para siempre y el mismo viejecito que insulta en su dialecto italiano con una ira donde se presume toda la impotencia de la tierra. Hay otras secuencias que veo más nítidas, como en una película: yo que lo sigo a todas partes con no más de cinco años y él que finge retarme y yo sé que es un juego. Hasta levanta una mano, en claro ademán de pegarme, lo cual me deja impertérrito ¿Qué seguridad tengo de que no me hará daño? No me asusta, si
hasta lo miro sonriente. Nunca sabré por qué, con tan pocos años sabía con una certeza que vencía toda intuición que eran meros juegos inocentes e inocuos, como si ese viejo inmigrante sólo se entretenía con ese niño que bien podía ser un nieto suyo. Uno de los que no conoció porque huido del
fascismo nunca regresó a su tierra.
-Era de Lombardía -me supo decir mi padre.
Sé que nunca hablaba de su familia, hasta que el mucho alcohol lo venciera desde las tripas al alma.
Lo traté casi hasta la adolescencia donde los mayores son objetos de los cuales uno se debe ir despidiendo.
Cuando murió, es probable que yo ya no viviera en el pueblo, y lo cierto es que ya casi no queda gente que lo recuerde, salvo unos pocos que como yo lo conocieron siendo muy niños, pongo por caso a la esposa del Toto Míguez, Chiche Bianco, que lo conoció en el boliche de don Marcos, su tío.
De todos modos, cada vez me convenzo más de que la memoria se hace con retazos y que muchas veces esos retazos se construyen.
El encuentro que tuve hace dos meses con "Chajá" Correa, luego de cuarenta y cinco años sin vernos, se me hizo revelador que las anécdotas y la memoria de cada uno corre por su exclusiva cuenta y no siempre (o casi nunca) coinciden. Con "Chajá" compartimos toda la primaria y las travesuras ya que
éramos vecinos, pero hoy no coincidimos en el recuerdo de las anécdotas infantiles.
Si yo raspo con cuidado aquellos rincones que persisten como ladrillos débiles, digo, si los raspo con una cuchara van cayendo lentamente otros recuerdos. El de don Miguel Balagué, por ejemplo. Que fabricaba unos helados riquísimos, y tenía una chata fletera, de esas chatas de cuatro ruedas tirada por un caballo flaco, con un asiento de arado atornillado en el piso, ese largo piso de listones de madera, que hacían un ruido infernal cuando las ruedas de hierro saltaban sobre la calle de tierra despareja.
Arrimaba esa chata precaria al andén de la estación de trenes, media hora antes de la llegada. Don Miguel era español. No recuerdo de dónde, pero pudo ser catalán, no sé, tendría que preguntarle a Haydée, que sabe todas las filiaciones de las familias del pueblo.
Lo cierto es que para don Miguel, todos, absolutamente todos, los chicos del pueblo se llamaban sin excepción: Miguelito.
Tal la anécdota que me refiere mi amigo Roberto Vega.
Cuando la Cooperativa Agrícola Federal organizaba esos llamados campeonatos de Baby Fútbol, en las noches veraniegas, él, mi amigo Roberto iba con su carrito heladero tirado por un caballo a vender los ricos helados "Balagué" en las orillas de la canchita. Cuando Roberto jugaba lo reemplazaba el propio don Miguel y se entusiasmaba tanto con su pequeño empleado que lo alentaba a los gritos de:
-Arriba, Miguelito, ataja Miguelito, vamos Miguelito-
Porque la ocupación esencial de mi amigo Roberto Omar Vega era ésa, la de ser un arquero con todas las letras y en toda la ley como eran las cosas de antes.
Roberto Omar fue, literalmente, mi primer amigo, ya que vivía en la casa de su abuelo, frente a la mía. Ellos no eran sino los míticos viejitos Pichichello, a saber: Doña María y don Angel, dos viejitos italianos que eran como el corazón del Barrio Jazmín.
Sin embargo, la figura flaca de don Miguel, con su gorrita de género, con visera de cuero, la pipa que llevaba colgada de un solo diente superior, el único que le quedaba, justo para la pipa, repetía, para qué más, se me presenta, cruzando en la memoria, esas adormiladas siestas perdidas para siempre con una soga en la mano, internándose en el terreno del ferrocarril, frente a su casa, que usaba como potrero para ese caballejo triste que tiraba de la chata en sus tareas fleteras y por las tardes el carrito
heladero que sostenía, todo el verano en su toldito mezquino y amarillo. Y allí sí, mi amigo Roberto Vega, implacable en mi memoria con su pantaloncito y su camisita blanca como compete a un auténtico heladero.
Para helados Balagué, es decir para don Miguel, y para doña Emilia, su esposa, trabajaron otros amigos: Valentín Prámparo, Alberto Nocino, "Chelita", pero a mí siempre me viene a la memoria la figura de un mi amigo y vecino Roberto, porque en los veranos flamígeros de mi pueblo, mitigaba mi desdicha con el hielo que rodeaba esos cilindros de helados en tapitas que yo casi nunca podía comprar, por falta de monedas y que él, siempre se ingeniaba para compartir conmigo, uno -el más pequeño- el de cincuenta
centavos, que partía en mitades exacta par cada uno.
Mientras escribo estas palabras sostengo, o trato de sostener, el recuerdo de aquellos veranos, idos para siempre, como si hubieran sido invenciones de mi imaginación y que directamente no habrían existido nunca como tampoco aquella niñez tan pobre y tal vez muy feliz que se ha muerto para siempre.
Y que yo trato de construir como puedo, en la inequidad y la demencia de estos tiempos.

*Fuente: Rosario-12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-13898-2008-06-11.html

LA OCTAVA MARAVILLA*

*De Vlady Kociancich.

32

Siempre hay algo estimulante en el arribo a una ciudad desconocida, una especie de aceleración de la sangre. Sin embargo, la desagradable aventura de las escaleras mecánicas en Francfort persistía en la sensación de haber escapado de consecuencias graves, me impedía disfrutar de la llegada.
Bajo la llovizna de febrero, entre las pocas luces de un Berlín que se dormía, el taxi avanzaba velozmente hacia el Hotel Kempinski y yo cada vez más deprimido, cada vez más triste. Pensaba ahora en el Mediterráneo, en las rosas de Paestum, como el preso debe pensar en el mundo que deja mientras el coche celular lo lleva a la cárcel.
-No te duele la pérdida de Paestum. Si estuvieras en Nápoles en vez de Berlín, dudo que salieras del itinerario para visitar los benditos templos griegos. Tu emoción ante esos templos rosados en el atardecer, ante la soberbia desfachatez de esas columnas que se empinan como un solo hombre curioso y sin miedo, es tan accidental como tu terror en las escaleras de Francfort. El orgullo de tu condición humana en Paestum y el bochorno de tu condición humana en Francfort, no abarcan más de unos minutos de tu vida. Lo real, lo que importa, lo que verdaderamente te duele, es que los arquitectos de Paestum y los ingenieros de francfort no incluyeron en sus planos un rinconcito para el mundo personal de Alberto Paradella. En el fondo, nada te distrae de tu soledad. Y eso, qué vergüenza, por que no te quisieron mucho, porque te maltrataron un poco.
Esa pedante arenga que yo mismo me endilgué en el taxi me permitió recuperar algo de mi habitual indiferencia. Porque cuando el conserje del Kempinski me anunció que la reserva había vencido y no quedaba una sola habitación disponible en el hotel, lo único que dije fue: "Correcto".
Eran las diez. Altas horas de la noche según el código de vida de una ciudad europea en invierno. Llovía, hacía mucho frío, no tenía alojamiento.
-No conozco la ciudad -dije al conserje-, quizás usted pueda conseguirme alguna habitación en cualquier otro hotel.
El conserje esbozó un gesto de duda. Pero la organización de una feria tan importante como la ITB no puede permitir que la prensa duerma al sereno. Durante casi media hora trabajó cortésmente en el teléfono. Cuando colgó después de marcar el último número del registro hotelero de Berlín y movió negativamente la cabeza, sonreí:
-Bien. Veo que no tendré más remedio que dormir en uno de esos cómodos sillones del vestíbulo.
Era una broma, pero la compacta seriedad germana me favoreció. Horrorizado ante la visión de un pasajero durmiendo en pleno fausto del gran Hotel Kempinski, me suplicó que tuviera paciencia. Llamó al botones. El botones corrió a la calle y unos minutos después volvió acompañado por un chofer de taxi. Con adormilada curiosidad miré al chofer.
Primero me sorprendió la edad. Era muy viejo para taxista, aunque parecía sano y enérgico. Muy alto, flaco, tenía abundante cabello blanco, un rostro enjuto de cejas pobladas y nariz aguileña. Algo en su manera de caminar me llamó la atención. Lo vi avanzar hacia nosotros -erguido, firme- y durante una fracción de segundo pensé: "Lo conozco".
El chofer escuchaba atentamente al conserje. Cuando éste me señalo, se volvió a mirarme. Ahora hablaban los dos rápidamente, cambiaban opiniones. "Dos cirujanos que discuten el método de la operación delante de la camilla con el paciente", me dije. El chofer me miró una segunda vez. Bajo las cejas tupidas brillaron fugazmente los ojos grises. Sí, me recordaba a alguien.
Por fin, el conserje se encogió de hombros (no era una buena señal), me dijo que todo estaba arreglado. El chofer conocía una pensión.
-¿Está lejos del centro? -pregunté.
-A una cuadra de la Kudam.
-Espero que tenga calefacción.
-Oh, sí -exclamó con una sonrisa radiante que me hizo sospechar inmediatamente.
Cuando iba a hacerle otra pregunta me interrumpió:
-En dos días, tres a lo sumo, tendremos el placer de alojarlo aquí. Por favor, no deje de mantenerse en contacto con nosotros. bienvenido a Berlín, señor Paradella.
Realmente me sentía como en una mesa de operaciones. Para no alarmarse, los médicos me ahorraban detalles. En cuanto al chofer, era inútil interrogarlo. Ni él hablaba inglés ni yo alemán.
El automóvil salió a la Kurfürstendamstrasse o Kudam, como sensatamente la llaman los berlineses, la calle principal de Berlín.
Durante un momento me animaron las luces de los cafés y de los restaurantes. La vista de los restaurantes me dio hambre. Recordé las horas que llevaba sin tomar una buena buena comida caliente y, aprovechando que el auto marchaba a moderada velocidad, hice un intento de grabar en la memoria el nombre de alguno. Volvería después de registrarme en la pensión y cambiarme de ropa.
Creo haber dicho antes que mi sentido de orientación es muy deficiente y que mientras existan los taxis no me preocupa demasiado. pero esa noche puse toda mi atención en el recorrido. Mi estomago vacío, a manera de Hansel, iba dejando miguitas en cada uno de los restaurantes iluminados.
No sé por qué lo hacia. Tal vez me impulsaba la inquietud de que los restaurantes cerraran antes que me hiciera entender por un taxista. Recuerdo que me sorprendió el miedo de perderme.
La única ciudad en la que verdaderamente me pierdo es Buenos aires. Jamás había sentido, en ninguno de mis viajes, ni curiosidad por la ubicación de las calles ni temor por mi ignorancia. Al contrario, el desconcierto que a veces me provocaba ver la salida del sol en el oeste y la puesta en el este, me divertía. Era evidente que todo el esfuerzo que había hecho a lo largo de mi vida para orientarme en el mundo, se había agotado en el conocimiento, final y suficiente, de que al este de mi casa corría el Río de la Plata, al oeste estaba Villa del Parque. La fantástica conclusión de esta certidumbre era que la geografía de cualquier otra ciudad que no tuviese al oriente un mar comparable al Río de la Plata, correspondía a la irracionalidad y al desorden. Más de una vez había intentado corregir esta fatalidad de mi carácter, pero los mapas me derrotaban. De todos modos, mientras el resto de la población humana supiera dónde estaban ellos, me sentía a salvo.
Lo raro de mi ansiedad en Berlín era que también sabía, gracias a los libritos de la oficina de turismo, que no hay en ella manera de perderse. Ahora comprobaba la veracidad de esa información con mis propios ojos.
No he visto ciudad más prolijamente diagramada. Las bombas aliadas arrasaron con las telarañas de callejuela, vericueto y cortada, que tejen los siglos en las ciudades europeas, abrieron espacio para una correcta urbanización.
El centro está dividido por la famosa, larga y ancha Kudam, que tiene a cada lado edificios modernos, altos, cuadrados, desganadamente feos. la única rendija por la que se puede espiar hacia el trágico pasado de Berlín, es el negro muñón de la catedral, una ruina desagradable que exhibe una placa donde se lee que está ahí para que la gente no olvide. Ilusiones acerca de la memoria de la humanidad. Si los berlineses se cruzan de vereda cuando llegan a esa iglesia ahuecada por el bombardeo, ennegrecida por el incendio, con aspecto de mueble monstruoso rescatado de un basural, no los condeno. Juro que si yo viviera ahí, haría lo mismo.
Pasaron las vidrieras iluminadas. Pasó y me estremeció la garra de la catedral, vi que el centro empezaba a enflaquecer, a debilitarse. Había menos luz, edificios más bajos, comercios espaciados, y no llegábamos. De pronto el coche aceleró.
-Was ist das? -grité alarmado al chofer.
Es todo mi alemán, aparte del saludo, las gracias y algunas palabras descifradas por su raíz común con el inglés.
El hombre, sin volverse, dijo algo que tal vez significara: "Tranquilícese, que vamos bien". Y salió bruscamente de la avenida.
Con la lluvia, la hora, y el sueño temprano de los berlineses, la calle donde nos metimos era una boca de lobo. A cada instante, en cada esquina difusamente iluminada, yo creía que íbamos a detenernos. No nos deteníamos.
Ni se me ocurrió pensar que el conserje había mentido cuando dijo que la pensión estaba a una cuadra de la Kudam. De quién dudé fue de mí. Me habrían dicho a un kilometro, había oído a una cuadra.
Hubo tramos en los que el automóvil, un Mercedes de suspensión impecable, traqueteaba. Otros, que patinaba por el barro. Gotas de agua marrón salpicaban la ventanilla. Oí una explosión sobre mi cabeza. Era un tren que pasaba sobre un puente invisible. El estrépito me sobresaltó y exclamé. El chofer me miró por el espejito. No dijo nada. Los ojos grises me observaron afablemente un segundo. Sonrió. Me recosté en el asiento. No tenía otra salida que la resignación.
-Adios al restaurante -me dije.
Miré por la ventanilla. La noche era impenetrable. Borrosamente, el vidrio reflejaba mi cara. Verse la cara en un espejo siempre produce una punta de extrañeza. Esa cara que afeitaba todos los días me alarmó. Sufría una deformación curiosa.
Como si me estuviera mirando en un río, la imagen se expandía y contraía, se alargaba, se acortaba, no terminaba de fijarse en una sola cara, la mía. "Voy a convertirme en otro", pensé y me reí, porque era una ilusión resultante del agua que chocaba a baldazos contra el vidrio.
Fue entonces cuando, inconsecuentemente, supe a quién me recordaba el anciano chofer.
Se parecía a mi padre.
Sentí ese alivio de encontrar la palabra sin importancia que se tiene en la punta de la lengua y no se alcanza a formular, o el nombre del perfecto desconocido que nos aborda en la calle y nos tutea. También me sentí triste. Bastaba la suma casual de un cuerpo alto, flaco, un rostro enjuto, un pelo blanco, unos ojos grises, una cierta manera de caminar, para que, conteniendo la respiración, yo me dijese: "Es mi padre".
Cuando uno lo espera, encuentra fácilmente un doble de esa persona que quiso mucho y que perdió. No es una experiencia feliz. Prueba la realidad nunca aceptada de la muerte.
Un minuto después, el taxi paró. Cuando bajé, de tan cansado se me doblaban las rodillas. Todo lo que pedía de la vida en ese momento era una simple cama. Qué digo una cama. Un suelo, un pedazo de tierra que no se moviera, un punto fijo.
El chofer abrío el baúl, descargó el equipaje. Incapaz de un solo movimiento, me quedé ahí, parado, mirando las baldosas de la vereda. Baldosas acanaladas y amarillas. La noche era muy oscura. Algo, sin embargo, pude ver de ese barrio anegado por la lluvia donde habíamos atracado.
Vi casas bajas, techos planos, una esquina en ochava con un farol, árboles salvajemente podados y sin hojas. La calle estaba adoquinada y el agua corría furiosamente junto al cordón, hacia una alcantarilla enrejada. "Un pedazo de Buenos Aires", pensé, "intercalado en el Berlín Occidental".
La voz del chofer me arrancó de esta comparación absurda, típica del cansancio. Me di vuelta y vi que señalaba la puerta de una casa de dos plantas. A un costado de la puerta había un cartel de madera. Las letras eran rojas: Frieda Preutz pension.
No era lo que yo esperaba de la hostelería berlinesa, pero la casa parecía abrigada y sólida. Una de las ventanas del primer piso, la del centro, tenía balcón. El balcón era enorme. Una media circunferencia de columnas retaconas, toscamente torneadas.
Deseé, con el capricho del viajero que ha sido zarandeado hasta perder conciencia de su verdadera situación, que me tocara dormir en esa pieza.

*Fragmento de La Octava Maravilla. Seix Barral. Biblioteca Breve-

No son hámsters*

No son hámsters
en las calles

sino hojas
de los árboles
en la noche

sopladas

y no

por el viento.

*de Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar

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