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BITÁCORA DE UN SOCIÓLOGO FRACASADO

26/08/2009 GMT 1

TIEMPOS DE ASOMBROS...

urbanopowell @ 23:00

CUALQUIER ESQUINA*

Se encontraron en una esquina. Cualquier esquina.
Ella venía con una alforja bordada. Verde trébol cuatro hojas.
En sus manos, lágrimas de mar, ceniza y un pájaro dormido.
El, solamente, una vara de sándalo.
En sus pies, sorbos de sombras y espinillos.

Antes de verse presintieron sus pasos.
Ella venía de páramos y valles.
El, de escarpadas cumbres. Aves incineradas.

Ella traía el oficio del agua y la sed.
Él, oficio de orfebre, de dolorosos soles.

Se buscan. Se abrazan. Heroicamente.
Rescatan símbolos, gritos y silencios.
Bautismo de luz, espina que no duele. Casta sed.
Pronuncian quedamente sus nombres.

La intemperie ha quedado atrás.

Una esquina cualquiera. Un hombre, una mujer.
Se saben los primeros. Ensayan vuelos
Se aturden de sándalo y de verde trébol.
Tiempos de asombros. De naceres. De vida.

*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar

TIEMPOS DE ASOMBROS...

EXILIO*

retorno al lugar, bajo el ojo del desierto
a exiliarme en su vieja superficie
junto a espejos náufragos
oxidados por jóvenes rostros
arrastrados por la vejez
a sus bordes.

excavo para encontrar mi máscara
en las múltiples cabezas del hastío
como esclavo
ansiando el alba de la libertad
arrebatada.

miro allí donde se miran los muertos
perpetuados cada vez más
como ficticias gárgolas
angelicales que rondan umbrales oscuros
del mismo polvo que un día
volverá para salvarlos.

*de Daniel Montoly© danielmontoly@yahoo.es

Mascarones*

Ese hombre doblo en la esquina.
Su mirada podía verse perdida, como viendo en otra parte, u en otra época.
Hablaba solo.
Gesticulaba con sus brazos levantados, daba ordenes a seres del aire.
-Sólo vemos mascarones de proa. Me pareció oír cuando pasó a mi lado.
Nada ni nadie puede decidir el rumbo. Algún destino consciente y compartido...
Cuanta soledad de alta mar o de desierto se ve a cada paso.
-Completé en imágenes a mi modo.

Mientras, lo escucho alejarse con pasos que parecen crujir sobre una cubierta de madera.

*de Urbano Powell. urbanopowell@yahoo.com.ar

ENTRE SOMBRAS*

Hoy es un día triste,
el sol se negó a mirarme
como si me castigara
por no cumplir sus designios.
La casa se llenó de sombras
hermanadas en un cerco,
verde si, pero cerrado,
clausurando las puertas.
Y sigue triste mi día
empapelado de invierno,
Ama, asegura el cerrojo,
hablaré sólo con sueños,
locos, alucinados, míos,
escondidos en mi adentro.

*de Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar

En el bar*

La morena que acaba de entrar en el bar se acerca al bigotudo sentado junto al ventanal y lo saluda con un beso fugaz. Es alta, desenvuelta, por lo menos quince años menor que él. A tres mesas de distancia analizo los detalles del encuentro. Entre la morena y el bigotudo comienza un diálogo trabajoso, lleno de silencios. No puedo oír lo que dicen, sólo deduzco información por los gestos. Llego a la siguiente conclusión: "Es una despedida, se encuentran por última vez, se citaron para despedirse". Una morena que viene a través de la noche, altiva, de boca cruel, que seguramente ama el sol y los deportes, un bigotudo tristón que la espera: una despedida.
Después de los primeros titubeos, Bigote se suelta. Pausado, la sonrisa vaga y las manos lentas. "Ahora -pienso- empieza el largo discurso, lo ha estado estudiando durante el día entero, echará mano de todos los argumentos, se pondrá erudito, profundo, brillante, dramático, finalmente ironizará un poco sobre esto y lo otro para disimular lo mal y lo débil que se siente esta noche."
La morena prende un cigarrillo. Bigote sigue hablando. "No servirá de nada -medito-, a ella no le importa todo ese palabrerío, sólo quiere llegar al final y sentirse libre de una buena vez."
El mozo trae café para ella y otro whisky para él. La morena coloca el azúcar y revuelve, se aburre, busca distracciones, está en otra cosa, quiere irse. Por lo menos eso es lo que interpreto a la distancia. Aunque podría tratarse de una fantasía mía. De cualquier manera, aparentemente, también Bigote registró la indiferencia de la mujer. Acaba de permitirse un breve arranque de enojo. Ella mira la calle.
Me digo: "Durante todo el tiempo él sabe que la única actitud válida sería la de dar la charla por terminada y marcharse como un caballero, pero no hará nada de eso, se quedará ahí, estirando y estirando la madeja, pidiendo más whisky, poniéndose insoportable, hasta que la cosa esté bien podrida y no quede nada en pie".
El enojo del bigotudo, real o fingido, pasa rápido. Tal vez, más que un enojo, fue un ruego de atención. Retoma el monólogo. En este momento -pienso- se siente capacitado para comprenderlo absolutamente todo. O por lo menos eso es lo que debe estar diciendo, aunque no ignore que es una mentira más, y que lo cierto, lo que va entendiendo cada vez con mayor claridad, mientras habla y habla y la morena fuma y fuma mirando la calle, es que tanto despliegue de inteligencia y generosidad nada podrá contra la valla que ahora los separa y no deja de crecer.
"Exactamente dentro de dos minutos, él le hará la gran pregunta y se quedará esperando que ella le conteste", me digo. En efecto, parecería que algo de eso ocurriera. Pero la morena no está dispuesta a hablar. Se detiene en cada palabra. Sólo avanza ante las insistencias de Bigote que la mira fijo. "Lo único que está haciendo, y lo sabe -reflexiono-, es ganar tiempo, retenerla un poco más, retrasar la muerte."
Bigote levanta el brazo y pide otro whisky. Ella desliza un comentario. Tal vez: "¿Vas a seguir tomando?" Y es probable que él haya contestado: "¿Por qué no?" Lo veo apurar la medida en un par de tragos y comprendo que el tipo perdió definitivamente la partida, que desde este momento buscará obstinadamente la forma de destruir lo poco que todavía se mantiene en pie, de que no quede un solo puente transitable a sus espaldas.
"Ahora comenzará a volverse sutilmente hostil e hiriente, la agredirá, y entonces ella aprovechará la oprtunidad para levantarse y él se verá obligado a pedirle perdón y la situación se volverá muy lamentable."
Bigote insiste, cada vez con menos elegancia. Frente a él, misteriosa y radiante, la morena que seguramente ama el sol y los deportes permanece tan inconmovible como un muro. "No quiero ver ese final", me digo. Pago, me levanto, paso cerca y les echo una última ojeada. Todavía pienso: "Ojalá no se caiga del todo, ojalá consiga terminar la cosa con cierta dignidad". Ojalá. Pero lo cierto es que no le tengo mucha fe.

*de Antonio Dal Masetto.
-Publicado en contratapa de Página/12, el 24-3-1992.

PLAN INTERRUMPIDO*

Solo, en la penumbra de la noche, el hombre agazapado esperaba a su presa; sigiloso cual tigre al asecho sus ojos escudriñaban el lugar, cuando de pronto un zumbido agudizó sus oídos, entonces, perplejo presintió lo peor. Un mosquito ávido de sangre encaró su rostro y un grito más que de dolor de rabia inundó la noche, quién se lo llevó envuelto en su intentona.

*de Marta Beatriz Multini.
-Mensajes al correo: zurmy@yahoo.com.ar

Mulcahy*

¿Quieren saber acerca de la pesadilla que me atormenta durante las noches? Sólo hoy, habiendo pasado algún tiempo desde aquel fatídico día, puedo ponerlo en palabras, aunque no sin cierto espanto…

En aquella época, yo era conductor de locomotoras. Transportaba mercaderías a lo largo de toda la provincia de Buenos Aires. Ni remotamente hubiera podido imaginar tres años antes que terminaría viviendo de eso. Pero, ante la falta de laburo, y coincidiendo con la repentina muerte de mi viejo a causa de un aneurisma cerebral, la necesidad me llevó a buscar una solución urgente para procurarme el sustento. El mundo que conocía hasta entonces desapareció de un plumazo, y mi vieja, entre mares de lágrimas y miradas de inconsolable tristeza, me instó a que saliera a buscar lo que fuera. La pensión que nos había dejado mi viejo no alcanzaría para nada, si queríamos seguir viviendo como hasta ese momento.
Busqué laburo en todos lados, de lo que pude, y nada; la recesión económica hacía estragos, liquidando sin tregua lo que aún quedaba de la clase media. Sin embargo, cuando ya estaba a punto de desesperar, el tío de un amigo me dio una mano: el “Expreso Trochita Pampeana”, flamante inauguración ferroviaria impulsada por los gobiernos provincial y nacional, necesitaba conductores de locomotora. Yo no tenía idea alguna acerca de la tarea a desempeñar, pero el tío de este amigo me palanqueó con las autoridades para que me instruyeran de apuro en las artes básicas de la conducción ferroviaria, y allí me lancé, atemorizado por la inexperiencia, pero con la adrenalina propia de intentar probar suerte con lo que fuera. En definitiva, había que comer.
Al principio fue como querer domar un mastodonte prehistórico, furiosas toneladas de metal dotadas de vida propia, y apenas un par de simples palanquitas como arnés metálico para dominar a la bramante fiera. Hasta que me fui acostumbrando, y con el tiempo, la doma de la bestia se transformó en algo rutinario, casi mecánico.
Primero conduje acompañado, sirviendo de chofer de reemplazo; hasta que una noche el Gordo Santos se descompuso, la carga tenía que llegar sí o sí a General Pico, La Pampa, y me largué solo al volante de “Fénix”, la locomotora alimentada a GNC, con el corazón en la boca, los músculos agarrotados y las axilas continuamente empapadas. Desde entonces, los dueños de la empresa me adjudicaron el manejo de “Fénix” a mí solo, ya que la descompostura del Gordo derivó en una hepatitis que lo mantuvo cuarenta días en cama y lo dejó no sólo sin el mote de “Gordo”, sino también sin laburo. Crueldades de la flexibilización neoliberal…
Creí que sería un trabajo temporario. Sin embargo, ya llevaba casi dos años de conducción cuando me tocó hacer aquel viaje a Mirapampa, en busca de un cargamento de trigo que jamás llegué a ver.
El horror me salió al paso en plena vía. Y mi vida cambió para siempre.

*

Recordaré las imágenes de aquella madrugada mientras viva.
Los primeros resplandores del amanecer brillaban en el horizonte a mis espaldas, y yo podía otearlos sin esfuerzo por encima de mi hombro. Hacia delante, aún titilaban trémulas las últimas estrellas. El mate yacía desde hacía horas, frío y lavado, sobre el tablero de instrumentos. En una pequeña radio portátil escuchaba un bonito programa de folclore. Y, de alguna manera, me sentía satisfecho. Los viajes me daban el espacio necesario para estar solo y pensar. Sobre todo, en lo que haría respecto de mi vida personal. Me andaba haciendo la falta la compañía estable de una mujer desde la ruptura con Marcela, tres meses atrás. Pero muchas otras veces, me descubrí también pensando en mi viejo, y las lágrimas brotaron sin poder evitarlo. El duelo que no había podido hacer a causa de la urgencia de la situación económica, finalmente podía concretarlo en aquella soledad, rodeado por mis propios fantasmas.
En eso estaba, recordando con nostalgia una reveladora conversación con mi viejo durante una cena, poco antes de su muerte, cuando alcancé a divisar, a punto de llegar a la Estación Mulcahy, sobre un perdido paso a nivel de una ruta provincial, la borrosa figura de un camión frigorífico atravesado sobre las vías, doscientos metros delante, con la trompa apuntando hacia mi izquierda.
Accioné los frenos de inmediato, mientras hacía sonar la sirena de “Fénix”, que emitió una brillante lluvia de chispas durante unos cuantos metros sobre los rieles, y me pregunté qué podría haber pasado para que aquel Mercedes Benz –si mi vista no me fallaba- quedara varado en diagonal sobre las vías, obstruyendo el paso, y en peligro de ser arrollado. “Fénix” emitió un resoplido vaporoso, deslizándose con suavidad antes de detenerse. Intuí que necesitaría algo de ayuda; la situación me resultaba harto sospechosa. Así que tomé una barreta de acero que el Gordo había dejado a bordo y usaba con fines diversos, apagué la radio, abrí la puerta de la locomotora y salté sobre el suelo pampeano
Lo primero que me alertó fue el silencio. A excepción del rumor sostenido del motor de “Fénix”, ninguno de los clásicos sonidos campestres, grillos, teros, ni el viento siquiera, se escuchaba alrededor. Avancé con cautela, mi mano firme sobre la barreta de acero. La puerta del conductor estaba abierta de par en par, el motor ronroneaba en punto muerto, las luces del tablero estaban encendidas.
-¡Hola! -, llamé al acercarme a la cabina. -¿Hay alguien ahí?
Nada. Vacilé un instante hasta que decidí treparme al estribo. El interior parecía haber sido abandonado pocos minutos antes. Me asomé un poco, estirando la cabeza por encima del borde del capot, para otear hacia el costado del camión que no podía contemplar a bordo de “Fénix”. Recién entonces vi el cuerpo, yaciendo de costado, de espaldas a mí, apenas iluminado por el resplandor del amanecer.
Bajé de un salto, rodeé con decisión la trompa del Mercedes, pero me acerqué con cierto temor. ¿Sería el chofer? ¿Qué lo habría hecho detener? ¿Y por qué yacía sobre el pasto ralo, cercano a las vías? Las dudas me acosaban mientras cubría los últimos dos metros, cuando reparé en el charco de sangre que se extendía como una raquítica raíz por delante de aquel cuerpo.
Un escalofrío me recorrió la espalda. En aquel último segundo tuve el impulso de dar media vuelta y escapar, cuanto más rápido mejor; que se encargase algún otro del problema. Pero la curiosidad, así como la necesidad de apartar el Mercedes de las vías para continuar camino a Mirapampa, fue más fuerte. Así que rodeé el cuerpo para verlo de frente.
Desde entonces, sentí como si me desplazase a tientas a través de un sueño. O mejor dicho, de una horrible pesadilla.
No sé cómo pude contener el vómito. Se trataba del chofer, no había duda. Pero donde debería haber estado su cara había un agujero. La piel de la frente, del borde de las orejas y del cuello se hundía sobre los huesos sanguinolientos de la calavera como si tuviese puesta una máscara de Carnaval, demasiado realista para ser un disfraz. La sangre se escurría a través de las cuencas de los ojos, debajo del tabique de la nariz y por entre la mandíbula entrecerrada, desprovista de barbilla. Algo…o alguien…le había arrancado los ojos, y probablemente la lengua, además de todos los músculos de la cara. El escalofrío me revolvió los intestinos.
Estaba a punto de lanzar un alarido y huir, cuando escuché los ruidos, apagados, imperceptibles, provenientes de la hermética caja del Mercedes.
Casi contra mi voluntad, intuyendo un nuevo terror, mi cuerpo avanzó hacia la puerta cerrada de la cabina y se desplazó vacilante a lo largo del costado derecho del camión. Mi mano se tensó con fuerza sobre la barreta, hasta que los nudillos me dolieron. ¿Qué había allí detrás? Sobre el lateral, una puerta entreabierta, invisible desde la imponente silueta de “Fénix”, proyectaba una trémula luz sobre al azul acero de las vías. El vapor de la refrigeración emanaba del interior con aire amenazante.
Otra vez los ruidos; ahora podía identificarlos, aunque quizá imbuido por la macabra escena reciente, imaginase más de lo debido. Lo que creía escuchar eran gruñidos… Como si algo…o alguien…estuviese atacando las medias reses allí colgadas, y su dentadura desgarrase, triturase, masticase, con plena ferocidad.
“¡Rajá de una vez, boludo!”, chilló una voz dentro de mi cabeza.
Y aunque el más absoluto sentido común me impulsaba a la fuga, mi mano libre se extendió temblorosa hacia la puerta entreabierta. Mis dedos se aferraron al borde y comenzaron a abrir aún más aquel lateral hacia fuera, mientras contenía la respiración y sentía palpitar todo mi cuerpo. Los goznes chirriaron, el escalofrío retornó, la pálida luz de la bombita me iluminó la cara, tuve la penosa sensación de haberme equivocado, y los gruñidos se detuvieron de inmediato.
Entonces, de pie en el umbral del portón de la caja frigorífica, brotó una figura imposible, recortada contra la mortecina luz, jadeando como una bestia. Fue la única vez que lo vi. Pero la impresión me atormenta hasta el día de hoy.
Tal vez, en algún tiempo, había sido un hombre. Sin embargo, poco quedaba de su condición humana. Vestido con harapos, su silueta encorvada, los hombros volcados hacia delante, la cabeza oteando salvaje la madrugada, aferraba el lateral del camión con una de sus garras, empapada de sangre –posiblemente la del chofer-, mientras en la otra sostenía parte de un costillar vacuno, roído por sus enormes colmillos. La cara parecía carcomida por la descomposición, casi sin nariz, los músculos tirantes y sin piel que los cubriese, la dentadura filosa y amenazante, los ojos brillando con un fulgor rojizo que les otorgaba una vida autónoma a la de la propia criatura. Lo que le quedaba de cabello oscilaba sobre su cabeza como una mata de ralos pastos secos.
El escalofrío fue tan violento que quedé paralizado. Mi sentido común no sintonizaba con lo que mis ojos contemplaban pero se negaban a aceptar. ¿Qué… era… ESO? La criatura gruñó, en alerta, y olfateó con ahínco a través de sus tumefactas fosas nasales. Quise escapar, pero el terror me detenía. Hasta que la criatura abrió sus fauces, lanzando un gruñido de advertencia, y saltó del camión.
Fue como si me hubiesen picaneado a 220 voltios. De pronto, recuperé el control total de mi cuerpo, como si un extraño reflejo inconsciente supiera acerca de los mecanismos indispensables para la supervivencia. La criatura dio un paso adelante, decidido a atacarme, quizá defendiendo aquella inesperada y generosa reserva de comida que había encontrado en medio de la nada. Yo retrocedí, mis músculos en palpitante tensión. Él levantó la garra sangrante con la que había sostenido el lateral de la caja frigorífica. Y le asesté un violento golpe en la cabeza con la barreta.
La criatura se sacudió por un instante, su cabeza se giró hacia la derecha con un ruido seco, como si le hubiese pegado al tronco de un árbol muerto, pero no se desplomó. Al contrario, volvió a girarla hacia mí como el efecto de un latigazo, y me miró con ojos brillantes y desencajados, mientras aullaba con un gemido que ningún animal hubiese podido emitir.
“¡Carajo, estoy muerto!”, pensé, sabiendo que nada podría hacer para evitar su ataque.
Entonces, desplazó de abajo hacia arriba la garra sangrante que tenía libre, sin dejar de aferrar los restos del costillar con la otra, me aferró por debajo de uno de los brazos, y con el mismo movimiento, me lanzó por los aires. No conseguí darme cuenta de nada hasta después. Su horrendo semblante desapareció de mi vista, la caja frigorífica del camión pasó a mi lado como una exhalación, el horizonte amanecido rotó delante de mis ojos, y mi cuerpo exangüe, agitando brazos y piernas, se desplomó a varios metros de distancia, golpeándome la espalda contra el suelo.
El dolor me atravesó sin piedad. Creí haberme roto la columna, imposibilitado de moverme. “Es mi fin”, certifiqué, inmóvil, la mejilla izquierda contra los ralos pastos de la pampa, los tenues resplandores del amanecer iluminándome las doloridas facciones. Cercano, continuaba oyendo el rumor del motor en punto muerto del Mercedes, y más allá, el de “Fénix”, haciéndome a la idea de que había descendido de ella muchas horas antes, tal vez muchos días.
Aguardé allí, entregado, a que la criatura se acercase. Me dolía horrores la cabeza y la espalda. Durante un período de tiempo que jamás logré precisar, supuse que mi vida terminaría y comenzaría algo diferente. De manera inexplicable, acudió a mi mente la idea de estar a punto de ser transformado, al estilo de los vampiros, en una criatura similar a la que me atacara, mediante alguna siniestra incisión. Sin embargo, nada sucedió durante un buen rato. El intenso dolor comenzaba a adormecerme; hasta que, por fin, con enorme alivio, me desmayé.

*

Cuando volví a abrir los ojos, el sol ya estaba alto, lastimándome la vista. Giré la cabeza hacia el cielo y volqué mi cuerpo de espaldas sobre la pampa. La punzada de dolor me hizo chillar, hasta que volví a quedar inmóvil, temeroso de volver a lastimarme. Creí que sería imposible ponerme de pie, y sentía la garganta reseca. Pero al menos estaba vivo. O eso creía.
Entonces, comencé a prestar atención a los sonidos que me llegaban del entorno. El rumor del motor de “Fénix”, inconfundible. Una brisa en los oídos. Otros motores. Voces, algunas alarmadas. Pasos que se acercaron. Y alguien que gritó:
-¡Acá hay otro!
Un rostro cetrino y redondo se agachó sobre mí, analizándome en detalle. Mis ojos lo estudiaron, algo confusos. Y el tipo, de unos cincuenta años, volvió a gritar, sin dejar de mirarme, para que otros lo escucharan:
-¡Y está vivo!
Otro tipo, un poco más joven, se acercó y entre los dos me ayudaron a incorporar. Tenía miedo de que me movieran, aterrado con la posibilidad de tener la columna fracturada, pero me dolía demasiado como para que la espina se hubiese seccionado. Ambos me sostuvieron de los brazos, cruzados por encima de sus hombros, y me trasladaron hasta la locomotora, sentándome en el estribo. Otros tipos corrieron para ver cómo me encontraba. Apenas conseguía verlos; eran todos camioneros, y hablaban entrecortados entre ellos. La cabeza me daba vueltas. Le pedí al tipo más joven que trepara a la cabina y me alcanzase una botella de agua mineral que tenía debajo del asiento. Varios tragos después, milagrosos y refrescantes, pregunté:
-¿Dónde está?
-¿Quién, pibe? -, preguntó el cincuentón de cara redonda.
-La cosa ésa que me atacó.
-¿Qué cosa? Acá hay dos muertos, tres camiones varados en la ruta, y un desastre de mercadería desparramada por el campo. ¿Me podés explicar qué carajo pasó?
-¡¿Cómo dos?! -, exclamé.
Me puse de pie, vacilante, y avancé dolorido algunos pasos, intentando distinguir algo en el resplandor de la mañana. Más allá del Mercedes, un Scania que transportaba verduras aparecía cruzado de la misma forma que el otro, sólo que no sobre las vías, y su chofer yacía destripado sobre el capot. Varios camioneros habían vomitado a su alrededor, entre las desperdigadas mollejas del Mercedes y los tomates del Scania.
-¿Vos viste lo que pasó, pibe? -, me preguntó el cincuentón, acercándose hasta mí. Tenía la cara sudorosa, y el miedo instalado en la mirada.
-Sí… -, murmuré, ignorando si lo que recordaba había sucedido realmente o no.
-¿Me podés explicar qué mierda …… los mató? -. En su voz vibraba una nota de auténtico terror, aunque posiblemente no hubiese tenido noticia alguna de la criatura. -Y vos, ¿cómo te salvaste?
Lo miré incrédulo, sin saber qué responder. Tampoco sabía qué había sido ese ser infernal que me había atacado. Pero si después del Mercedes, había matado al chofer del Scania, ¿por qué me había perdonado la vida? ¿Habría creído que con aquel golpe ya me había matado? No entendía nada.
-No sé… -, alcancé a balbucear.
El cuerpo me dolía de pies a cabeza, y nada tenía sentido. Apenas conseguía asimilar la idea de seguir vivo después de aquella locura. Y supuse que, con el tiempo, lograría reconstruir la escena y entender lo ocurrido.
Sin embargo, hasta el día de hoy desconozco qué fue lo que pasó. Pero sí me temo haber asistido al origen de un horror inenarrable.
Desde aquella mañana, siento que la pesadilla no ha hecho más que comenzar. Una feroz criatura demoníaca ronda por la pampa, errática y voraz, en busca de alimento.
Y quizá nada pueda detenerlo…

*de ALDIMA. licaldima@yahoo.com.ar

-Nota del autor: Russel Mulcahy. Director de cine. Australiano. Autor de películas de género fantástico como “Highlander” o “Razorback”.
-Del Inventren 2004.

“Argumento”*

Elevarme en un verso
tan trivial como cierto
tan sabio como etéreo,
es andar el camino
de mi propio destino

Elevarme en tus manos
tan claras como suaves
tan fuertes como audaces,
es darle un argumento
al verso que me nace.

*de Adriana Barcia. barciadriana@yahoo.com.ar

*

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