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<title>BITÁCORA DE UN SOCIÓLOGO FRACASADO </title>
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<pubDate>Tue, 09 Feb 2010 19:36:27 +0100</pubDate>
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<title>BITÁCORA DE UN SOCIÓLOGO FRACASADO </title>
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	<title>EDICIÓN ENERO 2010.</title>
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		<description><![CDATA[<p>*</p>
<p>El frío se agolpa de una manera brutal, intenso, grueso, convocante a los interiores de todo tipo. No es fácil persistir; no es imposible, por ello.<br />
Recuerdo, si, esos enormes fríos mañaneros en Hersilia, patria de mi primera infancia, donde caminaba junto a los bretes del ferrocarril, cruzando la vía, para ir a la escuela fiscal. Iba solo, con mis siete años a cuestas. Era otro mundo. Mi madre me abrigaba: guantes de lana, pulloveres, medias pesadas tres cuartas –los niños no usábamos pantalones largos hasta los catorce años- y, arriba de todo, el poncho. El mío era un poncho azul con líneas decorativas, dos o tres, blancas. Azul profundo. Tenías, además, algunas pintas rojas o coloradas, como decíamos antes.<br />
No era el único que iba con poncho. No, porque era un atuendo normal. Nos cubría del frío y de la fina llovizna, cuando ella aparecía y se desbarrancaba sobre el llano.<br />
El poncho, además, nos daba una identidad. Cada cual tenía el suyo con variaciones de colores y de flecos. De lejos sabíamos quien venía.<br />
A esta vestimenta la vi en los arrieros cuando pasaban, con la tropa, frente a la que era mi casa, camino a los bretes. Entre el mugido de los animales, el ladrido de los perros que ayudaban iban ellos: los laderos y los de fondo, entremedio del polvaderal, protegido con los ponchos.<br />
Niños, aún, miraba su paso escuchando los gritos azuzando a los animales, sin reconocer el cansancio de horas en esas tareas pero admirando la misma. Siempre alguno saludaba, chambergo en alto, fusta en mano, levantando el costado del poncho como un ala y, en la punta, la mano, supongo áspera, como una caricia a la joven vida.<br />
El frío sigue azotando estos sures litoraleños. Espío por la ventana el patio, opacado su verdor. Cubren mis piernas un poncho salteño que supe comprar en uno de mis tantos viajes.<br />
Y de pronto, mi patria de infancia.</p>
<p>*de Oscar A. Agú. cachoagu@yahoo.com.ar<br />
Julio/agosto 2009</p>
<p>La cañería*</p>
<p>A raíz de la propuesta de un amigo, que me invitó a ducharnos juntos para oir lo bien que canta tangos, es que escribo esta sucesión de hechos que nada tienen que ver con la ficción y, sin embargo, es lo más parecido a ella que me ha sucedido en años.</p>
<p>Hace dos semanas que estoy bañándome como los gatos, a las lamidas -es un decir- considerando el agua que puedo usar, previamente calentada en una olla bien grande, esas para locro o puchero sobre el mechero de la cocina a gas, eso si, no hubo necesidad de cortar el gas.</p>
<p>He mudado gran parte de la cocina al living y para enjuagar los platos y demás utensilios que uso, debo hacerlo en el baño, el único lugar donde hay agua, pero fría.</p>
<p>El edificio en el que vivo tiene cuarenta años o algo más, cuarenta años mal vividos y la cañería de agua caliente nos cantó “las cuarenta” y dijo basta, ergo, entró al edificio la tropa de cañistas, cañoneros, cañicultores… plomeros.</p>
<p>El primer golpe de los muchachos fue para romper azulejos, paredes y cielorrasos. Gracias a ello, ahora estamos todos los vecinos del ala  CD comunicados. Mi hermana, que vive en el departamento de al lado, me da los buenos días introduciendo el rostro por el agujero negro situado a ras del piso, en la cocina. La madre de Atún, el gato de arriba, se entera de cada comida que preparo por el aroma que sube y se expande para bien y para mal, digo para mal  por otra cuestión, pero, que tiene que ver con el agujero en el techo, cuando los muchachos trabajan en su departamento, llueven piedras del tamaño de una pelota de tenis las más grandes, otras se hacen polvillo, cuestión, que para hacer la comida me traslado al living o al dormitorio, donde suelo picar cebollas y ajos sobre la mesa de la computadora mientras leo los envíos y me engancho a escribir algún comentario.</p>
<p>El perro de mi hija, convidado de piedra en la casa los días de semana, los sábados y domingos, anda en estas horas muy desasosegado, como alma en pena con tanto ir y venir, entrar y salir de los plomeros. Tan perdido estaba hoy con los acontecimientos que relato, que le temblaban las orejas como nunca y yo no sabía que contestarle porque no hablo su idioma y a mi también me temblaban las orejas. </p>
<p>Los muchachos se retiraron de mi departamento a las dos de la tarde. El caño, por suerte, ya está colocado, con sus codos y juntas a punto para que pase el agua que, si Dios quiere y los muchachos, la darán mañana. Pero a las tres de la tarde, cuando gozaba de una relativa calma y comía algo, de parada, apoyado el plato en la mesada de la cocina cayó la primera piedra  seguida de un aluvión de piedrecitas. Lo interpreté como una despedida, me acostumbré a mirarlas cuando caen y, seguramente las voy a extrañar cuando tapen los agujeros y ya no estemos comunicados los vecinos. Dejaremos de ser fraternos y nos saludaremos parcamente al cruzarnos en el hall de entrada.</p>
<p>Lástima que mi amigo vive tan lejos, sino, tal vez, hubiera aceptado su invitación. Un baño de ducha con abundante agua es lo que más deseo. No ha de cantar tan mal.</p>
<p>*de Ana Maria Diaz Velo.  anadiazvelo@hotmail.com</p>
<p>VERDADES REVELADAS*</p>
<p>“Cuando se miran de frente, los vertiginosos ojos claros de la muerte,<br />
se dicen las verdades,  las bárbaras, terribles , amorosas crueldades...”</p>
<p>GABRIEL CELAYA</p>
<p>En la Escuela de mi pueblo me enseñaron muchas cosas.<br />
Los 10 mandamientos por ejemplo.<br />
El  5º, el 2º y el 4º no se hacen.<br />
El 3º ni el 7º, no se dicen.<br />
El  1º, el 2º, el 6º, ni el 8º, no se no se preguntan.<br />
No se hace, no se dice, no se pregunta, no, no.<br />
Dogmas de la fe, decían.<br />
Aprendí que la gente cuando se muere se la entierra.<br />
Se coloca en su tumba su nombre y apellido.<br />
Se la invoca,  se le reza.</p>
<p>Me enseñaron que había una vez.<br />
Que América era un crisol de razas.<br />
Que había un país de plata, plata robada, argenta.<br />
Que Haití es un paraíso Terrenal.<br />
Que hay guayabas, frutos del pan, mangos, muchos mangos.<br />
(El mango es una fruta, aclaro)<br />
Que hay flamencos, pelícanos y garcetas.<br />
(Que los flamencos tienen las patas rojas, por mentir)</p>
<p>Con la adultez a cuestas, aprendí.<br />
Que hay blancos que son negros y negros que son blancos.<br />
Que en Haití  una lengua oficial es  la castilla.<br />
Que en criollo se le llama Repiblik Dayti.<br />
Que el patrón vive en  el norte del Norte.<br />
Que hay más negros que blancos.<br />
Que la esperanza de vida es de 40 años.<br />
Que hay más pobres que ricos.<br />
Que de mil niños mueren 80.</p>
<p>Aprendí de las guerras.<br />
Aprendí, que algunas, figuran en los anales de la Historia.<br />
Otras, las mas pequeñas, no registran nombre, ni apellido.<br />
Que hay hombres que sólo son un número.<br />
Un número más, un número menos.<br />
Mas por menos, siempre da mas.<br />
Aprendí “que hoy he mirado los ojos claros de la muerte”<br />
Y he repetido, sollozante, la verdad revelada por un cholo peruano.<br />
“¿Con que valor voy a hablar de psicoanálisis?”</p>
<p>*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar<br />
-San Luis- Argentina.</p>
<p>ANTONELLA*</p>
<p>Esa niña</p>
<p>              Antonella</p>
<p>todos los días pulsa el botón del timbre de mi casa.<br />
Extraño el sonido cuando no lo hace; un extrañamiento<br />
de que el día no fue completo.<br />
Esa niña sólo pide algo “pa´comer”. No otra cosa. Y reja<br />
de por medio, marcando distancias entre su mundo y el mío,<br />
trato de complacerla.</p>
<p>Es una niña que sólo pide.</p>
<p>Y aquí, enredado entre las tripas del día,<br />
no percibo que sólo pide. Tal vez, sí, exija un poco de<br />
atención; un reconocimiento de ¡Aquí estoy!, de “yo también soy<br />
el mundo”.<br />
Lo hace desde su inocencia infantil, desde su mirar de ojos amarronados,<br />
pelo negro recogido, carita redonda.</p>
<p>Y, azorado desde mi edad, desde mi estar, sólo respondo a su pedir.</p>
<p>Respondo levemente, casi con vergüenza por los abismos de los mundos<br />
de cada uno.<br />
Un levísimo hilo hace de puente.<br />
Su sonrisa es la que extraño<br />
cuando no suena el timbre.</p>
<p>*de Oscar A. Agú. cachoagu@yahoo.com.ar</p>
<p>Lluvia terrorista*</p>
<p>El Gobierno de los Estados Unidos de América a declarado enemigo público a la Lluvia. Después de una ardua investigación, la CIA ha presentado un amplio dossier con pruebas en las que se demuestra las ingerencias de la lluvia en los secretos de estado. Tachándola de entrometida y curiosa, dice haber detectado que se cuela por todas partes, accediendo a los archivos más secretos y deteriorando pruebas y documentos.</p>
<p>Como medidas para la lucha contra ella, el Consejo de Seguridad ha ordenado que a  partir de la fecha los expedientes y demás documentos de rango secreto se utilice únicamente papel secante y en casos extremos papel parafinado.</p>
<p>Como complemento a estas medidas preventivas, se ha puesto en alerta al departamento de investigación para dotar al país de medidas protectoras contra la lluvia, de forma que su concentración y su libre circulación no pusiera en peligro los secretos patrios. Al cabo de dos meses se presentó el producto diseñado para esta lucha antiterrorista, con su diseño y plan de implantación. Seguramente hará falta la aprobación de un presupuesto extraordinario por parte del Congreso, pero este escollo será fácilmente<br />
salvado debido a la concienciación del pueblo en estos asuntos.</p>
<p>A pesar del secretismo lógico en estos temas, se ha podido saber que el nombre del producto propuesto es "Alcantarilla" y parece ser que se refiere a un aparato de hierro con rendijas que se aplica directamente al suelo.</p>
<p>*de Joan Mateu. joan@cimat.es</p>
<p>Aparición de la Otra*</p>
<p>*Cuento de Eduardo Pérsico. epersic@ciudad.com.ar</p>
<p> Aquel viernes la mujer cerró su estudio contable y viajaría a la costa sin manejar su auto. Ya saliendo de Buenos Aires en el último asiento de un ómnibus, a media tarde presintió el fin del verano. Ella andaba cerca de cumplir cincuenta años,  temible divisoria entre mujeres, y aquello también rondaría la inevitable  discusión que tendría con su marido en la casa de veraneo.  Algo nada agradable.</p>
<p>           Unos futbolistas en los asientos cercanos quizá le aturdirían el viaje pero el hombre a su lado, sobre el pasillo, le sonrió que los muchachos viajaban cerca y le ofreció acomodarle el bolso en el portaequipaje. ‘Sí, gracias’ dijo y no sospechó nada en la tibia demora sobre su mano. Por una hora larga fueron cambiando frases de ocasión: ella habló de su hija de veinte años y no mencionó  estar casada con un político ‘siempre en campaña’, y el hombre, algo menor, reconoció ser un perpetuo viajante  ‘por ahora en seguros’ y divorciado hacía mucho tiempo.  El ómnibus iba a buen ritmo hacia cuando el día cae plomizo sobre el campo, y al descender el grupo futbolero y acallado el murmullo, los dos quedaron en el último asiento lejos y apartados del resto.   </p>
<p>             Al rato y tal vez no de improviso, el hombre le tomó una mano con decisión y le habló sonriendo ‘al fin solos’. Acaso ella fingió distraerse pero más bien nadie vería cuando él musitó ‘permiso’ al quitarle los anteojos. Ni apenas atinó al usual ‘¿qué hace?’ sin convicción al ablandar los labios al imprudente beso y como si obrara  por reflejo, aflojó una mano hacia el pecho del hombre debajo la camisa. Se apartaron a mirarse en los ojos y ya retomaron el juego que les conmovería más allá de la boca, creciente impulso tras ocultos fervores que refrena la especie. ‘Nuestra pasión también somos nosotros’, le recordó esa otra mujer que contuviera ella.<br />
- Carlos-  pronunció él al separarse y rozar suave sus ojos con dos dedos.<br />
- Daniela- pronunció por primera vez en tanto él ambulaba su mano infructuosa en destrabarle un cierre.  Y de haber sabido eso,  la otra, Daniela, hubiera vestido una falda liviana en lugar de ese incómodo pantalón vaquero, sonrió…</p>
<p>          Bajaron en el primer pueblo y entraron a una hostería donde él solía dormir. Sin demasiado preámbulo, en la habitación Carlos se adelantó a moderar el agua para bañarse juntos y al quitarse íntegramente la ropa, ella se alegró que ‘la otra’ le dispusiera esa libertad. Y juntos derivaron a linderos con incitaciones que en sus sueños ella anhelaría traspasar. Sin apremios cada uno ahondaría la intimidad sin límite o precepto, hasta culminar en el primer temblor tan ajeno a misa y confesiones, y gloria de compartir aquel desborde entre desconocidos.  </p>
<p>          Desde empezar el viaje hubo horas en un tiempo sin medida relojera, y no por ser llamada diferente se sintió feliz. Ella o aquella imaginaria recién aparecida, amada con la intensidad que prometen los sueños, se convirtió en hembra plena con más gemidos que palabras en aquel regodeo de explorar socavones de su cuerpo. Y quizá tan sólo descubrieras eso, le diría Daniela…  </p>
<p>         Al anochecer pidieron algo de comer, coincidieron en dos copas  ‘del mejor vino blanco frío’  y charlando con alguna ternura al paso, se durmieron. Tal vez abrazados por un rato. A la mañana el hombre prometió ver a un cliente y volver pronto, la besó al salir y le puso en la mano sus datos y teléfonos ‘por cualquier cosa’. Ella dobló la tarjeta sin leerla y al verlo irse la dejó por ahí. Después recompuso su maquillaje, acomodó sin apuro el bolso de mano y dejó la habitación. </p>
<p>- ¿A qué hora hay micro a Buenos Aires? –preguntó.<br />
- En veinte minutos – le dijeron. Así que tuvo tiempo para un jugo de fruta y subir al ómnibus que llegó puntual. </p>
<p>(enero 2010)    </p>
<p> *Eduardo Pérsico nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina. </p>
<p>Deseos*</p>
<p>Quisiera ser tu fiesta, una guirnalda de flores rojas que encienda las mañanas. Una mesa con manteles blancos. Mar cálido que te acune en el vaivén. Lluvia que limpia. Una negra bahiana que bambolea en su cuerpo la música del mundo y te guarda esencias  escondidos en el escote. Para jugar al tesoro escondido. Puntillas, filigranas, agujeritos para espiar. Una voz para contarte como se viaja a Itaca en el borde del poema. Quisiera ser telas,  una seda para las caricias, terciopelo para el roce casual, la carta de Seda para leerte por teléfono. La selva con su techo de hojas y la luz que se filtra y el rumor de los insectos y la flor abierta y el lugar entre los árboles donde te espero para leerte en las manos, antes de liberarse las caricias.</p>
<p>*de Cristina Villanueva.  libera@arnet.com.ar</p>
<p>EL LEGADO*</p>
<p>Confieso, te idolatraba, Janus.<br />
Te veía llegar entre cerezos.<br />
Con pan envuelto en diarios.<br />
Con el agua del río entre tus manos.<br />
Entibiando pezones y polleras.<br />
Buscando un cielo de huertos y de siestas:<br />
Durazneros,  vendimias en las grutas.<br />
Amaba tu calendario de arenas y lagartos.<br />
De estrellas degolladas. De brújulas.<br />
Tu piel era mi frente y tus manos mis ojos.<br />
A veces sorprendía tus  rostros pensativos.<br />
Dos puertas. Una llave. Abierto corazón de niña.<br />
Comienzos y finales.<br />
Te veía llegar y ya temía tu partida.<br />
Las puertas se abrían en las guerras.<br />
Con la paz, venía tu partida.<br />
Partido corazón, manos partidas.<br />
Aun lastimas mis sienes con tu flecha rota.</p>
<p>Confieso, te idolatraba Janus.<br />
Mas, nunca me entregué.<br />
Nunca dije por ejemplo un te quiero.<br />
No se si lo entendiste.<br />
Mi forma de amor es el repudio.</p>
<p>Yo aun no comprendía y me dolía enero.<br />
No comprendía.<br />
Que traías un comienzo de claveles rojos.<br />
Que en granate mutaba, finalmente.</p>
<p>Aun no entiendo la partida.<br />
Pero, sé, vendrán otros eneros y el legado.<br />
Rojo clavel granate.<br />
Dos puertas, una llave...y el asombro.<br />
Clavado asombro en  los ojos de los  niños de enero.</p>
<p> *de Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar</p>
<p>EL VIEJO*</p>
<p>A esa historia que escuche en la radio del niño que veía y conversaba con su abuelo<br />
que hacía cinco meses había fallecido.</p>
<p>Se llenó de polvo y silencio,<br />
la casa que a puertas cerradas<br />
dejó de latir una mañana.<br />
Dicen que alguien vio cuando se alejaba,<br />
lo hizo en medio de la noche silenciosa,<br />
una luna testigo le guardó el secreto.<br />
Su nieta lo observó por la ventana<br />
de la amplia cocina donde ardía un hogar.<br />
Volteó la mirada hacia donde estaba la niña<br />
y a modo de saludo dibujó una sonrisa.<br />
Esta fue la última vez que lo vieron.<br />
Después la pequeña dijo: “abrió unas alas enorme y voló al cielo”.<br />
Nunca antes le habían contado sobre la muerte de su abuelo.</p>
<p>*de Melisa Ferraris. flordeloto1980@hotmail.com</p>
<p>La historia del ángel niño*</p>
<p>Robertico</p>
<p>         Sobrevivió milagrosamente, al menos en sus primeros doce años, al exceso de amor que sentía por él. </p>
<p>         Era hijo del mayor de mis medio hermanos, su padre sobrepasaba a mi madre en algunos años... Yo no entendía mucho esto de tener nueve hermanos adultos. Mientras otros niños cargaban a sus hermanitos, a mí me presentaban sobrinos del doble de mi edad, algunos a través de fotos. Como la mayoría de ellos se interesaba bien poco por mi vida, terminé ignorándolos.</p>
<p>         Roberto fue el único que me tomó afecto, le llamaba “mi hermano”, a pesar de sus canas. Miraba confiada sus ojos azules, acompañados de un aire de tristeza que no pasaba ni cuando sonreía. Era un miembro más de mi extraña familia. Tengo fotos de él jugando conmigo a las muñecas. </p>
<p>         Su hija mayor, Cary, era una jovencita muy pagada de su belleza, me llamaba “tía” en tono de burla. El menor, Robertico, contemporáneo conmigo, sufrió de poliomielitis al año de nacido y quedó confinado a una silla de ruedas. Se decidió trasladarlo a la capital para ser sometido a varias operaciones; las de los brazos le dieron un poco más de movilidad, las de las piernas jamás dieron resultado. Los períodos de recuperación y rehabilitación, los pasaba en mi casa.</p>
<p>         Yo no soportaba la idea de que mi sobrinito, con esa sonrisa de ángel, no fuera capaz de caminar. Me propuse lograrlo, ¡y vaya si lo intenté! Me gané buenos regaños por sacarlo de la silla, hasta que aprendí que debía dejarlo en su trono de rueditas... pero esto no fue suficiente: si bien no podía caminar, esto no le impediría disfrutar de los placeres de los demás niños. La madre, que se desvivía por él, solía decirme que yo era como un virus, porque contagiaba a su hijo con mi exceso de energía. Déjalo, Nenita - me decía -, él tiene que aprender a ser feliz tal como es.</p>
<p>         Un día mi sobrino me vio salir de la ducha, envuelta en mi bata. Expresó su contrariedad por no poder hacer lo mismo; a él lo bañaban en la cama, sobre una sábana de hule, a base de paños tibios. Aprovechando un descuido de los mayores, lo introduje con silla y todo en el baño, abrí las llaves, y lo dejé  disfrutar de la primera ducha de su vida. Recuerdo como aplaudía, a pesar de estar medio ahogado por la presión del agua. Tanto fue mi entusiasmo, que entré a jugar con él, bata de felpa y zapatillas incluidas. Nos descubrieron porque el agua comenzó a llegar a la sala. Algo ganamos: a partir de ese día lo dejaron disfrutar del agua corriente.</p>
<p>         En una ocasión nos llevaron a la playa y me dio pena mirar como se le perdía la vista tras las olas. Nunca supe dónde se metían nuestras madres:  fui arrastrando su toalla, paso a paso, hasta llegar a la orilla; ahí lo fui introduciendo en el agua, confiada en que mis brazos podían sostenerlo, sabía que los cuerpos pesan menos en el agua. Obvié que debido a su inmovilidad era un niño obeso... tragamos tanta agua que no fue necesario castigarnos; hablo en plural porque con el tiempo nos castigaban a los dos, a mí por las ideas y a él por seguirlas con tanto entusiasmo y no gritar pidiendo auxilio.</p>
<p>         Pero nada se compara con la tarde en que, ayudada por mis amigos, logré bajarlo a la calle. Él se quedaba mirándonos jugar desde el balcón, y se limitaba a decirnos adiós cuando pasábamos en nuestros patines, carriolas o bicicletas.  Aquella tarde me habían dejado con la enorme responsabilidad de cuidarlo… tuve cuidado de bajarlo sin un rasguño. Había pensado hacerlo feliz, y así fue al inicio. Mas, al rato, lo noto cabizbajo y le pregunto qué le pasa. Me señaló la competencia de carriolas a punto de comenzar. ¡No llores, Rober! ¡Ya verás! Hoy corres, con carriola o sin ella – afirmé empujando la silla calle arriba, a donde los muchachos del barrio se estaban colocando en la línea de arranque.</p>
<p>         Al conteo de ¡Uno, Dos y Tres!, salimos disparados. Mi genial idea fue usar la silla como carriola, afincando un pie en la parte trasera, impulsándome con el otro, las manos firmes en las dos agarraderas, asegurando el cinturón de mi copiloto para que no fuera a salir disparado con el arranque. No pensamos en la posibilidad de ganar, la silla con su ocupante pesaban demasiado, pero no recuerdo haberlo visto tan contento, ni siquiera el día de la ducha. </p>
<p>         En ese momento llegaban las madres, recuerdo haber entrevisto la palidez del rostro de la suya y la mirada de furia de la mía. El susto me hizo perder el control de nuestra carroza, que siguió calle abajo conmigo aferrada, ambos pies subidos al tubo trasero, pensando que aquel era el último día de nuestras vidas. Nos salvaron unos transeúntes que corrieron a detenernos, porque con el impulso y la velocidad que habíamos conquistado, no funcionaba ni el freno de la silla, ni mi inventiva.</p>
<p>         Esa noche, con las posaderas ardiendo y frente al televisor apagado, nos miramos sonrientes.</p>
<p>-     ¡Cómo me divertí! Pensé que me moría... lo mejor es que estabas ahí y no me dio miedo – susurró.<br />
-     ¡Yo también! – suspiré, reclinando la cabeza en su débil hombro – Hubiera sido lindo morirnos juntos...<br />
-     Cuando me vaya para el otro mundo, voy a irme contigo.</p>
<p>         Una vez probado que no había cura para su mal, volvieron a su casa y no lo vi más que en las pocas visitas que hice a mi familia materna. La última vez fui con mi hijo mayor, entonces de dos años, quise que mi pequeño conociera aquel mundo fascinante, correteara entre aves, cargara corderitos, sostuviera en sus manos un cerdito chillón y escurridizo, mirara el mundo desde la altura fascinante del lomo de un corcel… pero fuimos a una finca lejos del pueblo. Vi a mi sobrino sólo media hora antes de tomar el ómnibus de regreso y esa media hora la pasamos abrazados. </p>
<p>         No volví al campo y él no regresó a la capital. Nunca dejamos de escribirnos, de enviarnos postales, o de llamarnos.</p>
<p>         Me enteré de su agravamiento, quince años después, cuando no me daba tiempo a llegar a su lado. Es uno de los dolores más fuertes que he experimentado. No quería dejarlo ir, no era justo. Esa noche, soñé que un ave volaba a mi encuentro y cuando le tendía las manos para recibirla, se elevaba hacia el infinito. Desperté y fui a sentarme en la sala, había entendido la señal.</p>
<p>         No paré visualizarme tomando su mano, hasta que recibí la llamada que me trajo la noticia: su paso por este mundo había concluido, ahora era capaz de volar. </p>
<p>*de Marié Rojas Tamayo.</p>
<p>ELLOS USAN ZAPATOS DE DOS TONOS*</p>
<p>No importa si salen con el pie derecho<br />
O con el izquierdo</p>
<p>Lo de ellos es trazar el territorio<br />
La comarca que les pertenece<br />
Revalidar la asignatura pendiente</p>
<p>Ellos hacen el país<br />
La postguerra<br />
La economía y las rondas nocturnas</p>
<p>Tentados  por la hoja que silba<br />
Se han sentado en las aceras<br />
Miran pasar el cadáver de sus amigos<br />
Y se juran la sangre<br />
Que a veces mancha<br />
Los zapatos de dos tonos.</p>
<p>*de Reynaldo García Blanco. regabla@cultstgo.cult.cu</p>
<p>MIL PÁJAROS DE FUEGO*</p>
<p>Esa mujer es una revolución.<br />
De ríos subterráneos. De espejos. De volcanes.<br />
Sabe que no ha nacido para.<br />
Que no ha nacido de.</p>
<p>Que puede ser madre bendecida. Célula madre.<br />
Amada. Venerada. Idolatrada.<br />
Madre de mayo. Madre de alquiler. Puta madre.<br />
Santa venerada. Santa bárbara. Santa Juana de Arco.<br />
Hécate. Hechicera. Súcubo.<br />
Que puede ser Lilith y expulsada de las sagradas escrituras.<br />
Repudiada maldita. Amante descastada.</p>
<p>Sabe que puede ser paloma: tibia y  quieta.<br />
Que puede tener la fuerza de un león.<br />
Que pude ser alondra. Camalote. Hiedra.<br />
Que con su legua pude voltear un potro a latigazos.</p>
<p>Pero ella busca el fuego. El vuelo.<br />
El trueno y las voces de las nubes.<br />
Se encuentra con el infierno congelado del Dante.<br />
Desempolva retratos. Genes. Sabias manos nudosas.<br />
Cubre con cortinas de lienzo. Paradojas. Cerrojos y anatemas.</p>
<p>Y busca porque encuentra, encuentra porque busca:<br />
Hoy le han legado mil pájaros de fuego.<br />
Mil pájaros de fuego que caben en el hueco de la mano.<br />
Mil trigales, mil esperas, mil estrellas.<br />
El fuego la rodea, la rodean los vuelos.<br />
Se alejan los inviernos de pedradas lentas.<br />
De helados médanos. De chapas escarchadas.<br />
De putas tristes. De borrachos alegres.<br />
De rodillas rapadas. De piojos. De salitre.<br />
De basurales con  fábulas dolientes.<br />
De hospitales. De esputos. De violencia.</p>
<p>Se revuelca en gloriosa soledad de orfebre.<br />
Revive los pájaros y el fuego.<br />
Toma, con manos frías, la lumbre, la llave y la bengala.<br />
Mira como van cayendo, una a una, estrellas en el mar.</p>
<p>Cuando las noches se vuelvan oscuras profecías.<br />
Allí estarán, lo sabe.<br />
Allí estarán, al alcance de su vuelo.<br />
El trueno, las voces de las nubes<br />
Y el esplendor de mil pájaros de fuego.<br />
...mil pájaros de fuego... </p>
<p> *de Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar</p>
<p>NIÑO DEL TREN*</p>
<p>A Carlos Ramírez Tamayo</p>
<p>Niño del Tren,<br />
Nacido en casa tan pobre<br />
Que no la abatían las tormentas:<br />
Como ella, entre miserias, resistía.<br />
A su lado, paralelas, las líneas escoltaban su mirada.</p>
<p>Acunado por la nana del camino de hierro<br />
Soñaba partir rumbo a lo desconocido.<br />
Esperando el momento de la huida<br />
En busca de quién sabe qué destino no dictado<br />
Por humanos.</p>
<p>Sabía - el canto de los rieles lo susurraba en su oído -<br />
Que su hado estaba en el vagón aquel,<br />
Inalcanzable y cercano,<br />
Cargado de ajadas sonrisas.</p>
<p>Un día, subió a lomos de la bestia mecánica.<br />
¿A dónde lo llevó?<br />
Nadie lo sabe.<br />
Sólo conocemos que viró crecido, feliz,<br />
Iluminado.</p>
<p>La historia de lo que aconteció<br />
Al que corría descalzo siguiendo los raíles,<br />
Quedó en ellos.</p>
<p>El Niño del Tren no llegó siquiera a ser anciano,<br />
Ni siquiera sus hijos lo recuerdan, mas<br />
Cuentan las estrellas que el carril llora su ausencia:<br />
Su triste canto<br />
Arranca lágrimas a la madrugada.</p>
<p>*de Marié Rojas.<br />
(1999)</p>
<p>  LA CASA*</p>
<p>            La casa ya no existe. Fue tirada abajo y no quedan sino algunos escombros entre los altos yuyales bajo un pequeño montecito de acacias salvajes, un par de higueras, tal vez del mismo origen, y, un alto sauce cuasi centenario, que es o debe ser, con seguridad, lo único que queda de la antigua doble hilera que venía del camino y directamente desembocaba en el patio.<br />
            Si la casa no existe, sólo yo estoy en condiciones de reconstruirla. Yo, o el “Pichón” Bucelli que la habitó casi treinta años.<br />
            Si empezamos por la cocina tenía una ventana que daba al sur, y debajo de ella un gran cajón de madera pintado de verde, que oficiaba de depósito de marlos para la brillante cocina económica, una Carelli Nº 2, que se fabricaba (y tal vez se siga fabricando) en la ciudad de Venado Tuerto. Si uno miraba por esa ventana, lo primero que veía era esa construcción de varias casitas para los ponedoras y las cluecas, una larga hilera de dos pisos, y un poco más allá los enrejados de palo que hacían de gallinero, todo debajo de un montecito de paraísos copiosos, y allá junto al alambrado que limitaba de un alfalfar fragante, lleno de florcitas blancas, las dos casitas de esos inmensos perros guardianes: el León (negro, mandíbula inmensa, tal vez una bull dog, y el Capitán, un hermoso “manto negro” de estilizada y vigorosa figura) . Estaban –ambos-  con  un collar y una gruesa cadena al cuello, sujeta a su vez por medio e una argolla a un largo alambre que se sostenía por dos estacas de hierro, bien clavadas al piso de tierra. Eran perros guardianes, muy de vez en cuando los soltaban, según me contaron, pero yo siempre los vi atados.<br />
            De esa cocina, siempre poniéndose de espaldas a esa gran ventana que traté de describir recién, saliendo hacia el patio, es decir hacia el norte, tenía tres puertas, a la derecha una que estaba cubierta de una cortina verde y se usaba como depósito de las ricas facturas de cerdo, bien fresca, con su pequeña ventanita que cubrían tres copiosos paraísos. Enfrente la puerta de la izquierda desembocaba en el comedor, que se usaba solamente para las grandes ocasiones.<br />
            La otra puerta daba hacia una habitación de paso hacia el patio, y con otras dos puertas que comunicaban a dos habitaciones más.<br />
            En ese espacio había un baño, y afuera una bomba de mano, con una pileta de portland donde se ubicaba un pequeño jarrito de aluminio, para beber agua.<br />
            Ya en el patio, algunos fresnos daban sombra y a la vuelta, hacia la izquierda y sin comunicación directa pero en el mismo edificio la habitación de los arneses, donde una pequeña cama de hierro y un baúl de inmigrante, daba refugio al lombardo Francisco Cantoni y a quien todos llamaban “Chiquín”, mezcla de mensual y protegido. Enfrente, el galpón para depósito de bolsas de cereal. Yendo hacia el este, y siempre en la misma construcción, el garaje donde se guardaba un pequeño tractorcito “Pampa”, con el color verde original de fábrica y un Ford T a bigotes, pintado de verde mugre, un verde casi color tierra, un verde muy triste, un verde muy solo ¿o era negro, como ordenaba su inventor John Ford? Se mezclan aquí los recuerdos. Pero eso, ya, carece de verdadera importancia.<br />
            El espacio de la quinta, todo verde, todo fresco, estaba justo frente a la casa cruzando el patio que orillaban los limoneros y las mandarinas. Esa quinta estaba siempre rezumando agua, no se si provista por un caño desde el molino cercano, o bien con una bomba de mano en el mismo centro de la quinta, entre tomatales, pimientos, tomillos, zapallitos y repollos. Pero me vuelve siempre en el recuerdo de ese breve charco, producto del riego tal vez excesivo donde merodean abejas y mariposas. Una nube de mariposas blancas y amarillas. Esa quinta estaba rodeada por un alto tejido en todo su perímetro, pero no era muy breve.<br />
            Hacia el monte el corral de los caballos que se usaban de tiro, de los llamados percherones, robustos y  rústicos, con los garrones peludos, llenos de abrojos y restos de barro seco. Más allá el potrero de alfalfa donde pastaban al atardecer, hasta ser nuevamente encerrados en el patio, con sus grandes bebederos, junto al molino, con su vástago golpeando, sus inmensas aspas que el viento movía a voluntad. Su estrecha escalerilla que atraía como un imán, porque desde allí se veía todo más hermoso: los sembrados, los chiqueros, los potreros, y el techo de la casa donde un molinillo nervioso proveía fluidos eléctricos  a una batería que llamaban “acumulador” y servía para cargar electricidad a la radio.<br />
            Inútil repetir que en esa chacra pasó lo mejor de mi vida, mis primeros doce años. Me llevaron allí de bebé porque mis padres eran juntadores de maíz, y en esas jornadas de meses vivíamos allí.<br />
            En el centro de la troja de maíz se elevaba un mástil de hierro altísimo, con su cable de acero para el carrito volcador de espigas, y a lo alto un trapo blanco, atado a una caña, que llamaban “la bandera” y se usaba para ser izada cuando el mediodía llegaba y había que cortar el trabajo para almorzar, Pero en mi caso se usaba también cuando yo lloraba como un chino y entonces llamaban a mi madre para que me diera de mamar. Como ven, fui siempre celoso con mi estómago, tal vez de allí nació mi ansiedad. De la espera hasta que mi madre rehiciera esos 300 o 400 metros que la separaban de la casa y que  trataba de acortar con pasos ligeros.<br />
            De la hilacha más supina parte este recuerdo. Allí se reúnen: el molino, la quinta y la puerta de la tranquera del corral, desde donde se estiraba un solo hilo de alambre de púas para inducir a la tropa de caballos hacia el potrero donde pastaban hasta el atardecer y luego se los volvía a su lugar, donde dormían, frente a los bebederos. Como ese hilo era atado al poste de la quinta y luego quitado ya que era el camino a las parvas, un día tropecé con él y dí con mi rostro distraído, ya que montado en mi indómito corcel de caña era en ese preciso momento perseguido por toda una tribu de comanches. Reboté literalmente y  con el rostro sangrante. Empecé a llorar y gritar, fruto más del susto fue por la breve lastimadura en la mejilla izquierda. Si hubiese ido mirando hacia el frente me habría evitado el susto, ya que conocía de sobre  su existencia. “Pichón” y Domingo, que controlaban el  desenfrenado tumulto de la caballada ya que olían pasto fresco me auxiliaron enseguida. Domingo me llevó ante la tía María quien me hizo las primeras curaciones y “Pichón” corrió hasta el mástil de la troja a levantar la “bandera” para avisar a mi madre. Era mediatarde  y ella se preocupó bastante y vino corriendo. Al final, no  era nada, sólo un susto y una breve cicatriz en la mejilla izquierda, que a veces se deja ver. Es decir no  dejó ninguna consecuencia.<br />
            Pero la herida del alma, la que se siente en brasa viva cada vez más que cuando recuerdo aquella casa que hoy no existe y mi vida feliz allí; en los primeros cabales, doce años de mi vida, eso ya no tiene retorno. Y como supo rematar un poema Facundo Marull: “y es triste, en verdad, es triste”.</p>
<p>*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar </p>
<p>YO Y EL OTRO*</p>
<p>Al otro, a Rubén Vedovaldi, es a quien le trabaja el nombre o su eco. Yo camino por la vieja casa y me doy a ver como crece el lapacho rosado que me regalaron como bonsái y puse en libertad en la tierra del lote. De Vedovaldi tengo noticias por el correo, por Internet, por teléfono, y leo sus versos publicados en tal libro, en tal periódico, en tal otra revista. Me gustan las tetitas de las quinceañeras en flor, las piernas de las locas perdidas, el cine de Polansky, las canciones de los Betales y Almendra, el olor de una tira de asado en la parrilla, y la voces de Gelman y Galeano; el otro comparte o no comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor. Nuestra relación no es hostil, yo sobrevivo, yo despierto del sueño, para que Vedovaldi pueda estrofar su obra más o menos literaria y eso más o menos me justifica.<br />
Ha logrado ciertas páginas más o menos válidas, entre montañas de hojarasca prescindible, pero esas páginas no me pueden salvar, quizás porque lo aprobado ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje y del siglo. Yo estoy destinado a perderme, y sólo algún instante de mí podrá trascender en el otro. Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su viciada costumbre de juguetear con la lengua y el habla.<br />
Heráclito entendió que todo cambia; la piedra antes no era piedra y después dejará de ser piedra; el río antes no era río y, si el planeta se calcina, dejará de ser río.<br />
Yo he de quedar en Vedovaldi, no en mí (si es que alguien soy), aunque me reconozca menos en sus libros que en los de otras y otros o que en un solo salvaje de saxo.<br />
Traté de liberarme de él, y pasé del delirio surrealista a la búsqueda de una síntesis, al ejercicio del estrato fónico y del significante, pero esos ejercicios y piruetas de estilo son de Vedovaldi ahora y tendré que idear otras para mi, para el estilo de mi muerte.<br />
Mi vida es una estrella más o menos roja, más o menos difusa. Ni Dios ni el Diablo creen en mi. Todo lo pierdo en los basurales del mercado. Todo es del olvido o de la AFIP, o del otro.<br />
Uno es descendiente de campesinos italianos, el otro se tiene que inventar su propia patria e historia.<br />
Uno siembra y canta en el desierto, el otro recoge placer y dolor del cuerpo; desaciertos, desconciertos, melancolías  y malentendidos. No sé cuál de los dos está más solo, más lejos.</p>
<p>*de Rubén Vedovaldi. RubenVedovaldi@netcoop.com.ar</p>
<p>Los genealogistas*</p>
<p>Juana, mi madre, ocupaba los días con sus noches en el asunto de la filiación y en la búsqueda se remontaba hasta la cuarta o quinta línea en la ascendencia de familias, que tenían en común un personaje eminente.</p>
<p>Su obsesión, lejos de decrecer iba en aumento, de proponerse un tiempo para el estudio de cada genealogía y respetarlo, pasó a investigar tres y hasta cuatro en forma simultánea, lo que le ocasionaba infantiles rabietas cuando se le cruzaban sus integrantes.</p>
<p>Los elegía al paso en su afán por encontrar al pariente ilustre, inaugurando la pesquisa con Nicolás Avellaneda  porque vivimos en la calle que lleva su nombre y lo sentía caro a sus afectos. Al no hallar resquicio alguno siguió con Mitre, avenida del barrio, ubicada unas veinte cuadras al oeste. Decepcionada después de enterarse que éste fue vencido por aquél en las elecciones de l874, pasó a Virrey Olaguer y Feliú, cinco a la derecha, a quien pronto abandonó porque se sentía criolla a ultranza. Desviándose dos a la izquierda se enfrentó con San Martín y sin atreverse, siquiera, a fijar la mirada en el cartel de la calle, cruzó con los ojos cerrados y continuó dos más hasta Urquiza, a quien descartó por manifiesta prole.</p>
<p>Volvió sobre sus pasos y por Libertad salió a Domingo Faustino Sarmiento, se sintió molesta, no había terminado la secundaria. Retrocedió de espaldas una cuadra y dobló                                          a la derecha hasta Hilarión de la Quintana, brigadier uruguayo, segundo de Santiago de Liniers, francés. Paralela a la anterior, cuatro al fondo, cinco con el pasaje. -¡Extranjeros no!- afirmó en voz alta. Ese día volvió a casa hecha una furia, más temprano que de costumbre.</p>
<p>Durante un tiempo se abocó al estudio de genealogías que tenía en carpeta, pero luego  retomó el hábito de ir y venir por el barrio buscando los nombres y los hombres que le despertaran curiosidad. En sus caminatas llegó a las puertas de la Capital Federal. En este punto, lista a adentrarse en el intrincado laberinto de sus calles, se maravilló con la avenida Maipú, ancha, bien iluminada, de doble mano y varios carriles. Desesperada la encontré una tarde preguntándose a los gritos quien había sido Maipú, no dispuesta a aceptar que su nombre evocaba una memorable batalla. </p>
<p>Debido al acontecimiento que relato fue necesario internarla. Su comportamiento fue objeto de estudio, un trastorno difícil de tipificar, coincidían los médicos. </p>
<p>Supe por ella que la visitó en la clínica un prestigioso siquiatra venido de Alemania para asistir al simposio realizado en Las Leñas, sobre los avances en el tratamiento de la claustroágorafobia asintomática. El médico, enterado de su caso, no dudó en correrse hasta Buenos Aires para asistirla.</p>
<p>En su charla con el doctor ella le contó que no tenía dudas sobre su origen , la dificultad consistía  en  dilucidar de quien era tataranieta o, eventualmente, chozna. Y fijando su mirada penetrante en los ojos rasgados del facultativo, mi madre le preguntó si él no era su padre. El médico le respondió que no, dada la diferencia de edades, sesenta largos ella, alrededor de cuarenta él. Convencida por razón de tamaño peso volvió a la carga por el lado de la descendencia.</p>
<p>-Cuando era muy joven- le confió- mi primer marido se fue con mi hijo que hoy tendría su edad. –Doctor- inquirió- ¿cómo es que siendo alemán tiene usted ojos tan oscuros? ¿Tomaría a mal decirme dónde nació? ¿Tiene mamá? ¿Su padre viene de un matrimonio anterior, es morocho, usa lentes, tiene una mancha de nacimiento en la espalda?</p>
<p>Andanada de preguntas sin respuesta, no había forma de apaciguarla y que su interés derivara en otro tema. El médico, tal vez subyugado por la historia que le contaba,  balanceando la cabeza, con gesto risueño -musitó-si-, un si  para si mismo, de asombro por alguna coincidencia, quizás. -¡Sí! -le contestó ella con énfasis-. Un si obstinado, categórico, y llorando agregó. -Hace muchos años partió a Alemania llevándote, hijo mío, querido hijo, por fin te encuentro.</p>
<p>Emocionada por lo trascendente de su descubrimiento mi madre volvió a casa  tranquila, bien medicada y feliz. -Ya no más investigaciones- me prometió y comenzó a escribir cartas y más cartas a un destino improbable.   </p>
<p>Ayer, algo excitante ocurrió en el vecindario. A la casona de enfrente se mudó una familia  que, a juzgar por el apellido es de abolengo. Por mi cuenta decidí investigar su genealogía y hoy, acompañado por el canto del jilguero, ya estoy planificando las salidas.</p>
<p>Bien temprano me llegaré hasta el Registro Nacional de las Personas, antes debo hacer algunas averiguaciones en la biblioteca Delom, mejor voy a la tarde, allí abren a las diez. En la Capital iré a buscar antecedentes a la biblioteca Nacional; tengo previsto, además, pasar por la Casa de los Inmigrantes y de estar en tiempo, a la vuelta me corro hasta el Archivo General de la Nación, sino mañana, que sólo debo visitar un par de Embajadas y el Registro Civil de Balvanera, completo lo que quede de hoy…</p>
<p>*de Ana Maria Diaz Velo.  anadiazvelo@hotmail.com</p>
<p>GOTERAS*</p>
<p>Anoche  llovió y no pude dormir. La tapa de la cafetera que es mi casa tiene una gotera y, por desgracia, ésta se encuentra exactamente sobre la cabecera de mi cama. </p>
<p>Ya sabía que eso pasaría, mi hogar lo encontré en la alacena de una casa abandonada, nunca me pregunté por qué dejaron esa cafetera ahí, ahora lo sé: Porque era una porquería.</p>
<p>Levanté el colchón, que tenía más agua que una sopa, y lo puse en la entrada a  coger sol. Luego fui al baño para ducharme un poco y poner a secar la ropa. Estaba embullado mientras me lavaba, ya que me imaginaba arreglando la tapa de mi casa, dejándola como nueva; al terminar ya la cama estaría seca y podría dormir tranquilo; pero mi fantasía cesó al sentir un ruido en la entrada.</p>
<p>Salí envuelto en la toalla, con el jarro de bañarme en mano, dispuesto a golpear a quien me atacase. Abrí la puerta lanzando un grito de guerra mientras movía mi arma de forma amenazante. Solo que mi grito de batalla se tornó muy pronto en un alarido de histeria: El colchón no estaba. </p>
<p>Mientras me golpeaba la cabeza con la jarra, culpándome por ingenuo, encontré un zapato tirado en la entrada, al parecer se le cayó al ladrón al salir corriendo. Recordé entonces que esa noche, aunque reparara el techo, no podría dormir pues el piso es húmedo y las sillas son muy incómodas, incluso para una siesta larga. </p>
<p>Cerré  la puerta de un tirón, diciendo barbaridades, y me senté a relajarme mientras me ponía hielo en la frente. Entre tanto, deseaba todo tipo de desgracias imaginables al ladrón.</p>
<p>Cuando me aburrí de despedazar mentalmente de varias maneras al ratero, encendí la radio para entretenerme y dejar de pensar en mi siesta de la tarde. Tomé algunas herramientas, anudé fuertemente mi toalla, subí al tejado y me dispuse a empezar. </p>
<p>El hoyo era grande pero eso no me importó, tomé una chapa de refresco que vi cerca y la puse de forma que tapara el hueco. No sabía como unirlos, hasta que se me ocurrió clavarlo. </p>
<p>Me costó algo de trabajo, pese a que el parche que empleé es de un metal suave, el de la tapa de mi cafetera no, así que varias veces me martillé los dedos, sin contar que la mano con la que martillaba se me entumeció. </p>
<p>Tuve que recurrir al método de ponerme hielo para calmar el dolor que sentía en las manos. Me sentía satisfecho de mi trabajo y lo admiraba orgulloso: La abertura ya no se notaba y no había forma de que entrara agua, lo único malo era que las puntas de los clavos sobresalían bastante, ya que eran  de buen tamaño. Los tenía guardados para clavar la planta baja de mi casa al suelo si había un torrencial fuerte.</p>
<p>Ya era medio día, decidí hacer café para alegrarme un poco la tarde, además, la música de la radio no era mala y eso de estar en el sofá refrescándome con una cazuela llena de hielos me empezaba a gustar. Por desgracia me relajé demasiado y me quedé dormido. Al despertar sentí un olor raro...</p>
<p>-        ¡El café, se me quema! - fue todo lo que atiné a decir antes de que la cafeterita explotara, al igual que la estufa. </p>
<p>Por suerte la detonación me lanzó a la calle y no me mató, pero por desgracia la toalla en la que estaba envuelto se enganchó en uno de los clavos que sobresalían del techo. </p>
<p>La vecina de  enfrente me vio parado en la calle dándome golpes de rabia y, como era de esperar, llamó a la policía. Me llevaron a prisión por estar exhibiéndome ante un miembro honorable de mi especie... Ni que lo fuera, vive en una caja de zapatos pasados de moda y se cree importante porque se ha hecho un balcón techado con una lata de atún: mejor estar desnudo en plena calle que vestido con el horrible pañuelo de flores que ella usa como túnica.</p>
<p>Ya dentro de lo que sería mi hogar por unos años, vestido a la moda de los inquilinos de aquí, me acosté en el colchón que se encontraba en el suelo.</p>
<p>-        Después de todo, la lengua larga de enfrente me hizo un favor - me dije para consolarme -, este lugar es más grande que mi quemada casa, me dan comida gratis y tengo una cama. ¿Qué más puedo pedir?</p>
<p>En eso pude oír que daban un anuncio en la radio, por lo visto uno de los guardias tenía uno portátil: uno de nuestra especie había muerto de forma terrible, una lata de atún le había caído encima. Al cadáver le faltaba un zapato, esto se sabía porque los pies eran las únicas partes sanas que sobresalían del amasijo envuelto en una tela de flores que había debajo de los escombros; en el sitio había sido encontrado un colchón húmedo, de tan buena calidad que había sobrevivido al impacto.    </p>
<p>Esa noticia me alegró de forma increíble. Me dirigí al lavamanos y abrí la pila, tomé una silla que estaba cerca, me senté y metí la manos en el agua helada para relajarme mientras disfrutaba viendo mi nueva cama... al menos en la cárcel no hay goteras.</p>
<p>*de RAY RESPALL ROJAS.<br />
(A los 15 años)</p>
<p>Reyes magos*</p>
<p>a mi hijo Manu</p>
<p>Cortamos un manojo de pasto verde<br />
llenamos una lata con agua<br />
y colocamos todo cerca de la puerta/<br />
después nos sentamos a escribir la carta:<br />
- ¿que le vas a pedir a los reyes?-<br />
- justicia papá - me dijo<br />
- no, pero eso es muy difícil -<br />
- cómo, ¿no son magos? -<br />
- sí, pero... -<br />
- no me dijiste que pasan por el ojo de la cerradura<br />
porque es más fácil eso/ a que un rico entre al reino de los cielos -<br />
- tenés razón Manu, le pediremos justicia -<br />
y cerré la carta con un "que así sea".</p>
<p>A la mañana siguiente<br />
el padre de Carlitos<br />
consiguió trabajo en la fábrica de papel.-</p>
<p>NOTA: hace poco me enteré que mi hijo menor, sabía la "verdad" sobre los Reyes Magos hacía mucho tiempo, cuando le pregunté porqué no me lo había dicho, me dijo: "no quería romper tu ilusión".</p>
<p>Un abrazo impetuoso.<br />
*de Aldo Luis Novelli aldonovelli@yahoo.com<br />
 /desde los bordes del desierto.</p>
<p>SUSANA Y EL UNICORNIO*</p>
<p>A Eduardo Coiro y su hija Paula</p>
<p> Ese amanecer, cuando fue con su padre a la cuadra, se sorprendió al ver un unicornio pastando entre los caballos. </p>
<p>         Le gustaba ir bien temprano para escoger el animal de su gusto; le complacía ver como los ensillaban y ayudaba a cepillar sus crines. Pero esa mañana se había quedado sin palabras, contemplando el brillo de nube de aquel ser de leyenda, mezclado entre los caballos que se alquilaban para hacer prácticas de equitación.</p>
<p>-        A esta niña parece que los ratones le comieron anoche la lengua –  le dijo el granjero - ¿A quién te ensillo hoy?<br />
-        Por favor, quiero que me ensille al unicornio.<br />
-        ¿Qué? – dijeron su padre y el granjero al unísono.<br />
-        Aquel blanco, brillante... </p>
<p>         Iba a decir “del cuerno en la frente”; pero se percató de que nadie más lo veía.</p>
<p>- ¿El nuevo?  – sonrió el granjero - No le habíamos puesto nombre; el dueño lo vendió porque no sirve como animal de tiro... las patas muy finas. Le pondremos Unicornio, si te parece bien, aunque no sé si se deje montar por una niña, es un poco rebelde. </p>
<p>         Susana corrió junto al unicornio.</p>
<p>         “Lo has visto, ¿verdad?”, le dijo él con voz que ella comprendió que nadie más escuchaba.</p>
<p>-        Pero... ¿por qué yo?</p>
<p>         “El hombre solamente puede ver aquello en lo que cree, por eso ha dejado de ver ángeles, demonios, hadas y unicornios. Al ser ignorados nos vamos adocenando, terminamos trabajando para él, hasta que un día nos llega el olvido. Cada vez somos menos, apenas quedan dos hadas, excelentes niñeras; un demonio se alquila en fiestas como tragafuegos, conozco un ángel trapecista... Soy el último de mi especie. Si alguien nos ve, nuestra tristeza aumenta, una niña que aún cree en la magia no puede torcer el rumbo de lo ya escrito”.</p>
<p>         Susana no tenía palabras, se acercó y le acarició las crines. Él posó mansamente la cabeza en su hombro.</p>
<p>-        ¿Quién lo diría? – dijo el granjero acercándose – ¿Probamos a ensillarlo?<br />
-        No sé... – dudó ella, mirando al unicornio.</p>
<p>         “Acéptalo. Mejor que sea contigo”.</p>
<p>         Hasta que el sol le anunció que era hora de regresar, cabalgó en el unicornio, sintiendo su paso que apenas rozaba la hierba, disfrutando su voz como música, descansando para verle beber del arroyuelo, sin saber como agradecer aquel regalo que le llegaba en los umbrales de su adolescencia, momento en que sería obligada a incorporarse al mundo de los mayores, mundo que su madre no supo aceptar y que ella tendría que asumir, aunque para ello tuviera que admitir que donde veía unicornios había caballos, que donde hadas, señoras paseando cochecitos de bebés, que donde ángeles vendedores de globos... “Dales lo que te pidan, amor mío”, le parecía escuchar la frase de despedida de su madre antes de emprender el vuelo. </p>
<p>         “No querrás terminar como ella”, le decía alevosamente la vecina cuando la veía hablarle a las muñecas. Pero sabía que su madre no era aquella mujer sin expresión que languidecía en un asilo de dementes, aquello era sólo la cáscara que había quedado cuando voló su alma. Su madre, compañera de las hijas del aire, disfrutaba al verla cabalgar en un unicornio.   </p>
<p>         Su felicidad se mezclaba con lo irremediable: Al terminar sus vacaciones tendría que volver a su rutina y el unicornio sería un simple caballo de alquiler. Éste era un lujo que apenas podía permitirse dos meses al año, y esos dos meses tocaban a su fin.  </p>
<p>-        Te quiero - le dijo mientras marchaban en trote suave.</p>
<p>         “Si de veras me amas, hay una cosa que puedes hacer por mí: trae mañana una lima resistente, de las que cortan las más gruesas cadenas”.</p>
<p>         No dijo más, se encerró en un triste mutismo mientras era desensillado, llevado a la cuadra y encerrado en su cuartón. Allí quedó resplandeciente, inconfundible entre los caballos. Susana había comprendido.</p>
<p>-        Vendré temprano – le susurró antes de marcharse.</p>
<p>         Una vez en casa, comió apresurada y dijo que tenía sueño; el padre lo entendió, había estado todo el día cabalgando. Era un alivio la afición de su hija por los caballos, así podía adelantar los trabajos de mantenimiento del parque, sabiendo que ella estaba en buena compañía... La de él, a pesar de todo su amor, no era la mejor desde el día en que tomaron la decisión irrevocable. </p>
<p>         La niña sintió los pasos alejarse de su cuarto y saltó de la cama, para ir de puntillas hacia la caja de herramientas. Tomó lo que había ido a buscar y regresó a dormir.</p>
<p>         Era noche aún cuando abrió los ojos, sabía que los peones y el granjero llegaban al romper el alba, así que debía apresurarse. Con una linterna en la mano emprendió el camino, tan conocido que podía haberlo hecho a oscuras. Saltó la cerca con facilidad y se encaminó a la puerta por donde asomaba aquella cabeza tan distinta de las otras. No temía a las reprimendas, estaba saldando una antigua deuda del hombre con sus creaciones... Sin decir palabra, comenzó a limar la pesada cadena.</p>
<p>         “Susana, ¿recuerdas que nuestra mayor tristeza es ser reconocidos?”</p>
<p>         Ella asintió sin dejar de limar. </p>
<p>         “Detente y mírame: serás el último ser humano en ver un unicornio”.</p>
<p>         Ella obedeció, con lágrimas en los ojos, comprendiendo que la lima no estaba destinada a cadena alguna. Pensando en lo que sucedería si un poeta, un músico, un pintor, o quizás otro niño que había crecido entre cuentos de hadas, llegara un día a esta cuadra, o a cualquier otra - siempre sería atrapado - y distinguiera aquel unicornio ensillado, cabizbajo, trotando en círculos alrededor de la pista... “No se trata de ver unicornios donde caballos”, sentía la voz de su madre, “sino de ver en cada corcel el sortilegio del unicornio”.</p>
<p>-        Entonces... – dijo, conservando aún una gota de esperanza.</p>
<p>         “¿Te importaría cortarme el cuerno?” </p>
<p>*de Marié Rojas. </p>
<p>EL QUE VUELVE SIEMPRE*</p>
<p>  Ellos han estado aquí desde siempre. Yo soy el que va y viene.<br />
            Cuando llego al bar del Club (“la sede” la llama el “Negro” Bonomi) están todos allí, como esperándome. Como si yo nunca hubiera partido, y cuando se recuerdan tiempos y cosas y yo hago mi esfuerzo por recordar y no logro ver aquellos rostros o rescatar aquella anécdota, mi amigo Miguel, con una casi ternura implacable, me advierte: “no, vos ya no vivías acá, ya te habías ido” yo, casi con culpa acepto esa disposición aclaratoria de mi amigo, que, lo sé, no lo hace  para lastimarme, sino para que no  hurgue en mi recuerdo con tanto inútil ahínco.<br />
            No sé si fui muy estricto con la  verdad más arriba. Porque en verdad - siguiendo al Maestro Troilo en este caso- “Yo nunca me fui del Barrio”, que en este caso concreto y específico se llama “El Jazmín” y su camiseta, orgullosamente, ostenta los colores rojiblancos.<br />
            -Yo elegí los colores me repite siempre mi amigo Roberto Escudero, primo por otra parte del inefable Miguel.<br />
            “Cholo” Belluschi, de imbatible memoria para los que en  el mundo  han sido, titular del “Ramos Generales Belluschi”, gran contador de cuentos y virtuoso amateur del bandoneón, y gran organizador de partidos de fútbol de toda la pibada jazminera, en esta ocasión pagó riguroso el importe de las siete camisetas, y fue, no podía ser de otra manera el Delegado natural en todas las transacciones deportivas del equipo “El Jazmín”.<br />
            Cuando mandó a mi amigo Roberto al bazar “La Primitiva” de don José Bessone, padre de Ibis, esposa del mismísimo “Cholo”, es decir, a casa de su propio suegro a comprar las amadas camisetas, lo mandó, según mi amigo, para que él eligiera. Habrá que creer entonces en el libre albedrío que practicaba el “Cholo”, y en la palabra de mi amigo.<br />
            -Vi unas camisetas de Estudiantes –las vi, me gustaron y las compré.<br />
            Ël, mi amigo, tendría doce años, era hincha del Huracán Foot Ball Club, y esos son sus colores. Es más, esas camisetas de Estudiantes se usaba a veces en algunos partidos como alternativa a la rojasangre con vistos blancos que era la habitual.<br />
            Hasta aquí los hechos digamos “institucionales”, porque bien sabemos que un club en ciernes, aún con mero equipo, no existe hasta que todos se pongan la misma camiseta, valga la expresión, es decir, los mismos colores. Hasta entonces, por más voluntad que haya, es un triste rejuntado. El otro dato no menor, es que había tantos chicos que jugaban muy bien en el barrio que daba para armar tres o cuatro equipos, que se organizaban y jugaban con otros nombres, entre esa legión de “mulettos” estaba obviamente yo.<br />
            Como mi barrio, el barrio “El Jazmín” se alzaba con todos los campeonatos      , una vez quisieron comprar al arquero. Un puesto donde curiosamente no había reemplazante. O era Adelqui Mansilla, o nadie. Como éste estaba lesionado recurrieron a un morocho taimado de otro barrio, que, pese al soborno no perdió el invicto. Le habían prometido diez pesos, y un pantalón de fútbol.<br />
            En el partido siguiente salimos campeones ya con nuestro legítimo y querido arquerito.<br />
            Ese equipo –lo recuerdo- jugó hasta pasado el límite que permitía el reglamento, por edad. “Ese pibe, está pasado en edad”, se decía cuando se quería descalificar a alguien. Pero no sé por qué no se recurría al trámite expeditivo del documento prueba incontrarrestable.<br />
            Pero  sucede que estos campeonatos no eran sino reuniones deportivas de verano, organizado por la Cooperativa Agrícola Federal de mi  pueblo, tanto para alentar a esos bravos muchachitos que irían a la canteras de los clubes locales.<br />
            En ese equipo –no olvido sus nombres- estaban Adelqui Mansilla, al arco, en defensa Héctor Pezzoni, a quien decían, nunca sabré por qué, “Loca mía”, Edgardo Santos (Santitos), “Nino” Míguez, Roberto Escudero. Y en la delantera goleadora y eficaz: Roberto Ellena (“El Flaco Lenita”), “Chocho” Faravelli y Lorenzo Miranda. Hay una foto que fue tomada en la cortada de mi casa, y están rodeados por toda la pibada menor: “Tago” Sánchez, “Chorchi” López, “Chajá” Correa, los hermanos “Pili” y “Toto” Míguez y un servidor.<br />
            Cuando pienso en aquellas épocas tan lejanas, que parecen imposibles de haber sido reales, lo hago con la intención de no idealizar aquella niñez de muchas carencias, que no olvido, sino que me empeño en recuperar aquellas pequeñas alegrías que para nosotros era un mundo y sobre todo lo hago para que vuelvan las que están olvidadas.<br />
            Es casi como querer rescatar de un gran puñado de cenizas, algún palito, alguna hierba que se salvó del juego implacable de los años.<br />
            ¿Qué derecho tengo yo de traer del pasado tanta anécdota perdida?<br />
            Porque esas vivencias fueron en verdad compartidas por un grupo de chicos, hijos todos de gente de trabajo, obreros, changadores, jornaleros, que hacía como podían sus pininos en esta vida de dureza que todos transitamos con mayor o menor fortuna.<br />
            El barrio “El Jazmín”, mi barrio,  el fue el núcleo donde tuve mi primer contacto con el mundo de los otros, que eran como yo. Antes que la propia escuela primaria que  transité con sumo placer.<br />
            Y en esas calles, bajo ese cielo sin color casi del verano, transité, corrí, jugué, me entreveré con mis amigos, sudorosos y descalzos tras una pelota de trapo.<br />
            Y la gloria esperada era marcar ese último gol de la tardecita, cuando las sombras de la noche nos corrían antes que el chistido admonitorio de nuestra madre.<br />
            Y en esa gradación estaba la máxima gloria, vestir la casaca roja del Huracán: que traspiré más  tarde en esa escalera.<br />
            A mí me hicieron saltar un peldaño: nunca tuve el honor de vestir la camiseta del barrio, y es  en verdad irreparable, es para siempre y convengamos también que  es una reiterada tristeza que llevaré siempre como una mochila en mi espalda.</p>
<p>*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar </p>
<p>Retirados, no del todo*</p>
<p>Si nos quiere, llame:<br />
somos los veteranos de más de cuatrocientas guerras<br />
sobrevivientes de incontables catreras de batalla<br />
cada cual con su sello porno-trapecista<br />
estelares acróbatas ensartadores<br />
rudos domadores polimorfos<br />
en protagónicos papeles lucimos<br />
inagotabilidad y envergadura</p>
<p>o porno-asistencialistas (los demás de nosotros, de este gremio)<br />
que con inclinación de aficionados encarnábamos "el pueblo"<br />
los que cumpliendo sus contratos "de bolo" (o relleno)<br />
nos prendíamos en orgías exponenciales<br />
reservadas generalmente para los grandes finales<br />
de los sucesivos porno-derramadores<br />
de la fuente de la vida<br />
ficcional.</p>
<p>*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar</p>
<p>OCTAEDROS*</p>
<p>“El mar no es mas que un pozo de agua amarga…”<br />
IDEA VILARIÑO</p>
<p>Una navaja.<br />
Raspa la garganta de la noche.</p>
<p>Un pensamiento de cristales octaedros<br />
Rueda por la pendiente de la desolación.<br />
Nítidos contornos.<br />
Aguas claras. Amor oscuro.<br />
Una iguana con precario equilibrio<br />
Incrustado tatuaje de ocho triángulos equiláteros<br />
Ocho triángulos equiláteros iguales.</p>
<p>Y una duda, amor, miénteme.</p>
<p>El pensamiento se hace carne y sangre<br />
Atraviesa el precario equilibrio.<br />
Afuera, solo queda la cola de la iguana.<br />
Y una voz.</p>
<p>*de Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar</p>
<p>*</p>
<p>Queridas amigas, apreciados amigos:</p>
<p>Este domingo 24 de enero del 2010 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor música del compositor español Tomás Garrido. Las poesías que leeremos pertenecen a Alfredo Pérez Alencart (Perú) y la música de fondo será de Tarpuy (Perú). ¡Les deseamos una feliz audición!</p>
<p>ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at<br />
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!  (Recomendamos usar<br />
http://24timezones.com/  para conocer las diferencias horarias).</p>
<p>REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!</p>
<p>Freundliche Grüße / Cordial saludo!</p>
<p>YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.<br />
www.euroyage.org</p>
<p>Schießstattstr. 37    A-5020 Salzburg     AUSTRIA<br />
Tel.: 0043 662 825067 </p>
<p>*</p>
<p>Inventren Próxima estación: EDUARDO CASEY.</p>
<p>Colaboraciones a inventivasocial@yahoo.com.ar</p>
<p>http://inventren.blogspot.com/</p>
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"Un invento argentino que se utiliza para escribir"<br />
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<p>Para compartir escritos dirigirse a : inventivasocial(arroba)yahoo.com.ar<br />
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Editor responsable: Lic. Eduardo Francisco Coiro.</p>
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</p>
<p><a href="http://bitacoradeunsociologofracasado.nireblog.com/post/2010/01/22/edicion-enero-2010#comments">Comments</a></p>]]></description>
	<pubDate>Fri, 22 Jan 2010 23:40:12 +0100</pubDate>	</item>
	<item>
	<title>EDICIÓN DICIEMBRE 2009.</title>
	<link>http://bitacoradeunsociologofracasado.nireblog.com/post/2009/12/31/edicion-diciembre-2009</link>
	<guid>http://bitacoradeunsociologofracasado.nireblog.com/post/2009/12/31/edicion-diciembre-2009</guid>
		<description><![CDATA[<p>Letanía*</p>
<p>Será porque estoy sola,<br />
Será porque es invierno,<br />
Será que te deseo.</p>
<p>Será por este encierro…</p>
<p>Será que anhelo verte,<br />
Será que me desmiento.<br />
Será, tal vez, ¿quién sabe si sería?</p>
<p>Será porque no duermo,<br />
Será porque te sueño,<br />
Será porque despierto.</p>
<p>Será porque ahora llueve,<br />
Será porque no vuelo,<br />
Será que aquí no nieva.</p>
<p>Será porque estás lejos,<br />
Será que escapa el tiempo,<br />
Será que siento miedo.</p>
<p>Será, porque te amo…</p>
<p>Será porque estoy triste,<br />
Será por no saberlo,<br />
Será, alguna vez, ¡quién lo supiera!</p>
<p>Será que nada espero,<br />
Será porque no sabes,<br />
Será porque estoy viva.</p>
<p>Será porque no sé cómo decirte que te quiero.</p>
<p>*de Marié Rojas. </p>
<p>De LA PALOMA PERDIDA</p>
<p>POEMA I*</p>
<p>El principio<br />
está en algún lugar<br />
aun que unido a otro principio.<br />
Raros malabares<br />
construyen cruces con ellos,<br />
se tocan, se sienten.<br />
El sentir contornea un nido<br />
que arrulla lágrimas reprimidas<br />
que se mueven medrosas buscando un hombro<br />
donde reposar tristezas.<br />
A veces son esperanzas encarceladas<br />
que invocan la libertad<br />
bajo algún signo.<br />
Por una cruz surgió la coincidencia nueva<br />
creando entre dos el infortunio.<br />
Largo camino fue la búsqueda<br />
de la puerta abierta<br />
al infinito.</p>
<p>POEMA II*</p>
<p>Una enorme caja de Pandora<br />
fue necesario abrir<br />
para explicar los signos.<br />
Pero no estaban todas las verdades,<br />
sólo algunos credos<br />
y otros mitos.<br />
Pudimos entender que la existencia<br />
valía la pena,<br />
por mí, por ti,<br />
tal vez por sí misma.<br />
Debíamos bañar en mar las dudas,<br />
tostar al sol egoísmos troquelados,<br />
blandir una bandera sin fronteras,<br />
al abismo arrojar resentimientos.<br />
¡Qué difícil ocultar las llagas,<br />
secar la sangre con salitre líquido!</p>
<p>*de Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar</p>
<p>Saliendo de la escuela nocturna*</p>
<p>El frío ganó las calles<br />
                        habita el silencio<br />
roto por asincrónicos ronroneos de vehículos<br />
                        rumbo a mejor cobijo.<br />
La ciudad duerme.</p>
<p>Unas muchachas ofrecen sus servicios<br />
            -no estoy excluido del ofrecimiento-<br />
en esquinas precisas de la urbe.<br />
Años que paso y están.<br />
            ¿Qué habrá sido de aquellas, hace 20/<br />
años?<br />
            ¿Qué será de estas en 20 años?</p>
<p>Un grupo de niños, sobrevivientes<br />
            anudan la noche y el frío<br />
            inhalando el espíritu oculto en bolsitas<br />
¿Qué cuántos son? Quince, uno más o menos.<br />
Y yo en medio de ellos<br />
                        ¿Qué puedo hacer?</p>
<p>La ciudad, duerme.</p>
<p>*de Oscar A. Agú. cachoagu@yahoo.com.ar</p>
<p>La caricia*</p>
<p>Estaba en la cama con el camisón blanco de seda que era el preferido de su marido. Le gustaba esperarle mientras se lavaba los dientes, completaba su higiene  y se ponía el pijama en el cuarto de baño. Reconocía cada uno de los sonidos y mentalmente los iba identificando como si de un ritual se tratara.</p>
<p>El hombre asomaba por la puerta y se acercaba a la cama, la besaba dulcemente en la frente y bordeaba el lecho hasta su lado que tenía las sábanas primorosamente abiertas en un triangulo perfecto. Se introducía en la cama y se acercaba a ella con aquel aplomo y sensualidad que le hacía desearlo y entregarse.</p>
<p>Una vez compartido su amor, se retiraba a su lado y apoyaba suavemente el codo sobre ella. Este gesto la complacía tanto que no hubiera podido dormir sin que lo hiciera. Tener el brazo de su marido sobre ella la confortaba porque entendía que era algo natural, íntimo y que establecía una complicidad entre los dos.</p>
<p>El hombre cerraba los ojos descansando el cuerpo sobre el mullido colchón, y pensaba en la suerte que tenía de estar casado con aquella mujer que nunca había protestado porque le apoyara el codo en su vientre. Se lo agradecía en silencio cada noche porque era la única manera de calmar los dolores de aquella lesión que se hizo en el codo jugando a tenis con su amante.</p>
<p>*de Joan Mateu. joan@cimat.es</p>
<p>Acaso fuera otoño*</p>
<p>*Por Eduardo Pérsico. epersic@ciudad.com.ar</p>
<p>Mi soledad hoy convoca al color de unos ojos,<br />
y a un húmedo paisaje de arroyo y arboleda.<br />
Inicial abordaje entre cuerpos flamantes<br />
de pieles imbatibles y una fuga de pájaros. </p>
<p>Las voces que dijimos son pasado perpetuo<br />
porque el ayer no otorga ni el más leve latido.<br />
Después, habremos sonreído al abrochar tu falda<br />
y jamás olvidarnos, tomados de la mano.</p>
<p>Quizá la noche seguiría detrás de nuestro paso<br />
y tal vez fuera otoño. Tampoco lo recuerdo.</p>
<p>Cada inicial acorde del ‘amor para siempre’,<br />
lo mismo que tu nombre se ha vuelto desmemoria.<br />
Esa despótica más cruel que el mismo olvido,<br />
que a veces nos apiada y nos perdona. </p>
<p>(dic.2009)</p>
<p>*Eduardo Pérsico nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina. </p>
<p>DESMURAMOS*</p>
<p>“La poesía empieza allí, donde la última palabra<br />
no la tiene la muerte”<br />
ODYSSEAS ELITIS</p>
<p>Ya no quiero más muros, corazón<br />
Pircas, de ideas, de silencios ¡Tantos muros, tantos!<br />
Condenada al muro de lamentos:<br />
A un campo santo de ausencias y distancias.<br />
A una horda de olvidos. A manos separadas, a un pañuelo negro.<br />
A la esquizofrenia. A un basilisco multicéfalo.<br />
A la placidez embriagada de la adormidera verde.<br />
A un yacuzi sin agua, con algas babosas y ojos de pescado.<br />
A un galeote. Sin remos. Sin rumbo.<br />
Sin bandera.<br />
A un buitre con cara de rectángulo.<br />
Convidada a comer entre los muertos.<br />
A un viejo verso aprendido en mi infancia<br />
“Piden pan, no le dan; piden queso, les dan hueso<br />
y les cortan el pescuezo”<br />
A una torre de Babel. Ignorado. Ignorante. Ignoto.<br />
A un león domesticado, con su lacia melena peinada por Giordano.<br />
A una vaca cansina con sus ubres repletas y el ternero muerto.<br />
A una actual Sodoma en el mar muerto.<br />
Sin Viagra. Sin Champagne. Sin siliconas.<br />
A un pastor sin rebaño. A una noche sin luna.<br />
A un poeta sin versos.</p>
<p>Desmuremos, mi sol.<br />
Desmuramos.</p>
<p> *de Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar</p>
<p>Olvidados del Límite Central*</p>
<p>Mi mascota es una col.<br />
Todos los días le saco a pasear<br />
Y a ella parece agradarle.</p>
<p>Mi mascota,<br />
Que es una col,<br />
Gusta el recordarme tu piel<br />
Cuando le encuentro<br />
Dormida sobre mi cama.</p>
<p>Luego la bajo a reprimendas<br />
Y se esconde detrás del sillón<br />
Donde algún día ella escribió<br />
Tomando un crayón con sus hojitas tiernas:<br />
"Así son las cosas"</p>
<p>Pero yo sé que un día alguien las entenderá<br />
Y podremos decir:<br />
Hay quien las entiende.<br />
Y mi col y yo<br />
Iremos a visitarle.</p>
<p>Mi mascota,<br />
Una col,<br />
Conoce tu nombre de memoria<br />
Y al escucharlo el corazón verduzco<br />
Parece salírsele entre saltos:<br />
¿Qué sería de ella<br />
si conociera tu etéreo aroma moreno?</p>
<p>Mi col sabe leer los libros del estante<br />
Que está al fondo de la morada.<br />
Sabe lo básico del Comunismo,<br />
Y cree en la generación espontánea.</p>
<p>Para mi col,<br />
Toda una vida cabe en una semana.<br />
Aunque desconoce los detalles del primer día<br />
Que resbaló de tus manos,<br />
Por haber llegado al día siguiente.</p>
<p>*de hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com</p>
<p>SOY *</p>
<p>“Dios dijo: Ama a tu prójimo, como a ti mismo.<br />
En mi país el que ama a su prójimo se juega la vida.”<br />
GIOCONDA BELLI -Nicaragua</p>
<p>Soy mi Dios.<br />
El que decide los tiempos de mi lengua.<br />
Tiempos de bonanza. Tiempos de sequía.<br />
El que permite mi preñez de oveja negra.<br />
El que ve más allá de los silencios.<br />
El que rompe los breteles de la silueta ingrávida.<br />
El que todo lo puede cuando no puedes nada.<br />
El que enciende, implacable, los cirios de la aurora.<br />
El que da vuelta el rostro cuando tu miedo implora.<br />
El que corta cabezas.<br />
Sandías recostadas a la vera del sueño.<br />
El que tira cenizas donde duerme la lluvia.<br />
El que corta la mano y el anillo.<br />
El que lo engarza en un muñón de jade.<br />
El que patea el último perro, en su última noche de agonía.<br />
El que copula con la extranjera muerte.<br />
Y la besa y la ensalza y la vuelve ventisca.<br />
El que tira el tarot con los santos evangelios.<br />
El que sabe que soy bruja, prostituta y madre bendecida.<br />
El que deletrea los signos de mi nombre.</p>
<p>Soy mi Dios. Mi único Díos...y mi único Demonio.</p>
<p>*de Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar</p>
<p>Etimología*</p>
<p>Mucha gente opina que no es importante conocer la etimología de las palabras. Saber porque al huevo se le llama "huevo", a la tortilla, "tortilla" y a Don José "Don Pepe", es imprescindible en estos tiempos.</p>
<p>Stefen Plumkier que dedicó toda su vida al estudio del origen de las palabras, la razón de su existencia, su significado y su gramática,  ejemplarizaba con su léxico, depurado y generoso, al público que asistía a una de sus innumerables conferencias.</p>
<p>En la lección magistral que impartió en el Colegio de Astrónomos, cautivó al público con las aclaraciones que aportaba a un sin fin de preguntas relacionadas con la jerga científica del espacio. La mayoría tenían origen en las leyendas basadas en deidades, por eso sorprendió tanto que les hablara del Ogro.</p>
<p>Su voz resonaba en el claustro: "En Çatalhöyük, una ciudad que data del período neolítico,  fue encontrado lo que se considera el comienzo de la historia de Anatolia. Se trataba de un fresco mural del año 6200 ADC, que presentaba en primer plano, las casas de la localidad, y al fondo, un volcán humeante en erupción; se cree que el volcán era el Hasanda. Otro fresco, actualmente expuesto en Ankara, representa pictográficamente el mismo pueblo con sus ciudadanos atemorizados por la visita de un ser tan grande, que les tapaba la luz del sol."</p>
<p>"El estudio conjunto de ambos frescos nos identifica el pueblo,  nos da el censo de sus habitantes y nos descubre el nombre del Ogro" - Siguió Plumkier - "Este Ogro, que sumía al pueblo en la oscuridad, se llamaba Eclipse y es quien ha dado nombre al fenómeno que se produce al interponerse un objeto sólido entre un punto y un foco de luz"</p>
<p>La Comunidad de Astronomía, desde aquel momento, incluyó un Ogro en su el escudo como principal símbolo heráldico. El escudo se oscureció automáticamente.</p>
<p>*de Joan Mateu. joan@cimat.es</p>
<p>no dicha*</p>
<p> y si alguna vez</p>
<p>una palabra no dicha</p>
<p>nunca dicha</p>
<p>que no sea dicha</p>
<p>hallara el intersticio entre silencio y milagro</p>
<p>del segundo antes de decirlo</p>
<p>de la hora precedente al impulso</p>
<p>del siglo antecesor de la desgracia</p>
<p>del infinito ancestral de todos los tiempos humanos</p>
<p>que andamos errando?</p>
<p>*de Lucía Cinquepalmi  luciaguionbajo@gmail.com</p>
<p>*</p>
<p>¿Vendrás a buscarme<br />
en barco de papel<br />
o en nube rosada?<br />
Tal vez me separes<br />
de mi ensueño nocturno<br />
con prepotente gesto.<br />
No puedo imaginarte<br />
aunque a veces llorando<br />
reclamo tu presencia,<br />
tu rostro está vedado<br />
por designio del Supremo<br />
que te ordena y te oculta.<br />
Quisiera te anunciaras<br />
con la flor negra del rito<br />
tiempo antes, sin apuro</p>
<p>*de EMILSE ZORZUT. zurmy@yahoo.com.ar</p>
<p>PLUMAS EN LA LUNA*</p>
<p>   Vivía yo con mi familia en un clásico barrio, cercano a las vías del tren.</p>
<p>   Todas las tardes, al volver de la escuela y después de la merienda, nos juntábamos los chicos de la cuadra.<br />
    Todos guardábamos en algún bolsillo un pedazo de torta, algún bizcocho, o simplemente un pedazo de pan. Y para allá corríamos a la tapera de Pancho, debajo de un árbol al lado de las vías.</p>
<p>    Pancho era el linyera, el “croto”, como le decíamos en mi infancia, que todos queríamos y   para él vaciábamos nuestros bolsillos.<br />
Debajo de una descuidada barba, que podría ser blanca, sus mandíbulas, con increíble y buena dentadura, trituraban con fruición los dulces, mientras convidaba trocitos a sus cinco compinches, cinco perros flacos y pulguientos que lo acompañaban en sus aventuras por las calles de la ciudad y cuidaban de las estrafalarias pertenencias de Pancho.</p>
<p>    Alto, flaco, algo encorvado, de caminar lento, ojos claros casi escondidos bajo las tupidas cejas, de largos cabellos atados a la espalda con un piolín, Pancho tenía una mágica atracción para nosotros. Sentados en rueda a su alrededor, escuchábamos sus relatos y nuestra imaginación se regocijaba con las aventuras que nunca pusimos en duda. Si el tema era estar frente a un león, en plena selva, creíamos en sus poderes de hacerlo volver a su guarida sin chistar.</p>
<p>Antes que oscureciera, nos despedíamos de Pancho, asintiendo a su orden de portarnos bien y hacer los deberes.<br />
  Una tarde, lo encontramos ocupado en raros artefactos de alambre que, nos dijo, serían alas para volar hacia la luna. Nos pidió le lleváramos plumas, y al otro día, todos los chicos aportamos una buena cantidad de ellas.</p>
<p>   Las gallinas se habían alarmado de nuestro ahínco en limpiar de plumas los rincones, y alguna de las pasaban cerca, sintieron los manotazos.<br />
En mi casa no había gallinero, pero abuela Sofía, como buena idish, tenía un acolchado de plumas que trajo de su país, que misteriosamente quedó menos abultado.</p>
<p>     Durante una semana asistimos y aportamos a la realización de las grandes alas que ya tenían buenas formas.<br />
     Una fuerte tormenta nos mantuvo en nuestra casa, y al otro día, cuando llegamos a la tapera, sólo encontramos algunas plumitas embarradas y los perros, que nos saludaron con alegres ladridos, mientras comían lo que había en nuestros bolsillos. Pancho no estaba, tampoco las alas.<br />
   Volvimos durante unos días, en especial llevando algo de comer a los perros, que ya no eran cinco. Algunos también nos habían abandonado.<br />
   Mamá, notando mi tristeza, una noche de luna llena me invitó a mirarla, y descubrimos las barbas de Pancho. Me alegró mucho saber que había llegado.<br />
   Hoy, ya hombre, intactas mis emociones infantiles, levanto mis ojos hacia la luna y mi corazón se comunica con Pancho, alejando por unos minutos los ingratos sucesos de este siglo XXI, cada vez más agobiante.</p>
<p>    Comparto la ilusión con mis dos hijos que olvidan sus guerreros y monstruos electrónicos y apaciguan sus fantasías escuchando, por enésima vez, alguna de las aventuras de Pancho, que ya incorporaron a sus recuerdos. Por supuesto que conocen de los cráteres de la luna y su gaseoso entorno, pero nos entibiamos el espíritu y por unos minutos vemos las barbas, y tal vez, algún guiño de Pancho, que todavía, a pesar de los años, deja deslizar alguna plumita, que encuentro debajo de un árbol o posada, etérea, sobre las violetas del jardín.</p>
<p>*de Elsa Hufschmid.  elsahuf@hotmail.com</p>
<p>HISTORIAS*</p>
<p>El arcón de las ausencias</p>
<p>deja asomar historias,</p>
<p>pequeñas y largas historias </p>
<p>inconclusas en el tiempo.</p>
<p>Contarlas no tiene objeto,</p>
<p>serían olvidos negados</p>
<p>por quienes nunca partieron</p>
<p>en busca de un unicornio blanco.</p>
<p>Y echarlas a volar al viento,</p>
<p>se confundirían con palomas</p>
<p>pero al volver no habría nido</p>
<p>que protegiera su insomnio.</p>
<p>Así que cierro mi arca</p>
<p>y acuno historias de olvido.</p>
<p>*de Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar</p>
<p>LO INEVITABLE DEL OFICIO DE POETA*</p>
<p>A Tolo Adrover</p>
<p>Alguien sueña con un amor que dejó en Praga,<br />
La vieja ciudad ha olvidado ya sus pasos;<br />
Un suicida echa un poema en una botella,<br />
Sin saber que un día, un fragmento de su botella será perla.</p>
<p>Una amiga habla con Dios, allá en su cuarto<br />
Y Dios no la escucha, está dormido,<br />
Cansado de tanto error de sus criaturas, duerme...<br />
Yo batallo contra un verso que me acosa:<br />
Leer poesía contagia a escribir poesía.</p>
<p>Me persigue una historia de pozos, brocales,<br />
La imagen de dos que se juran amor bajo la luna.<br />
Cuando parte la diosa tras la nube,<br />
Permanecen abrazados junto al brocal.<br />
El reflejo que se ausenta del pozo, no lo sabe:<br />
La luna es sólo un astro inhabitado.</p>
<p>No cuenten esto a los amantes,<br />
Dejen que esta oscuridad les pertenezca,<br />
Porque el mañana pertenece a dioses sordos...</p>
<p>Permanezco atada al poema, no quiero saber<br />
Qué fue de los amantes, no siempre los finales son felices.</p>
<p>Es demasiado amplio el cielo para el vuelo de un ave<br />
El alma abarca más cuando se pierde.<br />
Ansío volver a aquella página...</p>
<p>Si no hubiera un Dios… sin Praga, sin la Luna,<br />
Nos queda la vida, el insomnio, el hábito, el oficio,<br />
El “no saber qué hacer si no hago un verso”.</p>
<p>Y aún si marchasen los recuerdos,<br />
Si no quedaran siquiera nuestros nombres,<br />
Tomemos un poema, uno cualquiera:<br />
Leer poesía es buen remedio.</p>
<p>*de Marié Rojas.<br />
(2004)</p>
<p>EL GRINGO*</p>
<p>a la memoria de don Lorenzo Tossini<br />
a Fanny y Edgardo</p>
<p>El hombre dejó la lapicera de pluma cucharita sobre el tintero de mármol que reproducía un motivo mitológico, pasó el papel secante sobre las últimas cifras escritas y cerró ese inmenso libro de tapas duras donde con letra perfecta y números parejitos asentaba a diario, desde hacía cincuenta años, los movimientos comerciales de la casa cerealista .<br />
Tomó de la percha su sombrero oscuro y se lo calzó, verificó que todo estuviera en orden, apagó las luces, atravesó el gran salón donde funcionaba un almacén de “ramos generales”, totalmente en sombras ahora, apenas iluminado magramente por los haces intermitentes de la lamparita que bailoteaba en el centro de la esquina y salió al exterior.<br />
Era siempre el último en irse, cuando ya el resto del personal hacía por lo menos dos o tres horas que lo había hecho.<br />
Al salir a la calle, un viento helado le cortó la cara y lamentó no haber traído un sobretodo, aunque más no fuera esa manta de vicuña que le había regalado para un cumpleaños doña Celia, su esposa a quien había conocido púber y le había dado dos hijos: una mujer y un varón.<br />
Enfrente de la cerealera estaban las vías y si cruzaba sesgado y a la izquierda, se toparía con la estación de trenes, bajo la sombra cerrada.<br />
Va a pisar entonces ese inmenso durmiente que oficia de escalón para ascender a la plataforma cubierta de granza rojiza, y luego sí, el ruido agradable que harán sus zapatos sobre el piso que luego de la granza se transforma en silencio de grandes baldosas grisáceas.<br />
Sorteará el molinillo, desembocará en la pequeña plazoleta de palmeras escuálidas que rodean un aguaribay coposo, cruzará la calle desierta del invierno y sin mirar los grandes letreros de la tienda Blanco y Negro, haciendo ochava con la ferretería de Titín Pozzi, caminará cincuenta metros y allí estará su destino: el Club.<br />
Como no tiene sino que cruzar la calle para estar en su casa, a la hora de cenar, su esposa mandará a alguien a buscarlo o ella misma se llegará hasta allí y lo distraerá de su partida de truco, para decirle que la cena se enfría.<br />
Luego de cenar volverá a hacerse otra partida –esta vez de póker- y por dinero fuerte.<br />
Es proverbial su frialdad para el juego: nunca lleva más que un billete de los grandes, si gana se queda y si lo pierde se va a dormir. Es una conducta. Nunca insistió frente a la suerte esquiva. Puede por lo tanto, quedarse  cinco minutos, cinco horas o cinco días jugando.<br />
Cultiva un nada deliberado  perfil bajo: no fuma, no bebe, no tiene automóvil, ni sabe siquiera conducir, pero todos saben que es un caudillo respetado en el pueblo.<br />
En su vida sostuvo tres pasiones: el peronismo, el club del que fue fundador y el juego de azar. En el 46 fue electo presidente comunal por el Partido Laborista, y del club fue varias veces presidente y su principal aportante de dinero. Pagaba de su propio bolsillo algunos jugadores en cada campeonato, cuando era menester reforzar el equipo.<br />
Nosotros, de chicos, deliberadamente merodeábamos al heladero en la cancha –el inefable “Chelita”, cuyo apellido se me perdió en la memoria-. Era un muchachón rubio, de cara redonda, siempre vestía de blanco como compete a un auténtico “heladero”. Llegaba con su triciclo también blanco voceando sus “cremas heladas Laponia”.<br />
Cuando el hombre entraba y nos veía arracimados ahí, sin una triste moneda, nos preguntaba con aire inocente:<br />
- ¿Y pibes, de quién son hinchas ustedes?<br />
 -¡De Huracán, don Lorenzo! Gritábamos casi al unísono, sin vacilar.<br />
Y él,  sonreía, feliz.<br />
-         A ver pibe,  - ordenaba a Chelita - una vuelta para todos!<br />
La tarde estaba salvada y aunque suene a herejía, era casi una anécdota el resultado del partido ese día. Nosotros estábamos hechos.<br />
Su gusto más grande era ver la sede del club siempre llena de gente, aunque eso afectara su propio bolsillo. Y las anécdotas llueven a la hora de graficar su generosidad.<br />
Cinco colegios de los pueblos vecinos vienen al club al desarrollar una competencia de voley femenino. Delegaciones de chicas del último año de la antigua “escuela media” se arremolinan con sus ropas chillonas, sus cuerpitos perfectos, sus gritos y sus risas llenando la cancha de básket.<br />
Llega don Lorenzo y pregunta al conserje que tiene la concesión del bar del club:<br />
- ¡Qué pasa Carluncho?<br />
- Juegan un campeonato de voley, don Lorenzo...<br />
- Bueno. Yo invito a la merienda.<br />
- Mire que son casi ciento cincuenta las pibas, don Lorenzo...<br />
- ¿ Y qué? Vamos a andar con chiquitas en el club acaso?<br />
- Está bien, don Lorenzo, como usted diga.<br />
Y mi amigo el Nene Croatto me cuenta otra. Cuando pasaban películas o había función de teatro en la sala y él estaba vendiendo entradas en la boletería, se le aparecía siempre don Lorenzo, a última hora, a veces en pijama y le preguntaba:<br />
- Y pibe, cómo anda el “borderó”?<br />
- Y, medio flojón, don Lorenzo<br />
- Bueno, sumalo a lo que hay entonces.<br />
Y sacando la billetera ahí nomás arrimaba una suma a veces mucho mayor que la que mi amigo había recaudado.<br />
Juan Carlos Lallana, un crack internacional que salió de nuestro club me refirió esta anécdota.<br />
Se avecinaba un clásico y el Gringo (o el “Tigre” como lo apodaban algunos) lo llamó aparte.<br />
- ¿ Y, Lallana? ¿ Ganamos el domingo? Mirá que yo le juego fuerte al equipo...<br />
- Métale don Lorenzo, somos fija.<br />
El resultado nos fue grato. Les hicimos tres goles –dos Lallana y uno el Negro Duran – a los albiazules.<br />
Ya en el vestuario, el gringo se le acercó a Lallana con un puñado de billetes que puso en una de sus manos.<br />
- ¿Y esto, don Lorenzo?<br />
- Es para vos. Te los merecés.<br />
- ¡ Pero no se lo puedo aceptar, es mucha plata!<br />
- Mirá pibe – le dijo, paternal, el Gringo – yo gané mucho más, así que agarrá y no se hable más del asunto.<br />
Eran cinco billetes de 500 pesos de entonces. Lo que Lallana ganaba jugando todo un campeonato.<br />
Corrían los últimos meses del aciago año 1955, grupos contrarios a Perón y obviamente al Gringo, presentaron una lista opositora en las elecciones a presidente del club.<br />
El Gringo les ganó las elecciones con más de 600 votos contra 72. La cosa estaba muy álgida, la política separaba las familias y hasta se metía con sus pasiones en las internas de los clubes del pueblo (nuestro caso no fue el único).<br />
Ellos se fueron, y como era gente más pudiente del club, le compraron un local a don Bernardino Giglio, quien acababa de cerrar su almacén de ramos generales. Se había jubilado y se iría a radicar a Rosario. No era cualquier local, allí había funcionado un hermoso teatro, el primero que tuvo el pueblo, en la década del veinte.<br />
Pero no crecieron nunca y además en el pueblo durante décadas se los llamó “El club de los setenta y dos”. Hoy el teatro sigue inactivo y solo funciona el bar, donde algunos van a jugar a las cartas y a comer la mejor pizza del pueblo, que a la sazón cocina uno de los hijos de Omar Bellini y de mi amiga María Elena Paggi.<br />
Después de treinta años hubo algún acercamiento que truncó la muerte del Gringo.<br />
No se pudo dar el último gusto: reunir otra vez en el club de sus  amores, pasión de su vida, a los fieles y a  los díscolos.<br />
Sólo esa gran alegría le faltó para morirse tranquilo, a este hombre que pudiendo gozar del dinero que ganaba como socio gerente de la Casa Arregui Hermanos y Cía, prefirió  hacerlo rodar como una gracia que dan los hombres a la generosidad.<br />
La misma que hoy hace imborrable su recuerdo en todos los que lo conocimos.</p>
<p>*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar  </p>
<p>CASBAS*</p>
<p>     En una historia de Ray Bradbury, un hombre de joven no había abordado un tren. Por alguna razón que no recuerdo o quizás no conste en el relato, este hombre con el pasaje pago y el ticket en el bolsillo, había dejado pasar ese tren que se descarriló. Todos murieron.<br />
     En la historia de Ray Bradbury, el hombre vive una vida ordinaria trabajando, forma una familia, pero siempre está atento a ese tren fantasmal que finalmente vendrá a buscarlo. La muerte es, para él como para tantos, un expreso de medianoche.<br />
     Esto ocurre en un cuento, por lo tanto ocurre lo esperado y la muerte viene a buscarlo sobre vías de niebla; se ve el faro delantero iluminando oscuras arboledas, se escucha el imposible traqueteo, la imagen final es la del tren repleto de pasajeros que aparece en la noche para que se cumpla el destino aplazado del protagonista.<br />
     Aquí, lejos de Illinois, en la estación Casbas una mujer espera en el andén. La estación es ahora un museo, pero la mujer se obstina en ese andén sin trenes.<br />
     Me dirán que la mujer espera el amor que partió, que espera la muerte que ha de venir. No lo sabemos aun. Todavía hace falta mirarla un poco, descifrar las arrugas en la frente, descorrer algunos velos.<br />
     En un banco de madera y hierro la mujer se mece, se arrulla, se va desatando de la familia y la ciudad. Se desvanece de a poco esta mujer que ahora se que no espera un tren que venga a llevársela. Se desdibuja en tonos sepia, en rosados y mancha de agua sobre papel.<br />
     La mujer no espera la muerte, ni el amor. Ha venido a la estación sin trenes para saber que nadie la vendrá a buscar. Sola, solita, la mujer se va despidiendo de sí. </p>
<p>No necesita transporte para escapar hacia adentro. </p>
<p>*de Mónica Russomanno russomannomonica@hotmail.com</p>
<p>Exilio y metáfora* </p>
<p>(Los puentes de Fayad) </p>
<p>*Por  Julio Pino Miyar. isla_59_1999@yahoo.com<br />
http://juliopinomiyar.blogspot.com </p>
<p>El poeta alemán Rainer Maria Rilke (1875 - 1926) escribió que “lo hermoso no es otra cosa que el comienzo de lo terrible”. Saber ver, contemplar hasta el fin, allí donde cada primavera nos revela su misión, aquí donde las cosas nos muestran su horror, es la tarea esencial que hace de la poesía un modo de estar en el mundo y de entregarle una justificación a la existencia. Por eso el poeta necesita de los versos, son vehículo de algo que de otra forma jamás podría ser expresada, y donde se hace visible su extraordinario periplo en vías del lejano sueño de sí mismo.<br />
El poeta católico cubano Cintio Vitier (1921 - 2009), escribió que, “en todas las teogonías el hombre es siempre el expulsado”. Existe un credo milenario sobre la condición humana que nos fue remitido mediante un plano simbólico -¿literario?-, el cual relata el origen dramático del cosmos y la vida. El cielo, en su inaccesibilidad, se convierte así en la suprema metáfora concebida por el hombre; entre tanto, todo expulsado es un buscador de significados, alguien a quien el extravío de su existencia no le ha hecho olvidar completamente la antigua condición de su naturaleza. Es la experiencia del exilio la que mayor concomitancia posee con ese hondo sentimiento metafísico, con esa alegórica caída al abismo que en El Antiguo Testamento se representa como la pérdida del paraíso, la devastación sucesiva del templo en Jerusalén y el éxodo varias veces repetido. Las piedras de Jerusalén que son lanzadas sobre los cuerpos de los inocentes, configuran la memoria cristalizada de esa excomunión original; la metáfora devuelta a su realidad primordial de guijarro.<br />
Hay un exilio nuclear para los poetas que se establece como escenario providencial de la Modernidad literaria y artística: París. Pero obviamente, París no es Jerusalén, podría ser, incluso, su antípoda. La Ciudad de los profetas resuelve su significado como resolución en la tierra del cometido del cielo; allí se va a orar y a acercarse al sentido ulterior, transmundano de las metáforas, mientras se hace patente la ausencia que dejaran siglos de silencio y de muerte. Si Jerusalén sobrevive en el sueño abstracto de las tres grandes religiones monoteístas, París, sensual y pagana, disfruta, por su parte, de ese politeísmo típico de una profana Modernidad cultural. Sin embargo, hay un modo especial de sensibilidad que, en ocasiones, colinda con el sentimiento metafísico propio de las religiones y, a veces, no hay nada más significativo que el contexto en el que el artista ha decidido inscribir su sensibilidad y sus búsquedas estéticas más originales. De esta manera, las persistentes lloviznas sobre los rojos tejados y la frialdad de las brumosas mañanas parisinas, evocan la fe nacida en los días inclementes de Jerusalén. Julio Cortázar definió la Ciudad de un modo con el que puede ser también definida la Ciudad de las tres religiones: “una inmensa metáfora”. La simetría es exacta: Jerusalén es el mítico lugar de la expulsión; París, ese no menos mítico lugar en el mundo donde van los expulsados. La Ciudad del Sena es un lugar fundamental porque en ella nada -ni siquiera el dolor- es ajeno. Por eso, cuanto se dice de París deviene en expresión alegórica, incluyendo las formas más simples y elementales de la vida; un sitio donde la mirada moderna reconoce en cada signo los designios de su propia conciencia cultural, de la misma manera que la llegada de las primeras lluvias y la caída de las últimas nieves, anuncian el retorno invariable de la primavera.<br />
En París uno de los más importantes poetas cubanos de la segunda mitad del siglo XX, Fayad Jamís (1930 - 1988), escribió en su poemario Los puentes, lo que podría ser tomado como una anotación efímera, casi circunstancial, pero que revela el espíritu mismo de su relación personal con la Ciudad y que fue expuesto en el más elemental y mundano de los versos: “(…) alguna vez la lluvia arrastrará las hojas secas”. Un verso como este parece anunciar la aparición de los poetas conversacionales, coloquiales, en el sentido que lo pedía Antonio Machado: la más simple y, a la vez, la más íntima de las alocuciones. Vuelve a decirnos Fayad a la manera de un paseante solitario que anota en su cartera de estudiante sus visiones, como un boceto perdurable del vasto cosmorama en el que se inserta por derecho su poesía: “Esta mañana el Sena corría/ bajo los puentes como un camino solitario/ las flores de los álamos caían sobre el agua gris/ Los mendigos dormían al sol en la orilla (…)”<br />
Fayad, nacido en Zacatecas, México, de origen libanés, cubano por adopción y convicción, poeta y pintor, en los años 50’ del pasado siglo vivió una larga temporada en Francia. La escritura de un texto de características tan poco frecuentes como Los puentes, contextualizado en París y publicado en La Habana en una fecha tan temprana como 1962, coloca al poeta, y a su poesía, en una peculiar situación, preámbulo, o antecedente literario, quizás de un exilio mucho más definitivo, ya que el poemario posee la maleabilidad que permite una doble interpretación. Si bien en primera instancia, Los puentes en su momento histórico fue una evidente alusión al fin del exilio intelectual, en vías de un compromiso efectivo con la nueva sociedad emergida a partir de la Revolución de 1959, el carácter abiertamente exógeno del poemario brinda una segunda lectura: Las visiones de la capital francesa evocan con demasiada fuerza un mundo paralelo al nuestro, a veces transido, pródigo en su inevitable lejanía, promiscuo en su culta naturaleza, tolerante y ameno en sus divagaciones ociosas, disfrutable en sus constantes ejercicios de soledad, aunque no por ello menos inusual: en ese mundo que el poeta nos dibuja se puede vivir asombrosamente solo, sintiéndose sumergido en la marea de los accidentes culturales, encontrarse descifrando hermosos deslizamientos de sentido, porque otros soles y estaciones nos acompañan siempre, dormitando desnudo sobre el puro placer de la expresión. Hay mucho de estas cosas en Los puentes, que, como su nombre lo indica, ponen en riesgo lo preestablecido al tender caminos, puentes entre ambas riveras, entre lo conocido y lo por conocer; Cuba y el resto del mundo: Los puentes es quizás el texto más foráneo de la llamada literatura cubana de la Revolución. A pesar de esto, los fundamentos éticos que permean desde el principio la escritura le imponen a Fayad el retorno y la conciliación con esa sustancia rugosa y medular que está más allá del lenguaje, y para eso no importa que el instante que el poeta le dedica a las palabras abarque toda una vida, singularmente son lo accidental de esa vida, el cultivado hito entre la reflexión y la realidad.<br />
Vuelve de nuevo a decirnos Fayad: “Hay que decir la verdad aún cuando en la noche terrible/ no sabemos si el amor el olvido o la muerte nos esperan (…) como las velas de los barcos/ desgarrándose en la furia del aire”. ¿Pudiera Los puentes ser leído como una experiencia límite de la existencia, acaso de la palabra? Si Jerusalén conserva entre sus anales el Libro de Job no es porque sea el más bello de los textos, sino porque pocos documentos en la historia expresan con tanto vigor el grado de desertificación a que puede llegar la conciencia humana; ese apartamiento insustancial que priva al hombre de naturaleza y omite de paso sus significados. El miedo milenario al desierto, -padecido por Job ciego- “es el miedo a quedarse sin imágenes”; cuando el poeta José Lezama quiso hablar del horror vacui lo expresó de esa forma. El Sáhara se vuelve así en la otra “inmensa metáfora” que rodea peligrosamente las ciudades de los hombres, y se refleja en la paradójica historia de un pueblo del desierto -el judío- que se prohibió a sí mismo las imágenes. Por eso, si como exilio se entendiese la des-realización de la conciencia y esa tenaz despersonalización de los afectos que nos obliga a buscar pobres sucedáneos en las cosas más heteróclitas, y donde la vida se fija a un antes y un después cardinal, indiscutiblemente, ese no sería nunca el exilio experimentado por Fayad. Ya que para cada palabra París guardaba una resonancia, pues allí toda expresión encontraba su objeto y cada objeto su poética inevitable. De este modo nos corrobora el poeta, estableciendo la indisoluble unidad entre la Ciudad y el hombre; la imagen y el calor del fuego: “en la ciudad y el corazón arde la misma llama”.<br />
“Frente a uno de esos puentes escogeré mi casa/ tal vez aquella de la cortina roja en la ventana”. Leyendo esta última línea se podría preguntar, ¿no es acaso la búsqueda de un domicilio definitivo la tarea capital de la poesía? ¿La llegada al hogar después de años de éxodo y desamparo, felizmente dispuesto para una nueva comunión con la palabra? ¿Pudiera significar París el fin del exilio? Responde el poeta: “(…) Yo regresaré a La Habana en una bicicleta/ Las mujeres que pasan por la acera/ van dejando una estela de fuego blanco”. Lo excepcional es que el retorno que propone Fayad, es un retorno lúdico, irreverente, sin concesiones porque él se ha ido a París a vivir una de las más intensas experiencias poéticas, y el regreso no estaría justificado si no trajese de vuelta las porciones más irreductibles de esa estancia. En los largos paseos por senderos citadinos que reavivaban la experiencia pura de la poesía, la sensibilidad ha descubierto bifurcaciones que alteraban sus visiones, y en cada accidente del paisaje el poeta hallaba los dones siempre en gestación de la insólita subrealidad: “Aquel que no había dormido/ porque andaba buscando el delgado cristal/ que se extiende como una daga entre el sueño/ y la realidad/ se detuvo por un instante en la puerta del café (…)”<br />
Fayad, extraviado entre los puentes y los bulevares, supo poner tasa a su lejanía por medio de las palabras. El poeta nos habla de un París donde la irremediable soledad del artista tenía el contenido de una gran misión, y en el que lo asistía un estado de gracia que le permitía ofrecer sosegado testimonio a través de sus más variadas visiones. Mas, ¿es ciertamente el poeta el gran ingenuo de la palabra? Si la vida como la historia fuesen saharizadas, desvirtuadas en sus postulados más intrínsecos, nunca se nos facilitaría una salida inocente, debido a que el ángel que pudo vislumbrar nuestra mirada era el más terrible, aquel que los poetas intuyeron en la inopia de las tardes vacías. “A los asesinos es fácil descubrirlos”, nos recuerda Rilke, como queriendo expresar lo pavoroso e incierto que se oculta, y nos acecha, en los intersticios en sombra de la poesía. </p>
<p>(…) </p>
<p>De visita en La Habana hace escasos años tuve la ocasión de darle a leer a un amigo un poemario personal, el cual tenía como exergo unos versos de Los puentes. Mi amigo me miró dubitativo y escéptico, y me hizo la observación crítica que mi experiencia del exilio en nada se asemejaba a la de Fayad. Redactando este ensayo pude constatar la diferencia abismal que separan mis años vividos en los Estados Unidos, del París de las grandes remembranzas y las hondas experiencias poéticas. Entonces, ¿por qué ese empeño en pensar y repasar Los puentes? Hacer o leer poesía es un modo legítimamente humano de luchar contra la alienación, mas, sobre todo, se lee y se escribe para saber que no estamos solos, que hay algo irreductible que busca darle sentido incluso a la más aviesa soledad. El exilio no es sólo el más largo viaje, es un estado de conciencia, a veces una mala conciencia; un prolongado sentimiento de abandono y expiación. Pero las lluvias más inclementes son las que mejor alimentan el pensar metafórico, no importando en qué región del mundo nos encontremos. Vagando ocioso por las calles y los puentes de una de las barriadas más pintorescas y tranquilas de Miami Beach, la callada contemplación del paisaje me hizo evocar algunos de los versos más cercanos de Fayad: </p>
<p>“Allá arriba cantan los niños/ el viento huele a pan fresco (…)”/ “Tú no oirás el último sollozo del mendigo (…)”/ “Tú no oirás el ruido de ese tren que se aleja” </p>
<p>DE LA FUERZA DEL NOMBRE*</p>
<p>I </p>
<p>El Coiro me manda un enigmático y brevísimo correo donde dice: "¿Podés escribirme algo sobre Casbas?". El nombre no me suena de nada, por lo que abro el Firefox y busco en Internet. El primer enlace conduce hasta un pueblo de Huesca cuya existencia ni siquiera conocía (Huesca es la provincia limítrofe por el norte con Zaragoza, donde vivo), un pueblo pequeño hacia el este, cerca de Abiego y Bierge, nombres que sí reconozco. Y puesto que nunca antes he estado allí, me digo: "¿Por qué no?", pensando que lo que mi amigo argentino quiere es información de primera mano sobre este pueblecito, y nada más natural, por otra parte, que me pida el favor viviendo yo tan cerca del sitio en cuestión. </p>
<p>Así que al otro día meto unas cuantas cosas en una bolsa de deporte y me echo a la carretera. Camino durante un buen rato, hasta que un auto negro, un Renault 5 con más de veinte años, se detiene junto a mí. El conductor, casi un adolescente, me pregunta: "¿Te llevo?". Por supuesto, acepto. Él tampoco conoce el sitio. Su acento le delata: es gallego. Con una sonrisa franca, confirma mi sospecha. Dice que va al norte, a los Pirineos, sólo por ver la cordillera. Le han hablado de parajes extraordinariamente bellos, aunque no recuerda bien los nombres o los mezcla o los confunde. Para no resultar redundante, le menciono sólo cuatro lugares (también escribo en un papel los nombres y la forma de llegar hasta allí) que en mi recuerdo crecen más y más conforme se aleja el tiempo en que me fue dado visitarlos. El primero es el Forau d´Aigualluts, en el Valle de Benasque, una pequeña explanada rodeada de montañas donde, a veces, se tiene la sensación de que llueve hacia arriba. Es lo más lindo que yo vi nunca. El segundo, un pueblo llamado Aínsa. El tercero, aunque he de confesar que no me impresionó cuando estuve allí, es el Monasterio de San Juan de la Peña. No sé que es, pero hay algo desconcertante en la montaña donde está situado, algo feo y sin embargo inolvidable; tal vez -pienso confusamente- hago mal en recomendarle esa visita. Por último, escribo: Selva de Oza. "¿Qué es?", me pregunta. Es un valle hacia el oeste, por donde discurre el río llamado Aragón-Subordán. La vegetación tiene un color oscuro que produce sensaciones difíciles de describir, pero allí uno siente que está vivo, que de verdad pueden ocurrir cosas que te hagan sentir vivo, cosas maravillosas o atroces, pero en cualquier caso reales. El tipo asiente, acaso sin comprender del todo el sentido de mis palabras, y promete que irá a todos esos sitios. Luego se pone a hablar de su coche y, más tarde, de los grupos musicales que le gustan, cuyos nombres casi siempre me resultan extraños. No obstante, reconozco algunos, lo cual es motivo de alegría para ambos. Le recomiendo otros, que él no oyó jamás. “Te gustarán”, le digo.</p>
<p>Al llegar a Huesca, tomamos la carretera hacia Lleida. Unos kilómetros más adelante, nos despedimos con un apretón de manos. No tardaré en darme cuenta de que ni siquiera nos habíamos presentado. Somos dos extraños caminando en un túnel o en un insondable laberinto, que sólo por casualidad han compartido un brevísimo trecho del camino. Tal vez ninguno de los dos encuentre lo que busca, o como sucede tantas veces, lo encuentre y no lo reconozca. </p>
<p>Por la estrecha carretera que conduce a Casbas apenas hay tráfico. Atravieso una población y sigo adelante. Según el mapa, ya casi estoy. Es entonces cuando, de pronto, me asalta una extraña idea: ¿Y si no es esto lo que quería el Coiro?, pienso. ¿Qué interés puede tener para Inventiva un minúsculo pueblo aquí en mi tierra? Un sitio del que, por otra parte, ni siquiera yo tenía noticia hasta este momento. ¿Habrá algo que se me escape en todo este asunto? Perdido en esa confusión y en esa carretera solitaria, unas palabras aparecen en mi mente, fosforescentes como un letrero luminoso en medio de la noche: Próxima estación Casbas. Me doy cuenta de que he metido la pata (el Casbas sobre el que debería escribir es otro, y está en Argentina y no sé absolutamente nada de él. Mi maldito despiste crónico me impidió recordar hasta ahora que es una de las próximas estaciones del Inventrén) y lo peor es que está anocheciendo (es otoño y los días acortan). Por suerte, al fondo puedo ver las primeras casas. Advierto que estoy cansado. Espero encontrar un sitio donde me dejen dormir, porque hace un poco de frío y la manta que he traído es más bien fina. Pero no se ve un alma por las calles.</p>
<p>Al fin, distingo un vago destello al fondo de una calle lateral. Se trata de una puerta iluminada. De no haber anochecido ya, no la hubiese visto, tan tenue es el resplandor que de ella sale. Hacia allí me dirijo, con paso lento y el oído alerta. No es natural este silencio. Sobre la puerta hay un letrero de madera. La inscripción apenas puede leerse, pero se adivina que el lugar es una taberna. Cruzo el umbral y me encuentro en un cuchitril mal iluminado donde parece no haber nadie. Al oír mis pasos, un hombre sale por una puerta situada al fondo y, con un perfecto acento argentino, me saluda y pregunta si deseo tomar algo.</p>
<p>II</p>
<p>Una sensación de irrealidad me atenaza. No acierto a responder. Sólo le miro como se mira a un aparecido o como se podría mirar el propio reflejo en un espejo diseñado por Klein (el de la botella). Él repite la pregunta, más despacio, como si yo fuera extranjero y no comprendiese bien el idioma. No sé qué decir, qué hacer. Me siento como un actor de teatro esperando que el apuntador le sople el texto. Por fin, con cierto embarazo, me atrevo a pedir una cerveza. Mientras me sirve, el tipo explica que el pueblo está desierto porque hay un concierto en las piscinas municipales, un grupo de pop, uno de esos que venden muchos discos donde las diez o doce o quince canciones son, en realidad, la misma. Añade que incluso ha venido gente de los otros pueblos cercanos y hasta algún autobús de la ciudad. (Ese silencio ahí afuera, sin embargo, esa ausencia…). Al preguntarle dónde estoy, él me mira de arriba abajo y dice con naturalidad el nombre del pueblo. La siguiente pregunta no es fácil de hacer. Si el mundo sigue girando en su órbita normal y éste es, como parece, un hombre serio y cabal, se va a acordar de mis muertos y suerte tendré si no me saca del establecimiento a golpes; si por el contrario, el temor que me aprieta el corazón resulta ser fundado, yo me volveré loco. Aun así, no queda otro remedio: "Pero ¿Casbas de España o de Argentina?" digo en un susurro. Al principio, pienso que no me ha entendido, y tal vez sea lo mejor; acaso en el fondo conocer ese detalle no importe en realidad.</p>
<p>Pasado un instante, levanta la vista del barreño en el que en ese momento estaba lavando unos cubiertos y dice: "¿Acaso quieres tomarme el pelo?". Entonces me atropello, intento explicarle lo ocurrido, nombro el Inventrén y algunas otras estaciones, le cuento que soy poeta. "¡Poeta!" dice él. "¡Poeta!" repite. "No me lo creo. Nadie va por ahí en estos tiempos diciendo que es poeta. Usted es un aprovechado. Un sinvergüenza". Yo insisto. Mi sombra en el suelo gesticula como una marioneta de trapo, parece la sombra de otra persona, idéntica a mí pero con otro ritmo. Con amargura recuerdo que no he traído un solo libro; de haberlo hecho, mis argumentos quizá tuviesen más peso. Entonces, sin explicación, hay por su parte como una sorda aceptación, no ya de mis palabras o de lo que ellas pretenden comunicar, sino de la remota posibilidad de que sean ciertas. Mirándome de reojo, con desconfianza aún, se dirige hacia un extremo del mostrador, levanta un trapo oscuro que cubre un ordenador portátil y sentencia: "Ahora lo veremos". Abre el explorador, busca el Inventrén, busca mi nombre, encuentra resultados que le satisfacen, parece comprender que no le he mentido. La expresión de su rostro es otra ahora; luego me indica una mesa y sale del mostrador con una botella de vino en una mano y dos vasos en la otra. Nos sentamos, sirve el vino, enciende un cigarrillo y se larga a hablar convulsiva y nostálgicamente.</p>
<p>Así, me entero por fin de que nada extraño ha sucedido (si es que no es extraño encontrar de repente, en medio de un desierto, a un hombre que creemos habitante de otro desierto distante más de diez mil kilómetros). No hubo viajes astrales ni agujeros en el espacio. Estamos en Huesca. Con la voz plena de emoción, Manu (ese es el nombre de mi interlocutor) me habla de su niñez, de su adolescencia, se demora en detalles que tal vez hayan dormido ahí durante años, esperando esta noche y este vino; (afuera continúa el silencio, no hay ruido de pasos, ni de autos en marcha, ni siquiera el eco lejano del concierto. Si yo fuese otro, si fuese un tipo valiente, tal vez me asomaría un instante a la puerta, para mirar la luna, sólo eso: mirar la luna y saber que todo está bien). Mientras, la voz ronca de Manu me habla de la barra, de una novia que tuvo y perdió, “¡qué linda era!”, exclama. Luego hay un silencio necesario. Un movimiento lento, la mano de Manu buscando en su cartera y sacando de allí una foto cuarteada por el tiempo. La miro y hago un gesto de admiración. En efecto, la muchacha es guapa. (no sé si es entonces cuando comprendo que éste es cualquier lugar y cualquier momento, un retazo arrancado a mordiscos de la eternidad; tal vez por eso el obstinado silencio del exterior, la silueta en la pared de dos desconocidos conversando, dos latinoamericanos perdidos en cualquier parte, lejos y cerca de la vez, tenues fantasmas de sí mismos, sombras que se proyectan desde remotas noches olvidadas, que viajan en la nada hacia un tiempo inconcebible). Después escucho la descripción de un oscuro boliche que en su memoria se confunde con otros muchos que habría de conocer más tarde; me habla de su trabajo en el campo, del fatídico día en que se fue el último tren... Entonces algo parece romperse en el pausado hilo del relato. Clavo mis ojos en los suyos. Sujeto el vaso que viaja hacia sus labios. Lo insto a continuar, con el leve asomo de una sospecha insinuándose en mi entendimiento. Él me mira gravemente y retoma la narración: "...yo me fui en él. Aquel último tren que pasó por Casbas City, hace ya más de treinta años, se me llevó consigo. Luego anduve haciendo un poco de todo por todas partes. En Argentina, en Chile, en Colombia, en Bolivia y Ecuador, que es decir casi lo mismo, o de forma más breve, más certera, en Latinoamérica, que es mi patria... Nuestra patria" se corrige. Yo asiento. Luego continúa narrando las peripecias de una vida, una vida errante, como lo son todas. "Y, entonces, de pronto, llegué aquí" dice mientras vacía en los vasos lo que queda de la segunda botella. "De alguna manera, sentí que mi deriva había terminado. No es que la coincidencia del nombre y el cansancio acumulado me llevasen a tomar la decisión de quedarme. Esa decisión era anterior, fue ella quien guió mis pasos hacia estas tierras, ella quien me llevó de pueblo en pueblo hasta terminar en éste. Cuando llegué era de noche, como ahora. Dormí en unas ruinas a las afueras. No supe donde estaba hasta la mañana siguiente, pero durante el sueño supe que me quedaría aquí. No puedo explicarlo mejor. Lo sentí. Sólo eso. Y aquí estoy desde entonces".</p>
<p>No hablamos más. Ambos estábamos algo borrachos y era muy tarde. Dormí allí mismo, en una pequeña habitación que servía de almacén y donde había sitio de sobra. Al otro día, después de un abundante desayuno, Manu estrechó mi mano y nos despedimos como dos viejos amigos. Ambos sabíamos que había muy pocas posibilidades de volvernos a encontrar. Eché a andar por la carretera, en dirección al sur, no a ese Sur que nunca vi y que mi corazón incansablemente anhela, sino al otro, al de todos los días, al sur prosaico donde la vida sufre una combustión tan lenta que ni combustión parece.</p>
<p>*de Sergio Borao Llop.  sergiobllop@yahoo.es<br />
http://sbllop.blogia.com</p>
<p>De la vieja Suiza*</p>
<p>Mientras corto, prolija, las rodajas de pan que había sobrado estos últimos días, la cocina se inunda del  aroma de la manteca en la sartén. Uno a uno voy dorando los redondeles mientras por la ventana del departamento, se desliza el anémico sol invernal.<br />
En una ollita está hirviendo un buen vino tinto con el azúcar de un  desbordado tazón y dos preciosas y enigmáticas ramitas de canela. Disuelvo cuidadosamente tres gordas cucharadas de harina en una taza de agua y la agrego a la pócima de vino, convirtiendo todo en una inquietante jalea del color de las violetas. Acomodo los dorados pancitos en una fuente honda y les zampo la crema caliente. Primero se resisten, pero, luego, alertados del perfume y sabor del regalo, van absorbiendo, conformando un exquisito Budín de pan borracho.<br />
                                             ¡Que rico, el postre de la Oma!<br />
                         -Dirán mis niños, mientras guardan sus útiles escolares.<br />
 Y  volverán, rápido, a sus vasos de leche y al dulce trozo que les espera.<br />
Sé que por aquí cerca, un duende menudo e inquieto, de blanco rodete y ojos celestes, detendrá su andar y sonreirá feliz.<br />
Su nieta, como su madre allá en las montañas suizas, gozaba en recibir a sus pequeños con aquel dulce. Ya no recordaba como lo llamaba, el idioma natal se escapó tras la nebulosa de los años, pero el olorcito la atraía del más allá, y compartía en espíritu la reunión familiar. Mientras recogía las migas, una tibia brisa olor a manzana y lavanda rozó mi cara.                                          </p>
<p>Chau, Oma, ya nos encontraremos, lo sé, estarás sentada en aquel sillón de mimbre leyendo, debajo del limonero.                                               </p>
<p>                                                             Espérame.                                                                              </p>
<p>Dedicado a mi bisabuela Elizabetta Haas</p>
<p>*de Elsa Hufschmid. elsahuf@hotmail.com</p>
<p>Olivia*</p>
<p>         Desde su infancia, Olivia escuchaba dos voces, una masculina y una femenina, conversando con ella, haciéndole sugerencias, aconsejándola... a veces no se ponían de acuerdo entre ellas y tenía que esperar a que terminaran de discutir. También intervenían en sus sueños, pero era agradable no estar sola en aventuras y pesadillas.</p>
<p>         Se considera aceptable que un niño hable solo, tenga compañeros imaginarios... mas cuando creció y siguió conversando con algo invisible, sus padres se alarmaron. Olivia descubrió que aquello que consideraba muy normal era una aberración de su mente. Intentó acallarlas y, reconociendo su impotencia, se dejó arrastrar de psicólogos en psiquiatras, asesorar, hipnotizar, entrevistar, medicar... hasta que al fin pudo silenciarlas, con lo cual fue considerada apta para reincorporarse a la sociedad.</p>
<p>         Pretendió entablar conversación con sus padres y amigos, pero estaban muy ocupados; trató de hacerse escuchar por los médicos que la habían ayudado, pero ya estaba considerada cuerda; procuró nuevas amistades, mas cada cual estaba inmerso en sus problemas... Todo ser humano parecía estar demasiado atareado para hablar con nadie. Comprendió que estaba sola.</p>
<p>         Los demás siempre lo habían estado, no parecían entender su desesperación, lo raro era buscar compañía en un grado tan profundo como para compartir el alma... Con hablar del clima, la obligada pregunta de ¿cómo van las cosas? y algún otro comentario banal cuya respuesta ni siquiera era atendida, parecía bastar entre ellos. Ella siempre tuvo dos amigos, que si bien a veces eran atorrantes, no la dejaban abandonada como ahora lo estaba haciendo el mundo que le había impulsado a alejarlos.</p>
<p>         Se sintió triste, arrepentida de haberlas expulsado, pero no había remedio. Aprendió a vivir con ella misma, dejándose acompañar por los demás en el modo en que podían. Se volvió una joven melancólica... “Estuvo loca, es normal que le cueste adaptarse”, decían los que la rodeaban.</p>
<p>         Años después, las voces regresaron sin previo aviso. Su alegría fue tan grande que casi les grita un saludo. Pero miró hacia fuera, ahí estaba ese mundo de personas solas, distantes, que no consideraban aceptable estar todo el tiempo compartiendo el alma... Prudentemente, calló su voz externa y con la voz de su interior, les dio la bienvenida. Desde entonces conversa con ellas, en silencio, y puede contarles lo que sea, pues siempre le prestan atención, le dan consejos, le cuentan historias y la escoltan hasta en sueños. </p>
<p>         Olivia ha vuelto a sonreír, a veces ríe a solas. Pero ya no habla en voz alta y si le preguntan por las voces, niega su existencia. “Al fin se ha recuperado del todo”, dicen los que la rodean, satisfechos, y continúan sus vidas de soledad en compañía.</p>
<p>*de Marié Rojas Tamayo.</p>
<p>Escribir*</p>
<p>escribir<br />
es tener a quién decirle<br />
a quién contarle esta noche<br />
pero no contarle algo esta noche<br />
sino contar la noche misma<br />
porque hay sueños que se duermen temprano<br />
y no ven el resplandor<br />
de la luna demorada<br />
que pinta rojos<br />
en la estrella más temprana<br />
perezosa<br />
que se viste todavía de crepúsculo<br />
y antares desafiando brillo a brillo<br />
le presta un guiño a la maría<br />
de las tres marías más despierta<br />
y marca un juego de elástico de niñas<br />
con el extremo sur más sur<br />
de la cruz del sur<br />
y es el día que parece más temprano<br />
o la noche que parece menos tarde<br />
o el silencio<br />
que parece menos solo<br />
solo<br />
sólo por escribir</p>
<p>*de Lucía Cinquepalmi  luciaguionbajo@gmail.com</p>
<p>DE GRANDES Y PEQUEÑAS LLUVIAS*</p>
<p>Entonces vi caer la lluvia violenta, como grandes hilachas de sábana líquida.<br />
Caía sobre el campo mudo, con una violencia desmedida y corría desde la canaleta del techo con un chorro interminable y potente sobre el patio de ladrillos brillantes.<br />
El ruido sobre la galería de chapas era ensordecedor, pero grato. Nunca supe qué insondables misterios nos mueven –algo oscuro, arcaico- cuando en esa soledad sentimos lo que debió el primer hombre que la observó atónito, atemorizado desde la boca de la caverna.<br />
Los anillos caían hasta juntarse en el jardín llevándose las hojas secas, las pequeñas hierbas, los pétalos caídos del rosal que la madre cuidaba.<br />
Los teros, guarecidos bajo el ceibo troncoso, espinudo, hacían coraza con sus plumas acostumbradas desde siempre a la intemperie.<br />
Las gallinas -pensé- buscarán refugio arracimándose bajo esas tres coposas plantas de granada, viendo pasar indiferentes un brilloso ejército de sapos, únicos seres contentos con este diluvio.<br />
Lo bueno vendría al escampe, cuando reunidos sin previa cita en la esquina de esa cortada rica en gramillas, estrenaríamos los extraños barcos que fabricábamos con restos de maderas, corchos o cualquier otra materia flotante.<br />
La lluvia sin embargo nos ponía contentos. Andar descalzos entre el barro que prometía porrazos a cada tranco no omitía las carreras al costado del hondo zanjón donde las improvisadas embarcaciones competían tratando de llegar a la otra esquina donde se juntaban varios desaguaderos hacia el canal y los campos.<br />
Ganar una competencia no dependía tanto de la habilidad para armar un objeto más o menos flotante solamente, sino de otras muchas razones, como ser el azar de la corriente o una mata imprevista o inoportuna de gramilla que la fatalidad pusiera en el camino (ese camino de agua transitoriamente tumultuosa).<br />
Quitar el barquichuelo, posarlo nuevamente en el centro del cauce era perder el tiempo y puntaje, porque se consideraba una trampa elegir el centro rápido de la corriente para ganar el tiempo perdido.<br />
De todos modos la ansiedad nos ponía incansables y era cosa de volver a empezar luego de la primera carrera, volviendo al punto de partida, esa curva donde el agua venía con una fuerza considerable.<br />
Muy pocas veces parábamos y era para saltar el cerco de tejido y espinas de la quinta de don Clemente Gerlo y hurtarle alguna fruta para la merienda. Ninguna otra fruta tuvo en la vida el sabor inigualable de aquéllas que le sacábamos al pobre italiano que vivía de esa magra venta por las calles indiferentes del pueblo.<br />
¿Qué sadismo especial, qué inoportuna travesura nos hacía robarle frutas a ese pobre hombre que vivía con su mujer –doña Marianna- en esa humilde casa hecha de sombras y sombras de recuerdos y de olvidos de una península cada vez más lejana?. No lo sé.<br />
Tal vez –lo digo para defender a aquellos niños de entonces- la propia inocencia nos hacía tan crueles.<br />
Cuánta maldad inocente cometimos en esas vandálicas incursiones, que a veces –muy pocas- se organizaban de forma más “científica”. Y era, entrando de a uno para llenar los bolsillos y repartir luego equitativamente. O más bien diremos, casi equitativamente, porque se sabe que el riesgo es como una victoria que no da derechos pero sí prebendas.<br />
Bueno, eso creo yo, porque además nosotros aún no habíamos leído La guerra de las Galias.<br />
Esa actitud, o mejor esa actividad de pequeños depredadores nos ponía siempre en desventaja con respecto a las acciones futuras, ya que una infidencia a los padres nos valdría una paliza. ¡Y qué palizas pegaban los padres de entonces!.<br />
De todos modos la tentación era grande y lo peor es que esas mismas frutas estaban en nuestras casas, pero como el lector sabe, no tenían el mismo sabor que las que le hurtábamos al pobre don Clemente.<br />
Esas brevas goteando su miel delicada, dulce y ambarina. Esas naranjas con su jugo para la extenuación de los juegos, esas tunas tan ricas y pulposas, los melones que sonaban contra el suelo y una vez partido era el elixir amarillo seccionando en dos las siestas caniculares de diciembre.<br />
Y en invierno era la delatadora mandarina, sus cáscaras que tirábamos en el hueco musgoso de las alcantarillas que no guardaban el grillo cantor de la noche.<br />
Pero los días de lluvia tenían un encanto muy particular, porque tal vez vendrían mis primas con una fuente repleta de empanadas que hacía tía Ita, tan buena. O mi madre reinando entre hojaldres y azúcares nos pondría pronto en la cima más extática del mundo: en la perfección y la armonía que ya perdimos para siempre: esos pastelitos de dulces membrillescos, con su poca o su abundosa azúcar impalpable caída como nievecilla preciada.<br />
En el ámbito de la pequeña y humosa cocina donde la Istilart Nº 1 consumía sus marlos blanquísimos o su leño seco de acacia y déle crepitar aventando los malos humores que podrían sobrevolar en esas tardes de reunión holgazana en la humilde vivienda de mi más humilde familia.<br />
Convoco hoy ese espacio  -único, impoluto, irrepetible- tal vez para parapetarme del caos del tiempo, de la corrosión de los años y para que este recuerdo sea una moneda brillante entre el barro que nos tapa las paredes del alma.</p>
<p>*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar  </p>
<p>RÉQUIEM PARA UN ÁNGEL NIÑO* </p>
<p>Para Roberto Rojas Vergara</p>
<p>Pequeño rey en trono de rueditas,<br />
Niño eterno, Peter Pan,<br />
¿Es suficiente un verso para cantar tu despedida?</p>
<p>Que la última hora en este mundo<br />
De bandidos y princesas<br />
Te sea leve.</p>
<p>Que la oscura mensajera llegue,<br />
Tan sutil como tu sombra<br />
En el castillo sin almenas ni banderas.</p>
<p>Que el arco iris matutino,<br />
Reciba tu alma pura.<br />
Que no lloren las estrellas,<br />
Los caracoles que escondimos.<br />
Que canten los unicornios,<br />
Las flores que sembramos.<br />
Que no gima el mar tu ausencia,<br />
Navegante en barcazas de corcho.<br />
Que no te cubra la noche una vez más.</p>
<p>Parte en calma, dulce amigo,<br />
Mi alma volará esta noche en sueños<br />
Para dejar en tu frente el beso<br />
Que aún te debo.</p>
<p>*de Marié Rojas.<br />
(2005)</p>
<p>PROTOHISTORIA*  </p>
<p>“Soñé que era un ala, desperté con el tirón de mis raíces.”<br />
CLARIBEL ALEGRÍA - NICARAGUA</p>
<p>Cuanto daría por evadir la impiedad de esa noche.<br />
Cuanto daría, cuanto.<br />
Pajonal jadeante. Oscuridad.<br />
Abrumadora soledad del médano.<br />
Los pies descalzos han cruzado la gruta del deseo.<br />
Un enero de polvo desolado muerde la prisa del verano.</p>
<p>Aullido martillo. Viento pujante.<br />
Jano mira hacia el Este.<br />
Desnudez fecundada.<br />
Rosa abierta, desangrada y expuesta.<br />
Morir / nacer / penumbra / luz.<br />
Pájaros de papel buscan el crepúsculo  sangrante<br />
del día.<br />
La muerte no tiene futuro.<br />
Rompe el silencio la ternura enmarañada del primer llanto.</p>
<p>Han partido los huéspedes de sombra.<br />
¿Adonde irán? ¿Dónde los llevarán los médanos?<br />
¿Quién llevará la cruz y quién la espiga?<br />
Detrás ha quedado el agua, el eclipse, el brote.<br />
El cardal y una rama de sauce.<br />
Un país desconocido aguarda<br />
Cuánto daría por que vuelva esa noche.<br />
Cuánto daría, cuánto.</p>
<p> *de Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar</p>
<p>Aquella luz de abril*</p>
<p>*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar  </p>
<p>Antes los crepúsculos rodaban como peñones violetas sobre todas las conciencias en los atardeceres íntimos, quietos y un poco desolados. Era cuando el mundo comenzaba y, no era entonces importante un poco o mucho de tristeza, porque siempre había un motivo cierto de alegría, y también el sueño de uno que se inscribía en otro más alto, más grande, que abarcaría todo el futuro, donde los niños volverían a nacer perfectos, diremos parafraseando a César Vallejo.<br />
De todos modos, optimismo y juventud iban de la mano, aunque Borges supo decir no sin razón que a cierta edad temprana de la vida se sienta la vocación del sufrimiento, cuanto más gratuito y cuanto más pegado a los ideales, mejor.<br />
No era entonces raro -no podía serlo que tras una ilusión no importa si lejana, no importa que irrealizable, lo bueno era que una circunstancia feliz nos ponía con la energía a mil. Podía ser -según la edad una promesa, la de un juguete, por ejemplo, que nunca teníamos, o una salida al cine a ver una película esperada, o un viaje, o, ya más grandes, una fiesta, un baile, lo posible ponerse de poder mirar unos ojos anhelados y que, en lo posible, esos ojos nos miraran. Aunque sea, un poco, nada más.<br />
Todo esto nos serviría para esperar el sueño blando con una sonrisa que nuestra madre adivinaba en la profunda oscuridad.<br />
También estaba aquella pasión excluyente de entonces, el fútbol.<br />
Ya como meros espectadores, como hinchas o también como protagonistas de los picados de potrero o con los equipos: camisetas, pantaloncito y botines, se entiende.<br />
También estaba aquello de cierta luz evanescente, que subía en los atardeceres del mismísimo pasto ya expuestos o expectantes de rocío, que vendría en poco tiempo a fecundar esas hojitas verdísimas, alegres de tanto sol, de tanta luz, la misma luz que encendía hasta las más oscuras conciencias y las haría despertar.<br />
Era la luz sin embargo la que iba cambiando la ilusión de las cosas y a veces las trasportaba en mera ilusión de los sentidos, sobre todo en las siestas, cuando la luz densa de octubre filtraba ese polvillo que el poder de las flores diseminaba en el aire, y el polvillo que los vehículos esparcían sobre los seres, las plantas y las cosas mismas lograban un ámbito de inusitada rareza, algo que nosotros percibíamos aún sin observar demasiado.<br />
Esa es la luz que llevo conmigo, la misma luz que envolvía a mi madre, a sus quehaceres humildes pero fundamentales para que toda la casa funcionara como una pequeña orquesta, pero en esa misma pequeñez oficiaba de orden para que el universo funcionara, los animales parieran y los pájaros cantaran en su<br />
plena testarudez, con o sin sentido, con alegría obcecada, porque sí, porque obedecen a un orden que está por encima de la estupidez humana como esa pequeña florcita de malvón que no llega a rojo, pero se le aproxima cuasi pálido, no ostentoso, humilde, pero pleno en su esplendor que arrasa toda prevención, y alienta todo desatino, desde esas ollas viejas que ofician de macetas, y que mi madre dejó al pie del ceibo que sus manos plantaron y las dejó allí, con intenciones de seguir regándolas todas las mañanas, pero un día no pudo, y no por olvido voluntario, sino porque de improviso emprendió ese camino que le quitó de nuestro amor para siempre, aunque duela y no haya resignación posible y uno deba recordarla -como era- en un pasado que se torna irremediable a fuerza de ser inquirido.<br />
Pero así son las cosas. Así deberemos aceptarlas.<br />
Sin embargo, otro día, otra tarde se apea en mi recuerdo y no en octubre sino abril y media tarde. El perro ladra, un sulky se aproxima lentamente por esa cortada cubierta de gramilla donde nunca llega nadie, sólo tía Argía, muy de vez en cuando y lo hace en sus viajes al pueblo desde aquella chacra lejana, más lejana y sola en mi memoria.<br />
El caballo se detiene al chasquido seco de su látigo que golpea el aire seco, duro, como una lámina estática de aceite.<br />
Yo estoy feliz, y no sé por qué. Tal vez alguna víspera de un encuentro futbolístico, tal vez alguna expectativa de una salida al cine ya que rara vez me concedían ese esperado permiso.<br />
No sé, no sé.<br />
A veces vuelve esa tarde y vuelve esa luz que no eludía mariposas porque no era la época, pero sí los pájaros que en ese tiempo eran numerosos y esquivaban limpiamente los temibles gomerazos que dirigíamos a esa felicidad desprevenida que ostentaban un evidente desenfado, y, de vez en cuando uno<br />
caía con el piquito en sangre, asesinado.<br />
¿Pagaré alguna vez aquella punta de gorriones que se transformaban en almuerzos de mi gato?<br />
Hoy, adulto, apelo a mi inconciencia de niño, para dar una razón, a tanto daño inútil, evitable. Pero muchas veces uno -más en ese tiempo actúa por mera imitación, lo cual no quita la culpa, tal vez la morigera.<br />
Con esto quiero dejar constancia que un día de abril pudo ser confundido con el día de un octubre cualquiera, por la confusión de aquella luz que ponía vida, esplendor y alegría sobre las cosas.<br />
O, a lo mejor, digo, la alegría en mí por alguna cosa que ya no recuerdo, seguramente fútil, o no, tal vez son importantes en ese tiempo y hoy ya he olvidado, como tantas cosas en la vida.</p>
<p>EVOCACIÓN DE LA TIERRA MEDIA*</p>
<p>When Bilbo opened his eyes, he wondered if he had.</p>
<p>The Hobbit<br />
J. R. R. Tolkien</p>
<p>Soñoliento, el sol se iba tras las colinas.<br />
Las hogueras comenzaban a llenar los agujeros negros<br />
Dejados por el éxodo de la claridad.</p>
<p>Enormes mariposas sobrevolaban los rosales.<br />
El trigo, al ser mecido por el viento,<br />
Generaba una melodía plena de nostalgia.</p>
<p>Alguien se preparaba para contar una antigua romanza<br />
Con palabras siempre nuevas.</p>
<p>Al calor de las llamaradas, nos prestábamos a escucharle<br />
Con oídos siempre nuevos.</p>
<p>Una historia es como un río: irrepetible,<br />
Única,<br />
Aunque cambie de nombre al pasar de pueblo en pueblo.</p>
<p>Pensé: "Si pudiese retener una imagen<br />
Eterna en mis pupilas, sería ésta.<br />
Si me fuera dado elegir el momento<br />
Para abandonar el mundo, sería<br />
Este atardecer perfecto, rodeado de alas,<br />
rosas, trigo, brisa,<br />
De palabras en fuga al compás de la danza de las flamas".</p>
<p>Cerré los ojos, aspiré el humo de mi pipa.<br />
Y los abrí naciendo en esta vida.</p>
<p>*de Marié Rojas</p>
<p>PALOMA NEGRA*</p>
<p>“...tengo miedo de buscarte y encontrarte...”<br />
CHABELA VARGAS</p>
<p>Traigo una paloma negra.<br />
Sangrándome en el pecho.<br />
Espejo. Antiguo ser. Torcaza desterrada.<br />
Aletea. Cae. Garabatea mi inocencia con minúscula. Se levanta.<br />
Evita los abismos de mi carne.<br />
Sabe. No se improvisa el vuelo. Tampoco, hay cumbres imposibles.</p>
<p>Hay un afuera que golpea. Golpea, muy  adentro.<br />
Hay mujeres con zodíacos truncados.<br />
Dioses de cenizas. Pórticos cerrados.<br />
Manos con anillos, zurcidoras de azahares.<br />
Vientre  madre sandía, mente padre lenteja.<br />
Cleopatra copula en los andamios.<br />
Blanca nieve  es supervivencia. No enloquecer, enloqueciendo.<br />
Isadora aun no emprende el vuelo.<br />
El letargo tiene sabor amargo.<br />
La “casa del hornero” está vacía.<br />
Barby vive en un hospicio de 10 pisos.<br />
Tanto mides. Tanto pesas. Tanto vales.<br />
María soledad vende su hambre.<br />
Mitos y mordazas hacen olas.<br />
Un solo  hombre. Un solo bote.<br />
Solo cabe una. Arriba o abajo.<br />
Una sola: Eva o Lilith. Lilith o Eva.</p>
<p>Hay un adentro afuera.<br />
Un adentro que se desborda en verde.<br />
Un silencio de máscaras mayas.<br />
Una alborada fecundada en la sed y en la lluvia.<br />
Un hechizo de vuelos de caballos.<br />
Un pájaro en la mano de una rama.<br />
Un pulso de saliva y greda.<br />
Pezones tibios. Sangre leche.<br />
Una niña, un niño,  una huella.<br />
Que pronuncia tu nombre y el Nombre de tu nombre.<br />
Un secreto sabor. Un coloquio entre tres.<br />
Un as de bastos, una espada.<br />
Un oro y una copa. Un grial que se derrama.</p>
<p>Traigo amorosas palomas en mis siete mares.<br />
Vuelos. Tenues galopes, entrañables hiedras.<br />
Pero mi madera memoriosa,  no es velamen  de olvido.<br />
Traigo una paloma negra.<br />
Sangrándome en el pecho.<br />
Espejo. Antiguo ser. Torcaza desterrada.</p>
<p>*de Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar</p>
<p>CUANDO NO TE PERTENEZCA*</p>
<p>Me pregunto cuánto durará tu amor, qué parte de mí es la amada.<br />
Si es a mí a quien deseas o es a esta mujer que está a tu lado, que parece lo mismo pero no es igual.<br />
     Alejada ya de un hombre, me ocurre seguir preguntándome por su salud, por sus achaques, por sus afectos y su transitar por las aceras. Alejada ya definitiva, irrevocablemente, me ha ocurrido recordarlo con ternura, sonreírme en el colectivo, desearle en silencio y desde lejos un feliz cumpleaños, si necesitamos un ejemplo.<br />
     No soy afecta a recontar defectos, a caer en críticas de acero y piel desgarrada.<br />
     Me ocurre rememorar sin ira y con aprecio, me ocurre sentirme unida por un pasado común a ese ser que ya es un extraño, y que ya hizo que los días y las noches me fueran borrando de sus sábanas y del olor en los cabellos.<br />
     Y me ha ocurrido golpe tras golpe escuchar que la otra mujer, la mujer de antes de mi pareja ya no existe, no significa nada, es un fantasma, un cadáver amortajado en el extranjero. Es la madre de mis hijos dirá, es aquella con la que cometí el error de casarme, lo que sea, pero nada, nada de nada, ni un aleteo sutil de sentimiento, ni una rosa en el libro, ni una cajita de fósforos escondida en un cajón. Ni una sonrisa, por dios, para quien debe de haber reído, charlado, hecho el amor en un lejano tiempo de felicidad.<br />
     Yo no nací hoy ni me han parido ayer y sin historia. Los hombres que fueron parte de mi vida fueron queridos, y no reniego tan pronto ni tan levemente de los afectos. Quizás porque tomo tan en peso y profundidad la palabra amor es que me sea tan difícil pronunciarla. Pero yo los he amado a todos, y a todos los sigo queriendo.<br />
     No me mueve el que este hombre sea mío, que sea hoy mi pareja, novio, esposo, lo que sea pero mío. Lo quiero porque lo quiero, porque lo encuentro bueno, noble, propicio para la querencia. Puedo quererlo sin posesión e inclusive desde el abismo de las décadas o los kilómetros. Que no haya ni pueda haber un futuro compartido no quita la ternura ni la calidez de una caricia lejana.<br />
     Cuando me dicen que me aman, y cuando me lo dicen ahora mientras cocino, o escribo, o recorto una cartulina azul. Cuando me dicen que me aman, me pregunto cuánto durará este amor, cuán larga es su sombra, hasta adónde abarca. Me pregunto, mi amor, si tu cariño tiene una correa como esos perrillos volubles, que tan pronto saltan al amigo que llega, como le dan la espalda y son todo fiestas para el nuevo visitante.<br />
     Sin necesidad de que la estatua de alabastro sea de mi propiedad puedo disfrutar su belleza, sin que la magnolia presida mi jardín puedo admirar sus flores de gigante, sin que estés a mi lado puedo valorarte. Y no te negaré cuando la noche caiga, ni cuando el gallo cante hasta la tercera vez.</p>
<p>*de Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com</p>
<p>LOS GANSOS Y EL RUISEÑOR*</p>
<p>Un ganso que se enriquecía vendiendo plumas, enseñó a sus hijos desde muy pequeños el mismo oficio, enriquecerse desplumando a los demás.<br />
Una tarde de verano, después de haber comido hasta más no poder, tomaban el fresco soltando algún que otro graznido insulso sobre los negocios, cuando oyeron los melodiosos trinos del ruiseñor.<br />
El padre ganso lo llamó al cantor y le dijo que estaba muy deseoso de proteger el arte y que tenía suficiente fortuna para hacerlo, Le ofreció un puesto de maestro de música de sus hijos, la remuneración sería generosa y le daría casa y comida todo el tiempo que el aprendizaje durara.<br />
El ruiseñor no necesitaba mucha casa ni mucha comida, pero, artista incipiente, era tan pobre que aceptó.<br />
Al día siguiente empezó a querer dar lecciones a los gansos, pero por mucho que se esforzara nunca pudo conseguir que sus discípulos soltaran otra cosa que espantosos graznidos de ganso.<br />
El maestro, desanimado, probó un día y otro hasta que se fue a ver al padre de los gansos y le dijo:<br />
-Mire, señor, usted tendrá las mejores intenciones de fomentar el arte pero yo renuncio aquí mismo.<br />
-Pero, escúcheme, maestro ruiseñor, por qué va a renunciar? ¿No le conviene?<br />
-No hay caso, señor. Prefiero renunciar antes de perder mi garganta con esos alumnos. Sus hijos, como usted, han nacido sólo para ganar plata, no trate de hacer de ellos artistas. </p>
<p>*de Rubén Vedovaldi. RubenVedovaldi@netcoop.com.ar</p>
<p>*</p>
<p>Inventren Próxima estación: EDUARDO CASEY.</p>
<p>Colaboraciones a inventivasocial@yahoo.com.ar</p>
<p>http://inventren.blogspot.com/</p>
<p>*</p>
<p>Queridas amigas, apreciados amigos:</p>
<p>Este domingo 3 de enero del 2010 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor colombiano Jesús Pinzón Urrea. Las poesías que leeremos pertenecen a Flora Chavarry (Guatemala) y la música de fondo será de Rubén Carrasco (Argentina). ¡Les deseamos una feliz audición!</p>
<p>ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at<br />
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!  (Recomendamos usar<br />
http://24timezones.com/  para conocer las diferencias horarias).</p>
<p>REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!</p>
<p>Freundliche Grüße / Cordial saludo!</p>
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www.euroyage.org</p>
<p>Schießstattstr. 37    A-5020 Salzburg     AUSTRIA<br />
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<p><a href="http://bitacoradeunsociologofracasado.nireblog.com/post/2009/12/31/edicion-diciembre-2009#comments">Comments</a></p>]]></description>
	<pubDate>Thu, 31 Dec 2009 03:04:47 +0100</pubDate>	</item>
	<item>
	<title>QUE HAMACA SUS SUEÑOS EN MAREAS VERDES...</title>
	<link>http://bitacoradeunsociologofracasado.nireblog.com/post/2009/12/05/que-hamaca-sus-suenos-en-mareas-verdes</link>
	<guid>http://bitacoradeunsociologofracasado.nireblog.com/post/2009/12/05/que-hamaca-sus-suenos-en-mareas-verdes</guid>
		<description><![CDATA[<p>AGUARIBÁ*</p>
<p>“...suele haber un gajo de corazón que se queda cuando todos se van...”<br />
MARIO BENEDETTI</p>
<p>Es un árbol. No es de nadie<br />
Solo un árbol, mi árbol.<br />
Su nombre fue sagrado para el Inca<br />
Como  es para el pájaro  la rama.<br />
(Manco Cápac bebía de su sombra)<br />
Resistió la sequía y el horror.<br />
Hombres con miradas  relincho acorralado<br />
Envidiaron su destino de árbol.<br />
Tiene nombre mi árbol, yo le llamo Pimiento,<br />
Pero también Turbinto, Aguaribay<br />
- a él le gusta Aguaribá -<br />
No es de nadie mi árbol, de nadie,  pero mío<br />
Árbol mío, mi árbol.</p>
<p>Cauces secretos corren por sus venas.<br />
Cuando la sed me agrieta, transformada en murciélago.<br />
Pongo al revés el mundo y me sorprende el día.<br />
Colgada de sus brazos.<br />
Vuelvo a amamantarme de las tibias salientes<br />
El viento se hace cuna.<br />
Y bebo ciegamente.<br />
Bebo de mi árbol. Bebo.</p>
<p>Cuando llega el día de la rosa<br />
Abre sus brazos como llamando al cielo,<br />
Gigantesco pájaro  aleteando en vientos de pasión.<br />
Oh, esplendores de ramas. Sonoridad de aurora.<br />
La rosa  es escucha y beso. Rojo ardor.<br />
Y tiemblan, ambos tiemblan.<br />
Yo, testigo muda.<br />
No solo sus ramas se trizan también mi corazón.<br />
Es el tiempo del olvido, árbol mío. Mi árbol.<br />
Me escondo en un nidal de sueños<br />
Y  río. Río de cascabeles es mi árbol.<br />
Ríe conmigo, mi árbol loco. Árbol mío. Mi árbol.</p>
<p>Ayer ardía en furia.<br />
Impotentes sus ramas,<br />
Bandadas de palomas mutiladas.<br />
Su sombra, una carpa tormentosa.<br />
Fatalidad de árbol.<br />
Sin vainas para el niño.<br />
No hay pan, maíz, harina,  ni trigales,<br />
Ni siquiera está el niño.<br />
Solo un pan de luna amasado con llanto<br />
Y llora mi árbol, apoyado en mi hombro.<br />
Llora mi árbol, llora.</p>
<p>El árbol sabe de las calladas cosas...<br />
El silencio en la boca y el grito en la mirada.<br />
La niña aun no sabe del sabor de la pena.<br />
Con barriletes rojos en sus pies, es un ave que vuela.<br />
El árbol, secretos le desliza.<br />
Rama  que hamaca sus sueños en mareas verdes.<br />
Tiempo de madreselvas y de infancia.<br />
Ya vendrá otro tiempo, el tiempo de puñales.<br />
El que calla es mi árbol<br />
 Árbol mío que calla.</p>
<p>*de Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar</p>
<p>QUE HAMACA SUS SUEÑOS EN MAREAS VERDES... </p>
<p>SIGNOS DE ALBOR*</p>
<p>Versos y vientos de homenaje</p>
<p>ROBERTO OBREGÓN</p>
<p>No alcanzó a escribir<br />
     su último poema;<br />
sólo pudo, en la noche,<br />
     advertir<br />
la grieta ciega que se<br />
     abría<br />
y el dolor de todos,<br />
     que hizo suyo<br />
a cada hora, en cada<br />
     poro.<br />
Y hasta el viento<br />
     abismal<br />
     oyó su canto.<br />
Otra página, otra<br />
     jornada,<br />
extendida en zanjas,<br />
     respiros, quetzales,<br />
     pasadizos,<br />
que los días quedaron<br />
     guardando<br />
para siempre.</p>
<p>LEONEL RUGAMA</p>
<p>Jugaba al ajedrez y creía<br />
      --nunca<br />
dejó de creer-- y soñaba<br />
      --nunca<br />
cesó de soñar--. De sus<br />
      poemas,<br />
que en verdad no fueron<br />
      tantos,<br />
se desprenden un aire<br />
      libre<br />
y una necesidad de agua<br />
      limpia.<br />
Su corazón --se escucha<br />
      firme--<br />
saltaba en su pecho y<br />
      traqueteaba<br />
libertario. Escribió Túpac,<br />
      escribió<br />
Bolívar, escribió Sandino<br />
      y escribió<br />
el Che, como quien<br />
      convida<br />
una fruta, un camino. Y,<br />
      como todos saben,<br />
nunca se rindió.</p>
<p>JAVIER HERAUD</p>
<p>En Lima, en Cañete<br />
      y en Chiclayo<br />
siempre se lo recuerda,<br />
      también<br />
en Córdoba y en la<br />
      húmeda y dura<br />
Buenos Aires. Con<br />
      su candor<br />
y su alegría única,<br />
      fue<br />
nuestro Rimbaud; o<br />
      mejor:<br />
el precoz rebelde<br />
      francés<br />
fue el Javier Heraud<br />
      que dio<br />
la Europa del febril<br />
      movimiento<br />
obrero en la calle.<br />
      Los dos<br />
soñaron reinventar<br />
      la vida<br />
con sus versos y<br />
      entreversos.<br />
Uno cayó de febril<br />
      gangrena<br />
en una pierna; el<br />
      joven<br />
bardo limeño, a<br />
      orillas<br />
del río de la Madre<br />
      de Dios,<br />
bajo las balas del<br />
      ejército.</p>
<p>JACQUES VIAU</p>
<p>A avanzar y retroceder<br />
     aprendió<br />
de su familia que huía<br />
     de la muerte<br />
y atravesaba la frontera.<br />
     Y aprendió<br />
del llanto, lágrima por<br />
     lágrima<br />
y retazo por retazo,<br />
     desde<br />
Puerto Principe hasta<br />
     los barrios<br />
heridos del áspero dolor<br />
     dominicano.<br />
Recibió su herencia con<br />
     los brazos<br />
y el aliento, como quien<br />
     abraza<br />
un salvavidas, y se<br />
     dispuso<br />
a zurcirla como pudo<br />
     en la más cruda<br />
y caliente intemperie.<br />
     Su aguja<br />
quedó al rojo y sus<br />
     hebras<br />
tensadas trazaron un<br />
     dibujo<br />
que revela un pueblo<br />
     de pie<br />
en dura marcha.</p>
<p>      *De Eduardo Dalter. eduardodalter@yahoo.com.ar</p>
<p>Signos de albor está dedicado a cuatro jóvenes poetas latinoamericanos, víctimas del terrorismo de Estado que décadas pasadas asoló a casi todo el continente, y cuyos versos aún estremecen y palpitan.<br />
Buenos Aires, 2008.</p>
<p>* Los dos primeros poemas fueron publicados por Casa de las Américas, La Habana, 2009.</p>
<p>De Puerto Pirámides a Neuquén*</p>
<p> *Por Osvaldo Bayer<br />
Desde Bonn</p>
<p>El mismo día que llegué a Alemania recibí un paquete de Puerto Pirámides.<br />
Sí, de la lejana y bien querida Patagonia. Me informaban del éxito tenido con la acción "Poniéndoles nombre a las calles de mi pueblo". La más democrática de las acciones que se pueda uno imaginar. Toda una actividad comenzada hace tres años por la docente Eugenia Eraso y acompañada desde un principio por otros docentes y las autoridades municipales. Era necesario ya poner nombres a las calles porque la población había crecido.<br />
Pero esta vez se hizo al revés. Es decir, no se esperó que los nombres fueran puestos por las llamadas autoridades nacionales o provinciales -como siempre fue costumbre en nuestro país-, sino que las votara el mismo pueblo.<br />
Para lo cual se pusieron tres categorías de nombres. En la primera, "Nombres de antiguos pobladores y pobladoras de la península Valdés". En la segunda, "Pueblos originarios", y la tercera categoría: "Hombres y mujeres que tuvieron un rol protagónico en la Historia de la Patagonia". Para lograr lo<br />
primero, se movilizó a los alumnos mayores de 12 años del ciclo básico del nivel secundario de la Escuela N° 87, a fin de que ellos visitaran a todos los más antiguos pobladores y escucharan su opinión acerca de quiénes merecían que las calles de ese pueblo que ellos ayudaron a construir llevaran sus nombres. Durante dos años esos estudiantes salieron a la calle a buscar los datos, con lápiz, papel, grabador y cámara en mano. Recogieron y grabaron decenas de charlas de prolongada duración. Fueron a las raíces<br />
del origen. Es decir, se reunía a la historia con el porvenir, los viejos y los apenas salidos a la vida. ¿Por qué así? Lo dice la docente Eugenia Eraso: "La posibilidad de involucrar a los jóvenes con la población adulta ofrece una valiosa oportunidad de transformarlos a ambos en protagonistas en la reconstrucción y también en la proyección de la historia futura", y "así se deja de lado aquella postura de siempre de nombrar calles de las ciudades con los nombres que dicta la historia oficial".<br />
Es decir, un principio sano, bien democrático. Más en la Patagonia, donde todo se llama Roca, Perito Moreno y el nombre de todos los oficiales de aquella expedición militar que tuvo como objeto sólo quedarse con toda la tierra. "Recordar nuestros orígenes y a los primeros que vinieron desde otras latitudes", señala el proyecto. Y así fue. Se organizó luego una comisión de vecinos y de docentes, que actuaron junto a la presidenta del Concejo Deliberante local y el director de Cultura. Además, contaron con el asesoramiento de los historiadores de la Universidad de Trelew.<br />
Es la primera vez que se hace algo así en nuestra república: votaron todos los habitantes mayores de 12 años, es decir que también se integró en esta historia a los que asomaban a la adolescencia. Fueron votados así diecisiete nombres de antiguos pobladores. Siete, de los pueblos originarios, entre ellos los nombres tehuelches, Cacique Inacayal, Cuadro del Indio, Aymé Payné, Cacique Sayhueque, y Nancuyeo, y una de las principales calles llevará precisamente ese nombre: Pueblos originarios. Y siete, de<br />
protagonistas de la historia patagónica. En esta categoría, el más votado fue el nombre de Peones patagónicos, en recuerdo de los trabajadores de la tierra fusilados por el 10 de Caballería en las huelgas de 1921; y en segundo lugar, nada menos que Facón Grande, el nombre que le asignaron las<br />
peonadas a ese gaucho que salió en defensa de los huelguistas y murió ejecutado por los militares. Otros de los votados fue el nombre del abogado Mario Abel Amaya, desaparecido por la última dictadura militar. También se eligió como nombre a Hermanos Cugura, dos jóvenes chubutenses, desaparecidos<br />
durante la dictadura de Videla.<br />
Es decir, la opinión del pueblo, debido a una proposición venida desde las bases. Todo un ejemplo a seguir. Vemos así cómo se aprende de la verdadera historia. Y cómo, con el tiempo, los valores éticos van derrotando a la historia oficial: Peones patagónicos, Facón Grande, Mario Abel Amaya, Pueblos originarios, Cacique Inacayal. Justamente Ina-cayal, el tehuelche que fue exhibido en el museo de La Plata por el perito Moreno, y que al morir, pronunció estas palabras: "Yo, hijo de esta tierra... blancos<br />
ladrones, matar a mis hermanos, robar mis caballos y la tierra que me vio nacer... ahora prisionero... desdichado". Ahora lo recordará para siempre Puerto Pirámides. Algo para aprender.<br />
Como decimos, en la historia -a veces tarda- finalmente triunfa la Etica.<br />
Porque también en nuestra querida Patagonia, justamente el próximo martes, se llevará a cabo, como todos los años para esta fecha, el acto de recordación de los peones rurales fusilados en 1921 en la estancia La Anita, propiedad de los Braun Menéndez. Organizado por la Comisión de la Memoria de<br />
las Huelgas Patagónicas de 1921, que preside el historiador Luis Milton Ibarra Philemon, se llevará a cabo ese acto justamente en el cenotafio que recuerda a las decenas de trabajadores fusilados en dichas huelgas rurales.<br />
Concurren siempre muchos patagónicos, principalmente estudiantes universitarios y secundarios y representantes de los trabajadores rurales.<br />
Pero creemos que ha llegado el momento de solicitar que se inicie de una vez también la reivindicación de tantos seres humildes asesinados por el poder, dado que fue el presidente Yrigoyen quien dio el bando de la pena de muerte al teniente coronel Varela, jefe del 10 de Caballería para terminar con los<br />
huelguistas. No hace mucho tiempo, en una entrevista que tuve con el dueño de la estancia La Anita, Federico Braun, le sugerí que donara una cuarta parte de su extensísima estancia a los trabajadores rurales para que ellos organizaran una cooperativa de trabajo y producción. De esa manera, se<br />
indemnizaría en el recuerdo a aquellos otros humildes trabajadores que fueron fusilados por pedir tan poco, justo en esa estancia. Pero el latifundista Federico Braun se hizo el desentendido. Creemos que ya es hora de que la Legislatura santacruceña expropie una parte de esa estancia y promueva esa cooperativa. Fueron los poderes públicos los responsables.<br />
Tiene que haber una respuesta ante tanto crimen. Es hora de comenzar a discutir esto que se mantiene sólo como "un error del pasado".<br />
Errores que seguimos cometiendo los argentinos. Porque demos vuelta la hoja, hasta aquí, en Europa, ha llegado el eco de un nuevo hecho vergonzoso que acaba de ocurrir en suelo argentino, que lo llena a uno de dudas y de profunda indignación. El desalojo brutal a que fueron sometidos los habitantes del espacio ancestral de la comunidad Paicil-Antreao en la ladera del cerro Belvedere, en Villa La Angostura, sur de Neuquén. Aquí se ha podido ver por televisión la entrada brutal, la destrucción de las viviendas, a palazo limpio, y la humillación a que fue sometida esa población originaria por parte de la policía neuquina y parapoliciales. Todo porque el latifundista norteamericano William Fisher lo solicitó al juez<br />
Videla, quien aprobó el desalojo. Ya se ha vuelto cosa común en la Patagonia. Se vende toda la tierra -ver el caso Benetton, con casi un millón de héctareas- al mejor postor, sin tener la menor consideración con las familias autóctonas que viven desde hace siglos en esas regiones. Lo escribimos ya en estas contratapas cuando se desalojó a la familia Curiñanco-Nahuelquir, en Leleque. Ahora es el gobernador Sapag que permite la actuación de parapoliciales en el caso Paicil-Antreao. Pero, uno se pregunta, ¿no hay otros procedimientos? Por ejemplo, ante todo, respetar el derecho a las familias con sus hijos a tener un techo en tierras que siempre fueron habitados por ellos. Es que en "la práctica" la moral se mide por los millones de dólares que pone un extraño sobre la mesa y al cual nuestra Justicia le da derecho a la vida y a la muerte de los demás, más siendo éstos humildes. Porque no exagero, si esas familias se hubieran resistido con violencia, la policía neuquina y sus parapoliciales habrían dejado<br />
tendido en el suelo a más de uno, como ya lo hizo con el maestro Fuentealba.<br />
Parece ser que los gobernadores de Neuquén toman como modelo a Sobisch.<br />
La pregunta, entonces, es: ¿cuándo se van a poner los derechos humanos -más cuando se trata de familias- por delante del dinero en nuestro país? ¿Cómo es que la provincia de Neuquén -en su Justicia y sus autoridades de gobierno- no atendió primero los intereses de las familias antes que los intereses mezquinos de un dueño de todo menos de la moral? Más teniendo en cuenta que esas poblaciones son milenarias y que debe respetarse su falta de sentido de la propiedad, que los enaltece ante nosotros.<br />
De Puerto Pirámides a los actos reivindicativos en la estancia La Anita, sí, pero... para finalizar con la ignominia de los palos a la comunidad Paicil-Antreao. Un tiempo argentino. ¿Y el pensamiento de los héroes de aquel 25 de mayo de 1810, dónde queda? ¿Y nuestro Himno con ese verso definitivo "Ved en trono a la noble igualdad, Libertad, Libertad, Libertad"?</p>
<p>*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-136461-2009-12-05.html </p>
<p>La mujer de 102 años que no puede olvidar*</p>
<p>*Jorge Fernández Díaz<br />
LA NACION</p>
<p>FOTO<br />
Para una lectora voraz y consecuente como Esther Menassé, no poder leer es un castigo cruel y paradójico Foto: LA NACION   /   Gustavo Cherro</p>
<p>La mujer está casi ciega, tiene 102 años y aún recuerda la línea verde en los dientes de aquel chico de 14 que murió, literalmente, de amor por ella.<br />
Era un vecino de enfrente que estudiaba en el Liceo Naval, quería ser marino y tenía una pistola.<br />
El muchacho había nacido en La Pampa, en algún lugar donde el agua manchaba, y tenía una sonrisa decepcionante con esa maldita línea que, a la mujercita, tanto le repelía. El marinerito la requería en amores, pero ella le escapaba al convite. Entonces, un día, el muchacho se pegó un tiro.<br />
Todos quedaron espantados en el barrio y algún tiempo después el hermano mayor de aquel malogrado cadete llamó a la chica de enfrente y le hizo una extraña pregunta: "¿Pero por qué no lo querías?" A lo que la chica respondió llorando: "Porque tenía la línea verde en los dientes". Y no paraba de llorar y de decirle a todo el mundo: "Si él me hubiera dicho que se mataba, yo lo habría querido. Lo juro. Lo habría querido".<br />
Esther Menassé podía haber quedado signada por aquel amor contrariado, por aquella tragedia adolescente y barrial. Pero resulta que aquella niña siguió adelante. Se convirtió en mujer, conoció el amor verdadero, militó en política y fue presa, sobrevivió a grandes dolores y cruzó el océano de los<br />
tiempos para estacionarse en este jardín geriátrico, donde estamos sentados alrededor de una mesa de cemento que tiene tallado un vano y percudido tablero de ajedrez.<br />
Esta mujer fue una de las primeras doctoras en Química del país, pero no tiene una historia heroica. Su periplo a través de las décadas es apenas la constatación de cómo cambian los hombres y los tiempos, y cómo algunas personas son capaces de la longevidad por el simple procedimiento de "dejarse vivir por la vida", como afirma ella con una calma paranormal.<br />
Su padre nació en Turquía. Pertenecía a esa comunidad de hebreos sefardíes que habían sido expulsados de España en 1492 y que hablaban el ladino, una lengua judeoespañola. Pero estudió en París e íntimamente se sentía francés.<br />
Era un lector infatigable y ese vicio tocó luego a su mujer y descendió más tarde sobre sus hijos.<br />
Menassé, sin embargo, no logró quedarse en Francia. Aceptó una invitación para venir a enseñar como maestro a los inmigrantes de la colectividad que querían establecerse en la provincia de Entre Ríos. Allí no pudo evitar tampoco el cliché literario: se enamoró de una alumna. "Mis padres nunca fueron novios, ni marido y mujer -me dice Esther con la mirada perdida-. Mis padres toda la vida fueron amantes."<br />
El maestro trabajó como tenedor de libros y traductor, se casó con la alumna y viajaron juntos a Turquía para ver si podían vivir en esa exótica tierra de misterios. Pero la madre de Esther fue contundente: no había en Turquía tantas estrellas como en Entre Ríos. El cielo estaba en la Argentina.<br />
Esther nació el 11 de mayo de 1907, cuando ya se habían instalado en la zona del Abasto, y creció atestiguando la pasión de sus padres. Esa pasión amorosa era una energía resistente y enceguecedora. Tan notable que no se opacaba por la rutina ni por los quehaceres de la familia ni por el agobio del trabajo. Ese hombre y esa mujer se hablaban en francés, se acariciaban y contemplaban, y lograban vivir su amor en estado de romance perpetuo dentro de una burbuja, donde sólo sonaba la música de su apego. Y lo hacían sin abandonar a sus siete hijos, lo que resultaba doblemente milagroso.<br />
A la madre de Esther le decían Gran Mamá. Cuando su marido murió, Gran Mamá quiso también morirse. Pero salió adelante, y pidió a su turno ser enterrada dentro de la misma tumba que ocupaba el amor de su vida. Quería vivir con ese hombre único toda la eternidad. Hubo que hacer trampa en el cementerio<br />
para cumplir su deseo. Los hijos, yernos y amigos formaron un cerco humano alrededor de la fosa reabierta del hombre para que los enterradores ampliaran, sin ser vistos por extraños, el pozo y bajaran el ataúd de la mujer.<br />
La infancia de esos niños fue dichosa, salvo aquel suicidio que dejó a Esther Menassé envuelta en recriminaciones personales y en desdicha. No logró enamorarse por un largo tiempo, pero cuando un hermano de Gran Mamá que provenía de Moldavia se estableció cerca, ella se hizo amiga de sus primos, y tuvo un presentimiento con uno de ellos: Tomás, un rubiecito que realmente llamaba la atención.<br />
La rondó, en esa primera juventud, un amigo de la familia, el Negro. Pero ella empezó a fijarse cada vez más en su primo, y hubo un momento en que viéndolo alejarse por la calle, luego de una visita a su casa, se preguntó algo íntimo: "¿Será con este muchacho con el que al final voy a casarme?"<br />
Fue un pensamiento sorprendente que la dejó alelada.<br />
Tomás Bronstein quería ser médico, y ella estudiaba química. Pronto se hicieron inseparables. "Primero íbamos de amigos -me dice Esther en este jardín de sol donde se ha puesto a recordar-. Era una familia de cultivadores, y él un día vino del campo y me dijo: «Mirame las uñas, me las limpié por vos». El paso de la amistad al amor fue muy natural."<br />
Remaban juntos en el Tigre y hacían natación, y pasaban horas y horas en el río contemplando las maravillas del Delta. Se casaron en 1932, y se mudaron a una casa de Liniers. Tomás se transformó rápidamente en el médico del barrio, y Esther entró en la Oficina Bromatológica municipal. Pero lo<br />
central que ocurrió en sus vidas fue que abrazaron las ideas del comunismo.<br />
Se metieron en la Sociedad de Fomento del barrio, compraron en el Tigre 50 sillas y facilitaron la inauguración de un jardín de infantes. Liniers era, por entonces, un territorio lleno de zanjas y barro. Y los comunistas militaron con ahínco para el progreso. El PC argentino era una verdadera religión que los arropaba y protegía. Creer en algo es maravilloso y a la vez aterrador. Tuvieron tres hijos, entre ellos Daniel, que está aquí junto a su madre en el jardín de un geriátrico ayudando a reconstruir el<br />
rompecabezas de sus vidas.<br />
Me cuenta que su madre conducía la versión local de la Unión Mujeres de la Argentina, un sello comunista, y que su padre era un líder zonal a quien Perón había dejado cesante del Hospital Piñero. También que se involucraron en la Guerra Civil española para defender a los republicanos y en la Junta de la Victoria, una organización en apoyo a los aliados que enfrentaban a Hitler y a Mussolini. Los comunistas veían en el régimen de Perón rasgos de fascismo italiano.<br />
En marzo de 1955 tomaron contacto con miembros de la Iglesia, y bajo sospecha de conspiración fueron presos varios integrantes del partido.<br />
Acostumbrada como estaba a los vaivenes de la política, Esther no se preocupó demasiado. Daniel visitó a su padre en Villa Devoto, y éste le presentó a Osvaldo Pugliese, el maestro imperturbable. Su orquesta seguía tocando sin pianista y sobre el piano había siempre un clavel rojo como símbolo de homenaje y resistencia.<br />
Una semana después dejaban libre al doctor Tomás Bronstein. Pero el 16 de junio de 1955, su hijo lo llamó para decirle que estaban bombardeando la Plaza de Mayo y que no podía ir al colegio. Daniel era alumno del Colegio Nacional de Buenos Aires, y su padre creía que le estaba haciendo un cuento para faltar, de manera que le prohibió regresar a casa. Al médico le parecía un supremo delirio pensar que podían estar tirando bombas sobre los alrededores de la Casa Rosada. Daniel estuvo largas horas dando vueltas por el centro, sin poder comunicarse y sin lograr volver a Liniers, en medio del caos, hasta que muchas horas después llegó cansadísimo y su madre lo abrazó llorando: creían que estaba muerto.<br />
El médico regresó a la cárcel con el Plan Conintes y después toda la familia quedó comprometida por plegarse a la huelga ferroviaria contra Frondizi. Ese día fatídico, sólo Daniel quedó indemne, me cuenta Esther. Ella, Tomás y su hija Diana estaban en el local de la Unión Ferroviaria de Liniers cuando fue<br />
declarada ilegal la huelga.<br />
Llegó de pronto la policía y se llevó a todos en un colectivo. A las mujeres las condujeron a la cárcel correccional de Humberto I, y a los hombres, a Devoto. Y al otro hijo, Pablo Bronstein, lo detuvieron en la calle mientras pintaba arengas en los muros y lo trataron con dureza en una comisaría.<br />
Después estuvo preso quince días en el reformatorio Agote, y un juez le dio una brocha gorda para que pintara esas consignas en una pared blanca y pudiera probar que no se trataba de su letra. Fue finalmente absuelto, pero del reformatorio Pablo volvió con un diente roto.<br />
Correrías políticas de un siglo agitado, y de una familia que creía en el socialismo real y en "el hombre nuevo". Y que no podía aceptar los errores del stalinismo: "Nos parecía que eran propaganda de la CIA y del imperialismo yanqui". En 1971 el médico reunió a sus hijos y les dio una noticia fuerte: "Hace tiempo que las cosas no andan bien con su madre. Y yo tengo una relación. Vamos a separarnos".<br />
Para los hijos ellos eran la pareja perfecta, y entonces la decisión de Tomás los partió al medio. Esther se quedó dolorida y se sintió abandonada.<br />
Pero al tiempo pudo reconstruir su vida sentimental. Apareció aquel amigo de la familia, el Negro, que la había pretendido en la juventud y que ahora había enviudado. Era una asignatura pendiente y Esther probó una convivencia que no duró demasiado. En 1987 a Tomás se le declaró un cáncer, con dolores<br />
tremendos, que lo fue consumiendo día tras día. Esther Menassé se pone a llorar mientras me relata este momento: hacía rato que estaban divorciados, pero ella sufrió terriblemente aquel penoso adiós.<br />
El finado tenía una pinta que rajaba la tierra; por su velatorio desfiló una legión de antiguas pacientes femeninas, que lloraban a moco tendido por el galán del estetoscopio. La vida es una tragicomedia, y Esther remontó esas aguas cambiantes con filosofía. Aún en los momentos más tenebrosos, como en<br />
la última dictadura militar, donde varios amigos se perdieron para siempre.<br />
Desde muy joven fue adicta a las novelas rusas: Tolstoi, Dostoievski, Chejov, Gorki. Y después leyó todo lo que cayó en sus manos. Fue una química destacada, viajó por el mundo y al final dejó el comunismo como tantos creyentes: con dolor y con una amarga sensación de orfandad. "La caída del Muro de Berlín obedeció a los sentimientos humanos", me explica. "No fue la política, fueron los sentimientos."<br />
Dejó el comunismo, pero nunca el espíritu de solidaridad. "Cuando me piden consejos para vivir mucho y bien, yo siempre les digo: ayuden. Ayudar, ayuda." Luego agrega dos recomendaciones: "Sepan ver a los demás. Verlos. Y sean sinceros; no se engañen a sí mismos".<br />
Tiene nietos y bisnietos, pero extraña ante todo los libros. Para un lector voraz y consecuente no poder leer es un castigo cruel y paradójico. Está casi ciega y bastante sorda, pero le queda su memoria increíble. Recuerda a una lejana amiga que murió. Coquetear con la inmortalidad es también tener<br />
la condena de enterrar a tus propios amigos. "Se llamaba Lilia y era muy buena -me dice-. Tejíamos juntas para los pobres y los colegios de frontera.<br />
Y un día le pedí un préstamo importante para un hijo y me lo dio sin dudar y sin firmar nada. Le devolvimos todo, pero ese gesto, ese don, nunca pude olvidarlo. Un día se cayó y se rompió la cadera, y la operaron y se murió. Y yo llegué un día tarde. Un día tarde."<br />
Se ha quebrado de nuevo. Trato de sacarla de tema. Quiero que me cuente cómo es tener 102 años. De perfil, mirando la neblina de la vida, me dice: "Hay ancianos que sólo esperan. Por la mañana esperan el almuerzo. Por la tarde, la cena. Esperan, en verdad, la muerte. Yo no la espero. Pienso mucho. Me<br />
trabaja mucho la cabeza. Tengo mucho en qué pensar".<br />
Acaricio el ajedrez de la mesa. Se está terminando la tarde.</p>
<p>El personaje</p>
<p>ESTHER MENASSE<br />
Una vida con amor, militancia y memoria<br />
Quién es: tiene 102 años y está casi ciega. Fue una de las primeras doctoras en Química de la Argentina. Trabajó en la Oficina Bromatológica municipal. Y también en Bahía Blanca, en la Oficina Bromatológica nacional.<br />
Qué hizo: militó en el Partido Comunista Argentino y fue testigo de las correrías políticas del siglo XX. Vivió en Liniers. Tiene 3 hijos, 8 nietos y 10 bisnietos.<br />
Qué hace: para vivir una buena y larga vida hay que ser solidario ("ayudar, ayuda"), ver a los otros ("verlos realmente") y no mentirse a sí mismo.</p>
<p>*Fuente: LA NACIÓN http://www.lanacion.com.ar/nota.aspnota_id=1207929&pid=7816074&toi=6267</p>
<p>Perochena filosofa sobre Papitas*</p>
<p>El general Italo Perochena se está jactando ante la prensa que detuvo al Papitas. Estas son noticias que connotan «esperanza para la gente buena y decente» del Valle de los Ríos Apurímac y Ene. Según dijo, la gente «buena y decente» es la que odia a Sendero Luminoso y lo que sobreviva de esa guerrilla.</p>
<p>José alias 'Papitas' está vinculado al Camarada Artemio y los hermanos Quispe Palomino, principales cabeclllas de Sendero Luminoso. En el Sur del Perú, Papitas era uno de los acopiadores de drogas. «Uno de los grandes traficantes que, en conjunto, han financiado activos montantes a 6,500 millones de dólares, lavando dinero de mafias de México y Colombia, entre otras cosas». En estas operaciones sospechosas, hay algo más que narcotráfico. Hay asesinatos, corrupción y secuestros.</p>
<p>El General Perochena pone cara dura a los flashazos de cámaras y, ante micrófonos que parecen ir como tentáculos ávidos de tapar su boca, filosofa. A él le gusta figurar publicitariamente, hilvanar discursos. Las cámaras de TV le dan close-ups para que a su rostro no lo olvide ningún narco. El es el Ajusticiador, el implacable supresor de subversivos y criminales. El no tiene temor a que sicarios lo hagan más célebre que al Papitas.</p>
<p>Fue Fujimori quien lo hizo famoso en el 1990 y le dio rango en la Armada, por atreverse a acharcar, después del arresto del Senderista Mayor Abimael Guzmán, 70,000 muertos al senderismo. Desde la cárcel Guzmán alegó y hasta ha escrito un libro para sustanciar el análisis que: «Esos muertos, sean 70,000 o menos, no son míos. Los asesina la policía y el ejército, en las faena represivas de ir buscándonos; porque luchamos contra la corrupción rampante en el gobierno, la desigualdad entre poder oficial y pueblo. Aportamos la presión revolucionaria y la praxis para cumplir objetivos que planteara Mariátegui mucho antes».</p>
<p>Ahora que Sendero Luminoso quiere convertirse en partido, a Perochena le dicen que haga ruido. Que sea más demagogo que Guzmán con su libro. «La producción anual de cocaína en Perú pudieran ser hasta de unas 300 toneladas métricas. Lamentable es que el gobierno carezca de la capacidad de decomisarla toda. En lo que va del año, el decomiso ascienda a 20 toneladas. El desempeño, sin embargo, ha sido mejor en el renglón de captura y encarcelamiento de más 400 acusados de tráfico ilícito de drogas en los años recientes».</p>
<p>«Papitas es un ejemplo». Dice que es un reo de particular significación. Es un asociado del Camarada Artemio. Es sangre leal a los Quispe Palomillo. «Son primos. Son los porteros del acceso y prebenderos el tráfico». Los senderistas permiten a los clanes de la droga el acceso al tráfico de remesas por el Valle de los Ríos Apurímac y Ene, protección en la clandestinidad que provee la selva. «Mafia y senderismo se co-auxilian y tan culpable es el que mata la vaca, como el que le agarra la pata». En el Valle, hay laboratorios clandestinos, zonas de cultivo y rutas hacia cuatro departamentos peruanos que son salidas del litoral hacia Bolivia y Brasil.</p>
<p>El General Perochena ejemplifica con Papitas, de 34 años de edad, el drama peruano del narcotráfico. Lo exhíbe mustio. Han humectado su cara con la Salsabritas, de «Tostitos», elaborada por Chamoy, para que parezca sucia y con color sanguinolento. Le embadurnaron el pelo con una salsa de soya de la marca «Angostura». Que no se digan que no saben condimentar a Papitas. En la Cocina de Perochena, ya hay recetas para la captura de otros capos.</p>
<p>Se dijo, no hoy por boca de Perochena, que hay una caja preparada para un tal Tineo «Box», donde se echarán los cojones de este capo, porque le tienen ganas funcionarios de la jefatura policíaca. Lo quieren de Capo Capado. A un tal «Salvador» (ha de ser Luis Lagos Lizarbe) le preparan una cruz para colgarlo como a Cristo, porque es un blasfemo. Maldecir a Dios lo hizo anti-cristo y un ladrón sin arrepentimiento. Al Chato Adrián le harán que arda su pene con el fuego de una vela para que sea un Velarde de veras. Le afilarán la chatura de la nariz (que sí, chata la tiene) con un buril.</p>
<p>«Todos esos capos vistos en compañía de Alipio caerán en nuestro puño, o haremos que se maten entre ellos, con los llamados ajustes de cuentas». Perdón: el periódico amarillista habrá citado mal. Perochena dijo: «Todos esos capos han sido visto en compañías del Camarada Artemio, mas cuando se vuelva a verlos será cuando estén en el puño de las autoridades; o recojamos sus cadáveres porque se han matado entre ellos, con los llamados ajustes de cuenta».</p>
<p>Explica que, en 2004, sucedió uno de tales ajustes.Durante una previa captura del Papitas, sus hermanos Felipe y Emilio López Quispe y su cuñada Gloria Untiveros, aún cuando llevaban consigo168 kilos de cocaína, hubo que soltarles . «Y los habíamos interceptado en el distrito de Comas. Sabíamos que abastecían a Numa Soto. El Poder Judicial les dejó en libertad a todos y dijimos, carajo, así no se acabará jamás con esos cabrones... Pero, como policías, hicimos bien el trabajo. Entre ellos sembramos la duda. Una cizaña. 'Ustedes están cometiendo muchas pendejadas', le dijimos. Quien ha venido a sacarlos del encierro, se ha convertido en cómplice e irá al registro policíaco. Se vuelven vistas... Les dimos esos temores, con pistas falsas y recelos. Fue la razón por la que mataron a Gloria de tres balazos. La hallamos muerta en Caranayllo».</p>
<p>«Al Papitas le dijimos, desde 2004, que sus verdaderos enemigos vienen de Tijuana y se reúnen en Sivia (Ayacucho) para quitarle territorios y la clientela de Numa Soto Sánchez. Estos tipos descerebrados, cuyos córtex prefrontal es menor a un granito de mostaza, estos seres con disfunciones en la amígdala cerebral, no soportan el estrés de una sospecha. No están hechos para la amenaza y el miedo. Son adrenalina sin cautela ni sosiego... Ellos mismos nos llevaron al predecible movimiento de sus pasos cuando se les informó inductivamente: 'Hay un ex-empleadillo del Congreso, que se llama Max Caller que quiere joder a Numa, si es que tu jefa, e irse con la nueva gente de Tijuana'. ¿Comprende usted cómo maquiavelamos? Entonces, se ajustan cuentas entre ellos, se matan, avisan a la policía. 'Max lleva 144 kilos de cocaína. Vayan por él y su cómplice para que salgan como heroicos militares en la prensa».</p>
<p>Y, claro está, el General Italo Perochena se prende todas las condecoraciones al pecho. Sale como un pavo, con el ego inflado ante la prensa. El mismo convoca los medios y se quita las gafas, aunque le moleste el flasheo de cámaras fotográficas y otros reflectores de luces que aseguran la nitidez de la imagen en los canales.</p>
<p>Aunque haya sido fabricada la pista, el empresario maderero de Iquitos, naufragó en el embuste. Es un cómplice de Max. «Esto fue una jugada policíaca. Seguro que Perochena lo manipula todo»... Y sacan cuentas, ¿cómo fue que Perochena y la Dirandro me capturó en Ayacucho? En la cárcel hay tiempo demás para ver el panorama, lo que antes no vieron. Meditan sí, tardíamente, cuando ya se jodieron... Claro, allá tiró o puso la carnada y, como un pez que no discierne, allá fue el Papitas, como un pobre pendejo... y lo aprehendieron. Y fue así, con mentiritas, que apresaron al mismo fundador de la AeroContinente, una aerolínea que sirvió a todo el mundo, con dinero de narcos y asesinos.</p>
<p>«Fernando Zevallos decía, ¿se atreverán tocar a todo un prestigioso empresario como yo? No creo que la Dirandro se atreva... Lo que no sabía Zevallos es que para un Zevallo hay un Perochena, que para un empresariazo hay un generalazo, que sabe cómo funcionan las mentes antisociales y predatorias, que sabe olfatear a quiénes tienen el córtex prefrontal más pequeño que el culo de una virgen, de las que nunca peda... Queríamos a Numa Soto, prima de Ramiro, el madero, detenido con Max en San Martín de Porres. 'Y, ¿dónde está la madera, Max, de tu íntimo amigo Ramiro Sánchez?»</p>
<p>Supuestamente, 'Forestal Export Punchana', 'Industrial Maderera Punchana', 'Cumala SAC' y 'Forestal Maderera El Pino'... «y veo que. si tan listo es Max, asesor de parlamentarias como Nancy Obregón, del Partido Nacionalista, si tan listo es como dice, ¿por qué tiembla ante lo que pregunto? Hay menos madera en esas empresas y exportadoras de Punchana, que leña en la chimenea de mi casa, ¿qué carajos exportan? ¿Será papas como Papitas? Se me caga el Max. E interrogamos después a los que son más idiotas. A Dévora Soto, a otros dizque socios de Ramiro. En fin, cayeron las compañías de fachada en Iquitos y, así por igual, empresaritos de cocaína y lavado de dinero». Entre ellos Roger Valles Pezo, Julio Donayre Ribeiro y Eleno López Cárdena.</p>
<p>Pero ésto es asunto menor respecto a quiénes son los cabecillas que Perochena quiere tras la rejas. El proceso comienza con preguntas incómodas para exhibir si de veras tienen o no un poquito de amígdala y córtex prefrontal dentro de la cabeza. «¿Cómo quiere que le llame a usted: Papitas o José, cómo es que se llama usted César Cataño si sus huellas digitales corresponden a otro? En su acta natal y cartilla militar, su nombre se corresponde a Adolfo Carhuallanqui Porras. ¿Cómo si es modesto empleado, al parecer, su patrimonio enorme? ¿De veras ganó una lotería? Déme fechas... mire usted se cagan».</p>
<p>«Cuando investigábamos la masacre de Lucanamarca en 1983, fue que vine a conocer a los parientes, o ancestros del Papitas. Al primero que conocimos fue al que dijo llamarse Glicerio Aucapoma. «Ni mierda. Suena a invento». Entonces, par de golpes, ahí en zona de los cojones y el nombre real le baja de la boca. Víctor Quispe Palomino. Había sido estudiante de Antropología Social. Gente blanda como son las de Umaro (Vischongo). No todo Ayacucho es bravo. El aprendió a usar armas de grueso calibre y a preparar explosivos; pero seguía siendo un Abimaelito Guzmán en chiquito, gente que habla muy lindo, pero se trinca al roce y al asomo de un alicate en las pelotas... Su testimonio fue casi voluntario. Es un marxista. Estuvo en el mando político de Sendero Luminoso... Sí, soltó bastante sopa y, aunque no estuvo en la matanza de Lucanamarca, ahí lo involucramos, sólo porque no dijo cómo se llega hasta el Camarada Artemio y quien, antes que él<br />
fue el jefe»</p>
<p>Al dizque Presidente Gonzalo aún no se le tenía en prisión, en la Base Naval de Callao. «Le hablo antes de la primera administración de Fujimori... Esto es psicología de la que aprendí. No tires el anzuelo tan alto como para pescar al ídolo, pesca al fan, al que está más abajito y cercano... y es mejor un Quispe Palomino en mano que el Camarada Artemio y Abimael volando... Margie Clavo era la jefa que él me podía dar, una ex-alumna de la Universidad Nacional de Ingeniería. Ella llegó a ser jefa de Artemio en el Alto Huallaga... Atando cabos, aquí y allá, apresamos al abogado senderista Tito Valle y supimos que se le ejecutó en el penal Castro Castro en 1992. E imgínese usted. Hasta Sybila Arredondo, la viuda del escritor Arguedas, estaba en estos rollos de la subversión. La buena gente, por remordimiento, se hace matar o se mata... después le sacan provecho. Propaganda contra la policía».</p>
<p>Papitas marca una nueva etapa. Según el General Perochena, este arresto es el comienzo de la muerte definitiva al movimiento que llegó a organizar a 23,000 o más peruanos. «Para el 1990, les confiscamos 500 rifles y 235 revólveres. Hallamos hasta granadas. Creímos que acabamos a Sendero Luminoso con el arresto de Guzmán; pero hay una fase cocainera. Es la representan los Quispe Palomino. Los Artemio y otros. En el país, trafican hasta 300 toneladas métricas de coca; han multiplicado las viejas mafias camorreras y las muertes. Ya van 70,000. Ya no hay que buscar un Abimael Guzmán en este Khmer Rouge criollo. No hay filósofos y universitarios románticos en el Valle de los Ríos Apurímac. Lo que hay es narcos, con dos deditos de frente y estrategas histéricos, por causa de un córtex prefrontal del tamaño de un guisante. Lo que quiero decirles es que la gente buena y decente del Valle tiene una esperanza. Al menos, se acabaron las masacres de<br />
niños y mujeres como aquella de Lucanamarca en 1983... ahora hay que ir por negocios de fachada, asesores en niveles parlamentarios y, por supuesto, por narcos como Papitas.</p>
<p>19-11-2009 / «Leyendas históricas»</p>
<p>*de Carlos López Dzur baudelaire1998@yahoo.com<br />
-El autor es historiador, narrador y poeta</p>
<p>Correo: </p>
<p>*</p>
<p>Los edificios vacíos nos hablan de algo, de alguien. Los edificios vacíos nos gritan una parte de la historia, solo hay que entrar y escuchar.<br />
En 1976 se cerró definitivamente la estación de Catamarca, junto con la Dictadura, llegó el silencio.</p>
<p>En el 2008 rompimos el silencio de la Vieja Estación. El Teatro Universitario junto a un grupo de vecinos-actores nos encontramos para hacer memoria, y nació el Grupo de Teatro comunitario LOS GUARDAPALABRAS DE LA ESTACION. En diciembre del 2008 abrimos las puertas para que los vecinos-espectadores habiten los andenes de la Estación, y así compartir "La Estación cuenta su Historia". </p>
<p>Para aquellos que no la vieron aún. Para aquellos que la ven siempre. Para aquellos que desean volver a verla....</p>
<p>Para aquellos que mantienen viva la Memoria....<br />
Para aquellos que nos donaron afectuosamente sus recuerdos y emociones<br />
Para aquellos que creen que las utopías son posibles...<br />
Para aquellos que están convencidos de que la estación está VIVA...<br />
Para aquellos que nos murmuraron las palabras de los rieles, los andenes, el trabajo, las luchas y las esperanzas....</p>
<p>Última función del año de  "La Estación cuenta su historia"- Proyecto Teatro y Memoria- Teatro Universitario, Secretaría de Extensión Universitaria</p>
<p>                        Sábado 5 de Diciembre, a las 20:00 horas<br />
                 Antigua Estación del Ferrocarril Belgrano<br />
                                     CATAMARCA</p>
<p>-Enviado por Ana Radusky anaradusky@yahoo.com.ar</p>
<p>*</p>
<p>Queridas amigas, apreciados amigos:</p>
<p>Este domingo 6 de diciembre de 2009 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del  compositor venezolano Víctor Varela. Las poesías que leeremos pertenecen a Gerardo Contreras (Costa Rica) y la música de fondo será de Pedro Nel Martínez (Colombia). ¡Les deseamos una feliz audición!</p>
<p>ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at<br />
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!  (Recomendamos usar<br />
http://24timezones.com/  para conocer las diferencias horarias).</p>
<p>REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!</p>
<p>Freundliche Grüße / Cordial saludo!</p>
<p>YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.<br />
www.euroyage.org<br />
Schießstattstr. 37   A-5020 Salzburg    AUSTRIA<br />
Tel. + Fax: 0043 662 825067 </p>
<p>*</p>
<p>INVENTREN: Próxima estación: EDUARDO CASEY</p>
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<p><a href="http://bitacoradeunsociologofracasado.nireblog.com/post/2009/12/05/que-hamaca-sus-suenos-en-mareas-verdes#comments">Comments</a></p>]]></description>
	<pubDate>Sat, 05 Dec 2009 18:46:32 +0100</pubDate>	</item>
	<item>
	<title>LOS TRUENOS DE LA MEMORIA...</title>
	<link>http://bitacoradeunsociologofracasado.nireblog.com/post/2009/12/02/los-truenos-de-la-memoria</link>
	<guid>http://bitacoradeunsociologofracasado.nireblog.com/post/2009/12/02/los-truenos-de-la-memoria</guid>
		<description><![CDATA[<p>Viejas*</p>
<p>La despertó el cotidiano trinar de los pájaros, que desde el limonero, saludan al sol.<br />
Se sentó en la cama, acomodo los raidos piolines  blancos que adornaban su cabeza y se encaminó, con dificultad, al baño.<br />
Tratando de no hacer ruido, encaró hacia la cocina. Cargó de agua la pava, -"mamá, porqué hacés tanto barullo con las ollas"-<br />
No sé, pero siempre el lugar donde las pongo es más bajo de lo que pensaba.<br />
Cargó su mate con yuyos  mágicos hasta la mitad, luego puso yerba mate y agregó un poco de agua, encajó con paciencia la bombilla y escupió el primer sorbo. Eso lo aprendió de su madre, nunca supo por que, pero el primer sorbo no se traga. Luego lo volvió a llenar con agua bien caliente, se puso una cucharada de miel en la boca y se fue saboreando su mate hacia el jardín del fondo de la casa. Nadie quería acompañarla con sus mates -“es una empresa riesgosa,” decía su nieta.<br />
Se acercó, rogando que por la noche, las putas hormigas podadoras no hubiesen atacado sus tesoros.<br />
-Hola begonia, pero fijáte vos, tan chiquita y ya con flor, ¡que bien, así se hace!<br />
Se acercó a un ramillete de jazmines y aspiro el perfume, -“algún día va a estar una abeja y te quedará la nariz como un morrón-”<br />
Cuando se disponía a acariciar la nueva hoja de la aphelandra, la voz de la nieta,<br />
-“abu, cambiate si querés que te acompañe a la reunión del Pami”-<br />
-"Ay, cierto, hoy era la protesta, si nena, tomo otro mate y vamos"-<br />
-"Abrigate bien, que hace frío, no te olvides del gorro de lana"-<br />
No, y tampoco se olvidaría de llevar dos tapas de sus viejas ollas para hacer ruido.<br />
Cuando llegaron a las puertas del Pami ya un grupo de jubilados coreaban estribillos, golpeando ollas, tarros y tapas.<br />
¡Queremos aumento, remedios baratos, anteojos, prótesis, audífonos!<br />
A la abuela le pareció que pedían mucho, pero igual se unió al tam... tam... tam.</p>
<p>-“Tranquila, abu-<br />
-“Déjame nena-“<br />
“Siempre recibí ordenes de los hombres, primero mi padre, después mi marido, del doctor, del Presidente, del gerente del banco, que en cierta oportunidad, mirándome con sonrisa estúpida contestó: no abuela, con su sueldo no puedo dar crédito. El Pami seguramente, masculino tenia que ser por egoísta, mezquino y tiránico”.<br />
Tam... tam... tam.<br />
Los abuelos sonreían y aplaudían una puteada deslizada por un atrevido.<br />
-“Vamos abuela, te va a hacer mal este viento helado”-<br />
-“Mirá vos adonde hemos llegado después de tantos años de trabajo. Si pusiera en fila los platos, ollas y sartenes que lavé en estos ochenta años, llegarían hasta la Casa de Gobierno y allí, si los Granaderos me dejaran entrar, pondría el último debajo del sillón de Rivadavia”-<br />
-“Y si agregara tazas, fuentes y fuentecitas, cruzaría el Río de la Plata y entraría a Montevideo. ¿Te parece que me esperaría una murga?-<br />
-“Vamos, abu"- dice la nieta, sonriendo divertida. -"dejate de decir pavadas y ponete el gorro que allí viene el colectivo"-</p>
<p>Lentamente sube y acomoda con trabajo sus huesos en el asiento.<br />
-“Uff, porque no le ponen escaleritas a los colectivos, si ya sé, me dejo de decir pavadas.<br />
Si los jóvenes pensaran que algún día serán viejos, tratarían de arreglar varias cosas; pero<br />
En fin, nos aman así, divertidas, rezongonas, achacosas,, viejas. Eso, en especial, ¡VIEJAS! </p>
<p>*de Elsa Hufschmid  elsahuf@hotmail.com </p>
<p>LOS TRUENOS DE LA MEMORIA...</p>
<p>ENFRENTAMIENTOS*</p>
<p>Qué manera<br />
de enfrentarme al destino<br />
con un cuchillo<br />
que no corta nada.<br />
Sangran los otoños antiguos<br />
en esquinas<br />
donde se arrastran<br />
heridas abiertas<br />
en combates desiguales<br />
hacia la zozobra<br />
de seguir estando<br />
en el camino.</p>
<p>EL DESVÁN ABANDONADO*</p>
<p>Siempre habrá cosas<br />
que nunca dijimos<br />
que cuelgan del destino<br />
como murciélagos de polvo<br />
palabras, larvas<br />
de la memoria<br />
encerradas con mil llaves<br />
en desvanes abandonados<br />
para zurcir<br />
las horas inexorables<br />
del implacable recuerdo.</p>
<p>BARROS*</p>
<p>Desde aquella vez<br />
en que no quisimos<br />
inclinarnos y tocar<br />
el barro de nuestros zapatos<br />
fue que la misma vida<br />
poco a poco<br />
fue haciéndose intocada<br />
huidiza como las flores<br />
de las despedidas.</p>
<p>MEMORY*</p>
<p>El polvo<br />
de la memoria pura<br />
es el terciopelo tierno<br />
la tapicería del humo<br />
de madreperla<br />
la pátina de las fracciones<br />
breves del tiempo<br />
la ilusión del fragmento fino<br />
conque están hechas<br />
las inocencias que valen<br />
las lloviznas dulces.</p>
<p>TIEMPOS MALDITOS*</p>
<p>Tiempos malditos estos<br />
en que los esclavos<br />
temen romper sus cadenas<br />
y hasta se preguntan<br />
si son dignos de ellas<br />
el amo y el esclavo<br />
satisfechos<br />
la ilusión perfecta<br />
de un paraíso maldito.</p>
<p>VOLVEREMOS*</p>
<p>Y los libros<br />
y esa columna que se disuelve<br />
en un jardín del otoño<br />
Schubert<br />
lo de las palabras y sonidos<br />
de afuera<br />
que están o se posesionan<br />
de los de adentro<br />
y lo que ya está<br />
que viene de vaya<br />
a saberse cuando<br />
y bueno<br />
el agua que hierve<br />
en la pava<br />
esa carta que llegó ayer<br />
el pasto que asoma<br />
por la ventana<br />
las cuentas por pagar<br />
un amigo<br />
que se está muriendo<br />
así tan de repente<br />
la realidad<br />
que le dicen.</p>
<p>LOS TRUENOS DE LA MEMORIA*</p>
<p>Yo también me distraje<br />
camino de la escuela<br />
medias hasta la rodilla<br />
guardapolvo blanco<br />
por una piedrita luminosa<br />
por un brillo<br />
que me hacía retornar<br />
por la calle arbolada<br />
de naranjos amargos.<br />
Yo también sentí el desamparo<br />
de cosas que todavía<br />
no se habían ido del todo<br />
y se incorporaron a las frías<br />
sombras de los desvanes<br />
o los sótanos umbríos<br />
y ahora<br />
se aglutinan reservadamente<br />
para congregarse otra vez.<br />
Yo también oigo los truenos<br />
sobre el río de la memoria<br />
y espero la lluvia<br />
que disipará la última lágrima<br />
sobre la gran Madre Tierra<br />
abierta que desde siempre<br />
aguarda.</p>
<p>ESTADO DE RESULTADOS*</p>
<p>Libros en la niebla,<br />
algunas palabras rescatadas<br />
por otros náufragos como yo,<br />
pérdidas varias, duras,<br />
amigos que extravían<br />
para siempre la tabla<br />
del sobreviviente,<br />
algunos descuentos obtenidos<br />
que se amortizan<br />
con porciones del alma,<br />
negaciones que intentan<br />
aliviar olvidos,<br />
arrastre de saldos<br />
que la realidad no concilia.<br />
Libros en la niebla,<br />
balances que se pierden<br />
incautos en el desorden<br />
creciente del cosmos.</p>
<p>DESAPARECER*</p>
<p>  “Tu vida se acabará en tu muerte, no para ti: para ti<br />
                                   se acabó en tu vida.”<br />
                                                                       Antonio Porchia   </p>
<p>Primero, los libros<br />
se cubrirán de polvo,<br />
después, algunas cartas<br />
irán sin querer a la basura,<br />
las fotografías se disiparán<br />
en la oscuridad de los cajones;<br />
más tarde, su nombre<br />
se mencionará casualmente,<br />
casi sin emoción,<br />
como en un sueño<br />
sus lugares se cubrirán<br />
con las ruinas del verdín,<br />
finalmente, nadie recordará<br />
el día en que murió.</p>
<p>*Poemas de SANTIAGO BAO.  santinebao@gesell.com.ar<br />
-DESPLIEGUES  (selección)  (2007)<br />
(Premio de Poesía Fondo Editorial Rionegrino)</p>
<p>LA PATAGONIA ES UN CHANCHO QUE VUELA*</p>
<p>La Patagonia es un Macondo lato y estepario, un ámbito de monstruos gigantes, de endriagos, de aves plumíferas y grandes que teniendo alas no vuelan, de mangrullos amarronados de cuatro patas que gregarios ambulan de monte en monte con su relincho arisco.<br />
Es el último confín caído de la mano del mundo donde la aventura y el asombro corren parejos. Donde el viento levanta las piedras y deforma las copas de los árboles a su arbitrio. La Patagonia es un chancho que vuela.<br />
La Patagonia es una latitud de escoriales silentes bajo las lunas blancas y redondas; una soledad crecida en la altura azul de las mesetas; es el aroma acre del cloruro de sodio que enloquecen los ollares de las bestias que habitan los bajos de todos los bajos. Gualicho errante. Misterios arcanos. La Cruz del Sur donde nunca se arrutó el tesón de los pioneros.<br />
La patagonia son los carcomidos infolios que en noches febriles entre el escorbuto y la ansiedad escribiera Pigafetta sobre gigantes que bailaban; la ciudad mítica allende los Andes que buscaban los frailes; las manzanas silvestres del imperio de Sayhueque, la Piedra Azul pitonisa de los Curá; la bandera argentina que enarboló Casimiro; la búsqueda de Popper; el faro del fin del mundo; los ventisqueros; las rastrilladas donde las lanzas trazaron sobre la tierra el mapa de todas las gestas.<br />
La Patagonia es la tierra “sobre la que pesa la maldición de la esterilidad” (¡Oh, anatema de Darwin, acicate para los intrépidos!).<br />
Es el tiempo petrificado; las flechas de obsidiana; las correrías de los bandidos; los ritos caídos de las viejas razas; la Arcadia perdida de los galeses; los rifleros del coronel Fontana; la remonta de Nicolás Descalzi; los sueños proféticos de Don Bosco; el santuario cautivante de Ceferino. La Patagonia es un desafío que merece aceptarse.<br />
Es un cielo estrellado que parece tocarse con las manos; es un silencio que dice mucho; es un paisaje que se incorpora al alma como el calafate a los labios. Es la gesta del Comandante Luís Piedrabuena por patriota y por nauta; es la Proa del Mundo al decir del Ingeniero Domingo Pronsato (hijo ilustre de Bahía Blanca); la Patagonia es la “región de la aurora” como la bautizara la pluma del Padre Entraigas. Es un esfuerzo compartido; una esperanza que nunca cesa como la distancia de sus caminos; es un sentimiento tan indeleble como las manos en las cuevas del río Pinturas. Un tótem, un linaje que cubre y abriga como las matras de las tejenderas mapuches. Es un desafío permanente. Una incógnita que nunca cierra.<br />
La Patagonia es el sol ardido sobre los fortines y la soldadesca; el espejo de los lagos; la altitud desmesurada de las araucarias; los volcanes irascibles; el mar inmenso y azul sobre la costa escarpada; los fondeaderos de mala muerte; el relevamiento minucioso de Basilio Villarino y Bermúdez; las notas detalladas del Perito Moreno; la reina y el arcabuz del Padre Mascardi.<br />
La Patagonia es el párrafo final de la novela “Sobre héroes y tumbas” de Ernesto Sábato; la soñada por Ezequiel Ramos Mexía y el geólogo norteamericano Bailey Willis; “la que piensa” como escribió Juan Benigar; la que poblada de plantas enanas esconde en los petroglifos un pasado legendario; la del volcán Domuyo que guarda en sus entrañas un tronco de oro bajo los hielos. La Patagonia se hace collón en las noches de luna llena y petrifica la debilidad de los timoratos.<br />
La Patagonia es la circunstancia de los hombres cabales; el menucó que marea como un mar; las bardas; los ríos como arterias impetuosas; las salinas blancas de promesas salobres. La Patagonia es una marca en caliente, una prolongación de las soledades del alma.<br />
Por la Patagonia, el Norte está en el Sur. Y en ella se cuecen  habas y legumbres, risas y llantos, llamadas desde el fondo de los tiempos. La Patagonia son los fósiles de los grandes saurios, el bosque tropical que les daba sombra y alimento; las grandes palmeras con dátiles hechos piedra; los redondos huevos de los saurios que la habitaron; la lujuria de un pasado remoto. Lámpara prendida en las edades geológicas.<br />
La Patagonia es un mandato de imperiosas urgencias, para nosotros y para nuestros hijos. Mi tierra querida, mi lugar en el mundo.</p>
<p>*De Jorge Castañeda. jorgecastaneda20032000@yahoo.com.ar<br />
Valcheta (RN)</p>
<p>Cobardes y traidores*</p>
<p> Por Noé Jitrik *</p>
<p>En El corazón de las tinieblas, una de su novelas más densas, Joseph Conrad no elige a un héroe impecable frente a su destino, como ocurre en la novela clásica, sino a un cobarde. En ese orden es un innovador -puesto que la novela más bondadosa, la más decente, la de moral triunfante, elige<br />
invariablemente héroes positivos- como lo fueron los escritores románticos que heroizizaron a plebeyos agrediendo los requisitos retóricos de la narración que pedían héroes nobles. Conrad, me parece evidente, trata de indagar en lo que es la cobardía, sentimiento que invocamos con frecuencia para denigrar a alguien que no ha sabido, según lo vemos y en relación con una causa éticamente importante, afrontar sus consecuencias, jugarse por esa causa. Es probable que las "tinieblas" sean precisamente una metáfora de lo insoportable que es comprobar, sea el cobarde quien lo comprueba, sea otro quien lo denuncia, ese paso atrás cuando debería haberse dado para adelante.<br />
Lo peor, lo más grave es que no hay vuelta, un acto de cobardía no se puede revertir.<br />
Encontramos una variante de esa situación, acaso inspirada por Conrad, en un famoso cuento de Jorge Luis Borges, "La marca de la espada"; hay, por cierto, un cobarde que sabe que lo es o lo fue, en el tiempo del relato, pero padece de una confesada contaminación: no sólo es cobarde en su íntima manera de ser sino que es también un traidor. Los dos términos se conjugan y hasta parecen equivalentes, pero no es exactamente así: se diría que, tal como lo podemos entender, el personaje primero es traidor y luego cobarde y no al revés, lo cual indicaría que la cobardía podría ser una condición y la traición, un objetivo. Se mezclan los dos conceptos y de pronto no podemos discernir con claridad qué alcance tienen uno y el otro.<br />
Es claro que con frecuencia el cobarde se justifica con el argumento del miedo, noción que se añade a las precedentes, pero esa justificación no es casi nunca convincente pues, según se sabe por experiencia, todos los seres humanos sentimos miedo y no por eso nos vemos llevados ineluctablemente a la cobardía y a la traición: el miedo es un sentimiento tan humano que, según lo consigna la sabiduría popular, sin sentirlo y admitirlo no podríamos llegar a ser valientes. Es más, del que se jacta de no haber tenido miedo hay que desconfiar, en su arrogancia se esconde, replegada, una cobardía que tarde o temprano se manifiesta y ahí sí que no se valen jactancias.<br />
Pero estamos hablando de los cobardes por omisión, aquellos que no actúan cuando deberían hacerlo porque saben que deberían hacerlo, y hemos dejado de lado a los cobardes por acción, violadores, aprovechadores, asesinos seriales, ladrones callejeros de ancianas, bandas que se echan sobre<br />
indefensos; esta población es enorme y nutre de tal modo las páginas de los periódicos que podría creerse que es inherente a nuestra civilización, o a sus peores subproductos.<br />
¿Pero no será también que nuestra civilización genera, por otro lado y en un sentido "respetable", cobardía al quitar espíritu de aventura, al exacerbar el deseo de seguridad, a evitar lo diferente? Será tal vez que todas las selvas han sido recorridas y todas las montañas escaladas y todas las especies diezmadas y nada queda por descubrir y que todo acercamiento a lo que en la naturaleza era enigma es objeto de turismo o de documentalismo en el mejor de los casos. O bien que muchos discursos que eran descubridores de regiones ignotas se han ido acobardando mediante el refugio que brindan las<br />
burocracias repetidoras, científicas o intelectuales o los partidos políticos, puro electoralismo, o los sindicatos, pura conciliación de clases.<br />
Pero, volviendo a ese hurgar en el concepto en sí mismo que precede esta reflexión un tanto psicosociológica, quiero decir que la interacción entre cobardía, traición y miedo produce figuras incesantes e incontables. Veamos una, muy frecuente en el campo de las acciones políticas radicales: ¿se<br />
puede decir que es un cobarde quien sometido a atroces torturas o sabiendo que va a ser sometido a ellas delata a sus compañeros? Cuando esto se produce la situación corroe, desde luego, la confianza que debe existir en un grupo de acción cuyos miembros se han jurado resistir hasta la muerte antes que delatar, porque siempre se puede sospechar que la tortura presumida no ha sido tan extrema y que el miedo ha predominado por sobre la solidaridad, la lealtad y el autorrespeto, hasta dar lugar muy rápidamente a la cobardía. Es cierto, también, que en escasas ocasiones la cobardía confiesa que lo es; por lo general intenta pasar inadvertida o se quiere inconfesable, pero cuando el olvido no ha venido en ayuda del cobarde -dejo de lado a los cobardes por acción porque la conciencia de sus actos no es<br />
algo que les importe- y la cobardía trepa hasta apoderarse de la escena de la conciencia lo que puede sobrevenir es la vergüenza y acaso el arrepentimiento y, en muchos casos, con el auxilio de la Iglesia, el perdón, una nueva calma para un espíritu conturbado. ¿Pero hay borrón y cuenta nueva para el que ha atravesado el embriagador instante de la cobardía y luego se ha arrepentido? El arrepentimiento, se sabe, no es por fuerza una vacuna que inmuniza contra la tentación de nuevos actos cobardes.<br />
Se diría que hay algo de fatalismo en tal aseveración, hacia atrás en el sentido de que es muy difícil borrar "la marca de la espada" de la mejilla del traidor, y hacia adelante, por cuanto no se puede afirmar que el que fue cobarde una vez no volverá a serlo pese a su arrepentimiento, su justificación o su autocomplacencia.<br />
Detectar en la vida y en sus múltiples aconteceres la cobardía o las cobardías nos perturba mucho porque nos obliga a entender o nos lleva a condenar o, de última, a proyectar nuestra propia cobardía al percibir la cobardía de otros. Para la psicología es un objeto de máximo interés por aquello de las complejidades del alma humana, pero lo es más todavía para la literatura. Di dos ejemplos al comenzar esta nota, pero hay muchos más; en realidad, la literatura está poblada de cobardes, tanto como de valientes: si éstos, como Quijote, arremeten casi sin pensar, los otros calculan, acechan, esperan el momento propicio para ejecutar el acto cobarde o bien ese momento se les presenta como una opción dramática.<br />
Como se ve, el asunto pasa por personajes literarios; esa entidad, personaje, trata de ser un calco de la realidad, para muchos el mayor acierto de la literatura es haberlo presentado de modo tal que quienes lo leen sienten que merecen un "es así", a propósito de su manera de ser, rotundo y consagratorio, porque hallan en ellos la ocasión de sacar ejemplo o bien de identificarse o desidentificarse con ellos. Pero ésta es una manera de ver algo epidérmica porque tal vez el escritor mismo es un cobarde, no por méritos o historia personal, no por albergar en su mente deleznables figuras de cobardes, sino porque para poder escribir se sale del orden de las decisiones vitales: si no retrocediera frente a un riesgo, tentador, límite, desafiante, no podría seguir escribiendo; su mirada, que es lo que lo conecta con su posibilidad de narrar, no quiere ser interferida porque si lo admitiera su narración, que es lo que le da sentido como ser humano, no podría proseguir.<br />
Se trata, pues, de un orden diferente de cobardía, esencial e irrenunciable, la del que busca en las palabras porque no puede hacer otra cosa y se arredra ante lo que puede ser un enfrentamiento, incluso una pasión.</p>
<p>* Crítico y escritor. Autor de numerosos libros de ensayo y ficción.</p>
<p>-Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-136315-2009-12-02.html </p>
<p>NO DEBERÁ*</p>
<p>Por contrato, yo<br />
este personaje protagónico<br />
absoluto<br />
no deberá morir sino<br />
en la última toma</p>
<p>No todos los contratos se respetan<br />
eso, claro, desde siempre sucede</p>
<p>Ni a los más respetables<br />
-precisamente porque lo son-<br />
se contrata. </p>
<p>*de Rolando Revagliatti revadans@yahoo.com.ar</p>
<p>Correo:</p>
<p>*</p>
<p>Eduardo: Hace mucho que no me comunico contigo; pero termino de leer sobre la prisión de Ushuaia. y uno no puede dejar de estremecerse, de sentir pánico, impotencia; de los días en que R. Gonzalez Pacheco estuvo prisionero en aquellos malditos lugares, sometido a tantos vejámenes. Siempre termino asombrándome de la capacidad del hombre para transformarse en verdugo sin alma, en un animal salvaje, sin límites ni compasión... ¿Qué lo impulsa?<br />
su propia natiraleza; porque en sí , personalmente, no tendría motivos. Pero esto se repite todo los días, en distinta escala, al lado nuestro; en las mismas cárceles de hoy, en las comisarías, donde hay funcionarios depravados que entienden que tienen el deber de imponer esta especie de "corrección" del "rebelde"...</p>
<p>Hace muchos años, yo tendría doce o trece años; tenía un primo de unos veintidós, que estando transitoriamente en la provincia de Corrientes, entró a trabajar como sumariante en la comisaria de pueblo sobre el paraná: Años después, fuera ya de la policía, regresó y nos refirió distintas anécdotas, de todo calibre. Pero hubo una que tengo fresquita, con puntos y coma. Tomaban al sospechoso con el objetivo que no iba a salir de allí sin "cantar" como fué, y quienes eran sus cómplices. Se topaban a veces con el empecinamiento del reo. Uno de los "ablandes" a que lo sometían, y sin ser más que una pobre comisaría, sin muchos refinamientos; era tenerlo parado todo el tiempo, con un ladrillo en cada mano, con los brazos ectendidos y alzados, y detrás dos guardias con fusil y balloneta calada, que las ponían debajo, de modo que si bajaba un poco el brazo la balloneta se clavaba en la mano, y el pobre de un sobresalto, volvía rapidamente a levantar los brazos, y así hasta que se rendía.</p>
<p>Saludos.</p>
<p>*Celso. celsoagr@trcnet.com.ar</p>
<p>*</p>
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<p><a href="http://bitacoradeunsociologofracasado.nireblog.com/post/2009/12/02/los-truenos-de-la-memoria#comments">Comments</a></p>]]></description>
	<pubDate>Wed, 02 Dec 2009 18:20:08 +0100</pubDate>	</item>
	<item>
	<title>EN EL TERRITORIO DE LO PROFUNDO...</title>
	<link>http://bitacoradeunsociologofracasado.nireblog.com/post/2009/12/01/en-el-territorio-de-lo-profundo</link>
	<guid>http://bitacoradeunsociologofracasado.nireblog.com/post/2009/12/01/en-el-territorio-de-lo-profundo</guid>
		<description><![CDATA[<p>CUANDO NO TE PERTENEZCA*</p>
<p>Me pregunto cuánto durará tu amor, qué parte de mí es la amada.<br />
Si es a mí a quien deseas o es a esta mujer que está a tu lado, que parece lo mismo pero no es igual.<br />
     Alejada ya de un hombre, me ocurre seguir preguntándome por su salud, por sus achaques, por sus afectos y su transitar por las aceras. Alejada ya definitiva, irrevocablemente, me ha ocurrido recordarlo con ternura, sonreírme en el colectivo, desearle en silencio y desde lejos un feliz cumpleaños, si necesitamos un ejemplo.<br />
     No soy afecta a recontar defectos, a caer en críticas de acero y piel desgarrada.<br />
     Me ocurre rememorar sin ira y con aprecio, me ocurre sentirme unida por un pasado común a ese ser que ya es un extraño, y que ya hizo que los días y las noches me fueran borrando de sus sábanas y del olor en los cabellos.<br />
     Y me ha ocurrido golpe tras golpe escuchar que la otra mujer, la mujer de antes de mi pareja ya no existe, no significa nada, es un fantasma, un cadáver amortajado en el extranjero. Es la madre de mis hijos dirá, es aquella con la que cometí el error de casarme, lo que sea, pero nada, nada de nada, ni un aleteo sutil de sentimiento, ni una rosa en el libro, ni una cajita de fósforos escondida en un cajón. Ni una sonrisa, por dios, para quien debe de haber reído, charlado, hecho el amor en un lejano tiempo de felicidad.<br />
     Yo no nací hoy ni me han parido ayer y sin historia. Los hombres que fueron parte de mi vida fueron queridos, y no reniego tan pronto ni tan levemente de los afectos. Quizás porque tomo tan en peso y profundidad la palabra amor es que me sea tan difícil pronunciarla. Pero yo los he amado a todos, y a todos los sigo queriendo.<br />
     No me mueve el que este hombre sea mío, que sea hoy mi pareja, novio, esposo, lo que sea pero mío. Lo quiero porque lo quiero, porque lo encuentro bueno, noble, propicio para la querencia. Puedo quererlo sin posesión e inclusive desde el abismo de las décadas o los kilómetros. Que no haya ni pueda haber un futuro compartido no quita la ternura ni la calidez de una caricia lejana.<br />
     Cuando me dicen que me aman, y cuando me lo dicen ahora mientras cocino, o escribo, o recorto una cartulina azul. Cuando me dicen que me aman, me pregunto cuánto durará este amor, cuán larga es su sombra, hasta adónde abarca. Me pregunto, mi amor, si tu cariño tiene una correa como esos perrillos volubles, que tan pronto saltan al amigo que llega, como le dan la espalda y son todo fiestas para el nuevo visitante.<br />
     Sin necesidad de que la estatua de alabastro sea de mi propiedad puedo disfrutar su belleza, sin que la magnolia presida mi jardín puedo admirar sus flores de gigante, sin que estés a mi lado puedo valorarte. Y no te negaré cuando la noche caiga, ni cuando el gallo cante hasta la tercera vez.</p>
<p>*de Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com</p>
<p>EN EL TERRITORIO DE LO PROFUNDO...</p>
<p> APRENDÍ A ESPERAR* </p>
<p>*Por Lucía Amanda Coria. aurandaluz@hotmail.com</p>
<p>—Esperá, loca. Por favor— decías con voz ahogada.<br />
Esa tarde, como tantas otras, en tu cuarto de estudiante, te arrancaba la ropa. Te besaba con pasión. No podía esperar. </p>
<p>— Qué haces? Espera un poco — esa vez estabas muy nervioso— Aun  no es Navidad.<br />
      Yo quería tomar sidra contigo, a mi manera, aunque faltara una semana para la Nochebuena. Así que abrí la botella y  empape tu cuerpo. Y me bebí las burbujas mezcladas con el sabor único de tu piel.<br />
—Deberías haber esperado a casarte antes de entregarte a él — decían mis amigas.<br />
— Yo no puedo esperar— les contestaba, petulante<br />
Después casi les dí la razón. Cuando lo supe<br />
—Voy a casarme con mi novia de toda la vida—  dijiste con displicencia— Acaso esperabas que me casara contigo?<br />
— No esperaba nada!!— dije sollozando— Y mucho menos una traición así.<br />
Pero tampoco  pude esperar a verte convertido en  el feliz esposo de otra mujer.<br />
 Y en esa cruz que abría mi camino en otras cruces de dolor, decidí marcharme. Y creo que recién entonces y  a partir de allí, empecé a aprender….<br />
  Pero nunca pude olvidarte. Tal vez porque me fui con el sabor de tus besos en mi labios, con el llanto estrenado por tu adiós, con mi amor intacto y despreciado<br />
          Sabía de tu vida por amigos comunes que encontraba de vez en cuando. No les preguntaba por ti. Esperaba a que ellos te nombraran. Seguía aprendiendo…<br />
 Cuando supe que venías a establecerte en esta ciudad, esperé a que pasara la novedad de tu presencia. A que todos tus amigos inauguraran con sus visitas  tu nueva casa.<br />
Esperé hasta estar segura de que estarías solo...<br />
—Estoy tan nerviosa — decía para mi— Qué lástima no tener algún licor para beberlo en su piel como antes.</p>
<p>Con inconsciente coquetería arreglé mi pelo con los dedos, antes de levantar la tapa.<br />
Mientras te contemplaba extasiada, me di cuenta de que los gusanos habían hecho muy bien su trabajo. Habían borrado la prestancia de tu figura. Sólo quedaba la bella estructura de tus huesos.<br />
—Hace tanto tiempo que espero por ti— dije, intentando sonreir —Aprendí a esperar Sabes?</p>
<p>IGNORANCIA DE LA NUCA Y EL PERFIL*</p>
<p>     Juan tiene un nombre común, un nombre casi anónimo por multiplicación de individuos. Juan, a quien le ví un rostro difusamente conocido, me pidió que le firmase un libro y le hiciera una dedicatoria.<br />
     Yo no soy una autora famosa harta de halagos y expeditiva por hartazgo.<br />
Hablé con Juan, le pregunté "¿Y quién sos?". Me contestó que no sabe quién es. Le respondí que eso es algo que nadie sabe, que nadie sabe quién es, y dije esto siendo poco original aunque sea efectivamente cierto. A Juan, que no sabe quién es, escribí.<br />
     Nadie sabe quién es, cuál es su esencia, aquellas cosas de las cuales es capaz pero no hace por falta de oportunidad o por no estar lo bastante motivado.<br />
     Nos percatamos de que es difícil conocer nuestro interior, creo que podemos acordar con cualquiera en que hay una rápida coincidencia en que sentimos esto, pero rara vez notamos que al ver el mundo, (el universo, si queremos ser muy abarcativos), al ver el universo no nos vemos en él a nosotros mismos. Todo lo vemos, menos a nuestra propia presencia. Alguna vez un vidrio, un espejo, alguna superficie brillante nos muestra nuestra imagen, pero esa imagen nos mira de frente, alerta y posando para nuestra mirada.<br />
     Conocemos al detalle los pormenores de cómo nuestros amigos caminan, sonríen, se enojan. Podemos describir cómo éste se inclina hacia atrás, cómo ella sacude la cabeza aseverando lo que dice, cómo se pierde la vista de él cuando en medio de la reunión súbitamente se sumerge en las profundidades de<br />
su propio reducto.<br />
      Pero a nosotros, a nosotros mismos no podemos describirnos con propiedad. Cómo caminamos, cómo nos paramos, cómo cambia la mirada cuando una oscuridad nos ensombrece. Son otros quienes nos descifran y reconocen.<br />
Nosotros estamos condenados a ver sin vernos. Nuestra mirada va hacia delante, hacia lo exterior, lo que tenemos enfrente. Nosotros no estamos en ese mundo que nos rodea.<br />
     Cuando Myriam se topó de pronto con su imagen chocando en un comercio con un espejo, pudo verse como a una señora un poco confundida que se hacía a un lado, y por un segundo pudo darse cuenta de cómo la ven los demás. Por qué alguien le cede el asiento en el autobús, si en sus sueños sigue apareciendo la muchacha que fue y que quizás eternamente siga siendo en el territorio de lo profundo. Myriam ve una señora, y por un segundo de extrañeza vislumbra la imagen elusiva que se refleja en los ojos ajenos.<br />
     En las fotografías y en las filmaciones nos quejamos de lo mal que salimos retratados. No podemos vernos, no queremos vernos, no deseamos modificar ese personaje que vagamente se nos parece pero es una construcción de nuestra imaginación.<br />
     Entre los objetos y los seres, uno hay que no podremos conocer jamás.<br />
Para nombrarlo, le damos el más común y el más engañoso de los apelativos. </p>
<p>Le decimos "yo".</p>
<p>*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com</p>
<p>EL RELOJERO*</p>
<p> A Luisito Broglia</p>
<p> Cada vez que recuerdo el pueblo se me aparece navegando entre  aquellos altos y coposos plátanos que una mano enemiga arrancó. A veces, en realidad pienso al pueblo de entonces como un gran barco que navega en ese mar de trigo amarillo.<br />
La  figura puede parecer rebuscada, pero fue así como se me presentó desde los altos de la “Northern Elevator” (o “La Norte”, como se le decía popularmente) a la alta torre que tenía esa empresa acopiadora de cereal, cuyo edificio totalmente de madera sucumbió a un incendio. Lo llamativo era que esa torre –la más alta por entonces y para siempre, al parecer- nos resultaba de visita obligada a los escolares de ese tiempo, llevados allí por las maestras. Y así vi a mi pueblo desde las alturas, porque siempre lo habíamos visto desde esas calles de tierra, que sumado al polen de las flores, depositaban por todas partes un fino y molesto polvillo que enrarecía el aire de mayo.<br />
De esa torre de “La Norte”  se  cayó un día el “Negro” Guiñazú, padre de mi amigo Jorgito, compañero de tenidas futboleras. Cuando lo levantaron del suelo era sólo un saco de huesos.<br />
Mejor suerte tuvo “Lolo” Arce, ya que milagrosamente se recuperó de la caída, si bien con cierta imperceptible renguera. Por una ironía del destino, la muerte se vino a cobrar esta escapada de “Lolo” cuando años después de una borrachera cayó a una pequeña zanja con agua y al no ser auxiliado por nadie, se ahogó.<br />
 Vivía en el conventillo de don José Bellcastro, justo enfrente del “Almacén Las Colonias” cuyo titular era mi abuelo. Era un hombre solo y hoy nadie se acuerda de él.<br />
 De aquél tiempo remoto y enterrado como una piedra del pleistoceno, a veces recuerdo a un viejo relojero a quien llamaban “El Ruso”, pero cuya verdadera nacionalidad nunca me quedó clara. Tal vez fuese polaco o austríaco, y la confusión popular lo tratara de ruso.<br />
Con los únicos que no se confundía la gente era con los croatas, que pupulaban bastante por la zona entonces y  hoy quedan sus descendientes. Casi todos dedicados a tareas  rurales.<br />
El “Ruso” de mi recuerdo era alto, de bigotes tal vez pelirrojos, en la cabeza siempre encasquetado un sombrero negro, llevaba –tanto en verano como en invierno- un largo piloto  de color crema pálido, hablaba un castellano bastante inentendible, y vivía  en la pensión de doña Elba Mitre, un conglomerado de habitaciones con el bar en la esquina, frente a las vías del ferrocarril, donde hoy está la casa del “Nin” Tonelli.<br />
 Ahí estuvo el bar “La Primavera” de don Atilio Valvazón, donde yo vi a los últimos cantores pampeanos, con las guitarras atadas con pequeñas cintas con los colores de la bandera argentina.<br />
 Una vez por año, “el Ruso” ponía a la venta un piano desafinado que había traído Dios sabe de dónde.<br />
Allí, la banda de traviesos que formaban mis amigos Roberto Escudero,  Adelqui Mansilla y Lorenzo Miranda aparecían  mostrando interés y el hombre les franqueaba la puerta de su habitación, no sin ingenuidad. Allí los “vándalos” la emprendían con las teclas, a las que aporreaban con un desesperado entusiasmo.<br />
El pobre hombre, atribulado al fin, y a los gritos trataba de desalojarlos de la habitación al grito desesperado:<br />
            -¡Cristo, no mochachos!<br />
A duras penas mis amigos abandonaban el piano y la habitación hasta que al año próximo hacerlo caer al “Ruso” con el mismo chiste, ya que el piano nunca fue vendido y al morir él, sin descendientes a la vista, el piano terminó en un depósito parroquial. Ignoro si alguna vez alguien se  tomó el trabajo de afinar y usar ese piano traído de Alemania, según oí decir a los mayores.<br />
Lo cierto es que era un gusto verlo caminar a grandes zancadas, con sus pesados botines por las calles polvorientas, en los desérticos atardeceres de invierno, bajo una pertinaz llovizna, a veces, con su piloto claro y su sombrero oscuro, saludando a los escasos valientes que se atrevían a clima tan inhóspito.<br />
Vestido de igual forma atravesaba los veranos entre las mariposas multicolores que se adueñaban de las anchas calles del pueblo, con sus perros vagabundos y sus niños descalzos cazando esas mariposas que el “Ruso” no eludía, o tirándole gomerazos a los pájaros que cruzaban el “cielo esplendoroso”.<br />
Por las noches este hombre solitario, olvidado en este rincón del mundo donde nunca nadie supo cómo apareció, huyendo de no se sabe qué destino, buscando quién puede creer, en un futuro posible, enterrado en ese pueblo de agricultores trabajadores y simples, digo que por las noches buscaba un poco de compañía y se arrimaba hasta la “Fonda de Aronna”, como se llamaba el pequeño establecimiento o comedor o restaurant donde se preparaba algo de comer y algún contertulio que otro (entre los que se contaban “al Ruso” y mi padre) caían luego de cenar a tomar una copa antes de dormir.<br />
Del relojero de mi infancia siempre ignoraré  cuantos relojes arreglaba por mes, por semana o por día,  lo perdí en la pensión de doña Elba, frente a las vías. Pero conversando con Luisito Broglia, me confirma un dato que hasta hace poco desconocía. En verdad el “Ruso” no había muerto todavía, cuando doña Elba mudó su pensión frente a Pepe Giuliano, quien tenía un taller con un hermano tan gordo y tan peludo como él y que respondía (creo) al nombre de Francisco.<br />
Y me lo vuelve a ratificar casi  con una anécdota personal: él fue aprendiz en ese taller terminando la primaria, porque para que no vagara por las calles por las tardes, su papá, don Segundo Broglia, lo mandaba allí. Entonces el “Ruso” debió vivir más años de los que mi memoria le adjudicaba.<br />
 En ese tiempo, yo ya  no estaba en el pueblo y me perdía todo: el vuelo de los pájaros, el murmullo de las palomas, el zigzaguear de las  mariposas y los anocheceres en que sus hombre solitario venido nunca sabremos ya de dónde, caminaba escasos metros hasta la “Fonda” de Aronna y se hacía servir,  muy gentil, ginebra en un pocillo de café, mientras esperaba que las sombras cubrieran el pueblo en su totalidad, para tirarse en ese camastro que hacía lo posible, para atenuar ese dolor de huesos que ese pobre relojero traía desde un ignoto país, y que hacía siglos soportaba con un estoicismo digno y silencioso.</p>
<p>La Soledad*</p>
<p>A Camucha Abdallah</p>
<p>Detrás de cada incierta puerta<br />
año tras año<br />
siempre me espera<br />
la soledad</p>
<p>vestida como nube de algodón<br />
mi soledad sirve café<br />
me observa<br />
y muy atenta<br />
disfruta mis silencios.</p>
<p>en este invierno es especial<br />
mi soledad</p>
<p>ha abierto todas las puertas de mi alma<br />
y se entregó desnuda al sol<br />
serenita retoza en el césped del patio</p>
<p>escucha y disfruta<br />
del canto de los pájaros<br />
bebe agua fresca y me convida<br />
me da palabras</p>
<p>y yo sentado<br />
en la pradera de sus nalgas<br />
canto con ella<br />
me siento pájaro<br />
vuelo sereno por el firmamento<br />
y llego inmenso hasta la cima<br />
de estos versos.</p>
<p>mi soledad es insaciable<br />
me pide más y más incertidumbres:<br />
¡respirá! ¡salí a pasear!<br />
¡bañáte! ¡ve a trabajar!<br />
¡hacé el amor! ¡sentí!</p>
<p>me llena el bolso y la esperanza<br />
de palabras<br />
y así yo. enfrento al mundo.</p>
<p>y el telón del amor<br />
se cae y se levanta<br />
y la brisa suave<br />
se estrella contra mi alma</p>
<p>y sigo caminando mi destino<br />
de letras solitarias<br />
y manos solidarias.</p>
<p>inmediatamente<br />
me tiento a abrir las puertas<br />
de otras soledades</p>
<p>y vuelvo a ser<br />
por un momento inmenso<br />
nuevamente pájaro<br />
canto matinal<br />
efluvio<br />
amante insaciable</p>
<p>y llego al puerto fresco<br />
de otras soledades</p>
<p>les cebo un mate<br />
les hablo<br />
les nostalgio</p>
<p>les hago cosquillas en el vientre<br />
las beso y las rebeso<br />
les cuento un poco de mi soledad<br />
y luego marcho.</p>
<p>mi soledad<br />
es muy solicitada<br />
y es etéreamente solitaria</p>
<p>y a diferencia de otras soledades<br />
mi soledad es buena.</p>
<p>me goza<br />
me disfruta<br />
me acompaña.</p>
<p>siempre marchando<br />
con otras soledades<br />
siempre en un puente<br />
rumbo al infinito<br />
siempre en un puerto<br />
donde nadie llega</p>
<p>siempre lo incierto<br />
lo compacto<br />
lo concreto</p>
<p>siempre en los ojos<br />
de los niños tristes<br />
siempre guerrera<br />
siempre protestando</p>
<p>siempre en las marchas<br />
de pan y de trabajo</p>
<p>siempre en un río<br />
cristalino y puro<br />
siempre en los ojos<br />
de mi bienamada</p>
<p>siempre presentes!!!</p>
<p>yo<br />
y mi soledad</p>
<p>*de Luis Reynaldo Vilchez lasopapaliteraria@yahoo.com.ar<br />
-Este poema pertenece al libro inédito Epitafios de amor y desamor, </p>
<p>Prisión y censura I: Preso en Ushuaia*</p>
<p> *Por Sonia Catela. soniacatela@yahoo.com.ar</p>
<p>En nuestro país parece indiscutible que la censura alcanzó su clímax y orgasmo durante la peste febril del Proceso. Sin embargo, otros períodos muestran frutos del árbol de las prohibiciones a los que conviene hincarles el diente. Los anarquistas cuentan con un adherente, Rodolfo González Pacheco, sometido reiteradamente a dieta carcelaria que curara su manía de escribir y luchar en política. Durante la Semana Trágica, Yrigoyen clausuró La Obra, publicación creada por Pacheco. Alvear lo hizo encerrar seis meses debido a elogios hacia el alemán Wilckens. Pero una experiencia anterior, su reclusión en el penal de Ushuaia (1911), la vertió en Carteles permitiendo que dupliquemos la vivencia del castigo en esa penitenciaría extrema.<br />
Narra Pacheco: "Las razones del gobierno para mandarnos a Ushuaia no se discuten aquí. En la guerra como en la guerra, dicen.<br />
Nos remitieron a Ushuaia para no fusilarnos, dicen.<br />
Pretendían contagiarnos sus temblores y, para esto, nos arrojaron desnudos sobre la nieve. Y ni hubo caso.<br />
Ser presidiario, al fin, no es el destino del hombre. Y menos es su destino ser carcelero o jefe de policía".<br />
Pacheco escribe como se escriben un himno, una epopeya. En el fragmento en que puntualiza la razón específica de su envío al penal, señala: "Arrebatado de un mitín por pedir la libertad de nuestros presos sociales... aún me sentía sacudido por un viento luminoso. Éramos 80.000, llenando calles y plazas, desde el Paseo Colón hasta las escalinatas del Congreso. Y volaban las enseñas".<br />
Y siguiendo su narración: "Ésta es mi Ushuaia; el rincón más frío de la Argentina, adonde somos echados todos aquellos para quienes la patria no es madre, sino madrastra".<br />
"Basta con estos recuerdos. Estaban en mí, quemándome; hasta que los manoteé y los arrastré a estas páginas. Pero no se arrastra el fuego. Verás al leer: mucho se me hizo humo".<br />
González Pacheco relata las condiciones del viaje en el barco que lo llevaba, pero en ningún momento abandona las imágenes poéticas, cosa que difícilmente se repetirá en testimonios de presos políticos posteriores: "Para más seguridad, nos encerraron a popa, en la carbonera, a todos los presidiarios. Pequeño el barco, y el piso móvil y oscuro, íbamos como en el seno de una tormenta".<br />
"Un día, por fin, a los muchos, nos abrieron la escotilla. El aire, la luz, el cielo (tres aves) bajaron a nuestra cueva".<br />
"Nosotros somos del llano. Calculad nuestra sorpresa a la luz de los canales fueguinos".<br />
"Después... Nos volvieron a la popa a los presidiarios. A nuestra nube de hollín. Hasta Ushuaia".<br />
Sin embargo, pese al sesgo poético, Ushuaia era Ushuaia y los tonos tenebrosos comienzan a deslizarse: "A estribor se acuna el bote que nos debe llevar a tierra. Bajamos y nos conducen.<br />
Tierra, para el caso, no es más que un modo de decir. Todo allí es nieve: el suelo, el viento, los bosques y las montañas.<br />
¡En marcha! gritan. Marchamos. Resuena el piso y nos huye. Juega a hacernos zancadillas. Un juego como a la taba, a caer de cara o culo.<br />
Caemos, no sé cuántas veces hasta hacer las treinta cuadras que hay del puerto hasta el presidio. Y sobre cada porrazo, el fusil del centinela, que nos apunta. Y el grito: En marcha, en marcha, marcha.<br />
Con los brazos abiertos como alas rotas, marchamos".<br />
Todavía González Pacheco no sufrirá torturas particulares que se propusieran arrancarle confesiones ideológicas o delaciones, como las que se descargarán en etapas ulteriores; pero reseña un episodio de brutalidad primaria y animal, sanción a una desobediencia: "El conscripto llegó allí a cumplir diez años, por una insubordinación en Campo de Mayo. Al empellón de un sargento había respondido con una lluvia de planazos, con su machete.<br />
Todo lo que supe fue que era un gauchito entrerriano, de las selvas de Montiel. Y que, al empellón de un bruto, había respondido con una lluvia de golpes con su machete.<br />
"¡Silencio, silencio, silencio!". Es la voz del celador que manda callar, dormir. ¡Si pudiera! Echo el cuerpo en las rodillas y me largo al sueño...<br />
Hasta que se alzó aquel grito. Qué desolación, señor, y qué pudor, y qué miedo ululó aquel alarido: "¡Mama!"<br />
Pegué con la cabeza en el techo, metí la cara hasta las orejas por la mirilla: ¿Qué hace?<br />
Y el centinela me abocó su mauser: "¡Silencio, silencio, silencio!". Y llenándose la boca con una lengua de perro: "¿No ves que es el guapito ése?... El nuevo que llegó hoy... Lo están ?moviendo? los viejos..."<br />
¿Comprendéis, madres? ... ¿Madres que paristeis machos?... Lo violaban. ¡Lo estaban haciendo hembra!"<br />
El trabajo obligado que le tocó a González Pacheco fue el aserradero: "Entre ese mar que es pirata y aquella montaña blanca como holocausto, funciona el aserradero. Allí trabajamos los forzados. Volteamos robles y hacemos leña. ¡Mucha leña para tanto frío!"<br />
"...Estos árboles de Ushuaia eran también presidiarios. Presidiarios de plantón. Presos de arriba y de abajo, por el hielo y por la nieve. Mas, barajé que ésa era la libertad. La libertad en la Argentina. Una selva congelada".<br />
Los castigos que se propinaban en el penal marcan ya precedentes: "El palo, el plomo, el plantón, son las tres bombas de tiempo que te mantienen en vilo. Nunca sabes ni por qué ni cuándo van a estallar. Tampoco están en el orden en que yo las enumero; su marcha hacia el estallido puede también alterarse. El resultado es el mismo: el plantón, el plomo, el palo.<br />
El garrote va a tu lado; te señala la tarea en que has de emplearte; te vigila. Distante cinco o seis metros, el fusil, que tú has visto gatillar, te apunta por si el del palo te erra. Pero lo que ya es difícil, casi imposible, es que del plantón escapes.<br />
Porque éste se da por una simple mirada, que siempre se te interpreta como de protesta o de odio; o por encogerte de hombros cuando te insultan; y hasta por resbalar en la nieve y darte un golpe. ¡Plantón! Ocho o diez horas a la intemperie y de noche. De este suplicio, cuando se termina, te sacan tus compañeros en sus brazos o a la rastra".<br />
Y así describe Pachecho una de sus experiencias como sujeto de represión: *Estoy en penitencia en el "triángulo". Esto es, de plantón, bajo la nieve, dentro de una garita con esa forma. Lo que no sé es cómo han hecho para hallarla a mi medida: justa por todos lados; hasta en el ventanuco que me enmarca el rostro. Parece mi ataúd.<br />
Empiezo a sentir frío. Un frío en ráfagas, que me desnuda a tirones. Congelado. Un frío de bolsa de hielo.<br />
¡Si me pudiera dormir...! Pero es como si arrastrara bajo los párpados toda la luz de los témpanos. Flamea y me quema, dentro del cráneo, el paisaje. Blanco, blanco, blanco. Soy una copa de escarcha.<br />
Me hundí, me dormí de pie. Me despertó el centinela. Zamarreaba mi ataúd."¡Eh, vos! Callate. No se puede cantar".<br />
Quién sabe si Pacheco cantaba dormido. Pero es cierto que para Ushuaia valía aquello que plantea Primo Levi refiriéndose al campo de Monowitz: "En este lugar está prohibido todo, no por alguna razón oculta, sino porque el campo se ha creado para ese propósito".<br />
Personaje omnipresente, el centinela vigila con estas palabras de Pacheco: "El centinela, en Ushuaia, es un máuser con un dedo en el gatillo. Un fusilador que os mete, antes que su balazo en el pecho, su intención fusiladora en el alma".<br />
"Se apodera de su víctima en el puerto. De aquel primer desconcierto, que fue tu primer porrazo, te sacó él apuntándote... "¡Marche!". Y tras de ti marchó el fusil gatillado.<br />
Después... Lo inaguantable, hasta hacerse una obsesión de gritar, es él; él, acañonado a tu vida, a tu nuca o a tu frente.<br />
¡Siempre! Hasta la asqueante letrina donde la puerta, cortada transversalmente, deja tu rostro en la línea de su fusil gatillado".<br />
González Pacheco logró salir vivo de Ushuaia y continuó su lucha en distintos escenarios. Pero en esta saga de Argentina y censura, Argentina y prisión política, otra resistencia harto diferente será la que nos narren Nosotras, presas políticas, avanzados los 70, desde un penal "legal", Devoto. Las oiremos en una próxima.</p>
<p>*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-21291-2009-11-30.html</p>
<p>*</p>
<p>Sobre el papel de este  lunes  insensato digo: “ya no hay nada que decir”<br />
Sobre  el virtual papiro intelectual de  la mentira visual de este lunes  abotagado digo:<br />
Hoy  comienza un nuevo fin para mi historia inconclusa<br />
El juego continúa  y nada volverá a ser  lo que fue<br />
Solo la ternura de esta  nunca  bien amada  serenidad<br />
Comprada  con el sudor  de una incansable búsqueda abocada a encontrar ese porque, el gran equilibrio del mundo indica<br />
que quizás  nunca  resuelva el matemático dilema existencial, el bien necesita del mal para existir, la vida  es en verdad esclava de la muerte  y le  debe  todo su valor a ella… nuestra señora guardiana …<br />
Y sin nada mas que pensar que  solo el vago ejercicio de  decir y compartir  estos  tormentos diarios  que  definen quizás el  totalmente  pronosticable destino<br />
Que misterioso aun se muestra errante  e infinito<br />
aplasto mis  ojos cansados  sobre  un solo y único lugar y la vergüenza de  no saber  quien esta del otro lado del espejo limita  una vez  mas  el hartazgo ocioso y suicida de cada mañana dándome una vez mas  el aviso, de que aun<br />
Sigo vivo.</p>
<p>*De Gastón Medina Balle. medinaballe.gaston@gmail.com </p>
<p>*</p>
<p>Queridas amigas, apreciados amigos:</p>
<p>Este domingo 29 de noviembre de 2009 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música de los compositores argentinos José Luis Campana y Alicia Terzian, interpretada por el Grupo Encuentros (Argentina). Las poesías que leeremos pertenecen a Lina Zerón (México) y la música de fondo será de Tarpuy (Andes). ¡Les deseamos una feliz audición! </p>
<p>ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at </p>
<p>(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!  (Recomendamos usar http://24timezones.com/  para conocer las diferencias horarias).</p>
<p>REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo! </p>
<p>Freundliche Grüße / Cordial saludo! </p>
<p>YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.<br />
www.euroyage.com<br />
Schießstattstr. 37  A-5020 Salzburg   AUSTRIA<br />
Tel. + Fax: 0043 662 825067 </p>
<p>*</p>
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<p><a href="http://bitacoradeunsociologofracasado.nireblog.com/post/2009/12/01/en-el-territorio-de-lo-profundo#comments">Comments</a></p>]]></description>
	<pubDate>Tue, 01 Dec 2009 13:19:27 +0100</pubDate>	</item>
	<item>
	<title>SÓLO UNA ANORMAL CURIOSIDAD...</title>
	<link>http://bitacoradeunsociologofracasado.nireblog.com/post/2009/11/28/solo-una-anormal-curiosidad</link>
	<guid>http://bitacoradeunsociologofracasado.nireblog.com/post/2009/11/28/solo-una-anormal-curiosidad</guid>
		<description><![CDATA[<p>EPÍSTOLA BREVE*</p>
<p>Al Pequeño Príncipe </p>
<p>No hubo aves viajeras,<br />
Ni geógrafos trasnochadas.<br />
No conociste la ingenuidad de los reyes…</p>
<p>Hubiste de permanecer en tu asteroide<br />
Contemplando orugas,<br />
Tan lejos de los ángeles del camino.</p>
<p>Ignorante del cantar del pozo,<br />
Del amor del zorro,<br />
Del beso de la serpiente.</p>
<p>De cascabeles, risas, faroleros,<br />
Cáscara vieja abandonada,<br />
Cazadores y astronautas.</p>
<p>No conociste la nostalgia por tu rosa:<br />
Todo porque el aviador huraño<br />
Ignoró aquella tarde tu pedido.</p>
<p>*de Marié Rojas.<br />
(2003)</p>
<p>SÓLO UNA ANORMAL CURIOSIDAD...</p>
<p>Escritor con alas*</p>
<p>A Julio Cortázar</p>
<p>Mi juego preferido: la rayuela<br />
mi poema: una caja con palabras<br />
mi mujer: la de siempre -compañera-<br />
mi color: el marrón de su mirada</p>
<p>mis sueños: desterrar a gobernantes<br />
mis frustraciones: muchas -demasiadas-<br />
mis placeres: amigos guitarreando<br />
mis deseos: sanarme con tus cuentos</p>
<p>mi historia: confusa -dura- valerosa<br />
mi animal: una gata bien mimosa<br />
mi dios: la vida -un pueblo unido- una caricia</p>
<p>mis camaradas: poetas de La Marcha<br />
mis pesadillas: la codicia -el vicio- el terco olvido<br />
mis carcajadas: tus Cronópios y tus Famas</p>
<p>-De Poemas de amor para una olla vacía, ediciones madera y verso, año 2008</p>
<p>*De Luis Reynaldo Vilchez lasopapaliteraria@yahoo.com.ar </p>
<p>LA NUTRIA Y EL GATO MONTÉS*</p>
<p>Orgullosa de su capacidad productiva, la joven nutria aseguró un día al gato montés que podía ella pescar muchos más peces de los que pescaba, y que si se conformaba con sacar sólo los que necesitaba para su consumo familiar, era porque al resto no sabría dónde guardarlos. Dijo que le daba lástima tener que desperdiciar tanta riqueza, pero que todavía le parecía mejor dejar vivos los peces, antes que tirarlos.<br />
¡”Cuanto lamento –dijo-  no poder guardar algo de lo que hoy podría economizar, para tenerlo cuando la vejez me impida seguir pescando..”<br />
El gato, al que le gusta el pescado pero no quiere mojarse, la estaba escuchando y se le iluminaron los ojos: rápidamene le hizo una propuesta:<br />
-¿Podría usted sacar del río los peces sin matarlos?<br />
-Sí señor- dijo la nutria.<br />
-Entonces hagamos un negocio. Yo conozco un muy buen vivero natural, escondido entre las rocas,  y que no pueden ver otros pescadores. Me comprometo a llevar allá todos los peces que usted me entregue vivos y allá se reproducirán tanto que, cuando la vejez le impida trabajar, tendrán usted y sus críos peces a pedir de boca para el resto de sus vidas.<br />
_¿De verdad se reproducirán tanto?<br />
-Y cómo no – contestó el gato con entusiasmo Ni Cristo multiplicó tantos peces, creamé.<br />
La nutria quedó embriagada por la ilusión de tener muchos peses de reserva,  y creyendo en las promesas del gato, empezó a entregarle cada día el más lindo de los que sacaba. El astuto gato se lo llevaba monte adentro y se mandaba unos almuerzos que ni el rey.<br />
Cada día venía el gato y la nutria le daba el mejor y así cada día, cada mes, y un año y otro y otro.<br />
Cuando se vino vieja, la nutria, ya cansada de pescar, quiso ir a conocer el dichoso vivero de su socio el gato, y va al monte y lo encara al gao y le pregunta:<br />
¿Dónde queda el vivero? Los quieo ir a ver ahora.<br />
-Y ...ahora no porque qué se yo y qué se cuanto...<br />
La nutria esperó y otro día va y le pregunta: ¿Y ahora?<br />
No, ahora tampoco... porque esto y lo otro...<br />
-¿Y mañana, tempranito?<br />
-No, que lástima, porque mañana me va a doler una muela... pero ya otro día vamos y le muestro.<br />
-¿Y pasado mañana?<br />
_-Pasado mañana no puedo porque justo tengo otro compromiso y …<br />
La nutria dejaba pasar unos días y le volvía a preguntar por el vivero.Y el gato siempre le salía con vueltas y pretextos, hasta que cuando no pudo inventar más excusas, desapareció.</p>
<p>Demasiado tarde la nutria se dio cuenta de que cuanto más fuerte es el interés, menos seguro está el capital.</p>
<p>*de Rubén Vedovaldi. rubenvedovaldi@netcoop.com.ar</p>
<p>Hacete el loco*</p>
<p> *Por Juan Forn.</p>
<p>En 1937, la revista Life preparaba un largo artículo sobre Einstein y encargó a Lotte Jacobi que fotografiara al genio en su nuevo hogar norteamericano. Como Einstein y tantos otros integrantes de la<br />
intelligentzia alemana, la Jacobi había llegado al Nuevo Mundo huyendo del nazismo y sus primeros trabajos en Nueva York consistieron precisamente en fotografiar a esos expatriados. Pero cuando llevó las imágenes de aquella sesión informal a Life, la revista las rechazó, argumentando que las fotos<br />
no mostraban a Einstein "suficientemente digno". Jacobi se encogió de hombros y se limitó a decir: "Mi estilo fotográfico es el estilo de la persona que retrato". Einstein adoró la anécdota y la repitió muchas veces a quienes lo visitaban en su casa y veían la foto en cuestión, enmarcada y colgada en la pared.<br />
Las relaciones de Einstein con su país de adopción estuvieron marcadas por esta clase de equívocos desde su primer intento de visita, en 1919. Einstein enfrentaba por entonces un complicado divorcio de su primera esposa, la serbia Mileva Maric, a quien llegó a ofrecerle el dinero del Premio Nobel que aún no había ganado (lo recibiría recién dos años después) para que lo dejara en paz. Enterado de las estrecheces financieras del gran científico, un admirador llamado Max Warburg le propuso organizarle una gira de conferencias por Norteamérica, pero ninguna universidad mostró interés por pagar los honorarios solicitados, cosa que alivió a Einstein. "Es mejor así", le escribió a su admirador. "No soy orador, no me parecía una manera muy digna de ganar dinero."<br />
Eso mismo le contó dos años después a Chaim Weizmann, el dirigente sionista que sería el primer presidente de Israel, cuando éste le pidió que lo acompañara a Nueva York a recaudar fondos. Es graciosa la manera en que Weizmann lo sumó a la causa del sionismo. Einstein le dijo en aquella entrevista que le parecía absurdo llevar a trabajar la tierra a un pueblo que se caracterizaba por su orientación hacia lo intelectual. Weizmann le contestó que lo ayudara entonces a juntar dinero para crear la primera universidad hebrea en Palestina. Einstein le dijo que ya había comprobado que nadie pagaría por escucharlo en América. Weizmann le contestó que no se trataba de pedir honorarios por hablar de la teoría de la relatividad, sino de recolectar donaciones voluntarias entre los judíos de América hablándoles de la patria que construirían en Palestina.<br />
La llegada a Manhattan del Premio Nobel y el futuro presidente de Israel colapsó la ciudad. Multitudes de inmigrantes los esperaban en el puerto y siguieron cada uno de sus pasos en los días siguientes. Llamativamente, el grueso de esas multitudes estaba compuesto por inmigrantes de clase media y<br />
baja. El establishment judío, en cambio, encabezado por Louis Brandeis (presidente de la Corte Suprema norteamericana), Felix Frankfurter (decano de Leyes de Harvard), Arthur Hays Sulzberger (dueño del New York Times), el financista Irving Lehman, el filántropo Daniel Guggenheim y el senador Jefferson Levy, le recomendó discretamente a Einstein que restringiese a lo científico sus alocuciones públicas y dejara a cargo de ellos la recaudación de fondos: "No se puede confiar el dinero para la creación de un Estado judío en Palestina a los judíos rusos. Weizmann es una buena persona, pero su gente no es confiable". Einstein les contestó públicamente: "Hasta hace una generación, los judíos alemanes no se consideraban miembros del pueblo hebreo. El antisemitismo ha revertido esa situación, nos guste o no nos guste, y considero repulsiva la indigna tendencia a adaptarse y conformar a los goyim que caracteriza a los judíos asimilados, tanto aquí como en Europa". Consecuencia: Harvard le retiró una invitación para dirigirse a su alumnado, el New York Times cubrió con mal disimulada ironía la gira y los fondos recaudados en la gira fueron cinco veces inferiores a los cuatro millones de dólares que esperaba Weizmann.<br />
La única universidad que honró a Einstein como se merecía fue Princeton: le contrató un ciclo entero de conferencias, le dio un doctorado honoris causa y le ofreció publicar la traducción al inglés de esas conferencias con un royalty del 15 por ciento (cuando el derecho de autor histórico era del 10 por ciento). Así comenzó el vínculo que desembocaría, doce años después, en la instalación definitiva de Einstein en Long Island, como "joya de la corona" de Princeton. Pero su vida allá no fue fácil. Su sionismo, su pacifismo, su socialismo, su igualitarismo racial no eran vistos como virtudes "americanas", ni en los años de preguerra, ni durante, ni después.<br />
Para el decano de Princeton, que tanto esfuerzo había hecho por contratarlo, las declaraciones políticas de Einstein eran una incomodidad permanente.<br />
Incluso cuando hablaba de las causas que defendía. No más llegar a Princeton, Einstein despertó las iras del sionismo cuando declaró: "Si los judíos somos incapaces de encontrar una honesta vía de pactar y cooperar con los árabes, demostraremos que no hemos aprendido nada en veinte siglos de sufrimiento" (años después, cuando rechazó la presidencia de Israel, supo ser más discreto: le confesó en una carta a su hijastra Margot que "si aceptara, debería decir cosas que el pueblo israelí no quiere escuchar").<br />
Es sabido que, desde que Estados Unidos entró en la guerra, un comité de la universidad filtraba el correo de Einstein e incluso rechazaba invitaciones a su nombre sin consultarlo. Cuando Einstein comprendió la situación, decidió poner en práctica el consejo que le había dado su amigo Charles<br />
Chaplin y aprendió a camuflar sus ideas políticas a través de la fachada simpática de genio distraído (la melena revuelta, los suéters viejos, los zapatos sin medias). En 1949 le escribió al matemático Max Born: "Se me considera un objeto petrificado, un rol que no me disgusta del todo si sirve para que se acepten mis defectos como los acepto yo mismo".<br />
El FBI no le respetó la intimidad ni siquiera en el lecho de muerte. En el frondoso legajo sobre su persona, abierto al público recientemente, hay un memorándum furioso de J. Edgar Hoover preguntando cómo era posible que la enfermera que cuidaba de Einstein en sus últimas horas (y escuchó sus<br />
últimas palabras) no supiera alemán, idioma en el que se refugió el moribundo antes de expirar. La última intromisión a la intimidad de Einstein fue la disección de su cerebro para estudiar "el origen de su genio".<br />
Dividido en 240 partes, almacenado en frascos de vidrio, analizado por todo tipo de genetistas durante los últimos cincuenta años, el cerebro de Einstein no logró ofrecer ninguna revelación particular a la ciencia norteamericana, demostrando cuán literalmente cierta era la frase que su dueño repitió un millón de veces sin que nadie lo tomara en serio: "No tengo talentos especiales; sólo una anormal curiosidad".</p>
<p>*Fuente http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-136004-2009-11-27.html</p>
<p>El artista y la Ciudad*</p>
<p>*Por Julio Pino Miyar. isla_59_1999@yahoo.com<br />
26/11/009<br />
http://juliopinomiyar.blogspot.com </p>
<p>De visita en La Habana conocí casi por azar a Irving Vera, un pintor de veintitantos años, egresado del Instituto Superior de Arte (ISA); el polémico recinto universitario en el que se vienen graduando las principales generaciones artísticas cubanas de los últimos treinta años. Mi permanencia en la Isla se prolongó, extemporáneamente, por más de un año y mi relación con el artista tuvo así ocasión de convertirse en una buena amistad. Mas, en esencia, ¿qué fue lo que me atrajo en particular del joven pintor, del arte conceptual -que él generacionalmente parece profesar- y de La Habana misma, para que aparezcan como razones colegiadas en el presente texto?<br />
El maestro Ortega y Gasset vio en el flujo constante y renovado de las generaciones, protagonizadas por diferentes grupos e individualidades, señaladas por un determinado talento y entretejidas por una cronología común, un cambio de signo, de tal magnitud, que vendría a expresar por sí mismo, la naturaleza esencialmente dramática de la historia. En los últimos veinte años ha ocurrido en Cuba algo que repite esa naturaleza dramática de la historia a la que hacía referencia: ¿Una vida precaria concebida en el borde de un hipotético colapso económico, o de una invasión extranjera? ¿Una realidad social que persiste en seguir existiendo al margen de cómo son entendidas las instituciones y la economía en el viejo Occidente? ¿Un viaje al corazón de nuestra más prosaica intimidad?<br />
La Habana, en su permanente particularidad, es el rostro crítico y más  problematizado de la Isla; cada generación que la habita ha levantado allí su escenario, escenificando en él sus necesidades y placeres, dando apurado testimonio de sí, y, mientras se desvanecía, ha hecho girar, una vez más, la tuerca oxidada de la historia. Hay diversas maneras de interpretar una Ciudad en la que el arte y la literatura han rendido múltiples y en ocasiones, memorables aproximaciones. La Habana se nos presenta como un lugar en la geografía del mundo que para algunos se fue volviendo completamente ajeno (The Lost City); en su honda atemporalidad y en su todavía más laxa decrepitud urbanística. Siendo entonces percibida bajo la forma lúdica del deseo aumentado por el tiempo, la distancia y la hipérbole.<br />
Sobre supuestos como estos La Habana se constituye en su abigarrada naturaleza; en su rara prestancia que le hace asomar su llamativa singularidad entre el resto de las ciudades del Continente. Entre todas las artes que la pueblan, el conceptualismo estético es acaso el que con más fuerza ha incidido en su geografía social, por tener la capacidad de ser no sólo una experiencia cultural prolongada en el tiempo de las generaciones que la han  convertido en vehículo de expresión, sino porque ha logrado, en ocasiones, extenderse ampliamente por el espacio físico de la Ciudad.<br />
La actividad del conceptualismo, junto a otras formas contemporáneas de expresión, pone de manifiesto la superación del hiato ideológico dejado en la década del 70’ del pasado siglo por la estética del llamado realismo socialista, y, con esto, la completa reinserción de la plástica nacional en el seno de la tradición artística de Occidente. Desde principios del siglo XIX, con la fundación en La Habana de la escuela de San Alejandro y el magisterio del pintor francés Juan Bautista Vermay, el arte cubano comenzó a tomar directamente de fuentes occidentales sus búsquedas teóricas y formales fundamentales. De esta misma manera, en el período de los años 80’, una irruptora generación de artistas -por lo general estudiantes del Instituto Superior de Arte- iniciaron la reapropiación de la experiencia cultural vivida por las Vanguardias artísticas, en la que el arte fue asumido no sólo como una experiencia formal en cuanto práctica, sino además, como una experiencia intelectual y lo que, en términos de Modernidad social, pueden significar tales experiencias: La apertura de un espacio autónomo en el que en su interior se organizaran sin cortapisas fuerzas expresivas, a las que se sumaban -como porciones inalienables de la naturaleza del arte-, el debate de ideas y la especulación teórica.<br />
Existen acontecimientos que se vuelven curiosamente cíclicos y parecen anunciar el retorno de lo que en esencia somos. Pero por lo general, no es el individuo quien está destinado a realizar dicho retorno, porque éste se encuentra sometido, invariablemente, a las leyes en fuga del devenir. A pesar que la experiencia que se vivió en Cuba en el arte y el pensamiento de los años 80’, es socialmente irrepetible, hay sin embargo, un volver incansable sobre los mismos temas, la formulación de idénticas preguntas y ese desasosiego interior que aflora cuando los nudos que la historia ata no alcanzan a ser solucionados en el espacio y el tiempo finitos de una individualidad o de una sola generación.<br />
¿Qué temas consustanciales, suprageneracionales, pude encontrar en mi joven interlocutor y amigo, el artista conceptual Irving Vera, que representaba sorpresivamente para mí el regreso esencial de lo mismo; de esa mismisidad que se presenta bajo el rostro crítico de lo otro? ¿Sentir en las Vanguardias un legado que no se agotaba en su dimensión estética, sino que ampliaba extraordinariamente el horizonte sociocultural de sus implicaciones? ¿Vagabundeos habaneros, existenciales colocados más allá de cualquier cuadriculación social? ¿Haber hecho quizás de la estupidez una argucia, una estratagema de la inteligencia enfilada frente a toda precondición ideológica?<br />
En las creaciones que a última hora Irving me mostrara, pude notar un modo de componer sumamente simplificado, elementales collages, pero en los que había algo radical, subrepticio, que se burlaba, que se burlaba de mí, desprevenido lector del texto / imagen. ¿Acaso esa simplificación a ultranza, no conspiraba contra las buenas maneras, contra la propedéutica que reclama el principio de autoridad? ¿Había allí, en esas imágenes ambivalentes, neutras hasta la obscenidad, un signo de resistencia tal vez? Cuando el dramaturgo Alfred Jarry quiso burlar su alistamiento en el ejército francés, no elaboró un depurado programa por la paz, sencillamente se alistó, mas se comportó en la mesnada como un idiota… En mi juventud yo hablaba crípticamente de la imperiosa necesidad de elaborar una teoría capital de la idiotez, opuesta a todas las disciplinas y a todas las literaturas. Hay ciertos temas de mi joven amigo en los que el arte de la composición involuciona hasta asumir caracteres drásticamente embrionarios, y en las que las leyes del conjunto parecen oponerse a los elementos que forman cada detalle del trabajo visual. Algo similar a lo que ocurre en las creaciones infantiles, en las que señorea el carácter difuso de la ensoñación por encima de la convencional representación, y donde las leyes básicas de la composición son trastocadas, reconducidas hacia ese lugar aculturado que sólo sobrevive -en última instancia- en la región del vacío, o del mito y que el niño encarna en su refractaria vocación de desconstructor. Cuando John Lennon compuso la canción “Yellow submarine” no sólo remedaba las viejas tonadas infantiles inglesas, construía un tema en el que la estupidez del sentido lo era todo, a fuerza -verbigracia- de su exhaustiva repetición. Desde Picasso el arte moderno viene inquiriendo en esas tematizaciones imprecisas, hurgando con mefítico placer en el underground donde descansa lo jamás remitido por la tradición, en aras de una reelaboración del sentido o, incluso de una cancelación del sentido; la detonación de un máximo motivo de indeterminación en la región estereotipada de la razón.<br />
En la actualidad se viene experimentando en el Instituto Superior de Arte una reacción a lustros de excesivo teoricismo, a partir de la necesidad que sienten los creadores, de un regreso a una poética del sentido; es decir, un replanteamiento formal que vuelva a implicar la belleza como factor primordial de sus composiciones. Estética y significado no tienen por qué andar juntos, pero, sobre todo, la moderna crisis del significado, y de su correlativo marco de representación, ha conllevado a una manera distinta de entender el problema milenario de la belleza. A tono con estas ideas, el poeta Arthur Rimbaud dejó dicho para la posteridad vanguardista que le sucediera, que había que escribir “poemas de amor con faltas de ortografía...” probablemente aludiendo a esa precondición existencial -insobornablemente humana- que prepara el camino de toda verdadera aventura artística. ¿Todavía me pregunto si ese desaliño reacio, que se manifiesta en algunas de las composiciones que aprecié de Irving y acaso, en otros pintores de su generación, no nos está proponiendo en el fondo una nueva intelección de las habituales relaciones entre forma y significado? lo cual, sin dejar de ser una petición formal, guarda estrechos vínculos con la existencia, con su secreta función inserta en el cuerpo dramático de la historia.<br />
En un cine casi en ruinas de Centro Habana, una de las zonas más pobres y desarboladas de la Ciudad, me encontré una tarde con Irving y un grupo de amigos pintores que habían hecho de ese lugar su provisional y conspicuo domicilio. Yo, mientras tanto, me puse a pensar en aquella verdad iluminista de los maestros surrealistas, que comprendía la fealdad como una de las formas en que se nos presenta a ratos la belleza, y que, en aquella barriada maloliente, promiscua, de callecitas estrechas, deteriorados balcones enrejados y empinadas escaleras de mármol carcomido, la belleza y la luz tenían tan mágico modo de manifestarse, reordenando el entorno y apuntando hacia una forma en especial de sensibilidad. Pensé además en el valor de la amistad y en mis veinte años de exilio, -ese devastador exilio espiritual que ni siquiera pudo imaginar Joyce-, y que la vida era como un ritornelo y yo, fiel a él, había regresado por un momento al lugar que partí. De todas maneras, Irving no era el que yo hubiese sido de haberme quedado, simplemente era él y pertenecía a la Ciudad de un modo tan intenso con el que nunca podría rivalizar y mañana quizás andaría con el mismo talante por ciudades de América o Europa.<br />
Hoy en día las interrogaciones y los significados se anudan sobre el espacio abierto de la Ciudad. Y no es solamente que el arte haya encontrado su mejor contextualización en la realidad urbana, es que La Habana ha alcanzado la dimensión única de Ciudad reeditada por los artistas, convirtiéndose en una máquina que se utiliza para emitir señales, no sólo sobre el espacio físico, sino también, en torno a la dimensión substancial de su historicidad. Lo que podrían llegar a hacer esos creadores por su país, pertenece todavía al imaginario político, mas de lo que no debe caber duda, es que el arte y la literatura son instrumentos de emancipación, y que todo verdadero proyecto cultural es, a estas alturas, democratizador.<br />
Entre tanto, las generaciones se suceden desplegadas en su profuso e inevitable hacer, aunque La Habana ya no es la misma; alguna catástrofe de la que todos somos culpables sacudió allí todas las vidas, la de mis amigos pintores, la mía, que, de algún modo, prosigue merodeando por esas calles, creyendo en las cosas de siempre... No sólo es cierto que la existencia es el fundamento de la verdad, si no que, a veces -por suprema paradoja- a la existencia no le está permitido alcanzar otro significado que aquel que el artista le ofrece con su creación. Puesto a escoger entre su patria y el exilio, el artista eligió sin comprender, el camino de la infelicidad; puesto a escoger entre la felicidad y la obra de arte, el artista creyó, ilusoriamente, que su felicidad radicaba en su obra. </p>
<p> Lluvia*</p>
<p>Trazos de relámpagos entre nubes negras</p>
<p>retumbar de truenos.</p>
<p>Montada en el viento llega la tormenta.</p>
<p>Presurosa busco refugio en la casa.</p>
<p>Aseguro puertas, cierro el ventanal.</p>
<p>Ya la lluvia golpea con fuerza</p>
<p> ruge el viento arisco como animal salvaje.</p>
<p> El agua desborda los declives.</p>
<p>La tierra toda se abandona a sus caprichos.</p>
<p>Gozosa baña los árboles, penetra hasta sus raíces,</p>
<p>sabiéndose bienvenida.</p>
<p>Detrás de los vidrios la miro, envidiando</p>
<p>su fuerza, su desparpajo, su libertad.</p>
<p>Sabiéndose indispensable, juega,</p>
<p>se abandona blandamente al abrazo</p>
<p>de los pastos secos, del verde sembrado.</p>
<p>Sus ruidosos diques se alejan.</p>
<p>Ella corta sus juegos y los sigue sumisa.</p>
<p>Viajan hacia el norte.</p>
<p>Allá la esperan.</p>
<p>Con ansias, con sed, con bendiciones.</p>
<p>*de Elsa Hufschmid    elsahuf@hotmail.com</p>
<p>*</p>
<p>Queridas amigas, apreciados amigos:</p>
<p>Este domingo 29 de noviembre de 2009 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música de los compositores argentinos José Luis Campana y Alicia Terzian, interpretada por el Grupo Encuentros (Argentina). Las poesías que leeremos pertenecen a Lina Zerón (México) y la música de fondo será de Tarpuy (Andes). ¡Les deseamos una feliz audición! </p>
<p>ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at </p>
<p>(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!  (Recomendamos usar http://24timezones.com/  para conocer las diferencias horarias).</p>
<p>REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo! </p>
<p>Freundliche Grüße / Cordial saludo! </p>
<p>YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.<br />
www.euroyage.com<br />
Schießstattstr. 37  A-5020 Salzburg   AUSTRIA<br />
Tel. + Fax: 0043 662 825067 </p>
<p>*</p>
<p>INVENTREN: Próxima estación: EDUARDO CASEY</p>
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<p><a href="http://bitacoradeunsociologofracasado.nireblog.com/post/2009/11/28/solo-una-anormal-curiosidad#comments">Comments</a></p>]]></description>
	<pubDate>Sat, 28 Nov 2009 12:57:22 +0100</pubDate>	</item>
	<item>
	<title>ESTACIÓN CASBAS.</title>
	<link>http://bitacoradeunsociologofracasado.nireblog.com/post/2009/11/28/estacion-casbas</link>
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		<description><![CDATA[<p>INVENTREN...</p>
<p>DE LA FUERZA DEL NOMBRE*</p>
<p>I </p>
<p>El Coiro me manda un enigmático y brevísimo correo donde dice: "¿Podés escribirme algo sobre Casbas?". El nombre no me suena de nada, por lo que abro el Firefox y busco en Internet. El primer enlace conduce hasta un pueblo de Huesca cuya existencia ni siquiera conocía (Huesca es la provincia limítrofe por el norte con Zaragoza, donde vivo), un pueblo pequeño hacia el este, cerca de Abiego y Bierge, nombres que sí reconozco. Y puesto que nunca antes he estado allí, me digo: "¿Por qué no?", pensando que lo que mi amigo argentino quiere es información de primera mano sobre este pueblecito, y nada más natural, por otra parte, que me pida el favor viviendo yo tan cerca del sitio en cuestión. </p>
<p>Así que al otro día meto unas cuantas cosas en una bolsa de deporte y me echo a la carretera. Camino durante un buen rato, hasta que un auto negro, un Renault 5 con más de veinte años, se detiene junto a mí. El conductor, casi un adolescente, me pregunta: "¿Te llevo?". Por supuesto, acepto. Él tampoco conoce el sitio. Su acento le delata: es gallego. Con una sonrisa franca, confirma mi sospecha. Dice que va al norte, a los Pirineos, sólo por ver la cordillera. Le han hablado de parajes extraordinariamente bellos, aunque no recuerda bien los nombres o los mezcla o los confunde. Para no resultar redundante, le menciono sólo cuatro lugares (también escribo en un papel los nombres y la forma de llegar hasta allí) que en mi recuerdo crecen más y más conforme se aleja el tiempo en que me fue dado visitarlos. El primero es el Forau d´Aigualluts, en el Valle de Benasque, una pequeña explanada rodeada de montañas donde, a veces, se tiene la sensación de que llueve hacia arriba. Es lo más lindo que yo vi nunca. El segundo, un pueblo llamado Aínsa. El tercero, aunque he de confesar que no me impresionó cuando estuve allí, es el Monasterio de San Juan de la Peña. No sé que es, pero hay algo desconcertante en la montaña donde está situado, algo feo y sin embargo inolvidable; tal vez -pienso confusamente- hago mal en recomendarle esa visita. Por último, escribo: Selva de Oza. "¿Qué es?", me pregunta. Es un valle hacia el oeste, por donde discurre el río llamado Aragón-Subordán. La vegetación tiene un color oscuro que produce sensaciones difíciles de describir, pero allí uno siente que está vivo, que de verdad pueden ocurrir cosas que te hagan sentir vivo, cosas maravillosas o atroces, pero en cualquier caso reales. El tipo asiente, acaso sin comprender del todo el sentido de mis palabras, y promete que irá a todos esos sitios. Luego se pone a hablar de su coche y, más tarde, de los grupos musicales que le gustan, cuyos nombres casi siempre me resultan extraños. No obstante, reconozco algunos, lo cual es motivo de alegría para ambos. Le recomiendo otros, que él no oyó jamás. “Te gustarán”, le digo.</p>
<p>Al llegar a Huesca, tomamos la carretera hacia Lleida. Unos kilómetros más adelante, nos despedimos con un apretón de manos. No tardaré en darme cuenta de que ni siquiera nos habíamos presentado. Somos dos extraños caminando en un túnel o en un insondable laberinto, que sólo por casualidad han compartido un brevísimo trecho del camino. Tal vez ninguno de los dos encuentre lo que busca, o como sucede tantas veces, lo encuentre y no lo reconozca. </p>
<p>Por la estrecha carretera que conduce a Casbas apenas hay tráfico. Atravieso una población y sigo adelante. Según el mapa, ya casi estoy. Es entonces cuando, de pronto, me asalta una extraña idea: ¿Y si no es esto lo que quería el Coiro?, pienso. ¿Qué interés puede tener para Inventiva un minúsculo pueblo aquí en mi tierra? Un sitio del que, por otra parte, ni siquiera yo tenía noticia hasta este momento. ¿Habrá algo que se me escape en todo este asunto? Perdido en esa confusión y en esa carretera solitaria, unas palabras aparecen en mi mente, fosforescentes como un letrero luminoso en medio de la noche: Próxima estación Casbas. Me doy cuenta de que he metido la pata (el Casbas sobre el que debería escribir es otro, y está en Argentina y no sé absolutamente nada de él. Mi maldito despiste crónico me impidió recordar hasta ahora que es una de las próximas estaciones del Inventrén) y lo peor es que está anocheciendo (es otoño y los días acortan). Por suerte, al fondo puedo ver las primeras casas. Advierto que estoy cansado. Espero encontrar un sitio donde me dejen dormir, porque hace un poco de frío y la manta que he traído es más bien fina. Pero no se ve un alma por las calles.</p>
<p>Al fin, distingo un vago destello al fondo de una calle lateral. Se trata de una puerta iluminada. De no haber anochecido ya, no la hubiese visto, tan tenue es el resplandor que de ella sale. Hacia allí me dirijo, con paso lento y el oído alerta. No es natural este silencio. Sobre la puerta hay un letrero de madera. La inscripción apenas puede leerse, pero se adivina que el lugar es una taberna. Cruzo el umbral y me encuentro en un cuchitril mal iluminado donde parece no haber nadie. Al oír mis pasos, un hombre sale por una puerta situada al fondo y, con un perfecto acento argentino, me saluda y pregunta si deseo tomar algo.</p>
<p>II</p>
<p>Una sensación de irrealidad me atenaza. No acierto a responder. Sólo le miro como se mira a un aparecido o como se podría mirar el propio reflejo en un espejo diseñado por Klein (el de la botella). Él repite la pregunta, más despacio, como si yo fuera extranjero y no comprendiese bien el idioma. No sé qué decir, qué hacer. Me siento como un actor de teatro esperando que el apuntador le sople el texto. Por fin, con cierto embarazo, me atrevo a pedir una cerveza. Mientras me sirve, el tipo explica que el pueblo está desierto porque hay un concierto en las piscinas municipales, un grupo de pop, uno de esos que venden muchos discos donde las diez o doce o quince canciones son, en realidad, la misma. Añade que incluso ha venido gente de los otros pueblos cercanos y hasta algún autobús de la ciudad. (Ese silencio ahí afuera, sin embargo, esa ausencia…). Al preguntarle dónde estoy, él me mira de arriba abajo y dice con naturalidad el nombre del pueblo. La siguiente pregunta no es fácil de hacer. Si el mundo sigue girando en su órbita normal y éste es, como parece, un hombre serio y cabal, se va a acordar de mis muertos y suerte tendré si no me saca del establecimiento a golpes; si por el contrario, el temor que me aprieta el corazón resulta ser fundado, yo me volveré loco. Aun así, no queda otro remedio: "Pero ¿Casbas de España o de Argentina?" digo en un susurro. Al principio, pienso que no me ha entendido, y tal vez sea lo mejor; acaso en el fondo conocer ese detalle no importe en realidad.</p>
<p>Pasado un instante, levanta la vista del barreño en el que en ese momento estaba lavando unos cubiertos y dice: "¿Acaso quieres tomarme el pelo?". Entonces me atropello, intento explicarle lo ocurrido, nombro el Inventrén y algunas otras estaciones, le cuento que soy poeta. "¡Poeta!" dice él. "¡Poeta!" repite. "No me lo creo. Nadie va por ahí en estos tiempos diciendo que es poeta. Usted es un aprovechado. Un sinvergüenza". Yo insisto. Mi sombra en el suelo gesticula como una marioneta de trapo, parece la sombra de otra persona, idéntica a mí pero con otro ritmo. Con amargura recuerdo que no he traído un solo libro; de haberlo hecho, mis argumentos quizá tuviesen más peso. Entonces, sin explicación, hay por su parte como una sorda aceptación, no ya de mis palabras o de lo que ellas pretenden comunicar, sino de la remota posibilidad de que sean ciertas. Mirándome de reojo, con desconfianza aún, se dirige hacia un extremo del mostrador, levanta un trapo oscuro que cubre un ordenador portátil y sentencia: "Ahora lo veremos". Abre el explorador, busca el Inventrén, busca mi nombre, encuentra resultados que le satisfacen, parece comprender que no le he mentido. La expresión de su rostro es otra ahora; luego me indica una mesa y sale del mostrador con una botella de vino en una mano y dos vasos en la otra. Nos sentamos, sirve el vino, enciende un cigarrillo y se larga a hablar convulsiva y nostálgicamente.</p>
<p>Así, me entero por fin de que nada extraño ha sucedido (si es que no es extraño encontrar de repente, en medio de un desierto, a un hombre que creemos habitante de otro desierto distante más de diez mil kilómetros). No hubo viajes astrales ni agujeros en el espacio. Estamos en Huesca. Con la voz plena de emoción, Manu (ese es el nombre de mi interlocutor) me habla de su niñez, de su adolescencia, se demora en detalles que tal vez hayan dormido ahí durante años, esperando esta noche y este vino; (afuera continúa el silencio, no hay ruido de pasos, ni de autos en marcha, ni siquiera el eco lejano del concierto. Si yo fuese otro, si fuese un tipo valiente, tal vez me asomaría un instante a la puerta, para mirar la luna, sólo eso: mirar la luna y saber que todo está bien). Mientras, la voz ronca de Manu me habla de la barra, de una novia que tuvo y perdió, “¡qué linda era!”, exclama. Luego hay un silencio necesario. Un movimiento lento, la mano de Manu buscando en su cartera y sacando de allí una foto cuarteada por el tiempo. La miro y hago un gesto de admiración. En efecto, la muchacha es guapa. (no sé si es entonces cuando comprendo que éste es cualquier lugar y cualquier momento, un retazo arrancado a mordiscos de la eternidad; tal vez por eso el obstinado silencio del exterior, la silueta en la pared de dos desconocidos conversando, dos latinoamericanos perdidos en cualquier parte, lejos y cerca de la vez, tenues fantasmas de sí mismos, sombras que se proyectan desde remotas noches olvidadas, que viajan en la nada hacia un tiempo inconcebible). Después escucho la descripción de un oscuro boliche que en su memoria se confunde con otros muchos que habría de conocer más tarde; me habla de su trabajo en el campo, del fatídico día en que se fue el último tren... Entonces algo parece romperse en el pausado hilo del relato. Clavo mis ojos en los suyos. Sujeto el vaso que viaja hacia sus labios. Lo insto a continuar, con el leve asomo de una sospecha insinuándose en mi entendimiento. Él me mira gravemente y retoma la narración: "...yo me fui en él. Aquel último tren que pasó por Casbas City, hace ya más de treinta años, se me llevó consigo. Luego anduve haciendo un poco de todo por todas partes. En Argentina, en Chile, en Colombia, en Bolivia y Ecuador, que es decir casi lo mismo, o de forma más breve, más certera, en Latinoamérica, que es mi patria... Nuestra patria" se corrige. Yo asiento. Luego continúa narrando las peripecias de una vida, una vida errante, como lo son todas. "Y, entonces, de pronto, llegué aquí" dice mientras vacía en los vasos lo que queda de la segunda botella. "De alguna manera, sentí que mi deriva había terminado. No es que la coincidencia del nombre y el cansancio acumulado me llevasen a tomar la decisión de quedarme. Esa decisión era anterior, fue ella quien guió mis pasos hacia estas tierras, ella quien me llevó de pueblo en pueblo hasta terminar en éste. Cuando llegué era de noche, como ahora. Dormí en unas ruinas a las afueras. No supe donde estaba hasta la mañana siguiente, pero durante el sueño supe que me quedaría aquí. No puedo explicarlo mejor. Lo sentí. Sólo eso. Y aquí estoy desde entonces".</p>
<p>No hablamos más. Ambos estábamos algo borrachos y era muy tarde. Dormí allí mismo, en una pequeña habitación que servía de almacén y donde había sitio de sobra. Al otro día, después de un abundante desayuno, Manu estrechó mi mano y nos despedimos como dos viejos amigos. Ambos sabíamos que había muy pocas posibilidades de volvernos a encontrar. Eché a andar por la carretera, en dirección al sur, no a ese Sur que nunca vi y que mi corazón incansablemente anhela, sino al otro, al de todos los días, al sur prosaico donde la vida sufre una combustión tan lenta que ni combustión parece.</p>
<p>*de Sergio Borao Llop.  sergiobllop@yahoo.es<br />
http://sbllop.blogia.com<br />
http://www.aragonesasi.com/sergio</p>
<p>ESTACIÓN CASBAS...</p>
<p>CASBAS*</p>
<p>     En una historia de Ray Bradbury, un hombre de joven no había abordado un tren. Por alguna razón que no recuerdo o quizás no conste en el relato, este hombre con el pasaje pago y el ticket en el bolsillo, había dejado pasar ese tren que se descarriló. Todos murieron.<br />
     En la historia de Ray Bradbury, el hombre vive una vida ordinaria trabajando, forma una familia, pero siempre está atento a ese tren fantasmal que finalmente vendrá a buscarlo. La muerte es, para él como para tantos, un expreso de medianoche.<br />
     Esto ocurre en un cuento, por lo tanto ocurre lo esperado y la muerte viene a buscarlo sobre vías de niebla; se ve el faro delantero iluminando oscuras arboledas, se escucha el imposible traqueteo, la imagen final es la del tren repleto de pasajeros que aparece en la noche para que se cumpla el destino aplazado del protagonista.<br />
     Aquí, lejos de Illinois, en la estación Casbas una mujer espera en el andén. La estación es ahora un museo, pero la mujer se obstina en ese andén sin trenes.<br />
     Me dirán que la mujer espera el amor que partió, que espera la muerte que ha de venir. No lo sabemos aun. Todavía hace falta mirarla un poco, descifrar las arrugas en la frente, descorrer algunos velos.<br />
     En un banco de madera y hierro la mujer se mece, se arrulla, se va desatando de la familia y la ciudad. Se desvanece de a poco esta mujer que ahora se que no espera un tren que venga a llevársela. Se desdibuja en tonos sepia, en rosados y mancha de agua sobre papel.<br />
     La mujer no espera la muerte, ni el amor. Ha venido a la estación sin trenes para saber que nadie la vendrá a buscar. Sola, solita, la mujer se va despidiendo de sí. </p>
<p>No necesita transporte para escapar hacia adentro. </p>
<p>*de Mónica Russomanno russomannomonica@hotmail.com</p>
<p>¿Partida o llegada?*</p>
<p>                                    Entera y no partida</p>
<p>  Al parecer era Casbas. Todo parece indicar que era Casbas.</p>
<p>  Ese paraje de aquella primera huida sin destino.<br />
  Llegó a dedo, rehuyendo en algún que otro tramo un par de invitaciones a navegar por caminos de secreciones y promesas de amor eterno que habrían durado hasta la secreción.<br />
  No había habido violencia en las invitaciones, sólo sugerencias, tal vez por demás prepotentes, pero no excedieron la verborrea y la fanfarronería del conductor de camisa desabotonada y pelo en pecho, con el clásico vos te la perdés.</p>
<p>  Los hombres suelen ser babosos por costumbre, casi por una inercia que no les permite detenerse en esa línea, para ellos confusa y difusa, que guarda la magia de un interrogante, más allá de lo efímero de una erección de las tantas.<br />
  Ella había pasado unos días en un country con un joven que, en apariencia sólo quería amarla, tan joven ella también, que ni le importó creerle. Sólo decidió acceder a sus encantos y su olor y una simpatía que desbordaba y la hacía renacer de una de esas tantas tristezas que lleva siempre a cuestas por las dudas, para cuando haga falta.<br />
  La irresponsabilidad de las vacaciones la invitaba a dormir sin límite.<br />
  El único límite de su sueño y su dormir era la recurrente necesidad del joven de disponer del cuerpo de ella a quien  él había dicho, sólo querer amar.<br />
  La sofocaba la incontenible ansiedad del enardecido muchacho y ya, lo que desde él eran caricias, llegaban a ella como sopapos que violentaban su reposo y disociaban el placer del deseo.<br />
  Intentó disuadir la afrenta una medianoche, remoloneando entre el sueño y el cansancio y esas ganas de tener un ratito para pensar en sus cosas, pero la pasión de él se convirtió en un enojo y una fiereza, impropios de quien dice amar.<br />
  En medio de esa disociación se vio a sí misma, mientras todo lo que sucede en el acto del amor, seguía sucediendo, pero ella ya se había ausentado de la escena, ya sus ojos buscaban un escenario de aire libre que la sacara de allí para siempre. Fantaseaba la luz del sol y un camino abierto sin retorno.<br />
  Esa mañana se mantuvo despierta para escucharlo salir, asegurándose poder salir también ella de esa casa para no volver, y evitando tener que dar explicaciones a un ser por demás obstinado y dominante.<br />
  En medio de una fiebre intensa y el inseparable sopor que la acompaña, recorrió la casa, ya vacía, llena de rejas góticas y puertas pesadas, propias de  seres que suponen que tienen mucho que cuidar.<br />
  Todo estaba cerrado, ningún juego de llaves a la mano, no era época de celulares, sí de la policía, pero no de teléfonos.<br />
  El pánico era lo único que inundaba la atmósfera del lugar, tan ajeno, tan extraño.<br />
  El parque era bellísimo pero su dimensión paradisíaca hacía que toda señal de vida humana quedara tan lejos que empezó a desesperarse paralizada por la fiebre y el terror del encierro.<br />
  Quería gritar, pero la voz de la que disponía era una hilacha ronca y aguda sin efecto de onda y se disolvía en esa inmensidad de no importarle a nadie.<br />
  Se quedó apoyada en la ventana más próxima a la civilización y al cabo de un rato, una nena en bicicleta pasó sin registrar su inútil voz.<br />
  Recordó sus paseos de niña, en bici por el barrio y se tranquilizó sabiendo que la nena volvería a andar por el mismo caminito sinuoso una y mil veces.<br />
  Recompuso la voz y la energía y se apostó en la ventana a aguardar la pasadita en la bici.<br />
  Había perdido la noción del tiempo y no sabía cuánto podía demorar la llegada del impaciente hormonal que tanto la amaba.<br />
  La niñita volvió andando sin siquiera girar su cabeza hacia la ventana, el único y mágico vínculo con el mundo que existía en ese momento.<br />
  Alcanzó a llamarla y algo oyó la nena, porque salió torpemente, a mucha velocidad, trastabillando sus rueditas.<br />
  Se desanimó pensando que esa imagen espectral de ojeras y color de pescado hervido de la fiebre había aterrado a la niñita.<br />
  La inquietud de la ciclista asustada al llegar a su casa había despertado la de su padre y éste se tomó la molestia de acercarse hasta esa ventana para ver qué sucedía.<br />
  Como pudo, le explicó al vecino que algo había sucedido con la llave y que la ayudaran a salir, necesitaba ver a un médico.<br />
  Evitó dar cualquier clase de explicación y pormenor para no acabar en una seccional haciendo denuncias y cosas así que, lejos de hallar soluciones, extienden al infinito los vínculos que uno desea cortar de cuajo.<br />
  El mismo señor la llevó hasta el centro de salud más próximo y cuando terminaron de aplicarle el antifebril inyectable, ya nadie supo más de ella en la sala.<br />
  Comenzó a hacer dedo, jugando a semblantear las fisonomías de conductores y conductoras, echando mano a la perimida psiquiatría lombrosiana, aceptando que los dueños del volante la trasladen cualquier tramo posible.<br />
  Tenía que alejarse del lugar y ni siquiera tenía idea de dónde iría a parar.<br />
  Ansiaba una ducha y una cama sin acompañante, pero era indispensable estar de pie y andar y seguir andando.<br />
  Llegó, en realidad no iba allí, pero llegó a un paraje de decía Casbas y una flecha, aquel paraje de esa primera huida sin destino.<br />
  Tal vez la asociación con Cabsha y la dulzura le hizo desear pedirle a la señora que se detuviera y se bajó de la camioneta.<br />
  Caminó hasta encontrar un bodegón de pueblo y después de dos cafés aguachentos y todas las miradas de los jugadores de tute sobre ella, se hizo amiga de la hija de la despensera que había ido a llevar la galleta para el almuerzo.<br />
  La hija de la despensera era rústica, ignorante y confiada y ella era básicamente una buena persona.<br />
  Le ofrecieron pasar una noche en una chacra de por ahí cerca, que sí era Casbas, y se transformó en lo mejor de las vacaciones.<br />
  Limpió, cocinó, adornó con flores, contó historias, sintió el aroma de la luna creciente, releyó su libro de cabecera: Robinson Crusoe, que apareció en un anaquel mezclado con la harina de garbanzos y el mijo, corrió con los perros, uno la mordió porque no sabía jugar, ella, no el perro, limpió culos de bebés que ya comían lo mismo que los adulos y ahí supo que la caca nunca es santa, es caca nomás.<br />
  Comió empanadas dulces como postre, desayunó con chorizo seco y mate, vio un peludo de cerca y aprendió a relativizar la sabiduría canchera de la porteñidad en medio de ese sortilegio del azar y los azahares que le había regalado la mejor oportunidad de su vida, impostergable.<br />
  Una mañana serena preguntó por la estación, para poder volver de donde ella era.<br />
  No había tren, desde antes del ochenta, le dijeron, y ella, que andaba desayunándose de democracia, según circulaba por la época, terminaba Malvinas, volvía la libertad, se veían grandes cantidades de tetas y músculos aceitosos y resbaladizos de machos en situación, volvían los partidos políticos, pero con otros nombres, y muchos condimentos de la democracia, pero no había tren.<br />
  Tuvieron que darle, encima, unos pesos al despedirse, porque con su contante y sonante no le alcanzaba ni para irse, menos para llegar.<br />
  Tenía que volver a su trabajo en la recepción de la empresa.<br />
  Por la confianza de esa gente pudo emprender el regreso.<br />
  Un poco antes de llegar a la empresa, al doblar la esquina, que según el borracho del chiste, ya estaba doblada cuando él llegó, visualizó la silueta de su amante pertinaz.<br />
  Caminó hasta el correo y envió un colacionado de renuncia.<br />
  Un par de horas después consiguió otro trabajo.<br />
  Eran otras épocas, claro.<br />
  Pero la violencia, la desdicha, el riesgo inútil, las decisiones, son innegociables.<br />
  Esa incógnita Casbas le abrió las puertas de un armario de aromas, colores y sinfonías que la urbanidad le había arrebatado en la turbulencia de llevarse la vida por delante, tragándose todo lo que se imponía a su paso.<br />
  Se sintió fuera de época, se preguntó si no se había equivocado de vida, trató de pensar en la libertad y sus diferentes rostros.<br />
  Pensó incluso que la idea de la libertad varía de acuerdo a los contextos.<br />
  Pero concluyó que la libertad nunca es cosa de otra época.</p>
<p>*de Magalí. yosehacerasado@hotmail.com</p>
<p>Desguace*</p>
<p>Nos sorprendía/ Amaneciendo<br />
Era un astro rugiente y alado<br />
Que respiraba/ Amaneciente.<br />
Abiertos los furgones/ Él resoplaba:<br />
Amanecían atados y bultos<br />
Amores fatuos/ Que lo poblaron<br />
Día tras día/ Amaneciendo.</p>
<p>Entonces penetrados/ Amanecientes<br />
Boleto en mano y enamorados<br />
Del destino y las raíces<br />
Pero del viaje… Pero del viaje<br />
¡Emborrachados!/ Amanecidos<br />
Luciérnaga en luciérnaga<br />
Tragándonos azul y aire y risas.</p>
<p>Tan de tren en tren como de día<br />
En día si se pudiera/ Era pedirlo<br />
Y concederse quizás: una vez<br />
A Bahía por semana/ Está bien.<br />
Amanecer un día en otros seis<br />
Viajar enamorados/ Amaneciendo<br />
Aunque al atardecer volvamos.</p>
<p>Nos sorprendía/ Atardeciendo<br />
La bocanada final: Difusos<br />
Caminos/ Distancias y lances<br />
De amor como en el cine.<br />
Pero bajando tres peldaños:<br />
Descender de la gloria celestial<br />
Después de la fiesta y del delirio.</p>
<p>Y el tren se quedó/ Es decir<br />
Abandonamos el pueblo<br />
Dejamos atrás siestas y felicidad<br />
Irresponsable/ Del tren:<br />
La muerte. O el latido<br />
Embalsamado en la memoria.<br />
Y nosotros: de regreso/ Amanecidos.</p>
<p>Tren local*</p>
<p>No te culpo de mi exilio.<br />
Si ofreciste devolverme<br />
Tantas tardes culebreando<br />
Lado a lado tus fronteras<br />
De desierto y de silencio.</p>
<p>Yo iba en sueños. No volvía<br />
Mi razón emborrachada<br />
De libros/ Ciencias o mujeres<br />
Acomodadas a cubierto<br />
Del sereno. ¡Imperdonable!</p>
<p>Me esperabas en tus rieles<br />
A corazón abierto. Cancerbero<br />
Acatarrado/ Soberbio trono:<br />
No te merecí mientras te tuve<br />
Después dijeron que te fuiste.</p>
<p>O quizás te encerraron.<br />
¿Perdiste tu batalla campal<br />
Se quebró en polvo tu iguana<br />
Incapaz de trasnochar<br />
Te hundiste/ Ya no humeaste?</p>
<p>No existe el vía Pringles<br />
Ni siquiera el Lamadrid/ Sólo<br />
Señales de abandono. Bocinazos:<br />
Gris tu descendencia/ Gris<br />
De conurbano sin paisajes. </p>
<p>El enviado del rey*</p>
<p>Plantado en la pampa nocturnal y fresca<br />
Como un gran cigarro articulado. Andenes<br />
A Grünbein (lugar de paso y de poesía)<br />
Yendo o volviendo del humo encolumnado.</p>
<p>Allí debajo está el enviado a toda luz<br />
Refulgiendo entre rastrojos/ Brillando<br />
Contra el zinc de los espejos de cereal.<br />
Es el enviado del rey: ¡Miren qué lujos!</p>
<p>¿O es la serpiente que aún somete Evas?<br />
Mi médula espinal que muerde rebelada<br />
O el infaltable profesor pontificando.<br />
Representante del rey. Del más antiguo:</p>
<p>Condenado por sueños subversivos<br />
Por seducir y convocar miles o millones<br />
Salteador/ Raptor/ Iconoclasta<br />
Revolucionaria hierba de la pampa.</p>
<p>Hasta que suelta un alarido. Se tensa<br />
Como arbolito con Rauch sobre la chuza<br />
Y lanza su malón. Sus pingos en carrera<br />
Cambian tierras/ Reinados y pasajes.</p>
<p>De “Poemas del amor que vence a la muerte”, 2008-2009</p>
<p>*Poemas de Carlos Enrique Cartolano cecartolano@hotmail.com<br />
http://latrampadearena.blogspot.com<br />
http://diasporasur.wordpress.com</p>
<p>"Concédenos Buen Viaje"*</p>
<p>“Tarde o temprano, la tecnología llega a todos lados, che. ¡Qué lo parió!”, pensó el maquinista Leandro Benítez, al contemplar la reluciente locomotora alimentada a GNC que descansaba sobre los relucientes rieles del remozado y reciclado ramal de trocha angosta del ex Ferrocarril Midland, ahora denominado Trochita Pampeana, en un simpático gesto realizado por los municipios vecinos que se abocaron a la tarea de revivir el antiguo servicio que unía estos pueblos bonaerenses. No por casualidad, la flamante locomotora –quizá, de procedencia japonesa, pensó Benítez- lucía sobre uno de sus flancos el portentoso nombre de “FÉNIX”…</p>
<p>         El servicio funcionaba a pleno desde hacía ya un mes, cuando se realizara su viaje inaugural, en medio de los estridentes vítores de la multitud vecinal congregada en las inmediaciones de la Estación. Benítez difícilmente pueda olvidar la felicidad estampada en los rostros de los vecinos que se acercaban llorosos a la vera de las vías para verlo pasar, saludando con las manos, pañuelos al aire y sombreros o gorritas, dándole una bienvenida más que calurosa al antiguo y estrenado servicio, deseosos de no tener que presenciar otra lenta y frustrante agonía…</p>
<p>         Desde entonces, Benítez realizaba un par de viajes semanales a bordo de “FÉNIX”, transportando cargas diversas, y pasajeros sólo en ocasiones, instaurando un nuevo servicio solidario entre las localidades vecinas. Las autoridades celebraban con satisfacción esta nueva iniciativa, respaldada por el gobierno nacional. Cada uno de los actores del emprendimiento sacaba réditos, por lo que el negocio cerraba en su totalidad.</p>
<p>         En uno de estos viajes, ocurrió el desgraciado hecho delictivo. La formación salió de la Estación Carhue puntualmente, como de costumbre, rumbo a la Estación Puente Alsina. Mientras Benítez calzaba la palanca en los comandos de la cabina y comenzaba a acelerar, echó un vistazo como siempre a la pequeña silueta de la Virgen de Nuestra Señora de Luján, nítida en su zócalo de la pared de la Estación, junto al panel que indicaba los horarios de salida y llegada de cada formación. Por sobre todo, Benítez gustaba de recordar la leyenda del minúsculo letrero de cerámica que existía debajo de la Virgen, y que el maquinista consideraba un rezo casi sagrado: “Concédenos Buen Viaje”, podía leerse aún desde la cabina de “FÉNIX”, estampado en blanco sobre negro. </p>
<p>         No habían transcurrido diez minutos desde la partida cuando la puerta de la cabina se abrió de golpe, y Benítez se encontró frente a frente con la enorme boca de una pistola, abierta como una siniestra “O” entre sus ojos. La impresión inicial demoró un par de segundos en devolverlo a la realidad, durante los cuales no pudo dar crédito a lo que veía; ¿cómo era posible que hubiera subido alguien a bordo si……? </p>
<p>         Sólo después consiguió divisar, por detrás de aquel ominoso cañón, el pasamontañas negro con visos rojos, verdes y amarillos que le cubría el rostro al recién llegado.</p>
<p>         -¡No te movás porque te quemo, hijo de puta!!! ¡Y frená esta mierda ya mismo!!!!</p>
<p>         Benítez movió la palanca, casi por instinto, disminuyendo la velocidad, aunque una parte de sí mismo le dijo que no, que continuara con su trabajo, que prosiguiera la marcha pasara lo que pasase. Sin embargo, el miedo pudo más que el deber, y finalmente aminoró la marcha hasta detenerse con una mínima inercia. Una mano lo aferró por la espalda de su camisa de trabajo y tiró hacia atrás, alejándolo de los comandos.</p>
<p>         Ambos salieron al pasillo exterior de “FÉNIX”, mientras su poderoso motor regulaba en automático, y Benítez saltó a tierra, escrutado continuamente por su captor. Apenas con un gesto de la pistola, le indicó que caminase hacia el furgón.</p>
<p>         -¡Y con las manos separadas del cuerpo! ¡No te hagás el loquito!!!</p>
<p>         Este no parecía ser un vulgar “pibe chorro”, aunque la pinta pareciera delatarlo; menos aún el clásico punguista de estación. ¿Quién detiene una formación de carga en medio del campo, a menos que tenga un dato sabido de antemano? Recorrieron el trayecto sobre la tosca con paso veloz, hasta arribar a la puerta lateral del furgón, abierta de par en par. Allí los aguardaban otros dos delincuentes, uno con un cuello polar calzado hasta los ojos, que le ocultaba el rostro, y otro también con pasamontañas, pero de color azul.</p>
<p>         Ambos habían reducido a un guardia de seguridad, que yacía boca abajo sin sentido sobre el piso del vehículo. Benítez desconocía la existencia del mismo al partir de San Fermín, y el hecho de descubrirlo fue una sorpresa tan intensa como la certeza de estar siendo encañonado por una pistola sobre la nuca y otras dos hacia su pecho. La razón de la existencia del guardia lo desconcertó tanto como a los ladrones, ya que jamás hubiese pensado que algo como eso pudiese ser transportado por fuera de un museo, a bordo de un vehículo del siglo XXI.</p>
<p>         -¡Hablá, puto! -, gritó el del cuello polar. -¿Cómo mierda se abre esto?</p>
<p>         Ninguno había esperado encontrarse con una reluciente caja fuerte británica del siglo XIX, negra como la noche, con delgadas líneas cromadas junto a los bordes de la puerta, y una enorme ruleta de combinaciones numéricas en su centro, junto a la manija de acero inoxidable, también cromada. En pequeñas letras plateadas, alcanzaba a leerse la distintiva marca del dueño original: “Wells Fargo”. </p>
<p>         -¡No puede ser, loco!!! -, gritó el tercero. -¡Hacemos esta movida para ganarnos buena guita, y nos recontracagan!</p>
<p>-¡Secuestremos el tren cuando lleguemos a Puente Alsina, y pidamos rescate! -, chilló el que se encontraba a su espalda.</p>
<p>-¡Pero no, animal!!! ¡Nos van a fusilar cuando vean que no hay rehenes!</p>
<p>-¿Y éste, qué es? -, volvió a chillar, golpeándole a Benítez levemente el parietal derecho con el cañón de la pistola. </p>
<p>-A éste lo fusilan con nosotros -, masculló el del cuello polar, mientras Benítez sudaba a mares, para perder todo interés en apuntarlo y ponerse a analizar en cuclillas el oscuro bloque de metal -: ¿Están seguros que no podemos conseguir dinamita?</p>
<p>-¡No seas cabeza! ¿De dónde mierda sacamos dinamita?  </p>
<p>-¡Hagamos mierda a éste!!! -, chilló el que tenía a sus espaldas, aferrándolo por el hombro y comprimiendo el cañón de la pistola contra la nuca de Benítez. Con la cabeza echada hacia delante, el maquinista contuvo la respiración, apretando los dientes, rogando por el arrepentimiento del impulsivo delincuente.</p>
<p>-Dejate de joder, boludo. Acá no se muere nadie -, masculló otra vez el del cuello polar, sin dejar de contemplar la caja fuerte, meneando la cabeza. Al cabo de un rato, que a Benítez le resultó eterno -mientras su propio sudor resbalaba hasta enjugar la amenazante boca de la pistola-, se puso de pie, enfundó la pistola en el cinturón a la altura del ombligo, y contempló el horizonte con una intensa mirada de frustración: -Vamonos.<br />
-¿Cómo??? -, chilló el tercero, a su lado. -¿Qué decís???</p>
<p>-¿Te volviste loco, chabón??? -, gritó el que apuntaba a Benítez en la nuca. -¿Qué mierda te pasa?</p>
<p>-Que aunque me dé toda la bronca, hay que saber irse a tiempo, sin hacer cagadas -, murmuró el del cuello polar, sin mirar a nadie, saltando a tierra. Tomó a Benítez por la mandíbula, lo obligó a mirarlo, y le dijo: -Y vos, vas a seguir viaje haciendo de cuenta que acá no pasó nada. ¿Está claro?</p>
<p>Benítez asintió varias veces, incapaz de decir palabra alguna, en el instante previo a escuchar decir al delincuente que lo apuntaba por la espalda:</p>
<p>-¡La concha de tu madre, puto! -, antes que el golpe en la cabeza lo sumergiese en un insondable pozo sin fondo.</p>
<p>Al despertar, contemplando miles de bailarinas lucecitas delante de sus ojos, los delincuentes ya no estaban. Ignoraba cuánto tiempo había pasado, pero el guardia de seguridad aún no había vuelto en sí. Creyó por un segundo que estaba muerto, pero la urgencia por hallarse en el medio de la nada delante de una caja fuerte lo apartó de cualquier otro pensamiento.</p>
<p>Tomándose la nuca con una mano –palpando la escasa mancha de sangre que se extendiera por su cabello-, se incorporó tambaleante, apoyándose con la otra mano en el borde de la puerta del furgón, sin dejar de contemplar la hipnótica silueta del enorme cubo blindado. Y a pesar del miedo y el dolor, de un imperioso sentido del deber que le ordenaba trepar a "FÉNIX" y llegar cuanto antes a Casbas para denunciar el hecho ante el encargado de la Estación, un par de irreprimibles ideas lo asaltaron por sorpresa:</p>
<p>“¿ESTARÁ LLENA DE PLATA……O VACÍA?”     </p>
<p>“¿¿¿Y SI ME LA LLEVO???”</p>
<p>De pronto, soñó que atravesaba la pampa a bordo de “FÉNIX” como si fuese un antiguo bandolero del Lejano Oeste, huyendo de la ley y los demás delincuentes, montado en su poderoso caballo de acero, dueño de la máquina y del botín. Sólo le haría falta la chica; rubia o morocha, le daba igual. </p>
<p>         Pero la vana idea de independiente omnipotencia le duró muy poco…</p>
<p>         ……¿O no?……<br />
    Y el vago recuerdo de una frase escuchada hacía no mucho tiempo se le impuso en la cabeza, con un dolor mucho más punzante que el de la nuca: </p>
<p>“Hay que saber irse a tiempo”.</p>
<p>*de Aldima. licaldima@yahoo.com.ar</p>
<p>Correo:</p>
<p>FESTIVAL TREN PARA TODOS*</p>
<p>DOMINGO 29 DE NOVIEMBRE    18 horas</p>
<p>ESTACIÓN DE TRENES<br />
SANTA ROSA - LA PAMPA</p>
<p>18:00 Hs TEATRO<br />
Los Okupas del Andén (La Plata)<br />
"Historias Anchas de Trocha Angosta"</p>
<p>18:45 Hs<br />
Murgón Amalaya</p>
<p>19:00 Hs TEATRO<br />
Patricios Unidos de Pie<br />
"Nuestros Recuerdos"</p>
<p>20:00 Hs EN VIVO<br />
MARÍA JOSÉ CARRIZO Y PABLO WEHT<br />
y bailarines de tango (Entrelazados)</p>
<p>20:30 Hs EN VIVO<br />
JUANI DE PIAN Y MARIO CEJAS</p>
<p>21:00 Hs EN VIVO<br />
MARCELA EIJO Y FEDERICO CAMILETTI<br />
y bailarines de folklore</p>
<p>22:00 Hs EN VIVO<br />
TIERRA PLANA   - ROCK<br />
'Negro' Vilchez Diego Lucero Luciano Kollman Francisco Taramarca y  'Tajo'<br />
Morettini</p>
<p>EXPOSICIÓN DE ARTES VISUALES</p>
<p>BAR ÁNGELES Y FRIDA</p>
<p>DARÍO 'TIKI' EYHERAMONHO<br />
CAROLA FERRERO<br />
RAQUEL PUMILLA<br />
RICARDO VALERGA<br />
DANIELA FURCH</p>
<p>Un verdadero paseo por la zona ferroviaria</p>
<p>POR LA RECUPERACIÓN DEL SISTEMA<br />
FERROVIARIO ESTATAL Y FEDERAL</p>
<p>*Enviado para compartir por Lucía Cinquepalmi  luciaguionbajo@gmail.com</p>
<p>*</p>
<p>Queridas amigas, apreciados amigos:</p>
<p>Este domingo 29 de noviembre de 2009 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música de los compositores argentinos José Luis Campana y Alicia Terzian, interpretada por el Grupo Encuentros (Argentina). Las poesías que leeremos pertenecen a Lina Zerón (México) y la música de fondo será de Tarpuy (Andes). ¡Les deseamos una feliz audición! </p>
<p>ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at </p>
<p>(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!  (Recomendamos usar http://24timezones.com/  para conocer las diferencias horarias).</p>
<p>REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo! </p>
<p>Freundliche Grüße / Cordial saludo! </p>
<p>YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.<br />
www.euroyage.com<br />
Schießstattstr. 37  A-5020 Salzburg   AUSTRIA<br />
Tel. + Fax: 0043 662 825067 </p>
<p>*</p>
<p>INVENTREN: Próxima estación: EDUARDO CASEY</p>
<p>Colaboraciones a inventivasocial@yahoo.com.ar<br />
http://inventren.blogspot.com/</p>
<p>El tren continúa parando en las siguientes estaciones:</p>
<p>ANDANT.</p>
<p>CORONEL M. FREYRE.</p>
<p>ENRIQUE LAVALLE.</p>
<p>CORACEROS.</p>
<p>HENDERSON.</p>
<p>MARÍA LUCILA.</p>
<p>HERRERA VEGA.</p>
<p>HORTENSIA.</p>
<p>ORDOQUI.</p>
<p>CORBETT.</p>
<p>SANTOS UNZUÉ.</p>
<p>MOREA.</p>
<p>ORTIZ DE ROSAS.</p>
<p>ARAUJO.</p>
<p>BAUDRIX.</p>
<p>EMITA.</p>
<p>INDACOCHEA.</p>
<p>LA RICA.</p>
<p>SAN SEBASTIÁN.</p>
<p>J.J. ALMEYRA.</p>
<p>INGENIERO WILLIAMS.</p>
<p>GONZÁLEZ RISOS.</p>
<p>PARADA KM 79.</p>
<p>ENRIQUE FYNN.</p>
<p>PLOMER.</p>
<p>KM. 55.</p>
<p>ELÍAS ROMERO.</p>
<p>KM. 38.</p>
<p>MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.</p>
<p>LIBERTAD.</p>
<p>MERLO GÓMEZ.</p>
<p>RAFAEL CASTILLO.</p>
<p>ISIDRO CASANOVA.</p>
<p>JUSTO VILLEGAS.</p>
<p>JOSÉ INGENIEROS.</p>
<p>MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.</p>
<p>ALDO BONZI.</p>
<p>KM 12.</p>
<p>LA SALADA.</p>
<p>INGENIERO BUDGE.</p>
<p>VILLA FIORITO.</p>
<p>VILLA CARAZA.</p>
<p>VILLA DIAMANTE.</p>
<p>PUENTE ALSINA.</p>
<p>INTERCAMBIO MIDLAND.</p>
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<p><a href="http://bitacoradeunsociologofracasado.nireblog.com/post/2009/11/28/estacion-casbas#comments">Comments</a></p>]]></description>
	<pubDate>Sat, 28 Nov 2009 12:54:35 +0100</pubDate>	</item>
	<item>
	<title>NUESTROS NIÑOS SON NUESTRA HISTORIA...</title>
	<link>http://bitacoradeunsociologofracasado.nireblog.com/post/2009/11/19/nuestros-ninos-son-nuestra-historia</link>
	<guid>http://bitacoradeunsociologofracasado.nireblog.com/post/2009/11/19/nuestros-ninos-son-nuestra-historia</guid>
		<description><![CDATA[<p>PETICIÓN DE MANO*</p>
<p> Comenzando el tercer grado, Allan se aparece en la casa de Olivia, y le dice a la madre que está "aprovechando que está sola" para pedir su mano. La mamá, que simpatiza con el niño y sabe de su fascinación por su hija, le responde.</p>
<p>-    Está bien, te doy permiso para que seas su novio. - reflexiona - pero no entiendo por qué Olivia no me lo dijo antes.<br />
-    Es que ella no lo sabe - responde Allan, muy serio.<br />
-    ¿Cómo?<br />
-     No lo olvide - explica él con esa carita de hombre recortado -, en preescolar, después de una reunión de padres, nos vio jugando y me dijo que antes de ser novio de Olivia tenía que pedirle permiso a usted. </p>
<p>Eso estoy haciendo.</p>
<p>*de Marié Rojas.</p>
<p>NUESTROS NIÑOS SON NUESTRA HISTORIA...</p>
<p>ALBRICIAS PARA EL KELO*</p>
<p>No sé si El Kelo se lo merece, pero he pensado algunas veces en escribirle un libro entero para él. El sonido de su nombre siempre hace estallar súbitamente la infancia, la del lienzo blanco, percudido, provisorio.<br />
La infancia con el barrilete orgulloso, multicolor, bramando en lo alto del cielo más hermoso del planeta. Ojalá El Kelo leyera estas palabras que quieren ponerlo definitivamente cercado, límpido, casi en fuga desesperada contra la acechada muerte. Tal vez ese loco nunca llegue a enterarse que no le he perdonado la incumplida promesa del autito, pero siempre agradecí el equipo de fútbol estrenado en un partido que perdimos.<br />
No hubo juguetes en mi infancia. Pero no faltó la honda asustadora de pájaros y un cuzco seguidor y fiel, todo de blanco. Y los inviernos eran duros, aunque la cocinita a leña quemaba su buen fuego, mientras asábamos apetecidas batatas en su ceniza acogedora y humilde.<br />
Cuando El Kelo venía el pueblo era una fiesta. Su risa de grandes dientes que  el agua de otros ríos y el tabaco fueron amarillentando, pugnaba por romper la modorra empecinada de mi pueblo. Me gustaba ver a mi padre con sus muchos hermanos hablando de cosechas, de fenecidas cacerías infantiles y del calibre y la potencia de las armas. Con bastante frecuencia me llevaban de caza, en aquel tiempo tan hermoso.<br />
Yo, con mi bolsito recogedor de perdices muertas y mi afán de cazador incipiente pedía al Aurelio en mi entusiasmo alguna vez prestada la escopeta. ¿Y quién duda que fui un David Crocket en un horizonte de alfalfa?<br />
Y en estampido sin rumbo más de una vez asusté la distracción de una liebre junto a las vías rodeadas de gorriones y de yuyos.<br />
Al regresar El Kelo hablaba de sus viajes. Incitaba a la aventura. Esa vida azarosa, de grandes horizontes marinos, incendiados crepúsculos, derrotados azahares que obsequiaba a sus novias. Regalaba con generosidad a esas muchachas consecuentes, de ojos soñadores, empañados por una vida monótona y ajena, allí reinaban las agujas, la lana de invierno, la oscura magnolia que se riega en los veranos y aquellos altos peinados que hoy miramos en las fotografías con cierta nostalgia, tal vez porque así se peinaban nuestras tías.<br />
Pero déjenme que les cuente ahora y si es posible aventando la nostalgia y los pesares, de la belleza de Teresa Laura, la menor de mis tías quien siempre me tuvo preferencia. Era muy hermosa, estaba llena de énfasis y estaba llena de vida y amó la declinada luz de los crepúsculos y el fervor amarillo del Otoño y la risa clara, inocente de sus hijos. Pero al cumplir cuarenta años nos dejaba. Como una moneda que se pierde en el barro su sonrisa dejó súbitamente de brillar.<br />
Déjenme que cante ahora que sus huesos fueron comidos por la muerte, yo que nunca soporté lo irreversible, no me resigno ahora, qué quieren que les diga. Odio la muerte. Siempre amé la espiga.<br />
Un poco mayor es mi tío Eduardo. Extremadamente tímido, el Ñato Isaías compartió tantas travesuras infantiles y tantos días de caza y tanto fútbol conmigo y con Aurelio.<br />
Lo trajeron desde mil kilómetros, desnudo, envuelto apenas en una sábana neutra de hospital, con las uñas llenas de arena. Hacía veinte años que la familia nada sabía de él. Yo no lo vi, pero dicen que tenía el cabello quemado por el sol, el viento y la sal marina de aquella ciudad costera donde al parecer vivió.<br />
Me dijeron además que su cara era de asombro, de placidez, otros dicen que de hastío. Yo no sé.<br />
Pensaba escribirle al Kelo, porque siempre dicen que a él la muerte no lo encontrará dormido y mucho menos sin mujer y sin vino. Yo siempre pensé que el destino me lo pondría alguna vez enfrente. Y pensé que tal vez alguna tarde al doblar una esquina lo viera con su mameluco descolorido manejar orondo, alguno de esos autos increíbles, que yo siempre le conocí por fotografías y que tal vez podría oír su risotada quebrando como un cuchillo el tráfago del día.<br />
Pero no. los años pasan y uno ya no sabe si volverá a verlo un día, si vive, si alguna vez se enterará que yo le escribo o si seguirá incansable transitando todos los caminos.</p>
<p>*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar</p>
<p>Simultáneo*</p>
<p>Mi hijo pequeño me da un grito desde su habitación:<br />
-Papá, ¿qué significa simultáneo?<br />
-Que sucede al mismo tiempo que otra cosa, hijo.<br />
El silencio se hace de nuevo en la casa, y aunque intento continuar con lo que tenía entre manos, advierto que he quedado atrapado en la pregunta, o quizá en la respuesta. Todo el rato están sucediendo cosas simultáneas. Mientras yo escribo estas líneas, un perro ladra en la casa de al lado y alguien llora en la de más allá. Lo difícil es encontrar el hilo conductor de esos acontecimientos.<br />
-Mientras tú tiras el pan -me dijo un día mi padre-, un niño se muere de hambre en África, o en la India.<br />
En este caso, el problema no era encontrar el hilo conductor, sino desencontrarlo más bien. ¿Qué culpa tenía yo de que mis pérdidas de apetito coincidieran con aquellas defunciones masivas en el Tercer Mundo? La sincronía, en otras palabras, no implicaba causalidad, pero esa asociación quedó establecida en mi cabeza, a modo de un circuito eléctrico, y ya no podía tirar un trozo de queso sin matar a alguien al mismo tiempo. "Me acabo de cargar a un indio", pensaba tristemente mientras me deshacía del bocadillo de mortadela. Cometí entonces muchos crímenes a los que debo remordimientos incontables. Tendría que explicarle a mi hijo que dos hechos simultáneos no tenían por qué depender uno de otro, para que no sufriera. Así que a la hora de la cena le dije:<br />
-Que dos cosas sucedan a la vez no quiere decir que estén relacionadas, hijo.<br />
-¿Entonces por qué suceden a la vez?<br />
Supe que cualquier respuesta que le diera sólo serviría para aumentar su confusión y la mía, sobre todo la mía, de forma que cambié de tema y, simultáneamente, me atraganté. El niño me lanzó una mirada irónica y yo decidí que mi padre llevaba razón, aunque ello supusiera cargar con la responsabilidad de todas aquellas muertes africanas.<br />
No tenemos remedio.</p>
<p>*de Juan José Millás.</p>
<p>*Fuente: http://www.clubcultura.com/clubliteratura/clubescritores/millas/articuento172.htm</p>
<p>Aquella luz de abril*</p>
<p>*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar  </p>
<p>Antes los crepúsculos rodaban como peñones violetas sobre todas las conciencias en los atardeceres íntimos, quietos y un poco desolados. Era cuando el mundo comenzaba y, no era entonces importante un poco o mucho de tristeza, porque siempre había un motivo cierto de alegría, y también el sueño de uno que se inscribía en otro más alto, más grande, que abarcaría todo el futuro, donde los niños volverían a nacer perfectos, diremos parafraseando a César Vallejo.<br />
De todos modos, optimismo y juventud iban de la mano, aunque Borges supo decir no sin razón que a cierta edad temprana de la vida se sienta la vocación del sufrimiento, cuanto más gratuito y cuanto más pegado a los ideales, mejor.<br />
No era entonces raro -no podía serlo que tras una ilusión no importa si lejana, no importa que irrealizable, lo bueno era que una circunstancia feliz nos ponía con la energía a mil. Podía ser -según la edad una promesa, la de un juguete, por ejemplo, que nunca teníamos, o una salida al cine a ver una película esperada, o un viaje, o, ya más grandes, una fiesta, un baile, lo posible ponerse de poder mirar unos ojos anhelados y que, en lo posible, esos ojos nos miraran. Aunque sea, un poco, nada más.<br />
Todo esto nos serviría para esperar el sueño blando con una sonrisa que nuestra madre adivinaba en la profunda oscuridad.<br />
También estaba aquella pasión excluyente de entonces, el fútbol.<br />
Ya como meros espectadores, como hinchas o también como protagonistas de los picados de potrero o con los equipos: camisetas, pantaloncito y botines, se entiende.<br />
También estaba aquello de cierta luz evanescente, que subía en los atardeceres del mismísimo pasto ya expuestos o expectantes de rocío, que vendría en poco tiempo a fecundar esas hojitas verdísimas, alegres de tanto sol, de tanta luz, la misma luz que encendía hasta las más oscuras conciencias y las haría despertar.<br />
Era la luz sin embargo la que iba cambiando la ilusión de las cosas y a veces las trasportaba en mera ilusión de los sentidos, sobre todo en las siestas, cuando la luz densa de octubre filtraba ese polvillo que el poder de las flores diseminaba en el aire, y el polvillo que los vehículos esparcían sobre los seres, las plantas y las cosas mismas lograban un ámbito de inusitada rareza, algo que nosotros percibíamos aún sin observar demasiado.<br />
Esa es la luz que llevo conmigo, la misma luz que envolvía a mi madre, a sus quehaceres humildes pero fundamentales para que toda la casa funcionara como una pequeña orquesta, pero en esa misma pequeñez oficiaba de orden para que el universo funcionara, los animales parieran y los pájaros cantaran en su<br />
plena testarudez, con o sin sentido, con alegría obcecada, porque sí, porque obedecen a un orden que está por encima de la estupidez humana como esa pequeña florcita de malvón que no llega a rojo, pero se le aproxima cuasi pálido, no ostentoso, humilde, pero pleno en su esplendor que arrasa toda prevención, y alienta todo desatino, desde esas ollas viejas que ofician de macetas, y que mi madre dejó al pie del ceibo que sus manos plantaron y las dejó allí, con intenciones de seguir regándolas todas las mañanas, pero un día no pudo, y no por olvido voluntario, sino porque de improviso emprendió ese camino que le quitó de nuestro amor para siempre, aunque duela y no haya resignación posible y uno deba recordarla -como era- en un pasado que se torna irremediable a fuerza de ser inquirido.<br />
Pero así son las cosas. Así deberemos aceptarlas.<br />
Sin embargo, otro día, otra tarde se apea en mi recuerdo y no en octubre sino abril y media tarde. El perro ladra, un sulky se aproxima lentamente por esa cortada cubierta de gramilla donde nunca llega nadie, sólo tía Argía, muy de vez en cuando y lo hace en sus viajes al pueblo desde aquella chacra lejana, más lejana y sola en mi memoria.<br />
El caballo se detiene al chasquido seco de su látigo que golpea el aire seco, duro, como una lámina estática de aceite.<br />
Yo estoy feliz, y no sé por qué. Tal vez alguna víspera de un encuentro futbolístico, tal vez alguna expectativa de una salida al cine ya que rara vez me concedían ese esperado permiso.<br />
No sé, no sé.<br />
A veces vuelve esa tarde y vuelve esa luz que no eludía mariposas porque no era la época, pero sí los pájaros que en ese tiempo eran numerosos y esquivaban limpiamente los temibles gomerazos que dirigíamos a esa felicidad desprevenida que ostentaban un evidente desenfado, y, de vez en cuando uno<br />
caía con el piquito en sangre, asesinado.<br />
¿Pagaré alguna vez aquella punta de gorriones que se transformaban en almuerzos de mi gato?<br />
Hoy, adulto, apelo a mi inconciencia de niño, para dar una razón, a tanto daño inútil, evitable. Pero muchas veces uno -más en ese tiempo actúa por mera imitación, lo cual no quita la culpa, tal vez la morigera.<br />
Con esto quiero dejar constancia que un día de abril pudo ser confundido con el día de un octubre cualquiera, por la confusión de aquella luz que ponía vida, esplendor y alegría sobre las cosas.<br />
O, a lo mejor, digo, la alegría en mí por alguna cosa que ya no recuerdo, seguramente fútil, o no, tal vez son importantes en ese tiempo y hoy ya he olvidado, como tantas cosas en la vida.</p>
<p>PSICOANALISIS DE UN HIJO DE PADRES DESAPARECIDOS<br />
Niño exiliado*</p>
<p>"Nuestros niños son nuestra historia social", advierte el autor, al referirse al chico cuyos síntomas expresaban "el temor a estar eternamente condenado a elegir entre un dilema de hierro: traicionar la causa de sus padres para poder salvarse o tener que inmolarse como ellos y por ellos".</p>
<p> Por Juan Carlos Volnovich *</p>
<p>El espacio del síntoma, en el análisis de niños, es también escenario de una historia social que impone su presencia y torna estéril cualquier intento por silenciarla. Nuestros niños son nuestra historia. Cada generación se apropia de la historia al advenir a ella y encarna los mitos de las que la preceden. Nuestros niños, como historia nuestra, son testigos-testimonio de un proyecto genocida, de una empresa de exterminio y, en cada síntoma, en el más banal de los síntomas del menos neurótico de nuestros niños, habla el espanto y la tragedia que amenaza repetirse a cada paso. Nuestros niños y nosotros, en el más aséptico análisis individual, estamos marcados por los mismos horrores.<br />
Me referiré a Andrés, un pibe que analicé cuando regresé del exilio, allí por 1985. Tengo presente su mirada celeste, tierna, escrutando mi lugar y mi persona. Frente a mí está ese pibe rubio de nueve años, obediente, educadito. Está turbado. Cuando nuestras miradas se entrecruzan, se ruboriza; con su inhibición y su vacilación me va dejando entrever que no está cómodo, que no sabe qué hacer. Pasa así un largo rato y la impaciencia -la suya, la mía- aumenta. Entonces, ¿qué vamos a hacer si ni él sabe decir ni yo preguntar?<br />
Andrés tenía poco menos de dos años cuando lo encontraron acurrucado en la bañera, vestido. La puerta del departamento estallada, los estragos de la violencia militar por doquier y, desde entonces, la ausencia definitiva de los padres. Una vecina lo recogió y luego lo cuidaron compañeros de militancia de los padres y familiares; pocos meses después, su abuela lo recibió, cuando aún no había aprendido a hablar, en lo que llegó a ser un confortable exilio parisino. De allí regresó a los nueve años, en marzo de<br />
1985, y aquí nos encontramos. Vivía entonces solo con su mamá (su abuela) y su único síntoma: una otitis crónica con perforación del tímpano, por lo que "hay que cuidarlo mucho y no dejarlo salir" en invierno "por el frío,  ¿sabe?". En verano no puede ir a la pileta por aquello de meter la cabeza en el agua.<br />
Extraña París, claro; se conmueve -y me conmueve- cuando habla de su perrito francés que no pudo traer.<br />
-Si perdí a mi perrito, entonces, es que siempre voy a perder las cosas que quiero.<br />
En nuestro segundo encuentro vacila, pero finalmente se decide:<br />
-Te voy a hacer un dibujo -dice.<br />
Es un hombre con la camiseta del seleccionado argentino, en medio de un camino absolutamente desolado.<br />
-En París tengo un amigo. Federico se llama. Federico también es exiliado, pero él se quedó allí. El perrito está con Federico.<br />
El "exiliado" resonó con la intensidad de un escalofrío. Funcionó como clave y contraseña. Entonces, me dispara un:<br />
-Vos también estuviste exiliado, ¿no?<br />
Entonces, el turbado soy yo, que no sé cómo hablar ni cómo callar. Pienso que llevo más de veinte años de oficio. Podría haber aprendido a ser más eficaz, me digo. Siento la misma precariedad de un novato; o peor. Y para colmo, allí está él, que me asedia con su mirada cándida y su palabra. Sé que ahora lo escribo como antes respondí en silencio. No obstante, para mi asombro, "exiliado" funcionaba.<br />
Funcionó como clave articulante entre el perrito y Federico, ausentes, y yo, un desconocido presente a encontrar. Sólo que ese encuentro no estaba fundado en la competencia de mi práctica psicoanalítica<br />
-testimonio de un saber-, sino que partía de un equívoco de creencias: Andrés pensaba que podía confiar en mí, que yo podía entenderlo, más que como psicoanalista, como exiliado. Y yo pensaba que no era mi saber competente sino la incomodidad de mi silencio la que había habilitado el lugar para que sus<br />
dibujos y sus palabras comenzaran a fluir. Y fluyeron. Llegaron las sesiones, los juegos, los dibujos, las asociaciones y los sueños.<br />
Si contenido hubo en las sesiones, eso que solemos llamar "material", porque lo produce el paciente; si intervenciones hubo, eso que solemos llamar "interpretaciones", porque las dice un analista, versaron sobre cómo la pérdida y el dolor llevan a sentimientos de vergüenza. Y la vergüenza es una dificultad muy grande. La vergüenza es difícil de decir y es difícil de callar. Pues bien, con esa vergüenza, con esa dificultad, estábamos.<br />
A partir de aquí, Andrés se volvió animoso, como la democracia del '85, y empezó a coleccionar calcomanías. Le parecieron lógicas -ya que su papá desaparecido se llamaba Ricardo- aquellas con la banderita argentina como fondo de "R.A.".<br />
Con ellas intenta ocupar (opacar) el vidrio de su ventana hasta que la habitación queda prácticamente a oscuras.<br />
Junta, colecciona, acumula calcomanías y se lamenta por no conseguir "de las de antes", aquellas que se había perdido.<br />
Puedo reconstruir, ahora, algo de lo que entonces le dije sobre su infancia perdida, como un tiempo lejano, inapropiable, opaco. Algo sobre el dolor resultante de esa opacidad y sus esfuerzos por recuperar, guardar, atesorar, coleccionar al fin, aquello donde él se reconoce. Aquello que lo representa y refleja.<br />
-Sí, pero se me pierden -rezonga-. Nunca las encuentro. Si no las pego en el vidrio, se me pierden. Yo nunca encuentro lo que guardo. No sé dónde las pongo. Mi mamá dice que, si sigo así, algún día voy a perder la cabeza.<br />
Entonces, a través de estas pistas -transparentes en su opacidad-, a partir de estos indicios, tan sabios como ingenuos, se inauguró el análisis; se hizo un espacio para que la palabra alusiva, en la que asoma y se esboza la trampa del texto inconsciente, ocupara el lugar del decir indeterminado de los síntomas.<br />
Si la presencia del síntoma es la pérdida y el olvido: ¿qué silencio le hace estallar el oído? ¿Qué<br />
no-recordado se repite como supuración por ese agujero en el tímpano? Pues, al escurrirse, intenta encontrar una salida, que es fallida, al no estar ligada a la verdad que la causa. Si la cura esperada es que el agujero se cierre para posibilitar la salida (impedida en invierno "por el frío ¿sabe?", y en el verano por el peligro de meter la cabeza en el agua) damos con la paradoja de que el agujero no lo deja salir.<br />
Y se hace coherente, entonces, la culminación del proceso: cuando toda la ventana queda cubierta de calcomanías "R.A." cesa la supuración y cicatriza la herida.</p>
<p>Calcomanías<br />
Por primera vez en muchos años, Andrés está cerrado; su oído, sano. Y, mientras dibuja aviones de despegue vertical y globos aerostáticos, comenta, como telón de fondo, el juicio a los militares que hicieron desaparecer a sus padres y que se escurren por el agujero, rajadura, de una ley fallida.<br />
Cuando, en Semana Santa, Raúl Alfonsín lo convoca para ser testigo de su desmoronamiento, Andrés, al regreso de la manifestación en la Plaza, defraudado, dolido, despega las calcomanías; el vidrio de su ventana se hace transparencia y vacío.<br />
Con el presidente que se le cae, caen las calcomanías y aparecen los miedos.<br />
Tiene miedo a la ventana abierta y al balcón. Cierra todo: postigos y cortinas. Es invierno y no importa, pero, cuando llega diciembre y hace calor, Andrés prefiere soportarlo antes que abrir la ventana. Está<br />
doblemente aterrado: por la ventana abierta y por la irracionalidad de "eso" que le pasa. Y algo más: el viento, el rugido del viento. Ese silbido que lo asusta y lo angustia, y que en un piso alto es inevitable.<br />
Llega marzo, abril: primer aniversario de la Semana Santa Trágica y el presidente -"lamentable", me dice- habla por televisión. Cuando le digo que, seguramente, le duele haber visto a Alfonsín haciendo el ridículo, "cayéndose", y que él quisiera poder valorarlo más y también hacerse valer, volar y tener valor para salir al balcón sin temores, me cuenta un chiste:<br />
-¿A que no sabés en qué se parecen Olmedo, Monzón y Alfonsín? En que cada vez que salen al balcón, hacen cagadas.<br />
Por entonces, Andrés abre sin miedo la ventana y sale triunfante al balcón.<br />
Hasta aquí, tres años han pasado desde nuestro primer encuentro. Años en que tal vez, más que pensar los contenidos, importa rescatar que hubo encuentro, que hubo un lugar en donde Andrés pudo decirse y yo, escucharlo. Un lugar en donde pudo decirse la historia.<br />
Que sus padres desaparecidos, sin enterrar, retornarán mil veces y como rugido silbante, intentarán entrar por la ventana abierta, me parece una evidencia tan obvia que no vale la pena anticiparla.<br />
Que el miedo de Andrés a la ventana abierta es el anhelo de saltar por la ventana, me parece una evidencia que, aun así, llamará a la polémica.<br />
Pero afirmar que la angustia por el desmoronamiento de Raúl Alfonsín es un síntoma de excelente salud, miedo al fracaso del padre, temor a la caída que impida el propio fracaso y la propia caída es, tal vez, menos evidente y más audaz.<br />
Es entonces cuando intentar fortalecer y valorar la posición del padre, aunque sea a costa de tenerle miedo al espacio vacío, ventana afuera, se nos impone como camino posible de la cura.<br />
Porque la ventana cerrada protege de la violencia exterior que derribó la puerta años atrás y, también, del viento rumoroso. Pero el miedo al viento como objeto es mucho más, es miedo a ser objeto del viento. Es el temor a estar eternamente condenado a elegir entre un dilema de hierro: traicionar la causa de sus padres para poder salvarse o tener que inmolarse como ellos -y por ellos- para saldar su falla. Destino de sobreviviente después de la masacre, ir para donde lo lleve el viento engañado en su ilusión de volar o caer ante la ausencia de una referencia paterna que le impida zafar del vendaval.<br />
Entonces, se ilumina. Tiene que hacer un dibujo conmemorativo del Primero de Mayo y sabe, claro está, de los mártires de Chicago. Pero no. Elige una escena porteña. Un gran cartel en medio de la calle: "HOMBRES TRABAJANDO" y, detrás, un policía blandiendo el bastón sobre la cabeza de un trabajador.<br />
Se divierte en la sesión mientras lo dibuja y le sale "copante". No obstante, en la sesión siguiente, me cuenta que cambió de opinión y que no lo presentó. En su reemplazo hizo otro "menos político".<br />
-Vos sabés. No me conviene que el profesor de dibujo, que es medio facho, se ensañe conmigo. Ni es bueno que yo me regale así nomás.<br />
Si propongo este fragmento clínico es porque en la presencia elemental del síntoma de Andrés, en la supuración de su oído, en la fobia a la ventana, en el miedo al viento, todo se anuda, la trama confluye y torna inútil la pretensión abarcativa de comprender psicoanalíticamente -o sólo psicoanalíticamente- el síntoma y su destino.<br />
El tímpano y la ventana soportan la angustia que a su vez condensa una historia individual y social que en el proceso terapéutico me incluye y torna interminable su análisis.<br />
Sería esquemático y simplista establecer una continuidad entre el fantasma y lo social. Todo se superpone. En la historia de Andrés, las dos vertientes hacen coalescencia o telescopan las escenas. Y esta escena me incluye y me interpela.<br />
Si propongo este fragmento es para buscar en su lectura, como quien lee un diccionario compacto y minúsculo -cuerpo infantil-, el trazo elocuente de nuestra historia de hoy: historia de un país, de una familia, de un niño.<br />
Ese trazo histórico, ese latigazo encarnado, ese sujeto hecho síntoma es, claro, núcleo de verdad histórica. Testimonio mortífero. Marca de violencia.<br />
Violencia que ocupa, prepotente, el lugar protector, habilitante, de la ley.<br />
Violencia que lo dejó huérfano, que lo arrojó al exilio y que hace retorno en el cuerpo agujereado y supurante; en el miedo a la ventana abierta por la que, acaso, pueda caer o se cuele el viento.<br />
Pero ¿qué violencia? ¿La del régimen que hizo desaparecer a sus padres o la de sus padres que, al desafiar al régimen, lo abandonaron? ¿Actualización contingente, a los doce años, de sus fantasías parricidas o sufrimiento por tenerlas vedadas? ¿Desajuste, esfuerzo de adaptación de un casi francesito en migración, desexilio, que vuelve a una patria a la que, se sabe, uno nunca vuelve, siempre va, porque ya es otra?<br />
Han pasado casi veinticinco años desde nuestro primer encuentro, aquel de las miradas anhelantes y turbadas. Veinticinco años en los que, tal vez, más que pensar los contenidos pertrechados de mi doctrina (episteme con el que pudiera articular cierto discurso explicativo), importa rescatar que hubo<br />
encuentro, que hubo un lugar en donde Andrés pudo jugarse y decirse y en donde yo pude escucharlo. Andrés terminó su análisis en 1989 y desde entonces nos hemos vuelto a ver, ocasionalmente. Una de ellas, cuando el decreto que indultó a los militares volvió a reactualizar el horror del desamparo.</p>
<p>* Extractado de un artículo incluido en Subjetividad y contexto-Matar la muerte, coordinado y prologado por Gregorio Kazi, que también incluye textos de Enrique Carpintero, Ivan Fina (coord.), Horacio C. Foladori, Gilou García Reinoso, Alfonso Lans, Daniel Navarro, Marcelo Percia, Alberto Sava (coord.) y William Siqueira Peres. El libro será presentado el próximo sábado de 11.15 a 12.45 en el Congreso de Salud Mental y Derechos Humanos de Madres de Plaza de Mayo.</p>
<p>-Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-135523-2009-11-19.html </p>
<p>Los lobos*</p>
<p>Me pregunto si alguna vez podremos<br />
librarnos del asedio de los lobos,<br />
cuando creemos que al fin se retiraron<br />
vuelven y nos recuerdan / con sus aullidos,<br />
que aún están allí, agazapados,<br />
con su hambre de carroña,<br />
con sus fauces atroces,<br />
tratando de alcanzar, con un zarpazo,<br />
los restos del festín.<br />
Algunos se han cubierto la pelambre<br />
con el cuero de algún cordero muerto<br />
y simulan, no sin arduo trabajo,<br />
una digna actitud de mansedumbre.<br />
Pero no pueden con su naturaleza<br />
y al verlos todos juntos mostrando ya sus garras,<br />
gruñendo desconfiados de su propia jauría,<br />
me invade nuevamente la profunda tristeza<br />
de pensar que, además, podrían tener cría.</p>
<p>*de Celina Vautier.  celka@arnet.com.ar</p>
<p>*</p>
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<p><a href="http://bitacoradeunsociologofracasado.nireblog.com/post/2009/11/19/nuestros-ninos-son-nuestra-historia#comments">Comments</a></p>]]></description>
	<pubDate>Thu, 19 Nov 2009 18:26:31 +0100</pubDate>	</item>
	<item>
	<title>DESPERTÉ CON EL TIRÓN DE MIS RAÍCES...</title>
	<link>http://bitacoradeunsociologofracasado.nireblog.com/post/2009/11/15/desperte-con-el-tiron-de-mis-raices</link>
	<guid>http://bitacoradeunsociologofracasado.nireblog.com/post/2009/11/15/desperte-con-el-tiron-de-mis-raices</guid>
		<description><![CDATA[<p>HISTORIAS</p>
<p>El arcón de las ausencias</p>
<p>deja asomar historias,</p>
<p>pequeñas y largas historias </p>
<p>inconclusas en el tiempo.</p>
<p>Contarlas no tiene objeto,</p>
<p>serían olvidos negados</p>
<p>por quienes nunca partieron</p>
<p>en busca de un unicornio blanco.</p>
<p>Y echarlas a volar al viento,</p>
<p>se confundirían con palomas</p>
<p>pero al volver no habría nido</p>
<p>que protegiera su insomnio.</p>
<p>Así que cierro mi arca</p>
<p>y acuno historias de olvido.</p>
<p>*de Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar</p>
<p>DESPERTÉ CON EL TIRÓN DE MIS RAÍCES...</p>
<p>El regreso*</p>
<p>Doctor Bautista Simón Illapantac, lee a través de la transparencia de la caja, en la tarjeta que encabeza el lote de doscientas. Los títulos, la profesión, con todo eso que le ha costado tanto regresa a su pueblo, vuelve a su hogar y a la curiosidad de verla a Alicia.</p>
<p>Kilómetros más kilómetros cambiando follaje por piedra, subiendo en diagonal de sur a norte hacia las estribaciones de los Andes, y después de transbordar en San Salvador para alcanzar el micro local, Uquía, clara hasta hacer daño a los ojos. Valle elevado y angosto de tierra pedregosa, calles estrechas que suben y bajan, casas blancas de techos ásperos, contiguas; otras casi suspendidas en la ladera del cerro –imponente Huaca-.</p>
<p>El colectivo empolvado frena suave en la esquina sin ochava del almacén de Pedro. Todo está igual, piensa. Su madre, esperándolo, lo desmiente; enjuta, con sus trenzas desteñidas en finos trazos blancos. Entonces se da cuenta que pasó una vida, una vida sin verla encanecer de a poco, ni descubrir cada nueva arruga en su rostro moreno. A su lado, una mujer que desconoce, la acompaña.</p>
<p>Se descuelga del micro y abraza a su mamacita en cuerpo y alma, llora de emoción al sentirla tan cerca, cuando desvía la vista, advierte que la desconocida es Alicia, la que prefirió quedarse en el pueblo. La atrae, reteniéndola con amor ido en un segundo tras haberlo defendido por años. Impacto brusco, desilusión, todo junto.</p>
<p>Flanqueado por las dos mujeres camina el trecho que lo separa de la casa y a medida que sube la cuesta, su mirada  abarca más y más el caserío engalanado para el festejo. Saluda a los amigos, pregunta por sus hermanos, los cinco desperdigados a lo largo de la Quebrada, con distintas ocupaciones y en familia.</p>
<p>Entra al hogar orientado al Este, su maleta recala. Le salen al encuentro el mismo olor a humo de la infancia, idénticos colores, aunque menos brillantes, pero cuanto más pequeña y chata le parece la casa. Busca en  el patio al árbol de ramaje tierno, las ramas nudosas del lapacho lo ignoran traspasándolo de frío en el mediodía caluroso. Se ve niño parado en el mismo lugar, con los ojos  fijos en la copa del árbol, esperando que caiga una flor en el cuenco impaciente de sus manos… Si alguna conservada entre dos hojas de un cuaderno llegó con él a Buenos Aires. </p>
<p>Junto a los fieles asiste a la procesión que recorre Uquía, suben y bajan del cerro serpenteando por el camino polvoriento. Finalizada la ceremonia, la imagen vuelve a su pedestal en el altar mayor, la custodian las pinturas de los ángeles arcabuceros, expresión cándida y paradojal del arte indígena. Repica el campanil en la iglesia caleada para la ocasión y se dan la mano Viracocha y la Virgen, en paz  regresan los píos a su continuidad.</p>
<p>Empecinado en los recuerdos sigue buscando los afectos, le confía a Alicia su desasosiego. Ella lo escucha con atención. Él se desnuda fragmentado, tratando de conciliar la realidad con sus vivencias de adolescente. Intuye que ha perdido su lugar sin esperanzas de recuperarlo.</p>
<p>El doctor Bautista Simón Illapantac, especialista en vías aéreas superiores no hace falta en el pueblo, donde sus habitantes se ríen del apunamiento y siguen mascando coca para evitarlo, tienen su propia medicina y otros códigos, distintas alegrías y preocupaciones ajenas.</p>
<p>Ya no encaja Bautista en esa dinámica primitiva, tan hermética y a la vez tan íntegra, que al compararla con sus once años de estudios terciarios siente que los conocimientos adquiridos lo han llevado como por un embudo, al que se entra pleno, a los borbotones  y se sale retaceado y mezquino. Y lo perdido, lo perdido lo poseen las dos mujeres por el hecho tan simple de haber echado raíces en el pueblo que las vio nacer.</p>
<p>Lo que podría haber sido para siempre, sólo fue un extenso y merecido tiempo de vacaciones. Se va después de mirar largamente a su madre, se lleva su risa viéndola disfrutar con la fiesta de la diablada en Humahuaca. Hoy Uquía le hace daño.</p>
<p>De regreso a la Capital se detiene en Tilcara y en el Pucará, como un turista más, admira la fortaleza construída por los indios Omaguacas, con su jardín botánico de altura y la curiosa piedra campana que emite un sonido similar al tañido del bronce. Quién sabe cuándo volverá a transitar la Quebrada.</p>
<p>En el otro camino, el de la vida, perdió el tren de la totalidad. Por elección subió al que se bifurca y allá va el flamante doctor, por un carril su corazón, por el otro su acervo, conciliando sentires.</p>
<p>*de Ana Maria Diaz Velo anadiazvelo@hotmail.com</p>
<p>EL ÁRBOL*</p>
<p>     Había decidido cortarlo, le traía demasiados recuerdos. Había crecido a su sombra, en su tronco tenía las iniciales de sus amores, que ascendían en la medida en que su cuerpo se estiraba: amor de infancia, amor de adolescencia, amor de adultez, aquel oculto amor imposible... No había por qué almacenar tantas remembranzas, era hora de borrar el pasado y vivir el presente.</p>
<p>         Llegaron los de la poda y comenzó el lento proceso de derribarlo, el camión esperaba para llevarse los fragmentos. Escuchó el sonido de la sierra, impávido.</p>
<p>         Mas cuando lo vio caer, algo le hizo correr a su encuentro, arrodillarse y contemplarlo, ajeno a partir de ahora del viento y la llovizna, de lunas y de soles...</p>
<p>         Habló entonces, deshojando su último aliento vital, por milagro el árbol, mostrándole su pecho herido de iniciales:</p>
<p>    “Yo te quise más que todos, pues te amé en silencio”.</p>
<p>*de Marié Rojas.</p>
<p>PROTOHISTORIA*  </p>
<p>“Soñé que era un ala, desperté con el tirón de mis raíces.”<br />
CLARIBEL ALEGRÍA - NICARAGUA</p>
<p>Cuanto daría por evadir la impiedad de esa noche.<br />
Cuanto daría, cuanto.<br />
Pajonal jadeante. Oscuridad.<br />
Abrumadora soledad del médano.<br />
Los pies descalzos han cruzado la gruta del deseo.<br />
Un enero de polvo desolado muerde la prisa del verano.</p>
<p>Aullido martillo. Viento pujante.<br />
Jano mira hacia el Este.<br />
Desnudez fecundada.<br />
Rosa abierta, desangrada y expuesta.<br />
Morir / nacer / penumbra / luz.<br />
Pájaros de papel buscan el crepúsculo  sangrante<br />
del día.<br />
La muerte no tiene futuro.<br />
Rompe el silencio la ternura enmarañada del primer llanto.</p>
<p>Han partido los huéspedes de sombra.<br />
¿Adonde irán? ¿Dónde los llevarán los médanos?<br />
¿Quién llevará la cruz y quién la espiga?<br />
Detrás ha quedado el agua, el eclipse, el brote.<br />
El cardal y una rama de sauce.<br />
Un país desconocido aguarda<br />
Cuánto daría por que vuelva esa noche.<br />
Cuánto daría, cuánto.</p>
<p> *de Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar</p>
<p>CREPÚSCULO EN “COLONIA HANSEN”*</p>
<p>El viaje lo hicimos por caminos bien cuidados, flanqueados por trigales amarillos y grandes franjas de soja. De vez en cuando un monte y a los costados: yuyos y un cielo limpio alrededor.<br />
Hacía años que no me internaba por ese trazado prolijo de caminos reales que conectaban varias colonias con el pueblo. Hubo varios recodos y cruces, tantos que si mi hermano no hubiera estado conduciendo con seguridad nos habríamos perdido.<br />
Viajamos charlando con entusiasmo, en mi caso escuchando las anécdotas que contaba mi tío Pancho Isaías, gran merodeador de estos campos cuando el abuelo arrendaba el campo de don Carlos Burky, allá por el treinta.<br />
Traté de armar, de ordenar ese rompecabezas del pasado familiar campesino, juntando las que contaba mi padre y estas versiones –nuevas para mí- del tío.<br />
Una cosa era segura: la pobreza, las necesidades, la imaginación de ocho hermanos para inventar los juegos con un padre severísimo y apegado compulsivamente al trabajo como eran aquellos inmigrantes de principios del siglo veinte.<br />
De vez en cuando un cuis cruzaba raudo delante del motor del auto y por la ventanilla veíamos dibujar el aire al vuelo de una bandada de golondrinas que buscaban orientarse en su ruta hacia el mar.<br />
Mientras tanto el crepúsculo giraba lento e incuestionable y allá al fondo del campo un melón naranja languidecía gigantesco.<br />
Antes de alcanzarlo, doblamos.<br />
Mi hermano iba explicando quiénes eran los dueños de estos campos, mi tío constataba con sus recuerdos, que a veces coincidían con la actualidad y otras, no.<br />
Después de un rato de andar, desembocamos en una calle ancha, muy ancha, flaqueada por eucaliptos centenarios, algunas pocas casas, de hondísimos patios que rodeaban cercos de tejidos romboidales, con perros, gallinas que picoteaban con entusiasmo el suelo, perros ladradores.  A un costado del caserío una blanca capilla con su techo típico de dos aguas, pintado de un furioso colorado. Cruzando en diagonal, el edificio de la escuela y otra calle atravesando a ésta por donde ingresamos , no más de una docena de casas y en la esquina donde se juntan las dos anchas calles, el bar de mi amigo Emir y su venta de combustibles. Es el centro del pueblo, tiene teléfono, internet y es estafeta de correos. Me dice que quedan 39 productores que viven en la zona. La colonia está en un punto privilegiado, equidistante de cinco pueblos que la rodean.<br />
Hay también un par de casas cerealeras con sus galpones de acopio, sus máquinas secadoras, sus balanzas para camiones y esas altísimas columnas de hierro que nunca supe para qué servían y mi ignorancia me inhibió de inquirir.<br />
En la única manzana del pueblo está la escuela y el hueco de un antiguo almacén de ramos generales, y un densísimo montecito de higueras, plátanos, olmos, eucaliptos, todo cruzado por lianas de enredaderas salvajes. Allí se interna Salvo, el loco del pueblito, un manso hombrón que dialoga con los pájaros y se pasa horas metido en ese laberinto inextrincable.<br />
Cuando uno camina por ese sitio, sale y se pone al lado. Si uno le habla, no contesta, aunque Emir dice que todo lo entiende. Y luego de caminar algunos metros de silenciosa compañía, desaparece con el mismo sigilo. Cuando los camiones cargan cereal en tiempos de cosecha, se acerca a mirar. Se pasa horas allí. Luego misteriosamente desaparece, escondiéndose entre los árboles.<br />
Así actúa, entonces lo tomamos como parte del paisaje, con toda naturalidad, sin hacer comentarios estúpidos como hice cuando lo conocí. Se llama Salvador, pero todos le dicen Salvo. Tiene dos hermanos más y viven cada uno en una casa distinta, los tres solos, los tres vecinos.<br />
Después de dar una vuelta  a paso lento por el magro pueblito, nos llegamos hasta el bar de Emir Menza, quien con toda indolencia atendía a un par de parroquianos parcos vestidos con ropa de trabajo que evidenciaban su pertenencia al trabajo rural.<br />
Después de los saludos y de recordar por enésima vez cuándo nos conocimos y cuándo nos hicimos amigos (eso forma parte del ritual) nos sacó una mesa al patio (es un decir, mejor dicho a la calle bajo unos coposos paraísos centenarios. Nos cortó unos salamines caseros, hizo otro tanto con un rico queso que se fabrica en la zona, puso una botella de un grueso tinto, una bandeja de pan cortado y se sentó con nosotros.<br />
La sola visión de esos manjares nos puso de muy buen humor a todos.<br />
La casa, una construcción antiquísima y que conoció mejores épocas tiene una cantidad impresionante de habitaciones de las cuales sólo ocupa algunas. En la esquina funciona el bar y una pequeña despensa, al lado tiene la cabina telefónica, su oficina y su computadora, tiene otra habitación que usa como depósito y el resto de la casa está vacía, ya que él vive en una casita enfrente, con su madre octogenaria, que le ayuda en el bar. A un costado tiene los depósitos de combustible. Todo lo rodea una vegetación envidiable.<br />
La tarde mientras tanto retrocedía con el sol que allá lejos – aunque parecía que lo teníamos muy a mano- repartía haces violetas y amarillos que se filtraban tras de los trigales donde los “brasitas de fuego” iban a apagarse tirándose de cabeza, como carbones ardiendo.<br />
La charla se hacía muy animada de a ratos. Miré el rostro de esos hombres que compartían ese momento tan único: mi tío con quien no coincidíamos hacía mucho en el pueblo ya que vive en Córdoba, mi amigo Guillermo que fumaba en silencio, entrecerrando los ojos para evitar su propio humo, mi hermano que no fuma, junto a su infaltable botella de agua mineral.<br />
Ese día quise ser consciente de esa felicidad irrepetible, de ese gozo inmenso que me producía estar así, entre gente querida, que a las ocasiones las suelen pintar calvas y me dije para mí que iba a disfrutar al máximo de ese momento.<br />
De pronto le pregunto a Emir por la antigüedad de la casa.<br />
-         Fue construida en 1897- contestó sin vacilar.<br />
Al parecer por allí iba a pasar un tren y se lotearon cien terrenos, se construyeron las primeras casas, pero luego con el paso del tiempo ante la ausencia de ese factor de progreso, el pueblo no creció más que esas dos  manzanas.<br />
Recordé otras épocas más florecientes de la colonia. Cuando íbamos a jugar campeonatos de fútbol en mi niñez, o ya en la adolescencia íbamos a los bailes que se realizaban en la escuela o en el salón del club ya desaparecido como dije antes. Ni club ni salón, sólo recuerdo.<br />
También tuvo su época de oro en la década del sesenta cuando un inquieto maestro, muy querido, de apellido Reixach organizaba las carreras de limitada santafesina, tenían un conjunto de teatro con sus ex alumnos y toda cuanta actividad podía realizar para elevar el espíritu lo tenía como un entusiasta propulsor.<br />
Quisimos conocer la capilla, que  uno de los hermanos del loco nos abrió diligentemente.<br />
Con la promesa hecha a Emir de volver otro día a constatar sus dotes de eximio cocinero –ya un mito en la zona- fuimos subiendo de a uno al auto. Le di un abrazo fuerte a mi amigo, quien me hizo prometer que lo llamaría por teléfono “para hablar de política”, ya que además es un caudillo de la zona.<br />
Era ya noche cerrada. No quedaban ni el loco ni el sol ni los pájaros amigos del loco.<br />
Los árboles y las casas sólo existieron cuando los faros del auto los fueron iluminando fragmentariamente y el silencio era el testigo mudo del placer de cuatro hombres reconciliados tal vez con lo mejor de cada uno.</p>
<p> Invierno, 2001 </p>
<p>*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar  </p>
<p>Historias con nombre y apellido<br />
La mujer que nunca pudo dejar de nadar*</p>
<p>*Leila Guerriero<br />
LA NACION</p>
<p>El mantel llegaba hasta el piso y la oscuridad, bajo la mesa, era perfecta.<br />
Allí, sobre las baldosas de la cocina, en la casa de Floresta de avenida Directorio, María Inés, María Cecilia y Germán, los tres hermanitos Mato, practicaban el fino arte de la navegación en fragata imaginaria. Luchaban para intentar el abordaje, desplegaban las velas, tomaban posesión del puente de mando. Durante esas contiendas una de las dos hermanas mellizas llevaba ventaja. Cuando el combate arreciaba, cuando las bombas se hacían insoportables, la hermana llamada María Inés se quitaba la prótesis de la pierna derecha y la usaba como cañón.<br />
Los nadadores de aguas abiertas podrían dividirse en competitivos (aquellos que participan de maratones), no competitivos (los que se enfrentan de forma individual a "eventos clásicos": cruzar el Canal de la Mancha, atravesar el Estrecho de Gibraltar) y los otros, los que nadan en geografías hostiles donde casi no hay registro -por lo menos contemporáneo- de nados anteriores.<br />
No existen en el mundo demasiados sitios como ésos, pero es probable que María Inés Mato, 43 años, nadadora de aguas abiertas -frías-, amputada de la pierna derecha a la altura de la rodilla, haya nadado, de esos sitios, en todos.</p>
<p>* * *</p>
<p>-Mi hermana tuvo el accidente enfrente de mi casa. Estábamos con papá y vino el colectivo. Fue muy traumático -dice Germán Mato, físico, desde la Comisión de Energía Atómica, en Bariloche, donde vive y trabaja desde hace más de 20 años-. Mis padres trataron de protegernos de las consecuencias<br />
emocionales, intentando que no interrumpiéramos la rutina de ir a la escuela. Pero fuimos muy tranquilos. Quizás el problema de Inés hizo que no hubiera mucho margen para generar otros.</p>
<p>* * *</p>
<p>-Yo tenía cuatro años, y el colectivo era muy grande. Fue un problema de desadecuación de tamaños. Crucé cuando no tenía que cruzar. No me seccionó la pierna; me aplastó. Trataron de salvarla, pero estuve por entrar en una gangrena generalizada. Así que, al final, la cortaron.<br />
Le pusieron prótesis y ella rompió dos, por usarlas como cañón, como espada, como garrote contra otros compañeros. La de ahora tiene ya 16 años y se llama Fellini.<br />
-La tengo que cambiar. Siempre está la fantasía de hacértela: elegir una buena madera, tallarla.<br />
Es fornida; lleva el pelo entrecano. Viste jeans, zapatillas, camisas simples, morral indígena. Conduce un auto con un embrague que se acciona desde el volante. Tiene una renguera leve en pierna derecha, apenas. En el colegio la exceptuaron de las clases de educación física y cree que eso, esa excepción, habla del extraño estado de las cosas.<br />
Se hizo nadadora a los seis años, en un club de Belgrano que era también un instituto de rehabilitación. Descubrió que se movía bien en la ausente gravedad del agua y que lo suyo no era nadar rápido, pero sí mucho. Que no la aburría lo cíclico: el ir y venir cual hámster húmedo. Que le gustaba escuchar las cosas que usualmente no escuchaba fuera -el ladrido de los pulmones capturando el aire, el pistoneo del propio corazón- y la visión lateral, disminuida, la desfiguración grácil del mundo.<br />
A los 12 conoció el mar: "El poder de la masa de agua y el ruido, y darse cuenta de que el agua no es totalmente agua porque tiene partículas sólidas". Terminó el secundario, siguió nadando en clubes y empezó a cursar Letras porque era gran lectora y "por absoluta imposibilidad de estudiar cualquier otra cosa". Ahora, su único sustento es el sueldo que gana como profesora de Semiología de la misma facultad donde estudió.<br />
Hasta 1991 o 1992, fue nadadora de piscinas varias y, esporádicamente, del mar. Un día Gabriel Decunto, guardavidas de Mar del Plata, la vio nadar y le dijo: "Vos tendrías que cruzar el canal de la Mancha". Ella lo miró y pensó: "Está loco". Meses después la invitaron a correr una carrera por el río<br />
Paraná.<br />
-Yo nunca había nadado en el río. Y fue increíble lo que tuve con la corriente, con la opacidad del agua, con la textura aterciopelada, mucho más suave que el agua de mar, con el reflejo de los árboles, la caída de las hojas sobre el agua. Hice una promesa interna. Dije: "Esto es mío; yo tengo que hacer esto; tengo que procurarme una forma de estar acá todo el tiempo, de ir nadando a todas partes". Mucho después, tomé un café con David Viñas.<br />
El había sido profesor mío y me expuso un panorama de lo que un estudiante de Letras podía hacer: ser profesor, periodista, crítico. Pero, en un momento, se detuvo y me dijo: "Vos, en realidad, ¿qué hacés?" Y mi respuesta espontánea fue: "Yo nado". Reconocerme como alguien que nada me hizo tomar decisiones. Viajó a Mar del Plata, buscó a Gabriel Decunto y le preguntó:<br />
"¿Vos me decías en serio lo del Canal de la Mancha?", y él le dijo: "Claro", y le presentó a Claudio Plit.</p>
<p>* * *</p>
<p>Plit cruzó el Canal de la Mancha en dos ocasiones y fue campeón mundial de aguas abiertas cinco veces. Nació en Rosario, vive en Mar del Plata, practica yoga, es taoísta y lo primero que le preguntó a María Inés, cuando ella fue a pedirle que la entrenara para cruzar ese desierto de agua, fue para qué quería someterse a un entrenamiento de dos años, acumular volúmenes inverosímiles de nado en el encierro cementicio de una piscina y enfrentarse con ese demonio líquido que sólo había permitido que 70 de los 7000 que lo intentaron lograra atravesarlo. Ella le respondió: "Porque nadar me pone en un vínculo distinto con el tiempo. Y porque no me dan miedo las distancias".<br />
El aceptó entrenarla; ella volvió a Buenos Aires, dejó la facultad, consiguió una beca y se mudó al Centro Nacional de Alto Rendimiento Deportivo (Cenard), donde nadó, durante dos años, todos los días, en una piscina descubierta que estaba a su única, total disposición.<br />
-Nadar 12 kilómetros en una pileta fue lo peor. Estás encerrada; rebotás contra las paredes. Si no hacía algo para disociar esa situación, no lo iba a lograr. Y así fue como empecé con la meditación, las visualizaciones y las cartas: escribir cartas de invitación a gente que para mí era importante y<br />
repetirlas durante esas tres horas de nado, como un mantra.<br />
La primera carta está fechada el 29 de mayo de 1995 y dirigida al subcomandante Marcos: "Subcomandante, vamos a la Mancha [...]. Descansemos sólo lo necesario para continuar. Lo que va quedando atrás es sólo eso. El resto, el hilo mínimo que transforma la distancia en tiempo. Subcomandante, vamos, o venga usted aquí, para salir y cuanto antes alcanzar el continente". La segunda está fechada el 15 de junio de 1995 y dirigida a Federico Fellini: "La nave ya está yendo, Federico [...]. Y la nave va a buscarte, a buscarte a vos también, o sobre todo".<br />
-Empecé a visualizar el Canal de la Mancha en las condiciones más terribles, porque te puede tocar nadar con sol, de noche, con tormenta. Siempre se ve la natación como un esfuerzo físico, cuando lo difícil es lo interno. Te podés aburrir, podés pensar "¿qué estoy haciendo acá?". Y lo arduo es tener<br />
todos los sentidos puestos en el presente. Ver qué pide el agua y cómo respondés, porque el agua manda. Yo, además, me había preparado para encontrar el agua muy fría nadando en pleno invierno en Mar del Plata.<br />
Entró al Canal de la Mancha por Shakespeare Beach, Dover, Inglaterra, a las 5.15 del 25 de agosto de 1997.<br />
-Todavía era de noche y el barco guía llevaba las luces encendidas. Yo nadaba en esa aureola de luz, y era como un teatro que se desplazaba. Fue muy poético.<br />
Los nadadores veloces cruzan en menos de 12 horas. Ella recorrió los 47 kilómetros en 12 horas y 48 minutos y, cuando terminó, supo lo que tenía que hacer: no volver a nadar nunca en su vida.</p>
<p>* * *</p>
<p>-Estábamos en Inglaterra, mirando el canal -dice su entrenador, Claudio Plit-. Ella había estado dos años gestionando dinero para hacer el cruce y, para alguien que quiere hacer deportes, toda esa gestión es muy desgastante.<br />
Entonces, me dijo: "Dejo de nadar". Y discutimos mucho.<br />
-El -dice María Inés- me dijo: "¿Qué te queda pendiente?". "Encontrar agua fría", le contesté. El agua del canal estaba a 15, 16 grados, y eso no es agua fría. "¿Y la encontraste?", me preguntó. "No". Entonces, me dijo: "Nunca te quedes con cosas pendientes en el agua". Y fue para seguir el rastro del agua fría en que María Inés volvió a nadar.</p>
<p>* * *</p>
<p>-Chicos, ¿quién me va a buscar una tiza?<br />
Son las 11 y María Inés empieza a dictar su clase de los martes: Semiología, pleno CBC. El aula cementicia, pintada de blanco y verde, tiene una pizarra y 50 varones y mujeres, y banderas que dicen: "Abajo el golpe en Honduras".<br />
Ella habla del sujeto y el objeto del discurso, de Umberto Eco, del análisis aplicado a la carta que Rodolfo Walsh escribió cuando su hija Vicky murió en un enfrentamiento con los militares. Todos la escuchan, pero no se sabe si saben lo que esta mujer hace, lo que esta mujer más es: una mujer que nada.</p>
<p>* * *</p>
<p>-Ella no nada con prótesis -dice Plit- porque no están hechas para nadar, pero para un nadador fondista, la patada no es fundamental. Genera mucha demanda energética y eso, en distancias largas, es un problema. María Inés era buena nadadora de pileta, pero no descollante. En lo que hay que sacarse<br />
el sombrero es en el agua fría. Lo que ella hizo lo hicieron dos, tres tipos en el mundo, y con grasa o neoprene. Ella se mete sin nada.<br />
-¿Qué hacés cuando nadás? -dice María Inés-. Buscar con las manos masas de aguas quietas. En el diálogo entre el nadador y el agua se producen zonas de agua que funcionan como puntos de apoyo. Lo que uno hace al nadar es escalar. Te apoyás en esa masa quieta con las manos, y trasladás tu cuerpo.<br />
Lo central es la toma del agua. Tomar el agua, apoyarte en el agua, subir.<br />
En 1999, ingresó en el libro Guinness de los records cuando nadó 34 kilómetros por el mar Báltico, durante 11 horas y, en parte, a través de una alfombra de aguas vivas. En 2000, nadó 50 kilómetros rodeando la isla de Manhattan durante 9h 50- y la contaminación del río Harlem le produjo vómitos violentos. Un día decidió que ya estaba bien de aquellas aguas amables, por tórridas, de 13 grados de promedio, y buscó su primer destino helado. Eligió el canal Beagle y supo que necesitaba un lugar de<br />
entrenamiento. Miró el mapa, vio el lago Argentino, El Calafate, provincia de Santa Cruz, Parque Nacional Los Glaciares, y se dijo: "Ahí".<br />
-Ya trabajaba en una meditación con cristales de cuarzo. Había elegido un cuarzo salvaje, con una forma muy parecida a la pared de un glaciar, que me acompañó hasta el final, en todos los cruces. Cuando fui por primera vez a El Calafate y expliqué lo que quería hacer, los guardaparques se asustaron.<br />
La gente piensa que te vas a morir. Pero me dieron todo el apoyo. Me llevaban al lago; yo nadaba y, a medida que me iba habituando, decía: "Quiero agua más fría". Y me llevaban más adentro.<br />
Finalmente, el 3 de marzo de 2001, a las 13.01, se internó en el canal Beagle, que sólo habían cruzado la norteamericana Lynne Cox y el mendocino Gustavo Oriozabala. Nadó con una temperatura ambiente de 3 grados bajo cero y aguas a 6°5. La guiaba un barco en el que iban Plit y Vicente Graziano, un flautista que tocó, durante la travesía, la banda de sonido de Cinema Paradiso y que la acompañó, después, en cada cruce. Aquella vez, cuando salió del agua, miró a Plit y le dijo: "No estaba frío. Al final, me voy a<br />
tener que ir a nadar a la Antártida". En 2001, cruzó el estrecho de Gibraltar, en 2003 nadó durante 46 minutos en aguas a 4° a lo largo de la pared del glaciar Perito Moreno y empezó a pensar, muy seriamente, en cruzar el estrecho de San Carlos, que separa -o une- las islas Malvinas.<br />
-Nadar en el glaciar era como ir a Río de Janeiro. Buscaba agua fría y no la encontraba. Hasta que en Bariloche un amigo me dijo: "¿Vos querés nadar en agua fría? Yo te voy a llevar". Me llevó al ventisquero Negro, donde nace el río Manso. Eso es más hielo que agua en estado líquido. Está a 0° 8. Y me tiré. Tres días después seguía con los dedos anestesiados. Dije: "Si puedo nadar acá, puedo nadar en la Antártida".</p>
<p>* * *</p>
<p>El cuerpo humano tiene una temperatura central y una temperatura periférica. María Inés logró, a través de técnicas de meditación y control respiratorio, aumentar o mantener estable su temperatura central aun si su temperatura periférica desciende a niveles drásticos. Cuando fue a ver al doctor Néstor Alberto Lentini, coordinador de tecnología y ciencia del Cenard, le dijo que quería nadar en la Antártida y le contó cómo pensaba hacerlo. Y el doctor Lentini no le creyó.<br />
-Le dije: "Que vos tengas la sensación de que tu temperatura aumenta me parece bien, pero no te lo puedo creer si no lo puedo comprobar" -dice Lentini-. Para probarlo, ella hizo una sesión de concentración mental en su habitación y medimos y confirmamos que la temperatura suya había aumentado un grado.<br />
María Inés Mato entró a las aguas de la Antártida desde la base Jubany, en febrero de 2006, a las siete de la mañana, y después de una noche de perros en la que no pudo aclimatarse, durmiendo en el camarote de un buque oceanográfico y con diez grados todo alrededor.<br />
-La tierra fue más difícil que el agua -dice-. Nadé 20 minutos, pero podría haber seguido.<br />
-A través de una cápsula que ella ingería -dice Lentini-, podíamos controlar la temperatura interna. La temperatura del agua estaba en 2°1 y la externa era de 10 grados bajo cero. La temperatura periférica de ella bajó a niveles de 35 grados, y la temperatura central subió un grado y se mantuvo estable.<br />
Después de un determinado tiempo fuera del agua, empezó a recuperar su temperatura, sin síntomas de hipotermia.<br />
El proyecto del doctor Lentini se llama termorregulación en aguas frías y abre un signo de interrogación a aquel viejo dogma marinero que dice que hombre al agua es hombre muerto.</p>
<p>* * *</p>
<p>Un día de 2007, María Inés estaba en el Parque Nacional Los Glaciares, entrenándose para nadar en las Malvinas, cuando soñó que su cristal de cuarzo se rompía. Despertó con una angustia vaga, pegajosa, de la que no pudo deshacerse. Al día siguiente, tanteando la mesa de luz, desconcertada, su mano chocó con algo y ese algo cayó al suelo y se hizo añicos.<br />
-Era el cristal. Me dio una angustia horrible. Era como una señal. Me fui a ver a un gran amigo que vivía ahí y le dije: "Mirá lo que me pasó: se rompió el cristal". Y me dice: "¿Cuándo fue que decidiste tenerlo?". "Cuando empecé a nadar acá". "¿Y por qué lo elegiste?". "Porque tenía esta forma parecida<br />
al lago Argentino". "¿Y vos viniste acá para ir dónde?". Y le digo "A las Malvinas". "Bueno", dice, y pone los trozos del cristal roto sobre la mesa: "Ya es tiempo". Los dos pedazos del cristal tenían la forma de las islas.</p>
<p>* * *</p>
<p>-Ella -dice Plit-empezó muy deportista y los últimos cruces no fueron tan físicos sino mentales. Es una nadadora intelectual y llenó esos cruces de arte. Por eso, entiendo que ahora ya no quiera nadar más. Porque su cuota deportiva la cumplió.</p>
<p>* * *</p>
<p>El viernes 21 de marzo de 2008, María Inés fue, por última vez, la nadadora: cruzó el estrecho de San Carlos, que separa la isla Gran Malvina de la isla Soledad. Ocho kilómetros cubiertos en tres horas con el agua a 9 grados.<br />
-Fueron unas aguas tan raras. Como si fueran hojaldre, como capas de agua.<br />
Yo pensaba: "¡Pucha! Tantas aguas recorridas y ésta viene a ser el agua más rara de todas". Pero fue maravilloso. Ahí dejé enterrados los trozos del cristal y cerré. Terminé con las aguas abiertas. Sigo nadando, cumpliendo aquella promesa que me hice de nadar en todos lados, pero al final no encontré el agua fría. Entonces, ya está, porque no hay aguas más frías que esas.</p>
<p>Más frías que las aguas que no existen: las aguas que soñó.</p>
<p>El personaje<br />
MARIA INES MATO<br />
Un ejemplo de superación</p>
<p>Quién es: nadadora de aguas abiertas. Profesora de Semiología en la Facultad de Letras de la Universidad de Buenos Aires. Coordinadora del área de Deportes de la misma facultad. Perdió parte de su pierna derecha en un accidente, a los cuatro años. Nació en Buenos Aires en 1965. Es soltera.<br />
Qué hizo: cruzó el Canal de la Mancha en 1997. Gracias a ejercicios de meditación y respiración, pudo nadar sin protección térmica en aguas heladas como las del ventisquero Negro, cerca de Bariloche; el glaciar Perito Moreno, el Canal de Beagle, la Antártida y las islas Malvinas.</p>
<p>*Fuente: http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1199465&pid=7673346&toi=6267 </p>
<p>Alicia y la maravilla*</p>
<p> Alicia vuela.</p>
<p>    En azules unánimes.</p>
<p>  Se rompen las estatuas, el tiempo circula,</p>
<p> vuelve al momento</p>
<p>  en que con el pie en punta, los brazos alzados,</p>
<p>   Alicia se despega.</p>
<p> Y en el mismo instante bifurcado</p>
<p>  se junta</p>
<p>   con la caricia de un suelo de conejos.</p>
<p>*De Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar</p>
<p>*</p>
<p>Inventren Próxima estación: CASBAS.</p>
<p>Colaboraciones a inventivasocial@yahoo.com.ar</p>
<p>http://inventren.blogspot.com/</p>
<p>*</p>
<p>Apreciadas amigas, queridos amigos,</p>
<p>Este domingo 15 de noviembre de 2009 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del grupo costarricense Editus. Las poesías que leeremos pertenecen a Pablo<br />
Neruda (Chile) y la música de fondo será de Darío Robayo (Colombia).<br />
¡Les deseamos una feliz audición!</p>
<p>ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at<br />
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!<br />
(Recomendamos usar http://24timezones.com/  para conocer las diferencias horarias).</p>
<p>REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!</p>
<p>Freundliche Grüße / Cordial saludo!</p>
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	<pubDate>Sun, 15 Nov 2009 14:48:57 +0100</pubDate>	</item>
	<item>
	<title>SIN MOLESTAR AL VIENTO NI AL SILENCIO...</title>
	<link>http://bitacoradeunsociologofracasado.nireblog.com/post/2009/11/10/sin-molestar-al-viento-ni-al-silencio</link>
	<guid>http://bitacoradeunsociologofracasado.nireblog.com/post/2009/11/10/sin-molestar-al-viento-ni-al-silencio</guid>
		<description><![CDATA[<p>SIN MOLESTAR AL VIENTO NI AL SILENCIO...</p>
<p>Poema de Cachi*</p>
<p>*De Horacio C. Rossi - en la terraza<br />
(Oct.1953/mayo 2008)</p>
<p>Poema de Cachi … sin molestar al viento ni al silencio…<br />
alta naturalidad de luna y sol<br />
y frío (para mí: llego del llano, de los grandes ríos)… </p>
<p>y es así… </p>
<p>sonando esa lengua kakán de los hombres y mujeres llamados, según dicen, pulares, cuyos misterios todaviaún persisten…<br />
lengua castellana de acá, </p>
<p>como la lengua venida de por allá, traslamar, y que una vez fue mía, la de allá, venida, y que ahora me hizo suyo, la de allá, llegada… </p>
<p>sonando esa lengua kakán, digo, sobre la vía del río entre los inmensurables cascotes…<br />
en viaje presoñado, hacia poema…<br />
pudiendo castiya, ansiando kakán para el poema… </p>
<p>(*)</p>
<p>Poema de Cachi… palabras que no quieren molestar al viento ni al silencio…<br />
pisando las mismas calles que pisaron los hermanos mayores… los Dávalos, Leguizamón, Castilla…<br />
me visto con sus nombres por dentro…</p>
<p>Y sigo anotando, ya de vuelta en casa, sin molestar, yo también, ojalá de silencio,<br />
el de allá, el de acá, el de allá bajo viento, el de acá bajo ruído…</p>
<p>Algo quiero haber aprendido, y me miro los dentros para saber<br />
… (ya falta menos)…<br />
y me toco los días en Cachi, la casi nada que estuve ahí, mirando y ojalá, tan ojalá, si, algo viendo…</p>
<p>(*)</p>
<p>Viéndome, por ejemplo, frenado a propio miedo, todo entero yo, ante una tal Quebrada del Diablo, supongo, nombre que ni oí, y por supuesto que ni la bajé,<br />
frente a los volcanes gemelos de cráter lateral, como en espejo, vieras Vos,<br />
cerca La Poma de la Eulogia Tapia: </p>
<p>es como que me quise seguir estando acá, en esta casa casi todo el tiempo ajena, mundo de las zonceras, de la ciudad,<br />
no quise confiarme al precipicio… en verdad…<br />
desorientado, yo, conmigo,<br />
como lo estarían allá los kilómetros decimales si existieran…</p>
<p>(*)</p>
<p>Sobre esa ruta usurpante del camino peatón de los chaskis correos trotadores<br />
hacia y desde el Qosko Cuzco, portando quipo khipu, registros en código de barras legible en quichua keshua, </p>
<p>pero sonando en la prohibida y arrasada lengua kakán su corazón de aún hoy caminadores a paso digno de admirar…</p>
<p>(*)</p>
<p>y así hasta ahora, bajo todos los dominios que siguieron habiendo por lo que ahora son siglos de la era vaticana,<br />
y que ellos siguieron sufriendo bajo las indignas de nombrar basuras que los siguieron explotando con bandera y moneda y guardia propias hasta cuándo…</p>
<p>“¡Señores Dueños de Casa: tengan firme su bandera, / que venimos desde Salta levantando polvadera!” decía la canción…<br />
yo no comprentendía, claro, era niño, cómo podría haber otra bandera…<br />
(mi mamá, maestra, me había dicho que había una sola…<br />
parece que había muchas)…</p>
<p>(*)</p>
<p>Poema de Cachi… el tiempo es de mañana…<br />
Cachi, sitio del último engorde de los arreos herrados, antes de tramontar rumbo al Sol, alto, o al Sol, poniente…<br />
Cachi Adentro… con río de cascaditas… sitio de enseñar… algo pude aprender: </p>
<p>(*)</p>
<p>Aprender que no se gasta la piedra, bajo l´agua, yuyo a yuyo…<br />
apenas, sí, se gastan las chapitas rotas de tierra asada, pinturadas, rojo y negro el marrón, con amarillos talvez, no las ví bien… </p>
<p>¿Rotas por qué, rotas para qué?…:</p>
<p>por y para que ya no tenga agua de nieve o de bicho… ¿quién?…<br />
agua de tajo en la nube de hielo con nieve o en la tibia garganta del bicho… ¿quién?…</p>
<p>por romper el invasor las cosas del que ahí estaba, para que no tenga…<br />
o por rompérselas el koya diaguita al que venía llegando, para que no tenga…</p>
<p>y no pueda guardar y deba se ir…<br />
que, si no puede guardar agua, tomará hielo… tragará carne cruda y sangre y polvo… en fin…</p>
<p>(*)</p>
<p>Yo me mostré haber aprendido a lavar las reliquias monedísimas… admirarlas hasta sentirlas dentro…<br />
y dejarlas poray… que todo eso es su casa….</p>
<p>Pasante, yo, nomás,<br />
llevado por alguien del lugar, que acaso nació siervo,<br />
y cantó, para otra turista y para mí, su copla a la Pacha Mama, tierra mamá, en los graneros secretos de los inka inca inga: </p>
<p>¡kusiya kusiya!... ¡animate, Mamá, Tierra!...</p>
<p>“tengo un vario sentimiento” cantó el guía... algo así… “madretierra”…</p>
<p>(*)</p>
<p>Agrego yo:<br />
no sagrada, porque nada ni nadie, Señora, te hace serlo:<br />
Vos ya sos lo que eso querría decir…<br />
y no hay palabra, entonces… ni hace falta….:</p>
<p>tierra, madre, vida, amor, luz, no necesitan ninguna otra palabra,<br />
no son menesterosas…:</p>
<p>¡kusiya animate, mamá!:<br />
está pasando lo que tenía que pasar…<br />
ciertas cosas están, pero pasando…<br />
Vos sabés muy bien…<br />
y pasarán…<br />
porque pasa lo que tenía que pasar:</p>
<p>¡kusiya kusiya, pacha mama!... </p>
<p>(*)</p>
<p>y hay alegría en el hogar…<br />
de rojos tapiales el hogar, color brasa del fuego:<br />
esa arte del fuego que calienta las cosas de la vida, todas naturales: </p>
<p>las que parece que se mueven… las que parece que no… sin fin…<br />
las pobrecitas que parecen gente… las que todaviaún no… las que ya no… sin fin…</p>
<p>(*)</p>
<p>y anduve, también, “la capital” del Koya Suyu, provincia incaria de todo por ahí, toporay quel crioyo diz, esa Casa Morada, en La Paya,<br />
sitio que apenas si me parece o creo nomás visité –  rollo de fotos que perdí… </p>
<p>diluyendo miedos y ahogos, esponja exprimida me llamo en el cuaderno…<br />
pampeano, yo, del río Paraná,<br />
caminando, ahí, yo, siempre, a (pajueranos o sea extranjeros a más de convencionales o sea inexistentes) tres mil metros decimales de altitud</p>
<p>sobre el nivel actual de la mar que alguna vez dejó por ahí su sal y sus reliquias…</p>
<p>solo, conmigo, en la mañana desabrochada, andariego, peregrino:<br />
morral, cámara, prismáticos, turista...</p>
<p>(*)</p>
<p>p o e t a<br />
(eso, tenía en común: de eso, había)<br />
(por eso, me sentía recibido)<br />
(y lo era, lo estaba, o no podría estar anotando ahora esto)…</p>
<p>(*)</p>
<p>Poeta venido, y llegado en buenhora<br />
                                                            – fatiga<br />
y a la vez descansancio –<br />
                                          dejando las reliquias en su sitio,<br />
las huellas de ya haber estado por acá…</p>
<p>cuando era alguito, nomás, más nuevo el nevado que parece una montura perfecta para las dóciles llamas, generosas de entrega, allá atrás…</p>
<p>(*)</p>
<p>sitio lleno de niños ofrendados, de inexplicables ruídos sin derrumbes,<br />
de avistamientos de no sé bien qué, muy bien escritos en las piedras caladas que hay </p>
<p>en el patio de la casa de arcada ojival:<br />
arco de ojivas es siempre de casamayor o principal…</p>
<p>(*)</p>
<p>“No sé qué voy a decir de este viaje” anoté páginas antes de este borroneo en arreo…<br />
y está bien… sigo así…<br />
me voy enterando, al leer lo que escribo… lo que transcribo:</p>
<p>diz el cuaderno, a veer: </p>
<p>(*)</p>
<p>C a c h i …:<br />
peña de la soledad  –  paisaje hermoso, en lengua kakán…<br />
Ocasión de nombrar la verdad con belleza… por ello:<br />
O c a s i ó n  d e  P o e s í a … </p>
<p>Originario, ya, Poema de Cachi… por cierto que sí…</p>
<p>Mera ocasión de “sal” para los inkcga,<br />
como esta mi tierra Argentina fue mera ocasión de “plata” para los hambreados y ambiciosos de Europa, igual… </p>
<p>(*)</p>
<p>“líneas de argumentación para volantear a tejuela” anoté en Cachi, frente a la plaza, durante mi último almuerzo:<br />
muslo de pollo, vino tinto de Cafayate, quesillo y miel de caña…<br />
“estoy dado vuelta como un guante” anoté, etcétera…</p>
<p>(*)</p>
<p>Anoto a vuelatecla que, cuando el tiempo es de siesta, en Cachi,<br />
el cielo arde,<br />
hasta el fondo del silencio,<br />
por sobre en cima de las cosas, todas ellas por siempre y para siempre vivas…</p>
<p>Cuando el tiempo es de tarde, en Cachi,<br />
cambia color la luz, cambia la sombra,<br />
cambia la noción de pensamiento, de sentimiento,<br />
y tan sólo la hermosura y siempre el silencio permanecen igual…</p>
<p>Cuando el tiempo es de noche, en Cachi,<br />
los turistas no nos queremos enterar qué tan afuera estamos de pertenecer a ese lugar,<br />
y nos guardamos en los dormideros o salimos a pasear,<br />
a comer algo poray, decimos, en sitios como también los hay en la ciudad, </p>
<p>o a que nos aplaste el cielo que no podemos concebir haberlo visto,<br />
de tánto y cuánto que es…</p>
<p>Frecuentaré infinitamente estas nociones, hasta exponerlas cabalmente bien…<br />
No me gusta anotar a vuelatecla – paro acá…</p>
<p>(*)</p>
<p>Anoto a bolígrafa birome, regalo de cumpleaños, invento argentino, no sé si alguna vez fue marca registrada (r.), </p>
<p>y digo que ahora en el Poema de Cachi yo anoto del convento novicial que ocupa ahora la casamayor (“Sala”) del señor feudal en el paraje Palermo </p>
<p>– quería que la gente tuviese muchos hijos, eso le gustaba – </p>
<p>y la escuela oficial puesta en algún galpón sobre la plaza atrio ondea su nombre de pequeña zorra, que callo con perdón de las reales zorrillas,<br />
y en homenaje al querido poeta que se llamó acaso parecido nomás: no mas…</p>
<p>ondea su nombre para sobar el busto también lustrado a esclavo de los otros patrones…</p>
<p>y sigo viaje, repleto de asco y lástima…</p>
<p>(*)</p>
<p>comprentiendo que estamos cosechando esa siembra, con nuestra perplejidad de incomprensible, incesante duelo… </p>
<p>comprentiendo que tiene su justicia, la tierra, pacha,<br />
y le pido perdón, otra vez, yo le pido perdón…</p>
<p>(*)</p>
<p>el poeta viajando por la ruta argentina 40, sin lágrima, mira, y vee…<br />
está rojo el paisaje, atardecer…</p>
<p>atardecer que atardece también con ocaso para el mundo podrido, que se cae, nomás…<br />
ya se cayó, ni por primera ni por última vez…</p>
<p>y que ojalá de abono digno de que ojalá algo bueno brote desde él… </p>
<p>(*)</p>
<p>ojalá que ojálah decimos, al modo de los moros, inmejorable…<br />
y diosquiera decimos, que es lo mismo…<br />
pero, yo, queriendo llamar a la madre, a la diosa…</p>
<p>que esta gente es la que sigue diciendo tener un dios que los tiene de dueños…<br />
un tal diosmío con firma y sello y lloviznado con aspavientos…<br />
que me importa y me aterra… pero no me interesa…</p>
<p>meros gestos huecos, vacíos de amor…<br />
propios del mundo que se la pasa mostrando cómo ya se cayó…</p>
<p>(*)</p>
<p>Y así es cómo sigo viaje, alegremente, sigo viaje por el Poema de Cachi,<br />
entre rojas arenas compactas, por ante volcanes acaso uno solo, gemelos mellizos siameses, quién sabe, no importa,<br />
no le importa a la tierra,<br />
a la piedra pomez de La Poma, en pirca jaspeada y en campo llamado negro, y claro, cómo, si no… </p>
<p>ni importa ni interesa la tánta lista de las tántas palabras:<br />
todas sirven, nomás, para callarse uno, ahí… callarse… así….</p>
<p>(*)</p>
<p>El extranjero cuadernoso anotador, llevado en andas por un precio en moneda oficial, precio vil, através de las enormes valles del río Calchaki<br />
(“los que vienen perdiendo”, que eso significa, si mal no recuerdo<br />
– me miro al espejo, y lo confirmo), </p>
<p>valles que aquí nunca perdieron su índole de mujer, y por eso es que uno anda acunado, y nombra bien las cosas como a ellas les gusta que las llamen… </p>
<p>(*)</p>
<p>y el guía nos explica cómo se hace la chicha, en el burque ollón, ollaza, casi tinaja de hervir el mascado y macerado maíz<br />
con el resto de l´agua que hará que alcance y baste y sobre para toda la vida… </p>
<p>y el churki (¿será nuestro aromito?) tiñe marrón…<br />
la cebolla roja tiñe beige, diría mi mamá, si mal no comprentendí, copiando al voleo lo posible en el cuaderno de viaje, a paso de charla…<br />
alzo semillas de aska, de leña dura, junto a las cataratitas de Cachi Adentro… </p>
<p>me destrabo… un poco… me distraigo… </p>
<p>las procesiones, hasta Salta ciudad, por allá, tras las impasables montañas:<br />
desde Santa Victoria, 600 kilómetros, a pie…<br />
130 kilos de balanza pesaba un peregrino: y llegó, a pocos pasos por vez… </p>
<p>y las danzas en trance de Luracatao, en fiestas ahora vestidas con nombres pajueranos… me faltó veer, tengo que volver…<br />
tampoco estuve en Seclantás, la de la canción… y tampoco en Tastil…</p>
<p>y de bicarbonato para la coca, está la llista, che: ceniza de cortadera y papa hervida… </p>
<p>para yapar la coca…o sea: agregar, aditar, ¡mirá qué linda, mi lengua castellana!:<br />
yapa y coca son voces quichas keshuas…</p>
<p>como el nacer críos yapa el jornal del deslomado en los cañaverales…<br />
ya lo diz el diccionario: gratuitamente, sin motivo…</p>
<p>(*)</p>
<p>Me distraigo… me apaciguo… : quesillo y miel de caña… jarra de vino… tamal…<br />
Repaso anotación: “turbina esmeril” anoté… por dentro de la “esponja exprimida”…</p>
<p>Ojálah transpire algo dignito, tánto aluvión…<br />
en vayvén… </p>
<p>hace bien, regresar…</p>
<p>hace casi diez años pasé por allá atrás y seguí “al norte”, pal lao del Sol, alto…<br />
y todos los ríos que mojan este Poema de Cachi se me están volviendo a secar hasta la próxima vez…<br />
hasta que les sea el verano…<br />
¡el “Padre Verano” del Manuel J. Castilla, por cierto!…<br />
cuando deshiela arriba y además llueve en las valles… </p>
<p>120 milímetros decimales, decimos en la ciudad, ¡ah!, decimos, ¡miravós!, decimos:<br />
yo nunca tuve un milímetro decimal, ni las 100 hectáreas que me tocaban cuando nací…</p>
<p>Yo tendría que estar hablando de Cachi, no de los milímetros ni de las hectáreas…<br />
pero hablo de esto, porque estoy en Cachi,<br />
o sea en la terraza de mi casa del bulevar en Santa Fe…</p>
<p>admirando el juego de estas acequias con su figura humana estrenando a cadenciosos turnos los cursos de las  vías de agua siempre bebible<br />
de esos ríos que fluyen hacia el Sol, que parecen subir, digamos…</p>
<p>(pimientos, habas…¡hippies!, en el camino a Cafayate!...)</p>
<p>hacia el norte, decimos: preocupados en que sea hacia el norte,<br />
digamos que eventualmente también hacia el Sol, se podría decir, sí…</p>
<p>(*)</p>
<p>No tiene forma eso que Vos llamás Poema de Cachi, se me dirá…<br />
Estoy nombrando cosas casi por primera vez, mirando y viendo qué hay, abarajando un aluvión…</p>
<p>Tirando másbién a desprolijo, tu Poema de Cachi, me dirán: le falta ritmo, rima, cadencia. Buen gusto…<br />
Por cierto. Estoy total y absolutamente de acuerdo. ¡Y me río!</p>
<p>¡Cuidado!, ¡que voy a seguir!… :</p>
<p>(*)</p>
<p>Los hojaldres térreos del llamado anfiteatro junto al camino llamado del inkcga (inka o inca o inga) hacia las vinerías ahora de los doblemente pajueranos remotísimos… </p>
<p>en esta región o zona… </p>
<p>camino por donde se podría solazar el rey (por eso digo región)<br />
como se solaza el Sol (por eso digo zona)… que solazarse es lo que hace el Sol…</p>
<p>en esta región o zona los hojaldres, digo, repito, mero eco todo yo, se explayan y cascotan, se pedrean y olean tiesos hacia allá, </p>
<p>que todo es ir allá, hacia allá,<br />
allá, que no hay:<br />
acá, es tan sólo poronde uno digamos que pasa, </p>
<p>(*)</p>
<p>admirando las arbolitas breas todas enteras verdes, sin hojas, todas hoja, hoja con forma de arbolita,<br />
 ¡h o j á r b o l!...<br />
que, si no tuviese la foto, no las ví, no había… </p>
<p>admirando…<br />
las casas de adobe,<br />
sin tiempo ni para qué, el tiempo ese, decime Vos…<br />
adobe con cuál yuyo dentro…<br />
tampu tambos, bien del tiempo de antes… </p>
<p>(*)</p>
<p>y me quedo callado… hasta que oigo la palabra: </p>
<p>“Ñ A U P A”: “hasta donde lo de atrás tiene fuerza hacia delante”. . .</p>
<p>(*)</p>
<p>Y paro, para agradecer: </p>
<p>¡Muchas Gracias, Santiago Casimiro!<br />
¡Muchas Gracias, Katia Gibaja!<br />
¡Muchas Gracias, Hugo Pérez!<br />
¡Muchas Gracias, Zuleta!</p>
<p>(no me quiero olvidar de agradecer:<br />
o no aprendí nada en la vida)</p>
<p>(*)</p>
<p>Los tampu  “tambos”,<br />
palabra hoy reducida a nombrar meros sitios de ordeñe vacuno, allá lejos, en la pampa húmeda litoral,<br />
eran populosas poblaciones en el camino, centros de interminables incesantes caravanas, con todos los servicios todos los servicios todos los servicios todos…<br />
incluídas las estatales “alegradoras” y las llamas de donosas vulvas sifilizantes…</p>
<p>y digo además que los tampu tambos tienen esas digamos que son ruínas porque se caen de esperar, como con guiño,  al tiempo que no existe… </p>
<p>no existe, salvo hasta donde pueda llegar esa palabra ñaupa, que ahora sé por qué siempre me gusto tánto…<br />
por qué la nombro, y me siento en casa… </p>
<p>(*)</p>
<p>Y ahora anoto a lápiz, mi preferido modo de escribir, lápiz sin esmalte, para que mis dedos escriban tocando directa madera…<br />
Anoto a lápiz para seguir remando los día pasados en Cachi, pro poema… Poema de Cachi…</p>
<p>Sopando el pan casero en la cazuela de los datos religiosos, por ejemplo:<br />
la procesion llamada del milagro, conjurante de terremotos, agradeciendo que no más,<br />
enropada dentro la iglesiería pajuerana, de los que llegaron enlatados a brutear y más o menos siguen nomás así… </p>
<p>Pero estoy hablando de cosas sanas… así que sigo hablando para decir que:</p>
<p>(*)</p>
<p>Así, con ese ropaje, nadie nota<br />
ni los yelmos de plata omawaka humahuaca…<br />
ni los gorros tejidos en cono, otravez rellenos de vida hasta la punta…<br />
ni los niños que aún tienen las aires de su última diurna luz en los pulmones,<br />
como los de allá, en el nevado Yuyaiyaco, “memoria en l´agua”, que eso dice esa palabra ahí… </p>
<p>naides: muchos nadie, nadie de los naides</p>
<p>nota los pisones de piedra volcana, blandidos, en fiesta, por las serpientes brillantes túpaj amaru,<br />
disfrazaditos hoy de malteados ningunos que ni reptan ni brillan,<br />
pero siguen naciendo…</p>
<p>siguen naciendo…<br />
la montonera, propriamente:<br />
la del Cacho Peñaloza, la del Felipe Varela, la del Juan Calchaki,<br />
siguen naciendo, estando, perdurando… </p>
<p>andando las inmensidades por esas vías que son apenitas una línea entre luces…<br />
que las sombras son luces…<br />
con puntuación guijarra, entre las tunas y las breas removibles a pie firme o a bastón, y uno entonces pasa, fácil…</p>
<p>la multitud de solos, la muchedumbre de únicos…</p>
<p>tatuados desde antes de nacer con la cóndor, la puma, la serpiente</p>
<p>y el duende, ese diablo farrero limpiador de penas del vivir, que eso es todo,<br />
ni culpa ni pecado…<br />
que esos ruidos pajueranos nos quedan siempre afuera </p>
<p>del tronar de los tambores achicados que usamos ahora, corazoneros, sombra de la latencia de la tierra…<br />
y de los chiflos silbos pinchos chuzos de las flautantes quenas kenna… solas y sueltas o armando las jangadas del siku simple o múltiple…</p>
<p>(*)</p>
<p>y me nace la copla:<br />
no es tropilla esa gente<br />
ni tiene nadie al frente</p>
<p>no saben que lo saben, pero lo saben muy bien…</p>
<p>(*)</p>
<p>(a vuelatecla inserto que todos andamos como destetados prematuros, buscando amarre para nuestra deriva camalotal, buscando dueño…<br />
quién se haga cargo, que no hay, quién nos contenga, que no hay, quién nos conduzca, que no hay, quién responda, que no hay…<br />
y  pagamos, caro, en vida, en salud, en alegría, en dinero, por ese servicio que ya sabemos que nadie nos presta:</p>
<p>no sabemos que lo sabemos, pero lo sabemos muy bien)…</p>
<p>(*)</p>
<p>retomando el verseo meramente hablador,<br />
para decir que quién va a notar que están con las hachas doble faz labradas en delirio de tramas y texturas, bajo los huesos,</p>
<p>brindando con esos vasos kero, si es que anoté bien,  brillosos de esmaltes invulnerables y ahora también de material plástico,<br />
con ya anuales chorreaduras de cerveza o de coca cola (r.)<br />
o de la chicha amarilla como un Sol mojado y repartido en las manos las bocas las tripas<br />
de la gente gastando los pavimentos de la plaza del Cabildo de la Salta ciudad…</p>
<p>(*)</p>
<p>(ví la foto en el diario de Cachi,<br />
por donde parte de toda esa gente pasó, de ida y vuelta, como a cada giro de la tierra en torno al Sol, </p>
<p>rogando por ante las banderas rojas del Gauchito Gil, aportando botellas con agua para la Difunta Correa, doña Deolinda, ¡kusiya, kusiya!)…</p>
<p>(*)</p>
<p>vistiendo las plumas largas pero opacas del jote o del kuntur cóndor, idóneos cómplices para pasar inadvertibles, también por adentro del cuerpo y de la vida…</p>
<p>acaso por defuera, las plumas, ya de plástico, más baratas y entonces mejor posibles de poder comprar al malvender los papeles y cartones, </p>
<p>y ondear bailando en alabanza de la señora y el señor del milagro…</p>
<p>(*)</p>
<p>los ningunos que siguen naciendo y estando …<br />
y los turistas que, también,  algún día dejarán de estar<br />
y empezarán a ser…</p>
<p>(*)</p>
<p>comprar, digo, adquirir las plumas del cóndor y del jote y también,<br />
para adorno de los yelmos de plata, y también como esas mantas poncho,<br />
las pieles, con pezuñas y colas, del gato uturunku uturunco, </p>
<p>cuyas manchas son “Las Pléyades” de los pajueranos,<br />
arriba del cielo que dejamos vacío cuando ellos llegaron,<br />
y, fijate Vos:</p>
<p>se están muriendo de soledad, por no darse cuenta de que el vacío está lleno:<br />
que hay que fijarse, precisamente, en eso:<br />
en el vacío que hay entre las cosas, que es donde está lo que hay que veer…:</p>
<p>las estrellas son apenas las manchas de una piel… (dicho con guiño)…en fin…<br />
supongo que ya irán aprendiendo…</p>
<p>(*)</p>
<p>YO vi la foto en el diario de Cachi, por eso anoto esto en el Poema de Cachi…</p>
<p>y, en serio, no se notan ni las plumas jaspeadas y ni las colas moteadas chorreándose al viento desde los yelmos de plata batida y labrada,<br />
forrando los escudos de cuero duro y de madera curada y de piedra liviana…</p>
<p>los pajueranos ahora tan sólo quieren llegar a veer, al mirar, el uranio fosforescente, el oro a lavar de la montaña con cianuro, </p>
<p>que para ellos no es la sangre del Sol, asícomo la plata tampoco es nada de la Luna…</p>
<p>mientras chupan como esponjas en las carpas del campo o en los galpones para turistas el famoso “vino salteño, / macho sin dueño” de la famosa canción… </p>
<p>(*)</p>
<p>Todo lo cual yo anoto a lápiz, o sea:<br />
carbón de madera dentro forro de madera rayando papel de madera,<br />
según yo: </p>
<p>ejerciendo el don, poeta que soy…:<br />
en el poeta yo siento que vive mi parte de acá…</p>
<p>todo mi resto es pajuerano, turista yo también,<br />
criollo pronunciado crioyo como kolla se diz coya,<br />
… ya falta menos… </p>
<p>como yo siempre soy el mismo, siempre digo lo mismo: ya falta menos…</p>
<p>(*)</p>
<p>A esta parte de los borroneos en aluvión la anoto reusando papeles de oficina,<br />
hectáreas de bosques, bosques pronto tan inexistentes como las hectáreas…<br />
y anoto para hablar y hablo para tratar de algo decir </p>
<p>de las piedras labradas que ornan las galerías y los patios de la casamayor o Sala de Cachi, hoy museo agradabilísimo y muy bien provisto y mostrado, </p>
<p>confirmante de que hubo gente por ahí de los más viejos y antiguos ñaupas de los ñaupas, hace rato, </p>
<p>y en las piedras las claras caladuras<br />
con siempre alguna cruz, o el triángulo, simple, doble, </p>
<p>y la gente de grandes coronas, como hachas dobles, como en Talampaya, digamos, gentes radiantes, suspensas, seres de luz, enormes como sueños, </p>
<p>y cóndor y serpiente yarará y puma o uturunku…</p>
<p>Y el koya busconeando a su llama<br />
(su permanente y compartida sífilis doméstica y endémica mataba al enlatado matón casi enseguida – justicia de la tierra)…</p>
<p>Y hay la wikuña vicuña espejada como en lago, o la del cielo en la tierra,<br />
Y la llama cuadradota como señorona en su batón de jefa del hogar.</p>
<p>(*)</p>
<p>miro las fotos en mi casa del bulevar, describo…</p>
<p>salgo a la plaza de Cachi, rodeado de perros el Horacio, anoto en el cuaderno de viaje las piedras venidas de la roca volcana: </p>
<p>obsidiana, lajas, mármoles incluso travertino y alabastro, granito, yesos más blandos, esteatita piedra del sapo, arcillas, talcos, engrudos y ensaladas de piedra, de roca…</p>
<p>y hubo alguien que pulió esos costados indomables, y anotó a punzón, a filo, a masaje de arena o chorro de agua o besos de fuego:</p>
<p>una cara plumífera, sonriente, un ciclo espiral, un giro redondel, un círculo de luna en eclipse o anillo nomás, quién sabe, </p>
<p>y, si alguien sabe, no me lo va a decir:<br />
yo soy de aquéllos, vengo de allá…<br />
clarito…</p>
<p>(*)</p>
<p>Paseo las galerías del patio…<br />
las obras de los masacrados ocupan la casa del masacrador…<br />
de quien queda lo que en vida fue, dicho con nuestra castellana doble negación:</p>
<p>No Queda Nada</p>
<p>…y está bien, repito: tiene su justicia, la tierra… sin apuro… como toda obra de luz…</p>
<p>(*)</p>
<p>Y las tierras cristales muestran su lomo escrito, sus palabras reales, poesía verdadera, con la letra minúscula del planeta que somos:<br />
                                                                          nos falta, para estrella…</p>
<p>(*)</p>
<p>Jactancioso, engreído cascotito yo también,<br />
me aferro, por muy quedarme allí,<br />
a la casa de adobe y balaustrada que anda poray,</p>
<p>quietita,<br />
junto al camino,<br />
llena de historias de mundos, </p>
<p>lavada a soledad,<br />
que acaso sea la lluvia más profunda, mejor honda…</p>
<p>y la lluvia natural de agua veraniega llegándole, entonces, de consuelo,<br />
como un guiño en la espera<br />
o un augurio de pronta liberación final…</p>
<p>habitable ruína en estilo italiano, con acento kakán…</p>
<p>lengua kakán que dio, sin duda, ese hablar como repechando lomas, rumbo al nevado… </p>
<p>nevado que, cuando se deja atrás, nunca se deja atrás, y, además,<br />
ya hay otro ahí…</p>
<p>(*)</p>
<p>Y me alegra anotar en mi Poema de Cachi estas líneas claritas,<br />
alegres como alegra veer el nevado al fondo de la pampa tras bajar de la Piedra del Molino rumbo a Payogasta, </p>
<p>esa cancha sin agua para que no la roben…<br />
pero, debajo: uranio…</p>
<p>por eso son alegres y a la vez graves estas líneas claritas, horacitas…</p>
<p>viviente sangre bajo la greda cantan,<br />
como los rostros de estas gentes,<br />
como sus vidas percutidas<br />
a viento duro, agua helada, pasto puna, maltrato cotidiano…</p>
<p>y los saludo:</p>
<p>“¡hoy ando saludador, / como estandart´e comparsa!”</p>
<p>(*)</p>
<p>Trascanto padentro y quieto como esa casa entrando a Cachi,<br />
junto al río de los viandantes al paso, al tranco, al trote, al galope, que es la máxima velocidad para conocer el paisaje:<br />
más rápido, ya es una mera mancha, nomás, y entonces uno sigue ajeno ignorante pajuerano enlatado etcétera…</p>
<p>(*)</p>
<p>Y para memorar todo esto es que anoto en mi Poema de Cachi<br />
estas apenas si generalidades de un viaje de un día entero y dos mitades </p>
<p>que resumió el rezumo de mucho mío andado por esta tierra que me tocó habitar,<br />
desarraigadamente, pagando tánto, todos los días, por casi nada,<br />
creyendo hasta descreer,<br />
desgarrándome los apegos hasta que sólo me quedaron huecos miedos vacíos… </p>
<p>hablo de la basura, de lo que ya no más…</p>
<p>rehablando de cosas sanas, digo que:</p>
<p>hoy vivo tan sólo por y para mis afectos,<br />
haciendo habitable, en lo posible, al mundo,<br />
que eso es la poesía,<br />
en fin…</p>
<p>y ando lleno cada vez más y mejor de más y mejor luz…<br />
una que es y que se está como la luz de los nevados…</p>
<p>muy por sobre en cima de mi cincuentona posibilidad de gozar sus cumbres,<br />
empero cabal imagen de mi travesía,<br />
como meta digamos que a alcanzar,<br />
y también digamos que acaso y ojalá ya lograda, humanamente…</p>
<p>(*)</p>
<p>El verseo ayuda a contar:<br />
cuando el lápiz frena: no seguir…<br />
y hay que hablar<br />
hasta poder decir…<br />
entre luego y después, bien podrás veer<br />
cómo poner…:</p>
<p>(*)</p>
<p>Uno de mis  máximos momentos del viaje acaso fue en la Quebrada del Diablo o algo así,<br />
cuando retrocedí, sentado, lo que se dice reculando, sobre pedregullo más que flojo y caedizo y resbaloso, hasta no veer más la curva con el precipicio,<br />
y me quedé quietito, recobrándome, hasta que volvió el guía Santiago Casimiro…</p>
<p>y me dio su mano<br />
hasta poder incorporarme yo<br />
y continuar con nuestra compañera, turista también, nuestro regreso al auto…</p>
<p>resumo lo importante, dos puntos:</p>
<p>haber decidido, sabiendo que lo no visto hoy no vería más, no seguir descendiendo,<br />
haber retrocedido, batiendo miedos resecos y podridos, hasta pasar un recodo que me quitó la visión del abismo y entonces retomar<br />
no el control policial sino la armonía permisiva,<br />
y enseguida la respiración y la limpieza de los pensamientos:</p>
<p>eso, por dentro…<br />
por fuera, lo memorable fue:</p>
<p>aceptar la mano del señor amigo que nos llevó a pasear, todo tan lindo<br />
“¡Vos sos cruzao con cabra!” le dije, y nos reímos…<br />
Sin duelo alguno por lo que no conocí… </p>
<p>Y estaba el volcán doble con su doble caño de escopeta apoyado en la falda y apuntando al cielo que está lleno…<br />
Escopeta negra, como este “Campo”(Negro) por tánta piedra pómez…</p>
<p>Y seguimos viaje hacia mejores fotos, desde pasando La Poma hacia acá… </p>
<p>(*)</p>
<p>Otro momento memorable, que ya dije y que ahora repito,<br />
fue dejar en su sitio las reliquias que antes seguro me hubiese traído,<br />
con todas las explicaciones y justificaciones que ahora ya no necesité…</p>
<p>(*)</p>
<p>Y otro momentazo más, tan igual de mejor,<br />
fue haberle respetado a doña Eulogia Tapia su intimidad pastora, su día tal cual ella lo suele vivir, con sus cabras, en un cuadrado verde que vimos a lo lejos…</p>
<p>apenas si me traje la foto de su casa, mayora, merecida, con su arcada ojival:<br />
espero me perdone…</p>
<p>(*)</p>
<p>Y fue justo en la Piedra del Molino donde Hugo Pérez me explicó que “puna” no es una mera altitud, sino la falta de lo que nosotro llamamos oxígeno en las aires…<br />
hasta suele ambular, la “puna” y formarse acá o allá, fijate Vos:<br />
esto es más alto que San Antonio de los Cobres, y acá se puede respirar lo más bien, pues los faldeos están hasta la punta verdes… </p>
<p>(*)</p>
<p>se estaba bien, allí, realmente, daban ganas de quedarse a vivir…<br />
y por eso fue que tánta gente vivió, allí, por esos rumbos… </p>
<p>hasta que a la tierra se la apropiaron unos supuestos dueños…: </p>
<p>(*)</p>
<p>antes, ñaupa, la tierra era de todos, como fruto de la luz que sigue siendo…</p>
<p>(*)</p>
<p>(ya falta menos…:<br />
no sé por qué a cada rato se me aparece eso, se me ocurre, lo dejo dicho, otra vez, así, aquí:<br />
ya falta menos)…</p>
<p>(*)</p>
<p>como encantadas las aires del silencio, consuelo azul, dulzura y alegría, mishkyla…<br />
me repito lo de la muuuucha gente que vivió por aquí, natural, </p>
<p>(*)</p>
<p>y llamo Poema de Cachi a todo esto, porque tiene la índole poética pues lo hago para tornar y devenir habitable (habitablecer) mi mundo que , </p>
<p>al ser compartido con Vos, quizá algo contagie al recibidor y a l´aire entremedio, </p>
<p>fundando, de paso, los datos que trae en la memoria que haya todo por ahí,<br />
esas fluencias entre los mundos, mejor si sin lenguaje, </p>
<p>fluyente como l´agua, “memoria en l´agua”:  Y u y a i y a c o…: </p>
<p>(*)</p>
<p>y eso me lleva de nuevo a los niños dormidos allá arriba, y su doncella<br />
de muy probablemente ya ejercida hembría, ya que lucía pezuñas sonajeras, muy probables reliquias de su rito de iniciación como mujer… </p>
<p>(*)</p>
<p>anoto y sigo,<br />
extranjero ignorante tomando sol junto a la Piedra del Molino<br />
o sobre el amurado caserío de La Paya (doble muro de piedra relleno de cascajo: marca registrada de su fabricacion inkcga)… </p>
<p>pendulo por mi viaje de vacaciones, días de feria, llevando en la yuspa yilka morral mi bolsita con hojas de coca y mi pancito redondo de patay que es harina de algarroba…<br />
y deposito escribiendo sobre estas hojas, a lápiz, los paquetes abiertos llenos de mi estadía en Cachi, Poema de Cachi… </p>
<p>(*)</p>
<p>en crónica de bardo que cuenta alegremente lo general<br />
y de poeta que dice verdades con belleza<br />
y de vate regalando la profecía de que ya falta menos… </p>
<p>que ya falta menos<br />
para dejar de estar y regresar a ser</p>
<p>. . .</p>
<p>de ahí, o como lo de ahí… propio y unánime…<br />
con la mansedumbre que llega lejos, como el viento o el río… </p>
<p>como el camino que sigue natural aunque lo tuerzan recto… </p>
<p>y la tierra se deja cocer cacharro / que se rompe en cascote / que se polva en tierra…</p>
<p>y es lo que hay que aprender… aprender a sentir…<br />
a sentirnos ahí…</p>
<p>en las esquirlas de cacharros halladas, alzadas, lavadas, admiradas y devueltas…<br />
a las orillas del río en Cachi Adentro, por ejemplo… </p>
<p>(*)</p>
<p>como cuandonde me paré en mí, un poco mejor…<br />
estuve entonces algo menos duplicado conmigo, menos descolocado inconexo mestizo criollo pajuerano…<br />
y fui un poco mejor yo… </p>
<p>(*)</p>
<p>Estiro la masa del Poema de Cachi y la doblo al medio y la amaso de nuevo, paso la masa de mano en mano,<br />
como en la inmemorial preparación del pan casero,<br />
de mano en mano por las manos de los millones de gentes que siguen haciendo sentir hogareña esta larga bandeja entre estas altísimas sierras… </p>
<p>(*)</p>
<p>la diaguita espejancia del cielo…</p>
<p>del tiempo que, sin guiño, no se lo comprentiende…</p>
<p>(*)</p>
<p>digo que huele a casa vivida,<br />
vivida con vidas trajinadas con naturalidad, con sus duelos y con sus risas… </p>
<p>y las penas haciendo valer las carcajadas,<br />
carcajadas que hacen que las penas hayan valido: </p>
<p>cada cosa,  a su precio real… </p>
<p>y la vida entre todos, por debajo y encima…<br />
sin cada uno, no hay todos… y sin todos no hay vida…<br />
en el Poema de Cachi ya me nacen las rimas…<br />
la puerta no está abierta: no hay puerta… así es la vida… </p>
<p>Te muestro cómo rima el verseo, apenas si dejándolo andar…<br />
me encanta eso, y espero que a Vos también… </p>
<p>(*)</p>
<p>Y lo dejo seguir, a mi Poema de Cachi, seguir nomás, trotando, entonces…<br />
entonces que es ahora…<br />
ahora que es todo el siempre que pueda llegar a haber….</p>
<p>Y lo dejo seguir trotando, como un chaski correo, o como cualquiera de ahí, de aquí, koya o mocobí, siempre trotando, y por eso nada quedaba lejos,<br />
nada cansaba…: no tiene por qué cansar…</p>
<p>Y para eso, para que nada canse, es que anoto a parcelas, y que me leas sin dificultad…</p>
<p>(*)</p>
<p>Y lo dejo seguir trotando por los vastos andamios de luz que atraviesan las cosas avenando la vida de las gentes: </p>
<p>Que, cuando el corazon tiende a flojar,<br />
la percusión del suave trote sostenido tensa de nuevo el paisaje, y lo mantiene a salvo de más vulneración que la ya habida,<br />
a salvo de mejor daño, ya inconcebible… </p>
<p>Y esa restitución de lozanía<br />
juega de mitigante brisa sobre la intensa antena del poeta, que agradece… </p>
<p>por toda esa batea que habitó la mar… </p>
<p>océana mar, a la que el día, al pasar, la fue llevando al cielo cristal… </p>
<p>(*)</p>
<p>llevándose también, desparramándolo poray, el cuero de los enormes bichos,<br />
esos de los grandes huesos y dientes cuyos tamaños denuncian a los largos cuerpos y a las anchas alas y a las fornidas aletas de agraciado y temible coleteo…</p>
<p>esos bichos que ahora duermen en las lajas<br />
que son cortadas a destajo y llevadas lejos por gente que vive a destajo,<br />
para gente que gana con todo ello a granel…</p>
<p>(*)</p>
<p>Parece que el cerro vuelve a fabricar las lajas, todo el tiempo:<br />
generoso con los suyos, justicia de la tierra, puede ser, </p>
<p>y tambien puede ser nomás que esos bichos no se quieren ir,<br />
que igual le pasa ocurre acontece sucede al turista yo… </p>
<p>imaginate Vos que todo por ahí hasta dentro la piedra es de día… </p>
<p>(*)</p>
<p>Y los que nos desayunamos con los grandes bichos también nos quedamos a vivir, todo por ahí, ariscos como wanaku guanaco, </p>
<p>wikuña vicuñas por dentro, morimos por dentro si se nos encierra…</p>
<p>querendones atrás de lo calladito,<br />
como lo somos para quien nos sabe buscar y nos encuentra…  </p>
<p>(*)</p>
<p>Y al quedarnos a vivir,<br />
adecuamos esa batea de la evaporada mar para la vida de la nosotros gente, </p>
<p>transitorios, inconstantes, torpes y volátiles, necios y menesterosos, sucesivos, crédulos, inconsistentes o sea inconfiables,<br />
trotadores, excelentes trotadores, eso sí,</p>
<p>llevando al crio sobre la cadera hasta que aprenda a tirar con honda, hasta que aprenda a hilar vellón, </p>
<p>y pasar pisando sin variar la marcha los desniveles a una rodilla de alto, que al pasarlos trotando no hay dificultad, </p>
<p>llenos por dentro con la sangre densa de los arribeños,<br />
circunvecinos de la nieve en flor… </p>
<p>la misma nieve que nos enseñó a callar: </p>
<p>no hace ruído al caer, al quedar, al derretirse… </p>
<p>y la tierra secada se moja y la tierra mojada se seca,</p>
<p>produciendo las plantas que alimentan a la nosotros gente y lo bichos que también alimentan a la nosotros gente que, entre luego y después,<br />
alimentamos a las plantas y a los bichos </p>
<p>que dejamos pintados en las cosas cotidianas, al reparo de los techos, y en las paredes de las montañas, al reparo de las cornisas y, también,<br />
los dejamos calados en las rocas y piedras</p>
<p>que son como monedas de la piel del silencio<br />
que se están siempre ahí,<br />
y las seguimos usando y gastanto y reponiendo, </p>
<p>a modo de esforzada calesita,<br />
con intención de giro que, si bien ya falta menos,<br />
aún no ha renacido danza…</p>
<p>si no que aún sigue, girando<br />
chata, plana, aplastada, dificultada, trabada, dolorosamente, </p>
<p>lo cual,<br />
entre tánta fértil belleza, entre tánta factible felicidad,<br />
no parece ser sino que ES un insulto…</p>
<p>(*)</p>
<p>ya falta menos… a esa frase suelta no sé por qué la digo…en fin… ya falta menos… </p>
<p>(*)</p>
<p>Algo se acumula<br />
y pasa el tiempo, </p>
<p>y queda una astilla,<br />
ladrillito, rojo negro blanco,<br />
entre las raíces del churki aromito espinillo,<br />
a una rodilla de hondo bajo cascaja tierra, </p>
<p>inmóvil aluvión,<br />
descascaradas cáscaras, virutas recocidas,<br />
madera de tierra, vidrio templado de madera,<br />
esmalte suelto, caliente al tacto:</p>
<p>pan recién horneado,<br />
abrazo reciencito,<br />
todavía y aún sin lejanía ni lejura o como mejor nos guste decir,<br />
querido cascotito,</p>
<p>como un corazon nuestro que pudiésemos sentir en la mano<br />
y dejar en los sitios del lugar,</p>
<p>quedando nosotros también a morar ahí… </p>
<p>(*)</p>
<p>“no es la primera vez que andamos por acá” nos encanta sentirnos decir, </p>
<p>oirnos por dentro,<br />
escuchar esas palabras sonando, festivas, por ante el silencio, </p>
<p>ruído, sí, pero de fiesta,<br />
por fin, como sin fin,<br />
y de alegría…</p>
<p>(*)</p>
<p>Y ya hizo una Luna desde todo eso…</p>
<p>Y está nublado sobre el bulevar… </p>
<p>que, allá soleaba, como siempre suele,<br />
y era de día, de siesta y tarde, entonces,<br />
y de noche también era de día…</p>
<p>calladitamente impresionante,</p>
<p>asunto largo de callar…</p>
<p>y yo sigo anotando…<br />
sintiendo ya las flotaciones de los cristales y otras cosas sutiles compareciendo dentro la lechinada literal:</p>
<p>lo que de todo esto quedará…</p>
<p>(*)</p>
<p>y anoto anoto anoto:</p>
<p>los corrales de la Casa Morada, al reparo, entre cerros…<br />
bien visora o veedora pero difícil de veer o de avistar…<br />
(igual que en Quilmes, por ejemplo)… </p>
<p>con sus flechas obuses de piedra clavadas en la falda,<br />
marcando acaso el límite de habitabilidad, cuesta arriba…<br />
(se quedó en mi rollo de fotos perdido)…</p>
<p>(*)</p>
<p>No hay lenguaje para todo esto. Ni importa ni interesa.</p>
<p>Tan sólo acaso talvez servirían palabras generales.<br />
Abiertas como los zaguanes andaluzes de Cachi.</p>
<p>Abiertas como esas frondas que tornan brisa al viento.<br />
Y nos llenan de cielo.</p>
<p>Y nos sentimos casi en armonía.<br />
Casi prestos a vivir el sueño de la felicidad ambiente.<br />
El estado de gracia.</p>
<p>Cosechando la siembra de l´amor que sembramos.<br />
La caliente nutricia almohadilla vestida con la chala de choclo del tamal.</p>
<p>Que desvanece toda circunstancia. La torna inerte. Ni siquiera adorno.<br />
Guirnalda crespón fúnebre gris ruína.<br />
Barro que ya la acequia disolvió entre los verdeos puntuados de alfarerías<br />
tan quebradísimas como invulneradas.</p>
<p>Y millones de gentes.</p>
<p>Y la lengua se aquieta dentro la boca entreabierta y callada.<br />
Que, ahora, sonríe. Para siempre.</p>
<p>Y su gesto es el mío. Y final para el Poema de Cachi.</p>
<p>Azul.<br />
Sin molestar al viento ni al silencio.-</p>
<p>Palabras de Oscar CachoAgú</p>
<p>HORACIO ROSSI<br />
(04/10/53 – 18/05/08)</p>
<p>Esta muy fresca la memoria de Horacio Rossi. Casi, diríamos, que lo vemos caminando por el boulevard rumbo a su trabajo o, cuando suena el teléfono, creemos que es él haciendo algún comentario. Aún, la percepción, es como si hubiese ido de vacaciones, en esos viajes que solía hacer a distintas latitudes de nuestra Argentina. Y luego, escribía. Los poemas de Cachi, inéditos, o sobre el lago Lakar, de las tierras sureñas son ejemplos de esa labor.<br />
Abordar la obra de Horacio Rossi, es incursionar más en lo inédito que en lo editado. “Silvia, cuadernos de literatura” “‘Rimitas Horacitas’ “Cuaderno de las baldosas calcáreas”, entre otros. Pero, también, los innumerables poemas y escritos que fue publicando en diversos medios o repartiendo a través de los correos electrónicos a su vasta lista de direcciones.<br />
De todas maneras podemos decir que su oficio en las letras fue copioso, incansable y permanente. La poesía, su hermana mayor, fue escrita en octavillas, sonetos o verso libre. Con un lenguaje franco y, en ocasiones, irritante porque no tenía barreras para hablar, en la escritura, con el lenguaje de la gente. No con el lenguaje académico que, por supuesto, no desconocía. El siempre manifestaba: elige el lenguaje y luego escribe.<br />
Por eso es tan así su novela “Lambrusco”, donde sin contarnos nos muestra cómo se fue gestando esta lengua nuestra y las mixturaciones que se dieron con el arribo de los inmigrantes y su hablar cruzado en el S. XIX. Pero él celebraba el “buen día” como saludo, que hace centurias comenzó como el idioma castellano. El Lambrusco es toda una gesta, donde Rossi hace uso de su fecunda imaginación y de su arte en la lengua para mostrarnos todas esas transformaciones que se dieron y se siguen dando en el idioma. Y lo hace a través del protagonista que observa, escucha y anota todo lo que puede. En realidad ¿no será él Lambrusco? Dice Di Bernardo que, “cabría conjeturar si acaso, más que de una novela, no estamos en presencia de un extenso poema novelado.” Es probable. Pero es un idioma que, en mi infancia, lo he escuchado.<br />
Sus poemas tocan al hombre. Son un canto de esperanza permanente. Transmite, en ellos, la alegría por y para celebrar la vida. Basta con recorrer algunos de sus escritos.<br />
Mencionemos sus libros editados: “Del aire hallado” “La pluma de polen” “¡AH!mor...”. Sus folletos: Mainumbÿ, “Región de las tenues voces” “Porvenir de asombros”, “De Dioses Derribados”, “Padrinazgo Nocticular”.</p>
<p>A estos títulos se agrega “Poema de Cachi”, recientemente presentado en Santa Fe (29/10/09) y editado gracias a la colaboración de familiares, amigos y conocidos del poeta. Fue su último poema, inédito por cierto, que nos legó a los amigos. Este poema es ahora reproducido por Inventiva Social.<br />
Agreguemos lo que Horacio Rossi siempre decía: soy grupero viejo. Así estuvo con el grupo Tupambaé, bajo el padrinazgo de Gastón Gori; el grupo Maynumbÿ que él iniciara y, por último, el grupo Luzazul que cohesionaba en su hacer varias artes: música, poesía, danza y plástica. De éste grupo fuimos hacedores de la hoja de poesía que lleva el nombre del mismo.<br />
Estas líneas, cabe destacar, son apenas una aproximación al autor y su oficio en el arte literario y su actividad y apoyo a las manifestaciones culturales, no sólo de ciudad, sino en la provincia. Se puede decir mucho más. Y es una tarea que queda como desafío para muchos que conocen su obra y su personalidad. Y como dijera la Prof. Alejandra Tiraboschi, en el homenaje que se le hiciera en La Urdimbre hace escasos días, Horacio Rossi hizo posible la amistad.</p>
<p>*Oscar CachoAgú. cachoagu@yahoo.com.ar</p>
<p>*</p>
<p>Inventren Próxima estación: CASBAS.</p>
<p>Colaboraciones a inventivasocial@yahoo.com.ar</p>
<p>http://inventren.blogspot.com/</p>
<p>*</p>
<p>Apreciadas amigas, queridos amigos,</p>
<p>El número 89 de nuestro Magazín Cultural Latinoamericano XICóATL “Estrella Errante”, edición Octubre/Diciembre/2009, puede ser ya consultado en nuestra página en internet www.euroyage.org<br />
 bajo el link:</p>
<p>http://www.euroyage.org/es/xicoatl-89</p>
<p>           CONTENIDO:</p>
<p>ENSAYO: De la literatura en un mundo abarrotado. Alejandro José López Cáceres. </p>
<p>POEMARIO: Poemas. Mayamérica Cortez.<br />
                      Poemas. Reynaldo García Blanco. </p>
<p>NARRATIVA: Impasse. Graciela Bucci. </p>
<p>AUSTRIA: Poemas. Rosemarie Schulak. </p>
<p>La edición impresa de XICóATL # 89 puede ser puede ser solicitada a YAGE por e-mail a la dirección euroyage@utanet.at al precio de 7.- Euros (incl. envío postal).</p>
<p>Cordial saludo,</p>
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www.euroyage.org </p>
<p>Schießstatt-Str. 37     A-5020 Salzburg    AUSTRIA<br />
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<p><a href="http://bitacoradeunsociologofracasado.nireblog.com/post/2009/11/10/sin-molestar-al-viento-ni-al-silencio#comments">Comments</a></p>]]></description>
	<pubDate>Tue, 10 Nov 2009 02:03:44 +0100</pubDate>	</item>
	<item>
	<title>EDICIÓN NOVIEMBRE 2009.</title>
	<link>http://bitacoradeunsociologofracasado.nireblog.com/post/2009/11/09/edicion-noviembre-2009</link>
	<guid>http://bitacoradeunsociologofracasado.nireblog.com/post/2009/11/09/edicion-noviembre-2009</guid>
		<description><![CDATA[<p>HAZME UN CUENTO*</p>
<p>A mi hija Sarah</p>
<p>Hazme un cuento, niña mía,<br />
Que no logro esta noche<br />
A pesar de mi cansancio<br />
Conciliarme con el sueño.</p>
<p>Antes que huyan las sombras,<br />
Háblame de los veleros<br />
Que navegan entre estrellas,<br />
De amantes que se despiden</p>
<p>A la orilla de los puertos.<br />
De ciudades sumergidas,<br />
De palmeras y de arenas,<br />
De amores que no se encuentran,</p>
<p>De pozos en el desierto...<br />
Porque esta noche, mi niña,<br />
Para olvidar tantas cosas<br />
Necesito de tus cuentos.</p>
<p>*de Marié Rojas.</p>
<p>YO, LA OTRA*</p>
<p>¿Quién se levanta en mi?<br />
¿Quien se alza del sitial de su agonía<br />
…y camina con la memoria de mi pie?<br />
OLGA OROZCO</p>
<p>Yo. La otra. Sombras simultáneas.<br />
Detrás, adelante o cubriéndonos.<br />
El inmutable espejo devuelve cóncavas imágenes.<br />
Triángulos. Orfandad a cuestas.</p>
<p>Yo y la otra. La otra y yo.</p>
<p>Una se desnuda, la otra se cubre. Una se hiere, sangra la otra.<br />
Una arde, la otra se apaga.<br />
Se aman intensamente pero se odian más.<br />
Las dos se acechan, más, jamás se encuentran.<br />
Doy un paso, la otra avanza dos.<br />
La presiento tras mío, vuelvo la cabeza. Estatua y sal</p>
<p>La otra y yo. Yo y la otra.</p>
<p>Jamás  engañó al poema, yo le fui infiel.<br />
Odié la luna y los atardeceres luminosos<br />
Amé los charcos nauseabundos y al viejo sapo enamorado.<br />
Yo, que he de morir cuándo ella muera.<br />
La otra, que no ha de morir cuando yo muera,<br />
Asistirá, estoy segura, impávida a mi entierro.<br />
Una es semilla, la otra, brote.<br />
Confieso, he deseado intensamente ser la otra<br />
Lo he logrado a veces.<br />
He sido Salomé, sensual y victimaria,<br />
Pero también la otra, la mujer de Zebedeo<br />
La otra confiesa haber deseado, mas que nada en la vida,  ser yo.<br />
Aun no lo ha logrado</p>
<p>*de Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar</p>
<p>LA DIETA*</p>
<p>Deberías haberla visto en aquella noche de su boda. Toda blanca, toda pálida, toda etérea. Tendrías que haberla visto en aquel momento, con las puertas del templo abiertas de par en par y la marcha nupcial invitándola a caminar hacia el altar.<br />
La luna resplandecía en sus ojos y le imploraba en silencio que todo esto fuera irreal.<br />
Y comenzó a andar con pasos lentos. Toda blanca, toda pálida, toda etérea. En sus manos flores rojas casi moradas, en sus mejillas lágrimas frías. Tomó la mano del novio y le acercó los labios al oído. Tal vez un susurro de perdón. Ante la Cruz, la Virgen y todos los Santos, ella descolocó sus mandíbulas como si fuera una serpiente. Entero, frac negro, anillos en el bolsillo. Así simplemente se lo tragó.<br />
Deberías haberla visto. </p>
<p>*de Daiana Holzer  daiaholzer@hotmail.com</p>
<p>Historias Bancarias<br />
EXTRAÑO SUEÑO*</p>
<p>En la primera etapa de nuestros tiempos, en el inicio mismo del banco; me refiero a quienes ingresamos en el primer grupo de origen, tuvimos entonces un verdadero bautismo de fuego.- Las tareas nos superaban, las jornadas se tornaban complicadas y apenas podíamos desenvolvernos; y era mucho decir, más bien apenas nos defendíamos, y eso a los ponchazos.-<br />
Más adelante se fue incorporando personal, y  estacionando las exigencias de nuestras tareas, mermando el vertiginoso crecimiento.- Esto era lógico.- Al principio tuvimos un cúmulo de vinculaciones y aperturas de todo tipo de cuentas y operaciones, y pasado cierto tiempo eso se fue aquietando, mientras al mismo tiempo, mejorábamos en nuestra capacitación y en nuestra estructura.-<br />
Digamos que le fuimos tomando la mano.-<br />
Los días pasaron a ser cada vez más normales, y hasta teníamos algunos casi aliviados, especialmente ciertos días del mes, o de la semana.-<br />
Aunque siempre continuaron habiendo cada tanto, por H o por B, días picos, de mayor afluencia donde se nos venía encima una avalancha de operaciones.- Por ejemplo, los días lunes ya lo asumíamos, así como los días sándwiches, entre feriados; pero peor era tras un feriado como el día “del bancario”, el seis de noviembre, por lo general hábil para todas las actividades tanto civiles como oficiales, pero feriado bancario en todo el país.-<br />
Encima nuestro primer festejo nos cayó en lunes.-<br />
Todo el comercio, industria y servicios y demás sectores económicos trabajaban como día normal, y nosotros de camping festejando con asado y vino, conmemorando por primera vez lo que desde allí sería “nuestro día”.-<br />
Pero al día siguiente teníamos doble o triple trabajo.- Días verdaderamente complicados, especialmente en la caja.-<br />
Yo todavía estaba sólo en toda el área, salvo la ayuda después del cierre que podía darme el gerente.-<br />
Una de estas jornadas, terminamos bastante tarde de armar el efectivo y cotejar las cifras contables.- La caja acusaba una diferencia espantosa, pero aún había que revisar las sumas.-<br />
Nos fuimos a almorzar, bien tarde, y a descansar un momento; volviendo enseguida a continuar con el cierre y determinar mejor las partidas.- La diferencia se fue estableciendo en un faltante tan grande, que no podía ser ningún error de pago ni de recepción, debía ser otra cosa.- Quizás inversiones de números.- Analizamos todos los movimientos, y nada, la diferencia persistía.-<br />
A la larga tuvimos que convencernos, estaría faltando dinero.- Una cifra disparatada, algo imposible, pero no obstante, todo indicaba que había un tremendo faltante.-<br />
No teníamos más donde buscar.-<br />
Se acabó el día.- Ya tarde de noche me fui a casa, destruido.- Abrumado y desorientado.- No sabía en qué iba a terminar.- ¿Qué más podía hacer? ¿Qué estaría pasando? Ni se me pasaba por la mente que podría haber cometido un descuido tan grande.- Si embargo, esa noche, mientras manejaba las cincuenta cuadras hasta mi casa, sentía en mis venas un torrente de adrenalina y por momentos escalofríos de terror, y trataba de convencerme de no dejarme llevar por el pánico, y que todo se iba a resolver…<br />
¿Pero cómo? ¿Cuándo?, mañana temprano empezaríamos una nueva jornada y ya tendríamos que ocuparnos de ésta, cada momento se me iría consolidando la diferencia, y cada vez se me haría más difícil encontrarla…-<br />
Al llegar a casa, con todo ese peso a cuestas, pensé en cenar algo, tratar de relajarme, descansar, y en última instancia, me llegué a imponer resignadamente: ¡Qué sea lo que Dios quiera!<br />
Había llegado de visita una prima muy querida que no veíamos desde hacía mucho, y me pidió un favor, al que yo no podía negarme: Qué la llevara para saludar a otros primos al campo a unos cuarenta kilómetros.- No pude decir que no.- Fuimos todos, también mi esposa y mis dos pequeños, el más chico en brazos.- Caminos de tierra y bastante polvareda.- Una cubierta del auto se rompió cuando volvíamos, sin consecuencias, la reemplacé, y llegamos bien, sin otros contratiempos.- Pero se hizo muy tarde, estaba muerto de cansancio.- Había tenido un día muy largo y tenso, no conseguía zafar de mi mar de fondo; mi drama seguía acechándome y ni siquiera pude charlarlo con mi mujer para tener al menos el alivio de compartirlo, como siempre que uno busca ese apoyo en la compañía de quienes más nos quieren.-<br />
Así con esa tensión fui a dormir.- Dormí como un tronco, pero un tronco en un río turbulento, tuve pesadillas afiebradas, alocadas, soñé disparates; pero uno de esos disparates me hizo dar un salto…- Serían las cinco o cinco y media de la mañana, ¿Qué disparate había soñado el último minuto que me hizo saltar en la cama?...<br />
Soñé que había encontrado el dinero…<br />
Fue una verdadera pesadilla.- Soñaba con un viejo almacenero de cabello y bigotes blancos, parecido a Einstein, que había vivido cerca de casa cuando éramos muy niños, entonces solía jugar conmigo y yo sentía como que me quería y me protegía.- Hacía más de dos décadas que había muerto.- Pero yo soñé con que él me mostraba dónde estaba el dinero que faltaba…<br />
En el sueño yo era un niño pequeño, como entonces, y estaba con él; me tenía tomado de la mano y trataba de convencerme que lo siguiera, que no tuviera miedo.- Debíamos pasar sobre unas tablas que tapaban un pozo que estaba bajo una galería de una casona de antaño.- Yo no me animaba.- Entonces pasó primero él y desde allí me tendió las manos para que pudiera pasar sin temores.- Pasé, y allí había una habitación semi oscura donde se veía la caja número dos del banco, la que yo tenía a mi derecha   durante mis jornada de trabajo, pero nunca la habilitábamos.- Me aproximé, la abrí y allí, había billetes y fajos de todos los valores, casi lleno el cajón y las gavetas…<br />
Desapareció el anciano, y yo me desperté, ¡y se me hizo una luz en las tinieblas!<br />
De algún modo que yo no podía entender, ¿Podría estar allí el dinero que me faltaba?<br />
Enseguida lo iba a saber.- ¡Desde ese momento me aferré desesperadamente a esa ilusión!  Faltaba una hora o más para ir al banco, pero no me podía aguantar.- Hacía frío pero yo estaba transpirando.- El gerente solía ir temprano, así  que sin esperar más me fui volando…<br />
Entré como una tromba…, no me fui a ver a la caja, no, lo fui a buscar a él, y excitadísimo le trataba de explicar, pidiéndole alborotadamente que viniera a ver conmigo lo que yo esperaba encontrar, lo que tan patente había visto en sueños.- Me miraba asombrado sin entender, y yo cada vez más seguro que allí estaba nuestro tremendo faltante.- Además yo no me permitía siquiera tener dudas, me aferré a que aquello era posible, ya quizás como nuestra última alternativa...-<br />
Abrimos la caja. Y tal cual lo había soñado, apilados del mismo modo, de costado como los había visto, allí estaban fajos completos y  a medio hacer, por docenas, y saldos de billetes sueltos; en idéntico volumen, que en cuanto contamos era exactamente la cantidad justa y total de lo que nos estaba faltando…<br />
¿Qué había pasado?<br />
¿Cómo no sabía yo que todo eso estaba en esa caja?<br />
Lo que pasó es que el gerente vino a ayudarme, en un día en que había mucho dinero para contar, armar fajos, y recontar; así que ayudándome trabajaba sobre la mesada de la caja número dos, la de al lado, a mi derecha.- Yo casi no lo veía porque teníamos una divisoria entre ambas cajas, además yo estaba concentrado en lo mío estableciendo arqueos y el resto del dinero.-<br />
Nunca guardaba dentro de los cajones y gavetas; porque me los iba pasando a medida que los acondicionaba, pero esa tarde en un momento tuvo que retirarse para volver después, casi enseguida, y entretanto sí los puso, aunque transitoriamente.- Cuando volvió se había olvidado y siguió con otra partida nueva de lo que yo tenía.- Para nada se acordó después, de lo que había apartado; hasta que ahora abierto el cajón, cayó en la cuenta de lo que había hecho.-<br />
De una cosa estoy seguro, yo ni inconscientemente pude saber que todo eso había pasado, ni que el dinero podía haber estado allí.-<br />
¿No será que tengo realmente un protector?<br />
Pero nunca pude superar el convencimiento, de qué sin poderlo explicar, tuve alguna ayuda desconocida.-<br />
Sea lo que sea, me sigue asombrando.-</p>
<p>*De Celso H. Agretti. celsoagr@trcnet.com.ar<br />
AVELLANEDA, Santa Fe.</p>
<p>*</p>
<p>Revolucionaria de voces y de aplausos<br />
piel y sangre de roble<br />
madera y fuego latinoamericano.</p>
<p>Y si te canto ahora que mi lágrima y los todos<br />
somos causa, país y correntada?</p>
<p>Trovadora del pueblo universal,<br />
del sueño libertario<br />
pronuncio tu nombre soberano<br />
letra a palmo<br />
grito a verso<br />
con M.<br />
Con Mayúscula de Madre, de Música y Milagro<br />
aromada y florecida en el Jardín Republicano.</p>
<p>A vos,<br />
porque desde esta oscuridad goteada por la lluvia<br />
sobre vuelan en la patria amontonadas<br />
palabras de esperanza y rebeldía</p>
<p>Continental manera la tuya de acercarnos al canto<br />
de vivirnos el alma de la mano<br />
de latirnos el latido en los aplausos<br />
de bajarnos la luna de tu pueblo<br />
a bailarnos de pañuelos la jornada.</p>
<p>Y te canto<br />
porque sabes de resucitarle cigarras al sol<br />
porque tu hoja de vida es "gracias a la vida"<br />
porque es himno pedirle Sólo a Dios<br />
porque nos llama "María va"<br />
mientras el otoño mendocino es alivio en la canción<br />
mientras eres en el arte y por el hombre<br />
corazón con razón.</p>
<p>Caminante de poncho y bombo alado<br />
Pachamama, cóndor y calandria<br />
cantemos la "Canción con todos" mientras duermes<br />
así vidalan plegarias<br />
serenatean las penas<br />
y el silencio de tu copla serán ángel y bandera enarbolada...</p>
<p>*de Ana Lía Gattás. analia_gattasz@speedy.com.ar</p>
<p>El heredero*</p>
<p>Vivía en un caserío a las afueras de Satrustegui y era conocido en todo el pueblo tanto por las piedras que levantaba como por aquella boina inmensa que se calaba. Todo el mundo le llamaban Pachi. Sus amigos, su novia, en el trabajo, en todas partes. </p>
<p>Pachi siempre fue Pachi, hasta que uno de los emigrantes a Cuba, algún antepasado muy lejano al que nadie conoció, hizo fortuna al otro lado del Atlántico y al morir sin descendencia, le legó toda su fortuna.</p>
<p>Desde que recibió la herencia dejó de ser Pachi y ahora es Don Francisco Iturriberrigota Goicoerrota Tochea Turrestarazu Durtubia y ya no levanta piedras, pero la boina sigue con él.</p>
<p>*de Joan Mateu. joan@cimat.es</p>
<p>LUPANAR DE LAS TRISTEZAS*</p>
<p>He llegado al lupanar de las tristezas.<br />
Un hombre flaco, golondrinas cansadas<br />
en sus ojos. </p>
<p>Otro hombre duerme a la vera de sus penas.<br />
En el hueco calloso de su mano.<br />
Adormilado, un pájaro descansa.<br />
¿Quién ha de atreverse a despertarlos?<br />
¿Adónde los llevará la noche? </p>
<p>Resbala por mi piel el anatema.<br />
Ingreso al laberinto impenetrable.<br />
Sola.<br />
Alud de oscuridad.<br />
Mierda y silencio. Páramo.<br />
El infierno del Dante es una Rosa azul.<br />
Fango.<br />
En las botas de hierro pesa el mundo. </p>
<p>Huérfanos de palabras los adioses empujan.<br />
Al fondo, profundamente quieta, está la vieja la puerta.<br />
Siempre abierta, aún en la más negra de las noches.<br />
Una mano arrugada se enciende en cicatrices<br />
y me llama.<br />
Atravieso la puerta. </p>
<p>La claridad, magnífica, opaca el aguijón.<br />
Allí, encuentro el jardín y el ladrillero.<br />
Arquitecto de soles temerarios.<br />
Trabaja con sus manos, con el fuego y el agua.<br />
Piel de piedra, arraigada, que brota de la tierra.<br />
Nubes se transforman en el aire<br />
Lluvia mansa envuelve al hombre,<br />
Mientras la humanidad, mutable, imperfecta<br />
Lo acompaña.<br />
Mientras tanto, las golondrinas descansan<br />
En los ojos del hombre con figura de cristo. </p>
<p>*de Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar</p>
<p>Recuerdo*</p>
<p>   Cuando comencé la escuela, en la provincia de los buenos aires, no existía el preescolar, así fue que ingresé al primer grado con mi inexistente destreza social, cuando apenas había superado la fobia de recibir visitas en casa y ya no me quedaba escondida debajo de la mesa, leyendo las revistas de costura de mamá y la domenica del corriere de papá, sentada sobre un zapallo gigante con forma de silla que, comprendí mucho más tarde, había constituido mi objeto transicional.<br />
   Válgame dios, qué crucial es decodificar la semántica de un zapallo en la psicoterapia.<br />
   Para mí sigue siendo un zapallo gigante con forma de silla.<br />
   Había logrado hasta saludar a los que llegaban a la casa, para después rodar mi zapallo personal y buscar un sitio en el patio que no fuera alcanzado por la presencia de los humanos visitantes.<br />
   El primer día de clases el pánico era tan envolvente que no pude ni decirle mi nombre a la maestra. Su tic nervioso me intimidaba de tal modo que no podía darme cuenta si le fastidiaba mi silencio o era así todo el tiempo.<br />
   Era así todo el tiempo.<br />
   Para esta altura de los devaneos, la gorda Záccaro ya se había cagado encima y el olor era tan penetrante que la portera tuvo que ir a buscar a la mamá para retirarla de la escuela, en medio del llanto desgarrador de Martita que, a diferencia de mi silencio, sólo aullaba, yo quiero a mi mamááááá y así hasta el infinito.<br />
   El japonés Taira estaba rígido con toda su cara de japonés y nunca pudimos saber qué le pasaba por la cabeza en esos raptos de desequilibrio grupal.<br />
   Yo, con mis ojos redondos enormes que ni siquiera pestañeaban y él con esa expresión de intrigante como apuntando con la vista al ojo de una aguja.<br />
   Nos mirábamos todo el tiempo, como cómplices de una fatal desgracia pero con la convicción de no claudicar, y en ese andarivel de la mirada, exclusivo de él y mío, logramos abstraernos del entorno caótico hasta el primer sonido de la campana.<br />
   Nos hicimos grandes amigos, leales y francos, pero nunca confesamos lo que la diferencia étnica de nuestros ojos entre leyó y guardó en la retina y en la sangre ese primer día.<br />
   La maestra, aún con su tic impensadamente intimidatorio, tuvo la capacidad de percibir que éramos unos pollos que nunca habíamos salido de debajo del vuelo corto de la gallina y nos invitó a hablar de nuestros hogares.<br />
    Algunas lenguas picudas se desenrollaron y ya podía vislumbrarse en ellas ese afán de protagonismo tan inútil como inconducente.<br />
   La primera tarea fue dibujar en casa nuestro objeto más querido, o eso entendí yo al menos, y llevarlo a clase el día siguiente.<br />
   Nunca fui buena  para la naturaleza muerta, así que descarté toda biografía posible del zapallo. Su inmortalidad transitoria perdura sólo en mi evocación.<br />
   Busqué el tazón con forma de bol donde mamá me hacía el café con leche con trocitos de pan tostado, la zuppa, y en absoluta ineptitud para el dibujo, lo copié, graficando algo parecido a un plato volador con rulitos de vapor.<br />
   Llamé a mamá para mostrarle mi obra, y ella, con esa ternura mezclada con risa que sólo puede emanar de una madre me dijo qué lindo, qué es.<br />
   Es la taza del café con leche, ma.<br />
   Ah, me dijo.<br />
   Mi madre no había sido alcanzada por la literatura psicopedagógica que indica estimular y motivar alentando como maravillosas y virtuosas cualquier pelotudez, por el sólo hecho de incentivar al educando.<br />
   Y mis potenciales de consagrarme en dibujante se deshicieron al instante.<br />
   El tazón italiano era de un color beige que hoy se diría color camel y tenía un firulete grisáceo con una inscripción en cursiva que yo leía Ricardo.<br />
   Le dije a mi mamá, yo le escribo Lucy, no le voy a poner Ricardo…<br />
   No entendió enseguida mi mamá, hasta que se dio cuenta y me aclaró no dice Ricardo, dice Ricordo, me lo traje de Italia, era mi tazón.</p>
<p>   Me olvidé de la escuela por un rato y del japonés Taira y del olor a caca de la gorda Záccaro y me pareció entender claramente por primera vez, descubrir, que mi madre había sido chiquita en italiano y soñaba sus sueños y pensaba sus recuerdos en italiano.<br />
    Desde esa tarde, empecé a mirarla con una curiosidad especial que hacía, y hace hoy en día, que en cada paso suyo, en cada cadencia de sus ojos, yo me pregunte qué pedacito que no me dice, que tal vez no halle traducción, quedó atrapado en ese pasado lejano del que tuvo que despedirse para siempre.</p>
<p>*de Lucía Cinquepalmi  luciaguionbajo@gmail.com</p>
<p>Certeza*</p>
<p>Un desafío a mis dudas,<br />
amarte...<br />
necesitarte...<br />
Un desafío a mi corazón.<br />
Reto a mis incertidumbres.<br />
El raro desasosiego de los anocheceres,<br />
mi espalda desnuda de tus abrazos,<br />
desprotegida...<br />
desangrada.<br />
Un desafío a mis convicciones.<br />
La soledad es buena compañía.<br />
Sin amor se vive igual.<br />
Palabras...<br />
palabras.<br />
Falta la tibieza de una mirada,<br />
las manos trasmitiendo calor<br />
una palabra justa que llene un vacío<br />
tu presencia, allí, al alcance de mis ojos.<br />
El sutil, invisible, hilo que nos sujeta.<br />
La distancia que trasparenta emociones,<br />
sensaciones y pensamientos.<br />
Y esas dudas se desvanecen<br />
se van apagando una a una.<br />
Incitan...<br />
apuran...<br />
exigen el regreso.</p>
<p>*de Elsa Hufschmid.  elsahuf@hotmail.com</p>
<p>UN RATITO MÁS*</p>
<p>De la niña recuerdo<br />
la pregunta cotidiana:<br />
_¿Mami, me dejás jugar<br />
un ratito más?_</p>
<p>Ella consentía<br />
y yo gastaba el patio<br />
de tanto brincar.</p>
<p>Era la meta soñada,<br />
reír y jugar...<br />
figuritas, rayuela, escondidas,<br />
saltar con la soga y cantar.</p>
<p>La niñez quedó lejos,<br />
los recuerdos se acercan<br />
más y más...</p>
<p>Hoy repito la pregunta<br />
pero, a otra mamá:</p>
<p>_¿Vida, me dejás jugar<br />
un ratito más?_</p>
<p>*De Matilde Lopez Camelo  caminandosignosfm@hotmail.com</p>
<p>SOLEMNE Y CIEGA *</p>
<p>La furia de mis manos<br />
quema el olvido.<br />
Un olvido atormentado<br />
un segundo incierto.<br />
En cada lucero<br />
un tiempo de niebla<br />
                  de insomnio<br />
                  de cartas al viento.<br />
Mis pasos<br />
se hunden en la arena.<br />
El humo me envuelve<br />
como un manto de plata.<br />
Me siento inmortal<br />
a pesar de la pena. </p>
<p>*de Mara Torossian   mini_04@hotmail.com</p>
<p>Almacén La Estrella*</p>
<p>   Era de esas edificaciones que los hombres hacían realmente decididos a soportar cualquier arbitrariedad de la intemperie.<br />
   Pararse en esa esquina era observar el modernismo en sus bastiones más elocuentes: orden y progreso.<br />
   Se había transformado, además, en la referencia de la zona, tomáte el colectivo que dobla en la estrella, de la estrella la primera curva hacia la derecha, te espero en la esquina de la estrella.<br />
   Era como vivir en el espacio de una lógica de dibujitos animados galácticos, pero sorteando el adoquín y los pequeños tramos de brea en el asfalto más reciente. Uno podía imaginarse un colectivo albóndiga maleable doblándose al pasar por la estrella o a uno mismo parado en una punta de la estrella esperando y esperando.</p>
<p>   Mi casa quedaba a una cuadra y mi padre pasaba por esa esquina tantas veces como las que la soñó suya.<br />
   La soñaba como se sueña la libertad, sin importar cuánto cueste alcanzarla y defenderla.<br />
   En cada pedaleada de la bici, de ida y de vuelta de la fábrica, de noche y de día, de madrugada de escarcha o de siesta de verano, de amanecer de lluvia o atardecer de viento en contra, en cada pedaleada le empeñaba una cuenta más al ábaco de su libertad.<br />
   Era como la semilla que germina en la tierra rígida y reseca prescindiendo del agua y del miedo de lo que vendrá, por el sólo impulso de liberarse y de alcanzar la vida, por poco que dure.</p>
<p>   Para el tano no había San Perón, ya había desertado de las camisas negras de Mussolini, de la megalomanía de Hitler, de las amenazas totalitarias de Stalin  y de la grasada yanqui de nuevo rico con poder.<br />
   Su Italia europea ya había quedado atrás y no soportaba más fascismo que se entrometiera en la tarea de vivir.</p>
<p>    Como todo tano fanfarrón hablaba de Viplastic, la fábrica, como si fuera el gerente o el fundador, hasta que muy entrados los años, en los que yo ya no era niña pudo contarme cómo hacía de caballo tirando del carro para trasladar los materiales en esos entonces del ’57.<br />
   Recuerdo que lloré, no sé si de orgullo, de lástima o de impotencia, pero lloré como cuando el Topo Gigio se despidió una noche jurando no volver y viví por primera vez la sensación de muerte, más real que cuando se murió mi nonno.<br />
   Cuando el nonno murió yo veía a todos llorar y sabía que algo muy malo pasaba, porque logré escaparme de la casa de Evelina, con la panza llena de las milanesas más ricas que comí en mi vida, y entré al lugar prohibido.<br />
   El comedor gigante de la nonna, donde estaba la mesa que llevo conmigo a cada casa donde construyo mi hogar y convido el alimento a mis hijos y amigos, era una galería de ropas negras y cabezas cubiertas por guipur y encajes que flameaban entre el llanto, los suspiros jondos y una afluencia de pañuelos bordados, blancos radiantes y acuosos que iban y venían de los ojos a la nariz a la perilla al cuello.<br />
   Supe que mi nonno no estaba enterado de lo que sucedía allí, porque ni se movía, pero nunca imaginé que sería para siempre.</p>
<p>   Tampoco sabía que para siempre quiere decir nunca más.<br />
   Era la muerte y yo no lo sabía.</p>
<p>   Miré hacia la chimenea del comedor y volví a verlo bajando por el tiraje que él mismo había construido, después de haber lanzado los caramelos, los chocolates  y los regalos con el nombre de cada uno de sus nietos, las nochebuenas de vino, sidra, almendras y ese olor del agua de azahar del pan dulce recién levado y horneado.<br />
   Era enero esa vez, y la última navidad ya no había sucedido nada de eso.<br />
   Supe después de mucho tiempo que una bala se le había quedado a vivir, desde la primera guerra mundial, en una parte de la cabeza que no podían operarle, hasta que se infectó y la septicemia se lo llevó.</p>
<p>   ¿Vivió esos años de regalo? O ¿Regaló, por una guerra vana, su única vida, la única que tenía para vivir?</p>
<p>    La cuestión es que los relatos de mi padre haciendo de caballo o burro y, aún así, dar gracias a la vida por haber tenido siempre trabajo, justificaban ese sueño de libertad que él desplegaba cada vez que atravesaba la esquina del almacén La Estrella.<br />
   No era el American Dream ni la tarjeta dorada de Visa, ni las ventajas del yogur Ser ni el mundo inasequible de los que lo tienen todo y no tienen nada.<br />
   Soñaba con no tener patrón y eso era para él, la libertad.</p>
<p>   Recién en el ’72 pudo decidir, contra todos los designios conservadores y los rezos de sensatez y mesura que lo avenían a recatarse y reconsiderar, pegarle una verdadera patada en el culo a todo.<br />
   Y así fue.<br />
   Se apropió de La Estrella.</p>
<p>   Allí fuimos, la familia tipo, tipo tirando a pobre, a rasquetear, pintar, matar lauchas, desinfectar, descubrir lo que guarda el machimbre tras los años de abandono, desafiar la fobia a las arañas, cantar con el eco y la resonancia del cielo raso que no era raso sino abovedado y las carcajadas se ensanchaban y apocaban en cada ángulo misterioso que íbamos descubriendo.</p>
<p>   Y salir a repartir volantes de inauguración con ‘precios módicos’.<br />
   Mi viejo inauguraba su propio pastificio. </p>
<p>   Y allí nos encontró la nochebuena del ’72 brindando entre cajas que había que apilar, dos en sesgo confluyendo sobre el centro de una plana y así hasta el infinito de una torre que venía a significar prosperidad y trabajo. Papelitos ravioleros, olor a grasa de máquinas, jamón serrano, Asti Gancia, almendras, cerezas y dátiles.<br />
    No había chimenea ni mesas de parientes ni arbolito de navidad, pero había un gran regalo: la libertad de mi padre, que sería la de todos, nuestro emblema. No había patrón.</p>
<p>   Yo tenía once años y era muy menuda. Entre mamá y papá me habilitaron un cajoncito de madera de pino bien firme con el que llegaba perfectamente a la cortadora de fiambre y desde ese momento supe, no sólo lo que significaba trabajar sino que empecé a consolidar mi propia cartera de clientes.<br />
   La cola para el fiambre era especial y selecta: la despachante cortaba rápido, sonriente y tímida, del grosor a pedido del cliente y con una distribución que hacía parecer cada feta de mortadela o salchichón primavera, el manjar más exquisito que podía ofrecer esa época de deterioro del modernismo, en que los soldados de Perón habían tomado su propia causa como la causa del pueblo, de todo un pueblo que se pelaba sin conocer de estrategias ni de recursos  blindados ni armamentismo, que no sabía de secuestros extorsivos ni de alias, y que no quería del poder lo peor que el poder podía poder.</p>
<p>   El pueblo siempre quiso su libertad y la libertad, a mi criterio, no tiene nada parecido al poder.<br />
   O eso he preferido pensar toda mi vida, aún hoy.</p>
<p>   Sucumbieron años de escasez. Ya la escasez empezaba a ser el estandarte de la gran mentira mediática. Escaseaba el aceite, el papel higiénico, el azúcar, la harina, las verduras, las frutas, la verdad.<br />
   Había veda de carne, sólo podíamos comprarla los martes y los viernes, no vaya a ser eso de dejar al pueblo peronista sin el asadito del fin de semana.</p>
<p>   A mis once o doce todo era fácil de creer porque la palabra era un segmento de significados que circulaban en el único posible sentido de la verdad y alterarlo desembocaba inevitablemente en mentir.<br />
   Y mentir es un compromiso muy difícil. Requiere de mucha memoria, y sobre todo, de saber, qué es lo que el otro necesita escuchar para fabricarle el mensaje más adecuado y oportuno. Tarea infeliz, si las hay.</p>
<p>   Entonces, reservaba las raciones para los clientes más frecuentes y leales.<br />
   A la vuelta de los años se me ocurrió pensar a cuántas viejas oligarcas de mierda les habré facilitado limpiarse el culo con el papel higiénico que les reservaba con nombre y apellido en el depósito gigante del almacén La Estrella, de mi padre. Perdón, la Fábrica de Pastas de mi padre, que no quería patrón ni fascismo.</p>
<p>   Empezaron los misterios de los vecinos que desparecían de la faz del barrio, de la ciudad, del cosmos. Unos por jipis. Otros por promiscuos, otros por pone bombas. Empezaron las razzias, las palpaciones a la entrada del subterráneo de la estación Burzaco, las demoras por averiguación de antecedentes, los unimogs, las preguntas a la salida de la escuela, la amiga del seleccionado de volley de la escuela que yo capitaneaba en ese entonces,  que nunca volví a ver, hasta ver su nombre en el informe de la CONADEP, una vida toda, mi plaza, mi avenida, mi estación, mi ombú, inundado de fascismo al mejor estilo argentino genuflexo de mierda.</p>
<p>   En ese escenario de librecambio y arrogancia de poderes superpuestos y medición de fuerza bruta, en el que desaparecíamos todos los que no bregábamos por ninguna de esas opciones, el Almacén La Estrella cerró.</p>
<p>   Los dueños de ese local abandonado plagado de lauchas, desidia y desdén, que habíamos resucitado después de tantos años, habían resucitado como los piojos en sangre dulce, endulzada por otra mentira de las tantas de un país que no sabe otra cosa que venirse abajo desdeñando sus propias herramientas y recursos.<br />
   Mi madre y mi padre, que eran tanos y pobres, pero no boludos, respondieron con la cordura que tenían a su alcance frente al embate, y abrieron su propio local en febrero del ’77, sin reclamar ningún esfuerzo que pudiera ser traducido en costos y valores de mercado.<br />
   Empezaron de nuevo, como se empieza siempre y en realidad nunca se ‘vuelve a empezar’,  en este país de iluminados con la vela en el culo que se les apaga cada vez que estornudan.</p>
<p>   Eran otros tiempos, otro idioma. Ya el enemigo era cualquiera o ninguno, todos fuimos sospechosos y sospechados. Se rompieron los lazos. La confianza pasó a ser una postal del recuerdo de alguna inocencia perimida y demodé.<br />
   La identidad pasó a ser un documento ajado por el uso y el abuso de ponerlo y sacarlo del bolsillo trasero del Jean a cada paso.</p>
<p>   La Estrella cumplió su cometido, de todos modos.<br />
   Y el poder, también.</p>
<p>*de Lucía Cinquepalmi. luciaguionbajo@gmail.com<br />
 -Octubre de 2009 </p>
<p>NANA* (1)</p>
<p>Ama, ven a buscarme,<br />
arma tu barco de papel<br />
y acerca el mar a mi morada,<br />
que brille el sol que me despida<br />
y me abrace con un "Hasta siempre",<br />
que bailen luces sobre el agua<br />
porque será día de brindis y bonanza<br />
donde todo es sabido, esclarecido<br />
y lucirán horizontes sin barreras.<br />
Ven a buscarme, Ama.<br />
Los rincones del alma ya desiertos<br />
no encontrarán paz en la estampas,<br />
caducó toda bienvenida<br />
entre nubes de humo muy espeso.<br />
Si tiendo las manos no hay nada,<br />
sólo queda partir bajo tu amparo.</p>
<p>    NANA* (2)</p>
<p>Ama, prepara mi lecho,<br />
quiero acunar mis ensueños,<br />
limpiarme del afuera<br />
que araña mi piel<br />
y sofoca mis intentos.<br />
Quiero enmudecer las voces<br />
que gritan buscando nidos<br />
construidos por los otros<br />
y prohibidos como cueva.<br />
Pon perfume en mi almohada<br />
y pinceladas de abismo<br />
que borren toda palabra,<br />
todo daño, todo juicio<br />
lanzado como flecha al viento<br />
y que me convierte en olvido...</p>
<p>*de Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar</p>
<p>DESCIELO*</p>
<p>a veces es un cielo abrasador<br />
que inunda de un ahogo<br />
parecido a la tristeza<br />
pero otras<br />
es el hielo que amanece<br />
la mañana del miedo<br />
mezclada con el odio y la pereza<br />
siempre es igual<br />
al fin la sangre se recicla<br />
en furia<br />
          en tiempo<br />
a veces<br />
es la voz que da sosiego<br />
al estupor inquieto<br />
del recuerdo<br />
pero otras<br />
es silencio que amilana<br />
esa furia flagrante del deseo<br />
no siempre pero a veces<br />
me envuelvo en el bramido<br />
del viento mensajero<br />
espero a la mañana<br />
con luz de otro momento<br />
y puedo<br />
sé que puedo<br />
abrasar ese hielo<br />
y deshacerlo                          </p>
<p>*de Lucía Cinquepalmi luciaguionbajo@gmail.com</p>
<p>DOMESTICAS*</p>
<p> Primero es como una luz que va entrando de a poco por la ventana cuya cortina está un poco corrida, no sabemos si ex profeso, o por una corriente de aire, o debido a la desidia de los días en que nadie puso la mano sobre ella.<br />
            Dije que primero es la luz, que se filtra subrepticia, lenta, la luz del sol, la pura luz que viene de esa lejanísima estrella deflagra bajo los fresnos, repta con su esplendor entre la gramilla y pinta de un rojo vivísimo la larga hilera de pimientos que mi madre cuida con extremado amor, como  hizo toda la vida: con la humanidad, con los animales, aún los más humildes, y con sus pimientos que era su orgullo expuesto a todo jurado aún el más riguroso, aún el más severo.<br />
            Si ella entreabría la ventana, aunque sea un poco, la brisa de mayo ligeramente fría entraba y se iba adueñando de los objetos, y tal vez el polvillo de las calles aún sin asfaltar aprovechaban ese vehículo apto, generoso y gratuito para ir aposentándose de a poco en los rincones más lejanos y las muescas barrocas de algunos muebles, y aún en los pliegues de las cortinas, o las sillas vacías de la mañana.<br />
            Dije antes o escribí mejor, que la luz se iba filtrando de a poco, cuando el alba moría en su rosado y daba lugar a esa luz brillante que el sol suscribía sin ambages, pero si en cambio el día era gris, se aproximaba una amenaza de lluvia, o, amanecía lloviznoso, el cristal permanecía cerrado, porque el frío o la humedad no eran tesoros preciados por mi madre, que amaba el sol esplendoroso, el que le traía recuerdos de su italiana aldea  en la montaña.<br />
            Precisamente, no se cansaba de ponderar esta bendita tierra donde todo verdor crecía de maravilla, mientra en su aldea natal todo había que pelearle palmo a palmo al terreno pedregoso. Sólo aquella claridad del sol montañés tenía siempre en su memoria y el discurso de su reiterado recuerdo en rémoras familiares donde mi abuela pensativa, dulcemente, adhería y asentía a su recuerdo niño, con alguno suyo, así poco más conciente, ya de adulta.<br />
            Cuando pienso en mi madre sé que voy a pérdida entera con el recuerdo, que de todas las pocas astillas que extraigo de la memoria debo construirme su imagen, plagada de gestos generosos y humildes, que retenía la elocuencia ostentosa, yo, como Pedroni podría decir que era "toda silencio, propensa al llanto y muy hermosa" y que yo la recuerdo siempre transitando ese espacio de verdes, donde orlaban esos inmensos pimientos rojos que ella cultivaba con recatado orgullo y cuando eran ponderados, se<br />
le abría el rostro moreno en una gran sonrisa de satisfacción.<br />
            Cuando pienso en mi madre es cuando la veo cruzando ese gran patio de tierra que ella barría con generoso esmero, en una mano un plato camino al gallinero, llevando tal vez restos de comida o maíz, para arrojarlo a sus pollos. Hasta en los sueños aparece con su batón celeste, floreado de amarillas pintitas, y ella muy señorona con ese plato en la mano derecha, oronda cruzando el patio y mi sueño.<br />
            De todos modos armo ese recuerdo de ella con un amor inmenso, pero en verdad lleno de impotencia.<br />
            El día en que íbamos con mi hermano hacia la sala velatoria donde estaban sus restos, caminando por una calle cercana, nos alcanzó con su bicicleta  "Cañita" Aquilano, cartero eterno del pueblo, con un telegrama que nos enviaban los empleados del Correo, Allí leí una frase que hasta ese momento era sólo eso: una frase. Pero que tuvo luego una feroz e implacable verdad.<br />
            -"Acompañamos vuestro dolor, ante tan irreparable pérdida", decía.<br />
            Allí supe que los lugares comunes, las frases de cortesía acompañado socialmente un dolor individual, tienen su sentido. Al menos para el que sufre, aunque casi nunca para el que la pronuncia. Es decir, las frases comunes en algún momento dejan de serlo y son fundamentales y drásticas. Pegan como un inmenso martillo en la cabeza, doblan de dolor ante el desamparo y la incertidumbre a que nos somete ese mismo  -desconocido antes- desamparo.<br />
            De todos modos no quiero ser triste aquí. Quiero retener esa humilde humanidad suya, esa timidez que hacía lo posible por permanecer invisible, pero atenta y poderosa, imprescindible en su amor por los suyos, una fiera cuando debía defenderlos.<br />
            La prima Gladys me contaba una discusión que habían tenido con mi padre y ella, furiosa, le decía:<br />
            -Le permito todo, menos que se meta con mis muchachos.<br />
            Sus  "muchachos", éramos mis hermano y yo.<br />
            Hace muchos años que nos dejó, y les digo la verdad, me gustaría verla caminar entre  esos altos tomatales que eran su orgullo, o en el esplendor de sus rosas o amasando esos tallarines sobre la pequeña mesa llena de heridas y de recuerdos infantiles, de cuando -sin querer- volcaba el café con leche y ella, rápida, solícita limpiaba todo antes que la irascibilidad de mi padre lo advirtiera.<br />
            Ahora debo consolarme con ese ceibo que plantó y con ese rosal que resiste todas las intemperies.</p>
<p> Y, de vez en cuando, aparece en mi sueño donde cruza ese patio de tierra con un plato en la mano para siempre.</p>
<p>*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar  </p>
<p>RONDA DE ESPECTROS*</p>
<p>Van y vienen<br />
como un péndulo.<br />
Pretenden hasta lo impropio.<br />
Son fríos<br />
Pero están<br />
Susurra el espejo<br />
Que no se atreve<br />
A reflejarlos.<br />
Ahora tiemblo<br />
Justo cuando regresan<br />
Y le roban<br />
La última migaja al aire.<br />
Se la llevan<br />
Creo<br />
    Para ser felices.<br />
Tal vez<br />
Con el paso del tiempo<br />
Queden solos,<br />
Ni su sombra<br />
Los acompañará<br />
En su camino<br />
Hacia el infierno.                               </p>
<p>*de Juliana Holzer julianaholzer@hotmail.com </p>
<p>EXILIO*</p>
<p>Hormigas melodiosas transitan por su sangre,<br />
Y todo, todo es nada: solamente un recuerdo<br />
ARIEL FERRARO</p>
<p>Nunca te dije que me quedé por miedo<br />
Por un brutal. Feroz, insustituible miedo.<br />
Coloque en tu valija tu jean, una foto y mi gastado miedo<br />
Partiste en plena noche. Como un bandido.<br />
La muerte silabeaba con boca de zafiro.<br />
Me dejaste libros, despedidas.<br />
Y el miedo, animal, impío, sanguinario.<br />
Prefería la muerte a la partida.<br />
Pero quedó la herida. De muerte, herida.<br />
Herida miedo. Estaba en todas partes, en todas, todas.<br />
En tu silla vacía. En la guitarra.<br />
En el perro llorando. Lastimeramente.<br />
En la mesa con mantel de desvelo.<br />
En los diez mandamientos de mi manos.<br />
En mi boca cocida. En mis ojos atados.<br />
En el mapa de tu cuerpo en mi lecho.</p>
<p>Quedaron sacos rotos.<br />
Olor a patria. Sabor a viento claro.<br />
Tierra natal. Muertos. Crujidos.<br />
Disparos que ahuyentan las palomas.<br />
Te has  llevado mi pena, ay mi pena.<br />
Y has dejado la tuya. La tuya mía, corazón.<br />
Un pedazo mío  tuyo te has llevado.<br />
Un clavel. Un malvón. Un café.<br />
Un pájaro de bruma. Un dragón. Una tijera.</p>
<p>Corto la espera, sentada en el umbral.<br />
Como ayer, anteayer, mañana, nunca.</p>
<p>*de Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar</p>
<p>UN PURGATORIO PARA EL SOFÁ*</p>
<p>Constrúyeme por favor un purgatorio donde pueda expiar todas mis culpas, y enmudecer cada uno de mis anhelos por intentar encontrar las respuestas donde yo mismo sé de las soluciones y de las causas.<br />
Constrúyeme, si acaso pudieras, un purgatorio para lavarme por dentro cada herida que supura, que arde cada vez que respiro, mientras el oxígeno se encarga de envenenar la parte que queda sana en mi ser.<br />
 Sé que sólo soy un rayo de luz que se ha infiltrado por entre las grietas y después de ellas me he metamorfoseado en halo de oscuridad; y oscuridad desnuda me quedo cuando no me vienes a buscar, así acontece por horas mientras simplemente me detengo a respirar tendido sobre aquel sofá. Mientras estoy en medio de este recinto acromático soy ausencia de luz, soy cuerpo opaco que divaga con este problema mío en el que choca a contra reflujo mi existencia con la vaciedad.<br />
Cuando tienes hambre vienes y abres la puerta para que yo vuelva a aparecer como el destello de luz que ilumine tu trayecto hacia tu habitación, pasando por el corredor hasta llegar al refrigerador; a final y al cabo sacias tu apetito, das media vuelta y simplemente te vas, de regreso yo te guío iluminando el trayecto hasta tu alcoba, justo en media hora una vez dormido, silente, estarás. Eres un niño con preocupaciones muy tuyas, muy de tu corta edad, con todo ese egocentrismo que atasca cada rincón, cada muro, cada ventana y aun más  las puertas ajenas a la realidad.  Yo tan solo soy un halo de luz, a destiempo y sin edad, lo que las mayorías conocen como simple oscuridad, oscuridad silente soy y mírame como he permanecido aquí por siglos soportando esta frialdad.<br />
Constrúyeme, si fuese tu voluntad, un purgatorio que redima parte de mi asfixia, la que no termina por dejarme en paz ni siquiera cuando me escondo debajo de mis párpados.<br />
Me buscas por las noches cuando un mal sueño se ha metido bajo tus cobijas y llenado de mugre tus almohadas, y corro desde el sofá para buscarte e iluminarte, tienes que saber nada te pasará cuando la luz llega hasta tu habitación, te detienes y sabes que nada es real, mi luz te tranquiliza y vuelves a pensar en que siempre te estaré espiando, asegurándome tu tranquilidad. Te duermes, como siempre te olvidas de mi existencia, me retraigo, pienso que me utilizas a tu conveniencia, pero eres un niño pequeño y egoísta como todos, que duerme en pijamas con un oso de felpa abrazado y la figura de un hombre crucificado pende del muro a la altura de tu cabeza.<br />
Soy destello de luz que cuando le olvidas, me refugio en las arrugas de aquel viejo sofá desahuciado, para convertirme en penumbra y de negro me quedo para guardar luto por la pena, la amargura que me embriaga al saber que estoy contigo y a la vez estoy tan lejos cuando oprimes el interruptor.<br />
Cuando llueve y hay tormenta por las noches esperas me quede de pie a tu lado, iluminando hasta el último rincón donde algún fantasma empapado pudiese refugiarse del brutal aguacero; pero en las noches tranquilas colmadas de calma, muy pronto adiós me dices y me condenas a la no existencia impregnado de susurros animados por tu resoplar cuando caes dormido en la cama y no importa nada más que tu sueño y tu egoísta ánimo por descansar. Eres un niño, no importando tus desplantes al cerrar las cortinas, provocando que todo se tiña de amarga oscuridad; pero si algo te espanta a media noche bien sabes que la luz vomitará lo que carga en el vientre. La luz te dice que lo grotesco se quedó atorado en medio de un confuso y obsceno sueño; no pasa nada, nada pasará, pero para mí nada pasa, el sueño gira en torno de mi propia aberración de sentirme desahuciado y abandonado por mi propia opacidad.<br />
Elabórame, con esa basta imaginación infantil, un purgatorio para el sofá donde duermo como sonámbulo por instantes en esta grotesca sensación de soledad.</p>
<p>*de Jesús Brilanti T. lugburtian@hotmail.com</p>
<p>El cruce*</p>
<p>Ligeramente doblado hacia delante y apoyando el peso sobre el bastón espera que cambie el semáforo por cuarta vez. Lleva cuatro minutos esperando para cruzar la calle y cada vez que se detiene el tráfico, calcula el tiempo de que dispone. Es consciente de que es insuficiente para cruzar aquella ancha avenida.</p>
<p>Los seis carriles se llenan de coches en cuanto cambia el semáforo y pasan veloces haciendo roncar sus potentes motores, como conminándole a no aventurarse a cruzar. </p>
<p>Es consciente de que sus piernas no son lo que eran y sabe que no puede caminar más deprisa por lo que está seguro de que, caso de decidirse a cruzar, no alcanzará la otra acera antes de que cambie la luz… Y eso es un riesgo enorme porque está seguro de que los coches no le van a respetar.</p>
<p>A los diez minutos, inicia una cuenta atrás para iniciar la travesía en el mismo momento que cambie el semáforo, con el fin de disponer de más tiempo, pero una vez alcanzado el segundo carril da la vuelta y regresa todo lo deprisa que puede y aún y así alcanza la acera en el momento que un bocinazo le avisa de que los coches no van a parar. ¡Ha estado en peligro de muerte!.</p>
<p>Debe buscar una solución, un recurso que le permita cruzar la calle. Él, que ha sido un estratega toda su vida, no puede dejar que un burdo semáforo le barre el camino.</p>
<p>…</p>
<p>Quizás no haya sido la mejor idea de su vida. Por supuesto ha podido cruzar la calle, pero no ha tenido en cuenta las consecuencias de su decisión. Pensar que si se desnudaba y pasaba en cueros por el paso de peatones los vehículos le cederían el paso y así fue, pero al llegar a la otra acera no tenía ropa que ponerse, por lo que tuvo que ir hasta su casa con las vergüenzas al aire y por si eso no fuera suficiente, ahora su mujer, al verlo llegar como Dios le trajo al mundo le recriminaba a voz en grito. ¿Qué semáforo, ni que cuentos? ¡Tu has tenido que salir de la cama de una vecina a toda prisa! ¡Parece mentira a tu edad!  ¡Lo poco que tienes lo podrías dejar en casa! ¡Crápula, más que crápula!</p>
<p>*de Joan Mateu. joan@cimat.es</p>
<p>INALCANZABLE*</p>
<p>Un manojo de silencio<br />
un delirio<br />
(casi nada).<br />
Tristes súplicas<br />
perdidas en el viento.<br />
Y esta hoguera<br />
que me quema<br />
que me enfría<br />
que me apena<br />
y un deseo<br />
que florece con la noche.<br />
Grises redes<br />
que el espanto teje<br />
con rayos de luna<br />
para enredarme<br />
lejos, muy lejos<br />
de tus ojos de bruma. </p>
<p>*de Federico Ibáñez fede_iba_5@hotmail.com </p>
<p>Tierra y libertad*</p>
<p>Se recomienda esta lectura con música celta, vino tinto en pequeña copa, tabaco<br />
y luna menguante rojiza recién asomando en el horizonte del este de este lastimado sur</p>
<p>   Vi a un hombre agachado en su dolor, entre el miedo y la queja, poniendo flores en su pequeño jardín. Amasaba una tierra comprada, prestada, como no confiando en lo que ese pedacito de heredad que el medio le había conferido en su derecho tuviera suficiente nutriente.<br />
   Tal vez dando por sentado que ya la había depredado y malgastado lo suficiente como para que haya perdido las condiciones de su fertilidad inmanente. La tierra, no el hombre.</p>
<p>   Lo vi eludiendo los reclamos increpantes, refugiándose en la usina de su propia primavera tardía, sin caución de resguardo, apurando los tramos que rezagó en proclama de la inercia, ausentándose del pánico y la angustia, regando hojas y manos con lágrimas que manaban de la sonrisa inexplicable y de la tristeza harta de explicaciones.<br />
   Resbalaban esas lágrimas guiadas por sus arrugas. Ojalá hubieran sido sólo patas de gallo, a esta hora andaría pisando gallinas.<br />
   Eran surcos de la piel de un hombre que ha reído y llorado. Y se ha enojado más de lo recomendable. Eran los caminos ensayados y repetidos tantas veces y tantas más hasta hacer huella.</p>
<p>   Lo vi explorar la tierra como si la mirara por primera vez, yendo y viniendo de la mezcla de arena, cal y pedregullo, erigiendo un palacio en la miseria de la vida efímera. Lleno de orgullo de estar despierto y no muerto, pero implorando alguna cábala o un rezo que acelerase el resultado y la consecuencia de este esfuerzo nuevo, en repudio del tiempo disipado.<br />
   Como despojado de la memoria ancestral o descubriendo un atavismo en ciernes que había silenciado indiferente.<br />
   Me pareció escuchar de entre sus comisuras un chasquido de pena. Pero noté que la sonrisa volvía a dibujarse dejando escapar el aliento cálido que ofrecía a los brotes, penetrándolos.<br />
   Se sentó a mirar su obra sin sentirse mirado, mientras secaba con la manga arrugada de la camisa esa humedad que, no se dio cuenta, lo haría brotar a él también.<br />
   Me detuve en el brillo de las gotas y me vi en los destellos, hecha pedacitos en un calidoscopio de colores difusos. Sólo un espejo más?</p>
<p>*de Lucía Cinquepalmi  luciaguionbajo@gmail.com</p>
<p>"Es más difícil ser hombre"*</p>
<p>Más hombres que mujeres practican tropelías, imbecilidades</p>
<p>Más hombres que mujeres se suicidan</p>
<p>Más hombres que mujeres doblegan voluntades<br />
hasta el exterminio<br />
inventan contrincantes<br />
planean invasiones y ejecutan guerras</p>
<p>Más hombres que mujeres asesinan serialmente<br />
más hombres que mujeres alardean<br />
más hombres que mujeres coleccionan porquerías</p>
<p>Más hombres temen no ser hombres<br />
y pulsean<br />
que mujeres temen no ser<br />
                                         mujeres.</p>
<p>*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar</p>
<p>Tío Esteban* </p>
<p>*Por Carlos Caposio. carloscaposio@hotmail.com</p>
<p>Como quisiera ser como Esteban para que María esté tranquila y no llore en el baño, para que deje de tratarme como a un niño y de volver locos a los doctores del nuevo hospital, pretendo explicarle pero es difícil, ella no conoció a Esteban.<br />
Aquella vez estaba contento porque el tío venía a casa y por teléfono me había contado sobre algo raro que había hecho en su pelo.<br />
De chico yo creía que era el único que lo entendía debido a una charla que había escuchado en casa. Estábamos en el patio, bajo la parra, él se había ido a descansar y ni bien se escucharon los primeros ronquidos, la tía Marta explicó que Esteban había tomado mucho y que por eso estaba colorado y tenía<br />
sueño. Después comenzó con lo del juego, con que no podía pasar un mes sin ir a Mar del Plata al casino, con que asociaba todos los número para jugar a la quiniela. Dijo también que había perdido mucha plata en los dados, y en ese juego que el tío me había enseñado la semana anterior donde hay que sumar siete y medio.<br />
Era verdad que le gustaba el juego. Recuerdo el día que dijo que encontró una moneda en la calle, y que como no tenía plata, se había ido caminando desde su departamento de San Isidro hasta un bingo de San Fernado para colocarla en una máquina de apuestas. Por entonces no estaba el Casino de Tigre porque sino seguro hubiera ido caminando hasta allá. Contó que comenzaron a sonar una sirenas y que el tragamonedas escupía monedas sin parar, que las manos no alcanzaban, que puso la boina y se le rebasó, y que por último, le habían traído una carretilla tan grande que para llevarla a su casa necesitó la ayuda de un hombre del lugar.<br />
Estaba ansioso por la llegada del tío y por el chocolate que siempre traía.<br />
Ese día tenía miedo, el río había desbordado y había llegado hasta la vía muerta de la esquina de casa, en Martínez, por donde hoy pasa ese tren medio artificial. Él no estaba muy lejos, pero yo presentía que no iba a llegar, después mamá me tranquilizó y comencé a planear de que forma le sacaría la golosina.<br />
En muchas cosas soy como Esteban o como lo veía cuando era niño. El tango, por ejemplo, lo mamé de él, cada vez que venía me enseñaba una palabra nueva del lunfardo. Los burros también, los domingos cuando me sentía bien, agarraba el bastón del tío, compraba La Rosada e iba al hipódromo a jugar<br />
alguna fija. Y mis viajes, lo mejor de todo, el siempre decía que viajar era lo único adquirido por lo material que duraba toda la vida. Pucha si tenía razón, el televisor lo cambié tres veces, el equipo musical otras tantas, y la computadora, es la misma pero la tuve que renovar cada 5 años, además<br />
cuando el tío vivía no había computadoras. Pero mis viajes, con sólo pensar en ellos ya estoy allá nuevamente, salgo de la cama sin moverme y estoy en Guatemala, en el templo del gran jaguar; paso por Río de Janeiro y subo al pan de azúcar; y en México, visito las ruinas mayas de Chichén Itzá.<br />
Cuándo llegó estaba todo mojado por la tormenta, no recuerdo bien que inventó, creo que dijo que había venido nadando, o que un exiliado de Venecia lo había traído en góndola, o que se agarró de la cola del caballo que ganó la carrera, o que con un ventilador, había llevado el río a su cauce para poder venir caminando. No sé, lo cierto es que tenía el pelo raro, parecido al de un bebe, como quemado. Yo fui corriendo a abrazarlo, sabía que tenía el chocolate en el bolsillo y se lo saqué sin que se diera cuenta, él sonrió y dijo que no entendía como lo había logrado. Siempre lo sorprendía o por lo menos creía que así era.<br />
Esas son las cosas que extraño de Esteban, como en el verano en que entró por el fondo con la máquina de cortar el pasto. Al escuchar el ruido del motor salimos sobresaltados al jardín con mamá y papá. Estaba parado arriba de la máquina, juraba que había venido manejando el aparato y que en la bajada de Libertador no había podido frenar y se había agarrado de la rama de un árboly que así, colgado, había visto como la cortadora seguía hasta el río y caía al agua. Cuando yo le decía que no podía ser, que el río estropeaba las cortadoras de pasto y que si fuera cierto haría cortocircuito, él salía con que lo deje terminar, con que yo era muy impaciente, y con que el cable de la máquina se había atascado en el muelle, y que por eso, no había llegado al agua.<br />
Con los años me di cuenta que Esteban y la tía estaban separados y que venían juntos sólo para conservar la imagen familiar. Por eso Marta le hacía fama de timbero y no paraba de hablar mal de él. Mamá siempre le daba la razón a la hermana pero un par de veces dijo que la tía era medio loca y que<br />
el tío era una buena persona. Eso me tranquilizaba.<br />
Nunca había pensado que por la diferencia generacional era imposible envejecer juntos.<br />
No sé por qué nos imaginaba de viejos en la plaza de la Catedral jugando al ajedrez, quizás porque había prometido que cuando yo cumpliera unos años más me iba a enseñar, pero no aguantó el pobre.<br />
Después de la parodia del chocolate explicó por qué tenía el pelo así. Me confesó en secreto que era por la falta de frutas y verduras. Recuerdo que las semanas siguientes pedía a gritos jugo de naranja y buñuelitos de acelga. Que ocurrente era el tío. Aunque a veces se contradecía, porque un tiempo después, creo que fue la última vez que lo vi, le volví a preguntar por el pelo, ya casi no tenía, otra vez se me acercó y dijo que por estar sin bañarse tres días se le había formado un panal de abejas en la cabeza.<br />
Recuerdo que abrí grandes los ojos y lo miré fijo. "Sí -me juraba- lo tuve que quemar y se me prendió fuego el pelo".<br />
La tía Marta dijo que se había ido de viaje. Le creí, porque mamá además de contar que la hermana era medio loca, siempre afirmaba que "la tía no mentía". Además al tío le encantaba viajar, hasta cuando tuvo hepatitis juraba que había estado en Machu Picchu con los Incas. Después supe que era cierto, no que había ido cuando estaba enfermo, pero sí de joven. Él siempre seguía viajando con la mente, hasta en eso nos parecemos.<br />
Esa última vez, no se había ido al exterior, o sí, porque a dónde vamos después de la muerte es un poco más de la incertidumbre de la vida. El tío tenía cáncer de próstata.<br />
Que poco lo disfruté, no llegamos a jugar una partida, estoy seguro que dejaría que juegue con blancas.<br />
Unos años después de que murió inventaron un tractor para cortar el pasto, no lo quise comprar porque, al igual que lo hacía Esteban, hoy vivo en un departamento de San Isidro, pero si el tío lo hubiera visto, era capaz de comprarlo y tenerlo atado a un árbol con un candado de bicicleta.<br />
María tiene miedo. Por más que le cuente nunca va entender ¿Cómo hago para que deje de estar triste y de hacer tanto alboroto?<br />
Al dorso de una de las últimas fotos del tío dice: "Aunque uno esté prisionero en una cama, puede ser libre con la mente y viajar, en definitiva, uno es lo que recuerda y lo continúa en su forma de contarlo".<br />
Cuando miro el espejo, además de las arrugas veo el pelo quemado de Esteban, porque para mi había espantado las abejas con un hisopo gigante bañado en alcohol. No entiendo como estaba de tan buen humor con esta basura de la quimioterapia.<br />
Él siempre con esa sonrisa contagiosa, burlándome con la mosqueta, enseñándome a jugar al tute o amasando pizzas para toda la familia. Yo decía que las de él eran las más ricas que había probado, recuerdo que mi vieja, que en paz descanse, se ponía celosa.<br />
Mi único hijo se llama Esteban, cuando vendimos la casa de Martínez le di unos mangos y después de casarse se fue con la mujer a vivir a San Martín de los Andes, a una comunidad nativa del lugar. Ahí tuvo a Nahuel y en un mes nace Luna. No tendría que venir pero María siempre fue la misma exagerada,<br />
lo llama desesperada, lo asusta y el otro grandote otario se viene en avión.<br />
Pero qué les voy a contar, no entienden que con sólo bañarme dentro de los tres días, tiempo que tarda en formarse un panal de abejas en la cabeza, no se me caerá más el pelo. Cómo avisarles que ahora estoy de viaje por América latina y no acá, cómo revelarlo, cómo explicarlo; si nunca conocieron al tío Esteban. </p>
<p>*Fuente: http://www.artecomunicarte.com/ArtistaDatosPAD2_L.php?Arp=714<br />
http://blogs.clarin.com/la-fusion-de-los-generos/posts</p>
<p>El crepúsculo o la última batalla de una diosa*</p>
<p>El espacio se cruza de agua y de sonidos, y el sabor de lo perdido que vuelve.<br />
La lluvia abrillanta el olor de las flores. Hay un sueño a punto de aparecer y un antiguo color.<br />
El fuego irradia hasta invitar a lo íntimo.<br />
Besos errantes, paseo por el tiempo y una casa en el mar con chimenea.<br />
El fuego inventa imágenes. Sol que se retira, pero antes de hacerlo, despliega una revolución roja en el cielo. La violencia de la belleza.<br />
El crepúsculo es la última batalla ardiente... La firma de un dios que no se rinde en la hoja celeste o será diosa con sus colores cambiantes. Una diosa todavía inocente con los bolsillos que se abren y desparraman sus hogueras brillantes. Una diosa si, dios es perfecto y se murió por nosotros me dijeron, pero una diosa vive y saltan sus chispas vitales a chorros imperfectos.        </p>
<p>*de Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar</p>
<p>ASÍ TE RECUERDO…*</p>
<p>Estaba yo en la fiesta y, detrás mio,<br />
un  espejo imágenes brotaba:<br />
Estabas tú, sentada, y tu vestido<br />
vivió en mi mente frágil y azorada...</p>
<p>La hora era en que, sobre la calle,<br />
un cielo herido lágrimas lloraba:<br />
era la hora, y, así como en un libro,<br />
leía yo, ávido, tus ojos y tu cara...</p>
<p>Camino aún, y, solo, te recuerdo.<br />
Encuéntrote aún más bella y lozana,<br />
Cada vez que veo tu figura,<br />
tu vestido, azul, tu risa, clara...</p>
<p>En mi sueño, acompañante los astros.<br />
Y de los astros tu inocencia escapa<br />
para poblar de luces el camino<br />
de este ser gris, en una gris etapa...</p>
<p>Y hago votos por verte, nuevamente.<br />
y hago juegos con la imaginación:<br />
es tan simple, tan lindo, tan sincero,<br />
como de una vertiente la canción...</p>
<p>No sé si aún se escuchará mi canto:<br />
es eso algo imposible, sí, quizás...</p>
<p>Mas es eterno, como el gris otoño,<br />
que, luego de beberte, muere en Paz!...</p>
<p>*de Horacio C. Rossi.<br />
 - en la Terraza. (1953-2008)</p>
<p>*</p>
<p>Deja que el viento<br />
toque el ave.<br />
dos libertades hermanas<br />
vuelan juntas<br />
en busca de astros quiméricos,<br />
incontaminados,<br />
lanzados a la eternidad.<br />
Deja que el viento<br />
acune el sueño<br />
de quien busca amparo<br />
en la paz eterna,<br />
de  quien es el faro<br />
para nuestra vela<br />
porque en ella el viento<br />
anida y se queda.</p>
<p>*de Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar</p>
<p>EL VUELO DE WIMPI* </p>
<p>Para Manena y Bari Enseñat Ribas</p>
<p>  Una libélula dorada de alas enormes penetró por la ventana y revoloteó alrededor de la cama, anunciando que algo importante iba a ocurrir ese amanecer.</p>
<p>-        Wimpi, ¿eres tú? – preguntó Manena, llena de esperanzas, y salió tras ella.</p>
<p>         La mañana anterior había sido muy triste, cuando fue a la jaulita de su periquito verde la encontró vacía y con la puertecita cerrada. Parecía cosa de brujas, pero la mamá razonó – las madres son muy inteligentes y encuentran explicación para casi todo -, al parecer la puerta había quedado mal cerrada, entre empujoncito y empujoncito, Wimpi había logrado colarse al mundo de afuera y su salida había vuelto a disparar el cerrojo, dejando la puerta como si nada hubiera pasado... ¡Pero al final seguía pareciendo cosa de brujas!</p>
<p>         Lo buscaron por todos lados, dentro y fuera de la casa, en el jardín, en el patio, hasta en el enorme almendro que florecía a la entrada... nada, ni rastros del periquito. Entre lágrimas que no podía ocultar, Manena había pedido permiso para salir a comprarse una paleta de chocolate. En realidad quería visitar a la gitana que se sentaba en el parque a leer la fortuna, pero no quería confesarlo.</p>
<p>-        ¿Cuánto me cobra por una pregunta? – le soltó a bocajarro, más por timidez que por falta de educación, no sabía cómo dirigirse a una persona capaz de ver el pasado, presente y futuro.<br />
-        Buenos días, preciosa – le respondió la gitana -, una sola pregunta puede tener muchas respuestas, el precio depende de la importancia de la pregunta, y del tamaño de la contestación.<br />
-        Mi pregunta es vital... pero la respuesta es bien corta, solo necesito dos oraciones, tres a lo sumo...<br />
-        Entonces tal vez te responda sin cobrar – la gitana sonreía y la miraba al fondo de los ojos... ¿por qué insistía en ponerla más nerviosa de lo que estaba? -, solo debes prometerme no llorar más...<br />
-        Lo prometo – Manena levantó dos dedos haciendo una cruz y se los besó, como había visto hacer en una película.<br />
-        ¡Excelente! Ahora puedes hacerme la  pregunta.<br />
-        Por favor, señora... ¿Dónde podré encontrar a Wimpi, mi periquito verde?</p>
<p>         La respuesta le había causado mareo, de tanto pensar en ella: “Encontrarás a Wimpi, pero ya no será el mismo de antes”.</p>
<p>         Manena había pasado el día escrutando las nubes: vio cocodrilos, llaves, guitarras, muchos barcos, una ballena, un oso, una cuna... pero ninguna nube le recordaba a su periquito… ¿Se habría transformado en flor? Salió al jardín, buscó en el parque, pero su amiguito era completamente verde y todas las flores estaban adornadas de colores.</p>
<p>         Pensando en el enigma que no lograba resolver, la sorprendió la noche y con ella llegó el sueño, hasta que el zumbido de la libélula le ayudó a abrir los ojos... era dorada y no verde, es cierto, pero de seguro intentaba decirle algo. Siguiéndola llegó hasta la arboleda que crecía detrás de la casa... Miró de nuevo las nubes, las flores, las verdes hojas de los árboles... y ahí, escondido entre las frondas, le pareció distinguir el brillo de unas plumitas del mismo color.</p>
<p>         Silbó, como hacía cada mañanita antes de salir para la escuela y Wimpi revoloteó hasta una rama más cercana, respondiendo a su saludo.</p>
<p>-        A partir de ahora me vas a encontrar aquí, sólo tienes que venir a visitarme – parecía decirle con sus ojitos negros y redondos como botones.</p>
<p>         Manena disfrutó un ratito más de su presencia, hasta que llegó el momento de la despedida. Ella debía volver a casa, Wimpi a sus frondas... “Encontrarás a Wimpi, pero ya no será el mismo de antes”.</p>
<p>         Tenía razón la gitana, ya no era un periquito prisionero, era un periquito feliz.</p>
<p>*de Marié Rojas.</p>
<p>EL CALDERO*</p>
<p>La hora de los recuerdos<br />
llega con señales de tiempo,<br />
asombra lo que se gesta<br />
en el caldero infinito<br />
donde los años en cruces<br />
van desfilando entre sueños.<br />
Nos vemos a la distancia<br />
con contornos desconocidos,<br />
los hechos cambian los tonos<br />
que delinean las figuras.<br />
Las penas siempre nos duelen<br />
por que son deshechos muertos,<br />
sólo dejaron imágenes<br />
tristes, sin luces, sin tiempo<br />
pero son trozos del alma<br />
que olvidamos en un banco<br />
de aquel parque solitario<br />
que bautizamos comienzo.<br />
También reflejos de amor<br />
se nos quedaron dormidos<br />
en lechos que están vacíos<br />
como nidos olvidados.<br />
¿Qué nos queda en el caldero<br />
para seguir el camino?<br />
Una lágrima bajo el cielo<br />
por el destino enjugada.</p>
<p>*de Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar</p>
<p>*</p>
<p>Inventren Próxima estación: CASBAS.</p>
<p>Colaboraciones a inventivasocial@yahoo.com.ar</p>
<p>http://inventren.blogspot.com/</p>
<p>*</p>
<p>Queridas amigas, apreciados amigos:</p>
<p>Este domingo 8 de noviembre de 2009 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música de los compositores argentinos Daniel Judkoski und Mariano Javier Dugatkin. Las poesías que leeremos pertenecen a Pedro Reino (Ecuador) y la música de fondo será de Surazo (Andes). ¡Les deseamos una feliz audición! </p>
<p>ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at<br />
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!  (Recomendamos usar http://24timezones.com/  para conocer las diferencias horarias).</p>
<p>REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo! </p>
<p>Freundliche Grüße / Cordial saludo! </p>
<p>YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.<br />
www.euroyage.com </p>
<p>Schießstattstr. 37    A-5020 Salzburg      AUSTRIA<br />
Tel. + Fax: 0043 662 825067 </p>
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