ESE SUEÑO AJENO...
*
Hay gente que tras la cortina
pega a piedra a ojos envueltos.
Hay gente que bajo su única bandera
dice ser país.
Hay gente a la vuelta de la cuadra
sólo dormita palabras gastadas.
Hay gente que abre su boca
para cazar mariposas negras.
Hay gente ordenada
que llora al culto
y habla de pobres
en ladrillos de migajas,
en cópulas del miedo.
Hay gente sin control que controla
después de la bala.
Hay gente pobre que viste puntillas
en el ruedo de su casa,
la casa donde los pies repudian al mendigo.
Hay gente amontonando palabras
sólo palabras.
*De Ricardo Mastrizzo.
ESE SUEÑO AJENO...
Domingo, 22 de Junio de 2008
Una maestra de la Patagonia*
Delia Boucau es una maestra rural que en 1966 fue a vivir a Neuquén y a trabajar en una escuela situada en territorio mapuche. Ya retirada, se fue a San Martín de los Andes, donde publicó un libro de cuentos. Guillermo Saccomanno traza un perfil suyo, de quien además se reproducen aquí fragmentos de su Crónica de una maestra rural (inédita aunque adelantada en la revista patagónica El Camarote), donde refiere cómo conoció a Léonie Duquet y su propia detención por el Ejército y el duro interrogatorio al que la sometieron.
*Por Guillermo Saccomanno
Conocí a Delia Boucau unos cinco años atrás. Me impresionó la sencillez con que contaba su vida en la Patagonia. “Nací en la Capital Federal y en el ‘66 me vine a la provincia a trabajar en Mamá Margarita”. Lo aclaro: la provincia es Neuquén y Mamá Margarita es una escuela rural situada en la Pampa del Malleo, territorio mapuche. Cuando hice la colimba en Junín de los Andes, en el ‘69, pasé por el lugar que ahora me contaba Delia. Si los milicos nos mataban de hambre y calabozo a los colimbas que, se suponía, estábamos bajo su mando, imagínense el tratamiento que les proporcionaban a los mapuches bajo su dependencia. Nuestras penurias bajo la nieve eran nada comparadas con las que sufría el pobrerío mapuche en el Malleo. Se suponía que el ejército tenía a cargo, desde los tiempos del exterminador Roca, el cuidado de esos marginados. A fines de los ‘60 el ejército estaba más preocupado vendiendo a los turcos bolicheros la comida y la ropa que les correspondía a los colimbas o disponiendo que la tropa talara Chapelco en el negociado con los Reynal. “A pesar de las dificultades y carencias –me siguió contando Delia–, fueron mis años más felices. Me archivaron en el jubileo obligatorio porque a todo chancho le llega su San Martín y entonces me vine a San Martín de los Andes en busca de actividad cultural.” La modestia con que Delia cuenta su historia impresiona. Acá en San Martín de los Andes publicó un libro de cuentos: “¿Puedo pedirle algo más a la vida?”, agradece. La suya es una modestia que, combinando austeridad con sabiduría, se traduce en su trabajo de ahora: la escritura de una crónica de su experiencia docente entre cerros nevados, en una tierra donde el viento y la desolación templan el ánimo. Hace ya un tiempo que Delia empezó a escribir sus memorias, un registro despojado de su experiencia de maestra en este paisaje donde, además de las peripecias de la sobrevivencia diaria, cuenta cómo fue detenida, bajo el gobierno de Isabel Perón, junto con otros maestros. Cuenta su paso por la prisión. (Nombra un oficial al mando de la prisión, un represor Trotz, pariente de las Trillizas de Oro, esas chicas con glamour de polista, bellezas del Proceso). Delia cuenta además su amistad con las monjas Léonie Duquet e Ivonne Pierrot. Cuenta cómo fue liberada gracias al obispo Jaime de Nevares. Delia cuenta todo, sin estridencias ni resentimiento. Parte de esa memoria narrativa la publicó hace poco la revista patagónica El Camarote, en la que participan entre otros, el escritor Daniel Artola y la poeta Graciela Cros. En tanto, Delia sigue con su historia, una crónica sencilla, con una prosa que goza de esa transparencia que se le atribuye a la verdad. Si una reflexión literaria impone su escritura (que remite tanto a las crónicas del padre Abraham Mathews como a los relatos del carrero Asencio Abeijón) es que la crónica, de lejos, parece ser el género narrativo por excelencia de ese territorio que a comienzos del siglo XX todavía era definido como la Siberia argentina y a comienzos de éste aún se lo sigue fabulando como utopía de los desconsolados de la metrópoli. Pero nada de esto parece preocuparle mucho a Delia. Ella sigue concentrada escribiendo su historia. Y vale la pena leerla.
Crónicas de una maestra rural*
*Por Delia Boucau
Pampa del Malleo es como una palangana ubicada a 30 km de Junín de los Andes, y la escuela Mamá Margarita estaba situada al sur de ese valle árido. Había sido fundada por el Padre Oscar Barreto, misionero salesiano. Era un Hogar-escuela al que concurrían diariamente alumnos de ambos sexos, pero albergaba solamente a aquellas chicas que, por la distancia y falta de escuela en sus lugares de residencia, no tenían posibilidades de escolarización. La mayoría de los varones iban a la escuela en todos aquellos lugares donde hubiera, así tuvieran que andar leguas, pero las mujeres quedaban en casa.
Cuando llegué a Mamá Margarita, en 1966, el hogar contaba con treinta internas que pasaban allí todo el año escolar, desde el 1º de setiembre hasta el 25 de mayo; exceptuando las vacaciones de Navidad. En ese momento estaba en construcción lo que llamábamos la Escuela Nueva.
Había un baño, instalado con el mínimo de artefactos, pero no funcionaba por falta de agua corriente. ¿Para qué decir corriente? Digamos que casi no había agua. La poca que lográbamos extraer provenía de un ojo cercano, que se agotaba al cabo de unos pocos baldes. Una de las primeras cosas que aprendí fue a racionar los recursos. El agua del primer enjuague de la ropa servía para lavar pisos; el segundo y último, para vidrios o cualquier otra cosa que no requiriera una excesiva pulcritud. Ese baño se desempolvaba de vez en cuando para un uso específico y glorioso: una ducha. En la cocina, contigua al baño, había una bomba de reloj, esas que se bombean de costado y no de arriba para abajo; era la primera vez que veía una. Esto sucedía en setiembre o mayo, cuando había agua suficiente como para que la temperamental bomba cumpliera con su cometido.
La leña se racionaba también. La única forma de obtener abrigo era en el hogar del comedor y en la cocina. Recuerdo un otoño en que tuvimos que buscar raíces en el suelo helado una vez agotada la recolección de palitos y todo lo quemable en cientos de metros a la redonda. Llegamos incluso a quemar la madera de bancos escolares que estaban para reparar.
TRASLADO A ESCUELA NUEVA
La Escuela Nueva, tarea que el Padre Barreto emprendió para ampliar y mejorar las condiciones de vida, constaba de cuatro aulas, dirección, dormitorio, sanitarios, dormitorio para maestras con su respectivo baño con ¡bañadera!, comedor, despensa y cocina. Con forma de U, tenía alrededor de su parte interna una galería con ventanales que dejaban pasar mucha luz, pero también mucho frío. Era más fría que la escuela vieja porque era más grande, con cielorrasos altos, ambientes amplios en los que hacía falta mucha gente que despidiera calor para que fuera agradable. Me costó mucho mudarme, prefería la tapera de adobe y techo de cartón con su calidez rodeada por árboles, a la frialdad de un edificio más adecuado e higiénico plantado en un páramo de greda y piedra. Muchas cosas cambiaron, no sólo el edificio. La vida familiar de la escuela de adobe fue desapareciendo de a poco.
Todo estaba listo para la inauguración de la escuela, que se realizó el 5 de noviembre de 1967, con la asistencia del entonces presidente de facto Juan Carlos Onganía y su señora, quienes fueron los padrinos. Fue un espléndido día de sol hasta que se levantó un viento de esos que solían soplar. Era tal la tierra que volaba que nuestras caras se habían convertido en máscaras.
Para cuando nos trasladamos, había cuarenta y cinco internas, además de los externos de ambos sexos que concurrían a clase. Se contaba con tres maestras de grado y con cuatro Hermanas de las Misiones Extranjeras que habían llegado al inicio de ese período escolar. Yo, como personal de servicio, me ocupaba del internado. Mi sueldo era una tercera parte de lo que cobraba en Buenos Aires como docente, pero me sentía feliz con lo que hacía.
Siempre dije que no era supersticiosa, pero en el verano de 1968 tuve una sensación extraña y desagradable que todavía hoy sigo recordando. Estaba sentada en el comedor, a la mesa de las maestras que daba a una ventana por la que se veía la casa de las Hermanas, cuando en un extremo de la cumbrera se posaron cuatro jotes. Uno comenzó a alejarse del resto a los saltitos hasta alcanzar el otro extremo de la cumbrera; luego de un rato, voló. Fue ahí cuando sentí como un golpe en el estómago y me recorrió un escalofrío. Una de las Hermanas era Léonie Duquet. Léonie estuvo sólo un año en Malleo y luego se volvió a Morón. Fue una de las dos monjas francesas secuestradas y desaparecidas en diciembre de 1977.
Había una proveeduría que el Padre Barreto había puesto en funcionamiento para que la gente pudiera comprar vicios, que era como llamaban a los artículos de primera necesidad como yerba, azúcar, sal, jabón, etc. De esta forma no debían hacer tanto camino hasta el boliche y la mercadería era más barata. Una forma también de desalentar a que fueran hasta allá y compraran bebida (1).
Mientras las internas estaban en clase, yo lo atendía. Poco a poco se fue ampliando la variedad de artículos y era un desfile interminable de gente que pasaba diariamente y a cualquier hora. Me encantaba atender, me divertía, conocía a la gente, me enteraba de sus problemas y dificultades. Algo que al principio me resultaba gracioso pero que con el tiempo llegó a sacarme de las casillas era la costumbre de pagar artículo por artículo.
No era cuestión de pedir 5 kilos de azúcar y pagar, sino que se meditaba concienzudamente sobre los que se iba a pedir, pasaban la bolsa, impecable casi siempre, para que la llenara. Ahí comenzaba la otra parte de la ceremonia: darse vuelta para sacar de entre las ropas un pañuelo anudado, girar nuevamente hacia el mostrador, desanudarlo, sacar algún billete mirándome para ver por mi reacción si era de la denominación adecuada, tomarlo, recibir el vuelto, guardarlo en el pañuelo, anudarlo, darse vuelta, esconderlo entre las ropas y girar nuevamente hacia el mostrador. Silencio. Miradas furtivas hacia los estantes. Pedían yerba, pasaban la bolsa y recomenzaba el proceso. Y así, hasta llenar dos grandes bolsas conteniendo bolsitas con azúcar, yerba, sal, fideos, polenta, levadura, fósforos, velas y jabón de ropa y de cara.
Años más tarde, siendo maestra de 6º y 7º grados, decidí enseñarles a hacer la compra con una lista y pagar todo junto. Después de explicaciones varias, trabajos prácticos, boliche instalado en el aula, llegó el gran día y, lista en mano, fuimos hasta el boliche que estaba en el río. De tan seguras y desenvueltas que mis alumnas se habían mostrado en clase, me sentí frustrada cuando todas, todas y cada una de ellas actuaron como sus padres, pidiendo y pagando de a una cosa por vez. Volví furiosa a la escuela mientras ellas iban encantadas con la experiencia. ¡Y todavía me preguntaban qué me pasaba!
Es cierto que lo que practicaban en la escuela era un juego y los errores fácilmente subsanables, pero nunca entendí por qué no eran capaces de trasladar el aprendizaje a la vida real, sino que se quedaban con lo conocido, en lo que se sentían seguras, que era reproducir lo que veían en sus padres. Creo que al hacer las compras de esa forma tenían mayor control del dinero y pensaban que no serían estafados. La platita del boliche de la experiencia en el aula era sólo papeles.
OTRO TRASLADO
1º diciembre de 1975, últimos meses de Isabel Perón, el Brujo de la Triple A y en vigencia el decreto firmado por Luder y Ruckauf de aniquilar la subversión. Yo era entonces directora de Mamá Margarita y había ido al pueblo por dos días a cuidar a la cocinera, que estaba internada en el hospital con quemaduras por un incendio ocurrido en su casa; sus tres hijos habían sido derivados al Instituto del Quemado en Buenos Aires. Estaba leyendo mientras tomaba un café en el único restaurante del pueblo, antes de irme al hotel, cuando unos palos negros se apoyaron sobre el mantel de mi mesa. Leer este renglón es una eternidad comparado con la velocidad con que mi cerebro registró que los palos eran caños de ametralladoras, fusiles o qué sé yo, porque sólo puedo distinguir entre una honda y un arma de fuego. Al levantar la vista vi que estaba rodeada por soldados armados hasta los dientes:
–¿Delia Boucau?
–Sí...
–Tiene que acompañarnos.
–¿Por?
–Algo pasó en Mamá Margarita, en el Regimiento le van a ampliar información.
Mi primer pensamiento fue en un accidente, pero no iría el Ejército con toda la parafernalia desplegada a decírmelo. La dueña del restaurante miraba boquiabierta. No sé qué hizo que yo le gritara “¡avisen al Obispo!” (2) (3).
Me hicieron subir al asiento trasero de un jeep. Al llegar a la guardia se me informó que quedaba detenida y punto. Al entrar en la oficina de al lado, me encuentro con dos maestros y dos maestras de la escuela: Mónica Bonini, Mario Rivadero, Bernardino “Chacho” Díaz y María Elena “la Negra” Herrera, demudados y en silencio. Me identificaron pidiéndome por primera vez el documento y me mandaron a sentar. Nadie nos aclaraba nada ni podíamos hablar entre nosotros. En la más absoluta oscuridad y aún en la ignorancia nos llevaron a las tres mujeres al Casino de Oficiales. Un lindo edificio pero tenebroso en la penumbra. Nos hicieron entrar a un pequeño hall al que daban tres puertas: un dormitorio muy amplio con varias camas tendidas fue lo primero que vimos. Quedamos solas y en silencio.
A la mañana siguiente nos despertamos con un sol radiante sobre unos diez centímetros de nieve que refulgía en todo su esplendor. No nos bañamos por temor a que en cualquier momento entrara alguien y nos sacara enjabonadas para cualquier cosa. Lavamos las bombachas ya que estábamos con lo puesto y las pusimos a secar en las ramas del árbol que llegaba hasta la ventana. Mónica decía, viéndolas mecerse con el viento, que si se volaban, no dudaría en llamar a quien fuera para que nos trajera los calzones. Todavía había humor, aunque después nos quedamos mirándonos en silencio; no sabíamos qué decir, qué pensar.
Apareció un oficial que me llevó abajo y entramos a un inmenso salón con ventanales todo a lo largo. El sol y el resplandor de la nieve me encandilaron y apenas pude adivinar siluetas de hombres, muchos, muchos, uno al lado del otro delante de las ventanas; parecían estatuas y no pude distinguir si de uniforme o de civil. Me condujeron a un grupo de cuatro sillones y me senté en el que quedaba desocupado. Me trajeron un café; estaba azorada, pero no tenía miedo. Todavía hoy no lo entiendo, ¡qué inconsciencia! Pero, viviendo en una burbuja, sin noticias, es explicable que me sentara como en el living de una casa a charlar con amigos.
Y empezó la sesión: el bueno, el malo, el moderador, cada uno con sus preguntas en el tono apropiado a su rol. Yo contestaba: padres, hermanos, parientes, amigos, colegios, trabajos, fechas. Que por qué estaba en Mamá Margarita. Por vocación, dije. Que dónde estaba el 20 de junio de no sé qué año. No sé. Que estaba en Zapala, dijo el malo. No tuve tiempo de preguntarme cómo diablos lo sabía y recordé que, ya en vacaciones, había tomado el colectivo hasta allí y después de ver el desfile pasé horas de aburrimiento caminando, mirando negocios cerrados y tomando café hasta que se hizo la hora de tomar el tren a Buenos Aires. Ese episodio me hizo pensar que ningún ciudadano dejó de ser observado en gobiernos civiles o militares. Pero eso lo pensé después.
A la Negra Herrera la soltaron. Almorzamos Mónica y yo y una camioneta vino a buscarnos. En ella ya estaba sólo Mario Rivadero y, para nuestra sorpresa, el Padre Mateos. Sin cruzar palabra nos llevaron hasta el aeropuerto. El oficial y el chofer fueron hasta la torre de control y nos dejaron a los cuatro sentados en el mismo asiento. Mateos nos dijo, muy preocupado, que la cosa no pintaba bien. El sabía lo que estaba pasando en el país, nosotros vivíamos en la más absoluta inopia. Como dos horas después, de vuelta al regimiento; el avión no llegó y respiramos aliviados.
Al día siguiente a las cinco de la tarde nos suben a un Unimog y, brazo en alto, quedamos esposados a la estructura que sostenía el techo de lona. Un oficial, con cara de circunstancias, cierra de golpe la compuerta: “A partir de este momento están a disposición del Poder Ejecutivo Nacional. Cualquier intento de fuga será reprimido con las armas”.
–Usted –me dijo–, ¿se acuerda de mí?
–No.
–Yo estaba a cargo de los conscriptos cuando el general Onganía apadrinó la escuela.
¡Por Dios! ¡El tipo recordaba mi enojo cuando sus colimbas se habían emborrachado y molestaban a las alumnas! Ahora él estaba al mando del operativo. Los otros me preguntaron, pero no quise hablar.
Delante, un camión con soldados que nos apuntaban. Detrás, otro; por sobre la cabina, tres caras adolescentes asustadas, se asomaban con sus armas. Nos sorprendió ver que nos llevaban por el camino que pasa por Piedra del Aguila y Chocón y dedujimos que nos llevaban a Neuquén. Sobre el río Collón Cura, hay un desvío que entra a Sañicó; un camino por el que no pasaba nadie en esa época, y el Padre Mateos, conocedor de la zona, atinó a decir “acá nos matan”. Sin embargo seguimos por la ruta. Los otros habían logrado bajar la mano haciendo correr y girar la esposa, pero en mi barral había algo que lo impedía. Mi mano estaba congelada, dormida; hormigueaba en forma intolerable. Me paré pero un grito me hizo sentar de golpe; los colimbas nos apuntaban directamente. Conseguí meter la mano entre el fierro y la lona para descansar de a ratos. Ya estaba oscuro y el frío era insoportable; nadie tenía mucho abrigo y nos castañeteaban los dientes. Paramos en Piedra del Aguila y nos hicieron bajar de a uno. Al sacar la mano me quedaron en la palma dos tiras en carne viva porque la piel se había congelado y quedó pegada al metal.
Llegamos a Neuquén, al Comando, a las 6.30 de la mañana. De allí nos mandaron al penal. No me acuerdo por dónde entramos, sólo recuerdo un pasillo con dos rejas al final que se abrían a ambos lados. Mónica iba delante y la escuché gemir cuando entramos a otro pasillo y vio la celda. En esa primera la hicieron entrar. A mí me llevaron al otro extremo. Se escuchaban alaridos y una radio a todo volumen. Después supimos que eran dirigentes del S.U.P.E. de Plaza Huincul. Ya no había hombres en el sector donde nos ubicaron a Mónica y a mí. Las celdas medían 1,90 de largo por más o menos 1,20 de ancho. Dos guardias mujeres que no pasarían de los veintipocos años me empujaron hasta el fondo y, a la orden de “desvístase”, comencé a poner la ropa sobre la cama. Tiraban de mis dientes para ver si eran postizos, metían sus dedos en mis oídos... Ya casi habían terminado cuando apareció la jefa y de un brazo las sacó al pasillo preguntándoles quién les había dado orden de hacer aquello. Furiosa, ni me molesté en escuchar la respuesta mientras me vestía. Una vez que cerraron la puerta, me sacudió el golpe seco del pasador y quedé sola.
La luz en la celda estaba permanentemente encendida, sólo veía luz natural cuando me llevaban al baño, al que decidí ir con mucha frecuencia aunque sólo fuera a lavarme las manos para caminar un poco. En cada incursión tosía para que Mónica me diera una pista, pero nunca escuché nada, ni siquiera que se abriera su celda. Eso me preocupaba mucho. Una mano había abierto el ventanuco y me había entregado los cigarrillos que estaban en la cartera. No tenía ganas de fumar, cosa insólita. Para almorzar, aunque vaya a saber qué hora era, me trajeron puchero. Después de comer encendí un fósforo e hice una marquita en la pared con la parte quemada para ir contando los días; siempre y cuando no alteraran el ritmo de comidas, podría llevar el cálculo. Más tarde se volvió a abrir el ventanuco y una mano me entregó el rosario que también estaba en la cartera y que no había pedido. Supe, por el anillo, que era la jefa. Fue la misma que dos días después, con mucho sigilo, abrió la ventanita y susurró “los sueltan”.
–¿Y Mónica? –le pregunté.
–Está bien, quédese tranquila –cerró de golpe y le dijo a alguien: “la estaba vigilando”.
Al tercer día de nuestra llegada a Neuquén nos reencontramos los cuatro detenidos en una oficina donde un oficial mostraba los libros que habían incautado en la escuela; cada uno tenía que decir a quién pertenecían, dato que se anotaba prolijamente en listas. El Padre Mateos admitió que El ejército azul de la Virgen de Fátima era suyo, y yo, que Las revoluciones del motor pertenecía a la biblioteca de la escuela.
No tuve mejor idea que pedirle al oficial que me hiciera una certificación de que habíamos estado detenidos por la razón que fuera esos cinco días para presentar al Consejo Provincial de Educación y justificar nuestras inasistencias. Cuando me la entregaron no paraba de mirar alternativamente al milico y las hojas. Estas eran del tipo borrador de los blocks Coloso, pero el contenido era lo más fantástico que había visto. Decía: “Certifico que Mario Rivadero, Mónica Bonini y Delia Boucau estuvieron detenidos en averiguación de antecedentes desde el 1º de diciembre hasta el 5 inclusive. Firmado: Ernesto Trotz”. Eran sólo tres renglones sin margen superior ni laterales. Ni lugar ni fecha, ni membrete o sello alguno.
Salimos al gran patio deslumbrados por el sol y escuchamos gritos vivándonos. Caminamos hasta el portal de entrada y las casillas de guardia, donde tuvimos que identificarnos otra vez. Ni bien salimos un tropel se nos acercó para abrazarnos. Alcancé a ver a mi hermano y cuñada. Nos dijeron que don Jaime rezaría una misa en la catedral. Hacia allí fuimos y monseñor, cansado, con ojos brillantes y su gran sonrisa, nos abrazó. Al salir del obispado para ir a la iglesia, la señora Manuela de Vega, jefa de supervisores del Consejo, nos estaba esperando para abrazarnos. Fue a título personal. Para la institución, tal vez hubiera sido mejor que no existiéramos, porque cuando más tarde mandé los certificados se me dijo verbalmente que cómo se me había ocurrido sentar semejante precedente. ¿Qué quisieron decir?
Supe, muchos años después, quién nos había acusado y pedido que investigaran. Por la amistad que me une a sus familiares (que fueron quienes me lo dijeron) no voy a dar su nombre. Además, ya murió.
*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/libros/10-3083-2008-06-22.html
LA OCTAVA MARAVILLA*
*De Vlady Kociancich.
39
Al cabo de todos estos días, de todas estas páginas, puedo llegar a comprender, con un grado de aproximación a la verdad, por qué fingí escribir una novela. Sé también que las traducciones, el periodismo y los viajes, fueron solamente los hijos no deseados de mi matrimonio con aquella ficción. Pero nada ni nadie me obligaba a aceptar la oferta de Juan Pablo Miller.
Yo no tenía ataduras. había perdido a Victoria, había renunciado a mi pasado. Mis amigos y mis amores estaban dispersos por el mundo, hechos de la amteria de una conversación, de alguna afinidad y de media docena de anécdotas, recogidas en un cruce que siempre podía ser el último y que muchas veces lo fue. Hasta Buenos Aires, tan firme, de una realidad tan robusta, comenzaba a parecerse a esos islotes que cubre y descubre el mar durante algunos meses del año.
Calzarme sucesivas máscaras, ser deliberada e imperfectamente otros, estar siempre a medias en los lugares que visitaba, oír las muchas lenguas que desgranan dos o tres idiomas mal hablados, me habían curado del vicio de pertenencia. Asi como la necesidad de hacerme comprender a aquellos que hablaban mi propio idioma me quitó el acento y los modismos argentinos, un respeto bastante similar por la elocuente vida de los otros sintetizó y pulió mi vida como el paso de mano en mano pule una moneda, alisando el relieve de la efigie, borrando la fecha de su emisión. Era, sin lugar a dudas, lo que todo hombre inteligente, sano y vigoroso, debe aspirar a ser: un hombre libre.
Y me sentía miserablemente desdichado.
Pero esa desdicha que ahora observo desde la mustia protección de museo que otorga el presente, no fue, en la semana de Berlín, sino una suma de trivialidades. Me sentía triste porque estaba solo en Berlín y la ciudad era desagradable; porque no paraba de llover y empeoraba mi resfrío; porque la pensión y Frieda Preutz me parecían, además de incómodas, hostiles; porque se había suspendido la ITB y de ese modo la única razón de mi estadía; porque una mujer me había dicho que me amaba y yo la había dejado irse con otro; porque pretendí traducir el cuento de Conrad y había dejado el libro en Buenos Aires. Me entristecía caminar en círculos.
Por supuesto, pensé en viajar a Viena. Pero temí que el cansancio y el resfrío se agravaran, temí no encontrar la voluntad necesaria para el regreso a la ITB. soy responsable: me resigné a la semana en blanco que ofrecía el destino.
Pero ¿por qué acepté escribir el texto para Vida y Obra de Francisco Uriaga?
No hacía falta una gran dosis de perspicacia para adivinar que la película, con mi texto o sin él, se iba a pique. Ya había naufragado, en realidad, esa endeble chalupa de una idea, y Juan Pablo Miller, Ramón Segura, Carlitos, y hasta el mismo Francisco Uriaga de mudez victoriosa, flotaban agarrados de unos tablones. Sin embargo, aun cuando la película hubiera llegado a mí como un crucero de lujo, con todas sus luces encendidas, tengo la certeza de que no habría aceptado. El cine -como le decía siempre a Victoria- me gusta porque por un rato me permite olvidar quién soy, dónde estoy y para qué. Pertenezco a la raza de los espectadores.
Tampoco me encandiló la fortuna en marcos que tan alegre como hipotéticamente esgrimía Juan Pablo Miller. La revista me pagaba bien y, haragán como soy, no hubiera sabido en qué emplear un dinero extra. En cuanto al pedido de auxilio de Segura y Carlitos, aun si sobornaba mi vanidad ese ruego, sabía perfectamente que tal como se presentaban las cosas, el salvador caería al agua con ellos. la diferencia entre esos náufragos y yo, era mi pasaje de vuelta a Buenos Aires.
Entonces, ¿por qué compré, la misma máquina de escribir y media resma de papel? ¿por qué consentí que me impusieran ese sueño ajeno? ¿Por qué me encerré en mi cuarto de la pensión Frieda Preutz, en vez de volar inmediatamente a Viena?
Por primera vez, tomaba una decisión que a mí, sólo a mí, concernía. Nada ni nadie me empujó. Libre, con plena conciencia de mi voluntad, lo hice. Ahora, mientras escribo en este verano de Buenos Aires, en esta pieza que da a un jardín con palmera, azorado y quizás al borde del pánico, sé por qué lo hice.
No quise ganar dinero o fama, salvar compatriotas, distraerme del tedio, recuperar una mujer perdida.
quise contar la historia de una pobre criatura humana despojada de historia personal, desarraigada y reimplantada en un mundo que no intenta comprender, acosada por las fútiles interpretaciones de los otros, vestida, cuidada, decorada criatura, que apenas puede anunciar el título de su mejor poema antes de enmudecer para siempre. quise contar con mis palabras lo que callaba ese hombre casi muerto que se aferraba a su catre y su silencio, y también contar lo que callaba en la recitación de los mismos versos honorables, infinitamente repetidos. quise contar que se moría y que nadie, con tanto testigo, se daba cuenta.
Pasó el tiempo, y volví a Buenos aires, y ahora se abre el mundo y me desespera la premonición del encierro y de libertad, me ahoga el miedo de perderme en la calle, tiemblo si el viento golpea una ventana, busco obsesivamente caras familiares en la gente que veo, escribo, me abrazo a Alicia Martínez, a la vista del jardín con palmera. Y sin embargo, si pudiera regresar al momento de mi decisión en Berlín, si encontrara otra vez, en las mismas circunstancias, con los mismos personajes, con la soledad que yo sentía, a Francisco Uriaga mudo, digno, agonizando y perpetuado en la pantalla de una moviola, juro que lo haría de nuevo.
Porque fue el impulso más generoso de mi vida. Porque lo hice por amor.
*Fragmento de La Octava Maravilla. Seix Barral. Biblioteca Breve-
TODAS LAS CAMPANAS Y TODAS LAS OREJAS*
¿Logrará el periodismo argentino poner en práctica las reformas necesarias en defensa de la pluralidad de voces y la libertad de expresión? ¿Lograremos superar las deformaciones profesionales que llevaron al mundo y al país, globalizados, a los cada vez más concentrados monopolios publicitarios e informativos?
¿Se podrá poner límite a la mentira y a la invasión publicitaria más descarada?
¿Podrá ofrecerles la prensa gráfica, radial, audiovisual y alternativas o informales, a los argentinos y argentinas, más opciones de belleza y de verdad, más diversidad del relato público?
¿Podremos reeducarnos para superar la banalización mauroviálica, la tinellización, la dictadura gusanogiménica del ratting, la competencia feroz por llamar la atención de cualquier manera para sacarle al otro medio un punto de audiencia sin pensar nunca en el radioescucha o televidente o lector como ser humano diferente?
Sin entrar a analizar cómo influye el nivel socioeconómico en lo cultural en cada argentino, desde hace treinta años al presente me parece que la mayoría de la gente en su casa no logra hacerse a través de los medios, un gusto propio en arte y cultura o entretenimiento, y ni siquiera logra hacerse una opinión propia sobre los hechos, madurar una impresión que vaya más allá de las burdas chicanas, del efectismo tremendista, del ping pon de insultos entre los unos y los otros del primer plano que nunca podemos elegir, sino que no nos dejan más alternativa que escuchar o ver o leer la palabra oficial o la palabra de la oposición, Todo Noticias versus Canal 7, Clarín o Página/12, como si en un país de cuarenta millones de personas solamente hubiera uno o dos puntos de vista, uno o dos conflictos, una o dos maneras de pensar, sentir y vivir.
¿Somos consumidores finales o somos actores principales? ¿Somos víctimas de las sucesivas bipolarizaciones que nos limitan y dividen y nos hunden en el monólogo ciego, sordo y mudo? ¿ya no podemos comunicarnos entre nosotros porque al toque salta el insulto, la descalificación, la piña y te corto de rostro, no existís, morite?.
Todo se arma en los medios masivos para tirarlo como petardo o brulote, a favor o en contra. Cuando un movilero televisivo se muestra en la calle preguntándole a cualquiera “a micrófono y cámara libres y abiertos”, qué opina sobre tal o cual conflicto, el medio ya va con opinión formada y el editor armará siempre los noticieros o cualquier programa como quiere el poder y no como quisiera el periodista o el pueblo necesita para saber en serio de qué se trata o de qué se miente.
Cuando muestran una mesa en el canal con invitados de diferentes posiciones, el supuesto moderador ya tiene opinión formada de antemano, y todo se arma a gusto de los anunciantes y según la línea del dueño del medio. No hay honestidad, no hay diálogo ni verdadero debate. Por eso nunca podrán dialogar Mariano Grondona con Hebe de Bonafini, por eso nunca podrán dialogar Carlos Menem con Jorge Lanata.
Es más fácil destruir que construir; es más fácil ignorar que comprender. ¿Será más fácil odiar que amar?
No se pueden sentar a dialogar dos argentinos sobre un conflicto porque si los dos miran el mismo noticiero o leen el mismo diario o escuchan la misma radio, no hay contrapunto Sin darse cuenta los dos van a repetir la misma opinión calcada, que no es su opinión sino la que le instalaron masiva y acríticamente los medios y así ninguno va a poder aprender nada del otro ni de sí mismo y cada monólogo se empobrece más y más hasta que pasa el tiempo y ya ninguno de los dos se acuerda de nada.
En la caja boba se pueden mostrar tetas, culos, se puede decir las cosas más asquerosas o repugnantes, pero no se puede dialogar, no hay ningún lugar para el diálogo o la discusión en serio.
Se puede mezclar birra con Rivotril o Artane con tetra, o consumir desde paco hasta éxtasis ante las cámaras y cagarse de risa de cualquier cosa, pero no se puede pensar y dialogar.. Por eso no hay diálogo entre árabes y judíos en la televisión argentina ni hay diálogo de pareja ni hay diálogo entre abuelos y padres o entre padres e hijos. ¿La esquizofrenización mejora la venta? Solamente hay pasasrela, mirame y me cago en vos o te uso y te abandono.
Es más fácil convocarse para quemarle la casa a un vecino y demolérsela a pedradas porque ha abusado o matado a un menor de edad, pero no se puede reunir a los vecinos para dialogar en serio o discutir sus diferencias sobre graves temas como alcoholismo, tabaquismo, homofobia, drogadicción, analfabetismo, desnutrición, desocupación u ocupación ilegal de viviendas, sistema penitenciario, hospital público, etc.
Unos pocos dueños de casi todos los medios deciden qué noticia del exterior van a difundir y cuales no, y qué tema nacional van a tratar y qué temas no, y qué tratamiento le van a dar a cada caso.
Y por lo general el periodismo alienado no le ofrece a la ciudadanía todas las campanas sino siempre blanco o negro, Ford o Chevrolet, Microsoft o Yahoo, Coca o Pepsi, según quienes manijean y maniquean el programa o el canal
Para los medios no hay opinión pública, sólo hay clientes, todo es timba y mercado, oferta y sorteos. .
¿Cómo revertimos eso ya que somos los que pagan todo como consumidores finales?
Yo me debo haber vacunado contra el monólogo bi-norma porque no puedo permanecer mucho tiempo oyendo siempre la misma campana y busco otro canal, leo otro diario, otra revista, o trato de escuchar a otra gente. Y muchas veces tengo que cambiar mi punto de vista para no mentir o mentirme o defender lo indefendible.
Internet me permite ampliar la perspectiva. Por ejemplo: cuando puedo, exploro a ver qué dicen los diarios italianos, corriere Della sera u otros, y no importa si no hablan de argentina, lo que vale es que yo amplíe mis estrechos límites conceptuales.
Y después busco al menos dos diarios franceses, le figaro y le monde u otros
Y no importa si no hablan de mi, importa que yo me interese por otros que no son como yo. Y después busco a ver qué dicen los diarios de España, el país de Madrid o el mundo.es u otros menores o busco en diarios de Brasil, o de Chile, de Uruguay, o Portugal o México o Norteamérica
No entiendo otros idiomas al dedillo, sé lo que aprendí en la secundaria de inglés, francés e italiano, pero me esfuerzo por tratar de captar qué eligen decirme y cómo me lo dicen y de allí deduzco qué no me dicen y me pregunto por qué no me lo dicen.
Leyendo diarios de distintas regiones argentinas me doy cuenta de que no hay una sola argentina sino diferentes maneras de ver y vivir y distintos temas.
Cuando alguien por Internet me envía un mensaje de esos que se intentan hacer cadena de movida masiva , y lo veo muy evidentemente parcial, muy a favor de Botnia o de los ecologistas de última hora, o muy a favor de los agroesportadores de la bicicleta sojera o muy a favor de Renta para la Victoria, trato de contestar a cada caso con mensajes de lo opuesto, otras campanas, a ver si logramos balancear o superar las parcialidades cerradas que no quieren ni pueden o no saben dialogar o autocriticarse o pluralizar el monólogo..
Me doy cuenta de que la mayoría de la gente sigue atrapada en la polarización cerrada por la plaza del SI o por la plaza del NO, el Congreso del SI o el Congreso del NO.
Si queremos pasar de monopolios informativos a ejercer el pleno derecho a opinar y a escuchar libre y ampliamente todas, TODAS, las opiniones,. hay por delante una incansable tarea pluralizadora, no sólo de los periodistas sino de cada uno de nosotros.
No nos quedemos pegados siempre a los mismos hábitos, tratemos de recorrer toda la ciudad donde vivimos para ver y escuchar, porque cada barrio tiene una mirada diferente y una manera diferente de vivir y contar su suerte o su desgracia..
Tratemos de conocer la provincia en que vivimos y todas las provincias.
Tratemos de superar el prejuicio frente a los extranjeros, especialmente si son de culturas muy diferentes a la nuestra. Tratemos de abrir todas las puertas y ventanas al diálogo, porque donde hoy se cierra un diálogo mañana puede cruzar el cascotazo al cráneo de la criatura o la piña o la puñalada o la bala perdida entre un lado y otro.
Judíos y palestinos se matan unos a otros y no pueden convivir porque desde que unos llegaron a la tierra de otros, no hicieron el esfuerzo voluntario de conocerse unos a otros, no hacen el esfuerzo por tolerar la creencia religiosa diferente, por tolerar el pensamiento económico o político diferente. Y donde primero se cierra el diálogo,
después el lugar del otro se vuelve country o fortín, se levanta el muro, y se fabrican armas y guerras creyendo que hay que defenderse y se gasta más en atacar que en ayudar y después terminan creyendo que hay que exterminar a todos los otros y solución final.
En Sudamérica no hay diálogo entre mapuches y chilenos, no hay diálogo entre tehuelches y argentinos, no hay diálogo entre los argentinos y las pocas naciones aborígenes en extinción y hace quinientos años que no hay diálogo y hubo siglos de guerras o exterminio. Los blancos de clase alta de Bolivia no quieren convivir con los aymaras, los blancos criollos de clase alta del peruano quieren convivir con los cholos, los blancos de clase acomodada del brasil y de paraguay no quieren convivir con los tupíes o guaraníes o negros de las favelas y los morros.
En nuestro país no hay diálogos con los inmigrantes pobres de origen paraguayo o boliviano. Entre argentinos y chilenos hay prejuicios y malentendidos por falta de diálogo y de tolerancia de puntos de vista diferente y en 1981 estuvimos al borde de una guerra.
El periodismo en manos del poder nos quiere enseñar a criminalizar al excluido, a verlos solamente como una amenaza, como vagos, malvivientes, traficantes, ilegales, contrabandistas, fundamentalistas o carne de redes de prostitución, nunca como ser humano a incluir en igual dignidad entre todos los hombres de buena voluntad que quieran hacer habitable y convivible este suelo.
El interventor del COMFER viajó a USA para aprender políticas a aplicar aquí para cambiar los vicios monopolistas de los medios de difusión, porque ya
dentro de los Estados Unidos se luchó contra el monopolio de empresas privadas petroleras, luego contra el monopolio en de telefonía, y luego contra el monopolio de los mass media y se está luchando contra el monopolio de Internet.
Cada uno de nosotros puede contribuir para superar la mentalidad masificada y revisar nuestro propio punto de vista, nuestros gustos, nuestras limitaciones. Cada uno de nosotros puede explorar otros lugares y leer o pensar o escuchar otras campanas.
Solamente hay que dejar de creernos el consumidor final, el cliente pasivo, el último orejón del tarro de mierda globalizado.
*Por Rubén Vedovaldi. RubenVedovaldi@netcoop.com.ar
POEMA A LA LOCOMOTORA DE VAPOR*
*Por Ricardo Cal (*)
Sos china el ferrocarril donde yo paro la olla y sos la mecha que se arrolla en el pico del candil.
Sos la sonrisa burlona que asoma en el nivel, sos la llanta en el riel, que hace mil garabatos y aquella yunta de gatos grandes y perezosos. Sos el vaivén de las crucetas y los pesados sectores y tambien los purgadores para espiantar los sotretas.
Cuando estás muy enojada sos como plasta en el horno, como llama de retorno y como rueda planchada; como un completo carguero con las prensas reventadas bajo los soles de enero.
Sos la escobita rabona, indiferente y apática y sos la fuerza hidrostática con que el patente funciona.
Sos la única soberana con tu escape armonioso, con tu silbato fogoso que despierta al vecindario. El humo es penetrante y el reflejo del hogar que te hace pestañar cuando pasas el gancho. Hay que palear sin cargarte demasiado, livianito adelante, pero atrás bien cargado.
Siempre atento a los pormenores hasta llegar a la meta, con prisa y atención para la próxima parada. Ya llegamos a la estación, la señal está baja, la verde en el andén, contraseña del furgón, firme el agua y la presión. Para continuar el recorrido, la vía libre en el arco, las tomas con atención porque es la autorización hasta la próxima parada.
Parece que entendiera, se afirma su caldera, buen nivel de agua y vapor, para continuar en horario hasta la próxima estación.
Cuando tomas servicio, el llamador con la boleta, le firmas la papeleta por si hay alguna observación. Cuando llegás al galpón con todo su equipaje, la valija con la ropa, el mameluco limpito, los elementos del mate para despuntar la mañana, las sabrosas milanesas y la botella baquiana.
Desde el punto de partida dependes de tu amiga fiel, la morocha del riel, bien preparada y ligera, para cumplir la jornada. La carga bien pesada y de vagones completa, con la ilusión de llegar sin sobresaltos y a horario hasta el final de la meta. Preparando a la morocha para el descanso final, aceiteras cerradas, el patente, el pajarito, las mechas recogidas y las herramientas juntadas.
Cuando llegas a la pieza, luego de la ardua jornada cumpliendo con tu deber, por eso que sin pretexto y con mucha devoción a la china con cariño que la trato como un niño, por lo fiel y compañera y por todo su escozor, le dedico con calor a la catanga a vapor ese poema sincero.
Por último en la cocina, donde se dicen macanas de gran calibre, porque sos la vía libre de esta vida peregrina.
Ya sos historia catanga. Con tu recuerdo en el mármol, tu silueta se divisa ante todo con honor. Vos catanga a vapor, en el parque de mi pueblo, silenciosa y bien parada con tu estampa reluciente, para que te admiren los gurises y se detenga la gente.
Así será tu recuerdo, porque te lo merecés, como elemento de unión. Naciendo junto a la estación un nuevo pueblo de campo, que esa fue tu misión y así lo entendimos todos.
En tu largo recorrido, cruzando pampa y desierto, juntaste en campo abierto dando vida y alegría. Los pueblos son los testigos, que hoy rinden a tu memoria allá en esa plaza de gloria, cuando llegaste un día para crear un poblado donde eran tolderías.
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Esta tomada de su libro, "Ferrocarriles en el Mundo", publicado en Marcos Paz, Provincia de Buenos Aires, Argentina en 1999.
(*) Ricardo Cal fué miembro de una familia de conductores e instructores de máquinas a Vapor de la localidad de Villars. En el Centro Cultural que se ha constituido en el edificio de la estación ferroviaria Villars, en el año 2002 se inauguró una biblioteca pública que lleva su nombre, con una fiesta popular en reconocimiento a su trayectoria en pro de su comunidad.
-Enviado para compartir por Alfredo Armando Aguirre choloar@rocketmail.com
A MODO DE HOMENAJE A DON RICARDO CAL, PERSONA QUE NOS DISTINGUIO CON SU AMISTAD, QUIEN DEJO ESTE VALLE DE LAGRIMAS, LA NOCHE DEL 15 DE JUNIO DE ESTE 2008, EN LA CIUDAD DE MARCOS PAZ
Correo:
¡MATEN AL INGENIERO!*
LUNES 23 DE JUNIO A LAS 21 HS EN EL SALON CASCADA DEL 2º PISO DEL
BAUEN HOTEL - CALLAO 360
Es una Charla Itinerante a cargo de Jorge de Mendonça que pretende llevarnos hacia un debate pendiente sobre porqué suceden algunas cosas...o, peor, porque somos incapaces de hacer que sucedan!!!
El expositor, centrando la disertación en la trayectoria profesional del Ingeniero Ferroviario Pedro Celestino SACCAGGIO y la difamación pública que le hicieron en 1956, buscará demostrar como fue el largo proceso que nos llevó a ser uno de los países con el mayor costo macroeconómico de transporte.
Con esa misma referencia, nos acercará a entender una de las razones por las que fuimos perdiendo capacidad creativa, industrial y tecnológica, generando una estructura de conocimiento en la que los experimentados son cada vez menos y más viejos.
En el final nos hará reflexionar sobre el camino que deberíamos retomar, ya que el que hemos seguido en los últimos 50 años nos ha llevado al lugar en donde estamos ahora.
Jorge de Mendonça se dedica en forma independiente al análisis de temas de transporte, telecomunicaciones y territorio, y en aquel hecho de 1956 pudo encontrar “la primer puntada” con la que comenzaron a deshilachar nuestra infraestructura y nuestro “saber hacer” de personas, técnicos y políticos sobre esa cuestión. Su desafío es lograr que recuperemos la inteligencia colectiva
que haga que las obras y las cosas se demanden, se peleen, se impulsen y no nos quedemos más con el
“...pero a eso? No lo van a construir nunca!!!...”
Durante décadas, el Ferrocarril Inglés mimó especialmente a un permanentemente joven y genial
inventor: PEDRO CELESTINO SACCAGGIO.
Lo que inventaba para el Ferrocarril en Argentina, ellos lo replicaban en el Mundo. Hoy los relatos de la técnica ferroviaria de ese mismo Mundo lo citan entre los Padres de la tracción Diesel Eléctrica
incluso, antes que los estadounidenses.
En 1930, TODOS LOS GRANDES DIARIOS DE LAS PRINCIPALES CIUDADES ARGENTINAS y el Libro de la Historia del Ferrocarril Sud, citan los aplausos recibidos por el creador del Primer Tren Diesel Eléctrico que circuló el 30 de Enero de 1930 entre Plaza Constitución y San Vicente. . . . . . . . .
Ya jubilado, pero nunca retirado de la acción y la creación, se contactó con el Coronel Juan Domingo Perón para informarle que, si no reemplazábamos en corto plazo las locomotoras a vapor por Diesel Eléctricas, en menos de diez años entraríamos en una fuerte crisis económica ferroviaria.
Le dijo que podíamos fabricarlas. El Presidente Perón le dio todas las herramientas posibles y así nació la Fábrica Argentina de Locomotoras y salió a los rieles el prototipo de la FADEL llamada “La Justicialista”. Los viajes de prueba y de servicio que realizó sirvieron para corregir
errores e imponer más innovaciones. Se ordenó la fabricación de 683 locomotoras. Con los primeros 280
motores fabricados en Italia y en Ferreyra, nació Grandes Motores Diesel, lo que hoy es MATERFER.
Las bombas cayeron y la Libertadora cerró la Fábrica, pero el Pueblo Argentino sabía que era
capaz de fabricar locomotoras en el País. . . . . . .
“Un mozo de café pretendió fabricar locomotoras en el País” fue toda la idea que se les ocurrió para que nadie volviera a creer que lo podíamos hacer.
Los principales diarios del País publicaron un texto similar entre el 11 y el 12 de Julio de 1956, lo mismo que las radios y el Canal 7. Saccaggio, indignado, se limitó a publicar una solicitada (¡que el Diario ubicó en las páginas deportivas!), mencionando, simplemente, que él pertenecía a dos academias internacionales de Ingenieros. Murió tres años después sin reponerse de la depresión.
Ese día 12 de Julio anunciaban el ingreso de Argentina al Banco Internacional. El 17 de Julio informaban sobre el déficit de locomotoras en los ferrocarriles y la decisión de endeudarse para comprar urgentemente locomotoras diesel eléctricas en el exterior.
En 1961, Larkin, durante el Gobierno de Frondizi, asignó la responsabilidad del déficit al alto costo de servicio de las locomotoras a vapor y, por eso, ordenó cerrar 17.000 Km de vías.
Ese General Norteamericano de Logística organizó la desarticulación del Territorio Argentino y la principal “ayuda” a su mérito la dio la cancelación en 1955 de la fabricación de cientos de locomotoras nacionales.
Si usted se atreve, nos encontramos en la Charla y vemos como aquella difamación
nos siguió perjudicando por MEDIO SIGLO MÁS.
*Jorge de Mendonça. jorgedemendonca@gmail.com
*
Queridas amigas, apreciados amigos:
El domingo 22 de junio del 2008 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música de la compositora brasilera Jocy de Oliveira. Las poesías que leeremos pertenecen a Gerardo Contreras (Costa Rica) y la música de fondo será de Mario Guacarán (Venezuela). ¡Les deseamos una feliz audición!
ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!
REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo! Cordial saludo!
YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com
Schießstattstr. 44 A-5020 Salzburg AUSTRIA
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