COMO EL QUE AMA Y SE ACUERDA Y ESTÁ LEJOS...
TRANSMUTACIÓN*
“Tu, que sabes tantas cosas, dime porque vuela el pájaro”
José Bergamín
!Maravilla! !Oh, maravilla!
Ven, mi amor, mi entristecido sol.Ven.
Mientras agosto se alejaba con su carro de tristezas,
Desafiante, enterré una diminuta semilla.
La aboné con palabras.
Le canté una canción de hojas azules.
La arrullé con trinos y rocío del alba.
También, le hablé de los niños con zapatillas rotas.
De la pobreza con techo de vinchucas.
De las pequeñas madres.
Con pantalones largos y niñez corta.
De los que se refugian al sur de un cielo hecho de chapas.
Le conté de mis penas bermejas, de la tuyas.
Le mostré el arco iris.
Y hoy, justo hoy, a las cuatro de la tarde.
Justo a las cuatro de la tarde.
¡De la semilla ha nacido un pájaro!
Oh, mi sol entristecido, mí amor, ven.
Ven, que de la semilla ha nacido un pájaro.
*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar
COMO EL QUE AMA Y SE ACUERDA Y ESTÁ LEJOS...
Alimento*
Siempre había tenido una memoria prodigiosa, tanto en el colegio como en la universidad lo que le ayudó muchísimo en su carrera de abogado ya que podía repetir con facilidad la practica totalidad de los artículos del Código Romano y mantener frescos los conocimientos sobre literatura, derecho, etimología, historia, filosofía, psicología y sociología.
De la misma forma recordaba los nombres de las personas conocidas, la fecha de cumpleaños y todos los detalles de su vida. Tenía muy presente su niñez, los primeros años de universidad y todos los pasajes familiares, de tal forma que todas las consultas de hechos pasados iban dirigidas a el.
Su éxito en la carrera era directamente proporcional a su peso. Había ido creciendo en conocimientos y en gordura paralelamente, llegando a pesar a la edad de 76 años más de 140 kilos, lo que ya le comenzaba a impedir moverse con facilidad.
Sorpresivamente llegó un momento que empezó a adelgazar y en un año había perdido 20 kilos. En el mismo periodo comentaba que había cosas que no recordaba, pero nadie le hacía caso ya que seguían consultándole con éxito. En dos años el retroceso del peso se hizo mucho más rápido ya que llegó a pesar 90 kilos. Ahí si que se preocupó, pero no por el peso, sino porque cuando decidió ir a un dietista no recordaba el nombre de la calle. Tampoco recordó para que quería ir…
En medio año más alcanzó los 40 kilos y dejó de reconocer a los familiares, a los amigos y cada vez que salía de casa se perdía, teniendo que ser la policía quien lo devolviera. Sus hijos lo llevaron a un endocrino que estudió su metabolismo para establecer el motivo del continuo adelgazamiento. Después de todo tipo de pruebas medicas negativas decidieron acudir a un psiquiatra para ver si era algo psicosomático.
Fue una buena decisión ya que al fin consiguieron establecer la causa. Al tratarse de una persona sensible, afectiva y eminentemente cerebral, el hombre se alimentaba de recuerdos y al irlos perdiendo adelgazaba. Por desgracia era una enfermedad irreversible.
*de Joan Mateu. joan@cimat.es
MIGUEL ESPECHE: PSICOLOGO Y PSICOTERAPEUTA
"El miedo no nos protege. Y les hace tanto daño a los padres como a los hijos"*
La sensación de que se ha perdido el lugar tradicional de la autoridad paterna suele vincularse a visiones atemorizantes y mortificantes que se transmiten en el ámbito familiar.
*Fabián Bosoer.fbosoer@clarin.com
Hay una sabiduría oculta en todos los padres, aunque ellos no la vean. Esta sabiduría sólo es accesible cuando el miedo no avanza sobre la vida familiar de la manera avasallante como lo está haciendo en estos tiempos, por múltiples razones. Si el miedo guarda el lugar que le corresponde, el amor y la inteligencia pueden expresarse de mejor manera. Así lo entiende Miguel Espeche, psicólogo y psicoterapeuta clínico, coordinador del Programa de Salud Mental Barrial del Hospital Pirovano y autor de "Criar sin miedo"
(Aguilar, 2009). Espeche invita -e incita- a los padres (madres incluidas) a recuperar "el goce de la función paterna".
¿Cuáles son las principales preocupaciones que plantean hoy los padres? ¿En qué se diferencian de las de otros tiempos?
Hay una idea reiterada: es la de que ésta es una época más difícil, más peligrosa, con más inseguridades. El principal miedo es la zozobra y la sensación de que los adultos no son eficaces: la sensación de no ser aptos y no contar con las herramientas para vérselas con lo que significa criar hijos tal y como están las cosas en nuestra sociedad.
Una sensación que, por otro lado, tiene distintos contenidos según la situación social de cada familia...
Diría que esa sensación atraviesa a todas las clases sociales. Es el interrogante de "¿Qué va a hacer mi hijo sin mí?", lo que implica dos cosas.
Una es "temo no haber sido bueno y no haberle ofrecido las herramientas previamente", y la otra, "temo que no haya aprendido y que el mundo lleno de amenazas que está allá afuera sea más fuerte" que ese chico que está andando en bicicleta o que se va a la Capital a estudiar, o que sale a bailar a la noche.
O sea, no solamente el miedo a lo conocido, sino también a lo desconocido...
Es que peor que el miedo en sí mismo es la rumiación de ese miedo y el traslado de ese temor a los chicos. Hay un montón de efectos en los chicos y en los jóvenes de ese temor que se trasmite en discurso de los padres. Uno de ellos, que me parece muy significativo, es que frente a esa sensación de angustia y de queja que tienen los padres, que consideran que su paternidad es sacrificial (porque hay una idea de que la paternidad es un sacrificio), los chicos oponen al llegar a la adolescencia el no querer crecer. Entonces pasan dos cosas: la primera es que tenemos adolescencias eternas y la otra es la vivencia de que hay que hacer todo lo que sea divertido hoy porque mañana se terminó la historia. "Mañana entrás a ser grande y ser grande es un embole". Nadie quiere ser "eso" que son los padres.
¿Cómo reaccionar frente a esa imagen tan desvalorizadora de la paternidad?
La propuesta sería "pongámosle onda a nuestra vida"; recreemos, por ejemplo, nuestra sexualidad, nuestra vitalidad, vayamos a la fuente de nuestro entusiasmo cotidiano, confrontemos los problemas que tengamos porque no somos un ejemplo anhelado por nuestros hijos si tenemos esta cara que tenemos, si estamos abrumados y quejosos. Y frente a los problemas, tomar conciencia de que precisamos dar respuestas que no sean sólo la queja y que tengan que ver con la integridad y la dignidad.
¿Asumir que el primer problema es el miedo es reconocer que éste está basado muchas veces en visiones que no se ajustan a la realidad?
No digo que el miedo siempre esté basado en elementos que no sean reales; es obvio que hay asaltos, hay abuso de sustancias, hay accidentes de tránsito.
Y eso genera temor en términos de advertencia de que hay un peligro. El asunto es frente a eso qué se hace. Hay evidentemente un montón de riesgos y lo que se propone para afrontar y atravesar esos riesgos a veces es solamente incrementar el miedo.
¿Por ejemplo?
Por ejemplo, abrumar a un joven con un discurso angustiado y angustiante en "la previa" a que va a salir a bailar, transmitiendo temor y poca confianza, genera una mezcla de angustia y aburrimiento y el chico lo percibe.
Veamos esa situación: salir a la noche... ¿cómo la cuentan los padres?, ¿cómo la ven los hijos?
El chico se va y da sus primeros pasos al boliche o a la casa de sus amigos, y se lleva en el corazón a un padre angustiado, temeroso, paranoico. El chico se va angustiado, y sabemos que un ansiolítico importante es el alcohol. Entendemos que hay riesgos pero veámoslos desde la potencia de nuestros hijos, de nuestra potencia como padres y de que tenemos elementos (el coraje, el buen criterio, la percepción), un montón de elementos para enfrentar el peligro. Estemos tranquilos nosotros, disfrutemos de la vida,
que eso también se transmite a los chicos y les da ganas de crecer; entonces no se descorazonan y su conducta mejora. Decía esto a un grupo de cerca de 300 padres, y una señora levanta la mano y me dice "muy bien, licenciado, todo lo que usted dice, pero yo creo que como madre me tengo que quedar toda
la noche, y de hecho me quedo toda la noche, despierta, esperando que vuelva mi hijo de 17 años de bailar. Yo me quedo despierta". Entonces yo me veo diciéndole: "señora, me parece bárbaro lo que usted dice"-ella estaba con el marido a su lado-, "pero dado que la noche es larga, ¿por qué no tiene relaciones con su marido mientras espera a su hijo y la pasa bien? Su hijo, al volver, la va a ver con cara distendida, de buen humor y va a decir 'está bueno ser padre'".
Criar y crecer sin miedos, ¿hasta dónde supone un andar por la vida negando o sustrayéndose de una realidad realmente problemática?
Estamos todos sometidos a la idea de que si no tenemos miedo puede pasarnos algo grave. Es uno de los temores más grandes que tenemos como padres.
Frente a esa sensación mortificante hay una vieja frase que es siempre útil tener presente: "lo que es bueno para los padres es bueno para los hijos".
Hay chicos que se quedan demasiado tiempo con los padres. Por contraparte, ¿no hay también una separación de universos culturales muy temprana, en el sentido de que los chicos se insertan en la sociedad mucho más rápido de lo que los padres tienen capacidad de reconocer?
Y es que a uno como padre lo primerea una cuestión muy compleja que, cuando pasan los años, nos damos cuenta de que es una cuestión de coyuntura. Los grandes temas siguen vigentes y uno llega a los cuarenta o cincuenta años y ya sabe que lo que le decían sus padres no siempre era tan desatinado. O sea, hay cuestiones de valores que atraviesan todas las coyunturas. Nos pasa, por ejemplo, con la separación de universos que se produce por la entrada del mundo cibernético de nuestros hijos. Cómo ellos lo manejen, más allá de cómo usen las teclas y de que conocen todo, los valores con los que ellos se relacionen con la tecnología están ligados a algo que los padres siguen teniendo capacidad de ofrecer. Es decir, los chicos tienen distintos estilos de abordaje del tema cibernético, no es unívoco. No es que al chico lo secuestró la computadora: se las verá con esa circunstancia e irá tallando ese vínculo con la computadora, por ponerla como ejemplo, de acuerdo con cómo haya sido educado, cómo sea querido, etc. Es decir, con un
montón de circunstancias que trascienden la coyuntura histórica, la escenografía en la cual se produce esto. Hay una escena que no se modifica.
¿Cuál es esa escena? ¿La familia reunida alrededor de la mesa?
No, no necesariamente. La escena es que los chicos anhelan a alguien con autoridad. Si no la tienen los padres -porque los padres se sienten niños o no la asumen- se la otorgarán al, como decíamos cuando yo era chico, cancherito de la esquina, al dealer, al capitán de su equipo de fútbol, a un maestro o al policía. Es imprescindible la autoridad, para pelearse contra ella o lo que sea, pero la función de la autoridad tiene que estar.
De hecho, se suele confundir la función de autoridad con ejemplos de autoritarismo.
Y estamos presos en esa cuestión, ¿no? Como ese concejal que aconsejó "moler a palos" a los chicos delincuentes o alborotadores. Y la contracara, aquella de que hay que moler a palos a todo aquello que se parezca a la autoridad, es una idea de guerra. Y como en toda guerra, nadie gana. Fijémonos qué idea
tenemos del lugar de los hijos: en la tribuna se dice "hijos nuestros" al que fue humillado por sucesivas derrotas por nuestro equipo. O sea, esa es la idea de paternidad que habita -entre otras, desde ya- entre nosotros.
Muchas veces, toda autoridad paterna es homologada a un dictador pertinaz. Pero si podemos recrear la idea, vemos que el diccionario habla de autoridad como "aquello que permite crecer". Lo ideal es encontrar dentro de los rasgos de la autoridad puntos de firmeza para que se legitime la firmeza de
los padres, no el flan que somos a veces. Cuando eso ocurre se produce un buen desarrollo evolutivo en los chicos y lo agradecen. Y esa es una escena, la búsqueda de ese tipo de autoridad por parte de los chicos, que atraviesa cualquier época y todas las circunstancias. De hecho, los abusos, todos los
desmanes que hacen muchos chicos (no todos, esto hay que decirlo, no todos los chicos lo hacen) son búsquedas de ese padre que le ponga un límite.
Copyright Clarín, 2009.
Señas particulares
Nacionalidad: argentino
Edad: 50 años
Actividad: psicólogo y psicoterapeuta
Coordinador del Programa de Salud Mental barrial del Hospital Pirovano.
Autor de "Criar sin miedo" (Aguilar, 2009)
Habilidades de respuesta frente a los peligros
Miguel Espeche, autor de "Criar sin miedo", coordina una red de cerca de 300 grupos de ayuda mutua entre padres a los que asisten unas 3000 personas por semana. Se trata de ofrecer a los padres un marco de referencia y contención, explica Espeche: "Sintamos el miedo, obviamente todos lo sentimos, pero como estación de inicio; después que vengan el coraje, el entusiasmo, la sabiduría, la perspicacia para ver cuáles son los peligros".
La tragedia de Cromañón aparece en las conversaciones: "Muchos padres se preguntaban '¿Cómo querés que no tenga miedo cuando mis hijos salen si puede pasar algo como Cromañón, en donde nadie hace lo que debe y de allí surge una catástrofe terrible?' Nadie podría refutar esa frase, pero quedarse a vivir en ella sería contraproducente. Yo apuntaría a una educación de la responsabilidad y a decirles a los chicos que es importante que tengan esa habilidad para vivir en el mundo y transitarlo con posibilidades mayores de no sucumbir frente a sus riesgos. Es una buena razón, no sólo moralista, para estar sobrios y no embotarse con alcohol o drogas. Nunca existe un 100% de posiblidades de evitar todo riesgo, pero chicos con habilidad de respuesta frente a los riesgos tienen mayores recursos para crecer y salir a
salvo de los peligros que se presentan. Ponerse sólo en víctimas del mundo y quedar presos del miedo es otro tipo de encierro, un lugar sin salida que también asfixia".
*Fuente: http://www.clarin.com/suplementos/zona/2009/08/30/z-01988553.htm
Raíces y alas*
A la abuela Irma.
Pensar que esto era, siglos atrás, un ejercicio literario. Sólo un breve escrito sin pretensiones.
Hasta que no quedo otra. Hasta que el mundo natural que nos contenía se volvió inestable. Imposible de estabilizar en sus equilibrios e intercambios básicos para que el nombre "naturaleza" sea lo que se entendió durante miles de años antes de que haya seres con alguna conciencia.
Y la ciencia ya venía en ese desesperado intento de recrear, de reparar, de generar la vida misma.
Y no quedo otra. Nada se hace antes de que su necesidad se imponga. Y ese punto llegó.
¿Mutantes? No, me gusta más Peregrinos. Somos Peregrinos como llamaba Conrad a esos seres para los que les faltaba una definición clara de identidad. Pero de una forma a otra, somos la vida escapando como escapaban los virus a todas las formas posibles de la extinción.
Metáforas. Somos también seres surgidos de la metáfora. Por eso la literatura y la genética se imbricaron, una al servicio de la otra.
Y fue la imaginación puesta al servicio del poder de creación que las religiones atribuyeron por los siglos de los siglos a la capacidad divina.
Y fue de alguna manera Hegel y la dialéctica un precursor.
A la larga sobrevivieron los que pueden creer. Y creer en sus propias creaciones. En la propiedad de materialización de los sueños narrados. Del saber acumulado en el sentido común, en frases añejas.
Dicen los que tienen recuerdos verdaderos, que Borges supo decir algo parecido a "la mitología es la verdad última de la historia".
*
Tengo la memoria del nogal que me albergo años y años desde la semilla que mi madre alada enterró en este bosque que no es un bosque como ustedes entienden, sino una zona protegida de creación de nuevas formas de vida. Soy y seré golondrina, después de desprenderme de la corteza de ese ser que será un recuerdo de madera y leña al tiempo de mi partida. Vivo en los aires. En la mitad del ciclo anual haremos nido en algún refugio de la ciudad de Bonita. En California. Luego Volveré a Buenos Aires a comienzos de la primavera del sur con mi pareja.
Gestaremos huevos semillas de la especie. Confiaremos en la fuerza de la vida. Aún en aquella surgida por medios artificiales. Como una última y desesperada utopía.
No hay en el esbozo de mi historia nada que pueda parecérseles a una verdad de su época.
Sólo cuento con el testimonio intangible de mi propia existencia y el recuerdo de un lejano origen literario. Cuando una abuela de más de 80 años dejo escrito casi sin darse cuenta, en una carta, el legado que me gestó:
"Dicen que a los hijos hay que darles raíces y alas. Raíces para que sepan de donde vienen y alas para que las desplieguen y vuelen a su propia vida en el momento justo"
*De Urbano Powell. urbanopowell@yahoo.com.ar
Nostalgia*
*de Rosario Castellanos
Ahora estoy de regreso.
Llevé lo que la ola, para romperse, lleva
-sal, espuma y estruendo-,
y toqué con mis manos una criatura viva;
el silencio.
Heme aquí suspirando
como el que ama y se acuerda y está lejos.
-Enviado para compartir por Verónica Capellino. veroaleph@hotmail.com
"La gloria eres tú" *
-a Gaby Ces-
Martes de otoño, 9 AM. Como cada mañana, Gloria se dirige hacia su trabajo en Capital a bordo de la “trochita angosta”, como le dicen cariñosamente los usuarios al tren suburbano que lidera “Fénix”; ésta es la locomotora melliza de “Sophostine” -también alimentada a GNC-, aquella que realiza los viajes de larga distancia a través de la llanura pampeana. Como cada mañana de otoño, enfundada en un sacón negro bien abrigado, porta entre sus manos un libro perteneciente a su voluminosa biblioteca; en este caso, de Michel Foucalt, “Vigilar y castigar”. Un poco de filosofía en este presente argentino, tan bastardeado por la banalidad de lo cotidiano, no viene nada mal.
Al llegar a Anasagasti, el vagón se estremece ante los estentóreos versos de una canción de Joan Manuel Serrat, entonados con más dedicación que armonía por un varón un tanto exacerbado. “Otro que canta pidiendo limosna”, piensa Gloria sin alzar la vista, y vuelve a concentrarse en Foucalt. La voz cantora se le acerca a través del vagón atestado y permanece a su lado, dejando por un momento de entonar –como puede- “De vez en cuando la vida”, para afirmar:
-¡Qué linda chica! Yo me quedo cerca suyo.
Gloria no despega los ojos de un determinado párrafo que ya ha leído varias veces, sin poder encontrar el sentido preciso entre frases tan complejas. Muy a su pesar, oye las voces que retumban por encima de su cabeza
-Ella no deja de leer, compenetrada en su librito -, parece relatar, en estilo futbolero, el cantor de Serrat. –Es una pena que no levante su carita en un ángulo apropiado para que me deje descubrir sus hermosos ojazos…
-Basta, José. Dejala tranquila -, le dice, entre divertida y fastidiada, una voz de mujer.
-¡Oia, está leyendo filosofía! -, exclama él. -¡Mirá, yo también!
Y de pronto, el campo visual de Gloria se ve invadido muy de cerca, casi chocando contra su nariz, por un libro en cuya tapa apenas consigue discernir el nombre de Jorge Bucay. Sorprendida, alza la vista, para encontrarse con la fugaz imagen de un muchacho alto y rubio, de cabello largo y lacio, vestido con una gruesa campera de cuero, debajo de la cual se aprecia a las claras un ambo de médico de color verde claro. La mujer a su lado también viste de médica, aunque parece más una amiga o compañera de trabajo que su pareja.
-Pero es una cagada -, se defiende él, escondiendo velozmente el libro en uno de los amplios bolsillos de la campera.
Gloria baja la vista de inmediato, avergonzada, sin saber de qué, en el momento en que suena su teléfono celular, y ella atiende.
-¡Hola!… Sí, soy yo, Gloria…
-Uy, mirá. Se llama Gloria. Qué nombre más hermoso…
-José: me parece que vos con tu novia ya no tenés nada que hacer -, le dice su amiga o compañera. -¿No pensaste que ya es hora de terminar?
-¿Qué novia? -, parece ofenderse él, aunque su tono continúe siendo burlón. –No te metas en esto.
-Si… Sí, entendí. Te llamo después -, dice Gloria, y apaga el celular.
-No me digas que te llamó tu novio -, dice él. –Decime que no, por favor, porque me muero de amor aquí mismo.
-Basta, José. Estás haciendo un papelón -, le dice la médica, entre divertida y admonitoria.
El vuelve a entonar a Serrat, sin preocuparse por afinar. Gloria vuelve en vano a mirar la releída página de Foucalt. Le resulta imposible volver a concentrarse, pero dejar a un lado el libro sería como darle autorización al pesado éste para que la siga cargoseando, y así ya no podría sacárselo de encima. Los clásicos versos de Serrat le aturden los oídos, pero se consuela sabiendo que pronto bajará. La amiga o compañera de José parece murmurarle algo para que se calle, pero también es inútil.
Al rato, ambos descienden. Ella suspira, fastidiada, aunque satisfecha por no tener que escucharlo más. Y mientras él se aleja por el pasillo, se vuelve y exclama, haciendo que ella se ruborice:
-¡Chau Gloria!
*
Miércoles de otoño, 9 AM. Gloria lee “Más rápido que la vista”, de Ray Bradbury. El vagón está más vacío que ayer, por esas raras cuestiones de la oscilación del pasaje. Y al arribar a Anasagasti, una voz la estremece desde la puerta, provocándole un sudor nervioso en las axilas.
-¡Gloria! ¡Dichosos los ojos que te ven!
Ella apenas alza la vista para verlo a… ¿se llamaba José? …dirigirse sonriente hacia allí, esta vez sin la presencia de su amiga o compañera médica, aunque con el mismo ambo verde claro, para sentarse en el asiento que Gloria tiene enfrente suyo, de espaldas a “Fénix”. Ella suspira y vuelve a sumergirse en el libro.
-¿Seguís con la filosofía? ¡Qué chica más lectora!-, comenta él, y se inclina hacia el pasillo con la cabeza hacia abajo pero la cara en alto, espiando la tapa del libro que ella sostiene entre las manos. -¡Ah, no: Bradbury! “Fahrenheit 451” es mejor. ¿no lo leíste?
Ella no lo mira, pero desea desmaterializarse de inmediato, como si en cualquier momento viniese a buscarla el Sr. Spock para alejarse a velocidad “warp” a bordo de la nave espacial Enterprise.
-Gloooooriaaa... -, se admira él, sin reparar en el silencio de ella. -¡Qué suerte la mía, volver a encontrarte arriba del tren. Tomás siempre el mismo, ¿no? Parece que sí. De seguro vas a trabajar a esta hora. ¿De qué laburás? Ya sé, no vas a contestarme. Bueno, no importa; yo te quiero igual.
Y de pronto, como si repitiese el bochornoso espectáculo del día anterior, se pone a cantar “Contigo”, de Joaquín Sabina.
Gloria resopla. “¡Otra vez!”, piensa, sin poder reprimir una sonrisa. La situación es bastante ridícula.
-¡Jáh! -, exclama él, palmeándose un muslo. -Te hice sonreír, ¿eh? ¿A que no te animás a dejar de leer y contestarme?
Entonces ella, ignorando por qué, desconociéndose a sí misma, calza el señalador entre las páginas, cierra el libro con un sonoro PLOP! y lo mira a los ojos, sin vacilar……ni abrir la boca.
José permanece inmóvil, comenzando a sonreír. Un extraño brillo aparece en su mirada, algo casi ajeno al personaje que viniera interpretando hasta entonces. Una mirada transparente, sincera, pura. La mirada de un adolescente ilusionado que se halla a punto de enamorarse, de corazón, hasta el tuétano.
-Sabía que no ibas a dejarme así -, murmura él, como si hablara consigo mismo, sosteniéndole esa profunda y silenciosa mirada que parece atravesarlo. –Sabía que alguna vez ibas a salir del frasco para darme bolilla… Y la verdad, …es que no puedo creer que esto me este ocurriendo a mí…
Gloria desvía de pronto la mirada, espía por la ventanilla, mira su reloj, y sin decir nada, se levanta y baja.
-¡Eh! -, la llama él por encima de su hombro, bastante perplejo, mientras ella camina por el pasillo del vagón hacia la puerta. -¿Te bajás antes hoy? ¿Qué pasó?
Pero ella no responde. Y cuando desciende en el andén, vuelve la mirada hacia la ventanilla del lugar donde estuviera sentada. José la contempla con aire risueño y soñador, saludándola con una mano, mientras sus labios esbozan: “Chau Gloria, nos vemos mañana”
*
Jueves de otoño, 9:15 AM. Gloria sigue leyendo el mismo libro de Bradbury, desconcertada al preguntarse si “Fahrenheit 451” –que no ha leído- será mejor o no. Las estaciones van pasando monocordes, la trama de los cuentos la cautiva y aleja de la realidad, y recién casi al llegar a destino repara en que José no ha subido en Anasagasti. Se sorprende a sí misma al preguntarse: “¿Le habrá pasado algo?”. Y descarta la pregunta, por absurda. “Vamos, es apenas una coincidencia que hayamos vuelto a viajar juntos”. Pero la duda persiste: “¿Se habrá aburrido porque no le di bolilla, y viaja en otro vagón? ¿Me habré comportado muy mal ayer? Bah, no puedo estar pensando en esto. Nada se pierde si él aparece o no”. Y termina la página, antes de bajarse del tren. Aunque la sensación de ausencia no desaparece…
*
Viernes de otoño, 9:10 AM. Al llegar a Anasagasti, Gloria levanta la vista del libro –“La tregua”, de Mario Benedetti- y contempla la puerta del vagón, casi con cierta ansiedad. La silueta de José se recorta en el extremo del pasillo, con los brazos en alto, mientras exclama:
-¡GLORIA!!!
La mitad del pasaje levanta la cabeza, curiosos ante semejante desborde de optimismo. José se acerca hacia donde está ella, aunque sin conseguir un asiento vacío. Por el camino se cruza con el guarda, embutido en su gastado uniforme azul, quien deja de picar los boletos y le pregunta:
-Che, cantor: ¿qué te pasó ayer, que no viniste?
-Nada, nada… -, minimiza él, con el ceño fruncido, haciendo un gesto con la mano que resta importancia a la situación. –Tuve que hacer un domicilio, atender una emergencia. Se tiró un viejo de un balcón y se hizo mierda… Cosas que pasan.
-Y bueno… -, agrega el guarda. –Saludos a tu viejo. Decile de mi parte que hay cosas peores que jubilarse como ferroviario.
-No creo… -, responde José, vagamente.
Y al verla otra vez, el rostro se le ilumina con una sonrisa, mientras extrae del bolsillo de su campera un chocolate “Milka”, en formato extra grande. Ella alza una mano temblorosa, a pesar de lo que su mente compleja y racional le grita dentro de su cabeza (“¿Qué hacés, inconsciente? ¡No te lo sacás más de encima!”), y murmura un pálido:
-Gracias…
Para luego bajar la vista, dudando si abrir el envoltorio del chocolate o no, si quedárselo para ella o regalarlo, si devolverlo o aceptar una deliciosa manera de invitarla a compartir algo juntos, mientras escucha a José desafinar con el bolero “La gloria eres tú”, en versión de Luis Miguel. Finalmente, ella abre el paquete y le extiende uno de sus extremos, para que él parta una barrita y deguste con ella del regalo.
-Ayudame a comerlo; de lo contrario, me vas a hacer engordar.
-Pero no, bombón. Si con tanta ropa encima, unos gramos de más ni se notan… -, y festeja su propio chiste, para luego agregar: -¡No podía ser de otra manera! Una chica tan hermosa tenía que lucir una belleza igual en la voz. ¡Me encanta! ¿Qué leés hoy?
Ella gira el libro para que él pueda ver la tapa.
-Benedetti… No leí nada de él.
-Deberías -, sentencia ella. (“¿Por qué le seguís hablando? ¡Basta!”)
Hace oídos sordos a su voz de la conciencia. Porque algo percibe en él; una ternura oculta debajo de esa máscara risueña y de puro desparpajo. No es el hombre que su madre o sus amigas hubiesen elegido para ella, pero… ¿quién está pensando en formalizar una relación? Apenas si le ha parecido simpático, aunque al principio no lo soportase. ¿Aceptaría salir con él? Probablemente no, pero… ¿quién sabe?
(“¡Gloria, dejá de pensar estupideces!”)
-Debería hacer tantas cosas… -, repone él. –Como dejar de laburar en Guardia y dedicarme a Clínica Médica de una buena vez. No estaría a las corridas todo el tiempo. ¿Sabés qué me tocó atender la otra noche, a las 3 de la mañana? A un tipo de unos 50 años que entró en una camilla, la ambulancia lo había recogido en un telo, con una botella de vodka metida a presión en el culo. ¿Podés creer? ¡Pero con la boca del envase hacia adentro, provocando el vacío! ¡Fue un quilombo sacársela!
Gloria se ríe, fascinada ante las peripecias que pueden depararle a una los viajes en tren. Circunstancias que quizás estén más allá de toda decisión voluntaria, que quizá simplemente ocurran, mientras una se deja llevar, sin pensar demasiado…
José espía a través de la ventanilla, y resopla. Se le nota de lejos que no tiene la menor gana de bajarse, que desearía seguir viajando a bordo de ese vagón hasta que el día se haga noche, y más aún también; pero no le queda otra, su trabajo lo espera.
-¿Nos encontramos mañana? -, invita, ansioso.
-Mañana es sábado: no trabajo -, aclara ella, terminando de masticar otra barrita de chocolate “Milka”.
-Quiero decir si tenés ganas de que nos encontremos en algún otro lugar, donde haya menos gente, para conocernos mejor…
La mirada tierna e ilusionada vuelve a asomarse entre sus párpados, iluminándole los ojos claros. A Gloria se le parte el corazón.
-No puedo… Pero podemos volver a encontrarnos el lunes, ¿no? En otro viaje en tren…
-¡Pero cómo no! ¡Aquí estaré, aunque esté pensando en vos todo el fin de semana! ¡Chau, hermosa!
Y antes de lanzarse hacia el andén a toda carrera, le estampa un beso en plena mejilla, cálido y sonoro. En absoluto desafinado…
*
Lunes de otoño, 9:20 AM. José trepa al vagón con un ambo color crema, inmaculadamente planchado, y el rostro más iluminado que nunca. Porta entre sus manos un flamante ramo de rosas, blancas y rojas, envueltas en papel celofán, con un precioso lazo rosado rodeando los tallos, rematado en un enorme moño con una tarjeta escrita a mano sobre uno de sus costados. Saluda al guarda, el mismo de siempre, quien exclama a su paso:
-¡José! ¿Te pusiste de novio?
Y él avanza por el pasillo, buscándola con la mirada y el corazón en un puño. Hasta que allí, en el otro extremo del vagón, más allá de unas mujeres de origen boliviano con bolsas de las compras repletas de macetitas con plantines para vender, consigue divisar su perfil. No parece estar leyendo, sino conversando con alguien. La obesa silueta de las mujeres le impide ver con quién viaja ella hasta que se acerca a su lado, y entonces…
…el alma se le derrumba a los pies.
Junto a Gloria se encuentra sentada una niñita de unos cinco o seis años de edad, de cabello castaño claro muy lacio, peinado con dos colitas, y vestida con un jardinerito color fucsia. Lleva entre sus manos una enorme rana de pañolenci verde, que cada vez que se mueve croa con la panza.
La sonrisa desaparece de sus labios; o mejor dicho, su verdadera sonrisa deja lugar a una grotesca mueca que con infinito esfuerzo quiere ser divertida, pero que sólo consigue transmitir un enorme patetismo y desazón. Permanece allí de pie, aún manteniendo en alto el ya desentonado ramo de rosas, incapaz de saber qué hacer.
De pronto, ella lanza una carcajada a raíz de un comentario que realiza la niña, y al girar la cabeza lo descubre, a un metro y medio apenas de donde se encuentran sentadas. Gloria lo mira detenidamente, suavizando su sonrisa, hasta que ésta desaparece de sus labios. Le guiña un ojo, contempla el ramo de flores, y permanece en silencio. Quizá, del mismo modo que él, sin saber qué hacer, un tanto aturdida ante semejante demostración de cariño, tal vez no correspondido. A su lado, la niña advierte que algo más que sus bromas atraen la atención de Gloria, por lo que la sujeta por uno de sus antebrazos, lo agita, y exclama:
-¡Mamá! ¡¿Me estás escuchando?!
Y José siente que el suelo se abre ante sus pies, mientras su alma, junto con sus ilusiones, caen a pique hacia las vías.
-¿Qué pasó, cantor? -, le dice el guarda, burlón, al pasar junto a él pidiendo los boletos. -¿Te dio por el romance ahora?
José ni siquiera registra el comentario. Le resulta imposible percibir algo más allá de esa imagen maternal que ve allí, en ese asiento ferroviario, sin comprender cómo ha sido posible que soñara despierto durante tantos días, aumentando el empatanamiento en su propia inmadurez.
Aferra el ramo con ambas manos, se apoya contra el borde del respaldo de uno de los asientos aledaños, y con la mirada perdida, sin un atisbo de simpatía o jocosidad en la voz, desafina como de costumbre el tango “Nostalgias”…
*de ALDIMA. licaldima@yahoo.com.ar
-Del Inventren 2004.
*
Si pudiera decirte
CUANTO TE QUIERO
Tendría que conquistar
El códice de los egipcios
Transitar el fondo del mar
Y localizar su sacramento
Desenvainar la espada
De los reyes y
Luego hincarla en una roca
Frotar la lámpara de Aladino
Y pedirle al genio
Que te susurre al oído
CUANTO TE QUIERO.-
*de Azul. azulaki@hotmail.com
*
Queridas amigas, apreciados amigos:
Este domingo 30 de agosto de 2009 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor brasilero Alberto Nepomuceno. Las poesías que leeremos pertenecen a Beatriz Marín Aguilar (Colombia) y la música de fondo será de Takillakta (Andes).
¡Les deseamos una feliz audición!
ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!
(Recomendamos usar http://24timezones.com/ para conocer las diferencias horarias).
REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Freundliche Grüße / Cordial saludo!
YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.org
Schießstatt-Str. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel: ++43 662 825067
*
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