UNA GOTA DE HUMANA TERNURA...
La literatura*
Acababa de romper con Lucía. Bueno, realmente Lucía le había dejado. Estuvo perdido varios días con la tristeza encaramada en su vida hasta que acudió a su amigo y profesor a pedir consejo.
- Todo está en los libros, querido amigo - le dijo el profesor - Con ellos encontrarás el olvido y el consuelo.
Como el amor que había perdido era muy grande, vació la librería del salón, añadió los libros de la escuela, de la universidad, los de un amigo a quien se los guardaba y los de un vecino, y se metió en la cama con ellos. A la mañana siguiente comprendió que la literatura, no sólo no hacía olvidar el amor perdido, sino que además, producía insomnio y agujetas.
*de Joan Mateu joan@cimat.es
UNA GOTA DE HUMANA TERNURA...
*
En la soledad
el sol sale para que uno viva
y se esconde
para no llorarle a su propia luz.
Luego sale para que la tristeza
deje suelo regado.
*De Ricardo Mastrizzo.
LA OCTAVA MARAVILLA*
*De Vlady Kociancich.
36
Cuando el chofer que tenía los ojos de mi padre me dejó en la Pensión de Frieda Preutz, obedecí a las circunstancias sin hacerme preguntas. Dócilmente toqué el timbre, esperé, no salió nadie, abrí la puerta, entré.
Con profunda gratitud vi que mi habitación estaba hecha. La cama, con la manta escocesa doblada a los pies, me pareció más que nunca la madre del incurable huérfano que era.
-Sieben tagen.
Siete días. Bostecé. Sólo quería dormir.
Saqué mis cosas de la valija, colgué los trajes en el ropero, guardé el resto de la ropa en los cajones. Luego tomé un baño, me afeité por segunda vez, me cambié de ropa.
Siempre he admirado e esos ingleses del imperio que se vestían de etiqueta para cenar en medio de la jungla. No es cuestión de orgullo; es sentido común. Una vez cambiado, afeitado, con mis cosas en orden, me sentía más tranquilo.
"Hay que resignarse a la evidencia", me dije. Un perdedor conmueve, pero un perdedor digno redime a sus espectadores. Y al fin y al cabo, el único espectador atento al espectáculo de nuestra propia vida es uno mismo.
Muy digno, la espalda derecha, la cabeza alta, caminé un rato por la pieza. Hacía planes. Planes. En fin.
Miré el reloj. Las dos de la tarde. Afortunadamente, no tenía hambre, porque almorzar a esa hora ya era imposible. Decidí esperar la cena. ¿Pero en qué podía distraerme hasta las siete y media?
Ya un poco menos digno, me senté a la mesa. Miré los papeles, las pilas de folletos de la ITB.
Mi máscara británica empezaba a cuartearse.
Tomé la libreta y la lapicera, y en una página limpia anoté:
1) Hoy descanso.
Y luego:
2) Mañana primera hora ir al centro comprar pasaje Viena.
3) Vuelta a buscar valija, pagar pensión.
4) Viaje al aeropuerto.
5) Viena, Viena, Viena.
Ah, Viena. ¿Y si en vez del punto 1 ejecutaba el punto 5? Qué tentación. Pero estaba resfriado, llovía a mares, me arriesgaba a una segunda tanda de accidentes (la superstición, no sin fundamento, de que ese día era nefasto), y llegaría a Viena de noche.
el punto 1, en teoría tan sencillo de obedecer, se presentaba como un difícil problema. Me hubiera gustado dormir la siesta. Pero sin almuerzo ¿qué siesta?
Parpadeé, medio dormido, y vi que había estado dibujando círculos con la lapicera. Lo mismo hacía en mi cuaderno de geometría del espacio. Exhausto por el aburrimiento, mientras creía estudiar muy concentrado, trazaba círculos en el papel, agujeros de tinta donde metía la cabeza para refugiarme de las precisiones de Repetto, Liskens y Fesquet. Vi también que los dedos de mi mano izquierda, con curiosa memoria animal, ensanchaban las redondas aberturas de la carpeta de macramé.
Me levanté y salí del cuarto.
En una punta del corredor había una sala. Desde la puerta de mi pieza podía ver parcialmente el interior. Una araña de tres lámparas en forma de velas difundía una luz mustia sobre un pedazo de diván, otro pedazo de una consola enorme y parte de una mesa con dos sillas de respaldo muy alto. En el diván, inclinada sobre un tejido, con una canastita de lanas a los pies, estaba Frieda Preutz.
La escena tenía algo de doméstico y tranquilizador que me atrajo. Con las manos en los bolsillos, como si me paseara distraídamente por la casa, me aproximé.
-Guten tag.
Mi voz alegre, mi sonrisa jovial, el buen muchacho de entrecasa consciente de que la soledad lo ha convertido en un hipócrita.
Frau Preutz me echó una mirada severa por encima de los anteojos. Luego, con una de las agujas, señaló autoritariamente el lugar vacío a su lado.
-Sit down, herr Paradella.
Me senté.
Frieda Preutz contaba los puntos del tejido con un dedo grueso.
-You is gut?
-Sehr gut, quite well, thank you, quiero decir, gut, danke schön...
La habitación, que de lejos me había parecido bastante iluminada, estaba en sombras. La lluvia golpeaba monótona contra los vidrios. Las cortinas corridas, el aire húmedo y los olores tristes de una habitación siempre cerrada, donde no entra el sol. Olor a madera vieja, a polvo viejo, a yerba húmeda. Raro en esa casa tan fregada por Frieda Preutz.
Quise levantarme. Frau Preutz soltó una aguja, puso una mano dura sobre mi brazo.
-Sit down, herr Paradella, not go.
Me encongí de hombros, le sonreí. Mi mejor sonrisa patética antes de largarme.
-Ich sprache nicht Deutsch, you see.
-Nein, nein -sacudió la cabeza-, you not go, stay here. You gut?
Y siguió tejiendo velozmente, sin mirarme, una vez que se hubo asegurado que yo no escapaba.
Qué compañía. Qué conversación. Como cuando mi madre me llevaba de visita a casa de la más insoportable de mis tías. "Portate bien. Las manos quietas, nene, no te muerdas las uñas, no hagas sonar los huesos de los dedos, no rechines los dientes, dejá ese gato en paz, sé cariñoso, sé amable, sé educado, porque en el fondo, aunque ponga esa cara de mala, la tía te quiere, hay que entender, no le gustan los chicos, le dan asco, y Alberto, no te retuerzas en la silla, sé bueno."
-¿The girls? Las chicas, ¿dónde están?
-¿Girls?
-Frauleins -dije, y con las manos dibujé en el aire, lo más recatadamente que pude, una figura de mujer.
-¡No girls! -gritó, riéndose y apuntándome con una aguja. Y agregó: One girl. Eine fraulein. Eine. One.
¿Una sola? Es horrible que nos hagan bromas cuando uno no comprende la lengua. Una sola mujer. ¿A qué se refería? Se burlaba de mí y yo sin defensa. En el infierno, el diablo teje. Y uno va y lo busca, con tal de no estar solo, con tal de hablar con alguien.
-Ah, only one girl -sonreí. Que se burlara. Pocas horas me separaban de Viena, de la civilización.
-Yes, herr Paradella. a girl. Here. See?
La aguja suelta señalaba un punto a mis espaldas. Me volví.
Realmente había una muchacha.
Estaba tan quieta, sentada en un rincón, con un libro sobre la falda, que no la había visto antes.
-A girl -asentí como un idiota, mientras mis ojos iban acostumbrándose a ese ángulo más oscuro de la pieza.
La muchacha no leía. Tenía las manos apoyadas sobre la tapa del libro. No nos prestó atención. No se movió. parecía dormida. La perfecta inmovilidad la agrisaba más que la falta de luz.
Frieda Preutz dijo algo en alemán. A medias comprendí que hablaba de la muchacha, que quería presentarnos.
-No -dije-. No.
Sin apartar los ojos de la figura sentada en el otro extremo del cuarto, me puse de pie. Frau Preutz insistía cruelmente.
-Nein -balbuceé-, nein, danke schön.
Ya podía verla bien. tenía el pelo negro, largo y sedoso, el cuerpo menudo, los ojos claros en el rostro pensativo e indiferente. Una sombra de muchacha mal proyectada en la pared, y sin embargo, puro color con ese pelo negro, esos ojos verdes, esa piel sonrosada.
-Nein -repetí, sin aliento.
Di un paso hacía la puerta y volqué la canasta de lanas. Una catarata de ovillos se derramó en el piso.
-¡Ah, perdón, perdón! -exclamé.
La señora me miraba asombrada. Fue una de las pocas manifestaciones de humanidad que vi en ella y me dieron ganas de explicarle que no estaba curado. Que el tiempo había transcurrido inútilmente. Que tal vez, en un futuro no muy lejano, yo pudiera. Pero todavía no. Aún me dolía, Frau Preutz. Y cómo.
Regresé a mi pieza. fumé un cigarrillo tras otro. Miré por la ventana. Había parado de llover. No me alegró.
Eran las cinco. Furiosamente busqué algo que hacer. Puse sobre la mesa mi traducción del cuento de Conrad. abrí la libreta -el único papel de que disponía- tomé la lapicera. "Corriente en contra, igual da", me dije, "cuento de Conrad, voy a traducirte".
Y entonces descubrí que había olvidado el libro en Buenos Aires. Solté la lapicera, hundí la cabeza en el hueco de mis propios brazos, y ahí, sobre la carpeta de macramé, sobre las hojas de la traducción, me eché a llorar sin ninguna vergüenza, como un chico.
A las ocho estaba sentado a otra mesa. La mesa tenía un mantel rojo, un florero de loza con un ramito de violetas de papel, una vela amarilla. El restaurante se llamaba "Giulio", estaba a media cuadra de la pensión y servían comida italiana preparada por un cocinero alemán. Delante de mí había una botella. Vino del Rin, blanco y helado. La botella estaba vacía. Pedí otra. Había pasado al estomago una media docena de ravioles que parecían de plástico, salpicados con una salsa que parecía tinta.
A las nueve, además de una tercera botella, había una mujer. Era muy alta, muy rubia y me sonreía piadosamente. No sé si me había pasado a su mesa o ella a la mía. Sé que quería acostarme con ella. Que hablara inglés no me importó. Que fuera muy linda, tampoco. Que se interesara en mi vida, aún menos. Nada me importaba. Salvo el hecho de llevarla a la cama. Sin embargo, le preguntaba cosas. La muchacha sonreía y contestaba.
Era de Düsseldorf. Estaba estudiando en Berlín. Le faltaba poco para recibirse. De constructora de lápidas.
-¿Constructora de lápidas! ¿Eso es una carrera?
-Es una profesión muy bien remunerada -dijo la rubia, sonriendo suavemente-. Casi un trabajo artístico. Y con el diploma puedo conseguir empleo en ciudades importantes como Berlín.
-¿No te da miedo trabajar en un cementerio?
Sonrió otra vez. Una de esas sonrisas quietas, que nunca llegan a la carcajada.
-Se trabaja en un taller. Y después de todo, ¿qué tienen de terrible los muertos?
Me estremecí.
-Que estuvieron y que ya no están -contesté rápidamente, sirviéndome otra copa de vino.
Bien. Una Constructora de Lápidas. Borracho y todo, conseguí reírme. Al fin y al cabo, quería acostarme con ella, no casarme. Y me acostaría. Contra viento y marea. Dios, una mujer. Un cuerpo tibio. Un abrazo. Una gota de humana ternura.
Me incliné sobre la mesa, le tomé la mano, y sencillamente, absurdamente, le dije:
-Una gota de humana ternura. The milk of human kindness.
Y la muchacha de Düsseldorf, la constructora de lápidas, apretó mi mano, acercó a mi cara la suya, radiante de amor y también sencillamente dijo:
-Sí. Porque nunca he visto un hombre tan hermoso, tan bueno. Sí. Te amo.
Y entonces, sobre nuestras cabezas juntas, se oyó:
-¿Pero qué me decís? El mundo es un pañuelo, che.
Una mano apoyada familiarmente en mi hombro, la cara simpática, las arrugas alrededor de los ojos, la sonrisa compradora. dios. Mi salvador de las escaleras mecánicas de Francfort, Juan Pablo Miller, el joven cineasta argentino que filmaba en Berlín. Y ya se había sentado con nosotros, ya había pedido otra botella de vino para celebrar el encuentro.
Se comportaba como si nos conociéramos de toda la vida. Intimos, se hubiera dicho. Contó la anécdota de Francfort tan bien, con tanta gracia, que antes de concluirla ya me había convertido en un personaje ridículo y lograba de la chica una sonrisa fresca e incontenible. Se puso serio luego y elocuentemente describió las maravillas de la Argentina, haciendo especial hincapié en las virtudes de los argentinos, especie de la que fui excluido con rapidez, debido a mis viajes por el mundo.
A medida que Juan Pablo Miller se explayaba en el cuento de nuestra amistad, yo me servía más vino y miraba su avance. La silla de mi compatriota se corría en busca de mayor proximidad hacia la hermosa constructora de lápidas, un brazo confiado rodeaba los hombros de la chica, una mano suelta revoloteaba y se posaba en la mejilla, en el pelo.
"¿Por qué no?", pensé. "Estamos en el extranjero donde las lealtades no cuentan. Y ¿qué lealtad, si a éste no lo conozco?" El burdo juego me aburrió. En algún momento habré dejado de escucharlo, porque me sorprendí cuando dijo:
-Por lo menos admití que es un golpe de suerte.
-¿Suerte? ¿Qué suerte?
-La casualidad, el destino, como quieras llamarlo.
Se volvió hacia la chica, le apartó de la frente un mechón rubio y lacio.
-Preciosa alemanita. El libro, el libro, che. Yo buscando como loco un tipo que me escriba el libro en quince días y aquí, mucha eficacia, mucha cultura, pero nadie sabe improvisar. Vengo a "Giulio", por la pasta italiana que será una imitación pero nos salva del chucrut y te encuentro a vos, un profesional de las letras.
-¿Profesional de qué?
Ojos de exagerado asombro a la muchacha. Luego las arrugas y la sonrisa.
-Como todo argentino, es un alma modesta. Es periodista. Escribe.
La rubia asintió vagamente. Me pareció que su alegría se apagaba. Un director de cine era más atractivo que cualquier periodista.
-Me voy a dormir -dije.
-¡Pero che! ¡La fiesta recién empieza!
-No para mí.
Me puse de pie con dificultad. Estaba mortalmente cansado y además borracho. Miré a la chica. Me sonreía con el tardío afecto de alguien que quiso mucho y ya no quiere nada.
Ah, una gota de humana ternura. the milk of human kindness. ¿Sufrí? No. Estaba harto. La noche de Berlín, una mujer para abrazarla, el cineasta seduciendo frente a mis ojos a la que me había dicho: "Nunca vi un hombre tan hermoso, tan bueno, y por eso te amo". Qué tedio. No me importaba nada. Que se quedara con la constructora de lápidas. A mi qué.
-Entonces a las diez, viejo.
-¿A las diez?
Se río, besó rápidamente la mejilla de la muchacha, le dijo.
-A un argentino no le hables de la hora porque no te escucha. Eso sí, cumplir siempre cumple.
Y a mí:
-A las diez, si te despertás a tiempo, en el estudio. La dirección la anotaste en tu agenda.
-¿Yo la anoté?
-La anotaste.
-¿Para qué?
-¿Cómo para qué? Para que vengas a ver el material filmado y charlemos del libro.
-Nunca dije...
-Esta niña espectacular es testigo. Me diste tu palabra. dejate de embromar y andá a dormir un rato, que te hace falta. Mañana hablamos.
-Pero yo no puedo...
-¿No dijiste que tenés una semana libre en Berlín?
-¿Yo dije eso?
-Y una semana basta y sobra para escribir esas pavadas.
-Estás loco.
La cara se le arrugó entera.
-Vos vení a las diez y arreglamos.
La rubia constructora de lápidas alzó la cara cuando le di la mano para despedirme. Quizás esperaba un beso. No se lo dí. No quería dar nada.
-Adiós -le dije.
sonrió muy lentamente:
-Adiós se le dice a los muertos.
*Fragmento de La Octava Maravilla. Seix Barral. Biblioteca Breve-
¿AGACHARSE A BESAR LA MANO O DETENER LA MIRADA EN EL COLIBRÍ?*
*Por Leopoldo de Quevedo y Monroy leoquevedom@hotmail.com
Colombiano
La enfermedad que corrompe el cuerpo social no es la miseria, sino el miedo.
Cuando nadie se atreve a decir la verdad y todos huyen al chocar contra ella, la sociedad se lanza por un precipicio. En Colombia sólo tienen cabida el bufón y el canto adulador de los juglares al servicio de los tiranos de turno.
Don J. M. Vargas Vila
Tomado de Harold Alvarado Tenorio en: Letralia No. 188
La vida ofrece cartas sin marca por detrás y caen al frente sobre la mesa, en el piso o quedan pegadas a una hoja en el árbol al caminar. Durante el corto baño en el río que el ser humano toma en este mundo, ve pasar ninfas sin corset, escorpiones, aduladores y vendedores con baratijas engarzadas en sus brazos. Todos los ven danzar con su oferta de veneno o de ilusión.
Pasa en coche o a caballo con gafas negras y escaso peluquín el mandamás del pueblo y se detiene a dar la mano. Alguien que le debe una limosna se apresura a llegar a la ventanilla a besar su perfumado guante.
Acaso así transcurre para muchos su escaso paso por el malecón de la existencia. Andan buscando agradar a la gente que lo tiene todo y se desviven por recibir el aliciente de su olor. Aunque la vida no es sólo un escaparate en el cual se exhiben vedettes de vidrio y pedrerías. Nadie llena su bolsillo ni su valor aumenta por doblar su espalda ante el poderoso o por devolverle una sonrisa al maniquí.
Quizás el estilo de vivir en la ciudad ha convertido al hombre actual en otro objeto de comercio. Debe, entonces, comportarse como mercancía y seguir la curva volátil de lo que más se compra. Deberá alisar su piel, teñir su pelo, vestirse con Galliani muy brillante y hablar con raro acento para que alguien le haga caso. Su conversación versará de embajadores y ministros, de sobretasas y descuentos, de contratos y concesiones. Lo importante es el dinero, las relaciones, lo "in" y, claro, la sonrisa al que sale del Despacho.
Detenerse en la ventana por la noche a darle gusto al ojo, a respirar profundo de brazo de la Luna, cubierta ya de velo de niebla, lista para entrar en la cama, quedó sólo para los poetas. Sentarse de día en el banco del parque a ver cómo se descuelgan de la mano de la rama las flores del guayacán para vestir de alfombra amarilla al piso, es perdedera de tiempo.
Olvidarse del trabajo, del ruido, de los afanes y seguir las alas del colibrí que conversa con la hortensia, es cosa de enamorados. No, por favor, ponerle poesía a la vida, no se aprendió ni en la MIT ni en Oxford. Ni para qué hablar de tales entelequias.
¡A qué horas la piel se volvió caparazón y el corazón se trocó en una alcancía que suena sobre el pecho si hay dinero adentro! Todo es metal, oropel, adulación, falsía y costra en las rodillas. La sociedad se volvió como la tierra con capas de barro, piedra y greda sellados por duro pavimento. Su cuerpo está debajo de la superficie y encima caminan botas, tanques, ambulancias con sirenas, aviones de combate y no queda un orificio para mirar el firmamento. Nadie siente asfixia aunque la angina en el pecho
ahogue de impotencia.
Hace falta el maestro, el profesor, el columnista, el que enseñe a mirar detrás de las cosas materiales. La vida no es todo técnica, banca, microempresa, afán, sudor, balance y pyg. El mundo tiene también celdas que necesitan aire, tiene necesidad de respirar. El árbol vive pidiendo sol, agua, oxígeno para poder comprar su camiseta verde y le alcanza para estirar el brazo y dar cobijo al pájaro y a la febril abeja. ¿Por qué el ser humano se cansó de amanecer entre el alba y el ruiseñor, de ir a la cascada a
esconderse del cansancio entre la peña, de disfrutar de la tonada del campesino cuando siembra? ¿Será mejor oler a humo de granada que a fragancia de astromelias?
Juegos*
Paso el fin de semana con mi hija. Es sábado, vamos a una plaza. Hace rato que estoy sentado cerca de los juegos, fumando, observando, escuchando, con la cabeza más o menos en blanco. De vez en cuando, en la confusión de colores, corridas y gritos infantiles, detecto la figura de mi hija, y entonces, al descubrirla tan feliz, tan frágil y entregada, me asaltan los mismos contradictorios sentimientos de siempre: una mezcla de placer y angustia. Lucho contra esto, evito ponerme grave, conozco los mecanismos de mis impulsos, se lo que hay ahí de incontrolable y tramposo. Intento abandonarme a la lentitud de la hora, a la calma que me ofrece esta tarde de sol bajo los árboles. Mi hija se acerca corriendo, informa, pide permiso, después vuelve a alejarse. La sigo con la mirada y advierto que, así como yo la busco, también ella, sin interrumpir su juego, suele echar una ojeada para este lado. Esas miradas, rápidas, económicas, precisas, sirven para reafirmar cierto acuerdo tácito establecido entre los dos, para comprobar que todo sigue en orden. Va pasando el tiempo. La claridad comienza a
menguar, hay un cambio en el aire y me inquieto como ante la presencia de una amenaza. Dentro de poco se prenderán los faroles y hará demasiado frío para quedarse. Recorro una vez más las hamacas, los toboganes, busco a mi hija con cierta impaciencia y la descubro inquieta, severa, incansable, absolutamente aplicada a esa actividad de los juegos, a la charla con alguna amiga ocasional. Recupero la paz e intento rescatar algunas de esas ideas que se me han estado insinuando y escapando durante toda la tarde. Pienso en las veces que a lo largo de dos años, en los atardeceres, en las noches, en las madrugadas, estuve así, en esa posición, en esa actitud. Las veces que, por una u otra razón, alegre o desgraciado, harto, enfurecido, mis pasos derivaron hacia un banco de plaza. Igual que entonces, en esta jornada nueva, ahora con mi hija jugando ahí a pocos metros, vuelvo a disfrutar con esta entrega, con el silencio, con la evidencia de cierta vieja tenacidad.
Miro nuevamente alrededor, veo los bancos ocupados, y me digo que al margen de las historias, las mías, las ajenas, siempre he encontrado ahí la misma cosa. Los árboles que se tiñen y pierden sus hojas y vuelven a florecer cuando corresponde. Y también las parejas lentas buscándose y abrazándose en
la sombra. Entonces creo saber que puedo liberarme, desentenderme de cuanto está ocurriendo más allá de esta isla. Liberarme de las amenazas, de los miedos, de las desesperanzas. Estos encuentros que se reiteran a mí alrededor parecen desmentir todo. Esas caras y esos cuerpos anónimos, confundidos en la invariable actitud de la ternura, insisten. Se oponen, insisten. Igual que mi hija insiste en sus juegos. Ellos, sean quienes sean, vengan de donde vengan, se asocian para el viejo ritual común. Siento que esa cita a través del tiempo es realmente más fuerte que todo. Y pensarlo es un hallazgo y un alivio. También yo insisto. Esta afirmación mansa, sin estridencias, reencontrada en cada oportunidad, es una de las pocas que he visto perdurar. No ha habido muchas tan firmes, tan intocables, tan alejadas
de las oscilaciones del mundo. Enciendo otro cigarrillo. En el centro de este templo abierto al cielo, entre la multitud de fieles sin cara, percibo, como seguramente lo percibí otras veces, que estoy participando de una ceremonia invencible. Busco una vez más a mi hija. Ella me está dando la espalda, pero ante la insistencia de mi mirada gira la cabeza rápidamente, levanta la mano y esboza un saludo. En la fugacidad de ese gesto pretendo descubrir, no sólo la complicidad de siempre, sino también una aprobación a todas esas divagaciones mías.
*De Antonio Dal Masetto, este texto fue publicado en una contratapa del diario Página 12,
Correo:
Ir a la plaza ?*
Hay gente que se va a avergonzar de estar en ciertas companías en la plaza, sin duda. Pero que sabe - y explica - por qué va. Y le pone el cuerpo.
Y otros que se averguenzan de decir por qué no van. Por que cuando las papas queman la pequeño-pequeñísima burguesía de este país demuestra su mediopelismo y vocación por que no le toquen su pequeña, misérrima quintita. Por que queda mal decir que no van para no mezclarse con tanto negro, para no sentir el olor a choripan. Por que en el fondo se "saben" diferentes, a ellos no los "arrean" como ganado. Les gusta pensar que son "independientes". Son la "gente" que piensa y decide por su propia "conciencia".
En estos momentos me da mucha bronca contra mi mismo no tener la capacidad de un Jauretche, para desmitificar a esa clase que se ve a sí misma como lacaya de la verdadera clase dominante, y le gusta.
Son el inmovilismo por excelencia, envidian a quién veranea en Punta del Este, pero se lo callan, y en cambio putean cuando un "negro" aparece comiendo un sandwich de mortadela en "Playa Grande".
El olor a bosta, proclamado por Sarmiento ¡nada menos!, les parece la quintaesencia de la argentinidad. Son genuflexos hasta el vómito cuando una 4x4 les corta el paso, pero no dudarían en pedir mano dura contra cualquier Kosteki o Santillán que aparezca impidiéndoles llegar a horario a sus pequeños trabajos, en los que ¡Dios no lo permita! negocian cara a cara con sus patrones su miserable aumentito por que no se rebajan a pertenecer a un sindicato. Pero no por los burócratas - que existen y hay que denunciar y vencer - sino por el hecho mismo de pertenecer a un colectivo social. Su individualismo es patético, más aún cuando son profesionales "independientes" y fijan sus honorarios. para no hablar de los "cuentapropistas", con mentalidad taximetrera, pero eso sí, políticamente correctos.
Otra vez, ante momentos como este mi lugar estará en la plaza, por que tomo partido, partido hasta mancharme.
*Udi, haciendo amigos...
udi.cuatro.catorce@gmail.com
LA POESIA ES UN ARMA CARGADA DE FUTURO*
Cuando ya nada se espera personalmente exaltante
mas se palpita y se sigue más acá de la conciencia,
fieramente existiendo, ciegamente afirmando,
como un pulso que golpea las tinieblas,
cuando se miran de frente
los vertiginosos ojos claros de la muerte,
se dicen las verdades:
las bárbaras, terribles, amorosas crueldades:
Se dicen los poemas
que ensanchan los pulmones de cuantos, asfixiados,
piden ser, piden ritmo,
piden ley para aquello que sienten excesivo.
Con la velocidad del instinto,
con el rayo del prodigio,
como mágica evidencia, lo real se nos convierte
en lo idéntico a sí mismo.
Poesía para el pobre, poesía necesaria
como el pan de cada día,
como el aire que exigimos trece veces por minuto,
para ser y en tanto somos dar un sí que glorifica.
Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan
decir que somos quienes somos,
nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno.
Estamos tocando el fondo.
Maldigo la poesía concebida como un lujo
cultural por los neutrales
que, lavándose las manos, se desentienden y evaden.
Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.
Hago mías las faltas. Siento en mí a cuantos sufren
y canto respirando.
Canto, y canto, y cantando más allá de mis penas
personales, me ensancho.
Quisiera daros vida, provocar nuevos actos,
y calculo por eso con técnica, qué puedo.
Me siento un ingeniero del verso y un obrero
que trabaja con otros a España en sus aceros.
Tal es mi poesía: Poesía-herramienta
a la vez que latido de lo unánime y ciego.
Tal es, arma cargada de futuro expansivo
con que te apunto al pecho.
No es una poesía gota a gota pensada.
No es un bello producto. No es un fruto perfecto.
Es algo como el aire que todos respiramos
y es el canto que espacia cuanto dentro llevamos.
Son palabras que todos repetimos sintiendo
como nuestras, y vuelan. Son más que lo mentado.
Son lo más necesario: Lo que no tiene nombre.
Son gritos en el cielo, y en la tierra, son actos.
*GABRIEL CELAYA ("Poesía urgente")
*
HOMENAJE A HORACIO ROSSI*
(con poesía, música y amigos, como a él le hubiese gustado)
Jueves 19 de junio - 20.30 hs.
Centro Cultural La Urdimbre - San Jerónimo 2523
# Presentación de la edición de junio de la revista El Arca del Sur, que estará integramente dedicada a su obra
# Recital poético-musical basado en textos de Horacio, a cargo de Valeria Elías (recitado) y Exequiel Ricca (guitarra)
# Canciones basadas en poemas de Horacio, a cargo de Mario Ruiz (guitarra y voz)
# Micrófono abierto para todo aquel que quiera compartir textos de o sobre Horacio
*Enviado para compartir por Alfredo Di Bernardo alfdibernardo@ciudad.com.ar
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