LA FLEXIBILIDAD DE LO QUE ERA POSIBLE...
MIENTRAS DURE LA LUZ*
Estaba muriendo el anciano, ya poco de él quedaba en el cuerpo que irremediablemente se marchitaba, se consumía, tendía a la desaparición. Los árboles las flores, la casa enorme que estaba a sus espaldas, la fama, los libros escritos y aquellos que ya no escribiría. Todo se marchaba con él. Se iba diluyendo amablemente en esos días lechosos. El pasado ya atrás y el tiempo esa cosa informe.
Había sido historiador, había sido escritor, había traído de vuelta los siglos, había resucitado a Claudio, a Calígula, había dialogado con los Julios y había explicado un Jesús con amigos y desesperación, en un tiempo de extrañeza.
Robert Graves sentado en su sillón de ruedas con su manta en las piernas. Mediodía inglés. Un anciano como todos los ancianos. Un hombre que había poseído la plena conciencia, la intolerable luz de un espíritu agudo.
Ahora, anciano como todos los ancianos, confinado a su enfermera, su paseo, su papilla, sus píldoras, la medición de la presión, el cuerpo frágil; el cuerpo que abate, doblega, el cuerpo que traiciona.
Viejo viejo ya muy viejo, ya olvidado de sí. El periodista que le pregunta por el significado de su obra. "El sol", dice Robert. El periodista que le pregunta sobre la precisión de los datos. "El sol", dice Robert. El periodista que lo interroga sobre el alcance de su infelicidad. "El sol".
Señala el sol. Dice "el sol".
Pendiendo contra el sol, la imagen de la humana juventud, las promesas que ya no fueron, el amor pasado, la flexibilidad de lo que era posible. Con sus ojos casi ciegos, el anciano señala el sol, dice sol, recibe en su rostro los cálidos recuerdos de lo que fue y lo que pudo ser. Ya no podrá danzar con la figura vital que se dibuja en el firmamento.
Oscura silueta contra un firmamento de luz. La vida que gira sobre sí misma. El anciano que no puede ya bailar sobre el verde césped. Pero grave, audaz, animosamente, levanta su brazo descarnado y con temblorosa voz nos señala la vida para que no nos olvidemos de que el tiempo se desbarranca, que las flores tienen una estación y luego la planta vuelve a la tierra. ¡A vivir, a vivir, es la urgencia de apurarse a vivir antes de que la muerte apague las luces y encienda la sombra!
Robert levanta el rostro afilado. Y dice "el sol".
*de Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com
LA FLEXIBILIDAD DE LO QUE ERA POSIBLE...
Por esa esquina*
Por esa esquina
vi pasar la luna
el verde pino
la pasión nocturna
y vi cruzar
los pasos vagabundos
de mi desaliñado
corazón.
Por esa esquina
vi pasar la vida.
En melancólica
estampida
la nube blanca
y bajo la tormenta desbordada
un conjuro de luces.
Si la tarde está clara
en esa esquina
tu mirada hechicera se pasea
por mí, mágicamente.
-De: Los barcos y este mundo.
*De Ana Broglio. anabroglio2@yahoo.com.ar
ROPA CLARA*
Para el Coiro
La Yoli es una mujer anciana, una hermosa mujercita que teje una bufanda en el geriátrico. Está sentada cerca de la puerta, así que al entrar y salir hablaremos un rato. Afuera hace frío, pero hay sol así que a la siesta seguramente va a estar lindo, mi papá sigue igual, gracias, qué le vamos a hacer.
La sobrina va todos los días por las tardes. Le lleva las radios a arreglar, porque después del ataque la Yoli no puede manejar bien las manos y les va forzando el dial y el botoncito del volumen. Así que las radiecitas portátiles van cambiando, y la sobrina, una niña de sesenta años, es la encargada de reponerlas.
Y le lleva la ropa, también, la sobrina. Le ha comprado un pulóver clarito, no me acuerdo si es rosado o un color salmón, pero clarito. La Yoli lo muestra con extañeza, así, un pellizco a la delantera del pulóver para estirarlo un poco hacia nuestros ojos, y dice que ella no usó más ropa clara desde la muerte del hijo. Ahora me puse este porque me lo compró mi sobrina, pero yo uso todo oscuro.
El hijo murió hace más de treinta años, la Yoli no ha usado desde entonces, nunca más, ropa clara.
Cuenta el accidente con el caballo, cómo el hijo cayó hacia atrás, se golpeó la cabeza y no hubo nada que hacer. Lo operaron, pero no hubo nada que hacer. Y hace más de treinta años que el hijo de la Yoli está muerto.
Las lágrimas le afloran un poco, pero apenas. La tristeza antigua se decanta, se aferra, permanece pero ya es un óleo viejo que forma pátina, un aceite antiguo sobre el agua estancada. Atrás quedó el llanto fluido y la desesperación. Ahora es la tristeza amable, tranquila, una tristeza que ha perdido el filo atroz de la herida aún sin cicatriz.
Pero nunca ha usado la Yoli, por más de treinta años, ropas claras. ¿Y para qué? Nos pregunta sin esperar respuesta. Se lo pregunta a ella misma.
¿Y para qué? A mi no me sirvió para nada, a él tampoco.
Los ancianos dialogan para afuera engañosamente. Habrá un tiempo en que descubramos que todas las respuestas que importan, corresponden a todas las preguntas que nos hemos formulado desde siempre. Y sabremos que esas respuestas todo el tiempo estuvieron ahí pero teníamos miedo de conocerlas.
Ahora la Yoli, que teje una bufanda despareja para recuperar la habilidad que le quitó el ataque. La Yoli, que ya cuidó de su esposo, ya lo enterró, ya vivió más de treinta años con ropas azules, grises, negras. La Yoli, sentadita tan compuesta y limpia y peinada; ahora la Yoli imagina treinta años de vestidos floreados, de bordados de lentejuelas, de telas iridisadas, de sedas lilas, celestes, turquesas. Ah, el turquesa ciñendo el talle de una mujer que fue joven. Cuánta falda que no voló en el viento cálido de los veranos, cuánta blusa alegre que no adornó su cuerpo de primavera, cuántos pulóveres de risa para los inviernos sin nieve. Cuánta vida cerrada, embotellada, contenida. Cuánto fuego y cuánta luz apagada por la oscuridad que se obligó a reflejar en los espejos gélidos.
Siempre hace calor en el geriátrico, siempre la misma luz tenue, el mismo olor, los mismos pasos y las mismas voces roncas. La Yoli, sentada cerca de la puerta, las madejas prolijas en la bolsita de plástico, los zapatitos pequeños; escucha la radio sin oírla, y teje, y piensa.
La Yoli se pregunta para qué le sirvió al hijo un luto de treinta años.
Mansamente, mientras teje su bufanda donde se escapan los puntos, la Yoli habla hacia adentro y dice, se dice, nos dice "¿para qué?".
*de Mónica Russomanno russomannomonica@hotmail.com
Pino Solanas, un aguafuerte*
Por Horacio González *
En el bar Gandini de Olivos -creo que aún sigue allí, en una de las esquinas de la plaza-, el joven hijo de un médico del barrio, Fernando Solanas, a quien ya le decían Pino, escuchaba a Raúl Scalabrini Ortiz, que vivía a media cuadra. Difícil imaginar hoy esa escena. Ha pasado más de medio siglo.
Seguramente, desfilaban las historias del ferrocarril argentino y de los planes para generar un ámbito emancipado para las políticas petrolíferas del país. Scalabrini era un intelectual que deseaba revelar las formas soterradas y reprimidas de la vida nacional, encubiertas por un conjunto de relaciones de dominación que generaba una cultura tan poderosa como falsa.
Había que denunciarla. En su estilo atormentado, Scalabrini se colocaba como uno de los máximos exponentes de la figura del paladín que cargaba sobre sus hombros la tarea de una gran denuncia, tanto frente a los impostores como frente a los que aún no sabían o no se animaban a ver. Lugones, Walsh,
Viñas, Cooke, Bayer, Martínez Estrada, Jauretche, Carlos Astrada, Fermín Chávez, Scalabrini, Rozitchner, Galasso y públicamente el primer Borges -aunque secretamente, y si se lo consulta en profundidad, todo Borges-, cada uno en su estilo, con su gracejo peculiar y en su propio ámbito, expresaron y expresan al adalid solitario que sabe pararse frente a una cohibición, una injusticia o un descarrío para alertar al común, emprender la patriada e imaginar la reparación.
Pino Solanas recoge en el cine este diversificado legado, que al cabo es el que tiene la nación argentina contemporánea para reconocerse en sus luchas.
Primero, se había propuesto el cine publicitario, y ya con una suficiente dosis de experiencia a cuestas se internó, para no abandonarlo nunca, en el cine político. Muchos vieron en La hora de los hornos, el film por el cual lo llevan en andas, junto a Gettino, en la ciudad de Pesaro, Italia, donde se realiza el festival internacional de 1967, una influencia de Eisenstein; otros, de los estilos publicitarios. Bruscos choques de planos, pasajes inesperados de lo épico a lo emotivo, utilización del sarcasmo y el contraste irónico, apelación existencialista al espectador, eran los recursos del film. En esa agitación subyacían las extrañas simetrías que había inventado el autor del Potemkim. Las sigilosas proyecciones del film
organizadas por militantes en todo el país ponían al cine en la historia, no solo por su tema, su método o su estética, sino por su apuesta a construir una mirada colectiva y un compromiso con el acto mismo que protagonizaba el espectador. Con los años, las retóricas publicitarias podían ser interpretadas con autonomía de los signos fetichistas del mercado, y suministraban apoyatura a la lengua política de reparación nacional.
Los audaces contrapuntos de La hora de los hornos -de montaje, de sonido, de aceleración y inmovilidad, de borrosos enfoques generales y primeros planos, de gravedad y de ironía-, pusieron a Solanas en los rumbos del cine militante mundial, lo que Pino refrenda pocos años después con Los hijos de Fierro, una historia épica de cuño martinfierresco pero ambientada en una desvanecida ciudad industrial. El tono de payada se fusionaba con los signos de la resistencia peronista. El uso arriesgado de alegorías gauchescas en ámbitos dislocados históricamente suponía la invocación del relato hernandiano en el seno de una épica de modernos luchadores sociales. Estos surgían metafóricamente de los libros de historia y filosofía. Solanas había consultado al gran filósofo Carlos Astrada para avalar su coincidente interpretación del mito gaucho. Así, la apelación a una picaresca popular como sostén de modernas y ancestrales insurgencias colectivas, colocaba a Los hijos de Fierro como un film sostenido en esteticismos de vanguardia y a la vez en una historicidad que retomaba la elevada herencia populista de la historia nacional.
Solanas acompañó todo el ciclo de la historia argentina contemporánea con otros films insinuantes, en paralelismo sugerente con los avatares nacionales. El exilio de Gardel trató la cuestión de los argentinos en el exterior con los utensilios de una leyenda sanmartiniana mirada con un envío coreográfico de evocación tanguera; Sur trató la cuestión de la vida resistente en tiempos de cierre político, mostrando a personajes de ensueño tejiendo su escarpada vida emotiva en el seno de las acechanzas dictatoriales; El viaje se adentró en las tribulaciones latinoamericanas de un joven en viaje iniciático, que encarnaba un arquetipo social en busca de un tesoro perdido, familiar y redencionista; La nube trató la idea de un
sujeto nacional dramático encarnado en personajes teatrales que buscan su identidad expresiva al mismo tiempo que combatían contra las políticas privatizadoras reinantes.
Mientras estaba filmando El viaje -en 1992- a la salida del estudio de filmación Cinecolor, Solanas es baleado por sicarios que disparan a las piernas, en una clara advertencia de índole mafiosa y que seguramente estaba decretada desde las tinieblas de esos mundos políticos sobre los que era fácil imaginar su irrevocable catadura. Ingresará Solanas a la política como denuncista calificado de las artes menemistas -a Menem lo había pintado como el "Doctor Rana" de una de sus películas-, y desde entonces traza su itinerario vital entre el cine de fuertes arquetipos sociales y la creación de personajes redentistas -los "nadies"-, un testimonialismo extraído de las pasiones purificadoras de las pequeñas criaturas carentes de recursos pero que son simbólicos reservorios de dignidad social. Como se sabe, también cultiva Solanas una visión heroica de la construcción científica nacional.
En Argentina latente, el ideal científico se confunde con la herencia de las épicas nacionales, en cuyos pliegues internos conviven los tonos sacrificiales del intelectual scalabriniano y desde luego, la gesta de los saberes técnicos necesarios también para redimir la materia nacional enclaustrada: el petróleo, los minerales, el gas, los ferrocarriles desmantelados.
Solanas es el portaestandarte de una vieja pasión nacional, el hombre que da testimonio y ejerce en la puntualidad dramática de la política, el papel de representante del agonismo que considera formativo de la raíz misma de la vida nacional. Ese agonismo legendario sería el que hay que suscitar en los nuevos ciclos históricos resquebrajados, y de cuya reparación anunciada depende el curso futuro de una historia. Con estas elaboraciones, Pino Solanas se convierte en el ícono patrimonial del intelectual que agoniza en el mundo de la ideas reparadoras y resurge con su destino anímico asociado al de las condiciones realizadoras del "sueño nacional". Pino, con su Argentina latente -y ahora con La última estación- encarna la promesa irrupcional scalabriniana, los sueños escuchados en aquel bar de su
juventud. Lo hace de un modo que hoy reconocemos como único, pues sus películas de artesano de la épica colectiva y su propia historia personal mantienen el punto de conjunción de una rara historicidad. Muchas cosas que le pasan son las que filma y viceversa. Sé que todos saben esto y no habría sido necesario escribir estas líneas -digamos: un aguafuerte-, si el encrespado oleaje de la política nacional no olvidase demasiadas veces la manera digna en que los estimables nombres del via crucis argentino exponen sus rasgos pasionales y la honorabilidad de su arte.
*Sociólogo, director de la Biblioteca Nacional.
-Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-111191-2008-09-08.html
EL DÍA QUE MURIÓ LA MAGIA*
La segadora de musgo marchó callada,
Cabizbaja, mustia, deshojando olvidos.
Las nubes ennegrecieron a su paso,
El bosque quedó solo sin sus ritos.
Anduvo tras la huella de su escarcha,
Sin pensar, sin sueños, sin motivos.
Pobre criatura, tan sola, tan lejana,
Tan llena de ensalmos, de prodigios.
Desanduvo los caminos de la suerte,
Renegó de todos sus hechizos.
Se hizo una con el arce huraño,
Enterró en sus raíces el abismo.
Dejó junto al tronco su descanso,
Sus lágrimas, su hoz, su tiempo detenido.
Dejó pasar las horas, reanudó su marcha,
No volvió la vista atrás, más bien no quiso.
Por no mirar, no vio el árbol seco,
Que a su paso, tornose florecido.
*de Marié RojasTamayo tgrafica@cubarte.cult.cu
(indicar "PARA MARIÉ" en el asunto del correo)
Carlos Sorín: "Me interesé en la vida de Chejov"*
El realizador de "Historias mínimas" presenta hoy en Toronto su nuevo filme, "La ventana", inspirado en las últimas horas de vida del escritor. Aquí explica la génesis de un proyecto que lo toca en lo personal.
*Por Pablo O. Scholz
"La ventana", nueva película de Carlos Sorín presentada en el Festival de Cine de Toronto. Por Pablo Scholz, enviado especial de Clarín.
Este festival se caracteriza -entre tantas otras cosas, como incluir películas con estrellas de Hollywood y un cine más decididamente de autor- en presentar premieres mundiales. Y una de ellas es argentina. Además de las otras seis películas nacionales, que se ofrecen en distintas secciones, esta noche Carlos Sorín estará presente en la primera proyección internacional de La ventana, su nueva realización, que no irá a competir a ningún otro festival por el momento.
El director de La película del Rey e Historias mínimas llegó ayer mismo desde Buenos Aires, bien temprano por la mañana, y al mediodía atendió a Clarín. Conocido por su sentido del humor, habló de su filme, aunque confesó que nunca lo vio terminado, así que lo "descubrirá" junto con el público.
La trama de la película es tan sencilla que "es casi inexistente, te podría decir que se evapora con sólo contarla", sonríe. Antonio es un hombre de 86 años que ha tenido un incidente cardíaco y espera a su hijo que, informado, regresa de Europa. Esas doce horas de espera, del amanecer al atardecer, es
lo que se cuenta en la película. También es sobre el tiempo, sobre el fluir del tiempo, "y me hubiese gustado titularla Las horas, pero existe el filme de Stephen Daldry con ese nombre..."
¿Cual es el origen de la historia que contás en "La ventana"?
Creo que se unieron varias cosas. Por un lado, mi antigua afición por Chejov, que revivió en el último año. Aparte de releer buena parte de sus cuentos, me interesé en su vida y busqué durante semanas un ejemplar en castellano de la que seguramente es la mejor biografía del escritor: La dramática vida de Anton Chejov, de Irene Nemirovsky. La encontré por internet. La descripción de las últimas horas de vida del escritor en un hotel del balneario de Badenweiler despidiéndose de su esposa y su médico
con un brindis con champagne es realmente conmovedora. Tanto como el cuento de Raymond Carver, Tres rosas amarillas, en el que relata minuciosamente el mismo episodio. Esas lecturas estuvieron presentes en la génesis del proyecto.
Pero también hubo un hecho singular que cimbronó en el interior de Sorín: el año pasado falleció su padre. "Y aunque uno sepa que lo natural es que los padres mueran antes que los hijos, nunca termina de acostumbrarse a un hecho así, y también debe haber influido", concede.
¿Como se te ocurrió pensar en Antonio Larreta como protagonista?
Fue una idea de mi socio productor, José María Morales, que está haciendo un filme sobre la vida de Artigas basado en un guión de Antonio "Taco" Larreta.
Siguiendo mi secuela de actores "no actores", yo quería un escritor para hacer el personaje que también es escritor. Hay una forma de hablar, de manejar la palabra, que es exclusiva de un escritor. ¿Quién no recuerda la forma de decir de Borges o Neruda? Tienen una musicalidad muy especial.
Bueno, yo quería que de alguna manera eso estuviese en la película. Por otro lado también quería que tuviese 85, 86 años. La fragilidad de esa edad no la quería actuada, quería que fuese de verdad. De cualquier forma, "Taco" Larreta algo actuó, porque aunque realmente tiene 85, está en muchas mejores
condiciones que el personaje. Y está la mirada, esa mirada inteligente que "Taco" no la actúa, la tiene.
¿Y como lo convenciste?
Viajé a Montevideo bastante nervioso, pero me encontré con que "Taco" estaba tanto o más nervioso que yo. Quería hacer el personaje, pero pensaba que no era la persona indicada. "Yo como actor soy antiguo", me decía, "soy un viejo actor uruguayo y no te voy a servir". Ahora que ya está hecha pienso
que está muy bien en la película, realmente. En el elenco también está Arturo Goetz e hicieron una participación especial Carla Peterson y Luis Luque.
Sorín fue a filmar hacia el Sur, aunque no a la Patagonia. "No volví a la Patagonia -confirma-, pero filmé cerca de Bahia Blanca, cerca de Sierra de la Ventana y del límite con La Pampa. Algunos dicen que por ahí empieza la Patagonia, pero el paisaje es menos ríspido y mas bucólico."
¿Con que expectativas llegás a Toronto?
Más que expectativas llego con temores. No vi la película. La edité por un lado, trabajé el sonido por otro, pero nunca vi como funciona todo junto y en pantalla grande. La copia en 35mm. salió de Madrid y llegó a Toronto. Yo no fui a España y las únicas opiniones de gente que la vio son de las de mis socios y del director de fotografía. Nunca me pasó esto. Siempre llegué a los festivales con algunas pruebas previas con público. Ahora no. En fin, los whiskies que suelo tomarme después de la proyección me los tomaré antes...
No es la primera vez que Sorin viene con una película a Toronto. Bueno, es la segunda. "Vine con El perro y fue un éxito de ventas aquí totalmente desmedido. No creo que con esta peli repita".
Hablabas de los "no actores" que solías elegir. ¿Que balance podes hacer, qué es lo mas positivo y qué lo que no te convence de trabajar con ellos?
No tengo una opinión formada. Por un lado trabajar con "no actores" es muy limitante en el trabajo en profundidad del personaje, además de trabajoso, agotador. Y azaroso: nunca sabes cómo va a salir. Trabajando con actores podés pisar más sobre seguro, construir mas. Pero por otro lado extrañás lo
imprevisto, una cierta frescura que puede salir de algo no programado, de lo "accidental". No sé qué es lo mas adecuado. Supongo que depende del tipo de película que uno quiere hacer.
Sorín viene de Buenos Aires, pero estuvo en Bogotá pocos días antes de partir. "Fui a evaluar y elegir los guiones que debían ser premiados con las ayudas que da la Dirección de Cinematografía del Ministerio de Cultura.
Fueron unos días muy intensos. Hay mucho entusiasmo en Colombia con el cine. Da la sensación de que el cine colombiano está próximo a un despegue. Ojalá se dé."
Con "La ventana", ¿sentís que cerrás, al menos momentáneamente, un tipo de realizaciones, que arrancó con "Historias mínimas"?
A La ventana la veo distinta a Historias... y su saga. Es una película más construida, al menos en lo que se refiere a la imagen. Por eso filmé en 35mm., por la posibilidad de tener una imagen mas elaborada. También me parece que es una película un poco más ríspida, menos gratificante. Es también algo más ambigua, dando tiempo al espectador para que complete las cosas en su mente. De cualquier manera no estoy aun en condiciones de evaluarla. Esta noche, después de la proyección quizá tenga una idea mas
próxima a la realidad.
*FUENTE: CLARÍN
http://www.clarin.com/diario/2008/09/08/um/m-01754418.htm
PASOS EN LA ESCALERA*
Ya se despertó de la siesta. A la misma hora de siempre, lo anuncian sus pasos de elefante agotado por la escalera, las viejas chancletas con su Pam, Pam, Pam... en ritmo ascendente, que se ralentiza en la medida en que sin resuello, va llegando a los escalones superiores. Ahora está cerrando los postigos de las ventanas del pasillo, verificando que queden bien puestos los cerrojos de la puerta que da al balcón, con esa manía antirrobos que le quita toda brizna de aire a la casa.
Viene hacia la oficina, mis tardes son pacíficas hasta que suenan las cinco campanadas, entonces el sonido de las pantuflas me avisa, escaleras arriba y luego a lo largo del pasillo, que se acabó mi tranquilidad. Ahí está, respirando tras la puerta, sin decidirse a abrir - sé que lo hará, siempre lo hace, no hay modo de que respete mi privacidad -, el pomo de la puerta gira y siento de nuevo los pasos cansinos.
Pobre anciano, ¿cómo hacerle comprender? Si antes era medio sordo, ahora no parece escuchar nada. Sólo trata de aferrarse a sus costumbres, pero... se supone que los fantasmas deberíamos ser menos ruidosos.
*de Marié RojasTamayo tgrafica@cubarte.cult.cu
(indicar "PARA MARIÉ" en el asunto del correo)
-Premio "El arte en septiembre" Categoría Cuento-Adultos
Antología del mismo nombre.
Esponja*
El tío Aldo se despedía poco a poco, uno lo veía casi igual, con la misma voluntad para servirse un vaso de vino tinto desde la damajuana, pero no era el mismo desde la última internación que lo había dejado maltrecho. Le habían dicho a su mujer -la tía Cucu como le decíamos todos- que sus pulmones ya no funcionaban como deberían funcionar: espontáneamente.
El se despedía diciendo las frases que había conservado como el saber de su vida, a veces más que frases, eran expresiones de rabia contra un mundo que no tenía ni miras de ser ni más justo ni más decente.
Al hombre -su sobrino político- le dedico una observación:
Vos estas así por ser "esponja de tu madre".
El hombre olvido como se olvidan las cosas el resto de la conversación con el tío.
Pero lo de "esponja de tu madre" y lo de “vos estás así” Le habían quedo dando cíclicas vueltas por el pensamiento.
Construyo lentamente una imagen durante la década transcurrida desde el fallecimiento del Tío. Durante ese tiempo también fallecieron su padre, sus suegros, un amigo radicado en Valencia y ocurrieron muchas cosas en las que prefiere no pensar para no distraerse de ese descubrimiento que el tío le había donado como un saber en bruto para ser trabajado.
Ningún otro hallazgo pudo hacer sobre esa predisposición a ser esponja y no solo de su madre. Salvo esa imagen trabajosamente construida:
La imagen de un hombre saturado. Abrumado en líquidos.
Que todas las mañanas al levantarse y salir, no deja de ver el goteo que dejan sus pasos...
*De Eduardo Francisco Coiro. inventivasocial@hotmail.com
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