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BITÁCORA DE UN SOCIÓLOGO FRACASADO

27/07/2009 GMT 1

COMO SI NUNCA TE HUBIERAS IDO, COMO SI FUERAS A QUEDARTE...

urbanopowell @ 19:20

Onírica*

Era en el sueño esa reina que obsequia una ciudad …

Es la ciudad de los silencios largos
de las lluvias tenues
la que dilapida sus pánicos
y vértigos
es la ciudad con sus callecitas
sus casas sus parques y
sus puentes
una ciudad en la que los solos
susurran nombres
tiemblan en la intemperie
y es en ella posible encontrarse
para perderse (…relámpago el destino
riesgo).
En la ciudad, la hermosísima ciudad
crecen los barrios en desorden (ventanas abiertas
hacia las estaciones) para pasar sin más
del otoño al
deseo.
Puedes llegar a ella ligero de equipaje
vacío de deberes
tiritando acercarte a sus rescoldos
venir como si soñaras
como si nunca
te hubieras ido como si fueras
a quedarte.

*De Verónica M. Capellino. veroaleph@hotmail.com

COMO SI NUNCA TE HUBIERAS IDO, COMO SI FUERAS A QUEDARTE...

MIGUEL COMPAÑY*

*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar

Al rastrojero con el perro haciendo equilibrio sobre el techo despintado lo vi aparecer apenas dió la vuelta en la esquina donde está la única agencia de autos del pueblo. Esa agencia, prolijamente pintada, con sus autos alineados debajo del cobertizo metálico o alguno de los dos saloncitos vidriados donde se exhiben los autos coloridos y flamantes.
Esa agencia está celosamente atendida por su dueño, que se llama Osvaldo Hugo Croatto. A quien por otro lado conozco desde que empezó a caminar. Ese hombre delgado y simpático es mi amigo.
El rastrojero avanza bajo una canícula de dos mil demonios echando fuego en ese enero donde ni las iguanas se atreven al cruzar la calle. Yo tampoco me atrevo. Estoy protegido por unos sauces eléctricos que plantó la comuna hace años y mal que mal me permite capear los veranos llameantes.
Cuando el rastrojero se acerca y aminora la marcha yo ya se que ese hombre con un gran sombrero de paja que desciende es mi amigo. Lo supe como lo saben todos quién es el conductor de ese extraño vehículo con los restos de la pintura gris triste que tuvo desde su origen, tal vez antes de 1960.
Ese hombre de rostro quemado por el sol de los campos que tiene entre sus dedos un cigarrillo encendido, es mi amigo Miguel.
Mi asombro choca con la decisión de su parte y lo que sigue es el diálogo probable que sostenemos bajo ese sol aplanador de cabezas
-Adonde vas Miguel con este calor…
-Al establecimiento rural –dice irónicamente. Como se refiere a las 20 hectáreas que por herencia paterna trata de hacer producir con su tambo, que hasta hace poco lo hacía manual.
-Y –pregunto atónito- no podes esperar a que el calor amaine.
-Y. no puedo. Tengo que darle agua a los animales.
-Pero pueden esperar, le digo.
Me miró con infinita paciencia de pedagogo y preguntó no exento de ironía.
-Decime Isaías, a vos, un día como hoy, te gusta tomar agua…
-Y, si,
-¿Y cómo te gusta tomarla?
-Y, fresca…
- ¡Ah! Bueno, a los chanchitos también…
Y se volvió a subir al vehículo que hipaba regulando como podía. Sentado y frente al volante, golpeó con una mano el techo, y el perro, que había descendido de allí al parar el dueño, saltó sobre el chasis, sobre el motor caliente y se instaló a su lugar de predilecto vigía.
Antes de entrar lo vi como subía a la ruta con ese hierático can que orondo, todo lo miraba con los ojos más fieles.
Mi amigo Miguel no sólo es sensible y generoso con los animales, aunque el siempre repita que lo siguen los niños, los borrachos los perros.
Tuvo hasta hace poco reparto de leche a domicilio cuyo beneficio económico dependía de la voluntad del cliente. Si no le pagaban, él no cobraba nunca y cuando se le inquiría sobre esa cómoda y ventajera situación de su particular clientela, inmediatamente, replicaba: mientras Miguel Compañy viva, ningún chico de este pueblo se va a quedar sin tomar leche y cerraba toda protesta.
Así es mi amigo Miguel. De su padre, Miguel Rogelio heredó varias pasiones. El radicalismo, el entusiasmo por los colores del Huracán F.B.C., el amor por los animales, el cariño por los caballos de carreras, sólo por verlos correr, la solidaridad por sobre todo otro interés, la amistad de hierro y ese amor acendrado por las cosas del campo y sobre todo si es de otro tiempo, como corresponde a un nostálgico que compite con la memoria férrea de su primo y estoy nombrando a Roberto Escudero, piazzoliano, hincha del Racing Club de Avellaneda y fanático simpatizante del Huracán F.B.C., Globo rojo para todo el mundo.
En esta pasión huracanista, Miguel aporta lo que puede al Club de sus amores, ya que sus magros ingresos de pequeño productor rural, casi la totalidad de sus más que breves hectáreas dedicadas al tambo no le permite distraer todo el dinero que desearía de buena gana para ayudar al Globo a crecer.
Entonces, de vez en cuando dona un cordero, que asa él mismo en el Club y con lo obtenido con esa venta de tarjetas, engrosa un poco más de dinero a las más que flacas arcas del Club.
Cuando se le reprocha esta manía inconveniente para su bolsillo, él replica amoscado:
-Los corderos de Miguel Compañy son para el Club Huracán.
Con enfático desgano “el Nene” Croatto le dice que no, que los corderos son de Miguel y no del Club y él contesta molesto
-Callate vos, si nunca sabés nada.
En esa onda de mal humor responde cuando se le nombra a alguien que no quiere. No es raro que cuando se le pregunte el nombre de pila del perjudicado en su rencor no conteste o diga sobre ese apellido que uno nombra.
-Ese, ni nombre tiene.
Enfático con las cosas del Club, de “su Huracán” que él vive con pasión, sobre cada una de las situaciones de su vida institucional (siempre integra sus comisiones directivas: no importa qué lugar ocupe, siempre será un soldado). Alguna vez sentado o en una mesa se charlaba sobre algunos jugadores que pretendían aumento.
El escuchaba callado.
Todos sabían que no estaba de acuerdo, porque los resultados no se obtenían y porque para él, el Club merecía sacrificios y también alcanzaba a los jugadores en este caso. De pronto, al oír un apellido saltó como si se hubiera sentado en un almohadón de brasas.
-Ese- dijo colérico- hasta por el viático es caro.
Y debo aclarar que al jugador en cuestión sólo lo separaba un hilo de alambrado de la cancha del Club.
Pero se lo tranquilizó, porque justamente estaba en la lista de los que se ofrendaban en sacrificio por los colores del club. Ese, justamente no pretendía aumento.
Mi amigo Miguel heredó las ideas políticas de su padre, el inolvidable “gordo” Compañy, presidente comunal por el voto popular en los años de Illia, radical de pura cepa, “de boina blanca”, repite. Y se jacta que por la chacra de su padre pasó hasta el mismísimo Raúl Alfonsín, antes de llegar a la presidencia de la República.
Cierta vez compartían una mesa con otros amigos y comentó que iba a tener una entrada menos porque un alquiler se le había caído. La de la única casa que alquila, ya que las otras que tiene en su campo las presta a desocupados y pobres.
-Y por qué no vas a cobrar más el alquiler, Miguel –le pregunta “el Nene” Croatto.
-Porque murió el inquilino.
-Y, qué –retruca “el Nene”- la viuda no puede pagar acaso.
-Y qué –salta indignado- ¿no serías tan desalmado de cobrarle alquiler a una viuda?
Y saca nervioso, un cigarrillo del paquete que deja sobre la mesa y lo enciende, con furia, chupa dos pitadas largas, tira el humo hacia el techo y se queda mirando la calle, donde no pasa nadie. Ni un alma comprensiva que lo haga soportar la ignominia de oír a un amigo profiriendo esa infamia.
-¡Cobrarle a una viuda –repite-.Nunca vi a nadie tan salvaje, tan criminal.

LA GOTA DE AGUA*

*De José Pedroni.

Oh gota musical que se separa
de la inmortalidad y oye mi oído
caer continuamente en el olvido
de mi honda penumbra, oh gota clara!

Una estrofilla de infantil dulzura,
sólo en la fuente alguna vez oída,
me ejecuta en el alma la caída
inmaterial de aquella gota pura.

De un agua fresca como cisterna,
mi pozo espiritual colma la gota;
y sin querer tengo una voz remota
y a todas horas la mirada tierna.

Oh gota de agua dulce que te estancas
en mi profundidad, de cuyo hueco
interminable sube un eco
que es como un vuelo de palabras blancas.

Oh gota musical que me deparas
el milagro ideal de tu caída,
cáeme siempre, siempre, que mi vida
vive en el canto de tus notas claras.

*Fuente: http://www.los-poetas.com/e/pedron1.htm#LA%20GOTA%20DE%20AGUA

Lunes, 27 de julio de 2009
ENTREVISTA A SARA ROSENBERG, AUTORA DE LA NOVELA CONTRALUZ
"Yo no sé quién manda sobre la apropiación del lenguaje"*

Exiliada desde 1975, la autora señala que "no se puede escribir sin punto de vista político, social, humano, filosófico, artístico", y que después del vacío de los '90 la escritura puede servir también para recuperar la palabra política.

*Por Silvina Friera

"La poesía sale de las bocas más oscuras, del dolor", dice Griselda Koltan, una actriz de teatro apasionada por Jean Genet, alcohólica con aires de diva, desde el psiquiátrico de Madrid, ciudad en la que se exilió junto con su marido, Jerónimo Larrea, director teatral, para intentar rehacer sus vidas. Jerónimo aparece muerto -se presume que se ha suicidado con una ingesta de barbitúricos, según la autopsia- en la habitación del hotel Astor. Ella habla de secuestro y asesinato, pide que se abra una
investigación; el matrimonio se sentía vigilado por un grupo de tareas que quiere borrar cualquier prueba que los pueda incriminar. La maquinaria del terror sobrevive en democracia y anda al acecho, temiendo que se desmonten algunas de las piezas del engranaje que aceita la impunidad. Lo matan porque
va a testificar, aunque Checo, el traidor que sólo busca sobrevivir, diga que fue un error, que "era un apriete, un trabajo sencillo". El psiquiatra de la actriz, el siniestro doctor Barber, "carcelero eficaz" que busca disimular las apariencias, le diagnostica paranoia. El juez Garzón está procesando a los torturadores y asesinos de la dictadura argentina, aunque en la acción Contraluz (Siruela), de Sara Rosenberg, ese "espectáculo jurídico" apenas sobrevuela por las páginas de la novela. El reparto se
completa con Laura, la hija de Larrea que viaja a Madrid para investigar qué pasó con su padre, y el entrañable Federico, un amigo de la víctima que se define como "comunista y libertario".
Si lo mejor de Buenos Aires es que está llena de gatos callejeros, como dice uno de los personajes de Contraluz, encontrarse con Rosenberg en un café justo enfrente del Botánico parece el escenario ideal. La escritora, dramaturga y pintora, que a mediados de los 70 se exilió en Canadá, México y finalmente en España, donde reside desde 1982, habla con un tono sereno, acompasado de tanto en tanto cuando pronuncia una erre que vibra más allá de los sonidos metálicos de las cucharas y las tazas, como si algunas sílabas evocaran las sonoridades de su Tucumán natal para imponerse ante el concierto desafinado del ambiente. "Las cosas que me afectan, que me tocan, de pronto se encarnan en algún personaje; lo pienso o lo sueño y me siento a escribir", dice la escritora a Página/12. "La dictadura está presente porque los personajes son producto de un tiempo y han tenido una vida. Esta novela está contextualizada en el momento en que se enjuicia a Scilingo. El contexto está porque el tema sigue abierto. No hay clausura posible de la historia mientras haya impunidad", afirma la escritora.
-¿Por qué decidió que una de las protagonistas sea una actriz alcohólica que se desliza por ese andarivel en el que parece que exagera o miente?
-Parece vulgar decir "el loco tiene razón", "el loco sabe", pero decimos y pensamos muchas cosas que si no podemos probarlas como si fueran una fórmula matemática no se escuchan. Me gustan los personajes contradictorios; que siendo una gran actriz las cosas no le vayan muy bien, que siendo una persona que sabe mucho no pueda demostrar lo que sabe. A veces sabemos demasiado y ese saber no necesariamente nos ayuda a vivir. Los personajes de mi novela no son monolíticos, de una sola pieza. Ella es alcohólica porque en Madrid se toma mucho, a ella le gusta el alcohol, no me parece nada extraordinario, sino algo vulgar de la vida cotidiana. Ella elige el tipo de obras que hace. Genet no está tomado al azar; remite a la marginalidad, a esa frontera de lo extranjero, de lo que está en cierta forma en un lugar que no es estable. Todos mis personajes circulan un poco por el margen.
-¿Se propuso rescatar dentro de la novela un teatro más político frente a otras propuestas y estéticas teatrales?
-Sí, con el avance del conservadurismo y el neoliberalismo en los '90, hablar de algo que tuviera contenido, que hiciera referencia a la vida social y política, era como una peste. No se puede escribir sin punto de vista político, social, humano, filosófico, artístico. Forma y contenido jamás han estado separados. Creo que es interesante recuperar el sentido de la palabra política. Siempre digo que Rojo y Negro es una novela política, Stendhal hacía novelas políticas. Las novelas decimonónicas cuentan
historias colectivas, porque lo político es un punto de vista sobre lo colectivo. No hablar de política también es una forma de tomar partido.
Sus manos se aferran a la taza de café; sus ojos iluminados por el sol fulguran como dos esmeraldas manchadas de oro. "Estuve leyendo la prensa argentina en estos días y es aguda la contradicción que se vive en este momento. Hay un movimiento bestial hacia el conservadurismo", dice, mientras los pómulos se tensan. "Justo llegué un poco antes de las elecciones y estuve viendo los resultados con gente amiga. No lo podíamos creer; se está queriendo regresar a los '90 en todo, hasta en los gestos."
-Uno de los personajes de la novela, Federico, se pregunta de qué socialismo se habla en España. El prefiere definirse como "comunista y libertario".
¿Qué opina del planteo que hace este personaje?
-Federico es un personaje que ha vivido la represión franquista, un personaje de la izquierda española que hoy es muy minoritaria. Lo que dice es verdad; España no es socialista, aunque se hayan hecho pequeñísimas reformas y evidentemente no sea la derecha ultramontana la que está gobernando. Cuando se define como comunista y libertario, está diciendo que no es un estalinista. Federico para mí es muy representativo de esos cristales que han quedado sueltos en el mundo de la cultura y del arte.
Algunos acompañan un tiempo los procesos revolucionarios, otros un poquito más, y los imprescindibles casi toda la vida. No se cambia de chaqueta en la mitad.
-Lo interesante es que se reivindica de izquierda cuando esta palabra ya no se la usa en el sentido que lo hace el personaje.
-Yo no sé quién manda sobre la apropiación del lenguaje; a mí me han tildado muchas veces de anacrónica y no me importa para nada (risas). Las palabras tienen dueño, como decía Lewis Carroll en Alicia en el país de las maravillas y Alicia a través del espejo. Y si las palabras tienen dueño, yo quiero ser dueña de mis palabras. Nadie me va a decir cuándo caducan ni el sentido con que las cargo. Aunque la izquierda haya cambiado de contenidos, aunque se haya diversificado muchísimo más el concepto de izquierda y se
haya enriquecido, no sé qué define ciertas cuestiones. El personaje es un hombre de casi sesenta años que ha vivido todas las luchas antifranquistas, que sigue en la lucha y que no quiere perder esa palabra.
-Laura es el personaje que intenta comprender al padre, con el que no ha tenido una buena comunicación. ¿Cuál es el mayor obstáculo que tiene la generación de Laura para comprender a la generación militante?
-Estoy convencida de que el mejor antídoto contra la ignorancia es preguntar e intentar entender para no vivir con prejuicios. Ese es el proceso que hace Laura en la novela, a pesar de su desorientación. Es un personaje que indaga más allá de la edad, de sus problemas afectivos con el padre y del tema del
abandono. Los años oscuros han impedido una transmisión profunda de todo lo que pasó. Walter Benjamin decía que en los campos de batalla durante la Primera Guerra Mundial lo que más lo sorprendía cuando llegaban los soldados era el silencio, la incapacidad de hablar del horror que habían vivido. El horror hace que pierdas la capacidad de simbolizar, de decir, de contar. La literatura y el arte tienen ese espacio tan importante de volver a tirar las bolas en la mesa de billar y dejar que circulen. El miedo de muchos a ser detenidos ocasionaba que no les contaran nada a sus hijos. Esto pasó también durante los cuarenta años de franquismo. La generación que creció durante la Guerra Civil Española fue una generación muerta de miedo porque lo que escuchaba era "cállate", "no se puede preguntar". Cuesta mucho volver a enhebrar el sentido. El trabajo del lenguaje, del pensamiento, consiste en zurcir ciertos huecos.
-Muy al pasar se menciona en la novela a Tucumán y al general, por Bussi.
¿Cómo se lleva con el lugar donde nació?
-Amo y odio a Tucumán alternativamente con mucha rapidez; amo mi montaña, mi río, mi selva, los amigos que me faltan... Siempre sin darme cuenta estoy volviendo literariamente a Tucumán. Fue muy fuerte volver a Tucumán y encontrarme con todas las calles embanderadas con Bussi, que fue votado. No
entendía nada; para mí fue tan terrorífico que me fui rápidamente. Hasta que empecé a reconciliarme y me conecté con gente de la universidad. A los 17 años fui a parar a una cárcel de Tucumán, en 1970. Pasé tres años y medio sin juicio y fui amnistiada por Cámpora. Estaba en una agrupación universitaria y caí presa por un operativo, un robo a un banco. Cuando salí de la cárcel me quedé hasta el '75, pero estaba muy perseguida; empezaron a matar a todos los amnistiados. No tenía cómo sobrevivir. Me salvé porque un poco antes del golpe mi papá me pagó un pasaje a Montreal; después me fui a México porque ya no aguantaba otro invierno, yo soy un alma tropical (risas). De México me fui a España y ya no podía mover más a los chicos por tantos países... Hacíamos todo muy rápido, sentíamos que había poco tiempo y quemábamos etapas. Pero no me arrepiento de nada, fue el tiempo que me tocó vivir.
-¿Cómo reaccionó su familia cuando cayó presa?
-Ay (se agarra la cabeza)... fa-tal, estaba indignada. Mi papá era de una derecha liberal, nunca fue un hombre de izquierda. Era una casa muy tradicional, esa burguesía provinciana conservadora que quiere que sus hijos estudien y punto. Tengo que agradecer mucho a la escuela pública, la escuela Sarmiento, que dependía de la Universidad Nacional de Tucumán, que en su tiempo fue muy de avanzada y que me abrió la cabeza. Esa contradicción entre la apertura de la escuela y el conservadurismo de mi casa me permitió formarme y confrontar. Era natural que cuestionáramos lo heredado y quisiéramos refundar el mundo. Yo no quería vivir ni como mi papá ni como mi mamá, no eran mis modelos. Fue una época de transformación profunda del pensamiento, con un movimiento obrero muy combativo, con un proletariado muy organizado, y se juntó una intelectualidad muy interesante con trabajadores con mucha organización y capacidad. Era imposible ser indiferente a lo que estaba pasando, salvo que te encerraran con llave en tu habitación. Pero siempre está la ventana para saltar y poder escapar (risas). Tucumán se politizó rápidamente y la gente estaba en la calle luchando. No éramos ni excéntricos ni raros; se discutía, leía y pensaba en los cafés. Yo escuchaba a los mayores leer poesía y discutir de marxismo. No había fronteras entre la poesía y la política.
-Un personaje de Contraluz plantea que hubo un momento en que el arte se correspondía con la política, que el artista no estaba divorciado de su tiempo.
-Claro, el artista no estaba en su torrecita, estaba comprometido seriamente. Yo creo que es imposible ser neutral, aunque nos digan que tenemos que ser neutrales y "no meternos en...". Yo apoyo el proceso que está viviendo Venezuela, que me fascina por cómo se está alfabetizando al pueblo. Chávez dice que un pueblo culto puede elegir, y me parece que están haciendo esfuerzos muy válidos. Sigo con mucha atención las transformaciones de Bolivia y Ecuador. Las veo como si fueran luces. Así como toda Europa se está inclinando hacia la región más conservadora y oscura del pensamiento, las luces que nos dan esperanzas están en América latina. Estamos viviendo un momento interesantísimo, de pequeños avances, después de la oscuridad de los noventa, de tanto silencio y chabacanería mental.
En la cárcel escribía muchas veces en la pared o en pequeños papelitos.
Cuando llegó el momento de restablecer su vida, Rosenberg comenzó a pintar.
"Estuve muchos años pintando, montando instalaciones en Canadá, México y España. En el '92 expuse en el Centro Cultural Recoleta, me traje mi exposición en una valijita, todavía estaba Miguel Briante", recuerda sonriendo hasta con los rulos desordenados por los recuerdos. "Ya estaba escribiendo, pero no lo hacía para publicar. Tardé mucho en publicar mi primera novela porque el tema no interesaba. Parece que en los noventa no se podía hablar de los desaparecidos, hasta que conseguí que una editorial se
interesara en publicar Un hilo rojo. Sin abandonar mi parte visual, poco a poco la escritura empezó a devorar mi tiempo. Yo no puedo vivir de la literatura, doy clases y tengo que pagarme el derecho a escribir." Su opción por la escritura dramática, la dramaturgia, le permitió encontrar la forma de juntar lo visual con la palabra. "Escribo teatro, poesía, cuento, novela, pero no puedo abrir más el abanico", bromea Rosenberg, desplegando las palmas de la mano sobre la mesa como si fueran dos abanicos. "Ahora me voy dos meses a Bolivia a trabajar como bibliotecaria por La Paz, Oruro, Santa
Cruz de la Sierra, Cochabamba, Tarija... Quiero escribir un libro sobre las mujeres en Bolivia, un texto novelado en el que aparezcan las voces de las protagonistas. La mejor forma de conocer un país es trabajar", cuenta con el gesto de asombro de quien intuye que aún quedan sorpresas en el camino.

La ficha

Sara Rosenberg nació en Tucumán en 1954. Estudió Bellas Artes hasta que tuvo que exiliarse del país. Vivió en Montreal (Canadá), en México, donde estudió artes y antropología, y en 1982 se instaló en Madrid. Ha publicado las novelas Un hilo rojo (finalista del premio Tigre Juan 1998), Cuaderno de
invierno (2000) y La edad de barro (2003). También ha publicado cuentos, poesía (en la red) y obras de teatro. Recibió el premio internacional de teatro La Escritura de la Diferencia 2006, en Nápoles. "Fui guerrillera, periodista, camarera, fotógrafa, escultora de uñas, dependienta, traductora, intérprete, diseñadora gráfica, madre de dos niños, etc. Y siempre he tratado de seguir buscando y preguntando, no sé qué exactamente, a través de la pintura, el dibujo, las instalaciones, la fotografía y la escritura", resume Rosenberg.

Sobre la desobediencia civil

No es casual que la actriz, cuando salga del encierro al que la confinaron, quiera hacer Antígona. ¿Qué representa para usted esta obra?
-Antígona es la gran contradicción, el gran conflicto entre la ley doméstica, la ley familiar, la ley tribal y la ley del Estado; entre el amor fraternal y la obediencia, entre la juventud y la vejez. Antígona es un personaje fantástico, y ese papel le viene como anillo al dedo a Griselda, por eso hay un doble juego con el monólogo que ella está escribiendo, que se cruza permanentemente con la tragedia griega. Antígona es un personaje que lleva su "delirio" hasta las últimas consecuencias. Es un delirio de justicia, una necesidad de justicia, de desobediencia civil.

*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/4-14699-2009-07-27.html

El Chamán*

El "bolsón" es simplemente -como su nombre lo sugiere - una "bolsa grande" de espacio mágico donde habitan, pasean, se prendan, y vuelan locos lindos y hermosos, y claro, universales.
algunas cosas estaban mas claras. llegue un dia que podía ser martes o jueves, no me acuerdo, pero seguro era uno de esos días porque había feria en la plaza.
la terminal de ómnibus esta frente a la feria, que a su vez contiene como un puesto mas a la oficina de informes y recepción al turista.
me fui al vuelo a la oficina de información y una hermosa mujer con una sonrisa franca me pregunta que necesito.
- me sale de la boca sin mediar el pensamiento: un chamán.
silencio, cara de "baja la voz...."
-como?
-sí, vine a buscar un chamán.
-aha - y... que más?
- y, no lo tengo muy claro.
-bueno, pero en lo concreto aquí y ahora en que te puedo ayudar?
- ah, también necesito alguna pensión barata donde comparta cuarto y baño y quede cerca de esta montaña (después supe que era el pirqui) y de esta plaza.
- bueno, en eso no hay problema. te podrías quedar en lo de Eugenia del Agua, que queda a tres cuadras. llamó por teléfono, supo que había lugar y me dijo que podía ir, que si quería dejara la valija y la mochila para verla antes.
- le dije bueno, ahora lo importante es el chamán, le recordé.
- Haide me llevo a otra habitación, se puso a llamar gente que pudiera ubicar el teléfono del chaman (parece que no es tan fácil como yo pensaba) ,finalmente se comunica por teléfono y me da con el, me dice que me espera en su casa a las 16,30 hs . eran las 15hs.
Me dio la dirección y el nombre - Carlos- y me despacho en un remis a lo de Eugenia del agua con la misma sonrisacon la que me dio la bienvenida.
jamas me voy a olvidar de ese primer encuentro con la magia del bolsón.
todo estaba
todo estaba bien
todo era posible
yo estaba en el camino.
deje las cosas en la mágica casa de Eugenia del agua, me acomodo en una piecita de la planta baja, sobre la galería, a metros del baño al que se accede desde la galería también.
En el mismo auto sigo hasta la dirección indicada, me lo imaginaba lejisimos del centro, casi sobre el ultimo pico del piltri.
pero no eran 10 cuadras.
con lo cual llegue casi una hora antes de lo que el chaman me esperaba.
Salieron a recibirme los perros y un señor más o menos de mi edad, gringo como yo, canoso, con una hermosa barba entrecana, con anteojos livianos, de esos que no tienen armazón, y pinta de operario.
- hola
- hola, se me hizo temprano
- si, me doy cuenta
- es que estoy ansiosa
- si , me doy cuenta
- bueno, en que te puedo ayudar?
- en realidad no tengo muy claro, pero tengo un dolor de ciática, aquí.
- aja, y eso es habitual
- no nunca, pero como hice esfuerzos subiendo y bajando montañas, vadeando ríos, nadando lagos helados, trepando y que se yo...
- aja.
silencio, nos miramos......
nos estudiamos un poco, finalmente, con dulzura me dice:
- bueno, desvestite y acostate aquí.
-yo lo miro profundamente a los ojos y obedientemente hago lo indicado sin haber dudado un segundo
sin haber tenido miedo un segundo
sin haber pensado un segundo
- el enciende una vela
llena un cántaro con agua
y me empieza a amasar el cuerpo desnudo con un aceite de romero que olía maravilloso.
- ay! ahí es donde me duele, digo despacito
- si, esto es exactamente el sacro
- el coxis? pregunto
- no, el sacro. es un punto de la sacralidad del cuerpo, donde se encuentra una de las chacras sagradas, justamente de ahí el nombre, que tiene que ver con lo femenino, con lo sagrado de la sexualidad.
-enseguida le explico que de vez en cuando tengo algún encuentro sexual más o menos interesante-
El rápidamente me explica que no habla de genitalidad.
que la sexualidad es mucho más compleja que es una cuestión energética...
aquí empiezo a contar lo que me acuerdo pero son todas esdrújulas y por ahí me equivoco en los conceptos, disculpen los que entiendan.
- el chaman me dice -siempre mientras me amasa- que tengo el sacrocerrado, que todo mi costado izquierdo (el femenino) esta duro, rígido, bloquedado. (en mi diván diría que soy una mina medio fálica, bah, cosa que ya sabia yo, pero como el?)
que tengo dificultad para vincularme desde el lugar femenino energético, que me duele hasta la zona de los riñones que es donde habita el miedo.
- a ver - entre nosotros- llego mil quinientos años de análisis de diferentes tipos diván, lapieres, sillas, grupos, escritorios, almohadones en el piso, y todo lo conocido tratando exactamente estos temas que de
alguna manera inexplicable este hombre "veía " en mi cuerpo y decía con precisiones que me ponían la piel de gallina.
- hubo una fracción de segundo, tal vez por lo que el explicaba- en que
sentí terror
terror de mi
terror de el
nadie sabia en el mundo donde estaba si yo desaparecía en ese momento porque el era un descuartizador que después me enterraba en el fondo de su casa, nadie sabría jamas que me había pasado ni donde podría estar en este universo.
- evidentemente el percibió esto en mi cuerpo, y me dijo, quédate tranquila, esta todo bien.
- y yo simplemente le creí, me serene, me volví a entregar al placer infinito de esa amasada.
- el chamán es obrero, tornero para mayor precisión, y tiene las manos ásperas como las que nunca ningún hombre me puso jamas antes encima. esto le daba a la sensación del amasado un color diferente , sumado al romero que se me impregnaba en el fondo del globo ocular.
- me decía inspira, y apretaba en algún lugar, no importa cual, porque fueron muchos, donde sentía un dolor insoportable, entonces el decía, ah, es -por decir- la suprarrenal- y entonces me decía volve a inspirar y solta de a poquito, y hundía mas su mano en mi cuerpo como separando las tripas entre si y finalmente en el ultimo apretón ya se había ido el dolor.
Me acosté primero boca abajo, después de cada uno de los costados y finalmente boca arriba, yo estaba tan entregada al placer que sentía como jamas lo estuve antes, con los ojos cerrados, sin importarme nada pero nada del afuera de mi cuerpo y mi alma.
Cuando termino el amasado me puso piedras sobre el cuerpo, no supe cuales. pero una en cada mano, una sobre la frente, otra en la garganta, otra en el pecho, otra entre las tetas, otra cerca del diafragma, otra cerca del ombligo, otra sobre el pubis y otra cerca de los pies, pero no sobre ellos, una mas a cada costado de mi torso.
así paso el tiempo, no puedo decir cuanto
no puedo explicar lo inexplicable
no puedo poner en palabras -sólo porque no las conozco- lo que fuisintiendo, no puedo escribir más....
Sentía la sonrisa instalada en mi cara.
y la magestuosidad del universo en mi cuerpo, el perfume del romero
y su presencia cerca, con la exacta distancia para sentirlo sin que me toque.
Después me dio una mano
me beso la frente
me hablo
me ayudo a volver a esta dimensión de la que había salido.
me ayudo a incorporarme.
dijo que tenia que verme pasado mañana. pregunto si quería un taxi.....
Le explique que, necesitaba caminar.
me indico por donde llegar al pueblo
le pregunte cuanto le debía, me dijo nada
le explique, me explico que el no trabaja de eso, que es tornero de profesión, que no cree en las casualidades y si en las causalidades y si yo había llegado el no podía no ayudarme.
le insistí se resigno y me dijo, bueno, dame quince pesos. y te espero pasado mañana, puede que tengas vomitos, diarreas, erupciones, malestar, nauseas, dolor de cabeza. es todo normal, no te asustes
si me necesitas llámame, pero no faltes.
en un estado que nunca antes estuve salí de ahí flotando
sin dolor de nada
sin pisar el piso
sin caminar mientras caminaba
sin dejar de mirar el pirqui
sin entender nada de nada
y después de un rato llegue a la plaza.

*de Analau. analaublejer@gmail.com
http://estaredeviaje.blogspot.com/
"Cada atardecer las recolectoras de estrellas salimos a iluminar la noche"

Pasaje*

Pasar por el ojo de la aguja,

los camellos,
sentados en un mar amarillo,

hacen lugar.

Del otro lado de la mirada.

de las pestañas

conocedoras de la contraseña.

Cavar en el reino de los espejos,

Mariposa de viento,

Del otro lado siempre.

Entrar en las antípodas del mar.

Apenas un cielo agujereado en los ojos del nombre.

*De Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar

Revelaciones de invierno*

*Por Juan Sasturain

Fue una mañana de invierno, un lunes como hoy pero del alevoso y helado julio de 1959, hace exactamente cincuenta años: yo tenía trece, iba a cumplir catorce en unos días y cursaba primer año en el Don Bosco de Mar del Plata, apenas uno de los 45 granujientos, incipientes varones de Primero A. Para eso iba en bici cada mañana pedaleando Avenida Luro arriba, treinta y pico de cuadras. Tras la diaria misa entre bostezos nos cagábamos religiosamente de frío hasta el mediodía en esas aulas grandes, altas, con pupitres oscuros y ventanales que daban al patio de cemento en que –cada recreo– jugábamos al fútbol de timbre a timbre, transpirando como salvajes con pulóver y gabán.
Esa mañana de hace medio siglo, el Pelado Marcángeli –que nos daba Castellano e Historia sucesivamente en las primeras horas– llegó y sin decir nada ni comentar el triunfo de Independiente se puso a escribir en el pizarrón con letra clara algo que leía en el diario que había traído de su casa. Era un poema, un soneto más precisamente: “A la efigie de un capitán de los ejércitos de Cromwell”.
–Copien –dijo el Pelado.
Y fue desplegando de arriba abajo los catorce versos endecasílabos en los correspondientes dos cuartetos y dos tercetos. Al final, a la derecha, escribió el nombre del autor: Jorge Luis Borges.
Nosotros no sabíamos qué era una efigie, cómo se reconocía un soneto y menos aún quiénes eran Cromwell o Borges. No sabíamos nada, en realidad; y hacía frío:
“No rendirán de Marte las murallas / a éste que salmos del Señor inspiran. / Desde otra luz, desde otro siglo, miran / los ojos, que miraron las batallas” ya leía, ya nos hacía leer el Pelado en voz alta y con fervor.
Hiatos y sinalefas mediantes, llegamos a reconocer las once rítmicas sílabas de cada verso; descubrimos las consonancias abba de la rima y sin transición nos trasladamos en el segundo cuarteto: “La mano está en los hierros de la espada. / Por la verde región anda la guerra; / detrás de la penumbra está Inglaterra, / y el caballo y la gloria y tu jornada”. Y fue como quien pasa al segundo vagón de un tren en movimiento para verificar que el esquema del primero se repetía tal cual.
–Vamos ahora a los tercetos –dijo el Pelado.
“Capitán, los afanes son engaños, / vano el arnés y vana la porfía / del hombre, cuyo término es un día”, recitó Marcángeli. Caminando entre los bancos, releyó los tres versos, hizo la pausa justa para mostrar el encabalgamiento, resaltó el cdc de la rima y después siguió ya cuesta abajo, sin detenerse hasta el final: “Todo ha acabado hace ya muchos años. / El hierro que ha de herirte se ha herrumbrado; / estás, como nosotros, condenado”.
Punto y silencio unánime.
–¿Qué les pareció?
En principio no nos parecía nada. No se entendía demasiado, éramos pendejos y nuestras lecturas habituales no iban más allá del Hora Cero para ver cómo seguía El Eternauta y de El Gráfico para que nos contaran los goles de Yaya Rodríguez y Senés que escuchábamos por radio. Además teníamos frío. Pero, sin embargo, el Pelado comenzó a hablar y algo pasó, algo (nos) empezó a pasar esa mañana, un lunes como este lunes de hoy, tan frío, hace cincuenta años exactos.
Simplemente nos había alcanzado la literatura. Y eso que pasaba entre versos –apenas intuido, deslumbrante, pero apenas comprendido del todo por falta de vida y experiencia– no era otra cosa que la poesía.
Puedo recitar desde entonces “A la efigie de un capitán de los ejércitos de Cromwell” de memoria. Debe ser el único poema de Borges que recuerdo así, entero y cadencioso. Incluso estoy seguro de reconstruir no la exégesis puntual del soneto deslumbrante –el profe lo había leído el día anterior en el suplemento literario de La Nación, el rotograbado que salía impreso en sepia el domingo, y nos lo trajo–, pero sí el fervor de la explicación, la pasión transmitida.
Al consultar los datos me doy cuenta de que Ricardo Marcángeli, el inolvidable maestro que me enseñó a leer, era del ’29, tenía en aquel momento nada más que treinta años. Parecía más grande. La calva precoz y nuestra mirada casi infantil nos engañaban. Severo y jodón a la vez, al Pelado le encantaba la Historia y contar goles de Erico; nos prestaba libros, compartía con nosotros los resultados del domingo y el tedio de la lectura obligatoria de las Tradiciones peruanas de Ricardo Palma y la Marianela de Galdós en las ediciones de Troquel. Pero sobre todo nos quería.
Cinco años después, cuando ya estudiaba Letras en Buenos Aires, había regalado mi colección de historietas y veía a Boca en la Bombonera, seguía pendejo pero menos, me compré El hacedor –que es de 1960 y uno de los libros que más me gustan de Borges– y me volví a encontrar con la efigie del capitán, la certeza de que “los afanes son engaños”, que es vana “la porfía del hombre, cuyo término es un día” y que estamos –como él– condenados. Desde entonces me pasa cada vez, y es como la primera.
Ricardo Marcángeli, por aquellos mismos años en que nos daba clase y letra como quien reparte comida caliente o besos, empezó a pintar y a eso se dedicó con talento durante décadas. Se murió en 2006 en Mar del Plata, dejó alrededor muchos amigos y también –más lejos– muchos pibes grandes como yo, agradecidos para siempre por aquellas revelaciones de una mañana de invierno.

*Fuente: © 2000-2009 www.pagina12.com.ar
-Enviado para compartir por Lucía Cinquepalmi lccnqplm@yahoo.com.ar

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ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
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