ESTE LOCAL CELESTIAL PERMANECERÁ CERRADO DURANTE TODO EL INFIERNO...
Bonjour*
Vi a la madrenaciente
del efímerorgasmo
debatirse agobiada
a toda vida y muerte
del vientre alimentante
hacia la gestamuerte
del estremecimiento
hasta el parirexhausto
gestamante
gestagrito
gestamiedo
gestavida
Vi suspiraliviar
en el latído unísono
de secreciones todas
del vientre acompasado
relajado y vaciado
en esa vida toda
resbalando abrazada
boquiabierta chupante
reclamor de latidos
de sonidos ventrales
del afuera del mundo
desde el vísceroabrazo
hasta el llanto bestial
aliviante logrado
del polvonaciente
estremeciente
estremesimiente
estertor naciente
calmante
viviente
latiente
*de Lucía Cinquepalmi luciaguionbajo@gmail.com
–Mayo de 1998
ESTE LOCAL CELESTIAL PERMANECERÁ CERRADO DURANTE TODO EL INFIERNO...
ACEITE VERDE*
Primero era el fuerte olor del aceite verde, que se usaba para todas las lesiones. En especial para los dolores musculares que tanto podían provenir de un encontronazo como de un puntapié malintencionado.
Era entrar a fisgonear en los vestuarios y recibir ese olor penetrante, que percibiríamos en ese tiempo como muestra de virilidad, de hombría, de mayoría de edad y del incienso de la gloria.
Eso, digo, si hubiésemos tenido conciencia lingüística, ya que no creo que en el limitado vocabulario que manejábamos entonces figuraran estas palabras.
Lo que sí figuraba en nuestros corazoncitos ingenuos eran las ganas desesperadas de jugar, defendiendo los colores rojos del Club en lo posible, pero jugando siempre y de cualquier manera.
El problema se nos presentaba cuando carecíamos del balón correspondiente, algo que se subsanaba con cualquier objeto pateable que tuviéramos cerca o lo que nuestra creatividad de niños pobres nos dictara.
En ese tiempo, el más alto y el más lejano en mi recuerdo, las amistades y las simpatías se deponían allí: se jugaba "a la pelota" como decíamos nosotros y si lo hacíamos bien o muy bien, mucho mejor. Pero era la condición sine quanom. No había en ese tiempo baldón mayor que carecer de entusiasmo al menos. Por eso que nosotros entendíamos, apreciábamos como fútbol. Mi amigo Miguel me confiesa hoy, después de tanto tiempo, que a él el fútbol nunca le gustó y sin embargo llegó a jugar en la primera de
Huracán.
-Yo venía al club- me dice nostálgico- y todos ustedes estaban en la cancha, jugando ¿Qué otra cosa podía hacer para participar y estar con ustedes?
Hoy los chicos tienen muchísimas más opciones, apoyados por la más violenta y sensacional revolución tecnológica de todos los tiempos. No es necesario (ni es mi interés) explicar aquello que el lector sabe de sobra porque lo vive a diario.
De todos modos, si aquel tiempo que se perdió para siempre nos dio felicidad ¿Qué pecado hay en remarcarlo? ¿Por qué no relatar aquellas situaciones a la que nos llevaban la precariedad y los sueños de gloria.
Todo muy modesto, es cierto,
Ni equipo, ni vestimenta deportiva, ni calzado, ni siquiera una pelota. Sólo el deseo de patear. Algo esférico (una pelota de trapo, hecha con medias viejas y retazos de géneros) para patear aún descalzo, aún sin sentido de competencia, aún sin partido. Sólo darle con el pie a toda cosa que tuviera
alguna consistencia y fuera algo esférico.
Tal nuestras ansias y nuestra pasión que gastábamos por entonces.
Con todas estas prevenciones que fui desgranando hasta aquí, no era raro que fueran nuestras primeras pasiones futboleras se fueran manifestando, buscando los primeros ídolos, los referentes tempranos en aquella nuestra precaria e insignificante biografía de entonces.
Recuerdo la emoción que se produce en mi casa, cuando mi padre narra y difunde, ilustra la información, que ya era conocido por todos en el barrio.
Para el club del "globo", para el rojo huracanista venía a militar un jugador que había sido profesional. Se llamaba Silvano Ferreira y había formado la escuadra ñulista del 40, con Musimessi, Colman, Peruca e integró una famosa delantera con Gayol, Cantelli, Morosano y Pontoni.
Todos cracks del fútbol rosarino y nacional. El que había conocido glorias mayores, se vino humildemente a "jugar al campo", como se decía entonces. Se puso los pantaloncitos blancos, se calzó la casaca roja con el número once, blanco, en la espalda y se largó a jugar. Lo hacía pegado a la raya, corría poco, gambeteaba menos, pero tiraba unos centros milimétricos, a la cabeza del Negro Durán, quien como un mortero la mandaba a la red.
Silvano Ferreira fue el primero que vino en aquel tiempo y que había jugado en el fútbol de Primera A, un profesional competitivo, con su pinta de muchacho humilde, su voz grave y sus ademanes campechanos y corteses. Nos impresionaba como un excelente tipo, como lo que seguramente era.
Cuando llegó el fin del campeonato se hizo un gran baile popular como se le llamaba en aquel tiempo, con una orquesta de tango como correspondía a la época y otro que llamaban "característica", y que tocaba ritmos más movidos: bayón, pasodobles, mambo y esas cosas que enloquecían a los más jóvenes.
Se corrió la voz de que Silvano Ferreira sabía cantar tangos y que lo hacía muy bien.
Invitado por la comisión no tuvo más remedio que subir al escenario y aunque era muy tímido, no se lo notaba nervioso.
Lo presentó Manuel Quintana o "el Pelado" o "el Gallego" como todo el mundo le decía.
El puntero izquierdo, el morocho Silvano empezó bien, cantando un tango, pero a los pocos minutos se olvidó la letra.
Pero a nadie le importó, porque era en aquellos años en todos éramos ingenuos y por demás felices.
Tanto, como no volvimos luego a serlo nunca más.
*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar
*
Una exorbitancia:
la monogamia.
*
Algo en mí
incauta
esa aduana:
mi cólera.
*
Decime que soy un tarado
y oiré que soy un arado
(oiré lo que deba oír
dirás lo que debas decir).
*
Con mi madre
todo anda como mi madre.
a Pedro Almodóvar
*
En cada cual se articula improvisándose
la eficacia de un
desesperado.
a Tennessee Williams
*
Bienes
a mis
males.
*
“Este local celestial
permanecerá cerrado
durante todo el infierno.”
*
Los amorales
psicópatas
capitalistas
unidos
¿jamás serán vencidos?
*Textos de Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar
Maestra*
(Dedicado a Cristina Pepe)
Disecadora de palabras, desmenuza sus savias
y algo más.
Maestra del verbo, nutre su espíritu
trasmitiendo su saber.
Se desliza gozosa sobre los decires de Lorca
y los laberintos griegos no le niegan sus dioses.
Los poetas la eligieron,
los escritores susurran en su oído
las recetas de sus manjares,
que ella saborea y comparte
con los hambrientos de esa ambrosia
que es la literatura.
Muele muy fino la roca
hecha de frases o conjuntivos,
dejando que la arena
fluya lento entre sus dedos.
Siempre un polvillo,
dorado y volátil escapa al viento
y aquí estamos,
tus escuchas,
esperando.
*de Elsa Hufschmid. elsahuf@hotmail.com
ARMARIOS*
El primer mueble que se abría obedeciendo a mi voluntad fue la cómoda. Tenía que tirar tan sólo del tirador y la puerta saltaba, empujada por el muelle. Dentro se guardaba mi ropa. Entre mis camisas, calzoncillos, camisetas que deben de haber estado allí y de los cuales no recuerdo nada, había, no obstante, algo que no se ha perdido y que hacía que el acceso a este armario me resultase una y otra vez seductor y fantástico. Tenía que abrirme camino hasta el rincón más recóndito; entonces daba con mis calcetines que estaban amontonados allí, enrollados y plegados según antiquísima costumbre, de forma que cada uno de los pares presentaba el aspecto de una pequeña bolsa. Para mí no había mayor placer que el meter mi mano lo más profundo en su interior; no sólo por el calor de la lana. Era la "tradición" la que, enrollada en su interior, tomaba siempre en mi mano y que me abría de esta manera hacia la profundidad. Cuando la tenía abrazada con la mano, y me había asegurado en lo posible de la posesión de la masa suave i lanuda, entonces comenzaba la segunda parte del juego, que conducía a la revelación emocionante. Pues ahora me disponía a desenvolver "la tradición" de su bolsa de lana. La aproximaba cada vez más hacia mí, hasta que se obraba lo más sorprendente, que "la tradición" saliese por completo de su bolsa, en tanto que ésta dejaba de existir.
No me cansaba nunca de hacer la prueba de esta verdad enigmática: que forma y contenido, el velo y lo velado, "la tradición" y la bolsa, no eran sino una sola cosa. Y había algo más, un tercer fenómeno, aquel calcetín en el cual se convertían las dos. Si ahora pienso cuán insaciable fui para conseguir este milagro, me siento tentado a suponer que mis artificios no fueron sino la pequeña pareja hermanada de los cuentos que igualmente me invitaban al mundo de la fantasía y de la magia para acabar por devolverme de la misma infalible manera a la simple realidad que me acogía con el mismo consuelo que un calcetín.
Pasaron años. Mi confianza en la magia ya se había perdido y hacían falta estímulos más fuertes para recobrarla. Empecé a buscarlos en lo extraño, lo horrible y lo fantástico, y también esta vez era ante un armario donde trataba de saborearlos. El juego, no obstante, era más atrevido. Se había acabado la inocencia, y fue una prohibición la que lo creó. Y es que tenía prohibidos los folletos en los que me prometía resarcirme con creces del mundo perdido de los cuentos. Por cierto, no comprendía los títulos: "La Fermata" "El Mayorazgo" "Haimatochare" . Sin embargo, de todos los que no comprendía, debía responderme el nombre de Hoffmann, "el de los fantasmas" y la seria advertencia de no abrirlo jamás. Por fin logré llegar a ellos. Sucedía algunas veces por la mañana, cuando ya había vuelto del colegio, antes de que mi madre regresara del centro y mi padre de los negocios. En tales días me iba a la biblioteca sin perder el más mínimo tiempo. Era un extraño mueble; por su aspecto no se veía que albergara libros. Sus puertas, dentro de los bastidores de roble, tenían unos cuarterones que eran de cristal, es decir se componían de pequeños cristales emplomados, cada uno separado de los otros por unos rieles de plomo. Los vidrios eran de color rojo y verde y amarillo, y totalmente opacos. De esta manera, el vidrio no tenía sentido en esta puerta, y como si quisiera tomar venganza por el destino que le deparaba este uso impropio, brillaba con unos reflejos enojosos que no invitaban a nadie a acercarse. Pero, aunque me hubiese afectado entonces el ambiente malsano que rodeaba ese mueble, no hubiese sido un estímulo más para el golpe de mano que tenía proyectado a esta hora silenciosa, peligrosa y clara de la mañana. Abría bruscamente la puerta, palpaba el volumen que no había que buscar en la primera fila sino detrás, en la oscuridad, y hojeando febrilmente abría la página donde me había quedado; sin moverme, comenzaba a recorrer las páginas delante de la puerta abierta, aprovechando el tiempo hasta que vinieran mis padres. De lo que leía no comprendía nada. Sin embargo, los terrores de cada una de las voces fantasmales y de cada medianoche, de cada maldición, aumentaban y se extremaban por los temores del oído que esperaba en cualquier momento el ruido de la llave y el golpe sordo con el que, fuera, el bastón de mi padre caía en la bastonera. Un indicio de la posición privilegiada que los bienes espirituales mantenían en casa era que este armario fuera el único entre todos que quedara abierto. A los demás no había otro acceso que la cestita de las llaves que acompañaba en aquella época a cualquier ama de casa por todas las partes del hogar, la cual, no obstante, era echada de menos a cada paso. El ruido del montón de llaves al revolverlas precedía cualquier faena en la casa. Era el caos que se revelaba antes de que se nos presentase la imagen del orden sagrado detrás de las puertas de los armarios abiertos de par en par como el fondo de un relicario del altar. También a mí me exigía veneración e incluso sacrificio. Después de cada fiesta de Navidad y de cumpleaños había que decidir cuál de los regalos había que ofrendar al "nuevo armario" del que mi madre me guardaba las llaves. Todo lo que se encerraba permanecía nuevo por más tiempo. Yo, en cambio, no pensaba conservar lo nuevo, sino renovar lo antiguo. Renovar lo antiguo mediante su posesión era el objeto de la colección que se me amontonaba en los cajones. Cada piedra que encontraba, cada flor que cogía y cada mariposa capturada, todo lo que poseía era para mí una colección única. "Ordenar" hubiese significado destruir una obra llena de castañas con púas, papeles de estaño, cubos de madera, cactus y pfennigs de cobre que eran, respectivamente, manguales, un tesoro de plata, ataúdes, palos de tótem y escudos. De esta manera crecían y se transformaban los bienes de la infancia en los anaqueles, cajas y cajones. Lo que antaño pasaba de una casa de campo a formar parte del cuento -aquel último cuarto que está vedado a la ahijada de la Virgen María- en una casa de ciudad queda reducido al armario. El más sombrío entre los muebles de aquella época fue el aparador. Lo que era un comedor y su misterio sólo podía apreciarlo quien lograba explicarse la desproporción de la puerta con el aparador ancho y macizo cuyas cimas llegaban hasta el techo. Parecía tener unos derechos heredados sobre su espacio, lo mismo que sobre su tiempo, en el cual se erguía como testigo de una identidad que en épocas remotas podría haber unido los bienes inmuebles con los muebles. La limpiadora, que despoblaba todo por doquier, no podía con él. Sólo podía quitar y amontonar en un cuarto de al lado los enfriadores de plata, las soperas, los jarrones de Delft y mayólicas, las urnas de bronce y las copas de cristal que estaban en los nichos y debajo de las hornacinas, en sus terrazas y estrados, entre los portales y delante de sus revestimientos. La elevada altura donde ocupaban su trono anulaba todo uso práctico. Con razón el aparador se asemejaba en eso a los montes cubiertos de templos. Además, podía exhibir unos tesoros tales como los que a los ídolos les gusta rodearse. El día más oportuno para ello era cuando se daba alguna fiesta. Ya a mediodía se abría la montaña dejándome ver el tesoro de plata de la casa en sus galerías cubiertas de un terciopelo parecido a musgo verde gris. De todo lo que allí yacía no sólo se podía disponer diez, sino veinte y hasta treinta veces.
Y cuando veía estas largas, larguísimas filas de cucharitas de moca y posacubiertos, cuchillos para pelar fruta y desbulladores de ostras, se mezclaba el goce de ver tanta abundancia con el temor de que aquellos a quienes se esperaba se parecieran los unos a los otros como nuestros cubiertos.
*De Walter Benjamin. "Infancia en Berlín hacia 1900"
Alfaguara, Bs. As. Edición de 1990.
Como un suizo*
*Por Juan Forn
Los críticos suelen jactarse de que ellos jamás mezclan vida y obra de un artista, y quizás es ahí en donde empiezan los problemas de la crítica con Félix Vallotton, porque Vallotton pasó por la vida como un suizo. De hecho, ése fue su país de origen. Y no por nada Suiza inventó el secreto bancario:
aunque Vallotton se consideraba absolutamente francés (vivió en París desde los diecisiete años hasta su muerte, pidió y obtuvo la nacionalidad gala después de haber rechazado la Legión de Honor, fue de los primeros voluntarios en la Guerra del '14), hay algo enigmáticamente helvético en su vida, que hace que los críticos no logren entender su obra como un todo.
Para empezar, la crítica no logra entender por qué, siendo Vallotton un maestro absoluto del grabado, prefiriera ser pintor. Cuando Vallotton murió, en París, en 1925, dejó más de 1700 cuadros y apenas doscientos grabados, realizados todos ellos en dos breves períodos de su vida: cuando de joven
ilustraba a pedido para diarios y revistas anarquistas de toda Europa, y veinte años después, cuando volvió de la Guerra del '14 con una serie impresionante de grabados que tituló "Esto es la guerra". Sabemos que Vallotton pintó exactamente 1712 cuadros en su vida porque desde su juventud hasta su muerte llevó un minucioso inventario de su obra en un cuaderno de tapas de cuero (en cuya cubierta había hecho grabar en letras doradas la frase Registro de la Razón). De los grabados, en cambio, no dejó registro.
La gran mayoría de esos cuadros hoy está en manos privadas (y en muchos casos anónimas; es decir, imposibles de rastrear). No hay museo en el mundo que tenga más de dos cuadros de Vallotton, y por lo general pasan más tiempo en el depósito que exhibidos o prestados para una exhibición en otro museo.
Quizá fue debido a esa dispersión que pasaron más de ochenta años desde la muerte de Vallotton hasta la primera retrospectiva de su obra, que se hizo el año pasado, en la Kunsthaus de Zurich (y de ahí fue a Hamburgo, y de ahí a Bruselas, y ahora está en Amsterdam). Y sólo lograron reunir para esa retrospectiva noventa cuadros, de los mil setecientos que pintó Vallotton en su vida.
Además de recriminarle que abandonara el grabado, la crítica supo ser despiadada con la pintura de Vallotton. El lugar común es decir que pintó los peores desnudos de su época. Que sus paisajes son impecables pero inertes ("no se siente ni el viento"). Que sus escenas de interior (unificadas por él mismo con el título Intimités) parecen "pintadas por un policía": sin la menor alegría, como un forense que junta evidencia. Durante años, en los ateliers parisinos de enseñanza se precavía a los estudiantes
acerca de la llamada Ley Vallotton, según la cual cuanta menos ropa se les pone a las figuras de un cuadro, peor quedan.
Lo que no se mencionaba hasta la retrospectiva de Zurich es un corolario a esa supuesta ley: cuanto más cubría Vallotton las figuras de sus cuadros, más misterio lograba que transmitieran. A veces le alcanza con un viso y una media (uno de sus cuadros más poderosos muestra a una mujer en enagua sentada en una cama, poniéndose distraídamente una media negra); otras veces sólo deja entrever el perfil de una joven debajo de su sombrerito y las calvas de dos caballeros que se inclinan lascivamente sobre ella en el
reservado de un bar ("La casta Suzanne"), y hay veces en que el velo final de misterio lo pone el título: en un cuadro llamado "La mentira", se ve a una mujer sentada en las faldas de un hombre, besándolo o dejándose besar, imposible decirlo, tan imposible como develar cuál de los dos le está mintiendo al otro.
Por esos cuadros, Vallotton mereció la admiración de colegas tan disímiles como Klimt y el Aduanero Rousseau, Munch y un jovencito norteamericano llamado Edward Hopper (quien, después de ver una muestra de las Intimités en París, volvió a su país con el propósito de pintar los dramas secretos de
los habitantes de las grandes ciudades norteamericanas tal como Vallotton había retratado a europeos anónimos en la soledad de un bar o una pensión o de sus propias habitaciones). Pero la crítica francesa sigue sin perdonarle a Vallotton que prefiriese pintar en lugar de seguir haciendo sus fabulosos
grabados. La propia Fondation Vallotton sostiene en su catálogo que fue la esposa del artista (una portuguesa llamada Gabrielle Rodrigues-Henriques) quien lo convenció de abandonar el grabado, así como a sus amigos anarquistas y su vida bohemia, cuando se casaron, en el mismo año en que el
Museo de Bellas Artes de Lausanne compró el "Autorretrato de 1885" (que Vallotton había realizado como un ejercicio a la manera de Ingres, casi veinte años antes, cuando tenía veinte). Alcanza esa muestra para imaginarse bastante bien al matrimonio Vallotton.
Sólo los horrores de los campos de batalla durante la Guerra del '14 hicieron que el pintor volviera fugazmente al grabado. Pero en cuanto entregó a imprenta "Esto es la guerra", Vallotton retomó los pinceles y siguió pintando y viviendo como un suizo, hasta que en 1925 se murió, en un quirófano, bajo los efectos de la anestesia, un día después de cumplir los sesenta años. La viuda nombró albacea al hermano menor de su marido, Paul Vallotton, marchand y director de una galería de arte en Ginebra. Entre los
papeles de su hermano, Paul Vallotton encontró ocho obras de teatro y tres novelas. Primero esperó pacientemente que la viuda se muriera y después logró que dos de esas obras se representaran, al menos fugazmente (las críticas fueron lapidarias), y que una de las novelas se publicara. El libro se llama La vida asesina, empieza con un suicidio y sigue con el manuscrito que el suicida ha dejado sobre la mesa, al lado de su pistola humeante. El manuscrito cuenta, supuestamente, por qué decidió matarse el suicida, pero uno llega hasta la última página y siente que algo se perdió, que el misterio sigue sin develarse. Es un libro lleno de muerte pero contado con la languidez exánime de un Bartleby. Paul Vallotton decía que su hermano había puesto muchísimos de sus secretos en el protagonista de aquel libro. Y no agregó nunca nada más. Era casi tan suizo como su hermano.
*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-133525-2009-10-16.html
*
Queridas amigas, apreciados amigos:
Este domingo 18 de octubre de 2009 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor brasilero Claudio Santoro. Las poesías que leeremos pertenecen a Clara Rebotaro (Argentina) y la música de fondo será de Tarpuy (Andes).
¡Les deseamos una feliz audición!
ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!! (Recomendamos usar http://24timezones.com/ para conocer las diferencias horarias).
REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Freundliche Grüße / Cordial saludo!
YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com
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